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El andaluz y español de América en la distancia comunicativa. ¿Hacia una norma panhispánica?

López Serena, Araceli

Abstract

Como admite en algunas obras de su producción normativa más reciente la Asociación de Academias de la lengua española, “el español no es idéntico en todos los lugares en que se habla”. De hecho, “por su carácter de lengua supranacional, hablada en más de veinte países, el español constituye, en realidad, un conjunto de normas diversas”. Con todo, pese a las evidentes divergencias entre tales normas, se sostiene que, al mismo tiempo, todo el español comparte, no obstante, “una amplia base común: la que se manifi esta en la expresión culta de nivel formal, extraordinariamente homogénea en todo el ámbito hispánico, con variaciones mínimas entre las diferentes zonas, casi siempre de tipo fónico y léxico” (RAE 2005: xiv-xv). Entre estas “variaciones mínimas”, hay muchos rasgos que el andaluz, sobre todo occidental, comparte con el español de América; de ahí que se pudiera tener la tentación de conceder idéntico estatus a fenómenos comunes en cuanto a su manifestación material, más aún cuando tales fenómenos poseen, naturalmente, un pasado también común, y en vista de que –aunque esto apenas se ha advertido– tanto el continente americano como la región andaluza han vivido, en períodos históricos diferentes, proclamas de independización lingüística con respecto a la lengua común en alguna medida similares. Ahora bien, frente a tal propensión, en este trabajo se defenderá la oportunidad de distinguir claramente entre español de América y andaluz, por cuanto, como señala Wulf Oesterreicher, lingüísticamente, “en ningún caso es interesante […] el dato lingüístico crudo, p. ej. la existencia de tal sonido, construcción o palabra en un territorio o en otro”, sino que lo que interesa y constituye realmente hechos (y no meros datos) lingüísticos es la marcación diasistemática de tal fenómeno, su posición relativa en el conjunto del espacio variacional de la lengua (Oesterreicher 2002: 286). Y desde esa perspectiva, los hechos lingüísticos del andaluz y del español de América no parece que muestren, pese a su identidad material, una identidad también de estatus.

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ITINERARIOS VOL. 14 / 2011 Araceli López Serena EL ANDALUZ Y ESPAÑOL DE AMÉRICA EN LA DISTANCIA COMUNICATIVA. ¿HACIA UNA NORMA PANHISPÁNICA? Resumen: Como admite en algunas obras de su producción normativa más reciente la Asociación de Academias de la lengua española, “el español no es idéntico en todos los lugares en que se habla”. De hecho, “por su carácter de lengua supranacional, hablada en más de veinte países, el español constituye, en realidad, un conjunto de normas diversas”. Con todo, pese a las evidentes divergencias entre tales normas, se sostiene que, al mismo tiempo, todo el español comparte, no obstante, “una amplia base común: la que se manifi esta en la expresión culta de nivel formal, extraordinariamente homogénea en todo el ámbito hispánico, con variaciones mínimas entre las diferentes zonas, casi siempre de tipo fónico y léxico” (RAE 2005: xiv-xv). Entre estas “variaciones mínimas”, hay muchos rasgos que el andaluz, sobre todo occidental, comparte con el español de América; de ahí que se pudiera tener la tentación de conceder idéntico estatus a fenómenos comunes en cuanto a su manifestación material, más aún cuando tales fenómenos poseen, naturalmente, un pasado también común, y en vista de que –aunque esto apenas se ha advertido– tanto el continente americano como la región andaluza han vivido, en períodos históricos diferentes, proclamas de independización lingüística con respecto a la lengua común en alguna medida similares. Ahora bien, frente a tal propensión, en este trabajo se defenderá la oportunidad de distinguir claramente entre español de América y andaluz, por cuanto, como señala Wulf Oesterreicher, lingüísticamente, “en ningún caso es interesante […] el dato lingüístico crudo, p. ej. la existencia de tal sonido, construcción o palabra en un territorio o en otro”, sino que lo que interesa y constituye realmente hechos (y no meros datos) lingüísticos es la marcación diasistemática de tal fenómeno, su posición relativa en el conjunto del espacio variacional de la lengua (Oesterreicher 2002: 286). Y desde esa perspectiva, los hechos lingüísticos del andaluz y del español de América no parece que muestren, pese a su identidad material, una identidad también de estatus. Palabras clave: andaluz, español de América, espacio variacional, marcación diasistemática, norma panhispánica, pluricentrismo, identidad lingüística Title: Andalusian and American Spanish in Situations of Communicative Distance. Towards one Single Panhispanic Norm? Abstract: As the Asociación de Academias de la lengua española states in some of its most recent normative publications, “Spanish is not identical in all the places it is spoken”. In fact, “due to its status as a supranational language, Spanish is really a cluster of diff erent norms”. However, it argues that despite the evident diff erences, all these diff erent norms share “a large common base: that which manifests itself in the formal register of educated speakers. Th is is extraordinarily homogeneous throughout the Spanish speaking world, as the variations between the diff erent geographical areas are minimal and are almost entirely phonetic or lexical” (RAE 2005: xiv-xv). Th ese ‘minimal diff erences’ include many characteristics that Andalusian, and above all western Araceli López Serena48 Andalusian, shares with American Spanish. It could be tempting to award the same status to such materially identical phenomena, especially considering that both varieties share a common past, and have experienced similar claims for their linguistic