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Guillermo Terry, armador en Cádiz y su navío "Soberbio": guerra y comercio en la primera mitad del siglo XVIII

Enríquez Macías, Genoveva

Abstract

Este trabajo de investigación se centra en Guillermo Terry, un irlandés exiliado en Cádiz a causa de la persecución de los jacobitas por los anglicanos a finales del siglo XVII. Como hombre de negocios, comerciante y naviero, hizo fortuna a lo largo de la primera mitad del XVIII, gracias al comercio con las Indias y a sus propios tratos comerciales con los ingleses. Estableció además una estrecha relación con el ministro José Patiño, fruto de la cual fue el nombramiento de dos parientes suyos, Thomas Geraldino y Pedro Terry, para desempeñar dos importantes cargos en Londres, la ciudad desde la que partían los principales ataques a la monarquía española. El primero como director por la parte española del Asiento de Negros, y posteriormente embajador, y el segundo en principio como espía y después como director del Asiento sustituyendo a Geraldino. Su función era controlar y fiscalizar la actividad de la South Sea Company, que tenía la exclusiva de dicho Asiento, así como recabar toda clase de información en Gran Bretaña que pudiera ser útil para la Corte de Madrid. Guillermo Terry consiguió mediante compra el título de marqués de la Cañada Tirry y dos cargos en cabildos. Reunió una considerable fortuna de la que es muestra la relación de propiedades rústicas y urbanas que incluyó en un mayorazgo. Extendió una notable red de influencias y contactos en las más altas esferas políticas y económicas, que desde Cádiz se extendían a París y a Londres. Todo ello, con la causa jacobita como telón de fondo, y su función, según los indicios, como recaudador y canalizador de la financiación para restaurar a los Estuardo, en el contexto de las tres rebeliones que se produjeron en esta primera mitad del XVIII en Irlanda y Escocia. Vemos distintos episodios a través de Guillermo Terry y sus familiares: los conflictos en Cádiz con los comerciantes extranjeros naturalizados, o cómo se desarrolló realmente y en la práctica el Asiento de Negros por parte de los ingleses y la South Sea Company, el contrabando a gran escala que realizaron en la América española, con ejemplos que demuestran qué volumen pudo alcanzar ese comercio ilegal. Por otra parte, este hombre de negocios irlandés fue propietario de un navío, el San Francisco de Asís, que recién fabricado tuvo que entregar a la Armada para servir en la Guerra del Asiento contra Inglaterra. Ya con el nombre de “Soberbio”, lo encontramos en una escuadra al mando de don Juan José Navarro, destacado marino de la época que, a través de su correspondencia con el marqués de la Ensenada, nos muestra de manera detallada todos los problemas de ese contingente naval, cómo les daba solución y cómo aplicó su conocida inventiva y capacidad de gestión para mejorar su estado en lo posible. También, el combate de su escuadra unida a la francesa de De Court, contra la inglesa del almirante Matthews frente al puerto de Tolón (Toulon) en el Mediterráneo francés. Un episodio controvertido pero, gracias a dicha correspondencia y a otros documentos, podemos establecer todos sus pormenores y de esa manera calibrar lo que ocurrió en base a los testimonios de sus protagonistas. Finalmente, el Soberbio naufragó en 1752 al regresar de su único viaje como mercante a Veracruz, en aguas de la costa de Cádiz. El rescate de su carga se prolongó durante tres años, con la presencia continua de delegados de la Casa de la Contratación y del Consulado de Mercaderes instalados en un campamento en la misma playa de La Barrosa. Elaboraron hasta tres informes diarios por medio de los cuales describimos día a día todo lo ocurrido en esas labores de rescate: técnicas empleadas, trabajo realizado, piezas salvadas, vida en el campamento, etc. El trabajo de investigación se ha basado sobre todo en las fuentes primarias, los documentos consultados en archivos históricos como Simancas en Valladolid, el General de Indias en Sevilla, y el Histórico Provincial de Cádiz. Ofrecemos así una aportación que creemos descubre una figura desconocida, la de Guillermo Terry y Ronan, pero con una dimensión relevante en la política y economía de la época. Un análisis del impacto que produjo en las Indias, y por extensión en el comercio general, el contrabando de los ingleses gracias al Asiento de Negros. Los problemas que tuvo que solventar Juan José Navarro, marqués de la Victoria, como jefe de una escuadra, cuya gestión y solución fue el germen de lo que después plasmó en varias obras que se consideraron verdaderos manuales para los marinos de su época. Igualmente, un análisis pormenorizado de la batalla de Tolón y el conflicto con los aliados franceses, reflejo de las tensiones existentes entre las Cortes de Versalles y Madrid. Finalmente, ofrecemos el análisis de una documentación excepcional sobre el naufragio y rescate del navío Soberbio, la más completa que creemos existe sobre la recuperación de la carga de un pecio en el siglo XVIII.

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! Autora Geno v eva Enríquez Macías . Dir ector/tutor Dr . D . P ablo Emilio P érez- Mallaína Bueno ! Sevilla , febrer o de 2023. Univ er sidad de Sevill a F A CUL T AD DE GEOGRAFÍA E HIST ORIA Pr og rama de Doctorado de Historia Línea: Historia de América GUILLERMO TERR Y , ARMADOR EN CÁDIZ Y SU NA VÍO “SOBERBIO”. GUERRA Y COMERCIO EN LA PRIMERA MIT AD DEL SIGLO XVIII. TESIS DOCT ORAL 2 Universi dad de Sevil la FACULTAD DE GEOGRAFÍA E HISTORIA Programa de Doctora do de Historia Línea: H istoria de América GUILLERMO TERR Y, ARMADOR EN CÁDIZ Y S U NAVÍO “SOBERBIO”. GUERRA Y COMERC IO EN LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XVIII. TESIS DOCTORAL Autora: Genoveva Enríqu ez Mací as. Direct or/tut or: Dr. D. P ablo Emi lio Pérez - Ma lla ína Bueno Sevilla, febrero de 2023. 3 A mi hermano Gerardo, que se fue demasiado pronto. Cada página de este trabajo está marcada por su recu erdo. A mi madre y a toda la familia por ser un ejemplo de resistencia. A los Archivos Históricos, que siempre me descubren un mundo fascinante. 4 GUILLERMO TERR Y, ARMADOR EN CÁDIZ, Y SU NA VÍO “SOBERBIO”. GUERRA Y COMERCIO EN LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XVIII . ÍNDICE LISTA DE ABREVIATURAS ……………………………………………………. 7 INTRODUCCIÓN ………………………………………………………………… 8 CAPÍTULO 1: LOS TERRY ……………………………………………………. 25 1.1 Los orígenes …………………………………………………………………... 25 1.2 Un periodo convulso en Irlanda (1649-1746): levantamientos jacobitas, represión y exilio ……………………………………………………………… 33 1.2.1 El Protectorado de Cromwell (1649-1658) ……………………………. 34 1.2.2 Jacobo II: La Revolución Gloriosa y el exilio (1685-1688) …………… 38 1.2.3 España apoya la causa jacobita ………………………………………… 44 1.3 Guillermo Terry y sus hermanos. Sus relaciones con la causa jacobita ………. 50 1.3.1 El archivo privado de James Terry. ……………………………………. 66 CAPÍTULO 2: GUILLERMO TERRY Y RONAN: UN PRÓSPERO COMERCIANTE Y HOMBRE DE NEGOCIOS EN CÁDIZ …………………. 92 2.1 Los Terry y sus testamentos: secretos en la familia …………………………… 92 2.2 Las cartas de naturaleza ………………………………………………………. 111 2.3 Títulos y cargos ……………………………………………………………….. 127 2.4 Propiedades y negocios ………………………………………………………. 133 2.4.1 Fincas rústicas y urbanas. El mayorazgo ………………………………. 136 2.4.2 Embarcaciones …………………………………………………………. 141 2.4.3 Cartas de pago y letras de cambio en los registros notariales …………... 149 2.5 Los herederos de Guillermo Terry y Ronan. Coleccionistas de antigüedades ………………………………………………………………….. 161 2.6 La ruina de los Terry ………………………………………………………….. 168 5 CAPÍTULO 3: EL ASIENTO DE NEGROS …………………………………… 181 3.1 El Tratado de Utrecht ………………………………………………………… 181 3.2 El Asiento con Francia en 1702 ………………………………………………. 191 3.3 La South Sea Company ……………………………………………………….. 200 3.4 El Asiento con Gran Bretaña en 1713 ………………………………………... 203 3.4.1 Condiciones pactadas en el Asiento con Gran Bretaña ……………….. 205 3.5 El comercio de Indias en manos de franceses y británicos …………………… 221 3.6 Biografías de Thomas Geraldino y Pedro Terry ……………………………… 224 3.7 Instrucciones a Geraldino y Terry como directores del Asiento ……………… 237 3.8 El fraude ………………………………………………………………………. 245 3.8.1 El caso de la fragata El León. Relación completa del contrabando en una embarcación de la South Sea Company ……………………………….. 255 3.8.2 Otro caso de fraude consentido: Campeche ……………………………. 282 3.9 Thomas Geraldino y Pedro Terry en Londres: los inútiles esfuerzos por controlar a la South Sea Company ………………………………………………………… 305 3.10 Los ingleses se preparan para la guerra. Noticias desde Londres. La información proporcionada por Geraldino y Terry (1738-1739) ………………………….. 331 CAPÍTULO 4: LA GUERRA DEL ASIENTO ………………………………….. 357 4.1 1740: El rey necesita mercantes para su Armada. Se incorpora el navío de Guillermo Terry ……………………………………………………………….. 359 4.2 1741: Inicio de las operaciones navales ……………………………………….. 384 4.3 Juan José Navarro: remedios e innovaciones aplicados a la escuadra de Cádiz ……………………………………………………………………..… 388 4.4 La escuadra de Cádiz parte hacia el Mediterráneo. Primeros encuentros con los británicos ………………………………………………………………………. 422 4.5 Batalla de Tolón o Cabo Sicié …………………………………………………. 432 4.6 Del combate en la mar a la batalla en las gacetas ……………………………… 461 4.7 Larga espera en Cartagena ……………………………………………………... 508 6 CAPÍTULO 5: NAUFRAGIO Y RESCATE DEL SOBERBIO ………………... 523 5.1 Primer y último viaje a las Indias como mercante ……………………………... 523 5.2 El naufragio en la costa de Cádiz ……………………………………………… 528 5.3 El saqueo ……………………………………………………………………….. 533 5.4 Los ahogados …………………………………………………………………... 540 5.5 El Real de La Barrosa: construcción, habitantes y mantenimiento ……………. 542 5.5.1 Alimentación y vida diaria en el Real ………………………………….. 545 5.6 Se inicia el buceo ………………………………………………………………. 548 5.7 Instrumentos para recuperar la carga …………………………………………... 555 5.8 Embarcaciones auxiliares ……………………………………………………… 557 5.9 Carga rescatada y su tratamiento ………………………………………………. 558 5.10 Desarrollo del rescate: marzo-diciembre 1752 ………………………………… 560 5.11 Desarrollo del rescate: enero-junio 1753 ………………………………………. 567 5.12 Desarrollo y fin del rescate: junio 1753-abril 1755. Contrata de Juan Ignacio Piñero ………………………………………………………………………….. 570 5.13 Balance ………………………………………………………………………… 575 ANEXO 1: Relación de tripulantes y pasajeros del Soberbio ……………………..... 579 ANEXO 2: Relación de las personas que asisten en el Real (febrero de 1752) …….. 588 ANEXO 3: “ Razón de las alhajas del bachiller don Manuel de Uranga, que naufragó en el Soberbio ” …………………………………………………………. 590 ANEXO 4: “ Prontuario de las personas a quien vienen consignadas la carga de plata y frutos del navío nombrado el Soberbio, su maestre don Juan Francisco de Peña, que viniendo de Veracruz se perdió en la playa de La Barrosa ” ………………………………………………………… 591 ANEXO 5: Rescate de la carga del Soberbio. Real de La Barrosa, 1 de febrero de 1752- 11 de abril de 1755. Resumen cronológico de datos …………………… 603 CONCLUSIONES …………………………………………………………………. 697 FUENTES BIBLIOGRÁFICAS …………………………………………………... 714 FUENTES DOCUMENTALES …………………………………………………… 730 7 LISTA DE ABREVIATURAS AGI : Archivo G eneral de Indias (Sev illa) AGS : Archivo G eneral de Simancas (Valladolid) AHN : Archivo H istórico Nacional (M adrid) AHPC : Archivo H istórico Provincial d e Cádiz ARCHV : Archivo d e la Real Chancillería de Valladolid. SSC : South Sea Company 8 INTRODUCCIÓN Este trabajo de investigación se centró inicialmente en un buque de mediados del siglo XVIII, el Soberbio (inicialmente llamado San Francisco de Asís) desde su fabricación en 1738 hasta su naufragio en la costa de Cádiz en febrero de 1752, y el rescate de la carga realizado a partir de ese momento a lo largo de tres años hasta abril de 1755. Los motivos de nuestro interés se remontan al momento en que encontramos casualmente en un legajo del Archivo de Indias un pequeño papel con esta anotación: “ Juan Basallote, vecino de Conil, preso en Cádiz por robo en el naufragio del Soberbio ”. La curiosidad, en base a circunstancias personales por nuestra relación con esa localidad y ese apellido, nos llevó a buscar más información. Nos encontramos entonces con un navío perdido muy cerca de Cádiz, en la playa de La Barrosa, circunstancia que propició la planificación de un rescate perfectamente organizado y que generó una enorme cantidad de documentación, agrupada hoy en varios legajos, grac ias a la participación de los delegados de la Casa de la Contratación y del Consulado como representantes del rey y de los comerciantes interesados en su carga. Todo quedó consignado hasta el mínimo detalle durante los tres años que duró el rescate, un caso realmente excepcional, sobre el que publicamos un artículo 1 a manera de avance en el ya muy lejano 2006. Nuestro interés por el navío nos llevó a investigar sobre sus anteriores viajes, y así encontramos que el Soberbio era un buque mercante fabricado por un particular, que sin ser estrenado como tal fue incorporado a la Armada por la Corona española al sobrevenir una guerra con Gran Bretaña. En el Archivo General de Simancas averiguamos que participó en campañas navales dentro de una escuadra cuyo mando ostentaba don Juan José Navarro, titulado marqués de la Victoria gracias precisamente a una victo ria (o así fue catalogada por los españoles entonces) conseguida en una batalla contra los ingleses en Tolón, en aguas del cabo Sicié e islas Hyères frente a la costa francesa en el Mediterráneo. Una batalla de la que salieron invictos los españoles a pesar de estar en franca inferioridad en cuanto a número de buques y potencia de fuego. Pudimos reunir, siempre aprovechando una disponibilidad y un tiempo que era lamentablemente escaso, otra gran cantidad de documentación donde s e reflejaba todo ese periodo durante el cual 1 ENRÍQUEZ MACÍAS, Genoveva y STAPELLS JOHNSON, Victoria: “El Soberbio: nau fragio y rescate de un navío en el siglo XVIII” . Revista de His toria Naval , Año nº 24, Nº 93, 20 06, pp.33 - 56. 9 el Soberbio sirvió a Felipe V, unos años muy complicados para la Corona española en los que se entrelazaron multitud de intereses encontrados. Las circunstancias que rodearon a esa escuadra estaban también minuciosamente reflejadas en la documentación, que nos servía como una ventana a través de la cual podíamos observar y analizar una serie de episodios, no muy conocidos, pero que estaban expuestos en la bibliografía desde el punto de vista e interés militar, naval. Sin embargo, nos parecieron reveladores todos los detalles que se plasmaron en cartas e informes. La organización de ese contingente, cómo se iban proporcionando los recursos que necesitaba, los años de espera anclados en puerto, las tripulaciones y sus problemas, el desgaste, la relación con los aliados franceses… También nos encontramos con unos hechos que para el jefe de aquella escuadra fueron especialmente humillantes y dolorosos, y por extensión para todos los hombres que sirvieron en ese momento junto a Navarro. Surgieron pregunt as de más calado: ¿cómo fue la relación con los aliados franceses en ese conflicto que involucraba a buena parte de Europa, y desde luego a España y su Imperio? Lo que veíamos en esa documentación era la pugna constante por mantener un predominio en Europa por parte de España, Inglaterra y Francia, con una Inglaterra pujante, una Francia que utilizaba su alianza con España para sus propios intereses, y una Monarquía española que dependía de Francia y procuraba no enfrentarse a Inglaterra. Desde el punto de vista de España, un complicadísimo y comprometido escenario para mantener sus posesiones intactas en el marco de la Guerra del Asiento con Inglaterra y la de Sucesión austriaca. Por supuesto, en la bibliografía este periodo y estos conflictos estaban ampliamente tratados. Lo que nos interesaba era de qué manera los vivieron entonces, cómo se iban desarrollando los hechos y cómo los encontrábamos en los documentos con el punto de vista de sus protagonistas, teniendo además a un hombre ilustrado como don Juan José Navarro en el papel de narrador principal. En las cartas de Navarro aparecían unos episodios que en la bibliografía no siempre se catalogaban de la manera que él y otros oficiales de su escuadra lo hicieron en su tiempo, aunque para ellos no hubo lugar a ninguna duda en la interpretación de los mismos. Navarro, además, informaba directament e a don Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada y todopoderoso ministro aquellos años. Lo sucedido en la batalla de Tolón se va perfilando poco a poco a lo largo de dos años, antes, durante y después del combate, 16 negocios, comerciante y dueño de embarcaciones. De hecho, su sobrino Pedro Terry llegó a Londres como espía antes de ser nombrado director del Asiento de Negros por la parte española. Cada nuevo dato descubierto nos llevaba también a otra pregunta. En este caso, por ejemplo: ¿de qué manera estaba afectando en la América hispana la actividad de los ingleses, a partir de esa exclusiva que obtuvieron para el comercio de esclavos? Porque era algo que no sólo repercutía en los negocios de Terry, sino en los de todos los comerciantes y navieros españoles y particularmente gaditanos. Tanto españoles como extranjeros, naturalizados o no. El Asiento está ampliamente estudiado por varios autores, pero al consultar la documentación en el Archivo de Indias encontramos que estos parientes de Terry recopilaron todo el desarrollo de dicho Asiento desde su concesión hasta el rompimiento de la guerra en 1739, de forma muy pormenorizada a manera de balance, ya que fueron los últimos en desempeñar la dirección por parte española en Londres. Thomas Geraldino (primo de Guillermo Terry) en primer lugar, y cuando éste fue promocionado a embajador en el mismo Londres le sustituyó el sobrino de Guillermo Terry, Pedro Terry. Además, Patiño puso todo su empeño y decisión en acabar con el contrabando inglés, y los parientes de Terry informaban directamente a este ministro por la vía reservada. Con toda esta documentación, analizándola en detalle, podíamos igualmente ilustrar hasta qué punto no sólo el comercio legal permitido por el Tratado con el llamado Navío de Permiso, sino sobre todo el contrabando que realizaron los británicos valiéndose de los barcos negreros, afectó negativamente a los intereses españoles. Aunque existiera paz con los ingleses, estos se dedicaron durante décadas a un contrabando continuo en la América hispana, consentido por las autoridades españolas. Investigar todo el Asiento inglés era una tarea que de nuevo nos llevaba fuera de los límites de esta Tesis. Lo consideramos también innecesario puesto que ya existía bibliografía al respecto. P ero ¿qué era lo que nos llamaba la atención? Analizando minuciosamente todos los informes existentes en esa s erie de legajos del Archivo de Indias, comprobamos que había documentos muy relevantes: aquellos que aportaban datos sobre el contrabando, precisamente el asunto que siempre, no sólo en el Asiento de Negros, sino en todo el tráfico comercial con las Indias realizado por españoles y extranjeros, es motivo de discusión entre los historiadores. Dado que es imposible 17 cuantificarlo con exactitud porque precisamente por ser ilegal se ocultaba y no aparecía en la documentación, o surgía rara vez o era variable a lo largo de los años según las circunstancias, su volumen permanece siempre en un limbo de porcentajes inconcretos respecto a la carga real transportada en los buques. En estos legajos encontramos información para explicar y describir dicho contrabando. En primer lugar, descubrimos el sistema que idearon los ingleses para introducir cuanto querían en las costas españolas americanas, así como para extraer igualmente lo que les interesaba, contraviniendo absolutamente lo pactado en el Tratado del A siento. El negocio no eran los esclavos, o no exclusivamente, sino toda la carga ilegal que iba en esos barcos negreros. Encontramos la descripción de lo transportado por una de esas embarca ciones, un bajel de no más de 200 toneladas, y sólo con esa relaci ón, si la multiplicamos por la cantidad de embarcaciones inglesas que constantemente llegaban a los puertos españoles desde Jamaica y algunos otros puertos extranjeros del Caribe (relación que ofrecemos también en este trabajo) podemos entonces tener una idea de lo que significó realmente, y en consecuencia el tremendo impacto que debió causar en los comerciantes españoles constreñidos a las flotas con frecuencia anual. Los ingleses, en suma, aprovecharon el Asiento para inundar las Indias con sus mercancías y para extraer a manos llenas todo lo pudieron, desde la plata (tan ambicionada por gozar de un favorable cambio en Europa) hasta el palo de Campeche por miles de toneladas. Con la frecuencia que a ellos les convenía. Una embarcación inglesa podía entrar en un puerto español de América, con licencia de la South Sea Company , simplemente transportando tres esclavos, pero con sus bodegas repletas de mercancías. Nuestro objetivo entonces fue demostrar con documentos de qué manera se hizo ese comercio ilegal en aquellos años, cuáles fueron las tácticas, los engaños, el fraude…que después de todo no eran tales porque se hacía a vista de todo el mundo sin el menor recato. Pero también de qué manera los españoles colaboraban ampliamente con los ingleses y con cualquier extranjero, pues obtenían de ellos lo que por la vía legal de las flotas les resultaba mucho más caro al tener que pagar impuestos, y además les llegaba tarde y a veces ni les llegaba. Era el enfrentamiento de un comercio libre con el tradicional monopolio español de las flotas. Pero era, también, el peligro que suponía ese tremendo agujero (o muchos agujeros por todo el continente) en el control que se pretendía ejercer desde España. Los ingleses no sólo hacían grandes negocios, sino que al estar instaladas sus factorías del Asiento en los puertos españoles más importantes, con un constante ir y 18 venir de barcos que a su vez transmitían noticias a Londres incluso más rápidamente que los correos españoles… cualquier cuestión en materia de defensa de ese Imperio pasaba de facto a conocimiento inmediato de los británicos. Sabían el estado de las fortalezas, de los efectivos militares, la artillería, buques de la Armada etc. Esto nos enlazaba de nuevo con la Guerra del Asiento, consecuencia de todo lo anterior, y la documentación sobre los efectivos con que contaba España para defenderse, que ilustramos a través de la escuadra de don Juan José Navarro. Ésta fue la génesis del presente trabajo, que en buena parte se desarrolló al mismo tiempo que fuimos redactando los capítulos y nos obligó a modificarlos continuamente tras evaluar la enorme cantidad de documentos que habíamos reunido a lo largo de años y valorar lo que había en ellos que se conectaba con Guillermo Terry. Al cotejar datos, fechas y nombres aparecían nuevas vías por las que transitar porque aparecían hechos y personajes que nos daban una nueva visión. Tuvimos e ntonces que reevaluar todo, elegir qué era lo importante, lo que aportaba alguna novedad por nuestra parte, y nos centramos únicamente en esos hechos. Es la razón por la que utilizamos y transcribimos profusamente documentos de archivo, las fuentes directas, pues nuestra intención era aportar la documentación que podía completar trabajos ya publicados por otros autores, o bien ofrecer una nueva perspectiva y certificar con ellos nuestro planteamiento. Apareció así un fascinante escenario que hemos intentado trasladar a esta Tesis, aunque no en su totalidad. Para completar al máximo la biografía de Guillermo Terry y sus herederos inmediatos es necesario consultar y recopilar la información que abarca más de medio siglo en varios archivos históricos, en distintas secciones. Con un resultado muy incierto a priori porque, como decimos, su actividad se basó siempre en la discreción, en la ocultación de sus contactos, en ocultar incluso sus interesantes relaciones de parentesco. Terry funcionaba como español naturalizado, inglés o irlandés según le conviniese. No disfrutó de ningún cargo en la Corte española, pero servía al menos en secreto a uno de sus ministros, o lo hizo puntualmente en determinados asuntos. Sirvió también al rey económicamente, pagando jugosas sumas por un título nobiliario y por algunos cargos en los cabildos de Cádiz y del Puerto de Santa María, un recurso habitual para ennoblecerse y adquirir posición y relevancia social, e igualmente un recurso de la Monarquía para obtener ingresos de manera rápida. Hemos recopilado todo lo posible para al menos plantear la importancia de este personaje desconocido hasta ahora, documentar la fiabilidad de nuestras sospechas en cuanto a sus actividades ocultas, y 19 demostrar hasta qué punto esas actividades merecían ser estudiadas. Pero obviamente es necesario consultar toda la documentación existente para encontrar más información sobre estas y otras actividades que por ahora desconocemos. Dado que no sabemos hasta qué punto se extendió su influencia dentro y fuera de España, se trata de hacer una lectura sistemática de todo ese enorme volumen documental, sólo para encontrar su nombre mencionado, con suerte de manera clara y con descripción de aquello en lo que estuviera implicado. Es la razón por la que esta Tesis contiene cuatro bloques: los dos primeros capítulos se ocupan de la biografía de Guillermo Terry y su entorno. El primero, a manera de introducción, se remonta a los orígenes familiares, la historia de Irlanda durante el siglo XVII, las causas del exilio de estos cuatro hermanos a finales de ese siglo, los miembros importantes de su familia, las rebeliones jacobitas y el papel de la Corona española en las mismas. En el segundo capítulo pasamos a documentar las biografías de estos hermanos Terry y en especial la de Guillermo, sus negocios y propiedades, sus relaciones comerciales, la relevancia de la familia en Cádiz y las causas de su abrupta ruina tras la muerte de éste. Prestamos también atención a las cartas de naturaleza, sus requisitos, el problema de los jenízaros y de qué manera los Terry funcionaron dentro de ese esquema para el comercio con las Indias. El tercer capítulo se centra en el Asiento de Negros, con exposición de ejemplos sobre cómo fue explotada por los ingleses esa concesión obtenida de Felipe V para el transporte y venta de esclavos africanos en la América española. La ingente y minuciosa labor de Thomas Geraldino y Pedro Terry en los últimos años de ese Asiento, realmente encomiable, nos permite disponer de información procedente tanto de Londres como de los puertos americanos donde existían factorías británicas, pero los datos se remontan a los inicios del Asiento y abarcan hasta su temporal conclusión en 1739. Los directores anteriores a Geraldino y Terry no se ocuparon de ejercer esa labor de control y fiscalización de la South Sea Company como era de esperar o deseable, demostrando así el continuo conflicto que existió entre los intereses de Felipe V y los de la nación. Fueron estos parientes de Guillermo Terry quienes tuvieron que recabar esa enorme cantidad de información para valorar realmente cómo se había desarrollado el Asiento y cuáles habían sido las ganancias de los ingleses para calcular y exigir las del propio monarca español. 20 El cuarto capítulo hace un recorrido cronológico muy detallado desde el momento en que el Soberbio, el navío del marqués de la Cañada, es incorporado a la Armada española en 1740 hasta la batalla de Tolón en febrero de 1744 frente a las costas francesas, así como los meses posteriores a ese combate. El Soberbio sustituye ahora a su dueño para ser el hilo conductor que nos muestra una época presidida por una t ensión constante, no sólo con los enemigos ingleses, sino con los aliados franceses. Surge también en este contexto la figura ya conocida del insigne marino don Juan José Navarro de Viana y Búfalo, marqués de la Victoria, pero en nuestro trabajo exponemos de forma muy concreta cómo siendo jefe de escuadra durante esos años llevó a cabo un relevante trabajo de organización y mejora de ese contingente de navíos a todos los niveles, ejemplo práctico de lo que plasmaría más tarde por escrito y con magníficas ilustraciones en varias obras. Vemos casi día a día toda esa actividad tan propia de Navarro, su gran capacidad de inventiva y de organización, su empeño por dotar a la Armada de disciplina y de un corpus teórico que sirviera de guía a los marinos, así como a los gobernantes y responsables de la Armada. Los problemas experimentados en la escuadra donde estaba integrado el Soberbio durante la Guerra del Asiento, fueron el acicate para que Navarro se pusiera manos a la obra ideando artefactos, diseñando planes de combate, un innovador sistema de señales o una normativa interna para mantener y aumentar la disciplina en las tripulaciones. Sus obras, que se pueden considerar como excelentes manuales para la Marina de su tiempo, son el fruto de su mente ilustrada y de los años que estuvo al mando de esta escuadra. Él mismo nos lo va narrando a través de sus cartas al ministro Ensenada. Navarro fue víctima de los intereses encontrados de las monarquías que se disputaban el dominio de Europa, así como los recursos americanos. O expresado de otra forma, una pieza en el tablero de ajedrez donde se jugaban esos intereses. Lo ocurrido en la batalla de Tolón (también Toulon, Cabo Sicié o Islas Hyères en la bibliografía y documentación histórica) y en los meses previos y posteriores, explica cuál era la difícil situación que debían manejar los ministros españoles, así como los hombres que exponían sus vidas para defender los intereses del rey y del Imperio ejecutando las órdenes de sus superiores, siempre con los recursos justos o demasiado escasos. Debiendo enfrentar, paradójicamente, la traición de sus aliados. En este capítulo y en el anterior del Asiento de Negros, el término que quizás defina con más exactitud esos acontecimientos durante todo este periodo puede ser el de “contradicción”. España era un Imperio constantemente socavado no sólo por sus enemigos, sino también por los propios españoles en las Indias 21 (que aceptaban de buen grado el contrabando extranjero y hasta colaboraban activamente en el mismo) y por una Francia que oficialmente era aliada, pero en la práctica no lo era tanto o incluso no lo era en absoluto, y esto es precisamente lo que intentamos plantear en el presente trabajo. Finalmente, la decadencia y ruina de los Terry en la segunda mitad de ese siglo XVIII se nos muestra como consecuencia de todo lo anterior, pero también por la coincidencia del naufragio de su navío Soberbio a causa de un temporal en 1752. En el quinto y último capítulo nos centramos en este navío exclusivamente. EL Soberbio sobrevivió contra todo pronóstico a sus años en la Armada y al combate frente a los británicos, pero el hecho de que finalmente naufragase en la costa de Cádiz cuando regresaba de su primer y a la postre único viaje como mercante a Veracruz, propició que entonces, entre 1752 y 1755, se reuniera una enorme cantidad de información directa emanada de distinta s fuentes y testigos, tanto de su pérdida como del re scate em prendido inmediatamente después. La tragedia del naufragio aparece en una sucesión de imágenes con toda su crudeza, al igual que los robos entre los restos arrojados a la costa (la carga y lo valioso que pudiera haber en los cuerpos de los ahogados) por parte de los vecinos de las poblaciones inmediatas al lugar. Esas imágenes fueron las primeras que nos mostraron los documentos cuando nos topamos c on el Soberbio, y nos movieron a investigar porque nos recordaron aquella historia que oímos contar muchos años atrás a una anciana María Basallote en Conil. Siendo ella niña a principios del siglo XX, cuando llegaba aviso de un naufragio en la zona los vecinos corrían a la playa envueltos en mantas para ocultarse en la noche y poder saquear entre los restos. Exactamente lo mismo que hicieron los vecinos de Chiclana, Conil y Vejer en un frío mes de febrero de 1752. El rescate del Soberbio, sin embargo, era la demostración de una inusual cooperación entre Corona y Consulado, una perfecta organización que requirió un gran despliegue humano y de recursos, con la construcción de un campame nto o Real, estable y permanente durante tres años, donde se consignó la actividad diaria a lo largo de ese tiem po. Para extraer la carga se usaron técnicas ya conocidas adaptadas a las propias condiciones del pecio, pero también se ensayaron nuevos métodos que sin embargo no tuvieron éxito. Juan Terry y su hijo Guillermo (herederos por fallecimiento del primer marqués de la Cañada en 1745) se empeñaban en llevar al Real a expertos extranjeros de 22 distintas nacionalidades, o supuestamente expertos con novedosos sistemas, pero todos ellos fracasaron. En cambio, buzos locales, hombres que sabían bucear a pulmón y que en ocasiones se sacaron de la cárcel, consiguieron recuperar la mayor parte de la carga. Analizamos así de manera precisa y cronológica el desarrollo de ese rescate realizado por estos hombres anónimos a los que ahora ponemos nombre, las incidencias del mismo, así como la vida en el Real. T odo ello queda finalmente reflejado de manera cuantificada en unos cuadros donde hemos organizado la información procedente de las distintas fuentes documentales, día a día, anotando datos climatológicos, estado de la mar, número de buzos, horario de trabajo, conflictos laborales, piezas rescatadas, acontecimientos en el Real, fracturas y movimientos del pecio… así como los testimonios sobre cómo se organizó ese campamento de rescate, los hombres, la distribución del trabajo, la alimentación, provisiones, labores de acondicionamiento y cuantificación de la carga rescatada, transporte a Cádiz etc. La investigación de todos estos temas relacionados con Guillermo Terry y su navío Soberbio, se centró de manera presencial básicamente en tres archivos: el de Simancas en Valladolid, el de Indias en Sevilla y el Histórico Provincial de Cádiz. Además, recurrimos a todas las fuentes documentales de otros archivos que estaban digitalizadas en Internet, recurso que nos sirvió igualmente para buena parte de las fuentes bibliográficas y para investigar todos los nombres de personajes relacionados con Guillermo Terry y los jacobitas que aparecían en los documentos. En lo relativo al Asiento de Negros, por ejemplo, seleccionamos específicamente lo que describía el contrabando realizado por los británicos, sin entrar en otras cuestiones. En principio no habíamos contemplado esa investigación porque el Asiento como tal no estaba a priori relacionado con Guillermo Terry. Pero casualmente descubrimos un nombre que nos llamó la atención en el inventario de la sección Indiferente General del Archivo de Indias, en la serie de legajos que recogían toda la información del Asiento: Pedro Turri. ¿Podría ser Terry? Efectivamente lo era cuando comprobamos que en realidad era una errata del inventario, pues aparecía como “Pedro Terri” o “Tirri” en los documentos, la versión españolizada del apellido Terry. Cotejamos con los testamentos familiares y certificamos que era hijo de uno de los hermanos de Guillermo Terry instalado en España como oficial del ejército. Es decir, era su sobrino. Pero, además, el nombre asociado con P edro Terry en estos legajos era el de Thomas Geraldino. Este apellido era la versión española de Fitzgerald, apellido que existía entre los ascendientes 23 de Guillermo Terry. Y comprobamos igualmente que Geraldino era primo de Guillermo Terry. No podía ser casualidad que ambos estuvieran desempeñando importantísimas funciones en Londres al mismo tiempo, y la única conexión entre ambos era Guillermo. Por otra parte, entre Guillermo y esos cargos ostentados por primo y sobrino, el personaje necesario era el ministro que los nombraba: José Patiño. De manera que teníamos aquí la evidencia de esa relación entre el hombre de negocios irlandés afincado en Cádiz y el ministro de Felipe V. Esto fue lo que nos motivó para consultar toda la serie de legajos y así nos adentramos en los pormenores del Asiento de Negros. Algo absolutamente casual, de nuevo, nos revelaba que Guillermo Terry tuvo un importante papel en su tiempo y que hasta ahora había permanecido oculto. En este controvertido y problemático Asiento pactado con los ingleses, aparece también Guillermo Terry involucrado de manera documentada en el intento por sus pender dicho Asiento antes de su fecha de cumplimiento, dado el quebranto económico que suponía para los españoles y también para los extranjeros afincados en Cádiz. De la misma manera, pos iblemente la información privilegiada que manejaba Terry le decidió a realizar lo que por entonces creyó una buena inversión a pesar de su evidente cuantía: fabricar un navío de considerable porte para incluirlo en la Carrera de Indias, aprovechando que el Asiento parecía tocar a su fin porque ninguna de las partes estaba muy conforme (mucho menos conformes los españoles que los británicos) y en consecuencia el comercio indiano se revitalizaría notablemente eliminando la presencia de los ingleses en los puertos de Indias, donde llevaban dos décadas instalados con sus factorías. Ya no llegarían barcos ingleses y no existiría por tanto el enorme contrabando que estos hacían, inundando de mercancías dichos puertos antes de que llegasen las flotas españolas. El panorama era bastante halagüeño para Terry, pero se desató lo que siempre se había procurado evitar: la guerra. Según todas las opiniones, ésta fue provocada por una campaña desatada contra los españoles por los comerciantes y hombres de negocios de Londres, ante la que sucumbió el Gobierno inglés. Por tanto, el plan de Patiño y las expectativas de Terry no se cumplieron. Encontramos al marqués de la Cañada y a su familia recibiendo a su nuevo buque en Cádiz, pero poco después se declara la guerra y acto seguido se ven obligados a entregarlo a Felipe V sin haberlo estrenado. Además de la casi segura pos ibilidad de perderlo, la guerra suponía una nueva detención en el comercio con América y todos sus negocios se verían afectados. El viejo don Guillermo 24 tuvo la alegría de saber que su navío no fue hundido ni destrozado en la batalla de Tolón, pero como murió el año siguiente, en 1745, no llegó a verle de regreso en el puerto de Cádiz, aunque se ahorró el duro golpe de su naufragio en 1752. Es la razón por la que creemos que el estudio sobre este irlandés afincado en Cádiz durante la primera mitad del siglo XVIII ayudará a perfilar el dibujo de diferentes escenarios. En primer lugar, descubrir hasta qué punto pudo ser importante en el contexto de su época, no sólo en Cádiz, sino por su implicación en la política española y sus conexiones internacionales a través de sus contactos en Londres y París, así como su papel en la causa jacobita a lo largo de todo ese medio siglo y su estrecha relación con el ministro Patiño. Nos ha llevado también a presentar de manera muy detallada cómo realizaban los británicos el contrabando a gran escala gracias al Asiento de Negros, una actividad que tuvo que influir, necesariamente, en la economía española. Es ese concepto de “a gran escala”, la frecuencia y volumen de introducciones y extracciones mediante embarcaciones con licencia de la South Sea Company , lo que define y distingue esta actividad de los ingleses en esos años. Por otra parte tenemos la descripción de cómo organizaba Juan José Navarro la escuadra que combatió a los británicos, como testimonio de lo que dio más fama a este marino: s u capacidad inventiva, organizadora y reformadora. Igualmente, todo lo sucedido en torno a la batalla de Tolón como ejemplo de un contexto general en el que España aparecía tutelada por los franceses, dependiente de Luis XV y víctima de los intereses de la Corte de Versalles. Y, finalmente, l a descripción más completa y detallada que existe sobre el rescate de la carga de un navío naufragado en el siglo XVIII, con los recursos técnicos y humanos de la época. 