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La naturaleza humana entre la naturalización y el trascendimiento

Arana Cañedo-Argüelles, Juan

Abstract

El artículo contiene una discusión del libro de Francisco Rodríguez Valls Orígenes del hombre. Se presta particular atención a la relación entre el hombre y el animal, el concepto de naturaleza humana, y el papel de la conciencia en el proceso de hominización.

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Naturaleza y Libertad. Número 13, 2020. ISSN: 2254-9668 35 LA NATURALEZA HUMANA, entre la naturalización y el trascendimiento Juan Arana Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Madrid Resumen: El artículo contiene una discusión del libro de Francisco Rodríguez Valls Orígenes del hombre. Se presta particular atención a la relación entre el hombre y el animal, el concepto de naturaleza humana, y el papel de la conciencia en el proceso de hominización. Palabras Clave: Origen del hombre, hominización, naturaleza humana, conciencia. Human nature, between naturalization and transcendence. Abstract: The article contains a discussion of Francisco Rodríguez Valls' book: Origins of Man. Particular attention is paid to the relationship between man and animal, the concept of human nature, and the role of consciousness in the hominization process. Keywords: Origin of man, hominization, human nature, conscience. Recibido: 21 de octubre de 2019. Aprobado: 15 de noviembre de 2019. A mi juicio, el libro de Francisco Rodríguez Valls Orígenes del hombre 1 es un trabajo importante que, siendo una obra introductoria a la problemática filosófica e interdisciplinar de lo humano, también profundiza en sus aspectos más discutidos y candentes. Es poco frecuente avanzar al mismo tiempo en el frente pedagógico y en el de la investigación. Así se explica la excelente acogida que la obra ha tenido en el mercado editorial, con una primera edición de mil ejemplares prácticamente agotada. Por otro lado, he tenido la suerte de presenciar en directo la génesis y desarrollo de la monografía. Fui testigo de la minuciosa documentación acopiada por el autor, quien a lo largo de muchos años ha estudiado a fondo la literatura referente a la antropología filosófica y disciplinas afines. A ello se suma que a través de una intensa dedicación docente ha ido discutiendo todas sus grandes preguntas con estudiantes de grado y tercer ciclo, de manera que en los últimos años ha logrado la más granada cosecha de tesis 1 Francisco Rodríguez Valls, Orígenes del hombre. La singularidad del ser humano, Madrid, Biblioteca Nueva, 2017. 204 pp. Juan Arana Naturaleza y Libertad. Número 13, 2020. ISSN: 2254-9668 36 doctorales leídas en nuestra facultad. También he podido tratar, junto con otros colegas, los temas que aquí se exponen en las reuniones de nuestro comparido seminario permanene Naralea  Liberad. Por limo, tuve oportunidad de revisar el manuscrito. Recuerdo que entonces pensé que tan solo podía aportar mejoras estilísticas, y ello hizo que con cierta minucia me fijase en ese tipo de detalles, lo que a la postre me impidió considerar el todo desde la adecuada perspectiva. La visión del corrector es miope; apenas atisbé las cuestiones de fondo y así hasta hoy, en que la feliz iniciativa de Fernando Fernández me permite completar una tarea que había dejado a medias. Advertiré que en estos momentos me encuentro en una situación incómoda, porque, compartiendo el mismo centro de trabajo que el prof. Valls, resulta casi impresentable que haya tenido que viajar cientos de kilómetros para señalar cosas que había tenido sobradas ocasiones de comentarle sin limitaciones de tiempo o espacio. Por otro lado, el libro me cita honrosamente y hasta dedica unas cuantas páginas a discutir mi escrito sobre la conciencia. Si ahora devuelvo los elogios, como es mi deseo y resulta de justicia, me haría sospechoso de intercambiar halagos. En caso contrario, sería reo de ingratitud. Después de pensarlo un poco, he decidido que lo mejor es seguir haciendo lo que acostumbramos, esto es, discutir sin tregua, porque lo cortés no quita lo valiente y en esto, como en muchos otros temas, sólo