Full text
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Autora
Geno v eva Enríquez Macías .
Dir ector/tutor
Dr . D . P ablo Emilio P érez- Mallaína Bueno
!
Sevilla , febrer o de 2023.
Univ er sidad de Sevill a
F A CUL T AD DE GEOGRAFÍA E HIST ORIA
Pr og rama de Doctorado de Historia
Línea: Historia de América
GUILLERMO TERR Y , ARMADOR
EN CÁDIZ Y SU NA VÍO
“SOBERBIO”.
GUERRA Y COMERCIO
EN LA PRIMERA MIT AD DEL
SIGLO XVIII.
TESIS DOCT ORAL
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Universi dad de Sevil la
FACULTAD DE GEOGRAFÍA E HISTORIA
Programa de Doctora do de Historia
Línea: H istoria de América
GUILLERMO TERR Y, ARMADOR EN CÁDIZ Y S U NAVÍO
“SOBERBIO”.
GUERRA Y COMERC IO EN LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XVIII.
TESIS DOCTORAL
Autora: Genoveva Enríqu ez Mací as.
Direct or/tut or: Dr. D. P ablo Emi lio Pérez - Ma lla ína Bueno
Sevilla, febrero de 2023.
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A mi hermano Gerardo, que se fue demasiado pronto.
Cada página de este trabajo está marcada por su
recu erdo.
A mi madre y a toda la familia por ser un ejemplo de
resistencia.
A los Archivos Históricos, que siempre me descubren
un mundo fascinante.
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GUILLERMO TERR Y, ARMADOR EN CÁDIZ, Y SU NA VÍO
“SOBERBIO”. GUERRA Y COMERCIO EN LA PRIMERA MITAD
DEL SIGLO XVIII .
ÍNDICE
LISTA DE ABREVIATURAS ……………………………………………………. 7
INTRODUCCIÓN ………………………………………………………………… 8
CAPÍTULO 1: LOS TERRY ……………………………………………………. 25
1.1 Los orígenes …………………………………………………………………... 25
1.2 Un periodo convulso en Irlanda (1649-1746): levantamientos jacobitas,
represión y exilio ……………………………………………………………… 33
1.2.1 El Protectorado de Cromwell (1649-1658) ……………………………. 34
1.2.2 Jacobo II: La Revolución Gloriosa y el exilio (1685-1688) …………… 38
1.2.3 España apoya la causa jacobita ………………………………………… 44
1.3 Guillermo Terry y sus hermanos. Sus relaciones con la causa jacobita ………. 50
1.3.1 El archivo privado de James Terry. ……………………………………. 66
CAPÍTULO 2: GUILLERMO TERRY Y RONAN: UN PRÓSPERO
COMERCIANTE Y HOMBRE DE NEGOCIOS EN CÁDIZ …………………. 92
2.1 Los Terry y sus testamentos: secretos en la familia …………………………… 92
2.2 Las cartas de naturaleza ………………………………………………………. 111
2.3 Títulos y cargos ……………………………………………………………….. 127
2.4 Propiedades y negocios ………………………………………………………. 133
2.4.1 Fincas rústicas y urbanas. El mayorazgo ………………………………. 136
2.4.2 Embarcaciones …………………………………………………………. 141
2.4.3 Cartas de pago y letras de cambio en los registros notariales …………... 149
2.5 Los herederos de Guillermo Terry y Ronan. Coleccionistas de
antigüedades ………………………………………………………………….. 161
2.6 La ruina de los Terry ………………………………………………………….. 168
5
CAPÍTULO 3: EL ASIENTO DE NEGROS …………………………………… 181
3.1 El Tratado de Utrecht ………………………………………………………… 181
3.2 El Asiento con Francia en 1702 ………………………………………………. 191
3.3 La South Sea Company ……………………………………………………….. 200
3.4 El Asiento con Gran Bretaña en 1713 ………………………………………... 203
3.4.1 Condiciones pactadas en el Asiento con Gran Bretaña ……………….. 205
3.5 El comercio de Indias en manos de franceses y británicos …………………… 221
3.6 Biografías de Thomas Geraldino y Pedro Terry ……………………………… 224
3.7 Instrucciones a Geraldino y Terry como directores del Asiento ……………… 237
3.8 El fraude ………………………………………………………………………. 245
3.8.1 El caso de la fragata El León. Relación completa del contrabando en una
embarcación de la South Sea Company ……………………………….. 255
3.8.2 Otro caso de fraude consentido: Campeche ……………………………. 282
3.9 Thomas Geraldino y Pedro Terry en Londres: los inútiles esfuerzos por controlar a
la South Sea Company ………………………………………………………… 305
3.10 Los ingleses se preparan para la guerra. Noticias desde Londres. La información
proporcionada por Geraldino y Terry (1738-1739) ………………………….. 331
CAPÍTULO 4: LA GUERRA DEL ASIENTO ………………………………….. 357
4.1 1740: El rey necesita mercantes para su Armada. Se incorpora el navío de
Guillermo Terry ……………………………………………………………….. 359
4.2 1741: Inicio de las operaciones navales ……………………………………….. 384
4.3 Juan José Navarro: remedios e innovaciones aplicados a la escuadra
de Cádiz ……………………………………………………………………..… 388
4.4 La escuadra de Cádiz parte hacia el Mediterráneo. Primeros encuentros con los
británicos ………………………………………………………………………. 422
4.5 Batalla de Tolón o Cabo Sicié …………………………………………………. 432
4.6 Del combate en la mar a la batalla en las gacetas ……………………………… 461
4.7 Larga espera en Cartagena ……………………………………………………... 508
6
CAPÍTULO 5: NAUFRAGIO Y RESCATE DEL SOBERBIO ………………... 523
5.1 Primer y último viaje a las Indias como mercante ……………………………... 523
5.2 El naufragio en la costa de Cádiz ……………………………………………… 528
5.3 El saqueo ……………………………………………………………………….. 533
5.4 Los ahogados …………………………………………………………………... 540
5.5 El Real de La Barrosa: construcción, habitantes y mantenimiento ……………. 542
5.5.1 Alimentación y vida diaria en el Real ………………………………….. 545
5.6 Se inicia el buceo ………………………………………………………………. 548
5.7 Instrumentos para recuperar la carga …………………………………………... 555
5.8 Embarcaciones auxiliares ……………………………………………………… 557
5.9 Carga rescatada y su tratamiento ………………………………………………. 558
5.10 Desarrollo del rescate: marzo-diciembre 1752 ………………………………… 560
5.11 Desarrollo del rescate: enero-junio 1753 ………………………………………. 567
5.12 Desarrollo y fin del rescate: junio 1753-abril 1755. Contrata de Juan Ignacio
Piñero ………………………………………………………………………….. 570
5.13 Balance ………………………………………………………………………… 575
ANEXO 1: Relación de tripulantes y pasajeros del Soberbio ……………………..... 579
ANEXO 2: Relación de las personas que asisten en el Real (febrero de 1752) …….. 588
ANEXO 3: “ Razón de las alhajas del bachiller don Manuel de Uranga, que naufragó
en el Soberbio ” …………………………………………………………. 590
ANEXO 4: “ Prontuario de las personas a quien vienen consignadas la carga de plata y
frutos del navío nombrado el Soberbio, su maestre don Juan Francisco
de Peña, que viniendo de Veracruz se perdió en la playa
de La Barrosa ” ………………………………………………………… 591
ANEXO 5: Rescate de la carga del Soberbio. Real de La Barrosa, 1 de febrero de 1752-
11 de abril de 1755. Resumen cronológico de datos …………………… 603
CONCLUSIONES …………………………………………………………………. 697
FUENTES BIBLIOGRÁFICAS …………………………………………………... 714
FUENTES DOCUMENTALES …………………………………………………… 730
7
LISTA DE ABREVIATURAS
AGI : Archivo G eneral de Indias (Sev illa)
AGS : Archivo G eneral de Simancas (Valladolid)
AHN : Archivo H istórico Nacional (M adrid)
AHPC : Archivo H istórico Provincial d e Cádiz
ARCHV : Archivo d e la Real Chancillería de Valladolid.
SSC : South Sea Company
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INTRODUCCIÓN
Este trabajo de investigación se centró inicialmente en un buque de mediados del
siglo XVIII, el Soberbio (inicialmente llamado San Francisco de Asís) desde su
fabricación en 1738 hasta su naufragio en la costa de Cádiz en febrero de 1752, y el
rescate de la carga realizado a partir de ese momento a lo largo de tres años hasta abril de
1755. Los motivos de nuestro interés se remontan al momento en que encontramos
casualmente en un legajo del Archivo de Indias un pequeño papel con esta anotación:
“ Juan Basallote, vecino de Conil, preso en Cádiz por robo en el naufragio del Soberbio ”.
La curiosidad, en base a circunstancias personales por nuestra relación con esa localidad
y ese apellido, nos llevó a buscar más información. Nos encontramos entonces con un
navío perdido muy cerca de Cádiz, en la playa de La Barrosa, circunstancia que propició
la planificación de un rescate perfectamente organizado y que generó una enorme
cantidad de documentación, agrupada hoy en varios legajos, grac ias a la participación de
los delegados de la Casa de la Contratación y del Consulado como representantes del rey
y de los comerciantes interesados en su carga. Todo quedó consignado hasta el mínimo
detalle durante los tres años que duró el rescate, un caso realmente excepcional, sobre el
que publicamos un artículo
1
a manera de avance en el ya muy lejano 2006.
Nuestro interés por el navío nos llevó a investigar sobre sus anteriores viajes, y así
encontramos que el Soberbio era un buque mercante fabricado por un particular, que sin
ser estrenado como tal fue incorporado a la Armada por la Corona española al sobrevenir
una guerra con Gran Bretaña. En el Archivo General de Simancas averiguamos que
participó en campañas navales dentro de una escuadra cuyo mando ostentaba don Juan
José Navarro, titulado marqués de la Victoria gracias precisamente a una victo ria (o así
fue catalogada por los españoles entonces) conseguida en una batalla contra los ingleses
en Tolón, en aguas del cabo Sicié e islas Hyères frente a la costa francesa en el
Mediterráneo. Una batalla de la que salieron invictos los españoles a pesar de estar en
franca inferioridad en cuanto a número de buques y potencia de fuego. Pudimos reunir,
siempre aprovechando una disponibilidad y un tiempo que era lamentablemente escaso,
otra gran cantidad de documentación donde s e reflejaba todo ese periodo durante el cual
1
ENRÍQUEZ MACÍAS, Genoveva y STAPELLS JOHNSON, Victoria: “El Soberbio: nau fragio y
rescate de un navío en el siglo XVIII” . Revista de His toria Naval , Año nº 24, Nº 93, 20 06, pp.33 - 56.
9
el Soberbio sirvió a Felipe V, unos años muy complicados para la Corona española en los
que se entrelazaron multitud de intereses encontrados.
Las circunstancias que rodearon a esa escuadra estaban también minuciosamente
reflejadas en la documentación, que nos servía como una ventana a través de la cual
podíamos observar y analizar una serie de episodios, no muy conocidos, pero que estaban
expuestos en la bibliografía desde el punto de vista e interés militar, naval. Sin embargo,
nos parecieron reveladores todos los detalles que se plasmaron en cartas e informes. La
organización de ese contingente, cómo se iban proporcionando los recursos que
necesitaba, los años de espera anclados en puerto, las tripulaciones y sus problemas, el
desgaste, la relación con los aliados franceses…
También nos encontramos con unos hechos que para el jefe de aquella escuadra
fueron especialmente humillantes y dolorosos, y por extensión para todos los hombres
que sirvieron en ese momento junto a Navarro. Surgieron pregunt as de más calado: ¿cómo
fue la relación con los aliados franceses en ese conflicto que involucraba a buena parte de
Europa, y desde luego a España y su Imperio? Lo que veíamos en esa documentación era
la pugna constante por mantener un predominio en Europa por parte de España, Inglaterra
y Francia, con una Inglaterra pujante, una Francia que utilizaba su alianza con España
para sus propios intereses, y una Monarquía española que dependía de Francia y
procuraba no enfrentarse a Inglaterra. Desde el punto de vista de España, un
complicadísimo y comprometido escenario para mantener sus posesiones intactas en el
marco de la Guerra del Asiento con Inglaterra y la de Sucesión austriaca. Por supuesto,
en la bibliografía este periodo y estos conflictos estaban ampliamente tratados. Lo que
nos interesaba era de qué manera los vivieron entonces, cómo se iban desarrollando los
hechos y cómo los encontrábamos en los documentos con el punto de vista de sus
protagonistas, teniendo además a un hombre ilustrado como don Juan José Navarro en el
papel de narrador principal.
En las cartas de Navarro aparecían unos episodios que en la bibliografía no siempre
se catalogaban de la manera que él y otros oficiales de su escuadra lo hicieron en su
tiempo, aunque para ellos no hubo lugar a ninguna duda en la interpretación de los
mismos. Navarro, además, informaba directament e a don Zenón de Somodevilla, marqués
de la Ensenada y todopoderoso ministro aquellos años. Lo sucedido en la batalla de Tolón
se va perfilando poco a poco a lo largo de dos años, antes, durante y después del combate,
16
negocios, comerciante y dueño de embarcaciones. De hecho, su sobrino Pedro Terry llegó
a Londres como espía antes de ser nombrado director del Asiento de Negros por la parte
española.
Cada nuevo dato descubierto nos llevaba también a otra pregunta. En este caso, por
ejemplo: ¿de qué manera estaba afectando en la América hispana la actividad de los
ingleses, a partir de esa exclusiva que obtuvieron para el comercio de esclavos? Porque
era algo que no sólo repercutía en los negocios de Terry, sino en los de todos los
comerciantes y navieros españoles y particularmente gaditanos. Tanto españoles como
extranjeros, naturalizados o no.
El Asiento está ampliamente estudiado por varios autores, pero al consultar la
documentación en el Archivo de Indias encontramos que estos parientes de Terry
recopilaron todo el desarrollo de dicho Asiento desde su concesión hasta el rompimiento
de la guerra en 1739, de forma muy pormenorizada a manera de balance, ya que fueron
los últimos en desempeñar la dirección por parte española en Londres. Thomas Geraldino
(primo de Guillermo Terry) en primer lugar, y cuando éste fue promocionado a embajador
en el mismo Londres le sustituyó el sobrino de Guillermo Terry, Pedro Terry. Además,
Patiño puso todo su empeño y decisión en acabar con el contrabando inglés, y los
parientes de Terry informaban directamente a este ministro por la vía reservada. Con toda
esta documentación, analizándola en detalle, podíamos igualmente ilustrar hasta qué
punto no sólo el comercio legal permitido por el Tratado con el llamado Navío de
Permiso, sino sobre todo el contrabando que realizaron los británicos valiéndose de los
barcos negreros, afectó negativamente a los intereses españoles. Aunque existiera paz con
los ingleses, estos se dedicaron durante décadas a un contrabando continuo en la América
hispana, consentido por las autoridades españolas.
Investigar todo el Asiento inglés era una tarea que de nuevo nos llevaba fuera de
los límites de esta Tesis. Lo consideramos también innecesario puesto que ya existía
bibliografía al respecto. P ero ¿qué era lo que nos llamaba la atención? Analizando
minuciosamente todos los informes existentes en esa s erie de legajos del Archivo de
Indias, comprobamos que había documentos muy relevantes: aquellos que aportaban
datos sobre el contrabando, precisamente el asunto que siempre, no sólo en el Asiento de
Negros, sino en todo el tráfico comercial con las Indias realizado por españoles y
extranjeros, es motivo de discusión entre los historiadores. Dado que es imposible
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cuantificarlo con exactitud porque precisamente por ser ilegal se ocultaba y no aparecía
en la documentación, o surgía rara vez o era variable a lo largo de los años según las
circunstancias, su volumen permanece siempre en un limbo de porcentajes inconcretos
respecto a la carga real transportada en los buques.
En estos legajos encontramos información para explicar y describir dicho
contrabando. En primer lugar, descubrimos el sistema que idearon los ingleses para
introducir cuanto querían en las costas españolas americanas, así como para extraer
igualmente lo que les interesaba, contraviniendo absolutamente lo pactado en el Tratado
del A siento. El negocio no eran los esclavos, o no exclusivamente, sino toda la carga
ilegal que iba en esos barcos negreros. Encontramos la descripción de lo transportado por
una de esas embarca ciones, un bajel de no más de 200 toneladas, y sólo con esa relaci ón,
si la multiplicamos por la cantidad de embarcaciones inglesas que constantemente
llegaban a los puertos españoles desde Jamaica y algunos otros puertos extranjeros del
Caribe (relación que ofrecemos también en este trabajo) podemos entonces tener una idea
de lo que significó realmente, y en consecuencia el tremendo impacto que debió causar
en los comerciantes españoles constreñidos a las flotas con frecuencia anual. Los ingleses,
en suma, aprovecharon el Asiento para inundar las Indias con sus mercancías y para
extraer a manos llenas todo lo pudieron, desde la plata (tan ambicionada por gozar de un
favorable cambio en Europa) hasta el palo de Campeche por miles de toneladas. Con la
frecuencia que a ellos les convenía. Una embarcación inglesa podía entrar en un puerto
español de América, con licencia de la South Sea Company , simplemente transportando
tres esclavos, pero con sus bodegas repletas de mercancías.
Nuestro objetivo entonces fue demostrar con documentos de qué manera se hizo
ese comercio ilegal en aquellos años, cuáles fueron las tácticas, los engaños, el
fraude…que después de todo no eran tales porque se hacía a vista de todo el mundo sin
el menor recato. Pero también de qué manera los españoles colaboraban ampliamente con
los ingleses y con cualquier extranjero, pues obtenían de ellos lo que por la vía legal de
las flotas les resultaba mucho más caro al tener que pagar impuestos, y además les llegaba
tarde y a veces ni les llegaba. Era el enfrentamiento de un comercio libre con el tradicional
monopolio español de las flotas. Pero era, también, el peligro que suponía ese tremendo
agujero (o muchos agujeros por todo el continente) en el control que se pretendía ejercer
desde España. Los ingleses no sólo hacían grandes negocios, sino que al estar instaladas
sus factorías del Asiento en los puertos españoles más importantes, con un constante ir y
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venir de barcos que a su vez transmitían noticias a Londres incluso más rápidamente que
los correos españoles… cualquier cuestión en materia de defensa de ese Imperio pasaba
de facto a conocimiento inmediato de los británicos. Sabían el estado de las fortalezas, de
los efectivos militares, la artillería, buques de la Armada etc. Esto nos enlazaba de nuevo
con la Guerra del Asiento, consecuencia de todo lo anterior, y la documentación sobre los
efectivos con que contaba España para defenderse, que ilustramos a través de la escuadra
de don Juan José Navarro.
Ésta fue la génesis del presente trabajo, que en buena parte se desarrolló al mismo
tiempo que fuimos redactando los capítulos y nos obligó a modificarlos continuamente
tras evaluar la enorme cantidad de documentos que habíamos reunido a lo largo de años
y valorar lo que había en ellos que se conectaba con Guillermo Terry. Al cotejar datos,
fechas y nombres aparecían nuevas vías por las que transitar porque aparecían hechos y
personajes que nos daban una nueva visión. Tuvimos e ntonces que reevaluar todo, elegir
qué era lo importante, lo que aportaba alguna novedad por nuestra parte, y nos centramos
únicamente en esos hechos. Es la razón por la que utilizamos y transcribimos
profusamente documentos de archivo, las fuentes directas, pues nuestra intención era
aportar la documentación que podía completar trabajos ya publicados por otros autores,
o bien ofrecer una nueva perspectiva y certificar con ellos nuestro planteamiento.
Apareció así un fascinante escenario que hemos intentado trasladar a esta Tesis,
aunque no en su totalidad. Para completar al máximo la biografía de Guillermo Terry y
sus herederos inmediatos es necesario consultar y recopilar la información que abarca
más de medio siglo en varios archivos históricos, en distintas secciones. Con un resultado
muy incierto a priori porque, como decimos, su actividad se basó siempre en la discreción,
en la ocultación de sus contactos, en ocultar incluso sus interesantes relaciones de
parentesco. Terry funcionaba como español naturalizado, inglés o irlandés según le
conviniese. No disfrutó de ningún cargo en la Corte española, pero servía al menos en
secreto a uno de sus ministros, o lo hizo puntualmente en determinados asuntos. Sirvió
también al rey económicamente, pagando jugosas sumas por un título nobiliario y por
algunos cargos en los cabildos de Cádiz y del Puerto de Santa María, un recurso habitual
para ennoblecerse y adquirir posición y relevancia social, e igualmente un recurso de la
Monarquía para obtener ingresos de manera rápida. Hemos recopilado todo lo posible
para al menos plantear la importancia de este personaje desconocido hasta ahora,
documentar la fiabilidad de nuestras sospechas en cuanto a sus actividades ocultas, y
19
demostrar hasta qué punto esas actividades merecían ser estudiadas. Pero obviamente es
necesario consultar toda la documentación existente para encontrar más información
sobre estas y otras actividades que por ahora desconocemos. Dado que no sabemos hasta
qué punto se extendió su influencia dentro y fuera de España, se trata de hacer una lectura
sistemática de todo ese enorme volumen documental, sólo para encontrar su nombre
mencionado, con suerte de manera clara y con descripción de aquello en lo que estuviera
implicado.
Es la razón por la que esta Tesis contiene cuatro bloques: los dos primeros capítulos
se ocupan de la biografía de Guillermo Terry y su entorno. El primero, a manera de
introducción, se remonta a los orígenes familiares, la historia de Irlanda durante el siglo
XVII, las causas del exilio de estos cuatro hermanos a finales de ese siglo, los miembros
importantes de su familia, las rebeliones jacobitas y el papel de la Corona española en las
mismas. En el segundo capítulo pasamos a documentar las biografías de estos hermanos
Terry y en especial la de Guillermo, sus negocios y propiedades, sus relaciones
comerciales, la relevancia de la familia en Cádiz y las causas de su abrupta ruina tras la
muerte de éste. Prestamos también atención a las cartas de naturaleza, sus requisitos, el
problema de los jenízaros y de qué manera los Terry funcionaron dentro de ese esquema
para el comercio con las Indias.
El tercer capítulo se centra en el Asiento de Negros, con exposición de ejemplos
sobre cómo fue explotada por los ingleses esa concesión obtenida de Felipe V para el
transporte y venta de esclavos africanos en la América española. La ingente y minuciosa
labor de Thomas Geraldino y Pedro Terry en los últimos años de ese Asiento, realmente
encomiable, nos permite disponer de información procedente tanto de Londres como de
los puertos americanos donde existían factorías británicas, pero los datos se remontan a
los inicios del Asiento y abarcan hasta su temporal conclusión en 1739. Los directores
anteriores a Geraldino y Terry no se ocuparon de ejercer esa labor de control y
fiscalización de la South Sea Company como era de esperar o deseable, demostrando así
el continuo conflicto que existió entre los intereses de Felipe V y los de la nación. Fueron
estos parientes de Guillermo Terry quienes tuvieron que recabar esa enorme cantidad de
información para valorar realmente cómo se había desarrollado el Asiento y cuáles habían
sido las ganancias de los ingleses para calcular y exigir las del propio monarca español.
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El cuarto capítulo hace un recorrido cronológico muy detallado desde el momento
en que el Soberbio, el navío del marqués de la Cañada, es incorporado a la Armada
española en 1740 hasta la batalla de Tolón en febrero de 1744 frente a las costas francesas,
así como los meses posteriores a ese combate. El Soberbio sustituye ahora a su dueño
para ser el hilo conductor que nos muestra una época presidida por una t ensión constante,
no sólo con los enemigos ingleses, sino con los aliados franceses. Surge también en este
contexto la figura ya conocida del insigne marino don Juan José Navarro de Viana y
Búfalo, marqués de la Victoria, pero en nuestro trabajo exponemos de forma muy
concreta cómo siendo jefe de escuadra durante esos años llevó a cabo un relevante trabajo
de organización y mejora de ese contingente de navíos a todos los niveles, ejemplo
práctico de lo que plasmaría más tarde por escrito y con magníficas ilustraciones en varias
obras. Vemos casi día a día toda esa actividad tan propia de Navarro, su gran capacidad
de inventiva y de organización, su empeño por dotar a la Armada de disciplina y de un
corpus teórico que sirviera de guía a los marinos, así como a los gobernantes y
responsables de la Armada. Los problemas experimentados en la escuadra donde estaba
integrado el Soberbio durante la Guerra del Asiento, fueron el acicate para que Navarro
se pusiera manos a la obra ideando artefactos, diseñando planes de combate, un innovador
sistema de señales o una normativa interna para mantener y aumentar la disciplina en las
tripulaciones. Sus obras, que se pueden considerar como excelentes manuales para la
Marina de su tiempo, son el fruto de su mente ilustrada y de los años que estuvo al mando
de esta escuadra. Él mismo nos lo va narrando a través de sus cartas al ministro Ensenada.
Navarro fue víctima de los intereses encontrados de las monarquías que se
disputaban el dominio de Europa, así como los recursos americanos. O expresado de otra
forma, una pieza en el tablero de ajedrez donde se jugaban esos intereses. Lo ocurrido en
la batalla de Tolón (también Toulon, Cabo Sicié o Islas Hyères en la bibliografía y
documentación histórica) y en los meses previos y posteriores, explica cuál era la difícil
situación que debían manejar los ministros españoles, así como los hombres que exponían
sus vidas para defender los intereses del rey y del Imperio ejecutando las órdenes de sus
superiores, siempre con los recursos justos o demasiado escasos. Debiendo enfrentar,
paradójicamente, la traición de sus aliados. En este capítulo y en el anterior del Asiento
de Negros, el término que quizás defina con más exactitud esos acontecimientos durante
todo este periodo puede ser el de “contradicción”. España era un Imperio constantemente
socavado no sólo por sus enemigos, sino también por los propios españoles en las Indias
21
(que aceptaban de buen grado el contrabando extranjero y hasta colaboraban activamente
en el mismo) y por una Francia que oficialmente era aliada, pero en la práctica no lo era
tanto o incluso no lo era en absoluto, y esto es precisamente lo que intentamos plantear
en el presente trabajo.
Finalmente, la decadencia y ruina de los Terry en la segunda mitad de ese siglo
XVIII se nos muestra como consecuencia de todo lo anterior, pero también por la
coincidencia del naufragio de su navío Soberbio a causa de un temporal en 1752. En el
quinto y último capítulo nos centramos en este navío exclusivamente. EL Soberbio
sobrevivió contra todo pronóstico a sus años en la Armada y al combate frente a los
británicos, pero el hecho de que finalmente naufragase en la costa de Cádiz cuando
regresaba de su primer y a la postre único viaje como mercante a Veracruz, propició que
entonces, entre 1752 y 1755, se reuniera una enorme cantidad de información directa
emanada de distinta s fuentes y testigos, tanto de su pérdida como del re scate em prendido
inmediatamente después.
La tragedia del naufragio aparece en una sucesión de imágenes con toda su crudeza,
al igual que los robos entre los restos arrojados a la costa (la carga y lo valioso que pudiera
haber en los cuerpos de los ahogados) por parte de los vecinos de las poblaciones
inmediatas al lugar. Esas imágenes fueron las primeras que nos mostraron los documentos
cuando nos topamos c on el Soberbio, y nos movieron a investigar porque nos recordaron
aquella historia que oímos contar muchos años atrás a una anciana María Basallote en
Conil. Siendo ella niña a principios del siglo XX, cuando llegaba aviso de un naufragio
en la zona los vecinos corrían a la playa envueltos en mantas para ocultarse en la noche y
poder saquear entre los restos. Exactamente lo mismo que hicieron los vecinos de
Chiclana, Conil y Vejer en un frío mes de febrero de 1752.
El rescate del Soberbio, sin embargo, era la demostración de una inusual
cooperación entre Corona y Consulado, una perfecta organización que requirió un gran
despliegue humano y de recursos, con la construcción de un campame nto o Real, estable
y permanente durante tres años, donde se consignó la actividad diaria a lo largo de ese
tiem po. Para extraer la carga se usaron técnicas ya conocidas adaptadas a las propias
condiciones del pecio, pero también se ensayaron nuevos métodos que sin embargo no
tuvieron éxito. Juan Terry y su hijo Guillermo (herederos por fallecimiento del primer
marqués de la Cañada en 1745) se empeñaban en llevar al Real a expertos extranjeros de
22
distintas nacionalidades, o supuestamente expertos con novedosos sistemas, pero todos
ellos fracasaron. En cambio, buzos locales, hombres que sabían bucear a pulmón y que
en ocasiones se sacaron de la cárcel, consiguieron recuperar la mayor parte de la carga.
Analizamos así de manera precisa y cronológica el desarrollo de ese rescate realizado por
estos hombres anónimos a los que ahora ponemos nombre, las incidencias del mismo, así
como la vida en el Real. T odo ello queda finalmente reflejado de manera cuantificada en
unos cuadros donde hemos organizado la información procedente de las distintas fuentes
documentales, día a día, anotando datos climatológicos, estado de la mar, número de
buzos, horario de trabajo, conflictos laborales, piezas rescatadas, acontecimientos en el
Real, fracturas y movimientos del pecio… así como los testimonios sobre cómo se
organizó ese campamento de rescate, los hombres, la distribución del trabajo, la
alimentación, provisiones, labores de acondicionamiento y cuantificación de la carga
rescatada, transporte a Cádiz etc.
La investigación de todos estos temas relacionados con Guillermo Terry y su navío
Soberbio, se centró de manera presencial básicamente en tres archivos: el de Simancas en
Valladolid, el de Indias en Sevilla y el Histórico Provincial de Cádiz. Además, recurrimos
a todas las fuentes documentales de otros archivos que estaban digitalizadas en Internet,
recurso que nos sirvió igualmente para buena parte de las fuentes bibliográficas y para
investigar todos los nombres de personajes relacionados con Guillermo Terry y los
jacobitas que aparecían en los documentos.
En lo relativo al Asiento de Negros, por ejemplo, seleccionamos específicamente
lo que describía el contrabando realizado por los británicos, sin entrar en otras cuestiones.
En principio no habíamos contemplado esa investigación porque el Asiento como tal no
estaba a priori relacionado con Guillermo Terry. Pero casualmente descubrimos un
nombre que nos llamó la atención en el inventario de la sección Indiferente General del
Archivo de Indias, en la serie de legajos que recogían toda la información del Asiento:
Pedro Turri. ¿Podría ser Terry? Efectivamente lo era cuando comprobamos que en
realidad era una errata del inventario, pues aparecía como “Pedro Terri” o “Tirri” en los
documentos, la versión españolizada del apellido Terry. Cotejamos con los testamentos
familiares y certificamos que era hijo de uno de los hermanos de Guillermo Terry
instalado en España como oficial del ejército. Es decir, era su sobrino. Pero, además, el
nombre asociado con P edro Terry en estos legajos era el de Thomas Geraldino. Este
apellido era la versión española de Fitzgerald, apellido que existía entre los ascendientes
23
de Guillermo Terry. Y comprobamos igualmente que Geraldino era primo de Guillermo
Terry. No podía ser casualidad que ambos estuvieran desempeñando importantísimas
funciones en Londres al mismo tiempo, y la única conexión entre ambos era Guillermo.
Por otra parte, entre Guillermo y esos cargos ostentados por primo y sobrino, el personaje
necesario era el ministro que los nombraba: José Patiño. De manera que teníamos aquí la
evidencia de esa relación entre el hombre de negocios irlandés afincado en Cádiz y el
ministro de Felipe V. Esto fue lo que nos motivó para consultar toda la serie de legajos y
así nos adentramos en los pormenores del Asiento de Negros. Algo absolutamente casual,
de nuevo, nos revelaba que Guillermo Terry tuvo un importante papel en su tiempo y que
hasta ahora había permanecido oculto.
En este controvertido y problemático Asiento pactado con los ingleses, aparece
también Guillermo Terry involucrado de manera documentada en el intento por sus pender
dicho Asiento antes de su fecha de cumplimiento, dado el quebranto económico que
suponía para los españoles y también para los extranjeros afincados en Cádiz. De la
misma manera, pos iblemente la información privilegiada que manejaba Terry le decidió
a realizar lo que por entonces creyó una buena inversión a pesar de su evidente cuantía:
fabricar un navío de considerable porte para incluirlo en la Carrera de Indias,
aprovechando que el Asiento parecía tocar a su fin porque ninguna de las partes estaba
muy conforme (mucho menos conformes los españoles que los británicos) y en
consecuencia el comercio indiano se revitalizaría notablemente eliminando la presencia
de los ingleses en los puertos de Indias, donde llevaban dos décadas instalados con sus
factorías. Ya no llegarían barcos ingleses y no existiría por tanto el enorme contrabando
que estos hacían, inundando de mercancías dichos puertos antes de que llegasen las flotas
españolas.
El panorama era bastante halagüeño para Terry, pero se desató lo que siempre se
había procurado evitar: la guerra. Según todas las opiniones, ésta fue provocada por una
campaña desatada contra los españoles por los comerciantes y hombres de negocios de
Londres, ante la que sucumbió el Gobierno inglés. Por tanto, el plan de Patiño y las
expectativas de Terry no se cumplieron. Encontramos al marqués de la Cañada y a su
familia recibiendo a su nuevo buque en Cádiz, pero poco después se declara la guerra y
acto seguido se ven obligados a entregarlo a Felipe V sin haberlo estrenado. Además de
la casi segura pos ibilidad de perderlo, la guerra suponía una nueva detención en el
comercio con América y todos sus negocios se verían afectados. El viejo don Guillermo
24
tuvo la alegría de saber que su navío no fue hundido ni destrozado en la batalla de Tolón,
pero como murió el año siguiente, en 1745, no llegó a verle de regreso en el puerto de
Cádiz, aunque se ahorró el duro golpe de su naufragio en 1752.
Es la razón por la que creemos que el estudio sobre este irlandés afincado en Cádiz
durante la primera mitad del siglo XVIII ayudará a perfilar el dibujo de diferentes
escenarios. En primer lugar, descubrir hasta qué punto pudo ser importante en el contexto
de su época, no sólo en Cádiz, sino por su implicación en la política española y sus
conexiones internacionales a través de sus contactos en Londres y París, así como su papel
en la causa jacobita a lo largo de todo ese medio siglo y su estrecha relación con el
ministro Patiño. Nos ha llevado también a presentar de manera muy detallada cómo
realizaban los británicos el contrabando a gran escala gracias al Asiento de Negros, una
actividad que tuvo que influir, necesariamente, en la economía española. Es ese concepto
de “a gran escala”, la frecuencia y volumen de introducciones y extracciones mediante
embarcaciones con licencia de la South Sea Company , lo que define y distingue esta
actividad de los ingleses en esos años. Por otra parte tenemos la descripción de cómo
organizaba Juan José Navarro la escuadra que combatió a los británicos, como testimonio
de lo que dio más fama a este marino: s u capacidad inventiva, organizadora y
reformadora. Igualmente, todo lo sucedido en torno a la batalla de Tolón como ejemplo
de un contexto general en el que España aparecía tutelada por los franceses, dependiente
de Luis XV y víctima de los intereses de la Corte de Versalles. Y, finalmente, l a
descripción más completa y detallada que existe sobre el rescate de la carga de un navío
naufragado en el siglo XVIII, con los recursos técnicos y humanos de la época.
25
CAPÍTULO 1
LOS TERRY
1.1 LOS ORÍGENES.
Al plantear esta tesis no teníamos entre nuestros principales objetivos investigar a
la familia propietaria del Soberbio, el navío que constituía el eje central del trabajo, o al
menos era en principio la base de nuestro estudio. No existía un archivo privado familiar
ni tampoco de las actividades empresariales que emprendieron los Terry en la primera
mitad del siglo XVIII, y por tanto debíamos limitarnos a datos sueltos a partir de registros
notariales y otras fuentes. Sin embargo, algunas preguntas nos asaltaron cuando
empezamos a acumular datos y cotejarlos, al principio sólo pequeños indicios sin aparente
relevancia, pero que con el tiempo aparecían más entrelazados y provocaban nuevas
preguntas, que a su vez nos llevaban a contextos fuera del ámbito estrictamente familiar,
invadiendo otros cuyas implicaciones nos empujaban, también, a replantearnos ideas ya
asentadas, a revisar la documentación, investigar más y procesar la información bajo
nuevos parámetros. Buscando respuestas nos encontramos así con la necesidad de
profundizar en hechos que a priori no estaban en nuestro plan de investigación, y que
después nos mostraron un escenario sorprendente.
¿Quiénes eran los Terry? ¿de dónde procedían? ¿cómo y por qué se instalaron en
Cádiz? ¿de qué manera hicieron fortuna? ¿cómo ascendieron en la escala social? y sobre
todo ¿de qué vías se valieron estos irlandeses para incardinarse en la sociedad gaditana y
en el sistema comercial de la época? ¿cómo les influyeron las circunstancias locales,
nacionales e internacionales?
La familia de los Terry se nos presentaba como un ejemplo práctico que ayudaba a
entender y explicar el devenir de la economía y la política de su tiempo, no sólo en su
contexto más cercano, sino también en relación con acontecimientos de mucho mayor
32
de Nobles de Madrid de unos jóvenes Terry establecidos en Málaga, parientes cercanos
de los de Cádiz.
6
Según este documento, los orígenes más remotos de la familia quizás sean algo
exagerados, circunstancia por otra parte habitual en estas obras destinadas a enaltecer la
procedencia de quienes las encargaban y pagaban. Se asegura que “ esta antigua e
ilustrísima casa de Terry proviene y desciende de Theodorico, descendiente de Thierrio,
primer rey de Francia ”. Los descendientes de estos fueron titulados como condes de
Alsacia, y en sucesivas generaciones “ fueron ilustres por muchos siglos en varias partes
de Europa con los nombres de Thierry, Tirrill, Tirry y Terry ”. S e dice que emparentaron
con reyes de Inglaterra y se asentaron en Irlanda, entroncando con las más ilustres familias
del reino de Hibernia, “ hasta que, peleando en defensa de Gerardo, Gran Conde de
Desmonia su pariente, contra Isabel reina de Inglaterra, que cruelmente perseguía la
religión católica en Hibernia, vinieron a ampararse del Sumo Pontífice y del rey católico
de España ”
7
Ya mencionamos que las fuentes irlandesas señalan a los antepasados de nuestros
Terry como gobernadores, corregidores y magistrados de Cork desde al menos 1505 hasta
David Terry en 1628. A partir de esa fecha, la represión desatada desde Londres sobre
Irlanda les despojó de todas las dignidades que disfrutaban hasta entonces. Pero ese
pasado ilustre sirvió para que los Terry fuesen considerados de ascendencia noble e
hijosdalgo de sangre en España, y por tanto admitidos en un círculo selecto.