25 CAPÍTULO 1 LOS TERRY 1.1 LOS ORÍGENES. Al plantear esta tesis no teníamos entre nuestros principales objetivos investigar a la familia propietaria del Soberbio, el navío que constituía el eje central del trabajo, o al menos era en principio la base de nuestro estudio. No existía un archivo privado familiar ni tampoco de las actividades empresariales que emprendieron los Terry en la primera mitad del siglo XVIII, y por tanto debíamos limitarnos a datos sueltos a partir de registros notariales y otras fuentes. Sin embargo, algunas preguntas nos asaltaron cuando empezamos a acumular datos y cotejarlos, al principio sólo pequeños indicios sin aparente relevancia, pero que con el tiempo aparecían más entrelazados y provocaban nuevas preguntas, que a su vez nos llevaban a contextos fuera del ámbito estrictamente familiar, invadiendo otros cuyas implicaciones nos empujaban, también, a replantearnos ideas ya asentadas, a revisar la documentación, investigar más y procesar la información bajo nuevos parámetros. Buscando respuestas nos encontramos así con la necesidad de profundizar en hechos que a priori no estaban en nuestro plan de investigación, y que después nos mostraron un escenario sorprendente. ¿Quiénes eran los Terry? ¿de dónde procedían? ¿cómo y por qué se instalaron en Cádiz? ¿de qué manera hicieron fortuna? ¿cómo ascendieron en la escala social? y sobre todo ¿de qué vías se valieron estos irlandeses para incardinarse en la sociedad gaditana y en el sistema comercial de la época? ¿cómo les influyeron las circunstancias locales, nacionales e internacionales? La familia de los Terry se nos presentaba como un ejemplo práctico que ayudaba a entender y explicar el devenir de la economía y la política de su tiempo, no sólo en su contexto más cercano, sino también en relación con acontecimientos de mucho mayor 32 de Nobles de Madrid de unos jóvenes Terry establecidos en Málaga, parientes cercanos de los de Cádiz. 6 Según este documento, los orígenes más remotos de la familia quizás sean algo exagerados, circunstancia por otra parte habitual en estas obras destinadas a enaltecer la procedencia de quienes las encargaban y pagaban. Se asegura que “ esta antigua e ilustrísima casa de Terry proviene y desciende de Theodorico, descendiente de Thierrio, primer rey de Francia ”. Los descendientes de estos fueron titulados como condes de Alsacia, y en sucesivas generaciones “ fueron ilustres por muchos siglos en varias partes de Europa con los nombres de Thierry, Tirrill, Tirry y Terry ”. S e dice que emparentaron con reyes de Inglaterra y se asentaron en Irlanda, entroncando con las más ilustres familias del reino de Hibernia, “ hasta que, peleando en defensa de Gerardo, Gran Conde de Desmonia su pariente, contra Isabel reina de Inglaterra, que cruelmente perseguía la religión católica en Hibernia, vinieron a ampararse del Sumo Pontífice y del rey católico de España ” 7 Ya mencionamos que las fuentes irlandesas señalan a los antepasados de nuestros Terry como gobernadores, corregidores y magistrados de Cork desde al menos 1505 hasta David Terry en 1628. A partir de esa fecha, la represión desatada desde Londres sobre Irlanda les despojó de todas las dignidades que disfrutaban hasta entonces. Pero ese pasado ilustre sirvió para que los Terry fuesen considerados de ascendencia noble e hijosdalgo de sangre en España, y por tanto admitidos en un círculo selecto. 6 AHN, Univer sidades, 6 71 - 3, Exp.6. Pruebas para el ingreso en el Seminario de Nobles de Madrid de Diego y Domingo Terry. 1758. 7 En una relaci ón de títulos nobiliarios, encontramos la ano tación de que el 11 de junio de 1629, el rey de España Feli pe IV otorgó que s e respetase y t ratase como conde de Desmonia a don Gerardo Geraldino, que tenía tal tí tulo en Irlanda. Esto certifi ca el parentesco de los Terry y los Geraldino, que será de nuestro interés más adelan te. Véase FER NÁNDEZ - MOTA DE C IFUENTES, María Ter esa, Relac ión de títulos nobi liarios vacantes, y p rincipales docu mentos que co ntiene cada exp ediente que, de lo s mismos, se conserva en el Archivo del Minister io de Justicia . Instituto Sa lazar y Castro (CSIC), M adrid, 1984. 33 1.2 UN PERIODO CONVULSO EN IRLANDA (1649-1746): LEVANTAMIENTOS JACOBITAS, REPRESIÓN Y EXILIO. La animadversión de los ingleses hacia los españoles se remontaba a los tiempos de Enrique VIII y de su hija Isabel I. Por resumir las causas en dos, el enfrentamiento se debía a motivaciones políticas (el reparto del mundo tras el descubrimiento de América, las luchas por el poder e influencia en Europa…) y religiosas. La ruptura de los ingleses con Roma y la instauración del anglicanismo abrió una brecha cuyas consecuencias fueron evidentes durante siglos. El odio mutuo entre Felipe II e Isabel I marcó toda una época, y continuó en el siglo XVII encarnado en la figura de Oliver Cromwell, azote de los católicos. Para los españoles y los católicos en general, tanto Isabel I como Cromwell eran unos herejes y la viva imagen del demonio. Con esos adjetivos aparecen calificados en escritos de la época. Los documentos españoles están llenos de alusiones en este sentido, un rechazo que además era correspondido. La actividad de corsarios y piratas ingleses como Hawkins, Drake, Raleigh, Morgan, Cavendish… tanto en las costas peninsulares como en las ultramarinas, fue un continuo dolor de cabeza para los gobernantes españoles. El desastre de la Invencible en 1588 no hizo más que apuntalar un enfrentamiento enconado y los deseos de revancha por parte de España. Los ingleses, en fin, era n enemigos inc luso en tie mpos de paz. Los enfrentamientos se produjeron en el mar y en enclaves costeros españoles, pero también encontramos algunos en el mismo suelo británico. La Corona española siempre buscó motivos y oportunidad para intentar desalojar a los herejes del trono inglés y frenar su progresivo poderío en los océanos, algo que afectaba muy negativamente a las posesiones españolas en América, al comercio ultramarino y a la economía general del Imperio. Los avatares políticos y religiosos de Gran Bretaña hasta mediados del siglo XVIII determinaron sin duda la política hi spana, e igualmente la vida de los exiliados irlandeses y de cualquier católico que huyera de protestantes y anglicanos, acogiéndose bajo la protección de los monarcas españoles a lo largo de estos años. Por ello consideramos necesario hacer un breve resumen de los acontecimientos que s e sucedieron en las islas británicas durante este tiempo, ya que el periplo vital de los Terry se vio estrechamente ligado al del rey Jacobo II de Inglaterra y, a su vez, fue consecuencia de todo lo acontecido en décadas previas a su reinado. Además, ya asentado en Cádiz, William Terry convivió 34 con compatriotas irlandeses igualmente exiliados, pero también con comerciantes ingleses, franceses y de otras naciones europeas. Todos ellos no sólo sufrieron de una manera u otra las consecuencias de estos conflictos, sino que incluso se beneficiaron aprovechando las distintas coyunturas en las que se alternaban guerras y periodos de paz. Fuera de las islas británicas, ingleses e irlandeses, enemigos acérrimos por generaciones, se acomodaron a los vaivenes políticos desde su nueva posición en un país extranjero, siempre con una mentalidad claramente enfocada a obtener réditos económicos y sociales. Los odios de antaño se transformaban así en estrecha colaboración, dependiendo de cuál fuera la posición de la Corona española en el conflicto bélico del momento. En resumen: si en suelo británico el odio era el dueño del escenario…más tarde, en suelo español, la convivencia se enfocó a establecer relaciones mucho más prácticas y provechosas. ¿O quizás era un pragmatismo que por parte de los Terry servía también como coartada y pantalla para otras actividades? 1.2.1 EL PROTECTORADO DE CROMWELL (1649-1658) Oliver Cromwell (H untingdon, 1599 - Londres, 1658) calificado como héroe o villano dependiendo de la historiografía partidaria o detractora, fue el causante primero en la diáspora de los Terry. Tras una carrera meteórica como parlamentario, se hizo con el control del ejército inglés y junto con otros miembros del Parlamento firmó la pena de muerte del rey Carlos I. El monarca, enfrentado con el ejército del Parlamento, fue ejecutado el 30 de enero de 1649 acusado de ser un tirano absolutista. Su reinado había sumido al país en una guerra civil. Proclamado Lord Protector y con el destino de las islas británicas en sus manos, Cromwell organizó en los meses siguientes la invasión de Irlanda con dos objetivos: eliminar la amenaza militar contra la Mancomunidad de Inglaterra (la Commonwealth of England, que él había instaurado como sustitución a la monarquía) algo que consideraba un hecho tras la alianza que habían firmado ese mismo año de 1649 los católicos irlandeses y los realistas ingleses que apoyaban a Carlos I; y en segundo lugar para castigar a los irlandeses por sus rebeliones independentistas desde 1641, a consecuencia de las cuales la isla de Irlanda había estado bajo el control de una coalición conocida 35 como los “Irlandeses Católicos Confederados”, que se habían unido a los partidarios del rey Carlos. Se trataba, por tanto, de e liminar todo rastro de catolicismo y monarquía y de recuperar el dominio sobre los irlandeses. Con fuerzas y recursos inferiores a los de Cromwell, los irlandeses se refugiaron en varias fortalezas para evitar la batalla en campo abierto. Sufrieron un asedio de nueve meses y fueron literalmente masacrados en Drogheda y Wexford, episodios que aún se mantienen vivos en la memoria nacionalista irlandesa hoy en día. Cromwell no tuvo piedad, odiaba a los irlandeses, les consideraba “salvajes inferiores”, y además tenía un odio profundo hacia los católicos. Tras su victoria, la represión fue igualmente cruel. Prohibió el ejercicio de los ritos católicos, el clero fue perseguido y ejecutado, tierras y bienes de católicos fueron confiscados y entregados a ingleses que habían financiado la campaña del Lord Protector, título con el que Cromwell gobernaba con mano férrea, ac umulando incluso más poder que el rey al que había ordenado ejecutar. Se calcula que la campaña acabó con la muerte o el exilio de un 15 o 20 % de la población irlandesa. E n total fueron cuatro años, de 1649 a 1653, durante los cuales la invasión y el dominio inglés se ejercieron de manera brutal. Según el expediente genealógico de un Terry afincado en Málaga a mediados del siglo XVIII, Guillermo Terry MacNamara 8 , l os Terry padecieron gravísimos daños en su patrimonio durante el gobierno de Cromwell. Éste confiscó sus propiedades y las distribuyó entre los anglicanos. Podemos suponer entonces que sus recursos se vieron reducidos al mínimo, pero aún así permanecieron en Irlanda al menos hasta 1688, pues se dice en este informe que fue entonces cuando los Terry se vieron forzados a exiliarse. Antes de ser ejecutado por Cromwell, el rey Carlos I había enviado a Francia a su esposa, la reina Enriqueta María, francesa y católica, y a su hijo Carlos (futuro Carlos II, 1630-1685). El heredero se trasladó en 1648 a La Haya donde vivía su hermana María, casada con el Príncipe de Orange. Tras la ejecución de su padre, Carlos fue proclamado rey de Escocia, territorio igualmente rebelde a los dictados de Cromwell, y hacia allí se dirigió en 1650. Inmediatamente renunció a la religión anglicana, algo que provocó el rechazo general en Inglaterra y una oposición aún mayor hacia la figura real. Tras coronarse como rey de los escoceses en 1651, Carlos II organizó un ejército con el objetivo de invadir Inglaterra, pero fue derrotado en Worcester y huyó de nuevo a 8 AHN, Univer sidades, 6 71 - 3, Exp.6. Expediente de ingreso de Gui llermo Terry MacNamara,1758. 36 Francia. Cromwell decretó la pena de muerte para todo aquel que apoyase al rey, el cual, carente de recursos económicos, solicitó la ayuda de Francia, Países Bajos y España, sin que los socorros llegaran a concretarse. Mientras, los irlandeses seguían resistiendo, y esta vez los enfrentamientos se concentraron precisamente donde vivían los Terry. Los rebeldes estaban acorralados al oeste del río Shannon, centrando sus últimas esperanzas en defender las murallas de Limerick y Galway. Allí fueron bloqueados y sitiados por las fuerzas de Cromwell, quien esperó a que el hambre y las enfermedades provocasen la rendición. Limerick cayó en 1651 y Galway al año siguiente . Todo aquel considerado enemigo fue ejecutado y sus bienes confiscados. Incluso se hicieron prisioneros de guerra que fueron enviados como esclavos a las posesiones inglesas en el Caribe. Hasta doce mil irlandeses fueron deportados en calidad de tales a las islas Barbados. La combinación de guerra, hambre y enfermedades diezmó a un 40 % de la población. Los rebeldes claudicaron cuando se les propuso una rendición en 1652 que garantizaba a sus soldados poder partir al extranjero y servir en ejércitos que no fueran enemigos de Inglaterra. La mayoría, se calcula que unos 54.000, marcharon entonces a Francia y España. Sin embargo, la población civil sufrió una dura represalia. Antes de la guerra los católicos eran dueños del 60 % de las tierras, quedando reducidas después al 20 %. Se prohibió la práctica del catolicismo y se ofrecieron recompensas por la captura de sacerdotes. No tenemos constancia detallada de las pérdidas sufridas por los Terry, aunque sí aparece constantemente en los documentos la afirmación de que fueron perseguidos por ser católicos. Así lo señalaron en todos los certificados y genealogías presentadas en el exilio. Sabemos que alguien de la familia (aunque no hemos podido determinar el grado de parentesco con “nuestros” Terry) fue ejecutado por pertenecer al clero. También se llamaba William Terry, como el protagonista de nuestro trabajo, exiliado posteriormente en Cádiz. Este religioso, nacido en Cork en el seno de una familia de comerciantes a la que también pertenecía un tío obispo con el mismo nombre, entró en la orden de San Agustín y estudió en Valladolid, París y Bruselas. Regresó a Irlanda unos años antes de las rebeliones de 1641. En 1649 fue nombrado prior del convento de Skreen, pero con la llegada al poder de Cromwell se vio obligado a vivir en la clandestinidad, ejerciendo como preceptor y secretamente como sacerdote. Descubierto y denunciado, fue capturado 37 en 1654. Cuando un tribunal le ofreció renunciar a la fe católica para salvar la vida, declaró que reconocía en lo temporal al gobierno inglés, pero no en lo espiritual, pues en conciencia sólo acataba al Papa. Fue condenado a la horca por traidor y ejecutado el 12 de mayo de ese año 9 . Tras la muerte de Cromwell en 1658, le sucedió como Lord Protector su hijo Richard, pero no contaba con apoyos en el Parlamento ni en el ejército y fue obligado a dimitir al año siguiente. Se abolió el Protectorado, sobrevino un periodo de inestabilidad y en esas aguas revueltas surgió la figura del gobernador de Escocia, George Monck, que organizó un ejército y marchó sobre Londres, forzando la disolución del Parlamento y la celebración de elecciones generales. De ellas resultó una Cámara de los Comunes dominada por la facción realista, que consiguió la reinstauración de la monarquía en la persona de Carlos II. El rey llegó a Londres a mediados de 1660, fue coronado en 1661 y en 1662 contrajo matrimonio con Catalina de Portugal. Empezó su reinado concediendo el perdón a los partidarios de Cromwell, pero no a los jueces que ordenaron la ejecución de su padre, ni por supuesto al Lord Protector. Carlos ordenó la exhumación del cadáver de Cromwel l y su ejecución póstuma. La cabeza decapitada se colocó en un palo a la entrada de la abadía de Westminster, donde permaneció más de veinte años a la vista de todos, hasta 1685. Precisamente durante los primeros años del reinado de Carlos II, entre 1660 y 1669, nacieron los hermanos Terry objeto de nuestro interés: James, William, Patrick y Stephen. Les suponemos educados en el odio y el rencor hacia el inglés, y por tanto en la lealtad hacia la dinastía de los Estuardo. Nadie en Irlanda podía ser ajeno a la represión sufrida, mucho menos siendo católico y con víctimas en la familia. La política exterior del nuevo monarca no provocó simpatías. Entabló guerra con Holanda (1665-1667) y se enemistó con Francia (1668-1670) hasta que pactó con Luis XIV ciertas condiciones económicas y, en secreto, su conversión al catolicismo. En 1672, ambas Coronas se unieron en guerra contra Holanda (1672-1674). Esta sucesión de conflictos bélicos le enemistaron con su Parlamento, situación que empeoró cuando el rey 9 Fue beatificado por Juan Pablo II en 1992 junto con otros mártires irla ndeses sacrificados entre 1579 y 1654. 38 firmó la Declaración de Indulgencia ese mismo año de 1672, mediante la cual proponía suspender las leyes dictadas por Cromwell contra los católicos. Esto, y su manifiesta alianza con el Cristianísimo rey de Francia, terminó por enfrentarle abiertamente al pueblo inglés. Además, otro problema se unía a todo lo anterior: Carlos II no tenía hijos legítimos vivos, de manera que el heredero de la corona era su hermano Jacobo, católico confeso. En 1678, un clérigo anglicano propagó el rumor de que existía una conjura papista contra el rey de Inglaterra, lo que desató de nuevo la furia anticatólica por todo el país. Un año después, Carlos disolvió el Parlamento con la intención de que la convocatoria de uno nuevo le resultase más favorable, pero ocurrió lo contrario: la mitad del mismo propuso apartar a su hermano Jacobo, duque de York, de la sucesión al trono. Fue entonces cuando se crearon dos partidos: los conservadores o Torys (opuestos a esta Ley de Exc lusión) y los liberales o partido Whig, que la apoyaban. Carlos II volvió a disolver el Parlamento… y otros dos más, sucesivamente, para evitar que su hermano fuera apartado de la Corona. El rey falleció de forma repentina en febrero de 1685, no sin antes convertirse al catolicismo en su lecho de muerte. Su hermano pasó a ser Jacobo II de Inglaterra y VII de Escocia. El último monarca católico en Gran Bretaña. 1.2.2 JACOBO II: LA REVOLUCIÓN GLORIOSA Y EL EXILIO (1685-1688) Retrocedamos unos años para adentrarnos en la biografía de Jacobo II. Cuando Carlos II huyó a Francia, su hermano Jacobo le acompañó al exilio y se integró en las tropas francesas, donde sirvió con elogios de sus superiores. Una vez restaurado Carlos en el trono inglés, regresó c on él a Londres y en 1660 casó con Ana Hyde, hija del primer ministro, con la que tuvo ochos hijos, aunque la mayoría murieron al poco de nacer. Sólo llegaron a la edad adulta María (1662-1694) heredera y sucesora al trono, que casó con Guillermo de Orange; y Ana (1665-1714) que lo hizo con el príncipe Jorge de Dinamarca y sucedió posteriormente como reina a su hermana María. 39 Carlos nombró a su hermano Jacobo Gran Lord Almirante y puso bajo su mando la Marina Real inglesa durante la Segunda (1665-1667) y Tercera (1672-1674) Guerras Anglo-Holandesas. En 1668 abrazó públicamente la religión católica, decisión que enfureció al Parlamento y se le conminó a mantenerse en el rito anglicano. Su hermano, el rey, también se opuso a esta conversión, pero como Jacobo no admitió las presiones, renunció a su cargo de Lord Almirante. Carlos ordenó entonces que sus dos sobrinas, María y Ana, se educasen como protestantes. Sin embargo, al enviudar Jacobo en 1671, el rey le permitió contraer matrimonio en 1673 con una princesa católica, María de Módena. Para acallar a los anglicanos, J acobo permitió que su hija María casara con el príncipe Guillermo de Orange, sobrino suyo y protestante. Pero nada pudo atemperar que el odio hacia los católicos siguiera creciendo en Inglaterra, de manera que Jacobo decidió exiliarse en Brus elas, para pasar luego a Escocia donde permaneció hasta que en 1682 su hermano le permitió regresar a Londres. El rey Carlos II murió en 1685, como ya hemos dicho sin heredero y convertido al catolicismo en su lecho de muerte. Jacobo fue coronado rey en abril de ese año, y nada más comenzar su reinado tuvo que enfrentarse a la rebelión de James Scott, un hijo ilegítimo de su hermano, cuyos adeptos fueron severamente castigados. Jacobo II sólo reinó tres años, de 1685 a 1688, siempre bajo enfrentamientos y presiones. Por un lado estaba el enfrentamiento entre protestantes y católicos, y por otro el que oponía el derecho divino del monarca a los derechos políticos del Parlamento. En un principio tuvo el apoyo de los tories, pero estos le abandonaron (o el rey les abandonó a ellos) cuando vieron en él una amenaza para la Iglesia anglicana. De hecho, Jacobo decidió crear un partido propio que le apoyase, formado por católicos y disidentes. Colocó a católicos en puestos importantes e incluso les dio el mando de un ejército creado ex profeso, purgando también de protestantes a los oficiales de las tropas en Irlanda, de manera que al cabo de dos años contaba con una fuerza armada de 34.000 hombres en Inglaterra, Escocia e Irlanda. El cler o anglicano, aclamado por el pueblo, se le opuso cuando en abril de 1688 se negaron a leer en todas las iglesias la Declaración de Indulgencia (redactada el año anterior por el rey) que decretaba la libertad religiosa en sus reinos. La situación era insostenible y el detonante final se produjo cuando la reina tuvo un hijo varón que 40 heredaría el trono y por tanto aseguraba la continuidad de una dinastía católica. Hasta entonces la heredera era su hija María, protestante. El partido Tory y el Whig se unieron entonces para derrocar a Jacobo II. Ya se habían producido conspiraciones anteriormente para colocar en el trono a la princesa María y a su esposo, Guillermo de Orange, ambos protestantes y también nietos los dos de Carlos I de Inglaterra. Fue el inicio de la llamada Revolución Gloriosa, que para los ingleses marca el comienzo de la democracia parlamentaria moderna, así como el fin del reinado del último monarca católico en Gran Bretaña. Guillermo de Orange era el estatúder de las provincias holandesas, bastión del protestantismo y enfrentado a la católica Francia. Contaba, por tanto, con todos los requisitos para que los ingleses recurrieran a él y le ofrecieran el trono junto a su esposa. También le ofrecieron el apoyo militar de Inglaterra en la guerra contra Francia. Para evitar la imagen de una invasión extranjera, varios nobles y un obispo, los llamados “Siete Inmortales”, invitaron a Guillermo a suelo inglés. Se lanzó también una campaña para presentarle ante el pueblo com o un Estuardo protestante, no absolutista y libre de corruptelas. Pero hacía falta un ejército para oponerse al de Jacobo, y el holandés lo consiguió en su país con la financiación de la ciudad de Ámsterdam y la contratación de mercenarios alemanes. Incluso el Papa Inocencio XI, enfrentado con Luis XIV de Francia, le prestó dinero. El monarca francés, por su parte, amenazó con declarar la guerra si estos planes de invasión se llevaban a cabo. Después de varios contratiempos por vientos adversos, el desembarco en Devon se produjo en noviembre de 1688. Tras unas semanas de avances, pequeñas batallas, pero sobre todo de asaltos protagonizados por los mismos anglicanos contra las posiciones católicas de Jacobo…los leales al rey desertaron y hasta su propia hija Ana se mostró partidaria de los rebeldes protestantes. En diciembre, la reina María huyó a Francia con su hijo y heredero, y cuando Jacobo II se disponía a seguirla fue capturado, si bien Guillermo de Orange prefirió dejarle partir al exilio para no hacer de él un mártir. Fue amistosamente recibido por Luis XIV, quien le ofreció un magnífico palacio y una generosa manutención. En 1689, el Parlamento declaró que la huida del rey debía considerarse como una abdicación, por lo que ofrecieron el trono a Guillermo y María como gobernantes conjuntos. Fueron coronados el 13 de febrero, aunque en Irlanda y Escocia el holandés 41 no fue aceptado como tal. Los parlamentarios, en cualquier caso, impusieron a Guillermo el acatamiento de la Carta de Derechos ( Bill of Rights ) que limitaba su poder como monarca y le obligaba a respetar ciertas facultades del Parlamento que habían sido eliminadas o recortadas por los Estuardo. Ideas que luego se recogieron en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos (1776), así como en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano proclamada en la Revolución Francesa (1789). Según el informe genealógico que citamos anteriormente, fue en este momento cuando los Terry partieron al exilio en Francia y España. Si n embargo, no es algo que podamos certificar de manera fehaciente y exacta para los Terry que son de nuestro interés, puesto que el informe lo hace un Terry de una rama colateral afincada en Málaga. En cualquier caso, el margen temporal para ese exilio oscilaría entre 1688 y 1690, y desde luego sabemos que James Terry, hermano de Guillermo, el armador del navío Soberbio, partió a Francia con el rey Jacobo Estuardo y allí sirvió como experto en heráldica. ¿Emigraron todos los hermanos al mismo tiempo? ¿Se dirigieron todos a Francia en un primer momento y luego tres de ellos (William, Stephen y Patrick) optaron por instalarse en España? Esta parece la opción más probable. Veamos el desarrollo de los acontecimientos en estos años. Jacobo II no renunció a sus derechos. En Escocia, los clanes de las Highlands protagonizaron la primera rebelión jacobita, al mando de John Graham de Claverhouse. En Irlanda, el conde de Tyrconnell consiguió tomar casi todas las plazas fortificadas. En marzo de 1689, ayudado por tropas francesas, Jacobo desembarcó en suelo irlandés donde fue recibido con entusiasmo. Fue la llamada “Guerra G uillermita de Irlanda” (1689- 1691). Jacobo dominó el territorio durante unos meses, pero sufrió una derrota frente al ejército inglés en Boyne en julio de 1690. El rey Guillermo en persona estaba al mando de ese ejército de 36.000 hombres, de los cuales perdió 500 frente a las 1.500 bajas entre los jacobitas, como se llamaba a los partidarios del rey Jacobo Estuardo. Jacobo huyó nuevamente a Francia dejando a su suerte a sus fieles católicos. Los irlandeses consideraron esto como un acto de cobardía, lo que le valió a partir de entonces el apodo de James the Shit (Jacobo el Cobarde o, si traducimos literalmente, un adjetivo más gráfico y contundente) A pesar de ello continuaron la rebelión hasta octubre, 48 Mientras, los franceses aprovecharon el momento y las circunstancias. Introdujeron un ejército de 20.000 hombres por el norte de España sin resistencia alguna hasta Pasajes, cuyo puerto incendiaron y saquearon los almacenes. Luego pasaron a ocupar Fuenterrabía, San Sebastián y toda la provincia de Guipúzcoa. Los ingleses auxiliaron a los franceses con cuatro mil hombres. Esta fuerza combinada se empeñó especialmente en destruir todas las embarcaciones y pertrechos que iban encontrando en los puertos, demostrando así que su objetivo, más que la invasión, era atacar nuestros efectivos navales. Las tropas enemigas se trasladaron desde San Sebastián hacia Cataluña, pero allí un temporal hizo naufragar 28 naves que transportaban provisiones para este ejército, que se retiró a Francia en total desorden abandonando en la huida la artillería y demás impedimenta. Otra escuadra inglesa atacó Vigo el 10 de octubre. Desembarcaron, ocuparon la ciudad y sus almacenes, saquearon toda la región y finalmente regresaron a sus barcos con sólo algunas pérdidas. El botín de artillería (230 cañones) armas (10.000) pólvora (2.000 barriles) y pertrechos fue considerable. En este tiempo, las únicas alegrías que pudieron festejar los españoles (aparte de aquel temporal que deshizo una armada enemiga) se debieron a los corsarios, que capturaban naves inglesas tanto en el Atlántico como en el Mediterráneo, y una puntual victoria lograda por don Rodrigo de Torres, que apresó varias embarcaciones enemigas en un combate sobre el cabo de San Vicente el 21 de diciembre. Las consecuencias de semejante cadena de desastres y la derrota en ese intento de invasión de Escocia, fue el destierro de Alberoni en diciembre de 1719 y la práctica rendición de Felipe V, quien se adhirió a la Cuádruple Alianza para frenar las hostilidades contra España, aunque eso significó renunciar a Sicilia y Cerdeña. En cuanto a los jacobitas, aún hubo otro levantamiento en 1745, protagonizado por el hijo de Jacobo III, el príncipe Carlos Eduardo Estuardo. Apodado Bonnie Prince Charlie o el Joven Pretendiente, recibió el apoyo de Luis XV de Francia para derrocar a los Hannover del trono inglés. Logró desembarcar en Escocia en agosto de 1745 y reunir a los clanes de las Highlands, con los que tomó Edimburgo y logró vencer en la batalla de Prestonpans. Envalentonado, esperando siempre más ayuda de Francia, se dirigió a tomar Londres, pero en el camino no se acababa de concretar esa ayuda francesa y el 49 pueblo ta mpoco le seguía en masa. Al rey Jorge II le dio tie mpo a repatriar las tropas que tenía en el continente y organizar un gran ejército mucho mejor pertrechado y aprovisionado que el de los jacobitas, cuyos generales, ante la desigualdad de fuerzas, recomendaron al príncipe dar marcha atrás y volver a Escocia. En diciembre de 1745 ya estaban en Glasgow, pero el duque de Cumberland les perseguía con el ejército realista, alcanzando Edimburgo a finales de enero de 1746. Para entonces, los generales jacobitas ya habían comprobado que el príncipe Carlos, que insistía en presentar batalla a campo abierto, no tenía experiencia militar y les estaba conduciendo a un desastre. Éste se produjo en la batalla de Culloden el 16 de abril de 1746, librada en inferioridad de condiciones y en un terreno adverso. El ejército jacobita fue aniquilado y aquí murieron las esperanzas de los Estuardo por recuperar el trono. El príncipe Carlos huyó a Francia, donde sus excesos con el alcohol provocaron antipatía y rechazo entre la aristocracia francesa. Se retiró entonces a las posesiones de su familia en Italia, donde ni siquiera el Papa le reconoció como rey, cosa que sí había hecho con su padre Jacobo III. Los católicos jacobitas quedaron completamente derrotados, aunque sería más exacto decir aniquilados y sometidos. Muchos fueron ejecutados, y los que no, encarcelados o enviados como esclavos a Jamaica y otras posesiones de ultramar. A los que quedaron en Escocia se les prohibió usar todos los distintivos de su cultura: la lengua gaélica, el kilt, el tartán…se eliminó el poder y autogobierno tradicional de los clanes y los supervivientes sospechosos fueron perseguidos y encarcelados durante años. Nunca más se rebelaron. Por su parte, el rey de Francia volvió a considerar la idea de invadir Gran Bretaña en 1759, durante la Guerra de los Siete Años, pero sufrió varias derrotas navales en territorios ultramarinos y descartó tal posibilidad. A la Corona española tampoco le volvió a tentar esa idea de la invasión después de los dos lamentables y humillantes fracasos en 1588 y 1719. Gran Bretaña se presentaba como una potencia en alza, con un progresivo y rápido dominio en el mar, y desde luego inexpugnable. En este contexto de rebeliones en Escocia e Irlanda se desarrolló la vida de los Terry. Una vez exiliados, contemplaron desde España y Francia los intentos de recuperar el trono por parte de los Estuardo con ayuda española y francesa. Es por ello que presentamos este resumen de los hechos, para describir qué circunstancias les rodearon, 50 qué esperanzas pudieron albergar desde su punto de vista e intereses, y en qué medida pudieron participar en estos acontecimientos, como veremos en adelante. 1.3 GUILLERMO TERRY Y SUS HERMANOS. SUS RELACIONES CON LA CAUSA JACOBITA. Como dij imos, el hermano mayor, James, se instaló en París, estrechamente ligado a la Corte jacobita exiliada en Saint Germain- en -Laye. Los otros tres, William, Patrick y Step hen, partieron a España. William decidió vivir en Cádiz y trabajar como hombre de negocios en todo lo relacionado con el comercio y las finanzas, lo propio en una ciudad portuaria de esa categoría donde se concentraba el monopolio del trato con las Indias. Una ciudad cosmopolita en la que residían otros irlandeses y comerciantes de muy variadas nacionalidades, incluyendo también una nutrida colonia inglesa. Su carrera podemos considerarla meteórica: adquirió casas, tierras, barcos… consiguió cargos y hasta un título nobiliario. Llegó a ser en muy poco tiempo un hombre rico y relevante en la sociedad gaditana. También con influencia más allá de Cádiz, como veremos a continuación. Sus hermanos Patrick y Stephen se dedicaron a la vida militar, aunque desgraciadamente la carrera de ambos fue corta por muerte en acto de servicio. Nacido en Limerick en 1663, William tenía 25 años cuando se estableció en España, si tomamos 1688 como la fecha de su llegada a Cádiz. Ante la ausencia de archivos personales, comerciales o de otro tipo que puedan dar luz sobre su vida, hemos elaborado su biografía con pequeños retazos y noticias recopiladas en muy diversas fuentes. Lo primero que nos llama la atención es su extraordinario éxito en el mundo de los negocios, y eso nos lleva a suponer que ya contaba con experiencia y contactos adquiridos en Irlanda. No en vano, Limerick era también una ciudad portuaria que comerciaba con otros puertos europeos, entre los cuales sin duda se encontraba Cádiz. Ni siquiera en los inicios de su actividad en España le hemos encontrado relacionado con otros mercaderes como aprendiz , empleado, asociado u otra situación similar. Parece que 51 desde sus comienzos actuó de forma independiente. La noticia más antigua es su testamento de 1711, donde se definió como “ hombre de negocios en el comercio de la ciudad de Cádiz ” 13 . Su ascenso fue firme, exitoso y constante a lo largo de toda su vida, alcanzando honores y privilegios y destacándose entre la comunidad de comerciantes de su tiempo. ¿Cómo lo logró? Es evidente que al calor del auge de Cádiz como puerto de Indias, que culminó con el traslado de la Casa de la Contratación a esta ciudad en 1717…pero descubrimos que creó una red de influencias francamente asombrosa gracias a la cual pudo disponer de contactos e información privilegiada en un eje triangular que unía Cádiz con París y Londres. Lo iremos mostrando a lo largo de éste y siguientes capítulos. Volvamos al escenario de la guerra de Sucesión. No tenemos constancia de que William Terry participase de una manera u otra en los planes de invadir Gran Bretaña, aunque él señaló en su solicitud de naturaleza 14 que formó parte de las milicias de Bonifacio Manrique, sin citar la fecha ni destino de ese servicio. Al investigar la biografía de Manrique para buscar más información, comprobamos que éste fue teniente general de los ejércitos de Felipe V, pero ¿en qué conte xto pudo participar Guillermo Terry e n un contingente militar? Al inicio de la Guerra de Sucesión española, Portugal estaba aliada con Inglaterra y con los partidarios del pretendiente austriaco, por lo que los enemigos del monarca español atacaban desde allí las costas de Huelva y Cádiz. El marqués de Villadarias era capitán general en Andalucía en 1702, y como tal organizó la defensa con soldados y milicias de vecinos. Es entonces, el 23 de agosto, cuando se produce el ataque de una armada anglo-holandesa a la bahía de Cádiz, al mando del almirante inglés Sir George Rooke y del duque de Ormond 15 . En marzo había fallecido el rey inglés Guillermo III, 13 AHPC, Proto colos, 988. Poder par a testar d e Guillermo T erry. Cádiz, 2 de jun io de 1711. 14 AGI, Consu lados, Libr o 445. Conc esión de na turaleza a Guillermo Ter ry, 1719. 