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El bosque de Baruth y Spinter

Martín Mata, María José; Cárdenas, Rafael

Abstract

En el corazón de la Selva Negra, en Schömberg, se celebra cada dos años el concurso de fotografía «Fotoherbst». En la edición de 2023 participó como artista invitado el Fotokünstler hispano-alemán Rafael E. Cárdenas. Presentó la instalación out-door «Gottes Werk und Teufels Beitrag» en el Kurpark de Schömberg. La exposición consta de una serie de fotografías creadas a partir de imágenes de satélite que están montadas en grandes paneles redondos esparcidos entre los árboles. La instalación inspiró a la escritora María José Martín Mata a escribir un cuento sobre la magia del Schwarzwald protagonizado por Baruth, en referencia a Baruch Spinoza, y Spinter. A continuación, se presenta el cuento junto con cinco piezas fotográficas de «Gottes Werk und Teufels Beitrag» y un artículo en el que el propio Rafael Cárdenas explica el concepto y el origen de la obra.

Full text

Magazin 32 Martín Mata, María José y Cárdenas, Rafael : El bosque de Baruth y Spinter Magazin 32, ISSN 1136-677X. 2024/25, pp. 64-69. https://dx.doi.org/10.12795/mAGAzin.2024.i32.06 64 Otriversos El bosque de Baruth y Spinter Texto de María José Martín Mata Fotografías de Rafael Cárdenas Introducción: En el corazón de la Selva Negra, en Schömberg, se celebra cada dos años el concurso de fotografía «Fotoherbst». En la edición de 2023 participó como artista invitado el Fotokünstler hispano-alemán Rafael E. Cárdenas. Presentó la instalación out-door «Gottes Werk und Teufels Beitrag» en el Kurpark de Schömberg. La exposición consta de una serie de fotografías creadas a partir de imágenes de satélite que están montadas en grandes paneles redondos esparcidos entre los árboles. La instalación inspiró a la escritora María José Martín Mata a escribir un cuento sobre la magia del Schwarzwald protagonizado por Baruth, en referencia a Baruch Spinoza, y Spinter. A continuación, se presenta el cuento junto con cinco piezas fotográficas de «Gottes Werk und Teufels Beitrag» y un artículo en el que el propio Rafael Cárdenas explica el concepto y el origen de la obra. DOI: https://dx.doi.org/10.12795/mAGAzin.2024.i32.06 E sta es la historia de la obra del mago llamado Bastian, investigador, estudioso, observador y creador. Vivía en un magnífico bosque de árboles muy altos con frondosas copas en el que apenas llegaba la luz. Aunque algo sombrío, estaba lleno de vida: junto a las más variadas especies vegetales y animales habitaban unas extrañas criaturas unidas al destino de nuestro protagonista y parte primordial de esta historia. I. Al atardecer, las criaturas ocultas del bosque toman forma. Las siluetas invisibles a la vista de los visitantes se definen poco a poco. Las sombras invaden el lugar y esas diminutas y extrañas criaturas ocupan un espacio, antes imperceptible. En la oscuridad crepuscular, un sinfín de formas y seres dotan de actividad y magia al bosque nocturno. No muy lejanas, algunas casitas envueltas en luz tenue les recuerdan que hay una la fina línea infranqueable desde el origen de los tiempos. Suavemente, algunas voces toman fuerza mientras las tinieblas cubren el bosque y cae la noche. Con la luna llena son más cuidadosos, para evitar que los visitantes curiosos puedan descubrirles. Pues, entre los humanos y los lugareños de aldeas cercanas, corrían viejas historias de un bosque habitado por extrañas criaturas de formas misteriosas que alguien juraba haber visto y oído en alguna ocasión. Esas historias formaban parte de las leyendas del lugar y de su magia oculta. Pero el miedo a lo desconocido había mantenido a los hombres lo Instalación en la Selva Negra (Schömberg) © Rafael Cárdenas Magazin 32 Martín Mata, María José y Cárdenas, Rafael : El bosque de Baruth y Spinter Magazin 