Asimetrías literarias transatlánticas: un balance del cambio de siglo
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Asimetrías literarias transatlánticas: un balance del cambio de siglo Pablo Sánchez Universidad de Sevilla La relación transatlántica Desde la llegada de Rubén Darío en 1892 (y aun antes, con la olvidada presencia en España del mexicano Francisco A. de Icaza), la literatura española y la latinoamericana han tenido una relación compleja y fluctuante, no siempre libre de malentendidos, recelos y estigmas coloniales, aunque hayan ofrecido asimismo momentos de esplendor y solidaridad, sobre todo en difíciles contextos políticos. En especial, en estos últimos veinte años se ha producido una importante confluencia de factores de muy diverso tipo que han contribuido a una revitalización general de lo transatlántico dentro de la constelación de los fenómenos transnacionales contemporáneos, y el alcance de esa confluencia puede ser considerado hegemónico en algunos aspectos (por ejemplo, en el mercado novelístico, donde el poder de las editoriales españolas ha tenido evidentes y conocidas consecuencias). Aun admitiendo que es evidentemente arriesgado tratar de historiar tiempos muy inmediatos, en este trabajo intentaremos un balance del que ha sido, hasta ahora, el último de los diversos e irregulares intentos históricos de panhispanismo literario; es decir, el último intento de lo que podríamos llamar concentración de energías entre sistemas literarios de lengua española a ambos lados del océano, y que fuera iniciada durante la década de los noventa del pasado siglo. Creemos que esa específica relación de fuerzas editoriales entre España y América Latina de estas últimas dos décadas ha generado, en ambos sistemas literarios, importantes y nada desdeñables dividendos económicos y simbólicos que no se pueden pasar por alto, y que tienen protagonismo literario aunque sea compartido con otros procesos actuales: por ejemplo, la importancia creciente de los escritores latinoamericanos que viven en Estados Unidos y trabajan en el mundo universitario, o las nuevas estrategias editoriales e institucionales generadas de forma original en la propia América Latina sin injerencia española, temas éstos que quedan fuera de las posibilidades de este trabajo. (1) Nos interesa realizar un balance desprejuiciado que reinterprete datos y discuta algunas características de ese hispanismo transatlántico, para calibrar mejor la magnitud de la coyuntura específica y crear un nuevo relato del proceso de intercambio cultural, que está marcado, como veremos, por la existencia de una serie de asimetrías muy claras entre los sistemas en juego. Y entendemos precisamente que ahora es un buen momento para empezar ese nuevo relato, porque hay también, como esperamos demostrar, osibilidades más amplias http://www.lehman.cuny.edu/ciberletras/v37/sanchez.htm 1 de 14 16/5/17 12:44
importantes indicios de que algo está cambiando o, mejor aún, de que una etapa concreta ha concluido ya a estas alturas de siglo -especialmente en España y en sus instituciones culturales-, lo que está afectando al intercambio. Por supuesto, ese tipo de estudio no es fácil, porque el corpus es extensísimo y la metodología de trabajo compleja, y porque se requieren análisis sistémicos externos a los textos literarios que definan las interferencias entre campos o sistemas y las diferentes posiciones que se establecen para los escritores y las instituciones. (2) La importancia de Alfaguara El proceso de intercambio transatlántico en el final de siglo XX tiene una cronología bastante fácil de determinar: cabría situar el inicio en 1993, con el nacimiento de Alfaguara Global -bajo el liderazgo inicial del periodista y también novelista Juan Cruz-, que abrió una nueva etapa en las relaciones editoriales entre España y América Latina que luego han seguido con mayor o menor fortuna otras editoriales. Recordemos que en los años ochenta, acabada la convulsión del boom, hay una reestructuración del mercado editorial en España, que vuelve a apostar por autores españoles (el caso más evidente es Anagrama) y a buscar una narrativa a menudo posmoderna y poco política que encaje bien con la ansiedad de europeísmo recién satisfecha política y económicamente. Estamos hablando de los años de consolidación de la llamada Cultura de la Transición, que nace con la derrota de los movimientos radicales de los setenta en España y se caracteriza por ser básicamente consensual, desproblematizadora y despolitizadora (Fernández Savater 38), y que además ha ejercido un monopolio de la palabra y de la memoria que sólo en los últimos años se está empezando a criticar de forma efectiva después de