Ida Ramundo Vedova Mancuso, la máscara más apasionante tejida por Elsa Morante
Abstract
El 25 de noviembre de 1985, moría en un hospital de Roma Elsa Morante. Tenía 73 años. Yo estuve en su casa una tarde, invitado por ella a tomar un te con pastas, y hablamos de L’isola di Arturo, de Pasolini y de otras cosas de literatura y de Italia; recuerdo la presencia y el olor ácido a gatos, casi insoportable; ella tenía 56 años, y me pareció una anciana. Sigo creyendo que es la más grande escritora italiana de todos los tiempos. Este pequeño estudio de la protagonista de La Storia quiere ser mi emocionado homenaje en el vigésimo quinto aniversario de su fallecimiento.
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487 Mas igualdad. Redes para la igualdad ‘IDA RAMUNDO VEDOVA MANCUSO’, LA MÁSCARA MÁS APASIONANTE TEJIDA POR ELSA MORANTE Andrés Pociña Universidad de Granada El 25 de noviembre de 1985, moría en un hospital de Roma Elsa Morante. Tenía 73 años. Yo estuve en su casa una tarde, invitado por ella a tomar un te con pastas, y hablamos de L’isola di Arturo, de Pasolini y de otras cosas de literatura y de Italia; recuerdo la presencia y el olor ácido a gatos, casi insoportable; ella tenía 56 años, y me pareció una anciana. Sigo creyendo que es la más grande escritora italiana de todos los tiempos. Este pequeño estudio de la protagonista de La Storia quiere ser mi emocionado homenaje en el vigésimo quinto aniversario de su fallecimiento. I. ¿Otra vez La Storia de Elsa Morante? Es muy probable que pueda parecer sorprendente, tal vez extraño, acaso injustificable, que me presente yo aquí para hablar una vez más, después de tantos años y de tantos estudios, artículos, incluso libros, sobre la más famosa, difundida y polémica novela de Elsa Morante, La Storia, publicada nada menos que en 1974. Por ello, comenzaré explicando las razones fundamentales que me mueven a hacerlo. En primer lugar, aunque no se trate objetivamente del motivo más importante, está el hecho de encontrarnos en un notable aniversario morantiniano. En efecto, el 25 de noviembre de 1985, es decir, hace ahora algo más de veinticinco años, fallecía en un hospital de Roma, donde llevaba muchos meses gravemente enferma, Elsa Morante, tal vez la más grande escritora italiana del siglo XX, y sin lugar a dudas en opinión de quien os habla. Había cumplido los setenta y tres años, una vida bastante larga, llena de experiencias, con el cansancio primero y el agotamiento final de asistir como testigo y como cronista al transcurso de un siglo lleno de horrores. Yo tuve la inmensa fortuna de pasar una tarde en su compañía, en su casa de Roma, en agosto de 1967, cuando hacía diez años de la publicación de L’isola di Arturo, y cuando La Storia sólo era un proyecto. Nunca hasta ahora escribí nada sobre Elsa Morante, pero hoy siento el deber de tributarle este pequeño homenaje conmemorativo. En segundo lugar, porque La Storia es una obra fundamental en la narrativa italiana del siglo XX, según certifica no sólo la desbordante acogida, no exenta de acerbas críticas, de que gozó en el momento de su publicaciónLa StoriaLa Storia . II. El tiempo de La Storia Siendo como es el tiempo un elemento esencial en toda estimación de tipo histórico, comenzaré ofreciendo unas breves reflexiones a propósito del mismo en La Storia de Elsa Morante. Para ello, hemos de partir de la presencia en la novela de dos historias, la Storia, tal como se presenta en el título y en tantos otros lugares de la obra, escrita siempre con mayúscula, porque es considerada como nombre propio, equivalente a la Historia por antonomasia, la Historia de los humanos, de los animales y de las cosas, a lo largo de los tiempos; a su lado, con minúscula, hay una pluralidad de storie, que afectan tan solo a humanos, animales o cosas concretas, en un tiempo determinado. En la novela de Morante queda muy bien delimitado el tiempo de la Storia en general, según vamos a ver; dentro de él, la autora enmarca, con mayor precisión todavía, un tiempo singular, en el que desarrolla con minuciosidad el relato de una historia concreta, la storia de Ida Ramundo, viuda de Mancuso, junto con las personas, los animales, las cosas y los acontecimientos que la rodean. Los tiempos de la Storia, con mayúscula, y de la storia concreta de Ida y sus acompañantes, determinan la organización dada a la novela por Elsa Morante. En efecto, la obra es dividida en nueve capítulos, señalados cada uno de ellos por una fecha, inconcreta para el primero, ... 19**, y el noveno,
