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El amor y la muerte en Luis Cernuda

Vaz de Soto, José María

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diScuRSo de aPeRtuRa del cuRSo 2012-2013 PRonunciado el día 5 de octuBRe de 2012 PoR el acadÉmico numeRaRio EXCMO. SR. D. JOSÉ MARÍA VAZ DE SOTO ENRIQUETA VILA VILAR12 Como complemento a mi intervención hace dos años en -sesión académica ordinariasobre Cernuda y al comentario del largo e importante poema Noche del hombre y su demonio ya publicado en el Boletín de la Academia, voy a centrar hoy esta disertación en el otro poema al que también me referí entonces y que hoy se les ha repartido a ustedes. Se trata de Elegía anticipada, que, al igual que el poema anterior, forma parte del libro Como quien espera el alba, y que hace años fue anotado por mí en un libro de texto para COU de la editorial Anaya y, poco después, en un Simposio Regional de Actualización Científica y Didáctica de Profesores de Español, pero sobre el que ahora quiero volver y comentarlo más por extenso en función del tema del amor y el tema de la muerte en el conjunto de la obra poética de Luis Cernuda. Como profesor de literatura, siempre he sido partidario de ir directamente a los textos literarios, convencido de que esta es la función del profesor, al menos en la enseñanza media o secundaria, y que todo lo demás está mejor en los libros de texto, y será más conveniente para los alumnos estudiarlo por ellos que por los apuntes que puedan tomar en clase. Es de suponer que esos libros de texto estarán, por lo menos, bien escritos y sin faltas de ortografía... Aunque, en los días que corren, tampoco pondría yo mi mano en el fuego, ésa es la verdad. Sabido es que hay fundamentalmente dos Luis Cernuda: el que vivió en España hasta casi el final de la Guerra Civil, y el del exilio (primero en Gran Bretaña, después en los Estados Unidos y PReSentaciÓn 13 el amoR Y la mueRte en luiS ceRnuda Por JOSÉ MARÍA VAZ DE SOTO Minervae Baeticae. Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 2ª época, 41, 2013, pp. 13-27. Méjico). Aunque algunas opiniones de peso, como las de Octavio Paz o Gil de Biedma, se inclinen como poeta por el primero, yo he preferido siempre al segundo. Ya en algunos poemas de Invocaciones, pero sobre todo en Las nubes, en Como quien espera el alba, en Desolación de la quimera, está, a mi juicio, el Cernuda, desde luego, obviamente, más maduro, pero también más aquilatado y poético, e incluso más original si nos atenemos a la tradición de la poesía española, dada al barroquismo y al exceso retórico más que a la contención, la depuración y la sobriedad. El amor y la muerte son temas de casi todos los poetas que en el mundo han sido, por la sencilla razón de que son los dos temas fundamentales de la existencia y de la naturaleza humana: Eros y Tánatos, como ya supo decirlo muy bien Sigmund Freud. Y si recuerdo a Freud en este momento no es por casualidad, sino porque muy cerca de su concepción de la vida y de la muerte está la de nuestro poeta, y cuando digo que lo veo próximo al fundador del psicoanálisis estoy pensando, más que en el psicoanálisis como terapia o como inspirador del surrealismo, en el último Freud, en el autor de El malestar en la cultura y de El porvenir de una ilusión. Anticipemos ya a modo de resumen que el amor es para Cernuda algo siempre provocado por la belleza de los cuerpos, es decir, en cada caso, de un cuerpo joven y, dada su orientación erótica, de su propio sexo. Varias veces se enamora Cernuda dentro y fuera de España a lo largo de su no muy larga vida y, aunque más tarde le llega la hora de la separación o el desengaño, sigue pensando siempre que “valió la pena”. Así lo confiesa literalmente en uno de sus últimos poemas al evocar uno de estos amores: “No reniegues de aquello, / Al amor no perjures. / Todo estuvo pagado, sí, todo bien pagado, / Pero valió la pena”. Y concluye en ese mismo poema: “En la hora de la muerte […], / Tu imagen a mi