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219 Apuntes de Psicología Colegio Oficial de Psicología de Andalucía Occidental, 2019, Vol. 37, número 3, págs. 219-231. Universidad de Cádiz, Universidad de Córdoba, ISSN 0213-3334 Universidad de Huelva, Universidad de Sevilla La influencia de la vulnerabilidad social en los estilos parentales. Generando una agenda de investigación Ailin C. SIMAES Lucas G. GAGO GALVAGNO Luis C. JAUME Angel M. ELGIER Universidad de Buenos Aires y Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) (Argentina) Resumen La vulnerabilidad social implica privaciones vinculadas a aspectos económicos, educativos, ocupacionales, emocionales, sociales y de derechos, y abarca el 30,7% de la población argentina (CEPAL, 2018). Por otro lado, los estilos parentales refieren a las diversas formas de interacción entre cuidadores e infantes que impactan en el desarrollo cognitivo y socioafectivo. El objetivo de la siguiente revisión narrativa será analizar el impacto del nivel socioeconómico (NSE) en los diversos estilos de crianza y sus factores mediadores. Se encontró que el NSE impacta en los estilos parentales, siendo las variables de nivel educativo, tipo de comunicación e interacción y entorno sociocultural las de mayor poder predictivo. A su vez, la crianza en contextos de bajo NSE traen aparejados relaciones más punitivas y negligentes, sin embargo, es necesario tener en cuenta el contexto cultural para analizar de forma ecológica las diversas prácticas parentales. En conclusión, es importante no solo aminorar el impacto de los entornos vulnerables, si no también trabajar con las familias entendidas desde un entorno cultural determinado para generar prácticas de crianza que enriquezcan el desarrollo cognitivo y emocional infantil. Abstract Social vulnerability implies deprivation linked to economic, educational, occupational, emotional, social and rights aspects, and covers 30.7% of the argentine population (CEPAL, 2018). On the other hand, parental styles refer to the different forms of interaction between caregivers and infants that impact on cognitive and socio-affective development. The objective of the next narrative review will be to analyze the impact of socioeconomic status (NSE) on the different styles of parenting. NSE influences parental styles, being the variables of educational level, type of communication and interaction and sociocultural environment the most predictive ones. In turn, upbringing in low NSE contexts brings about more punitive and negligent relationships. However, it is necessary to take into account the cultural context to analyze in an ecological way the different parental practices. In conclusion, it is important not only to reduce the impact of vulnerable environments, but also to work with families understood from a specific cultural environment to generate parenting practices that enrich children’s cognitive and emotional development. Dirección de los autores: Instituto de Investigaciones. Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires. Lavalle 2353. Buenos Aires. Correo electrónico: [email protected], [email protected], [email protected], [email protected] La investigación que se presenta en este artículo fue realizada con subsidios de la Universidad de Buenos Aires UBACyT 2018-20 Código No 20020170200226BA y subsidio de investigación otorgado por la Universidad Abierta Interamericana, bajo el nombre de Proyecto de Investigación titulado “Desarrollo temprano integrado de la comunicación, las funciones ejecutivas y la frustración. Influencia de factores individuales y ambientales”. Recibido: agosto de 2019. Aceptado: octubre de 2019.
220 Apuntes de Psicología, 2019, Vol. 37, número 3, págs. 219-231. A.C. Simaes, L.G. Gago, L.C. Jaume y A.M. Elgier La influencia de la vulnerabilidad social en los estilos parentales Una gran parte de la población en Argentina y Latinoamérica se encuentra en situación de pobreza. Según los informes del CEPAL (2018) el número de personas en situación de vulnerabilidad en América Latina alcanzó un 30’2% (186 millones de personas) de los cuales el 10% vive en situación de pobreza extrema (61 millones de personas). En Argentina se registró un 30’7% de personas pobres y 6’1% en un estado de pobreza extrema. Estos tipos de contextos traen aparejadas modificaciones en el desarrollo cognitivo general desde los primeros años de vida (Hackman y Farah, 2009; Hermida, Segretin, Benarós et al., 2010; Lipina y Álvarez-González, 2011). Los estilos parentales son definidos a partir de dos aspectos: el control o exigencia de los padres hacia sus hijos e hijas, afecto y comunicación, por una parte, y el nivel de respuesta o aceptación de los padres hacia las necesidades de los niños y niñas (Baumrind, 1996). A su vez, se suele distinguir en estilos parentales democráticos (aceptación y control adecuado), autoritario (aceptación y control estricto y patológico), permisivo o negligente (aceptación y autonomía extrema) y rechazante (no aceptación y control patológico) (Richaud de Minzi, 2005). La percepción de los niños y niñas sobre la crianza de sus padres y madres y las conductas de estos últimos producen efectos en el desarrollo de distintas capacidades cognitivas de los infantes, independientemente del nivel socioeconómico (NSE). Este es un período en el que el desarrollo cognitivo en general y el desarrollo de funciones ejecutivas en particular son probablemente más susceptibles a las influencias de la crianza. Es así que el apoyo, estimulación, el control verbal externo, la resolución de problemas y el cuidado cálido y sensible de los cuidadores primarios producen un contexto que facilitan o dificultan procesos tales como la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva, la inhibición en los niños y niñas y la producción del lenguaje entre otros (Belsky y Haan 2011; Filippetti y Vargas-Rubilar y Arán-Filippetti, 2014; García, Rodríguez, Hill et al., 2018; Valcan, Davis y Pino-Pasternak, 2017; Van de Weijer-Bergsma, Wijnroks, van Haastert et al., 