15 James Butler, segundo du que de Ormond (u O rmonde). Le hemos v isto en páginas anteriores dirigiendo parte del contingente español que invadió Escocia en 1719. ¿Cómo es posi ble que unos años antes, en 1702, le encontremos atacando a la Corona española bajo las órdenes del rey Guillermo III de Inglaterra? Efectivamente , Ormond (1665 - 1745), nac ido en Dublín, educado en Francia y en Ox ford, inició su carrera militar en Irlanda al mando de un regimiento de caballería en 1684. Cuando Jacobo II Estuardo llegó al trono, Jam es Butler le sirvió lu chando contra e l rebelde James S cott en 1685. H eredó el título de duque de Ormond a la muerte de su abuelo en 1688, pero se pasó al bando de Guil lermo de Orange cuando éste reclamó el trono de I nglaterra. Fue comandante de las tropas que iban en l a armada de Sir George Ro oke, la que atacó Cádiz y Vigo en 1702. Se le nombró miembro del Consej o Privado del Reino Unido y virrey de Irlanda (17 03 - 1707) y en 1711 capitán general, cargo con el que adquirió una posición 52 cuyo trono heredó la reina Ana Estuardo, de religión protestante. La armada contra España estaba compuesta por 50 navíos de línea y otros 130 entre fragatas, bombardas, brulotes, un barco hospital, y otros para transporte de munición y suministros, con un contingente de 14.000 hombres armados. Frente a esta considerable fuerza de ataque, el marqués de Villadarias sólo podía oponer unos 300 soldados y 150 caballeros reclutados entre la vecindad y los que llegaron desde Sevilla y alrededores. En principio, la intención oficialmente declarada por los atacantes era instar a los españoles a la rendición y que se pusieran de parte del pretendiente austriaco. Hicieron circular pasquines en los que se aseguraba que no se les molestaría en sus personas y bienes, y que incluso podrían conservar su religión. Puede que los españoles lo creyeran, pero sin duda no lo creyó Guillermo Terry, dada su experiencia anterior con los ingleses en Irlanda. Villadarias, haciendo gala del orgullo hispano, contestó a Ormond la lapidaria frase de “los españoles no mudan de religión ni de rey”, aunque entonces quien estaba sentado en el trono desde hacía apenas dos años era un francés, bisnieto de Felipe IV de España, pero nieto de Luis XIV reinante en Francia. Al general de galeones don José Fernández de Santillán se le encargó la defensa en la parte interior de la bahía de Cádiz, con sus buques de la armada de Tierra Firme que estaban allí anclados desde el año anterior sin poder partir a las Indias a causa de la guerra. Eso hizo desistir a los ingleses de desembarcar en Cádiz, optando por dirigirse al Puerto de Santa María y Rota. Tras un bombardeo tomaron el fuerte de Santa Catalina y desembarcaron luego en Rota, Puerto de Santa María y Puerto Real, cuyos habitantes habían huido en su mayor parte. El general Fernández de Santillán les hizo frente con la artillería de sus galeones, impidiendo su progresión por tierra hacia la ciudad de Cádiz. Los enemigos se dedicaron entonces al pillaje en esas villas costeras, aunque el tiempo durante esos días, “violentamente caluroso” en palabras del mismo Ormond, contribuyó también a su derrota. Y quizás contribuyó igualmente el hecho de que los soldados encontraron las bodegas abandonadas y dieron buena cuenta del vino almacenado en relevante cuando murió la rein a Ana en 1714. Secretam ente tenía ciertas simpatías por los jacob itas, a pesar de su desempeño militar contra ellos. Mantenía relación y frecuente correspondencia con un primo suyo, Piers Butler, vizconde de Galmoye, oficial del ejército jacobita. Su disidenc ia debió convertirse en algo más evidente, puesto que fue acusado de alta traición tras el levantamiento de 1715 y entonces huyó a Francia, siendo sus propi edades confiscadas por la Corona y todos sus tí tulos abolidos. Posteriormente se trasladó a España, donde fue acogido por Fe lipe V. En 1719 participó en el plan de invasión de G ran Bretaña o rganizado por e l monarca españ ol y su minist ro Alberoni par a restaurar al rey Estua rdo exiliado, a quien seguramente conoció en París en 1715. Tras el fracaso de esta expedición se instaló en Francia, en Avignon. Murió en 17 45 y un añ o después fue s epultado en la abadía de Westminster. 53 ellas. El saqueo fue tan descontrolado que una vez de vuelta en Inglaterra se tomaron medidas disciplinarias. En septiembre empezaron a llegar refuerzos desde los territorios circundantes, con los que se pudo hostigar a los enemigos forzándoles la retirada. Rooke y Ormond se dirigieron entonces a Lisboa, donde supieron que una flota procedente de Indias se acercaba a Vigo. Era la de Nueva España del general don Manuel de Velasco, protegida por navíos franceses al mando del marqués de Châteaurenault. Un total de 16 navíos españoles y 19 franceses que, teniendo también noticias de la presencia de la escuadra anglo-holandesa (49 navíos) se refugiaron en la bahía de Rande. Allí entró a saco Rooke el 23 de octubre, y aunque los españoles consiguieron descargar parte de los navíos, el inglés pudo cañonear, hundir, robar a placer y llevarse varias embarcaciones, logrando un botín considerable que le compensó de la derrota en Cádiz. Para los españoles, sin embargo, la pérdida total de esa flota y armada fue un desastre tanto en lo económico como en lo militar, pues en esa situación de guerra los barcos eran imprescindibles. Felipe V, además, tuvo que dar explicaciones a su abuelo Luis XIV, ya que Châteaurenault también perdió su escuadra en Rande con todo lo que había cargado en ella y por supuesto acusó de incompetencia al general Velasco 16 En cuanto a nuestro Guillermo Terry, afincado ya como hombre de negocios en Cádiz, puede que la pérdida de la flota de Nueva España en Vigo le afectase económicamente si tenía intereses en su cargamento. Un motivo más para acrecentar su odio contra el inglés. ¿Participó en la defensa de Cádiz o de las poblaciones que circundaban la bahía? Seguramente sí, de una manera u otra, pues era hombre joven y sería movilizado. Pero después también tuvo más oportunidades de servir al rey de España. ¿En qué ocasión formó parte de una compañía a la orden de Bonifacio Manrique? El pretendiente austriaco, archiduque Carlos, preparaba un gran desembarco en Lisboa, donde sus aliados organizaban un ejército con el objetivo de invadir España. Ante esas noticias, Felipe V se adelantó invadiendo Portugal en la primavera de 1704. En este contexto encontramos que en diciembre de 1703 se habían reunido en Sevilla unos 1.500 16 Para este ataque anglo - holandés a Cádiz, véase ENRÍQUEZ, Genoveva, y SOLÍS MARTÍNEZ - CAMPOS, Franci sco Javier de : Don José Fernández de Santillán, conde de Ca sa Alegre, general de Galeones. Biografía . Rea l Maestranza de Caballería de Sevilla, 2 011, pp 111 - 131. 54 soldados para marchar a tierras extremeñas, 1.000 de otros regimientos y 45 compañías de caballería, mandadas por Bonifacio Manrique y don Luis de Zúñiga, con vistas a la campaña de Portugal 17 . En uno de estos regimientos o compañías debió integrarse Guillermo Terry, según su propia declaración, pero no creemos que se trasladase a Sevilla, puesto que era más lógico que permaneciese en Cádiz donde tenía su residencia. Concretamente, en el documento por el cual se le concede carta de naturaleza para comerciar con Indias en 1719, el rey dice que entre sus méritos constaba haber servido a su costa como voluntario con armas y caballo en la compañía de Corazas del teniente general don Bonifacio Manrique, y por ello le concedió el hábito de Santiago y la naturaleza en los reinos de España 18 . En 1706 había en Cádiz diez regimientos de infantería de veteranos para guarnición de la plaza, cada uno de ellos con 500 soldados, número que se completaba con milicias de vecinos. Estos debían ser solteros y tenían la obligación de servir por dos años. Si tenemos en cuenta la importancia de esa bahía y puerto, es lógico afirmar que Guillermo Terry, como el resto de hombres hábiles para la defensa, pudo ser reclutado en estas milicias vecinales, pero como vemos fue voluntario y seguramente de buen grado, dada su condición de irlandés católico que había padecido, él y su familia, la represión de los ingleses. En 1706 ya contaba 43 años, y dado que él no manifestó en ningún documento haber protagonizado una actuación destacable ni haber recibido heridas sirviendo al rey de España, deducimos que no se vio envuelto en ninguna batalla. A raíz de la ofensiva portuguesa y la toma de Madrid en 1706 por el bando austriaco, parece que es cuando se organiza a toda prisa la recluta de vecinos. E n julio, el marqués de Villadarias dispuso la defensa de Cádiz, encargando al teniente general Bonifacio Manrique que ocupase la Isla de León y otros puertos de aquella costa para enfrentar un posible ataque de armada enemiga. Todavía podemos concretar algo más, pues sabemos que el 10 de febrero de 1706 se creó y formó en El Puerto de Santa María el regimiento de Montesa, a partir de las dos compañías de los tenientes generales de la caballería de Andalucía, Bonifacio Manrique 17 HERNÁNDEZ, Fran cisco J. y GUTIÉRREZ, Fran cisco J. “ Orígenes y primera evolu ción de los Regimientos de Caballerí a de Sevilla durante la Gue rra de Sucesi ón (1702 - 1707)”. Revista de Histori a y Cult ura Militar, año XLIX, Nº97, 2005, pp. 9 - 49. 18 AGI, Consu lados, lib ro 445, fo l.29. Cart a de natura leza a Guill ermo Terry, 1719 55 de Lara y Luis de Zúñiga, a las que se sumaron otras ocho acantonadas en la plaza 19 . Tuvo que ser en esta compañía de Zúñiga, y de Corazas por más señas, donde se integró Terry. Podemos concluir entonces que entre 1702 y 1706, Guillermo Terry fue movilizado como parte de las milici as vecinales en Cádiz, y que luego llegó a formar parte de una de las compañías de Bonifacio Manrique de Lara, pero seguramente permaneció en Cádiz defendiendo la plaza. No tenemos constancia de que hubiera tenido otra experiencia militar en Irlanda, él no lo menciona y sólo señala ésta en España. Pero dado que cuando se producen las últimas batallas entre jacobitas e ingleses en Irlanda, antes de su partida, él tenía unos 25 años, sería lógico pensar que participó en ellas. En cualquier caso, de nuevo se encontró en Cádiz ante la amenaza de una invasión inglesa y, siendo un exiliado irlandés jacobita, si ésta tenía éxito seguramente tendría que huir dejando atrás sus propiedades para reiniciar su vida en otro país, por segunda vez. Valga esta puntualización para ilustrar los sentimientos que albergaría Guillermo Terry hacia los ingle ses, y que debemos tener presentes en adelante. Damos un salto en el tiempo y nos trasladamos a 1719, año de la expedición española a Escocia para desalojar del trono al rey inglés Jorge I. Por esas fechas Terry acababa de solicitar y recibir su carta de naturaleza, que le habilitaba como español de adopción para comerciar en la península y en territorios ultramarinos. Es decir, estaba plenamente integrado en Cádiz donde vivía desde 1690 aproximadamente. Pero sin duda contempló con expectación y esperanza la partida de esa escuadra y las tropas españolas. Es posible que contribuyera con generosidad a su financiación, siendo como era irlandés católico, exiliado a causa de la represión llevada a cabo por los herejes protestantes. Además, a través de su hermano James residente en París, tenía noticias fidedignas sobre Jacobo III y los planes de sus partidarios, pues James 20 era su armiger , su rey de armas , el funcionario real encargado del registro y confección de los blasones, así como de la correcta observancia de las leyes heráldicas. Era un cargo de dignidad y honor que los reyes concedían a los caballeros más esforzados y, especialmente para la monarquía inglesa, el armiger era un personaje destacado en la corte. Se les encomendaba la redacción de las hazañas bélicas, el registro de los tratados de paz y aportaban la 19 www.tercio s.org 20 En los document os españoles, J ames aparece como Diego . 56 información necesaria en casos de pleitos entre nobles. James, en definitiva, conocía a Jacobo Estuardo, a los miembros de su Corte y a muchos de los exiliados más importantes, pues trabajaba para todos ellos y conocía sus historias y hazañas familiares. Es evidente que James estaba en el mejor sitio para dar noticias sobre los jacobitas y sus planes, quiénes participaban, qué discutían, así como de los apoyos que estos pudieran recibir en Francia o por parte de otras nacion es. Según el testamento de Guillermo Terry, como veremos más adelante, éste sostuvo económicamente a James desde Cádiz, lo que nos lleva a pensar que sus recursos eran escasos en Francia. U n hijo de James, Juan (nacido en Francia en 1697) fue llamado por Guillermo a Cádiz para que trabajase con él y acabó contrayendo matrimonio con su hija Francisca Patricia. Sin duda Guillermo resolvía así varios problemas: ayudar a su sobrino proporcionándole un futuro prometedor, casar a su única hija y heredera con un hombre de confianza, y asegurarse de que sus negocios seguirían en manos de alguien de la familia, en vez de buscar un yerno entre otras familias irlandesas, españolas o de cualquier otra nacionalidad de la sociedad gaditana. Juan era pobre, carecía de recursos económicos, no parece que tuviera ninguna habilidad especial u ocupación en Francia, pero Guillermo prefirió la seguridad de un miembro de su familia antes que un matrimonio de conveniencia con alguien de fortuna o de título. En estos años, él fraguaba con sus propios recursos y habilidades su ascenso social y económico. En cuanto a sus otros hermanos, Patrick y Stephen (Patricio y Esteban en España) sabemos que se integraron en regimientos españoles, de lo cual se deduce que tenían formación militar, quizás ya en Irlanda. Fue la solución más habitual para la mayoría de irlandeses en el exilio. Vemos entonces que Guillermo tenía un excelente contacto en la Corte jacobita y desde luego información privilegiada: su hermano era hombre de confianza de Jacobo III. Por tanto, no es aventurada la idea de que, viviendo en Cádiz, colaborase de una manera u otra en la preparación de esta empresa destinada a reinstaurar a su rey en el trono. Lo que sin duda conllevaría la recuperación de los bienes abandonados cuando huyeron de su país, así como los arrebatados por los anglicanos a lo largo de varias generaciones, desde los tiempos de Cromwell. Pero la empresa no tuvo éxi to y los Terry, como el resto de jacobitas, siguieron soñando y planeando la restauración de los Estuardo. 57 Nuestra intención al exponer con detalle la historia de los levantamientos jacobitas, sobre todo en Irlanda, ha sido ilustrar el desarrollo de esos procesos y el importante papel que jugaron en la política española, así como constatar que Guillermo Terry no era un simple “irlandés católico” acogido amablemente por afinidad religiosa en España, si bien esto es lo único que traslucen los documentos oficiales. En cambio, hemos visto que la historia familiar, así como la de los irlandeses católicos en general, le hacía merecedor de un trato de favor a pesar de ser extranjero. El mismo Felipe V se implicó en la causa jacobita a un altísimo coste. Los Terry entregaron sangre, propiedades y dinero (de forma directa o indirecta) a la defensa del catolicismo, lo cual implicaba, de hecho, colaborar en la destrucción del tradicional y común enemigo inglés. Los jacobitas necesitaban ayuda externa para recuperar el trono, y tanto Francia como España la prestaron porque todo lo que pudiera debilitar a Inglaterra era bienvenido. Sin embargo, se hacía en secreto por razones obvias, lo que dificulta encontrar información detallada sobre quiénes colaboraron en estas ayudas. James, el mayor de los Terry, partió siendo ya un hombre casado con Mary Stricht, también natural de Limerick, puesto que en la documentación consta que su hijo John (Juan) nació “ estando de tránsito para estos reinos [España] en la corte de París ” 21 . Sin embargo, como la fecha dada para su nacimiento es el 11 de julio de 1697, esta afirmación no resulta coherente con lo anterior. Creemos que James y sus hermanos debieron huir de Irlanda, como fecha más extrema, tras la últim a derrota jacobita, en 1691, pues en varios documentos declaran que “ acompañaron al rey Jacobo a Francia ”. Posiblemente Juan mintió en sus declaraciones para adornarse en España con más méritos como víctima de los ingleses, pintando una imagen más sufrida diciendo que él estaba aún en el vientre de su madre cuando se produjo la huida familiar. De hecho, su padre James fue nombrado armiger por el rey Jacobo en 1690 y esto debió de ser ya en el exilio en Francia. Por otra parte, ese supuesto “tránsito” de James a España con su familia nunca fue tal, pues siempre permaneció en París, donde murió según algunas fuentes en 1725. En cuanto a su vida anterior en Irlanda, sólo tenemos el apunte que proporciona Kevin Terry sobre que siendo niño James ingresó en el ejército irlandés, en la compañía de Fleming 22 . 21 AGI, Indi ferente, 4 47, L.45, F.52v - 55v. Concesión d e carta de naturaleza a Juan Tirri, 1738. 22 TERRY, Kevin: The Terrys of Cork: merchant gentry (1180 - 1644) Phillimore&Co, Gran Bretaña, 2013, p. 104 64 referencia al de oro, su equivalencia variaba entre un cuarto y la mitad de éste. Guillermo no precisó en su testamento si ese escudo que daba a su hermano era de oro o de plata, pero en cualquier caso nos parece una cantidad de dinero apreciable: treinta monedas de oro, o de plata grandes, al mes. Sin duda le resultaría más barato acoger a James en su casa de Cádiz, sobre todo si pensamos que recibió a sus dos hijos varones, John y William, como veremos más adelante. Por tanto ¿qué interés había en mantener a James en París pagándole una pensión de elevada cuantía? Creemos que la razón estriba, precisamente, en su estrecha relación con la Corte jacobita y, en consecuencia, que a Guillermo esa presencia de su hermano allí le era imprescindible, o al menos importante. Era sus ojos y sus oídos en la Corte del Estuardo y por extensión en la francesa de Versalles. Posiblemente James le proporcionaba a su hermano información privilegiada sobre los exiliados, sus planes y los de los franceses sobre dichos jacobitas, cuyo objetivo era restaurar al rey Estuardo en el trono. Sin olvidar cualquier información de interés relacionada con el comerc io y todo el contexto que pudiera afectar a los negocios de William en Cádiz, como el estado de las relaciones del monarca francés con otras naciones, o las noticias que llegaban a Francia desde Inglaterra, Escocia e Irlanda. Este desembolso de dinero regular y constante, entonces, no era sólo para el mantenimiento de la casa de James, pues dicha cantidad era extraordinariamente elevada… ¿pudo ser para pagar favores, sostener a determinadas personas exiliadas, o para contribuir de cualquier otra forma a la causa del rey Jacobo? ¿Era James, hombre discreto dedicado a confeccionar árboles genealógicos y diseñar escudos de armas, un enlace entre esa Corte y la de Madrid a través de su hermano en Cádiz? ¿Era quien mandaba y recibía cartas secretas, bajo su apariencia de inocente genealogista y aprovechando la circunstancia de sus envíos de informes genealógicos a los exiliados en España? ¿Se encargaba de recibir la ayuda económica recabada por su hermano en Cádiz para los Estuardo y sus planes de recuperar el trono? No es descabellada e sta suposición, como iremos comprobando. Otros datos relevantes que fueron surgiendo a lo largo de la investigación nos reafirmaron en esta idea y nos llevaron a considerar la importancia de la causa jacobita dentro de este trabajo. Guillermo, como decíamos anteriormente, diseñó una red con familiares muy allegados en un triángulo que unía Cádiz con París y Londres, y sólo pudo 65 hacerlo porque Felipe V y sus ministros estuvieron de acuerdo en establecer esa red. El entramado se irá desvelando en las siguientes páginas, pues Guillermo no tenía sólo un interés “patriótico” como irlandés, sino que también actuaría movido por un interés puramente económico dada su condición de comerciante en Cádiz, donde las flotas se quedaban amarradas cada vez que la situación política con Francia o con Gran Bretaña provocaba que fuera un peligro navegar por temor a ser asaltadas. Tener información rápida y privilegiada era una gran ventaja. Y, como nuevo planteamiento después de estas deducciones, el hecho de que con el Tratado de Utrecht se firmó también el del Asiento de Negros con Gran Bretaña, por el que España concedía la exclusiva de ese negocio a los ingleses. Una actividad muy lucrativa para ellos, pero con repercusiones muy negativas para España y para los comerciantes de cualquier nación estableci dos en Cádiz y dedicados al comercio ultramarino, como veremos también en otro capítulo. De manera que, en efecto, Guillermo Terry podría tener muchas razones y muy diferentes motivos para que el trono inglés volviera a manos de los Estuardo. E igualmente podría estar muy interesado en contar con información de primera mano sobre los movimientos y planes de las cortes de París y Londres. 1.3.1 EL ARCHIVO PRIVADO DE JAMES TERRY. Al no encontrar un archivo familiar, ni siquiera entre los descendientes ac tuales de los Terry, este aspecto de la investigación quedaba en un punto muerto, con suposiciones en el horizonte pero sin poder certificarlas. Cuando ya habíamos cerrado este capítulo, tuvimos que reformarlo por completo al descubrir que se había digitalizado y volcado en internet un libro interesante, publicado en 1938 en Inglaterra por Charles E. Lart, sobre el trabajo de James Terry como Athlone Herald en la corte de Jacobo II y Jacobo III durante el periodo de 1690-1725. 36 No sabemos qué impulsó a Lart a escribir semejante trabajo sobre un oscuro y desconocido personaje, cuyo único interés para él consistía en que había dedicado treinta años de su vida a hacer informes genealógicos para los exiliados jacobitas en el siglo XVIII. Puede que Lart fuese irlandés, tuviera noticias de James Terry como armiger en Saint Germain- en -Laye, y se dedicó a recomponer su archivo para obtener información sobre los exiliados. Sin embargo, a nosotros nos fue 36 LART, Charles Ed mund, The Pedigrees and Papers of James Terry, Athlone Herald at the C ourt of James II (1690 - 1725) . William Pollard &Co, Exe ter, 1938. 66 tremendamente útil porque Lart también recopiló y copió una colección de cartas privadas cruzadas entre James y sus familiares, que encontró entre los documentos dispersos de ese archivo. El archivo de James Terry no fue fácil de localizar por parte de Lart. Tras la muerte de Terry lo heredó el Juge d’Armes o genealogista de la corte francesa Charles d’Hozier (1640-1732) Éste conservó algunos informes, pero otros eran copias o borradores y los repartió entre las familias interesadas. Finalmente, el archivo de Hozier se dispersó por Francia tras su fallecimiento, apareciendo fracciones del mismo desde la Biblioteca Nacional de París hasta archivos provinciales como los de Burdeos y Nantes. A principios del siglo XX, Lart emprendió la tarea, s in duda complicada, larga y minuciosa, de localizar y reunir de nuevo todos esos documentos y escribir un libro. Un siglo después, nosotros pudimos encontrar su obra entre los fondos digitalizados de la Biblioteca de la Universidad de Indiana, en Estados Unidos. Como dijimos anteriormente, son los únicos documentos privados que se conservan de los Terry a los que hayamos tenido acceso, pues entre todos los informes genealógicos también había una colección de cartas personales, parte de la correspondencia privada mantenida por James con sus hijos y hermanos. Retrocedamos en el tiempo para ubicar mejor a J ames Terry. Como ya sabemos, Jacobo II ocupó el trono en 1685, pero en 1688 fue destronado y huyó a Francia. Cruzó el canal de la Mancha en el barco de un comerciante irlandés reconvertido en corsario, Phillip Walsh, y fue acogido por su primo Luis XIV, quien lo instaló con su familia y cortesanos en el castillo de Saint Germain- en -Laye, veinte kilómetros al oeste de París, donde el mismo Luis había residido hasta que se trasladó a Versalles. Fue, por tanto, un gesto muy explícito por parte del monarca francés en favor de Jacobo. En 1700, el registro parroquial de Saint Germain recogía los nombres de 1.729 jacobitas, muchos enterrados después en el cementerio local que actualmente está sepultado bajo la plaza del mercado. Otros estudios suben la cifra, entre 1690 y 1702, a 2.500 exiliados asentados en esa localidad. En París se instaló un número parecido, casi todos en la parroquia de Saint Sulpice. Otros 2.000 se quedaron en los puertos, sobre todo de Bretaña, donde Nantes contaba con la comunidad irlandesa más numerosa. La mayoría de los exiliados eran pobres, sobrevivían en pequeñas casas o cuartos alquilados, 67 solicitando con insistencia un sueldo o una pensión al rey francés. Esa era una de las razones por las que invertir algo de dinero en un buen árbol genealógico que certificase una ascendencia de alcurnia, podía proporcionar un nombramiento de oficial en el ejército u otra colocación remunerada. Muchos se vieron abocados a la mendicidad, y algunos incluso se ofrecieron a ser espías para los ingleses a cambio de dinero, lo que contribuyó a crear una corriente de desconfianza que minó la unión de los jacobitas en torno a Jacobo. De hecho, el embajador inglés en París se valió de ellos y de su precaria situación para estar puntualmente informado de todo lo que le pudiera interesar. Era algo sabido por todos y por tanto nadie se fiaba de nadie, circunstancia que obligaba a guardar los secretos de la manera más rigurosa. Finalmente, los que sobrevivieron se diluyeron en las sociedades que les acogieron, con mayor o menor fortuna. En 1715, Luis XIV concedió la nacionalidad francesa a los oficiales y soldados irlandeses que hubieran servido en su ejército diez años. Como sabemos, de Irlanda huyeron en 1691 unos 14.000 soldados y 10.000 mujeres y niños. Muchos de esos hombres se incorporaron a la Brigada Irlandesa, que ya existía en el ejército francés, y se destacaron en la batalla de Fontenoy (1745, Guerra de Sucesión austriaca) contra sus sempiternos enemigos los ingleses. Como aspecto anecdótico, pero sin duda interesante por lo que s ignificaba de secretismo y asociación cerrada y hermética, conviene citar que los escoceses exiliados introdujeron el sistema de logias masónicas que ya existía en Gran Bretaña, y posiblemente funcionó en Saint Germain desde 1689. Grupos secretos muy apropiados para conseguir y pasar información sensible y crear redes allá donde pudiera haber un miembro de una logia. No olvidemos que había exiliados en los puertos franceses, donde las embarcaciones que entraban y salían no sólo llevaban cargas, sino también noticias y cartas. El secreto y las buenas conexiones, algo tan propio de los masones, eran también virtudes muy valoradas por los jacobitas que planeaban rebeliones. En relación con esto, encontramos que James Terry fue nombrado caballero de la orden de San Lázaro y de Nuestra Señora del Monte Carmelo 37 . Una distinción que le concedió el mismo rey de Francia pues esta orden era francesa. Nacida en los hospitales para leprosos en Tierra Santa durante las Cruzadas, cuando los cruzados regresaron a Francia el rey Luis VII protegió a estos caballeros de San Lázaro. En 1608 se les sumó la orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo creada por Enrique IV, y todos quedaron 37 DAMIEN, André . Le gran livre des Ordres de Chevalerie et des décorat ions . Editions Sola r, París, 1991. 68 vinculados a la dinastía Borbón, cuyos monarcas se reservaron distinguir con esta orden a quienes habían rendido servicios distinguidos a la Corona francesa. Los caballeros de San Lázaro fundaron hospitales para soldados veteranos y víctimas de guerras, pero también disponían de pequeños navíos con los que combatían la piratería. Sus recursos aumentaron y la orden prosperó a lo largo del siglo XVIII. Curiosamente, en 1723 fue nombrado caballero un tal Michel André Ramsay, escocés seguidor de Jacobo II y fundador de la francmasonería. Por lo tanto, tenemos que James Terry recibió una importante distinción por parte del rey de Francia por servicios prestados a la corona. ¿Qué servicios prestó James a Luis XIV? Una pregunta para la que no tenemos respuesta. Y, a demás, encontramos también que un jacobita fundador de la francmasonería entró en esa misma orden de caballería, una organización que disponía de barcos armados. En resumen: el rey de Francia introdujo en una orden de caballería francesa al genealogista del exiliado Estuardo, donde además ya había otros jacobitas y algunos eran masones destacados. Parece más bien un interesante círculo conspirador que contaba con una infraestructura adecuada para dar curso a ciertos planes. En esta Corte de Saint Germain nos encontramos a un personaje que mencionamos anteriormente, Piers Butler (1652-1740) el primo jacobita de James Butler, conde de Ormond. Piers era vizconde de Galmoye, y encontramos también una nueva coincidencia: tras la muerte de su primera esposa, y ya en el exilio, Piers contrajo segundas nupcias en 1695 con Henrietta Fitz James, otra hija ilegítima de Jacobo II y Arabella Churchill. Henrietta era a su vez viuda del barón de Waldegrave, quien había ostentado un cargo equivalente a jefe de la Contaduría de Jacobo II, tanto en su Corte de Londres como después en el exilio. Henrietta era por tanto hermana de James Fitz James, duque de Berwick. No hay duda de que todos estos personajes (conde de Ormond, duque de Berwick…) estaban estrechamente relacionados y tenían gran influencia en la corte jacobita, puesto que eran dos militares experimentados. Ambos sirvieron también en España durante el mismo periodo de tiempo en el contexto de la Guerra de Sucesión. Piers, además, tuvo un papel importante en la rebelión irlandesa. Formó a su costa un regimiento de caballería, “ The Galmoy’s Horse ” con el que combatió en las batallas de Boyne, Aughrim y Limerick, y fue uno de los firmantes del tratado acordado en esta última ciudad en 1691 que puso fin al levantamiento. Consiguió que vidas y haciendas fueran respetadas para aquellos que jurasen fidelidad a Guillermo III y que los demás 69 pudieran partir de Irlanda. Habría salvado sus extensas propiedades si hubiera jurado fidelidad a Guillermo, pero prefirió seguir a Jacobo al exilio con ese contingente de “gansos salvajes” liderados por Patrick Sarsfield, jefe de la resistencia irlandesa y perteneciente a una familia que siempre había luchado contra los ingleses desde 1641. No olvidemos este apellido Sarsfield, pues lo encontraremos más adelante ligado a la familia Terry que nos ocupa. Piers Butler ya tenía experiencia de armas anteriormente, había servido en el ejército francés de 1671 a 1678. En el exilió se reintegró de nuevo en esas tropas con las que participó en la Guerra de Sucesión española, servicio que le fue premiado por Felipe V con el cargo de teniente general de sus ejércitos. En suma, ostentó los más altos grados militares tanto en Francia (mariscal de campo y lugarteniente general) como en España. Al mando de un regimiento irlandés de infantería que llevaba su propio nombre, el regimiento Butler, combatió igualmente en Italia y Alemania. El Rey Sol, en premio a sus servicios, le concedió una magnífica pensión de 19.200 li bras. Murió en París en junio de 1740. Añadamos una nueva pieza en este rompecabezas de nombres: la primera esposa del duque de Berwick era Honora de Burgh, viuda a su vez de Patrick Sarsfield. En su exilio en Francia, Sarsfield fue nombrado mariscal de campo por Luis XIV y luchó en Flandes, donde fue herido en la batalla de Landen y murió poco después (1693) en Bélgica. Una placa en la iglesia donde fue sepultado recuerda que sus últimas palabras fueron “Ojalá esto hubiera sido por Irlanda”. Berwick casó con su viuda Honora en 1695, aunque ella falleció en 1698. Nueva coincidencia: una tal Catalina Sarsfield, familiar de este Patrick Sarsfield, era sobrina del vizconde de Sarsfield, hombre prominente con enormes propiedades en el condado de Limerick, de donde eran oriundos nuestros Terry. El padre de Catalina, David, murió en la batalla de Villaviciosa en 1710. Ella contrajo matrimonio con un aventurero alemán llamado Theodor von Neuhoff, (1694-1756) que llegó a ser nombrado rey de Córcega. Antes fue espía de los franceses en Londres, donde también trabajó para el embajador de Suecia, para incorporarse luego al séquito del cardenal Alberoni en Madrid. Pero una vida de lujo y derroche le llevó a la ruina y huyó de España lleno de deudas. Hombre de ingenio y recursos en cualquier caso, vagó por varios países hasta que en Génova consiguió involucrarse de forma un tanto torticera en las negociaciones para 70 sofocar la rebelión que por entonces ocurría en Córcega (1729) engañando a todos los bandos y logrando figurar como un héroe parea los corsos hasta el punto de ser coronado en 1736 rey de esa isla como Teodoro I. Pero no consiguió sostenerse en el trono y deambuló por Europa pidiendo ayuda para su causa, hasta que, acosado por los acreedores y en la más absoluta miseria, murió en una posada de Londres en 1756. Se convirtió en un personaje tragicómico, pero la figura no sería de nuestro interés si no fuera porque el ministro español Alberoni quedó prendado de su elocuencia y sus servicios a la causa jacobita y le dio el rango de coronel, además de dinero. Como dijimos, Neuhoff estuvo casado con Catalina Sarsfield, de una destacada familia jacobita. Pero ¿dónde s e conocieron? Precisamente en la corte de Madrid. La autora Julia Gasper nos lo desvela en su estudio sobre este curioso personaje 38 . Catalina era dama de la reina Isabel de Farnesio, y su padre David, jacobita exiliado en España, lleg ó a ser gobernador de Badajoz antes de morir en la batalla de Villaviciosa. Julia Gasper incluso sugiere que don José Patiño, ministro de Marina de Felipe V desde 1717, hizo amistad con Neuhoff y ambos discutieron los pormenores del plan jacobita para recuperar el trono de Londres con aquella expedición enviada a Escocia en 1719. Finalmente, y para justificar por qué recopilamos aquí esta colección de apellidos entrelazados y biografías de jacobitas…recordemos un pequeño detalle en el árbol genealógico de los Terry: la abuela paterna se llamaba Elena Sarsfield de Kilmallock. Es decir, los Sarsfield y los Terry estaban emparentados y procedían del mismo lugar, Limerick. Como vemos, todos estos jacobitas eran bastante endogámicos, se relacionaban y casaban entre ellos. Habían conformado un círculo muy cerrado. Un ejemplo muy evidente es el del mismo Guillermo Terry, que sólo se rodeó de sus más directos familiares para gestionar sus negocios. Más aún: todos estos apellidos y personajes que mencionamos recalaron en España y tuvieron una presencia destacada en la corte de Felipe V, así como en la francesa. Tenemos entonces a un nutrido número de destacados jacobitas irlandeses, personajes muy prominentes con estrechas conexiones al más alto nivel tanto en Francia cono en España, militares de renombre sirviendo a ambas Coronas: hijos de Jacobo II, líderes de la rebelión irlandesa…con los que sin duda se planeó desde Madrid la invasión 38 GASPER, Jul ia. Theodore von Neuhoff, King of Corsica: The Man Behind the Legend . Univer sity of Delaware Press, 2013 . 71 de las islas británicas en 1719. Y todos ellos, también, estrechamente relacionados con un lugar concreto de Irlanda, Limerick, patria de los Terry, donde ellos mismos eran una familia destacada. Tenemos también a William Terry afincado en Cádiz como hombre de negocios y por tanto con dinero y conexiones en el mundo financiero, relacionado (como veremos) con destacados comerciantes ingleses. Y a su hermano James instalado en la Corte jacobita en Saint Germain- en -Laye, una Corte que seguramente frecuentaron todos los mencionados anteriormente, así como la considerable población de exiliados en general. Establecer la relación de todos ellos con los Terry sigue adoleciendo de falta de pruebas documentales por nuestra parte… pero se irán concretando más adelante. Conviene señalar en nuestro descargo que todas estas relaciones centradas en la conspiración requerían del más absoluto secreto, tanto más cuando se trataba de planificar y buscar financiación para una empresa como la invasión de Inglaterra cuyo objetivo era desalojar del trono al rey Guillermo, como sucedió también más tarde al apoyar el levantamiento escocés de Carlos Eduardo Estuardo contra Jorge II. Sin embargo, nos parece interesante haber establecido los lazos familiares entre todos estos jacobitas y su relación con Felipe V y sus ministros. Posiblemente haya más conexiones con otros personajes de la época de este mismo círculo, pero basta mostrar estos ejemplos para plantear el papel de los Terry dentro de ese contexto. Añadamos dos nuevas piezas a nuestra hipótesis: John y William, los dos hijos varones de James Terry, se trasladaron de P arís a Cádiz en 1714 para trabajar con su tío Guillermo. Además, el joven William fue enviado por su tío a Londres para formarse en una casa comercial en 1717. Puede que el objetivo fuese simplemente que mejorase su inglés, seguramente muy perdido en París puesto que creció allí, pero es obvio que enviarle a Londres podía tener también otra finalidad. Para aprender inglés le hubiera bastado un maestro de ese idioma en Francia o en Cádiz. Además, que un exiliado irlandés jacobita, un traidor para los ingleses, tomase semejante decisión nos induce a pensar que, a pesar de todo, como buen hombre de negocios, Guillermo Terry era pragmático y pretendía educar a su sobrino en el mejor sitio posible. Una buena casa comercial en Londres era sin duda el mejor lugar para formarse en el mundo de los negocios y las finanzas, aunque podemos pensar que los negocios de Guillermo en Cádiz estarían más enfocados al comercio con los territorios españoles en América. Sin embargo, y como veremos, tenía también estrecha relación con comerciantes ingleses para quienes 72 gestionaba cargas y envíos. Pero ¿realmente no le suponía ningún conflicto personal dada la trágica historia familiar de los Terry bajo el yugo inglés? ¿No era complicado que un Terry (cuyo padre y tres tíos irlandeses figuraban en las listas de traidores jacobitas de Limerick) solicitase trabajo y formación en Londres? Sin duda su tío Guillermo tuvo que mover muchos hilos para conseguirlo, disimular su condición, ocultar su procedencia familiar. Por eso nos preguntamos si la educación del sobrino era el único motivo y merecía tal esfuerzo, por no decir riesgo. Deducimos entonces que en realidad quería tener a alguien de confianza en la capital de Inglaterra para conseguir información privilegiada que sólo se podía obtener en una casa comercial importante. Algo muy interesante para la causa jacobita y, por qué no, para los propios negocios de Guillermo Terry. Todo ello lo veremos desarrollado en los próximos capítulos. No sabemos hasta qué punto tuvo éxito en esta operación con el sobrino, pero sí sabemos que, años más tarde, Guillermo Terry logró colocar a otros familiares en un destino mucho más importante en el corazón de Londres. Todas estas relaciones y personajes nos sirven para enmarcar a James Terry y lo que sabemos de él y su familia a través de su archivo recopilado por Charles E. Lart, Consta que el rey Jacobo le contrató como encargado de su oficina de heráldica en 1690. Lart nos dice que su hermano Patrick fue capitán de las Guardias Valonas en el ejército de Felipe V bajo el mando del duque de Berwick, de manera que vamos confirmando todo lo expuesto más arriba, e incluso cabe la posibilidad de que ambos, Berwick y Patrick Terry, se conocieran en persona. Ciertamente tuvo que ser un honor para Patrick servir a las órdenes de un hijo del rey Jacobo. Lart afirma que James fue soldado antes que genealogista. Sirvió como lugarteniente en una compañía de Granaderos en 1688 en Irlanda, pero el 12 de junio de 1690 ya constaba como Athlone Herald . No sabemos qué formación tenía para este puesto, pero es evidente que para desempeñarlo se requería una buena educación previa y el manejo experto de muchas fuentes. Como su fallecimiento (Lart lo fecha en 1725, aunque no nos explica en qué se basa) no estaba registrado en Saint Germain, supone el autor que debió producirse en París, quizás en la parroquia de Saint Sulpice, pues allí se concentraba la población irlandesa. 