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Cultura latina y sociedad de la información. Pensar lo procomún

Sierra Caballero, Francisco

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CULTURA LATINA Y SOCIEDAD DE LA INFORMACIÓN Pensar lo procomún Prof. Dr. D. Francisco SIERRA CABALLERO Departamento de Periodismo I Facultad de Comunicación UNIVERSIDAD DE SEVILLA Avda. Américo Vespucio, s/n Isla de la Cartuja 41092 Sevilla E-mail: [email protected] www.compoliticas.org Francisco SIERRA CABALLERO es Profesor Titular de Teoría de la Comunicación de la Universidad de Sevilla, donde dirige el Grupo Interdisciplinario de Estudios en Comunicación, Política y Cambio Social y la Revista de Estudios para el Desarrollo Social de la Comunicación. REDES.COM. Experto en políticas de comunicación, nuevas tecnologías y participación ciudadana de la Unión Europea, ha impartido clases y conferencias como profesor invitado en prestigiosas universidades y centros de investigación de la UE y América Latina. Autor de numerosos estudios y ensayos en materia de comunicación y desarrollo, políticas de comunicación y teoría de los medios, ha publicado recientemente “Políticas de comunicación y educación. Crítica y desarrollo de la sociedad del conocimiento” (Gedisa, Madrid, 2006). En la actualidad, es Secretario de la Unión Latina de Economía Política de la Información, la Comunicación y la Cultura (ULEP-ICC). INTRODUCCIÓN Si la cultura más que un sistema cerrado constituye una posibilidad, la potencia creativa del límite, siempre abierta a nuevas preguntas y reformulaciones, qué duda cabe que la cultura latina puede y debe ser redefinida, impulsada al calor del nuevo marco de relaciones internacionales y de construcción de una cultura en común ante las actuales dinámicas de desarrollo de la Sociedad de la Información y del Conocimiento. Es el momento, pues, a nuestro juicio, de dilucidar los compromisos académicos de la investigación en comunicación si de proyectar nuevos escenarios de futuro sostenibles y con garantías de autonomía para el desarrollo se trata, mediante la identificación de los elementos comunes que pueden contribuir a la configuración de un nuevo marco de integración y convergencia regional en la era de la información, apuntando los horizontes y retos político-culturales de “lo latino” en lo que algunos hemos convenido denominar Capitalismo Cognitivo. Partimos, como se advertía en la introducción, de una idea matriz: el propósito de este ejercicio teórico no puede resultar más pertinente y oportuno en el actual contexto histórico. Pues el recobrado interés por las identidades que nos vinculan y distinguen tiene lugar precisamente cuando se están fijando nuevas demarcaciones culturales, nuevas formas invisibles de de/limitación, que establecen márgenes de libertad y restricciones, estructuras desiguales e injustas de división del trabajo cultural que nos excluyen y limitan, imponiendo espacios domésticos de reproducción que esterilizan la capacidad de nuestras culturas populares para crecer y subsistir en el nuevo dominio científico-técnico de la Sociedad del Conocimiento. En esta deriva lógica de distinción y ordenamiento, el reconocimiento de los lugares comunes que nos vinculan y, de algún modo, nos afectan vuelve a incidir en los tópicos ilustrados de un orden del discurso potencialmente liberador pero en la práctica poco o nada productivo. En él, se insiste que, en efecto, es manifiesta una íntima y genuina tradición cultural que nos conecta y compromete en la común herencia y las historias paralelas de colonizaciones, devenir político y transformaciones recientes de nuestra contemporaneidad, en un territorio marcado por una peculiar dialéctica de tradición y modernidad, de integración y aislamiento, de expansión y colonización a la vez que de mestizaje y convulsa creatividad originaria que proyecta globalmente excelentes ejemplos de la importancia y riqueza de esta diversidad cultural. La historia compartida, de este espacio común imaginario, conforma, en efecto, un patrimonio cultural diverso capaz de definir un proyecto económico, político y cultural que podría servirnos como nunca antes en nuestra historia, una peculiar posición periférica que de la necesidad virtud nos permita proyectarnos en mejores condiciones frente a la actual situación claramente de subalternidad. Hoy más que nunca, cuando constatamos que “a los pueblos pequeños nadie les da oídos“ (Saramago dixit), esta alejada posición de los centros de poder y decisión