2016). Se ha evidenciado además que el desarrollo de las habilidades parentales se relaciona con el ámbito en el cual se desarrolla la socialización del niño (Lecannelier, Flores, Hoffmann y Vega, 2010; Richaud de Minzi, Mesurado, Samper-García et al., 2013; Rodrigo López, Martín Quintana, Cabrera Casimiro y Máiquez Chaves, 2009). A su vez, el nivel educativo de los cuidadores primarios es una variable fundamental para la predicción de la influencia del NSE en los estilos de crianza (Desforges y Abouchaar, 2003; Wong y Hughes, 2006). Teniendo en cuenta los altos índices de pobreza en los países latinoamericanos, y que lo distintos estilos parentales impactan en el desarrollo de la capacidad cognitiva y socioemocional infantil, se vuelve importante el estudio del impacto de los contextos vulnerables en las prácticas de crianza paternas y sus factores mediadores. Para profundizar el conocimiento sobre las relaciones entre estas variables se pretende realizar una revisión bibliográfica narrativa que aborde los estudios empíricos referidos a estas variables de estudio. Se buscará relevar el conocimiento sobre la asociación entre estas variables, para poder generar una agenda de investigación sobre los temas que aún requieren de mayor consideración. De esta manera se podrían generar intervenciones específicas para familias de entornos vulnerables que pretendan paliar las dificultades que estos contextos traen aparejados, mejorando así los estilos de crianza. Esto, en un segundo momento, promovería el desarrollo cognitivo y socioemocional del infante. Vulnerabilidad social La vulnerabilidad social es una variable multidimensional que se manifiesta de diversas maneras según el contexto socio-cultural (Lipina y Álvarez-González, 2011). Incluye privaciones vinculadas a aspectos económicos, educativos, ocupacionales, emocionales, sociales y de derechos (Hermida et al., 2010; Marmot y Wilkinson, 2001; Townsend, 1979). A partir del Multiple Indicator Cluster Surveys (MICS) impulsado por UNICEF y aplicado en la Argentina (2016), se delimitan 28 indicadores de pobreza, divididos en diez dimensiones, tales como nutrición, salud, educación, información, saneamiento, vivienda, ambiente, protección contra la violencia, protección contra el trabajo infantil, juego e interacción social. A partir del análisis de estos aspectos se afirma que entre el 25% y 32% de los niños y niñas son pobres (UNICEF, 2016). Los organismos internacionales afirman que dentro del 45% de la población mundial pobre, el 50% son menores de 18 años (PNUD, 2008, UNICEF, 2005), pudiendo aumentar este número si se ampliara el concepto de pobreza incluyendo a la conceptualización a partir de la privación de derechos (Delamonica y Minujin, 2007). El concepto de vulnerabilidad social concibe además el potencial de neurotoxicidad de los mecanismos de estrés y sus influencias en los cambios cerebrales. Aquellas experiencias de amenazas, negligencia, inseguridad y abuso en la crianza de los niños y niñas, sobreestimulan los mecanismos de estrés (Lupien, McEwen, Gunnar, y Heim, 2009; Lupien, Ouellet-Morin, Herba, et al., 2016) pudiendo desencadenar a posteriori una mayor vulnerabilidad en la activación de respuestas de estrés, al desarrollo de enfermedades crónicas y al establecimiento de una interrupción en el desarrollo de los circuitos cerebrales (Lipina y González, 2011; Sobolewski, Conrad, Marvin et al., 2018). Un NSE bajo puede estar asociado con estrés crónico, lo que conlleva a la activación del eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal (HPA), generando un mayor nivel de circulación de la hormona del estrés cortisol (Vliegenthart, Noppe, van Rossum et al., 2016). Consistente con esto, se ha demostrado que en sujetos que se encuentran en situaciones económicas y so-
Apuntes de Psicología, 2019, Vol. 37, número 3, págs. 219-231. 221 A.C. Simaes, L.G. Gago, L.C. Jaume y A.M. Elgier La influencia de la vulnerabilidad social en los estilos parentales ciales vulnerables, los niveles de cortisol son más altos que el promedio, y consecuentemente el estrés crónico puede mediar la asociación entre niveles bajos de NSE y niveles elevados de cortisol (Aizer, Stroud y Buka, 2016; Desantis, Kuzawa y Adam, 2015; Vliegenthart et al., 2016). Por otro lado, hay diversas consecuencias que derivan de los entornos vulnerables, como los posibles efectos de padecer trastornos del desarrollo derivados de la ansiedad y miedo que generan estos contextos. Esto impacta en el aprendizaje, ya que además de las dificultades de los contextos próximos se encuentran las relacionadas a los entornos institucionales (Aizer et al., 2016). Retomando la conceptualización de contextos vulnerables estos incluyen situaciones de negligencia, violencia en el hogar, abusos sexuales y físicos. Por lo tanto, un ambiente determinado por privaciones en cuanto a la salud, economía, educación, nutrición, salud, es considerado vulnerable y adverso para el desarrollo infantil, y afectan al desarrollo cognitivo y social del niño por no recibir la estimulación, la atención adecuada y los recursos esperables para su edad. En relación a lo mencionado, la pobreza entendida como privación económica puede no estar vinculada a un ambiente de privaciones sociales y amenazas, o incluso estar asociado a diversos factores incluidos en dichas variables, que al ser heterogéneos han evidenciado resultados inconsistentes (McLaughlin, Sheridan y Lambert, 2014). El control patológico, la negligencia y la aceptación se relacionan con la agresividad y la inestabilidad emocional, independientemente del estrato socioeconómico al que pertenezca la familia. Por lo tanto, se podría afirmar que, pese a las influencias del contexto socioeconómico, la crianza es un aspecto crucial para el consecuente ajuste social y emocional de los infantes (Richaud de Minzi et al., 2013). Es así que se vuelve necesaria la conceptualización de vulnerabilidad a partir de las múltiples variables que la conforman. Como se mencionó, aquel aspecto íntimamente vinculado a contextos