La Guerra de la Independencia. Una interpretación
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LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA. UNA INTERPRETACIÓN Por JOSÉ LUIS COMELLAS Hace doscientos años, lo s españoles estaban viviendo una serie de acontecimientos excepcionales, en una sucesión tan rápida que venía a romper una era, como es la de casi todo el siglo XVIII, relativamente plácida y tranquila. Tal vez muchos de ellos se sentían desconcertados ante la incre íble sucesión de acontecimiento s. Cierto que en algunos ambie nte s ilustrados, habían comenzado a circular nuevas ideas, aires de cambio, quizá sobre todo desde la que A. Elorza ha llamado "ge neración de 1760"; pero estas ideas ni alteraban la normalidad ambiente, ni evolucionaban con una rapidez que pudiera so rprender a nadie. Má s que esa nueva generación, influyó en el ambiente el transito de 1789: por un lado, la sucesión de Carlos III, el rey de las reformas prudentes y bien pensadas, en Carlos IV, un monarca apocado e indeciso, que mu y pronto fue dominado por un valido que goza de muy mala fama histórica, Manuel Godoy, en el cual se ha cebado desde entonces hasta qui zá ahora mi s mo , una visión en exceso negativa, sin que por eso deja se de merecer las críticas de sus contemporáneo s, criticas exageradas por los enemigos de su rápida y fácil ascensión al poder , y su dominio absoluto de la voluntad del monarca. Lo cierto es que en grandes sectores de la sociedad española, Godoy fue un personaje impopular, como casi siempre lo fueron los validos. Y justamente el mismo año en que Carlos IV subió al trono, estalló la Revolución francesa, un hecho que conmovió a gran parte de Europa, y muy
194 JOSÉ LUIS COMELLAS particularmente a España, por razones de vecindad y por estar regida por la misma dinastía, vinculados ambos reinos por un duradero Pacto de Familia. Por otra parte, bien sabido es que la propaganda revolucionaria eligió a España como su objetivo favorito, quizá precisamente por el peligro que podía su poner un posible derecho dinástico de la familia Barbón a cualquiera de los dos reinos. La Revolución francesa, por otra parte, obligó a definirse a los ilustrados españoles. Ya no ba staba sos tener lucubraciones teóricas, que no se sabía siquiera si, dada la situación de la opinión española, resultaban aplicables de hecho: era preciso aceptar o rechazar lo que se estaba operando al otro lado del Pirineo. Y fue entonces cuando se echó de ver una bamboleante, contradictoria en ocasiones, respuesta de los hombres ilustrados del momento. Floridablanca, el hombre de las reformas más progresivas de la época de Carlos III, se opuso frontalmente a la Revolución, y estableció el famoso "cordón sanitario" que cerró la frontera francesa, con la intención de cortar todo influjo, toda propaganda, e incluso en ocasiones trató de censurar las noticias que llegaban del país vecino. Por el contrario, el conde de Aranda, inquieto de ideas, ciertamente, y amigo de Voltaire, pero partidario, contra el criterio de Floridablanca, de mantener los privilegios y la superioridad social de la nobleza, mantu vo una política de entendimiento con los revolucionarios. ¿Y qué decir de Jovellanos, uno de los hombres más equilibrados y razonables del momento? Unas veces se le ve rechazando de plano las ideas revolucionarias, y otras, como después de un desaire sufrido en la corte, escribiendo en sus diarios una frase tan terrible como esta: "caigan, pues, la s testas coronadas . .. .. ". Pero el rito de los acontecimientos alcanzó su paroxismo en 1808. Primero ocurre el primer de stronamiento de la historia moderna de España. Casi al mismo tiempo, una intervención directa de Napoleón Bonaparte en nuestros destinos, la invasión militar del país, y el intento de implantar un nuevo régimen, presidido por la figura de su hermano, a quien impuso como José I. El intento napoleónico contó, por paradójico que pueda parecer, con un grupo de ilustrados españoles, que dieron por bueno el cambio, y siguieron una política de reformas que transformaba
LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA. UNA INTERPRETACIÓN 195 parcialmente al menos el sistema por el que tradicionalmente se había gobernado España. Pero casi al mismo tiempo también, se producen una serie de movimientos contra la intrusión napoleónica, y comienza la guerra más espantosa de nuestra Edad Contemporánea, una contienda cruel, llena de vaivenes, que tan pronto parece ganada como perdida, que iba a ensangrentar a España durante seis años y a provocar destrucciones sin cuento que tardarían muchos años en repararse. Luego vendría una disputa interna por el poder en la España patriota, varios ensayos fallidos, críticas y zancadillas mutuas, hasta que todo desembocó en la reunión de unas Cortes que iban a cambiar la suerte política de España en un grado mucho más amplio que el intentado por los mismos afrancesados: hasta desembocar en el establecimiento del Nuevo Régimen. Por sorpresa, España, que según el presidente de la regencia, D. Pedro de Quevedo, era el último país del mundo en que pudiera estallar una revolución, fue el tercero del mundo en implantar por cuenta propia las realidades del Nuevo Régimen propias de la Edad Contemporánea. Y finalmente, el regreso de Femando VII, en 1814, que significó la vuelta a lo antiguo, pero ya ante una división de la conciencia de los españoles que iba a significar uno de los caracteres más distintivos de nuestro siglo XIX. El primer suceso inesperado fue el motín de Aranjuez. Es significativo que un hombre que fue protagonista de los vuelcos de aquel agitado periodo, el conde de Toreno, al comenzar su Historia del levantamiento, guerra y revolución de España, haya hecho partir el conjunto de lo ocurrido en "los sucesos que comenzaron el 17 de marzo", no en la fecha mucho más significativa del 2 de mayo. El motín de Aranjuez ha pasado como un levantamiento contra Godoy, que acabó arrastrando en su caída al propio Carlos IV, promovido por el pueblo de Aranjuez, dirigido por un hombre simpático y resolutivo, el famoso "Tío Pedro". Hoy, después de los trabajos de Martí Gilabert, de mis propios hallazgos en el Archivo de Palacio, y de otros más recientes, incluido uno que acaba de aparecer ahora mismo (marzo de 2009) de Jorge Vilches, es preciso retocar la versión consagrada. No fue el pueblo de Aranjuez, por otra parte entonces apenas existente, quien se sublevó, sino centenares de personas trasladadas
196 JOSÉ LUIS COMELLAS ex profeso desde Madrid. El motín no fue popular, sino promovido por elementos ilustrados, en la mayor parte miembros de la aristocracia, que supieron ganarse una pequeña clientela; en tanto que el "Tío Pedro" ha resultado ser el conde de Montijo. En definitiva, fue el "partido femandino", alentado por el príncipe de Asturias y dirigido por elementos de la nobleza progresista, y conocidos ilustrado s, el que descargó el golpe. El resultado fue la prisión de Godoy y la abdicación de Carlos IV en su hijo Femando VII, "el De se ado", que así fue conocido ya entonces, y en quien casi todo el mundo depositaba sus esperanzas. Que unos y otros esperasen del nuevo monarca cosas distintas, es otra cosa. Manuel José Quintana escribió a los pocos días una oda "A España, de spués de la re vo lución de Marzo". La idea de revolución parecía gravitar en muchas conciencias. Poco después, Fernando VII hacía su entrada triunfal en Madrid, y establecía un gobierno formado por miembros del llamado "partido de la oposición", entre los que figuraban, por ejemplo, Azanza, O'Farrill, Mazarredo, Cabarrús. Curioso: los mismos que semanas má s tarde van a ser ministros de José Bonaparte. El hecho es tan inesperado como digno de un estudio en profundidad, porque resulta en alto grado significati vo. ¿Cómo iba a ser el nuevo régimen presidido, al menos nominalmente por Fernando VII? ¿Qué política iba a adoptar? ¿Con qué nombre pudo pasar a la historia? No lo sabemos. Aquel cambio quedó inmediatamente arrasado por un hecho espectacular, que ya se estaba viendo venir, y que iba a provocar las consecuencias más sorprendente s. La ocupación francesa. Conocemos hoy bien los propósitos de Napoleón sobre España y su evolución a lo largo de los últimos años. España, país aliado, España país utilizado, España, país ocupado por la fuerza de las armas. El motín de Aranjuez fue el pretexto aprovechado por Bonaparte para decidir una intervención directa. Citó a los dos reyes, Carlos y Fernando, a las entrevistas de Bayona, y al fin, en un proceso que no he de recordar aquí, logró la renuncia de ambos y el nombramiento de José Bonaparte como nuevo monarca. En el estado actual de nuestros estudios, no parece que la independencia de España estuviera en juego, como creyeron inmediatamente nuestros antepasados. Se trataba de fundar un estado amigo, si se quiere un estado satélite, pero dotado de sobera-
LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA. UNA INTERPRETACIÓN 197 nía propia y de un régimen determinado, distinto del que regía en Francia. De aquel conjunto de países que constituían la Asociación Continental, curiosamente solo uno s igue regido por una dinastía establecida por Napoleón: Suecia, donde reinan los descendientes del general Bernardotte. Pero si los españo le s pudieron equivocarse, mucho más trágicamente se equivocó Napoleón que imaginaba a España como un país fácilmente conquistable, y que fue el único de Europa que supo resistir heroicamente hasta el momento de la caída del corso. Napoleón, no hace falta decirlo, se presentó desde el primer momento como el regenerador de España . "He visto vuestros males -declaraba en su proclama a los españoles-, y voy a remediarlos. Vuestra monarquía es vieja: mi misión se dirige a renovarla. Mejoraré vuestras instituciones y os haré gozar de los beneficios de una reforma sin que experimentéis quebrantos, desórdenes y convulsiones". Está preconizando, apresurémonos a reconocerlo, lo que va a se r la política de l os afrancesados. Napoleón muy pronto se declaró oficialmente fuera de la escena, y dejó la dirección de estas reformas en manos de su hermano Jo sé. Y un cierto número de españoles, por lo menos lo s más de los 100.000 que seis años después tuvieron que acompañar a José I al destierro, le siguieron y colaboraron con él. ¿Traidores? ¿Oportunistas? ¿Convencidos de que, dado el cariz de la s cosas no cabía otra opción?: ¿Partidarios sinceros del programa ideológico que se estaba preparando? De todo pudo haber, pero parece evidente que la mayor parte de los colaboradores directos del rey José in gresaron en la empresa voluntariamente, convencidos al parecer de las bondades de aquel programa. Intelectuales, ilustrados, dotados de un carácter moderado, nada extremista, eran hombres hasta entonces prestigiosos y aceptados. Ahí están Azanza, Cabarrús, Moratín, Meléndez Valdés, Urquijo, Marchena, Miñano, Hermosilla, y tal vez como te lón de fondo, sin intervenir en los hechos, pero mentor de las ideas clave, Alberto List a. Que dieron saltos a veces escandalosos en su elenco de fidelidades es por otra parte cierto. Miguel José de Azanza fue ministro de Carlos IV, de Femando VII y de José I, siempre con las mismas ideas y el mismo programa. Nada digamos de Cabarrús, ministro de Carlos III, de Carlos IV, de Femando VII y de
198 JOSÉ LUIS COMELLAS José l. Su decisión de servir al régimen afrancesado le s granjeó la enemiga de amigos bien queridos hasta entonces. Es hasta emocionante la correspondencia entre Cabarrús, afrancesado, y Jovellanos, patriota, muy cerca por sus ideas y enemigos en su actitud final. Carbarrús intentó por todos los medios, hasta con lágrimas en los ojos, convencer a don Gaspar Melchor, que no cedió un solo momento. Y ahí tenemos a Meléndez Valdés y su discípulo predilecto, Manuel José Quintana, militando en dos bandos contrapuestos. Los afrancesados, en la medida de lo posible, fueron excelentes administradores. Dieron siempre primacía a la administración sobre la política. Y se preocuparon muy especialmente de dos puntos programáticos: primero, fomentar el desarrollo económico de España en todos los niveles sociales. Segundo: realizar una política de desarrollo educativo, desde los primeros niveles hasta los superiores. ¿Cabría ver en este doble deseo la huella de una idea que Alberto Lista sostuvo toda su vida?: solo cuando España sea un país rico, en que todos puedan sentirse económicamente independientes, y un país culto, en que los ciudadanos hayan alcanzado un suficiente grado de responsabilidad, podrán permitirse el lujo de ser verdaderamente libres. Una idea que quisiera simplemente esbozar aquí: tengo la impresión de que la