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Gente del campo: historias de Andalucía

Campo Cortés, Eduardo del

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— eduardo del campo gente del campo historias de andalucía colección algo compartido vera editorial cartonera gente del campo historias de andalucía gente del campo historias de andalucía colección algo compartido — eduardo del campo VERA editorial cartonera 4 entre ríos: del paraná al guadalquivir En el invierno austral de 2023, viajé de España a Argentina para disfrutar de una estancia de investigación dentro del proyecto Trans–Arch. Archivos en transición, en el que participan, entre otras, la Universidad de Sevilla, donde enseño periodismo, y la Universidad Nacional del Litoral, de Santa Fe. La directora de su editorial, Ivana Tosti, nos recibió cálidamente a mi colega Rafa Oliver y a mí y nos agasajó esos días con exquisitos libros, asados de carne y alfajores. Unos meses después, en el frío enero boreal de 2024, Ivana y su compañero, Joni, nos devolvían la visita a la capital andaluza, que fue puerto fluvial hacia el Nuevo Mundo y quizás lo siga siendo. Estos encuentros humanos, que regábamos con cerveza servida en lisos o en cañas según el formato de los vasos comunicantes de cada ciudad, reflejaban la nueva relación que habíamos creado entre ambas orillas del Atlántico: con nuestro trasvase cultural y gastronómico estábamos uniendo el río Paraná y el río Guadalquivir, que son las columnas vertebrales de la provincia argentina de Santa Fe y de la región española de Andalucía. Por sus aguas han entrado y salido generaciones de emigrantes y sus fértiles cuencas son hoy epicentros agrícolas del Mercosur, por un lado, y de la Unión Europea, por otro. Dos territorios semejantes que el nuevo acuerdo comercial conectará aún más, si se supera la desconfianza de los que ven en el otro al enemigo de la competencia y no al socio de un mercado común. 5 Gracias a esta feliz reunión académica, Ivana me invitó a ser parte de la Colección Algo compartido de Vera Cartonera. Le propuse reunir una serie de textos periodísticos que muestre quiénes cultivan nuestros alimentos, como las aceitunas, los tomates o la miel. El trabajo rural detrás de la comida. Las caras de la tierra. Los jornaleros y los pequeños propietarios del sur. Los trece reportajes que presentamos retratan a la gente del campo de Andalucía, mi tierra. Por casualidad, lo llevo grabado en mi apellido. Por voluntad, en el corazón. Creo que sus vidas y sus paisajes les pueden interesar a los lectores de España, de Argentina y de cualquier sitio porque representan encarnaciones locales de un destino universal que es, como decía la película, encontrar tu lugar en el mundo y resistir en él. Sus historias (de prosperidad o de lucha contra el abandono) vieron por primera vez la luz en las páginas de la edición andaluza del periódico El Mundo, donde trabajé entre 2001 y 2016. Rescatados desde las profundidades de mi hemeroteca, algunas de las personas y lugares que vi hace años emergen ahora en esta segunda oportunidad. El más antiguo es de 2001 y el más reciente, de 2014. Muchas cosas han cambiado en estos diez, quince, veinte o veinticinco años, a menudo para mejor, pero estos escritos y las fotos que los acompañan son documentos históricos, tanto para comprender la realidad de ese tiempo perdido como para captar las esencias atemporales del mundo rural. En un orden no cronológico sino geográfico trazo un viaje circular y contiguo por las ocho provincias de Andalucía: Jaén, Córdoba, Sevilla, Huelva, Cádiz, Málaga, Almería y Granada. Al pie de cada título indico dónde ocurre el relato y la fecha de publicación. Sevilla, diciembre de 2024 6 sangre, sudor, lágrimas y aceite jaén [28 de febrero de 2003] Si los olivos fueran personas, Jaén sería el hormiguero humano más densamente poblado del mundo y, en vez de aceite, exprimiría un océano de sudor, lágrimas y sangre. Hay decenas de millones, nadie sabe exactamente cuántos. Claro que, si en Jaén no hubiera olivareros, sus centenarios olivos no habrían salido jamás de su salvaje condición de acebuches ni habrían conquistado el paisaje con su militar formación de hileras infinitas. Se cree uno mirando desde el coche que el olivar forma un asfixiante cuadro monocolor, hasta que se acerca y descubre las sutiles variaciones de la trama, la intrahistoria que trenzan en cada parcela el agricultor y su cultivo. Personas como árboles, árboles como personas. La historia de Joaquín Palacios Zamora, 76 años, es la de cómo logró recuperar los olivos que la dictadura franquista desarboló a su familia. «No quiero contarlo, porque dicen que hay que olvidar, ¿no?», dice el bueno de Joaquín entre sus 680 olivos frente al monte Jabalcuz, a un paseo de la capital jiennense. Los vencedores intentaron inculcarle aquel discurso que, apelando a la reconciliación, ordenaba disolver el pasado en el paisaje vacío de la amnesia. Pero sus oyentes le animan a recordar. Mi padre era funcionario en la prisión de Jaén, y cuando acabó la guerra le dijeron: «¿Tú estuviste con los rojos?, pues ahora vas pa’dentro». Pasó más de dos años en la cárcel por «auxilio a la rebelión». Las represalias 7 afectaron también a los hijos. Yo me presentaba a las oposiciones, de policía secreta, de correos, pero nada: no me dejaban inscribirme por los antecedentes de mi padre y porque mi abuelo había sido alcalde de Los Villares en la República. Así que tuvimos que vender cuatro pedazos de olivar que teníamos para salir adelante. El régimen nos hizo polvo. Joaquín se rehízo con su cafetería del mercado de Jaén y en los 60 compró este olivar en el pago Lobadillo, una finca a la que llamó Santa Rita «para que haga milagros, para que vengan cosechas». Señala las hileras en la loma de enfrente. Los 200 retoños que plantó hace 30 años son hoy árboles adultos a pleno rendimiento del 29 % de aceite por kilo de aceituna manzanilla. Aun así, «si no fuera por las subvenciones…», suspira. «La Unión Europea empezó pagando bien el kilo de aceite, pero la ayuda ha ido bajando a menos de la mitad; yo veo que nos las van a quitar, no sé si por los nuevos países». La cooperativa San Juan Bautista de Los Villares vende su aceite a granel a Carbonell, Elosúa y, a veces, a envasadores italianos. «Los que embotellan el aceite nuestro son los que ganan dinero». Con lo que le queda, redondea su pensión con un modesto ingreso anual. Le ayuda su hijo mayor, de los cinco que tiene. Otro varón, tras emigrar a Madrid, no quiere saber nada del campo. «Se aburre». Él no: cómo se va a aburrir de esta filosófica soledad que le ayudó a superar la muerte por cáncer de su mujer, Roberta; del trabajo, de rodillas en el suelo, que le da energía para ralentizar la vejez. Enviados del obispado de Jerez le han propuesto comprarle su terreno para anexarlo a la finca vecina que un potentado legó a la Iglesia y que esta ahora quiere vender por tres millones de euros para construir una urbanización. No llegaron a un acuerdo pero la tentación anduvo cerca. Aquel difunto millonario, Antonio Martínez Molina, construyó para su mujer el torreón hoy en ruinas que domina el olivar. «Hace cinco años se refugió allí un fugitivo. Dijo que estaba de paso y mi hijo le dio comida. Alguien le denunció porque un día vino la Guardia Civil y se lo llevaron». Secretos, olvidos y memorias. Hay, como el fugitivo, más de una historia escondida en el olivar. 