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La condición humana en Homero

Ciordia Navarro, Paula

Abstract

La Ilíada y la Odisea son las dos obras clásicas más antiguas de Occidente a través de las cuales se puede observar la condición humana, a fin de preguntarse si ésta puede cambiar a lo largo del tiempo, sobre todo, ante el amenazante horizonte del transhumanismo. La relación entre los dioses y la muerte que puede trazarse en el mundo homérico, permite al hombre reconocerse a través de los antepasados, al descubrir que el problema de la eternidad y su efímera existencia dio lugar a una compleja civilización, la de Occidente, sustentada en la familia y la patria, y erigida gracias al ingenio del hombre, su libre albedrío y el sentido de justicia, contrapuntos de su fuerza bruta, que trasforman al ser más endeble de la naturaleza en la cúspide de la creación.

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LA CONDICIÓN HUMANA EN HOMERO TRABAJO DE FIN DE MÁSTER FILOSOFÍA Y CULTURAS MODERNAS Autoría PAULA CIORDIA NAVARRO Dirección D. ANTONIO HERMOSA ANDÚJAR FACULTAD DE FILOSOFÍA SEVILLA 2022 1 RESUMEN La Ilíada y la Odisea son las dos obras clásicas más antiguas de Occidente a través de las cuales se puede observar la condición humana, a fin de preguntarse si ésta puede cambiar a lo largo del tiempo, sobre todo, ante el amenazante horizonte del transhumanismo. La relación entre los dioses y la muerte que puede trazarse en el mundo homérico, permite al hombre reconocerse a través de los antepasados, al descubrir que el problema de la eternidad y su efímera existencia dio lugar a una compleja civilización, la de Occidente, sustentada en la familia y la patria, y erigida gracias al ingenio del hombre, su libre albedrío y el sentido de justicia, contrapuntos de su fuerza bruta, que trasforman al ser más endeble de la naturaleza en la cúspide de la creación. PALABRAS CLAVES Condición humana, muerte, eternidad, pecado, ingenio, libre albedrío, justicia (ABSTRACT) Iliad and Odyssey are the two oldest classical works of the West through which the human condition can be observed, in order to wonder if it is able to change over time, especially in the threatening horizon of transhumanism. The relationship between the gods and death that can be traced in the Homeric world, allows man to recognize himself through his ancestors, discovering that the problem of eternity and its ephemeral existence gave rise to a complex civilization, the West, sustained in the family and the country, and erected thanks to the ingenuity of man, his free will and the sense of justice, counterpoints of brute force, and that transform the weakest being of nature into the pinnacle of creation. (KEY WORDS) Human condition, death, eternity, sin, ingenuity, free will, justice 2 Tabla de contenido 1. Introducción.............................................................................................................. 3 2. El alfa y omega de la condición humana: los dioses y la muerte ............................. 6 3. Las aventuras de Ulises: las 13 estaciones de la condición humana...................... 17 4. El horizonte humanístico: ingenio, libre albedrío y justicia ................................... 33 5. Conclusiones ........................................................................................................... 45 3 1. INTRODUCCIÓN A lo largo de la historia, hay obras que han cobrado especial protagonismo en la conciencia del hombre, hasta el punto de ser señaladas alguna de ellas como universales, porque no solo representan la identidad de un pueblo o de una nación (en nuestro caso español, por ejemplo, El cantar de mio Cid), sino que caracterizan lo que de común tenemos los seres humanos por nuestra propia condición de seres vivos, extraños, muy extraños a los demás seres pobladores de la tierra. He ahí el valor del clásico, convertirse en un emblema de la resistencia testimonial de la condición humana, porque leer a los clásicos es, al fin, reconocerse en nuestros antepasados. De hecho, el dramaturgo Francisco Nieva, a sus 94 años, advirtió que, si perdíamos el norte de los clásicos, lo perdíamos todo1. Puesto que, cuando uno lee a Homero, Cervantes, Shakespeare, lee, de golpe, a todos aquellos que, época a época, se han emocionado e identificado con los cánticos sobre la guerra de Troya o el retorno de Ulises a su patria, se han visto reflejados en la ilusión y coraje del Caballero de la Triste Figura, han sufrido por el amor de Romeo y Julieta o se han sentido conmocionados con la verdad de Hamlet, hasta tal punto que han pasado el testigo de su lectura a las nuevas generaciones. Porque, tal vez, lo más valioso de los clásicos es poder reconocerse en ellos, distando entre la obra y su lector, tal vez siglos e incluso milenios. ¿El misterio? La condición humana que permanece latente en todos nosotros, y que sus autores supieron captar, conmoviéndonos, si nos dejamos seducir por ellos, más cuanto más tiempo haya pasado desde su escritura. Pues la condición humana es al ser como la identidad a la persona. Pero con una radical diferencia: la condición humana emerge de la propia naturaleza humana, y la identidad surge condicionada necesariamente por la sociedad y las convicciones en la que la persona vive. La condición humana no es el fruto de unos ideales, sino que son realidades naturales, palpables, universales al hombre. Es la matriz de nuestro espíritu, condicionada por nuestra mente y nuestro cuerpo. Es por ello que el cristianismo tuvo tal éxito en la sociedad en la que emergió, y se extendió con facilidad en el Occidente grecolatino. En cuanto a la identidad de la persona, ésta responde a unos ideales que sienten que la definen como ser concreto, o en términos actuales, como individuo. Es, por así decirlo, el 1 Esther Alvarado, «Francisco Nieva: ‘Si perdemos el norte de los clásicos, lo habremos perdido todo’», El Mundo, 12/11/2015. 4 reflejo ideal en el que se mira y se reconoce como sí misma cada persona, y la definen como tal, siendo la sociedad el condicionante que forja, en cierta manera, dicho ideal. La identidad, como argumenta el Prof. Beltrán, es una construcción fija de la persona, que cambia continuamente gracias a la experiencia de la vida2. Es, por tanto, particular en cada cual, siendo aquella así mismo reflejo de un colectivo como, por ejemplo, la identidad nacional, pero siendo esta identidad una, pese a ser la suma de infinidad de seres que la hacen posible. Así mismo, de esa idealización se construye los arquetipos, que son en sí identidades ideales de seres imaginarios, que influyen a las personas e identidades de carne y hueso. Hoy que poco se lee y poco se piensa como sociedad, a punto están de olvidarse las enseñanzas labradas, generación a generación, en los surcos de la conciencia colectiva por las miles de reflexiones que han dado pie la atenta meditación sobre los clásicos, con la preciada ambición de aspirar sencillamente a ser mejores personas. Con homérico esfuerzo, muchos inspirados en la heroicidad de la furia de Aquiles, la templanza de Ulises, la elegancia de Héctor, el coraje de Néstor, la humildad de Príamo, la lealtad de Penélope, se pusieron el mundo por montera, empeñando su vida en salvar sociedades al borde del colapso. Ante esa actitud vibrante y de esperanza en el futuro, cabe preguntarse si la apatía e indiferencia de nuestro tiempo hacia los antepasados, es solo resultado de una pésima educación de ingeniería social3 o es debido a que sencillamente la condición humana puede cambiar, y estaría a punto de hacerlo, y, por tanto, nada de lo pasado importaría. O si son motivos enlazados, uno resultado del otro, que nos dejan a los presentes en una difícil y laberíntica encrucijada. Leer a Homero es viajar a los albores de la escritura literaria y, a través de ella, a un tiempo remoto, mítico, de fuego, estrellas y cánticos, de musas, dioses y héroes, a partir de la cual surge el cordón umbilical que une lo que queda de ellos en nosotros. Quien se acerca a escuchar a este aedo misterioso acaba por asomarse a su «colosal aportación a la justicia y, en su caso, a cuanto llamamos civilización»4, en palabras del Prof. Antonio Hermosa Andújar, pues es «la primera huella histórica quizá de la condición trágica de la 2 Luis Beltrán, «El hombre-dios y la identidad moderna», Turia: Revista cultural, n.º 129-130, 2019, págs. 133-145. 3 Un medio de comunicación español se hacía eco de la noticia publicada en Il Timone, que advertía de la censura de las bibliotecas de Ontario (Canadá), por la que habían retirado más de 4.700 libros, en una ceremonia que recibió el nombre de «Purificación de la llama». 4 Antonio Hermosa Andújar, El hombre tras los hechos. Naturaleza humana y política en la historiografía clásica, Sevilla, Athenaica, 2019, pág. 12. 