Mingote, Marx y Mandelbaum. Una aproximación a la Antropología de Elías Zamora a través de clases, caricaturas y apuntes inéditos
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165 Mingote, Marx y Mandelbaum. Una aproximación a la Antropología de Elías Zamora a través de clases, caricaturas y apuntes inéditos. Richard Pfeilstetter La Antropología comenzó haciendo cotidiano lo exótico, y ha terminado haciendo exótico lo cotidiano. Empezó observando a aquellos tan raros que vivían en otros mundos y ha terminado haciéndonos raros a nosotros mismos; desvelando que no somos como creíamos […]. No solo permite conocer a los otros, sino mediante el extrañamiento que se exige en ciertas condiciones del trabajo de campo, también ha permitido comprender mejor la sociedad en la que vivimos. No solo nos aproxima al otro ―a nosotros mismos― sino que nos permite ver que también somos raros, y eso es lo que nos permite aplicar nuestros conocimientos, ser útiles. Elías Zamora Introducción Estas palabras fueran dirigidas a la promoción de licenciadas y licenciados en Antropología de la Universidad de Sevilla en 2012. Dos años después, nos encontrábamos de nuevo en el Aula Magna. Esta vez el discurso se dirigió a los primeros egresados del entonces nuevo Grado en Antropología. En ambos casos, fueron los estudiantes los que solicitaron que Elías Zamora pronunciara la conferencia en la ceremonia de su graduación. Las charlas trataron de los altibajos de la vida universitaria, de las perspectivas y dificultades para jóvenes antropólogos y de la utilidad de la Antropología, un ejercicio de “pensar el pensamiento de otros”. En la cita se mencionan tres temas sobre los que se
166 reflexiona en este artículo: la Antropología como disciplina, su historia y teoría, y de cómo se puede enseñar y aprender. La conferencia de 2014 fue la última antes de la jubilación de mi compañero y maestro Elías Zamora. Los servicios audiovisuales de nuestra Facultad habían grabado en video esta y otras conferencias, como la de un encuentro entre estudiantes alemanes y españoles celebrado el mismo año. Al buscar y escuchar las cintas recientemente, pensé que en ellas se podían encontrar muchas de las premisas básicas de la labor docente e investigadora de Elías. Sin embargo, encontré que no todas estas premisas están publicadas. Pensaba que eran dignas de hacerlas conocer a un público más amplio. En esta línea, empecé a recopilar otros documentos inéditos. Encontré grabaciones de sus clases del año 1995, mis apuntes como estudiante suyo del curso 2004/05, algunos dibujos que he heredado de su despacho y otras notas escritas por Elías, como sus anotaciones en libros o un texto que dirigía a sus estudiantes. El resultado que presento en las próximas líneas es una aproximación a la Antropología de Elías Zamora mediante un dialogo con imágenes, videos, audios y textos inéditos. Reparto la discusión en tres epígrafes. El primero trata sobre la concepción que tiene Elías de la disciplina. Discuto las connotaciones de una caricatura de Antonio Mingote e identifico en la “reflexividad jocosa” una actitud típica de Elías en relación con la disciplina. El segundo apartado considera las posiciones de Elías con respecto a la historia y la teoría antropológicas. A través de los audios de sus clases de los años 90 y de mis apuntes como estudiante a principios de siglo, identifico tres posiciones recurrentes: una posición crítica con la Academia, el rechazo de posiciones hermenéuticas y su interés por las síntesis epistemológicas. El tercer epígrafe versa sobre las posiciones y estrategias docentes de Elías. Presento y discuto un texto didáctico escrito por él llamado “Notas para una lectura crítica y productiva”. También muestro a través de sus anotaciones en un libro pionero sobre la enseñanza de la Antropología editado de David Mandelbaum, cómo fue precursor en su preocupación por los aspectos pedagógicos de la Antropología. Antes de comenzar, quisiera reflexionar muy brevemente sobre las limitaciones que tiene mi manera de presentar las posiciones de Elías Zamora. Primero, entiendo que este texto es solamente un pequeño complemento a una discusión sobre su obra publicada. A ello se dedican algunas compañeras y compañeros en este volumen. Segundo, quisiera reflexionar sobre las cualidades y limitaciones de las fuentes que he consultado. La exposición oral se inclina más a la improvisación que el texto escrito y por ello refleja en mayor
