La tesis política en las novelas de Pereda
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LA TESIS POLITICA EN LAS NOVELAS DE PEREDA* por JOSE F. ACEDO CASTILLA Pereda fue el prototipo del realismo sano y vigoroso, el mejor paisajista de nuestra literatura, el maestro de la novela de costumbres, como lo llamó Menéndez Pelayo1• Pereda que tuvo mucho de Cervantes, aunque también y en cierto modo fue el Zorrilla de la prosa, es uno de los escritores que más se han acercado al pueblo y a la médula nacional. De él dijo Galdós2, que fue un emancipador literario por excelencia, el escritor más revolucionario del siglo XIX. Si no po seyera otros títulos bastaría para poner su nombre en primera línea, la gran reforma que hizo introduciendo el lenguaje popular en el lenguaje literario, fundiéndolo con éste y concibiendo formas que nuestros retóricos más eminentes consideraban incompatible s. Español y católico hasta las m ás hondas raíces de su ser, Pereda fue un escritor montañés3 por excelencia, el poeta nativo de Cantabria -como le llamó Blanca de los Ríos-4, el genio animador de aquella región «donde todo es duro, áspero y brioso, donde la naturaleza -en frase feliz de Galdó smerece llamarse Naturaleza ». Pero Pereda no fue sólo un paisajista, el gran artista de la montaña, sino que fue también ocasionalmente político, testigo y actor de las * Disertación leída el 8 de mano de 1991 , con motivo de l os 85 años de su muert e. 1. Marcelino Menéndez Pclayo. Estudios y discursos de crítica histórica y literaria. Tomo VI . Edición Nacional, Obras Co mpl etas Santander, 195 1, pág. 389. 2. Bcnilo Pérez Galdós. Prólogo a «El sabor de la terruca». Obras Completas de Pereda. Aguilar, 21 edición, Madrid, 1940. pág. 867. 3. Menéndez Pelayo. Ob. cit ., pág. 375·675. 4. Blanca de los Rlos. Pereda animador de Cantabria. Apud. B.B.M.P .. Santander. EncroMano, 1933, pág. 34 .
74 JOSE F. ACEDO CASTILLA luchas y avatares de su tiempo. Las ideas tradicionales fueron la clave de su credo político y socia l. Una inclinación natural, -escribe Van Home s5 Je llevó a la literatura como forma de expresión. Era inevitable por lo tanto, que sus escritos estuvieran influidos y dominados, por sus creencias profundisimamente anaigadas. Cuando un autor tiene convicciones firmes, puede expresar la s de dos maneras: censurando lo que le desagrada y alabando Jo que le gus ta. A sí ocurre con Pereda. Usa de todas la s armas que tiene a su disposición para atacar las ideas que le son repulsiva s: la burla, la ironía, la sátira, todas ellas armas legítim as para un novelista, que Pereda emplea con destreza mortífera, pues no en balde, -co mo observa José Mª Cossí o6, no era un mero dilectante de la tradición, sino un militante de ella. Pero Ja tradición no es para Pereda cosa de arqueología y de historia, sino algo vivo y actual. Enamorado férvido de la tradición de las Españas, fue el suyo un tradicionalismo rotundo, abierto y generoso, intransigente en los principios y transigente con las personas. Prueba de e ll o, fue por ejemplo, la firme amistad que le unió con Galdós desde la primera vez que se vieron uno y otro, cierto día del verano de 18 71 en el vestfüulo de una fonda de Santander. «Hablando, hablando -decía Pereda a Clarín en carta que el famoso crítico asturiano reprodujo casi por entero en uno de sus folletos-7 resultó que nos sabíamos mutuamente de memoria, y desde aquel punto que dó arraigada entre no sotros un a amistad más que íntima fraternal, que por mi parte considero indestructible, cuando lejos de entibiarse con las enormes diferencias políticas y re li giosas que nos dividen, más se enci en d en y estrechan a medida que pasan los años». Y por su parte Galdós8 en la contestación al discurso de ingreso de Pereda en la Real Academia Española, se expresaba del siguiente tenor: «Cuando presentaba yo en mis novelas de los años 70 y 76, casos de conciencia que no eran de su agrado o desdecían de sus ideas, me reñía con sincero enojo y a mi me agradaba que me riñese. Conservo como oro en paño entre los papeles de nuestra larga correspondencia s us acer5. John Van H ome. LA í11jluencia de las ideas tradicio11ales en el Arte de Pereda. Ap ud. B.B.M.P .• Santander, Sep tiembre-Octubre 191 9, pág. 260. 6. J osé M' de Cossio . Estudio Preliminar a las Obras completas de José M' de Pereda. Aguilar, segunda edición, Madrid. 1940, pág. XXIII. 7. Lcopoldo Alas, « Clarín•. Benito Pérez Galdós. Estudio Crítico biográfico. Madrid, 1889. 8. Benito Pérez Galdós. Contestación al discurso de ingreso de José M' de Pereda en la Real Academia Española. Apud, «Discursos en l as re ce pcion es públicas de la R.A.E .». Se rie segunda, t omo IV, Madrid, 1948. pág. 382.
