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LA FRONTERA DEL HAMBRE 1 © MESOAMÉRICA 45 (JUNIO DE 2003), PÁGS. Carmen Mena García* LA FRONTERA DEL HAMBRE: CONSTRUYENDO EL ESPACIO HISTÓRICO DEL DARIÉN Resumen El hambre, la imperiosa necesidad de alimentarse por parte de todos los grupos que invadieron las tierras americanas, delimitó fronteras en el avance conquistador e influyó en el sometimiento de los pueblos nativos. Al mismo tiempo, el hambre fue el impulso que movió a unos hombres desesperados a explorar nuevos territorios para conseguir, ya fuera mediante la rapiña, la violencia y en menor medida la entrega voluntaria, los alimentos que ellos, como seres improductivos, no estaban dispuestos a lograr por sí solos. Por todo ello se impone hacer una relectura de los procesos coloniales para que imaginarios tradicionales, que hasta ahora han ocupado un lugar predominante, cedan el paso, o al menos el lugar que les corresponde a otras fuerzas gravitatorias. La llegada de los españoles al golfo de Urabá pone en marcha una nueva etapa de dominio: la conquista de Tierra Firme. En el territorio panameño del Darién, fronterizo con la actual Colombia, se abre en el siglo XVI una nueva frontera, la primera de toda la América continental en donde se repite la triste situación vivida en las islas del Caribe. HUNGER ON THE FRONTIER: CONSTRUCTING THE HISTORICAL SPACE OF DARIEN Abstract Hunger, the all-important need to be fed, a need shared by all parties who invaded the Americas, established boundaries in the forward motion of conquest and influenced the subjugation of native peoples. At the same time, hunger motivated men to explore new lands in order to secure food that they were unable to produce themselves, which they did by resorting to pillage and violence and, to a lesser extent, relying on voluntary delivery. Looking at the colonization process through the lens of hunger, rather than from more traditional perspectives, allows us to incorporate it as a key explanatory factor. Spanish arrival in the Gulf of Urubá triggered a new stage of domination: conquest of the mainland. In the Panamanian territory of Darien, which borders present-day Colombia, a new frontier was opened up in the sixteenth century, the first to experience the same sad fate that befell the islands of the Caribbean. * Carmen Mena García (española) es doctora en historia de América por la Universidad de Sevilla, España. Es profesora titular de historia de América en el departamento del mismo nombre en la Universidad de Sevilla. Ha realizado numerosas investigaciones sobre el área centroamericana y especialmente sobre Panamá durante el periodo colonial, así como sobre algunos de los acontecimientos políticos más recientes. En 1999, por su contribución al estudio del pasado panameño, le fue concedida la Condecoración Nacional de la Orden “Manuel Amador Guerrero” con la más alta distinción que otorga el Gobierno de la República de Panamá. Su dirección de correo electrónico es [email protected]. Mena, Carmen 45.p65 7/3/2003, 8:42 PM1
CARMEN MENA GARCÍA 2 La frontera es siempre un asunto de dos, por lo menos. La frontera es esencialmente un espacio físico de encuentro y de interacción cultural entre diversos grupos que entran en contacto por circunstancias muy diversas. Un fenómeno específicamente humano por encima del sentido puramente instintivo de territorialidad que separa o enfrenta a las especies y a los individuos de una misma especie animal. Y en este aspecto, escribe Alfredo Jiménez Núñez: “la frontera nos ofrece un inmenso campo de observación, análisis e interpretación de la conducta humana y pone de relieve aspectos fundamentales del sistema cultural”.1 El hambre, esa necesidad primaria de sobrevivir a una muerte cierta por la carencia de alimentos, condicionó en innumerables ocasiones el desplazamiento de las fronteras, provocando la invasión y el sometimiento de nuevos espacios y nuevos grupos humanos. Sin ninguna duda, el hambre fue uno de los factores determinantes más poderosos de la conquista de América. No solamente un freno que demoró el desarrollo de más de una empresa conquistadora, como ha notado Guillermo Céspedes, sino a veces un acicate, un impulso alentador, primario e insaciable.2 LA RUPTURA ECOLÓGICA PROVOCADA POR LA CONQUISTA La primera reflexión que se impone apunta en una sola dirección: la ruptura ecológica que tuvo lugar en la América colonial —observa Pedro Vives Azancot— no procedió sólo de agresiones sobre ecosistemas concretos, sino de una paralela desarticulación de las sociedades americanas sobre las que se aplicó un modelo o proyecto sociopolítico homogeneizador.3 Ello 1Alfredo Jiménez Núñez, “El fenómeno de las fronteras y sus variables: notas para una tipología”, en Estudios fronterizos. Revista del Instituto de Investigaciones Sociales 40 (Mexicali: Universidad de Baja California, 1997), págs. 11–25. Sobre el concepto historiográfico de frontera, véanse también David J. Weber y Jane M. Rausch, editores, Where Cultures Meet: Frontiers in Latin American History. Jaguar Books on Latin America 6 (Wilmington, Delaware: Scholary Resources Books, 1994). 2Guillermo Céspedes, “Oro y hambre: estímulos y frenos en el poblamiento español de América”, en Real Academia de la Historia, Homenaje académico a D. Emilio García Gómez (Madrid: La Academia, 1993), págs. 465–478. 3Pedro Vives Azancot, “Los conquistadores y la ruptura de los sistemas aborígenes”, en Francisco de Solano, coordinador, Proceso histórico al conquistador (Madrid: Alianza Editorial, 1988), págs. 95–118. El tema ha sido tratado también por Alfred W. Crosby, Jr., en sus obras The Columbian Exchange: Biological and Cultural Consequences of 1492 (Westport, Connecticut: Greenwood, 1972) e Imperialismo ecológico: la expansión biológiMena, Carmen 45.p65 7/3/2003, 8:42 PM2