lado / Acaso me sonría como hoy me ha sonreído, / Iluminando este existir oscuro y apartado / Con el amor, única luz del mundo”. Para él, el amor, que nace, muere y tal vez renace en nuevos cuerpos jóvenes, es, como dice aquí y reitera en tantas ocasiones con estas u otras palabras, la “única luz del mundo”, más preciado que la misma libertad, o acaso identificado con ella: “Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien / Cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío” [70], había escrito ya en Los placeres prohibidos (1931). JOSÉ MARÍA VAZ DE SOTO14 En cuanto al otro polo freudiano, la muerte, podemos decir que no está vista nunca en la poesía de Cernuda con angustia, aunque sí algunas veces con melancolía. Pero como más a menudo la evoca nuestro poeta es como un último refugio, donde cese definitivamente la estimulación y el ajetreo, y en ello ya he indicado una posible influencia de Freud y de su teoría del instinto de muerte o “principio del nirvana”, es decir, según las últimas teorías del fundador del psicoanálisis acerca de las dos pulsiones fundamentales, Eros y Tánatos, el deseo profundo de los seres vivos de regresar al estado inorgánico inicial. En cuanto a esta Elegía anticipada que les hemos repartido, se trata, a mi juicio, de uno de los poemas más perfectos de Como quien espera el alba e incluso de La realidad y el deseo, que es, como saben, el título que Luis Cernuda acabó dando a su obra poética completa. Vamos ahora a leerlo: Por la costa del sur, sobre una roca Alta junto a la mar, el cementerio Aquel descansa en codiciable olvido Y el agua arrulla el sueño del pasado. Desde el dintel, cerrado entre los muros, 5 Huerto parecería, si no fuese Por las losas, posadas en la hierba Como un poco de nieve que no oprime. Hay troncos a que asisten fuerza y gracia, Y entre el aire y las hojas buscan nido 10 Pájaros a la sombra de la muerte. Hay paz contemplativa, calma entera. Si el deseo de alguien que en el tiempo Dócil no halló la vida a sus deseos, Puede cumplirse luego, tras la muerte, 15 Quieres estar allá solo y tranquilo. Ardido el cuerpo, luego lo que es aire Al aire vaya, y a la tierra el polvo, Por obra del afecto de un amigo, Si un amigo tuviste entre los hombres. 20 el amoR Y la mueRte en luiS ceRnuda 15 Y no es el silencio solamente, La quietud del lugar, quien así lleva Tu memoria hacia allá, mas la conciencia De que tu vida allí tuvo su cima. Fue en la estación cuando la mar y el cielo 25 Dan una misma luz, la flor es fruto, Y el destino tan pleno que parece Cosa dulce adentrarse por la muerte. Entonces el amor único quiso En cuerpo amanecido sonreírte, 30 Esbelto y rubio como espiga al viento. Tú mirabas tu dicha sin creerla. Cuando su cetro el día pasa luego A su amada la noche, aun más hermosa Parece aquella tierra; un dios acaso 35 Vela en eternidad sobre su sueño. Entre las hojas fuisteis, descuidados De una presencia intrusa, y ciegamente Un labio hallaba en otro ese embeleso Hijo de la sonrisa y del suspiro. 40 Al alba el mar pulía vuestros cuerpos, Puros aún, como de piedra oscura; La música a la noche acariciaba Vuestras almas debajo de aquel chopo. No fue breve esa dicha. ¿Quién pretende 45 Que la dicha se mida por el tiempo? Libres vosotros del espacio humano, Del tiempo quebrantasteis las prisiones. El recuerdo por eso vuelve hoy Al cementerio aquel, al mar, la roca 50 En la costa del sur: el hombre quiere Caer donde el amor fue suyo un día. JOSÉ MARÍA VAZ DE SOTO16 Métricamente, el poema está escrito en endecasílabos blancos, es decir, sin rima, distribuidos sintácticamente en estrofas de cuatro versos, a las que para entendernos vamos a llamar cuartetos. Los endecasílabos van todos acentuados a la manera tradicional y premodernista, bien en sexta sílaba, bien en cuarta y octava, siendo la proporción de estos últimos la normal, o tal vez un tanto escasa (poco más del diez por ciento, exactamente el 11,53 por ciento del total). Desde el punto de vista de la