Los entramados de la diversidad: antropología social de la dehesa
Full text
LOS ENTR AMADOS
DE L A DIVERSID AD
Antr opología Social de la Dehesa
.
LOS ENTR AMADOS
DE L A DIVERSID AD
Antr opología Social de la Dehesa
R ufino A costa Naranjo
colección raíces
DIPUT A CIÓN DE BADAJOZ
Departamento de publicaciones
2002
.
A mi padre
(in memoriam)
LOS ENTR AMADOS DE LA DIVERSIDAD
Antropología Social de la Dehesa
Colección Raíces nº 16
© R ufino A costa Naranjo
Depósito Legal: BA-53-2002
I.S.B.N.: 84-7796-103-4
Diseño y Maquetación: XXI Estudio Gráfico
Imprime: Imprenta Mor eno. Montijo
A GR ADECIMIENT OS
El libro que aquí se pr esenta es frut o del trabajo de mucho tiempo
de inv estigación, per o también de años de viv encias en el pueblo en
que nací, por eso mi agradecimient o primero es par a las gent es de
P allares que desde niño me hicier on conocer y amar por siempre el
campo y sus cosas. Mi madre, L ola y Puri me vier on crecer y nunca
encontraré la f orma de agradecerles el cariño y los esfuerzos de tan-
t os años que me permitieron dedicarme a es tudiar estas cosas de las
que ahora do y cuenta. Al pasar el tiempo, muchas mujeres y hombr es
de Santa María, la Puebla y P allares con las que conviví durant e el tra-
bajo de campo hicieron posible que lle var a a cabo est e estudio sobre
la dehesa. Con t odos ellos teng o una deuda imposible de saldar , por
lo que sólo me queda desear que consideren es t e libro como una
aportación para que sus saberes y sufrimient os no queden en el olvi-
do. Especialmente quier o dejar cons tancia de esta gr atitud en las per-
sonas de mi tío Sebastián, que ha sido par a mí una r efer encia insusti-
tuible desde los albores del tr abajo hasta la corrección de las últimas
líneas, informant e de cabecer a y entrañable crit erio de autoridad. José
R odríguez siempr e me dedicó afablement e su tiempo y mucho saber
sobre las tierr as y gentes de S anta María. Cipri me llevó por los cam-
pos de la Puebla y su conocimient o del entorno fue de gr an a yuda
para es t e trabajo.
Elías Zamora, ant es mi profesor y ahor a mi amig o, intentó con insis-
tencia y buen crit erio guiarme en la tesis. Nunca ponderaré lo sufi-
ciente las r epetidas v eces que corrigió aquellos textos y el mucho int e-
rés que en t odo ello puso. Eduardo Se villa me abrió los ojos al mundo
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de la agroecología, me hizo conocer g ent es de div ersos campos y
mucho pro vecho par a mi formación, fuera parte de haber sido mi
maestr o y ref er ente en la sociología rur al. Mis compañeros del Ins titu-
t o de Sociología y Estudios Campesinos me a yudar on a v er el mundo
rural desde perspectiv as div ersas y complementarias, en especial Rafa
Morales. A la U niv ersidad de Córdoba debo en mucho mi formación
como inv estigador y le agr adezco el haber hecho posible la realiza-
ción de mi tesis doct oral gr acias a la beca de FPI de la que disfruté en
el Departamento de Economía y Sociología Agr aria de la Escuela de
Ingenier os Agrónomos y de Mont es. Finalment e, quiero agr adecer a
la Diputación Pro vincial de Badajoz el interés por la publicación de
est e libr o, especialmente a Ca yetano Ibarr a.
Julio soportó con bético estoicismo his t orias de cochinos y abusos
informáticos. Casi sin darme cuenta, a la par que es ta obr a iba toman-
do cuerpo, se fue haciendo un hombre. Dieg o nació entr e tanto y su
llegada dio nuev as ilusiones a mi empeño. Sus tras tadas y risas hicie-
ron más g ozosas las páginas de es te tr abajo. Emi aguantó lo indecible,
horas de encerr amiento, ag obios informáticos, atascos met odológicos
y otras lindezas. Ella me sacó de los at olladeros, le yó cada línea, criti-
có cuant o escribía, me guió en los análisis y las interpr etaciones. Es a
quien más debe est e tr abajo.
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.
planteamient os de Eduardo Sevilla y Manuel González de Molina
acerca del pr oceso de penetración del capitalismo en la agricultura y
del papel de ést e en la crisis ecológica (González de Molina y Se villa,
1993). Las inves tigaciones hasta ahor a realizadas desde enfoques de
est e tipo acer ca de las formas de agricultur a tr adicional y las conse-
cuencias económicas, culturales y ecológicas que ha supues t o su sus-
titución por la agricultura moderna han t enido como escenario a paí-
ses del T er cer Mundo, principalmente América Latina, y las teorías
acerca de la importancia del conocimient o y las formas de manejo de
los recursos que lle vaban a cabo las cultur as campesinas presentaban
por ello un sesgo hacia las condiciones sociales, económicas y cultu-
rales de esos países. Nosotr os consideramos imprescindible el inicio
de estudios de es te tipo en España, de car a a un proceso de acumu-
lación teórica acer ca de los problemas ecológicos dentro el campo de
los estudios campesinos y en el cont ext o de los países occidentales.
En est e caso concr eto, se pr etende perf ilar los element os constitu-
tiv os de un modelo de desarrollo que, t omando como base la ar ticu-
lación de usos de los recursos natur ales en el agroecosist ema de dehe-
sa tradicional, r ecupere y mejore aquel modelo con nue v as t ecnolo-
gías específ icas y sobr e bases sociales equilibradas. P ara ello es pr eci-
so pre viamente un conocimiento del agr oecosistema y de los pr oce-
sos que en él han operado, el es tablecimient o del modelo etnográf i-
co de la dehesa.
Desde el principio ha habido una resuelta int ención de r ealizar un
exhaustiv o inventario de los usos pr oductivos y las técnicas concr etas
de la dehesa tradicional, pues muchas de ellas se han ido per diendo.
Est o es así porque la etnografía de est e tr abajo, que ha de ser vir de
soporte a las int erpretaciones pos terior es, tiene un v alor en sí misma
en cuant o que catálogo donde los int eresados en el manejo agr oeco-
lógico de los recursos puedan encontr ar las distintas prácticas en las
que indagar para el diseño de nue vos modelos de agricultur a o bus-
car la lógica ecológica y agronómica de los agr oecosist emas tradicio-
nales españoles.
En los últimos tiempos son cada v ez más las inv estigaciones que
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tienen por objet o la dehesa, pudiéndose obtener de t odas ellas dat os
de interés par a una apro ximación agroecológica. Desde nues tro punt o
de vista, una apr o ximación agroecológica a la dehesa debe t ener en
cuenta los distint os aspectos que conforman el agr oecosist ema:
ambientales, económicos, sociales, culturales y de conocimient o local.
Debe dar cuenta de la coev olución biótica y social atendiendo a las
especif icidades locales y a la visión de las comunidades que han
hecho posible su exist encia y han cr eado el conocimiento necesario
para su manejo, adaptado a las condiciones locales. A partir de esas
premisas se puede r ealizar un diagnóstico del agr oecosistema, identi-
f icar sus pr oblemas y sus potencialidades par a el desarr ollo y abordar
el diseño de técnicas específ icas que t omen en consideración el
manejo y el conocimient o tradicionales y adapt en las t ecnologías anti-
guas o inv enten otr as nuev as.
Con esta met odología se trata de estudiar de maner a empírica las
bases sobre las que se sus t entaba la dehesa tradicional, la natur aleza
de los procesos que lle var on al cambio y a la situación actual, y las
consecuencias del paso de un modelo al otro 1 . P ara t odo ello es pre-
ciso el conocimient o del agroecosis tema y de los pr ocesos que en él
han operado, un exhaus tiv o inventario de los usos pr oductiv os y las
técnicas concretas de manejo, el es tablecimient o de los modelos
etnográf icos de la dehesa tr adicional y actual. Se impone el estudio
tant o de los ciclos naturales como de los grupos que r ealizan la apro-
piación de los ecosist emas, y de la sociedad ma y or , es decir , de aque-
llos element os de la sociedad global que determinan las condiciones
de la producción agr aria (Guzmán, González de Molina y Sevilla,
2000: 81-113). Se requier e conocer tant o el manejo de los recursos,
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1 El present e libro es tá basado en la primera parte de mi t esis doctor al Agrosist ema
de dehesa y desarrollo rural endógeno (A costa, 1997), que v ersa sobre la dehesa
de los años cincuenta. La segunda par t e de dicha tesis es tá dedicada a la dehesa
de los años no venta, al paso del modelo tr adicional al actual y a las potencialidades
para el desarr ollo de est e agroecosis tema.
del suelo, el agua y la materia viv a, como el conocimiento necesario
para lle varlo a cabo y el mar co social en que t odo ello se da.
La tarea fundamental, el eje v ertebr ador del trabajo, lo cons tituy e
la elaboración del modelo de uso de la dehesa. La obt ención de la
información y el conocimient o necesarios para la inv estigación tiene
lugar a lo larg o del proceso de fijación de dichos modelos. Los hallaz-
gos y las conclusiones son también consecuencia de la indagación en
dichos modelos, de la comparación entr e ambos y del estudio de los
procesos que lle van desde uno a otr o. Los f ocos principales de int erés,
los hilos conduct ores de las indagaciones sobr e los modelos, son los
procesos de tr abajo, las f incas y las comunidades locales. Los pr ocesos
de trabajo int egran una serie de técnicas concretas y se r elacionan
entre ellos en un t odo ar ticulado. El estudio de los pr ocesos de traba-
jo es fundamental, pues es a tra vés de ellos como los grupos humanos
se apropian de la natur aleza, dándose también a par tir de ést os rela-
ciones de div erso tipo que conforman la sociedad y la cultur a de los
grupos. No son sólo un medio para ir acumulando inf ormación de
t odo tipo a par tir de ellos sino que, analizando és tos, su e volución y
caract erísticas, podemos conocer la naturaleza de los cambios oper a-
dos y la realidad de la dehesa. En ellos se condensa y de ellos parten
las div ersas manifes taciones de la llamada crisis de la dehesa.
No obstant e, ha y otro tipo de inf ormaciones, sobre todo r elativ as
a la estructur a social o a las cat egorías locales de conocimient o (sue-
los, botánica, zoología, meteor ología, etc.) que, además de ir apar e-
ciendo en las charlas sobre pr ocesos de tr abajo específ icos, conviene
buscarlas a tra vés de entre vistas concr etas sobre esos t emas. L as f in-
cas, por su parte, son el mar co en el que tienen lugar y se ar ticulan los
distint os procesos de trabajo, donde se plasma mat erialmente el
manejo de los recursos, y nos permit en v er las formas concretas de
organización económica y social, de ahí el int erés por conocer su fun-
cionamient o y tomarlas como unidades de observación. Junt o a ellas,
otro f oco de int erés son los pueblos, el espacio físico y social donde
se asienta la fuerza de trabajo y donde tiene lugar la int eracción social.
La comunidad local es una de las bases principales del mundo cam-
pesino y ámbit o por excelencia de la conformación y tr ansmisión del
conocimient o.
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Sobre el período his tórico en que se estudia la dehesa tr adicional,
los años cincuenta, ha y que destacar que se eligió por ser el momen-
t o de pleno desarrollo pr oductiv o de la agricultura tr adicional en Espa-
ña, una v ez super ados, desde el punto de vis ta de los medios mate-
riales, los estr ag os de la Guerra Civil. A demás, para conseguir el t esti-
monio direct o de los actores sociales conv enía centrarnos en el
moment o más cercano posible, que no es otr o que esa década, just o
antes del v er tiginoso cambio en el mundo rur al como consecuencia
del proceso modernizador espoleado hacia 1959 por el Plan de Es ta-
bilización Económica.
La inves tigación se lle vó a cabo en las localidades de P allares y
Santa María de Na vas, (pertenecient es al término municipal de Mon-
temolín) y en Puebla del Maes tr e 2 , todas en el sur de la pr o vincia de
Badajoz, encla vadas en Sierr a Morena. Se quería contras tar la impor-
tancia de div ersas v ariables, por lo que se eligió más concretament e
como unidades de obser v ación comunidades con distinta es tructur a
de la propiedad (importancia de la pequeña y mediana propiedad en
Puebla del Maestr e frent e a predominio del latifundismo en casi todo
el territ orio), con diferent e or ografía (ár eas más montañosas en Santa
María de Na v as) y div ersas formaciones v egetales (pr esencia del alcor-
noque y el quejigo en S anta María de Na v as frent e al predominio de
la encina en el res t o).
Las variables que se habrían de t ener en cuenta en la elección de
las f incas er an la pendiente y el tamaño, y a que la inves tigación r eali-
zada por Jesús P arr a en el v ecino municipio de El R eal de la Jara, y en
cuy o tr abajo de campo par ticipé, llegaba a la conclusión de que es tos
eran los parámetr os que más determinaban el tipo de manejo de las
explotaciones (P arr a, J., 1992). Se eligieron en t otal seis fincas: peque-
ñas (entre las 20 y las 70 Ha) medianas (entr e las 150 y las 300 Ha)
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2 Habitualmente nos r eferir emos a Puebla del Maestr e y Santa María de Na vas como
la Puebla y Santa María, que es como las denominan las gent es de la zona.
y grandes (ma yo res de 700 Ha), y en cada uno de los grupos había
una f inca llana y otr a con pendiente. Se hizo un seguimient o siste-
mático de éstas a lo lar go de un ciclo agr ario completo y se realiza-
ron entr e vistas a las dis tintas personas con ellas relacionadas. Igual-
mente, se r econs truyó el funcionamiento de las mismas en los años
cincuenta.
De t odos modos, la elección no pret endía en absoluto t ener repre-
sentatividad estadís tica sino que lo que se buscaba er a v er plasmados
en la práctica los distint os aspectos que se pret endían conocer en el
estudio y det ectar las posibles v ariantes de los mismos. Además de las
relativ as a esas f incas, se realizar on visitas y entre vistas acerca del
manejo en gener al de las dehesas y de otras f incas r epartidas por todo
el territ orio y , siempre que se consideró necesario, los dat os obtenidos
se fueron contr astando con lo que sucedía en gener al en t odo el terri-
t orio. Así se pueden aprehender las particularidades que tanto int ere-
san a los sist emas de inv estigación en f inca, pero sin per der de vis ta la
dinámica global de la zona, el modelo gener al.
Las técnicas empleadas fueron las propias de la antr opología
social: trabajo de campo (dur ante 16 meses), con obser v ación parti-
cipante, entr e vistas f ormales e informales, tant o sobre temas g ener ales
como sobre pr ocesos de tr abajo concret os, y recorridos por el t erri-
t orio y las f incas acompañado de informant es. L as entre vistas se r eali-
zaron tant o a personas conocedoras de f incas y pr ocesos de trabajo
concret os (porqueros, past or es, mozos, guardas) como a los pr opie-
tarios de las f incas y a inf ormantes conocedor es de la realidad g ene-
ral de la zona, tant o antaño como ahora. Se tr ataba siempre de entr e-
vistas abiertas semidirectiv as. L a inv estigación la orientaba un guión
que a la v ez podría ser vir de cuestionario y esquema de or ganización
de la información.
Otras fuent es de información fueron los ar chivos (casi no exis tían
los de las Cámaras A grarias locales), los censos agr arios, la car togr afía
de distint o tipo y diversa bibliogr afía que sería prolijo detallar . Hubie-
ra sido int eresante localizar documentación de las fincas en aquella
época, por ejemplo libros de contabilidad, per o no fue posible.
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Con est os presupuest os t eóricos y metodológicos y con las técni-
cas y fuentes que acabamos de r ef erir nos enfrentamos a la tar ea de
dar cuenta de la dehesa tradicional extr emeña, de su entramado de
relaciones ecológicas, económicas y sociales y del conocimient o
local, de la gran cr eación agronómica de las gent es del área de es tu-
dio en la Sierra Mor ena extremeña.
21
.
I
MARC O GEOGRÁFIC O E HISTÓRIC O
.
1. EL ÁREA DE ESTUDIO
L OCALIZA CIÓN
El área de es tudio se localiza en el sur de la pro vincia de Badajoz,
y a lindera con la de Se villa, en las estribaciones de la Sierra Mor ena
(Mapa 1). La conforma el t erritorio en t orno a las localidades de Pue-
bla del Maestr e, P allar es y Santa María de Na v as, pertenecient es estas
dos últimas al municipio de Montemolín.
Sus límites serían las fincas con las que las gent es de est os pueblos
han tenido una r elación ecológica más int ensa a tra vés de los proce-
sos de trabajo en el campo.
El término municipal de Puebla del Maestr e abar ca 74,2 km 2 y el
de Montemolín 208,9 km 2 . Santa María de Na v as es un encla v e del
territ orio de Montemolín dentro del de Mones t erio, por lo cual está
rodeado por dicho término municipal por t odos lados excepto por el
sur , en que hace front era con la pr o vincia de Se villa, concretament e
con el término de El R eal de la Jar a. En cuanto a las dis tancias por
carret er a, P allares es tá a 9 Km de Puebla del Maestr e y a 15 Km de
Santa María de Na vas, que dis ta 12 Km de Puebla del Maestr e. P alla-
res dis ta 120 Km de Badajoz, 100 Km de Mérida y 103 Km de Se villa.
En los años cincuenta, ninguna de las carret er as que llegaban a est os
pueblos estaba asf altada.
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Mapa 5 • HIDR OGR AFÍA
(Fuent e CESEX-Junta de Extremadur a, 1990)
extiende entre los límit es de las pr o vincias de Badajoz y Se villa. Los
ríos y arro yos se car acterizan por un régimen exclusiv amente pluvial y
una marcada es tacionalidad, con larg os períodos de estiaje y cauces
desecados en el v er ano por la ausencia de lluvias (Minist erio de Agri-
cultura, 1979). En cuant o a las aguas subterráneas, estas son escasas
debido a la escasa pluviosidad y las malas condiciones hidrog eológi-
cas de los materiales. T odo ello, unido a la pendiente, hace que exis-
ta una gran escorr entía que, junto al encajamient o de la red, ofr ecen
condiciones fa vor ables par a la exist encia de repr esas y embalses, tan
caract erísticos de la Sierra Mor ena.
Suelos
Debido al tipo de roca madr e, al caráct er abrupto de gr an par te del
territ orio y la torr encialidad de las lluvias, los suelos son pobres, ácidos,
de poco desarrollo, muy la vados, con escasa capacidad de r etención
de agua y de franco-ar enosos a francos. El contenido en caliza es prác-
ticamente nulo, salv o pequeñas zonas sobre las calizas cámbricas, y el
contenido en mat eria orgánica bajo (P arra, J, 1992:106). Siguiendo la
información de la hoja del Mapa de cultiv os y aprovechamient os
(Minist erio de Agricultur a, 1979), en la zona encontr amos los siguien-
tes tipos de suelo:
Tierras pardas meridionales sobre rocas met amór f ica s: suelos de
escasa o media profundidad, de perf il A[B]C, gener alment e asociados
a lit osuelos. Presentan un horizont e A de humus mull de unos 10 cen-
tímetros de pr ofundidad, grumoso, del que se pasa al horizont e [B],
pardo clar o o limoarenoso, de es tructura poliédrica muy poco des-
arrollada o ines table. P or debajo de est e horizonte apar ece la pizarr a
más o menos alter ada, obser vándose formación de suelo incluso entre
las láminas de roca. Son suelos que se er osionan con gr an facilidad y
con frecuencia alt ernando con pizarr as se presentan bancos de cuar-
citas que ocupan las zonas t opográf icamente superior es. El cuar tea-
mient o físico de estas r ocas origina una gran cantidad de canturr al,
poco o nada rodado, que cubr e el suelo en gr an abundancia.
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Tierras pardas meridionales sobre rocas ígneas : En dos encla v es
en t orno a las zonas graníticas ant es descritas de P allar es y Santa
María de Na v as. Son suelos de per fil A[B]C, con una mor fología que
puede v ariar entre límit es muy amplios. L a profundidad del perf il osci-
la entre los pocos centímetr os y el medio metro. Son suelos fácil-
mente er osionables, dando lugar a cár ca v as muy profundas. El escaso
desarrollo de la es tructur a y la poca estabilidad de los agr egados ori-
gina suelos compact os, aunque sean de textur a liger a.
Siguiendo otra clasificación, la americana, los suelos present es en
la zona serían:
Entisoles : Suelos con un solo horizont e sobre la r oca madre. Se
sitúan en las partes superiores de las sierr as, colinas, cerros y laderas,
por lo que son muy erosionables, pobr es y no utilizables par a el cul-
tiv o.
Inceptisoles : ocupan la ma y or parte de la zona. Son suelos pobr es
en materia or gánica y element os minerales, de mediano desarr ollo,
ácidos y muy erosionables, sobr e t odo tras la eliminación de la v ege-
tación autóct ona para el cultiv o. Se corresponden con las tierr as par-
das meridionales (Gest ores del Medio Ambiente, 1994).
Alf isoles : los encontr amos sólo en las pr oximidades de P allares, al
oest e. Son suelos muy desarr ollados, con horizonte ar gílico formado
por acumulación de arcilla iluviada. Se han f ormado a par tir de rocas
calizas. Son suelos profundos, ácidos y pot encialment e ricos en ele-
ment os minerales. Se corr esponden con las tierras r ojas y suelos par-
dos la v ados de otr as clasif icaciones.
Una car act erización distinta, siguiendo el mapa de Suelos del INIA
de 1972, es la que nos ofrece el Es tudio del CESEX (CESEX-Junta de
Extremadur a, 1990; MAP A 6) sobr e la Comarca de la Sierr a Sur que
podemos v er en el siguiente cuadr o.
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35
Mapa 6 • SUEL OS
(Fuent e CESEX-Junta de Extremadur a, 1990)
Clima
A la hora de describir el clima de la zona, me basaré fundamen-
talmente en la inf ormación que suminis tra el Estudio territorial de Sie-
rra Sur de Badajoz (CESEX-Junta de Extremadur a, 1990) y que toma
como estaciones de r efer encia en cuant o a la temper atura la de
Cabeza la V aca, que es la más próxima a la zona que puede ofr ecer
dat os de est e tipo. En cuanto a las pr ecipitaciones, los datos son de las
estaciones de Mont emolín y Puebla del Maestr e y ref iere a una serie
de 30 años, de 1951 a 1981.
P or lo que ref ier e a las temper aturas, en el obser v at orio de Cabe-
za la V aca la t emperatura media anual es de 14,7º C, la medida de las
máximas absolutas 25,64º C, la media de las medias de las máximas
19,26º C, la media de las medias de las mínimas 10,15º C y la media
de mínimas absolutas 4,49º C. El mes más frío es enero con una t em-
peratur a media de 6, 79º C, una media de máximas absolutas de
14,41º C y una media de mínimas absolutas de -1,33º C. El mes más
cálido es julio con una temper atura media de 24,93º C, media de
máximas absolutas de 11,85º C. El período libre de heladas es de 225
días comenzando el 4 de abril y f inalizando el 15 de no viembre. La
duración del período es tiv al es de 163 días, del 6 de junio al 16 de
octubre (con t emper atura media ma yor de 15º C). No obs tant e, ha y
que hacer notar las caract erísticas difer enciales del obser v at orio de
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ÓRDENES SUBÓRDENES GR AN GRUPO TIPO DE SUEL O
Suelos zonales Suelos de transición Suelos pardos T rSrr
de la prader a no cálcicos
al bosque
Suelos Suelos Tierras pardas CbVc. Mnst.
intrazonales calcimór ficos Tierra R oja Mntm. PbMs.
no caliza FnAr .
meridional
(Fuent e CESEX-Junta de Extremadur a, 1990)
Cabeza a V aca r espect o a nuestr a zona de estudio pues dicho obser-
v at orio se encuentra encla vado en plena Sierr a Morena, a 759 m. de
altura y más al es t e, más expuest o a las borr ascas atlánticas. Según la
hoja correspondient e del Mapa de cultiv os y aprovechamient os
(Minist erio de Agricultur a, 1979) el clima v ariaría entre el Mediterrá-
neo subtropical y el Medit erráneo continental, según situaciones. La
temper atura media anual de la hoja sería de 14 a 17º C, la t empera-
tura media del mes más frío de 6 a 9º C, la t emperatur a media del mes
más cálido de 25 a 27º C y la duración media del período de heladas
de 4 a 6 meses. Los inviernos serían de tipo a v ena, los v eranos tipo
algodón y el régimen de humedad Medit erráneo seco.
En cuant o a las precipitaciones, el es tudio del CESEX nos ofrece
una precipitación media anual de 543,33 mm. en Mont emolín y
621mm en Puebla del Maestr e, aumentando la pluviosidad mientr as
más nos acercamos a la Sierr a Morena, por lo que los v alores de la
parte sur de la zona de estudio serían más alt os. Según el Mapa de
cultiv os y aprov echamientos , las precipitaciones se concentr an fun-
damentalmente en el invierno (38%), seguido de la prima v era y el
ot oño (29% y 28%, respectiv amente). La ev apotranspir ación potencial
t otal del año para el observat orio de Cabeza la V aca es de 782, 78
mm según el Estudio del CESEX y par a la hoja del mapa de cultiv os de
900 a 1000 mm, existiendo en ambos casos un gr an déficit hídrico de
junio a septiembre (Figur a 1).
Desde el punt o de vista de la influencia del clima sobre el agroe-
cosist ema habría que r esaltar los siguientes aspect os (P arra, J,
1992:108):
• Altas temper aturas v er aniegas, que coinciden con un larg o estia-
je, (Figura 2) que dan lugar a un cuello de botella debido a la alta ev a-
potranspir ación y el estrés hídrico, con consecuencias sobre el ciclo
de la v egetación y la composición de los pas tizales y su pot encial pas-
t oral. Se f a v orece a las especies cuy o ciclo se desarrolla ant es del perí-
odo de sequía, por ejemplo a aquellas que tienen capacidad de resis-
tencia en f orma de semillas dur as. En gener al, al fa vor ecerse a las espe-
cies de crecimient o rápido y ciclo cor to, pr e v alecen las especies de
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PRECIPIT ACIÓN (mm)
TEMPERA TURA (ºC)
ON D E F M A M J J A S O
DIAGRAMA OMBROTERMICO (GAUSSEN)
ONDE F M A M J J A S
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PRECIPIT ACIÓN (mm) EV APOTRANSPIRACIÓN (mm)
O ND E F M A M J J A S
160
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120
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RESERV A (mm) F AL T A DE AGUA (mm)
OBSERV A TORIO : CABEZA LA V A CA
SEQUÍA ESTIV AL
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(Fuent e CESEX-Junta de Extremadur a, 1990)
Figura 1 • T EMPER A TUR AS , PRECIPIT A CIONES Y E V APOTR ANSPIRACIÓN
bajo-medio v alor past oral. T ras las primer as lluvias del ot oño se fa vo-
rece, al menos en un primer moment o, a las especies con may or capa-
cidad colonizadora. Asimismo se da un parón o al menos una r alenti-
zación v egetativ a durant e el invierno, debido a las bajas temper aturas,
aunque también puede atribuirse a una parada biológica del suelo.
• Largo período con pr obabilidad de heladas e importancia de la
probabilidad de las mismas dur ante la f lor ación de la encina que
puede afectar a la montaner a (Figur a 3).
• Importancia de la distribución de las precipitaciones. Debido a
la textur a de los suelos y su escaso desarrollo, el balance hídrico del
subsuelo depende mucho de las lluvias. P or ello el potencial pr oduc-
tiv o depende más de la buena distribución de las lluvias a lo lar go del
año que del v olumen t otal de las mismas. En gener al, son de gr an
importancia las primeras lluvias del ot oño y las últimas de la prima v e-
ra, que f a v orecen la pr olongación del ciclo veg etativ o, dando lugar a
la ot oñada o al mantenimient o del past o ver de.
• Exist encia de un gr adiente pluviométrico de norte a sur con
ma y ores pr ecipitaciones a medida que nos apro ximamos a la sierra.
No obstant e, debido al r eliev e existe una gr an variedad micr ocli-
mática en la zona, e incluso dentro de las pr opias fincas. Así, el efec-
t o umbría hace que sean más frescas las zonas expues tas hacia el
norte. La cubier ta v eg etal, el matorr al y la arboleda, hacen de r egula-
dor térmico, sobre t odo frente al calentamient o estiv al. La localización
difer encial en la lader a también tiene efect os microclimáticos, dando
lugar , por ejemplo, al efect o ho y a en las zonas bajas o v alles poco aire-
ados, con aument os de temper atur a por calentamiento que pueden
dar lugar , incluso, a incendios for estales. L os cauces fluviales y las
masas de agua también contribuy en a amortiguar las temper aturas. En
el invierno, el desplazamient o de las masas de aires frío por lader as y
su caída en v alles puede pro vocar f enómenos de inversión térmica al
desplazar a las masas de aire calient e, sobr e todo en las primer as
horas del día. Eso puede tr aer como consecuencia heladas locales en
circuns tancias concr etas. La exposición diferencial a los vient os domi-
nantes es otr o element o de importancia microclimática. El difer encial
39
OBSERV A TORIO : CABEZA LA V ACA
CARACTERÍSTICAS TÉCNICAS DE LA ESTACIÓN DE VERANO
26
24
22
20
18
16
14
12
10
TEMPERA TURAS MEDIA S
II III IV V VI VII VIII IX X XI
ºC
DURACIÓN DEL PERIODO ESTIVAL
( T > 13º C)
6 - V / 16 - X = 163 DÍAS
DURACIÓN DEL PERIODO CON T > 12º C
12 - IV / 4 - XI = 206 DÍAS
40
(Fuent e CESEX-Junta de Extremadur a, 1990)
Figura 2
OBSERV A TORIO : CABEZA LA V ACA
CARACTERÍSTICAS TÉCNICAS DE LA ESTACIÓN DE INVIERNO
(SEGÚN PAPADAKIS)
15
14
13
12
11
10
9
8
7
6
5
4
3
2
1
0
-1
-2
-3
MEDIA DE MÍNIMAS ABSOLUT A S (ma)
II III IV V VI VII VIII IX X XI
ºC
PERIODO MÍNIMO
LIBRE DE HEL ADAS
I XII
PERIODO DISPONIBLE
LIBRE DE HEL ADAS
PERIODO MEDIO
LIBRE DE HEL ADAS
41
(Fuent e CESEX-Junta de Extremadur a, 1990)
Figura 3
do grandes fincas terminar on ca y endo en manos priv adas. Hasta el
siglo XIX incluso, algunas grandes fincas ribereñas del Viar er an pro-
piedad del Ejércit o, para su y eguada.
Fuent es especialmente importantes par a alumbrarnos acer ca de la
hist oria del área de estudio son el Int errogatorio de la R eal Audien-
cia de Extremadura , de 1875 (Barrient os, 1995), la obra de López
Estr emadur a, que es también una suer t e de interr ogat orio sobre los
pueblos realizado por es t e geógr afo del r e y ( López, 1995), y el dic-
cionario de Madoz ( Madoz, 1845) que nos dan una idea de la situa-
ción de los pueblos y los campos a f inales del siglo XVIII y en la pri-
mera mitad del XIX. En cuant o a los apro v echamient os y las caract e-
rísticas del agr oecosist ema, a tra vés de est os text os podemos v er
cómo una gran part e del área de es tudio eran t errenos de past os, gr an
parte de ellos baldíos, sobre t odo hacia el sur . A esos lugar es se dice
que sólo llegaban algunos ganados de los v ecinos de las cinco villas
hermanas que tenían mancomunados los pas t os. Esa soledad hacía
que fuera tierr a propicia para contr abandistas y salteador es y fuer an
frecuent e los r obos, por ejemplo de colmenas ( Barrient os, 1995:704).
Debían predominar abrumador amente las dehesas y el bosque medi-
terráneo, en el que abundaban ciervos, v enados, corzos, gamos y
jabalís, siendo Santa María de Na vas el lugar por excelencia donde
tenían lugar las gr andes monterías (Madoz, 1845:548). Los t extos nos
hablan de algunas plantaciones de encinas y de los problemas r ecu-
rrent es de incendios, sobr e todo a causa de las r ozas de las tierr as
comunales por los v ecinos ( Barrient os, 1995:704).
El laboreo se centr aba en el entorno de los pueblos, destacando
sobremaner a la impor tancia de la economía de las viñas en P allares, de
la que ha y noticias y a en el siglo XV en los legajos de los archiv os de
Montemolín. A finales del XVIII, la población de P allares er a de nue v e
v ecinos en el pueblo, en la Plaza, mientr as que el res to, unos cuar en-
ta, vivían en el campo, en las casas-bodega ( López, 1992: 313). López
nos habla de P allares, sus viñas y bodegas, r epar tidas por cuatro v alles,
y de lo ameno de su ent orno, que lo hacía especialmente atr activ o
para el r ecreo de la burguesía y la nobleza de los alr ededores.
48
Y a desde f inales del siglo XVIII es taba teniendo lugar una significa-
tiv a expansión del oliv ar , muy impor tant e y a en Puebla del Maestr e en
tiempos de Madoz y de cuy as plantaciones nos dan cuenta los text os
y los archiv os municipales del Puebla del Maestr e. La expansión de los
cultiv os, el int erés por el grano, r elacionado con el crecimient o de
población, fueron haciendo que aquellas antiguas tierr as semibaldías
y de monte fuer an transformándose en las dehesas y tierr as de cultivo
que caract erizaron a est os pueblos en el siglo XX.
En cuant o a las dehesas, las de propios se r epar tían entr e los v eci-
nos de los pueblos para usos agrícolas y ganader os. En ellas los más
humildes podían obtener pr oduct os div ersos y , por ejemplo, engor-
dar su matanza por una módica cantidad, agrupándose los cochinos
en v aras del concejo. L os pastos de las villas comuner as, antes y des-
pués de la disolución de esta mancomunidad, er an apro v echados por
los ganados de los v ecinos. Puebla del Maestr e también tenía en
común los past os de los baldíos con Mont emolín. No obstant e, una
parte importantísima de las dehesas, tanto de las de titularidad públi-
ca como de las priv adas, eran apr ov echadas por los ganados trashu-
mantes, de tal maner a que según Madoz en las seis grandes dehesas
priv adas de Montemolín pas taban de 6 a 7.000 cabezas de ganado
for aster o (Madoz, 1845:546). Algo par ecido sucedía en Puebla del
Maestr e, donde el conde arrendaba las y erbas de sus f incas a los
mest eños y aún las de una de las dehesas de propios, cosa que er a
vivida como una usurpación por los v ecinos. Era mucho el r echazo
que el arriendo de las dehesas a los trashumant e desper taba en Pue-
bla del Maestr e, y grande el quebr anto par a su economía, por lo rigu-
roso de la imposición de sus pr errogativ as y la ejecución de las
penas. En est e sentido, existía gr an connivencia entr e los mest eños y
los regidor es locales impuest os por el conde. De las arbitrariedades
de los jueces de la Mesta en sus visitas a la zona nos da cuenta el
informe de la R eal Audiencia en el caso de Montemolín (B arrient os,
1995:807-808).
El mucho terr eno disponible y la escasa población hacía que en
aquella época no existiesen muchos jornaler os. A f inales del siglo XIX,
49
los regidor es locales de Mont emolín se quejaban de la escasez de jor-
naleros, los alt os precios que alcanzan los jornales en época de siega,
el recorte de la jornada labor al ( de 8 a 4 de la tarde), y la negativ a de
los jornaleros a aceptar des tajos. L os problemas de escasez de mano
de obra los atribuían no a que no hubier a gente con capacidad de tr a-
bajar , sino a la pereza de los natur ales y al hecho de que muchos de
los miembros de las clases humildes se dedicasen al contr abando
(Barrient os, 1995:699). L os barrios jornaleros fuer on surgiendo a fina-
les del siglo XIX como consecuencia del crecimient o de la población,
la Desamortización y la intensif icación de la pr oducción, cual es el
caso de la calle de la Puebla en P allares.
A lo larg o del siglo XIX tiene lugar el proceso desamortizador y se
v enden a particulares los bienes comunales, las gr andes dehesas de
la zona. En el caso de Puebla del Maestr e, el conde pasa a ejer cer la
propiedad sin r estricciones sobr e sus tierras, quedando sólo al pueblo
el derecho de siembr a de una de las f incas cada ocho años. Otro
hecho singular en la zona es que los v ecinos de ese pueblo consi-
guieron quedarse con una parte important e de las tierras comunales
gracias a que se agrupar on en una sociedad creada a tal efect o (Acos-
ta, 1992). En el caso de Montemolín, las tierr as de la Orden de San-
tiago habían pasado primer o a la Cor ona, al A yuntamient o y , f inal-
mente, a particulares con la Desamortización. Así pues, la conquista
y cesión a la Orden de S antiago y la Desamortización han sido los ele-
ment os fundamentales en la conformación de la es tructura de la pr o-
piedad.
A lo larg o del siglo XX, y hasta la crisis de la agricultur a tradicional
en los años sesenta, continuó el proceso de cr ecimient o de la pobla-
ción e intensificación de la producción. La estructur a de la propiedad
sólo se vio amenazada durant e la República, en que con la R eforma
Agr aria se repartieron entr e tr abajadores del campo y colonos par a la
siembra las fincas de ma y or tamaño. En est os pueblos que se decan-
taron por la izquier da, tr as la sublev ación fascista la r epresión fue bru-
tal, con un gran númer o de asesinatos de hombres de izquier das. La
excepción fue Santa María de Na vas, donde no hubo fusilamient os.
50
L A POBL A CIÓN
La población de la zona fue creciendo de forma sos tenida desde
principios de siglo XX hasta los años cincuenta (has ta los cuarenta en
Puebla del Maestr e), para lueg o caer en picado con la crisis de la agri-
cultura tr adicional y aminorándose el ritmo de descenso en los tiempos
actuales (Cuadro 1, Gráfico 1). A principios de siglo se registr a en todo
el país un aument o demográf ico, debido a la mejora en las condicio-
nes higiénicas y de vida de la población y a los a v ances de la medici-
na. En est e cont exto, la agricultur a encuentr a un campo de expansión
para sus pr oduct os debido a las necesidades de un contingent e demo-
gráf ico cada v ez may or y , a su vez, la población encuentr a más posibi-
lidades de crecimient o con la may or disponibilidad de productos agr a-
rios. Aumentan así las superf icies de cultiv o y se precisa más fuerza de
trabajo en el campo. Ello se unirá a las mejor as referidas par a que el
medio rural aument e también el número de habitantes.
