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Ciudades ancladas a barcos y casas que miran al mar: el habitar noruego en el Archipiélago de Galápagos

Ramos Pasquel, Daniela

Abstract

El primer asentamiento permanente de la isla Santa Cruz en el Archipiélago de Galápagos –a unos mil kilómetros del Ecuador continental– desembarcó a principios del siglo XX. La colonia noruega Sociedad Anónima Santa Cruz construyó su habitar, anclando las prácticas cotidianas materiales e inmateriales a la isla para sostener los vínculos territoriales con sus lugares de origen. Una década después de este primer desembarco, la familia Kastdalen navegó con su casa a cuestas para expandir su domesticidad a lo largo del territorio insular. Su casa, que mira al mar, es un espacio arquitectónico que posibilita la construcción de narrativas espaciales que articulan el habitar noruego en el archipiélago desde las historias de vida, las ideas, los objetos y las prácticas cotidianas de sus habitantes. Esta narrativa ampliada, escrita desde la experiencia de género, restituye la memoria de las mujeres pioneras, resignificando el legado material e inmaterial de las familias noruegas. Estos relatos se desplazan por distintas escalas y capas territoriales interrelacionando el espacio temporal con los sujetos que lo construyen. Evidenciando que los procesos de construcción del hábitat posibilitan re-localizar y re-territorializar las significaciones y las prácticas cotidianas que han sido trastocadas por la migración.

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ISSN 2173-125X Cómo citar: Ramos-Pasquel, Daniela (2022). Ciudades ancladas a barcos y casas que miran al mar: el habitar noruego en el Archipiélago de Galápagos, Hábitat y Sociedad, 15, 233-254. https://doi.org/10.12795/HabitatySociedad.2022.i15.11 Resumen El primer asentamiento permanente de la isla Santa Cruz en el Archipiélago de Galápagos –a unos mil kilómetros del Ecuador continental– desembarcó a principios del siglo XX. La colonia noruega Sociedad Anónima Santa Cruz construyó su habitar, anclando las prácticas cotidianas materiales e inmateriales a la isla para sostener los vínculos territoriales con sus lugares de origen. Una década después de este primer desembarco, la familia Kastdalen navegó con su casa a cuestas para expandir su domesticidad a lo largo del territorio insular. Su casa, que mira al mar, es un espacio arquitectónico que posibilita la construcción de narrativas espaciales que articulan el habitar noruego en el archipiélago desde las historias de vida, las ideas, los objetos y las prácticas cotidianas de sus habitantes. Esta narrativa ampliada, escrita desde la experiencia de género, restituye la memoria de las mujeres pioneras, resignificando el legado material e inmaterial de las familias noruegas. Estos relatos se desplazan por distintas escalas y capas territoriales interrelacionando el espacio temporal con los sujetos que lo construyen. Evidenciando que los procesos de construcción del hábitat posibilitan re-localizar y reterritorializar las significaciones y las prácticas cotidianas que han sido trastocadas por la migración. Abstract The first permanent settlement on Santa Cruz Island, Galapagos Archipelago –about a thousand kilometres from thecontinental Ecuador– landed at the beginning of the 20th century. The Norwegian colony Sociedad Anónima Santa Cruz built its habitat anchoring their material and immaterial everyday practices to the island, seeking to maintain the territorial ties with their places of origin. A decade later, the Kastdalen family sailed, carrying their home on their back, to expand their domesticity throughout the island territory. Their house overlooking the sea is an architectural space that enables the construction of spatial narratives that articulate the Norwegian way of living in the archipelago through its inhabitants’ life stories, ideas, objects, and everyday practices. This expanded narrative written from a gender experience restores the memory of women pioneers, resignifying the material and immaterial legacy of the Norwegian families. These stories move across different scales and territorial layers, interweaving the temporal space with the subjects that build it. By making evident the processes of habitat construction, it is possible to re-locate and re-territorialize the meanings and everyday practices that have been disrupted by migration. Palabras clave Hábitat, Género, Prácticas cotidianas, Migración, Archipiélago de Galápagos. Keywords habitat, gender, everyday practices, migration, Galapagos Archipelago. Ciudades ancladas a barcos y casas que miran al mar: el habitar noruego en el Archipiélago de Galápagos CITIES ANCHORED TO BOATS AND HOUSES OVERLOOKING THE SEA: NORWEGIAN LIVING IN THE GALAPAGOS ARCHIPELAGO Recibido: 25-03-2022 Aceptado: 04-07-2022 Daniela Ramos-Pasquel Universidad Técnica de Ambato - TerritoriAs [email protected] 0000-0002-3672-6079 Daniela Ramos-Pasquel Hábitat y Sociedad (ISSN 2173-125X), n.