73 A través de las cartas transcritas por Lart obtenemos la imagen de que James Terry tenía un carácter algo brusco, pero quizás era sólo el reflejo de una vida azarosa, y sobre todo era la consecuencia de un enfado permanente porque sus clientes no le pagaban su trabajo. Él mismo lo confiesa cuando dice de sí mismo “ he llegado a la conclusión de que soy un i rlandés agotado ” 39 En 1699 se ba tió en duelo con Mr Gwynn por esta causa, lance del que quedó malherido. En 1700 reclamó airadamente un pago a otro cliente, Mr Wynne. Por entonces James vivía en París, cerca del Pont Neuf, “ chez Monsieur Fradel ”. En 1714 de nuevo escribe una carta en los mismos términos airados por igual motivo a un tal Charles Magenis. En 1725 (supuesto año de su muerte) escribió a su hermano Guillermo diciendo que se arrepentía de su “ vida apasionada ”: “ Querido hermano William Tyrry: He conseguido el perdón de mi mujer por lo que he escrito apasionadamente, y rezo por no tener noticia de ello. Aquí mando mis bendiciones para mis hijos y mis rezos a Dios para preservarlos para ti y para mí ” Sus hermanos en España, que se relacionaban con otros irlandeses exiliados, conseguían encargos para que James les hiciera informes genealógicos. Así por ejemplo, Patrick le escribe el 15 de agosto de 1712 avisando que le envía una factura de 150 libras, y que su buen amigo, el capitán Patrick Moran, le mandará otras 150 para que le confeccione su escudo de armas 40 . En general, encontramos que en casi todas sus cartas James se muestra como un hombre que se queja por su mala situación económica, está triste y no es feliz en París. ¿Se queja de su precaria situación económica cuando su hermano Willian le mandaba una jugosa pensión cada mes? No nos parece coherente. Son especialmente interesantes las cartas que le dirige Patrick, sobre todo porque nos proporcionan noticias sobre su vida como soldado irlandés integrado en el ejército español. En julio de 1712 había estado muy enfermo y para curarse fue a tomar “ las aguas 39 Hemos opta do por trad ucir al es pañol las cartas. No tenemos el o riginal, s ólo la tr anscripción de Lart, pero el inglés de l os Terry parece que se había ido perdiendo con el tiempo, mezclándo se con el español y el francés, dependiendo del r emitente, de manera que resulta una redacción defectuosa y complicada. Dado que seleccionamos fragmentos de dichas cartas para nuestro t rabajo y t odos provien en de la mi sma fuente, la obra de Lart, obviaremo s poner nota a pie de página para cad a fragmento. Todas estas cartas aparecen en las primeras páginas del libro. 40 No podemos saber si son libras esterlinas o tornesa s. Si fuer an esterli nas era una cantidad c onsiderable, incluso excesiva en nuestra opinió n (por ejemplo, esa cantidad podía ser el pre cio de un esclavo) lo que nos vuelve a despertar s ospechas sobre el verdadero destino de ese dinero que se le enviaba regularmente. En cuanto a la libra tor nesa, ya comentamos que un escudo de pl ata equivalía a 6 de ellas. En 1701, la Banca fra ncesa ya emití a libras tor nesas en bill etes. 80 manera que suponemos que estaba instalado en la misma Corte de Jacobo III, no en la ciudad de París: “… He cumplido 55 años. Recibí tu carta del 24 de marzo y estamos todos contentos de que lleves a William, tu sobrino, a Londres. Te será muy útil, pero nunca consentiré que vaya al mar. Mr. Calandrini menciona a William Hodges o Mr. Pierre Porree, que mediante Dios lo harán un buen hombre y próspero en tu futuro, por el que nosotros rezamos y esperamos. Con amor para mi sobrina y bendiciones para el pobre Johny …” La carta nos confirma que James, efectivamente, nació en 1660, y que a Cádiz viajaron desde París sus dos hijos varones, John y William, pero el segundo fue enviado un año después por su tío a formarse en una casa comercial de Londres. Decisión que a su padre le parecía bien, siempre que se quedase en tierra y no se embarcase como delegado o factor para controlar cargas y venta de las mismas. El mar, desde luego, estaba lleno de peligros. Menciona dos nombres que deducimos son los de dos comerciantes u hombres de negocios cuyas oficinas en Londres podrí an ser el destino de su hijo. Ciertamente existió un William Hodges, baronet y acaudalado comerciante que hizo su fortuna en el comercio español, asociado en España c on Christopher Hague, Ellis Terrell y Henry Bertie. Por sus préstamos a la Corona inglesa, Hodges fue titulado baronet en 1697 y nombrado nada menos que director del Banco de Inglaterra en 1703. Sin duda era un personaje destacado en los círculos comerciales y financieros, y esto nos lleva a la pregunta de rigor: ¿cómo es posible que un irlandés jacobita tuviera relación y hasta confianza con alguien que desde lue go no podía ser jacobita, dada su altísima posición en Londres? Alguien tan prominente en las altas esferas y cercano a la Corte y al Parlamento, a todo el entorno político del momento. Si era jacobita, era un jacobita disimulado y en el más absoluto secreto. Esa relación de William Terry con él debía remontarse a los años que Hodges pasó en Cádiz, donde empezó a labrar su fortuna. Como decíamos al principio de este trabajo, sospechamos que William Terry, una vez afincado en Cádiz tras su huida de Irlanda, al conseguir la carta de naturaleza en España estuvo en disposición de funcionar a efectos mercantiles con lo que podemos llamar tres naturalezas, o más bien tres condiciones personales: en primer lugar, británico (quizás fingiendo lealtad a la casa real de los Hannover, escondiendo su devoción jacobita) en segundo lugar irlandés (católico, jacobita en secreto) y, por la especial protección de la Corona española a los irlandeses 81 católicos, le serviría para permanecer en España cuando los ingleses eran expulsados del país en circunstancias de guerra declarada entre España e Inglaterra. Finalmente, en tercer lugar, era español gracias a su carta de naturaleza que le permitía tener iguales derechos que los españoles, y al conseguir a continuación la naturaleza de Indias, comerciar también con las posesiones españolas en América. En consecuencia, Guillermo Terry se podía revestir de la nacionalidad que más le conviniera y operar allá donde otros no podían. Debió forjar una relación amistosa con el inglés Hodges, hasta el punto de enviarle a su sobrino para que le instruyera en sus oficinas londinenses, y eso sólo puede explicarse si William ocultaba en Cádiz su fidelidad al rey Jacobo Estuardo. De esa manera, podía funcionar para sus negocios con comerciantes británicos que como él estaban afincados en Cádiz (siempre que no estallase una guerra con España, pues entonces loa británicos eran expulsados y se trasladaban a Portugal o a Gibraltar). Ocultando su fidelidad jacobita podía obtener también información valiosa para la causa, que podía enviar a su hermano James a París, o bien ofrecerla a Felipe V y hacer méritos ante el monarca que pudieran tener una recompensa de su parte. Sin olvidar que también podía usarla en su propio beneficio. La información viajaba en los barcos y los puertos eran siempre hervidero de noticias y rumores. Una información de cualquier orden sobre los ingleses era siempre útil: buenas o malas cosechas, situación de los mercados y de las colonias inglesas, barcos mercantes, destinos y procedencias, fechas de salida y llegada, a qué puertos de Gran Bretaña, cargas, precios, planes comerciales de la Corona inglesa, rutas, rumores y noticias sobre ataques planificados a posesiones españolas, armadas y su composición, potencia de fuego, construcción de nuevos barcos de guerra en astilleros ingleses… y un largo etcétera que dejamos a la imaginación del lector. Es bien sabido que los puertos europeos estaban llenos de espías de todas las naciones. Pero de nuevo algo nos sorprende: Hodges fallec ió el 31 de julio de 1714. La carta de James mencionando el viaje de su hijo a Londres es de finales de mayo de 1715. No hay posible error en la fecha de la muerte de Hodges, porque su funeral fue descrito en la época como un evento de gran pompa y boato, con cuarenta y dos nobles acompañando el féretro 43 . Entonces ¿a qué se debe este desfase? ¿falta de noticias? ¿error en l a fecha de la carta transcrita por Lart? Posiblemente, a pesar de que Hodges hubiera fallecido, Terry 43 “Hodges, William”. Oxford Dictionary o f National Biography . Oxford University Press. 82 conservaba buena relación de negocios con la casa comercial de éste y envió a su sobrino de todas formas. Nos preguntamos entonces si William Terry y Ronan ejercía de delegado de dicha casa comercial inglesa en Cádiz, gestionando aquí sus intereses comerciales en España y en ultramar. Ser delegado de casas comerciales extranjeras era una de sus actividades. En cuanto al otro nombre mencionado, P ierre Porree, creemos que el apellido es Porée. Quizás fuera un francés afincado en Londres, pero no hemos podido certificar ni ubicar a este personaje. Si realmente era un hombre de negocios francés, sería otra opción interesante a considerar, caso de que Terry quisiera tener también información privilegiada de ese entorno. El 8 de septiembre de 1715, John (Juan) Terry escribe desde Cádiz a su padre James, dirigiendo la carta a la “ rue de Vaches” en Saint Germain, de manera que podemos ubicar aquí su casa por entonces: “ Honorable padre, querida madre y querido hermano. No he tenido la felicidad de recibir una carta vuestra desde el 26 de mayo /…/ Toda Inglaterra está en llamas y espero que no sean capaces de aplacarlo, pero el rey Jorge se está preparando para prevenir el regreso del rey James III …” En primer lugar, menciona a un hermano varón, y sabemos que William debería estar en Cádiz con él, o en Londres como se anunciaba en la carta anterior. ¿Regresó el joven William a París con sus padres? Lo interesante es que el joven John confiesa, al igual que su padre y sus tíos, su fidelidad jacobita, y es important e destacarlo porque será el quien en el futuro herede las posesiones y negocios de su tío William Terry en Cádiz, al casarse con la única hija y heredera de éste, su prima Francisca Patricia. En cualquier caso, su declaración de lealtad al Estuardo y la esperanza de que tuviera éxito una sublevación, nos interesa por cuanto certifica nuestra teoría sobre las actividades de los Terry. Dos años después, el 6 de septiembre de 1717, tenemos otra carta a su padre en la que critica la personalidad o actitud de su tío Stephen, que por entonces había pasado por Madrid camino de Cataluña con su regimiento. De él dice que “ es un soldado lleno de palabras miedosas y actuaciones pequeñas ” ¿A qué se refería? Recordemos que Stephen, 83 en Irlanda, era boticario, pero una vez en España llevaba al menos veinte años como oficial del ejército de Felipe V. Lart no transcribe la carta completa, de manera que no podemos saberlo, pero intuimos que John posiblemente se refería al compromiso jacobita de su tío, o al pesimismo de éste sobre el éxito de un nuevo levantamiento. Recordemos que se había producido tan sólo dos años antes el de 1715, que terminó en fracaso, y que seguramente se estaba gestando el de 1719, que a la postre tendría el mismo resultado. John se había criado en el entorno de la Corte de Saint Germain, y sin duda había sido testigo desde niño de las tribulaciones de todos esos exiliados, así como de sus aspiraciones y planes constantes para recuperar el trono y todo lo que dejaron atrás a raíz del éxodo. Puede que esta frase también se pueda atribuir al c arácter impulsivo y rebelde propio de un joven de veinte años, imbuido desde su niñez del entusiasmo jacobita. Pero ¿qué ocurría en esa Inglaterra que estaba toda en llamas en el verano de 1715? Mencionamos anteriormente que la muerte de la reina Ana (1 de agosto de 1714) devolvió las esperanzas a los jacobitas. El trono lo ocupó un primo lejano, el Elector de Hannover, desde luego protestante, que tomó el nombre de Jorge I. Éste otorgó más poder al part ido Whig y apartó a los Tories, a quienes acusó de irregularidades financieras. Uno de ellos, Lord Bolingbroke, miembro del gobierno Tory y gran defensor de la iglesia anglicana, huyó a Francia donde sorprendentemente se reconvirtió en secretario de Jacobo III, a quien quiso disuadir de sus utópicos planes para recuperar el trono. Pero el Joven Pretendiente hizo caso omiso y se embarcó en la aventura. Había apoyo dentro de la mism a Inglaterra, donde el conde de Mar zarpó de Londres en dirección a Escocia y en septiembre proclamó rey a Jacobo. Los clanes de las Highlands se alzaron y tomaron Inverness, Aberdeen y otras ciudades, aunque las fortalezas defendidas por tropas inglesas eran inexpugnables. Para octubre, el conde de Mar había ocupado casi toda Escocia y sumaba ya 20.000 hombres, pero por el bando inglés avanzaba el duque de Argyll. A pesar de ser entonces superior en fuerzas, Mar cometió errores tácticos y finalmente fue derrotado en Preston, lo que provocó la rendición de Inverness. Los partidarios de Jacobo III en Inglaterra fueron arrestados y Argyll sofocó la revuelta antes de que ésta llegase a más. Aún así, Jacobo desembarcó en Escocia, encontrando su ejército reducido a menos de 5.000 hombres, mientras que el de Jorge I había aumentado sus efectivos, incluyendo artillería pesada. El 30 de enero de 1716, Jacobo tuvo que reconocer su derrota y se embarcó de nuevo hacia Francia. Sus fiele s partidarios fueron detenidos y muchos ejecutados por traición. 84 El joven John Terry, como el resto de jacobitas exiliados, seguiría con sumo interés lo que ocurría en Inglaterra y Escocia, noticias que llegarían en navíos a Cádiz y se publicarían también en las gacetas. De lo que allí sucedía dependía que su familia retornase a Limerick para recuperar todos sus bienes y vivir por fin libres del dominio anglicano. Era una cuestión de orgullo histórico, pero también familiar. ¿Qué planes hacían los Terry cuando contemplaban la posibilidad de un triunfo de los jacobitas? Su familia había tenido una posición prominente en Limerick antes del exilio, pero sin duda después, gracias a los contactos que forjó James en Saint Germain- en -Laye y los de William en Cádiz como rico hombre de negocios, habrían forjado lazos interesantes que les podrían dar acceso a puestos aún más destacados en su tierra, o cuanto menos la reconstrucción de unos negocios que serían todavía más prósperos que antaño, con la presencia de William en Cádiz, instalado como mercader introducido en el comercio indiano gracias a su carta de naturaleza española. Pero la aventura de Jacobo fracasó. Volvió a intentarlo con la ayuda de los españoles en 1719 y más tarde en 1745 con financiación (al parecer escasament e concretada) de los franceses. Los tres levantamientos sucedieron en vida de William Terry, que residió siempre en Cádiz y cuyo fallecimiento coincide con la última rebelión de 1745. Es decir, toda la vida de los Terry, tanto en Irlanda como en el exilio, estuvo marcada constantemente por la resistencia contra los ingleses y el empeño en restaurar a un Estuardo. El 2 de agosto de 1717, William Terry escribió desde Cádiz a su hermano James tratando ciertos temas de dinero que tenía con “Lady Kilmallock y E. Crane”, y que parecían nuevos encargos cuyo pago debía enviar a James. ¿Quiénes eran estos personajes? Lady Kilmallock era Frances Sarsfield, esposa de Dominic, cuarto vizconde Sarsfield de Kilmallock, y hermana de Patrick Sarsfield. Jacobitas declarados por tanto y, para más abundamiento, los Sarsfield eran oriundos del lugar de Kilmallock, en Limerick, Irlanda…de donde procedían los Terry. Ya señalamos anteriormente que la abuela de los Terry era Elena Sarsfield de Kilmallock. Por su parte, Crane (según Lart) había sido secretario de la reina María de Módena (Módena, 1658-P arís, 1718) esposa de Jacobo II. Lady Kilmallock murió en Saint Germain- en -Laye en marzo de 1716, por lo 85 que para la fecha de la carta de William (más de un año después) ya no estaba viva. Esto nos lleva a la pregunta, nuevamente, de cómo era posible que William gestionase en Cádiz unos pagos para James, si los pagadores estaban en Francia y al menos uno ya había fallecido allí el año anterior. Otra pregunta es ¿una Sarsfield, hermana de un líder jacobita famoso, necesitaba que James le hiciera un informe genealógico en 1717, muchos años después de haberse exilia do? Nada es lógico y nos lleva a plantearnos de dónde procedía ese dinero que iba a enviar William a Saint Germain- en -Laye, bajo lo que nos parece una tapadera, y a quién o qué iba destinado en realidad. William le dice que ha escrito varias veces a ambos “ sobre tu dinero, sin haber obtenido respuesta de Lady Kilmallock ”, y de Crane tenía la promesa, pero no el pago efectivo. Pudiera ser que William pretendiese cobrar mediante cartas de pago en el puerto de Cádiz ese dinero que según parece le debían a su hermano James en la misma Corte de Saint Germain. Pero los correos entre Madrid y París tardaban una semana en llegar, de manera que desde Cádiz se podría añadir una semana más. No es comprensible entonces que no se supiera en todo un año la muerte de una persona importante y conocida como una Sarsfield, y mucho menos que no la supiera el propio interesado en el cobro, James, que vivía, como Lady Kilmallock, en Saint Germain- en -Laye. Todo apunta a que el nombre de Kilmallock, en realidad la excusa de un trabajo genealógico, se usaba para encubrir algo. De hecho, en la transcripción de Lart aparece como motivo del pago la expresión: “ re arms ”, que podría ser algo referente a un escudo de armas… pero también podría referirse simplemente a “armas”, es decir, armamento. Seguimos sumando indicios y sospechas en este entorno de secretismo absoluto de los jacobitas. Las cartas podían ser interceptadas por los espías ingleses y se imponía el disimulo en la correspondencia. Finalmente, por otras cartas sabemos que William, hijo de James, se trasladó efectivamente a Londres, donde trabajaba en la oficina de un tal Mr. Williams. Tenemos entonces a un Terry instalado en el mismo centro financiero y político del enemigo inglés. Una vez establecidos los antecedentes familiares, el contexto histórico, y las múltiples conexiones de esta familia de irlandeses con importantes personajes jacobitas, así como su propia condición de tales, podemos adentrarnos en otros fondos documentales sin perder de vista estas circunstanci as, que sin duda arrojan más luz sobre 86 ciertos aspectos. Sin esta información prolija y detallada, la interpretación no sería la misma, como veremos en la documentación donde se reflejan algunos negocios de Guillermo Terry. Insistimos de nuevo en el hecho de que todo lo relacionado con los jacobitas se llevaba en secreto. Entre ellos mismos para evitar ser descubiertos por la multitud de espías que los ingleses habían infiltrado en Francia y España, e igualmente por parte de las Cortes de París y Madrid, porque se trataba de apoyar revoluciones dentro de Gran Bretaña. Era como un gran tablero de ajedrez en el que se planeaban movimientos tácticos para debilitar a los ingleses, y en el que los jacobitas, al fin y al cabo, eran simples peones de Felipe de España y Luis de Francia. Por ejemplo, se provocaban o promovían “problemas” en alguna zona de Europa o América donde Inglaterra tuviera intereses, para que enviasen allí sus tropas y recursos militares, de manera que descuidasen el interior de su país y se facilitara así que un levantamiento encontrase menos resistencia. La conclusión, por tanto, es que esta correspondencia privada de James Terry nos ha proporcionado indicios claros de que la familia tenía contactos con los líderes más destacados entre los jacobitas. Todos los apellidos que se citan en las cartas así lo atestiguan. Es más, en los fragmentos copiados por Lart sólo aparecen estos apellidos que citamos, no hay otros, circunstancia que no puede dejarse a un lado. Buscando información sobre esos personajes descubrimos su relación con España y los servicios que prestaron a Felipe V. También constatamos que desde luego los Terry eran fieles a Jacobo II y después a Jacobo III. Tenemos constancia, asimismo, de cantidades considerables de dinero que William enviaba desde Cádiz a su hermano James, en for ma de pensión o como retribución por informes genealógicos. Pero en ambos casos eran sumas muy elevadas, demasiado elevadas, y sin embargo James se quejaba constantemente de vivir en la miseria. Una pensión de 30 escudos al mes, equivalentes a 180 libras, más 150 libras por cada informe genealógico, más su salario o manutención como rey de armas del rey Jacobo…. era una cantidad más que sobrada para vivir muy holgadamente. Por establecer una comparación, a través de estas mismas cartas sabemos que William también enviaba ayuda económica a Margaret, hija de James, casada con un tal McGillicuddy. La madre de ésta se quejaba amargamente en junio de 1725 de que ambos jóvenes habían residido en París dos años, “ forzando a su padre a vender todo lo que tenía para mantenerse ella y su marido, y tu caridad de 2 libras al año, para que pudieran retirarse a Cork [Irlanda] , 87 que debían haberlo hecho, pero se fue a Nantes en Bretaña y escribió una carta a su padre como si estuvieran en Cork ”. Es decir, William enviaba 2 libras al año como ayuda económica a una sobrina necesitada…frente a las 180 libras al mes que enviaba a su padre. Es obvio que la diferencia es excesiva, y si esas 180 libras mensuales hubieran estado realmente en poder de James… William no tendría que haber auxiliado a la hija de éste porque su padre contaba con dinero más que suficiente para hacerlo. Sin embargo, James tuvo que malvender lo que tenía para ayudarla. En consecuencia, consideramos que tenemos base para afirmar que ese dinero que recibía James tenía otro destino. Él sólo lo recibía a través de William, pero no era el beneficiario. Lo que significa que William estaba sosteniendo la causa jacobita enviando dinero a la Corte del rey Jacobo a través de su hermano, y por eso éste permaneció siempre en París. Su posición, sus relaciones y contactos, su asistencia al círculo cortesano de los Estuardo…le confería un valor muy apreciable para adquirir y transmitir noticias y dinero. Era una especie de correa de transmisión entre Par ís y Cádiz. Veremos más adelante otros movimientos de dinero que se suman para consolidar esta afirmación. De manera colateral, podemos añadir otro personaje también irlandés, Patricio Joyes, un rico hombre de negocios y destacado en las finanzas españolas, afincado en Madrid. En un estudio sobre su familia 44 se afirma que este banquero colaboró en la financiación de la rebelión jacobita de 1745. Ejerció como intermediario entre la Corona española y Jacobo III, cuyo hijo el príncipe Carlos Eduardo Estuardo dirigió la rebelión. Se le confió tal encargo por su discreción, su probada lealtad a la causa y la solvencia de su casa comercial, que tenía estrechos vínculos con la clase política y financiera española, así como por sus contactos internacionales. Todo ello le permitía hacer llegar el dinero a los sublevados sin levantar sospechas. Prestemos atención a la fecha: 1745. Año en que muere William Terry en Cádiz, y entonces aparece Joyes como irlandés que ayuda a financiar la causa jacobita. El caso de Joyes nos resulta de interés porque éste declaró en 1745 que Guillermo Terry y Ronan fue su “corresponsal” en Cádiz. De hecho, le vere mos mencionado en este trabajo más adelante, cuando tratemos las letras de cambio gestionadas por Guillermo 44 BOLUFER PERUGA, Mónica. La vida y la escrit ura en el siglo XVIII: I nés Joyes. Apología de las mujeres. Universidad d e Valencia, 2008, p.37 88 Terry. Además, Joyes también había sido presentado como testigo por el nieto de Guillermo Terry cuando éste solicitó un hábito de la orden de Santiago en 1745 45 , para dar fe de la hidalguía y nobleza de su familia. Esto indicaría que efectivamente habría una relación estrecha entre ambas familias. Desde luego podría tratarse de una mera relación comercial, pero lo cierto es que, entre todos los comerciantes irlandeses que vivían en Cádiz, Joyes eligió a Terry para confiarle sus negocios en esa ciudad. Terry falleció precisamente en 1745, año en que se inicia el último levantamiento jacobita, para el que Joyes sirvió como intermediario y canalizador de la financiación española, justo en esa fecha. Nos preguntamos entonces si entre ambos caballeros había también otro tipo de intereses políticos, si ambos colaboraban estrechamente en esa financiación. Cádiz era, sin duda, la ciudad española donde se reunían más jacobitas con dinero dispuestos a colaborar en el levantamiento. Si Joyes tenía contactos en Madrid, Terry también los tenía en Cádiz, París y Londres. Y aunque Terry hubiera muerto sin ver los resultados de ese nuevo intento de restauración, su sucesor, su sobrino-yerno Juan, era también un jacobita acérrimo que pudo estar igualmente involucrado desde años antes en esa recaudación económica para la causa. Nuestra última pregunta es si Patricio Joyes sustituyó a Guillermo Terry como intermediario entre Felipe V y Jacobo III, y como canalizador de toda la ayuda económica desde España al Estuardo. No tenemos pruebas fehacientes de que Guillermo Terry hubiera desempeñado la misma función, pero sí muchos indicios. 45 AHN, OM_CABALLEROS_SANTI AGO, Exp.8062. Pruebas pa ra la conce sión de la orden de Santia go a Guillermo Tirr y y Tirry (1745) 89 Mapa de Irlanda James Fitz-James, duque de Berwick (1670-1734) Oliver Cromwell (1599-1658) hacia 1656. Patrick Sarsfield (1655-1693) Líder de los jacobitas 96 Guillermo se muestra precavido e incluso piensa en el futuro de Nicolasa si acaso ella quisiera abandonar el domicilio familiar y vivir independiente. Entonces, además de la renta y las cantidades anteriormente mencionadas, ordena a su hija y yerno que le den 2 pesos de plata antigua cada día de por vida. Y añade que “… deseando como deseo beneficiar en todo lo posible a Nicolasa Brito, mando que además de los expresado, las joyas y alhajas que yo le hubiere dado en mi vida no se le descuenten ni bajen, porque se han de entender aquellas como donación entre vivos que ya ha pasado a su poder …” Pocos días después, el 23 de enero de 1727, Guillermo añade un codicilo 52 a este testamento, que exclusivamente concierne a Nicolasa y donde se limita a puntualizar y reafirmar que la pensión que su hija y yerno debían darle si ella decidía vivir fuera de la casa familiar, los 2 pesos de plata señalados cada día de por vida, debían entregárselos sin poner “ obstáculo ni embarazo en su paga ”, y que ésta era su voluntad “ por justos motivos que para ello tengo ”. Llegados a este punto, nos empieza a extrañar su preocupación e insistencia por asegurar unos ingresos holgados para Nicolasa, extrañeza que aumenta cuando encontramos que, en otro codicilo dado tres días después, el 26 de enero 53 , aunque se refiere a un empleado de su oficina, aprovecha para insistir de nuevo sobre asegurar el futuro de Nicol asa. Ordena que el codicilo anterior se guarde, cumpla y ejecute “ en la vía y forma que mejor haya lugar de derecho ”. No hay otra persona en sus disposiciones testamentarias por la que Guillermo demuestre tanta preocupación y estima, ni siquiera por su hija. Sus expresiones podemos catalogarlas como devoción, agradecimiento y obligación. Entre 1711 y 1727, la preocupación de Guillermo por asegurar la posición y futuro de Nicolasa es extraordina ria, y deja constancia de ello en un documento legal por el que obliga a su hija y yerno. Nicolasa no vuelve a ser mencionada en codicilos y testamentos posteriores de Guillermo. Su hija Francisca Patricia otorgó un poder para testar en favor de su marido Juan Terry el 20 de abril de 1742, donde no la menciona tampoco, ni en un codicilo posterior dado en 1754. No aparece tampoco en las disposiciones testamentarias de su marido Juan Bautista. ¿Qué ocurrió con Nicolasa Brito? ¿Por qué fue objeto de tanto interés por parte de Guillermo, pero no de su hija y yerno? Buscamos entonces los propios 52 AHPC, Proto colos, 1.0 00. Codicil o de Guiller mo Tyrry. Cá diz, 23 de enero de 1 727. 53 AHPC, Proto colos, 1.0 00. Codicil o de Guiller mo Tyrry, Cá diz, 26 de enero de 1 727. 97 testamentos de Nicolasa, donde encontramos una respuesta que resultó ser aún más extraña y sorprendente. Lo que en principio fue una simple curiosidad, nos desveló unos hechos realmente extraños. El primero lo otorgó Nicolasa el 31 de enero de 1727 54 . Justamente cuando Guillermo Terry registra la última disposición testamentaria en que la menciona a ella. Declaró entonces que quería ser amortajada con el hábito franciscano y sepultada en el convento “Casa Grande” de San Francisco de Cádiz, en la bóveda situada en el claustro frente a la reja de la sacristía. Como es el mismo lugar donde dispuso ser enterrado Guillermo Terry, deducimos que era una sepultura familiar, comprada por Guillermo en un lugar prominente de la ciudad. Dejó las mandas acostumbradas y donaciones caritativas: 400 pesos para los Niños Expósitos, 200 para e l Hospicio de Santa Elena para curación de enfermos, y otros 200 para el Hospital de Mujeres de Nuestra Señora del Carmen. A una sobrina que vivía en Londres, María Gardner, hija de su hermano Juan Gardner, legaba 500 pesos, y también dejaba dinero a dos criadas suyas: 200 pesos a Ángela Merlet y 100 a Jacoba de Carmona, que se había criado y asistía en la casa de Guillermo Terry. A continuación, declara que ella había firmado “un contrato” por el que hacía renuncia y donación en favor de Guillermo Terry de los bienes y acciones que se contenían en dicho contrato, por los motivos y causas que en él se expresaban “… cuyo contrato pasó y s e otorgó y firmó de ambos por duplicado, para cada uno el suyo, ante el presente escribano público el día 29 de este presente mes y año, sin quedar registro de él a pedimiento nuestro, y el uno de ellos para en mi poder y el otro en el del dicho don Guillermo Tyrry …” Insistía en que su voluntad era que se observase dicho contrato enteramente, y para mayor validación lo aprobaba y ratificaba en este testamento, y que si era necesario lo otorgaba de nuevo con las mismas condiciones y formalidades “ para su mayor observancia y cumplimiento ”. Parece que era un acuerdo de suma importancia, tan secreto que no se podía revelar sus pormenores, ni tampoco debía quedar registro del mismo. Pero cuyo contenido debía ser cumplido, suponemos que por quien ellos dispusieran privadamente, de manera fiel y exacta cuando llegare el caso. ¿Un contrato secreto sobre bienes y acciones, firmado ante un escribano, pero del cual ninguno de los firmantes quiso dejar registro? ¿Qué podía contener? Nicolasa no da 54 AHPC, Proto colos, 1.0 00. Testament o de Nicola sa Brito. Cádiz, 31 de enero de 1727. 98 la menor explicación, aunque parece que era un asunto vital para ella y para Guillermo, y lo relacionamos con la insistencia que éste demostró en esa época por garantizarle unos ingresos de por vida… pero esos ingresos los detalló él en su testamento, de manera que no podían ser los mismos que se contenían en ese otro documento y acuerdo secreto. Eran bienes y dinero diferentes, y como ella por e se contrato los había t ransferido a Guillermo Terry, es de suponer que figurarían en adelante entre los bienes de éste, pero también de manera secreta. Es decir, no estarían recogidos en sus sucesivos testamentos. No estaban registrados legalmente en ninguna parte. Nicolasa sólo añade que nombra como albaceas a Guillermo, a su hija y al marido de ésta, Juan Terry. Pero en cuanto a los herederos deja una curiosa voluntad: nombra a todas las hijas que a su muerte dejare Francisca Patricia, repartiendo los bienes a partes iguales entre ellas. Excluía a los hijos varones “ respecto de que a estos, por su sexo, les será más fácil adquirir caudal con que mantenerse ”, aunque si Francisca tenía sólo hijos varones, serían ellos los herederos, excepto el mayor, porque éste ya recibiría el mayorazgo fundado por su abuelo. Si Francisca no tenía hijos ni hijas, ordena que sus bienes se inviertan en la compra de una finca fructífera en la ciudad de Cádiz, administrada por Francisca. La respuesta a nuestra intriga se resuelve, aunque sólo en parte, o incluso se complica aún más, en el testamento que otorgó diecisiete años después, en 1744 55 . No es taba enferma ni en el lecho de muerte, porque no menciona esa circunstancia, y además todavía dio otro posterior en 1749. Sin embargo, dispone una extensa relación de voluntades, aunque la primera es, más que una voluntad, una confesión. Declaraba que hacía más de treinta años “ casó con Guillermo Tirri, del cual tampoco tiene hijos” [no los tuvo de su primer matrimonio con Juan de Mirasol] y que a ese segundo matrimonio no llevó caudal alguno. “… Y después, por varios motivos y causas, por instrumento que firmé con dicho señor en 29 de enero de 1727 ante don Juan Luis de Vergara, escribano del número, hice renuncia y donación en favor de dicho don Guillermo mi marido, de los bienes y acciones que en él se contienen, el que no se puso en regi stro …” Es decir, no llevó dote a su matrimonio secreto, pero años después, en 1744, declara que en 1727 tenía en su poder ciertos bienes y acciones que traspasó a Guillermo, como hemos visto más arriba. 55 AHPC, Proto colos, 884. Testamento de Nicolasa Brito. Cádi z, 20 de n oviembre de 1744. 