independence with respect to the common standard language in diff erent historical periods. Th is article contests that view and argues that a clear distinction should be made between Andalusian and American Spanish phenomena, since, as Wulf Oesterreicher says, linguistically speaking “raw linguistic data, e.g. the existence of this or that sound, construction or word in one area or another, are not interesting at all. It is only the value ascribed to the phenomenon, in other words, its diasystematic mark and the place it occupies in the variational space of a particular language, that constitutes linguistic facts» (Oesterreicher 2002: 286). From this point of view, Andalusian and American Spanish linguistic facts may be materially identical but they do not appear to enjoy identical status. Key words: Andalusian, American Spanish, variational space, diaystematic mark, panhispanic norm, linguistic pluricentrism, linguistic identity 1. INTRODUCCIÓN1 Las hablas andaluzas, sobre todo las occidentales, o, si se prefi ere, el español hablado en (el occidente de) Andalucía2, y el conjunto de variedades que solemos subsumir bajo la etiqueta del español de América3, manifi estan toda una serie de afi nidades. Es evidente que ambos conjuntos de variedades comparten numerosos rasgos, debido a lo cual se tiende a subsumir a andaluz, canario y español de América dentro del llamado español meridional 1 La elaboración de este trabajo ha sido posible gracias al proyecto P08-HUM-03561, “Conciencia lingüística y usos idiomáticos en la Andalucía de la era de la información”, que desarrolla actualmente el grupo de investigación EHA (El español hablado en Andalucía) (HUM-134), al que pertenece la autora. Agradezco a Antonio Narbona Jiménez, Rafael Cano Aguilar y Elena Méndez García de Paredes sus observaciones a una versión previa del manuscrito; a Eva Bravo García, su invitación a participar en el I Seminario Andalucía y América: El futuro lingüístico de un pasado común, que me permitió plantearme las cuestiones que se abordan en estas páginas; a Lola Pons Rodríguez sus generosas indicaciones sobre la polémica en torno a la poligénesis y el andalucismo del andaluz; a Elena Méndez García de Paredes y Martha Guzmán, que me facilitaran los trabajos manuscritos de las referencias bibliográficas a sus contribuciones que aparecen como en prensa (y en el caso de esta última, también valiosas indicaciones bibliográficas sobre actitudes lingüísticas y lingüística perceptiva), y a Elena Leal Abad su ayuda en la revisión de la localización exacta de algunas referencias bibliográficas. 2 Cf. Narbona, Cano y Morillo (2011). 3 Una realidad que dista de la homogeneidad que quisieron ver en ella Wagner (1949) o Zamora (1967); no en vano, como bien advierte Moreno de Alba (1988: 13) al comienzo de su monografía sobre el español en América, “[t]odos sabemos que es inconveniente referirse al español americano como a un todo, como a un bloque idiomático sin fisuras que, como tal, se opusiera al español peninsular, como si éste fuera asimismo una indivisa totalidad”. Cf. al respecto, por ejemplo, Rona (1967), Moreno Fernández (coord.) (1993), Fontanella de Weinberg (1995: 13-15), o Lope Blanch (2003); sobre la geografía lingüística del español de América, cf. también Moreno de Alba (1988, cap. IV), Fontanella de Weinberg (1995, cap. V) y García Mouton (2003, 2006). A favor de una reinterpretación geosocial del estudio de la variación dialectológico, cf. Caravedo (2001a). ITINERARIOS VOL. 14 / 2011 El Andaluz y Español de América en la distancia comunicativa… 49 o, de acuerdo con la propuesta de Catalán (1956-57), atlántico4. Basta pensar en dos de los más conocidos: la neutralización de la oposición de los resultados de los antiguos fonemas sibilantes del castellano medieval que, en español normativo peninsular generaron /s/ y / θ/, o “la eliminación de vosotros, os y vuestro, en benefi cio respectivo de ustedes, les o los, las y su, suyo” (Lapesa 2003: 16). En cuanto a su origen, la polémica en torno a la poligénesis o al andalucismo del español de América hace tiempo que se decantó por la segunda postura, que defendieron, entre otros, Ramón Menéndez Pidal o Rafael Lapesa, y ya nadie pone en entredicho la ascendencia común de estas modalidades (si bien la hipótesis andalucista hoy está matizada por el análisis de las variadas aportaciones (geográfi cas y sociales) de España en su conjunto al Nuevo Mundo, desde la época misma de la conquista)5. Por otra parte, en relación con la actual norma panhispánica de las Academias, podríamos considerar que el estándar que sancionan las últimas obras de referencia de la RAE –primero el Diccionario panhispánico de dudas (en adelante DPD; Real Academia Española 2005) y ahora también la Nueva gramática de la lengua española (ídem, 2009)– obliga por igual a los hablantes de uno y otro lado del Atlántico. Y, sin embargo, por más que (algunas variedades d)el andaluz y (d)el español de América compartan algunos rasgos materialmente idénticos, y por más que las Academias propongan una norma panhispánica común para todo el español, tales rasgos no poseen un mismo estatus en un espacio variacional y en otro, por lo que el estándar no puede ser, obviamente, común. En efecto, fenómenos que en el andaluz son de carácter diatópico, y divergentes, por tan- to, de la norma que se espera que sus hablantes realicen en las situaciones de comunicación más formales –o, por emplear el término acuñado por Koch y Oesterreicher (1985, 2007), en las situaciones propias de la distancia comunicativa6–, constituyen el estándar en el español de América, en tanto que “fenómenos endonormativos pero divergentes de las soluciones peninsulares” (Bravo 2008: 18), de manera que no sólo no quedan excluidos de tales situaciones de comunicación, sino que encarnan la única posibilidad de realización con que cuentan los hablantes hispanoamericanos. Esta es, desde luego, una diferencia de estatus determinante, que nos aconseja prudencia frente a la tentación de otorgar un tratamiento homogéneo a estas modalidades, como el que sugiere precisamente el sintagma español meridional. Tal diferencia de estatus fue advertida hace ya veinte años por Eugenio Coseriu (1990: 67), en cuya opinión el seseo andaluz era “un rasgo regional, no admisible en la lengua ejemplar”7, a diferencia del americano, que es “prestigioso, digno eventualmente de integrar incluso 4 Cf. también Catalán (1958), Granda (1987, 1990) y Lapesa (2003: 16). 