32, ISSN 1136-677X. 2024/25, pp. 64-69. https://dx.doi.org/10.12795/mAGAzin.2024.i32.06 65 Otriversos Otriversos anochecer le hacía cambiar de idea. Las criaturas del bosque, del pueblo de los Wilger, eran pequeños duendecillos de orejas color verde, azul y violeta. Tenían orejas puntiagudas. Sus cabecitas estaban cubiertas de simpáticos gorritos y sus rostros eran muy burlones. Había también algunos Wilger que poseían grannndes barbas y enorrrmes barrigas que se balanceaban de un lado a otro, cuando caminaban, esforzándose por mantener el equilibrio y no caerse. Las arrugas de su longevidad les cubrían el rostro. A la entrada del bosque había un tótem, el Gran Tótem Sagrado que un tiempo fue ninfa, y junto a él una enorme roca, llamada Gea. Junto a Gea vivía la hechicera Norath de ojos brillantes del color de la tierra en otoño y el verdor de la hierba en primavera. Conocía los secretos del bosque y las propiedades de las hierbas: cuáles podrían ser venenosas, cuáles curativas y cuáles tenían propiedades mágicas. Se pasaba el tiempo creando nuevas pociones y nuevos ungüentos. Norath era muy querida y respetada por suficientemente lejos para que nunca descubrieran su existencia. Si algún curioso penetraba en las entrañas del bosque tratando de desvelar el gran misterio de la existencia de los extraños seres, los ruidos y movimientos del II. El Tótem Sagrado era muy especial. Con sus ojos, ocultos tras una hilera de musgo verde azulada, podía ver todo lo que sucedía a su alrededor. Con sus oídos, ocultos por ramas, podía oír cualquier sonido. Hasta el viento le susurraba cuanto descubría a su paso. Inerte al paso de las estaciones, representaba el lugar en el que vivían los Wilger. Todo lo observaba, todo lo sabía y su presencia daba seguridad a los Wilger. La hechicera Norath, cuando abrazaba el Tótem Sagrado podía escuchar las palabras que circulaba por su savia. Esto le permitía alertar a los Wilger de peligros inesperados, y así, salvarlos. Los Wilger y los humanos siempre se habían mantenido alejados, aunque en otro tiempo fueron amigos. Hasta que un día, los hombres empezaron a recelar y envidiar la prosperidad de los pequeños habitantes de aquellas tierras que obtenían mejores cosechas. Su envidia fue creciendo y empezaron a circular horribles historias sobre los Wilger. Se decía que usaban magia y lanzaban hechizos, que provocaban el caos y la destrucción. Decían que por las noches devoraban el ganado de los humanos, que secuestraban a sus niños. Así, la desconfianza hacia los Wilger fue creciendo cada vez más, hasta convertirlos en enemigos. Arrasaron sus tierras y los persiguieron. Durante mucho tiempo los Wilger vagaron sin rumbo escondiéndose de los hombres para poder mantenerse a salvo. Sólo un pequeño grupo guiado por Baruth y Spinter logró salir indemne. Hasta que un día, Norath, tras muchos experimentos logró dar con la poción mágica que les salvaría de huir de un sitio a otro con miedo. En sus viajes, Norath había podido recoger muchas muestras de hierbas de todas 2014_09_Pieterburen_Holland © Rafael Cárdenas su pueblo, pues sus conocimientos eran valiosísimos para todos los Wilger. Además, sabía todo lo que ocurría dentro y fuera del bosque gracias a su comunicación con el Gran Tòtem. El jefe protector de todas esas criaturas que se llamaba Baruth. Era el más anciano de todos los Wilger. Cuando caminaba al anochecer, sus largas barbas y su cabello plateado desprendían halos de luz violeta. Esa luminosidad indicaba a las criaturas que podían recuperar su forma, justo al desaparecer el último rayo de sol. Sin edad definida, sus historias se remontaban a tiempos tan inmemoriales como inimaginables. El ágil Spinter era el ayudante de Baruth. Estaban unidos por la confianza y una gran amistad. Spinter era un elfo muy apuesto. Tenía cabellos dorados; recorría el