distancia ideológica entre los ilustrados que sirvieron a José I y los liberales que acabaron instaurando un nuevo régimen en las Cortes de Cádiz no es tan grande como habitualmente se ha supuesto. Lo que le s diferencia, má s que el objetivo final, es el tiempo en que se propusieron alcanzarlo. Para los afrancesados, las reformas han de ser lentas y paulatinas. Cuántas veces, ilustrados ellos, aludieron a la "majestuosa marcha de la naturaleza'', que poco a poco va haciendo retoñar los árboles o crecer las cosechas. En fin, el proyecto afrancesado no consiguió prevalecer. En primer lugar, porque los españoles, categóricamente, no quisieron. Y en segundo lugar porque el tinglado napoleónico se ría debelado al cabo solamente de seis años. Caído Napoleón, caídos todos los poderes que de una u otra forma había establecido en Europa, quizá no esté de más señalar, siquiera de pasada, que los afrancesados, luego ex-afrancesados, no terminaron en 1814
LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA. UNA INTERPRETACIÓN 199 su protagonismo político. Proscritos y desterrados en un principio, fueron regresando luego, clandestina o paladinamente. Durante un tiempo se les prohibió establecerse en Madrid. Fundaron periódicos, colegios, escribieron, e influyeron directa o indirectamente, e hicieron lo posible por templar los ánimos tanto de absolutistas como de liberales. Curiosamente, hoy sabemos que tuvieron su momento de máxima influencia, a partir de 1826, durante la llamada "Ominosa Década" de Fernando VII. Y es que el monarca fue ganado progresivamente por aquellos hombres que predicaban "el justo medio", un sistema moderado capaz de evitar una guerra civil, y una reforma administrativa y cultural que pudiera abocar a tiempos mejores. Que aquella tercera vía hubiera re suelto el problema de las Dos Españas es un futurible que de ningún modo podemos dilucidar. Pero ahí están Miñano, Reinoso, Gaspar de Remisa, Sainz de Andino, y, entre bastidores, Alberto Lista, maestro de algunos de los futuros líderes del partido moderado como los célebres cuñados Pidal y Mon. La guerra civil que estalló tras la muerte de Femando VII arruinó el proyecto de la Tercera vía. España no quiso, decía, y en 1808, comenzó la tremenda y épica Guerra de Independencia. La Guerra de Independencia es tenida usualmente como el último hecho decisivo en la Historia mundial protagonizado por España en la Edad Contemporánea. Napoleón, diestro en batallas de fulgurante rapidez, capaces de decidir una guerra en pocas horas, se estrelló contra España, que supo mantener la contienda en un espacio de seis años, la única guerra continuada a que se vio abocado el corso, hasta contribuir en 1814 al final de la aventura. Los hechos son bien conocidos desde un punto de vista puntual, y han sido estudiados repetidamente, desde por historiadores que vivieron aquellos años hasta ahora mismo. Tal vez, por razones hasta cierto punto inexplicables, no se ha celebrado el segundo centenario con toda la solemnidad y toda la dedicación que el caso hubiera requerido, pero existen magníficas aportaciones recientes que contribuyen a enriquecer nuestro conocimiento. Comencemos por los alzamientos, uno de los episodios más característicos y también mas sorprendentes del conjunto de una contienda en que los acontecimientos se suceden en serie casi
200 JOSÉ LUIS COMELLAS indescriptible. Apenas es necesario recordar la sublevación de Madrid, el 2 de mayo, en que el protagonismo corre a cargo de elementos de la población civil, con participación de un número exiguo de militare s, entre ellos Daoiz, Velarde, Rui z: y no es que los militares no estuviesen dispuestos a luc har , sino que , fieles a la di sciplina tradicional del ejército, no participaron en una acción contraria a las instrucciones que tenían recibidas de las pro - pi as autoridades españolas. La rebelión terminó trágicamente con una dura represión y los fu silamient os del 3 de mayo. Todo parecía haber acabado. Sin embargo, nuevos planes se estaban co - ciendo en otros lugares de Es pa ña, y culminaron c on los alzamientos del 25 al 31 de mayo, tan s uce sivos y tan repartidos por toda la geografía peninsular, que los ocupantes franceses quedaron