5 Cf., p. ej., Guitarte (1983), Menéndez Pidal (1962), Lapesa (1964, 2003), Rosenblat (1965, 1969), Rivarola (1990, 2005, 2006a). Cf. también Moreno de Alba (1988: 26-48), Frago (1993 y 1994, especialmente los caps. 1, 4 y 8), Fontanella de Weinberg (1995: 32-42), López Morales (2001, 2005, 2010). 6 Esto es, en las situaciones en que existe distancia física, social e incluso temporal entre los interlocutores, así como distancia emocional con respecto al tema que se aborda. Para una introducción sinóptica a este marco teórico, cf. López Serena (2002). 7 De acuerdo, Caravedo (2001a: 54-55) y (2003: 387). Por el contrario, para Navarro Tomás (1970: 94), “[l]a opinión general en Castilla acepta el seseo andaluz e hispanoamericano como modalidad dialectal que los hispanoamericanos y andaluces pueden usar sin reparo hasta en los círculos sociales más cultos y escogidos”, frente al “seseo vasco y el catalán y valenciano”, que “no son tenidos en Castilla en el mismo concepto que el andaluz e hispanoamericano. Se les considera como variedades regionales de carácter vulgar”. Araceli López Serena50 una ejemplaridad panhispánica”. Y ello a pesar de que, como ya hemos dicho, el seseo americano sea, indudablemente, de procedencia andaluza. Una década después, Antonio Narbona (2001a) ponía en duda que se pudiera seguir sosteniendo por mucho más tiempo tal parecer, al menos en relación con el seseo. No obstante, aunque el estatus del seseo andaluz está, en efecto, cambiando muy rápidamente, puesto que su presencia se está consolidando a pasos agigantados en el espejo que del dominio de la distancia comunicativa ofrecen los medios de comunicación audiovisuales, esto no implica todavía que andaluz y español de América estén sujetos ya defi nitivamente a una misma norma ejemplar, ni tampoco que sea posible afi rmar que el vínculo de un pasado común se haya convertido en un presente, también común, en el que ambas modalidades disfruten de un mismo estatus. En cualquier caso, para poder sentar las bases sobre las que convendría abordar esta cuestión, es preciso observar más de cerca cuál es la situación lingüística actual, en relación con el uso normativo para la distancia comunicativa, en la comunidad hispanohablante, una comunidad que, como es bien sabido, se caracteriza por mostrarse extraordinariamente obediente con respecto a los dictámenes de la Academia. 2. LA ASOCIACIÓN DE ACADEMIAS Y LA NORMA PANHISPÁNICA El prestigio de la RAE y, con ella, de la Asociación de Academias de la lengua española, en el mundo hispanohablante está fuera de toda duda. Como hace ya algunos años sostenía Francisco Rico (1986: 519), cuando la lengua pierde diafanidad, cuando deja de ser un mero vehículo y plantea dudas o despierta curiosidades, la Academia aparece con toda naturalidad en el horizonte mental del hispanohablante. Frente a una voz nueva o, por el contrario, insólita, frente a un matiz de interpretación o un deseo de exactitud, no hay quien no aspire a salir de apuros con la ayuda del diccionario académico. [Todo ello a pesar de que no sea] misión de la Academia instruir procesos lingüísticos, ni promover condenas, y todavía menos ejecutarlas, sino atestiguar que en el idioma se han producido tales o cuales innovaciones, se han difundido tales o cuales usos, y la comunidad hispanohablante los ha aceptado ampliamente como suyos8. 8 El mismo parecer expresaba una década después Pedro Álvarez de Miranda (1995: 270), cuando establecía que “ninguna institución similar de cualquier otro país de nuestro entorno, ni siquiera las que le sirvieron de modelo en el momento de la fundación, ha alcanzado el grado de prestigio y de acatamiento a sus dictámenes en terreno idiomático que la Academia Española ha logrado. Las gentes –muchas, muchas personas de cultura media o alta– consultan su diccionario (que es, además, base, confesada o no, de todos los demás) como a un oráculo”. Y esto es algo que ha terminado por reconocer la propia RAE en la Presentación del Diccionario panhispánico de dudas: “Centenares de hispanohablantes de todo el mundo se dirigen a diario a la Real Academia Española, o a cualquier otra de las que con ella integran la Asociación de Academias de la Lengua Española, exponiendo sus dudas sobre cuestiones ortográficas, léxicas o gramaticales y pidiendo aclaración sobre ellas. Buena parte de esas personas conocen y consultan de ordinario alguno de los manuales de corrección idiomática, diccionarios de dudas o libros de estilo existentes, pero quieren oír de manera directa la voz propia de las Academias, que tienen secularmente reconocida la competencia de fijar la norma lingüística para el mundo hispánico” (RAE 2005: xi). ITINERARIOS VOL. 14 / 2011 El Andaluz y Español de América en la distancia comunicativa… 51 Tal como manifi estan los estatutos redactados en el período en que Fernando Lázaro Carreter fue director de la RAE, el cometido actual de esta institución no es ya el expresado por el archiconocido lema de limpiar, fi jar y dar esplendor, sino “velar por que los cambios que experimente la Lengua Española (sic) en su continua adaptación a las necesidades de los hablantes no quiebren la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito hispánico” (apud García de la Concha 