bosque de norte a sur y de este a oeste en apenas minutos. Era el mensajero de aquel bosque. Spinter se pasaba largas horas sentado junto a la gran roca Gea, hablando con Norah, la hechicera. De esta manera, habían logrado cultivar una gran amistad, que les hacía estar muy unidos. Magazin 32 Martín Mata, María José y Cárdenas, Rafael : El bosque de Baruth y Spinter Magazin 32, ISSN 1136-677X. 2024/25, pp. 64-69. https://dx.doi.org/10.12795/mAGAzin.2024.i32.06 66 había tenido la fortuna de conocer. Ahora estaba trabajando en un nuevo invento, sin descanso, día y noche, que cambiaría la vida de estas criaturas y del bosque lleno de vida que ellos conocían. Miles de fórmulas matemáticas, estructuras y paisajes extraños a veces le impedían conciliar el sueño. Cuando esos sueños le asolaban, amanecía con una sonrisa, pues en lo complejo de su invento había encontrado una solución. las clases, tamaños y colores. Finalmente, encontró la fórmula exacta para su propósito. Esa poción mágica podía hacerles invisibles a la luz del sol. Así, podrían asentarse y permanecer en algún lugar. Ya estaban cansados de tanto vagar. Había alguien más por aquellas tierras. Arriba, en la cima de la montaña que se elevaba a los pies del lago, se levantaba una curiosa casita de madera. Unas grandes vidrieras multicolor formaban las ventanas. Dentro, vivía Bastian. Bastian era un humano curioso y de edad indefinida. Era ágil subiendo la montaña. A veces, bajaba hasta la taberna del pueblo para disfrutar de largas veladas de animada conversación fumando su vieja pipa junto III. En las noches de luna nueva, cuando estas criaturas empezaban a tomar forma y sus siluetas se definían más aprisa en la oscuridad, la transformación era velocísima. De entre las raíces de los árboles, serpenteaban lucecitas de múltiples colores. El murmullo crecía poco a poco. Y el bosque, en un instante, cobraba vida. Durante aquella primavera, que había sido más cálida de lo habitual, se habían dado cita, en el pueblo cercano, muchos visitantes y habían organizado más excursiones que en años anteriores. Los Wilger declararon el estado de alarma. Antes de la primera noche sin luna de aquella primavera, Baruth había encargado a Spinter que reuniera a todos los Wilger junto al Tótem Sagrado, bajo la gran roca Gea. Tenía algo muy importante que decirles. Rápidamente, Spinter recorriendo con sus largas y ágiles piernas cada rincón del bosque nocturno tocó su cuerno mágico, sólo perceptible por ellos, para que todos, sin excepción, pudieran escuchar lo que Baruth tenía que contarles. Los primeros en aparecer fueron los duendes que saltando parecían saltamontes vestidos de verde. Los enanos trataban de alcanzar a los duendecillos, con sus piernas demasiado cortas y su tan gorda panza. Y así, entre risas y alboroto, todos los Wilger fueron congregándose en la oscuridad, cerca del Gran Tótem bajo aquel manto estrellado. Baruth, muy serio y pálido como la nieve, se presentó envuelto en su habitual halo de luz violeta. Los Wilger sentían una gran curiosidad por saber qué iba a decirles y por qué les había reunido a todos con tan poco tiempo. Un grupo de casitas brillaba a lo lejos en la aldea de los hombres más cercana. Estaba formada por un 2014_10_Achorage_USA © Rafael Cárdenas a la chimenea con su amigo Alfred. Alfred y él mantenían una vieja y sólida amistad. Bastian era un artista inventor que había recorrido el mundo con sus obras y sus inventos y que, después de mucho tiempo, había vuelto a la tierra de sus orígenes. A Bastian le gustaba el bosque, el olor de la hierba, el crujir de los árboles con el viento. Sentía gran curiosidad por todo lo desconocido y la oscuridad no le asustaba. Un día se encontró con Norath junto al lago. Norath parecía a simple vista una humana, aunque no lo era. Escondía sus puntiagudas orejas tras el largo