Valores sociales y actividad física: la evolución de la gimnasia al deporte en la modernidad industrial
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VALORES SOCIALES Y ACTIVIDAD FÍSICA: LA EVOLUCIÓN DE LA GIMNASIA AL DEPORTE EN LA MODERNIDAD INDUSTRIAL SOCIAL VALUES AND PHYSICAL ACTIVITY: THE EVOLUTION FROM GYMNASTICS TO SPORT IN INDUSTRIAL MODERNITY Álvaro Rodríguez Díaz Universidad de Sevilla Resumen: Los valores sociales son un elemento esencial para el análisis histórico de la actividad física y el deporte. El cambio del sistema de valores que significó el paso de la sociedad estamental a la sociedad de clases facilitó la práctica física y deportiva en el marco de un nuevo significado del cuerpo y de la disciplina social. La sociedad tradicional tenía su referente principal en la religión y en sus principios seculares del movimiento del cuerpo como hecho sujeto a discusión moral. Con la nueva sociedad surgida con la Revolución Industrial se abre una nueva concepción del cuerpo como objeto educativo para su orientación laboral. Aparece primero la gimnasia como una herramienta para la instrucción colectiva en la nueva disciplina del movimiento reglado del cuerpo. Después, se imponen los deportes ingleses que se basan en la estrategia de equipo y en el juego según reglas. En ambos casos, gimnasia y deporte responden a un nuevo núcleo de valores en los que la competencia, la unión y la superación son los referentes dominantes. A su vez, tales valores están ligados al espíritu nacionalista emergente en el siglo XIX. Así, el nacimiento de los Estados–Nación en Europa va en paralelo con la economía industrial y con una nueva concepción corporal que evoluciona desde la gimnasia hasta el deporte. En este artículo se analiza el caso de la modernización de España, indicando ejemplos ilustrativos del cambio en los valores de la actividad física practicada en el tránsito del siglo XIX al XX. Palabras clave: Abstract: Social values are an essential feature for the historic analysis of physical activity and sport. The change in the value system produced by the transit from an estate-based towards a classbased society encouraged the practice of physical exercise and sport within a frame of a new conception of the body and social discipline. Traditional society had its major pattern in religion and its age-old principles on body movement as a matter subject to moral discussion. With the new society arising from the Industrial Revolution a new concept of the body is created as an educational object for its labour aim. Firstly, gymnastics comes up as a tool for collective instruction in the new discipline of ruled movement of the body. Afterwards, it was English sports, based on team strategies and rule-based play that become established. In both cases, gymnastics and sport derive from a new core of values in which competition, joint effort and sense of surmounting are the dominant references. Such values are, likewise, connected to the nationalist spirit emerging in the 19th century. Thus, the birth of nation-states in Europe runs parallel to industrial economy and to a new body conception which evolves from gymnastics to sport. In this article we analyze the case of modernization of Spain, showing some illustrative examples of the change in the values concerned with physical activity carried out during the passage from the 19th to the 20th century. Keywords:
1 Introducción La sociedad tradicional se legitimaba a través del espacio social de la religión, favoreciendo así un sistema de valores ultramundano que servía de referencia adecuada para todos los ámbitos de la vida cultural: arquitectura, bellas artes, literatura... Los dogmas de fe eran a su vez dogmas sociales, en tanto que el poder absoluto, “por la gracia de Dios”, legitimaban el discurso de la ciudad de la razón, “discurso trinitario y absoluto” (Moya, 1977). La lenta evolución desde la sociedad estamental a la sociedad de clases supuso un cambio gradual en la identidad de los valores dominantes. Los principios de la modernidad abogaban por una sociedad definitivamente libre, donde el ser humano era testigo histórico del nacimiento de una nueva era que convocaba a todos a la participación en un progreso material ilimitado. El avance moderno se asentó sobre cambios estructurales: la sociedad sustituía a la comunidad para lo que se constituyeron los Estados-nación. La ciencia sustituía como referente a la religión, para lo que se establecieron los adecuados mecanismos educativos. La empresa sustituyó al taller artesano, por lo que se procuraron otras formas de organizar el trabajo. En esa doble mutación, de las mentalidades y de las estructuras, aparece una nueva concepción del cuerpo, cuyo movimiento ya no es susceptible de pecado, concepción que viene a legitimar esos cambios, que ayuda a desarrollarlos. Aparece el concepto de “cristiano musculoso”, utilizada por primera vez en 1857 (Barbero, 1993: 19). El concepto de cristiano musculoso compaginaba de un lado la capacidad moral con el esfuerzo físico, acepción que finalmente prevaleció. En realidad, el sustrato del cristiano musculoso está en la misma concepción del cuerpo como entidad de dolor, donde el sufrimiento es una señal de abnegación casi mística. La ética luterana preconizaba la resistencia del cuerpo como prueba moral, y ese mismo “autocastigo” acabó extendiéndose a la producción deportiva en la sociedad competitiva. El valor es un sustantivo, una posibilidad estructural que se representa mediante objetos sociales. La