2005: 27); de ahí el extraordinario estrechamiento actual de las relaciones de la española con el resto de las Academias que hay en los demás países hispanohablantes, sobre todo de América. Ahora bien, ¿cuál es esta norma que fundamenta la fortaleza de la unidad lingüística del mundo hispanohablante? Según el Prólogo del DPD, se trata de la expresión culta formal […] que constituye el español estándar: la lengua que todos empleamos, o aspiramos a emplear, cuando sentimos la necesidad de expresarnos con corrección; la lengua que se enseña en las escuelas; la que, con mayor o menor acierto, utilizamos al hablar en público o emplean los medios de comunicación; la lengua de los ensayos y de los libros científi cos y técnicos. Es, en defi nitiva, la que confi gura la norma, el código compartido que hace posible que hispanohablantes de muy distintas procedencias se entiendan sin difi cultad y se reconozcan miembros de una misma comunidad lingüística. (RAE 2005: xiv) Como es sabido, tal norma “no es algo decidido y arbitrariamente impuesto desde arriba”, puesto que “lo que las Academias hacen es registrar el consenso de la comunidad de los hispanohablantes y declarar norma, en el sentido de regla, lo que estos han convertido en hábito de corrección, siguiendo los modelos de la escritura o del habla considerados cultos” (RAE 2005: xi): La norma no es sino el conjunto de preferencias lingüísticas vigentes en una comunidad de hablantes, adoptadas por consenso implícito entre sus miembros y convertidas en modelos de buen uso. […] La norma surge, pues, del uso comúnmente aceptado y se impone a él, no por decisión o capricho de ninguna autoridad lingüística, sino porque asegura la existencia de un código compartido que preserva la efi cacia de la lengua como instrumento de comunicación. (RAE 2005: xiii)9 Ahora bien, por más que las Academias se empeñen en hablar de una norma panhispánica, así como en ponderar la homogeneidad del español, no pueden dejar de reconocer que “[l]os juicios normativos admiten una amplia gradación, que va desde la censura de lo claramente incorrecto por ser fruto del error, del descuido o del desconocimiento 9 Cf. también Méndez García de Paredes (1999: 111-112), quien remite a Lara (1976): “Las normas (preceptos) se pueden obtener por generalizaciones empíricas que se infieren de lo que es norma (costumbre). La costumbre se hace precepto cuando se codifica y una vez hecha norma, se adopta como elemento de juicio y establece el modelo de lo que debe ser (funciona como norma ejemplar). Y viceversa: la existencia de pautas que rigen un comportamiento (normas prescriptivas) se manifiesta en el ser las cosas, en la regularidad, en el hábito (normas consuetudinarias)”. Como se observa, ambos autores son deudores del concepto de norma propuesto por Coseriu (1967). Araceli López Serena52 de las normas gramaticales, hasta la recomendación de lo que es simplemente preferible por estar de acuerdo con el uso mayoritario de los hablantes cultos de hoy, preferencia que pueden mantener, o variar, los hablantes cultos de mañana” (RAE 2005: xv). Y, lo que más nos importa, tampoco parece que sea posible identifi car una norma uniforme: El carácter panhispánico de este nuevo diccionario viene determinado tanto por su contenido –y, específi camente, por la consideración de las variantes regionales– como por su autoría. Han sido, en efecto, las veintidós Academias las que han defi nido sus líneas maestras y trabajado codo a codo durante más de cinco años en su aplicación y desarrollo. Se propone el Diccionario panhispánico de dudas aclarar la norma establecida y atender a la vez a lo que algunos lingüistas llaman “norma en realización”; de ahí que oriente también sobre lo no fi jado y formule propuestas guiadas por la prudencia y el ideal de unidad lingüística. (RAE 2005: xii; versalita mía) Así pues, nos encontramos con la paradoja –sobre la que más adelante habremos de volver– de que la norma de todos o del uso común, la norma panhispánica, es conjunta precisamente porque no es uniforme, sino porque recoge las variantes. De hecho, pocos años antes de la publicación del DPD, para Juan Miguel Lope Blanch, quien señalaba que en el mundo hispanohablante no había una, sino múltiples normas ejemplares (en su opinión tantas como países), la norma hispánica común era, claramente, una cuestión del futuro: Es evidente que en cada país hispanohablante existe una norma lingüística ejemplar, paradigmática, a la que los habitantes de cada nación tratan de aproximarse cuando de hablar bien se trata. Suele ella ser la norma culta de la ciudad capital: la madrileña para España, la bogotana para Colombia, la limeña para el Perú, etc. Éstas serían las normas ideales, o ejemplares, nacionales: española, colombiana, etc.10 Pero ¿existirá también una norma ideal internacional —española y americana—, una norma hispánica? Creo que sí: será ella la norma ideal de la lengua española, no ya la norma ideal del dialecto castellano, o del dialecto colombiano o del dialecto argentino, etc. Será ella la norma que reúna y compendie los hechos lingüísticos propios y comunes de todas las normas cultas nacionales. Norma ideal, por cuanto que no será la norma real de ninguna de las hablas hispánicas. Dicho de otra manera, esa norma hispánica ideal no debe identificarse con ninguna de las normas cultas nacionales. La norma hispánica no coincidirá plenamente ni con la norma castellana, ni con la mexicana, ni con la argentina ni con ninguna otra norma nacional americana. Creo que ya va siendo innecesario reiterar que la lengua española no es sólo la lengua de España, sino también la de otras 19 naciones soberanas. (Lope Blanch 2001; versalita mía) 10 De acuerdo, Bravo (2008: 16). ITINERARIOS VOL. 14 / 2011 El Andaluz y Español de América en la distancia comunicativa… 53 3. LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y