El libro de la mujer española : hacia un feminismo cuasi dogmático
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EL LIBRO DE La Mujer Española HACIA UN FEMINISMO CUASI DOGMÁTICO. Biblioteca PixeLegis. Universidad de Sevilla POR EL Oraciano Illartine3 AGUST$NO COIa LAS LICENCIAS NECISSARIAS MADR/111 IMP, DRL ASILO DR HUÚRFA.140f$ Calle de Juan Bravo, 1921
ES PROPIEDAD jj IMPRENTA del A g ito S. C. de jesús. Calle de lata Bra/o, 3 — MADRID
A la venerable y nobilísima Señora Doña Sabina Márquez Ibarra Señora: páginas áureas quisiera que fuesen todas las de este libro, para que, así, merecieran el serle dedicadas. Humildísimas como son, dígnese aceptarlas benignamente, a cuenta de la impagable deuda de gratitud que, por las maternales bondades con que siempre le ha distinguido, se huelga en reconocerle su devollsimo capellán. El Autor..
Por vía de prólogo. «Creí que me iba a pasar la vida hablando sólo de feminismo en esta patria de las grandes mujeres», escribió el exquisito poeta Martínez Sierra, cuando vió que, a su requerimiento, comenzaban a hablar de feminismo una porción de señores que tuvieron entre sí sabrosas polémicas, como la de la Pardo Bazán y los hermanos Quintero, y que ya no era él solo quien hablaba y escribía en España acerca de la cuestión feminista. ¡Digo si para entonces habíamos hablado y escrito ya los católicos acerca de feminismo! Como que nada me extrañó que mi ilustre amigo el Canónigo ovetense Sr. Arboleya se incomodase un tanto por la decantada soledad del autor de Canción de Cuna y escribiese en El Carbayón: «Sin meternos ahora, a investigar lo que debe entenderse por feminismo, es indudable que en esa palabreja se incluyen alguna, varias o todas las cosas siguientes: Cultura mayor de la mujer, Acción social de la mujer, Defensa de los derechos de la mujer obrera, Reclamación de determinados derechos políticos de la mujer, simple ciudadana. Bien, pues por medio de escritos sin número, de propagandas orales y de obras de todo género, los católicos como tales, y con carácter de verdadero apostolado, venimos realizando en España, desde hace tiempo, una muy intensa y provechosa labor feminista, que seguramente desconocen, en absoluto, los mismos que ahora dedican, con loable empe-
ño, su atención al feminismo en nuestra patria.» A continuación hablaba de las muchas conferencias feministas que había dado el actual Arzobispo de Valencia Sr. Reig en la Academia Universitaria Católica, de Madrid, de la labor «titánica» de María de Echarri en la prensa y en la creación de su Sindicato de la Inmaculada que tan brillantemente funciona en la Corte, y de otros y otros sindicatos femeninos, sin apenas mentar el de Nuestra Señora de Covadonga, en Oviedo, que me consta fundó él —diríjale hoy quien le dirija— a raíz de unos jugosos artículos que tituló Las Mártires de la Aguja. Y luego se queaba amargamente de que la «gran Prensa» jamás se ocupara en hablar de esa acción feminista desde el campo católico. Y ahí, ahí está el mal: que no tenemos prensa que hable de nuestra acción feminista, y en cambio Martínez Sierra sí la tiene. Los mismos diarios de la extrema derecha rehuyen hablar de todo libro que, sobre acción social, literaria, apologética o científica, publiquen los escritores y pensadores católicos. Es algo raro, casi inexplicable, pero es un hecho de todos los días. Y no hay que enojarse por ver a Martínez Sierra estampando aquel su efusivo «¡Gracias a Dios!», porque, al fin, ya no se veía solo en su noble campaña feminista. De que nuestra labor pase inadvertida, casi en absoluto, para la sociedad, tenemos la culpa los católicos... Después de todo, Martínez Sierra, por sus briosas y persistentes campañas feministas, es muy acreedor a pasar por el abanderado del feminismo en nuestra patria. Yo estoy muy conforme en reconocerle y aclamarle «como el más ardiente defensor del feminismo», según le ha reconocido y aclamado Margarita Nelken, al juzgar en El Día su obra Feminismo, Feminidad, Españolismo. En lo que no estoy conforme con Margarita Nelken es en que, al hablarnos de ese libro de Martínez Sierra, diciéndonos
IX que tiene «capítulos de consejos de una delicadeza y una sensibilidad exquisitas y también de un sentido común admirable», se atreva a enumerarnos esos capítulos comenzando por «Consejos a una linda lectora ► . Es, precisamente, en ese capítulo donde a mí se me antoja que el delicado poeta no anda muy a bien con el sentido coman. Si Margarita se hubiera contentado con enumerar los otros que enumera, sobre todo aquél en que pide a las mujeres «por amor de Dios» que no den limosna a los niños, estaríamos plenamente conformes. Créalo la entonces ilustre cronista de El Día y créalo el insigne poeta: el capitulejo ese «Consejos a una linda lectora», suena más que a defensa, a adulación de la mujer. Y la mujer ha de querer que se la defienda, no que se la adule. ¡Nada de soserías dulzonas como las que estampa Martínez Sierra en el asendereado articulejo! ¡Decir a la mujer, como él le dice: «La Ciencia (así, con letra mayúscula y todo) se ha hecho para la verdad encerrada en el corazón del Universo clama con alaridos porque tú la descubras.. Eres toda cerebro», me parece madrigalear en zonzo, y, sobre todo, cuando uno ve que ese madrigalear lo inspira el afán con que la mujer buscó la ciencia en el Paraíso, no queriendo el goce de la felicidad que allí disfrutaba, sin saber su clave, siquiera vencida por la tentación, hubiese de ir a inquirirla de la misma Serpiente, en tanto que el hombre vagaba muy satisfecho por las frondosidades paradisíacas, nada preocupado de saber, y muy feliz en brazos de su dichosa holganza y de su beatífica pereza. Aparte de que tan bajo discurrir sobre cosas tan altas se me antoja petulancia irreverente, con tufos de pedantería, juzgo equivocado, equivocadísimo, el asignarle a la mujer, casi como coto cerrado, la Ciencia. Y creo un verdadero absurdo el decir de ella que es «toda cerebro». ¡No, por Dios! Si la mujer fuese toda cerebro y sólo de
x desarrollar ese cerebro se cuidase, se atrofiarían en ella todos los demás órganos más propiamente femeninos, y ¡adiós los encantos de la mujer! Concluiría, sin duda ninguna, por desfeminarse, y acaso tuviésemos muchas de esas mujeres americanas, muy cerebrales y muy hombrunas, que, o no se casan, porque culpan a sus instintos naturalmente amorosos, de su esclavitud al hombre, o si se casan, tienen un hijo, a lo sumo, dos, justificando aquella afirmación de Moevius de que «la mujer del porvenir no dará al mundo Muchos hijos, ni tampoco los querrá». ¡Como si la madre no hubiese de ser. siempre madre, y, por consiguiente, siempre amante y amorosa! Ya se verá, capítulo tras capítulo, que yo soy de los partidarios acérrimos de la cultura de la mujer. Reniego del sinnúmero de Crysalos que a mi lado bullen y que, como el de la famosa comedia de Moliére, 'creen de buena fe que el único ideal de las mujeres está en la rueca y en la cocina; y bendigo a Dios al ver cómo se van multiplicando en nuestros días las juiciosas Clitandras, que como la del insigne comediógrafo galo, piden a todo trance «ciartés de tout», ideas claras de todo. Reniego también de los muchos, de los muchísimos que escriben acerca de la mujer, como si tuviesen condensado en los puntos de la pluma un pebete de exquisitas esencias arábigas, pareciéndoles que le vienen cortos de talle todos los encomiásticos adjetivos; pero que, en cuanto se trata de la cultura femenina, la condenan irremisiblemente, afirmando en tono dogmático que les son insufribles las mujeres cultas, las mujeres que saben mucho de arte, de historia, de literatura, de filosofía. .. Esos tales no adoran en la mujer más que una cosa —lo que menos vale en la mujer— la carne. El espíritu de la mujer, tan fino, tan delicado, tan vivificador, como si no existiese. ¡Tropiecen siempre esos tales con mujeres que
xl no sepan más que de cintajos, de cosméticos, de joyas y de garambainas! Yo bendigo a Dios porque cada día son más las mujeres que se preocupan menos de perlas y de brillantes, que de saber y de cultura; porque estoy convencido de que la mayor necesidad de cultura en el hombre impone la necesidad de mayor cultura en la mujer; ya que el ideal social de la mujer será siempre el de integrar al hombre, como el del hombre será siempre el de integrar a la mujer. Pero de ahí a decir que la mujer es toda cerebro y que la Ciencia se ha hecho para ella!. .. Dudo que lleguen a creencia semejante ni aun las más presuntuosas feministas. Y para las que llegar pudieren debió de haber escrito, sin duda, el picante e irónico antifeminista Doctor A. de Neuville aquel su artículo «Las invenciones de la mujer», que recuerdo haber leído no hace muchos años en la «Revue des Revues» y por el cual nos decía su autor que desfilaban todas las grandes mujeres inventoras, la señorita Auerbach con su peine de hacer llegar directamente los líquidos y las esencias al cuero cabelludo; la señorita Koller con su nueva envoltura para cigarrillos preparada con hojas de rosa comprimidas; la señorita Gronwald con su mondadientes aromático y antiséptico, verdadera maravilla para tener siempre sana y blanca la dentadura; la señorita Doré con su aparato para hacer bailar en escena a un perro o a un oso la danza serpentina; la señorita Strümer con su nuevo florero en forma de mariposa, prodigioso substituto de perfumes y de esencias... y que no recuerdo si terminaba con esta exclamación: ¡Oh las maravillosas invenciones que debe el progreso al ardor científico de los moños! .. . ¡Lejos de todo libro feminista español adulaciones y lisonjas que pudiesen llegar a infatuar a nuestras compatriotas, hasta el punto de que hubiese algunas tontuelas
2 P. GRACIANO MARTÍNEZ bre ninguna en lo pasado y era exclusivamente el prurito de la distinción, un mero rasgo de snobismo, una estulticia más, arrojada en el inmenso piélago de las tonterías humanas, o, a lo sumo, una revolución ultraideológica de colegialas y señoritas, amigas de vivir siempre en la rosada región de lo utópico. Quienes tal pensaban no habían leído La Mujer del Porvenir, de Concepción Arenal, de esa insigne gallega, indiscutible gloria del feminismo; ignoraban que, ciento cincuenta años antes que en los Estados Unidos se escribiese libro ninguno feminista, había existido en nuestra patria un tal Feijó, autor del célebre opúsculo titulado Defensa de las Mujeres, y no tenían ni idea remota —¿por qué omitirlo, puesto ya á buscar raigambre feminista en nuestra patria?— de que, en pleno siglo XVI, nuestro gran filósofo Vives se preocupaba ya por la cuestión feminista, habiendo escrito, en latín y todo, De Institutione Christianae Féminae, un gran libro que apareció en Brujas, por el año 1523, y fué inmediatamente traducido al inglés y al alemán, cundiendo en seguida, como el ideal de la educación de la alta mujer cristiana, y que le valió a su autor el entrar, ya el mismo año, en el Palacio de la Corona inglesa, como institutor de la princesa María. Verdad que Vives había dedicado el libro a la reina Catalina, y precisamente para que le sirviese como ideal de educación de su hija la princesa. Un gran libro, he dicho, y no rectifico. Podrá hoy aparecer un tanto retrógrado; -ya que no le falta alguna simpleza, bien que apoyada con mucho apara- 1101 1115 1,10 enseba lectura úle 111 'J 1 11.] ;11
UN POCO DE HISTORIA FEMINISTA 3 to autoritario, que es ya por sí mismo una simpleza. Lo reconozco: perfectamente que para probar qué la mujer ha de aprender a zurcir y a cocinar y hacer todos los menesteres domésticos, cite a San Jerónimo, aconsejando semejantes trabajos a una descendiente de los Escipiones, y aún que nos diga que el tirano y concupiscente Tarquino sorprendió hilando lana a Lucrecia, o que Penélope se pasó los veinte años que duró la ausencia de su esposo Ulises, tejiendo y destejiendo... Mas para demostrar la excelencia de la virginidad no se necesitaba acudir a que hubiesen sido vírgenes Cibeles, Diaria, Minerva y las dos sibilas y las nueve musas... Estaba entonces muy de moda el citar autoridades para demostrar las cosas más sencillas, lo cual le pareció idolátrico a Descartes, quien, para concluir con ello , excogitó su famosa duda metódica, que fué una lástima se llevase a la exageración. Pero todo eso disminuye muy poco el valor inmenso de la obra de Vives, que encierra muy sabias enseñanzas en pro de la mujer, a quien, si le afea la lectura de libros caballerescos, sin otro objeto que el de aguijonear la voluptuosidad —Vives flagelaba las novelaS amorosas, anhelando que estuviesen muy lejos de las manos de las doncellitas y aun reclamando para ello la intervención de la autoridad pública—, le embellece la cultura y el saber, recomendándole el estudio, porque es cosa muy fea la mujer ignorante», apuntándole entre los libros cuya lectura le recómienda nada menos que el tratado De Consolatione Philosophiae de Boecio, para cuyo conocimiento cabal son indispensables estudios filosó-
4 P. GRACIA» MARTENTSZ ficos y aun teológicos. El hecho es que por esa su obra, principalmente, le han llamado los alemanes der Begrínder der neuren Padagogik, el fundador de la nueva Pedagogía, y que, con no ser católicos, ensalzan los grandes pedagogos Lange, Heine y Vichgram la obra feminista de Vives y aun llegan a considerar a su autor «una de las más radiantes apariciones en la historia del espíritu humano• (1). ¿Y no fué un verdadero movimiento feminista español el que se originó entre nosotros, allá por el siglo XV, después que Boccacio, furioso por las repulsas de una mujer, las había envuelto a todas en deshecho vendabal de agudezas y mordeduras, escribiendo su Laberinto d'Amore, que el gran Menéndez Pelayo calificó de «sátira ferocísima, o más bien libelo grosero contra todas las mujeres para vengarse de las esquiveces de una sola»? (2) No es sólo en esa obra donde Boccacio se desata en diatribas contra la mujer: en su Deownerone —las diez novelas dice terminantemente que no hay mujer casta ninguna, o que sólo es casta aquella «la quale o non fu mai da alcun pregata o se pregó, non fu esaudita». Pero las injurias que les inflige a las mujeres en esas diez novelas son flor de cantueso, que diría Sancho Panza, en comparación del modo cómo las florea en el Laberinto..., donde, entre mil lindezas, dice del bello sexo en general, que no se puede decir «quanto questa perversa moltitudine sia golosa, ritrosa, ambiziosa l invidiosa, aceidiosa, iracunda e delira»... (1) Die Fr q uenfrage..., P. Ildssler..., págs. 329 y 331. (2) Libro da lasVirti4OSOLS e Claras Mupres, de D Alvaro de Luna.— Advertencia preliminar, p. Vil. 9
UN POCO DE 1128TORIA rifiblIMSTA 5 Pues bien: aquellas ínclitas damas españolas que suplicaron a Juan de Mena diese en nombre de ellas las gracias al condestable D. Alvaro de Luna por el substancioso Libro de las Virtuosas e Claras Mujeres, en que las vindicaba, indirectamente, de los anatemas del escritor italiano, «é contra aquellos que siniestras cosas contra ellas non se avergüenzan nin dudan de decir», ¿no simbolizaban ya como un alboreo de la cuestión feminista? Como que hubo por entonces en España una verdadera batalla entre feministas y misóginos, en la cual, aunque los amantes del bello sexo lucharon estrenuamente, escribiendo libros que tuvieron, por aquellas calendas, no escasa resonancia, como el ya citado del condestable de Castilla, y como el Triunfo de las Donas, del franciscano gallego Juan Rodríguez del Padrón, no puede ponerse en duda que llevaron la mejor parte los denigradores de la mujer, entre los cuales descolló con su Corbacho o Reprobación del Amor mundano, el Arcipreste de Talavera, Alfonso Martínez, a quien tiene Menéndez Pelayo por «el más genial, pintoresco y cáustico de los prosistas anteriores al autor de la maravillosa Celestina ' (1). (1) No estará de más advertir que ya mucho antes del Laberinto d'Amore, de Baccacio, dos siglos antes, habla ya varios libros antifeministas en España, como el Libro de los Assayamientos e Engannos de las mogieres, que hizo el Infante D. Fadrique, en tiempo del Rey Sabio, traduciendo y arreglando una serie de cuentos varios. Sin embargo, el antifeminismo español fué siempre más de forma que de fondo, como el antifeminismo de Quevedo, que en la Casa de los locos de amor, habla de un sabio que afirmaba que «cuando vió una mujer buena,
6 P. GRACIANO MARTÍNEZ Y lo que digo, respecto de la cuestión feminista en España, se puede decir con más justicia de Francia, donde, aun descontando el movimiento feminista de (las preciosas ► , que se cuidó casi únicamente de brillar en los campos de la literatura, había una tradición feminista sostenida y espléndida. Sin necesidad de parar mientes en un tal Poulain de la Barre, que, en el siglo XVII, escribió un libro estrambótico, Discours phisique et moral sur l'égalité des deux sexes, libro inconsiderado, en que no sólo se defendía la igualdad absoluta de los sexos, sino que se ponía a la mujer muy por encima del hombre, hasta el punto que, andando el tiempo, el propio autor juzgó conveniente rectificar en gran parte sus asfixiadores sahumerios en loor de la mujer, ya en Francia, en plena décimosexta centuria, se agitó calurosamente la cuestión feminista, pues se exacerbaba la nota de hostilidad contra el hombre, creyéndose sin duda que de ese modo se defendía mejor a la mujer. La señorita Gournay, hija adoptiva de todo un Montaigne, a quien amaba con ternura verdaderamente filial, y que tenía a gala el verse rodeada de todos los hombres insignes de entonces, a quienes recibía afectuosamente en su casa el primero de aquellos salones literarios que habían de tener su gloriosa apoteosis en el de la marquesa de Rambouillet—, manifestóse ya su tantillo radical defendiendo fué cuando la vió ahorcada de un árbol de manzanas, porque le pareció entonces buena fruta, y que pagaba bien, y en bre- ve, el mal que tanto tiempo tenemos», y de quien se sabe era galantísimo y aun más que galantísimo con las mujeres.
UN POCO DE HISTORIA FEMINISTA 7 la igualdad de derechos del hombre y de la mujer. Y a la señorita de Gournay no tardó en hacerle coro nada menos que la esposa de Enrique IV, Margarita de Valois, con un ensayo literario en que se esforzaba en demostrar la superioridad de la inteligencia de la mujer, razón por la cual bierL las podríamos llamar las primeras feministas radicales francesas... Pero aun tiene 'otra gloria más antigua, y nada discutible, el feminismo francés: Cristina de Pisán, que escribió a fines del siglo XIV o a principios del XV su obra Le Trésor de la Cité des dames, a la cual siguió otra producción en loor de Juana de Arco, a quien ensalza con fervorosa admiración y con entusiasmo de poetisa, pues poetisa era esta insigne mujer. En su Tesoro se ostenta corno una gran moralista, que veía las cosas cual más tarde habían de verlas sus conterráneos Bossuet y Fenelón; se declaraba partidaria de más concienzuda educación de la mujer, que partiese, eso sí, como de raíz principal y primera, del santo temor de Dios. Hasta con las damas de Palacio se atreve, diciéndoles, impávida, que se le antoja censurable el querer ser nobles sólo por la sangre y no también por las grandes acciones y las heroicas virtudes, que son las que constituyen la verdadera nobleza. En ese Tesoro, donde, según el gusto de aquellos tiempos a los simbolismos, aparecen hablando las tres hijas de Dios, Razón, Rectitud y Justiciá, hay enseñanzas hermosas, no solamente para las reinas y princesas, señoras y señoritas, sino también para las esposas de los obreros. A todas enseña e ilustra con el buen sea-
8 P. GRACIANO MARTÍNEZ tido de una pedagoga consumada y que supiese al dedillo las Escrituras y los Santos Padres. Véase cómo con cuatro especies de erudición barata se demuestra que el origen del feminismo se pierde en la noche de los tiempos. Y eso que no menté siquiera el victorioso movimiento feminista, bien que por tortuosas sendas dirigido, de aquellas patricias romanas que, al ver a la mujer tan desconceptuada y prostituida, obtuvieron hasta leyes senatoriales en que se les reconocían a veces excesivos derechos contra los cuales insurgía el propio Catón, y a quien combatió Lucio Valerio ponderando el gallardísimo papel de la primitiva mujer romana: «Ved en vuestra historia —le decía— la frecuente intervención de las mujeres, y siempre la encontraréis en pro de la República: desde los primeros tiempos, desde el reinado de Rómulo, después de la toma del Capitolio por los Sabinos, cuando aún se batallaba en medio del Foro, ¿no son las matronas quienes, confundiéndose entre los combatientes, han puesto fin a la lucha? Después de la expulsión de los reyes, cuando los Volscos, conducidos por Coriolano, habían colocado su campo a cinco millas da Roma, ¿no son ellas aún quienes desarman al enemigo dispues- to a destruir la ciudad? Cuando Roma fué tomada por los Galos, ¿cuál fué el oro que la rescató? El que todas las mujeres dieron voluntariamente al Estado» (1). Y aun podría remontarse el feminismo mucho más arriba en la historia del mundo: a aquellas mujeres (1) Vid. Tito Livio; XXXIV, cap. 5 y 6.
UN POCO DE HISTORIA FEMINISTA 9 germanas que actuaban de prefeministas sin darse de ello cuenta, cuando eran admitidas a deliberar en los asuntos guerreros y religiosos, juntamente con los hombres, siendo sacerdotisas, y a menudo hasta oráculos, como aquella Veleda de quien Tácito se deshace en elogios. Y más arriba aún: a aquellas druidesas, que solían ser nueve jóvenes de las más esbeltas y hermosas, escogidas en las diversas tribus druídicas, y que estaban encargadas de los sacrificios del templo en honor de Teud, su Dios, y que tenían el derecho de veto en las asambleas de los sacerdotes y de los primates del pueblo, cuando se trataba de declarar la guerra o la paz. Fueron ellas las que concluyeron con los sacrificios humanos: cuando ya estaba la víctima sobre el ara en que se la iba a inmolar, bastaba que apareciesen ellas, vestidas con sus largas túnicas blancas, sujetas a . la cintura con argollas de oro, ceñida la frente con el sagrado muérdago, y en la mano la clásica áurea segur, para que se dejase la consumación del sacrifido. ¡Y qué hermoso sería verlas luego desatar a las víctimas y ponerlas en libertad! ... Pero huelga escudriñar la antigüedad del feminismo: se remonta al mismo edén, pudiéndose muy justamente decir que el primer feminista fué Dios cuando, diciendo que no era bueno que estuviese el hombre solo, y poniéndose corno a soñar su última creación, o, por mejor decir, el toque final con que había de coronar su divina obra, ideó y creó a la mujer, dándosela al hombre, no por esclava, sino por dulce compañera.
10 P. GRACIANO MARTNIZ Aun ateniéndonos al carácter bélico de la contienda feminista contemporánea, no se puede hacer a los norteamericanos creadores del feminismo. Antes, mucho antes de que se pudiese llamar al feminismo una cosa «fin de siécle», pues aún estaba muy lejano de sus postrimerías el gran «siglo de la luz», cantado humorísticamente por Bretón de los Herreros; y antes de que se publicase en los Estados Unidos The Woman's Journal, periódico dedicado a la propaganda de ideas feministas; y antes aún de que se celebrase en Seneca Falls —Estado de Nueva York— aquella «Woman's Rights Convention» —era por el mes de julio de 1848 —, y que fué pomposamente bautizada con el nombre de «Natividad de la emancipación de la mujer» por las asambleístas que a ella asistieron, y que se denominaron a sí mismas «Las Hijas de la Revolución» y llevaron sus estultos radicalismos a pedir idénticos derechos que el hombre en el matrimonio, en el Municipio, en el Estado, en la política y aun en la Iglesia, ya se publicó en Francia, allá por el año 1836, la Gazette des Femmes, en que ya se libraban campañas por los derechos políticos femeninos. Y mucho antes aún, en plena Revolución francesa, y casi al mismo tiempo que se redactaban los Derechos del Hombre, había ya mujeres en Francia muy atareadas en redactar los Derechos de la Mujer, y que defendían con tal ardor esos derechos, que, por su defensa, no titubearon en entregar su cabeza a la guillotina. Sí; en el sentido revolucionario que hoy tiene el feminismo, puede decirse que nació como un retoño de la Revolución francesa, por más que la palabre-
UN POCO DE HISTORIA FEMINISTA 11 ja, hoy tan resobada, no se hubiese empleado hasta que no hubo venido a inventarla Dumas, hijo. Cuéntese, como cuentan algunos, por padre del feminismo, al abate Fauchet, sacerdote jacobino, que, durante los más agitados días de la Revolución, creó ya su periódico defensor de los derechos de las mujeres, que llevaba por título La Boca de Hierro, y en cuyas columnas rompió su fundador lanza tras lanza en defensa del bello sexo, o cuéntese, como quieren otros, por legítimo padre de la criatura, al sociólogo Condorcet, que, por entonces también, luchó como bueno en pro de los derechos de la mujer, sentando la igualdad de los sexos y aseverando que del reconocimiento de esa igualdad dependían, en gran parte, el bienestar y la dicha de las sociedades, lo cierto es que los primeros chispazos de la actual revolución feminista estallaron entonces, cuando Olimpia de Gouges fundaba L'Impatient y Rosa La.combe creaba su Sociedad de «Mujeres republicanas y revolucionarias», y hasta las calceteras --¡lástima que lo hicieran con tan ruin espíritu!— salían a defender los derechos políticos de la mujer, promoviendo agitaciones populares que la misma Convención se viS obligada a reprimir, atando muy corto a las demagogas, prohibiéndoles reunirse en número mayor de cinco, y conminándolas con la guillotina. Sí; los verdaderos y sólidos cimientos del feminismo político se echaron entonces, y quien, en cierto modo, los consagró, pues los bañó con su sangre, fué Olimpia de Gouges cuando, a la Declaración de los Derechos del Hombre, replicaba con su Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana,
18 P. GRACIANO MARTÍNEZ No han sido sólo estas circunstancias de arrojar a la mujer en medio de la lucha por la vida las que exornaron al feminismo con tonalidades de revolución: el canónigo italiano, Juan Rosign9li, piensa muy justamente cuando dice que, además de las causas económicas, han influido en la exacerbación del feminismo la ideología vaga de los enciclopedistas y de los jacobinos proclamando la estricta igualdad de todos los hombres, la irreligión que tanto va cundiendo por doquiera, y la instrucción misma de la mujer (1). Es indudable que la crisis Moral y religiosa causada por la divulgación enorme del periódico y del libro llevando por doquier el desenfreno del amor al lujo y al deleite, despertando facultades dormidas y sembrando a granel ideas nuevas, ha colaborado en la volcanización del feminismo. Sin embargo, yo creo que la causa más eficiente del movimiento feminista contemporáneo ha sido la cultura social que ha ido clarificando más y más la equidad y la justicia, haciendo ver lo inicuo de la situación en que se obligaba y se obliga a vegetar a la mujer, casi sin derecho a vivir la vida de la inteligencia y del corazón, cultura que intensificaron muchísimo las campañas feministas de Stuart Mill, a quien algunos autores no han titubeado en llamar el «verdadero redentor de la mujer». No recuerdo qué escritor galo dijo, por cierto muy ligeramente, que habiendo el género humano perdido sus títulos de humanidad, Montesquieu los había encontrado y se los ha- (1) La familia, el trabajo y la propiedad en el Estado moderno, obra traducida del italiano por D. Damián Lsern, p. 80. y sig.