8 «tenemos que vivir en la calle en la octava potencia del mundo» jaén [8 de diciembre de 2008] «El que tenga papeles, a trabajar en la aceituna; el que no tenga papeles, que se vaya a la puta mierda», dice el parado al periodista. No es el exabrupto de un español xenófobo sino el de un jornalero marroquí, Otmane. A un metro, los inmigrantes senegaleses a los que alude se defienden del frío alrededor de una fogata frente al saturado albergue de Jaén donde no hay sitio para ellos. Otmane, que lleva siete años en España, tiene pánico de que, si no encuentra empleo, el Gobierno no le renueve su permiso de trabajo y él vuelva a ser un sin papeles. «Solo el 25 % trabaja en la aceituna con contrato. He ido a Torre del campo para hablar con mi jefe del año pasado pero me ha dicho que sus cuñados se han quedado en paro y van antes que yo», cuenta Otmane, mucho más delgado que cuando era el de la foto de la tarjeta y tenía trabajo. A la espera de que algún agricultor los llame, él y su compañero marroquí, como otros inmigrantes, duermen desde hace días en un contenedor de escombros vacío junto a la nave del albergue de transeúntes y temporeros. «Completo», advierten los carteles. Sus 200 literas están ocupadas (solo se puede estar tres noches), lo mismo que el antiguo albergue y el resto de la veintena de refugios para temporeros de la provincia. Muchos prefieren quedarse en las puertas de este de Jaén porque al menos aquí les dan a todos desayuno, comida y cena, tengan plaza o no. Un policía local dice que el año pasado servían 300 cenas y que anoche fueron 464. 9 Este año hay más manos que jornales. La crisis y el paro han inaugurado una competencia terrible en la mayor productora de aceite de oliva del mundo adonde han llegado miles de temporeros inmigrantes en desesperada busca de alguno de los ocho millones de jornales que generará la recolección cuando comience esta semana. Hay prioridades. Primero, los españoles en paro, empezando por los allegados de los agricultores que han perdido su faena en la construcción. Luego, los extranjeros con papeles. Por último, estos africanos que invirtieron sus ahorros para venir al paraíso y ahora viven en la clandestinidad y la indigencia. «Yo no había sufrido nunca en África. El sufrimiento lo he conocido en Europa», dice el senegalés Yop junto a la menguante fogata y una cuba metálica cubierta de plásticos donde viven otros cuatro o cinco inmigrantes. Parece un hogar–cayuco. Yop, de 35 años, dejó a su mujer y a sus dos hijas en Dakar, encomendó la tienda familiar de bisutería a sus parientes y se gastó sus ahorros en comprar en el mercado negro senegalés un visado europeo de turista. Caducado el visado, lleva desde 2007 como clandestino en España. Trabajó un mes en Lérida y siete en los invernaderos almerienses de La Mojonera hasta que en septiembre se quedó sin faena. Como trabajó sin contrato, no tiene derecho a ninguna ayuda de desempleo. Hace un rato les ofrecían en el albergue billetes gratis para irse a cualquier parte de España, para quitárselos de encima, llevar su problema a otra ciudad. Pero no se han subido al autobús. Irse, ¿a dónde, para qué?, dicen. «En cuanto consiga recuperar lo que me costó el visado, me vuelvo a casa», afirma Yop con la esperanza de colocarse en la aceituna. Pero será difícil ahorrar ese dinero en plena crisis. ¿Hasta cuándo va a durar?, le preguntan al periodista. El 2009 será peor, digo. Aunque peor no les puede ir. «¿Habrá acabado ya en 2010, verdad?», se intenta ilusionar uno. «Incluso si la crisis acaba, yo me vuelvo a Senegal, gane dinero o no. Yo vivía bien allí y aquí estoy a la intemperie», dice otro. Si alguien se le apareciera con un billete de avión, se iba ya. 16 «A mí me han intentado comprar», añade después, serio. «Me han llegado de Córdoba varias agencias de esas de trabajo temporal. Me decían que me ponían una oficina y me daban un sueldo fijo al mes pero que los contratos los hacían ellos. Y les dije que no». Esas ett habrían hecho con «Antonio el de los contratos», como lo conocen en el pueblo, el fichaje del siglo: son decenas, sino cientos, los empresarios franceses y españoles que lo llaman continuamente al móvil para pedirle trabajadores. Da mareo calcular los millones que ganaría la agencia de colocación que se hiciera con las leoninas comisiones (al empresario y al trabajador) de semejante trasiego de recursos humanos. Su mérito al no prestarse a la especulación es doble porque no solo no gana dinero con lo que hace sino que lo pierde, y eso «pasándolas canutas para llegar a fin de mes». Telefónica le ha cortado el teléfono por impago. A nuestro hombre se le acumularon las facturas de las conferencias a Francia y las llamadas a cobro revertido que recibía (y aceptaba) de una punta a otra de Andalucía de padres de familia que por no tener no tenían ni veinte duros para llamarle pidiendo trabajo. El caso más estremecedor vino de Fuentes de Andalucía, en la vecina provincia de Sevilla. «Una organización me llamó y me dijo que había diez personas con una necesidad tremenda de trabajar. Les dije que me enviaran por fax los dni. Luego me volvieron a llamar diciéndome que no tenían ni para fotocopias. Les dije que me dieran un teléfono y los llamé yo». A veces, el dinero que le da su mujer (la misma que lo apoya cuando conocidos y familiares le dicen que es «tonto» por sacrificarse por el prójimo teniendo tantas estrecheces en casa) se las gasta en gasolina para ir a informar a los trabajadores. Antonio pasa nueve meses al año trabajando en Francia, lejos de su familia. Porque si no quedó claro antes, hay que repetirlo ahora: él es el primero que va al tajo, ya sea recogiendo fresas, talando manzanos, plantando olivos o, como hoy, antes de su enésimo viaje al norte de los Pirineos (a donde va días antes para comprobar el estado de las viviendas), echando peonás de albañil en su pueblo. 17 Esa experiencia le ha dado un crédito enorme. Algunos propietarios le mandan un poder notarial y contratos en blanco para que él los rellene a su gusto. Y suele negociar para sus cuadrillas sueldos más altos que los convenios agrícolas vigentes en España o Francia. Antonio está inquieto estos días. Dice que en un pueblo rico como Fuente Palmera ya no se siente tan útil. «Mi sueño ahora es que me llamen de algún pueblo andaluz que tenga mucha miseria y mucho paro, para yo levantarlo. Lo único que pido es que me den una casa para mi familia pero pagándola poco a poco yo ¿eh?». «SI AQUÍ PAGARAN MÁS, LA GENTE NO SE IRÍA» «A veces me dan ganas de tirar la toalla», dice Antonio Espejo. Se queja de que el Ayuntamiento, gobernado por el psoe no le deja un local para trabajar. En las últimas elecciones, se presentó por el pequeño partido Asamblea Andaluza a senador y a alcalde con el sueño de ganar el derecho a un mínimo despacho. Pero no salió. Otra batalla es lograr que la sección de migraciones de la delegación del Ministerio de Trabajo le dé algún apoyo más aparte de la mera burocracia de visar los contratos que van para Europa. «Este año —se lamenta— se han perdido miles de contratos porque no tengo tiempo ni medios». Fuente Palmera la fundaron colonos (flamencos, italianos, alemanes) enviados por Carlos iii en el siglo xviii para crear una barrera humana entre Posadas y Écija contra los bandoleros. Sus descendientes han conservado esos genes históricos de emprendedores, como lo demuestra el espectacular renacimiento que vive el pueblo en los últimos años: son famosas sus fábricas de vestidos de novia pero también hay factorías de hierros, embutidos o muebles que están entre las primeras de Andalucía. Sus 76 constructoras asociadas suponen un récord para un pueblo de 10 800 habitantes. Muchas empresas las han montado antiguos jornaleros. Antonio se enorgullece de ese florecimiento pero también critica que parte de las nuevas fortunas «se han hecho a costa del trabajador». Explotación. 