apuesta investigadora es aprehender los valores. Para ello se debe separar los objetos reales, la representación de los valores, de los valores mismos. En este sentido, el deporte como “objeto real” está unido a unos valores a los que representa. Los valores necesitan representarse a través de objetos valiosos, de artificios que abanderen los ideales comunes. En ese sentido, el deporte es uno de los objetos más valiosos que ha encontrado la modernidad para su legitimación social. Con el deporte se descubrió la posibilidad de construir socialmente un objeto valioso, en tanto que su uso estaba abierto a la participación real de cualquier ciudadano. El principio de la igualdad y el principio de la meritocracia se consideró especialmente en el ámbito del deporte, ya que la mayor capacidad y habilidad física podrían ser atributos de sujetos que procedieran de clases menos favorecidas. Esa igualdad se organizó en un proceso lento, dentro de un sistema inicialmente muy cerrado, restringido a las élites ociosas, para extenderse décadas después a las clases medias y bajas. La gimnasia empezó siendo un entrenamiento militar, donde al ejercicio del cuerpo se unía el disciplinar de la tropa. Después se extendió la educación escolar. Entre los deportes también hubo un desplazamiento histórico en sus prácticas, desde las capas sociales privilegiadas a las menos privilegiadas. Por ejemplo, el football empezó siendo un juego de señoritos hasta popularizarse muchas décadas después. Sólo el sistema deportivo acabó facilitando la imagen de igualdad ante el mercado social de la competición, en la que cada individuo se presenta con sus propios recursos físicos, con su cuerpo, deportivamente, al margen de la adscripción social, económica o cultural. Esa extensión
de las prácticas es un elemento clave de la modernización, basada en la democracia parlamentaria y en la economía industrial asalariada. La deportividad se consagró como un valor esencial del espíritu moderno. El comportamiento deportivo representaba un comportamiento ético: el juego limpio fue el lema eterno del deporte. Se trataba de encontrar una actividad física que suprimiese o redujese la violencia que siempre había conllevado el enfrentamiento corporal entre varones. El problema se mantiene en nuestros días, donde el intento por vulnerar las normas entre los jugadores aún persiste. Pero la deportividad, el fair play, era un símbolo de la confianza ante los demás, una suposición por la que los demás respetarían igualmente las reglas de juego, al igual que la reglas del mercado. Además, se partía de la idea de que cualquiera podía tener condiciones para ser un buen deportista. Esa era la virtud por la que se defendía el espíritu del deporte. Sin embargo, el deporte no llegó a ser un objeto enteramente valioso, en el sentido de representar la igualdad social, ya que la práctica de un deporte determinado cabía identificarse con extracciones sociales determinadas. Por razones estatuarias y materiales no se ha producido una integración democrática de las prácticas sociales del deporte. Lo que ha existido es una separación de modalidades deportivas según clases. A su vez esta separación ha ido cambiando históricamente, procediéndose a una “invasión” y un “desplazamiento” de las prácticas. Invasión en tanto que las clases bajas han ido practicando deportes que tradicionalmente estaban asignados a los más privilegiados. Desplazamiento en tanto que, ante esta ocupación desde abajo, las clases privilegiadas han ocupado nuevas prácticas exclusivas con las que poder diferenciarse estatutariamente. En España, el perfil de los practicantes de natación sincronizada, por ejemplo, suele ser de clase alta, y no coincide con los practicantes de motociclismo, que se corresponden con un sector de menor estatus social. Pero a principios del siglo XX los motociclistas eran miembros de las clases altas. Aún siendo el deporte uno de los objetos sociales más valiosos de la modernidad, no ha llegado a cumplir enteramente todas las condiciones de valor de igualdad, en tanto que a una sociedad dividida en clases le corresponden unos deportes también socialmente divididos. Cada deporte ha ido históricamente inscribiendo su propia escala de valores, que está asimismo inscrito en el orden social de sus practicantes. En el boxeo se valora el choque corporal como regla del juego, mientras que en el esquí hay ausencia de contacto físico entre competidores. Boxeadores y esquiadores son usualmente sujetos de contraria condición social y hasta étnica o racial, que se diferencian también por los contrarios modos de expresión corporal de su socialización, abierta y vulgar para unos o cerrada y elitista para otros. Hay que indicar que tales clasificaciones no podemos hacerlas correlativas con clases sociales concretas, pues depende de cada país o sociedad. El rugby en las islas británicas es un deporte muy propio de sectores universitarios, mientras que en Francia se prodiga más entre los trabajadores manuales. El golf en Estados Unidos es un deporte accesible a la clase media, al contrario que en España. La aportación de la Teoría de la Civilización de Elias y Dunning (1992) ofrece elementos para completar ese análisis de la distancia corporal según la distancia social. Los procesos de pacificación son paralelos a los procesos de implantación del deporte, y tales procesos fueron impuestos por las clases dominantes, que fueron las que aplicaron especialmente el criterio del fair play –el juego limpiocon más aparente intensidad.