UN POCO DR HISTORIA FEMINISTA 19 bía devuelto. Y algunos escritores, para glorificar a Stuart Mill, vienen a decir que este insigne hombre ha encontrado los títulos de humanidad que había perdido la mujer. ¡Como si allá, en Galilea no hubiese resonado, hace ya veinte siglos, la voz de Jesús, saliendo, aguerrida, por los fueros sagrados de la mujer, aunque fuese pecadora y adúltera!.. ¡Si ni siquiera en Inglaterra se le puede reconocer a Stuart Mill como el primer campeón feminista! Aparte de que fué su esposa, Enriqueta Hardy, caada en primeras nupcias con el droguero Juan Tay - lor, una mujer muy culta, y a menudo de buen consejo, la inspiradora de toda su obra feminista, según el propio Stuart Mill confiesa noblemente al dedicarle una de sus más celebradas obras —Libertad—, declarándola su colaboradora espiritual y aun a veces material, antes, mucho antes, había habido en Inglaterra quienes alzaron la voz demandando para la mujer los mismos derechos que para el hombre, entre otros Guillermo Thonson, discípulo del fundador de la filosofía empírica, Jeremías Benthan . Ya en 1825, había publicado Thonson en Londres, un vibrante alegato en defensa de los derechos de la mujer que llevaba este kilométrico título: Appeal of One Half of the Human Race, Women, against the Pretensions of the Other Half, Men, to retain, them in Political and then in Civil and Domestic Slavery. Y en los mismos días de la Revolución francesa, luchó juntamente con el sociólogo Condorcet por la reivindicación de los derechos políticos y civiles de la mujer, una señora inglesa, María Wollstonecraft que escribió varias cosas, entre otras, una diserta-
111 O' /1 ida 20 P. GRACIANO MARTÍNEZ ción que tituló A Vindication of the Rights of Women ItY que dedicó a Talleyrand, y de cuyas páginas no sale 10, nada bien parada la moralidad de las mujeres francesas de entonces. No era ella la llamada a vituperarlas y ensombrecerlas; ya que en su librito, aparte de los excesivos entusiasmos por la Revolución que, al decir de ella, venía a poner por los suelos «el derecho divino de los maridos» y «el derecho divino de los reyes», defendía calurosamente principios y teorías que no se pueden defender, cosa bien poco extraña, si se tiene en cuenta que se había casado en segundas nupcias con el incredulote Guillermo Godwin, que defendía descaradamente que el matrimonio debía substituirse a todo trance por el amor libre. De no haber afeado sus páginas con tales pecadazos, hubiera resultado su librito una de las más graciosas 5 refutaciones de las teorías feministas de Rousseau que quería hacer de la mujer una esclava perpetua, una eterna odalisca dedicada a espolear y a satisfacer la voluptuosidad del hombre. Además que ni siquiera fué a raíz de las campañas de Stuart Mill, cuando el feminismo adquirió en Inglaterra caracteres bélicos, pues ya los tenía desde mediados de siglo, desde que Miss Biggs, juntamente o con otras amigas de sentimientos y de ideas, había fundado el Englishwoman's Journal que comenzó a publicarse en el año 1858. No es que yo trate de aminorar y deslucir la gran labor feminista de Stuart Mill. La reconozco y, en gran parte, la aplaudo. Pero no quiero que se le consagre apóstol único de la mujer, y sobre todo, que pasen como oro de buena ley las mil inexactitudes
UN , POCO DE HISTORIA FEMINISTA 21 que hierven en su libro The Subjection of Women, y que son precisamente lo que anhelan convertir en dogmas sus irreflexivos admiradores feministas. Esa su más celebrada obra que tradujo a nuestro idioma la Pardo Bazán con el título de La Esclavitud femenina , pensando, sin duda, muy atinadamente, que la traducción literal La Sujeción de las Mujeres, no respondía al pensamiento del autor que llega a decir que la mujer es más esclava que los mismos esclavos, pues siquiera vivan más consideradas, no hay ningún esclavo, «cuya esclavitud llegue a los límites que toca la de la mujer», es una fervorosa apología del bello sexo; pero que está plagada de errores, y no hay por qué glorificar a su autor por esos errores precisamente. El mismo pensamiento capital que la informa es ya un error: la emancipación de la mujer, he ahí el ideal por que se aboga calurosamente en las páginas de ese libro. Y ello suena por lo menos a impropio. Emancipación, según el propio significado etimológico, es el tránsito de un esclavo al estado de libertad, dejando de ser cosa para ser persona. Y es claro que la mujer ya no es cosa, ni por asomos, en nuestro tiempo, como lo era antes del cristianismo. Después que las auras civilizadoras del Calvario han girado como brisas paradisíacas por el mundo, decir que la mujer es una :osa, sería pecar de ingratitud contra las doctrinas de Jesucristo que son las que la han emancipado de su ignominiosa esclavitud antigua. Lo dijo muy concisa y netamente Concepción Arenal: «La mujer pudo creerse doblemente redimida por el que
22 P. GRACIANO MARTINEZ murió en la cruz» (1). No se puede, por tanto, clamar por el abolicionismo de la esclavitud femenina, como, aun ayer, se clamaba justísimamente por el abolicionismo de la esclavitud de la pobre raza negra, cuya redención —permítaseme decirlo aquí, siquiera sea a modo de paréntesis— es gloria inmarcesible del bello sexo, pues más que al gran presidente de la República de los Estados Unidos, Lincoln, fué debida a la bella obra de la señorita Beecher Stowe que tan admirablemente supo pintar los horrores de la esclavitud en su inmortal libro La Cabaña del tío Tom. .. Más economista que filósofo, y más filósofo que moralista, Stuart Mill discurría a menudo demasiado abstractamente, sin darse cata de que su método demasiado abstracto le conducía manifiestamente al error, y aun a la ceguedad completa. Es un espíritu razonador que piensa por cuenta propia —cuando no pensaba por cuenta de su mujer— y que da a menudo con luminosas y fecundas verdades; pero que descuida la reflexión moral y que no ve, o ve sin extrañeza, cosa aun peor, que sus ideas colindan con el socialismo y con el comunismo, y aun se introducen por sus jurisdicciones y sus veredas. Por falta de esa reflexión moral llegó a negar las diferencias naturales de sexo, pretendiendo no ver en ellas sino diferencias convencionales, hijas de la diversidad de educación. Hasta la superioridad muscular del hombre sobre la mujer pretende que no es (1) La mujer del porvenir, p. 85.
UN POCO DE HISTORIA FEMINISTA 23 más que simple consecuencia de la diversidad de educación. En su alucinamiento de proclamarse precursor de una humanidad futura, regida por una carta magna de estricta igualdad de derechos políticos y civiles entre el hombre y la mujer, según las exigencias de la razón y de la justicia, llegó a atisbar en la concesión, que se le hace a la mujer, de ser menos inmoral que el hombre, algo así como menoscabo de su altura intelectual, y rechazaba, indignado, semejante concesión. Alude a lo que cantan las estadísticas que registran muchos menos crímenes en la mujer que en el hombre, y eso mismo no le sabe a elogio sino a depresión de la inteligencia femenina llegando a decir que elogiar por eso a la mujer valdría tanto como elogiar al esclavo, porque no perpetraba los crímenes que, siendo libre, hubiera podido perpetrar. Désele a la mujer la misma libertad que al hombre, y rivalizará con el hombre en los mismos crímenes. ¡Extraño elogio el que juzga tributar el insigne economista a la mujer negándole tenga más corazón que el hombre y más piedad, y más espíritu de sufrimiento y de sacrificio, y más constancia en el amor, y más resignación en los dolores, y más caridad para con las desgracias ajenas! A todos esos elogios que no hay nadie que niegue al bello sexo, los llama Stuart Mill «panegírico tonto de la naturaleza moral de la mujer». ¡Hasta dónde lleva algunas veces la pasión desmedida a los grandes talentos! Después de todo esto nada extraño que Stuart Mill llegue a la ceguedad de combatir el matrimonio, calificándole de «única esclavitud real reconocida
24 P. GRACÍANO MARTÍNEZ por las leyes), y que le combata precisamente por la obligación de obedecer que se impone a la esposa, como si esa condición de obediencia significase la licitud del despotismo en el marido que jamás podrá traspasar los límites de la ley moral y religiosa. gEs que la sumisión del hombre a sus gobernantes, a sus autoridades, implica inferioridad humana de algún linaje, en el súbdito? Pues tampoco la sumisión de la mujer al hombre, en el hogar, implica inferioridad humana de ninguna especie, en la esposa. Una y otra sumisión son exigencia que imponen en un caso el orden de la sociedad, y en otro el orden de la familia. Muy en pugna con el buen sentido de la realidad andaba el gran economista al acusar al matrimonio de servidumbre de la mujer, sin advertir lo mucho que la mujer anhela generalmente esa dichosa servidumbre. ¿Recibiría esa inspiración Stuart Mill de su mujer, cuando aun no era su mujer propiamente dicha? Porque yo sospecho que muchas de las ridiculeces y extravagancias de nuestro hombre debió habérselas inspirado Enriqueta Hardy, durante sus amorosas relaciones con él, y cuando aún era esposa del pobre droguero... Y así se explica muy bien que el insigne economista defendiese el divorcio siempre que fuese a requerimiento de la mujer, teniendo por muy natural que vagase, de amo en amo, hasta que diese con uno que le hiciese llevadera la esclavitud, lo cual, en el fondo, no es más que defender el amor libre. Tan volado debía de andar a veces Stuart Mill, al escribir este libro, que llegaba a forjarse la ilusión de que era el primero que establecía la igualdad inte-
UN POCO DE HISTORIA FEMINISTA 25 lectual del hombre y de la mujer, cuando ya en los siglos XVI y XVII habían aparecido numerosas producciones de hombres y de mujeres, poniendo a la mujer, en todo, muy por encima del hombre, corno la señorita de Gournay y la reina Margarita y Poulain de la Barre, por no citar más que nombres que ya conocemos. Pero basta ya de episodio crítico de un libro en que tan bizarramente se ha luchado por demostrar que en nada razonable se podía fundamentar la detentación de los derechos naturales, civiles y políticos de la mujer, pues no era mi intento el restarle los méritos justos que tiene, sino sólo advertir que no se halla exenta de peligros su lectura, si no se está debidamente preparado para ella; hacer ver que pululan en sus páginas las ligerezas y las falsedades, y que, si se le puede juzgar de sonoro grito de reivindicación feminista, no se le puede, de ningún modo, erigir en una especie de evangelio para uso de las mujeres, que es lo que pretenden ciertos feministas exaltados. Creo haber sintetizado bastante claramente las causas principales del actual movimiento feminista. Las llamo principales, porque, sin duda, hay algunas otras secundarias, por más que ciertos escritores las hayan como únicas conceptuado y aducido. Así, por ejemplo, la simpática Laura Marholm, una moderadísima feminista alemana, cree que el actual desencadenamiento feminista no fué de origen económico, sino puramente literario. A juicio de Laura el malestar económico no fué más que el pretexto. El afán de brillar en los cielos de las letras, he ahí
26 P. GRACIANO MARTÍNEZ toda la etiología del femenismo, según la insigne feminista alemana. Y afín a este modo de pensar es el y 1 de los que creen que el actual feminismo no es más 1, 4i, que un gran movimiento de vanidad mujeril. Pero hayan sido éstas o las otras las causas más influyentes en el feminismo, lo cierto es que se ha constituído en el más candente problema del momento, en un problema cuya solución se impone urgentemente, sin dilación de ningún linaje, y que no se resuelve como intenta resolverle la ignorancia: burlándose de él, queriendo condenarle al ridículo y al desprecio; ni como intenta resolverle la impiedad: queriendo enloquecer al bello sexo a fuerza de radicalismos e inmoralidades. y empujarle al anarquismo y al incendio... Yo voy a intentar, si no resolverle —¡quién tuviera poder para tanto!---, por lo menos estudiarle en sus aspectos múltiples, y siempre a la claridad iluminadora de las doctrinas de la Cruz, en tanto esas doctrinas puedan destellar sobre él algún destello esclarecedor. Porque ha de saberse que la Iglesia nada ha dicho y nada habrá de decir, probablemente, sobre la mayor parte de las cuestiones que constituyen el magno problema feminista. Se trata, pues, de cosas sobre las cuales deja que se piense libérrimamente. Y yo quizá pueda estar equivocado en muchas de las cosas que haya de decir; pero desde luego quiero hacer constar que no he de emitir idea ninguna que no sea sugerida por mi conciencia, y después de un maduro y tenaz examen. Es claro que yo he de estar muy lejos de poder agradar —y de ello me lisonjeo muy complacido —
UN POCO DE HISTORIA FEMINISTA 27 a las feministas rabiosas que hablan en sus escritos y en sus peroratas de mitin contra la autocracia del padre y del cónyuge, proclamando llegado ya el instante de acabar con la reducida prisión de Estado que se ha venido llamando hasta ahora el hogar. ¡Oh el bello ángel femenino cargado de cadenas por el demonio del hombre, que viene haciéndolas pesar, onerosísimas, ha ya siglos y siglos! Esas feministas exaltadas a quienes llamó con mucha gracia la espiritual Laura Marholm «el sexo neutro» (1), porque ni son hombres ni mujeres, serán siempre las más acérrimas enemigas del triunfo del feminismo sensato. Las justísimas reclamaciones de la mujer no se abren paso franco en la sociedad, porque las demasías feministas irracionales se lo obstruyen a cada instante con verdaderos muros de insensateces y de aberraciones. Y esas aberraciones e insensateces son las tempestades furiosas que amenazan hundir en el abismo la débil barquichuela en que navega pidiendo mar libre la justicia. Pero no la hundirán... (1) Das Buda dar Frauen, p. 126. Pb )'
34 P. GRACIAN O MARTÍNEZ ¿Qué maravilla, después de todo esto, que preconice la poligamia? Pero todas estas atrocidades de Schopenhauer que trinaba contra la «dama europea», definiéndola «monstruo, producto de la majadería humana, máquina de gastar dinero», se refutan de plano con esta sola frase que escribió en sus postrimerías: « en previsión de mi muerte, quiero confesar que desprecio a la nación alemana por su necedad infinita, y que me avergüenzo de pertenecer a ella.» ¡Avergonzarse de pertenecer a su patria, y siendo y todo Alemania! ¡Muy bien que fuese tan rabioso antífeminista! Su misogenismo estaba a la altura de la perturbación cerebral de Proudhón cuando afirmaba que la mujer es en todas las cosas inferior al hombre, y cuando, tratando de inquirir matemáticamente—claro que con matemáticas proudhonianas—la influencia respectiva de la mujer y del hombre en la sociedad, llegaba al descubrimiento de que estaban en la proporción de 8 a 27, y cuando rayaba en plena grosería definiendo a la mujer «un diminutif d'homme, une sorte de moyen terne entre lui et le reste du regne animal» (1). ¡Cuánta ridiculez en aquel hombre que anhelaba aparecer como el emancipador de todo, menos del sexo femenino que ansiaba se viese siempre esclavo! Fué en la pasada centuria cuando las ridiculeces antifeministas más se in t ensificaron, cuando se qui- (1) La Pornocratie... p 269. Prondhón, antifeminista antes que Schopenhauer, lo fué aún más rabioso que Schopenhauer. No hay más que dar un vistazo a su póstumo libro polémico titulado: Pornocratie ou la Femme dans les temes modernos.
LAS EXAGERACIONES ANTIFEMINISTAS 35 so justificar la situación de irritante inferioridad en que se tiene al sexo femenino, basándola en la inferioridad psíquica de la mujer con respecto al hom• bre, como si la cacareada inferioridad psíquica fuese mas que una fábula milesia. Pero la inferioridad psíquica de la mujer, con respecto al hombre, dicen muchos, la prueba cabalmente la frenología demostrando que la cantidad de masa cerebral es mayor en el hombre que en la mujer. Y, efectivamente, las investigaciones fisiológicas de los naturalistas parecen haber puesto en evidencia que el cerebro femenino es de ciento treinta a ciento cincuenta gramos menos pesado que el masculino. Pero, ¿se deduce de ahí que naturalmente tenga la mujer menos inteligencia que el hombre? ¿Por ventura no se ha evidenciado también que hombres de poco peso cerebral han tenido mucho más talento que otros hombres en quienes el peso cerebral era mucho mayor? Yo creo firmemente que del mayor peso de la masa cerebral no puede deducirse superioridad espiritual ninguna, y que sólo los empedernidos materialistas, cuya filosofía no alcanza a descubrir el alma dentro del humano organismo, sentando como dogma que lo que nosotros llamamos alma, no es más que el conjunto de fenómenos del cerebro y del sistema 'nervioso, pueden afirmar que la superioridad espiritual dependa del mayor o menor peso de la masa encefálica. Además de que, con relación a la magnitud del cuerpo, se ha observado que pesa menos, de ordinario, el cerebro del hombre que el de la mujer, ya hoy se ríe todo el mundo de los die-
36 P. GRACIANO MARTÍNEZ tados de la frenología (1). ¡Se ha visto a tantos hombres de cabeza grande y de enorme masa encefálica, poco menos que rayanos en la tontera y en la imbecilidad! Una mirada discreta al círculo de nuestras mismas relaciones nos demostraría con luz meridiana que no son las cabezas más grandes las cabezas más despiertas. Si tuviese fundamento esa teoría, ciertos hombres de cabeza monstruosa debían ser unos genios, y a menudo vemos que podrían pasar muy bien por unos seres perfectamente cucurbitáceos. La capacidad craneana está en relación con el encéfalo, según la generalidad de los fisiólogos, y por tanto, a mayor cráneo, mayor encéfalo; y, como, según la teoría ésta, a mayor encéfalo, mayor fuer za intelectual, los hombres de las cavernas prehistóricas que tenían el cráneo mayor que los europeos, ¡qué geniazos debían ser, a pesar de no tener concepto, ni de cómo podría fabricarse una casa! A mí se me antojan ridiculeces materialistas andar pesando cerebros, como si fueran artículos de tienda de comestibles, para ver de probar la proporción de la intensidad espiritual con la masa encefálica. Habíamos de tener una balanza exquisitamente sensible para poder apreciar el peso, no de la masa encefálica, sino de la misma inteligencia de (1) Es inferior en peso el cerebro femenino al masculino, pero es un hecho confirmado por los anatomistas, que, proporcionalmente a la magnitud del cuerpo, pesa más el cerebro de la mujer que el del hombre. El cerebro femenino se desarrolla más aprisa que el masculino, de suerte que el peso máximo del cerebro lo alcanza la mujer entre los veinte y los , treinta años, y el hombre entre los treinta y los cuarenta.
LAS EXAGERACIONES ANTIFEMINISTAS 37 un Benavente y de una Pardo Bazán, y todavía el problema quedaría insoluble. ¿Alienta, por ventura, en cada hombre un Benavente y en cada mujer una Pardo Bazán? Repito que se me antojan ridiculeces materialistas querer averiguar por medio de discusiones tontas quién tiene más talento, si el hombre o la mujer. La intensidad espiritual es algo que radica en el alma, y el alma está, según los sanos principios escolásticos, difundida por todas y cada una de las partes del cuerpo. Y si bien decimos que en el cerebro, especialísimamente, tiene - su asiento la razón, no hay motivo ninguno para materializarla y graduarla de mayor a menor, según la magnitud de la masa cerebral. Yo —y pese al mismísimo Huarte que, en el Proemio al lector de su Examen de ingenios, dice «que la natural contextura del cerebro de la mujer no es capaz de mucho ingenio ni de mucha sabiduría»— tengo por cuasi dogmáticas estas palabras con que la insigne autora de La Mujer del Porvenir da fin a su lúcida y palmaria refutación de las apreciaciones de Gall, acerca de la inferioridad intelectual de la mujer, en su obra Physiologie du cerveau: «ni el estudio de la fisiología del cerebro, ni la observación de lo que pasa en el mundo, autorizan para afirmar que la inferioridad intelectual de la mujer sea orgánica; porque no existe donde los sexos están igualmente sin educar, ni empieza en las clases educadas, sino donde empieza la diferencia de educación» (1). (1) La Mujer del Porvenir, p. 24.
P. GRACIANO MARTÍNEZ Quede, pues, como un hecho indubitable que del absoluto o relativo mayor peso del cerebro no se puede inferir ninguna superioridad espiritual de un sexo sobre el otro. Semejante deducción, como dice muy bien el P. Rüssler, solamente la puede hacer «el craso materialista que identifica el cerebro y el espíritu humano, y que considera el pensamiento como un producto químico del cerebro» (1). Dejemos para Gall el decir que a mayor cabeza corresponda talento mayor, siquiera lo intente probar con los sombrereros parisienses que le aseguraban que, en general, los vástagos de familias cultas y ciudadanas requerían sombreros mayores que los aldeanos y los puebler - inos. ¡Digo yo si necesitarían sombreros grandes los igorrotes de las rancherías del Quiangan para sus descomunales cabezotas!... A la educación, y nada más que a la educación diferente, ha sido debida hasta ahora la superioridad intelectual que se ha observado en el hombre. La igualdad del talento masculino y femenino, ya hoy reconocida por eminentes antropólogos, se demuestra con sencillos hechos de observación. En los primeros pasos por los caminos de la existencia, cuando la educación de los niños de uno y otro sexo es perfectamente igual, es cosa observada de todos los días que no se advierte inferioridad ninguna de (1) Dio Frauenfrage, p. 24. Para los materialistas q ue niegan la diferencia esencial del cuerpo y del alma; que llaman alma los fenómenos y actividades del cerebro y del sistema nervioso, no debe ni existir siquiera la cuestión de si hay o no diferencias entre el alma del hombre y la de la mujer. No admitiendo el alma, ya está dicho todo: no pueden existir diferencias anímicas.