estamos de acuerdo en lo fundamental. Vamos pues a ello. En la conra presene la nocin de naralea hmana se ha vuelto crucial para la antropología filosófica, disciplina que se debate ya desde principios del siglo pasado entre la Scilla de entenderla desde un reduccionismo naturalista y la Caribdis de negarla por completo, en provecho sucesivo del nihilismo existencialista, luego del relativismo historicista o culturalista y últimamente para dar barra libre a los proyectos transhumanistas de manipulación. Muchos colaboradores de este volumen tratamos de encontrar una tercera vía, bien por simple convicción filosófica, bien por rechazo de las opciones teóricas mencionadas, bien (y no en último lugar) por hacer honor a la esis crisiana de qe el hombre ha sido hecho a imagen La naturaleza humana, entre la naturalización y el trascendimiento Naturaleza y Libertad. Número 13, 2020. ISSN: 2254-9668 37  semejana de Dios, lo cal lo disancia irreersiblemene de las resanes criaturas, chimpancés y bonobos incluidos. No es misión de filósofo, aunque sea cristiano, aquilatar la distancia exacta que hay que establecer entre hombre y animal para salvar la ortodoxia doctrinal. Gustoso dejará esa tarea a quienes tengan vocación o/y autoridad para ejercerla. Pero no cabe duda de que, si toma en serio su religión, el filósofo creyente se considerará en posesión de una pista que le permite descartar la tesis de la perfecta continuidad entre los humanos y el resto de los vivientes. Dónde o cuándo se produce tal salto ya es asunto que tendrá que dirimir con sus propias fuerzas. Rodríguez Valls apunta, como yo mismo, a la conciencia como la posibilidad teórica más prometedora: Hay que constatar el hecho de la aparición de la conciencia, pero la aparición misma queda inexplicada desde el punto de vista de las ciencias de la naturaleza y, hasta la fecha, solo cabe hacer teorías de si es el azar o la tendencia las que tendrán más virtualidades como medios de explicación. La conciencia es un salto que tiene que ser explicado o, al menos, señalado como problema (49). En efecto, es así como hay que plantear la cuestión nuclear de la antropología filosófica. La conciencia constituye definitivamente el factor que marca la diferencia. Reconocerlo ya es un paso importante en la buena dirección. Ahora bien, ¿sirve o servirá para dar cuenta de él el azar, la necesidad o algún otro concepto del arsenal de la ciencia natural o de la filosofía naturalista? Esa es en último término la pregunta decisiva. Y lo primero que hay que decir al respecto es que la conciencia nunca se vistió, se viste o se vestirá con otros ropajes que los que le brinda la naturaleza o los que por sí misma crea en simbiosis con ella mediante procesos de tipo cultural: El ser humano no puede existir sin medios extracorpóreos de subsistencia. En el surgimiento desde su comunidad prehumana es ya técnico por definición. Solo la comunidad de los seres técnicos puede definirse como humana (61). Juan Arana Naturaleza y Libertad. Número 13, 2020. ISSN: 2254-9668 38 Ello se debe a que el hombre no nace desnudo; se desnuda: tal es la primera tarea de la conciencia. La historia del hombre es la historia de la trasformación de la naturaleza en cultura por parte de un simio particularmente desarrollado, gracias a una instancia ajena a lo que usualmente se entiende por naturaleza . Recuerdo un grandielocuente texto de Jacques Monod en que para glorificar al azar eclama: El Universo no estaba preñado de la vida, ni la biosfera del hombre. Le tomo la palabra y añado: Tampoco el australopiteco estaba preñado de conciencia. Ésta es fue un plus, una rigurosa novedad que primero convivió discretísimamente con su anfitrión y luego lo transformó por completo, aunque el forcejeo entre la bestia y el recién llegado, tan angustiosamente hueco, prosigue y con toda probabilidad se prolongará durante milenios, a no ser que los manejos de los aprendices de brujo transhumanistas arruinen antes la parte natural de nuestro ser o la vuelvan definitivamente incompatible con la conciencia. ¿Y por qué ha de ser así? ¿Por qué está tan vacía la conciencia en el origen? Sencillamente, porque