Los valores elegidos dependen de las posiciones que se ocupan en la pirámide de las posesiones así como de otras posiciones: la cultural, la étnica, la raza o el género. Por ejemplo, el contexto social modificó la representación de los valores de género: Sheard y Dunning (1979) señalan que, a finales del XIX, el espacio reservado del rugby en Inglaterra empezó a ser un espacio exclusivo “sólo para hombres” con un discurso más machista y cerrado al coincidir con los primeros movimientos feministas en aquellos años. Los valores son un tipo dominante de interacción social que crea unas preferencias selectivas para reproducirse. Tales preferencias son jerárquicas y cambiantes, ordenadas e históricas. Son elementos de la cultura que se legitiman gracias a las normas. De ahí que en el análisis social de los valores del deporte haya que admitir cierto relativismo, en tanto que las preferencias a elegir son combinables y mutantes, lo que da lugar a distintos modelos de opciones más que a un único modelo. Para Robin Williams las diferencias entre los individuos son por las relaciones que se producen entre los valores elegidos. En la detección de tal complejidad está la difícil labor del estudio de los valores “que no pueden ser confinados a una sola disciplina o a un estrecho rango de métodos de investigación” (Williams, 1979: 19). El deporte adquirió una sustancial relevancia como modo de manifestación simbólica de los valores dominantes y, en ese sentido, estuvo vinculado a los mecanismos de reproducción de la sociedad. 2 La Ilustración contra el Romanticismo Uno de los intereses de los reformistas del XIX fue cambiar aquellos valores que no contribuían al impulso de la economía industrial. Por ello, uno de los proyectos morales llevados a cabo fueron las campañas y normas que combatían la pereza y la inanidad de los trabajadores en su tiempo libre. En Francia en 1840, Villermé en su obra Etát physique et moral des ouvriers, señaló lo siguiente: “Para el obrero, todo se convierte en ocasión de ir a la taberna... va ahí cuando está contento para divertirse, en fin, cuando tiene preocupaciones domésticas, para olvidarlas” (Villermé, citado por Dumazedier, 1971: 37). El problema para la modernidad industrial era la holgazanería. En la España de la Ilustración, Melchor Gaspar de Jovellanos partía del escenario costumbrista de la inacción que observaba como viajero por el país, y la planteaba como una preocupación social que desencajaba con las maneras del liberalismo burgués emergente: “¿Cómo es a que la mayor parte de los pueblos de España no se divierten en manera alguna? Cualquiera que haya corrido nuestras provincias habrá hecho muchas veces esta dolorosa observación. En los días más solemnes... reina en las calles y plazas una perezosa inanición, un triste silencio... Si algunas personas salen de sus casas, no parece sino que el tedio y la ociosidad las echan de ellas... sentados, o vagando acá y acullá, sin objeto ni propósito determinado, pasan tristemente las horas y las tardes enteras sin espaciarse ni divertirse” (Jovellanos, 1976: 73).