vulnerables es el estrés vivenciado por los padres y madres dadas las características del ambiente, lo cual dificulta la habilidad para controlar e identificar sus emociones (Kaiser y Delaney, 1996). Estos contextos y los tipos de crianza son predictores de dificultades socioemocionales, problemas de conducta y deficiencias cognitivas (Cummings y Davies, 2002; Pascoe, Wood, Duffee y Kuo, 2016). A su vez, contextos adversos son descritos como ambientes ruidosos, con televisión continua y no controlada, el caos en el hogar y el conflicto entre los miembros de la familia (Coley, Lynch y Kull, 2015; Deater-Deckard, Sewell, Petrill y Thompson, 2010). Sin embargo, es posible vislumbrar que hay aspectos individuales que funcionan como variable protectora y amortiguadora en aquellos niños y niñas que expresan mayor resiliencia y, por el contrario, un factor de riesgo en aquellos que tienen predisposición a reaccionar con mayor sensibilidad a los diversos ambientes, ya sea de exposición a situaciones estresantes o contextos enriquecedores (Belsky y Pluess, 2009; Brody, Gray, Yu, et al., 2017; Cummings, El-Sheikh, Kouros y Keller, 2007; Masten y Monn, 2015; Obradovi, Bush, Stamperdahl et al., 2010). Por otro lado, dentro de la multicausalidad de la situación de vulnerabilidad de los niños y niñas se ha encontrado una asociación entre la estimulación en el hogar, las pruebas del lenguaje y los estilos de crianza parentales junto con el desempeño en tareas de lenguaje (Hermida et al., 2010; Fernald, Marchman y Weisleder, 2012). Es vasta la evidencia que indica que los efectos de la pobreza en el desarrollo fisiológico, neurobiológico y cognitivo son fundamentales para comprender las consecuencias de la pobreza en el rendimiento académico y las consecuencias en la salud física y mental (Lawson, Duda, Avants et al., 2013). Se observó en diversos estudios una mayor disminución de los volúmenes de materia gris total, frontal, parietal y temporal en los niños y niñas en situación de pobreza, ocasionando principalmente efectos negativos en las funciones ejecutivas, viéndose implicado el rendimiento académico (Hair, Hanson, Wolfe y Pollak, 2015; Hanson, Hair, Shen et al., 2013; Noble, Houston, Brito et al., 2015; Tomalski, Moore, Ribeiro et al., 2013). La disfunción del área prefrontal genera consecuencias negativas en el control ejecutivo de la regulación y afecta a la impulsividad, viéndose en contextos de mayor vulnerabilidad y negligencia, un aumento de la activación dorsolateral PFC durante tareas de control inhibitorio. Asimismo, la alteración epigenética, anatómica y neuroendocrina relacionada con el estrés crónico puede afectar el aprendizaje, el comportamiento y las relaciones interpersonales (Brody et al., 2017; Kim, Evans, Angstadt et al., 2013). A su vez, es importante incluir la conducta parental en relación a la mediación de las respuestas del estrés en contextos adversos. Aquellos cuidadores que presentan capacidad de autorregulación, posibilidad de dar respuesta a las señales conductuales y afectivas de sus hijos e hijas, y que a su vez logran tranquilizar al infante en situaciones de estrés, estimulan el mecanismo de co-regulación dando la posibilidad de que el niño pueda afrontar el estrés fisiológico y responder de modo oportuno. Por el contrario, aquella conducta parental negligente, neutral o ineficaz, se traduce en dificultad para mediar los efectos negativos del contex- to en los niños y niñas, siendo así que ante la activación prolongada de la respuesta al estrés del cuerpo se vuelve intolerable para el niño, dada la en ausencia del efecto amortiguador resultante de una relación de apoyo de adultos (Ha y Granger, 2016; Pascoe et al., 2016). Es así que el modo de relacionarse de cuidadores e hijos/hijas es un factor protector o de riesgo para contextos vulnerables que traen estrés (Hostinar, Sullivan y Gunnar, 2014; Pascoe et al., 2016) En conclusión, la mediación de los padres y madres juega un papel central en los efectos que el ambiente podría ocasionar en los niños y niñas. Por lo tanto, una salud
222 Apuntes de Psicología, 2019, Vol. 37, número 3, págs. 219-231. A.C. Simaes, L.G. Gago, L.C. Jaume y A.M. Elgier La influencia de la vulnerabilidad social en los estilos parentales relacional caracterizada por inestabilidad, falta de apoyo emocional, dificultades para promover la regulación emocional, produce una predisposición para el estrés infantil, ocasiona dificultades en la regulación emocional y consecuencias desfavorables para el desarrollo infantil temprano (Brody et. al., 2017). Como se ha visto, los entornos de bajo NES acarrean consecuencias significativas en este período de la primera infancia en el neurodesarrollo, especialmente vinculadas a las adversidades del ambiente y los escasos recursos parentales para mediar los efectos negativos del contex- to. En adherencia a lo mencionado, no se debe focalizar únicamente en los primeros 3 años de vida. A este período se lo ha asociado con el mito de los “1000 días” (Lipina y Segretin, 2015). Si bien es el intervalo de tiempo de mayor plasticidad, hay evidencia a favor de los cambios estructurales y funcionales en el área prefrontal del cerebro, los cuales ocurren en la edad pre escolar y escolar. Estilos parentales y su influencia en el desarrollo del niño/a Los estilos parentales refieren de forma genérica a los modos de interacción entre los sujetos y sus padres y madres. Son definidos a partir de dos aspectos: el control o exigencia de los padres y madres hacia sus hijos e hijas, afecto y comunicación, y el nivel de respuesta o aceptación de los padres y madres hacia las necesidades de los niños y niñas (Baumrind, 1996). Es aquí donde las creencias de los cuidadores inciden, dándose a su vez una construcción de las prácticas de crianza entre cuidadores e infantes. Las pautas de crianza son “facilitadores y estimuladores del proceso de desarrollo en el niño y la niña a nivel social, en la medida que los preparan para implantarse en la sociedad” (Isaza Valencia y Henao López, 2010). El