sólo de ese modo pudo preservarse la unidad del hombre, lo cual explica que no resulten aplicables en su caso los modelos dualistas. El último prehumano estaba demasiado pletórico de naturaleza para admitir dentro de sí un nuevo factor no-natural y a la vez sustantivo. Para él la naturaleza suponía al mismo tiempo cárcel e identidad. Sólo podía trascenderla mediante un añadido que no le daba nada, pero lo prometía todo. De ahí la inquietud insuperable del hombre, que no encuentra en la conciencia descanso, sino acicate: se vuelve a ella buscándose a sí mismo, pero lo único que encuentra es una tarea tan inacabable como la de Sísifo. Aquí el penoso rodar cuesta abajo de la piedra, tan esforzadamente elevada hasta la cima, hay que interpretarlo como la inevitable naturalización de todas las gestas que la conciencia acomete. Por no tener, incluso carece de bolsa o zurrón para depositar lo que va haciendo de sí: ha de confiar su crecimiento a huellas que sólo perduran en un cuerpo perecedero; sus recuerdos, a un cerebro condenado a desfallecer; sus producciones, a objetos que sin remedio envejecen o se le arrebatan. La naturaleza humana, entre la naturalización y el trascendimiento Naturaleza y Libertad. Número 13, 2020. ISSN: 2254-9668 39 Podemos seguir glosando el patetismo de esta condición todo lo que convenga, pero para el presente propósito basta y sobra con lo dicho. Vislumbramos por qué, por un lado, el naturalismo tiene razones para verse a sí mismo cómo la única alternativa teórica posible y, por otro, el motivo de que fracase una y otra vez en su designio. No posee la conciencia reminiscencias, ideas innatas, formas a priori de la intuición ni conceptos puros del entendimiento: carece de accesos privilegiados a la realidad y también al mundo fenoménico. Además, está tan desfondada como un bolsillo al que olvidaron añadir la costura que debería cerrarlo. Por decirlo de algún modo, la conciencia es un mero lugar de paso: en condiciones normales, todo lo que entra en ella viene de la naturaleza y a la naturaleza vuelve en cuanto la inmediatez de la presencia mental deja de retenerlo. Sin embargo, ese trasiego no deja indiferentes a tan ocasionales huéspedes, y de ahí la inmensa importancia, incluso la eficacia causal de la conciencia: algo añade o quita, en algo modifica todo lo que por ella pasa. A despecho de la volatilidad del acto consciente, a pesar de que apenas consiga arañar lo que entre sus dedos se desliza, el título de propiedad que por su medio se alcanza es definitivo. Ni la memoria de esos contenidos, ni las previsiones sobre su destino pertenecen propiamente a la conciencia: no sabe conjugar los tiempos verbales en pasado ni futuro; para ella todo es, nada fue ni será . En la conciencia el presente se solapa con la eternidad. Por eso, hacerse consciente de algo equivale a poseerlo: la conciencia hace suyo tanto lo que importa como lo que exporta, sin que consiga impedirlo lo exótico de la fuente ni lo remoto del destino. En eso consiste precisamente la raíz, a la vez honda y transparente, de su libertad. Valls cita el siguiente texto de Darwin: Generalmene se admie qe los animales speriores poseen la faclad de la memoria, de la atención, de la asociación y aun algo de imaginación, de razón. Si estas facultades, que difieren mucho en los diferentes animales, son susceptibles de progresos, parece también no ser muy improbable que existan en ellos facultades más complejas, como las formas superiores de la abstracción, de la conciencia propia, etc., que no son otra cosa qe reslados del desarrollo  combinacin de las faclades simples (94). Juan Arana Naturaleza y Libertad. Número 13, 2020. ISSN: 2254-9668 40 Y lo apostilla de la siguiente manera: Este es un postulado básico del autor que estamos considerando: dada la psique , las formas superiores surgen por combinación y por una mayor complejidad desde las formas más simples (94). La equivocación de Darwin, como la de tantos otros, nace de querer dar algún tipo de consistencia que, en efecto, no puede ser más que natural a una realidad tan peculiar como la conciencia, que sólo añade a la realidad una dimensión suplementaria con