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Entre el paisaje y el símbolo: la ciudad norteamericana en la poesía de Pedro Salinas

Navarro Domínguez, Eloy

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Revista de Estudios Norteamericwws, n.º 4 ( 1996), pp. 203 -215 ENTRE EL PAISAJE Y EL SIMBOLO: LA CIUDAD NORTEAMERICANA EN LA POESIA DE PEDRO SALINAS ELOY NAVARRO DoMfNG UEZ Universidad de Huelva Cuando se alude a Ja presencia de la ciudad norteamericana en la poesía española del siglo XX se suele pensar, de forma inmediata, en dos obras: Poeta en Nueva York, de Lorca , y Diario de un poeta recien casado, de Juan Ramón , libros ambos que constituyen, además, sendos hitos fundamentales de nuestra poesía contemporánea. Con menos frecuencia, sin embargo , se suele relacionar el mismo tema con otro de Jos grandes poetas españoles de este siglo, Pedro Salinas, debido tal vez a que és te nunca le dedicó explícitamente ninguna obra a la ciudad norteamericana, y ello a pesar del amplio reflejo que ésta encuentra en su poesía del exilio. La presencia de lo urbano estadounidense en la poesía de Salinas ha sido ya objeto de diversos trabajos, por lo que sólo voy a referirme aquí a un aspecto de dicha presencia que considero significativo, como es el de las funciones que la ciudad norteamericana d ese mpeña sucesivamente en la poe sía de Salinas como paisaje y como símbolo, funciones que, según veremos más adelante, se encuentran determinadas por las distintas líneas temáticas qu e rigen en cada mom ent o el dis curso poético del autor.1 1. Véanse Howard T. Young , «Pedro Salinas en los Estados Unidos, o la nada y las máqu inas», Cuadernos Hispanoamericanos XLIX (1962): 5-13 [En Andrew P. Debiclci ed ., Pedro Salinas (Madrid: Taurus, 19 76) 153 - 161] y «Pedro Salinas y T. S. Eliot: Dos po sturas ante Ja modernidad », en Ciriaco Morón Arroyo y Manuel Revuelta Sañudo, eds., Pedro Salinas: Estudios sobre su praxis y teoría de la escritura (Santander: Soc. Menéndez Pelayo, 1992) 75-95; Manu el Durán, «Pedro Sa linas y su 'Nocturno de los avi sos'»,Ínsufa 300-301 (1971). [En Debicki, 163 - 167] y «La influencia del ex ilio en la obra de Pedro Sal in as y de Jorge Guillén», Ínsula 470-4 71 (1986): 118; y, por último, Enrie Bou, «Salinas, al otro lado del océano», B ole tín de fa Fundación Federico García Lar ca 2 .3 (1988): 38-45. 204 Eloy Navarro Domfng ue z Salinas llega a Estados Unidos en septiembre de 1936 para incorporarse como profesor visitante «Mary Whiton Calkins» a Wellesley College, en Wellesley, Massachussets, de acuerdo con un compromiso adquirido un año antes con dicha institución. El autor era, sin duda, un candidato ideal para el puesto que se disponía a ocupar, debido en gran parte a su prestigio como profesor universitario, pero también a su talante abierto y cosmopolita. De hecho, ya había combinado con anterioridad ambas facetas en su actividad como profesor de los llamados «Cursos de vacaciones» de Burgos entre 1924 y 1926 y, sobre todo, en la concepción del proyecto de la Universidad Inter - nacional de Verano de Santander, de la que sería Secretario General desde su apertura en 1933 hasta 1936. 2 Salinas llega, además, a Estados Unidos precedido por una trayectoria literaria que lo avala como uno de los más significativos representantes de la poesía española del momento. Su primer libro, Presagios ( 1924 ), muy influido todavía por Juan Ramón (quien habría de revisarlo y ordenarlo), sitúa ya al autor en la línea de la denominada «poesía pura,» línea que continuarán más adelante Seguro azar ( 1929) y Fábula y signo (1931 ), en los que destaca ya la presencia de una imaginería urbana que incluye motivos tales como el teléfono, el automóvil, los anuncios luminosos, el cine o la máquina de escribir. En general, en estos tres primeros libros, Salinas se nos muestra volcado hacia el mundo exterior con un júbilo descubridor sólo parangonable al que su amigo Jorge Guillén manifestará por las mismas fechas en los poemas de Cántico. Pero el principal hallazgo de Salinas en este descubrimiento gozoso del mundo será el amor, hallazgo que dará como resultado dos de sus libros más conocidos y valorados: La voz a ti debida (1933) y Razón de amor ( 1936), donde la realidad exterior, urbana o no , aparece