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Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 11-35. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.01 Ciudad y arquitectura en el imaginario utópico City and architecture in the utopian imaginary Emilio Martínez1 Universidad Complutense de Madrid (España) ORCID: https://orcid.org/0000-0001-7121-5269 Aina López2 Universidad Complutense de Madrid (España) ORCID: https://orcid.org/0000-0001-5992-8485 Recibido: 03-10-2023 Aceptado: 27-02-2024 1 ([email protected]). Profesor Titular. Especialista en Sociología Urbana y Teoría de la ciudad. Estudios postdoctorales en École d’Hautes Études en Sciences Sociales de París. Su trabajo académico ha versado fundamentalmente en el ámbito del urbanismo y de la teoría e historia de la sociología urbana (con numerosas publicaciones además de traducciones de clásicos como Robert Park (La ciudad y otros ensayos de ecología urbana), Maurice Halbwachs (Morfología social urbana) y Henri Lefebvre (La producción del espacio) junto a otros autores imprescindibles del pensamiento social (Bourdieu, Wirth, Kracauer y otros contemporáneos). Investigador en Centre d’Études sur l’Actuel et le Quotidien de la Université René Descartes (Paris V, 2005-2006), vinculado al Groupe de Recherche sur l’Espace et la Société. Asimismo ha sido investigador en el Centre Max Weber ENS-Lyon (2015). Su trabajo se ha compaginado con labores profesionales: informes para el Comité de Expertos en Urbanismo del Consejo de Europa (Cracovia, Ibiza), diferentes planes de ordenación y rehabilitación urbana como analista o miembro del equipo redactor (Protección Arquitectónica del Conjunto de Peñacerrada; PERI Casco Histórico de Alicante) y estudios de impacto ambiental (MOPU - BIOFISA). Publicaciones destacadas: Maurice Halbwachs. Estudios de morfología social de la ciudad. Centro de Investigaciones socialógicas, 2008; “Configuración urbana, hábitat y apropiación del espacio”. Scripta Nova. Revista de Geografía y ciencias sociales; “Urban Growth, Policy and Planning of Public Space”. International Review of Sociology / Revue Internationale de Sociologie, Vol. 21, 1, 2011, pp. 89-102 (La Sapienza, Routledge), UK. 2 ([email protected]). Licenciada en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid (1992). Doctora en Sociología por la Universidad de Alicante (2001). Comenzó su labor investigadora y docente en la Universidad de Alicante (1993-2003). Entre 2004 y 2006 se adscribió como investigadora al Centre d’Études sur l’Actuel et le Quotidien de la Université René Descartes (Paris V). En dicha institución se concentró en el estudio de las últimas aportaciones a la teoría de la sociedad-masa. Tras el paso por la Universidad de Murcia, durante el curso 2007, se incorporó al Departamento de Sociología VI (Opinión Pública y Cultura de Masas) de la Universidad Complutense de Madrid, hoy transformado en el Departamento de Sociología Aplicada. Ha publicado diversos artículos sobre Jean-Jacques Rousseau y la teoría social en dicho autor, así como sobre otras materias de teoría sociológica, opinión pública y sociología de la cultura. Académica en el Seminario Ilustración (Fundación Ortega). Publicaciones destacadas: López, Aina. “La idea de progreso en el siglo de las Luces: teoría de la historia y utopía”. En López Sastre, G., Martínez Mesa, F., Rodríguez García, M. y Sánchez-Mejía, M.L. (coords.) Las luces del progreso y la conciencia de la Modernidad. Madrid. Tecnos, 2023, pp. 55-89; “La dérive sociale du programme rousseauiste” (Cahiers Internationaux de Sociologie), 2005, nº 119, pp. 267-288; “La teoría social en la Ilustración” (Revista de Estudios Políticos), 2019, nº 183, pp. 33-65.
12 Emilio Martínez y Aina López Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 11-35. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.01 Resumen Analizamos el papel asignado a los dispositivos espaciales en las utopías adoptando una perspectiva teórica amplia: cultural, social e histórica. Primero documentamos la tendencia de las utopías a plasmarse en proyectos espaciales y esbozamos posibles causas de este hecho: la impronta griega, la preeminencia de la forma sociopolítica “ciudad” y el influjo del ars memoriae basado en tipos arquitectónicos. Después interpretamos la evolución histórica de la cuestión, reconociendo un punto de inflexión en el siglo XIX con el determinismo espacialista e identificando dos planteamientos que denominamos terapéutica del espacio y poética del espacio. Uno ambiciona solucionar los problemas más urgentes de las ciudades industriales mediante la organización espacial. El segundo dispone los diseños espaciales para instaurar un modelo utópico de sociedad, que gracias a la extensión de la ciencia y a la idea de progreso, se consideraba realizable, siendo uno de sus modelos más emblemáticos el Familisterio de Guisa. Palabras-clave: Utopía, Arquitectura, imaginario urbano, urbanismo, socialismo utópico. Abstract We analyse the role assigned to spatial devices in utopian imaginary adopting a broad theoretical perspective: cultural, social and historical. First, we document the tendency of utopias to be reflected in spatial projects and we outline possible causes of this fact: the Greek imprint, the preeminence of the socio-political form “city” and the influence of the ars memoriae based on architectural types. We then interpret the historical evolution of the issue, recognizing a turning point in the 19th century with determinism of space and identifying two approaches that we call space therapeutics and space poetics. One ambitions to solve the most urgent problems of industrial cities through spatial organization. The second arranges the spatial designs to establish a utopian model of society, which, thanks to the spread of science and the idea of progress, was considered achievable, one of its most emblematic models being Le Familistère de Guise. Keywords: Utopia, Architecture, utopic socialism, Urban Imaginary, town planning.
