La Rusia terrorista : perfiles y bocetos revolucionarios
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Biblioteca Contemporánea Ga Husi Terrorist perfiles y bocetos reloluclouarios FOR STEPNIAK (Sergio KraMiigky) Obra secuestrada y perseguida por las autoridades rusas Tercera edición esmeradamente corregida F. GRANADA Y C. a , EmIToREs 344 -- DIPUTAC1ÓN — 344 BARCELONA
iNDICE Stepniak ¿Sumisión ó rebeldía'' Págs. 7 1l Proemio . . . 17 La propaganda. 25 El terrorismo 37 PERFILES DE REVOLUCIONARIOS Perfiles de revolucionarios 41 Jacobo Estefanovich 51 Demetrio Clemens 59 Valeriano Ossinsky . (37 Pedro Kropotkin. 7( Demetrio Lisogub. Hessa Helfman 90 Vera Zassulich 93 Sofía Perovskaia ion BOCETOS REVOLUCIONARIOS El atentado de Moscou.—I. Una compañia de eremitas 115 II. La excavación Ils Dos fugas 125 Los ukrivatelos (escondedores) 139 La imprenta clandestina 155 Un viaje á San Petersburgo.—Pï Togo . . . . 165 Concl usión 201 NOTA Carta del Comité Ejecutivo al emperador Alejandro III 217
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ST EPN I AK En la tarde del 23 de diciembre de 1895, el escritor ruso y emigrado político célebre con el seudónimo de Stepniak («Hombre de la estepa»), al cruzar el paso á nivel del ferrocarril junto á Bedf ord- . Square. en Londres, para ir á casa de un colega del Comité de propaganda revolucionaria rusa, tué alcanzado por un tren rápido. Todos los vagones le pasaron por encima, y al. guasos albañiles recogieron de entre los rieles el cadaver, horriblemente mutilado, y lo llevaron á la desventurada esposa. Este fin trágico hizo creer que se trataba de un suicidio; pero esta hipótesis no tiene razón de ser. El verdadero nombre de Stepniak era Sergio Krawehinsky. Nació en 1852, en Adjatch (tïkrania), de no• hie familia. Ingresó en el .ejército y era oficial de ar tillería cuando fué procesado como sospechoso; de.s - pués de algunos meses de cárcel le pusieron eu liber tad, y entonces renunció á su empleo. En 1875 recorría la campiña rusa predicando la insurrección entre los campesinos. transformándose en leñador para realizar
VIII STEPNIAK sus propósitos, hasta que fué detenido nuevamente. Se le pusieron' esposas y debía ser conducido ante el gobernador de la provincia, pero, durante el trayecto, sobornó á un gendarme, logró fugarse y reapareció en Suiza, donde encontró á dos amigas de su familia que se disponían á marchar á Nápoles. Deseoso de conocer á Italia, Sergio acompañó á las dos señoras á Nápoles; pero en vez de entregarse al descanso se unió con los secuaces de la Internacional, tan numerosos en aquella época; publicó un manifiesto relativo á la táctica de Zas partidas armadas, y apenas preparado el alzamiento de Benevento (dirigido por Ca fiero), partió para incorporarse á los sublevados. Un delator, llamado Farina, en quien fiaban mucho los insurgentes por el gran conocimiento que tenía de los lugares, se lo había contado todo al ministro Nicotera, que en aquellos días subiera al poder, y se detuvo á parte de los rebeldes antes de que pudieran llegar al punto de reunión prefijado; ante ellos figuraba Sergio, que entonces se hacía llamar Abraham Rublo f; al llegar á Solo paca, tué preso y llevado á la cárcel de Benevento. Nueve meses de prisión le bastaron para aprender la lengua italiana; dueño de una jofaina, pasaba en su celda el dia escribiendo con un cepillo de limpiar los dientes, convertido en pluma, y tuvo la constancia de aprenderse de memoria el diccionario de Fan f ani. En 1878 ocurrió la muerte de Victor Manuel, y Abraham .Rublo f fué amnistiado junto con algunos compañeros. Sin pérdida de tiempo se fué d Rusia, y. el mismo año se dirigió á San Petersburgo y realizó el terrible acto que tanta resonancia tuvo en dicha época. Deseoso de vengar los tormentos infligidos á sus camaradas, aquel joven, dotado de fuerza hercúlea, esperó el 16 de agosto de 1878, á la salida de una iglesia, al gobernador de la policía de San Petersburgo, general Mezentset, que marchaba dando el brazo ("i un.
STEPNIAK IX amigo, v lo mató de una tnt lala.da. Un coche guiado por un médico revolucionario esperaba á Kraviclrinsbv . .• subió, y el carruaje partió al galope, Milagrosamente libre del peligro, volvió á Suiza é Italia, donde tomó el nombre de Stepnialz, que debía valerle tanta fama. Le conocimos el .7882 en Milñmr: su cara de balrnucn brillaba con el fuego de los ojos, v era amable, frío y muy simpático. Sostenía relaciones con el gru feo más avanzado v al mismo tiempo con los moderados, haciéndose querer de todo el mundo. Vivía en amistad con Félix Cameroni, Feli ' e Turati, Gnocchi Vïani, Ri znami Bella Plebe, nuadrio, Pablo Valera v Fontana; después publicó sus artículos sobre la tiranía rusa v el heroísmo de los militares en el Pungolo, dirigido por León Fortis; cuando quiso reunir esos artículos en un volumen, encontró editor en la casa Treves. L°l libro se titulaba La Rusia Srtbterr nea, v ¿16 á su autor fama de literato y otros provechos. A la edición italiana ciguieron versiones en otras lenguas, 1 l menudearon las reimpresiones. Se la cali fi có de ccobra inmortal». Mas fiara él escribir era una forma de la acción, por espacio de muchos a7ros se le perdió de vista. !V s de una vez debió volver á Rusia fiara Tomar fiarte en consfiiraciones. Fn r882 se estableció en Londres y allí siguió trabajando, habla. nido v escrihiendo en todas las lenguas. Interesó en su causa—la lucha contra el absolutismo ruso --- á los mejores elementos de la capital inglesa Pertenecientes los diversos partidos político s, v orga nizó con su concurso la Societ y of Friends of Russian Freedom. Rajo el -patronato de esa sociedad fundó, en 189o, la revista política Free Russia (Rusia Libre), de que era el alma, sin dejar de escribir en muchos diarios ingleses. También contribuyó á organizar e^r. América la United State. Siberian Exile Human Society.
X STEPNIAK Además del presente libro, se le conocen la Rusia bajo los Zares (París, 1887), Vida de un Nihilista (novela), Los Campesinos Rusos y otras sobre el mismo asunto. Se le elogia mucho otra novela: Una cabaña á orillas del Volga. Había publicado en inglés su última obra en dos tomos: Alejandro II y Alejandro III, cuando le hirió ciegamente la muerte, en el vigor de su edad, á los cuarenta y tres años. E.
6Scinnisián 6 xiebeldia4 En Paris, un diario republicano elogió á las víctimas del Imperio, el mismo día en que el tribunal del Jurado condenaba muerte al anarquista Jorge Etiévant. Gobiernos y partidos afirman su lealtad y mutuamente se echan en cara mentiras y vilezas; pero, no bien se mueve una hoja en el árbol, el gobierno, que se llama imperial ó republicano, y que es invariablemente escéptico, prende, destierra 6 fusila á sus enemigos — los enemigos de la legalidad apoyada en la fuerza. Estos clos hechos tan sencillos la ,condena de Etie vant y el homenaje á los mártires republicanos -- prueban la doblez de los gobiernos, y se necesita evidente mala fe para creer que el anarquista Etiévant, conde nado á muerte por haber herido á un agente de policía, era más culpable que los fautores de un complot contra Napoleón el Pequeño. Unicamente Ja ley, debida á hombres que la estiman deficiente, pero que la aplican á falta de otra mejor, únicamente esa ley—monárquica ó democrática y siempre igual --- impone al anarquista un castigo superior á todas las penas, y pretende arrebatarle el honor y la vida. En muchos países, sin exceptuar la libre Inglaterra, ,se toman medidas coercitiva:. contra los libertarios, sometidos no sólo al derecho co mún, sino también á leyes excepcionales, como el do mïcilïo coatto, les lois scr lérate.s y otras menos dura .. igualmente reprobables. Si, en un momento de obcecación, Etiévant imitó ^í sus opresores y llegó basta. el crimen ; si merecía ser castigado, otros hombres, con mayor motivo, después de
STEPNIAK nihilismo propiamente dicho, fué el individualismo absoluto. soluto. Equivalía á la negación, en nombre de la libertad individual, de todas las obligaciones impuestas al individuo por la sociedad, la religión y la familia. El nihilismo fué una reacción poderosa y apasionada, no ya contra el despotismo político, sino contra la opresión moral, que pesa sobre la, vida íntima y privada del individuo. Pero debemos confesar que nuestros predecesores, al menos en los primeros tiempos, pusieron en esta lucha, esencialmente pacífica, el mismo espíritu de rebelión y casi el mismo orden que caracterizan el actual movimiento. — Trazaré aquí el carácter general de tales combates, porque fueron el verdadero preludio del gran drama cuyo último acto se desenvuelve en el imperio de la Noche. La primera batalla se dió en el dominio de la religión; pero el ímpetu fué tal, que apenas iniciada la lucha se alcanzó la victoria, pues no hay país en el mundo donde las clases cultas sean menos religiosas que en Rusia, La última generación fué un poco cristiana por costumbre y un poco atea por su cultura. Y una vez lanzado al asalto el ejército de jóvenes escritores, instruídos en las ciencias y la filosofía positiva, llenos de fuego y de inteligencia, el cristianismo cayó como una vieja barraca cuarteada que está en pie porque nadie la toca. Para la propaganda materialista se empleaban clos medios que se apoyaban y completaban mutuamente. En primer término se utilizan la imprenta., la traducción y composición de obras que suministran irrefutables argumentos contra todo sistema religioso, contra el libre artificio y el ultramontanismo. Para evitar los zarpazos de la censura, los pasajes demasiado claros se velaban con obscuras palabras, que ponían de relieve la idea á los ojos del lector apasionado y atento. La propaganda oral, valiéndose de argumentos adu-
7, a RCrS 1 A TERRA ll..lS'I'A 1 c^ ciclos poi' hombres de ciencia, sacaba a.s c.o ilsecuencias lógicas de la doctrina y (1111]tía fas reticencias irilpuesta, á los escritores. -- El ateísmo aparecía. como una religión admirable y nueva. Los prosélitos se dirigían í las almas vivas para lavarlas de ((la abominación del cristianismo», y extremaban su celo como activos misioneros. — También se recurrió á la imprenta clandestina, 'por cuyos medios fué traducido el libro de Büch-- ner Fuerza y Materia, donde el filósofo alemán arremete briosamente contra la teología cristiana. Este libro, que se distribuyó secretamente y no sin peligro, alcanzó un éxito extraordinario. ---Algunas llevaron su diligencia hasta el punto de propagar las nuevas ideas entre los alumnos de las escuelas primarias, Un día llegó á mis manos una ((Carta abierta» de B. Zaizef, redactor del Russkoie Slovo (La Palabra Rusa), que era un periódico muy popular en aquella época. En la referida carta, que debía ser impresa en secreto, el autor, refiriéndose á otro tiempo y á las acusaciones contra los primeros nihilistas por los nihilistas de hoy ; dice: ((Os juro por lo más sagrado que no éramos, como se cree, unos egoístas. Admito nuestro error; pero teníamos la convicción de que luchábamos por la felicidad humana y todos hubiéramos subido al patíbulo á hecho los mayores sacrificios por Moleschott 6 por Darwin...» Esta frase me hizo sonreir. El lector se sonreirá á su vez, pero era exacta y profundamente sincera. Si hubiera llegado el caso, el mundo habría presenciado tal vez un espectáculo tragicómico: el martirio por sostener que Darwin tiene razón contra Cuvier, como hace clos siglos se vió al sacerdote Abaco y sus discípulos arrostrar la hoguera y la horca para afirmar que debe escribirse ((Jesús» con una Y, en vez de dos (Yisus, ortografía griega), y cantar el aleluya tres veces. en lunar de dos, como lo hace la iglesia imperante. Es característico del espíritu ruso el apasionamiento
20 STEPNIAI{ exagerado hasta el fanatismo por cosas que i ricamente merecerían la escueta aprobación ó censura de un hombre de Occidente. Pero, en el caso á que nos referimos, sucedió lo contrario. Nadie se tomó la molestia de defender los altares de los dioses. Por fortuna, entre nosotros nunca tuvo el clero el menor influjo espiritual, ya que los sacerdotes están casados, se distraen en asuntos de familia y se distinguen por su crasa ignorancia. t Qué podrá hacer el gobierno contra un movimiento puramente intelectual y que no se manifestaba por actos extremos ? Se venció sin esfuerzo ni fatiga y el triunfo ha sido definitivo. Hoy no hay en Rusia ningún hombre instruido que no sea materialista puro y acérrimo ; de tal manera, que un contrario de esta doctrina sería un mirlo blanco. Esta victoria es importantísima. El ateísmo absolu- to es la única herencia transmitida íntegra á la nueva generación, y no he de insistir para demostrar cuánto aprovecha al movimiento revolucionario moderno. Pero el nihilismo declaró la guerra no sólo á la religión, sino á todo lo que no está basado en la razón pura y positiva. Esta plausible tendencia fué exagerada por los nihilistas del 5o, que llegaron hasta el absurdo. El arte, como manifestación del idealismo, vióse combatido por los nihilistas, que rechazaban todo lo que excita los sentimientos de lo bello. En estos combates pusieron su atención y su entusiasmo los antiguos nihilistas. Uno de los enragés proclamó el célebre aforismo de que «más vale un zapatero que Rafael de Urbino, porque el primero produce cosas útiles y el segundo no sirve para nada». — Para los nihilistas ortodoxos, la Naturaleza era sencillamente la poseedora de materiales para la química y la tecnología. — No hablaré de otras frases parecidas, porque su sencilla enumeración sería muy larga.
LA RUSIA TERRORISTA 21 ^i Pero hay un punto en el cual el nihilismo prestó grandes servicios á su país, y es la cuestión feminista. El nihilismo decretaba la igualdad del hombre y la mujer y concedía á esta última los mismos derechos que al primero. La intimidad de relaciones sociales en Rusia, donde no hay cafés ni clubs y donde los salones son el único punto de reunión, y quizá aun más, la nueva posición económica de los nobles después de la emancipación de los siervos, lograron que la libertad de la mujer se consiguiera fácilmente y casi por completo. Se subyuga á las mujeres por medio del amor, y, por lo mismo, es muy lógico que cuando quieren reivindicar sus derechos empiecen por pedir la libertad del amor. Así ocurrió en la antigüedad, en la Francia del siglo XVIII y en los tiempos de Jorge Sand. Lo mismo ha pasado en Rusia. Sin embargo, entre nosotros, la cuestión de la libertad de la mujer nunca se ha reducido al mezquino derecho de ((amor libre», que, en realidad, no es más que el derecho de poder elegir amo. Pronto se comprendió que lo más importante es obtener amplia libertad, dejando al artificio individual la cuestión del amor. Y como no hay libertad sin independencia económica, la lucha cambió de aspecto y se convirtió en pugna para alcanzar el libre ingreso en la enseñanza superior y en las profesiones que ejerce el hombre instruído. La lucha fué larga y obstinada, porque debía eliminarse el obstáculo de nuestra familia bárbara y medioeval. Nuestras mujeres combatieron intrépidamente con la misma pasión que caracteriza las últimas
STEPIVIAK luchas sociales. Finalmente vencieron las mujeres y aun el gobierno se vió obligado á reconocer el triunfo. Ningún padre amenaza á su hija con cortarle las trenzas cuando la joven quiere ir á Petersburgo para estudiar medicina 6 seguir los cursos superiores de otras ciencias. La mujer, dueña de sus .acciones, no se ve obligada á huir de la casa paterna y los nihilistas no han de recurrir al casamiento ficticio para libertarla. El nihilismo ha vencido en toda la línea. Hoy el nihilista se limita á descansar sobre sus laureles. Dispone de las dos primeras personas de la Trinidad ideal prescrita por la conciencia: una compañera inteligente y libertad de pensar. Falta la tercera, que es una ocupación á gusto; pero como él es inteligente y Rusia carece de hombres instruidos, la encontrará fácilmente. —Y ahora ¿ qué sucederá ?—pregunta un joven entusiasta, que ha llegado de alguna distante provincia para visitar á su viejo maestro. —Seré feliz—le respondía. —Sí—replicará el joven,—serás feliz ; ya lo veo. Pero ¿ cómo puedes ser feliz cuando se mueren de hambre tus compatriotas, cuando el gobierno oprime á los débiles y les obliga á mendigar un pedazo de pan ? ¿ No lo sabes ? Y si lo sabes, ¿ qué has hecho por tus hermanos ? ¿ No me decías hace tiempo que querías combatir por la felicidad del humano linaje ? Y el nihilista modelo, el nihilista de Turguenef se turbará ante la mirada del intransigente, pues ha sentido desvanecerse el entusiasmo y la fe que le animaban en otro tiempo. Ha vencido y ya no es más que un epicúreo inteligente y refinado, cuya sangre circula despacio entre los músculos cubie y rtos de grasa. Y el joven se marcha lleno de tristeza y se pregunta á si mismo: cc¿ Qué debo hacer ?» Estamos en 1871. Por medio de invenciones maravillosas, que le permiten trasladarse de un lugar á otro con increíble celeridad, V hallarse presente en todas
LA RUSIA TERRORISTA partes, el hombre presencia el espectáculo de una civilización conmovida por la idea de reivindicar los derechos del pueblo. Sigue palpitante todas las peripecias del drama representado á orillas del Sena. Ve correr la sangre y oye los gritos de mujeres y niños ametrallados al pie de las fortificaciones. r Por qué se muere ? Por la emancipación del obrero, por la noble idea social. Y al mismo tiempo llegan á sus oídos las tristes quejas del campesino ruso, en las que están concentrados los padecimientos de largos siglos de opresión. Ve aquella extremada miseria, toda una vicia llena de ansiedad, dolor y ultrajes. Ve al campesino debilitado por el hambre, rendido de fatiga, eterno esclavo de las clases privilegiadas, que trabaja sin descanso y sin esperanza de redención, porque el gobierno le mantiene en la ignorancia y nadie cuida de instruirle ni le tiende la mano. ¿ Nadie ? ¡ Eso no ! Ahora va sabe qué hacer. El le tenderá la mano. ¡ El le dirá cómo puede emanciparse y ser feliz! Su corazón se apiada de ese desgraciado que sólo sabe lamentarse. Brilla en sus ojos el entusiasmo y pronuncia en lo íntimo de su alma el solemne juramento de consagrar su vida, todas sus fuerzas y todos sus pensamientos á la, liberación de aquel pueblo que padece para que él, hijo del privilegio, pueda vivir cómodamente, estudiar, instruirse. Se quitará el lujoso vestido que le abrasa las carnes, y se pondrá el burdo sayo del campesino, sus groseros zapatos y, abandonando el suntuoso palacio de sus padres, que le oprime como el peso de un delito, irá á confundirse con el pueblo en una provincia lejana, y allí el débil descendiente de un linaje de nobles cumplirá el penoso trabajo del campesino soportando todas las privaciones para predicar la palabra de redención, el evangelio de nuestro siglo : el socialismo. No le importa el furor de los esbirros del gobierno. No teme el destierro ni la deportación ni la muerte. Penetrado
24 STEPNIAK de una idea sublime, clara, espléndida como la luz del sol, desafía todos los padecimientos y arrostrará la muerte con la sonrisa en los labios. Así nacieron los socialistas revolucionarios de 1872 y 74. Así eran sus precursores de 1866, los desventurados Karakoso7'zi, pequeño núcleo de nobilísimas inteligencias que se desarrollaron al influjo de la Internacional y se extinguieron sin dejar huella de su paso. Unos y otros representan el movimiento intelectual ruso: los primeros en el decenio de 1860-70 y los segundos desde el 71 hasta nuestro« días. Qué contraste ! El nihilista busca á cualquier precio la felicidad para sí, y tiene sus ideales en la vida «racional y realista». El revolucionario trabaja por la felicidad ajena y le sacrifica la propia. Su ideal es una vida de padecimientos coronada por una muerte heroica. Y, no obstante, el destino ha querido que los primeros, no conocidos fuera de su patria, carecieran de nombre en Europa, y que los segundos, habiendo conquistado una reputación terrible, lleven el nombre de los primeros. ¡ Qué ironía!