5 existencia humana»5. Es por ello que emprendemos el viaje hacia Troya con destino a la patria idílica de Ítaca que se ubica primero en el corazón de la persona y que, como dijo el poeta Konstantino Kavafis, a todos nos espera, a cada cual la suya. Este trabajo tiene, como propósito, revisitar los vestigios de la condición humana que laten aun ardientes en los héroes, reinas, princesas y sirvientes homéricos, a modo de «historiadores del hombre interior», en palabras de Jean Pierre Vernant, a fin de señalar los rasgos de esa condición y meditar sobre qué los constituye esencialmente. También nos preguntaremos si la condición humana, en el curso del tiempo, puede cambiar, y cuáles serían sus consecuencias de ser así, comparando, para ello, el mundo homérico con el paradigma cristiano, a fin de encontrar, en el mayor punto de inflexión que vivió la conciencia humana reciente, el cambio que se ofrece a los hombres según las creencias que lo guían. La comparación con el mundo cristiano es seguramente una limitación de su autora. Somos, al fin y a cuentas, resultado de nuestras creencias metafísicas, pues ellas son faro de luz, y alumbran nuestros pensamientos. Pero, precisamente, en el confronto entre cosmovisiones diferentes, se dan los frutos reales, pues son frutos nacidos de la verdad de una y otra orilla. En este momento agónico de nuestra civilización, que muchas personas asistimos con estupor e incredulidad ante el horizonte proyectado del transhumanismo, nuestra voz de defensa hacia la condición y naturaleza humana debe hacerse oír a fin de no perder, por no haber sido defendido, el derecho a vivir como lo que por naturaleza y condición somos: seres humanos. Para ello, nos detendremos en analizar, en el capítulo primero, El alfa y omega de la condición humana: los dioses y la muerte, a fin de encontrar los vínculos que el ser humano establece entre aquellos y ésta, teniendo en cuenta la importancia de la memoria y la gloria en la sociedad homérica. En el segundo capítulo, las aventuras de Ulises: las 13 estaciones de la condición humana, examinamos la gran epopeya de Ulises hacia Ítaca, en la que creemos haber identificado trece estaciones de la condición humana, a la luz de algunos pecados capitales que hemos creído identificar, a fin de hallar el camino espiritual que emprende el héroe para alcanzar su propio destino. El tercer capítulo, el horizonte humanístico: ingenio, libre albedrío y justicia, lo hemos dedicado a analizar el legado del pensamiento homérico a fin de meditar sobre la gran duda de nuestro tiempo, si la condición humana puede y está a punto de cambiar, a la luz de la muerte de Héctor y el 5 Ibídem, pág. 13. 6 poder sagrado que el hombre infundió al basamento del estado de derecho con el juramento. Por último, el cuarto capítulo, se dedican a unas breves conclusiones sobre lo tratado. Antes de continuar, quisiera expresar mi más sincero agradecimiento al Prof. Antonio Hermosa Andújar, quien, a mi llamada pidiéndole auxilio en plena odisea, presto me brindó generosamente su tiempo, paciencia y sabiduría, animándome a introducirme en el mundo homérico, hasta entonces desconocido para mí. Sin su ayuda, consejos directrices y maestría, este trabajo no hubiera sido posible. 2. EL ALFA Y OMEGA DE LA CONDICIÓN HUMANA: LOS DIOSES Y LA MUERTE El hombre, como ser vivo, está condenado a vivir y a morir. Cuándo empieza a vivir y cuándo acaba por morir parece ser el asunto filosófico que más quebraderos de cabeza, así como más deleite, ha provocado desde ya al menos el momento en que un hermano nuestro de Atapuerca se puso a contemplar el universo que le rodeaba. ¡¿Cuándo empezamos a vivir?! Es una pregunta formulada desde la mayor de mis inocencias, pero cuyas posibles respuestas son arduas y difíciles de dar. Y es precisamente el meollo de la condición humana, el requisito que nos hace seres humanos, porque en el momento en que empieza la vida del hombre, se describe biológicamente su naturaleza y, por ende, el respeto hacia esa naturaleza reserva un espacio también natural para que la condición del ser humano se desarrolle, y se ponga a salvo de su perdición. ¿En qué se diferencia el ser humano del resto de seres vivos? Toda vida nace con el aguijón de la muerte. La muerte hiere igual al pobre que al rico, al león que al ratón. ¿Siendo el ser humano un animal, por qué es tan dispar? Si el ser humano no tuviera la capacidad de retener el tiempo en su memoria, tal vez, no sería muy distinto al resto de animales. Pero el ser humano tiene noción de tiempo, piensa en el pasado y en el futuro, lo que le lleva a tener conciencia de sí mismo. Tiene, en definitiva, capacidad de proyección. Esa capacidad de proyectarse le permite soñar, imaginar mundos posibles, en definitiva, desear, ansiar, aspirar a cambiar. El cambio libre y potestativo exige así mismo una condición sin la cual tampoco se distinguiría del resto de seres: el ser humano tiene 7 voluntad, es decir, la capacidad de decidir y ordenar su propia conducta. El hombre homérico, pese a estar dominado por los dioses, manifiesta en sus dilemas, como más adelante veremos, la capacidad de formar juicio resolutorio sobre sus problemas y circunstancias. He ahí porqué Menelao emprende la guerra contra Troya, y porqué Aquiles decide no continuar luchando en ella. Parece, por tanto, que la naturaleza humana tiene innata el principio de justicia, lo que le lleva a colocarse ontológicamente en la cúspide del mundo mortal. El sentido de justicia lleva al hombre a dilucidar sobre la muerte. Porque el ser humano, en su condición vital, no se resigna a ser solo cuerpo, materia, carne. El ser humano, por todo lo comentado, memoria, voluntad, tiene ese algo que hemos llamado e identificado, con sus evoluciones a lo largo de la historia, como aliento vital, espíritu, alma. Ante la efímera vida, así como ante nuestra trasformación en polvo tras la expiración, el ser humano se reafirma en su trascendencia. En el mundo homérico, los muertos interactúan con los vivos. Es comprensible, por tanto, que sea fácil creer en un más allá, porque el Hades no es una entelequia, sino un lugar visitable, como lo ha sido para Ulises. De la misma manera, la divinidad forma parte de la vida de los hombres, ya no solo como seres a los que implorar y orar, sino como protagonistas del devenir de su propio destino, más aun, como compañeros en la vida y en la muerte. Por tanto, la existencia de los difuntos, así como la existencia de la divinidad, es fehaciente. En ningún momento se duda de ello, sino que son ambos las piedras angulares de la sociedad antigua. De hecho, podríamos incluso formular que la Ilíada tiene como trasfondo principal la muerte, asunto que nos ocupa este capítulo; y la Odisea, los dioses en la voluntad del hombre, tema que abordaremos en el capítulo tercero. Así mismo, la efímera vida del ser humano se nos presenta como un enigma, porque la ocasión de la muerte es impredecible. Frente al resto de seres vivos con una expectativa y un ciclo vital más o menos previsible, cuya muerte está ligada fundamentalmente al torrente vital de cada especie, al hombre le atraviesa una infinidad de circunstancias que hacen de su vida algo inesperado. La muerte del hombre parece que está al margen de la razón natural, como si otra razón, penetrase nuestra vida y pusiera fin a ella. La muerte fortuita de Elpénor es buen ejemplo de ello. Es una muerte impredecible, y precisamente por ello, por esa impredecibilidad, el hombre consciente se resiste a desfallecer sin antes 8 pensar en su destino. He ahí la voluntad de Patroclo, pese a que Aquiles no acepte su muerte; he ahí la suya propia; he ahí la valentía de los ancianos Néstor, Laertes y Dolio. ¿Cuál es esa razón extraña que penetra en nuestra vida arrebatándonos el aliento vital? Ya en el mundo homérico, ya en el nuestro, la explicación que hemos ido dando viene ligada con una voluntad superior, permanente, omnipotente, divina. En mi opinión, el momento de más tensión de la Ilíada no es debido a la cólera que posee al joven Aquiles ante la injusticia de Agamenón, cuando tiene que entregarle a Briseida, desencadenante sin duda del desenlace de toda la trama troyana, sino por el dolor profundo que siente el héroe por la muerte de su amigo Patroclo. Parece que todo estuviese orquestado para que Aquiles volviese a la batalla. En ese sentido, la Ilíada presenta los límites aceptables y posibles de la venganza. Si Aquiles no hubiera entregado el cuerpo de Héctor a Príamo, si su cuerpo hubiera sido devorado por los perros, Aquiles no sería nuestro Aquiles, porque su magnanimidad ante el enemigo y la clemencia hacia su padre arrodillado, elevan el ánimo de quien escucha esta epopeya, y enseñan al aprendiz de héroe la sutil línea de la crueldad despiadada que ninguna victoria merece. La humildad valerosa de Príamo en el canto último es un hito en del mundo homérico: «He osado hacer lo que ningún terrestre mortal hasta ahora: / acercar a mi boca la mano del asesino de mi hijo»6. Sin esta clemencia que articula las leyes de la guerra, la sociedad homérica no sería la sociedad homérica que nos deslumbra. De la misma manera, Héctor nos sitúa en la vida, y se nos presenta como el arquetipo de sacrificio. Héctor es, en cierta manera, siguiendo la categoría propuesta por el Prof. Andújar Hermosa, «el hombre como chivo expiatorio»7, pues acaba pagando con su vida el desencadenante final de la guerra de Troya, cuando fue Paris, por medio de Afrodita, quien raptó a Helena. ¿Héctor merece la cólera de Aquiles? En buena lógica, Héctor no ha hecho más que luchar contra el enemigo, como Patroclo. Así mismo, las honras fúnebres representan un monumento a la memoria de la vida. Como dirá Aquiles en el canto XXIII, «lloremos a Patroclo: ésa es la recompensa de los difuntos»8. Es, por decirlo de alguna manera, el símbolo más manifiesto de respeto hacia la dignidad del ser humano. En otras palabras, el respeto a las exequias es para el muerto, como el respeto a la concepción para vivo: sin aquello y sin esto, no se acaba de nacer ni 6 Ilíada, XXIV, 505-506. 