Discurso leído en la apertura del año académico de 1891 á 1892 en la Universidad Literaria de Sevilla
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DISCURSO LEIDO EN LA APERTURA DEL AÑO ACADÉMICO DE 1891 Á 1892 EN LA Univbbsidad Literaria IDE SE"^IXjI_i-^ POR EL DOCTOR o\\ lie ji l'eiitaiitleJi, CATEDRÁTICO DE METAFÍSICA SEVILLA Iaipiiknta calle Almudena, núm. 5 (EN LA DE t.A ALHÓNDIGA; 1891
DISCUKSO IIÍAUGURAL
. --^nos hace, tantos que creo ser ya el único de los individuos dé Claustro que haya tenido que pasar por tan difícil prueba, al pre¬ sentarme por primera vez ante vosotros, tuve que dirigiros desde este sitio la palabra. I'resca todavía estaba entonces la memoria de aquel insigne maes¬ tro de talento profundísimo, de viril elocuencia, de entendimiento in- •^omparable, que, á nacer en pueblo más afortunado, hubiera logrado huizá que el nombre de José Contero se grabara en aquella página preferente que reserva la Historia para los príncipes del pensamiento. Pasó por esta tierra sin bienes y sin honores; aprendió sin maes¬ tros; enseñó sin libros; la piedad de los numerosos discípulos que adoc¬ trinara, no ha conseguido formar con los esparcidos fragmentos de sus ^explicaciones un cuerpo de doctrina; y, sin embargo, á él se debe aquel primero é irresistible impulso que, tras largo desmayo, hizo despertar tas energías latentes de la conciencia pátria, cuyas primeras luces di¬ siparon las sombras de aquella filosofía flehcya que venia dominando la Europa durante todo un siglo, y más tarde pusieron al descubierto la urdimbre vasta de aquél, si aparatoso y cómodo, superficial y vácuo eclecticismo, que, enseñoreado de la ciencia, informaba todos los órdenes de la vida.
— 6 — Más hizo aún mi venerado maestro^ mi predecesor ilustre. Adivinó los métodos y presintió las principales soluciones del maravilloso mo¬ vimiento científico que ha hecho de Alemania la Grecia de la edad mo¬ derna, ( 1 ) y del que, separados nosotros por bnrrei*as casi infranquea¬ bles, ni al principio tuvo noticia, ni nunca llegó á conocer enteramente (2). Hecho ignorado por los más y, sin embargo, digno de atenta con¬ sideración y estudio. Mentís á los que nos niegan toda capacidad para el conocimiento filosófico. Pues bien, E.Kcmo. Sr., á este varón eminente, por tantos títulos dignos de alabanza, jóven aún recien salido de las áulas, venía yo á sustituir. Corrieron los dias; blanquearon mis cabellos; debilitóse mi voz; flaqueó mi memoria; empalideció mi fantasía; oscurecióse mi inteligen¬ cia, y cuando, rotos ya casi todos los lazos que á esta existencia me ligan, sólo me retiene entre vosotros la afición invencible que desde niño á la ciencia y á la enseñanza he profesado, la muerte de otro, profesor eminente, de universal renombre, la del ilustre y dignísimo Decano de esta Facultad, á quien también, por mi desgracia, he te¬ nido que sustituir, me obliga de nuevo á dirigiros mi voz desde esta cátedra. Más elocuentes que la mía eran las que debieron encarecer sus mé¬ ritos y nuestro duelo; pero mis compañeros, temerosos de que se pu¬ diera confundir la verdad con la lisonja, creyeron sin duda que nada habían de perder, ni el uno por justificado ni los otros por evidentes, al pasar por la boca de un adversario. Porque su adversario fui. Si esas bóvedas pudieran recordar, sus ecos repetirían ahora nuestras opuestas opiniones, ya que el amor á la. paz, el respeto que ambos profesábamos á nuestro Rector veneradisimo, el eximio latinista y castizo escritor que con hilos de oro ha tejido la historia de nuestra Universidad, y la palabra ante él empeñada, con¬ siguieron, no sin trabajo, de nuestros enardecidos ánimos juveniles, que la prensa no las repitiei'a. iNobilísimas batallas del pensamiento en que las heridas curan y el vencido gana! Gomo los cuerpos con el continuo roce, las ideas al chocar pierden su aspereza. Sin abjurar ninguno de los dos, mentirosa
y cobardemeíi'te, de lo que su conciencia le dictaba, creció con la lucha / nuestra común estimación, y hoy, sin onemiga y sin aquél, por excesi¬ vo, mortiñcante deseo db enaltecer, que no es más que la última forma déla enemistad en ánimos generosos, me atrevo á diseñaros fiel, aun¬ que toscamente, una figura en que resaltan tantas y tan excelentes dotes, seguro'de que si la fortuna, justa alguna vez, hubiera cambiado nuestros destinos, resonarian aqui laúdes, si nó á cualidades que la mentira misma no sabría inventar, al amor desinteresado de lo ver¬ dadero, único que de mi pudiera llegará vuestros oidos sin provocar vuestra sonrisa y mi sonrojo. Era el doctor D. Francisco Mateos Gago, ejemplar del sacerdote ilustrado, genuinamente español, en quien felizmente se aunaban la razonada sumisión del tomista y la independencia del místico, evitán¬ dole caijr en dos extremos igualmente peligrosos; el mero formalismo externo y la aprehensión subjetiva. Jamás la duda turbó su inteligen¬ cia; jamás se le ocurrió' aliar la religión con su provecho, seducido por el especioso sofisma que tras la utilidad común disimula la propia. Adalid el más esforzado de las doctrinas y délos privilegios de la Iglesia, ni solicitó'ni obtuvo ninguna dignidad eclesiástica; cam¬ peón el más valiente de la antigua monarquía, no mereció á los go¬ biernos distinción alguna, por más que las tesis que sustentara se mi¬ raran durante toda su vida, muchas veces con favor, casi siempre con agrado.. Pero el sacerdote y el ciudadano con quien en dias de bonanza no tropezaron nunca en el camino de-la ambición, tan lleno de gente^, otros menos merecedores y más audaces, reclamó sienipre el primer puesto, que los más obligados abandonaban, en los dias de aflicción y de peligro. / ¿Quién no recuerdá, para no remontarme á épocas más lejanas, sus heroicos hechos en el último cólera? Sacerdote, acudió al servicio espiritual, viniendo en auxilio de su pobre párroco sexagenario y va¬ letudinario atribulado; ciudadano, organizó el servicio de sanidad y beneficencia, llevando de casa en casa consuelos materiales y espiri¬ tuales en dias sin descanso y noches sin sueño, siendo no pocas veces, en aquella universal tribulación, médico, sacerdote y enfermero. ¿Qae
importa que los políticos no premiaran, aiiná su despecho, servicios semejantes? El galardón que le negaron, la gratitud de Sevilla entera se lo concede por mi enemiga boca. Infatigable polemista, el estilo del doctor Gago, con sus aciertos y sus lunares, tiene muy cercana parentesco con los de Albarado y el autor de la Falsa Filosofía) la misma erudición sólida, algo á la anti¬ gua; la misma lógica implacable, hasta cruel; la misma habilidad pa¬ ra desviar al enemigo de los puntos flacos, con las artes escolásticas; las mismas sales andaluzas, más gráficas que pulidas. Su tradicionalismo, entendido el vocablo en su buena acepción,.- más que al grandilocuente y personal de Donoso, un tanto á la franco- , sa, se parece al nacional é histórico de los Mausonas y Julianos, y, siguiendo la filiación, al de la vecina africana Iglesia, tan severa é in¬ dependiente, de los Ciprianos, Tertulianos y Arnoblos, con los que tie¬ ne su carácter no pocos puntos de contacto. ¿A qué detenerme en cosa tan sabida de todos?'¿Quién aún de los más opuestos no ha escuchado con complacencia los golpes de aquel : martillo triturador, de esa ciencia de rnirame y no me toques, aprendidas en revistas y en periódicos? ¿Quién no ha celebrado y repetido fra- J ses felices que, como la de saleshritánicas, se han heclio proverbiales? ; No es, sin embargo, por estos escritos, hechos á la ligera, bajo la j impresión del momento, por lo que se ha de juzgar de su legítimo va- \ 1er. Ni son tampoco su mayor titulo de gloria sus libros histórico-polí- ' ■ tico-religiosos, como el de la Papisa Juana, con ser más sérios y con¬ cienzudos. En este suelo candente y movedizo, producto del volcán, todavía no completamente apagado de tantas revoluciones, sólo nos ha que¬ dado una roca sólida donde afirmar el pié; el santo amor de la pátria española. Tradicionalistas y progresivas allí nos encontramos. Con filial cariño todos llevamos á esté suelo esterilizado por las tempesta¬ des, nuestro puñado de tierra. Traten unos de conservar á toda cosía la que queda: traten otros de recoger la que, acaso en mal hora, de' jamos escapar, fecundándola con nuevo abono; de esta tierra asi mez¬ clada ha de brotar la floresta que abriguey alimente á nuestros hijos. ¡Quién sabe la proporción en que entrarán lo antiguo y lo nuevo! Pei’O j
— 9 — cuando las plantas crezxan, las flores se abran y madure el fruto, nuestros hijos dirán ¿por qué se combatian, si todos como padres trabajaban por nosotros? Hora es ya en que pensemos en arreglar su herencia, sin que la expongamos con locas especulaciones; que las generaciones pasan como las hojas que los vientos del otoño arrebatan cada año. Dispute¬ mos, pues es préciso; pero sin pasión, por aquello en que todavía no convengamos; pero ¿por qué no aceptar, provenga de donde quiera, lo que por todos es reconocido como bueno? Que el tradicionalista se con¬ venza de que nunca vuelve atrás la corriente incesante de los hechos; que considere él innovador que no hay fuerza que rompa los diaman¬ tinos eslabones de la cadena de la historia; al cabo ¿qué son lo pasado, lo presente y lo futuro sino manifestaciones sucesivas del mismo ser? ¡Cuán sólido resulta lo que sobre tan inquebrantables cimientos levantamos! Apreciaciones muy diversas se formarán de los trabajos polémicos y hasta de los histórico-políticos del Padre Gago, según el partido á que pertenezca el que las haga; nadie negará un aplauso á sus investigaciones histórico-arqueológicas. Parece que allí su ententlimienfo se aguza, su inteligencia se ensancha, y hasta que su pluma -t^orre más suave y más serena. Todo el que en adelante se ocupe séllámente de la Historia y de la Arqueología pátrias, ha de tomar muy en cuenta sus inducciones y sus descubrimientos. ¡Lástima grande que hiciera más que escribió! Todos sus desvelos, todas sus ilusiones, todas las privaciones de su modestísima exístenoia, se habían concentrado y tomaron forma tangible en una preciosa colección numismática. Yo os conjuro á todos para que esta colección no se deshaga, ó pasemos una vez más por la vergüenza de que vaya ti aumentar las l iquezas de algún museo extrangero, ¡Autoridades que nos honráis con vuestra presencia, dando público testimonio de cuan¬ to os importan los progresos del saber, prestadnos vuestro influjo; amantes de la ilustración, acudid con vuestro óbolo; y vosotras tam¬ bién, que traéis á estos austeros lugares los encantos de la belleza, unid al mío vuestro irresistible ruego! Contribuyamos todos para que el pequeño museo arqueológico formado poi* el Doctor D. Francisco Mateos Gago, se conserve cuida-
— lo¬ dosamente bajo su laureado nombre en la Facultad de Filosofía y Le¬ tras. Contribuyamos; porque el cultivo de la ciencia que nosotros de¬ votamente profesamos por especial vocación, es función social que á todas las otras toca y de que todas las otras necesitan; contribuyamos para que las sucesivas generaciones, al acercar sus sedientos labios á esa fuente viva de la Historia, agradezcan nuestros cuidados y ben¬ digan nuestro nombre; contribuyamos en debido premio al celoso maestro, que agobiado por la fatiga de una enfermedad, que casi m articular le permitía, se hacia conducir á cátedra diariamente y que, cuando ya le faltaban pocas horas de estar entre nosotros, practicaba su oficio de jefe, adjudicándose la labor más áspera y'más asidua. Cumplido este deber piadoso ^,de qué os hablaré ahora que consiga fijar vuestra atención? Cuando para esta fiesta solemne se abren de par en par las puertas de esta casa, cerradas á todo lo que no sea la meditación y el estudio; cuando rechinan los enmohecidos cerrojos que defienden esa entrada, al sentirse desusados pasos en este antes desierto recinto, templo juntamente de la religión, de la ciencia, del arte y de la gloria, el pié se detiene, las bocas callan, el silencio se impone. Detenemos nuestros pasos, temiendo profanar los huesos de los sabios y de los héroes que duermen en sus tumbas; sentimos con¬ moverse las estatuas de los guerreros en sus sepulcros de mármol; los celestiales rostros de los santos trazados por el cincel de Montafiez y Cano ó dibujados por el pincel de Pacheco y de Roelas, brillan con desusada luz. Si derramamos en torno nuestra mirada, contem¬ plamos en lugar eminente, sobre altos sitiales, los regidores do nues¬ tra ciudad; cerca de ellos, en asientos decorosos, catedráticos y doc¬ tores, agoviados bajo el peso de los académicos laureles, más allá, aglomerada una juventud entusiasta, esperando impaciente vuestras lecciones; en derredor, por todas partes, lo más preciado de Sevilla entera, los representantes de las fuerzas vivas de la inteligencia, de la ])ropiedad, de la industria, del comercio y del trabajo. Reunidas están aqui las imperecederas enseñanzas de lo pasado, las energías de lo presente, las esperanzas do lo porvenir, como si desapareciendo las divisiones de los siglos, la vida entera so concen trara en un momento.
__ 17 _ de filósofos de la biblioteca de Rivadeneyra, asombrado al verse en tan ajena compañía, algún literato mediocre como los que han valido las donosas, aunque encubiertas burlas del ingeniosísimo Juan Valeí*a, más temible en el elogio que en la censura. Fijado el principio, justo es confesar que se ha seguido con basógica; desgraciadamente á esto de lógicos formalistas no hay quien nos aventaje. Las regiones geográficas y las escuelas literarias, servido para determinar las escuelas filosóficas. Así se ha hecho nuestra historia de la filosofía un dolido de ser, como se expresaría Hegel, una historia envuelta en las nieblas de la región caótica de las posibilidades. Que haya aquí elementos aprovechables, no lo desconozco. Lo ' . posible tiene su razón; pero no podemos inferir, en un periodo dado, de lo posible á lo efectivo. La historia se ha de estudiar ’camente, la evidencia del principio no puede sustituir á la evi¬ dencia de los hechos. ^ o se nos presenta, como uno de esos mónstruos espanta- Si encantados castillos, una antítesis aterradora. ;cómn sabemos lo que ha sido la filosofía española LafilojT’^*^ ^ pertenece á la filosafia andaluza? o la española no puede conocerse sin haber conocido la andamenLar? ^ conocido la española; ¿por donde co- 1 , fitosis no es, sin embargo, tan insoluble como aparenta: uiétodos históricos nos dan la clave para resolver el enigma. ^ Por foituna, los primeros filósofos españoles, son juntamente es- 1 ' lolesy andaluces. En ellos se han de encontrar reunidos los caraces generales y los específicos; y sien lo sucesivo continuamos el -'ámen, veremos cómo se van precisando y definiendo hasta consuir una propia individualidad. ¡Ved, pues, cuán importante es el estuc de la historia de la filosofía en nuestra región! Sin él es imposible paso seguro en el estudio de la historia de la filosofía española. ^ Es más; sólo por este procedimiento es posible deferenciar la filoespañola en la universal filosofía. En todo pueblo, como en todo '^^qcto humano, sedan conjuntamente el individuo y el hombre; y es
_ 18 — necesario no atribuir como propio y exclusivo del primero, lo que en - oomim con los otros tiene. ^ Como la semilla de la planta, toda individualidad ha formado j parte de otra individualidad. Difícil es al principio discernir lo que j pertenece al antiguo y al nuevo ser; pero desde que la nueva célula | se ha hecho un centro de operaciones que tienden á separarla de las | otras células de la madre, podemos inferir que allí existe un gérmeri - de nueva vida, que allí comienza un individuo nuevo. Ahora bien; todas las naciones que por eso llamamos neo-latinas, ^ tienen en Roma una madre común. Ninguna de ellas ha tenido filoso- ^ fos antes que la nuestra. Sólo Italia pudiera disputarnos este lauro. ; Pero aun concediendo todas las pretensiones de Mamiani y de Gioberti, que hacen remontar la filosofía italiana por Bruno, Campanella, Pornponacio á Santo Tomás de Aquino, y aun llevándola hasta Pitágoras y Xenófanes, esta filosofía, según su propio autor, no expre- , saria el pensamiento de un espíritu nacional sino «el método natural ^ que Dios mismo enseña al hombre y que la escuela italiana ha oh- - .«nervado constantemente. > Tan lejos está de ser una filosofía nacional, que la fórmula con que concluye «el Papa y la Italia han sido el prin¬ cipio determinante de toda la civilización moderna, toda la civilización ^ moderna debe de volver á Italia y al papado,» es la negación más explícita de la sustantividad de las naciones. (4) Con gran temor voy á aventurar un aserto: la misma filosofía •' ■ r i ega no es una filosofía nacional; es más que eso, es toda la filosofía antigua. Su origen está en la India, de donde acaso se desprendió de | la religión por medio de la Persia; su término está en Alejandría. Buscad por toda la antigüedad otro pensamiento reflexivo, y no lo encontrareis. ¿No significa esto que en la primera edad humana no , sedan más que fines simples, faltando allí la unidad sintética que constituye los modernos pueblos, y siendo los que allí llamamos dt este modo, semejantes á los organismos de que se componen las me- ^ dusas, independientes, paro cada uno de los cuales no ejerce má^ . que una función? ■ Corrobora además esta creencia el fenómeno constante de que lü filosofía griega no ha sido considerada 6omo extraña ni por orientales, : J
— 19 - por occidentales ni por musulmanes, cristianos ni gentiles; acu¬ diendo todos á ella, no como á beneñcio ajeno, que no aceptamos sin uiedir la pérdida de libertad á que nos obliga, sino como^ en dias de Angustia y de miseria, entramos como en la nuestra en la casa de nuestro padre. En fin, sea de esto lo que quiera, es lo cierto que dentro del Esta¬ do Romano empieza á dibujarse nuestra personalidad literaria, aun Res de la invasión de los bárbaros, como el óvulo se encuentra en la base del pistilo antes de que lo fecunde el polen. Tan vigorosamente se destaca, que constituye una escuela, un 1 nodo ó para hablar con entera precisión, una literatura dentro de n la litei atura hispano romana. Adecuado es el calificativo, porque ella la parte española es la parlo viril. lutinistas lo que quieran, los hárbaros cordobeses si Un la tianquilidad de la fría imitación helénica y ensanchan hasta pellos los moldes del idioma, es porque llevan ideas en su mente ' , ieutos en su corazón, que en el ya degenerado clasicismo no j . bt o que quiera Guardia no es posible dudar después de os mapieciables trabajos de Amador de los Ríos, que desde allí arranliteratura española. Eórd^br^"^ Eiceron en los poetas que el viejo Metelo había llevado de ^ o u, 2ñngüe quídam sonantis atque peregrinum; decia de Porcio i^^^ion Marco Anneo Séneca á sus hijos que: «Era su voz gruesa y > áspera en el decir por no curarse de educarla ni de modularla para elevarse del infimo al más s ^ost ^ ^oscender de éste al más bajo siguiendo asi el estilo ^ ^ ^^P^^'^iolcs q ue en todas partes quieren virAr d su manera y q u estilo conciso y nervioso porque teniendo especial predilección á \ sei . gastaba de llenar la oración de figuras ni de apartarse ( tido propio y natural sin necesidad absoluta, fundándose en q puebl^^^^^*^'^ figuras para adorno, sino para decir por que le pudiera ofender dicho á las clan Q ^'(iprensible ecctrcmo el expresar qm' medio de rodeos ^ < ('b'ia exponerse derechamente,» ^1 contrario de Galión, á quien llamaba Publio Papinio E
— 20 — tacio dulce entre los cordobeses ihistres, Quiiitiliano, concediéndole blan¬ dura en el decir, reprende la flojedad y Tácito prefiere á la suavidad de Galión y á los rodeos de Mecenas, el ímpetu de Cayo Graco 6 la pesa¬ dez de Lucio Craso. Y también de Turrino Clodio nos refiere el mismo Séneca que: <<Oyunque for seguir las huellas de Ayollodoro, á quien respetaba como único modelo de oradores, tenia 'perdido algo de su natural vigor, con¬ servaba el necesario, haciéndose por su elocuencia acreedor á los bie¬ nes de fortuna y de dignidad que había alcanzado en las Kspañas.» Aconteció, pues, lo que sucede de ordinario al contacto de dos civilizaciones, una todavia bárbara, otra decadente; la sabia modeló á la inculta, la jóven reanimó á la decrépita, infundiéndole en sus ve¬ nas nueva sangre; las diátesis morbosas de la sana apresuraron su desarrollo al encontrarse en un medio corrompido; lo que en la enfer¬ ma quedaba de sano se i’obusteció al respirar en una atmósfera más pura. Asi en el órden divino de la Historia lo malo está destinado á desaparecer, lo bueno á sobrevivir. No hay que pedir á los literatos españoles que llevaran á Roma una nueva íilosofia. Oriunda de Córdoba es la familia de los Anneos, de la colonia patricia, del foco de romanización de la Bétíca, la más romanizada de las hispánicas regiones. Si algo hubo, allí antes de pen¬ samiento filosófico ya había desaparecido; lo que es en los escritos de los Sénecas no encontramos concepto ni frase que no parezcan UcÁónico-latinos. Pero tomaron de Roma lo que era la sal de aquella civilización: la filosofía estóica. Aplicada á la jurisprudencia, hace del Derecho romano la razón escrita-, profesada por los individuos, crea aquellos vigorosos caracteres que á la caída déla república prefieren la pérdida de la vida á la de la libertad; en medio de aquel politeísmo enervante (lue erigía templo á todas las pasiones, proclama aquella teología <iue San Clemente estimaba la verdadera. Un Dios omnipotente que gobierna el mundo según leyes inmuta¬ bles y al que todo bien debe ser atribuido; Inteligencia infinita, qa^ sabe tornar en provecho del órden universal las semillas de discordia que el hombre perverso arroja en el mundo; tal es, decía Cleanio, al
— 21 — í^ios que el sabio adora y en cuyo loor entona un himno sin fin. Pero así como los declamadores y poetas cordobeses con las pa¬ labras y la sintaxis latinas hispanizan, Lucio Anneo Séneca dá á la fllosofía estoica un realismo en el punto de partida, puesto en el cono¬ cimiento propio, y en la vista directa del principio absoluto de la cien¬ cia, que es genuinamente español. Por aventurado se tendrá que afirme que Séneca es un pensador exclusivamente estoico, cuando autoridades respetabilísimas aseguran fiue es un ecléctico, que ora se detiene en el Pórtico, oi‘a sigue las su¬ blimes enseñanzas que se pronunciaron en los jardines de Academo, ora penetra en el huerto de Epicuro; pero á estas autoridades tenemos iue oponer las que citan del mismo Séneca. Escribe á Lucilio en su se¬ cunda epístola; «leed siempre los autores aprobados, y si después os acontece haberos distraido con otros, volved siempre á los.primeros....; esto es lo que hoy he encontrado en Epicuro, porque yo también petro en el campo contrario, no como tránsfuga, sino como explo- 01. «honesta cosa es la ley de pobreza.» Y como si el sentido de Lucilio de la lectura de muchas , poique el que está en todas partes no está en ninguna, {nns- Q_ni nhqxic est) y el que tiene muchos huespedes no tiene ^boii^ún amigo {^u multa hospitia haleant nula amilitia) no fuera de Poc si bastante explícito, añade en la epístola XXXIII «no quiero que "fis que (las sentencias que pone) pertenecen á Epicuro; .son comu- y principalmente nuestras, pero se las nota más en este auto r pór¬ fido en él son más raras é inesperadas, siendo mai*avilloso que diga ©o de enérgico el hombre que hacía profesión de muelle.» Esto en ^^íí^iito á Epicuro; en cuanto á Platón, verdad es que lo alaba como á ‘ Sbitio, como á Sócrates, como á Zenón. y Cleanto, hasta pretender fi'm se les debe admirar y reverenciar como á dioses, guardando sus chatos y celebrando sus dias para excitarnos á la virtud; verdad es lue los cita como á Aristóteles; pero en ninguna parte se declara su sectario. ^luy lejos de mi ánimo al traer estas citas, el querer hombrear¬ me con reputados críticos, es que las considero indispensables, si lemos de apreciar con justicia la significación de nuestro filósofo.