18 En Fuente Palmera casi falta mano de obra. Por eso algunos empresarios ven con malos ojos que Antonio «se lleve» cada año a cientos de personas a Francia. «Si pagaran lo que tienen que pagar, no se irían», dice él. En Francia se gana lo suficiente para hacer el día rentable, con viaje y alojamiento a cargo del patrón. En Andalucía, en cambio, la peoná se paga bastante menos. La industria rural no ofrece mejores sueldos. Un joven del pueblo confirma el análisis. «En Francia gano en quince días y en buenas condiciones lo que aquí en un mes malamente». Antonio Espejo, en un bar de Fuente Palmera, con su móvil prestado y el listado de las cuadrillas que busca para Francia y Jaén 19 el torbiscal, de modélico pueblo agrario a escenario de guerra urbana el torbiscal (sevilla) [9 de junio de 2014] Es ley de vida que las personas y las cosas se deterioren y desaparezcan tarde o temprano pero, aun así, la prematura muerte de El Torbiscal causa impresión. Este modélico poblado agropecuario situado al pie de la carretera nacional iv, kilómetro 579, entre Los Palacios, Utrera (a cuyo municipio pertenece) y Las Cabezas de San Juan tenía en su apogeo, hace treinta y cinco años, 500 habitantes repartidos en 150 viviendas, 185 trabajadores de plantilla, 200 empleados temporales, escuela, cine–teatro, iglesia, dispensario médico, economato, piscina, cuartel de la Guardia Civil, modernas naves agrícolas e incluso un hangar para la avioneta de fumigación. Pero hoy, tras varios lustros de decadencia y una existencia de apenas tres cuartos de siglo, es un pueblo fantasma, abandonado y en ruinas. Al deterioro favorecido por la ausencia de población (en el censo se pasó de los 120 habitantes del año 2000 a los solitarios 14 del año 2011, los últimos registrados), se ha unido la acción voluntaria de la piqueta; una manzana de casas yace reducida a escombros en el centro de El Torbiscal, y el resto no ha seguido la misma suerte porque el Ayuntamiento de Utrera paró en febrero el derribo iniciado por la sociedad propietaria de los sucesores del fundador, José Manuel de la Cámara padre, por no contar con licencia para ello. El conjunto no goza aún de protección urbanística municipal, dice una portavoz de prensa de Utrera, donde se tramita un nuevo 20 Plan–General de Ordenación Urbana (pgou). Sí está reconocido como Patrimonio Inmueble de Andalucía y figura en la base de datos del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico, de la Consejería de Cultura, identificado como Cortijo El Torbiscal con el código 01410950104 y la caracterización «Etnológica». En las fotos de su ficha en internet refulge como recién encalado. La realidad actual es otra. Esta tarde de junio, el alegre poblado de antaño aparece destruido como si la guerra le hubiera pasado por encima. Tanto es así que las únicas personas que se ve en sus calles y casas (no hay ningún okupa) son los militares del Ejército de Tierra que ocasionalmente las usan ahora como escenario de ejercicios de guerra urbana. Como los jóvenes soldados con fusiles de asalto que esta tarde dormitan la siesta junto a sus mochilas y cascos a la sombra de la iglesia desierta en un descanso entre simulacros de batallas puerta a puerta. Una valla cierra el acceso principal de vehículos pero no impide ver sus casas con las ventanas rotas. Son admirables, con jardín trasero y habitaciones amplias. Apena atisbar sus calles desoladas de donde han arrancado todas las tapas de las alcantarillas para venderlas como chatarra y los restos de tantas vidas domésticas esparcidos en el suelo, como esa cabeza rubia de muñeco. La dehesa del Torbiscal pertenecía a las tierras comunales de Utrera pero pasó en el siglo xvi a manos privadas. Su configuración actual arranca en la década de 1940 y se desarrolla en los 50. El arquitecto Antonio Delgado Roig diseñó el trazado y quizás también sus módulos. Participó además el arquitecto Romualdo Jiménez Carlés. En el conjunto hay estilo regionalista, detalles art–decó e influjo del Movimiento Moderno. El periodista Carlos Gómez contaba en 1979 en un reportaje en El País que la explotación agropecuaria y el poblado de El Torbiscal, con 1600 hectáreas de regadío y 1000 de secano, eran de los latifundios más avanzados de Andalucía. Detallaba que esta propiedad de José de la Cámara Benjumea, de la sociedad José Manuel de la Cámara sa, dirigida por José Luis Pablo Romero, tenía una actividad diversificada con producción de semillas y cultivos de trigo, 21 cebada, maíz, sorgo, remolacha, algodón, alfalfa, melones, sandías e híbridos de girasol, más 700 vacas lecheras, una fábrica de abonos, secaderos o talleres, como este taller vacío donde solo queda el esqueleto de un Citroën dos caballos. El poblado ya no sirve, pero sus campos siguen en activo. Abundan los olivos jóvenes. El poblado fue decayendo a medida que se jubilaban los trabajadores y no los reemplazaban sus hijos porque se iban fuera en busca de otras oportunidades o porque no los contrataban. En un foro de internet hay disparidad de opiniones entre los antiguos habitantes: unos acusan al propietario de «poner en la calle con un camión de la mudanza» a los trabajadores cuando se jubilaban y otros le agradecen en cambio el plan de becas para que los jóvenes fueran hasta a la universidad y recuerdan su vida aquí como años idílicos. Poblado agrícola abandonado de El Torbiscal, en Sevilla 22 Lo cierto es que hoy El Torbiscal existe en el mapa (donde figura a veces como El Torviscal, con v) y en su arquitectura vacía pero es un cementerio humano y un raro caso de pueblo abandonado en Sevilla mientras que otros poblados agrícolas, como el vecino Maribáñez, están vivos y enteros. Su ubicación en la Nacional y en una zona de intensa actividad agrícola quizás podría deparar a sus calles una segunda oportunidad. 