Est e fenómeno lo cons tatamos en los tres pueblos, aunque carece-
mos de dat os para P allares y Santa María de Na vas en 1900. En es t e últi-
mo pueblo es donde encontramos una excepción al f enómeno, y a que
en 1920 se constata un lig ero r etroceso. Se puede pensar en una ma y or
incidencia de la epidemia de gripe de los años v einte que af ectó a
muchos municipios de España. A pesar de las muertes producidas en la
Guerra Civil, la ma yor part e por fusilamiento de hombr es de izquierdas,
y de sus efect os sobre sus posibles descendientes en censos pos terio-
res, el cr ecimient o sigue hasta la posguerr a, con el moment o cumbre de
la agricultura tr adicional, y se trunca con su crisis. Así sucede en Palla-
res y S anta María de Na v as, que empiezan a retr oceder en el censo de
1960, inmediatamente después de haber entr ado en vigor el Plan de
Estabilización e irse los primer os emigr antes. En los primer os moment os,
la pérdida en ese censo es poca, al igual que sucede en el conjunt o de
la comarca. En el municipio de Mont emolín, la población crece hasta
1960 y cae y a en 1970. En Puebla del Maestr e, sin embarg o, la pérdida
comienza en el censo de 1950, antes de la crisis. De la magnitud del
proceso migr atorio nos dan cuenta el hecho de que los pueblos pierden
más de la mitad de su población (52%) entre 1960 y 1981.
51
52
Cuadro 1 • Ev olución de la población (1900-1960)
Elaboración propia a partir del Nomenclátor (INE)
Montemolín
P allares
Puebla del
Maestr e
Sta. María de
Na v as
Comarca de
T entudía
1900 1910 1920 1930 1940 1950 1960
3.437 3.780 4.448 4.543 4.899 4.978 5.031
729 821 950 961 1.008 945
2.526 2.848 2.978 3.093 3.277 3.122 2.641
646 701 703 814 893 867
40.343 44.491 49.052 51.133 52.678 52.713 50.039
3.500
3.000
2.500
2.000
1.500
1.000
500
0 1900 1910 1920 1930 1940 1950 1960
habitantes
año
P . del Maestre Pallar es Sta. María de Nav as
Gráf ico 1 • Ev olución de la población (1900-1960)
Elaboración propia a partir del Nomenclátor (INE)
53
Según el Plan General de Ordenación Económico Social de la
Provincia de Badajoz (Gobierno Civil de B adajoz, 1948), el municipio
de Montemolín contaba con 4786 habitant es, que divididos entre las
20893, 84,37 hectáreas que atribuy e al término supone 22 habitantes
por km 2 , y 4,36 hectáreas por habitant e. Según el Nomenclátor de
1950 (INE, 1953), el municipio contaba con 4834 habitantes de
hecho, de ellos 4318 habitantes en compact o y 516 en diseminado.
La población de hecho en Pallar es sería de 1008 habitant es. No apa-
rece la población en disperso en t orno a Pallar es, salv o el dat o del
V alle R oldán, con 84 habitantes, per o es de suponer que la población
dispersa es ma y or que en el conjunto del municipio de Mont emolín
debido a la distinta dis tribución de la propiedad, y a que los muchos
pequeños propietarios viv en en los pueblos y se desplazan a sus tie-
rras, mientr as que muchos trabajadores r esiden en las f incas, espe-
cialmente en las dehesas. L o mismo podemos decir de Santa María de
Na v as con 893 habitantes de hecho y 68 en la finca El Sant o. P ar a el
caso de Puebla del Maestr e, el Plan General da una cifr a de 3277
habitantes, que divididos entr e las 7423,09, 27 ha arr oja una densidad
de 44,15 habitantes por km 2 , y 2,26 hectár eas por habitante. Según el
Nomenclát or de 1950, la población de hecho sería de 3122 habitan-
tes, de los cuales 74 en diseminado.
En el Nomenclátor de 1960, la población de hecho del municipio
de Montemolín es de 4756 habitant es, 441 de ellos en disperso. L a
de P allares es de 945 habitant es en el núcleo y 50 habitantes en el
V alle R oldán. En Santa María habría 867 habitant es, y 32 en El Sant o.
T odo ello supone un ligero r etroceso r espect o al último censo, debi-
do al comienzo de la emigración a finales de la década. En Puebla del
Maestr e la población er a de 2641 habitantes de hecho en compact o
y 42 en diseminado, lo que también suponía una importante pérdida.
L AS A CTIVIDADES ECONÓMICAS.
De la actividad agraria nos ocupar emos ampliamente a lo larg o de
est e estudio, r ef iriéndonos en est e apar tado al r est o de actividades
económicas del área, bas tant e escasas por otra parte al ser la agricul-
54
tura la base casi exclusiv a de las economías locales. En cuanto a las
actividades de transf ormación, eran bastant e menguadas, limitándose
a la exist encia de molinos de aceit e en todos los pueblos, incluso más
de uno hasta principios de la década, en que desapar ecieron, salv o en
el caso de Puebla del Maestr e
Los molinos hariner os mo vidos por energía hidráulica que exis tían
en la riv er a de Santa María de Na v as y alguna pequeña molineta en
Puebla del Maestr e fueron cesando en su actividad y siendo sus titui-
dos en algún caso por molinos eléctricos instalados en las panaderías.
Lueg o, el grano se t erminó moliendo fuera de la zona. Aún a principios
de los cincuenta se amasaba y cocía el pan en los hornos de algunas
casas, pero y a era alg o residual. Quienes t enían gr ano, entregaban en
las panaderías un determinado numer o de fanegas de trig o y a cambio
iban sacando el pan a lo larg o del año. P anaderías existían en t odos los
pueblos y los dueños de alguna de ellas eran quienes suminis tr aban la
energía eléctrica al pueblo, con mot or de gas pobr e en principio y
luego de gasolina/gasoil, has ta que llegó el t endido eléctrico y a en los
años cincuenta.
El vino que t oda vía se producía en la zona, sobr e todo en P allares,
era escaso, pisado por los pr opios dueños de las viñas y , en algún que
otro caso, con a yuda de una prensa. Er an pequeñas producciones
para consumo local, que se v endían en casa de los dueños o en las
tabernas y no daban lo suf icient e para abas t ecer a est os pueblos.
En Puebla del Maestr e existía un pequeño horno de cal y en P alla-
res de t ejas y ladrillos. El suminis tro de carne corría a car go de los
matanceros locales, de cochinos principalment e y , en menor cuantía
de chiv os y borreg os, éstos últimos en v erano sobr e t odo. Muy impor-
tantes par a los pueblos, y muy especialmente par a la agricultura, er an
las herrerías o fr aguas, dedicadas a la fabricación de algunas piezas y ,
sobre t odo, a la reparación de dis tint os útiles, sobre t odo aper os de
labranza, cual es el caso de los ar ados, rejillas, etc. Así reza un cono-
cido refrán: "L os días de agua son de taberna y fr agua" pues cuando no
se podían hacer labores por el mal tiempo se apr o v echaba par a repa-
rar los aper os en las fraguas. Los ar ados, carros y otros aper os y ele-
55
ment os tecnológicos par a el campo se fabricaban fuer a, por ejemplo
en Fuent e de Cantos o en la fundición Díaz de T erán, de Zafra.
La may or par te de los neg ocios de aquella época eran pequeños
establecimient os, en las propias viviendas de sus dueños las más de
las v eces, dedicados a la v enta al por menor de product os de primera
necesidad y/o consumo diario, como las tiendas de alimentación o las
tabernas. Alguno de los comercios v endía ropa, calzado y t elas, sobre
t odo en Puebla del Maestr e, que era donde únicament e había una
cierta especialización, por llamarlo de algún modo, por ser un pueblo
ma y or y adonde acudían las gent es de los otr os dos pueblos. Ocasio-
nalmente apar ecían v endedores ambulantes de pr oduct os div ersos,
sobre t odo arrieros con cántaros y espiches (botijos), caler os, dit eros,
etc., así como later os, que r eparaban ut ensilios de lata y en algunos
casos ponían grapas (lañas) a enser es de barro. En las tres localidades
había estanco, per o no farmacia, pues sólo la Puebla contaba con ella.
En t odos los pueblos existían carpint eros y albañiles. En el caso de
otros oficios como pareder os, herrador es, zapat eros, barber os, ést os
no necesariamente es taban dedicados en exclusiv a a esas tareas. En
P allares, el espart ero hacia, entr e otras muchas cosas, ser ones par a las
bestias y capachos par a el tr ansporte de la cosecha de aceituna. Algu-
nas mujeres conf eccionaban ciertas prendas de v estir , como pantalo-
nes, camisas, etc. pero como actividad complementaria de sus ocu-
paciones.
Médico, practicant e, cura, carter o, municipal y maestr o había en
t odos los pueblos, aunque en P allares y Santa María de Na v as ést os
hubieron de dar clase en sus pr opias casas incluso hasta los años cin-
cuenta, no así en Puebla del Maestr e, donde existían unas magníficas
instalaciones escolar es construidas en los años tr einta, al igual que la
carret er a que enlazaba con Llerena y P allares, a expensas de un india-
no. V eterinario sólo había en Puebla del Maes tre, pues P allares y Santa
María estaban adscrit os al de Montemolín. Lo mismo sucedía con el
personal de administr ación del A yuntamiento y con la Hermandad
Sindical de Labrador es y Ganaderos, y a que sólo L a Puebla tenía a yun-
tamient o propio y hermandad.
56
La carret era comar cal 413, que pasa por P allares en su tramo de
Llerena a la Nacional 630 (Mérida-Se villa) fue construida a principios
del siglo. La conexión de Puebla del Maestre a dicha comar cal, como
dijimos, se construyó en los años tr einta, al igual que la de P allar es a
Santa María de Na vas. Y a exis tía la de P allares a Mont emolín. Decir
que eran carr eteras, especialment e las de Montemolín y Santa María,
es mucho decir , ya que se tr ataba de caminos vecinales de v erdadero
t ormento, y así fue has ta los años setenta, en que se asf altaron t odas
ellas. Sólo existía una línea r egular de aut obuses en la zona, la de Sevi-
lla a Llerena, que t enía dos ser vicios diarios a su paso por P allares. Eran
contadísimos los v ehículos particulares que existían en los tr es pue-
blos, alguno que otro de un gr an propietario y al menos uno de alqui-
ler en cada pueblo, con algunos itinerarios más o menos fijos en algún
caso, como el de Santa María de Na vas a F uente de Cant os y de Pue-
bla del Maestr e a Llerena, que er a a su vez servicio de correos.
La gent e que iba de paso o que por alguna razón había de que-
darse un tiempo en los pueblos se alojaba en las fondas que había en
cada uno de ellos. Ahora bien, es t e tipo de alojamiento es taba reser-
v ado par a personas con cier ta disponibilidad de diner o, mientras que
los que contaban con menos recursos, como arrier os o tr abajadores
de otro tipo, se quedaban en la posada, en muchos casos sobr e los
serones o los apar ejos de sus bestias en un pasillo o corr edor amplio,
como era el caso de la posada de P allares.
P oco se puede decir del rest o de actividades económicas, que se
limitaban al ser vicio doméstico de las mujer es en algunas casas
pudientes y a labor es de blanqueo, la vado de r opa, etc. Aparte de las
migraciones agr arias estacionales, de las que hablaremos más adelan-
te, ha y que reseñar , al menos para el caso de P allares, la importancia
de la emigración labor al que se registró a partir de 1956, cuando
muchos trabajador es empezaron a desplazarse a distint os lugares de
España, sobre t odo a Andalucía y Extremadura en tr abajos de trata-
mient o de plagas con la empresa Cruz V erde. Pre viament e, en los
años cuarenta y principios de los cincuenta, la cons trucción del P an-
tano de El Pintado reclamó también alguna mano de obr a de la zona.
57
2. L A A GRICUL TUR A Y L A SOCIEDAD
EN L OS AÑOS CINCUENT A
EL RÉGIMEN FR ANQUIST A EN EL CAMPO
La Guerra Civil y sus consecuencias cons tituy en elementos det er-
minantes de la r ealidad de España y la zona de es tudio en los años cin-
cuenta. En efect o, la situación sería radicalmente dis tinta ant es y des-
pués del triunfo del le vantamient o contr a el régimen democrático
republicano, tant o en la economía como en la sociedad y la política,
siendo el Estado sur gido de la guerra un element o conformador y v er-
tebr ador del rest o de instituciones, determinant e en la actividad pro-
ductiv a, el sist ema social y la vida cotidiana en muchísima may or medi-
da de que lo que lo fue en otras f ormaciones sociales europeas debi-
do a su omnipresencia contr olador a. P or ello, si en todo int ento de
apro ximación inicial a una realidad social y a una zona la organización
política es una ref erencia obligada par a la contextualización, en nues-
tro caso lo es aún más.
El Estado r epresentó un nue vo sis tema de dominación social por
parte de las clases v encedor as en la guerra, como r eacción al int ento
de ruptura lle vado cabo por las clases popular es y segment os progr e-
sistas de las clases medias urbanas que amenazó clar ament e su hege-
monía y privilegios. Desde el punt o de vista del campo extr emeño, los
terr atenientes, activ os alentadores del le v antamient o militar en defen-
sa de sus inter eses amenazados por la R epública, volvier on a imponer
su dominio sobre las clases popular es, y ahor a con más fuerza y
menos limitaciones que antes. No olvidemos que uno de los pr oble-
64
de la producción y encuadr amiento habían de completarse con la de
supuest os mecanismos de conciliación y resolución de conf lict os,
como medio de encauzar las reclamaciones de los pr opietarios y tr a-
bajadores agrícolas, como válvulas de escape de las r eivindicaciones
obrer as, pero en la práctica, y a tra vés de mecanismos muy diversos,
eran medios de contr ol, para ést os últimos sobre todo, y con un carác-
ter disuasorio en muchos casos (Pér ez, Rubio, 1995: 325). El tr abajo
de las hermandades se completaba con formas r epresiv as tales como
la Guardería Rur al, los T ribunales de Campos (institución de supues ta
mediación y resolución de conflictos que er a un instrumento más
disuasorio que otra cosa), los guar das de las f incas o la Guardia Civil,
que enviaba destacament os a las f incas de los par ticulares, por ejem-
plo para e vitar el robo de bellotas. A pesar de la función de f iltr o y blo-
queo de las demandas campesinas de los organismos del sindicat o
v ertical, Pérez Rubio insist e en el gran número de r eclamaciones pre-
sentadas a tra vés de ellos, lo que dejaría v er la may or conf lictividad
encubierta que se dio en Extremadura con r especto a regiones limí-
trof es. A su v ez, en Extremadur a sería donde mejor organizados esta-
rían est os aparat os burocráticos y donde se r eprimirían con mas dure-
za los delit os contra el or denamient o establecido en el campo (Pér ez
Rubio, 1995:79).
L A POLÍTICA A GR ARIA FR ANQUIST A
P asando y a al terr eno de la política agraria, ésta pr esentó, al menos
en los inicios, objetiv os contr adictorios entr e sí, pues si bien estaba
orientada al mantenimient o de del statu quo en el campo y la defen-
sa de los inter eses t errat enientes, por otro lado se f omentaron, aunque
más bien como amago o pr opaganda, medidas de def ensa del cam-
pesinado y promoción de los tr abajadores agrícolas y los yunter os.
Uno de los pilar es básicos de la política agr aria franquis ta fue la lla-
mada batalla del trigo, basada en la int er vención del gr ano, el prot ec-
cionismo y la intensificación de cultiv os. Se pret endía con ello gar an-
tizar el abast ecimient o de la población, aumentar la ef iciencia de la
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actividad agraria y dar empleo a la mano de obr a rural. En esta políti-
ca triguera influy eron cir cunstancias div ersas, desde el aislamiento
exterior y la f alta de maquinaria, abonos y animales de labor , hasta la
dimensión agraris ta y el element o ideológico ref erido. El Ser vicio
Nacional del T rigo (SNT) se cr eó en 1937, considerándose en gener al
que con la intención de beneficiar a los pequeños propietario, y que
los grandes se beneficiaron de ello a tr a vés de las rentas dif erenciales,
acumulando gran cantidad de capital gr acias al estraperlo. El int er ven-
cionismo estatal er a casi t otal: existía obligación de declar ar la super-
f icie sembr ada y de entregar la ma yor parte de la pr oducción del cer e-
al-base, el trigo sobr e t odo, al SNT que estaba obligado a compr ar
t oda la producción a un pr ecio tasado.
Las necesidades de abastecimient o durant e la etapa de autarquía
y las promesas de pr omoción social, de instalación en las fincas, de
trabajador es de la tierra y yunter os dieron lugar a las ley es de L abor eo
Forzoso de 1940 y de Intensificación de Cultiv os de 1946(Pérez,
Rubio, 1995:57). No ha y que olvidar en todo ello una cierta dimen-
sión social, redentis ta a v eces, de la F alange, en cuy as manos estuv o
ent onces de Minist erio de Agricultur a. Según las condiciones de cada
zona, se establecían planes de barbecher a y sement era y se pr et endía
obligar a los propietarios a r otur ar las tierras y así aumentar la pr o-
ducción de cereal-base y dar empleo a la mano de obr a. L a inv oca-
ción al abast ecimient o de la nación debía ser vir para conseguir la cola-
boración de los t errat enientes y la aut oexplotación de los campesinos.
Las Juntas Locales Agr arias, dependient es de las Hermandades Labra-
dores y Ganader os, las Juntas Agr onómicas Pro vinciales y los Gobier-
nos Civiles serían los encargados de diseñar y hacer cumplir es tas dis-
posiciones. Sin embarg o, y sobre t odo en el caso de Extremadura, es ta
política fracasó por v arios motiv os, pero principalment e por el recha-
zo hacia ellas de los propietarios de dehesas. En ef ect o, el aumento de
la super ficie roturada y de la des tinada al cereal-base iría en detri-
ment o de la producción de pas tos y cer eal-pienso par a el ganado de
las dehesas. Las Juntas Locales y las Hermandades, contr oladas por los
poderes tr adicionales, cuando quisieron, poco pudieron hacer fr ente
66
al poder de los terr atenientes. El contr ol se limitaba muchas veces a la
declaración jur ada del propietario de la super ficie sembrada, y la
super ficie de refer encia era la de 1939, lo que no se corr espondía con
la realidad del labor eo. Existía por part e de los propietarios bas tante
ocultación y se aducían malas cosechas o falta de abonos par a justifi-
car sus resultados en cuant o al trigo. Sin embarg o, parece ser que
aumentó el cultiv o de a v ena y otros cer eales-pienso. Aunque se obli-
gó a muchas grandes fincas a labrarse, par ece ser que no se logró la
intensificación (Pérez Rubio, 1995:57). P oco a poco, esta política de
intensificacion fue perdiendo fuerza y y a en los años 50 en poco era
tenida en cuenta en las dehesas. L o que Pérez Rubio llama formas de
intervencionismo extr emas, como la obligat oriedad de las escardas o
el respigueo, con ese mismo fin, aumentar la cosecha de cereal-base
y dar ma y or empleo, tampoco habría surtido excesivo ef ect o por la
actuación de los propietarios, que en muchos casos intr oducían el
ganado sin respiguear .
Como hemos dicho, uno de los objetiv os de la política triguer a era
el máximo empleo de la mano de obra. Sin embar g o, a est e respect o,
los resultados de la int ensificación de cultivos, el labor eo forzoso o la
recién mencionada r egulación de las escardas y el r espigueo, fueron
muy modest os, debido a la falta de colaboración, cuando no abierta
oposición, de los propietarios, que v eían cuestionada su f orma de
explotación de la dehesa e incluso su soberanía, el pleno ejer cicio de
su derecho de pr opiedad. L os alojamientos, la asignación de un det er-
minado número de obr eros por finca ( los hallaos ) establecidos en los
planes de barbechera y sement era, o las normativ as que buscaban el
empleo de obrer os en tareas de mant enimiento y conser v ación de las
f incas apenas tuvier on virtualidad, debido a ese rechazo que hemos
señalado. Normas de est e tipo e indicaciones par a ev aluar el nivel de
paro y t omar medidas que lo corrigieran fueron es tablecidas hasta
mediados de los cincuenta incluso, en que y a las grandes fincas empe-
zaron su pr oceso de mecanización. En el caso de los yunt eros, cuy a
instalación en las gr andes fincas era un objetiv o explícit o de est os pr o-
gramas, alentados por la F alange, no sólo no se lle vó a cabo sino que
67
incluso tuv o lugar un proceso de expulsión, o lanzamien to , de yunt e-
ros, motiv ado entre otr as cosas por el crecient e int erés de los dueños
por el cultiv o direct o, debido a la rentabilidad que posibilitaban los
bajos salarios y la demanda de granos, por el SNT o por el mer cado
negro (Pér ez Rubio, 1995: 259).
Si de la producción pasamos a la comer cialización, podemos ver
uno de los principales efect os de la inter v ención y la entrega obliga-
t oria de cosechas a un precio tasado: el es traperlo. En ef ect o, la gran
demanda de product os básicos y el establecimiento de los pr ecios de
tasa por debajo de los de equilibrio hacía que se pagaran unos pr e-
cios superiores a los de la int er v ención (el trigo se llegó a pagar a tres
v eces el precio de tasa), haciendo florecer un mer cado negr o que per-
duró hasta el final de la autarquía, ya en los años cincuenta (B ar ciela,
1987 y1989;) y que tuv o gr an impor tancia en la zona. En el es traper-
lo estaban implicados desde gr andes pr opietarios a campesinos, obre-
ros agrícolas que er an transportistas de pequeñas cantidades, almace-
nistas y funcionarios. La ocultación de super ficie de cultivo y cosechas
era una e videncia, como explica el supuesto r etroceso de los cultiv os
en tiempos de intensificación del laboreo y demanda de tierr as por
parte de los colonos y aument o del precio de los arr endamientos (B ar-
ciela, 1987). P ar a las economías modestas fue una a yuda de cier ta
importancia, contribuyó a su mantenimient o, pero su excedent e er a
poco. El gran neg ocio fue para los gr andes propietarios, debido al
ma y or excedente disponible, ma yor es posibilidades de tr ansporte y de
ocultación de las producciones, conexiones con el ext erior y con los
aparat os del Estado y , en todo caso, ma y or benev olencia por par t e de
los funcionarios, debido a su af inidad política (Se villa, 1979a:166; Bar-
ciela, 1987). Est o fue especialmente importante en el caso del aceite,
y a que los grandes pr opietarios disponían de molinos aceit eros, cual
no era el caso de los pequeños. Según B ar ciela, las cantidades comer-
cializadas ilegalmente super aban a las que se vendían por cauces lega-
les en el caso del trigo y las igualaban en el del aceit e. Asimismo,
apunta que el v alor de una la producción de un buen año en el mer-
cado negro podía ser igual al pr ecio de la tierr a (Bar ciela, 1987). Las
68
grandes fincas del sur se benef iciaron del pr oteccionismo, del estr a-
perlo, de las concesiones de abono y maquinarias, de las rentas dif e-
renciales y de la baja r emuner ación de la mano de obra par a acumu-
lar ingent es cantidades de capital (Nar edo, 1981). Los gr andes pro-
pietarios y comerciant es extremeños realizaban un es tr aperlo de gran
v olumen y larga dis tancia, en camión, a lugares como Madrid, Se villa,
Córdoba y T oledo (Pérez Rubio, 1995:105). T odo est e mundo de
empresarios agrícolas y comer ciantes implicados en prácticas fraudu-
lentas forma parte de lo que Eduar do Se villa ha dado en llamar clep-
t ocracia fr anquista (Se villa, 1979a).
A pesar de t odo ello, el franquismo, par a logr ar la adhesión de los
campesinos, utilizó en su propaganda al SNT , que posibilitó la perdu-
ración del modo de explotación campesino dur ante las dos primer as
décadas del régimen. T ras la autarquía, la pr otección del trig o con pre-
cios superiores a los del mer cado internacional permitió la acumula-
ción en la gran pr opiedad debido a las rentas difer enciales. Además,
muchos latifundistas apr o v echaron par a producir en sus regadíos
(muchas v eces puest os en funcionamiento con carg o a f ondos estata-
les) el trigo que lueg o compraría, sin riesgo ninguno, el SNT . Con el
prot eccionismo, el campesinado fue mant enido artif icialmente y pos-
teriorment e abandonado al desarrollo capitalista sin posibilidad de
defensa ni or ganización.
Otro de los pilar es básicos de la política agr aria franquis ta fue la
colonización. Al igual que sucedía con la política triguera r especto al
pequeño campesinado, con la promesa de asentamient o de obreros
agrícolas y yunter os se pr etendía int egr ar a est os segment os del cam-
pesinado en el sist ema político r ecién impuest o. Los inicios de es ta
política tuvieron lugar primer o en el secano, sobre t odo en relación
con el asentamient o de los yunter os. Esta política int entaba ser la
solución dentro del régimen al pr oblema de la tierr a tan clarament e
puest o de manif iest o durant e la R epública, pero fue más bien una cor-
tina de humo para ocultar el pr oblema de la tierra, propaganda bajo
la ideología de la soberanía del campesinado, o como dice Pér ez
Rubio para el caso de Extr emadura, una forma de sublimar la conflic-
69
tividad soterr ada que se estaba desarrollando entr e yunter os y grandes
propietarios por el pr oceso de desalojo de los primeros (Pér ez Rubio,
1995:585). Se promulgó una le y de expropiación de f incas rústicas
que en la práctica no se sustanció en nada (Ortega, 1978). El cultiv o
colectiv o en el secano se impedía por las connotaciones políticas que
ese tipo de explotación tenía con tiempos pasados. En el caso de
Extremadur a, los asentamientos tuvieron escasa importancia, en un
proceso sin planificación y dependiendo de caract erísticas concr etas
de las zonas, de pueblos o comarcas en que se diese cierta presión de
los a yuntamientos y hermandades. Según Pér ez Rubio, la iniciativa
partió de los yunteros y Hermandades Sindicales, apo yados por
excombatientes y f alangistas. Las expropiaciones o compr as de algu-
nas f incas er an una especie de antídoto ant e la conf lictividad gener a-
da por los lanzamient os de yunter os (Pérez Rubio, 1995:585). P ara
Bar ciela, el fr acaso de esta política de colonización de inspir ación
falangis ta se debió a la inadecuación a las circuns tancias económicas
de esa década, al ambiente social y político contr ario a cualquier refor-
ma agraria, a la ineficacia de la Adminis tración y a la política agr aria,
sobre t odo de bajos precios, que desincentiv aba la inv ersión, amén de
la inestabilidad política de esos años (B arciela, 1987).
Abandonados los conat os de colonización de secano, las prome-
sas de redención de los labr adores se cifran en la política de coloni-
zación de regadío, uno de los gr andes núcleos propagandísticos del
franquismo y que tuv o en Extremadur a, con el Plan Badajoz, su prin-
cipal exponente. L os objetivos er an aliviar el problema de la tierr a, dar
satisfacción al deseo de acceso a la pr opiedad de los trabajador es y
labrador es modestos, sobr e t odo de est os últimos, cr ear un nuev o seg-
ment o social, una especie de clase colchón, que amor tiguar a tensio-
nes y fuera adepta al régimen (Ort ega, 1979: 145), al tiempo que,
junt o a las nuev as explotaciones campesinas, surgiera una clase
empresarial moderna y con crit erios pr oductivistas y de eficiencia en
los nuev os regadíos. Ortega señala otr a dimensión: el gar antizar una
reserva de mano de obr a a las gr andes explotaciones para su funcio-
namient o tradicional ( y a se contaba con la emigración futur a), por la
70
necesidad de las explotaciones campesinas de completar sus ingresos,
al ser su tamaño insuf icient e (Ortega, 1979:145). En efect o, los asen-
tamient os se hicieron en zonas de gr andes propiedades que, además,
se benef iciar on de las obras de infr aestructura. L os supuest os para la
declaración de una finca como expropiable er an res tringidos y se esta-
blecía tierras r eser vadas. Se suscitó un tr emendo interés por parte de
los dueños de tierras en r eser va por los t errenos r egables. Sólo un
26% de la super ficie puesta en regadío has ta 1973 fue adjudicada a
colonos, lotes f amiliares y obr eros agrícolas (Ort ega, 1979:229). La
escasa dimensión de las propiedades, el pag o de los plazos e int ere-
ses, el no acceder directament e a la condición de pr opietario y la
super visión técnica ponían al colono en una situación de dependen-
cia. No se tuv o en cuenta la posibilidad de que los hijos pudier an esta-
blecerse como agricult ores independient es.
Los mecanismos de selección de los colonos iban orientados a
reclutar a los que se pr esumía menos conflictivos: pequeños arr enda-
tarios y aparcer os, hijos de labradores y obr eros fijos, por est e orden.
Condiciones como la conducta moral, r eligiosa o política podían ser
determinant e. Además se establecían periodos de tut ela y acceso, a
v eces con una especie de apar cería entre el colono y el INC. Se pr e-
tendía discriminar a los campesinos con cierta capacidad de desen-
v olvimient o autónomo, presumiblement e los menos conflictivos y más
fáciles de integr ar , t odo ello en la línea de buscar esa clase de amor ti-
guación para el equilibrio social (Ort ega, 1979:151).
Una gr an parte de los aut ores que abor dan el t ema de la coloni-
zación insist en en los aspect os negativ os ref eridos, y en el hecho de
que apenas hubo acceso a la propiedad por parte de los campesinos
sin tierra. A ceptando ello, Barciela señala, no obs tante, la magnitud del
proceso, la pues ta en rieg o de 200.000 hectáreas entr e 1951 y 1960
(Bar ciela, 1987). El impulso colonizador de los años cincuenta deca yó
cuando se aceleró el proceso de desarr ollo desequilibr ado capitalista,
con sus v ertiginosos efect os sobre el campo: emigr ación y mecaniza-
ción. En cualquier caso, en las zonas de regadío se añadió un nue vo
segment o a la estructur a social extremeña, de gr an interés sociológi-
71
co, en una zona que ha alcanzado gran dinamismo económico, sobr e
t odo en la V egas Altas del Guadiana, a pesar de los aspectos negati-
v os del proceso de colonización y del modelo de desarr ollo de la
agroindus tria, del que hablaremos más adelant e.
Finalmente, otr os dos aspect os importantes de la política agr aria
franquis ta de es te periodo son la política de concentr ación par celaria
y la for estal. La concentr ación parcelaria es pos t erior a la fase de colo-
nización y tiene que v er con la necesidad de adaptar las explotacio-
nes a la penetración capitalis ta y a la mecanización (Pér ez Díaz, V .,
1966: 63). P ar a el caso de Extremadur a, la concentr ación apenas tuv o
efect o, pues estaba dirigida a zonas minifundistas, con explotaciones
cuy as dimensiones las hacían poco viables. En gener al, los r esultados
fueron escasos. La ma y or parte de la concentr ación tuv o lugar en Cas-
tilla, y afectó poco a las zonas más minifundis tas de la cornisa cantá-
brica. Sólo una minoría de agricult ores se benefició de la concentra-
ción y no fueron los más pr ecarios precisament e. Muchas explotacio-
nes siguieron siendo insuficientes (Se villa, 1979a:90).
En cuant o a la política for estal, la labor fue ing ente, pues se r epo-
bló más de un millón de hectáreas entr e 1950 y 1960 (Bar ciela, 1987),
pero el plant eamient o y muchas de sus consecuencias fueron nef astas
por repoblarse con especies f oráneas muy perniciosas desde el punt o
de vista ecológico, no adaptadas a las zonas en que se plantar on,
como el eucalipt o o cier t os pinos, y reemplazando a especies autóc-
t onas de gran v alor . Además, en muchos casos fue una casi absoluta
priv ación de sus propiedades de muchos v ecinos y ayuntamient os,
con una orientación rentabilis ta inmediata que fa vor ecía los int ereses
maderer os industriales, per o no los de los habitantes de la zona. Ade-
más de la eliminación de ecosist emas autóct onos, de past os par a el
ganado y de otras mat erias primas impor tantes par a las economías
locales, esta política se tr adujo en de v astación del t err eno como con-
secuencia de frecuent es incendios f ores tales, tanto por la quema
intencionada de los bosques por los pr opios habitant es o por los sica-
rios de los maderer os como por ser masas arbóreas que ar dían con
cierta facilidad (Bar ciela, 1987).
72
P ar a terminar es te apartado, y como resumen, las consecuencias
de la política franquis ta en el campo extr emeño fueron fundamental-
mente la consolidación del pr oceso de dominación y dependencia,
tant o del campesinado como de la propia r egión. En efect o, hemos
vist o cómo los intereses t err atenient es pr ev alecen en el campo extre-
meño, no sin ciertas contradicciones a v eces, como demuestr a una
cierta dimensión procampesina de los primeros moment os del régi-
men. A tra vés del inter v encionismo estatal y de los mecanismos de
control políticos e ideológicos y de las dis tintas formas de encuadr a-
mient o, los campesinos modest os fueron sometidos a los int ereses del
Estado y la gr an pr opiedad. Mucho más acusada fue la situación de
dominación y dependencia económica, social y política de los traba-
jadores, priv ados también de mecanismos de repr esentación propios
y de defensa de sus int er eses y sometidos a un sist ema repr esiv o de la
mano de obra, con salarios tr emendamente bajos.
L A ECONO MÍA A GR ARIA
P asando y a a los aspect os económicos, la agricultura española de
los años cuarenta y cincuenta pr esenta una serie de car acterís ticas
específ icas que poco t endrán que v er con lo que suceda a partir de la
década siguiente, cual sería la escasa capitalización, con el empleo de
la tracción animal y la ener gía humana y alt o reempleo, t ecnología
tradicional, fuert e intervencionismo y demanda muy es table de pro-
duct os agrarios (Camilleri, 1981). No obs tante exis tieron dif erencias
notables entre la primer a y la segunda década. L a de los años cua-
renta, y has ta el año 1952 más o menos, está mar cada por el estan-
camient o de la producción, las penalidades, el hambr e, el bloqueo
internacional, la autarquía y una política extr emadament e intervencio-
nista en el campo.
Si la década de los cuarenta fue de crisis en la agricultur a españo-
la, no se debió fundamentalmente a los ef ect os de la Guerra Civil, que
no fueron tan desas trosos par a la producción como sost enían las aut o-
ridades franquis tas. L os principales daños se debieron a la pér dida de
73
ganado de labor (un 8% apro ximadamente) y , principalmente, de
vidas humanas. Sin embarg o, el exceso de mano de obr a en el campo,
una cierta vuelta al medio rural y el crecimient o demográf ico dieron
lugar a un aument o de la mano de obra agrícola. Con r espect o al
periodo republicano, disminuy eron la super ficie cultivada, la pr oduc-
ción y rendimient os, siendo el hambre una lacra g ener alizada en toda
la década. Como hemos dicho, la explicación of icial de la crisis inci-
día en que ésta er a debida a los es trag os de la guerr a, la falta de gana-
do de labor , escasez de fertilizantes y falta de maquinaria. Según B ar-
ciela (Bar ciela, 1987), las causas no er an esas, sino que habría que
buscarlas en la política económica y agraria del fr anquismo, autárqui-
ca, intervencionis ta y fuertement e inspirada en los f ascismos europe-
os. El aislamient o internacional supuso una fuerte limitación a los insu-
mos (sobre t odo de fertilizantes) y la intervención de los pr oduct os
agrarios y la fijación de unos precios de gar antía bajos tr ajo retr ai-
mient o de las producciones, escasez y sur gimiento del mer cado
negro. Otr o hecho significativo de es te periodo fue un aument o del
cultiv o direct o por par te de los gr andes propietarios. Hubo una impor-
tante acumulación de capitales entr e los beneficiarios del mercado
negro y acapar adores de concesiones de maquinaria, abonos y semi-
llas y un descenso de los salarios reales en el campo. Como hemos
vist o, esto último no pueda explicarse al mar gen de las r elaciones de
poder surgidas de la guerr a. Además de la r educción de los salarios
reales hubo una demanda de un tr abajo más intensiv o de los jornale-
ros. La exist encia del salario mínimo no se f ijó hasta 1961 y , aunque
en los años cuarenta y cincuenta se es tablecieron tablas salariales, que
en el caso de Badajoz se fijaron según una división en tr es zonas, los
salarios quedaron por debajo de ellas. En t odo caso, prev alecieron las
costumbr es locales de contr atación, que benef iciaban a los propieta-
rios ( Pérez, Rubio, 1995:71).
El fracaso de es ta política lle vó a un cambio a f inales de la década
que se sustanció definitiv amente en un nue v o rumbo en el Minist erio
de Agricultur a en 1951. La nuev a política optó por una cier ta liberali-
zación, eliminación de normas de intervención y ele vación de los pr e-
80
4 Sobre las met odologías utilizadas en las estadís ticas agrarias y la poca fiabilidad de
los análisis basados en la globalización de los datos por municipios véase el tr aba-
jo de Sevilla y Gámiz (Se villa y Gámiz, 1971).
cuadros es tableciendo aquellos tr amos comunes para ambas. Las dife-
rencias en las cifr as son evidentes, y a que los criterios utilizados par a
la confección de las tablas es dis tinta y entre uno y otr o tr abajo han
transcurrido 15 años, por lo cual no podr emos saber qué diferencia se
debe a la forma en que se han r ecogido los dat os y cuál a cambios en
la estructur a de la pr opiedad 4 . Ha y indicios que apuntan en ambos
sentidos. P or ejemplo, en las f incas may ores de 500 Ha, ha y una dife-
rencia de cer ca de 200 Ha en Puebla del Maestre, cuando sabemos
que en ese término sólo exist e una explotación ma y or de 500 Ha y
que entre una f echa y otr a no sufrió cambio alguno. Ahora bien, esa
explotación está compues ta por dos f incas con dis tinto nombr e per o
contiguas y con una ges tión unif icada. L o mismo podría haber suce-
dido en otro tipo de explotaciones. Sin embar go, otr os cambios pue-
den deberse a que en 1962 y a hubiesen empezado a notarse las con-
secuencias del proceso emigr ación y crisis de la agricultura tradicional,
como puede v erse en los dat os de población, que apuntan descensos
y a en el censo de 1960, descenso de población que y a se dio en Pue-
bla del Maestr e en el ant erior censo. Así se explicaría, por ejemplo, la
mengua de la importancia territ orial de las explotaciones más peque-
ñas, y a que los trabajador es y los campesinos con menos tierr a son los
primeros en emigr ar y en sufrir las consecuencias de la crisis.