— 22 — Según él la doctrina estoica no es cosa que puede tomarse por ex¬ tractos. Las obras de sus grandes varones están tejidas de modo que no puede sacarse ningún hilo sin que se deshaga la tela: nos concede que admiremos la belleza de cada uno de sus miembros, pero en el hombre; que no es hermosa la mujer cuyo pié, cuya mano son perfec¬ tos, sino la que por el conjunto es digna de alabanza. (5) Semejante á la precipitada componenda que hicieron los estoicos con la forma y la materia de Aristóteles, pensando á Júpiter como el alma del mundo, fuego racional libre y providente, y al mundo como el cuerpo de Júpiter, sucesión de fenómenos sometidos á las leyes in¬ flexibles del destino, el Estado romano, unidad ecléctica de todas las ■ religiones, cuyos Dioses recibe en su Pantheón; de todas las razas que reúne en la ciudad que ensanchando moralmente sus muros, as¬ pira y llegará á ser la ciudad universal, bajo el principio formalista del derecho de gentes, tiene por cuerpo en la época de que nos ocu¬ pamos el universo conocido, sometido á la voluntad despótica de los Emperadores; cónsules, tribunos y pontifices, en quienes el pueblo ha abdicado su soberanía, y por lazo que dé trabazón á tan discordes materiales, la idea abstracta de la unidad humana, proclamada por la escuela del Pórtico. Pues bien; esta unidad meramente externa, se fracciona cuando el filósofo de Córdoba deja de inspirar á su pupilo. Del lado de Nerón, la voluntad sin ley, la fuerza ciega, incontras table; un imperio del que no es posible salir: del lado de Séneca, razón impasible, la libertad del que no mirando como propio más que lo que á la razón se ajusta, no se altera por los favores ni poi los desdenes de la fortuna; otro imperio en el que á las fuerzas físicas no le es dado penetrar. Si apreciamos el efecto brutal de la masa ¿quién no presiente qtt^' Séneca debe sucumbir por más que con el satírico nos preguntemos: «Libera si dentur populo suffragia quis tam Perditus, ut Senecam dubitet preferre Neroni?» En vano, creyendo que Nerón codicia sus riquezas, le entregara sus riquezas; en vano su frugalidad le librará de sus venenos; en van^ pretenderá libertarle, con el destierro, de sus temores. Roma no
— 23 — dt tener dos amos; el dueño de los cuerpos debe de ser también el dueño de las almas. Nerón le mandará morir, sin permitirle escribir siquiera su última voluntad; y Séneca muere como Sócrates, haciendo l^on el agua en que iba a desangrarse, libaciones á Júpiter .libertador y egando á sus discípulos el ejemplo de su vida. Pero no: Séneca no ha muerto; su cuerpo ha perecido pero su cer sobrevive. Nerón le ha quitado las riquezas que estaban al, peto no las riquezas que eran suyas, lasque ha legado á te'to ^ ergástulas, y hará del esclavo Epic- 0 el hombre más libre que Roma ha conocido. E irá á los palacios, y 'on Marco Aurelio, sentará el estoicismo en el trono impeiáal. i’omanc ¿conocéis un filósofo más grande en toda la época ^^mana? Quiza encontrareis alguna vez en Cicerón más elevadas ideas; Gicer^’^^^ ^^^^ontrareis siempre periodos más pulidos y rotundos; pero es más que un rotórico; ¿dónde están sus discípulos, dón- ^ que saben vivir y morir con su enseñanza? a esos extranjeros que os motejan ¿en el limbo oscuro en quese affitnmn dades i primeros movimientos de vuestras nacionali- He^*^ P^^^eñtarnos un filosofo frente al nuestro? 1 ^ Séneca tiene de estoico; veamos ahora lo que ^lene de esnañni q • . ^ da escuel * ^ ’*^^P®’^^^Pdble desprendimiento de aque- Sexíin ^ ®‘^^Of^tramos en el caluroso elogio que hace de Quinto - ^ el que se enlaza por medio de Sofión. Sextio el antiguo es un estóico, aunque esta no Pdosofaba^^^^'^^^ universal. Y tan no lo era, que de él se ha dicho que verh- ' con costumbres romanas— cuela ^^iorílus philoso 2 )Jiantur—Y que ha fundado la única esrnj. • devado un nombre romano; sextiorum nova et romani ^obonssecta, Poco^n cciginalidad? No lo declararían bastante lo P co que hemos conservado de sus opiniones, si el elogio de su dis¬ el sbh á presumirlo. Sus enseñanzas acercan á la vida V con estoico-helénico era casi inaccesible, e 9 mueven á la voluntad á practicarlo. Es la diferencia do los dos pueblos. El helénico, tratando de
24 aplicar los principios como máximas para la conducta, modela esta en consecuencia á la especulación; el romano preocupado con las exigencias de los hechos, amóldalos principios ásu necesidad. Atento á ellos, prescinde del rigor sistemático, eligiendo de acá ó de allá lo que más le conviene. Cicerón, el tipo de los pensadores romanos, estóico moderado con visos de platónico en la Ética, se afilia en Lógica al probabilismo nuew académico que le permite tomar cualquiera di rección. Más el eclecticismo, alterando la série tradicional, si señala la decadencia de una filosofía anuncia los albores de otra nueva. Una cosa es recordar, otra es saber: ha dicho S hieca; «acordarse es conservar lo que se ha mandado á la memoria; saber es apropiár¬ selo. Zenón ha dicho esto, Clcanto aquello; ¿pero tú, que dices? nunca descubriremos nada si estamos satisfechos con lo descubieito. Debe mos seguir la senda de nuestros mayores, pero á reserva de abando¬ narla por otra mejor. Nuestros maestros no son nuestros amos, sino nuestros guias; la verdad patente á todo el mundo, por nadie ha sido agotada, y mucha hemos de dejar á los que nos sucedan » (6) «Lo que la filosofía tiene de precioso y de magnifico es que no viene del acaso, que cada uno la tiene por si mismo, que no se la debe á otro. ¿Habría que admirar tanto á la filosofía si fuera cosa que pudiera recibirse en encomienda?» {') «Más obligados estaríamos a la filosofia que álos dioses, si ellos no nos hubieran dado á todos la facultad, á ninguno la ciencia. Porque si fuera cosa común y todo-, imbiéramos nacido sabios, la salnduria habría perdido su mayo> excelencia, porque seria cosa fortuita.» (8) Es, pues, la filosofia algo que está en nosotros, que es la expr sión de nuestra propia naturaleza, cuyo objeto es el conocimiento d. las cosas divinas y humanas. . «No hay que elevar las manos al cielo ni que pedii al sac que nos permita acercarnos al ídolo á fin de que podamos hab á Ici oreja, como si asi pudiera escucharnos mejor, porque Dios e , cerca de nosotros, está con nosotros, está dentro de nosotros. sunt ad ccelum^elevanda manns, ncc cxorandvs adiimis^ ui nos ad siniulacri, quasi magis exandin '[tossiinus, admitíais prope está ^ i tecvM cst^ inkis est! (9)
— 25 — Ya lo veis^ la razón para Séneca no es más que la revelación de en la razón del hombre. Oráculo de lo divino es la conciencia^ nuestra alma es el templo en que á Dios debemos adorar. La verdad ^^0 puede encontrarse sino por uno mismo y consiste en el conoci-' nneiuo de las cosas, no en el vano juego de las palabras. Ouenta nuestro filósofo que en su tiempo vivía en Roma Calvisio Sabino, hombre tan rico como estúpido, que para darse trazas de stiuido, había comprado dos esclavos á quienes hizo aprenderse á ^ omero de memoria y un tercero á quien hizo aprender á Hesiodo. Abalos á sus piés en los,convites para que le dijesen los versos de abia menester, pero un dia el bui'lón Satelio Guadrato le propuso , ¿cómo he de poder hacerlo—le contestó Calvisio—si apenas tener nie en pié? No digas eso—le replicó Cuadi’ato—¿no ves uantos esclavos tienes y cuán robustos? (10) dela^'^"^'^^ hallado en el conocimiento propio el punto de partida de momento los libros no son más que el medio za de^r' carecen ó no han alcanzado todavía la fuerios que pee si. Distingue, con Epicuro, tres especies de filósofos: cesitan de 1*'^" «gea ayuda; los que neser cor ® capaces de seguirlo; y los que tienen que entre lo vei-dadero; y, aunquemodestamente, se coloca m divino ^ auxilio á todos pai’a despertar el espirioidos no "'’®°‘'’os, aconseja á Lucillo que se lape los duro 'T compafiei-os de Ulises, sino con algo más (le las sii-'^* POi'que si la voz que ellos temían era la dulce del munór'"^*’'''' ***^''*^ extremos . vifi... ‘‘“yaiás que un sólo bien que haga la dicha de la (la. estar seguro de si. (ii) se corrompei-so, á lo que nada ¿( ■ 0 1 110 1^”'^^*'^*'^*'’''''“’““®®' espii'itu i-eclo, bueno y gi-ande mano? f s‘‘m Dios mismo habitando en un cuerpo bu¬ en un n* ^ P^ede encontrarse lo mismo en un caballero, que clavos' caballeros, libertos ni esmas que nombres nacidos de la ambición ó de la injusticia? , . ( .. naciuos ae la amoicion O de la injus cualquier' i'incón de la tieri-a so puede mirar al cielo. Elevi ^aos y
— 26 — haceos dignos de Dios; no lo conseguiréis con oro ¡ni con plata, pues con estas materias no se pueden hacer imágenes que se le pa¬ rezcan. (12) Desde el punto en que para Séneca filosofar es pensar por sí; | desde el punto en que busca en la propia conciencia la fuente del co- ; nocimiento racional, podrá equivocarse por faltar al método que el ¡ mismo se impone, pero ha dejado de ser un sectario, se hn colocado : en aquel seguro punto de vista en que siempre es posible la recti- ; ficación. . Si, exclamaba, yo te digo, querido Lucilio, que un espíritu santo j; reside dentro de nosotros, observador y custodio de nuestros bienes y t nuestros males, que nos trata Como nosotros lo tratamos. Sin él, nin- ^ guno es bueno; ¿quién sin su auxilio pudiera emanciparse de la for- •; tuna? Si vierais á un hombre impasible en los peligros, virgen de deseos, feliz en la adversidad, tranquilo en medio de las tormentas, que ve á los hombres desde la altura y á los dioses á su nivel, no os ' inspiraría veneración? ¿no os diríais, esto es demasiado grande, dema¬ siado sublime para que quepa en cuerpo tan pequeño? Una fuerza divina ha descendido allí; un poder celestial obra en esa alma excej - lente y moderada, que estima todas las cosas como inferiores y se rie : de lo que tememos ó deseamos. Cosa tan grande no podría subsistir sin el auxilio de algún numen, y su mejor parte está en el lugar de donde bajó. (13) ij El conocimiento propio le ha llevado al conocimiento absoluto,^':/ porque ve á Dios presente en el fondo de nuestra conciencia. «¿Quereií^ J conocer á Dios? Grande y manso, venerable por su dulce majestad; siempre presente á nuestro lado, no nos pide victimas ni arroyos de ^ sangre por homenaje—¡qué placer sacaría de ver degollar animales^'v^ inocentes!—sino un alma pura y una vida honrada: no necesita q^*^ se le construyan templos, elevando agrandes alturas masas de piedra; es en nuestro corazón donde quiere que le elevemos santuarios.» (l-i) Séneca ha conocido más; ha entrevisto el carácter impersonal y personal de la razón, como límite indiscernible en que se tocan lo A' , nito y lo infinito. Esto le ha salvado del panteísmo estóico, del panteísmo aristot^'" ^
— as¬ en lo que honestamente conciben; porque si sus hechos igualaran á sus dichos ¿quienes más bienaventurados que los filósofos?.. ¿Es sorpren¬ dente que no lleguen á la cima los que trepan por pendientes escar¬ padas? Admirad mas bien en sus caidas á hombres que se atreven á grandes cosas. (41) El bien, enseñaban los estoicos, consiste sólo en la intención; por eso el sabio es impecable. La voluntad sola no constiíuj^e un beneficio, escribe Séneca, como no lo constituye tampoco el serme útil sin voluntad. (42) No es, por consiguiente, justa la censura de Waddington Kastus de que en ninguna parte el filósofo español ha tratado de mostrarnos lo que el sabio tiene de común con el hombre; bien que él mismo la desvirtúa al confesar que á todos aventaja en el conocimiento del co¬ razón humano y en la descripción de nuestras pasiones. (43) Hasta c uando autoi iza el suicidio, parece mirarlo como una cobardía. (Si pugnare non mltis licet fvgere) Este sentimiento individualista no se encuentra en los demás ^'Pleteto es un estóico dulcificado, un estóico á la ana, pero, al fin, un estóico. Nos presenta el ideal del sabio; pero Iñaccesible: c<Decimos que una estátua es de Fidias porque á esculpida según el arte de Fidias. Mostradme ahora alguno que este esculpido según los dogmas que predica. Mostradme alguno fe- en la enfermedad, feliz en el destierro, feliz en la ignominia. Mosñadnielo; por los dioses, que deseo ver un estóico semejante.... Mosiradme siquiera un obrero que haya comenzado una obra parecida.... Pero no teneis ninguno.» El principio de su moral es la sumisión, pero la sumisión ciega á la voluntad divina, que en el fondo no es otra cosa que el destino.» le has estropeado un pié, hombre de nada. Por una miserable pierna ¿acusarás al mundo? ¿No la darás al órden universal? ¿No la cederás, ño la entregarás de buena gana al que la ha hecho? ¿Te indignarás, murmurarás contra lo que Dios ha ordenado, contra lo que ha querido y determinado en presencia de las Parcas, cuando ellas han co¬ menzado á hilar tus dias? ¡No sabes cuán ínfima parte eres en com¬ paración del todo! (44) \ ei dad es que en cuanto á la razón nos iguala á Dios y que nos 9
— 34 — I I hace responsables de lo ünico que depende de nosotros, del buen uso i de nuestros pensamientos. El hombre para él no es una cosa, pero es j un esclavo á, quien le basta saber que lo que se le ordena es el man' dato de su Señor; no de la bondad de la obra, de la obediencia sólo es responsable. Por eso para él, como para los antiguos estoicos, no hay gradación en la bondad ni en la materia de los actos: «es preciso ser hombre de bien ó no ser nada;» por eso para él no tenemos que cuP i dar más que de nosotros mismos.» Todo debe ceder al deseo de cultij var tu alma; nada debe apartarte de ello, ni bien que hacer, ni hijo | que instruir. Vale más que tu hijo.sea un malvado, que tú un bribón.» j (45) Parte de esa máquina inteligente de que Júpiter mismo no es más ; que el primer motor, nuestra sustancialidad no es más que la de la parte que ora puede ser permanente como la raiz y el tallo en la plan¬ ta, ora temporal como la de la hoja y la flor; de ahí sus indecisiones al tratar de la inmortalidad del alma. Marco Aurelio es todavía más estóico porque es más romano., Para él el individuo no tiene valor propio. «Nuestra alma es una parte de la del universo; yo obro sobre todo, como todo obra sobre mi; todo es al par causa y efecto, y á la manera con que el mundo no me ofrO' ce más que orden y armonia, á pesar de la mezcla de tantas sustan' j , cias diferentes, debe haber en el hombre, un concierto perfecto qooj responda al orden general.» j Marco Aurelio no es, como Epicteto, un esclavo; es un ciudadano j á quien no le son agenas las desgracias de sus semejantes. Pero si oS j un ciudadano, y de la ciudad universal, no es un hombre. Sea que obO' dezca el mundo á una necesidad fatal, á una providencia ó al caso, l‘\ ley es la ley y hay que obedecerla. «Todo lo que te conviene ¡oh muH' do! á mi me conviene. Nada es para mi prematuro ni tardio cuando para ti está en sazón. Todo lo que me traen las horas es para mí naturaleza! sabroso fi‘uto. Todo viene de tí, todo está en ti, todo vuel'. , ve á tí. Un personage ha dicho ¡oh amadísima ciudad de Cécrop®- pero tú puedes decir ¡oh amadísima ciudad de Júpiter!^) El sentimiento vivo de la realidad individual, que no se eiicuen ira entre los romanos y que tan connatural es á los españoles, es que explica que Séneca haya sido siempre entre nosotros el emblee^' ii
— 35 — de la sabiduría: «es un Séneca,» decimos, «sabes más que Séneca;» no, «sabes más que Aristóteles ó Platón.» Apenas si hay escritor, especialmente moralista, en que no se pueda recoger copiosa cosecha de su doctrina. Sus máximas morales ríen juntas con las cristianas, aun en aquello que tienen de desemej ite y aún de opuesto. Medítese, para no multiplicar pruebas que hciiian interminable esta disertación, sobre estos pasajes del Diálogo entre Bias y la fortuna, escritos por el Marqués de Santillana para -uelo de su muy amado primo el Conde de Alva, quien sufria prisión: «Ca á mi non placen los premios nin otros gozos mundanos si non los estoicyanos En compaña de academios. E los sus justos preceptos Divinales Que son bienes inmortales E por los dioses electos . Temer se deben las cosas Que han de poder De nucir ó mal facer Otras no son pavarosas nin toda la región Do se penan los culpados.» Ni ha influido sólo por su pensamiento; su estilo tan enérgico por su concisión, tan acusado por el contraste de sus antítesis, que haeen asemejar sus frases á cuadros de Rembrandt; ha formado entre ' nosotros una escuela literaria que se prolonga de siglo en siglo, y á la flue pertenece el mejor modelo que poseemos de estilo íilosófico: Las (impresas 'políticas, de Saavedra Fajardo. No trato yo de atenuar siquiera sus defectos. En la lengua, como en las ideas, hay en Séneca algo de decadente: es lo romano que se nioria, hay algo de nuevo y de viril: es lo español que nace. Si queréis que le demos un nombre á su filosofía, yo le llamaría
— 36 — la filosofía de la volunUd. Entre los modernos, más que á Kant, se parece á Schopenhauer; y cosa digna de ser notada, Schopenhauei cita en apoyo de sus afirmaciones proverbios españoles y versos de Calderón. Para el filósofo español, como para el alemán, el mundo no es más que un conjunto de apariencias sometidas al determinismo del destino ó á los caprichos de la fortuna; para el uno, como para el otro, la verdad no consiste en las representaciones sensibles, ni en las suti- ^ lezas del entendimiento, por más que porahi comencemos á conocer, sino en lo que real é inmediatamente en nosotros percibimos, en lo que somos, en la voluntad; para el uno, como para el otro, el conocimiento ■ de nuestra voluntad nos pone en contacto con la Voluntad, no siendo , la nuestra sino la Voluntad en nosotros; para el uno, como para el ^ otro, la filosofía no es más que una preparación á la muerte, y la muer- ^ le una emancipación de que las artes ó la literatura son el primer gra- , do. Schopenhauer tiene por maestros á Platón y á Kant: Séneca a los estoicos, y, equivocación que no merece despreciarse, el marqués de Santillana hace á Platón estoico. ' Sin embargo, ¡cuánto más verdadera y más fecunda os la conccp' eión primordial del sér y de la vida de Séneca que, la de Schopeu' , hauer! Toma este, aunque por modo muy superior, la idea de la reali'j dad de los estoicos, poniéndola en la voluntad, pero desligándola la razón; deja, como aquellos, á la voluntad sin contenido, la que, al of ^ ho, tiene que reconocer su vacuidad y com.o inane, lógicamente tien|' | que negarse. Su hacer inconsciente es un hacer porlwcer, y todo hec ^ mirado en relación á la Actividad Infinita, una acción limitada, impe'^, lécta. defectuosa; la vida es un mal y un dolor de que no podemo,: libertarnos sino cuando la voluntad iluminada por la inteligencia » : decide á negarse á si misma, llegando á la eulUmsia de la volu» | tad, estado de perfecta indiferencia, en que el sujeto y el objeto desap' . recen y no hay ni voluntad, ni representación, ni mundo. ^ ^ ^ j Junta Séneca la voluntad con la razón, de la que hace su esentíi»^^^! SU ley, y coloca al hombre, aun en esta tierra de doloies, en fortaleza inaccesible á los tiros de la fortuna, preparándole paia existencia más perfecta. Halla, m^or que ningún filosofeen la j
— 37 - guedad, la unidad y la distinción racional entre la voluntad humana y la divina, representándose esta, poco más ó menos como Bilharz, un punto en su unidad, una esfera en su contenido. En una palabra; la íllosofía de Schopenhauer, es la filosoíia de la muerte y de la nada; la de Séneca, la del ser y de la vida. Defectos suyos son, sin embargo, la atención preferente, casi ex¬ clusiva,- á las relaciones morales, que le impide penetrar muy adentro en el origen metafísico de estas relaciones; cierto desden y menospre¬ cio hacia la naturaleza (y eso que es uno de los pocos naturalistas ro¬ manos) á la que no concede más que una existencia fenomenal opues¬ ta a la de la razón, que constituye su sustancia, dualismo que le hu¬ biera sido muy fácil de evitar, ahondando en los principios; una vaga concepción de la providencia, más presentida que demostrada, y la taita de rigor sistemático; defectos que nos ha trasmitido en herencia, algunos, como el último, difíciles de desarraigar, como que tiene síi origen en la fácil intuición de nuestro espíritu. Pero considerar la filosofía como ciencia de cosas y no de concep- en la propia conciencia su punto de partida, y su principio 1 el conocimiento de Dios; considerar que el bien debe ser efectuado so re, pero no sin, todo interés; que la libertad consiste en la volunana sumisión á la ley que es fondo y contenido de esa misma voluri- a , que todos los hombres formamos una ciudad universal; que no ay titulo más noble y elevado que el de hombre, ni mal que una constante voluntad no pueda vencer; que la pena debe ser una correc- '>0, un castigo, no un sufrimiento ni una venganza, son principios acionales á que el entendimiento tendrá siempre que volver, cualesfiuiera que sean sus estravios. Decidme ahora si hay entre las modernas filosofías nacionales aífeUnaque tenga más noble abolengo ni que haya recibido de su pri¬ mer progenitor más rica herencia. Decidme también si, los que todos b algunos de estos principios defendemos, y para ello aprovechamos los trabajos de ilustres pensadores de fuera, tratamos de ingertar ramos ca el árbol pátrio, que por la oposición de sus especies no puedan tener más que vegetación desmembrada que aniquile sin provecho la del tronco de que se alimentan, ó procuramos con materias similares darle ri-
— as¬ co abono para que recobre el vigor perdido por un cultivo equivocado. | Contemporáneo de Séneca fué Modérate de Gades, á quien atribu- | ye Porfirio diez libros eruditísimos, de los que no quedan más que fragmentos. Ellos han bastado^ sin embargo, para que Vacherot vea en él | •I al precursor de la escuela alejandrina, y para que Fouillé estime su ten- | tativa de conciliar á Pitágoras con Platón, muy superior á la de Alcinoo^ | para conciliar á Platón con Aristóteles. Identifica el último los números,' ¡ y las ideas, al refutar en los libros XIII y XIV de su Metafísica, que fue-^| rail el principio de las cosas, afirmando que al fin de sus dias su maes- ■ j tro había vuelto al pitagorismo de que su sistema no es más que un des-l| arrollo. En efecto; muchos desús argumentos se refieren á textos que | no se encuentran en los Diálogos, lo que hizo sospechar á Philopón que | se dirigían á explicaciones orales recogidas cuando frecuentaba la Aca-j i demia, las que según Simplicio consignó por escrito cuidadosamente: | sz TY} nXflÍTovw; xvxyeypocuévx \ Mas el modo con que el agudo entendimiento del filósofo de Estagira, más propio para apreciar diferencias que para seguir á su maestro ^ en su vuelo de águila á .las grandes síntesis, interpreta los textos cono*, cidos, nos inclina á desconfiar mucho de su fiel inteligencia de expli"'';; caciones orales, en que tanto el espíritu del discípulo pone de si, y esé ^ que las tendencias decididamente pitagóiicas de la Academia antigua; harían muy verosímil el aserto de Aristóteles, si en la tarda intcligeii' ? cia de Xenócrates pudiéramos confiar. | Más si las ideas de Platón no son números, es muy probable quo | los números de Pitágoras fueran ideas. La unidad pitagórica es oU; ser, el número la esencia: y Schieiermacher piensa que las diíéreiito^: | fases en que Euclides considera al ser y á la unidad, son el gérnocU | de las ideas platónicas. ^ Al ser acertada esta manera xle ver del filósofo alemán, la cotú'; penetración del ser eleático y la unidad pitagórica se hubiera hecli<^ í antes de Platón, en la escuela de Megara. De lo que no cabe duda és de que la unidad y el vacio, la foiú^ • y la materia, son nombres <]ue expresan las mismas cosas con variU'*^ ^ tes que, más que á la esencia del objeto, responden al punto desde se mira. i i
- 39 - Añádase que la escuela pitagórica no es propiamente una escuela, sino un misterio, cuyo lenguaje era simbólico; y que Platón, al tratar explicar la unión de lo finito y lo infinito, apela al número, medio Q ue á entrambos extremos toca. La oposición real entre Platón y Aristóteles no es en suma, más Qae la de Heráclito y la escuela itálica elevada á más amplia y eleva¬ da esfera; la del ser y el suceder, la de la razón y el entendimiento, la , lo permanente y la vida. El mismo Platón no lo ha resuelto en el -ent.do de la unidad. La verdad del conocimiento exige que sea lo aiismo el pensamiento y lo pensado. La conciencia es el espejo en que a realidad se retrata pero ¿cómo apreciar en la figura lo que es del objeto y lo que es del cristal? L1 dualismo insoluble entre la materia y la forma aristotélica, Júpiter y el mundo, la razón y la fortuna, la providencia y el ismo, que-hemos contrastado en los estoicos y que Schopenhauer, ^ooiiuar del todo ni con su audaz negación del'objeto, al nos pe lo mefundidad andal ' y? fenómeno notable, mientras un español, un en la práctica, a esfeia de la voluntad, otro español, otro andaluz helenizado, princT en griego, trata de resolverlo en la esfera de los incipios. ¿No es patente en ambos casos la identidad del espíritu osofico-betico-español? fi’agmento que nos ha conservado Les principios: la unidad primera, superior al ser y á toda cia,. la unidad segunda, que es el verdadero ser, lo inteligible, las ^ unidad que es el alma, que como tal participa de fe unidad primera y de las ideas. Con justicia lamenta Vacherot que no conozcamos el origen ni el esauollo de estos principios, que dentro del idealismo platónico fento se acercan á lo verdadero. que la Unidad alejandrina es inñnit L'^sgfiegos, incluso Platón, no hablan visto lo «sino por su lado negativo, como lo indefinido, lo indeterminado.
— 40 — No podían, pues, aplicar este concepto al Ser visto en su unidad, reser¬ váronlo para la materia, para la nada; y al Ser cuya simplicidad inefa¬ ble sólo deja fuera de si la negación, la nada, lo llamaron Unidad llamarlo con algún nombre, ya que en el lenguaje humano no lo tiene. Entendida así la Unidad por el ser en quien el sujeto y el objeto (distinción meramente intelectual) en razón sé identiñcan, la Inteli¬ gencia es este mismo ser en cuanto interiormente se está presente; las ideas, realidades del lado objetivo, conceptos del subjetivo; y el Alma, participe déla Unidad y la Inteligencia, lá Voluntad el fundamento, la causa, la Voluntad que las determina. Más original es la concepción de Moderato de la materia. Habían¬ la visto Pitágoras y Platón, desde la Udídad y el Ser, como el vacío, como el límite sólo aparente, como el infinito negativo, como la nada frente al Ser, que nada limita, que nada pone en frente, porque no es nada; y Aristóteles le concede á lo sumo cierta virtualidad negativa, hija de su natural indiferencia. ,Mas las explicaciones de este Ser-Nada, por ingeniosas que sean y algunas lo son mucho, no satisfacen. Moderato piensa que la razón universal, queriendo dar nacimiento á todos los seres, había separado de su esencia la cantidad, retirándose de ella y privándola de toda> las formas é ideas que le pertenecen. Esta cantidad, esta idea separada por privación de la razón uni¬ versal, que contiene en sí misma la razón de todos los seres, es el nio délo de la materia corpórea. Por consiguiente, la materia no es otra cosa que la cantidad idea* desprendida de la unidad divina y convirtiéndose por su separación en cantidad real, sin forma y sin unidad, dividida y dispersa hasta infinito. El mundo es, pues, la multiplicidad inteligible, que sale de 1^^ unidad divina y se realiza por una especie de privación misteriosa Dios cumple en su ser. Dos cosas son de notar en esta extraña hipótesis: primero, producción de la materia por obra de la voluntad, lo que acerca doctrina más á la creación, ad extra, dándose así la mano con la Sofía cristiana que á la teoría emanatista que frente á ella han de clamar los neoplatónicos; segundo, la tentativa, mas aguda que sóli^*‘^(
(le concertar el ser y el no ser de la materia por el misterio de la can¬ tidad sin cualidades desprendida de la divina esencia. , Resulta de todo, en cuanto á los principios, pues de su desarrollo eo podemos juzgar, un sistema muy superior al neoplatonismo, por aparecer en él la voluntad como razón activa, ligando y distinguiendo' lo fínito y lo infinito. ¿Es verdad que la Ontología de Moderato, puesta al lado de la Física y de la Moral de Séneca, se podría tomar como un tomo perteneciente á la misma obra? El cristianismo trae á la ciencia principios desconocidos por la Civilización clásica; entre los más interesantes para nuestro actual pro¬ posito, la concepción de Dios como ser supremo, personal y providen¬ te, una idea más clara de la libertad y de la espiritualidad del homtire, un valor muy superior del individuo, por la mayor excelencia de sus fines ultramundanos y una solidaridad fundada, no sólo en la proeedencia de padres comunes, sino en la comunión en la misma fé y en las mismas esperanzas, que los reúne en una ciudad espiritual í*entc a la ciudad mundana; la Ciudad de Dios frente á la Ciudad del diablo. AJgunosde.estos principios y, por lo menos en apariencia, algues dogmas, se hallaban entre los filósofos gentiles; la personalidad ivina y hasta una especie de trinidad en el Timeo; la espiritualidad é inmoitalidad del alma en Sócrates, en Platón yen Aristóteles, aunque Gste la última algo dudosa; la caridad y la solidaridad humanas en dceión y los estóicos, y en estos y en Platón una moral purísima; en estóicos, hasta ascética. ^ pues, natural que Padres como San Clemente vieran en los fisofos una especie de profetas de los gentiles, á quienes revelaron á os poi la ciencia, como los profetas del pupblo judío lo revelaron al pueblo escojido por el temor y la ley, preparando así la revelación Poc el amor. Con esta idea, y acaso también para hacer más fácil el tránsito de antiguas á las nuevas crencias, la escuela catequista de Alejandría 1 i’ovechó las enseñanzas filosóficas, fundando una nueva metafísica 1 o os, con ligeras desviaciones, un platonismo cristiano. Igual propósito obedecería quizás la traducción que Osio prime-
■ i — 42 — ro se propuso hacer y después encargó á Galcidio, del Timoo de Plat.Hi, si el Oslo, á que el traductor y comentarista lo dedica, es el gran Obispode Córdoba, el egipcio de España que convirtió á Constantino. Muestra de prudencia dieron los Padres orientales al asociar a bi té la reflexión sistemática; porque con el nombre de Cmosis, al lado (lt‘ la teología nació la teosofía. _ | No tiene la Gnosis un origen exclusivaaiente gentílico, extendí o. | el caliñcativo á los cultos orientales. K1 mismo San Clemente recon ) .| da sobre el razonamiento y sobre la fé, considerada como un impulso | del alma á la piedad, un modo superior de. conocer que no exige e | lento y trabajoso procedimiento reflexivo. El verdadero gnóstico (as. | los llama) tales como lo fueron los Apóstoles, sabe todas las eos | ciencia cierta, hasta aquellas de que no podemos darnos razón, por- 1 ,,ue es discípulo del Verbo para quien t.ada hay de incomprenstble. | Pero hay que distinguir este gnosticismo del herético. Extraño | caos de verdades y de errores, de racionalismo y misticismo; de laj religiones orientales, délos sistemas griegos, del judaismo y de uis| tianisino, cuyos libros sagrados interpreta, interpola, mutila ó (alstflca,j„ ■ d e ascetismo y depravación, expresa, en lo que tiene de sincero, -I, confusión producida en muchas inteligencias por las antiguas y l‘'-| nuevas ideas religiosas, no claramente comprendidas. I Un egipcio, natural de Menfis, difundió por España una de U a ramas de esta heregia, atrayendo á su partido á un retórico Helpidioy á Agape, noble matrona. Do ellos filé discípulo PrisciUano.J Dotado de singulares prendas de cuerpo y alma, noble, rico, proij ío de ingenio, generoso, erudito, conocedor de las artes mágicas, | co y abstinente, atrajo á su secta multitud de nobles y plebeyos, ^ todo mujeres, y basta dos Obispos, extendiéndose el priscilianisn^*^^ ^ desde la Galicia á la Lusitania y de alli á la Bética, donde el sucesoU deOsio, Adygino, dióel grito de alarma; y ¿quién habia de este mismo Obispo y un Tiberanio Bélico, que escribió un apologét ‘ _ en estilo hinchado, ai decir de S. Jerónimo, fueron en ella sus pi^G pales secuaces. No consiente mi plan, que no me permite traspasar loslimite^ la Bélica, ó más bien, de aquella comarca de ella que especificaniei .