lia propaganda I Según hemos visto, el movimiento revolucionario ruso fué resultado de los ejemplos y de las ideas difundidas en Europa occidental y aceptadas con la mayor decisión por los jóvenes rusos allí residentes. Ahora debo examinar detenidamente las verdaderas causas de aquel resultado y su ' respectivo origen, como se hace al hablar de un gran río cuyas fuéntes y desembocadura se conocen, sin saber su curso preciso ni qué afluentes le dan el caudal de sus aguas. Es fácil, por lo que á Europa se refiere, determinar su influjo, cuyas vías son sencillas y patentes. No obstante las preocupaciones del gobierno, nunca se ha interrumpido la comunión de ideas entre Rusia y Eu+ropa. Los libros prohibidos, como las obras de Proudhôn, Fourier, Owen y otros antiguos socialistas, entraban secretamente en Rusia, á pesar del feroz y suspicaz despotismo de Nicolás I. Pero ya fuese por la dificultad de adquirir estos preciosos libros, ó ya por el lenguaje, que los hacía incomprensibles para el común de los lectores, lo cier- to es que no tuvieron decisivo influjo. Pero surgió un ejército de escritores ingeniosos que, inspirándose en las ideas del socialismo, supieron hacerlo accesible á todo el mundo. Al frente de los innovadores estaban
26 STEPNIAK los más brillantes talentos con que puede envanecerse Rusia: Cerniscewsky, profundo pensador, hábil economista, literato, batallador, y cuya noble misión terminó con el martirio, que dura todavía : Dobroluibof, eminente crítico, muerto á los ventiséis años, después de haber conmovido á toda Rusia con sus hellos escritos; Mikailof, profesor y publicista, condenado á presidio por un discurso pronunciado ante sus alumnos, y tantos otros. Hertzen y Ogaref, directores del primer periódico libre en lengua rusa--K olokol., de Londres,—residentes en el extranjero, aportaron su precioso tributo á la generosa obra. Estos fueron los verdaderos apóstoles de la nueva doctrina, que preparaban el terreno para el movimiento actual, educando á la generación de 1870 en las ideas del socialismo. Con la Commune parisiense, que tuvo eco en el mundo entero, el socialismo ruso entró en su fase de acción y se extendió á las aldeas del imperio. La infausta guerra de Crimea puso de manifiesto la podredumbre del eUificio social ruso y la necesidad de restaurarlo ; pero semejante empresa, dirigida por un emperador autócrata que quería conservar sus ((sacrosantos derechos» y las prerrogativas de los nobles temerosos de la revolución, esta empresa no podía ser más que un fracaso. No la criticaremos con la extensión debida; pero debemos hacer constar que hoy todos los periódicos, incluso la Gaceta Oficial, •repiten en diversos tonos lo que valió tantos vituperios á los socialistas, es decir: que las reformas de Alejandro II han sido muy deficientes, y que, en realidad, la famosa emancipación de los siervos no hizo más que empeorar su condición económica, por las crecidas indemnizaciones que tuvieron que pagar en cambio de las porciones de tierra recibidas. La condición mísera y cada vez peor de los campesinos, que forman las nueve décimas partes de la población, preocupó seriamente á todos aquellos que amaban
LA RUSIA TERRORISTA 27 de veras á su patria. Era preciso mejorar esa condición, y cabe afirmar que los ánimos se hubieran inclinado á los medios legales y pacíficos si después de haber libertado á los campesinos del yugo de sus señores, el emperador Alejandro II hubiera dado á Rusia una constitución cualquiera que la hubiese hecho árbitra de sus destinos, dejándole al menos la esperanza de la libertad más ó menos próxima.—Pero no quiso hacerlo en manera alguna. Ccmo la autocracia conservaba todos sus privilegios, no se podía esperar más que en la buena voluntad del emperador. Y con el andar del tiempo disminuía cada vez más esta esperanza. Las reformas de Alejandro II se redujeron A. poca cosa. La insurrección polaca, sofocada con ferocidad sin ejemplo, fué la señal de una reacción cada vez más severa. No era posible fiar en los medios legales y pacíficos ; había que resignarse al mal ó buscar por otros caminos la salvación de la patria. Todos los que sentían latir en su pecho un corazón animoso optaron 16- gicamente por el último partido. Por eso, á medida que arreciaba el furor reaccionario, iba en aumento la efervescencia revolucionaria y crecía el número de sociedades secretas en las principales ciudades. El tiro de revólver de Karakosof fué una terrible advertencia para el emperador Alejandro II. Pero no quiso transigir y la reacción redobló su violencia. En pocos meses desapareció todo lo que conservaba vestigios de los primeros años de liberalismo. Fué una verdadera danza macabra, un verdadero terror blanco. II Después del 66, era preciso ser hipócrita ó ciego para creer en la posibilidad de cualquier mejora sin emplear medios violentos. El entusiasmo revolucionario creció á ojos vistas y sólo faltaba prender fuego á la
34 STEPNIAk prevenir al recién llegado ó á su huésped. Cuando la casita es demasiado pequeña para tanta gente, se le conduce á la casa comunal ó á la calle, donde lee sus libros ó pronuncia sus discursos bajo la bóveda del cielo. Es evidente que en tales condiciones el gobierno debía enterarse bien pronto de la propaganda que se hacía entre los campesinos. Las detenciones fueron cada día más numerosas. Una circular oficial declaró que estaban infestadas de la epidemia socialista treinta y siete provincias. Nunca se supo el número total de las prisiones. En un solo proceso, el de los 193, que duró cuatro años, el número de detenidos se elevó â más de un millar. Pero otros grupos bajaban atrevidamente á la arena tan pronto como parecían ceder los primeros. El movimiento duró dos años con intensidad variable. Y, finalmente, fué preciso reconocer que aquello era como querer abrir con las manos brecha en una muralla. En 1875, . el movimiento cambió de aspecto: desistióse de la propaganda dirigida á las masas y, en lugar de la primitiva táctica, se adoptó. la llamada colonización (5oselenia)—es decir, la agrupación de un núcleo de propagandistas en determinada provincia, ó, mejor dicho, en un distrito. Para evitar los escollos en que tropezó el movimiento de los .años precedentes, los colonos procedían con gran cautela, cuidando especialmente de nó despertar sospechas y dirigirse tan sólo á los campesinos, como gente avisada y previsora. Las colonias, que.. corrían menos riesgo de ser descubiertas, persistieron con diversa fortuna por espacio de algunos años, y, en parte, duran todavía. Pero en rigor no podrán hacer gran cosa, teniendo en cuenta lo vasto del territorio ruso y la necesidad de limitar la propaganda á los países escogido
LA RUSIA TERRORISTA IV En 1877 y 1878 se vieron numerosos procesos que marcaron el fin de aquel primer período de actividad revolucionaria en Rusia. Deseoso de imitar al segundo imperio francés, que se había servido admirablemente del espectro rojo, el gobierno ruso ordenó que el primer gran proceso—el de los Cincuenta, de Moscou—fuese público, esperando que, ,atemorizada la burguesía., se agruparía alrededor del trono, abandonando sus recientes tendencias liberales. Pero sucedió que los mismos á quienes se debía considerar como enemigos de los revolucionarios quedaron maravillados al presenciar aquel gran sacrificio. —¡ Son santos !—Tal era la palabra que salía de labios de los que habían presenciado aquel acto memorable. El proceso monstruo de los 193 no hizo más que confirmar esta opinión. Y en efecto, todo lo que hay de noble y sublime en la naturaleza humana, parecía concentrado en aquella juventud generosa. Entusiasmada, subyugada por sus grandes ideas, quería sacrificar no sólo la vida, el porvenir y la posición social, sino hasta el alma. Trataba de purificarse de todas las preocupaciones, de todos los afectos personales para dedicarse única y exclusivamente á sus ideales.—E1 sacrificio quedó erigido en dogma. Y durante muchos años prevaleció en la juventud el ascetismo absoluto. Los propagandistas no querían nada para sí y personificaban la abnegación más pura. Pero aquellos hombres eran sobrado románticos para los combates que se avecinaban. El tipo del propa- 35
36 S'rEPNIAK gandista en los primeros años del decenio era más religioso que revolucionario. Su fe era el socialismo y su Dios el pueblo.---A pesar de todos los obstáculos, creía firmemente que la revolución debía estallar de un momento á otro, como en la Edad media se creía en la proximidad del día del juicio. La implacable realidad le hirió en su fe y en su entusiasmo, mostrándole á su Dios tal como era y no como él lo soñaba. Estaba más dispuesto que nunca al sacrificio; pero carecía del ímpetu y de las pasiones de la lucha. Después de los primeros desengaños, no esperaba la victoria y ambicionaba más bien la corona de espinas que la de laurel. Iba al martirio con la serenidad de un antiguo cristiano y lo sufría todo resignado y hasta lleno de voluptuosidad, porque sufría por su fe. Era todo amor y no sabía odiar á nadie, ni aun á sus verdugos. Tal era el propagandista del 72-75. Sus ideales no le hacían apto para la inminente y reñida batalla, y no pudiendo transformarse, debía desaparecer forzosamente. Otros se disponían á substituirle. En el horizonte se dibujaba una figura iluminada por una claridad siniestra, y que con frente altiva, con mirada llena de odio y furor salía de entre la multitud asustada para pasar á la escena de la historia. Era el terrorista.
El kerrrrorrisrno t Los años 1876 y 1877 fueron los más sombríos para los socialistas rusos. Costô inmensos y terribles sacrificios el movimiento propagandista. Una generación entera fué segada por el despotismo, presa de miedo y rabia. Las prisiones estaban atestadas de propagandistas y, como no bastaban las antiguas, hubo necesidad de construir otras nuevas. ¿ Y el fruto de tantos sacrificios ? ¡ Ah, cuán mezquino era comparado con la magnitud del esfuerzo Qué podían hacer los contados obreros y campesinos amantes de las nuevas ideas ? ¿ Qué cabía esperar de las ((colonias» esparcidas por el imperio ? El pasado era triste; el porvenir, incierto y tenebroso. Pero, á pesar de todo, persistía el movimiento. Las almas, encendidas en amor, buscaban otra vía para llegar al mismo objeto. Pero era difícil encontrarla en aquella época. El trabajo, largo y difícil, ocasionó muchas víctimas, porque era como buscar la salida en un obscuro subterráneo lleno de trampas y precipicios, donde cada paso cuesta una vida y donde los gritos de los hermanos que caen son para los sobrevivientes la única indicación del camino.
STEPNIAK El movimiento propagandista era una sublime prueba del poder del Verbo. Por una reacción natural se buscó el camino opuesto----el del Hecho. No hemos triunfado porque éramos unos parlanchines incapaces de cualquier obra seria. Tal fué la acerba censura que á sí mismos se dirigían los sobrevivientes del gran movimiento, frente á la nueva generación revolucionaria que vino á ocupar el puesto de la precedente, y el grito de «¡ A la acción!», fué más general que lo había sido años antes la aspiración de confundirse con el pueblo. Pero r cuáles eran las acciones que debían cum - plirse ? Impulsados por su generoso deseo de sacrificios, los revolucionarios trataron, ante todo, de organizar una. sublevación en el pueblo. Desde el 75 se constituyeron las primeras sociedades de los llamados Kuntari (rabiosos) de Kief, Odessa y Karkof, con el firme objeto de promover una sublevación inmediata. Pero las revoluciones y hasta los tumultos populares nacen espontáneamente y no se dejan cocinar corno un pastel. Una ola. tentativa.--la. de Estefanovitch, ---basada hábilmente en las agitaciones y las aspiraciones locales, logró éxito relativo. Las otras ni aun tuvieron esta. fortuna., pues fueron descubiertas y deshechas antes de que se realizaran los propósitos de los conspiradores. En las ciudades se manifestó la misma tendencia en otra forma: los revolucionarios realizaron sus primeras tentativas para luchar contra el ejército. Los años 76-77 y los primeros meses ciel 78 se distinguieron por un período de manifestaciones más 6 menos enérgicas, como los funerales de Chernischef y Padlewsky, la demostración de Ja plaza de Kazan, que tuvo un fi n trágico, y al fin la de Odessa, el día de la condena de Kovaisky, con una verdadera batalla con in uertos y heridos por ambas partes y algunos centenares de detenidos.
LA RUSIA T E RROItIS'.CA Era indudable que por este camino no se podía avanzar un solo paso. La desproporción entre las fuerzas materiales que están á disposición ciel partido revolucionario y las del gobierno, era demasiado grande para que estas demostraciones alcanzaran el éxito apetecido v diesen otro resultado que un voluntario sacrificio de la juventud en aras del Moloch imperial.—Una revolución ó un motín importante á estilo parisiense es imposible entre nosotros.—Nuestras ciudades no constituyen más que el décimo de la población, y la mayor parte no son más que aldeas, distantes muchos centenares de kilómetros una de otra. Las verdaderas ciudades, es decir, las de diez ó quince mil habitantes, no forman más que el cuatro á cinco por ciento de toda la población, en junto, tres ó cuatro millones. Y el gobierno que tiene á sus órdenes el contingente militar de todo el pueblo—es decir, un millón doscientos mil soldados,—puede transformar las cinco ó seis ciudades principales y más temibles en verdaderos campamentos militares. Esta consideración debe tenerse en cuenta para comprender las causas de lo que sucedió después. Se desistió de las manifestaciones en la calle y ya no se celebró ninguna á partir del año 1878. Pero aquel período señaló un cambio notable en el tipo revolucionario, que dejó de ser lo que era cinco años antes. No se había distinguido por ningún acto de audacia, pero, á fuerza de pensar siempre en lo mismo, á fuerza de repetir que las balas valen más que los argumentos, á fuerza de concebir proyectos extraordinarios, modificó su temperamento y fué hombre. Por su parte, el gobierno hacía todo lo posible para excitar los ánimos y disponerlos á la rebeldía. Bastaba la más leve sospecha para llevar á un hombre á la cárcel. Unas señas, una carta encontrada en poder de un amigo, una palabra oída á un muchacho de doce años que no sabía lo que decía, eran suficientes 30
4 0 STEPNIAK para arrojar al sospechoso á la cárcel, donde languidecía años y años sometido á todas las crueldades del sistema celular ruso. Para dar idea de esto bastará decir que durante la instrucción del proceso de los 193, que duró cuatro años, el número de suicidas, clementes y muertos se elevó á setenta y cinco. Las sentencias del tribunal especial, que era sólo un dócil instrumento en manos del gobierno, revelaban una severidad increíble. Se imponían diez, doce ó quince años de presidio por clos ó tres discursos pronunciados ante corto número de obreros ó por un libro leído 6 prestado.—Aquello que se hace libremente en todos los países de Europa, se castigaba entre nosotros como un homicidio. Pero no satisfecho con estas atrocidades el gobierno, agravaba todavía., por meclio ele órdenes secretas, los padecimientos de los socialistas, hasta el punto de que en la prisión central de Karkof, llamada «Casa de los Horrores», se amotinaron varias veces los presos políticos, que deseaban ser equiparados á los detenidos por delitos comunes. ¡ Tan mísera era su condición! Y de vez en cuando, por conductos que sólo sabe encontrar un preso, llegaba desde aquellos calabozos una carta escrita en un pedazo ele papel, en la que señalaban las injurias infames, las inútiles crueldades que los carceleros realizaban para complacer á sus superiores.—Estas cartas iban de mano en mano y las noticias pasaban de boca en boca, haciendo verter lágrimas de dolor y de rabia y suscitando en los ánimos más serenos pensamientos de sangre, de odio y de venganza. II Los primeros hechos de armas empezaron un año antes de que el terrorismo se erigiese en sistema. Fueron casos aislados, sin alcance político, pero que de-
LA RUSIA TERRORISTA mostraban claramente que los esfuerzos del gobierno daban sus frutos y que la miel del socialismo se convertía poco á poco en hiel de odio.—Nacidos de resentimientos personales, tuvieron por objeto á los enemigos inmediatos—los soplones,—y en diversas partes de Rusia perecieron media docena de ellos. Evidentemente las cosas no podían parar aquí ; si se perdía el tiempo matando á un vil espía, ¿ cómo dejar vivir impunemente al gendarme que lo envía ó al procurador que de las delaciones del soplón toma pretex- to para encarcelar á inocentes ? ¿ Por qué perdonar al jefe de los gendarmes, que es el verdadero responsable de los crímenes cometidos ? La lógica de la vida debía obligar á los revolucionarios á subir lentamente esa escala, y no cabía dudar que la subirían, porque se podrá negar á los rusos todas las cualidades que se quiera, menos la lógica. El hecho de no detenerse frente á las consecuencias prácticas del raciocinio, es una de las particularidades más notables del carácter ruso. De improviso surgió un acontecimiento de extraordinaria importancia. que dió al movimiento más gallardo impulso, y lo que habría tardado muchos años en ocurrir, sucedió en un solo día. El 24 de enero de 1878, Vera Zassulich disparó un tiro contra el general Trepof.—Dos meses después fué absuelta por el Jurado. No explicaré el hecho .ni daré minuciosa cuenta de lo ocurrido durante el proceso. Todo el mundo está enterado de tales sucesos, y aun ahora, cuando han transcurrido más de cuatro años, todos recuerdan el sentimiento de admiración que invadió los corazones sin diferencia de partidos 6 clases. Es fácil imaginar lo que debió pasar en Rusia. Vera Zassulich no era terrorista, sino más bien el ángel de la venganza. Era una víctima que se ofrecía voluntariamente al sacrificio para lavar de una ofensa 41
42 STEPNIAK el honor del partido.--Y, no obstante, es includable que, si todos los que se han distinguido por su ,crueldad debiesen temer á una Zassulich, podríais dormir tranquilos. De todas maneras, aquel suceso dió poderoso impulso al terrorismo, iluminándolo con una aureola divina y dándole la . sanción del sacrificio y la de la opinión pública. La absolución de Vera Zassulich equivalía á un fallo contra todo el sistema arbitrario y á levantar la mano vengadora contra los esbirros. Y la prensa y el público estuvieron unánimes en confirmar la sentencia de los jurados. Y cómo acogió el gobierno los votos de la nación ? El emperador Alejandro II fué personalmente á visitar á Trepof, cubierto de ignominia, y mandó buscar por toda la ciudad á Vera para que la llevasen nuevamente á la cárcel. No se podía demostrar más ostensiblemente el desprecio á la justicia y al sentimiento público, y el descontento careció, porque al resquemor de la ofensa se añadía aún el dolor del desengaño. Debiera detenerme aquí para analizar el movimiento puramente liberal que germinaba en las clases cultas y privilegiadas del Imperio, desde el entronizamiento de Alejandro. No pudiéndolo hacer ni aun brevemente, diré tan sólo que lo que le imprimió mayor actividad fué la guerra contra Turquía, así por haber evidenciado, igual que la guerra de Crimea, todas las vergonzosas llagas de nuestro sistema social, como por las esperanzas que hizo concebir respecto á la reorganización del Estado, especialmente después de la Constitución que Alejandro IT concedió á Bulgaria. El regreso del emperador á su capital coincidió con la absolución cíe Vera Zassulich.... Los liberales se llamaron á engaño. Y entonces fué cuando, desesperados, se dirigieron al único partido que
LA RUSIA TERRORISTA luchaba contra el despotismo: el partido socialista. Las primeras tentativas de unión de ambos bandos datan del arlo 1878. III Por su parte, el gobierno parecía obstinado en exa.,- perar no sólo á los liberales, sino también á los revolucionarios. Obedeciendo á viles propósitos de venganza, redobló su crueldad contra los socialistas que tenía en su poder.—El emperador Llegó al extremo de anular un decreto del Senado que, como medida general, absolvía á la mayor parte de los complicados en el proceso de los 193. Qué gobierno era, aquel que, descaradamente, se dirigía contra todas las leyes riel país y que no quería apoyarse ni en la, nación ni en una clase determinada, ni en una ley que era obra suya? ;Qué representaba más que la fuerza bruta? Todo era lícito contra semejante gobierno. No representaba las aspiraciones de la nación y ni siquiera de la. mayoría; era una oligarquía orgullosa y fuerte. Por eso los ciudadanos no debían respetarla., come no se talera á unos malandrines que, prevaliéndose de su fuerza, tratan de robar á pacífico viandante. Pero ¿ cómo librarse de una pandilla atrincherada detrás de un bosque de bayonetas? ¿ Y cómo librar de ella á la patria? Como era absolutamente imposible derribar por la fuerza aquel muro, como se había hecho en países más afortunados que cl nuestro, era preciso atacar de flanco para lanzarse sobre la pandilla sin que êsta pudiera valerse de la fuerza desde su posición inexpugnable. Así nació el terrorismo. Concebido en el odio, robustecido por el amor rï Ia. patria. y la esperanza, creció en una atmósfera eléctrica impregnada del entusiasmo despertado por un acto heroico. 43
STFPNIAK blaré sólo de aquellos á quienes he conocido personalmente—y eso basta para demostrar que elijo á la ventura, pues en un movimiento tan vasto y en país tan grande como el nuestro, no se puede tener más que un limitado círculo de amigos.---En cuanto al orden de exposición, no me he limitado ni á la importancia que tuvo el movimiento, ni á la relativa celebridad de los individuos. Por eso no empiezo hablando de Sofía Perovskaia, de Vera Zassulich ni de Pedro K,ropotkin. Como verán mis lectores, he procurado en mis retratos hacer resaltar claramente, en contraste con las figuras, el carácter general del partido. He buscado para mi relato la forma, tal vez un poco frívola, del asunto en que me ocupo, es decir, la de los recuerdos personales, como la más apta para conservar ciertas particularidades de color local, que si bien insignificantes por sí mismas, en su conjunto contribuyen á dar una idea de la vida original de la Rusia revolucionaria, propósito que es, á mi juicio, el principal, por no decir el único.. Todo esto lo digo no ya dirigiéndome á la policía rusa, que lo conoce perfectamente, sino para ti, buen lector, á fin de que cuando leas estas líneas no pueda entristecer tu corazón generoso la idea de que tal vez un día podrías ser causa de tortura de un ser humano en los obscuros calabozos de la fortaleza de Pedro y Pablo.—Y después de este largo proemio, permite que te presente á mi primer ,campeón y amigo queridísimo, Jacobo Estefanovich.