99 De nuevo repetía lo declarado años atrás, sin explicar los motivos que llevaron a ambos a mantener en tanto sec reto ese documento. A cambio de esa renuncia, Guillermo “ se obligó por compensación y remuneración de dicha donación y renuncia a haber por firme y no revocar en manera alguna la cláusula octava de su testamento, que otorgó ante dicho escribano el 20 de diciembre de 1726, y un codicilo de 23 de enero de 1727, por los que por vía de legado, entre otras cosas, mandó se me diesen 4.000 pesos /…/ y no hizo expresión de nuestro consorcio por mantener el sigilo con que fue contraído, lo que manifiesto así para que conste… ”. Ella renunciaba a todos esos bienes que eran secretos, pero Guillermo se ocuparía de mantenerla con decencia hasta su muerte. En resumen: se casaron en secreto absoluto hacía más de treinta años, lo que nos remonta a una fecha en torno a 1714 o anterior. Suponemos que Nicolasa se trasladó a la casa de Guillermo Terry al menos a partir de 1708, porque en diciembre de ese año nació Francisca Patricia y su madre, la sobrina de Nicolasa, murió días más tarde. Lo que nos lleva a la deducción de que s e casó en secreto con Guillermo por entonces o poco después. Pero el contrato que firmaron ambos, también secreto puesto que no se registró en las oficinas del escribano, es muy posterior, de 29 de enero de 1727. Y sólo seis días antes de firmar dicho contrato con Guillermo, él añadió un codicilo a su testamento por el que le legaba 4.000 pesos a su muerte. La pregunta es… ¿a qué se debía tanto secreto y ocultación de dos hechos (un matrimonio y un acuerdo económico) para los que oficialmente no había impedimento alguno en que fueran públicos? Los dos eran viudos, libres para contraer nuevo matrimonio. No había relación de consanguinidad y, además, socialmente era incluso conveniente que ese enlace fuera de conocimiento general, puesto que ella vivía bajo el mismo techo que Guillermo. Por el contrario, y de manera que nos parece muy evidente, mantener oculto ese matrimonio provocaría sin duda entre la sociedad gaditana comentarios maliciosos sobre dos viudos que compartían la misma casa. Desde el punto de vista moral, igualmente, ella sería la primera interesada en preservar su virtud públicamente. Y para Guillermo, propiciar comentarios sobre un asunto de este tipo no era la mejor carta de presentación para un importante hombre de negocios que pretendía ser respetable y respetado. No encontramos entonces cuál pudiera ser el motivo para la ocultación, hasta el punto de que ni quisieran dejar constancia en un registro notarial. Si sólo fue un 100 matrimonio de conveniencia, ésta sería la principal razón para que fuera público. Esos documentos, el del matrimonio y el traspaso de ciertos bienes, quedaron en poder de ellos, y sólo de ellos, incluso sabiendo que se exponían a la crítica social. Comentarios que, además, afe ctarían a la hija de Guillermo, Francisca Patricia, y al marido de é sta. Toda la familia sería objeto de cotilleos en los salones gaditanos porque además todos vivían en la misma casa ¿Qué interés podrían tener en celebrar un matrimonio secreto, pero socialmente aparentar que no existía esa relación marital entre ellos? En caso de ser un matrimonio de conveniencia ¿por qué ocultarlo? Es una completa contradicción. Añadamos que años después, en 1729, Terry consiguió un título nobiliario, el de marqués de la Cañada. También el cargo de alférez mayor del Puerto de Santa María, razón de más para tener una apariencia pública intachable, él y toda su familia, dado que él asistiría a actos públicos en representación de la ciudad, tenía balcones en sitios señalados donde su familia contemplaría (y sería observada) en ocasiones de eventos de todo tipo. ¿Por qué asumir entonces la probable acusación de amancebamiento, cuando no era cierta? Nicolasa, por su parte, jamás se benefició de su condición de casada porque, por ejemplo, nunca pudo usar el título de marquesa consorte. A los ojos de todo el mundo era sólo la tía abuela de la futura marquesa, Francisca Patricia, la que se había ocupado de su crianza y de regentar la casa de los Terry. Una señora suponemos que piadosa y discreta, que por las circunstancias que planteamos no podía mostrarse junto a Guillermo Terry en actos sociales para no dar más pábulo a las difamaciones. En estos tiempos en los que la apariencia era algo esencial en la sociedad, Guillermo Terry, tan preocupado por ella como veremos en adelante, mantenía sin embargo una situación que se nos antoja, aparte de incoherente, inexplicable. Además, él no se volvió a casar, vivió el resto de su vida como un hombre oficialmente soltero. Obviamente no podía contraer nuevo matrimonio… pero eso nadie lo sabía, de modo que figuraba como un rico comerciante soltero, con título nobiliario, seguramente muy codiciado por otras familias que querrían emparentar con él ofreciéndole a sus hijas casaderas. Nos planteamos a continuación que, si ambos no podían comportarse públicamente como esposos, seguramente tampoco lo harían dentro de la casa pues las criadas y demás empleados habrían descubierto el secreto. De manera que parecía ser un matrimonio de conveniencia motivado por alguna razón que se nos escapa, tan importante como para mantenerlo oculto y exponerse a críticas durante el resto de sus vidas. ¿Fue una 101 conveniencia a efectos legales por algún motivo económico? ¿Tenía relación con ese traspaso de dinero entre ambos, con ese contrato también secreto? No es nuestra intención incidir más en un asunto de índole tan privada, aparentemente banal y sin explicación, pero la existencia de ese otro acu erdo secreto de 1727 que tampoco se registró, por el que ella renunciaba a “todos sus bienes y acciones” en favor de Guillermo, nos hace pensar que había una cuestión económica que por algún motivo de fuerza mayor motivó ambos acuerdos. Y tan graves e importantes como para que nadie supiera de ellos ¿Qué bienes tenía ella en su poder y fueron traspasados a Guillermo? Es más… ella a partir de entonces parece que queda totalmente a expensas de éste, no tiene otros recursos, por eso él se preocupa de que, tras su muerte, a Nicolasa se le entregase cierta cantidad de dinero y una pensión vitalicia (4.000 pesos escudos, y la pensión de 60 al mes) ordenando taxativamente a su hija que respetase esa voluntad por encima de cualquier otra. O bien era la manera de pagarle algún tipo de favor muy especial, que a Nicolasa le provocaba no sólo miedo, sino que también se negase a que alguien, incluso un escribano, pudiese tener conocimiento de ello. Sin embargo, por este testamento de 1744 sabemos que ella era propietaria de cierto caudal antes de la muerte de G uillermo (que ocurrió un año después) y además ya no quería que la sepultasen en la tumba de los Terry en el convento de San Francisco, sino en el del Carmen Descalzo de Cádiz, con el hábito de esa orden r eligiosa. El dinero que dejó a diversas instituciones y personas suma un total de 2.653 pesos escudos de plata antigua. Ese dinero, o bien provenía de una herencia de su primer marido Juan de Mirasol (algo que ella nunca menciona) o bien se lo entregó Guillermo Terry a lo largo de los años, en efectivo o en forma de rentas, para que tuviera sus propios recursos. Nicolasa tuvo un especial interés en favorecer a mujeres desamparadas, pues destinó buena parte de ese dinero a la construcción del convento del Carmen donde quería ser enterrada, y al Hospital de dicha orden que acogía a mujeres pobres y enfermas, al Hospicio de la Santa Caridad que también se ocupaba de ellas, y a las pobres viudas que vivían en la casa de ese nombre en Cádiz. También a los Niños Expósitos y a la obra de la catedral. Dejó igualmente generosas cantidades (200 pesos escudos a cada una) a las criadas de la casa: Ángela Merlet y Jacoba de Carmona, esta última una doncella a quien ella había criado desde niña. 102 También tenía joyas valiosas. A Rosalía Isabel, hija de Juan y Francisca Patricia, dejó zarcillos y anillo de diamantes, pulsera y gargantilla de perlas, más otras perlas sueltas. A Guillermo, igualmente hijo de los anteriores, una caja de oro grande grabada. Nombró como albaceas a Juan y a Francisca Patricia, y como herederos, al no tener ascendientes ni descendientes ella misma, nombró a todas las hij as que tuviese Francisca Patricia, a partes iguales. Excluía de nuevo a sus hijos varones porque consideraba qu e ellos tendrían medios para mantenerse. Notamos de nuevo que Guillermo Terry no había fallecido aún, moriría un año después, en 1745, por lo que Nicolasa muestra su sentido práctico anticipándose y dejando sus bienes directamente a la hija y futuras hijas que tuviera Franc isca Patricia , y ni siquiera nombra a Guillermo como albacea. Posiblemente ya estaría afectado por alguna enfermedad, o sufría los achaques propios de los 81 años que tenía por entonces. Puede que la edad avanzada de éste fuera el motivo por el cual Nicolasa decidió hacer nuevo testamento y dejar sus asuntos resueltos, sin depender de que Guillerm o se ocupase de ellos. Pero es curioso que este año, precisamente, confesara en ese testamento la existencia de un matrimonio secreto con Guillermo. Ya no parecía importarle que quedase constancia documental y registrada de la existencia de ese enlace celebrado secretamente décadas atrás. Esto nos lleva a pensar que Nicolasa se valió del testamento para realizar una especie de confesión, un descargo de conciencia, pero sin explicar los motivos. Si nos ponemos en su lugar, quizás estaba dejando constancia documental de que, a pesar de haber sido objeto durante muchos años de las comidillas y comentarios sobre su virtud y decencia moral, estos no tenían fundamento porque fue y era, a los ojos de Dios, la esposa de Guillermo Terry. Cinco años después, en mayo de 1749, se encuentra e nferma y redacta otro testamento 56 . Declara ser viuda de Guillermo Terry, y de nuevo vuelve a hacer mención de ese matrimonio secreto contraído “ hace más de treinta y cinco años ”, y del documento que tam bién firmó en secreto el 29 de enero de 1727, por el que renunció a ciertos bienes y acciones en su favor. Una vez más, insiste en que “ no hice expresión de nuestro consorcio por mantener el sigilo con que fue contraído, lo que manifiesto así para que conste ”. Nos preguntamos por qué era tan importante confesar dicho acuerdo, si a fin de cuentas eran unos bienes a los que ella renunció veintidós años antes, y además Guillermo 56 AHPC, Proto colos, 885. Testamento de Nicolasa Brito. Cádi z, 5 de may o de 1749. 103 ya había fallecido cuando ella hace esta declaración en su lecho de muerte. La herencia de Guillermo ya estaría resuelta y concluida en 1749. ¿Por qué seguir mencionando ese acuerdo de 1727 si no tenía ninguna trascendencia en lo que ella dejaba como herencia? Tal parece que ella pretendía salvaguardarse de algo, por una razón que no alcanzamos a saber porque ella no podía o no quería revelarla. O quizás confesar algo que pesaba en su conciencia. Guillermo no lo hizo nunca en sus testamentos, ambos guardaron el secreto hasta el fin de sus días. ¿De dónde procedía ese dinero o a qué estuvo destinado? Si nos remontamos a todo lo que expusimos anteriormente sobre nuestras sospechas de que quizás Guillermo Terry se encargó de enviar dinero a París, a la Corte de Jacobo Estuardo, nos preguntamos si este documento tan secreto pudiera tener relación con una act ividad política y financiera en ese contexto. Dinero propio, o tambié n de otros jacobitas que lo entregaban a Guillermo y él canalizaba a través de su hermano James para sostener las necesidades de la causa, cuyo único objetivo era promover rebeliones en las islas británicas y recuperar el trono inglés. También avanzamos nuestra sospecha de que Guillermo Terry nunca reveló en Cádiz su condición de jacobita, puesto que tuvo estrecha relación con un inglés que luego ostentó en Londres el cargo de director del Banco de Inglaterra, lo que situaba sin duda a este personaje en el entorno de la Corte inglesa, donde la menor sospecha de traición sería severamente castigada. ¿Fue Nicolasa Brito una persona de total confianza para Guillermo, y durante un tiempo puso a nombre de ella ciertas cantidades de dinero que luego tuvieron un destino que nadie podía saber, ni siquiera un notario? Quizás quienes entregaban ese dinero a Terry para que él lo enviase a París, le exigían algún tipo de documento, digamos un recibo, aunque fuera secreto y privado, que certificase esa entrega. Por ejemplo, para poder probar después ante el rey Jacobo que ellos habían contribuido a su causa. Dado que la rebelión se planeaba con absoluto sigilo, quien entregase una elevada suma para financiarla no podía correr el riesgo de hacerlo sin tener un papel que lo probase, confiando solamente en la honestidad de quien recibía la donación, en este caso Guillermo Terry. Y si la rebelión tenía éxito y ellos pensaban reclamar mercedes al rey, era lógico que necesitasen un documento para probarle cómo habían financiado su vuelta al trono o las necesidades de su Corte en el exilio. Las cantidades serían tan elevadas que Terry, precavido y cauteloso, no querría registrarlas a su nombre en ningún documento público, ni siquiera en un papel con su nombre, para que no corrieran el riesgo de ser embargadas 104 en caso de un mal giro en sus negocios 57 . Y Nicolasa Brito fue la que firmó esos documentos… para más tarde traspasar ese dinero a Guillermo, también en secreto, cuando él decidió enviarlo a Francia. Posiblemente esta participación en una conspiración para destronar al rey inglés, fue lo que provocó el temor, cargo de conciencia o como se quiera calificar, en Nicolasa, y la confesión aunque velada en su testamento. Pongamos un contexto histórico: la última rebelión jacobita se produjo en 1745 e n Escocia, y acabó trágicamente con la batalla de Culloden el 16 de abril de 1746. Los dos levantamientos anteriores sucedieron en 1715 y 1719. Los testamentos en los que Nicolasa hace mención de ese contrato secreto son de noviembre de 1744 (justo antes del último levantamiento) y mayo de 1749 (tres años después del mismo). No vemos aquí una relación directa con la financiación de una operación militar por parte de los Estuardo, de manera que sólo podemos suponer que fueran cantidades de dinero que Terry recolectaba en Cádiz y enviaba periódicamente para sostener a los exiliados. Sin embargo, en 1715 Jacobo III Estuardo perdió el favor del monarca francés. No sólo por el fracaso de ese levantamiento, sino también porque el mismo Luis XIV falleció el 1 de septiembre de ese año. Es decir, los jacobitas exiliados en Francia se encontraron sin apoyo en el país de acogida. Jacobo III se trasladó entonces a Roma, donde el Papa Benedicto XIII le ofreció asilo. Se instaló en el palacio Muti con una reducida Corte. Sin embargo, sabemos que James, el hermano de Guillermo, siguió viviendo en París al menos hasta 1725, y recibía de éste una jugosa pensión todos los meses. No se trasladó, por tanto, con el rey al que servía como experto en genealogía y heráldica. Esto nos plantea entonces la pregunta de por qué Guillermo mantuvo a su hermano instalado en París (siempre quejoso de su pobreza) si en cambio recibió a los dos hijos varones de James en Cádiz para facilitarles un futuro económicamente espléndido como partícipes en su negocio. Guillermo debía de tener un enorme interés por mantener a James en territorio francés. Puede que simplemente le necesitase allí para obtener noticias de los exiliados, pues a fin de cuenta s las relaciones entre Francia e Inglaterra se mantenían, así como los contactos comerciales, y por los puertos franceses donde había muchos jacobitas instalados llegaban continuamente noticias de las islas británicas. 57 Más ade lante v eremos un a entre ga de gr an canti dad de joyas a Guiller mo Terry, que ap oya esta suposición. 105 Si no era nada de esto, no entendemos por qué ese trasvase de bienes y dinero entre Guillermo Terry y Nicolasa Brito era un asunto que se llevó tan en secreto y a ella le suponía un cargo de conciencia. Obviamente era una operación delicada que a ella le produciría no poco desasosiego, hasta el punto de revelarlo casi veinte años después en un testamento sólo por liberarse de una especie de culpa. O era un delito de índole comercial, o era de tipo político. Y además nunca fue revelado. En cualquier caso, conviene tener presente que en los testamentos de la época no sólo se recogían repartos de herencias y reconocimientos de deudas, sino que se confesaban hechos o deseos que en vida no se pudieron hacer públicos por ser moralmente reprobables o por cualquier otro motivo. La cuestión es que Nicolasa, ni siquiera en sus últimas horas de vida s e atrevió a revelar en qué consistía exactamente su secreto. Por tanto, nos lleva a deducir que, de hacerlo, afectaría no sólo a ella sino a Francisca Patricia y Juan Terry. Los motivos debían seguir ocultos, no podían constar por escrito. Y no olvidemos que Juan, en las cartas a su padre James, se había mostrado declaradamente jacobita, algo que también ocultaría en Cádiz por las mismas razones que su tío y suegro. Juan iba a ser el heredero de hecho de los bienes y negocios de Guillermo Terry, por lo que debía mantener la misma imagen pública que mantuvo su tío, en la que no podía existir la menor sospecha de ser jacobita o de colaborar con esa causa. Una imagen de la que dependía no sólo su seguridad personal frente a los ingleses, sino también la esencia misma de los negocios de la familia, muy centrados en las relaciones con los ingleses. Por lo demás, en s u último testamento Nicolasa renovó las mismas mandas que en el anterior, aunque aumentó la cantidad de algunas. Aparecen ahora nuevos miembros incorporados a la familia: María Francisca Lacy, casada con Guillermo, hijo de Juan y Francisca Patricia, a quien deja un anillo de esmeraldas con seis diamantes, y la hija de estos, Josefa, para quien lega unos zarcillos y cruz de diamantes y unas pequeñas joyas de plata. A Rosalía Isabel, hija de Juan y Francisca Patricia, unos zarcillos de oro con granates y perlas, una cruz de oro con nueve perlas y unas filigranas de plata. A Juan Terry le dejaba un reloj de oro con cadena. En conjunto unas joyas más valiosas que las contenidas en su testamento anterior. Se deduce que los negocios familiares prosperaron estos años y Nicolasa aumentó su joyero. Curiosamente no le deja ningún objeto personal 112 europeas. Entonces, en vez de esos diez años se aumentó el tiempo de residencia a veinte, con la particularidad de que, de esos veinte, el extranjero debería haber estado casado al menos diez con mujer natural de España o de las Indias. Se añadió también el requisito de tener bienes raíces, según real cédula de Felipe III dada el 1 de octubre de 1608. Diez años después se volvieron a aumentar las exigencias, ordenando que el extranjero que quisiera comerciar con las Indias debía certificar con escrituras que sus bienes raíces en España tenían un valor de 4.000 ducados. Como los fraudes no cesaban, se prohibió que los extranjeros naturalizados empleasen en sus negocios caudales que no fueran suyos propios. Se les obligaba también a que, un mes después de haber obtenido la carta, hicieran inventario jura do de sus propiedades ante la justicia, para que constase al detalle la hacienda que tenían cuando empezaron a contratar con las Indias. Si no lo hacían, su licencia sería revocada y volverían a ser considerados extranjeros. Se planteó entonces el problema añadido de cómo habría que considerar a los hijos de estos extranjeros, y a partir de ahí encontramos los pormenores en cuanto a la distinción entre dos naturalezas: la de España y la de Indias. Se estimaba, por ejemplo, que el hijo nacido en Cádiz cuyo padre era francés nacido en Francia, era igual de francés que su padre y su abuelo. Por tanto, debía solicitar también una carta de naturaleza de España. La cuestión era que los hijos de extranjeros naturalizados pretendían viajar a las Indias “ jactándose de ser naturales españoles sin diferencia de los demás descendientes de padres abuelos, etc nacidos en Castilla ”. Para evitar esto se exigió que, una vez que un hijo quedara fuera de la patria potestad, debería cumplir también unos requisitos si quería obtener tantos derechos como un español descendiente de españoles. Es decir, diez años de residencia en España para la naturaleza de Castilla, y veinte para permitírsele el comercio con las Indias, siendo diez de ellos como hombre casado con española, así como entregar el inventario jurado de sus bienes con su valoración. Se intentaba solventar de esta manera el fraude de que muchos extranjeros que no cumplían los requisitos exigidos, se servían de sus hijos nacidos en España para embarcarles a las Indias y gestionar las cargas con las que comerciaban sin tener el permiso para ello. Consideraban las autoridades que los españoles estaban en inferioridad de condiciones, puesto que a estos extranjeros “ sus conexiones y correspondencias en las plazas principales del Comercio de Europa les facilitan dentro de ella, y aún de sus casas 113 mismas sin riesgos ni trabajos considerables, adelantamientos y medios que no pueden proporcionar para el suyo los españoles originarios, porque les faltan las conexiones y correspondencias referidas. Y también porque la experiencia ha demostrado que, si los hijos de extranjeros son queridos de los comerciantes nacionales, aún de distintos reinos del de su origen, los españoles viven aborrecidos y nada fomentados por los extranjeros que comercian en distintas plazas de Europa. Sin que esto sea lo más sensible, porque sobrepuja la mortificación de tocarse el que aún de los mismos españoles y comerciantes de las Indias, retirados ya de la navegación por sus particulares intereses, son preferidos en las consignaciones los hijos de extranjeros ” Podemos empezar a vislumbrar con esta exposición de motivos por qué Guillermo Terry tuvo tanto éxito en sus negocios. Tenía conexiones en Europa y, seguramente también, cuando consiguió su carta de naturaleza en 1719 se dedicó a servir como testaferro para otros extranjeros que no estaban naturalizados y no podían cargar en las flotas que iban a América. Contratos como testaferro que, por ejemplo, podía hacer también con los ingleses cuando estos eran expulsados de España en tiempos de guerra con su nación y se trasladaban a Gibraltar o Portugal, algo que ocurrió varias veces a lo largo de la primera mitad del siglo XVIII. Terry podía transportar en sus barcos o en barcos de otros, la carga que quisieran enviarle los comerciantes ingleses. Incluso podía él mismo ir a buscarla a puertos ingleses. Podía venderla en América, comprar allí productos de Indias con el beneficio obtenido, transportarlos a España y entregarlos aquí a los ingleses o él mismo llevarlos a Inglaterra 63 . Una nueva razón para que Terry ocultase su condición de jacobita: mantener excelentes relaciones con los hombres de negocios ingleses, o de cualquier otra procedencia, para quienes gestionaba todo aquello que estos no pudieran hacer por las muy variadas razones legales o circunstanciales. Una actividad comercial, la de los extranjeros, que había llegado a niveles más que preocupantes para los españoles, como queda patente por la denuncia recogida en este documento del Consulado: “… todo lo más (y aun pudiera decirse todo) que se trafica en la carrera de Indias pertenece a extranjeros, todo se consigna a los hijos de estos, de suerte que poco o nada queda para los españoles originarios, ni en la pertenencia ni en 63 Este trasi ego comercial a t ravés de Cádiz que daría muy afectado con el estableci miento del Asient o de Negros y la exclus ividad y ve ntajas conce didas por Felipe V a l a South Sea Company , com o veremos en el siguiente capítulo. 114 la consignación …”. Aunque desde luego nos parece que los cargadores españoles, puesto que sus nombres existen en los registros de los navíos, debieron prestarse también para aceptar cargas de extranjeros poniéndolas bajo sus nombres. Y volviendo a Guillermo Terry, pensamos que para él hubiera sido más práctico casar a su hija con un comerciante español. Su sobrino Juan, hijo de irlandés pero nacido en Francia, era un extranjero en Cádiz. Y sin embargo prefirió un yerno que le ofreciera confianza absoluta, que fuera de la familia. ¿Sus negocios hacían que esa confianza se erigiera en la condición predominante sobre cualquier otra conveniencia? La llegada de mercancías procedentes de otros países europeos era excesiva a juicio del autor de este informe. Se enviaba un gran volumen de manufacturas que se pretendía vender al contado en España, pero eso no se conseguía más que para un 20 % de dichas cargas “ porque el consumo de España es poco para lo que se recibe ”. Entonces el extranjero intentaba venderlo al fiado, frecuentemente a pagar en Indias. Y todo lo que no conseguía vender aquí, lo enviaba como podía a Ultramar. Se quejaba el autor de que al final quedaba poco espacio en las bodegas para las cargas de españoles originarios, porque además estos no tenían tantos caudales como los extranjeros, por lo que se daba la triste circunstancia de que las riquezas americanas conquistadas con gran trabajo por los españoles, eran extraídas y aprovechadas por los extranjeros “ cuyos abuelos nada tuvieron de riesgo y trabajo en la conquista de las Indias, y quizás poco o nada de religión católica al tiempo de su descubrimiento y después. Llega a tanto la desgracia que lo más de estas consignaciones se hacía también por españoles a hijos de extranjeros /…/ y sólo de esta manera pudiera haberse llorado la desgracia de que en poco número de hijos de extranjeros se viesen estancadas las consignaciones, y los españoles, por falta de ellas, no se pudiesen embarcar o navegasen con poco o ningún provecho los que se embarcaban …” Para convencer al monarca de que esto afectaba no sólo a los comerciantes, sino también al Real Erario, se señala que todo se agravaba por “ el extravío de caudales por reinos extraños, y en los navíos que con distinto destino, en fuerza de paces, envían a la América /…/ quedando sólo en el confuso y vago pero cierto conocimiento, que presta la diferencia que se nota entre el valor de los géneros que se llevan de España en las armadas de Tierra Firme y Nueva España y en varios otros registros sueltos, y los 115 caudales que se traen de Indias, con innumerable distancia entre el producente y el producto… ” El impreso que citamos aquí no tiene fecha, pero por los años mencionados en su título tuvo que ser redactado en 1728 o poco después, de manera que nos refleja una situación bastante negativa para los españoles, pero extremadamente positiva para un comerciante extranjero como Guillermo Terry, quien con toda probabilidad se desenvolvió en sus negocios tal y como se expone en el documento, porque nos consta que para estos años ya tenía una fortuna considerable y en aumento. 64 Es de suponer que estas quejas no afectarían a Guillermo Terry, puesto que él, a partir de 1719, ya tenía la licencia o carta de naturaleza para comerciar con las Indias. Pero antes de esa fecha tuvo que recurrir a estos trucos que aquí se denuncian para introducir cargas en los navíos. Para afirmar esto nos valemos de un dato interesante que encontramos en un listado de pasajeros, embarcados en la flota de don Fernando Chacón que en 1721 fue a Nueva España. Entre los cargadores y factores de las mercaderías que llevaban consignadas por su cuenta y riesgo, aparece un tal Pedro Teri , que debe ser Pedro Terry, el sobrino de Guillermo, hijo de su hermano Patricio. Nacido en Hontanares, tenía entonces 21 años. Era claramente un jenízaro, un hijo de extranjero nacido en España, y posiblemente trabajaba para su tío a provechando esa circunstancia, esa especie de vacío legal que les permitía tener derechos como los españoles, al ser nacidos en España, y los aprovechaban para poner a su nombre cargas de otros. Si no lo hacía para Guillermo Terry, lo haría para cualquier extranjero que no disponía de licencia. Otros de la lista en esa flota eran Jácome Sanguineto, Félix Lince (Linch era el apellido original inglés) y Bernardo Coghen de Montefrío. Por estas fechas también, el Consulado de Sevilla se dirigió al rey en términos más expeditivos. Pedían que se revocasen totalmente las licencias concedidas a extranjeros para comerciar en las Indias 65 , y para argumentar sus razones daban una relación de motivos de bastante peso. En primer lugar, que una carta de naturaleza le costaba al 64 Véa se más adelante la relación de propiedades que fue ad quiriendo a lo largo de las primeras décadas del siglo XVIII, donde cons tan las fechas de compra. 65 AGI, Consu lados, 892. Representa ción del Con sulado de Se villa al r ey. Es una copia del original, pero no consta fecha de una ni de otro. Lo ubicamos hacia 1721 por el cont exto documental. 116 extranjero sólo 300 o 400 ducados, y sumando todas las que se expedían, era poca contribución para pagar los increíbles gastos de las guerras. Estimaban los comerciantes sevillanos que esos 400 ducados se transformaban en 400.000 de ganancia para el extranjero “ que usurpa en diferentes viajes de derechos debidos a la real Hacienda y situados en los que deben pagarse del oro, plata, perla y mercaderías preciosas que el extranjero descamina para fuera del reino /…/ Síguese de aquí la admiración y lástima del pueblo, igualmente admiración por la inestimable desigualdad que hay de 600 ducados de utilidad a 600.000 de daño. Lástima por la forma con que el extranjero induce por creíble ser comodidad de los despachos generales la naturaleza que se le concede, y que añadirse al gremio de los cargadores naturales es alivio del Comercio y surtimiento de los cargadores de las flotas …” Las quejas de los comerciantes españoles, o al menos de los miembros del Consulado de Sevilla, derivan en algo que se nos antoja un reconocimiento implícito de su incapacidad para competir con los extranjeros. Y en este momento de la queja no se están refiriendo a prácticas corruptas con cargas fuera de registro, es decir, contrabando. Mencionan el simple hecho de que, al parecer, los extranjeros tenían más caudales y más margen de maniobra a la hora de fijar precios 66 y que incluso eran más inteligentes. Suponemos que el autor del informe se refería a “inteligencia en el Comercio” y no tanto a una cuestión intelectual. Para ello ponen un ejemplo práctico de cuál era el procedimiento que seguían: “ Después de haber el extranjero acomodado sus mercaderías al natural, y sea el ejemplo una vara de ruan a 5 reales de plata, y negociado aquí con ventaja, se embarca y encarga parte de su hacienda a sus confidentes, llegan a Portobelo, ábrense las ferias, foméntase el despacho, beneficia el natural sus comodidades y procura que la vara de lienzo, que en Sevilla le costó 5 reales, en Portobelo se la compren por 6 o por 7. Atraviésase el extranjero o su confidente y véndela por 1 o por 2 reales menos. Queda el uno obligado a dos cosas: o a vender en Portobelo perdiéndose, y de vuelta de viaje quebrar en Sevilla y llevar t ras de sí gran parte de cargadores naturales que, o le fiaron o le confiaron sus haciendas, o si no vende en Portobelo se pasa al Perú y allá despacha 66 En otro capí tulo más adelant e analizaremos el enorme contrabando r ealizado por naví os ingleses en las Indias españolas, encubriéndolo ba jo el comercio de esclavos que les concedió Felipe V por el Tra tado del Asiento de Negros. Sumado est o a lo que exponemos sobre el enorme porcentaje que representaban las cargas de extran jeros en los navío s españoles que salían de Cádiz, e l panorama era rea lmente desolador para los carg adores españoles. 117 según le duele su buena fama y el qué dirán de su correspondencia; o se deja llevar del desahogo que le ocasiona la inmensa distancia que hay en medio. Al contrario en el extranjero, que aunque vende a un real menos, vende en efecto, y por muchos modos se alza con el tesoro de las Indias. Primero, con la facilidad de despachar su hacienda vendida por menos; segundo, con que, aunque la venda así, gana con increíble logro, porque al natural se la vendió como quiso, no como era justo; además de que, como es cosecha de su nación, puesta en Sevilla le sale a precio tan moderado que vendida en Portobelo un real menos que el natural, queda con lucimiento. Y, en fin, perdidos los naturales con tan desgraciado procedimiento, queda el extranjero dueño del Com ercio y Vuestra Majestad agravado en la conformidad referida …” El agravio comparativo aumentaba cuando el rey, además, concedía licencias a los extranjeros para que pudieran navegar en barcos propios “ y tal vez con la mitad de gente de mar y guerra de su nación, donde además del abuso de la naturaleza y burlando de la sencillez de los castellanos, estudia muy sin contradicción en demarcar los puertos, rumbos y parajes, y tal vez se derrota maliciosamente y se va con las haciendas del miserable comercio de naturales a sus tierras… ” Estos extranjeros que un día tenían licencia para ir a Indias y circular por sus costas, al siguiente podían ser considerados enemigos peligrosos si estallaba la guerra con su país, pero ya tenían en su poder una información estratégica muy delicada. Sentenciaba el Consulado de Sevilla que, en resumen, “ el Comercio, sólo en el nombre es de naturales en la sustancia, y en el hecho de los naturalizados ” E incluso llegaba a reconocer que la culpa era de los propios españoles, pues “ los entendimientos de los castellanos, como quiera que, o por clima o por constelación son gente de poca aplicación y artificio para buscar la vida, y de gobierno incierto par a prevenirse de los males y necesidades inminentes, teniendo lado a lado al extranjero naturalizado y con mejor gobierno político, se entorpecen e inhabilitan haciéndose de señores e ignominiosamente esclavos de la extorsión y dominio ajeno… ” 118 El resultado final era que todas las naciones de Europa tenían a sus agentes en España, y por medio de ellos esquilmaban las riquezas de las Indias y obtenían información que nos dejaba estratégicamente en sus manos, “ cosa de admirar que las naciones rebeldes y confederadas que no imaginaron ni pudieron hallar medio posible para aumentar tan fuera de su entendimiento, lo hallasen por camino de tan poca costa y trabajo y de tan poco riesgo ”. Unas inmensas ganancias que, a la postre, servían para que esas mismas naciones actuaran contra España. En cambio, los comerciantes españoles no gozaban en esas naciones de los mismos privilegios que aquí se daban a los extranjeros. Como resultado, el monopolio español del comercio con América no era tal. Estaba en manos de extranjeros, y aún peor, de extranjeros asentados en España y con libertad de circulación. En consecuencia, el Consulado de Sevilla proponía que el rey devolviera a los extranjeros los donativos que le habían hecho para obtener sus cartas de naturaleza, suma cuyo importe ascendería a 30.000 o 40.000 ducados, “ corto empeño de la real Hacienda para tantos y tan costosos daños ”, y que de esa manera ninguno pudiera enviar mercancías ni haciendas a las Indias. Suprimir por completo la participación de extranjeros en nuestro comercio. Hay que añadir que, en cuanto a la concesión de naturalizaciones, las leyes no se cumplían con rigor y si el solicitante no reunía las condiciones requeridas se le dispensaba de ello a cambio de un generoso donativo al rey. El Consulado volvió a insistir en la prohibición que existía de que los extranjeros se establecieran en territorios españoles sin autorización expresa (reales cédulas de 25 de diciembre de 1720 y de 25 de abril de 1736). Por real cédula de 23 de septiembre de 1729, se ordenó la creación de un cuerpo de Comercio en el que se integrarían todos los cargadores de la carrera de Indias, y que serían matriculados por el Consulado. Éste elaboró el reglamento con las condiciones para ser admitido en esa matrícula, que básicamente consistían en que absolutamente todos debían ser españoles, vecinos de Sevilla, Cádiz, El Puerto de Santa María, Sanlúcar y sus contornos. Además, el Consulado tenía la potestad de admitir o rechazar a quien estimase oportuno. Como después de esta fecha ya no admitirían a nadie más, los descendientes de extranjeros protestaron y el rey resolvió en 1743 y 1747 el asunto, autoriza ndo a los hijos y nietos de extranjeros, nacidos en España, para que se les admitiese en dicha matrícula 119 de comerciantes. Suponemos que estos extranjeros nacionalizados, y sus hijos cuando operaban a su vez como comerciantes, contribuían de manera más o menos voluntaria en los frecuentes préstamos que el rey solicitaba al gremio. No era práctico para la Corona eliminar esas jugosas contribuciones. Volviendo al caso particular de Guillermo Terry, su carta de naturaleza le fue concedida en 1719. Cumplía entonces con los requisitos exigidos: llevaba más de 20 años en España, más de 10 casado con mujer española (aunque ella falleció un año y dos mese s después del casamiento) y tendría suficientes propiedades que demostraban su vocación de permanencia en territorio español. Sin embargo, como irlandés católico ya se había beneficiado años atrás de un especial favor del rey hacia esa comunidad de extranjeros. En 1701, una real cédula concedía a los ingleses e irlandeses católicos que llevasen diez años residiendo en España, o casados con mujer española, “ poder comerciar y vender libremente y tener bienes raíces y de cualquier género, sin que se les pueda perturbar por accidente alguno en sus personas y haciendas. Con declaración de que en ningún tiempo puedan gozar de otros privilegios que los de los naturales vasallos, reconociéndose qué bienes tienen, y que sean adquiridas las raíces por vía de compra le gítima y no traspaso ni otra cosa que dé lugar al dolo de que pongan en su cabeza sus haciendas los que no deben gozar de este privilegio …” 67 Esta cédula permitió a Terry ejercer el comercio y desempeñarse como hombre de negocios con total libertad en igualdad de condiciones con los españoles, así como adquirir propiedades. Pero nos encontramos con otra fecha más, 1729, en relación a su carta de naturaleza. Y también la mención de que la tenía antes de 1719. Todo esto parecía no encajar con el sistema de concesión establecido. Al poner en orden todos los documentos, llegamos a la conclusión de que había dos pasos en el proceso de obtener la naturalización. En primer lugar, el extranjero solicitaba la carta de naturaleza “de Castilla”, que le permitía actuar en igualdad de derechos con los españoles en la Península. Pero si el extranjero en cuestión quería comerciar con Indias, debía solicitar otra licencia especial para ello, la llamada “carta de naturaleza de Indias”. Ésta lo 67 ARCHV, Cédula s y Pragmáti cas, Caja 1 8, 24. “ Expedient e para que los ingleses e irl andeses católico s que residan más de diez años …” Real cédul a dada en Mad rid, 1 6 de a bril de 170 1. 