LA TESIS POLITICA EN LAS NOVELAS DE PEREDA 75 bas críticas de algunas obras mías que no necesito nombrar; juicios de gran severidad que son la mejor prueba de la consistencia de sus doctrinas y del afecto que me profesaba». Consecuencia de su ideología política, fue su anticentralismo y por ende el sentimiento regionalista9, ya que para los tradicionalistas, el principio regionalista constituye, un principio básico de filosofía política para la organización del Estado. Esta corriente mal interpretada, fue causa de que Pereda fuera considerado como un escritor limitado, como un huerto hem10so, bien regado, bien cultivado, creado por aromáticas y salubres auras campestres pero de limitados horizontes según la Pardo Bazán'º· Más esta interpretación, -como dice D. Francisco de Cossío11 implica una lamentable confusión, ya que «la universalidad no la dá el escenario, ni el idioma, sino el genio. Si tomamos una gran novela de Pereda, Sotileza, por ejemplo, advertiremos su carácter universal, no bien la s pasiones juegan en el conflicto dramático y los héroes nos manifiestan, no más que su calidad de hombres. Porque las pasiones humanas no son ni pueden ser nunca locales. El amor, el odio, el sacrificio, la abnegación, el heroísmo, son cualidades de carácter universal, y para que tengan ese carácter no se necesita sino que el genio la s interprete: el escenario y el idioma poco importan. Para la exaltación de Rom eo y Julieta ¿qué importancia tiene Verana? *** La vida de Pereda discurre íntima y sencillamente en el noble so lar de la Montaña. Nacido en Polanco el 6 de febrero de 1833 es el menor de los veintiún hijos habidos del matrimonio de D. Juan Francisco de Pereda Fernández de Haro y Dña. Bárbara Sánchez y Fernández de Castro, ambos de familia hidalga y católicos practicantes a machamartillo. La influencia de la madre dejó en él huellas imborrables. Verdadera mujer fuerte, dotada de gran talen to y cultura, a ella debe Pereda -como escribe el Padre Legísimo12 su carácter entero, su 9. El regionalis mo de Pereda, quedó peñeciamcnte m at izado en su discurso en los Jue¡¡os Florales de Bar ce lona de 8 de Mayo de 1892. de los que fu e manlenedor y en el de ingreso en la Real Academia Española. el 21 de Febrero de l 897 sobre «La novela regional ». 10. Emilia Pardo Bazán. la cuestión palpitante. Ediciones Anaya. Salamanca, 19 70, segunda edición, pág. 173. 11. Francisco de Cossío. U11 il'e rs alidad y regionalismo en la Obra de Pereda. Conferencia leída en el Ateneo de Santander. Apud. B.B.M.P., San1ander, Octub rc ·Dicicrnbre 1933. n• 4. pág. 399. 12. Fray Juan R. de L eg ísima. El hidal¡¡o cristiano. Id eas religi os as de Pereda. Apud. B.B.M.P., Santander, Enero-Marzo 193 3, n• l, pág. 122.
