La desactivación de la Ontología en W. Quine
Abstract
Quine Es Un Autor Conocido Por Una Serie De Tesis De Carácterlógico-Gnoseológico, Que Conducen A La Negación De Los Objetos De La Metafísica(Los Individuos). Estas Tesis Culminan En La "Desactivación De La Ontología" (Esindiferente Postular La Existencia De Unos Objetos O De Otros Para Justificarnuestras Oraciones). En Este Artículo, Se Muestra Que Las Posiciones De Quineson, En El Fondo, Una "Ontología Procesual", Una Metafísica En Sentido Estricto.Y Además, Se Intenta Probar Que Las Dificultades Lógicas Suscitadas Por Talestesis Conducen Inexorablemente A Conclusiones Absurdas, Lo Cual Pone Enentredicho La Ontología Que Quine Presentó Como Pieza Culminante De Su Sistema.(A)
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1 Quine, W., «Géneros naturales», en «La relatividad ontológica y otros ensayos», Tecnos, Madrid 1986, p. 163. THÉMATA. REVISTA DE FILOSOFÍA. Núm. 37, 2006. LA DESACTIVACIÓN DE LA ONTOLOGÍA EN W. QUINE Alfonso García Marqués. Universidad de Murcia Resumen: Quine es un autor conocido por una serie de tesis de carácter lógico-gnoseológico, que conducen a la negación de los objetos de la metafísica (los individuos). Estas tesis culminan en la «desactivación de la ontología» (es indiferente postular la existencia de unos objetos o de otros para justificar nuestras oraciones). En este artículo, se muestra que las posiciones de Quine son, en el fondo, una «ontología procesual», una metafísica en sentido estricto. Y además, se intenta probar que las dificultades lógicas suscitadas por tales tesis conducen inexorablemente a conclusiones absurdas, lo cual pone en entredicho la ontología que Quine presentó como pieza culminante de su sistema. Abstract: Quine is an author known by a series of thesis of logical-gnoseological character, that they lead to the negation of the objects of metaphysics (the individuals). These theses culminate in the «deactivation of the ontology» (he is indifferent to postulate the existence of objects or others to justify our orations). This article shows that the positions of Quine ist indeed a «procesual ontology», a metaphysics in strict sense. Besides, the article tries to prove that the logic difficulties provoked by such theses, lead inexorably to absurd conclusions. This idea is against the ontology that Quine presented as a culminating piece of its system. Quine es un autor conocido por sus sugerentes propuestas de carácter lógicognoseológico no exentas de un cierto alcance ontológico. Me refiero a cuestiones como el compromiso ontológico, la indeterminación de la traducción, la inescrutabilidad de la referencia y la relatividad ontológica. Estos aspectos de la filosofía de Quine conducen inequívocamente a una negación del sujeto (u objeto, en terminología lógica): el individo no sería una realidad independiente, en sí, sino que sería algo desconocido, totalmente ignoto, que sólo podemos concebirlo dentro de un lenguaje. Esta «desconstrucción» del sujeto, tematizada en Quine como «relatividad ontológica», concluiría en la tesis fuerte de que «no hay filosofía primera1». Sin embargo, Quine no se queda en esa desconstrucción, sino que ofrece, especialmente en sus últimas obras, una auténtica ontología de los objetos. El presente artículo se centra en las propuestas positivas de Quine, que podemos considerar como la culminación de sus sistema filosófico. Ciertamente Quine pretende que sus propuestas son una «desactivación de la ontología», es decir, que los objetos que postulemos no desempeñan ningún papel en la justificación de nuestras oraciones sobre el mundo. Sin embargo, muestro que, en el fondo, las propuestas de Quine son