120 facultaba para cargar en las flotas, que obviamente era el objetivo de la mayoría de extranjeros avecindados en Cádiz. El 12 de mayo de 1719, Guillermo Terry recibió la respuesta afirmativa a su solicitud de poder comerciar con las Indias. En esa licencia o naturaleza de Indias 68 se decía que era vecino de Cádiz, caballero de la orden de Santiago, de nación irlandés, y que hacía treinta años que vivía en estos reinos, lo que remonta su llegada a 1689. También se mencionaba que era casado con mujer natural de España y que tenía una hija. En Cádiz tenía casa y bienes raíces, de manera que cumplía los requisitos estipulados. Como méritos añadidos, que era hermano de Patricio Terry, comandante que fue de las Reales Guardias españolas, muerto en el último sitio de Barcelona, y de Esteban Terry, capitán de Dragones. Guillermo había servido voluntario y a su costa en la compañía de Corazas de Bonifacio Manrique, y por ello el rey le había concedido la merced del hábito de Santiago y la naturaleza de estos reinos. Es evidente que ya se había naturalizado antes de 1719. Era el primer paso ante s de pedir la de Indias. Ahora suplicaba que se le concediera “ facultad y privilegio de poder comerciar y transportar vuestras ropas, efectos y mercaderías a los reinos de las Indias, con todo lo demás que fuere de libre y licito comercio, con las mismas exenciones y franquezas que los demás vasallos míos que tratan en ellas, pudiendo poner libremente en vuestro nombre los contratos, obligaciones y facturas, como cualquiera cargador, sólo con la limitación de que n os podáis embarcar por vuestra persona… ” Esta puntualización de que en su calidad de extranjero sólo se le prohibía una cosa, embarcarse y viajar a las Indias, es un dato importante. Quizás por eso su sobrino Pedro Terry nos aparece como cargador y pasajero en la flota de don Fernando Chacón que salió para Nueva España en 1721. Podríamos aventurar que Pedro ejercía esa función para su tío: encargarse de los trámites, vigilar la carga, viajar con ella, venderla en América y regresar con mercancía de Indias. De nuevo nos encontramos con que Guillermo Terry recurría a sus familiares más directos para que le ayudaran en su negocio. En Cádiz tenía a los hijos de su hermano James en su oficina, y para el traslado, venta y compra en América tenía al hijo de su hermano Patricio, un joven que, al ser nacido en España, podía 68 AGI, Consu lados, Libr o 445, fol 29. Este legajo agr up a las licencias para comerciar con Indias concedidas a quienes ya tenían l a naturaleza. Por tanto, es evidente que se daban esos dos pasos: la naturaleza de Castill a primero (gestionada y concedida por la Cámara de Castilla) y la de Indias después para qui en la solicitas e. 121 ejercer esa función porque la mayoría de comerciantes extranjeros se servían de estos jenízaros para dichos menesteres, lo que provocó la queja de los comerciantes españoles. Los hijos de James habían nacido en Irlanda y en Francia, su padre era un irlandés residente en Francia, circunstancia que les impedía viajar a las Indias. O, en cualquier caso, aunque se hubieran valido de un trato especial como irlandeses católicos, no querían hacerlo. Recordemos que James Terry no quería que su hijo William se embarcase de ninguna manera, y así se lo pidió a su hermano. Esta información corrobora nuestras sospechas surgidas a partir del testamento de Nicolasa Brito, donde le dejaba a Pedro Terry unos objetos muy personales y hacía constar el aprecio que le tenía. Sin embargo, Guillermo nunca le incluyó como socio en su compañía, ni le pidió a su sobrino-yerno Juan Terry que le incluyera posteriormente en la suya. Parece que Pedro estaba destinado a mantener una actividad fuera de este ámbito. O más bien, que no querían que figurase oficialmente. Más adelante veremos que desempeñó otra labor mucho más importante, pero, en relación con ella, es revelador que tuviera esta relación previa de confianza y empleo con su tío Guillermo trabajando para él como factor, además de que esos viajes le proporcionaron una experiencia de primera mano sobre las ferias en Indias, cómo desenvolverse en ellas, así como mucha información y contactos. Otro dato a tener en cuenta es que Pedro Terry nunca mencionó ese trabajo como factor o delegado de su tío en los memoriales que redactó años después dirigidos al rey pidiendo mercedes. Jamás mencionó tampoco a su tío Guillermo Terry, una omisión que resulta chocante cuando se trataba de citar méritos familiares, ya que su tío era marqués y tenía un cargo en un cabildo. Era el personaje más importante en s u familia, el de más relevancia y reconocimiento por parte del rey, y sin embargo Pedro mantuvo oculta esa relación de parentesco y de negocios, una ocultación totalmente intencionada. De igual manera, tampoco encontramos que Guillermo mencionase a su sobrino en ningún documento. Otro dato más a tener en cuenta en estos comportamientos sigilosos de Guillermo Terry. Como en la licencia concedida por el rey en 1719 se menciona que “ por despacho de 6 de septiembre del año pasado de 1718 os concedí naturaleza de estos reinos ” y ahora se le daba la licencia para contratar en las Indias, vemos que Guillermo tardó casi 30 años en pedir ser naturalizado y, una vez conseguido, pidió inmediatamente después el permiso 128 Otro documento de la Secretaría de Hacienda 75 nos aporta información sobre el proceso de esta compra. Al frente de la Secretaría estaba Patiño, y la negociación se hizo en sus oficinas porque un oficial de la misma, Juan Solano, tomó razón de cómo se discutió el precio de dicho título. Terry pretendía comprarlo por 200.000 reales, pero este oficial estimó que esa merced estaba valorada en 180.000, a los que había que añadir 120.000 más por quedar eximido del pago de lanzas y medias annatas a perpetuidad. En total eran 300.000 reales. Quien medió a favor del peticionario fue el mismo confesor del rey, un escocés llamado Guillermo Clarke. Éste intentó bajar el precio y también redactó una carta de recomendación. Terry escribió a Clarke en estos términos: “ Habiendo vuestra señoría patrocinado mi pretensión en orden a obtener de Su Majestad la merced de Título de Castilla, y por esta causa haberse inclinado el Ilmo. Sr don José Patiño a favorecerme, he hablado hoy con don Juan Solano, quien me dice que para conseguir dicha merced libre de lanzas será preciso pagar trescientos mil reales de vellón, cuya cantidad me parece crecida si se atiende a mis méritos personales y los de mis dos hermanos que murieron en servicio de Su Majestad. Por lo que suplico a vuestra señoría interponga su autoridad con dicho Ilmo. Sr. a fin de que se baj en cien mil reales de vellón de la cantidad expresada, y que yo consiga dicho título libre de lanzas por doscientos mil reales de vellón …” 76 Si anteriormente mencionába mos la presencia en España de católicos huidos de las islas británicas, de person ajes destacados en los levantamientos jacobitas…ahora encontramos a un escocés, obviamente católico y por tanto asimismo refugiado en España, que ocupaba una posición de gran influencia en la corte. Nada menos que el confesor del rey. Tampoco nos cabe duda de que sería un escocés fiel a Jacobo III, por tanto, un jacobita al que recurre Guillermo Terry para que influya en el rey, le recomiende y así poder conseguir un título nobiliario, que finalmente le es concedido. No sabemos qué grado de relación podría haber entre los dos, pero la suficiente como para que Terry le pidiera ese favor y el religioso accediera a recomendarle. También se nos ocurre que, puesto que sabemos que Patiño ya había intercedido anteriormente por Terry, quizás no quiso significar ante el rey su relación con éste, y fue él mismo quien pidió al confesor que intercediera por él ante el monarca. Es más, el viaje real fue planificado en secreto 75 AGS, Secre taría y Sup erintendenci a de Hacienda , 145 - 2. Véase en ANDÚJAR CASTILLO (2008) 76 AGS, Secre taría y Sup erintendenci a de Hacienda, 145 - 2. Documento transcrito en ANDÚJAR CASTILLO (2008) p. 104 129 por Patiño, y como Terry hizo la solicitud para obtener el título nobiliario justo antes de que éste se iniciase, cuando se necesitaban recursos para pagar los gastos, puede que el ministro a dvirtiera de ello a Terry para que aprovechase la ocasión. O bien Pat iño, o bien el confesor del rey, avisaron a Terry de esta oportunidad. . Nos preguntamos también si Terry aprovechó este viaje de los reyes para presentarse ante ellos. Tenemos una carta del juez de Arribadas a José Patiño, fechada el 3 de enero de 1729 77 , en la que responde a una del ministro donde le anunciaba de manera confidencial que era muy probable que el rey pasase a Cádiz. Patiño le daba instrucciones para el recibimiento del monarca, como por ejemplo que un barco que se estaba construyendo en esos astilleros estuviera listo para que lo botase el rey, y también que preparase una falúa para que los monarcas pudieran pasear en ella, conveniente ornamentada de damasco, así como otras ocho para el acompañamiento. El juez respondió que se elegiría la falúa de la Intendencia y se compondría en la Carraca para que el pueblo no pudiera ver esos preparativos (la doraron por completo incluidos los remos) La casa elegida para alojar a los reyes era la de don Luis de Ocio, que tenía dieciséis balcones con vistas al mar, oratorio, jardines, caballerizas… y capacidad suficiente para albergar a los criados y la guardia. Para el 10 de febrero ya estaban los preparativos muy adelantados, aunque era tarea complicada porque había que alojar a los guardias de corps con sus trescientos caballos, más de treinta carruajes y hasta ciento veinte mulas. Se arreglaban y ensanchaban los caminos, y en conjunto todo eran gastos y más gastos para recibir al rey. La Corte en pleno se movilizó y acompañó al monarca, con criados de toda clase, y desde luego el ministro Patiño también se encontraba en el séquito 78 . ¿Contribuyó Guillermo Terry al pago de los gastos que ocasionó dicha visita a la ciudad de Cádiz? Es de suponer que sí, puesto que era un comerciante acaudalado y lo habitual era que se hicieran donativos para un hecho extraordinario como éste, donde además cada cual intentaría sobresalir ante el rey y ganar favores. Era una ocasión extraordinaria que todos pretenderían aprovechar. Por las mismas fechas que los 77 AGI, Arri badas, 187 - B. El juez de Arri badas de Cádiz a José Patiño . Cádiz, 3 de enero de 1729 78 Para esta jornada real véase: NEGREDO DEL CERRO, Fernando. “ El t raslado real a Se villa. Una capital sin corte . ” En: Sevill a y Corte. Las Artes y el Lust ro Real (1729 - 1733) Casa de Velázquez, vol.114, Madrid, 2010, pp 71 - 84 130 documentos anteriores, en enero de 1729, encontramos ot ra carta del juez de Arribadas al ministro Patiño 79 : “ En carta de 6 del presente me dice vuestra ilustrísima que si por el tesorero general se libraren los 50.000 pesos que están por vía de depósito en poder de don Guillermo Terre [sic] disponga que se entreguen a la persona que ordenare el mismo tesorero general. Con cuyo recibo se dará la carta de pago correspondiente. Sobre cuyo particular diré a vuestra ilustrísima cómo luego que recibí la citada orden, hice llamar al mencionado Terri, quien está pronto a entregar la expresada cantidad, bajando de ella 6.192 pesos y 2 reales de plata del valor de una porción de lonas que se hallan en esta ciudad, por tenérselo as í prevenido vuestra ilustrísima a don Juan de Burnaby 80 . En cuya atención, sólo podrá librar el tesorero mayor 43.807 pesos y 6 reales …” ¿Esa cantidad de 50.000 pesos era el pago por su título nobiliario? Dudamos al respecto por varios motivos. En primer lugar, 50.000 pesos era más de lo que Terry debía pagar por dicho título (trasladado a reales, y siguiendo con la equivalencia de 1 peso = 8 reales, nos da un total de 400.000 reales) pues él debía pagar sólo 300.000 reales. En segundo lugar, se dice que Terry tenía este dinero “en depósito”, y además había que restar de esa cantidad el valor de unas lonas que había en Cádiz. No parece probable que en el pago de un título nobiliario se dedujese el valor de unas lonas, a no ser que fueran propiedad de Terry y éste las entregase al rey como parte de dicho pago. Y, además, tenemos la mención de John Burnaby en esa carta quien, antes de ser nombrado cónsul de Inglaterra en El Ferrol, posiblemente fuera un destacado comerciante en la ciudad. De alguna manera había una conexión entre Terry, Burnaby y la Corona española. Otra carta del mismo juez a un tal Mateo Pablo Díaz nos añade más información sobre este dinero, complicando aún más averiguar cuál era su procedencia y destino 81 : “ En el correo de hoy he recibido la de vuestra señoría de 24 del presente [enero] en la que se sirve avisarme del recibo de la mía de 17, con lo que en ella participé a vuestra señoría de estar pronto don Guillermo Terri a entregar los 40.000 pesos que 79 AGI, Arri badas, 187 - B. Car ta del juez de Arribadas de Cádiz a José Patiño. Cádiz , 17 de enero de 1729. 80 Juan de Burnaby era John Bu rnaby Parker, que años después, en 1736 fue nombrado cónsul de Inglaterra en La Coruña, y desde allí cu mplió su función com o informador para su Gobierno sobre todo lo relacionado con la armada española: fábrica, arsenales, defensas, navíos y sus m ovimientos etc. Véase en AMENEDO COSTA, Món ica: “Las c rónicas del cónsul Jo hn Burnaby Pa rker en el Archivo Naci onal Británic o: visio nes de Ferrol en la década de 1730” En: www.clubdeprensadeferrol.com 81 AGI, Arri badas, 187 - B. Ca rta del juez de Arribadas de Cádiz a Mate o Pablo Díaz. Cádiz, 31 de en ero de 1729. 131 están en su poder por vía de depósito, con lo demás que en este asunto expresé a vuestra señoría; quien, en inteligencia de lo expresado, m e asegura quedaba en ánimo de librar la mencionada cantidad par las urgencias presentes, lo que celebraré mucho haya suspendido vuestra señoría a causa de haber recibido un extraordinario con el que me dirige el señor don José Patiño diferentes órdenes, y entre ellas una con fecha de 27 de este mes, en que me previene que no se acepte ni satisfaga crédito alguno que se diere por vuestra señoría sobre este fondo, a causa de lo mucho que conviene se conserve efectivo para lo que aquí está destinado. Y siendo una orden totalmente opuesta a la que vuestra señoría me r emitió, y tan posterior como reconocerá vuestra señoría por la fecha, he tenido por muy propio de mi obligación el participarlo a vuestra señoría a fin de que se suspenda el librar sobre el mencionado efecto, por haberse de mantener en el mismo don Guillermo Terri en fuerza de la citada orden …” Mateo Pablo Díaz era el primer marqués de Torrenueva, título que le concedió Felipe V por sus servicios a la Corona. Fue tesorero mayor del Consejo de Hacienda, administrador general de Aduanas, superintendente general de Hacienda y miembro del Consejo de Indias. En 1729 suponemos que ostentaba el cargo de tesorero en la Tesorería General, pues fue nombrado en el mismo el 1 de octubre de 1727. En otra carta de esa misma fecha, el juez de Arribadas comunica a Patiño que ha dado las prevenciones convenientes para que del caudal depositado en Guillermo Terry no se cobrase crédito alguno que diera el tesorero general don Mateo Pablo Díaz “ por lo mucho que conviene se conserve efectivo para lo que aquí se pueda ofrecer ”. Lo más lógico es pensar que esos 50.000 pesos los hubiera ofrecido Terry como donativo, además del pago de su título nobiliario, para sufragar los gastos que ocasionara en Cádiz la visita real, y que era más práctico que ese dinero estuviese efectivo en dicha ciudad, en depósito y en manos de Terry, en lugar de que éste lo enviase a la Tesorería General de Madrid. Una cantidad desde luego considerable. El problema es que Patiño no menciona cuál era esa urgencia exactamente. También podría ser el apresto de una armada y flota porque, de hecho, el 23 de junio de ese año, el juez avisaba a Patiño que la flota de Nueva España había iniciado su carga, cuyo general, el marqués de Mari, acababa de recibir su nombramiento el día 21. El avío de las armadas y flotas siempre conllevaba un enorme gasto, de manera que tener dinero disponible en la misma ciudad de Cádiz era conveniente. 132 En esa carta, el juez Francisco de Varas y Valdés menciona que “ se han despachado y remitido a bordo del navío de don Guillermo Tirri tres frangotes que han medido 238 palmos ” 82 . ¿Por qué el juez de Arribadas avisa el embarque de tres fardos en un navío de Terry, cuando en dicha carta no menciona ninguna otra carga ni hace alusión a otros embarques? ¿Por qué era esto de interés para Patiño? Y precisamente en un naví o de Guillermo Terry. Muchas preguntas sin respuesta por lo escueto de la documentación, pero al menos todas estas menciones nos demuestran que Terry ya había establecido contac to y relación frecuente con Patiño. No se puede olvidar este contexto cuando vemos que Terry consiguió otra merced más este año de 1729: que un navío de su propiedad fuera aceptado en la flota de Nueva España. Sin duda fue un gran año para el recién titula do marqués de la Cañada, aunque también le supuso una considerable inversión. Más adelante, en 1731, también compró el cargo del alfé rez mayor del Puerto de Santa María, a perpetui dad, por 60.000 reales, y una regiduría (que luego vendió) por 22.000 reales. Curiosamente, Terry era vecino de Cádiz, pero allí los cargos municipales estarían tan solicitados y su precio sería tan alto, que prefirió aprovechar la oportunidad que también se dio en 1729, cuando El Puerto de Santa María, que hasta entonces pertenecía a la jurisdicción del Ducado de Medinaceli, pasó a manos de la Corona. Este viaje de los monarcas al sur de la península estaba resultando muy productivo… El ministro Patiño decidió vender también esos cargos concejiles para sufragar el viaje real por Andalucía, que se prolongó durante varios años. Pensamos que esto decidió a Terry para comprar una gran casa en El Puerto de Santa María, donde su caudal y condición de marqués podía sobresalir más que en Cádiz. Lo hizo poco tiempo después, pues consta que por escritura de 19 de agosto de 1733 compró un edificio de considerable tamaño en la ribera del Guadalete por 25.000 ducados. En adelante esa sería la casa familiar de los Terry, que él y sus descendientes convirtieron en un verdadero palacio. Como veremos a continuación, unos años antes, en 1725 y 1726, había c omprado varios lotes de tierras con los que conformó una gran finc a en el término de la villa de Rota. En conjunto, fueron unos años en los que Terry debió de tener un éxito extraordinario en los negocios, pues pudo acaparar una enorme fortuna si consideramos todos estos desembolsos. Entre 1729 y 1733 se concentró en la adquisición de todo 82 AGI, Arri badas, 187 - B. Ca rta del juez de Arribadas de Cádiz a Jos é Patiño. Cádi z, 23 de juni o de 1729. 133 aquello que le daba relevancia social al más alto nivel: un título de marqués, dos cargos en el cabildo de El Puerto de Santa María, una gran casa en dicha ciudad, y seguramente un generoso donativo (o bien la compra de título nobiliario y cargos constituían ese donativo) para sufragar los gastos de la estancia de Felipe V y toda su Corte en Cádiz, una de las etapas del viaje real que se desarrolló precisamente en estos años y que seguro le permitieron figurar como personaje destacado en todos los fastos y celebraciones, muy cerca del monarca y de su todopoderoso ministro Patiño. Paralelamente, resolvió el problema de su naturalización para comerciar con Indias, que ya tenía desde diez años atrás, previo pago de otra cantidad. Pudo también incluir un navío suyo en la flota de Nueva España, una flota que los reyes tenían especial interés en ver partir o regresar, puesto que hasta entonces ningún monarca español había tenido ese gusto y era sin duda un gran espectáculo, demostración del poderío de la monarquía hispana y fuente principal de sus ingresos. En ese navío de Terry iban embarcados unos fardos que parecían ser de especial interés para Patiño. Posiblemente, también, Guillermo Terry tuvo el placer y podemos decir que quizás la satisfacción teñida de cierta íntima venganza, de mostrarse ante todo Cádiz y en especial ante los miembros del Consulado que tanto le atacaban, como un personaje que gozaba de la especial protección del rey y su ministro. Sin duda era un triunfo personal que le colocó en una posición privilegiada y le proporcionó un ascendiente y respeto social considerable. La ciudad de Cádiz era un espacio geográfico y social demasiado cerrado como para que no se supiera y comentase a qué velocidad había acumulado ese irlandés tal cantidad de favores y privilegios, y cuánto había invertido en ello. 2.4 PROPIEDADES Y NEGOCIOS. En 1726 Guillermo tenía fundada una sociedad a nombre de “ Guillermo y Juan Tyrry ”, es decir, con su sobrino-yerno. Todo indica que lo incluyó nominalmente en sus negocios cuando contrajo matrimonio con su hija, tres años antes. En su testamento d e ese año declaraba que Juan no tenía participación ni interés en pérdidas y ganancias, y tampoco había aportado capital alguno. Incluir su nombre en dicha sociedad sólo había 134 sido “ por disposición y voluntad mía, a fin de instruirlo en la práctica y experiencia y habilitarlo y establecerlo con mis correspondientes y amigos para en lo futuro, cuyo medio puede muy fructificarle adelantando sus intereses .” 83 Como vemos, no se trataba sólo de proporcionarle una formación en el mundo del comercio, sino lo que sin duda era igual o más importante: los contactos. Todos esos “correspondientes y amigos” que le permitirían manejarse en esa amplia red de hombres de negocios, y quizás también de la política, en España y en el extranjero. El hermano de Juan, William, de bió regresar a Cádiz tras su etapa de formación en una casa comercial de Londres, porque Guillermo Terry pretendía que en un futuro su casa de negocios estuviese regentada por ambos hermanos, titulándola entonces “Juan y Guillermo Tyrry” 84 . Con ciertas condiciones, como que formasen libros nuevos “ por lo tocante a los negocios que tuvieren y se ofrecieren dentro y fuera de estos reinos ”. Obsérvese que menciona específicamente que los negocios de la familia no sólo estaban en la península y en Indias, sino en otras naciones. Pero Guillermo Terry Stricht sólo tendría una cuarta parte de las ganancias anuales “ y además su decente sustento y porte, manteniéndose el referido en la casa del dicho su hermano y en la asistencia de los negocios de ella, cumpliendo exactamente por su parte con las obligaciones, agencias y solicitudes de tal compañero en cuanto se ofrezca, sin faltar en cosa alguna, observando como disposición y orden mía esa precisa condición de su Sociedad, el que la dicha Compañía, ni el referido Juan Tyrry por ella, no puedan quedar obligados ni lo queden a obligaciones algunas que no sean firmadas de mano del dicho don Juan Tyrry con el nombre de Juan y Guillermo Tyrry ” Por tanto, a pesar de ser socios, William quedaría supeditado a las decisiones de Juan. Y añadía que, si Juan quería disolver dicha sociedad, o no constituirla, sólo en este caso Guillermo dejaría en su herencia a este sobrino William 3.000 pesos de a 8 real es de plata antigua “ para que pueda por sí solo, separado de dicha Compañía y sin pretensión alguna a ella, bandearse y buscar su alivio. Al cual encargo y pido atienda con amor y complacencia al dicho su hermano, y ambos igualmente que se conserven en la unión que como tales hermanos deben tener con el mayor punto y estimación, y que observen y 83 AHPC, Proto colos, 999. Testamento de Guillermo Tirry. Cádi z, 20 de diciembre de 1726. 84 Debemos in sistir en la complicac ión de que coincida el nombre y ap ellido “Guil lermo Terry” en tres personajes de la famili a en la misma época: Guillermo Terry y Ronan, su sobrino Guillermo Terry Stricht, y más adelante el niet o del primero, hijo de Juan y Franci sca Patricia, también llamado Guillermo ( de apellidos Terry y Terry) y heredero de la fortuna y negocios de su abuelo. 135 guarden puntualmente el contenido de esta cláusula por el bien que les resultará de su ejecución ”. Tantos planes y recomendaciones sobre que se mantuvieran unidos como hermanos que eran, fracasaron, porque sólo dos años después, en un codicilo que añadió en 1728 85 , Guillermo revocó esa cláusula de su testamento. Anuló la formación de esa compañía y el legado de 3.000 pesos a su sobrino William, declarando de manera contundente que éste no podía pretender cosa alguna de sus bienes y herencia “ en ningún tiempo ”. Lo que da a entender que hubo una ruptura familiar bastante drástica y Guillermo consideraba que la relación con su sobrino William ya no podría recomponerse. De hecho… n unca más encontramos noticias suyas. Juan Bautista, casado con la única heredera, quedaría de facto como titular de la compañía y heredero de todos los bienes de su tío y suegro Guillermo Terry y Ronan. No hay constancia en estos documentos sobre las actividades de la compañía de Guillermo Terry, aunque las iremos desgranando más adelante a partir de otras fuentes. Baste añadir ahora que al menos contaba con dos empleados en sus oficinas. En su testamento de 1726 citaba a Patricio Piers, quien por su nombre deducimos que era también irlandés. Por entonces trabajaba allí desde hacía seis años y su patrón le dejaba a su muerte 500 pesos por su buena asistencia. El otro era Brian Mac Loghlem, puede que escocés por su apellido, a quien dejó 200 pesos, pero como éste se despidió al año siguiente anuló este legado en el codicilo de 26 de enero de 1727. Es interesante señalar que ambos eran de las i slas británicas, lo que nos l leva a pensar que manejaban el idi oma inglés y, por tanto, como mencionamos anteriormente, que para Guillermo esto era algo importante, de manera que podríamos deducir que buena parte de sus negocios se enfocaban en esa dirección. Recordemos, en este sentido, que también envió a su sobrino William a formarse en Londres. Todo parece indicar que Guillermo Terry tenía la mayor parte de sus intereses relacionados con Gran Bretaña, y quizás no se limitaría sólo a comprar y vender cargas en el circuito de las flotas de Indias. Esto, una vez más, nos lo coloca en un contexto de medio siglo de rebeliones jacobitas y guerras de España con Gran Bretaña. Lo que significa que sus negocios se verían directame nte afectados, positiva o negativamente, por los vaivenes políticos entre ambas naciones. 85 AHPC, Prot ocol os, 1001. Codicilo del Guillermo Tir ry. Cádiz, 7 de marzo de1728. 136 2.4.1 FINCAS RÚSTICAS Y URBANAS. EL MAYORAZGO. Como ya señalamos, Guillermo Terry constituyó un mayorazgo en 1724 con las fincas y casas que tenía entonces, o al menos parte de ellas 86 . Todas adquiridas entre 1715 y 1724. La relación de las mismas demuestra que su poder económico era relevante y gozaba de sobrada solvencia, puesto que empleaba una considerable cantidad de dinero en adquirir propiedades y al mismo tiempo también tendría que invertir en sus negocios. En la ciudad de Cádiz: - Una casa principal en la calle San Francisco, de 512 varas y media, adquirida en 1717 por 313.106 reales. - Una casa principal en la calle San Francisco, de 373 varas y ¾, adquirida en 1715 por 289.270 reales. - Casas principales en la Plaza de San Antonio, de 469 varas y media, adquiridas en 1718 por 331.083 reales. - Tres casas pequeñas en las calles Freidero y Aire, en total medían 726 varas y media, adquiridas en 1718 por 260.441 reales. - Una casa en la calle Freidero, de 561 varas, adquirida en 1718 por 136.164 reales. - Una casilla en la Puerta de Sevilla de la muralla, de 71 varas y media, adquirida en 1718. - Una casa destinada a Escuela de Matemáticos, en la calle de la Carnecería Mayor, de 195 varas y media, adquirida en 1719 por 78.616 reales. - Una casa en la Carnecería de los Flamencos, en la muralla, de 526 varas, adquirida en 1722 por 363.997 reales. Son un total de 10 casas compradas entre 1715 y 1722, en las que invirtió al menos 1.772.677 reales. Teniendo en cuenta que en la ciudad de Cádiz no había mucho suelo 86 AHPC, Proto colos, 997, fols. 6 6 - 99. Institución de mayorazgo por Guillermo Terry, 1724. 137 disponible por su propia configuración geográfica y la concentración de comerciantes adinerados, sin duda estas compras le convirtieron en uno de los propietarios más destacados de la sociedad gaditana. En la Isla de León: - Una casa adquirida en 1720 (sin más datos) Fincas rústicas: Compradas todas ellas en un solo año, entre 1723 y 1724. De lo que se deduce que en primer lugar se centró en invertir en fincas urbanas y después pasó a adquirir una serie de haciendas, todas ellas dedicadas al cultivo de olivar, viña y huertas, en los términos de El Puerto de Santa María, Sanlúcar y Rota. La relación es la siguiente: - Una hacienda en El Puerto de Santa María, en el Cerro de las Aguijas, de 24 aranzadas, con viñas, huerta, olivar y tierra calma, y una casa. Adquirida en 1723 por 112.062 reales. - Una hacienda en Sanlúcar, en la Cañada de Trillo, de 225 aranzadas y ¼, de tierra calma y olivar. Incluía una casa, molino de aceite, tahona, y una ermita dedicada a Nuestra Señora del Pópulo. Adquirida en 1723 por 17.800 pesos. - Una hacienda en Rota, pago de las Tejoneras, de 22 aranzadas, dedicada a olivar (362 olivos) y viña, con una casa. Adquirida en 1723 por 3.000 reales. - Una hacienda en Rota, en el pago de Candelera y P almoza, de 30 aranzadas dedicadas a viñedo. Adquirida en 1723 por 28.196 reales. - Una hacienda en Rota, pago de Valdecarretas, de 4 aranzadas de viñedos. Adquirida en 1724 por 587 reales. - Una hacienda en Rota, pago de Valdecarretas y San Roque, con 10 aranzadas de tierra calma. Adquirida en 1724 por 1.385 reales. - Una hacienda en Sanlúcar, la dehesa Almazán, comprada a crédito en 1723 por 58.425 reales. Hay que señalar que las finas ubicadas en Rota eran colindantes, de manera que todas juntas constituyeron una de 66 aranzadas. 144 El 31 de octubre, Terry seguía sin noticias del barco que había enviado desde Sanlúcar. El 8 de noviembre, el recién titulado marqués de la Cañada escribía al Consulado de Cádiz 92 que la embarcación que envió a recoger la carga había llegado a San Sebastián, pero allí el maestre tuvo problemas para cobrar el trigo que llevaba por cuenta del rey, por lo que le ordenó que dejase poder para el cobro y partiese de inmediato a Pontevedra. Añadió que “… si los interesados no están gustosos de la disposición hecha (no dudando que a la hora de ésta o antes, dicho navío está en Pontevedra) que ejecuten el arbitrio que fueren servidos. Yo no me he obligado, ni tampoco me obligo, a daños algunos a dichos interesados, ni aún si algo sucediere a dicho navío, cual Dios no permita. Vuestras señorías están obligados, aunque el navío se perdiere en su viaje de Pontevedra a ésta, de pagarme los fletes devengados de sde Indias a Marín, donde se dio por cumplido el registro. En este correo confirmo la orden al capitán de no detenerse y que prosiga su viaje a Pontevedra. Y vuelvo a decir a vuestras señorías, si los interesados no están gustosos, que fleten otro bajel para traer sus haciendas a ésta, con advertencia que, si no viene la hacienda embarcada en mi navío, han de pagar los fletes en Pontevedra a don Juan de Ortega Jaén devengados de Indas. Esto es lo que tengo que responder a vuestras señorías a lo que me previenen …” El maestre Ortega escribió el 28 de noviembre avisando que el barco procedente de San Sebastián ya estaba en Pontevedra, pero que por culpa de las lluvias apenas habían podido trabajar dos días en el trasvase de la carga desde los almacenes. Sólo habían cargado 400 zurrones de cacao, 113 de tabaco, 16 cajas de azúcar y 150 cueros. También había cascarilla, conchas de nácar, vainillas, búcaros, bálsamo, dulces, brasilete…pero muchos zurrones se habían deteriorado por la humedad. Nos aparece ahora un nombre interesante: el capitán del barco fletado por Terry para transportar esa carga a Cádiz era John Gardner, vecino de Londres, y dicha embarcación era la fragata El Miller. El hermano de Nicolasa Brito, la esposa en secreto de Guillermo Terry y tía de su difunta primera mujer, era precisamente John Gardner (ambos eran hijos de John Gardner y de Marta M aría Brito) Descubrimos así que trabajaba para Guillermo Terry. Un capitán inglés, quizás dueño de la fragata que mandaba. Nueva prueba de que parte de los intereses de Terry estaban en Inglaterra, y que, una vez más, sólo confiaba en la familia cercana para mane jar sus negocios. ¿Usaba 92 AGI, Consu lados, 183. Carta del marqués de la Cañada al Consulado d e Cádiz. Cád iz, 8 de n oviembre de 1729. 145 Terry los servicios de Gardner y su fragata para realizar otros viajes y transportar cargas a las islas británicas u otros puertos? No lo sabemos, pero lo más lógico es que así fuera, dado el volumen de sus contrataciones y sus relaciones con el extranjero. 93 Para abundar más en esto, el galeón Nuestra Señora del Rosario tenía como ali as “El Tirri” (como otro navío suyo, el San Felipe) y su capitán era “Pedro Manuel Tirri”. Vino en conserva de los galeones de Tierra Firme, que estaban también anclados en Galicia. ¿Este Pedro Manuel Tirri era Pedro Terry, el sobrino de Guillermo, hijo de su hermano Patricio? No tenemos constancia de otro Pedro en la familia, de manera que habría que concluir que era el mismo, lo que vuelve a demostrar que Guillermo Terry empleaba a todos los familiares que tenía a su alcance. En el caso de Pedro, porque era el único de ellos que por haber nacido en España podía viajar a las Indias. Alguien que, además, pasaría absolutamente por español. Hablaría el idioma sin acento al ser nacido y criado en España, pero también dominaba el inglés. Incluso su filiación extranjera pasaría desapercibida en sus documentos personales, pues los nombres de sus padres escritos en español eran Patricio Tirri y Ana Isabel Rocha. Añadir “Manuel” como segundo nombre quizás era una manera de españolizarse aún más. En documentos de años posteriores nunca volvimos a ver este nombre compuesto, ni siquiera en los firmados por él mismo, por lo que deducimos que fue una estrategia circunstancial. Unos meses antes, en abril, el sobrino-yerno de Guillermo, Juan Terry, había enviado a un destinatario, que no menciona, un listado con los interesados en la carga del galeón. Excusaba a su tío diciendo que no escribía él mismo “porque estaba comiendo”, lo que demuestra que Guillermo se encontraba con el ánimo exaltado por este asunto, como ya vimos en su misiva anterior. Entre los cargadores figuraba él mismo, de modo que su carga estaba en ri esgo de perderse como la de los demás. Juan Gardner ni siquiera pudo llevar toda la carga completa del galeón a Cádiz, porque parte de ella se quedó en los almacenes de la villa de Marín y no se transportó hasta marzo de 1730. De hecho, para trasladar todo el contenido del galeón hasta el muelle de Marín fueron necesarias 20 barcas que hicieron 80 viajes, lo que nos indicaría su gran capacidad en bodega. Se pagaron 18 reales de vellón por cada barcada. Después fueron necesarios 18 carros para conducirla hasta los almacenes, con un total de 168 jornales que costaron 1.344 reales de vellón, más otros 676 reales para pagar a los 16 hombres que la arrumaron, tres guardias 93 En el sigui ente apartado de este capítulo encontraremos más i nformación sobre l a fragata El Mil ler y su proceden cia. 146 cada noche en dichos almacenes desde el 1 de marzo hasta el 22 de septiembre, velas para hacerles tiendas donde protegerse, telas para hacer sacos que sustituyeran a los estropeados…Llegar a un puerto que no era el de destino provocaba muchos quebraderos de cabeza y muchos gastos añadidos. Pasemos a otro buque, el San Felipe, que navegó en 1729 en la armada y flota de Nueva España al mando del marqués de Mari. Recordemos que este año se inicia el viaje de Felipe V y su corte por Andalucía. La flota partió de Cádiz el 8 y 9 de agosto, compuesta por cuatro buques de guerra y dieciséis mercantes. Llegaron a Veracruz en octubre y regresaron a Cádiz el 18 de agosto de 1730. Guillermo Terry era quien tenía más carga en esa flota, pues no sólo la llevaba en su navío San Felipe, sino que la había repartido en otros del convoy. En total hizo 25 registros 94 . Nuevo dato que se suma para considerar 1729 como un excelente año para los Terry, a pesar de algunos contratiempos. En 1731 encontramos la fragata Nuestra Señora de los Dolores que debía hacer viaje al puerto de la Santísima Trinidad de Buenos A ires, y a cuyo capitán y piloto, don Juan Bautista Zamorategui, se le dieron instrucciones para seguir el derrotero confeccionado por el catedrático de Matemáticas de la Real Academia de Guardias Marinas (también una creación de Patiño) don Pedro Manuel Cedillo. Se consideraba que no había peligro, salvo complicaciones de mal tiempo, y sólo debía tener cuidado con los piratas berberiscos que solían acechar al salir de la bahía de Cádiz. Aparte de correspondencia, por cuenta del rey cargaba herramientas de canteros y gastadores para la fortificación de Buenos Aires. Era un buque pequeño con poca tripulación, incluso se eliminó al escribano y al capellán “por la cortedad de su buque”. No llevaba más carga que la mencionada, y como lastre únicamente piedra. Para el viaje de vuelta sólo se le autorizaba a cargar cueros en la cantidad que le había permitido el rey, prohibiéndole expresamente traer oro, plata, perlas y cualquier otro género precioso. Era, entonces, un viaje por cuenta de la Corona. Al capitán se le entregó un pliego con el sistema de señales utilizado por los buques de escuadra españoles, para que pudiera reconocerlos, pero debía guardar esta información en secreto y devolver el pliego a su vuelta. 94 Para esta flot a del marqués de Mari a Nueva España , la documentación está en AGI, Contratación, leg. 2.901, libro 2; legs 5.476 y 5377; y legs 1.319 a 1.324, y en Indiferente, 446 A, Libro 42, fol.57v - 58r 147 La fragata era propiedad del marqués de la Cañada, de don Blas de Madrona y de don Pedro José Vigo, despachada a su costa 95 . Parece que el marqués se había asociado en esta ocasión con otros hombres de negocios para adquirir un barco con el que hacer servicios al rey. Precisamente, insistimos de nuevo, cuando los reyes estaban en Andalucía. Podemos entender que Terry consiguió el contrato, pero necesitaba otro barco más para dedicarlo a ello y lo adquirió con estos dos inversores. En la flota que fue a Nueva España el año siguiente, en 1732, de nuevo Guillermo Terry consiguió incluir a su navío San Felipe, alias El Terri. Al mando del jefe de escuadra don Rodrigo de Torres, el convoy de tres buques de guerra y diecisiete mercantes zarpó de Cádiz el 2 de agosto de 1732, llegó a Veracruz la última semana de octubre y salieron de ese puerto para iniciar el viaje de regreso con sus bodegas cargadas el 25 de mayo de 1733, llegando a La Habana entre el 24 y 27 de junio. De allí partieron unos días después, pero el 15 de julio toda la escuadra naufragó a causa de un huracán en el canal de Bahamas. Se perdieron todas las embarcaciones en una hilera de cayos (Tábanos, Vibora, Matacumbe…) salvo el navío de guerra África y tres mercantes, entre los que no se encontraba el del marqués de la Cañada El navío San Felipe era de fábrica inglesa, de 486 toneladas, y su capitán don José de Villa y Andrade. Naufragó en cayo Víbora, embarrancado y deshecho por el temporal. Desde La Habana se envió auxilio en cuanto les llegó la noticia, pudiendo salvar a algunos supervivientes y parte de la carga. A los restos les prendieron fuego para que no cayeran en manos de piratas o saqueadores 96 . Señalemos, una vez más, el hecho de que este navío propiedad de Terry era de fábrica inglesa. Para la compañía tuvo que suponer un grave descalabro esta pérdida de la embarcación y su carga. Del navío Soberbio, por ser parte importante de este trabajo, trataremos más adelante en otro capítulo. Pero aún podemos añadir otro a la relación, aunque la información ya es posterior al fallecimiento de Guillermo Terry. Se trata del navío “La Concepción de Terri”, que viajó en 1775 a Veracruz en compañía del navío Limeña. Su 95 AGI, Arri badas, 15. “ Instrucción que ha de observar el capitán y piloto don Juan Bautista Zamorategui… ” Cádiz, 28 de marzo de 1731. 96 Para esta escuadr a de Rodrigo de Torres véase FERNÁNDEZ DURÓ, Armada española , T.6, p. 490 148 maestre era don José de Moya. A su regreso hizo escala en La Habana y en sus bodegas traía una carga de cobre para el rey, en concreto 212 planchas con un peso de 129 quintales y 69 libras y media. Al año siguiente lo encontramos de regreso en Cádiz tras otro viaje procedente de México, y en éste traía por cuenta del marqués de la Cañada, que en este momento ya sería el nieto de Guillermo Terry, es decir, Guillermo Terry y Terry, las siguientes partidas: 54 zurrones de grana fina, 47.048 pesos y 4 reales, y otras dos partidas de 23.014 pesos y 4.034 pesos. Los envíos los hacía Francisco de la Rosa Levasor, residente en México. Como veremos al final de este capítulo, hacia los años 50 la familia Terry cayó en una ruina que se puede describir como absoluta, y en los años 70 tenemos constancia de que aún perduraba porque vendieron ciertos bienes valiosos. Sin embargo, al encontrar que por entonces eran propietarios de este navío y seguían comerciando con América, nos planteamos que de alguna manera consiguieron recuperarse, aunque a niveles muchos más modestos que los alcanzados por Guillermo Terry y Ronan. En cuanto a los viajes de estos navíos y cargas embarcadas por Guillermo Terry en flotas de Indias, la tarea sobrepasaba los límites de este trabajo, como ya dijimos, pues habría que revisar una a una las correspondientes a cincuenta años, y aún así no tendríamos una visión completa de lo que realmente cargaba. Sabemos que embarcaba mercancías por cuenta propia y ajena, actuaba como testaferro de comerciantes españoles y extranjeros, de manera que es imposible saber cuáles eran realmente suyas y cuáles eran de otros. En cualquier caso, encontramos que años atrás, en 1715, trajo 7.500 libras de pimienta de Londres 97 . De esto se deduce que realizaba compras en el mercado inglés, donde también llegaban productos de las Indias Orientales. En cuanto a las flotas, en los fondos del Archivo General de Indias constan cargas muy variadas, de ida y de vuelta, en las flotas a Nueva España de 1723, 1725, 1729, 1732 y 1735. En los galeones de Tierra Firme de 1723, 1730 y 1737. Y en navíos sueltos de 1742 y 1745. Por último, añadimos en este apartado que en 1733 Guillermo Terry vendió al rey gran cantidad de madera para la fábrica y reparos de navíos de la Armada. Por entonces, 97 AHN, Estad o, 609, ex p. 37 y Es tado, 627 e xps. 4 y 15 149 el arsenal de Cádiz trabajaba a pleno rendimiento dentro del plan de Patiño por reformar y aumentar en lo posible los efectivos de la Armada española. Por esta madera se le pagaron 121.765 reales y 20 maravedís de vellón 98 . Resulta evidente que sus favores a la Corona, en forma de dinero y servicios, fueron recompensados con jugosos contratos y licencias para navegar a las Indias. 