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Lillo, Alejandro, Miedo y deseo. Historia cultural de Drácula [Reseña]

González Fernández, Ángeles

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584 RESEÑAS Hispania, 2019, vol. LXXIX, nº 262, mayo-agosto, págs. 501-623, ISSN: 0018-2141, e-ISSN: 1988-8368 por los incumplimientos de las promesas que acabaron con ellas. ¿Es, por tanto, un cambio provocado por el desgaste de una táctica ante la falta de éxitos reales, más palpable para las nuevas generaciones, alejadas de las implicaciones directas que dichas emociones suponían? Muchas son las preguntas que surgen con la lectura del estudio de Sara Hidalgo. Pero ello no lo desmerece. Hace de él un estudio sugerente, que esperamos que pueda tener continuidad, y una obra útil para conocer de manera más poliédrica las estrategias políticas de los obreros, a la vez que las resistencias culturales de la burguesía. Con ello, se añaden nuevas perspectivas y elementos, de la mano de la historia de las emociones, que nos permiten comprender, conocer y hacer nuevas preguntas. El objetivo no es dejar de hacerse preguntas, sino hacer las adecuadas para completar y complementar las anteriores. Y a ello este estudio colabora enormemente. Ahí está su gran mérito: introducir esta nueva perspectiva en una problemática de máximo interés, muy trabajada en la historiografía española, para entender la evolución social y política de la España del primer tercio del siglo XX. Sergio Valero Gómez Universidad de Valencia [email protected] lillo, Alejandro, Miedo y deseo. Historia cultural de Drácula, Madrid, Siglo XXI, 2017, 366 págs., ISBN: 978-84-323-1877-1. El XIX es, en el ámbito literario, el siglo de la novela. Novelas por lo general desmesuradas tanto por el número de sus páginas —algunas superan las 1000— como por el hecho de que no pocas de ellas ambicionan reflejar el sistema de valores y los comportamientos, las preocupaciones e intereses, también las contradicciones, que recorren la sociedad de la que constituyen, o pretenden constituir, un retrato más o menos fiel. Esa aspiración reviste, en ciertos casos, una dimensión ontológica que las convierte en obras imperecederas, sobre las que no pasa el tiempo y despiertan tanta fascinación en los lectores del siglo XXI como la que provocaron en el momento en el que vieron la luz. Frankestein es una de ellas. Otra es, sin duda alguna, Drácula, analizada por Alejandro Lillo en un texto tan elegante y refinado como inteligente e incisivo. Hubo un tiempo en que los historiadores rechazaron, o cuando menos, se mostraron reticentes a recurrir a la literatura como fuente para el conocimiento del pasado. La lectura de Miedo y deseo. Historia cultural de Drácula es la mejor demostración del sinsentido de esas renuencias y dudas porque en sus páginas la novela de Bram Stocker se transforma en una fuente precisa, afilada como un bisturí que se abre paso con delicadeza, pero también con firmeza, hasta dar con las entrañas de Revista Hispania 262.indb 584 30/7/19 15:05 RESEÑAS 585 Hispania, 2019, vol. LXXIX, nº 262, mayo-agosto, págs. 501-623, ISSN: 0018-2141, e-ISSN: 1988-8368 la sociedad británica de finales del siglo XIX. Una cirugía que no se constriñe a una sociedad y a un tiempo concretos; el escalpelo disecciona las angustias e incoherencias de un pasado que es presente, porque en esencia son las mismas que nos desazonan todavía hoy. El miedo y el deseo son emociones inherentes al ser humano y, así, Drácula nos explica también a nosotros mismos, a nuestras angustias, a nuestros deseos y miedos más profundos y perturbadores. La pretensión de verdad que impregna toda la novela, fruto de su ideación como ordenamiento de los diarios y testimonios de los protagonistas —excepción hecha de Drácula, del que tenemos noticia siempre por vía interpuesta—, recortes de prensa y otros elementos dan apariencia de verosimilitud a un relato que Alejandro Lillo, ya se ha dicho, descifra con maestría y una prosa que nada tiene que envidiar a la que nos tiene acostumbrados la mejor historiografía anglosajona, ejemplo paradigmático de que el rigor en el análisis no está en absoluto reñido con la amenidad. El libro se ordena en tres bloques perfectamente definidos dedicados a examinar el diario de Jonathan Harker, el joven pasante de abogado que viaja por encargo de su bufete a Transilvania; el escrito por su prometida, luego esposa, y autentica heroína de la novela, Mina Murray; y, por último, el testimonio de uno de los componentes del grupo perseguidor de Drácula, el