238 Homenaje a Jorge Vicente Arregui 2 Quine, W., «Pursuit of Truth», Harvard University Press, Cambridge 1990. Cito por la versión castellana «La búsqueda de la verdad», trad. de Javier Rodríguez Alcázar, Crítica, Barcelona 1992, p. 19. (En adelante, Quine, Verdad). 3 Quine, Verdad, p. 19. 4 Quine, Verdad, p. 19. una «ontología procesual», una metafísica en sentido estricto. Y además, intento probar que las dificultades lógicas suscitadas por sus tesis conducen inexorablemente a conclusiones absurdas, lo cual pone en entredicho la ontología que Quine presentó como pieza culminante de su sistema. 1. La construcción de los objetos: la reificación. 1.1. Presupuestos de la reificación Según la interpretación substitucional de las variables, debemos admitir que hay objetos a los que nos referimos o que son los valores de dichas variables. Ciertamente, según Quine, no sabemos qué son «en sí» tales objetos, pero nosotros, con nuestro lenguaje, hablamos de ellos y los suponemos. Es decir, dado un lenguaje determinado, estamos dispuestos a admitir como objetos aquellos que puedan sustituir a nuestras variables. Si efectivamente no nos son dados los objetos como un algo absoluto, sino que son constructos de nuestro lenguaje, la cuestión que surge es «cómo construimos tales objetos», al menos en nuestro lenguaje base, puesto que en otro lenguaje podría no haber tales objetos. Esta cuestión es debatida por Quine bajo el rótulo de «reificación». Dicho de otro modo, la reificación es el proceso por el cual suponemos –o afirmamos lingüísticamente– que hay cosas, objetos, con diversas propiedades. Este proceso es descrito por Quine en diversas obras, ligándolo frecuentemente a consideraciones de psicología del aprendizaje. Sin embargo, me parecen más interesantes las propuestas de las últimas obras de Quine, donde reelabora y clarifica conceptos de sus obras anteriores, aunque ciertamente sin abandonar del todo sus presuntas explicaciones del aprendizaje infantil. Esas reelaboraciones tienen lugar en la primera parte de La búsqueda de la verdad, titulada «Evidencia»; en ella se encuentran los conceptos fundamentales para entender la reificación, expuesta en «Referencia», la segunda parte de esta obra. En dicha primera parte, Quine introduce sus propias distinciones. Considera que las «oraciones observacionales» son: a) «oraciones, directa y firmemente asociadas con nuestros estímulos2«, b) que además «cada vez que se diera un estímulo perteneciente a la gama adecuada, la oración debería provocar el asentimiento o disenso inmediato del sujeto3«, y c) «a diferencia de lo que ocurre cuando informamos acerca de sentimientos, la oración debe suscitar el mismo veredicto en todos los testigos de la situación que sean lingüísticamente competentes4». Ejemplos de estas oraciones observacionales son ‘Llueve’ o ‘Eso es un conejo’. Además, Quine nos recuerda que estas son oraciones «ocasionales», pues son a veces verdaderas y a veces falsas, a tenor de las
239 Thémata. Revista de Filosofía. Número 37, 2006 5 Quine, Verdad, p. 20. 6 Quine, Verdad, p. 21. 7 La extraña expresión ‘categórica observacional’ es la traducción que de ‘observation categorical’ ofrece Javier Rodríguez Alcázar. Aunque podría parecer que ‘observación categórica’ es mejor trad ucción, no es así. Doy por buena la de J. Rodríguez, pues pienso que hay que sobreentender ‘oración’. Es decir, se trataría de ‘oraciones categóricas observacionales’, en paralelo con las ‘observation sentences’, ‘sentencias (oraciones) observacionales’, de las que aquéllas serían una clase. 8 Quine, Verdad, p. 29. 9 Quine, Verdad, p. 31. No puedo entrar aquí en las muchas consecuencias de este planteamiento. Sólo señalo que contradice, en parte, la tesis de la lógica simbólica, incluida la interpretación del propio Quine. Según la lógica, las proposiciones cuantificadas universalmente no implican la existencia de sus posibles objetos, pero las categóricas observacionales focales son, evidentemente, universales y presuponen impresiones sensibles de objetos existentes. En ejemplos: «Todos los marcianos son verdes» es una proposición verdadera desde el punto de vista lógico, aunque los lógicos se apresuren a añadir, «vacuamente verdadera» por no existir marcianos. En efecto, dicha proposición lógicamente se formaliza así: «para todo objeto se cumple que si es marciano, entonces es verde». Pero Quine ahora sostiene que tales proposiciones circunstancias5, a diferencia de las oraciones eternas (‘Los hombres son mortales’), que siempre son verdaderas. A continuación, establece una distinción que servirá de tránsito hacia otro tipo de oraciones más importantes. Esta distinción es entre la simple «conjunción» de