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La noche americana

Fernández, Roberto

Abstract

Los acontecimientos del 11 de Septiembre de 2001 motivan el autor a especular en torno a profundos cambios en la estructura del pensamiento y de la expresión que atestiguan el advenimiento de una nueva era civilizatoria.

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LA NOCHE AMERICANA Los acontecimientos del 11 de Septiembre de 2001 motivan el autor a especular en torno a profundos cambios en la estructura del pensamiento y de la expresión que atestiguan el advenimiento de una nueva era civilizatoria. E 1 11 de Septiembre de 2001 puede que alcance a convertirse en una fecha bisagra en la longue durée histórica, hecho que suele ocasionarnos no poca turbación porque resulta 91 que en este caso hemos sidos testigos sensibles (dentro del formato de sensibilidad mediáticamente estimulada: el modelo de sensibilidad CNN) durante este 2001, ahora bien entendida, puerta del siglo XXI, tiempo diferente que se desliga quizá sangrientamente, del largo decenio transicional que había arrancado, curiosamente manso, con la caída del muro en aquel 1ejanísimo 1989. Ese caer (se) de muros y de torres, tan opuesto al erigir del medioevo, de un tiempo largo signado por esa voluntad de construcción, se cierne así, como metáfora arquitectónica de un definitivo desdén por las cosas y las casas, triunfo abstracto del valor que circula o que fluye -pero que ya no se arraiga o adhiere a lo matérico, ni siquiera a lo matérico sensible o estéticamente querible-, pero que paradójicamente cierra un milenio que vuelve a la incertidumbre de aquel medievalismo, de marcas, guerras tribales o señoriales, religiones encarnadas y literatura de cordel, que iba por los primeros mercados dominicales con señas míticas de desolación, picaresca y entronizamiento fatal de un orden del mundo a caballo de las teogonías y las violencias. La apacible y culturosa arquitectura, la señal de progreso social de la urbanidad, pierden su dilatado escenario de trascendente simbología de futuro (y de retención de lo histórico como -XCIASTRAGALO, 19 (2001) Attribution-NonCommercial-ShareAlike - CC BY-NC-SA Article.ISSN 1134-3672 https://dx.doi.org/10.12795/astragalo.2001.i19.09 Roberto Fernández Arquitecto. profesor de las Universidades de Buenos Aires y Mar de Plata medida de evolución civilizatoria) para ser un fragmento más de la infinita urdimbre de materia y energía que conforma la riqueza del mundo y las claves de su disputa salvaje. Lo que se erigía como alegoría de una terrenalidad que accedía a celebrar la trascendencia, hoy se abate como referencia invertida a la incorreción política de la inmutabilidad de un mundo imaginado como inmanente al margen de las miserias de lo real: todo, empero, formando teórica parte de una medievalidad larga, transida de luchas por representar y apropiarse de dioses de legitimación frente al fracaso moderno de la contractualidad social. El toro lustroso y el ejecutivo polvoriento La ostentación artística ha sido expresión de la mala conciencia empresarial, esos sujetos que no tienen tiempo para nada que no sea money, aunque desde luego, algo de arte conviene manejar puesto que es una de las new commodities, junto a discount bounds y otras bellezas. Lo cierto que en el distrito financiero manhattaniano -ese destruido por el ataque terroristajunto al flujo de adrenalina y divisas había dos obras de arte que ahora curiosamente, han compartido parte del sombrío cartel de fotos y testimonios de la devastación: un lustroso y boteriano toro, semejante al emblemático porcellino florentino -ese símbolo del mercadomercado de aquella ciudad iniciática del ulterior frenesí capitalista -que, tras tanto ser tocado en religiosa invocación, 92 supongo, al éxito en alguna transacción, se ve brillante aún en la nube polvorienta del barrio, y en otro lugar, la réplica del broker descansando, sentando con su attachée, después de una ardua jornada de especulación. La segunda y realista composición -algo reminiscente del sedente Pessoa que espera en la puerta del A Brasileira lisboetaestá llena de polvo y ceniza, su bronce se patina por los restos de la explosión y nadie lo toca (ni lo lu stra) quizá en respeto simbiótico por un abatimiento que obviamente ya es más que una mala jornada de alzas y bajas. El toro emblematiza la objetividad omnipresente de un mercado cuya prepotencia nadie puede osar discutir; el ejecutivo pedestre alude a la subjetividad de una carne y sangre -trocada en bronceque no se puede escindir del dolor y la destrucción, de la episódica saga de los suicidas desesperados que se arrojaban al vacío desde el piso ochenta de las torres consumidas por el fuego explosivo de tanques llenos de fuel reventados diestramente sobre los edificios gemelos. 