LA FRONTERA DEL HAMBRE 3 implica que en el estudio del cambio ecológico provocado por la conquista deben contemplarse al menos dos dimensiones principales del proceso. La primera de éstas se concreta en la agresión depredadora sobre paisajes y grupos humanos. Se trataría, operativamente hablando, de una larga coyuntura (entre 1492 y 1550), coincidente con el periodo de la “conquista pura”, que llevó al continente americano una larga y traumática sucesión de alteraciones y devastaciones bien localizadas. Los sucesos de este periodo se repitieron en etapas posteriores, merced al mantenimiento de no pocas “fronteras vivas” a lo largo de toda la etapa colonial. La segunda dimensión a la que alude Vives Azancot es la relativa a la construcción de una nueva estructura ecológica, a la progresiva articulación de nuevos ecosistemas a lo largo del periodo colonial siempre con una constante: la presencia de la superestructura hispanizadora sobreponiéndose sobre las pervivencias aborígenes. La conquista, como sabemos, no sólo representó la implantación violenta de un nuevo dominio político sobre otro pueblo, de nuevas instituciones y de una nueva organización del espacio físico. Fue no sólo una conquista espiritual y evangelizadora, significó también la invasión de una nueva cultura dominante, habida cuenta de que las diferencias de desarrollo entre las culturas que entraron en contacto —la española y la indígena— eran muy grandes.4 Y así se impuso la cultura alimentaria del Viejo Mundo. El dominio hispano fue también un dominio biológico. España transformó el paisaje e impuso su dieta mediterránea —especialmente la trilogía de vino, aceite y trigo— a todo lo largo y ancho del Nuevo Mundo conquistado y poblado; inundó América con su ganado vacuno y porcino y transformó radicalmente su variado ecosistema con nuevos cultivos y nuevos hábitos alimenticios. No fue obra de un día, sino el resultado de un proceso largo, soterrado y plagado de dificultades e interferencias mutuas al que Serge Gruzinski ha calificado como la “occidentalización”.5 Allá donde no existían alternativas aceptables se produjo la incorporación paulatina de los cultivos y de la ganadería europea. A lo largo de este proceso de interacción recíproca, de aculturación, que ca de Europa, 900–1900 (Barcelona: Crítica, 1988); y David Watts, The West Indies: Patterns of Development, Culture, and Environmental Change since 1492 (New York: Cambridge University Press, 1987), de la cual existe una versión española, Las Indias Occidentales: modalidades de desarrollo, cultura y cambio medioambiental desde 1492 (Madrid: Alianza Editorial, 1992). 4El clásico estudio es el de Robert Ricard, La conquista de México: ensayo sobre el apostolado y los métodos misioneros de las órdenes mendicantes en la Nueva España de 1523 a 1572 (México: Fondo de Cultura Económica, 1986). 5Serge Gruzinski, La colonisation del l´imaginaire: occidentalisation et sociétés indigènes dans le Mexique espagnol, XVIe–XVIIIe siècles (París: Gallimard, 1988). Mena, Carmen 45.p65 7/3/2003, 8:42 PM3
CARMEN MENA GARCÍA 4 paralelamente venía gestándose a otros niveles y que terminaría produciendo una fusión o síntesis, se aceptaron algunos hábitos alimenticios de la cultura dominada, se rechazaron otros y se modificó el resto. Pero en sus comienzos lo que prevalecía era la alteridad cultural y los conquistadores solían distinguir entre “comida de indios” y “comida de españoles”. El mestizaje se produjo lentamente y, conforme las fronteras se desdibujaban, aquella severa alteridad fue cediendo paso a una fusión cultural, a una superposición de elementos y rasgos característicos de una y otra cultura, que en el plano alimenticio se tradujo en la “comida criolla”. LA FRONTERA MARÍTIMA Pero aún quedaba mucho camino por recorrer. Y así, durante lo que se ha dado en llamar “periodo de la conquista pura” la situación era muy diferente. Como acabamos de señalar, durante esta etapa la frontera americana, como espacio de cambios y adaptación, también era una frontera alimenticia que había que superar. Y ésta comenzaba en las mismas naves que partiendo de Sevilla o Sanlúcar de Barrameda trasladaban a los hombres a las Indias. Es el primer escenario —el marítimo— donde los problemas relacionados con la alimentación comienzan a constituir una verdadera preocupación, pese a que solían adoptarse toda clase de cautelas para que estas despensas marinas estuvieran siempre bien abastecidas y pertrechadas durante toda la travesía.6 Uno de los muchos ejemplos que podríamos traer a colación es éste referido al segundo viaje de Colón, del cual Bartolomé de Las Casas nos dice lo siguiente: En breves días se aparejaron en la bahía y puerto de Cádiz diez y siete navíos grandes y pequeños y carabelas muy bien proveídas y armadas de artillería y artillería y armas, de bastimento, de bizcocho, de vino, de trigo, de harina, de aceite, de vinagre, de quesos, de todas semillas, de herramientas, de yeguas y algunos caballos, de gallinas y otras muchas cosas de las que acá se podrían multiplicar.7 6Véase nuestra obra, Sevilla y las flotas de Indias: la gran armada de Castilla del Oro, 1513–1514 (Sevilla: Universidad de Sevilla, 1998; 2ª edición, 1999), en especial el capítulo 5; y nuestro último trabajo, “La Casa de la Contratación y el abasto de las flotas de Indias”, que saldrá publicado en un número monográfico dedicado a la Casa de la Contratación, cuyo quinto centenario se conmemora este año. 7Fray Bartolomé de Las Casas, Historia de las Indias, en Obras escogidas de fray Bartolomé de Las Casas, edición BAE (Madrid, 1957), con estudio de Juan Pérez de Tudela, libro I, cap. LXXXII; t. I, pág. 346. Mena, Carmen 45.p65 7/3/2003, 8:42 PM4
LA FRONTERA DEL HAMBRE 5 Ciertamente el éxito o el fracaso de la empresa dependían en gran medida de las previsiones iniciales respecto a los abastos que contemplaban no sólo el tiempo estimado del viaje sino algo más. Pero en estos momentos de exploración y tanteo todos los pronósticos solían quebrarse. Sin alimentos, las tripulaciones a duras penas podían sobrevivir en travesías que se prolongaban más tiempo de lo previsto y mucho menos sostenerse, con sus organismos ya de por sí debilitados por el duro viaje, en un territorio hostil y desabastecido. Entre las “Instrucciones dadas a Magallanes”, leemos: E por cuanto no sabemos el tiempo que vos tendréis en este descubrimiento —comunicaba el monarca a Magallanes en 1519, antes de zarpar en busca de la Especiería— e porque algunas personas que van en la dicha armada les parecerá ser mucho el tiempo que habéis andado sin hallar nada, notificadles a todas juntamente, e cada uno por sí poniéndoles grandes penas, que mientras el mantenimiento tuvieren en abundancia, ninguno sea osado a hablar ni hable en el dicho viaje ni descubrimiento estar mucho tiempo ni poco, sino que dejen hacer a los que llevan cargo de él.8 La situación se repetía en todos los viajes de exploración y conquista de los que tenemos noticia. La magnífica flota que en 1502 condujo Nicolás de Ovando a la Española llevaba alimentos para la travesía y para dos meses después de llegados a la isla. Otra expedición del mismo tono colonizador, la de Pedrarias Dávila al Darién de 1514, fue aprovisionada para 16 meses, mientras