económico-políticos no solo conforman una ventaja competitiva, sino la condición necesaria para aprender a pensar nuevos escenarios y reglas del juego en los procesos de desarrollo a ambos lados del Atlántico, más allá, desde luego, de los muros simbólicos y las aduanas económico-culturales que nos mantienen aislados en una estéril diferencia que nos lleva a la indiferencia ante la suerte o deriva del aislamiento del “Otro” mientras seguimos separados o, en palabras de García Canclini, desconectados en la era de las redes y la conectividad global. La importancia y necesidad de una alianza latina en la defensa de una posición común que, a partir de nuestro legado y potencial económico-cultural, fortalezca el papel de interlocutor y mediadores en las relaciones internacionales no solo ante centros de poder como la UE, sino en el marco de la división internacional del trabajo cultural que se perfila al amparo del nuevo proceso de reestructuración capitalista constituye, vaya por delante, una premisa, a nuestro modo de ver, incuestionable del diagnóstico de nuestro tiempo. UN MAPA COGNITIVO DE LA CUESTIÓN Desde el punto de vista teórico, y a tenor del contexto histórico que viene configurándose en las relaciones culturales, parece lógico pensar que, en el mundo que está conformándose con la globalización de la sociedad-red, la propia noción de ciudadanía cultural iberoamericano nos lleve a reformular los planteamientos de partida para asumir una visión federalista que trascienda la mirada binacional cuestionando, en la era del modo de organización imperial, la perspectiva del Estado-nación, cuando más necesario es aprender a pensar sin Estado, o, más exactamente, cuando más necesitamos redefinir nuestras estrategias y las relaciones de dominación desde el pensamiento del límite que desenmascara las fronteras como delimitaciones artificiales de control político-militar y de reorganización de los flujos de mercancías y capitales. Este es el reto de la globalización y de quienes abogamos por defender la diversidad cultural. En un anterior trabajo, insistíamos que este debiera ser el primer paso para quienes pensamos que en estas tierras ignotas de Occidente, en el marco de la UE, todos somos ibéricos (Sierra, 2008d). De lo contrario, asistiremos impasibles al desgajamiento simbólico o “fantasmal” del espectro de Iberia, mientras discutimos sobre las formas de superar la brecha con Europa sin saber si no es más conveniente tomar el rumbo de América o construir con nuestro barco de ilusiones, nuevos trayectos en el mapa de la historia, con otra carta de navegación y un nuevo cuaderno de bitácora, como en parte les sucede a los personajes de la novela de José Saramago, “La balsa de piedra”. El desgajamiento de la Península Ibérica del viejo continente convirtiéndose en un territorio a la deriva que navega por el Atlántico, en busca de una nueva localización, es una genial metáfora del momento en el que nos encontramos. En la novela de Saramago, todos los esfuerzos por ponderar y detener la “peligrosa” deriva de la península fracasan ante la travesía y evolución ineluctable de un curso de navegación que convierte a nuestro territorio en un trozo de unión entre América y Europa, y desde luego, entre Europa y el continente africano. La conclusión que puede colegir el lector es, a este respecto, utópicamente reveladora: la necesidad de que Europa mire al sur para que, en compensación por sus abusos coloniales, antiguos y modernos, contribuya a equilibrar el mundo desde el compromiso ético, desde la justicia y la igualdad. El artista sevillano Pedro G. Romero ironizaba, en el mismo sentido, sobre la idea de península navegante al representar en forma de balsa de piedra despegada de los Pirineos el curso de la historia que nos une a la América precolombina y a la cultura híbrida latina del subcontinente latinoamericano. Ya decía Ortega que la esencia de lo ibérico ha sido y es la peculiar resistencia a Europa, siendo ella misma, la cultura ibérica, parte de Europa, en forma de curiosa o paradójica dislocación de ambos países hacia Occidente. Tradición y modernidad, decíamos, conforman la peculiar cultura común, entre un talante dinámico, capaz, vital, moderno y optimista, que cree y trabaja duro por un porvenir mejor, y otro doliente y quejoso que parece incapaz de creer en el futuro empeñado como está en la idea de cuanto peor, mejor. Siendo en parte cierta la aseveración de Ortega, quizás es el momento de que esta deriva pueda ser interpretada más que