— 49 — reducidos á que son facultades propias del alma las de la memoria, la inteligencia y la voluntad, y no teniendo estas nada de local ni, por consiguiente, de corpóreo, tampoco lo tendrá el alma, la cual puede aproximarse ó separarse de Dios inlocaUter, especie de movimiento que para el cuerpo no es posible. No concluye el espíritu en el del hombre que también se llama mens^ porque es como el ojo del alma por el que esta entiende todas las cosas inteligibles; (64) sino que se dice también de todos los animales irracionales, como consta de dos pasajes del Génesis en los que se dice que Noé encerró en el arca un par de animales exomni carne in qua eral spintus vitce y que en el diluvio perecieron cuneta in quilus spiraculim mta est. (65) Da materia no es eterna, sino que ha tenido su principio en la creación; los cuerpos son extensos en las tres dimensiones y ocupan lugar en el espacio; los cuerpos vivos se componen de los cuatro ele¬ mentos perteneciendo al cuerpo propiamente dicho la tierra, á los hu¬ mores el agua, el aire á los pulmones y á los ojos el fuego y haciéndo notar que los árboles viven aunque oculos non Imleant^ nec únele aerem accifiant el recldeani\ estos para subsistir necesitan fijar sus raices en la tierra y que el aire calentado por el fuego eleve el agua por las médulas hasta las ramas; por eso en el otoño, por no tener el aire bastante ca¬ lor, se caen las hojas. (66) El sistema metafisico de Liciniano y Severo puede resumirse en la existencia de tres naturalezas; en la de Dios, que no tiene cuantidad o i cualidad. {Deum nec quantiíatem nec qualitaiem liabere) ni está cir¬ cunscrito á lugar ni tiempo (Quoe nec in ieririore est ñeque in loco;) la de los espíritus racionales, que tienen cualidad pero no cantidad (GredUur animam quantitatem nullain qualitatem liabere ullani) y que existen en el tiempo {q^um tant'im in tempore est;) y la de los cuerpos que tienen cuan¬ tidad: los espíritus racionales no son iguales á Dios poique tienen cualióad^ ni son cuerpos porque no tienen cuantidad. Asombra, al terminar el examen de este singular documento, el espíritu comprensivo de los sabios prelados ordenando y distinguiendo toda naturaleza con diferencias esenciales, afirmativas de la propia sustancialidad de cada ser, sin perjuicio ni ruptura de la unidad pri-
50 - mera; desde Dios, ser sin cualidad ni cuantidad, á los espíritus, seres eiralifícados, y á la materia, ser de cantidad, ligándolos entre sí por la^ razón activa de la voluntad creadora, no por la pasiva é inconsciente de la esencia derramada, según la hipótesis ernanatista. Maravilla, en- ' coiitrar en la época del Emperador Mauricio una concepción del espí' ritu menos expuesta, según el autor de Los Heterodoxos españoles^ á interpretaciones desacertadas que la de Sto. Tomás en el siglo XTIh Admiramos con él, cómo hacen fructificar nuestros Obispos los gérme-' lies recibidos de San Agustín y Claudiano, su demostración clara y pe': rentoria de la unidad y sujebtividád de las sensaciones (67) y la mag-i; niñea división de los seres, según ías categorías de cualidad y canlH dad, lugar y tiempo {Spiritus incommuiabilis Leus est, spiritus conmuU' ■ bilis facta naPutra sed corpore melior,) tomada esta última de San Agus-^ tín; (68) admiramos también la entrada, según el platonismo cristiano, del gran padre de Occidente, de la materia en el órden universal, dO; donde la filosofía antigua la había excluido ó dado la exclusiva, y hallamos en todo esto nueva confirmación del psicologismo-realista- mitológico, carácter constante de los pensadores examinados. Pero lo que hace subir nuestro asombro al estupor y nos presta aliento y confianza para proseguir por el camino emprendido en estas investigaciones, no es, con ser mucho, que Liciniano y Severo se ha" yan abanderado en la escuela de San Agustín, la más análoga á la da, . Moderato y á las de Séneca y Prisciliano, en lo que estas últimas aP canzan de platónico; no es, con ser más, que desarróllen, como hemos ' visto, la semilla agustiniana de una manera original y española; no oS; que se dé la coincidencia de que el Platón cristiano, al acercarles hombre más que el Platón gentil, se haya encontrado con Sénecíi? hasta parecer que las palabras con que se expresa están escritas p<^‘’ , la misma pluma, en el mismo libro; no es que por seguir los dos pensamiento platónico, la declaración de lo que es el Padre y el Verbo i en el tratado De Trinitate tenga cierto aire de familia con la de la Uní"; dad y la Inteligencia de Moderato; es que la doctrina de este sobre ^ ] materia, quitado lo que le queda de pagano en la expresión, es la sustentan nuestros Obispos, á no ser que haya quien crea cosas diP' rentes el decir que Dios separó de la esencia divina la cantidad y
— 5Í - vándola de toda cualidad, de todo lo que tenia de idea, de todo lo que tenia de divino, formó con ello la materia, y que Dios creó la materia dándola por esencia la cantidad sin cualidad; es que, prescindiendo de lo que resta de gnóstico, los espíritus signatos por Dios de Prisciliano, no diré que sean sólo una variantede expresián, pero si que en el fondo envuelven una idea que no se separa (íemasiado de la de ser los espíritus, seres cualificados por el espíritu inconmutable que no tiene cualidad ni cantidad; és, por última, que la extraordinaria y fecunda concepción de ser el alma continente del cuerpo, sin que por esto se entienda que el cuerpo es parte como- un miembro del espíritu, sin distinción de naturaleza, lleva lógica y necesariamente á pensar á Dios como el continente’ esencial de todos los seres, sin mengua de la unidad de aquel ni de la sustantividad de estos, última síntesis en que se aúnan sin perjudicarse la consideración de Dios como razón del mundo, sin lo que la filosofía quedaría sin base, y la de Dios como per¬ sonal y activo, sin la queda religión se derrumbaría sin fundamento. Lejos de mí, pensar que Liciniano y Severohayan bebido en la tuente de Modéralo, de Prisciliano y, según toda probabilidad, ni en las de Séneca y Platón directamente; es que el espíritu nacional, dotaflo de una poderosa razón intuitiva,, ampliando inconscientemente los dos aspectos particulares desde donde la reflexión á la realidad conlomplaba, ha encontrado su lineado contacto en la unidad en que se expli( a, preconcibiendo así aquella síntesis suprema, cimiento de ar¬ cilla y de roca, sobre la que se ha de edificar la filosofía española y sobre la que descansará, cuando la hora suene, toda la filosofía. Así debía suceder. España ofrece al mundo en el periodo visigótico primer bosquejo de una nacionalidad;, ella debía ofrecer juntamente intuición más completa del ideal del pensamiento reflexivo. Dios nos libre de querer aminorar con esto ni en un ápice el valor *^0 las otras filosofías nacionales, ni de desconocer la unidad esencial la filosofía. Pero siendo la realidad presente á todos por igual infinita é inago- L^ble en su conocimiento para la humanidad entera, en la plenitud de ios tiempos, cada pueblo ha cultivado y cultivará siempre la parte de ella más adecuada á sus especiales aptitudes.
— 52 - Deiitr© de nuestra Europa ninguno excede al inglés en la paciente y delicada observación de los hechos; ninguno hay que al francés aven¬ taje en la facilidad de las generalizaciones ni en la habilidad para tejer conceptos con claridad estética deslumbradora; Alemania, reputada en el siglo XVI inepta para la filosofía, asombró á las gentes en el XlX con la profundidad de sus concepciones ideales; el porvenir inmediato es de Italia y de España, representante la una de la razón abstracta, y la otra de la razón concreta. El conocimiento racional, total y omnicomprensivo, precede á toda reflexión, pero no llega á ser consciente hasta que agotado el nú¬ mero de los principios toto-parciales que forman el contenido de líi primera antitesis, permitan su integración en aquella unidad, sin otra que los contenga á todos, dándoles aquel universal sentido de que les privaban sus pretensiones á la exclusiva y llegándose asi á la cons¬ titución definitiva de la ciencia, en la que hombres jLpueblos, prestáU' dose mutua ayuda, trabajen, cumpliendo su propia vocación, en labor ({ueá cada instante satisfaga sus aspiraciones y no sea sino el anuncio de otra más nueva y más perfecta. I ■ U Mientras no llega la hora de que los pueblos desempeñen en el drama de la historia el papel de protagonistas, no están, sin embargo?, ociosos. Miran, escuchan, se asimilan lo quedos demás hacen, lo coU;- vierten en sustancia propia, al modo con que el alimento en nuestro organismo se convierte en carne. Notar cómo ideas venidas de todos^ los puntos del horizonte inteligible van dejando aqui lo que traen do asimilable para nuestro espíritu, como el discípulo aprovecha lecciono^^ de diferentes maestros para formar su caudal científico, vá á ser ahorí' el objeto de nuestra indagación. Liciniano y Severo señalan el tránsito de la filosofía de los Padres á la filosofía escolástica. Usan argumentos de autoridad y de razdir pero sólo apelan á los segundos cuando los primeros faltan. Ya lo | breis notado, inmortalidad y espiritualidad son conceptos que se como la consecuencia á su principio; pues bien, Liciniano y Sever^í | proceden á la inversa y deducen la espiritualidad del alma de que el Evangelio se le ha prometido la inmortalidad. La época que vá á comenzar no es una época inventiva, es Lin^
— 53 - época didáctica; se trata de catolizar á las hordas bárbaras que se han dividido el imperio de Occidente. Las premisas mayores están da*- das en los Evangelios y en los concilios; el papel de la ciencia consiste en entenderlas y aplicarlas. La primera idea ha partido de. Italia, Boebio, Casiodoro, Marcia¬ no Capella, traducen^ compendian; erigen monasterios que son junta¬ mente academias, archivos, bibliotecas, y, casi á pesar del anacronis¬ mo, me atreveria á llamarlos imprentas., ya que se impone á los mongos la obligación de copiar. Pero esta enseñanza se dirige en general á la humanidad católica, ía idea de educar á un pueblo es propia de San Isidoro. San Isidoro es el alma del reino visigótico. Discípulo de su herma¬ no San Leandro, por cuya fé y por cuya industria los visigodos abjulanel arrianismo en el tercer concilio de Toledo, trata de fundar sobre la unidad de creencias, la unidad del pueblo. Con su libro Be officiis eclesiasticís, su colección canónica y sus interpi etaciones de los Sagrados libros, fortifica la personalidad de la Igleespanola, tan unida al oráculo de la fé, y, sin embargo, tan inde¬ pendiente, pone en el Concilio IV de Toledo la monarquía bajo la tutela la Iglesia, inicia la unidad legislativa con aquellas Icges antigum que desde Recaredo preparan la unidad nacional y en las que la crítica re¬ conoce su espíritu y su lenguaje; desde Sevilla, donde sucede á su her¬ mano San Leandro, no contento con ensanchar las escuelas que éste leudara, dándoles nuevas constituciones y consagrándose personal¬ mente á la enseñanza, las extiende por medio de sus discípulos á las chas diócesis^ cuida de uniformarlas, y de corregir las maleadas coshimbres de los jóvenes consagrados al servicio de la Iglesia con el canon XXIV del Cuarto Concilio Toledano; logra despertar el deseo de saber en la nobleza gótica con sus libros De dijerentiis, De Synoni- De propietate Sermomm y De Natura Berim, escrito este por ex¬ preso mandato de Sisebuto; intenta purificar los corrompidos restos ^cl teatro clásico, verdadero prostíbulo, en cuyas infames farsas tomó paate hasta algún Obispo, con su composición intitulada Symnima, Pnmer origen de nuestros autos sacramentales; con sus Varones Ilusprocura alentar los esfuerzos del clero español consignando los ^4
— 54 — merecimientos de cuantos militaron bajo las banderas católicas en la era de la persecución arriana y el valor guerrero de los optimates^] poniendo ante tus ojos, en la Historia de Regihis Qotlionm, las empre-t sas de aquellos héroes del polo quos Alowander vitandos 'pronunciavit,-, Pyrms periimuit, Gmsar exTiorruit. ( 69 ) Corona de tantos esfuerzos es su obra maestra, las EtimologidS) resumen de todo el saber hasta su tiempo. Dividida por su discípulo Braulio en veinte libros, comienza con la exposición del concepto de ciencia y arte; entra después en el estudio de las siete disciplinas; tras de esto en el de la medicina, la legislación, la cronología, la bibliogra¬ fía, la doctrina católica, donde se trata de las más notables heregíaSij de las sectas fllosóñcas, de los adivinos y de los magos; pasa luego aH origen y divisiones de las lenguas, con lo que liga el estudio de las ra'j zas que se originan de la dispersión de las gentes y al de la constitución^ de la familia, con lo que termina el libro IX; dedi@í3^-el X á las voces dej oscura procedencia ó de dudosa ortografía; empieza en el XI la exposij ción de las ciencias naturales, con el estudio del hombre, al que sig»®^ ; en el XII el de los demás animales; en el XIII, se ocupa de la cosmogr^ j fía; en el XV, de los monumentos sagrados y profanos; en el XVI, de^^^ mineralogía; en el XVII, de la agricultura; en el XVIII, de cuanto se re¬ fiere á la vida de la milicia, á los espectáculos del hipódromo, circo 5^ anfiteatro, artes escénicas en sus diferentes fases y juegos privados; el XIX, de las naves y su construcción, de la fábrica y ornamento de 1^ ^ edificios, de los trajes y joyas y, por último, termina en el XX danó| á conocer el servicio de las mesas, comidas, vajilla, muebles, vehíci^' los, instrumentos rústicos y jaez y aparejo de los caballos. ¿De dónde se han sacado los materiales para formar esta gran^^^ enciclopedia? ¿Cuál es su carácter? ¿Cómo influyó dentro y fuera de j paña? Tales son las preguntas que naturalmente ocurren y que proponemos examinar sólo en lo que concierne á su contenido fllosóí^ | co, dejando lo que pertenece á las otras artes y ciencias á ingei^^^ j^ más peritos. 1 Desde luego era de sospechar en ella la existencia de elemental orientales y bizantinos. Bizantino era San Isidoro, como hijo de riano, natural de Cartagena, que se hallaba á la sazón en poder de ,
— 55 — Emperadores de Constantinopla. En esta ciudad se refugió su herma¬ no San Leandro, cuando tuvo que huir de la pereecución de Leovigildo; Juan, Obispo de Constantinopla, le dedicó su tratado De Sacramento Bapiismatis] (70) frecuentemente se vé á los bizantinos mezclarse en la política visigótica; capitanes griegos prestan servicios á la monar¬ quía; Recaredo se apellida Mamo, á imitación de los Augustos, y toma por modelo, la corte de Constantinopla al ordenar los oficios de la suya; los artistas señalan la influencia de Bizancio en joyas y.construcciones, y el más eminente de nuestros críticos contemporáneos, atri¬ buye al reflejo de los resplandores del siglo de oro de Justiniano, el siglo de oro de los Recaredos y Sisebutos. Pues bien; hemos recorrido uno por unO' los capítulos destinados á tratar de la filosofía, y la influencia bizantina no parece. El capítu¬ lo XXV del libro ll, que lleva por epígrafe De Isagogis Porphyrii, está tomado de Victorino y de Boecio; los XXVI, XXVII, XXVIII y XXX, que tratan De Gaiegoriis, De Periliermeniis, de Syllogismis Dialeciicis y De Topicis, de Casiodoro; y el XXIX, De Divisione dejinitiomm, es una abreviación de Marco Victorino. Hemos buscado las trazas de esta influencia en el libro III; y en los capítulos XXIX, De Mundo ct ejus nomine; en el XXX, De forma Mundi, y en el XXXIII, De Motu ejusdem, nada hay que se asemeje, ni por asomos, á la Física de Aristóteles. En el libro de las Sentencias ó del Sumo lien, sí que vemos á los conceptos de materia y forma de movimiento y corrupción, jugar un gran papel en el capitulo I. La inteligencia y seguridad con que se manejan, es gran indicio de que son directos y familiares. Opónese á esto el escaso ó ningún uso que vuelve á hacerse de los principios do la Física y de sus aplicaciones; la concepción del tiempo es más agustiniana y platónica que aristotélica, y cristiana la de la materia, que se piensa creada con las cosas. La cuestión para mi queda indecisa, aunque me asalta tenazmen¬ te la sospecha de que San Isidoro tuvo medios de penetrar mejor el espíritu de Aristóteles que los otros precursores de la escolástica, bien fueran enseñanzas orales de su hermano, bien extractos ó libros que tr’agera de Constantinopla. Que acierte ó me equivoque, al libro de las Sentencias, que no al
— 56— ; de las Etimologías, hemos de acudir para formarnos idea del sistema ' teológico-filosóñco del Doctor hispalense. Dios es el sumo bien, por- ; que es inmutable y, como tal, incorruptible. (71) La inmortalidad y la ^ inconmutabilidad de Dios, son la misma cosa. (72) Donde hay mate- , ria, hay mudanza; porque pasa de lo informe á la forma. Los ángeles j y las almas son inmortables, pero no inmutables; por lo que, sustanj cialmente, la inmortalidad sólo es propia de Dios. Dios es inmenso y \ omnipotente; no llena el cielo y la tierra de modo que le contengaiii ¡ sino de modo que sean contenidos por él; ni llena particularmente to ; das las cosas, sino que, siendo uno y el mismo, está todo en todas . partes. Inmensidad es de la divina grandeza, que creemos que esta dentro de todas las cosas, pero no incluido; fuera de todas las cosas, ^ pero no excluido. Interior para contenerlo todo, exterior para ence- ' , rrarlo y limitarlo con la inmensidad de su esencia incircunscrita. ; lo interior, se muestra creador; por lo exterior,j^onarca y conserva- 1 dor de todo. Para que las cosas creadas no estuviesen sin Dios, DioS!; está en las cosas; para que su esencia fuera limitada. Dios está fuera j de ellas y lo limita todo. (73) No hubo tiempo antes del principio de las j ('osas; el tiempo comienza con las criaturas, (74) no las criaturas coa , el tiempo. El mundo se compone délas cosas visibles y de las inveS't tigables; la materia de que está formado precedió al mundo, no en tiempo, sino por la esencia, como el sonido á el canto. El hombre un compuesto de todas las cosas, por lo cual es un mundo en pequ^': ño; todas las cosas han sido para el hombre; el hombre para sí, j lo que todo por su figura se refiere al hombre. (75) Equivocadainenl® ! se pregunta ¿qué hacia Dios antes de hacer los cielos? ¿por qué de pr0‘^' j ^ to Dios quiso hacer el mundo que antes no hizo? porque la volunt^^ ; de Dios es Dios mismo y, como él, eterna e inconmutable. (76) i La vida del cuerpo es el alma; la vida del alma Dios; y asi coo^^j el cuerpo muere sin el alma, el alma está muerta sin Dios. (77) El hon^ j bre no es el alma del hombre, sino el cuerpo, que fue hecho de la tiei | el alma habitando en el cuerpo, por esta participación de la carne ; cibe el nombre de hombre; asi el Aposto! dice: el hombre interioi» ^ la carne, está hecho á imagen de Dios Como la de los ángeleí^ la vida del alma, tiene principio, pero no tendrá fin; no es parte de ;
— 57 — divina sustancia, ni existió antes de mezclarse con el cuerpo, sino que fué creada cuando el cuerpo, á quien habia de unirse; (78) no por la fuerza ni por los sentidos del cuerpo, sino por la razón del alma, exce¬ demos de los demás animales; ignorantes son los niños en la obra, no en el pensamiento; el movimiento que hacen con la mente no pueden completarlo con la obra; por eso en ellos la edad es imbécil, no el ánicno; (79) la condición del hombre dista de la del ángel; el hombre fué hecho á semejanza de Dios; al ángel caido se le llama sello de la seme¬ janza de Dios. (80) Originalmente, Adan y Eva juntámente fueron crea¬ dos; especialmente, la mujer fué formada después del lado (81) del ma¬ rido; igualmente, fueron hechos en razón del orden, no en razón de unidad de tiempo; el hombre fué hecho á imagen de Dios; la mujer fué formada á imagen del hombre; luego por ley natural, á él está su¬ jeta; además, el hombre fué hecho á causa de si mismo; la mujer fué creada como ayuda del varón. (82) El mal no fué creado por el diablo, sino inventado; en ninguna parte estaba el mal, donde el diablo se hiciera malo; sino que por su pecado, siendo ángel bueno, ensoberbe¬ ciéndose se hizo malo, y por esto rectamente se dice que por él fué in¬ ventado el mal. (83) No es en la originalidad del contenido donde hay que buscar el mentó de la Enciclopedia isidorian a; yeso que no hay inconveniente en asegurar que su interpretación de la categoría de sustancia y acci¬ dente es más sensata que la de muchos escolásticos (84) actuales, y que se vislumbra en su filosofía una tendencia mística que hace que el escolasticismo de San Isidoro sea un escolasticismo aparte. (85) Propónesé el Obispo de Sevilla con sus Etimologías un fin altaínente didáctico; (86) recojer cuantas nociones atesoraban las artes y Ihs ciencias y poner tan vastos conocimientos al alcance del mayor número; por eso se limita á exponer con sencillez y claridad, sin enh’ometerse en intrincadas especulaciones. (87) Empero formar un libro con tantas nociones esparcidas, uniendo nn un todo indiviso lo general y lo característico de nuestra civiliza¬ ción, que es la nota saliente que venimos descubriendo en nuestro pensamienio filosófico, es lo que justifica el sobrenombre de Doctor de las JEspañas que un papa dió, y la posteridad conserva sin inte- i5
rrupción á través de los siglos, á San Isidoro. Lejos de nuestro ánimo sustentar que su benéfico influjo no hayatraspasado las fronteras de la península. Tenemos por improbable, aunque no por imposible, el que pudiera haber ejercido en el venera' ble Beda; pero el que ejerció sobre Alcuino es manifiesto. Lo cita en ; su polémica con Eli^ando lo compendia, lo traduce^ y no siempre bien. ^ Además San Isidoro con su Senteniiarum libri III, ha dado el modelo i que copió Pedro Lombardo y los que le siguieron. j En España, la tradición isidoriana están constante como la del \ Fuero-Juzgo; la encontramos lo mismo en los reinos independientes''! del Norte que entre los muzárabes del Califato; especie de rito mu- ' zárabe del escolasticismo, nos distinguen sin separarnos del resto de Europa, y, con el Fuero de las Leyes, permite que al encontrarse en * Toledo los antes vencidos y los ahora vencedores, se abracen como , hermanos, mirando la tribulación pasada sólo como parcial, aunque largo, eclipse de la independencia de una parte de nuestro pueblo; es-l:! clavitud que no deja huella de la servidumbre por un derecho de, ’ ¡wstsliminio. De la tradición isidoriana entre los andaluces dominados, es de la que tengo que ocuparme ahora, sin perjuicio de referirme á la que se;¿ conservó en Asturias, León y Castilla^ siempre que á este mi intento conviniere. Un mismo siglo, el VII, vió nacerá San Isidoro y á Mahoma, quien ¡J condensó todas las heregias orientales, haciéndolas accesibles á la í multitud, en una religión sin misterios, en una filosofía sin pruebas, que en lugar de milagros presentó un libro, y en lugar de argumentos empuñó una espada. La descomposición interna del reino visigótico, roto al primer - empuje el débil y externo lazo de la monarquía, deshizo aquel haz de j. razas y presentó en la Península frente á frente, sino las personas, , como finge la leyenda, las ideas de aquellos dos hombres extraor- ¡ diñarlos. Tolerantes al principio los vencedores, tanto por necesidad, tanl<^ por interés, tanto porque con la unidad abstracta que traían se com* padecía bien la semi-independencia de las tribus y de los pueblos» fe
— 65 - tos aprobaron. En ella se encuentra lo sígnente, respecto del punto de que venimos tratando: «Creo y confieso... que la Trinidad, autora de todas las cosas visibles é invisibles, llena y contiene (implet ei ambii) todo lo que creó. Esta en cada una de las cosas y toda en el todo. To¬ da en cada una, porque no es divisible; toda en todas, por incircunscrita é ilimitada. Penetra todo lo que hizo, sabiendo y conociendo cuanto existe. Vivifica la criatura visible y lá invisible. Pero cuando decimos que está en todas las cosas, no ha de juzgarse que el Creador se mezcla, se confunde con las criaturas y menoscaba en algún modo lo puro de su esencia. Decimos que está en todo porque todas las cosas viven por él, él las escudriña y conoce todas por si mismo y no por in¬ termedios; crea sin molestia, ni fatiga, y de ninguna criatura está au¬ sente, sino presente en todas.» (99) Y más expliCitamente en el núme¬ ro IX del (100) «Pues Pablo inspirado por la divina gra- • cía exclama enseñando: quoniam ex ipso et 'per ipsum et in ipso suni om- Si todas las cosasestán en Dios, fuera de él no' hay nada; sino que él más bien está fuera de todas las cosas para que todas las cosaspuedan ser encerradas por el, pues, como dice hablando de él la divina Sabiduría: Él rodeó solamenie el giro del cielo. Diciendo que él solamen¬ te rodeó el giro del cielo no debe pensarse que rodeó caminando el ámbito del cielo con movimiento local ni temporal, ^no que con la perpétua estabilidad de su omnipoténcia, todas las cosas las encierra bajo sí.» ( 1 0 1 ) Délo antedicho resulta: 1.®, que la tradición isidoriana continúa en las escuelas muzárabes; 2.«, que en ella se afirma, tanto ó más enérgicamente'que en San Isidoro, la individualidad propia délas almas humanas; y 3.°, que Dios es concebido,como el ser que contiene, com¬ prende y determina bajo si todos los séresindividuales, sin confundir¬ se con ellos, por la unidad indivisa de su divina esencia que, abra¬ zándolos y comprendiéndolos y estando en ellos, queda, sin embargo, hiera de ellos, excediéndolos infinitamente. Pasemos ahora de los vencidos á los vencedores: ¿cómo llamarofiios á su filosofía? ¿la llamaremos árabe? El patronímico es inexacto pees, como observan Munk y Dugat, la mayor parte de estos filósofos son persas ó españoles. ¿La llamaremos musulmana? No creo que ha- 17
— 66 - ya habido uno sólo de estos pensadores que haya sido sinceramente musulmán; y, sin embargo, al último calificativo no le tengo por de todo punto inadecuado. Hay en el mahometismo un elemento heléni¬ co, oriental, ario, y otro elemento semítico que allá se tocan ó más bien, se pierden en el insondable vacío de la unidad indeterminada; solo esta es lo que hay en aquella filosofía verdaderamente de mahO' metano, precisamente lo que el mahometismo no tiene de religión. Para sustentar los fundamentos religiosos, la novedad del mundo y la libérrima creación divina, los motecallemin^ los teólogos escolas' ticos del islamismo, han negado la necesidad de lo real y se han laH' zado en las vaguedades de una posibilidad abstracta. (102) Aunqo^ divididos en diferentes sectas, dice Maimónides que están todos de acuerdo en que no ha^ que atender á lo que el sér es, porque esto 'un hábito y no una necesidad y lo contrario es siempre posible nuestra razón; así que en muchas ocasiones decoran con este nornbr® lo que finge su fantasía. Los demás elementos filosóficos están tom^' dos de lo que se conservaba de filosofía griega en las escuelas nesíO' rianas de Nisive y Gandisapur, herederas de la que fundó Ibo en Edesí* y que llegó á llamarse la escuela de los persas. Pero hay además en la filosofía arábiga otro elemento hasta aho" ra poco estudiado: un elemento directamente oriental. Los persas maban á la India el país de los sabios; allí iban á buscar lecciones d® sabiduria, de allí trageron el arte simbólico y, de tal manera estini''^' ban los árabes esta Filosofía celeste, esta Filosofía oriental como 1^ verdadera ciencia reservada sólo á los iniciados, que las doctrinas Ai’istóteles y aún las de Platón no eran consideradas más que una preparación para ella. .Divídense pues, los filósofos árabes en mascJiayin (peripatéticos) ^ (contemplativos) y á esta última filosofía es á la que árabes denominaban mescJirekyya (filosofía oriental.) Acaso de la Sofía musulmana no conocemos más que la superficie; quizá ni Avic^" na es un escolástico, ni Averroes un místico; acaso el primero es místico y el segundo un racionalista. Hay además en la filosofía que examinamos un elemento prop^^ mente arábigo, el único que puede autorizar este atributivo y q^^^
I la escolástica arábiga de la escolástica cristiaj na. el amoral estudio de las ciencias naturales, tan propio del espíri- 1 e ciquel pueblo, que halla su satisfacción en los escritos de los gran- I des matemáticos y físicos alejandrinos, que dan á la Medicina, á la ^ Astrologia, á la Alquimia y hasta á las Matemáticas y la Agricultura Un aspecto tan original. Tales son los elementos de la filosofía arábi¬ go-musulmana en el Oriente. e,Empezo también en Córdoba, como en Damasco y en Bagdad, Poi apropiarse las enseñanzas de las escuelas cristianas? ¿Representa- i’on aquí Juan Hispalense y los otros discípulos de San Isidoro el pa- Pel de San Juan Damasceno, de ios Honaiii, de los Ishak y de los laia? ^ bemos que Simonet escribía un libro para demostrarlo; acaso lo u escrito ya, pero no ha llegado á nuestras manos. No creemos, sin ar^^o, que esta influencia fuera decisiva ni durable. La ciencja ^nental y la heregía nestoriana tenían muchos puntos de contacto con espíritu persa y el mahometismo; la escuela de medicina de Edesa avenía muy bien con el, carácter árabe, satisfacía una necesidad pe¬ rentoria y servía de pasaporte y de introducción. Mahoma y San Isi¬ doro se rechazan. El primer impulso eficaz para despertar el espíritu filosófico en el aiiiato de Córdoba ha venido del Oriente y ha venido en el periodo Califato. Alvaro nos habla de la afición de los muzárabes á los ^'^osofo^ musulmanes. Casi se podría señalar la época de la introduc¬ ción de la filosofía en el reinado de Mahomet I, y su florecimiento en el de Al-Hakem II, el fundador de la famosa biblioteca. (103) Mucho debieron difundirse las doctrinas filosóficas, cuando los teólogos alarmados obligaron á Almanzor á que quemara los libros en fine se enseñaban; asi que de este periodo no conocemos más nombre fi e Ihn-Masarra. Acaso en él, como tras del creyente escrupuloso en ns piácticas exteriores se ocultaba el pensador incrédulo, tras del nsofo se ocultaba el enviado de alguna de aquellas sociedades mistesas de la Persia, que venia á tentar terreno. Ello es que su pan- ^ smo se parece bastante al de los Sofis y que á pesar de la persecu- Cifi los masarritas formaban una secta muy numerosa á la caida del Califato.