LA RUSIA TERRORISTA JACOBO ESTEFANOVICH I En verano del 1877, el distrito de Chiguirino estaba revuelto. Los gendarmes corrían ,de una parte á otra como alma que lleva el diablo; los ccstanovich» y el «ispravnik» no se daban punto de reposo. El propio gobernador acudió al lugar del suceso.— De qué se trata ?—La policía instruida por algunos sacerdotes que, abusando del secreto de la confesión, se habían convertido en delatores, tuvo noticia de que entre los campesinos se había fraguado una terrible conjura, á cuya cabeza figuraban los nihilistas, gente osada, capaces de todo. Pero no había medio de penetrar mejor los secretos de la conjura, porque los campesinos, sabedores de que se les había traicionado, tomaron la resolución de no volver á confesarse.—Entretanto no había tiempo que perder. La conjura se extendía cada vez más, según lo revelaban síntomas claros y alarmantes. Para no descubrirse á sí mismos en estado de embriaguez, los conjurados se abstenían de beber aguardiente, y en los municipios donde estaban en mayoría decidieron cerrar los kabaki, es decir, las tabernas donde se vende aguardiente, la única bebida espirituosa usada por el pueblo.—Era un dato infalible para reconocer los progresos del movimiento, y, no obstante, cada vez era más dificíl descubrirlo y detenerlo.—Se practicaban pesquisas de todos géneros, se encarcelaba á centenares de personas, pero no se descubría nada. 51
52 sTr PN l A K Los campesinos no chistaban y ni aun el castigo le; hacía despegar los labios. Era inminente una rebelión á mano armada. Súpose que los conjurado_ fabricaban en secreto pica;- --come) los san.i s culotte de París----y que compraban segures y cuchillos. El istirat'nik mandó instalar adrede una feria de hachas y cuchillos, para ver quién los compraría. Pero los conjurados adivinaron su intento y nadie se acercó á los puestos de venta. Los policías estaban desesperados y no sabían á qué atenerse. Pero he aquí que una noche llegó á casa del is firavnik el duefío de uno de los kdbaki, Konograi, y le declaró que había llegado á su establecimiento un campesino llamado Pridkodko, que, rendido de fatiga, había bebido un vaso sde aguardiente que le embriagó, pues no había comido durante el día. Hallándose borracho, había gritado que en breve todo se iría á rodar, que había jurado ya y que había visto unos «papeles». Era indudable que el aldeano tomaba parte en el complot, y Konograi concibió entonces el plan de asociarse, por medio de Prikodko, á los planes de los rebeldes. Pero se requería un previo juramento y quería que el ispraz>uik le autorizase para prestarlo.—Este último no cabía en sí de gozo. Le autorizó á prestar todos los juramentos ciel mundo, le alentó y prometió tierras y dinero. Poco después, Konograi prestó el juramento y Prikodko le mostró los «papeles», que indicaban el plan de la conjura. Después de leerlos, Konograi se dirigió á su huésped y le dijo bruscamente: —Oye, compadre; conoces los nombres y todo lo demás. Ahora escoge: ó vamos juntos á casa del ispravnik ,con estos papeles, y te perdonarán y tedarán todo el dinero que desees, ó eres hombre perdido, porque estos papeles puedo llevarlos yo solo. :Puesto entre la espada y la pared, el miserable, en vez de matar á Konogra.i, optó por traicionar á sus hermanos.
LA RUSIA TERRORISTA No lo sabía todo, pero su delación bastó para aniquilar á los conjurados. Al poco tiempo la policía estaba enterada del complot y conocía á los comprometidos, desde el primero al último. Era un negocio peligroso. El número de los afiliados ascendía á unos tres mil y se extendía por diversas provincias ; estaban organizados militarmente ; la serial de la insurrección y de la guerra civil debía darse en breve, en una fiesta popular. Este maravilloso edificio fué construíclo en menos de ocho meses y fué obra de un solo hombre. Y este hombre se llamaba Jacobo Estefanovich y había concebido un plan de un atrevimien- to sin límites. Se hallaba fundado no sólo en las aspiraciones, sino también en los prejuicios del pueblo, al cual conocía á fondo, pues había pasado toda su juventud en medio de humildes campesinos. Su partido no le aprobó en absoluto y le abandonó en la hora decisiva. Palló el intento. Poseedor de pruebas fehacientes, el gobierno detuvo á más de mil personas, y entre ellas á los jefes. Los demás huyeron. Algún tiempo después fué detenido Jacobo Estefanovich, cuando se dirigía á una reunión de los conjurados en compañía de su amigo Leo Duc. Pocos días antes había sido detenido el cajista que compusiera el «plan)) y las ((proclamas)), Juan Bokhanovsky. Pasaron meses en la cárcel de Kief y no tengo necesidad de decir si estarían bien vigilados.—Su proceso debía tener lugar en verano de 1878. II Pasé aquel verano en San Petersburgo. i11 uy á menudo visitaba á la señora X, distinguida pintora, que in ilitaba en nuestro partido. No tenía que hacer allí gran cosa, pues la señora X, aun cuando prestaba á la 53
54 STEPNIAK causa común importantes servicios, ocupábase principalmente en asuntos que no eran de mi incumbencia. Pero no había medio ,de resistir al encanto de su persona, elegante y artística, y á su conversación ingeniosa y llena de imágenes. Y no era yo el único de los ilegales que cometían aquel menudo pecado. Así, pues, yo iba á su casa. Un día llegué más temprano que de costumbre, y como la señora no estaba allí, resolví esperarla. Poco después vino la señora R***, que era muy amiga a. de los entusiastas de Kief, y á quien yo .conocía un poco. Empezamos á charlar y así pasó media hora. De improviso sonó fuertemente la campanilla de la antesala. No podia ser la. dueña, cuyo modo ele llamar nos era bien conocido; tampoco se trataba ele uno de los nuestros, porque todos nuestros amigos tel]Ian una seña particular para anunciarnos su llegada. Sin duda era un agente de la autoridad. -- -Al fin vimos que era un ordenanza de telégrafos. El despacho venía dirigido á la señora X, pero la señora R*** lo abrió, cosa que iio extrañé, porque conocía la amistad que las unía. Pero he aquí que después de leer el telegrama empezó á batir palmas y dió otras señales de marcado regocijo. Quedé como aturdido, porque conocía bien el carácter poco expansivo de aquella señora. --,! Qué es ?- - pregunté. ---¡ Mira, mira !---gritó enseñándome el telegrama. Lo leí. Vi las señas y luego estas cuatro palabras: A'ació nil"ro varvtr. Alegraos. Y seguía, la firma y nada más. Le gustan á usted mucho los niños----pregunté,- ó lo celebra por la madre? -- ¡ Pero qué madre ni qué niños ! —exclamó la señora 1 * , agitando la mano. --- ¡ Han escapado de la cárcel! Quién? ? Dónde ha sido i' ¿ Cómo?
u k`‘ ^ n^^^ ^^AC^+'.TA^^ ^E ,$ .,. LA RUSIA TERRORISTA - ¡ Son ellos ! ¡ Estefanovich, Duc y Bokhanovsky Los de Kief -- ¡ Los tres ! — ¡ Todos, todos! Entonces empecé, alborozado también, á batir palmas. Algunos días después llegó una carta que anunciaba la próxima llegada de Estefanovich y Duc á San Petersburgo. —Yo deseaba ardientemente trabar conocimiento con nuestros valerosos amigos, y especialmente con Estefanovich, á quien varias veces me había dirigido para tratar de asuntos relacionados con nuestra causa. Supliqué al amigo encargado de ir á esperarle en la estación que, si era posible, lo trajese á mi casa la misma noche de su llegada.—Vivía con el pasaporte de un alto personaje, disponía de una habitación libre v estaba en buenas relaciones con mi patrona y el d7'ornik (portero). Por consiguiente, no había peligro alguno. Esperé con ansiedad el día fijado. El tren llegaba á las diez. Ante todo, Estefanovich debía ir otro sitio para cambiar de vestido y purificarse, lo cual equivalía á despistar á los soplones, en el caso de que le hubiesen atisbado en la estación del ferrocarril. Por eso no podía venir antes de media noche. Al dar las once, yo no podía contener mi impaciencia y consultaba sin cesar el reloj. El tiempo transcurría con lentitud sobrada. La casa donde yo vivía estaba situada de tal modo, que no podían venir más que por una calle larga, larguísima. Salí para ver si llegaban. Era una de aquellas mágicas noches blancas que constituyen una de las mayores bellezas de San Petersburgo, cuando la aurora y el ocaso se besan en el pálido cielo sin estrellas, por el cual se difunde una luz rosada, suave, sutil, fantástica, •mientras doradas nubecillas se ciernen en el aire de encantadora transparen- V ^nr ,;€^,•, .frif.r0-0
56 STEP\lAK cia.—¡ Cuánto me gustaban aquellas noches en los tiempos en que solo, en una pequeña duschelzublea de un solo remo, paseaba por el inmenso Neva, entre la bóveda del cielo y aquella otra bóveda reflejada en las negras aguas, que parecía de un profundidad sin límites!... ¡ Y cómo empecé después á odiar aquellas maldecidas noches policíacas !—No había medio de salir á dar una vuelta : podía atraer las miradas de un soplón vagabundo ó de un polizonte que me seguiría hasta mi casa, lo cual me era poco agradable aquella noche.—Pero cuando dieron las doce y noté que nadie se presentaba, mi impaciencia se convirtió en esa cruel angustia desconocida para muchos hombres y que sólo siente el revolucionario ruso que todos los días, al separarse de su esposa. 6 de un amigo querido, no sabe si volverá á verles. — Ilallábame embargado por los más tristes pensamientos, cuando diez minutos después de media noche, oí abrirse la puerta de la calle. Resonaron pasos en mi escalera. Fuí á abrir. ¡ Eran ellos !- Reconocí en seguida á Estefanovich, porque mientras estaba en la cárcel los gendarmes le fotografiaron, como suele hacerse con los detenidos políticos. Después de su fuga, esas fotografías fueron distribuidas entre los agentes encargados de capturarle, y algunas llegaron á poder nuestro. Me arrojé á sus brazos sin decir palabra y le besé cordialmente. Después di las gracias á mi amigo y me fui con Estefanovich á mi cuarto ; me parecía increíble verle libre, ver á mi lado á un hombre que tenía ya la cuerda ciel verdugo al cuello v cuva muerte llorábamos todos. Con tácito acuerdo empezamos á tutearnos y nos tratamos como viejos amigos. Recordamos nuestras antiguas relaciones. Me dijo que no esperaba encontrarme en San Petersburgo, porque en las provincias se creía que yo estaba aún en Ginebra. Conociendo los pormenores de su fuga, le pedí Inc explicase cómo había rea- J
LA RUSIA TERRORISTA Iizado el - viaje, con las estaciones llenas de soplones que le buscaban. Se sonrió y empezó su relato. Yo contemplaba á aquel hombre terrible, que, desafiando todos los obstáculos, solo y sin más ayuda que su indómita energía, supo convertirse en Arbitro ,absoluto de tantos millares de campesinos y que estaba allí para organizar y dirigir una sublevación tremenda. Era de mediana estatura y de complexión poco robusta, de pecho hundido y estrechos hombros. Físicamente debía ser muy débil. —Nunca he visto hombre más feo. Un verdadero semblante de negro á más bien de tártaro : pómulos salientes, boca enorme y nariz aplastada. Pero era una fealdad atractiva. Sus ojos grises revelaban poderosa inteligencia. Su sonrisa tenía algo de malignidad y de mofa sutil, como el carácter de la raza ukrania, á la que pertenecía. Cuando refería alguna pesada broma hecha á la policía, se reía de todo corazón y mostraba susdientes, bellos y blancos corno el marfil. Toda su fisonomía, sus cejas fruncidas y su mirada fría y segura expresaban decisión y al propio tiempo gran dominio de sí mismo. Observé que al hablar no cambiaba el gesto de su cara. Hablamos de nuestros amigos, á quienes había visitado durante el viaje, de los proyectos que le traían á San Petersburgo y de otras muchas cosas. Che il tacer c bello si com'era il parlar colà dove era. Pude apreciar la rectitud de su juicio en much as cuestiones, tratadasdesde un punto de vista nuevo y muy práctico---y ob:;ervé especialmente el gran conocimiento que tenía de los hombres, á quienes apreciaba según su valer, inclinándose siempre al pesimismo. Al despuntar el alba, termina nuestrocoloquio, y nos retirarnos á descansar por breves lloras, 57
STEPNIAK III Estefanovich permaneció un mes en San Petersburgo. Nos veíamos con frecuencia. Tuve luego muchas ocasiones de tratarle y conocerle, 6, lo que es igual, amarle.—Era un hombre extraordinario y muy complicado, de agradable carácter y poderoso ingenio, uno de aquellos hombres que han nacido para prevalecer sobre los demás, como lo demostró en Chiguirino. Pero su fuerza no es la que va dirigida al objeto, como la bala de cañón al blanco, rompiendo 6 derribando todo lo que á ella se opone; no: era una. fuerza que se cornpl,ace en ocultarse, que se dobla para enderezarse luego. Se asegura de el y se cree que es muy astuto.--- Es un hombre discreto, concentrado en sí mismo. Habla muy poco y jamás perora en las reuniones públicas. Escucha siempre, con la cabeza inclinada, sobre el pecho, como si durmiese. Nunca, interviene en discusiones teóricas, pues las desprecia, y cuando se ve obligado á oir la lectura de un «programa» 6 «memorándum» duerme de veras, como lo prueban sus ronquidos. Hombre de acción exclusivamente, pero no de acción inmediata, como aquellos que se enardecen antes del combate. Sabe esperar. Tiene designios de gran alcance y es el más hábil organizador que yo he conocido. Su entendimiento clara) y eminentemente práctico, su carácter enérgico y sutil, su gran conocimiento de los hombres y del arte de tratarles, que le es tan familiar, le hacen muy apto para tan difícil tarea.-----Por lo que se refiere á los hombres, es mu y escéptico, pero al mismo tiempo capaz de sentir una amistad sincera sin limites. Su amigo predilecto es L. D., de quien no se separa más que lo que le cbligan á ello asuntos del partido, y entonces se dirigen mutuamente cartas lar-
LA RUSIA TERRORISTA guísimas, que conservan cuidadosamente y que á nadie muestran, dando así materia á constantes burlas por parte de los demás amigos. No obstante todas las vicisitudes de su vida, jamás rompió las relaciones con su padre, viejo párroco de aldea, cosa arriesgada para un hombre que perturbaba á una ciudad entera cuando sabían que estaba en ella.—Le ama, le venera y habla de él á menudo; cuenta con placer anécdotas suyas y recita trozos de sus cartas, que demuestran su rústica inteligencia y su natural sencillo y bueno. DEMETRIO CLEIiIENS I No es muy joven. Figura entre los viejos chiaikovai, y ahora debe de tener 36 6 37 arios. Fué detenido en marzo de 1879 y sigue en Siberia. Sus hábitos no revelan al conspirador. Es un buen hombre, excelente compañero, narrador inimitable ; tiene fácil palabra, estilo ameno y esmaltado con bellas imágenes, adornado con todos los tesoros de la riquísima lengua popular rusa, que él habla como Giusti escribía el toscano. Es tal vez el mejor de nuestros propagandistas populares. Brilla en su género, donde es incomparable. No se .asemeja al apasionado y profético de Catalina Bresckovskaia, ni al socrático y presuntuoso de Miguel Kuprianof, joven de raras cualidades ; muerto en la 59
