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Caso Cortegana

Río Ruiz, Manuel Ángel

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REVISTA DE PRENSA Caso Cortegana Los lamentables sucesos ocurridos en Cortegan a ( Huelva) el 16 de enero ( ver sección Noticias) fueron objeto de varios artícul os de opinión en la prensa, de los que hemos seleccionado algunos para esta sección. Incluim os también los Comunicados difundidos por la Fundación Secretariado Gitano (17 de ener o) y la s organizaciones gitanas, entre ellas también la Fundación , reunidas en Sevilla el día 1 9. Caso Cortegana: suma y sigue Varios niños víc t imas de graves quemaduras . Centenares de personas forzadas al destierro. Decenas de hogares destrozados en el transcurso de movilizaciones en las que millares de manifestantes -€n algún caso con la colaboración de ediles actuando como ban - der ín de enganche del odio vecinalprestaron , con sus enardecidos gritos , el aliento necesario a los grupos ejecutores de los daños , aplaudidos por muchos más. Aquellos fueron , en conjunto , los pr i ncipales saldos de uno de los seriales de violencia contra grupos y prop iedades de la etnia gita - na más dramát icos, llamativos y tr ascendentes de la historia reciente de E spaña . El escenario lo recuerdan en estos d ías las gentes de este país. Tre s pueblos jiennenses localizados en un área de apenas cuarenta kilómetros: Torredonjimeno (198 4 ), Martas ( 1986 ) y Mancha Rea l ( 1991}. En algunos de estos lugares , las relaciones con el grueso de las comunidades gitanas locales eran , con ante - rioridad a los conflictos , mucho más fluidas de lo que tendemos a imaginar cuando reparamos sólo en la violencia étnica , la cual , además de represe ntar el núcleo duro del racismo , dinamita puentes de convivencia interétnica , a veces forjados durante generaciones . Recientes acontecimientos que conservan aterradoras conver - genc ias con aquellos de Jaén , como los por unos días en el candelero de la onubense Cortegana (5. 000 habitantes , unos 250 de ellos gitanos ), muestran , sin embargo , el error y ri esgo que supo - ne atribuir estos casos a singula ridade s provinciales o comarcales, bajo la creenc ia complacida de que todo es cuest i ón de "reg i ones culturales del racismo ". Deber í amos empezar a tomar nota de que estos casos tienden a reaparecer de su leta rgo , o aparente clan - destinidad social , con fuerzas renovadas. Y en escenarios diversos . Podemos en algunas coyunturas estar tranquilos , no obstante . No hay in d icios de que , porque un vecino británico o italiano cometa uno o dos crímenes execrables , se vayan a producir ataques civiles co ntra las colonias de esta categoría de ciudadanos establecidos en pueblos de la Costa del Sol. En estas situaciones las poblaciones mayor i tarias sí parecen haber asum i do que es al Estado a qu i en corresponde , de manera indivisible , la represión y sanción ante actos delictivos por los que pagan i ndividuos , no colectivos. Sin embargo , cuando el autor de un crimen es identificado como mi em - bro de la comunidad aupada desde hace siglos a la jerarquía del r echazo etnicista en España , y el Estado contribuyó mucho a que así fuera , la cosa cambia . Las posibilidades de vi olencias civiles siguiendo mar - cas étn i cas se multiplican si de algún crimen y de algún vec i no gitano en calidad de vi ctimario hablamos . Lo sabemos , pero parece que actores con responsab ili dades instituciona l es en la garant ía de la convi ve ncia interétnica no quieran darse cuenta a tiempo . Lo habitual en estas coyunturas cr íti cas es " pasarse la patata cal i ente" , mi entras se deja el horno encend i do a la máx i ma potencia. Hasta que explota. En las hemerotecas tamb i én enterramos los sucesos de la a li can - ti na Almoradí , en jun io de 2000 . Una vez más sin extraer las lec - ciones debidas . Y llegó Cortegana . También en Almorad í, como en la be ll a v ill a onubense hace