2 x 2: dos budas y dos torres, dos historias dobles Entre enero y septiembre de este 2001 dos historias se entretejen como contracaras de destrucciones más o menos programadas. Los dos budas de Bamiyán no eran gemelos ni recientes: las dos esculturas de 55 y 38 metros de altura habían sido talladas en los contrafuertes montañosos afganos hace 2.000 años, como reflejo de una fe que entró en pérdida cuando mucho después - XCII - de aquellas fechas, el Islam llegó a las montañas asiáticas hacia el siglo XL Cuando el mullah Mohamed Ornar -el actual contrincante oficial de Bush, jefe talibánordenó destruirlos, sólo trataba de completar atisbos ordenancistas que en 1998 ya habían propinado unos tiros de mortero en la ingle del buda pequeño. La orden del mullah en todo caso, era coherente con otras decisiones, como la prohibición de fotografiar seres vivos o el enmudecimiento decretado de la televisión (¿Ornar será un gurú capaz de salvamos de la fatal destrucción cerebral que ésta nos garantiza?) y de la música, tanto como la prescripción obligatoria del uso de la barba mahometana para todos los hombres y el impedimento a las mujeres de la occidentalizada pretensión de estudiar y trabajar. Fuera de cierta genérica sabiduría implícita en la legalidad coránica, Ornar también decidió castigar los delitos con amputaciones y ejecuciones públicas. Otro mullah influyente, Abdul Motainim, clamó acerca de la necesidad de eliminar falsos dioses. La respuesta occidental, a cargo de Philip de Montebello, el neoyorquino gerente del Metropolitan Museum no fue menos salvaje, aun en su pretensión de salvataje: ofreció comprar los budas para redimirlos de su destino de polvo, reanudando el sempiterno criterio economicista de esa voracidad de emporio que cuajó Nueva York de fragmentos de historia desgajada de sus sitios como The Cloisters. Si Montebello hubiera tenido éxito y tiempo y hubiera emplazado el par de budas, por ejemplo, en el downtown artistizado de la financia! city, quizá los proyectiles 93 Boeing hubieran completado la destrucción simbólica a dos puntas, el pre-islamismo hinduista y el pos-islamismo globalizado. La historia que Eric Darton cuenta1 de las Twin Towers no es menos turbulenta y hasta tenebrosa: consecuencia del afán desarrollador del Low Manhattan, emprendida desde 1958 por Nelson Rockefeller, gobernador de Nueva York que llegó a ese cargo para concretar o rescatar los negocios inmobiliarios familiares (Columbia University, Rockfeller Center), fue el cenit de la corrupta gestión de Austin Tobin -un Robert Moses posmodemoque urdió la forma para saltar todas las regulaciones, emprendiendo como broker de la Port Authority of New York and New Jersey, la multiplicación de los panes con el megaconjunto que mereció, en su concurso, proyectos de Gropius, Johnson, Pei o Kahn, antes de escogerse el experimento de Yamasaki, curioso engendro de international style clasicizado con su rémora goticista en el basamento, especie de johnsonismo enano, y que supo engendrar la ominosa percepción de su dificultad de encuadramiento para el peatón flaneurístico, además de su carga trágica anunciada, visto aquel antecedente del Pruitt Igoe Complex, el fantasmal conjunto de Satn Louis, dejado de la mano de Dios que con su demolición higienista ponía hito al inicio de la posmodernidad juguetona, al decir de Jencks, que ya nos pondrá pronto algún rótulo a la etapa pos-Twin Towers. -XCIIIASTRAGALO,19(2001)ISSN 1134-3672 Inseguridad 1 aislamiento comunicado El problema es el día después al 11, siempre y cuando no prospere la prodigiosa capacidad de olvido y acostumbramiento de nuestra humanidad poshistórica, proferido este último y fatalista adjetivo en el gehleniano sentido de anestesia del tiempo, que nos viene dado en una historicidad comprimida en la velocidad de las noticias y en la