167 grado las posiciones personales del orador. Liberada de las constricciones de la palabra escrita (que es eterna), la discusión oral es así un refugio de la experimentación intelectual. Al transcribir y publicar estas oralidades, desvirtúo deliberadamente las intenciones y contextos originales de su producción. He intentado hacerlo de una manera respetuosa. Aun así, los errores, imprecisiones y descontextualizaciones que este documento pueda contener son responsabilidad mía, aunque esté citando oraciones de Elías Zamora. Finalmente, es este un libro de homenaje. Trato de exponer aquí las virtudes de las posiciones de uno de mis maestros, que comparto en gran medida. Sin embargo, esto no significa que no las exponga de manera rigurosa, basándome en fuentes contrastables. Finalmente, tengo que agradecer la ayuda de algunas personas y organismos sin los que no hubiera sido posible redactar estas líneas. Primero, a Javier Jiménez Royo por su atenta lectura, revisión y corrección de estas líneas. Cristina Jurado Torres realizó la tediosa labor de transcribir las 15 clases y dos conferencias de Elías Zamora que aquí cito. Su trabajo fue posible gracias al apoyo del Fondo Social Europeo para la contratación de ayudantes de investigación. Oscar Torres es el responsable de medios audiovisuales de la Facultad de Geografía e Historia y grabó, editó y facilitó la conferencia de graduación de 2012 y del encuentro hispano-alemán de 2014. Gracias también a los estudiantes que grabaron las clases del año 1995. Desconozco quiénes sois, pero espero que podáis leer estas líneas en algún momento. Sobre la disciplina: la reflexividad jocosa Diferentes curiosidades solían poblar el despacho de Elías Zamora. Al margen de los libros, destacaban dos clases de cosas. Por un lado, objetos traídos de Hispanoamérica donde había trabajado desde 1977. Por otro lado, una serie de caricaturas impresas colgadas en la pared. Una de ellas era un dibujo enmarcado del semanario Al Loro del año 1987. Era una parodia del caricaturista Antonio Mingote sobre una fiesta popular, española o andaluza (o quizás las dos cosas, si esto fuera posible). En todo caso representaba ―al estilo de un comic― el maltrato de toros, el abuso de alcohol y otros comportamientos violentos, machistas y agresivos, como las peleas y el uso de armas. Uno de los espectadores al margen de la escena comenta a su compañero: “Si te fijas bien, en cuanto le hechas Antropología al asunto, esta gamberrada se convierte en un rito cultural”.
168 Cuando yo estudiaba Antropología en Sevilla, las aulas, pasillos y despachos eran para mí lugares serios, impersonales e incluso a veces intimidantes. Desde luego, chocaban con el ambiente académico relajado al que yo estaba acostumbrado en la Universidad Católica de Ciencias Aplicadas de Múnich. Mis compañeras y profesoras podíamos estar sentadas descalzas en el suelo bebiendo café, reflexionando colectivamente sobre los aspectos autobiográficos en nuestro trabajo con minorías. En cambio, en Sevilla aprendía otras cosas. La Antropología es el estudio comparativo de las culturas. Culturas son variedades locales de pensamientos y comportamientos colectivos. Son colectivas en el sentido de que son heredadas, adquiridas, enseñadas. Aunque actualizadas y adaptadas de generación en generación, son relativamente resistentes al cambio. Incluyen sistemas simbólicos, estructuras institucionales, pautas de conducta, modelos del mundo y esquemas mentales históricamente consolidados. Visto así la disciplina, no era exactamente “echarle Antropología al asunto”. Faltaba el asunto (o la gamberrada) en primer lugar. He comenzado este capítulo con la caricatura de Mingote porque me va a permitir ejemplificar una dimensión