76 JOSE F. ACEDO CASTILLA cristianismo sin doblez, su pasión por la naturaleza, su rectitud sin mengua, su sencillez sin pliegues y hasta el pensamiento de la muerte , tan familiar en él, tiene su origen sin duda en aquel rasgo singular de su madre, cuando asiste sola, en el convento dominico de las Caldas de Besaya, - al que iba todos los años para hacer ejercicios-, a su propio funeral, como Carlos V. Para Enrique Sánchez Reyes 13 , el bosquejo de la fisonomía moral de su madre nos lo dejó Pereda en aquella Magdalena, hija del noble señor Pérez de la Llosia «alegre a ratos, a ratos no tan alegre; afecta a su pueblo, pero no tanto que no hubiera oído con mu cho gusto de los labios de D. Román, que pensaba trasladar sus penates a la ciudad; piadosa sin gazmoñerías, caritativa sin tas a, creyente a puño cerrado, de alma sencilla y recta, más dada a la amena literatura que a meterse en nebulosas metafísicas cuando se trataba de recrear el ánimo .. . ». Y en la educación que su madre le había dado, pensaba seg ur amente Pereda cuando no s describe en « De tal palo tal astilla», la que la señora de QuinceviIIes dió a su hija. En el Instituto de Santander, cursó Pereda la segunda enseñanza, de cuya época nos da numerosos referencias en sus artículos «Reminiscencias» y «El primer sombrero», ambos insertos en «Esbozos y rasguños». Habiendo decidido la familia que fuera artillero, en 1852 marchó a Madrid para preparar el ingreso. Pero no teniendo afición a la carrera, se distraía en la corte asistiendo a lo s teatros y al café de la Esmeralda, aplicándose a la lectura de novelas mucho más que al estudio del álgebra, ya que -como dice por boca de Angel en La Montálvez-14 «fue siempre un enigma indescifrable para él, la convenida claridad de las matemáticas». Todas las obras que leyó o vió representar en esta época y que tanto contribuyeron a su formación literaria, los sucesos que presenció, sus amigos de la juventud, sus costumbres, el modo de ser de Madrid hacia 1854, nos lo describe en «Pedro SáncheZ». Para darle interés a estos retazos autobiográficos, el autor hace de su protagonista un joven ambicioso que llega a Madrid bajo la creencia de que Valenzuela, político trapisondista de segunda fila, le protegerá. Al ver burladas sus esperanzas, estimulado por el odio a Valenzuela, se hace progresista, escribe, perora y al fín es caudillo de las oleadas de paisanajes en las 13 . Enrique Sánchez Reyes. Las mujeres en la Obra de Pereda y su madre. Apu d. B.B.M.P. San1andcr, Enero-Marzo 1933, pág. l 58-59. 14 . José M' de Pereda. La Monta/vez. Obras completas, ci1., pág. 1.240.