7 Antonio Andújar Hermosa, El hombre tras los hechos.. op. cit., pág. 46. 8 Ilíada, XXIII, 9. 25Ibidem, 218-224. 15 Por ende, la condición humana homérica distingue, de alguna manera, la naturaleza de los sexos. Hombre y mujer velan y celan por su familia y patria. El hombre tiene el cometido de la guerra, la mujer de guardiana. En el mundo homérico, la mujer cobra un protagonismo relevante en la sociedad como condición de madre y esposa. La madre que lleva en su seno vida, que pare y trae a la luz a los hijos, es venerada por el esposo y su prole. La madre representa el amor incondicional y absoluto hacia su hijo, en una relación protagónica, como escudo protector y lugar a donde acudir en la necesidad y la desesperación, como refleja la relación de la diosa Tetis con Aquiles en la Ilíada. Así mismo, sin su hijo, por ejemplo, la madre Ulises está sepultada en vida, su existencia no tiene las suficientes fuerzas de resistir el dolor, y Anticlea acaba muriendo de pena, creyendo que Ulises no regresará jamás a Ítaca: «mi Ulises, mi luz, fue mi pena por ti, fue el recuerdo, / fue tu misma bondad quien dio fin a mi gozo y mi vida»24. Por eso, resulta tan patético y casi insoportable asistir al abrazo imposible de su rencuentro en el Hades que Ulises trata en vano tres veces de dar a su madre. Anticlea instruye a su hijo sobre la condición de los muertos, que inocente, tal lejos de la muerte, aun estando en tierra de difuntos desconoce, como la inmensa mayoría de vivos, que jamás visitarán hasta el final de sus días el Hades: es esa por sí condición de los muertos: no tienen / los tendones cogidos ya allí su esqueleto y sus carnes, / ya que todo deshecho quedó por la fuerza ardorosa / e implacable del fuego, al perderse el aliento en los miembros; / sólo el alma, escapando a manera de sueño, revuela / por un lado y por otro. Mas vuelve a la luz sin demora, / que esto le puedas contar a tu esposa algún día.25 Es la madre arquetipo de misericordia que en ningún otro paraje más se encuentra. En Homero, si la naturaleza divina no abandonase al hombre tras la vida, el héroe tal vez podría cambiar de principios dependiendo qué le propusiera el dios de turno. En ese instante, el héroe politeísta perdería su condición heroica. Sin embargo, gracias a que tiene la certeza de su efímera vida, que tras la muerte no hay más que un leve vagar eterno, que es aun más agonizante incluso que creer que espera la nada, quiere llevarse para sí el buen recuerdo del honor conquistado al miedo y a la desesperación. 24Odisea, XI, 202-203. 26 Cf. El cuarto mandamiento de la Iglesia Católica es «Honrarás a tu padre y a tu madre». 16 De ahí que el héroe politeísta ante la cruda certidumbre de su efímera vida es puro presente vital. Porque la vida, esté ya o no el héroe en ella, es siempre presente. En ese punto, empieza a vislumbrarse la condición del hombre bueno que defiende el cristianismo. El hombre bueno que atiende a la voz interior que ordena sus acciones y las dirige pese al mundanal ruido impuesto por los olímpicos. Pese a que el héroe homérico haga libaciones a los diferentes dioses a los que implora ayuda, ese ayuda sabe que es para el mundo presente de los vivos. A la muerte le debe otro credo, el credo que yo le vengo llamando el de los ancestros. El credo de los ancestros es la primera certeza y basamento para erigir tiempo después el cristianismo. Y consiste en lo que hasta ahora venimos exponiendo: honrar a los padres26. El encuentro que verdaderamente conmociona a Ulises en Cimeria es el de su madre. Quienes creemos en el más allá lo hacemos desde la certeza, porque nuestra fe se fundamenta en la percepción de nuestros antepasados. Son nuestros seres queridos difuntos los que nos conmueven, los que nos hacen mirar a un futuro que no es de este mundo, a través de la memoria de un tiempo pasado que tampoco ya pertenece a este. El hombre que nos presenta Homero en la Odisea, está ante los albores del cielo. Ítaca, ha sido un paraíso perdido, pero jamás olvidado en la conciencia de Ulises. La patria natal es la patria amada, porque la patria simboliza la familia en su concepto más absoluto: ancestros, presentes y descendientes. Cuando Ulises alcanza la costa de Ítaca después de su travesía en el desierto, que diríamos los católicos, no la reconoce, pues se encuentra sumida en un velo que Atenea ha dispuesto para protegerle. La apariencia que Ulises adoptará, por intermediación de Atenea, será la de un anciano. Un anciano que ha de ganarse hasta el último momento su paraíso. Precisamente por ello, se podría interpretar que, en la recuperación de la juventud de Ulises basada en la última prueba del arco, subyace su resurrección. El final feliz de la Odisea, en el mundo griego de tragedias donde el Hades siempre amenaza, es paradójico. La estación que Ulises hace a Cimeria, resulta la ventana más desalentadora para un mortal, y al mismo tiempo el mayor revulsivo para revelarse contra el sino. Curiosamente, el motivo que le lleva a ahí, es invocar el único muerto, Tiresias, que no está atrapado en su condición de muerto, pues aun en el Hades sigue siendo lo que fue en la vida, es decir, adivino, quien le revelará: 27 Odisea, XI , 134-137. 17 librado el mar, llegará a ti la muerte, / pero blanda y suave, acabada tu vida en la calma / de lozana vejez; entretanto tus gentes en torno / venturosas serán. Estas son las verdades que anuncio.27 Y así será. Ulises logra restituir su honra, vengar a su mujer, lograr un estado de paz. Pero en verdad la Odisea no acaba con la paz de una guerra, como sí que fue la de Troya, la paz con la que acaba la Odisea no es fruto de una victoria contra un enemigo mortal que yace rendido, sino que la reconquista de Ulises de Ítaca representa la culminación de la abnegación de la firme voluntad. Ítaca es la recuperación de la alegría tras librar trece dolorosas batallas interiores en la inmensidad de lo desconocido. 3. LAS AVENTURAS DE ULISES: LAS 13 ESTACIONES DE LA CONDICIÓN HUMANA Las aventuras de Ulises de regreso a Ítaca, contadas a partir del canto IX por él mismo, son más que un relato sobre trece hazañas heroicas. La Odisea no es solo una epopeya que presenta al héroe ingenioso y valeroso, capaz de hacer frente a los peligros que se presentan con tal de alcanzar la gloria. La Odisea es la confesión del propio héroe ante los desafíos y tentaciones a los que se enfrenta este hombre guerrero de vuelta a casa. Porque la gloria de Ulises no es la gloria de Aquiles en la Ilíada. Si comparamos el código de valores que tejen la guerra de Troya con el periplo del itacense, nos daremos cuenta que lo que anima a Ulises a emprender el viaje de regreso no está tan alejado de las piedras angulares del mundo tradicional que rige, o regía hasta hace muy poco, el nuestro: la familia, el hogar y el amor, es decir, el nido emparentado. No es casualidad que en el mundo antiguo la adivinación del futuro se basara, en gran parte, en el agüero del vuelo de las aves. Ellas marchan, a veces muy lejos, para siempre regresar al nido. De forma que, según el vuelo y canto que tomaran las aves de paso, coincidiendo con el momento en que se debatía un dilema, la persona lo interpretaría como un presagio que anuncia su propio reflejo. Por ejemplo, a Telémaco cuando regresa de su viaje a Ítaca en el barco, se le cruzan sobrevolando un halcón y una paloma que engalanan con sus plumas y buen augurio su llegada. Ante tal circunstancia, Teoclímeneo 34Ibidem, 61. 18 interpreta como buen augurio el vuelo de las aves, y dice al hijo de Ulises antes de partir de Esparta: «nunca habrá otro linaje más regio que el tuyo en las tierras / y gentes de Ítaca, el mando es siempre vuestro»28. Esto nos permite constatar que el ser humano, de entre todos los animales que pueblan la tierra, podríamos decir que encuentra en las aves un espejo de su alma, porque el vuelo de las aves son para el hombre el viaje trascendental y místico que es capaz de hacer a través del espíritu. Fijémonos que la comparación que establece el poeta para expresar la anagnórisis entre Ulises y Telémaco, es la de las aves cuando lloran las crías robadas «aún a faltas de vuelo»29. Gracias a su imaginación, el ser humano puede alcanzar lugares impredecibles y lejanos, desde donde observarse y posarse, en un acto místico de autorreflexión, pues la particularidad de la mente humana nos permite desafiar los límites físicos de nuestra naturaleza. En una época donde la memoria viva era el arca que preservaba las emociones, los saberes y la historia, porque no existían fotografías, ni libros que guardasen el pasado, el ave, que conoce por su instinto el camino de ida y de regreso, la convirtieron en un ser especial, que siempre sabe localizar su nido y no olvidarlo. Y por eso mismo, Héctor heroico es capaz de afirmar: «El mejor agüero y el único es luchar en defensa de la patria»30. «Soy Ulises Laertiada, famoso entre todas las gentes por mis muchos ardides; mi gloria ha subido hasta el cielo»31, confiesa Ulises en Esqueria ante el rey Alcínoo, su esposa Areta y el resto de los invitados al banquete, antes de relatar toda su penitencia de vuelta a casa. En Esqueria relatará, entonces, su epopeya, que comienza en el mismo momento en que parte de las costas troyanas impulsados por el viento hacia Ísmaro, la tierra de los cícones, a los que con su tropa saqueó y a los que dieron muerte, pero que una vez repartido «el copioso botín y mujeres con justicia»32, en lugar de hacer caso a las palabras del líder y emprender la rápida fuga, «ellos como niños sin juicio» se negaron a escucharle33, por codicia. La consecuencia resultó fatal: los cícones tuvieron tiempo de rearmarse y empezó la lucha, que se saldó con numerosas vidas perdidas de uno y otro bando, hasta que Ulises y algunos otros lograron escapar y «rehuir el destino y la muerte»34. Después, estuvieron tres días de naufragio hasta alcanzar el cabo de Malea, y 28 Ibidem, XIV, 533-534. 