13 Ciudad y arquitectura en el imaginario utópico Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 11-35. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.01 1. Introducción La comuna de Guise (departamento de Aisne, al norte de Francia) es una localidad célebre por su fortaleza del siglo X y por el Familistère, un amplio conjunto habitacional situado a orillas del Oise, a unos quince minutos del centro urbano tras un paseo tranquilo. Edificado entre 1859 y 1876, el Familisterio de Guisa expresó en su día los anhelos de una vida armoniosa y justa, ajena a los desequilibrios territoriales, sociales y económicos ocasionados por el avance de la revolución industrial capitalista. Su promotor, Jean-Baptiste André Godin (1817-1888), quien asumió en el proyecto funciones de arquitecto, juzgó que su próspera posición social como industrial le exigía acciones positivas en beneficio de la sociedad. Entre otras iniciativas decidió construir cerca de su propia factoría un complejo donde trabajadores y familias pudieran disfrutar de condiciones dignas de habitación y desarrollo personal. El Familisterio se compone de tres grandes bloques: un cuadrilátero central flanqueado por dos edificios situado en un entorno de jardines y huertas en un serpenteo del río (Fig.1). La fábrica, el conjunto residencial y las dependencias asociadas (guardería, economato, biblioteca, teatro, escuela…) ocupan 18 hectáreas. Cada uno de los tres polígonos cuenta con un patio acristalado bien ventilado e iluminado por gas. Esto resultó una valiosa aportación al asegurar el uso continuado e higiénico de los espacios centrales pese a los rigores del clima; junto a sus corredores, escaleras y pasillos de conexión, perfilaba un espacio de uso compartido, visibilidad mutua y socialización comunitaria.
14 Emilio Martínez y Aina López Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 11-35. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.01 Figura 1. Familistère de Guise. Le Génie civil, 7 junio de 1884 (Paquot, T. & Bédarida, M., 2004). Sería impropio equiparar el Familisterio a aquellas aldeas industriales contemporáneas como Port Sunlight (Liverpool, 1815), el Grand-Hornu (Valonia, 1816-1832) o las obras de Dollfus en Mulhouse (1862). Estas
15 Ciudad y arquitectura en el imaginario utópico Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 11-35. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.01 operaciones diferían del proyecto de Godin tanto en su propósito moral como en la tipología arquitectónica. Perseguían asegurarse la presencia de una masa de población obrera en el entorno fabril, así como disciplinar a los trabajadores y ligarlos orgánicamente a la tierra. Además, la filantropía con que se legitimaban incurría en una concepción paternalista de las relaciones laborales. En lo concerniente a su composición optaron por una pauta de casitas individuales, configurando un escenario nostálgico –aldeano– donde el trabajador se erigía en digno pater familias, señor de su hogar, manso y diligente. En un contexto agitado por la “cuestión social”, el hábitat diseminado y la privacidad del domicilio debían evitar la propagación de ideologías revolucionarias. Esas formaciones constituían, pues, estructuras espaciales de disuasión. El Familisterio de Guisa no estaba menos orientado a la producción de efectos sociales, pero obedecía a principios éticos y estéticos muy diferentes. En lugar de disuadir las relaciones, pretendía estimularlas mediante el entorno edificado. Godin creyó haber encontrado en el dispositivo espacial del Familisterio la clave que permitía mostrar al mundo que la “ensoñación utópica” podía ser actuada, interpelando a la arquitectura como poderoso vector de transformación, persuadido de que el progreso social de las masas estaba subordinado al progreso de las disposiciones sociales de la arquitectura (Solutions Sociales, 1871). Así, retomando los esquemas constructivos del Falansterio de Fourier, cuyas ideas compartía, e introduciendo rectificaciones e innovaciones específicas, concretó aquellos bocetos ideales en ese complejo habitacional tangible, reducido y sólido que describíamos antes. La arquitectura era solicitada como arte benefactor, instrumento positivo del cambio social. No es extraño que Engels (1872) lo considerase una auténtica “experiencia socialista” pese a las muchas objeciones que este tipo de planteamientos le suscitaba, dada su afinidad con el socialismo utópico. Más escéptico con esta tentativa de arquitectura utópica fue Emile Zola. Aunque el escritor había sido muy crítico con la especulación inmobiliaria del París del Segundo Imperio, y pese a que ciertamente quedó impresionado por el Familisterio (adoptándolo como referente de su relato de anticipación, Travail), lo consideró un experimento cuestionable. Tras visitarlo planteó sus objeciones: no todas las vidas pueden vaciarse en un mismo molde. ¿Era posible habitar la utopía? Los “familisterianos” –a quienes Godin legó todo el conjunto–, sí defendieron la autenticidad del proyecto: ni invocaba un topos ficticio ni conjuraba un futuro quimérico, sino que fijaba las bases espaciales en un tiempo tangible para la vida de una comunidad real; era su aquí y su ahora. Más allá de las posibilidades de realización de las utopías, asunto sobre el que nos hemos pronunciado anteriormente en el sentido de reconocerlas como factores de progreso social (López, 2023), aquí procederemos a examinar el papel otorgado a los dispositivos espaciales en los programas utópicos.