º 15, noviembre de 2022, Universidad de Sevilla, pp.233-254. https://doi.org/10.12795/HabitatySociedad.2022.i15.11234 1. Introducción En la inmensidad del Pacífico hay un lugar distinto a cualquier otro. Islas volcánicas encantadas que albergan una extraordinaria colección de animales y plantas. Aquí, la evolución avanza a una velocidad espectacular. Las Galápagos. Un lugar de maravillas. Hace millones de años estas islas fueron colonizadas por un extraño elenco de personajes […] (Voz de David Attenborough, en Williams, 2013). Esta es una versión de la única historia construida sobre las Galápagos. Existen más, pero todas privilegian una narrativa de naturaleza pre y antihumana que vincula al archipiélago, ubicado a mil kilómetros del Ecuador continental, con la teoría evolutiva y su creador, Charles Darwin. Si digitásemos los términos islas galápagos o galapagos islands, en cualquier motor de búsqueda digital, se desplegaría una serie de información turística en clave de conservación (Ramos, 2017; 2021). Los resultados confirman esta única historia, producto de un imaginario reciente que podríamos situarlo en 1959, año en que se creó el Parque Nacional Galápagos y la Fundación Charles Darwin, encargada de organizar la investigación científica y velar por la conservación del archipiélago. Instituciones que se fortalecieron con la inscripción de las Galápagos en la lista de bienes naturales de los Patrimonios Mundiales de la UNESCO (1978). Este entramado evita despertar las sospechas en la audiencia, consintiendo que el relato del archipiélago se ajuste al área natural protegida, que corresponde al 96,7% de la superficie terrestre de las islas. Esta única narrativa, que difunden los medios de comunicación masiva, reproduce un sesgo epistemológico de corte materialista; concibe al espacio como una superficie estática que únicamente “alberga una extraordinaria colección de animales y plantas” (Williams, 2013). Elizabeth Hennessy y Amy McClery (2011, p. 134, traducción propia) cuestionan este discurso construido en torno al “mito de la naturaleza independiente” porque “contradice tanto las densas interconexiones biofísicas entre las personas y la naturaleza como las innumerables maneras en que las naturalezas están dotadas de significados sociales”. Plantean la imposibilidad de gestionar el territorio, si se concibe a la naturaleza y a la sociedad como categorías opuestas. Las autoras sostienen que “la producción de la naturaleza prístina” omite el incremento de los impactos ambientales negativos en el archipiélago derivados de la industria turística (Grenier, 2007) y oculta los efectos materiales y políticos que acentúan las desigualdades sociales. En este marco y situadas desde la geografía feminista –en particular desde la geopolítica feminista– Cristen Dávalos y Sofía Zaragocín (2022) exploran la relación entre espacio y violencia de género desde un enfoque multiescalar en la isla San Cristóbal, Galápagos. A partir de la experiencia con mujeres galapagueñas, las autoras ponen de manifiesto que la violencia de género en la isla desafía las posiciones tradicionales que definen lo público y lo privado. Es decir que las formas estructurales de la violencia de género se funden en el espacio –relacional e híbrido– construyendo una forma continuada de violencia de género que se ejerce contra el 55,7% (INEC, 2019) de las Ciudades ancladas a barcos y casas que miran al mar: el habitar noruego en el Archipiélago de Galápagos Hábitat y Sociedad (ISSN 2173-125X), n.º 15, noviembre de 2022, Universidad de Sevilla, pp.233-254. https://doi.org/10.12795/HabitatySociedad.2022.i15.11 235 mujeres que residen en las islas. Al finalizar el artículo, las autoras sugieren que es “fundamental cuestionar la responsabilidad de las políticas globales de conservación que ignoran o colocan los derechos de las mujeres bajo los derechos medioambientales” (Dávalos y Zaragocín, 2022, p. 320, traducción propia). En este contexto donde priman unos derechos sobre otros, la narrativa hegemónica se convierte en una “afirmación científica sobre la realidad natural de las islas que no deja espacio para otras historias” (Hennessy y McClery, 2011, p. 142, traducción propia). Una afirmación que se confirma con un estudio de las “Tendencias de la investigación científica en Galápagos y sus implicaciones para el manejo del archipiélago” (2009). Este revisó la totalidad de las publicaciones realizadas desde 1535, año en que se descubrieron las islas, hasta 2007. Los resultados estadísticos corroboran lo anteriormente expuesto: el conocimiento construido sobre las Galápagos orbita