6
AHN, Univer sidades, 6 71 - 3, Exp.6. Pruebas para el ingreso en el Seminario de Nobles de Madrid de
Diego y Domingo Terry. 1758.
7
En una relaci ón de títulos nobiliarios, encontramos la ano tación de que el 11 de junio de 1629, el rey de
España Feli pe IV otorgó que s e respetase y t ratase como conde de Desmonia a don Gerardo Geraldino,
que tenía tal tí tulo en Irlanda. Esto certifi ca el parentesco de los Terry y los Geraldino, que será de nuestro
interés más adelan te. Véase FER NÁNDEZ - MOTA DE C IFUENTES, María Ter esa, Relac ión de títulos
nobi liarios vacantes, y p rincipales docu mentos que co ntiene cada exp ediente que, de lo s mismos, se
conserva en el Archivo del Minister io de Justicia . Instituto Sa lazar y Castro (CSIC), M adrid, 1984.
33
1.2 UN PERIODO CONVULSO EN IRLANDA (1649-1746):
LEVANTAMIENTOS JACOBITAS, REPRESIÓN Y EXILIO.
La animadversión de los ingleses hacia los españoles se remontaba a los tiempos
de Enrique VIII y de su hija Isabel I. Por resumir las causas en dos, el enfrentamiento se
debía a motivaciones políticas (el reparto del mundo tras el descubrimiento de América,
las luchas por el poder e influencia en Europa…) y religiosas. La ruptura de los ingleses
con Roma y la instauración del anglicanismo abrió una brecha cuyas consecuencias
fueron evidentes durante siglos. El odio mutuo entre Felipe II e Isabel I marcó toda una
época, y continuó en el siglo XVII encarnado en la figura de Oliver Cromwell, azote de
los católicos. Para los españoles y los católicos en general, tanto Isabel I como Cromwell
eran unos herejes y la viva imagen del demonio. Con esos adjetivos aparecen calificados
en escritos de la época. Los documentos españoles están llenos de alusiones en este
sentido, un rechazo que además era correspondido. La actividad de corsarios y piratas
ingleses como Hawkins, Drake, Raleigh, Morgan, Cavendish… tanto en las costas
peninsulares como en las ultramarinas, fue un continuo dolor de cabeza para los
gobernantes españoles. El desastre de la Invencible en 1588 no hizo más que apuntalar
un enfrentamiento enconado y los deseos de revancha por parte de España. Los ingleses,
en fin, era n enemigos inc luso en tie mpos de paz. Los enfrentamientos se produjeron en el
mar y en enclaves costeros españoles, pero también encontramos algunos en el mismo
suelo británico. La Corona española siempre buscó motivos y oportunidad para intentar
desalojar a los herejes del trono inglés y frenar su progresivo poderío en los océanos, algo
que afectaba muy negativamente a las posesiones españolas en América, al comercio
ultramarino y a la economía general del Imperio.
Los avatares políticos y religiosos de Gran Bretaña hasta mediados del siglo XVIII
determinaron sin duda la política hi spana, e igualmente la vida de los exiliados irlandeses
y de cualquier católico que huyera de protestantes y anglicanos, acogiéndose bajo la
protección de los monarcas españoles a lo largo de estos años. Por ello consideramos
necesario hacer un breve resumen de los acontecimientos que s e sucedieron en las islas
británicas durante este tiempo, ya que el periplo vital de los Terry se vio estrechamente
ligado al del rey Jacobo II de Inglaterra y, a su vez, fue consecuencia de todo lo acontecido
en décadas previas a su reinado. Además, ya asentado en Cádiz, William Terry convivió
34
con compatriotas irlandeses igualmente exiliados, pero también con comerciantes
ingleses, franceses y de otras naciones europeas. Todos ellos no sólo sufrieron de una
manera u otra las consecuencias de estos conflictos, sino que incluso se beneficiaron
aprovechando las distintas coyunturas en las que se alternaban guerras y periodos de paz.
Fuera de las islas británicas, ingleses e irlandeses, enemigos acérrimos por generaciones,
se acomodaron a los vaivenes políticos desde su nueva posición en un país extranjero,
siempre con una mentalidad claramente enfocada a obtener réditos económicos y sociales.
Los odios de antaño se transformaban así en estrecha colaboración, dependiendo de cuál
fuera la posición de la Corona española en el conflicto bélico del momento. En resumen:
si en suelo británico el odio era el dueño del escenario…más tarde, en suelo español, la
convivencia se enfocó a establecer relaciones mucho más prácticas y provechosas. ¿O
quizás era un pragmatismo que por parte de los Terry servía también como coartada y
pantalla para otras actividades?
1.2.1 EL PROTECTORADO DE CROMWELL (1649-1658)
Oliver Cromwell (H untingdon, 1599 - Londres, 1658) calificado como héroe o
villano dependiendo de la historiografía partidaria o detractora, fue el causante primero
en la diáspora de los Terry. Tras una carrera meteórica como parlamentario, se hizo con
el control del ejército inglés y junto con otros miembros del Parlamento firmó la pena de
muerte del rey Carlos I. El monarca, enfrentado con el ejército del Parlamento, fue
ejecutado el 30 de enero de 1649 acusado de ser un tirano absolutista. Su reinado había
sumido al país en una guerra civil.
Proclamado Lord Protector y con el destino de las islas británicas en sus manos,
Cromwell organizó en los meses siguientes la invasión de Irlanda con dos objetivos:
eliminar la amenaza militar contra la Mancomunidad de Inglaterra (la Commonwealth of
England, que él había instaurado como sustitución a la monarquía) algo que consideraba
un hecho tras la alianza que habían firmado ese mismo año de 1649 los católicos
irlandeses y los realistas ingleses que apoyaban a Carlos I; y en segundo lugar para
castigar a los irlandeses por sus rebeliones independentistas desde 1641, a consecuencia
de las cuales la isla de Irlanda había estado bajo el control de una coalición conocida
35
como los “Irlandeses Católicos Confederados”, que se habían unido a los partidarios del
rey Carlos. Se trataba, por tanto, de e liminar todo rastro de catolicismo y monarquía y de
recuperar el dominio sobre los irlandeses.
Con fuerzas y recursos inferiores a los de Cromwell, los irlandeses se refugiaron
en varias fortalezas para evitar la batalla en campo abierto. Sufrieron un asedio de nueve
meses y fueron literalmente masacrados en Drogheda y Wexford, episodios que aún se
mantienen vivos en la memoria nacionalista irlandesa hoy en día. Cromwell no tuvo
piedad, odiaba a los irlandeses, les consideraba “salvajes inferiores”, y además tenía un
odio profundo hacia los católicos. Tras su victoria, la represión fue igualmente cruel.
Prohibió el ejercicio de los ritos católicos, el clero fue perseguido y ejecutado, tierras y
bienes de católicos fueron confiscados y entregados a ingleses que habían financiado la
campaña del Lord Protector, título con el que Cromwell gobernaba con mano férrea,
ac umulando incluso más poder que el rey al que había ordenado ejecutar. Se calcula que
la campaña acabó con la muerte o el exilio de un 15 o 20 % de la población irlandesa. E n
total fueron cuatro años, de 1649 a 1653, durante los cuales la invasión y el dominio inglés
se ejercieron de manera brutal.
Según el expediente genealógico de un Terry afincado en Málaga a mediados del
siglo XVIII, Guillermo Terry MacNamara
8
, l os Terry padecieron gravísimos daños en su
patrimonio durante el gobierno de Cromwell. Éste confiscó sus propiedades y las
distribuyó entre los anglicanos. Podemos suponer entonces que sus recursos se vieron
reducidos al mínimo, pero aún así permanecieron en Irlanda al menos hasta 1688, pues
se dice en este informe que fue entonces cuando los Terry se vieron forzados a exiliarse.
Antes de ser ejecutado por Cromwell, el rey Carlos I había enviado a Francia a su
esposa, la reina Enriqueta María, francesa y católica, y a su hijo Carlos (futuro Carlos II,
1630-1685). El heredero se trasladó en 1648 a La Haya donde vivía su hermana María,
casada con el Príncipe de Orange. Tras la ejecución de su padre, Carlos fue proclamado
rey de Escocia, territorio igualmente rebelde a los dictados de Cromwell, y hacia allí se
dirigió en 1650. Inmediatamente renunció a la religión anglicana, algo que provocó el
rechazo general en Inglaterra y una oposición aún mayor hacia la figura real.
Tras coronarse como rey de los escoceses en 1651, Carlos II organizó un ejército
con el objetivo de invadir Inglaterra, pero fue derrotado en Worcester y huyó de nuevo a
8
AHN, Univer sidades, 6 71 - 3, Exp.6. Expediente de ingreso de Gui llermo Terry MacNamara,1758.
36
Francia. Cromwell decretó la pena de muerte para todo aquel que apoyase al rey, el cual,
carente de recursos económicos, solicitó la ayuda de Francia, Países Bajos y España, sin
que los socorros llegaran a concretarse. Mientras, los irlandeses seguían resistiendo, y
esta vez los enfrentamientos se concentraron precisamente donde vivían los Terry. Los
rebeldes estaban acorralados al oeste del río Shannon, centrando sus últimas esperanzas
en defender las murallas de Limerick y Galway. Allí fueron bloqueados y sitiados por las
fuerzas de Cromwell, quien esperó a que el hambre y las enfermedades provocasen la
rendición. Limerick cayó en 1651 y Galway al año siguiente . Todo aquel considerado
enemigo fue ejecutado y sus bienes confiscados. Incluso se hicieron prisioneros de guerra
que fueron enviados como esclavos a las posesiones inglesas en el Caribe. Hasta doce mil
irlandeses fueron deportados en calidad de tales a las islas Barbados.
La combinación de guerra, hambre y enfermedades diezmó a un 40 % de la
población. Los rebeldes claudicaron cuando se les propuso una rendición en 1652 que
garantizaba a sus soldados poder partir al extranjero y servir en ejércitos que no fueran
enemigos de Inglaterra. La mayoría, se calcula que unos 54.000, marcharon entonces a
Francia y España. Sin embargo, la población civil sufrió una dura represalia. Antes de la
guerra los católicos eran dueños del 60 % de las tierras, quedando reducidas después al
20 %. Se prohibió la práctica del catolicismo y se ofrecieron recompensas por la captura
de sacerdotes.
No tenemos constancia detallada de las pérdidas sufridas por los Terry, aunque sí
aparece constantemente en los documentos la afirmación de que fueron perseguidos por
ser católicos. Así lo señalaron en todos los certificados y genealogías presentadas en el
exilio. Sabemos que alguien de la familia (aunque no hemos podido determinar el grado
de parentesco con “nuestros” Terry) fue ejecutado por pertenecer al clero. También se
llamaba William Terry, como el protagonista de nuestro trabajo, exiliado posteriormente
en Cádiz. Este religioso, nacido en Cork en el seno de una familia de comerciantes a la
que también pertenecía un tío obispo con el mismo nombre, entró en la orden de San
Agustín y estudió en Valladolid, París y Bruselas. Regresó a Irlanda unos años antes de
las rebeliones de 1641. En 1649 fue nombrado prior del convento de Skreen, pero con la
llegada al poder de Cromwell se vio obligado a vivir en la clandestinidad, ejerciendo
como preceptor y secretamente como sacerdote. Descubierto y denunciado, fue capturado
37
en 1654. Cuando un tribunal le ofreció renunciar a la fe católica para salvar la vida,
declaró que reconocía en lo temporal al gobierno inglés, pero no en lo espiritual, pues en
conciencia sólo acataba al Papa. Fue condenado a la horca por traidor y ejecutado el 12
de mayo de ese año
9
.
Tras la muerte de Cromwell en 1658, le sucedió como Lord Protector su hijo
Richard, pero no contaba con apoyos en el Parlamento ni en el ejército y fue obligado a
dimitir al año siguiente. Se abolió el Protectorado, sobrevino un periodo de inestabilidad
y en esas aguas revueltas surgió la figura del gobernador de Escocia, George Monck, que
organizó un ejército y marchó sobre Londres, forzando la disolución del Parlamento y la
celebración de elecciones generales. De ellas resultó una Cámara de los Comunes
dominada por la facción realista, que consiguió la reinstauración de la monarquía en la
persona de Carlos II.
El rey llegó a Londres a mediados de 1660, fue coronado en 1661 y en 1662
contrajo matrimonio con Catalina de Portugal. Empezó su reinado concediendo el perdón
a los partidarios de Cromwell, pero no a los jueces que ordenaron la ejecución de su padre,
ni por supuesto al Lord Protector. Carlos ordenó la exhumación del cadáver de Cromwel l
y su ejecución póstuma. La cabeza decapitada se colocó en un palo a la entrada de la
abadía de Westminster, donde permaneció más de veinte años a la vista de todos, hasta
1685.
Precisamente durante los primeros años del reinado de Carlos II, entre 1660 y 1669,
nacieron los hermanos Terry objeto de nuestro interés: James, William, Patrick y Stephen.
Les suponemos educados en el odio y el rencor hacia el inglés, y por tanto en la lealtad
hacia la dinastía de los Estuardo. Nadie en Irlanda podía ser ajeno a la represión sufrida,
mucho menos siendo católico y con víctimas en la familia.
La política exterior del nuevo monarca no provocó simpatías. Entabló guerra con
Holanda (1665-1667) y se enemistó con Francia (1668-1670) hasta que pactó con Luis
XIV ciertas condiciones económicas y, en secreto, su conversión al catolicismo. En 1672,
ambas Coronas se unieron en guerra contra Holanda (1672-1674). Esta sucesión de
conflictos bélicos le enemistaron con su Parlamento, situación que empeoró cuando el rey
9
Fue beatificado por Juan Pablo II en 1992 junto con otros mártires irla ndeses sacrificados entre 1579 y
1654.
38
firmó la Declaración de Indulgencia ese mismo año de 1672, mediante la cual proponía
suspender las leyes dictadas por Cromwell contra los católicos. Esto, y su manifiesta
alianza con el Cristianísimo rey de Francia, terminó por enfrentarle abiertamente al
pueblo inglés. Además, otro problema se unía a todo lo anterior: Carlos II no tenía hijos
legítimos vivos, de manera que el heredero de la corona era su hermano Jacobo, católico
confeso.
En 1678, un clérigo anglicano propagó el rumor de que existía una conjura papista
contra el rey de Inglaterra, lo que desató de nuevo la furia anticatólica por todo el país.
Un año después, Carlos disolvió el Parlamento con la intención de que la convocatoria de
uno nuevo le resultase más favorable, pero ocurrió lo contrario: la mitad del mismo
propuso apartar a su hermano Jacobo, duque de York, de la sucesión al trono. Fue
entonces cuando se crearon dos partidos: los conservadores o Torys (opuestos a esta Ley
de Exc lusión) y los liberales o partido Whig, que la apoyaban. Carlos II volvió a disolver
el Parlamento… y otros dos más, sucesivamente, para evitar que su hermano fuera
apartado de la Corona.
El rey falleció de forma repentina en febrero de 1685, no sin antes convertirse al
catolicismo en su lecho de muerte. Su hermano pasó a ser Jacobo II de Inglaterra y VII
de Escocia. El último monarca católico en Gran Bretaña.
1.2.2 JACOBO II: LA REVOLUCIÓN GLORIOSA Y EL EXILIO (1685-1688)
Retrocedamos unos años para adentrarnos en la biografía de Jacobo II.
Cuando Carlos II huyó a Francia, su hermano Jacobo le acompañó al exilio y se integró
en las tropas francesas, donde sirvió con elogios de sus superiores. Una vez restaurado
Carlos en el trono inglés, regresó c on él a Londres y en 1660 casó con Ana Hyde, hija del
primer ministro, con la que tuvo ochos hijos, aunque la mayoría murieron al poco de
nacer. Sólo llegaron a la edad adulta María (1662-1694) heredera y sucesora al trono, que
casó con Guillermo de Orange; y Ana (1665-1714) que lo hizo con el príncipe Jorge de
Dinamarca y sucedió posteriormente como reina a su hermana María.
39
Carlos nombró a su hermano Jacobo Gran Lord Almirante y puso bajo su mando
la Marina Real inglesa durante la Segunda (1665-1667) y Tercera (1672-1674) Guerras
Anglo-Holandesas. En 1668 abrazó públicamente la religión católica, decisión que
enfureció al Parlamento y se le conminó a mantenerse en el rito anglicano. Su hermano,
el rey, también se opuso a esta conversión, pero como Jacobo no admitió las presiones,
renunció a su cargo de Lord Almirante. Carlos ordenó entonces que sus dos sobrinas,
María y Ana, se educasen como protestantes. Sin embargo, al enviudar Jacobo en 1671,
el rey le permitió contraer matrimonio en 1673 con una princesa católica, María de
Módena.
Para acallar a los anglicanos, J acobo permitió que su hija María casara con el
príncipe Guillermo de Orange, sobrino suyo y protestante. Pero nada pudo atemperar que
el odio hacia los católicos siguiera creciendo en Inglaterra, de manera que Jacobo decidió
exiliarse en Brus elas, para pasar luego a Escocia donde permaneció hasta que en 1682 su
hermano le permitió regresar a Londres.
El rey Carlos II murió en 1685, como ya hemos dicho sin heredero y convertido al
catolicismo en su lecho de muerte. Jacobo fue coronado rey en abril de ese año, y nada
más comenzar su reinado tuvo que enfrentarse a la rebelión de James Scott, un hijo
ilegítimo de su hermano, cuyos adeptos fueron severamente castigados.
Jacobo II sólo reinó tres años, de 1685 a 1688, siempre bajo enfrentamientos y
presiones. Por un lado estaba el enfrentamiento entre protestantes y católicos, y por otro
el que oponía el derecho divino del monarca a los derechos políticos del Parlamento. En
un principio tuvo el apoyo de los tories, pero estos le abandonaron (o el rey les abandonó
a ellos) cuando vieron en él una amenaza para la Iglesia anglicana. De hecho, Jacobo
decidió crear un partido propio que le apoyase, formado por católicos y disidentes. Colocó
a católicos en puestos importantes e incluso les dio el mando de un ejército creado ex
profeso, purgando también de protestantes a los oficiales de las tropas en Irlanda, de
manera que al cabo de dos años contaba con una fuerza armada de 34.000 hombres en
Inglaterra, Escocia e Irlanda.
El cler o anglicano, aclamado por el pueblo, se le opuso cuando en abril de 1688 se
negaron a leer en todas las iglesias la Declaración de Indulgencia (redactada el año
anterior por el rey) que decretaba la libertad religiosa en sus reinos. La situación era
insostenible y el detonante final se produjo cuando la reina tuvo un hijo varón que
40
heredaría el trono y por tanto aseguraba la continuidad de una dinastía católica. Hasta
entonces la heredera era su hija María, protestante. El partido Tory y el Whig se unieron
entonces para derrocar a Jacobo II. Ya se habían producido conspiraciones anteriormente
para colocar en el trono a la princesa María y a su esposo, Guillermo de Orange, ambos
protestantes y también nietos los dos de Carlos I de Inglaterra. Fue el inicio de la llamada
Revolución Gloriosa, que para los ingleses marca el comienzo de la democracia
parlamentaria moderna, así como el fin del reinado del último monarca católico en Gran
Bretaña.
Guillermo de Orange era el estatúder de las provincias holandesas, bastión del
protestantismo y enfrentado a la católica Francia. Contaba, por tanto, con todos los
requisitos para que los ingleses recurrieran a él y le ofrecieran el trono junto a su esposa.
También le ofrecieron el apoyo militar de Inglaterra en la guerra contra Francia. Para
evitar la imagen de una invasión extranjera, varios nobles y un obispo, los llamados “Siete
Inmortales”, invitaron a Guillermo a suelo inglés. Se lanzó también una campaña para
presentarle ante el pueblo com o un Estuardo protestante, no absolutista y libre de
corruptelas. Pero hacía falta un ejército para oponerse al de Jacobo, y el holandés lo
consiguió en su país con la financiación de la ciudad de Ámsterdam y la contratación de
mercenarios alemanes. Incluso el Papa Inocencio XI, enfrentado con Luis XIV de
Francia, le prestó dinero. El monarca francés, por su parte, amenazó con declarar la guerra
si estos planes de invasión se llevaban a cabo.
Después de varios contratiempos por vientos adversos, el desembarco en Devon se
produjo en noviembre de 1688. Tras unas semanas de avances, pequeñas batallas, pero
sobre todo de asaltos protagonizados por los mismos anglicanos contra las posiciones
católicas de Jacobo…los leales al rey desertaron y hasta su propia hija Ana se mostró
partidaria de los rebeldes protestantes. En diciembre, la reina María huyó a Francia con
su hijo y heredero, y cuando Jacobo II se disponía a seguirla fue capturado, si bien
Guillermo de Orange prefirió dejarle partir al exilio para no hacer de él un mártir. Fue
amistosamente recibido por Luis XIV, quien le ofreció un magnífico palacio y una
generosa manutención.
En 1689, el Parlamento declaró que la huida del rey debía considerarse como una
abdicación, por lo que ofrecieron el trono a Guillermo y María como gobernantes
conjuntos. Fueron coronados el 13 de febrero, aunque en Irlanda y Escocia el holandés
41
no fue aceptado como tal. Los parlamentarios, en cualquier caso, impusieron a Guillermo
el acatamiento de la Carta de Derechos ( Bill of Rights ) que limitaba su poder como
monarca y le obligaba a respetar ciertas facultades del Parlamento que habían sido
eliminadas o recortadas por los Estuardo. Ideas que luego se recogieron en la Declaración
de Independencia de los Estados Unidos (1776), así como en la Declaración de los
Derechos del Hombre y del Ciudadano proclamada en la Revolución Francesa (1789).
Según el informe genealógico que citamos anteriormente, fue en este momento
cuando los Terry partieron al exilio en Francia y España. Si n embargo, no es algo que
podamos certificar de manera fehaciente y exacta para los Terry que son de nuestro
interés, puesto que el informe lo hace un Terry de una rama colateral afincada en Málaga.
En cualquier caso, el margen temporal para ese exilio oscilaría entre 1688 y 1690, y desde
luego sabemos que James Terry, hermano de Guillermo, el armador del navío Soberbio,
partió a Francia con el rey Jacobo Estuardo y allí sirvió como experto en heráldica.
¿Emigraron todos los hermanos al mismo tiempo? ¿Se dirigieron todos a Francia en un
primer momento y luego tres de ellos (William, Stephen y Patrick) optaron por instalarse
en España? Esta parece la opción más probable. Veamos el desarrollo de los
acontecimientos en estos años.
Jacobo II no renunció a sus derechos. En Escocia, los clanes de las Highlands
protagonizaron la primera rebelión jacobita, al mando de John Graham de Claverhouse.
En Irlanda, el conde de Tyrconnell consiguió tomar casi todas las plazas fortificadas. En
marzo de 1689, ayudado por tropas francesas, Jacobo desembarcó en suelo irlandés donde
fue recibido con entusiasmo. Fue la llamada “Guerra G uillermita de Irlanda” (1689-
1691). Jacobo dominó el territorio durante unos meses, pero sufrió una derrota frente al
ejército inglés en Boyne en julio de 1690. El rey Guillermo en persona estaba al mando
de ese ejército de 36.000 hombres, de los cuales perdió 500 frente a las 1.500 bajas entre
los jacobitas, como se llamaba a los partidarios del rey Jacobo Estuardo.
Jacobo huyó nuevamente a Francia dejando a su suerte a sus fieles católicos. Los
irlandeses consideraron esto como un acto de cobardía, lo que le valió a partir de entonces
el apodo de James the Shit (Jacobo el Cobarde o, si traducimos literalmente, un adjetivo
más gráfico y contundente) A pesar de ello continuaron la rebelión hasta octubre,
48
Mientras, los franceses aprovecharon el momento y las circunstancias. Introdujeron
un ejército de 20.000 hombres por el norte de España sin resistencia alguna hasta Pasajes,
cuyo puerto incendiaron y saquearon los almacenes. Luego pasaron a ocupar
Fuenterrabía, San Sebastián y toda la provincia de Guipúzcoa. Los ingleses auxiliaron a
los franceses con cuatro mil hombres. Esta fuerza combinada se empeñó especialmente
en destruir todas las embarcaciones y pertrechos que iban encontrando en los puertos,
demostrando así que su objetivo, más que la invasión, era atacar nuestros efectivos
navales.
Las tropas enemigas se trasladaron desde San Sebastián hacia Cataluña, pero allí
un temporal hizo naufragar 28 naves que transportaban provisiones para este ejército, que
se retiró a Francia en total desorden abandonando en la huida la artillería y demás
impedimenta.
Otra escuadra inglesa atacó Vigo el 10 de octubre. Desembarcaron, ocuparon la
ciudad y sus almacenes, saquearon toda la región y finalmente regresaron a sus barcos
con sólo algunas pérdidas. El botín de artillería (230 cañones) armas (10.000) pólvora
(2.000 barriles) y pertrechos fue considerable.
En este tiempo, las únicas alegrías que pudieron festejar los españoles (aparte de
aquel temporal que deshizo una armada enemiga) se debieron a los corsarios, que
capturaban naves inglesas tanto en el Atlántico como en el Mediterráneo, y una puntual
victoria lograda por don Rodrigo de Torres, que apresó varias embarcaciones enemigas
en un combate sobre el cabo de San Vicente el 21 de diciembre.
Las consecuencias de semejante cadena de desastres y la derrota en ese intento de
invasión de Escocia, fue el destierro de Alberoni en diciembre de 1719 y la práctica
rendición de Felipe V, quien se adhirió a la Cuádruple Alianza para frenar las hostilidades
contra España, aunque eso significó renunciar a Sicilia y Cerdeña.
En cuanto a los jacobitas, aún hubo otro levantamiento en 1745, protagonizado por
el hijo de Jacobo III, el príncipe Carlos Eduardo Estuardo. Apodado Bonnie Prince
Charlie o el Joven Pretendiente, recibió el apoyo de Luis XV de Francia para derrocar a
los Hannover del trono inglés. Logró desembarcar en Escocia en agosto de 1745 y reunir
a los clanes de las Highlands, con los que tomó Edimburgo y logró vencer en la batalla
de Prestonpans. Envalentonado, esperando siempre más ayuda de Francia, se dirigió a
tomar Londres, pero en el camino no se acababa de concretar esa ayuda francesa y el
49
pueblo ta mpoco le seguía en masa. Al rey Jorge II le dio tie mpo a repatriar las tropas que
tenía en el continente y organizar un gran ejército mucho mejor pertrechado y
aprovisionado que el de los jacobitas, cuyos generales, ante la desigualdad de fuerzas,
recomendaron al príncipe dar marcha atrás y volver a Escocia. En diciembre de 1745 ya
estaban en Glasgow, pero el duque de Cumberland les perseguía con el ejército realista,
alcanzando Edimburgo a finales de enero de 1746. Para entonces, los generales jacobitas
ya habían comprobado que el príncipe Carlos, que insistía en presentar batalla a campo
abierto, no tenía experiencia militar y les estaba conduciendo a un desastre. Éste se
produjo en la batalla de Culloden el 16 de abril de 1746, librada en inferioridad de
condiciones y en un terreno adverso. El ejército jacobita fue aniquilado y aquí murieron
las esperanzas de los Estuardo por recuperar el trono. El príncipe Carlos huyó a Francia,
donde sus excesos con el alcohol provocaron antipatía y rechazo entre la aristocracia
francesa. Se retiró entonces a las posesiones de su familia en Italia, donde ni siquiera el
Papa le reconoció como rey, cosa que sí había hecho con su padre Jacobo III.
Los católicos jacobitas quedaron completamente derrotados, aunque sería más
exacto decir aniquilados y sometidos. Muchos fueron ejecutados, y los que no,
encarcelados o enviados como esclavos a Jamaica y otras posesiones de ultramar. A los
que quedaron en Escocia se les prohibió usar todos los distintivos de su cultura: la lengua
gaélica, el kilt, el tartán…se eliminó el poder y autogobierno tradicional de los clanes y
los supervivientes sospechosos fueron perseguidos y encarcelados durante años. Nunca
más se rebelaron.
Por su parte, el rey de Francia volvió a considerar la idea de invadir Gran Bretaña
en 1759, durante la Guerra de los Siete Años, pero sufrió varias derrotas navales en
territorios ultramarinos y descartó tal posibilidad. A la Corona española tampoco le volvió
a tentar esa idea de la invasión después de los dos lamentables y humillantes fracasos en
1588 y 1719. Gran Bretaña se presentaba como una potencia en alza, con un progresivo
y rápido dominio en el mar, y desde luego inexpugnable.
En este contexto de rebeliones en Escocia e Irlanda se desarrolló la vida de los
Terry. Una vez exiliados, contemplaron desde España y Francia los intentos de recuperar
el trono por parte de los Estuardo con ayuda española y francesa. Es por ello que
presentamos este resumen de los hechos, para describir qué circunstancias les rodearon,
50
qué esperanzas pudieron albergar desde su punto de vista e intereses, y en qué medida
pudieron participar en estos acontecimientos, como veremos en adelante.
1.3 GUILLERMO TERRY Y SUS HERMANOS. SUS RELACIONES CON LA
CAUSA JACOBITA.
Como dij imos, el hermano mayor, James, se instaló en París, estrechamente ligado
a la Corte jacobita exiliada en Saint Germain- en -Laye. Los otros tres, William, Patrick y
Step hen, partieron a España.
William decidió vivir en Cádiz y trabajar como hombre de negocios en todo lo
relacionado con el comercio y las finanzas, lo propio en una ciudad portuaria de esa
categoría donde se concentraba el monopolio del trato con las Indias. Una ciudad
cosmopolita en la que residían otros irlandeses y comerciantes de muy variadas
nacionalidades, incluyendo también una nutrida colonia inglesa. Su carrera podemos
considerarla meteórica: adquirió casas, tierras, barcos… consiguió cargos y hasta un título
nobiliario. Llegó a ser en muy poco tiempo un hombre rico y relevante en la sociedad
gaditana. También con influencia más allá de Cádiz, como veremos a continuación. Sus
hermanos Patrick y Stephen se dedicaron a la vida militar, aunque desgraciadamente la
carrera de ambos fue corta por muerte en acto de servicio.
Nacido en Limerick en 1663, William tenía 25 años cuando se estableció en
España, si tomamos 1688 como la fecha de su llegada a Cádiz. Ante la ausencia de
archivos personales, comerciales o de otro tipo que puedan dar luz sobre su vida, hemos
elaborado su biografía con pequeños retazos y noticias recopiladas en muy diversas
fuentes. Lo primero que nos llama la atención es su extraordinario éxito en el mundo de
los negocios, y eso nos lleva a suponer que ya contaba con experiencia y contactos
adquiridos en Irlanda. No en vano, Limerick era también una ciudad portuaria que
comerciaba con otros puertos europeos, entre los cuales sin duda se encontraba Cádiz. Ni
siquiera en los inicios de su actividad en España le hemos encontrado relacionado con
otros mercaderes como aprendiz , empleado, asociado u otra situación similar. Parece que
51
desde sus comienzos actuó de forma independiente. La noticia más antigua es su
testamento de 1711, donde se definió como “ hombre de negocios en el comercio de la
ciudad de Cádiz ”
13
. Su ascenso fue firme, exitoso y constante a lo largo de toda su vida,
alcanzando honores y privilegios y destacándose entre la comunidad de comerciantes de
su tiempo. ¿Cómo lo logró? Es evidente que al calor del auge de Cádiz como puerto de
Indias, que culminó con el traslado de la Casa de la Contratación a esta ciudad en
1717…pero descubrimos que creó una red de influencias francamente asombrosa gracias
a la cual pudo disponer de contactos e información privilegiada en un eje triangular que
unía Cádiz con París y Londres. Lo iremos mostrando a lo largo de éste y siguientes
capítulos.
Volvamos al escenario de la guerra de Sucesión. No tenemos constancia de que
William Terry participase de una manera u otra en los planes de invadir Gran Bretaña,
aunque él señaló en su solicitud de naturaleza
14
que formó parte de las milicias de
Bonifacio Manrique, sin citar la fecha ni destino de ese servicio. Al investigar la biografía
de Manrique para buscar más información, comprobamos que éste fue teniente general
de los ejércitos de Felipe V, pero ¿en qué conte xto pudo participar Guillermo Terry e n un
contingente militar?
Al inicio de la Guerra de Sucesión española, Portugal estaba aliada con Inglaterra
y con los partidarios del pretendiente austriaco, por lo que los enemigos del monarca
español atacaban desde allí las costas de Huelva y Cádiz. El marqués de Villadarias era
capitán general en Andalucía en 1702, y como tal organizó la defensa con soldados y
milicias de vecinos. Es entonces, el 23 de agosto, cuando se produce el ataque de una
armada anglo-holandesa a la bahía de Cádiz, al mando del almirante inglés Sir George
Rooke y del duque de Ormond
15
. En marzo había fallecido el rey inglés Guillermo III,
13
AHPC, Proto colos, 988. Poder par a testar d e Guillermo T erry. Cádiz, 2 de jun io de 1711.
14
AGI, Consu lados, Libr o 445. Conc esión de na turaleza a Guillermo Ter ry, 1719.
15
James Butler, segundo du que de Ormond (u O rmonde). Le hemos v isto en páginas anteriores dirigiendo
parte del contingente español que invadió Escocia en 1719. ¿Cómo es posi ble que unos años antes, en
1702, le encontremos atacando a la Corona española bajo las órdenes del rey Guillermo III de Inglaterra?
Efectivamente , Ormond (1665 - 1745), nac ido en Dublín, educado en Francia y en Ox ford, inició su
carrera militar en Irlanda al mando de un regimiento de caballería en 1684. Cuando Jacobo II Estuardo
llegó al trono, Jam es Butler le sirvió lu chando contra e l rebelde James S cott en 1685. H eredó el título de
duque de Ormond a la muerte de su abuelo en 1688, pero se pasó al bando de Guil lermo de Orange
cuando éste reclamó el trono de I nglaterra. Fue comandante de las tropas que iban en l a armada de Sir
George Ro oke, la que atacó Cádiz y Vigo en 1702. Se le nombró miembro del Consej o Privado del Reino
Unido y virrey de Irlanda (17 03 - 1707) y en 1711 capitán general, cargo con el que adquirió una posición
52
cuyo trono heredó la reina Ana Estuardo, de religión protestante. La armada contra
España estaba compuesta por 50 navíos de línea y otros 130 entre fragatas, bombardas,
brulotes, un barco hospital, y otros para transporte de munición y suministros, con un
contingente de 14.000 hombres armados. Frente a esta considerable fuerza de ataque, el
marqués de Villadarias sólo podía oponer unos 300 soldados y 150 caballeros reclutados
entre la vecindad y los que llegaron desde Sevilla y alrededores.
En principio, la intención oficialmente declarada por los atacantes era instar a los
españoles a la rendición y que se pusieran de parte del pretendiente austriaco. Hicieron
circular pasquines en los que se aseguraba que no se les molestaría en sus personas y
bienes, y que incluso podrían conservar su religión. Puede que los españoles lo creyeran,
pero sin duda no lo creyó Guillermo Terry, dada su experiencia anterior con los ingleses
en Irlanda. Villadarias, haciendo gala del orgullo hispano, contestó a Ormond la lapidaria
frase de “los españoles no mudan de religión ni de rey”, aunque entonces quien estaba
sentado en el trono desde hacía apenas dos años era un francés, bisnieto de Felipe IV de
España, pero nieto de Luis XIV reinante en Francia.
Al general de galeones don José Fernández de Santillán se le encargó la defensa en
la parte interior de la bahía de Cádiz, con sus buques de la armada de Tierra Firme que
estaban allí anclados desde el año anterior sin poder partir a las Indias a causa de la guerra.
Eso hizo desistir a los ingleses de desembarcar en Cádiz, optando por dirigirse al Puerto
de Santa María y Rota. Tras un bombardeo tomaron el fuerte de Santa Catalina y
desembarcaron luego en Rota, Puerto de Santa María y Puerto Real, cuyos habitantes
habían huido en su mayor parte. El general Fernández de Santillán les hizo frente con la
artillería de sus galeones, impidiendo su progresión por tierra hacia la ciudad de Cádiz.
Los enemigos se dedicaron entonces al pillaje en esas villas costeras, aunque el tiempo
durante esos días, “violentamente caluroso” en palabras del mismo Ormond, contribuyó
también a su derrota. Y quizás contribuyó igualmente el hecho de que los soldados
encontraron las bodegas abandonadas y dieron buena cuenta del vino almacenado en
relevante cuando murió la rein a Ana en 1714. Secretam ente tenía ciertas simpatías por los jacob itas, a
pesar de su desempeño militar contra ellos. Mantenía relación y frecuente correspondencia con un primo
suyo, Piers Butler, vizconde de Galmoye, oficial del ejército jacobita. Su disidenc ia debió convertirse en
algo más evidente, puesto que fue acusado de alta traición tras el levantamiento de 1715 y entonces huyó
a Francia, siendo sus propi edades confiscadas por la Corona y todos sus tí tulos abolidos. Posteriormente
se trasladó a España, donde fue acogido por Fe lipe V. En 1719 participó en el plan de invasión de G ran
Bretaña o rganizado por e l monarca españ ol y su minist ro Alberoni par a restaurar al rey Estua rdo exiliado,
a quien seguramente conoció en París en 1715. Tras el fracaso de esta expedición se instaló en Francia, en
Avignon. Murió en 17 45 y un añ o después fue s epultado en la abadía de Westminster.
53
ellas. El saqueo fue tan descontrolado que una vez de vuelta en Inglaterra se tomaron
medidas disciplinarias.