como circunstancia o accidente, como elección y posición elegida, para pasar del discurso de la cultura ibérica como paradigma de la cultura occidental desviada y marginal, a la afirmación de la periferia de las culturas emergentes y subalternas del indigenismo y los excluidos del mundo en el nuevo horizonte poscolonial. Un discurso tal trata de pasar del imaginario del aislamiento a la afirmación de la diferencia, interpretando el iberismo como la figuración antagonista de lo Otro, o los otros, las voces no asimiladas, irrepresentables o invisibles, inasibles y resistentes a lo hegemónico, la insurgencia de pueblos de frontera invisibilizados, la perfecta anomalía salvaje, el locus y humus de un apego insondable a la tierra y la cultura, característica, a decir de algunos expertos, de la cultura ibérica y, por extensión, o como resultado de las invasiones, de la región latinoamericana. Esta, no obstante, no es la única característica definitoria de nuestra cultura regional. Los procesos de hibridación entre formas autoritarias de soberanía oligárquico-esclavista coloniales y formas de modernización desarrollista dirigidas por las élites tecno-burocráticas de los Estados nacionales y el poder económico de las antiguas metrópolis o del centro del sistema económico internacional han marcado también históricamente el proceso de construcción de los sistemas informativos y del espacio público en nuestra región. La forma-Estado nacional en Iberoamérica ha sido, como resultado, débil, con insuficiente autonomía, subordinada a las relaciones imperialistas o interimperialistas de organización, de acuerdo a estructuras de biopoder patriarcales y racistas. En este marco, y condicionados por el discurso del determinismo tecnológico y de la economía política de la Aldea Global, los países iberoamericanos han estado sujetos a un intercambio cultural adverso y desigual en las relaciones de fuerza con las naciones del centro del sistema mundial, dando lugar a estructuras comunicativas altamente concentradas o, habitualmente, a una economía de las industrias culturales totalmente dependiente del consumo y de las condiciones definidas por la división internacional del trabajo cultural. Hoy, sin embargo, esta particular dialéctica está siendo significativamente alterada. Se observa, en primer lugar, una nueva subjetividad política, nuevas luchas y formas de resistencia cultural de los movimientos y actores sociales que tratan de transformar el espacio público de los débiles Estados nacionales en favor de un espacio abierto y plural, común a todos los actores en el nuevo horizonte político-económico posnacional. Paralelamente, la existencia de distintos acercamientos y estrategias de desarrollo de países como Brasil, Venezuela o Argentina, pone de manifiesto la importancia de una alianza y posición común que, a partir de nuestro legado y potencial económico, fortalezca el papel de interlocutor y mediadores culturales en el nuevo sistema internacional, más allá de iniciativas como Mercosur o el ALBA. Y ello podría decirse respecto a las relaciones de los países ibéricos con Latinoamérica. La intensificación de los intercambios comerciales y financieros y el incremento de las relaciones culturales, científicas y académicas de España y Portugal con América Latina han alcanzado en los últimos años cotas y dimensiones inimaginables hace décadas. La inversión española, por ejemplo, en Iberoamérica de casi la mitad del presupuesto destinado a cooperación al desarrollo y la creciente inversión de empresas hispanas en países del subcontinente, con cifras que han superado los 100.000 millones de euros en pocos años, evidencian la importancia y prioridad que Latinoamérica tiene para el desarrollo económico y cultural de nuestro país. Más allá de las cumbres de la UE y de los acuerdos de asociación preferencial con países iberoamericanos, la visibilidad creciente de la llamada Comunidad Iberoamericana de Naciones ha renovado el interés y preocupación pública por la integración cultural en un mismo espacio político-económico. La decisión de la Declaración de Santa Cruz de la Sierra en la XIII Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno de crear una Secretaría General Iberoamericana permanente inaugura de hecho una nueva etapa de recuperación del espíritu del 92, impulsando el conocimiento, los foros de diálogo y participación pública a ambos lados del Atlántico, en el empeño por contribuir a una mejor integración política y cultural. En este nuevo marco, las