66 STFPNIAk No es hombre de bandería. Socialista profundamente convencido, corno correspondía á hombre tan versado en la ciencia económica y social, puso al servicio de nuestra causa su vasta doctrina y su claro y perspicaz entendimiento. Pero no era apto para vivir en el limitado ambiente de las sociedades secretas.--No sabía formarse una patria, una familia, todo, en la sociedad á la cual pertenecía. Vivía siempre un poco 'distanciado. No sentía ni asomo de la ambición de cuerpo y de partido que constituye uno de los más poderosos móviles del conspirador. Amaba al mundo entero y no rehuía la menor ocasión de demostrarlo. Por eso escribía en las hojas clandestinas y mucho más en los periódicos «legales», en varias revistas de San •Petersburgo con diferentes seudónimos, y lo hacía no sólo porque quería ser independiente y vivir del producto de su trabajo, sino porque buscaba un público más numeroso y asuntos más amplios de lo que consentían los papeles clandestinós. Nunca se decidiô por una de las fracciones que tantas veces han dividido el partido revolucionario en campos enemigos. Lleno de fe por lo que se refería á las ideas socialistas en general, era muy escéptico tocante á los medios en los cuales ven los revolucionarios algo así como l a universal panacea. Y este escepticismo anuló sus fuerzas en una lucha que por su carácter requiere medios exclusivistas. Por eso no tuvo gran importancia corno conspirador. Con su irresistible seducción personal sabía atraer al partido numerosos prosélitos de todas las clases, y especialmente los jóvenes. Pero una vez afiliados no acertaba á proponerles un plan fijo; esta tarea quedaba reservada á otros compañeros. Y no era que le faltase aquella fuerza de carácter que hace al hombre dueño de ajenas voluntades. Al contrario: su poder estaba evidenciado por la magnética fascinación de s u persona.—Ni le faltaba la fuerza
LA RUSIA TERRORISTA 67 de hacer valer sus ideas ,cuando ello era preciso. -- Exento de asomos de ambición ó vanidad, posee en el mayor grado la rara osadía de impugnar las opiniones 6 los apasionamientos de todo el mundo cuando le parecen irrazonables. Recuerdo que algunas veces él solo se opuso á los sentimientos de todo el p.utido. Sin embargo, carece de aquel espíritu autoritario y de aquella dureza de ánimo , que nacen de una fe ardiente y que son precisos para guiar á un grupo de hombres á una empresa frecuentemente desesperada. Por eso no realizó en el movimiento revolucionario la centésima parte de aquello que pudo haber hecho merced á sus nobles cualidades. Con su vasta inteligencia y su generoso carácter podría ser uno de aquellos que ,conducen á un pueblo hacia un porvenir mejor, pero es incapaz de llevar la muerte á entusiastas jóvenes. Es un hermosísimo modelo de pensadores con todas sus virtudes y todos sus defectos. VALERIANO OSSINSKY I Tuve pocas ocasiones , de verle, porque, veloz como el viento del desierto, recorría toda Rusia, y especialmente las comarcas meridionales, de cuyos círculos formaba parte, mientras yo residía constantemente en San Petersburgo. Le conocí en dicha ciudad, cuando vino
68 sTEPNIAK por cuatro ó cinco días tan sólo, para partir luego como una exhalación, y esta vez para siempre... Era un pésimo instante. El general Mesentzef había caído en pleno dia, en una de las principales calles de la capital, y sus matadores habían desaparecido sin dejar el más leve rastro... Como era el primer acto de tal índole, produjo una impresión extraordinaria.-- Pasado el primer aturdimiento, la policía revolvió la ciudad entera. Se hacían incontables pesquisas y detenciones arbitrarias en la calle, á la menor sospecha. Corría el rumor, exagerado tal vez, de que el número de prisiones en los dos primeros días se elevaba á un millar. Era peligrosísimo para nosotros, hombres «ilegales», trasponer el umbral de la puerta. Por eso debí someterme á una de las mayores molestias que surgen en nuestra vida accidentada: la de :la «cuarentena».—Fuí á casa de uno de nuestros amigos, de probada fidelidad, y que ocupaba una posición por la cual estaba al abrigo de toda sospecha; allí estuve metido, sin salir ni aun de noche.—Era un mortal fastidio. Escribía un opúsculo, y cuando esto me rendía entreteníame en leer novelas francesas, para matar el tiempo. De vez en cuando algunos amigos, compadecidos de mi estado, venían á verme. Un día se presentó Olga N. y me dijo que Valeriano Ossinsky estaba en San Petersburgo. No le conocía personalmente ; pero había oído hablar de él con frecuencia.—Era muy natural que desease verle, con tanto mayor motivo cuanto que esta visita rompería, al menos por algunas horas, la insoportable monotonía de mi cárcel. Al anochecer bajé á la calle. Había poca gente, porque la casa de mi amigo estaba en los limites de la ciudad. Pero como era preciso adoptar grandes precauciones así á la entrada como á la salida, me encaminé por una dirección opuesta â la que debía tomar. Al entrar,
LA RUSIA TERRORISTA 6cß después de muchas revueltas, en una calle concurrida, vi cósacos á caballo y con la lanza en ristre, y empecé ^í tropezarme, á cada cien pasos, con soplones que se movían 6 estaban detenidos aquí 6 allá.. Era facilísimo reconocerles, por su aire inquieto y por las. recelosas miradas con que interrogaban el rostro del transeunte. -Son señales que no engañan al ojo experto.—Se trataba de soplones de oficio. Los otros, es decir, los esfiias 75rovisionales, tenían un aspecto mucho más cómico. No eran más que soldados disfrazados de paisano y lo demostraban á primera vista. Iban en pequeños grupos, y como gente acostumbrada de muchos años al servicio militar, no acertaban á caminar en desorden, por lo cual se mantenían invariablemente en fila. Vestían de un modo grotesco. Como por la prisa no había. sido posible dar á cada cual distinto traje, muchos pelotones llevaban igual sombrero, igual pantalón v el mismo sobretodo. Algunos de ellos cubrían casi las narices con g randes anteojos turquís para asemejarse á los estudiantes. Aquel espectáculo era. tan burlesco, que á duras penas pude contener la risa. Después de revistar á muchos piquetes de estos, mc encaminé hacia el local de nuestro Círculo. Al pasar p or una callejuela inmediata, alcé los ojos para ver si había ó no una sombrilla en conocida ventana.—Era la señal de que todo estaba tranquilo, porque á la menor alarma 'debía desaparecer la sombrilla. Estaba allí.-- Pero como yo sabía que los polizontes, noticiosos del uso de señales, observaban muchas veces todas las ventanas y después de la irrupción volvían á. dejarlas del mismo modo, nn satisfecho de la advertencia, avancé con precaución y entré en lugar donde debían darme informes seguros, que no podía. descubrir ni sospechar ningún policía del mundo, aun cuando contase con hábiles espías. Este lugar era... una letrina pública (y perdonen mis lectoras, si las tengo). Allí, en punto convenido,
70 STEPN1AK debía aparecer una seña imperceptible, que se cambiaba todas las mañanas y clos veces al día en los momento s de mayor peligro. La seña estaba en su punto y decía claramente: Tranquilidad perfecta. No cabía la más pequeña duda. Pero como la ((agencia de informes»—así llamábamos, por burla, al lugar referido—distaba por lo menos dos kilómetros de nuestra morada, y en el trayecto podía atraer la atención de un espía, por el camino quise asegurarme de que no me seguían.—No he tenido nunca la costumbre de volver la cabeza ; es la cosa más peligrosa que pueda imaginarse, y debe aconsejarse redondamente á cuantos se hallan en posición difícil, por ser el medio más seguro de atraer á los espías. El mejor recurso para no ser espiado consiste en no preocuparse de ello. Pero como mi situación era excepcional, tan pronto como descubrí una hermosa señora, la miré fijamente y, cuando hubo pasado, me volví para examinarla más atentamente. No había nadie. Estaba á ,dos pasos de nuestro local y subí tranquilamente la escalera. Llamé de un modo especial y me abrieron en seguida. La .sala estaba llena de gente. En la rústica mesa se veían algunas botellas de cerveza, un plato con jamón y otro con pesca salada. Llegaba en buena ocasión: era uno de los menudos banquetes que de cuando en cuando se permiten los nihilistas para distraerse de la tensión de ánimo en que viven sin cesar.—Aquella vez se quería festejar la llegada de Valeriano Ossinsky. Per() él no estaba allí. Todos estaban de buen humor y me acogieron fraterna lmente, á pesar de que yo había roto la consigna. Yo me complacía en esos convites, porque es difícil imaginar nada más alegre y divertido. Todos eran gente ((ilegal» más ó menos seriamente comprometida. Todos Llevaban al cinto puñales y revólveres cargados y esta-
a> LA RUSIA TERK()R1STA ban dispuestos á defenderse hasta la muerte, en caso de sorpresa. Pero, acostumbrados á vivir en medio de peligros, habían terminado por no concederles importancia. Tal vez el riesgo aumentaba en aquella ocasión la alegría de los reunidos. Se oían risas y dichos agudos en torno de la mesa. Y en los ángulos de la sala., á poca distancia, se veían parejas que conversa l -)an en voz baja: eran antiguos v nuevos amigos que se abandonaban á la expansión de sus sentimientos: otra particularidad de los banquetes que he citado. De vez en cuando :se veían señas tradicionales del bruderscka f t germánico.—Aquella necesidad de expansión tan natural entre aquella gente que, par la comunidad de la lucha, ,de las ideas y los peligros, está unida por estrechos vínculos, daba á tales refugios algo de noble y poético que los hacía muy atractivos. II Pedí noticias de Ossinshy. Me dijeron que había ido á casa de un amigo, pero que volvería pronto. En efecto, media hora después entró elegantemente vestido, con guante negro y escarapela en el sombrero, puesta á guisa de salvoconducto. Fuí á su encuentro. Le estreché la mano, que conservé entre las mías, sin poder separar mis ojos de su semblante. Era hermoso como el sol. Esbelto, bien formado, fuerte y flexible como el acero. Su rubia cabeza, un poco erguida, se apoyaba graciosamente en su cuello sutil y nervioso. Su frente, alta y serena, estaba surcada en las sienes por azuladas venas. Una nariz regular y de fino perfil, que parecía trazada á cincel, daba á su fisonomía aquel carácter de belleza clásica que es tan raro en Rusia. Menudo bigote y una suave barba de un
72 fi'I'EPN1AK rubio claro, ocultaban la boca bien delineada, expresiva, ardiente. Y su rostro apolíneo aparecía iluminado por bellísimos ojos azules, grandes, llenos de fuego y de juvenil viveza. Venza de Kief, su ciudad predilecta; pero había pasado por las principales poblaciones de Rusia meridional, donde había visitado los círculos revolucionarios, de los cuales traía nuevas con los últimos proyectos. Ardía en entusiasmo al notar el inmenso desarrollo que en tan poco tiempo había tomado el terrorismo, y, exagerándolo todo en su exaltada fantasía. esperaba grandes é inmediatos resultados de nuestra empresa.--- Yo no compartía todas sus esperanzas, sobrado optimistas ; pero cuando él hablaba no había medio de resistir á su persuasiva y fogosa elocuencia. No era un buen orador en el sentido estricto de la palabra. Pero tenía aquella fuerza que nace de la fe profunda, aquel entusiasmo contagioso que tan fácilmente se comunica á los oyentes. El tono de su voz y la expresión de su rostro persuadían no menos que su palabra. Poseía el hermoso don de hacer de su in• terlocutor, no ya un adversario, sino un aliado, que trataba de convencerse á sí mismo de la bondad de las ideas que el otro vertía. Al oirlo, comprendí cuán ciertas eran las afirmaciones que de él se hacían y la fama que precedía á su nombre. xx* Al día siguiente, Ossinsky vino á visitarme_ Tres ó cuatro días después, salí otra vez de mi madriguera para ir al Círculo. Pero no encontré más que unas líneas de despedida de Ossinsky, que la víspera se haba marchado á Odessa. No he vuelto á verle.
LA RUSIA TERRORISTA En la primavera de 1879 fué detenido en Kief. Su roceso se vió el 5 de mayo de 1879. Fué condenado 4 muerte. La acusación no pudo aducir contra él ningüna prueba decisiva. La sentencia se fundaba únicamente en el hecho de que el acusado había echado mano al ,evólvez, sin empuñarlo siquiera. Pero el gobierno sabía que había caído en sus manos uno de los miembros más influyentes del partido terrorista, y esto bastaba para que se dictase á los jueces lo que debían hacer... Oyó la sentencia sereno, con la frente erguida, pues era un noble y valeroso combatiente. Durante los diez días que transcurrieron desde P1 fallo á la ejecución, permaneció tranquilo y dió muestras de buen humor. Animaba á sus amigos y no tuvo un solo instante de abatimiento.--Cuando su madre y su hermana le visitaron, aun cuando sabía que la sentencia había sido firmada por el gobernador, les dije que la pena había sido conmutada. Pero en voz baja manifestó á su hermana--jovencita de diez y seis años, -que probablemente le matarían á la mañana siguiente, y le rogó que preparase á su madre para la infausta. nueva.—En la víspera del suplicio escribió á sus amigos una extensa carta que equivalía á un testamento político. Hablaba apenas de sí mismo y de sus sentimientos. Preocupado con los asuntos del partido, desenvuelve en este último trabajo sus ideas respecto al camino que debe emprenderse y á los errores que conviene evitar. Es un epitafio que inscribió en su propia tumba y que jamás será olvidado. En la mañana del 14 de mayo fué conducido al suplicio con otros dos compañeros, Antonof y Brantner. Por un refinamiento de crueldad no le vendaron 105 ojos y tuvo que ver, por las atroces contorsiones de sus 73
74 S1,TEPNIAh amigos, el tormento que á él mismo le esperaba. A tan horrible espectáculo cedió la naturaleza física en la cual no influye la voluntad más enérgica y la cabeza de Valeriano se tornó en breves minutos cana, como la de un viejo. Pero el espíritu conservó toda su indomable audacia. El vil gendarme se le acercó en aquel punto proponiéndole firmar una petición de gracia. El se negó desdeñosamente, y, rechazando la mano del verdugo, subió solo, con paso firme, las gradas del patíbulo.-- Un sacerdote le presentó la cruz. Con decidido gesto dió á entender que no quería reconocer al amo del cielo después de rechazar á los de la tierra. El gendarme mandó á la banda militar que tocase la Kamarinaskaia, alegre y obscena canción que entonaron luego los soldados... Poco después dejó de existir Valeriano Ossinsky. III Era un hombre generosamente dotado con todas las cualidades que dan la fuerza de disponer los acontecimientos. No tenía aptitudes de organizador. Era harto esforzado para poder pensar en las cosas pequeñas cuando aspiraba á las grandes. Todas las fuerzas de su ánimo estaban concentradas en un objeto único, solicitado por su instinto casi infalible. Así, el año 1878, cuando el terrorismo estaba en embrión, era ya partidario del regicidio y de la inclusión en el programa revolucionario de la escueta y franca exigencia de un cambio político. Era hombre de acción. Mientras duró el movimiento de propaganda, mantúvose inactivo. Sólo en invierno de 1877, cuando de las palabras se pasô á los actos, resolvió adherirse al movimiento, prestándole la cooperación de su inextinguible energía.