488 Congreso Internacional De La Asociacion Universitaria De Estudios De Las Mujeres (Audem) 19**..., y precisa para los otros siete, que corresponden a los años 1941, 1942, 1943, 1944, 1945, 1946 y 1947. En general, cada uno de esos capítulos cronológicamente prefijados, comienza con una especie de acotación escénica, a modo de las antiguas didascalias del teatro clásico, que indica, con letra de cuerpo especialmente reducido, los hechos más sobresalientes por su crueldad, inhumanidad y barbarie, acontecidos en el conjunto de años que abarcan los capítulos primero y último, y el año correspondiente a los siete restantes; después de ese encuadramiento cronológico general, comienza con letra de cuerpo normal el relato novelístico correspondiente a cada capítuloStoria... 1900-1905 Le ultime scoperte scientifiche sulla struttura della materia segnano l’inizio del secolo atomico ... 1967 Tremilaseicentoventuno bombardamenti aerei sul Vietnam in sei mesi, dichiarano gli Stati Uniti.- In Grecia, i militari assumono il potere e sospendono la costituzione. Deportazioni e arresti in massa... StoriaStoria fascismofascismofascismo nazismo sèmpar e departútinissio Storia storiestoria storia storie Un giorno di gennaio dell’anno 1941, un soldato tedesco di passaggio, godendo di un pomeriggio di libertà, si trovava, solo, a girovagare nel quartiere di San Lorenzo, a Roma. Erano circa le due del dopopranzo, e a quell’ora, come d’uso poca gente circolava per le stradestoria Pietoso dramma al quartiere Testaccio – Madre impazzita vegliando il corpo del figlioletto. ... Si è resso necessario abbattere la bestia storia Al colpo che abbatteva la cagna, Iduzza ebbe un breve sussulto del capo: e questo fu, sembra, l’ultimo stimolo a cui la donna reagí, finché rimase viva. La sua esistenza doveva durare ancora piú di nove anni. Nei registri dell’ospedale, dove fu ricoverata quel giorno stesso per non uscirne piú fino all’ultimo, il suo decesso è segnato alla data 11 dicembre 1956. Sembra sia morta per complicazioni polmonari in seguito a un comune attacco di febbre. Aveva 53 anni” (p. 648) III. El escenario: una Roma lastimera Observado ya desde la perspectiva de la storia particular de Ida y sus cointérpretres, el escenario de la novela es Roma, en los tiempos turbulentos y miserables de la dictadura fascista y la ocupación alemana, hasta poco después del final de la guerra (años 1941-1947). Como todo en esta novela, se trata de una Roma por completo desconocida para quienes la hemos vivido y habitado, siquiera haya sido temporalmente, en tiempos de paz y más o menos prosperidad, en su encanto deslumbrante de Ciudad Eterna. La Roma de Ida Ramundo es una urbe inhóspita, inhabitable, acosada por la miseria, el hambre, el miedo, donde aparentemente funciona todo, pero no funciona nada, donde en principio se le asegura a la población que está libre de los bombardeos nazis gracias al acuerdo tácito con el Vaticano y sin embargo asistimos a cada paso al sonido de las alarmas y a bombardeos aéreos. Páginas enteras necesitaría para explicar de qué manera inteligente y sutil Elsa Morante, al narrar las circunstancias de la supervivencia día a día de Ida y los personajes con ella relacionados, va dibujándonos y metiéndonos en nuestras almas y cuerpos esa imagen desoladora de Roma, en la que al final acabamos sintiéndonos aterrorizados. En principio, dentro de la gran