LAS EXAGERACIONES ANTIFEMINISTAS 39 la niña, respecto del niño. Más aún: es un hecho palpable que si se hubiera de consingar alguna ventaja entre. los tiernos seres, tendría que ser la agraciada la niña. Ella aprende a hablar antes que el niño, y, a los mismos años, desde luego se nota que las niñas son de más penetración que los niños, más avispadas, más agudas y más discretas. La superioridad del hombre comienza allí donde comienza la distinta educación, cuando al niño se le adiestra para hombre, sometiéndole a labores que ensanchan sus facultades psíquicas, a gimnasias y luchas que robustecen su voluntad y agrandan su inteligencia y su imaginación; que es cuando suele dedicarse a la niña a ser un adorno de la sociedad, pero un adorno poco menos que fútil, una cosa cuya más alta misión ha de consistir en complacer y agradar: en realizar el ideal único de la mujer en esta vida, según las teorías de Rousseau, celui de plaire homme. Que la inteligencia, lo mismo que la memoria, lo mismo que la imaginación, lo mismo que la voluntad , se intensifica y perfecciona por medio de un ejercicio prudente y calculado, no puede ya hoy haber hombre docto que lo niegue; pues es un hecho elevado a verdadero axioma por la psicología experimental. Las leyes biológicas son generalísimas y lo mismo rigen en el orden intelectual que en el fisiológico. La inteligencia necesita de nutrición y de gimnasia ? de igual modo que las necesitan los órganos, para desarrollarse fuertes y robustos. ¿Y qué gimnasia y qué nutrición ha tenido hasta nuestro tiempo la inteligencia de la mujer, para exigirle el
40 P. GRACIANO MARTÍNEZ mismo desarrollo y la misma fuerza que a la inteligencia del hombre? No es que sea un axioma científico la celebrada frase de Lamark: «la función crea el órgano»; pero, ¿quién duda que, si no le crea, le intensifica y perfecciona? La atrofia de un órgano no es la mayor parte de las veces más que producto de la inactividad. Sabido es que los bíceps de la mujer, en general, no son tan recios y tan robustos como los del hombre; porque el organismo femenino no exige para su perfección la misma fuerza muscular que el organismo masculino. Y por eso se dice, y con razón, que la mujer es más débil que el hombre, muscularmente. Y, sin embargo, en ciertos países, donde la mujer se da a los sports con el mismo entusiasmo que el hombre, muchas veces le iguala y aun llega a vencerle en los más duros y pesados ejercicios. Y entre las aldeanas de nuestros campos abundan las mujeres que, debido a las rudas faenas agrícolas, tienen en sus músculos la fuerza de verdaderos gañanes... De suerte que está mandado recoger el famoso denuesto schopenhaueriano de que la mujer era una cosa de cabellos largos y cerebro corto; ya que la gimnasia intelectual —es un hecho incontrovertible— desarrolla el cerebro, de igual modo que la gimnasia corporal desarrolla los músculos. Está fuera de toda sombra de duda el hecho, mil veces comprobado, de que, entre los pueblos salvajes, el peso del cerebro es casi igual en el hombre que en la mujer, ln que indica, bien a las claras, que la di- , ncia de peso que se advierte en los pueblos cul-
LAS EXAGERACIONES ANTIFÉMINISTAS 41 tos es debida a que el cerebro masculino ha sido y es máscultivado por la educación y por el estudio. Afín a la teoría ridícula y estulta que sienta la correspondencia entre el peso bruto de la masa encefálica y la fuerza intelectiva, deduciendo del menor peso femenino la inferioridad espiritual de la mujer,. es la excogitada por Proudhón y otros antifeministas rabiosos del mismo pelaje. Proudhón, no sabiendo cómo deprimir más a la mujer —en casi todos sus libros la deprime—, inventó la especie absurda de que la fuerza muscular estaba en proporción directa con la intelectiva, siendo la fuerza física tan necesaria para agitar los músculos como para engendrar el pensamiento. No advirtió lo ridículo de teoría semejante, que venía a encarnar a un Mitrídates o a un Hércules en cada excelso poeta o en cada eximio pensador. ¡A dónde llega la pasión cuando escala el puesto de la inteligencia! ¡Querer deducir del mayor vigor físico la mayor potencia cognoscitiva! Hay animales —y no me refiero a los brutos— que tienen una fuerza física enorme, y en quienes apenas se atisba ni rastro de fuerza intelectual. Entre los españoles que combatieron en Munda con César, decidiendo a favor de éste aquella sangrienta guerra contra Pompeyo, ¡cuántos no habría capaces de manejar como un airón a entrambos portentosos generales, y sin talento ninguno que, ni aun de lejos,. compararse pudiera con el de aquellos dos genios que supieron fulgir, radiosos, aun en campos bien distintos del de la táctica militar! ¿Ignoraría Proudhón que el genio lo mismo podía tomar carne en
42 P. GRACIANO MARTÍNEZ un Pedro Navarro, que era un forzudo gigante, que 1? en un Napoleón, que era muy pequeño de estatura? Demóstenes, César, Pascal, Napoleón, Castelar, Windsthort... eran pequeños, casi raquíticos, y, no obstante, pasaron a la posteridad como hombres geniales de primer orden. Y de Pasteur nos dice todo un Berthelot que, después de un ataque de hemiplegía que le dejó parcialmente paralítico y sin fuerza muscular ninguna, fué cuando más brilló su energía intelectual y cuando más genial se mostró su ta- o lento inventivo. No, la robustez de los músculos no implica, ni por asomos, robustez de cerebro: de lo contrario, los sabios de Grecia hubiesen sido gladiadores o palestritas. Hay sabios embriólogos que afirman, muy anchos, que la mujer es un producto humano incompleto, un ser que, por dificultades intrauterinas, no ha podido o llegar al perfecto desarrollo del hombre, un resultado de aquellos gérmenes que en el seno materno no han podido desarrollarse hasta llegar a la perfección masculina, por falta de formativa plétora, quedándose en un ser inferior, que es la mujer. ¡Oh la ciencia embriológica! ¡Cómo la arrastran por los suelos sus ridículos cultivadores! (1). Yo, la verdad, no ap (1) Los discípulos de Darwin, exagerando las doctrinas, vagas, muchas veces, de su maestro, llegaron a creer que el sexo no fué algo primitivo y creado por Dios, sino desarrollado después en virtud de la fuerza de selección, Pero, ¿qué motivos especiales habrían determinado a que unos mismos elementos, asexuales, en un principio, hubiesen adoptado el sexo masculino y otros el femenino? Siendo idénticos, como los transformistas lo suponen, ¿no tendrían lamisma fuerza de selección los elementos que tendieron a lo masculino y los que tendieron a lo femenino? Si la guerra fijó al macho,
LAS EXAGERACIONES ANTIFEMINISTAS 43 sé una palabra de esa ciencia; mas para burlarme de semejantes derroches científicos creo que basta y sobra con tener sentido común. Sin embargo, debo decir que no es esa doctrina exclusiva de los modernos embriólogos, que tanto maltrataron a Darwin: hay quienes atribuyen a Santo Tomás de Aquino la afirmación de que la mujer es un hombre frustrado, es decir, algo anormal que no llegó a desarrollarse debidamente en su naturaleza. Cierto que el santo, dejándose llevar de su maestro Aristóteles, que tal defendía, llama a la mujer mas oceasionatus, frase de oro para los que defienden que la mujer es un embrión de hombre que se quedó a medio camino y . .. resultó mujer. Pero el ángel aquinatense dice en muchas partes que el sexo femenino fijé creado por Dios, lo mismo que el masculino: no solamente hizo al varón, sino a la hembra, non solum marem sed etian feminam produxit; y en otra parte, hablando de la diferencia sexual, la atribuye terminantemente a la perfección de la naturaleza humana, ad perfeetionem naturae humanae (1 ). Y, de todos modos, esa teoría del sexo, siquiera las genialidades de Lombroso hayan venido a coincidir con ella, ya nadie la toma en serio, al decir del Padre Rüssler (e). Como que, despojada de su vacuo aparato científico, no viene a ser otra cosa que el ¿por qué el elemento femenino, que en un principio era asexual e idéntico al elemento masculino, no guerreó también? Ese remoto tiempo de asexualidad, que los darwinistas creyeron un dogma es hoy plenamente rechazado, como una fábula mitológica, por la biología. (1) I. q. 99, art. 2. (2) Dia Prauenfrage p. 27, nota segunda.
50 P. GRACIANO MARTÍNEZ tadas, verdaderas excepciones que sólo prueban el dicho: corruptio óptimi, péssima. Tras la palmaria refutación de tantas teorías antifeministas, pienso que casi huelga refutar la libelesca obra del famoso Moevius Ueber den phisiologischen Schwachsinn des Weibes, traducida, desgraciadamente, a casi todos los idiomas europeos a raíz ya de su aparición.. Leyendo a Moevius, se acuerda uno, sin querer, de lo que decía Pérez Bueno (1) del profesor alemán Mommsen: «Quizá por ser profesor alemán tenía bula para decir tonterías.» Porque cuidado que tontea Moevius para ver de demostrar las flagrantes analogías entre la bestia y la mujer. Una vez y otra insiste con pertinaz tozudez en tales analogías y sin acertar a aducir más comprobantes que el rutinarismo, el venir haciendo lo mismo desde tiempo inmemorial, y la carencia de juicios propios sobre las cosas. Moevius no consideraba que el rutinarismo ha sido un acontecimiento casi forzoso en la mujer; ya que siempre se le había designado el hogar, y nada más que el hogar como campo de acción, estándole siempre vedada la vida extradoméstica. No recordaba que, cuando había roto las barreras domésticas, se la había visto, como en Francia durante la Revolución, ser revolucionaria terrible, o como se la ve aún en Rusia, ser furibunda nihilista. Y no advertía que la mujer tiene a menudo juicio propio sobre las cosas, juicio que se reserva generalmente, por- (1) El Derecho de personalidad y las Comunidades religiosas, p. 13.
LAS EXAGERACIONES ANTIFEMINISTAS 51 que se la tiene acostumbrada, desde niña, a oir la eterna cantilena de que las mujeres nada entienden de las cosas..¡Es tan antiguo el confinamiento de las mujeres al silenció de todo lo que trascienda más allá de lbs menesteres del hogar! Ya en Hornero oímos al hijo de Ulises decirle a Penélope, su madre: «Métete en casa y torna a tu labor, a tus telas y a tu rueca..., pero deja la palabra a los hombres, y sobre todo a mí que soy quien manda en casa! ...» Mas no hay para qué detenerse -a refutar a Moevius, cuyas son estas frases: «Un pueblo de feministas deberá necesariamente someterse a sus vecinos, y sus restos se esparcirán entre pueblos más sanos». ¡Caminito llevan los Estados Unidos —el pueblo más feminista de la tierra— de verse sometidos a los mejicanos o a los canadienses! ¡Cuántas simplezas se escriben porque sí, nada más que porque sí! Y ¿podía esperarse otra cosa de un hombre que no se arredra de hacer escarnio del espíritu de sacrificio de la mujer, reconociendo que sí se ha sacrificado y se sacrifica muchas veces, pero viniendo a decir que el sacrificio de la mujer es el del lechal que se deja llevar tranquilamente al matadero? ¡Hubiera leído y meditado la Historia de la Iglesia, y al ver a las heroínas de la fe sacrificarse por la Religión, rivalizando en heroísmo con el hombre, y en heroísmo consciente, a todas luces reflexivo, de seguro que no hubiera estampado tan absurda especie, indigna de un regular entendimiento! Hay que desengañarse: la diversidad fisiológica no implica diversidad psíquica y espiritual. La fisiología y la anatomía nos podrán decir que el organismo del
52 P. GRACIANO MARTNFZ hombre es muy distinto del organismo de la mujer, como la contextura ósea de la mujer es muy distinta de la del hombre, razón por la cual los taxidermólogos saben distinguir fácilmente si un esqueleto pertenece a hombre o mujer, pues se lo indican el tórax, las manos, los pies y otras menudencias que los peritos advierten en seguida. La fisiología y la anatomía nos podrán decir que el estómago de la mujer es más pequeño que el del hombre, por lo que no requiere tanta cantidad de alimentos para satisfacer sus necesidades; que la musculatura de los brazos es más fuerte en el hombre que en la mujer, y la de la lengua, en cambio, más recia en la mujer que en el hombre, lo cual explica, no solamente el hecho de que por una tartamuda haya ocho o diez tartamudos y de que la voz de la mujer sea más dulce y mejor timbrada, con un metal marcadamente argentino, sino también que, en el estudio de los idiomas extraños, venza la mujer con mayor facilidad que el hombre las dificultades de la expresión y los domine primero (1). Más nos podrán decir la fisio- (1) Modernamente se ha convenido en afirmar que la tartamudez procede de anormalidades espirituales, más bien que de defectos del organismo; pero siempre queda en píe la mayor perfección espiritual de la mujer. Véase sobre todas estas menudencias la obra citada del P. llóssler, págs. 19 y 20. Los antifeministas defensores del transformismo han llegado a ridiculeces casi inverosímiles en cabezas pensadoras. Dicen que el argentino timbre de la voz femenina no es don directo de Dios, sino un resultado o un producto de la garrulidad femenina; que, a fuerza de hablar, la mujer se despojó de su primitiva tosquedad y rudeza adquiriendo ese grado de perfección a la manera que el endurecimiento del testuz de los toros no es más que un resultado del incesante embestir en los primitivos bosques para librarse de las acometidas de otras fieras. Diríase que, como los ingenios chispeantes, escribían algunas veces los sabios ara •Itar la risa...
LAS EXAGERACIONES ANTIFEMINISTAS 53 logia y la anatomía: que hasta en la misma sangre del hombre y de la mujer hay diferencias muy perceptibles, pues aunque el análisis químico apenas pueda distinguir la sangre masculina de la femenina, los fisiólogos aseguran que la de la mujer tiene algo menos peso específico, en tanto que la del hombre abunda un poco más en glóbulos rojos, y que el hombre se repone de las pérdidas de sangre con más dificultad que la mujer. Más nós-podrán decir aún la fisiología y la anatomía: que hasta en el aparato respiratorio difieren un tanto el hombre y la mujer, pues es observación médica comprobada que, sometidos a las mismas causas de asfixia, resiste más la mujer que el hombre; medida benditísima de la Providencia que la mujer no necesitase de tanto aire libre como el hombre, conformándose más para la vida interior del hogar... Pero ni la fisiología ni la anatomía podrán descubrir jamás en la mujer otra cosa que la diferencie del hombre, en cuanto a la vida psíquica y espiritual, que una nerviosidad más exquisita y delicada, pues el sistema nervioso es más sensible e irritable en la mujer que en el hombre; un instinto de lo gracioso y de lo bello, mucho más vivo, y que, desde la misma niñez, la impulsa hacia todo aquello en que brillen la gentileza y la hermosura; una mayor viveza de fantasía y de sentimiento, que es lo que explica el que las mujeres se dejen apasionar por el orador que sabe predicar la divina palabra con gallardías es . téticas y con filigranas estílicas, en tanto que el inculto e iliterato, que ni siente ni sabe hacer sentir, las fuerza a bostezar y aburrirse, y anhelar que la prédica concluya cuanto antes;
54 P. GRACIANO MARTÍNEZ y una mayor ternura de corazón, que es lo que explica la sublimidad a que llega a menudo la mujer en los sentimientos, lo mismo en el dolor que en la alegría, lo mismo en el amor de la Patria que en la caridad hacia los menesterosos y los desvalidos. Porque no será un hecho que la mujer tenga menos cerebro que el hombre; pero sí lo es que tiene más corazón. Alguna fibra delicada y recóndita hay en el corazón de la mujer que nosotros no tenemos, que es lo que la fuerza a sentir mejor las miserias del prójimo, a compadecer más eficazmente las desgracias ajenas y a llegar a la cumbre del sacrificio para ver de remediarlas, llevando por doquiera la irradiación amorosa de su pecho y ansiando caldearlo todo con su fuego de caridad, que sabe convertirse en luz vivificadora, en verdadera plétora de vida... Este distinto modo de percibir y de sentir las cosas es lo que justifica plenamente el pensamiento del insigne P. Sertillanges, cuando, preguntándose a sí mismo: «Son iguales el hombre y la mujer»?, contesta: -«Sí, ciertamente: y Jo juramos sobre el Evangelio; pero aunque iguales quizá no son semejantes—parei/s» (1). Iguales, porque en cuanto a la esencia del alma es la misma substancia espiritual, y, en este sentido, tenía razón la reina Cristina de Suecia que fué quien dijo la primera: «el alma nó tiene sexo» (2); pero desemejantes, porque en su or- (1) .P éminisme et Christianisme, pág. 83.—Sont-ils égaux? Oui, certes, et nous le jurons sur l'Evangile; mais bien qu'égaux, peutkre nc sont-ils point pareils. (2) Yo creo que el sexo no está localizado en un punto determinado, sino que, como el alma está en todo el ser humano, desde la monterilla hasta el carcañal. Y creo también que el sexo sexualiza
LAS EXAGERACIONES ANTIFEMINISTAS 55 ganismo difieren Loto coelo, como que se completan en sus funciones y las cosas complementarias sabido es que son diversas; iguales, porque sus deberes son de igual equivalencia social en importancia y en valor, pero diversas, porque, difiriendo de sexo tienen que diferir también en deberes y funciones, aunque sean de la misma trascendencia social; iguales, porque sus almas están hechas a la misma imagen y semejanza de Dios, pero diferentes porque en cuanto a la manera de sentir y obrar tienen que valerse de órganos y los órganos son distintos en el hombre y en la mujer, y determinan, por tanto, no un alma, pero sí una vida, anímica diferente. (1) No sólo tienen cada uno sus órganos especiales fisiológicos, sino hasta diverso tejido muscular, diversa receptividad nerviosa, otra masa, otra pasta mucho más fina y delicada en la mujer que en el hombre y que se desenvuelve y desarrolla mucho más tarde en el hombre que en la mujer. Y esas desemejanzas se advierten ya desde los primeros pasos por la vida. Por la mayor delicadeza de los tejidos y de los músculos, por la mayor finura y suavidad de la piel, por la mayor excitabilidad de los nervios, la niña es. mucho más sensitiva y vivaz que el niño, y las fibras de su corazón y de sus sentidos se ven forzadas a vibrar más intensamente, razón por la cual resulta muy más exquisito el orgatodas nuestras facultades y todos nuestros sentidos, de donde la manera especial de sentir de la mujer, y de ver y de apreciar las cosas, y en este sentido, bien puede decirse que el espíritu humano tiene sexo. (1) Creo que fué Daniel Stern quien dijo: el corazón tiene sexo... como lo tiene también la inteligencia...
56 P. GRACIANO MARTNEZ nismo de la mujer, de más delicado paladar, de más fino tacto, de más musical oído... Quizá esa mayor finura de los sentidos, de donde proviene indudablemente la mayor viveza de fantasía de la mujer, es también lo que hace que el talento femenino no sea tan reflexivo como el masculino, ni pueda darse con la misma facilidad a estudios abstractos de análisis y generalizaciones. Pero lo que a lá mujer le pudiera faltar, en ese respecto, para igualar el entendimiento del hombre, lo suple con creces su más aguda intuición, su más viva fantasía, su más intensa fuerza de atención a los detalles, a los pormenores, su más fino gusto estético. Antes de concluir este capítulo no quiero ocultar que se ha citado —y esta cita suena a contundencia en muchos oídos antifeministas— que la Iglesia es la primera en reconocer la desigualdad espiritual entre el hombre y la mujer. Jamás se podrá aducir un solo texto eclesiástico en que se haga semejante aserto. Lo que reconoce la Iglesia son las desigualdades y desemejanzas de que acabo de hablar y que provienen de los distintos papeles asignados por Dios al hombre y a la mujer. Pero de esas desigualdades y desemejanzas no se sigue, de ningún modo, que la mujer sea inferior espiritualmente al hombre. .No creo equivocarme diciendo que, respecto de este punto, la doctriña de la Iglesia se puede formular en las siguientes proposiciones: «La naturaleza ha hecho al hombre y a la mujer diferentes, pera armónicos» (1), corno dijo muy propiamente Concep- (1) La Mujer del Porvenir, p. 8.
LAS EXAGERACIONES ANTIFEMINISTAS 57 ción Arenal. Ni el hombre solo ni la mujer sola pueden engendrar la vida humana: se necesita que ambos aporten valores que se complementen y que se equivaigán, fundiéndose y haciendo sonreir la flor de la vida, la flor inmensa de la humanidad. Nada de hablar de inferioridad ni superioridad de sexos, ya que las leyes biológicas, que son la misma naturaleza, nos los fuerzan a ver perfectamente iguales, aunque distintos. El alma del hombre y el alma de la mujer son igualmente nobles y hermosas: tienen la misma espiritualidad y las mismas facultades psíquicas, el mismo origen: el hálito divino, y el mismo fin: la posesión de Dios. A entrambas se les ha dado la misma prócer naturaleza humana; por entrambas se derramó la misma divina sangre en la cruz, y a entrambas se las ha de juzgar con la misma justicia en el Cielo . He leído buenos tratados de psicología, y, al estudiar en ellos la naturaleza y las propiedades del alma, jamás he visto que los buenos psicólogos distinguiesen entre el alma del hombre y el alma de la mujer. El primer capítulo del Génesis es el baluarte de roca viva donde se estrellarán y quebrarán siempre, como frágiles vidrios, todos los ataques antifeministas: et creavit Deus hóminem ad irnáginem suam . másculum et féminam creavit eos; y creó Dios al hombre a su semejanza, y los creó varón y hembra. Después de todo lo dicho, ¿qué pensar de un Lebon que, en su Psychologie de la Femme, amén de comparar a las monas en cualidades maternales y conyugales con las mujeres, afirma terminantemente que la mujer representa la forma inferior de la
58 P. GRACIANO MARTÍNEZ evolución humana, llegando a decir que algunas especies símicas sobrepujan a la mujer en amor materno, como las macacas que no sobreviven a sus hijos? ¿Qué pensar de un Nietzsche, que se burla de la mujer diciendo que es de raza felina, aconsejando que siempre que se la trate, se vaya a ella con el látigo en la mano? Voces de alienados que gritan contra el sentir común de la humanidad. No hay que preocuparse por ellas. Una montaña no se preocupa porque cuatro granos de arena se desprendan de su cumbre. El océano se preocupa menos que nada porque unas cuantas gotas de agua se revolucionen contra su inmensidad. La pasión ciega, y los fanáticos discípulos de Schopenhauer, en su afán de fidelidad al maestro, han llevado sus doctrinas hasta el vértice mismo de la exageración y de la extravagancia. Y si no, dígalo Rodolfo von Larisch, que, hace bien poco tiempo, se atrevió a publicar su obra Schdnheitsfehler, Defectos de la Hermosura, en que sienta tan guapamente la doctrina de que la constitución de la mujer es poco menos que monstruosa. Verdad que ya había dicho su maestro que en la mujer no había ni belleza. ¿Qué sabrán de historia de la estética y del arte esos antifeministas que ignoran que los pintores y escultores antiguos y modernos, de países gentiles o cristianos, siempre que han querido personificar una virtud, una cualidad hermosa, aun la misma fortaleza, no han sabido cómo encarnarla mejor que dándole forma de mujer? Se necesita tener entelarañados los ojos de la cara y del espíritu para escribir ciertas cosas...
VII En plena ReDolución feminista- Relampagueos de tempestad.—EI socialismo pirata.—Cálculo nada equivocado.—Ciegos que no quieren ver la luz.—Babia frase de Gambetta.—Bébel sabía muy bien a dónde iba.— Hay que ser feminista, no por moda, sino por persuasión. — Las calzas azules.—Una afirmación de Sertillanges. —Ideología utópica.—Buena definición del feminismo dada por un jesuita.—Las que se casan y las que no se casan.—Como las moscas .—Egoísmo refinado:—Doctrinas gérmenes.—Lo que es en substancia el feminismo.—Por el triunfo de la justicia.—No se tira a matar, sino a vivir.—Lucha, pero pacífica.—Un refrán que hay que borrar del diccionario.—Proporcionalidad, no igualdad, de derechos y deberes.—Justo recelo de los hombres de la Iglesia.—Una legión de demagogas alemanas.—¡Lindo ideal de mujer!—Nada de alianzas socialistas.—E1 siglo de la mujer. En frente de toda la irracional campaña antifeminista, de que hice un desgarbado resumen en el anterior capítulo, el socialismo radical alzó su voz para defender a la mujer; pero las afirmaciones socialistas se despeñaron por el extremo contrario. En todo, absolutamente en todo, equipararon al hombre la mujer, queriendo hacer de élla una racionalista y una libre pensadora. El móvil era el llevársela para su campo. Y desde entonces, desde entonces fué cuando comenzó a rugir por Europa, como deshecho vendaval, el feminismo. Pululaban por doquier los feministas radicales: eran como las setas venenosas que, tras las tempestades deshechas en lluvias, sal-
66 P. GRACIANO MARTÍNEZ una racha de ideología utópica y absurda, pues tiende a suprimir a la mujer, haciendo de ella un hombre, y borrando de la creación uno de los seres que más la adornan y embellecen; ese feminismo brotado de la cabeza, harto mal sentada, de unas cuantas ideólogas, de unas cuantas superserioritas que no advierten que la mujer hombre sería arrollada por el hombre en la lucha de la concurrencia; ese feminismo yo lo combatiré siempre por irracio nal y por absurdo. ¡Maldita ideología utópica que llevaría a la desaparición de la mujer haciendo de ella una forzosa víctima! Pero entendido el feminismo, según le define el insigne jesuíta P. Pedro Suau: « Une doctrine vieille comme l'Evangile et qui tend a sauvegarder, a exalten le plus possible dans la femme sa dignité de personne et sa fonction de mére (1), una doctrina vieja como el Evangelio que tiende a sublimar, cuanto sea posible, en la mujer, su dignidad de persona y su función de madre#, así entendido, el feminismo reviste todos los caracteres de una cuestión de justicia y de justicia distributiva. Suum caique. Se debe dar a cada uno lo suyo. La mujer que tanto contribuye al sostén de la familia, y por ende, al sostén de la sociedad, con sus condiciones sexuales, con sus talentos económicos y con sus virtudes morales e intelectuales, no debe continuar en el estado de inferioridad manifiesta en que hasta ahora se la ha tenido. No hay sociólogo ninguno que merezca con justicia el título de sociólogo, que no esté cabalmente (1) nudos, 1900 ; volume.0 II.