LA TESIS POL!TICA EN LAS NOVELAS DE PEREDA 77 barri ca das de la revolución del 54. Sube con los vencedores y ha s ta logra la mano de Clara V alenzuela; mas herido por ésta en su honor de marido y caído Espartero, se re tira asqueado de los hombres y de la política al rincón de su Montaña. A mi entender, «Pedro Sánchez» no es rigurosamente una novela política, sino el relato de un hecho histórico que Pereda presenció, y que trajo consigo consecuencias políticas. Buena prueba de ello es como el protagonista no defiende ideas, ni traza planes, ni toma parte en la intriga fundamental de aquella revolución; movido por las circunstancias, se ve inmerso en ella y es arrastrado por la corriente. Así, en las escenas de sangre y de incendio, se duele de tanto horror, por sentimientos artísticos y humanitarios y procura como puede, dis mi - nuir lo salvaje del atropello. Vencedor, tiene por mentecatos a los propios convencedores y nos describe la reunión que él domesticó en el Círculo progresista, burlándose de aquellos ambiciosos desenfrenados 15. Pero junto a los datos autobiográficos y la descripción de la revolución que subsiguió a la Vicalvarada y que, en contra de las previsiones de O'Donnell, fue determinante del retorno de Espartero, se contiene en la obra un detenido estudio so bre Jo s desdichados garabatos que pasaban con el nombre de novelas de costumbres, pese a los denodados esfuerzos de Fernán Caballero y otros para introducir un sano método realista, en lugar del romanticismo desenfrenado y la imitación de autores extranjeros que constituían la existencia en almacén, de la s novelas populares. La revolución del 54, arrojó a Pereda a la Montaña, en Ja que se consagra a Ja literatur a, escribiendo en «La abeja» y en el «Tío Cayetano» artículos de crítica literaria y de costumbres que años más tarde debían constituir el núcleo de «Escenas montañesas». De esta época data la íntima amistad que tuvieron siempre los Peredas y los Menéndez. Aludiendo a estas relaciones familiares, Don Marcelino, que según su propia confesión aprendió a leer en «Escenas Montañesas», en 1876, llama a Pereda «amigo de los de mi casa antes de que yo naciera», y con frases más gráficas «amigos de los de mi sangre» -e n otra ocasión solemne-16• Es por ello por lo que Menéndez Pelayo llama a Pereda, Don José y siempre de Vd., mientras éste le tutea, Je manda cariñosa y paternalmente, encomendándolo mil 15. José M' de Pereda. Pe dr o Sánchez. Obras completas, cit. pág. 1530-3 l. 16. Marcelino Menéndez Pelayo. Dis c ur so en la inauguración de un monumento a Don José M' de Pereda. A pu d. Estudios y discursos de crítica histórica y literaria. Ob . cit., lomo VI, pág. 397.
78 JOSE F. ACEDO CASTILLA pejigueras en la Corte; ya la pronta impresión de sus novelas, ya recomendaciones para amigos, para que le hagan el camino de Polanco a la estación o bien la restauración del templo de su pueblo, etc., etc. Pero -como dice M~ Femanda Pereda y Sánchez Reye s17 , a su querido D. Pepe ¡,qué le va a negar? «Cualquier recomendación de Vd. - le escribe D. Marcelino en una de sus cartas18 , es para mí atendible en primer grado». Y de esta sue rte , él va personalmente a visitar a los ed itores, recomienda en los Tribunales de cátedra, presiona a los ministerios y acude hasta a la misma Reina Regente, cuando el caso grave lo requiere. Las alegrías y l as tristezas de sus hogares, los triunfos y l as desilusiones fuera de ellos. todo lo comparten, todo lo celebran y lo lamentan juntos. Desde que Pereda concibe una idea y los personajes de la fábula comienzan a bailar en su cerebro 19 , lo va comunicando a D. Marcelino, y cuando la obra surge, éste le apadrina y saluda gozoso desde las columnas de «La Ilustración Española» o de la «Epoca». Hay una sóla excepción: «La Montálvez», sobre la que no dijo nada ni en la pren sa periódica ni en libro alguno, y en el Prólogo de las «Obras Completas» se conforma con una leve alusión a este libro de su amigo. Hasta en ésto experimentó Pereda -co mo destacan Mª Femanda Pereda y Enrique Sánchez Reyeslos desazones y disgustos, que le proporcionó esta novela, cuya polvareda no pasó a segundo término hasta que tres años después publicó el Padre Coloma «Pequeñeces» ya que ésta -aún estando muy por debajodió origen a más largas y empeñadas discusiones que Ja novela de Pereda20• *** En I 864 recogió Pereda los artículos que había venido publicando en la prensa durante ocho años, en un volumen que tituló «Escenas Montañesas», la que a juicio de Menéndez Pelayo constituye lo más selecto de la obra de Pereda2 1• Allí quedan los primores de «La Robla» una de las páginas más hermosas de nuestra literatura del siglo XIX, compuesta en el marco de una feria montañesa; «El día cuatro de 17. María Fcmanda de Pereda y Torres-Quevedo y Enrique Sán chez Reyes. Epistolario de Pereda y Mené nd ez Pe/ayo. Bol. de la B.M.P. Santander. 195 3, n• 3 y 4, pág . 208. 18 . lbid em. pág. 358. 19. Ibídem, pág. 208 -209. 20. lbid em, pág. 210. 21. Marcelino Mcnéndez Pelayo. F.studios y dis cur sos de critica histórica y literaria. Ob. cit ., tomo VI. pág. 360.