en torno a las ciencias naturales (74,4%), seguido por las ciencias sociales (17,4%), las ciencias tecnológicas y de la gestión (7,8%) y por último las investigaciones vinculadas a las ciencias de la salud (0,4%) (Santander, González, Tapia, Araujo y Montes, 2009). Estos resultados son el “testimonio de una extraordinaria historia de interés científico en las islas; pero este interés lamentablemente hace que la escasez de las ciencias sociales sea aún más evidente” (Watkins, 2008, p. 31). Estos antecedentes justifican la emergencia de otras historias que sustenten la reciente reconceptualización del archipiélago como sistema socio-ecológico o socio-ecosistema (Watkins, 2008), recogida en el “Plan de Manejo de las Áreas Protegidas de Galápagos para el Buen Vivir” (2014). En este documento, que rige la gestión del archipiélago, la Dirección Parque Nacional Galápagos (DPNG) reconoció que la sostenibilidad de las islas dependía de la articulación entre ecosistemas terrestres, marinos y la población local, resaltando “los estrechísimos vínculos bidireccionales existentes entre el sistema social y el sistema natural” (DPNG, 2014, p. 49). Si bien el “Plan de Manejo…” no incorpora la variable de género dentro de la gestión territorial, el último diagnóstico de género realizado en el 2008 proponía la incorporación del enfoque de género y participación ciudadana en la gestión de las instituciones locales. En “La otra cara de Galápagos” (2008), Rocío Rosero y Cecilia Valdivieso (2008, p. 36) sostenían que “la estrategia de desarrollo sustentable debe basarse en la relación armoniosa de las personas, mujeres y hombres, con el patrimonio natural y la biodiversidad”. Argumentando que la “conservación sostenible se hará posible solo mediante un cambio sociocultural que permita transformar las relaciones entre mujeres y hombres; y entre las personas y las instituciones sociales con los recursos naturales” (ob. cit., p. 37). ¿Podríamos enfatizar los vínculos bidireccionales cuando la única historia construida sobre las Galápagos ha borrado a las personas que habitan en las islas? ¿Podríamos incidir en las interconexiones cuando los medios de comunicación masiva insisten en privar a la población de agencia e historia propia? ¿Podríamos avanzar en la transformación social sin reconocer los aportes de las mujeres a la construcción del hábitat? Estos cuestionamientos develan múltiples desigualdades y la imposibilidad de que estas líneas solventen o desmantelen el entramado que las constituye. Propongo Daniela Ramos-Pasquel Hábitat y Sociedad (ISSN 2173-125X), n.º 15, noviembre de 2022, Universidad de Sevilla, pp.233-254. https://doi.org/10.12795/HabitatySociedad.2022.i15.11236 restituir las memorias de las mujeres noruegas y su legado en las espacialidades de la isla Santa Cruz, una de las cuatro islas habitadas del archipiélago. Centrar la reflexión en la dimensión espacial de lo social (Lindón, 2011) desde el género. Planteado como una categoría constitutiva de la práctica investigativa y no como una categoría de análisis. Es decir que se promueve una “investigación con el género y no sobre el género” (Jiménez, 2021, p. 181); abordando el género como sujeto, la experiencia del género y la intersección con otras categorías de la diferencia –raza, clase, sexualidad, etc.–. En este sentido, la dimensión espacial de lo social aborda la relación co-constitutiva entre espacio y sociedad, ligando los procesos de construcción del habitar desde la experiencia migratoria y de género. Antes de continuar, quisiera recalcar que nunca existieron comunidades originarias en el Archipiélago de Galápagos. A partir de 1832, y durante casi un siglo, las primeras migraciones locales-continentales y globales arribaron paulatinamente a las distintas islas, asentándose de manera permanente en las islas de Santa Cruz, San Cristóbal, Isabela y Floreana. Esta premisa condiciona la habitabilidad del archipiélago desde la experiencia migratoria. Carolina Stefoni y Macarena Bonhomme (2015) sugieren que la experiencia migratoria hace evidente que los lugares de origen y destino no son mundos excluyentes y polarizados, sino que producen un “estar-entre” mundos que se asemeja a la noción de tercer espacio o in-betweenness de Homi Bhabba. Es decir, que las prácticas cotidianas construyen pertenencias “a través de anclajes multisituados y transfronterizos que van dando forma a un estar simultáneo ‘en el aquí y en el allá’” (ob. cit., p. 35). Este habitar en migración construye un campo transnacional que se define como las “redes de relaciones sociales a través de las cuales viajan ideas, prácticas y recursos, que se intercambian, organizan y transforman” (Basch, Glick-Schiller y Szanton, citados en Stefoni, 2013, p. 167). Siguiendo esta línea, Rogério Haesbaert (2013, pp. 