23 el lejano oeste de andalucía sigue esperando los puentes con portugal sanlúcar de guadiana (huelva) [26 de diciembre de 2006] Si uno vive en Sanlúcar de Guadiana y tiene a su enamorada en la orilla de enfrente, en la portuguesa Alcoutim, le será complicado mantener encuentros amorosos por la noche, a menos que disponga de una barca o sea un gran nadador. Al caer el sol, el barquero del lado español de la frontera, José Costa, un antiguo marinero mercante de 75 años, y su compañero portugués de enfrente, Armando Marques, un guardinha (guardia aduanero) jubilado de 56, amarran sus botes de motor y se van a casa dejando entonces incomunicados los dos pueblos por vía fluvial hasta la mañana siguiente. Desde el ocaso al amanecer, el viajero que quiera salvar la frontera hispano–lusa del río Guadiana entre Sanlúcar y Alcoutim (menos de 300 metros de anchura), para lo que se emplea un minuto escaso y un euro por trayecto en las barcas de José y Armando, necesitará dar un rodeo enorme en coche por la frontera meridional del puente de Ayamonte o por la septentrional de Rosal de la Frontera que supondrá hora y media de ida y otro tanto de vuelta. El Lejano Oeste de Andalucía, esa raya fronteriza de agua y montes en gran parte vírgenes donde el despoblado Andévalo de Huelva roza el Algarve portugués sin tocarlo nunca del todo, sufre aún las consecuencias de siglos de incomunicación forzada y aislamiento. Entre la costa de Ayamonte y Rosal de la Frontera, al norte de la provincia, a más de cien kilómetros de distancia, no hay ningún paso 24 fronterizo terrestre entre los dos países, lo que hace que pueblos como Sanlúcar, El Granado o Paymogo vivan extrañamente aislados de sus vecinos de enfrente pese a estar a un tiro de piedra, al otro lado de los ríos Guadiana y Chanza. Hay proyectos para acabar con este anacronismo pero avanzan a trancas y barrancas. El reclamado puente de Sanlúcar es todavía un sueño porque la Diputación de Huelva, la Junta de Andalucía o el Gobierno español no parecen interesados en sufragar su supuesto alto coste; el que unirá El Granado y Pomarão sobre el Chanza estaba previsto inaugurarlo en 2007 con financiación de la Diputación y la Unión Europea pero no se ha empezado aún a construir, y el puente que salvará también el Chanza desde Paymogo con dinero de la ue y la Junta sí ha visto iniciarse sus trabajos de cimentación en octubre con el inconveniente de que los obreros han dejado de trabajar debido a las lluvias. Qué cerquita está Portugal y qué trabajo va a costar conectarse con ella. El viaje por esta especie de agujero negro de la frontera hispano– lusa donde las carreteras se truncan en un callejón sin salida empieza en Sanlúcar de Guadiana, un pueblito de 450 habitantes con puerto deportivo que es un paraíso en potencia para los promotores urbanísticos (ahora solo hay una pensión y unos bungalós). Que las barcas de Antonio y Armando no naveguen de noche tampoco es un gran problema. De todas formas, dicen ellos, hay días en que nadie quiere cruzar. «La frontera se abrió en 1992. Antes, había que pedir permiso a la Guardia Civil española y a la Guardia Fiscal portuguesa», rememora el antiguo guardinha reconvertido en barquero como « pasatiempo». «Entonces pasaba más gente que ahora. Como estaba prohibido, tenían más ganas de ir a España. Ahora que pueden hacerlo libremente, van menos. Tú eres la cuarta persona a la que he cruzado hoy», dice Armando. En Sanlúcar, el apoyo al puente no es unánime. «Que lo hagan», dice un joven. «Los viejos no quieren, y yo tampoco. Se acabaría la tranquilidad», opina otro. Un portugués maduro que espera con ellos se muestra escéptico: «Ese puente es inviable. Muy caro». 25 Cuentan que para trabajar hay que irse de aquí a Lepe, capital del cultivo de fresa en Huelva. Mientras unos se van, otros, con más dinero, llegan. «Toda la orilla río arriba y abajo es ya de alemanes, ingleses y holandeses» entre los que abundan los aficionados a la náutica, dice uno de los contertulios. «La última vez que vinieron los técnicos [españoles] a medir el río para el puente, estuve todo el día llevándolos y al final se fueron sin pagarme ni la gasolina», se queja José cuando nos deja en el muelle de Alcoutim. En el pueblito portugués, Bruno Cavaco, charcutero de 26 años, se pronuncia: «Voy a España una o dos veces por semana y tengo que dar un rodeo muy grande. Estamos muy aislados. Por lo menos, que pongan una barcaza para coches. El puente no saldría caro: sería una inversión que los dos países recuperarían a la larga. Pero llevo escuchando hablar del puente desde hace veinte años y hasta que no lo vea construido, no me lo creeré». Más al norte y aun más aislado están El Granado y sus 650 habitantes. Una promotora malagueña iba a construir a unos kilómetros del casco urbano una macro urbanización con campo de golf que multiplicaría varias veces la población del despoblado municipio en dos fincas situadas entre el río Guadiana, a la altura del antiguo cargadero de manganeso del Puerto de la Laja, y la presa del Chanza en un paraje declarado Lugar de Interés Comunitario (lic). Greenpeace dio la voz de alarma nacional y el proyecto se ha quedado parado. Para gran enfado del «98 %» de los habitantes que están a favor, según los albañiles Luis Limón, Gabriel Ramírez y Rui Miguel Infante, portugués de origen. «El Andévalo de Huelva es una de las comarcas más pobres de Europa. ¿Qué quieren, que sigamos en la miseria?», se queja Luis. «Esto está muerto y la urbanización le daría mucha vida. Habría trabajo para todo el pueblo y los de fuera», considera Rui. «Me da risa cuando los ecologistas dicen que aquí hay linces y águilas imperiales. No hemos visto ninguno. Es una pena que se carguen el proyecto», protesta Gabriel que recuerda que hoy el trabajo hay que buscarlo fuera. «La fresa, la naranja y la construcción. ¡Donde te toque!». 32 los bulbos de gladiolos van también a parar al mercado holandés, el principal del mundo en su sector. El año pasado la cooperativa facturó alrededor de 3,5 millones de euros. Pasado el tiempo, La Pequeña Holanda sobresale como una mimada flor. Pero una flor en un desierto. Porque Luis cuenta que es el único proyecto de readaptación laboral que al Gobierno holandés le cuajó en España y la única finca del reparto inicial de lotes realizado en Arcos por el Iryda que salió adelante. La unión, cree él, fue lo que les salvó. La pulcritud de este poblado de colonos trae un aire del de las aldeas holandesas, solo que aquí las casitas están encaladas y las calles sembradas de naranjos. Se respira la prosperidad industriosa de los buenos tiempos. Pero Luis Gómez recuerda que, hasta que el pasado octubre lograron firmar las escrituras de propiedad de la finca, comprada al Estado, en el camino han quedado muchos sinsabores que el ojo no ve: la desesperación, las discusiones familiares y las ganas de tirar la toalla al ver que se comían los ahorros sin ganar a cambio un duro. Muchos momentos hubo en que se preguntaron si no se habrían equivocado volviendo al sur. No. Hoy, con 58 años, el tornero reconvertido mira lo que levantaron codo a codo y dice una vez más que mereció la pena: «No me arrepiento de nada». 