EN PLENA REVOLUCIÓN FEMINISTA b7 persuadido de que el feminismo contemporáneo entraña una revolución completa en la condición poli tica, civil, económica y educativa de la mujer. La que se casa ha hecho su carrera --la única carrera, puede decirse, a que, hasta hoy, ha tenido el sexo femenino accesibilidad, y la mejor de todas siempre; porque yo pienso que no es en medio del tumulto político, ni siquiera en medio del ruido sonoro de las aulas, donde la mujer consigue que florezcan y den más sazonados frutos las exqusitas dotes con que la ha • enriquecido el cielo. Esas dotes requieren para florecer y exhalar todo su delicioso perfume y brindar' todo su fruto redentor el ambiente sosegado y tranquilo del hogar, a la sombra benéfica del retiro casero; que por algo la misma naturaleza habla elocuentísimamente por medio de la niña, que, antes, mucho antes de sentir lo que es el amor, ya prodiga ternuras maternales a su muñeca, con la cual sueña cuando duerme, y a la cual viste y adorna, canta arrulla... Pero, ¿y la mujer incasada que, desgraciadamente, es legión'? Ya en Europa había un exceso enorme de mujeres, antes de la Guerra. Europea. Algunas estadísticas consignaban varios millones más de mujeres que de hombres. Ahora, después de la guerra, aturde el pensar los millones y millones de mujeres que deben de exceder a los hombres. —Lo que me decía cierto joven donairoso: vamos a tener que espantarlas como a las moscas impertinentes del estío. Pues bien, ¿y las muchísimas mujeres que no se han de poder casar? ¿Y las viudas sin hijos, o con hijos pequeños que aún no pueden ganar un salario míse-
68 P. GRACIANO MARTfNEZ ro con que subvenir a las necesidades domésticas? Las que, gracias a la fortuna de sus padres, tienen resuelto de antemano el problema económico, podrán permanecer tranquilas en el interior de su morada, donde todo abunda. Pero, ly las que no tienen resuelto el problema económico, que son las -más? ¿Se las va a seguir condenando, corno hasta ahora, a ganarse la vida «de cualquier modo», que es el modo arrastrado de siempre, que lleva al hospital y a la muerte prematura? La injusticia social no puede seguir. Todas las mujeres a quienes no ha de tocar en suerte el hermoso papel de amas de su casa, lo mismo que las viudas jóvenes o viejas cuyo sostén era el salario del esposo muerto, lo mismo que las mil y mil a quienes hubiera valido mucho más permanecer en estado de soltería por haber, desgraciadamente, dado con una fiera, en vez de dar con un hombre, todas esas mil.- ¡eres tienen perfecto derecho a que se les abran las puertas de la vida, si no en mejores, por lo menos en condiciones iguales a las en que se les franquean a los hombres. Y por que tan justas aspiraciones se realicen están obligadas a laborar las mismas mujeres que tienen ampliamente resuelto el problema de la lucha por la vida, contemplándose rodeadas de comodidades y de placeres: lo exige una muy santa solidaridad, No porque ellas sean felices y nada tengan que apetecer, deben mirar con indiferencia las luchas y los trabajos de sus hermanas de sexo: sería ello un egoísmo refinado y maldito. Y digo esto porque me consta que hay altas damas y orondas seño ras que, cuando se habla de la cuestión feminista, se
EN PLENA REVOLUCIÓN FEMINISTA 69 sonríen maliciosamente, como queriendo disparar contra el feminismo las flechas agudas del ridículo. Y eso que es punible en un hombre, yo no sé lo que es en una mujer. Porque nada humano debe serles indiferente, pero sobre todo, nada femenino, El movianiento feminista es una corriente arrolladora de justicia que forzosamente tiene que abrirse paso. Las ideas cuando son puramente teóricas, o aun siendo prácticas no son oportunas, no surgen en ocasión propicia, meten un poco de ruido en los palenques del pensamiento, pero pasan en seguida, se van al foso, como las malas comedias, a la primera representación. No así las doctrinas que traen consigo copia de ideas, de esas ideas que se agarran a la entraña de la sociedad y no dejan de fermentar allí, hasta que, como semilla depositada en el seno de la tierra, rompen, triunfadoras, en jugosa planta. que ha de florecer bien pronto y dar el anhelado fru- to. El feminismo es una de esas doctrinas gérmenes que la mano de la Providencia ha depositado en el seno de la sociedad, y del cual ha de brotar convertido en flores y en frutos. Ambiente, período de gestación larga y segura, riego fecundo de justicia, todo le es propicio. Y por eso ha adquirido ya carta de ciu dadanía en el campo de las letras, de la política, de la religión. Y publica revistas y periódicos, y reúne asambleas más de una vez presididas por eminentes prelados, y forma ligas que se nutren cada día más, constituyendo importantísimas asociaciones, e inspira acalorados debates en los Parlamentos, y preocupa a todo espíritu culto, sea filósofo o teólogo, poeta o literato, economista o gobernante. Es, en fin,
70 P. GRACIANO MARTÍNEZ un factor nuevo de la vida con que no hay más remedio que contar. El feminismo, esa palabra mágica que, desde no mucho tiempo ha, resuena casi incesantemente en los oídos de la mujer culta, produciendo efectos de música deliciosa, no es más que el grito potente que ha hecho oir la justicia, cansada de ver a la mujer, privada de derechos augustos que le ha dado la naturaleza: los derechos de ganarse el pan honradamente, no ya sólo en oficios rudos e ingratos —que esta galantería no se la han negado nunca los hombres— sino también en todo linaje de carreras y de profesiones, compatibles con el sexo. Si hubiera alguna institución social que preservase a la mujer del hambre y del frío, santo y bueno que se le negase el acceso a los empleos en que con ventaja, muchas veces, pudiera competir con el hombre; pero no existiendo semejante institución, y viéndose expuesta a la carencia de pan y de abrigo para sí y para los suyos, ¿es justo y equitativo condenarla a trabajos forzados en una fábrica, en un taller, en una mina, y no abrirle las puertas de ciertas carreras y ciertos empleos para los cuales manifiesta tan brillantes aptitudes como los hombres? Imponerle a la mujer la lucha por la existencia, y darle sólo campo para la lucha entre el ruido ensordecedor de una fábrica, o entre los miasmas insalubres de una mina, es una anomalía —digámoslo con este soso eufemismo— que no puede justificar ninguna rutinaria costumbre. El feminismo es una condensación de aspiraciones y de esperanzas, que, hoy por hoy, aun tienen que ir forcejeando por entre prejuicios tradicionales y por
PLENA REVOLUCIÓN FEMINISTA 71 entre sociales preocupaciones; pero que no tardaran en abrirse ancho paso por donde crucen sonrientes y satisfechas. La sociedad no se puede sostener dignamente si no se le dan por base grandes ideas de justicia, y la realización de esas aspiraciones y esperanzas ha de ser uno de los fundamentos más firmes de la futura sociedad. La mujer es un ser humano que aun no está integrado en sus derechos naturales, civiles y políticos; y hasta que no se integre a la mujer en esos derechos, el feminismo no cesará de combatir denodadamente por el triunfo de la justicia. Lo más hermoso de la humanidad no debe continuar mutilado, ignominiosamente mutilado, siquiera sólo se trate de una mutilación espiritual. El problema feminista requiere una solución razonable y pronta. No se le puede rehuir. Es algo que se impone a la sociedad de un modo impetuoso y con el ímpetu de la marea que sube; algo irresistible, incontrastable. Esta impetuosidad del feminismo presentándose tan estrenuamente a luchar en los campos del pensamiento, ha hecho que algunos autores como Leopoldo Lacour lo definiesen: Le duel des sexos, el duelo de los sexos. Nunca me ha agradado semejante definición. El feminismo no debe ser un duelo a muerte ni a primera sangre siquiera. El feminismo no quiere masculinizar a la mujer para que mejor pueda concurrir con el hombre en la lucha por la vida. Eso sería como hacer de los dos sexos un perro y un gato, y arrojarles en medio un hueso grasiento para que se lo disputen a arañazos y dentelladas. La mujer no quiere romper con el hombre usurpándole sus
72 P. GRACIANO MARTÍNHZ medios de vida: lo que ansía es compartirlos con él para, de ese modo, luchar con más fácil éxito contra las durezas terribles del vivir. No otro es el blanco de toda la clamorosa demanda de acceso a las profesiones y carreras lucrativas. El feminismo no aspira a crear un mundo aparte, constituido en su totalidad por mujeres. Quiere sólo que la mujer pueda ganar, cuando está casada, con qué ayudar a su marido a satisfacer las necesidades de la familia, y, cuando está soltera, ló bastante para pasarlo bien y poder esperar tranquilamente al novio que haya de llegar, si llega. La despensa llena de víveres no se rinde tan fácilmente al deshonor como la despensa vacía. Puede esperar con perfecto sosiego al amor que pase... No se vaya a creer, sin embargo, que el feminismo no persiga más que eso: el medio de vivir, la solución económica. Eso ha dado origen a la magna cuestión; pero no es lo más importante de ella, ya que es lo más prosaico. Muy por encima de todo lo que trascienda a la persecución de la bucólica, el feminismo ha de poner siempre el perfeccionamiento de las facultades psíquicas de la mujer y el ennoblecimiento de su inteligencia y de su corazón. ¡Oh las puras alegrías del espíritu cuando se da cuenta de encumbradas penetraciones y de profundos saberes! De aquí lo noble, lo nobilísimo de las aspiraciones feministas, y de ahí que el feminismo, de tener que sonar a combate, suene a combate pacífico en que hombres y mujeres luchen sencillamente por la justicia y porla razón. La mujer no tira a matar, sino a vivir en toda la generosa amplitud del concepto de
&N PLENA itEVOLUGIÓN la vida, y a vivir con el decoro que compete a una señora, y no a una odalisca o a una esclava. Por eso a mi siempre me han parecido muy mal los mutuos ataques y las recíprocas desconsideraciones que, en el calor de la polémica, se han escapa. do de la pluma de los beligerantes. Con asperezas y destemplanzas no se consigue aportar rayo ninguno de luz al esclarecimiento de la cuestión feminista. Das Halblier, de Helena 1381-tla u, no ha hecho más que exasperar a los hombres, como Über den physiologischen Schwachsinn des Weibes, del profesor Metbius, no ha hecho más que sacar de tino a las mujeres. Elisa Farharn, llegando a querer demostrar que la superioridad de la mujer sobre el hombre es un hecho tan palpitante como la superioridad del hombre sobre el gorila, exageraba tanto como Larnennais cuando decía que se había rozado con las mujeres más cultas y que, entre todas ellas, no había encontrado a ninguna que pudiese sostener por espacio de un cuarto de hora un razonamiento. Agriar la cuestión feminista sería encender la mas peligrosa guerra civil de cuantas se conocen en la historia; porque sería azuzar a la mujer irritada contra el marido irritado, enviscar a media humanidad en contra de la otra media. La primera célula social, por decirlo así, no es el hombre solo, ni es tampoco la mujer sola: lo es la pareja humana, el hombre jun- to con la mujer. La frase del Génesis: 4<no es bueno que esté el hombre solo», vale por el mejor tratado de sociología. El hombre y la mujer son quienes forman la familia humana, como el conjunto de las familias humanas constituye la humana sociedad. Y
74 P. GRACIANO MARTÍNEZ por eso poner a la mujer enfrente del hombre y al hombre enfrente de la mujer, para combatirse como enemigos, sería poner en lucha a los dos sexos creados por Dios para completarse: la lucha más bárbaramente homicida, puesto que sería un atentado contra la misma humanidad. La cuestión feminista debe reducirse a luchar, pero muy pacíficamente, por conseguir que los códigos sean más equitativos con la mujer, representando como representa la porción media de la humanidad, y porque las costumbres sociales la tengan en la debida consideración, procurándose que en la balanza de los derechos masculinos y femeninos se mantengan los platillos en el fiel. Los padres de familia no deben tener por qué inquietarse, como de hecho se inquietan., con el nacimiento de una hija, todo porque el porvenir del varón se ve mucho más claro que el de la hembra, el cual siempre se divisa cubierto de sombras y lobregueces. El mal es muy antiguo: ya el Dante decía que en su tiempo «le figlie nascendo facevano paura al padre; mas no por ser mal antiguo tiene derecho ninguno a subsistir. El pon , enir de la hija ha de verse tan despejado y tan diáfano como el del hijo. Hay que aspirar a borrar del diccionario aquel refrán henchido de triste significación: mala noche y parir hija... No es que se haya de exigir igualdad absoluta de derechos y deberes entre el hombre y la mujer, porque eso sería contrariar la desigualdad fisiológica de los sexos establecida por la sabia naturaleza. Yerran manifiestamente los feministas radicales que fundándose en los dictados antropológicos de que
EN PLENA REVOLUCIÓN FEMINISTA 75 , en la misma forma y de la misma substancia están constituídos el cerebro del hombre y el de la mujer, no habiendo, por tanto, razón ninguna para considerar a la mujer inferior al hombre, pretenden establecer la igualdad absoluta de derechos y deberes. La igualdad del cerebro no impide la total diferencia de otras muchas propiedades fisiológicas que diversifican al hombre de la mujer, dándoles a cada uno distintas energías y distintas funciones. Lo que yo quiero decir es que haya proporcionalidad de derechos y deberes, de suerte que, bien contrapesados y distribuídos, mantengan siempre en fiel la balanza. Son, sí, iguales en derechos y en deberes el hombre y la mujer; pero como la naturaleza les asigna, en muchas cosas, esfera distinta de acción, en la respectiva esfera debe cada uno moverse, y de la harmonía de la labor entre una y otra esfera. han de depender siempre el progreso y el bienestar de la humanidad. Los talentos de la mujer se adaptan mejor a unas cosas que los del hombre; los talentos del hombre se adaptan mejor a otras cosas que los de la mujer; y unos y otros serán mejor beneficiados aplicándose a esas cosas especialistas, No es que la naturaleza sapientísima baya querido que unos talentos valiesen más que los otros, sino que concede a los talentos flexibilidades especiales para. acomodarse a ciertas cosas, y para esas cosas especiales diversificó los talentos masculinos y femeninos. Hacia esa compensación de derechos y deberes tiende el feminismo, y es forzoso reconocer que, en ese sentido, de ningún modo se le puede impugnar.
82 P. GRACIANO MARTINEZ irracionales son abortos del socialismo, que va muy gustoso a la muerte misma de la vida de la familia, a la desaparición misma del hogar. ¡El hogar y la familia destruidos! ¡Lindos ideales de la mujer! Porque no se crea que los socialistas, que tales aberraciones defienden, no hayan caído en la cuenta de que el triunfo de sus ideales traería consigo la desaparición de la familia y del hogar. Ya Engels, el compañero íntimo de Marx, preveía todo eso en su obra Der Ursprung der Familie, y 'proseguía sus teorías tan impertérrito: mit dem ()bergang der Produktionsmittel in Gemeineigentum hdrt die Einzelfamilie auf... ¡ Y como si tal cosa! Causan honda pena esas pobres feministas exaltadas que hacen coro a tales teorías y a tales hombres, esas pobres feministas que, ansiando equiparar en todo al hombre la mujer, y viendo que a sus desmedidas e irracionales ambiciones se oponen el matrimonio y la religión, proclaman el amor libre y victorean al ateísmo. ¡Causan tanta pena como esas pobres mujeres de la calle que, creyendo no poseer los sentimientos de virilidad de los hombres del arroyo, si no hacen lo mismo que ellos, manchan a cada instante sus labios con palabras blasfemas que por ventura enrojecerían de rubor a las calceteras del 93!... Yo estoy segurísimo de que las calceteras aquellas no pensaban como la Doctora Magdalena Pelletier en su obrita impúdica La Femme en tulle pour ses droits, donde se llega a estampar estas palabras deshonrosísimas para toda mujer que no fuera la autora: «desde el instante en que se haya realizado la cor
EN PLENA REVOLUCIÓN FEMINISTA 83 quista de la igualdad sexual, la mujer, en el combate de la vida, contraerá esa dureza de corazón, patrimonio hasta ahora del otro sexo. Golpeada, golpeará; herida, herirá; despojada, despojará» (1). Y más adelante (2) dice sin ambages de ningún género: «En la sociedad hacia la cual avanzamos, yo lo espero, la mujer podrá, si así lo desea: 1,° Renunciar al amor; 2.° Darse a los placeres del amor y no tener hijos; 3.° Tener hijos y echar sobre la sociedad el cuidado de criarlos .» ¡Bendigamos a las mujeres españolas que son incapaces, gracias a Dios, de escribir semejantes.. . no encuentro el substantivo adecuado!... Frases como esas y otras de la Doctora Pelletier son tiros de pistola descerrajados al corazón del feminismo. Unas cuantas señoritas así en España, y el feminismo dejaría de existir entre nosotros y la soledad más profunda reinaría en torno de su sepulcro. Pero a la mujer hispana, siempre tan llena de encantos, por ser mujer y por ser española, no se la verá jamás despojarse de ellos y arremeter, sociedad adelante, entonando a voz en grito el himno de «La Internacional». Sabe muy bien que un feminismo que se propusiese, como ideal suspirado entre nosotros, la desfeminización de la mujer, sería el peor enemigo del feminismo; porque desfeminizar a la mujer española sería como destruir la guirnalda de belleza y de bondad que circunda la frente de todas las madres (1) Vid., p. 65. (2) lb., p. 76 y 76.
rpOb P. GRACIANO MARTÍNEZ hispanas, sería como hacer que cada uno viese a su madre no ser madre: un verdadero atentado, no sólo contra la moral y la religión, sino también contra la patria, contra la estética y la poesía... Reconózcase que el feminismo radical, predicando a tontas y a locas la emancipación femenina, los derechos de la mujer a ser librepensadora y a rendir pleito homenaje al amor libre, fué la causa porque se le miró desde un principio con tan zahareño desdén y con tan vivo recelo. El feminismo, izquierdeando hacia la acracia y la anarquía, es sencillamente una cosa de pésimo gusto, que se da de bofetadas con el espíritu naturalmente estético de la mujer. Si quiere triunfar de lleno, el feminismo no debe admitir en su programa ni átomo de insana levadura, haciéndose solidario de agavillable gentezuela. Nada de exageraciones estultás, ni de alianzas radicales. Está de su parte la justicia, y eso ha de bastar para conseguir la anhelada victoria. Las osadías de los partidos ácratas deben estar muy lejos de incluir para nada en el movimiento feminista; porque tenderían, como han tendido hasta ahora, a desencauzarlo y desbordarlo. ¿Para qué dejarse halagar por radicalismos estultos? Hay que persuadirse de que el feminismo radical, predicando la igualdad absoluta entre el hombre y la mujer, identifica los sexos, y con la identificación de los sexos no se conseguiría más que lo que dijo Moret: hacer a la mujer «un hombre ridículo ► y al hombre «una mujer despreciable» (1). Sabiendo el (1) Ensayo de una filosofía feminista, refutación a Moebius, por M. Romera Navarro, Carta.Prólogo.
EN PLENA REVOLUCIÓN FEMINISTA 85 feminismo mantenerse dentro de los límites que le enserian de consuno la razón y la fe, ho se dude triunfará de lleno porque lleva en sí una corriente' arrolladora de justicia; y entonces, repito, el siglo XX no se llamará el siglo del radio, ni el siglo de los hombres-águilas, sino el siglo de la mujer,
TV ha s derechas naturales de la mujer Monopolio irritante. El tópico más usado. — Lo que se podría decir de mil madres.—La vestidura de D. a Emilia Pardo Bazán.— Un feminismo santo y redentor.—Papel social y papel individual de la mujer.—El reinado del madrigal.—La cultura y los encantos femeninos.—La hetaira y la mujer del gineceo. — La meretriz y la matrona romana. — Sentir de Madama de Remusat y de Concepción Arenal.—La cultura y el amor casero.—Pensar justisimo de nna feminista italiana. —Nada de bachillerismo. — La marisabidilla de Juvenal.—iln la mujer librepensadora... En los artículos anteriores, después de divagar un poco hablando de los chispazos de feminismo y de antifeminismo que estallaron aquí y allá, a lo largo de la historia; después de haber insinuado las causas del movimiento feminista contemporáneo y hecho ver luego la avasalladora influencia que en él había ejercido el socialismo, queriendo incorporárselo, a guisa de capítulo de la magna cuestión que, cada día, se yergue más inquietadora ante la sociedad, como esfinge siniestra que ansiara devorársela, venía a decir que el feminismo era una condensación de aspiraciones justísimas que avanzaba con el ímpetu incontrastable de la marea ascendente, y que, por tanto, no tenía más remedio que triunfar, integrando a la mujer en sus derechos naturales, civiles
88 P. GRACIANO MARTÍNEZ y políticos, y poniéndola en condiciones de representar a maravilla el papel divino que le corresponde, -por naturaleza, en el drama viviente de la humanidad. Hablemos de esas justísimas aspiraciones y comencemos por la más noble y que,-por ende, merece más especial atención: la de que se conceda a la mujer el ejercicio del derecho natural de ennoblecer honradamente sus facultades intelectuales con objeto de que, de igual modo que el hombre, pueda escoger una carrera o una profesión, no incompatibles con su sexo, y, de igual modo que el hombre, desempeñarlas y ejercerlas. Ha llegado la hora de que cese el monopolio masculino de todas las carreras y todas las profesiones: es irritante corno todos los monopolios, y sobre irritante, vergonzoso y aun misérrimo. Y, sin embargo, el antifeminismo ha hecho, y haciendo prosigue, esfuerzos ciclópeos, porque la puerta de las diversas carreras y profesiones continúe cerrada a cal y canto para la mujer. Alega que la naturaleza no ha hecho a la mujer para la vida pública, y sí, únicamente . , para el gobierno doméstico y para la educación de los hijos, obra de altísima importancia social, pues con la educación se puede cambiar la faz del mundo, como pensaba Leibnitz. A mí esas in vocaciones a la naturaleza siempre me han dejado muy ancípite, respecto de la cuestión que con ellas se pretende esclarecer. No hay cosa de que tanto se abuse, como de la naturaleza. Es el tópico más usado para toda clase de demostraciones. Con invocar a la naturaleza, ya para muchos huelga todo
LOS DERECHOS NATURALES DE LA MUJER. 89 linaje de raciocinio y de argumentación. Los filósofos y moralistas más opuestos entre sí; pretenden apoyar siempre en la naturaleza sus respectivas doctrinas. Los ateos, basándose en la naturaleza, niegan la existencia de Dios, y en cambio muchos profundos filósofos aseguran que jamás se queda uno tan persuadido de la existencia de Dios, como cuando contempla la naturaleza, el cielo estrellado en la soledad de la noche, las olas del océano empenachándose de espumas en los cantiles de la costa... La naturaleza es un libro elocuente, pero en cuyas páginas no todos saben leer, o, por mejor decir, leen muchos lo que se les antoja. Aseméjase a la Biblia, en cuyos textos han querido fundamentar siempre sus herejías los heresiarcas. No recuerdo qué autor decía, respec- to del uso que hacía cada cual de la Sagrada Escritura en sus subjetivas investigaciones, que en ella buscaba cada quisque sus dogmas y los encontraba: Hic liber est in quo quaerit sua dógmata quisque, invenit et páriter dógmata quisque sua. Y lo propio que con la Sagrada Escritura hacen muchos con el libro de la naturaleza: dice lo que cada cual pretende que diga. Empero es « forzoso desengañarse: sólo los verdaderos dogmas pueden estar basados en la naturaleza. La naturaleza es un libro elocuentísimo y admirable; mas para sacarle su jugo de eterna luz ha de ser leido sin preocupaciones, buscando en sus páginas lo que en ellas escribió el dedo del Omnipotente, y no el sentido de las cosas que nósotros llevamos dentro de nosotros mismos. Pero basta ya de episodio. Afirman algunos antifeministas que la república de
90 GRACIANO MARTÍNEZ las letras debe continuar cerrada para la mujer, porque el trabajo intelectual de las mujeres se verifica siempre a expensas de la fuerza de la maternidad, o por mejor decir, a expensas de la fuerza intelectual que había de transmitirse a los hijos. Y esto a mí se me antoja una puerilidad; y lo es sin duda alguna. San Agustín ha rayado a la altura suprema de los genios, y Santa Mónica, su madre, no fué sólo filósofa excelente, sino también excelente teóloga. No creo que los hijos de las damas cultas se hayan distinguido jamás por su incultura y por su estolidez. De ordinario todos los grandes hombres suelen confesar que cuanto hay de elevado en ellos se lo deben a su madre. Cuvier decía que debía a su madre la dirección de su espíritu hacia el estudio de la naturaleza y que su madre había sido quien le había infundido la pasión por el estudio y el afán de darse cuenta de todas las cosas. Lo mismo podríamos decir de mil madres, de la del Crisóstomo, de la de San Basilio y San Gregorio de Nisa, de la de San Agustín, de la de San Luis, de la de San Fernando ... Es, pues, craso yerro el afirmar que la mentalidad de la madre se desarrolla y perfecciona a expensas de la del hijo. Si esto fuese verdad, respecto de las madres, lo sería también respecto de los padres, y, en general, se observa que los hijos de padres cultos, son más fáciles de instruir y educar. Los misioneros católicos que fueron a la India, comprobaron que los hijos de los brahmines —los sacerdotes, la clase culta— comprendían facilísimamente las cosas, instruyéndose mucho más rápidamente que los hijos de los parias, la clase condenada al embrutecimiento .