que la expedición de Magallanes a la Especiería de carácter mixto, mitad exploradora mitad colonizadora, iba abastecida para dos años.9 Pero estas son provisiones excepcionalmente generosas que atienden al carácter de la recluta y a los objetivos de la misión, siendo lo más frecuente que los pequeños viajes de exploración realizados con medios escasos dispusieran de apenas lo necesario para el viaje y poco más, lo que con frecuencia llevaba a los navegantes a situaciones de extrema necesidad. Son numerosos los testimonios de la época que muestran cómo el ser humano es capaz de franquear la barrera que separa la civilización de la barbarie para sobrevivir. A veces se sacrificaba a un tripulante para salvar al resto del pasaje, otras, la víctima, casi 8“Instrucciones dadas a Magallanes para su viaje descubridor”, en Martín Fernández de Navarrete, Colección de los descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV. Edición y estudio preliminar de Carlos Seco Serrano. Biblioteca de Autores Españoles, tomo LXXVI, II (Madrid: Ediciones Atlas, 1964), I, pág. 490. 9Véase nuestro trabajo “Lo privado y lo público en la exploración y conquista del Nuevo Mundo”, en Ernest Belenguer Cebriá, coordinador, De la unión de coronas al Imperio de Carlos V, 3 tomos (Barcelona: Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 2001), II, págs. 441–463. Mena, Carmen 45.p65 7/3/2003, 8:42 PM5
CARMEN MENA GARCÍA 6 siempre el más débil o enfermo, se salvaba a última hora porque se avistaba un barco al que pedir socorro. Un médico y experto en temas navales, como es Fernando López-Ríos, nos recuerda que la sintomatología de las deficiencias nutricionales se encuentra en directa relación con la carencia de nutrientes y, de forma genérica —existen hasta 38 tipos diferentes de desnutrición—, el cuadro clínico que presenta el afectado consiste en sensación de sed, presencia de astenia o fatiga, pérdida de la grasa subcutánea, edema, dermatitis descamativa, petequias, esquimosis, estomatitis y trastorno del sueño. Un individuo sin ingesta de alimentos y en situación de reposo (circunstancia imposible de darse en navegantes o conquistadores) y calculando un gasto metabólico de unas 1,200 calorías o menos, podía sobrevivir hasta 67 días. La mujer, al tener más grasa corporal, tiene mayor capacidad de supervivencia en condiciones extremas, como las reseñadas.10 En unos pocos años, afortunadamente, los puertos caribeños, como auténticos centros nodrizas, se erigen en cabezas de puente de nuevas expediciones conquistadoras y en los mercados suministradores no sólo de hombres sino también de los pertrechos y abastos necesarios para la intendencia, especialmente de pan cazabe y carne. “Dura el cazabí mucho tiempo”, anota el padre Acosta, “y así lo llevan en lugar de bizcocho para navegantes”. Y a continuación añade: “[D]onde más se usa esta comida es en la islas que llaman de Barlovento, que son Santo Domingo, Cuba, Puerto Rico, Jamaica y algunas otras de aquel paraje; la causa es no darse trigo ni aún maíz sino mal”.11 Cuando en 1523 Francisco de Garay organiza su tercera expedición hacia la provincia de Pánuco —ya pacificada y poblada por Hernán Cortés—, parte de Jamaica con una armada de 13 barcos y 840 soldados. En esta ocasión Bernal Díaz del Castillo asegura que “basteciólos muy bien de todo lo que hubieren menester, y era pan cazabe y tocino y tasajos de vaca, que ya había harto ganado vacuno”.12 Para la segunda mitad del siglo XVI estos puertos antillanos han asumido ya definitivamente su papel de mercados abastecedores de cuantas flotas y armadas participan en la Carrera.13 10 Véase Fernando López-Ríos Fernández, Medicina naval española en la época de los descubrimientos (Barcelona: Editorial Labor, 1993), págs. 86 y ss. 11 José de Acosta, Historia natural y moral de las Indias. Edición de Edmundo O’Gorman (México: Fondo de Cultura Económica, 1962), libro IV, cap. 17, pág. 172. 12 Citado por José Luis Martínez, Pasajeros de Indias: viajes transatlánticos en el siglo XVI (Madrid: Alianza Editorial, 1983), págs. 58–59. 13 Véase AGI, Patronato, 269, ramo 17, 1, “Relación de los pertrechos y municiones y bastimentos para la armada de Su Majestad de la Guarda de las Indias y dónde se podrán proveer mejor y a más cómodos precios. Año de 1578 años”. Mena, Carmen 45.p65 7/3/2003, 8:42 PM6
LA FRONTERA DEL HAMBRE 7 LA PRIMERA FRONTERA EN LA AMÉRICA CONTINENTAL: UN CEMENTERIO DE CONQUISTADORES Una vez en tierra, las huestes se enfrentaron a un medio desconocido y a medida que iban adentrándose en el territorio las complicaciones fueron acrecentando las dificultades de la marcha. Cuando las previsiones respecto al destino no se cumplían, se iniciaba la carrera hacia la desesperación, no se encontraban alimentos, no se conocían las capacidades nutrientes de muchas plantas, se había realizado una incursión de tierra quemada y prácticamente lo único que les quedaba era la huida hacia adelante y, en la mayoría de las ocasiones, la retirada. Tiene razón Ricardo Piqueras Céspedes cuando afirma que “la alimentación fue un factor de primer orden en la estrategia de la conquista y quizás el factor que más problemas y preocupaciones planteó a las diversas huestes que se aventuraban hacia los paisajes de un desconocido interior continental”. Ciertamente, nos recuerda, “para analizar el éxito o el fracaso de muchas de estas entradas, es obligado investigar en las fuentes, cuáles fueron las estrategias que debían solucionar las cuestiones relativas al abastecimiento de las huestes, cómo se preparaban desde el punto de vista alimentario y cuáles fueron los principales problemas que tuvieron que ir resolviendo sobre la marcha”.14 Esta situación de extrema necesidad se hace sentir desde el primer encuentro, o mejor dicho “encontronazo”, entre indígenas y españoles en el escenario continental. La llegada de los españoles al golfo de Urabá pone en marcha un nuevo proceso de dominio: la conquista de Tierra Firme. En el territorio del Darién, fronterizo con la actual Colombia, se abre una nueva frontera, la primera de toda la América continental en donde, como veremos, se repite la situación triste vivida años atrás en las islas. Pero con anterioridad a estos hechos se producen otros intentos que culminan en el más absoluto fracaso. Las primeras expediciones a las costas de la Tierra Firme siguen los pasos de Colón y su cuarto viaje.15 Las dirigen dos personajes de especial relieve: Alonso de Ojeda, 14 Ricardo Piqueras Céspedes, Entre el hambre y el Dorado: mito y contacto alimentario en las huestes de conquista del siglo XVI (Sevilla: Diputación de Sevilla, 1997), pág. 93. Este excelente trabajo es pionero en el análisis de la problemática alimenticia durante la época de la conquista en el área del litoral meridional del Caribe de Colombia y Venezuela que en aquella época fue conocido también como la Tierra Firme. 15 Siempre se ha entendido que pretendía la búsqueda de un estrecho entre dos mares. Sin embargo, puesto que ni Ojeda ni Nicuesa recibieron instrucciones con tal propósito, fácilmente puede inferirse que no era éste el objetivo inmediato. Para Carl Ortwin Sauer, el proyecto encomendado a ambos “consistía en retomar las actividades que desde diez años antes tenían lugar en esas costas, pero ahora con una organización Mena, Carmen 45.p65 7/3/2003, 8:42 PM7