LA RUSIA 'I'LRIWRISTA %5 Poseía en alto grado aquello que es el mayor peder del hombre: la fe, que transporta las montañas. Y sabía infundir esta fe en todos los que se Dallaban á su lado. Por eso constituía cl alma de cualquier empresa en la que tomaba parte. No hubo casi ningtín acto revolucionario en el Mediodía sin. su intervención, y los inspiró todos, afirma su amigo Estefanovich, meridional también.—Nadie se sentía abatido al lado de Ossinsky, porque él animaba á sus amigos con el ejemplo y con .su fe inquebrantable. Fué siempre el primero en arrojarse á lo más encarnizado de .la pelea, y en todas las empresas se reservaba el cometido más peligroso. Siendo todavía muchacho, á los once años, sabedor de que la casa de un vecino estaba rodeada de bandoleros, y como se hubiesen marchado sus parientes, cogió un gran fusil para volar á la defensa de los amenazados. Por fortuna, la noticia era falsa y no recibió el menor daño. Este pequeño hecho revela las audacias del futuro terrorista. Para dar una idea de su corazón caballeresco, bastará decir que el vecino era mortal enemigo de su padre' y de toda su familia. Como prueba de la irresistible influencia de su palabra, citaré un hecho que no tiene gran importancia, pero que es típico. Valeriano Ossinsky era uno de los más famosos colectores de dinero. — El partido revolucionario, especialmente desde que el terrorismo se convirtió en sistema ; tiene gran necesidad de dinero, y el arbitrarlo fué siempre una de las funciones más difíciles. En este punto, poquísimos pueden compararse con Valeriano Ossinsky. Sus empresas ,de esta clase, graneles y maravillosas, andaban en lenguas de las gentes.--- Tal rico cicatero ó tal vieja señora avara se mostraban pródigos en lamentaciones ende.-rezadas á Ios revolucionarios 6 en simpatías por la causa liberal, mas no por eso aflojaban la mosca, y desesperaban á cuantos
52 sTEPN1Ak liza pública, con preferencia á los subterráneos de las sociedades secretas. Le falta aquella flexibilidad de espíritu, aquella facultad de adaptarse á las condiciones del momento y de la vida práctica, que son indispensables para un conspirador. Es un buscador enamorado de la verdad, un jefe de escuela y no un hombre práctico. Trata de hacer prevalecer á toda costa determinadas ideas, y no de alcanzar un fin práctico valiéndose de todos los medios posibles. Es demasiado exclusivista y rígido en sus convicciones teóricas. No admite ninguna modificación del programa ultra-anarquista. Por eso le ha sido siempre imposible colaborar en cualquier periódico revolucionario en lengua rusa, así los que se publican en el extran jero, como los que ven la luz en San Petersburgo. Constantemente buscaba puntos de divergencia, y por lo mismo no pudo escribir en dichos periódicos una sola línea. Es dudoso que pueda ser jefe ó siquiera organizador de un partido que tiene como único medio de acción la conjura. En la gran lucha revolucionaria, la conspiración equivale á la guerrilla en lasluchas militares. Pocos son los hombres y, por lo tanto, es necesario emplearlos á todos; en un terreno limitado, precisa ingeniarse mucho, y un buen guerrillero debe, ante todo, adaptarse á las exigencias del terreno y del instante. Su elemento natural era la gran guerra y no la guerrilla. Sería muy apto para convertirse en fautor de un vasto movimiento social si las condiciones del país se lo concediesen. Es un agitador inapreciable. Dotado de palabra fácil y ardiente, se apasiona al subir á la tribuna. Posee, como todos los verdaderos oradores, la facultad de inspirarse en presencia de la multitud que le escucha. Este hombre aparece transformado en la tribuna. Tiembla de emoción, y en su voz vibra aquel acento de convic-
L A RUSIA 'CL:RRI)Rlti'l'_1 33 ción profunda que no puede ser imitado y que se siente cuando se habla no ya con l a boca, sino con toda el alma. Aunque no se le pueda calificar de orador de primer orden, produce una impresión inmensa, porque cuando la pasión llega a tal extierno tiene la facultad de electrizar al auditorio. Y cuando, pálido y agitado, abandona la tribuna, la sala tiembla con el estruendo de los aplausos. Es habilísimo en las discusiones íntimas y sabe convencer y fascinar como pocos. Profundo conocedor de la ciencia histórica, especialmente en todo lo que se refiere á los movimientos populares, utiliza maravillo-- samente el vasto conjunto de su erudición para aclarar y reforzar con ejemplos y símiles imprevistos sus noble.; asertos. Por eso su palabra alcanza una extraordinaria fuerza de persuasión que aumenta con la sencillez y la evidencia de exposición, derivada de sus profundos e s -tudios matemáticos. No es un fabricante de volúmenes. Fuera de sus trabajos puramente científicos, no escribe ningún libro de gran peso. Es un excelente periodista: ardiente, espiritual y agresivo. Hasta en sus escritos es un agitador incomparable. A estos talentos añade una sorprendente actividad y una destreza tan grande en el trabajo, que ha maravillado á un trabajador tal como Elíseo Reclús. * * * Es un hombre franco y sincero corno pocos. Dice siempre la pura verdad, sin rodeos y sin consideraciones al amor propio de sus antagonistas. Este es el rasgo más saliente y simpático de su carácter. Se puede fiar absolutamente en sus palabras. Su sinceridad llega á tal punto c l ue alguna vez le ocurre, en el ardor de
84 STEPNIAK una discusión, concebir una nueva idea que le pone pensativo. 1' de pronto se interrumpe, permanece absor- to un momento, y luego empieza á pensar en alta voz, tomando partido por su adversario. Otras veces discute mentalmente y, después de breve pausa, se dirige á su atónito adversario y le dice sonriendo: «Tiene usted razón». Esta pasmosa sinceridad le hace el mejor de los amigos y da gran peso á sus elogios y á sus censuras. DEMETRIO I.,ISOGUP I En diciembre de 1876 asistí á una de las llamadas ((asambleas de estudiantes» que constituyen el mejor medio, característico en Rusia, de hacer propaganda entre los jóvenes. Excusado es decir que están severamente prohibidas. Pero es tal el abismo que separa á la autoridad del gobierno, que esas asambleas se celebran siempre, hasta en los tiempos de mayor recrudescencia del terror blanco. Algunas veces se ven concurridísimas y son borrascosas y casi públicas. El peligro que las circunda les da especial atractivo para la juventud é imprime en las discusiones aquel carácter apasionado que tanto contribu y e á convertir una idea en arma de guerra. Pero la asamblea á que me refiero era poco numerosa y muy tranquila. Se trataba del proyecto tantas
LA RUSIA TERRORISTA 8 veces presentado y otras tantas fallido, de reunir en una sola organización todos los círculos clandestinos que existían entre la juventud. Era cosa palmariamente irrealizable por la gran diversidad de los mentados círculos y el proyecto podía considerarse irremisiblemente fracasado. Los mismos promotores de la asamblea estaban casi convencidos, porque la discusión carecía de interés y se arrastraba lánguida. Sin embargo, entre los contados concurrentes había uno que sabía despertar la atención general, mezclando en el debate alguna observacioncilla ingeniosa y ligeramente burlesca.—Era alto, pálido y delgado. Llevaba una larga barba que le daba un aire apostólico. No era hermoso; y, á pesar de esto, no cabe imaginar mayor dulzura que la de sus grandes ojos azules, sombreados por largas pestañas, ni mayor atractivo que su sonrisa, en la que había algo de infantil y gracioso. Su voz, un poco lenta, se mantenía siempre en el mismo diapasón, acariciaba los oídos, como la melancólica nota de una canción. No era una voz musical, pero cautivaba el corazón por su expresión simpática. Vestía pobremente. Aun cuando arreciaba el invierno ruso, llevaba una chaqueta de tela con grandes botones de madera, y que, por su mucho uso, parecía un andrajo. Un chaleco negro de paño raído le cubría el pecho hasta la garganta. Los pantalones, de un matiz muy claro, aparecían bajo la línea negra del chaleco cada vez que nuestro héroe se levantaba para tomar la palabra. Cuando se disolvió la asamblea, y salieron los reunidos, no todos á la vez, sino en grupos de tres ó cuatro personas, corno suele hacerse en tales casos, mi amigo y yo salirnos juntos con el desconocido. Obervf que no tenía más abrigo que un ligero paletó, una vieja bufanda roja y una gorra de cuero. Ni aun llevaba el plaid tradicional de los nihilistas, por más que la tennperatura era de unos veinte grados bajo cero,
sTEP\IAIs Después de saludar con una inclinación de cabeza á mi amigo, á quien sin duda conocía, el desconocido se fué por su vía, corriendo casi, á fin de calentarse un poco, y después desapareció en lontananza. •—z Quién es ?—pregunté á mi amigo. --Es Demetrio Lisogub—me contestó. —¿ Lisogub de Chernigov ? ---Cabalmente. Dirigí una rápida é involuntaria mirada al sitio por donde había desaparecido aquel hombre, como para descubrir su huella. Lisogub era un millonario. Poseía un patrimonio vastísimo en una de las mejores provincias de Rusia, compuesto •de tierras, granjas y bosques. Pero vivía más modestamente que el último de sus colonos, porque todo su dinero lo consagraba á la causa. II Dos años después volvimos á. vernos en San Petersburgo, como miembros de la misma organización revolucionaria, en la que los hombres forman una sola fainilia. No diré que Demetrio Lisogub sea el hombre más puro y más ideal de los que yo he conocido, porque me quedaría corto. Afirmaré, más bien, que en todo nuestro partido no existía un hombre que por la ideal belleza de su carácter le superase, pues sólo en la imaginación pueden vivir ciertos seres. El acto de sacrificar al partido todas sus inmensas ► iquezas era en él la última , de las virtudes. En nuestro campo hay otros muchos que han hecho lo mismo, pero no hay otro Demetrio Lisogub. bajo su aire plácida y tranquila como el sereno ciclo, ocultaba un alma llena ele fc, de ardor y entusias-
LA RUSIA TERRORISTA 87 mo. Sus convicciones eran su Cínica. religión, y les dedicaba no sólo su vida, sino lo que es muchas veces más querido: todos sus pensamientos. No tenía. más preocupación que la de servir á su causa. No creó familia. No amó á ninguna mujer. Su frugalidad era tan extremada, que muchas veces sus amigos debieron intervenir, á fin de que no enfermase por exceso de privaciones. A todas las advertencias que se le dirigían, contestaba, como si previese su fin prematuro: —No será muy larga mi vicia. Y no lo fué realmente... Su afán de no gastar un solo céntimo del dinero dedicado á la causa revoluciónaria fué ta.l, que jam á s se permitía subir á un ómnibus y ni aun á un coche, que cuesta tan poco entre nosotros, que el domingo lo emplean los obreros.—Recuerdo que un día nos mostró dos objetos que formaban parte de su indumentaria de gala y que se ponía cuando le era forzoso visitar al gobernador de Chernigov 6 á uno de los jefes de policía. Eran un par de guantes y un sombrero de copa. Los guantes eran de fino color gris v parecían recién comprados. Pero él nos dijo que los tenía hacía tres años y explicó sonriendo los pequeños artificios de que se valía para conservarlos siempre nuevos. El asunto del sombrero era mucho más serio, porque el muelle estaba roto hacía un año y él aplazaba indefinidamente el gas- to de otro nuevo, porque siempre le parecía que podía utilizar el. dinero en algo mejor. Entretanto, para echarla de gran señor, entraba en el salón con el claque bajo el brazo y la eterna. gorra de cuero que en verano é invierno llevaba en el bolsillo. Y cuando salía á la. calle avanzaba algunos pasos con la cabeza descubierta, como si quisiera arreglarse el peinado, hasta que, seguro de que nn le veían, sacaba del bolsillo su célebre gorra. Pero aquel dinero que él procuraba conservar con el celo de un Harpagán, era su encarnizado enemigo, su tormento, su condenación, porque con su alma apa-
88 STEPNIAK sionada y con su corazón inclinado al sacrificio padecia lo indecible al ser espectador inactivo de la lucha y del martirio de sus amigos mejores. Sometido á rigurosa vigilancia, denunciado por su;, parientes que esperaban heredarle después de la condena, no podía hacer nada porque al primer paso le hubieran arrebatado sus bienes y el partido se habría visto privado de un auxilio indispensable. Por lo tanto, su fortuna era como el grillete puesto en la pierna del presidiario: le impedía. moverse. Su inacción forzosa no sólo era para él un disgusto, por el atroz fastidio, como el que debe sentir un hombre que una el ardor de un guerrero al de un profeta, sino además un motivo de profundos padecimientos morales. En su modestia sublime, no atribuía ningún mérito á hechos que le parecían los más naturales del mundo: la renuncia á la riqueza y su vida de privaciones. Duro para consigo mismo, como un juez inexorable que no entiende de razones y sólo se fija en el delito mismo, consideraba su inacción—que no era más que >>n acto de abnegación altísima—como una vergüenza. Y aquel hombre que con el sacrificio de sus aspiraciones sostuvo durante un año y medio todo el movimiento revolucionario ruso, aquel hombre que por sus cualidades morales inspiraba á cuantos le conocían admiración sin límites, y que con su sola presencia daba esplendor divino á su causa, aquel hombre se juzgaba el último de los últimos... De aquí procedía su profunda tristeza, que nunca le abandonaba y que se advertía en todas sus frases, no obstante cl tono de irónica melancolía con que procuraba ocultarla. Y esta cruz, cuyo peso le agobiaba. la llevó resignado y triste durante su vida, sin re p elarse nunca á la voz de su deber... Era. un hombre realmente infortunado...
LA RUSIA '.I'I:i2.RORlti'l'A 89 l ué aprisionado en Odessa, el lees de agosto del año 1878, por delación de su intendente Drigo, que le era fiel, pero que le vendió porque el gobierno le había prometido entregarle todo lo que quedaba del patrimonio de Lisogub : más de cien mil pesetas. Aunque era la época del verdadero terror blanco y reinaba en Odessa el héroe de Sebastopol y de Plevna, el infame esbirro y concusionario llamado conde Totleben, nadie esperaba para Lisobug una pena más grave que la deportación á Siberia ó algunos años de trabajos forzados, porque el único cargo aportado contra él era el de haber gastado, no se .sabe cómo, sus bienes. En medio de la consternación general, Demetrio Lisogub fué condenado á muerte. Testigos presenciales afirman que al oir la sentencia abrió la boca: tan grande era su asombro por aquella injusticia. Se negó desdeñosamente á firmar una petición {le gracia. El día 8 de agosto de 18i9 fué conducido al suplicio en el carro de los condenados, y en compañía de sus camaradas Chubarof y Davidenko. Los que le vieron pasar aseguran que no sólo estaba tranquilo, sino también sereno, y que con una dulce sonrisa en los labios dirigía á sus amigos frases de consuelo... Pudo al fin colmar el ardiente deseo que sentía de sacrificarse por su causa. Tal vez era aquel el mejor instante de su vicia. Estefanc ī vicli es cl organizador ; Clemens el pen- ,;a.clor ; Ossinskv el combatientc, y _[tirolrutkin el agitador. Demetrio Lisogub es el mártir.
QO STEPNIAK HESSA HELFMAN Era una de aquellas heroínas anónimas, de aquellas modestas trabajadoras que lo sacrifican todo en el altar de su causa, sin pedir la menor recompensa. Desempeñan el cometido más ingrato: se inmolan por nada, por haber prestado su nombre para la correspondencia ajena, por haber dado asilo á un hombre, muchas veces desconocido, por haber enviado un paquete sin conocer su contenido. Los poetas no les dedican versos; la historia no las inscribe en sus fastos, ni merecerán un recuerdo de la posteridad agradecida. Pero sin sus esfuerzos no podría existir el partido y toda lucha sería imposible. Pero he aquí que una onda de la historia arrebata á una de esas heroínas del rincón obscuro donde creía consumir su vida, y la lleva en su cresta centelleante á lo niás alto de la celebridad universal. Entonces todos miran aquel modesto semblante y en él advierten rasgos de una fuerza de ánimo y una abnegación tan grandes, que despiertan el asombro de los más bravos. Tal es la historia de Hessa Helfman. No tuve ocasión de conocerla personalmente. Pero si aquí quebranto mi palabra cíe hablar Cínicamente de aquellos á quien conocí personalmente, no lo hago poi la fama que alcanzó su nombre, sino por sus cualidades
LA RUSIA TERRORISTA morales, unidas íntimamente con su celebridad. Y sé perfectamente que me lo agradecerá el lector, porque esta figura sencilla y simpática caracteriza mi partido mejor que lo haría un modelo excepcional, pues una modesta flor del campo da idea más precisa de la fama de un país que una planta maravillosa y rara. ** ^ Hessa Helfman nació de una familia de judíos, fanáticos de su religión, tipo desconocido en los países donde la civilización ha borrado los odios religiosos, pero que es común en Rusia. La familia de Hessa consideraba como una abominación todo lo que procedía de cristianos y aun la ciencia que enseña á menospreciar la religión de los mayores. Hessa, influida por las ideas modernas, no pudiendo soportar .aquel yugo, huyó de la casa paterna y llevó por toda herencia la maldición de los fanáticos, que hubieran preferido verla muerta á temer que fraternizase (con los goi. La muchacha se fué á Kief, donde, para ganar el sustento, se acomodó (cíe cocinera. Llegó el año 1874. El soplo revolucionario alcanzó á todas partes y acarició la frente de la joven cocinera judía. Trabó conocimiento con algunas mujeres procedentes de Zurich, que luego figuraron en el proceso de los cincuenta, y ellas la atrajeron al movimiento. Pero su participación fué humilde; limitóse á prestar sus señas para la correspondencia revolucionaria. Pero cuando fué descubierta la conspiración, «su horrendo delito), le valió nada menos que dos años de prisión preventiva y otra condena en el castillo de Litovsky. En la cárcel, encerrada con cuatro ó cinco 'mujeres detenidas por el mismo movimiento, Hessa fué iniciada en las ideas so-
Q s Q s STEP1tiIA{t modales, toda la candidez de corazón que la distinguían antes de que su nombre estuviese rodeado de una aureola de eterna gloria. Esta gloria, que habría turbado el juicio de un estoico, la dejó fría é indiferente hasta el punto de que no hizo el menor esfuerzo para recibir el homenaje de sus admiradores. Es un hecho único en la historia del corazón humano y que basta por sí solo • para demostrar la entereza de aquel carácter, que todo lo obtuvo de sí mismo, sin buscar el concurso de causas exteriores. Después de realizar su grande acto por íntima convicción moral y sin la menor sombra de ambición, Vera se mostró esquiva á todas las manifestaciones del sentimiento popular. Por eso se ha negado siempre tenazmente á presentarse en público. Y su esquivez no es antojo de muchacha, sino más bien un nobilísimo pudor moral que la impide recibir parias por aquello que, en la magnífica ilusión de su ensueño, se niega á estimar como acto heroico.—Por eso Vera, que ama tanto á la sociedad, que habla con tan buen deseo, que no se abstiene nunca de rehusar una discusión ardentísima, cuando cree no tener razón, —esta Vera, cuando pone el pie en una reunión cualquiera, se transforma de pronto : se vuelve tímida y ruborosa como una colegiala. Su misma voz potente y sonora sufre un cambio admirable, y se torna dulce, delicada, suave,—viene á ser, como idicen en burla sus amigos, una voz angélica. * * * Pero hasta el oírle esta voz, es cosa bastante rara, porque en ;as reuniones públicas permanece muda como un espectro. Es preciso que el asunto le interese mucho para que se decida á pronunciar dos palabras.
LA RUSIA TERRORISTA Si se quiere conocer todo el precio de su noble inteligencia y de su conversación seductora, hay que oiría en su casa y en presencia de amigos. Sólo en estas condiciones da libre curso á su agudo y chancero ingenio. Habla una lengua que es muy suya, rica, variada, que reune al humorismo popular cierta ingenuidad de niño. Algunas de sus expresiones son verdaderas joyas, no de aquellas que se ven en los escaparates de los artífices, sino de las que Naturaleza le ofrece de su próvido seno. El rasgo característico de su ingenio es la originalidad. Dotada de una fuerza de raciocinio de primer orden, Vera Zassulich la acrecentó con diversos y formales estudios en varias ciudades de Rusia. Posee l a rara aptitud de pensar así en las cosas grandes como en las pequeñas. Es incapaz de caminar por los caminos trillados en pos de ajenas huellas. Lo comprueba y lo critica todo y no acepta nada sin previo y detenido examen. Por eso pone en las cosas más vulgares un sello característico, que da á sus razonamientos y á sus ideas una frescura y una vivacidad encantadoras. Esta originalidad é independencia del pensamiento --aliadas con el conjunto de su carácter moral—dan singular relieve á su tipo bellísimo. Hablo de aquel instinto moral, casi infalible, que le es propio ; de aquella facultad de discernimiento del bien y el mal en las cuestiones más difíciles que ella posee sin darse cuenta tal vez de sus cualidades. Y ese instinto lo evidenció admirablemente lo mismo en asuntos de orden interior que en su conducta ante el tribunal el día de su memorable proceso. Todos sus consejos y opiniones, aun los menos fundados, son siempre dignos de tenerse en cuenta, pues rara vez salen frustrados. Por lo mismo, Vera Zassulich reune todo lo preciso para ser el alma y la conciencia de un partido. Pero
too STEPNIAK su influencia moral no debe considerarse como el tipo de una influencia política. Se halla demasiado absorta en sí misma para influir en los otros. Si se quiere obtener de ella un consejo, es preciso pedírselo con vivas instancias. Por iniciativa propia jamás 'se entromete en ajenos negocios, á fin de aprovecharlos, como suelen hacer los organizadores y los agitadores. Cumple su deber según los mandatos de su conciencia, sin querer arrastrar con su ejemplo á los otros. Su propio idealismo, tan noble y fecundo que la impulsa á batallar por una causa grande, la hace incapaz de dedicarse con ardor al trabajo cotidiano, siempre trivial y mezquino. Es una mujer de grandes decisiones en los supremos instantes de lucha y de peligro. En cuanto al modelo de combatiente, propiamente dicho, hay que buscarlo en otra mujer, cuya noble figura quiero trazar en el capítulo inmediato, si mis fuerzas alcanzan para ello. SOFIA PEROVSKAIA Era hermosa. No con la belleza que á primera vista seduce, sino con aquella que es más encantadora cuanto más se la contempla. Una rubia cabecita, con dos ojos azules, serios y perspicaces bajo la pura y espaciosa frente. Nariz pequefia, boca fresca que en frecuente sonrisa mostraba dos hileras de bellísimos dientes blancos.