— 68 ~ , I Entonces se pudo ver el camino que hablan adelantado sus ideas, i A veces se envolvían en extraños simbolismos: la tierra, decían, des-| cansa sobre un pescado; este pescado está sostenido en el cuerno de J un toro; este toro descansa en una roca que un ángel lleva sobre su I cuello; por debajo de este ángel están las tinieblas, y por debajo del las tinieblas, un agua que no tiene fln. Bajo estos siinbolos, evidente-f mente de procedencia india, los teólogos creyeron ver la afirmacióni de que el universo era ilimitado. Ello es que los masarritas se mos-f traban igualmente enemigos de toda religión «que puede imponersei por violencia y por engai'io, pero no demostrarse con argumentos» asíf como de las.especulaciones filosóficas de la Grecia. 1 otra secta, de origen seguramente arábigo, compuesta de mate J maticos y naturalistas, declara absurdas las religiones porque no pu* den demostrarse matemáticamente y trataban de delirios las práctical morales y religiosas ordenadas por el Korán. - { La lucha de todas estas sectas entre si y con lo.s judíos y los cristiaí nos, dió como resultante la indiferencia á toda religión positiva, «m mundo, decían, está lleno de reí piones, do sectas y de escuelas filosóJ ticas que se odian y seexecran. Ahí teneis á los cristianos: el melq.iitf no puede sufrir al nestoriano, el nestoriaiio detesta al jacobita y eadíl uno condena al otro. Entre los musulmanes, el rnotazelltu declara qul los que no piensan como él son incrédulos; el no conformista se ere# obligado á matar á todos los que pertenecen á otra secta, y el puiiiii‘»l no quiere tener nada de común con el uno ni con el otro. Entro los j“* dios sucede lo mismo. Los filósofos so condenan un poco menos, per# no se,encuentran más de acuerdo. Y cuando uno se pregunta' j o u áll entre esta infinidad de sistemas filosóficos y teológicos es el verdadera® es preciso concluir que tanto vale uno como otro. Los argumentos m cada sustentante tienen la misma fuerza, ó más bien, la misma deb¡l'« dad sólo que este sabe mejor que aquel manejar las armas do la dialé^'f tica. éQuereis la prueba? Id áesas academias en que disputan hombre» de diferentes opiniones. ¿Y que veis alli? El vencedor de hoy es el vene» do de mañana, y que en estas doctas asambleas la fortuna de las arif®» os tan variable como,en los campos de batalla; el hecho es que alÜ dos hablan de cosas de que nada saben y de que nada pueden sab»'’»
— -69 - <iemosTrad!s"r’ ^-<>« ünica reli<^iór^°“ Pensaban otros que '"«"te <!>ician á los n ^ ■ '«- preceptos de la moral común. (104) lerocon'^dmSrtoT'’^"^ a>‘«0‘'avides para poder hablar con en¬ canes de Occidente^r"*"’-'^^ filosofes y de sistemas entre los musulflexión racional " ^ °®o el imperio de Córdoba la relo cientifleo contra el " f rehabilitación del procedimienoco conhael m.stmismode Algazali. ‘'«go^ano'pll'eírmT*'" ^ o* filósofo za- '» alto, alcanzar el "* y* <i°o la ayuda de -nel entermie ^ -'-‘ó" adecuada dirección log''ai-se sino por la y quien dice régimen dIerT lo que nos ensem en’ei T T ^ - aisla de la sociedad 7 ®' <1®® listado perfecto e / ’ ®''“ P’’®''®'’"* «n un r®’ LOS solitarios lo que los sofis lia"'"®®P°'‘*aneamente en un terreno cultivado; son ■ ' O S á su famir óo algón modo extra¬ ñen ejecutar s7 ^ ^ rodea. Las acciones que se deñre arbitrio /' Propiamente humanas, las que proceden del iilinto- el ho’ r ““ reflexión y „o del insiieción antfl " T' man. iz P®'’® ‘*®® "® '"®®® ^ ®‘''°’ “"I* acción hu- -uh- fia® el alma racional, no la sensible, sea nuestro acción' “®“®^‘’'®'^®®®'’'°j®®‘o,nolo útil; es preciso que nuestras moral n Perfecciona,niento Estas S ® <=°^^vreniela, forma, espirUuaUs «tas son de d,ferentes especies, siendo más elevadas á medida que ^ 'is se alejan de la corporeidad y son: las formas celestes ó sean las ^^erzas espirituales, que ponen aquellos cuerpos en movimiento v nu. ^enen relación con la materia sublunar; el intelecto activo, que aun-
1 , *^bre el m deoto pas.vo o material; las formas inteligibles de las cosas, InteU. g y la forma espiritual individual. Relacionando las l acciones humanas con estas formas, ensena cómo podemos elevarnos! ' e la forma material, que sirve para satisfacer las necesidades físi-.í cas a U forma espiritual individual y de aqui á las formas especulati-f \as, I eas de ideas, que tienen en si mismas su entelechia., hasta lle'^'ar' al entendimiento adquirido en el cual el hombre, iluminado por el en¬ tendimiento activo, se reconoce como inteligencia. Asi el alma por la perfección intelectual y por la perfección moral queda vaso inmaculaj ■ l o , apto para recibir el entendimiento divino, llegando por esta con-' .luncion a identificarse con el entendimiento activo y á hacerse enten-j dimiento en acción, que es el ñu de la ciencia. (105) ' Ibn-Badja (el hijo del platero) coloca á su solitario en medio de la sociedad y aunque concibe un Estado perfecto sin médicos, porque no, babra enfermos, y sin jueces, porque no habrá delitos; esto no pasa do i un ,deab SU discípulo Tofail apar,a á su solitario de toda sociedad,. ! colocando o bajo el Ecuador, en una isla desierta, y ,o ais,a de todoj antecedente histórico porque, utilizando una Acción de Avicena le b»- i ce nacer sin concurso humano. Las necesidades materiales le ^an io. primeros conocimientos de la física, ia semejanza de los seres le lleva a reconocer en ellos una multiplicidad y una unidad; aquella es rf, accidente, esta es su esencia verdadera. De este modo lle-a á .iistin- ' ■ gmir en todo lo que existe la materia de la forma. Dirigiendo sus ,nii'«4- das al cielo Hay ben Yakdhan [el rito hijo del vigilante) ve una variedad | de esferas o cuerpos celestes y que estos cuerpos no son infinitos. La-v| esferas con todo lo que encierran son como un individuo; y de esW ^ manera reconoce la unidad del universo. ¿Este universo es eterno ó ti“ , tenido principio? Es lo que no puede decidir, bien que se incline á lo i Pnniero, porque para mantener las dos hipótesis se le ofrecen razü,»^f ‘guales y contrarias. Pero de cualquier modo, se necesita un agente ‘ que ponga y conserve este mundo en movimiento; este agente no puej e ser un cuerpo ni la propiedad de un cuerpo; no es una materia, ee ' rma. a liermosura del universo nos revela la de Dios la fomn» pura, el motor inmóvil, y pues que nuestra inteligencia perdbe el ser
verdader. s, ° "o nace ni perece, es la ' ■ debe tend dos nue lo! "" «' bnjo el I conservarse vida. Nada de lo que existe -'grado sun - ^ ‘>0 séres ref '^d°''P’® e®fe''as- De las tres especies “'ente de todot' ««cesiva. '^«0 su inteleno-" '’’ -bsistente más 'desdicha del al É',' la felicidad ó la •o. Dios es h f "" ® ®®‘® '•‘Partamien. ól Él es h I formas, pero el universo no existe sino en Plenden, todos los séres más ó menos ex- '--tem':; :f:. p-®-- -"‘‘^ppcidad „« lia roto las lie ^ sentidos; se desvanece para el que lostes brilla cot '** ^“® ®" '®® ®®'® ™ ® '»ñenioYal,„ '‘’®®P''‘"‘^®''es-no ilumina este mundo del mci- «guas. En este^”!'', ®°' ^ "pitadas "'uohas alma<. Hay ben Yakdhan «" ■ as sumidas “-«"«tidas de luz y de gloria. y las impuras- ®®"'P'’as y en los tormentos; son las almas puras sensible V s '’®®P®Har, se encuentra rodeado de nuevo de lu '•ior y el’ in^ «' «upepuede esta ’ '*® ®" ®®P°*°; «o se ^rcon la una sin irritar á la otra.» (105) «s el método de estos dos üch-akyyin ó místicos propio descubriendo como los Lé ' ®®P®"°'®®- obsorvación le sirve para agrupar enómenos bajo las formas del entendimiento; el raciocinio, para ucir estas formas á la forma suprema. Aparentan ser aristotélicos. • ristóteles les sirve de escala para subirá Plotino. Más abrevian las ^iipostasis neoplatónicas y las presentan tangibles, colocando al Verbo a Alma del mundo en la inteligencia de las esferas. Avicena se les >a la anticipado y es muy probable que de él copiaran el pensamienero Avicena procede ontológicamenle, y ellos como psicólogos- ' quel comienza por las propiedades del ente en abstracto, ellos por lo
— 72 — í que les revela la propia observación. Más nuisticos que Aristóteles, soiq menos panteistas. A no dejar reducido el peripatísmo á un dualismo| insoluble, fuente de perpétuas contradicciones, hay que pensar que la' materia no es más que el co-elemento de la forma que en la forma puq ra desaparece. Nuestros místicos no admiten tampoco más que un ser* verdadero; pero aceptan gradaciones en este sér, que van desde laj- i*ealidad hasta la apariencia, y estos grados están poblados de séres; individuales que quieren, conocen y padecen. Quizá hay gran íalta M lógica.; pero no juzgamos la lógica, sino el intento. ^ Concibiendo á la naturaleza terrena como una manifestación./ siquiera sea la más imperfecta, de Dios, á través de sus variadas forq mas y su incesante cambiar intentan penetrar lo que tiene de perma-f uente y de divino. De ahí el amor con que el árabe se dedica á ^ ciencias físicas, tan contrario al desdén ó á la enemiga que se las profej saba en la Europa cristiana. Alhacén pedia á Dios que, al juzgar el abj made Abu-Raikán, tuviera en cuenta que era el primero de su ra^^Ó ({ue había construido una tabla de pesos específicos; y Abu-Zacaríaii cl doctor excelente, en su libro de Agricultura dice que la tradicióaj atribuye á Mahoma formalmente estas palabras: «A todo aquel plante ó siembre alguna cosa de cuyo fruto se alimenten los hombrt*^>í las aves y las fieras, se le reputará como si lo hubiera dado de limosd na;» y que por tradición de Abu-Harivat se sabe que también habíí^í dicho: «elque construya edificios ó plante árboles sin oprimir á nadí*^] ni faltará la justicia, tendrá por ello abundante premio que recibii'^? del Criador misericordioso.» Ibn-Badja era notable como médico, mo matemático, como astrónomo y como músico; Ibn-Tofail escriói*'ilibros de medicina é inventó un sistema astronómico superior ai Ptolomeo, en el que los movimientos planetarios se explicaban sin eurrir á las excéntricas y á los epiciclos. Verdad es que la concepciaí’j prematura y, por tanto, fantástica, de la unidad esencial de la nat^ raleza, llevó á los árabes á los delirios de la Alquimia y de la logia; pero sin el entusiasmo que despierta el ideal que nos atrae mo inmediatamente accesible ¿hubiera conseguido la (nencia, de^P^^V de denostarlos tanto, ponerse en estado de darles en mucha la lazón? )
— 73 - El Ideal-realismo, que venimos apreciando, se confirma también por la introducción del arte simbólico, que cada vez se va haciendo nías individual. Ibn-Badja nos presenta el tipo abstracto del solitario; nofail concreta ese tipo en un personaje fantástico; si adelantára- OS os tiempos, no tardaríamos en ver cómo el Infante D. Juan Mailue pasa del tipo á la persona. Los comentarios de Averroes, ültima palabra de la escolástica temP^rT’ excepción de la regla establecida; al in- ar a mente del filósofo de Estágira, ha caido en el dualismo con paraX""^^'^ materia; en el panteísmo, con el entendimiento se- ^ «Hay dice (106) sobre el origen de los seres dos opiniones contra- 1 las, entre las que se dan otras intermedias: la que explica el mundo r esarrollo y la que lo explica por creación. Los partidarios del ^esariollo piensan que la generación no es más que la salida de un ser e o ro, una especie de desdoblamiento del ser; la función del agente reduce pues duce Ji <5® 'a creación, dicen que el agente promot» materia preexistente; es la opinión de los ca emin de nuestra religión y la de los cristianos, por ejemplo, e uanel Cristiano (Juan Filopón) que pretende que la posibilidad 6 sei creado no radica más que en el agente.» ^ «Las opiniones intermedias se reducen también á dos; pero la pnmera admite también dos variantes. De acuerdo en que la geneación no es más que una transfusión de sustancia, que toda geneación supone un sujeto y que nada se engendra sino de lo seme- ' jante, en la primera el agente crea la forma y la imprime en la materia ^laeyá existia; pero unos separan enteramente el agente de la materia ^0 Paman el dador de los formas, y esta es opinión de Ibn-Sina (107); Ciros sostienen que el agente está, yá no separado de la materia, como < uando el fuego engendra el fuego ó el hombre engendra el hombre, ya separado, como acontece en la generación de los animales y de las Plantas'que nacen de lo desemejante, y tal es la opinión de Temlstio y acaso la de Al-Farabi. La tercera es la de Aristóteles, que consiste en í^ccir que el agente hace de una vez el compuesto de la materia y de la
— 74 - forma, poniendo en movimiento á la materia, hasta que todo lo que es-. taba en la materia pase á acto. En esta opinión el agente no hace más que actualizar lo que estaba en potencia, realizando la unión de h materia y de la forma. Toda creación se reduce así á un movimiento» cuyo principio es el calor; calor que, repartido por el agua y por tierra, engendra los animales y las plantas que no nacen de semillé' La naturaleza produce todo esto con órden y perfección, como si estO' viera dirigida por una inteligencia superior, aunque carece de inteli' gencia. Las proporciones y la energía productiva que los moviinienr tos del sol y de las estrellas dan á los elementos, son lo que Plarfi^' llamaba ideas. En opinión de Aristóteles, el agente no crea ninguO'^ forma; porque si la creara, algo podría salir de la nada. La ilusión 1 epresentarse las formas como creadas^ es lo que ha llevado á crenr algunos filósofos que las formas son algo de real, que hay un dadof^^ formas, y por la misma ilusión, dicen los teólogos de las tres religión^’ que existen en nuestros dias, que algo puede salir de la nada. Partieii' do de este principio, los teólogos de la nuestra han supuesto un agente que produce todos los seres sin intermediarios,*'agente cuy*' acción se egerce cá cada instante por una infinidad de actos opuestos í contradictorios. En esta hipótesis, el fuego no quema, el agua no ja, todo necesita una creación especial y directa. Mucho m¿is; cuaná<’ un hombre tira una piedra, pretenden que el movimiento rio es ¿el hombre, sino del agente universal. Mas he aquí una doctrina extraña todavía. Si Dios puede hacer pasar alguna cosa del ser al ser, podrá del mismo modo hacerla pasar del ser al no ser; d(.'Strucción, como la generación, serán igualmente obras divinas y muerte una creación de Dios. Por el contrario; para nosotros la de^'' tracción es un acto de la misma naturaleza que la generación. ' ser engendrado lleva en sí la corrupción en potencia. Para destruí'’ como para crear, el agente no hace más que hacer pasar de la poten<^'^ al acto. Asi es preciso mantener frente á frente uno de otro el agenta la potencia. Si faltare uno de los dos, ó nada seria ó todo seria acíu^”' mente; dos consecuencias igualmente absurdas.» (108) Aqui teneis el dualismo explícito, más explícito que en Aviceí^^' Este había distinguido lo posible y lo necesario y, colocando al
— 81 ~ 5 íno nada. Aristóteles había creado una filosofía conceptualista, eu la oposición de los contrarios y como no es concebible contrariedad absoluta, los contrarios se han negado. Acaso no es o siquiera; la teoría del ente contingente no es quizá más que el pasp G a el ente indeterminado á la de la forma purayá la del ser necesai io y concreto; ello es que la Ontologia, teoría del ser abstracto, la Olía del ser contingente y la Teología, teoría del ser necesario, presentan la mayor semejanza con la Lógica, la Filosofía de la natura¬ leza y la Filosofía del espíritu, de Hegel. ^ Los esfuerzos hechos por los escolásticos cristianos para colocar á nstoteles entre los defensores de la inmortalidad del alma, no pueden stir á estos dos textos terminantes: «el intelecto universal es in- ^ separable del cuerpo;» «el intelecto individual es perece- y concluye con el cuerpo.» (127) Los esfuerzos que quisiéramos hapara salvar áAverroes de la nota de panteísmo, se estrellarían con¬ tra esta declaración explícita del comentador. «La divina providencia compadecida del individuo, á quien como tal no podía hacer eterno, le “la dado la facultad de que pueda eternizarse en la especie.» (128) (jp erroLS íes un escolástico, pero que se diferencia esencialmente " ^^oiásticos arábigo-orientales y de los escolásticos cristianos esu tiempo. Los filósofos musulmanes del Oriente, en lo que no son os traductores ó-expositores, aprovechan la filosofía aristotélica ^0 una preparación a las intuiciones índicas ó neoplatónicas degeladas, y una vez alcanzado el objeto arrojan la escala por inútil. Ya on forma positiva, como Ibn-Sina, ya en la negativa, como Al-Gazalí, ol pensamiento helénico que reccíjen no es más que el de los hombres ^^ylico.s, el de \o?>pneumdtico.s, comunicado á los elegidos en el misterio, la Filosofía Celeste, ó el extravagante misticismo de los sofís, mez- ^ la extraña de razón y fantasía, que acaba por el menosprecio de todo Pí'ocedimiento reflexivo regular. En España la filosofía comienza per¬ la rehabilitación de la ciencia y concluye por descartar todas las imaí^luaciones. Los escolásticos cristianos hasta el siglo XIII son los es¬ colásticos de la lógica de Aristóteles; Averroqs abarca toda la enciclo¬ pedia aristotélica, con lo cual, no sólo ensanchará el estrecho círculo en que se agitaban los maestros latinos, sino que además del fondo,
— 82 — dará la forma de las Sumas, más con esta diferencia: Alberto Magnoy; Santo Tomás y hasta Escoto, el más averroista, son escolásticos teoló-' glcos, Averroes es un escolástico de Aristóteles, aquellos exponen,; acomodan, refutan, éste intenta completar el pensamiento del FiUsofC ' : por excelencia en las cuestiones que dejó de tratar construyendo con , esto casi un sistema propio. , í Por rara justicia no se nos. disputa la influencia que con Averroes ; ejercimos sobre el mundo, se le asignan las mismas cualidades quá van notadas, sólo falta €|ue se estimen las que son propias de nuestro '• genio nacional. Y sin embargo no es Averroes su verdadero represen» ' tante, sino Ibn-Tofail en la época musulmana. El panteísmo filosófico de Averroes, es tan repugnante á nuestra manera de ser, que apenas " si tiene unos cuantos discípulos oscuros entre nosotros, y de aquí corf ' Raimundo Lulio parte contra él la protesta más enérgica; donde los i’O' V cluta, apearte de algunos entre los judíos, donde tampoco su influenci| : ■ es duradera, es en Francia y sobre todo como era de esperar en la pO' "l. nínsula italiana en la escuela de Pádua. El filósofo árabe verdaderamente español es Ibn-Tofail, y estecO'?,; mo dice Mr. Renanes acaso, el único quede entre los árabes puedfofi^ecer un interés más que histórico. (129) Su rivo Ujo del VigilaM (Hay ben Yakdhan)en que se traía demostrar cómo el hombre por propia reflexión puede elevarse al principio del conocimiento, ha sid® traducido al alemán, al holandés, al inglés, al lati.r, (al español no)f es reputado por los cuáqueros como un libro edificante. (130) Una coinl paraciónbien hecha entre el Filósofo autodidacto ^ A Uomlogúrn <)f San Anselmo, nos daria una gran luz. para comprender las dos direcf dones que sigue la escolástica antes del siglo Xltl y su punto de con| tacto. P; Si podemos reveindicar la parte más importante de la niosofl*f- lana hay otra filosofía que nos pertenece enteramente, la so la labmica. Las luchas de las Academias rivalosdePombeditaliV'**;; ■ ora labian traido la decadencia de ambas con la institución de I»*' Saadia el fundador de la de Sora, pide ayuda á sus hernianoC ma 10 aniuldistas entre los que se contaba Rabbi-Mosseh, Aben'fl«'i noc 1 con su mujer bella y virtuosa se embarcan para Occidente,
— 8 ' 3 - una tempestad les sorprende en el Adriático y caen en poder de Ebn- >umc .s de la escuadra cordobesa que los vende como és- VOS, pero reservándose algunos, entre ellos Aben-Hanoch de cuya ' esposa se habia enamorado. Asediada esta hasta el último extremo P'ogunta a su marido si resucilan los que mueren e.r el ma’r, y tíabién’ -io.e^contestadoaqué„ue si, se arroja á lasondasy muereLbica-' fué pwsionerosá Córdoba la Aljama los rescata. Uit dia de los Rabbi Nathan explicaba uno Sora V r'Tf se acostumbraba en honores 7 ^ ^^^^^siasmo que produjo, que recibió allí mismo los maestro y de juez, de Rabbi y de Dayán. (1.31) de cartns^^t° célebre Abu-Joseph, Aben Asdai, secretario Otón/' de quien Juan de Corza decía á que no había visto hombre más perspicaz. '’atá político había consegu'ido lledestronrdo°sr ^ acompañando al salud V los Poc su consejo, venia d buscarla Castilla. Abderramen III para restituirse al trono de del Califa ®‘®nc'a de Asdai y consiguió lo segundo ' lo que la'f ‘I® cederle diez fortalezas, con sio-nos fl» jadío crecióal e.xtremo que celebran los = ■ os poetas, sus correligfonaiáós: «Dios, cantaban, nos lo ha Princfoo’ 'rf' 3 u e le ha nombrado . ^ ^ ®^®vado.pGr Cima de sus otros dignatarios. Cuando pado 77 y ®'" "®P«das ha quitades.t (¡2) y ®-da- Ministro de Abderramen III, y de su hijo el ¡lustrado Al- Hakem II que p?;r ^ ‘odos los sáblos, hasta á I 0 3 q,,::;", can íi 3 m 7 77'^'^'^ P ecslgaie- . ) conti ibuyo a difundir entre los suyos los libros de los esco¬ bos musulmanes traídos del Oriente. En ellos, acaso en el iluminlsmo de Ibn-Masarra y casi con segu-