cabello color miel para no delatar su verdadera naturaleza. Bastian, cuando de noche bajaba hasta la gran roca Gea se sentaba a mirar las estrellas y charlar con Norath. A ambos les gustaba. Bastián contaba sus aventuras, que transportaban a Norath a otros mundos, y ella enseñaba a Bastian el secreto de las plantas, pociones y ungüentos. De esta manera, con el tiempo, llegaron a compartir secretos. También a Baruth, en noches insomnes, le contaba las historias de sus viajes y los personajes maravillosos que Magazin 32 Martín Mata, María José y Cárdenas, Rafael : El bosque de Baruth y Spinter Magazin 32, ISSN 1136-677X. 2024/25, pp. 64-69. https://dx.doi.org/10.12795/mAGAzin.2024.i32.06 67 Otriversos Otriversos alejados. Bastaban unas cuantas historias contadas en la taberna, junto a la chimenea, para que el resto de aldeanos las propagase y sembraran cierto temor al bosque y sus encantamientos en la oscuridad de la noche. Alfred se había reunido en secreto con Baruth cerca del lago para contarle los planes de los hombres durante los días en los que el bosque resplandece más que en ninguna otra estación. Y que se esperaba la llegada de un enorme cometa, que iluminaría el bosque de este a oeste. Todo aquello había generado muchísima expectación dando cita a gran cantidad de curiosos y visitantes, llegados hasta de remotos lugares para asistir al festival de lluvia de estrellas. Se esperaba la llegada de un gran número de astrónomos venidos de diferentes lugares, que acamparían allí aquella noche para no perderse el espectáculo. Lamentablemente, con todo aquel trasiego de gente, la existencia de los Wilger estaba por primera puñado de casitas de alegres colores, con pequeños jardincillos floridos y algunos árboles. El jefe de aquella aldea se llamaba Alfred. Era el hombre más sabio y viejo del pueblo y además conocía la existencia de estas diminutas criaturas. Mantenía el secreto de la existencia del Wilger sellado con sangre desde tiempos remotos. Sin documento escrito, esa alianza no debía romperse bajo ningún pretexto. Ambos pueblos habían convivido en paz, sin entrometerse unos en la vida, ni el quehacer diario del otro. Alfred sabía cómo mantener a los visitantes IV. Baruth relató, en medio de la expectación de todo su pueblo allí congregado, las novedades de los días siguientes, con la esperanza de lograr entre todos la manera de sobrevivir a aquella próxima noche. Cuando Baruth concluyó su relato, los Wilger enmudecieron. El Tótem derramó una gota de savia. Los duendes dejaron de dar saltitos, se volvieron azules y los enanos, abatidos, dejaron caer sus cuerpos con un ligero temblor. ¡En unos días, su hogar iba a dejar de existir y no se les ocurría nada para evitarlo! Spinter, el apuesto elfo, trató de mantener la compostura y no parecer abatido. Una inmensa sensación de temor los invadió. Se sentían perdidos y aterrados. ¡Su mundo podría desaparecer en poco tiempo y no tenían a donde ir! Estremecidos por la noticia, sintieron, desde las entrañas de la tierra, un extraño rugido. El suelo vibró con un breve pero intenso rumor. El Tótem se estremeció. Norath lo abrazó. Sus ojos perdieron la verde primavera y así quedó con la mirada perdida. Al ver tanto trasiego y movimiento junto al Tótem Sagrado, Bastian sintió una gran curiosidad y se acercó sigilosamente para ver qué pasaba, sin interrumpir a Baruth. Nunca había visto a todos los Wilger juntos. Eran más de los que había imaginado. De todos los tamaños y colores. Llegó a escuchar el relato del jefe de aquellas criaturas. Bastian, en un principio, no acertaba a entender dónde estaba el problema. Pero más tarde, cuando fueron interviniendo algunos enanos y duendes, comprendió la gravedad de la situación. Cuando se recuperaron del susto, los Wilger fueron retirándose poco a poco de aquella inesperada reunión, cabizbajos