LA RtiSIA TERRORISTA IoI Pero lo más atractivo era el conjunto de su fisonomía. Tenía un no sé qué de avispado, brioso y al mismo tiempo ingenioso en su carita redonda. Era la juventud personificada. A pesar de sus veintiséis años, parecía una muchacha. de diez y ocho. Su gracioso cuerpo, menudo v sutil, y su voz fresca, argentina y extraordinariamente simpática, aumentaban esta ilusión, que se trocaba casi en certidumbre cuando la joven empezaba á reir, cosa que ocurría con frecuencia. Tenía la fácil risa de las niñas, y se reía de tan buen grado y con tal franqueza, que parecía una muchacha de diez v seis anos. No cuidaba de su exterior. Vestía muv modestamente, y tal vez no sabía lo que es un traje ó un adorno que sienta bien 6 mal. Pero tenía una gran pasión por la limpieza, y en este punto j'era remirada corno una joven suiza. Amaba mucho á los niños y era una excelente maestra. Pero hay un oficio que ejerció todavía mejor: el de enfermera. Cuando alguna de sus amigas caía enferma, Sofía era la primera en solicitar aquel penoso cargo. Y sabía llenarlo con una dulzura, un buen humor y paciencia tales, que le conquistaban para siempre el corazón de sus enfermos. Y aquella mujer de aspecto tan sencillo, de carácter tan noble y afectuoso, era uno de los miembros más temidos del partido terrorista. A ella tocó la dirección del atentado del 13 de marzo ; ella trazó con un lápiz, sobre un viejo sobre, el plano de la localidad indicando á los conjurados su puesto respectivo, y en la mañana fatal estaba en el campo de batalla, recibiendo de los centinelas noticias sobre los pasos del cm perador y avisando con un panuelo á los conjuradhs el lugar á donde debían dirigirse. z Qué titánica fuerza se escondía bajo aquel semblante tan sereno? Qué cualidades poseía aquella mujer extraordinaria?
102 STEPNIAK Reunía en sí tres poderes que por sí solos constituyen una fuerza de primer orden: una vasta y profunda inteligencia, un carácter entusiasta y ardiente, y, sobre todo, una voluntad de hierro. Como Kropotkin, Sofia Perovskaia pertenece á la más alta nobleza rusa. Los Perovski son la rama menor de la familia del famoso Rasumovski, esposo morganático de la emperatriz Isabel, que reinó á fines del siglo pasado.—Su abuelo fué ministro de Instrucción pública; su padre, gobernador general de San Petersburgo, y el tío paterno de Sofía, el célebre conde Perovski, conquistó 'por el emperador Nicolás una parte considerable del Asia central. Tal es la familia en que nació la mujer que tan terrible golpe debla dar al zarismo. Sofía nació el año 1854. Su juventud fué tristísima, al lado de un padre severo y 'de una madre idolatrada, siempre ultrajada y escarnecida... En el seno de su familia, sintió crecer el germen de su odio contra la opresión y del amor á los débiles y los oprimidos que conservó hasta la muerte. La historia de su vida es á la vez la de la juventud rusa y la del partido revolucionario.—Resumirla aquí equivaldría á presentar en forma concreta lo que he referido en mi proemio. Me limitaré á indicar los puntos principales. Sofía Perovskaia empezó, como todas las jóvenes de su generación, dedicándose con ardor al estudio.—Al cumplir quince años, halló que estaba en su período álgido el movimiento para la emancipación de la mujer, en el cual había tomado parte su hermano mayor. Sofía quiso instruirse también, pero su padre se lo
LA RUSIA TERRORISTA 103 vedó, y entonces ella huyó de su casa, imitando á tantas otras jóvenes. Oculta en casa de una amiga, envió un parlamentario á su padre, que después de rabiar inútilmente durante algunas semanas, mientras la policía buscaba por todas partes á la doncella, transigió y consintió en enviar á Sofía un pasaporte. La madre le envió secretamente algún dinero. Sofía, libre de cuidados, empezó á estudiar ávidamente. Qué enseñanzas le procuraba la literatura rusa de aquella época? Una severa crítica de nuestro orden social, la cual indicaba como único remedio y fin positivo el socialismo. Sus maestros son Chernischevsky y Dobrolinbof, guías esclarecidos de la generación moderna.—Su deseo de saber se convirtió pronto en ansias de realizar lo que había aprendido. Igual tendencia nace espontánea de otras muchas jóvenes que se hallan en situación idéntica. La comunidad de ideas y aspiraciones determina un sentimiento de profunda amistad, y cuando se ven reunidas conciben el propósito y la esperanza de hacer algo. He aquí el embriôn de una sociedad secreta, porque en Rusia todo lo que se hace en bien de la patria, prescindiendo del emperador, debe realizarse con el mayor sigilo.—Sofía Perovskaia se alió con la desventurada familia de las hermanas Kornilof, núcleo que dos años después debía convertirse en el círculo de los clziakovzi á que me he referido varias veces. La joven Perovskaia, á quien se habían unido algunos estudiantes, y entre ellos Nicolás Chiakovsky, que dió su nombre á la agrupación, fué uno de los primeros miembros de tan importante círculo, cuyo carácter fué en un principio más bien familiar que político. Aquel círculo, que por el momento no tenía más designio que el de la propaganda entre la juventud, era poco numeroso. Los miembros eran admitidos por unanimidad. No tuvieron estatutos, porque no los nece-
I 04 STEPNIAK sitaban. Todas las decisiones se tomaban siempre por unanimidad, y esta regla poco práctica no tuvo nunca desagradables consecuencias ni la menor molestia, porque el cariño y la consideración recíproca entre los asociados eran tales, que se había logrado lo qve el genio de Rousseau entreviera como ideal de las relaciones entre los hombres: la minoría cedía á la mayoría, no ya por necesidad ó por imposición, sino con la seguridad de que tenían razón los más contra los menos. Las relaciones entre los asociados eran tan cordiales como pueda concebirse. Se adoptaron como regla general la lealtad y la franqueza. Todos se estimaban como individuos de una misma familia y ninguno de ellos ocultaba al otro los actos de su vida. Por eso la más pequeña debilidad, una falta de devoción á la causa, toda tacha de egoísmo fueron citadas, subrayadas, á veces censuradas fuertemente, no como lo haría un orgulloso mentor, sino como suele hacerse de hermano á hermano, con amor y amargura. Estas relaciones ideales, imposibles en un círculo que comprende gran número de personas unidas por el objeto á que aspiran, desaparecieron en cuanto el círculo extendió su actividad política. Pero influyeron en el desenvolvimiento moral ciel individuo y formaron aquellos caracteres, aquellos corazones de oro y acero que se observan en Cuprianof, Cheruschin, Alejandra Kornilova, Serdiukof y tantos otros que en un país distinto al nuestro serían el honor, la gloria de la nación. pero que aquí han muerto en la cárcel, se han suicidado, han sido sepultados en las ruinas de Siberia ó destrozados por el inmenso dolor de haber perdido todo lo que más querían en la vida... En aquel ambiente sever° y amoroso, Lleno de rigorismo casi monástico y saturado de devoción y entusiasmo, pasó Sofía Perovskaia tres ó cuatro años de su primera juventud, en los que el alma cándida v delicada recibe solícita, toda impresión generosa y en que el
LA RUSIA TERRORISTA 1o5 corazón se desvive por todas las nobles ideas. Allí se templó su carácter. Sofía Perovskaia fué uno de los miembros más influyentes y estimados del círculo, por la estoica severidad de su ánimo, por su infatigable laboriosidad y, especialmente, por su poderosa inteligencia. Su mente clara y perspicaz tenía aquella aptitud, tan rara en las mujeres, de entender perfectamente un asunto y saber enlazarlo con todas las deducciones filosóficas que de 61 puedan inferirse. De aquí procedía su firmeza de convicciones, que no se modificaba por sofismas, y me-, nos aun por pasajeras impresiones, unida á una extraordinaria habilidad en todas las polémicas, así teóricas como prácticas. Era un entendimiento dialéctico de primer orden. Como veía el objeto por todos sus lados á la vez, llevaba gran ventaja á sus contrincantes, que lo consideraban desde un punto de vista especial ó mezquino.—A pesar de su fogoso temperamento, Sofía se elevaba con la fuerza de su ingenio sobre las exigencias de la pasión y veía las cosas con ojos no ofuscados por la niebla del entusiasmo. Nunca exageraba nada y no atribuía á su actividad y á la de sus amigos mayor importancia que la que tenían realmente. Por eso trataba de ampliarla con vías y medios nuevos, y vino á ser la iniciadora de nuevas empresas. El paso de la propaganda entre los jóvenes á la propaganda entre los obreros, que por los años 1891 y 1892 se realizaba en el círculo de los clziakovzi, se debió en gran parte á la iniciativa ,de Sofía Perovskaia.—Y cuando se hubo verificado este cambio, fué también la primera en pedir que de la ciudad se pasase al campo, pues comprendía que en Rusia un partido del porvenir debe buscar, ante todo, la adhesión de los trabajadores agrícolas. -- Y después, cuando perteneció á la agrupación terrorista, hacía toda clase de esfuerzos para desarrollar la actividad de su partido, que le parecía demasiado exclusiva.
1o6 STEPN1AK Esta ansiedad de la joven procedía de su gran fuerza de raciocinio y no del romanticismo, que tiene por base una imaginación sobrado ardiente. Del romanticismo que algunas veces impulsa á grandes empresas, pero que comúnmente consume la vida en varios ensuelíos, no había nada en Sofía Perovskaia. Era demasiado positivista y perspicaz para nutrirse con quimeras. Tomaba la vida tal como era, tratando de hacer el máximo de lo que puede hacerse en un momento dado. Para ella la inercia era el mayor tormento. Y, no obstante, por espacio de cuatro años debió permanecer inactiva. * * * El 25 de noviembre de 1873, Sofía fué detenida juntamente con un grupo de trabajadores, en el barrio de Alejandro Newsky. Fué encarcelada, pero después de un año de prisión fué puesta en libertad provisional, por falta de pruebas, bajo fianza prestada por su padre, y tuvo que ir Crimea, donde su familia poseía grandes dominios.—Durante tres años, Sofía nada pudo hacer, porque estaba muy vigilada, y en caso de huir hubiera comprometido á todos los que habían sido puestos en libertad provisional, en vez de esperar en la cárcel el resultado de su proceso.—Pero al fin, en 1877, se vio el proceso de los 193, en el que se vieron envueltos con Sofía Perovskaia casi todos los miembros de la sociedad de los chialeovzi. No sería inútil citar aquí un pequeño detalle que revela los rasgos del carácter de Sofía. Los acusados, no queriendo ser un juguete en manos del gobierno, que disponía las sentencias antes de que se abriesen los debates, resolvieron hacer una manifestación solemne. Pero hasta el último día no se determinó el alcance de esa manifestación.
LA RUSIA TERRORISTA 107 Sofía, que estaba en libertad,compareció sin conocer los propósitos de sus amigos, detenidos en la cárcel, y declaró en primer término, pues se creía cogerla de sorpresa y aprovechar la eficacia de su castigo. Pero esta esperanza salió frustrada. Sofía, al verse sola, pasado el primer momento de sorpresa, declaró que no quería tomar parte en los debates, porque no veía á ninguno de aquellos de quienes quería compartir la suerte. Era precisamente lo que se decidía en aquel instante en las celdas de la cárcel. Se absolvió á Sofía; pero, en vez de recobrar la libertad, fué entregada á los gendarmes para pasar á una de las provincias septentrionales, que es lo que se hace en Rusia con los delincuentes absueltos por el tribunal. Pero ya no pesaba sobre ella ninguna obligación moral. Por eso decidió fugarse, y lo hizo aprovechando la primera ocasión favorable, sin ajena auxilio y sin avisar á sus amigos, que la vieron de nuevo en San Petersburgo alegre y sonriente, como si nada hubiese sucedido, refiriendo los detalles de su evasión tan sencilla, inocente y casi burlesca, que entre las terribles peripecias de su vida es como una flor de rododendro en medio de las abruptas rocas del Diablaret suizo. * * * En 1878, tomó otra vez parte activa en el movimiento. Pero cuando volvió, después de cuatro años de ausencia, al campo de batalla, todo había cambiado : los hombres, las tendencias y los medios. Por primera vez aparecía el terrorismo. La joven se adhirió al movimiento como único recurso para combatir al gobierno. Y en esta tremenda
E 1 a t en t ado de Moseoa I Una compañía de eremitas En los confines de la vieja capital de Rusia, allí donde esta ciudad medio asiática, inmensa como la antigua Babilonia y Nínive, es vencida por los espacios, y disminuyendo cada vez más el número de sus habitaciones se confunde con las ortigas, con los campos, inmensas llanuras incultas que la circundan por todas partes, como el mar una isleta, en aquellos mismos confines álzase una casucha de un solo piso y planta baja, vieja, ennegrecida por el tiempo, medio arruinada. Pero aunque en una capital, aquella casuca no desentona en aquel barrio, pues todas las otras casas que están á su alrededor tienen el mismo aspecto mezquino y tosco; todo aquel rincón de la inmensa ciudad se asemeja más á un villorrio perdido en las llanuras de Rusia, que á una porción de una de las más grandes capitales de Europa. La hierba crece en estío en los caminos en una extensión tal, que un regimiento de caballería podría maniobrar libremente; y en el otoño lluvioso presentan aquellos caminos charcos y lagunas donde se zambullen los gansos y las ocas.
I 16 STEPNIAK Ningún movimiento. De cuando en cuando, pasa un viandante, y, si no pertenece al barrio, es mirado largo rato y desconfiadamente por los muchachos. Si por acaso aparece un coche por alguna parte, todas las puertecitas verdes, rojas y azules se abren precipitadamente y atisban desde ellas las muchachas y las mujeres curiosas por ver un espectáculo tan extraordinario. Todos los habitantes de aquel barrio pacífico se conocen, porque en él han nacido, crecido y envejecido. Son gente sencilla, patriarcal, que parece completamente extraña á toda la civilización moderna. Viven poco menos que como sus padres de hace dos ó tres siglos. Casi todos pertenecen á las antiguas sectas religiosas que se formaron en el siglo xvüi, cuando el patriarca Nicon, hombre sabio, pero despótico é implacable, quiso corregir los antiguos libros de sus diversos errores de ortografía. iv o queriendo reconocer las correcciones de Nicon, que éste se desvivía porque aceptasen por fuerza los celosos del rito antiguo, las sectas renegaron de todas las ordenanzas del Estado, que ayudaba con mano firme 'al feroz patriarca, especialmente después de las reformas de Pedro el Grande, hechas según los ejemplos de los descreídos ((alemanes». Las sectas rehusaron el vestido europeo que el zar reformador quería imponerles por violencia. Perseguidas despiadadamente durante dos siglos, esas sectas se propagaban, no obstante, por toda Rusia, entre el pueblo humilde, y en la actualidad contaban al menos con diez millones de adheridos. Su sede principal es la vieja capital abandonada por los emperadores, como la antigua religión. El barrio de Preobragenskoye y el de Rogoskoe, que describimos—los cuales tomaron su nombre de dos cementerios donde están sepultados tantos mártires de esas sectas,—son sus verdaderas capitales, en las que residen clandestinamente sus sacerdotes, sus obispos y se celebran secretamente sus concilios ecuménicos.
LA RUSIA TERRORISTA r 1 7 Es verdad que la corrupción del siglo comienza á invadir hasta esos últimos refugios de la antigua fe, y cuando en los días de fiesta la población sale de sus casas para sentarse, según costumbre oriental, junto á ellas charlando con los vecinos, no es raro ver un muchacho alegre, que trabaja en cualquier fábrica de la ciudad, tocar la «armónica», en lugar de la antigua guitarra, y llevar un jubón de relucientes botones en lugar de la antigua chupa, y botas con tacones—lo cual es una abominación alemana ;--se cuenta también que algunos de ellos fuman á escondidas tabaco, lo cual es realmente nefando. porque hace parecer al hombre un diablo en persona, que en los relatos de la vicia de los santos es siempre representado con humo hediondo que sale de su boca. Los viejos mueven tristemente la cabeza y dicen que se acerca el fin del inundo, porque se apaga la antigua devoción. Los dueños de la casa, que hemos indicado más arriba, no pertenecen á los aborígenes de aquel barrio patriarcal. Son gente recién venida á establecerse. Ello no obstante, no son mal mirados por el vecindario, porque son buena gente, sencilla, temerosa de Dios. Es una familia, marido y mujer, que esperan á cada momento la llegada de sus .viejos padres. La mujer, aunque parezca muy joven, es una. casera. excelente, siempre dada á los quehaceres domésticos. El marido—un artesano de Saratoff—tendráunos treinta y dos ó treinta y tres arios, pero es muy serio para su edad. Es evidentemente un sectario. No fuma tabaco, y no se afeita la barba, cosa considerada como un pecado gravísimo, porque quita al hombre la semejanza con Dios, á cuya semejanza, como es sabido, fué creado. Cierto que el recién venido lleva botas con tacones y jubún, pero lo hace «por temor de los judíos», 6 porque pertenece â otra secta que admite estas cosas, y en tal
Iió STEPNIAK caso ya no hay por qué reprocharle, ya que las diversas sectas tienen unas para con otras perfecta tolerancia. Hay un indicio importante que contribuye á cambiar la amistosa sospecha en certeza. Los habitantes eran dos, pero no hay duda de que en la casa habitaban muchos; las provisiones que compraban eran tales, que por grande que fuera su apetito no podían consumirlas por sí solos. Y después, algunas viejas habían oído en sus noches de insomnio el chirrido de la puerta y el rumor de coches que evidentemente conducían gente desde muy lejos. z Quién podían ser, sino hermanos ? se decían con confianza los ancianos. Nadie, ciertamente, iría á soplar una palabra al enemigo común—el polizonte,—que está en el extremo del camino. Ni por soñación. Y esta pía gente no se engañaba. La casa, en efec- to, era habitada por toda una compañía de eremitas... de profesión mineros. Los coches que venían de noche, traían la dinamita y los instrumentos necesarios para la explosión. Era la excavación de Moscou. II La excavación La excavación de la mina de Moscou para hacer saltar el tren imperial, principiada hacia la mitad de septiembre y terminada dos meses después, fué una parte del vastísimo proyecto de un triple atentado del mismo género que debía realizarse durante el viaje del emperador desde Crimea á San Petersburgo, sin hablar de otros tres que se refieren casi á la misma época. Las minas debajo de la línea férrea se hicieron en
LA RUSIA TERRORISTA I19 tres puntos distintos : cerca de Moscou, cerca de Alexandrowsk y cerca de Odessa. Así se creía que el golpe no podría fallar de ningún modo. Pero, por diversas circunstancias, ocurrió lo siguiente: los trabajos en el ferrocarril de Odessa, junto con los de la Italianskaia, recientemente descubiertos, para hacer saltar el coche imperial mientras pasara por el camino de la ciudad, debieron ser abandonados por cambio del itinerario del emperador. En el de Alexandroi,vsk, organizado por Geliabof y Okladsky, la mina no explotó por algunos defectos de la cápsula, por más que la batería se cerrara en un momento oportunísimo; de modo que el tren imperial pasó ileso sobre un precipicio, á cuyo fondo hubiera caído inevitablemente á la menor sacúdida. De la misma manera fallaron las otras dos tentativas precedentes: la de hacer saltar el puente de piedra en San Petersburgo, organizada por el mismo Geliabof y por Tetiorka, á causa de no acudir este último con puntualidad, y el de hacer saltar el yate imperial cerca de Nicolaief, organizada por Logodenko, único atentado descubierto por la policía, que por mera casualidad hizo una visita domiciliaria precisamente en la habitación donde se habían dispuesto los hilos eléctricos. Sólo en Moscou los terroristas tuvieron la fortuna de llevar á efecto una tentativa, aunque allí precisamente la cosa pareciese más difícil y las probabilidades de éxito mucho menores, sobre todo por el trabajo ciclópeo que exigía muchos hombres, que era difícil tener escondidos, y por la proximidad de la capital, donde la vigilancia era tan grande. No quiero contar lo que ya se sabe por los periódicos de aquel tiempo. Me propongo únicamente revelar dos circunstancias, tales como me fueron relatadas por un amigo mío que tomó parte en el hecho, y de cuya veracidad respondo en absoluto.