extensión que ocupa la Ciudad, Morante va a acotar tres pequeños espacios, ninguno especialmente afortunado, para situar a Ida y a su pequeña familia. El primer domicilio en que la conocemos es un reducido y más que humilde apartamento en el barrio de San Lorenzo, en el que sufre la inesperada visita y violación por parte del joven soldado alemán; allí malvive, gracias a su escaso sueldo de maestra, que no perderá nunca a lo largo de la obra, y con ella vive Nino, el hijo que le ha quedado de su poco duradero matrimonio, y esa mínima familia se verá incrementada por Useppe, el endeble niño resultado de la violación, y el perro Blitz, primero de los tres animales fundamentales en la novela, de los que parece claro que no podré ocuparme en esta ocasiónstoria La Storiastoria L’interno dei carri, scottati dal sole ancora estivo, rintronava sempre di quel vocio incessante. Nel suo disordine, s’accalcavano dei vagiti, degli alterchi, delle salmodie da processione, dei parlottii senza senso, delle voci senili che chiamavano la madre; delle altre che conversavano appartate, quasi cerimoniose, e delle altre che perfino ridacchiavano. E a tratti su tutto questo si levavano dei gridi sterili agghiaccianti; oppure altri, di una fisicità bestiale, esclamanti parole elementari come “bere!” “aria!”. Da uno dei vagoni estremi, sorpassando tutte le altre voci, una donna giovane rompeva a tratti in certe urla convulse e laceranti, tipiche delle doglie del parto (p. 244 s.)I primi a tornare
489 Mas igualdad. Redes para la igualdad furono gli ebrei. Dei 1056 passeggeri del convoglio Roma-Auschwitz, partito dalla Stazione Tiburtina, i sopravvissuti erano 15: tutta gente dell’infima classe povera, come la quasi totalità dei deportati di Roma storia storiastoriaCon quel lunedí di giugno 1947, la povera storia di Iduzza Ramundo era finita IV. La modelación de una máscara literaria eterna: Ida De acuerdo con una formación y unos principios personales de naturaleza feminista, me hubiera gustado referirme constantemente al gran personaje creado por Elsa Morante en La Storia, tan solo por medio del nombre realmente suyo, Ida, o por el diminutivo con que alude a ella algunas veces la propia narradora, Iduzza, o incluso por su nombre y apellido de soltera, a pesar de que subyazga en él la referencia masculina a su padre, Ida Ramundo. Sin embargo, al margen de estas consideraciones, la manera más adecuada de referirse a esta gran creación femenina de Elsa Morante resulta ser, tal como ya he indicado que lo hace la escritora, “Ida Ramundo vedova Mancuso”, porque el personaje se origina, se va perfilando, llega a su modelación total, a partir de la observación y consideración de su relación con el entorno humano, animal y material que la rodea: Ida es hija de, esposa de, viuda de, violada por, ama de, maestra de, víctima de, madre de...; con ese entorno se crea su imagen, y acaba elevándose a la categoría de máscara literaria magistral, clásica y universal, por representar mejor que nadie, en la ideología de Elsa Morante, a todas las gentes de condición humilde e inocente, víctimas de un sistema de opresión llamado fascismo, omnipresente a lo largo de la Historia. Si Elsa Morante pudiese levantar la cabeza, a quienes la acusasen de exagerada por relación al momento presente, podría señalarles sin vacilación más de una docena de gobiernos de ideología y métodos fascistas a lo largo de todos los continentes... 