LA NORMA PANHISPÁNICA La cuestión de la norma panhispánica no preocupa únicamente a la Asociación de Academias de la Lengua Española, sino también a los profesionales (y a los propietarios) de los medios de comunicación que publican o emiten en nuestra lengua, interesados en generar un producto válido para todo el dominio castellanoparlante y, por tanto, máximamente rentable11. En el objetivo de la unidad idiomática, Academias y medios de masas establecen una estrecha alianza, de importancia reconocida desde la Primera Reunión de Academias de la Lengua Española sobre el lenguaje y los medios de comunicación, celebrada en 1985, y cuyas actas vieron la luz dos años después (RAE 1987): dos temas se impusieron a nuestra consideración: el estado del idioma en los medios de comunicación social y la respuesta idiomática de nuestros países a los urgentes y nada leves requerimientos que la técnica actual nos lanza. El primero, porque los medios sociales de la comunicación verbal –la prensa, la radio y la televisión– son los más efi caces recursos para mantener la unidad nacional y supranacional del idioma, y pueden ser, si no se cuida su lenguaje, los agentes más temibles de su deterioro y su fragmentación. (Laín Entralgo 1987: 14; versalita mía) Las Academias ya no pueden proceder como antaño. Si, en períodos anteriores, les bastaba con su instalación en el nivel sociocultural más alto, y su perfecto acuerdo con la literatura –con cierta literatura– para quedar justifi cadas, precisan hoy, si de veras quieren influir en la vida del idioma, acordarse con el modo nuevo de vivir la lengua en el seno de la vida social. Y, para ello, necesitan las Academias una alianza estrecha con los medios de comunicación. Han de unir la autoridad que ellas deben merecer, con el poder impresionante de radio, prensa y televisión. Hemos de juntarnos todos en esta empresa, que no es estética, sino de honda trascendencia social. (Lázaro Carreter 1987: 42-43; versalita mía) Los medios de comunicación se antojaban, pues, a fi nales de los ochenta, un remedio defi nitivo contra la temida fragmentación del idioma que a fi nales del siglo XIX había augurado Cuervo, al vaticinar una fragmentación del español semejante a la experimentada por el latín vulgar tras el hundimiento del Imperio romano. Así, de acuerdo con Rafael Lapesa, cuatro décadas después de las fatalistas previsiones de Cuervo, Menéndez Pidal prefi rió subrayar las diferencias entre las circunstancias de la Romania en los siglos VI 11 Sobre la conjunción de intereses, en relación con la preservación de la unidad idiomática –o incluso, en la construcción de un supuesto español neutro internacional (a este respecto, cf. Llorente 2002, 2002- 2004, 2006; Bravo 2008)–, entre instituciones como la Corona española, la RAE, el Instituto Cervantes, y empresas mediáticas como el grupo PRISA, cf. Valle y Gabriel-Shteeman (2000). Una postura contraria sostiene López García (2007). Sobre la unidad del idioma y los medios, cf. también Cebrián (1987, 1998) y Castañón (2001), o la bibliografía a la que se remite en Pons Rodríguez/López Serena (2007: 61, n. 4). En relación con el doblaje castellano de películas infantiles, cf. Leal Abad (2011). Araceli López Serena54 y VII y las del mundo hispánico actual, atendiendo, sobre todo, al poder unifi cador de la literatura hispánica. Otros cuarenta años después, esta vez ya para el propio Lapesa la mayor difusión de la prensa y la radio y el invento de la televisión ha[bía]n llevado información unifi cadora a todos los rincones. El aislamiento iletrado esta[ba] llamado a desaparecer. Todo haría esperar que el conocimiento mutuo engendraría una koiné hispánica que, así como la koiné helenística prolongó la unidad del lenguaje en el mundo griego, hiciese perdurar durante siglos y siglos la básica unidad de la lengua española, a la vez una y varia. (Lapesa 1987: 20-21) También Menéndez Pidal había insistido en su momento en la importancia de los medios: La pronunciación de un idioma […] se formará mañana con acento universal; el tra- to material inmediato [entre individuos] será lo de menos, ante las repeticiones de la radio en cada hogar, a cada hora; el influjo ejemplar de la palabra radiofundida, con fi nes tanto recreativos, como educativos o didácticos, pesará más sobre el habla de cada región; las variedades regionales se extinguirán por completo, habida cuenta de la multitud de ejemplaridades propagadas por las ondas hertzianas. (Menéndez Pidal 1956: 494, apud Méndez García de Paredes 2003: 165; versalita mía) Y, sin embargo, como no hace mucho señalaba Elena Méndez García de Paredes, [e]stas palabras, de uno de los mejores fi lólogos que ha dado el siglo XX, prueban que en cuestiones de la lengua nadie, absolutamente nadie, puede ser profeta, pues parece que nada hay más lejos de lo que ahí se dice que el acontecer real de la lengua de los medios hoy. En efecto, en la actualidad los medios son más que nunca refl ejo del uso que hacen los hablantes de su lengua y ofrecen esa realidad variada y diversa que es una lengua histórica, pues transmiten una representación de síntesis social, y al hacerlo, transmiten también una representación de sus actuaciones lingüísticas concretas. La consecuencia de esto es que los hablantes de español cada vez están más familiarizados con otras variedades que, de otro modo, no podrían oír. Adquieren con ello conciencia de su nexo social y enjuician sus variedades de lengua y las de los demás. Es decir, lejos de esas visiones catastrofi stas, los medios han propiciado una relación totalmente nueva entre lengua y comunidades y proyectan a la sociedad esa clase de plurilingüismo intraidiomático que es propio de una lengua histórica. (Méndez García de Paredes 2003: 165; versalita mía)12 Así las cosas, por lo que respecta a nuestra refl exión en torno a la afi