gozar de un importante respaldo, incluso académico. En los noventa, el poder económico español, cómodamente favorecido por esa cultura y por el Estado cómplice de ambos, inició una estrategia de expansión hacia el mercado de lengua española, y no sólo en el terreno editorial, como es bien conocido. Después del V Centenario, el descubrimiento de que España tenía una ventaja estratégica frente al resto de países de la Unión Europea llevó a algunas empresas españolas, con apoyo del poder político, a invertir en América Latina, lo que a su vez supuso un primer impacto globalizador. Ahí entró el grupo Planeta, adquiriendo importantes editoriales latinoamericanas, pero también el grupo PRISA, propietario entonces de Alfaguara y del diario El país, que puso en marcha el que según Juan Cruz fue “un delicadísimo engranaje latinoamericano”, apoyado en la decisión común de apostar por la escritura latinoamericana del siglo XX. La apuesta se inició con la “idea primitiva de los cuentos completos de escritores latinoamericanos como Mario Benedetti, Julio Cortázar o Juan Carlos Onetti, y el osibilidades más amplias http://www.lehman.cuny.edu/ciberletras/v37/sanchez.htm 2 de 14 16/5/17 12:44
lanzamiento global de la obra de Pérez-Reverte y Cortázar” (Cruz Egos 223). Cruz le concede un papel decisivo en ese proyecto a un escritor modélicamente cosmopolita como Carlos Fuentes, al que considera primer impulsor, y recuerda que el autor de Terra Nostra le llamó por teléfono para decirle: “el porvenir es otra vez latinoamericano” (Egos 465) y darle una lista de autores que Cruz no ha hecho pública pero que deducimos que fueron publicados por Alfaguara en esos primeros años (podrían ser Ángeles Mastretta, Carmen Boullosa o Héctor Aguilar Camín, que publicaron en 1994 en la editorial madrileña). Las memorias de Cruz, Egos revueltos, son un perfecto ejemplo socioliterario acerca de cómo se consigue capital social externo al campo literario para influir dentro del campo, y cómo ese capital social fortalece una determinada red literaria que en muchos aspectos se acabó institucionalizando (Real Academia, por ejemplo). Además, la toma de posición de Cruz se vuelve más reveladora si la contrastamos con los testimonios de otros editores españoles, también interesados en los últimos tiempos en el mercado latinoamericano, como Jorge Herralde, de Anagrama, o Manuel Borrás, de Pre-Textos. Es cierto que esas declaraciones suelen tener siempre un sesgo heroico y autoindulgente, y que pasan por alto los aspectos más peliagudos de la cuestión editorial, normalmente contractuales; pero describen de forma eficaz algunas motivaciones editoriales que han contribuido a perfilar el mapa literario latinoamericano y español de los últimos tiempos. Hay que reconocer que tanto Cruz como Herralde y Borrás tienen siempre un respeto profundo a la riqueza cultural latinoamericana, pero también hay matices muy diversos: Herralde, señala en Por orden alfabético, que, a pesar de su temprano conocimiento de Sergio Pitol, tardó bastante en incorporar ampliamente a escritores latinoamericanos, después de haber impulsado la narrativa española y las traducciones de literatura de lengua inglesa; Cruz, por su parte, enemistado en alguna ocasión con Herralde (Egos 168-169), defiende sin dudarlo que los criterios empresariales tienen a la larga beneficios culturales y que la literatura en lengua española debe entrar sin complejos en la competitividad de la economía global, mientras que Borrás, desde Pre-Textos, ha trabajado con mucha menos visibilidad y poder industrial, con un concepto aparentemente menos mercantil y más estético, incorporando pocos autores superventas, a partir de una inagotable curiosidad estética: Nadie ignora América, pero bastantes de nosotros no hemos sabido de la existencia de mucho y de lo mejor que se escribía por esas latitudes. Como editor me pareció que todo estaba demasiado entomologado, demasiado unánime y canónicamente concluido, cuando sin cesar se me estaban descubriendo nuevos continentes literarios inexplorados en un continente donde parecía ya todo peinado, editorialmente hablando. En la edición española había olvidos injustificados de mucha de la mejor poesía que se había escrito en español en la otra orilla. Sí Borges, sí Octavio Paz, también, si queréis, Mario Benedetti, pero asimismo otros osibilidades más amplias http://www.lehman.cuny.edu/ciberletras/v37/sanchez.htm 3 de 14 16/5/17 12:44