composición, todo parece medido y ajustado al máximo. El poema consta de trece cuartetos. Los seis primeros están dedicados al tema de la muerte; los seis siguientes, al tema del amor; y el último funde, muy cernudianamente, ambos motivos. La muerte (la muerte propia) está referida (como es natural, ya que el poeta sigue en vida) al futuro, y el amor, al pasado, por medio de una evocación. El punto de confluencia es el lugar en que el poeta estuvo enamorado, el mismo en que un día desea ser, será (aunque luego no lo haya sido) enterrado. Se trata justamente de un cementerio. Su ubicación, “en la costa del sur” (vv. 1 y 51). Se refiere sin duda al sur de España, a Andalucía, y con toda seguridad, a juzgar por los datos que he ido obteniendo aquí y allá de la biografía del poeta, no al litoral atlántico sino al mediterráneo. Podría tratarse, nos lo tememos, de algún lugar maltratado y desfigurado en nuestros días por el turismo. ¿Torremolinos tal vez? Sería una última burla del destino a nuestro poeta, que sigue hoy enterrado donde habita el olvido, entre un mar de lápidas grises, en un cementerio de Ciudad de Méjico, cuando lo que pretendía al escribir esta elegía anticipada o testamento incumplido era “estar allá solo y tranquilo” (v. 16)1. Vamos ahora, con toda humildad y muy didácticamente (como a mi juicio debería hacer siempre el comentarista, aunque 1. Con posterioridad a la redacción de estos párrafos, que recojo literalmente de un artículo publicado por mí en 1986, tuve ocasión de confirmar esta sospecha. En carta a José Luis Cano escrita desde Méjico en mayo de 1956, declara Cernuda: “El cementerio de la Elegía no es el inglés de Málaga, sino el de Torremolinos” (publicado en Ínsula, nº 498, mayo de 1988). Este pequeño cementerio, que es conocido precisamente con el nombre de La Roca, está hoy rodeado por todas partes de nuevas edificaciones. Yo estuve allí de visita hace ya bastantes años y vi que en su interior no hay árboles, aunque sí había algunos a su alrededor y no es imposible que sea a éstos a los que se refiere el poeta en la tercera estrofa (si nos empeñamos en que ha de haber correspondencia estricta entre el cementerio del poema y el que suponemos que es su referente). el amoR Y la mueRte en luiS ceRnuda 17 peque por exceso de didactismo), a intentar explicar y aclarar lo que en estos versos se nos dice. Es lo que en nuestra teoría y práctica escolar del comentario de texto llamamos Explicación. Luego vendrá el Comentario estilístico si parece oportuno. El poeta, que está lejos de allí (con toda seguridad fuera de España, en el exilio británico)2, evoca un cementerio. Lo sitúa vagamente “por la costa del sur”, cerca del mar, no junto a una playa arenosa, sino “sobre una roca”, arrullado a sus pies por el rumor inacabable de las olas (primer cuarteto). Visto más de cerca, “desde el dintel” (v. 5), ofrece una sensación de paz, de refugio acogedor; más parece, o así nos lo hace ver el poeta en su evocación, un huerto que un cementerio, a pesar de las lápidas (segundo cuarteto). Si penetramos en él y paseamos por los senderos bordeados de árboles, vemos sus troncos fuertes y gráciles y sentimos a los pájaros cantar y revolotear en torno nuestro. Sigue siendo, pues, una descripción muy poco fúnebre de un cementerio, y aunque en el último verso de este tercer cuarteto aparece, por fin, la palabra “muerte”, se trata de una muerte acogedora, protectora, a la sombra de la cual buscan refugio o “buscan nido” (nunca mejor dicho) los pájaros. Evocado el cementerio como un lugar apacible y acogedor (a lo que dedica los tres primeros cuartetos), el poeta declara a continuación que desea ser enterrado allí un día: “quieres estar allá solo y tranquilo” (v. 16). El empleo de la segunda persona del singular en lugar de la primera para referirse a sí mismo es frecuente en Cernuda y de ello nos ocuparemos brevemente en el Comentario. Por otra parte, el poeta no sabe si se va a cumplir ese deseo o última voluntad; más bien lo pone