contigüidad virtual de la globalización sin lugar. La integración, necesaria al objetivo poshistórico devenido del imperativo de la lubricación mercantil -según la cual deberían tender a anularse las fricciones que obstruyen el movimiento de lo mercantilizable (o sea: todo)- ahora se viste de incertidumbre. La necesidad de familiarizar el mundo y hacerlo fluir, entra así en duda e inseguridad: el Otro es objeto de sospecha, no de conquista e intercambio. El Otro puede resistirse con violencia a la inoculación de las sustancias globales. Entonces sobreviene una contradicción que parece fatal para el futuro de lo público e ideal para la comunicación virtual: toda fricción es insegura y por lo tanto deberá inventarse un estatus de aislamiento comunicado, en el cual la circulación de vectores de enfermedad, como el ántrax, opera por fuera de su especificidad biosanitaria, como una alegoría de aquello que debe resolverse con control y tecnología: queremos mantener la hipercirculación del flujo cósico del mundo, pero a la vez, debemos precavemos del artero comportamiento del Otro salvaje. La 94 solución, fantacientífica, es el aislamiento comunicado, una nueva manifestación del panóptico Big Brother, ahora pasado de la mecánica óptica a la electrónica digital, de las redes jerárquicas a los rizomas homogéneos. Por otra parte, ocurre la realización de lo confinado a la fantasía, es decir, el cine, que había servido para escenificar y conjurar las catástrofes: El paisaje y las imágenes de las torres derrumbándose -dirá S. Zizek 2no hicieron sino recordarnos a nosotros, corrompidos por Hollywood, las escenas mas pavorosas del cine catástrofe. De allí, la sensación pulsional que se engendra, corporiza una fantasía que, anticipándose, casi opera como provocación del acontecimiento (invirtiendo el mecanismo religioso del ritual que gasta poco -un sacrificio puntualpara conjurar mucho), fortaleciendo de paso, al cine (y habría que agregar a la televisión publicitaria de simulación de una realidad perfecta e imposible), como espejo proyectivo de lo social, en un sentido que confirma a Engels y a Gramsci. Un psicoanalista argentino, Germán García 3, flexiona infinitamente a Lacan para hacer hipótesis como que (si el insconsciente es el discurso del Otro), el discurso devastador del fundamentalismo islámico es el inconsciente del neocapitalismo, y viceversa. No sólo es fundamentalista el islamismo (por ejemplo, según el análisis de Rodinson 4 ), sino más aún, aquello que ominosa y anticipadamente Harold Bloom 5 llamó The american religion, -XCIV- situando USA como el locus o nation del pos-cristianismo: uno que propondría a la religión estadounidense como quintaesencia de bíblica, frente a la imperfección en tal sentido, del cristianismo y el judaísmo: el productivismo protestantista -que en USA encaman los mormones, la ciencia cristiana, los testigos de Jehová, los pentecostales y los adventistasse imbuye de un gnosticismo singularmente pos-ético (o pos-bíblico). Ahora bien, y de allí, la siniestra simbiosis lacaniana entre estas religiones de USA/Islam, dice Rodinson: Hubo otro impulso importante que contribuyó al conocimiento del mundo musulmán (y no, la intención restauradora del primer judea-cristianismo, que podría atribuírsele al proyecto de Mahoma, en el sentido de recuperar la fe de Abraham): se trata de la motivación económica, de la búsqueda de provecho comercial. Campo este, en que los musulmanes también tenían desde el siglo de las cruzadas, importantes intereses. Los dos momentos pos-judeocristianos de religiosidad más reciente -el islamismo y the american religioncoinciden en un doble modelo de inflexibilidad ética respecto de las cuestiones que hacen a la riqueza del mundo, siendo las vertientes, muy distintas por otra parte, que han acuñado el paradójico concepto de capital moral. El aceite CNN Hace bastante tiempo -McLuhan y Wolfe medianteque aprendimos que nada real existe sin discursividad: o que todo lo real adviene a ello en su decibilidad, en una consagración póstuma y frívola de Wittgenstein. Una decibilidad por otra parte, ya no materia de pensamiento (y pensador) sino de comunicación (y empresa mediática). La construcción de la verdad deja de ser una empresa ética y se trueca en manipulación verosímil, o sea, en una estética (retórica), en