que quedaban fuera del objetivo ya no sólo de los editores españoles, sino también de numerosos poetas, que sólo eran capaces de hablar de oídas y a veces en voz baja y a hurtadillas de sus preferencias no consensuadas (Borrás 3). Parece obvio que Cruz, Herralde y Borrás muestran tres actitudes comerciales diferentes, y sin duda es Cruz el que más claramente pone de manifiesto las directrices comerciales de sus políticas editoriales. Así, aunque en 1997 declaraba en una entrevista: “yo no soy capitalista, creo en el socialismo, creo en la atemperación de ciertas actitudes del capitalismo por otras vías” (Cruz “No tener” 21), más de una vez ha demostrado una profunda lealtad al conglomerado empresarial de PRISA, hasta el punto de defenderse de “la manía persecutoria” llevada a cabo en esos años desde medios de la competencia (Cruz Egos 169-170). En realidad, habría que resolver la aparente contradicción precisando que Juan Cruz no es estrictamente socialista, sino en todo caso socialdemócrata, que es algo bastante distinto hoy, y que su tarea en Alfaguara fue una parte significativa más de la profunda hegemonía cultural socialdemócrata en España, originada en 1982 con la nueva actitud del gobierno de Felipe González en relación con la cultura. Los contactos del campo del poder con el campo literario español en los años ochenta y noventa son muchos y muy evidentes, desde la llamada “poesía de la experiencia” convertida en una nueva “Norma” poética de la democracia (Mora 36), hasta la temprana conversión en académicos de la lengua de Antonio Muñoz Molina o Arturo Pérez-Reverte. La expansión en el mercado latinoamericano en los noventa, que ya desde 2002 se bautizó como “alfaguarización de la literatura hispanoamericana” (Barrera Enderle), se incluye también dentro de una estrategia general de exportación del modelo de desarrollo económico español, basado en la renuncia a cualquier residuo marxista y en la confianza casi ilimitada en los beneficios del libre mercado, todo ello robustecido por una cultura dócil y homogénea, bastante afín al poder político. Es decir, como demuestra Cruz, un neoliberalismo económico envuelto y bien disimulado en una cierta moralidad socialdemócrata que mantuviera valores opuestos a una derecha española todavía demasiado reaccionaria en bastantes aspectos. Esta ambivalencia explica muchos aspectos de la literatura española de la democracia, y por extensión, de la latinoamericana que ha entrado en contacto. Los premios y la mercadotecnia El camino abierto por Alfaguara (y, seguidamente, por otras editoriales de gran consumo como Planeta) marcó una primera asimetría en términos editoriales, pero también tuvo otras consecuencias que sirven para la cronología del proceso: entre ellas, destaca el crecimiento cuantitativo de los premios literarios españoles concedidos a escritores latinoamericanos, a partir sobre todo de 1997, en un ciclo ascendente osibilidades más amplias http://www.lehman.cuny.edu/ciberletras/v37/sanchez.htm 4 de 14 16/5/17 12:44
que culmina en 2002 (Pohl 17-19). Al nacimiento del premio Alfaguara y el renacimiento del Biblioteca Breve con En busca de Klingsor, habría que sumar el caso del premio Herralde y aun el caso del Planeta, de menos importancia simbólica pero de más importancia económica. Los premios literarios tienen en España, desde hace mucho, una especial utilidad para la difusión de los escritores latinoamericanos y suelen contener siempre una evocación explícita o implícita al boom, que en ciertos aspectos sigue siendo el mayor impacto de la cultura latinoamericana en España y que aún funciona como paradigma e incluso como alquimia ideal del mercado literario. De hecho, el sistema de premios literarios ha sido extraordinariamente profuso en los últimos años, y no sólo en narrativa, sino también en poesía, a lo que habría que añadir los premios oficiales ofrecidos por altas instituciones políticas, como el Reina Sofía o el Príncipe de Asturias. Los premios establecen así diversas correspondencias significativas que definen de forma bastante objetiva la posición social de los escritores y las redes, informales o institucionales, en las que se mueven. Además, los premios han sido parte visible y decisiva de una serie de estrategias transnacionales llevadas a cabo por editoriales, siempre españolas, que han contribuido a perfilar decisivamente las relaciones de poder dentro del intercambio cultural. Por supuesto, convertir los premios literarios en calas decisivas de la historia literaria implica una cierta claudicación ante la mercantilización literaria, pero a nadie se le escapa la importancia socioliteraria del premio Biblioteca Breve a Jorge Volpi, y, sobre todo, la importancia del descubrimiento de Bolaño con Los detectives salvajes, premio Herralde de 1998, un año antes del premio a Volpi. Podría decirse que el fenómeno Bolaño, con la conexión Jorge Herralde-Ignacio Echevarría es, con mucha diferencia, la mayor