En cualquier caso, en las f incas menor es de 1 Ha es donde apare-
cen difer encias más signif icativ as entre una y otra fuent e, con super f i-
cies siempre tr es v eces inferior es al menos, aunque sin ninguna impor-
tancia respect o al total de tierr as de los términos municipales. Esas f in-
cas podrían entrar a f ormar par te de otr as explotaciones ma y or es, más
viables y a las que tarda más en af ectar la crisis. En el estr ato de 1 a 10
Ha, no ha y homogeneidad entr e los términos, pues en Monest erio y
Puebla del Maestr e descienden dos o tres punt os porcentuales mien-
81
tras que en Mont emolín suben. En el siguiente grupo (de 10 a 50 Ha)
aumenta en algo, y a que por arrendamient o o compra puede absor-
berse a explotaciones más pequeñas. En el estr at o de 10 a 50 se obser-
v a un aument o gener al y signif icativ o entre 6 y 7 punt os en todos los
casos. En las que tienen entre 50 y 100 Ha, en Mones t erio y Monte-
molín tiene lugar un descenso de en t orno a 7 puntos, mientr as que
en Puebla del Maestr e sube casi 1 punt o. Las situadas entre 100 y 500
Ha, descienden alrededor de 2 punt os en Monesterio y Mont emolín y
1 en Puebla. No encontramos explicación a las dif er encias de ten-
dencia al alza y a la baja en los estr at os intermedios, pues los már ge-
nes en que se muev en por tamaño no dan idea de que puedan existir
motiv os de tipo económico (viabilidad, economías o deseconomías de
escala) o sociológico (familia, her encia, matrimonio, etc.) que en unos
casos las hagan aumentar y en otros descender . Finalmente, las ma y o-
res de 500 Ha suben alr ededor de 5 punt os en Monest erio, de 2 en
Montemolín y bajan 4 en Puebla del Maes tr e, aunque est e dato es
poco f iable, pues como vimos no ha y cambios. Las grandes fincas son
las que menos problemas de continuidad t endrán, por disponer de tie-
rra abundant e y reducir cost es de mano de obr a por div ersas vías,
desde la capitalización hasta la ext ensificación.
A pesar de las difer encias en las cifr as, en líneas gener ales, ambas
fuentes coinciden básicament e a la hora de ofrecernos los gr andes ras-
gos de la es tructur a de la propiedad. Así, y analizando municipio a
municipio, en Montemolín, (Gráfico 2) la ma y or par t e de la super ficie
censada, el 33,28% en 1948 y 35,82% en 1962, está ocupada por fin-
cas ma y ores de 500 Ha, el 38,64% y el 35,40% corr esponden a las
que tenían entr e 100 y 500 Ha, es decir , que las ma y ores de 100 Ha
suponían el 71,92% y 71,22% de la super ficie censada. L as f incas
entre 50 y 100 Ha r epresentaban el 11,63% y el 4,81%; las de 10 a
50 Ha el 11,19% y el 17,61%. Las de 1 a 10 Ha el 4,91% y el 6,26 %.
Las menores de 1 Ha el 0,34% y el 0,10%. En P allar es y Santa María
de Na v as la estructur a de la propiedad sería aún más latifundista, dado
que est e por centaje estaría mediatizado por la exis tencia de un impor-
tante es tr ato campesino en el pueblo de Mont emolín, mientras que
82
Cuadro 3 • Apro vechamient o de las tierras en Montemolín en 1948
Elaboración propia a partir del Plan General de Ordenación Económico
y Social de la pro vincia de Badajoz (Gobierno Civil de Badajoz, 1948)
> 500 Has. 6.681,92 857,58 8,99 5.824,34 55,49
9.536,12 41,17 10.504,04
100-500 Has. 7.759,11 4.741,99 49,73 2.981,13 28,38
50-100 Has. 2.336,02 1.477,11 15,49 858,91 8,18
10-50 Has. 2.247,62 1.571,72 16,48 685,91 6,53
1-10 Has. 987,49 856,69 8,98 13,56 32,94 117,24 1,12
< de 1 Ha. 69,15 41,04 0,43 27,61 67,06 0,50 0,005
Extensión Has
Sup. T otal Has Has % Has % Has %
Secano R egadío P ast os
Cuadro 2 • Super f icie ocupada por las explotaciones según su tamaño en 1962.
Elaboración propia a partir del Censo Agrario (Minister io de Agricultura, 1964)
Monest erio
Montemolín
Puebla del
Maestr e
T otal comarca
T otal provincia
S. T otal Has % Has % Has % Has %
(Has) 0-20 s/T otal 20-100 s/T otal 100-500 s/T otal >500 s/T otal
28.150 2.184 7,76% 5.126 18,21% 9.461 33,45% 11.424 40,58%
19.744 2.882 14,60% 2.801 14,19% 6.989 35,40% 7.072 35,82%
7.771 1.900 24,45% 2.560 32,94% 2.737 35,22% 574 7,39%
127.625 21.980 17,22% 30.899 24,21% 41.003 32,13% 33.743 26,44%
2.005.215 351.601 17,53% 351.472 17,53% 681.750 34% 41.389 32,43%
83
Cuadro 4 • Apro vechamient o de las tierras en Monesterio en 1948
Elaboración propia a partir del Plan General de Ordenación Económico
y Social de la pro vincia de Badajoz (Gobierno Civil de Badajoz, 1948)
> 500 Has. 11.400 3.200 9,70 8.200,00 24,85
33.000,24 14.876,71 23,58 18.099,96
100-500 Has. 12.189,82 5.150 15,06 7.039,82 21,33
50-100 Has. 5.400,3 3.200 9,70 2.200,30 6,67
10-50 Has. 1.845,48 1.430 4,33 415,48 1,26
1-10 Has. 2.067,86 1.821,51 5,52 5,2 241,16 0,73
< de 1 Ha. 96,78 75,2 0,23 18,38 0,06 3,20 0,01
Extensión Has
Sup. T otal Has Has % Has % Has %
Secano R egadío P ast os
Cuadro 5 • Apro vechamient o de las tierras en Puebla del Maestre en 1948
Elaboración propia a partir del Plan General de Ordenación Económico
y Social de la pro vincia de Badajoz (Gobierno Civil de Badajoz, 1948)
> 500 Has. 940 940 19,18
8.005,2 3.095 10,20 4.900
100-500 Has. 2.900 1.160 37,48 1.740 35,51
50-100 Has. 1.369 810 26,17 559 11,41
10-50 Has. 1.392 558 18,03 834 17,02
1-10 Has. 1.306 531 17,16 775 15,81
< de 1 Ha. 98,2 36 1,16 10,20 52 1,06
Extensión Has
Sup. T otal Has Has % Has % Has %
Secano R egadío P ast os
84
Cuadro 7 • Estruc tura social agraria en 1948
Elaboración propia a partir del Plan General de Ordenación Económico
y Social de la pro vincia de Badajoz (Gobierno Civil de Badajoz, 1948)
Monest erio
Montemolín
Puebla del
Maestr e
-- - - -
24,31 15,52 10,04 7,02 41,80
7,91 7,00 20,49 28,40 36,18
Cultiv adores Y unter os Obrer os
direct os personales fijos agric.
Cuadro 6 • Régimen de t enencia en 1948
Elaboración propia a partir del Plan General de Ordenación Económico
y Social de la pro vincia de Badajoz (Gobierno Civil de Badajoz, 1948)
Monest erio
Montemolín
Puebla del
Maestr e
S. T otal Propiedad Arrendamiento Aparcería Otros
(Has) Has % Has % Has % Has %
28.150 21.201 75,31 5.022 17,84 1,109 3,94 818 2,91
19.744 13.946 70,63 3.133 15,87 2.452 12,42 213 1,08
7.771 5.575 71,74 1.604 20,64 559 7,2 33 0,42
85
Cuadro 8 • P orcentaje de la super f icie ocupada
por los distintos apro vechamient os en 1948
Elaboración propia a partir del Plan General de Ordenación Económico
y Social de la pro vincia de Badajoz (Gobierno Civil de Badajoz, 1948)
Monest erio
Montemolín
Puebla del
Maestr e
0,07 1,45 0,15 0,29 14,51 21,33
0,23 2,67 0,04 0,09 14,39 39,62
0,13 17,16 0,09 0,02 6,98 18,61
Huertas Olivos Vid Vid Labor Labor
y Frutales y olivo año y vez y pas tos
Monest erio
Montemolín
Puebla del
Maestr e
7,40 43,53 3,19 7,26 0,81
1,76 39,53 0,17 1,52
23,27 26,17 7,56
P astizal Encinar Alcornocal Monte Pinos
permanente bajo
> 500 Has.
36% 0-20 Has.
15%
20-100 Has.
14%
100-500 Has.
35%
Gráfico 2 • Super f icie ocupada por las explotaciones
según su tamaño en Montemolín en 1962
Elaboración propia a partir del Cuadro 2
86
> 500 Has.
41% 0-20 Has.
8%
20-100 Has.
18%
100-500 Has.
33%
100-500 Has.
36% >500 Has.
7% 0-20 Has.
24%
20-100 Has.
33%
Gráfico 3 • Super f icie ocupada por las explotaciones
según su tamaño en Monesterio en 1962
Elaboración propia a partir del Cuadro 2
Gráfico 4 • Super f icie ocupada por las explotaciones
según su tamaño en Puebla del Maestre en 1962
Elaboración propia a partir del Cuadro 2
87
P allares y S anta María de Na v as se encla v an en un ent orno de f incas
de gran ext ensión.
Como podemos v er , en Monest erio (Gráf ico 3) pr edominan tam-
bién las f incas de gr an extensión. Así, las ma yor es de 500 Ha ocupan
en 1948 el 33,55% y en 1962 el 40,58% de la super ficie, las de entre
100 y 500 Ha repr esentan el 36,94% y el35, 40%, las de entre 50 y
100 Ha el 16,36% y el 7,85%; las de entre 10 y 50 suponen el 5,59%
en 1962 y el 12,82%; las de 1 a 10 Ha, el 6,26% y el 3,90% y f inal-
mente las explotaciones menor es de 1 Ha el 0,29% y el 0,09%. Según
est o, se trataría del municipio donde ma y or super ficie ocupan las f in-
cas ma y ores de 50 Ha, sobr e t odo en 1962, con el 40,58% de la
super ficie. Sumadas todas las ma y ores de 100 Ha, t enemos que el
70,49% en 1948 y el 70,03% en 1962 está ocupado por es te tipo de
f incas. P or lo que respecta a la parte de nues tra zona de es tudio com-
prendida dentr o del término municipal de Monest erio, que rodea a
Santa María de Na vas, y se acer ca a P allar es y Puebla del Maestr e, es
bastant e más latifundista que el conjunt o del municipio de Moneste-
rio, y a que la ma y or cantidad de pequeñas explotaciones de Mones-
terio se ubica en lugar es r elativ amente próximos al pueblo, mientr as
que hacia el sur y sures t e del término no sucede est o, pues en él se
asienta un gran númer o de grandes dehesas, en lo que antaño fuera
la enorme dehesa de Calilla, pertenecient e a las cinco villas hermanas.
Puebla del Maestr e (Gráf ico 4) pr esenta caract erísticas muy dife-
rent es a los otr os dos municipios, pues sólo hay una finca ma y or de
500 Ha que ocupa en 1948, el 11,74% y el 7,39 % en 1962, cambio
que, como vimos, no se corresponde con la r ealidad. Las explotacio-
nes situadas entre las 100 y 500 Ha r epresentaban el 36,23% en 1948
y el 35,22%, en 1962. Es decir , si sumamos est os dos segmentos, t ene-
mos que las f incas ma y ores de 100 Ha suponen el 47,97% y el 42,61
%, menos de la mitad del término, mientras que en Mones t erio y
Montemolín suponen casi las dos t ercer as par t es de la super ficie. L as
de entre 50 y 100 r epresentan el 17, 10% y 18,07%; las de entr e10
y 50 el 17,39% y el 24,40%; las de entre 1 y 10 Ha el 16,31% y el
14,53%; f inalment e, las menores de 1 Ha suponen el 1,22% y el
88
0,40%, la propor ción más alta de la zona. L a pequeña propiedad de
est e pueblo se localiza, sobr e todo aunque no exclusiv amente, en la
zona de oliv ares, en buena parte de las tierr as que los vecinos adqui-
rieron conjuntament e en la Desamortización.
Como podemos v er , exist e correlación entr e tamaño de la explo-
tación y apro vechamient o ( Cuadros 3, 4, y 5). En efect o, latifundismo
y dehesa v an estr echament e unidos, pues en las f incas ma y ores de
500 Ha predomina es t e tipo de explotación. Así, en Monest erio, las
f incas de mont e y past os r epresentan el 24,85% de la superf icie muni-
cipal, mientras que las de secano suponen el 9,7% de dicha superf i-
cie. En Montemolín dicha f orma de apr o v echamiento ocupa el 29%,
por un 4,27% de las de secano. En Puebla del Maestr e, la única f inca
ma y or de 500 Ha es una dehesa, que supone el 11,74% del término.
En el siguiente es tr ato, el de 100 a 500, sigue pr edominando el mont e
y past o frente al secano en Mones terio, 21,33% fr ente a 15,6%, y en
Puebla del Maestr e, 21,74% frent e a 14,49%, mientras que en Mon-
temolín el secano ocupa el 23,61% y el mont e y pastos el 14,85%,
cosa que sucede en la zona norte del término, en la zona que bascu-
la hacia la penillanura, fuer a de nuestra ár ea de estudio. En cualquiera
caso, en el ent orno de los tres pueblos es tudiados, la correlación entr e
dehesa y gran pr opiedad es may or , y a que apenas exist en f incas ma yo-
res de 100 Ha que no sean dehesas, y t odas las may ores de 500 lo
son. En los estr at os de f incas por debajo de 100 Ha, el secano sobr e-
pasa al monte y pas t os en Monest erio y , sobre todo, en Mont emolín,
por la importancia de las tierras de past o y labor en torno al núcleo de
Montemolín. En Puebla del Maes tr e, sin embarg o, tiene ma y or impor-
tancia territ orial el secano en el estrat o de 10 a 50, 10,12% frente a
6,98%, pero en los siguient es pr edomina la dehesa frent e al secano.
Finalmente, el r egadío sólo lo encontr amos en los dos estr at os infe-
riores, per o sobre t odo en las f incas menores de 1 Ha, y en Puebla del
Maestr e sólo en éstas. En cualquier caso, la importancia territ orial de
est e estr ato es pequeñísima, 0,06% en Monest erio, 0,14% en Monte-
molín y 0,13% en Puebla del Maestr e, tr atándose de las huer tas loca-
lizadas en pequeñas v egas junt o a algún río o arro yo o en tierr as de
89
cierta profundidad bien pro vistas de agua de norias y , en menor medi-
da, de algunas parcelas de frutales. En g eneral, a menor tamaño de la
propiedad se da un uso más int ensiv o de la tierra, como nos ilustr a la
importancia del cultivo int ensiv o de regadío en las más pequeñas, cul-
tiv o de secano en los estr atos int ermedios y uso extensiv o de monte
y past o con labores extensiv as en rotaciones largas en los es tr atos
superiores.
En cuant o al régimen de tenencia (Cuadr o 6), no exist en gr andes
difer encias entre los municipios, en los cuales pr edomina el régimen
de propiedad, entr e el 70% y 75% apro ximadamente. El arr enda-
mient o se sitúa entre el 16% y 20%, mientr as que en la aparcería sí
que exist en difer encias signif icativas, entr e el 3,94% en Mones terio, el
7,2% en Puebla del Maestr e y el 12, 42% en Mont emolín, en lo que
quizás tenga que v er la may or dedicación al cultiv o en la cabecera del
municipio.
R elacionada con la estructur a de la propiedad está la es tructura
social agraria, de la que nos ofr ece datos el PGOES (Cuadro 7). L os
cultiv adores dir ect os y personales se dividen en suf icient es e insuf i-
cientes. Desgr aciadamente no disponemos de dat os sobre es te colec-
tiv o en el caso de Monest erio, que nos habría ser vido no sólo para
caract erizar la estructura del municipio sino par a contrastar con los
otros dos, muy dispar es entre sí. En el caso de Mont emolín, los suf i-
cientes serían, tr as los jornaleros, el grupo más importante, 470 culti-
v adores, que suponen el 24,31% de la población campesina. En Pue-
bla del Maestr e est e colectivo sería menor , 61 cultivador es, el 7,91%.
En principio resulta extr año este dat o, teniendo en cuenta los datos
recogidos en cuadr os ant eriores, aunque podría explicarse por el
hecho de un gran númer o de propietarios y de f incas son de peque-
ñas dimensiones, en secano y montes y pas t os, lo que las hace insuf i-
cientes. Sin embar g o, el grupo siguiente, el de los insuficientes tam-
bién es más menguado en Puebla del Maestr e. Est e grupo que englo-
ba a los cultiv adores cuy as explotaciones no les permiten absorber
t oda su fuerza de trabajo y han de r ecurrir a la aparcería o al jornal,
en Montemolín acog ería a 300 cultiv adores, el 15,52% y en Puebla
.
97
3. L A ARBOLEDA
L OS ÁRBOLES EN L A DEHESA
Una v ez que hemos conocido el marco espacial y t emporal del
estudio, podemos pasar y a a conocer el funcionamiento de la dehesa.
P ar a ello nuestr a apro ximación consistirá en ir abordando cada uno de
los difer ent es usos productiv os del territ orio adehesado. La dehesa es
un sist ema de uso múltiple del t erritorio, pues articula una serie de
apro vechamient os en un sistema global que busca la complementa-
riedad entre ellos y los beneficios mutuos. Se integr a así la ganadería,
la agricultura y la explotación f orestal y cada una de ellas con usos,
actividades y especies div ersas. P ero, ciertamente, los árboles conf or-
man el estr at o que más caract eriza a los paisajes adehesados. Aunque
en un sist ema agr osilv opast or al todos sus component es son cruciales
y sin ellos nos se explicaría el sist ema como tal, es la arboleda lo que
def ine y singulariza a la dehesa fr ente a otr os paisajes. La impor tancia
del estr at o arbóreo es gr ande por variadas r azones y sir v e al conjunt o
del sist ema también de f ormas difer entes. L os árboles son los elemen-
t os de madurez de la dehesa, la pr esencia más señalada del bosque
mediterráneo original, que dota de ma yor es tabilidad al conjunt o. Tie-
nen evident es funciones ecológicas en cuanto a control de er osión,
regulación térmica, r efugio de fauna y aument o de la div ersidad de
especies en el pastizal, como puede v erse en otros apartados de est e
trabajo. P ero más concretament e desde el punto de vista pr oductiv o,
los árboles ser vían al funcionamiento de la dehesa suminis trando ali-
98
ment o al ganado directament e en forma de bellotas, r amón y hojas e,
indirectament e, mediant e la mejora de los pas t os por sus aportes al
suelo, la dosif icación del agua, pr otección fr ente a heladas, mediant e
la sombra y el mant enimiento de la humedad o frescur a, alargando el
v erdor de la hierba, o haciendo más div ersa la composición del pasti-
zal y dotando de v alor estr atégico para la alimentación a ciertas espe-
cies v egetales. A demás, su efect o atemperador y de r efugio ante incle-
mencias, y a sean de frío, calor , lluvia o viento, er a de gr an impor tan-
cia. Constituía también la fuent e de energía por excelencia en la eco-
nomía de aquella época, y a sea como leña para las candelas, carbón
o cisco. En el caso del alcornoque, el corcho er a también un produc-
t o de consideración. Igualment e, el arbolado ofrecía mader a y ramas
para la cons trucción y par a usos muy div ersos como palancas, aperos
de labranza o enser es domésticos.
Los árboles, y muy des tacadament e la encina, constituían el ele-
ment o más caract erístico del paisaje en la zona, junt o al reliev e, y con-
formaban sus r asgos difer enciales frent e a pastizales y tierras calmas
de las tierras más al nort e, de las campiñas. La impor tancia económi-
ca de la arboleda (y del mat orral), por t odo lo dicho, er a capital, como
v eremos, y objet o de disputa y conf licto entr e grupos sociales. P ode-
mos decir que en t orno a la apropiación de esos r ecursos era donde
más clarament e se manifestaban en aquellos años las t ensiones socia-
les. Si en el manejo y apropiación del r est o de recursos estaban impli-
cadas las distintas clases sociales a tr a vés de los diversos pr ocesos de
trabajo, en el caso de la arboleda y el mat orral las pugnas por conse-
guir una parte los mismos er an muy claras en algunos casos y , fuera
del salario que podía aportar , la importancia económica del monte
para las clases popular es estaba fuera de dudas, por el uso de los pr o-
duct os del mismo en la vida cotidiana, a difer encia de lo que sucedía
con el ganado o los cultiv os.
P ar a los propietarios, la importancia económica de la arboleda no
daba lugar a las dudas y tribulaciones de los tiempos actuales. La
importancia patrimonial de los árboles era e vidente: sobr e suelos
pobres y en un cont ext o de sev eras cons tricciones climáticas, la con-
99
v eniencia del arbolado er a indiscutible, como medio de div ersif ica-
ción de los recursos y como mecanismo de conseguir las pr oduccio-
nes paras las que el medio con más lar gueza se ofrecía. La r egener a-
ción y el mantenimient o de una arboleda en buen estado era el medio
de capitalización a larg o plazo más conv enient e e incluso también a
medio plazo en lo que a algunas producciones se r efiere. La dif icultad
de sopesar el v alor de ciertos beneficios, bien por ser indirectos
(como los ecológicos, el efect o sobre el past o, etc.), o bien por ser
diferidos (mejor a de la pr oducción de bellotas, corcho, etc.) no se
planteaba como un element o determinant e o disuasorio, habida cuen-
ta sobre t odo del bajo coste de las labor es y de la fácil y rentable
comercialización de las pr oducciones. P or esa razón no se hacía un
balance inmediat o y detallista del r endimiento de una práctica con-
creta (poda, por ejemplo), ni se plant eaba la posibilidad de no lle v ar-
la a cabo o post ergarla, sino que f ormaba parte de un manejo canó-
nico que no se ponía en duda, habida cuenta de los resultados positi-
v os obt enidos a lo larg o del tiempo y v alidados por la tradición local
y familiar . De esta manera, el aspect o más problemático del manejo
de los componentes de ma yor madur ez de los ecosistemas, la r enta-
bilidad económica (monetaria más bien) inmediata, quedaba salv ado
en la lógica de la contabilidad tradicional.
L AS ESPECIES ARBÓREAS Y SU PRESENCIA .
Al haberlo hecho en el capítulo correspondient e a la car acteriza-
ción del área de es tudio, no v olv eré a tratar de la distribución de la
arboleda y sus distintas especies en los tr es pueblos, por lo que remi-
t o al text o y la cartogr afía y a ref erida. Lo que haré a continuación será
tratar de las car acterísticas de la v egetación de la dehesa y del mane-
jo de las especies concretas.
Salv o en lugares muy precisos y excepcionales par a el conjunto, la
cubierta de la dehesa la caract erizan las especies de lo que Riv as
Goda y denominó v egetación durilignosa. Nues tr as dehesas son un
tipo de durisilv a, de bosque de frondosas medit erráneo, aunque apa-
rezca alguna especie de tr ansición a la aestisilv a con los quejigos.
100
Como respues ta al clima seco y caluroso, la durisilv a presenta hojas
escleróf ilas, dur as, pequeñas, coriáceas, con tonalidades del gris al
v erde oscur o, con est omas en el envés protegidos por pilosidades o
escamas, y t odo ello para contr olar la transpir ación y no perder hume-
dad. Los tr oncos se r amif ican pr onto, no super ando los 20-25 m de
altura y dando lugar a f ormas globulares. Al ser el fact or escaso no la
luz sino el agua, a lo que tiende el árbol no es competir en altura, sino
a prot eg er la may or cantidad de suelo posible frent e a la r adiación del
sol. En un context o de aridez, su sistema de r aíces es muy desarrolla-
do, tant o en super f icie como en pr ofundidad (Rubio, 1989:35). Así, la
encina tiene raíces de rápido cr ecimiento inicial y es capaz de brotar
de cepa y de raíz. L os árboles de la durisilva acumulan aquello que sin-
tetizan en f orma de t ejidos resis tent es frente a frío, calor o sequía. Su
madera es dur a y mala de trabajar , difícilmente mader able, y pr esentan
cortezas prot ector as gruesas, cuy o ejemplo más sobresalient e es el
alcornoque (Mont oy a, 1989:17). En la zona de estudio, la dehesa se
presenta en su casi t otalidad como bosque monoespecíf ico de enci-
nas. En los lugares donde apar ece el alcornoque y el quejig o, la enci-
na está también pr esent e, en may or o menor propor ción. La especie
de encina extremeña es la Quercus rotundif olia , frent e a la Quercus
ilex , más propia del le vant e, de hojas más alargadas y bellota amar ga.
La encina tiene una gran amplitud ecológica, pudiendo encontr ar-
se desde el niv el del mar hasta los 2.000 m, en los dif erent es pisos bio-
climáticos mediterráneos, desde los 8 a los 17º C de t emperatur a
media anual, y en ombroclimas tant o seco como subhúmedo y húme-
do, es decir , desde los 350 mm hasta los 1600 mm de pr ecipitación
anual, aunque tenga dificultades en el primero por la aridez y sufr a
competencia de caducif olias en zonas del t ercer o, requiriendo allí de
suelos que no ret engan agua. Su óptimo se sitúa entr e los 500 y 700
mm. En cuant o a suelos, se sitúa tanto en los ácidos como en los bási-
cos, calizos o silíceos, aunque tiende a crear suelos neutr os, descalci-
f icando los calizos y enriqueciendo los ácidos. Es capaz de adaptarse
a suelos pobres, huy endo de los salinos y encharcables (Mont o y a
1989:16; Rubio, 1989:39).
101
T odo lo que acabamos de referir , ese tipo de condiciones de suelo
y clima, se da en nuestr a zona de es tudio y explica por qué la encina
es la especie arbórea dominant e en ella, exclusiv a en casi toda la dehe-
sa salv o en lugares muy concr etos donde se entre ver a con el alcorno-
que y el quejigo. En ef ect o, el alcornoque se localiza en la zona próxi-
ma a Santa María, aunque algún ejemplar suelt o pueda encontr arse en
los encinares del r est o del área. P articipa el alcornoque de muchas de
las caract erísticas que acabamos de v er en la encina, por lo cual sólo
reseñar emos aquellos r asgos más dif erenciales. La explicación de su
presencia o de su ausencia en unos u otr os lugares del ár ea no está
tan relacionada, cr eemos, con condiciones de suelo sino de clima. En
efect o, al estar la dehesa asentada en suelos silíceos, el que el alcor-
noque huy a de suelos calizos no tiene gran v alor explicativ o, siendo
sus ma y ores r equerimient o de humedad ( su óptimo v egetativ o se
sitúa entre los 600 y 900 mm anuales) lo que explica que lo encon-
tremos en la zona serr ana de Santa María, en los pagos más fr escos
del área. P or eso, donde se da junto a la encina, prefiere las umbrías y
los fondos de v alles. Además, requier e suelos alg o mejores, por eso la
encina lo desplaza en zonas más rocosas y pedr eg osas. En cuanto a la
coexist encia de ambas especies, Mont o ya apunta la complementarie-
dad que puede suponer el que la encina tenga ma yor aptitud par a reci-
clar el fósfor o mientr as que el alcornoque lo haga con el potasio y que
los sist emas r adicales se sitúan a difer entes niv eles, más en profundi-
dad el de las encinas, más en super ficie el del alcornoque, lo que
reduciría la compet encia por el agua (Mont o y a, 1980:44,102).
R espect o a las producciones, la bellota de alcornoque es amar ga,
de menor calidad y menos apetecible par a los animales, además de
ser más v ecer a. Ahora bien, tiene la v entaja de dar cosechas más
repartidas en el tiempo, desde f inales de septiembr e hasta marzo
incluso, como v eremos. P or otro lado la gran v entaja del alcornoque
es la producción de cor cho, de ahí que a lo largo de la his toria, depen-
diendo del ma y or interés por la bellota o el cor cho, la relación entre
las distintas quer cíneas ha y a hecho inclinarse por el increment o de los
pies de encinas o alcornoques.
102
El quejigo se sitúa también en la misma zona que el alcornoque,
hacia Santa María. Ahor a bien, su presencia es consider ablemente
menor , limitándose a ejemplares salt eados entre encinas y alcornoques
en las sierras, sobr e todo en las umbrías y fondos de v alles. L as exi-
gencias de humedad son las que señalan su ubicación, y a que se trata
de una especie de la España subhúmeda. Su presencia también puede
hablarnos en fa vor de un clima alg o más frío, como e videnciarían sus
hojas. Ahora bien, y sin dejar de consider ar el motivo de la compet en-
cia de las otras dos quer cíneas, la acción humana es la que explica la
discontinuidad y rar eza de su presencia en las áreas donde se dan las
condiciones para su desarr ollo. Ello es debido a que la calidad y canti-
dad de su producción han sido menos int er esantes par a las gent es de
la zona y a que ni en cuanto a la bellota puede par angonarse con la
encina, ni reporta los benef icios del cor cho del alcornoque. Su princi-
pal v entaja está en lo es tr atégico de su fruto, más t empr ano que el de
la encina. De esta f orma, las gent es de la zona fueron limitando la pre-
sencia del quejigo fr ent e a encinas y alcornoques. Ahora bien, la pr e-
sencia de las tres quer cíneas en esas zonas, estratégicament e plant ea-
da, tenía la enorme v entaja de conseguir div ersif icar las producciones
y alargar en el tiempo las montaner as, como hemos de v er .
Los mes t os, o híbridos de algunas de estas quer cíneas como frut o
de la polinización mutua, presentan tr oncos más lisos que las encinas
y hojas más v erdes. Son infr ecuent es y constituy en por su singularidad
poco más que hit os en las f incas, conociendo los lugareños su ubica-
ción y sir viendo a v eces de ref erencia espacial. Finalment e, la presen-
cia del roble melojo es anecdótica en la zona de es tudio, ubicándose
algunos ejemplares en el camino entr e P allares y Monest erio.
En las dehesas había otras especies arbór eas distintas de las quer-
cíneas. No v amos a ocuparnos de los árboles frutales de las huertas
por considerar que tienen su especificidad, como algo aparte de la
dehesa. Me ref eriré principalment e a la v egetación de las riber as. En
efect o, muchos ríos, arro y os y barrancos er an acompañados dur ante
parte de su recorrido por álamos y chopos que, en algunos casos, f or-
maban hermosas y cuidadas alamedas, nombre que designaba por
103
igual a formaciones tant o de una como de otra especie, pues la pala-
bra choper a era bastant e menos usada. El interés de est os árboles era
múltiple. P or una lado, eran una fuent e de ingresos o mat erias primas
porque suministr aban mader a, bien en forma de mader os o bien tr ans-
formados es t os en tablas. P or otro lado, eran una barr er a contra la er o-
sión: "T ambién los sembraban mucho porque an tes llovía mucho y
corría mucho la tierr a" . Finalment e, facilitaban sombr a y comida al
ganado en moment os críticos del v erano.
En las alamedas se hacían cortas periódicas y se iban dejando
renue vos, per o a v eces se sembraban algunas ext ensiones o se
resembr aban en otras, haciendo un agujero en el suelo con una aguja
de hierro. En un par de fincas entre P allares y Santa María exis tía inclu-
so la f igur a del guarda de chopos o del chopero , encar gado de que ni
el ganado ni la gent e es tropease los árboles desde que se sembr aban
hasta que er an lo suficientemente gr andes, regándolos incluso cuan-
do eran muy pequeños. No solía ser una persona que tuviese esa por
dedicación exclusiv a, sino más bien alguien de la f inca, un empleado
o hijo de un empleado, que podía simultanear esa tarea con alguna
otra. P or ejemplo, uno de ellos, junto con su mujer y sus hijas, cuida-
ba los chopos a cambio de tierra par a sembrar y además tr abajaba
ev entualmente en otr as labores de la finca. En otro caso, y siempr e en
el río V endo v al, llev aba la huer ta.
La madera se usaba en las fincas y también se vendía a los carpin-
ter os de la zona o a compr adores de fuer a. En algún caso hubo serr a-
dores o carpint er os que cor tar on maderos o hicier on tablas a jornal o
a medias con los dueños de las f incas. Además de par a maderos y
tablas, la madera del álamo er a apreciada para elabor ar las madrinas,
las v ar as que conformaban la es tructura de los chozos de los pas t ores.
P or lo manejable y fuer te, también er a buena madera par a distint os
aperos y como mang o par a div ersas herramientas. Muy apr eciado por
lo duro de su mader a era el álamo negro par a la fabricación de carros,
algunos de los cuales se hicieron en S anta María. Asimismo, también
se cortaban ramas de álamo par a las v aras, cortas ( subider as ) y largas,
que se precisaban par a var ear la aceituna y la bellota.
104
Como aliment o para el ganado se r ecurría a los chopos y álamos
en el v er ano, en que se podían llev ar las cabras por las riber as y caer
alguna que otra r ama. Ahora bien, si se t enía interés en la mader a,
había que moderar es tas podas: "El chopo no se debe t alar porque
echa más chupones y es malo par a la mader a" . En efect o, donde se pro-
duce el corte aparecen nudos que r es tan calidad a maderos y tablas.
Finalmente, entr e los árboles de riber a tenemos el fr esno, usado
para hacer cazuelas, aunque su pr esencia era escasísima, reduciéndo-
se a algún que otro ejemplar aislado. A unque no se trat e de árboles
sino de arbust os, otras especies que se daban en algunos lugares junt o
a ríos y barrancos er an azao (de la familia de los sauces), mimbre, adel-
fa, nea y tamujo. Las dos primeras podían usarse ocasionalment e
como aliment o para el ganado y er an un buen mat erial para t ejer ces-
t os y ar t esanías parecidas: de nea se echaban los asient os de sillas y
el tamujo era especialment e adecuado para hacer escobajos. No er an
pocas las personas que sabían hacer , por ejemplo, un cest o y no se
trataba de art esanos prof esionales sino de algunos jornaleros que,
como actividad complementaria, hacían algún cest o o echaban el
asient o a una silla, o incluso hacían la silla si se les encargaba.
Vista la dis tribución de los árboles y antes de pasar a describir el
manejo de los mismos, conviene hacer algunas consideraciones pr e-
vias sobre el es tado de la arboleda y los problemas de su manejo pues
durant e aquellos años existían algunos problemas específicos. En efec-
t o, no mucho antes de la década de los cincuenta, los bosques de
quercíneas de es ta zona y de muchas otr as de España se habían vist o
sometidos a fuertes presiones. P or un lado, las necesidades de leña y
carbón durant e la Guerra Civil y una posguerr a de carencia y aisla-
mient o internacional se habían sus tanciado en podas abusiv as de la
arboleda. P or otra, la int ensif icación de los cultiv os tras la guerra, las
ley es de laboreo f orzoso, la política triguera, etc., suponían una inne-
gable amenaza para la r egeneración del arbolado por la ma yor fr e-
cuencia de las rotur aciones. No obstante, par ece ser que los planes de
barbechera no se cumplier on apenas. En cualquier caso, estos f enó-
menos, si bien especialmente llamativ os, no eran sino una secuencia
105
más del larg o proceso de acoso a los bosques que arr astraba de
mucho tiempo atrás y tenía como tr asfondo el aumento de población
en el país, la expansión de los cultiv os en detriment o de otras v oca-
ciones productiv as y la extracción de cantidades cr ecientes de ener-
gía para div ersos usos.
L A CONFORMA CIÓN DE L OS BOSQUES A CL AR ADOS
La dehesa es el resultado del ahuecado del bosque medit erráneo,
mediante la eliminación del mat orral y la supresión de ciert os pies de
árboles. Acabamos de v er que los árboles de la durisilva buscan pr o-
teg er de la r adiación solar la ma y or cantidad de suelo posible, y las
copas buscan t ocarse para tal pr opósit o, fa v or eciendo su propia exis-
tencia y la pr olif eración de los arbus tos que acompañan a los árboles.
Con la eliminación de est e cortejo arbus tiv o y de algunos pies se
busca fa vor ecer el desarrollo del pas tizal par a usos ganaderos, funda-
mentalmente, y agrícolas. El gr ado de cober tura que se consigue es
v ariable y depende de las condiciones del propio t erreno así como del
interés en la explotación de pas tizal y cultiv os. De esta manera, en
zonas llanas, de ma y or interés agrícola, más ricos pas t os, pref eridas
por el ganado y conv ertidas a veces en majadal arbolado, se da nor-
malmente un menor gr ado de cober tura, mientr as que en las laderas
aparece, y es deseable que así sea, una cobertura ma yor como con-
secuencia de caract erísticas contrarias a las descritas, siendo además
un medio de prot ección fr ente a la er osión, más intensa en las pen-
dientes.
En cualquier caso, el aclarado, el gr ado de intensidad del mismo y
la selección de los pies de encina supone una t oma de decisiones
guiadas tant o por criterios que es tán en el conocimiento y la tr adición
local como por otros que tienen que v er con las decisiones persona-
les de los dueños y las caract erísticas específ icas de cada finca. Este
proceso de ahuecado es el primer o de t oda una serie de actuaciones
que tienen como objetiv o la artif icialización de ecosist ema local, bos-
que mediterráneo en principio, par a transformarlo en agr oecosistema.
112
cosecha. Hasta mediados de los años cincuenta no se conoció tr ata-
mient o alguno contra la lagarta pero a partir de entonces se comen-
zó a fumigar sist emáticament e en la zona, primero con cuadrillas de
hombres que iban de finca en f inca y luego, y a metidos en los años
sesenta, incluso con a vioneta.