estilo de interacción parental promueve conductas prosociales, de autodirección y la adquisición de aprendizajes significativos en niños y niñas y niñas (Alonso García y Román Sánchez, 2003; Ramírez, Lima y García, 1998). En la conceptualización clásica, Baumrind (1996) propone tres tipos de estilos parentales en función del grado de control, afecto y comunicación que los cuidadores ejercen sobre sus hijos e hijas: el estilo autoritario, el permisivo y el democrático. En primer lugar, el estilo parental democrático se manifiesta a través de la correcta comunicación en la díada padres/madres e hijos/hijas, y consiste en un trato afectuoso y en la promoción de la autonomía de los progenitores, estableciendo normas y límites familiares y el control del comportamiento de los infantes (Torío López, Peña Calvo e Inda Caro, 2008; Gracia, Lila y Musitu, 2005). Los padres y madres con autoridad favorable enseñan a sus hijos e hijas a ser asertivos/as y afiliativos/as, modelando este comportamiento en sus interacciones con el niño o niña (Richaud de Minzi, Sacchi y Moreno, 2001). Por otro lado, el estilo parental autoritario está caracterizado por control estricto y patológico, basado en una relación de fuerza y sumisión entre padres/madres e hijos/ hijas, a la vez que restringen la autonomía de los mismos y utilizan medidas de castigo, no posibilitando el diálogo y controlando de forma rígida el accionar de los niños y niñas. A su vez, mantiene valores bajos en la expresión de afecto y comunicación, y alto en cuanto a exigencias y control (Alonso García y Román Sánchez, 2003). Por último, el estilo parental permisivo, focalizado en la aceptación y autonomía extrema, evita utilizar el castigo, la autoridad y las restricciones. Aceptan acciones e impulsos del niño viéndose con dificultades para establecer límites apropiados. Asimismo, se da una crianza sobreprotectora pero poco consistente con las normas de disciplina (Alonso García y Román Sánchez, 2003). A partir de la investigación pionera llevada a cabo por Baumrind (1978) se encontraron relaciones entre los estilos de crianza y las competencias sociales y cognitivas de los niños y niñas. Los estilos de crianza producen efectos en el desarrollo psicosocial, como también en la autorregulación emocional y la prevención y resolución de problemas psicológicos (Cuervo Martínez, 2010). Aquellos niños y niñas que percibían un alto nivel de apoyo por parte de sus padres y madres presentaron un mayor nivel de autoestima, de sentido de integridad social, mayores herramientas para resolver problemas y una reducción de las consecuencias negativas del estrés, contribuyendo a su salud mental (Richaud de Minzi, 2005). Es así como la adaptación de los niños y niñas hacia las amenazas se encuentran relacionadas con la calidad y tipo de vínculo interpersonal conceptualizado como estilos parentales (Skinner y Welbom, 1994). A partir del fomento de la cooperación en los hijos e hijas, se da mayor probabilidad a desarrollar habilidades sociales en estos (Garcia y Román, 2003; Gracia et al., 2005). A partir del estudio realizado por Isaza Valencia y Henao López (2012) la interacción familiar guiada por estilos parentales extremos (normas autoritarias o por estilos parentales permisivos), en donde se vislumbra la falta de control y puesta de límites, un exceso de afecto y permisos, o por el contrario, control estricto y punitivo, produce en los infantes de entre dos y tres años habilidades sociales insuficientes y un menor desarrollo de competencias sociales, ya que disminuyen la cantidad de acercamientos a situaciones grupales con pares y adultos. Por el contrario, las conductas equilibradas por parte de los padres y madres, tales como, expresiones positivas y de afecto, constante comunicación y apoyo, normas estables y consistentes, y un ambiente de diálogo, posibilitan un mayor desarrollo de habilidades sociales adaptativas por parte de los niños y niñas. Por ende, aquellos padres y madres que se relacionan con sus hijos e hijas a partir de un estilo parental democrático establecen un mayor nivel adaptativo en los niños y niñas, protegiéndolos de factores de riesgo vinculados a la soledad
Apuntes de Psicología, 2019, Vol. 37, número 3, págs. 219-231. 223 A.C. Simaes, L.G. Gago, L.C. Jaume y A.M. Elgier La influencia de la vulnerabilidad social en los estilos parentales y a sentimientos de depresión (Richaud de Minzi, 2005). A su vez, se ha encontrado que dicho estilo parental favorece al desarrollo de la autonomía y facilita la expresión de las necesidades de sus hijos e hijas (Torío López et al., 2008). Las conclusiones obtenidas por Baumrind (1978) indican que, si se realiza un cuidado equilibrado entre atenciones y cuidados durante la edad preescolar, se generan mayores niveles de madurez y competencia en los mismos. Con una disciplina de tipo autoritaria las competencias sociales y cognitivas disminuyen, dándose los niveles más bajos en los cuidadores permisivos, y extendiéndose estos resultados hacia la adolescencia (Baumrind, 1978). Por otro lado, el afecto infantil adaptativo correlaciona con mayores herramientas disciplinarias en padres y madres, ocasionando un mayor ajuste conductual en sus hijos e hijas y un mejor desarrollo emocional (Capano y Ubach, 2013; Oliva Delgado, Parra Jiménez, Sánchez Queija y López Gaviño, 2007) promoviendo estabilidad emocional, autorregulación y autoestima e incluso mayor rendimiento académico (Capano y Ubach, 2013). Finalmente, podría afirmarse que el estilo parental democrático favorece un desarrollo positivo, menor nivel de conflictividad y mayor bienestar (Torío López et al., 2008), mientras que los estilos guiados por la coerción, la permisividad o la negligencia generan impactos negativos en el desarrollo infantil, tales como una disminución en sus habilidades sociales e interacciones y en su regulación emocional y conductas externalizantes agresivas. Vulnerabilidad social y estilos parentales Son varias las investigaciones que demuestran la relación que existe entre el