En septiembre empezaron a llegar refuerzos desde los territorios circundantes, con
los que se pudo hostigar a los enemigos forzándoles la retirada. Rooke y Ormond se
dirigieron entonces a Lisboa, donde supieron que una flota procedente de Indias se
acercaba a Vigo. Era la de Nueva España del general don Manuel de Velasco, protegida
por navíos franceses al mando del marqués de Châteaurenault. Un total de 16 navíos
españoles y 19 franceses que, teniendo también noticias de la presencia de la escuadra
anglo-holandesa (49 navíos) se refugiaron en la bahía de Rande. Allí entró a saco Rooke
el 23 de octubre, y aunque los españoles consiguieron descargar parte de los navíos, el
inglés pudo cañonear, hundir, robar a placer y llevarse varias embarcaciones, logrando un
botín considerable que le compensó de la derrota en Cádiz. Para los españoles, sin
embargo, la pérdida total de esa flota y armada fue un desastre tanto en lo económico
como en lo militar, pues en esa situación de guerra los barcos eran imprescindibles. Felipe
V, además, tuvo que dar explicaciones a su abuelo Luis XIV, ya que Châteaurenault
también perdió su escuadra en Rande con todo lo que había cargado en ella y por supuesto
acusó de incompetencia al general Velasco
16
En cuanto a nuestro Guillermo Terry, afincado ya como hombre de negocios en
Cádiz, puede que la pérdida de la flota de Nueva España en Vigo le afectase
económicamente si tenía intereses en su cargamento. Un motivo más para acrecentar su
odio contra el inglés. ¿Participó en la defensa de Cádiz o de las poblaciones que
circundaban la bahía? Seguramente sí, de una manera u otra, pues era hombre joven y
sería movilizado. Pero después también tuvo más oportunidades de servir al rey de
España. ¿En qué ocasión formó parte de una compañía a la orden de Bonifacio Manrique?
El pretendiente austriaco, archiduque Carlos, preparaba un gran desembarco en
Lisboa, donde sus aliados organizaban un ejército con el objetivo de invadir España. Ante
esas noticias, Felipe V se adelantó invadiendo Portugal en la primavera de 1704. En este
contexto encontramos que en diciembre de 1703 se habían reunido en Sevilla unos 1.500
16
Para este ataque anglo - holandés a Cádiz, véase ENRÍQUEZ, Genoveva, y SOLÍS MARTÍNEZ -
CAMPOS, Franci sco Javier de : Don José Fernández de Santillán, conde de Ca sa Alegre, general de
Galeones. Biografía . Rea l Maestranza de Caballería de Sevilla, 2 011, pp 111 - 131.
54
soldados para marchar a tierras extremeñas, 1.000 de otros regimientos y 45 compañías
de caballería, mandadas por Bonifacio Manrique y don Luis de Zúñiga, con vistas a la
campaña de Portugal
17
. En uno de estos regimientos o compañías debió integrarse
Guillermo Terry, según su propia declaración, pero no creemos que se trasladase a
Sevilla, puesto que era más lógico que permaneciese en Cádiz donde tenía su residencia.
Concretamente, en el documento por el cual se le concede carta de naturaleza para
comerciar con Indias en 1719, el rey dice que entre sus méritos constaba haber servido a
su costa como voluntario con armas y caballo en la compañía de Corazas del teniente
general don Bonifacio Manrique, y por ello le concedió el hábito de Santiago y la
naturaleza en los reinos de España
18
.
En 1706 había en Cádiz diez regimientos de infantería de veteranos para guarnición
de la plaza, cada uno de ellos con 500 soldados, número que se completaba con milicias
de vecinos. Estos debían ser solteros y tenían la obligación de servir por dos años. Si
tenemos en cuenta la importancia de esa bahía y puerto, es lógico afirmar que Guillermo
Terry, como el resto de hombres hábiles para la defensa, pudo ser reclutado en estas
milicias vecinales, pero como vemos fue voluntario y seguramente de buen grado, dada
su condición de irlandés católico que había padecido, él y su familia, la represión de los
ingleses. En 1706 ya contaba 43 años, y dado que él no manifestó en ningún documento
haber protagonizado una actuación destacable ni haber recibido heridas sirviendo al rey
de España, deducimos que no se vio envuelto en ninguna batalla.
A raíz de la ofensiva portuguesa y la toma de Madrid en 1706 por el bando
austriaco, parece que es cuando se organiza a toda prisa la recluta de vecinos. E n julio, el
marqués de Villadarias dispuso la defensa de Cádiz, encargando al teniente general
Bonifacio Manrique que ocupase la Isla de León y otros puertos de aquella costa para
enfrentar un posible ataque de armada enemiga.
Todavía podemos concretar algo más, pues sabemos que el 10 de febrero de 1706
se creó y formó en El Puerto de Santa María el regimiento de Montesa, a partir de las dos
compañías de los tenientes generales de la caballería de Andalucía, Bonifacio Manrique
17
HERNÁNDEZ, Fran cisco J. y GUTIÉRREZ, Fran cisco J. “ Orígenes y primera evolu ción de los
Regimientos de Caballerí a de Sevilla durante la Gue rra de Sucesi ón (1702 - 1707)”. Revista de Histori a y
Cult ura Militar, año XLIX, Nº97, 2005, pp. 9 - 49.
18
AGI, Consu lados, lib ro 445, fo l.29. Cart a de natura leza a Guill ermo Terry, 1719
55
de Lara y Luis de Zúñiga, a las que se sumaron otras ocho acantonadas en la plaza
19
. Tuvo
que ser en esta compañía de Zúñiga, y de Corazas por más señas, donde se integró Terry.
Podemos concluir entonces que entre 1702 y 1706, Guillermo Terry fue movilizado
como parte de las milici as vecinales en Cádiz, y que luego llegó a formar parte de una de
las compañías de Bonifacio Manrique de Lara, pero seguramente permaneció en Cádiz
defendiendo la plaza. No tenemos constancia de que hubiera tenido otra experiencia
militar en Irlanda, él no lo menciona y sólo señala ésta en España. Pero dado que cuando
se producen las últimas batallas entre jacobitas e ingleses en Irlanda, antes de su partida,
él tenía unos 25 años, sería lógico pensar que participó en ellas. En cualquier caso, de
nuevo se encontró en Cádiz ante la amenaza de una invasión inglesa y, siendo un exiliado
irlandés jacobita, si ésta tenía éxito seguramente tendría que huir dejando atrás sus
propiedades para reiniciar su vida en otro país, por segunda vez. Valga esta puntualización
para ilustrar los sentimientos que albergaría Guillermo Terry hacia los ingle ses, y que
debemos tener presentes en adelante.
Damos un salto en el tiempo y nos trasladamos a 1719, año de la expedición
española a Escocia para desalojar del trono al rey inglés Jorge I. Por esas fechas Terry
acababa de solicitar y recibir su carta de naturaleza, que le habilitaba como español de
adopción para comerciar en la península y en territorios ultramarinos. Es decir, estaba
plenamente integrado en Cádiz donde vivía desde 1690 aproximadamente. Pero sin duda
contempló con expectación y esperanza la partida de esa escuadra y las tropas españolas.
Es posible que contribuyera con generosidad a su financiación, siendo como era irlandés
católico, exiliado a causa de la represión llevada a cabo por los herejes protestantes.
Además, a través de su hermano James residente en París, tenía noticias fidedignas sobre
Jacobo III y los planes de sus partidarios, pues James
20
era su armiger , su rey de armas ,
el funcionario real encargado del registro y confección de los blasones, así como de la
correcta observancia de las leyes heráldicas. Era un cargo de dignidad y honor que los
reyes concedían a los caballeros más esforzados y, especialmente para la monarquía
inglesa, el armiger era un personaje destacado en la corte. Se les encomendaba la
redacción de las hazañas bélicas, el registro de los tratados de paz y aportaban la
19
www.tercio s.org
20
En los document os españoles, J ames aparece como Diego .
56
información necesaria en casos de pleitos entre nobles. James, en definitiva, conocía a
Jacobo Estuardo, a los miembros de su Corte y a muchos de los exiliados más importantes,
pues trabajaba para todos ellos y conocía sus historias y hazañas familiares. Es evidente
que James estaba en el mejor sitio para dar noticias sobre los jacobitas y sus planes,
quiénes participaban, qué discutían, así como de los apoyos que estos pudieran recibir en
Francia o por parte de otras nacion es.
Según el testamento de Guillermo Terry, como veremos más adelante, éste sostuvo
económicamente a James desde Cádiz, lo que nos lleva a pensar que sus recursos eran
escasos en Francia. U n hijo de James, Juan (nacido en Francia en 1697) fue llamado por
Guillermo a Cádiz para que trabajase con él y acabó contrayendo matrimonio con su hija
Francisca Patricia. Sin duda Guillermo resolvía así varios problemas: ayudar a su sobrino
proporcionándole un futuro prometedor, casar a su única hija y heredera con un hombre
de confianza, y asegurarse de que sus negocios seguirían en manos de alguien de la
familia, en vez de buscar un yerno entre otras familias irlandesas, españolas o de cualquier
otra nacionalidad de la sociedad gaditana. Juan era pobre, carecía de recursos económicos,
no parece que tuviera ninguna habilidad especial u ocupación en Francia, pero Guillermo
prefirió la seguridad de un miembro de su familia antes que un matrimonio de
conveniencia con alguien de fortuna o de título. En estos años, él fraguaba con sus propios
recursos y habilidades su ascenso social y económico.
En cuanto a sus otros hermanos, Patrick y Stephen (Patricio y Esteban en
España) sabemos que se integraron en regimientos españoles, de lo cual se deduce que
tenían formación militar, quizás ya en Irlanda. Fue la solución más habitual para la
mayoría de irlandeses en el exilio.
Vemos entonces que Guillermo tenía un excelente contacto en la Corte jacobita y
desde luego información privilegiada: su hermano era hombre de confianza de Jacobo III.
Por tanto, no es aventurada la idea de que, viviendo en Cádiz, colaborase de una manera
u otra en la preparación de esta empresa destinada a reinstaurar a su rey en el trono. Lo
que sin duda conllevaría la recuperación de los bienes abandonados cuando huyeron de
su país, así como los arrebatados por los anglicanos a lo largo de varias generaciones,
desde los tiempos de Cromwell. Pero la empresa no tuvo éxi to y los Terry, como el resto
de jacobitas, siguieron soñando y planeando la restauración de los Estuardo.
57
Nuestra intención al exponer con detalle la historia de los levantamientos jacobitas,
sobre todo en Irlanda, ha sido ilustrar el desarrollo de esos procesos y el importante papel
que jugaron en la política española, así como constatar que Guillermo Terry no era un
simple “irlandés católico” acogido amablemente por afinidad religiosa en España, si bien
esto es lo único que traslucen los documentos oficiales. En cambio, hemos visto que la
historia familiar, así como la de los irlandeses católicos en general, le hacía merecedor de
un trato de favor a pesar de ser extranjero. El mismo Felipe V se implicó en la causa
jacobita a un altísimo coste. Los Terry entregaron sangre, propiedades y dinero (de forma
directa o indirecta) a la defensa del catolicismo, lo cual implicaba, de hecho, colaborar en
la destrucción del tradicional y común enemigo inglés. Los jacobitas necesitaban ayuda
externa para recuperar el trono, y tanto Francia como España la prestaron porque todo lo
que pudiera debilitar a Inglaterra era bienvenido. Sin embargo, se hacía en secreto por
razones obvias, lo que dificulta encontrar información detallada sobre quiénes
colaboraron en estas ayudas.
James, el mayor de los Terry, partió siendo ya un hombre casado con Mary Stricht,
también natural de Limerick, puesto que en la documentación consta que su hijo John
(Juan) nació “ estando de tránsito para estos reinos [España] en la corte de París ”
21
. Sin
embargo, como la fecha dada para su nacimiento es el 11 de julio de 1697, esta afirmación
no resulta coherente con lo anterior. Creemos que James y sus hermanos debieron huir
de Irlanda, como fecha más extrema, tras la últim a derrota jacobita, en 1691, pues en
varios documentos declaran que “ acompañaron al rey Jacobo a Francia ”. Posiblemente
Juan mintió en sus declaraciones para adornarse en España con más méritos como víctima
de los ingleses, pintando una imagen más sufrida diciendo que él estaba aún en el vientre
de su madre cuando se produjo la huida familiar. De hecho, su padre James fue nombrado
armiger por el rey Jacobo en 1690 y esto debió de ser ya en el exilio en Francia. Por otra
parte, ese supuesto “tránsito” de James a España con su familia nunca fue tal, pues
siempre permaneció en París, donde murió según algunas fuentes en 1725. En cuanto a
su vida anterior en Irlanda, sólo tenemos el apunte que proporciona Kevin Terry sobre
que siendo niño James ingresó en el ejército irlandés, en la compañía de Fleming
22
.
21
AGI, Indi ferente, 4 47, L.45, F.52v - 55v. Concesión d e carta de naturaleza a Juan Tirri, 1738.
22
TERRY, Kevin: The Terrys of Cork: merchant gentry (1180 - 1644) Phillimore&Co, Gran Bretaña,
2013, p. 104
64
referencia al de oro, su equivalencia variaba entre un cuarto y la mitad de éste. Guillermo
no precisó en su testamento si ese escudo que daba a su hermano era de oro o de plata,
pero en cualquier caso nos parece una cantidad de dinero apreciable: treinta monedas de
oro, o de plata grandes, al mes. Sin duda le resultaría más barato acoger a James en su
casa de Cádiz, sobre todo si pensamos que recibió a sus dos hijos varones, John y William,
como veremos más adelante.
Por tanto ¿qué interés había en mantener a James en París pagándole una pensión
de elevada cuantía? Creemos que la razón estriba, precisamente, en su estrecha relación
con la Corte jacobita y, en consecuencia, que a Guillermo esa presencia de su hermano
allí le era imprescindible, o al menos importante. Era sus ojos y sus oídos en la Corte del
Estuardo y por extensión en la francesa de Versalles. Posiblemente James le
proporcionaba a su hermano información privilegiada sobre los exiliados, sus planes y
los de los franceses sobre dichos jacobitas, cuyo objetivo era restaurar al rey Estuardo en
el trono. Sin olvidar cualquier información de interés relacionada con el comerc io y todo
el contexto que pudiera afectar a los negocios de William en Cádiz, como el estado de las
relaciones del monarca francés con otras naciones, o las noticias que llegaban a Francia
desde Inglaterra, Escocia e Irlanda.
Este desembolso de dinero regular y constante, entonces, no era sólo para el
mantenimiento de la casa de James, pues dicha cantidad era extraordinariamente
elevada… ¿pudo ser para pagar favores, sostener a determinadas personas exiliadas, o
para contribuir de cualquier otra forma a la causa del rey Jacobo? ¿Era James, hombre
discreto dedicado a confeccionar árboles genealógicos y diseñar escudos de armas, un
enlace entre esa Corte y la de Madrid a través de su hermano en Cádiz? ¿Era quien
mandaba y recibía cartas secretas, bajo su apariencia de inocente genealogista y
aprovechando la circunstancia de sus envíos de informes genealógicos a los exiliados en
España? ¿Se encargaba de recibir la ayuda económica recabada por su hermano en Cádiz
para los Estuardo y sus planes de recuperar el trono? No es descabellada e sta suposición,
como iremos comprobando.
Otros datos relevantes que fueron surgiendo a lo largo de la investigación nos
reafirmaron en esta idea y nos llevaron a considerar la importancia de la causa jacobita
dentro de este trabajo. Guillermo, como decíamos anteriormente, diseñó una red con
familiares muy allegados en un triángulo que unía Cádiz con París y Londres, y sólo pudo
65
hacerlo porque Felipe V y sus ministros estuvieron de acuerdo en establecer esa red. El
entramado se irá desvelando en las siguientes páginas, pues Guillermo no tenía sólo un
interés “patriótico” como irlandés, sino que también actuaría movido por un interés
puramente económico dada su condición de comerciante en Cádiz, donde las flotas se
quedaban amarradas cada vez que la situación política con Francia o con Gran Bretaña
provocaba que fuera un peligro navegar por temor a ser asaltadas. Tener información
rápida y privilegiada era una gran ventaja. Y, como nuevo planteamiento después de estas
deducciones, el hecho de que con el Tratado de Utrecht se firmó también el del Asiento
de Negros con Gran Bretaña, por el que España concedía la exclusiva de ese negocio a
los ingleses. Una actividad muy lucrativa para ellos, pero con repercusiones muy
negativas para España y para los comerciantes de cualquier nación estableci dos en Cádiz
y dedicados al comercio ultramarino, como veremos también en otro capítulo. De manera
que, en efecto, Guillermo Terry podría tener muchas razones y muy diferentes motivos
para que el trono inglés volviera a manos de los Estuardo. E igualmente podría estar muy
interesado en contar con información de primera mano sobre los movimientos y planes
de las cortes de París y Londres.
1.3.1 EL ARCHIVO PRIVADO DE JAMES TERRY.
Al no encontrar un archivo familiar, ni siquiera entre los descendientes ac tuales de
los Terry, este aspecto de la investigación quedaba en un punto muerto, con suposiciones
en el horizonte pero sin poder certificarlas. Cuando ya habíamos cerrado este capítulo,
tuvimos que reformarlo por completo al descubrir que se había digitalizado y volcado en
internet un libro interesante, publicado en 1938 en Inglaterra por Charles E. Lart, sobre
el trabajo de James Terry como Athlone Herald en la corte de Jacobo II y Jacobo III
durante el periodo de 1690-1725.
36
No sabemos qué impulsó a Lart a escribir semejante
trabajo sobre un oscuro y desconocido personaje, cuyo único interés para él consistía en
que había dedicado treinta años de su vida a hacer informes genealógicos para los
exiliados jacobitas en el siglo XVIII. Puede que Lart fuese irlandés, tuviera noticias de
James Terry como armiger en Saint Germain- en -Laye, y se dedicó a recomponer su
archivo para obtener información sobre los exiliados. Sin embargo, a nosotros nos fue
36
LART, Charles Ed mund, The Pedigrees and Papers of James Terry, Athlone Herald at the C ourt of
James II (1690 - 1725) . William Pollard &Co, Exe ter, 1938.
66
tremendamente útil porque Lart también recopiló y copió una colección de cartas privadas
cruzadas entre James y sus familiares, que encontró entre los documentos dispersos de
ese archivo.
El archivo de James Terry no fue fácil de localizar por parte de Lart. Tras la muerte
de Terry lo heredó el Juge d’Armes o genealogista de la corte francesa Charles d’Hozier
(1640-1732) Éste conservó algunos informes, pero otros eran copias o borradores y los
repartió entre las familias interesadas. Finalmente, el archivo de Hozier se dispersó por
Francia tras su fallecimiento, apareciendo fracciones del mismo desde la Biblioteca
Nacional de París hasta archivos provinciales como los de Burdeos y Nantes. A principios
del siglo XX, Lart emprendió la tarea, s in duda complicada, larga y minuciosa, de
localizar y reunir de nuevo todos esos documentos y escribir un libro. Un siglo después,
nosotros pudimos encontrar su obra entre los fondos digitalizados de la Biblioteca de la
Universidad de Indiana, en Estados Unidos. Como dijimos anteriormente, son los únicos
documentos privados que se conservan de los Terry a los que hayamos tenido acceso,
pues entre todos los informes genealógicos también había una colección de cartas
personales, parte de la correspondencia privada mantenida por James con sus hijos y
hermanos.
Retrocedamos en el tiempo para ubicar mejor a J ames Terry. Como ya sabemos,
Jacobo II ocupó el trono en 1685, pero en 1688 fue destronado y huyó a Francia. Cruzó
el canal de la Mancha en el barco de un comerciante irlandés reconvertido en corsario,
Phillip Walsh, y fue acogido por su primo Luis XIV, quien lo instaló con su familia y
cortesanos en el castillo de Saint Germain- en -Laye, veinte kilómetros al oeste de París,
donde el mismo Luis había residido hasta que se trasladó a Versalles. Fue, por tanto, un
gesto muy explícito por parte del monarca francés en favor de Jacobo.
En 1700, el registro parroquial de Saint Germain recogía los nombres de 1.729
jacobitas, muchos enterrados después en el cementerio local que actualmente está
sepultado bajo la plaza del mercado. Otros estudios suben la cifra, entre 1690 y 1702, a
2.500 exiliados asentados en esa localidad. En París se instaló un número parecido, casi
todos en la parroquia de Saint Sulpice. Otros 2.000 se quedaron en los puertos, sobre todo
de Bretaña, donde Nantes contaba con la comunidad irlandesa más numerosa. La mayoría
de los exiliados eran pobres, sobrevivían en pequeñas casas o cuartos alquilados,
67
solicitando con insistencia un sueldo o una pensión al rey francés. Esa era una de las
razones por las que invertir algo de dinero en un buen árbol genealógico que certificase
una ascendencia de alcurnia, podía proporcionar un nombramiento de oficial en el ejército
u otra colocación remunerada. Muchos se vieron abocados a la mendicidad, y algunos
incluso se ofrecieron a ser espías para los ingleses a cambio de dinero, lo que contribuyó
a crear una corriente de desconfianza que minó la unión de los jacobitas en torno a Jacobo.
De hecho, el embajador inglés en París se valió de ellos y de su precaria situación para
estar puntualmente informado de todo lo que le pudiera interesar. Era algo sabido por
todos y por tanto nadie se fiaba de nadie, circunstancia que obligaba a guardar los secretos
de la manera más rigurosa. Finalmente, los que sobrevivieron se diluyeron en las
sociedades que les acogieron, con mayor o menor fortuna. En 1715, Luis XIV concedió
la nacionalidad francesa a los oficiales y soldados irlandeses que hubieran servido en su
ejército diez años. Como sabemos, de Irlanda huyeron en 1691 unos 14.000 soldados y
10.000 mujeres y niños. Muchos de esos hombres se incorporaron a la Brigada Irlandesa,
que ya existía en el ejército francés, y se destacaron en la batalla de Fontenoy (1745,
Guerra de Sucesión austriaca) contra sus sempiternos enemigos los ingleses.
Como aspecto anecdótico, pero sin duda interesante por lo que s ignificaba de
secretismo y asociación cerrada y hermética, conviene citar que los escoceses exiliados
introdujeron el sistema de logias masónicas que ya existía en Gran Bretaña, y
posiblemente funcionó en Saint Germain desde 1689. Grupos secretos muy apropiados
para conseguir y pasar información sensible y crear redes allá donde pudiera haber un
miembro de una logia. No olvidemos que había exiliados en los puertos franceses, donde
las embarcaciones que entraban y salían no sólo llevaban cargas, sino también noticias y
cartas. El secreto y las buenas conexiones, algo tan propio de los masones, eran también
virtudes muy valoradas por los jacobitas que planeaban rebeliones.
En relación con esto, encontramos que James Terry fue nombrado caballero de la
orden de San Lázaro y de Nuestra Señora del Monte Carmelo
37
. Una distinción que le
concedió el mismo rey de Francia pues esta orden era francesa. Nacida en los hospitales
para leprosos en Tierra Santa durante las Cruzadas, cuando los cruzados regresaron a
Francia el rey Luis VII protegió a estos caballeros de San Lázaro. En 1608 se les sumó la
orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo creada por Enrique IV, y todos quedaron
37
DAMIEN, André . Le gran livre des Ordres de Chevalerie et des décorat ions . Editions Sola r, París,
1991.
68
vinculados a la dinastía Borbón, cuyos monarcas se reservaron distinguir con esta orden
a quienes habían rendido servicios distinguidos a la Corona francesa. Los caballeros de
San Lázaro fundaron hospitales para soldados veteranos y víctimas de guerras, pero
también disponían de pequeños navíos con los que combatían la piratería. Sus recursos
aumentaron y la orden prosperó a lo largo del siglo XVIII. Curiosamente, en 1723 fue
nombrado caballero un tal Michel André Ramsay, escocés seguidor de Jacobo II y
fundador de la francmasonería. Por lo tanto, tenemos que James Terry recibió una
importante distinción por parte del rey de Francia por servicios prestados a la corona.
¿Qué servicios prestó James a Luis XIV? Una pregunta para la que no tenemos respuesta.
Y, a demás, encontramos también que un jacobita fundador de la francmasonería entró en
esa misma orden de caballería, una organización que disponía de barcos armados.
En resumen: el rey de Francia introdujo en una orden de caballería francesa al
genealogista del exiliado Estuardo, donde además ya había otros jacobitas y algunos eran
masones destacados. Parece más bien un interesante círculo conspirador que contaba con
una infraestructura adecuada para dar curso a ciertos planes.
En esta Corte de Saint Germain nos encontramos a un personaje que mencionamos
anteriormente, Piers Butler (1652-1740) el primo jacobita de James Butler, conde de
Ormond. Piers era vizconde de Galmoye, y encontramos también una nueva coincidencia:
tras la muerte de su primera esposa, y ya en el exilio, Piers contrajo segundas nupcias en
1695 con Henrietta Fitz James, otra hija ilegítima de Jacobo II y Arabella Churchill.
Henrietta era a su vez viuda del barón de Waldegrave, quien había ostentado un cargo
equivalente a jefe de la Contaduría de Jacobo II, tanto en su Corte de Londres como
después en el exilio. Henrietta era por tanto hermana de James Fitz James, duque de
Berwick. No hay duda de que todos estos personajes (conde de Ormond, duque de
Berwick…) estaban estrechamente relacionados y tenían gran influencia en la corte
jacobita, puesto que eran dos militares experimentados. Ambos sirvieron también en
España durante el mismo periodo de tiempo en el contexto de la Guerra de Sucesión.
Piers, además, tuvo un papel importante en la rebelión irlandesa. Formó a su costa
un regimiento de caballería, “ The Galmoy’s Horse ” con el que combatió en las batallas
de Boyne, Aughrim y Limerick, y fue uno de los firmantes del tratado acordado en esta
última ciudad en 1691 que puso fin al levantamiento. Consiguió que vidas y haciendas
fueran respetadas para aquellos que jurasen fidelidad a Guillermo III y que los demás
69
pudieran partir de Irlanda. Habría salvado sus extensas propiedades si hubiera jurado
fidelidad a Guillermo, pero prefirió seguir a Jacobo al exilio con ese contingente de
“gansos salvajes” liderados por Patrick Sarsfield, jefe de la resistencia irlandesa y
perteneciente a una familia que siempre había luchado contra los ingleses desde 1641. No
olvidemos este apellido Sarsfield, pues lo encontraremos más adelante ligado a la familia
Terry que nos ocupa.
Piers Butler ya tenía experiencia de armas anteriormente, había servido en el
ejército francés de 1671 a 1678. En el exilió se reintegró de nuevo en esas tropas con las
que participó en la Guerra de Sucesión española, servicio que le fue premiado por Felipe
V con el cargo de teniente general de sus ejércitos. En suma, ostentó los más altos grados
militares tanto en Francia (mariscal de campo y lugarteniente general) como en España.
Al mando de un regimiento irlandés de infantería que llevaba su propio nombre, el
regimiento Butler, combatió igualmente en Italia y Alemania. El Rey Sol, en premio a sus
servicios, le concedió una magnífica pensión de 19.200 li bras. Murió en París en junio de
1740.
Añadamos una nueva pieza en este rompecabezas de nombres: la primera esposa
del duque de Berwick era Honora de Burgh, viuda a su vez de Patrick Sarsfield. En su
exilio en Francia, Sarsfield fue nombrado mariscal de campo por Luis XIV y luchó en
Flandes, donde fue herido en la batalla de Landen y murió poco después (1693) en
Bélgica. Una placa en la iglesia donde fue sepultado recuerda que sus últimas palabras
fueron “Ojalá esto hubiera sido por Irlanda”. Berwick casó con su viuda Honora en 1695,
aunque ella falleció en 1698.
Nueva coincidencia: una tal Catalina Sarsfield, familiar de este Patrick Sarsfield,
era sobrina del vizconde de Sarsfield, hombre prominente con enormes propiedades en el
condado de Limerick, de donde eran oriundos nuestros Terry. El padre de Catalina, David,
murió en la batalla de Villaviciosa en 1710. Ella contrajo matrimonio con un aventurero
alemán llamado Theodor von Neuhoff, (1694-1756) que llegó a ser nombrado rey de
Córcega. Antes fue espía de los franceses en Londres, donde también trabajó para el
embajador de Suecia, para incorporarse luego al séquito del cardenal Alberoni en Madrid.
Pero una vida de lujo y derroche le llevó a la ruina y huyó de España lleno de deudas.
Hombre de ingenio y recursos en cualquier caso, vagó por varios países hasta que en
Génova consiguió involucrarse de forma un tanto torticera en las negociaciones para
70
sofocar la rebelión que por entonces ocurría en Córcega (1729) engañando a todos los
bandos y logrando figurar como un héroe parea los corsos hasta el punto de ser coronado
en 1736 rey de esa isla como Teodoro I. Pero no consiguió sostenerse en el trono y
deambuló por Europa pidiendo ayuda para su causa, hasta que, acosado por los acreedores
y en la más absoluta miseria, murió en una posada de Londres en 1756. Se convirtió en
un personaje tragicómico, pero la figura no sería de nuestro interés si no fuera porque el
ministro español Alberoni quedó prendado de su elocuencia y sus servicios a la causa
jacobita y le dio el rango de coronel, además de dinero.
Como dijimos, Neuhoff estuvo casado con Catalina Sarsfield, de una destacada
familia jacobita. Pero ¿dónde s e conocieron? Precisamente en la corte de Madrid. La
autora Julia Gasper nos lo desvela en su estudio sobre este curioso personaje
38
. Catalina
era dama de la reina Isabel de Farnesio, y su padre David, jacobita exiliado en España,
lleg ó a ser gobernador de Badajoz antes de morir en la batalla de Villaviciosa. Julia
Gasper incluso sugiere que don José Patiño, ministro de Marina de Felipe V desde 1717,
hizo amistad con Neuhoff y ambos discutieron los pormenores del plan jacobita para
recuperar el trono de Londres con aquella expedición enviada a Escocia en 1719.
Finalmente, y para justificar por qué recopilamos aquí esta colección de apellidos
entrelazados y biografías de jacobitas…recordemos un pequeño detalle en el árbol
genealógico de los Terry: la abuela paterna se llamaba Elena Sarsfield de Kilmallock. Es
decir, los Sarsfield y los Terry estaban emparentados y procedían del mismo lugar,
Limerick. Como vemos, todos estos jacobitas eran bastante endogámicos, se relacionaban
y casaban entre ellos. Habían conformado un círculo muy cerrado. Un ejemplo muy
evidente es el del mismo Guillermo Terry, que sólo se rodeó de sus más directos
familiares para gestionar sus negocios. Más aún: todos estos apellidos y personajes que
mencionamos recalaron en España y tuvieron una presencia destacada en la corte de
Felipe V, así como en la francesa.
Tenemos entonces a un nutrido número de destacados jacobitas irlandeses,
personajes muy prominentes con estrechas conexiones al más alto nivel tanto en Francia
cono en España, militares de renombre sirviendo a ambas Coronas: hijos de Jacobo II,
líderes de la rebelión irlandesa…con los que sin duda se planeó desde Madrid la invasión
38
GASPER, Jul ia. Theodore von Neuhoff, King of Corsica: The Man Behind the Legend . Univer sity of
Delaware Press, 2013 .
71
de las islas británicas en 1719. Y todos ellos, también, estrechamente relacionados con
un lugar concreto de Irlanda, Limerick, patria de los Terry, donde ellos mismos eran una
familia destacada.
Tenemos también a William Terry afincado en Cádiz como hombre de negocios y
por tanto con dinero y conexiones en el mundo financiero, relacionado (como veremos)
con destacados comerciantes ingleses. Y a su hermano James instalado en la Corte
jacobita en Saint Germain- en -Laye, una Corte que seguramente frecuentaron todos los
mencionados anteriormente, así como la considerable población de exiliados en general.
Establecer la relación de todos ellos con los Terry sigue adoleciendo de falta de pruebas
documentales por nuestra parte… pero se irán concretando más adelante. Conviene
señalar en nuestro descargo que todas estas relaciones centradas en la conspiración
requerían del más absoluto secreto, tanto más cuando se trataba de planificar y buscar
financiación para una empresa como la invasión de Inglaterra cuyo objetivo era desalojar
del trono al rey Guillermo, como sucedió también más tarde al apoyar el levantamiento
escocés de Carlos Eduardo Estuardo contra Jorge II. Sin embargo, nos parece interesante
haber establecido los lazos familiares entre todos estos jacobitas y su relación con Felipe
V y sus ministros. Posiblemente haya más conexiones con otros personajes de la época
de este mismo círculo, pero basta mostrar estos ejemplos para plantear el papel de los
Terry dentro de ese contexto.
Añadamos dos nuevas piezas a nuestra hipótesis: John y William, los dos hijos
varones de James Terry, se trasladaron de P arís a Cádiz en 1714 para trabajar con su tío
Guillermo. Además, el joven William fue enviado por su tío a Londres para formarse en
una casa comercial en 1717. Puede que el objetivo fuese simplemente que mejorase su
inglés, seguramente muy perdido en París puesto que creció allí, pero es obvio que
enviarle a Londres podía tener también otra finalidad. Para aprender inglés le hubiera
bastado un maestro de ese idioma en Francia o en Cádiz. Además, que un exiliado irlandés
jacobita, un traidor para los ingleses, tomase semejante decisión nos induce a pensar que,
a pesar de todo, como buen hombre de negocios, Guillermo Terry era pragmático y
pretendía educar a su sobrino en el mejor sitio posible. Una buena casa comercial en
Londres era sin duda el mejor lugar para formarse en el mundo de los negocios y las
finanzas, aunque podemos pensar que los negocios de Guillermo en Cádiz estarían más
enfocados al comercio con los territorios españoles en América. Sin embargo, y como
veremos, tenía también estrecha relación con comerciantes ingleses para quienes
72
gestionaba cargas y envíos. Pero ¿realmente no le suponía ningún conflicto personal dada
la trágica historia familiar de los Terry bajo el yugo inglés? ¿No era complicado que un
Terry (cuyo padre y tres tíos irlandeses figuraban en las listas de traidores jacobitas de
Limerick) solicitase trabajo y formación en Londres? Sin duda su tío Guillermo tuvo que
mover muchos hilos para conseguirlo, disimular su condición, ocultar su procedencia
familiar. Por eso nos preguntamos si la educación del sobrino era el único motivo y
merecía tal esfuerzo, por no decir riesgo. Deducimos entonces que en realidad quería
tener a alguien de confianza en la capital de Inglaterra para conseguir información
privilegiada que sólo se podía obtener en una casa comercial importante. Algo muy
interesante para la causa jacobita y, por qué no, para los propios negocios de Guillermo
Terry. Todo ello lo veremos desarrollado en los próximos capítulos.
No sabemos hasta qué punto tuvo éxito en esta operación con el sobrino, pero sí
sabemos que, años más tarde, Guillermo Terry logró colocar a otros familiares en un
destino mucho más importante en el corazón de Londres.
Todas estas relaciones y personajes nos sirven para enmarcar a James Terry y lo
que sabemos de él y su familia a través de su archivo recopilado por Charles E. Lart,
Consta que el rey Jacobo le contrató como encargado de su oficina de heráldica en 1690.
Lart nos dice que su hermano Patrick fue capitán de las Guardias Valonas en el ejército
de Felipe V bajo el mando del duque de Berwick, de manera que vamos confirmando
todo lo expuesto más arriba, e incluso cabe la posibilidad de que ambos, Berwick y Patrick
Terry, se conocieran en persona. Ciertamente tuvo que ser un honor para Patrick servir a
las órdenes de un hijo del rey Jacobo.
Lart afirma que James fue soldado antes que genealogista. Sirvió como
lugarteniente en una compañía de Granaderos en 1688 en Irlanda, pero el 12 de junio de
1690 ya constaba como Athlone Herald . No sabemos qué formación tenía para este
puesto, pero es evidente que para desempeñarlo se requería una buena educación previa
y el manejo experto de muchas fuentes. Como su fallecimiento (Lart lo fecha en 1725,
aunque no nos explica en qué se basa) no estaba registrado en Saint Germain, supone el
autor que debió producirse en París, quizás en la parroquia de Saint Sulpice, pues allí se
concentraba la población irlandesa.
73
A través de las cartas transcritas por Lart obtenemos la imagen de que James Terry
tenía un carácter algo brusco, pero quizás era sólo el reflejo de una vida azarosa, y sobre
todo era la consecuencia de un enfado permanente porque sus clientes no le pagaban su
trabajo. Él mismo lo confiesa cuando dice de sí mismo “ he llegado a la conclusión de
que soy un i rlandés agotado ”
39
En 1699 se ba tió en duelo con Mr Gwynn por esta causa,
lance del que quedó malherido. En 1700 reclamó airadamente un pago a otro cliente, Mr
Wynne. Por entonces James vivía en París, cerca del Pont Neuf, “ chez Monsieur Fradel ”.
En 1714 de nuevo escribe una carta en los mismos términos airados por igual motivo a
un tal Charles Magenis. En 1725 (supuesto año de su muerte) escribió a su hermano
Guillermo diciendo que se arrepentía de su “ vida apasionada ”:
“ Querido hermano William Tyrry:
He conseguido el perdón de mi mujer por lo que he escrito apasionadamente, y rezo por
no tener noticia de ello. Aquí mando mis bendiciones para mis hijos y mis rezos a Dios
para preservarlos para ti y para mí ”
Sus hermanos en España, que se relacionaban con otros irlandeses exiliados,
conseguían encargos para que James les hiciera informes genealógicos. Así por ejemplo,
Patrick le escribe el 15 de agosto de 1712 avisando que le envía una factura de 150 libras,
y que su buen amigo, el capitán Patrick Moran, le mandará otras 150 para que le
confeccione su escudo de armas
40
. En general, encontramos que en casi todas sus cartas
James se muestra como un hombre que se queja por su mala situación económica, está
triste y no es feliz en París. ¿Se queja de su precaria situación económica cuando su
hermano Willian le mandaba una jugosa pensión cada mes? No nos parece coherente.
Son especialmente interesantes las cartas que le dirige Patrick, sobre todo porque
nos proporcionan noticias sobre su vida como soldado irlandés integrado en el ejército
español. En julio de 1712 había estado muy enfermo y para curarse fue a tomar “ las aguas
39
Hemos opta do por trad ucir al es pañol las cartas. No tenemos el o riginal, s ólo la tr anscripción de Lart,
pero el inglés de l os Terry parece que se había ido perdiendo con el tiempo, mezclándo se con el español y
el francés, dependiendo del r emitente, de manera que resulta una redacción defectuosa y complicada.
Dado que seleccionamos fragmentos de dichas cartas para nuestro t rabajo y t odos provien en de la mi sma
fuente, la obra de Lart, obviaremo s poner nota a pie de página para cad a fragmento. Todas estas cartas
aparecen en las primeras páginas del libro.