— 84 — , ridad en los tratados apócrifos de Empédoclos y de la Teología de ioteles bebió el gran poeta cuyo Keter Mcilchut (la corona real,) se cau¬ ta todavía en las sinagogas el dia de Kipur, el insigne filósofo malague* ño Ibn-Gebirol, las ideas que una generación antes de Ibn-Badja ex¬ puso en su Mekor-Hayyim. (La fuente de la vida.) El fondo de su sistema es el aristotelismo alejandrino, pero profun¬ damente modificado. Él fue el primero, según Santo TÓmrás, (134) qu6; dijo que las almas y todas las demás sustan das. excepto Dios, están compuestas de materia y forma y que por una interpretación de AHstóteles, contraria á la de Averroes, hace de la forma el principio limitación. «Voy á darte una regla general, dice en el libro II de la Fuenie de Vida^ para que llegues á conocer las formas y las materias. Figúrate ^clases de los seres unas dentro de otras rodeando las unas á las otr^^' y teniendo dos limites extremos uno arriba y otro abajo. Lo que so li‘'*' lia en el límite superior, abrazándolo todo como materia universal;'^’ únicamente materia que lleva, lo que encuentras en el límite inferior, mo sensible, es únicamente forma sensible. En los intermedios lo 0^'** es más alto y más sutil sirve de materia á lo más inferior y grosero? esto á su vez le sirve de forma. Por consiguiente la corporeidad mundo que se muestra como una materia, debe ser ella misma una 1*^' ma llevada por una materia, por la materia interior de que hablaiO*^"’ y de la misma manera esta materia sirve de forma á la que la sigO‘‘? así hasta la materia primera que abraza todas las cosas.» (135) La materia tiene en Ibn-Gebirol un sentido que nunca tuvo Aristóteles. Para este es la posibilidad indistinta tan eterna en su tinción cómo la forma pura en su actualidad concreta. Para Ibrirol, es un efecto que no agota la posibilidad divina, tiene la facuh^'^*^ recepción que la voluntad de Dios ha puesto en ella y que és muy 1^^ quena, comparada con lo qué aquella voluntad podría poner, Aristóteles la materia procede de la inteligencia, es su co-element^’^^ in-inteligible opuesto á lo inteligible,,es un concepto; para Ibn-Gt5^‘'j es un hecho, el hecho primitivo si se quiere, la obra de la voli^'d'^ V una realidad existente. El mundo, resultado que une la materia í forma, proviene de la voluntad del Creador y nó de su inteligencia» ‘i
— 85 — no podría producir más que lo idéntico consigo, lo infinito. No es pues ^ ootrina de la creación por el libre decreto de la voluntad divina doel'^°"t".“" religiosas, y no sin motivo, cuanheh,..'^''*''r'*'”° consiguió, aunque temporalmente, dominar entre los os, n-Gebirol fué mirado como un peripatético heterodoxo. 'iiener!i no'rersal, como impresión divina que esencia la especie mif. " Scadualmente va esenciandolas especies particulares, porcontenidas las de las especies inferiores, es la ««- divina platónico, identidad de la esencia . ■ a del 1 identidad, pero no concebido á la maneinmedia a? Schopenhauer, como la objetivación despriml diferentes grados .son las propiedamanifl inmediatas que, sustraidas al suceder, se es an en los innumerables individuos á que sirven de modelo, ra c ^atrevido suscitó la desconfianza de los teólogos, y panes °tr ^eckai ben Joseph escribió sus Deberes de los corazoratado de moral ascético, por el método de Saadia, y el célebre poeta Judah Hniovr! i i ^^oevi, aprovechando la conversión del rey de los Kázag^ífirsjudaismo en el siglo VIII, el Kliozari diálolado pueblo, á quien habiéndole sido reveobrL^*^ que sus intenciones eran aceptas á Dios, pero, nó sus ot^^as, consulta sucesivamente con un filósofo, un teólogo cristiano, musulmán y por último con un judio que es el que logra saíisfa- ^ stima superior la tradición á la filosofía: la fé no es contraria á i’azon, pero la creencia constante trasmitida de siglo en siglo, tiene una fuerza de convicción muy superior á la de un conjunto de argu¬ mentos á los que siempre se pueden oponer otros que los refuten, de ' la importancia que dá á ja Cábala haciendo remontar el lecirah/ hasta Abraham. Aliados el escolasticismo teológico y el tradicionalismo talmúdico, hicieron olvidar la Fuente de la que no encontramos citada más fiuc poi Schem-Tod-ben-Palqueira, filósofo del siglo XIII. La influencia creciente de Aristóteles y la importancia que adquií’íó la Cábala después del KhozarU produciendo entre los judíos la per¬ turbación y la incertidumbre que se retratan en los comentarios bibli-
eos de Abraham-'ben-Erra, obligaron á Mosseh-ben-Maimum, el nuevo i Moisés, hijo de un célebre tamuldista y discípulo de Ibn-Badja á escrií- bir su célebre Moré Nebouclim ó Guia de Jos indecisos, esto es, de aque-'.^ líos que encontrando en la Sagrada Escritura cosas contradictorias ó f imposibles, ni se atreven á rechazarlas por respeto á la fé ni áadmitirj;-. las por temor al absurda. f Según Maimónides,, la razón y la Biblia ensenan la misma cosa, |: ambas tienen por objeto hacernos gozar de la vista de nuestro Padre f y de nuestro Rey. I La razón y la ciencia, dice expresamente, son para nosotros 1^ ' fuente de la verdad y el culto más p-uro que podemos ofrecer á Dios/ , más como la ciencia no es accesible á todos, Dios ha llamado á si á los • hombres por la revelación que enseba lo mismo que aquella, aunqoo’ . de diferente modo, sirviéndose de alegorías y de simbolismos que ran la imaginación de la multitud. (136) , Ni un solo precepto, ni una sola frase hay en el Pentateuco no tenga su explicación en la raz'ón 6 en la historia, pero todo relato^-'. que se oponga á la razón, debe ser mirado como una hipérbole, coiíi^ / una alegoría, como un símbolo que debe traerse por la interpretación ^ un sentido razonable y, desechando la letra muerta, penetrar en el píritu que lo anima. : Es lo primero, dar reglas para esta interpretación y á esto dedic^^ r: la primera parte de su Dalalat al hayirin. ó Comparando los diferentes significados que una misma palaú^’^ í tiene en la Biblia, sin caminar al acaso como Filón y sin emplear corn^^ " los cabalistas procedimientos arbitrarios, estudiando las relacion^^ que existen entre los diferentes significados de una palabra y comP‘'^* rándolos con la razón, pero no con la rqzón del ignorante y del mer advenedizo, sino con la razón ilustí’ada por la ciencia, con la raz<^‘^ ■ '' de los sabios, entre los que Maimónides coloca á Aristóteles - en i!: mer lugar halla-su verdadero sentido. Por ejemplo, se lee en el sis: «Hagamos al hombre á nuestra imagen y semejanza.» La pala^^V cele7n significa forma exterior pero también forma especifica, ¿en la tomaremos? Aristóteles nos enseña que Dios, es el acto puro v pensamiento, la inteligencia inmaterial, é invisible y en la Biblia
esci uo. «No liaras imagen del Eterno.» Hay puesque desecharel primer significado y atenernos al segundo. Cuando Dios contesta á Moisés que no puede mostrarse á él sino por la espalda, significa que el Legislador i,¡ ver áDios por intuición atrih, / ¡“perfectamente por sus Gén ^ leemos en el Puesre’l'^r que des- Lmei --^«ene definífiuesusnh d ^°''“"®*-®®P®etivas, bajo el imperio de las leyes abiduFia les ba prescrito. (138) íerian^T"^''^ «e*’ combatir el antropomorfismo ma¬ cón IcL ^ P®¡eológico llegando á sustentar hombre ** cíue no hay término de asimilación entre Dios y el ^''íkIícZT f°s seres, él mismo ha dicho cá Moisés: cesarin ^ existencia es ne- ^ j, en a criatura accidental y fortuita/ te divilión'^r' concentrada en si que noadmi- ' sino seres ’ ° f"’®''®- divisihi. ^ «“semejanza con ella,seres contingentes 'sioies y perecederos. sos a'tn'b^? ®® mismo tiempo que tiene numeró¬ te lo Inc ’ ■ palabras que es uno pero en su pensamienes I Itiple. Se parece á los cristianos que dicen es uno, pero ®sy los tres son uno.» (139) es el teetefiley el único modo de adorarlo lia «para ti, dice la Escritura, el silencio es alabanza.» Solo 110 ^ P® nombre al que la Escritura llama el nombre particular de Dios, ^ nibre que no tiene relación, con los otros nombres, nombre misteso y terrible que Maimónides no se atreve á pronunciar contentém¬ ose con balbucear sus letras sagradas, Yod-He-Wau. Más si ignora¬ os lo que Dios es, sabemos de ciencia cierta, lo que no es Dios; no es loultipie, no es divisible, no existe en el espacio ni^en el tiempo y cuanto mas se multipliquen estos atributos, más se distingue la divi¬ nidad de lo que no ^s ella y más se acerca á nuestra inteligencia, á
concebir su esencia como pura, simple, incomprensible. (140) Maimónides no acepta la doctrina de la etei*nidad del mundo cío Aristóteles, se decide por el dogma de la creación, porque siendo las dos hipótesis, ésta tiene á su favor la fé y la autoridad de los Sagrados Libros, (141) y además, porque le parece más conforme á la razón. (142) Por el estado actual del mundo es tan difícil comprender lo que ha sido' en su origen como viendo un animal ya formado saber cómo ha venido á la vida, una inteligencia única, infinita que lo ha dispuesto todo con enteia libertad, explica mejor el plan general del universo que eso^ inteligencias diferentes que según Aristóteles, dividen con Dios el gO'í bierno del cielo y el privilegio de la eternidad, y si el mundo ha sido siempre como hoy, su existencia es necesaria, á leyes necesarias obe-t dece, y entonces,-¿qué es de la libertad de Dios y de su santa provh dencia? Sin detenerme en la teoría de las esferas, la escala de Jacob, apO'l yada en la tierra y que se pierde allá en los cielos, hipótesis tornad^, de Avlcena que tiene sus antecedentes en Aristóteles, en los neoplalo' nicos y hasta en Pitágoras, y que Maimónides cree conforme con Biblia, debo fijarme en que admite la espiritualidad y la inmortalidad; personal del alma. Esta es una en esencia, aunque contenga diferentes facultades. ellas, la inteligencia es la qim constituye el ser propio del espíritu, ^ que llega por un razonamiento parecido al de Descartes, porque es única que no está sometida á influencias corporales. La inteligencia de que hablamos no es.la material, Secliol ' sino la adquirida, Sechel lianihné, emanación directa del entendí m i e id'^ activo pero á la que á diferencia de los filósofos árabes y probablenr^’^ - te el mismo Aristóteles concede una existencia distinta de Dios y del entendimiento activo, existencia que es el origen de nuestra id^^* tad y prenda de nuestra inmortalidad futura. Si la .inteligencia no necesita de los órganos, ¿á qué la resurrecci'^''. , de la carne? ¿A qué sacar de sus tumbas á los malvados, si duraid^^V vida estaban ya muertos? Este dognia para él no pasa de ser un ' l)olismo. Como los' niños se atraen al estudio por el incentivo premios, los hombres necesitan ser atraídos á la,religión por d
— 89 - mulo de recompensas más ó menos materiales segün el estado de su cultura, pero verdaderamente religioso, no se propone más fln ni es¬ pera otra satisfacción que el conocin¡iento y e) amor de Dios. Verdad es que el escándalo dado por uno de sus discípulos en Da¬ masco, le obligó ádeclarar que la resurrección de los cuerpos es un articulo de fe que la razón no puede explicarse, pero aun entonces sosuvo que este milagro no puede tener más que una duración limitada, y que lá verdadera inmortalidad, es la del alma desligada del cuerpo y pura del contacto con la materia. Termina esta parte del More Nebuchin con la teoría física de la profecía. La mayor perfección que el hombre puede alcanzar es ser profeta, porque el profeta es un hombre doblemente inspirado. Si mesof ^ razón el hombre se une con la Inteligencia activa, es un filó- ^ o, SI con solo la imaginación, un adivino, un augur, un mágico, uno o esos falsos profetas forjadores de mentiras. El equilibrio de estas dos facultades es la condición natural de ser Píofeta, en este estado la imaginación se representa lo porvenir, y la inteligencia, por una rápida intuición conoce la naturaleza de las coí^as a que no se llega de ordinario, sino por una série trabajosa de ra¬ zonamientos. La profecía es el más alto grado de la facultad imaginativa, que se representa, no la apariencia de la cosa, sino la cosa en sí. «Sabe, dice, 1 a profecía es una emanación de Dios que se derrama por medio Ja Inteligencia activa en la facultad imaginativa, es el más alto gra- To del hombre y el término de la perfección á que su especie puede JJegar y este estado es la más elevada perfección de la facultad imagiuativa.),) ' En un principio, el profeta siente una violenta agitación del alma hn delirio divino, que le saca fuera de sí, presa de una fuerza misío- Losa que su flaca naturaleza no puede resistir, desfallece y suefla. En ’^stos sueños, ya se le presentan extrañas figuras, ya oye voces sin sa- J-)er de donde vienen, ya se le aparece el personaje que le habla; en una mayor exaltación, la visión se le presenta en la vela, ya es un liombre, ya es un ángel; lo único que no puede representarse es á Líos, la fuerza de U fantasía no puede llegar á tanto. En la visión pro-
— 90 - fética, los términos medios desaparecen, todo loque sucede, se reñere inmediatamente á Dios, y se expresa mediante símbolos y figuras. «Dios habla y un viento de tempestad, levanta las olas.» «Borraré al impio de mi libro.» «He abierto las compuertas del cielo y el maná ha llovido sobre ellos.» «El Eterno habló al pescado.» E^n estos y otios ejemplos, ya un fenómeno natural como el de la tempestad, se refiere á su primera causa, ya se expresa la acción divina por símiles huma¬ nos, porque ni Dios tiene libros en'que escriba, ni el cielo tiené com¬ puertas; ya se identifican la primera y las segundas causas; porque dice Mairnónides, «la inmediata que movió á la ballena á comerse á Jonás, no fué Dios, sino el hambre,» la Biblia no quiere decir que el pescado haya oido la palabra de Dios, que Dios haya hecho al pescado profeta. La profecía por lo que tiene de imaginativa, tiene algo de incons¬ ciente: «solo Moisés ha tenido revelaciones en su estado natural, en una completa calma, y sin necesitar para nada de la imaginación.» Mairnónides aprecia en verdad en la proTecía una emanación di¬ vina, Schefa, que vá del entendimiento activo á el pasivo y de aquí á la imaginación, pero exige también en el profeta, condiciones físicas- y morales, una imaginación exaltada y una intuición rápida que pueda pasar de una cosa á otra sin darse cuenta del camino-. Todos te¬ nemos, dice, una cierta disposición para calcular él porvenir por el presente que por el ejercicio se cambia en una verdadera intuición. (143) Esta facultad perfeccionada es una de las condiciones de la profecía; otra de ellas, es la constitución física por la influencia de los órganos corporales en el espíritu, sobre todo la del cerebro en la imaginación. Por lo demás, la profecía es una especie de geroglífico que hay que adivinar. «Separa y distingue las co.sas por medio de tu inteligen¬ cia, recomienda Mairnónides á su discípulo Joseph Judah, y compren¬ derás lo que se ha dicho por alegoría, lo que se ha dicho por metáfo¬ ra, lo que se ha dicho por hipérbole, y lo que se ha dicho según la acepción primitiva de las voces, y de este modo,' todas las profecías te serán claras y evidentes, tendrás creencias razonables bien ordena¬ das y gratas á Dios, porque á Dios solo agrada la verdad y solo la mentira le es odiosa.»
— 97 — el libro de los Doce Sábios, reunidos estos en academia y presididos por Séneca, expone cada uno las ideas que tiene acerca de las virtudes que deben adornar á los reyes y de los vicios de que deben huir, dando útiles avisos sobre lo que todo principe «et regidor de regno á de fasser en ssi et de commo deue obrar en aquello que al mismo pertenege, et otrossí de cómmo deue regir, et castigar, et mandar, et conosger á los del su regno,» y suplican á San Fernando, en su dedicatoria que mandase dar de aquella que <-<aunque breve escriptura, grandes iuigios y buenos trahia ella consigo» «á cada uno de los ditos sennores nifantes sus flios un traslado,» quienes debian <'<estudiar y cataren ella como en espeio» «porque anssi agora en lo pressente commo en lo d adclant porvenir, ella es tal escriptura que bien s’aprovecliara qui Ja leyer et tomare algo della a pro de las ánimas y de los cuerpos.» (153) El libro de las Flores de Filosofía «fué escogido et tomado de los dichos de los sabios, para que quien bien quisiere faser á si et á su fasienda, estudie en esta poca et noble escriptura. Et á la ordenar ó eomponer por sus capítulos, ayuntáronse Ireyta y siete sábios, et de si acabólo Séneca que fué filósofo sábio de Córdoba, et fisole para que se aprovechasen del los homes ricos, et los más ninguados, é los vieios, et los mancebos.» Véase como en este primer monumento filosófico castellano, se compenetran las enseñanzas cristianas y las orientales: «un rey yua á caga et vido un pedricador que pedricaua al pueblo, et dixo el rey al pedricador.: Non puedo estar á oir el sermón, más ruégete que me !•» digas biebemente et yrme c. F dixo el pedricador: It á la buena uentura más membrauos atanto que por ipi pecado solo foe echado Adam de parayso etquica si querrá youir en él quien fuer cargado de muchos. Et andando el rey todo esse dia, pensando en esta parabla, á la torna¬ da que tornaua de sü caca, vido estar ante su flsigo muchos orinales, et dixo el rey al fisigo: Tü que estos enfermos cuydas melesinar sa¬ brás melesina para los pecados sanar?... Dixo el fisigo: Et tu, cauall(3- ro ¿sabrás sofrir la amargura de la melesina?... Dixo el rey. Sí. Dixo el hsigo.—Pues escriuit esta recepta: Tornat de la rais del estudiar et las raises de aturar en ello et la cortesa de seguillo et los mirabolanos de la umildadt el los mirabolanos de la caridat, et los mirabolanos del
— 98 - miedo cíe Dios, et Ja simiente de la uergüenca et la simiente de la obediencia et la simiente de la esperanca de Dios, et metetlo á cocer en una caldera de mesura et ponetle fuego de amor uerdadero et soplado con uiento de perdón, et cuega fata que al<;e la espuma del saber, et entriatloal ayre de vence la noluntad, et beuetio con deuoción de buenas obras. Et segunt esto et sanaredes de los peccados.» El monarca castellano, reúne en su palacio sabios de todas las pro¬ cedencias y como el rey del cuento consulta con un sacerdote que le contesta por parábolas, con un médico, con un fisico, que le responde por apólogos y todos estos sábios están presididos por Séneca, ¿puede darse un cuadro más acabado de las aspiraciones de la filosofía espaílola? Los elevados propósitos del Santo rey, tuvieron digno continuador en su hijo, tan mal tratado por la historia, con tanta razón apellidado el sabio. Ya en vida de su padre, fué traido á romance vulgar por s* nimidUo el libro de Calila y Dimm, ya del árabe, ya de una versión la¬ tina que D. Alfonso en su Oranio y General Historia supone hecha equi¬ vocadamente por Aben-Mochafii. (155) De otro libro de este género, nos da noticia en la misma historia (parte 3.*-l 73) con estas palabras: (156) «Etpues que este libro de Calila y Dynna, fué fecho un sabio á quien llamaban geael, fijo de Harón, liso otro libro para un rey, á quien discien Mimo, et semejaua aquel libro al de Calila, et Dymna ca asy fabiaba de sessos, et de exemplos. Et pero por algunos departimimitos que ouo entre el un libro, et el otro pusol'nombre aquel sábio Taulauefra,» acaso sea como opina Gayangos el que por orden del Califa Almamum, compuso Salil ben Harom, escritor árabe del siglo VIH. ( 157 ) D. Fadrique, «fijo del muy aventurado, et muy noble rey D. Fe¬ rrando, et de la muy sancta reyna complida de todo bien D.” Beatriz» mandó también trasladar «de arauigoen castellano» el libro de K’S Engarnios et Assayamientos de las ungieres el más famoso de los del Se»' debar en 1253. Al reinado de D. Alfonso pertenecen también la Paridad de Parí' a es atribuido «al philosopho leal Aristótil fijo de Nicomaco» y el ' Bomnm ó Bocados de oro en que se mezclan ya las enseñanzas orieu-. tales con las helénicas.