33 villanueva de cauche liquida los restos del feudalismo villanueva de cauche (málaga) [6 de octubre de 2002] Al pie de la autovía y a un rato de la Costa del Sol malagueña, rodeada por las bellas crestas de las sierras de la Fresneda y de las Cabras, la pedanía antequerana de Villanueva de Cauche es el lugar perfecto para montar un negocio redondo de turismo rural, con esas dos calles inmaculadas que han servido de escenario al anuncio del Opel Vectra que estos días emite la tele y ese cortijo–palacio que sigue dominando el caserío como desde que colonos y braceros se arrimaron hace siglos a la sombra de los marqueses que les daban trabajo o les arrendaban la tierra. ¿Pero de quién es el pueblo ahora? ¿A quién le pertenece, legal y moralmente? La cuestión es el eje de un apasionante conflicto entre el propietario del suelo y una parte de los vecinos que ya ha hecho intervenir al Defensor del Pueblo Andaluz, José Chamizo, y a la comisión de Obras Públicas del Parlamento regional. Una pequeña lección de historia que revela aún las consecuencias de las relaciones entre la aristocracia y la burguesía latifundista y los campesinos sin tierra subordinados a ellas. Las cerca de 60 viviendas de Villanueva de Cauche están construidas sobre el terreno del viejo marquesado de Cauche, cuyo cortijo– palacio fundaron en un tiempo impreciso que unos sitúan en el siglo xvii y otros a principios del xviii. En el siglo xx, los marqueses tuvieron cuatro hijos. Ninguno dejó descendencia. La hija heredera del título de marquesa, Carmen de Rojas Arreses–Rojas, traspasó en 1992 34 las propiedades a la sociedad limitada Cauche–Peña, encabezada por el hijo de una prima, José Luis Moreno Rojas–Serrailler, a su vez terrateniente en Antequera. Y empezó la liquidación. Hace un lustro, el propietario vendió parte de las parcelas a los colonos que las tenían arrendadas pero aplazó resolver la situación de las casas. De estas, 35, las que se supone que construyeron los marqueses sucesivos para alojar a los trabajadores, están en régimen de alquiler, mientras otra veintena pertenecen ya a quienes las construyeron o a sus descendientes (el dueño renunció en este caso a reclamar su suelo). En marzo, el abogado Miguel Ángel Hortelano planteó dos soluciones a los inquilinos: comprar el suelo rústico sobre el que se levantan las viviendas a 90 euros el metro cuadrado (la venta implica ya la cesión de los edificios que no están registrados) o actualizar los alquileres con la precisión de que, con la ley vigente, ya no podrán traspasar el alquiler a sus hijos cuando mueran. Esta oferta ha dividido al pueblo: mientras 17 familias, en una acción de resistencia inusitada en la historia de la cortijada, buscaron a un equipo de abogados para negociar un «precio simbólico» menor al ofrecido esgrimiendo el derecho moral adquirido por un uso de generaciones, otro grupo aceptaba sin protestar las condiciones de la propiedad (Hortelano calcula que entre 7 y 12 ya han firmado la compraventa). «El mensaje que se les daba era de miedo, que aceptaban o estaban en la calle», dice la abogada Amanda Romero. «Villanueva de Cauche es un reducto de la época feudal. Los vecinos tienen miedo a represalias. Que buscaran abogado significa un cambio en esa mentalidad de sometimiento que ha existido siempre». El abogado de la propiedad replica acusando a su colega de «hacer política» con el tema por ser «hija del diputado de Izquierda Unida Antonio Romero» y de «buscar titulares llamativos» con la palabra feudalismo. Hortelano niega que haya «sometimiento» y critica que «pretendan por la vía de la denuncia pública adquirir una posición preferencial». «Ni el dueño es un señor feudal ni yo soy el Cid Campeador», ironiza. 35 Es cierto que, salvo el cabrero Salvador, que vive con su mujer, Antonia Mari, y sus hijos en los bajos del palacio, ya no queda una sola persona al servicio de los dueños y resulta anacrónico hablar de vasallaje. Pero también que se palpa la huella psicológica que siglos de abismo social han dejado entre esos vecinos que no quieren hablar, como si temieran molestar a un invisible señorito. «Yo no sé nada», «No soy de aquí», se evaden dos ancianas de la pregunta del periodista. Tampoco opina José, el antiguo tractorista de la marquesa, meditabundo y solo al final de la calle como en un pueblo fantasma. En la cantina, dentro de la escuela cerrada por falta de niños, cuatro hombres reciben con silencio huidizo, aunque al final Juan Podaderas se anima: «Aquí había mucho temor hasta hace muy poco. No se podía hacer nada sin el consentimiento de los marqueses. Cuando yo era chico, a un vecino, José Vega, lo echaron por hacer una choza para el cerdo». A 90 euros el metro, ¿caro o barato? «El transcurrir del tiempo no les hace dueños», ataja Hortelano. «Es un precio social, muy inferior al de mercado e incluso al de una expropiación. Por ese precio no se compra ya ni un aparcamiento. Más bajo de eso, no: pretenden que se lo regalemos». María Jesús Díaz, líder de la asociación vecinal, y su marido, Pedro Gaspar, matizan. «No quiero que me regalen la casa, eso lo comprendo», dice ella. «Pero es que los gastos para regularizarla después son mayores que lo que cuesta el suelo». Escrituras, peritos, permisos... María Jesús pide ayuda al Ayuntamiento de Antequera para abaratar la regularización de una aldea en el limbo. Su abogada, tras señalar la paradoja de que el Ayuntamiento (que intentó una expropiación a inicios de los 90) haya pagado obras públicas en una pedanía de propiedad privada, pide al alcalde, Jesús Romero, que no transforme en suelo urbano el actual suelo rústico hasta que los vecinos sean titulares de las casas, a fin de evitar la especulación. «No debe primar el ánimo de lucro». Pero el abogado de la propiedad niega la insinuación. «No perseguimos ningún lucro, como lo prueba que tenemos ofertas de grupos extranjeros [para proyectos turísticos] por un precio 36 sustancialmente mayor». Al contrario, Hortelano pone la especulación al otro lado. «Hace unos años les vendimos las parcelas a un precio muy bajo. Y al día siguiente muchos las revendieron para especular». Añade que lo mismo ocurrirá con las viviendas, algunas «usadas como segunda residencia». Las espadas están en alto. Hortelano aclara que «nunca, nunca» se le ocurrirá al dueño desalojar a los rebeldes pero les da «un plazo de seis meses» para que «espabilen» antes de que retire la oferta. Enfrente, los vecinos que han despertado del acatamiento inmemorial plantan cara. Epílogo: la marquesa Carmen murió en 1999 y su hermana Teresa, con fama de más amable, heredó el título hace un mes. La única superviviente de la familia apenas viene ya de Málaga a ocupar su viejo palacio. Octogenaria y enferma, dicen que la aristócrata se está muriendo. CUANDO SE PAGABA TRIBUTO CON GALLINAS Justo por estas fechas, pasado San Miguel, la marquesa venía al cortijo–palacio (en el que ahora el dueño planea abrir un hotel) y los colonos tenían que ir allí a pagarle en una suerte de procesión vertical. Unos, los que tenían sus casas en propiedad, pagaban una o dos gallinas (según tuvieran patio o no) como tributo por estar ocupando el suelo del marquesado. Los inquilinos de las casas de alquiler abonaban la renta anual. El espectáculo de las gallinas duró hasta principios de los 90, cuando los dueños se hartaron de que vinieran periodistas del extranjero y «hasta de Interviú» (revista famosa por sus chicas desnudas) para retratar el ritual, aunque durante algún tiempo más se siguió pagando dinero en sustitución de cada gallina. A mediados de los años 60, recuerda Juan, el pueblo que hoy ronda el centenar de habitantes llegó a tener 600. El origen de sus casas es incierto. Las primeras eran chozas hechas por los colonos y mejoradas con el tiempo. Tras la Guerra Civil, cuenta Pedro, las casas que quedaban abandonadas pasaron a manos de los marqueses. En otro caso, relata la abogada Romero (que se queja de la falta de acceso al archivo del marquesado, en poder de la familia), un hombre perdió 37 la propiedad de su casa en una especie de «embargo»: pidió dinero al marqués para llevar a su hijo al médico y a partir de entonces tuvo que devolver el préstamo pagando una renta. Hace mucho que los arreglos corren por cuenta de cada vecino, por eso se sienten dueños de viviendas que han reformado con su sudor y su dinero. Hoy el pueblo es un escenario publicitario. Este año han rodado allí los spots del Opel Vectra, una bebida coreana y una marca rusa de patatas fritas. 