oraciones observacionales ‘El sol sale y los pájaros cantan’ y la «predicación»: «Es el caso de ‘Este guijarro es azul’, que resulta de combinar ‘Mira, un guijarro’ y ‘Mira, azul’. Una forma equivalente y simple de combinarlas es ‘Guijarro azul’; ambas combinaciones están asociadas a la misma gama de estímulos6». Es claro que se trata de una forma de predicación, ‘El guijarro es azul’ (o ‘El azul es guijarro’), pues lo decisivo es que ambas observaciones sean de lo mismo. Por eso, el sentido que tiene es que ‘Algo es azul’ y ‘Eso mismo es guijarro’. Por último, introduce una idea decisiva en este contexto, el concepto de «categórica observacional»7: «Llamo categórica observacional a toda generalización que resulta de combinar los observables como he descrito –‘Siempre que ocurre esto, ocurre lo otro’. Una categórica observacional está formada por oraciones observacionales. […] Es una generalización de la que nos servimos para afirmar que las circunstancias especificadas por una oración observacional estarán acompañadas indefectiblemente por aquellas descritas en la otra8». Ahora bien, en función de los dos tipos de unión entre las oraciones observacionales –la conjunción y la predicación–, tenemos dos tipos de oraciones categóricas: las categóricas observacionales «libres», que son la generalización de las conjunciones; y las categóricas observacionales «focales», que son generalización de las predicaciones. Con las primeras decimos que siempre que hay un suceso se da otro, mientras que la observacional focal «lleva a cabo la generalización sobre una oración observacional predicativa. […] Un ejemplo más breve de oración observacional predicativa es ‘Este cuervo es negro’, o ‘Cuervo negro’. Si la generalizamos, obtendremos la categórica observacional focal ‘Siempre que hay un cuervo, éste es negro’ o, dicho brevemente, ‘Todos los cuervos son negros’9».
240 Homenaje a Jorge Vicente Arregui son generalizaciones de observaciones sensibles, lo cual no el caso de las proposiciones lógicamen te verdaderas sobre los marcianos. 10 Quine, Verdad, p. 45. 11 Quine, Verdad, p. 53. Nótese que Quine evita frecuentemente hablar de «propiedades», pero habla de «features» (rasgos o características). M e parece qu e la diferencia es puramente nominal. Esas dificultades son índice de la imposibilidad de eliminar totalmente las propiedades (aunque luego tengamos que discutir si todas son objetivas o hay otras ligadas a nuestra percepción, etc.). Sobre las dificultades de la posición de Quine, bien percibidas por él mismo, es interesante consultar el cap. 12, «Sobre la individuación de los atributos» de «Teoría y cosas» («Theories and Things», Harvard University Press, Cambridge 1981), donde –inútilmente– intenta hacer un esfuerzo de tolerancia hacia tales entidades: «Por el momento me propongo de tratar con tolerancia a los atributos o propiedades», p. 127. 12 Quine, Verdad, p. 46. Tres o cuatro años más tarde, en «Del estímulo a la ciencia» (Ariel, Barcelona 1998, pp. 36-53), Quine desarrolló de modo más técnico el proceso de reificación, pero sin que aportar diferencias de fondo con lo que había expuesto en «La búsqueda de la verdad». La tesis de Quine es clara: hay dos tipos de observaciones, la simple conjunción (Pedro pasea y Juana mira) y la predicación (cuervo negro). La generalización de la primera no origina a nada especial, pero la de la segunda, da lugar a las proposiciones del tipo «Todos los A son B», sc. una auténtica predicación universal. 1.2. El proceso de reificación Una vez establecidos, en la primera parte de La búsqueda de la verdad, los presupuestos para entender la reificación, Quine pasa a exponer en detalle el proceso «creador» de objetos, o sea, el proceso de reificación. Señala que dicho proceso tiene dos momentos: uno que inicia la reificación y otro que la consuma. Éste es el primero: «Ya en las oraciones observacionales predicativas (…) es posible apreciar la existencia de una reificación incipiente. Los componentes predominantes en este tipo de combinación son oraciones observacionales que se proyectan sobre partes manifiestamente limitadas de la escena; pues el compuesto expresa precisamente la superposición