políticas de cooperación en comunicación y cultura están adquiriendo una función estratégica de articulación. La construcción del espacio iberoamericano a través de programas de cooperación y proyectos de formación cultural pensados para impulsar el sector y garantizar el desarrollo de los sistemas de información y conocimiento autóctonos han comenzado, en efecto, a adquirir el valor y relevancia política que demandan los retos de definición de este nuevo ámbito común de colaboración y desarrollo regional. En este nuevo escenario, movimientos como IBERCOM, iniciado en Brasil en el año 1986, vienen tratando de definir un proyecto de cooperación e intercambio entre investigadores y académicos de la comunicación a uno y otro lado del Atlántico, a fin de propiciar el diálogo cultural para la integración y la discusión científica de alto nivel, que de verdad contribuyan al conocimiento y la formación universitaria de excelencia en la construcción de la identidad y el proceso de integración de Iberoamérica ante el actual desarrollo económico, político y social del nuevo universo mediático digital. Las inversiones de empresas de telecomunicaciones y multimedia en Latinoamérica están profundizado al tiempo la presencia de la lengua castellana y de las culturas latinas diversas y multiétnicas de Iberoamérica en los mercados globales, estrechando aún más los flujos e intercambios comerciales en el sector de la comunicación y la cultura. Ahora bien, a fin de garantizar un proyecto sostenible de futuro, la Comunicología iberoamericana debe redefinir los marcos lógicos de observación. Para el éxito de esta empresa de integración regional es preciso promover el ejercicio de pensar y forzar los límites, de desenmascarar las máscaras, de construir en común una “cultura de frontera”, de frentes culturales, y de confrontación productiva de formas de sentir e imaginar comunes y distintas, realimentando el patrimonio territorial y geopolítico común, la penuria y el subdesarrollo estructural que nos define como culturas marginales o periféricas en comunión por la reivindicación de las necesidades de desarrollo territorial y colectivo de otras periferias y modos de enunciar que habitan en el mundo, en nuestro mundo colonizado y explotado; entre otras razones, porque , como venimos apuntando, los procesos de formación del Estado en América Latina, vale decir también en Iberoamérica, se asienta sobre las bases patriarcales y esclavistas de un Estado oligárquico primero, corporativo luego y finalmente nacional-desarrollista que no permite hoy garantizar los derechos culturales de la ciudadanía en la era global del neoliberalismo. Como apuntábamos páginas más arriba, desde el punto de vista conceptual, parece lógico que, en el mundo que está conformándose con la globalización de la sociedad-red, la cooperación en comunicación y cultura reformule sus visiones y estrategias tradicionales para asumir una visión federalista y supranacional, o mejor aún, posnacional, que trascienda la mirada bilateral hoy dominante en nuestro ámbito de actuación, a fin de trascender, en la era del modo de organización imperial, los limitados márgenes de maniobra de las políticas culturales que vienen dados por la perspectiva del Estado-nación, cuando más necesario es, precisamente, aprender a pensar sin Estado, o, más exactamente, cuando más necesitamos redefinir nuestras estrategias y las relaciones de dominación en la comunicación y la cultura global, más allá de las fronteras y de las delimitaciones artificiales de control político-militar de reorganización de los flujos de mercancías y capitales que han marcado desde el siglo XIX la historia político-cultural de Iberoamérica. Este sin duda alguna es el principal reto de la globalización para la defensa de un nuevo espacio multivalente, complejo y productivo de cooperación y promoción de la diversidad cultural. Para ello es preciso un diálogo intercultural crítico y creativo. No basta mirar u oír las creaciones y modelos culturales allende las fronteras, como siempre ha venido proponiendo el iberismo intelectual, desde hace más de un siglo. Para entender al Otro hay que convertirse en intérprete, y mejor aún en objeto interpretado. Partimos para ello, como ventaja, de la potente creatividad y vitalismo irreductibles a la gramática del Capital, como allende los mares. La “mentalidad de Poniente” (Lourenço dixit) - el viejo sentido de la tierra, de la propiedad, los hábitos y modos de vida - constituye un material difícilmente absorbible