120 STEPNIAK La primera se refiere á la organización, la segunda á la ejecución del proyecto. Ambas son muy características, no sólo de aquella tentativa, sí que también de todas las empresas de los terroristas: es la sencillez llevada al último límite y en contradicción flagrante con todas las ideas preconcebidas acerca del nihilismo, de sus medios y de las formas de ejecución que les atribuyen. Se cree generalmente que los nihilistas tienen á su disposición medios extraordinarios. Es un error grandísimo, y el atentado de Moscou es la mejor prueba. Los gastos de la lucha son tan inmensos que los nihilistas corren siempre como hambrientos tras un billete de cien rublos. Por eso . se ven obligados á realizar sus proyectos con la mayor economía, aun á riesgo de sus propias cabezas. Merced á ello, los enormes trabajos de la mina de Moscou y de otros dos atentados ferroviarios, organizados en el mismo noviembre, costaron en total la mezquina suma de 8o á ioo,000 liras, comprendidos los viajes. Las otras empresas de inferiores vuelos costaron aun menos. La tentativa para libertar á uno de los condenados en el proceso de los 193, mientras lo trasladaban desde San Petersburgo á la prisión central de Karkof, organizada en larga escala, y en la que era necesario comprar cinco caballos, un coche, muchas armas y pagar los gastos de un numerosísimo personal de centinelas, colocados en San Petersburgo, Moscou, Kursk y Karkof, para vigilar todos los movimientos de los gendarmes, aquella: tentativa no costó más, según las minuciosas cuentas presentadas por los encargados de la organización, que la suma de 4,500 rublos, más alguna fracción, es decir, unas 5,00o pesetas. Gastando tan poco los terroristas, vense á menudo obligados á remendar con la propia piel las hendiduras que, por demasiada economía de madera, se abren en su edificio. Así en el atentado de Moscou debió recu-
^ LA RUSIA TERRORISTA i' DE 14 Ÿ rryu DF ^ }A con .4^a , 'hpoteca de la misma casa donde se hacían las exC'äiirá clones. Se debía pensar, además, en una visita de peritaje hecha siempre en presencia de la policía, cuando los trabajos de excavación estaban ya casi terminados. No hay necesidad de insistir en los peligros de semejante visita. Los mismos trabajos se hacían con los menores gastos posibles. El instrumento para perforar no fué adquirido hasta los últimos tiempos, cuando por demasiado trabajo los mineros vieron absolutamente agotadas sus fuerzas. Primero se realizaba el trabajo á mano. Y como por la humedad del tiempo la galería estaba siempre llena de agua, que trasudaba de lo alto y se reunía en el fondo, debían los mineros trabajar bañados en agua helada, sumergidos hasta la rodilla y tenderse en el cieno, pues no tenían 'estiduras impermeables como la de los buzos, que les hubieran preservado de tantos sufrimientos en aquella cueva dantesca. Para conservar la verdadera dirección de la galería, se usaban medios é instrumentos que habría rehusado , desdeñosamente un geodesista. Ni siquiera se compró un astrolabio, ni siquiera una brújula con cuadrante, y sí tan sólo una muy sencilla de viaje, de las que únicamente se usan para levantar planos militares. Por medio de aquella brújula fueron encontrados con más ó menos precisión los puntos cardinales, y para referirlos al interior rle la galería usáronse troritos de hierro atados con laro:os bramantes á los travesafios. A pesar de todo ello, cuando después de la explosión fué visitada la mina por los ingenieros, éstos encontraron que estaba perfectamente hecha. La diligencia suplía los defectos de los intrumentos de trabajo, y el buen humor sostenía las fuerzas. Sería grave error imaginarse aquella terrible conspiración con los atributos tradicionales de los conspirrirse, por falta de dinero, á un empréstito
122 STEPNIAK radores de teatro. Todas las reuniones de los nihilistas se distinguen por su sencillez y por la falta absoluta de aquella pompa ú ostentación que rehuye severamente el carácter ruso, enemigo de lo cómico. En los asuntcs más graves, en los que ha de arriesgarse ó perderse indudablemente la cabeza ó las cabezas, todo se combina por nosotros en cuatro palabras. Ningún desfogue de arte oratorio. Ninguna arenga apa- -sionada, porque no suscitaría más que sonrisas, como cosa perfectamente fuera de propósito. El público no asiste á las discusiones. Todo se arregla entre gente que se conoce á fondo y que comprende perfectamente lo que es y lo que no es. Por qué hacer gala de lo que se sobrentiende á se supone? Muy raramente vibra sin pensar una frase ó una palabra en tono más profundo, ó un relámpago de entusiasmo fulgura en una mirada. Si uno que no entendiera nuestra lengua asistiera á una reunión de terroristas donde se decidiera la cosa más tremenda, la tomaría por una tertulia de gente pacífica que habla tranquila y sencillamente de un asunto sin importancia. Esto lo digo para norma de los bonachones novelistas que han tenido la cortesía de representar tipos de la vida nihilista, porque todos hacen de ellos héroes de melodrama, que, por lo que á nosotros se refiere, en lugar de excitar el entusiasmo, como se les atribuye, hubieran producido precisamente efecto contrario, porque habrían, sin duda, hecho sospechar de la resolución del hablador demasiado fecundo; ya es sabido, que el perro que ladra no muerde. La excavación de Moscou puede servir de excelente prueba de lo que digo. En cuanto al peligro que amagaba á cuantos se encontraban en l a casa fatal, no podía ser ni exagerado ni desconocido. Según las leyes rusas, cuando se trata de un atentado contra la vida del emperador, todos los cómplices, sin ninguna distinción, incluso los encubridores, 5 on castigados con la muerte. Y esta muerte revoloteaba
LA RUSIA TERRORISTA 123 á cada momento, día y noche, sobre las cabezas de los mineros, que de cuando en cuando sentían el aura fría de sus negras alas, cual si se aprestara para arrebatarlos. Algunos días antes del paso del emperador, la policía visitó aquella casa con fútil pretexto. Los trabajadores fueron avisados inmediatamente, y la policía no vió más que á los dueños legítimos de la casa, quienes lo dispusieron todo de manera que no suscitara la me- nor sospecha. La más leve turbación del semblante, e l . más ínfimo temblor de la voz, podían comprometer y provocar un minucioso registro que lo habría descubierto todo. Otras veces era de temer las sospechas nacidas en las mentes d3 los curiosos vecinos (como puede leerse en el relato del proceso de los diez y seis), y que tan bien sabía alejar Sofía Perovskaia. Para demostrar que los mineros no se ilusionaban acerca de la suerte que les esperaba, basta recordar el hecho de la botella de nitroglicerina dispuesta en el interior de la habitación. No obstante todo ello, el buen humor inalterable reinaba en la compañía durante todo el tiempo del trabajo. En la comida, reunidos todos, se discurría, se bromeaba, como si tal cosa, y aquella que tenía en el bolsillo un revólver cargado, destinado á hacerlo saltar todo y á todos—Sofía Perovskaia,—alegraba á menudo á los trabajadores con su risa argentina. Uno de los mineros llegó á componer versos cómicos donde se relataban en estilo burlesco las diversas vicisitudes y aventuras de la excavación.
130 STEPNIAK á fin de combinar las modificaciones indispensables. Colocóse, naturalmente, otro centinela en la entrada del callejón, lo cual requirió un cambio en todo el plan, porque no había medio de recoger las señales de los cinco centinelas estando yo tras el muro del patio. Debíase, pues, introducir centinelas accesorios, para la simple transmisión de señales, ó cambiar la señal decisiva. »Nos decidimos por lo último. »Uno de los nuestros alquiló una habitación en el tercer piso de una casa situada frente al hospital, y desde cuya ventana se podía ver no sôlo los cinco centinelas, sino tambiéa el patio por donde me paseaba. La señal debía dármela el amigo tocando repetidas veces un violín cuando los avisos que él recibiera fueran propicios, y cesando la música cuando alguno fuera desfavorable. Esta combinación presentaba la gran ventaja de indicarme reiteradamente el tiempo favorable á la fuga, dejando á mi mano la elección del momento oportuno. »El primer día, cuando todo estaba pronto, y el coche me esperaba ya á la puerta, fuí yo quien di á los amigos bien malos momentos: recrudeció mi dolencia y me sentí tan débil que no me atreví á arriesgarme á la prueba. Por esta razón no bajé al patio. Mis amigos pensaron que la policía había entrado en sospechas y que ya no me querían conducir al paseo. »Me restablecí dos días después y resolvimos aprovechar aquel intervalo que me dejaba la enfermedad. »Y después de prepararlo todo, los zapatos y la vestidura de cámara, que exigía algunos descosidos para que pudiera arrojarla más pronto, bajé al paseo. Apehas entro en el patio, oigo que suena el violín. La música duró unos cinco minutos; pero no quise aprovecharme en seguida, porque al principio la vigilancia es siempre un poco mayor, instintivamente. Pero he aquí que el violín se calla : dos minutos después en-
,y:. ^-; LA RUSIA TERRORISTA 131 traban en el patio algunos carros cargados de leña, y el violín comienza de nuevo. »Esta vez estaba decidido á aprovechar la ocasión. Miré al centinela: hacía su línea ordinaria, á cinco pasos de distancia entre mí y la salida. Miré su fusil: estaba cargado, lo sabía. ¿ Tiraría ó no ? Probablemente no, porque estando yo á tan poca distancia se decidiría por agarrarme. La bayoneta era mucho más peligrosa en el caso de cjue me faltaran las fuerzas en aquella larga carrera. Pero había yo hecho mis cálculos y estaba seguro de morir si permanecía en la prisión. «I Ahora ó nunca!» dije para mis adentros. Agarré la vestidura... ¡ Uno ! .. . »Pero he ahí que cesa el violín. »Permanecí como aniquilado cual si hubiese levantado un gran peso. »Un momento después comienza de nuevo la música: acababa de pasar entonces una patrulla por uno de los callejones. »Apenas el centinela llegó al extremo de su línea, sin pe-der un segundo, arrojo en tres movimientos bien estudiados mi ropaje de enfermo y salgo disparado como una saeta. El centinela se arrojó aullando sobre mí para agarrarme, en lugar de correr derecho á la puerta y cortarme la retirada, trazando de tal suerte Ios dos lados del triángulo, corno había previsto. Pero estaba yo tan débil que los que vieron nuestra carrera desesperada dijeron que el soldado estaba á tres pasos de distancia y casi me tocaba con su bayoneta. Yo no veía nada de esto. Oía tan sólo sus aullidos y los de los leñadores que descargaban la leña en el fondo del patio. »Junto á la puerta vi un coche, pero por un momento dudé que fuera el nuestro, porque no podía reconocer á mi amigo en el cochero, que estaba atento en el camino. Di para que se volviera una palmada, con sorpresa de los amigos que estaban observando esta
132 STEP1'IAK escena, tomada por ellos por una señal de alegría. El cochero se volvió, lo reconocí, y más pronto que lo que se cuenta me arrojé en el coche, que partió como un rayo, mientras me sentía envuelto en una capa militar que otro amigo tenía á punto, junto con un ros de oficial. »En el hospital, según luego supe, hubo un trastorno indescriptible. El oficial ele guardia acudió con sus sol dados á los aullidos del centinela, gritando mientras perdía la cabeza y se arrancaba los cabellos: »—¡ Oh, estoy perdido, estoy perdido ! ¡ Corred, seguidle seguidle ! , »Pero no era capaz de dar orden alguna. Uno de los nuestros, el que había dacio la señal, precisamente el que tocaba el violin, bajó precipitadamente al camino, y acercándose al oficial, comenzó á apiadarse de su estado, preguntándole: cc . Qué ha sucedido ? . quién ha huido? r cómo ? z cuándo? ¿ dónde ? etc.», consiguiendo así que el oficial, al responderle, perdieraun tiempo precioso. »Una. vieja dió un consejo terrible: »--¡ Pero qué !—dijo.—Darán una vuelta y volverán infaliblemente á Newsky. No hay que dudarlo. Desuncid los caballos de este ómnibus (que estaba. á la puerta del hospital) y cortadles el camino. Es cosa. sencillísima. »Precisamente nosotros hacíamos este camino. Por fortuna no fue seguido el consejo de la perspicaz mujer.)) 1j Cuando hropotkin terminó su relato tocóle el turno á J nan Bokanovsky, de sobrenombre el Cosaco, porque siendo ukraniano de origen, se parecía á los antiguos cosacos de aquel país por su valor, por su sangre fría imperturbable y su taciturnidad. Todos se volvieron ha-
LA RUSIA TF,RRORISTA 133 cia él. el cual, •separando de la boca. su pequeña pipa de maclera, exclamó: —1 Pero si no hay nada que contar ! Vino, nos cogió y salirnos : lie allí todo. —No, no--exlam , aron los asistentes.—Cuéntalo todo con sus pelos y señales. ---Pues bien, cuando llegó el día fijado, vino con dos llaves á nuestras celdas... —No, no—le interrumpieron de nuevo.--i Con sus pelos y seriales! Cuéntalo todo desde el principo hasta el fin. 1l Cosaco, viendo que no tenía evasiva, cargó lentamente su pipa, con el aire de un hombre que se dispone para un largo viaje, la encendió, probó si tiraba bien, y comenzó su relato empleando en él muchas más palabras que las que pronunciaba ordinariamente en tres meses. «Miguel iguel llegó á l a prisión unos dos meses antes de nuestra fuga. Fué asunto largo y difícil introducirle, pero finalmente, con un pasaporte falso de un campesino llamado Fomenko, entró primero en calidad de simple leñador y corno guardián luego. »Merced á su diligencia en el cumplimiento del servicio y de su conducta irreprochable consiguió captarse las simpatías de todos sus superiores. Al terminar el mes, era promovido al empleo de cabo guardián en uno de los corredores de detenidos por cielitos comunes. »Para ciar al director una prueba indudable de sus excelentes cualidades morales, Miguel, siguiendo el consejo de Estefanovicli, espió un día á éste mientras escribía en su celda una carta de ninguna importancia al objeto de hacerse coger en flagrante cielito.