16 Emilio Martínez y Aina López Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 11-35. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.01 Partiendo de la constatación de que las utopías asumieron como tarea propia la construcción del hábitat, y mediante la revisión y análisis crítico de los textos utópicos fundamentales, se aborda la relación existente entre los imaginarios utópicos y los imaginarios arquitectónicos. Esta perspectiva conduce a observar el cambio experimentado por el estatuto del espacio a lo largo de la historia de la literatura utópica. De la centralidad de la ciudad en las primeras utopías se pasó, tras el desarrollo de un cierto determinismo espacial en los siglos XVIII y XIX, a lo que hemos denominado la terapéutica del espacio: con el intento de intervenir en los problemas sociales a través del diseño espacial. Ahora bien, con el socialismo utópico se forjó lo que para nosotros constituye una poética del espacio, esto es, la creencia en que era posible alcanzar una nueva sociedad a través de la composición urbana. La cuestión reviste el mayor interés en el momento actual, pues la interrelación de la justicia social y la justicia espacial sigue mereciendo un lugar central en reflexión académica y en la planificación de la ciudad. 2. Utopía y topos: el significado del no-espacio en las utopías Las utopías proponen un ideal de sociedad asentado en la crítica del orden existente (Mannheim, 2010) del que suelen ser espejos críticos y hasta invertidos. Consideramos además que la utopía configura esta discrepancia asignando un papel crítico a la dimensión espacial desde el momento mismo de su gestación como género literario. Tres aspectos justifican nuestra afirmación. El valor otorgado al espacio se manifiesta en el propio título de la obra con que Tomás Moro (1516) inauguró el género, Utopía (Fig.2): “no hay tal lugar” (ou-topos). En vez de emplear el término latino Nusquama, Moro acuñó el neologismo griego, introduciendo una indeterminación estratégica asumida después por todas las utopías, espaciales, milenaristas o quiliásticas (Mannheim, 2010). En efecto, como expresaba el poema de Anemolio en la edición de 1518, el término remite a un lugar imaginario de eco platónico (“aemula Platonicae”), ni empírica ni históricamente accesible, pero declarado sublime: el Ou-topos deviene Eu-Topos, el buen lugar (“eutopia merito sum vocanda nomine”)3. 3 Sobre este juego deconstructivo véase Marin (1975), que recoge la presencia conjunta en un monograma de lo positivo en lo negativo y de lo negativo en lo positivo. Este autor lo consideraba un único nombre con dos grafías.
17 Ciudad y arquitectura en el imaginario utópico Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 11-35. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.01 Figura 2. Ilustración de Utopía (1516). La referencia a ese otro no-espacio permitió conjugar un recurso literario consustancial a las utopías: el viaje. Este posee una significación específica. Aboca a una experiencia completa de contraste y maduración personal, pues supone siempre un cambio de perspectiva que suscita la mirada comparativa, el inicio de un pensamiento crítico. A ello se suma que en la época, los viajes, especialmente los de navegación, se habían revelado trascendentes. Las exploraciones comerciales eran fuente de riqueza y de misterio, de descubrimiento de nuevos mundos y gentes, también de relatos, llevando a una creciente experiencia de diversidad que contribuiría al avance de la Modernidad occidental. Asimismo, la difusión de la literatura de viajes daba visos de realidad al relato utópico, al asemejarlo a ese género supuestamente fidedigno. Las maravillas a que conducía el peregrinaje utópico parecían menos irreales en un contexto marcado por la progresiva difusión de nuevos y fantásticos descubrimientos. El viaje, pues, matizaba en cierto modo la irrealidad de lo utópico. Un último recurso presente entre la mayoría de las representaciones utópicas, que revela la importancia del espacio en dicho género, es el de la insularidad, en la estela de la isla de los Bienaventurados de Píndaro, la
18 Emilio Martínez y Aina López Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 11-35. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.01 Atlántida en Platón, las islas Afortunadas en Plutarco, las islas de Taprobane [Ceilán] en La Ciudad del Sol de Campanella, la Nueva Atlántida de Bacon, La Basiliade de Morelly... No es un mero detalle geográfico, sino la representación simbólica de la desconexión respecto a la sociedad de origen4. La insularidad sugiere un entorno casi inaccesible, inmaculado, consolidando su condición autárquica y única. La predilección por fantasearlas como ínsulas y la mediación de los viajes ha motivado la asociación equívoca de las utopías con géneros como las robinsonadas y los viajes fantásticos (Trousson, 1995). Ciertamente esta literatura suscita la comparación con el mundo real, pero sin que la guíe necesariamente un propósito utópico, aunque sí reflexivo o satírico. Además, no hay en ella ningún otro rasgo estimable propio de la construcción utópica (López, 2023) ni se observa la asignación de un valor estratégico a la composición arquitectónica o a la ciudad como escenario preciso de una sociedad ideal. Como veremos, el canon utópico acuerda a la organización del espacio arquitectónico-urbano una eficacia primordial. 