aportación propiciada desde España al campo literario latinoamericano del nuevo siglo, por encima de la consagración de Fernando Vallejo a través de Alfaguara, de Abilio Estévez o de Leonardo Padura a través de Tusquets o la promoción de los narradores del congreso de Sevilla de 2003 que dio lugar al volumen Palabra de América. Bolaño no sólo se ha consagrado como referencia de muchos nuevos narradores (cuyo comportamiento socioliterario, por cierto, no imita en absoluto el aura romántica de la experiencia del escritor chileno), sino que ha impuesto un cierto modelo de éxito literario y de vinculación sólida con un editor, en este caso Herralde. Si queremos abusar de la comparación, podríamos decir que guarda ciertas similitudes con el caso Vargas Llosa-Seix Barral de los sesenta. Sin embargo, habría que precisar aquí para decir que la equiparación entre boom de los sesenta y de los noventa no da para mucho más, a pesar de que sea frecuente y tentadora, sobre todo a la hora de tratar el asunto de los premios literarios. En ese sentido, hoy ya podemos diagnosticar algunos errores de apreciación y algunas hipérboles, como cuando Tomás Eloy Martínez en 1998 hablaba de un “tercer descubrimiento” de Latinoamérica a propósito del renacido premio Alfaguara (Pohl 15). Si el caso osibilidades más amplias http://www.lehman.cuny.edu/ciberletras/v37/sanchez.htm 5 de 14 16/5/17 12:44
Bolaño ha sido determinante en la jerarquía actual de valores novelísticos, poco se puede decir de la mayoría de ganadores del premio Alfaguara. Tampoco está nada claro que algunas de las iniciativas más aparentemente innovadoras de la mercadotecnia literaria haya acabado teniendo las repercusiones auguradas con bastante énfasis: nos referimos, por ejemplo, a la aventura de El boomeran(g), blogs de autores latinoamericanos y españoles de la editorial Alfaguara, que, sin embargo, no ha sido demasiado productivo salvo como altavoz o caja de resonancia de los propios textos impresos. Del mismo modo, la distancia temporal también quizá nos debería permitir reevaluar con más prudencia las nuevas poéticas aparentemente heréticas o transgresoras que el mercado editorial español, con su poder asimétrico, contribuyó a respaldar y legitimar a finales del siglo XX, especialmente con premios literarios, como el Biblioteca Breve o el Primavera: nos referimos, por ejemplo, a la antología McOndo y al grupo del Crack, que fueron muy rápidamente aceptados y promocionados, con inmediatez periodística (3), y que quizá deban ser reconsiderados desde una perspectiva historiográfica. Algunos críticos (Beverley 160, Fornet 14) han relacionado estos movimientos con un neoliberalismo literario latinoamericano, y su promoción desde España vendría a reforzar la idea de que el sistema literario español ha privilegiado nuevos modelos culturales más o menos neoliberales y sobre todo posutópicos frente a cualquier forma de agresividad crítica en literatura, viniera del otro del océano (por ejemplo, con autores más realistas, como Heriberto Yépez en México, u Óscar Colchado en el Perú) o de este lado, puesto que tampoco la narrativa española de finales de siglo ha destacado por su combatividad política, salvo excepciones como Belén Gopegui. En ese sentido, podría percibirse una cierta coincidencia entre esa vertiente de la literatura latinoamericana y la literatura española desproblematizadora -“formas culturales de perfil bajo”, según Mora (37)- de la Transición. Otras formas de asimetría Volveremos más adelante sobre la cuestión nada fácil de las expectativas ideológicas, pero antes debemos completar el mapa de la relación entre sistemas literarios a partir de otros datos. La asimetría de la industria editorial, con una clara superioridad de España sobre América Latina, ha sido, como vemos, un rasgo esencial de la relación entre sistemas literarios transatlánticos del cambio de siglo, pero no debe pasarse por alto que la relación varía levemente si hablamos de los diferentes sistemas nacionales latinoamericanos, lo que merecería un estudio más extenso y pormenorizado que es inviable aquí. Por ejemplo, podríamos decir que quizá la literatura mexicana ha sentido menos que otras literaturas, como la cubana o la argentina, la expansión editorial española del cambio de siglo, en parte por su particular estructura de profesionalización estatal de los escritores, muy distinta a la española gracias sobre todo a la osibilidades más amplias http://www.lehman.cuny.edu/ciberletras/v37/sanchez.htm 6 de 14 16/5/17 12:44