34-35) denomina como multiterritorialidad a “la posibilidad de tener la experiencia simultánea y/o sucesiva de diferentes territorios, reconstruyendo constantemente el propio”. Para el autor existe una vinculación intrínseca entre espacio, relaciones sociales y territorio que está atravesada por la dimensión de la movilidad y la acción. Estas variables incorporan dinámicas de des-territorialización –con guion– que desafían la comprensión tradicional del territorio como un producto estable. Sugiriendo que “el territorio debe ser concebido como producto del movimiento combinado de desterritorialización y de reterritorialización” (Haesbaert, 2013, p. 26). Este marco de interpretación permite un acercamiento a la dimensión espacial de lo social (Lindón, 2011) que se expresa en “las ‘maneras de habitar’ el espacio en y desde la movilidad” (Reyes y Martínez, 2015, p. 119). 2. Metodología Esta investigación se diseñó desde un enfoque cualitativo estructurado a partir de múltiples soportes que no surgen dentro de los límites tradicionales de la arquitectura, sino que expande la disciplina hacia métodos transdisciplinares devenidos de las ciencias sociales y las humanidades. Al contrario de otras posiciones positivistas, esta Ciudades ancladas a barcos y casas que miran al mar: el habitar noruego en el Archipiélago de Galápagos Hábitat y Sociedad (ISSN 2173-125X), n.º 15, noviembre de 2022, Universidad de Sevilla, pp.233-254. https://doi.org/10.12795/HabitatySociedad.2022.i15.11 237 metodología devela un claro posicionamiento político-ético feminista, comprometido con la transformación social y la producción de conocimientos situados. Si en el discurso oficial prima una narrativa de naturaleza pre y antihumana, la historia humana de Galápagos es la historia de “El hombre en las islas Encantadas”.1 Frente a la única historia escrita, estas narrativas se presentan como posibilidades de acción, transformación y subversión desde la praxis feminista (Gandarias y García, 2014). De tal manera que, si la historia dominante ha servido para privar a la población de agencia e historias propias, las narrativas contrahegemónicas construidas desde las experiencias de género ponen “en juego la visibilización y la creación de imaginarios y prácticas liberadoras” (Gandarias y García, 2014, p. 100). Este posicionamiento se fundamenta en la noción de espacio propuesta por Doreen Massey, anclándose en las posibilidades que tiene la escritura para trazar nuevas trayectorias e imaginar futuros en otras direcciones. Para definir al espacio como “parte integral de la producción de la sociedad” (Albet y Benach, 2012, p. 177), Massey recurre a tres proposiciones2 que relacionan al espacio con el movimiento, lo abierto, lo heterogéneo y activo. Esta noción amplía la comprensión del espacio más allá de la superficie física, concibiéndolo como un proceso dinámico e inacabado en el que coexisten y se yuxtaponen múltiples narrativas para producir “espacios nuevos, identidades nuevas, relaciones y diferencias nuevas” (ob. cit., p. 175). Definición que recupera el potencial político que tiene el espacio para provocar imaginarios sociales transformadores desde la práctica arquitectónica. A su vez, la práctica espacial de la escritura tiene el potencial de reconfigurar las relaciones entre la teoría y la praxis, tensionando el estilo académico con el personal para construir un relato polifónico con múltiples posiciones. A través de las narrativas espaciales se priorizan las cualidades emocionales que surgen de las interacciones entre sujetos y lugares (Rendell, 2013). “Sus respuestas son sutiles pero significativas en el presente, al tiempo que insinúan acciones pasadas y futuros alternativos” (ob. cit., p. 13, traducción propia). En esta investigación, las narrativas espaciales son híbridos entre la realidad y la ficción que dan cuenta de los lugares practicados, usados, significados, experimentados, modificados y/o recordados por sujetos particulares (Lindón, 2011). La espacialidad emerge de la experiencia de género para enlazar acontecimientos aleatorios, dotar de identidad y sentido a las actuaciones espaciales (Frascari, 2012). Estas narrativas 1 Esta referencia se base el título del libro “El hombre en las islas Encantadas. La historia humana de Galápagos”. Escrito en 1999 por Octavio Latorre, el historiador más relevante del archipiélago. 2 Las tres proposiciones a las que recurre la autora son: El espacio es producto de interrelaciones que operan en múltiples escalas; es la esfera de la posibilidad de la existencia de la multiplicidad; por lo tanto, el espacio es un conjunto de trayectorias que están continuamente en “proceso de formación, en devenir, nunca acabado, nunca cerrado” (Albet y Benach, 2012, p. 158). Daniela Ramos-Pasquel Hábitat y Sociedad (ISSN 2173-125X), n.