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REVISTA ANDALUZA DE ANTROPOLOGÍA NÚMERO 17: ESTRATEGIAS SUBALTERNAS EN AMÉRICA LATINA: RECONFIGURANDO LA IDENTIDAD PARA ARTICULARSE A UN MUNDO GLOBAL. SUBALTERN STRATEGIES IN LATIN AMERICA: RECONFIGURING IDENTITY TO BE ARTICULATED TO THE GLOBAL WORLD. SEPTIEMBRE DE 2019 ISSN 2174-6796 [pp. 31-51] http://dx.doi.org/10.12795/RAA.2019.17.02 EL GIRO RURAL DE LA POLÍTICA ANDINA: DESARROLLISMO, ECONOMÍA MORAL Y POLÍTICAS CAMPESINAS EN QUISPICANCHI (CUSCO) THE RURAL TURN OF THE ANDEAN POLICY: DEVELOPMENT, MORAL ECONOMY AND PEASANT POLICIES IN QUISPICANCHI (CUSCO) Raúl H. Asensio Instituto de Estudios Peruanos Resumen. Este artículo analiza un ejemplo concreto de políticas campesinas en una provincia de los Andes peruanos. Se sostiene que: 1) Los cambios derivados de la Reforma Agraria impulsada por gobierno de Juan Velasco Alvarado (1969-1975), junto con la presencia masiva de proyectos de desarrollo y cooperación internacional, habrían generado a largo plazo un genuino proceso de empoderamiento político de las poblaciones campesinas; 2) El resultado sería el surgimiento de un conjunto de alcaldes de origen campesino, que llegan al poder a partir de 2002, gracias a una conjunción de factores estructurales y coyunturales; 3) Una vez en el poder, estos alcaldes desarrollan un estilo propio de gestión municipal, en el que se conjugan elementos procedentes del mundo del desarrollo rural andino (que ya en sí mismo es un conjunto híbrido de prácticas y discursos) y elementos de la economía moral andina; 4) La labor de estos alcaldes se desarrolla en paralelo en los planos económico y cultural. Ambos planos se retroalimentan y no pueden analizarse por separado. El resultado es un proyecto ideológico–político de “renacimiento andino”, que busca inscribir a los campesinos en la modernidad capitalista, más que subvertirla. Palabras clave. Políticas campesinas, economía moral campesina, gobierno municipal, desarrollo rural, Perú, Cusco. 31
Abstract. This article analyzes a concrete example of peasant empowerment in a province of the Peruvian Andes. It is argued that: 1) The changes derived from the Agrarian Reform promoted by the government of Juan Velasco Alvarado (1969-1975), together with the massive presence of development projects and international cooperation, would have generated in the long term a genuine process of peasant political empowerment; 2) The result would be the emergence of a set of mayors with peasant origin, who come into power as of 2002, thanks to a combination of structural and conjunctural factors; 3) Once in power, these mayors develop a style of municipal management, which combines elements from the Andean rural development world (already in itself a hybrid set of practices and discourses) and elements of the Andean moral economy; 4) The work of these mayors takes place in parallel at the economic and cultural levels. Both planes are fed back and cannot be analyzed separately. The result is an ideological -political project of “Andean rebirth”, which seeks to inscribe the peasants in capitalist modernity, rather than subvert it. Key Words. Peasant politics, peasant moral economy, municipal government, rural development, Peru, Cusco. Introducción Esta mañana parece que nadie repara en el frio. Aunque hace un rato que el sol salió la temperatura aún es gélida. En la plaza de armas de Urcos esperamos a que comiencen a llegar los candidatos. Para ese día está programado un debate que debe enfrentar a todos los postulantes a la alcaldía provincial de Quispicanchi. En una esquina se han situado cinco puestos de venta de alimentos. La oferta incluye choclo con queso, pan del cercano distrito de Oropeza y varios tipos de emoliente. Hay también lácteos y yogur elaborado en las comunidades de los alrededores. Pasadas a diez de la mañana comienzan a llegar los camiones. Primero los representares de un partido, luego los de otro. Campesinos ataviados con coloridas topas para protegerse del frio descienden de ellos y pasean por la plaza. Miran curiosos, se acercan al monumento que representa a Túpac Amaru, el caudillo andino que desafió al poder español, toman fotografías con sus celulares, conversan y poco a poco comienzan a organizarse. A las órdenes de sus líderes, lanzan consignas, tocan música y se aprestan a desfilar. Durante todo día el panorama será similar. Hasta diez candidatos compiten en las elecciones. Cada uno llega acompañado de sus seguidores, dos, tres o incluso cinco camiones procedentes de comunidades de toda la provincia. El debate se realiza al aire libre, en una tarima situada frente a la iglesia. Solo las palabras del moderador son en 32