LA TESIS POLffiCA EN LAS NOVELAS DE PEREDA 79 Octubre» fecha en que se recoge el ganado que en las cabañas ha pasado el verano; «A las Indias», en la que se describe el afán de los jóvenes por marchar a América y el de los padres por proporcionarles los medios, así como la vuelta de la mayoría de ellos, completamente deshechos y derrotados; «El Raquero», «Arroz y gallo muerto», «El Jándalo», y «La leva», cuadro inmortal de costumbres de pescadores, que Menéndez Pelayo no se cansaba de citar, porque -según decía-, desde Cervantes acá, no se ha hecho ni remotamente un cuadro de costumbres por el estilo 22 • Trueba, que por aquellos años estaba en el apogeo de su fama, fue el encargado de hacer el prólogo de las «Escenas Montañesas». Más dominado por los comunes prejuicios y asustado del realismo de aquellos cuadros, tildó a Pereda de fotografiar con marcada fruición lo mucho malo que la Montaña tiene como todos los pueblos. Esta imputación, repetida hasta la saciedad por otros críticos, motivó una rigurosa réplica de Pereda en el prólogo de «Tipos y paisajes»; pero como los lugares comunes traen aparejada larga vida, Pereda se quedó con el sambenito de «Gran fotógrafo» y de «Teniers español». Con la serena perspectiva que da el paso del tiempo, D. Francisco de Cossío23 ha señalado la injusticia de aquella calificación. «La retina, como el objetivo fotográfico -dicecapta imágenes, mas éstas no serían apenas nada, si no hubiese dentro un espíritu y en este caso, un artista. Pereda veía las cosas y las recreaba. Los paisajes de Pereda no son nunca una copia, sino una creación, lo que no excluye el valor plástico que les presta». «La realidad -añade -2 4, fue para Pereda como para el bailarín el suelo, no más que para apoyar en ella la s puntas de los pies y tomar impulso para el salto. Unos girones de niebla, un barco en el mar, el ábrego haciendo temblar una ventana, la bola lanzada al aire por un buen jugador en un día de fiesta ... son más que notas de la realidad vistas y transcritas, creaciones novelescas, puras invenciones, o si lo queréis mejor, poesía «El mismo dato geográfico es obra de su invención». Yo, -añade Cossíoque he hecho varias veces el mismo viaje de Marcelo en «Peñas Arriba», de Reinosa a Tudanca, y como él, en un caballejo y llevando de espolique al estribo al que hizo famoso el nombre de Pito Salces, tengo autorid ad para decir hasta donde llegaba la fantasía de Pereda, pues este viaje no lo realizó él 22. lbid em, pág. 359. 23. Francisco de Cossío. Ob. ci t. , pág. 397. 24. lbidem, pág. 402.