de los focos sobre la escena10». Dicho de otro modo, al hacer coincidir en el mismo «foco» dos observaciones, estamos construyendo una incipiente unidad: eso negro es cuervo y eso cuervo es negro. La diferencia con la mera conjunción es patente: no es lo mismo decir «Juan pasea y María corre» o «Eso es cuervo y aquello es negro», que «Eso es cuervo y eso «mismo» es negro». En este último caso, hemos comenzado a reificar: realizamos una inmersión del cuervo en el negro; ya no tenemos, como en la simple unión, «rasgos (“features”) que marchen cada uno por su lado11». El segundo paso tiene como elemento decisivo las oraciones categóricas observacionales focales: «En virtud del estrechamiento de su foco, sin embargo, la categórica observacional focal –a diferencia de la libre– posee ya decididamente el aire del discurso general sobre cuerpos –sauces en un ejemplo, cuervos en el otro–. Aquí es donde, ontológicamente hablando yo veo materializarse los cuerpos; éstos se introducen como nudos ideales atados sobre la intersección de oraciones observacionales que se solapan. Sugiero que aquí se encuentran las raíces de la reificación12». Como hemos
241 Thémata. Revista de Filosofía. Número 37, 2006 13 Quine, Verdad, p. 47. 14 Quine, Verdad, p. 48. 15 Cfr. Quine, Verdad, p. 55. Recordemos la aversión de Q uine a la lógica m odal. visto, en las categóricas observacionales se da una generalización de nuestro conocimiento, si además son focales, tenemos que esa generalización supone que hay algo que tiene, «de modo estable», los dos (o más) predicados que le atribuimos. Aquí lo decisivo es darse cuenta que no sólo tenemos un momentáneo «Guijarro azul» o «Cuervo negro», sino que «Todos los cuervos son negros», por tanto, consumamos la reificación: establecemos una unión estable de dos predicados ‘cuervo’ y ‘negro’. Hemos «anudado», unido, establemente ambas predicaciones; tenemos, pues, el individuo como un «nudo ideal». A partir de este momento, ya podemos preguntarnos por la «identidad» de los individuos; o sea, si este individuo es el mismo que aquel otro. Por ejemplo, si la moneda que tengo ahora en el bolsillo es la misma que tenía ayer. La pregunta por la identidad ya tiene sentido: «Preguntar si estamos viendo la misma pelota de antes o sólo una parecida tiene sentido incluso cuando no hay respuesta. Es en este momento cuando podemos decir que la reificación de los cuerpos ha llegado a su madurez13». Ahora bien, es importante darse cuenta del sentido que Quine atribuye a la reificación. La reificación es el modo en que nosotros «postulamos o suponemos» que hay individuos, cuerpos, cosas, pero en realidad nuestra suposición no exige que realmente los haya. Es decir, no exige que haya substancias permanentes en el tiempo. La reificación en sentido fuerte no viene exigida lógicamente por las categóricas observacionales focales; es sólo una suposición teórica, no una exigencia lógica o una realidad ontológica (al margen del sujeto cognoscente): «Parece claro que la reificación de los cuerpos a través del tiempo desborda el ámbito de las oraciones observacionales y de las categóricas observacionales. La reificación propiamente dicha es teórica14». Quine insiste en que la reificación sólo es una conveniencia teórica: postulamos objetos por simplicidad y para evitar recurrir a operadores modales15. Quine lo ilustra del siguiente modo. Supongamos esta proposición: (1) Un perro blanco mira a un gato y ladra. Tenemos, en realidad, cuatro oraciones observacionales: «Perro», «Blanco», «Miragato» y «Ladra». Pero sucede que una simple unión es demasiado débil, pues no simplemente señalamos cuatro observaciones, por eso, es más cómodo postular un objeto, un perro, respecto al cual predicamos lo demás. Sin embargo, no necesitamos pensar que ese perro permanece en el tiempo, que sea un perro duradero. Ahora bien, pongamos que queremos decir: (2) Si un perro come carne podrida y enferma, en lo sucesivo evitará la carne. Evidentemente aquí necesitamos postular un perro duradero. No basta, con decir ‘si-entonces’, como si dijésemos, «si llueve, el suelo se moja», pues estamos hablando del mismo individuo, que primero enferma y luego evita la carne.