español. Los candidatos saludan en este idioma, pero de manera inmediata pasan al quechua. No se trata de un ardid político o de una estrategia conscientemente planificada, sino de una práctica habitual en Quispicanchi, donde el quechua es el idioma de la vida cotidiana. Desde hace algunos años es también el idioma en el que discurre la mayor parte de la actividad política y administrativa del estado peruano a nivel local. Incluso muchos programas estatales en las áreas rurales utilizan de manera preferente el idioma andino en sus interacciones con la población. El debate se prolonga por varias horas, sin que nadie se mueva de la plaza. Cada sector recibe con entusiasmo los discursos de su candidato. Como en toda la sierra peruana, la política local es sumamente importante en Quispicanchi. Aunque para un foráneo los detalles son difíciles de discernir, en el ambiente se respira la convicción de que algo importante está en juego. La política local es el ámbito donde se producen las verdaderas confrontaciones de intereses, donde la población de la sierra peruana vuelca su energía y expectativas y donde se expresan sus inquietudes y anhelos. Es también el escenario donde se producen algunos de los cambios más importantes experimentados por el mundo rural peruano en las últimas décadas. El objetivo de este artículo es analizar algunas de estas transformaciones desde una mirada que aúna consideraciones locales, regionales y nacionales. El eje del relato es el ascenso al poder en Quispicanchi de una nueva generación de líderes campesinos, en su mayoría con educación superior y con amplia experiencia en el mundo del desarrollo, que durante el periodo de transición democrática posterior a la caída de Alberto Fujimori comienzan a protagonizar la vida política local. Acostumbrados a interactuar con las ONG y con las instituciones estatales, estos alcaldes campesinos promueven un nuevo estilo de gestión municipal, que amalgama elementos de la cultura política campesina andina junto con ideas, nociones y prácticas provenientes del mundo del desarrollo rural. Las políticas campesinas andinas son todavía un campo relativamente poco estudiado. Por un lado, predominan los estudios con carga prescriptiva, marcados por enfoques ideológicos predeterminados. Las ideas de José Carlos Mariátegui sobre el potencial revolucionario del campesinado andino han tenido un profundo impacto, tanto en el campo de las ciencias sociales como en la propia acción política (Andrés 2010; Oyata 2014). Los campesinos se han visto como las protagonistas de un futuro siempre por venir y como una suerte de reserva moral llamada a trasformar el Perú. Esta percepción ha condicionado su estudio, focalizando el interés de los autores hacia aquellas expresiones más nítidamente reivindicativas, consideradas implícitamente como más auténticas, especialmente cuando se articulaban en términos de reivindicación étnicocultural (Pajuelo 2006; Pajuelo 2016; Gutaffson 2008; Paredes 2011, entre otros muchos). En los últimos años, estos sesgos se han conjugado con la centralidad adquirida por los conflictos mineros dentro de las agendas políticas y académicas (Bebbington 2007; Salas 33