38 una mujer con mucho tomate loma cabrera (almería) [28 de febrero de 2003] La vida de María Dolores Salinas tiene tomate. En los invernaderos de Almería es de las pocas mujeres que no solo trabaja al lado del marido sino que es la que le manda en el tajo. «Anda, jefa, que eres una mandona», le dice riéndose su esposo, Paco Martínez, acompañado de su tío, también Paco, mientras ella atiende a los invitados del periódico y ellos estrían (ordenar en cajas) los tomates recogidos por la mañana, esos tomates brillantitos Daniela o calibre 10 que mañana subastarán en la cooperativa San Isidro y pasado quién sabe si se los comerán en ensalada en un apartamento de Alemania o sofritos en un restaurante de París. Dolores sufre la fiebre, pero benigna, del jugador de póker, del buscador de oro, con la diferencia de que el objeto de su ambición se llama tomate, una criatura cuyo crecimiento vigila como una madre agricultora desde que a finales de agosto planta la mata hasta que, desde ahora hasta mayo, recoge los frutos en su roja y redonda perfección. Su vocación de empresaria agrícola brotó tardía pero exitosa. «Yo no había puesto un pie en un invernadero en mi vida, ¡veía el tomate en las ensaladas!». María Dolores, de 42 años, hizo Magisterio, montó en El Alquián una academia, se casó, tuvo a los mellizos Francisco y Pablo, cerró la academia y abrió con su marido una tienda de souvenirs... Hasta que hace cinco años, harta de tratar con el público, pegó un giro. Le pidió a su padre, Manuel (pionero del plástico y el goteo en los Campos de Níjar en los años 70), hacerse cargo de una 39 parcela vacía en Loma Cabrera y se metió a tomatera en la zona con más densidad de producción de Europa. Lo que al principio era «un capricho» se ha transformado en determinación de experta. Este año está estrenando un moderno invernadero de 4800 metros cuadrados con techos altos, para no andar encorvada como antes, y planea instalar un sistema de abono y riego por ordenador. Al contrario que en el boom de la anterior, los precios de esta campaña están siendo muy bajos y teme que apenas logre cubrir los gastos pero ya les ha avisado a sus hermanos, socios de la empresa, por si se saca algo en limpio: «Esto va a ser todo para reinvertir. Se lo he dicho, que no verán un duro». «Físicamente es muy duro, cargando cajas de 20 kilos, pero me encanta. Cuando sale el primer tomate, así de chiquitillo, ¡te da una El matrimonio de agricultores: María Dolores Salinas y Paco Martínez, 2019 40 El mar de plástico de los invernaderos de Almería, la mayor fábrica de verduras de Europa, visto por fuera y por dentro alegría!», dice radiante. «Veo que llevo el invernadero yo, que soy capaz. Me siento más autónoma dentro de la pareja. A veces llego cansada y digo, ¡el año que viene no sigo más!, pero luego pienso: ¿Y qué hago yo allí en mi casa?». Dolores rechaza que en Almería «haya racismo, como dicen», y se pone como ejemplo de ese mundo utópico de plástico que ella 41 practica: «Aquí a todo el mundo se le paga lo mismo por jornada, lo mismo a mi tío que a unos marroquíes». El invernadero y su selva de matas de tomate concebidos como un negocio, un retiro espiritual y un proyecto de vida al que consagrar las energías desde que los niños se van al colegio hasta que se escapa el último rayo de sol. Criar–crear es lo que importa de verdad. A fin de cuentas, a Dolores el sabor del tomate ni siquiera la vuelve loca. 48 Mientras el litoral de la provincia crece como un hormiguero de hombres, industrias, invernaderos y hoteles, en las montañas que quedan a sus espaldas vastos territorios se convierten lentamente en un amable desierto, alimentado por el dinero pasivo de las jubilaciones, los subsidios de desempleo y las subvenciones de la Diputación y la Junta. El último informe de la Cámara de Comercio advierte del peligro de extinción que sufren comarcas de montaña de Almería como la sierra de los Filabres y la cuenca alta de los ríos Nacimiento, Andarax y Almanzora. La situación es más descarnada en lugares como este que no languidecen en montes remotos sino junto a una moderna autovía y los rieles del Andalucía Exprés. Aquí tenemos el informe hecho carne viva. Miguel Arqueros, de 55 años, y Trinidad Ruiz, de 38, son dos de los tres únicos habitantes de la barriada ferroviaria. En su escuela daban clases a cincuenta niños. Hoy esa escuela son cuatro paredes sin techo y un suelo sembrado de cascotes. Miguel es un pionero de ida y vuelta. Como tantos miles, emigró de Almería a Barcelona, luego regresó, se embarcó de mecánico en un pesquero, estuvo faenando en Alborán y en Argelia hasta que se jubiló y, buscando un refugio lejos de los temporales, llegó hasta la estación fantasma. Acordó con el Ayuntamiento quedarse la antigua casa del maestro por un sueldo y reconstruyó las ruinas con sus manos. Doña María forma junto a los pueblos de Ocaña y Escúllar el municipio de Las Tres Villas. En el censo hay 618 habitantes pero en realidad aquí permanecen muchos menos. Los demás vienen a votar, de vacaciones y a los entierros. Son más los que mueren que los que vienen, más los que emigraron a Tarrasa que los que se aferraron a la tierra. Por la puerta de Miguel y Trinidad pasaban «miles de coches» cada día. Pero desde que el año pasado abrieron la autovía a–92, la vieja carretera nacional ha quedado en vía muerta y el restaurante ha tenido que cerrar. «Aquí ya no para un coche ni por recomendación». Miguel acusa al antiguo alcalde del pp, que gobernó 24 años, de haber dejado morir al pueblo. Hay una tienda, una botica, una 49 cabina y una parada de autobús donde, a falta de bar, se reúnen por la tarde los jubilados. A primeros de mes, el director de la sucursal de Cajamar en Abla viene a repartir las pensiones casa por casa. Estos pueblos declinantes tientan a caer en el discurso nostálgico del mundo perdido. Pero no hay nada más natural que los pueblos, como los hombres, nazcan, crezcan y agonicen. O que, como los hombres, se resistan a morir y luchen por renacer de sus cenizas. Eso sueña Miguel con Doña María. Tras contribuir a desbancar en las elecciones a la derecha «franquista» (gial y psoe gobernarán dos años cada uno), Miguel tiene la convicción de que al pueblo se le abre una oportunidad. Él acaba de montar una asociación cultural y planea apuntarse a las ayudas de la Junta para subirse al carro de la «Segunda Modernización» de la que habla el gobierno andaluz: ordenadores subvencionados y clases gratis de navegación virtual. Hay tres vecinos conectados a Internet. «El Pedro, la Toñi y el Rafael», enumera Trinidad. Otra de las resistencias solidarias de Miguel es visitar a los viejos sin familia. Esta noche le toca a José González Algarra, El Alejo, de 73 años, que paga a la iglesia al mes por su humilde casita de ambiente del siglo xix. Hay un espejito, un manojo de acelgas, una lumbre que se apaga en