80 JOSE F. ACEDO CASTILLA nun ca en la vida, y en Tudanca no estuvo sino unas horas ... Y si esta novela de la Montaña que puede contraponerse en vigor naturalis ta a «Sotileza», Ja novela del mar, la escribió Pereda de oidas, siendo un a pura creación, cuanto más se aparta del modelo, más penetrantes so n sus esencias novelescas». A poco de publicar este libro, Pereda emprende un viaje a Parí s, donde permaneció más de un año. Cuando regresa a Santander co rre ya el año 68 y está en plena fiebre la revolución, que sus protagonistas llamaron «la gloriosa». Ante los acontecimientos, que ésta trajo consigo, Pereda se siente sold ad o en el confuso tropel de revoluciones, pr édicas impías y libelos antirreligios os, la pluma se le antojó espada, látigo o lengua candente. En unión del grupo de amigos de siempre identificados en ideas, resucita «El Tío Cayetano», desde cu ya s páginas arremete contra aquellos herejes y bl asfemos, a l os que pone en la picota del ridículo. Mantiene en el periódico una se cción llamada «Es píritu de la s Cortes», en la que fu st iga con energía de anatema la labor parlamentaria de aquellas tormentosas asambleas y coopera a la fundaci ón del Cen tr o tradicionalista de la Montaña en el que destaca de tal manera, como que por su labor fue designado candidato por el di strito de Cabuémiga, en las elecciones para la s primeras Cortes que c onvocara D. Amadeo. Este experimento político, -esc ribe José Mª de Cossio-26, no fue infructuoso, pues aparte de remachar en Pereda su aversión por la s instituciones liberales, -rasgo de los más acusados de su fi sonomía-, le sirvió para escribir sus deliciosos, «Hombres de pro» y para depositar en su espíritu la simiente que había de fructificar en « Don Gonzalo» y culminar gloriosamente en «Peñas arriba». «Hombres de Pro», es el valioso trofeo de la única campa ña electoral y de la úni ca ventura política de Pereda. Simón Cerojo y su mujer Juana, van a ser los héroes de la fábula; empiezan por abaceros de aldea; Simón quiere romper a volar porque él y su costilla se ahogan de ambición dentro del mugriento mo strador, donde lo mismo se sirve un vaso de vino aguado, como se da una póliza de crédito usuario. Cerojo con sus ahorrillos mejor o pero habido s, se marcha a la villa; al cabo de cierto ti empo llega a Santander, donde ya se llamó Simón C. de los Peñascales y era banquero y rico. Los vividores de la ciudad le rodean, le adulan, y le proponen que presentara su can25. lbidem, pág. 401. 26. José M' de Coss ío . Ob . ci t. , pág. Xlll.
LA TESIS POLmCA EN LAS NOVELAS DE PEREDA 8 l didatura a diputado. El Sr. de Lo s Peñascales y su fatua mujer ve n aquello como llovido del cielo. Lo ar duo -y esto es lo bueno de la novel aera recorrer el dis trito. Se presentaba como candidato independiente y era menester ganarse la voluntad de todos. «En vano -escribe Per eda27 D. S imón saludaba ha sta a los perros y mostraba v ar as de cadenas y adoquines de diamantes y se desgañitaba D. Cel so pa ra de mo strar a las gentes rehacías con el recuerdo de muchas otra s elecciones, en la s que el poder oficial hace muchas ofertas y jamás las cumple, aunque consiga sus objetivos. Pero Jos jefes de los diver sos grupos electorales preferian ser engañados sirviendo al go bierno, a ser servidos a medias por un charlatán, con el desacreditado título de can didato independiente». Ante ello y pu esto que en todas part es apar ecía n huellas de la influencia moral del gobierno, aquí ofreciendo un Ju zgado de Pri - mera In stancia, allá una carretera; en el otro pueblo la aprobación de sus cuentas municipales, en el del otro lado la tala de un monte y en el de enfrente el repartimiento entre lo s vecinos de ciertos terre nos propios, decidióse D. Simón a se r g ub ernamental, que era lo m ás conveniente. pue s, bien mirado, el gobierno no era mejor que otros muy malos, pero tampoco el peor y, al ca bo, para hacer algo por el país, me jor se estaba al calorcillo ministeri ai que en el infierno de la oposición o en el limbo de los independientes 28 • Tr as esta determinación mediaron n eg ociaciones en ciertos centros oficiales y D. Simón fue admitido en ellos h as ta con palio ... Verificadas las elecciones se le proclamó diputado electo por el Distrito y se le entregó un acta que así lo declaraba «limpia como el oro»29• Claro es tá que D. Simón usó de su investidura para saciar la vanidad de D ~ Juan a; fue explotado por todos, que le sacar on sus dineros, un gacetillero ministerial le dejó s in hija; el Mi nistro de Hacienda casi le dejó s in la suya, hasta que maltrecho y ha stiado se volvió a Santander, para intentar levantar el edificio de sus negocios, que co - menzaban a desmoronarse. Ev identemente esta obra no es un reflejo de la experiencia vi vid a por Pereda en las Cortes amadeistas, ni D. Simón fue uno de los verdaderos «hombres de pro» que bullían en los puestos de influjo alrededor d el trono. Se trata de una sátira del sufragio universal, una muestra de lo que son por dentro lo s mecanismos electorales y el siste ma partitocrático. 27. José M1 de Pe reda. Los ho mbres de pro. Obras completas. cit. pág. 51 1. 28. lbidem, pág. 512. 29. lbidem, id.