2008; Gil 2009, entre otros muchos). En contraste son pocos los estudios que analizan las políticas campesinas realmente existentes, especialmente en provincias donde los conflictos mineros no existen o son de menor intensidad. Tal como señalan Linda Seligman (2008) y Nùria Sala i Vila (2013), tampoco abundan los estudios que analizan las dinámicas rurales andinas en perspectiva de medio y largo plazo. La historia de los alcaldes campesinos de Quispicanchi es excepcional en muchos sentidos, pero al mismo tiempo es representativa de varias tendencias que traspasan los límites de la provincia. Es una buena historia para pensar sobre las posibilidades, límites y dilemas de las políticas campesinas peruanas, en un contexto de cambio acelerado (Webb 2013). En pocos años coinciden un genuino proceso de empoderamiento rural, una relativa dinamización productiva (resultado de factores endógenos y exógenos) y un intenso debate en torno a la cultura y la identidad locales. Lejos de ser un territorio aislado, Quispicanchi es un espejo donde se reflejan la mayor parte de los procesos que afectan a la sierra peruana, desde la Reforma Agraria hasta la actualidad. Su historia revela el peso de los factores estructurales que delimitan la acción política, pero también la autonomía de los actores para moverse creativamente dentro de estos constreñimientos, avanzando de manera creativa en sus propias agendas e incrementando sus márgenes de libertad. Campesinismo, desarrollismo… El ascenso al poder de los alcaldes de campesinos de Quispicanchi es un ejemplo de lo que Cameron (2009) denomina la municipalización de las políticas campesinas andinas. Frente al protagonismo de los grandes movimientos indígenas de las décadas anteriores, se observaría en la actualidad un cambio en los escenarios de la acción política, que pasa del ámbito nacional al local. En este sentido, Perú se parecería a los casos más conocidos de Ecuador y Guatemala (Radcliffe 2002; Cameron 2008; Rasch 2012). Sin embargo, la emergencia de autoridades campesinas qusipicanchinas tiene elementos particulares, derivados de la historia reciente y de la particular configuración del sistema político peruano. Quispicanchi es una provincia alto andina, enclavada en una zona quechua hablante del sur de Cusco. Presente ya en la nomenclatura colonial, cuando abarcaba limites algo más extensos que los actuales, destaca por su diversidad geoclimática. La provincia tiene zonas de valle y ladera, comunidades de altura e incluso un par de distritos situados en la selva amazónica. Aunque se encuentra cerca de la capital regional, está al margen de las rutas turísticas. Los ejes de la economía local son la agricultura y la ganadería. La mayor parte del territorio se sitúa por encima de los tres mil metros, destacando la llamada cordillera del Ausangate, un conjunto de nevados que una vez al año son escenario de la más importante peregrinación religiosa del sur andino. Aunque en los últimos años se han iniciado algunas prospecciones, al contrario de otras provincias peruanas la minería aún no ha distorsionado las dinámicas políticas y económicas locales. 34
El giro rural de la política quispicanchina es el resultado tanto de procesos de larga duración de empoderamiento de la población rural, como de una coyuntura política especialmente favorable. Considerados en una perspectiva de larga duración, los alcaldes campesinos que llegan al poder tras la destitución de Alberto Fujimori pertenecen a la generación de “hijos de la reforma agraria”: comuneros nacidos en la década de los setenta, que gracias a los cambios ocurridos durante el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas (1968-1979) acceden a mayores niveles de educación y libertad que sus padres y abuelos. Algunos de ellos llegan la universidad, gracias al esfuerzo de sus familias o al apoyo de ONG y organizaciones de la sociedad civil cusqueña. Su experiencia vital les permite manejarse con fluidez en los ámbitos urbanos y rurales. A diferencia de generaciones anteriores, su paso por la ciudad no implica el abandono de sus comunidades. Tras graduarse, entrar a trabajar en ONG y programa de desarrollo, conservan sus propiedades y viviendas y siguen vinculados a los avatares de la vida comunitaria. Son conscientes de que el equilibrio del poder ha cambiado y aspiran a desarrollar sus propios proyectos políticos, sin necesidad de intérpretes o