NES y los estilos parentales. A partir del estudio realizado por Belsky, Bell, Bradley et al., 2007 se comprobó que los estilos parentales (en muestra de madres) son un mediador parcial del impacto del nivel socioeconómico sobre la salud infantil de edad preescolar y de los primeros años escolares. A pesar de las condiciones socioeconómicas en las que se desarrollan los infantes, los estilos parentales positivos son un factor protector de los efectos negativos que generan las situaciones de vulnerabilidad social, y esto genera influencias en otras variables tales como la delincuencia, la salud mental y los logros educativos de los niños y niñas (Kaiser, Li, Pollmann-Schult y Song, 2017). El estilo que la familia utiliza para la crianza de sus hijos e hijas varía en función del contexto y la situación en la que viven, aunque los resultados no están exentos de contradicciones, ya que la relación entre ambas variables es compleja (Anton, Jones y Youngstrom, 2015; Roubinov y Boyce, 2017). En este sentido, Roubinov y Boyce (2017) encontraron que el NSE se relacionaba con los estilos parentales de forma indirecta ya que ocasiona una variación en la salud mental parental, acceso a recursos y valores culturales. La crianza en contextos de bajo NSE traen aparejados relaciones más punitivas, de obediencia y negligentes (Bronfenbrenner, 1958; Hoff, Laursen y Tardif, 2002; Richaud de Minzi et al., 2013), además de que a nivel familiar genera mayor inestabilidad en las rutinas (Bagley, Kelly, Buckhalt y Sheikh, 2015; Fiese, Rhodes y Beardslee, 2013), mayor nivel de estrés (Jones-Mason, Coccia, Grover et al., 2018) y exposición a la violencia (Lipina y González, 2011; Richaud, Mestre, Lemos et al., 2013), factores que podrían ser tomados como mediadores entre ambas variables (Anton et al., 2015). Lo mismo sucede con la cantidad de ingresos, ya que a medida que el ingreso disminuye, la probabilidad de involucrarse en estilos de crianza permisivos y no activos aumenta (Anton et al., 2015; Conger y Donnellan, 2007). Además, dentro del NSE, las variables de ingreso económico, nivel educativo y tipo de ocupación acentuaron las varianzas en las verbalizaciones prosociales maternas, siendo la educación materna la de mayor valor predictivo a la vez que es considerado como el factor que permite entender las relaciones entre el nivel socio económico y las expresiones positivas (Bingham y Mason, 2018). En este sentido, Callahan y Eyberg (2010) encontraron que a medida que el NSE aumentaba, las verbalizaciones positivas de las madres en las interacciones con sus infantes también lo hacían. Sin embargo, no se encontraron asociaciones entre NSE y habla negativa materna, independientemente de ambos criterios de medición de la variable NSE. En la misma línea, otras investigaciones apuntan a la importancia de considerar el nivel educativo de los cuidadores primarios del infante como una fuerte variable predictora del NSE en los estilos de crianza (Desforges y Abouchaar, 2003; Wong y Hughes, 2006). El nivel educacional del jefe de hogar y el ingreso per cápita correlacionan significativamente con el desarrollo psicomotor y trae aparejados conocimientos sobre las formas más propicias de crianza y un tipo de comunicación más asertivo (Bornstein, Cote, Haynes et al., 2010; Rowe, 2018). Como ya se mencionó, en NSE bajos la cantidad de años que la persona pasa en entornos educativos disminuye. Además, influye en las expectativas con respecto a la educación de los hijos e hijas (Davis-Kean, 2005; Schoenfelder, Tein, Wolchik y Sandler, 2015) y el tipo de interacciones y calidad de las mismas (Rowe, 2008). Asimismo, investigaciones previas sugieren al nivel educativo como un mayor predictor de la calidez parental, en comparación con los ingresos económicos (Davis-Kean, 2005; Klebanov, Brooks-Gunn y Duncan, 1994). Puede ser que el aumento de la educación y, a su vez, el aumento de las estrategias de afrontamiento, puedan ayudar a las madres a mostrar calidez incluso ante factores estresantes de la vida, como la tensión financiera y los problemas de comportamiento (Lee, 2003). Además, se realizó un informe longitudinal, el “EPP S 3–16” que siguió el progreso de más de 3.000 niños y niñas desde los 3 a los 16 años, encontrando que los NSE bajos
224 Apuntes de Psicología, 2019, Vol. 37, número 3, págs. 219-231. A.C. Simaes, L.G. Gago, L.C. Jaume y A.M. Elgier La influencia de la vulnerabilidad social en los estilos parentales y el nivel educativo de los cuidadores impactaron en el rendimiento académico. Sin embargo, se subrayó la importancia de los estilos parentales y del modo en que ejercían la crianza en sus hijos e hijas como un predictor importante del desarrollo (Sylva, Melhuish, Sammons et al., 2008, 2012; Pinquart y Kauser, 2018), siendo que los estilos parentales eran un factor protector de las familias en riesgo de pobreza y en el rendimiento académico de los niños y niñas. En los casos en los que los maestros reportaron mejores prácticas de comunicación entre los padres y madres y la institución escolar y con las tareas asignadas para el hogar, los infantes mostraron mejores desempeños en tareas con demandas socioemocionales y rendimiento académico en matemáticas. Asimismo, cuando los profesores reportaron mayor apoyo por parte de los padres y madres en la enseñanza, los niños y niñas se desempeñaron mejor en pruebas de matemática, lectura y prosocialidad (Sylva et al., 2008). En cuanto a la comunicación, dentro de los estilos parentales, los altos niveles de lenguaje directivo paterno podrían afectar las capacidades ejecutivas del infante al propiciar una menor autonomía y toma de decisiones por parte del niño (Grolnick y Ryan, 1989; Grolnick, Gurland, DeCourcey y Jacob, 2002) mientras que un estilo democrático podría promover el desarrollo de las mismas (Bindman, Hindman, Bowles y Morrison, 2013). Sin embargo, estos resultados no pueden ser generalizados a población de NSE bajo, ya que en este contexto podría ser necesario el uso del mismo por las demandas propias del ambiente (Merz, Landry, Zucker et al., 2016). A su vez, en un estudio que se centró en funciones ejecutivas, el lenguaje directivo de los padres y madres durante una tarea estructurada se asoció negativamente con las funciones ejecutivas a los tres años, pero no se relacionó significativamente con la tasa de desarrollo de funciones ejecutivas en el largo plazo (Bindman et al., 2013). Es así que, tanto el apoyo, la estimulación, el control verbal externo, el modelado en la resolución de problemas y el cuidado cálido y sensible de los cuidadores primarios producen un contexto que facilitan o dificultan procesos tales como la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva y la inhibición en los niños y niñas (Filippetti y Vargas-Rubilar Arán-Filippetti, 2014). No solo los estilos parentales, sino también la percepción de los niños y niñas o terceros sobre los mismos, los que producen efectos en el desarrollo cognitivo y socioemocional de los infantes (Clerici, Elgier, Gago Galvagno et al., 2019; Molina, Raimundi y Bugallo, 2017). Además, el NSE está ligado a diferentes entornos socioculturales, que impactan en la evolución de los estilos parentales. Esto puede generar ambientes sociales adversos para el crecimiento humano y la salud (Barudy y Dantagnan, 2010). Por ejemplo, como afirman Richaud de Minzi et al. (2013), en España o Argentina, donde la madre está más ligada a una figura cálida, está naturalizado este tipo de interacción con los hijos e hijas. Sin embargo, como no es esperable con los padres y madres, estos pueden influir más en el desarrollo de la estabilidad emocional, en tanto se espera de él un mayor control y exigencia del cumplimiento de las normas. En general, en los países orientales, con bajo NSE y de culturas étnicas minoritarias, los estilos parentales suelen caracterizarse como más autoritarios, y esto puede ser un factor protector de los contextos en los que estas personas viven, no siendo aclarado por el autor los motivos por los cuales se desarrollan dichos estilos de crianza en la población asiática (Lee, Zhou, Ly et al., 2014). En relación a lo mencionado, algunas investigaciones sugieren que, si bien los padres y madres afroamericanos pueden ser más autoritarios en comparación con los padres y madres estadounidenses de origen europeo, un estilo autoritario puede conducir a resultados relativamente menos negativos o incluso más adaptativos entre los jóvenes afroamericanos dado el contexto en el cual se desarrollan. Estos hallazgos invitan a analizar que en población oriental y afromamericana de bajos ingresos, un estilo parental caracterizado por altos niveles de control puede ser más ventajoso dada la exposición a eventos estresantes y vecindarios peligrosos (Lee et al., 2014; Anton et al., 2015). Es así como las pautas parentales que pueden resultar más beneficiosas para algunos entornos vulnerables, pueden no serlo en una sociedad más dominante y competitiva, en donde la autonomía es una habilidad fundamental (Kirmayer, 2012; Zilberstein, 2016). Lo que les permite a las familias hacer lo mejor posible en circunstancias deficientes puede no prepararlos para hacerlo tan bien como lo hacen de manera más individual y en una sociedad dominante y competitiva, en la que el éxito depende de la riqueza, la autonomía y la educación (Keller, 2012; Kirmayer, 2012). Esto crea desigualdades y dificultades para las familias con NSE más bajas, que enfrentan desventajas y posibles críticas por los modos de relacionarse de los padres y madres (Pelton, 2015; Tefre, 2015). También contribuye a un mayor estrés, adversidades y maltrato en comunidades de bajos ingresos y menores resultados de desarrollo para los niños y niñas (Kohl, Jonson-Reid y Drake, 2009; Pelton, 2015; Raver, Blair y Willoughby, 2013). Sin tener en cuenta los factores socioeconómicos y políticos que sustentan ciertos comportamientos y adaptaciones de los padres, no es posible proporcionar planes prácticos de servicio ni servicios específicos adecuados. Por último, en relación a la organización familiar en los primeros años de vida, las familias monoparentales suelen tener mayores dificultades para hacer un seguimiento de las trayectorias escolares de los infantes y de generar un estilo parental de corte democrático, impactando directamente en la crianza y en procesos de socialización, en estudios realizados con niños, niñas y adolescentes (Anton et al., 2015; Tuñón, 2009). También se encuentran déficits en la estimulación social, emocional e intelectual de los niños y niñas. En aquellos contextos populares y medios suele desarrollarse un ámbito propicio para la crianza,
Apuntes de Psicología, 2019, Vol. 37, número 3, págs. 219-231. 225 A.C. Simaes, L.G. Gago, L.C. Jaume y A.M. Elgier La influencia de la vulnerabilidad social en los estilos parentales en comparación con aquellos muy vulnerables (Tuñón, 2009). A su vez, los roles tradicionales de género y las responsabilidades de cuidado depositadas en las mujeres en América Latina, el Caribe y en el África subsahariana, entran en tensión con la participación en el mundo laboral y la movilidad ascendente, produciendo mayores niveles de hostilidad por parte de la madre en el hogar. La ausencia física de los hombres y la organización del hogar relegado únicamente a las mujeres fue definido, según las mujeres entrevistadas, como resultado de la migración, la muerte, el divorcio o el abandono de estos hombres. En adherencia a lo mencionado, la maternidad adolescente es un factor predisponente al ejercicio de la monoparentalidad por parte del género femenino especialmente en muchos países de América Latina y África, mientras que en India la viudez temprana es mucho más importante en dicho sentido, siendo estos factores predisponentes al momento de investigar la generación de familias encabezadas por mujeres y en la determinación de su situación de pobreza (Buvinic y Gupta, 1997; Tuñón, 2009). Sin embargo, los efectos de la monoparentalidad se relativizan ante la presencia de adultos que completan el núcleo de acompañamiento, sosteniendo