242 Homenaje a Jorge Vicente Arregui 16 Quine, Verdad, pp. 55-56. 17 Quine, Verdad, p. 56. 18 Cfr. Quine, Verdad, p. 20. No olvidemos la actitud naturalista de Quine: «Doy primacía lingüística y conceptual a las cosas ordinarias […]. El peso que Russell colocó sobre los datos sensoriales, yo lo coloco sobre «inputs» neuronales […]. Soy capaz de adoptar esta postura a causa de mi naturalismo, de mi repudio de cualquier filosofía primera lógicam ente anterior a la ciencia. Mi afinidad aquí no es con Russell sino con Neurath», «Reply to Stenius», «Synthese» XIX (1968) 269-272, p. 270. 19 Quine, Verdad, p. 56. 20 Cfr. Quine, «La relatividad ontológica y otros ensayos», Tecnos, Madrid 1986, pp. 76-80. Pero esto no nos debe llevar al error de pensar que hay un perro como una realidad ontológica al margen de mi lenguaje. Incluso en estos ejemplos más sofisticados, «la función de la reificación sigue siendo la anáfora, esto es, sigue consistiendo en poner el remache sobre aquel punto donde las referencias se cruzan. No es casualidad que esta tarea sea también realizada por los pronombres y las variables ligadas. Ser es ser el valor de una variable16». En definitiva, según Quine, nos comprometemos con los objetos que se relacionan con nuestras variables ligadas o con los pronombres del lenguaje ordinario, pero tales objetos son relativos a nuestro lenguaje, no absolutos ontológicos. 2. La ontología de Quine a examen 2.1. ¿Desactivación de la ontología? A continuación vamos a examinar detalladamente las consecuencias que se derivan de las tesis quineanas que acabamos de considerar. De entrada, es importante darse cuenta que, en Quine, la ontología queda relegada a mero auxiliar de las oraciones observacionales y teóricas. Sostiene que «estas oraciones forman parte de una red que las conecta, y los objetos desempeñan en esa estructura el papel de meros nudos17». La metáfora del «nudo» para explicar lo que son los objetos es muy sugerente y acertada para reflejar la posición de Quine. En efecto, un nudo es precisamente algo, de suyo, inexistente: no hay más que las cuerdas que se entrelazan. Esto equivale a decir que sólo hay oraciones observacionales («Perro», «Blanco», «Ve-gato»…), sus correspondientes estimulaciones nerviosas y la situación correspondiente18. Nosotros postulamos un nudo ideal de cruce (un objeto que es perro y que es blanco y que ve un gato…), pero en realidad no hay tal objeto. O mejor dicho, esa suposición es tan válida –o inválida– como cualquier otra alternativa. Lo único que habría que respetar, según Quine, serían las oraciones observacionales: «El que haya unos objetos u otros no afecta a la verdad de las oraciones observacionales, ni al apoyo que éstas proporcionan a las oraciones teóricas, ni al éxito predictivo de la teoría19». Bajo el rótulo «No importa qué ontología», parágrafo 12 de La búsqueda de la verdad, Quine ilustra la relatividad ontológica recurriendo a lo que él llama «funciones vicarias», que ya había desarrollado en La relatividad ontológica20. Su tesis es que podemos sustituir mediante una función los objetos de nuestra ontología ordinaria,
243 Thémata. Revista de Filosofía. Número 37, 2006 21 Quine, Verdad, p. 60. 22 Quine, Verdad, p. 59. 23 El título del parágrafo, en la edición inglesa de 1990, es «Ontological relativity», pero el traductor de la española, que traduce como «desactivación de la ontología», señala que ha basado su traducción en la nueva versión que Quine preparaba para una segunda edición; nueva versión inglesa, que yo no he podido consultar. elemento por elemento. O sea, cada objeto ‘x’ puede ser sustituido por ‘fx’, y nuestros predicados ordinarios los reinterpretamos predicándolos con verdad de los nuevos ‘fx’. Pienso que el sentido de esta operación podríamos explicitarlo con el siguiente ejemplo. En nuestro hablar ordinario o técnico presuponemos una ontología de objetos medianos y persistentes en el tiempo, por eso hablamos de un Px, o sea, «x es un P», ahora tenemos que decir que «x es un f de un P». Por ejemplo, si decimos que «esto es un perro», ahora tendremos que reinterpretarlo como «esto es un estadio de perro». El nuevo objeto «estadio de perro» sustituye al viejo objeto «perro». Podríamos traducir este ejemplo a nuestro lenguaje ordinario del siguiente modo. En nuestro idioma, solemos decir «llueve» o «llueve aquí» o «llueve en Galicia», y no «esto llueve», puesto que para este caso no suponemos un sujeto que realice una acción: sólo hay proceso. Igualmente podríamos decir, siguiendo las propuestas de Quine, «perrea» o «perrea aquí» o «perrea en el jardín». De este modo eliminamos los viejos objetos y los substituimos por procesos temporales. Ciertamente reconoce Quine que «los cuerpos son nuestras reificaciones primigenias, unas reificaciones