CARMEN MENA GARCÍA 8 natural de Cuenca y protegido del influyente obispo Juan Rodríguez de Fonseca, con amplia experiencia en reclutar y dirigir expediciones a las Indias, y un acaudalado vecino de La Española, el jienense Diego de Nicuesa.16 El nuevo proyecto para la exploración y colonización de la Tierra Firme asignado a ambos por la Corona dividía la faja costera que se extendía desde el oeste de Venezuela hasta el cabo de Gracias a Dios en dos inmensas gobernaciones de límites imprecisos: una desde el cabo de la Vela al golfo de Urabá, inclusive, que regiría Ojeda y que fue bautizada como la “Nueva Andalucía”; y otra desde este mismo punto hasta el norte de Honduras, encomendada a Nicuesa y conocida como “Veragua” (véase Figura 1). A juzgar por los hombres que se alistaron en una y otra expedición, sin duda la dorada Veragua de Colón era la que despertaba mayor entusiasmo; también la jefatura de Nicuesa, un hombre de más edad y más respetado que Ojeda, fue determinante a la hora de la recluta. Pedro Mártir de Anglería anota que acompañaban a Nicuesa 785 hombres en cinco barcos, mientras que Ojeda y el famoso piloto cántabro Juan de la Cosa sólo consiguieron reunir 300. Asimismo es del parecer de que Nicuesa llevó más hombres de lo aconsejable para su avituallamiento y gobierno. En diciembre de 1509 parten de Santo Domingo Alonso de Ojeda y Diego de Nicuesa camino de sus respectivas gobernaciones. Un año antes firmaron unas capitulaciones por las que se comprometían a explorar y fundar en las tierras de Urabá y Veragua. El rey Fernando se ofrecía a pagar el formal”. Véase su The Early Spanish Main (Berkeley: University of California Press, 1966), cuya edición española fue publicada como Descubrimiento y dominación española en el Caribe (México: Fondo de Cultura Económica, 1984), pág. 255. 16 Los infortunios de los hombres de Ojeda y de Nicuesa son relatados con bastante extensión por tres cronistas que conocieron a los gobernadores o hablaron con los supervivientes. Al margen de sus discrepancias en el relato, los tres coinciden en destacar el carácter catastrófico de lo que en palabras de Kathleen Romoli constituye “uno de los más sombríos episodios de la oscura historia de la conquista”. La descripción más antigua es la de Pedro Mártir de Anglería, quien dedica casi la totalidad de su Segunda Década, redactada en 1514, justo en el año de la llegada de la flota de Pedrarias Dávila al Darién, y de la puesta en marcha de un nuevo proyecto colonizador que incurrirá en muchos de los errores pasados. Gonzalo Fernández de Oviedo, que acompañaba a Pedrarias Dávila y fue uno de los principales protagonista de la etapa darienita, basa su magnífico relato en su experiencia personal, en cuanto vio y oyó de los propios supervivientes que aún permanecían en el Darién o se avecindaron en las islas. Véase Fernández de Oviedo, Historia general y natural de las Indias, 5 tomos. Edición y estudio introductorio a cargo de Juan Pérez de Tudela (Madrid: Editorial Atlas, 1959), libros XXVII y XXVIII. Como es sabido, Bartolomé de Las Casas no visitó aquella región pero ofrece una de las relaciones más extensas con abundantes y muy interesantes datos en Historia de las Indias, 2 tomos. Estudio y notas de Juan Pérez de Tudela (Madrid: Editorial Atlas, 1957), II, caps. 40 a 77. Mena, Carmen 45.p65 7/3/2003, 8:42 PM8
LA FRONTERA DEL HAMBRE 9 FIGURA 1 Posible ubicación de Santa María la Antigua de Darién en su contexto histórico y regional. Mena, Carmen 45.p65 7/3/2003, 8:42 PM9
CARMEN MENA GARCÍA 16 Qué política de tolerancia tan extraña. Se detalla aquí la entrada de los españoles en el cacicazgo de Cuarecua y los drásticos procedimientos que solían emplear Núñez de Balboa y sus hombres en aquellos casos en los que los indígenas no aceptaban pacíficamente su dominio ni ofrecían abiertamente su colaboración, siempre, claro está, bajo métodos salvajemente compulsivos. Las Casas nos dice que “la costumbre de Vasco Núñez y su compañía era dar tormentos a los indios que prendían para que descubriesen los pueblos de los señores que más oro tenían y más abundancia de comida”, sobre sus poblados caían de noche y a fuego y sangre arrasaban el poblado. El mismo Núñez de Balboa escribió en una misiva a Colón que ya “había ahorcado a treinta caciques y había de ahorcar cuantos prendiese”.31 Fue, a mi entender la hambruna o lo que es igual, la búsqueda desesperada de alimentos, lo que impulsó el desplazamiento de las fronteras darienitas y la incorporación de nuevos espacios indígenas, mucho más que el oro o la caza de esclavos, cuya búsqueda era también prioritaria. Cada conquistador —anota Kathleen Romoli— sentía sed de tesoros, pero para los hombres de Darién lo más importante en aquellos días, tal y como reflejan las fuentes, era la comida: “Fasta aquí”, escribió Núñez de Balboa al rey, “hemos tenido en más las cosas de comer que el oro, porque teníamos más oro que salud que muchas veces fue en muchas partes que holgara más de hallar una cesta de maíz que otra de oro”.32 Muchos hombres cayeron abatidos en su trasiego por las tierras húmedas y palúdicas del Darién. El propio Núñez de Balboa, durante su estancia en el cacique de Tubanamá, enfermó con fiebres muy altas y tuvo que ser evacuado a hombros de sus esclavos, mientras que el resto de sus hombres eran trasladados hasta el campamento darienita en hamacas de algodón y a los que sin encontrarse bien aún les restaban algunas fuerzas, puesto que “estaban débiles de piernas, los indígenas les ayudaban con las manos bajo los sobacos”.33 Este dato es importante y demuestra que Sauer no está en lo cierto cuando escribe que “no hay ninguna mención de fiebres o de fiebres y escalofríos” con anterioridad a la llegada de la expedición de Pedrarias Dávila, añadiendo a continuación que Núñez de Balboa y sus hombres pasaron por regiones que luego fueron notoriamente maláricas sin enfermar”.34 31 Las Casas, Historia de las Indias, II, págs. 274–275. 32 Kathleen Romoli, Balboa of Darién: Discoverer of the Pacific (Garden City, New York: Doubleday, 1953). Hay edición española con el título Vasco Núñez de Balboa, descubridor del Pacífico. Traducción española de Felipe Ximénez de Sandoval (Madrid: Espasa Calpe, 1955), pág. 116. 33 Romoli, Vasco Núñez de Balboa, descubridor del Pacífico, pág. 184. 34 Sauer, Descubrimiento y dominación, pág. 375. Mena, Carmen 45.p65 7/3/2003, 8:42 PM16