por el Capital, que pone por condición primera la falta de hábitos, en un mundo inhabitable. . Y este no es un capital, o cultivo social cualquiera, es el potente ecosistema de vida que nos permite seguir pisando suelo firme en un tiempo en el que, como decía Marx, todo se disuelve en el aire, más aún en un tiempo calificado por Bauman como de modernidad líquida. Ahora bien, paradójicamente, este apego a la tierra, este cúmulo de energía, vida y hábito cultural, se debate en la contradicción que paraliza los proyectos de futuro en la región. Como advierte Fernando Rodríguez de la Flor, “en cuanto que pensamiento que se expresa en un habla de la frontera, y se vierte en la creación de un perfil del lugar o lugares donde desfallece y se anula en realidad la energía capitalista, ese iberismo, sin duda, también consiste en la reivindicación expresa de unos reinos de perfil desvaído (quizás estemos tratando del depósito de la memoria de reinos perdidos), en todo caso de lugares en donde sea ostentosa la existencia de una condición, como diría A. García Calvo (…) no progresada. Es decir de una tierra que renuncia (o le hacen renunciar) a vivir la prosperidad y el progreso franco (en medio del cual habita) y que, en realidad lo desdeña y le da la espalda, quizás por nostalgias de algo más antiguo y esencial”. Por ello, en buena medida, el empeño del proyecto de reconstrucción de la Comunidad Iberoamericana de Naciones en la Sociedad de la Información debe partir también de un compromiso y esfuerzo de pedagogía política de la memoria que actualice nuestras lecturas convergentes y disímiles de republicanismo, dictaduras, modernidades, transiciones, y, desde luego, de imperialismos y colonizaciones varias, en África y, fundamentalmente, América. El Capital no tiene memoria, pero la cultura sí. Toda fórmula o pretensión cultural de “lo latino”, si no quiere ser una forma reactiva o arcaísmo ingenuo, pasa por la interpretación del pasado y del presente-futuro, desde el punto de vista utópico, esto es, como anticipación y voluntad transformadora de nuestro futuro común. Evocar y reivindicar la cultura común ha de ser una forma de resistencia intelectual y político-cultural. Especialmente cuando hoy se piensa el desarrollo cultural desde una visión idealista, poco o nada reivindicativa, según una visión mitopoética que trata de exaltar las tradiciones de España y Portugal, con la fe puesta en conformar un eje territorial del Poniente como la posmoderna zona provenzal del capitalismo integrado angloamericano y nórdico de la UE, definiendo el iberismo posible como la renuncia precisamente a la voluntad de cambio y de poder, de voz y de palabra. Esta forma posiberista, o postmoderna, construye un relato que podríamos calificar como foráneo, pues observa el futuro ibérico desde fuera, no desde dentro, desde Bruselas o los centros del poder del capital transnacional, no desde los sujetos históricos concretos del Algarbe, Andalucía, Beira Interior o Extremadura. Se trata de un iberismo forjado por lusistas e hispanistas, o por intelectuales autóctonos que hablan de hermanamiento haciendo abstracción de la vida e historia material de nuestros pueblos, anulando la singularidad conflictiva y la posición periférica para redituar nuestro patrimonio cultural en el margen, privilegiado, pero margen al fin y al cabo, del centro del sistema capitalista imperial, al no problematizar las relaciones de poder y las conexiones económico-culturales que atraviesan estos procesos identitarios, del pensamiento y organización del territorio. 5. La formación de agentes culturales. La experiencia de programas académicos de intercambio como el hispano-brasileño CAPES/MEC hace recomendable su extensión e impulso para complementar iniciativas como el Plan ACERCA, haciendo posible la valorización del patrimonio intelectual común, así como la valorización lingüística y el reconocimiento mutuo desde la experiencia práctica inmediata de los responsables de la gestión y aplicación de las políticas culturales. La política de cooperación requiere, en la misma línea, políticas de cooperación en materia educativa a partir de la integración de espacios académicos institucionales como FELAFACS o ALAIC, que deben coordinar sus esfuerzos en plataformas comunes como la Asociación Iberoamericana de Comunicación, contribuyendo así a la integración universitaria y al impulso de programas de intercambio y formación experta en comunicación y cultura similares al equivalente regional del programa europeo ERASMUS MUNDUS en la formación especializada de postgrado. La articulación de un Programa Internacional de Investigación de Comunicación para el Cambio Social sobre cultura, desarrollo y mediación social que aborde cuestiones estratégicas en la región como el desarrollo urbano y las nuevas tecnologías de la información debería conformar, en la misma línea, uno de los ejes prioritarios de la acción exterior de las políticas públicas de agencias como AECI en el espacio regional. 