aludida de forma muy esquemática y sólo en función de su relación inmediata con la pareja de amantes, que viene a constituirse así en eje fundamental del discurso poético. El contrato de Salinas como profesor visitante era efectivo sólo por un año, pero en 1937 Wellesley College lo contrata de nuevo como profesor regular, asegurándole así la permanencia en los Estados Unidos. Más adelante, en 1940, le será ofrecida una cátedra, pero el autor declinará tal ofrecimiento ante otro similar por parte de Jolms Hopkins Universily, en Baltimore, universidad a la que permanecerá ligado como profesor hasta su muerte en 1951 , con la excepción de un breve paréntesis como profesor visitante en la Universidad de Puerto Rico entre 1943 y 1946. Pacifista convencido, Salinas se niega desde un principio a tomar parte en la guerra civil, actitud por la cual perderá su pla za como catedrático en España. Sin embargo, desde esta suerte de doble exilio, el autor no dejará de preocuparse por los acon2. En relación co n éste y otros detalles de la biografía de Pedro Salinas véanse José Mª Barrera, El azar impecable (Sevilla, 199 l) y Jean Cross Newman, Pedro Salinas and his Circumstance (San Juan: Inter-American University, 1983). Entre el paisaje y el símholo: la ci u dad norteamericana en la poesía de Pedro Salinas 205 tecimi en tos de la guerra española. Finalmente, la derrota republicana y la impasibilidad de los aliados con respecto a Franco después de 1945 harán que el poeta decida prolongar su exilio indefinidamente. Como se puede apreciar, la estancia de Salinas en lo s Estados Unidos presenta una serie de características qu e la diferencian sustancialmente de las de Juan Ramón y Lorca, ya que nuestro autor no se encuentra de visita en aquel país, sino que, debido a la guerra civil, se ve obligado a establecerse allí. De este modo, más que un entorno que se percibe en todo momento co mo ajeno, los Estados Unidos terminan convirtiéndose para Salinas en una circunstancia más de su propia vida, siendo tal vez esa Ja razón por la que el autor no llega a dedicar explícitamente ningún texto a su experiencia norteamerican a, una experiencia a la que, en el fondo, nunca acaba de verle un final claro que la cierre y la convierta en materia poética. La diferencia, pues, entre Salinas y sus predecesores estriba fundamentalmente en que su visión de la ciudad nort ea mericana se construye desde la misma ciudad, una perspectiva en la que debieron influir, como señala Manuel Durán, además del sincero cosmopolitismo del autor, sus propios orígenes urbanos, que harían que el contac to con la gran ciudad no llegara a suscitar en él ni desdenes seudoa ri st ocr áticos ni pavores apoca lí pticos. 3 En cualquier caso, aun de forma dispersa y fragmentaria, lo cierto es que la realidad urbana de los Estados Unidos constituye uno de los principales motivos de la poesía escrita por Salinas en el exilio, y así lo reconocerá el propio autor en la conferencia «Deuda de un poeta,» leída en Wellesley College en abril de 1951, sólo unos meses antes de su muerte. En dicha conferencia, y como introducción al comentario de su poema «Nocturno de los avisos,» al que nos referiremos más adelante, Salinas explicará que la principal contribución de los Estados Unidos a su poesía ha si do precisamente el paisaje urbano, y más concretamente el de Nueva York: Yo, en los Estados Unidos, no encontré ni más ni menos poesía que en otros sitios. No lo encontré inferior. Ahora, pensando sobre eso, me parece que, s in que esto sea ofender ni mucho menos a una respetabilísima entidad femenina, a la naturaleza, lo que menos poéticamente se ha expresado en mí de lo americano es la naturaleza. Creo que ha sido más bien lo urbano y lo social lo que ha encontrado re fl ej o en mi poesía. Ustedes son grandes co nstructores de ci udades que surgen, así, de la noche a la mañana. Este as pecto urbano, l as gra nde s ciudades, y luego, el movimiento de las grandes ciudades, ese maravilloso moverse de la gente de 3. Durán, «Pedro Salinas», 16 3. 