lo que bien puede verse como una victoria final de un posmodemismo aparentemente exangüe, pero no muerto. La guerra del golfo no existió, como dijo memorablemente Baudrillard, y la sangre, vísceras o corporalidad fracturada de las 6.000 víctimas de Septiembre debió entenderse como pura estadística, así como la tecno-mediática actual batalla de Afganistán es un compendio de pantallas verdosas titilantes (ataque norteamericano) y fotos de archivo de pueblos semidestruidos (defensa afgana). Todo eso mezclado con alguna admonición amenazante del tándem vaquero Bush-Rumsfeld, la ocultación urgente del vicepresidente Cheney o la diatriba ético-histórica de Bin Laden (que us a su dedo índice como un kalahsnikov) recibida vía Qatar. A la sazón, CNN decidió autolimitar su emisión de los partes de guerra binladianos debido a su posible contaminación informática. El otro nivel insidioso de información (o como se llame eso que la suplanta en esta época) consiste en descripciones detalladas de equipos de guerra, diversas clases de caza-bombarderos o - XCV95 ASTRAGALO,19(2001)ISSN 1134-3672 96 bombas que se sumergen en la profundidad rocosa antes de estallar. De esa materia, informáticamente mínima, viven centenares de analistas, pensadores y periodistas que deben hacer su trabajo de comunicación cada día. Entretanto, de los hechos no se sabe casi nada: cuántos afganos mueren en cada bombardeo, cuántos norteamericanos a su vez, por descuidos o impericias, erosionan la teoría Powell de la cero ¿bajas propias? La reconstrucción de una imposible simetría en esta guerra muestra una retaguardia histérica: la propia sociedad norteamericana asediada por epidemias de ántrax o avisos de inminentes colapsos de golden gates, en una instancia en la que la ya larga modernidad armada por la prensa ahora cotiza a precio de oro su magra mercadería, con resultados tales como la lapidación de periodistas a la caza de ese botín comunicacional o los vaivenes cotidianos de muchos analistas que deben analizar no se sabe qué. Desconfiar de calles y aviones Un efecto ciertamente paradójico de la citada homeopatización de la información -supuestamente consecuente de la búsqueda de reeequilibrios entre los contendientes: no se puede ser transparente frente al embozadoes la agudización de las paranoias, casi en todo el mundo, valga el comentario, como módica confirmación del ecumenismo global: está preocupada la city londinense o la curia romana tanto como cualquier edificio de medio centenar de pisos con oficinas non-sanctas en cualquier lugar del mundo, desde Tokio a San Pablo. El relativamente natural temor a la última tecnología -que había reclutado no pocos adherentes respecto del uso de los aviones, habida cuenta de fracasos muy publicitados como la tragedia del Concordeahora adquiere otro carácter, incluida una inusitada militarización del transporte, con guardias armados arriba de cada nave y controles sofisticados en tierra, más la ominosa posibilidad de acabar una falla de comunicaciones vaya a saber en qué catastrofe, con el agravante de la democratización del material plástico en la cubertería de abordo, para agravio de quienes pagan doble por lafirst class. Una generalizada desconfianza creciente al uso de aeronaves, echa literalmente por tierra uno de los renglones singularmente expansivos de la economía globalizada, ahora que se había establecido una nueva ecuación de costos e incremento geométrico de los pasajeros voladores. La calle -o lo públicotermina por cerrar el ciclo exitoso del siglo XIX, aquél de la promocionada flanerie de Baudelaire, Poe y Benjamin, según una serie de acontecimientos político-culturales, que los últimos sucesos terroristas no hacen sino agravar: como la irrefrenable tendencia a lo pseudo-público de los malls y otros artefactos del hiperconsumo y el funcionamiento de los mecanismos persuasores de la publicidad o la disminución del factor de homogeneización social que lo público había pacientemente construido desde las ciudades-estado renacentistas, avasallado ahora -XCVI- por los tribalismos tipo yonkies y otras sectas urbanas o por la hostilidad de los trabajosamente conquistados espacios de la identidad étnica. Los episodios de Septiembre, que alguien refirió como deliberadamente de hora-pico (en el sentido que se programó destruir edificios