29 Ibidem, XVI, 218. 30 Ilíada, XII, 243. 31Odisea, IX, 19-20. 32Ibidem, 41-42. 33Ibidem, 44. 39Odisea, IX , 94-95. 19 justo en ese punto, tan próximo al país de sus padres, el cierzo les arrastra rebasando Citera, lo que llevó a retrasar su llegada a Ítaca diez largos y dolorosos años. En conclusión, al haber logrado rehuir del destino de la muerte en Ísmaro, en esa partida Ulises se adentra en un nuevo universo, alejado de lo humano, donde el tiempo también pasa de forma diferente y los años se devanan como días. J. P. Vernant interpreta que tras poner término a la aventura de los cícones y rebasar el cabo Malea, Ulises «sale, en cierto modo, de las fronteras del mundo conocido, del ecúmeno, donde es posible la vida humana, para entrar en un espacio de no humanidad, en otro mundo»35. En el cual habrá seres de dos clases: los que «tienen una naturaleza casi divina y se nutren de néctar y ambrosía, como Circe o Calipso, o bien son infrahumanos, monstruos como el Cíclope o los lestrigones, caníbales que se nutren de carne humana»36. Y es precisamente en ese nuevo mundo desconocido e inhumano, donde nosotros podemos descubrir con plenitud la condición humana. Ulises y los suyos tras rebasar Citera, vuelven a naufragar durante nueve días hasta alcanzar al décimo la tierra de los lotófagos, «gente que solo de flores se alimenta»37, que dirá Ulises, con la angustia de recordar lo que hubiera supuesto para su tropa y para él quedar atrapados en esta tierra que, como expresa Vernant, «es el país del olvido»38. La argucia que traman los lotófagos contra ellos, es pretender darles de comer de la flor de loto, pues todo aquel que prueba su «meloso dulzor», pierde al instante «todo gusto / de volver y llegar con noticias al suelo paterno»39. En nuestra sociedad actual, es frecuente ver cómo se proyecta la idea del viajero intrépido que, tras un viaje a un lugar lejano, encantado por la belleza del sitio y de sus gentes, olvida su patria y no regresa jamás. Es en sí el mensaje continuamente transmitido en los mass media, para la construcción de un mundo globalizado y apátrida, fundamentado en el egoísmo del hedonismo. Cimera representa el olvido de la memoria, al alcanzar un estado de felicidad puramente animal, donde al saciar el apetito ocioso que despierta la flor, no hay preocupación alguna. Recuerda su consecuencia a Un mundo feliz de Aldous Huxley, en reflejo de nuestra sociedad. 35Jean-Pierre Vernant, El universo, los dioses, ... op. cit., pág. 106. 36 Idem. 37 Odisea, IX, 84 y 85. 38 Jean-Pierre Vernant, El universo, los dioses, ... op. cit., pág. 107. 44Ibidem, 289-290. 20 Porque la memoria forma parte de la naturaleza humana de tal manera que sin ella a la condición humana no se le podría exigir justicia ni moralidad. La memoria nos ata al mundo, como hace Ulises con los hombres que han probado la flor de loto, nos compromete con él, nos hace seres no solo sociales, sino culturales. El loto simboliza, por tanto, la amnesia, que despoja al héroe del virtuosismo que lo convierte en un ser de especial admiración. Si el héroe no tuviera memoria no podría determinar qué es justo ni, por tanto, podría vengar la injusticia. Como veníamos apuntando, la memoria es una facultad psíquica que nos permite desarrollar la conciencia. Un hombre sin memoria es un ser inerte, desnaturalizado, sin raíces que lo mantengan con compromiso en la tierra. Sin memoria no es posible la abnegación, precisamente porque la abnegación requiere sacrificar y renunciar a los propios intereses en beneficio de otros. Así como sin memoria, tampoco es posible el honor. La deshumanización del hombre de hoy nace de la pérdida de la memoria. El hombre deshumanizado olvida su patria, sus padres, y, por ende, olvida también sus propósitos de vida, porque es incapaz de proyectarse en el mañana, porque es incapaz de retener en la memoria sus aspiraciones. Sin memoria, Ulises no hubiera vuelto a Ítaca, no hubiera emprendido el regreso a casa. Tras escapar, «con dolor en el alma»40 de los lotófagos, alcanzan la tierra de los cíclopes, «unos seres sin ley»41, puesto que «cada cual da la ley / a su esposa y sus hijos sin más y no piensa en otros»42, advertirá Ulises. Se adentrarán en la gruta de uno de ellos, Polifemo, en su ausencia, pudiendo coger lo que en ella había de comida y huir. Sin embargo, Ulises no atiende a los ruegos de su gente y decide pedir «los dones de huésped»43. Es importantísimo destacar la relación que establece el mundo homérico entre la ley, la sociedad y el temor a los dioses. La hospitalidad de quien recibe al extranjero nace en quien lo acoge por respeto a los dioses. Sin embargo, Polifemo no teme a la divinidad; y, pese a tener qué comer para saciar su hambre, mata a dos de los hombres de Ulises: «les dio contra el suelo / y corrieron vertidos los sesos mojando la tierra»44, para después comérselos, incluyendo las entrañas y sus huesos, y al día siguiente a otros dos. Pero Ulises el ingenioso, se ganará la confianza de Polifemo, y ofreciéndole vino, emborrachará al cíclope hasta que caiga rendido en un profundo sueño, y con la ígnea 40 Ibidem, 105. 41Ibidem, 107. 42Ibidem, 114-115. 43Ibidem, 229. 47Odisea, IX , 512-516. 21 estaca que ha fabricado, la hincará en el ojo del monstruo para cegarle. Después se las ingeniará para salir él y los demás sobrevivientes de la cueva, sujetos al lomo de los marruecos que acostumbran a pastar todos los días. ¿Dónde recae la verdadera inteligencia de Ulises? En el dominio del lenguaje. He ahí otra facultad de la naturaleza humana, que permite la condición de justo y moral, así como la facultad del engaño. Cuando Polifemo le pregunta cómo se llama, Ulises responderá «Nadie», de manera que cuando aquel grite de dolor por la estaca clavada en su ojo, y los demás cíclopes alarmados se acerquen a preguntarle si le sucede algo, si alguien le está dando muerte por dolo o por fuerza, Polifemo responderá «¡Oh queridos! No es fuerza. Ninguno me mata por dolo» 45, por lo que los demás, ante esa respuesta, interpretarán que su mal lo manda Zeus y, por tanto, tiene que pedir auxilio a su padre Poseidón46. Con lo que, nuevamente, se nos presenta las características del hombre: frente a la fuerza bruta, el ser humano es «útis», es decir, «nadie». Sin embargo, el ser humano es inteligente y ante la misma fuerza bruta, el ser humano se puede descubrir como «mêtis», es decir, «astucia», como le expresa Polifemo al descubrir que Ulises le ha vencido y cegado, tal y como le vaticinó Eurímeda Télemo. Pues el ogro se esperaba «que había de venir un varón corpulento, / y gallardo, dotado de ingente poder; y hete ahora / que me viene a privar de la vista un ruin, un enano, / hombrecillo sin fuerzas, después de vencerme con vino»47. Sin astucia, el ser humano no podría sobrevivir en un mundo de gigantes, salvajes y crueles. La supervivencia del hombre se debe a la capacidad de construir un mundo a través de la palabra, como fundamento de la ley, en la cual poder relacionarse con justicia entre el resto de los hombres. ¿Cuál es el problema tras haber vencido a Polifemo? La soberbia del hombre. Ulises exultante ante el derrotado cíclope, partiendo en su nave, enfurece al monstruo, le desvela quién es y expresa el deseo de que sea privado de alma y vida en el Hades. Polifemo, recordando el presagio de Eurímida Télemo, lanza varias piedras al mar que provocan un fuerte oleaje, con el que casi hace perecer a toda la tropa, y clama a su padre Poseidón una plegaria, pidiendo venganza: 45Ibidem, 408. 46 Jean Pierre Vernant aprecia la interesante diferencia entre la palabra «Utis» en griego, que significa «Nadie», y el juego de palabras que existe entre Ulises y Polifemo, con la sutil diferencia de pronunciación con la palabra «mêtis», que significa «astucia». Ver en El universo, los dioses... op. cit., pág. 110-111. 48Ibidem, 530-535. 