nidad en cuanto a los rasgos lingüísticos, pero diversidad en cuanto a su estatus y, por tanto, en cuanto 12 Sobre el discurso de Menéndez Pidal en torno a la unidad del idioma y los peligros de fragmentación del español en América, cf. también Moreno de Alba (1988: 88-106). ITINERARIOS VOL. 14 / 2011 El Andaluz y Español de América en la distancia comunicativa… 55 a los hechos lingüísticos que se observan entre andaluz y español de América, ni la reciente publicación de normas ortográfi cas, léxicas y gramaticales panhispánicas, ni la acción de los medios de comunicación parece haber incidido aún en la uniformación de estas variedades en un español meridional propiamente tal. De hecho, más bien al contrario, frente a la tan ansiada uniformización, en lo que sí encontramos afi nidades entre Andalucía y América, es, precisamente, en la aparición, en relación con ambas modalidades, de ciertos conatos de escisión con respecto a una norma panhispánica común. Tales conatos, ridiculizados con toda razón por lo que concierne a los, en ocasiones, disparatados contenidos de las proclamas lingüísticas, aparecidas a raíz de los movimientos nacionalistas o regionalistas correspondientes, podrían ser vistas, no obstante, a la luz, por ejemplo, de la importancia de la percepción y de las actitudes lingüísticas de los hablantes de que se ocupa la sociolingüística13, como indicio de una cierta predisposición al reconocimiento de la diferencia, que en la lingüística actual ha encontrado eco en la noción de pluricentrismo a la que atenderemos más adelante. 4. LAS REIVINDICACIONES SECESIONISTAS AMERICANAS TRAS LAS GUERRAS DE INDEPENDENCIA Y DEL REGIONALISMO ANDALUZ EN LA TRANSICIÓN En relación con la cuestión, en la actualidad tan candente, de la identidad lingüística 14 , es posible encontrar algunas similitudes15, que se suman a las ya apuntadas con respecto a la igualdad material de ciertos fenómenos lingüísticos, entre el español de Andalucía y el de América. Me refi ero a la aparición de testimonios muy parecidos de reivindicación de la diferencia por parte de algunos intelectuales americanos de la época de la Independencia y de algunas fi guras andaluzas que tuvieron su época de mayor presencia mediática mucho más recientemente, en los primeros años del período que conocemos como la Transición política española. Por lo que respecta a los deseos de emancipación lingüística que algunos intelectuales americanos llegaron a expresar por escrito tras las fi nalización de las contiendas independentistas y la generación de una nueva atmósfera anticolonial, Martha Guzmán (2007: 268) ha señalado que “la nueva situación socio-política y sus imperativos […] [no solo] provocaron una refl exión –e incluso un debate muchas veces abierto– acerca de qué forma de lengua resultaba conveniente a las nacientes repúblicas americanas[, sino que] incluso se dieron intentos de construir identidades nacionales con ayuda de una identidad 13 Cf., por ejemplo, Agheyisi y Fishmann (1970), Alvar (1986), Moreno Fernández (1998), Bentivoglio y Sedano (1999), Preston (1999), Preston y Niedzielski (2000), Caravedo (1999, 2001a: 63-70, 2001b, 2005), Long y Preston (2002), López Morales (2004, caps. VII y VIII). 14 A este respecto, cf., sobre todo, Bustos e Iglesias (2009) y Narbona (2009). Cf. también Castillo y Kabatek (2006); y, en relación con el español de América y su identidad, Perl y Pörtl (1999), Montes (2003), o Rivarola (1990). 15 Aunque, necesariamente, salvando las distancias, puesto que en la América poscolonial el debate tuvo lugar entre intelectuales de cierta talla, mientras que en relación con el andaluz se ha tratado más bien de reivindicaciones en textos periodísticos por parte de figuras más bien anecdóticas. Araceli López Serena62 zonas” son “mínimas” (RAE 2005: xiv-xv), algo que, al menos teóricamente, no permitiría hablar de pluricentrismo. Ahora bien, aun cuando este razonamiento en torno a la homogeneidad lingüística panhispánica pudiera ser cierto, si nos limitáramos a considerar los rasgos lingüísticos exclusivamente en cuanto a su identidad o diferencia meramente material (como ocurre, por ejemplo, cuando hacemos equivaler el seseo andaluz al americano, porque en su realización se trata, en efecto, de un “mismo” fenómeno), e incluso si lo que tuviéramos en cuenta fuera el parentesco genealógico de estos fenómenos, en relación con la necesidad o no de contemplar la existencia de una norma pluricéntrica y no única o monocéntrica para el español, lo que importa es que de ninguna manera puede ser “interesante lingüísticamente” el mero “dato lingüístico crudo, p. ej. la existencia de tal sonido, construcción o palabra en un territorio o en otro”. Lo pertinente es, más bien, la valoración o la determinación del estatus del fenómeno, es decir, su marcación diasistemática, su ubicación “en el espacio variacional de una lengua”, que es lo que constituye hechos lingüísticos” (Oesterreicher 2002: 286)23. 6. CONCLUSIONES No es, en absoluto, mi intención, extenderme en la necesidad de enfocar el problema de las normas prescriptivas del español desde el concepto del pluri- o policentrismo, perspectiva que no hace mucho el hispanista alemán Franz Lebsanft califi caba de “bastante nueva en la lingüística hispanohablante”, pese a que el propio Lebsanft resaltaba que incluso “recientemente ha[bía] llegado a atravesar el umbral de la venerable e infl uyente Real Academia Española” (Lebsanft 2007: 227-228). Lo comprobamos, en efecto, en el documento “La política lingüística panhispánica” que se puede consultar en la página web de la RAE24: Unidad en la diversidad Una tradición secular, ofi cialmente reconocida, confía a las Academias la responsabilidad de fi jar la norma que regula el uso correcto del idioma. Las Academias desempeñan ese trabajo desde la conciencia de que la norma del español no tiene un eje único, el de su realización española, sino que su carácter es policéntrico. Se consideran, pues, plenamente legítimos los diferentes usos de las regiones lingüísticas, con la única condición de que estén generalizados entre los hablantes cultos de su área y no supongan una ruptura del sistema en su conjunto, esto es, que ponga en peligro su unidad (RAE s.f. “La política lingüística panhispánica” [en línea] <www.rae.es>). 