6. La articulación de redes de ciudades culturales. Una nueva ciudadanía cultural iberoamericana, una ciudadanía activa, pasa hoy por la realización tanto del derecho a la cultura y acceso al patrimonio histórico de la ciudad, como por la capacidad de autonomía y determinación pública de las condiciones de desarrollo y convivencia en el contexto inmediato de desenvolvimiento individual y colectivo. La unidad de intervención básica de las políticas públicas, considerando los argumentos antes expuestos, debe ser la ciudad. Experiencias como URBACT en Europa, la proliferación de algunos observatorios locales, y la desvertebración del Estado-nación en Iberoamérica sientan las bases propicias para aprender de las redes y circuitos culturales de grandes y medianas ciudades del subcontinente, siguiendo experiencias como las de la Capitalidad Cultural Iberoamericana, que a nuestro juicio pueden contribuir a poner en valor y visibilizar nuestro patrimonio simbólico proyectando espacios de organización en red de ciudades con señas de identidad, políticas de desarrollo o mercados de turismo similares, que a medio plazo pueden dar lugar a la creación de nuevos yacimientos de producción de contenidos, de generación de conocimiento y de articulación de proyectos e cooperación cuyo impacto puede resultar significativo en el mercado regional. 7. El protagonismo del Tercer Sector. El contexto internacional de interdependencia plantea nuevas relaciones entre política y producción cultural y entre gobierno y movimientos sociales. El proyecto de una ciudadanía cultural iberoamericana, en el marco de Estados-nación débiles y un mercado dependiente o periférico, exige desde nuestro punto de vista reforzar las políticas de participación y desarrollo con mayor protagonismo del Tercer Sector. Si el Príncipe no ocupa su espacio y el Mercader favorece un tipo de intercambio al margen de los intereses del mercado y productores locales, parece lógico imaginar otro sujeto o eje de intervención en las políticas públicas de cooperación. En este marco, la función de las políticas de comunicación y cultura debe ser, de acuerdo con García Canclini, la promoción, dinamización y desarrollo cultural. Pero para garantizar el reclamo de diversidad cultural deben ser favorecidas las políticas activas de promoción de plataformas intersectoriales e interinstitucionales de aquellos territorios y sectores de la comunicación y la cultura amenazadas por una liberalización autoritaria que concentra los recursos, despilfarra las fuentes de creatividad social y anula, por lo general, los derechos ciudadanos sobre los bienes y servicios culturales. Y, en este proceso, es vital el papel del Tercer Sector y del movimiento altermundialista, que, a su vez, debe pasar de la lógica de la negación a la estrategia de la programación politizada del campo de la comunicación y la cultura a nivel estatal, regional y supranacional. Cambiando, para ello, lógicamente, de enfoque y ángulo de visión de las políticas públicas en la materia. 8. Fomento de la industria radiotelevisiva y musical. Reseñada la importancia de la cultura popular, de la cultura oral en Iberoamérica, parece claro, a raíz de los análisis de los logros y obstáculos de construcción del mercado regional, que han de cambiar las prioridades de las políticas públicas, procurando invertir esfuerzos y recursos en dos pilares de la cultura común de nuestro espacio regional: la cultura audiovisual, ámbito abandonado tradicionalmente en las políticas internacionales de los operadores públicos de televisión, aún existiendo experiencias importantes como ATEI; y la industria musical, cuyo imaginario, en el mercado global, sitúa a la cultura latina como un claro exponente de creatividad y tradición cultural específica. Falta no obstante un mayor conocimiento e iniciativas dirigidas a ambos sectores, frente a la preeminencia de la política de bellas artes, centrada por ejemplo en el cine, o la promoción de la galaxia Gutenberg, en beneficio del sector editorial. 