Alegatos como los de Paul Lafargue reivindicando el derecho a la pereza (“el trabajo es causa de toda deformación orgánica”, afirmaba) son casos aislados en la ensayística de la época, casos que responden a minoritarias reivindicaciones contrarias a la glorificación del trabajo, exaltación impuesta asimismo por el movimiento socialista. En 1830, Lafargue ensalza, contrariamente a Jovellanos, la cualidad moral de los pueblos de España que se resisten al sacrificio del trabajo infernal: “Para el español, en quien el animal primitivo no está todavía atrofiado, el trabajo es la peor de las servidumbres” (Lafargue: 1974: 119). Una resistencia importante contra el trabajo disciplinado y, como consecuencia, contra el deporte disciplinado, la constituyó el movimiento romántico centroeuropeo cuya premisa, entre otras, era enfrentarse a la razón mecanicista que imponía el pensamiento industrial. El romanticismo fue asumido por cierta burguesía en tanto que fomentaba el necesario cultivo de las artes finas, necesarias para alimentar los gustos sociales. No obstante, las luces románticas se iluminaban con la melancolía y el espanto oscurantista. En su práctica simbólica se extendió como una añoranza, una nostalgia, una reminiscencia de la vieja tradición que se escapaba, donde las emociones naturales, el sentido antes que la razón, se perdían entre el orden de las fábricas ensordecedoras y el lenguaje de la ciencia, valores y prácticas positivas que defendían los ilustrados: “La filosofía positiva es la contradicción misma del romanticismo idealista” (Moya, 1977: 26). Para Isaiah Berlin las tres revoluciones más importantes de la era moderna fueron la revolución política francesa, la revolución industrial y la romántica. Entre 1760 y 1830, según Berlín, en Europa occidental se produjo un fenómeno representado por Victor Hugo, Goethe, Byron o Coleridge en el que: “Los valores a los que les asignaban mayor importancia eran la integridad, la sinceridad, la propensión a sacrificar su vida propia por alguna iluminación interior, el empeño en un ideal por el que sería válido sacrificarlo todo, vivir y también morir. No estaban fundamentalmente interesados en el conocimiento, ni en el avance de las ciencias, ni en el poder político ni en la felicidad; no querían en absoluto ajustarse a la vida, encontrar algún lugar en la sociedad” (Berlin, 2000: 27-28). El romántico se hacía con el valor del martirio, nada más lejos del valor del héroe, forjados a través de la figura del guerrero y del deportista vencedor. El romanticismo fue un movimiento antideportivo, que buscaba el dolor interior, introspectivo, espiritual, contrario al sentimiento de placer y de agonía que procede del cultivo del cuerpo y del esfuerzo muscular. Obsérvese al respecto como las representaciones dominantes del martirio en ciertas culturas alejan a éstas de la actividad física. La presencia del mártir, que sacrifica su propio cuerpo, es un prototipo de la cristiandad antigua o del fundamentalista islámico actual, que se enfrenta a la presencia del héroe, que no entrega su vida, mito musculoso del valor en la actual cultura cristiana. El deporte occidental encuentra un buen acomodo en la actividad social en tanto que el deportista simboliza al triunfador, al “superhombre” que invocaba Nietzsche. Y en ese reto titánico lo que vale es salir con vida y no perderla o inmolarse. La cultura cristiana organizó los juegos deportivos para la reproducción de la heroicidad. Pero ha mantenido cierto proyecto de resistencia al
deporte, procedente del romanticismo que nació como un proyecto anti-Ilustración, en tanto que era contrario a los métodos de la física para hacerlos equivalentes al mundo de las ideas morales. Por ello, los románticos eran también contrarios al ejercicio físico como ejercicio impuesto por el higienismo industrial. El movimiento romántico se retiró a sus capillas distinguidas pues los valores de su causa perdieron la batalla contra el productivismo y la energía del desarrollo capitalista que acabaron imponiendo los Estados nacientes de Europa. 