22 haz te ruego, que Ulises, aquel destructor de ciudades / que nació en Laertes y en Ítaca tiene sus casas, / no retorne a su hogar; y si está decretado que un día / vuelva a ver a los suyos, su buena mansión y su patria, / que sea tarde, en desdicha, con muerte de todos sus hombres, / sobre nave extranjera; y encuéntrese allí nuevos males.48 ¿De ser más prudente y humilde, Ulises habría llegado a Ítaca después de la victoria contra Polifemo, en poco más de quince días? ¿La maldición del Polifemo iracundo podría haberse evitado? No podemos saberlo jamás, pero sí que podemos advertir que lo que siglos después reconoceremos como los siete pecados capitales son la perdición del hombre: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza, que solo la fuerza de voluntad y la prudencia, puede superarlos, a través de sus contrarios, con las virtudes que, parejas y en orden, los vencen: humildad, generosidad, castidad, templanza, justicia, caridad y fortaleza. Estos pecados y las virtudes que los doblegan, los vemos aparecer en la Ilíada como causantes de la prolongada guerra troyana, simbolizando la soberbia el defecto más común en los héroes y líderes, como sucederá con Agamenón, cuando impone a Aquiles entregarle a Briseida, que ocasionará la ira de Aquiles, por la que la guerra se prolongará más en el tiempo; y, con ello, los caídos en ella y la desesperación de los bandos sumidos en una interminable contienda. Homero nos muestra, por tanto, cómo de no controlar nuestras pasiones y pecados (que diríamos hoy), de no actuar con el virtuosismo de la templanza y rectitud, el hombre puede, en un instante, perder los preciados años dorados de la vida. La soberbia de Ulises desata, en consecuencia, la furia de Polifemo. Tienen, pues, estas epopeyas un fuerte mensaje pedagógico para los jóvenes que han de emprender el destino de su heroicidad, intentando, a través de ellas, evitar los errores de otros, aprendiendo en cabeza ajena; que es, en gran medida, el origen y sentido de las historias que ahora en letra, otrora en voz del aedo, han formado parte del imaginario colectivo. Es por eso que, en la siguiente aventura que el destino le depara, Ulises, a costa de sangre y lágrimas, empieza a mostrarse como un héroe prudente. En el episodio de la Isla de Eolia, será huésped durante un mes de Hipódata Eolo, quien a su partida apresa, en un odre fabricado por él, todos los vientos mugientes, atando dicho odre con un hilo de plata, dejando solo fuera de éste al céfiro. Si bien en este canto X, se muestra la jerarquía entre 54Ibidem ,124. 23 la tropa: por un lado, la prudencia del jefe, y, por otro, las bajas pasiones del resto de los hombres, en los cuales la envidia desata los vientos apresados por Eolo. Después de diez días navegando, avistando ya «los campos paternos»49 y «las hogueras que en ellos hacían»50, mientras Ulises cansado cae rendido al sueño, uno de los hombres propone desatar el odre, porque sospecha, lleno de envidia, que guarda oro y plata. Como dice Ulises, «el mal acabó por imponerse»51: al desatar el odre, la furia de los vientos les arrastró al mar, mientras avistaban nuevamente la patria querida, «sumidos en llanto»52. En ese momento, Ulises preso del desánimo, medita si dejarse morir tirándose al agua, pero decide mantenerse en el bajel junto con su gente que gemía. Regresan de nuevo a la isla de Eolia, pero su rey ya no quiere ayudarlos, porque interpreta que están malditos y que los dioses les aborrecen. De nuevo, la vuelta a casa que era un sueño posible, gracias a que Eolo y sus hombres lo habían dispuesto todo para que así fuera, se torna en imposible. A la pregunta que le formula Eolo a Ulises cuando sorpresivamente lo vuelve a ver: «¿Por qué vuelves, Ulises?»53, podemos responder, sin temor a equivocarnos, que vuelven al punto de partida por la propia condición del hombre: la envidia, que hace perderse en la nada, por el deseo de poseer lo ajeno. Por esta razón, volvieron al mar, y al séptimo día avistaron la tierra de los lestrigones, distinguiendo el castillo de Lamo y Telépito. Ulises cada vez más prudente, decide amarrar su negro navío en la parte exterior, y no dentro del puerto como los demás. Así mismo, prevenido por las anteriores experiencias, manda a dos de sus hombres con un heraldo, a investigar la tierra, para saber quién era el señor que mandaba sobre ella. Resultó ser Antífate el grande, otra especie de Polifemo, que devoró a uno de los hombres enviados por Ulises, mientras los otros dos lograron escapar hacia las naves. El desenlace de esta aventura se saldó con la muerte de muchos hombres, arrasados por los pedrejones que les lanzaban los lestrigones a las naves, haciendo estallar sus quillas, para ser después «ensartados a modo de peces»54 y ser comidos en su festín. 49Ibidem, X, 29. 50Ibidem, 30. 51Ibidem, 46. 52Ibidem, 49. 53Ibidem, 64. 55Ibidem, 136. 24 De nuevo, en esta aventura se vuelve a subrayar la importancia de las leyes, el privilegio de gozar de la hospitalidad en condición de extranjero, y de cómo los salvajes no tienen respeto a los dioses. Se muestra, por tanto, cada vez con más nitidez la condición del hombre homérico. El mal en el hombre nace de sus excesos pasionales, la envidia, la soberbia, la codicia..., pero, a diferencia de los lestrigones, los lotófagos o los cíclopes, el hombre homérico no ejerce el mal al otro por el mal, pese a que sus pasiones son desencadenantes del infortunio y la tragedia. Pues recordemos que incluso la causa de la guerra de Troya en Homero se debe a un rapto divino por cumplir la promesa que la diosa Afrodita le hace a Paris. La sexta aventura será la famosa llegada a la isla de Eea, habitada por Circe, «potente deidad de habla humana»55. Después de dos días estando en la playa, al tercero pudo Ulises cazar un ciervo y celebrar un banquete, antes de ir hacia el castillo de Circe. En esta ocasión, presos de la angustia, sus hombres, recordando el episodio de los lestrigones, deciden echar a suertes, repartidos en dos tropas, capitaneadas una por Ulises y la otra Euríloco, para saber cuál de las dos se aproximará al castillo. Una evidencia de cómo, en la complejidad de la circunstancia y ante los peligros, la sociedad se sofistica, de manera que el caudillo Ulises, para ser legítimo ante sus hombres, no solo le sirve la autoridad de rey ante los demás, sino que ha de igualarse a ellos, y someterse al mismo azar que todos. Finalmente, por azar, la tropa de Euríloco sale elegida para encaminarse hacia el castillo. Una vez ahí, la tropa entra al castillo invitada por Circe, pero Euríloco desconfiado se queda fuera. Nuevamente la prudencia del hombre, salvará la vida del resto. Circe ofrece un banquete a los guerreros, y les da de beber un brebaje que tiene el mismo efecto que el loto: olvidar la patria. De pronto, aprovechando la amnesia de los hombres, con el toque mágico de una vara, Circe los convierte en cerdos. Horrorizado Euríloco marcha hacia Ulises para relatarle lo ocurrido, y le pide huir, dejar al resto de los hombres e intentar salvarse de la ruina. Sin embargo, Ulises es un héroe, y un héroe nunca deja atrás el deber por el peligro que supone enfrentarse a ello. Por lo que emprende solo el camino hacia el castillo, cuando Hermes sale a su encuentro. ¿Es Ulises, por tanto, un desdichado, un maldecido de los dioses, según interpretó Eolo? Si ya después del episodio de los vientos, Ulises manifiesta que algún dios les ayuda a entrar en otros puertos, la aparición de Hermes 31 momento de la revelación de la identidad del huésped y, con ello, el relato de sus largas vivencias hasta llegar a su reino, a quien finalmente les suplica que le ayuden a llegar hasta su tierra paterna. Así lo harán. Alcínoo y Areta disponen todo para que el regreso de Ulises sea posible y alcance Ítaca con regalos y dones. Celebrarán una ofrenda a Zeus, una libación y un banquete, antes de partir. Cuando partan con la nave, cortando las olas hacia Ítaca, el varón que «en su alma llevaba las huellas de mil pesadumbres / padecidas en guerras y embates del fiero oleaje, / mas que entonces, de todo olvidado, dormía dulcemente»75. He ahí la grandeza de Ulises, espejo de fortaleza: el olvido del sufrimiento, que no hace de él una víctima, sino un héroe. La decimotercera y última estación es Ítaca, por fin, Ítaca. La tierra prometida para Ulises, por la que todos los sufrimientos cobrarán sentido. Cuando acompañamos al héroe a su llegada, sentimos junto a él el alivio de la tierra y llegamos a olvidar también todas las peripecias que ha tenido que ir superando en los diez años de naufragio. Tenemos frente a nosotros el horizonte del idilio, por el que todavía tendrá que luchar para conseguirlo, porque su tierra paterna, en el tiempo de su ausencia, se ha convertido en un lugar hostil para él y su familia. Las palabras de Tiresias en Cimeria, advirtiendo de la situación en la que se encontraba Penélope y su hacienda, son ahora la realidad que tendrá que vengar Ulises. Por eso, al llegar a Ítaca, Atenea, su diosa protectora, cubrirá con una nube a Ulises al despertar, para que nadie lo pueda reconocer y éste pueda vengar «las infamias de aquellos / pretendientes»76. A partir de ese momento hasta culminar con la venganza, Ulises será el arquetipo clásico por excelencia de la paciencia y la astucia. Atenea se transfigura en un pastor, y al verlo Ulises pregunta en qué tierra está. «¡Es Ítaca!»77, responde el pastor. En ese momento, lo esperable sería que el ansia por alcanzar su hacienda, fundirse en un abrazo con su amada Penélope..., se apoderase de él. Pero Ulises experimentado, prudente, insiste: «Dime / si en verdad he llegado a la patria querida»78. Atenea no puede resistirse y le contesta: «siempre tú con la misma cautela en el alma»79. Es la cautela, en definitiva, la prudencia, lo que le ha mantenido vivo y le ha llevado a su patria. Atenea le desvela que le va a prestar la ayuda que necesita en la restauración del orden perdido. El mensaje es claro: 75 Ibidem, XIII, 90-92. 