dí as , hubo un crimen execrab le, a cargo de uno o var i os i nd ivi duos que han de ser juzgados por sus actos delictivos , no por su ascendencia étnica . También en Al morad í, como en Cortegana durante otra reactualizada noche patria de cr i stales rotos , hubo manifestaciones que acabaron en festivales de violencia etnicista . Se trata la mayor ía de las veces - la lista es l argade actos acaecidos en el transcurso de movi li zac i ones convocadas por alcaldes presionados por sus clientelas l ocales mayoritarias . Por ed iles que se juegan en estos momentos crít i cos , tensos y dolorosos , buena parte de su nota final med i da en v otos a l os que no parecen dispuestos a renunciar , en aras de la salvaguarda de principios fundamentales del E stado de Derecho ; ahí está si no la actuac i ón del al calde de Cortegana contra el que ya se h an ab i erto di li gencias . Principios éstos cuyas pos i bilidades de vi olación a cargo de grupos de la poblac i ón civi l mayoritaria pueden pre l udiarse . Los antecedentes abundan . Pe ro pesa m ás , parec i era . la Soc iol og ía elec toral aplicada a las local i dades donde se gobierna o aspira a gobernar , que el Derecho Con sti tuc i onal. De ello deber í an , tamb i én , tomar más f irme nota l os responsables de l as fuerzas de orde n públ i co . En Mancha Rea l y Almorad í, donde tamb i én med i aron dí as entre los h om ici dios y las protestas , se pe rmi tió que grupos de manifestantes llegaran a l as puertas de l as viv i endas gi tanas , comenzando los destrozos . Sin negar que l as fuerzas de segur i dad ha n con tr i bu i do a evi ta r, al me nos en Cortegana , -Deberíamos empezar a tomar nota de que estos casos tienden a reaparecer de su letargo, o aparente clandestinidad social, con tuerzas renovadas. Y en escenarios diversos REVISTA DE PRENSA una tragedia aún mayor en la que no olvidamos incluir al joven ase· sinado , cabe preguntarse ¿qué "razones de orden técnico" se esgri· mirán ahora para explicar que , en un pueblo de angostas calles , se permita que un grupo de manifestantes se desgajen , una vez más , de la multitud que les alienta para llegar a las p uertas de los pre· decibles objetos de la ira etnicista por el mero hecho de ser , y que· rer seguir siendo , vecinos gitanos? ¿Cómo pueden consentirse de tacto manifestaciones que , se sabe , comenzarán con demandas de seguridad ciudadana , para transformarse en expresiones públicas que violan la seguridad de otros ciudadanos , y sus derechos bási· cos? Imágenes hay de la mayoría de los casos. "Fuera los gitanos" se gritó en la también convocada como "pací· fica" manifestación de Mancha Real que precipitó al destierro de su pueblo a una treintena de vecinos. Lo mismo se gritó en aquel otro antecedente que fue Martos: más de cien personas en un destie· rro olvidado , que se resolvió con indemnizaciones a las familias gita· nas por parte de la administración andaluza. En vez de con la recomposición de la convivencia inte r étnica destrozada por el fuego que arrasó una veintena de viviendas , ap enas dos años después de aquel otro incendio jaleado en el vecino Torredonjimeno , por el cual nadie pisó la cárcel , salvo un vecino gitano que cometió otro grave delito, pero no quemó una vivienda con niños dentro. Y "fuera los gitanos" , una vez más , ha sido el grito ex t endi do {no recogido en el lema oficial de la manifestación , pero predecible) de la regresión democrática de Cortegana. El problema de estos acontecimientos no es sólo la violencia. El problema también es el día después para las relaciones interétnicas. P or donde trotan las marchas etnicistas -las llamadas espontáne· as y las p lanificadastar da en crecer la hierba. Los conflictos étnicos nos sólo destapan arraigados y extendidos prejuicios que fago· citan la diversidad de comportamientos entre miembros de cualquier "cultura". Los conflictos crean etnici d ad. Solidifican z anjas y divisorias étnicas , aún allí donde