existencia del sistema de becas para escritores del FONCA (4). En cambio, la crisis argentina de principios de siglo y la particular situación cubana han reforzado la posición hegemónica de las editoriales españolas. Con bastante honestidad, el cubano Leonardo Padura ha explicado la importancia que para muchos escritores de dentro de la isla ha tenido el mercado español: “acceder al catálogo de una editorial española de primer nivel fue el sueño de casi todo escritor cubano y, sin excepción, de todos los novelistas en activo en la década de 1990” (Padura 238). Lo que no se suele señalar habitualmente porque parece menos relevante es que ese flujo editorial no es bidireccional, porque muy pocos escritores españoles publican en América Latina. Esa circunstancia ha provocado también alguna queja minoritaria, como la del biógrafo de Cortázar y también novelista, Miguel Dalmau, que en un durísimo ensayo reciente se quejaba abiertamente de que la presencia de escritores latinoamericanos en los catálogos de editoriales españolas perjudica a los escritores de la península. Afirma Dalmau, poniendo el dedo en la llaga sobre otra asimetría: “no he conocido a ningún autor español que haya sido descubierto en Latinoamérica ni a ningún editor de allá que se la haya jugado por un autor nuestro inédito o poco conocido en España” (Dalmau 81). El juicio es sin duda muy tajante y no entra en el fondo del problema, que es la vulnerabilidad de la industria editorial latinoamericana, pero pone de manifiesto, una vez más, la importancia de las asimetrías en la relación transatlántica y de lo que podríamos denominar cierta falta de reciprocidad en el flujo que, sin duda, tiene que ver en última instancia con la mayor fuerza de un sistema literario sobre los otros, al menos en términos industriales y de diferencia económica entre países. El tema de las asimetrías puede continuarse fácilmente: otra muy conocida es la del premio Cervantes, pero, en conjunto, la más relevante quizá sería la que tiene lugar entre lo que España exporta a América Latina frente a las importaciones. Es un desajuste económico que también es demográfico y que difícilmente puede fomentar cualquier proyecto utópico panhispánico que supere los imperativos más evidentes de la lógica capitalista. Antes de la crisis económica española de 2010, España importaba de América Latina casi diez veces menos libros de los que exportaba, según algún estudio (Escalante Gozalbo 279). El desajuste tiene finalmente también consecuencias literarias, al propiciar o privilegiar determinadas expectativas que son españolas (por ejemplo, el entretenimiento propio del consumismo por encima de la complejidad estética o la representatividad sociopolítica) y que no necesariamente son compartidas por los lectores latinoamericanos. Frente a esas asimetrías y esas arbitrariedades, hay que reconocer que el hispanismo transatlántico desde España ha tratado de compensar denodadamente los desajustes históricos en la comprensión peninsular de la cultura latinoamericana, a base sobre todo de congresos y publicaciones (5), y que su esfuerzo es osibilidades más amplias http://www.lehman.cuny.edu/ciberletras/v37/sanchez.htm 7 de 14 16/5/17 12:44
meritorio y productivo. No se trata de una cuestión menor, dados los errores de percepción y las simplificaciones que, incluso en la esfera pública española, se dan de manera muy habitual cuando se habla de América Latina, y que históricamente han sido fuente de controversias, desde la polémica del “meridiano intelectual” de 1927 hasta los recelos provocados en los años más intensos del boom, por no hablar de las intensas polémicas que la izquierda latinoamericana (sobre todo con el caso de Venezuela) ha provocado involuntariamente en el debate político español en los últimos años. Pero incluso aquí no habría tampoco que olvidar algunos otros datos menores que un análisis amplio del tema debe incluir, porque también son reveladores de las relaciones entre sistemas literarios de ambos lados del océano: pensemos, por ejemplo, en cómo las universidades españolas han dado visibilidad a determinados escritores latinoamericanos residentes en España, contribuyendo en mayor o menor medida a su canonización, cuando la motivación básica muchas veces para seleccionar a esos escritores y no a otros es muy simple: las dificultades presupuestarias para financiar viajes transatlánticos. Las universidades españolas han optado muchas veces por estrategias modestas que sin embargo han podido ser muy beneficiosas para escritores residentes en España como Fernando Iwasaki o Andrés Neuman, como puede demostrar cualquier pesquisa bibliográfica. En este punto, un balance transatlántico con aspiraciones comprehensivas debería también considerar la casuística del nuevo escritor migrante latinoamericano, que presenta una notable heterogeneidad, en la que afortunadamente