40
No podemos saber si son libras esterlinas o tornesa s. Si fuer an esterli nas era una cantidad c onsiderable,
incluso excesiva en nuestra opinió n (por ejemplo, esa cantidad podía ser el pre cio de un esclavo) lo que
nos vuelve a despertar s ospechas sobre el verdadero destino de ese dinero que se le enviaba regularmente.
En cuanto a la libra tor nesa, ya comentamos que un escudo de pl ata equivalía a 6 de ellas. En 1701, la
Banca fra ncesa ya emití a libras tor nesas en bill etes.
80
manera que suponemos que estaba instalado en la misma Corte de Jacobo III, no en la
ciudad de París:
“… He cumplido 55 años. Recibí tu carta del 24 de marzo y estamos todos contentos
de que lleves a William, tu sobrino, a Londres. Te será muy útil, pero nunca consentiré
que vaya al mar. Mr. Calandrini menciona a William Hodges o Mr. Pierre Porree, que
mediante Dios lo harán un buen hombre y próspero en tu futuro, por el que nosotros
rezamos y esperamos. Con amor para mi sobrina y bendiciones para el pobre Johny …”
La carta nos confirma que James, efectivamente, nació en 1660, y que a Cádiz
viajaron desde París sus dos hijos varones, John y William, pero el segundo fue enviado
un año después por su tío a formarse en una casa comercial de Londres. Decisión que a
su padre le parecía bien, siempre que se quedase en tierra y no se embarcase como
delegado o factor para controlar cargas y venta de las mismas. El mar, desde luego, estaba
lleno de peligros. Menciona dos nombres que deducimos son los de dos comerciantes u
hombres de negocios cuyas oficinas en Londres podrí an ser el destino de su hijo.
Ciertamente existió un William Hodges, baronet y acaudalado comerciante que hizo su
fortuna en el comercio español, asociado en España c on Christopher Hague, Ellis Terrell
y Henry Bertie. Por sus préstamos a la Corona inglesa, Hodges fue titulado baronet en
1697 y nombrado nada menos que director del Banco de Inglaterra en 1703. Sin duda era
un personaje destacado en los círculos comerciales y financieros, y esto nos lleva a la
pregunta de rigor: ¿cómo es posible que un irlandés jacobita tuviera relación y hasta
confianza con alguien que desde lue go no podía ser jacobita, dada su altísima posición en
Londres? Alguien tan prominente en las altas esferas y cercano a la Corte y al Parlamento,
a todo el entorno político del momento. Si era jacobita, era un jacobita disimulado y en
el más absoluto secreto.
Esa relación de William Terry con él debía remontarse a los años que Hodges pasó
en Cádiz, donde empezó a labrar su fortuna. Como decíamos al principio de este trabajo,
sospechamos que William Terry, una vez afincado en Cádiz tras su huida de Irlanda, al
conseguir la carta de naturaleza en España estuvo en disposición de funcionar a efectos
mercantiles con lo que podemos llamar tres naturalezas, o más bien tres condiciones
personales: en primer lugar, británico (quizás fingiendo lealtad a la casa real de los
Hannover, escondiendo su devoción jacobita) en segundo lugar irlandés (católico,
jacobita en secreto) y, por la especial protección de la Corona española a los irlandeses
81
católicos, le serviría para permanecer en España cuando los ingleses eran expulsados del
país en circunstancias de guerra declarada entre España e Inglaterra. Finalmente, en tercer
lugar, era español gracias a su carta de naturaleza que le permitía tener iguales derechos
que los españoles, y al conseguir a continuación la naturaleza de Indias, comerciar
también con las posesiones españolas en América. En consecuencia, Guillermo Terry se
podía revestir de la nacionalidad que más le conviniera y operar allá donde otros no
podían.
Debió forjar una relación amistosa con el inglés Hodges, hasta el punto de enviarle
a su sobrino para que le instruyera en sus oficinas londinenses, y eso sólo puede explicarse
si William ocultaba en Cádiz su fidelidad al rey Jacobo Estuardo. De esa manera, podía
funcionar para sus negocios con comerciantes británicos que como él estaban afincados
en Cádiz (siempre que no estallase una guerra con España, pues entonces loa británicos
eran expulsados y se trasladaban a Portugal o a Gibraltar). Ocultando su fidelidad jacobita
podía obtener también información valiosa para la causa, que podía enviar a su hermano
James a París, o bien ofrecerla a Felipe V y hacer méritos ante el monarca que pudieran
tener una recompensa de su parte. Sin olvidar que también podía usarla en su propio
beneficio. La información viajaba en los barcos y los puertos eran siempre hervidero de
noticias y rumores. Una información de cualquier orden sobre los ingleses era siempre
útil: buenas o malas cosechas, situación de los mercados y de las colonias inglesas, barcos
mercantes, destinos y procedencias, fechas de salida y llegada, a qué puertos de Gran
Bretaña, cargas, precios, planes comerciales de la Corona inglesa, rutas, rumores y
noticias sobre ataques planificados a posesiones españolas, armadas y su composición,
potencia de fuego, construcción de nuevos barcos de guerra en astilleros ingleses… y un
largo etcétera que dejamos a la imaginación del lector. Es bien sabido que los puertos
europeos estaban llenos de espías de todas las naciones.
Pero de nuevo algo nos sorprende: Hodges fallec ió el 31 de julio de 1714. La carta
de James mencionando el viaje de su hijo a Londres es de finales de mayo de 1715. No
hay posible error en la fecha de la muerte de Hodges, porque su funeral fue descrito en la
época como un evento de gran pompa y boato, con cuarenta y dos nobles acompañando
el féretro
43
. Entonces ¿a qué se debe este desfase? ¿falta de noticias? ¿error en l a fecha de
la carta transcrita por Lart? Posiblemente, a pesar de que Hodges hubiera fallecido, Terry
43
“Hodges, William”. Oxford Dictionary o f National Biography . Oxford University Press.
82
conservaba buena relación de negocios con la casa comercial de éste y envió a su sobrino
de todas formas. Nos preguntamos entonces si William Terry y Ronan ejercía de delegado
de dicha casa comercial inglesa en Cádiz, gestionando aquí sus intereses comerciales en
España y en ultramar. Ser delegado de casas comerciales extranjeras era una de sus
actividades.
En cuanto al otro nombre mencionado, P ierre Porree, creemos que el apellido es
Porée. Quizás fuera un francés afincado en Londres, pero no hemos podido certificar ni
ubicar a este personaje. Si realmente era un hombre de negocios francés, sería otra opción
interesante a considerar, caso de que Terry quisiera tener también información
privilegiada de ese entorno.
El 8 de septiembre de 1715, John (Juan) Terry escribe desde Cádiz a su padre
James, dirigiendo la carta a la “ rue de Vaches” en Saint Germain, de manera que podemos
ubicar aquí su casa por entonces:
“ Honorable padre, querida madre y querido hermano.
No he tenido la felicidad de recibir una carta vuestra desde el 26 de mayo /…/ Toda
Inglaterra está en llamas y espero que no sean capaces de aplacarlo, pero el rey Jorge
se está preparando para prevenir el regreso del rey James III …”
En primer lugar, menciona a un hermano varón, y sabemos que William debería
estar en Cádiz con él, o en Londres como se anunciaba en la carta anterior. ¿Regresó el
joven William a París con sus padres? Lo interesante es que el joven John confiesa, al
igual que su padre y sus tíos, su fidelidad jacobita, y es important e destacarlo porque será
el quien en el futuro herede las posesiones y negocios de su tío William Terry en Cádiz,
al casarse con la única hija y heredera de éste, su prima Francisca Patricia. En cualquier
caso, su declaración de lealtad al Estuardo y la esperanza de que tuviera éxito una
sublevación, nos interesa por cuanto certifica nuestra teoría sobre las actividades de los
Terry.
Dos años después, el 6 de septiembre de 1717, tenemos otra carta a su padre en la
que critica la personalidad o actitud de su tío Stephen, que por entonces había pasado por
Madrid camino de Cataluña con su regimiento. De él dice que “ es un soldado lleno de
palabras miedosas y actuaciones pequeñas ” ¿A qué se refería? Recordemos que Stephen,
83
en Irlanda, era boticario, pero una vez en España llevaba al menos veinte años como
oficial del ejército de Felipe V. Lart no transcribe la carta completa, de manera que no
podemos saberlo, pero intuimos que John posiblemente se refería al compromiso jacobita
de su tío, o al pesimismo de éste sobre el éxito de un nuevo levantamiento. Recordemos
que se había producido tan sólo dos años antes el de 1715, que terminó en fracaso, y que
seguramente se estaba gestando el de 1719, que a la postre tendría el mismo resultado.
John se había criado en el entorno de la Corte de Saint Germain, y sin duda había sido
testigo desde niño de las tribulaciones de todos esos exiliados, así como de sus
aspiraciones y planes constantes para recuperar el trono y todo lo que dejaron atrás a raíz
del éxodo. Puede que esta frase también se pueda atribuir al c arácter impulsivo y rebelde
propio de un joven de veinte años, imbuido desde su niñez del entusiasmo jacobita.
Pero ¿qué ocurría en esa Inglaterra que estaba toda en llamas en el verano de 1715?
Mencionamos anteriormente que la muerte de la reina Ana (1 de agosto de 1714) devolvió
las esperanzas a los jacobitas. El trono lo ocupó un primo lejano, el Elector de Hannover,
desde luego protestante, que tomó el nombre de Jorge I. Éste otorgó más poder al part ido
Whig y apartó a los Tories, a quienes acusó de irregularidades financieras. Uno de ellos,
Lord Bolingbroke, miembro del gobierno Tory y gran defensor de la iglesia anglicana,
huyó a Francia donde sorprendentemente se reconvirtió en secretario de Jacobo III, a
quien quiso disuadir de sus utópicos planes para recuperar el trono. Pero el Joven
Pretendiente hizo caso omiso y se embarcó en la aventura. Había apoyo dentro de la
mism a Inglaterra, donde el conde de Mar zarpó de Londres en dirección a Escocia y en
septiembre proclamó rey a Jacobo. Los clanes de las Highlands se alzaron y tomaron
Inverness, Aberdeen y otras ciudades, aunque las fortalezas defendidas por tropas
inglesas eran inexpugnables. Para octubre, el conde de Mar había ocupado casi toda
Escocia y sumaba ya 20.000 hombres, pero por el bando inglés avanzaba el duque de
Argyll. A pesar de ser entonces superior en fuerzas, Mar cometió errores tácticos y
finalmente fue derrotado en Preston, lo que provocó la rendición de Inverness. Los
partidarios de Jacobo III en Inglaterra fueron arrestados y Argyll sofocó la revuelta antes
de que ésta llegase a más. Aún así, Jacobo desembarcó en Escocia, encontrando su ejército
reducido a menos de 5.000 hombres, mientras que el de Jorge I había aumentado sus
efectivos, incluyendo artillería pesada. El 30 de enero de 1716, Jacobo tuvo que reconocer
su derrota y se embarcó de nuevo hacia Francia. Sus fiele s partidarios fueron detenidos y
muchos ejecutados por traición.
84
El joven John Terry, como el resto de jacobitas exiliados, seguiría con sumo interés
lo que ocurría en Inglaterra y Escocia, noticias que llegarían en navíos a Cádiz y se
publicarían también en las gacetas. De lo que allí sucedía dependía que su familia
retornase a Limerick para recuperar todos sus bienes y vivir por fin libres del dominio
anglicano. Era una cuestión de orgullo histórico, pero también familiar. ¿Qué planes
hacían los Terry cuando contemplaban la posibilidad de un triunfo de los jacobitas? Su
familia había tenido una posición prominente en Limerick antes del exilio, pero sin duda
después, gracias a los contactos que forjó James en Saint Germain- en -Laye y los de
William en Cádiz como rico hombre de negocios, habrían forjado lazos interesantes que
les podrían dar acceso a puestos aún más destacados en su tierra, o cuanto menos la
reconstrucción de unos negocios que serían todavía más prósperos que antaño, con la
presencia de William en Cádiz, instalado como mercader introducido en el comercio
indiano gracias a su carta de naturaleza española.
Pero la aventura de Jacobo fracasó. Volvió a intentarlo con la ayuda de los
españoles en 1719 y más tarde en 1745 con financiación (al parecer escasament e
concretada) de los franceses. Los tres levantamientos sucedieron en vida de William
Terry, que residió siempre en Cádiz y cuyo fallecimiento coincide con la última rebelión
de 1745. Es decir, toda la vida de los Terry, tanto en Irlanda como en el exilio, estuvo
marcada constantemente por la resistencia contra los ingleses y el empeño en restaurar a
un Estuardo.
El 2 de agosto de 1717, William Terry escribió desde Cádiz a su hermano James
tratando ciertos temas de dinero que tenía con “Lady Kilmallock y E. Crane”, y que
parecían nuevos encargos cuyo pago debía enviar a James. ¿Quiénes eran estos
personajes?
Lady Kilmallock era Frances Sarsfield, esposa de Dominic, cuarto vizconde
Sarsfield de Kilmallock, y hermana de Patrick Sarsfield. Jacobitas declarados por tanto
y, para más abundamiento, los Sarsfield eran oriundos del lugar de Kilmallock, en
Limerick, Irlanda…de donde procedían los Terry. Ya señalamos anteriormente que la
abuela de los Terry era Elena Sarsfield de Kilmallock. Por su parte, Crane (según Lart)
había sido secretario de la reina María de Módena (Módena, 1658-P arís, 1718) esposa de
Jacobo II. Lady Kilmallock murió en Saint Germain- en -Laye en marzo de 1716, por lo
85
que para la fecha de la carta de William (más de un año después) ya no estaba viva. Esto
nos lleva a la pregunta, nuevamente, de cómo era posible que William gestionase en Cádiz
unos pagos para James, si los pagadores estaban en Francia y al menos uno ya había
fallecido allí el año anterior. Otra pregunta es ¿una Sarsfield, hermana de un líder jacobita
famoso, necesitaba que James le hiciera un informe genealógico en 1717, muchos años
después de haberse exilia do? Nada es lógico y nos lleva a plantearnos de dónde procedía
ese dinero que iba a enviar William a Saint Germain- en -Laye, bajo lo que nos parece una
tapadera, y a quién o qué iba destinado en realidad.
William le dice que ha escrito varias veces a ambos “ sobre tu dinero, sin haber
obtenido respuesta de Lady Kilmallock ”, y de Crane tenía la promesa, pero no el pago
efectivo. Pudiera ser que William pretendiese cobrar mediante cartas de pago en el puerto
de Cádiz ese dinero que según parece le debían a su hermano James en la misma Corte
de Saint Germain. Pero los correos entre Madrid y París tardaban una semana en llegar,
de manera que desde Cádiz se podría añadir una semana más. No es comprensible
entonces que no se supiera en todo un año la muerte de una persona importante y conocida
como una Sarsfield, y mucho menos que no la supiera el propio interesado en el cobro,
James, que vivía, como Lady Kilmallock, en Saint Germain- en -Laye. Todo apunta a que
el nombre de Kilmallock, en realidad la excusa de un trabajo genealógico, se usaba para
encubrir algo. De hecho, en la transcripción de Lart aparece como motivo del pago la
expresión: “ re arms ”, que podría ser algo referente a un escudo de armas… pero también
podría referirse simplemente a “armas”, es decir, armamento. Seguimos sumando indicios
y sospechas en este entorno de secretismo absoluto de los jacobitas. Las cartas podían ser
interceptadas por los espías ingleses y se imponía el disimulo en la correspondencia.
Finalmente, por otras cartas sabemos que William, hijo de James, se trasladó
efectivamente a Londres, donde trabajaba en la oficina de un tal Mr. Williams. Tenemos
entonces a un Terry instalado en el mismo centro financiero y político del enemigo inglés.
Una vez establecidos los antecedentes familiares, el contexto histórico, y las
múltiples conexiones de esta familia de irlandeses con importantes personajes jacobitas,
así como su propia condición de tales, podemos adentrarnos en otros fondos
documentales sin perder de vista estas circunstanci as, que sin duda arrojan más luz sobre
86
ciertos aspectos. Sin esta información prolija y detallada, la interpretación no sería la
misma, como veremos en la documentación donde se reflejan algunos negocios de
Guillermo Terry. Insistimos de nuevo en el hecho de que todo lo relacionado con los
jacobitas se llevaba en secreto. Entre ellos mismos para evitar ser descubiertos por la
multitud de espías que los ingleses habían infiltrado en Francia y España, e igualmente
por parte de las Cortes de París y Madrid, porque se trataba de apoyar revoluciones dentro
de Gran Bretaña. Era como un gran tablero de ajedrez en el que se planeaban movimientos
tácticos para debilitar a los ingleses, y en el que los jacobitas, al fin y al cabo, eran simples
peones de Felipe de España y Luis de Francia. Por ejemplo, se provocaban o promovían
“problemas” en alguna zona de Europa o América donde Inglaterra tuviera intereses, para
que enviasen allí sus tropas y recursos militares, de manera que descuidasen el interior de
su país y se facilitara así que un levantamiento encontrase menos resistencia.
La conclusión, por tanto, es que esta correspondencia privada de James Terry nos
ha proporcionado indicios claros de que la familia tenía contactos con los líderes más
destacados entre los jacobitas. Todos los apellidos que se citan en las cartas así lo
atestiguan. Es más, en los fragmentos copiados por Lart sólo aparecen estos apellidos que
citamos, no hay otros, circunstancia que no puede dejarse a un lado. Buscando
información sobre esos personajes descubrimos su relación con España y los servicios
que prestaron a Felipe V. También constatamos que desde luego los Terry eran fieles a
Jacobo II y después a Jacobo III. Tenemos constancia, asimismo, de cantidades
considerables de dinero que William enviaba desde Cádiz a su hermano James, en for ma
de pensión o como retribución por informes genealógicos. Pero en ambos casos eran
sumas muy elevadas, demasiado elevadas, y sin embargo James se quejaba
constantemente de vivir en la miseria.
Una pensión de 30 escudos al mes, equivalentes a 180 libras, más 150 libras por
cada informe genealógico, más su salario o manutención como rey de armas del rey
Jacobo…. era una cantidad más que sobrada para vivir muy holgadamente. Por establecer
una comparación, a través de estas mismas cartas sabemos que William también enviaba
ayuda económica a Margaret, hija de James, casada con un tal McGillicuddy. La madre
de ésta se quejaba amargamente en junio de 1725 de que ambos jóvenes habían residido
en París dos años, “ forzando a su padre a vender todo lo que tenía para mantenerse ella
y su marido, y tu caridad de 2 libras al año, para que pudieran retirarse a Cork [Irlanda] ,
87
que debían haberlo hecho, pero se fue a Nantes en Bretaña y escribió una carta a su
padre como si estuvieran en Cork ”.
Es decir, William enviaba 2 libras al año como ayuda económica a una sobrina
necesitada…frente a las 180 libras al mes que enviaba a su padre. Es obvio que la
diferencia es excesiva, y si esas 180 libras mensuales hubieran estado realmente en poder
de James… William no tendría que haber auxiliado a la hija de éste porque su padre
contaba con dinero más que suficiente para hacerlo. Sin embargo, James tuvo que
malvender lo que tenía para ayudarla. En consecuencia, consideramos que tenemos base
para afirmar que ese dinero que recibía James tenía otro destino. Él sólo lo recibía a través
de William, pero no era el beneficiario. Lo que significa que William estaba sosteniendo
la causa jacobita enviando dinero a la Corte del rey Jacobo a través de su hermano, y por
eso éste permaneció siempre en París. Su posición, sus relaciones y contactos, su
asistencia al círculo cortesano de los Estuardo…le confería un valor muy apreciable para
adquirir y transmitir noticias y dinero. Era una especie de correa de transmisión entre
Par ís y Cádiz.
Veremos más adelante otros movimientos de dinero que se suman para consolidar
esta afirmación. De manera colateral, podemos añadir otro personaje también irlandés,
Patricio Joyes, un rico hombre de negocios y destacado en las finanzas españolas,
afincado en Madrid. En un estudio sobre su familia
44
se afirma que este banquero colaboró
en la financiación de la rebelión jacobita de 1745. Ejerció como intermediario entre la
Corona española y Jacobo III, cuyo hijo el príncipe Carlos Eduardo Estuardo dirigió la
rebelión. Se le confió tal encargo por su discreción, su probada lealtad a la causa y la
solvencia de su casa comercial, que tenía estrechos vínculos con la clase política y
financiera española, así como por sus contactos internacionales. Todo ello le permitía
hacer llegar el dinero a los sublevados sin levantar sospechas. Prestemos atención a la
fecha: 1745. Año en que muere William Terry en Cádiz, y entonces aparece Joyes como
irlandés que ayuda a financiar la causa jacobita.
El caso de Joyes nos resulta de interés porque éste declaró en 1745 que Guillermo
Terry y Ronan fue su “corresponsal” en Cádiz. De hecho, le vere mos mencionado en este
trabajo más adelante, cuando tratemos las letras de cambio gestionadas por Guillermo
44
BOLUFER PERUGA, Mónica. La vida y la escrit ura en el siglo XVIII: I nés Joyes. Apología de las
mujeres. Universidad d e Valencia, 2008, p.37
88
Terry. Además, Joyes también había sido presentado como testigo por el nieto de
Guillermo Terry cuando éste solicitó un hábito de la orden de Santiago en 1745
45
, para
dar fe de la hidalguía y nobleza de su familia. Esto indicaría que efectivamente habría una
relación estrecha entre ambas familias. Desde luego podría tratarse de una mera relación
comercial, pero lo cierto es que, entre todos los comerciantes irlandeses que vivían en
Cádiz, Joyes eligió a Terry para confiarle sus negocios en esa ciudad. Terry falleció
precisamente en 1745, año en que se inicia el último levantamiento jacobita, para el que
Joyes sirvió como intermediario y canalizador de la financiación española, justo en esa
fecha.
Nos preguntamos entonces si entre ambos caballeros había también otro tipo de
intereses políticos, si ambos colaboraban estrechamente en esa financiación. Cádiz era,
sin duda, la ciudad española donde se reunían más jacobitas con dinero dispuestos a
colaborar en el levantamiento. Si Joyes tenía contactos en Madrid, Terry también los tenía
en Cádiz, París y Londres. Y aunque Terry hubiera muerto sin ver los resultados de ese
nuevo intento de restauración, su sucesor, su sobrino-yerno Juan, era también un jacobita
acérrimo que pudo estar igualmente involucrado desde años antes en esa recaudación
económica para la causa.
Nuestra última pregunta es si Patricio Joyes sustituyó a Guillermo Terry como
intermediario entre Felipe V y Jacobo III, y como canalizador de toda la ayuda económica
desde España al Estuardo. No tenemos pruebas fehacientes de que Guillermo Terry
hubiera desempeñado la misma función, pero sí muchos indicios.
45
AHN, OM_CABALLEROS_SANTI AGO, Exp.8062. Pruebas pa ra la conce sión de la orden de
Santia go a Guillermo Tirr y y Tirry (1745)
89
Mapa de Irlanda
James Fitz-James, duque de Berwick
(1670-1734)
Oliver Cromwell (1599-1658)
hacia 1656.
Patrick Sarsfield (1655-1693) Líder de
los jacobitas
96
Guillermo se muestra precavido e incluso piensa en el futuro de Nicolasa si acaso
ella quisiera abandonar el domicilio familiar y vivir independiente. Entonces, además de
la renta y las cantidades anteriormente mencionadas, ordena a su hija y yerno que le den
2 pesos de plata antigua cada día de por vida. Y añade que “… deseando como deseo
beneficiar en todo lo posible a Nicolasa Brito, mando que además de los expresado, las
joyas y alhajas que yo le hubiere dado en mi vida no se le descuenten ni bajen, porque se
han de entender aquellas como donación entre vivos que ya ha pasado a su poder …”
Pocos días después, el 23 de enero de 1727, Guillermo añade un codicilo
52
a este
testamento, que exclusivamente concierne a Nicolasa y donde se limita a puntualizar y
reafirmar que la pensión que su hija y yerno debían darle si ella decidía vivir fuera de la
casa familiar, los 2 pesos de plata señalados cada día de por vida, debían entregárselos
sin poner “ obstáculo ni embarazo en su paga ”, y que ésta era su voluntad “ por justos
motivos que para ello tengo ”.
Llegados a este punto, nos empieza a extrañar su preocupación e insistencia por
asegurar unos ingresos holgados para Nicolasa, extrañeza que aumenta cuando
encontramos que, en otro codicilo dado tres días después, el 26 de enero
53
, aunque se
refiere a un empleado de su oficina, aprovecha para insistir de nuevo sobre asegurar el
futuro de Nicol asa. Ordena que el codicilo anterior se guarde, cumpla y ejecute “ en la vía
y forma que mejor haya lugar de derecho ”. No hay otra persona en sus disposiciones
testamentarias por la que Guillermo demuestre tanta preocupación y estima, ni siquiera
por su hija. Sus expresiones podemos catalogarlas como devoción, agradecimiento y
obligación. Entre 1711 y 1727, la preocupación de Guillermo por asegurar la posición y
futuro de Nicolasa es extraordina ria, y deja constancia de ello en un documento legal por
el que obliga a su hija y yerno.
Nicolasa no vuelve a ser mencionada en codicilos y testamentos posteriores de
Guillermo. Su hija Francisca Patricia otorgó un poder para testar en favor de su marido
Juan Terry el 20 de abril de 1742, donde no la menciona tampoco, ni en un codicilo
posterior dado en 1754. No aparece tampoco en las disposiciones testamentarias de su
marido Juan Bautista. ¿Qué ocurrió con Nicolasa Brito? ¿Por qué fue objeto de tanto
interés por parte de Guillermo, pero no de su hija y yerno? Buscamos entonces los propios
52
AHPC, Proto colos, 1.0 00. Codicil o de Guiller mo Tyrry. Cá diz, 23 de enero de 1 727.
53
AHPC, Proto colos, 1.0 00. Codicil o de Guiller mo Tyrry, Cá diz, 26 de enero de 1 727.
97
testamentos de Nicolasa, donde encontramos una respuesta que resultó ser aún más
extraña y sorprendente. Lo que en principio fue una simple curiosidad, nos desveló unos
hechos realmente extraños.
El primero lo otorgó Nicolasa el 31 de enero de 1727
54
. Justamente cuando
Guillermo Terry registra la última disposición testamentaria en que la menciona a ella.
Declaró entonces que quería ser amortajada con el hábito franciscano y sepultada en el
convento “Casa Grande” de San Francisco de Cádiz, en la bóveda situada en el claustro
frente a la reja de la sacristía. Como es el mismo lugar donde dispuso ser enterrado
Guillermo Terry, deducimos que era una sepultura familiar, comprada por Guillermo en
un lugar prominente de la ciudad. Dejó las mandas acostumbradas y donaciones
caritativas: 400 pesos para los Niños Expósitos, 200 para e l Hospicio de Santa Elena para
curación de enfermos, y otros 200 para el Hospital de Mujeres de Nuestra Señora del
Carmen. A una sobrina que vivía en Londres, María Gardner, hija de su hermano Juan
Gardner, legaba 500 pesos, y también dejaba dinero a dos criadas suyas: 200 pesos a
Ángela Merlet y 100 a Jacoba de Carmona, que se había criado y asistía en la casa de
Guillermo Terry.
A continuación, declara que ella había firmado “un contrato” por el que hacía
renuncia y donación en favor de Guillermo Terry de los bienes y acciones que se
contenían en dicho contrato, por los motivos y causas que en él se expresaban “… cuyo
contrato pasó y s e otorgó y firmó de ambos por duplicado, para cada uno el suyo, ante
el presente escribano público el día 29 de este presente mes y año, sin quedar registro de
él a pedimiento nuestro, y el uno de ellos para en mi poder y el otro en el del dicho don
Guillermo Tyrry …” Insistía en que su voluntad era que se observase dicho contrato
enteramente, y para mayor validación lo aprobaba y ratificaba en este testamento, y que
si era necesario lo otorgaba de nuevo con las mismas condiciones y formalidades “ para
su mayor observancia y cumplimiento ”. Parece que era un acuerdo de suma importancia,
tan secreto que no se podía revelar sus pormenores, ni tampoco debía quedar registro del
mismo. Pero cuyo contenido debía ser cumplido, suponemos que por quien ellos
dispusieran privadamente, de manera fiel y exacta cuando llegare el caso.
¿Un contrato secreto sobre bienes y acciones, firmado ante un escribano, pero del
cual ninguno de los firmantes quiso dejar registro? ¿Qué podía contener? Nicolasa no da
54
AHPC, Proto colos, 1.0 00. Testament o de Nicola sa Brito. Cádiz, 31 de enero de 1727.
98
la menor explicación, aunque parece que era un asunto vital para ella y para Guillermo, y
lo relacionamos con la insistencia que éste demostró en esa época por garantizarle unos
ingresos de por vida… pero esos ingresos los detalló él en su testamento, de manera que
no podían ser los mismos que se contenían en ese otro documento y acuerdo secreto. Eran
bienes y dinero diferentes, y como ella por e se contrato los había t ransferido a Guillermo
Terry, es de suponer que figurarían en adelante entre los bienes de éste, pero también de
manera secreta. Es decir, no estarían recogidos en sus sucesivos testamentos. No estaban
registrados legalmente en ninguna parte.
Nicolasa sólo añade que nombra como albaceas a Guillermo, a su hija y al marido
de ésta, Juan Terry. Pero en cuanto a los herederos deja una curiosa voluntad: nombra a
todas las hijas que a su muerte dejare Francisca Patricia, repartiendo los bienes a partes
iguales entre ellas. Excluía a los hijos varones “ respecto de que a estos, por su sexo, les
será más fácil adquirir caudal con que mantenerse ”, aunque si Francisca tenía sólo hijos
varones, serían ellos los herederos, excepto el mayor, porque éste ya recibiría el
mayorazgo fundado por su abuelo. Si Francisca no tenía hijos ni hijas, ordena que sus
bienes se inviertan en la compra de una finca fructífera en la ciudad de Cádiz,
administrada por Francisca.
La respuesta a nuestra intriga se resuelve, aunque sólo en parte, o incluso se
complica aún más, en el testamento que otorgó diecisiete años después, en 1744
55
. No
es taba enferma ni en el lecho de muerte, porque no menciona esa circunstancia, y además
todavía dio otro posterior en 1749. Sin embargo, dispone una extensa relación de
voluntades, aunque la primera es, más que una voluntad, una confesión. Declaraba que
hacía más de treinta años “ casó con Guillermo Tirri, del cual tampoco tiene hijos” [no
los tuvo de su primer matrimonio con Juan de Mirasol] y que a ese segundo matrimonio
no llevó caudal alguno. “… Y después, por varios motivos y causas, por instrumento que
firmé con dicho señor en 29 de enero de 1727 ante don Juan Luis de Vergara, escribano
del número, hice renuncia y donación en favor de dicho don Guillermo mi marido, de los
bienes y acciones que en él se contienen, el que no se puso en regi stro …” Es decir, no
llevó dote a su matrimonio secreto, pero años después, en 1744, declara que en 1727 tenía
en su poder ciertos bienes y acciones que traspasó a Guillermo, como hemos visto más
arriba.
55
AHPC, Proto colos, 884. Testamento de Nicolasa Brito. Cádi z, 20 de n oviembre de 1744.
99
De nuevo repetía lo declarado años atrás, sin explicar los motivos que llevaron a
ambos a mantener en tanto sec reto ese documento. A cambio de esa renuncia, Guillermo
“ se obligó por compensación y remuneración de dicha donación y renuncia a haber por
firme y no revocar en manera alguna la cláusula octava de su testamento, que otorgó
ante dicho escribano el 20 de diciembre de 1726, y un codicilo de 23 de enero de 1727,
por los que por vía de legado, entre otras cosas, mandó se me diesen 4.000 pesos /…/ y
no hizo expresión de nuestro consorcio por mantener el sigilo con que fue contraído, lo
que manifiesto así para que conste… ”. Ella renunciaba a todos esos bienes que eran
secretos, pero Guillermo se ocuparía de mantenerla con decencia hasta su muerte.
En resumen: se casaron en secreto absoluto hacía más de treinta años, lo que nos
remonta a una fecha en torno a 1714 o anterior. Suponemos que Nicolasa se trasladó a la
casa de Guillermo Terry al menos a partir de 1708, porque en diciembre de ese año nació
Francisca Patricia y su madre, la sobrina de Nicolasa, murió días más tarde. Lo que nos
lleva a la deducción de que s e casó en secreto con Guillermo por entonces o poco después.
Pero el contrato que firmaron ambos, también secreto puesto que no se registró en las
oficinas del escribano, es muy posterior, de 29 de enero de 1727. Y sólo seis días antes
de firmar dicho contrato con Guillermo, él añadió un codicilo a su testamento por el que
le legaba 4.000 pesos a su muerte.
La pregunta es… ¿a qué se debía tanto secreto y ocultación de dos hechos (un
matrimonio y un acuerdo económico) para los que oficialmente no había impedimento
alguno en que fueran públicos? Los dos eran viudos, libres para contraer nuevo
matrimonio. No había relación de consanguinidad y, además, socialmente era incluso
conveniente que ese enlace fuera de conocimiento general, puesto que ella vivía bajo el
mismo techo que Guillermo. Por el contrario, y de manera que nos parece muy evidente,
mantener oculto ese matrimonio provocaría sin duda entre la sociedad gaditana
comentarios maliciosos sobre dos viudos que compartían la misma casa. Desde el punto
de vista moral, igualmente, ella sería la primera interesada en preservar su virtud
públicamente. Y para Guillermo, propiciar comentarios sobre un asunto de este tipo no
era la mejor carta de presentación para un importante hombre de negocios que pretendía
ser respetable y respetado.
No encontramos entonces cuál pudiera ser el motivo para la ocultación, hasta el
punto de que ni quisieran dejar constancia en un registro notarial. Si sólo fue un
100
matrimonio de conveniencia, ésta sería la principal razón para que fuera público. Esos
documentos, el del matrimonio y el traspaso de ciertos bienes, quedaron en poder de ellos,
y sólo de ellos, incluso sabiendo que se exponían a la crítica social. Comentarios que,
además, afe ctarían a la hija de Guillermo, Francisca Patricia, y al marido de é sta. Toda la
familia sería objeto de cotilleos en los salones gaditanos porque además todos vivían en
la misma casa ¿Qué interés podrían tener en celebrar un matrimonio secreto, pero
socialmente aparentar que no existía esa relación marital entre ellos? En caso de ser un
matrimonio de conveniencia ¿por qué ocultarlo? Es una completa contradicción.
Añadamos que años después, en 1729, Terry consiguió un título nobiliario, el de marqués
de la Cañada. También el cargo de alférez mayor del Puerto de Santa María, razón de más
para tener una apariencia pública intachable, él y toda su familia, dado que él asistiría a
actos públicos en representación de la ciudad, tenía balcones en sitios señalados donde su
familia contemplaría (y sería observada) en ocasiones de eventos de todo tipo. ¿Por qué
asumir entonces la probable acusación de amancebamiento, cuando no era cierta?
Nicolasa, por su parte, jamás se benefició de su condición de casada porque, por ejemplo,
nunca pudo usar el título de marquesa consorte. A los ojos de todo el mundo era sólo la
tía abuela de la futura marquesa, Francisca Patricia, la que se había ocupado de su crianza
y de regentar la casa de los Terry. Una señora suponemos que piadosa y discreta, que por
las circunstancias que planteamos no podía mostrarse junto a Guillermo Terry en actos
sociales para no dar más pábulo a las difamaciones. En estos tiempos en los que la
apariencia era algo esencial en la sociedad, Guillermo Terry, tan preocupado por ella
como veremos en adelante, mantenía sin embargo una situación que se nos antoja, aparte
de incoherente, inexplicable. Además, él no se volvió a casar, vivió el resto de su vida
como un hombre oficialmente soltero. Obviamente no podía contraer nuevo
matrimonio… pero eso nadie lo sabía, de modo que figuraba como un rico comerciante
soltero, con título nobiliario, seguramente muy codiciado por otras familias que querrían
emparentar con él ofreciéndole a sus hijas casaderas.
Nos planteamos a continuación que, si ambos no podían comportarse públicamente
como esposos, seguramente tampoco lo harían dentro de la casa pues las criadas y demás
empleados habrían descubierto el secreto. De manera que parecía ser un matrimonio de
conveniencia motivado por alguna razón que se nos escapa, tan importante como para
mantenerlo oculto y exponerse a críticas durante el resto de sus vidas. ¿Fue una
101
conveniencia a efectos legales por algún motivo económico? ¿Tenía relación con ese
traspaso de dinero entre ambos, con ese contrato también secreto?
No es nuestra intención incidir más en un asunto de índole tan privada,
aparentemente banal y sin explicación, pero la existencia de ese otro acu erdo secreto de
1727 que tampoco se registró, por el que ella renunciaba a “todos sus bienes y acciones”
en favor de Guillermo, nos hace pensar que había una cuestión económica que por algún
motivo de fuerza mayor motivó ambos acuerdos. Y tan graves e importantes como para
que nadie supiera de ellos ¿Qué bienes tenía ella en su poder y fueron traspasados a
Guillermo? Es más… ella a partir de entonces parece que queda totalmente a expensas de
éste, no tiene otros recursos, por eso él se preocupa de que, tras su muerte, a Nicolasa se
le entregase cierta cantidad de dinero y una pensión vitalicia (4.000 pesos escudos, y la
pensión de 60 al mes) ordenando taxativamente a su hija que respetase esa voluntad por
encima de cualquier otra. O bien era la manera de pagarle algún tipo de favor muy
especial, que a Nicolasa le provocaba no sólo miedo, sino que también se negase a que
alguien, incluso un escribano, pudiese tener conocimiento de ello.
Sin embargo, por este testamento de 1744 sabemos que ella era propietaria de cierto
caudal antes de la muerte de G uillermo (que ocurrió un año después) y además ya no
quería que la sepultasen en la tumba de los Terry en el convento de San Francisco, sino
en el del Carmen Descalzo de Cádiz, con el hábito de esa orden r eligiosa. El dinero que
dejó a diversas instituciones y personas suma un total de 2.653 pesos escudos de plata
antigua. Ese dinero, o bien provenía de una herencia de su primer marido Juan de Mirasol
(algo que ella nunca menciona) o bien se lo entregó Guillermo Terry a lo largo de los
años, en efectivo o en forma de rentas, para que tuviera sus propios recursos.