construidas sobre similaridades perceptuales innatas. Sería ciertamente gratuito canjearlos por sus vicarios; todo lo que quiero hacer notar es que podríamos hacerlo21». Y de hecho, argumenta Quine, lo hacemos por intereses teóricos como sucede en la física contemporánea. Queda claro, sin embargo, que los nuevos objetos (vicarios o científicos) no existen realmente, sino simplemente los postulamos, porque nos son más útiles para nuestros intereses vitales o teóricos: «Una ontología es empíricamente relevante sólo porque proporciona los nudos que entrelazan los hilos de la red teórica22». De este modo, Quine pretende que sus tesis son neutras respecto a la ontología. En La búsqueda de la verdad, culmina la exposición del capítulo sobre la referencia, precisamente con el parágrafo 13 titulado «La desactivación de la ontología23». Ciertamente lo que exista en concreto en este mundo ha de determinarse de modo empírico, pero lo que, en general, puede existir, la tipología de los objetos, ha de ser determinado por la filosofía primera. Quine no quiere dar el paso hacia una ontología en sentido estricto, pero, y es aquí donde entra la principal crítica que deseo hacer a Quine en el presente artículo, me parece que tal «neutralidad» es imposible. En efecto, no se trata de que Quine niegue que los objetos de nuestra ontología ordinaria existan realmente, sino de que, en general, no hay objetos como entidades absolutas, independientes de nuestros predicados. Si Quine afirma que los objetos son «nudos» creados por nuestro lenguaje, eso significa que no existen «in re» tales nudos.
244 Homenaje a Jorge Vicente Arregui 24 «…quizá descubramos que la misma noción de existencia, la tradicional, ha pasado a mejor vida. Puede que su lugar sea ocupado por una noción afín cuya similitud con la anterior nos perm ita seguir usando la misma palabra; así es como funcionan las cuestiones terminológicas», Quine, Verdad, p. 63. 25 Quine, Verdad, p. 104. 26 Quine, W., «Palabra y objeto», trad. Manuel Sacristán, Labor, Barcelona 1968, p. 65. 27 Sobre los objetos materiales como fusiones mereológicas, cfr. Pérez Otero, M., «Conceptos modales Si no existen los objetos, ¿existe algo? De entrada, podríamos discutir qué es existencia, como el mismo Quine insinúa que habría que hacer24, pero por el momento no tenemos otra palabra mejor. La tesis de Quine es que realmente existen los correlatos de nuestras estimulaciones. Podríamos decir que existen determinaciones espaciotemporales momentáneas en correspondencia a las momentáneas estimulaciones de nuestro sistema nervioso. A «Gavagai», «Perro», «Blanco», «Ve-gato», etc. corresponde unos rasgos (unas determinaciones), susceptibles de estimular de modo semejante a otros sistemas nerviosos. Puede parecer sorprendente que Quine afirme al existencia real de las correlaciones objetivas de las estimulaciones de nuestro sistema nervioso. Sin embargo, no dudar en afirmar que «no percibimos que ‘p’ a menos que ‘p’»25; o sea, si no existiera ‘p’ realmente, no podríamos percibir ‘p’. Es decir, si no hubiera fuente de estimulación, no tendría lugar la correspondiente estimulación. Creo poder afirmar que lo que Quine está haciendo aquí es revalidar una vez más las tesis fenomenistas dependientes de Neurath. Sin embargo, podemos notar que, puestos los presupuestos quineano (hay «inputs» neuronales), no tenemos más remedio que afirmar la existencia de las fuentes de estimulación, para evitar un efecto (el «input») sin causa alguna. Por tanto, de todo esto sólo es posible sacar una conclusión: hemos de admitir que hay un mundo real con los correlatos formales de nuestras estimulaciones. 2.2. La ontología procesual De todo lo expuesto, podemos concluir que los planteamiento últimos de Quine, lo que vienen a ser en el fondo, es una ontología en sentido fuerte: se afirma la existencia de esas fuentes de estímulos que podemos caracterizar como momentáneas secciones espacio-temporales (o segmentos o cortes o estados o estadios o rodajas), capaces de provocar estimulación. Resulta, pues, que los individuos, en sentido ontológico sc. los entes reales, son esas secciones. Así, por ejemplo, sostiene Quine que «el término singular «José Ortega y Gasset», que en cuanto a significación estimulativa no difiere en nada de un término general que fuera verdadero de cada uno de los segmentos temporales del filósofo, ni tampoco de un término general que fuera verdadero de cada una de sus partes espaciales26». De este modo tenemos que lo que llamamos habitualmente sujetos o individuos (en lógica, objetos) son fusiones mereológicas de sus estados temporales y de sus partes espaciales. Fusiones que nosotros postulamos por comodidad, pero que, según Quine, no tienen existencia real en sentido fuerte, lo que hay «in re» son meras secciones27.