El trabajo en la fumigación fue un hit o impor tante en P allares, de
donde un número consider able de jornaleros, una v ez terminada la
primera campaña en la zona, hacia 1956, mar chó a Andalucía y otros
lugares de España a tr abajar de forma itinerant e en fumigaciones
durant e bastantes años. Algunas fincas grandes adquirier on máquinas
para sulf atar y en algunas más pequeñas las conseguían pres tadas,
alquiladas o cedidas por la organización sindical fr anquista. Se fumi-
gaba en prima v er a, hacia el mes de abril, cuando aún no había naci-
do la bellota. Las consecuencias sobre la enfermedad fuer on inme-
diatas y la lagarta dejó de ser un problema, pero los perjuicios par a la
fauna fuer on considerables y a que murieron pájaros como g orriatos
montesinos, herr erillos y acabur dones que, en el caso de ést os últi-
mos, dejaron de v erse bastant e por estas tierr as. Ha y que tener en
cuenta que la fumigación se hacía en la época crítica en que estas
a v es están criando en los árboles.
Otra plaga r ecurrente er a la de unas orugas llamadas aquí lobitos ,
que se extendían a partir de nidos que aparecían en los árboles. L os
quejigos solían ser los más af ectados por ellos y en los que primer o
aparecían, y ello quizás se debier a al hecho de ser más temprano su
frut o que el de las otras quer cíneas. P ero del mal no se libr aban tam-
poco las encinas y alcornoques, ni los frutales incluso. Al igual que
sucedió con la largarta, las fumigaciones dieron cuenta de es te mal,
aunque con anterioridad se v enían aplicando remedios alg o más
pedestr es, cuales er an arrancar los nidos con un hocino o quemarlos
con un trapo o un alg odón impregnado de gasolina y metido dentro
de una lata sujeta al extremo de una v ara lar ga. Un pr oblema menor
lo constituían los gusanos (el Balaninus , por ejemplo), que podía dañar
las bellotas pero sin llegar a af ectar a cosechas ent eras ni mucho
menos, sino a algunos frut os.
113
Un hecho que se nos señala como importante en la pr oducción de
bellota era el del beneficio que aportaba el polvo que se despr endía
en el laboreo, cosa que colat er almente se puede cons tatar en un
refrán que r eza: "cuando v ay as a ver una mon taner a no va y as por cami-
no ni por carreter a" . Ello nos está evidenciando los ef ect os positiv os
del polv o sobre los árboles, r elacionados con el papel que tienen al
impedir las condiciones de desarrollo de las enf ermedades, sobre
t odo en la bina, el pase de arado que se daba en prima ver a, tiempo
crítico para el desarr ollo de las plagas.
ENTRES A CA Y PODA
Los árboles er an los elementos más maduros del ecosis tema y ,
de no ser manejados mediante la poda o e vitando con la entresa-
ca su repr oducción natur al y consiguiente adensamient o, emplea-
rían la ma y or parte de su energía en sí mismos, por lo que con
estas dos prácticas cultur ales se conseguía utilizarlos como pr o v e-
edores, como exportadores de ener gía en uno de los procesos de
rejuv enecimiento periódico del agr oecosist ema. Al eliminar los pies
en entresaca, sus r amas se utilizaban para leña y ramón, y al podar-
los se conseguían igualmente es t os product os más una cosecha
ma y or de bellotas. Habida cuenta de los raquíticos jornales y de los
relativ amente buenos r endimientos que se obt enían por leñas y
carbón, además de los benef icios indir ectos o dif eridos obre otr as
producciones, es tas labores cultur ales eran sist emáticamente reali-
zadas.
La entresaca y la poda er an trabajos que se hacían al mismo
tiempo. No quiere decirse que siempr e que se podase se hiciese
una entresaca sis t emática, pero sí que cuando se pr etendía clar ear
algo la dehesa se hacía con ocasión de la poda, apr o v echando la
misma. La razón er a que los encargados de caer y apr o v echar las
encinas eran los carboner os, que hacían cada año su trabajo con
las leñas de la hoja a la que cada año le correspondier a la tala, que
es como en la zona se llama a la poda de mantenimient o.
114
De los efect os del clareo del arbolado y a hemos hablado algo al
principiar est e capítulo, así como de la cobertura y sus gr ados. Con-
viene añadir que el manejo de la cubierta arbórea tiene consecuen-
cias sobre la pr oducción tant o de bellota como de leña y también de
past o, tanto por la calidad como por la cantidad, por la masa como
por la composición. Dependiendo de las caract erísticas de las f incas,
de los árboles y past os, del interés productiv o o estr atégico de cada
uno de los element os, se determina la cubierta conv eniente par a cada
espacio. La producción de past os precisa de espacios relativ amente
abiertos y árboles de cierta altura, per o ambas cosas no en exceso
porque a su v ez pueden dar lugar a past os pobres. La cober tura del
suelo por las copas de los árboles en la las dehesas puede ir de un
10% en los majadales y zonas más afables has ta incluso un 60% en
zonas de fortísima pendiente. U na buena pr oducción de bellotas,
según Mont oy a, se asocia a cober tur as de un 20 a un 30%, pues en
pendientes superior es tiene muchas dificultades, pero la producción
óptima de leña estaría más bien hacia un 60% (Mont oy a, 1989:93).
En la ma y oría de las grandes fincas se llev aba a cabo regularmen-
te la entr esaca y en la hoja que se podaba cada año se cortaba algu-
na encina. En la entresaca se eliminaban los pies que se consider aban
sobrant es, bien por estar demasiado espesa la arboleda, por est orbar-
se los árboles entre sí, por es tar en malas condiciones, t ener formas
irregular es, etc. A la encina ha y que "darle su marco, que no esté apre-
tada, que teng a suelo y le dé el sol" .
La entresaca también ref ería a la eliminación de chaparr os que se
habían ido formando, par a dejar def initivament e sólo algunos de ellos,
como acabamos de v er . Lo habitual er a ir entr esacando algunos pies
en las hojas de tala pero, a v eces, en zonas densas de arboleda, se
hacía la entresaca de t oda una f inca o par t e de ella, independiente-
mente de la tala. Hemos cons tatado algunos casos de entr esaca en
v arias f incas inmediatament e después de pasar a manos de un nuev o
propietario.
Como dijimos, est e clareo suponía un pr oceso de selección (añadi-
do al otro pr oceso selectiv o del resalv eo), primando árboles de cier tas
115
caract erísticas, formas, pr oducción fruter a, calidad del frut o, etc. En est e
sentido se llaman castizos a los árboles (y a sean quercíneas, oliv os u
otros) que dan mucha bellota o lo hacen con más r egularidad, con
menos v ecería. P ar a ello era importante el conocimient o lo más indivi-
dualizado posible de cada árbol, cosa que v enía fa vor ecida por el cono-
cimient o que de cada espacio y lugar tenían los campesinos o los
muchos empleados de las f incas, lo que más adelant e tratar emos como
conocimient o reticular . Así, por ejemplo, los porqueros o los g orderos
que iban con el ganado en montanera sabía bien cuáles er an las encinas
castizas, cuáles las más t empr anas o tardías, las de bellota más dulce,
etc. Lo mismo podía suceder con los guar das y con otros ganader os.
Dependiendo de las f incas, er a el dueño, el guarda o el manijer o
de la poda quien señalaba qué árboles se debían entresacar . L a entr e-
saca requería de aut orización administrativ a pero no siempr e era debi-
damente contr olada. En fincas muy grandes con gr an cantidad de
árboles o en las que no hubiese un buen control por la pr opiedad o
los guardas, er a frecuente que los carboner os, que er an quienes se
encargaban de entr esacar , cay esen ocultamente encinas, tapando de
alguna forma los tr oncos serr ados, por ejemplo, haciendo sobre ellos
una carbonera. En las fincas pequeñas eran menos fr ecuent es las
entresacas debido a que los dueños er an más respetuosos con los
escasos árboles con que podían contar y a que, al existir más pr esión
sobre la par cela por las necesidades del ganado, el resalv eo era más
difícil y había que cuidar más los árboles y a formados.
La defores tación por eliminación de t oda la arboleda de una par-
cela no se conoció en los años cincuenta y los hechos anterior es de
est e tipo los sitúan los inf ormantes alr ededor de la Guerra Civil, r ef i-
riendo casi siempre a lugar es no muy distant es de los pueblos. Estos
terr enos fuer on luego des tinados a tierra de labor , olivar o alguna viña.
Vista la entr esaca, pasemos a la poda de mant enimiento de la
arboleda que, como dijimos, recibe en es tas tierr as el nombre de tala
y así la llamaremos en adelant e cuando a ella nos r ef ir amos. Ante
t odo, hay que señalar que la poda es la f orma de ar tif icialización del
árbol por excelencia, destinada a la extr acción dir ecta y periódica de
116
energía, en f orma de ramón y leña, y un mecanismo a su v ez para
garantizar una ma yor pr oducción de energía en forma de bellotas y de
más ramas nue vas, así como de cor cho en el caso del alcornoque. Y a
vimos cómo los árboles de la durisilv a tienden a acumular en tejidos
resis t entes t odo aquello que sint etizan, como una forma de adapta-
ción a las difíciles condiciones ambientales, formando tr oncos y r amas
duras y r esistent es. Con la madurez, la cantidad de ener gía que se pre-
cisa para el mant enimiento del mat erial maduro es pr oporcionalmen-
te ma yor que la que des tina a pr oducir ramas tiernas y frut o. L o que
persigue la intervención humana es conseguir que dentr o del propio
árbol ha y a una parte madura y otr a más jov en, que produce los exce-
dentes más int eresantes par a el ganado. Par a ello se necesita una
in y ección periódica de energía, la que se emplea en el pr oceso de
tala. Esta artif icialización hará que la vida media del árbol suela acor-
tarse, sobre t odo si las talas no son cuidadosas. El crecimiento en diá-
metro del árbol disminuy e, y con él la capacidad de cicatrización. Los
cortes son heridas por las que pueden penetr ar las enfermedades
(Mont oy a, 1989:106). A cambio, el árbol da may or producción. Las
podas de rejuv enecimiento apenas si se cons tatan en nuestr o caso
debido a que el cuido de la arboleda y la sist ematicidad de las labo-
res cultur ales solían garantizar el buen desarrollo. A demás, caso de
t oparse con árboles muy desmejorados, er a pref erible su entresaca y
sustitución por r esalv os, habida cuenta de la enorme pot encialidad de
reg ener ación de la arboleda en la zona.
La tala de esta zona puede consider arse como una poda de man-
tenimient o y una poda de producción a la v ez. Al mismo tiempo que
se iba podando el árbol para que se mantuviese en buen es tado y
tuviera aptitud par a dar fruto y r amas, al talar se conseguía una pro-
ducción de ramón y leña. Así, la tala at endía a varios pr opósit os.
Desde el punt o de vista del árbol, contribuía a darle una f orma ade-
cuada y a su desarrollo, eliminando r amas deterioradas o de poca pr o-
ducción y las que est orbasen o pudieran desdecir de la estética y equi-
librio del ramaje. P or otra parte, suminis traba r amón par a el ganado y
leña para uso dir ecto como fuego en las casas o como mat eria prima
117
para el cisco y el carbón. Eliminando r amas y hojas, se hacía que la
energía que el árbol r ecibe se concentrase más en la pr oducción de
bellotas y la cosecha fuera ma yor . Finalmente, hacía que se soleasen
mejor los barbechos y llegase más luz a los cultiv os que habrían de
crecer bajo los árboles.
El ciclo de tala de la arboleda se ajustaba al ciclo de los cultiv os
pues se tendía a podar aquella hoja que se iba a hacer de barbecho.
P or tanto, el ciclo ideal de tala er a de cinco años. Además, con una
tala en un periodo más corto no se daría tiempo al árbol a r ecuperar-
se. Sin embarg o, int er v enía una serie de v ariables que hacían que no
siempre, o no en t odos sitios, esa norma se llev ase a término. En algu-
nas f incas o partes de fincas con suelos de menor desarrollo y peor
calidad se alargaban las r otaciones de cultiv os y también las talas,
pudiéndose talar cada siete u ocho años. Ha y que tener en cuenta
que no se trata sólo de acompasarse con los cultiv os, sino que en las
tierras de peor calidad no sólo tiene menor beneficio la sementer a
sino también el propio árbol que, por tant o, tiene menos vigor , des-
arrolla menos sus r amas y da menos fruto. Es en f incas muy gr andes
donde se ha constatado especialment e un ma y or espaciamient o y en
ello incidiría también la ma y or disponibilidad de tierra par a cultivo,
sobre t odo para el cultiv o direct o. En este sentido, el manijer o de tala
de una gran finca refiere que, a v eces, no se taló en la hoja que habí-
an de sembrar los colonos, a dif er encia de aquella otra que sembr aba
directament e el dueño, a la que no le faltaba la tala oportuna. En las
f incas pequeñas en las que no se seguía el ciclo de r otación de culti-
v os típico, debido a que sus dueños er an a la v ez colonos y sembra-
ban en otras fincas, no se alargaban los ciclos de poda excesiv amen-
te, y a que precisaban de la leña par a el consumo propio y , además, la
producción de r amón y bellotas era crucial para mant ener el poco
ganado con el que contaban. La otra cir cunstancia que hacía v ariar los
periodos de la tala era la necesidad de aliment o para el ganado, debi-
do fundamentalmente a las condiciones climáticas. L os años malos se
talaban ma y ores superf icies, v olviendo a podar árboles que no hacía
mucho habían sido talados.
118
P ar a los árboles, la época más adecuada de tala es apro ximada-
mente de octubr e a marzo, tiempo és te en que no corr e la sa via. En
gener al, la tala tenía lugar de enero a marzo. En ef ect o, lo habitual era
comenzar la tala tras las Na vidades, una v ez que la bellota hubiera
caído y hubiese sido apro vechada en gr an par te de la finca, ya fuer a
cosechada por las cuadrillas o consumida por los cochinos a pié de
árbol, como v eremos más adelant e. El día de San José había de estar
terminada la tala y has ta esa fecha se llegaba en las fincas grandes.
Ahora bien, t odo ello estaba supeditado también a las necesidades de
comida del ganado. En años malos se empezaba a talar mucho antes,
en septiembre u octubr e si no llo vía en ot oño y escaseaba la hierba.
Los años en que los árboles no daban bellota también er a frecuente
adelantar la tala para pr eparar los árboles podando las ramas innece-
sarias, "para quit arle miseria y darle beneficio par a el año siguiente" . En
casos extremos incluso se podían caer r amas menudas para ramón en
cualquier época del año, siempre que se obtuvier a permiso para ello.
Cuando de adelantar la época de tala se trababa, se empezaba por
talar aquellos árboles que no hubiesen dado bellota, tuvieran poca o
y a se hubiera apr o v echado. L os años en que atacaba la plaga de lagar-
ta eran muchas las encinas que se podían talar desde primer a hora. Se
procur aba adaptar la cantidad de ramón que se caía a la cabaña gana-
dera de la finca y est o ocurría, sobre t odo, en las f incas más peque-
ñas, en las que podía talar una sola personas y , si era propietario, a
rat os perdidos incluso o de forma discontinua, par a ir dando tiempo a
que el ganado comiese lo que se iba ca y endo. T ambién en explota-
ciones ma y ores, en v ez de buscar muchos talaores y acabar pront o,
podían recurrir a algunos menos per o alargando el periodo de tala.
En los años cincuenta las herramientas de poda er an exclusiva-
mente las hachas, que v ariaban de tamaño según el tipo de cor t e de
que se tratar a: pequeñas para limpiar y cortar ramas pequeñas y chu-
pones, hachas ma y ores par a talar ramas de gran gr osor . Los aspect os
críticos de la tala se resumen en dos: el corte y la elección de las
ramas que se han de cortar . De ellos dependerá la salud del árbol y
su forma. En cuant o al primero, la regla de or o de los t alaores de la
119
zona era que el cort e no fuera plano, sino sesgado, "de oreja de mula,
par a que corr a el agua y resbale, porque si lo das plano se par a el agua,
se for ma un agujero y se termina pudriendo" . Siempr e que fuera posi-
ble se había de procur ar también que la par te cortada quedara hacia
abajo, para es tar más pr otegida. El corte plano, además, pr esenta el
peligro de que la r ama se raje y de que la super ficie no quede lisa. Lo
mismo sucede si el golpe se da con demasiada fuerza.
A difer encia de otros árboles, como por ejemplo el oliv o, y a pesar
de su dureza y r eciedumbre, la encina es vis ta respecto a los cortes
como un árbol delicado y necesitado de muchas pre venciones. En la
encina, los cortes en r amas de cier t o grosor no repurgan , es decir , no
sanan o cicatrizan y vuelv en a brotar , sino que pudren: "T odos los cor-
tes pudren, si no por fuer a, por den t ro, y el árbol envejece más pron-
to" . De lo que se trataría, en definitiva, sería de moder ar la aceleración
inexorable hacia el env ejecimiento y la muerte que supone la artif i-
cialización del árbol con la poda. Los cort es son puer tas abiertas a las
enfermedades y , así, mientras más pequeñas sean las r amas que se
corten, menor el peligro de pudrición: una r ama gorda cortada puede
ser la muerte de la encina. Además, al cortar ramas gr andes el árbol
queda despropor cionado pues es mucho el tiempo que puede pasar
hasta que otr a r ama v enga a cubrir el espacio que ella deja, y a que el
crecimient o de la encina es lento.
Lo que define a un buen talaor , lo que lo hace como tal, es saber
dar forma al árbol, saber qué r amas son las que se han de cortar . A
la hora de det erminar esto, los inf ormantes intr oducen refer encias a
la singularidad, habilidad e incluso al arte que cada persona tiene
para ello. Ha y quien alude al componente de capricho, de intuición
o de estilo personal. P odemos encontrarnos con afirmaciones del
tipo: "Con el talaor pasa lo mismo que con el barbero, lo bonito está
en saber cor tar" . Independient emente de los es tilos individuales, en
cada pueblo solía haber un determinado es tilo de tala, un canon, que
marcaba qué tala er a, en líneas generales, la corr ecta y a la que por
tant o se consideraba bonita. No obs tante, ha y que señalar que lo que
a continuación se dice refiere a la poda de la encina, y que en lo
120
t ocante al quejig o y alcornoque se harán las matizaciones oportunas
cuando ha y a difer encias signif icativ as con las técnicas aplicadas a la
encina.
Y a hemos dicho que la inmensa ma y oría de los árboles de la zona
tenían dos r amas principales, las r amas de cruz , de las que a su vez sur-
gía un número v ariable de ramas secundarias, llamadas de segunda
cruz . Lo que había que buscar en cualquier caso er a dejar la encina
redonda a la vis ta exterior , de tal manera que aunque al haber dos
ramas pudier a quedar un espacio vacío entr e ellas est o no ocurrier a, y a
que otras r amas que surgieran de es tas dos principales vinieran a cerr ar
ese portillo, o espacio vacío entr e ramas. No obs tante, ha y quien seña-
la que antiguamente eso no ocurría siempr e así, al menos en la Puebla
pues en algunos casos "no se quedaba redondo, sino como unas t ije-
r as, porque lo que se quedaba redondo er an las dos ramas" . En est os
pueblos se buscaba siempre dejar las encinas cerr adas y r edondeadas
por fuera per o abriéndolas por el medio; es decir , eliminando los som-
breros , o ramas que cr ecieran v er ticales encima del tr onco o aquellas
que impidieran que por esa zona centr al del árbol entrase luz, que se
solease y diese bellota. Además, si se dejar an r amas en el centro cr e-
cerían hacia arriba, creando dificultades para subir a podarlas pos te-
riormente, aparte de es t orbar a las ramas lat er ales. Otra r azón añadida
para suprimirlas es que las r amas que se desarrollan v erticalmente dan
muy poca bellota. Sólo donde era necesario se dejaba algún chupón o
rama nue va y se pr ocuraba deriv ar la fuerza del árbol hacia afuera.
En cuant o al res to de r amas, lo que había que procurar er a que
aquellas que habían crecido desde la última tala no es t orbasen a las
otras, no las en t rillasen . Había que eliminar las que moles tasen o se
pre veía que fuesen a moles tar en un futuro y dejar aquellas otr as que
fuesen guiando al árbol y dejar también los chupones o renue vos que
en un futuro cubrirían el hueco que dejasen otr as que se previese fue-
ran a morir o debier an terminar siendo eliminadas. Ant es de limpiar las
ramas que se iban a dejar , lo que se hacía era pr oceder a cortar las
que se hubiese decidido eliminar , para que no moles taran en las ope-
raciones.
121
Hemos señalado que había de evitarse a t oda costa cortar ramas
de cierto gr osor pero, aunque er a lo deseable, no siempre er a posi-
ble por div ersas causas: enfermedad, r otur a, acción de los elementos
atmosféricos o por el simple interés por la leña u otr as razones. Aun-
que la ma y oría de los talaores viejos ponen en cuestión su ef ectivi-
dad y la señalan más como una práctica propia del oliv ar , a veces lo
que se hacía en est os casos era dejar una tala o r enuev o situado unos
centímetros más arriba del corte par a que no pudriera tant o y a la
larga supliese a esa r ama. Cuadr ar el árbol, darle la forma pr opor-
cionada, precisaba a v eces de diversas perspectiv as y había de mirar-
se desde arriba del árbol y desde abajo, para lo cual se podía contar ,
cuando era más de un t alaor , con la a yuda de algún compañero y/o
del manijero.
En la poda se limpiaba el árbol de ramas que no dier an buen fruto,
que estuvier an secas o no en su pleno v erdor , cual era el caso de las
ramas inf erior es, a las que menos les daba la luz y que podían estar
también a merced del ganado, o por lo menos de las v acas en algu-
nas ocasiones. Como queda dicho y a, se buscaba también eliminar
ramas demasiado v er ticales, por los pr oblemas que gener arían r es-
pect o a la forma del árbol y por las dificultades posterior es para talar
y v arear , además de por dar menos bellotas.
La limpieza de las ramas y las copas er a una operación más fácil,
aunque también precisaba de la discr ecionalidad del t alaor a la hora
de dejar ciertos chupones par a suplir ramas y llenar los portillos que
pudieran dejar r amas que se cor taran o se ca yer an en un futuro. A est e
respect o, ya en aquella época exis tían discrepancias, que habrían de
repetirse años más tar de, entre los talaores de la zona y los de otros
pueblos. P or ejemplo, los talaores de Cabeza La V aca, que trabajar on
algunas tempor adas en cier tas f incas de P allares y Santa María, criti-
can el tipo de tala que se hacía en est os pueblos porque dejaban com-
pletamente peladas las r amas, las cañas , desprotegidas t otalmente,
mientras que ellos las dejaban más v estidas y , además, esos renue v os
darían más bellotas. Los lugar eños r eplican que los de Cabeza La V aca
dejaban demasiados chupones que sólo ser vían para mortif icar la
128
de tala para r amoneo, podían ser los propios ma y orales del ganado o
los zagales los que fueran cortando alguna que otr a rama, per o siem-
pre r amas secundarias.
Los talaores eran jornaler os y , en algún caso que otro, colonos. El
manijero solía ser el mismo cada año, o al menos v arios años segui-
dos, y en algunos casos era también manijer o de la f inca en otras labo-
res agrícolas. Er a un talaor con conocimientos y habilidad r econoci-
dos, en cuy a familia solía haber ant ecedentes en el oficio.
En f incas gr andes, podía tener a su car go a cuadrillas de has ta vein-
te hombr es. Cuando se tr ataba de cuadrillas grandes, no solía subirse
al árbol a talar pues su cometido era supervisar la poda, ir dando indi-
caciones a los talaores sobr e qué ramas cortar , bien por iniciativ a pro-
pia o porque, ante la duda, los talaores se lo requiriesen. Esa dir ección
era en lo r elativo a las r amas más importantes, que det erminarían la
forma y el desarr ollo del árbol, pues las otr as ramas y la labor especí-
f ica de limpieza quedaban a la discr ecionalidad de los talaores . El
manijero señalaba también qué chaparr os habían de eliminarse y , en
ocasiones y junt o al guarda, qué encinas entr esacar . Se encargaban
asimismo de cuidar de la candela y , a veces, es taban al tanto de los
pucheros de los t alaores , que se ponían a la lumbre. P or último, era
quien decidía cuándo se paraba a descansar o se t erminaba la jorna-
da y controlaba el tr abajo de los talaores teniendo, junt o al guar da, la
facultad de llamarles la at ención y de decirle a alguno que no v olvie-
ra al día siguient e si no respondía como se esperaba.
El guarda también t enía compet encias en la dirección de la tala y la
entresaca. Cuando se tr ataba de f incas no muy grandes, a v eces asu-
mía las funciones de manijero, o gr an par te de ellas. Él er a el encarga-
do de pagar los jornales. En las f incas chicas, cuando se contr ataba a
alguien, eran los pr opietarios los que super visaban la poda pues inclu-
so podían ir talando ellos junt o a aquel o aquellos a quienes contrata-
ban. T ambién el guarda podía buscar talaores , sobr e t odo cuando eran
pocos y él hacía las v eces de manijero. En fincas de cier t o tamaño er a
muy frecuent e que se buscase par a talar a trabajador es a los que se
solía llamar siempre que se pr ecisaba mano de obr a ev entual para cual-
129
quier tarea, de tal f orma que, aunque no fuer an f ijos, sí echaban gr an
parte de sus jornales en esas f incas. T ambién podía contratarse, si en
ese moment o no tenían tr abajo, a hijos de los empleados de las fincas
Debido a que la ma y or parte de la super ficie de la zona es de
encinado y oliv ar , y a que las podas se hacían sist emáticamente, con
la consiguiente demanda de mano de obr a, existía una gran cantidad
de personas que sabía talar , hecha la difer enciación anterior entr e
talaor y talaor r econocido o talaor de los buenos. La tala la hacía gent e
de los pueblos próximos a las f incas. Sólo en un par de casos t enemos
noticias de una cuadrilla de un pueblo relativ amente alejado que vino
v arios años consecutiv os a algunas fincas de la zona. En las explota-
ciones familiar es, los hijos menores apr endían la técnica desde peque-
ños, y en las cuadrillas se iba dando entrada continuament e a apren-
dices, que incluso cobraban el mismo jornal que los otr os talaores . A
cada árbol subía una pareja y al apr endiz se le ponía junt o a otro
compañero que conocier a bien el of icio. Además, en algunos casos
los hijos pequeños acompañaban a los padres al tajo.
La tala la realizaba siempre el dueño a jornal. Sólo en dos casos
tenemos noticia de que algún dueño o guar da dejase a un tr abajador
echar un par de peones de tala a cambio de la leña o por hacer picón.
Lo que sí er a frecuente en la zona de S anta María era talar alcorno-
ques a cambio del bornizo, el corcho de menor calidad que había en
las ramas pequeñas o los tr ozos que quedaban en el suelo. P or lo
demás, la retribución consis tía en el jornal y , por lo general, una car ga
al día de taramas y otr a de leña gorda a la semana, que además de
consumir en sus casas a v eces v endían. Ahor a bien, no en todas las
f incas se hacía es to último; en algunas sólo se daba la leña menuda y
en otras nada más que el jornal. Se cuentan casos de fincas en las que
se regis tr aban las cargas de leña menuda de los t alaores buscando
alguna leña gor da escondida. El manijer o cobraba lo mismo que los
talaores y en algún que otr o caso un poco más, pero no mucho. En
algunas f incas en las que además r ealizaba otras labor es a lo larg o del
año, algún manijero sí t enía ciertas ventajas, como un tr ozo de tierra
para senar a, melonar , etc.
130
La tala de encinas y olivos, que r ecor demos tenía lugar entr e enero
y marzo apro ximadamente, no er a una labor que empleara a la casi
t otalidad de los jornaleros, per o para un buen númer o de ellos er a la
tarea que los conseguía t ener empleados en es tos días de invierno en
los que los cultiv os sólo requerían de ciert os jornales en la escarda o
sacha . Existía, eso sí, un cierto solapamient o inicial con la recogida de
la aceituna.
Aparte de la propia dur eza del tr abajo y del riesgo siempr e pre-
sente de caídas del árbol, el lado más negativ o de la tala era que,
cuando se talaba en f incas muy alejadas de los pueblos, los tr abaja-
dores habían de quedarse a dormir en ellas y v olvían cada semana o
cada quince días, a lo que llamaban ir de v ará . En burro si lo t enían y
si no a pie, habían de desplazarse al tajo. En los grandes cortijos exis-
tían tribunas , o salones corridos con una gr an chimenea y estacas cla-
v adas en la pared par a colgar las menguadas per tenencias de los tr a-
bajadores y , en algunos casos, con poy os en su perímetro o en parte
de él. Allí, en jerg ones, en míseros sucedáneos de cama o en el suelo,
pasaban sus noches los tempor er os y los mozos de mulas que iban a
trabajar es tacionalment e desde otras fincas que tuviesen los dueños.
En algunas t r ibunas existía, eso sí, una pequeña dependencia par a el
aper aor . A difer encia de lo que ocurría con otros tr abajadores, como
los esquilaores de los que hablaremos más adelant e, la comida y su
prepar ación corría de la exclusiva cuenta de los t alaores . Y a en el tajo,
tant o si iban desde el pueblo como si se quedaban en los cor tijos, lle-
v aban la comida de sequillo en sus bolsos o ponían en la candela el
puchero par a que se fuese cociendo mientras talaban.
131
4. A CTIVIDADES DE TR ANSFORMA CIÓN Y
APR O VECHAMIENT O DE L A ARBOLEDA
EL CARBON
Con la leña resultant e de la tala, la entr esaca y , a v eces, el arran-
que de algún mat orral, se lle v aba a cabo unos de los pocos pr ocesos
de transf ormación de los productos de la dehesa que t enían lugar en
la zona. En efect o, el carbón y el cisco, también llamado picón, eran
de los pocos product os transformados que g ener aban cierto v alor
añadido que reper cutía en la economía de las gentes de es t os pue-
blos. Era asimismo un component e de la renta de muchas familias jor-
naleras, una actividad muy socorrida en los tiempos de par o.
No podemos por menos que recalcar la importancia de esta acti-
vidad no sólo para la zona sino par a un área más amplia, aquella a la
que llegaba el carbón, pues era és ta una mat eria prima básica en
aquella época y la leña y sus deriv ados un recurso es tr atégico, vital
para la exis t encia de las gent es y par a los procesos económicos. La
cantidad de energía pr oducida, consumida y exportada a pueblos
ma y ores y ciudades podría compar arse, salvando las dis tancias, a la
importancia que hoy tiene el petróleo y sus deriv ados. El retroceso de
los bosques ibéricos ha ido estr echament e vinculado al increment o de
la población y la actividad productiv a y est o es especialmente pr oble-
mático en una zona árida y con pocos recursos de mat erias primas
como el carbón mineral, cual es el caso de la España del sur . Habida
cuenta de ello, la dehesa era un element o crucial en el suministro
energético de es ta parte del país, a la v ez que mant enía una masa
132
for estal de consider able impor tancia. En efect o, facilitaba una mat eria
prima, el carbón, de alt o poder caloríf ico y en plena disponibilidad
para ser usada de maner a ef iciente, limpia de otr os componentes que
le res tar an capacidad o supusieran pesos muertos, sobr e todo en unos
tiempos en que el desarrollo de los tr anspor tes hacía que se mir ase
mucho la calidad y el v alor net o de aquello que se transportaba. T odo
ello se conseguía gracias a las virtudes de la mader a de las quercíne-
as de la dehesa y al proceso pr oductiv o del que vamos a tr atar . El lento
proceso de cr ecimient o y desarrollo de es tos los árboles, su acumula-
ción de energía en t ejidos resis t entes, los habilitarían par a el pos terior
suministr o de una energía concentr ada y potente, cosa que se acr e-
centaba con el proceso de combus tión de los mat eriales más v olátiles
y de menor poder que tenía lugar con la cocción o quema y conv er-
sión en carbón.
P ar a las f incas, la economía del carbón er a sumamente int eresan-
te y a que, como ver emos, apenas suponía coste, pues lo compartía
con otros pr ocesos productiv os. En efect o, la mat eria prima, la leña
era un pr oducto, (o subproduct o si se quiere) consecuencia de la
práctica de la poda, operación que servía a su vez a otr os fines y que
había de realizarse par a mantener la producción de los árboles y con-
seguir aliment o para el ganado. Igualment e, el proceso de obt ención
del carbón en sí era encar gado las más de las v eces a carboner os que
trabajaban a cambio de un tant o del product o. No requería del dueño
inv ersión ni gast o corriente alguno. No precisaba de infr aestructuras
f ijas y el gas to en t ecnología corría por cuenta de los carboner os que
habían de disponer de hachas, azadones, cuñas, machotas, sogas, sie-
rras y animales de tr acción.
El carboneo daba lugar unos procesos de tr abajo, a unas formas de
vida y a una prof esión muy singulares por r azones muy diversas, como
v amos a v er , la de los carboneros. P ero er an muchos y muy div ersos
los act ores sociales implicados en el apr o v echamiento de los r ecursos
para es t e f in, y existían unos nada desdeñables conflictos por el uso
de los recursos natur ales. P ero par a llegar a la comprensión de t odo
ello empecemos por describir el proceso desde su inicio.
133
La leña gor da no se v endía fuera de la zona, así que una gr an can-
tidad de ella se transf ormaba en carbón. Como hemos dicho, la mejor
para ello er a, sin duda, la de encina. L a de alcornoque no er a tan
buena pero, cuando t ocaba, también se hacía carbón, y llamaba la
atención por su vis t oso color azulado de tal modo que, cuando salía
del horno algún palo enter o de carbón de alcornoque, los arrier os que
lo trasportaban solían ponerlo en la parte de arriba de la carga par a su
solo lucimient o: "A veces, cuando salía un hor no bueno, ponían los
palos en teros en las ser as, sin taparlos con mon te, por ejemplo los de
alcornoque, que azuleaban y her moseaban mucho. Daba gusto verlos" .
Además de su vis ta, también gustaba el sonido de es te carbón al g ol-
pearlo.
El brezo no pr olifer a en la zona, salvo en algunas fincas más mon-
tuosas del sur de Santa María, y con él se hacía también algún carbón.
Cuando, como v eremos más adelant e, se rozaba el monte en esas sie-
rras, había quien tr oceaba la cepa (raíz gor da) del brezo y hacía de ella
carbón enterrándola en un ho yo: "El brezo se par te mejor que el
jamón, nada más darle, se estalla. Ha y pr ados donde se cría mucho
brezo, pero no se crían como las cepas de brezo de la sierr a, se cría un
repioncillo, una bolina chiquenina nada más y mucha maleza. Eso no
vale par a carbón. Así como la que se cría entre las marr ales 3 y eso sí
t iene una cepa gr ande" . Er an pequeñas cantidades las que se hacían,
pero se tr ataba de un combustible de calidad que solía v enderse para
las fraguas. Algunos tr abajadores que ocasionalmente hacían algún
pequeño boliche, a falta de mejor leña, se v alían de cepas de retama
de cierta enver gadura: "El que tenga cepa no depende de que sea muy
gr ande la retama. Donde siembr as, rozas, y si lo haces a menudo, la
retama, como no puede echar por ar riba porque lo rozas, lo que hace
es que va eng ordando la cepa" .
3 Marrales se llama en es tos pueblos a las r ocas de gran tamaño, gr aníticas normal-
mente, que apar ecen con frecuencia en la zona.
134
V olviendo al carbón de los árboles, la materia prima que int eresa-
ba al carbonero er a la leña de encina, que era más inter esante si de
entresacas se tr ataba, al ser mas cantidad y de más grosor , lo cual se
traducía en ma yor r endimiento en carbón. Los carboner os empezaban
su tarea unos días después de comenzada la tala, cuando hubier a ya
alguna leña caída. Evidentement e, mientras menos tiempo tr anscu-
rriese entre la poda y las labor es de prepar ación de la leña para car-
bón, más v erde es taría ésta y más fácil sería cortarla, pero también
había que dar tiempo a que hubiese leña suf icient e para no t erminar
adelantando a los talaores y quedándose sin leña que tr ocear . Al talar-
se aquella parte que se iba a barbechar ese mismo invierno, conv enía
también ir dejando esa hoja limpia de leña de la tala, para que entr a-
sen las yuntas a arar . Hay que t ener en cuenta que mientras más v erde
estuviese la leña, peor ar día.
El proceso de pr epar ación de la leña comenzaba con el despalao ,
consist ent e en separar las tar amas, la leña más menuda que puede
quemarse para picón, de aquella otr a con la que se iba a hacer el
horno. A pié de árbol se iba haciendo esta separ ación y se iba pican-
do la leña, o sea, cortándola en trozos. Dependiendo del grosor , ésta
se trabajaba con hachas pequeñas o gr andes, o con serruchos, de una
o dos manos según las personas que fueran necesarias par a cor tarla.
Cuando se trataba de t erreno abrupto, a pié de árbol sólo se hacía el
despalao , par a luego enganchar las r amas gr andes con cadenas o
cuerdas y , arras tr adas por las bestias, lle v arlas a las partes bajas donde
se iba a hacer el horno, y allí se prepar aba. A veces se hacía una zorr a
o zorrilla , que consistía en enganchar a las bes tias unos palos larg os,
de las mismas encinas por ejemplo, y sobre los que se colocaban los
troncos que se quería arr astrar . Par a estos menes t eres lo ideal er a dis-
poner de un caballo, el más liger o y de ma y or fuerza de entre los ani-
males de tiro, per o sólo algún carbonero con cierta capacidad eco-
nómica disponía de él. Lo usual er an las mulas y , en el caso de los car-
boneros de menor capacidad o actividad más ocasional, los burr os.
Cuando se hacía entresaca, er an los carboneros los encargados de
caer el árbol y , según el acuerdo a que se hubiese llegado con el
135
dueño, se limitaban a serrarlo por la base o habían de descuajarlo y
arrancar la peana o asien to , la base subt erránea con raíces gruesas.
Habida cuenta del potent e sistema de r aíces de las encinas, no era
poca la cantidad de leña que podía obtenerse de peanas y raíces. Es ta
última operación er a considerablement e más trabajosa en t errenos de
peor calidad y muy pedreg osos, debido a que en ellos las r aíces han
de desarrollarse más hacia abajo y en v er tical, entr e terr eno más duro,
mientras que en tierr as más afables se desarrolla más en horizontal y
en suelos más blandos, siendo más fácil descubrirlas. P ar a est e traba-
jo se empleaban azadones y cuñas, además de machotas para g olpe-
ar las cuñas y , por supuesto, el hacha. El pr oceso consist ente en des-
pedazar y trocear es ta la leña recibía el nombr e de racheao .