desconcertados, y no pudieron atender a tiempo a todas par - te s. En este sentido, la simultaneidad tuvo efectos decisivos, y prendería la llama de una guerra que no quedaría resuelta hasta seis años después. Fue, en efecto, la úni ca guerra larga a que tu vo que hacer frente Napoleón Bonaparte. Siempre se vinieron considerando estos alzamientos c omo "populares" y "espontáneos". Solo en el Il Congreso Internacional sobre la Guerra de Independencia, celebrado en Zaragoza con motivo del sesquicentenario, comenzó a decirse otra cos a. Fue aquel el primer congreso histórico internacional a que pudo asi stir el joven recién licenciado que ahora les habla, y debo co nfesar que la teoría del profesor Corona Baratech me dejó confu so. Pretendía Corona que los alzamientos de mayo no tuvieron un carácter de pura espontaneidad, y que se debieron al funcionamiento de un "aparato" previamente organizado. Recordaba Carlos Corona la tesis de Augustin Cochin, seg ún la cual no existen revol uciones espontánea s: necesitan siempre un a trama o maquinaria previa que las azuza y las muev e. Y recordaba los curiosos parecidos entre cada una de la insurrecciones de m ay o, de s de el grito inicial, la respuesta inmediata de multitudes que no tienen por qué estar reunidas en el mismo sitio, la forma de arrastrar por los pies a las autoridades que se nieg an a sec undar el golpe, hasta dejarl as muertas en algunos casos, o hasta el acto final de acudir al Ayuntamiento para obtener la formación de una "Junta Real y Suprema" del reino de..... Excepto Sevilla, que es especial, y
LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA. UNA INTERPRETACIÓN 201 constituyó una "J unta Real y Suprema de España y de las Indias". Corona apunta que la maquinaria que instigó los alzamientos de mayo fue la misma que organizó, artificialmente también, el motín de Aranjuez, el cual, al haber triunfado al instante, hizo innecesario poner en marcha la maquinaria general, pero esta maquinaria, ya preparada, sirvió para cond ucir otro tipo de alzamiento, el de mayo contra los franceses. Esta teoría, todo lo discutible que se quiera, fue mantenida por el profesor Corona con tenacidad aragonesa, y figuró al final entre las conclusiones del Congreso. Más tarde han insistido en ella el francés Morange, el británico Ch. Eschaile y hace pocos días, en un articulo publicado en este mes de marzo, Jorge Vilches. Pero, mucho cuidado. El hecho de que los alzamientos de mayo pudieran estar instigados por un "aparato" previo, no empece en absoluto su carácter masivamen te popular, el entusiasmo despertado en un ambiente receloso por la intervención napoleónica, y la generosidad con que los españoles se empeñaron en la defensa de su causa nacional. Creo francamente que se ha exagerado, durante las pocas celebraciones que se han hecho del bicentenario, el caráct er de erección del concepto de "nación española", como si justamente entonces hubiese nacido la conciencia nacional. He estado convencido durante toda mi vida, de que esa conciencia es sorprendentemente antigua en España, más que en otros países de Europa, y puede rastrearse desde muchos siglos antes; al respecto creo que he dejado mis ideas bastante claras en una conferencia pronunciada hace no mucho en Madrid, y no pretendo ahora insistir sobre este punto. Solo recordaré que los españoles sabían muy bien qué causa estaban defendiendo frente a las pretensiones napoleónicas, y no necesitaban que nadie les enseñase lecciones de derecho político. Las insurrecciones de fines de mayo pillaron a los franceses francamente desprevenidos, y esta vez no pudieron, corno los días 2 y 3 en Madrid, proceder a una intervención inmediata. Pero trataron de ir controlando el terreno y apagar las llamas individuales de cada golpe: tarea difícil puesto que nuevos alzamientos iban sucediéndose en los más variados escenarios. La primera sorpresa lle gó en los altos catalanes de Bruch, en junio; y poco después, un gran ejército francés, comandado por el gene-