y personas), reafirman la inseguridad de los espacios centrales, sobre todo si éstos tienen además, alguna carga simbólica de poder, económico, político o religioso-cultural. La concentración y el uso de espacios de orden público caracterizados por lo multitudinario comienza a ser recelable y la respuesta psicológica tiene a la invalidación de la seguridad etnohistórica de lo gregario. Por la vía de la acumulación de eventos terroristas, la aislación del exciudadano, despojado psicológicamente de lo público urbano, desemboca por otro acceso a la nueva patria de la comunicación mediática y el consumo teledirigido. ¿Somos todos americanos? La senadora Barbara Lee (única que se abstuvo en la mega-votación congresal de EE.UU. acerca del exterminio de Afganistán) como la ensayista Susan Sontag -inveterada militante de la paz -no pueden andar tranquilas por su país y ciudades. Han osado emitir alguna modesta discordancia frente al homogéneo estallido de americanidad, de himno y bandera por doquier y una suerte de fatwa -entre académica, política y económicales amenaza por disidentes: otra victoria del modelo intolerante, que no sólo retoma la tradición de McCarthy sino que se reviste de civilizations clash, o lo que es lo mismo, una justificación al estilo de las guerras santas. Habrá que preguntarse como seguirá la larga y digna supervivencia académica de personajes tolerados como Said o Chomsky o quienes les sucedan, en esta nueva contingencia. Si retomamos el enfrentamiento arriba citado (en alusión a las propuestas de Bloom y Rodinson) entre fundamentalismos poscristianos y proyectos de rendimiento, es claro que esta confrontación usa el primer binomio -la competencia por hegemonizar el poscristanismo de parte de los fundamentalismos penta-sectario de USA y del Islampara otorgar espesor ético al segundo (la disputa por la última reserva de recursos naturales). En tal sentido, cabría replantear la pregunta (¿somos todos americanos?) e incluso, invertirla (¿somos todos islámicos?), ahora a la luz de aquellos proyectos económico-religiosos. Salvo por una módica referencia, diríase más bien, de empatía técnica, de Bin Laden respecto del Che Guevara, no hay nada que se precie de progresista en el discurso de La Base: su furia antinorteamericana parece tener que ver, antes bien, con la voluntad de confrontar la sociedad instaurada entre los lobbies petroleros de EE.UU. (ahora, no casualmente, entronizados en el poder político) y la monarquía gobernante de Saudiarabia. De allí que si bien, sobre todo en Europa y en América Latina, las simpatías pro-norteamericanas no podían progresar (sobre todo porque se disiente fundamentalmente del chauvinismo que aglutina la alianza entre capital -XCVII97 ASTRAGALO,19(2001)ISSN 1134-3672 y religión, que valga la ecuación, dio curso al combustible ahora denominado capital moral, tan usado en la retórica bushiana), tampoco ayuda la propuesta de Bin Lacten en cuanto al avizoramiento de una reconstrucción de mejores equilibrios del poder mundial. El mundo como desolación Ahora viene a saberse que el Corán 6 -al igual que mucha literatura cristiana, como la de san Agustínle da gran importancia a la muerte y a un más allá que aparentemente vale más que el acá de la terrenalidad pura: la vida de acá no es más que falaz y breve deleite (3: ll ). Unas pocas aleyas -versículoscoránicos hablan elocuentemente al respecto: toda alma pr obará el gusto de la muerte; en tonces seréis devueltos a nosotros reza 29:57 y algo más incomprensible, por la complacencia que expresaría, aquella que dice cada uno gustará la muerte (3: 185). Pero hay una que suena casi como premonitoria de los sucesos de Septiembre: donde quiera que os encontréis, la muerte os alcanzará, aun si estáis en torres elevadas (4:78). La redención sacrificial del remozado uso de acápites coránicos que parecen arrancados de la plena Edad Media no hace más que revalidar esa sensación de fracaso de modernidad democrática que viene a consagrar el sistema de nociones que juegan en la conformación de nuestro mundo contemporáneo: los fundamentalismos teo-capitalistas, la desaparición de las confronta98 ciones simétricas (o de las guerras ínter-estatales), la manipulación paranoizante de la información (que ayuda a relajar los vínculos de comunidad y remite al aislacionismo aceitado