— 99 - Por otra parte las de San Isidoro, son traducidas al romance castellano, y si no estamos equivocados, por entonces aparece también una versión de Séneca. «Et tanto cobdicio, escribe el Infante D. Juan Manuel, elogiando P. Alfonso, que los de sus regnos fuesen muy sabidores, que fizo trasladaren este lenguage de Castiella todas las sciencias, también de theología como la lógica et todas las siete artes liberales, como toda tirte que dicen mecánica. Otrosí, fizo trasladar toda la secta de los mo¬ jos, porque paresgiessen por'ella los errores en que Mahomad, el su a so propheta les puso en que ellos están iioy en dia. Otrosí, fizo tras- ^aclar toda la ley délos judíos, et aun el su Talmud, et otras sgiencias que han los judíos muy escondidas, a que llaman Cábala: et esto fizo porque paresge manifiestamente por la su ley, que toda fué figura de ^*s a ey que los cristianos auemos, et que también ellos como los moestan en grant error, et en estado de perder las almas. Otrosí, ro¬ manzo todos los derechos eclesiásticos et seglares. ¿Qué vos diré más, on podrie desir ningund orne quanto bien este noble rey fizo, sefiaadamente en acrecentar et alumbrar el saber.» El Ideal que persigue D. Alfonso raya por lo colosal en lo fantásti- > prepaiai la unidad nacional española y crear nuestra personalidad atifica en el siglo XIII, sirviéndole de órgano la monarquía. ^ Imposible es considerar separados estos dos propósitos: en el le¬ gislador se vé al literato y al científico, las Partidas son al par un có- y un libro didáctico, allí se compenetran los derechos que han i^irigido dos edades, y con los que vienen disputándose el poder Pon¬ tífices y Emperadores, y con ellos las enseñanzas de los sábios traídas del Oriente; la máxima, el apólogo, la expresión científica; en la Histoh'í? de Espanna, el documento y la tradición, la crónica y el romance, las fuentes cristianas y las musulmanas en la Grande y General Historia. predomina el elemento oriental hasta hacerla parecer á las veces peda¬ zo arrancado de poema indio ó libro de caballería; como científico, coii el arte simbólico acerca la reflexión al pueblo, pone á su alcance la espe¬ culación con el ejemplo y no se contenta con traer de fuera este medio de instrucción, sino que logra que durante su reinado se hagan trabajos originales en los que como en la Filosofía de Aristotil ó el Bonium se
— 100 — mezclan lo oriental y lo helénico; por último, tiende á secularizar y .. generalizar la ciencia, no solo empleando en ella el romance común, que ya comienza á ser la rica habla castellana, no solo promoviendo los estudios de las ciencias físicas en la Academia de Toledo, no solo llevando á Salárnanca maestros árabes y judíos, sino mandando crear en su querida ciudad de Sevilla, escuelas de latín y arábigo, estable- <!Íendo en las primeras las de las siete artes liberales, y en las segun¬ das las de la lengua y filosofía árabes y concediendo iguales exencio- . : nes y privilegios á los que asistieran á las unas y á las otras. (158) ¿.Llegaron á establecerse estos Estudios? El silencio de los analis¬ tas nos responde que no. ¿Tratábase de establecer en ellos las eiise- Aanzas de la filosofía ó se limitaban á hacer escuelas de lengua arábí". ^ ga, para facilitar la conversión de los musulmanes? Un hecho nos / ce congeturar que el verdadero es el primer término de la disyuntiva- Existe en la biblioteca de esta Iglesia Catedral, un precioso códice es- , crito en letra del siglo XÍII al XIV que se ha venido catalogando euti’í^’ - los donados por el hijo del descubridor de América. No sé por comenzamos á sospechar de este origen desde que le hubimos en iiucs Iras manos. Comunicamos nuestras dudas, al ilustrado encargado la biblioteca, y se confirmaron al saber que participaba de ellas. está entre los que describió Fernándo Colón, ni lleva la nota final , coste y procedencia que se encuentra en los restantes. Contiene traducción latina de Porfirio, otra de Avicena y la del Fons Vit^ Ibn-Gebirol. ¿No seria este uno de los códices reunidos para la eiisC" ; ñanza de la filosofía arábiga en los Estudios Generales que D. Alf^a^^ había mandado crear? ¿No se explica perfectamente que mientras^’' creaban ó cuando se desistió de crearlos, se depositaran ó se doinF’^^'^ . á la biblioteca del Cabildo? ¡Cuanta luz no derramaría esta sospe*^^^^ si se confirmara, sobre los propósitos de D. Alfonso el Sábio! Para que tengamos que caminar a tientas del libro en que ^ claridad los revelaba, no ha llegado á nosoti'os más que un fragn^^^^ ;- insign i ficante. Tal era la importancia que concedía D. Alfonso al Sejjtenario, ; que destina una cláusula de su codicilo para legarlo á sus sucesores? ^ en el mismo libro se nos dice: «Ca sin falla estas siete cosas (enteú^^ ■
— 101 - conocer^ saber, obrar, mostrar, seguir, acabar, (le movieron (á San Fernando) á fazer lo más que al: la primera, porque el et todos los otros Reyes que después de el viniesen, entendiesen derecho, razón para saber mantener por ello á los pueblos que avían á mandar, por¬ que el entendimiento los abiese a conoscer segunt que eran, primeramiente a Dios de si, assí mismo de si a todo lo al que ovieseii á desir, o facer, de guisa que la conoscencia les enderezase á fazer sus cosas bien et derechamiente, et que pudiesen mostrar á los de sus señoríos aquello que habían de dezir, ó á facer. Otro si de lo que se debían partir, dexar, et los bienes que comenzasen, que los sopiesen seguir, en manera que non pusiesen de ellos enfadamiento, nin enojo, asi que los pudiesen bien acabar á onrra a pro de si, et de los suibs:» Lo que conservamos, comienza con la explicación de los siete nombres de Dios, denotados con la letra T. y de los siete que comienzan t‘on la letra O,,' apunta en seguida D. Alfonso las razones que le movie¬ ron á escribir este libro, donde después de hacer el elogio de su padre declarando lo que signiflcaban las siete letras de su nombre, (160) las virtudes que lo adornaban (fé, esperanza, caridad, justicia, mesura, no¬ bleza, flrmedumbre, fermosura, apostura, buen continente, buen donai¬ re, buen entendimiento, buena palabra, buena manera,) y de los bienes que entendía, habían de venir de este libro que era entender, conocer, sabei*, obrar, mostrar, seguir, acabar y lo que el mismo á su padre había debido faciéndolo hombre, en boen lugar, amándonos, faciendo bien, castigándonos, perdonándonos, por loque queriendo complir el mandamiento como de padre y obedecelle en todas las cosas pone ma¬ nos á la obra. D. Alfonso, hijo del muy noble y bienaventurado Rey R. Fernándo, y de la muy noble reyna D.’' Beatriz et sennor heredero primeramente por la mercet de Dios, et después por derecho linaje de que heredamos los reynos de Castilla, etc cuyo nombre quiso Dios por su merced que comenzase en A, et fenesciese en O, et que ouiese siete letras; y después de pedir á Diosenuie sobre él los siete dones del Espí¬ ritu-Santo, concluye esta especie de introducción, que comprende los nueve primeros capítulos, ponderando las giandezas de la ciudad y reino de Sevilla. Entrando yá en materia, alega las «siete razones principales de
— 102 — que sale el nombre de Septenario,» tomando en cuenta las siete natU' ras que engendran los siete saberes. Dá después una ligera noción de las siete artes liberales ó-del trivio y del cuadrivio, comprendiendo la gramática, la lógica y la retórica en el primero, y en el segundo la mú¬ sica, astrología, física y metafísica. Principia luego la exposición doctrinal, demostrando que sola¬ mente debemos adorar á Dios, ocupándose con este motivo de los errores de todas las sectas que no son en su entender más que malos y groseros entendimientos de las verdades reveladas, en los capítulos que llevan por epígrafes: De los que aorauan á la tierra: de los que aorauan el elemento del agua: de los que aorauan el elemento del aP re: de los que aorauan el elemento del fuego y de los que se aorauan unos á otros; procura luego demostrar que esto no lo hacían sino poí* equivocación en los capítulos intitulados de como los que aorauan D tierra á Sancta María, querían aorar si bien lo entendiessen; délos qu^ aorauan el elemento del agua era á semejanza del agua del bautismo; de los que aorauan el elemento del aire, signiflca la limpia vida qu® - hizo Jesucristo en este mundo; de las comparaciones que hi el fuego - como son comparadas á Jesucristo; de cómo los que aorauan los sieto cielos, fué á semejanza de los siete mouimientos que hizo Nuestro Se" ñor Jesucristo, y de los siete dones que dió Dios Padre á sus amigos; úe como los que aorauan á la luna, á Sancta María, querien aorar si lo entendiesen; de como se muestra lo que los que aorauan á mercurio debieran facer; de cómo se muestra que las virtudes e las amisto' des que dauan al planeta venus sus aeradores á la piedad de Dios lo deuiran dar; de como errauan los que aorauan al sol, cuidando que lo ^ nobleza que el auia en si, era de suyo e nin entendían cómo era Dios; de como se muestra que el poder que auie mares en destroyr ol faser mal ouo Jesucristo en faser bien; de como la honestad que dauao los antiguos á Júpiter, á Jesucristo, la deuieran.dar si vien lo enteO" diessen; de como la antigüedad que dauan á saturno et su mouimiea^*^ tardinero á Dios Padre la deuieran dar que nunca se moue; de como lo figura de carnero que dauan el signo aries á Jesuscristo la deuier^io dar que es cordero verdadero de Dios; de como errauan los que odo raban al signo de tauro queriendo aorar á Jesucristo por lo non entoO í:
— 103 — der; del signo de gemini e de lo que significa ia su figura, que es dos cuerpos ayuntados en uno, que á Jesucristo la deuieran dar; de como los que aoráuan el signo de carnero, á Jesucristo deuieran aorar si bien lo entendiessen; del signo de león y como los que lo aorauan qui¬ sieran aorar á Jesucristo, si lo entendieran; de las semejanzas que ouo Maneta María con la planeta virgo; de los que aorauan á libra á Jesu- <*nsto, quisieran aorar si lo entendieran; de las siete propiedades que dauan al escorpión, a nuestro Sennor las deuieran dar segunt se aqui muestra; que quiere desir stigitario e de la semejanza que dieron a Nuestro Señor del; de como las propiedades que dauan á la figura de Capricornio á Jesucristo la deuieroi)'dar; de como las propiedades que dauan á acuario á Jesucristo fueran a dar que las ouo en si complidamente; de como se muestra que los que aorauan al signo de picis á Je¬ sucristo lo deuieran faser; de como tolomeo tabla altamente en fecho de astrologia, asi fiso Sant. Juan en las propiedades de Dios; de como les doce signos son comparados á los doce apóstoles. Trata por último de los siete sacramentos habiendo aquí una la¬ guna en el manuscrito toledano que después prosigue en otros dos <mpitulos destinados á darnos noticia do las vestmenías establecidas 'Por la Iglesia para ios sacerdotes mayores y á demostrar que así como Iñs armaduras temporales defienden el cuerpo, las espirituales defien¬ den el alma. Poco nos resta, algo por ello se puede rastrear. El simbolismo del Septenario, tiene de cristiano y de cabalístico. De cabalístico, la virtud misteriosa de las letras y los nombres en que llevamos escrito lo que cornos, las excelencias del número siete que proceden de las siete na¬ turas, de cristiano'el que estos símbolos son la expresión material de profundas verdades que nos conducen ú Dios, el sello del artífice en su obra, la veladura que permite que nos lleguen luces, que al descubierto cegarían nuestros terrenales ojos. En la enumeración de las siete ai - tes liberales, se rompe en el cuadrivio con la tradicional, trocando la que reina en Occidente desde Casiodoro, con la admitida por las es¬ cuelas musulmanas. Parcial sería el que desconociera en el hijo de San Fernando una afición entusiasta á la ciencias naturales y una admiración profunda á
— 104 -- la ciencia árabe-judaica, demente el que le disputara un cristianismo . sincero, una ardiente fé. ¿Dónde está el nudo de este enigma? En los’ capitules del Septenario, desde el X en adelante, que nuestros críticos no han leído ó por los que han pasado de ligero. Los que adoraban la tierra ó la luna es á Santa María á quien querían adorar, si lo enten¬ diesen; los que adoraban al aire, era la limpia vida de Jesucristo lo quo adoraban sin saberlo; la antigüedad que daban á Saturno y su movi¬ miento tardidero, á Dios Padre la debieran dar que nunca se mueve; 1*^ que sígniñca el signo Géminis, y su figura que es de dos cuerpos,, ayuntados en uno, es imágen de Jesucristo; los que adoraban lossio* te cielos, era semejanza de los siete movimientos que fiso Nuestro So-; ñor Jesucristo y de los siete dones que dió Dios Padre á sus amigos; oí agua, era á semejanza del bautismo; las virtudes y las amistades ; prestaban á la diosa Venus, era á la piedad de Dios á la que las deberiaii i)restar; el poder de destruir y de hacer mal que á Mares atribuían, tuvo Jesús de hacer el bien; los doce signos del zodiaco son compara"; dos á los doce Apóstoles; en una palabra, Ptolomeo habla altamcnl*^ en fecho de astrológico, San Juan de las propiedades de Dios. r^as ciencias naturales nos muestran las razones de hecho con las cosas son y se suceden, la religión, las propiedades divinasquc de ella se ocultan. Esta unión y compenetración de lo natural y lo divino, se in;iiii'; fiesta en lo (lue los teólogos escolásticos llaman la materia y la íórm^\ del sacramento. Ved si nó lo que nos dice tratando del bautisiñ^'; : «Bautismo es cosa que laua el cuerpo del orne de fuera con agua I alma de dentro, et con giería forma de palabras sanctas et limpias estas son a desirlas unas antes del babtismo, e las otras en bautisa.a'’‘^« é las otras después del bautismo. Etesto fas en por siete Razones, alimpiamiento de agua, por sanctidad de las palabras, por la ^ que deue ser fecha con el agua, et con las palabras, et por el horden^^'i miento de las oraciones que se disen unas en pos otras y cada una su lugar por la fuerga que ha en el agua e en las palabras, cuando ayuntadas en uno por la buena creengia del que lo da e por la fe j ha el que lo Regibe.» S La religión nos revela los preceptos y misterios con que Dios J
— 105 — su infinita bondad ha provisto nuestra salvación, la ciencia las veiv dades físicas ¿quién acercará estas dos órdenes de la naturaleza y de la Gracia? El rey que recibe la enseñanza de lo sobrenatural del sa¬ cerdote, de lo natural del filósofo, y quedas lleva á todos los espíritus, erigiendo templos, fundando universidades, declarándolas y haciéndo¬ las obedecer en las leyes. Este es el pensamiento que informa los hechos del sábio monarea, lo mismo cuando hace traducir el La'pidario de Abolays por su tísico Rabbi Jeudah Mosca-ha-Quiton y su clérigo Garci-Perez, que cuando encomienda á los rabinos bar Moseh ben-Mosca y Zag-ben Zacut-Metolitolah la formación de las Tablas Astronómicas, á Jeudah ha-Cohen su alfaqui y á su clérigo Guillenfi de Remon d’ Aspa, la traducción del l¡l)ro de la Ochara Sphera, á su clérigo Maestre Johári Daspa y á Hynda el Cohén su alhaquin el del Álcora, los de los Astrolahio redondo, y del Astrolalio llano á Rabbi-Zag, la de la Azafeha á Maestre Fernando de Toledo y otra de la misma obra, á Maestre Ber¬ nardo el Arábigo, al sabio Rabbi-Zag y á D. Abrahem su alfaqui los de la Lámina Universal, y el de las Armellas, los del Ouadrante, la'Piedra de la Somlra, del Relogio del agua, del de Argent vivo, del Palacio de las üo- ^'as y del A tazir y á Samuel-ha-Levi el del Eulogio de la Candela y el de los Cánones de Albanii y el libro complido de los Indicios de las Estrellas á Jeudah-Bara-Moseh-ha-Cohen criado del rey mientras lo ponía en latín, el maestro Gil de Tibaldos y Pedro del Real, haciendo otra versión más adelante, Alvaro Hispano criado del rey y por último á Maestre Johaii Aspa y á Jeudah-Bar-Moseh-ha-Cohen, el libro de las Tres Ornees, en tos que no siempre; logró D. Alfonso precaverse de los errores Judada- >‘ios. Lo mismo cuando funda ó amplía estudios genciales en que s(', enseñan estos saberes, lo mismo cuando escribe, en las Partidas que cLos-Sanctos llamaron al rey coracOn et alma del pueblo, y natural¬ mente, dixeron los sábiosque es cabeza del reino» que los Santos y los í^ábios, se acordaron que la cobdicia.... es madre, etraiz de todos los males, que el rey que despreciase de aprender los saberes, despreciaría á Dios de vienen todos.... et aun despreciarte asi mesmo.:.. faciendose semejante de las bestias, y seyendo atal como ellas que los reyes son ( O- mo espeio en que los ornes ven su semejanza de apostura ó de enatieza> 27
— 106 — que cuando ordena que el prelado sea sabidoren los saberes que llaman - artes y les permite «leer leyes y fysica, sol que esto non fagan por coh-<] dicia ni por deleite,» que los empleados en la concillería real, sepan : • leer et escribir en latín, et en romance, que los caballeros deben seer ^ sabidores, «porque el esfuerzo y el entendimiento sy sabidoria, non ! ouiesen non les ualdrie nada;» que todos los varones sepan leer -y es- ; f crevir y las hembras leer, en manera que leyesen vien cartas é sopies-V ^ sen resar en sus salterios, que cuando busca en la significación de las : | ^ letras del nombre de su padre, y en el número, y en el lugar que la pH' ' I mera y última del suyo ocupan en el alfabeto griego algo así como el ^ | signo de una misión providencia!. Con dos empresas análogas á la suya, puede compararse la d;d rey ; f Sábio, con las que se enlaza en el orden .de los (lempos, con la una por.' [ simultaneidcxd, con la otra por sucesión derecha; las de Santo Tomás y I San Isidoro. í I • ^ San Isiiloro, intenta crear una ciencia española pero eclesiáslK f na, cuyo institutor sea el clero, sus aulas, monasterios y catedrales, : ■ ' y un reino visigótico, pero dirigido por la Iglesia; D. Alfonso, una ' | ciencia española que hable su nueva lengua, cuyos maestros sean ^ \ eclesiásticos y legos; cristianos, mahometanos y judios, y sus órganos | de trasmisión los cuentos y los estudios generales; un reino de^CaS' • ^ tilla obediente y respetuoso con la Iglesia, pero del que el monarca es : | el eje central. | Santo Tomás, en sus Sumas, Teológica y Fllosóflca, acopia todoé í i saber contemporáneo, pero solo en lo que se refiere á la teología ó tie' ; | ne con ella relación; es la ciencia de la cristiandad que se dirige en ge'- neral á todos los pueblos, pero en especial á ninguno. D. AlíbLo en si* 1 f SepleaaHo, en sus Parlidas, eii su Saicde Astronomía, en sus HisloriaS’ | en sus trabajos literarios, en sus traducciones, de todo lo entonces e.xi*' , ; tente, se propone despertar la conciencia de su nación en todas las rC' : | laciones de la vida; convoca á todo lo español, á Sóneca, á quien pfO' c diga sus elogios en la Historia de Espanna, á San Isidoro á quien h»ce t traducir, a clérigos, judios y mahometanos, á quienes asocia á sus h'' , | reas científicas, y su mayor anhelo es hallar la concordancia sin tiie' ; I noscabo de ninguna entre la razón y la fé, la teología y la filosofía. ~ I
— 113 delMaese Rodrigo quedó equiparada en atribuciones á las más céle¬ bres y antiguas universidades del reino. En ella con el nombre de Artes, se establecieron tres cátedras de Filosofía; en la primera, llamada de Súnmulas, habían de leerse estas, «los términos, oraciones, modo de saber, definiciones, división, nom¬ bre, verbo y todas las proposiciones,» en la segunda leía el catedrático de Lógica', «los universales, cinco predicables, diez predicamentos prio¬ res y posteriores, tópicos, elenchos y perihermenias,» en la tercera se enseñaban «los cuatro libros de Física y los libros de Anima.y> Respecto del sentido de la enseñanza, basta leer esta prohibición que se contiene en el capitulo XXIII de las Constituciones de Santae- 11a: «Por último prohibimos, bajo amenaza de excomunión, en que por el mismo hecho, incurrirán asi los que lean como los oyentes que de uingun modo se enseñen jamás privada ni públicamente en este Cole¬ gio las doctrinas délos nominalistas ó de Raimundo Lulio, las cuales varían de las verdaderas, sagradas y fructuosas, y á los ingenios leves de muchos los perturban, embotan y corrompen. Porque sus sectarios son como aquellos vanos, de quienes dice el Apóstol que están siem¬ pre aprendiendo y nunca alcanzaron la sabiduría.» Poco'podia esperarse para el progreso de la ciencia, de un esta¬ blecimiento guiado por tan estrecho criterio, de medios escasos, tira¬ nizado por el colegio de Santa María, y en continuos pleitos con el de Santo Tomás. Asi que durante el siglo XVI, y la primera mitad del X.VII, es fuera de sus aulas donde hay que buscar los esclarecidos ingénios andaluces que honraron aquella centuria, pues los pocos que co¬ mo Arias Montano y Juan de Malara, en sus matrículas se inscribie¬ ron tuvieron que ir á continuar sus estudios á otras universidades de Castilla. Algo más hicieron especialmente por la cultura literaria los cole¬ gios de San Hermenegildo y el de las Becas coloradas, que fundaron los jesuítas, no sin oposición por parte de esta como de las otras uni¬ versidades y en los que aquellos introdujeron el suaiismo, ultima pa¬ labra de la escolástica. Nuevas cuestiones agitadas, especialmente la. tan célebre de AuxilUs dieron algo de movimiento á aquel mar estan¬ cado. De otra parte, relacionando más la especulación con las ciencias 29
— 114 — sociales, produjeron los jesuítas y movieron otros á producir obras que dejan algún rastro en el desierto monótono de la ciencia académica. No es pues en la importada tradición escolástica á la que dieron mas crédito entre nosotros la autoridad, que por entonces alcanzaba las Summulas de Pedro Hispano, siguiendo al cual publicó las suyas en 1528 el erudito cordobés Rodrigo de Cueto, sino en la que pudiéra¬ mos apellidar philosopMa lidera en lo que brilla en este siglo, el ingenio de los filósofos andaluces,' No había permanecido Andalucía indiferente al despertar de Ita¬ lia y de España, á la nueva aurora del Renacimiento. Antonio Martí¬ nez de Cala, que ha inmortalizado su patria, tomando el apellido <i« Nebrixa y el gigante, en toda erudición, Benito Arias Montano, no tí¬ men afrontar la competencia, ni con Erasmo, ni con Vives, ni con Budeo. Ambos, aunque poco, esci-ibieron de filosofía el Vafre,iici^ Philosophorum lalims reddita, dedicada á D. Juan Fonseca, Obispo * Badajoz escrito por Nebrija y publicado por su hijo y los aforismos que sacados de la Historia de Tácito, para conservación y aumento tí* la monarquía, dejó ordenados Arias Montano, que publicó con otrosí escritos suyos su amigo D. José Septanti. Mas tratándose de filosofía tenemos dos hijos esclarecidos do nues¬ tra ciudad, que son los verdaderos representantes en el siglo XVI * nuestra libre tradición científica, Sebastián Fox Morcillo, hasta haí* poco más alabado que conocido, y el magnifico caballero sevillat" Alonso de Fuente, tan olvidado que las noticias que de él he podit*® adquirir, pudieran pasar por descubrimiento; Comenzaré por él en justo desagravio á su memoria. Dedica al en¬ tonces principe D. Felipe, su Filosofía natural, diálogo entre dos oab»' Meros, uno italiano Etrusco y otro andaluz Vandalio, escrito con artificio, «que toda la prosa que pregunta y habla Etrusco, es vers" suelto italiano, y la prosa en que responde y habla Vandalio, es ver-'O suelto castellano.» Ya empieza á interesarnos la idea de poner de frf' te las dos penínsulas latinas, más nos anima su estudio el intento nue'^ por lo antiguo de conciliar en la filosofía de la naturaleza al cristianís' ino con Platón, que manifiesta en estas no sé si llamarlas estrofas d®' diálogo.
— 115 — ETRUSGO Si acaso de tratar de la opinión de antiguos, naturales, holgarie, que siguiese a platón, porque paresce conformarse más con nuestra fé. VANDALIO Platón que á mi parecer fué el filósofo más sábio de todos los de su tiempo, todo el mundo dividió en solas cinco regiones.... (181) Dispensadme pues si me detengo un poco al exponerle, no sea que desaparezca por cualquier accidente el ejemplar único, que como rarísimo se guarda en la Biblioteca Colombina. La obra está dividida cuatro partes. La primera comienza por la noción de sustancia que declara de este modo: ETRUSGO Pues que dize que es cosa necessaria Para hacer aquesta obra que tratamos El saber que es substancia, me declare Que cosa es substancia y si este nombre Quiere decir una ó muchas cosas. VANDALIO Este nombre de substancia quiere decir muchas cosas porque á veces le damos á cualquier cuerpo criado y aquí'quiere decir cuerpo y también lo atribuymos y lo damos al espíritu etc.- (182) Después de la sustancia creadora, se ocupa de la creada. ETRUSGO Paréceme que a bien acabado La confesión y fé de lo que cree Quanto á la sustancia creadora De la que es criada diga ahora. (183) Explica en la segunda parte la creación primitiva de la materia, donde el cielo y la tierra y los diversos elementos estaban confundi¬ dos, explanando esta idea con todo el saber astronómico, cosmográfico
— 116 — y físico del.tiempo, y ocupándose también de si los malos espiritas pueden hacer milagros, apropósito de lo cual, cita el caso de lo ocurri¬ do á Magdalena de la Cruz la Cordobesa. Véase una muestra de lo i más principal. ETRUSCO , Acuerdo que ayer me prometió Que mostraría, como fueron ' Creados estos nuestros elementos Por Dios, lo cual le ruego que me diga. (184) VANDALIO Esto es ya gran pesadumbre y quererme molestar porque os tengo señor dicho que dios los hizo de nada y con sola su palabra como dice el génesis de aquello que en el principio crió dios el cielo y tierra y la tierra era invisible y incompuesta assi mismo aquella materia era sin forma: la cual dios hizo de nada: lo que llamamos primero, el cielo y la tierra y por aquesto se dice en el principio, crió y hizo dios cielo y tierra, no que aquesto ya allí fuesse asi como la simiente de un arbor considerada podemos decir en ella ser las raises y fuerza de ramas y hojas y fructo y aquesto no que ya sea más porque del han de ser y de esta forma lo dize en el principio, crió nuestro dios el cielo y tierra siendo aun inconfusa esta materia del cielo y tierra: más porque an de ser de aquella muy cierto ! el cielo y la tierra hechos y los otros elementos según los sacros doctores. (185) E.xplicado el movimiento, el fuego y la tierra, combate en la cera parte el arbitrarismo en la creación. ^ VANDALIO ^ Lo que dices señor, es fuera de lo que tratamos porque hecho lo que dios hizo y vemos que hordcno fué muy conforme a razón y si aquello que dises
— 117 - el criador ordenara fuera muy contra la orden de nuestra naturaleza. (186) Y en la cuarta se ocupa de la relación de los sentidos con el alma, fíe la de esta con el cuerpo y del entendimiento con la razón, mante¬ niendo estas notables afirmaciones. «Estos sentidos señor, son del ani¬ ma porque de derecho debe ella ser salva ó condenada por ellos, pero ííesimos que son corporales, porque obran en el cuerpo.» Respecto de la relación del cuerpo con el alma. VANDALIO El alma como dizes no esté, sobre el cuerpo puesta ni menos esta mezclada, ni con el cuerpo compuesta, más esta junta con el, pero porque preguntáis que quien lo hace ayuntar y le hace amar al cuerpo podría dezir que dios, más porque me demandáis razón natural, en esto abive el entendimiento dios ha puesto tanto amor y concordia en cualquier alma que cualquier son de vihuela ó de cualquier instrumento por todo extremo le agradan y los amo y esto es lo que nos quiso mostrar aquel divino platón cuando dixo que dios hizo anima de acordamientos de música..(187) Y respecto de la del entendimiento con la razón dicen: ETRUSCO Ya se que la opinión, nasce del seso Y que de esta opinión la razón nasce Mas que el entendimiento, como dixo De la razón nasca, no lo sé. VANDALIO El entendimiento: nasce de^la razón, mas aquesta razón no es entendimiento, mas tiene cuidado del porque como los primeros hombres conosciesen estos lo que podían hacer nuestros cuerpos conoscieron alguna cosa hazerlo, que no era cuerpo y a esta cosa llamaron spirítu y pusieron tanto en esto su ingenio: y su pensamiento que tuvieron de primero 3o
— 118 — unas opiniones falsas y otras también verdaderas y las falsas, cuando ouvieron hallado que no eran buenas con gran trabajo y fatiga dexaronlas y las buenas que hallaron verdaderas, confirmaron con razones : en todo muy verdaderas y assi con la razón halla el hombre el entendimiento, porque entendimiento es • juizio muy verdadero délas cosas que no tienen . cuerpo, y este entendimiento sube hasta el criador • porque los primeros hombres philosophos naturales como viessen estas cosas, que la natura ni hombre, ^ ^ ni ángel, podía hazer conoscieron que una cosa yunisible lo hazia, y después desto pensaron • ; largamente disputando, dixeron que era dios hallando sus propiedades, y sino todas, al menos ^ muchas dellas que escriuieron porque sant augustin prueua j que en los libros de platón hallo todo lo que esta * escrito en el evangelio que comienga; in principio ' erat verbum: hasta aquel lugar donde dize el assi • fuit homo missus a deo que dize el euangelista * sant jqan en el euangelio que comienza desla forma. (188) Los principios constantes de la Escuela Hética, tienen en \d. Filoso- , fia natural nuevas, aunque naturales deducciones. La sustancia divi»“ ■ como en Severo, no tiene cantidad, no es ancha, ni larga, ni espesa, pero el no tener cantidad, se refiere á no tener cantidad determinada^ porque es muy grande no es parte, porque es todo, es la unidad qusin ser número, contiene todo número. Alonso de Fuentes, da a cualidades, es sabio y «lioso, es piadoso y muy justo, es ommpoten . y sin cambiar de lugar, está en todo lugar; pero en esto no se apa tampoco de Liciniano, que al negar á Dios cualidad, lo que le nie„‘ son cualidades especificas, el limite en la cualidad. Alonso de Fuen contradice el arbitrarismo en la creación, porque todo lo que Dio zo fué muy conforme á razón, arbitrarismo sostenido hasta el te, por muchos teólogos, que por exagerar la omnipotencia, ol que en Dios por la unidad de sus atributos, el poder no puede
— 119 — separado de la inteligencia. Admite Fuentes, como ya hoy aceptan al¬ gunos escolásticos, obligados por los progresos científlcos, la creación primitiva de una materia informe, explicando el texto, in princiiyio creayyit Deus coñnm et terram no que aquesto ya allí fuere, sino como la se¬ milla del árbol, más porque, de ella han de ser; señala una distinción bastante exacta entre razón y entendimiento, y afirma que por este los hombres suben hasta Dios, hallando sus propiedades,, al menos, mu- <‘has de ellas, porque San Agustín prueba que en los libros de Platón, encontró todo lo que está escrito en el Evangelio que comienza, in princi¬ pio erat zerlum hasta el lugar donde dice///ii( homo missus a deo y piensa también que el alma no está puesta sobre el cuerpo, ni mezclada, nj compuesta con él, sino junta, y junta por el amor. ¡Cuán distinta esta filosofía natural española de la italiana, donde por este tiempo, se pu¬ blicaban las Súmulas del judio Sambelio Tabonino, según Aristóteles y Averroes, traducidas por otro hebreo español, el eximio doctor en artes V medicina, Jacobo Man (189) y donde este mismo dedicaba al Papa León X, su paráfrasis de Averroes, De parühus et de gcnerahone anima- 'lium, trasladándola del hebreo al latín! (190) Más si asi se distingue la filosofía española de la italiana, no se con¬ funde tampoco esta física andaluza con la de Huartey D/ Oliva, Hasta ahora se habían reputado á estos autores no só»lo como los primeros, sino como los únicos tratadistas españoles en el siglo XVI de esta matwia que se adelantaron á los extrangeros en poner en el cerebro, el ór¬ gano material de la inteligencia, y en explicar la diferencia de ingenios por la diferencia de temperamento. Anterior ó ellos, es nuestro Alonso de Fuentes y sus palabras no nos dejarán mentir aunque quisiéramos. Tratando de resolver la cuestión de «|por qué los niños chicos, pues, que' hablan hasta los siete annos tienen anima y carecen de razón?» la resuelve diciendo que «nuestra anima ternia lleno y per¬ fecto saber de todas aquellas cosas que en aquesta vida puede saber el hombre si el cuerpo queso corrompe, este tal del todo no lo impi¬ diese, lo cual podemos probar por el ánima de Adan, que después que fué ayuntada al cuerpo, tuvo muy grande ciencia de todas las cosas, peroíigora como hay humedad, es corrompida desde que está ayunta¬ da al cuerpo, como el cuerpo es corrompido, se embaraza y turba
_ 120 — mucho, y asi retiene el poder y la fuerza de eiiteiRlei' y de juzgar por io cual no juzga ni entiende hasta que lo aprende de algún hombre ó ha probado la oosa por uso de largos dias con esperiencia, y luego .mmienza ya de entender y dojuzgar, asi como si uno tuviese buenos ,)jos y viese muy bien, si el tal entra en una cárcel que sea obscura, no puede ver hasta que haya estado algún tiempo ó tenga lumbre, y asi entenderá que aquesto sucede al ánima nuestra que se impide y em¬ baraza con el cuerpo, porque aquesto corrompe y agravia mucho a nuestra anima al estar terrenalmente, y por esto dijo el poeta Virgdio. omino nos hacen pesados nuestros cuerpos y nos darían porque en la e.dad primera, los niilos no han usado y menos han aprendido, no tie¬ nen entendimiento ni razón, porque esta edad como es húmeda y ca¬ liente, luego cuece la comida y aquel humo que es espeso en los nifios. el qu¡ sube a los sesos donde el alma tiene olicio de enlender y de juz- ,mr túrbala y después, cuando ya llega a la edad de adolescencia, l'i lal es caliente y seca, esta soca la humedad que ha lomado en el vien¬ tre de la madre y no va el humo tan espeso por lo que él no tiene U turbación, y entonces es conveniente para aprender y alcanzar cua (luier doctrina perfecta, si se la muestra asi, después la juventud viene, ,iue es aquesta fria y seca, y en esta edad se amortece nuestro natural calor y por eso en esta edad, tenemos buena memoria, más ni á fuerza declina, porque memoria procede de frió y sequedad, porque calor d-' fuerza al cuerpo pero enflaquece la memoria y la póstera edad nuestra es la vejez, que es más cercana á la muerte, la cual os húmeda y fna ■ ' por eso en esta edad se enflaquece la memoria, y el calor nuestro cuan¬ do nos falta y perece, no podemos más vivir.» (191) Conviene pues .\lonso de Fuentes con Huarte y D.* Oliva, en que " los sesos es donde el alma tiene oñcio de entender y de juzgar y d''' ios diversos temperamentos de las diversas edades, establecen las ^ fereiicias que en la facultades intelectuales notamos, pero les sup»' en pensar que las potencias del espíritu no dependen del cuerpo tan solo su ejercicio, adelantándose al célebre simil de Leibnitz c Otro por cierto más ad(3Cuado. Grandes analogías se encuentran en las vidas de Alonso de Fuc^^^ tes y de Sebastián Fox Morcillo; son sevillanos, so ocupan de fís'
— 121 — sentido platónico, intentan enseñar al principe D. Felipe, y escriben antes de llegar á los cuarenta años. Pero Alonso de Fuentes habitó en Sevilla y Fox Morcillo, en el extrangero, favorable coincidencia para estudiar el mismo espíritu en dos diferentes posiciones. Ya ert sus Comentarios al Timeo y al Fedón, (192) había marcado Fox Morcillo, las semejanzas y las diferencias entre Platón y Aristó¬ teles. Convienen en poner el sujeto en la materia, diñeren en que Aris¬ tóteles hace de lá forma la causa eficiente y el principio primero. Pla¬ tón puso las formas ó las ideas en Dios, separadas de la materia, y en E>ios, el principio de todas las cosas. Además, Aristóteles, puso la pri- ■ '’ación entre los principios naturales, Platón no como principio sino como la ausencia de la forma en la materia nuda. (193) Según Platón, ana cosa es la idea, otra la forma, pues la idea es incorpórea, separada^ divina, es como el ejemplar: la forma corpórea inherente y sujeta á la materia como el simulacro de la idea. Simplicio concede esto, afirman óo cierta forma universal y divina, separada de las cosas, de la que todas las formas de las cosas se producen como por un sello. (194) El hombre verdadero en sentido de Platón no se afecta por su natura¬ leza, sino por cierta simpatía con el cuerpo, por eso todos los platóni¬ cos llaman al hombre razón (mens) y al cuei’po soma, quasi sema y tam bien sepulcro, y también cadena, (195) acaso por eso también Aristóte les dice en el libro X de la Etica, que el hombre verdadero es la. misma alma racional y distingue en el dos vidas, una solo del compuesto á la que atribuve las virtudes que llama éticas, esto es moialesá lasque perteneceiHas virtudes separadas é inteligibles, (Aristóteles las llama políticas ó poéticas de poyeo hacer, y teoréticas de conocer o de corn templar.) , , Conviene Aristóteles con Platón, en hacer de la causa final e pri¬ mer motor añadiéndole un segundo principio la materia o lo inflmto, pero difiere de aquel en que le quita el ser modelo y parece confundir- 1 así mismo en la eternidad lo con la forma sustancial. (196) Convienen asi ...nrtiiP pferno. Platón afirma haberse del mundo, pero difieren en que aunque etern , . . A • 4 '.t afirma que es eterno. (197) hecho según razón y Aristóteles sin mas ain un ^ La diferencia entre Aristóteles y Platón, consiste en considerar preferentemente las ideas en las cosas ó en su fundamento^divino.