1 34 STEPNTAK »Sin embargo, el director no quiso aprovecharse de su denuncia. »He de advertir que en la prisión de Kief, la posición de los detenidos políticos era en aquellos tiempos del todo excepcional. El terrorismo, que hería antes que nadie á los empleados secundarios, produjo en Kief tal pánico, que todos, desde el procurador hasta el director, nos hacían la corte en competencia, porque temían ser muertos á nuestra primera señal. Por eso, en cuanto supo el director que el que escribía era Estefanovich, el más temido de todos, exclamó: »-1 Déjale hacer !—y no hizo más. »Pe ro desde aquel día, su corazón estaba conquistado por Miguel. »Para complacer á los otros detenidos políticos, el director nos dió como cabo guardián á un tal Nikita, hombre excelente, bueno como el pan. Pero era nece sario librarnos de él á toda costa, porque vacante su puesto tocaría probablemente á Miguel. »Era difícil lograrlo, porque el buen hombre jamás nos hacía ningún mal, por cuya razón debíamos inventar descaradamente contra él ofensas que ni siquiera pensaba hacernos, para poder acudir en queja al director, el cual le recriminaba, le gritaba, le amenazaba, sin que el infeliz tuviera la menor culpa ; aquel buen hombre, en vez de irritarse contra nosotros y cometer, como esperábamos, alguna imprudencia, lo soportaba todo en paz, repitiendo: »--Jesucristo ha sufrido y debo también sufrir yo. )}Estábamos ya desesperados cuando Valeriano Ossinsky, que organizaba nuestra fuga desde fuera, tuvo la buena idea de ir á la posada que frecuentaba. Nikita V decirle, después de hacerse amigo de él como por casualidad, que buscaba un mayordomo para una fábrica de azúcar, en el interior de la provincia. Las condiciones eran ventajosísimas y Nikita no titubeó. El negocio fué bien pronto terminado, y habiendo recibido
LA RUSIA TERRORISTA 135 el dinero para el viaje y un mes de paga anticipada, Nikita abandonó el servicio de la prisión, porque debía partir inmediatamente. »Vacante su puesto, el director fué á hablar amigablemente con Estefanovich y Deuc, acerca del sucesor que debían darnos. »—¿ No os parece que Fomenko (Miguel) sería un hombre muy conveniente ? »Estefanovich hizo un gesto de desagrado y mascu- 116 entre dientes: »—Un espía tiene cuanto pare... »—¡ Pero es un hombre excelente ? - exclamó el di rector. »Miguel fué nombrado cabo guardián en el corredor de delitos políticos. »Estaba hecho lo más importante. Pero no era todo. Podía abrirnos las puertas de nuestras celdas, pero ¿ cómo saldríamos cuatro presos de una prisión custodiada militarmente? »Era preciso no perder un minuto de tiempo. La posición de Miguel era terriblemente peligrosa. La prisión rebosaba de detenidos políticos de toda especie, comenzando por los jovenzuelos sospechosos hasta los revolucionarios seriamente comprometidos. Era gen- :^ te de todas condiciones, y por su actividad pasada, Miguel fué reconocido por muchos. No era de temer una denuncia, porque Miguel, siendo ((ilegal» hacía ya años, no tenía relaciones inmediatas con la gente de confianza. Pero ¿ quién podía defenderlo de las indiscreciones inocentes, tratándose especialmente de un caso tan particular ? "Estábamos realmente como sobre ascuas y resolvimos aprovecharnos Io más pronto posible de la favorable situación creada por Miguel. De modo que una vez bien entrado en su nuevo oficio fijarnos ]a noche para la huida. »La manera más natural de salir era la de disfra-
136 STEPNIAIï zarnos de centinelas, que hecho su servicio salen de la prisión para reunirse en sus cuarteles. Miguel preparó trajes de soldado para dos de nosotros, debiendo permanecer los otros dos vestidos de paisano. Sólo había un sable para los cuatro, pero resolvimos no esperar más. »La noche del día fijado por Miguel nos trajo los arreos militares. Nos disfrazamos, é improvisamos luego con mantas muñecos que ocuparon nuestras camas, para que á la mañana siguiente creyeran que dormíamos. »A media noche Miguel vino para abrirnos las celdas. Pero aquí surgió un obstáculo imprevisto. El guardián de turno que debe vigilar toda la noche vino precisamente á nuestro corredor sin mostrar prisa por irse. »Entonces Estefanovich hizo caer, como impensadamente, un libro descosido en el jardín, cuyas hojas se desparramaron por tierra, rogando entonces su dueño á Miguel que se lo hiciera traer en seguida. Miguel mandó al guardián de turno que lo recogiera, y mientras estaba ocupado en tal labor abandonamos sin ruido nuestras celdas y nos encaminamos hacia la salida. »Cuando pasamos por el corredor del fondo ocurrió una cosa terrible: caminando junto al muro en aquella obscuridad profunda, tropecé no sé con qué; sentí que se me iban los pies, levanté instintivamente las manos, algo me tocó en los dedos, y lo agarré con fuerza para no caer... ¡ Maldición ! un sonido alarmante retumbó por todo el edificio: ¡ era la cuerda de la campana de alarma ! El horror, la vergüenza, el ridículo por nuestra desgracia, pasó como un relámpago ,ante mis ojos. Lo creímos todo perdido. Se oía ya el rumor y las voces de los soldados de guardia, que se levantaban apresuradamente. Pero Miguel, haciéndonos esconder en varios rincones, corre al cuerpo de guardia para decir que había estirado) la cuerda de la campana impensadamente. Volvió de nuevo la calma. Pero entonces surgió
I.A RUSIA T11.RRQIZISTA otro obstáculo ; habiéndonos escondido en distintos rincones, en poco estuvimos que no nos perdiéramos en la obscuridad profunda. i Gracias á Miguel que corrió de unos á otros para juntarnos y ponernos en orden ! »Quedaba lo más difícil: el paso por l.a puerta de la prisión ante el portero y el centinela. Pero esto salió á maravilla. A la voz de Miguel, el portero le dia la llave para abrir el portillo, y el centinela, en su garita, no paró mientes en nuestras extrañas vestiduras. »Pero dados algunos pasos, henos plantados ante un oficial, salido como de bajo tierra. Por fortuna se embozó en la capa y ya no vimos más que la hermosa cabeza de Valeriano Ossinsky que nos apretó radiante las manos. Nos esperaba con un coche para conducirnos á brida suelta hacia el Dnieper, donde flotaba un bajel aprestado para un largo viaje y provisto de provisiones de boca de todo género. »Un momento después volábamos por el río dirigiéndonos hacia el Sur. Aquel viaje acuático duró cerca de una semana. De noche dirigíamos nuestra embarcación al boscaje de la orilla para reposar algunas horas, y de día navegábamos á todo remo. Si distinguíamos en el horizonte lejano la humareda de algún buque de vapor, nos ocultábamos entre los juncos que -bordean el Dnieper. »Llegados á Cremenciug nos encontramos con Ossinsky, llegado por ferrocarril, que nos esperaba con los pasaportes y todo lo pertinente. »Por él supimos que toda la ciudad de Kief fué puesta en zozobra, porque se creía que estábamos escondidos en ella. »En la prisión no se dieron cuenta de nuestra fuga hasta muy entrada la mañana. Viendo que junto coi nosotros había desaparecido Miguel, nadie adivinó la verdad. La confianza que supo inspirar era tal, que el director y todos creyeron que para efectuar nuestra fuga lo asesinarnos, tantoue llegaron á buscar inútilmente su cadáver. '37
13S STEP.N1AK »Sólo cuando se hicieron las necesarias averiguaciones y se reconoció que su pasaporte era falso, se descubrió el secreto, incomprensible hasta entonces, de lo acontecido.» Aquí acabó su relato el Cosaco. Otros tomaron la palabra después de él. Pero por ser los hechos poco interesantes y el espacio exiguo, no los referiré.
hoz uknivatelos (Escondedores) I Estoy otra vez en San Petersburgo. Era perseguido; los esbirros pisábanme los talones. Por dos veces tuve que cambiar de casa y de pasaporte. Pero no podía abandonar la capital por cualquier ciudad de provincia; tenía un encargo que no podía transferir á nadie, y luego amaba á esta ciudad, siemp re en efervescencia, y su vida nerviosa y ardiente bajo un aspecto frío y plácido. Esperaba que los malos vientos que de cuando en cuando soplan para todos los hombres «ilegales» amainarían después de algún tiempo, y que podría pasar extremando las precauciones sin necesidad de recurrir á los ukrivatelos. Quiénes eran esos ukrivatelos? Es una clase numerosisima, compuesta de gente de toda especie, comenzando por la aristocracia y la alta burguesía, y acabando por los empleadillos de todos los ramos del servicio gubernativo, la policía incluso, que sin tomar parte activa en la lucha, y :aprovechándose de su posición social, ayudan y protegen poderosamente á los luchadores, escondiendo, cuando conviene, personas y cosas.
146 STEPNIAK permanecer más tiempo al lado de mi huésped y le rogué me buscara otro escondrijo lo más pronto posible. Con gran asombro mío, consintió apenas con resistencia. —He visto hoy—dijo—á Serof y me ha preguntado por ti ; si quieres, puedo hablarle del asunto. A mayor abundamiento, se halla actualmente en posición excelente. NO podía pedir más ni mejor. El asunto quedó bien pronto listo. Dos días después tenía respuesta afirmativa de Serof. Combiné las cosas para hacer creer á mi huésped que debía ir á una ciudad de provincia para ciertos negocios, y después de haberle dado las gracias y de abrazarle calurosamente, me despedí. —¡ Hasta más ver ! ¡ hasta más ver ! repetía ; -- ¡ buen viaje ! Espero que volváis. Estoy siempre á vuest f ra disposición. No lo olvidéis: La noche comenzaba ya á extender sus negras alas sobre la capital, cuando salí. Estaba soló porque sabía perfectamente cómo encontrar á Serof, que era amigo mío hacía años. II La estancia estaba inundada de luz. En torno de una gran mesa donde bufaba un gran samovar luciente había sentalas en corrillo cinco ó seis personas, entre hombres y mujeres. Eras la familia de Serof, con algunos antiguos amigos. El huésped se levantó con una exclamación de alegría y me tendió ambas manos. Boris Serof era un hombre ya. envejecido. Blanqueaba su espesa cabellera. Pero no eran los años los 1
LA RUSIA TERRORISTA 147 que encanecieron aquella cabeza altiva, que no pasaba de los cincuenta. Había estado complicado en las primeras conspiraciones del reinado de Alejandro II. Hacia el año 186x, siendo médico de la armada en Kasán, tomó parte activa en la conspiración militar de Ivanisky y sus compañeros, uno de los episodios más gloriosos del movimiento revolucionario ruso—olvidado demasiado pron- to por la generación presente, — y debió asistir á la matanza despiadada de todos sus amigos. Por milagro salió ileso, y algunos años después se estableció en San Petersburgo. Desde entonces la policía le tuvo echado el ojo y casi todos los años le hacía una visita domiciliaria. Fué encarcelado diez ó doce veces, por más que su encarcelamiento no se prolongase mucho, porque la policía no conseguía jamás hallar pruebas contra él. Bien es verdad que ya no tomaba parte activa en las conspiraciones, porque tantos años de lucha continua y de continuas pérdidas habían apagado en él lo que es el alma de toda actividad revolucionaria: la fe.— Desde el entusiasmo de sus primeros años había pasado á aquel escepticismo desconsolador que en Rusia es la plaga de las clases cultas y que hace que entre nosotros, en nuestras evoluciones, sean tan raros los hombres maduros: no se encuentran más que jovenzuelos ó viejos. Pero ningún escepticismo podía ' desarraigar del alma de Boris Serof un amor y una especie de culto hacia quienes más afortunados ó más jóvenes que él permanecían en las filas de los combatientes. Aquel amor, unido á cierto espíritu caballeresco y un valor sin igual, le impulsaban siempre á prestar á los revolucionarios servicios de toda clase. Tantos años de práctica le dieron gran habilidad en todo lo referente á la parte exterior de las conspiraciones: organización de correspondencia, depósitos para
148 s TEP N l A x los periódicos y las cartas prohibidas, colectas de dinero per medio de suscripciones ó de cuotas mensuales, etc. —Pero era insuperable en la más difícil y más preciada de todas las funciones—la de escondedor,—que ejercía continuamente, al extremo de invitar cierto día á algunos amigos para festejar y conmemorar el jubileo del decenio de su feliz servicio en esta función. Con su valor á toda prueba, jamás exageraba y no veía el peligro donde no había más que sombras creadas por imaginaciones excitadas. Pero si, por el contrario, el peligro existía realmente, no se le escapaba nunca. Sabía descubrir desde lejos la aproximación de la policía, y hasta hallar las huellas cuando había pasado, como los perros de caza hacen en la selva. Por el aspecto más 6 menos marcial del gorodowzvoi (guardia de seguridad pública) que estaba en la esquina de la calle, deducía 'si tenía ó no el encargo de vigilar su casa. Por ciertas inflexiones de voz del dvonnaik (portero), por el modo de quitarse el sombrero á. su paso, adivinaba si la policía le había hablado y en qué sentido. Por ciertos rumores y sombras, arcanos, traslucía si era inminente alguna pesquisición. Por todo ello, el hombre que acogía bajo su protección, tenía seguras las espaldas. Para dar una idea del gran predicamento que tenía como «escondedor», baste decir que escondió á Vera Zassulich, conducida él por sus admiradores después de su absolución, cuando se había revuelto la ciudad toda para encontrarla y estaba empeñado el honor del partido en ocultarla. Sofía Perovskaia, su gran amiga, solía decir que cuando Boris Serof abria su. puerta en señal de seguridad, entraba mucho más tranquila que el emperador en su palacio. Tal era el hombre á quien estrechaba la mano. Me uní al corrillo que estaba sentado en torno de la mesa y pasé muy alegremente aquella velada, como las
^ LA RUSIA TERRORISTA siguientes, durante todo el tiempo que permanecí en su casa. Era este no sólo el más seguro, sino también el más placentero de los escondrijos que puedan imaginarse. Serof no recurría jamás á ninguna de aquellas precauciones superfluas que son tan fastidiosas y que, á la larga, resultan insoportables. De día trabajaba en una habitación interior para esquivar las miradas de los visitantes fortuitos, y de noche se me permitía salir de cuando en cuando, pero ordinariamente pasaba la velada en casa, en la amable compañía de su familia, embellecida con dos graciosas muchachas hijas suyas, con las cuales tuve bien pronto aquella sincera y pura amistad que es tan común en Rusia entre las mujeres y los hombres, y que tan naturalísima era en nuestras respectivas situaciones, de protegido yo, de protectoras ellas. Pero mi estancia en aquella familia no duró más que una semana escasa. Un día Serof llegó á la hora , de la comida, se encaró conmigo y pronunció sonriendo, con un insignificante movimiento de cabeza, su frase sacramental: --¡ Se huele! — z Qué es? ¿ qué es ?—exclamaron las señoras. — ¡ Oh ! no es nada todavía—dijo.—Pero ¡ se huele ! —z Creéis que el peligro sea inminente ?—pregunté. —No, no lo creo—respondió Serof, como si al mismo tiempo hiciera mentalmente sus consideraciones.—Pero lo espero hace días y, en todo caso, es necesario irse. Contra las consideraciones de tal hombre no era cosa de hacer objeciones. Después de la comida, Serof fué á prevenir á los nuestros, y la misma noche me despedí, disgustado por dejar aquella buena familia, y recomencé mi peregrinación en compañía de un amigo. Algunos días después me dijeron que la policía fué á casa de Serof para hacer su ((visita sanitaria», como 149
150 STEPNIAK éj llamaba á esas pesquisiciones casi periódicas. Pero no encontrándole nada, sospechoso, se volvió con las manos vacías. III Doña Otilia Horn era una vieja de cerca de setenta años. No era rusa y hablaba malísimamente nuestra lengua. Y aun cuando nada le importaban nuestras cuestiones, así internas como externas, era nihilista, y hasta terrorista rabiosa. L a historia de su conversión al nihilismo es t'an original .que merece ser contada. Doña Otilia era danesa. Se estableció junto con su primer marido en Riga, y, habiendo enviudado al cabo de poco, se casó con un ruso y pasó á San Petersburgo, donde su marido recibió un empleíllo en la policía. Y habría vivido tranquilísimamente sus años, sin pensar jamás en el terrorismo, en el nihilismo y demás, á no querer la ,casualidad que la princesa Dagmara se casara con el príncipe heredero del Imperio ruso. Aquel acontecimiento precisamente impulsó á doña Otilia hacia el nihilismo; he aquí cómo: Siendo danesa de origen, y muy fantaseadora por tanto, concibió el ambicioso plan de procurar para su marido alguno de los innumerables empleos cortesanos cerca de la nueva archiduquesa. Para llevar á l a práctica su proyecto, doña Otilia se presentó en persona al embajador dinamarqués, á fin de que éste se interpusiera en favor de su marido, visto que su primer esposo, medio siglo atrás, había tenido una comisión ó un empleíllo—ya no me acuerdo--en la corte de Copenhague. Como era de prever, el embajador mandó á paseo á doma Otilia; pero como la tenacidad de ésta en su
LA RUSIA TERRORISTA 151 propósito la hiciera volver al embajador, el diplomático tuvo la descortesía de permitirse algunas burlas. De aquí nació en el ánimo de doña Otilia un odio implacable contra el pobre embajador. Cómo apagarlo ? Evidentemente era necesario rabiar en secreto sin ninguna probabilidad de éxito. Así pasaron años y más años, hasta que los nihilistas comenzaron sus trabajos. Una idea fulminó entonces en el alma de doña Otilia: «I Esto, esto es lo que me falta !» repitió en su interior; inflamándose en entusiasmo ilimitado hacia los nihilistas, sea porque esperaba que habiendo comenzado , con Trepof, con Mesenzef y con Kropotkin, acabarían con el embajador danés, el más malvado de todos, sea porque el odio contra un hombre tan elevado estalló por todas partes, alcanzando á toda su clase. Nadie podría decir lo que anidaba en el pecho de doña Otilia. ¿ Cómo adivinar los pensamientos riel cerebro trastocado de una mujer septuagenaria? El hecho innegable, perfectamente verídico é histórico, es que doña Otilia sintió inundarse su corazón de una admiración sin límites por los nihilistas. Y como ésta alquilaba habitaciones á los estudiantes, que son todos más ó menos nihilistas, éstos, después de haber reído la tardía pasión política de doña Otilia, acabaron por tomarla en serio, porque en las pesquisiciones que han de sufrir casi todos los estudiantes, doña Otilia demostraba un valor y una presencia de ánimo poco comunes, pues lograba sustraer los libros y documentos comprometedores á la rapiña de los gendarmes, gracias á su edad, que la ponía fuera de toda sospecha, y á todas las pre g untas del procurador respondía con una sagacidad y una prudencia laudables. Los estudiantes la pusieron en relaciones con algunos miembros de la organización, y doña Otilia comenzó su carrera revolucionaria, primero como depositaria de libros y después de la correspondencia, y pronto acabó
152 STEPtiIAK por ser una «escondedora» excelente ; podía fiarse de ella en absoluto, pues era prudentísima é incorruptible, como lo demostró en muchas ocasiones. Así me dijo mi compañero mientras andábamos hacia la casita que poseía doña Otilia. en Kamenostrovsky. Nos esperaba la patrona. Era una mujer alta, robusta, de aspecto enérgico, casi marcial, que no demostraba más de cincuenta ó sesenta años. Aun cuando la veía por primera vez, me recibió con los brazos abiertos, cual si fuera un pariente que regresara después de larga ausencia. Nos trajo en seguida el samovar con pan, leche y dulces, y toda atareada me mostraba la habitación preparada para mí, donde encontré toda una colección de aquellas cosucas que no olvidan jamás las mujeres. Doña Otilia me pidió con interés noticias de tal y cual que habían pasado unas semanas en su casa. Evidentemente, después de haber trabado conocimiento personal con los terroristas, que primero admiraba desde lejos, acabó por amarlos tiernamente, cual si fueran hijos suyos, tanto más cuanto no tenía ninguno. Así se explica que toda su ternura se concentrara en quienes se confiaban á su protección. Debí gastar alguna saliva para que no se molestase, pero quiso á toda costa presentarme á su marido. El viejecito estaba ya para dormirse, pero ella le hizo levantar imperiosamente, y algunos minutos después entró envuelto en un vestido de dormir deteriorado y avanzó arrastrando sus zapatillas descosidas. Me apretó la mano con su sonrisa infantil, haciendo repetidas inclinaciones con su cabecita calva. El buen viejo estaba completamente sometido á su fogosa mitad.
LA RUSIA TERRORISTA 153 —Si es preciso—dijo doña Otilia con gesto marcial, —lo enviaré mañana á la oficina de la policía para que tome informes. El viejecito inclinaba su cabecita calva, sonriendo siempre. Su enérgica esposa le hizo afiliar al nihilismo. ¡ Hasta á él!... # # * En casa . de esta buena mujer estuve todo el tiempo necesario, hasta que pasó la turbonada, y me olvidó la policía, entregada á perseguir á otros. Después de lo cual volví á la libertad y á la vida activa, bajo otro nombre y en otro barrio de la capital.
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Lta imprenta clandestine Fundar una tipografía clandestina, dar al pensamiento libre que lucha . contra el despotismo esta poderosa arma, había sido siempre el deseo ardiente, imperioso, de todas las organizaciones apenas se sintieron en estado de emprender algo serio. Ya en el año 186o, cuando surgieron las primeras sociedades secretas que tienen por objeto la revolución agraria—como .la sociedad llamada ((Tierra y Libertad» y la ((Joven Rusia»,—vemos las primeras tentativas rudimentarias de fundar algo como una imprenta en embrión, que sólo duraron pocas semanas. Era evidente que hasta entonces la imprenta libre que funcionaba en el extranjero, no bastaba ya á las necesidades del partido militante, por más que tuviera á su cabeza un escritor como Herzen. En los últimos diez ó quince años, cuando el movimiento adquirió una fuerza y una amplitud hasta entonces desconocidas, la insuficiencia de las prensas libres que funcionaban en Suiza y en Londres se hizo más manifiesta, y la necesidad de la prensa local, pronta á responder á las cuestiones del momento, cada vez más apremiante. Por eso todas las organizaciones que se vinieron su-