LOS DERECHOS NATURAL PS DE LA MUJER. 91 No creo que fuera un despropósito el formular una ley que, poco más o menos, sonase así: la instruibilidad de los hijos está siempre en proporción directa con la cultura y la educación de los que les dieron el ser. Aquí de esa tan cacareada ley de la herencia. Y eso que yo he desconfiado siempre de esos sabios naturalistas que todo lo quieren explicar por ella, y que rompen, a lo mejor, intrépidos, por cualquier desatino monumental, como el de explicar la, tendencia de los niños al saqueo de los nidos y al apedreamiento de los pájaros por las costumbres de nuestros gloriosos ascendientes los mamíferos remotos, padres comunes de los bimanos y de los simios que no hacían más vida que la de perseguir y es. trangular animalejos en sus correrías venatorias al través de las selvas vírgenes. Y conste que no me estoy burlando de la ley de la herencia. Es un hecho de que hoy sería pueril, por no decir necio, dudar. Que los rasgos fisonómicos se transmiten, lo abonan mil evidencias empíricas . Todo el mundo habla de la nariz judaica, corno de algo especial vinculado en los judíos. Y no sólo se heredan las condiciones físicas, sino también, las mismas tendencias morales: el genio vagamundo y chalanesco de los gitanos, la volubilidad sibarítica de los franceses, el finchamiento y la altenería de los lusos, el quijotismo hidalgo de los españoles. Ahora bien, sin caer en las exageraciones materialistas de los que, hablando por boca de... Buchner, afirman rotundamente que hasta lo que ellos entienden por alma, se transmite por atavismo, ¿no podría decirse que, como por vía de herencia, pasaban a
98 P. GRACIANO MARTÍNEZ elevase y ennobleciese más y más? ¿Dejarían esa nobleza y esa elevación de reflejar un rayo más de hermosura espiritual sobre la frágil hermosura de la carne? No, la mujer no pierde encanto femenino ninguno por esclarecer más su inteligencia y por templar más reciamente su voluntad, capacitándose para lidiar con mayores esperanzas de triunfo en las batallas de la vida. Lejos de perder encanto alguno, no haría más que aureolarse con nítido arrebol de gloria, al hacer frente a las rancias preocupaciones que la tenían como adormecida en un limbo de centenaria pereza intelectual. Mas huelga invertir tiempo en refutar esa tontería de que la mujer, en general, pierda su gracia y encanto, desde el instante en que se hace culta. Veamos si la cultura hace desmerecer a la esposa y a la madre. Cosa es harto sabida que las hetairas, lo mismo en Grecia que en Roma, con su cultura variada, aunque nada maciza, ejercían doble encanto en los hombres, quienes muchas veces iban en su busca, huyendo de la conversación casera que, dada la ignorancia de las esposas, adolecía siempre de monotonía y aridez. Si entre los antiguos griegos, la cortesana era como una institución complementaria del matrimonio, según se colige de aquella frase de Demóstenes, «nosotros tenemos amigas para el placer y esposas para que nos den hijos y nos gobiernen la casa», debido fué a su superior cultura sobre la mujer del gineceo. No se llegó a tanto en Roma, por más que.Antonio se gloriaba de cruzar por toda Italia llevando en su cortejo dos literas, en una de
LOS DERECHOS NATURALES DE LA MUJER. 99 las cuales iba su mujer legítima y en la otra su amante Cyteris, y que todo un Virgilio, en una de sus Eglogas, convocaba a todos los dioses del Olimpo para que consolasen a su íntimo amigo Galo que había sido abandonado por una comedianta, su querida, y no hallaba consuelo. Pero si no se llegó a tanto en Roma, no se ha de olvidar que fué debido a que las matronas romanas, viendo el brillante y absorbedor papel de las rameras, dejaron la rígida austeridad de las romanas antiguas, perpetuas recluídas del hogar, aprendiendo el canto y la danza, y dándose a las letras y a las artes hasta adquirir las maneras finas de las cortesanas. El hombre, entonces, vió que tenía en casa todas las seducciones que podía buscar fuera, y entre la esposa y la meretriz, la opción no ofreció ni atisbo de duda. ¿Cómo la cultura había de menoscabar en nada los encantos de la esposa? Todo lo contrario. Oigamos a dos autoridades femeninas que discurren muy sesudamente sobre este asunto. Madama de Remusat en su Ensayo sobre la educación de la mujer, escribe: «La esposa ha de complacerse en conversar con su marido acerca de los negocios públicos que le preocupan. Este oirá siempre con fru- to qué opinó ella sobre su actitud y propósitos, si es hombre político; si es literato, sobre sus producciones; sobre el voto que ha de emitir, si es simple ciudadano», razón por la cual exige mucha cultura en la mujer. Y Concepción Arenal dice: «Como creemos que la mujer será tanto más prudente y más dulce y suave de carácter cuanto esté mejor educada, tenemos por cierto que habrá . más armonía en el ma-
100 P. GRACIANO MARTÍNEZ trimonio a medida que la esposa tenga más cultivada su razón y más elevados sus sentimientos» (1). Todo esto a mí —la verdad— me parece dogmático. ¿Cómo dudar que la esposa sea tanto más intima compañera del hombre cuanto más pueda unificarse con él en ideas y en sentimientos? Así el marido no habrá secretos para la esposa; tendrá a gala el discutir con ella todos sus proyectos para enriquecerlos más y más de luz, pues indudable es que, pasados por el tamiz de dos inteligencias cultivadas, la suya y la de su mujer, han de esclarecerse y lucir más puros y acrisolados. Cuanto en más cosas se compenetren y se puedan prestar mutua luz, tanto más íntima será su unión y más total la mutua entrega de su cuerpo y de su alma. Por lo que toca a la cultura de la madre, igual, exactamente igual que lo que sucede con la esposa culta. Y aquí torno a dejar la palabra a la admirable gallega que acabo de citar. «La mujer —dice— no sale ni puede salirse de la ley eterna, por la cual. todo ser que se educa dulcifica su carácter, se hace más humano; y cuando la mujer dilate los horizontes de su entendimiento; cuando comprenda las armonías del mundo moral; cuando vea toda la lealdad del vicio y del crimen y toda la hermosura de la virtud; cuando su exaltación se convierta en entusiasmo y sus instintos se eleven a sentimientos; cuando su razón pueda servirle de faro en las borrascas de la vida y de apoyo contra los embates del mundo; cuando el ejercicio de lás facultades más (1) La mujer del porvenir, p. 110.
LOS DERECHOS 1\1ATURALES DE LA MUJER. 101 li nobles eleve su ser, purifique sus afectos y le dé mayor delicadeza y sensibilidad; cuando, en fin, sea más buena, ¿no será mejor madre?» «Si no fuera éste nuestro íntimo convencimiento, si tuviéramos la más leve duda de que la mujer, al cultivar su inteligencia, disminuía en lo más mínimo su cariño maternal, arrojaríamos estas páginas al fuego. ¿Cómo habíamos de querer despojar a la humanidad de su sentimiento más elevado?» (1). Y en cuanto a lo del despego al hogar, ni que decir tiene que casi resulta aún mayor el absurdo. Una feminista italiana, Dora Melegari, triturando este lado necio de la objeción, hace constar muy justamente que las mujeres que aman el hogar, que son caseras, entre las altas clases, sobre° todo, son las estudiosas, las reflexivas, aquellas a quienes el arte o el estudio retienen en casa. «Le altre, quelle che non leggono, che non studiano, che non lavorano, sono fuor di casa tutto il giorno: esse corrono di visita in visita, di negozio in negozio, e ovunque le si vedono, fuorché a casa loro» (2). «Las otras, las que ni leen ni estudian, ni trabajan, están fuera de casa todo el santo día: corren de visita en visita, de negocio en negocio, y doquiera se las ve, excepto en el propio hogar.» Exactísimo. Y eso que afirma Dora, de las mujeres de las clases altas, yo no dudo en afimarlo de las mujeres de las clases medias,a quienes también les es convenientísima la afición al estudio. Es indudable que (1) Obra citada, ps. 122 y 123. (2) tromini e Donne, Nuova Antologia.
102 P. GRACIANO MARTÍNEZ esas mujeres, debido al progresar incesante, cada día ven reducirse más y más el campo de sus domésticas ocupaciones, dejándoles libre un tiempo precioso. No hay más que fijarse en un par de menudencias para advertir el gasto de tiempo que . hoy se economiza en los hogares: antes había que preparar los quinqués, limpiándolos y poniéndoles mecha y petróleo; ahora no hay más que dar un botón, y una luz mucho más clara'e intensa que la del quinqué, alumbra las diversas estancias. Antes había que ir por agua a las fuentes y hacer varios acarreos de herradas o de cubos, ahora no hay más que abrir los grifos que tienen ya aun las cocinas ciudadanas más humildes, para ver correr el agua fresca y cristalina... Todo eso deja un tiempo precioso a la mujer de la clase media. ¿No lo emplea en leer libros que la puedan enriquecer de generosa cultura? Pues lo empleará en lo que dice Dora que lo emplean las mujeres de las clases altas, o en cosas peores ... Pero la cultura —dicen muchos— sería en la mujer un pingo más, y un pingo que haría de cada una de ellas una Filaminta como la de Moliére, -una charlatana insufrible, una insoportable bachillera. Por mucho que sepa, la mujer jamás debe hacer alardes de suficiencia y de cultura por medio de una cháchara ingeniosa y buída, estudiada de antemano, y con todos los remilgos de mímica que algunas coquetas ensayan al espejo. Nada más feo en quien por instinto tiende siempre a la belleza, que la infatuación científica desbordando en petulante verbosidad. Eso déjese para la sabidilla, para la blue-stocking, para la calza azul, que se , forma un léxico especial,
LOS DERECHOS NATURALES DE LA MUJER. 103 de rebusco, con el cual endilga a cada instante, importuna e. inoportunamente, una agudeza estudiada, una gracia recosida. El bachillerismo es algo que repugna en la mujer. Aquellas pedantuelas francesas que en las tertulias de salón discreteaban sobre la duda metódica de Descartes, poniendo aquí y allá, una nota de ligereza insubstancial, cosa entonces creída de buen tono, eran casi tan repugnantes como los degradados filosofistas que las oían complacidos, y que, por lo general, tenían fofa la cabeza y vacío el corazón. Persuádanse las mujeres de que la bachillería es como un diamante Venicia, que brilla por lo artístico de la montura, y deslumbra un momento, pero que deja traslucir en seguida no ser verdadero diamante. La mujer no debe hacer jamás el papel de joya falsa: es falsificarse a sí misma que es, naturalmente, una joya verdadera. Plutarco, hablando de Cornelia, esposa de Pompeyo, nos dice que «era literata, tocaba la lira, conocia la geometría y podía oir con fruto conversaciones filosóficas», añadiendo que «había sabido preservarse de los defectos que no siempre evitan las mujeres jóvenes versadas en estos estudios: la exageración y el pedantismo• . Tengan siempre las mujeres muy vivo este retrato en la galería de su imaginación, y no olviden nunca aquel otro que nos dejó trazado Juvenal de la marisabidilla que en la mesa aburre a sus convidados, barajando a Virgilio con Homero, gloriándose de no pecar jamás contra las reglas sintáxicas y no perdonando nunca a su esposo el que incurra, cuando habla, en un solecismo... ¡A mil, a
104 P. GRACIANO MARTÍNEZ mil leguas de todo cotorreo petulante y toda insufrible pedantería! No es la verdadera y sólida cultura la que hace pedantes a las mujeres, sino la mal dirigida y a medias, muy a medias, con que se barnizan en ciertos colegios, institutos y aun centros universitarios. Esa cultura mutilada y torcida les inspira una fatuidad enorme, haciéndolas figurarse criaturas excelsas y privilegiadas. Y la mujer, desde el instante en que se cree privilegiada y excelsa, pedantea que es un primor y aun blasona de ¡científica y de hombruna, convirtiéndose en un ser inaguantable para los que tienen que rozarse con ella por necesidad. A una cultura así es mil veces preferible la ignorancia más supina. A mí me causan lástima profunda todas esas mujeres que alardean de portes hombrunos; que fingen desdeñar al hombre y aun se ríen de la próvida misión social de la mujer, asegurando que estudian y vacan a los libros y a la ciencia, persiguiendo títulos académicos, para desenvolver su espíritu en una atmósfera de libertad consciente que les dé una finalidad a su vida, muy diversa de la del hogar y el marido. ¡Pobres extraviadas! De seguro no sienten lo que dicen; y si tuviesen la suerte de hallar a un hombre honrado que les sonriese con su amor brindándoles la dicha de un pacífico hogar, puede que a todas ellas las tuviesen sin cuidado ninguno ciencias y libros. ¡Oh! esas hombrunas mujeres científicas son aún mucho más de compadecer que las mismas literatas pedantuelas; porque si hay algo que la mujer debe rehuir más que el bachillerismo, es el lai-
LOS DERECHOS NATURALES DE LA MUJER. 105 cismo, el librepensamiento, y las hombrunas científicas dan siempre en el librepensamiento y en el laicismo. ¡Uf! la mujer laica y librepensadora... En Roma hubo un tiempo en que se veía a las mujeres querer rivalizar en todo con los hombres: ejercían la autoridad , doméstica con rudeza despiadada azotando a sus esclavos e increpando a sus maridos. Reclamaban para sí todas las profesiones masculinas, y, no contentándose con que hubiese abogadas y jurisconsultas, había hasta gladiadoras, Juvenal nos dice de ellas con una de sus fraseslatigazos: «huían de su sexo»... Pues bien, la mujer laica y librepensadora sí que huye de su sexo, con stituyendo una aberración de la naturaleza: porque concluye siempre por menospreciar los altos oficios de esposa y de madre a que Dios destina a la mujer, haciéndose una neurótica insufrible en quien los libros causan más estrago que causaron en el cerebro de don Quijote las novelas de caballería. Y es que el cerebro de la mujer se desequilibra cuando se le fuerza a embutir un racionalismo que mina sus facultades, enerva sus sentimientos y agota sus generosos impulsos. No es el racionalismo, sino el sentimiento, lo que engrandece a la mujer. Y por los andurriales del racionalismo pasa dejando a pedazos la nobleza y la dulzura de sus sentimientos. Esas mujeres librepensantes que se ponen a filosofar muy sabihondas sobre el monismo haeckeliano (1)y sobre el ocaso de los dogmas y las religiones, (1) La doctrina evolucionista de Haeckel, conocida con el nombre de monismo, puede resumirse en los siguientes principios absurdos: todo lo orgánico viene de lo inorgánico que se organiza es-
100 P. GRACIANO MARTÍNEZ son hembras a quienes se les ha secado el corazón. Y así, nada extraño que aspiren a emanciparse de su propio sexo, presumiendo de masculinas y de viriles, sintiendo no poder ensortijarse hacia las mejillas un crespo bigote imperial, e imaginándose haber escalado, triunfantes, las trincheras de la masculinidad con discurrir sobre el transformismo darwinista o sobre lá evolución spenceriana, o con dejar atrás a Zola y a Felipe Trigo en exuberancias de sicalipsis. ¡Uf, repito, la mujer librepensadora! ¡Preferible mil veces la más rústica y zafia comadre! ¡Cuánto más vale ella qué todas esas rabiosas feministas que escriben artículos incendiarios y declaman en asambleas demagógicas , disparando meliníticas conferencias!... pontánea, automáticamente, en virtud de la misma fuerza de las cosas; no hay más que fuerzas naturales, y no se ha menester, como afirman las doctrinas teológicas, intervención ninguna de un Ser creador; los seres todos forman una cadena evolutiva sin interrupción de anillo ninguno, pues si se tropieza con alguna interrupción es porque nuestra ignorancia no ha dado todavía con algún ser intermedio desaparecido. Del ínfimo ser orgánico que tuvo su origen en lo inorgánico, se va ascendiendo al gusano, al molusco, al pez, al reptil, al pájaro, al perro, al mono, al hombre. —¿El salto del mono al hombre? Indudablemente que hay un ser intermedio con el cual no. se ha dado, por más que, a creer a Haeckel, él sí que lo ha visto con sus propios ojos, llamándole «homo primigenius». A ese ser, mitad hombre y mitad mono, los discípulos de Haeckel le han bautizado con el nombre de «Pithecanthropus». Y ahí está ya, con ese anillo, perfectamente integrada la cadena. ¡No están ellos malos pithecánthropos!..
)114 especial Oe la cultura femenina. Lo que sería la mujer sólidamente culta.—El silbido de la serpiente. Los saberes indispensables de la mujer. — Sentir de Ganivet y de Fenelón. — Nuestra colegialesca enseñanza femenina. — Como en Rusia en los tiempos de la Manilova de Gógol. — Influencia de la cultura en la vida casera.— El miedo a las preciosas.— La ciencia en la mujer.— Injustificada ojeriza de muchos contra la mujer sabia.—Lo que debe hacer el Clero católico por la cultura femenina. ¡Que no se blandan nunca contra él argumentos de valor positivo!.. Enfrente de las pléyades de mujeres ahombradas que salen de ciertos centros docentes, pidiendo a gritos la emancipación y proclamando sus derechos inalienables a la felicidad y a la ventura, sin trabas de la moral, y aun por amplios caminos anárquicos, nosotros los católicos debemos poder presentar pléyades de mujeres cultas y juiciosas que sepan más que ellas y lo sepan mejor, a fin de que no se culpe jamás al catolicismo de fomentar la ignorancia femenina. Cuanto más culta sea la mujer, tanto será mejor cristiana, y, por consiguiente, cuanto más cristiana, que sea más culta. En la mujer hay un fondo grande de predisposición a buscar la clave de muchas cosas que la sorprenden en la intervención de lo sobrenatural, lo que a menudo la hace ser un tanto supersticiosa y
114 P. GRACIANO MARTÍNEZ ellos; la reservo para un libro especial que pienso dedicar a la madre española. Pero sí apuntaré algunos . reparos que no han de ser grano de anís. Quizá exageraba Balzac cuando en su Fisiología del matrimonio decía cosas como ésta: •si os habéis casado con joven en colegio educada, os -asemejáis al hombre que hubiese metido en un avispero la mano.; mas acaso estampara una verdad cuando escribía: «una joven puede salir virgen del colegio, casta, no; porque más de una vez habrá discutido en secretas reuniones acerca de la trascendental cuestión de los amantes, y; por necesidad, la corrupción habrá entrado en su corazón o en su cabezal... Y amén de los peligros inminentísimos de incurrir, no obstante la vigilancia más exquisita, en pecados de inmoralidad, los niños en los internados se debilitan muy mucho en sus sentimientos familiares y en su cariño al hogar. Una estadística escrupulosa nos haría ver que entre los hombres y mujeres que olvidan los naturales afectos familiares y hasta los piso. tean dándose al vivir desordenado y aun al crimen, constituyen un tanto por ciento muy superior los educados en colegios. No me equivocaría gran cosa si dijese que estarían en una proporción de ochenta a veinte. De cada cien corrompidos, sólo veinte pertenecerían a los educados y formados en el seno de la familia. Pero... a mis reparillos a la enseñanza colegialesca femenina en España. Hay que decirlo con cristiana valentía: en nuestros colegios femeninos se respira un ambiente muy rezagado. Diríase que directoras y profesoras de colegios eran decididas parti-
MATIZ ESPECIAL DE LA CULTURA. FEMENINA 115 darias de la ignorancia de la mujer, haciendo suyo el desdichado aforismo de Rousseau: «toda joven letrada permanecerá soltera mientras los hombres se mantengan sensatos, toute filie .lettrée restera filie tant que les hommes resteront sensés» , y pensando como él, que las mujeres no han más papel en el mundo que el de agradar: leer role unique est de plaire. En España no se ha meditado a fondo en que los hombres, para luchar y triunfar en las luchas de la existencia se han acotado todo el campo, dejando únicamente al otro sexo un pequeño erial; ni en que la mujer, si quiere vivir su vida, no tiene más remedio que invadir el campo acotado por el egoísmo masculino, para lo cual ha de ostentar la misma idoneidad que el hombre, merced a una educación y una instrucción inmensamente superiores a las que hatenido hasta ahora. Yo no diré que nuestros colegios femeninos sigan dando a nuestras jóvenes la instrucción que se daba en los conventos de clausura a nuestras insignes mayorazgas, las cuales salían de los asilos de virtud para entrar en una vida frívola que contrastaba terriblemente con la anterior vida claustral. Están lejos de ser entumecidas copias de aquellos colegios port-royalistas, donde a las educandas sólo se les enseñaba catecismo, lectura, escritura, unas migajas de aritmética, otras migajas de historia, y dónde todo el tiempo sobrante se dedicaba a ejercicios de piedad, , yendo de una oración a una meditación, y de una meditación a una plática moral, y donde las niñas tenían que hablar siempre con voz muy queda, y sólo podían ser visitadas por la familia cuatro o ;dr
116 P. GRACIANO MARTÍNEZ cinco veces al año, y eso en presencia de una profesora. Ni siquiera se han hieratizado en aquellos colegios, entonces modelos, ideados por Fleury, que ya ensanchaba un poco más la enseñanza femenina, designando a las niñas, como materia de estudio, la economía doméstica, la higiene, y aun nociones de jurisprudencia, o por Fenelón, que, yendo un poco más lejos que Fleury, ya les permitía estudiar la historia griega y latina, donde las jóvenes habían de encontrar prodigios de valor y generosidad, y aun la Historia de Francia, «qui a aussi sesbeautés»; mas donde aun se les prohibía el estudio del español y del italiano, que apenas servían para otra cosa que para «Pire des livres de amour»... Pero sí están todavía harto rezagados, y pienso que les vienen corno anillo al dedo las sutiles ironías con que satirizaba Gógol los colegios rusos en Almas muertas. El gran novelista nos introduce en el hogar de Manilova y nos hace ver los regalitos que hacía a su esposo Tchitchrkof en el día de su cumpleaños: un gorrito griego finamente bordado por sus manos propias, o un estuchito de mondadientes adornado con pedacitos de cristal... Y ponderándonos con agudeza chispeante la cultura de aquella mujer que había aprendido tantas cosas en un pensionado, now viene a decir lo que en sus aulas se estudiaba: la lengua francesa, «indispensable para la ventura familiar»; un poquito de piano, para brindar ratos de delicia al futuro esposo; bordar, coser, saber hacer gorritos y estuches, para obsequiar al dichoso marido el día de mañana. Y como subrayando sus propias ironías, dice que hay otros métodos más progresivos, en que
MATIZ ESPECIAL DI LA CULTURA FEMENINA 117 se comienza por los gorros y estuches, y luego el poquillo de piano, y después la lengua francesa... ¿Verdad que esta fina sátira de los colegios rusos, en pasados tiempos, todavía tiene su vibrante actualidad para muchos de nuestros colegios femeninos de ahora? Y eso no debía continuar así ni un minuto más. Es una vergüenza que la enseñanza femenina de muchos de nuestros colegios esté siendo aún, casi casi ; la de los colegios femeninos rusos, en tiempos de la Manilova de Gógol. Se impone el imitar a Alemania, donde, hoy por hoy, las escuelas superiores de niñas son modelo de lo que deben ser los centros docentes femeninos. Además de los idiomas extranjeros, especialmente el francés y el inglés, usualísimos en Alemania, lo que hace creer a muchos que los germanos tienen más talento políglota que los demás europeos, las niñas aprenden literatura, geografía, historia, matemáticas, física e historia natural, dibujo, labores y hasta canto y baile. De ahí que, después de las vacaciones, vuelvan siempre contentas a sus gimnasios, donde, además de ensanchar los horizontes de su inteligencia con estudios serios y fecundos, se distraen cantando y oyendo música y haciendo gimnasia con danzas y bailes honestos. Tiempo es ya de que se haga lo propio entre nosotros. En nuestros colegios hasta ahora se ha educado a la mujer para el hombre, y se ha procurado que resaltase siempre en ella la debilidad que parece darse mejor la mano con la dulcedumbre y la ternura; pero ha llegado la bora de educar a la mujer
118 P. GRACIANO MARTÍNEZ para sí misma y va siendo preciso adiestrarla para vencer en las luchas por la vida, que requieren cultura, virilidad y fortaleza. La situación social de los dos sexos se va asemejando cada día más, y la educación de la mujer, cada día, también, ha de irse aproximando prudencialmente a la del hombre. Se dice muy pronto eso de que la mujer ha nacido para vivir la vida casera... Si todas tuvieran la suerte de casarse tan aína y tan bien como la madre de San Francisco de Sales, que tuvo a este hombre extraordinario a los quince años de edad, o como la hija de Santa Juana de Chantal que era esposa a los doce años, muy santo y muy bueno. Pero hoy, y en gran parte debido al egoísmo refinado de los hombres, hay muchas, muchísimas mujeres que no se casan ni a los quince, ni a los veinte, ni a los treinta, ni a los cuarenta años, y esas mujeres necesitan vivir, y para vivir necesitan luchar... Además que aun para vivir la vida puramente casera necesita la mujer instrucción y cultura. La influencia de la mujer casera en el hombre, cuándo como madre, cuándo como esposa, es un hecho palpitante y sonoro . Ahora bien, una madre ignorante nunca podrá ejercer influencia muy salvadora sobre sus hijos, porque nunca sabrá dirigir sabiamente su educación, enderezándolos a que el día de mañana sean cristianos y honrosos caballeros; de donde lo muy conveniente a la sociedad y al estado que las madres posean una sólida cultura que las capacite para medir los estragos de la ignorancia, y las impulse a procurar una alta educación moral e intelectual a los vástagos de su amor.