º 15, noviembre de 2022, Universidad de Sevilla, pp.233-254. https://doi.org/10.12795/HabitatySociedad.2022.i15.11238 fueron construidas desde la investigación de campo y la revisión bibliográfica, proceso organizado en cuatro momentos. En el primer momento se utilizó la técnica de la narrativa de vida espacial o narrativa autobiográfica espacial (Lindón, 2011). “Un relato organizado y secuencializado espaciotemporalmente y entretejido de significados de experiencias vividas por el sujeto en ciertos lugares y con ciertas otredades” (Lindón, 2011, p. 27). En diciembre de 2017, la investigadora propició un encuentro informal con Corina Espín, pionera de la isla Santa Cruz, y su hija María Kastdalen3, nieta del matrimonio noruego, en Miramar. La casa que construyó la primera generación de la familia Kastdalen es conocida como la casa o el museo de los noruegos.4 Las narrativas de Corina y María articularon lugares y acontecimientos desde la experiencia vivida; hicieron surgir vínculos relacionales con otras personas y develaron espacios practicados desde la experiencia de género. Sus voces se encuentran transcritas textualmente en la narrativa propuesta, evitando los procesos de traducción de la investigadora. En un segundo momento se seleccionaron narraciones escritas que abordaban las historias de vida de las familias pioneras en la isla Santa Cruz que estaban alojadas en soportes más tradicionales. Las publicaciones seleccionadas fueron: “Drømmen om Galapagos: An unknown history of norwegian emigration” (1985), escrita por Stein Hoff; y “Breve historia de Galápagos” (2001), un manuscrito no publicado, escrito Jacob por Lundh. Para incorporar la experiencia de género, se seleccionó “Galápagos. Las últimas islas encantadas” (1946), escrita por Paulette Everard Kieffer, conocida como Paulette de Rendón; un libro que narra la experiencia autobiográfica de la autora y su pareja durante el viaje que realizaron por las islas del archipiélago en 1938. En un tercer momento de la investigación, las narrativas de vida espacial y las narraciones escritas dialogaron con otras fuentes de carácter documental. Estos diálogos confirmaron que entre la historia humana del archipiélago (Latorre, 1999) y las historias de vida “hay una línea de demarcación que puede fracturarse” (Ferrarotti, 2007, p. 29). En esta fractura radica el poder del espacio para restituir las memorias privadas de agencias e historias propias. En un cuarto momento, la narrativa desde la experiencia de las personas se interpretó desde los conocimientos situados producidos desde la sociología (Ospina, 2001) y los estudios socioambientales (Salvador, 2015), enmarcando la experiencia espacial dentro de los procesos de construcción del habitar vinculados a la experiencia migratoria. 3 Si bien, el anonimato es necesario para preservar la seguridad de las participantes, esta condición “obstaculiza los objetivos emancipatorios y políticos de la investigación feminista para crear espacios de resistencia y cambio transformador” (Gordon, citado en Jiménez, 2021, p. 194). Por tal motivo y siguiendo los códigos de ética, las participantes firmaron consentimientos informados como parte del protocolo diseñado para la investigación. 4 La importancia de esta casa radica en que es uno de los pocos bienes inventariados como patrimonio cultural en las Galápagos. Según el Sistema de Información de Patrimonio Cultural Ecuatoriano (2018), esta casa conserva un valor histórico, testimonial, simbólico, “debido a que ha conservado su arquitectura y materiales de construcción, destacando la utilización de la roca volcánica y una interesante técnica constructiva” (Rodríguez, 2020, p. 184). Ciudades ancladas a barcos y casas que miran al mar: el habitar noruego en el Archipiélago de Galápagos Hábitat y Sociedad (ISSN 2173-125X), n.º 15, noviembre de 2022, Universidad de Sevilla, pp.233-254. https://doi.org/10.12795/HabitatySociedad.2022.i15.11 239 Cabe recalcar que, el proceso de investigación no se estructuró ni se desarrolló de forma lineal y progresiva como se ha descrito anteriormente, sino, que, se fue construyendo en una constate revisión de los registros y soportes documentales obtenidos en el trabajo de campo y la revisión de literatura. Esta metodología de investigación y de exposición de resultados amplía la narrativa oficial, los límites de los procedimientos disciplinarios y sus recursos. Hace posible que la práctica arquitectónica relocalice el potencial político que tiene el espacio para producir “espacios nuevos, identidades nuevas, relaciones y diferencias nuevas” (Albet y Benach, 2012, p. 175). 