76 Ibidem, XXIII, 193-194. 77 Ibidem, 248. 78 Ibidem, 327-328. 79 Ibidem, 330. 32 los dioses siempre ayudan a los héroes que han demostrado su condición de excelsa humanidad. Por eso, Atenea le dice: no te puedo dejar entregado a tus males, que eres / avispado de mente y cumplido en tu palabra y prudencia. / Cualquier otro varón que errabundo tuviera este gozo / del regreso, corriera al hogar para ver a los suyos; pero tú ni preguntas ni quieres noticias; prefieres / por ti mismo probar a tu esposa.80 Ítaca se vuelve, en ese momento, en el limbo de Ulises. Si logra vencer a los pretendientes, recuperar a su esposa, Ítaca se convertirá en el paraíso perdido y recuperado. Si no, Ítaca será solo la ensoñación de un idilio que habrá alimentado su espíritu para luchar contra viento y marea hasta llegar a casa, pero se tornará en un infierno. La transfiguración de Ulises en un anciano y su victoria frente a la ignominia, como decíamos, simboliza en sí su resurrección. Sin duda, cielo, infierno y resurrección son conceptos nuestros, cristianos, que antes de Cristo nada significan, pero, sin duda, están latentes, porque la metáfora, al fin, es eso, imagen tras imagen de una misma idea, que es, en definitiva, el recuperar en la conciencia perdida, el seno del que nacimos y que ha dejado una huella umbilical en nuestro espíritu. La anagnórisis de Ulises sostiene la identidad del héroe, que, por su cicatriz, manejo del arco y la intimidad de los esposos con el lecho fijo que el mismo construyó como símbolo del amor firme entre ambos, condensan la prudencia y fortaleza del héroe. Los padres y los hijos, sumidos en un llanto dolorido por el tiempo de la usencia, ya entre Laertes y Ulises, ya entre éste y Telémaco; el íntimo encuentro entre Penélope y el esposo, en el canto XIX, quien estremecido por la pena y los gemidos de amada permanece aun impertérrito para lograr precisamente volver a tenerla en sus brazos... Ese regresar, en definitiva, ese sentirse en casa, es la paz y el sosiego, la plenitud de una vida entregada al honor y a la dignidad, por lo cual la vida de un guerrero homérico, representado en las trece estaciones de Ulises, cobran sentido. En definitiva, Ulises no alcanza la gloria en la dura batalla con la muerte. El héroe, en esta ocasión, alcanza una gloria en la que su condición le hace semejante a los dioses pues, tras un largo vagar, regresa al paraíso de su morada en el Olimpo, que es para el mortal la ensoñación real de Ítaca. 80 Ibidem, 331-336. 33 4. EL HORIZONTE HUMANÍSTICO: INGENIO, LIBRE ALBEDRÍO Y JUSTICIA Tal y como venimos exponiendo, el mundo homérico significó la eclosión de la civilización de Occidente, que forjó las bases de una sociedad compleja sustentada en un sistema de valores definidos, cuyas raíces estaban asentadas en la familia. La primera sociedad reconocida es, por tanto, la familia que, en sintonía con el resto, formaron la gran sociedad que significa un reino y, por ende, el concepto de patria. Sin familia y sin patria, el mundo tradicional se desharía. Ni la guerra troyana ni la odisea de Ulises tendrían sentido, porque no habría nadie a quien defender ni por quién luchar ni motivo por el que volver, y el héroe no habría emergido como arquetipo de conducta ante la desafiante vida que supone reafirmarse en el otro con una identidad definida. De hecho, el amor subyace como leitmotiv en todas las acciones de los héroes, como proclama meditativo Aquiles, tras la embajada enviada por Agamenón, en el canto IX, para que vuelva a la batalla: ¿Por qué hemos de luchar con los troyanos / los argivos? ¿Para qué ha reunido una hueste y la ha traído aquí / el Atrida? ¿Acaso no ha sido por Helena, la de hermosos cabellos? / ¿Es que los únicos de los míseros humanos que aman a sus esposas / son los Atridas? Porque todo hombre que es prudente y juicioso / ama y cuida a la suya, como también yo amaba a ésta [Briseida] / de corazón, aunque fuera prenda adquirida con la lanza.81 Si bien, para que todo eso pudiera darse, el ser humano necesitó un desarrollo espiritual muy complejo que lo situara en el mundo con plena conciencia de sí mismo. Esa conciencia pasa por reconocerse efímero, débil, frágil, aun ante las epopeyas heroicas que un hombre pueda emprender. He ahí la madurez de la conciencia, que queda expresada a través de Ulises tras su naufragio, en el banquete con los pretendientes, reproducido a continuación, pues condensa lo aquí expuesto sobre el sentido de humildad, piedad y justicia, enmarcado en, como veremos, un orden divino: 81 Ilíada, IX, 337-343. 34 Ningún ser más endeble que el hombre sustenta la tierra / entre todos aquellos que en ella respiran y andan, / nunca piensa que va a sufrir mal mientras le hacen los dioses / prosperar y sus pies le mantienen erguido, mas cuando / las deidades de vida feliz le decretan desdichas, / mal de grado inclina ante ellas con alma paciente; / el talante del hombre que pisa la tierra se ajusta / con la suerte del día que el padre de los dioses y humanos / va mandando: yo pude también ser dichoso en el mundo, mas me di a hacer locuras fiando en mi fuerza, en mis bríos, / en la ayuda y poder de mis padres y hermanos. Por ello / nunca debe un mortal practicar la injusticia; / recoja silencioso los dones que el cielo le dé (...).82 La base para el desarrollo de una sociedad en el tiempo es el sentido de justicia. ¿Dónde emana nuestro principio de justicia? Nuestro principio de justicia emana de un sistema divino que ordena y rige el cosmos. Antes de aparecer Jesús de Galilea y la gran conversión, el mundo grecolatino estaba inspirado por una estirpe de dioses de origen mitológico, cuyo cetro lo ostentaba Zeus83. Por lo que, pese a haber más seres con naturaleza divina, uno de ellos jerarquizaba el poder supremo. Esto es clave, porque aquí se define la sociedad tradicional. ¿Quién es el caudillo de los dioses? El que por méritos propios ha logrado tomar el poder y mantenerlo, pero de una manera más sofisticada que solo el uso de la fuerza. El poder de Zeus en el Olimpo se mantiene sobretodo gracias a dos virtudes: la inteligencia y la prudencia. El temor, que inspira la ira de los dioses grecolatinos que forman ellos mismos una sociedad con las miserias de las pasiones (envidia, soberbia, etc.), tiene, como contrapunto, un líder justo que, en última instancia, aplicará la justicia universal. El temor que influye Zeus, por tanto, es distinto al de los otros dioses. Zeus con su sentido divino de justicia invita a mejorar y a superar las pasiones de la condición humana, a fin de convertirse en un ser virtuoso. De la misma manera, la sociedad homérica proyecta la necesidad de ser agradecido «con los dones que el cielo dé», apreciar y tener ingenio, es decir, ser inteligente, relegando la fuerza bruta a un plano menor, para convertir la inteligencia en una virtud ensalzada, puramente humana, entendiéndola como la capacidad de elegir y, por tanto, de sopesar. 82 Odisea, XVIII, 130-142. 83 Jean-Pierre Vernant, «Guerra de los dioses, soberanía de Zeus», en El Universo, los dioses, ... op. cit., págs. 27-60. 35 Por ello, la estrecha relación con la balanza a la que siempre se ha vinculado la justicia. Pues el desarrollo de las leyes y el sentido de justicia es consecuencia directa de la inteligencia del hombre, la conciencia de sí mismo, el sentido del libre albedrío y sus creencias divinas. Los versos iniciales del canto I de la Odisea proclama el sentido de la dicha y desdicha en la vida del hombre, siendo Ulises el protagonista de unas peripecias desencadenadas por las locuras de estos y no al capricho de los dioses: Musa, dime del hábil varón que, en su largo extravío, / tras haber arrasado el alcázar sagrado de Troya, conoció las ciudades y el genio de innúmeras gentes. / Muchos males pasó por las rutas marinas luchando / por sí mismo y su vida y la vuelta al hogar de sus hombres, / pero a éstos no pudo salvarlos con todo su empeño, / que en las propias locuras hallaron la muerte. ¡Insensatos!84. Un poco más adelante, se volverá a insistir en la locura como el motivo de los males del hombre, esta vez en boca de Zeus: Es de ver cómo inculpan los hombres sin tregua a los dioses / achacándonos todos sus males. Y son ellos mismos los que traen por sus propias locuras su exceso de penas.85 La locura ha de entenderse precisamente como la privación del juicio, o sea, del no uso de la razón. Es decir, la locura, y no la intercesión divina, es la razón de las penas de los hombres, viene a proclamar Zeus. En este sentido, pese a la existencia de una estirpe de seres divinos capaces de influir en la vida de los hombres, en la Odisea se sostiene que el motivo del naufragio de la tropa de Ulises se debe a las propias decisiones que tomaron, y las trece peripecias que relata el aedo tratan de sostener tal afirmación. Esta proclamación es importantísima porque, en este preciso momento, el hombre se hace responsable de sus actos. Al ser responsable de sus actos, el ser humano puede prometer, o sea, decir o hacer algo a otro; incluso en el voto a una divinidad, puesto que, en la promesa votiva, la persona se está ofreciendo a hacer algo en su libre ejercicio de su voluntad. 84 Odisea, I, 1-7. 85 Ibidem, 32-34. 