La palabra boliche, en sentido es tricto, r eferiría a un horno peque-
ño, pero a v eces se utiliza indistintament e horno o boliche para desig-
nar a las carboneras. A unque en otros lugar es no muy lejanos los boli-
ches solían ser redondos, en nues tro caso se les hacía un r abo en la
parte delant era, par a prenderlos desde ahí. Se allanaba la tierr a y
luego se iba colocando la leña, la más gruesa debajo y las tar amas arri-
ba. T odo ello se cubría con monte, por ejemplo con org azo (jaguarzo)
y chasca u hojar asca de encina, f ormando una capa que sujetara la tie-
rra que v endría encima, evitando que ca yese al horno en la cocción.
El boliche llev aba v arias puertas en cada uno de los lados, normal-
mente entr e cuatr o y seis, y se tapaban con piedras gr andes.
La par te más crítica y delicada de la elabor ación del carbón era la
cocción. Así, mientras que el r esto de las oper aciones las podía hacer ,
bajo cierta dirección o no, t odo el personal de una cuadrilla, la quema
del horno era tar ea de especialistas, pues cualquiera no er a un buen
quemaor sino que se precisaba "saber por donde iban los fueg os" , es
decir , existía una cultur a del fuego , una serie de saberes y habilidades
en las que era indispensable ser iniciado.
La época ideal de quema era el v erano, y no tant o porque estu-
viese la leña más seca y se quemase antes, pues la exis t encia de dis-
tintas puertas permitía regular , acelerar o deceler ar la combustión,
como v eremos, sino porque en otr a estación surg en problemas con la
136
lluvia y la humedad, de tal manera que la tierr a, al no estar seca, no v a
bajando y f iltrándose poco a poco, sino que v a formando una bóv e-
da, se v a encampanando y haciendo que la leña se queme más de lo
debido, que se consuma mucha leña con menor rendimient o en car-
bón. Ello suponía además trabajo adicional, pues había que es tar siem-
pre ca vando un poco en uno y otr o sitio y resultaba muy trabajoso.
Ahora bien, int er venían otr os fact ores que podían hacer que se que-
mase en otra época. Así, aunque por lo g eneral se hacían los hornos
en barbecho, en los casos en que se había talado una hoja de erial,
había que quemar antes de que la hierba empezar a a secarse. Un car-
bonero que tr abajaba f incas pequeñas y no contaba con demasiados
medios, nos explica así por qué a v eces no quemaba en v er ano, sino
antes:
"A veces teníamos que quemar en otro t iempo porque, por ejem-
plo, no encon t rábamos g en te, porque estaban seg ando... En invierno el
jornal es más bar ato. Además, si te sale una encina o algo, no v as a
esper ar al ver ano, lo haces según viene la cosa" .
Como v eremos más adelant e, los trabajadores que ocasionalmen-
te hacían carbón t enían que ir apro v echando las oportunidades que
les surgiesen par a conseguir leña en cualquier tiempo y en cualquier
sitio, y por ello iban quemando más a salt o de mata. P or contra, en las
grandes fincas donde había r anchos o r ancherías grandes, es decir ,
gran cantidad de leña talada, er a frecuente es tar quemando gr an parte
del año.
Una v ez en marcha la combus tión, había que vigilar continuamen-
te el horno, ir llamando el fuego , es decir , dirigiéndolo hacia donde
inter esase. El fueg o v a acotando , v a haciendo bajar el horno y hay que
llamarlo hacia las partes que v an quedando más altas. Est o se conse-
guía abriendo o cerrando las puertas, dándoles ma y or o menor aber-
tura o abriendo algún agujer o incluso. Lo mismo se hacía para r egular
la fuerza de la combustión según convinier a y dependiendo de las
condiciones climáticas, el tipo de leña u otros f actor es. P or ejemplo,
se podía tener int erés en quemarlo pronto por alguna r azón, pero
había que tener en cuenta que mientr as más rápido se quemaba,
137
menos pesaba el carbón. A medida que se iba quemando, se iba recis-
cando , es decir , quitando la chasca y tierra con un róo (rodo) o un r as-
trillo: "la t ierr a, cuando se pone caliente, se pone muy fina. Ese polvillo
se va in t roduciendo en el carbón y lo va apag ando y , a los dos días de
estar reciscado, sale el carbón frío" . Al salir apagado el carbón, er a
poca el agua que se necesitaba, sólo para algún que otr o tizón que
quedase ardiendo. L os carboner os se v alían de cubas y traían el agua
de fuentes, pozos o de pequeñas r epr esas que pudieran hacer en los
regat os o barrancos.
El tiempo de cocción, obviamente, er a muy distinto según el tama-
ño del horno, la época, la clase de tierra y la fuerza que se le quisier a
dar al boliche y , así, los había que se quemaban en un par de días y
otros que podían tar dar v eint e o incluso un mes en algún caso. Ade-
más, según los r anchos y los carboneros que hubier a, podía haber un
número v ariable de hornos ardiendo a la v ez, por ejemplo cuatro o
cinco.
El carbón se iba sacando con un ras trillo y lueg o se extendía y r as-
trillaba, para eliminar los t errones. Al igual que con el cisco, se hacían
hileras o cor dones de carbón para que se fuese enfriando y que, en
caso de que hubiera algún tizón ar diendo, el fuego no se extendiese a
t odo el carbón. Finalmente, se cogía el carbón con espuertas o espor-
t ones y se env asaba en seras de esparto, que podían ser de los com-
prador es que las dejaban para ser llenadas, o bien se disponía en gran-
des mont ones, según cómo se fuese a transportar , si en camiones, en
carros o en bes tias. El pesaje se hacía en el campo, con romanas col-
gando de una cabria formada con palos o de la r ama de una encina.
La cogida del carbón era más dificultosa y lenta cuant o más peque-
ño fuera és t e y en los grande hornos podían es tar tr abajando tres o
cuatro personas dur ante dos o tres días. Es te tr abajo lo realizaban las
mujeres fundamentalment e, debido al menor pr ecio de su mano de
obra. U n carboner o intenta a dur as penas justificarlo por otras r azo-
nes: "La cogida del carbón er a cosa de mujeres, igual que arrancar alg a-
rrobos. El hombre no se adapt aba a coger carbón. En aquellas fechas
no se adaptaba, parecía que er a... no se. Nosotros sí, los hombres de la
144
res pr oblemas se daban en el arr anque de cepas de retama y , en la
zona más montuosa de Santa María, en el descepado de manchas de
brezo, par a lo cual solían dar permiso. En cuanto a los asient os que
quedaban tras la entr esaca o de las que encinas que se secaban, se
suponía que era un bien el que se le hacía a la finca arrancándola y
por eso se podían dar , pero también er an causa de problemas.
Aunque en los tr es pueblos había pequeños carboneros del último
tipo ref erido, er a sobre t odo en La Puebla donde más abundaban
debido, sobre t odo, a que al existir muchas pequeñas propiedades,
había mucha gent e que t enía alguna bestia. La época de ma y or car-
boneo era aquella en que no había tr abajo en el campo: "Dependía
del t iempo que tenías y del hambre que había. Unas v eces podías jun-
tar más leña, otras menos. P ero si había jornal, ibas al jornal" . Los vie-
jos jornaleros nos hablan de abril como un mes muy malo, de pocos
jornales y en el que había que salir en busca de alguna carga. P ero era
sobre t odo en el ver anillo, a finales de agost o y en septiembr e, f in del
ciclo agrícola y época de inactividad en la que, por eso mismo, se
celebraban las fiestas patr onales de los tres pueblos, cuando ma yor
cantidad de boliches se hacían, para poder t ener , entre otr as cosas,
siquiera alg o de dinero con que pasar las f ies tas.
Solían asentarse los boliches en un ejido o en cercados próximo a
los pueblos: "T e dejaban quemar el boliche donde quiera, porque eso
es bueno par a la t ierr a. L es fav orecía, si no, no te dejarían" . En algunas
tareas, y dependiendo del tr abajo que hubiera, podían a yudar los
miembros de su grupo domés tico, los hombres a pr eparar el boliche
o sacar el carbón y las mujeres a cog erlo.
Como hemos podido v er en t odo lo expuest o, mientr as menores
eran los medios mat eriales y humanos de que podían disponer los car-
boneros, menor er a la magnitud de las rancherías con que se queda-
ban y el tipo de f inca con el que se r elacionaban. Así, las grandes fin-
cas las hacían los contratis tas y los carboner os más fuer t es. Las f incas
medianas también podían cogerlas si les v enían bien, por pro ximidad,
amistad u otr as r azones. En las f incas pequeñas, como vimos, se car-
boneaba menos y podían quemar la leña gent es que se dedicaban
145
ocasionalmente al carbón o hacerlo los dueños, a jornal incluso. En
t odas ellas, pero sobr e todo en las gr andes, en las que había más
recursos y a v eces resultaba más fácil pasar desaper cibido, era donde
intentaban los jornaler os hacer su pequeña carga par a carbón.
El carboneo, por las distintas oper aciones que r equería y por los
distint os tipos de personas que inter v enían, hacía posible que fuera
mucha la gent e que pudier a, si quería, aprender a r ealizarlo. Así, el
carácter f amiliar de su elaboración en muchos casos hacía que los
hijos de los que trabajaban en él pudier an aprenderlo al lado de sus
padres. P or otra parte, personas que er an contratadas par a par tes
poco especializadas del proceso podían, al es tar en las cuadrillas,
familiarizarse con otr as más especializadas. P or último, como hemos
vist o, era una práctica gener alizada en las f incas y en los alrededores
de los pueblos, que era posible lle var a cabo por g entes de muy div er-
so tipo. Cosa distinta er a saber quemar los enormes hornos de las fin-
cas más grandes, dominar a es ta escala la cultur a del fueg o de la que
hemos hablado.
A difer encia de otros pr ocesos de trabajo, como la tala o la saca
del corcho, por ejemplo, el de elabor ación del carbón suponía la ar ti-
culación de operaciones muy dis tintas que r equerían cantidades bas-
tante v ariables de mano de obra. Así pues, los grupos de tr abajo,
sobre t odo en las grandes r ancherías , v ariaban enormement e en el
número de sus miembr os a lo larg o del año. De esta manera, la ope-
ración par a la que se contrataban más tr abajadores er a el despalao y
retazado de la leña. L uego, se pr escindía de gr an par t e de ellos para
el embolichado y aterr ado, quedando sólo unos cuantos par a la
quema y alguno que otro par a sacar . Al f inal, se v olvía a buscar cua-
drillas de mujeres par a coger el carbón y , en algunos casos, no
muchos, se llamaba a arrieros par a transportarlo. El trabajo en el car-
bón terminaba por lo g ener al en v erano, y has ta el nue v o ciclo podía
haber bastant es días baldíos que, si había ot oñada tempr ana y la tie-
rra es taba blanda, se podían ocupar en quitar la tierr a y prepar ar las
peanas que hubieran quedado y , cuando los carboneros er an colonos,
en est er car y hacer la sementer a.
146
Los carboner os que t enían cuadrillas grandes solían lle var de un
año para otr o a los mismos trabajadores, por lo menos en el caso de
los más especializados, los que sabían embolichar y , sobre todo, que-
mar . Era g ente de confianza que estaba casi t odo el año con ellos, y
la que se quedaba después de prescindir del grueso de los contr ata-
dos para despalar y cortar la leña. Como vimos más arriba, los miem-
bros de las cuadrillas iban en algunos casos a r ealizar las labores de
los cultiv os de los carboneros que también sembr aban, o se contrata-
ban a jornal en la siega por jornales más alt os, por lo que el trabajo en
el carbón se paraba o aminor aba durant e la siega en algunas cuadri-
llas, no en t odas. El caso al que aludimos anteriorment e, de carbone-
ros que no encontr aban trabajadores porque se iban a la siega, r efe-
ría más bien a carboneros que tr abajaban pequeños ranchos y no
podían ofrecer un tr abajo continuo a los ev entuales que, por tant o,
pref erían irse en busca del jornal más alt o y a que no tenían la v entaja
de un sueldo constant e aunque fuese más r educido.
Los tr abajadores habituales de las cuadrillas tenían las v entajas de
un trabajo más o menos continuo dur ante parte del año, que com-
pletaban con las peonadas y recursos de otr o tipo que, como el res to
de los jornaleros, podían encontr ar . Aquellos que más especialización
y responsabilidad t enían ganaban alg o más que el res to, por ejemplo
los quemaores , que en algunos casos tenían además que tr abajar de
noche y dormir en el campo, cerca de los hornos. A unque a v eces, al
igual que los talaores , y como les ocurría a los pr opios carboneros,
cuando el tajo estaba lejos del pueblo, t odos los trabajadores habían
de dormir en las t r ibunas o, en el v erano, al air e libre o bajo enr ama-
das que construy eran. En algunas cuadrillas se les daba a los tr abaja-
dores y tr abajadoras la olla, es decir , la comida de mediodía y/o algu-
na carga de leña, per o no era lo común.
El CISCO
La elaboración del cisco o picón er a el otro pr oceso que comple-
taba el apro vechamient o integr al de los product os de la poda, el de
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las ramas más pequeñas, una v ez ramoneadas por el ganado. Con la
semicombustión de las tar amas se disponía de un mat erial cuy o único
destino er a la calefacción de las viviendas mediant e el br asero aun-
que, como queda dicho, para es t os menest eres competía con las can-
delas.
Habida cuenta de su menor enjundia y v olumen, er a un asunto de
las economías modestas. L os gr andes propietarios no se ocupaban de
esta actividad, salv o en lo que pudiera r eferir al apr o visionamient o de
cisco para sus br aseros, lo que en relación con la magnitud de sus fin-
cas y capitales, era alg o minúsculo. Y a dijimos que en los trat os de las
r ancherías , las taramas, mat eria prima del cisco, eran para los carbo-
neros. Er an por tanto los piconeros que hubier a en los pueblos, los tra-
bajadores o los pequeños pr opietarios los que hacían el cisco, par a
aut oconsumo y/o para v enta, según los casos. El evident e menor v alor
del product o, la simplicidad de la técnica de elaboración, los mínimos
requerimient os de herramientas (hacha, horquilla, r astrillo, pala, cuba
y poco más) y las necesidades para el aut oconsumo hacían que pudie-
ra ser cosa de jornaler os. Una v ez más, constatamos cómo el acceso
a los recursos f ores tales era un elemento important e de las econo-
mías de los asalariados, muy relacionado con el consumo domés tico
y , a veces, una fuent e de recursos monetarios no salariales.
Aunque se v endiera en los pueblos y sobr e todo par a fuera, la pro-
porción des tinada a la v enta era mucho menor que en el caso del car-
bón. Una cues tión conviene apuntar en t orno a est e recurso y es que
era también un motiv o de interr elación entre los t erritorios de campi-
ña y los de dehesa, entre la sierr a y la penillanura, a la que iban los
piconeros a lle var su cisco y de la que v enían algunas gentes a hacer
picón. P ero empecemos por v er el pr oceso de elaboración.
La materia prima por excelencia er an las taramas de encina. El
picón de alcornoque era de inf erior calidad y pr esentaba muchos pro-
blemas debido a la corcha, que no hace picón y , además, es difícil de
apagar . No obstant e, cuando tocaba talar la hoja, se hacía también de
alcornoque. El de quejigo, al ser más flojo, se mezclaba con el de
encina y el inconv eniente que t enía era que las baquitas , o bolas que
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cría en sus ramas, también er an problemáticas para apagar . Del mato-
rral, sólo la jar a se empleaba a veces par a picón, cuando se r ozaba
una parte montuosa par a siembra o cuando se arr ancaba expr esa-
mente par a cisco. Se consideraba que er a buen picón, pero muy tr a-
bajoso el proceso de arr ancar las matas. El picón de jara se hacía
exclusiv amente en la zona montuosa próxima a S anta María, que era
donde prolif er aba la jara. De oliv o se hacía muy poco picón, ya que
es también muy flojo, calienta poco y enseguida se vuelve ceniza, por
eso había algunos que lo ligaban con el de encina si podían.
El cisco se hacía en el invierno y la prima v er a, una v ez que el gana-
do hubiese apro vechado el r amón y los carboneros hubiesen despa-
lado . Se empezaba hacia enero, cuando la tala, y a lo más que se lle-
gaba era a finales de abril o principios de ma y o, cuando apretaba la
calor y , ya seco el past o, había peligro de incendio, aunque lo normal
era que se hiciese el cisco en la hoja de barbecho. A demás, en esas
fechas y a no se echaban braser os y era difícil dar salida al picón. L os
problemas de esas es taciones v enían con las lluvias, que impedían tr a-
bajar y dejaban la leña húmeda y en malas condiciones para ar der .
Una v ez separadas de los palos, las tar amas se iban enga villando,
poniendo unas encima de otras en haces. Las ga villas se disponían
unas junt o a otras f ormando rodeos cer ca de los lugares elegidos para
ir haciendo las piconeras de tr echo en trecho. P ara és tas se había de
buscar un suelo más o menos liso, cerca de algún arr oy o, barranco,
regat o, fuente o cualquier otro punt o de agua, ya que el agua er a
imprescindible par a apagar el cisco. El que fuera en invierno y prima-
v er a facilitaba las cosas, y a que solía haber bastant es aguas super ficia-
les. El agua se acercaba a la piconer a con garrafas o cubas y , si se dis-
ponía de ellos, se almacenaba en bidones. Cuando los regat os eran
pequeños y poco profundos, con un zacho o azadón o incluso con
una pala, se les hacía una poza de la que llenar los cubos de agua con
ma y or facilidad. U na v ez enga villada toda la leña, empezaba la quema.
Las piconeras se empezaban a encender de madrugada, cuando
no hace aire ni calor , y se continuaba quemando hasta que apretaba
la calor , hacia las once o las doce. Había quien, en ocasiones, que-
149
maba incluso de noche. Las gavillas se juntaban en un montón, pues-
tas de pie alrededor de un par de ellas confr ontadas, y v ariando el
tamaño de la piconera según dis tint os fact ores: la cantidad de leña
caída, la distancia entr e las encinas, lo dif icult oso del t erreno par a el
desplazamient o, la pro ximidad de los punt os de agua, el número de
personas que interviniesen en el proceso y , en f in, el par ticular par e-
cer de cada piconero. Evident ement e, había que procur ar que la pico-
nera no fuese tan gr ande que hiciese muy difícil y trabajosa su quema
y manejo post erior . Cuando y a las taramas se habían quemado, los
palit os y tizones gruesos que aún quedasen por arder se iban apar-
tando y formando otr a pequeña candela al lado del montón de cisco.
Con la horquilla y la hurg a , un palo larg o y fuerte, se iban sacando
aquellos palos que aún quedasen ardiendo dentr o del montón de
cisco. La hurga se metía horizontal u oblicua al montón y se iba le v an-
tando de un extremo, haciendo aflorar así los palos y tizones gr andes.
T odos estos se iban juntando con las puntas que quedar an por arder
y formaban una pequeña candela al lado del montón de cisco, has ta
que se quemaba del t odo y se v olvía a agregar a la piconer a.
Una v ez hecho el cisco como tal, era necesario apagarlo bien y se
empezaban a apagar las brasas y tizones echando agua de una cuba,
con la mano para ir mojando unif ormemente y directament e de la
cuba cuando había que apagar algún foco de llamas o br asas. Se iba
v olt eando, echando paladas del montón hacia un lado, hasta f ormar
el nuev o montón en ese sitio, un par de v eces o las que se conside-
rasen necesarias, y donde er a preciso se echaba agua. T ras ello, se
extendía el cisco y se separ aba formando cordones par a que se apa-
gara mejor y , caso de arder , no se corriera el fueg o a todo el picón. El
tiempo que se dejaba enfriar el montón v ariaba, desde unas hor as
hasta el día siguient e, y lueg o se env asaba en sacos. Como hemos
dicho, se dejaba de hacer picón a media mañana y hasta que t ermi-
naba la jornada se podía completar el día env asando, prepar ando las
piconeras del día siguient e, acarreando agua, etc. El transport e se
hacía con bestias y , en algún caso, con un carro par a desplazamient os
a otros pueblos. De t odas formas, si no se conseguía alguna bestia,
150
aunque fuera pr estada, se podían transportar algunos sacos en unas
parihuelas, es decir , poniéndolos sobre dos simples palos que dos
hombres lle vaban por los extr emos.
En cuant o al destino de la pr oducción, comparativ amente con la
época actual, era poco el picón que se consumía en las casas, pues se
ser vían mucho de la candela para calentarse e incluso és ta pr oducía
brasas que podían utilizarse en el br asero. Además, tant o los dueños
de las f incas como los carboner os, piconeros y gr an parte de los tr a-
bajadores pr oducían picón par a autoconsumo. Vis t o est o, podremos
comprender cómo er a poco el que se vendía en los pueblos. La ma y or
cantidad iba a las localidades de las campiñas próximas, de las que
también v enían hombres a hacer picón. Er an los propios piconeros los
que se encargaban de v enderlo por las casas, como hacían los arrie-
ros con el carbón, pues y a tenían sus v eceros, sus comprador es habi-
tuales, de un año para otr o.
El piconero que más cisco hacía en P allares, por ejemplo, lo lle v a-
ba en un carro a Ller ena y lo v endía a sus client es, llev ando a algunas
carbonerías el que le sobrase. El que disponía de algún cobertizo,
guardaba el que sobr ase en la temporada y , al llegar las primeras
aguas de ot oño y el frío, podía darle salida. Como ya dijimos, en S anta
María había un tratant e de carbones que también compraba cisco,
pero algún otr o v enía de Se villa y otros núcleos gr andes. Debido a
que, en cualquier caso, no eran gr andes cantidades las que producía
cada piconero, lo más fr ecuent e era que, a dif erencia del carbón, la
ma y or parte del cisco se fuese v endiendo en cantidades discretas a los
consumidores y medianos tr atantes de lugares no muy lejanos. A de-
más, el poco peso en relación al v olumen le hacía perder int erés para
los comprador es de lugares lejanos a la hora de tr anspor tarlo.
La forma de acceso a los recursos en es t e proceso de tr abajo er a
la que pasamos a describir a continuación. Lo corrient e era que, tr as
el despalao , bien fuera par a leña o para carbón, las tar amas que no se
fuesen a consumir en la f inca las diese el dueño o el carboner o según
distint os tipos de acuerdo. Así, se podía v ender por retazos , es decir ,
cobrando en metálico por las tar amas que se daban. Otro tipo de
151
acuerdo er a f ijar una determinada cantidad por cada saco de cisco
elaborado por el piconer o. Finalmente, se podía establecer una apar-
cería, quedándose el dueño o el carbonero con uno de cada tr es, cua-
tro o cinco sacos hechos, según se es tipulase, y dependiendo del tipo
de relación con el dueño de la finca o de la leña y de lo fa v or able del
lugar en cuant o a lejanía, orogr afía, disponibilidad de agua, etc. Inclu-
so, en algunas f incas muy alejadas de los pueblos y montuosas, se
daban las taramas a los piconer os de balde, a cambio de que las que-
maran. En algunos casos de es t os, los piconeros habían de quedarse
en las f incas, al air e libre incluso. En cuant o al picón de jar a, se per-
mitía hacerlo a cambio de rozar las matas. Menos fr ecuent e era, como
apuntamos anteriorment e, obtener leña a cambio de los peones de
tala. En las f incas más chicas er an los propios dueños los que hacían
algo de picón, aunque también lo podían dar a piconer os. Ha y que
tener en cuenta que, entr e las tar amas que se consumían en la can-
dela y las que se hacían picón para sus casas, er a poco lo que sobra-
ba para que otr os las quemaran.
Como hemos vist o, el trabajo del picón duraba poco tiempo, dos
o tres meses a lo sumo. No había, por tant o, profesionales dedicados
a ello como actividad principal, sino algunos jornaleros que, cuando
llegaba la época, eran piconer os. P odían ser cuatro o cinco en cada
pueblo, a yudados por otros hombr es de su familia, y er an ellos mis-
mos los que lo v endían en sus pueblos y a v eces iban a otros pueblos
a transportar y v ender el cisco. Algún piconer o que cogía retazos con-
siderables y hacía mucho picón sí lle vaba a jornal a algunos hombr es,
al menos durant e una par te de la t emporada, pero no er a eso lo fre-
cuente.
Se constata también que en algunas ocasiones v arios compañeros
se juntaban para hacer picón y r epar tir las ganancias a partes iguales,
v endiéndolo luego cado uno por su lado. A la zona de P allares er an
muchos los piconeros que iban de Mont emolín, pueblo que, aunque
con cierta par te de dehesa al sur , está entre tierr as calmas y pastiza-
les. P ero er an asiduos de toda la zona muchos piconer os de F uente
de Cant os, Llerena e incluso Bienv enida, que iban a f incas distant es de
152
sus pueblos hasta cuar enta kilómetros. Algunos de ellos no er an pico-
neros dur ante toda la época del cisco, sino jornaler os que hacían las
cargas que necesitar an par a sus casas y se v olvían. Lo mismo ocurría
con muchos trabajador es de la zona, que buscaban algún retazo de
leña sólo para las necesidades de su hogar . Como ya hemos dicho, los
carboneros también hacían su cisco y a v eces, más bien pocas, ven-
dían algo. En conclusión, la elabor ación del picón era un proceso de
trabajo que conocía y pr acticaba bastante g ent e, pues no era muy
complicado, requería un equipo r elativ ament e accesible y , de distintas
formas, se podía acceder a las tar amas.
EL AL CORNOQUE Y L A S A CA DEL CORCHO
La saca del corcho, tan importante par a la economía de otras ár eas
de Extremadur a, no tenía mucha rele vancia en és ta, debido a la poca
extensión de alcornocales. Sólo en unas pocas fincas cercanas a S anta
María había alcornocales y se hacía la saca. Además, como v eremos,
ni allí siquiera había especialis tas del cor cho a los que poder entre vis-
tar . Las gentes de la zona t enían un conocimient o escaso de est e pro-
ceso por no participar , salv o casos contados, dir ectamente en él y a
que lo realizaba g ent e de fuera y cada bas tante tiempo. P or todo ello,
est e apartado será necesariamente corto, y a que sólo daremos un
somero r epaso al proceso de tr abajo, la economía y la mano de obra
en t orno a la extracción del cor cho.
P ar a las pocas f incas que contaban con alcornoques, y dentro de
éstas par a las que t enían un número de árboles de cierta considera-
ción, los ingresos er an enjundiosos. Los cuidados que requerían los
árboles para ponerlos en pr oducción eran los mismos que los de las
encinas, es decir , no suponían gast os adicionales. El equipamiento
necesario tampoco era mucho, y a que lo básico eran las hachas que,
además, las aportaban los descorchaores , los hombres encargados de
la pela. Las bestias par a el transporte er an, o bien de la propia f inca, o
bien de arrieros o g ent es que tuvieran bes tias y se contrataban a tal
f in. Así pues, los gas tos importantes er an los de mano de obra y en
153
ocasiones ni eso, pues podían correr por cuenta del compr ador . Si
para las economías de las fincas los ingresos er an claros, par a la gente
de la zona no sucedía tal pues, como hemos vist o, por la poquedad
de esta arboleda y lo dilatado en el tiempo de su saca, no había espe-
cialistas que pudier an r ecibir los buenos jornales que el descorche
deparaba. L os benef icios del alcornocal para los tr abajadores v enían,
y sólo en el caso de Santa María, del r ebusco del bornizo a partir de
cierta fecha, como v eremos, y er an ingresos marginales.
P ar a empezar a hablar de la saca del corcho, primer o ha y que
conocer el árbol. El alcornoque es un árbol que en sí muestr a una pr o-
ducción muy div ersif icada, más que el r est o de las quer cíneas. En est e
sentido, se a viene bastant e mejor que el r est o con la lógica producti-
v a de la dehesa, producciones modes tas de recursos dif erentes. En
est e caso se tr ata de las bellotas, el ramón, la leña y el cor cho. Los tres
primeros en menor cantidad y calidad que los de la encina y ello debi-
do en parte a que el alcornoque destina una parte consider able de la
energía que pr ocesa a criar esa capa de células prot ectoras que es el
corcho. Es t e último, además, se obtenía tr as largos períodos entr e una
saca y la siguiente, nue ve años.
De las bellotas y el ramón se habla en otr o apar tado, así que pasa-
remos dir ectament e al asunto del cor cho. Como hemos dicho, la
ma y or singularidad del alcornoque, aunque no la única, es precisa-
mente la capa que r ecubr e su tronco y r amas. Esta no es sino otr a
manifes tación más, la más repr esentativ a quizás, de los mecanismo de
adaptación de las quercíneas y de es t e tipo de v egetación en g ener al,
a las duras condiciones climáticas del ent orno mediterráneo. Se tr ata
de una gruesa capa de células muertas que actúa como aislante fren-
te al dur o clima y que, por ejemplo, es una importante def ensa frent e
a los incendios, para los que ofr ecen condiciones tan propicias est os
ambientes secos.
El grado de modificación que sufre el alcornoque es ma yor que el
de la encina y a que no sólo se seleccionan los ejemplares, se les da
forma y se les somet e a podas sino que también se descor chan. Entre
la casca, o película que queda recubriendo al árbol tr as desprenderle
256
apro vechar bien la bellota. A demás, al tener gr an movilidad podrían
quemar sin problemas el exceso de hidr atos de carbono que aporta-
ba el frut o de las quercíneas ( Mont o y a, 1989:125)
Los guarr os g ordos se r epartían en varias va ras o piaras de unos
v einte o v einticinco cochinos, cust odiados por dos hombres, los gor-
deros . Lo que se pr etendía con ello era que los cer dos apr o v echasen
mejor el frut o, ya que es un ganado muy delicado, necesita es tar tr an-
quilo y centrado par a que coma bien la bellota y no la par ta o retace
sin comérsela, estr opeando mucha. T ambién es bueno que se le haga
acostarse. L os g orderos se ocupaban de eso y de irles v areando las
encinas, sobre t odo al principio de la montanera. Cuando la bellota
aún no había caído al suelo en cantidad, la tarea fundamental de los
gorderos consis tía en v arearla, buscando sobr e todo las encinas que
tuvieran el frut o más adelantado. A veces no se tr ataba estrictamente
de v arear sino de "llamarles para que comier an" . El porquero buscaba
las encinas donde hubiera bellota par a comer , daba algún g olpe al
árbol y llamaba a los cochinos, que acudían.
P or la mañana daban la corricá , como hemos dicho, lle vándolos en
primer lugar a las lindes y a los alrededor es de las majadas de las o v e-
jas y cabras. U no de los g orderos podía quedarse en el zahurdón
barriendo. Lueg o empezaban a v arearles las encinas con la v ara y el
t r ang allo , que no era otr a cosa que una cuerda o tira de cuer o que a
su v ez sujetaba a un palo o v ar a más cor ta, t odo lo cual se añadía
cuando conviniera a la lar ga v ar a del gordero par a poder llegar a las
partes más altas de la encina, adaptándose a la forma de las copas. El
v areo se hacía a principios de montaner a y cesaba cuando ya t oda la
bellota, por su propia madur ación, hubiera caído al suelo. A mediodía
los encerraban en la majada y los v olvían a sacar por la tarde. Al prin-
cipio de la montanera conv enía llev arlos a los lugares más montuosos
o alejados, a los que difícilmente irían cuando y a estuvier an gor dos y
t orpes, y v arearles las encinas has ta apurarlas. L o mismo sucedía con
los sembrados cuando no se cogía la bellota en ellos. Si el suelo no
estaba mojado, el cochino entr aba en ellos has ta la Pura, el 8 de
diciembre.
257
Cuando y a estaban g ordos y t orpes, o cuando se acababa la bello-
ta que había en el suelo, los cochinos se recogían en un corr al o maja-
da, o bien se quedaban alrededor del cortijo y se les echaba, en come-
deros o en el suelo, la bellota que se había r ecogido. Er a bastant e la
que se le echaba cada día, en algunos sitios "a hartura" , o sea, t oda la
que quisieran. En ciert os casos, sobre t odo en fincas pequeñas, se les
machacaba alguna bellota a los lechones. Comiendo la bellota reco-
gida podían estar has ta un mes y luego se v endían. Si bien la duración
de la montanera er a variable, y con ella la f echa de salida del cochino
de la f inca, és ta solía ser alrededor de mediados de ener o.
La montanera no t erminaba con la v enta de los guarros g ordos. L os
retales , es decir , la bellota que quedaba tras el paso de ést os, y la bello-
ta más tardía, por ejemplo la segunda cosecha del alcornoque, la apr o-
v echaban cochinos más atr asados o los lechones, que se engor darían
la montanera siguient e. Hay que t ener en cuenta que el guarro g or do
es sumamente delicado y , por ejemplo, una v ez prueba la bellota
buena, la de la encina, no quiere la otr a, que sí apro v echan los que
v an detrás.
Est e sería el ciclo ideal del cochino, per o algunas contingencias
como las enfermedades podían truncarlo. P asemos, por tanto, a v er
las principales pat ologías de los guarros. La pest e porcina africana
supuso el ma y or descalabro de la ganadería por cina en estas tierras.
Ante es t e mal no cabía remedio alguno una v ez que se manifestaba y
los cochinos habían de ser sacrif icados. P ero es ta epizootia, proce-
dente de las colonias africanas de P or tugal, no apareció has ta f inales
de los años cincuenta, por lo cual el mundo del cochino no se vio
afectado apenas en la década que nos ocupa. Las dos enfermedades
más temidas en aquel tiempo er an la peste clásica y el mal r ojo.
Ambas presentaban car acterísticas similar es pues er an contagiosas y
causaban gran mortandad, pero se podían cur ar en algunos casos en
que no estuviese muy a vanzado el mal, pues exis tían fármacos in y ec-
tables. No obstant e, los ganader os recuer dan lo traumático que er a ir
al corral y encontr ar alguna vez muy enf ermas o muertas piaras ent e-
ras que el día ant erior parecían sanas.
258
La pulmonía era una pat ología muy frecuent e en cochinos y er a
debida a enfriamient os. P ara e vitarla se procur aba que las cochinas no
entrar an a las cochineras con las crías cuando estaban mojadas, cosa
que era más fácil de hacer cuando se contaba con un enjugaero de los
descritos. Otr a enfermedad muy frecuent e er a el citado jumillo . Como
medio de contrarr estarlo, al igual que sucedía con cualquier otr a dia-
rrea, se le solía dar de comer cebada. P ara e vitar enfermedades y que
la cría fuera más sana y a vimos cómo en las camas de las cochinas se
solía echar tierra o ceniza, siendo és ta última especialment e indicada
precisament e cuando había problemas de jumillo . La tierra y la ceniza
eran mejor cama que el simple suelo de baldosas, que es mas frío.
CO MERCIALIZA CIÓN Y DESTINO DE L OS PRODUCT OS
En t odas las f incas se dejaban cochinos para la matanza. En las
pequeñas porque los product os del cerdo eran una parte importantí-
sima de la dieta y el principal aporte de prot eínas animales. Como
también quedó dicho, en las f incas gr andes se hacía tanto par a el con-
sumo de los dueños, sobre t odo de los productos más conspicuos,
como para t ener una par te de la r etribución en especie de los emple-
ados, y a fueran los cundíos o ya fuer an las comidas que se daban en
algunas explotaciones a ciertos tr abajadores. La matanza se solía
hacer entre diciembr e y enero, cuando más frío hicier a, con el f in elu-
dir la presencia de insect os y también para que los embutidos se cur a-
ran bien, pues el calor perjudica el pr oceso. Como vimos, en algunos
casos también se mataba hacia no viembre el t orreznero , no tant o par a
embutidos sino para t ener ya alg o de carne y tocino fr esco, por ejem-
plo para las mer iendas , es decir , la comida f iambr e que se echaba
cuando no se v olvía a casa o al cortijo a comer .
P or lo que respecta a la cría que las f incas hacían a finales de
invierno y principios de prima v er a, a los guarros atra vesaos , és t os se
v endían par a fuera. Así, de la Puebla del Maes tre, pueblo campesino
de la zona por excelencia, eran asiduos visitant es los referidos gua-
rreros o compr adores de lechones par a recría, fundamentalmente de
259
la Zarza de Alange, que iban con sus blusones negr os, sus bestias y
sus banastas, o jaulas par a tr ansportar las crías que compraban, tant o
los guarros atra vesaos como los que sobr aban para las posibilidades
de las f incas. T ambién los compraban tr atantes de pueblos cercanos.
Algún que otro lechón se podía v ender también cuando llegaban las
f ies tas de los pueblos, como ya vimos. Las fincas grandes, que mo ví-
an cantidades considerables de cochinos, los v endían también a nego-
ciantes de lugar es más alejados, de Cór doba incluso. Otra salida que
tenían algunas de las crías de invierno-prima v era er a dejar hembr as
para r enuev o si er a necesario. Aunque no er a demasiado importante
en cuant o a v olumen de v entas, sí se constatan algunas v entas de
cochinos de vida para la bellota por S an Miguel, por la feria de Ller e-
na y , sobre todo, de Zafr a, el mercado de ganado más importante de
la zona, t odas las cuales eran a finales de septiembre. A est os se les
llamaba cochinos de feria , que se llev aban hasta las dos o tr es arrobas.
En algún caso se apartaba alguna par tida para ello o simplement e se
daba salida a algunos cerdos que sobr asen, sobre todo en gr andes f in-
cas. P ero la v enta más importante, la v enta por excelencia era la de los
guarros g or dos, de montanera. L os de las gr andes f incas er an los que
solían v enderse a lugares más dis tant es, a tra vés de corredores y tr a-
tantes que los lle vaban al matader o de Mérida o a mataderos de la sie-
rra de Huelv a principalmente. L os tr atos solían hacerse incluso ant es
de la montanera, por ejemplo en la f eria de Zafr a, y se f ijaba la fecha
en que habrían de ser pesados los cochinos, por ejemplo, para el 20
enero. En algunos casos, alguna partida se v endía a carniceros de pue-
blos relativ amente cer canos, de los Llanos de Llerena o la Tierra de
Barr os, que sacrif icaban una cantidad r elativ amente importante de
cerdos. El pr ecio por arroba v ariaba según el peso y , así, si pasaban de
las cat orce arr obas, por ejemplo, cada arroba se pagaba alg o más que
la arroba de los cochinos inf eriores a ese peso. A medida que dismi-
nuía el tamaño de las f incas, menor solía ser la dis tancia del lugar a
que se v endía y el tipo de compr ador . Así, los pequeños ganaderos
v endían a carniceros de sus pueblos o los alr ededor es, a par ticular es
para la matanza o a algún corr edor que conseguía juntar una par tida
260
comprando aquí un par de cer dos y allá otros. Un inf ormante nos
cuenta: "Es casi mejor la hembra que el macho, en calidad y t ambién
en can t idad. P or eso, si compr abas una matanza par a tí buscabas una
hembr a capada en leche" , es decir , no una tet ona o cochina de cría
castr ada después de v arios par tos, sino una capada con poca edad
para eng orde.