208 JOSÉ LUIS COMELLAS lar incalculable fueron objeto de rapiña por parte de los irruptores. España acabó expulsando a los franceses, pero salió de la prueba destroza da , y hubo de pagar las consecuencias durante mucho tiempo. Si no tenemos en cuenta esta extremada dureza y las espantosas destrucciones habidas, difícilmente comprenderemos los desastres de la posguerra, y el ambiente de sabrido que siguió. La labor de fijación de unidades militares francesas al terreno sí que ha sido reconocida por los historiadores militares. Las guarniciones napoleónicas en España llegaron a sumar más de 350.000 hombres. Con todo, Víctor solo pudo reunir en la batalla de Talavera 46.000. Soult no pudo disponer en Albuera mas que de 23.000. Marmont, en Arapiles, pudo oponer solo 42.000, frente a los 60.000 de Wellesley, entre ingleses y españoles. Por eso, los británicos lo tuvieron tan fácil en su "Peninsular War". Permítanme que les recuerde, en plan de pura anécdota, que cuando en aquel Congreso de 1958 a que al principio me refería, sir Charles Petrie pretendió que la Guerra de Independencia la ganaron los ingleses, doscientos españoles, incluido el exmozo que suscribe, cercamos al fornido historiador británico, fuerte como un toro, hasta obligarle a tragarse sus palabras. La guerrilla española no habrá ganado una sola batalla, pero hizo posible ganarlas a sus autores profe si onales, además de cumplir un papel histórico fundamental al minar la moral de las tropas francesas. Napoleón supo valorar como nadie aquel esfuerzo, y ya en su destierro de Santa Helena dictó a Les Cas es estas palabras: "los españoles desdeñaron sus intereses particulares para fijarse solo en sus ideales y en vengar las injurias recibidas ... Se rebelaron y corrieron todos a las armas. Los españoles, en masa, se condujeron como un hombre de honor". La guerrilla española creó escuela, inspiró la de los tiroleses, más tarde la de los rusos, y finalmente fue tomada corno modelo en la famosa "insurrección de los pueblos". Ciertamente, Europa no nos lo agradeció. Y para terminar, quisiera insinuar un hecho que puede guardar una cierta relación con la forma y el ambiente mental, temperamental y actitudinal que tuvo aquella guerra al margen de todas las convenciones habidas hasta entonces. Bien conocida es la triste conversión de muchas partidas guerrilleras en cuadrillas de bandoleros, el ambiente a palo limpio que se vivió en la España
LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA. UNA INTERPRETACIÓN 20 9 de la posguerra, el afán de obrar cada uno por su cuenta, al margen de la ley y de la autoridad, la frecuencia de los pronunciamientos militares y el mismo ambiente de guerra civil que no dejó vivir en paz a los españoles a partir de entonces. La guerra de Independencia fue al mismo tiempo una guerra civil en el se ntido que hubo un número nada despreciable, en número y calidad, de españoles que colaboraron, como dirigentes y como administradores, con el régimen josefino. Se ha callado más la presencia de tropas españolas al servicio de Bonaparte, pero las hubo, y lucharon bien que mal. Pero también hubo guerras civiles entre los propios patriotas, incluso entre guerrillas rivales. Una división que se hace desde entonces militante es la de carácter político-ideológico, fomentada por las pasiones del momento, y que pronto adquirirá caracteres dramáticos. Cierto que la ocasión era excepcionalmente aprovechable. Manuel José Quintana, en sus cartas a lord Holland, escritas a comienzos de los años 30, cuenta como en aquella ocasión excepcional, el poder en España rodaba por el arroyo, a merced de quien fuera más capaz o más hábil para hacerse con él. Reconoce que "España, habituada por los siglos y la costumbre al poder absoluto, lo hubiera soportado con paciencia durante mucho tiempo, si el tremendo revolcón de la crisis de 1808 no hubiera venido a trastocarlo todo. "Asimos, pues, la ocasión que nos brindaba la fortuna ..... ". Y el propio Quintana fundó, ya en septiembre de 1808, en un Madrid recién liberado, El Semanario Patriótico, en que colaboraron gustosamente José Maria Blanco y Crespo, muy pronto Blanco-White, Isidoro de Antillón, Eugenio de Tapia, Juan Álvarez Guerra, la mayoría de ellos nerviosamente enfrentados bien poco después en la vorágine general. El "Semanario Patriótico" fue un aglutinante para el fervor combativo de los españoles, y animó muy pronto la idea de reunir unas Cortes que ya habían sido encargadas por el propio Femando VII en el exilio para legitimar la defensa de la causa española Pero un conocido trabajo de Jirnénez de Gregorio ha hecho ver cómo "El Semanario" fue evolucionando en pocas semanas de la idea de unas Cortes para ganar la guerra a la de unas Cortes para ganar la paz. Y a por noviembre esciibía Quintana: "Arrojemos, dicen, a los franceses. Como si con solo arrojar a los franceses pudiéramos edificar la