206 Eloy Navarro Domíngue z Nueva York , el modo de andar de las gentes, de subir y bajar las escaleras que dice: «esto es Nueva York» sin ningún género de dudas.4 Efectivamente, a pesar de haber vivido solamente en Wellesley y Baltimore, y de haber conocido otras ciudades norteamericanas, como Chicago, San Francisco o Los Angeles, la única de todas ell as que Salinas incorpora de forma explícita a su poesía es Nueva York, tanto que, según la profesora Soledad Salinas, hija del autor, éste puede ser considerado con toda justicia como «el poeta de Nueva York. »5 La ciudad aparece ya en el libro Largo lamento, escrito entre 1936 y 1939, a un - que inédito en su versión íntegra hasta las Poesías Completas de 1975. Largo lamento viene a cerrar la trilogía de poesía amorosa iniciada con La voz a ti debida y Razón de amor, pero, frente a la plenitud amorosa reflejada en los dos primeros libros, en és te asistimos a la crisis y disolución del amor. En Lar go lamento, efectivamente, las grietas de la relación amoro sa nos dejarán ver al fondo el paisaje de Nueva York como escena - rio de la ruptura y el olvido: los rascacielos, los automóviles, lo s cines o las avenidas y calles de la ciudad con su denominación numérica asoman a cada paso en el libro, como se puede apreciar, por ejemplo, en el poema «Como ya no me quieres desde ayer»: 436. También te acordarás de aquella tarde en que sentiste un frío repentino, aunque estábamos ju ntos, por la Sexta Avenida. Tomamos ascensores rapidísimos como un alma que va derecha al cielo. Pero todas las camas o las nubes que había en el camino estaban ya ocupadas por ángeles durmientes o por espectros de Abelardos y Eloísas. (518)6 O, igualmente, en «De entre todas las cosas verticales»: De entre todas las cosas verticales en que el mundo revela 4. Pedro Salinas, «Deuda de un poeta», Ensayos completos, vol. 3 (Madrid: Tauros, 1983) 5. Soledad Salina s, «Sobre mi padre.» Homenaje a Pedro Salinas en su centenario. (Sevilla: Universidad de Sevilla /Ayuntami en to de Sevilla, 1991) 51. 6. Pedro SaJinas, Poesías completas (Barcelona: Seix Barral, 1975). Seguimos la paginación de esta edición para las citas procedentes de obras poéticas. Entre el paisaje y el símbolo: la c iudad norteamericana en la poesía de Pedro Salinas 207 su parecido con la llama, anhelo de vivir hacia arriba o no vivir, lo que yo ahora te ofrezco a la memoria no son Jos delicados rascacielos con túnicas a cuadros, de luz y sombra, por la noche, coro de lánguidos y esbeltos Arlequines en el aire ambicioso de Manhattan. (495)7 Esta presencia de Nueva York supone un retomo a la antigua curiosidad de Salinas por los objetos, y en especial por las máquinas y la realidad urbana, de Seguro azar y Fábula y signo, una antigua curiosidad que quedará, por lo demás, reflejada en una conferencia leída por las mismas fechas, titulada «El poeta y las fases de la realidad» (1939), donde el autor dirá: « La gran ciudad moderna es una condensación sin par de fiestas poéticas para los ojos .»8 Pero este paisaje urbano parece visto como a la vuelta del viaje emprendido por el poeta hacia la culminación amorosa de La voz a ti debida y Razón de amor. Efectivamente, la recuperación de la realidad de Largo lamento sólo se entiende en un contexto de crisis y degradación del amor como principio articulador de la relación del poeta con el mundo. Salinas, quien definía la poesía como « una aventura hacia lo absoluto,» ve desintegrarse así en Largo lamento el absoluto del amor que había descubierto en La voz a ti debida, un absoluto que tenía entonces, como tal, la virtud de transfigurar y dar sentido a Ja realidad y que ahora apenas si puede contener el asalto cotidiano de ésta. En cualquier caso, Nueva York funciona en Largo lamento exclusivamente como paisaje de fondo, apareciendo fragmentado en motivos individuales que acompañan el tema central del amor. Salinas no ve, pues, ningún significado especifico en la ciudad tomada como conjunto y no le dedica, por tanto, ningún poema. 7. De esta última ima g en tenemos, además, una explicación por parte del propio Salinas, nuevamente en la conferencia «Deuda de un poeta»: ¿Estuve yo pen sando esa figura, esa metáfora? Pues no. Luego, después, discurriendo sobre el verso que salió porque quiso salir, yo me di cue nta de do s cosas: de que yo había visto los rascacielos de la isla de Manhattan, que los había visto como están al anochece r, con unas ventanas encendidas y otras apagadas, con esas cuadrículas de dos colores diferentes y ese vago tono ro sado que tiene el ladrillo al crepúsculo. Eso es nada más que un ra s ca cielos que yo he vi sto .