Nicolasa tuvo un especial interés en favorecer a mujeres desamparadas, pues
destinó buena parte de ese dinero a la construcción del convento del Carmen donde quería
ser enterrada, y al Hospital de dicha orden que acogía a mujeres pobres y enfermas, al
Hospicio de la Santa Caridad que también se ocupaba de ellas, y a las pobres viudas que
vivían en la casa de ese nombre en Cádiz. También a los Niños Expósitos y a la obra de
la catedral. Dejó igualmente generosas cantidades (200 pesos escudos a cada una) a las
criadas de la casa: Ángela Merlet y Jacoba de Carmona, esta última una doncella a quien
ella había criado desde niña.
102
También tenía joyas valiosas. A Rosalía Isabel, hija de Juan y Francisca Patricia,
dejó zarcillos y anillo de diamantes, pulsera y gargantilla de perlas, más otras perlas
sueltas. A Guillermo, igualmente hijo de los anteriores, una caja de oro grande grabada.
Nombró como albaceas a Juan y a Francisca Patricia, y como herederos, al no tener
ascendientes ni descendientes ella misma, nombró a todas las hij as que tuviese Francisca
Patricia, a partes iguales. Excluía de nuevo a sus hijos varones porque consideraba qu e
ellos tendrían medios para mantenerse. Notamos de nuevo que Guillermo Terry no había
fallecido aún, moriría un año después, en 1745, por lo que Nicolasa muestra su sentido
práctico anticipándose y dejando sus bienes directamente a la hija y futuras hijas que
tuviera Franc isca Patricia , y ni siquiera nombra a Guillermo como albacea. Posiblemente
ya estaría afectado por alguna enfermedad, o sufría los achaques propios de los 81 años
que tenía por entonces. Puede que la edad avanzada de éste fuera el motivo por el cual
Nicolasa decidió hacer nuevo testamento y dejar sus asuntos resueltos, sin depender de
que Guillerm o se ocupase de ellos. Pero es curioso que este año, precisamente, confesara
en ese testamento la existencia de un matrimonio secreto con Guillermo. Ya no parecía
importarle que quedase constancia documental y registrada de la existencia de ese enlace
celebrado secretamente décadas atrás. Esto nos lleva a pensar que Nicolasa se valió del
testamento para realizar una especie de confesión, un descargo de conciencia, pero sin
explicar los motivos. Si nos ponemos en su lugar, quizás estaba dejando constancia
documental de que, a pesar de haber sido objeto durante muchos años de las comidillas y
comentarios sobre su virtud y decencia moral, estos no tenían fundamento porque fue y
era, a los ojos de Dios, la esposa de Guillermo Terry.
Cinco años después, en mayo de 1749, se encuentra e nferma y redacta otro
testamento
56
. Declara ser viuda de Guillermo Terry, y de nuevo vuelve a hacer mención
de ese matrimonio secreto contraído “ hace más de treinta y cinco años ”, y del documento
que tam bién firmó en secreto el 29 de enero de 1727, por el que renunció a ciertos bienes
y acciones en su favor. Una vez más, insiste en que “ no hice expresión de nuestro
consorcio por mantener el sigilo con que fue contraído, lo que manifiesto así para que
conste ”. Nos preguntamos por qué era tan importante confesar dicho acuerdo, si a fin de
cuentas eran unos bienes a los que ella renunció veintidós años antes, y además Guillermo
56
AHPC, Proto colos, 885. Testamento de Nicolasa Brito. Cádi z, 5 de may o de 1749.
103
ya había fallecido cuando ella hace esta declaración en su lecho de muerte. La herencia
de Guillermo ya estaría resuelta y concluida en 1749. ¿Por qué seguir mencionando ese
acuerdo de 1727 si no tenía ninguna trascendencia en lo que ella dejaba como herencia?
Tal parece que ella pretendía salvaguardarse de algo, por una razón que no alcanzamos a
saber porque ella no podía o no quería revelarla. O quizás confesar algo que pesaba en su
conciencia. Guillermo no lo hizo nunca en sus testamentos, ambos guardaron el secreto
hasta el fin de sus días. ¿De dónde procedía ese dinero o a qué estuvo destinado?
Si nos remontamos a todo lo que expusimos anteriormente sobre nuestras
sospechas de que quizás Guillermo Terry se encargó de enviar dinero a París, a la Corte
de Jacobo Estuardo, nos preguntamos si este documento tan secreto pudiera tener relación
con una act ividad política y financiera en ese contexto. Dinero propio, o tambié n de otros
jacobitas que lo entregaban a Guillermo y él canalizaba a través de su hermano James
para sostener las necesidades de la causa, cuyo único objetivo era promover rebeliones
en las islas británicas y recuperar el trono inglés. También avanzamos nuestra sospecha
de que Guillermo Terry nunca reveló en Cádiz su condición de jacobita, puesto que tuvo
estrecha relación con un inglés que luego ostentó en Londres el cargo de director del
Banco de Inglaterra, lo que situaba sin duda a este personaje en el entorno de la Corte
inglesa, donde la menor sospecha de traición sería severamente castigada.
¿Fue Nicolasa Brito una persona de total confianza para Guillermo, y durante un
tiempo puso a nombre de ella ciertas cantidades de dinero que luego tuvieron un destino
que nadie podía saber, ni siquiera un notario? Quizás quienes entregaban ese dinero a
Terry para que él lo enviase a París, le exigían algún tipo de documento, digamos un
recibo, aunque fuera secreto y privado, que certificase esa entrega. Por ejemplo, para
poder probar después ante el rey Jacobo que ellos habían contribuido a su causa. Dado
que la rebelión se planeaba con absoluto sigilo, quien entregase una elevada suma para
financiarla no podía correr el riesgo de hacerlo sin tener un papel que lo probase,
confiando solamente en la honestidad de quien recibía la donación, en este caso Guillermo
Terry. Y si la rebelión tenía éxito y ellos pensaban reclamar mercedes al rey, era lógico
que necesitasen un documento para probarle cómo habían financiado su vuelta al trono o
las necesidades de su Corte en el exilio. Las cantidades serían tan elevadas que Terry,
precavido y cauteloso, no querría registrarlas a su nombre en ningún documento público,
ni siquiera en un papel con su nombre, para que no corrieran el riesgo de ser embargadas
104
en caso de un mal giro en sus negocios
57
. Y Nicolasa Brito fue la que firmó esos
documentos… para más tarde traspasar ese dinero a Guillermo, también en secreto,
cuando él decidió enviarlo a Francia. Posiblemente esta participación en una conspiración
para destronar al rey inglés, fue lo que provocó el temor, cargo de conciencia o como se
quiera calificar, en Nicolasa, y la confesión aunque velada en su testamento.
Pongamos un contexto histórico: la última rebelión jacobita se produjo en 1745 e n
Escocia, y acabó trágicamente con la batalla de Culloden el 16 de abril de 1746. Los dos
levantamientos anteriores sucedieron en 1715 y 1719. Los testamentos en los que
Nicolasa hace mención de ese contrato secreto son de noviembre de 1744 (justo antes del
último levantamiento) y mayo de 1749 (tres años después del mismo). No vemos aquí
una relación directa con la financiación de una operación militar por parte de los Estuardo,
de manera que sólo podemos suponer que fueran cantidades de dinero que Terry
recolectaba en Cádiz y enviaba periódicamente para sostener a los exiliados. Sin embargo,
en 1715 Jacobo III Estuardo perdió el favor del monarca francés. No sólo por el fracaso
de ese levantamiento, sino también porque el mismo Luis XIV falleció el 1 de septiembre
de ese año. Es decir, los jacobitas exiliados en Francia se encontraron sin apoyo en el país
de acogida. Jacobo III se trasladó entonces a Roma, donde el Papa Benedicto XIII le
ofreció asilo. Se instaló en el palacio Muti con una reducida Corte.
Sin embargo, sabemos que James, el hermano de Guillermo, siguió viviendo en
París al menos hasta 1725, y recibía de éste una jugosa pensión todos los meses. No se
trasladó, por tanto, con el rey al que servía como experto en genealogía y heráldica. Esto
nos plantea entonces la pregunta de por qué Guillermo mantuvo a su hermano instalado
en París (siempre quejoso de su pobreza) si en cambio recibió a los dos hijos varones de
James en Cádiz para facilitarles un futuro económicamente espléndido como partícipes
en su negocio. Guillermo debía de tener un enorme interés por mantener a James en
territorio francés. Puede que simplemente le necesitase allí para obtener noticias de los
exiliados, pues a fin de cuenta s las relaciones entre Francia e Inglaterra se mantenían, así
como los contactos comerciales, y por los puertos franceses donde había muchos jacobitas
instalados llegaban continuamente noticias de las islas británicas.
57
Más ade lante v eremos un a entre ga de gr an canti dad de joyas a Guiller mo Terry, que ap oya esta
suposición.
105
Si no era nada de esto, no entendemos por qué ese trasvase de bienes y dinero entre
Guillermo Terry y Nicolasa Brito era un asunto que se llevó tan en secreto y a ella le
suponía un cargo de conciencia. Obviamente era una operación delicada que a ella le
produciría no poco desasosiego, hasta el punto de revelarlo casi veinte años después en
un testamento sólo por liberarse de una especie de culpa. O era un delito de índole
comercial, o era de tipo político. Y además nunca fue revelado.
En cualquier caso, conviene tener presente que en los testamentos de la época no
sólo se recogían repartos de herencias y reconocimientos de deudas, sino que se
confesaban hechos o deseos que en vida no se pudieron hacer públicos por ser moralmente
reprobables o por cualquier otro motivo. La cuestión es que Nicolasa, ni siquiera en sus
últimas horas de vida s e atrevió a revelar en qué consistía exactamente su secreto. Por
tanto, nos lleva a deducir que, de hacerlo, afectaría no sólo a ella sino a Francisca Patricia
y Juan Terry. Los motivos debían seguir ocultos, no podían constar por escrito. Y no
olvidemos que Juan, en las cartas a su padre James, se había mostrado declaradamente
jacobita, algo que también ocultaría en Cádiz por las mismas razones que su tío y suegro.
Juan iba a ser el heredero de hecho de los bienes y negocios de Guillermo Terry, por lo
que debía mantener la misma imagen pública que mantuvo su tío, en la que no podía
existir la menor sospecha de ser jacobita o de colaborar con esa causa. Una imagen de la
que dependía no sólo su seguridad personal frente a los ingleses, sino también la esencia
misma de los negocios de la familia, muy centrados en las relaciones con los ingleses.
Por lo demás, en s u último testamento Nicolasa renovó las mismas mandas que en
el anterior, aunque aumentó la cantidad de algunas. Aparecen ahora nuevos miembros
incorporados a la familia: María Francisca Lacy, casada con Guillermo, hijo de Juan y
Francisca Patricia, a quien deja un anillo de esmeraldas con seis diamantes, y la hija de
estos, Josefa, para quien lega unos zarcillos y cruz de diamantes y unas pequeñas joyas
de plata. A Rosalía Isabel, hija de Juan y Francisca Patricia, unos zarcillos de oro con
granates y perlas, una cruz de oro con nueve perlas y unas filigranas de plata. A Juan
Terry le dejaba un reloj de oro con cadena. En conjunto unas joyas más valiosas que las
contenidas en su testamento anterior. Se deduce que los negocios familiares prosperaron
estos años y Nicolasa aumentó su joyero. Curiosamente no le deja ningún objeto personal
112
europeas. Entonces, en vez de esos diez años se aumentó el tiempo de residencia a veinte,
con la particularidad de que, de esos veinte, el extranjero debería haber estado casado al
menos diez con mujer natural de España o de las Indias. Se añadió también el requisito
de tener bienes raíces, según real cédula de Felipe III dada el 1 de octubre de 1608. Diez
años después se volvieron a aumentar las exigencias, ordenando que el extranjero que
quisiera comerciar con las Indias debía certificar con escrituras que sus bienes raíces en
España tenían un valor de 4.000 ducados. Como los fraudes no cesaban, se prohibió que
los extranjeros naturalizados empleasen en sus negocios caudales que no fueran suyos
propios. Se les obligaba también a que, un mes después de haber obtenido la carta,
hicieran inventario jura do de sus propiedades ante la justicia, para que constase al detalle
la hacienda que tenían cuando empezaron a contratar con las Indias. Si no lo hacían, su
licencia sería revocada y volverían a ser considerados extranjeros.
Se planteó entonces el problema añadido de cómo habría que considerar a los hijos
de estos extranjeros, y a partir de ahí encontramos los pormenores en cuanto a la
distinción entre dos naturalezas: la de España y la de Indias. Se estimaba, por ejemplo,
que el hijo nacido en Cádiz cuyo padre era francés nacido en Francia, era igual de francés
que su padre y su abuelo. Por tanto, debía solicitar también una carta de naturaleza de
España. La cuestión era que los hijos de extranjeros naturalizados pretendían viajar a las
Indias “ jactándose de ser naturales españoles sin diferencia de los demás descendientes
de padres abuelos, etc nacidos en Castilla ”. Para evitar esto se exigió que, una vez que
un hijo quedara fuera de la patria potestad, debería cumplir también unos requisitos si
quería obtener tantos derechos como un español descendiente de españoles. Es decir, diez
años de residencia en España para la naturaleza de Castilla, y veinte para permitírsele el
comercio con las Indias, siendo diez de ellos como hombre casado con española, así como
entregar el inventario jurado de sus bienes con su valoración.
Se intentaba solventar de esta manera el fraude de que muchos extranjeros que no
cumplían los requisitos exigidos, se servían de sus hijos nacidos en España para
embarcarles a las Indias y gestionar las cargas con las que comerciaban sin tener el
permiso para ello. Consideraban las autoridades que los españoles estaban en inferioridad
de condiciones, puesto que a estos extranjeros “ sus conexiones y correspondencias en las
plazas principales del Comercio de Europa les facilitan dentro de ella, y aún de sus casas
113
mismas sin riesgos ni trabajos considerables, adelantamientos y medios que no pueden
proporcionar para el suyo los españoles originarios, porque les faltan las conexiones y
correspondencias referidas. Y también porque la experiencia ha demostrado que, si los
hijos de extranjeros son queridos de los comerciantes nacionales, aún de distintos reinos
del de su origen, los españoles viven aborrecidos y nada fomentados por los extranjeros
que comercian en distintas plazas de Europa. Sin que esto sea lo más sensible, porque
sobrepuja la mortificación de tocarse el que aún de los mismos españoles y comerciantes
de las Indias, retirados ya de la navegación por sus particulares intereses, son preferidos
en las consignaciones los hijos de extranjeros ”
Podemos empezar a vislumbrar con esta exposición de motivos por qué Guillermo
Terry tuvo tanto éxito en sus negocios. Tenía conexiones en Europa y, seguramente
también, cuando consiguió su carta de naturaleza en 1719 se dedicó a servir como
testaferro para otros extranjeros que no estaban naturalizados y no podían cargar en las
flotas que iban a América. Contratos como testaferro que, por ejemplo, podía hacer
también con los ingleses cuando estos eran expulsados de España en tiempos de guerra
con su nación y se trasladaban a Gibraltar o Portugal, algo que ocurrió varias veces a lo
largo de la primera mitad del siglo XVIII. Terry podía transportar en sus barcos o en
barcos de otros, la carga que quisieran enviarle los comerciantes ingleses. Incluso podía
él mismo ir a buscarla a puertos ingleses. Podía venderla en América, comprar allí
productos de Indias con el beneficio obtenido, transportarlos a España y entregarlos aquí
a los ingleses o él mismo llevarlos a Inglaterra
63
. Una nueva razón para que Terry ocultase
su condición de jacobita: mantener excelentes relaciones con los hombres de negocios
ingleses, o de cualquier otra procedencia, para quienes gestionaba todo aquello que estos
no pudieran hacer por las muy variadas razones legales o circunstanciales.
Una actividad comercial, la de los extranjeros, que había llegado a niveles más que
preocupantes para los españoles, como queda patente por la denuncia recogida en este
documento del Consulado: “… todo lo más (y aun pudiera decirse todo) que se trafica en
la carrera de Indias pertenece a extranjeros, todo se consigna a los hijos de estos, de
suerte que poco o nada queda para los españoles originarios, ni en la pertenencia ni en
63
Este trasi ego comercial a t ravés de Cádiz que daría muy afectado con el estableci miento del Asient o de
Negros y la exclus ividad y ve ntajas conce didas por Felipe V a l a South Sea Company , com o veremos en
el siguiente capítulo.
114
la consignación …”. Aunque desde luego nos parece que los cargadores españoles, puesto
que sus nombres existen en los registros de los navíos, debieron prestarse también para
aceptar cargas de extranjeros poniéndolas bajo sus nombres. Y volviendo a Guillermo
Terry, pensamos que para él hubiera sido más práctico casar a su hija con un comerciante
español. Su sobrino Juan, hijo de irlandés pero nacido en Francia, era un extranjero en
Cádiz. Y sin embargo prefirió un yerno que le ofreciera confianza absoluta, que fuera de
la familia. ¿Sus negocios hacían que esa confianza se erigiera en la condición
predominante sobre cualquier otra conveniencia?
La llegada de mercancías procedentes de otros países europeos era excesiva a juicio
del autor de este informe. Se enviaba un gran volumen de manufacturas que se pretendía
vender al contado en España, pero eso no se conseguía más que para un 20 % de dichas
cargas “ porque el consumo de España es poco para lo que se recibe ”. Entonces el
extranjero intentaba venderlo al fiado, frecuentemente a pagar en Indias. Y todo lo que
no conseguía vender aquí, lo enviaba como podía a Ultramar. Se quejaba el autor de que
al final quedaba poco espacio en las bodegas para las cargas de españoles originarios,
porque además estos no tenían tantos caudales como los extranjeros, por lo que se daba
la triste circunstancia de que las riquezas americanas conquistadas con gran trabajo por
los españoles, eran extraídas y aprovechadas por los extranjeros “ cuyos abuelos nada
tuvieron de riesgo y trabajo en la conquista de las Indias, y quizás poco o nada de religión
católica al tiempo de su descubrimiento y después. Llega a tanto la desgracia que lo más
de estas consignaciones se hacía también por españoles a hijos de extranjeros /…/ y sólo
de esta manera pudiera haberse llorado la desgracia de que en poco número de hijos de
extranjeros se viesen estancadas las consignaciones, y los españoles, por falta de ellas,
no se pudiesen embarcar o navegasen con poco o ningún provecho los que se
embarcaban …”
Para convencer al monarca de que esto afectaba no sólo a los comerciantes, sino
también al Real Erario, se señala que todo se agravaba por “ el extravío de caudales por
reinos extraños, y en los navíos que con distinto destino, en fuerza de paces, envían a la
América /…/ quedando sólo en el confuso y vago pero cierto conocimiento, que presta la
diferencia que se nota entre el valor de los géneros que se llevan de España en las
armadas de Tierra Firme y Nueva España y en varios otros registros sueltos, y los
115
caudales que se traen de Indias, con innumerable distancia entre el producente y el
producto… ”
El impreso que citamos aquí no tiene fecha, pero por los años mencionados en su
título tuvo que ser redactado en 1728 o poco después, de manera que nos refleja una
situación bastante negativa para los españoles, pero extremadamente positiva para un
comerciante extranjero como Guillermo Terry, quien con toda probabilidad se
desenvolvió en sus negocios tal y como se expone en el documento, porque nos consta
que para estos años ya tenía una fortuna considerable y en aumento.
64
Es de suponer que estas quejas no afectarían a Guillermo Terry, puesto que él, a
partir de 1719, ya tenía la licencia o carta de naturaleza para comerciar con las Indias.
Pero antes de esa fecha tuvo que recurrir a estos trucos que aquí se denuncian para
introducir cargas en los navíos. Para afirmar esto nos valemos de un dato interesante que
encontramos en un listado de pasajeros, embarcados en la flota de don Fernando Chacón
que en 1721 fue a Nueva España. Entre los cargadores y factores de las mercaderías que
llevaban consignadas por su cuenta y riesgo, aparece un tal Pedro Teri , que debe ser Pedro
Terry, el sobrino de Guillermo, hijo de su hermano Patricio. Nacido en Hontanares, tenía
entonces 21 años. Era claramente un jenízaro, un hijo de extranjero nacido en España, y
posiblemente trabajaba para su tío a provechando esa circunstancia, esa especie de vacío
legal que les permitía tener derechos como los españoles, al ser nacidos en España, y los
aprovechaban para poner a su nombre cargas de otros. Si no lo hacía para Guillermo
Terry, lo haría para cualquier extranjero que no disponía de licencia. Otros de la lista en
esa flota eran Jácome Sanguineto, Félix Lince (Linch era el apellido original inglés) y
Bernardo Coghen de Montefrío.
Por estas fechas también, el Consulado de Sevilla se dirigió al rey en términos más
expeditivos. Pedían que se revocasen totalmente las licencias concedidas a extranjeros
para comerciar en las Indias
65
, y para argumentar sus razones daban una relación de
motivos de bastante peso. En primer lugar, que una carta de naturaleza le costaba al
64
Véa se más adelante la relación de propiedades que fue ad quiriendo a lo largo de las primeras décadas
del siglo XVIII, donde cons tan las fechas de compra.
65
AGI, Consu lados, 892. Representa ción del Con sulado de Se villa al r ey. Es una copia del original, pero
no consta fecha de una ni de otro. Lo ubicamos hacia 1721 por el cont exto documental.
116
extranjero sólo 300 o 400 ducados, y sumando todas las que se expedían, era poca
contribución para pagar los increíbles gastos de las guerras. Estimaban los comerciantes
sevillanos que esos 400 ducados se transformaban en 400.000 de ganancia para el
extranjero “ que usurpa en diferentes viajes de derechos debidos a la real Hacienda y
situados en los que deben pagarse del oro, plata, perla y mercaderías preciosas que el
extranjero descamina para fuera del reino /…/ Síguese de aquí la admiración y lástima
del pueblo, igualmente admiración por la inestimable desigualdad que hay de 600
ducados de utilidad a 600.000 de daño. Lástima por la forma con que el extranjero induce
por creíble ser comodidad de los despachos generales la naturaleza que se le concede, y
que añadirse al gremio de los cargadores naturales es alivio del Comercio y surtimiento
de los cargadores de las flotas …”
Las quejas de los comerciantes españoles, o al menos de los miembros del
Consulado de Sevilla, derivan en algo que se nos antoja un reconocimiento implícito de
su incapacidad para competir con los extranjeros. Y en este momento de la queja no se
están refiriendo a prácticas corruptas con cargas fuera de registro, es decir, contrabando.
Mencionan el simple hecho de que, al parecer, los extranjeros tenían más caudales y más
margen de maniobra a la hora de fijar precios
66
y que incluso eran más inteligentes.
Suponemos que el autor del informe se refería a “inteligencia en el Comercio” y no tanto
a una cuestión intelectual. Para ello ponen un ejemplo práctico de cuál era el
procedimiento que seguían:
“ Después de haber el extranjero acomodado sus mercaderías al natural, y sea el
ejemplo una vara de ruan a 5 reales de plata, y negociado aquí con ventaja, se embarca
y encarga parte de su hacienda a sus confidentes, llegan a Portobelo, ábrense las ferias,
foméntase el despacho, beneficia el natural sus comodidades y procura que la vara de
lienzo, que en Sevilla le costó 5 reales, en Portobelo se la compren por 6 o por 7.
Atraviésase el extranjero o su confidente y véndela por 1 o por 2 reales menos. Queda el
uno obligado a dos cosas: o a vender en Portobelo perdiéndose, y de vuelta de viaje
quebrar en Sevilla y llevar t ras de sí gran parte de cargadores naturales que, o le fiaron
o le confiaron sus haciendas, o si no vende en Portobelo se pasa al Perú y allá despacha
66
En otro capí tulo más adelant e analizaremos el enorme contrabando r ealizado por naví os ingleses en las
Indias españolas, encubriéndolo ba jo el comercio de esclavos que les concedió Felipe V por el Tra tado
del Asiento de Negros. Sumado est o a lo que exponemos sobre el enorme porcentaje que representaban
las cargas de extran jeros en los navío s españoles que salían de Cádiz, e l panorama era rea lmente
desolador para los carg adores españoles.
117
según le duele su buena fama y el qué dirán de su correspondencia; o se deja llevar del
desahogo que le ocasiona la inmensa distancia que hay en medio. Al contrario en el
extranjero, que aunque vende a un real menos, vende en efecto, y por muchos modos se
alza con el tesoro de las Indias. Primero, con la facilidad de despachar su hacienda
vendida por menos; segundo, con que, aunque la venda así, gana con increíble logro,
porque al natural se la vendió como quiso, no como era justo; además de que, como es
cosecha de su nación, puesta en Sevilla le sale a precio tan moderado que vendida en
Portobelo un real menos que el natural, queda con lucimiento. Y, en fin, perdidos los
naturales con tan desgraciado procedimiento, queda el extranjero dueño del Com ercio y
Vuestra Majestad agravado en la conformidad referida …”
El agravio comparativo aumentaba cuando el rey, además, concedía licencias a los
extranjeros para que pudieran navegar en barcos propios “ y tal vez con la mitad de gente
de mar y guerra de su nación, donde además del abuso de la naturaleza y burlando de la
sencillez de los castellanos, estudia muy sin contradicción en demarcar los puertos,
rumbos y parajes, y tal vez se derrota maliciosamente y se va con las haciendas del
miserable comercio de naturales a sus tierras… ” Estos extranjeros que un día tenían
licencia para ir a Indias y circular por sus costas, al siguiente podían ser considerados
enemigos peligrosos si estallaba la guerra con su país, pero ya tenían en su poder una
información estratégica muy delicada.
Sentenciaba el Consulado de Sevilla que, en resumen, “ el Comercio, sólo en el
nombre es de naturales en la sustancia, y en el hecho de los naturalizados ” E incluso
llegaba a reconocer que la culpa era de los propios españoles, pues “ los entendimientos
de los castellanos, como quiera que, o por clima o por constelación son gente de poca
aplicación y artificio para buscar la vida, y de gobierno incierto par a prevenirse de los
males y necesidades inminentes, teniendo lado a lado al extranjero naturalizado y con
mejor gobierno político, se entorpecen e inhabilitan haciéndose de señores e
ignominiosamente esclavos de la extorsión y dominio ajeno… ”
118
El resultado final era que todas las naciones de Europa tenían a sus agentes en
España, y por medio de ellos esquilmaban las riquezas de las Indias y obtenían
información que nos dejaba estratégicamente en sus manos, “ cosa de admirar que las
naciones rebeldes y confederadas que no imaginaron ni pudieron hallar medio posible
para aumentar tan fuera de su entendimiento, lo hallasen por camino de tan poca costa
y trabajo y de tan poco riesgo ”. Unas inmensas ganancias que, a la postre, servían para
que esas mismas naciones actuaran contra España. En cambio, los comerciantes españoles
no gozaban en esas naciones de los mismos privilegios que aquí se daban a los
extranjeros. Como resultado, el monopolio español del comercio con América no era tal.
Estaba en manos de extranjeros, y aún peor, de extranjeros asentados en España y con
libertad de circulación.
En consecuencia, el Consulado de Sevilla proponía que el rey devolviera a los
extranjeros los donativos que le habían hecho para obtener sus cartas de naturaleza, suma
cuyo importe ascendería a 30.000 o 40.000 ducados, “ corto empeño de la real Hacienda
para tantos y tan costosos daños ”, y que de esa manera ninguno pudiera enviar
mercancías ni haciendas a las Indias. Suprimir por completo la participación de
extranjeros en nuestro comercio.
Hay que añadir que, en cuanto a la concesión de naturalizaciones, las leyes no se
cumplían con rigor y si el solicitante no reunía las condiciones requeridas se le dispensaba
de ello a cambio de un generoso donativo al rey. El Consulado volvió a insistir en la
prohibición que existía de que los extranjeros se establecieran en territorios españoles sin
autorización expresa (reales cédulas de 25 de diciembre de 1720 y de 25 de abril de 1736).
Por real cédula de 23 de septiembre de 1729, se ordenó la creación de un cuerpo de
Comercio en el que se integrarían todos los cargadores de la carrera de Indias, y que serían
matriculados por el Consulado. Éste elaboró el reglamento con las condiciones para ser
admitido en esa matrícula, que básicamente consistían en que absolutamente todos debían
ser españoles, vecinos de Sevilla, Cádiz, El Puerto de Santa María, Sanlúcar y sus
contornos. Además, el Consulado tenía la potestad de admitir o rechazar a quien estimase
oportuno. Como después de esta fecha ya no admitirían a nadie más, los descendientes de
extranjeros protestaron y el rey resolvió en 1743 y 1747 el asunto, autoriza ndo a los hijos
y nietos de extranjeros, nacidos en España, para que se les admitiese en dicha matrícula
119
de comerciantes. Suponemos que estos extranjeros nacionalizados, y sus hijos cuando
operaban a su vez como comerciantes, contribuían de manera más o menos voluntaria en
los frecuentes préstamos que el rey solicitaba al gremio. No era práctico para la Corona
eliminar esas jugosas contribuciones.
Volviendo al caso particular de Guillermo Terry, su carta de naturaleza le fue
concedida en 1719. Cumplía entonces con los requisitos exigidos: llevaba más de 20 años
en España, más de 10 casado con mujer española (aunque ella falleció un año y dos mese s
después del casamiento) y tendría suficientes propiedades que demostraban su vocación
de permanencia en territorio español. Sin embargo, como irlandés católico ya se había
beneficiado años atrás de un especial favor del rey hacia esa comunidad de extranjeros.
En 1701, una real cédula concedía a los ingleses e irlandeses católicos que llevasen diez
años residiendo en España, o casados con mujer española, “ poder comerciar y vender
libremente y tener bienes raíces y de cualquier género, sin que se les pueda perturbar
por accidente alguno en sus personas y haciendas. Con declaración de que en ningún
tiempo puedan gozar de otros privilegios que los de los naturales vasallos,
reconociéndose qué bienes tienen, y que sean adquiridas las raíces por vía de compra
le gítima y no traspaso ni otra cosa que dé lugar al dolo de que pongan en su cabeza sus
haciendas los que no deben gozar de este privilegio …”
67
Esta cédula permitió a Terry
ejercer el comercio y desempeñarse como hombre de negocios con total libertad en
igualdad de condiciones con los españoles, así como adquirir propiedades.
Pero nos encontramos con otra fecha más, 1729, en relación a su carta de
naturaleza. Y también la mención de que la tenía antes de 1719. Todo esto parecía no
encajar con el sistema de concesión establecido. Al poner en orden todos los documentos,
llegamos a la conclusión de que había dos pasos en el proceso de obtener la
naturalización. En primer lugar, el extranjero solicitaba la carta de naturaleza “de
Castilla”, que le permitía actuar en igualdad de derechos con los españoles en la
Península. Pero si el extranjero en cuestión quería comerciar con Indias, debía solicitar
otra licencia especial para ello, la llamada “carta de naturaleza de Indias”. Ésta lo
67
ARCHV, Cédula s y Pragmáti cas, Caja 1 8, 24. “ Expedient e para que los ingleses e irl andeses católico s
que residan más de diez años …” Real cédul a dada en Mad rid, 1 6 de a bril de 170 1.
120
facultaba para cargar en las flotas, que obviamente era el objetivo de la mayoría de
extranjeros avecindados en Cádiz.
El 12 de mayo de 1719, Guillermo Terry recibió la respuesta afirmativa a su
solicitud de poder comerciar con las Indias. En esa licencia o naturaleza de Indias
68
se
decía que era vecino de Cádiz, caballero de la orden de Santiago, de nación irlandés, y
que hacía treinta años que vivía en estos reinos, lo que remonta su llegada a 1689.
También se mencionaba que era casado con mujer natural de España y que tenía una hija.
En Cádiz tenía casa y bienes raíces, de manera que cumplía los requisitos estipulados.
Como méritos añadidos, que era hermano de Patricio Terry, comandante que fue de las
Reales Guardias españolas, muerto en el último sitio de Barcelona, y de Esteban Terry,
capitán de Dragones. Guillermo había servido voluntario y a su costa en la compañía de
Corazas de Bonifacio Manrique, y por ello el rey le había concedido la merced del hábito
de Santiago y la naturaleza de estos reinos.
Es evidente que ya se había naturalizado antes de 1719. Era el primer paso ante s de
pedir la de Indias. Ahora suplicaba que se le concediera “ facultad y privilegio de poder
comerciar y transportar vuestras ropas, efectos y mercaderías a los reinos de las Indias,
con todo lo demás que fuere de libre y licito comercio, con las mismas exenciones y
franquezas que los demás vasallos míos que tratan en ellas, pudiendo poner libremente
en vuestro nombre los contratos, obligaciones y facturas, como cualquiera cargador, sólo
con la limitación de que n os podáis embarcar por vuestra persona… ”
Esta puntualización de que en su calidad de extranjero sólo se le prohibía una cosa,
embarcarse y viajar a las Indias, es un dato importante. Quizás por eso su sobrino Pedro
Terry nos aparece como cargador y pasajero en la flota de don Fernando Chacón que salió
para Nueva España en 1721. Podríamos aventurar que Pedro ejercía esa función para su
tío: encargarse de los trámites, vigilar la carga, viajar con ella, venderla en América y
regresar con mercancía de Indias. De nuevo nos encontramos con que Guillermo Terry
recurría a sus familiares más directos para que le ayudaran en su negocio. En Cádiz tenía
a los hijos de su hermano James en su oficina, y para el traslado, venta y compra en
América tenía al hijo de su hermano Patricio, un joven que, al ser nacido en España, podía
68
AGI, Consu lados, Libr o 445, fol 29. Este legajo agr up a las licencias para comerciar con Indias
concedidas a quienes ya tenían l a naturaleza. Por tanto, es evidente que se daban esos dos pasos: la
naturaleza de Castill a primero (gestionada y concedida por la Cámara de Castilla) y la de Indias después
para qui en la solicitas e.
121
ejercer esa función porque la mayoría de comerciantes extranjeros se servían de estos
jenízaros para dichos menesteres, lo que provocó la queja de los comerciantes españoles.
Los hijos de James habían nacido en Irlanda y en Francia, su padre era un irlandés
residente en Francia, circunstancia que les impedía viajar a las Indias. O, en cualquier
caso, aunque se hubieran valido de un trato especial como irlandeses católicos, no querían
hacerlo. Recordemos que James Terry no quería que su hijo William se embarcase de
ninguna manera, y así se lo pidió a su hermano.
Esta información corrobora nuestras sospechas surgidas a partir del testamento de
Nicolasa Brito, donde le dejaba a Pedro Terry unos objetos muy personales y hacía
constar el aprecio que le tenía. Sin embargo, Guillermo nunca le incluyó como socio en
su compañía, ni le pidió a su sobrino-yerno Juan Terry que le incluyera posteriormente
en la suya. Parece que Pedro estaba destinado a mantener una actividad fuera de este
ámbito. O más bien, que no querían que figurase oficialmente. Más adelante veremos que
desempeñó otra labor mucho más importante, pero, en relación con ella, es revelador que
tuviera esta relación previa de confianza y empleo con su tío Guillermo trabajando para
él como factor, además de que esos viajes le proporcionaron una experiencia de primera
mano sobre las ferias en Indias, cómo desenvolverse en ellas, así como mucha
información y contactos. Otro dato a tener en cuenta es que Pedro Terry nunca mencionó
ese trabajo como factor o delegado de su tío en los memoriales que redactó años después
dirigidos al rey pidiendo mercedes. Jamás mencionó tampoco a su tío Guillermo Terry,
una omisión que resulta chocante cuando se trataba de citar méritos familiares, ya que su
tío era marqués y tenía un cargo en un cabildo. Era el personaje más importante en s u
familia, el de más relevancia y reconocimiento por parte del rey, y sin embargo Pedro
mantuvo oculta esa relación de parentesco y de negocios, una ocultación totalmente
intencionada. De igual manera, tampoco encontramos que Guillermo mencionase a su
sobrino en ningún documento. Otro dato más a tener en cuenta en estos comportamientos
sigilosos de Guillermo Terry.
Como en la licencia concedida por el rey en 1719 se menciona que “ por despacho
de 6 de septiembre del año pasado de 1718 os concedí naturaleza de estos reinos ” y ahora
se le daba la licencia para contratar en las Indias, vemos que Guillermo tardó casi 30 años
en pedir ser naturalizado y, una vez conseguido, pidió inmediatamente después el permiso
128
Otro documento de la Secretaría de Hacienda
75
nos aporta información sobre el
proceso de esta compra. Al frente de la Secretaría estaba Patiño, y la negociación se hizo
en sus oficinas porque un oficial de la misma, Juan Solano, tomó razón de cómo se
discutió el precio de dicho título. Terry pretendía comprarlo por 200.000 reales, pero este
oficial estimó que esa merced estaba valorada en 180.000, a los que había que añadir
120.000 más por quedar eximido del pago de lanzas y medias annatas a perpetuidad. En
total eran 300.000 reales. Quien medió a favor del peticionario fue el mismo confesor del
rey, un escocés llamado Guillermo Clarke. Éste intentó bajar el precio y también redactó
una carta de recomendación. Terry escribió a Clarke en estos términos:
“ Habiendo vuestra señoría patrocinado mi pretensión en orden a obtener de Su
Majestad la merced de Título de Castilla, y por esta causa haberse inclinado el Ilmo. Sr
don José Patiño a favorecerme, he hablado hoy con don Juan Solano, quien me dice que
para conseguir dicha merced libre de lanzas será preciso pagar trescientos mil reales de
vellón, cuya cantidad me parece crecida si se atiende a mis méritos personales y los de
mis dos hermanos que murieron en servicio de Su Majestad. Por lo que suplico a vuestra
señoría interponga su autoridad con dicho Ilmo. Sr. a fin de que se baj en cien mil reales
de vellón de la cantidad expresada, y que yo consiga dicho título libre de lanzas por
doscientos mil reales de vellón …”
76
Si anteriormente mencionába mos la presencia en España de católicos huidos de las
islas británicas, de person ajes destacados en los levantamientos jacobitas…ahora
encontramos a un escocés, obviamente católico y por tanto asimismo refugiado en
España, que ocupaba una posición de gran influencia en la corte. Nada menos que el
confesor del rey. Tampoco nos cabe duda de que sería un escocés fiel a Jacobo III, por
tanto, un jacobita al que recurre Guillermo Terry para que influya en el rey, le recomiende
y así poder conseguir un título nobiliario, que finalmente le es concedido. No sabemos
qué grado de relación podría haber entre los dos, pero la suficiente como para que Terry
le pidiera ese favor y el religioso accediera a recomendarle. También se nos ocurre que,
puesto que sabemos que Patiño ya había intercedido anteriormente por Terry, quizás no
quiso significar ante el rey su relación con éste, y fue él mismo quien pidió al confesor
que intercediera por él ante el monarca. Es más, el viaje real fue planificado en secreto
75
AGS, Secre taría y Sup erintendenci a de Hacienda , 145 - 2. Véase en ANDÚJAR CASTILLO (2008)
76
AGS, Secre taría y Sup erintendenci a de Hacienda, 145 - 2. Documento transcrito en ANDÚJAR
CASTILLO (2008) p. 104
129
por Patiño, y como Terry hizo la solicitud para obtener el título nobiliario justo antes de
que éste se iniciase, cuando se necesitaban recursos para pagar los gastos, puede que el
ministro a dvirtiera de ello a Terry para que aprovechase la ocasión. O bien Pat iño, o bien
el confesor del rey, avisaron a Terry de esta oportunidad.