anterioridad inexistente: la dimensión de lo subjetivo. Todo lo demás es objetivo , y en el campo de la objetividad es donde la físis tiene su asiento. Por eso puede y debe haber remedos objetivos de la conciencia (los espejos, la retroalimentación de ciertos artefactos, los bucles en la circuitería neuronal, etc.). No obstante, por mucho que redupliquemos los espejos únicamente obtendremos un laberinto de ellos, no el genuino espejeo de la conciencia. Eso, de acuerdo con la vulgar expresión de la qe ano se absa, perenece a ora galaia. En consecencia, nadie ni nada pede coloniar a la conciencia. Jso es al revés: es ella la que colonia lo inere, lo egeal  lo animal, generando sobre dominios que con invariable premura recorre un reinado oximorónicamente efímero y definitivo. Como coleccionista de dibujos, he saboreados las obras de los artistas que más admiro (Rembrand, Drero, Gercino, Sera) drane los pocos segundos en que, plantado frente a ellos en la exposición o el museo, eran total y solamente míos. Buscaba consuelo a la imposibilidad de apropiármelos mediante ese pasajero usufructo exclusivo. Después he llegado a pensar que mi conciencia se adueñó de ellos de una forma que en algún sentido fue irreversible. Allá los que piensen que sólo es un tonto consuelo para resignarse a la impotencia. Más razón tiene Borges cuando postula: Todos los hombres que repiten una línea de Shakespeare, son William Shakespeare. Claro está que él quiere interpretar este hecho indudable en clave panteísta: El ho fga es ene  es eerno: / Oro Cielo no esperes, La naturaleza humana, entre la naturalización y el trascendimiento Naturaleza y Libertad. Número 13, 2020. ISSN: 2254-9668 41 ni oro Infierno. Pero ahí ya no le doy la razón. La conciencia no se identifica con sus contenidos; como tercamente insisto, se apropia de ellos, pero respetando su alteridad . Muchos y profundos son mis puntos de encuentro con Rodríguez Valls, pero a veces diferimos. Él podrá decir que yo no aprecio ni respeto suficientemente la especificidad del viviente; yo en cambio creo que a su vez devalúa más de lo conveniente lo automático y maquinífero: No se trata nada más lejos de mi intención de concebir al animal como a un autómata dominado enteramente por el instinto. Muchos animales aprenden y son capaces de valorar y resolver situaciones inéditas (94). ¿Por qué no conseguimos ponernos de acuerdo? Ambos coincidimos en la conveniencia de reconocer las fronteras que parcelan la esfera de lo real. Los dos coincidimos en que la divisoria por antonomasia es la que separa el ámbito consciente (o, si se quiere, espiritual ) de lo que gnoseológicamente cabría calificar como objetivo y, ontológicamente, corpóreo o material. Luego hay otras murallas que incluso pueden ser más altas y significativas, como por ejemplo, la que desgaja lo que a la vez es consciente y corpóreo de lo meramente consciente. Por supuesto, dentro de lo corpóreo no consciente, conviene considerar que lo vivo supera con mucho a lo inerte. Sin embargo, como soy filósofo de la naturaleza, estoy convencido de la riqueza y excelsitud de eso que llamamos inerte. Para mí la vida tan sólo actualiza algunas de sus potencialidades más altas. Tal vez en otra época me hubiera declarado hilozoísta; hoy en día simplemente pienso que para exaltar lo vivo no es necesario degradar lo que no ha alcanzado todavía esa cualificación o ya la ha perdido. Dejando a un lado éste y otros contenciosos que sazonan nuestras discusiones, conviene también atender a lo que nos reúne, en particular, el juicio que nos merecen muchos naturalistas ingenuos (dicho sea con todo respeto, puesto que la ingenuidad no siempre es un defecto, y sobre todo no suele serlo desde el punto de vista moral). Ocurre que con frecuencia aciertan en los argumentos, pero yerran a la hora de valorar las conclusiones que de ellos Juan Arana Naturaleza y Libertad. Número 13, 2020. ISSN: 2254-9668 42 deducen. Tomemos, por ejemplo, la posición de Desmond Morris, del que Valls introduce una larga cita: El propio Desmond Morris dice en la introducción de su obra El mono desnudo: Yo so zoólogo y el mono desnudo es un animal. Por