y colaborando con el proceso de crianza (Tuñón, 2009). Conclusiones El objetivo de la siguiente revisión narrativa fue analizar las investigaciones ligadas al impacto de la vulnerabilidad social en los estilos parentales. Se encontró que los contextos vulnerables inciden en los modos en que los cuidadores primarios desarrollan sus prácticas de crianza y cuidado con sus hijos e hijas. Sin embargo, los contextos socioeconómicos son entendidos como variables multidimensionales, por lo que son numerosas las variables que inciden en los estilos parentales, lo que trae como consecuencia diversos tipos de resultados en las investigaciones. Retomando, los contextos de vulnerabilidad social están multideterminados por los escasos recursos económicos, sociales, emocionales y cognitivos, sumado a las experiencias de amenaza, violencia, abusos y negligencia en la infancia. Por lo tanto, el desarrollo socio-cognitivo de los niños y niñas está determinado por la calidad de las interacciones del ambiente, por lo que en un contexto de NSE bajo, de estimulación deficiente y de exposición a experiencias desfavorables producen efectos negativos en el neurodesarrollo. Se encontró que los contextos de bajos NSE se encuentran caracterizados por experiencias de negligencia, violencia y amenazas, las cuales han evidenciado mayor predisposición a sufrir estrés crónico, enfermedades crónicas y déficits cognitivos en los primeros años de vida (Richaud de Minzi et al., 2013). Sin embargo, un ambiente de privaciones sociales, violencia y negligencia puede no estar asociado a un contexto de privaciones económicas ya que, pese al contexto social, el factor determinante podría ser el modo de crianza por ser aspecto fundamental para el ajuste social y la autorregulación (Capano y Ubach, 2013; Ha y Granger, 2016; Richaud de Minzi et al., 2013). Asimismo, el estrés de los padres y madres está asociado a las poblaciones vulnerables dificultando la habilidad de los cuidadores para el registro y control emocional, generando a su vez mayores niveles de desregulación en los hijos e hijas (Kaiser y Delaney, 1996). En consecuencia, los niños y niñas son susceptibles a una sobreestimulación de los mecanismos de estrés, produciendo mayor vulnerabilidad a sufrir estrés crónico y ansiedad, impactando a su vez en el aprendizaje de los niños y niñas y ocasionando peores rendimientos en pruebas vinculadas al lenguaje y funciones ejecutivas. A su vez, impacta en la modulación del estrés, procesamiento fonológico, sintáctico, atención auditiva y visual (Hermida et al., 2010). Se halló, además, que un bajo NSE se asocia con niveles educativos, principalmente de sus madres, bajos en los cuidadores primarios, produciendo efectos en las estrategias parentales para afrontar las tensiones del ambiente. Al ser los estilos parentales un mediador entre las tensiones del ambiente y el impacto de esto en los niños y niñas, en las situaciones de vulnerabilidad social los cuidadores sufren las consecuencias del estrés producto de la exposición a las amenazas y las privaciones en el acceso a recursos, produciendo consecuencias negativas en su salud mental y en las estrategias para mediar el impacto negativo de lo contextual. A su vez, el nivel socioeconómico se encuentra vinculado al empobrecimiento de las interacciones entre padre/madres e hijos/hijas y a un modo de crianza menos asertivo, más punitivos, restrictivos y de control patológico, y por lo tanto menor desarrollo de competencias sociales y cognitivas en los niños y niñas, afectando su autonomía y la toma de decisiones. Sin embargo, este tema no está exento de contradicciones. Se encontró que mayores niveles educativos de los padres producen estilos más autoritarios y no impactan en los estilos permisivos, además de hallarse diferencias en distintas culturas (Anton, Jones y Youngstrom, 2015). Por otro lado, el grado de control que los cuidadores primarios propician, el afecto y el tipo de comunicación que establezcan en interacción con sus hijos e hijas, definen los diversos estilos parentales, pudiendo encontrarse el autoritario, permisivo y democrático (Alonso García y Román Sánchez, 2003; Baumrind, 1996; Garcia et al., 1998; Isaza Valencia y Henao López, 2010). Se halló que tanto el control punitivo y riguroso propio del estilo parental autoritario, así como el exceso de afecto y permisos característico del estilo permisivo, ocasionan en los niños y niñas baja autoestima y autonomía, escaso desarrollo de competencias sociales y cognitivas y menor desarrollo del autocontrol, extendiéndose estos resultados hacia la adolescencia (Baumrind, 1978; Isaza Valencia y Henao López, 2012). La conducta parental
226 Apuntes de Psicología, 2019, Vol. 37, número 3, págs. 219-231. A.C. Simaes, L.G. Gago, L.C. Jaume y A.M. Elgier La influencia de la vulnerabilidad social en los estilos parentales negligente también está asociada a déficits en el desarrollo infantil. Esta genera privaciones en la infancia porque manifiesta una ausencia de cuidados, presentándose como una variable de riesgo frente a déficits cognitivos. A su vez, al comparar los abusos en la infancia con la negligencia, se ha encontrado que este último predice un desempeño pobre en el control cognitivo y una mayor activación dorsolateral PFC durante tareas de control inhibitorio (Grolnick y Ryan, 1989; Grolnick et al., 2002; Filippetti y Vargas-Rubilar y Arán-Filippetti, 2014; Hair et al., 2015; Noble et al., 2015; Pelton, 2015). Por el contrario, aquellos modos de crianza vinculados a un control adecuado, expresiones de afecto y respuesta a las necesidades del niño, caracterizados asimismo por la promoción del intercambio y del diálogo e instaurando normas estables, posibilitan el desarrollo de conductas prosociales, mayor madurez y autonomía por parte de los niños y niñas, e incluso mejor rendimiento académico (Capano y Ubach, 2013). Es así como aquellos padres con mejores herramientas disciplinarias y autorregulación predisponen a un mayor ajuste emocional y conductual en sus hijos e