.
Nos preguntamos también si Terry aprovechó este viaje de los reyes para
presentarse ante ellos. Tenemos una carta del juez de Arribadas a José Patiño, fechada el
3 de enero de 1729
77
, en la que responde a una del ministro donde le anunciaba de manera
confidencial que era muy probable que el rey pasase a Cádiz. Patiño le daba instrucciones
para el recibimiento del monarca, como por ejemplo que un barco que se estaba
construyendo en esos astilleros estuviera listo para que lo botase el rey, y también que
preparase una falúa para que los monarcas pudieran pasear en ella, conveniente
ornamentada de damasco, así como otras ocho para el acompañamiento. El juez respondió
que se elegiría la falúa de la Intendencia y se compondría en la Carraca para que el pueblo
no pudiera ver esos preparativos (la doraron por completo incluidos los remos) La casa
elegida para alojar a los reyes era la de don Luis de Ocio, que tenía dieciséis balcones con
vistas al mar, oratorio, jardines, caballerizas… y capacidad suficiente para albergar a los
criados y la guardia. Para el 10 de febrero ya estaban los preparativos muy adelantados,
aunque era tarea complicada porque había que alojar a los guardias de corps con sus
trescientos caballos, más de treinta carruajes y hasta ciento veinte mulas. Se arreglaban y
ensanchaban los caminos, y en conjunto todo eran gastos y más gastos para recibir al rey.
La Corte en pleno se movilizó y acompañó al monarca, con criados de toda clase, y desde
luego el ministro Patiño también se encontraba en el séquito
78
.
¿Contribuyó Guillermo Terry al pago de los gastos que ocasionó dicha visita a la
ciudad de Cádiz? Es de suponer que sí, puesto que era un comerciante acaudalado y lo
habitual era que se hicieran donativos para un hecho extraordinario como éste, donde
además cada cual intentaría sobresalir ante el rey y ganar favores. Era una ocasión
extraordinaria que todos pretenderían aprovechar. Por las mismas fechas que los
77
AGI, Arri badas, 187 - B. El juez de Arri badas de Cádiz a José Patiño . Cádiz, 3 de enero de 1729
78
Para esta jornada real véase: NEGREDO DEL CERRO, Fernando. “ El t raslado real a Se villa. Una
capital sin corte . ” En: Sevill a y Corte. Las Artes y el Lust ro Real (1729 - 1733) Casa de Velázquez,
vol.114, Madrid, 2010, pp 71 - 84
130
documentos anteriores, en enero de 1729, encontramos ot ra carta del juez de Arribadas al
ministro Patiño
79
:
“ En carta de 6 del presente me dice vuestra ilustrísima que si por el tesorero
general se libraren los 50.000 pesos que están por vía de depósito en poder de don
Guillermo Terre [sic] disponga que se entreguen a la persona que ordenare el mismo
tesorero general. Con cuyo recibo se dará la carta de pago correspondiente. Sobre cuyo
particular diré a vuestra ilustrísima cómo luego que recibí la citada orden, hice llamar
al mencionado Terri, quien está pronto a entregar la expresada cantidad, bajando de ella
6.192 pesos y 2 reales de plata del valor de una porción de lonas que se hallan en esta
ciudad, por tenérselo as í prevenido vuestra ilustrísima a don Juan de Burnaby
80
. En cuya
atención, sólo podrá librar el tesorero mayor 43.807 pesos y 6 reales …”
¿Esa cantidad de 50.000 pesos era el pago por su título nobiliario? Dudamos al
respecto por varios motivos. En primer lugar, 50.000 pesos era más de lo que Terry debía
pagar por dicho título (trasladado a reales, y siguiendo con la equivalencia de 1 peso = 8
reales, nos da un total de 400.000 reales) pues él debía pagar sólo 300.000 reales. En
segundo lugar, se dice que Terry tenía este dinero “en depósito”, y además había que
restar de esa cantidad el valor de unas lonas que había en Cádiz. No parece probable que
en el pago de un título nobiliario se dedujese el valor de unas lonas, a no ser que fueran
propiedad de Terry y éste las entregase al rey como parte de dicho pago. Y, además,
tenemos la mención de John Burnaby en esa carta quien, antes de ser nombrado cónsul
de Inglaterra en El Ferrol, posiblemente fuera un destacado comerciante en la ciudad. De
alguna manera había una conexión entre Terry, Burnaby y la Corona española.
Otra carta del mismo juez a un tal Mateo Pablo Díaz nos añade más información
sobre este dinero, complicando aún más averiguar cuál era su procedencia y destino
81
:
“ En el correo de hoy he recibido la de vuestra señoría de 24 del presente [enero]
en la que se sirve avisarme del recibo de la mía de 17, con lo que en ella participé a
vuestra señoría de estar pronto don Guillermo Terri a entregar los 40.000 pesos que
79
AGI, Arri badas, 187 - B. Car ta del juez de Arribadas de Cádiz a José Patiño. Cádiz , 17 de enero de 1729.
80
Juan de Burnaby era John Bu rnaby Parker, que años después, en 1736 fue nombrado cónsul de
Inglaterra en La Coruña, y desde allí cu mplió su función com o informador para su Gobierno sobre todo lo
relacionado con la armada española: fábrica, arsenales, defensas, navíos y sus m ovimientos etc. Véase en
AMENEDO COSTA, Món ica: “Las c rónicas del cónsul Jo hn Burnaby Pa rker en el Archivo Naci onal
Británic o: visio nes de Ferrol en la década de 1730” En: www.clubdeprensadeferrol.com
81
AGI, Arri badas, 187 - B. Ca rta del juez de Arribadas de Cádiz a Mate o Pablo Díaz. Cádiz, 31 de en ero
de 1729.
131
están en su poder por vía de depósito, con lo demás que en este asunto expresé a vuestra
señoría; quien, en inteligencia de lo expresado, m e asegura quedaba en ánimo de librar
la mencionada cantidad par las urgencias presentes, lo que celebraré mucho haya
suspendido vuestra señoría a causa de haber recibido un extraordinario con el que me
dirige el señor don José Patiño diferentes órdenes, y entre ellas una con fecha de 27 de
este mes, en que me previene que no se acepte ni satisfaga crédito alguno que se diere
por vuestra señoría sobre este fondo, a causa de lo mucho que conviene se conserve
efectivo para lo que aquí está destinado. Y siendo una orden totalmente opuesta a la que
vuestra señoría me r emitió, y tan posterior como reconocerá vuestra señoría por la fecha,
he tenido por muy propio de mi obligación el participarlo a vuestra señoría a fin de que
se suspenda el librar sobre el mencionado efecto, por haberse de mantener en el mismo
don Guillermo Terri en fuerza de la citada orden …”
Mateo Pablo Díaz era el primer marqués de Torrenueva, título que le concedió
Felipe V por sus servicios a la Corona. Fue tesorero mayor del Consejo de Hacienda,
administrador general de Aduanas, superintendente general de Hacienda y miembro del
Consejo de Indias. En 1729 suponemos que ostentaba el cargo de tesorero en la Tesorería
General, pues fue nombrado en el mismo el 1 de octubre de 1727.
En otra carta de esa misma fecha, el juez de Arribadas comunica a Patiño que ha
dado las prevenciones convenientes para que del caudal depositado en Guillermo Terry
no se cobrase crédito alguno que diera el tesorero general don Mateo Pablo Díaz “ por lo
mucho que conviene se conserve efectivo para lo que aquí se pueda ofrecer ”. Lo más
lógico es pensar que esos 50.000 pesos los hubiera ofrecido Terry como donativo, además
del pago de su título nobiliario, para sufragar los gastos que ocasionara en Cádiz la visita
real, y que era más práctico que ese dinero estuviese efectivo en dicha ciudad, en depósito
y en manos de Terry, en lugar de que éste lo enviase a la Tesorería General de Madrid.
Una cantidad desde luego considerable. El problema es que Patiño no menciona cuál era
esa urgencia exactamente. También podría ser el apresto de una armada y flota porque,
de hecho, el 23 de junio de ese año, el juez avisaba a Patiño que la flota de Nueva España
había iniciado su carga, cuyo general, el marqués de Mari, acababa de recibir su
nombramiento el día 21. El avío de las armadas y flotas siempre conllevaba un enorme
gasto, de manera que tener dinero disponible en la misma ciudad de Cádiz era
conveniente.
132
En esa carta, el juez Francisco de Varas y Valdés menciona que “ se han despachado
y remitido a bordo del navío de don Guillermo Tirri tres frangotes que han medido 238
palmos ”
82
. ¿Por qué el juez de Arribadas avisa el embarque de tres fardos en un navío de
Terry, cuando en dicha carta no menciona ninguna otra carga ni hace alusión a otros
embarques? ¿Por qué era esto de interés para Patiño? Y precisamente en un naví o de
Guillermo Terry.
Muchas preguntas sin respuesta por lo escueto de la documentación, pero al menos
todas estas menciones nos demuestran que Terry ya había establecido contac to y relación
frecuente con Patiño. No se puede olvidar este contexto cuando vemos que Terry
consiguió otra merced más este año de 1729: que un navío de su propiedad fuera aceptado
en la flota de Nueva España. Sin duda fue un gran año para el recién titula do marqués de
la Cañada, aunque también le supuso una considerable inversión. Más adelante, en 1731,
también compró el cargo del alfé rez mayor del Puerto de Santa María, a perpetui dad, por
60.000 reales, y una regiduría (que luego vendió) por 22.000 reales. Curiosamente, Terry
era vecino de Cádiz, pero allí los cargos municipales estarían tan solicitados y su precio
sería tan alto, que prefirió aprovechar la oportunidad que también se dio en 1729, cuando
El Puerto de Santa María, que hasta entonces pertenecía a la jurisdicción del Ducado de
Medinaceli, pasó a manos de la Corona. Este viaje de los monarcas al sur de la península
estaba resultando muy productivo… El ministro Patiño decidió vender también esos
cargos concejiles para sufragar el viaje real por Andalucía, que se prolongó durante varios
años. Pensamos que esto decidió a Terry para comprar una gran casa en El Puerto de
Santa María, donde su caudal y condición de marqués podía sobresalir más que en Cádiz.
Lo hizo poco tiempo después, pues consta que por escritura de 19 de agosto de 1733
compró un edificio de considerable tamaño en la ribera del Guadalete por 25.000 ducados.
En adelante esa sería la casa familiar de los Terry, que él y sus descendientes convirtieron
en un verdadero palacio. Como veremos a continuación, unos años antes, en 1725 y 1726,
había c omprado varios lotes de tierras con los que conformó una gran finc a en el término
de la villa de Rota.
En conjunto, fueron unos años en los que Terry debió de tener un éxito
extraordinario en los negocios, pues pudo acaparar una enorme fortuna si consideramos
todos estos desembolsos. Entre 1729 y 1733 se concentró en la adquisición de todo
82
AGI, Arri badas, 187 - B. Ca rta del juez de Arribadas de Cádiz a Jos é Patiño. Cádi z, 23 de juni o de 1729.
133
aquello que le daba relevancia social al más alto nivel: un título de marqués, dos cargos
en el cabildo de El Puerto de Santa María, una gran casa en dicha ciudad, y seguramente
un generoso donativo (o bien la compra de título nobiliario y cargos constituían ese
donativo) para sufragar los gastos de la estancia de Felipe V y toda su Corte en Cádiz,
una de las etapas del viaje real que se desarrolló precisamente en estos años y que seguro
le permitieron figurar como personaje destacado en todos los fastos y celebraciones, muy
cerca del monarca y de su todopoderoso ministro Patiño. Paralelamente, resolvió el
problema de su naturalización para comerciar con Indias, que ya tenía desde diez años
atrás, previo pago de otra cantidad. Pudo también incluir un navío suyo en la flota de
Nueva España, una flota que los reyes tenían especial interés en ver partir o regresar,
puesto que hasta entonces ningún monarca español había tenido ese gusto y era sin duda
un gran espectáculo, demostración del poderío de la monarquía hispana y fuente principal
de sus ingresos. En ese navío de Terry iban embarcados unos fardos que parecían ser de
especial interés para Patiño.
Posiblemente, también, Guillermo Terry tuvo el placer y podemos decir que quizás
la satisfacción teñida de cierta íntima venganza, de mostrarse ante todo Cádiz y en
especial ante los miembros del Consulado que tanto le atacaban, como un personaje que
gozaba de la especial protección del rey y su ministro. Sin duda era un triunfo personal
que le colocó en una posición privilegiada y le proporcionó un ascendiente y respeto
social considerable. La ciudad de Cádiz era un espacio geográfico y social demasiado
cerrado como para que no se supiera y comentase a qué velocidad había acumulado ese
irlandés tal cantidad de favores y privilegios, y cuánto había invertido en ello.
2.4 PROPIEDADES Y NEGOCIOS.
En 1726 Guillermo tenía fundada una sociedad a nombre de “ Guillermo y Juan
Tyrry ”, es decir, con su sobrino-yerno. Todo indica que lo incluyó nominalmente en sus
negocios cuando contrajo matrimonio con su hija, tres años antes. En su testamento d e
ese año declaraba que Juan no tenía participación ni interés en pérdidas y ganancias, y
tampoco había aportado capital alguno. Incluir su nombre en dicha sociedad sólo había
134
sido “ por disposición y voluntad mía, a fin de instruirlo en la práctica y experiencia y
habilitarlo y establecerlo con mis correspondientes y amigos para en lo futuro, cuyo
medio puede muy fructificarle adelantando sus intereses .”
83
Como vemos, no se trataba sólo de proporcionarle una formación en el mundo del
comercio, sino lo que sin duda era igual o más importante: los contactos. Todos esos
“correspondientes y amigos” que le permitirían manejarse en esa amplia red de hombres
de negocios, y quizás también de la política, en España y en el extranjero.
El hermano de Juan, William, de bió regresar a Cádiz tras su etapa de formación en
una casa comercial de Londres, porque Guillermo Terry pretendía que en un futuro su
casa de negocios estuviese regentada por ambos hermanos, titulándola entonces “Juan y
Guillermo Tyrry”
84
. Con ciertas condiciones, como que formasen libros nuevos “ por lo
tocante a los negocios que tuvieren y se ofrecieren dentro y fuera de estos reinos ”.
Obsérvese que menciona específicamente que los negocios de la familia no sólo estaban
en la península y en Indias, sino en otras naciones. Pero Guillermo Terry Stricht sólo
tendría una cuarta parte de las ganancias anuales “ y además su decente sustento y porte,
manteniéndose el referido en la casa del dicho su hermano y en la asistencia de los
negocios de ella, cumpliendo exactamente por su parte con las obligaciones, agencias y
solicitudes de tal compañero en cuanto se ofrezca, sin faltar en cosa alguna, observando
como disposición y orden mía esa precisa condición de su Sociedad, el que la dicha
Compañía, ni el referido Juan Tyrry por ella, no puedan quedar obligados ni lo queden
a obligaciones algunas que no sean firmadas de mano del dicho don Juan Tyrry con el
nombre de Juan y Guillermo Tyrry ”
Por tanto, a pesar de ser socios, William quedaría supeditado a las decisiones de
Juan. Y añadía que, si Juan quería disolver dicha sociedad, o no constituirla, sólo en este
caso Guillermo dejaría en su herencia a este sobrino William 3.000 pesos de a 8 real es de
plata antigua “ para que pueda por sí solo, separado de dicha Compañía y sin pretensión
alguna a ella, bandearse y buscar su alivio. Al cual encargo y pido atienda con amor y
complacencia al dicho su hermano, y ambos igualmente que se conserven en la unión que
como tales hermanos deben tener con el mayor punto y estimación, y que observen y
83
AHPC, Proto colos, 999. Testamento de Guillermo Tirry. Cádi z, 20 de diciembre de 1726.
84
Debemos in sistir en la complicac ión de que coincida el nombre y ap ellido “Guil lermo Terry” en tres
personajes de la famili a en la misma época: Guillermo Terry y Ronan, su sobrino Guillermo Terry Stricht,
y más adelante el niet o del primero, hijo de Juan y Franci sca Patricia, también llamado Guillermo ( de
apellidos Terry y Terry) y heredero de la fortuna y negocios de su abuelo.
135
guarden puntualmente el contenido de esta cláusula por el bien que les resultará de su
ejecución ”.
Tantos planes y recomendaciones sobre que se mantuvieran unidos como hermanos
que eran, fracasaron, porque sólo dos años después, en un codicilo que añadió en 1728
85
,
Guillermo revocó esa cláusula de su testamento. Anuló la formación de esa compañía y
el legado de 3.000 pesos a su sobrino William, declarando de manera contundente que
éste no podía pretender cosa alguna de sus bienes y herencia “ en ningún tiempo ”. Lo que
da a entender que hubo una ruptura familiar bastante drástica y Guillermo consideraba
que la relación con su sobrino William ya no podría recomponerse. De hecho… n unca
más encontramos noticias suyas. Juan Bautista, casado con la única heredera, quedaría
de facto como titular de la compañía y heredero de todos los bienes de su tío y suegro
Guillermo Terry y Ronan.
No hay constancia en estos documentos sobre las actividades de la compañía de
Guillermo Terry, aunque las iremos desgranando más adelante a partir de otras fuentes.
Baste añadir ahora que al menos contaba con dos empleados en sus oficinas. En su
testamento de 1726 citaba a Patricio Piers, quien por su nombre deducimos que era
también irlandés. Por entonces trabajaba allí desde hacía seis años y su patrón le dejaba a
su muerte 500 pesos por su buena asistencia. El otro era Brian Mac Loghlem, puede que
escocés por su apellido, a quien dejó 200 pesos, pero como éste se despidió al año
siguiente anuló este legado en el codicilo de 26 de enero de 1727. Es interesante señalar
que ambos eran de las i slas británicas, lo que nos l leva a pensar que manejaban el idi oma
inglés y, por tanto, como mencionamos anteriormente, que para Guillermo esto era algo
importante, de manera que podríamos deducir que buena parte de sus negocios se
enfocaban en esa dirección. Recordemos, en este sentido, que también envió a su sobrino
William a formarse en Londres. Todo parece indicar que Guillermo Terry tenía la mayor
parte de sus intereses relacionados con Gran Bretaña, y quizás no se limitaría sólo a
comprar y vender cargas en el circuito de las flotas de Indias. Esto, una vez más, nos lo
coloca en un contexto de medio siglo de rebeliones jacobitas y guerras de España con
Gran Bretaña. Lo que significa que sus negocios se verían directame nte afectados,
positiva o negativamente, por los vaivenes políticos entre ambas naciones.
85
AHPC, Prot ocol os, 1001. Codicilo del Guillermo Tir ry. Cádiz, 7 de marzo de1728.
136
2.4.1 FINCAS RÚSTICAS Y URBANAS. EL MAYORAZGO.
Como ya señalamos, Guillermo Terry constituyó un mayorazgo en 1724 con las
fincas y casas que tenía entonces, o al menos parte de ellas
86
. Todas adquiridas entre 1715
y 1724. La relación de las mismas demuestra que su poder económico era relevante y
gozaba de sobrada solvencia, puesto que empleaba una considerable cantidad de dinero
en adquirir propiedades y al mismo tiempo también tendría que invertir en sus negocios.
En la ciudad de Cádiz:
- Una casa principal en la calle San Francisco, de 512 varas y media, adquirida en
1717 por 313.106 reales.
- Una casa principal en la calle San Francisco, de 373 varas y ¾, adquirida en 1715
por 289.270 reales.
- Casas principales en la Plaza de San Antonio, de 469 varas y media, adquiridas
en 1718 por 331.083 reales.
- Tres casas pequeñas en las calles Freidero y Aire, en total medían 726 varas y
media, adquiridas en 1718 por 260.441 reales.
- Una casa en la calle Freidero, de 561 varas, adquirida en 1718 por 136.164 reales.
- Una casilla en la Puerta de Sevilla de la muralla, de 71 varas y media, adquirida
en 1718.
- Una casa destinada a Escuela de Matemáticos, en la calle de la Carnecería Mayor,
de 195 varas y media, adquirida en 1719 por 78.616 reales.
- Una casa en la Carnecería de los Flamencos, en la muralla, de 526 varas, adquirida
en 1722 por 363.997 reales.
Son un total de 10 casas compradas entre 1715 y 1722, en las que invirtió al menos
1.772.677 reales. Teniendo en cuenta que en la ciudad de Cádiz no había mucho suelo
86
AHPC, Proto colos, 997, fols. 6 6 - 99. Institución de mayorazgo por Guillermo Terry, 1724.
137
disponible por su propia configuración geográfica y la concentración de comerciantes
adinerados, sin duda estas compras le convirtieron en uno de los propietarios más
destacados de la sociedad gaditana.
En la Isla de León:
- Una casa adquirida en 1720 (sin más datos)
Fincas rústicas:
Compradas todas ellas en un solo año, entre 1723 y 1724. De lo que se deduce que en
primer lugar se centró en invertir en fincas urbanas y después pasó a adquirir una serie de
haciendas, todas ellas dedicadas al cultivo de olivar, viña y huertas, en los términos de El
Puerto de Santa María, Sanlúcar y Rota. La relación es la siguiente:
- Una hacienda en El Puerto de Santa María, en el Cerro de las Aguijas, de 24
aranzadas, con viñas, huerta, olivar y tierra calma, y una casa. Adquirida en 1723
por 112.062 reales.
- Una hacienda en Sanlúcar, en la Cañada de Trillo, de 225 aranzadas y ¼, de tierra
calma y olivar. Incluía una casa, molino de aceite, tahona, y una ermita dedicada
a Nuestra Señora del Pópulo. Adquirida en 1723 por 17.800 pesos.
- Una hacienda en Rota, pago de las Tejoneras, de 22 aranzadas, dedicada a olivar
(362 olivos) y viña, con una casa. Adquirida en 1723 por 3.000 reales.
- Una hacienda en Rota, en el pago de Candelera y P almoza, de 30 aranzadas
dedicadas a viñedo. Adquirida en 1723 por 28.196 reales.
- Una hacienda en Rota, pago de Valdecarretas, de 4 aranzadas de viñedos.
Adquirida en 1724 por 587 reales.
- Una hacienda en Rota, pago de Valdecarretas y San Roque, con 10 aranzadas de
tierra calma. Adquirida en 1724 por 1.385 reales.
- Una hacienda en Sanlúcar, la dehesa Almazán, comprada a crédito en 1723 por
58.425 reales.
Hay que señalar que las finas ubicadas en Rota eran colindantes, de manera que
todas juntas constituyeron una de 66 aranzadas.
144
El 31 de octubre, Terry seguía sin noticias del barco que había enviado desde
Sanlúcar. El 8 de noviembre, el recién titulado marqués de la Cañada escribía al
Consulado de Cádiz
92
que la embarcación que envió a recoger la carga había llegado a
San Sebastián, pero allí el maestre tuvo problemas para cobrar el trigo que llevaba por
cuenta del rey, por lo que le ordenó que dejase poder para el cobro y partiese de inmediato
a Pontevedra. Añadió que “… si los interesados no están gustosos de la disposición hecha
(no dudando que a la hora de ésta o antes, dicho navío está en Pontevedra) que ejecuten
el arbitrio que fueren servidos. Yo no me he obligado, ni tampoco me obligo, a daños
algunos a dichos interesados, ni aún si algo sucediere a dicho navío, cual Dios no
permita. Vuestras señorías están obligados, aunque el navío se perdiere en su viaje de
Pontevedra a ésta, de pagarme los fletes devengados de sde Indias a Marín, donde se dio
por cumplido el registro. En este correo confirmo la orden al capitán de no detenerse y
que prosiga su viaje a Pontevedra. Y vuelvo a decir a vuestras señorías, si los interesados
no están gustosos, que fleten otro bajel para traer sus haciendas a ésta, con advertencia
que, si no viene la hacienda embarcada en mi navío, han de pagar los fletes en
Pontevedra a don Juan de Ortega Jaén devengados de Indas. Esto es lo que tengo que
responder a vuestras señorías a lo que me previenen …”
El maestre Ortega escribió el 28 de noviembre avisando que el barco procedente de
San Sebastián ya estaba en Pontevedra, pero que por culpa de las lluvias apenas habían
podido trabajar dos días en el trasvase de la carga desde los almacenes. Sólo habían
cargado 400 zurrones de cacao, 113 de tabaco, 16 cajas de azúcar y 150 cueros. También
había cascarilla, conchas de nácar, vainillas, búcaros, bálsamo, dulces, brasilete…pero
muchos zurrones se habían deteriorado por la humedad.
Nos aparece ahora un nombre interesante: el capitán del barco fletado por Terry
para transportar esa carga a Cádiz era John Gardner, vecino de Londres, y dicha
embarcación era la fragata El Miller. El hermano de Nicolasa Brito, la esposa en secreto
de Guillermo Terry y tía de su difunta primera mujer, era precisamente John Gardner
(ambos eran hijos de John Gardner y de Marta M aría Brito) Descubrimos así que
trabajaba para Guillermo Terry. Un capitán inglés, quizás dueño de la fragata que
mandaba. Nueva prueba de que parte de los intereses de Terry estaban en Inglaterra, y
que, una vez más, sólo confiaba en la familia cercana para mane jar sus negocios. ¿Usaba
92
AGI, Consu lados, 183. Carta del marqués de la Cañada al Consulado d e Cádiz. Cád iz, 8 de n oviembre
de 1729.
145
Terry los servicios de Gardner y su fragata para realizar otros viajes y transportar cargas
a las islas británicas u otros puertos? No lo sabemos, pero lo más lógico es que así fuera,
dado el volumen de sus contrataciones y sus relaciones con el extranjero.
93
Para abundar más en esto, el galeón Nuestra Señora del Rosario tenía como ali as
“El Tirri” (como otro navío suyo, el San Felipe) y su capitán era “Pedro Manuel Tirri”.
Vino en conserva de los galeones de Tierra Firme, que estaban también anclados en
Galicia. ¿Este Pedro Manuel Tirri era Pedro Terry, el sobrino de Guillermo, hijo de su
hermano Patricio? No tenemos constancia de otro Pedro en la familia, de manera que
habría que concluir que era el mismo, lo que vuelve a demostrar que Guillermo Terry
empleaba a todos los familiares que tenía a su alcance. En el caso de Pedro, porque era el
único de ellos que por haber nacido en España podía viajar a las Indias. Alguien que,
además, pasaría absolutamente por español. Hablaría el idioma sin acento al ser nacido y
criado en España, pero también dominaba el inglés. Incluso su filiación extranjera pasaría
desapercibida en sus documentos personales, pues los nombres de sus padres escritos en
español eran Patricio Tirri y Ana Isabel Rocha. Añadir “Manuel” como segundo nombre
quizás era una manera de españolizarse aún más. En documentos de años posteriores
nunca volvimos a ver este nombre compuesto, ni siquiera en los firmados por él mismo,
por lo que deducimos que fue una estrategia circunstancial.
Unos meses antes, en abril, el sobrino-yerno de Guillermo, Juan Terry, había
enviado a un destinatario, que no menciona, un listado con los interesados en la carga del
galeón. Excusaba a su tío diciendo que no escribía él mismo “porque estaba comiendo”,
lo que demuestra que Guillermo se encontraba con el ánimo exaltado por este asunto,
como ya vimos en su misiva anterior. Entre los cargadores figuraba él mismo, de modo
que su carga estaba en ri esgo de perderse como la de los demás. Juan Gardner ni siquiera
pudo llevar toda la carga completa del galeón a Cádiz, porque parte de ella se quedó en
los almacenes de la villa de Marín y no se transportó hasta marzo de 1730. De hecho, para
trasladar todo el contenido del galeón hasta el muelle de Marín fueron necesarias 20
barcas que hicieron 80 viajes, lo que nos indicaría su gran capacidad en bodega. Se
pagaron 18 reales de vellón por cada barcada. Después fueron necesarios 18 carros para
conducirla hasta los almacenes, con un total de 168 jornales que costaron 1.344 reales de
vellón, más otros 676 reales para pagar a los 16 hombres que la arrumaron, tres guardias
93
En el sigui ente apartado de este capítulo encontraremos más i nformación sobre l a fragata El Mil ler y su
proceden cia.
146
cada noche en dichos almacenes desde el 1 de marzo hasta el 22 de septiembre, velas para
hacerles tiendas donde protegerse, telas para hacer sacos que sustituyeran a los
estropeados…Llegar a un puerto que no era el de destino provocaba muchos quebraderos
de cabeza y muchos gastos añadidos.
Pasemos a otro buque, el San Felipe, que navegó en 1729 en la armada y flota de
Nueva España al mando del marqués de Mari. Recordemos que este año se inicia el viaje
de Felipe V y su corte por Andalucía. La flota partió de Cádiz el 8 y 9 de agosto,
compuesta por cuatro buques de guerra y dieciséis mercantes. Llegaron a Veracruz en
octubre y regresaron a Cádiz el 18 de agosto de 1730. Guillermo Terry era quien tenía
más carga en esa flota, pues no sólo la llevaba en su navío San Felipe, sino que la había
repartido en otros del convoy. En total hizo 25 registros
94
. Nuevo dato que se suma para
considerar 1729 como un excelente año para los Terry, a pesar de algunos contratiempos.
En 1731 encontramos la fragata Nuestra Señora de los Dolores que debía hacer
viaje al puerto de la Santísima Trinidad de Buenos A ires, y a cuyo capitán y piloto, don
Juan Bautista Zamorategui, se le dieron instrucciones para seguir el derrotero
confeccionado por el catedrático de Matemáticas de la Real Academia de Guardias
Marinas (también una creación de Patiño) don Pedro Manuel Cedillo. Se consideraba que
no había peligro, salvo complicaciones de mal tiempo, y sólo debía tener cuidado con los
piratas berberiscos que solían acechar al salir de la bahía de Cádiz. Aparte de
correspondencia, por cuenta del rey cargaba herramientas de canteros y gastadores para
la fortificación de Buenos Aires. Era un buque pequeño con poca tripulación, incluso se
eliminó al escribano y al capellán “por la cortedad de su buque”. No llevaba más carga
que la mencionada, y como lastre únicamente piedra. Para el viaje de vuelta sólo se le
autorizaba a cargar cueros en la cantidad que le había permitido el rey, prohibiéndole
expresamente traer oro, plata, perlas y cualquier otro género precioso. Era, entonces, un
viaje por cuenta de la Corona. Al capitán se le entregó un pliego con el sistema de señales
utilizado por los buques de escuadra españoles, para que pudiera reconocerlos, pero debía
guardar esta información en secreto y devolver el pliego a su vuelta.
94
Para esta flot a del marqués de Mari a Nueva España , la documentación está en AGI, Contratación, leg.
2.901, libro 2; legs 5.476 y 5377; y legs 1.319 a 1.324, y en Indiferente, 446 A, Libro 42, fol.57v - 58r
147
La fragata era propiedad del marqués de la Cañada, de don Blas de Madrona y de
don Pedro José Vigo, despachada a su costa
95
. Parece que el marqués se había asociado
en esta ocasión con otros hombres de negocios para adquirir un barco con el que hacer
servicios al rey. Precisamente, insistimos de nuevo, cuando los reyes estaban en
Andalucía. Podemos entender que Terry consiguió el contrato, pero necesitaba otro barco
más para dedicarlo a ello y lo adquirió con estos dos inversores.
En la flota que fue a Nueva España el año siguiente, en 1732, de nuevo Guillermo
Terry consiguió incluir a su navío San Felipe, alias El Terri. Al mando del jefe de escuadra
don Rodrigo de Torres, el convoy de tres buques de guerra y diecisiete mercantes zarpó
de Cádiz el 2 de agosto de 1732, llegó a Veracruz la última semana de octubre y salieron
de ese puerto para iniciar el viaje de regreso con sus bodegas cargadas el 25 de mayo de
1733, llegando a La Habana entre el 24 y 27 de junio. De allí partieron unos días después,
pero el 15 de julio toda la escuadra naufragó a causa de un huracán en el canal de
Bahamas. Se perdieron todas las embarcaciones en una hilera de cayos (Tábanos, Vibora,
Matacumbe…) salvo el navío de guerra África y tres mercantes, entre los que no se
encontraba el del marqués de la Cañada
El navío San Felipe era de fábrica inglesa, de 486 toneladas, y su capitán don José
de Villa y Andrade. Naufragó en cayo Víbora, embarrancado y deshecho por el temporal.
Desde La Habana se envió auxilio en cuanto les llegó la noticia, pudiendo salvar a algunos
supervivientes y parte de la carga. A los restos les prendieron fuego para que no cayeran
en manos de piratas o saqueadores
96
. Señalemos, una vez más, el hecho de que este navío
propiedad de Terry era de fábrica inglesa. Para la compañía tuvo que suponer un grave
descalabro esta pérdida de la embarcación y su carga.
Del navío Soberbio, por ser parte importante de este trabajo, trataremos más
adelante en otro capítulo. Pero aún podemos añadir otro a la relación, aunque la
información ya es posterior al fallecimiento de Guillermo Terry. Se trata del navío “La
Concepción de Terri”, que viajó en 1775 a Veracruz en compañía del navío Limeña. Su
95
AGI, Arri badas, 15. “ Instrucción que ha de observar el capitán y piloto don Juan Bautista
Zamorategui… ” Cádiz, 28 de marzo de 1731.
96
Para esta escuadr a de Rodrigo de Torres véase FERNÁNDEZ DURÓ, Armada española , T.6, p. 490
148
maestre era don José de Moya. A su regreso hizo escala en La Habana y en sus bodegas
traía una carga de cobre para el rey, en concreto 212 planchas con un peso de 129 quintales
y 69 libras y media. Al año siguiente lo encontramos de regreso en Cádiz tras otro viaje
procedente de México, y en éste traía por cuenta del marqués de la Cañada, que en este
momento ya sería el nieto de Guillermo Terry, es decir, Guillermo Terry y Terry, las
siguientes partidas: 54 zurrones de grana fina, 47.048 pesos y 4 reales, y otras dos partidas
de 23.014 pesos y 4.034 pesos. Los envíos los hacía Francisco de la Rosa Levasor,
residente en México.
Como veremos al final de este capítulo, hacia los años 50 la familia Terry cayó en
una ruina que se puede describir como absoluta, y en los años 70 tenemos constancia de
que aún perduraba porque vendieron ciertos bienes valiosos. Sin embargo, al encontrar
que por entonces eran propietarios de este navío y seguían comerciando con América, nos
planteamos que de alguna manera consiguieron recuperarse, aunque a niveles muchos
más modestos que los alcanzados por Guillermo Terry y Ronan.
En cuanto a los viajes de estos navíos y cargas embarcadas por Guillermo Terry en
flotas de Indias, la tarea sobrepasaba los límites de este trabajo, como ya dijimos, pues
habría que revisar una a una las correspondientes a cincuenta años, y aún así no
tendríamos una visión completa de lo que realmente cargaba. Sabemos que embarcaba
mercancías por cuenta propia y ajena, actuaba como testaferro de comerciantes españoles
y extranjeros, de manera que es imposible saber cuáles eran realmente suyas y cuáles eran
de otros.
En cualquier caso, encontramos que años atrás, en 1715, trajo 7.500 libras de
pimienta de Londres
97
. De esto se deduce que realizaba compras en el mercado inglés,
donde también llegaban productos de las Indias Orientales. En cuanto a las flotas, en los
fondos del Archivo General de Indias constan cargas muy variadas, de ida y de vuelta, en
las flotas a Nueva España de 1723, 1725, 1729, 1732 y 1735. En los galeones de Tierra
Firme de 1723, 1730 y 1737. Y en navíos sueltos de 1742 y 1745.
Por último, añadimos en este apartado que en 1733 Guillermo Terry vendió al rey
gran cantidad de madera para la fábrica y reparos de navíos de la Armada. Por entonces,
97
AHN, Estad o, 609, ex p. 37 y Es tado, 627 e xps. 4 y 15
149
el arsenal de Cádiz trabajaba a pleno rendimiento dentro del plan de Patiño por reformar
y aumentar en lo posible los efectivos de la Armada española. Por esta madera se le
pagaron 121.765 reales y 20 maravedís de vellón
98
. Resulta evidente que sus favores a la
Corona, en forma de dinero y servicios, fueron recompensados con jugosos contratos y
licencias para navegar a las Indias.
2.4.3 CARTAS DE PAGO Y LETRAS DE CAMBIO EN LOS REGISTROS
NOTARIALES.
Cuando investigamos las disposiciones testamentarias de la familia Terry,
comprobamos que en esos legajos donde estaban archivadas podíamos encontrar también
información sobre transacciones comerciales o registros de cobros y pagos, firmados ante
el escribano que habitualmente trabajó para los Terry, Juan Luis de Vergara.
Efectivamente, descubrimos una enorme cantidad de registros, sobre todo cartas de pago,
y decidimos recopilarlos. Sólo en un legajo sumaron un total de 47 inscripciones
notariales con una temática variada, e igualmente una similar colección de nombres de
quienes participaron en esos tratos. Se nos planteó entonces que era una información
valiosa, pero de enormes proporciones pues para reunirla al completo tendríamos que
cubrir igualmente medio siglo de contratos y, además, para recopilar todas aquellas
transacciones en las que hubiera participado Guillermo Terry, deberíamos revisar todas
las escribanías que había en Cádiz en esa época, no sólo la de Juan Luis Vergara, porque
Terry (Guillermo y/o Juan) también habría acudido a firmar ante los escribanos de
cualquier otra persona con la que hubiera hecho un trato. Si ha cíamos un cálculo
aproximado según la cata realizada en este legajo, como cada legajo de cada escribano
suele abarcar un año de registros, nos daba una estimación total aproximada de
posiblemente 2.350 registros para cincuenta años (multiplicando 47 registros encontrados
en un solo año, por 50 años) y sólo en una escribanía. Quedaba fuera de nuestras
98
AGI, Arri badas, 17. Carta de J osé Patiño a Francisco de Varas y Valdés. Sevilla, 20 de enero de 1733.