Dr. Seward, al que se incorporan breves, pero significativos estudios de uno de sus pacientes y, a través de las percepciones de los distintos protagonistas, del propio Drácula. A las tres partes Lillo dedica una atención minuciosa que permite al lector descubrir aspectos nuevos y esclarecer, aportando significados y matices diferentes, cuestiones y aspectos ya conocidos de una novela que ha sido, y es, profusamente leída, analizada y reinterpretada, como corrobora la amplia bibliografía que el autor incluye al final del texto. Preceden, o acompañan cuando es pertinente al análisis de cada uno de los diarios y testimonios, digresiones que ayudan al lector a comprender algunas de las realidades, modas y conceptos que caracterizaron a la sociedad británica, y en general a las de la Europa más avanzada del Ochocientos: el pintoresquismo en la literatura y las artes; la escritura del diario como ejercicio de interiorización de los valores sociales y, al mismo tiempo, de introspección y autoconocimiento; la enfermedad mental y el manicomio; la moral y los tabúes sexuales. Lillo nos sumerge, a través de una vívida descripción, en el bullicioso Londres de finales del siglo XIX, metrópolis donde reina el estrépito y el caos de una multitud afanosa. La narración no sólo nos familiariza con el ruido de la gran ciudad, también permite con singular habilidad transmitir el olor — limpio, ordenado y agradable— de las calles donde residen las clases acomodadas; pestilente en las sórdidas y estrechas callejuelas en las que habitan las gentes más pobres, muchas de ellas llegadas en aluvión. Otro tanto sucede a la hora de examinar el trayecto de Harker desde Londres a la lejana Transilvania, argumento que sirve a Lillo para examinar los modos y vivencias del viaje a finales del siglo XIX. Experiencia formativa y placentera de los jóvenes, y no tan jóvenes, pertenecientes a las clases acomodadas; impulsada por la necesidad o aspiración de encontrar nuevos y mejores horizontes Revista Hispania 262.indb 585 30/7/19 15:05 586 RESEÑAS Hispania, 2019, vol. LXXIX, nº 262, mayo-agosto, págs. 501-623, ISSN: 0018-2141, e-ISSN: 1988-8368 de futuro para los desfavorecidos de la fortuna —deliciosa es la descripción del cuadro con que examina la determinación e incertidumbre que acompaña a los viajeros en estos casos— o por el afán exploratorio y aventurero de otros, el viaje es aquí un asunto de negocios. El objetivo del viaje de Jonathan, tanto como los prejuicios del joven pasante, condicionan su percepción del paisaje que atraviesa y de las gentes que lo habitan. Prejuicios similares, por demás, a los que sostienen los viajeros británicos —y de la Europa central y nórdica— cuando incursionan por territorios y hábitos extraordinarios por insólitos, movidos por la fascinación del exotismo de lo desconocido, ávidos de emociones fuertes, de vivir aventuras que les aparten del mundo convencional, ordenado y rutinario propio de una sociedad, la británica, epítome de civilización. Puro orientalismo. No es este el caso de Harker. No es hombre de temperamento inquieto sino todo lo contrario; si abandona su zona de confort lo hace empujado por trabajo y por su acendrado sentido del deber, de ahí la extrañeza y turbación que se apoderan de él a medida que avanza hacia Oriente y se desvanecen las coordenadas materiales: puntualidad, confianza y seguridad que rigen su vida. La mirada prejuiciada, resultado tanto de la educación recibida como de la rigidez de su carácter, acentúan la extrañeza del pasante de abogado que, como subraya el autor, carece de recursos para administrar la incertidumbre de lo desconocido. También, y esto es algo que el autor acaso no atiende de manera suficiente, a causa de su inocencia. La pureza e integridad de un joven que asume el viaje no como experiencia iniciática y formativa, no en búsqueda de un lugar mejor en el mundo sino para resolver de la forma más breve posible un simple trámite comercial. Visto así nos enfrentamos al trasunto de la inocencia de una nación joven y pletórica de fuerzas, Gran Bretaña, que, imbuida de su superioridad tecnológica, que es también moral, se afana por llevar la luz a un mundo gobernado por la oscuridad, la superstición y la ambigüedad, el mundo de Drácula. El encuentro entre ambos personajes es por ello el encuentro entre dos universos antitéticos: la razón frente a la emoción, el orden frente al caos, la nobleza frente a la maldad, la vida frente a la muerte; un encuentro que empuja a Harker a la duda y a las puertas de una locura que no es sino reflejo del temor