docente e investigadora que considero característica de la obra de Elías. Sin embargo, las bromas, chistes y caricaturas nos hablan también de una dimensión importante de la vida académica cuya relevancia es probablemente insuficientemente estudiada. En 1928, Marcel Mauss escribió un ensayo poco conocido sobre “relaciones jocosas”. Estas eran excepcionales en el contexto de sociedades exóticas, en las que el protocolo y la etiqueta eran obligatorios. Quisiera sostener que algo similar aplica para nuestros contextos académicos. La distancia cortés y la etiqueta son igualmente obligatorios. Interacción jocosa, dijo Mauss, es una forma comunicativa utilizada para mostrar lo que uno es. En este sentido, con la exposición pública de determinada caricaturas o bromas, personas como Elías comunican su desidentificación con el establishment académico inmediato. El humor en oposición a la seriedad en círculos universitarios por lo tanto nos habla de las autopercepciones de sus protagonistas. Aunque se podría hacer también otra lectura de las relaciones jocosas en el ámbito académico. Radcliffe-Brown por ejemplo ―otro de los grandes de la historia antropológica― consideraba la modalidad de relaciones jocosas “asimétricas”. En estas relaciones sólo una de las partes implicadas está autorizada a gastar bromas a expensas de otros (1940). Sin duda, era presente esta práctica en las aulas. Sin embargo, mi lectura de los elementos jocosos en la práctica docente e investigadora de Elías es otra. Entiendo que utilizó el humor como un pretexto para una reflexión
169 autocrítica con la disciplina. De este modo el humor sirve como una “relación de irrespeto permitido” (Radcliffe-Brown 1940: 196; mi traducción). Mostraré con más detalle a lo que me refiero a continuación mediante una interpretación de la viñeta de Antonio Mingote. El procedimiento podría llamarse “reflexividad jocosa”. Entonces, echemos Antropología al asunto. Podríamos hacer primero una lectura de la viñeta antes citada quizás algo menos divertida. En las prácticas locales siempre se expresan también ideas universales. Beber vino durante una corrida de toros en una feria reúne las cualidades universales de la gran mayoría de rituales en el mundo, donde se suelen matar animales y consumir sustancias psicoactivas. ¿Pero por qué es la viñeta potencialmente divertida para un público en la España de los años 80? Quizás la ironía de la viñeta tiene que ver con una tensión en la que se mueve la Antropología como disciplina. Por un lado, está el exceso de abstracción (o la arrogante pretensión) de una empresa intelectual que se autodenomina “ciencia del hombre”. Solo se le ocurre a un antropólogo estilizar una mera “gamberrada” (maltrato animal, machismo, superstición, etc.) como un extraordinario rito. Por otro lado, está el exceso de detalle (o el irrelevante chismorreo) de una etnografía concebida como la publicación de trivialidades. ¿Por qué debemos perder el tiempo con la descripción detallada de las banalidades presentes en una fiesta popular cualquiera? La Antropología entonces se mueve entre ambos extremos, entre pequeños lugares y cuestiones de gran magnitud, en términos de Thomas H. Eriksen (2013). A esto es a lo que me refiero con un ejercicio de reflexividad jocosa a la que me animó la caricatura. Quizás el dibujo nos puede enseñar que una Antropología que no busca un equilibrio entre los extremos corre peligro de ser objeto de burlas. La caricatura de Mingote está hoy colgada en mi despacho, flanqueada por un ejemplar de Das Kapital de Karl Marx y una postal de la Virgen de la Macarena. A veces incluso la proyecto como diapositiva al principio de mis cursos. Esto me permite hablar de la Antropología como disciplina, de Mingote y del (post)franquismo, de gamberradas, de Elías Zamora y probablemente ―imposible que Marcel Mauss se equivoque― de mí mismo. Espero que así el dibujo siga ejerciendo su función: que los despachos y aulas sean lugares menos intimidantes, que la irreverencia permitida tenga su expresión necesaria y que sigamos cultivando la reflexividad jocosa de Elías.