210 JOSÉ LUIS COMELLAS prosperidad y la felicidad de la Nación Española .. .. . ". Y más tarde: "es preciso elaborar una novísima Constitución que interponga una barrera infranqueable entre la mortífera arbitrariedad de los monarcas y los derechos imprescriptibles del pueblo". ¡Cómo se está inventando ya la dialéctica, el léxico, la terminología, exageraciones incluidas, de aquellas futuras Cortes!.. La contestación no tardó en llegar, no solo por parte de quienes, como Floridablanca, no consideraban apropiado el momento para afrontar graves cuestiones de filosofía política, sino de ilustrados abiertos de toda la vida, como Jovellanos, que era partidario de reformas, pero no de una revolución dispuesta a romper con las costumbres de los españoles. Las disputas en el seno de la Junta Central, de las instituciones creadas, las zancadillas, las jugadas con mala intención, las maniobras de unos contra otros, las asechanzas de la Junta Chica contra la Junta Grande, el robo de decretos, la guerra sorda no solo de liberales contra antiliberales sino de liberales entre sí, significan una dolorosa guerra interna entre los patriotas, todos auténtica y sinceramente patriotas, españoles de entonces. Espectaculares fueron los autoexilios de muchos de los hombres más indispensables. Casi el mismo día embarcaron para no volver el cariacontecido Jovellanos y el desconcertante Blanco-White, que desde las páginas de "El Español" de Londres se dedicaría a poner de vuelta y media al ambiente de las Cortes de Cádiz. Fue así como el carácter visceral, el encendimiento de una actitud ante la vida que aun no se llamaba romántica, pero sumió en un vértigo excepcional a los españoles durante aquellos años tan distintos a todo s, pudo servir para cambiar muchas cosa s, pero también para crear un ambiente conflictivo, propio de esa situación que Lewis Stone llama guerra interna, entendida corno "Una actitud de radical no entendimiento entre las partes, desemboque o no de hecho en una guerra civil". Guerra interna hemos tenido, ciertamente, desde entonces, durante por lo menos ciento cincuenta años. Quintana termina su primera carta presumiendo que los españoles supieron hacer su Revolución sin hacer derramar a nadie una gota de sangre, ni una lágrima siquiera". Y tiene razón: la Revolución se hizo en España con el aire de una fiesta jubilosa, y es este un timbre de nobleza que no podemos olvidar. No
LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA. UNA INTERPRETACIÓN 211 faltaron lágrimas, ciertamente, lágrimas de emoción y de esperanza. Durante los más encendidos discursos en las Cortes de Cádiz, es frecuente encontrar expresiones como esta: "Porque yo, señores diputados, siento un gozo inmenso que estalla en mi corazón cuando pienso . .. " (El taquígrafo copista rellena la interrupción del párrafo advirtiendo: "el señor diputado se emociona"). Qué duda cabe de que aquellos hombres tampoco sabían lo que era el romanticis mo, pero lo estaban practicando a conciencia. Fue una ocasión magnífica. Pero quizá al mismo tiempo una ocasión cargada de pasiones y provisionalidades. El hecho es que la guerra interna siguió incuestionablemente a los años de la de Independencia y sería pródiga en sangre de cinco guerras civile s, una lucha entre dos Españas o más Españas capaces de helar el corazón a muchos españolitos que nacieron y murieron tal vez antes de tiempo. Lo digo con toda la prudencia y con toda la humildad que requiere la circunstancia, porque sé que tengo grandes probabilidades de equivocarme. Pero muchas veces he pensado que un acontecimiento tan tremendamente visceral y desequilibrante de todas las estructuras posibles como fue la Guerra de Independencia puede haber condicionado en gran parte nuestra complicada y azarosa Historia Contemporánea.