36 El hombre que promete y se compromete a cumplir su palabra, lo hace por medio del juramento. El juramento es el nacimiento del protoestado de derecho, en el cual los dioses son testigos y median entre las promesas de los hombres. Pues el juramento, en la cual se expresa la voluntad del que promete, es un rito sagrado, cuyo incumplimiento no solo es faltar a la palabra y, por tanto, un deshonor, sino que su incumplimiento es una profanación. Por ende, Aquiles rechaza la embajada de Agamenón en el que le ruega que vuelva al combate, puesto que para Aquiles la palabra de Agamenón ha perdido su seriedad, es decir, su compromiso sacral. En el canto IX, Aquiles expresa a Ulises, a Ayante y al resto, su negativa a las súplicas: No colaboraré con él ni en tramar planes ni en otra empresa: / ya me ha engañado y ofendido una vez; otra más ya no podría / embaucarme con palabras. ¡Harto es para él! Váyase tranquilo / en hora mala. El providente Zeus le ha quitado el juicio. / Odiosos me son sus regalos y los aprecio como un ardite.86 La palabra de Agamenón para Aquiles ha dejado de significar, ya que, al faltar a ella, ya no vale nada. Porque la palabra en el juramento se vuelve sagrada. ¿En qué manera? El juramento (‘iuramentum’) es un ‘votum’, es decir, una ‘promesa hecha a un dios’87. Cuando se jura, el compromiso o la afirmación es pura verdad, y quien jura, a través de su palabra, se funde con el poder del dios a quien se pone de testigo, como sucede en el combate cuerpo a cuerpo entre un aqueo y un troyano con el propósito de poner fin a la guerra de Troya, donde ambos bandos repetían: ¡Zeus gloriosísimo y excelso, y demás dioses inmortales! / Que al primero de los dos pueblos que viole los juramentos / le fluya a tierra, igual que este vino, los sesos propios / y los de sus hijos, y que sus esposas sean sometidas a extraños.88 De esta manera, el juramento se vincula a las plegarias para que los dioses sean favorables, como a continuación, también los dos bandos imploran: ¡Zeus padre, regidor del Ida, gloriosísimo y excelso! / El que de los dos causó estas desgracias a ambos bandos / concédeme que perezca y se 86 Ilíada, IX, 374-378. 87 Cf. Diccionario Real Academia Española (RAE). 88 Ilíada, III, 298-301. 37 sumerja en la morada de Hades, / y entre nosotros haya amistad y leales juramentos.89 De manera, que el horizonte humanista está forjado en la creencia y presencia de la divinidad en los juramentos, en el sentido del libre albedrío, sin el cual, como dice Tomás de Aquino, no hay juicio, porque si no hay libertad solo hay coacción, y, por tanto, para que sea posible el juicio de la razón debe existir libertad que guíe la inteligencia. Todo esto hace que la naturaleza del hombre participe de la divinidad, y que su condición humana sea traspasada por un halo divino. De las siguientes palabras pronunciadas por Aquiles en el largo parlamento antes citado, se puede desprender cómo la vida humana es diferente a todo lo demás: «Se pueden ganar con pillaje bueyes y cebado ganado / se pueden adquirir trípodes y bayas cabezas de caballos; / mas la vida humana ni está sujeta a pillaje para que vuelva / ni se puede recuperar cuando traspasa el cerco de los dientes»90. En resumen, la divinidad infunde justicia en el hombre. Como señala el profesor Antonio Andújar Hermosilla, «Al hablar de justicia en el mundo humano habremos de empezar por el mundo divino dado que promana de él, explicitando el porqué y el cómo del orden en dicho mundo antes de observar sus efectos sobre los hombres»91. Su ausencia puede conducirnos a la deshumanización. En un preludio de ius in bello, el enfrentamiento de Aquiles contra Héctor, se convierte, precisamente por ello, como apunta Andújar Hermosa, «en una guerra contra la cultura, contra la humanidad»92. El mismo Aquiles, antes justo y meditativo, debido a su irascibilidad, ha desposeído a Héctor de su condición humana, por lo que «no hay derecho ni justicia que valga, sino que el fuerte manda y el débil obedece»93. En este momento, encolerizado Aquiles no puede ser justo, porque está despojado de la razón, y solo domina en él la fuerza, de ahí la importancia de la prudencia, como virtud excelsa entorno a la cual gravitan el resto. La pérdida de la prudencia en el corazón de la persona es consecuencia atroz para la condición humana, porque al desposeerse de ella, Aquiles también se desvirtúa, se desdiviniza. En palabras de Andújar Hermosa, 89 Ibidem, 320-322. 90 Ibidem, IX, 406-409. 91 Antonio Hermosa, El hombre tras los hechos... op. cit., pág. 24. 92 Ibidem, pág. 64. 93 Idem. 38 este acto absoluto, en el que se renuncia a la condición humana y se saca de la misma −por la fuerza de la locura y por la locura de la fuerza− a los dos individuos antaño miembros de ella, es así mismo y en consecuencia, un absoluto acto de impiedad, porque deja a los dioses solos, encerrados en su olimpo, aislados de los hombres, en cuanto a un mundo sin hombres ya no requieren juramentos, ni testigos ni garantías de promesas.94 De esta manera, puede entenderse el contraste severo entre la actitud de Héctor y Aquiles en el enfrentamiento final que pondrá fin al relato de la Ilíada con la muerte de Héctor. Héctor, antes del cuerpo a cuerpo, cuando estaban «avanzando el uno contra a otro»95 se dirige a Aquiles con estas palabras: Mas, ea, intercambiémonos las garantías de los dioses: ellos / serán los mejores testigos y custodios de nuestros convenios. / Yo no ultrajaré tu terrorífica persona en caso de que Zeus / me conceda la fortaleza y yo logre quitarte la vida, / sino que, tras despojarte de tus ilustres armas, Aquiles, / devolveré tu cadáver a los aqueos. Haz tú también lo mismo.96 Sin embargo, Aquiles es incapaz de establecer ningún pacto con su enemigo, porque, como a continuación veremos, no se considera de la misma naturaleza que Héctor, él ha deshumanizado a Héctor y, en ese proceso, también se ha deshumanizado así mismo: ¡Héctor! ¡No me hables, maldito, de pactos! / Igual que no hay juramentos leales entre hombres y leones / y tampoco existe concordia entre lobos y los corderos, / porque son encarnizados enemigos naturales los unos de otros, / así tampoco es posible que tú y yo seamos amigos, ni habrá / juramentos entre ambos, hasta que al menos uno de los dos caiga / y sacie la sangre a Ares, guerrero del escudo de bovina piel.97 De esta manera, cuando el ser humano es capaz del extrañamiento radical para con un igual, hasta el punto de no reconocer al otro como ser humano, la crueldad es sinónimo de inhumanidad, de impiedad. Es decir, por un lado, se niega la condición humana, lo que supone la anulación y desprecio de todo código de valores socioculturales; y, por otro lado, la virtud que inspira, por el temor y amor a los dioses, la compasión hacia el otro se 94 Idem. 95 Ilíada, XXII, 248. 96 Ibidem, 254-259. 97 Ibidem, 261-267. 39 desvanece. Por lo que se produce un proceso orgánico: la desdivinización del hombre. Ante esta actitud el horizonte humano es trágico e infausto. Porque conlleva a la aniquilación de su condición humana. Si bien, no de su naturaleza. Por lo que las pasiones desbocadas, a través de un ser dotado de inteligencia, producen los actos más aberrantes y perversos. De manera que, si el ingenio orientado en libertad, por el sentido divino de justicia, provee el desarrollo del ser hasta consolidar un sistema de valores culturales, a través del cual se alcanzó un humanismo del que hoy nos hacemos eco; la negación de estas mismas propiedades desemboca en la nihilidad, otra fuerza creadora, sin duda, pero cuyos frutos son deshumanos, porque niegan todo principio emanante de la condición humana, como es lo político, lo religioso y lo social, que sostiene la preservación de la dignidad humana. Frente al resto de las especies, el ser humano se siente capaz de arrebatar la vida a otro, ya no por una necesidad primaria o bestial, como es alimentarse con la carne de otro, sino por una necesidad espiritual de venganza. El propio Aquiles, que ha sido alimentado por Zeus con ambrosía y néctar destilada sobre su pecho, porque en el duelo era incapaz de comer, sin embargo, en el combate amenaza a Héctor con devorarlo: «No implores, perro, invocando mis rodillas y a mis padres. / ¡Ojalá que a mí mismo el furor y el ánimo me indujeran / a despedazarte y a comer cruda tu carne por tus fechorías»98. La amenaza deshumanizadora de Aquiles atenta contra la espiritualidad de Héctor. Su radicalidad nos señala a todos, sin que los siglos hayan alterado el peligro que tiene desposeer y desposeerse de la condición humana. Pues, como advierte Andújar Hermosa, «ese deseo ciego es la imagen viva y brutal del sepulcro que alberga las cenizas civilizatorias de la humanidad»99. La inminente muerte de Héctor no requiere de garantías divinas, según Ulises. Porque para Ulises Héctor ya no existe como hombre. Ha dejado de existir. El primer paso para que el hombre pueda desnaturalizarse, es, como venimos diciendo, desdivinizarse. El hombre que no requiere del sentido de divino para orientar su condición y situarse en el mundo, puede considerar su naturaleza como algo indefinido y, por tanto, superable. Esto es muy importante: no estamos hablando de un hombre que se supera a sí mismo, en cuanto a su voluntad, sino un hombre que, por su voluntad, supera su naturaleza. La contradicción es tremenda. Desgraciadamente, la manifestación de esta 98 Ibidem, 345-347. 