2.4.3 CARTAS DE PAGO Y LETRAS DE CAMBIO EN LOS REGISTROS NOTARIALES. Cuando investigamos las disposiciones testamentarias de la familia Terry, comprobamos que en esos legajos donde estaban archivadas podíamos encontrar también información sobre transacciones comerciales o registros de cobros y pagos, firmados ante el escribano que habitualmente trabajó para los Terry, Juan Luis de Vergara. Efectivamente, descubrimos una enorme cantidad de registros, sobre todo cartas de pago, y decidimos recopilarlos. Sólo en un legajo sumaron un total de 47 inscripciones notariales con una temática variada, e igualmente una similar colección de nombres de quienes participaron en esos tratos. Se nos planteó entonces que era una información valiosa, pero de enormes proporciones pues para reunirla al completo tendríamos que cubrir igualmente medio siglo de contratos y, además, para recopilar todas aquellas transacciones en las que hubiera participado Guillermo Terry, deberíamos revisar todas las escribanías que había en Cádiz en esa época, no sólo la de Juan Luis Vergara, porque Terry (Guillermo y/o Juan) también habría acudido a firmar ante los escribanos de cualquier otra persona con la que hubiera hecho un trato. Si ha cíamos un cálculo aproximado según la cata realizada en este legajo, como cada legajo de cada escribano suele abarcar un año de registros, nos daba una estimación total aproximada de posiblemente 2.350 registros para cincuenta años (multiplicando 47 registros encontrados en un solo año, por 50 años) y sólo en una escribanía. Quedaba fuera de nuestras 98 AGI, Arri badas, 17. Carta de J osé Patiño a Francisco de Varas y Valdés. Sevilla, 20 de enero de 1733. 150 posibilidades y de los límites de esta Tesis, de modo que optamos por conformarnos con hacer esta cata en un solo legajo 99 , y dejar el resto para una futura investigación. El legajo seleccionado, por otra parte, nos colocaba en un año, 1727, en que España estaba en guerra con Gran Bretaña (1727-1729) por lo que era muy posible que en esa circunstancia Terry hubiera actuado como representante o testaferro de los comerciantes ingleses que fueron expulsados de Cádiz durante esos dos años de guerra. Al igual que ocurrió en la Guerra de Sucesión, eran tiempos en los que un irlandés católico podía permanecer sin problemas en territorio español, y aprovechar para gestionar pagos pendientes e incluso el embarque de cargas para aquellos que de un día a otro se convertían en enemigos y ya no podían hacer negocios aquí. Cobrándoles la comisión correspondiente. Creemos que, aprovechando estos periodos de guerra con Inglaterra, fue cuando Terry forjó estrechas relaciones con los ingleses convirtiéndose en su hombre de confianza en Cádiz. Y quizás estas relaciones tuvieron un fruto además del económico: información privilegi ada que él usaba para sus propios negocios, pero que también podía ofrecer a la Corona española, l o que explicaría el trato de favor concedido por Felipe V y Patiño. La información que reunimos, en cualquier caso, nos proporcionó una nueva visión sobre los negocios de Guillermo Terry, así como la existencia en esos registros de ciertos apellidos que nos eran conocidos. Haremos un resumen destacando los nombres y asuntos que nos parecen más relevantes. En primer lugar, la mayoría de los registros son letras de cambio. La negociación de esas letras y su endoso de una persona a otra, y con frecuencia de una ciudad a otra y hasta de un país a otro, era una actividad especulativa del mercado crediticio. Un negocio basado en el precio de la moneda en función de su oferta y demanda. Cádiz, por ser puerto de Indias, era un centro neurálgico y muy activo en el mercado del cambio, muy conectado con otros destacados puertos europeos. Crespo Solana 100 cita la descripción que hacía en el XVIII Le Moine de l’Espine sobre esta práctica: 99 AHPC, Proto colos, 1.0 00. 100 CRESPO SOLANA, Ana. El comercio marít imo entre Á msterda m y Cádiz ( 1713 - 1778) Banco de España, Est udios de Histori a Económica, Nº 40, Madrid, 2000, p. 72 151 “… cuando el portador de una letra que no le ha sido pagada, presta dinero para tomar otra letra de cambio en la misma plaza para cobrar su letra que junto a la primera fue adjuntada, haciendo dos letras de cambio, y esto es exactamente lo que se llama cambio y recambio …” En el docum ento registrado a nte notario se hacían constar los nombres de todos los que fueron endosando la letra que ahora estaba en manos de quien pretendía cobrarla, de manera que en si mismo no es un documento que nos indique la existencia de una relación comercial de Terry con esas personas, y por ello no le daremos más importancia que la que pueda tener como testimonio de su actividad en el mundo de los negocios, que como estamos viendo era muy variada. Pero sí prestaremos atención a los nombres que aparecen en ellas, puesto que a fin de cuentas era un dinero, en papel, que pasaba de mano en mano. La prueba de la transferencia de dinero no sólo de unas manos a otras, sino de un país a otro. Algo interesante en el contexto de rebeliones jacobitas que necesitaban ser financiadas en secreto, Crespo Solana analiza solamente la relación entre las plazas de Cádiz y Ámsterdam, pero de su estudio extraemos nombres de casas comerciales holandesas que tenían correspondencia con las gaditanas, y cuyos nombres hemos visto en documentos relacionados con Guillermo Terry. Por ejemplo, el corredor de lonja holandés Teodoro Joseph de Roy, o Juan de Conique, delegado en Cádiz de la compañía holandesa “Salomon y Jacob de Conique”, que compraba aquí vino para dicha compañía. En su trabajo no aparece el apellido Terry como corresponsal en Cádiz de las compañías holandesas, pero nosotros hemos encontrado en este legajo del Archivo de Protocolos de Cádiz una declaración expresa de que Guillermo y Juan Terry ejercían de tales para otros comerciantes de Ámsterdam, los Muylman, Las principales plazas emisoras de letras de cambio con destino a Cádiz eran, en la primera mitad del siglo XVIII, y por este orden: Ámsterdam, Gante, Londres, Amberes, París, Hamburgo y Génova. Como la moneda americana (el peso mexicano y el peruano o perulero) tenía un alto precio, el cambio con América fue muy solicitado, sobre todo por los inversores y contratistas de riesgos marítimos. En el legajo que nos ocupa, la mayoría de los registros consisten en letras de cambio y cartas de pago referidas a ellas, o bien letras de cambio protestadas. Estas suman un total de 29. Y la mayoría de estos documentos también eran operaciones efectuadas entre 152 extranjeros. Basta ver un listado de nombres de los intervinientes en esos documentos para comprobar que Terry se relacionaba fundame ntalmente con extranjeros. Además, muchas de estas letras venían de Burdeos, París, Génova y Ámsterdam. Encontramos los siguientes nombres (particulares y compañías): Bernardo Mosti, Pedro Hendrix, Pedro, Felipe y Antonio Masson, Gilberto van Berequel y compañía, French y Rice, Juan Magher, Patricio Joyes y compañía 101 , Basilio de Roma y compañía, Diego y Juan Lambert, Andrés Henry, Juan Butler, Compañía de Antonio Butler y Brown, Creagh, Diego Hayden, Guillermo Murphy, Juan Smits, Juan House, Enrique y Pedro Muylman, Pedro Stafford…. Algunos eran comerciantes de Londres, Burdeos… y otros eran extranjeros afincados en Cádiz, Madrid, La Coruña… Nos llama la atención que aparezca el apellido Butler que, como ya tratamos anteriormente, era una familia destacada entre los jacobitas. En este caso, Antonio Butler era un próspero hombre de negocios irlandés afincado en Cádiz, pero también tenía delegación de su casa de comercio en Huelva, donde vendía mercancías traídas de Indias. Estaba asociado con otro irlandés, Ricardo Waddyng 102 . También aparece entre estos documentos otro famoso apellido jacobita emparentado con los Terry que ya mencionamos anteriormente: Sarsfield. El 20 de diciembre de 1726, Francisco Sarsfield, vecino de Cádiz, por sí y por su compañía titulada “Sarsfield, Galard y cía”, declaró ante el escribano Vergara que, por una escritura otorgada en 1722, Juan Ortiz de Foronda hizo viaje a Buenos Aires y se obligó a pagar a Rafael de Eliza, vecino de Cádiz, 20.923 pesos escudos sobre ciertos efectos. Pero Sarsfield aclaraba que, de esa cantidad, 4.250 pesos eran de Terry, y además otros 7.500 de otra escritura sobre efectos embarcados en otro viaje a Portobelo. Tenemos por tanto a dos miembros de importantes familias jacobitas afincados en Cádiz e integrados entre los comerciantes y hombres de negocios, y de alguna manera conectados con Guillermo Terry, con quien hacían negocios o por alguna razón debían entregarle importantes cantidades de dinero. 101 En el capít ulo anterior menc ionamos a Patrici o Joyes como hombre de enlace entre l a Corona española y los Estuardo a part ir de 1745, que es cuando se produce el último levantami ento jacobita y que contó con financiación española. Joyes se encargó de esas gestiones ese año de 1745, que es precisamente cuando fallece Guillermo Terry, su del egado de confianza en Cádiz. 102 GARCÍA - MAURIÑO MUND I, Margar ita. La pugna entre el Consulado de Cádiz y los jenízaros por las exportacion es a Indias (172 0 - 1765) , Universidad de Sevilla, 1999 , p. 280. 153 En una obligación de pago a favor de Guillermo Terry (12 de enero de 1727) se dice que Roberto Brame, inglés vecino de Londres, capitán de la fragata El Miller “ que antes se llamaba El Jacobo Margarita ” 103 de porte de 200 toneladas y surta en Cádiz, estaba enfermo, y por no saber español acudió a su casa como intérprete Bernardo MacLaughlin. Guillermo Terry tenía empleado en su oficina a un Bernardo MacLaughlem (así aparece escrito su nombre en una de sus disposiciones testamentarias) que debe ser este mismo. Brame confesó bajo juramento que debía a Terry 3.500 pesos que éste le había prestado para ciertas necesidades de su fragata. Le otorgó recibo a Terry obligando sus bienes para el pago, y además hipotecó su fragata para hacer frente al mismo (casco, buque, artillería, flete, pertrechos y aprovechamientos) Había comprado la fragata a Thomas Hawkins de Yboodbridge en Suffolk en 1718, cuya escritura entregó a Terry, de manera que éste podía quedarse con la embarcación o venderla. Recordemos que es la misma que empleó Terry para ir a buscar la carga de un navío suyo anclado en La Coruña tras un viaje a Indias, y la puso al mando de Juan Gardner, vecino de Londres, hermano de Nicolasa Brito. Se deduce que efectivamente pasó a poder de Guillermo Terry. Gracias a este documento averiguamos que era de su propiedad y cuál era su procedencia. Y llamamos la atención sobre que Juan (John) Gardner es mencionado como vecino de Londres, no de Cádiz, de manera que por aquellos años Guillermo Terry tenía a este hombre de su entorno familiar ubicado en dicha ciudad. Otro documento interesante y que nos provoca muchas preguntas se dio el 23 de enero de 1727, redactado por el escribano Vergara en la misma casa de Guillermo Terry. En él se refiere que don Diego de Roy había quebrado, pero antes de esto sacó de su casa ciertas alhajas de oro y esmeraldas que pertenecían a algunos interesados correspondientes de su casa y compañía actual, y de otra anterior titulada “Diego Francisco de Roy”. Las joyas eran producto de diferentes efectos remitidos fuera del reino desde hacía muchos años, y de los cuales no se habían dado todas las cuentas. Cuando sucedió la quiebra, Guillermo Terry fue nombrado administrador judicial de la misma y, por medio de este documento, Diego de Roy quería entregarle las referidas alhajas en depósito para que en su momento las distribuyera, o su procedido, ent re sus propietarios. El listado de joyas es largo, consta de 32 partidas que reproducimos a continuación, pero 103 Llamamos la at ención sobre el nombre original d e “Jacobo” de esta embarcación. Un nombr e que, por su significado, un inglés no jacobita jamás pondr ía a su barco. Lueg o se le cambió p or otro. 256 Bisagras Cerraduras, tiradores Machetes, hachuelas Rejas Tijeras, escoplos, tenazas, compases Navajas de barbero Hebillas de acero, de plata de Bolonia, de hierro, de plomo, de metal del Príncipe… Candados (4 reales cada uno) Candeleros 4 arañas (lámparas) de metal Tachuelas doradas (72.000) Tornillos Cajas polveras de hojalata (43 docenas a 2 pesos la docena) Cajetas de macao (a 12 reales cada una) Cucharas de palo Pares de espuelas (a 4 reales el par) Cafeteras de aljófar (4 pesos cada una) Jarros de aljofar (3 pesos cada uno) Botones de piedras falsas (42 docenas a 8 reales cada docena) Cucharitas de metal (17 docenas a 12 reales la docena) Tenacitas de metal (27, a 1 real cada una) Un reloj de plata (20 pesos) Hebillas de nácar (5 pares, a 4 reales el par) Una cajeta de nácar (al precio de 1 peso) 257 Útiles para escopeta Cajetas de nácar Cajetas de carey Cruces, aretes y botones falsos Tinteros (a un real) Botones de hierro, de piedra lisos, grandes de Bolonia… Candeleros de hojalata Picaportes (3 docenas a 2 reales cada una) Una escopeta (6 pesos) Correajes varios para caballos y carruajes Un par de pistolas (12 pesos) 95 hachas (2 pesos cada una) 82 cerraduras de hierro y bronces (a 3 reales cada una) Serruchos 7 cajones de virios (64 pesos cada uno) Loza ordinaria (a 2 pesos la docena de piezas) Tenemos entonces este ejemplo: una embarcación de 200 toneladas, una entre las muchas con las que los ingleses traficaban durante todo el año por los puertos españoles, como hemos visto en los listados anteriores, aprovechando la venta de esclavos para la introducción de contrabando… llevaba semejante carga. Los ingleses llegaban a vender a los españoles incluso los pertrechos que ellos declaraban llevar de repuesto en sus embarcaciones (velas, jarcia, etc) Lo hizo el capitán de esta misma fragata El León. En ese momento, estando como responsable del asiento en La Habana Juan Francisco de Sequeira, parece que éste optó por dar muestras de ser un funcionario vigilante y, ante las órdenes de Patiño, le comunicó la captura de este contrabando inglés, y además le reveló que estando el puerto de Jamaica tan cerca de ese de La Habana, no era creíble que llevase 258 tantos pertrechos de repuesto en su bodega, y por tanto los requisó. También confesó a Patiño que los pertrechos se vendían de manera continuada desde hacía años, no sólo a los vecinos españoles, sino a los mismos barcos del rey. Incluso existían cuentas que demostraban que los factores de l a compañía inglesa habían vendido pertrechos por valor de más de 100.000 pesos desde años atrás. Una cantidad considerable. Esta fragata El León, oficialmente había transportado solamente 12 cabezas de negros, 329 barriles de harina de a 8 arrobas, 40 barriles de licores y 40 piezas de jarcia. Para consumo de la factoría llevaba 7 barriles de aguardiente, 5 barriles de bacalao (de a 12 y 15 quintales cada uno) 20 barriles de arenques, 20 de peje, algunos barriles de ron, 15 barricas de vino de Madeira, una caja de medicinas, 4 o 5 barricas de loza y 150 barriles de manteca de a 100 libras. Vemos por tanto que aunque su único permiso oficial era transportar negros….sólo llevaba doce. Para un trayecto tan corto entre Jamaica y La Habana se necesitaban pocos víveres para esos esclavos y los tripulantes. Es decir… absolutamente todo lo demás, incluso lo que decían que era “para la factoría”, era contrabando que se vendía a los españoles. El gobernador de La Habana, Juan Francisco Güemes y Horcasitas, escribió a Patiño informando sobre este asunto 151 . Parece que esta fragata fue tomada como chivo expiatorio, la demostración de que las autoridades españolas cumplían con la orden de Patiño sobre proceder a controlar exahustivamente el contrabando. El caso es que apenas requisaron alguna carga más, o bien vemos indicios de que se aseguraba que no llevaban contrabando, cuando sí lo llevaban. Decía el gobernador: “… escarmentados del antecedente, en este viaje se han abstenido de traer géneros ” Pero la lista de la carga que hemos resumido demostraba lo que “ con pretexto de víveres han practicado con estas especies, el mismo uso que con los fardos y mercerías, porque siendo hecho constante que cuando estos negros vienen ya están vendidos; que el equipaje de que se componen estas embarcaciones son de doce a dieciséis marineros a lo más que traen; extra de esto, los víveres necesarios para su viaje se evidencia que el fin es hacer comercio de las harinas y licores que con tanta abundancia introducen, pues en las dos últimas embarcaciones y en otra que antes de i llegada arribó aquí en 30 de 151 AGI, Indi ferente, 2 .812. Carta del gobern ador Juan F rancisc o de Güemes y Horcasitas a José Pati ño. La Habana, 21 de julio de 17 34. 259 diciembre del año próximo pasado, consta haber raído 8.037 arrobas de haría y 127 barricas de licores, que cada una lo menos que compone son diez docenas de botellas. Conque, para mi concepto, no queda duda de que estos víveres debían graduarse en el mismo caso que las ropas y géneros. Pero como en lo estipulado de los artículos del Asiento, y especialmente en el 34, con motivo de familia, manutención de negros y equipajes de navíos, se les da el ensanche de que puedan tener almacenes con estos víveres y traerlos en pequeñas embarcaciones fuera de las mismas que conducen los negros, se ha tenido presente este reparo para exceptuarlos del comiso y llevarlo con la mayor templanza y política, por no dar mayor bulto a estos excesos y a la delicadeza de esta nación, consentida en la inversión de este desorden por el beneficio de sus intereses, con perjuicio de los de la misma compañía, y evitar en toda la manera posible tengan motivo a pretextar la menor viol encia en el delito de sus propias contravenciones, de que tsnto los convence sus mismos ecos, hasta que resuelva Su Majestad en esta inteligencia…” El te xto de Güemes y Horcasitas refleja lo que sucedía desde el mismo momento de la firma del tratado del Asiento. La absoluta carta blanca que en la práctica tenían los ingleses y cómo no cumplían nada de lo pactado. Es de suponer que los franceses anteriormente hicieron lo mismo, básicamente porque las autoridades indianas lo toleraban y hasta participaban activament e en ese contrabando. Si las flotas llegaban una sola vez al año, y a veces ni siquiera eso, nadie iba a poner pegas a los barcos extranjeros que llegaban cargados de todo lo que necesitaban y apetecían, y además sin cobrar impuestos. Tan consentido que el mismo gobernador dice que estaban obligados a tratar con exquisito esmero y delicadeza a esos ingleses contrabandistas, amparados por el Tratado del Asiento, para que no les acusaran de violencia si se empeñaban en vigilar el contrabando. Al menor atisbo de intentar hacer cumplir la ley, los ingleses protestaban airadamente y amenazaban con elevar esas protestas a la dirección de la compañía y a má s altas instancias, creando así un conflicto diplomático y graves problemas al rey y a sus ministros. En consecuencia… hasta entonce s todo había discurrido en un contexto de lo que se podría denominar franca camaradería y excelentes relaciones entre ambas naciones, exceptuando los cortos períodos en que desde Madrid se ordenaron represalias contra los ingleses. Encontramos otros casos sueltos, como lanchas en las que españoles e ingleses decían que iban a hacer aguada cerca del puerto de San Francisco de Campeche, y cuando 260 se inspeccioban se descubrían cantidades de dinero de cierta consideración, como 1.800 pesos en talegas. En esa ocasión, los factores ingleses declaron que eran parte de los 6.000 pesos que como efectos de la Compañía tenían licencia para embarcar. Para más explicación, Güemes y Horcasitas informa de lo que le comunicaron las autoridades locales: que en ese puerto no había barcos de guardia en la bahía, ni ministro alguno que tomase razón de lo que se embarcaba, salvo el teniente de guarda mayor de la real Hacienda 152 . Al final, lo más asombroso de este caso es que se terminó poniendo preso al español que hizo la inspección de la lancha inglesa, acusado de desacato. Más adelante analizaremos otras actuaciones de la compañía británica en Campeche que ilustran el buen entendimiento con las autoridades españolas. Sin embargo, la inspección de la fragata El León tomó otro cariz y relevancia cuando encontramos otro listado de su carga requisada 153 . Parece que el primer listado lo elaboró un funcionario “comprensivo”, pero el gobernador de La Habana tomó cartas en el asunto, dirigió personalmente la descarga e inventario detallado, y el volumen de la misma resultó ser algo muy distinto. Parece que Güemes y Horcasitas, que se distinguió siempre como un gobernador, y luego virrey, honesto y muy cumplidor de las órdenes que recibía desde Madrid, se implicó seriamente en esto de controlar el comercio ilícito. Transcribimos el listado de la carga a continuación porque es un magnífico ejemplo del volumen que suponía ese contrabando. El simple listado de mercancías es una imagen muy gráfica, que debemos imaginar multiplicada por todas las embarcaciones que los ingleses introducían en los puertos españoles de Indias (véanse los listados anteriores para cada puerto) en todos y cada uno de ellos donde tenían autorización, y quizás también por fuera de esos puertos, en zonas menos concurridas, sin que ni siquiera hubiera constancia de ello. Ya vemos que nadie lo impedía. Este contrabando se produjo durante todos los años que duró el Asiento de Negros. Dado que precisamente el contrabando es lo que casi siempre resulta imposible cuantificar documentalmente, esta relación de la carga de un pequeño navío inglés de 200 toneladas nos parece entonces mucho más importante. Sobre todo recordemos que esta fragata inglesa, cuyo único cometido autorizado era transportar negros para su venta en 152 AGI, Indi ferente, 2 .812. Carta del gobern ador Juan F rancisco de Güemes y Hosc asitas a J osé Patiño. La Habana, 27 de febrero de 173 6. 153 AGI, Indi ferente, 2 .812. “ Autos s obre aprehensión de distintos gén eros y efectos que se hizo del navío inglés nombra do El León, su cap itán don Edu ardo Barven , que con negr os vino por cu enta de la Real Compañía, de la isla de Jamaica ”. La Habana, 4 de mayo de 1734. 261 territorio español… sólo llevaba doce esclavos, “seis muleques y seis mulecas” (así se llamaba a los esclavos africanos que tenían entre 6 y 10 años de edad) cuyo precio era menor que el de un esclavo adulto, y además el factor inglés pretendía, de manera que llegaba a ser hasta insolente y no desprovisto de cinismo, que toda la carga de la bodega era para uso exclusivo de la factoría, cuyo cometido no era otro que poner en venta esos esclavos y cobrar su procedido, comprando frutos de la tierra que valieran exactamente el total de lo cobrado por ellos 154 Si tenemos presente que a esta factoría llegaban barco s ingleses continuamente, su afirmación se puede calificar sin duda con esos términos cuando vemos las cantidades que se descubrieron. Alijo 1= 117 barriles de harína de trigo Alijo 2= 33 barriles de harina de trigo 2 cajones con dos mesas y dos papeleras 3 barricas con loza 2 líos con machetes 3 cajones con escritorios Alijo 3= 15 barriles de harina de trigo 4 barricas con aguardiente romo (ron) Alijo 4= 30 barriles de harina de trigo 1 barrica con limetas 97 barriles con manteca de Flandes 154 AGI, Indi ferente, 2 .812. Inve ntario y t asación de lo alijado del navío inglés El L eón. La Haban a, mayo de 1734. 262 Alijo 5= 86 barriles con harina de trigo 64 barriles con manteca de Flandes 1 cajón con dos luces (¿lámparas?) de espejo para la casa de Woolley (el factor inglés) 30 barriles de arenques 3 barriles con limetas de sidra y cerveza 1 barril con frascos de vino 1 cajón con unos hierros para adorno del jardín de la casa de Woolley 5 cajones de vidrios Alijo 6= 31 barriles de harina de trigo 1barril con limetas de aguardiente 10 barriles con arenques 1barrica de bacalao 16 barricas con limetas de sidra y cerveza 4 barricas con botellas de vino Alijo 7= 30 barriles de harina de trigo 3 cajones con limetas de vino (para Woolley) 7 barriles de aguardiente romo 2 barricas de sidra y cerveza 4 barricas de peje bacalao 1 canasto con limetas de vino (para Woolley) 19 barriles con frenos, cinchas y espuelas. 263 4 barriles de alcaparrosa 1 barril con munición 1 cajón con cerraduras, candeleros de hierro y de metal de aljófar Alijo 8= 12 barriles de harina de trigo 19 barricas con limetas de sidra y cerveza 2 barricas con limetas de vino 1 cajón de medicinas (para Woolley) 1 cajón con botellas de vino 1 canasto con garrafas de vino 2 barriles de aguardiente romo Alijo 9= 13 barriles de harina de trigo 16 barricas de sidra y cerveza 33 barriles de aguardiente 25 barrilillos de manteca de Flandes 6 cuñetes de quesos 1 barril de vino 1 cajón de medicinas (para Woolley) 1 barril de hilo acarreto 21 barriles de alquitrán 40 piezas de jarcia de todas clases 1 cajón con vidrios 3 barriles con munición 264 Se hace a continuación un fondeo, es decir, se saca toda la carga que se encuentra en toda la bodega, de popa a proa, en entrepuentes y pañoles (lo que nos induce a pensar que todo lo anterior no estaba en la bodega) y se encontró lo siguiente: 63 barriles de aguardiente 3 mazos de cardenillo 3 barriles de pólvora 12 piezas de lonetas 2 medias piezas de loneta 15 piezas de platillas 10 medias piezas de estopilla de olan 3 medias piezas de estopilla de olan mojadas 1 papel con navajas de barbero 2 pedazos de esterlin 7 jarros de estaño 2 mazos de limas 4 pares de zapatos de seda para mujer 9 rollos de hilo de acarreto 4 canastos de limetas 3 barrilillos pequeños 3 barricas con limetas 6 piezas de listados de camisas a 3 reales la vara 7 sombreros negros ordinarios a 2 pesos cada uno 6 sombreros blancos a 2 pesos cada uno 1 docena de cuchillos a 10 reales 1 pieza de lienzo alemanisco, a 12 reales la vara 265 1 pieza de listado de algodón, a 3 reales la vara 14 medias piezas de estopilla de olán, a 6 pesos cada una 12 chupas de listado de hilo, a reales cada una 17 piezas de encajes de Pui, a 1 real y medio la vara 1 pieza de Holanda, a 4 reales la vara 10 piezas de coleta, a 1 real y medio la vara 1 pieza de lona, en 15 pesos 3 piezas de crudo ordinario, a 2 reales la vara 16 piezas de platillas, a 2 pesos cada una 3 medias piezas de estopilla mojada, a 4 reales la vara 12 medias piezas de estopilla, a 4 pesos cada una 11 camisas de ruán de cofre, a 3 pesos cada una 2 piezas de esterlin, a un real y medio la vara Un barril con: 72 martillos chicos y grandes, a 3 reales cada uno 8 hachuelas, a 4 reales cada una 1 cuchara de albañil, a 4 reales Un barril con: 27 docenas de limas, a 12 reales la docena 6 docenas de bisagras, a 12 reales la docena 23 cerraduras chicas, a 2 reales cada una 6 machetes, a 3 reales cada uno 1 reja, a 3 pesos 1 barril con 56 almohasas, a 3 reales cada una 272 36 machetes de cinta, a 2 pesos cada uno 7 espadines con guarnición de metal, a 3 pesos cada uno 216 cerraduras chicas de hierro, a 3 reales cada una 5 machetes de trabajo, a 8 reales cada uno 40 cerraduras de metal, a 3 reales cada una 23 docenas de navajas chicas, a 4 reales la docena 6 docenas de tijeras, a 8 rales la docena 60 docenas de cuchillos, a 8 reales la docena 13 cuchillos con cabos de hueso blanco y sus tenedores, a 8 reales la docenaç puntillas, e 4 reales 7 tinteros de cobre a 2 reales cada uno 200 perillas doradas chicas, a 6 reales el ciento 44 brocas de zapatero, en 8 reales 7 docenas de hebillas, a reales la docena 1 pieza de cinta blanca de hilo, a medio real la vara 1 cajón con= 108 docenas de trompas, a 3 reales la docena 12 cerraduras de llaves doradas, a 4 reales cada una 4 candeleros con sus espabiladeras, dorados, a 2 pesos el par. 1 barril con= 23 cerraduras de hierro ordinarias, a 4 reales cada una 25 cerraduras chicas de metal, a 4 reales cada una 3 aldabones de hierro a 4 reales cada uno 250 lesmas, todas en 8 reales 6 espuelas, en 3 reales el par 273 3 almohasas, a 6 reales cada uno 5 pares de zapatos, a 1 peso el par 6 pares de medias de seda, a 5 pesos el par 5 docenas de cuchillos, a 10 reales la docena 3 cajetas de metal, a 12 reales cada una 1 escopeta, en 6 pesos Correaje= 43 pares de estribos ordinarios, a 4 reales el par 2 pares de estribos en 12 reales 2 pares de estribos de concha dorados, a 7 pesos el par 3 pares de estribos de concha a 2 pesos 10 docenas de hebillas de correaje a 4 reales la docena 3 cabezas de silla de plata de Bolonia, a 4 reales cada una 2 pares de cañones a 2 pesos el par 10 bericues de cordobán, a 4 reales cada uno 12 escobillas a 3 reales cada una 1 barril con= 29 cinchas, las anchas a 4 reales y las angostas a 2 reales 2 cinchas más con sus riendas, a 4 reales cada una 36 guruperas a 4 reales cada una 6 pares de estribos a 4 reales el par 4 frenos con sus avíos, a 8 pesos cada uno 18 cabezadas, 12 de ellas a 4 reales cada una, y 6 a 12 reales cada una 21 pares de arziones (sic) para estribos, a 5 reales cada uno 274 7 frenos con sus riendas, a 20 reales cada uno 2 brioncillos a 12 pesos cada uno 1 mantilla amarilla en 12 pesos 4 docenas de hebillas para frenos a 6 reales la docena 1 papel de puntillas para frenos, a medio real cada uno 1 barril con= 1 par de pistolas, en 12 pesos 95 hachas, a 2 pesos cada una 27 almohasas, a 6 reales cada una 82 cerraduras de hierro y bronces, a 3 reales cada una 6 candeleros con sus espabiladeras, a 2 pesos el par 20 papeles de botones de metal dorado y blanco, a medio real la docena 2 serruchos a 12 reales cada uno 31 docenas de botones de metal, a medio real la docena 24 escobillas a 4 reales cada una 2 docenas de escarmenadores de cuerno, a 4 reales la docena 5 docenas de cordones de hilo, a 3 reales la docena 40 cerraduras pequeñas de metal doradas, a 2 reales cada una 11 cerraduras de hierro, a 2 reales cda una 1 rollo de cinta de hilo, a medio real la vara 16 espabiladeras de acero, a 8 reales la docena 4 docenas de clavos de Bolonia, a 8 reales la docena 1 barril con= 26 suelas, a 8 reales cada una 275 13 hachas, a 2 pesos cada una 55 serruchos grandes y chicos, a 4 reales cada uno 59 cerraduras chicas, a 2 reales cada una 5 pares de espuelas, a 3 reales el par 3 candeleros de acero, a 6 reales cada uno 9 cucharas de albañil, a 4 reales cada una 5 escuadras de albañil, a 4 reales cada una 7 almohasas, a 3 reales 12 cuchillos con cabos de palo, en 6 reales 7 docenas y media de limas, a 12 reales la docena 7 cajones de vidrios, a razón de 64 pesos cada cajón 3 barricas de loza ordinaria, a 2 pesos la docena de piezas Correaje= 2 frenos con sus aviíos, a 8 pesos cada uno 12 pares de correas de estribos, a 4 reales el par Vemos que en este largo listado hay toda clase de mercancías: telas variadas, hebillas y botones de todas clases, algunas prendas de vestir confeccionadas, herramientas para distintos oficios (barbero, albañil, zapatero, carpintero…) objetos de ajuar doméstico sencillos pero también lujosos, muchos avíos para caballos y carruajes, distintas bebidas (cerveza, sidra, ron, vino) harina de trigo, manteca de Flandes, grandes cantidades de cerraduras, candados, tachuelas, tornillos y cualquier clase de manufacturas en metal…, cajones con vidrios y piezas de loza, armas como machetes (también eran un útil de trabajo) pistolas y escopetas, además de munición, cajas de medicinas… Es evidente que en absoluto podía ser tal cantidad para consumo y uso exclusivo de la factoría inglesa. De la misma manera, cuando observamos su embalaje, vemos que iban objetos muy distintos en un mismo barril o cajón. Esto nos indica que quizás cada 276 lote así embalado iba destinado a una sola persona, un comprador particular, artesano o comerciante. Es decir, que pudieran ser encargos hechos previamente y así se embalaban. Eran mercancías transportadas desde Jamaica a petición. De la misma manera que lo eran los esclavos, pues se nos dice en otro documento que ya estaban vendidos antes de llegar a destino. Volvamos entonces al listado de embarcaciones que por cuenta de la South Sea Company entraron en La Habana desde 1714. Por tomar sólo los últimos años de ese listado, comprobamos que oficialmente entraron en ese puerto cinco en 1730, diez en 1731, siete en 1732, tres en 1733, y sólo se registra una en 1734 hasta la fecha de confección de ese listado, el 1 de marzo. Esta fragata, El León, entró en abril. Calculemos cuál podría ser la entrada de contrabando por cada una de ellas a lo largo de todo el Asiento, y eso sin poder saber cuántas embarcaciones llegaban desde Jamaica u otros territorios en posesión de extranjeros, e incluso de españoles, que recalaban y descargaban fuera de La Habana. De manera que cuando se debate sobre el impacto de este contrabando en el comercio español controlado desde Cádiz, resulta evidente que tuvo que ser importante, puesto que estas mercancías ilegales de manufactura y procedencia extranjera (en este caso de Gran Bretaña y quizás de otros fabricantes europeos introducidas en sus barcos) inundaban completamente el mercado. Cuando llegaban las flotas, los ingleses ya habían abastecido de lo necesario a los españoles residentes en Indias, y por tanto habían hecho disminuir la demanda y en consecuencia los precios. Además, las vendían más baratas que las equivalentes procedentes de España, puesto que al ser ilegales no pagaban impuestos de ningún tipo. Esto no sólo afectaba a los comerciantes españoles que embarcaban desde Cádiz, sino también a los extranjeros que, por el medio que fuera (con naturaleza para comerciar con Indias, o a través de testaferros) invertían para cargar en las flotas. Es decir, sin duda Guillermo Terry, así como aquellos a los que servía como delegado comercial en Cádiz, la mayoría ingleses, no podían sentirse conformes ni satisfechos con esta situación. La South Sea Company estaba afectando negativamente a mucha gente, y no sólo a españoles peninsulares. Un dato importante nos aparece en estos documentos. Al hacer el registro de esta fragata se encontraron también algunas cartas dirigidas al factor Woolley. Curiosament e, se encargó su traducción a un residente en La Habana, Ricardo Geraldino. Suponemos, 277 aunque no podemos certificarlo, que era pariente de Thomas Geraldino, el primo de Guillermo Terry que ya por entonces, desde abril de 1732, era el delegado de la corona española en Londres para el Asiento de Negros. De manera que quizás Thomas Geraldino, y por extensión Guillermo Terry, podrían tener información directa de lo que ocurría en La Habana. De nuevo vemos cómo se extendían, en los sitios y el momento preciso, las conexiones de Terry, sus redes de contactos y de espías, siempre miembros de su cículo familiar. Después de todo lo que hemos señalado en el capítulo anterior, nos parece claro que el modus operandi de Terry era siempre el mismo, y con tal cantidad de ejemplos que no se puede considerar que fuera una simple casualidad. Por otra parte, los remitentes de estas cartas (incluídas en los autos del registro y embargo de la carga del León) escriben a Woolley sobre intercambio de mercancías, como por ejemplo enviarle determinadas partidas para que él las vendiera en La Habana y les enviase otras conpradas allí como retorno. Demostración de que el mismo factor actuaba como comerciante de manera ilegal. Eran conocidos suyos que a su vez le mandaban partidas y le hacían pedidos de otros. El gobernador Güemes y Horcasitas declaró que toda la carga que Woolley no pudo demostrar que era para la factoría, quedó inventariada, tasada y puesta por comiso en el almacén de la real Contaduría, ordenando que se pregonara su subasta al mejor postor. Woolley reaccionó exigiendo al gobernador que anulase esa orden, alegando que por el artículo 34 del tratado del Asiento las factorías podían proveerse de toda clase de artículos y víveres necesarios para mantener sus dependencias, embarcaciones y empleados. Sólo admitía que en algunas partidas se excedía en algunas porciones la cantidad considerada como necesaria, pero que “ no encontrándose tasa ni cláusula que restrinja ni limite la permisión, parece que es el caso en que pueda admitirse ”, y que siempre se habían introducido de buena fe en todas las ocasiones objetos semejantes. Para mayor argumentación, se refería a una real cédula de 1 de julio de 1703, en la que el rey de España “ previno que si se excediesen los navíos de SM cristianísima en la venta de 1.700 libras que les estaba permitido para refresco, no se formalizasen los jueces demasiadamente en la observancia de la ley. Y aunque ésta fue gracia concedida en tiempo del Asiento de la nación francesa, es condición expresa del presente el que todos los privilegios, gracias y franquezas concedidas en los asientos antecedentes, se entiendan repetidos en éste, como si la letras estuviesen insertas en sus condiciones ” 278 Woolley no sólo pretendía que los barcos de la compañía ni siquiera fueran inspeccionados, sino que además declaraba que todas esas cargas “ por su corta porción, y por estimarse como drogas y bagatelas no comerciables entre los españoles, y necesarias para el uso de nuestras casas, y aún de algunos vecinos que nos las encomiendan por carecer de ellas en esta ciudad, excluye la presunción de fraude ”. Es decir, con total s inceridad (por calificarlo suavemente) estaba dejando constancia de que los ingleses de la compañía actuaban como compradores y transportistas de mercancías inglesas para los españoles de La Habana. En éste como en otros documentos, las declaraciones de los ingleses sobre sus actividades son una muestra de la total impunidad con la que se comportaban y pretendían que se les dejase continuar en semejante contrabando. Para más abundamiento de la desfachatez (permítasenos el término) añadía que en este proceder no había ninguna intención de dolo, y que “ sin dolo no hay culpa ni delito, y que sin éste no puede imponerse pena ”. Por todo ello, la confiscación de la carga era “ un hecho exorbitante de las reglas y disposiciones de derecho ”. Pretendía además que la tolerancia de Felipe V “ excusará sin duda incurrir en pena ” y que si el rey hubiera querido, ya habría tomado “ otra resolución sobre este punto, que es asentado que la tolerancia en el Príncipe obra e induce una voluntad tácita aprobativa ”. Woolley estaba al tanto del interés personal de Felipe V en la South Sea Company , y de ello se valía como amenaza al gobernador de La Habana. Para seguir justificando la elevada carga del León, decía que la factoría tenía dos casas, una en la que vivía él, y otra en la que había vivido su antecesor en el cargo, además de otras dependencias. Si en esta fragata trajeron más víveres de la cuenta fue porque “ en esta ciudad se halla gran número de sujetos de importancia, así de los de la flota naufragada como de los que vinieron de España en los navíos que arribaron a este puerto para conducir el tesoro, que por ser de nuestro conocimiento y amistad la mayor parte de ellos, se hizo preciso el que diésemos nuestra providencia para que nos enviase la competente para la urgencia de nuestras casas y obsequio de nuestros amigos ” Se está refiri endo Woolley a l naufragio de la flota y escuadra de Rodrigo de Torres en 1733 en los cayos de