1. Ida es una mujer. Aparentemente, esta afirmación es una simpleza; sin embargo, responde a razones muy profundas. Morante ha elegido una mujer para construir la máscara universal de víctima de la guerra porque sabía muy bien que, si bien en las guerras no hay vencedores ni vencidos, hay siempre una parte perdedora, o, si se prefiere, una parte especialmente perdedora, las mujeres. Colocándola en el tiempo de su storia particular, la novelista centrará su atención en los siete años de la vida de Ida más implicados en un contexto de guerra e inmediata posguerra, 1941-1947, que corresponden también a los últimos de su vida, pues los nueve siguientes, hasta el momento de su muerte física total, serán una mera supervivencia enloquecida, en un hospital siquiátrico. Para la construcción de la mujer-víctima de la guerra Morante recurre a todo tipo de materiales, muy variados, pero incluso repetidos, porque se trata de un edificio que va levantando a lo largo de toda la novela. Uno de tales materiales es el hambre, a la que Ida tiene que enfrentarse durante todo el tiempo que la conocemos, sin interrupción, y no sólo para alimentarse ella, sino sobre todo sus dos hijos, de forma intermitente Nino, de forma constante Useppe, y las dos perras, Blitz en la primera parte, Bella en la última. El hambre es constante, e implica riesgos continuos que no se pueden evitar, como el acudir a lugares peligrosos, por ejemplo la zona del Ghetto hasta su evacuación, en situaciones con frecuencia especialmente difíciles, como durante el embarazo de Ida. Además, el hambre es una tirana que no admite treguas ni disculpas: ella será quien obliga a nuestra mujer, persona de principios estrictos irrenunciables, a una falta muy grave en su opinión, consistente en recoger y apoderarse de un huevo que una gallina ha dejado abandonado en una propiedad privada. El relato, hacia la mitad de la novela, de este asunto no puede ser más conmovedor (p. 331); una emoción que aumenta sensiblemente cuando leemos a punto seguido como se apodera de una pobre lata de carne en un descargo de provisiones, observada por tres personas que la aplauden con su silencio (p. 332); después, somos nosotras y nosotros, los lectores, quienes estamos con ella y con las demás que roban un poco de harina en un camión alemán, sólo vigilado por un soldado que no se atreve a arremeter contra aquellas mujeres hambrientas (p. 334 ss.). Luego, o antes, pero también siempre, está el miedo, el terror, no sólo el normal de todos los habitantes de Roma, cuya presencia se hace real sobre todo con motivo de las alarmas de posibles bombardeos, sino el añadido por su naturaleza semijudía. Pero de este elemento hablaré más adelante. Después, los ultrajes a que se ven sometidos en las guerras los seres en general, pero sobre todo los más débiles. Y ahí se incluye, ¿cómo no?, la violación que sufre Ida nada más comenzar su historia (pp.
490 Congreso Internacional De La Asociacion Universitaria De Estudios De Las Mujeres (Audem) 15-74); una violación peculiar, desde luego sin disculpa como tal violación, pero llevada a término por un joven soldado desorientado, no el típico bestia, al que no condenamos como objetivamente se merecería, porque Elsa Morante no quiso presentar como un repudiable violador al padre de ese ser angelical que será Useppe, ni convertir en un acto sádico su concepción, en la que acaba habiendo claros atisbos de humanidad y dulzura. Es preciso leer toda la historia de la violación con calma y reflexión para establecer cualquier tipo de juicio, y tener siempre presente la infrangible coherencia de la novelista, que imagina al soldado alemán, Gunther de nombre, como una pobre víctima más de una ideología y de una guerra a cuya creación no ha colaborado en absoluto, y de la que será víctima menos de tres días más tarde. El violador de Ida entra, pues, a pesar de su actuación inadmisible, en el inmenso cupo de las pobres gentes, siempre vistas con ojos cariñosos y misericordes, que llenan las páginas de La Storia. A este propósito, conviene señalar por un lado que Ida en ninguna otra ocasión sufrirá acoso, maltrato, abuso o vejación por parte de las personas que la rodean, ni siquiera de muchas, prácticamente desconocidas, que tienen alguna relación puntual con ella, sino al contrario. En esa Humanidad positiva que circula por los entresijos de esta tragedia hay incluso pasajes que llaman la atención, debidos a figuras secundarias tremendamente humanas, como aquellos empleados de la Estación Tiburtina que gritan a la señora hebrea Di Segni que se aleje del tren cargado de judíos antes de que regresen los guardias nazis (“Vada via! Signora! non resti qui! È meglio per lei! Se ne vada subito!”, p. 246); e incluso policías italianos que gritan a Ida que se aleje, con el indudable deseo de salvarla (p. 247). 