Los cer dos que iban a lugar es lejanos se transportaban en camio-
nes, pero cuando se tr ataba de los alrededores, algunos cochinos se
llev aban a pié, harreaos , incluso a dis tancias de más de cincuenta kiló-
metros a v eces, al igual que sucedía con los que se llev aban a la feria
de Zafra o a los espigader os de las campiñas.
Una cues tión inter esante era el pesaje de los guarr os, el momento
de celebrar el peso, pues er a un acontecimient o importante que se
ritualizaba en muchos casos En primer lugar suponía la coronación
exit osa del ciclo del cerdo y la entr ada de unos ingresos consider ables
para la finca. Además, er a una tarea que necesariament e r equería de
la colaboración de personas que no es taban dedicadas a los cochinos,
porque habían de cogerse en peso y subir a la r omana animales de
hasta 14 arr obas, es decir más de 150 Kg. En el caso de f incas peque-
ñas se echaba mano de familiar es, amigos o v ecinos. A veces no sólo
por la necesidad técnica de a yuda, que también, sino porque se con-
v ertía el peso en un acontecimient o social, como v amos a decir . En las
f incas gr andes, aparte los porqueros, ma yor ales y zagales, ayudaban
los otros empleados. A v eces, tanto en fincas pequeñas como grandes
se podía buscar a alguien a jornal, pero no er a lo habitual. Los amos
también invitaban a v eces a sus amigos a la celebr ación.
No quiere decirse que en t odas las f incas se celebrase el peso de
la misma manera. De la simple copa de aguar diente y alguna que otra
perrunilla a la buena caldereta con abundant e vino y borr achera
media una amplia v ariedad de formas de celebr ar este e vent o. En algu-
nas f incas apenas se celebr aba, por ejemplo donde sólo eran algunos
cochinos los que se v endía. Gr andes propietarios había que er an bas-
tante tacaños y no se pr odigaban en fas t o alguno cuando llegaba el
peso, pero también er an criticados por ello.
261
Los campesinos modes t os podían ser a yudados por amigos y v eci-
nos, linderos, en la tar ea, con los cuales no mediaba ninguna obliga-
ción laboral ni salarial. Si los que a yudaban en las grandes fincas eran
asalariados y durant e el tiempo que estaban a yudando en el peso no
hacían el trabajo habitual por el que se les pagaba, el compr omiso del
dueño para con ellos, aunque exis tiese, er a menor que en las media-
nas explotaciones, en que había que llamar a un cierto númer o de per-
sonas que no tenían obligación labor al alguna, y había de agradecer-
se de algún modo su a yuda. Los que un día r ecababan a yuda serían
dadores de la misma cuando t ocase pesar los guarros de uno de sus
iguales. En esta economía mor al de int ercambio de tr abajo se inser ta-
ba el don y el ágape, la comunión, la comida en común que tant o
ahonda en sociabilidad y estr echamient o de lazos en la comunidad
local. En el caso de las grandes fincas, más que de una economía
moral, que exig e igualdad y reciprocidad, se tr ataba de una forma de
establecimient o de lazos verticales de sociabilidad entre los señor itos
y los empleados. Se trataba de uno de los pocos moment os, yo diría
que el único en el ciclo anual pautado, en que los amos y los trabaja-
dores compartían comida y bebida, participaban en "hermandad" de
un moment o de div ersión y disfrute, con ocasión de un tr abajo desde
luego. El peso er a la expresión magnif icent e del poderío de los due-
ños, de la consecución de unos ingresos notables. Se celebr aba la cul-
minación de un larg o proceso, de una empr esa en la que, en la lógica
de la integr ación vertical, habían participado todos. Otr a cosa era que
los benef icios de esa tar ea se repartieran entr e los que la habían
hecho posible. Aquí el r eparto er a sólo ritual, comida y bebida, oca-
sión de identif icación con los int ereses de la finca, de la casa.
P ar a f inalizar est e apar tado ha y que consignar que los cochinos no
gener aban apenas subproductos de int erés. Su excremento servía de
abono al suelo pero, al no ser un es tiér col de calidad, el que se gene-
raba en las majadas y zahurdones no se espar cía por la dehesa. A
v eces, quienes no disponían de un estiér col mejor , usaban algo de
ést e par a los huertos, pero er an pocos los que lo hacían. L as únicas
cualidades de las que nos han dado noticia son los benef icios de su
262
uso en el cultiv o de la cebolla y el ser un buen medio de cur ar la
madera que se utilizaba par a hacer cazuelas y algunos otros útiles y
enseres, como las cangallas. La explicación que se da es que, al ser
muy fuerte est e estiércol, mata las posibles larvas que puedan dañar
la madera.
263
9. L A O VEJA
L A PRESENCIA DE L A O VEJA EN L A DEHESA,
ECOL OGÍA Y ECONO MÍA
La ov eja ha estado históricament e ligada a la dehesa y , en par te, la
importancia que los pastos de las dehesas t enían para el ganado o vino
de la Mesta hizo que dur ant e siglos se conser v ara es t e agroecosis te-
ma. Est e ganado t enía un papel crucial para las fincas por su función
fertilizadora del suelo, a tr avés de la técnica del majadeo o majadaleo .
P ero, además, en t orno a esta técnica se desarr olló un complejo cul-
tural int eresantísimo desde el punto de vis ta antropológico, una forma
de vida muy distinta de las otr as que se daban en las fincas: la de los
past ores que vivían en los chozos.
La ov eja es el animal de may or presencia en el Medit erráneo, por
ser el que mejor se adapta al apro vechamient o de sus pastizales. Su
condición andariega hace que la o v eja sea el mejor medio para hacer
uso del past o mediterráneo, corto y disperso. Las caract erísticas de su
hocico y dientes le permit en apro v echarlo a ras de suelo, cortándolo
a menos de un centímetro de altur a. Igualmente se puede permitir el
past oreo en zonas de pendiente, por su env ergadur a y las caract erís-
ticas de sus patas (Mont oy a 1983:75). Al ser rumiante puede dig erir
sin problemas la hierba cuando se ag os ta en la prolongada es tación
seca de est e dominio climático. Su capacidad de andar ha sido un fac-
t or tremendament e importante a lo larg o de la hist oria para permitir
articular el uso de los diversos espacios ecológicos a que dan lugar los
264
contras t es geográficos mediterráneos. En ef ecto, el nomadismo y la
trashumancia han sido f ormas de apro v echamiento, modos de vida e
hit os culturales de nues tro ent orno. A tra vés de ellos, europeos, afri-
canos y asiáticos en t orno a est e mar han salv ado las limitaciones del
agotamient o de hierbas en unas zonas mediante el tr aslado a otras,
han llev ado sus rebaños desde las ár eas frías y de montaña, que sufren
el parón inv ernal de la v egetación, a tierr as más cálidas de las zonas
bajas, o se han trasladado con sus animales en busca de los escasos y
preciadísimos lugar es donde ha y agua en la estación seca (Br audel,
1986; Da vis, 1983).
Aunque son r ecurrent es las refer encias al enfrentamient o entre
past ores y agricultor es a lo larg o de la historia, (más bien a disputas
entre nómadas y sedentarios, tr ashumantes y estant es), la o v eja es la
especie animal que más se a viene al acoplamient o con las prácticas
agrarias pues, además de poder apr ov echar los agostader os y las tie-
rras que queden en descanso de los cultiv os, ha sido el fertilizador
natural por excelencia de las tierr as de labor .
Estas car act erísticas y la div ersidad de product os que la o v eja ha
ofrecido fuer on la base económica de muchos pueblos y dio a la
o v eja un lugar privilegiado en sus culturas y así, junt o a la vid, el olivo
y el trigo, la o veja, o más concr etamente el corder o, son element os
fuertes en el simbolismo medit erráneo, animales emblemáticos y
especialmente apt os para el sacrificio en las tres grandes r eligiones
monoteís tas. En el caso de España, no v amos a insistir en la impor tan-
cia de la o v eja a lo larg o de su hist oria, en la tradición ganader a bere-
ber , en las disputas entre cris tianos y musulmanes por tierras de pas-
t os, en la impor tancia de la o veja y la lana como mot or de la econo-
mía cast ellana y base de su expansión, o en el papel crucial de la
Mesta en España y , más concretament e, en Extremadur a (Barrientos,
1994). T odo ello no sería explicable si no lo ref iriésemos a las car ac-
terís ticas del o vino y a las condiciones ecológicas del medio.
En nuestr a zona de es tudio la ov eja atendía a las consider aciones
ecológicas hasta ahor a expues tas, pero a t odo ello ha y que unir un
asunt o crucial en el caso de la dehesa, como es la complementarie-
265
dad del o vino con el cultiv o. La ov eja tenía un papel fundamental en
la fertilización de las hojas de cultiv o y , como se ha apuntado, apro-
v echaba mejor que ningún otro animal las r astrojer as. El hecho de que
estuvier a pr esente o no en las dis tintas f incas de la zona r espondía,
por lo gener al, no a su capacidad de utilizar los recursos, sino a la pre-
sencia de otras especies que r esultasen más interesant es por r azones
de carácter económico, de es tructur a de la propiedad, de tipo de
explotación, como v eremos. Sólo en el caso de las zonas de mucho
mat orral t endría la o v eja problemas.
Desde el punt o de vista económico, la o veja es un animal que se
reg ener a con rapidez, con un periodo de pr eñez corto y que puede
llegar , como sucede hoy , a tener tr es partos en dos años. Además
tiene gran capacidad de r eproducción porque puede parir a los 18
meses. De esta f orma son pocos los animales improductiv os, en espe-
ra par a renuev o. T odo ello hace que los rebaños, ant e cir cunstancias
de div erso tipo, se recuper en o se conf ormen con cier ta r apidez
(Mont oy a, 1983:75). El ser animales medianos hace que la pérdida de
alguna cabeza no sea tan traumática económicament e como la de
una v aca, por ejemplo. El tener muchos animales de tamaño medio en
lugar de pocos de gran env ergadur a hace que se div ersif iquen los ries-
gos, además de permitir la más pr onta r ecuperación de la cabaña. Si
a ello le unimos que su capacidad para los desplazamient os le permi-
te r esponder a las v ariaciones de un medio tan cambiante como el
nuestr o y apro vechar r ecursos situados en lugares difer entes, en agr o-
ecosist emas div ersos, vemos que es un animal que da bas tante flexi-
bilidad. En cuant o a su producción, además de los cor deros suminis-
tra lana, muy cotizada antaño, pieles y el pr eciado estiércol par a la fer-
tilización, tan v alor ado que se dice que "la oveja tiene un culo de oro,
vale más que la ov eja" .
La economía de la ov eja era, por lo que r ef iere al des tino de los
product os, bastante comer cial. Corderos, lana y , en menor medida,
pieles, reportaban ingresos significativ os a las f incas. La inversión que
requería su pr oducción er a menor que, por ejemplo, la del cochino
pues no atra v esaba una larga época de ausencia de comida y podía
272
complicadas, como la paridera y el ahijamient o. En algunos casos se
contrataba a alguien e ventualment e, cuando se acumulaba tr abajo y no
se podía atender las o vejas. A v eces, al igual que sucedía con los cochi-
nos, los muchachos trabajaban sólo por la comida y par aban poco en
la f inca. Si no en chozos, los pas tor es y muchachos se quedaban en los
cortijos, en alguna pequeña dependencia, a veces en la cocina.
Si t odas estas car acterís ticas ecológicas y económicas hacen a la
o v eja inter esante para cualquier tipo de explotación, ha y otros fact o-
res que juegan en contr a de su presencia en ciertas f incas. L a o v eja la
encontramos en la práctica t otalidad de las f incas grandes, aunque su
número er a may or en aquéllas situadas en terrenos más af ables y lim-
pios de monte, como los de los alr ededor es de P allares y la parte
oriental de la zona de estudio, donde confluían una orogr afía sua v e,
poco mat orral y gr andes propiedades. En las zonas más montañosas
se defendía peor por lo quebr ado del t erreno, sobr e t odo cuando esta-
ba criando al borreg o. Allí pr olifer aba más el mat orral y además t opa-
ba con la cabra, r eina del montarral, y con la que entraba en compe-
tencia por los pas t os y a que ambas prefieren los past os cor t os. L a
v aca, aunque también es propia de t errenos parecidos a los de la
o v eja, suponía menos competencia y a que gusta de hierbas más altas
y bastas y además la o veja r epela o ateza más, es decir , apura más el
past o, es capaz de comer el pasto más r alo, hasta dejar casi pelada la
super ficie y por tanto puede ir tr as la v aca y apurar el pas t o o hierba
que ésta v a dejando.
A difer encia de lo que ocurría con los otros animales, la o veja com-
portaba problemas en cuant o al apro vechamient o de los past os por
animales que fueran detrás pas tando. Es decir , según los ganaderos de
la zona, un terr eno en el que ha y a permanecido la o v eja dur ante cier-
t o tiempo es evitado por las v acas y cabras. Aquí se utiliza la expr e-
sión guardar la linde par a referirse al hecho de que el ganado se queda
just o en el límite del terr eno en el que han estado pas tando las ov ejas,
sin entrar en él a comer . Ello se debería, según los ganaderos, no tant o
al hecho de que la o v eja ateza o repela mucho la hierba o pas t o, sino
a que apesta el t err eno, por el chero o mal olor .
273
En cuant o a las f incas pequeñas, no t odas tenían o vejas. Ha y que
tener en cuenta que las explotaciones campesinas t enían más limita-
das sus opciones sobre la elección de especies porque no solían dis-
poner de tanta mano de como para especializar a sus miembr os en
las distintas tar eas, como sucedía con los latifundios. Est o sólo era
posible cuando funcionaban las economías de escala y el tener un
gran númer o de cabezas de una especie compensaba el que hubiera
alguien dedicado a ellas. Mientras que, por ejemplo, la opción por el
cochino en los encinares er a casi incuestionable por ser el animal que
ma y or y mejor rendimient o sacaba a este frut o, las hierbas las podían
apro vechar las o vejas, las cabr as y , mientras estuvier an ver des, los
cochinos. A difer encia del cochino, si no se v endían los animales de
borreg os, solía suponer una carga par a las f incas, pues se vendían con
mucha más dif icultad y a peor pr ecio. El autoconsumo no er a una sali-
da deseable y a que la carne de corder o se consider aba un lujo y , fren-
te al cochino por ejemplo, er a bastante menos lo que se podía apr o-
v echar . Además, mientr as que del cochino se obtenían pr oduct os para
el aut oconsumo, como carne, chacina y embutidos, y la cabra daba
leche para consumo dir ecto o par a queso, los product os de la o v eja
(borreg os y lana) er an para el mer cado, si exceptuamos la lana nece-
saria para los colchones cada ciert o tiempo y la carne de algún animal
que moría por algún accidente o enf ermedad que no supusier a peli-
gro par a el consumo. T ambién los dueños podían sacrif icar algún
borreg o par a dar una caldereta a la f amilia o amigos. La caldereta ha
sido y es t oda una institución en la comar ca, una celebración y f orma
de sociabilidad en t orno al plato más exquisit o de la zona, la caldere-
ta de borreg o per o era un hecho excepcional. En cuant o a la leche,
por el tipo de past os de la zona, pobres en gener al, la r aza de o v eja
predominant e er a la merina, de poca producción de leche, y menos
aún en estas tierr as. P or todo ello, la o veja no se or deñaba, ni par a
leche ni para queso, pues la que dier a habría de ser vir para criar al
borreg o. En las fincas pequeñas, donde no había ov ejas, la fertilización
del escaso terr eno se podía hacer con el es tiércol de las bes tias o las
cabras per o hay que t ener en cuenta además que en muchos casos
274
era poco el cultiv o en el propio pr edio, pues se tomaban tierr as en
aparcería en fincas grandes.
Estas cues tiones ha y que tenerlas en cuenta y a que en las econo-
mías campesinas el aut oconsumo y el uso y apro vechamient o múltiple
de los recursos ha sido una es trat egia capital. T odo ello no signif ica que
en las explotaciones campesinas no hubiese o v ejas, pues eran más
aquellas que explotaban el o vino que las que no lo hacían, sino que la
ausencia de esta especie en bas tantes de ellas er a explicable en par te
por t odo lo que acabamos de exponer . Muy indicativo también de la
relación negativ a entre pequeña producción y o vejas es el hecho de
que los piareros , los ganaderos sin tierr as, lo eran de cabr as, rar ament e
de o v ejas. P ara t erminar con la cuestión de la presencia del o vino en la
zona, ha y que consignar que los ganaderos tr ashumantes, aquí cono-
cidos con el nombre g enérico de sorianos , no solían arrendar dehesas
para sus o vejas por es t os pueblos y sólo pastaban al pasar por una
senda que, por la parte oriental, cruza de norte a sur la zona de estu-
dio, desde la penillanura extr emeña hacia el v alle del Guadalquivir .
El MANEJO DEL GANADO
Entremos en el manejo del o vino en la zona comenzando por el
tipo de animales. T anto en la o veja como en los otr os animales de la
dehesa sucedía lo que en otras zonas medit erráneas, que predomina-
ban las razas de canales lig eras y con poca grasa. En ef ecto, la prácti-
ca t otalidad de las ov ejas era de r aza merina, una o v eja rús tica y fuer-
te, pequeña y ágil, muy adaptada a las condiciones del t erreno y el
clima: "Aquellas ovejas er an muy v alien tes, se metían en terrenos fr a-
gosos y ar rimadas a una albulag a criaban un bor rego" . Necesariamen-
te habían de ser fuert es si tenemos en cuenta la or ografía de la zona,
la climat ología extrema y el hecho de que el r ebaño se quedaba de
noche en el campo y al aire libr e, arros trando fríos y tempor ales. Aun-
que con un índice de conv ersión del aliment o relativ amente bajo,
tenía unas necesidades de comida r elativ amente bajas también y , ade-
más, daba una gran cantidad de lana: "Al bor rego, si lo abandonaba la
275
madre y estaba un tiempo sin mamar, lo cogías, le daba un chupetón
y salía adelan te enseguida" . La leche que producía er a poca, la suf i-
ciente par a criar al borrego. P or ello, la ov eja merina no se ordeñaba
en casi ninguna f inca y en las que se hacía er a durant e pocos días tras
el dest et e, haciendo con la leche algo de queso.
Dentro de la merina, los lugar eños sólo distinguen de aquella
época a las "chiqueninas y renegrías" , que er an la inmensa ma y oría, de
algunas más grandes y clar as que había en cier tas f incas. En casi t odos
los rebaños, al menos en los gr andes, solía haber alguna ov eja basta,
de mucha lana y muy apreciada par a los colchones. Aún hoy en día,
cuando alguien llev a tiempo sin pelarse se le dice "tienes más lana que
una oveja bast a" . Estas o vejas er an más bien de las piar as de los pas-
t ores, de las escusas. Algunos pas tor es sostienen que las o v ejas bastas
"er an más valien tes y andaban la sierr a como las cabr as" , aunque se pro-
curaba e vitar la cruza de bastas y f inas, de la cual salían o v ejas casco-
nas. Los nombr es que se les daba a los animales a medida que iban
creciendo er an: borrega, hasta que echaba los dient es; borr a, tras
echar los dientes y has ta parir; primala, tr as el primer parto; cuatreña,
al año siguiente; y o veja pr opiamente dicha a partir de ahí. En los
machos, de borros pasaban a carner os.
Salv o algún caso aislado de una f inca pequeña que alguna v ez
compró borregas y las v endió de borras, t odas las fincas tenían ciclo
complet o. Eso sí, en algunas grandes explotaciones que cons taban
de v arias f incas podía especializarse a alguna de ellas en cierto tipo
de ganado. P or ejemplo, en una gran finca de Santa María sólo
había ganado horro, es decir , unas ochocientas borregas y borr as
que se iban a dejar para r enuev o de t oda la cabaña o vina de su
dueña, que tenía v arios miles de ov ejas en otras fincas de dehesa y
campiña. En otra gr an f inca de P allares lo que había er an borr as y
primalas, mientras que el r esto del ganado es taba en otr as f incas.
P ero, por lo gener al, y aunque hubiera muchas o v ejas y fincas, en
cada una de ellas solía haber ciclo complet o ya que, por ejemplo, la
cría no precisaba de infr aestructuras específicas, como sucedía en el
caso de los cochinos.
276
Donde la cabaña o vina era consider able, ésta se repartía en distin-
tas manadas a carg o de difer ent es personas. El ma y oral se ocupaba de
las o v ejas de cría, pero és tas a v eces estaban divididas en dos mana-
das, estaban a dos manos , aunque er a poco frecuente. Al car go de las
borras y borr egas para renue vo podía haber una persona, y lo mismo
sucedía con los borreg os, borr os y carneros. P or último, cuando na-
cían los borreg os se iban haciendo dis tintos atajos o partidas, de unas
200 a 300 o v ejas con sus borreg os y , tras el dest et e, podían estar los
borreg os aparte si no se v endían al quitarles la teta. A medida que
descendía la magnitud de las f incas y la cabaña, es tas difer enciaciones
iban desapareciendo has ta llegar a las f incas más pequeñas en que
t odo el ganado ovino es taba junto.
El número de o vejas por cada carner o er a de entre 15 y 20, per o
la propor ción bajaba en las f incas pequeñas, en las que no era r enta-
ble mantener un animal que sólo t enía un uso puntual y para cubrir
un número bajo de o vejas. P or eso, al igual que sucedía con los cochi-
nos, los pequeños ganaderos r ecurrían frecuent emente al préstamo
de sementales de los v ecinos, gr andes o pequeños propietarios, o de
algún carnicero incluso. T ambién er a frecuent e que fuer a un borreg o
grande, ant es de venderlo, el que pisar a a las o v ejas.
En las grandes fincas se reno vaban los r eproduct ores sist emática-
mente cada ciert o tiempo, a los 6 ó 7 años de vida normalmente, y
t odos los años se desviejaban algunos ejemplares. El crit erio no era
tant o la edad como el estado de la dentadur a. El tipo de terr eno in-
fluía en el desgaste del ganado, y a sea por lo quebrado o por la clase
de suelo y , así, se comenta que algunos dueños que tenían o v ejas en
ciertas tierras arenosas habían de desviejarlas ant es que a las que tení-
an en otras tierr as porque, cuando el pasto o la hierba er an más ralos,
los dientes se desgas taban más con esa ar ena. P ero el ganado no se
reno vaba sólo por la edad y el desgas t e, sino también porque no diese
buen resultado en la cría o la cubrición, o por algún daño o enf erme-
dad que padeciese. En las f incas más pequeñas er a más probable que
se tardar a más en deshacerse del ganado viejo y se procuraba aguan-
tar algo más.
277
El renue vo de la sangr e con ejemplares de fuer a de la manada, aun-
que se daba, se hacía en larg os int er v alos de tiempo y era sobr e t odo
una práctica de las grandes fincas, que compraban o cambiaban
borregas o borr eg os cada cier t o tiempo. En las f incas pequeñas er a
menos habitual, pero ha y que tener en cuenta el préstamo de semen-
tales. "Si comprábamos una oveja er a vieja, porque no teníamos dine-
ro" , nos dicen unos pequeños propietarios de P allares, que a v eces
compraban o v ejas de esas en latifundios cercanos. Según un viejo pas-
t or "las ovejas viejas se v endían an tes de que se secase la yerba, porque
en tonces se secaban ellas. Mien t ras ha ya yerba, está la ov eja gorda, aun-
que no tenga dien te" . A la hora de seleccionar a las crías que habrían
de sustituir al ganado viejo se dejaban los ejemplar es mejores, por la
lana y por el peso, y se tenía en cuenta si sus padr es habían sido bue-
nos también ( "de tal a yo, t al tallo" ), tant o por los partos y las crías que
habían tenido como por la capacidad par a cubrir , la propia cons titu-
ción física, la carne que pusiesen, la cantidad y calidad de la lana, etc.
Un crit erio estético es que tuvier an la cabeza gorda y el pescuezo
corto. Aunque en el caso de los machos fuese más difícil saber quién
era el padr e, los buenos pastor es lo podían conocer por la pinta. Se
eliminaban sist emáticament e las o v ejas negras, por el menor pr ecio de
la lana, lo cual contribuía a que estéticament e se consider aran negati-
v amente porque af eaban el rebaño. P or esa razón se descartaban
incluso los machos que tuvieran una simple lis ta o r a y a negra en el
cuerno, en la creencia de que podían eng endr ar borreg os con pintas
o lunares. P or razones estéticas algunos pas t ores también buscaban
que tuvieran buenos cuernos, porque "aumen taban más, y er an más
bonitos" . L os carneros habían de ser "dobles, largos y con lana" y se
tenían en cuenta los t estículos, por ejemplo, que no fueran g allos , es
decir , que no los tuvieran metidos hacia adentr o.
P ensando en la cantidad de lana, también se dejaban animales
que tuvier an mucha goja, especie de r epliegue de la piel que cuelga
del cuello de algunos animales y que tiene mucha lana. Otro crit erio
seguido en algunas f incas er a dejar borregas que fuer an de collera,
pensando en que a su v ez pudier an parir colleras. La o v eja merina
278
daba poca leche y , además, en aquella época apenas se le echaba
de comer , por lo que les resultaba difícil a las madr es sacar adelan-
te dos borr eg os. Esta consider ación de un pequeño campesino
puede darnos una idea del hecho "Si tenía dos crías, la ov eja casi que
no podía con ellas. Si nacía tardío le teníamos que matar el bor rego,
porque no iban a ser vir ni el borreg o ni la madre" . Sin embarg o, en
las gr andes manadas, en que siempre había o vejas a las que se les
morían las crías, er a bueno tener algunos borr egos de más par a que
los criasen.
Vista la composición de la cabaña y el r enue v o, pasemos a hablar
de la repr oducción. Las ov ejas tenían un solo parto por año, hacia el
ot oño. Con ello se conseguía que cuando el borreg o empezase a
comer del campo hubiera hierba y se eng ordase en la prima v era, que
era cuando más comida había en la finca, y a que el borreg o empeza-
ba a comer hierba a los dos meses, más o menos. P or eso, se les echa-
ba la simiente, es decir , se dejaba estar a los carneros con las o v ejas
para su cubrición, desde ma yo has ta octubre, en que empezaban a
parir . La fecha emblemática para echar la simient e er a el día de la
Cruz, el 3 de ma y o. La retir ada de los sementales podía ser hacia San
Miguel, el 29 de septiembre; per o ésta no er a ya una f echa pautada,
pues dependía de cuándo se preñasen las hembr as y de los par tos.
Según el saber popular , la ov eja puede entrar en celo un mes después
de parir , y el celo dura un día o dos, cada v eintiún días. Los celos er an
tres, el más fuerte de los cuales er a el de may o. En julio tenían otro
celo, conocido como na videño porque las o v ejas que por esa fecha
se cogían v enían a parir por Na vidad. El último celo, el tardío, er a el
de septiembre. Al decir de los pas t ores, no er an muchas las o v ejas que
se quedaban v acías, que no se preñaban. U n ma y or al que estaba al
carg o de 700 o v ejas de vientre, calcula en unas 30 ó 40 las que no
quedaban preñadas, salv o años malos, en que no había comida y
sobre venían muchos abortos.
En las f incas gr andes, los carneros se apartaban de las o v ejas desde
octubre a ma yo, y es taban al carg o de un carnerero , que podía ser un
muchacho. Se procur aba también evitar que los carneros finos cogie-
279
ran a las o v ejas bastas, por lo que a la hor a de echarles la simiente, se
apartaban las bastas, echándolas con las cabras por ejemplo. En aque-
llas explotaciones que constaban de v arias f incas se formaba una
manada con t odos los carneros. En ocasiones podían echarse también
con las cabras o, si exis tía, t enerlos en alguna cerca. En las fincas
pequeñas se recurría también a es tas dos últimas prácticas e incluso
alguna pequeña f inca de P allares echaba su carnero a un piarero , que
llev aba una punta de cabras suy as por caminos y cañadas. Otra solu-
ción podía ser tener junt os los de varios linder os, un tiempo en cada
una de las f incas, aunque es to no er a muy usual. Era frecuent e, eso sí,
no tener siempr e carner o, sino dejar que fuera un borr ego gr ande el
que cogiera a las o v ejas, o pedir un macho pres tado a otros ganade-
ros o a los carnicer os que tuvier an algún borreg o gr ande. P ero lo más
frecuent e en las fincas con pocas ov ejas era enmandilar a los semen-
tales, es decir se les ponía un mandil, hecho de una est er a de goma o
de una tela fuert e, tipo loneta, colocado delante de los g enitales, de
tal manera que no pudiese montar a la o v eja, aunque a v eces ocurría
que los machos perdían los mandiles y las cubrían.
Ahora bien, en las fincas pequeñas, en las que no había muchas
o v ejas, no existía un contr ol de parider as tan preciso como en las gr an-
des y en muchas de ellas machos y hembras es taban junt os continua-
mente, por lo cual podía haber part os durant e t odo el año. Y es que
en est os casos era demasiado el enredo que suponía lle var un contr ol
de parideras par a las ventajas que de ello se iban a obt ener , dada la
marginalidad de los r ecursos que apro vechaban y el númer o de cabe-
zas. Concentrar las parider as era más int eresant e cuant o may or fuera
la f inca, cuando se pudiese contar con personal especializado en las
distintas funciones y cuando al concentr ar los partos r esultase más
conv eniente par a la venta. Así nos lo cuenta un campesino:
"Y a cuando tuvimos muchas ov ejas sí buscábamos que parieran
todas a la v ez, porque si teníamos que v ender cincuenta borreg os,
sí que se los llev aba todos junt os un comprador , pero para seis o
siete los íbamos v endiendo a los carniceros".
280
Las ov ejas solían parir un solo borreg o y , salv o las borregas y borr e-
gos que se dejasen par a renuev o, las crías se destinaban a la v enta
como corder os. La paridera empezaba en octubr e y era la época de
ma y or trabajo. El ganado, salv o en pequeñas f incas en que se ence-
rraba en algún corr al o t inaón (tinado), pernoctaba dentro de un r edil
formado por una r ed de t omiza, de cuerda de esparto, y el pas t or
había de estar pendient e de día y de noche de las o v ejas que estuvie-
ran a punt o de parir . En efecto, dur ante la noche se lev antaba para ir
a la red a sacar fuer a a los borregos que hubiesen nacido y a sus
madres:
"Cuando paría una o v eja, había que sacarla de la red par a que no
la pisaran las otr as. Como hay a dos o v ejas paridas juntas en la red,
y a está el lío f ormado. Luego viene otr a que va a parir y peor t oda-
vía, lame al borreg o y quiere al hijo de la otr a, se engorrona. Eng o-
rronarse quier e decir que, cuando tiene dolores de parto, v e
berrear a un borr eguino y le da un lametón. Sabe que no es el
suy o, pero lueg o viene con los dolores cada v ez más grandes,
hasta que y a lo quiere a ese. P are el suy o y el otro ya es tá respin-
gando y la mama y todo y al suy o no lo quiere. P or eso el pastor
tiene que estar siempr e en la red. Que ha y tres, pues las saca y las
deja fuera y otr a vez se acuesta. Er a muy enredoso."
Las ov ejas que habían parido de noche ya salían al campo con su
borreg o ese mismo día, aunque algunas más débiles podían quedarse
en la red el primer día, junt o a aquellas que se viera iban a parir inme-
diatamente. P ero muchas parían en el campo con la manada. En las
f incas pequeñas se podían dejar en algún corr al o cobertizo. Al día
siguiente, si no había complicación, la o veja iba normalment e al
campo, con su borreg o. P ara que las o v ejas con los borreg os peque-
ños no tuvieran que hacer gr andes desplazamientos y dispusier an de
comida en los alrededor es, er a frecuent e hacer un guardado, r eser v ar
past os, en la zona donde iba a hacerse la paridera.
Uno de los r equisit os fundamentales de un past or que se preciase
de tal era conocer a cada o v eja y cada cría, para poder ahijarlas, cues-
281
tión a v eces difícil cuando se tr ataba de piaras gr andes, por ejemplo
de 700 o v ejas de vientre con sus borr eg os. Algunas de las o v ejas,
incluso, tenían nombr e. Aparte de los borr egos que se extr aviaban y
de aquellos otros que podían quedarse sin comer porque otr os más
grandes y espabilados mamasen de las madr es de otros pequeños,
estaban también las o vejas que no querían a sus hijos, los borr eg os
que al principio no eran capaces de t omar la teta de la o v eja, etc. A
los borreg os que habían de ahijarse con otr a o v eja se les llamaba
maman tones . Cuando se quería ahijar a una o veja con un borr ego que
no era el suy o porque ést e hubiera muert o, se untaba al borreg o con
la piel del que había muerto o se le ponía la piel encima, amarrándo-
lo junt o a la nuev a madre.
En manadas grandes, se iban haciendo atajos con las o v ejas que
iban pariendo y sus borreg os, por lo que en muchos casos había que
contratar a algún t emporil, a una persona que se ocupase de alguna
piara dur ante la parider a, lactancia y engor de de los borreg os. Así, el
atajo tempr ano era el que se formaba cuando y a había un número
suf icient e de o v ejas paridas y borreg os, mientr as que en la manada
quedaban las que aún no habían parido y las recién paridas, a car go
del ma y oral.
El tiempo de la paridera coincidía con la ma yor escasez de ali-
ment o en el campo para la o veja, pues la hierba er a t oda vía pequeña
y aún no había comenzado la tala. El past o duraba hasta el ot oño, por-
que se lo comía el ganado y también porque con el agua se empeza-
ba a estr opear . Además, con el suelo mojado el ganado no lo comía
y lo que hacía muchas v eces er a estr opearlo con el pisoteo, ensuciar-
lo con la tierra, en terreguzarlo .
La preferida de la o veja es la y erba gorda o bast a , que tenga semi-
lla, como la l engua de vaca , cerr aja , lechugueta y , sobre t odo, carre-
tón , margaza , uña de g ato o cornejuelo . La hierba de los majadales,
aunque gor da, no la quería la o v eja el primer año, dicen que por lo
dulce, pero en ot oño, cuando no había otra hierba y y a despuntaba la
de los majadales, sí que la buscaban. En cualquier caso, una v ez seca,
comían la semilla.
288
dueños y empleados de la f inca como entr e los dueños y sus amista-
des, era una confluencia de relaciones tant o verticales como horizon-
tales que salían con ello ref orzadas.
Desrabadas las borr egas, seleccionadas para renue vo y y a pronta
a secarse la hierba, se v endían los borreg os, en abril o may o, poco
antes de esquilar y echar la simient e a las ov ejas y con un peso de
entre 40 y 60 libr as normalmente (de 25 a 60 kilos más o menos). En
algunos casos se v endieron borr eg os tempr anos en marzo y , si el mer-
cado estaba malo, el pr ecio er a bajo o no se encontraba compr ador ,
podía aguantarse un poco más, hasta junio, per o había que disponer
de algún aliment o como ras trojer as o grano, y a que con el past o el
borreg o no ponía peso. En aquel ent onces no era mucho pr oblema
que fueran muy gr andes los borregos a la hor a de venderlos, y a que
los comprador es se los llev aban sin mucha dif icultad. Las crías de las
grandes fincas se las llev aban comprador es de fuera de la zona, par a
el matadero de Mérida o par a lugares muy div ersos, desde la comar-
ca de La Serena a Se villa, Madrid y otras ciudades. La f igur a del corre-
dor era aquí también importantísima. Las pequeñas par tidas y anima-
les suelt os se v endían a tratant es de la zona y comar cas limítrof es,
algunos de los cuales juntaban una partida entre div ersas f incas. En las
f incas más pequeñas los compr adores er an normalmente tratant es o
carniceros de la comar ca y comarcas v ecinas, de Llerena, Calzadilla
de los Barr os, Fuent e de Cantos, Bienv enida, etc. L os past ores que
tenían escusas t enían dos opciones, o vender las crías junt o con las
del amo o v enderlas a los carniceros. En el primer caso t enían la ven-
taja de que los comprador es las pagaban en el acto y se las lle v aban
t odas juntas, mientras que a los carnicer os, si eran muchas las crías,
quizás no les inter esaban o no podían lle várselas todas juntas. P ero
podía tener sentido v enderlas a carniceros o tr atantes modes t os si a
los past ores les apremiaba conseguir diner o y no podían esper ar a
v ender cuando el amo.
A los carniceros se v endían también las ov ejas que se quedaban
cojas y las modorras, enf ermas de modorr a. Las ov ejas de desvieje
podían tener des tinos div ersos. Algunas las podían comprar alguien
289
que tuviera una pitarr illa , unas cuantas cabezas, y pocos posibles, para
sacarles al menos una o dos crías. Otras se las lle vaban los mismos
comprador es de los borregos u otr os que las buscaban expresamen-
te, par ece ser que algunos de ellos par a lugares o ins tituciones de con-
sumo masiv o, como algún cuartel. Se cuenta que muchas o v ejas vie-
jas iban para zonas miner as, como Riotinto. P or último, una par t e iba
también a los carniceros.
Otro moment o impor tante en el ciclo de la o veja, y a con las ov e-
jas de vientre y carner os, er a la esquila, que se solía hacer por ma y o
o junio, cuando aprieta la calor . Además de obt ener lana, se consigue
que el ganado esté más fr esco, e incluso que la cubrición se haga
mejor , al estar el ganado más suelt o, más liger o. Se pelaba t odo el
ganado repr oduct or y de renue v o y , en algunos casos, los borregos
grandes, si no se habían v endido. Un pas tor nos apunta la conv enien-
cia de no pelar demasiado tarde.
"P ara que una parte del beneficio del alimento del campo en la
prima v era la coja la o veja y la otr a la lana. Si la pelas al f inal de la
prima v era, la o veja y a no se pone g orda, porque en prima v er a es
cuando coge sangr e, peso. Además, la lana ha y que cogerla en su
punto porque, si se pasa, tampoco peso lo que debier a".