LA FRONTERA DEL HAMBRE 17 La necesidad de alimentos era grande y la producción agrícola escasa en estos nuevos asentamientos que ahora daban sus primeros y balbuceantes pasos, más aún si se tiene en cuenta que era preciso contar con los excedentes necesarios para proveer a las expediciones que salían de la ciudad e iban a internarse durante largo tiempo en territorio indígena. Romoli escribe que el cacique Chima, tras sellar su alianza con Núñez de Balboa, “regresó a su aldea para acudir a la siembra y enviar labradores al Darién”.35 Como ya vimos, a diferencia de los primeros contactos hispano-indígenas en Veragua de los que se tiene relación, en el Darién, una vez superada la resistencia inicial, existió una colaboración por ambas partes que benefició la estabilidad del asentamiento de La Antigua. Los invasores practican a partir de ahora una política de captación de los cacicazgos vecinos, mientras que los indígenas, convencidos de que no había otra salida, regresaron a su antiguo poblado —ahora en manos de los españoles— y se ofrecieron a vivir y trabajar para ellos, recolectando alimentos, cazando y pescando.36 No obstante, la mayor parte de la fuerza laboral indígena es reclutada a la fuerza; las intempestivas visitas de los españoles a los cacicazgos de la periferia se acompañan casi siempre de la captura de un abundante número de indígenas esclavos que serán utilizados, como transportistas o remeros, pero fundamentalmente en el cultivo de las sementeras. En las tierras aluviales de las márgenes del río Darién se encontraban las tierras de labranzas de los españoles.37 En ellas trabajaban los indígenas en sus rozas y siembras y las cosechas eran abundantes, lo que garantizaba la estabilidad del asentamiento. A sólo tres años de la fundación de la colonia, ya había prósperos hacendados, como Rodrigo de Colmenares, de quien cuenta Anglería que antes de viajar a España, en 1513, como procurador de los vecinos del Darién “había comprado muy grandes predios y había dejado sembradas muy grandes sementeras, con cuya venta esperaba muy fijamente que conseguiría de sus compañeros el oro de las compras”.38 CULTIVOS Y ANIMALES EN LA SELVA HÚMEDA DE LOS CUEVA En los tiempos precolombinos las poblaciones amerindias habían logrado domesticar más de cien especies de plantas, todas ellas, excepto el camote 35 Romoli, Vasco Núñez de Balboa, descubridor del Pacífico, pág. 117. 36 Sauer, Descubrimiento y dominación, pág. 263. 37 AGI, Patronato, 92, N. 1, ramo 2. Información de los méritos y servicios de Lorenzo Martín, canónigo de Santa María de la Antigua, 25 de febrero de 1523. 38 Anglería, Décadas del Nuevo Mundo, pág. 132. Las Casas, Historia de las Indias, pág. 281. Mena, Carmen 45.p65 7/3/2003, 8:42 PM17
CARMEN MENA GARCÍA 18 (batata) y el algodón, desconocidas en el Viejo Continente. No obstante, anota Richard Cooke, en la época del contacto hispano-indígena los alimentos vegetales básicos eran el maíz, la yuca y otro tubérculo llamado aje, una variedad del camote.39 A diferencia de las Antillas, no se cultivaba la yuca amarga en el Darién septentrional y, por tanto, no existía aquí el pan cazabe, tan valioso por sus cualidades para resistir largo tiempo y tan nutritivo. Esta es una característica común a toda la costa occidental de la Tierra Firme, incluso hoy día. “Cualquiera que haya sido el lugar donde se cultivó primero la yuca amarga”, observa Sauer, “se difundió por la costa atlántica de los trópicos americanos; sólo la variedad dulce se encuentra en la zona occidental de la región del Caribe, en las tierras bajas intraandinas y a lo largo del Pacífico. En ninguna de estas zonas se hacía pan cazabe de la yuca dulce”.40 Fernández de Oviedo nos habla de la existencia de otros tubérculos como las batatas, la boniata (yuca dulce) y los ajes, que crecían también en las islas. Todas se cocinaban asándolas en las cenizas. Martín Fernández de Enciso, cuando describe los alimentos que se producen en la costa sudoccidental de la Tierra Firme, aporta interesantes datos sobre diferencias regionales; por ejemplo, que el pan y el vino se hacían del maíz igual que en la costa colombiana de Cartagena y que existían las mismas raíces que utilizaban los arahuacos para hacer el pan en las Antillas, sólo que éstas eran venenosas si se comían crudas, mientras que las de la Tierra Firme no lo eran.41 Fernández de Enciso se extiende especialmente en consideraciones de tipo alimenticio: las batatas, las piñas que inundan con su delicioso olor (“estando en una sala, huele toda la casa”) y otras frutas que describe con minuciosidad, como el aguacate, fruta extraordinaria que al madurar se hace amarilla y dentro es “como manteca y de maravilloso sabor y deja el gusto tan bueno y tan blanco que es cosa maravillosa”. El maíz era el centro medular de la civilización mesoamericana y, debido a su gran capacidad de adaptación a variedad de climas y latitudes, el cultivo rey de extensas áreas, desde Canadá hasta el sur de Chile. 39 Richard Cooke, “Subsistencia y economía casera de los indígenas precolombinos de Panamá”, en Aníbal Pastor Núñez, editor, Antropología panameña: pueblos y culturas (Panamá: Universidad de Panamá, 1998), págs. 61 y 73. 40 Sauer, Descubrimiento y dominación, pág. 360. 41 Martín Fernández de Enciso, Suma de la Geografía que trata de todas las partidas e provincias del mundo, en especial de las Indias (1519), 3ª edición (Sevilla, 1546) y “Descripción de las Indias Occidentales”, por... sacada de la “Suma de Geografía de este autor, y reimpresa con un prólogo bibliográfico por José Toribio Medina (Santiago de Chile, 1897). Mena, Carmen 45.p65 7/3/2003, 8:42 PM18