Víboras y Matacumbe, en las Bahamas. Entre ellos, por cierto, se perdió con su carga un navío propiedad de Guillermo Terry, el San Felipe, alias el Terry, de 486 toneladas y fábrica inglesa, cuyo capitán era José de Villa y Andrade. Nos preguntamos si ese Geraldino anteriormente mencionado que nos aparece como residente 279 en La Habana en este momento, había llegado allí para gestionar lo referente a ese naufragio, la recuperación de alguna carga etc. Concluye Benjamin Woolley su alegato con esta declaración: “ Es claro que, a vista de la libertad y permisión con que siempre se han introducido sin límite ni tasa, con publicidad, como así ha constado a Su Majestad sin que nunca, si no es ahora, haya tomado resolución contraria, que es la que comprende la nueva disposición para inervención de ministro suyo ” Es decir, Woolley se muestra absolutamente sorprendido por este cambio de actitud de las autoridades españolas. No comprende este celo repentino si durante años han introducido todo lo que han querido en territorio español, y además sin recato alguno. Es más, lo han hecho como “favor” y en prueba de buena amistad, proporcionando todo aquello de lo que carecían los españoles, y tanto más en circunstancias extraordinarias como la mencionada. Este documento, contenido en los autos mencionados y fechado en junio de 1734, fue respondido por Güemes y Horcasitas sin contemplaciones. Ambos escritos son la demostración de que el ministro Patiño había dado un puñetazo sobre la mesa y emitido órdenes para que tal contrabando, y en general toda la actividad de la South Sea Company , fuera vigilada y controlada como hasta entonces nunca se había hecho. Otra de las pruebas es que en este año las autoridades de los puertos donde tenían autorizada la entrada los barcos de la compañía, enviaron informes sobre la entrada y salida de esas embarcaciones y sus cargas de negros, desde el inicio mismo del tratado firmado con los ingleses. Lo que implica que nunca hasta entonces se había proporcionado tal información, a pesar de tenerla. El gobernador de La Habana respondió en estos términos: “ Contémplese su porte y buque de 200 toneladas, revestido con la apariencia del Real Asiento. A qué fin conducir doce negros, que pudiera pasarse por la consideración piadosa de beneficio preparado a los esclavos en orden a su mayor extensión y comodidad de su tránsito, si no interviniera al mismo tiempo la repugnancia y contradicción de ver el bajel tan sumamente ocupado con la diversidad de mercaderías y bastimentos que manifiesta su misma descarga. Que comparado lo uno con lo otro, el menos advertido tendrá por calificada la bondad de la determinación de vuestra serñoría. /…/ Quién no hallará la deformidad de que para doce negros, reducidos a siete u ocho piezas, se trajesen 269 barriles de harina, tantos de manteca, arenques, 280 aguardientes en diversos vasos… cuando milita la experiencia que aún las más numerosas introducciones de esclavo,s no han llegado estos a las casas de los factores cuando inmediatamente vendidos vuelven a s alir de ellas sin que estos consuman cosa alguna de tales bastimentos /…/ Además de la variedad de géneros y mercaderías de todas calidades que constan de los alijos, es gran torpeza proponer licitud en su introducción …” Añade que la fragata tenía un pasaporte que exclusivamente la autorizaba para la introducción en La Habana de esos doce esclavos, y no para cualquiera otra carga, de manera que todo lo demás era lícito confiscarlo. En términos más éticos y jurídicos, Güemes y Horcasitas alegaba que “ la repetición del delito no sirve de beneficio para la remisión de la pena, antes bien, la reincidencia hace más torpe el delito ” Y en cuanto al rey, señalaba que “ habiéndose reconocido las varias introducciones tan nocivas a sus reales haberes y quebrantos insanables que sus vasallos han experimentado, ha dado las nuevas providencias fortaleciendo las antecedentes prohibitivas de ilícitos comercios, para que es de nuestra nación crezca y se utilice y no padezcan los infortunios que han ocasionado las extranjeras naciones …” El gobernador le hace ver a Wolley que por supuesto es conocedor de los pormenores de este contrabando, y por tanto también los conocía el rey. Cosa que tampoco debía sorprender al factor. Era algo que se hacía a la luz del día y sin el menor pudor desde siempre: “ Habiendo llegado a tal exceso la introducción, que aún los pobres oficiales de esta ciudad sienten su perjuicio privándoles del ejercicio de sus oficios, pues no perdona la nación inglesa ejercitar sus introducciones en cerraduras, machetes, hachas, escoplos, limas, almohasas y otras cosas, que de todo se hace centa en la casa de la factoría, siendo el almacén más bien surtido, así de los más apreciables gé neros como de los nás bastos, donde siempre se ha ocurrido sin embarazo para lo que a cada uno le ha sido preciso, vulnerándose las leyes y también las condiciones del mismo Asinto /…/ En cuanto al factor, se acredita por confesión de su delito, y así corre por desprecio su intención …” Tenemos aquí la descripción gráfica de la situación: la factoría era en si misma el establecimiento mejor abastecido de toda la isla de Cuba. El que disponía de toda clase de artículos permanentemente gracias a esas embarcaciones del Asiento que llegaban desde Jamaica y otras partes. Mercancías extranjeras, para más agravio. El lugar donde 281 cualquier vecino acudía a comprar sin el menor problema, perjudicando no sólo a los mercaderes que cargaban en las flotas en Cádiz, sino a los propios artesanos y comerciantes de La Habana, desprovistos por la escasez de abastecimiento desde España, y además a precios más caros por los impuestos añadidos que imponía la real Hacienda. Esta declaración del gobernador es definitiva a la hora de sentenciar el debate sobre la repercusión del Asiento de Negros en el comercio español. Aplíquese este ejemplo a los demás puertos y costas donde los barcos de la compañía accedían sin el menor control. Gracias, desde luego, a la laxitud impuesta por el mismo Felipe V, interesado como estaba por la parte que tenía en los beneficios, en que la compañía inglesa disfrutase de todas las facilidades para que el negocio fuera un éxito. A más venta, mayor beneficio a repartir. Si podemos establecer un punto de inflexión, fue éste, así como el principal motivo para que las relaciones fueran cada vez más tensas entre ingleses y españoles y desembocasen en una declaración de guerra cinco años después. Podemos aventurar en consecuencia que el ministro Patiño tuvo que imponer su decisión al rey, convencerle de que era absolutamente contraproducente para la real Hacienda y para todos los comerciantes españoles e incluso extranjeros naturalizados, seguir tolerando ese contrabando sin medida. Estaban esquilmando las posesiones españolas, sacando no solamente todos los frutos que podían, sino enormes cantidades de plata y oro producto de la venta de sus propias introducciones desde Europa. Finalmente, el recurso de Woolley desde luego no fue admitido, y sólo se le entregaron las mercancías que se consideró correspondían para el sostenimiento de su familia: 40 barriles de harina, 12 de manteca de Flandes, 5 de arenques, 8 barricas de sidra y cerveza, 2 de bacalao, 3 de vino, un baril de vino del Rhin, un cajón con botellas de vino francés, 22 barriles de ron y 7 cuñates de quesos. Woolley volvió a apelar, esta vez ante el mismo rey de España y la Junta de Negros, pero se le denegó la reclamación. En julio de 1734 empezó a subastarse toda la carga de la fragata inglesa. Woolley incluso intentó ejercer el privilegio que alegó tenía para comprarla al precio del remate, pero como hubo protestas por parte de pujadores españoles (uno de ellos exclamó que entonces ¿p ara qué pujaba si al inglés se le daba preferencia para quedársela?) s e le denegó también. Una vez revisada la carga y eliminada toda aquella que se había corrompido por el paso del tiempo y el calor, se remató y se dieron las cuentas de lo que se obtuvo en la 288 facultad para ello según el Tratado del Asiento. Tampoco habí an solicitado ni obtenido el permiso de Felipe V para semejante novedad, por lo que Geraldino avisó al rey exponiéndole los inconvenientes que se seguían de esta práctica. El rey (podemos aventurar que en realidad fue Patiño) le ordenó que requiriese a los directores de la compañía la completa anulación de todos los contratos que hubieran hecho y las licencias con los subarrendadores. Los directores ingleses accedieron y se convino la anulación el febrero de 1733, dando las órdenes convenientes a sus agentes en Jamaica, aunque se reservaban el derecho de reclamar ante el rey español por el perjuicio que les suponía esta providencia. Efectivamente lo hicieron, y desde Madrid se les volvió a insistir en que no podían sobrepasar ni cambiar lo autorizado por el tratado. Al anularse las licencias, los ingleses solicitaron poder retirar de esos puertos los efectos que tuviesen en ellos producto de esos contratos hasta la fecha. Geraldino reclamó a los directores en Londres que mostrasen la cuenta de dichos efectos para justificar si eran o no procedidos de la venta de esclavos. Los ingleses decían tener 50.000 pesos en frutos y efectos, pero Geraldino consideró que la cantidad debía rebajarse a la mitad. Algo interesante es que la South Sea Company , según Geraldino, no tenía interés en mantener ella misma una factoría en Campeche (sin embargo, ya hemos visto que por supuesto la tenían, y perfectamente operativa y abastecida) pero se le concedió que pudieran despachar el navío Derby, de 150 toneladas con 40 esclavos. Da la impresión de que llegó a tal punto lo que podemos llamar saqueo organizado, que la compañía no disponía de barcos suficientes y optó por subcontratarlos. Mientras mentía a los delegados españoles en Londres sobre lo que realmente estaban haciendo en Indias. Geraldino continúa dando noticias interesantes como, por ejemplo, que antes de que él asumiera el cargo, al parecer los agentes ingleses en Jamaica eran los que daban las licencias a esos subarrendadores que transportaban desde allí los esclavos a distintos puertos españoles, y “ las daban para un corto número [de esclavos] en cada emb arcación, con el fin de aumentar el de éstas para facilitar su clandestino comercio ”. He aquí, por tanto, la constatación de cómo se estableció desde un principio la ejecución del fraude. Ya ni siquiera era la compañía la que daba las licencias desde Londres, sino los agentes en Jamaica, suponemos que teniendo información más rápida y directa de la demanda en los puertos españoles, no sólo de esclavos, sino del tipo de carga que podían enviar de contrabando una y otra vez. Estos dos hechos, la subcontratación del transporte y el dejar que las licencias se emitieran desde Jamaica y no desde Londres, son la 289 demostración más patente de cómo los ingleses incumplían, en todo y en parte, lo pactado en un tratado. Algo que dificultaba, todavía más si cabe, cualquier control por parte española. En consecuencia, Thomas Geraldino informó de esto a Patiño, diciendo que “ en virtud de reales órdenes, he establecido que no pueda ir ninguna embarcación a los puertos de la Veracruz, Cartagena, Portobelo y Buenos Aires, con menos número de esclavos que ochenta de todas edades por cada cien toneladas ”. Por lo que tocaba a Caracas y La Habana, al considerarse que los retornos desde estos dos puertos eran más voluminosos y requerían mayores buques, estaba pendiente la regulación. En suma, que si la compañía quería llevar menos esclavos de lo establecido en un barco, tenía que justificarlo danto toda clase de detalles sobre motivos, arqueo del buque, número de esclavos, bastimentos para su manutención etc. Y de este control, por supuesto, debía estar pendiente Geraldino en Londres, pero también los responsables español es en los puertos indianos para certificarlo a su vez desde allí, comprobando lo que realmente entraba en cada puerto y salía de ellos. Sobre todo esto, Felipe V había escrito a Benjamin Keene 160 en noviembre de 1733, y antes se dieron órdenes en julio de ese año a don Juan de Ávila, director del Asiento por la parte española en Veracruz, para prevenirle sobre cómo debía vigilar el exacto cumplimiento de las ordenes. Sin embargo, y de una manera sorprendente, Geraldino dice al gobernador y oficiales reales de Campeche, que le avisen de lo ejecutado por su parte “ por vía de Jamaica al recibo de ésta ”. Sólo se nos ocurre que Geraldino tenía prisa por tener noticias de Indias, y la vía más rápida, paradójicamente, eran los barcos ingleses dada la escasez de los españoles. Teniendo en cuenta que una información que se podía considerar confidencial se enviaba siempre por vías alternativas para que no cayese en 160 Benjamin Keen e (Norfolk, Gr an Bretaña, 16 97 - Madrid, E spaña, 1 757) fue un per sonaje e sencial en todas las relaciones hispanobritánica s de la época. Estre chamente relacio nado con el prim er ministro Robert Walp ole, con sólo 23 años fue comi sionado a España por la Sout h Sea Company para encargarse aquí de todas los asuntos de la compañía. Supervisó la firma del Tra tado del Asiento , y en 1727 fue nombrado ministro pelnipotenci ario en Madrid para dirigir las conver saciones con vistas a la firma del Tratado de Sevilla, donde y a se encontró con José Patiño como representante esp añol. En 1734 asce ndió a e mbajador, de maner a que le encontramos en toda la corre spondecia relaciona da con la South Sea Company , defendiendo los in tereses británic os frente a la s quejas y rec lamaciones españolas. E n septiembre de 1739 tuvo que salir de España al declararse finalmen te la Gue rra del Asiento. L a hitoriografía le considera bastante conciliador con la causa española, algo que incluso le f ue recriminado en su país, y quizás por ello solicitó ir como embajador a Lisboa en 1746, donde siguió tendiendo puentes con la Corte de Madrid. En 1750 fue uno de los protagonistas en la firma de un t ratado comercial entre España y Gran Bretaña, empeñado s iempre en la rest auración de las buenas relaciones , sobre todo mercant iles, en tre ambas naciones. Su aprec io por Esp aña le ll evó a pas ar aquí sus últimos años, falleciendo en Madrid en 175 7. 290 manos de enemigos (tanto por tierra como por mar)…esta orden de Geraldino nos resulta incluso incongruente. Quizás por otra vía paralela dio una orden distinta, o añadida, a estas autoridades de Campeche. Puede que fuera una manera de saber hasta qué punto los ingleses eran desleales, si la información remitida por españoles que viajaba en un navío inglés era distinta a la que recibía Geraldino por otros medios. O enviar información falsa por esa vía de Jamaica para que los ingleses no supieran la real. O si la compañía le falseaba datos a partir de l o expuesto en una carta inte rceptada por ellos, que abrían y así sabían qué era exactamente lo que sabían los españoles. Caben, en fin, varias suposiciones, ya que toda correspondencia interceptada por enemigos era desde luego abierta y leída. Porque lo que Geraldino había encontrado, como veremos más adelante, era que los directores de la South Sea Company mentían constamente, aparte de negarle el acceso a los documentos de la compañía, a los que tenía derecho para comprobar las cuentas. Otro problema añadido era que “ a sombra de los factores y personas empleadas por la Compañía del Asiento, y protegidos de ellos, se hallan en diferentes puertos de las Indias muchos naturales de esta nación, lo que es de notable perjuicio a los intereses del rey ”. Algo que, a la vista del panorama que se nos muestra, era lógico deducir. Con semejante libertad para trasegar cargas, parece evidente que los mismos ingleses no eran controlados en absoluto y se instalaban en las Indias para ejercer de facto como comerciantes o intermediarios con Jamaica. Incluso para hacer sus propios negocios particulares aprovechando esas embarcaciones que llevaban licencia de la compañía. Geraldino también reclamó sobre esto en Londres y se dieron las providencias convenientes para remediar tal abuso. O eso dijo la dirección. Pero era otra cosa más que Geraldino ordenaba al gobernador de Campeche que vigilase. En general, a partir de la llegada de Thomas Geraldino, las órdenes generales a todos los responsables españoles en Indias se centraban en que debían poner guardas de confianza en las embarcaciones que atracaban en sus puertos (tanto de la Compañía del Asiento como otras) vigilar las playas cercanas de noche y de día, estar prevenidos especi almente con los navíos que hacían falsas arribadas y obligarles a seguir su navegación sin detenerse en esos puertos. En resumen, evitar cualquier carga ilegal. Y además “ que no se fabriquen en esta provincia [Campeche] aguardientes ni otras bebidas semejantes por ser prohibidas ”. Tal parece que la presencia de ingleses también llevó aparejado este negocio de alcohol 291 clandestino. No sólo introducían ron en grandes cantidades, así como cerveza y otras bebidas, sino que también lo fabricaban por su cuenta en suelo español. Volviendo al contenido general de la investigación realizada sobre los fraudes en Campeche, expuestos en los autos mencionados, encontramos testimonios, como dijimos más arriba, de hasta 27 testigos. Haremos un resumen de lo más destacado puesto que son la descripción detallada de la situación imperante. El sargento mayor José de Saravia, encargado español del Asiento en Campeche, declaró que no controló al San Quintín y al Derby porque, como no llevaban negros, consideró que no eran del Asiento y no estaban sujetos a las normas del tratado. El problema es que tampoco los controló siendo ingleses, como es obvio deducir, y en esto implicaba al gobernador interino en ese momento, Santiago de Aguirre. Reconoció que sabía que traía carga en exceso, y además de seis a siete mil pesos para los guardacostas de ese puerto. Tampoco sabía lo que los factores ingleses traían por su cuenta (y el factor Campbell venía en uno de ellos) Sin embargo, al mismo tiempo declara que él fue celoso con su función de vigilancia, entró con los oficiales reales en el navío inglés, inspeccionó la carga…y que de retorno sólo estaba llevando el equivalente a 17.000 pesos, cuando tenía permiso para sacar 25.000 en concepto de rezagos por esclavos vendidos anteriormente. Tal parece que Saravia ajusta su declaración a las órdenes recibidas de Geraldino. Añade que, en cuanto al navío San Quintin, él no lo inspeccionó porque estaba en la romería de un pueblo distante 50 leguas (frase textual del declarante) y de ello se encargó el capitán Alejo Fernández, e incluso fue otro hombre quien encontró la lancha de dicho navío con 1.800 pesos en plata dentro. Reconocía que ni siquiera era costumbre que hubiera una guía o certificación de esos dineros. Sobre este asunto de la lancha del San Quintín, que parece sin importancia, o que al menos este gobernador no le da ninguna, veremos más adelante a qué extremos llegó y quién fue quien la detuvo y confiscó el dinero que llevaba. Esta captura provocó una investigación desde la misma Audiencia de México. El capitán Nicolás Mediano, del presidio de esa plaza, declaró que los víveres que traían los navíos ingleses se metían en un almacén, pero después los factores ingleses los vendían, e incluso él mismo les había comprado para el gasto de su casa, por lo que supone que otros hacían lo mismo. 292 El capitán Francisco de Anda y Arberas, vecino de S an Francisco de Campeche y representante del comercio de Sevilla, dijo que el gobernador interino Santiago de Aguirre y el tesorero Agustín García Villalobos, eran quienes habían dado las licencias para la entrada de los cuatro navíos ingleses “ por haberles encargado a los factores ingleses que condujesen diferentes víveres y pertrechos que necesitaban en esta villa para los armamentos de Walix ”. Hagamos aquí un inciso interesante….¿qué eran esos armamentos de Walix? Los autos están fechados en 1736, pero tenemos que, en marzo de 1734, se pertrechó en San Francisco de Campeche una goleta con 134 hombres para desalojar a filibusteros ingleses que se habían asentado en el río Walix, hoy Belice. Fueron atacados y vencidos en la región de Bacalar, pero inmediatamente intentaron recuperar el terreno perdido en tiempos del siguiente gobernador, Fernández de Savariego, quien de nuevo ordenó el ataque y se les capturaron cuatro balandras con 128 hombres en ellas. Es decir… que el gobernador español se valió de barcos ingleses llegados desde Jamaica para abastecerse de lo que necesitaba, pues tenía que desalojar a piratas ingleses de esas costas yucatecas. Tendríamos que deducir, entonces, que la South Sea Company , y por tanto también el gobierno inglés, consideraba que esos piratas, filibusteros o contrabandistas (como se les quiera calificar) eran un incordio para sus propios intereses. Seguramente el desarrollo del contrabando bajo el amparo de la compañía, tranquilo, en paz, con la vista gorda de las autoridades españolas en Indias, y por tanto sumamente lucrativo…podía ser puesto en riesgo por unos ingleses que actuaban por su cuenta en ese punto geográfico, por muy aislado y desierto que estuviera. Las autoridades españolas, y el mismo rey, habrían advertido al gobierno inglés, y ellos prestaron su colaboración para expulsarlos enviándoles lo necesario desde la misma Jamaica. Consideraron que era mejor evitar quejas y sobre todo que el rey español y sus ministros dirigieran sus ojos, su interés y su control sobre una zona que les era extremadamente rentable. Un ejemplo más de pragmatismo y de estrecha colaboración cuando los intereses económicos así lo demandaban. Y, de nuevo, comprobamos que el análisis exhaustivo de la documentación, poniendo en relación una información con otra, nos descubre aspectos que, de manera aislada, nos pasan desapercibidos. No sólo es que un navío inglés llevara a Campeche efectos navales para los guardacostas españoles… sino que estos se iban a emplear en desalojar a otros ingleses que extraían frutos de esas costas de manera absolutamente ilegal, más ilegal aún que la propia South Sea Company . De hecho, si no llega a ser por 293 esta investigación del contrabando ordenada por Patiño, puede que esa arboladura que llegó a Campeche hubiera sido consignada como simples repuestos para los barcos de la South Sea Company . Esto compone un cuadro en verdad sorprendente. La cuestión es que los ingleses estaban ilegalmente establecidos a uno y otro lado de la península del Yucatán, a la izquierda en la zona de Mosquitos, y a la derecha en el golfo de Honduras, en el río Walix ya desde el siglo XVII. Por eso los españoles construyeron la población y fuerte de San Felipe de Bacalar, para controlar ese golfo de Honduras. Pero un considerable contingente de ingleses acabó apropiándose de la región, instalados en esa zona del Walix, de donde extraían palo de tinte y caoba. Con la guerra anglo-española de 1727-1729, el fuerte de Bacalar retomó fuerza, se volvió a repoblar con colonos canarios y mantuvo un destacamento militar. El gobernador Antonio de Figueroa ya había expulsado a los ingleses que cortaban palo de tinte en 1732, y el fuerte llegó a contar con una buena dotación de artillería. Sin embargo, como vemos en este documento sobre los fraudes fechado en 1736, la presencia y la extracción de palo en la zona continuaba. Era algo recurrente y los ataques de los españoles no surtían más que un efecto momentáneo. Cosa que, al parecer, estaba afectando a los intereses de la South Sea Company , que también extraía palo de tinte. Si otros ingleses lo llevaban a Inglaterra y Europa y lo vendían… era una competencia que no convenía tener. Las expediciones españolas contra los ingleses en las costas yucatecas no dejaron de sucederse hasta fines del XVIII. El problema de la connivencia entre españoles e ingleses lo vemos en otro párrafo de la declaración de este testigo, el capitán Anda, pues como delegado del comercio de Sevilla estaba autorizado para asistir a las visitas de los navíos ingleses, y confiesa que nunca vio nada ilegal en las cargas, ni que sobrepasase lo autorizado para el consumo de esos navíos. Es más, nunca había tenido “ motivos para escribir y quejarse de que se hayan excedido en dichas intruducciones ”. Incluso reconoce también que de los víveres ingleses puestos en almacén en el puerto, bajo tres llaves que se repartían entre el sargento mayor, el alcalde y el factor inglés, se sacaban algunos para vender a los españoles (quesos, manteca, harina…) Pero precisamente en la descarga de estos cuatro navíos llegados de Jamaica que se investigan, él no estuvo presente. Es decir…el delegado del comercio sevillano no daba ninguna información a sus superiores en Sevilla sobre el contrabando. Miraba hacia otro lado, o decía que estaba ausente justo cuando llegaba una embarcación inglesa. No sabía nada. 294 El capitán de un navío llegado a Campeche desde Canarias, también aseguró que el gobernador interino pidió ayuda a los ingleses de la compañía para hacer un armamento contra los ingleses de Walix. En cuanto al contrabando, había visto llevar rodando por las calles de la villa cuatro toneles de ron, sacados de los almacenes del Asiento. Cuando le comentó al alcalde de la población que eso era un perjuicio para los intereses comerciales españoles, éste le contestó que “ no era nada de cuidado, despreciando esta noticia ”. Incluso se quejó en 1735 al gobernador Aguirre, porque este capitán también vendía aguardiente y la venta del inglés en esa población le hacía competencia, pero el gobernador “ se hizo enteramente el desentendido, pasando a otra conversación ”. En cuanto al navío inglés de guerra Hambourg, le vio entrar en el puerto cargado de víveres, luego completamente vacío, y a continuación circular “facturas” en las tiendas de la ciudad, mostradas por los españoles. Además, aseguraba que “ dicho navío llevó mucho dinero ” cuando zarpó de allí. Pero no denunciaba a nadie en concreto porque no sabía quiénes eran, no los había visto. Otro capitán de un navío llegado desde Canarias declaró que los ingleses tenían hasta tres bodegas en San Francisco de Campeche, donde guardaban lo que llevaban las embarcaciones de la compañía. En ellas se vendían públicamente toneles de aguardiente ron, y algunos españoles compraban hasta tres y cuatro barricas, que a su vez vendían al menudeo. Los barrilles rodaban por las calles, desde los almacenes ingleses hasta el establecimiento de sus compradores, a diario. En la lancha interceptada del navío inglés, la carga que vio este capitán canario era de telas (piezas de coleta). Una porción la sacaron en carretillas los criados de un español, y el resto fue al almacén inglés. En el muelle no había ningún oficial real para controlar esto. Este mismo capitán canario, cuando fue requerido por los oficiales reales para pagar los impuestos correspondientes a la carga que trajo, contestó lógicamente con enfado que no podía hacerlo, porque traía aguardiente y vino y no tenía venta por la competencia del ron inglés de contrabando. Pidió al oficial real en varias ocasiones que evitase dicho contrabando, y s iempre le respondía que ya lo haría en adelante. También supo que el navío de guerra Hambourg salió de allí “ muy interesado en plata ”. Por tanto, es lógico deducir el asombro de ese comerciante canario cuando veía que se le quedaba en las manos la carga transportada hasta allí, porque los yucatecos sólo querían comprar la de los ingleses introducida ilegalmente. De todas formas, nos planteamos que esto no era una novedad en este año, por lo que estos capitanes canarios ya sabían lo que ocurría, y aún así acudían con sus barcos a Campeche. 295 De alguna manera les debía de compensar el viaje, posiblemente con la compra de palo de tinta, grana u otros frutos. Un capitán residente en la villa, llegado también desde Canarias en 1735, tenía una bodega donde vendía aguardiente de esas islas. Esto y lo anterior nos indica que al menos sí llegaban a Campeche navíos de Canarias con cierta frecuencia (y aún hay en la documentación otros testigos llegados desde las islas en estos años) Cuando los españoles iban a su tienda siempre le pedían ron, que él no tenía, y no le compraban el aguardiente canario. En cualquier caso, parece que los factores ingleses tenían acuerdos de venta de sus productos con ciertos comerciantes españoles de la tierra, no con todos, pues cuando este testigo quiso comprarles un barril de manteca, declaró que le costó trabajo que se lo vendieran. Parece que los ingleses desconfiaban de los peninsulares recién llegados, quizás no querían dejar pruebas como recibos de compra en manos de gente desconocida. En cuanto al palo de Campeche, tenemos la declaración de José Benito Centeno, propietario de un rancho para corte de palo de tinte, que confesó ser proveedor de los ingleses. A cada uno de los cuatro barcos en cuestión llegados desde Jamaica les vendió 1.500 quintales, y 8.000 para el Derby y el San Quintín. Ni siquiera guardaba factura ni registro de esa cantidad vendida, porque dijo que rompió esos documentos tras la venta, algo que nos vuelve a plantear que a ninguna de ambas partes en el negocio le interesaba que hubiera pruebas del mismo. Pero este testigo afirmaba que también compraron otras cantidades a otros rancheros para cargar por completo las bodegas de esos navíos. Cuando hacía estos tratos con los ingleses, estos le daban “para su avío” algún barril de mantequilla, carne del norte, algún barril de ron, bizcocho, piedras de amolar… como parte del pago, y el resto en dinero y en negros. Como vemos, desgranando la documentación la situación es cada vez más compleja. Los ingleses incluso procuraban pagar con la menor cantidad de moneda que pudieran, haciéndolo en especie y hasta en negros. La plata española era, por supuesto, uno de los productos más estimados de las Indias. Otro proveedor de palo declaró que los ingleses de estos cuatro navíos habían recogido hasta 40.000 o 50.000 quintales. Él les dio unos 2.500 quintales, y otros 2.700 para el Derby y el San Quintín. Un comprador de ron decla ró que adquirió seis tonele s, procedentes de esos cuatro navíos ingleses, y cada uno le costó entre 120 y 130 pesos. Añadió el interesante detalle 296 de que esos barriles estaban en los almacenes de la Contaduría española… y que a los ingleses les compró por otro lado varios barriles más. Las declaraciones nos siguen llevando cada vez más allá en el panorama del contrabando. El ron jamaicano ya lo vendían los mismos oficiales reales en los almacenes de la Real Contaduría, y en el documento aún hay más testimonios sobre españoles comprando ron. Otro declarante dijo que, estando para partir el Derby, su capitán le ofreció “ un poco de jarcia, y como dos o tres docenas de platos de peltre, y un barrilillo de tachuelas, que todo su importe llegó a 90 pesos poco más o menos, y se quedó el testigo con ello en pago de gallinas, vituallas y otros comestibles que le dio para su rancho ”. Es decir, los españoles que vendía n comestibles y otras cosas a los ingleses, no sólo eran pagados con ron y esclavos (esto, obviamente, sería para pagos de mayor cantidad de dinero) sino que en ese comercio de menudeo los ingleses tampoco pagaban con moneda. Lo hacían igualmente en especie, a trueque, por lo que parece que entre ellos la norma era evitar en lo posible el pago con plata puesto que había que sacar el máximo que se pudiera. Si la cambiaban en Londres o en otros mercados, valía mucho más que en Indias. El resto de testigos interrogados declararon no saber nada del asunto. El gobernador ordenó entonces la inspección e inventario de la factoría inglesa, donde sólo se encontró comida y géneros para uso de la misma, sin nada ilegal. También registró casas y tiendas de algunos españoles donde tampoco hubo nada reseñable, aunque encontró algo de ron en ellas. Este es, en fin, el resultado de esos autos. El escenario que se nos dibuja es de absoluto descontrol, connivencia con los ingleses e incluso ayuda mutua cuando los intereses coincidían, y contrabando aceptado por todos con los brazos abiertos. Pero ¿quedaba algo de palo de tinte cuando llegaban navíos españoles a cargar? Evidentemtente sí, porque iba en las bodegas de los navíos que llegaban a la península, aunque sería interesante hacer un estudio compararativo, aunque fuera aproximado o puntual, para saber qué volumen sacaban los ingleses y cuánto los españoles. Pero ya vemos que esto, en el caso de los ingleses, es difícil de averiguar por ser la mayor parte puro contrabando. En cualquier caso, hay que advertir que al mismo tiempo existían otros ingleses, absolutamente ilegales y fuera de las licencias dadas por la South Sea Company , que sacaban palo por otros puntos de la costa yucateca, como aquellos asentados en 297 Walix. Nos preguntamos si esta extracción de palo a gran escala provocó la deforestación de grandes zonas y cada vez tenía que buscarse más tierra adentro. Esto ocurría de manera constante desde el siglo XVII, así como la extracción de otros productos como caoba, azúcar, cochinilla, vainilla, cacao…Fue esto lo que motivó la fortificación de la villa de San Francisco de Campeche, que a mediados de ese siglo fue rodeada de murallas y baluartes, con una dotación de soldados y hasta 18 cañones, con la asistencia también de embarcaciones guardacostas. En cualquier caso, eso no impidió el contrabando y el pirateo constante de ingleses, franceses y holandeses. Todos acababan recalando en aquellas costas, donde surgió igualmente una fructífera industria naval con astilleros para reparación de embarcaciones, suponemos que de todas las nacionalidades siguiendo con la situación relajada en cuanto a la aceptación de la llegada de extranjeros. Todos traían algo con lo que se podía hacer trueque y comerciar. Y eso explicaría también por qué encontramos cantidades considerables de otra clase de palos, esta vez para arboladuras de navíos, en las embarcaciones que llegaban a esa costa de Campeche. Por ejemplo, en la documentación que nos ocupa sobre barcos ingleses 161 , encontramos que en marzo de 1735 llegó al puerto de San Francisco de Campeche una fragata inglesa, La Afortunada, que quedó fondeada a dos leguas de la costa. Su dueño y capitán, Thomas Hopson, desembarcó en un bote y declaró que había zarpado el 15 de enero de ese año 162 desde Virgina, una de las Trece Colonias, con 18 hombres de tripulación y la bodega cargada con arboladura, otras maderas, bastimentos, alquitrán y brea. Su destino era Jamaica pero (como era la excusa habitual en estos casos de arribadas) los malos vientos y corrientes le derrotaron y arribó a Isla de Pinos en Cuba, donde los vientos le volvieron a impedir navegar hacia Jamaica, de manera que decidió arribar sobre cabo Catoche “ para venir a remediarse a San Francisco de Campeche ”. 161 Continuamos e n AGI, Indifer ente, 2812. Es lo que se podr ía considerar un expediente de autos sobre investigación de cargas en navíos ingleses, pero en re alidad son mu chos informes reunidos en un solo legajo. 162 Era el 26 d e enero según el calendario español . Existe una di ferencia todavía en esta época en tre el calendario juliano que continuaban us ando los ingleses en todos sus territor ios, y que conservarían hasta 1752, y el gregoriano i mplantado de sde 1582 en casi todo el mundo occidental, empezando por la Monarqu ía Hisp ánica. E sa dife rencia d e diez días ent re las fechas consigna das en l a documen tación inglesa y la españ ola provoca cierto s malentendido s cuando se co tejan ambas fue ntes, y lo observa m os constantemente en la documentación consultada para este capítulo, sobre todo en lo que respect a a la emitida por la South Sea Company y por l os directores españoles en Londres. Pero a fectos prácticos comprobamos que no representaba un problema a la hora de anal izar los hechos narrados, de manera que optamos por no advertir en cada cita este detalle, a menos que fuera necesario. 304 alcanzado por el contrabando realizado o amparado por la South Sea Company . Así como el hecho de que es a partir de los años 1733-1734, cuando Patiño decide combatirlo y evitarlo por todos los medios, impidiendo que la compañía británica se excediese en lo que le estaba permitido por el Tratado. Vista también la actitud de absoluto descaro con la que actuaban los ingleses, amparados y envalentonados por la connivencia de los españoles en Indias, sin duda debió suponer un agravio hasta personal para Patiño, pues la dignidad española estaba en juego con esta situación de menosprecio y burla por parte de los ingleses, agravada la indignidad por la absoluta colaboración de quienes representaban al rey en las Indias. Sin olvidar, por supuesto, la misma seguridad de las posesiones españolas. Si los ingleses se movían y se asentaban con tal facilidad en nuestros territorios, si sus barcos navegaban por aguas españolas y recalaban en puertos españoles comerciando sin control alguno sirviéndose de la excusa de vender esclavos, s i las autoridades españolas no sólo les acogían, sino que mentían en sus declaraciones… l a situación era realmente grave. No sólo estaban esquilmando las Indias, sino que tenían bases en todos los puntos más importantes, y sus barcos de guerra navegaban y recalaban en ellas, llenando también sus bodegas de frutos de la tierra y plata. Con el peligro añadido de que, gracias a todo esto, tenían conocimiento preciso del estado de todo el continente, sus fuerzas defensivas etc. Se pude afirmar, por tanto, que la situación a ojos de P atiño era la más peligrosa que jamás se había planteado en toda la historia del Imperio. Tanto económica como militar. Si los i ngleses no se adueñaban de facto de esos territorios, era porque realmente les traía más cuenta limitarse a esquilmarlos. De momento. Y gracias a todas esas ganancias que obtenían de nuestras colonias, ellos estaban obteniendo el dinero necesario para aumentar su poderío naval, con el que fácilmente podrían dar el golpe final a la monarquía española. Un comercio tan extendido y tan en auge, conllevaba por lógica un aumento en la fábrica de navíos mercantes, que siempre podían ser incorporados a la armada inglesa en caso necesario. Y por supuesto el aumento en la construcción de navíos de guerra. De la misma manera, dichos navíos necesitaban personas expertas para manejarlos, tripulaciones, también soldados en el caso de los de guerra…lo que implica un aumento enorme tanto en efectivos navales como humanos. No se podía olvidar que ya estaban asentados en la América del Norte y en Jamaica, y por tanto no era descabellado, en la mente de cualquiera, temer un ataque naval combinado desde esas [Document text truncated for crawler view.]