23 Sobre el pluricentrismo del española, cf. también Rivarola (2006b), Zimmermann (2008). 24 Cf. también Borrego (2007) o Lope Blanch (2001): “¿cómo delimitar, cómo definir o establecer la norma hispánica general en los casos en que haya divergencias entre las diversas normas nacionales? Pueden presentarse dos situaciones diferentes: Una, que la forma propia de una de esas normas sea gramatical o socioculturalmente menos justificable que la otra forma en conflicto. Dos, que ambas formas sean igualmente justificables y estén respaldadas, cada una de ellas, por una norma nacional de prestigio. […] En el segundo caso […] habrá que aceptar las dos formas divergentes como propias de la norma hispánica, es decir, habrá que aceptarse una dualidad o una pluralidad de normas diferentes dentro de la norma hispánica ideal”. ITINERARIOS VOL. 14 / 2011 El Andaluz y Español de América en la distancia comunicativa… 63 Mi propósito en estas páginas ha sido más bien el de mostrar cómo las refl exiones en torno a la norma panhispánica y al pluricentrismo del español resultan pertinentes para advertir contra la tentación de reconocer un estatus similar y un posible futuro común a las variedades andaluzas y americanas del español. Así, mientras que claramente ciertos elementos de determinadas variedades del español de América constituyen el estándar en esos dominios, nada semejante cabe afi rmar del caso andaluz, que, para empezar, ni siquiera cuenta con un modelo ejemplar propio divergente del español peninsular general. Un método muy efi caz de vislumbrar esta diferencia nos lo proporciona el modelo de la cadena variacional propuesto por Peter Koch y Wulf Oesterreicher en 1985, y que en la Filología hispánica sigue encontrando un número creciente de adeptos: 1ªuniversal- esencial Inmediatez Distancia 1b Inmediatez Distancia no marcado 2 bajo diafásicamente alto 3 bajo diastráticamente alto 4 ESTATUS idiomáticocontingente (histórico) fuerte diatópicamente débil MARCA DIASISTEMÁTICA marcado El espacio variacional histórico-idiomático entre la inmediatez y la distancia comunicativa De acuerdo con este modelo, que ya he explicado en otras ocasiones25, las constelaciones comunicativas inmediatas favorecen la aparición, en el discurso, de fenómenos dialectales, sociolectales y situacionales estigmatizados por la modalidad propia de la distancia 25 Cf., al respecto, López Serena (2002, 2007) y, en relación con su filiación estructuralista, López Serena (2006). En esos trabajos, llamé la atención sobre el hecho de que las intuiciones principales subyacentes a la dinámica de la variación intralingüística estaban ya presentes en Bello, quien circunscribía su gramática al “buen uso, que es el de la gente educada”, debido a que “es el más uniforme en las varias provincias y pueblos que hablan una misma lengua, y por lo tanto el que hace que más fácil y generalmente se entienda lo que se dice; al paso que las palabras y frases propias de la gente ignorante varían mucho de unos pueblos y provincias a otros, y no son fácilmente entendidas fuera de aquel estrecho recinto en que las usa el vulgo” (Bello 1988: 165). Reflexiones similares se pueden encontrar en Lapesa (2003: 24), para quien, mientras que el “marco ambiental del coloquio hace que éste se refiera necesariamente a circunstancias del entorno natural y social, con los consiguientes regionalismos y localismos” y que, por lo tanto, sea “es el nivel de lenguaje en que con más frecuencia se dan divergencias léxicas y semánticas que pueden producir extrañeza al hispanohablante de otro país”, “la lengua culta, tanto escrita como oral, […] elimina gran parte de cuanto es diferencial, geográfica o socialmente” (énfasis mío). Araceli López Serena64 comunicativa, mientras que los discursos propios de la distancia comunicativa resultan mucho más homogéneos, si bien en modo alguno uniformes (y esta es una de las aportaciones más interesantes de este modelo, en la que, sin embargo, pocas veces se insiste). Pues bien, lo determinante para el reconocimiento de normas ejemplares diferentes en el dominio idiomático hispánico es el hecho de que no todos los fenómenos lingüísticos divergentes son susceptibles de ordenarse de acuerdo con un único espacio variacional como el que propone esta fi gura. Tal como advierte Wulf Oesterreicher, las diferencias del español de América no pueden concebirse como diferencias diatópicas con respecto al español de España, ya que ciertos fenómenos lingüísticos regionales representan en América indiscutiblemente un estándar, es decir, que se trata de formas de ninguna manera marcadas como diatópicas y que, por cierto, no deben ser descritas tampoco como desviaciones diasistemáticas del estándar peninsular. Estos elementos conforman […] estándares regionales y estos se defi nen y se diferencian de lo diatópico antes mencionado por dos características concepcionales: a) corresponden, como estándar, en su territorio, a la lengua de la distancia, a la escrituralidad, y, por esta razón, no entran en la cadena variacional; b) como estándares constituyen obligatoriamente el punto de referencia para todas las variedades y marcas diasistemáticas en la región en cuestión, es decir, también para la variación diatópica. El último argumento deja claro que los estándares regionales americanos –en la perspectiva sincrónica– no están determinados por la norma prescriptiva europea. Para la competencia lingüística y la conciencia