3 La actividad física como valor del nacionalismo El deporte se integró como un elemento de la construcción de la identidad territorial, que desembocó en los nacionalismos, como instrumentos ideológicos de cohesión y de representación social de los Estados modernos. El valor del nacionalismo, como valor de la civilización europea exportado al resto del mundo, ha sido determinante en el impulso de la actividad deportiva como “actividad política”. Desde la antigüedad siempre existió el mito del héroe o de las huestes que luchaban por su territorio a capa y espada. Con la modernidad se consigue reconvertir a los deportistas vencedores en abanderados de los Estados que representan. El sistema de las federaciones internacionales se asienta sobre la competición entre Estados-nación, creando una contienda que parte de la igualdad entre sí. Eric Dunning destaca que los deportes aparecen fundamentalmente conectados a la formación del Estado-nación. El deporte inglés se consolidó gracias a la consolidación de Inglaterra como Estado. En algunas partes de Alemania se practicaban deportes turnen, que eran torneos de gimnasia, o en el norte de Italia se practicaba el calcio, una forma de fútbol con mucha violencia, pero tales actividades no se extendieron porque la unificación de los Estados alemán e italiano no se consiguió hasta mucho más tarde, ya entrado el siglo XIX. Aquellas prácticas, muchas de ellas similares al modelo británico, no se homologaron universalmente debido a la ausencia de un sistema estatal que las apoyara y difundiera dentro y fuera de sus fronteras (Dunning, 1990). La rivalidad nacionalista se servía de las actividades físicas. La gimnasia sueca era antialemana, la gimnasia alemana era antifrancesa... Todas nacieron con una voluntad humanista y filantrópica, pero sus gestores acabaron convirtiéndolas en demostraciones de la unidad colectiva bajo la bandera de la patria respectiva, que en algunos casos se estaba definiendo. Con las competiciones internacionales bajo deportes homologados, especialmente a través de los Juegos Olímpicos, se fortaleció el sentimiento nacionalista mediante la unidad emocional que proporcionaba la búsqueda de la victoria de los jugadores compatriotas. La identidad con la tierra de nacimiento siempre fue una cláusula determinante en la propulsión del espíritu del equipo deportivo que la representaba. Los jugadores del equipo de un pueblo, de una ciudad o de una nación alimentan su competitividad en tanto que el significado de la victoria tiene un valor social que, más allá de la satisfacción personal y deportiva, se extiende a la esfera del orgullo comunitario. La identidad social se construye comúnmente en relación a las diferencias, en relación a los otros, a los que se define con aquellos elementos con los que no se coincide. De esta manera se buscan los valores positivos, los que son exclusivamente propios, excluyendo del sentido colectivo a los valores ajenos, como valores negativos y contrarios. Las comunidades nacionalistas se contrastan entre sí, indicando todo aquello en lo que no coinciden, que sirve respectivamente para la definición de un nosotros que
es excluyente. La conquista de territorios es una iniciativa que surge inicialmente como una necesidad ante la escasez de los recursos propios, por lo que tales conquistas siempre se considerarán positivas para la comunidad. Ser conquistado es someterse a una escasez de los recursos propios. La confrontación deportiva se convierte en una disputa simbólica en la que los contendientes defienden su tierra y lugares, necesarios para la libertad de su supervivencia (Hargreaves, 2000). Y para lograrlo deben al menos ganar en campo propio y, a ser posible, ganar también en campo contrario. Se suele señalar que los Estados autoritarios, especialmente el fascismo y el comunismo, fomentaron intensamente la práctica deportiva como práctica de control social al mismo tiempo que fórmula de cohesión alrededor de las enseñas de la patria. Esta consideración ha sido reiterada en el caso del franquismo, donde se suele afirmar la idea de que el fútbol actuaba como un factor de desmovilización social. No obstante, sería fácil establecer la hipótesis de que en la democracia española actual existe proporcionalmente mucho mayor consumo del espectáculo futbolístico que durante la dictadura franquista, sin desdeñar como aseguraba Shaw (1987) que el franquismo utilizara sin duda el fútbol para sus intereses. El historiador del deporte Richard Holt, en su análisis del periodo europeo de entreguerras, señala que tanto los regímenes liberales como los autoritarios propiciaron igualmente el uso del deporte para sus intereses nacionales. Esto también se demostró en los Estados comunistas a pesar de que denunciaron al deporte occidental por su carácter “burgués” e “imperialista”. Los fascistas rechazaba la comercialización y la individualización a que estaba sometido el deporte en las democracias liberales, abogando por “preparar a la juventud en la nación para el sacrificio colectivo a través de la disciplina corporal” (Holt, 2002: 310). En el discurso fascista, de un modo manifiesto, se relacionaba claramente al deporte con la disciplina, repitiendo sus elementos