intermediarios. De manera explícita se presentan en el juego político como representantes de las zonas rurales, en contraste con lo que califican de políticos “tradicionales”, asociados a las zonas urbanas de sus distritos, que habían dominado la política local quispicanchina en los primeros años posteriores a la Reforma Agraria (Sulmont 1995; Quintín 1993). La reforma agracia supuso tres grandes cambios para el mundo rural cusqueño: i) convirtió a las comunidades campesinas en el principal actor de las dinámicas rurales, al acabar con los hacendados y transferir la propiedad de la tierra, ii) propició la llegada al territorio de nuevos actores, tales como programas de desarrollo, iglesia comprometida, instituciones estatales y ONG, que progresivamente se legitimaron y cobraron fuerza y iii) legitimó una retórica de exaltación campesinista, que se convirtió en el referente tanto de los discurso políticos como de las políticas públicas. Estos tres procesos cristalizaron a partir de 1980, cuando el conflicto armado interno obligó a muchos activistas y cooperantes a retirarse de gran parte del territorio peruano. Cusco, relativamente al margen de las acciones terroristas, se convirtió en un punto caliente para la cooperación. Durante una década se concentraron aquí intervenciones novedosas y creativas, encabezadas por una nueva generación de cooperantes peruanos y extranjeros, vinculados casi siempre a posiciones políticas de izquierdas (Van Immerzeel & Núñez del Prado 1994; Agurto 2002; Van Immerzeel & Cabero 2003). Aunque muchas de estas iniciativas quedaron por debajo de las expectativas (e incluso algunas multiplicaron los problemas, con innovaciones mal planificadas y peor ejecutadas) el resultado fue la consolidación de un capital humano local sustancialmente diferentes de otras regiones peruanas. Técnicos locales arraigados en el territorio, preparados para la interlocución con los entresijos de la gubernamentalidad desarrollista y fuertemente empoderados del discurso campesinista derivado de la reforma agraria. 35
Este contexto condiciona y explica las trayectorias vitales de los futuros alcaldes rurales. La densidad de intervenciones de desarrollo rural les permite tejer carreras profesionales a medio camino entre dos mundos. Se vuelven urbanos sin dejar de ser rurales. “Lo mío es un proyecto político en favor de los campesinos”, señala uno de los entrevistados. “Soy campesino y quiero que los campesinos progresen1”. Esta articulación retorica explica el sentido histórico que tratan de dar a su ascenso al poder. Se trataría, según sostienen, de la primera vez que un líder campesino, un líder genuinamente campesino, desplaza del poder a los políticos radicados en las capitales de distrito, muchos de ellos descendientes de los antiguos hacendados. Se trataría de una oportunidad histórica para reivindicar a los sectores tradicionalmente excluidos2. …y oportunismo El ascenso al poder de los alcaldes campesinos quispicanchinos se inicia en 2002 y se consolida en las elecciones locales de 2006. Se trata de personajes como Domingo Huitoccollo, alcalde de Quiquijana y posteriormente alcalde provincial de Quispicanchi, y Cipriano Mandura, alcalde de Ocongate y sucesor de Huitoccollo al frente del gobierno provincial. Su éxito se apoya en el crecimiento demográfico de los distritos con mayor porcentaje de población rural y en la fragmentación y pérdida de peso relativo del voto urbano. Mandura y Huitoccollo provienen de comunidades campesinas situadas fuera de las capitales de sus respectivos distritos. Antes de saltar a la política trabajan en las ONG locales y frecuentan el mundo de los activistas de izquierda cusqueños. Tras probarse en listas encabezadas por políticos urbanos, casi siempre con escasos resultados, tras la caída de Fujimori deciden apostar por una nueva estrategia. Conforman sus propias candidaturas y apelan a la solidaridad comunal para llegar al poder. La desarticulación de los partidos políticos, junto con las particularidades de las leyes electorales peruanas, abren la puerta a este tipo de candidaturas basadas en afinidades comunales. Para ganar no son necesarios demasiados votos. La fragmentación es tal que con frecuencia basta 1. Entrevista a Domingo Huitoccollo, alcalde distrital de Quiquijana entre 2002 y 2006 y alcalde provincial de Quispicanchi entre 2007 y 2010, Raqchi, mayo de 2009. 