Sin embarg o, si se pela cuando y a ha hecho calor , la ov eja ha su-
dado y la lana pesa más. En un caso nos hablan de la práctica de
meter las o vejas en el barbecho par a que allí cogiera tierr a la lana y así
pesara más. Cuando se le r ef iere est o a los pastor es, la may oría nos
dice que eso no lo hacían ellos, es más, lo evitaban, entr e otras cosas
porque en los barbechos, con el polv o y la tierr a, la lana se reseca y
pierde peso.
La esquila la hacían a tijera cuadrillas de esquilaores de los pr opios
pueblos o de los pueblos donde los dueños tuvieran otr as f incas, nor-
malmente de la campiña, donde había gr an cantidad de ov ejas. En
est os casos, las ov ejas de las dehesas se llev aban a esos pueblos,
donde se pelaba t odo el ganado del dueño. Si había v arias f incas de
dehesa, se acostumbr aba a pelar en una de ellas. L os esquilaores
290
durant e el rest o del año eran jornaleros y en las casas de los gr andes
propietarios es taban largas t empor adas esquilando, cerca del contr ol
de los dueños, que disponían allí de báscula y lanera, o almacén par a
la lana: una habitación a la que se le ponía madera en el suelo, par a
evitar la humedad.
Los pas t ores y zagales er an los encargados de lle var las o vejas a los
corrales o t inaones , de irlas cogiendo y atando, de recog er los v ello-
nes y de limpiar el suelo. Uno de los esquilaores , normalmente un
muchacho, hacía de morenero , encargado de ir dando en los cortes
que se le hiciera al ganado el moreno , polv o de carbón de fr agua nor-
malmente, par a que no se infectara la herida. Con es t e mismo f in se
podían meter las o vejas r ecién peladas al sestil en los barbechos,
donde lev antaran polv o que secara y cicatrizar a los cortes. Las ov ejas
propias del pas t or , las escusas, las solía pelar él mismo. En las f incas
pequeñas pelaban esquilaores locales, salv o que vinier a alguna cua-
drilla de fuera a una finca v ecina y apro vechar an para esquilar .
La lana se la llev aban compradores de fuer a y gran parte de ella la
compraba una f amilia de Llerena que también se dedicaba a las pie-
les. Los pas t ores solían v ender su lana con la del amo, salvo aquella
que se quedaban para sus colchones o par a vender en el pueblo,
sobre t odo a los nuev os matrimonios. A ello se destinaban los v ello-
nes de las o v ejas bastas, por ser más lar ga la lana y no formar peg o-
t ones. Cuando se casaban los hijos de los past ores, como parte del
ajuar se les daba la lana del colchón. Las pieles de los animales que
morían se las llev aban los pellejeros que iban por los campos pr ocu-
rándolas. El dueño y el past or vendían las suy as respectiv as y , en algún
caso, las pieles de los borreg os que morían dur ante la cría, pues és tas
eran del pas t or mientras dur aba la cría.
P ar a evitar pr oblemas de robo o extr avío, t odo el ganado se mar-
caba de una u otra f orma. En las f incas medianas y grandes se repe-
gaba , se le ponía un repego , o mar ca hecha con un hierr o caliente
impregnado de una especie de lacr e o pintur a, quemando la lana pero
sin que llegase apenas a la piel. Est o se hacía todos los años, unos días
después de esquiladas. Algunos de los propietarios que t enían pocas
291
o v ejas, o algunos past ores que tenían unas cuantas escusas, no herr a-
ban el ganado. Ahora bien, otr os pastor es t enían su propio hierr o para
sus o v ejas. Además, t odo el ganado, de fincas grandes o pequeñas,
tenía en la or eja una señal car acterís tica de cada casa, un tipo de corte
( revisaco , horqueta , u otros, según la f orma) o, en algún caso, un agu-
jero. Cuando moría un animal, el pas t or había de presentar las or ejas,
con sus señales, para jus tificarlo, aunque en algunos casos no se le exi-
gía est o, y es cosa que suelen referir ellos como ejemplo de confian-
za en su honradez por part e de los dueños. En algunas f incas gr andes,
a la v ez que se señalaban los borreg os también se almagraban "par a
que tuvier an más vista" .
La castr ación sólo se hacía cuando se querían tener mansos, cabes-
tros, par a manejar y conducir el ganado. Había dos formas de hacer-
lo, a cuchilla o a vuelta. En el primera caso cortando los t estículos,
siempre en cuart o menguante, y en el segundo dándole vueltas a
ést os hasta romper sus conduct os y atándolos con una r ama de tor-
visca. El hecho de que usaran una t or visca quizás tuviera que v er tam-
bién con f ines cur ativ os, par a pre v enir infecciones, y a que esta planta
se usa también como repelent e de insect os y parásitos. Al cabo del
tiempo, los tes tículos, secos, t erminaban ca y endo por sí solos. Otra
forma de cas tr ar era ciñendo fuertement e la par te superior de las tur-
mas con una goma, que se dejaba pues ta hasta que los t estículos se
secasen y ca y esen igualmente. Es tas oper aciones las hacían siempre
los past ores.
P asada la esquila y la prima v er a llegaba el tiempo de los agos ta-
deros, del apr o v echamient o de las ras trojer as, que a veces conlle v aba
desplazamient os hasta sitios bas tante dis tantes. Las o v ejas entr aban en
los ras tr ojos una v ez que los cochinos hubiesen terminado el espi-
gueo. Como hecho puntual hemos constatado en una finca que los
borreg os que se v endían tarde, después de la esquila, se entraban en
el ras tr ojo de los algar robos porque ponían con ello mucho peso, pero
tampoco era alg o que se hiciera t odos los años. Lo que comían mejor
las o v ejas en los ras trojos era el maojillo , las hojas que cría el cer eal
antes de echar el tallo o caña. El que mejor se comían er a el de grano
292
gor do y el de cebada. Además de los r est os de la cosecha, las ov ejas
apro vechaban las hierbas de v erano que en el r astr ojo se daban, sobr e
t odo la grama en las tierr as mejores de las campiñas, per o también la
enredader a, la ver dolaga y otras.
Los r ebaños iban pr efer entement e a los r astr ojos de las propias fin-
cas o de otras del mismo dueño en que hubiese comida par a ellas. Los
pequeños ganaderos, como mucho, las sacaban a r astrojer as cer canas
que les arrendaban o cedían. P ero los grandes pr opietarios desplaza-
ban sus ganados a lugares r elativ ament e lejanos, y endo algunos reba-
ños incluso a las campiñas de Córdoba y Se villa. No obstante, los
agos tader os más frecuent es fuera de la zona er an los de las campiñas
de la Tierra de Barr os y los Llanos de Llerena, bien porque en ellas
tuvieran los dueños otr as f incas o porque era una práctica ins titucio-
nalizada que los a yuntamientos o Hermandades de A gricultor es y
Ganaderos sacasen a subas ta las r astr ojeras, los conocidos como
lotes. Se desplazaban los r ebaños ent eros, incluidas las o vejas de vien-
tre y a que para esa f echa, hacia julio, hacía tiempo que los borreg os
se habían v endido y con ellas estaban los carner os. En el mejor de los
casos, las o v ejas podían estar en las campiñas has ta f inales de sep-
tiembre y v olv er para la parider a. L os agos taderos de las campiñas
suponían un alivio en los meses de v er ano y un descanso para las
dehesas, pues permitían no apurarlas demasiado y que, con las pri-
meras aguas del ot oño, empezase otra v ez su ciclo.
En el v er ano, el trabajo del pas tor er a menor ya que, aunque había
que salir más tempr ano con las ov ejas, éstas, al apretar el calor , sobre
las once de la mañana, se acarran, es decir , se juntan en grupos y se
quedan quietas, prot egiendo sus cabezas del sol las unas bajo las otr as
si no tienen sombra que las ampar e, o tumbadas bajo algún árbol. Y a
pasado el calor más fuerte, después de la siesta, v olvían a comer . El
past or no necesitaba siquiera recog erlas en la red, porque no se mo ví-
an, salv o en algunos ag ostader os próximos a melonares o huertas,
porque en ese tiempo no había otros cultiv os. Así, el past or podía des-
cansar hasta por la tar de. Un tr abajo añadido, en los lugares donde no
había agua, especialmente en las r astrojer as de las campiñas, er a sacar
293
al ganado agua de los pozos, que no era f aena de poca monta cuan-
do se trataba de gr andes rebaños. Sin embarg o, en la ma y oría de las
dehesas solía haber barrancos u otr os puntos de agua, por lejanos que
fueran, donde abr ev ar el ganado. Con las primer as aguas y la otoñaba
comenzaba de nuev o el ciclo.
En las distintas épocas la manada solía ir cus t odiada por el past or
y el zagal, que debían darle los careos que más convinier an según la
estación, la hor a del día y el tiempo que hiciese. L os past ores habían
de estar at ent os porque "la oveja es un bicho muy t on to, que si se cae
y se t r astumba puede quedarse en el suelo berreando y no es capaz de
lev an tarse, y algunas hasta se mueren así" . T ambién era importante
hacerlas comer y no que fueran andando o corriendo sin comer ,
haciendo v eredas y es tropeando la hierba. P ara e vitar que hicieran
v ereda er a preciso que no fuesen juntas una detrás de otra, sino abier-
tas. En época de poca comida era más tr abajoso sujetar al ganado,
que se inquietaba y andaba liger o, incluso corriendo, buscando una
mijina de aliment o donde quiera. A demás de situarse los ganaderos
en distint os sitios para sujetar y conducir la manada, se ser vían de pie-
dras y , sobre t odo, de los perros. P ara el pas t oreo se t enían perr os de
agua, muy viv os y lanudos, aunque muy fríos, al decir de algunos pas-
t ores, no tan dur os como los perros sorianos que pr olifer aron post e-
riormente. Con el perr o había que t ener cuidado porque inevitable-
mente cas tigaba al ganado, por eso había que saber sujetarlo y hacer
uso de él cuando fuera es trictament e necesario, cuando se desman-
dase más de la cuenta el rebaño o algunas o vejas, o cuando hubier a
que encerrarlas. A los perr os los enseñaba el pastor , recompensándo-
los o riñéndoles según los casos, pero también er a impor tante que
hubiera otr os perros más viejos que los enseñasen en la lidia con el
ganado. Como perros guar dianes los past ores tenían mas tines, que no
se apartaban de la red y a visaban de cualquier contingencia.
Como y a hemos señalado, en algunas f incas con gr andes rebaños,
que en ocasiones habían de realizar desplazamient os, había algunos
mansos, es decir , machos castr ados y conv enientement e adiestrados
en la obediencia a los past ores, y a los que seguía el res to de la mana-
294
da. Con ellos se conducía al ganado cuando había que desplazarse,
por ejemplo a la esquila o los agos tader os de las campiñas, o para
hacer entrar el ganado en un det erminado sitio o pasar un barranco u
otro lugar sobr e el que las o v ejas tuvier an cierta prev ención. En los
desplazamient os larg os se podían llev ar los mansos atados a un burro,
por ejemplo.
Los campanillos, esquilas y piquetas er an también una ayuda par a
los past ores, pues les indicaban en todo moment o dónde estaba el
ganado y les a visaban de distintas situaciones, por ejemplo si alguna
o v eja estaba tr astumbada, o acosada por algún animal peligroso, enr e-
dada en la red, etc. L os campanillos no se le ponían a t odo el rebaño
sino a aquellas o v ejas que estuvier an más fuer tes, a las más br a v as, que
siempre iban delant e y también a las más pr oblemáticas: "Siempre ha y
una más poderosa, más liber tosa, más r afera, que se v a al sembr ado" . A
éstas últimas, en algunas manadas, les ponían los peor es campanillos
pues, al estar acos tumbr adas a irse, podía quitárselos alguien. P ero los
campanillos tenían otr os v alores que no eran sólo los pur amente utilita-
rios de instrument os para el past oreo y la cust odia, sino que rezumaban
estética e incluso os tentación. U n viejo may oral nos ilustr a así el asunt o:
"Campanillos, mientras más t engas mejor . Eso depende del gust o
que tenga el ma yor al, de si tiene gust o y tiene dinero, porque v alían
perras y er an del may oral. ¿Tú sabes lo que son diez o doce doce-
nas de piquetas chicas y un past or que sea cantaor , que va la o veja
más alegre y cont enta que la mar?
(…) "Los campanillos se t enían porque unos buenos campanillos her-
mosean mucho una ganadería".
Los pas t ores arr eglaban sus campanillos y debían saber golpearlos,
para conseguir el sonido adecuado, que dependía de su personal gus t o
(palabra que apar ece en distintos cont extos y con distint os sentidos al
hablar de estar cosas). En cierta medida, golpearlos er a af inarlos como
si de un instrument o musical se tratara (y mucho de ello t e-nían, cier ta-
mente) y les daba un sonido que singularizar a su ganadería, para distin-
guirla de otra con fines tanto de pas t oreo como es téticos. Eran tanta la
295
agudeza de oído y la atención que pr es taban algunos past ores que por
el campanillo conocían a cada o v eja que lo llev ara y en qué tr ance
podía encontrarse.
En cuant o al componente de compet encia y ost entación, sír v anos
esta cita de un zagal de ent onces: "¿Campanillos?,! Bueno...!, aquello era
a ver quien tenía más. Cuando salían las ov ejas en la prima ver a, se los
ponían a ver cuál sonaba más" . En ef ect o, los campanillos eran del pas-
t or pues, entre otr as cosas, er a un medio del que él se ser vía para r ea-
lizar mejor su trabajo: "¿al amo qué le importaba si la campanilla sona-
ba de noche?" Er a asunto del pas t or , al igual que los perros. El t ener bue-
nos campanillos era motiv o de orgullo, no sólo porque a ello se aso-
ciaba la idea de buen ganadero, pr eocupado por los animales y su cus-
t odia, sino porque también implicaba una capacidad económica, y a
que los campanillos de cobre y las corr eas de piel suponían un gast o y ,
en algunos casos, un gast o conspicuo ya que con menos campanillos
o de peor calidad podían cumplirse igualmente las funciones que se
requerían de es t os útiles. En algunos casos era un capital que se tr ans-
mitía de padres a hijos, con la dimensión tant o económica como afec-
tiv a que ello comporta.
T odos estos element os que denotan profesionalidad, saber hacer ,
ser un buen ma y oral no es extr año que se asocien a cuestiones estéti-
cas. En el campo era fr ecuente subra yar un manejo corr ect o con con-
cept os de belleza, gust o, etc. Y a hemos vist o cómo una ov eja sin rabo
se consideraba f ea, al igual que un cochino aguzado, o una encina mal
podada. Del segador que segaba con ef iciencia y buenas maner as se
dice "!qué bonito er a segando!" Ello es así porque en es ta cultura ha y
una intensa r elación entr e lo instrumental y lo expr esiv o, f ijándose en
cánones estéticos las f ormas de manejo de los recursos que se consi-
deran las deseables y que se han de pr eser var . Ello se consigue mejor
inscribiéndolas en el ámbit o de lo incontes table, lo intangible, en el
mundo de lo estético y lo emotiv o, para su mejor pr eser v ación, al igual
que en otras cultur as se inser ta en el mundo del mito, como nos
demuestr an los tr abajos de, por ejemplo, R o y Rappaport (Rappapor t,
1987 y 1975).
296
Ahora bien, es ta cues tión de la prof esionalidad, del pres tigio del
buen ma y oral, tiene no sólo una dimensión ecológica y de conoci-
mient o local sino que también andan implicadas las relaciones de
clase. En efect o, al igual que ser bonito segando o talando, el blasonar
de buen ganadero, de le vantarse de noche a la hor a que fuer a para
atender a las o vejas o de t ener buenos campanillos era una maner a
que tenían los tr abajadores de ref orzar su aut oestima, de hacer v aler
sus capacidades ante los otr os y ant e los amos, ensalzar el v alor del
trabajo. Es ta dimensión expr esiv a era utilizada también ins trumental-
mente por los dueños, pues er a un medio de acicatear par a un buen
rendimient o. Al igual que nos dejó bien sentado Juan Mar tínez Alier
en su gran obr a L a estabilidad del latifundismo , el cumplir en el tra-
bajo era una manif es tación de la cultura de clase de los tr abajadores
rurales que servía para gar antizar el rendimient o en el sistema socioe-
conómico latifundista ( Martínez Alier , 1966:168).
Una v ez vist o el past oreo pasemos a v er las enfermedades de la
o v eja, el conocimient o local acerca de ellas y su tr atamient o. En
aquella época eran inusuales los tr atamientos pre ventiv os con fár-
macos y sólo se trataba a algunos animales cuando y a estaban
enfermos, per o no siempre. A unque la raza merina er a fuer te y
adaptada al medio y las duras condiciones del clima y el t erreno,
tropezaban con no pocos padecimient os. De entre las enfermeda-
des que más bajas causaban en aquel ent onces las más frecuent e
quizás fueran la basquilla y la bacer a. L a basquilla, según los past o-
res, es una subida de sangr e, una especie de conges tión, por la que
la sangre ahoga a las o vejas: "Es una carg azón que se le viene a la
cabeza. Se sabe por las figur as que hace, empieza a temblar, a dar
vueltas y hacer movimien tos con las orejas" . T ambién rechinan los
dientes y dan vueltas. Es ta enfermedad solía pr oducirse en la pri-
ma v era, debido a la mucha abundancia de comida. La o v eja, que
durant e el otoño e invierno había pasado por una época de esca-
sez, se ponía muy gor da al llegar la prima v er a, se hartaba de hierba
v erde y r ecuper aba sangre. P or eso eran especialment e peligrosos
los plaos y cañadas, abundosos en hierbas v erde y alta, y los cencí-
297
os o lugares en los que no ha entr ado el ganado y le r esultan espe-
cialmente apetit osos. L as cañadas y prados er an lugares también
peligrosos a v eces: "Cuando está el campo seco hay cañadas que
están verdes. L es hace mucho daño porque eso es un fuego, se
empican, se at r acan y mueren de bacer a, o también malparen" . P ero
también ha y quien dice que el rocío y la helada podían pr oducir
basquilla. El remedio er a sangr ar al animal rápidamente, r ealizándo-
le un corte en el lagrimal o en las orejas. A unque muchas morían,
había otras que conseguían salv arse. T ambién existían algunas iny ec-
ciones contra es t e mal.
En la zona se considera que la basquilla es muy par ecida, al menos
en su etiología, a la bacera. És ta última se debería también a una subi-
da de sangre, más o menos por las mismas causas que la basquilla. La
difer encia la establecen en el lugar en que se localiza la enf ermedad,
en la cabeza si es basquilla, en el bazo, "por los riñones" , si de bacer a
se trata. La bacer a la asocian también con el carbunco (de hecho es
una enfermedad carbuncosa, carbunco sint omático): "Hay bacer a
blanca y bacer a negr a, la negra es la más mala. El bazo, que es como
una asadur a, se le inflama. Se les nota en que se hinchan, pierden tam-
bién la vista y, cuando le topas, or ina sangre. A la que le cae, no t iene
salvación. Es lo mismo que el carbunco negro, se pone negr a" ; "El car-
bunco es cuando la bacer a es muy fuer te, le salen unos bultos. Había
que desollarlas y en terr arlas" , o quemarlas. Según el decir de la gente,
a v eces er a la tierra la que daba el carbunco, y unas tierr as er an más
propensas que otr as: "En los Endrinales morían muchas cabr as de car-
bunco y descubrieron que había una parte que criaba una yerba que
lo producía, sólo en una par te, y la evit aban" . Contr a el carbunco ya
desarrollado no cabía r emedio alguno. Además er a muy peligroso por
el posible contagio a las personas y a que era una enf ermedad mortal
y cuy o tr atamiento a v eces suponía quemar la par t e afectada con un
hierro candent e. U n remedio menos tr aumático para casos menos
gra v es era la hierbabuena machacada con sal, par a que quemar a la
tumoración. L os antiguos atribuían también el carbunco, además de a
la hierba, a la gor dur a del animal.
304
madera, y a que el redil er a pequeño, y no eran gr andes distancias las
que había de ir est er cando, porque tanto las f anegas como las o v ejas
eran pocas. En ciert os casos, había una especie de mampara de esco-
bas en uno de los lados de estas cancillas, par a r eser v ar del viento. L os
corrales par a las ov ejas solían ser de piedra, per o también los había de
monte, al igual que el cobertizo que ampar aba al ganado. En algunos
casos había pequeños tinaones de madera y teja. Cuando se limpia-
ban los corrales o t inaones se iba echando el estiér col a un montón y
cada cierto tiempo se le daba vueltas par a que cociese y se hiciese
bien. Cuando llegaba el v er anillo se esparcía en los barbechos o se
usaba para los huert os. Había incluso quien lo v endía y , en un caso
del que hemos tenido conocimient o, se cambió algunos años por
aceite.
Además de ir r otando las o v ejas por la f inca y de salir a los ag os-
taderos, cuando un pr opietario t enía v arias f incas o par celas también
podía hacerlas desplazarse para apr ov echar cier tos pas t os o hierbas,
o para r eser var la bellota par a el cochino. P ero también er a frecuent e
que cambiasen el ganado según la época, sobre t odo en la zona de
Puebla del Maestr e, donde había propietarios que t enían parcelas en
las tierras cer canas al pueblo de El Encinar y la Dehesa de Abajo, y
también en la zona de Cla vijo. En efect o, al igual que sucedía con la
v aca, la o v eja solía pasar el invierno en la parte de arriba, la próxima
al pueblo, más cálida y abrigada ( "estaban mejor aquí sin comer que
allí comiendo" ), mientr as que al llegar tiempo más bonancible iban al
otro pag o, donde la hierba v erde duraba más y , en v erano, t enían el
agua de la que no disponían en el Encinar y la Dehesa de Abajo.
El tener que ir r otando por la finca continuamente hacía especial-
mente adecuado un tipo de vivienda como los chozos, viviendas cir-
culares hechas de mat eriales v egetales, fácilmente tr anspor tables de
un lugar a otro. El pr oceso de construcción de los chozos er a el que
a continuación se describe.
En primer lugar , se clav aba una estaca en el suelo y se medían los
pies que se quería dar al chozo. A continuación, con una cuerda y un
palo se trazaba una cir cunferencia en el suelo, sobr e la que se cla v a-
305
ban 16 estacas equidis tantes, que solían ser de encina, pr ocurando
que t odas tuvieran la misma altur a. L o ideal eran 16, per o podían ser
menos, sobre t odo en chozos pequeños. Alrededor de ellas, con unas
v ar as se iba trenzando un ar o, atado a las estacas. El otr o aro principal
iba arriba y entre ellos unas v aras llamadas lat as , que iban cosiendo el
past o. Otros aros secundarios servían de refuerzo y para cog er las
v ar as. En cada estaca se ponía una madr ina o v ar a grande que se unía
a t odas las demás madrinas arriba, en el centr o del chozo. En el aro de
arriba se ataban también las madrinas . P ara lat as y madrinas , las mejo-
res v aras serían las de cas taño, pero no los había en es tos pueblos, por
lo que se usaban de álamo, mimbre, adelf a y retama. Es ta última tenía
la v entaja de que no criaba polilla. Er a conv eniente dejar que las v aras
se oreasen unos días después de cortadas, pero sin que llegasen a
secarse, pues no se podrían doblar con facilidad y darles f orma. Las
v ar as y estacas se ataban con t omiza, con cuerda de la r ed de las o v e-
jas. De las madrinas partían las cruces , otr as v aras que se iban cruzan-
do hacia cada sentido y se recogían en el ar o de arriba. A esta labor
se le llamaba empalar . Al chozo, al menos al de alreór , se le ponían
por dentro dos lar gueros desde la puerta a la parte contr aria, que
sobresaliesen por el ext erior una cuarta más o menos, para que cuan-
do hubiese que mudarlo lo pudieran cog er entre dos personas.
Una v ez empalado , había que ves tirlo, ayudándose de una aguja
de palo o tabla. El mejor material par a ves tirlo era el bálag o, o caña
del centeno. El cent eno se sacudía con unos palos hasta quitarle la
semilla y se enmanojaba , se hacían con él manojos. La nea se trabaja-
ba bien, pesaba poco a la hora de tr asladar el chozo y era muy abri-
gada, pero no la había en t odos sitios y , según algunos, hacía que en
el chozo hiciese mucho humo, por lo que a v eces se ponía por abajo
pero no por arriba. A f alta de otro mat erial, los chozos se podían v es-
tir de junco pero con algunos inconv enientes, tales como que se r es-
balaba al coserlo, se clareaba mucho y dejaba entr ar más el frío. Des-
pués de cortado, el junco se dejaba orear una semana. Se tratar a de
un tipo de material u otr o, a fin de cuentas en el chozo siempre hacía
humo (corrientement e se utiliza la expresión "hace más humo que en
306
un chozo" ), ahor a bien, mientras más alt o fuer a, menos humo haría, de
la misma manera que mientr as más abrigado fuera, más humo acu-
mularía.
La puer ta tenía dos mampar as, una que era la propia puerta de
madera, que se abría y cerr aba, y otra segunda mampar a que se mo vía
y se colocaba en un lugar u otro ant e la puerta según vinieran los
aires, y que podía ser de escobas. Las puertas no debían ser altas, para
que no entrar a mucho el aire y frío. Se orientaban hacia el sur , como
las de t odos los cor tijos y casillas, par a que las bañase el sol de maña-
na. Sin embarg o, un past or nos asegura que se orientaban hacia el
saliente porque, aunque los air es solanos sean muy malos, no cas tigan
tant o, no son dominantes.
El número de chozos dependía del tamaño de la f amilia de los pas-
t ores. P or regla g eneral solía haber un chozo par a el matrimonio, otro
para las hijas y un t ercero par a los hijos. L a ma y or parte de la vida se
hacía en el chozo de la candela, donde se reunía la f amilia, se coci-
naba, se comía y las mujeres lle vaban a cabo las dis tintas tareas
domésticas. En su centr o había una o v arias lanchas sobre las que se
hacía la candela y del techo pendían unas llar es, o cadenas con gan-
cho de las que colgar los calderos o cubas par a cocinar o calentar
agua. Ahora bien, cuando no hacía mal tiempo, el fueg o se hacía fuera
y sobre él se colocaba un trípode. En el chozo de alreor se quedaban
el zagal y , cuando lo había, el temporil. En ocasiones había un chozo
para las gallinas y otr o para los chiv os o las cabr as. Asimismo, podía
haber una zahúrda par a un guarro que se tuviera o un bur rero , un
cobertizo para el burro, per o de palancas y monte si acaso.
P ar a emplazar el chozo había que buscar lugares alt os, secos y
sanos: "Se colocaba siempre en un cerrito, que teng a siempre ver t ien-
te par a los lados y corr a el agua. P ar a que no en t r ase el agua se le hacía
también un reg ajo alrededor" . Además, desde un cerrit o se oy e mejor
que si se está metido en algún v alle, y se puede estar más al tant o del
ganado. Era important e también que estuvier a cerca de alguna fuent e
o arro yo en el que apr o visionarse de agua par a beber , asearse y lav ar ,
pero no siempr e er a posible y había v eces que se precisaba r ecorrer
307
distancias consider ables par a acarrearla. L os chozos, sobre t odo el de
la candela, solían separarse unos de otr os, para disminuir el riesgo en
el caso de que saliese ardiendo alguno. P ara huir de los r a y os, algunos
procur aban no ponerlos muy cerca de las encinas.
Los chozos se mudaban hacia la prima v era, y más al principio que
al f inal, porque había que ar ar la hoja. En esa época y a había menos
trabajo par a los pastor es pues los borregos es taban gr andecitos y las
o v ejas, al tener comida, par aban más. Dependiendo de la distancia
que hubiera de salv arse, los transportaban los hombres o se echaban
en un carro. Dependiendo de la env ergadur a y la distancia también se
desv estían o no. P or lo general no se desv estían, salv o la par te de
abajo, para alig erar el peso, dando de paso más visibilidad a quienes
debían llev arlo en peso, pues al tener el chozo delant e t enían dif icul-
tades para v er por dónde pisaban.
En el v er ano no se solía vivir en los chozos, y los motiv os son
v arios. En primer lugar , era mucho el calor que hacía dentr o de ellos.
Además, muchos pas tor es salían de agostader o y , por ejemplo, cuan-
do iban a las campiñas lo que hacían era cons truir un sombr ajo para
quedarse, llegando en algún caso a llev arse de las dehesas los palos
con que construirlo. T ant o en est os casos como en algunos otros en
que se quedaban en los agos tader os de la f inca, la familia del pas tor
se iba al pueblo durant e el ver ano y los past ores mudaban sus pertre-
chos bajo alguna encina y allí hacían la vida. Lo que sí solían er a lle-
v arse el chozo de alreor , por si v enía alguna t ormenta. En las f incas
pequeñas, bien fuera porque que no se majadaleaba , o se hacía sólo
en alguna época, o bien porque la casilla estaba en el centr o de una
extensión pequeña, no se vivía en chozos sino que la vida la hacía el
past or en el cor tijo o casilla, v aliéndose a lo sumo de un chozo de alre-
or para quedarse de noche junt o a la red.
En cuant o al res to de la infr aestructura necesaria par a el proceso
de trabajo, la r ed era del amo y a v eces existían tir anteces pues el pas-
t or había de pelear para que compr ar a una red nue v a, o una parte,
cuando estaba det erior ada. Los pas t ores habían de t ener una aguja
grande de hierr o para ir cosiendo la red cuando se r ompier a. P ara
308
colocar la red se pr ecisaba una maza, de mader a de encina normal-
mente, y se empleaba sobr e t odo en tiempo seco en que costaba bas-
tante tr abajo clav ar las estacas. En algunos casos había panerones,
comederos de mader a, para el tiempo de ot oño-invierno sobre t odo.
T ambién era parte del equipo del pas tor el gancho, una v ara de un
metro o metr o y medio que en la punta lle v aba una pieza de hierro
cur v a, para cog er a la ov eja por una de las patas cuando era necesa-
rio hacer con ella alguna operación. L os pastor es señalan que muchas
v eces no se necesitaba echar mano del gancho pues antiguamente
era mucho más fácil cog er a las ov ejas que en la actualidad, debido
quizás a que éstas es taban muy familiarizadas con los pas tor es, por el
contact o continuo, y no los rehuían y así, por ejemplo, se podían
coger sin pr oblemas en campo abierto par a curarles las bicher as . Final-
mente, los pas t ores t enían por regla g eneral algún burro y en algunos
casos era el dueño de la finca quien se lo propor cionaba.
309
10. L A CABR A
ECOL OGÍA Y ECONO MÍA
La cabra es una especie muy pr opia de las zonas serranas medit e-
rráneas debido a su maniobrabilidad, a su capacidad de adaptarse a
terr enos difíciles y quebr ados, de llegar a apro vechar la mat eria v ege-
tal de riscos y enseñorearse de agriles imposibles. P or otra parte, es
animal especialmente pr opicio par a apro vechar el tipo de v egetación
más recurr ent e en el Mediterráneo, de ahí que sea España, tr as Gre-
cia, el país de Europa donde ma yor númer o de cabr as encontramos,
principalmente en las ár eas subdesérticas, debido a lo quebrado del
relie ve, a la aridez del clima y a la v egetación rala y a menudo leñosa
(Mont oy a, 1983:83). Rebaños de cabr as hallamos en toda la riber a
mediterránea y desde época his tórica, uno de cuy os máximos expo-
nentes en la tr adición cultural sería su ref er encia para la metáf or a en
el Cantar de los Cantares o el mit o de Eneas amamantado por la cabra
Amaltea.
La cabra es tá present e en zonas subdesérticas, semidefores tadas a
v eces, y ha tenido a lo lar g o de la hist oria que soportar el estigma de
defor estador a. Recor demos sin ir más lejos las inv ectiv as contr a esta
especie como motiv o del atr aso de España y de la degradación de los
bosques, tan caras a algunos r egeneracionis tas. P ar a Monto ya, la
cabra es causa y ef ect o de la degradación del medio medit erráneo
(Mont oy a, 1983:81), es la única especie que pasta en lugares de pas-
tizales muy degradados, en ent ornos fuer tement e secos y erosiona-
310
dos. Su predilección por ir escogiendo los br ot es y cogollos del mat o-
rral, de los arbus t os y rebr ot es, su capacidad para subirse y atacar a
los árboles, hace que sea un peligro par a la conser vación y r egener a-
ción de los bosques. Ahora bien, con el manejo adecuado puede ser-
vir para mejor ar pastizales y para contr olar la invasión del mat orr al.
La cabra, como rumiant e, apro vecha los pas t os secos, tan abun-
dantes en es tas tierr as debido al larg o estiaje, y el mat orral y las leño-
sas en mucha ma y or medida que ninguna otra especie, por su capa-
cidad para dig erir la lignina, consumiendo más mientras más frío es el
clima. La cabra, pues, come una gr an cantidad de especies v egetales
que para otr os animales no son palatables, pues además del matorr al
consume las herbáceas más v astas, algunas de ellas v enenosas para
o v ejas y v acas. P ero no es sólo eso sino que, como vimos, su dieta
puede componerse en un 90% de ramón. T odo est o la habilita para
atra v esar los periodos más críticos, de temper atur a alta y mengua de
comida en el campo, sin necesidad de ser suplementada con produc-
t os de las cosechas. P or esto apenas exis te tr ashumancia de caprinos
en España, cosa que por su condición andariega no sería difícil como
demuestr a la tr ashumancia o incluso el nomadismo del área medit e-
rránea y del Próximo Oriente. Si la v aca prefiere hierbas altas y la
o v eja es capaz de apurar hierbas cortas, repelando el t erreno, la cabra
prefiere el mat orr al y las f lores y cog ollos de las hierbas. Al consumir
material leñoso y especies de las que las o vejas y v acas no gustan,
puede pastar conjuntament e con ellas y mejor ar así los past os. Según
Mont oy a, se puede introducir cabr as en un pastizal en el equiv alente
a un 10% de carga inicial sin que por ello se r esienta en nada la ali-
mentación de o v ejas y v acas (Mont oy a, 1983:81).
En cuant o a su toler ancia al clima, al menos en sus v ariantes del sur
de España, soporta bien el calor , prueba de ello es que dur ante el
moment o de máximas temper atur as de la siesta no cesa en su deam-
bular por los campos, como reza el dicho: "La cabr a y coja no quiere
siesta/ y a la que la duer me, caro le cuesta" . Es ta adaptación al calor y
la sequedad tiene su contrapartida en su poca querencia a la lluvia:
"Qué lluev a, aunque la cabr a se muer a."
311
Una cues tión también importante es la de su capacidad de pro-
ducción de leche, que la hace especialmente r ele v ante par a todas las
f incas, gr andes y , sobre t odo, pequeñas, habiendo sido hasta bien
entrado es t e siglo el principal aporte de leche para los extr emeños
(Zapata, 1983: 673,703). Ello fue así porque la v ocación de la v aca en
Extremadur a, en el Mediterráneo en gener al, es la cárnica, aunque
ha y a algunas razas autóct onas interesant es desde el punt o de vista
lechero. No abundan aquí los alt os y siempre v erdes pas t os del nor t e
que sust entan allí a las v acas de leche. P or contra, la cabr a, aunque en
cantidades individualmente discr etas, y más aún entr e las razas de la
zona, de poca producción de leche aparte de la que suminis tr a a los
cabrit os, producía lo necesario par a el consumo de las f incas tant o en
leche como en queso. Además, los piareros , podían at ender en alg o
las necesidades de leche de la población local.
La cabra suminis tra leche, queso y cabrit os. P or su tamaño, por su
v alor por unidad, presenta menos riesg os ante desgracias que la v aca,
al igual que vimos con el cochino y la o v eja. Su capacidad de repr o-
ducción es menor que la del cochino, lo mismo que la de reg ener a-
ción, aunque el hecho de que a v eces tenga part os dobles y la posi-
bilidad de lograr un primer part o a los doce meses le den cierta ven-
taja para r eponer efectiv os (Monto ya, 1983:81). En cualquier caso per-
mite más r apidez y f lexibilidad que la v aca y , en menor medida, que
la o v eja. Y a vimos que, en ciertos cont extos, su demanda de suple-
mentación es mínima, con una amplio espectro de especies v egetales
que echarse a la boca. Al igual que la o v eja y las bestias, su es tiér col
es caliente, muy bueno como abono. Es por t odo ello que ver emos
cabras en un númer o considerable de explotaciones, prácticamente
en t odas las dehesas, grandes o pequeñas, aunque su númer o v aríe,
y endo de un par de ejemplares par a suministro de leche a gr andes pia-
ras de 300 cabr as. T ambién encontramos cabr as f ormando pun tas ,
pequeños rebaños al car go de los piareros , los ganaderos sin tierr as.
Como decimos, en la dehesa la cabra es taba present e por
doquier . En las f incas pequeñas se procur aba t enerla debido a su apti-
tud para el aut oconsumo y al suministro de leche, mat eria prima tam-
312
bién de queso fresco o añejo, además de los cabrit os. L a cabra t enía
gran mar gen de maniobr a por la diversidad de r ecursos que podía
apro vechar y porque los chiv os se podían vender más tar de que los
borreg os, se podían t ener más tiempo en la f inca si no se v endían,
pues no perdían tant o cuando se secaba hierba, podían seguir apro-
v echando el monte y el pas t o: "Cuando se secaba la hierba, se seca-
ba el borreg o, pero el chivo no" . Si a t odos est os pr oductos sumamos
el aporte de estiér col, además de la piel en su caso, vemos cómo es
un animal que se pres ta mucho a las estr at egias de div ersif icación de
las economías campesinas. Como y a decimos, en escaso número no
compite con la o veja o la v aca porque su bocado es distint o, más
corto y floreando, prefiriendo distint o tipo de comida. En bastant es
casos la o las cabras iban junt o con otro ganado, solían estar con las
o v ejas o, en menor medida, con los cochinos, pero a v eces se sepa-
raban y , aún y endo más o menos por el mismo sitio, iban distant es.