150
posibilidades y de los límites de esta Tesis, de modo que optamos por conformarnos con
hacer esta cata en un solo legajo
99
, y dejar el resto para una futura investigación.
El legajo seleccionado, por otra parte, nos colocaba en un año, 1727, en que España
estaba en guerra con Gran Bretaña (1727-1729) por lo que era muy posible que en esa
circunstancia Terry hubiera actuado como representante o testaferro de los comerciantes
ingleses que fueron expulsados de Cádiz durante esos dos años de guerra. Al igual que
ocurrió en la Guerra de Sucesión, eran tiempos en los que un irlandés católico podía
permanecer sin problemas en territorio español, y aprovechar para gestionar pagos
pendientes e incluso el embarque de cargas para aquellos que de un día a otro se
convertían en enemigos y ya no podían hacer negocios aquí. Cobrándoles la comisión
correspondiente. Creemos que, aprovechando estos periodos de guerra con Inglaterra, fue
cuando Terry forjó estrechas relaciones con los ingleses convirtiéndose en su hombre de
confianza en Cádiz. Y quizás estas relaciones tuvieron un fruto además del económico:
información privilegi ada que él usaba para sus propios negocios, pero que también podía
ofrecer a la Corona española, l o que explicaría el trato de favor concedido por Felipe V y
Patiño.
La información que reunimos, en cualquier caso, nos proporcionó una nueva visión
sobre los negocios de Guillermo Terry, así como la existencia en esos registros de ciertos
apellidos que nos eran conocidos. Haremos un resumen destacando los nombres y asuntos
que nos parecen más relevantes.
En primer lugar, la mayoría de los registros son letras de cambio. La negociación
de esas letras y su endoso de una persona a otra, y con frecuencia de una ciudad a otra y
hasta de un país a otro, era una actividad especulativa del mercado crediticio. Un negocio
basado en el precio de la moneda en función de su oferta y demanda. Cádiz, por ser puerto
de Indias, era un centro neurálgico y muy activo en el mercado del cambio, muy
conectado con otros destacados puertos europeos. Crespo Solana
100
cita la descripción
que hacía en el XVIII Le Moine de l’Espine sobre esta práctica:
99
AHPC, Proto colos, 1.0 00.
100
CRESPO SOLANA, Ana. El comercio marít imo entre Á msterda m y Cádiz ( 1713 - 1778) Banco de
España, Est udios de Histori a Económica, Nº 40, Madrid, 2000, p. 72
151
“… cuando el portador de una letra que no le ha sido pagada, presta dinero para
tomar otra letra de cambio en la misma plaza para cobrar su letra que junto a la primera
fue adjuntada, haciendo dos letras de cambio, y esto es exactamente lo que se llama
cambio y recambio …”
En el docum ento registrado a nte notario se hacían constar los nombres de todos los
que fueron endosando la letra que ahora estaba en manos de quien pretendía cobrarla, de
manera que en si mismo no es un documento que nos indique la existencia de una relación
comercial de Terry con esas personas, y por ello no le daremos más importancia que la
que pueda tener como testimonio de su actividad en el mundo de los negocios, que como
estamos viendo era muy variada. Pero sí prestaremos atención a los nombres que aparecen
en ellas, puesto que a fin de cuentas era un dinero, en papel, que pasaba de mano en mano.
La prueba de la transferencia de dinero no sólo de unas manos a otras, sino de un país a
otro. Algo interesante en el contexto de rebeliones jacobitas que necesitaban ser
financiadas en secreto,
Crespo Solana analiza solamente la relación entre las plazas de Cádiz y
Ámsterdam, pero de su estudio extraemos nombres de casas comerciales holandesas que
tenían correspondencia con las gaditanas, y cuyos nombres hemos visto en documentos
relacionados con Guillermo Terry. Por ejemplo, el corredor de lonja holandés Teodoro
Joseph de Roy, o Juan de Conique, delegado en Cádiz de la compañía holandesa
“Salomon y Jacob de Conique”, que compraba aquí vino para dicha compañía. En su
trabajo no aparece el apellido Terry como corresponsal en Cádiz de las compañías
holandesas, pero nosotros hemos encontrado en este legajo del Archivo de Protocolos de
Cádiz una declaración expresa de que Guillermo y Juan Terry ejercían de tales para otros
comerciantes de Ámsterdam, los Muylman,
Las principales plazas emisoras de letras de cambio con destino a Cádiz eran, en la
primera mitad del siglo XVIII, y por este orden: Ámsterdam, Gante, Londres, Amberes,
París, Hamburgo y Génova. Como la moneda americana (el peso mexicano y el peruano
o perulero) tenía un alto precio, el cambio con América fue muy solicitado, sobre todo
por los inversores y contratistas de riesgos marítimos.
En el legajo que nos ocupa, la mayoría de los registros consisten en letras de cambio
y cartas de pago referidas a ellas, o bien letras de cambio protestadas. Estas suman un
total de 29. Y la mayoría de estos documentos también eran operaciones efectuadas entre
152
extranjeros. Basta ver un listado de nombres de los intervinientes en esos documentos
para comprobar que Terry se relacionaba fundame ntalmente con extranjeros. Además,
muchas de estas letras venían de Burdeos, París, Génova y Ámsterdam.
Encontramos los siguientes nombres (particulares y compañías): Bernardo Mosti,
Pedro Hendrix, Pedro, Felipe y Antonio Masson, Gilberto van Berequel y compañía,
French y Rice, Juan Magher, Patricio Joyes y compañía
101
, Basilio de Roma y compañía,
Diego y Juan Lambert, Andrés Henry, Juan Butler, Compañía de Antonio Butler y Brown,
Creagh, Diego Hayden, Guillermo Murphy, Juan Smits, Juan House, Enrique y Pedro
Muylman, Pedro Stafford…. Algunos eran comerciantes de Londres, Burdeos… y otros
eran extranjeros afincados en Cádiz, Madrid, La Coruña…
Nos llama la atención que aparezca el apellido Butler que, como ya tratamos
anteriormente, era una familia destacada entre los jacobitas. En este caso, Antonio Butler
era un próspero hombre de negocios irlandés afincado en Cádiz, pero también tenía
delegación de su casa de comercio en Huelva, donde vendía mercancías traídas de Indias.
Estaba asociado con otro irlandés, Ricardo Waddyng
102
.
También aparece entre estos documentos otro famoso apellido jacobita
emparentado con los Terry que ya mencionamos anteriormente: Sarsfield. El 20 de
diciembre de 1726, Francisco Sarsfield, vecino de Cádiz, por sí y por su compañía titulada
“Sarsfield, Galard y cía”, declaró ante el escribano Vergara que, por una escritura
otorgada en 1722, Juan Ortiz de Foronda hizo viaje a Buenos Aires y se obligó a pagar a
Rafael de Eliza, vecino de Cádiz, 20.923 pesos escudos sobre ciertos efectos. Pero
Sarsfield aclaraba que, de esa cantidad, 4.250 pesos eran de Terry, y además otros 7.500
de otra escritura sobre efectos embarcados en otro viaje a Portobelo. Tenemos por tanto
a dos miembros de importantes familias jacobitas afincados en Cádiz e integrados entre
los comerciantes y hombres de negocios, y de alguna manera conectados con Guillermo
Terry, con quien hacían negocios o por alguna razón debían entregarle importantes
cantidades de dinero.
101
En el capít ulo anterior menc ionamos a Patrici o Joyes como hombre de enlace entre l a Corona española
y los Estuardo a part ir de 1745, que es cuando se produce el último levantami ento jacobita y que contó
con financiación española. Joyes se encargó de esas gestiones ese año de 1745, que es precisamente
cuando fallece Guillermo Terry, su del egado de confianza en Cádiz.
102
GARCÍA - MAURIÑO MUND I, Margar ita. La pugna entre el Consulado de Cádiz y los jenízaros por
las exportacion es a Indias (172 0 - 1765) , Universidad de Sevilla, 1999 , p. 280.
153
En una obligación de pago a favor de Guillermo Terry (12 de enero de 1727) se
dice que Roberto Brame, inglés vecino de Londres, capitán de la fragata El Miller “ que
antes se llamaba El Jacobo Margarita ”
103
de porte de 200 toneladas y surta en Cádiz,
estaba enfermo, y por no saber español acudió a su casa como intérprete Bernardo
MacLaughlin. Guillermo Terry tenía empleado en su oficina a un Bernardo
MacLaughlem (así aparece escrito su nombre en una de sus disposiciones testamentarias)
que debe ser este mismo. Brame confesó bajo juramento que debía a Terry 3.500 pesos
que éste le había prestado para ciertas necesidades de su fragata. Le otorgó recibo a Terry
obligando sus bienes para el pago, y además hipotecó su fragata para hacer frente al
mismo (casco, buque, artillería, flete, pertrechos y aprovechamientos) Había comprado la
fragata a Thomas Hawkins de Yboodbridge en Suffolk en 1718, cuya escritura entregó a
Terry, de manera que éste podía quedarse con la embarcación o venderla. Recordemos
que es la misma que empleó Terry para ir a buscar la carga de un navío suyo anclado en
La Coruña tras un viaje a Indias, y la puso al mando de Juan Gardner, vecino de Londres,
hermano de Nicolasa Brito. Se deduce que efectivamente pasó a poder de Guillermo
Terry. Gracias a este documento averiguamos que era de su propiedad y cuál era su
procedencia. Y llamamos la atención sobre que Juan (John) Gardner es mencionado como
vecino de Londres, no de Cádiz, de manera que por aquellos años Guillermo Terry tenía
a este hombre de su entorno familiar ubicado en dicha ciudad.
Otro documento interesante y que nos provoca muchas preguntas se dio el 23 de
enero de 1727, redactado por el escribano Vergara en la misma casa de Guillermo Terry.
En él se refiere que don Diego de Roy había quebrado, pero antes de esto sacó de su casa
ciertas alhajas de oro y esmeraldas que pertenecían a algunos interesados
correspondientes de su casa y compañía actual, y de otra anterior titulada “Diego
Francisco de Roy”. Las joyas eran producto de diferentes efectos remitidos fuera del reino
desde hacía muchos años, y de los cuales no se habían dado todas las cuentas. Cuando
sucedió la quiebra, Guillermo Terry fue nombrado administrador judicial de la misma y,
por medio de este documento, Diego de Roy quería entregarle las referidas alhajas en
depósito para que en su momento las distribuyera, o su procedido, ent re sus propietarios.
El listado de joyas es largo, consta de 32 partidas que reproducimos a continuación, pero
103
Llamamos la at ención sobre el nombre original d e “Jacobo” de esta embarcación. Un nombr e que, por
su significado, un inglés no jacobita jamás pondr ía a su barco. Lueg o se le cambió p or otro.
256
Bisagras
Cerraduras, tiradores
Machetes, hachuelas
Rejas
Tijeras, escoplos, tenazas, compases
Navajas de barbero
Hebillas de acero, de plata de Bolonia, de hierro, de plomo, de metal del Príncipe…
Candados (4 reales cada uno)
Candeleros
4 arañas (lámparas) de metal
Tachuelas doradas (72.000)
Tornillos
Cajas polveras de hojalata (43 docenas a 2 pesos la docena)
Cajetas de macao (a 12 reales cada una)
Cucharas de palo
Pares de espuelas (a 4 reales el par)
Cafeteras de aljófar (4 pesos cada una)
Jarros de aljofar (3 pesos cada uno)
Botones de piedras falsas (42 docenas a 8 reales cada docena)
Cucharitas de metal (17 docenas a 12 reales la docena)
Tenacitas de metal (27, a 1 real cada una)
Un reloj de plata (20 pesos)
Hebillas de nácar (5 pares, a 4 reales el par)
Una cajeta de nácar (al precio de 1 peso)
257
Útiles para escopeta
Cajetas de nácar
Cajetas de carey
Cruces, aretes y botones falsos
Tinteros (a un real)
Botones de hierro, de piedra lisos, grandes de Bolonia…
Candeleros de hojalata
Picaportes (3 docenas a 2 reales cada una)
Una escopeta (6 pesos)
Correajes varios para caballos y carruajes
Un par de pistolas (12 pesos)
95 hachas (2 pesos cada una)
82 cerraduras de hierro y bronces (a 3 reales cada una)
Serruchos
7 cajones de virios (64 pesos cada uno)
Loza ordinaria (a 2 pesos la docena de piezas)
Tenemos entonces este ejemplo: una embarcación de 200 toneladas, una entre las
muchas con las que los ingleses traficaban durante todo el año por los puertos españoles,
como hemos visto en los listados anteriores, aprovechando la venta de esclavos para la
introducción de contrabando… llevaba semejante carga. Los ingleses llegaban a vender
a los españoles incluso los pertrechos que ellos declaraban llevar de repuesto en sus
embarcaciones (velas, jarcia, etc) Lo hizo el capitán de esta misma fragata El León. En
ese momento, estando como responsable del asiento en La Habana Juan Francisco de
Sequeira, parece que éste optó por dar muestras de ser un funcionario vigilante y, ante las
órdenes de Patiño, le comunicó la captura de este contrabando inglés, y además le reveló
que estando el puerto de Jamaica tan cerca de ese de La Habana, no era creíble que llevase
258
tantos pertrechos de repuesto en su bodega, y por tanto los requisó. También confesó a
Patiño que los pertrechos se vendían de manera continuada desde hacía años, no sólo a
los vecinos españoles, sino a los mismos barcos del rey. Incluso existían cuentas que
demostraban que los factores de l a compañía inglesa habían vendido pertrechos por valor
de más de 100.000 pesos desde años atrás. Una cantidad considerable.
Esta fragata El León, oficialmente había transportado solamente 12 cabezas de
negros, 329 barriles de harina de a 8 arrobas, 40 barriles de licores y 40 piezas de jarcia.
Para consumo de la factoría llevaba 7 barriles de aguardiente, 5 barriles de bacalao (de a
12 y 15 quintales cada uno) 20 barriles de arenques, 20 de peje, algunos barriles de ron,
15 barricas de vino de Madeira, una caja de medicinas, 4 o 5 barricas de loza y 150 barriles
de manteca de a 100 libras. Vemos por tanto que aunque su único permiso oficial era
transportar negros….sólo llevaba doce. Para un trayecto tan corto entre Jamaica y La
Habana se necesitaban pocos víveres para esos esclavos y los tripulantes. Es decir…
absolutamente todo lo demás, incluso lo que decían que era “para la factoría”, era
contrabando que se vendía a los españoles.
El gobernador de La Habana, Juan Francisco Güemes y Horcasitas, escribió a
Patiño informando sobre este asunto
151
. Parece que esta fragata fue tomada como chivo
expiatorio, la demostración de que las autoridades españolas cumplían con la orden de
Patiño sobre proceder a controlar exahustivamente el contrabando. El caso es que apenas
requisaron alguna carga más, o bien vemos indicios de que se aseguraba que no llevaban
contrabando, cuando sí lo llevaban. Decía el gobernador:
“… escarmentados del antecedente, en este viaje se han abstenido de traer
géneros ”
Pero la lista de la carga que hemos resumido demostraba lo que “ con pretexto de
víveres han practicado con estas especies, el mismo uso que con los fardos y mercerías,
porque siendo hecho constante que cuando estos negros vienen ya están vendidos; que el
equipaje de que se componen estas embarcaciones son de doce a dieciséis marineros a
lo más que traen; extra de esto, los víveres necesarios para su viaje se evidencia que el
fin es hacer comercio de las harinas y licores que con tanta abundancia introducen, pues
en las dos últimas embarcaciones y en otra que antes de i llegada arribó aquí en 30 de
151
AGI, Indi ferente, 2 .812. Carta del gobern ador Juan F rancisc o de Güemes y Horcasitas a José Pati ño.
La Habana, 21 de julio de 17 34.
259
diciembre del año próximo pasado, consta haber raído 8.037 arrobas de haría y 127
barricas de licores, que cada una lo menos que compone son diez docenas de botellas.
Conque, para mi concepto, no queda duda de que estos víveres debían graduarse en el
mismo caso que las ropas y géneros. Pero como en lo estipulado de los artículos del
Asiento, y especialmente en el 34, con motivo de familia, manutención de negros y
equipajes de navíos, se les da el ensanche de que puedan tener almacenes con estos
víveres y traerlos en pequeñas embarcaciones fuera de las mismas que conducen los
negros, se ha tenido presente este reparo para exceptuarlos del comiso y llevarlo con la
mayor templanza y política, por no dar mayor bulto a estos excesos y a la delicadeza de
esta nación, consentida en la inversión de este desorden por el beneficio de sus intereses,
con perjuicio de los de la misma compañía, y evitar en toda la manera posible tengan
motivo a pretextar la menor viol encia en el delito de sus propias contravenciones, de que
tsnto los convence sus mismos ecos, hasta que resuelva Su Majestad en esta
inteligencia…”
El te xto de Güemes y Horcasitas refleja lo que sucedía desde el mismo momento
de la firma del tratado del Asiento. La absoluta carta blanca que en la práctica tenían los
ingleses y cómo no cumplían nada de lo pactado. Es de suponer que los franceses
anteriormente hicieron lo mismo, básicamente porque las autoridades indianas lo
toleraban y hasta participaban activament e en ese contrabando. Si las flotas llegaban una
sola vez al año, y a veces ni siquiera eso, nadie iba a poner pegas a los barcos extranjeros
que llegaban cargados de todo lo que necesitaban y apetecían, y además sin cobrar
impuestos. Tan consentido que el mismo gobernador dice que estaban obligados a tratar
con exquisito esmero y delicadeza a esos ingleses contrabandistas, amparados por el
Tratado del Asiento, para que no les acusaran de violencia si se empeñaban en vigilar el
contrabando. Al menor atisbo de intentar hacer cumplir la ley, los ingleses protestaban
airadamente y amenazaban con elevar esas protestas a la dirección de la compañía y a
má s altas instancias, creando así un conflicto diplomático y graves problemas al rey y a
sus ministros. En consecuencia… hasta entonce s todo había discurrido en un contexto de
lo que se podría denominar franca camaradería y excelentes relaciones entre ambas
naciones, exceptuando los cortos períodos en que desde Madrid se ordenaron represalias
contra los ingleses.
Encontramos otros casos sueltos, como lanchas en las que españoles e ingleses
decían que iban a hacer aguada cerca del puerto de San Francisco de Campeche, y cuando
260
se inspeccioban se descubrían cantidades de dinero de cierta consideración, como 1.800
pesos en talegas. En esa ocasión, los factores ingleses declaron que eran parte de los 6.000
pesos que como efectos de la Compañía tenían licencia para embarcar. Para más
explicación, Güemes y Horcasitas informa de lo que le comunicaron las autoridades
locales: que en ese puerto no había barcos de guardia en la bahía, ni ministro alguno que
tomase razón de lo que se embarcaba, salvo el teniente de guarda mayor de la real
Hacienda
152
. Al final, lo más asombroso de este caso es que se terminó poniendo preso al
español que hizo la inspección de la lancha inglesa, acusado de desacato. Más adelante
analizaremos otras actuaciones de la compañía británica en Campeche que ilustran el
buen entendimiento con las autoridades españolas.
Sin embargo, la inspección de la fragata El León tomó otro cariz y relevancia
cuando encontramos otro listado de su carga requisada
153
. Parece que el primer listado lo
elaboró un funcionario “comprensivo”, pero el gobernador de La Habana tomó cartas en
el asunto, dirigió personalmente la descarga e inventario detallado, y el volumen de la
misma resultó ser algo muy distinto. Parece que Güemes y Horcasitas, que se distinguió
siempre como un gobernador, y luego virrey, honesto y muy cumplidor de las órdenes
que recibía desde Madrid, se implicó seriamente en esto de controlar el comercio ilícito.
Transcribimos el listado de la carga a continuación porque es un magnífico ejemplo del
volumen que suponía ese contrabando. El simple listado de mercancías es una imagen
muy gráfica, que debemos imaginar multiplicada por todas las embarcaciones que los
ingleses introducían en los puertos españoles de Indias (véanse los listados anteriores para
cada puerto) en todos y cada uno de ellos donde tenían autorización, y quizás también por
fuera de esos puertos, en zonas menos concurridas, sin que ni siquiera hubiera constancia
de ello. Ya vemos que nadie lo impedía.
Este contrabando se produjo durante todos los años que duró el Asiento de Negros.
Dado que precisamente el contrabando es lo que casi siempre resulta imposible
cuantificar documentalmente, esta relación de la carga de un pequeño navío inglés de 200
toneladas nos parece entonces mucho más importante. Sobre todo recordemos que esta
fragata inglesa, cuyo único cometido autorizado era transportar negros para su venta en
152
AGI, Indi ferente, 2 .812. Carta del gobern ador Juan F rancisco de Güemes y Hosc asitas a J osé Patiño.
La Habana, 27 de febrero de 173 6.
153
AGI, Indi ferente, 2 .812. “ Autos s obre aprehensión de distintos gén eros y efectos que se hizo del navío
inglés nombra do El León, su cap itán don Edu ardo Barven , que con negr os vino por cu enta de la Real
Compañía, de la isla de Jamaica ”. La Habana, 4 de mayo de 1734.
261
territorio español… sólo llevaba doce esclavos, “seis muleques y seis mulecas” (así se
llamaba a los esclavos africanos que tenían entre 6 y 10 años de edad) cuyo precio era
menor que el de un esclavo adulto, y además el factor inglés pretendía, de manera que
llegaba a ser hasta insolente y no desprovisto de cinismo, que toda la carga de la bodega
era para uso exclusivo de la factoría, cuyo cometido no era otro que poner en venta esos
esclavos y cobrar su procedido, comprando frutos de la tierra que valieran exactamente
el total de lo cobrado por ellos
154
Si tenemos presente que a esta factoría llegaban barco s
ingleses continuamente, su afirmación se puede calificar sin duda con esos términos
cuando vemos las cantidades que se descubrieron.
Alijo 1=
117 barriles de harína de trigo
Alijo 2=
33 barriles de harina de trigo
2 cajones con dos mesas y dos papeleras
3 barricas con loza
2 líos con machetes
3 cajones con escritorios
Alijo 3=
15 barriles de harina de trigo
4 barricas con aguardiente romo (ron)
Alijo 4=
30 barriles de harina de trigo
1 barrica con limetas
97 barriles con manteca de Flandes
154
AGI, Indi ferente, 2 .812. Inve ntario y t asación de lo alijado del navío inglés El L eón. La Haban a, mayo
de 1734.
262
Alijo 5=
86 barriles con harina de trigo
64 barriles con manteca de Flandes
1 cajón con dos luces (¿lámparas?) de espejo para la casa de Woolley (el factor inglés)
30 barriles de arenques
3 barriles con limetas de sidra y cerveza
1 barril con frascos de vino
1 cajón con unos hierros para adorno del jardín de la casa de Woolley
5 cajones de vidrios
Alijo 6=
31 barriles de harina de trigo
1barril con limetas de aguardiente
10 barriles con arenques
1barrica de bacalao
16 barricas con limetas de sidra y cerveza
4 barricas con botellas de vino
Alijo 7=
30 barriles de harina de trigo
3 cajones con limetas de vino (para Woolley)
7 barriles de aguardiente romo
2 barricas de sidra y cerveza
4 barricas de peje bacalao
1 canasto con limetas de vino (para Woolley)
19 barriles con frenos, cinchas y espuelas.
263
4 barriles de alcaparrosa
1 barril con munición
1 cajón con cerraduras, candeleros de hierro y de metal de aljófar
Alijo 8=
12 barriles de harina de trigo
19 barricas con limetas de sidra y cerveza
2 barricas con limetas de vino
1 cajón de medicinas (para Woolley)
1 cajón con botellas de vino
1 canasto con garrafas de vino
2 barriles de aguardiente romo
Alijo 9=
13 barriles de harina de trigo
16 barricas de sidra y cerveza
33 barriles de aguardiente
25 barrilillos de manteca de Flandes
6 cuñetes de quesos
1 barril de vino
1 cajón de medicinas (para Woolley)
1 barril de hilo acarreto
21 barriles de alquitrán
40 piezas de jarcia de todas clases
1 cajón con vidrios
3 barriles con munición
264
Se hace a continuación un fondeo, es decir, se saca toda la carga que se encuentra
en toda la bodega, de popa a proa, en entrepuentes y pañoles (lo que nos induce a pensar
que todo lo anterior no estaba en la bodega) y se encontró lo siguiente:
63 barriles de aguardiente
3 mazos de cardenillo
3 barriles de pólvora
12 piezas de lonetas
2 medias piezas de loneta
15 piezas de platillas
10 medias piezas de estopilla de olan
3 medias piezas de estopilla de olan mojadas
1 papel con navajas de barbero
2 pedazos de esterlin
7 jarros de estaño
2 mazos de limas
4 pares de zapatos de seda para mujer
9 rollos de hilo de acarreto
4 canastos de limetas
3 barrilillos pequeños
3 barricas con limetas
6 piezas de listados de camisas a 3 reales la vara
7 sombreros negros ordinarios a 2 pesos cada uno
6 sombreros blancos a 2 pesos cada uno
1 docena de cuchillos a 10 reales
1 pieza de lienzo alemanisco, a 12 reales la vara
265
1 pieza de listado de algodón, a 3 reales la vara
14 medias piezas de estopilla de olán, a 6 pesos cada una
12 chupas de listado de hilo, a reales cada una
17 piezas de encajes de Pui, a 1 real y medio la vara
1 pieza de Holanda, a 4 reales la vara
10 piezas de coleta, a 1 real y medio la vara
1 pieza de lona, en 15 pesos
3 piezas de crudo ordinario, a 2 reales la vara
16 piezas de platillas, a 2 pesos cada una
3 medias piezas de estopilla mojada, a 4 reales la vara
12 medias piezas de estopilla, a 4 pesos cada una
11 camisas de ruán de cofre, a 3 pesos cada una
2 piezas de esterlin, a un real y medio la vara
Un barril con:
72 martillos chicos y grandes, a 3 reales cada uno
8 hachuelas, a 4 reales cada una
1 cuchara de albañil, a 4 reales
Un barril con:
27 docenas de limas, a 12 reales la docena
6 docenas de bisagras, a 12 reales la docena
23 cerraduras chicas, a 2 reales cada una
6 machetes, a 3 reales cada uno
1 reja, a 3 pesos
1 barril con 56 almohasas, a 3 reales cada una
272
36 machetes de cinta, a 2 pesos cada uno
7 espadines con guarnición de metal, a 3 pesos cada uno
216 cerraduras chicas de hierro, a 3 reales cada una
5 machetes de trabajo, a 8 reales cada uno
40 cerraduras de metal, a 3 reales cada una
23 docenas de navajas chicas, a 4 reales la docena
6 docenas de tijeras, a 8 rales la docena
60 docenas de cuchillos, a 8 reales la docena
13 cuchillos con cabos de hueso blanco y sus tenedores, a 8 reales la docenaç puntillas, e
4 reales
7 tinteros de cobre a 2 reales cada uno
200 perillas doradas chicas, a 6 reales el ciento
44 brocas de zapatero, en 8 reales
7 docenas de hebillas, a reales la docena
1 pieza de cinta blanca de hilo, a medio real la vara
1 cajón con=
108 docenas de trompas, a 3 reales la docena
12 cerraduras de llaves doradas, a 4 reales cada una
4 candeleros con sus espabiladeras, dorados, a 2 pesos el par.
1 barril con=
23 cerraduras de hierro ordinarias, a 4 reales cada una
25 cerraduras chicas de metal, a 4 reales cada una
3 aldabones de hierro a 4 reales cada uno
250 lesmas, todas en 8 reales
6 espuelas, en 3 reales el par
273
3 almohasas, a 6 reales cada uno
5 pares de zapatos, a 1 peso el par
6 pares de medias de seda, a 5 pesos el par
5 docenas de cuchillos, a 10 reales la docena
3 cajetas de metal, a 12 reales cada una
1 escopeta, en 6 pesos
Correaje=
43 pares de estribos ordinarios, a 4 reales el par
2 pares de estribos en 12 reales
2 pares de estribos de concha dorados, a 7 pesos el par
3 pares de estribos de concha a 2 pesos
10 docenas de hebillas de correaje a 4 reales la docena
3 cabezas de silla de plata de Bolonia, a 4 reales cada una
2 pares de cañones a 2 pesos el par
10 bericues de cordobán, a 4 reales cada uno
12 escobillas a 3 reales cada una
1 barril con=
29 cinchas, las anchas a 4 reales y las angostas a 2 reales
2 cinchas más con sus riendas, a 4 reales cada una
36 guruperas a 4 reales cada una
6 pares de estribos a 4 reales el par
4 frenos con sus avíos, a 8 pesos cada uno
18 cabezadas, 12 de ellas a 4 reales cada una, y 6 a 12 reales cada una
21 pares de arziones (sic) para estribos, a 5 reales cada uno
274
7 frenos con sus riendas, a 20 reales cada uno
2 brioncillos a 12 pesos cada uno
1 mantilla amarilla en 12 pesos
4 docenas de hebillas para frenos a 6 reales la docena
1 papel de puntillas para frenos, a medio real cada uno
1 barril con=
1 par de pistolas, en 12 pesos
95 hachas, a 2 pesos cada una
27 almohasas, a 6 reales cada una
82 cerraduras de hierro y bronces, a 3 reales cada una
6 candeleros con sus espabiladeras, a 2 pesos el par
20 papeles de botones de metal dorado y blanco, a medio real la docena
2 serruchos a 12 reales cada uno
31 docenas de botones de metal, a medio real la docena
24 escobillas a 4 reales cada una
2 docenas de escarmenadores de cuerno, a 4 reales la docena
5 docenas de cordones de hilo, a 3 reales la docena
40 cerraduras pequeñas de metal doradas, a 2 reales cada una
11 cerraduras de hierro, a 2 reales cda una
1 rollo de cinta de hilo, a medio real la vara
16 espabiladeras de acero, a 8 reales la docena
4 docenas de clavos de Bolonia, a 8 reales la docena
1 barril con=
26 suelas, a 8 reales cada una
275
13 hachas, a 2 pesos cada una
55 serruchos grandes y chicos, a 4 reales cada uno
59 cerraduras chicas, a 2 reales cada una
5 pares de espuelas, a 3 reales el par
3 candeleros de acero, a 6 reales cada uno
9 cucharas de albañil, a 4 reales cada una
5 escuadras de albañil, a 4 reales cada una
7 almohasas, a 3 reales
12 cuchillos con cabos de palo, en 6 reales
7 docenas y media de limas, a 12 reales la docena
7 cajones de vidrios, a razón de 64 pesos cada cajón
3 barricas de loza ordinaria, a 2 pesos la docena de piezas
Correaje=
2 frenos con sus aviíos, a 8 pesos cada uno
12 pares de correas de estribos, a 4 reales el par
Vemos que en este largo listado hay toda clase de mercancías: telas variadas,
hebillas y botones de todas clases, algunas prendas de vestir confeccionadas, herramientas
para distintos oficios (barbero, albañil, zapatero, carpintero…) objetos de ajuar doméstico
sencillos pero también lujosos, muchos avíos para caballos y carruajes, distintas bebidas
(cerveza, sidra, ron, vino) harina de trigo, manteca de Flandes, grandes cantidades de
cerraduras, candados, tachuelas, tornillos y cualquier clase de manufacturas en metal…,
cajones con vidrios y piezas de loza, armas como machetes (también eran un útil de
trabajo) pistolas y escopetas, además de munición, cajas de medicinas…
Es evidente que en absoluto podía ser tal cantidad para consumo y uso exclusivo
de la factoría inglesa. De la misma manera, cuando observamos su embalaje, vemos que
iban objetos muy distintos en un mismo barril o cajón. Esto nos indica que quizás cada
276
lote así embalado iba destinado a una sola persona, un comprador particular, artesano o
comerciante. Es decir, que pudieran ser encargos hechos previamente y así se embalaban.
Eran mercancías transportadas desde Jamaica a petición. De la misma manera que lo eran
los esclavos, pues se nos dice en otro documento que ya estaban vendidos antes de llegar
a destino.
Volvamos entonces al listado de embarcaciones que por cuenta de la South Sea
Company entraron en La Habana desde 1714. Por tomar sólo los últimos años de ese
listado, comprobamos que oficialmente entraron en ese puerto cinco en 1730, diez en
1731, siete en 1732, tres en 1733, y sólo se registra una en 1734 hasta la fecha de
confección de ese listado, el 1 de marzo. Esta fragata, El León, entró en abril. Calculemos
cuál podría ser la entrada de contrabando por cada una de ellas a lo largo de todo el
Asiento, y eso sin poder saber cuántas embarcaciones llegaban desde Jamaica u otros
territorios en posesión de extranjeros, e incluso de españoles, que recalaban y descargaban
fuera de La Habana.
De manera que cuando se debate sobre el impacto de este contrabando en el
comercio español controlado desde Cádiz, resulta evidente que tuvo que ser importante,
puesto que estas mercancías ilegales de manufactura y procedencia extranjera (en este
caso de Gran Bretaña y quizás de otros fabricantes europeos introducidas en sus barcos)
inundaban completamente el mercado. Cuando llegaban las flotas, los ingleses ya habían
abastecido de lo necesario a los españoles residentes en Indias, y por tanto habían hecho
disminuir la demanda y en consecuencia los precios. Además, las vendían más baratas
que las equivalentes procedentes de España, puesto que al ser ilegales no pagaban
impuestos de ningún tipo. Esto no sólo afectaba a los comerciantes españoles que
embarcaban desde Cádiz, sino también a los extranjeros que, por el medio que fuera (con
naturaleza para comerciar con Indias, o a través de testaferros) invertían para cargar en
las flotas. Es decir, sin duda Guillermo Terry, así como aquellos a los que servía como
delegado comercial en Cádiz, la mayoría ingleses, no podían sentirse conformes ni
satisfechos con esta situación. La South Sea Company estaba afectando negativamente a
mucha gente, y no sólo a españoles peninsulares.
Un dato importante nos aparece en estos documentos. Al hacer el registro de esta
fragata se encontraron también algunas cartas dirigidas al factor Woolley. Curiosament e,
se encargó su traducción a un residente en La Habana, Ricardo Geraldino. Suponemos,
277
aunque no podemos certificarlo, que era pariente de Thomas Geraldino, el primo de
Guillermo Terry que ya por entonces, desde abril de 1732, era el delegado de la corona
española en Londres para el Asiento de Negros. De manera que quizás Thomas Geraldino,
y por extensión Guillermo Terry, podrían tener información directa de lo que ocurría en
La Habana. De nuevo vemos cómo se extendían, en los sitios y el momento preciso, las
conexiones de Terry, sus redes de contactos y de espías, siempre miembros de su cículo
familiar. Después de todo lo que hemos señalado en el capítulo anterior, nos parece claro
que el modus operandi de Terry era siempre el mismo, y con tal cantidad de ejemplos que
no se puede considerar que fuera una simple casualidad.
Por otra parte, los remitentes de estas cartas (incluídas en los autos del registro y
embargo de la carga del León) escriben a Woolley sobre intercambio de mercancías,
como por ejemplo enviarle determinadas partidas para que él las vendiera en La Habana
y les enviase otras conpradas allí como retorno. Demostración de que el mismo factor
actuaba como comerciante de manera ilegal. Eran conocidos suyos que a su vez le
mandaban partidas y le hacían pedidos de otros.
El gobernador Güemes y Horcasitas declaró que toda la carga que Woolley no pudo
demostrar que era para la factoría, quedó inventariada, tasada y puesta por comiso en el
almacén de la real Contaduría, ordenando que se pregonara su subasta al mejor postor.
Woolley reaccionó exigiendo al gobernador que anulase esa orden, alegando que por el
artículo 34 del tratado del Asiento las factorías podían proveerse de toda clase de artículos
y víveres necesarios para mantener sus dependencias, embarcaciones y empleados. Sólo
admitía que en algunas partidas se excedía en algunas porciones la cantidad considerada
como necesaria, pero que “ no encontrándose tasa ni cláusula que restrinja ni limite la
permisión, parece que es el caso en que pueda admitirse ”, y que siempre se habían
introducido de buena fe en todas las ocasiones objetos semejantes. Para mayor
argumentación, se refería a una real cédula de 1 de julio de 1703, en la que el rey de
España “ previno que si se excediesen los navíos de SM cristianísima en la venta de 1.700
libras que les estaba permitido para refresco, no se formalizasen los jueces
demasiadamente en la observancia de la ley. Y aunque ésta fue gracia concedida en
tiempo del Asiento de la nación francesa, es condición expresa del presente el que todos
los privilegios, gracias y franquezas concedidas en los asientos antecedentes, se
entiendan repetidos en éste, como si la letras estuviesen insertas en sus condiciones ”
278
Woolley no sólo pretendía que los barcos de la compañía ni siquiera fueran
inspeccionados, sino que además declaraba que todas esas cargas “ por su corta porción,
y por estimarse como drogas y bagatelas no comerciables entre los españoles, y
necesarias para el uso de nuestras casas, y aún de algunos vecinos que nos las
encomiendan por carecer de ellas en esta ciudad, excluye la presunción de fraude ”. Es
decir, con total s inceridad (por calificarlo suavemente) estaba dejando constancia de que
los ingleses de la compañía actuaban como compradores y transportistas de mercancías
inglesas para los españoles de La Habana. En éste como en otros documentos, las
declaraciones de los ingleses sobre sus actividades son una muestra de la total impunidad
con la que se comportaban y pretendían que se les dejase continuar en semejante
contrabando. Para más abundamiento de la desfachatez (permítasenos el término) añadía
que en este proceder no había ninguna intención de dolo, y que “ sin dolo no hay culpa ni
delito, y que sin éste no puede imponerse pena ”. Por todo ello, la confiscación de la carga
era “ un hecho exorbitante de las reglas y disposiciones de derecho ”. Pretendía además
que la tolerancia de Felipe V “ excusará sin duda incurrir en pena ” y que si el rey hubiera
querido, ya habría tomado “ otra resolución sobre este punto, que es asentado que la
tolerancia en el Príncipe obra e induce una voluntad tácita aprobativa ”. Woolley estaba
al tanto del interés personal de Felipe V en la South Sea Company , y de ello se valía como
amenaza al gobernador de La Habana.