2. La retórica campesinista es tan hegemónica en Quispicanchi que uno de los principales recursos retóricos de los candidatos consiste en acusar a los rivales de no ser un “auténtico campesino”, Durante el debate descrito en las primeras páginas de este artículo este argumento fuer esgrimidos por casi todos los candidatos. Cada uno de ellos tenía una historia o una anécdota jocosa, que demostraba que sus contrincantes no eran campesinos de verdad, mientras que ellos sí lo eran. Lo mismo ocurre en los programas de información-opinión radiales, que tan importantes son en las dinámicas políticas andinas. “Este alcalde no es un verdadero campesino, no vive en su comunidad, no sabe lo que sufre y siente un campesino, por lo que no nos puede gobernar con justicia”, exclamaba un locutor al que escuchábamos en un taxi colectivo durante uno de mis viajes de trabajo de campo en 2009 36
un diez o quinces por ciento del censo. De ahí que sea posible llegar al poder con el voto en bloque de una comunidad o de un grupo limitado de comunidades, sin necesidad de articular alianzas con sectores urbanos, ni antes ni después de la votación. Esos incentivos hacen que de manera muy rápida la política municipal se convierta en una extensión de la micropolítica comunal. Es habitual que las comunidades se reúnan antes de las elecciones para decidir el sentido de su voto y que los candidatos a los que otorgan su confianza residan en su comunidad o al menos sean comuneros activos. Con su mezcla de arraigo y experiencia, los profesionales-campesinos son con frecuencia los elegidos. Gracias a su trabajo en ONG y proyectos de desarrollo conocen a mucha gente, saben moverse en el complejo mundo de la política andina, tiene prestigio y son vistos como una apuesta segura para atraer nuevos recursos hacia las comunidades. Aunque pueden existir disidentes, los candidatos seleccionados por las comunidades suelen agrupar en torno a sí a la mayor parte de los comuneros, lo que en el contexto de fragmentación les permite contar con un número suficiente de votos para aspirar a la victoria. Para asegurar mayores apoyos pueden recurrir a alianzas con otras comunidades cercanas, integrando a líderes locales en las candidaturas a regidores. Aun cuando no se pueden considerar de manera estricta representantes comunales, de estos personajes se espera que una vez en el gobierno hablen en nombre de sus vecinos y luchen por sus intereses. Se trata de un equilibrio sutil entre personalismo y representación corporativa. Las normas informales de la solidaridad comunal se superponen y complementan las normas formales del juego político. La demografía, por su parte, asegura que los candidatos urbanos tengan cada vez menos posibilidades (Asensio & Trivelli 2013; Asensio 2016). La llegada al poder de los alcaldes campesinos coincide con un periodo de rearticulación y fortalecimiento de los gobiernos locales peruanos. Tal como señala Remy (2005), sobre estas instituciones, se concentran cada vez más las expectativas y las demandas de los pobladores rurales. Durante la transición posterior a la caída de Fujimori, en pleno auge internacional de las nociones de subsidiaridad y descentralización, así como de los modelos participativos de gestión pública, los gobiernos locales incrementan sus atribuciones legales, su visibilidad política y sus recursos económicos. En el caso de las regiones andinas, las trasferencias provenientes del canon minero disparan aún más el presupuesto, lo que genera tanto oportunidades como problemas (Crabtree 2014). Entre 2004 y 2008 los fondos disponibles para las municipalidades quispicanchinas se multiplican por tres. Solo el canon minero pasa de apenas cuatro millones de nuevos soles en 2004 a 31 millones en 2007 y 94 millones en 2012 (Asensio 2016). 37