normativa de los hispanohablantes americanos y para la producción lingüístico-discursiva formal, la norma europea no es un verdadero punto de referencia en el uso. (Oesterreicher 2002: 282-283) En la misma idea ha insistido recientemente Elena Méndez García de Paredes, en un trabajo en que advierte sobre la sinonimia de facto que la RAE establece entre los conceptos de norma panhispánica y de norma pluricéntrica, por más que se trate de un matrimonio que, al menos en principio, constituye un oxímoron: Pluricentrismo signifi ca constelación y jerarquización de normas estándares cada una de la cuales instituye su propia cadena variacional y sus propias marcas allí donde actúa, de manera que hechos lingüísticos estándares en su zona no pueden quedar marcados con respecto a normas estándares con las que no se corresponden26. Lo estándar es complejo y admite ciertas gradaciones: hay fenómenos lingüísticos estándares en todo el ámbito hispánico, otros sólo lo son en América, otros sólo en ciertas zonas americanas, otros propios de una nación. El estatuto de estándar es lo que los hace neutros o no marcados diasistemáticamente en ese espacio variacional en el que actúan y ello debe ser tenido en cuenta en una codifi cación que se pretenda panhispánica. (Méndez García de Paredes en prensa b, quien remite a Oesterreicher 2002: 282-283) A la luz de lo expuesto, podemos concluir que el concepto de pluricentrismo resulta, en defi nitiva, fundamental para dirimir la cuestión de la relación actual entre el es- 26 Es decir, que no pueden estar sujetos a una única norma, por más que se la denomine panhispánica. ITINERARIOS VOL. 14 / 2011 El Andaluz y Español de América en la distancia comunicativa… 65 pañol hablado en Andalucía y el español de América. Para terminar como empezamos, con un ejemplo sencillo que sirva para esclarecer esta noción, nos valdremos del fenómeno, mencionado ya de pasada, del llamado tratamiento unifi cado: Conocido es el fenómeno llamado tratamiento unifi cado, referido al hecho de que la oposición existente en el estándar europeo entre las formas del plural vosotros tenéis y ustedes tienen no existe en Hispanoamérica; existe una sola forma: ustedes tienen. El fenómeno se da, sin embargo, también en España, es decir, en las Islas Canarias y en Andalucía Occidental [aunque aquí con la forma ustedes tenéis]. Pero este fenómeno tiene en una descripción del espacio variacional de España una clara marca diatópica: ‘canario’ o ‘andaluz occidental’27. Sin embargo, en América el fenómeno representa un panamericanismo con valor de estándar. (Oesterreicher 2002: 282-283) Así las cosas, parece evidente que si queremos abordar la cuestión de las semejanzas y diferencias entre el andaluz y el español de América desde una óptica que no confunda la identidad genealógica y la identidad material de los rasgos lingüísticos con una identidad que sea también de orden variacional resulta imprescindible tener claras las implicaciones del concepto de pluricentrismo para esta discusión. Amén de esto, la noción de pluricentrismo (en cierta medida anticipada avant la lettre por declaraciones como las de Bello recogidas al fi nal de §4 supra) podría servir para reorientar los debates relacionados con las proclamas de independización lingüística que en el seno del andaluz estamos viendo resurgir en las últimas décadas, en la medida en que puede proporcionar, también a ojos de la comunidad hablante28 (y ya no solo de los lingüistas), una descripción más realista de la relación entre las diferentes normas del diasistema de la lengua española, infi nitamente más fl exible que la visión idealizada y encorsetada de una única norma panhispánica idéntica para todos los hispanohablantes, con la que muchos usuarios parecen nos estar satisfechos29. 27 Y, en el caso del andaluz, también diastrática y diafásica. Sobre la relación dinámica entre ambos tipos de variación, cf. Koch y Oesterreicher (2007), López Serena (2007). 28 Y, por tanto, en relación con la cuestión de las actitudes lingüísticas de las que se ocupa la sociolingüística y también la lingüística perceptiva (cf. la bibliografía a la que se remita en la nota 12 supra). En efec- to, desde el punto de vista de los usuarios de la lengua, sería fundamental integrar la atención al concepto de pluricentrismo con el reconocimiento de que a la hora de evaluar la elección de una determinada norma (en el sentido coseriano del término, es decir, en el sentido de norma consuetudinaria) por parte de un hablante hay que tener en cuenta el inventario del que disponga tal hablante (su conocimiento de la existencia de las variantes en cuestión), así como la conciencia sociolingüística relativa a cuáles sean las jerarquías de valores asociadas a las distintas normas vigentes en la comunidad de que se trate (cf., al respecto, López Morales 2004: 257-258). A este respecto, resultan asimismo interesantes las reflexiones de Simone (1997) en torno a qué considerar varians y qué variandum cuando nos hallamos ante una pluralidad de normas y las consecuencias de tal decisión para la teoría general del lenguaje. 29 Y es que, como no hace mucho advertía Rivarola (2006: 107), “[u]na codificación que ignore las alternativas de lengua estándar que se manifiestan en el espacio de su vigencia corre el severo riesgo de no ser aceptada y fracasar en su pretensión de ser instrumento de unidad y consolidación idiomática. En cambio, el pluricentrismo normativo puede ser un factor de integración y favorecer en los hablantes el interés por otros modelos de lengua, así como estimular en ellos una cierta competencia plurilectal”. Araceli López Serena66 BIBLIOGRAFÍA: Agheyisi, Rebecca, Fishman Joshua (1970) “Language attitudes studies. A brief survey of methodological approaches”. Anthropological Linguistics. 12(5): 137-157. 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