3. Fundamentos de la ciudad como arquetipo utópico La afirmación anterior se basa en la tesis de que la utopía es “una visión de la ciudad ordenada y de una sociedad dominada por la ciudad” (Frye, 1982: 57). ¿A qué obedece esta compulsión urbana? Debemos a Mumford una explicación verosímil de la razón por la que las utopías han sido explícitamente concebidas como ciudades: la impronta del pensamiento griego. En sentido lato, las primeras utopías, como algunas de las instituciones y principios a los que se orientó el género utópico a lo largo de su historia, se gestaron en la Grecia clásica, donde no se imaginaba otra forma de organización que no fuera la polis: “la primera utopía fue la ciudad como tal” (Mumford, 1982: 31-32). Fuera de ella no cabía sino el caos, la vida azarosa y bárbara. Nunca existió interés en franquear esa forma de organización: en tanto que cohabitación de semejantes, el synoikismo griego (“juntar casas”) se subordinaba a la polis. Pese a esto, y curiosamente, se ofrecen pocos detalles “urbanos” en textos como La República, Las leyes o El Timeo de Platón, casi siempre basados en las ciudades existentes. Tampoco encontramos fantasía urbana alguna en este autor, que optaba por la analogía o la prolongación en su visión de la ciudad: una forma compacta, de escala humana, con un volumen poblacional limitado, como si el exceso demográfico y la dispersión espacial 4 No siempre el agua es medio y límite del aislamiento, agente purificador: la Ciudad del Sol de Campanella está en una planicie tras poderosas fortificaciones; el Falansterio, aislado entre 400 hectáreas; la Icaria de Cabet en un amplio llano, tras altas cordilleras en tres puntos cardinales, siendo el océano el cuarto.
19 Ciudad y arquitectura en el imaginario utópico Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 11-35. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.01 pudiesen afectar a la calidad de las relaciones ciudadanas5. No obstante, con él y tras él, ciudad y ciudadano continuaron enlazándose, como observamos en la filosofía aristotélica o en las referencias de Hipodamo de Mileto, el primero en diseñar una ciudad en damero. Nuestra conformidad con la tesis de Mumford no nos impide formular otras dos hipótesis sobre la propensión de las elaboraciones utópicas a la representación urbana. La primera parte de la preeminencia de la ciudad respecto del resto de formaciones sociales y políticas a lo largo de la historia de la humanidad. Si no nos referimos directamente a la universalidad de la forma urbana es por la prexistencia de la organización tribal (aunque esta fue perdiendo influencia, primero con la llegada de ciertas religiones universales, después con el avance del complejidad económica y social). La preeminencia histórica de la ciudad ha sido ampliamente documentada. Charles Tilly (1992) sitúa las primeras ciudades hace unos 8.000 años (Jericó) y un aumento importante de su número hace 6.000 años. Sólo mucho después, hace 2.500 años, aparecería una nueva forma política (Manent, 2013) y social: el imperio. No obstante, las ciudades lograrían convivir con estos, con mejor o peor fortuna, como lo harían también con los estados-nación (desde hace 500 años). La globalización tampoco parece haber minado la relevancia de las ciudades (Sassen, 2000), aunque las ha transformado en diversos sentidos, como antes lo perpetraran otras formas políticas. Si a esta preeminencia histórica le añadimos la consideración de su concreción física y su relativa estabilidad, podemos afirmar que las ciudades han sido el hogar de la humanidad por antonomasia, su condición empírica. Y por ello, sugerir que se han transformado en moldes muy profundos del pensamiento humano, pues, siguiendo la teoría de las representaciones colectivas de Durkheim [1912] “la vida social es fuente principal de la vida lógica” (Durkheim, 1982: 401). La segunda hipótesis, que desarrolla la anterior, considera los efectos del ars memoriae sobre nuestros marcos de pensamiento (Martínez, 2012), explicando en parte la centralidad de los paisajes urbanos y de la construcción arquitectónica en la utopía, pero también la regularidad y la similitud de los planteamientos urbanos y arquitectónicos utópicos. Desde la Antigüedad, el modo en que se glosaban los discursos obedecía al ars memoriae, uno de los dominios de la retórica (inventio, dispositio, elocutio, memoria y pronuntiato). El ars memoriae fue el gran instrumento 5 En Grecia se practica una biopolítica de control urbano, temiendo que un tamaño demográfico excesivo desbordara la eficacia de las instituciones ciudadanas. Aristóteles consideraba que si “diez ciudadanos no hacían una ciudad, con diez mil ciudadanos dejaba de serlo”. Aunque es la cifra que Hipodamo de Mileto establece como óptima, muy lejos de los 5040 individuos de Platón. La continua actividad expedicionaria y colonizadora de las polis griegas, con un fundamento económico, obedece también al orden de la biopolítica, al deseo de aliviar la presión poblacional. Límites similares aparecerán en las utopías posteriores, en especial en el socialismo utópico.