El incremento del presupuesto municipal se traduce en fortalecimiento institucional. De 199 empleados en 2004 la provincia pasa a contar con 443 en 2008 (Asensio & Trivelli 2011). El cambio es también cualitativo: se trata de un personal mucho más preparado y con mayor experiencia en la gestión pública. Los recursos del canon permiten a las municipalidades competir en el mercado laboral con las ONG. Profesionales jóvenes, que antes nunca habrían considerado la posibilidad de trabajar en el ámbito público, se sienten atraídos por las mejores remuneraciones y por la posibilidad de desempeñar su trabajo en mejores condiciones. Aunque siguen siendo municipalidades pobres en comparación con otras partes del país, su personal es mucho más dinámico y está mejor preparado. Con estos mimbres van a tejer los alcaldes campesinos quispicanchinos su gestión al frente de los gobiernos locales. Keynnes en los Andes Los nuevos alcaldes quispicanchinos son campesinos en un triple sentido: por su autoadscripción, por la naturaleza de sus apoyos políticos y por el estilo de gobierno que desarrollan una vez que asumen el cargo. Se trata, sin embargo, de iniciativas aisladas entre sí. Si bien responden a los mismos procesos y se desarrollan en simultáneo, no se basan en una formación política unificada y coherente, con un claro contenido programático. Los esfuerzos por construir un partido político campesino fracasan estrepitosamente. En un contexto de extremada fragmentación, los incentivos para la colaboración son mínimos. Cada candidato se ve con la capacidad para llegar a ser alcalde sin necesidad de asumir los costos de formar parte de una estructura partidaria supralocal. Cada alcalde campesino desarrolla su candidatura bajo el cobijo de alguna de las múltiples agrupaciones que surgen, casi siempre vacías de contenido y sin vida orgánica, con la debacle de los partidos políticos tradicionales (Zavaleta 2014). Se trata de simples vehículos electorales que se alquilan al mejor postor. Más allá de los cupos que cobran por permitir a los candidatos postular en sus filas, no imponen ningún tipo de condición ideológica o programática. Entre los candidatos campesinos de diferentes distritos no existe ningún tipo de coordinación e incluso es posible encontrar en un mismo lugar tres o cuatro candidaturas campesinas, compitiendo entre sí con programas muy similares (Asensio 2011). Su apoyo se basa en solidaridades primarias: representan a una o varias comunidades, agrupadas en una misma lista, que votan en bloque por sus candidatos, frente a otras comunidades que votan por otro candidato. Los discursos pueden apelar a retóricas reivindicativas o desarrollistas, pero coinciden en situar en su foco a la población rural de los distritos. La falta de articulación política marca el gobierno de los nuevos alcaldes. A pesar de su retórica izquierdista, una vez en el cargo se muestran extraordinariamente pragmáticos y 38
centran su actuación en el ámbito estrictamente local3. Lejos de plantear trasformaciones radicales en las estructuras productivas, su labor se dirige a mejorar las condiciones de inserción de las poblaciones rurales en las dinámicas económicas regionales. Cusco es una región dinámica, con tasas de crecimiento económico entre las más importantes del país, gracias al turismo, a la minería y al crecimiento de las clases medias urbanas (Steel 2013). La demanda y los precios de los productos agrícolas se han multiplicado en pocos años, especialmente los derivados del vacuno, rubro donde Quispicanchi tiene una sólida tradición. Gracias a la ventaja competitiva que supone la cercanía de la capital regional, la provincia se convierte en uno de los principales proveedores de los sectores populares cusqueños. Los alcaldes rurales tratan de aprovechar este contexto para incrementar los ingresos de las familias rurales. Para ello, amparados por la favorable situación financiera reseñada en el apartado anterior, apuestan por un activo involucramiento de las municipalidades en la vida económica de los distritos. Ponen en marcha decenas de proyectos dirigidos a generar