fundacionales: juventud-educacióncuerpo-nación. El lenguaje deportivo del fascismo encontró su mejor representación en los espacios deportivos, en arquitecturas como la del estadio Olímpico de Berlín de 1936 o el Foro Mussolini de 1932. Pero queda suficiente demostración empírica para asegurar que el uso del deporte como valor político ha sido una constante en todo tipo de regímenes. De hecho, el fascismo y el comunismo imitaron los modos de manipulación del deporte de las democracias liberales, aunque dotándoles de una estética grandilocuente. Curiosamente, el deporte apareció siempre como un hecho “apolítico”. Esta consideración facilitó considerar al nacionalismo en el deporte como algo natural, casi obligado, ajeno a la política. El deporte permite que dos naciones desiguales se enfrenten igualitariamente. Eso es una ventaja simbólica para las naciones más débiles, que tienen la oportunidad de conseguir la victoria mediante la simbología deportiva. Es el caso del hockey sobre hierba en India y Pakistán, el rugby en Nueva Zelanda o el críquet en Jamaica, países que han sido o son grandes potencias en esos deportes que fueron enseñados por los ingleses, deportes donde los nativos encontraron la representación posible para derrotar imaginariamente a sus colonizadores. En la actualidad un ejemplo singular es el caso de Cuba, cuya afición inusitada por el béisbol (llegó a ser campeona olímpica) se inició a raíz del bloqueo norteamericano de 1959. El país se preparó concienzudamente en ese deporte hasta convertirse en una de las potencias mundiales, sin que apenas haya competido con Estados Unidos. El nacionalismo deportivo se ha producido también para unir a dos naciones. En ese sentido, la unificación de Alemania en 1990 adquirió un significado social de adhesión, para los germanos de ambos lados, durante los
campeonatos mundiales de fútbol de 1990 donde se unificó un solo equipo que acabó conquistando el trofeo: la celebración de la victoria fue una demostración del reconocimiento de facto a la unificación. En definitiva, el deporte moderno se extendía al mismo tiempo que el Estado y el nacionalismo. En esa medida se convirtió tanto en un instrumento de poder como en una necesidad para la identidad colectiva. 4 La gimnasia y los valores de la instrucción Cada época histórica estuvo representada por unos ejercicios físicos cuyas formas eran bélicas y socialmente diferentes: el guerrero espartano, el gladiador romano, el caballero medieval. Los romanos utilizaban la palabra virtus para referirse a la valentía, y tal virtud se aplicaba para derrotar al contrario. Rodríguez (1942) calificó los juegos medievales como “profanos”, “inmodestas carreras” y “hórridas griterías”, apelativos que la iglesia canónica de la época también utilizaba para alejar a sus fieles de la muestra del cuerpo en torneos indecorosos. Al margen de las cuestiones morales, en todas la épocas predeportivas se concitaban juegos que estaban reproduciendo las diferencias sociales entre la población. En España, durante los siglos XVI y XVII los reyes y nobles participaban en la caza, la equitación o en los juegos de cañas y sortijas. Los juegos corrían la suerte del enfrentamiento entre hombres nobles, educados para la guerra, donde el valor dominante era el valor físico, el coraje, el desafío. A los estamentos populares les quedaba la emoción de contemplar esas demostraciones de poder en las plazas de los pueblos y ciudades. Los siervos de la gleba y los campesinos practicaban sobre todo el juego de la pelota, cuyo ejercicio también se expresaba con violencia. No es hasta el final del siglo XVII, tras la adopción por el Renacimiento de los valores griegos clásicos, cuando se recupera la gimnasia como un valor de la educación, pero de una manera lenta y vaga, y con resistencias morales relacionadas con la concepción escolástica del cuerpo pudoroso. Pero más tarde, el desarrollo de la producción y el comercio obligaron a incorporar ciertas formas de disciplina social como la gimnasia, que encontró su lugar en el ámbito escolar, donde se aplicaba como una instrucción más de la incipiente sociedad industrial. Por tanto, en el cambio social hacia la modernidad la educación física se relacionó con la ética industrial, y se erigió en un instrumento necesario para la socialización en la expansiva economía del mercado. La instrucción fue el argumento para uniformar disciplinas escolares aptas para el reclutamiento en las fábricas. Jean-Jacques Rousseau a finales del siglo XVIII y su discípulo Heinrich Pestalozzi a principio del XIX, fueron los pedagogos claves para impulsar los sistemas de educación física, como