99 Antonio Hermosa, El hombre tras los hechos... op. cit., pág. 65. 100 Ilíada, XXIV , 756. 101 Ibidem, 773-775. 40 actitud vital es hoy una corriente de pensamiento amenazante. El hombre que niega el alma y el espíritu, cambia y recambia su ‘carne’, implanta en ella una tecnología, para que lo efímero de su cuerpo no condicione su anhelo de convertirse en un ser eterno. Cree que la eternidad es solo una limitación de su efímera naturaleza superable, como defiende el transhumanismo. En esa situación, ¿la condición humana cambia? ¿Es el hombre el que aspira a ser Dios? No parece posible. Sencillamente, deja de existir el hombre en el hombre transhumano, porque deja de dominar su voluntad, subyugado a la tecnología cibernética, donde la automatización controla su ser. He ahí la trampa de la lógica transhumanista. En esta situación, la condición humana se vuelve metal, hierro, porque la naturaleza humana se torna robótica, deja de ser absolutamente efímera, porque se vuelve recambiable. La gran esperanza es que la condición del hombre solo desaparece en el hombre que se transforma en hombre-máquina, si bien, no afecta a quien preserva su natura. No es una transformación como especie, tal y como nos intentan hacer ver, si no que es un cambio individual, pues, desprovista de la tecnología, la naturaleza humana recupera su primigenia ancestral y, se medite o no sobre ello, sigue atravesado por su alfa y omega, como indicábamos al principio de este ensayo. El problema de nuestro tiempo, es haber vuelto la espalda a Héctor y Príamo, y entronizar la fuerza arrolladora de la ira de Aquiles, que aniquila de la existencia lo que no tolera por su odio colérico. Cuando si, por el contrario, hacemos una lectura en conjunto de la obra homérica, la ira deshumanizadora y desdivinizadora es totalmente censurada porque, sin prudencia, la sociedad no puede sustentarse en la ley porque, como venimos diciendo, no hay juicio. Esta censura la encontramos en la Ilíada en la reacción de la muerte de Héctor. He ahí el desconsuelo de su esposa Andrómaca, quien asume el fin de la libertad de su pueblo. He ahí el llanto de su madre Hécuba, que proclama la absurdidad de la crueldad, porque la muerte de su hijo no ha resucitado a Patroclo: «Patroclo, a quien tú mataste; pero ni así lo ha resucitado [Aquiles]»100. He ahí el lamento de Helena, pues Héctor fue siempre justo con ella, «Por eso con el corazón apenado te lloro y a mí también, / desgraciada. Ya no tengo en la ancha Troya a ningún otro / que sea benigno y amistoso; todos se horrorizan ante mí»101. Y, sobre todo, en la ya mencionada actitud de Príamo, quien logra desde la política de la piedad y la justicia, ablandar el corazón de piedra de Aquiles, interviniendo 47 exquisita civilización de Occidente, por unas categorías vacías e inmaduras, en las que subyace un infantilismo tal, que les aterra meditar sobre la finitud de la vida, porque no entienden el sentido de generación, donde antepasados y descendientes se funden en el mimbre de los tiempos. Si algo podemos destacar de todos los personajes que animan estas dos colosales epopeyas de la literatura universal, es el ansia de memoria que emanan en todas sus acciones, en la suprema conciencia del pasado y del futuro que anima las acciones presentes, en ese halo de heroicidad que trasciende el mito, y que ha insuflado, en su condición de clásicos de la literatura, coraje y valentía en millones de corazones que han vibrado conociendo estos relatos. Al mismo tiempo, hemos podido sugerir que entre la Ilíada a la Odisea hay un salto de gigantes en la conciencia del ser que emerge. Así Ulises se nos presenta como un nuevo arquetipo de guerrero frente a Aquiles. Es por eso que ambas parecen ser la cara y el envés de una misma moneda, estampadas tiempo mediante. Si en la Ilíada y en la Odisea dominan la vanagloria y la envidia respectivamente, como perdición del tiempo; en aquella el honor y en ésta la prudencia restauran el tiempo perdido. En la Ilíada, el impulso que siente el hombre frente a la vida es el de morir por la patria, por ser leal a un juramento político... En la Odisea, es el hombre frente a la muerte lo que le lleva mantenerse con vida por llegar a la patria, y por ser leal al juramento íntimo del amor. Pero en ambas epopeyas, se presiente la necesidad de superar los defectos de la condición humana. La Ilíada termina con el llanto desesperado de Andrómaca y de Helena, y las exequias del valiente Héctor que lucha en defensa de Troya, cuando, sin embargo, no ha sido él la causa del rapto de Helena y la muerte de Patroclo es una muerte justa dentro del marco de la guerra. Es esto lo que convierte a Héctor en el personaje central en la trama, pese a que Aquiles sea el protagonista. La Odisea culmina con el idilio de Ulises, guerrero que con su inteligencia logrará poner término a la guerra de Troya, sobrevivir al periplo de los diez años de náufrago errante y reconquistar la Ítaca perdida. En definitiva, el ser humano, por sus propias características inherentes a su naturaleza, como son el ingenio, el libre albedrío y la justicia, ha sido capaz de edificar un monumento colosal con el paso de los siglos, que hemos venido llamando civilización occidental, la cual contemplamos y disfrutamos a día de hoy, pese a cada vez con mayor perplejidad, siendo, a veces, muy difícil reconocernos como dignos herederos de ella, pues nuestra 48 sociedad está perdiendo el sentido de los valores y los principios que la erigieron, entre los cuales está honrar a nuestros difuntos. El sentido tradicional que envolvía a las exequias está empezando a diluirse en una sociedad que desprecia a sus ancestros porque el paradigma tradicional que mencionábamos, cuyos ejes son la muerte y la divinidad, se está tambaleando por un nihilismo radical, como son las corrientes transhumanistas. El Occidente grecolatino sobrevivió a un cambio epistemológico hace ya 2000 años con el advenimiento de Jesucristo y el florecimiento del cristianismo, pues, como hemos intentado demostrar, los diferentes sentidos que el hombre da a lo largo de la historia a la gloria y la muerte, no derrumban los pilares de la civilización, si no se niegan estos principios. La doctrina cristiana es una magnífica comprensión de la condición humana, condensada en los siete pecados capitales y las virtudes así mismo que los vencen. La definición de los siete pecados inherentes a nuestra condición humana, así como la reivindicación de las virtudes que están presentes en nosotros, como antídoto divino, por nuestro privilegio de ser hijos de Dios, fue una revelación para aprender a dominar nuestra naturaleza, a través del control de nuestra voluntad. De la misma manera que los doce mandamientos cristianos son una hoja de ruta para vivir en sociedad y fraternidad, con el objetivo de procurar la paz entre nosotros. En palabras de San Agustín, «conócete, acéptate, supérate», que vemos en el viaje que afrontará Ulises. La sociedad grecolatina reflejada en Homero es una sociedad irascible, violenta, guerrera, en la que, a su vez, está emergiendo el sentido de civilización, pues está proyectando, en el futuro y en el respeto a sus antepasados, un sentido de justicia universal y dignidad humana. El sentido de justicia universal se refiere a que todos, independientemente de su jerarquía social, están sujetos a ella. De ahí que sea posible establecer la ley de la hospitalidad entre reinos lejanos y desconocidos, que acoge a las personas desconociendo su origen y su cuna, asunto resaltado en la Odisea, cuando Ulises y su tropa se adentrarán durante nueve años en un mundo ajeno al humano. En cuanto a la dignidad humana, se manifiesta superlativamente en la meditación sobre la muerte, en el respeto al difunto y sus ritos funerarios. El hombre en el sentido de justicia que ha desarrollado, amparado en la divinidad, se ha sentido atravesado por ella; y su condición humana, en cierta manera, se ha divinizado, pues, en sus juramentos, la divinidad le ha trascendido como testigo y medio de ellos. 49 Cuando el ser humano deja de aspirar a la virtuosidad de unos códigos morales fijos y el relativismo moral aflora en su conciencia, el ser humano es capaz de perder la noción de sí mismo. Ulises demuestra, en la forja que ostenta de sus valores, que el dolor, las fatigas y el llanto, no son acicates del desánimo. Ítaca merece la pena cualquier sufrimiento, porque sin ella Ulises es nadie en la vida. He ahí la gran meditación que nos ofrece el ingenioso y paciente héroe, ya citada pero que repetimos, por ser tan necesaria de escuchar en los tiempos venideros, cuando Calipso ofrece, en ese pacto que hoy llamaríamos con el diablo, la inmortalidad si renuncia a su vida, y éste le contesta: No lo lleves a mal, diosa augusta, que yo bien conozco / cuán por bajo de ti la discreta Penélope queda / a la vista en belleza y noble estatura. / Mi esposa es mujer y mortal, mientras tú ni envejeces ni mueres. / Mas con todo yo quiero, y es ansia de todos mis días, / el llegar a mi casa y gozar de la luz del regreso. / Si algún dios me acosare de nuevo en las olas vinosas, / lo sabré soportar; sufridora es el alma que llevo en mi entraña; mil penas y esfuerzos dejé ya arrostrados / en la guerra y el mar: denle colmo esos otros ahora109. 109 Odisea, V, 215-224.