2. Ida es una mujer viuda. El relato de sus relaciones y de su matrimonio con Alfio Mancuso, un mesinés que acaba en Roma como representante de una empresa, es abordado sin mucha extensión, porque el matrimonio dura poco, al morir Alfio víctima de un cáncer. La relación matrimonial de Ida con Alfio resulta bastante plausible, sobre todo si pensamos que nos encontramos en las primeras décadas del siglo XX, en el período de entreguerras, siendo el compañero un buen hombre, marido afable, que además instiga a su mujer a completar sus estudios y su profesión de maestra. Llamativas resultan en cambio sus relaciones sexuales: nunca antes de su matrimonio había tenido Ida relaciones sexuales de ningún tipo, y nunca, ya casada con Alfio, llegaron ni siquiera a verse sin ropa, llevando a cabo una vida sexual meramente pasiva por parte de Ida, que, como explica Morante, “non comprendeva il godimento sessuale, che le rimase per sempre un mistero” (p. 37). Muerto su padre Giuseppe y su marido Alfio, los apoyos indispensables de una mujer tradicional, eterna niña, nunca madura: en palabras contundentes de la escritora, “esposta definitivamente alla paura, perché il suo era il caso di una rimasta sempre bambina, senza piú nessun padre” (p. 43). De este modo, Ida recorre sus edades de mujer apenas sin percatarse, no sabiendo ella misma cuándo pasa de niña a mujer, de soltera a casada, de madura a anciana, edad esta última en la que casi parece encontrarse a los 37 años, cuando ocurre la violación. Tanto es así que pasa por la vida sin darse cuenta ni tan siquiera de que tiene un cuerpo, apenas sentido en su matrimonio, olvidado para siempre desde su temprana viudedad: Essa non aveva mai avuto confidenza col proprio corpo, al punto che non lo guardava nemmeno quando si lavava. Il suo corpo era cresciuto con lei come un estraneo; e neppure nella sua prima giovinezza non era mai stato bello, grosso alle caviglie, con le spalle esili e il petto precocemente sfiorito. L’unica gravidanza sofferta era bastata, come una malattia, a deformarlo per sempre; e in séguito, con la vedovanza, lei non aveva pensato piú che qualcuno potesse usarlo come un corpo di donna per farci l’amore (p. 83) storia “non aveva qualità speciali, né della mente né del corpo”Conosco Nora solo da una sua fotografia, del tempo che era fidanzata. Sta in piedi contro lo sfondo di un paesaggio di carta, nell’atto di spiegare un ventaglio che le copre il davanti della camicetta, e la sua posa raccolta ma atteggiata accusa il suo carattere serio, e tuttavia piuttosto sentimentale. È minuta e snella, con una gonna di lana quasi diritta, ripresa e aderente sul busto, e una camicetta di mussola bianca, dai polsini stirati, e abbottonata fino alla gola. Col braccio libero dal ventaglio si appoggia, in un abbandono quasi di attrice, su una mensoletta da fotografo borghese fine di secolo. La sua pettinatura è tesa sulla fronte e rilasciata sopra la testa in una cerchia molle, alla maniera delle geishe. Gli occhi sono di un fervore estremo, sotto una velatura di malinconia. E il resto del volto è di fattura delicata ma comune (p. 53)