hijas, mientras que los modos de crianza negligentes, permisivos o de estricto control generan impactos negativos en el desarrollo de la autonomía, autoconfianza y autocontrol de los niños y niñas. Es así como los diversos estilos de crianza impactan en las habilidades sociales, resolución de problemas, en el desarrollo de autonomía y seguridad, autoestima, control de impulsos y en la adaptación a las amenazas. En aquellos contextos de bajo NSE se encuentra afectada la capacidad de afrontamiento de los cuidadores primarios (Cuervo Martínez, 2010; Isaza Valencia y Henao López, 2012; Lila y Gracia, 2005; Skinner y Welbom, 1994). En conclusión, se ha demostrado que tanto los estilos parentales que favorecen un desarrollo positivo como el nivel educativo y el acceso recursos, principalmente de las madres, son mediadores esenciales de las consecuencias que podrían acarrear las privaciones educativas, económicas y sociales en niños y niñas en situación de vulnerabilidad social. Se evidenció que un estilo parental que promueva una comunicación directiva de cuidadores hacia los niños y niñas sería funcional para un contexto de mayor adversidad. Cabe destacar también que la autopercepción de los infantes respecto de un alto nivel de apoyo por parte de sus padres también influía en sus niveles de de autoestima, de sentido de integridad social, mayores herramientas para resolver problemas y una reducción de las consecuencias negativas del estrés, contribuyendo a su salud mental (Richaud de Minzi, 2005; Brody et al., 2017). En relación a los modos de afrontamiento, en aquellos hogares de NSE bajo, pese que el estilo parental autoritario produce un impacto negativo en el desarrollo del niño, se ha evidenciado que en aquellos contextos vulnerables dichos resultados no pueden generalizarse ya que los altos niveles de lenguaje directivo paterno y un modo de crianza autoritario podría ser funcional a las demandas del contexto protegiendo al infante de las consecuencias desfavorables del entorno (Anton et al., 2015; Kirmayer, 2012; Lee, 2003; Merz et al., 2016). Circunstancias únicas del contexto deben tenerse en cuenta para las intervenciones. Como se vió en otras investigaciones, los países más pobres y las etnias minoritarias en general tienen un estilo parental basado en el estilo autoritario (García Pérez, Fernández-Doménech, Veiga et al., 2015; Zilberstein, 2016). Es posible que las familias de menores recursos tengan menos tiempo para involucrarse en estilos democráticos y brindar la atención suficiente para propiciar y monitorear el desarrollo del infante (Pinquart y Kauser, 2018; Zilberstein, 2016). Por ende, y a partir de los resultados encontrados, uno de los factores más importantes serían los estudios que consideran el valor, el significado y la funcionalidad de las prácticas de crianza en diferentes contextos sociales y económicos, en lugar de las denominaciones universales de crianza “buenas/correctas” y “malas/ incorrectas”. Por ende, es necesario un criterio relacionado a la adaptación más que una etiqueta moral para generar conocimiento significativo en el área. Por ejemplo, en latinoamérica suele estar establecido una relación apegada y de codependencia con la familia (Pinquart y Kauser, 2018) lo cual podría promover resultados adaptativos entre jóvenes mexicano-americanos de bajos ingresos para quienes el apoyo social y de vecindario es particularmente importante. De manera similar, las prácticas de crianza restrictivas y de control, aunque generalmente se consideran negativas, pueden ofrecer beneficios de protección en entornos de vecindarios con bajos niveles de NSE con altos índices de crímenes y violencia (Richaud de Minzi, 2005). Cabe aclarar, además, que en muchos contextos este tipo de estilo está legitimado y naturalizado (Pinquart y Kauser, 2018). Finalmente, no solo el NSE produce cambios en los estilos parentales por sí mismo, sino que además hay que tener en cuenta que el NSE es un constructo multidimensional (por ende abarca cuestiones relativas a los cuidadores, el tipo de vivienda, salud, el tipo de estimulación en el hogar, etc.), el entorno socio-cultural, el tipo de comunicación e interacción que se establece entre los cuidadores primarios e infantes, la forma de percibir esa interacción por parte del infante y sus características particulares, el tipo de familia y su composición y el nivel educativo (como factores más importantes). Como limitaciones de los estudios revisados se ha encontrado que las investigaciones realizadas en relación a los estilos parentales se basan en auto reportes para su medición, por ende, son medidas indirectas de esta variable, que pueden estar mediadas por la percepción sesgada de los cuidadores primarios o los niños y niñas. En segundo lugar, aún son escasas las investigaciones realizadas en Latinoamérica en los primeros años de vida, y son necesarias más investigaciones transculturales utilizando medidas directas. Por otro lado, la autopercepción infantil no suele ser evaluada en todos los estudios, descartando
Apuntes de Psicología, 2019, Vol. 37, número 3, págs. 219-231. 227 A.C. Simaes, L.G. Gago, L.C. Jaume y A.M. Elgier La influencia de la vulnerabilidad social en los estilos parentales una variable fundamental para comprender la complejidad del objeto de estudio. Finalmente, se debe tener en cuenta un punto de vista crítico que piense a cada estilo parental dentro de su propia idiosincrasia cultural. Para futuras líneas de investigación, sería necesario generar medidas directas de los estilos de crianza. Además, habría que profundizar las investigaciones en Latinoamérica y las comparaciones en diferentes tipos de culturas. Por último, sería de gran relevancia incluir tanto a la percepción de los niños y niñas como de los cuidadores sobre los estilos parentales, ya que como muestran las investigaciones, ambos producen efectos en el desarrollo cognitivo y socio-emocional de los infantes. Referencias Aizer, A., Stroud, L. y Buka, S. (2016). 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