26 Emilio Martínez y Aina López Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 11-35. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.01 Fue así como la Ilustración y la idea de progreso prepararon el terreno al socialismo utópico y su gran aportación a la utopía y a la concepción del espacio construido, transmitiendo el sentido de proximidad histórica de la utopía y mediante una llamada a la ciencia y a la acción. No obstante, otro factor fundamental para comprender el socialismo utópico lo constituye el propio devenir histórico de la sociedad europea, muy especialmente, los efectos devastadores de la industrialización, el éxodo rural y el empobrecimiento de las clases populares. 5. La terapéutica del espacio en el siglo XIX En efecto, a partir de la revolución industrial se produjo un cambio sustancial en el paisaje urbano europeo. Aparecieron nuevos centros y tuvo lugar un crecimiento considerable de la superficie, fisonomía y volumen de las ciudades existentes. Todo esto afectó a sus funciones y al significado atribuido por los habitantes al entorno urbano. Las ciudades, hasta entonces bien ceñidas, compactas e integradas, comenzaron a descomponerse junto con la cosmología que las sustentaba. Actividades de toda índole, gentes de distinta procedencia y masas recelosas se apiñaban en espacios de miseria donde imperaban el caos, la enfermedad y la pobreza desesperada. Cundía el desasosiego ante un entorno sacrificado a las exigencias de la industrialización capitalista. Fue entonces que la organización del espacio urbano y de las condiciones de una vida digna y segura comenzaron a preocupar a mandatarios, arquitectos y reformadores sociales. Pero ¿cómo justificar una intervención? Desde luego se invocaron los valores del progreso, la ciencia y la acción humanas, pero también se adoptaron metáforas organicistas y médicas en la comprensión de los fenómenos humanos y urbanos. Era posible concebir la ciudad y la sociedad misma como cuerpos enfermos aquejados de distintas afecciones, de modo que, como en la práctica clínica, resultaba ineludible intervenir para sanarlos. La metáfora de la ciudad como un cuerpo doliente tendría un recorrido exitoso8, entre otras razones porque otorgaba mayor legitimidad la intervención en la ciudad: el “arte de construir” se equiparaba a una praxis curativa. Estos modelos coincidieron también con el avance del positivismo y una creciente medicalización de la sociedad (Foucault, 1996) que fueron asumidos por las nacientes ciencias sociales, incluido el incipiente urbanismo. Así se explica que el espacio construido adquiriese un nuevo estatuto a partir de la concepción de la intervención urbana como terapéutica espacial. 8 La metáfora clínica es una de la más extendidas entre los urbanistas de todas épocas. Cerdá, en su Teoría General de la Urbanización (1867) usaba el símil médico y hablaba de la disección de la ciudad; Le Corbusier afirmó en La ville radieuse (1935) que las ciudades del mundo estaban enfermas y F. L. Wright planteaba la extirpación de los tumores cancerosos de la ciudad.
27 Ciudad y arquitectura en el imaginario utópico Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 11-35. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.01 El análisis de F. Choay (2006: 348-52) insiste en esta visión sanadora a partir de la consideración del espacio como phármakon. En Fedro, Platón había esgrimido una tesis sobre la escritura como φάρμακον (phármakon), considerándola veneno o remedio según la dosis, que es susceptible de aplicarse al diseño de las formas espaciales como recurso de intervención en los procesos sociales. Choay nos recuerda que también en las Leyes o en el Critias Platón otorgaba al espacio un rol estabilizador de las instituciones9. En definitiva, el espacio construido asumiría un rol terapéutico, y ya no solo en las imaginaciones utópicas, sino también en la planificación urbanística moderna: se convertiría en un remedio destinado a la cura de una entidad enferma. 6. De la terapéutica a la poética del espacio: las disposiciones del socialismo utópico Por supuesto, los utopistas del momento subscribían la confianza de la Ilustración en la Ciencia y la Razón para revelar las leyes de la naturaleza y deducir los principios correctos de la organización humana. Las desarrollaron llevando estos impulsos y métodos a sus obsesiones reconocidas, es decir, al hábitat como vector de sociabilidad, orden y progreso. Este movimiento se benefició de un postulado sensualista en auge al que Vidler (1981) no dudaría en calificar como la base primitiva del “conductismo ambiental”. Se trata de la idea según la cual el entorno posee un influjo primordial sobre los sujetos, llegando a configurar un automatismo estímulorespuesta. El poder del entorno sobre la mente, sus efectos sobre el cuerpo y el alma, eran la fuerza formativa y transformadora básica del hombre y de la sociedad. La filosofía sensualista, la maquinaria primitiva del conductismo, enseñaba que lo que rodea la vida era el factor determinante en primera instancia del carácter... A partir de aquí era fácil llegar al postulado inverso; o sea, a decir que los cambios en el entorno darían lugar a unos cambios en el estado de conciencia (Vidler, 1981: 42). Esta línea de pensamiento derivó en muchos casos en un determinismo espacial para el que la mera manipulación del entorno construido podría inducir cambios sustanciales en la sociedad. La utopía invocaba un nuevo demiurgo: la posibilidad de generar una nueva sociedad a través del diseño del 9 Dado que el urbanismo también puede desplegar planes de demolición y exclusión, no está de más considerar que, como aprecia Girard (1972), pharmakos también era equivalente de “chivo expiatorio” en los rituales de purificación de la Grecia antigua.