LA FRONTERA DEL HAMBRE 19 A falta de pan cazabe, el de maíz fue un buen sustituto ampliamente utilizado por los españoles en el Darién desde los primeros momentos, aunque los indígenas también hacían pan de tubérculos, como la yuca y el aje, así como del fruto de una palma que Sauer identifica probablemente con la Guilielma.42 “Eran aquellas siembras de pan”, anota Anglería, “de la clase de grano que en la Española llaman maíz y los de Urabá dicen hobba, que hemos dicho sazonan tres veces al año porque aquellas regiones no sufren los rigores del invierno por su proximidad a la línea equinoccial”. Y como no podía ser menos, puesto que Anglería acostumbra a elogiar en sus escritos la benignidad de la naturaleza del Nuevo Mundo, en armonía con la vida inocente de los indígenas, destaca sus cualidades alimenticias, superiores a las del trigo: “Que el pan de hobba o maíz es más saludable que el de trigo para los habitantes de aquella región por digerirse más fácilmente lo explica la razón física porque, no haciendo frío, las extremidades no envían calor a las entrañas”.43 En efecto, el maíz además de que se cultiva muy fácilmente tiene un elevado rendimiento y en latitudes tropicales es posible obtener hasta tres y cuatro cosechas por año.44 Fernández de Oviedo nos dice que los indígenas del Darién solían cultivar el maíz y la yuca en las mismas parcelas. Ese gran observador que es Fernández de Oviedo, buen conocedor del ecosistema darienita pues estuvo avecindado en Santa María de la Antigua casi por diez años, nos ha transmitido una de las más detalladas y tempranas descripciones de cómo los indígenas del territorio cueva sembraban el maíz con un sistema de agricultura rotativa, también conocida como de rozas o “de tala y quema”, que consistía básicamente en realizar la siembra en una parcela previamente talada y quemada, la cual, una vez recolectada, era dejada en barbecho hasta que la vegetación y la fertilidad del suelo volvía a regenerarla.45 Tanto el maíz como la yuca se adaptan especialmente bien en vegas fluviales y en donde exista un clima estacional con sol abundante y precipitaciones moderadas. Cooke, sin embargo, consigna su cultivo también en áreas 42 Anglería, Décadas del Nuevo Mundo, págs. 116–117; y Sauer, Descubrimiento y dominación, pág. 363. 43 Anglería, Décadas del Nuevo Mundo, pág. 122. 44 Su rendimiento puede alcanzar de 150 a 200 granos por uno sembrado; en la actualidad esa proporción puede llegar a 1,000 por uno. Juan Álvarez-Cienfuegos Fidalgo, “La conquista ecológica: el maíz ante el trigo”, en Ronald Escobedo, Ana de Zaballa y Oscar Álvarez, editores, Alimentación y gastronomía: cinco siglos de intercambio entre Europa y América (Pamplona: Newbook Ediciones, 1998), pág. 46. 45 Gonzalo Fernández de Oviedo, Sumario de la natural historia de las Indias (México: Fondo de Cultura Económica, 1950), cap. 4. Mena, Carmen 45.p65 7/3/2003, 8:42 PM19
CARMEN MENA GARCÍA 20 quebradas y húmedas e incluso en zonas relativamente frescas en las sierras de Veragua.46 Desde muy pronto, los conquistadores convirtieron el maíz en su alimento básico, al igual que lo era para los indígenas y, dada su falta de disposición e interés por el cultivo de la tierra, saqueaban los depósitos indígenas o bien reclutaban indígenas a la fuerza, haciéndolos trabajar en sus sementeras. También dependieron de las mujeres indígenas, a las que solían llevar consigo en sus razzias para que les cocinasen el pan de maíz.47 Son abundantes las referencias de los cronistas a este modo de proceder. El maíz se preparaba molido, en “bollos” envueltos en hojas de mazorca y también en forma líquida. La chicha fermentada de maíz era ampliamente utilizada en las fiestas o para celebrar cualquier acontecimiento social o religioso. Refiere Fernández de Oviedo que el “chicheme” preparado con maíz tostado y agua era muy frecuente en los viajes por el Pacífico. Los cueva fabricaban asimismo un vinagre del maíz fermentado al sol.48 También se obtenía vino del aje, de la yuca y del fruto de una palma. Anglería realiza una excelente descripción de las generosas bodegas del cacique Comogre, que los españoles contemplaron admirados, llenas de tinajas de barro y de toneles “a estilo de España o de Italia” con excelentes vinos, blancos y tintos, hechos con las especies mencionadas y, utilizando referentes culturales del viejo continente, Anglería no duda en compararlos con los vinos germanos, belgas, ingleses, con los de algunos pueblos de los Alpes e incluso con los montañeses, vascos y asturianos en el territorio español, en donde “hemos oído que hacen sidra de la cebada, el trigo y las manzanas”.49 La elaboración del vino de maíz por los indígenas, descrita en este caso por Fernández de Oviedo, requería gran dedicación. Primero se ponía en remojo los granos hasta que comenzaban a germinar; luego, se hervía y más tarde se dejaba reposar hasta que fermentaba. La bebida estaba lista un día después, pero al cuarto día era “muy mejor” y al séptimo “no está para beber”. Además de la trilogía tropical —maíz, yuca y batata— que constituye el soporte nutritivo de la alimentación de las poblaciones aborígenes del territorio panameño en general y del darienita en particular, se cultivaba también una gran variedad de legumbres, frutas, condimentos, hojas y raíces comestibles de los que Fernández de Oviedo nos ofrece una riquísima y detallada 46 Cooke, “Subsistencia y economía casera”, pág. 73. 47 Sauer, Descubrimiento y dominación, pág. 361. 48 Cooke sobre testimonios de Espinosa, Fernández de Oviedo y Suazo, “Subsistencia y economía casera”, pág. 73. 49 Anglería, Décadas del Nuevo Mundo, págs. 116–117. Mena, Carmen 45.p65 7/3/2003, 8:42 PM20
LA FRONTERA DEL HAMBRE 21 descripción.50 Asimismo los cueva disponían de caza y pesca en abundancia: “Hay muchos ciervos e gamos e corzos, ni más o menos que los de Castilla”, escribe Fernández de Oviedo, así como grandes manadas de puercos salvajes (chuche). Los indígenas eran expertos cazadores y se servían de lanzas, cepos y flechas para capturarlos.51 También abundaban conejos y liebres y los cueva los capturaban con lazos o bien aprovechando su dispersión cuando quemaban los montes; su carne en salazón era un buen sustituto de la carne fresca, al igual que la cecina que se elaboraba de la carne de los xulos y que Fernández de Oviedo identifica con alguna variedad de perro domesticado. Pero el alimento indígena más importante entre los cueva, y muy especialmente en los cacicazgos de Comogre, Pocorosa y Dabeiba, era el pescado y el marisco que capturaban con redes de algodón y secaban y ahumaban en barbacoas. COMO UNA PLAGA DE LANGOSTA La aparente tranquilidad que reinaba por fin en la colonia del Darién, sometida ya a la autoridad del ambicioso extremeño, se interrumpió un caluroso día del mes