3. Resultados 3.1. Ciudades ancladas El 7 de agosto de 1926 desembarcó el primer asentamiento permanente de la isla Santa Cruz en el Archipiélago de Galápagos, Ecuador (Latorre, 1999). La Sociedad Anónima de Santa Cruz viajó desde el puerto de Larvik en Noruega a bordo del Ulva. Su tripulación estaba compuesta por cuarenta y tres hombres accionista y dos mujeres: Marie Dahl, esposa de uno de ellos, y Borghild Rorud, profesora en formación. Al desembarcar, buscaron el fondeadero más seguro para asentarse. Andar por la orilla fue la primera acción simbólica y práctica arquitectónica que posibilitó el habitar (Careri, 2014) tras varios meses de navegación. El agua condicionó su decisión y eligieron el extremo suroeste de Academy Bay, una bahía que se caracteriza por una serie de estrechos que se adentran en la isla y un gran acantilado volcánico que delimitaba su geografía. Intuyeron que el canal más cercano al mar podría convertirse en un espléndido puerto para pequeñas embarcaciones, mientras que la Laguna de las Ninfas permitiría acorralar bancos enteros de peces. Para celebrar el arribo, la colonia construyó un horno de pan, confirmando que “la hoguera es el germen, el embrión de todas las instituciones sociales” (Semper, citado en Toca, 2004, p. 67) (fig. 1). Figura 1. El horno de pan fue construido el mismo día del arribo. Foto cortesía de Thelma Lea, 1926. Fuente: Woram, 2021. Daniela Ramos-Pasquel Hábitat y Sociedad (ISSN 2173-125X), n.º 15, noviembre de 2022, Universidad de Sevilla, pp.233-254. https://doi.org/10.12795/HabitatySociedad.2022.i15.11240 Seguidamente, instalaron una tubería de acero de cuatrocientos metros para acceder al agua dulce que se vertía por una grieta. Construyeron el primer muelle de piedra y lo nombraron Ulva, colocando en su extremo una grúa, que no era otra cosa que un gran tronco de matazarno, árbol nativo del archipiélago (fig. 2). Con una línea férrea, de cuarenta metros, conectaron la grúa con una plataforma de hormigón. Sobre esta, levantaron un zócalo de piedra que protegía la estructura y la envolvente de la fábrica enlatadora de conservas. Un edificio de madera que materializaba el deseo que les impulsó a viajar (fig. 3). Mientras algunos socios trabajaban enlatando pescado, carne de tortuga y langosta; el resto de la colonia instalaba, alrededor de la fábrica, siete pequeñas casas prefabricadas de madera de abeto nórdico. Un plan que Gudrun y Olaf Eilertsen, matrimonio promotor de la colonia, había trazado con anterioridad. El plan es construir pequeñas casas de dos habitaciones cada una. Se construirán dos literas de madera de unos 180 × 70 cm. (72 × 28 pulgadas) para cada habitación. Los que puedan traer una cama de campaña podrán utilizarla en lugar de la litera. Al llegar a Panamá, todos tendrán que comprar un mosquitero para colgarlo sobre las camas. Esto cuesta unos 2 dólares, unas 9,50 coronas (Olaf Eilertsen, carta a Th. Østmoen, 03 marzo 1926, citado en Hoff, 1985, traducción propia). Figura 3. La fábrica enlatadora y las siete casas de madera comenzaron a construirse durante el viaje a bordo del Ulva. Foto cortesía de Arne Eliertesen, 1926. Fuente: Woram, 2021. Figura 2. Muelle Ulva en Academy Bay. Foto del muelle cortesía de Washington Ramos, s/f. Fuente: Elaboración propia. Ciudades ancladas a barcos y casas que miran al mar: el habitar noruego en el Archipiélago de Galápagos Hábitat y Sociedad (ISSN 2173-125X), n.º 15, noviembre de 2022, Universidad de Sevilla, pp.233-254. https://doi.org/10.12795/HabitatySociedad.2022.i15.11 241 Este extracto es parte de la carta que detallaba cada uno de los objetos imprescindibles del equipaje. Además, era la insinuación de un futuro habitar que estaría construido por la materialidad y los objetos que eran parte de su presente en Noruega. Imaginamos que, al arribar a la isla, la homogeneización de las camas se interrumpía por la variedad de colchones, sábanas, almohadas y mantas; que, a la hora de la comida, los tazones, platos, tazas y cubertería eran las unidades de domesticidad que diferenciaban a un tripulante de otro; al igual que las herramientas, instrumentos, libros y otros artículos que componían el equipaje útil para empezar un nuevo proyecto de vida. La materialidad de las habitaciones, que albergaban estos objetos, tejía nuevos paisajes. El color del abeto nórdico resaltaba entre los orificios de las piedras volcánicas que se colocaron para perfilar una red de caminos que decantaba en la Plaza de Ulvenæs el principal espacio público para realizar diversas actividades a distintos horarios: lugar de encuentro, patio de comidas o cancha de croquet (fig. 4). A otra escala territorial, la colonia noruega se vinculaba a la isla, resignificando sus prácticas cotidianas desde la complementariedad entre la pesca y la agricultura. “El mar les proveía productos que les permitían subsistir y comerciar, mientras que la tierra se destinaba para la agricultura de la subsistencia” (Jones, 1988, p. 197, traducción propia). Este entendimiento se ancló a la isla con Anders Rambech, horticultor de profesión. Él advirtió que la tierra cercana a la orilla de Academy Bay no era apta para la agricultura y encabezó la cuadrilla encargada de reconocer la “parte alta”5 de la isla. En la Hacienda Fortuna, hoy conocida como Bellavista, encontraron tres plantaciones abandonadas con cultivos de frutas y hortalizas de antiguos asentamientos temporales. En una de esas plantaciones, Andrés Rambech estableció una pequeña granja para la agricultura de autoabastecimiento. Un modelo socioeconómico que caracterizó a las primeras migraciones del archipiélago antes de que el boom turístico lo sustituyera por el actual modelo de mercado (Salvador, 2015). 