en duda: desconfía de que el deseo de alguien (y concretamente este deseo suyo aquí expresado) sea respetado “luego, tras la muerte” (v. 15). De ahí que empiece 2. Según Rafael Martínez Nadal (Españoles en la Gran Bretaña. Luis Cernuda, el hombre y sus temas, Madrid, Hiperión, 1983, p. 315), este poema fue escrito exactamente en Cambridge, en la residencia Champman’s Garden, frente a los jardines de Emmanuel College, aunque según Antonio Rivero Taravillo (Luis Cernuda. Años de exilio, 1938-1963, Tusquets Editores, Barcelona, 2011, p. 92) hubo una primera versión -Rivero Taravillo nada dice de la segunda y definitivaescrita en Glasgow en abril de 1942 y titulada por entonces Elegía malagueña. JOSÉ MARÍA VAZ DE SOTO18 esta cuarta estrofa con una condicional: “Si […] puede cumplirse” (vv. 13-15). Y si tiene más razones que otro para ponerlo en duda es tal vez porque mientras estuvo vivo (“en el tiempo”, v. 13) no halló la vida “dócil a sus deseos” (v. 14). Obsérvese que, según nuestra lectura, el adjetivo “dócil” va con “vida” y no con “tiempo” (a ello volveremos después), aunque no lo indique la puntuación en un sentido ni en otro. En la estrofa quinta… el poeta insiste. Una vez muerto (“ardido el cuerpo”), quiere que sus restos (“el polvo”) reciban allí sepultura “por obra del afecto de un amigo”… si es que tiene alguno. (Cabría decir que no lo tuvo, o no lo tuvo lo bastante dispuesto como para llevar a efecto su “deseo”.) Cernuda nos da de paso, como más adelante veremos con más detalle, su antropología fundamental, su visión del ser humano, su concepción de la vida y de la muerte: el cuerpo arde (la vida no es otra cosa que una lenta combustión) y, una vez “ardido”, el espíritu que alienta en nosotros irá al aire (recuérdese la etimología de la palabra: del latín spiritus, soplo, aire) mientras que la materia (“el polvo”) irá a la tierra. No vaya a pensarse -añade el poeta en el sexto cuartetoque si evoca ahora este cementerio del sur de España (sin duda, desde las nieblas del Norte), y expresa el deseo de que pueda ser un día su última morada, es sólo por el silencio y la quietud que allí se respiran. Hay además otra razón: que allí mismo (en ese cementerio o, más probablemente, junto a ese cementerio) fue feliz un día, que allí su vida “tuvo su cima”, que allí (es consciente, tiene “conciencia” de ello) vivió con intensidad una cumplida relación amorosa. Es la experiencia que nos va a relatar en los seis cuartetos que siguen (estrofas 7ª a 12ª). Empieza haciéndonos saber (cuarteto séptimo) que todo ocurrió en la estación estival, en tiempo veraniego o próximo al verano, cuando el mar y el cielo “dan una misma luz” (esto suele ocurrir en todas las estaciones del año, pero sospechamos que el poeta se refiere a una misma luz… azul), cuando “la flor es fruto” y (aquí parece aludir al sentimiento de plenitud de aquella breve época de su vida, más que a una estación del año) el destino es tan pleno, es decir, se siente uno tan realizado en él que, como un fruto maduro, no le importaría el amoR Y la mueRte en luiS ceRnuda 19 he apuntado en la Explicación, en el sentido de que, para Cernuda, el amor (o el deseo, puesto que para él vienen a coincidir) es eterno, como el Fénix: muere en una relación y renace en otra, siempre idéntico a sí mismo. El amor es, pues, único (renacido), pero el objeto amoroso es nuevo (“amanecido”). Notemos de paso sutilísimo ardid que el empleo de la palabra “cuerpo” para designar al objeto amado, además de apuntar hacia la hermosura física como fuente primigenia del deseo (lo que es fundamental en la concepción erótica de Cernuda), permite al poeta, con cierto pudor o discreción, pero sin renunciar a su verdad ni traicionar su naturaleza (no lo hizo nunca, que sepamos, a este respecto) seguir hablando en género masculino: “esbelto”, “rubio”…5 El poema, o sea, la anécdota, la relación amorosa evocada, tiene así difícilmente una lectura heterosexual, aunque tampoco la tenga forzosamente homosexual. Quizá