¿ Y el arlequín? ¿Dónde está?, dirán ustedes. Pues también da la casualidad de que cuando yo salí aquel día a Central Park, donde se me mostraron esas filas de cándidos arlequines de Manhallan, yo salía del Museo de Arte Moderno, donde había visto unas pinturas de Picasso, unos arlequines. Y ahí tienen ustede s por qué manera, por qué aproximación tan rara, unas pinturas picassianas, de esos arlequines geométricos que pintaba, al entrar en contacto c on la vista de los rascacielos me sugirieron esa ima gen. (Ensayo s, 435) 8. Ensayos, 284. 208 El oy Navarro D omíng ue z Pero sin la presencia del tema de l amor, que inclu so en su estado de crisis actúa todavía co mo centro de gravedad en la mayoría de los poema s de largo lamento, el paisaje urbano como conjunto pa sará a prim er plano, apar ecie ndo entonces como una amenaza. Así se puede apreciar en el co nocido po e ma «Noc turno de los avisos,» sobr e los anuncios luminosos de una avenida neoyorquina, incluido po steriormente en Todo más claro ( 1949), pero escrito poco después de la llegada de Salinas a los Est ados Uni do s, es decir, por las mismas fechas de los poemas de Largo lamento, como el prop io autor aclara en « Deuda de un poeta »: Yo, no hacía mucho tiempo había dejado la ciudad de Sevilla, una de l as ciudades más intrincadas, en d on de las calles se cansan a los veinte metro s de seg uir el mis mo ca mino y se van por otro lado. Son ca ll es tortuosas, in trincadas; y después de andar por ellas, so rprende enormemente lo rectilíneo de la s ca ll es americanas, esa inflexibilidad rectilínea qu e da la sensación de que la calle no se acaba; sobre todo de noche : cua ndo se ven unas lu ces rojas, hasta perd erse de vis ta, inevitablemente tr azadas como las dos orillas ent re las cuales el homb re pued e vivir.9 Efectivamente, Sa lina s compara en el poema la avenida co n el trans curr ir de la vida, y lo s números de aquélla co n lo s años de és ta. Los anun cios ven drían a s er así, en su sentido literal, avisos, men sa j es so bre el sentido de la vida, unos mensajes que el poeta irá descartando por la futilidad que encierran: «¡ Luck y Strike , Lucky Strike!» ¡Qúe refulgencia! ¿Y todo va a ser eso? ¿Un soplo entre los labios, imitación sin canto de la música, tránsito de hum o a na da ? ¿Naufragaré en el aire, sin tragedia? Ya desde la otra or illa, otros de stellos me alumbran ot ra oferta: «White Hors e. Caballo Blanco.» ¿ Whi sky? No. Sublimación. Pegaso. Dócil sirviente antiguo de las mu sas, ofreciendo su grupa de botella, al que encuentre el estribo que le suba. ¿Ca mbiaré el hum o aquel por tu poema? ¡Cuántas má s lu ces hay, más hay, de dudas! 9. Ensayos, 437. Entre el paisaje y el símbolo: la ciudad norteamericana en Ja poesía de Pedro Salinas 209 Ya otra surge, más trágica que todas: «Coca Cola. La pausa que refresca.» Pausa. ¿En dónde? ¿La de Paolo y Francesca en su lectura? ¿La del Crucificado entre dos mundos, muerte y resurrección? O la otra, ésta, la nada entre dos nadas: el domingo. (718-9) Y así, uno tras otro, irán apareciendo más anuncios, convertidos todos en ignorantes pitonisas que responden con voces más oscuras a las oscuras voces que pedían. (719) Finalmente, aturdido por los diferentes mensajes, el poeta intentará buscar una salida a tanta confusión en las estrellas, único elemento de la naturaleza visible en la noche urbana: Ya no sigo. Incrédulo de letras y de aceras me sentaré en el borde de la una a esperar que se apaguen estas luces y me dejen en paz, con las antiguas. Las que hay detrás, publicidad de Dios, Orión, Cefeo, Arturo, Casiopea, anunciadoras de supremas tiendas con ángeles sirviendo al alma, que los pague sin moneda, la última, sí, la para siempre moda, de la final, sin tiempo, primavera. (720) El vacío dejado por el amor pone, pues, al descubierto, la confusión de la ciudad, correlato, sin duda, de la desorientación que ante ese mismo vacío experimenta el propio poeta, quien, tras el abandono del tema del amor, acabará volviéndose, efectivamente, hacia la naturaleza como nuevo absoluto orientador de su poesía. Esta actitud se pondrá de manifiesto en el libro Confianza, iniciado en