28 Emilio Martínez y Aina López Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 11-35. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.01 espacio y lograr un nuevo orden social, un nuevo hombre. Lógicamente, no se pierde el ánimo esteticista propio de las utopías precedentes -por ejemplo, J.S. Buckingham (1786-1855) afirma respecto a su prototipo urbano, la ciudad de Victoria, que una arquitectura bella hace más feliz a sus moradores-, pero la dimensión ornamental se supedita a la grandilocuencia de los objetivos sociales. Y esto tanto en las utopías como en la Arquitectura, que confluyen en la misma vocación. La construcción y disposición del espacio no sirve ya únicamente a la solución de patologías sociales, sino también a la formación de la sociedad. De la terapéutica del espacio se transita a la poética del espacio. Así pues, el tratamiento de las formas espaciales permitiría lograr los grandes objetivos de la utopía: demoler el pasado, hacer avanzar el progreso, erigir sociedades y nuevos individuos. De Morelly a Owen, de Ledoux a Le Corbusier, la sobrevaloración de los efectos del espacio fue una de las constantes del imaginario utópico urbano. Los prototipos ideados por el socialismo utópico son paradigmáticos respecto al empleo del espacio construido en el sentido que acabamos de exponer y supusieron un cambio desde el modelo precedente: de la terapéutica a la poética, del ánimo curativo (superar la desigualdad, la división, la incomunicación…) al claramente demiúrgico (una sociedad nueva). Esto lo observamos tempranamente en Robert Owen (1771-1858), primero en New Lanark (Escocia, 1799) y después en su intento fallido de la comunidad de New Harmony (Indiana, EE. UU., 1826). En Report to the Committee for the relief of the manufacturing poor (1817) Owen afirmaba que si se deseaba un cambio radical benefactor del carácter de los trabajadores era necesario arrancarles de la influencia de un medio corrupto (el hábitat industrial) y situarlos en condiciones conformes al temperamento natural del hombre y favorables al bienestar de la sociedad. Con tal propósito esquematizó el “Paralelogramo”, el colosal cuadrilátero cívico para una comunidad de 1200 habitantes. En el centro se situarían los servicios comunes, la biblioteca y las escuelas; en los laterales, las residencias y apartadas de lo anterior, las actividades de trabajo industrial: tal era, según el autor, la forma adecuada y equilibrada de ubicar a la población en el territorio (ni campo ni ciudad), satisfacer plenamente las necesidades de sus moradores, proporcionarles sosiego y estímulos y garantizarles el saber y el desarrollo personal. Su finalidad era hacer del entorno edificado un artefacto capaz de multiplicar la eficiencia física y el bienestar espiritual (A New View of Society and Other Writtings, 1818) (Roncayolo y Paquot, 1992). No menos sugestivo era el artefacto ideado por Charles Fourier (1772- 1837) para lograr una sociedad perfecta: la del “garantismo”. Si en el mundo físico regía la Ley de la gravitación universal, para el mundo social debía preservarse la “armonía universal” a través de la “armonía de las pasiones”. A tal fin trataba de servir la arquitectura del Falansterio (Fig. 5), concebida
29 Ciudad y arquitectura en el imaginario utópico Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 11-35. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.01 para una comunidad organizada en agrupaciones funcionales perfectamente planificadas en todos sus detalles: las Falanges, un colectivo de unos 1620 individuos, habitando un edificio común, el Falansterio o Palacio Solidario, rodeado de tierras fértiles para su explotación agrícola. El diseño trataba de enfrentar las patologías de la sociedad industrial y el hábitat obrero. A la carencia de vivienda en los tugurios urbanos se respondía con una solución colectiva, en altura, rodeada de verdor, naturaleza e higiene. Frente al hacinamiento, espacios abiertos. La falta de empatía y solidaridad típicamente urbana se resolvía con un prototipo edificado de tal modo que fomentase el establecimiento de vínculos permanentes entre los moradores. Los servicios comunes (bibliotecas, salas, el patio de invierno, escuelas, refectorios, y en especial la calle-corredor) actuarían como catalizadores de las relaciones sociales “armónicas”. Fue el discípulo de Fourier, Victor Considérant, quien explicitó la arquitectura del falansterio en Description du Phalanstère et considérations sociales sur l’architectonique (Destinée social, 1840) (Roncayolo y Paquot, 1992): se pretendía poner el arte al servicio de progreso social mediante un diseño de “arquitectura unitaria” que convirtiera la mera densidad demográfica en una vida plena de interacciones e intercambios que facilitara la integración. Figura 5. Representación del Falansterio de Fourier (Fuente: Lang, J. Social and Philanthropic Urban Design, 2020) La importancia del Falansterio de Fourier no es desdeñable, aunque jamás erigiese alguno: de él provienen el Familisterio de Guisa, la casa-comuna de Ginzburg (el Narkomfin, Moscú 1928-1932) o la Unité d’habitation de Le Corbusier. Pero la influencia de este planteamiento utópico en el urbanismo del siglo XX es mucho más radical. La voluntad de inducir conductas específicas mediante el uso de efectos de contexto (favoreciendo proximidades o distancias, encuentros o desvíos, así como canalizando los flujos), la estandarización de las tipologías constructivas o la normalización de un espacio pensado en su funcionalidad y propósito se observan en estos y otros diseños utópicos, que constituyen expresiones maximalistas del “determinismo ambiental” frente a