En las grandes fincas también encontramos cabr as par a la pro-
ducción de leche, tant o para los dueños como par a los empleados o
para algunos de ellos, cual es el caso de los caser os o guardas. Los
past or es también tenían cabr as, tant o para su consumo de leche
como porque era int eresante par a amamantar a algún borreg o que
no pudiera ser alimentado por su madr e debido a causas de div erso
tipo. No a t odos los past ores se les dejaba t ener cabr as como escu-
sas, pero sí a bas tantes. Entr e los porqueros no er a tan habitual
Ahora bien, gr andes rebaños de cabras con cabr eros al carg o de
ellos se encontraban sólo en fincas de monte, en su doble acepción,
de sierra y/o mat orral, por lo g eneral latifundios, que er a donde se
podía dar la prolif er ación del estr at o arbustiv o, por menor intensidad
del apro vechamient o. Si la ov eja era int eresant e por el est er cado del
suelo y el cochino apro vechaba mejor que cualquier otr o animal la
bellota, la cabra er a incuestionable en el apro vechamient o del monte
y era la que mejor contr olaba su pr olifer ación en las zonas más vicio-
sas, como eran las de r eliev e accidentado. Además, aunque la cabr a
aguanta mal los tempor ales, en los terrenos accidentados, con r eco-
v ecos y monte, puede encontr ar abrigo frent e a ellos. Son pro v er-
313
biales los nombres de fincas de sierra como L os Endrinales y El Sant o,
cerca de S anta María de Na v as al sur del término de Monest erio y
Montemolín. En g ener al, toda esa zona, limítr ofe con el término sevi-
llano de El R eal de la Jar a, con latifundios que contaban con miles de
hectáreas en v arios casos, era per cibido como el dominio de la
cabra.
Finalmente, en t orno a la cabra gir aba un mundo muy singular , el
de los piareros , g entes sin tierr as, a v eces zagalones u hombr es may o-
res, antiguos cabr eros o pas tores, per o también adult os en plena
capacidad productiv a, que tenían su pequeña punta de cabr as, e iban
por los caminos, ríos y cordeles con su ganado y , en ocasiones, con
alguna que otra cabeza que le arrimar a un vecino o un pequeño pr o-
pietario. Como sucedía con los otros ganader os sin tierr as, iban
dando picotazos en las lindes, pas tor eando más allá de los metr os que
tenían los cor deles y caminos. Algunos de ellos iban por las calles con
sus cabras y las or deñaban a las puer tas de las casas a las que v en-
dían la leche. Aunque también había piareros de o v ejas, la ma y oría lo
eran de cabr as, precisamente por ma yor adaptación a economías
modestas, que gus tan de la div ersificación, la carne y la leche, siendo
los piareros importantes suministr ador es de leche a quienes no tenían
cabras, a los tr abajadores de los pueblos. Además, la cabr a se adap-
taba mejor al apro vechamient o de recursos marginales, al comer
tant o hierbas, algunas de ellas no queridas por otros bichos, como
monte. La cabr a, más ágil y liger a que la o v eja, er a más apropiada
para el continuo desplazamient o, para larg os recorridos diarios y por
t oda clase de terr eno.
En cuant o a la economía de la cabra, como se infiere de lo dicho,
sucedía en parte lo que con el cochino, que en t odos los casos tenía
un componente de aut oconsumo, que iba decreciendo propor cional-
mente a medida que aumentaba el tamaño de las fincas y las piaras.
En f incas pequeñas, con sólo alguna que otr a cabra, t oda la leche era
para consumo pr opio, mientras que en las grandes la ma yor part e del
queso se v endía, cosa que apenas sucedía en las pequeñas. En unas y
otras, los cabrit os o chivos er an para la v enta.
320
acarner ao , es decir , parecido al de un carner o. Otr os cabrer os, sin
embarg o, no t enían est o en cuenta. En cuant o a los cuernos, se bus-
caba que los machos tuvieran una buena cornamenta y que las cabr as
los tuvieran hacia atrás.
El ciclo de la cabra, según se mir e, iba de otoño a ot oño o de pri-
ma v er a a prima v era. Me explico. Si hablamos desde la cubrición a la
v enta, iba de ma y o a ma y o; y si es de un parto a otr o, hablamos de
octubre a octubr e, más o menos. Ahor a bien, como siempre o casi
siempre, eso sucedía en los r ebaños de ciertas dimensiones donde se
controlaba bien la cubrición y el part o, no en las pitar rillas (grupo de
pocos animales) o puntas de cabras, en que podía suceder lo mismo
que con los cochinos, que estaban junt os machos y hembras y los par-
t os podían tener lugar a lo lar go del año. En és tas f incas a menudo no
existía semental y er an los de algún linder o o amigo los que montaban
a las hembras. A v eces los propios chiv os, las crías, pisaban a las
madres ant es de v enderse. Como en el caso de la ov eja, caso cono-
cemos en que un carnicero local pr estaba algún macho par a ese
menest er .
Donde había piaras de cabr as, los machos se echaban apar te en el
tiempo en que no debían cubrir , cuando ya empezaban a parir las
cabras. U na alt ernativ a era enmandilarlos, ponerles un mandil de lona,
esparto o mat erial, con una correa atada a la espalda (Fot o 12), de
modo que colgase delante de los g enitales y así, al int entar montar a
la hembra, el mandil se int erpusiera. Con los mandiles había que t ener
cuidado y a que al ser los chiv os animales inquiet os y meterse por
entre el mat orral podían romperlos y per derlos.
La cubrición empezaba en may o, siendo una fecha emblemática
para ello el Día de la Cruz, el 3 de ma yo, fiesta muy celebr ada ent on-
ces por est os pueblos. A par tir de entonces, o bien se quitaban los
mandiles o bien se echaba los machos a las hembras. Se buscaba así
que la paridera empezar a en octubre, de tal forma que se hicier a coin-
cidir el moment o de máximo desarrollo de los chiv os, de may or con-
sumo de aliment o, con la época de máxima disponibilidad de bioma-
sa y de ma y or alimento de la misma, la prima v era. Igualment e, par a
321
ese ent onces los chiv os y a estarían des tetados por lo g ener al y las
madres conv er tirían esa abundant e hierba en leche para el consumo
humano.
Los celos er an los mismos que los de la ov eja: tempr ano, na videño
y tardío. El celo les dur a a las cabras un día, así que los past ores que
tenían cabr as y las tenían junt o a los chozos, cuando salían en celo,
las llev aban a los chiv os, y a fuera a los de la casa o a los de los alr e-
dedores. Ahor a bien, a diferencia de otr os animales, los machos, aún
no estando la cabr a en celo, int entan cubrirla y , a v eces, hacían que
salieran en celo. A dif er encia de lo que sucedía con el o vino, se pre-
cisaban pocos sementales por cada hembra y así con dos o tr es
machos había suf icient e para piar as de cien cabras.
P or tanto, de ma y o a octubre machos y hembras es taban junt os y
durant e ese tiempo se cubrían. T eniendo en cuanta que la preñez de
la cabra es de cinco meses, en octubr e empezaba la paridera ( "en
octubre hace la cabr a ubre" ), que podía durar has ta enero o f ebrero en
el caso de las cabras que se cogier an más tardías, pero és tas er an las
menos, alguna que otra soltiza .
El de la paridera er a el tiempo de may or complicación para el
cabrer o, pues había de cuidar de las madres e hijos, de ahijarlos, de
hacerlos mamar . En el corral se hacía un apartadizo y se iban metien-
do los chiv os que iban naciendo. A v eces se apartaban las cabras que
estaban a punt o de parir . A algunas las dejaban en el corr al hasta un
par de días después del parto per o normalmente, si parían de noche,
a la mañana siguiente salían al campo y el chiv o se quedaba en el
corral. La cabr a, a difer encia de la o v eja, solía parir más de día que de
noche y por eso los cabrer os t enían menos trabajo de noche, per o er a
frecuent e que los cabr eros y zagales lle v asen en br azos al corral los
chiv os recién paridos en el campo.
Al igual que sucedía con la o v eja, una cuestión crucial en la pari-
dera de la cabr a era el ahijamient o. Aunque en los r ebaños de cabras
había menos cabezas que en los de o v ejas y los chiv os se apartaban,
la cabra t enía algunos problemas adicionales pues "el chiv o es muy
delicado par a ahijarlo, no como la oveja, que pare y el bor rego v a
322
det rás de la madre. La cabr a tiene que estar met ida en el corr al" . El
chiv o había que cogerlo en br azos y echárselo a la madre para que
mamara cuando és ta v enía del campo. En las cabras resultaba alg o
más fácil conocer a las crías y distinguirlas porque su pelo, con fr e-
cuencia, presenta más dif erencia entr e ellas que la lana de la ov eja, y
así cualquier mancha de pelo o t onalidad podía singularizar a los ani-
males. No obstant e, er a necesario poner atención y saber dis tinguir ,
cosa de la que se v anaglorian muchos viejos cabrer os: "Est ando acos-
tado me han lle vado los zag ales chivos recién nacidos y he sabido de
qué cabr a er an" .
T ambién podía suceder que porque muriese algún animal, por un
parto doble o porque la madr e no pudiera amamantarlo, había que
ahijar a un chiv o con una cabr a que no era su madr e. Lo más fr e-
cuente en los casos de r echazo por parte de la madr e era amarr arla a
una estaca par a que la cría se amamantar a. Era cosa habitual que se
muriera alguna cabr a y , de no haber otra que hubiese perdido a su
cría, había que ir dándole al chiv o de mamar en distintas cabr as.
Como vimos, las cabras también a yudaban a criar los borreg os cuy a
madre hubier a muer to o se hubier a quedado sin leche.
Aunque la cabr a es capaz de arros trar más fácilmente los tiempos
de escasez de comida en el campo, sobre t odo de hierba, que otros
animales, v eces había en que debía a yudársele, sobre t odo en el tiem-
po de la paridera, y es t o por dos razones. La primer a era que en es t e
tiempo de parto o g estación a vanzada necesitaba es tar fuerte y tener
leche para el chiv o. La segunda era que t odo ello coincidía con un
tiempo crítico en la dehesa, cuando la hierba escasea al principio del
ot oño. Aunque la cabr a tiene en ese tiempo la defensa del mat orr al, a
v eces se la a yudaba con un pienso. P arece que había cierta tendencia
a dar algo más de comer a las cabr as que a las ov ejas poco antes de
parir y en la paridera. No quier e ello decir que se hiciera así siempre,
pero sí con más fr ecuencia que a las o v ejas. P or ejemplo, algunos
empleados que tenían escusas en cabr as y que iban en la cabrada de
la f inca, las dejaban a v eces más a mano junto a su vivienda, "por dar-
les mejor de comer" . El pienso más recurr ent e eran habas, alg arrobo y
323
a v ena, solos o ligados. En mucha menor medida se les daba paja de
leguminosas y más rar amente t oda vía, en menos lugares, algún heno.
Sin embarg o, lo mejor er an las habas, que como hemos vist o son muy
buenas para dar leche.
Los algarrobos er an pr efer entement e una comida par a cabras, se
decía que eran muy fuert es y se les echaba especialmente cuando
iban a parir . Aunque, como acabamos de v er , también se usaban
panerones, alguna comida como las habas se les echaba en el suelo.
A las cabras er a también frecuente echarles de comer de maner a más
individualizada que a las o v ejas, en unas pequeñas latas o incluso en
morrales, per o esto último más bien en fincas pequeñas. A v eces se
debía a que eran pocos animales, por ejemplo los de los pas t ores o
pequeños propietarios, y en el caso de r ebaños más gr andes porque
se les diera de comer sólo a algunas. Las habas se les echaban limpias
y el pienso menudo en unas v asijillas o latas, y tenía el cabr ero la
paciencia de ir dándosela y saber a cuál darle, a la más mala, la más
endeble. Quizás el darle de comer en recipient es pequeños también
se debiese a que a las cabras no se les solía echar apenas paja, ni sola
ni mezclada con otro pienso. Finalment e, en una gr an f inca hemos
constatado que se le echaban coles en el invierno, hacia el mes de
diciembre.
Después de nacer , los chiv os no acompañaban a las cabras al
campo, sino que se quedaban encerrados en el corr al, donde sus
madres los amamantaban cuando se r ecogían. Cuando y a podían
comer hierba salían con las cabras y seguían pas tando junt o a ellas y
durmiendo junt os en el corral.. "L os chivos a los 20 ó 30 días empie-
zan a comer y ya cuando tienen 40 días pues ya v a con su madre" . Si
se querían sacar a comer aparte de las madres, aún sin des t etarse, se
ponía a un chivero que los sacase al campo. En las cabr as no se ha-
cían distint os atajos de chivos con sus madr es sino que, de salir con
las cabras, t odas estaban juntas
A los chiv os no se les echaba pienso alguno, sólo se alimentaban
con la leche y la hierba. A la hierba que hubiera dur ante el ot oño se
unía en la dieta de la cabra el mont e, el matorr al. Durant e est e tiem-
324
po, las cabras iban dando un bocado aquí y otr o allá de las ramas y
hojas que hubiera, aunque fuesen alg o duras, pues en est e tiempo
eran su principal sus t ento. R ecordemos que la cabr a come t oda clase
de hierbas y mat orral, mat a prieta (r enuev os de encina, alcornoque,
roble y quejig o), coscoja, jar a, romer o, aulaga, retama, escoba, t omi-
llo, ardivieja, org azo , galapero , tamujo y otr as. No quiere decirse que
se comieran las hojas de t odas estas plantas, sino más bien los renue-
v os, los tallos tiernos y las flores pero, de una f orma u otr a y en may or
o menor medida según la especie, las apro vechaban. Con la aulaga la
cabra er a la única especie que se atrevía, bien es v erdad que sólo con
los renue vos tiernos y con las flores que, al decir de los cabr eros,
daban una leche muy dulce, al igual que la flor del romero. En P alla-
res nos dan cuenta del siguient e r efrán: "Al lleg ar el mes de abril/ y la
flor del galapero/ le dice el chiv o al chivero/ v e y cómete tú la yerba/
que la flor es lo que quiero" . El comer mont e evitaba a las cabr as el
inconv eniente que t enían las ov ejas de no poder salir a pastar hasta
tarde en tiempo de hielos, cuando y a la hierba no estuvier a helada,
con lo cual disponía de más tiempo durant e el día para buscar su sus-
tent o.
Aunque la bellota es taba destinada al cochino, no por eso dejaban
las cabras de cog er alguna de la que hallaban a su paso, aunque poca.
En la montanera la cabr a se llev aba pr efer entement e a zona de mont e,
pero donde no hubier a mucha bellota. En esa época solían estar más
recogidas en algunas fincas, pequeñas sobre t odo, que incluso las
encerraban part e del día.
Llegado el invierno, y a hacia diciembre y ener o en que empezaba
la tala, una a yuda no pequeña la constituía el r amón de las encinas
que se talaban. No era sólo en ese tiempo cuando lo apr ov echaban,
pues en épocas de escasez, pero siempr e y cuando no corrier a la
sa via, los cabrer os a v eces le caían alguna que otr a rama de encina o
alcornoque, siempre aquellas que menos o ningún frut o tuvieran y
que est orbasen. T ambién podía tratarse de algún chaparr o. P ero, lle-
gando la tala, tenían r amón en abundancia, que para eso el cabrer o
las conducía a él.
325
Con las cabras se t enía aún mucha may or prev ención que con las
o v ejas en los oliv ares, y a que la cabra es muy dada a atacar los árboles,
y no entraban en ellos salv o en algún caso muy concret o y cuando
hubiese ramón en el suelo. Ahor a bien, se le podían sacar fuera los
ramones. L os pequeños propietarios que tenían oliv ar solían hacerlo y
también era muy fr ecuente que gent es con cabr a y sin oliv os consi-
guieran, por ejemplo pidiéndolo a los dueños de oliv ar con quienes
tenían confianza, ramones de oliv o que se llev aban a sus f incas. En est e
sentido, el apro vechamient o era int egral, pues también se apr o v echa-
ban los chupones en v er ano, aunque est o era sobr e todo por parte de
los más menest er osos y los propietarios más pequeños. Las grandes
cabradas no solían apr ov echar el ramón de oliv o, pues recor demos que
la ma y or parte de los oliv ares es taba en manos sobr e todo de peque-
ños y medianos propietarios y los dueños de gr andes propiedades, de
tener oliv ares, no los solían t ener juntos a las fincas de sierra.
Las cabras y los chiv os, si había buena otoñada, comían hierba en
ot oño e invierno, aunque fuera poca, y llegada la prima ver a gustaban
de ir pastando de flor en f lor . Los cabrer os y amant es de las cabras
suelen decir que no son tan dañinas como las pintan, incluso que
hacen menos daño que, por ejemplo, la o v eja porque no esquilma, no
agota la hierba, no la apur a, al ir escogiendo un bocado aquí y otro
allá, floreando. Además, comían las hierbas que comían las o v ejas,
pero los tallos y las flores pr efer ent emente. La ma y or calidad de la
hierba de los labrados se notaba en la leche y , así, el hijo de un cam-
pesino de Puebla del Maestr e cuenta cómo su padre sabía por la
leche dónde habían estado las cabr as, si en la zona de El Encinar , que
era tierr a de erial de varios años, o en La Solana, más laboreada.
Como hemos vist o, la gran pref erencia, y la gr an ventaja de la
cabra, er a el matorr al. Aunque r esultaba más estr atégico en tiempo en
que no hubiera hierba, en la prima v era también er a de mucho ali-
ment o y , sobre t odo, hacía que la cabr a no compitiera tant o por las
hierbas con las o v ejas, v acas y cochinos. Cuando y a empezaba a
haber hierba en cantidad, cuando las cabras t enían leche abundante
y de sobra y los chiv os comida, era cuando comenzaba el or deño.
326
Est o solía suceder a principios de primav era, hacia marzo. No obstan-
te, siempr e se comenzaba a or deñar algo ant es. Desde el ot oño se
empezaban a ordeñar algunas cabr as, pero muy poca cantidad, pues
los chiv os er an pequeños y sólo se sacaba leche para el gas t o diario.
En est os casos se solía ordeñar por la mañana, antes de que mamar an
los chiv os. Cuando iban siendo más gr andes las crías y había más
comida en el campo de la que ir tirando tant o las madres como los
hijos, era ma yor la cantidad de leche que se sacaba y siempr e con el
mismo mét odo, apar tar los chiv os de noche. No obstante, es t o solía
hacerse para obt ener muy pequeñas cantidades, para ir t eniendo
leche para el consumo, de alguna que otr a cabra que fuese más abun-
dosa y adelantada.
Cuando empezaba la época de ordeño, el manejo de los chiv os
v ariaba según las f incas. En unas no pernoctaban en el mismo corr al
madres e hijos, par a poder tener leche por la mañana a la hora de
ordeñar . En otras dormían per o no pastaban junt os, pues chiv os y
cabras iban en piar as distintas durant e el día y se les daba de mamar
por la tarde. Ahor a bien, esto último sucedía sobr e t odo antes de la
plena producción de leche porque, y a entrada la prima ver a, se solían
apartar de noche. El proceso de apartar los chivos er a pr evio al des-
tet e, si es que se destetaba. En cualquier caso, par a ordeñar había que
apartar . L o común era que cabr as y chivos fuer an en distintas partidas
al campo y luego se les dier a de mamar , pudiendo v olv erlos a apartar
durant e la noche.
Dependiendo del tamaño de las f incas, los chiv os podían pastar
junt o a otros animales, caso de las pequeñas explotaciones, o conf or-
man piaras al car g o de un zagal o del chivero en las gr andes f incas.
Est e e v entual comenzaba su trabajo cuando se apartaban los chiv os
para salir solos al campo y se despedía al juntarse de nue vo la mana-
da. En cualquier caso, la presencia del chiv ero er a menos frecuent e
que la del temporil de las o vejas, pues su función podía cumplirla el
zagal. Cuando tras el des t ete lle vaban bas tante tiempo separ ados y los
chiv os no mamaban a las madres, podían v olv er a ir juntos cabr as y
chiv os. Er a la época de may or obtención de leche.
327
El interés por la leche hacía que en muchos casos los chiv os se des-
tetasen ant es que los borregos, por ejemplo hacia marzo. En las fincas
grandes lo que se hacía er a separarlos de las madres y lle varlos los pri-
meros días a lugar es distant es de aquellos a donde fueran las madres
porque, al oír los campanillos, los chiv os buscaban a las cabr as. Ahora
bien, no en t odas las f incas se dest etaban las crías, sino que se v endí-
an aún mamando pero con muchos meses. En ocasiones dejaban de
mamar ellas solas debido a lo a v anzados que estaban.
Una alt ernativ a a la separación era el uso del betijo, que se daba
sobre t odo en f incas pequeñas donde no se podían hacer piaras apar-
te. Como también vimos en la o veja, la otr a posible forma de evitación
era embarr ar las ubres de las madres. No er a muy frecuente y solía
hacerse en puntas pequeñas como último recurso si no funcionaba el
betijo.
En plena prima v er a, el ordeño se hacía en dis tintos moment os y ,
así, en algunos casos era por la mañana, ant es de salir las cabras al
campo. En otros nos dicen que er a hacia mediodía, que traían las
cabras al corr al para ordeñar y poder hacer ent onces el queso. A con-
tinuación, las cabras v olvían al campo, de repasto . Cuando los días
eran y a larg os las cabras salían t empr ano y , si había suf icient e comida,
se ordeñaban dos v eces, hacia las 11 o las 12 de la mañana y por la
tarde, a la r ecogida. La época de ordeño fuerte er a de marzo a junio,
pues y a en esa época, con el calor , el queso empezaba a ponerse
agrio enseguida, se aupaba y le salían saltones , agujer os. Entre S an
Juan y San P edro se cortaba el ordeño y , a los dos o tres días, se le
daba el ret ieso a las cabr as hasta que se secaban. Dar el retieso no era
otra cosa que ir dando un or deño cada vez más espaciado, par a dejar
de ordeñar , pero e vitando que la acumulación de leche en la ubre pr o-
dujera enf ermedad. Ha y que t ener en cuenta que en may o se empe-
zaban a coger las cabr as y las que quedaban preñadas, al poco tiem-
po, al mes o los dos meses, dejaban de dar leche. No obstant e, siem-
pre quedaba alguna cabr a que había parido más tarde o que no que-
daba preñada y a la que se seguía or deñando con el fin de tener leche
para el gas t o diario.
328
Como hemos podido v er , el encargado de or deñar era siempr e el
cabrer o, a yudado por el zagal siempre que és t e no tuviera que es tar
con los chiv os si no se encerr aban. En f incas gr andes donde había
pocas cabras solía ser el guar da el que ordeñaba y en las explotacio-
nes campesinas lo hacía aquel que estuvier a más al tant o de est e
ganado.
Como hemos señalado, la cabra er a la que suministraba la leche
en gran númer o de f incas, al no haber vacas de leche. En los pueblos
tenía la compet encia de las vacas de los hortelanos u otr os pequeños
propietarios que t enían v acas lecheras. No era fr ecuente que los cam-
pesinos v endier an la leche de sus cabras en los pueblos, per o también
se daban casos. Los piareros sí lo hacían. En muy pocas de las gr andes
f incas se lle v aba la leche al pueblo para v enderla pues, apar t e de la
del gast o, el rest o se hacia queso.
Los encar gados de hacer el queso v ariaban según los sitios. En las
pequeñas explotaciones y entre los empleados que t enían alguna
cabra solían ser las mujer es las encargadas de ello, aunque no por eso
dejaban algunos hombres de hacerlo. Cuando se tr ataba de la punta
de cabras de una gr an f inca era tar ea de la guardesa y el guar da o la
casera y el caser o. Donde había cabreros, és tos y sus mujer es se
encargaban de la labor , aunque casos conocemos en que los cabre-
ros sólo hacían su queso, mientr as que el de la f inca era cosa de los
guardas.
P ar a elaborar el queso, y a en aquellos años, se utilizaba cuajo en
polv o, un product o comercial que había sustituido al tr adicional, que
no era otr o que el líquido del estómago de algún chiv o o borreg o lac-
tante. A unque algunos informant es nos hablan de que en épocas ante-
riores se utilizar on como cuajo algunas plantas, no aciertan a preci-
sarnos más sobre el particular .
La leche había de templarse un poco junt o al fuego, pr ocur ando
que no se enfriara, pues ent onces no cuajaría. A la leche con el cuajo
había que darle vueltas hasta que se hicier a la cuajada, que se colaba
para separ arla del suero y , luego, se iba echando en los cinchos, unos
aros metálicos con agujer os a lo larg o de su super f icie para ir dando
329
salida al suero y el agua que tuvier a la cuajada. Unos alambres en un
extremo del ar o enganchaban en alguno de los agujeros del otr o
extremo, cerr ando así el aro. El queso podía ser ma y or o menor
dependiendo del tamaño del aro y del agujer o en el que se cogier a el
alambre, que servía para darle ma y or diámetro. L os cinchos de espar-
t o, propios de los pas tor es de la zona de La Serena no se usaban por
aquí. El cuajo se iba apretando con las manos y sacándole el suer o
que tuviera, has ta dejar el queso compact o. La cantidad de cuajo y de
cuajada que se echara, lo apr etado que se hiciera el queso y la canti-
dad de sal eran crit erios de cada uno, y contribuían a darle a cada
pieza su gust o y textura particular . El suero que r esultaba se le daba a
los animales, a los perros y a v eces a los lechones, pero en tiempos de
mucha penuria iban por los cortijos gentes muy necesitadas, mujer es
sobre t odo, a pedir que les dieran el suero par a poder dar algo de
comer a sus hijos o para ellas mismas. El queso se ponía en alt o sobre
en unas tablas para que se secase, y al día siguient e o los dos días,
según el tiempo, se le quitaba el aro. L uego, podía v enderse o consu-
mirse fresco o dejar que se cur ase, bien para consumir así o para
meterlo en aceit e. Oreado tenía más int erés porque valía alg o más y ,
además, era más fácil de tr anspor tar . En cualquier caso, queso añejo
en aceite no se solía v ender , sino que era alg o que la gent e hacía par a
conser v arlo y consumirlo, tant o los past ores como quienes compr a-
ban el queso.
P ar a hacer el queso se precisaban las cubas en que calentar la
leche, cinchos, colador y un entremijo, o tabla r ectangular de tama-
ño v ariable pero no ma yor de unos cuar enta centímetr os de ancho,
con un pequeño rebor de en los lat erales y que se v a cerrando al
f inal par a conducir el suero que caerá a un r ecipiente abajo. En algu-
nos casos, en los cortijos, era como una mesa, con patas más altas
por un lado para que corriese el suer o, en otros era simplement e la
tabla, que se lev antaba un poco por uno de los lados. P ero no en
t odos sitios existía es te ins trumento y , en algunos chozos, se hacía
el queso sobre alguna tabla o mesa. En los cortijos grandes exis tía
una quesera, o dependencia des tinada expr esamente a la elabor a-
336
"Cabras y o vejas no hacen liga, porque las cabr as andan más y en
v erano no se acarr an. P ero cuando las acostumbr as a las voces y
al ganado, ellas mismas se guardan y se v e vienen en busca de las
o v ejas. Se alargan pero lueg o vuelven cuando llegan a la linde y
había v eces que v enían sólo por las tardes".
Otra dif er encia en el past oreo del caprino r espect o del o vino es
que la cabra, al ser más individualis ta e inquieta, se ataja más, se que-
dan unas cabras o grupos de ellas cortados y separ ados de otros. P or
eso, según un cabrer o antiguo, "Ha y que estar peg ado a ellas. Ahí está
la vista del tío, en no darle pelota, en est ar encima. El ganado v aría
mucho de estar custodiado a no est arlo. Si se te hacen dos atajos,
doble t r abajo" . Otr o cabrer o abunda en ello: "Tienen que ir a su gusto,
pueden coger una past oría grande, pero que v ayan unidas. Además,
abier tas no hacen car riles" .
La cust odia del ganado día y noche, con frío, calor o lluvia, se hacía
más penosa si tenemos en cuenta que lo fr ecuent e era ir por sierr as y
montarrales, tr as animales inquietos, que gustaban de lo nue vo, lo
arriesgado, no doblegaban ante riscos, barr ancos, agriles y monte
espeso y que no rechazaban t entación alguna de comida, sobr e todo
en sitios donde no había cercas y t odo era linde, tant o con f incas pró-
ximas como con las hojas de cultiv o de dentro de la pr opia dehesa.
De ahí la necesidad y recurso continuo al garr ot e. A las cabras que no
estaban manseadas, er an tr abajosas de past or ear , y que requerían
estar t odo el tiempo encima de ellas y tirarles a v eces el garrot e se les
llamaba cabras gar roter as .
P ero no sólo del garrot e vivía el cabrero, también contaba con la
a yuda de otros colabor ador es apar t e del zagal, situado en otro extr e-
mo de la cabrada o junt o a él si la situación lo permitía. Est os auxilia-
res er an los mansos y los perros. Y a vimos el proceso de cas tr ación de
machos para mansos, sigamos ahor a con su función. Hay que r ecor-
dar que no en t odas las cabradas había mansos, sólo en algunas de
gran env ergadur a. La razón no es otr a que el cost e de mantenimient o
que tenían unos animales que no daban pr oducción alguna, sobr e
t odo teniendo en cuenta que no es tamos ante el caso de las o vejas,
337
que se desplazaban a otras fincas o lugares par a el esquileo, los ag os-
taderos, etc. Entr e otr as cosas, además de la conv eniencia para mane-
jar una cabrada gr ande, sólo se encontraban mansos en gr andes reba-
ños, donde un par de animales improductiv os no querían decir nada
entre un númer o tan alt o. Ser vían, eso sí, para conducir el ganado por
la propia finca, cosa que podía hacerse en muchos casos sin su ayuda.
En cuant o a los perros, lo más fr ecuente er a encontrar perros de
agua para la conducción, par a buscar a algún animal que se salía de
madre o par a hacer volv er a alguna cabra díscola que se iba por
donde no debía, por ejemplo a un sembrado, cuando al cabr ero no le
daba y a tiempo a alcanzarla.
Otra a yuda en el past oreo y cus t odia eran los campanillos, que
eran pr opiedad de los cabreros, no de la casa y sobr e los que no exis-
ten muchas dif er encias en cuanto a lo dicho sobr e la o v eja. Ser vían
para t ener controlado al ganado, para saber por dónde andaba y par a
que estuvier a junt o. Además, por el sonido se podía saber si un ani-
mal se encontraba en una situación de dificultad, si v enían lobos u
otros animales dañinos, o si sur gía un problema dur ante la noche. En
comparación con las o v ejas, en las cabras los campanillos r esultaban
más necesarios al ser animales más inquiet os, tenían un campeo más
larg o, andaban más y , al estar en el monte, a v eces se les podía per-
der de vista. P or eso era necesario ponérselo a las cabras más dísco-
las, además de a los cabestr os y a otr as.
La past oría de las cabras a v eces implicaba picaresca. Er a muy evi-
dente en el caso de los piareros , que entraban en las fincas ajenas
cuando era pr eciso, pero también se daba entre algunos pequeños
propietarios, de menguado t err eno y necesidad de alimento par a sus
cabras. Es t o lo constatamos en t odos sitios donde existían pequeñas
propiedades junt o a latifundios. Algunos pequeños propietarios ha-
cían estas incursiones o ins taban a hacerlas a quien tuvier an emplea-
do, algún muchacho, por ejemplo.
El repert orio de tareas y el acer v o de conocimientos que par a reali-
zarlas precisaba el cabr ero er an grandes. En est e of icio había de saber
de t odo, por ejemplo, hacer las v eces de v eterinario cuando enf ermaba
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algún bicho o de matarife cuando er a obligado matarlo o desollarlo. Las
enfermedades que más atacaban a las cabr as er an parecidas a las de la
o v eja y , así, podían padecer de basquilla, bacera, pulmonía o pedero , y
tener pr oblemas con las batatas, perg añas , víbor as, lobos, etc. Sin
embarg o no t enían problemas de modorr a y las coquer as en la cabra no
se conocían como tales, pues a lo sumo podían tener algún pr oblema
si se les infectaba alguna herida. T ampoco t enían problemas con la hier-
ba helada, como vimos, pues mientras dur a la helada, mientras está la
hierba mojada, v an comiendo monte, que se hiela bas tante menos o no
se hiela t oda la mata, o comen hierba de las par t es más abrigadas, con
lo que evitan enf ermedades como la pulmonía. P or eso, por la mañana
podían salir a la sierra y por la tar de al llano, donde por la mañana habría
helada, y alternaban así el mat orral, la hierba y el r amón.
Sin embarg o las gent es insisten en que la cabr a tenía muchas enfer-
medades o que las sufría a menudo. R ecordemos lo mal que soporta
la cabra el agua y la nie ve, a dif erencia de la o veja, lo que se tr aduce
en padecimient os tales como la chamberga , pulmonía, sarna, etc. Muy
problemática er a la brucelosis, las conocidas como calentur as maltas ,
muy frecuent es en la cabr a, con la agra vant e del contagio a los huma-
nos. P or el tamaño y sensibilidad de las ubres, en un animal echado al
monte también había pr oblemas pr o v ocados por los arañazos y des-
garros que pr oducían ubrero , pudiendo per der con ello los pechos y
pro vocando fiebres que podían lle v ar al animal a la muerte. U n cabre-
ro nos hace es ta distinción:
"Eso era de que se entrillaban los pechos, se le entrillaba alguna
v ena... Ha y dos clases de ubrer o, el negro y el blanco. El negr o es
más malo, se le cae hasta el pecho y se morían muchas".
Las perg añas o ar agüe yes no er an tant o problema par a el caprino,
que no tiene lana sino pelo fuerte y resbaladizo. U n viejo cabr ero nos
da motiv os adicionales: "Perg añas cogen pocas. Algunas saet as de esas
que se meten en la vista, pero pocas, porque la cabr a v a todo el día en
el mon te con la cabeza lev an tada" .
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La basquilla era menos fr ecuente en el caprino que en el o vino,
pero también podía sufrirla, por hartarse de comer en el v erde de los
plaos . R espect o a la basquilla nos dicen: "A la cabr a se le nota ense-
guida porque se le ponen los ojos mir ando par a el sol y le rechinan los
dien tes" . El remedio er a el mismo que en la ov eja, la sangría.
Finalmente, la pulmonía pr o v enía de un enfriamiento, bien porque
la cabra se mojar a o cogiera frío o bien por beber un agua mala, por
no estar soleada o por haberla emponzoñado algún animal o los
humanos. Y a nos ref erimos a que la cabr a aguanta mal el agua y
puede coger pulmonías por enfriamient os con cier ta facilidad. Cham-
berga llamaban a un tipo de enfriamient o, de resfriado, que a v eces se
hacía crónico.
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11. L A V A CA Y L AS A VES
ECOL OGÍA Y ECONO MÍA DE L A V A CA
P ar a el v acuno v alen las mismas consideraciones g ener ales que
hicimos al comenzar a hablar sobre el caprino y o vino, pues exist en
muchas semejanzas en cuant o a su ciclo gener al, a la alimentación y
al acompasamient o con usos ganaderos y f ores tales de la dehesa, por
lo que sería repetitiv o relatar cues tiones de las que ya se habló. La pr e-
sencia de la v aca er a menor que la de los animales anteriorment e estu-
diados y además su manejo era más sencillo. P or todo ello, la car ac-
terización del mundo de la v aca será menos extensa que la de las
otras especies, como v eremos enseguida.
En efect o, la vaca er a el animal menos repr esentado en la dehesa
y buena prueba de ello ha sido la dif icultad par a encontrar v aqueros
que nos pudieran dar detalles del mundo de la v aca en los años cin-
cuenta. Esta escasa pr esencia se explica porque el v acuno precisa pas-
t os altos, cosa que no es la más fr ecuente en es ta zona, de suelos cor-
t os y escasa humedad. En gener al la v aca no es animal muy medite-
rráneo, sino atlántico, propio de los pr ados del nor te, lugar es de pre-
cipitaciones continuas y gran pr oducción de hierbas y de heno. Debi-
do a su v olumen, el v acuno demanda gr an cantidad de comida y , por
su hocico ancho y labio grueso, no consigue apro vechar pas t o de
menos de 2 ó 3 cm, prefiere pas tos alt os y densos, de entre los 10 y
25 cm, cosa no la más habitual en el Mediterráneo, salv o en cier tas
zonas de transición a otr os climas, atlánticos o de Centroeuropa (Mon-
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t oy a, 1983:78), y en microclimas de alguna humedad por precipita-
ciones o por pro ximidad a zonas húmedas, como ríos, river as, etc.
Además de los suelos, por lo común pobr es, el fact or limitante es el
agua, la humedad, que desaparece dur ante el periodo estiv al en que
la muy negativ a e v apotranspir ación r ompe el ciclo v egetativ o de las
hierbas de ma y or desarrollo y altur a, fav oreciendo sólo a plantas de
ciclo anual, corto y de escasa talla. Dur ante el es tío aparece un perio-
do crítico para el v acuno, que difícilmente puede ser suplementado
con reservas de hierba de la prima ver a por su escasez y poca altura.
La siega de heno sólo tenía lugar puntualment e, en algunas zonas altas
y con cierta pluviosidad y no en todos los lugar es de ellas. P ero no es
sólo el v er ano el tiempo crítico sino que también lo es el invierno en
parte, en cuant o a hierba se refiere. Dur ante el ot oño nace la hierba
pero sufr e un parón v eg etativ o en cuanto apar ecen el frío y la helada,
con lo cual no ha y hierba abundosa y de altura par a el vacuno, cosa
que sólo sucederá en prima v er a. El past o del v er ano puede ser alto,
pero desde lueg o no de mucho aliment o por estar seco.
Otro element o limitante es la pendiente. La v aca es animal poco
andariego y además, por su corpulencia y v olumen, poco ágil, de
modo que no se encuentra excesiv amente cómodo en pendient es
superiores a un 30-35% (Mont oy a, 1983:78). En el área medit erránea
abundan las montañas y aunque en la Sierra Mor ena las pendientes
no son muy pronunciadas, las sierr as tampoco fav orecen la pr esencia
de las v acas. En nuestr a zona de estudio v emos cómo es en la zona
est e de P allares, por su pro ximidad al Viar y por ser latifundios, pero
también por ser terr enos más bien llanos u ondulados, donde se da la
ma y or presencia de v acuno. L a v acada más impor tante de la zona de
Santa María er a la que, pasada la prima v er a, pacía junto a una de es tas
f incas del Viar .
Ahora bien, una dis tinción importante a la hor a de hablar de pre-
sencia de v acuno es la de v acuno de carne y v acuno de leche. Si en
el ent orno mediterráneo no encontr amos gr an cantidad de v acas,
mucho menos encontramos v acas lecheras, por las r azones ant es
expuestas. La v aca de leche necesita más aún past os abundantes y
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