mayores ingresos para la población local, ya sea de manera directa o indirecta. El resultado es una suerte de keynesianismo, caracterizado por la expansión del gasto público, a través de obras públicas, estímulos a la producción y fortalecimiento de los canales de comercialización. Esta agenda en gran medida proviene del mundo del desarrollo rural andino. Es durante su práctica profesional en las ONG y en los programas de la cooperación internacional donde los alcaldes aprenden el tipo de proyectos que ahora tratan de poner en marcha. La diferencia reside en que esta vez se trata, de un keynesianismo “andino”, ya que las intervenciones municipales están condicionadas por imperativos derivados de la economía moral andina. Tan importante como el crecimiento económico, es mantener la cohesión social. Las municipalidades deben distribuir sus recursos de manera equitativa a diferentes niveles: entre sectores del distrito, entre comunidades y entre familias. Los alcaldes deben asegurarse de que ningún colectivo resulte beneficiado en exceso. Este equilibrio es una suerte de canon moral de buen gobierno municipal, que las autoridades están obligadas a cumplir. En caso contrario, se arriesgan (como ocurre con frecuencia) a una fuerte conflictividad, ya sea porque algunas comunidades se sienten perjudicadas 3. La hegemonía izquierdista en el plano de las ideas se evidencia en los resultados de las elecciones presidenciales, cuando entran juego diferentes visiones de país. En estos casos, Quispicanchi suele votar con casi total unanimidad por el candidato a quien los pobladores asocian con los valores campesinistas de izquierda. El año 2001, Alejandro Toledo obtuvo el 57 por ciento de los validos en la primera vuelta y el 71 por ciento en la segunda. En 2006 Ollanta Humala superó estos números, con el 60 por ciento en la primera vuelta y el 79 por ciento en la segunda vuelta. En 2011 los resultados fueron aún más apabullantes: el 72 por ciento en la primera vuelta y 82 por ciento en la segunda. Estos datos contrastan con la gran fragmentación del voto que se produce en las elecciones locales. Se trata en este caso de elecciones mucho menos ideológicas. Todos los participantes tienen programas y apelaciones ideológicas similares. 39
ambas tareas parecerían complementarse. Quispicanchi muestra que la economía moral campesina y la reconstrucción de la identidad andina, bajo determinadas circunstancias y contextos, podría prosperar y retroalimentarse con el marco neoliberal inaugurado por las reformas económicas de los años noventa. La segunda conclusión de esta historia apunta a recuperar la importancia de las historias de larga duración. Una mirada escéptica podría ver en Quispicanchi un ejemplo más de lo que en su famoso trabajo de 1990 Ferguson describió como función despolitizadora de las ONG y el aparato trasnacional de desarrollo. Sin embargo, la historia de los alcaldes quispicanchinos evidencia la importancia de procesos empoderamiento de la población que se desarrollan a través de décadas. Muestra el impacto profundo de una reforma agraria que, si bien no cumplió los objetivos para los que fue diseñada, desencadenó procesos sociales, políticos y económicos que trasformaron el mundo rural andino. Si bien no supuso la colectivización del agro, como pretendía el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas, convirtió a las comunidades campesinas en un actor central, reforzó la conciencia de derechos de sus habitantes, generó nuevos discursos y sentidos comunes y abrió la puerta a nuevos actores, que cambiaron las dinámicas políticas quispicanchinas. Más importante aún, la reforma agraria permitió a los campesinos quechuas imaginar un futuro diferente para sus hijos. Facilitó el acceso la educación y con el paso del tiempo permitió el surgimiento de nuevos liderazgos campesinos, diferentes pero al mismo tiempo herederos de las aspiraciones de sus padres. Todos estos elementos condicionan la realidad de Quispicanchi desde los años ochenta hasta la actualidad. Lo mismo podría decirse de las decenas de proyectos de desarrollo