30 Emilio Martínez y Aina López Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 11-35. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.01 lecturas posibilistas y probabilistas, más abiertas a reconocer la capacidad de los propios grupos e individuos de instituir sus prácticas espaciales y aun su existencia de acuerdo con otras variables (estructura social, cultura, edad, etc.). Por lo tanto, el socialismo utópico fue claramente precursor de la fascinación que manifiesta el urbanismo moderno por configurar un nuevo orden social mediante la disposición de un orden espacial. Mumford evoca el mito de Procusto para advertir sobre los riesgos de la voluntad de estandarización del socialismo utópico. Como en el lecho de Procusto, se trataba de forzar el encaje de los sujetos y las sociedades en severos parámetros espaciales establecidos a priori. La consideración del hábitat como determinante del hábito es el paso previo a la instrumentalización del espacio construido para la manipulación, control o transformación de la organización social. Y este determinismo ambiental que subyace en el socialismo utópico y en la planificación urbana durante buena parte del siglo XX descubre un ánimo mucho menos ingenuo de lo que aparentaban inicialmente, más autoritario y deshumanizante. Mucho antes, Marx y Engels ya habían rechazado el determinismo espacial de este movimiento, pues eclipsaba el ascendente de otros muchos factores sobre la vida social. En El Manifiesto comunista (1848) reconocían en Saint Simon, Fourier, Owen y Cabet un contenido crítico que socavaba los fundamentos de la sociedad existente al trazar como metas positivas la desaparición del antagonismo ciudad-campo (manifiestamente resuelto en los modelos de comunidad utópicos); la abolición de la familia (sobrepasada por la colectividad); o la abolición del trabajo asalariado y del beneficio privado. Sin embargo, estimaban que la solución ofrecida era absolutamente fantástica, negando iniciativa política al proletariado, al suplantar la acción colectiva por el ingenio individual y técnico, al obviar la importancia de la historia en beneficio de un hábitat ficticio. Especialmente, desde una dialéctica del vínculo sociedad-espacio, Marx y Engels sostenían que la configuración espacial era un efecto necesariamente desprendido del orden social, político y económico existente. No resultaba creíble que la arquitectura pudiera avanzar las transformaciones infraestructurales o cambiar la sociedad; ni siquiera que el cambio social implicara necesariamente el de la arquitectura. La suya era una utopía de proceso social. La aparición de las vanguardias constructivistas y del desurbanismo soviético, no obstante, vendrían a incidir en el significado del hábitat construido como expresión cultural de una nueva sociedad (la comunista), como lo haría también el urbanismo moderno derivado de las propuestas utópicas racionalistas.
31 Ciudad y arquitectura en el imaginario utópico Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 11-35. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.01 7. La arquitectura descubre la utopía Hemos identificado las condiciones que posibilitaron la confluencia histórica de la Arquitectura y la utopía y que nos remiten al momento en que la primera hizo suya esa propensión consustancial de la utopía a vincular proyecto social y proyecto espacial. Por su parte, asumiendo esta dirección, la Arquitectura podría acreditar toda su ambición facultativa: aunar sentido práctico, opción estética y prescripción moral en una manufactura única. A partir de entonces se postularía no sólo como creadora eficaz de espacios, sino también de formas de vida, moldeando continente y contenido, elevándose hacia una misión trascendente. Por supuesto existen otras vías de penetración del espíritu utópico en la Arquitectura. En particular, muy querida, la que responde a la agitación intelectual característica del oficio y de todo cuanto conlleva: ejercicio continuado de imaginación formal, búsqueda de innovaciones y soluciones insólitas en la disposición de volúmenes, en la apariencia o en los materiales constructivos ante los desafíos del devenir. Esta cualidad hace buena la anotación de Ruyer (1950) acerca de la capacidad del método utópico para “explorar posibilidades laterales”; o la de Bruno Taut cuando la contempla como un modo de sacudirse la desidia típica en una profesión instalada. Esta inquietud todavía es reconocible en esa Arquitectura que elude el grosero mercantilismo inmobiliario. Siendo así, la utopía arquitectónica -como sostenía Ernst Bloch en El principio esperanzapodría culminar en una manifestación de los paisajes del deseo (habituales en la pintura o la literatura). En otros sentidos resulta sorprendente esta convergencia entre Arquitectura y utopía, pues tienen cometidos y modos de proceder distintos. La primera se orienta a construir en el sentido literal del término, basándose en el conocimiento de las leyes de la naturaleza, sirviéndose de recursos materiales y planteando una objetivación relativamente inmediata de sus esfuerzos en un hacer que se sobrepone a la naturaleza. La segunda construye en un sentido figurado, tratando de superar el orden social conocido y frecuentemente orientándose por el deseo o los valores en mayor grado que por el conocimiento de la condición humana o la legalidad social. Además, su objetivación requiere de la deconstrucción del entorno humano conocido: por lo tanto, suele quedar en suspenso. Pese a todo, en ambos casos se reconoce un proceder típicamente humanista, se configura una idea para la consecución de un objetivo, de una empresa destinada a perdurar en el tiempo: implica un demiurgo. Quizás por ello, como si de un juego de espejos se tratase, cada una se reconoce en la otra, diseño y designio se entrelazan y legitiman recíprocamente. Desde una lógica lefebvriana entendemos que la representación del espacio (ideal en el utópico, planimétrico en el arquitecto) conforma el espacio de representación, el medio donde se practican relaciones y contenidos sociales específicos.