por los discursos tipo CNN), la renovada perspectiva de una absurda (dada la anterior figura de asimetría) escalada armamentística de sofisticación creciente así como de eficacia cada vez más incierta o la multiplicación de los fenómenos terroristas más o menos funcionales a algunos aspectos de la enumeración precedente. De allí que resulten problemáticas cuestiones que, como la inseguridad del espacio público o la pérdida de la privacidad de los ciudadanos en nombre de una seguridad virtual que no logra despertar confianza, amenazan con hacer retroceder la inhospitalidad de la primera modernidad --denunciada por Heideggera la desolación del presente, con su recaída milenarista en el fin de los tiempos, apenas matizada por la ingestión de información que, para acabar de montar la chatura de lo cotidiano, tampoco es variada, alternativa y ni siquiera persuasiva. Fatalidad USA: la supresión de la diferencia y el chantaje económico Se puede mantener alguna distancia crítica frente a la renovada centrifugación ideológica que las trágicas circunstancias de Septiembre le aportaron al tambaleante monolitismo del discurso ¿globalizante? Justamente, la principal duda que algunos intelectuales esgrimieron fue en su hora, la - XCVIII - presunción acerca de beneficiados y damnificados en esta operación, por fuera de las cifras estadísticas (terroristas+ víctimas de los atentados) quienes, es obvio, pagaron altos precios. Ganan desde luego, los que hasta hace pocos meses, parecían estar jaqueados por las movilizaciones globalifóbicas, al recrudecer las peores políticas del pensamiento único: alineamiento armado detrás del supergendarme que logró votar su impresionante aumento de presupuesto bélico, fortalecimiento del manejo comercial estratégico articulado a las defensas productivas de USA y aliados principales y ruptura del proceso aperturista preconizado por los acuerdos GATT, rediseño restrictivo del proceso de control de las migraciones demográficas ligadas al fracaso económico y la inviabilidad socio-biológica de grandes áreas del planeta, pérdida de relevancia de factores progresistas de la política global (como la biodiversidad o los acuerdos para el control del cambio climático), ralentización de las variables de desarrollo de las economías emergentes, etc. Se puede así, hablar de una fatalidad USA, algo quizá no querido del todo por este país y gobierno, pero tenazmente consecuente de una despiadada expoliación del mundo que ahora exige alineamiento con su cowboy war mediante complementarias extorsiones económicas, además relegitimadas bajo el insólito fundamento del esf uerzo de guerra. La cultura expansiva de los años de USA instaurando la mcdonaldización del mundo bien pudo asimilarse con toda una arquitectura que, por una parte, usufructuó la conversión de los bienes 99 y servicios culturales en una rama más de la new economics (podría llamarse a esto, el efecto Guggenheim) y más en general, desde una cierta perspectiva histórica, a lo que supo llamarse posmodernidad: que si bien, pudo erigirse como tal en torno de la tarea teórica de intelectuales europeos exhaustos (Lyotard, Derrida o Vattimo), se arroparía en los (ahora) exultantes ochenta y noventa, en la estética de Las Vegas y Miami, en la praxis de The Jerde partnership -el grupo responsable del Hotel New York-New York, esa réplica 1:5 que hoy adquiere un renovado valor de reliquia-, en la movida neoyorquina de Warhol, Matta-Clark, Johnson, Wines y el Site group, Eisenman y la prédica ilustrado-populista del IAUS y el advenedizo Koolhaas del Delirious New York, en los lobbies neo-déco de Morris Lapidus en Miami y por último, en la revolución Disney. La cultura como espectáculo que entonces se prohijó, consideró funcional (a la lógica del capitalismo tardío, como lo analizó Jameson) la exaltación de la simulación, el tránsito a la fantasmagoría virtual y una primera tarea de demolición teórica de lo monumental arcaico, incluso a partir de la fusión de estética arquitectónica y retórica publicitaria que había recomendado el matrimonio Venturi. Sólo pocas voces caústicas -como Lisa Peattie, Susan Sontag o Jane Jacobshablaban de la turbulencia de los mestizajes que en en Londres, París o Nueva York, semejaban los huevos de serpiente del nuevo milenio. -XCIX - ASTRAGALO,19(2001)ISSN 1134-3672