88 JOSE F. ACEDO CASTJLLA yes-4\ tienen más de hembras que de figuras delicadas de mujer: no son más que dos bravías; una en barrio de pescadores, otra entre la aristocracia madrileña. Y no digamos nada de lo s diálogos de amor de los que huye o trata con frialdad y despego. Sólo una vez -añade Sánchez Reyesse deja llevar Pereda por la ternura y sensiblería amorosa, al pintarnos en la Montálvez, los inocentes amores de Luz y Angel, nuevos Pablo y Virginia, dignos de una estampa de Bemardino de Saint Pierre, pero que tanto se despegan de los tajantes y enérgicos rasgos, del autor de las grandes epopeyas del mar y de la montaña. *** Pereda al fin se encerró en su Montaña. Los amigos y en especial Menéndez Pelayo, le aconsejaban, por su gloria misma, a no salir tle su huerto y a no hacer caso de los que encontraban limitados sus horizontes. Los mismos novelistas y poetas del bando contrario, mientra<; menospreciaban al escritor de batalla, levantaban muros de elogios al costumbrista y paisajista montañés. Pereda no pudo escapar a los impactos que estas alabanzas dejaban en su corazón y físicamente y más que física, literariamente, se encerró en su nido montañés. Ya nunca volverá a desarrollar novelas religiosas como « De tal palo tal astilla», novelas políticas como «Hombres de pro» y «Don Gonzalo»; autobiografías como «Pedro SáncheZ» y puramente sociales como «La mujer deJ César», «Oros son triunfos», «El buey suelto», y sobre todo «La Montálvez». En lo sucesivo sus novelas se limitarán a presentar el estado arcaico de la montaña, en la que el protagonista se dedica a mejorar la labranza, a ser padre de todos como si viviera en el má s seguro y tranquilo de los mundos y olvidado de todo, se afana por llevar a las casonas montañesas el esplendor moderno, a los valles montañeses la agricultura moderna, a las costumbres montañesas una cultura moderna y corregir, sin mudar ni trastocar, las tradiciones patriarcales de la Montaña. A este período corresponde «El sabor de la tierruca», descripción idílica de Ja vida de aldea: «Pachín González », descripción vigorosa y realista de los estragos causados por la explosión de un barco en el puerto de Santander: « La Puchera », cuadro de costumbres de los ha45. Enrique Sánchez Re yes. Las mujeres en la ohra de Meru!ndez Pelayo y su madre. Ob. Cit., pág. 165.