170 Sobre la teoría y su historia: el antiesencialismo objetivante El entendimiento no extrae sus leyes (a priori) de la naturaleza, sino que las prescribe a la naturaleza. Immanuel Kant (Prolegómenos §36) citado por Karl Popper. La historia social de la ciencia social es uno de los medios más poderosos para librarse de la historia, es decir, del dominio de un pasado incorporado que se sobrevive a sí mismo en el presente, o de un presente que, como el de las modas intelectuales, ya es pasado en el momento de su aparición. Pierre Bourdieu. Clase inaugural de la Cátedra de Sociología del Colegio de Francia. Corría el 18 de octubre de 2004. El curso sobre Historia de la Teoría Antropológica en la Universidad de Sevilla ya había comenzado hace tres semanas. Sin embargo, para mí era el primer día de clase en España. Mi titulación alemana dificultaba el acceso sin retrasos a los estudios de Licenciatura. En aquel entonces, el profesor Zamora ya había impartido clases durante casi treinta años. Era director del Departamento y su curso obligatorio sobre Teorías tenía fama de ser exigente. Mis apuntes de ese primer día no solo dan fe de mis serias dificultades con el idioma, sino también de una preocupación central del pensamiento de Elías Zamora. Las tres primeras líneas que inauguraban mis apuntes de aquella primera clase ilustran ambas cuestiones: “Kant: nuestra observación es subjetivo; Popper mueve el hombre otra vez al centro del mundo; scientifica es > acuerdo entre subjetivismo y objetivismo, construccionismo y positivismo”. A medida que leía durante las semanas siguientes fragmentos seleccionados de Immanuel Kant, Karl Popper y Pierre Bourdieu ―los que cito al inicio de este capítulo― no sólo empezaba a mejorar algo mi castellano, sino que también aumentó progresivamente mi curiosidad por la mirada teórica que nos enseñaba este profesor. Y no era yo el único. Diez años antes, en 1995, un grupo de estudiantes se disponía a grabar sus clases sobre Historia y Teoría Antropológica. Una bolsa de plástico con estas cintas encontradas en un cajón acabó formando parte del inventario de mi despacho cuando Elías se jubiló en 2015. Cuando escucho hoy estas charlas de los años 90 y leo mis apuntes de hace quince años, es como si estuviera hallando la placenta de un pensamiento que conozco mejor en sus versiones más recientes. He encontrado al menos tres ideas persistentes en el tiempo. La primera tiene que ver con que la teoría social no nace en el vacío. A menudo se escuchan risas de los estudiantes durante
171 las charlas, porque están llenas de anécdotas sobre circunstancias históricas o personales de los grandes teóricos. Por ejemplo, el examen final que pone Elías en el año 2000 es un texto de Llobera sobre “la manipulación de las genealogías y la adaptación de filiaciones intelectuales según las necesidades del momento” (Llobera 1980: 19-20). Elías quería que los estudiantes se preguntaran por qué antes de 1968 no se incluye a Karl Marx en las historias disciplinares o por qué el texto de historia antropológica de Robert Lowie ostentó la primacía discursiva durante treinta años. En 1993 el maestro publicó un texto titulado “Mitos de origen, justificaciones académicas y desarrollo de la Antropología andaluza”. En ese texto aparece una frase de Jorge Luis Borges sobre la que teníamos que escribir un comentario la promoción de 2004: “La verdad histórica […] es lo que juzgamos que sucedió”. En estos exámenes, publicaciones, anécdotas y citas se cristaliza entonces un interés particular de Elías por desmitificar el mundo académico, o quizás más exactamente, de tratarlo como un problema de investigación en sus propios términos. Mientras que esta posición probablemente haya sido revolucionaria en la Universidad de Sevilla de los años 90, desde luego fue minoritaria, innovadora y yo diría hasta liberadora para algunos de nosotros cuando yo estudiaba. En este sentido Elías introdujo y enseñó este medio poderoso que es la historia social de la ciencia social, de la que Pierre Bourdieu habla en la cita con la que he comenzado este epígrafe. Una segunda tema transversal de Elías es su reticencia hacia enfoques mentalistas, hermenéuticos o relativistas. En una clase de marzo de 1995, que es sintomática al respecto, discute de manera favorable la posición de Leslie White y la hace suya: Quiero decir que la conducta humana no es libre, está sometida a ciertas leyes que son leyes como las leyes de la naturaleza. […] Responde a causas que no son siempre controlables y que afecta a todos los hombres. En particular, Elías rechazó el método inductivo y la sobrevaloración de la experiencia etnográfica como una especie de fetiche de la Antropología. En sus cursos, la discusión sobre el objeto de estudio de la Antropología y la definición de la disciplina tenían un lugar privilegiado. En una charla del 17 de marzo 1995 expone su posición que “la Antropología se define por estudiar el carácter diacrónico y sincrónico de la cultura y no a través de un método” y sigue:
172 muchos antropólogos ―los mejores por supuesto― piensan que la Antropología debe ser una ciencia de la conducta humana y de sus consecuencias, es decir, de lo que los hombres hacen. La cultura consiste en conducta humana, o en formas de pensamiento humana en tanto que se expresa en conducta humana, y en las consecuencias del pensamiento de la conducta humana. De la tercera orientación de Elías podría decirse que es una consecuencia de la conjugación de las dos primeras que acabo de exponer. Es un defensor de las síntesis epistemológicas. Asistir a sus seminarios era como un viaje exprés por las oposiciones epistémicas que marcaron la historia del pensamiento occidental: empirismo/racionalismo, universalismo/romanticismo, subjetivismo/ objetivismo, inductivismo/deductivismo, historicismo/funcionalismo, y podría seguir con la lista. La historia de la teoría antropológica de Marvin Harris (1968) era uno de sus libros favoritos para enseñar teorías. Elías lo utilizó tanto que ―cuando me lo regaló al final de su carrera docente― el lomo del libro ya se deshacía y las hojas comenzaron a volar. Como es bien sabido, la historia del pensamiento antropológico para San Marvin Harris ―como lo llamó a veces de manera autocrítica― acaba con el materialismo cultural que su autor promovía. En cambio, la historia de la teoría que Elías contó a tantas generaciones de antropólogos termina (o comienza, lo que es lo mismo) en Pierre Bourdieu. Es con la ayuda de la teoría de la práctica (1991) con la que Elías pretendía resolver la larga lista de tesis y antítesis que he enumerado anteriormente. En el prólogo de su obra magna, Bourdieu defiende, por un lado, que es posible construir una ciencia social objetiva y, por otro lado, señala como precondición de esta ciencia el estudio de los condicionantes subjetivos del conocimiento, que incluye la subjetividad de los investigadores mismos. Esta conjugación de una visión para una ciencia objetiva de la cultura y una actitud crítico-reflexiva con la Academia, es por lo tanto lo que une el pensamiento de ambos antropólogos. Este antiesencialismo objetivante que nos enseñó Elías se encuentra también en un texto de Bourdieu que repartió a muchas generaciones de estudiantes. El 8 de noviembre de 2004 yo subrayé las siguientes partes: superar el antagonismo que opone a estos dos modos de conocimiento conservando al mismo tiempo los logros de cada uno de ellos […] supone someter a una objetivación crítica las condiciones epistemológicas y sociales que hacen posibles tanto el retorno reflexivo sobre la experiencia subjetiva del mundo social como la objetivación de las condiciones objetivas de esa experiencia. […] Esa reflexión
173 crítica sobre los límites del entendimiento teórico no tiene como fin desacreditar el conocimiento teórico […] sino fundarlo completamente al liberarlo de los sesgos que le imponen las condiciones epistemológicas y sociales de su producción. (Bourdieu 1991: 47-50) Sobre la enseñanza: lecturas críticas y productivas Elías disfrutaba enseñando. No era de los académicos que confiesan en privado que impartir clases les resulta desagradable o que les distrae de su verdadera pasión, su tema de investigación. Además, en muchos aspectos su labor docente era pionera. Entre sus apuntes se encuentran fotocopias con anotaciones de lo que entonces era el primer trabajo exhaustivo publicado sobre didáctica de la Antropología. The Teaching of Anthropology es un volumen editado por David Mandelbaum y otros (1963), basado en cincuenta y dos trabajos presentados en diez simposios, entre otros por Margaret Mead, Dell Hymes o Meyer Fortes. En estas anotaciones en el margen se puede ver por ejemplo subrayada una frase sobre la importancia de enseñar maneras de pensar más que de memorizar datos: It is important to learn not facts or the content of a discipline so much as its distinctive modes of thinking and inquiry, the theoretical frameworks employed, and form a more philosophical perspective, the particular image of man that emerges from a discipline’s working assumptions and its “way of knowing”. (Casagrande 1963: 465) Con ello quiero decir que, antes de que se pusiera de moda hablar de didáctica y evaluación de la docencia universitaria en España y antes que los antropólogos consideraran la enseñanza de la disciplina un objeto digno de reflexión teórica, Elías ya pertenecía a este grupo reducido de pioneros en torno a David Mandelbaum que se preocupaban por los aspectos pedagógicos de la disciplina. La dedicación a la docencia también se refleja en los documentos educativos que Elías preparó para apoyar los procesos de aprendizaje en el aula. Era un colector incesante de citas provocativas de obras inaccesibles en Sevilla en tiempos previos a internet. También mantenía una página web con numerosos recursos cuando esto era aún poco usual entre la gran mayoría de sus colegas. También escribía guías y documentos de apoyo para los estudiantes. Uno de