9. Constitución de redes de televisiones públicas. De las principales conclusiones de los informes sobre el estado de la comunicación en Iberoamérica, se infiere la ausencia de políticas de redes de operadores públicos en la región, salvo el caso de ATEI, pese a existir intentos de articulación en el ámbito nacional, como es el caso de México o Brasil, e incluso bilateral como el reciente encuentro hispano-mexicano. Complementariamente a iniciativas como ATEI o IBERMEDIA, se observan carencias importantes en materia de cooperación, coordinación e intercambio en el sector audiovisual que contribuyan a la producción y distribución de contenidos audiovisuales de calidad, reforzando la función pública del sistema radiotelevisivo en la región. El desarrollo de esta voluntad de articulación es imprescindible para definir políticas de valorización del patrimonio cultural en las redes digitales. Como demuestra la ciencia regional, toda política de desarrollo exige diversas estrategias de coproducción, la convergencia y diseño de redes de productores y distribuidores culturales, tal y como ilustra en la UE la experiencia de programas como MEDIA. Pero el mercado no garantiza la realización de este principio. Debe ser, por ello, el sector público, y especialmente la industria radiotelevisiva, la que lidere esta política de cooperación audiovisual en Iberoamérica, tanto para promover los valores del servicio público en el sector televisivo como para hacer factible la construcción del mercado audiovisual regional y la cultura común necesarias para modificar las condiciones estructurales desfavorables a la industria cultural autóctona. 10. Replanteamiento de la doctrina y la política de derechos de autor. Por último, como advierte Negri, la fuerza de trabajo inmaterial requiere libertad para expresarse y producir (Negri/Cocco, 2006: 169). Frente a los cercamientos, a los bloqueos y apropiaciones privadas, la política cultural de cooperación debe en consecuencia poner en contacto a los trabajadores de la industria de la comunicación y la cultura, garantizando la liberación de las energías creativas. Ello pasa por el replanteamiento de las políticas públicas de gestión de los derechos de propiedad intelectual, tratando de promover los derechos colectivos, lo procomún. Una tarea prioritaria, en esta línea, de la Secretaría Iberoamericana de Telecomunicaciones es revisar los principios y visiones, los métodos y objetivos de la política angloamericana hoy hegemónica, jurídica e ideológicamente, en el desarrollo de la Sociedad del Conocimiento. Si el problema de la comunicación y la cultura en nuestro tiempo es la lucha por el código, por la apropiación de lo inmaterial, por el patrimonio cultural común, sujeto a un proceso de progresiva desmaterialización y desterritorialización objeto a su vez de un intensivo intercambio, el nuevo derecho público de la producción intelectual, el reconocimiento de la autovaloración y de las diversas formas de autoproducción (de las favelas, del sector terciario informal, de la libertad de circular en red), debe realizarse garantizando una esfera pública que reconozca las dimensiones productivas de la ciudadanía y los intereses colectivos frente al modelo tradicional de acumulación y apropiación de los bienes culturales. Más allá del Estado y del mercado, la renuncia a cuestionar el sistema de patentes y de derechos de propiedad intelectual socava las posibilidades del pacto social necesario para la realización de los derechos culturales en la región. Por ello, no es posible pensar un proyecto de cooperación sin impugnar el actual sistema internacional de regulación de estos derechos. Y, de momento, Iberoamérica no ha planteado alternativas políticas en su estrategia de posicionamiento, salvo para cumplir fielmente las exigencias de la OMC y de las normas angloamericanas de explotación mercantil del sector de la comunicación y la cultura, en contra, incluso, de sus propios intereses. Ahora bien, de la capacidad de respuesta a este y otros retos de futuro dependerá, según hemos tratado de argumentar, los horizontes de progreso de la cultura latina en la Sociedad de la Información. . . Pensando, en fin, en lo procomún como alfa y omega de un proyecto compartido de comunidad. Este será el reto de futuro en los próximos años. BIBLIOGRAFÍA BARTOLOMEU JÁCOMO, A. (2004): “Cultura de fronteira: Um desafio à integraçao”, Centro de Estudios Ibéricos (www.cei.pt) (Consultado: 30 de Julio de 2006). 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