MATIZ ESPECIAL DE LA CULTURA FEMENINA 119 Y en cambio una madre docta e instruída no dejará nunca que su hijo se entregue a la holganza y al horror a los libros. Todo lo contrario: sabrá depositar y fecundar en él los gérmenes de laboriosidad y de amor a las letras que hayan de hacerle un gran hombre el día de mañana. Y una madre así no entregará jamás la mano de su hija a un señorito holgazán y vicioso que se haya pasado la juventud en la ociosidad y en la , malicia. Será m uy raro el caso de que una madre docta e instruida tenga que sufrir yernos holgazanes y disolutos. Y cuanto acabo de decir respecto de la labor civilizadora de la madre se puede muy bien aplicar a la de la esposa, Siempre la mujer ha ejercido una gran influencia sobre su. esposo en todos los terrenos, en el religioso, en el social, en el político. Esto es un hecho indiscutible. Y siendo la mujer culta e instruida, ¿no habría de ejercer esa influencia en su esposo con mayor beneficio y utilidad para la religión, para la sociedad y para la patria? Puesto a escoger entre la influencia de una esposa ignorante o de una esposa culta, desde el punto de vista religioso, social y político, desde todos los puntos de vista habidos y por haber, ¿con cuál se quedaría el Estado? ¿Cuál preferiría lá sociedad? Entre nosotros, los españoles, a partir de la influencia gala traída a nuestro suelo por la dinastía borbónica, se ha tenido siempre demasiado miedo a las preciosas, a las mujeres sabias, de Moliére, por supuesto, que no eran más que marisabidillas ridículas y pedantes. Entre nosotros no ha habido todavía ningún Monseñor Dupanloup, que, ya a me-
120 P. GRACIANO MARTINEZ diados del pasado siglo, se declaraba partidario entusiasta de la cultura de la mujer en un libro: Femmes studieuses et femmes savantes, que es un curioso arsenal de todos los feministas (1). Sin embargo, ya es sentir casi común que, además de la cultura religiosa, sentaría de perlas en la mujer la literaria. Y como ésta no se puede adquirir más que ahondando pacientemente en la historia de la literatura general y en las grandes obras maestras con que han formado los genios el alma de las diversas literaturas, ya se le concede a la mujer la licitud del estudio, sea por medio de buenas traducciones o por los mismos originales—lo que sería el ideal—de las grandes obras literarias. Lo que sigue siendo coto absolutamente vedado a la mujer es la ciencia. No hablemos ya de nociones astronómicas y meteorológicas que le hiciesen admirar la estructura del cielo y le diesen idea de la formación de las lluvias, de las nieves, de los true- (1) La Vizcondesa de Adhémar, una señora protestante converti da al catolicismo, ha escrito un libro muy notable que se titula: Nouvelle Education de la fenvme dans les classes cultivées, donde hace una brillante y sana apología de las sensatas tendencias feministas, que ella quiere que se llamen «femeninas». El libro aparece prologado por Monseñor Sueur, Arzobispo de Avignon, quien no le escatima los elogios a la autora, respecto de los principios que en la obra sustenta con verdadero entusiasmo; y concluye por pensar como ella piensa; «que la mujer, sea su vocación la que fuese, ya se consagre a Dios, o se case y se haga madre, no podrá llegar a su pleno desenvolvimiento, si su educación general no se funda en una instrucción amplia y sólida.» La insigne Vizcondesa quiere que la mujer sepa apreciar el desenvolvimiento de las ideas; que conozca la historia; que distinga el carácter de las distintas épocas, y hasta desea que conozca cómo han pensado escritores célebres que han combatido nuestra santa Religión. Y el Sr. Arzobispo la ensalza y hace votos por que le sonría el más feliz éxito. Vid. págs. VI y IX.
MATIZ ESPECIAL DE LA CULTURA FEMENINA 121 nos y los relámpagos: ni siquiera la anatomía que haría conocer a la madre de mañana el funcionamiento de la máquina animal para saberla cuidar y nutrir en su hijos, se le permite a la joven. Nada de ciencia en la mujer, y, por consiguiente, nada de iniciar a la niña, durante la vida de colegio, en conocimientos científicos. Y, la verdad, yo no veo asomos de justicia para esa cerril oposición. Porque si en el bello sexo sienta bien un barniz de cultura general —y esto yá lo conceden hasta los reacios a transacciones con el feminismo—, nadie podrá negar que esa general cultura es muy deficiente, sin una iniciación siquiera en algunas ramas científicas. Lo que dice de perlas en la cultura de los hombres, ¿por qué no ha de decir también de perlas en la cultura de la mujer? Además, al hombre le ennoblecen por igual y mu y mucho el sentimiento de admiración profunda, que despiertan en su espíritu las grandes obras geniales de Esquilo y de Sófocles, del liante y de Lope de Vega, de Shakespeare y de Calderón, y el sentimiento de admiración profunda que no pueden menos de excitar en su alma los descubrimientos in mortales de Kepler y de Copérnico, de Servet y de Galileo, de Newton y de Pasteur, sobre todo cuando esa admiración no es ciega e inconsciente, como la del palurdo que se queda con la boca abierta viendo a la locomotora pasar rauda arrastrando inmenso tren en pos de sí, sino que se da cuenta de las maravillas científicas que producen su admiración. Y todo esto que tanto ennoblece al hombre, ¿cómo no había de ennoblecer a la mujer?
122 P. GRACIANO MARTÍNEZ Hay quienes creen que si la mujer estudiase ciencias perdería todas sus gracias y todos sus encantos, como si la ciencia en una mujer estuviese en proporción inversa de sus encantos y de sus gracias. Se imaginan que el pudor —el más bello encanto femenino— padecería muy mucho desde el momento en que una joven estudiando botánica, por ejemplo, se encontrase con que había plantas que tenían sexo, y que hasta las había hermafroditas. ¡Oh, el sonrojo de la doncellita que, estudiando botánica, diese con esos misterios científicos y corruptores! No creáis que estoy fantaseando a placer: me consta que hay quienes discurren de ese modo inefable,,. Bien se puede decir que gracias y encantos que se disipan a un ligero soplo de ciencia botánica, son asaz míseras gracias y asaz raquíticos encantos. Están a lá altura de la fe de esos pequeños espíritus candorosos que, por estudiar un poco de Física y Química, o un poco de Filosofía y de Matemáticas, ya se tornan espíritus fuertes, y se complacen en dejar los jirones de su fe por entre la ratiza maleza de sus conocimientos. No creo que se deba plañir gran cosa la desaparición de encantos tan efímeros ni de creencias tan poco arraigadas. Esa ojeriza que aún persiste en muchos contra la cultura de la mujer pasará pronto y no dejará más huella de sí que la dejada por la ruda oposición hecha al cultivo humano de las ciencias, en ciertos tiempos medioevales, cuando todo lo que sonaba a científico era condenado por el vulgo como cosa de sortilegio y de superchería. Un tiempo fué en que la misma cultura se vió tan despreciada, que sólo se la
MATIZ ESPECIAL DE LA CULTURA FEMENINA 123 consideraba útil para el clero, que con ella podía distraer los ocios feudales de los grandes señores. Todo lo que ha significado adelanto, todo lo que há significado progreso, ha tenido que abrirse camino entre oposición rudísima. No olvidemos que tuvieron que salir apologistas católicos a. la defensa del método experimental de Bacón, que espíritus tímidos creían, en un principio, reñido con el Evangelio, y que tan grandes e innúmeros bienes acarreó a la civilización y a la ciencia. No menos ni menores los habrá de acarrear el día, de mañana la mujer culta a la religión y a la sociedad con la formación más consciente del alma de sus hijos. Todavía fué ayer, cuando primates de la revolución francesa defendían que se debía cerrar a cal y canto la puerta de la cultura a la plebe, al pobre pueblo, forjándose la ilusión de que la ciencia era sólo patrimonio de las clases elevadas. Logró el pueblo conquistarse el derecho a desprenderse de la ignorancia, y ahora ese mismo derecho se le niega a la mujer. Esperemos que la mujer lo conquiste, como lo conquistó el pueblo, para que ya no se le nieguen a nadie en la tierra, los frutos salvadores de la cultura y del saber. ¿Por qué, en la práctica, se ha de seguir pensando, con el filósofo de Ginebra, que el origen de todos los males está en el progreso y en la civilización?... Si estamos persuadidos, como lo estamos, de que el saber es un bien inmenso, hagamos lo posible por hacer partícipes de ese bien inmenso a todo el género humano. Lo exige el propio bien, que es por naturaleza diffusivum sui , difundidor de sí mismo.
130 P. GRACIANO MARTÍNEZ Voltaire haya escrito La Pucelle tratando de poner en la picota de lo ridículo, a Juana de Arco y en Juana de Arco a todo lo que significaba pureza, bravura, heroísmo y santidad! ¡Y que el pueblo francés, más menguado aún que el autor de semejante engendro, le aplaudiese y ensalzase! Verdad que ya no era el genuino pueblo francés, sino el que el Duque de Orleáns y su madre, «la mére de tous les vices», como era llamada, habían legado a Luis XV y a la Pompadour... Pero salgámosle al atajo a la indignación... Decía que hasta en la guerra habían sabido descollar las mujeres, y, para demostrarlo, ni necesitamos salirnos de España, donde han moldeado bélicas frases como aquella de la última reina de Navarra al último rey navarro, su esposo: «a haber nacido vos mujer y yo varón, no perdiéramos nuestro reino», y donde, además de María Pacheco, que enarboló con gloria el pendón morado de Castilla sobre los muros toledanos, y de María Pita, que cogiendo la espada de un soldado muerto y blandiéndola aguerrida - mente, al grito de «quien tenga honra que me siga», hizo huir a los invasores ingleses que estaban ya penetrando en la Coruña, tenemos a las heroínas de la guerra de la Independencia que tan galanamente glorificó en una conferencia del Ateneo de Madrid la brillante escritora Blanca de los Ríos. Todavía anteayer las mujeres norteamericanas supieron distinguirse bizarramente, luchando con bravura en la Guerra de Secesión. Y bien sabido es que fué una mujer, miss Ana Cárrol, gran heroína de la emancipación de los esclavos en la América del Nor-
EL FEMINISMO Y LAS DIVERSAS PROFESIONES Y CARRERAS 131 te, quien señaló a los federales el plan de guerra que se había de seguir para llegar a la victoria contra los confederados, plan que se siguió efectivamente y que dió los resultados apetecidos, sin que por ello su patria se le haya mostrado espléndida ni siquiera agradecida, cosa que inspiró a Concepción Arenal estas amargas ironías: «La deuda era grande; habría parecido sagrada siendo el acreedor un hombre, pero respecto a una mujer, bien podía la nación, sin. mengua de su decoro, declararse insolvente respecto a las cargas de agradecimiento y de justicia...» Y todavía ayer mismo, en esa espantosa guerra que ha desolado a Europa, brilló gloriosísimainente la mujer, y no sólo la tocada con el sombrero de la cantinera o con el velo blanco de la Hermana de la Caridad, sino también la aristócrata, la burguesa, la artesana y hasta la bailarina y la actriz, Han volado a los campos de batalla, no ya sólo a prestar afiliadas a la Cruz Roja, sus abnegados ' sacrificios a los caídos en los combates, sino también a rendir a la patria su tributo bélico conduciendo víveres y municiones a los valerosos ejércitos respectivos, y sin arredrarse ante la necesidad de vivir vida de trincheras y cruzar, entre ventiscas y nieves, collados y montañas. Con la, táctica emprendida por ingleses y franceses en la guerra europea, nada extrañaría ver a las mujeres de generalas mandando cuerpos de ejército. Y eso que es forzoso reconocer que, aunque puedan haber tanto genio militar como los hombres, les tendría que ser de algún estorbo la morbidez de su arquitectura, mejor configurada para los trabajos
132 P. GRAcIANO MARTÍNEZ tranquilos y caseros que para las faenas guerreras de la vida de campaña. Y la misma táctica de franceses e ingleses siguieron austriacos y alemanes. En Austria se ha admitido a las mujeres a servir bajo las patrias banderas no ya sólo en los servicios sanitarios, sino también en toda la administración militar, en los depósitos de uniformes y de equipos, en las estaciones de avituallamiento. Y en Alemania, donde las mujeres sienten el mismo ardor patrio que los hombres, ya mucho antes de la Gran Guerra, en 1905, apareció en una revista de Breslau, titulada Norte y Sur, un artículo firmado por Hans Echelbach en que se pedía para las mujeres el mismo servicio militar obligatorio que para los hombres. «A estos soldados femeninos —discurría el articulista— se los instruiría en los servicios auxiliares, y se les haría adquirir el hábito de orden, de exactitud y de puntualidad. Se les haría aprender gimnasia, natación, baile, y marchas a pie. Se los iniciaría en las obligaciones de la mujer en el matrimonio, dándoles nociones de Patología, Profilaxia e Higiene familiar. Se les enseñaría a cantar, porque una madre debe ser para su hijo un tesoro de canciones, melodías, cuentos y juegos. Y cuando salieran del regimiento, serían unas mujeres perfectas, con pleno conocimiento de sus derechos y deberes, y podrían formar un hogar en el que anidarían todas las virtudes.» Y a raíz de la Gran Guerra, la Unión de mujeres patriotas del Rhin inferior, celebró en Düsseldorf una magna asamblea acordando gestionar del Gobierno que la mujer sirviese a la patria bajo sus banderas, lo mismo que el
EL FEMINISMO Y LAS DIVERSAS PROFESIONES Y CARRERAS 133 hombre, y sabido es que prestó cooperación heroica, lo mismo en los frentes de combate, que en los servicios administrativos, lo mismo en las fábricas y talleres que en las rudas faenas agrícolas... Pues bien, a pesar de que lo pasado y lo presente capacitan a la mujer para el ejercicio de cualquier profesión o carrera, el antifeminismo la declara, abiertamente incapaz, y se obstina en seguirle cerrando las puertas del vivir. Piensa, respecto de este particular, lo mismo que Proudhón que no podía sufrir a la mujer fuera de su papel de esposa y de madre: «hors de lá je ne la souffre plus» (1), en tan- to que los socialistas radicales, se alejan tanto de su patriarca, que pretenden emancipar a la mujer de los cuidados domésticos, queriendo hasta cargar sobre el Estado la crianza y educación de los hijos. Sólo el feminismo cristiano se deja conducir de la razón, no queriendo arrancar a la mujer del hogar, rasgándole su principalísimo papel de madre y de esposa; pero deseando que pueda desempeñar otros honrosos papeles sociales, en consonancia con sus facultades y sus talentos. Dícese —y anda muy valido el decir entre los aiitifeministas— que el dedicarse la mujer al ejercicio de las diversas profesiones traería consigo la desfiguración de la madre y de la esposa, pues, por ejercer sus funciones sociales, abandonarían el hogar y los hijos. Yo no creo que el ejercicio de las profesiones trajera consigo semejante cosa, como no la trae el que (1) La Pornooratie,:pág. 12.
134 P. GRACIANO MARTÍNEZ la mujer esté casi todo el santo día trabajando en un taller o en una fábrica. Todos esos - trabajos no matan el corazón femenino, ni extinguen su ardimiento amoroso por la familia. Las aldeanas de muchas regiones españolas que se ven obligadas a laborar desde el amanecer al anochecer en el campo, aman el hogar y los hijos tan intensamente como las señoras encopetadas que no necesitan salir de su morada donde todo abunda. Y, como éstas, no sienten pasión más dominante en su pecho que la de hacer los imposibles por labrar la felicidad de los suyos, por quienes darían el sosiego propio y hasta la sangre y la vida. La actual constitución de la sociedad es acabadamente ilógica con la mujer: le deja libre la entrada en centros mineros y fabriles, en todo lo concerniente a trabajos corporales, teniendo las mil y mil que a ello se dedican que vivir lejos del hogar, y se le niegan las profesiones y las carreras que pudiera desempeñar perfectamente, alegando la razón de que la mujer, a tales empleos dedicada, tendría que abandonar las faenas domésticas indispensables para el buen régimen de las familias ¡Vaya una lógica! ¡Permitir a la mujer la vida dura del trabajo que le puede hacer daño positivo y aun imposibilitarla para cumplir con su clásica misión patriótica y social, y vedarle las profesiones que pudiera desempeñar en harmonía cabal y perfecta con los deberes que le imponen el hogar y la familia! Es muy hombruno eso de declarar el desempeño de carreras y profesiones incompatible con los cargos del ama de la casa, con los deberes de la madre
EL FEMINISMO Y LAS DIVERSAS PROFESIONES Y CARRERAS 135 y de la esposa, porque de baher un tantico de incom - patibilidad, también la hay, y mucho mayor, con el ser obrera y, sin embargo, a nadie se le ocurre el negarle a lamujer el derecho a trabajar en una fábrica o en una mina. En muchos puertos de las naciones di- . versas aciones del mundo se las ve haciendo el papel de estibadoras; en los barcos japoneses se las ve ya desempeñando el hórrido oficio de fogoneras... Todos estos rudos trabajos, sí, que sean accesibles a las mujeres; pero los altos empleos sociales, las altas profesiones, no.... Nada: que las pobres mujeres han de estar a las duras, pero no a las maduras. ¡Hombruno demasiado hombruno por lo muy equitativo y muy caballeresco!... ¡Concluya para siempre entre nosotros, la cantilena de esas fantásticas incompatibilidades! Amén de que suben a millones las mujeres hispanas que no tienen la suerte de llegar a madres y a esposas, incompatibilidades semejantes no existen. Cátedras, abogacías del Estado, tribunales de justicia, direcciones de hospitales y sanatorios... a todos esos puestos debe serle accesible el paso a la mujer. Tiene facultades para desempeñar debidamente esas funciones, y, por otra parte, necesita del desempeño de esas funciones para luchar con mayor seguridad de éxito en la lucha por la vida. ---AQue no tienen la inteligencia necesaria para el debido desempeño de esos altos cargos? Yo comprendo que no todas las mujeres sirvan para ellos, como no sirven todos los hombres tampoco; pero corno hay hombres superiores, también hay superiores mujeres.
136 P. GRACIANO MARTÍNEZ Las negaciones con que se prueba demasiado, nada prueban, y aunque lo probasen..., déjese a la mujer ir al fracaso evidente, y no volverá, corrida de ello, a quererse meter en camisa de once varas. Pero yo estoy seguro de que muchas masculinas nulidades tendrían que dejar subir a las alturas a muchas valías femeninas. —No hay carreras bastantes para los hombres, ¿y se las iba a compartir con las mujeres? Pues no hay más . remedio: es una cosa de justicia. Tienen derecho a bogar por los mares del vivir en iguales condiciones que los hombres. ¿Coser? ¿Planchar? ¿Zurcir? ¿Espumar el puchero?... No deben preocuparse por eso los antifeministas: no han de faltar nunca mujeres para tales necesidades domésticas, como no han de faltar nunca para el amor y para saber criar y educar a sus hijos... Además que todo eso, menos lo de la crianza de los hijos, lo hacen ya los hombres a las mil maravillas. ¡No digo yo si, por esas cocinas de fondas y hoteles, y por esos talleres de costura hay hombres que saben guisar y espumar pucheros e hilvanar y zurcir y hasta hacer corsés y tocados de seírioras!... ¿Quién no ha visto a muchos pulquérrimos varones dedicados a cortar y coser cotillas y mangas, a-ajus- tar corpiños y adornar enaguas con lazos, cintas y perendengues? Dicen las historias que Eduardo III de Inglaterra dió una ley prohibiendo terminantemente a los hombres el manejo de la rueca y del huso, con lo que pretendían dejar a las mujeres de entonces sin su peculiar medio de ganarse el pan. ¡Oh la falta que hacen hoy unos cuantos Eduardos
EL FEMINISMO Y LAS DIVERSAS PROFESIONES Y CARRERAS 137 de Inglaterra en casi todos los países del mundo! Luis XIV que, en su tiempo, publicó un edicto contra los sastres que se metían en el campo de las cos tureras, dedicándose a la confección de trajes femeninos, se quedaría hoy asombrado, al ver las cohor tes de modistos impuestos al mundo por su nación. Sin embargo, yo no quisiera ver a las mujeres haciendo la guerra a los hombres, luchando por las mismas profesiones y por las mismas carreras. Temo, que se repitieran demasiado acontecimientos como el de los cajistas de París, en 1862, cuando, viendo la concurrencia que, en las artes gráficas les hacían las mujeres, pidieron ¡y consiguieron! que fuesen expulsadas de todas las imprentas, y nada menos que ¡en virtud de la Ley Sálica! Más que ver a las mujeres lanzarse a la conquista de carreras y de profesiones, en bloque, yo quisiera que por eminentes sociólogos y pensadores desapasionados se hiciese un estudio especial de los talentos femeninos, y se inquiriese el linaje de carreras y de profesiones en que esos talentos pudiesen ser más fecundos y de mayor provecho para la sociedad, y luego se consiguiese de los gobiernos una ley nue adjudicase a la mujer las determinadas profesiones y carreras para las cuales mostrasen mayores aptitudes y mejores talentos. Una revisión de talentos y de aptitudes, y una nueva distribución de cargas y de prebendas sociales, he ahí lo que hace falta. Es claro que habrá muchas carreras para las cuales tengan iguales aptitudes el hombre y la mujer, y que, por consiguiente, pueden ser por ambos ejercidas. Ejérzanse, enhorabuena, por ambos sin distin-
138 P. GRACIANO MARTÍNEZ ción, o con sola esta distinción en favor del hombre; pero que a la larga redunda también en favor de la mujer: que las carreras —ésas y todas las demás-- sean ejercidas principalmente por aquellas mujeres que, por especiales circunstancias, , no hayan encontrado o no hayan querido encontrar marido; pues las que le encuentren, y no necesiten ejercer la carrera por exigencias económicas, han de renunciar a 2u ejercicio y abdicar su corona de sabiduría médica, leguleya, ingenieril, en aras de la paz y del santo retiro de los hogares, dedicándose de lleno a saber ser dichosas labrando la dicha de su marido y de los vástagos de su amor. —En la antigüedad ser maestro equivalía a ser sacerdote y rey. Después, durante luengos siglos, por culpa de los gobernantes que nunca han sabido remunerar al magisterio como se debía, cayó en har- to descrédito, hasta que, media centuria ha, con el florecimiento de Alemania en todos los órdenes del progreso humano, florecimiento atribuído a los maestros de escuela, parece que se va volviendo por sus antiguos prestigios regios y sacerdotales . Pues bien, para el magisterio escolar, el hombre no tiene, ni con mucho, tan preclaras dotes como la mujer. Si la rutina, por una parte, y el egoísmo masculino, por otra, no la hubiesen tenido tan postergada, haría ya mucho tiempo que estuviese la mujer al frente de casi todas las escuelas, sobre todo, de las de párvulos; pues, para suplir la falta de la educación maternal, nadie como la-mujer que sabe ser para los niños madre, maestra y sacerdotisa. Y hablo de suplir la educación maternal, porque las escuelas de
EL FEMINISMO Y LAS DIVERSAS PROFESIONES . Y CARRERAS 139 párvulos no deben ser , más que para los niños de familias obreras o de empleados pobres, que no puedan educarlos en casa, pues la formación espiritual de los niños, hasta los ocho o diez años, debía ser toda maternal y en casita... De suerte que por lo menos, las escuelas de niños, hasta los diez años, debían ser todas regentadas por mujeres; ya que poseen como instinto el conocimiento de la niñez, y tienen la paciencia y la dulzura necesarias para hacerse amar de los niños, condición imprescindible para que los angelitos de Dios anhelen estudiar y aprender. Están dotadas indudablemente de más habilidad y de más fino tacto para ensanchar los horizontes de las inteligencias niñas y para apasionarlas por el saber y por el estudio. De ahí que en los Estados Unidos, país práctico por excelencia, estén ya regentadas por maestras el 80 por 100 de las escuelas públicas, y muy a satisfacción de los respectivos gobiernos que cada día ven más patente el progreso de los escolares. ¡A trescientas mil llegaba, poco ha, el número de las maestras norteamericanas en el ejercicio de sus funciones! —Las artes de la jardinería también debían de estar en manos de la mujer, tan amante de las flores. ¿Quién mejor que ella para dirigir los jardines públicos de las grandes ciudades, buscando así un nuevo campo de acción a la actividad femenina? He ahí una carrera que debía crearse en un gran centro especial, de estudios botánicos, para confiarla exclusivamente a la mujer. La flor y la mujer tienen muchas más afinidades que el hombre y la flor. Floricultura, ramilletes, guirnaldas, canastillas, todo eso
212 P. GRACIANO MARTINEZ sese con quien se case, y viva dondequiera que viva! Recuerdo a una amiga mía, casada con un inglés, que se ponía furiosa cuando se hablaba de ese artículo de nuestro Código civil. ¡Como que sigue siendo tan española como la misma España! ¡Y cuenta que es de Cataluña! Y ya. que he mentado a esa bonísima amiga, casada con un inglés, voy a patentizar las donosas anomalías que se originan del choque de nuestro Código Civil con el Código civil inglés, -respecto de este particular, pues siguen tendencias opuestas. ¿Se trata de una inglesa casada con un español? Pues sigue siendo inglesa, por ley de su país, y es, al mismo tiempo, española, por exigencias de nuestro Código. Es decir,que tiene dos nacionalidades distintas. ASe trata de uná española casada con un inglés? Pues no es inglesa, según el Código civil anglo, es tampoco española, según el Código civil español. Es decir, que no tiene nacionalidad ninguna. ¡Oh la sabia jurisprudencia de los legisladores!... Por estas injustas menudencias, tomadas, al vuelo, de los Códigos, se comprende, sin trabajo, que el feminismo se haya querido lanzar, corno a viva fuerza, al asalto de los derechos civiles y políticos, llevando demasiado lejos sus reivindicaciones y sus exigencias, corno se comprende también que la tradición conservadora haya. querido hacerse fuerte y levantar a la oleada de imposiciones feministas un valladar incontrastable. Es claro que nada conseguirá el valladar, al fin, porque en las exigencias del feminismo va un fondo inmenso de justicia, impul-
LA MUJER Y LOS DERECHOS CIVILES 943 sado por un río de ideas nuevas que tienen que arraigar en las costumbres y en las leyes y renovar la, sociedad, enriqueciéndola con abundantes frutos. Pero el triunfo mismo de las ideas nuevas aconseja que no se amenace con el desbordamiento repentino, como queriendo volcar de una vez toda la riqueza de las aguas. El feminismo debe procurar ir festinando lenter,'según el viejo latinajo, apresurándose lenta-- mente. Así no se levantará tan airada la tradición conservadora. Antes que a mejorar su situación política, la mujer debe enderezar todo su influjo a mejorar su situación civil, aunque no fuera más que por quitarles a muchos antifeministas el pretexto de combatir las justas aspiraciones a los derechos políticos de la mujer, asiéndose al hecho de que el hombre consiguió antes los derechos civiles que los políticos, y pensando, por tanto, que la mujer, antes de llegar a ellos, ha menester pasar por larga serie de reformas previas, más fáciles y perentorias. Y por lo que a los derechos civiles de la mujer respecta, todos los que pensamos rectamente, debemos hacer nuestro el grito de los mismos socialistas en sus diversos congresos Véase la resolución adoptada casi por unanimidad—sólo faltaron tres votos—en el Congreso socialista internacional, celebrado en Bruselas, allá por el verano de 1891: «El Congreso invita al partido socialista de todos los países... a que pida se otorguen a la mujer los mismos derechos civiles y políticos que al hombre, y a que persiga la supresión de cuantas leyes colocan a la mujer fuera del derecho común. Y en octubre del mismo año, el
244 P. GRACIANO MARTNIZZ Congreso del partido socialista alemán , reunido en Erfurt, ponía por lema de su progarna. «El sufragio universal, sin distinción de sexosb y proclamaba «la abolición de todas las disposiciones legales que colocan a la mujer en condición inferior a la del hombre, desde el punto de vista del derecho público y del derecho privado». ¡Que no se diga nunca que los socialistas son mejores defensores de los derechos de la mujer que los católicos!...