por eso nos sirve y nos conmueve a todos, homosexuales y heterosexuales. No obstante lo que acabo de decir, en la estrofa siguiente, la novena, para indicar el paso de los días (como antes cuando nos dice que “la mar y el cielo / Dan una misma luz”, que “la flor es fruto”), el poeta nos insinúa imágenes más bien heterosexuales: el día (con “su cetro”), su “amada” la noche; la tierra, el dios… Da la impresión de que pretende erotizar el paisaje e incluso el universo, proyectar su pasión sobre todo lo que le rodea. En la estrofa décima se nos relata el primer encuentro amoroso. Obsérvese la ruptura de la norma lingüística con el uso del verbo ser en lugar de estar (“fuisteis”, v. 37), sin duda para sugerirnos la “eternidad” del instante. El adverbio “ciegamente” (v. 38) expresa muchas cosas a la vez: con pasión desenfrenada, sin ojos más que para el objeto amoroso, en la oscuridad, con los párpados tal vez cerrados al besarse… Cabe decir que se trata de una palabra cargada en este caso, por su situación contextual, de connotaciones pasionales y de fuerza expresiva. Algo parecido ocurre con “embeleso”, rescatada aquí, por 5. Cierto que ya en algunos poemas de Los placeres prohibidos se refería Cernuda al amor uránico sin disimulo, aunque también es verdad que este libro, escrito en 1931, permaneció inédito hasta su aparición en el conjunto de La realidad y el deseo en 1936. En todo caso, Cernuda fue sin duda, a diferencia de otros poetas de su generación, un adelantado en “salir del armario” y hay que reconocerle por ello cierta valentía y temple moral. (Cfr. Antonio RiveRo TaRavillo: Luis Cernuda. Años españoles (1902-1938), pp. 229-231.) JOSÉ MARÍA VAZ DE SOTO26 el contexto densamente poético, de la degradación acumulada en contextos cursis de cuplé o de novela rosa. Por último, “labio” también está potenciada, por su insólito empleo en singular, con frescas sugerencias eróticas que el plural no habría logrado transmitirnos. En el cuarteto siguiente, como ya vimos en la Explicación, los dos amantes se bañan al amanecer. El mar, no ya la mar como en el verso 25, hace brillar sus cuerpos morenos, que recuerdan por su color y tersura, ciertos cantos rodados de algunas playas del sur de España. De ahí el empleo anticipado del verbo “pulir” (v. 41) y la comparación que sigue (v. 42). El adjetivo “puros” tiene aquí, entre otras, una connotación moral, de una moral irreductible y cernudiana en la que el sexo no es en modo alguno pecaminoso. De la estrofa duodécima, ya comentada en parte, notemos ahora tan sólo la interrogación retórica (vv. 45-46) y el lenguaje de gran carga conceptual, aunque, por eso mismo, quizá excesivamente abstracto y menos poético que el de las estrofas anteriores, no obstante la profunda verdad humana que expresa. La tercera parte (último cuarteto) es (permítaseme una imagen tan manoseada, pero tan útil en este caso) como un broche de oro que cierra, que abrocha hermosamente, las dos partes anteriores, los dos grandes temas de esta elegía y, sin duda, de toda la obra cernudiana: el amor y la muerte. Si el poeta ha evocado aquel lugar ha sido por la doble razón expuesta de que allí fue feliz y de que allí mismo le gustaría descansar en su día. Así conviene que sea, porque ése es el auténtico destino del hombre: amar, y luego, morir; porque “el hombre quiere / Caer” (y me permito desbaratar este magnífico verso para aclarar el fondo del pensamiento cernudiano) después de que el amor haya sido suyo un día, es decir, después de haber amado. Lo de menos, a mi juicio, es, pues, el dónde. Por eso no teman ustedes que vaya a terminar este comentario con una petición de importación de huesos para que los restos del poeta, fallecido e inhumado en Méjico en 1963, sean trasladados a nuestro viejo cementerio de Torremolinos. No, Cernuda (como Antonio Machado, con cuyas cenizas tanta lata nos dieron hace años) está bien donde está: “Allá, allá lejos; Donde habite el olvido”. el amoR Y la mueRte en luiS ceRnuda 27