32 Emilio Martínez y Aina López Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 11-35. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.01 8. A modo de conclusión: la utopía, contra la memoria Hemos examinado cómo las utopías plantean una crítica del orden existente y proponen una nueva sociedad en que la (nueva) forma urbana es un elemento capital: la arquitectura política y social de la comunidad perfecta descansa en el arte de construir una base material específica. El espacio utópico nunca es un receptáculo inerte. Además, radicalizada la tesis ambientalista, la manipulación de las variables espaciales y arquitectónicas se juzgó como la condición necesaria y suficiente para la consecución de la sociedad deseada. Nos interesa ahora llamar la atención sobre un aspecto implícito en las utopías y su plasmación espacial: en la medida en que el designio utópico trataba de romper con las condiciones de existencia conocidas, en la utopía se anunciaba un modo de “destrucción creativa”. En ese sentido, las propuestas del socialismo utópico se dirigen tanto a dejar atrás las formas de hábitat y de habitar tradicionales como a establecer la gramática socioespacial del futuro: un nuevo entorno, una nueva vida. La nueva arquitectura se convierte así en un principio fundamental de un ars oblivionalis (Eco, 1989; Martínez, 2012), pues los prototipos planteados por la nueva arquitectura erigen una pantalla respecto al pasado, el pharmakon de una terapia radical en clave de voluntad nietzscheana: para vivir también hay que olvidar. Pero esto plantea la necesidad de repensar nuestra articulación con el pasado. No olvidamos que el espacio consolidado puede devenir contendedor y soporte de la memoria de individuos y grupos sociales, proporcionando continuidad y reforzando la identidad del grupo. Tal es el fundamento de las políticas de memoria y patrimoniales. Si como sostenía John Ruskin (1849) no podemos recordar sin arquitectura, quizá su desaparición deba entenderse como el principio del olvido. La condición necesaria para una nueva sociedad, libre de las estrías del pasado, de los anclajes de las viejas identidades y sus lugares, entraña también un vacío. Quizá esto pueda justificarse cuando se advierte un proyecto de sociedad, algo que resulta dudoso en el espacio neoliberal contemporáneo, donde la asepsia mercantilista de sus lugares, la extensión de sus periferias sin atributos, la levedad de sus interacciones y la urgencia con que todo es consumido y nada consumado parece encaminarnos a olvidar que una vez lo hubo. Será que, como dijo Mumford, cada época sueña su utopía y su topos.
33 Ciudad y arquitectura en el imaginario utópico Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 11-35. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.01 Referencias bibliográficas: Avilés Fernández, Miguel. Sinapia. Una utopía española del Siglo de las Luces. Madrid: Editora Nacional, 1976. Benevolo, Leonardo. Los orígenes del urbanismo moderno. Madrid: Celeste. 1992. Blanco Martínez, Rogelio. La ciudad ausente. Utopía y utopismo en el pensamiento occidental. Madrid: Akal, 1999. Bloch, Ernst. El principio esperanza. Madrid: Trotta, 2007. Boucheron, Patrick. “De la ville idéale à l’utopie urbaine: Filarete et l’urbanisme à Milan au temps des Sforza. Cahiers de Fontenay», 69-70 (1993), pp. 53-80. Disponible en https://www.persee.fr/doc/cafon_0395-8418_1993_ num_69_1_1612 Cabet, Étienne. Viaje a Icaria [1842]. Barcelona: Orbis, 1985 Choay, François. La règle et le modèle. París: Éd. du Seuil, 1980. Choay, François. Pour une anthropologie de l’espace. París: Éd. du Seuil, 2006 Durkheim, Émile. Las formas elementales de la vida religiosa [1912]. Madrid: Akal. 1982 Eco, Umberto. “Sobre la dificultad de construir un Ars Oblivionalis”, Revista de Occidente, 100 (1989), pp. 9-28. Engels, Friedrich. Contribución al problema de la vivienda, 1872. Marxists Internet Archive. Disponible en: https://www.marxists.org/espanol/m- e/1870s/vivienda/index.htm Foucault, Michel. “Historia de la medicalización”. En La vida de los hombres infames. Ensayo sobre desviación y dominación. Buenos Aires: Editorial Altamira, 1996, pp. 55-69. Fourier, Charles. Le nouveau monde industriel et sociétaire [1829]. París: Éditions Flammarion, 1973. Disponible en http://classiques.uqac.ca/ classiques/fourier_charles/fourier_charles.html Frye, Northrop. “Diversidad de utopías literarias”. En Manuel, F.E., Utopías y pensamiento utópico, Madrid: Espasa Calpe, 1982, pp. 55-81. Girard, René. La Violence et le sacré. París: Editions B. Grasset, 1972. Lang, Jon. Social and Philanthropic Urban Design. Nueva York: Routledge, 2020. Disponible en https://www.routledgehandbooks.com/ doi/10.4324/9781003016670-5 López, Aina. “La idea de progreso en el siglo de las Luces: teoría de la historia y utopía”. En López Sastre, G., Martínez Mesa, F., Rodríguez García, M. y Sánchez-Mejía, M.L. (coords.) Las luces del progreso y la conciencia de la Modernidad. Madrid. Tecnos, 2023, pp. 55-89.
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