la chimenea y, en la tele, la falsa compañía en technicolor de un concurso de Antena 3. José no tiene hijos, recorrió España de peón caminero, fuma Celtas, es analfabeto y muy acogedor. Se le saltan las lágrimas enseñando el retrato de una hermana que murió embarazada al caerse por unas escaleras. También se acuerda de los caciques, el general Armada y el Fantasma; del día que vino Franco a cazar, de los jornaleros que iban a pedir trabajo a cambio solo de comida. Todavía manda la economía de la sencillez. Un poco de aceite, la almendra, un jornal por aquí, un subsidio por allá. «Esto cada vez va a menos. Aquí más de la mitad de las casas están abandonadas. Lo que nos sostiene un poco es el paro», dice el amigo de Miguel, Juan Fernández, en Los Cortijos, el barrio gitano. Su madre, Piedad, no sabe qué edad tiene. ¿72, 73 años? «Pues será». «Estos cortijos han sido 50 las sonajas de España», dice la mujer. «Mucha hambre que se pasaba, sí, pero muchas ganas de divertirse». Antes, cuando no había tele ni preservativos, proliferaban las patuleas de criaturas. La alegría de la vida. Como los seis que tuvo Piedad. Hijos que luego se marchaban. Si en Doña María uno tiene la sensación de hacer arqueología en vivo, en Castro de los Filabres, donde se acaba la carretera, la resistencia cobra ventaja frente al abandono. El censo se mantiene heroico en 205 habitantes, pero aunque solo viven allí fijos la mitad, Eva Rodríguez, la secretaria municipal, niega que corran peligro de extinción. Tienen hasta una pareja de jubilados ingleses y otra de inmigrantes rumanos. Extranjeros ricos o pobres. Serán ellos, quizás, los nuevos pioneros que reaviven estas montañas peladas que aún no ha hollado el turismo. Panorama desde la despoblada sierra de los Filabres, en la provincia de Almería 51 La modernidad siempre llega con retraso. A finales de los 80 aún no había alcantarillado, ni canalización de agua, ni teléfono. Ahora que lo tienen, el sueño de Eva es que Telefónica les ponga las líneas para llevar al pueblo Internet. Hermosa soledad de riscos nevados y bancales salpicados de almendros. Pero ni Internet, ni el teléfono ni la tele apagan el silencio humano, como en Olula de Castro, con esos cinco coches abandonados al óxido y el patio desierto del campo de futbito. Se oye al viento y a los pájaros. El hombre, de momento, calla. 52 pedro martínez, el cómodo subdesarrollo rural del siglo xxi predo martínez (granada) [2 de agosto de 2004] Cuando el extraño entra por primera vez en Pedro Martínez le invade la sensación de que ha pasado algo, y no bueno, precisamente. Es mediodía, pero sus anchas y rectas calles de estilo castellano se alargan hacia lo lejos desiertas de hombres y coches, como si una repentina emergencia hubiera condenado al pueblo al abandono. Luego, aquí y allá, aparecen algunas figuras tranquilas y solitarias cruzando la calle, franqueando una puerta, yendo a algún sitio como sombras en un cuadro de Giorgio Di Chirico pasado por el tamiz luminoso del sur. En Pedro Martínez hay vida aún al final de la carretera vacía que lleva a él a través de bosques de chopos, colinas peladas y campos de almendros, aunque esa vida se parece en muchos sentidos a una apacible agonía. Según las últimas estadísticas de la Agencia Tributaria, referidas a datos de 2001, este municipio de la comarca de los Montes Orientales de Granada, a media hora al norte de Guadix y a 1035 metros de altitud, pertenece al grupo de los 74 municipios andaluces cuya renta neta media declarada (rnmd) se encuentra por debajo de la mitad del promedio en la comunidad. Si la media regional supera los trece mil euros anuales, en Pedro Martínez apenas llegan a poco más de seis mil, muy lejos de los ingresos en los municipios más prósperos, como Tomares en Sevilla, o Benahavís en la Costa del Sol malagueña, en los puestos de cabeza de los ricos. 53 Hemos venido a Pedro Martínez como podríamos haberlo hecho a otros aún más deprimidos en la lista de los últimos de Andalucía: podríamos haber ido en la provincia de Granada, entre otros municipios, a Cortes de Baza o Dehesas de Guadix; en la de Almería, a Benizalón; en Jaén, a Larva; en Málaga, a Igualeja o Salares; en Córdoba, a Fuente la Lancha y en Huelva, a Arroyomolinos de León. El mapa de la distribución de la riqueza es nítido: la depresión económica se concentra en el interior montañoso del oriente andaluz, y, en los pocos casos situados en el Occidente, en comarcas serranas. En Pedro Martínez, pues, podrían contentarse con ser los más ricos entre los pobres, pero esa es una lectura autocomplaciente que no va con la lucidez crítica de José Torres, un economista que podría estar dirigiendo cualquier gran empresa allá lejos, donde empieza ese otro mundo de las autovías y los polígonos industriales, pero que prefirió comprometerse con su comarca de caminos secundarios y campesinos sin norte para trabajar como secretario municipal en Pedro Martínez y la vecina Moreda. Por mucho que un coche deportivo brille en un rincón o cruce la plaza un flamante todoterreno, él no se deja engañar por espejismos materiales que distraen de una realidad más profunda. En seis palabras: «Estamos en el subdesarrollo más absoluto». Euro arriba euro abajo, explica, los pueblos de los Montes Orientales de Granada, como sus hermanos de la lista de otras provincias, padecen el mismo mal económico. «Esto está absolutamente despoblado. ¿De qué se vive? De un cereal, la cebada, que tiene el mismo precio que hace 40 años. Al agricultor, si no fuera por los subsidios, le dan por saco. La mecanización, que ha reducido el gasto en jornales, y las subvenciones de la Unión Europea hacen que no abandonen el cultivo, pero el poderío de entonces de un agricultor que tiene 100, 200 hectáreas, hoy da risa». «Llamar empresario —continúa— al que tiene 15 hectáreas es ridículo: es un jornalero con tierras. Es que no nos quedan más que los subsidios agrarios, coño, y de la manera más vergonzosa. La inversión pública brilla por su ausencia. Es una cosa lacerante. La 54 comunidad autónoma no invierte en infraestructuras y el Estado dice que no tiene competencias. ¿Qué hacemos para salir del subdesarrollo? Nos han obligado a una cultura del subsidio, que no es querido, pero tenemos que aceptar porque no hay alternativas. Lo difícil es romper esa cultura, esa inercia. Hace falta un plan de choque». El año pasado había 77 mujeres y 33 hombres cobrando el subsidio agrario (durante seis meses siempre que coticen un mínimo de 35 peonadas anuales) y en 2001 la tasa de paro alcanzaba al 74,1 % de la población activa. Esta pobreza que indican las estadísticas no es una pobreza física de pasar hambre y no tener casa. Todo lo contrario: aquí hay tranquilidad y seguridad a raudales, uno se puede comprar un caserón viejo, la comida es buena y barata, hay piscina municipal en verano, un polígono ganadero con 9 granjas y hasta una moderna residencia de ancianos que da trabajo a 32 vecinos y ha entrampado al Ayuntamiento a niveles siderales. No, subraya el economista, la pobreza de Pedro Martínez es la del siglo xxi: la de la falta de oportunidades y horizontes, la de la dependencia. Si la Seguridad Social suspendiera el paro y la ue sus ayudas, el pueblo se venía abajo. Los 5000 habitantes de antaño quedaron reducidos