5 En el archipiélago, los centros urbanos se ubican en el puerto, mientras que en la parte alta se localizan las poblaciones rurales. En Santa Cruz, la “parte alta” es un localismo que se utiliza para referirse a las parroquias rurales de Santa Rosa y Bellavista. Figura 4. Plaza de Ulvenæs experimentada como cancha de croquet. Foto cortesía de Arne Eliertesen, 1926. Fuente: Woram, 2021. Daniela Ramos-Pasquel Hábitat y Sociedad (ISSN 2173-125X), n.º 15, noviembre de 2022, Universidad de Sevilla, pp.233-254. https://doi.org/10.12795/HabitatySociedad.2022.i15.11248 La última cubierta de Miramar es la bodega, construida para contener la maquinaria de la casa, la cocina y la reserva de alimentos. La cocina como pieza aparte de la casa confirma la teoría arquitectónica, que sugiere que este espacio produjo una fractura significativa en la vivienda (Rybczynski, citado en Amann, 2011, p. 66). En esta fractura, Marie Kastdalen y Corina Espín encendían a diario los fogones para coordinar, planificar y elaborar proyectos de acciones complejas. Por estos motivos, la práctica culinaria se considera como el origen del lenguaje y la cocina como su lugar de nacimiento (Espegel, 2007; Amann, 2011). Para ellas, así como para muchas otras mujeres, la cocina fue, y sigue siendo, el principal espacio para mediar y transportar conocimientos, memorias y discursos. Crear estilos propios y particularizar el gusto, experimentar con la imaginación hasta que el origen y el destino de la receta se transformen en “una invención libre por analogía o asociación de ideas, mediante un juego sutil de sustituciones, de abandonos, añadidos o préstamos” (Certeau, 1999, p. 207). La cocina de Miramar fue la quilla del barco, la columna vertebral de la casa que sostenía la vida de la tripulación de jornaleros que echó el ancla en Miramar para sembrar café, plátanos, maíz, caña de azúcar y extensos cultivos de papas dulces; especialmente el de la variedad conocida como ringerike, que se cultivaba al sur de Noruega. Imitando a un barco, la cocina-bodega se enterró hasta la línea de flotación permitiendo que solo las escotillas miren al mar. Este gesto espacial remarca la importancia de los espacios frescos y ventilados para la conservación de los alimentos, pero su diseño nos traslada a la principal característica de la domesticidad estadounidense que fue la incorporación del punto de vista de las mujeres como actoras del espacio.9 A través de la escritura como práctica arquitectónica, Miramar elude la ilusión de un barco que se mantiene intacto a flote y se enraíza en la narración de historias que encarna el edificio. La casa que mira al mar cuenta con la suficiente autonomía como para abordar “El sueño de Galápagos: La historia desconocida de la migración noruega” –Drømmen om Galapagos: An unknown history of norwegian emigration– y narrar las historias de vida de sus habitantes. Marie, Thorvald y Alf Kastdalen navegaron con la casa a cuestas para expandir su habitar noruego a lo largo del territorio insular. 4. Discusión y conclusiones La escritura como práctica espacial posibilitó restituir las memorias de las mujeres noruegas, y su legado, en las espacialidades de la isla Santa Cruz. Develó a las pioneras que han sido invisibilizadas, pero que fueron actoras fundamentales de la historia humana, la construcción de las espacialidades y el conocimiento científico del Archipiélago de 9 Catharine Beecher fue una de las primeras tratadistas de la vida doméstica en incluir la experiencia cotidiana de las mujeres en el diseño de las viviendas. En su libro The American Woman’s Home (1869) Catherine Beecher y su hermana Harriet Beecher-Stowe proponen “la casa cristiana”. Un modelo que buscaba “el máximo rendimiento del trabajo de la mujer y el ahorro de tiempo evitando desplazamientos innecesarios basándose en la proximidad de todos los elementos de la casa” (Muxi, 2018, p. 95). Para Zaida Muxi (2018) la incorporación de los conocimientos y experiencias de las mujeres en el diseño de la cocina posibilitó la reducción de la cocina, que es el germen que desarrolló las viviendas mínimas que se produjeron masivamente en el siglo XX. Ciudades ancladas a barcos y casas que miran al mar: el habitar noruego en el Archipiélago de Galápagos Hábitat y Sociedad (ISSN 2173-125X), n.