vehículos de adiestramiento para la práctica laboral. “La gimnasia elemental prepara la educación industrial”, llegó a afirmar Pestalozzi (citado por Burgener, 1973: 7). Para ambos pensadores la gimnasia era una parte de la ética, era en sí misma una ética. Rousseau, en su obra Emilio, destacó que “hablando de la educación de un niño, para estirar su alma debe endurecer sus músculos; acostumbrándose al trabajo, acostumbrándose al dolor” (Rousseau 1969, Vol. V: 457). La modernidad ilustrada hizo virtud del ejercicio físico al entenderlo como sacrificio del cuerpo para ejercerlo en algo productivo. La difusión de los ejercicios corporales encontró su caldo de cultivo en las culturas cristianas, especialmente entre las ramas protestantes. Así, la actividad física dejó de ser una acción inmoral y se apoyó en prescripciones de perfección, de demostración del esfuerzo personal ante Dios. Pero la permisividad religiosa sólo aconteció cuando el ejercicio físico se racionalizó y se evitó la violencia. Ese proceso fue un proceso de
civilización en valores, en los que la educación y la industria se constituyeron como nuevos referentes de la vida social. En el siglo XIX, el modelo de ejercicio físico a través de la gimnasia adquirió tres versiones principales: sueca, alemana y francesa. La gimnasia sueca, fundada por Hjalmar Ling, trataba los movimientos humanos como si el cuerpo fuese una máquina, seccionándolos para ejercitar repetidamente zonas del cuerpo y músculos concretos. La variante alemana tenía como objeto mantener el cuerpo saludable y fortalecer el espíritu. A finales de XVIII, se fundó en Alemania el primer programa educativo de estudios primarios en los que se incluyeron ejercicios físicos. En último lugar, la gimnasia francesa constituyó los “batallones escolares”, práctica que fue trasladada a España por Amorós, militar de alta graduación, considerado el introductor de la gimnasia de sala en la península. En 1888 Manuel Bartolomé Cossío, director de la Institución Libre de Enseñanza, alababa las bondades de los batallones escolares: “...el juego corporal, el ejercicio sano y la gimnasia, en su más amplio sentido deben hacerle [al niño] fuerte, sano, vigoroso, destruyen su feminización y timidez y desarrollan en él la energía necesaria para servir en todo, incluso cuando sea preciso a la defensa de la patria. Así se prepara obreros en la escuela primaria y así pueden preparar también soldados” (citado por López Serra, 1998: 146). La educación física en España fue especialmente apoyada por la Institución Libre de Enseñanza, fundada en 1875 por Francisco Giner de los Ríos, donde se aplicaron las enseñanzas del krausismo, que no eran sino esfuerzos por consagrar el positivismo moral en la enseñanza. En ese ámbito la educación física, la gimnasia tal como la había escrito Pestalozzi (1986) “la educación completa del sistema nervioso”, desempeñó un esfuerzo impar en los currícula de la Institución, especialmente la gimnasia de aparatos: paralelos, trapecios, barras de suspensión, trepas, aros... Tales prácticas se consideraron un necesario complemento ilustrado de la buena educación, incluso una base para la habilidad laboral: “Cuando conviene adquirir una educación especial para determinadas profesiones o aptitudes, cabe plenamente el uso de la gimnasia de aparatos”1. Herbert Spencer fue uno de los mentores del movimiento krausista. Desde su concepción evolucionista entendió la gimnasia como un elemento esencial para la transmisión adecuada de la genética. Uno de los postulados krausistas se basaba en la complementariedad del cuerpo como materia finita con el espíritu como pensamiento del sujeto. Según Krauss, inspirador de la Institución Libre de Enseñanza, la res extensa del cuerpo junto con la res cogitans del espíritu no son contrarias como afirmaba Descartes sino solidarias. El impulso del higienismo que abogaba por paliar la miseria en las viviendas proletarias de las ciudades industriales estuvo en el origen del fomento de la gimnasia que defendían los miembros de la Institución Libre de Enseñanza. Tal higienismo formaba parte de cierta moral puritana, procedente del prusianismo centroeuropeo. La actividad física se anunciaba como una necesidad de regeneración de los escolares y de los jóvenes. Philippe Daryl, un ilustrado francés llega a hablar en 1889 de la gimnasia como “toilette interior”, haciéndose eco de los efectos higiénicos del ejercicio físico. 1 Cita de Alejandro San Martín en 1889 en su obra “De los juegos corporales más convenientes en España” publicada en el Boletín del Instituto Libre de Enseñanza y referida por López Serra, 1998: 260.