491 Mas igualdad. Redes para la igualdad 4. Ida es una mujer viuda maestra pobre. Mujer, viuda, maestra: todos estos sustantivos que resultan esenciales para definir a la protagonista de La Storia pueden calificarse con un adjetivo que les aporta una serie de connotaciones que los precisan muy bien: se trata del adjetivo pobre. La pobreza, en todos los sentidos imaginables, planea sobre la vida de Ida, de su familia, de sus conocidos, de las gentes que se cruzan casualmente en su vida; y es que la pobreza, la carencia de los elementos no sólo materiales, sino también espirituales, indispensables para una existencia digna, es probablemente la arma fundamental que utiliza el gobierno fascista sobre las gentes corrientes, normales, ajenas a un montaje político, económico, social, que les ha caido encima como una plaga bíblica. La pobreza y sus secuelas llenan toda la extensión de la novela de Elsa Morante, ejemplificándose con descripciones realistas de las mismas, y personificándose sobre todo en una de sus víctimas, la mujer, viuda y maestra elemental Ida Ramundo. Toda máscara literaria se crea por medio de una integración bien dosificada de elementos definidores: la pobreza resulta esencial en el caso de nuestra mujer; no es preciso aportar ejemplos, pues se encuentran a cada instante. 5. Ida es una mujer judía. A pesar de que su padre era italiano ario, para utilizar la nomenclatura racista impuesta en tiempos del fascismo, y de haber sido bautiza como católica precisamente por indicación de su madre, que sí era italiana hebrea (p. 24), Ida vivirá siempre bajo el terror de la persecución antisemita, que como ya he recordado amargará toda la existencia de su madre Nora y la arrastrará al enloquecimiento y muerte. Como es sabido, Elsa Morante también era hija de una hebrea, maestra de escuela, Irma Poggibonsi, y había nacido en 1912; Ida es hija de una hebrea, maestra de escuela, Nora Almagià, y había nacido en 1903. El paralelo no puede ser más estrecho. La Morante, según ya he repetido, trae constantemente a la palestra la persecución y proyecto nazi de exterminar al pueblo judío como uno de los elementos fundamentales del período de La Storia que va de 1941 a 1947, que ilustra valiéndose del personaje de Ida, italiana, pero semi-hebrea. Pero la grandeza de la máscara de Ida, mujer italiana víctima del fascismonazismo, se eleva a un grado de excelencia por comparación con otras mujeres italianas, a las que yo no quisiera añadir otros calificativos, pero que son víctimas del adjetivo hebras o judías que en aquel contexto histórico las marca y las determina. Son siempre mujeres admirables, a las que Elsa Morante confiere un espacio más o menos extenso en su obra, pero haciéndolas sujeto de historias hermosas: ya he recordado la de Nora, la madre de Ida; menor espacio ocupa la partera hebrea napolitana que vamos a conocer como Ezechiele, por su parecido con el profeta, que asiste a la desamparada Ida en el duro momento del parto y en los días siguientes con unas atenciones y una generosidad admirables (pp. 93-97). Como centro, en fin, de una de las historias más dramáticas de toda la novela, la del tren de los judíos en la Estación Tiburtina, sobresale la figura de la señora Celeste Di Segni, que busca desesperadamente a su familia (Settimio, su marido, Graziella, Manuele, Esterina, Angelino) y clama en vano que la encierren en el vagón en el que va su marido, sin escuchar los gritos de los empleados de la Estación para que se aleje de allí cuanto antes: “Esterina! Esterina! Graziella!! Apritemi! Nun sta gnisuno, qua? Io so’ giudia! So’ giudia! Devo partí pur’io! Aprite! Fascisti! FASCISTI!! aprite” Gridava fascisti non nel senso di un’accusa o di un insulto, ma proprio come una qualificazione interlocutoria naturale, al modo che si direbbe Signori Giurati o Ufficiali, per appellarsi agli Ordini o Competenze del caso. E si accaniva nel suo tentativo impossibile di sforzare le sbarre di chiusura (p. 246) Además de estas mujeres, la importante presencia del joven hebreo Davide Segre, primero bajo la forma del anarquista alienado Carlo Vivaldi, después como el tremendo partisano Piotr, por último como el anarquista idealista Davide Segre, lo convierten en el personaje que mejor refleja los ideales anarquistas de la propia Elsa Morante, que lo diseña con evidente simpatía, si bien intentando siempre resultar objetiva en el tratamiento de un individuo tan difícilLa StoriaLa Storia