y completamente abatidos. Un fuerte viento y una gran lluvia de hojas verdes los había traído de algún lugar del norte, según contaba la leyenda, y no conocían otro lugar. Bastian esperó tras la gran roca Gea a que la reunión diera a su fin y cuando todos se marcharon, excepto Norath, Barut y Spinter, les contó que tenía una idea. Podía resultar peligrosa, pero había que intentarlo. Era aquello en lo que había estado trabajando día y noche sin descanso: un invento mágico. Se trataba de portales 2014_11_Bandar-e Khomeni_Iran © Rafael Cárdenas vez en verdadero peligro en este lugar. Aquello supondría el final de sus días, de su hogar, de su vida. Baruth se sintió perdido, sin saber qué hacer, ni qué decir. Ahora llevaba una gran carga sobre sus espaldas. Pero debía comunicarlo cuanto antes a los Wilger. Tal vez, entre todos lograrían encontrar una solución. Magazin 32 Martín Mata, María José y Cárdenas, Rafael : El bosque de Baruth y Spinter Magazin 32, ISSN 1136-677X. 2024/25, pp. 64-69. https://dx.doi.org/10.12795/mAGAzin.2024.i32.06 68 para viajar en el espacio. Sólo en el espacio. A pesar de haber recorrido el mundo, nunca le habían gustado las aglomeraciones de las estaciones de tren, ni autobuses y mucho menos los aeropuertos. Llevaba años elaborando V. Alfred y Bastian llegaron a un acuerdo: Alfred le pidió que elaborara algún artilugio para adornar el bosque en esos días festivos e impresionar a los visitantes. Sus enormes y redondos paisajes, esparcidos por el bosque, serían idóneos para embellecer el lugar. Para Bastian era la oportunidad de habilitar el redondo portal de color verde que representaba el frondoso bosque, como nuevo hogar para los Wilger. Esa era la única forma que tendrían los Wilger de escapar del peligro que les acechaba. Sin embargo, aquel experimento tenía un gran riesgo. No había sido probado antes con nadie. Los Wilger quedaron impresionados. No sólo por el invento, sino también por la generosidad de Bastian. Pero aún quedaban algún detalle no exento de peligro por resolver. Cada círculo tenía una especie de palanca oculta en un lateral que casi tocaba la hierba. Verdaderamente parecían auténticos trocitos de paisajes procedentes de algún lugar existente. Con un simple clic a la palanca semi-invisible, podía dar esperanza a los Wilger. Solo bastaba que ellos confiaran en él. Para los Wilger, todo era extraño y sorprendente. Pero no tenían otras opciones. Los acontecimientos se habían sucedido demasiado deprisa y casi no tenían tiempo para pensar qué era lo que iban a hacer o a dónde irían y, sobre todo, que dejarían atrás su hogar y las tierras en las que siempre habían vivido y en las que se habían sentido seguros. Ahora todo llegaba a su fin. Cualquier salida, en su caso, debía ser aceptada. Bastian trabajó intensamente. El tiempo apremiaba. Había que probar el invento. Pero había un problema. Lo más complicado y preocupante era cómo organizar su propia vuelta, de nuevo, al bosque de Baruth. Tras varios días encerrado en su casa de la cima de la montaña realizando infinitos cálculos matemáticos, finalmente, dio con la solución. Necesitaban la ayuda de Spinter, el más fuerte de todos los Wilger, para que moviera la palanca oculta bajo la hierba que traería de vuelta a Bastian a su hogar. Debía permanecer inmóvil y solo el tiempo necesario en el paisaje de destino elegido para comprobar que era posible. Un movimiento en falso y no regresaría jamás. Lo consiguió al primer intento. De esta manera, pudo ver nuevamente su amado bosque de fragancias exóticas y colores deslumbrantes. Era indescriptible lo que sentía. Probó después con el del inmenso océano y aquella pequeña embarcación. No podía estar más satisfecho. Las emociones se agolpaban en su cabeza. Por un lado, porque había visto de nuevo aquellos lugares que le habían hecho sentir tan feliz