de junio de 1514 cuando una gran flota arribó a la costa del golfo de Urabá. Núñez de Balboa, convertido ya desde un año atrás en el gran descubridor del otro mar, había hecho llegar a la Corona noticias exageradamente alentadoras sobre las riquezas en oro —el famoso oro de Dabaibe— que ocultaban aquellas nuevas tierra; sólo hacía falta tiempo y refuerzos para rescatarlas. Se necesitaban hombres bien nutridos y brazos fuertes para insuflar nuevos bríos a las agostadas huestes del extremeño, que iban siendo abatidas en sus incursiones por regiones maláricas y, por ello, Núñez de Balboa no dudó en solicitar a la Corona el envío de algunos refuerzos para continuar su labor exploradora, siempre y cuando se tratase de veteranos ya adaptados a la vida americana. Sin embargo recibió no un pequeño grupo de baquianos, bien adaptados a la dureza del clima tropical y a una vida de frontera, sino una avalancha humana de unos mil quinientos hombres venidos directamente de España, muchos de ellos “nobles y mancebos, bien dispuestos, lucidos y ataviados” como si fueran a participar en un desfile militar.52 50 Sugerimos la lectura de la obra de Richard Cooke, varias veces citada aquí, quien ha realizado un exhaustivo rastreo en las fuentes de la época y nos proporciona un completo listado de animales y especies cultivadas por las poblaciones autóctonas en tierras panameñas. 51 Fernández de Oviedo, Historia general, II, pág. 45. 52 Un grupo social es característico en estos primeros años de vida fronteriza: el baquiano, que comenzó como cazador de esclavos y terminó convirtiéndose en sinónimo de veterano en la vida de frontera. Los baquianos eran muy apreciados por sus compañeMena, Carmen 45.p65 7/3/2003, 8:42 PM21
CARMEN MENA GARCÍA 22 En Sevilla son muchos los hombres, más de tres mil, los voluntarios para embarcarse hacia ese territorio en donde, según decían, “se pescaba el oro con redes”.53 Las Casas sentenciaba con mucho juicio que “ésta fue siempre una de las principales causas que han asolado estas Indias, como parecerá, dejar venir a ellas gente demasiada de España”. Se refería a la armada de Bobadilla, quien al igual que unos años más tarde sucediera con la encabezada por el comendador Nicolás de Ovando, “había traído más gente de la que podía remediar”. Una multitud de recién llegados que distorsionaron las bases económicas de la colonia establecida en La Española, sobre la que cayeron como una plaga de langostas, para finalmente morir abatidos por la hambruna y las enfermedades.54 Bartolomé de Las Casas, que viajaba en esta expedición, afirma que en aquella ocasión murieron mil hombres y otros quinientos enfermaron con grandes angustias, hambres y necesidades. Muchos de los que sobrevivieron tuvieron que vender sus ropas para alimentarse. Desgraciadamente la expedición que condujo Pedrarias Dávila al Darién en 1514 revivió estos tristes y desgraciados sucesos. Escribe Las Casas: Repartiéronse los que con Pedrarias Dávila venían, que como se dijo eran mil e doscientos,55 por las casas que eran todas de paja, de los que allí estaban que eran poco más de cuatrocientos. Los que estaban proveían de pan de maíz y del cazabí, de raíces y frutas de la tierra, de agua del río y del servicio de los indios que por esclavos tenían... Pedrarias Dávila mandaba proveer a cada uno de ración de tocinos y carnes y pescados salados y algún bizcocho y otras ros porque conocían bien el terreno y eran expertos exploradores; sabían adentrarse sin temor a extraviarse en selvas y desiertos; eran capaces de sobrevivir aunque se agotasen las provisiones; estaban acostumbrados a la dureza del clima tropical e inmunizados contra sus enfermedades, como la baquía y la modorra, enfermedades cuyos síntomas conocemos pero no así su etiología, que afectaban a casi todos los recién llegados de Europa con una mortalidad inicial del 30 al 50%. Véase Guillermo Céspedes del Castillo, América hispánica (1492–1898), tomo VI de la Historia de España dirigida por Manuel Tuñón de Lara (Barcelona: Editorial Labor, 1983), pág. 75. 53 Las Casas, Historia de las Indias, II, pág. 299. 54 Sauer, Descubrimiento y dominación, pág. 176. Una información más amplia sobre todo lo acontecido en aquellos días puede consultarse en Carmen Mena García, Pedrarias Dávila o la Ira de Dios: una historia olvidada (Sevilla: Universidad de Sevilla, 1992), págs. 53–56. 55 Desgraciadamente, puesto que las fuentes difieren, no conocemos el número exacto de los hombres llegados con Pedrarias Dávila. Sobre este particular véase nuestra obra Sevilla y las flotas, págs. 71 y ss. Mena, Carmen 45.p65 7/3/2003, 8:42 PM22
LA FRONTERA DEL HAMBRE 23 cosas comestibles de bastimentos que el Rey mandó para la armada y gente de ella que se trujese de Castilla.56 Fray Juan de Quevedo encargaba en febrero de 1515 al maestrescuela Toribio Cintado: “Decid a Su Alteza cómo hallamos este pueblo bien aderezado, más de doscientos bohíos hechos, la gente alegre y contenta, cada fiesta jugaban cañas y todos estaban puestos en regocijo, tenían muy bien sembrada toda la tierra de maíz y de yuca, puercos hartos para comer”.57 Constituía aquel lugar, en palabras de Fernández de Oviedo, “una muy gentil población”. Sin duda, se trataría de un sencillo poblado, mitad indígena, mitad español, de chozas con cubiertas de palmas y bajareques, similares a los bohíos de los indígenas, pero bien dispuestas y acomodadas para dar alojamiento a los 515 hombres que formaban el vecindario, junto con los 1,500 indígenas que les servían en sus casas y rozas.58 Con la llegada de la expedición de Pedrarias Dávila las cosas se complicaron, pues una verdadera avalancha humana de unas dos mil personas cayó como una nube de langosta sobre el poblado, buscando acomodo a duras penas entre baúles y provisiones. La ciudad de Nuestra Señora de la Antigua fue durante algún tiempo con sus más de 3,500 personas, entre españoles e indígenas, la colonia más poblada de las hasta entonces fundadas en Indias.59 Los acontecimientos que después acaecieron son de sobra conocidos. Pese a todas las previsiones adoptadas, en apenas un mes, desde que los barcos arribaron a las costas de Castilla del Oro, fallecieron de hambre y enfermedades unos setecientos hombres. Los documentos de la época hablan de una epidemia de “modorra”, de efectos devastadores con especial incidencia sobre los recién llegados, incluido el propio gobernador, que estuvo a las puertas de la muerte.60 Es probable que esta misteriosa enfermedad —tal vez no fuera una sola, sino un conjunto de ellas: lo que ha dado en llamarse una epidemia “compuesta”— se agudizara por la prolongada falta de ingesta, así como por los alimentos y el agua contaminados. Los síntomas que se describen son los 56 Las Casas, Historia de las Indias, II, pág. 315. 57 Mena García, Pedrarias Dávila o la Ira de Dios, pág. 67. 58 Fernández de Oviedo, Historia general, III, pág. 126. 59 Carmen Mena García, La ciudad en un cruce de caminos: Panamá y sus orígenes urbanos (Sevilla: Escuela de Estudios Hispanoamericanos/Consejería de Cultura y Medio Ambiente de la Junta de Andalucía, 1992), pág. 30. 60 Sobre la enfermedad de Pedrarias Dávila y su hipotético diagnóstico tratamos en nuestra próxima obra, que será publicada en Panamá por la Editorial Norma y el Comité del Quinto Centenario, con el título Un linaje de conversos en tierras americanas. Mena, Carmen 45.p65 7/3/2003, 8:42 PM23