Baltimore en 1942 y concluido en Puerto Rico en 1944, pero inédito hasta su publicación póstuma en 1955. En Confianza desaparece, tras la crisis de Largo lamento, el tema del amor y, con él, el paisaje urbano, todo ello en favor de la natur aleza, que aparece elevada a la condición de símbolo universal de la vida. Esta nueva confianza del poeta en la naturaleza supone, en la misma línea del «Nocturno» un pri ncipio de rechazo a lo artificial (las máquinas), como se puede apreciar en el poema «Pájaro y radio ,» donde se escenifica 210 Eloy Navarro Domíngu ez el duelo entre un concierto transmitido por la radio y el canto de un pájaro, el cual, al no estar sujeto a horarios de ningún tipo, acaba resultando vencedor: De pronto en aquel lejos ¡y tan junto! se desmayan las cuerdas. En la escena asombrada, la alegría dueña, sola, se queda. Trino más trino, el ave su victoria proclama en trono verde. (817) El motivo del pájaro en este poema no es casual, ya que a lo largo de todo el libro abundan las referencias a elementos relacionados con el aire o con el cielo, que el poeta, alejado de la ciudad, parece seguir escrutando en busca de iluminaciones. Pero en los últimos poemas del libro aparece además otro elemento que completa el rep e rto - rio de motivos que fun cionan co mo sí mbolos de la natural eza y que está relacionado, sin duda, con la conclusión del texto en Puerto Rico. Ya se ha cerrado un anillo: hay algo que se completa el cielo se vuelve al mar y el mar al cielo regresa. Eslabona da se siente, total unidad, la tierra. Y el himno se reconoce ya su magia, la secuencia. Un mundo rue da , tr anquilo, ¡Qué redondez tan pe rf ecta! (825) Efectivamente, el m ar es el gran descubrimiento de Sa linas durante su es tancia en Puerto Rico, un descubrimiento que tendrá como consecuencia el libro de poem as El contemplado. Te ma co n variaciones, escrito en San Juan entre 1943 y 1944 y publicado por el autor en 1946. El con t emp l ado tiene como protagonista el mar que el po eta contempla en Puerto Rico, pero el propio autor se encarga rá de aclarar en unos ve rsos del libro que el objeto de éste no es ningún mar en concreto: Variacion es que enseñaban en la escuela: Egeo, A tl ántico, Índico, Caribe, Mármara, mar de la Sonda, mar Blanco. Enrre el paisaje y el símbolo: la ciudad norteamericana en /a poesía de Pedro Salinas 211 Todos sois uno a mis ojos: el azul del Contemplado. (612) Se trata, por tanto, de un mar que, como el cielo de Confianza , funciona como símbolo universal de la naturaleza, y que tiene la capacidad, como tal, de relativizar la obra del hombre constructor de ciudades y máquinas. Así se puede apreciar en el poema «Civitas Dei,» donde, siguiendo el modelo platónico-agu sti niano del título, el autor contrapondrá la ciudad ideal que ve en el mar al reflejo que sobre éste proyecta la ciudad de los hombres, que aparece aludida como «la gran ciudad de los negocios/ la ciudad enemiga.» El poema continúa así: No hay nadie, allí, que mire; están los ojos a sueldo, en oficinas. Vacío abajo corren ascensores, corren vacío arriba, transportan a fantasmas impacientes: Ja nada tiene prisa. Si se aprieta un botón se aclara el mundo, la duda se disipa Luchan las cantidades con los pájaros, los nombres con las cifras: trescientos, mil, seiscientos, veinticuatro, Julieta, Laura, Elisa. (641-2) De este modo, Salinas irá reprobando uno a uno todos aquellos elementos de la ciudad que antes lo habían seducido, como la electricidad, la radio, el teléfono o el cine, concluyendo su enumeración con los siguientes versos: En Wall Street banqueros puritanos las escrituras firman para comprar al río los reflejos del cielo que está arriba. (645) La ciudad norteamericana reaparece así en la poesía de Salinas asociada de nuevo, como en el «Nocturno de Jos avisos,» a la negación del absoluto, pero en este caso no es la confusión y el caos lo que opone a ese absoluto sino algo que al poeta parece preocuparle mucho más: el exceso de racionalidad que está implícito no sólo en las máquinas, sino también en el propio modo de vida urbano. En cualquier caso, la claridad con que esta visión negativa está formulada en el poema se debe a que por primera vez Salinas se refiere a la ciudad no como un conjunto de motivos paisajísticos aisla-