implementados en el territorio. Tomados uno a uno, los fracasos son muchos más que los éxitos. Son pocas las intervenciones que cumplen los objetivos para los que fueron diseñadas. Montañas de acuciosos informes de consultores y evaluadores de todo tipo están ahí para demostrarlo. Menos atención se suele prestar, sin embargo, al efecto acumulativo que estos esfuerzos tienen en tres dimensiones: i) la formación de un capital humano local con la flexibilidad y el conocimiento necesarios para moverse en los intersticios del estado y de la cooperación internacional; ii) la propia modulación de los discursos y las aspiraciones de los pobladores rural, que comienzan a articularse dentro de la propia lógica del desarrollo rural y iii) la capacidad de los actores locales para aprehender y manejar discursos legitimados, que los permiten avanzar en sus propias agendas, aun cuando a veces sus demandas se formulen una retórica aparentemente exógena, heredada del lenguaje oficial el desarrollo. Estos tres son procesos clave en Quispicanchi, como he tratado de mostrar en este artículo. En lo que en un reciente trabajo Evert Meijersa y Dick van der Wouwb (2019) denominan la “era del triunfo urbano”, Quispicanchi evidencia que en los espacios rurales pueden también generar procesos de genuino empoderamiento. Pero tampoco debemos cometer 46
el error de idealizar nuestro estudio de caso. Nada más lejos de mi intención que postular un “modelo quispicanchino de desarrollo rural”, susceptible de ser imitado en otras provincias o regiones peruanas. Junto con éxitos y buenas noticias, las historias narradas en este artículo también dejan ver los límites, contradicciones y dilemas de las políticas campesinas realmente existentes en las provincias rurales andinas. Quispicanchi sigue teniendo una tasa muy alta de pobreza. Para la mayor parte de sus habitantes la vida sigue siendo precaria. En muchas zonas, especialmente en las comunidades altoandinas, persisten normas informales que limitan el acceso de las mujeres al control de tierra y otros medios de vida, mientras que la violencia familiar sigue siendo muy alta. También está en duda la sostenibilidad del modelo de desarrollo rural impulsado por los alcaldes quispicanchinos. El keynesianismo andino no habría sido posible sin el espectacular aumento de los recursos municipales de las primeras décadas de este siglo. Estos fondos son la condición de posibilidad del modelo. Sin embargo, se trata de recursos que provienen sobre todo de transferencias del gobierno central. Los alcaldes tienen poco control sobre su regulación. Se da la paradoja, además, de que el canon está vinculado a la explotación gasífera y minera, actividades a las que se oponen abiertamente la mayor parte de los quispicanchinos. Podríamos decir, por lo tanto, que se trata de un proyecto político local subvencionado por un modelo de desarrollo nacional extractivista al que se oponen los propios actores locales, quienes además no siempre son conscientes de esta paradoja. Si la continuidad de las condiciones económicas que hacen posible el keynesianismo andino está fuera del alcance de los habitantes del territorio, lo mismo ocurre con las condiciones políticas. Las recientes elecciones municipales de 2018 han mostrado algunos indicios de que el ciclo de los alcaldes campesinos quispicanchinos podría estar cerca de terminar. La fragmentación que durante dos décadas caracterizó a la política cusqueña comienza a ser sustituida por nuevas lógicas políticas, que tienden a concentrar el voto en unos pocos candidatos. El ganador obtuvo en Ocongate el 56 por ciento de los votos válidos, en Quiquijana el 47 por ciento y en Marcapata el 45 por ciento. Se trata de cambios aun incipientes, cuya magnitud y naturaleza escapa al contenido de este artículo, pero que sin duda impactarán en las políticas campesinas. Los buenos tiempos en que la fragmentación del voto urbano permitía elegir acaldes campesinos pueden estar terminando. Para Quispicanchi tocará hacer balance e iniciar una nueva etapa. 47
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