en el censo de hoy a 1267, aunque todos saben que en realidad los fijos son menos. En invierno, dice el alcalde Manuel Martínez del psoe (que gobierna aquí desde el inicio de la democracia), hay 462 casas vacías. El regidor señala con orgullo la paradoja de que su pueblo es el mayor productor de cereal de la provincia. Hubo un tiempo, cuenta, hace medio siglo, en que bajaban 400 braceros de las Alpujarras para segar cada verano, entre ellos los mismos que, añade, fundaron luego con los ahorros los invernaderos de El Ejido. Aquí, en cambio, todo declinó. El notario cerró, cerró el juzgado y el mercado de abastos, cerró Sevillana su subestación eléctrica. La Consejería de Agricultura de la Junta, dice José Torres, mantiene un solo perito, por no cerrar la oficina. ¿Pero por qué en Almería triunfaron y aquí la crisis no hizo más que agravarse? Entre la incomunicación y la falta de energía no 55 levantan cabeza, denuncian el economista y su alcalde. Hay cortes de luz frecuentes y la carestía eléctrica es tal que aborta cualquier plan de industrialización. Ahora estudian con la empresa Wind Ibérica montar un parque eólico para paliar la escasez. A ello se añadió la congelación del precio de la cebada y el drenaje de capital: los agricultores se gastaban el dinero en abonos y maquinaria fuera y nada revertía al pueblo. Para colmo, falta agua. La suya la extraen a 280 metros de profundidad, lo que encarece la factura eléctrica. En este panorama, las subvenciones y subsidios solo sirven, dice Torres, para parchear la descapitalización del agricultor, mantenerlo vivo, no para crear infraestructuras que rompan la inercia. Denuncian la oportunidad perdida de los planes de empleo agrario, como el antiguo per. El «efecto perverso» del sistema hace que en la práctica las obras se incumplan y algunos vecinos se tomen los proyectos (recoger esparto, plantar pinos, arreglar una plaza) como meros trámites para cobrar su necesitado subsidio. «Encima [las administraciones] hacen que nosotros tengamos que dar la cara con la población. ¿Qué quieren, que nos la partan?», protesta el secretario. La necesidad acuciante abona el terreno a la economía sumergida y el fraude empresarial y así no es extraño que haya en la comarca jornaleros que cobran el paro mientras trabajan de albañil, o agricultores que optan por un engaño que es más fruto de la desesperanza que de la picaresca: siembran girasol y garbanzos, cobran la subvención europea por la superficie y no recogen ni cuidan más la cosecha porque si no perderían dinero con los gastos. Víctor Manuel Orduña, licenciado en empresariales de 25 años, va en su tractor, como desde los ocho años, camino de su campo a cosechar la cebada. Él ha vuelto de Granada temporalmente porque querría labrarse un futuro en su pueblo, pero lo ve difícil. «Aquí no se puede empezar nada de cero». Un tocayo, Víctor Orduña, de 27 años, sueña en cambio con que los amantes del turismo rural descubran su pueblo e impulsen una mínima industria hostelera. Hoy no hay ni una pensión y mantener 56 a flote su bar La Bodeguilla durante la travesía de esos largos inviernos bajo cero es para Víctor misión casi imposible. «Aunque regalen el terreno, aquí no viene nadie». Pero lo cierto, señala José Torres, es que se han instalado ya tres parejas de jubilados ingleses. Y esa industria de la segunda residencia de los ancianos europeos podría ser una alternativa. Otra, apostar por los emigrantes del pueblo que, tras triunfar en Cataluña o Baleares, regresan con nuevas iniciativas. Son ellos, dice, el ejemplo positivo que tanta falta hace para demostrar a sus paisanos que las cosas no tienen por qué ser así para siempre. Que del subdesarrollo también se sale. 57 lanjarón, en busca del elixir de la eterna vejez lanjarón (granada) [19 de julio de 2004] Un día descubrimos que las fuentes de la eterna juventud no existen en ninguna parte del río de la vida pero tenemos el consuelo de que en Lanjarón, en la puerta de Las Alpujarras granadinas, mana un elixir que ayuda a alargar la vejez y aplazar año tras año el momento del juicio final. «Yo no pienso nunca en morirme», dice con una sana risa Bernardina Bermúdez, sentada en su tienda de cestería en la calle principal por donde pasan los turistas camino del famoso balneario de aguas minero– medicinales, como peregrinos en busca de su antídoto contra la erosión venenosa de la enfermedad y la derrota. Bernardina tiene 70 años y piernas hinchadas que ya no le sirven para dar ni un paso pero lo importante es que ella no piensa en morirse y come con plena felicidad existencial, como ahora, guindas a la sombra de la siesta junto a su amiga Pepi que tiene 68 y lleva 40 viniendo desde Málaga a la estación balnearia para mantener el cuerpo a punto y el espíritu en alto. En Lanjarón saben de toda la vida que aquí la gente vive mucho tiempo y no le prestan mayor importancia al fenómeno que atribuyen a la benéfica combinación del clima suave, la luz hermosa, la tranquilidad provinciana, el agua de la sierra, la dieta mediterránea o los genes. Pero esta impagable virtud del pueblo cobró actualidad cuando a finales del año pasado un equipo de la televisión surcoreana kbs llegó a sus calles esgrimiendo datos de índice Entre Ríos: del Paraná al Guadalquivir Sangre, sudor, lágrimas y aceite «Tenemos que vivir en la calle en la octava potencia del mundo» San Antonio de los contratos El Torbiscal, de modélico pueblo agrario a escenario de guerra urbana El Lejano Oeste de Andalucía sigue esperando los puentes con Portugal Por la ruta de los contrabandistas de café La Pequeña Holanda, de emigrantes a exportadores Villanueva de Cauche liquida los restos del feudalismo Una mujer con mucho tomate El extraño caso de los ladrones de abejas El desierto demográfico erosiona Almería Pedro Martínez, el cómodo subdesarrollo rural del siglo xxi Lanjarón, en busca del elixir de la eterna vejez Sobre el autor 4 6 8 14 19 23 27 29 33 38 42 47 52 57 63 colección algo compartido dirigida por Ivana Tosti Preciosos ritos que nos reúnen. Directora Vera cartonera: Analía Gerbaudo Asesoramiento editorial: Ivana Tosti Corrección editorial: Félix Chávez Gestión digital: Programa Bibliotecas unl Diseño: Julián Balangero Este libro fue compuesto con los tipos Alegreya y Alegreya Sans, de Juan Pablo del Peral (www.huertatipografica.com). VERA editorial cartonera Centro de Investigaciones Teórico–Literarias de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad Nacional del Litoral. Instituto de Humanidades y Ciencias Sociales ihucso Litoral (unl/Conicet). Programa de Lectura Ediciones unl. — del Campo Cortés, Eduardo Gente de campo : historias de Andalucía / Eduardo del Campo Cortés ; Compilación de Eduardo del Campo Cortés. - 1a ed. - Santa Fe : Universidad Nacional del Litoral, 2025. Libro digital, PDF/A - (Vera Cartonera. Algo compartido) Archivo Digital: descarga y online ISBN 978-987-692-430-6 1. Crónica Periodística. 2. Población Rural. 3. Inmigración. I. del Campo Cortés, Eduardo, comp. II. Título. CDD 070.4 — © Eduardo del Campo Cortés, 2025. © de la editorial: Vera cartonera, 2025. Facultad de Humanidades y Ciencias unl Ciudad Universitaria, Santa Fe, Argentina Contacto: [email protected] Atribución/Reconocimiento-NoComercialCompartirIgual 4.0 Internacional