IX laos Derechos políticos de la mujer. En el espinar del feminismo.—Pretensiones ridículas.—E1 «Senado de las matronas romanas.—Una réplica de Madama Sttel a Napoleón.—Por bordar una bandera . —La primera sufragista. —Los prelados católicos de los Estados Unidos y el sufragio femenino.— Otra vez Stuart MIL—Primeros triunfos sufragistas en Europa.— El sufragio femenino por Australia y Nueva Zelanda.—Una bandera gloriosa de Juana de Arco. —Brillante movimiento feminista católico.—Unos cuantos feministas españoles.—Titubeos de Concepción Arenal.—El feminismo de las •Cartas Trascendentales».— Chistes manidos.— Sentir de dos preclaros jesuitas.—Un feminista de verdad: el P. Sertillanges.—Lo que debe constarles a los católicos.—Una tontería de Bébel.—Refutando objeciones.—Risueño optimismo.—E1 mejor Congreso de la Haya. —Un saludo a lo por venir . Hemos visto que la mujer no se halla, ni mucho menos, en el pleno disfrute de sus derechos civiles, por más que se vaya adelantando no poco en su conquista. Ahora vamos a ver cómo tampoco se halla en disfrute de los , derechos políticos, que es por lo que en algunos países más bravamente se lucha, llegando en ellos ciertas mujeres a verdaderas demasías, rayanas en demagogia ultraanárquica. Estudiaré en este capítulo la cuestión, en general, y, en el siguiente, ceñiré mi estudio a los derechos políticos en la mujer española.
24 P. °SACIAN° MARTINEZ Confieso que, al meterme espesura, adentro, por lo que podría muy bien llamarse hondo espinar del feminismo, me pongo a discurrir con deseo de agradar aún a los espíritus más radicales, y con positiva certidumbre de serles displicente. ¿Cómo, pensando según se debe pensar, he de complacer yo a los feministas exaltados que, cuando en 1908 se presentó la señorita Juana Laloe, candidata a una de las concejalías por los barrios de París, no siendo, como no lo era, elegible, iban vitoreándola por las calles tumultuosamente y aun conquistándole unos cuantos centenares de votos —más de novecientos— bien que, tratándose, como se trataba, de una jovencita bella, simpática y graciosa, no significasen más los lisonjeros votos que un homenaje a la gracia y a la belleza de la intrépida parisiense? Y si bien seguro estoy de que no he de agradar a tales exaltados feministas, aun lo estoy más de desplacer a los que, cuando la elección de Poincaré para la presidencia de la República en Francia, aplaudieron frenéticamente a no recuerdo qué señorita que se atrevió a presentar también su candidatura, como ya la había presentado, treinta y tantos años hacía, Victoria Wooball para la presidencia de la República de los Estados Unidos, bien que ya para entonces fuera presidenta del club titulado «La Sociedad del amor libre». Hay pretensiones feministas que, con no pasar de tales, traen sobre las pretendientas el colmo del ridículo, Se ponen a la altura de la pobrecilla Miss Tennie cuando solicitó el empleo de coronel del noveno regimiento de milicianos, invocando el ejemplo de la Doncella de Orleans...
LOS DERECHOS POLíT1COS DE LA 247 Aunque la lucha de la mujer por la conquista de sus derechos políticos parece de ayer, porque ayer fué cuando comenzó a agudizarse hasta llegar a constituir una preocupación universal, la historia no está exenta de chispazos feministas, aquí y allí, con que la mujer aparece queriendo tomar parte activa en la política. Ya en la misma Roma politiqueaba la mujer. Los historiadores nos hablan de un con . ventus matrona • rum que más tarde se llamó senáculunt, senado pequeño de matronas, donde nos dice Suetonio que se disputaba acaloradamente y que se andaba hasta a la greña... Se dictaban senado-consultos, sobre cuestiones de etiqueta y costumbres suntuarias, estableciendo quiénes podían usar carruaje tirado por caballos o mulas, o literas guarnecidas de plata o de marfil, y quiénes podían llevar oro y piedras preciosas en su calzado. Hasta se deliberaba sobre los honores públicos que se querían rendir a algún magistrado y se recaudaban fondos para erección de estatuas y monumentos, Y si bien en las elecciones no se les confería aún el sufragio, pero sí podían recomendar candidatos a los electores: entre los mani • tiestos que se descubrieron en los muros de Pompeya había muchos que estaban subscritos por mujeres (1) . Durante la Revolución Francesa sabido es que las (1) Desde loe tiempos del viejo Catón habían conquistado ya las mujeres el derecho a ser elogiadas públicamente por sus grandes servicios a la patria; y en las exequias de una de esas mujeres, cuando sus cadáveres eran llevados a la tumba, se veía a los portadores del féretro pararse en el Foro y subir a la tribuna a Un magistrado que pronunciaba un encomiástico panegírico fúnebre d. aquella mujer.
248 P. GRACIANO MARTINEZ mujeres pedían los mismos derechos políticos que disfrutaban los hombres, y, luego, sabido es también que, como Napoleón, enemigo de intromisiones de la mujer en los asuntos públicos, reprendiese duramente a Madama Stáel por escribir de cuestiones políticas, le replicó la egregia escritora que de ningún modo se podía vituperar a la mujer por inmiscuirse en la política, en un país donde por la política se le rebanaba la cabeza. Y entre nosotros bien sabido es lo que le sucedió a l a joven viuda Mariana Pineda que tan activa parte tomó en favor de nuestros viejos constitucionalistas. Por haber bordado una bandera con las palabras «Libertad o muerte» fué encarcelada y torturada, llegando a mantenerse tan íntegra, al quererle arrancar confesiones descubridoras de cómplices liberales, que causó general asombro ver a una joven tan bella, madre de dos hijos, preferir ser ahorcada, como lo fué, habiendo sido antes paseada sobre un asno, según la estúpida costumbre de entonces, a descubrir a ninguno de los que maquinaron el triunfo de la Constitución. Aquella mujer había escalado las cumbres de la sublimidad. Ni siquiera, al pie de la horca, quiso aceptar el perdón que se le ofrecía si delataba a sus cómplices, subiendo las gradas del patíbulo serena y aun regocijada, como si asistiese a un festín... Sin embargo, fué a mediados del siglo pasado cuando la cuestión sufragista comenzó a agitar hondamente las pasiones femeninas. Las mujeres norteamericanas que veían a grandes pensadores luchar aguerridamente por la conquista de los dere-
LOS DERECHOS POLÍTICOS DE LA MUJER 249 ches políticos para los negros, salieron a la palestra a conquistarlos para sí. No querían que los negros solos se hubiesen de ufanar con tan justa conquista, y lucharon briosamente por hacerla extensiva a la mujer. Y conste que, según Helena Haines nes dice (1), lué. una mujer católica, Margarita Brent, por el año 1817, quien demandó a la Asamblea Colonial el derecho del voto, constituyéndose en la pri, mera sufragista de los Estados Unidos. Al año si. guiente 1848, ya, bajo la presidencia de Lucrecia, Mott, hubo una asamblea de sufragistas —la primera de todas— en que se pidió la igualdad del hombre y de la mujer en la participación del gobierno, y en el año 1850 ya se celebró en Worcester (Massachusetts) un gran congreso feminista en que se reclamaron enérgicamente los derechos políticos de la mujer. En la década del sesenta al setenta del siglo pasado, fué cuando más arreció la campaña feminista, reclamando los derechos políticos. Había entonces en los Estados Unidos muchos más hombres que mujeres. En California había tres hombres por una mujer, en Wáshington cuatro, en Nevada ocho, en Colorado veinte.... La mujer tenía que verse mimada por el sexo masculino, y, al verse tan mimada y requerida, sentirse superior, e indignarse de no ejercer aún los derechos políticos como el hombre. Con todo, la cuestión feminista aún tardó en alcanzar positivos triunfos en aquella nación. Fiié (1) Catholie Wornanhood and the Suffrage, articulo publicado en The Cathodie World. octubre 1915.
"250 P. GRACIANO MARTÍNEZ en 1910 cuando díó un verdadero paso de avance consiguiéndose que doce de los Estados Unidos diesen el sufragio a la mujer, quedando len ellos ha bilitadas para emitir su voto cuatro millones de mujeres, como ya lo estaban en Wyoming desde 1890, en Colorado desde 1893, en Utah desde 1895, y en Idaho desde 1896. Y aquí pienso que fuera injusto preterir que los prelados católicos, en general, veían con muy buenos ojos que se concediesen los derechos políticos a. la mujer . Cuando se consiguió el sufragio femenino en el Estado de Iowa, dijo el Obispo de Des- Moines, y, lo dijo nada menos que en un sermón, pronunciado en la Catedral: I contemplate the prospect of equal suffrage in Iowa with satisfaction, narrando a continuación lo mucho que la Iglesia católica había hecho por la mujer. Y Monseñor Ireland dijo, a raíz de haber obtenido las mujeres el sufragio político en Wyoming, estas notables palabras: Si alguna vez las mujeres han de tener derecho al voto, creo que eso empezará en América. Tenemos ya un Estado, el de Wyoming, en el que ya les está, concedido. He sabido el otro día que en dicho Estado acaba de ser elegida uña mujer alcaldesa de la ciudad; y al día siguiente de su elección, todas las tabernas estaban cerradas. Lo que viene a demostrar que no hay que desesperar del mundo si el sufragio de las mujeres llega a ser decretado (1). (1) =La situación del Catolicismo en los Estados Unidos.. Confe-
LOS DERECHOS POLÍTICOS DE LA MUJER 251 De los Estados Unidos la cuestión sufragista se propagó a Inglaterra, donde, inspirado por su esposa, dama de altos talentos, se puso al frente de los feministas el célebre Juan Stuart Mill, con su notable obra The Subjection of Minen (1869) que fué y continúa siendo un baluarte para todos los feministas exaltados. El insigne filósofo economista, no se contentó con escribir y se atrevió a llevar al Parlamento un proyecto de ley, pidiendo el voto para la mujer soltera y mayor de edad. Por cierto que cuando dicho bill se discutió, hubo oradores, :como un tal Mr, Boverie que, al combatirlo, decía que, siendo, por efecto de la emigración masculina, más las mujeres que los hombres, en la Gran Bretaña, pronto, si pasaba el bill aquél, se vería afeminarse la politica exterior de Inglaterra y ser monopoliza-- dos todos los cargos por las mujeres, que llegarían a ser los únicos funcionarios públicos del Reino Unido, corroborando su aserto con el hecho de que ya hubiese habido escritor que en la Fortnightly - Review había osado pedir el ingreso de las mujeres en la milicia. El pensamiento de Stuart Mill cundió en seguida por varios parlamentos, y en algunos países con éxito sonriente. En Islandia, — la antigua Tule -, colonia danesa, quizá más adelantada que su metrópoli, bien pronto se vió a las mujeres compartiendo con los hombres casi todos los cargos públicos, a lo cual contribuyó en gran parte la autonorenda pronunciada en París, en 1992, en el Salón de la Sociedad Geográfica.
258 P. GRACIANO MARTÍNEZ representativo con sufragio por clases, que tendría que ser plural, por haber personas adscritas a clases diversas, defiende terminantemente el voto de las mujeres: (hay clases, dice, corno el Ejército y el Clero, donde no podrían tener representación; pero no hay derecho alguno para negar el voto a la mujer en la agricultura, en la industria, en el comercio, tres categorías que representan el interés material; ni en la docente que representa el intelectual, puesto que dándose a esas fuerzas representación, la mujer no sólo tiene interés en ellas, sino que muchas veces está al frente de explotaciones agrícolas e industriales y formando parte de agrupaciones docentes y mercantiles. Los socialistas belgas no quieren el voto de la mujer, contra muchos católicos que le defienden, porque las mujeres no son todavía laicas, y sus sufragios darían fuerza a la reacción. Lo mismo dirán aquí, y es una razón para decir nosotros lo contrario, que, por otra parte, es consecuencia de un principio. Cuando la mujer apoya una causa, ésta tiene hipotecado el éxito; cuando la abandona, sin una fuerza sobrehumana que cambie los hechos, es evidente el fracaso. Un sano y robusto feminismo es una consecuencia cristiana» (1). Cuando Martínez Sierra se dirigió a muchos de nuestros literatos con cierto interrogatorio preguntando si la mujer debía o no gozar de los derechos políticos, sabido es que muchos de ellos respondieron terminantemente que sí, pareciéndoles. injusti- (1) Declaraliones del Sr, Mella. El Correo Español del 3 de enero de 1914.
LOS DERECHOS POLÍTICOS DE LA MUJER 259 cia manifiesta lo contrario. «La mujer—decía Ricardo León— ha de ser igual al hombre en la vida política y civil (gpor qué un jayán ha de tener más derecho que -una: mujer de superior espíritu?), que ha de intervenir con harta más rectitud y seriedad que nosotros en todas las funciones de la ciudadanía, quieran o no los pacatos de la derecha o de la izquierda, de los cuales son los últimos los más ferocs esclavistas.» Y Francos Rodríguez, que ya, antes, discutiéndose en el Congreso el proyecto de ley llamado de Administración local, había defendido la conveniencia de que las mujeres formaran parte de los Concejos, decía entre otras cosas al autor de Canción de Cuna: Para. ir venciendo los escrúpulos y moderando la extrañeza de cuantos rechazan la intervención femenina en la vida política, bueno fuera que se piense como prólogo de la obra, el acceso 'de la mujer a los Ayuntamientos. Muchas de las cuestiones municipales requieren indispensablemente el concurso femenino. ¿Cómo considerar a las mujeres ajenas a problemas que se llaman educación, vivienda, alimentación, abastos, y otros parecidos? Búrlense cuanto quieran quienes suplan con ingenio la razón; pero es lo cierto que en los Municipios se nota falta del espíritu femenino. Al cabo y al fin, es todo Concejo como un hogar común, donde, a cada paso, hay que tratar de hábitos de la vida, de tradiciones locales, de cosas, en fin, acerca de las cuales pueden definir cuantos en la comarca viven, y muy s ingularmente las mujeres.» ¿Se iría perdiendo? Yo juzgo que no. Iríamos ganando muy mucho. Allá va un ejemplo hipotético:
260 P. GRACIANO MARTÍNEZ hubiera en el Ayuntamiento de Madrid una mayoría nutrida de concejalas, y de ningún modo viéramos las tupidas redes de mendigos que se extienden por todas las calles, y cuyas mallas están, en su mayor parte, formadas de pobrecillos niños, alquilados las más de las veces por madres fieras o mujeres sin entrañas... Y no digamos nada de la limpieza de las calles, del embellecimiento de los jardines, del aseo de los mercados, de la pureza y escrupulosidad de las confiterías y tahonas, de la justeza de pesas y medidas, de la salubridad e higiene de talleres y de fábricas, y hasta de la moralidad de las cárceles y del enfrenamiento de los prostíbulos. Pero aún más explícito que Ricardo León y que Francos Rodríguez, estuvo D. Julio Cejador. Véase como piensa: «para que se me entienda claro, mi opinión, amigo Gregorio, es que la mujer debe tener iguales derechos que el hombre, en todo y por todo, porque al cabo y a la postre, es hombre—homo--, y contribuye por la mitad a la vida de la sociedad, de la familia y del individuo. Pero ha de portarse en la práctica de esos derechos y de sus correspondientes deberes, como mujer, no como varón.» Y en otra de sus cartas abiertas a Martínez Sierra, dice ciñéndose a los derechos políticos de la. mujer: «Las leyes sociales las dan los - mismos que forman la sociedad, acomodando al vivir en común las leyes naturales que su conciencia de seres racionales les dicta. Ahora bien; ese imperativo categórico por el cual el hombre se dicta la ley a sí mismo en el foro de su conciencia s no es privilegio del varón sino del ser
LOS DIIREGUOS POLÍTICOS DE LA MUJE14 2t) humano; por consiguiente, no lo es menos de la mujer. Es, pues, una injusticia el juntarse solos boro. bres para legislar sobre hombres y mujeres robando a éstas el privilegio que la naturaleza les da lo Mismo que a ellos. Además que los varones podrán entender de lo varonil, de lo femenino hemos de suponer que mejor entienden las hembras. La ley, dada sólo por varones, es sólo media ley humana, puesto que falta la otra mitad, la que den las mujeres.» Y por lo que toca al ingreso de la mujer en los Ayuntamientos, dice el mismo Cejador: «Prétvie se ella, según decimos, con cincuenta mil alfileres, mientras el hombre se atosiga con sólo prenderse giP alfiler de corbata, y así acude a su esposa las más veces, para que se lo prenda. No es el hombre para esas menudencias. Si él tuviera que correr con la cuenta del panadero y carnicero, de la planchadora y lavandera, daríase a. todos los diablos, y en casa andaría todo manga por hombro. Pues bien; la ad - ministración municipal no es más que ese enredijo de cuentas con carniceros, panaderos, carboneros y demás sacadineros, en cuyas trabacuentas las Juntas de Subsistencias («de abastos» se dice ea castellano) se hacen un lío, acabando los más cumplidos varones, aunque sean unos Paraísos por echarlo todo a rodar, e irse, diciendo: ¡Ahí queda eso!» Y ya antes, varios años antes, se había defendido en España el voto político activo de la mujer. Se lo dijo en pleno Congreso Alcalá Zamora a los republicanos cuando la e publicación de aquel manifiesto famoso que firmaba el Directorio acabado de for-
262 P. GRACIANO MARTÍNEZ marse bajo la presidencia de Lerroux, y del cual se hicieron por entonces saladísimas y retozonas críticas. «En vuestro programa omitís, decía Alcalá Zamora, cosas como el voto femenino, que hace ya diez años.que lo votamos aquí: Villanueva, García Prieto, Alba, Burell y yo...» Creeríamos cometer una verdadera injusticia si no apuntáramos aquí la brillante campaña en pro del voto de la mujer que ha venido haciendo El Debate y sigue haciendo aún, con una persistencia dignísima de alabanza y que delata muy elocuentemente que sus inspiradores y redactores saben la hora en que viven y tienen una pupila que alcanza a yer muy lejos. Véase lo que decía en el número del 6 de diciembre de 1918, y antes lo había dicho ya en substancia repetidas veces: «A las derechas españolas, semejante reforma,. lejos de asustarlas, les debe merecer decidido apoyo, puesto que la inmensa mayoría de las mujeres de España son cristianas, católicas fervorosas. Y, sin embargo, si se exceptúa al insigne Vázquez de Mella, los prohombres de los grupos derechistas no han reconocido en esta interesante modificación legal la trascendencia que realmente tendría. De ahí que a veces en la labor democráticamente reformadora vayamos a la zaga de las izquierdas, regateando el contenido de sus proyectos u oponiéndonos a ellos. Y no es esa nuestra misión. En la lucha política, como en la militar, el que lleva la iniciativa ya ha vencido en algún modo, y la defensiva, si no se alterna con la ofensiva, conduce a la derrota. No hay
LOS DERECHOS POLÍTICOS DE LA MUJER 263 pa iba que confundir la democracia con la demagogia. Debemos, por ende, las derechas adelantarnos a plantear avances democráticos, que son patrimonio cristiano, y que, merced a nuestra pusilanimidad, un tanto inconsciente, figuran, o han figurado, como elementos del ideario izquierdista.) Y unos cuantos meses después, en un articulito que titulaba: «La Realidad manda», decía estos pag rafitos de alta prudencia política que harían bien en tener muy en cuenta nuestros políticos católicos para que no nos suceda con el sufragio femenino lo que nos sucedió con la implantación del sufragio universal; pues sabido es que mientras los católicos discutían sobre la licitud del sufragio, los liberales se hicieron dueños de toda la política española. «Hoy se avecinan realidades cuya calificación podrán y deberán discutir los pensadores, los teori zantes; mas al político no le atañe intervenir en esas disquisiciones, sino reconocer los hechos y actuar en consecuencia, de modo que los intereses de la Religión y de la Patria queden a salvo o sufran el menor perjuicio posible. Concretemos. Que las mujeres votarán en España, como votan en otras naciones es evidente. Temprano o tarde, votarán. Estudien, en buen hora, los filósofos de la sociología y de la política si es o no conveniente el voto femenino. A los políticos toca dar por descontada la seguridad de que habrán de votar las mujeres en nuestra patria, y procurar que en su día voten las mujeres católicas en pro de las soluciones salvadoras.