— 122 - sideradasen si, eternas y permanentes, no es posible darse cuenta del cambio, del movimiento de la vida; el sistema de Aristóteles, es pues una evolución lógica, necesaria de la doctrina de Platón, es la Biolo¬ gía de la Ontología platónica, pero para conseguir este adelanto el dis¬ cípulo, ha tenido que cultivar el germen dualista que se escondía en el sistema del maestro, concediendo á la materia, una cierta considera¬ ción positiva y colocándose en ese equilibrio inestable entre dos prin¬ cipios contradictorios que no puede concebirse sino unidos ni pueden unirse sin negarse. Otra evolución cabía, Aristóteles es el discípulo del Platón del Timeo, Plotino, el del Platón del Parrnenides, la Física de Aristóteles es la vida sin ser, la Teología de Plotino el ser sin vida. Más como no es posible colocarse en uno de los extremos sin tocar en el • otro, Aristóteles, al querer explicarse el pi'incipio del movimiento, tie¬ ne que llegar al motor inmóvil, tiene que negar la materia en la fornFi pura y Platón, al querer explicar la realidad siquiera aparente del mundo, tiene que dar algún valor á la materia. ¿No seria más hacedero coix^ordar estos dos grandes institutores del linage humano ampliando sus semejanzas, más bien que ahoH' dando sus diferencias? Tal es el objeto de los cinco libros De ■ ¡)Mloso]}M(e sen de Plaionh et Aristotelis conseoisione de nuestro Morcillo. Aristóteles, partiendo délas cosas que caen bajo los sentidos, re que el principio de su constitución sea una forma en ellas inheren" te, pero en el II libro de los físicos, establece una cierta forma d»- (jue todas las otras derivan porque ella sola las comprende todas. pues hay una forma primera y divina á la que se refieren todas otras, como su fin, es preciso que sea algo universal separado de cosas mismas. Platón, partiendo de las ideas por la inteligencia p*^^^ bidas, distingue nuestros pensamientos de las ideas em Dios, en que r estas están dotadas de fuerza eficiente y son sabedoras de todos • pensamientos corpóreos, son la misma inteligencia divina, mientn'^ que las nuestras corpóreas nada pueden producir por sí. Platón nos A 6 ^^ ' ce en el Parrnenides que la Idea es una, infinita, eterna, abrazando su unidad las ideas singulares, lo mismo Plotino- en el libro de- et earum miútitvdine: esta idea va i.mprimiendo su sello en las
— 129 - vosotros.» (210) Y tan senequista cristiano, hasta en la hechura, el final del diálogo, que no podemos leer: «El dia póstero se los darán (los cuerpos) no corruptibles, no graves ni enfermos, sino hechos perdu¬ rables en eterna salud y con movimiento fácil, hermosos y resplande¬ cientes, así como son l^s estrellas, y con todos los otros dones que les pertenecen para ser moradas donde vivan las almas á quienes hace Ihos, aposento de su gloria,» sin que se apodere tenazmente de nues¬ tra imaginación el dies postremo mterne natalis est.{2i\)Y es que el esco¬ lasticismo es una filosofía abstracta que no puede hablar más que en el latin bárbaro de la Edad media, idioma de todas las naciones y de ninguna y que-los 'españoles cuando hablamos en castellano, pensa¬ mos en español y los andaluces en andaluz. Termina dignamente nuestro siglo de oro literario, con Pedro de Valencia, cordiidensis natns origine vero ex nrle Zafra Eo'tremadnrx ]?rovinci(B, (212) discípulo, amigo y defensor de Arias Montano y como 'd uno de nuestros primeros lingüistas. De filosofía y de materias con¬ generes, corren impresos con su nombre Be judicio erga verum, Discui'- so acerca de las brujas kl). Bernardo de Roxas, Arzobispo de Toledo, discurso soT)re que no se pougau cruces en lugares sucios é indecentes; diseursos solre la ociosidad, sobre el acrecentamiento de la labor de la tierra al i’ey Felipe III, sobre la tasa del pan, á S. M., para que no se cargue tanto fdt reino con imposiciones, y sobre que deben comunicar los pobres á los ricos, las dotes de la doctrina y entendimiento. La Académica sive de jícdicio erga verum no la he podido habei' á las ma¬ llos, publicóla su autor en Amberes y la incluyó D. l^rancisco Cerdan, en el primer tomo de sus Clarornm hisp'anorum opuscula selecta et rariora, Madrid 1784, De su contenido, alguna mención hace D. Juan Pablo Forner en su Oración apologética por España y su mérito literario, proponien¬ do el cotejo de lo que en la Académica, escribió Valencia, de dialéctica estoica, con los escritos lógicos de Vives, afin de demostrar que la dia¬ léctica de éste no era muy semejante á la de los antiguos estóicos, co¬ mo habia aventurado Mr. Dupin(213) y D. Marcelino Menendez Pelayo en su Discurso de apertura de la Universidad Cenital del pasado CUi'- SO, quien después de elogiar la erudición filosófica que encierra aquel opúsculo, clasifica á su autor de nuevo académico. (214)
— 130 — Lo que es en perspicacia crítica, pocos le aventajan. En el discur¬ so presiente con el Dr. Laguna que muchas de las extravagantes alucinaciones que se atribuían á la posesión demoniaca pudieron ser efecto físico de los untos y brevajes que usaban aque¬ llas desdichadas mujeres, y en sus diálogos económico-sociales, adelantándose un siglo á los filósofos y economistas de Francia y de In glaterra descubre, con mano cruelmente piadosa, el cáncer interno ^ que corroía á aquella civilización tan sana en apariencia y que por falta de eficaz cauterio había de terminar con las convulsiones espantosas del periodo de la revolución. Natural error y mal irremediable de la ciencia y de la política formalistas, es fiar en fórmulas vacias que por lo mismo que ,nada ^ contienen, cada cual rellena á su manera, y que aceptadas por todos, v no son entendidas ni practicadas por ninguno. ¿Qué importa que se combinen conceptos’de todas las maneras imaginables, como se coni" binan los pedacitos de talco en el Caleidoscópio, presentando variadisimas figuras, si como en el cuento del pastor y del Obispo, lo que este tomaba por confésión de la unidad de Dios, era para el otro, amenaza . de que le sacaran un ojo? Lancémosnos al mar sin orillas de lo posible indefinido, y no habrá dificultad en admitir con el Padre Juan de 1'*^ Peña cuyo Ente dilucidado no sé poi* qué ahora se trata de rehabilité' que puede habei' hombres del tamaño de avispas, ó fabricarse en cri" soles sin ocurrírsele sobi'e lo último más dificultad que la canónica de si los individuos venidos al mundo de este modo, han debido baU" tizarse. Por eso la filosofía escolástica, diestra para ordenar, ha sido lé' hábil para producir, y que la falta es del sistema no del tiempo, lo ; ba el que de ella, pero contra ella, han salido la dirección fecunda estudio experimental de la naturaleza del franciscano Rogelio Bacon ^ gii'i ' la elevación individual y directa del hombre á Dios del misticismo. ^ detenerme á historiar las vicisitudes de la filosofía mística, durante Edad Media, en la época de que tratamos, había vuelto á España Italia á donde había ido con León Hebreo, infiuyendo no solo sob^^ los filósofos, sino muy principalmente sobre los poetas como comprobarse leyendo los Comentarios del divino Herrera á Garcilé^
— 131 - Pero si en la península hermana, se había convertido en ese idealismo abstracto, tan propio de su genio, cuya mas elevada manifestación es la Beatriz del Dante, si amalgamado con el intelectualismo provenzal, se había concentrado en esas creaciones flotantes entre lo simbó¬ lico y lo efectivo, cuyo tipo es la Laura del Petrarca, más propias para ejercitar las sutilezas dcl ingénio, que para despertar elevadas ideas ó abrasarnos con el entusiasmo caluroso que nunca pueden, inspirarnos esos maniquis-de la fantasía, si desde Italia pasaron á España, donde tuvieron larga,sucesión de Filis y Galateas, dignas compañeras de los I’ristanes y Palmerines, esto no pasó de un entretenimiento délos lite- i"atos ó de aquellas mujeres desocupadas que De recibir un soneto y dai* otro no hacen caso. (215) El verdadero misticismo en España no es un 'misticismo (M'udito, lio es una cuestión académica, es una necesidad de la vida.. Santa Te- 1‘esa nos dice que compuso sus obras sio maestro, y Mr. Rousselot, se complace en reconocencque son todo fruto de su genio y de su cora¬ zón.» ( 216 ) Hé nombrado á Santa Teresa ¡incrédulo ó creyente quién pronunciará en España el nombre de la santa doctora sin que hinque la roililla con respeto! Poetisa como Safo, con toda la distancia quemédia desde el amor humano al amor divino; escritora que solo en Cervantes encuentra digna rival; filósofa, permitidme que le dé este nombre que más que el de teóloga le conviene, es la encarnación más hermosa del «linio de nuestra raza. De lo poco que yo alcanzo, tanto debo á sus 1 i t l>ros como á los de Platón, ellos han sido mi alimento diario, ellos han sido mi consuelo en todas las desgracias de mi vida. Hé llamado filósofa á Santa Teresa y diré más, en ella vive todo el espíritu de nuestra filosofía. Mirado por el lado humano el C'ai.THfo interior, es la elevación del alma desde su conocimiento ál oonociraien- to divino. ■ /«No es pequeña lástima y confusión, dice la santa doctora, que por nuestra culpa no entendamos á nosotros mesmos, ni sepamos quién somos. ¿No seria gran ignorancia, hijas mías, que preguntasen á uno quien es y no se conociese, ni supiese quien fué su padre, ni su madre.
— 132 — - hi de qué tierra? Pues si esto seria gran bestialidad, sin comparación ■ (is mayor la que hay en nosotras, cuando no procuramos saber qué co- . sa somos, sino que nos detenemos en estos cuerpos, y ansí á bulto, ^ ^ porque lo hemos oido, y porque nos lo dice la fé, sabemos que teñe inos almas; mas que bienes puede haber en esta alma, si quien está dentro de esta alma, ni el gran valor de ella, pocas veces lo considera- ■ mos: y ansí se tiene en tan poco, procurar con todo cuidado, conservar su hermosura.» (217) Y más adelante. «Pues tornando á nuestro hermoso y deleitoso caS' tillo, hemos de ver cómo podremos entrar enél. Parece que digo algún disparate, porque si este castillo es el ánima, claro está, que no hay ; para qué entrar, pues sé es el mesrno: como parecería desatino decir a uno que entrase en una pieza, estando ya dentro. Más habéis de eii' 7 tender, que va mucho de estar á estar, que hay muchas almas que s.e . .ístán en la ronda del castillo, que es adonde están los que le guardan, y que no se les dá nada de entrar dentro, ni saber qué hay en aqusi tan precioso lugar, ni quienes están'dentro, ni'aún qué piezas tiene- Ya habréis oido en algunos libros de oración aconsejar á el alma, y entre dentro de si; pues esto mesrno es.» Dios se revela en el interior del hombre y le habla sin imágenes) sin que las potencias le puedan entender. «Pues si nó tienen imagen ) les entienden las potencias se pregunta Santa Teresa ¿cómo se punútacordar? Tampoco entiendo eso: más entiendo que quedan unas vei’" dadesen esta alma tan fijas de la grandeza de Dios, que cuando , huviera fé, que le dice quién es, y que está obligada á creerle por le adorara desde aquel punto por tal, como hizo Jacob, cuando vio 1'^ escala oue con ella debía de entender otros secretos que no lo sup^ decir, que por solo ver una escalp que bajaban y subían Angeles, ^ ^ hubiera más luz interior, no entendiera tan grandes misterios. No = ' si atino en lo que digo, porque aunque lo hé oido, no sé si se meacut^’ , da bien.» (218) «Y esto vé bien no ser cosa de del demonio; que de la propia ' Cl ginación es imposible, ni el demonio podría representar cosa , ^ tanta operación y paz, y sosiego, y aprovechamiento deja en el a ‘ ^ , en especial tres cosas muy en subido grado: conocimiento de la o*
— 133 deza de Dios, porque mientras más cosas viéremos della, más se nos dáá entender; propio conocimiento y humildad de ver como cosa tan baja en comparación del Criador de tantas grandezas, la ha osado ofender, ni osa mirarle; la tercera, tener en muy poco todas las cosas de la tierra, sino fueren las que puede aplicar para servicio de tan gran Dios.» (219) «Y aunque en lo interior del alma parece tiene gran seguridad por una parte, en especial cuando está á solas con Dios; por otra anda muy afligida, porque teme si la ha de engañar el demonio, de manera que ofenda á quien tanto ama, que de las mor.muraciones tiene poca pena, sinó es cuando el mesmo confesor la aprieta, como si ella pudie¬ se más.» (220) Entre estas cosas penosas y sabrosas, dá á veces el Señor al alma una unión tan grande de las potencias, que «Parece que se ha hallado a si, y que como el padre del hijo pródigo querria convidar á todos, y hacer grandes fiestas, por ver su alma en puesto que no puede dudai‘ que está en seguridad, al menos por entonces. Y tengo para mí que es-con razón, porque tanto gozo interior de lo muy íntimo del alma, y con tanta paz, y que todo su contento provoca á alabanzas de Dios, no es posible darle el demonio. Es harto, estando con este gran Ímpetu de alegría, que calle y pueda disimular,-y no poco peno¬ so.» (221) Y se revela para que séamos unos con él, para que él esté en noso¬ tros. «Aparécese el Señor en este centro del almo; sin visión imaginaria, sino intelectual, aunque más delicadas que las dichas, como se apareció A los Apóstoles, sin entrar por la puerta, cuando les dijo: Paz voiis. Es un secreto tan grande, y una merced tan subida lo que comunica Dios alli á el alma, en un instante y el grandísimo deleyte que siente el alma, que no sé á qué lo comparar, sino á que quiere el Señor manifestarle por , 1 pn p 1 rielo Dor más subida manera, aquel momento la gloria que hay en ei cieio, pu que porninguna visión ni gusto espiritual. No se puede decir mas deque ácuanto se puede entender, queda el alma, digo el espirito de esta alma , TA- o nnmn es también espíritu, ha querido hecho una cosa con Dios, que como es lau f ppapr. piiP nos tiene, en dar á entender á alsu Majestad mostrar, el amor que nos uo , npofo rtnnde lleo-a para que alabemos su grandeza, gunas personas hasta aonae liega, pcti.a h
porque de tal manera ha querido juntarse con la criatura, que ansi co- -j mo los que ya no se pueden apartar, no se quiere apartar el de ella. El desposorio espiritual es diferente, que muchas veces se apartan; y | la unión también lo es, porque aunque unión es juntarse dos cosas en í una, en fin, se pueden apartar y quedar cada cosa por sí, como vemos ^ ordinariamente, que pasa de presto esta merced del Señor, y des- ' u pues se queda el alma sin aquella compañía, digo, de manera que lo entienda. En estotra merced del Señor, no, porque siempre queda el alma con su Dios en aquel centro. Digamos que sea la unión, como si dos velas de cera se juntasen tan en extremo, que toda la luz fuese una, ú que el pábilo y la luz y la cera es todo uno; más después bien se pue¬ de apartar la una vela de la otra, y quedan en dos velas, ú el pábilo de ^ lacera. Acá es como si cayendo agua del cielo en un rio ú fuente, á ; donde queda hecho todo agua, que no podrán ya dividir ni apartar cuál es el agua del rio, ú lo que cayó del cielo; ó como si un arroyico peque¬ ño entra en la mar no habrá remedio dq apartarse; ú como si en uiif^ pieza estuviesen dos ventanas por donde entrase gran luz, aunque en¬ tra dividida, se hace toda una luz. Quizá es esto lo que dice San blo: el que se arrima y allega á Dios^ Mcese un es])iritu con El^ tocando este soberano matrimonio, que presupone haberse llegado su MageS' tad á el alma por unión.» (222) Mas me diréis ¿á qué hablarnos de Santa Teresa tratándose de d' ’ losofia andaluza? Es, os responderé, porque no sin motivo se conser^'^"' en su fundación de Sevilla, el original de sus Celestes moradas. (223) SO espíritu ha continuado alentando en el espíritu de sus hijas, y al fund^i un convento en esta ciudad, ha fundado también una escuela tercsi»" ; na. ¡Ojalá pudiera yo presentaros los escritos en que se han consigi^^ do esas santas meditaciones, concebidas en la soledad y recogí . del claustro lejos del bullicio de la vida, cuya existencia conozco, ; cuyo contenido ignoro! Uno solo se ha sustraído y esto por obediencia (224) á esos pudoi de la humildad, la Vida que escribió el Dr. Torres Villarroel sobr® . papeles de la Madre Gregoria Francisca de Sta. Teresa, en el sig ’ ; D.** Gregoria Francisca de la Parra, en los que se encuentran ve como:
— 135 — Es mi gloria, mi esperanza. Es mi vida, mi tormento Pues muero de lo que vivo Y vivo de lo que espero Deseo morirme y cuando Efecto juzgo mi afecto La muerte traidora huye Para dejarme muriendo (225) Estrofas que parecen tomadas del Vivo sin vivir en mi de la Doctora de Avila. Ofrece la vida de la V. Sor Gregoria, algo en lo espiritual xjarecido d esa arquitectura árabe, que entrelazando las lineas, acaba por converhiias en letras y lo que era sentimiento vago, se traduce en pensamien¬ to y palabra. Así los efectos de la Madre teresiana, llega un momento on que no caben en la frialdad de la prosa y se expresan en poesías sa¬ lidas de lo más íntimo del corazón. La mandan que aparte su pensamiento de Dios, y exclama: ¡Rigorosa obediencial ¡I^ecepto cuasi impío! Que por guardar mi vida. Me priva de la vida con que vivO' De quien mis potencias Tiene todo el dominio ¿Cómo podré alejarme Si toda mi alma tiene allá en si mismo? (226) La obediencia es imposible, porque Dios, como infinito, abraza todo su ser. Obedecer pretendo. Mas como es infinito El objeto que adoro,
— 136 — Salir no puedo de su inmenso abismo (227) La unión con Dios, es tan íntima que el alma se enagena de si y de todas sus potencias y facultades. Parece que mi alma Se halla muchas veces Tan desierta, que a sí Aún no puede entenderse Asi desierta vive Así penando muere Sin saber de si misma Sin entender entiende (228) Pero esta unión no es el anonadamiento Es posible mi Adonis Divino Que así te retires, de quien por amar Tu hermosura y belleza, dejara De ser, si §u ser le llegara á estorbar (229) Las potencias absortas Que ni moverse pueden Para sus actos propios De un ay están pendientes. Confusos los sentidos, No acaban de perderse, Porque su mismo susto Los pasma, y los detiene La imaginación loca Tal vez soltarse quiere Pero no encuentra estribo A donde sostenerse. Y aunque ella no discurre Bien conoce que siente
— 137 — Un no se qué Divino Que la tiene y mantiene (230) En su más lata acepción, dice Hartmann, la palabra misticismo puede aplicarse á toda filosofía original, en tanto que es original. Ja¬ más, añade, dirección nueva, ha venido al pensamiento filosófico á con¬ secuencia de las experiencias y de las laboriosas inducciones de la re¬ flexión, el seguro golpe del génio es el que descubre la nueva via, la reflexión ayuda en seguida á recorrerla. El yo, lo absoluto y la uni¬ dad, son para la reflexión tres abstracciones que pueden ser asocia¬ das en un juicio luego que una demostración prévia ha hecho la relación verosímil, pero el sentimiento (la intuición diriamos nosotros) in¬ mediato de esta unidad no se nos dá por ello. (231.) Si eiíi todo misticismo hay un elemento filosófico, como dirección flue es del espíritu á lo absoluto, en ninguna escuela mística es más pa¬ tente que en la española. Las obras de nuestros grandes místicos^ son sus biografías, las Siete Moradas, son la misma vida de su Sama auto¬ ra que la Inquisición había rccojido, escrita «no por modo de historia ’§uya sino de enseñanza sin hacer de si memoria sino cuando mucho en tercera persona si la necesidad de la doctrina lo pidiese.» (2.32.) El conocimiento propio y la voluntad, son, en sentir de Santa Iei“csa, los que nos conducen á Dios, ¡X)r eso nuestro misticismo no es un misticismo inactivo, reúne al ascetismo la caridad que .inspira á San Juan de Dios y á Miguel de Manara; la unión misma con Dios, se veriflca por el amor, que si parece confundir á los que so aman no podría concebirse sin distinguir al amante del amado, Y á tal punto confian en la eficacia del amor divino, que entendían no había más escudos ni más espadas para la Iglesia que éste amor y ésta inagotable caridad, que llega á que Santa Teresa pida en sus da¬ ciones penas, martirios y hasta el alejamiento mismo de Dios, por que volvieran á la fé los que escandalizaban al mundo con sus here¬ jías. (233) Con razón exclama pues Rousselot. «El misticismo español tiene la virtud que falta á todo el siglo XVI á Lulero como al Duque de Alba, á Felipe II como á Calvino: la piedad. Y se destaca por esta virtud vigorosamente del fondo sangriento y sombrío del siglo más implacable de la Edad Moderna.» (234.) 35
— 138 — Hemos dicho que la mística, demás de su aspecto teológico, tiene un aspecto filosófico. Si se llama filosofía, dice Juan Gerzon, la ciencia que procede por intuiciones inmediatas, la teología mística es una ciencia verdadera. (Quod si philosophia dicitur scientia procedens ex| inmediatis intuitionibus, mysiica theologia vera est,scientia.) La cíen cia ordinaria no es más que un ejercicio estéril, porque el'hombre, cre-| yendo aproximarse ordenadamente á Dios, se aparta de Él, apartán-p dose de sí mismo; mientras que la teología mística parte del alma para llegar áDios, no saliendo nunca de la realidad y proponiéndose como fin la exaltación, no déla imaginación, ni del entendimiento, sino de la razón (mentís )nos lleva á la unificación con Dios aun que sin confundirnos con él. Susténtase la filosofía mística sobre dos bases: una antropológica cuyo órgano es la conciencia, otra ontológica la intuición divina cuyo, órgano es la razón. El espíritu, el hombre entero, no meramente el co-: nocimiento halla en Dios la unidad como su centro, pero si somos no¬ sotros los que la hemos de hallar, es preciso que comencemos por penO'^ trar en nosotros, por conocernosá nosotros mismos. Véase cuán admiré' blemente lo explica Santa Teresa. «No sé si queda dado bién á enten¬ der por que es cosa tan importante este conocernos, que no querrí) que en ella hubiese jamás relajación por subidas que estéis en loscie^ los; pues mientras estamos en esta tierra, no hay cosa que más no^^ importe que la humildad. Y así torno á decir, que es muy bueno y nin>j rebueno, tratar de entrar prirnero, en el aposento á donde se trata ésto, que volar á los demás, porque este es el camino y si podemos por lo seguro y llano ¿para qué hemos de querer alas para volar^^ (2^^' Santa Teresa había presentido el peligro ¿sinó estamos en nosc^ tros cómo responder de nuestro-conocimiento? ¿y cómo apropiari^^; nuestra obra? Así aún en aquella séptima morada en que él alma «un olvido de sí que parece que ya no es, porque toda ella está de manera que parece que ya no se conoce, ni que para ella ha de cielo, vida, ni honra, porque toda está empleada en procurar 1^ . Dios.» (236.) «Y si supiesen cierto, que en saliendo el alma del cu* ,erp<!j ha de gozar de Dios no les hace al caso, ni pensar en la gloria q^^^ tiej nen los Santos: no desean por entóneos verse en ella.>; (237.)