el exilio político tiene cada vez menos incidencia. La migración hacia España es otro fenómeno asimétrico significativo del nuevo siglo, aunque, como ya sucedió en los tiempos del boom, la presencia física de estos escritores no ha supuesto un especial interés narrativo por la realidad española (6). Incluso dentro de los escritores latinoamericanos hay muchas variables, entre un Fernando Iwasaki que vive en Sevilla, o Abilio Estévez, Santiago Roncagliolo o Rodrigo Fresán, instalados todos ellos en Barcelona, y casos especiales como el de Jordi Soler, que es mexicano de origen catalán y reside desde hace años en Barcelona. Ese interés por instalarse en España no es nuevo, evidentemente, pero refuerza la importancia de una específica situación de prosperidad económica peninsular, la de un país convertido en potencia económica de la eurozona, que, como vemos, es decisiva en el predominio español del fenómeno transatlántico, porque ha tentado al escritor latinoamericano con el sueño de la profesionalización. Sin embargo, aunque el poder editorial español parece claro, cabría preguntarse si ese poder comporta también algún grado de influencia estética de un sistema sobre otro y, en definitiva, cuál ha sido el papel que la propia literatura española ha cumplido dentro de la conexión entre sistemas literarios. osibilidades más amplias http://www.lehman.cuny.edu/ciberletras/v37/sanchez.htm 8 de 14 16/5/17 12:44
Tendencias y modelos literarios En el ámbito del repertorio de opciones estéticas, aunque es un asunto evidentemente muy complejo, no se observa una asimetría similar, sino que la relación es más equilibrada, sin fuertes desigualdades simbólicas (como sí hubo en otras épocas, como el Modernismo o el boom). Roberto Bolaño es admirado a uno y otro lado del océano, pero también se puede constatar que buena parte de la literatura española de la democracia ha obtenido prestigio y reconocimiento al otro lado del océano: Javier Marías, Antonio Muñoz Molina, Javier Cercas o Enrique Vila-Matas tal vez no lleguen a cumplir una función de modelos literarios para los escritores latinoamericanos, pero dos de ellos han sido ganadores del premio Rómulo Gallegos y todos son usualmente mencionados como las más valiosas referencias de la literatura española actual para los pares del otro lado del océano. (7) Habría que preguntarse si ese prestigio no guarda alguna relación también con la estrategia expansiva del mercado editorial español. Es, evidentemente, muy difícil de demostrar, pero podría decirse que, si en los años sesenta América Latina influyó en el sistema literario español con su conocida doble renovación, política y literaria (8) en los años noventa España fomentó, con cierto éxito, una influencia de signo muy distinto, incluso inverso. Si los escritores del boom ilusionaban con la doble utopía literaria y política, la España de fin de siglo ofreció pragmatismo y libre mercado, una racionalidad liberal y europeísta representada por sus escritores, editores e intelectuales hegemónicos. No olvidemos, por ejemplo, que todos los escritores españoles mencionados antes colaboran o han colaborado asiduamente en el periódico El país y nunca, o muy pocas veces, han sido críticos con la línea ideológica de sus editoriales. Frente a la pasión subversiva de otras épocas, la literatura española hegemónica de la democracia ha promocionado una nueva conciencia literaria, posutópica, convencida de que ampliar la base social de los lectores no es ya un delito moral y que en todo caso, como claudicación estética, es aceptable por el nivel de confort que el escritor ha conseguido como productor de cultura. Esa visión posutópica no está tan lejos de lo que defiende buena parte de esa literatura latinoamericana promocionada desde España, como McOndo o el Crack, y ayudaría a explicar la convivencia de todos en el panorama editorial. A partir de ahí, tenemos un importante nuevo terreno para reflexionar sobre las correlaciones del mercado transatlántico y el reparto del repertorio de posibilidades literarias entre españoles y latinoamericanos en el mercado global. Algunas evidencias de ese reparto son bastante obvias, como la prioridad que determinadas formas narrativas de la violencia latinoamericana han recibido por parte de algunos editores españoles. Pensemos en la literatura del narcotráfico o en otras variantes más policiacas, como la de Leonardo Padura. Podríamos contrastarlo observando cómo en la narrativa española, en cambio, ha escaseado hasta hace sólo unos pocos años la literatura sobre la violencia estructural del capitalismo, e osibilidades más amplias http://www.lehman.cuny.edu/ciberletras/v37/sanchez.htm 9 de 14 16/5/17 12:44