en otro tiempo; por otro, porque su invento había funcionado y sabía que los Wilger podrían seguir siendo un pueblo feliz, aunque en otro lado. 2014_14_Palo Alto_USA © Rafael Cárdenas ese invento y ahora parecía que había tomado forma. A simple vista parecían imágenes de curiosos paisajes, trocitos de lugares que le habían impresionado y que habían sido captados con su extraña máquina satélite. Lugares que guardaba en su corazón y a los que siempre había querido volver. Estos paisajes estaban estampados en grandes círculos de madera. Como si de rodajas de tronco de árbol se tratara, redondos como la tierra misma. Eran rodajas de tronco gigante. Algunos de esos extraños círculos, eran verdes y representaban magníficos y espesos bosques; otros, que eran azules, representaban inmensos mares y en ellos reposaban plácidas embarcaciones y, por último, había uno de color blanco como la nieve. En realidad, era un lugar muy frío, situado mucho más al norte de lo que cualquiera pudiera imaginar, muy lejos de las prisas y de los hombres. Era el mejor lugar donde observar, como en ningún otro sitio, la luminosa estrella polar y el espectáculo de la Aurora Boreal en estado puro. De esta manera, compartió también su secreto, pues siempre había sido una persona muy generosa. Magazin 32 Martín Mata, María José y Cárdenas, Rafael : El bosque de Baruth y Spinter Magazin 32, ISSN 1136-677X. 2024/25, pp. 64-69. https://dx.doi.org/10.12795/mAGAzin.2024.i32.06 69 Otriversos Otriversos los Wilger y la prueba para Bastian de que aquello verdaderamente había ocurrido. En cuanto a lo que pasó con los Wilger al otro lado, lo que vivieron y descubrieron en su nuevo mundo… eso es otra historia que quizás algún día conoceremos. homenaje y respeto. Y desde allí, uno tras otro, se dirigieron al círculo elegido: el impresionante bosque verde. Bastian permaneció junto a ellos hasta que el último de los Wilger se adentró en aquella redonda y oportuna figura. Los humanos estaban ya muy cerca y a punto estuvieron de ser testigos de todo aquello. La noche transcurrió como una noche más, de hombres observando las luces del cielo, ajenos a todo lo demás. Fue una noche de cometas y lluvia de estrellas. Sin embargo, quedaron algo decepcionados, al experimentar que la magia del bosque, aquellos rumores que corrían de sombras y extraños sonidos, no eran más que un rumor, pues de aquello no quedó nada, o sí… Los Wilger en su huida hacia su nuevo hogar, dejaron una pequeñísima huella que sólo Bastian pudo interpretar. Aquel enorme circulo de color verde quedó impregnado para siempre por una hilera de diminutos puntitos negros. Fue la huella que dejaron Sin embargo, no estaba seguro de poder traer de vuelta a todos los Wilger, al menos en un corto plazo de tiempo. Era un grupo numeroso e inquieto. Sus cálculos matemáticos eran tan exactos que el más mínimo movimiento fuera de lo establecido podría provocar una catástrofe. Pero eso ya lo estudiaría con más calma después de que los Wilber hubieran cruzado al otro lado. Lo urgente ahora era poder sacarlos de allí. Llegó la esperada noche de luna nueva. Los Wilger estaban muy nerviosos. Baruth les había pedido que durante esa noche, la noche del gran viaje al nuevo Bosque, fueran especialmente silenciosos. Los duendes eran muy alborotadores y eso podría ponerles en serio peligro. La tarde iba avanzando. Apenas quedaban ya los últimos rayos de sol. La oscuridad comenzaba a aparecer. La brisa traía algún leve susurro desde el horizonte, más allá del bosque, desde donde los visitantes, curiosos y astrónomos se acercaban inevitablemente y podían percibir como el sonido de aquellas voces iba creciendo hacia su misma dirección. Entre tanto, los Wilger formaron hileras alrededor del Gran Tótem Sagrado. Se despidieron de él y le rindieron 2015_24_Izbat AL Qubu_Egypt © Rafael Cárdenas