__ 145 — to (249) nuestra escuela digan lo que quieran los detractores de Olavide, produjo en pocos años más hombres eminentes que habia produ¬ cido desde su fundación. Encontráronse y lucharon los pertinaces partidarios de lo antiguo y los entusiastas defensores de lo nuevo: tres partidos vinieron á las manos, el de los escolásticos á la antigua representado por Geballos y Al varado, el más moderado representado por los jesuítas y el de la nueva filosofía que tuvo por valedores á Don José Isidoro Morales, á Blanco y al Abate Marchena; sólo el verdaderamente español y anda¬ luz de Perez y López no tuvo quien lo siguiera pero su obra quedará como expresión fiel de las aspiraciones de nuestra raza. La falsa filosofía de Cebados se ha dicho con razón que es una En¬ ciclopedia contra la Enciclopedia, una contraenciclopedia anticipadaj porque se empezó antes. (250) Tuvo su misma suerte, patrocinada al Principio por los poderes, hasta el punto de que su autor por consejo ^0 Cabarrús le añadió las pruebas de la religión revelada, disgustó, lo mismo que la francesa, luego que se entrevieron sus propósitos. Ceba¬ dos tuvo que publicar ya el cuarto tomo en Portugal, lo procesaron y murió durante el proceso. Admira su grande erudición y es difícil calcular donde pudo ad¬ quirirla en el estado miserable de nuestras escuelas. Expone'con exac¬ titud y sin embargo se conoce que no ha penetrado el sentido de los fi¬ lósofos. Que no es de la madera de que se hacen, basta para demos¬ trarlo el título y los propósitos del libro. Negando, dice, los adversarios la autoridad de las Sagradas Escrituras y los fundamentos de toda ra¬ cional filosofía, no es fácil hallar campo neutral en que entenderse y por otra parte ellos esquivan todo acometimiento sério, contestando con burlas y cuchufletas á los más acerados dardos de la lógica. ¿Que recurso queda? ExfnicUbus eorum cognoscetis eos: mostrar á los prínci¬ pes y magistrados el germen de disolutíión sociaLoculto en esas doctri¬ nas, denunciarlas como sediciosas y-trástornadoras del público reppso enemigas no sólo de Dios, sino del principio de autoridad en el órden humano, y de las bases en que descansan la propiedad y la familia. iBuena filosofía sería la que necesitara que la concedieran unos cuan¬ tos principios que á ella le parecieran razonables, para combatir luego
— 146 — como en los torneos escolásticos! ¡Valiente modo de convencer denun¬ ciar los filósofos á los principes para que los castiguen! ¡Y qué principios y qué lógica los que inspiran razonamientos co¬ mo el que sigue para defender la pena de muerte. «Un piincipio de justicia natural sellada indeleblemente en nuestra razón nos dice que debemos reparar un deseo en el modo más conforme y ajustado á la mañera con que lo causamos. Es verdad que la vida no puede reponerse en aquél á quien se ha quitado: pero no hay modo que se acerque , más á su reparación y satisfacción que renunciando el homicidn su vida propia, á los piés de aquella justicia que dió el espíritu al muerto y al matador.» (251) Si ex fructihus eorum cognoscetis eos, no es malárbo'l el que dá por fruta la justificación de la tortura en los juicios criminales y el alquiler militar de los suizos. Por lo demás Geballos es imparcial en cuanto cabe y cuando los - malos hábitos no lo arrastran como cuando hace á Cain el jefe de una secta filosófica, (252) dá pruebas de entendimiento perspicaz y de buen juicio. (253) Pero yo me estoy entremetiendo á hacer el suyo y no es para eso para lo que lo he traido, sino para mostrar que en él se conse van aunque descoloridos los principios de la escuela andaluza. PreguU' tase ¿qué cosa es Dios? Mente y razón del universo se contesta. ¿Qué cO' sa es Dios? Todo lo que vemos, porque cuanto vemos es su sabiduría y presencia; y así confesamos su inmensidad que es tan grande no se puede pensar cosa mayor. ¿Pues qué.diferencia hay éntre la n^^ ^ turaleza divina y la nuestra? Una es, que la mejor parte de la nuesti^ es el alma pero en él todo es alma: todo razón y todo inteligencia- ^ aclara lo de Dioses todo, en una nota: «Esto se puede entender bic^ sin culpar á Séneca de espinosista, y en otro lugar dice también: . cosas humanas aunque remotamente son disposiciones para las vinas.» (254) Ménos erudito que Geballos, menos profundo pero incompara mente más ingenioso y ocurrente es el padre Fray Francisco de rado que escribió con el pseudónimo del Filósofo Rancio. Sus P’" ras acometidas no son directamente contra los filósofos, sino co D. Manuel Custodio á quien suponía más ó menos inspirado pd^ /lAl jesuítas. Habían escrito algo á lo que se infiere los dominicos co itr»
— 147 - la devoción del Sagrado corazón de Jesús y aquellos se vengaron ha¬ ciendo que'éste D. Manuel Custodio que había sido catedrático en sus estudios y esperaba serlo de nuevo, acusara á los tomistas de defenso¬ res del tiranicidio. Contra ellos y en defensa de los suyos endereza Alvarado la Copa de una carta escrita por un tomista de Sevilla á un amigo suyo de la córte én la que comienza por hacer este donoso retrato de su adversario:.«Bajo este presupuesto voy á presentar á V. M. delante de los ojos á D. Manuel Custodio si es que encuentro como dibujarlo; por¬ que mi, pincel no sabe dibujar miniaturas; lo es en la estatura y en el volúmen y tanto que si fuere tan pobre de caudal como le ha tocado serlo de persona ya hace muchos años que, se hubiese muerto de hambn . Sus papeles comparados con él le darán á V. alguna idea de sus difñensiones. Lo exceden infinitamente en lo largo.'Son excedidos por el incomparablemente en lo ancho (que por ser Autor de ellos) se pone. Pero lo igualan exactisimamente en la profundidad, en que tanto ellos , como él gozan el privilegio de punto, línea y superficie.» No vamos á exponer, por sen ageno de nuqstro asunto, lo que toca á lo principal de la polémica, pero en ella dirigiendo embozadas alusioñesá la situación en que supone colocados á los jesuítas, «cuyas doch’inas no son ni escotitas, nimolinistas, ni bérneistas, ni eclécticas, ni. ninguna de esa familia con quien tenemos oposición, «y de alabar las ventajas que para las ciencias naturales ha traído la nueva filosofía, la emprende con esta diciendo: «Que en recompensa de estas ventajas, ' hijas no de la filosofía sino de los filósofos, que tan fácilmente se pue¬ den concordar con la nuestra, nos ha traído la parte de todos los erra¬ res que lloramos y cuyos funestos efectos sentimos, y que'cuantos absurdos se han dicho y hecho desde Descastes hasta ahora, otro tanto está contenido en esta fatal ñlosofía ó como consecuencias ó como principios.» (255) Pero en donde ataca terriblemente la filosofía ecIéctioo-sensua,hsta del Genuense y de Berney es en las Oarias de Aristóteles, (256) donde pre¬ senta admirablemente al eclecticismo en caricatura de esta manera: «¿Consiste el eclecticismo en tomar cuatro ó cinco autores, 6 los que se pudiere y sacar de uno una cosita, de otro otra más que no ate, y de otro . otra más que contradiga, y asi formar una fllosofia remendada? Res-
— 148 — póndame, nadie nos oye, yo guardaré el secreto y no saldrá de mi boca, para alma de este mundo. Si consiste en esto, me' retracto aunque no tengo cara para ello de lo dicho. Pero en primer lugar, ¿cómo tienen ustedes cara para abrogarse lo que es común á tantos hombres de bien? Desde que hay literatos, ha habido remendones de literatura, como desde que hay zapatos, ha habido zapateros remendones.» (257) Y sin embargo, mala era aquella filosofía, pero los que defienden la de Alvarado, no han fijado su atención en lo que hubiera sido de las ciencias naturales, tratándoles según su criterio, y para lo que puede servir de muestra lo siguiente: «i,Y esos habitantes de la luna son hombres hijos del primero manchados con su culpa, redimidos quien y cómo?... (258) Vamos á Júpiter, Galileo lo víó con ciertas fajas, Gasendo con el mismo anteojo que Galileo no pudo verlo.... Jaquiery otros convienen en que las fajas son muchas, sin determinar cuanta Bajo este supuesto puede V. poner una tienda de fajas en la calle Francos.» (259) Y respecto á la marcha de la luz, «los cuerpecitos tardaban en llegar á la tierra muchos siglos, de donde se sigue, que ó Ada^» no vió las estrellas en su vida, ó las vió cuando ya estaba hecho un bre viejo, ó hizo Dios un milagro para que las viera.» (260) Mancia tratar asi la ciencia y la filosofía no merece más que un chiste, y ' malo el que el autor se hace defendiendo la religión católica por de un filósofo que supone estár en los infiernos. (261) ^ Entre los innovadores, el primero á quien debo citar es á D- Isidoro Morales, á quien Martin Villa llama humanista, teólogo, íbd y profundo matemático. (262) De sus producciones, no he logrado más que el Comentario dirigido al Excmo. Sr. D. José de Mazarred bre la enseñanza de su hijo, (263) y este lo que acredita es de gran P® to en el latin y en el castellano. En latin elegantísimo lo escribió pr* ro, y aunque se negaba á traducirlo por temer que no lograría igo fección en nuestra lengua, la versión no desmerece del original. mar, comienza diciendo, un escrito latino para disuadir á V. E.^ señar latin á su hija, le parecerá tal vez muy estraño pensamiento fiesa que no solo habia sido Cicerón para él su única delicia, d muchos años, sino que con el creia saberlo todo, pero ahora pieo vale más sin comparación ocuparse con los ilustres filósofos y c
— 149 — tros en objetos sérios y dignos del ingenio humano que tratar con los ociosos de asuntos frivolos y pueriles.» (254) Cambiar el método clásico por el objetivo que es el fin á que res¬ ponde toda la carta, es adelanto que traido de fuera, acaso sin las nece¬ sarias condiciones de aclimatación, más ha ganado el ascenso que to¬ cado en las eficacias de la obra y sin embargo á él, hay que fiar el triunfo definitivo sobre la Edad Media, que aún nos envuelve con sus últimas sombras crepusculares, porque sin él los trabajos de nuestros pensadores no pasarán de vaga idealidad. Si aspiramos á dejar generaciones morales es necesario educar al hombre como sujetp de sus destinos, pero para educar al hombre es preciso que eduquemos la mujer que como esposa y como madre, es la artista que nos modela. No desdeñemos lo que sobre esto nos en¬ seña D. José Isidoro Morales «....la naturaleza dispuso de tal manera la unión del hombre y de la mujer, que á cada uno dió el cuidado y gobierno de lo que le correspondía; y de tal modo separó y repartió ■ sus obligaciones^ que no se embarazase uno á otro en la ejecución, ántes bien ambos concurriesen al común provecho y utilidad; y de és¬ ta armonía de oficios y obligaciones nace y se mantiene aquella con¬ formidad de voluntades en que consiste toda la delicia y felicidad de ésta unión.» (265) Blanco vMarchena pertenecen tanto ó más que á Espafia á In¬ glaterra y á Francia; propiamente no tienen pátria, como era propio de aquella civilización cosmopolita. Ambos renunciaron á su primer ho¬ nor sobre la tierra, la época no los absuelve, los disculpa. Los anhelos indecisos-de mejora que fermentaban en todas las K • fvnrrión sunerficial y una actividad largo tiempo comcabezas, una instrucción supeincict j ^ i o,- • , ó Tílnnco deí sacerdocio católico al anglicano, del aiiprimida lanzan a Blanco aci sacei glicanismoal unitarismo y á la fllosofia alemana, del patriotismo a traición. ¡Qué lástima de hombre! Buen poeta y prosista en ingles y en castellano, excelente critico y pintor de costumbres, abandona su pa- ' 1 A ..Un nios 60 SU mucrtc, pero en medio. tria desgraciada y vuelve a ella los ojos en s in índición filosófica sevillana. El inun¬ de estos cambios conserva la tradición , .n dp Dios, Dios esta presente en el do interno es la perenne fuente, de JJio-, ■ • -.no oue no es posible condenar en alma, son proposiciones .filoso - 1 ^
Blanco sin condenarlas en Séneca y en San Agustín. (268) Marchena natural de Utrera, materialista, traductor de Lucrecio. ^ tan diestro en el manejo del latín que engañó á todos los literatos de Europa con su fingido fragmento de Petronio; por haber entrado en una conspiración republicana, tuvo que refugiarse en Francia donde fué maratista, girondino, imperialista, perseguidor y perseguido, y allí, lo que la historia no le perdonará, tomó las armas contra su patria, pero en medio de todas estas veleidades, conservó un fondo español; sus autores favoritos eran Fray Luis de León y Espinosa. (267) Acaso tam¬ bién se podría enlazar con la escuela sevillana^ por otra de sus deriva¬ ciones que se anuda con los jiudíos portugueses, el célebre Martínez • Pascual, (268) maestro de San Martin el filósofo desconocido que.protesto contra el sensualismo de Garat y dió origen á la escuela tradicíonalistti que ha contado luego entre otros sevillanos á D. Juan Donoso Cortés, su , defensor más elocuente. Algunos enlaces he encontrado en éste y aún en períodos anteriores, con esa especie de misticismo naturalista que aún se conserva en - •• nuestras últimas capas sociales, pero hoy por hoy, los datos que ^ allegado no m'e permiten pasar de débiles cóngeturas. Curioso seon que se diera aquí una vez más el fenómeno, tantas veces repetido, ^ iniciar una doctrina y después reimportarla como extranjera. í Blanco y Marchena no son el tipo de los innovadores sevillanos, ; los he llamado sus representantes es porque más audaces ó despreocn' ; pados son los que deducen las consecuencias extremas de aquella ^ ñera de pensar. Son como moléculas que colocadas donde apenas ^ j, canzala acción del centro, obedecen á la primera fuerza que las so licita. La mayoría de los secuaces de la nueva filosofía, dirijidap^' los consejos de Forner, no pasa por el contrario de aquél término pf í dente v hasta temeroso que no acepta lo nuevo sino en cuanto á lo^^ | tiguo no perjudica; (269) CHavide y Custodio adjuran voluntariauieJ^ en manos de los que los habían tratado oon excesiva dureza (270) y { j se advierte en los Doctores de nuestra Universidad alguna influm^^’ ; de las doctrinas de Condillac.y Lockq jamás penetró en ella el sens^^' ^ lismo y el materialismo. Mármol extracta el Genuense y sus inclO^^ ciones son wolfianas. (271)
' — 151 — Gloria de nuestra Universidad, gloria de Sevilla, gloría de España y muestra de lo que es capaz, aun inculto nuestro génio es el Doctor U. Antonio Xavier Perez y López, que murió abandonado en la sala de San Pedro, del hospital general de Madrid. Su Discurso solre la honra y ^a, deshonra legal determina aquella celebrada pragmática de Cárlos III, que emancipa el trabajo de la infamia, y concede titulos de nobleza á las familias que á él se dediquen en cualquier arte, con constancia, consi¬ guiendo notables adelantos. En su oficio de juez, observa que la cruel¬ dad de las penas más aumenta que disminuye los delitos, preparando así la reforma penitenciaria y como abogado, recopila la multitud de leyes y pragmáticas de nuestro intrincado Derecho en una de esas enormes enciclopedias, tan del gusto de entonces. Antes de ahora hemos completado su biografía y e;xpuesto ■ sus. ^Principios del Orden Esencial de la Naturaleza^ con alguna latitud. Esfo me permite ser muy breve: descubre el flaco dél sistema de ’^^^olf, que poniendo el fin en nuestra propia perfección, se asemeja al fiñe quisiera explicar las leyes del movimiento del mundo por el de ca¬ da persona en particular, y el de Montesquieu, que fundando el espí- i'itu de las leyesen las circunstancias de los tiempos y los lugares", ol¬ vida el órden esencial de la naturaleza, que aquellas no alcanzan más fiue á modificar. Estas palabras encierran toda una revolución filosófica, ála razón subjetiva que quiere sugetar el universo á sus ideas, y penetrar el in¬ sondable piélago déla Sabiduría divina, con su limitada vista, opone la atenta consideración del orden que se manifiesta en nosotros tan evi¬ dente como nosotros mismos; á la famosa evidencia cartesiana yo pien¬ so ^ luego soy, sustituye la más profunda ye soy, luego el ser és, donde mi verdad y la verdad de Dios, como su fundamento absoluto se dán desde luego en una, única, indivisa unidad. (272) ¿Lograremos algún dia desarrollar tan alto principio? ¿Estará reser¬ vado á nuestra raza hacer del análisis y de la sintésis metafísica un solo procedimiento? ¿Es esto lo que de nosotros espera la Humanidad? (2T3) El miedo me embarga, no me atrevo á contestar á esta cuestión y sin embargo á resolverla me aiTastran las audacias del deseo. Si fuera más joven, yo hubiera emprendido el viaje á ún á riesgo de perderme.
*:ia. I;a don 'íUíganí<^ :in solo — 152 — ^ , . J Conténtome por hoy con admirar. Si queremos saber lo que valov ^ nuestra escuela, copiparemos á Perez y López con Feijóo y con Piquer. | No seré yo el que deduzca las .últimas consecuencias de “ rexpues- g to, mi disertación concluye como ha comenzado, con una El más querido de nuestros compañeros, el entendido Daniel Arrese, acaba de-morir. De genio apacible, de universal cultura, escritor fác fué modelo de profesores. Ni un solo dia faltó á su cátedi dia salieron de ella los discípulos sin saber la conferencia, ni -reo que haya tenido que poner en su vida una nota de suspenso. No he conO' cido habilidad como la suya para facilitar el estudio. Y los métodos que inventara como el admirable y sencillísimo para resolver los plU" -. rales fractos, han perecido con él. Lo que no perecerá, mientras vivan, es el cariño [que le profesaron los que se honran de haber sido sus compañeros. ^ Permitidme que termine, pero antes, dejadme decir á nuestros turos y yá queridos discípulos una sola palabpa. ¡Jóvenes á quienes impulsa el noble anhelo de saber, escuchad ni'.í ^ últiriio consejo! Seguirán los turnos una y otra vez, tocará á esta cuitad, llegará el de mi asignatura, pero yo ya no estaré aqui. pues lo que voy á deciros én vuestra memoria como se gravan los cargos del padre.que agoniza. Purificad vuestra conciencia, consideñ"^*^ que lo que habla en ella es la voz de Dios. Este es el resumen de toda*^, filosofía, este es el rico patrimonio que recibís de vuestros antecesor'^^ ¡Ojalá que un dia podáis decir, no somos indignos de nuestros padreé' Y ahora Exemo. Sr., al juzgar este trabajo, no consideréis sus d® fectos. He caminado al azar por campos desconocidos sin guía y sirradamente: muchas veces habré tropezado y habré caído, pero dad que al temerario Cónsul vencido por Annibal lo perdonó elpa^ : • romano porque no había desconfiado de la salvación de lapátria- _ He dicho.
(1) Por si no consÍ£-o completar siquiera alguna de sus explicaciones, quiero dejar consignado aqui uno de sus rasgos. Preguntaba un dia á uno de mis compañe¬ ros por el origen de las ideas generales y este contestaba según el libro: «veo que un árbol tiene hojas, veo que las tienen dos, ciento, mil; luego....» «¿luego qué? luego nada,» le interrumpió Contero. (2) Se ha dicho, en efecto, que en sus últimos tiempos se inclinaba á Hegel, y hasta que en este sentido ha formado escuela. Sin desmentirlo, porque hay discípu¬ los posteriores á mí que así lo proclaman, lo que puedo asegurar es que no pudo lle¬ gar á conocer á Hegel mas que por alguna exposición. En este periodo y has¬ ta después de su muerte sólo estaba traducida al francés la Lógica subjetiva, y Con¬ tero no sabía alemán. El primero que empezó á tener en Sevilla alguna noticia de los nuevos rumbos qae tomaban en Alemania la ciencia y la literatura, fué D. Nicolás María Rivero, y eran tan grandes la ignorancia y las preocupaciones que reinaban, como lo muestra siguiente anécdota que muchas veces me refirió riendo el difunto D Antonio San Martin. Reuníanse con Rivero, Aceves y otros literatos, un sacerdote que, por respeto á su alta dignidad en la Iglesia y en la enseñanza, no nombraré; el que veía con mal eje les entonces recientes descubrimientos de la literatura india. «Esas no son más que copias modernas mal perjeñadas de la narración del Génesis:» decía en una oca¬ sión.—«¿Qué habla V. del Génesis?-^le replicó Rivero, al parecer con gran formali¬ dad; «el Génesis no es más que un vago recuerdo y una mala interpretación,- hecha por un pueblo sin fantasía, del gran poema de los Kinds-Grajos,»—y aquí le relató ol argumento del poema que acababa de inventar. A los pocos diás, encontrando nuestro sacerdote solo á San Martin le dijo— «¿Cree V. corno Rivero en eso del poema de los Kinds-Grajos? «No, le contestó este, —y siempre estoy disputando con él sin poder convencerle; creo que debe decirse Kinds-Grayos porque la jota es suave ó más bien no es más que la i que caligráfica¬ mente se prolonga.» Dejó de parecer el interrogante unos dias por la tertulia y ¡cuál sería el asombro de sus ¿ompañeros cuando supieron que se estaba preparando para predicar en la Catedral contra el poema de los Kinds- Grajos, lo que no sin dificultad le quitaron de la cabezal
— 2 — (3) Canalejas (F. de Paula,) del Estudio de la Historia de la Filosofía Española." Estudios Críticos de filosofia, política y literatura.—IX—p. 186. (4) Estudios Críticos de filosofía, política y literatura, por D. Francisco de P. Canalejas—II.—Del estado actual de la filosofía en las naciones latinas—p. Claro está que aquí no nos referimos al movimiento actual de la filosofía en Italia, que poco ó nada tiene todavía de italiano, lo que confirma más la verdad de nuestra tesis. (5) Senec. Epíst. XXXIII. Quare depone istam spem, possete suramatin degu®' , tare ingenia maximorum virorum; tota tibí incipienda sunt, tota tractanda. Res geritur» et per lineamenta sua ingenii opus nectitur, ex quo niliil subduci sine ruina potest. recuso, quo minus singula membra, dum modo inipsohomine,consideres.Non estfor mosa,cujus crus laudatur aut brachium; sed illa, cujus universa facies admiratione»' partibus singulis abstulit. Si tamen exegeris, non tam mero dice tecum again, plena manu fiet. (6) Id. id id.—Viro captare íiosculos turpe est, et fulcire se notissiniis pau cissimis vocibus, et memoria stare. Sibi jam innitatur; dicat ista, non t®" neat. Turpe est enirn iseni, aut prospicienti senectutem, ex comentario saper^' Hoc Zenon dexit; tu quid? ¿Hoc Cleanthes; tu quid? Quousque sub alio veris? et impera, et dio, quod memoria3 tradatur; aliquid et de tuo proferí Omn*;’ itaque istos, nunquam auctores, semper interpretes, sub aliena urabra latentes, nü" existimo habere generosi, nunquam ausos aliquando facere, quod diu didicerant. moriam in alienis exercuerunt; aliud autem est meminisse, aliud scire. Meinin'SS*^^ est res commissam memoria? custodire; at contra scire, est et sua facere quoeqno, al) exemplari pondere et toties respicere ad magistriim. Hoc dixit Zeno, hoc CleantbC'' Aliquid intersit Ínter te, et libruml quousque disces? jam et pra?cipe. .. (7) Nunc enim hoc in illa prctiosum' atque magnificiim est, quod non obvei^ quod illam sibi quisque debet, quod non ab alio petitur. Quid haberes quod in philo®*’^ phia snspiceres, si beneficiaría res esset. Senec. Epist. XC. ' • (8 Quis dubitare, mi Lucili, potest, quin Deorum inmortalium niuniissi' quod vivimus? philosophia?, quod bene vivimus ¿itaque tanto plus huic nos quam Diis, quanto majus beneficium est bona vita, quam vita? Pro corto debereb’’’^ nisiipsamDii philosophian tribuissent; cujus scieiitia iiulli dederimt, faculta^®'’ ómnibus. Nam si hanc quoque bonuin vulgare feeissent, et prudentes nasceren’^^ ’ ■ sapientia, quod in se optimum habet, perdidisset; Ínter fortuita esset. Id.-id.-id. (9) Senec. Epist. XLI. (10) Id. id XXVIl. (11) Id. id. LU. .j (12) Quaerendum est, quod non fíat in dies deterius, cui non possit obstanhoc est? Animus; sed hic rectus, bonus, inagnus. Quid aliud voces huno, Deum in humano corpore hospitantem? Hic animus tam in eqiiitem roinanum. O^ . in libertinum, quam in servum, potest cadere. Quid est eques roinanus, aut ñus, aut servus? Nomina, ex ambitione, aut ex injuria nata. Subsilire in cceh^*^ ángulo licet: ex surge modo! .. . Et te quoque dignum Finge deo!. .pii Finges autem, non auro, non argento: non potest ex hac materia imago Deo esf similis: cogita, illos quum propitii essent, fictiles fuisse. Senec. Epist. XXXI- (13) Si hominem videris interritum periculis, intactum cupiditatibu^» adversa felicem, in mediis tempestatibiis placidum, ex superiore loco horni^®® dentem, ex oequo Déos, non subibit te ejus veneratio? non dices: Ista res