CARMEN MENA GARCÍA 24 de un sueño pesado (“modorra”), debilidad extrema y aparición de llagas.61 Se dice que los del grupo de Pedrarias Dávila habían bebido en el asiento de la Antigua agua “pestilente” y seguramente también lo hicieron durante el viaje en condiciones de hacinamiento extremo, por lo que no habría que descartar un brote generalizado de disentería, tan frecuente en aquella época de higiene primitiva. Respecto a la insalubridad de aquel poblado instalado en medio de la selva, las opiniones son tan interesadas y contradictorias que resulta muy difícil tomar partido por uno u otro bando. Además una epidemia de langosta, la primera de la que se tiene noticias en aquellas tierras, destruyó los sembrados dando al traste con todas las previsiones para un futuro inmediato. La Casas nos trazó un cuadro sobrecogedor de los dramáticos momentos vividos por los españoles y nos cuenta: Creció esta calamidad del hambre en tanto grado que morían dando quejidos: ¡dadme pan!, muchos caballeros que dejaban en Castilla empeñados sus mayorazgos y otros que daban un sayón de seda carmesí e otros vestidos ricos, porque les diesen una libra de pan de maíz o bizcocho de Castilla.62 Siete u ocho meses más tarde, calculaba Fernández de Oviedo, eran más los que habían muerto o se habían marchado que los que quedaban en la tierra ya que, en efecto, algunos consiguieron escapar del desastre regresando a España o dirigiéndose a las islas vecinas, ya fuera Cuba, La Española o Jamaica.63 Los acontecimientos que allí tuvieron lugar dan la razón a quienes, como Sauer, consideran que la Corona sin proponérselo condujo al desastre ya de antemano al gran proyecto colonizador confiado a Pedrarias Dávila, al consentir que embarcara un grupo tan numeroso y heterogéneo que vino a distorsionar las bases socioeconómicas de la colonia de La Antigua. Los primeros envíos fueron reclamados con desesperada urgencia por los colonos muy poco después de la llegada de la expedición. Sólo cinco meses bastaron para destruir el brillante modelo colonizador que había preten61 En la actualidad continúa abierto el debate sobre qué enfermedad pudiera ser esta enigmática “modorra”, tan frecuentemente citada en los textos de la época. El historiador de la medicina y gran especialista en temas epidemiológicos, Francisco Guerra, la identifica con la influenza o gripe, pero existen otras versiones. Sobre esta cuestión reflexionamos en un nuevo trabajo que elaboramos en estos momentos. Ahora consideramos lo más apropiado recomendar la lectura de la obra de Noble David Cook y W. George Lovell, editores, Juicios secretos de Dios: epidemias y despoblación indígena en Hispanoamérica colonial (Quito: Editorial Abya-Yala, 2000), que ofrece una amplia revisión historiográfica del tema. 62 Historia de las Indias, II, págs. 32. y 21. 63 Véase Mena García, Pedrarias Dávila o la Ira de Dios, págs. 53 y ss. Mena, Carmen 45.p65 7/3/2003, 8:42 PM24
LA FRONTERA DEL HAMBRE 25 dido ser la armada de Pedrarias Dávila.64 El hambre, la enfermedad y finalmente la muerte extendieron su larga sombra sobre la otrora floreciente colonia darienita. “Nunca se vido cosa igual, que personas tan vestidas de ropas ricas de seda y aún parte de brocado, que valían muchos dineros, se cayesen a cada paso, muertas de pura hambre”, dice Las Casas, quien concluye su trágica descripción recordando las últimas palabras de aquellos hombres que, tambaleándose por las calles de la ciudad, ya agonizantes, exclamaban: “¡pan, dadme pan!”.65 El 9 de enero de 1515, el obispo Juan de Quevedo informaba de la grave situación que se vivía: “[T]odos han enfermado de hambre y de otras enfermedades que no han tenido que comer sino maíz con agua y sin tal, y que serían venidos sino que de flacos no se pueden tener y que no se podían conservar”.66 Por suerte el obispo tuvo la feliz idea de guardar el vino necesario para decir misa en una pequeña vasija que guardaba bajo llave.67 Dos meses más tarde un soplo de aire fresco y grandes partidas de alimentos llegaron al puerto del Darién en dos carabelas. En efecto, de España llegaron por el mes de marzo de 1515 dos carabelas emplomadas que habían quedado rezagadas del grueso de la expedición de Pedrarias Dávila, por imprevistos de última hora, con un importante cargamento de vino, aceite, harina, vinagre y otros suministros. Pero la desesperada situación que atravesaba la colonia obligó a pedir refuerzos urgentes a Jamaica. Entre los meses de noviembre y marzo llegaron por fin al Darién otras tres carabelas que habían sido enviadas a la isla por bastimentos. Traían provisiones abundantes que se vendieron luego a los colonos a precios abusivos: 70 puercos vivos, 250 cargas de cazabe en buen estado y otras 150 más algo deteriorado, 326 tocinos y 40 fanegas de maíz.68 Los refuerzos alimenticios 64 Recordemos que la armada de Pedrarias Dávila arribó a Santa María de la Antigua el 30 de junio de 1514. 65 De Las Casas, Historia de las Indias, II, cap. XI, pág. 32 y cap. VI, pág. 21. 66 AGI, Patronato, 26, ramo 7 (7), “Relación de las cartas que envió el obispo del Darién con el maestrescuela” (9 de enero de 1515). 67 Carta del obispo del Darién (20 de marzo de 1515). AGI, Patronato, 26, ramo 7 (7). 68 AGI, Patronato, 26, ramo 5, “Relación del modo que se tuvo de gastar y vender en Tierra Firme la hacienda del rey que llevó Pedrarias Dávila en su armada” (Santa María de la Antigua, 18 de enero de 1516). Lo recoge Pablo Álvarez Rubiano, Pedrarias Dávila: contribución al estudio de la figura del “Gran Justador”, gobernador de Castilla del Oro y Nicaragua (Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo, 1944), apéndice 20. Mena, Carmen 45.p65 7/3/2003, 8:42 PM25