consiguiente, este es tema adecuado para mi pluma, y me niego a seguir eludiendo su examen por el simple motivo de que algunas de sus normas son bastante complejas y difíciles. Sírvame de excusa el hecho de que, a pesar de su gran erudición, el Homo sapiens sigue siendo un mono desnudo; al adquirir nuevos y elevados móviles, no perdió ninguno de los más vivos y prosaicos. Esto es, frecuentemente, motivo de disgusto para él; pero sus viejos impulsos le han acompañado durante millones de años, mientras que los nuevos le acompañan desde hace unos milenios como máximo... y no es fácil sacudirse rápidamente de encima la herencia genética acumulada durante todo su pasado evolutivo. Si quisiera enfrentarse con este hecho, sería un animal mucho más completo y tendría menos preocupaciones. Tal vez en esto peda adarle n ologo (97). Todas estas consideraciones me parecen atinadas y presumo que lo mismo piensa Valls. Pero no lo es tanto el supuestamente escandaloso corolario que con ellas pretende abonar: que en el hombre la racionalidad es mero barniz y que, en el fondo, seguimos siendo animales y nada más que animales. Yo diría más bien que lo que de entrada distingue al humano del simio no es lo que aquél tiene de más con respecto a éste, sino precisamente lo que tiene de menos . O sea: el hecho de que somos monos... desnudos . Los chimpancés y orangutanes más bien son monos vestidos (vestidos de monos, naturalmente). Poseen toda la dotación de instintos y destrezas necesarias para sobrevivir que en nosotros faltan. La desnudez es tal vez el primer invento de nuestra estirpe: se remonta nada menos que a Adán y Eva en el Paraíso, inmediatamente después de morder la manzana. Desde una perspectiva diacrónica desnudarse fue la primera conquista civilizatoria y tardamos eones en lograrla: gracias a la conciencia empezamos a quitarnos de encima todas las prendas con que la evolución había ataviado a nuestros La naturaleza humana, entre la naturalización y el trascendimiento Naturaleza y Libertad. Número 13, 2020. ISSN: 2254-9668 43 ancestros prehumanos, y sólo cuando esta fase deconstructiva había avanzado lo suficiente pudieron nuestros abuelos empezar a diseñar su propio guardarropa 2 . Los descartes en nuestro caso han sido tan lentos y laboriosos como los esfuerzos para lograr una buena mano. Por eso poseemos un ser que fue histórico incluso antes de volverse cultural de un modo que pudiera ser apreciado desde fuera: el comporamieno animal del hombre es eolcin desde el niel del primae  qe el segundo se superpone como una estructura advenida y que tiene que conciliar prudencialmente con la primera (98). Así es, en efecto, porque los móviles humanos no se suman ni tampoco se oponen a los animalescos, sino que los transforman desde dentro. Es la única providencia admisible si lo que nos distingue es, como vengo sosteniendo, una conciencia radicalmente vacía y desfondada. Aquí de nuevo me distancio de Rodríguez Valls en los matices. Me parece que se da demasiada prisa a la hora de despojar de animalidad al mono que seguimos siendo. Como si no hubiese sido tan lento y difícil (así como peligroso) echar por la borda todas las pautas y automatismos. Yo ni siquiera lo considero deseable. Partir de cero es una receta en la que cifro pocas esperanzas. No preciso en modo alguno que entre animal y hombre haya discontinuidades fenoménicas; la de la conciencia es una discontinuidad nouménica y no hay que tener ninguna prisa a la hora de esperar que se manifieste, aunque tampoco dudo de que a la postre lo acaba haciendo. En cambio, creo que mi colega tiene un punto más de impaciencia: Mejor dicho, la intervención de la conciencia muestra que el organismo no está suficientemente bien diseñado para la supervivencia. De ahí que cuando encontramos conciencia tengamos que pensar que hay un principio nuevo que no es explicable por la 2 En este sentido, el problema no es que asome de nuevo la desnudez subyacente a los añadidos de la cultura, sino que bajo ellos pugnan por renacer vestimentas animalíferas que resultan harto peligrosas en una especie que ha alcanzado tanto poder y tanta capacidad de modificar el medio ambiente.