245 Thémata. Revista de Filosofía. Número 37, 2006 de identidad», Edicions de la Universitat de Barcelona, Barcelona 1999. 28 Blasco, J. Ll. «Compromiso óntico y relatividad ontológica», en Varios autores, «Aspectos de la filosofía de W.V. Quine», Dpto. de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Valencia, Valencia 1976, p. 131.29 Quine, Verdad, p. 41. 30 Cfr. Pérez Fustegueras, A., «La epistemología de Quine», Fundación Juan March, Madrid 1981, pp. 30-35. 31 Inciarte, F., «Die Einheit der Aristotelischen Metaphysik», «Philosophisches Jahrbuch» 101 (1994), p. 11. (En adelante, Inciarte, Einheit). Tenemos, pues, una ontología en sentido estricto. La pretensión quineana de que no hay filosofía primera es un imposible. Ya esa misma afirmación de Quine tiene calado metafísico, pero además si alguien se plantea una pregunta acerca de lo que hay –como Quine hace– responda lo que responda está haciendo filosofía primera. Por eso, algunos de sus intérpretes, como Blasco, no han dudado en señalar que «la mayor parte de los escritos filosóficos del profesor Quine desembocan en la ontología, entendida ésta como una respuesta a la cuestión «acerca de lo que hay»28». En Quine no hay, pues, desactivación de la ontología, sino lo que yo llamaría una «ontología procesual». Si no yerro, esto es una consecuencia necesaria del naturalismo: «Con objeto de subrayar mi disociación del sueño cartesiano, he preferido hablar de receptores nerviosos y de la estimulación de éstos mejor que de sentidos y objetos sensibles. Llamo epistemología naturalizada a esta empresa29». Pero sucede que dos estimulaciones nerviosas (ver ahora un perro y verlo al día siguiente) no tienen conexión entre sí; jamás las estimulaciones me podrán dar objetos o sujetos permanentes en el tiempo o algo parecido. Sólo quedan las correspondientes fuentes de estimulaciones; o sea, secciones espacio-temporales de los antiguos objetos30. Esas secciones son, pues, lo que hay, lo realmente real. No hay, pues, desactivación de la ontología, sino una nueva ontología, que podemos llamar «ontología procesual». 3. Observaciones críticas a la posición de Quine Ahora bien, creo que podemos preguntarnos no ya si la ontología de Quine es una visión aceptable de la realidad, sino si tal ontología procesual es o no posible. Es decir, si tal ontología permite el lenguaje, nuestro hablar con sentido sobre el mundo o, por el contrario, destruye todo lenguaje, toda comunicación e incluso el «hablarse» de un sujeto a sí mismo. Dicho de otro modo, la cuestión es si la ontología procesual es posible o no lógicamente: si respeta la logica o, por el contrario, conduce a absurdos que la destruye. En este punto estoy de acuerdo con la posición de Inciarte, que sostiene que «la disolución del individuo en círculos tetradimensionales (capas o fases) conduce a consecuencias absurdas31». Para justificar mi posición, expondré dos consideraciones.