payos y gitanos colaboraron durante gene· raciones en establecer los cimientos -los hechos de Cortegana y de otros sitios muestran cuán frágilesde la convivencia. Otra vez sacudida, aunque en este caso los gitanos sigan en el municipio. Tal vez con su confianza en el Estado de Derecho suspendida , una vez más , atendiendo a su renovada experiencia histórica como pue· blo abandonado a la suerte de clamores etnicistas que se repiten. Y contra los que no se vienen desplegando fórmulas de mediación. prevención y represión eficaces. Cabe esperar y exigir que se delimiten al máximo responsabilidades tras lo sucedido en Cortegana. Sin embargo , aún en ese caso , el pesi· mismo aflora. Mucho nos tememos que , si hay detenciones , asista· mos a la reactualización dei"Fuenteovejuna , señor". Otra pauta habi· tual de este tipo de casos. De los que volveremos a acordamos cuan· do un nuevo caso Cortegana irrumpa en la agenda informativa , y nuestros políticos escenifiquen reuniones y respuestas instituciona· les que , si de gitanos hablamos , suelen llegar demasiado tarde. • Manuel Ángel Rio Ruiz, es Profesor de Sociología en la Universidad de Sevilla y anteriormente lo fue en la Universidad de Jaén . Ha redactado una Tesis Doctoral sobre "Movilizaciones antigitanas en la E spaña democrática" , y es autor del libro Violencia étnica y des· tierro: dinámicas de cuatro disturbios antigitanos en Andalucía { 2003 ) publicado por la editorial Maristán {Granada ), con la colaboración de la Fundación Secretariado Gitano. ~ ·· El oeste en Cortegana En el salvaje Oeste , al criminal termina ahorcándolo el pueblo . Al _ menos , en el lejano Far West no ahorcaban también a la familia del imputado. Por este diario me entero de los tristes hechos ocurri d os en la localidad onubense de Cortegana , donde la mayoría del pueblo. 2. 000 personas , apedrea y quema propiedades de familias gita· nas. Conozco ese lugar. Estuve allí en el año 2000 dando una char· la a la comunidad gitana y me vine pa ra Cór d oba con una espina clavada al no poder estar más tiempo con personas tan pobres como hospitalarias y educadas. El más viejo , en la plaza , ante todos los gitanos , me puso en la solapa un pin de la Vir g en: "Marcos , no nos olvides , que has dejado aqu í mucho cariño". Ahora , cuatro años después, la gentuza { gente que no respeta el orden establecido) se ha levantado contra mis amigos porque una familia, gentu za igual· mente , de etnia gitana se dedica a la delincuencia. ¡H abrá injusti· cía más grande! Dios dijo a Abraham que no destruiría Sodoma si encontraba d iez hombres honestos. Les doy mi palabra de honor que en Cortegana hay más de diez gitanos b uenos, es más, ocu· rre justamente lo contrario ; de toda la comunidad calé sólo algunos miembros de una familia concreta merecen ser procesa d os. Qué poco hemos progresado los españoles: el populacho se cree juez y parte. L os p rinci p ios de igual dad y a cusación d eben ap licarse tam· bién a los españoles gitanos. H ablamos tanto del p lan lb arretxe separatista y disgregador y no vemos los modos de actuar separatistas y disgregadores q ue tiene la gentu za con las minorías. Lo único que de seo es que la justicia q ue yo he e stu d ia do sentencie culpables a los criminales -pero que primero lo pruebe, claro· y que esas gentes se calmen y pi d an perdón como mínimo a esos gita· nillos que han visto aped rea da su casa y quemado el coch e de sus papás y, aún así , creo que será difícil curar a esos menores el trauma psicológico que les ha debido suponer la imagen de sus vecinos converti d os en leones intent a ndo comérselos y escupiendo de sus fauces un odio irracional. • Marcos Santiago Cortés . En Diario de Córdoba , "Al paso" , 19 de enero de 2005. -Conozco ese lugar. Estuve allí en el año 2000 dando una charla a la comunidad gitana y me vine para Córdoba con una espina clavada al no poder estar más tiempo con personas tan pobres como hospitalarias y educadas