Para seguir justificando la elevada carga del León, decía que la factoría tenía dos
casas, una en la que vivía él, y otra en la que había vivido su antecesor en el cargo, además
de otras dependencias. Si en esta fragata trajeron más víveres de la cuenta fue porque “ en
esta ciudad se halla gran número de sujetos de importancia, así de los de la flota
naufragada como de los que vinieron de España en los navíos que arribaron a este puerto
para conducir el tesoro, que por ser de nuestro conocimiento y amistad la mayor parte
de ellos, se hizo preciso el que diésemos nuestra providencia para que nos enviase la
competente para la urgencia de nuestras casas y obsequio de nuestros amigos ”
Se está refiri endo Woolley a l naufragio de la flota y escuadra de Rodrigo de Torres
en 1733 en los cayos de Víboras y Matacumbe, en las Bahamas. Entre ellos, por cierto,
se perdió con su carga un navío propiedad de Guillermo Terry, el San Felipe, alias el
Terry, de 486 toneladas y fábrica inglesa, cuyo capitán era José de Villa y Andrade. Nos
preguntamos si ese Geraldino anteriormente mencionado que nos aparece como residente
279
en La Habana en este momento, había llegado allí para gestionar lo referente a ese
naufragio, la recuperación de alguna carga etc.
Concluye Benjamin Woolley su alegato con esta declaración: “ Es claro que, a vista
de la libertad y permisión con que siempre se han introducido sin límite ni tasa, con
publicidad, como así ha constado a Su Majestad sin que nunca, si no es ahora, haya
tomado resolución contraria, que es la que comprende la nueva disposición para
inervención de ministro suyo ”
Es decir, Woolley se muestra absolutamente sorprendido por este cambio de actitud
de las autoridades españolas. No comprende este celo repentino si durante años han
introducido todo lo que han querido en territorio español, y además sin recato alguno. Es
más, lo han hecho como “favor” y en prueba de buena amistad, proporcionando todo
aquello de lo que carecían los españoles, y tanto más en circunstancias extraordinarias
como la mencionada.
Este documento, contenido en los autos mencionados y fechado en junio de 1734,
fue respondido por Güemes y Horcasitas sin contemplaciones. Ambos escritos son la
demostración de que el ministro Patiño había dado un puñetazo sobre la mesa y emitido
órdenes para que tal contrabando, y en general toda la actividad de la South Sea Company ,
fuera vigilada y controlada como hasta entonces nunca se había hecho. Otra de las pruebas
es que en este año las autoridades de los puertos donde tenían autorizada la entrada los
barcos de la compañía, enviaron informes sobre la entrada y salida de esas embarcaciones
y sus cargas de negros, desde el inicio mismo del tratado firmado con los ingleses. Lo que
implica que nunca hasta entonces se había proporcionado tal información, a pesar de
tenerla. El gobernador de La Habana respondió en estos términos:
“ Contémplese su porte y buque de 200 toneladas, revestido con la apariencia del
Real Asiento. A qué fin conducir doce negros, que pudiera pasarse por la consideración
piadosa de beneficio preparado a los esclavos en orden a su mayor extensión y
comodidad de su tránsito, si no interviniera al mismo tiempo la repugnancia y
contradicción de ver el bajel tan sumamente ocupado con la diversidad de mercaderías
y bastimentos que manifiesta su misma descarga. Que comparado lo uno con lo otro, el
menos advertido tendrá por calificada la bondad de la determinación de vuestra
serñoría. /…/ Quién no hallará la deformidad de que para doce negros, reducidos a siete
u ocho piezas, se trajesen 269 barriles de harina, tantos de manteca, arenques,
280
aguardientes en diversos vasos… cuando milita la experiencia que aún las más
numerosas introducciones de esclavo,s no han llegado estos a las casas de los factores
cuando inmediatamente vendidos vuelven a s alir de ellas sin que estos consuman cosa
alguna de tales bastimentos /…/ Además de la variedad de géneros y mercaderías de
todas calidades que constan de los alijos, es gran torpeza proponer licitud en su
introducción …”
Añade que la fragata tenía un pasaporte que exclusivamente la autorizaba para la
introducción en La Habana de esos doce esclavos, y no para cualquiera otra carga, de
manera que todo lo demás era lícito confiscarlo. En términos más éticos y jurídicos,
Güemes y Horcasitas alegaba que “ la repetición del delito no sirve de beneficio para la
remisión de la pena, antes bien, la reincidencia hace más torpe el delito ” Y en cuanto al
rey, señalaba que “ habiéndose reconocido las varias introducciones tan nocivas a sus
reales haberes y quebrantos insanables que sus vasallos han experimentado, ha dado las
nuevas providencias fortaleciendo las antecedentes prohibitivas de ilícitos comercios,
para que es de nuestra nación crezca y se utilice y no padezcan los infortunios que han
ocasionado las extranjeras naciones …”
El gobernador le hace ver a Wolley que por supuesto es conocedor de los
pormenores de este contrabando, y por tanto también los conocía el rey. Cosa que
tampoco debía sorprender al factor. Era algo que se hacía a la luz del día y sin el menor
pudor desde siempre:
“ Habiendo llegado a tal exceso la introducción, que aún los pobres oficiales de
esta ciudad sienten su perjuicio privándoles del ejercicio de sus oficios, pues no perdona
la nación inglesa ejercitar sus introducciones en cerraduras, machetes, hachas, escoplos,
limas, almohasas y otras cosas, que de todo se hace centa en la casa de la factoría, siendo
el almacén más bien surtido, así de los más apreciables gé neros como de los nás bastos,
donde siempre se ha ocurrido sin embarazo para lo que a cada uno le ha sido preciso,
vulnerándose las leyes y también las condiciones del mismo Asinto /…/ En cuanto al
factor, se acredita por confesión de su delito, y así corre por desprecio su intención …”
Tenemos aquí la descripción gráfica de la situación: la factoría era en si misma el
establecimiento mejor abastecido de toda la isla de Cuba. El que disponía de toda clase
de artículos permanentemente gracias a esas embarcaciones del Asiento que llegaban
desde Jamaica y otras partes. Mercancías extranjeras, para más agravio. El lugar donde
281
cualquier vecino acudía a comprar sin el menor problema, perjudicando no sólo a los
mercaderes que cargaban en las flotas en Cádiz, sino a los propios artesanos y
comerciantes de La Habana, desprovistos por la escasez de abastecimiento desde España,
y además a precios más caros por los impuestos añadidos que imponía la real Hacienda.
Esta declaración del gobernador es definitiva a la hora de sentenciar el debate sobre
la repercusión del Asiento de Negros en el comercio español. Aplíquese este ejemplo a
los demás puertos y costas donde los barcos de la compañía accedían sin el menor control.
Gracias, desde luego, a la laxitud impuesta por el mismo Felipe V, interesado como estaba
por la parte que tenía en los beneficios, en que la compañía inglesa disfrutase de todas las
facilidades para que el negocio fuera un éxito. A más venta, mayor beneficio a repartir.
Si podemos establecer un punto de inflexión, fue éste, así como el principal motivo para
que las relaciones fueran cada vez más tensas entre ingleses y españoles y desembocasen
en una declaración de guerra cinco años después. Podemos aventurar en consecuencia
que el ministro Patiño tuvo que imponer su decisión al rey, convencerle de que era
absolutamente contraproducente para la real Hacienda y para todos los comerciantes
españoles e incluso extranjeros naturalizados, seguir tolerando ese contrabando sin
medida. Estaban esquilmando las posesiones españolas, sacando no solamente todos los
frutos que podían, sino enormes cantidades de plata y oro producto de la venta de sus
propias introducciones desde Europa.
Finalmente, el recurso de Woolley desde luego no fue admitido, y sólo se le
entregaron las mercancías que se consideró correspondían para el sostenimiento de su
familia: 40 barriles de harina, 12 de manteca de Flandes, 5 de arenques, 8 barricas de sidra
y cerveza, 2 de bacalao, 3 de vino, un baril de vino del Rhin, un cajón con botellas de
vino francés, 22 barriles de ron y 7 cuñates de quesos. Woolley volvió a apelar, esta vez
ante el mismo rey de España y la Junta de Negros, pero se le denegó la reclamación. En
julio de 1734 empezó a subastarse toda la carga de la fragata inglesa. Woolley incluso
intentó ejercer el privilegio que alegó tenía para comprarla al precio del remate, pero
como hubo protestas por parte de pujadores españoles (uno de ellos exclamó que entonces
¿p ara qué pujaba si al inglés se le daba preferencia para quedársela?) s e le denegó
también.
Una vez revisada la carga y eliminada toda aquella que se había corrompido por el
paso del tiempo y el calor, se remató y se dieron las cuentas de lo que se obtuvo en la
288
facultad para ello según el Tratado del Asiento. Tampoco habí an solicitado ni obtenido el
permiso de Felipe V para semejante novedad, por lo que Geraldino avisó al rey
exponiéndole los inconvenientes que se seguían de esta práctica. El rey (podemos
aventurar que en realidad fue Patiño) le ordenó que requiriese a los directores de la
compañía la completa anulación de todos los contratos que hubieran hecho y las licencias
con los subarrendadores. Los directores ingleses accedieron y se convino la anulación el
febrero de 1733, dando las órdenes convenientes a sus agentes en Jamaica, aunque se
reservaban el derecho de reclamar ante el rey español por el perjuicio que les suponía esta
providencia. Efectivamente lo hicieron, y desde Madrid se les volvió a insistir en que no
podían sobrepasar ni cambiar lo autorizado por el tratado.
Al anularse las licencias, los ingleses solicitaron poder retirar de esos puertos los
efectos que tuviesen en ellos producto de esos contratos hasta la fecha. Geraldino reclamó
a los directores en Londres que mostrasen la cuenta de dichos efectos para justificar si
eran o no procedidos de la venta de esclavos. Los ingleses decían tener 50.000 pesos en
frutos y efectos, pero Geraldino consideró que la cantidad debía rebajarse a la mitad. Algo
interesante es que la South Sea Company , según Geraldino, no tenía interés en mantener
ella misma una factoría en Campeche (sin embargo, ya hemos visto que por supuesto la
tenían, y perfectamente operativa y abastecida) pero se le concedió que pudieran
despachar el navío Derby, de 150 toneladas con 40 esclavos. Da la impresión de que llegó
a tal punto lo que podemos llamar saqueo organizado, que la compañía no disponía de
barcos suficientes y optó por subcontratarlos. Mientras mentía a los delegados españoles
en Londres sobre lo que realmente estaban haciendo en Indias.
Geraldino continúa dando noticias interesantes como, por ejemplo, que antes de
que él asumiera el cargo, al parecer los agentes ingleses en Jamaica eran los que daban
las licencias a esos subarrendadores que transportaban desde allí los esclavos a distintos
puertos españoles, y “ las daban para un corto número [de esclavos] en cada
emb arcación, con el fin de aumentar el de éstas para facilitar su clandestino comercio ”.
He aquí, por tanto, la constatación de cómo se estableció desde un principio la ejecución
del fraude. Ya ni siquiera era la compañía la que daba las licencias desde Londres, sino
los agentes en Jamaica, suponemos que teniendo información más rápida y directa de la
demanda en los puertos españoles, no sólo de esclavos, sino del tipo de carga que podían
enviar de contrabando una y otra vez. Estos dos hechos, la subcontratación del transporte
y el dejar que las licencias se emitieran desde Jamaica y no desde Londres, son la
289
demostración más patente de cómo los ingleses incumplían, en todo y en parte, lo pactado
en un tratado. Algo que dificultaba, todavía más si cabe, cualquier control por parte
española.
En consecuencia, Thomas Geraldino informó de esto a Patiño, diciendo que “ en
virtud de reales órdenes, he establecido que no pueda ir ninguna embarcación a los
puertos de la Veracruz, Cartagena, Portobelo y Buenos Aires, con menos número de
esclavos que ochenta de todas edades por cada cien toneladas ”. Por lo que tocaba a
Caracas y La Habana, al considerarse que los retornos desde estos dos puertos eran más
voluminosos y requerían mayores buques, estaba pendiente la regulación. En suma, que
si la compañía quería llevar menos esclavos de lo establecido en un barco, tenía que
justificarlo danto toda clase de detalles sobre motivos, arqueo del buque, número de
esclavos, bastimentos para su manutención etc. Y de este control, por supuesto, debía
estar pendiente Geraldino en Londres, pero también los responsables español es en los
puertos indianos para certificarlo a su vez desde allí, comprobando lo que realmente
entraba en cada puerto y salía de ellos.
Sobre todo esto, Felipe V había escrito a Benjamin Keene
160
en noviembre de 1733,
y antes se dieron órdenes en julio de ese año a don Juan de Ávila, director del Asiento por
la parte española en Veracruz, para prevenirle sobre cómo debía vigilar el exacto
cumplimiento de las ordenes. Sin embargo, y de una manera sorprendente, Geraldino dice
al gobernador y oficiales reales de Campeche, que le avisen de lo ejecutado por su parte
“ por vía de Jamaica al recibo de ésta ”. Sólo se nos ocurre que Geraldino tenía prisa por
tener noticias de Indias, y la vía más rápida, paradójicamente, eran los barcos ingleses
dada la escasez de los españoles. Teniendo en cuenta que una información que se podía
considerar confidencial se enviaba siempre por vías alternativas para que no cayese en
160
Benjamin Keen e (Norfolk, Gr an Bretaña, 16 97 - Madrid, E spaña, 1 757) fue un per sonaje e sencial en
todas las relaciones hispanobritánica s de la época. Estre chamente relacio nado con el prim er ministro
Robert Walp ole, con sólo 23 años fue comi sionado a España por la Sout h Sea Company para encargarse
aquí de todas los asuntos de la compañía. Supervisó la firma del Tra tado del Asiento , y en 1727 fue
nombrado ministro pelnipotenci ario en Madrid para dirigir las conver saciones con vistas a la firma del
Tratado de Sevilla, donde y a se encontró con José Patiño como representante esp añol. En 1734 asce ndió a
e mbajador, de maner a que le encontramos en toda la corre spondecia relaciona da con la South Sea
Company , defendiendo los in tereses británic os frente a la s quejas y rec lamaciones españolas. E n
septiembre de 1739 tuvo que salir de España al declararse finalmen te la Gue rra del Asiento. L a
hitoriografía le considera bastante conciliador con la causa española, algo que incluso le f ue recriminado
en su país, y quizás por ello solicitó ir como embajador a Lisboa en 1746, donde siguió tendiendo puentes
con la Corte de Madrid. En 1750 fue uno de los protagonistas en la firma de un t ratado comercial entre
España y Gran Bretaña, empeñado s iempre en la rest auración de las buenas relaciones , sobre todo
mercant iles, en tre ambas naciones. Su aprec io por Esp aña le ll evó a pas ar aquí sus últimos años,
falleciendo en Madrid en 175 7.
290
manos de enemigos (tanto por tierra como por mar)…esta orden de Geraldino nos resulta
incluso incongruente. Quizás por otra vía paralela dio una orden distinta, o añadida, a
estas autoridades de Campeche. Puede que fuera una manera de saber hasta qué punto los
ingleses eran desleales, si la información remitida por españoles que viajaba en un navío
inglés era distinta a la que recibía Geraldino por otros medios. O enviar información falsa
por esa vía de Jamaica para que los ingleses no supieran la real. O si la compañía le
falseaba datos a partir de l o expuesto en una carta inte rceptada por ellos, que abrían y así
sabían qué era exactamente lo que sabían los españoles. Caben, en fin, varias
suposiciones, ya que toda correspondencia interceptada por enemigos era desde luego
abierta y leída. Porque lo que Geraldino había encontrado, como veremos más adelante,
era que los directores de la South Sea Company mentían constamente, aparte de negarle
el acceso a los documentos de la compañía, a los que tenía derecho para comprobar las
cuentas.
Otro problema añadido era que “ a sombra de los factores y personas empleadas
por la Compañía del Asiento, y protegidos de ellos, se hallan en diferentes puertos de las
Indias muchos naturales de esta nación, lo que es de notable perjuicio a los intereses del
rey ”. Algo que, a la vista del panorama que se nos muestra, era lógico deducir. Con
semejante libertad para trasegar cargas, parece evidente que los mismos ingleses no eran
controlados en absoluto y se instalaban en las Indias para ejercer de facto como
comerciantes o intermediarios con Jamaica. Incluso para hacer sus propios negocios
particulares aprovechando esas embarcaciones que llevaban licencia de la compañía.
Geraldino también reclamó sobre esto en Londres y se dieron las providencias
convenientes para remediar tal abuso. O eso dijo la dirección. Pero era otra cosa más que
Geraldino ordenaba al gobernador de Campeche que vigilase. En general, a partir de la
llegada de Thomas Geraldino, las órdenes generales a todos los responsables españoles
en Indias se centraban en que debían poner guardas de confianza en las embarcaciones
que atracaban en sus puertos (tanto de la Compañía del Asiento como otras) vigilar las
playas cercanas de noche y de día, estar prevenidos especi almente con los navíos que
hacían falsas arribadas y obligarles a seguir su navegación sin detenerse en esos puertos.
En resumen, evitar cualquier carga ilegal. Y además “ que no se fabriquen en esta
provincia [Campeche] aguardientes ni otras bebidas semejantes por ser prohibidas ”. Tal
parece que la presencia de ingleses también llevó aparejado este negocio de alcohol
291
clandestino. No sólo introducían ron en grandes cantidades, así como cerveza y otras
bebidas, sino que también lo fabricaban por su cuenta en suelo español.
Volviendo al contenido general de la investigación realizada sobre los fraudes en
Campeche, expuestos en los autos mencionados, encontramos testimonios, como dijimos
más arriba, de hasta 27 testigos. Haremos un resumen de lo más destacado puesto que son
la descripción detallada de la situación imperante.
El sargento mayor José de Saravia, encargado español del Asiento en Campeche,
declaró que no controló al San Quintín y al Derby porque, como no llevaban negros,
consideró que no eran del Asiento y no estaban sujetos a las normas del tratado. El
problema es que tampoco los controló siendo ingleses, como es obvio deducir, y en esto
implicaba al gobernador interino en ese momento, Santiago de Aguirre. Reconoció que
sabía que traía carga en exceso, y además de seis a siete mil pesos para los guardacostas
de ese puerto. Tampoco sabía lo que los factores ingleses traían por su cuenta (y el factor
Campbell venía en uno de ellos) Sin embargo, al mismo tiempo declara que él fue celoso
con su función de vigilancia, entró con los oficiales reales en el navío inglés, inspeccionó
la carga…y que de retorno sólo estaba llevando el equivalente a 17.000 pesos, cuando
tenía permiso para sacar 25.000 en concepto de rezagos por esclavos vendidos
anteriormente. Tal parece que Saravia ajusta su declaración a las órdenes recibidas de
Geraldino. Añade que, en cuanto al navío San Quintin, él no lo inspeccionó porque estaba
en la romería de un pueblo distante 50 leguas (frase textual del declarante) y de ello se
encargó el capitán Alejo Fernández, e incluso fue otro hombre quien encontró la lancha
de dicho navío con 1.800 pesos en plata dentro. Reconocía que ni siquiera era costumbre
que hubiera una guía o certificación de esos dineros. Sobre este asunto de la lancha del
San Quintín, que parece sin importancia, o que al menos este gobernador no le da ninguna,
veremos más adelante a qué extremos llegó y quién fue quien la detuvo y confiscó el
dinero que llevaba. Esta captura provocó una investigación desde la misma Audiencia de
México.
El capitán Nicolás Mediano, del presidio de esa plaza, declaró que los víveres que
traían los navíos ingleses se metían en un almacén, pero después los factores ingleses los
vendían, e incluso él mismo les había comprado para el gasto de su casa, por lo que supone
que otros hacían lo mismo.
292
El capitán Francisco de Anda y Arberas, vecino de S an Francisco de Campeche y
representante del comercio de Sevilla, dijo que el gobernador interino Santiago de
Aguirre y el tesorero Agustín García Villalobos, eran quienes habían dado las licencias
para la entrada de los cuatro navíos ingleses “ por haberles encargado a los factores
ingleses que condujesen diferentes víveres y pertrechos que necesitaban en esta villa para
los armamentos de Walix ”.
Hagamos aquí un inciso interesante….¿qué eran esos armamentos de Walix? Los
autos están fechados en 1736, pero tenemos que, en marzo de 1734, se pertrechó en San
Francisco de Campeche una goleta con 134 hombres para desalojar a filibusteros ingleses
que se habían asentado en el río Walix, hoy Belice. Fueron atacados y vencidos en la
región de Bacalar, pero inmediatamente intentaron recuperar el terreno perdido en
tiempos del siguiente gobernador, Fernández de Savariego, quien de nuevo ordenó el
ataque y se les capturaron cuatro balandras con 128 hombres en ellas. Es decir… que el
gobernador español se valió de barcos ingleses llegados desde Jamaica para abastecerse
de lo que necesitaba, pues tenía que desalojar a piratas ingleses de esas costas yucatecas.
Tendríamos que deducir, entonces, que la South Sea Company , y por tanto también
el gobierno inglés, consideraba que esos piratas, filibusteros o contrabandistas (como se
les quiera calificar) eran un incordio para sus propios intereses. Seguramente el desarrollo
del contrabando bajo el amparo de la compañía, tranquilo, en paz, con la vista gorda de
las autoridades españolas en Indias, y por tanto sumamente lucrativo…podía ser puesto
en riesgo por unos ingleses que actuaban por su cuenta en ese punto geográfico, por muy
aislado y desierto que estuviera. Las autoridades españolas, y el mismo rey, habrían
advertido al gobierno inglés, y ellos prestaron su colaboración para expulsarlos
enviándoles lo necesario desde la misma Jamaica. Consideraron que era mejor evitar
quejas y sobre todo que el rey español y sus ministros dirigieran sus ojos, su interés y su
control sobre una zona que les era extremadamente rentable. Un ejemplo más de
pragmatismo y de estrecha colaboración cuando los intereses económicos así lo
demandaban. Y, de nuevo, comprobamos que el análisis exhaustivo de la documentación,
poniendo en relación una información con otra, nos descubre aspectos que, de manera
aislada, nos pasan desapercibidos. No sólo es que un navío inglés llevara a Campeche
efectos navales para los guardacostas españoles… sino que estos se iban a emplear en
desalojar a otros ingleses que extraían frutos de esas costas de manera absolutamente
ilegal, más ilegal aún que la propia South Sea Company . De hecho, si no llega a ser por
293
esta investigación del contrabando ordenada por Patiño, puede que esa arboladura que
llegó a Campeche hubiera sido consignada como simples repuestos para los barcos de la
South Sea Company . Esto compone un cuadro en verdad sorprendente.
La cuestión es que los ingleses estaban ilegalmente establecidos a uno y otro lado
de la península del Yucatán, a la izquierda en la zona de Mosquitos, y a la derecha en el
golfo de Honduras, en el río Walix ya desde el siglo XVII. Por eso los españoles
construyeron la población y fuerte de San Felipe de Bacalar, para controlar ese golfo de
Honduras. Pero un considerable contingente de ingleses acabó apropiándose de la región,
instalados en esa zona del Walix, de donde extraían palo de tinte y caoba. Con la guerra
anglo-española de 1727-1729, el fuerte de Bacalar retomó fuerza, se volvió a repoblar
con colonos canarios y mantuvo un destacamento militar. El gobernador Antonio de
Figueroa ya había expulsado a los ingleses que cortaban palo de tinte en 1732, y el fuerte
llegó a contar con una buena dotación de artillería. Sin embargo, como vemos en este
documento sobre los fraudes fechado en 1736, la presencia y la extracción de palo en la
zona continuaba. Era algo recurrente y los ataques de los españoles no surtían más que
un efecto momentáneo. Cosa que, al parecer, estaba afectando a los intereses de la South
Sea Company , que también extraía palo de tinte. Si otros ingleses lo llevaban a Inglaterra
y Europa y lo vendían… era una competencia que no convenía tener. Las expediciones
españolas contra los ingleses en las costas yucatecas no dejaron de sucederse hasta fines
del XVIII.
El problema de la connivencia entre españoles e ingleses lo vemos en otro párrafo
de la declaración de este testigo, el capitán Anda, pues como delegado del comercio de
Sevilla estaba autorizado para asistir a las visitas de los navíos ingleses, y confiesa que
nunca vio nada ilegal en las cargas, ni que sobrepasase lo autorizado para el consumo de
esos navíos. Es más, nunca había tenido “ motivos para escribir y quejarse de que se hayan
excedido en dichas intruducciones ”. Incluso reconoce también que de los víveres ingleses
puestos en almacén en el puerto, bajo tres llaves que se repartían entre el sargento mayor,
el alcalde y el factor inglés, se sacaban algunos para vender a los españoles (quesos,
manteca, harina…) Pero precisamente en la descarga de estos cuatro navíos llegados de
Jamaica que se investigan, él no estuvo presente. Es decir…el delegado del comercio
sevillano no daba ninguna información a sus superiores en Sevilla sobre el contrabando.
Miraba hacia otro lado, o decía que estaba ausente justo cuando llegaba una embarcación
inglesa. No sabía nada.
294
El capitán de un navío llegado a Campeche desde Canarias, también aseguró que
el gobernador interino pidió ayuda a los ingleses de la compañía para hacer un armamento
contra los ingleses de Walix. En cuanto al contrabando, había visto llevar rodando por las
calles de la villa cuatro toneles de ron, sacados de los almacenes del Asiento. Cuando le
comentó al alcalde de la población que eso era un perjuicio para los intereses comerciales
españoles, éste le contestó que “ no era nada de cuidado, despreciando esta noticia ”.
Incluso se quejó en 1735 al gobernador Aguirre, porque este capitán también vendía
aguardiente y la venta del inglés en esa población le hacía competencia, pero el
gobernador “ se hizo enteramente el desentendido, pasando a otra conversación ”. En
cuanto al navío inglés de guerra Hambourg, le vio entrar en el puerto cargado de víveres,
luego completamente vacío, y a continuación circular “facturas” en las tiendas de la
ciudad, mostradas por los españoles. Además, aseguraba que “ dicho navío llevó mucho
dinero ” cuando zarpó de allí. Pero no denunciaba a nadie en concreto porque no sabía
quiénes eran, no los había visto.
Otro capitán de un navío llegado desde Canarias declaró que los ingleses tenían
hasta tres bodegas en San Francisco de Campeche, donde guardaban lo que llevaban las
embarcaciones de la compañía. En ellas se vendían públicamente toneles de aguardiente
ron, y algunos españoles compraban hasta tres y cuatro barricas, que a su vez vendían al
menudeo. Los barrilles rodaban por las calles, desde los almacenes ingleses hasta el
establecimiento de sus compradores, a diario. En la lancha interceptada del navío inglés,
la carga que vio este capitán canario era de telas (piezas de coleta). Una porción la sacaron
en carretillas los criados de un español, y el resto fue al almacén inglés. En el muelle no
había ningún oficial real para controlar esto. Este mismo capitán canario, cuando fue
requerido por los oficiales reales para pagar los impuestos correspondientes a la carga que
trajo, contestó lógicamente con enfado que no podía hacerlo, porque traía aguardiente y
vino y no tenía venta por la competencia del ron inglés de contrabando. Pidió al oficial
real en varias ocasiones que evitase dicho contrabando, y s iempre le respondía que ya lo
haría en adelante. También supo que el navío de guerra Hambourg salió de allí “ muy
interesado en plata ”. Por tanto, es lógico deducir el asombro de ese comerciante canario
cuando veía que se le quedaba en las manos la carga transportada hasta allí, porque los
yucatecos sólo querían comprar la de los ingleses introducida ilegalmente. De todas
formas, nos planteamos que esto no era una novedad en este año, por lo que estos
capitanes canarios ya sabían lo que ocurría, y aún así acudían con sus barcos a Campeche.
295
De alguna manera les debía de compensar el viaje, posiblemente con la compra de palo
de tinta, grana u otros frutos.
Un capitán residente en la villa, llegado también desde Canarias en 1735, tenía una
bodega donde vendía aguardiente de esas islas. Esto y lo anterior nos indica que al menos
sí llegaban a Campeche navíos de Canarias con cierta frecuencia (y aún hay en la
documentación otros testigos llegados desde las islas en estos años) Cuando los españoles
iban a su tienda siempre le pedían ron, que él no tenía, y no le compraban el aguardiente
canario. En cualquier caso, parece que los factores ingleses tenían acuerdos de venta de
sus productos con ciertos comerciantes españoles de la tierra, no con todos, pues cuando
este testigo quiso comprarles un barril de manteca, declaró que le costó trabajo que se lo
vendieran. Parece que los ingleses desconfiaban de los peninsulares recién llegados,
quizás no querían dejar pruebas como recibos de compra en manos de gente desconocida.
En cuanto al palo de Campeche, tenemos la declaración de José Benito Centeno,
propietario de un rancho para corte de palo de tinte, que confesó ser proveedor de los
ingleses. A cada uno de los cuatro barcos en cuestión llegados desde Jamaica les vendió
1.500 quintales, y 8.000 para el Derby y el San Quintín. Ni siquiera guardaba factura ni
registro de esa cantidad vendida, porque dijo que rompió esos documentos tras la venta,
algo que nos vuelve a plantear que a ninguna de ambas partes en el negocio le interesaba
que hubiera pruebas del mismo. Pero este testigo afirmaba que también compraron otras
cantidades a otros rancheros para cargar por completo las bodegas de esos navíos. Cuando
hacía estos tratos con los ingleses, estos le daban “para su avío” algún barril de
mantequilla, carne del norte, algún barril de ron, bizcocho, piedras de amolar… como
parte del pago, y el resto en dinero y en negros.
Como vemos, desgranando la documentación la situación es cada vez más
compleja. Los ingleses incluso procuraban pagar con la menor cantidad de moneda que
pudieran, haciéndolo en especie y hasta en negros. La plata española era, por supuesto,
uno de los productos más estimados de las Indias.
Otro proveedor de palo declaró que los ingleses de estos cuatro navíos habían
recogido hasta 40.000 o 50.000 quintales. Él les dio unos 2.500 quintales, y otros 2.700
para el Derby y el San Quintín.
Un comprador de ron decla ró que adquirió seis tonele s, procedentes de esos cuatro
navíos ingleses, y cada uno le costó entre 120 y 130 pesos. Añadió el interesante detalle
296
de que esos barriles estaban en los almacenes de la Contaduría española… y que a los
ingleses les compró por otro lado varios barriles más. Las declaraciones nos siguen
llevando cada vez más allá en el panorama del contrabando. El ron jamaicano ya lo
vendían los mismos oficiales reales en los almacenes de la Real Contaduría, y en el
documento aún hay más testimonios sobre españoles comprando ron.
Otro declarante dijo que, estando para partir el Derby, su capitán le ofreció “ un
poco de jarcia, y como dos o tres docenas de platos de peltre, y un barrilillo de tachuelas,
que todo su importe llegó a 90 pesos poco más o menos, y se quedó el testigo con ello en
pago de gallinas, vituallas y otros comestibles que le dio para su rancho ”. Es decir, los
españoles que vendía n comestibles y otras cosas a los ingleses, no sólo eran pagados con
ron y esclavos (esto, obviamente, sería para pagos de mayor cantidad de dinero) sino que
en ese comercio de menudeo los ingleses tampoco pagaban con moneda. Lo hacían
igualmente en especie, a trueque, por lo que parece que entre ellos la norma era evitar en
lo posible el pago con plata puesto que había que sacar el máximo que se pudiera. Si la
cambiaban en Londres o en otros mercados, valía mucho más que en Indias.
El resto de testigos interrogados declararon no saber nada del asunto. El gobernador
ordenó entonces la inspección e inventario de la factoría inglesa, donde sólo se encontró
comida y géneros para uso de la misma, sin nada ilegal. También registró casas y tiendas
de algunos españoles donde tampoco hubo nada reseñable, aunque encontró algo de ron
en ellas.
Este es, en fin, el resultado de esos autos. El escenario que se nos dibuja es de
absoluto descontrol, connivencia con los ingleses e incluso ayuda mutua cuando los
intereses coincidían, y contrabando aceptado por todos con los brazos abiertos. Pero
¿quedaba algo de palo de tinte cuando llegaban navíos españoles a cargar?
Evidentemtente sí, porque iba en las bodegas de los navíos que llegaban a la península,
aunque sería interesante hacer un estudio compararativo, aunque fuera aproximado o
puntual, para saber qué volumen sacaban los ingleses y cuánto los españoles. Pero ya
vemos que esto, en el caso de los ingleses, es difícil de averiguar por ser la mayor parte
puro contrabando. En cualquier caso, hay que advertir que al mismo tiempo existían otros
ingleses, absolutamente ilegales y fuera de las licencias dadas por la South Sea Company ,
que sacaban palo por otros puntos de la costa yucateca, como aquellos asentados en
297
Walix. Nos preguntamos si esta extracción de palo a gran escala provocó la deforestación
de grandes zonas y cada vez tenía que buscarse más tierra adentro.
Esto ocurría de manera constante desde el siglo XVII, así como la extracción de
otros productos como caoba, azúcar, cochinilla, vainilla, cacao…Fue esto lo que motivó
la fortificación de la villa de San Francisco de Campeche, que a mediados de ese siglo
fue rodeada de murallas y baluartes, con una dotación de soldados y hasta 18 cañones,
con la asistencia también de embarcaciones guardacostas. En cualquier caso, eso no
impidió el contrabando y el pirateo constante de ingleses, franceses y holandeses. Todos
acababan recalando en aquellas costas, donde surgió igualmente una fructífera industria
naval con astilleros para reparación de embarcaciones, suponemos que de todas las
nacionalidades siguiendo con la situación relajada en cuanto a la aceptación de la llegada
de extranjeros. Todos traían algo con lo que se podía hacer trueque y comerciar. Y eso
explicaría también por qué encontramos cantidades considerables de otra clase de palos,
esta vez para arboladuras de navíos, en las embarcaciones que llegaban a esa costa de
Campeche.
Por ejemplo, en la documentación que nos ocupa sobre barcos ingleses
161
,
encontramos que en marzo de 1735 llegó al puerto de San Francisco de Campeche una
fragata inglesa, La Afortunada, que quedó fondeada a dos leguas de la costa. Su dueño y
capitán, Thomas Hopson, desembarcó en un bote y declaró que había zarpado el 15 de
enero de ese año
162
desde Virgina, una de las Trece Colonias, con 18 hombres de
tripulación y la bodega cargada con arboladura, otras maderas, bastimentos, alquitrán y
brea. Su destino era Jamaica pero (como era la excusa habitual en estos casos de
arribadas) los malos vientos y corrientes le derrotaron y arribó a Isla de Pinos en Cuba,
donde los vientos le volvieron a impedir navegar hacia Jamaica, de manera que decidió
arribar sobre cabo Catoche “ para venir a remediarse a San Francisco de Campeche ”.
161
Continuamos e n AGI, Indifer ente, 2812. Es lo que se podr ía considerar un expediente de autos sobre
investigación de cargas en navíos ingleses, pero en re alidad son mu chos informes reunidos en un solo
legajo.
162
Era el 26 d e enero según el calendario español . Existe una di ferencia todavía en esta época en tre el
calendario juliano que continuaban us ando los ingleses en todos sus territor ios, y que conservarían hasta
1752, y el gregoriano i mplantado de sde 1582 en casi todo el mundo occidental, empezando por la
Monarqu ía Hisp ánica. E sa dife rencia d e diez días ent re las fechas consigna das en l a documen tación
inglesa y la españ ola provoca cierto s malentendido s cuando se co tejan ambas fue ntes, y lo observa m os
constantemente en la documentación consultada para este capítulo, sobre todo en lo que respect a a la
emitida por la South Sea Company y por l os directores españoles en Londres. Pero a fectos prácticos
comprobamos que no representaba un problema a la hora de anal izar los hechos narrados, de manera que
optamos por no advertir en cada cita este detalle, a menos que fuera necesario.
304
alcanzado por el contrabando realizado o amparado por la South Sea Company . Así como
el hecho de que es a partir de los años 1733-1734, cuando Patiño decide combatirlo y
evitarlo por todos los medios, impidiendo que la compañía británica se excediese en lo
que le estaba permitido por el Tratado. Vista también la actitud de absoluto descaro con
la que actuaban los ingleses, amparados y envalentonados por la connivencia de los
españoles en Indias, sin duda debió suponer un agravio hasta personal para Patiño, pues
la dignidad española estaba en juego con esta situación de menosprecio y burla por parte
de los ingleses, agravada la indignidad por la absoluta colaboración de quienes
representaban al rey en las Indias. Sin olvidar, por supuesto, la misma seguridad de las
posesiones españolas. Si los ingleses se movían y se asentaban con tal facilidad en
nuestros territorios, si sus barcos navegaban por aguas españolas y recalaban en puertos
españoles comerciando sin control alguno sirviéndose de la excusa de vender esclavos, s i
las autoridades españolas no sólo les acogían, sino que mentían en sus declaraciones… l a
situación era realmente grave. No sólo estaban esquilmando las Indias, sino que tenían
bases en todos los puntos más importantes, y sus barcos de guerra navegaban y recalaban
en ellas, llenando también sus bodegas de frutos de la tierra y plata. Con el peligro añadido
de que, gracias a todo esto, tenían conocimiento preciso del estado de todo el continente,
sus fuerzas defensivas etc.
Se pude afirmar, por tanto, que la situación a ojos de P atiño era la más peligrosa
que jamás se había planteado en toda la historia del Imperio. Tanto económica como
militar. Si los i ngleses no se adueñaban de facto de esos territorios, era porque realmente
les traía más cuenta limitarse a esquilmarlos. De momento. Y gracias a todas esas
ganancias que obtenían de nuestras colonias, ellos estaban obteniendo el dinero necesario
para aumentar su poderío naval, con el que fácilmente podrían dar el golpe final a la
monarquía española. Un comercio tan extendido y tan en auge, conllevaba por lógica un
aumento en la fábrica de navíos mercantes, que siempre podían ser incorporados a la
armada inglesa en caso necesario. Y por supuesto el aumento en la construcción de navíos
de guerra. De la misma manera, dichos navíos necesitaban personas expertas para
manejarlos, tripulaciones, también soldados en el caso de los de guerra…lo que implica
un aumento enorme tanto en efectivos navales como humanos. No se podía olvidar que
ya estaban asentados en la América del Norte y en Jamaica, y por tanto no era
descabellado, en la mente de cualquiera, temer un ataque naval combinado desde esas
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