º 15, noviembre de 2022, Universidad de Sevilla, pp.233-254. https://doi.org/10.12795/HabitatySociedad.2022.i15.11 249 Galápagos. El relato polifónico construido desde múltiples posiciones actuó como una narrativa contrahegemónica, desafiando la unicidad del discurso oficial de naturaleza pre y antihumana “que no deja espacio para otras historias” (Hennessy y McClery, 2011, p. 142, traducción propia). Amplió la narrativa concentrada en el área natural protegida, develando espacios heterogéneos que están en constante movimiento y transformación (Albet y Benach, 2012). Desafió el sesgo epistemológico de corte materialista que concibe al espacio como una superficie estática, visibilizando las interrelaciones desde la experiencia de género que producen espacio en múltiples escalas. De tal manera que la narrativa espacial de la arquitectura expande los límites de la disciplina, sus procesos y recursos, insistiendo en el poder político del espacio para producir nuevas narrativas e imaginarios sociales transformadores. Ciudades ancladas a barcos narra las prácticas cotidianas de la Sociedad Anónima de Santa Cruz situando la reflexión en la dimensión espacial de lo social (Lindón, 2011) construida desde la intersección de la experiencia migratoria y de género. La propuesta de narrativa espacial evidencia que los lugares de origen, tránsito y destino dan forma a un ser-estar-habitar que es simultáneo y se debate entre “el aquí y el allá” (Stefoni y Bonhomme, 2015). Las continuidades socioculturales que movilizó la migración noruega tejieron conexiones entre los lugares de origen y los de arribo, entre los distintos puertos de Noruega con Academy Bay y “la parte alta” de la isla Santa Cruz. Las prácticas inmateriales se intercambiaron, organizaron y transformaron para reconstruir y resignificar el habitar en los lugares de destino desde una experiencia multiterritorial (Haesbaert, 2013), evidenciando que el territorio al igual que el espacio no son producciones sociales fijas y estables, sino que están atravesadas por la dimensión de la movilidad y la acción. A otra escala, la casa que mira al mar, Miramar, lejos de ser un objeto arquitectónico que se ancla sin relación al entorno, se enraíza en las narraciones de vida espacial (Lindón, 2011) de sus habitantes. La familia Kastdalen transformó el espacio material y simbólico de la isla incorporando pequeñas unidades de domesticidad. Marie Kastdalen y Corina Espín construyeron lealtades entre mujeres de distintas generaciones y orígenes, familias y comunidades (Ospina, 2001), ampliando la noción tradicional de la familia nuclear. La experiencia migratoria trastocó la espacialización de sus vidas cotidianas volviendo latente la condición de des-arraigo y des-territorialización, características de la cultura contemporánea. Frente a esta situación, los procesos de construcción del hábitat posibilitaron re-localizar y re-territorializar las significaciones y las prácticas cotidianas a diferentes escalas y temporalidades. Con los actos de creación cotidianos, Marie y Corina articularon conocimientos, memorias y discursos para sostener la vida familiar y las vidas de los jornaleros de la granja. En la actualidad, Corina Espín y su hija María Kastdalen son las portadoras de las memorias de la casa o el museo de los noruegos, uno de los pocos bienes inventariados como patrimonio cultural en las Galápagos (Rodríguez, 2018). La casa que mira al mar cuenta con la suficiente autonomía como para abordar “El sueño de Galápagos: La historia desconocida de la migración noruega” y narrar las historias de vida de sus habitantes. Marie, Thorvald y Alf Kastdalen navegaron con la Daniela Ramos-Pasquel Hábitat y Sociedad (ISSN 2173-125X), n.º 15, noviembre de 2022, Universidad de Sevilla, pp.233-254. https://doi.org/10.12795/HabitatySociedad.2022.i15.11250 casa a cuestas para expandir su habitar noruego a lo largo del territorio insular. Corina Espín y María Kastdalen son las memorias vivas del habitar noruego en el Archipiélago de Galápagos. Referencias bibliográficas Albet, Abel y Benach, Núria (2012). Doreen Massey. Un sentido global del lugar. Barcelona: Icaria Editorial. Amann Alcócer, Atxu (2011). El espacio doméstico: la mujer y la casa. Buenos Aires: Nobuko. Careri, Franceso (2014). Walkscapes. El andar como práctica estética. Barcelona: Gustavo Gili. Certeau, Michel de (1999). 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Por último, agradecer a la edición de la revista y a quienes revisaron anónimamente este artículo; sus comentarios y sugerencias contribuyeron a mejorarlo. LECTURAS, EVENTOS Y DEBATES