LA TESIS POLIDCA EN LAS NOVE LA S DE PEREDA 89 bitantes de una aldehuela cerca de la costa: «Sotileza», descomunal empresa de cantar en medio de estas generaciones descreídas e incoloras, las nobles virtudes, el mísero vivir, la s grandes flaquezas, los é pi cos trabajos del valeroso y pintore sco mareante santanderino: y «Peñas arriba>>. «Peñas arriba», es la epopeya de la montaña, es -como escribe Blanca de los Ríos46 , la montaña mis ma con s us cumbres de vértigo, sus ingentes cresterias tocadas de nubes o nimbadas de hielos; s us perspectivas de celestes y violáceas vaguedades y magnitudes oceánicas; sus formidables trombas, bárbaras celliscas y asoladoras tempestades de nieve; sus hombres de indómita reciedumbre, capaces de correr impávidos por escalofriantes precipicios para asaltar en sus cavernas a los osos, luchar con ellos a brazo partido y vencerlos en luchas dignas de los semidioses de la fábula. Y en medio de aquella brava naturaleza, entre aquellas gentes montaraces y sencillas, ábrese acogedora y amable la Casona de Tablanca, viejo nidal de tradiciones, donde al amor de la lumbrerada de la cocinona se juntan en cristiana comunidad amos y criados en torno al entrañable patriarca Don Ce/so, el hidalgo de Tablanca, símbolo de los típicos señores rurales y aún ciudadanos de ayer, que sin degenerar ni aplebeyarse, se abrazaban al pueblo con la santa democracia de Cristo. Para algunos criticos «Peñas Arriba» no es una novela, sino una tesis sociológica desarrollada en una obra que ti ene la estructura de la novela. Así Mariano de Cavia en El Liberal de 31-1-95, decía: «e n su jugosa entraña, en la tesis susodicha, hallará el lector atento: desde el regionalismo tradicional, hasta la organización autonomista de Pi y Margall; desde el patriarcado cristiano y socialista que predicaba «espiritualmente» el Conde León Tolstoy, hasta el aristocratismo intelectual, que prácticamente impuso en Inglaterra Randolpf Churchill». Pero estas cosas, de seguro no estaban en la imaginación de Pereda cuando concebió la novela. Lo que ocurrió fue, que durante el viaje electoral de 1871 del que dejó recuerdo indeleble en «Hombres de pro», se encuentra maravillosamente sorprendido como en lo menos accesible de la montaña, en esa región misteriosa que ensordece el Nansa y ensombran los picos más altos de la cordillera, existía un pueblo que inmune a toda influencia revolucionaria, con unas jerarquías creadas por el tiempo y consagradas por el mutuo cumplimiento 46. Blanca de los Ríos. Ob . cit .• pág. 35 - 36.
90 JOSE F. ACEDO CASTILLA del deber, lograba un bienestar social sin envidias ni recelo s. La dedicación del Señor de la Casona a los asuntos, preocupaciones y discordias de sus vecinos, era correspondida por éstos en el ofrecimiento de su afecto y sus servicios, no como prestaciones interesadas de unos y otros sino como actos funcionales de un organismo. Tal es Ja tesis de la novela, trasunto de un hecho real observado y querido por Pereda, que encajaba perfectamente en su mentalidad tradicionalista, adornada con maravillosos cuadros de colorido sin igual, como el del Viatico a D. Celso, la visita al señor de la Torre de Provedaño, o cuando Marcelo y el espolique Chísco suben y suben, tras el cura de Tablenca hasta la peña elevadísima desde la cual se descubren la mole de Peña Sagra y los Picos de Europa, las gargantas del Deva y la faja azul del mar de Cantabria. Y cuando roto, por el sol el velo de la niebla y el espectáculo pasmoso aparece con toda magestad y belleza, D. Sabas, el buen cura, alma bondadosa y sencilla, canta a Dios frente a la naturaleza, en aquel Benedicite qu e brota de sus labios como de los de un Profeta: Excelsus super omnes gentes Dominus ... Pereda sintió aquí -según Blanca de los Rio s47 , el escalofrío de la emoción suprema y no pudo menos de escribir que aquella invocación del cura «rayaba en lo sublime». En «Peñas Arriba», Pereda se abrazó tan apretada y amorosamente con su montaña y con el alma española, que alcanzó a ser tanto novelista regional corno de raza: novelista nacional. 47. lbidem. id.