a la colonización inversa que recorre a la propia sociedad británica. Los diarios de Mina Murray constituyen el núcleo central del libro de Alejandro Lillo. Acompañado de un espléndido análisis del discurso sobre la mujer y el desarrollo del feminismo en la sociedad victoriana —deleitosa y oportuna resulta la reflexión de Lillo a propósito del cuadro Woman’s Mission: Companion of Manhood, de 1863, obra del pintor George Elgar Hicks—, Mina emerge en las páginas de Miedo y deseo como un personaje complejo, siquiera porque en ella cohabitan diferentes mujeres: la joven dispuesta a asumir el rol dependiente que le atribuye la época; la mujer inquieta que anhela la independencia y el ejercicio de una profesión; la amante y fiel esposa, dispensadora de cuidados maternales a su marido y a los varones que persiguen a Drácula. Una mujer, en suma, que se mueve necesariamente en el terreno de lo que es posible, entre lo que desea ser y lo que forzosamente está condenada a ser, siempre vigilante y lista para asumir un papel activo y, por el contrario, volver a Revista Hispania 262.indb 586 30/7/19 15:05 RESEÑAS 587 Hispania, 2019, vol. LXXIX, nº 262, mayo-agosto, págs. 501-623, ISSN: 0018-2141, e-ISSN: 1988-8368 ocupar el rol subalterno en el momento en que se lo indican los varones. El control sobre sí misma le proporciona los recursos y la capacidad para luchar e incluso para compadecer a Drácula; a diferencia de su dubitativo y débil marido, Mina es una mujer inteligente y fuerte, segura de sí misma, aunque no por ello escapa, quién podría hacerlo, al influjo y poder del conde. En la tercera parte del libro, Lillo aborda un sugestivo ejercicio comparativo entre el Dr. Seward y Drácula y los recintos que ambos gobiernan, manicomio y castillo. Espacios lúgubres y oscuros en los que ejercen un poder absoluto sobre la vida y sobre la muerte sosteniéndose siempre sobre una delgada línea, la que separa la cordura de la locura, y siempre con un toque de crueldad. A través de ellos, y de los varones que persiguen a Drácula, se manifiestan los rasgos que definen la masculinidad: valor, determinación, firmeza, inclinación a la aventura y al riesgo, a los que se añaden el temor de Dios, la lealtad, el apoyo mutuo y la compasión. Drácula es, por ello mismo, trasunto descarnado de la hombría victoriana, del instinto de posesión, brutal y cruel, del varón sobre el conjunto de sus congéneres, sean hombres o mujeres. Pero, al mismo tiempo, no es sino el reflejo de nuestro yo, del monstruo —y del potencial gestor del panóptico— que todos llevamos dentro. Drácula de Bram Stoker, hábilmente diseccionada por Alejandro Lillo, resulta así un precioso documento sobre la vivencia y prácticas de la sexualidad en la sociedad victoriana, los miedos y los tabúes, tanto como las transgresiones, que la acompañaron. Ese espíritu transgresor que impregna toda la novela, queda recogido y sintetizado en un capítulo final a modo de conclusiones en las que Lillo enumera la ambigüedad que caracteriza a todos los protagonistas: las virtudes que, ya se ha mencionado, adornan a Mina corresponden, en el universo mental de las sociedades decimonónicas, a los varones, de lo que deduce la inversión de los roles de género; del afecto y sensualidad en la relación entre Mina y su amiga, Lucy Westenra, apunta la presencia de un lesbianismo en tanto práctica tolerada e incluso fomentada como «amistad romántica» en un rasgo que, por demás, comparten sociedades coetáneas, incluidas las católicas; la dudosa virilidad de Jonathan Harker, que apenas enmascara su homosexualidad, y la reivindicación de Mina como feminista, aún sin ser consciente plenamente de ello. Todas estas aportaciones de Lillo son sugestivas, pero arrostran un punto de timidez; no se atreve a formular la que parece la conclusión lógica de todo ello. A saber: la ambigüedad sexual, cuando no homosexualidad, del propio autor, Bram Stocker (tesis que por cierto sostiene la biografía de D. Skal, Something in the blood: the untold history of Bram Stoker, the man who wrote Dracula, publicada el mismo año, 2017, que la obra de Alejandro Lillo). Miedo y Deseo. Historia Cultural de Drácula, constituye, en suma, un ejemplo paradigmático de la valiosa contribución de la ficción al conocimiento del pasado, al tiempo que una obra de madurez historiográfica y un acicate para la lectura, y por supuesto para la relectura cuando sea el caso, de una novela tan fascinante como turbadora. Ángeles González-Fernández Universidad de Sevilla [email protected] Revista Hispania 262.indb 587 30/7/19 15:05