2o4 P. GRACIANO MARTÍNEZ Importa no nos ocurra lo que con el sufragio universal, que lo dejamos en manos de nuestros enemigos, cerca de una centuria, mientras disputábamos sobre su licitud o ilicitud. Y así se adoptaron tantas disposiciones funestas y gobernaron tantos repúblicos fatales, sin que nosotros, con nuestros votos, impusiéramos, como pudimos imponer, nuestros principios, nuestros intereses sagrados y nuestros hombres preclaros. » Por lo que acabo de citar, se ve que en España estamos ya a mil leguas de la eminente feminista Concepción Arenal que no quería ver a la mujer afiliada a ningún partido político, ni siquiera tener voto, cdntentándose con ser ilustrada para que, aunque no tomase parte directa en la política, influyese eficazmente en ella. He aquí sus palabras: «Y la mujer, ser inteligente, ¿no ha de tener opinión ni influencia en una cosa tan importante como la política? Puede pertenecer a una escuela, puede tener opinión e influir en la 9e otros por muchos medios eficaces, pero no quisiéramos partido ni voto. ¿Le necesita, por ventura, para contribuir poderosamente al triunfo de sus ideas? De ningún modo. Cuando sea ilustrada, influirá en la politica, aunque no tome parte directa en ella, porque influirá en el voto del hermano, del esposo, del hijo, del padre y hasta del abuelo» (1). (1) La mujer del porvenir, pgs. 100 y 101. Trece años después de la publicación de este libro dió a la estampa Concepción Arenal otro, titulado La mujer de su casa, donde rectificó algunas de las ideas de su libro anterior, y que más bien que ideas y cosas pensadas eran, como dice bellamente la Pardo Bazán, clirismos de un
LA MUJER. Y LOS DERECHOS GPI, ILE'S Se ve a la gran pensadora como titubear y andar a tientas, cosa que nada debe extrañar, pues, ea stJ tiempo, aun se juzgaba cuasi sagrado el inmenso muro de prejuicios que había que romper y derruir. Corno que por los años en que ella publicaba su enjundioso libro La mujer del porvenir, aparecieron una porción de ellos en nuestra patria, muy pomposamente feministas, como el titulado influencia de la mujer en la regeneración social, de D. AnIki nio Pareja Serrada, que parece haber sido escrito casi de hinojos ante la mujer (1), y todos ellos abominan los derechos políticos femeninos. Uno de los aludidos autores, D. Eusebio Roldán y López, no solamente se opone a los derechos políticos de la mujer, sino que se declara abiertamente contrario a que ejerzan cargos políticos. Nada de sacar a la mujer de su eterna rutina (2). Y otro de los autores, corazón que, sin advertirlo, soñaba todavía a la mujer con aureola, nimbo y vara de azuzenas en la mano.. Nuevo Teatro Critico, Febrero de 1893. p. 289. Así en su segundo libro Concepción Arenal ya defendió los derechos políticos de la mujer, y ya no reclamó para ésta 'e i sacerdocio con preferencia al hombre. En el extremo de querer con preferencia el sacerdocio para la mujer hace muy bien la Pardo Bazán en apartarse de su paisana, que hasta quería hacer de la religión «principalmente un sentimien- to...» (1) Influencia de la mujer en la regeneración social,—Estudio critico por don Antonio Pareja Serrada, 1880, (2) Las Mujeres ya votan y son superiores al honibre.—Contestación a Dumas y a G-irardín, por D, Eusebio Roldán y López. Madrid, 1881. Sin embargo este Sr. Roldán y López es de los feministas españoles más avanzados que escribían allá por el año ochenta y tantos; pues aunque condena el sufragio, lo condena igual para el hombre que para la mujer, y niensa que, restringiéndole a quienes supieran
266 P. GRACIANO /1,1ARTINEZ _D. José María Ovejero de los Cobos, trina contra. las modernas tendencias feministas que piden-para. la mujer la intervención en la vida pública, en el Parlamento, en el Municipio, en la cátedra, tildándolas de «iconoelásticas», porque «así como los iconoclastas combatieron el culto de las imágenes, derrocándolas de los altares y quemándolas en las plazas públicas, hoy quiere destruirse la figura histórica femenina..., derrocándola del hogar, su altar legítimo». Y llega a decir que, si tal se consiguiera, «el infierno del Dante sería un apacible monasterio al lado de semejante desquiciamiento»; pero piensa cue se trata de un delirio irrealizable, y que, por lo tanto, pcdemos vivir tranquilos. Y piensa así, «porque a la realización de semejante delirio se oponen a un mismo tiempo la fisiología, la psicología y la. religión» (1), leer y escribir, y estuviesen emancipados de hecho y de derecho de= lapatria potestad y pagasen una determinada cuota de contribución, se podría hacer extensivo el voto al hombre y a la mujer Quien no votase a sí mismo se tendría que culpar, por no ponerse en. condiciones de ello, aprendiendo lo que no sabia y trabajando y ahorrando para llegar a la cuota fijada de contribución, lo que daría como resultado un gran aumento de la riqueza privada, y, por consiguiente, de la pública. (1) Influencia de la Mujer, como Hija, Esposa y Madre en el Hogar doméstico y en la Sociedad, por José Maria Ovejero de los Cobos. Toledo, 1888, p. 69. Es la obra ésta una substanciosa memoria, bastante bien hecha, a pesar de ciertos lunares gramaticales, como los de emplear «amativiclad» y «pretencioso», vocablos que no existen en nuestro idioma, y de ciertas ligerezas como las de hablar, en los ya olvidados tonos de nuestros progresistas, de la inquisición y de. Felipe II. Resulta ridículo todo aquello del «chirrido de carnes inocentes chu rruseadas impíamente en los braseros de la Inquisición » págs. 24 y
LOS DERECHOS POLÍTICOS LA 7NIUJER 267 Pesaba como ingente montaña de plomo sobre todos ellos, aunque ni siquiera las citasen, el antife-- minismo de las Cartas Trascendentales, de Castro y Serrano, que llevaban un cuarto de siglo de inmensa boga. Y no se me censure por tildar de antifeminista a quien tan hermosamente rompe, a veces, lanzas en pro de la mujer, como cuando ridiculiza a los jóvenes finos y pulcros que pasan el día vendiendo puntillas y encajes, detrás del mostrador, o a «los tagarotes de veinte años, recién venidos de la Liébana, que con las manos amoratadas de sabañones, doblan plieguecitos de papel y los casan y arreglan para formar cuadernillos de escribir», .o a los señores que «ocupan sus viriles años en vender cajetillas de Alicante y pitos de la Coruña, papel de la Pantera y fósforos de Yurrita, corno si en efecto estuvieran haciendo algo»; en suma, a todos los usurpadores de_ oficios y empleos de la mujer. Era antifeminista quien redondamente le niega a la mujer el derecho a instruirse, porque la quiere «ignorante», bien que haga mucho hincapié entre los adjetivos ignorante y estúpida; quien afirma ter minantemente que no hay por qué ni para qué enseñar a la mujer «las ciencias, las artes y la industria», y quien hasta desprecia el hablar del derecho elec- . 25). Eso aparte del inconsiderado lirismo que fluye por muchas páginas, pensando con ello glorificar a la mujer, cuando, en realidad, lo que hace es empequeñecerla y desaureolarla, siquiera sea inconsciente mente. Véase lo que dice hablando de las misiones de la mujer: «Su misión es servir para ser seducida en el paraíso porque ama la curiosidad• (p. 10.) ¡Linda misión asigna a la mujer este buen señor Ovejero de los Cobos!...
274 P. GRACIANO MARTÍNEZ Se inviste del derecho electivo al gañán que no ha hecho otra cosa en sus días que destripar terrones, ¿por qué se les ha de negar a las mujeres cultas que, dígase lo que se quiera, hoy son legión? Esto es una injusticia ignominiosa. La sensibilizaré más y más con el siguiente ejemplo. Cualquier rica viuda que por ahí tenga alguna gran propiedad territorial o alguna gran fábrica, ve en el día de elecciones que van todos sus colonos o todos sus obreros a emitir su voto, a lo mejor contra los intereses de ella, que les da trabajo, y, por consiguiente, de comer, y esa rica viuda no puede ir a emitir su voto, como sus colonos y sus obreros. Lo que sí puede —y debe, que es lo peor—, es ir a pagar sus contribuciones y a sacar su correspondiente cédula Para ir a entregar dinero al fisco se la conceptúa persona cabal, mas para ir a votar en días de elecciones es inhábil, es una eterna menor. Y si sólo fuesen a votar sus obreros y sus colonos... pero van también los viciosos, los degenerados, los libertinos: todos tienen derecho a emitir su voto. Sólo no lo tiene ella, porque es mujer, así sepa más que toda aquella manada de egregios votantes. El golfo que recoge en la Estación del Norte o del Mediodía el equipaje de una distinguida señora, tiene voto, y la distinguida señora no lo tiene. El alcoholizado que ha dormido ya mil borracheras en el Abanico, tiene voto, y la venerable señora que lleva empleados varios años de vida en hacer bien a los pobres y a los desamparad os no lo tiene. Reconózcase que no hay asomo de justicia en conceder el voto político a cualquier zafio patán
LOS DERECHOS POLÍTICOS DE LA MUJER 275 y negárselo a la mujer honrada, culta e inteligente. A todas luces implica esa negativa muy poco respeto .a la equidad y a la lógica. Piénsese en que la mujer, sin el sufragio político, está equiparada al presidiario, al idiota y al loco. Yo no solamente creo que la mujer tiene perfecto derecho a la participación indirecta en el gobierno de la cosa pública, mediante el voto activo de elegir concejales y diputados, sino tainbién a la participación directa mediante el voto pasivo de poder ser elegida para ocupar un escaño lo mismo en el Congreso y en el Senado que en el Ayuntamiento. Y lo mismo que pienso yo, se me antoja que debían pensar todos los católicos. Es claro que se trata de una cuestión libre, sobre la cual nada hay definido ni dogmatizado, razón por la que cada uno puede pensar como quiera. Pero pensando según los dictados de la propia conciencia, a la cual nunca, por nada ni por nadie, se debe hacer traición, yo estoy seguro de que se debe pensar que son de toda justicia los derechos políticos de la mujer Medítense las siguientes palabras del insigne dominico francés P. Sertillanges: «a quienquiera que reflexione, apare. ce que el gobierno de la humanidad por la acción de los hombres solos, representa un estado de civilización inferior. Ello es algo así como el gobierno por solos los nobles, o por solos los militares, o por solos los grandes propietarios: un régimen de castas, y nadie osaría decir hoy que el principio de las castas no sea en la vida social un principio retrógrado» (1). (1) Ib., p. 154.
276 P. GRACIANO MARTÍNEZ A todo católico debe constarle no solamente que el cristianismo en nada se opone a los derechos políticos de la mujer, hecho que el insigne dominico que acabo de citar sienta con estas palabras: «je remarque d' abord que le christianisme, au nom du quel je parle, n'a rien á opposer par lui-méme aux droits politiques de la femme (1); sino también que el espíritu de la Iglesia ha tendido siempre a dar su participación en el gobierno social a la mujer. Cuando los Concilios se formaban, en parte, de personajes laicos, se veía entre éstos con frecuencia a insignes mujeres. En la Edad Media, cuando la Iglesia era casi omnipotente, jamás se opuso a las prácticas políticas de entonces, que daban acceso a la mujer a los diversos cargos políticos y administrativos. El Papa Inocencio IV. gran canonista, además de Jefe supremo de la Iglesia, reconocía el derecho electoral «a todos los mayores de catorce años, hombres o mujeres, sean éstas vírgenes o esposas, viudas o tutoras de menores». ¡Eso sí que es genuina democracia! (2). En Francia —y nos lo certifica el propio Montaigne, con ser bien antifeminista, en sus celebérrimos Ensayos (3), las mujeres que sucedían a los Pares tenían derecho de asistencia y de votación en las causas que pertenecían a la jurisdicción de los Pares. Y en esa misma nacionalidad, hasta los albores de la Revolución que barrió todos los derechos femeninos, votaban las mujeres en muchos asuntos públicos, y hasta las obreras tenían (1) Vid. Sertillanges, obra eit. p. 157. (2) Ib., p 158. (8) I, XLVII.
LOS DERECHOS POLÍTICOS DE LA MUJER 277 voto en los nombramientos de los consejos municipales, participando de ese modo de la administración corporativa de los municipios. Y aun debe constarles algo más a los católicos: debe constarles que los socialistas han dicho muchas veces que, aunque la mujer tenga pleno derecho al voto político, no se le debe conceder su ejercicio, porque aún no se ha sabido desprender de la influencia malévola de «los mitos religiosos que siguen ejerciendo en ella demasiado imperio», y con tales influjos se correría peligro de retrogradar a la ominosa Edad Media; y que, en el mismo Congreso feminista de 1900, hubo muchos exaltados feministas que, al tratarse de la cuestión del voto femenino, gritaron una vez y otra poco más o menos: ¡no se hable del voto de la mujer hasta tanto que no se haya emancipado de las viejas ideas teocráticas!... Estos feministas exaltados sabían lo que decían bastante mejor que Bébel, cuando aseguraba que los católicos nos oponíamos a conceder los derechos políticos a la mujer porque temíamos que ellosignificase un golpe decisivo á nuestra Religión . Basta tender una mirada por nuestros templos e • n las grandes solemnidades y ver quiénes los llenan, para reirnos de Bébel... (1). (1) Padecía el famoso leader del socialismo alemán la misma miopia de Dumas cuando pensaba que la mujer, metida en ]os negocios políticos, no haría la propaganda que hace de la Religión, lo cual conceptuaba él un gran bien. La mujer — y lo ha dicho el propio Dumas cien veces — es un sér eminentemente religioso, y un iér así, obraría religiosamente, ya que loa efectos siempre tienen que responder a la naturaleza de la causa.
278 P. GRACIANO MARTÍNEZ Y debe constarles algo más aún a los católicos: y es que las corrientes sociales son de día en día más favorables a la concesión de los derechos políticos a la Mujer, y lo serán más y más, a medida que se la vea desenvolver sus energías intelectuales y morales, conquistándose influencias salvadoras por su gravedad, por su corrección, por su delicadeza, por su amor a la justicia, por la rectitud de su conciencia vivificada, casi siempre, de recio espíritu cristiano; y que pronto, muy pronto, los derechos políticos habrán dejado de ser —quiérase o no se quiera por los recelosos y los tímidos de la izquierda y de la derecha— coto cerrado para el usufructo exclusivo del varón. Por mí —pobre grano de arena será mi humilde parecer, pero allá va el pobre grano de arena— que cuanto antes queden allanadas todas las murallas que cierran hoy por hoy ese coto, quedando éste a campo abierto, para que el sufragio universal no sea una de tantas mentiras convencionales en que se parapetan los vivos, los desahogados y los frescos. * * * Y ahora, sin pasar adelante, me entretendré unos momentos en refutar las más comunes objeciones con que pretenden muchos antifeministas combatir con pleno éxito los derechos políticos de la mujer, y ni mentaré siquiera la de los que se oponen al voto femenino, fundándose en que el masculino representa a toda la familia, ya que eso se lo refuta hasta la saciedad cualquiera a sí mismo con sólo tender una mirada al círculo de sus conocimientos,
LA MUJER Y LOS DERECHOS CIVILES y advertir que, infinitas veces, milita el hombre en un partido, por sacarle de cuyas garras daría hasta la sangre de sus venas la pobre mujer. Hay antifeministas que, para combatir la justa pretensión femenina de intervenir en el gobierno de la cosa pública, pues a ese gobierno están sujetas las mujeres como los hombres, alegan muy orondos y satisfechos que a la mujer nada le importa el meterse en la política, Y esto es un craso error: la política de los gobiernos crea las leyes gravadoras de los bienes de la mujer, impone los sistemas de educación que se han de seguir en las escuelas, y determina el número de hombres que han de formar en los ejércitos nacionales, y basta la diplomacia belicosa o pacífica que se ha de seguir. Y a la mujer le interesan en lo más vivo todas esas cosas, y debe en ellas intervenir de uno u otro modo, ya que ella misma y los suyos, los seres de sus entrañas, han de sufrir las consecuencias, Otros antifeministas, con una ilación lógica que anda aquí por las nubes y no la cogería el más volador aeroplano, argumentan diciendo: a la mujer se le debe negar el voto político por lo mismo que está exenta del servicio militar. La ilación es la misma que hay en este otro argumento: el hombre no debe disfrutar los derechos políticos, por lo mismo que está exento de la maternidad. Pero amén de que no hay ilación ninguna, y de que no se niega el voto a los mil y mil hombres inhábiles para la milicia, ¿es justo decir que no es soldado la mujer y que no va a la guerra? ¡Como si no estuviera en las avanzadas y en los puestos de más riesgo con los pedazos
280 P. CiFtACIANO MÁRTÍNEZ de sus entrañas, con los hijos que ha engendrado y criado y educado, y no sintiera tanto como ellos mismos los reveses terribles de las guerras! ¡Come si la sangre, que en los combates se derrama, no fuera su propia sangre, y como si las vidas que allí se extinguen no fuesen vidas de su propia vida! Pero esta objeción me parece verla perfectamente refutada en el siguiente párrafo de Cejador en una de sus Cartas Abiertas a Martínez Sierra. «En esto de la soldadesca— dice-- y en otras muchas cosas que parecen propias de solos hombres, Sancho dió cumplida solución al decir que el hombre ha de ser hombre y la mujer, mujer. En el campamento y en la ciudad, en paz y en guerra, hay menesteres femeninos, como los hay masculinos. La igualdad no está en que todos sirvan para todo: esa es desigualdad , como es injusticia la justicia no distributiva. A un letrado, corto de vista y flaco de estómago, no le darán en el campamento los mismos destinos que a un mozo de buena pupila y capaz de digerir piedras. ¿No hay cocinas, lavaderos, hospitales y demás, en el campamento, donde las mujeres se pintan solas y los hombres lo hacen peor que medianamente? Pues tome el otro mozangón el chopo, y deje a Marta con sus pollos». Otros antifeministas, en fin, una pulgada más justos y racionales, dicen que, siquiera parezca la cosa in Is natural del mundo el investir a la mujer de los derechos políticos, ya que los tienen hasta los más zafios gañanes , es forzoso el privarla de ellos en aras de los providenciales destinos caseros de la rn i jer, pues de lo contrario se convertiría con fre -
LA MUJER Y LOS DERECHOS CIVILES 281 cuencia el hogar en un campo de Agramante, ya que con frecuencia habría de darse el caso de que marido y mujer se afiliasen a partidos políticos distintos. ¿Por ventura no existe eso hoy? La mayor parte de las esposas de radicales empedernidos son tradicionalistas sensatas o conservadoras. El marido lo sabe, porque conoce perfectamente los nobilísimos sentimientos de su cara mitad. Y, no obstante, se vive en paz y armonía completas, sin que el radicalismo del hombre provoque más contratiempos que alguna que otra amante súplica, alguna que otra reconvención exquisita de la mujer. Igualada en derechos políticos con el hombre, sucedería, poco mas o menos, lo mismo. La mujer, que sabe muy bien que ha de estar sumisa a su esposo en cuan- to se refiera al gobierno de la casa y a los intereses domésticos, sabría muy bien persuadirle de que no debía ni podía forzarla a no emitir su voto en días de elecciones en favor del candidato que le impusiese su conciencia, como tampoco a no acudir a las Cortes, caso de que ella " misma fuese agraciada con un acta de diputado, a aportar su grano de arena al esclarecimiento de las cosas que se debatiesen, y en las cuales fuesen, como van a menudo, envueltos los sagrados intereses de su hogar, de sus hijos y de su patria. ---¿Que a la mujer política sería forzoso considerarla como una rival por parte de los partidistas contrarios, y que, siendo rival, ya no se le podrían guardar los mismos respetos que siendo sólo mujer? Eso nada argüiría contra ella. Por hacer uso jus- to de un derecho, no le rodaba de la frente la co-
282 P. GRACIAIVO MARTÍNEZ cona con que la mujer aparece siempre a los ojos de los hombres cultos, imponiendo respeto y galantería. Y si hubiese desconsideraciones, eso sólo probaría que había menguados y miserables. Ya se habrá advertido que yo no defiendo el voto de la mujer, fundándome en los argumentos corrientes de los feministas exaltados. Cuando se discutió en el Parlamento inglés el proyecto de ley de Stuart Mill, pidiendo que se diese voto a las mujeres—a las mujeres que fuesen jefas de establecimientos, y pagasen los impuestos correspondientes, que eso sólo pedía aquel bil/—muchos feministas quisieron hacerse fuertes con el especioso argumento de que la mujer que paga el impuesto, debe votarle antes, para que así lo pague luego gustosa. ¡Si no le pagan, gustosos, los hombres porque le hayan votado de antemano en el Parlamento! Lo pagan porque... se les exige a viva fuerza el pagarlo. Otros, los más, defienden el voto de la mujer, fundándose en que el derecho del sufragio es una prerrogativa natural inalienable de la mujer, lo mismo que del hombre, y juzgan a la mujer injustamente degradada, en tanto no le sea concedido el voto. Piensan que el voto es un derecho natural inherente a la ciudadanía. Y si las mujeres son ciudadanas como lo son, tienen derecho a votar, por lo mismo que le tienen a procurar ser felices, libres, independientes. Pero yo no creo en tales derechos naturales: los derechos naturales son los que brotan del individuo en sí, antes de considerarle con relación al Estado. Los derechos a la vida, y a la libertad, son naturales
LOS DERECHOS POLÍTIC09 DE LA MUJER 283 porque preceden a la idea de gobierno, que ha nacido para ser la salvaguardia de los derechos individuales. El voto no es derecho natural ni del hombre ni de la mujer: en muchos estados no existe ese voto. Se trata de un derecho, creado por los mismos Gobiernos para que los votos ciudadanos coadyuvasen a la obra gubernamental, pues así lo requería el buen gobierno de la nación. Yo defiendo el voto de la mujer, porque viviendo, como vivimos, en verdaderas democracias, el sexo femenino debe ser tan considerado como el masculino, ya que forma, por lo menos, la mitad de cada pueblo, la mitad del género humano. Y lo defiendo además por otra razón potísima: por los bienes innúmeros e imponderables que ese voto habría de acarrear, a la sociedad, pues estoy seguro de que se habría de mejorar la obra de los Gobiernos y habrían de ser más respetadas las leyes, y los derechos individuales mejor protegidos, No puede negarse que, si las mujeres decidiesen con su voto, como podrían decidir, veríamos aparecer leyes sabias y protectoras de los pobres, de las mujeres y de los niños.. A éstos se les prohibiría o, por lo menos, se les limitaría considerablemente el trabajo. Se crearía el servicio de dentistas en las escuelas, no solamente para que los niños tuviesen sana la dentadura, sino para que supiesen conservarla siempre sana y limpia; se establecerían escuelas-asilos para los niños de las mujeres obreras, donde los niños tuviesen a su disposición leche pura y vivificadora para que tomasen un buen vaso a horas determinadas; se crearían pensiones para las madres que
290 P. GRACIANO MARTINSZ gre y con su sangre, su corazón. Abríguese de ello convicción plenísima: si algún día ha de imperar en la tierra la paz santa de los cielos, ese día sólo amanecerá cuando la mujer, en medio de los conflictos internacionales, pueda arrojar su corazón y formar con él—con corazones de mujeres—un muro en que se estrellen todas las malas inteligencias y todos los odios y rencores y todas las avaricias desatadas. ¡Saludemos a esa futura sociedad que así ha de sonreir, tranquila y dichosa, bajo un régimen político en que intervengan las madres y las esposas, inspiradas siempre por las doctrinas de la Cruz, únicas que pueden hacer que en la tierra sonría la paz santa y dichosa de los cielos!
x La mujer espada y los derechos políticos. fu aluvión de histerismo.—Las sufragistas inglesas y galas. Feminismo epiléptico.—Hermosos imposibles españoles.—Las vírgenes rojas.—Un humilde deshoje de flores a loe pies de las mujeres lispanas.—Los Chaumettes españoles.—Un gran acierto del Cardenal Primado.—•Acción católica de la mujer.—Unos preciosos momentos de examen de conciencia.—La mujer española y los itines. —Ese inda]. os farisaicos e hipocresía social.—Un par de años . de preparación y... a las urnas.—La mujer elegible.— Con pies de plomo.—Lo exige la esencia actual de nuestra política.— ¿ántifeminista? ¿apóstata de mi mismo?—IIn vistazo al hemiciclo 'de nuestro Congreso y de nuestro Senado.—Certera pupila de la Salazar, de Palacio Valdés.—Un mote honroso.—Idiosincrasia española.—Estamos en la tierra de Don Juan Tenorio...—Lógica divina de la sangre.—Mientras no se sanee muy mucho la polítiea.—Nada de exageraciones utópicas.—Feminismo contra feminismo.—La ciencia de las ciencias y la política de las políticas.— Sabias palabras de Benedicto XV.—Siempre adelante, persiguiendo ideales sublimes... Conste que, al hacer aplicación de lo apuntado en el capítulo anterior a la mujer espafiola, lo primero que se me ocurre es desatar una lluvia de flores sobre su frente, por no haberse dejado embelecar por cantos de sirenas revolucionarias, y haberse mantenido limpia, hasta de las salpicaduras de las enconadas polémicas y desollantes diatribas en que, con escándalo del buen sentido, se han enlodado las mujeres de otros países.
292 P. GRAGIANO MARTÍNEZ Porque se ha de saber que el feminismo revolucionario en algunos países, especialmente en Inglaterra, desencadenó un verdadero aluvión de histerismo, mostrándonos un ejército de mujeres que parecían locas furiosas escapadas de algún manicomio. «¡Antes que hijos, el derecho a votar! el grito siempre de las mil revueltas y agitaciones violentísimas que provocaban en Londres las célebres agitadoras feministas señora y señorita Pankhurst, (I) cuyas fervorosas adeptas no se contentaban con gritar desaforadamente por las calles y reñían campales luchas contra la gendarmería y aun llegaban a constituirse en monipodios de anarquistas incendiarias. No hubiera reportado la terrible guerra a la pérfida Albión más beneficio que el del pleno triunfo femi- ni , A . a., pues fué, durante aquellos días trágicos, cuando se les concedieron a las mujeres inglesas todos los derechos políticos —y muy justamente, porque supieron substituir al hombre en todo linaje de actividad, y no sólo prestaron imponderables servicios en fábricas de municiones, de automóviles, de locomotoras, sino que resultaron excelentes policías— y tendría abundante motivo para bendecirla, a pesar de los sufridos descalabros dejando de ser todopoderosa y teniendo que mendigar el amparo de Wil- 1) Al Congreso pacifista que, durante la guerra, celebraron las mujeres en Holanda y al cual llevaron las mujeres inglesas la representación de treinta y ocho asociaciones femeninas, —¡cosa Tara!-- ni Mrs. Pankurst, la jefa de las sufragistas inglesas, ni su hija Cristabel, qW---,ieron asistir, mostrándose contrarias a la asamblea pacifista!,-
LA MUJER ESPAÑOLA Y LOS DERECHOS POLÍTICOS 293 son. ¡Ahí es nada que las inglesitas estén ya del todo satisfechas, gozando los mismos derechos políticos que los hombres, y no habiendo jamás de ser tentadas a romper a palos y sombrillazos contra los policías por las calles de la gran City!... Y las feministas galas dejaron muy atrás a sus conmilitonas las inglesas. Aquello era un horror, Al feminismo de nuestras exaltadas vecinas, más que reivindicaciones sociales, lo que le hacía falta eran medidas terapéuticas y aun quirúrgicas. En sus labios, en sus plumas, y a menudo también en sus ac ciones, relampagueaba un feminismo epiléptico que parecía incubado en algún antro diabólico. Y cuenta que hasta mujeres de positivo talento como la gran arqueóloga madama Dieulafoy que se vestía, y dicen que aun se viste, de hombre, eran arrolla. das por el turbión de locura. Yo me he quedado aturdido al leer a ciertas feministas francesas —he procurado leer cuantos libros feministas han llegado a mis manos para conocer a fondo el asunto— y ver hasta dónde llegaban nuestras vecinas en su frenesí. ¡Qué admirablemente comprobado aquello de corruptio óptimi péssimal Yo no temo que las españolas lleguen jamas a tales desenfrenos de salvajismo y de... tontería. Una madama Pognon que, en el Congreso feminista de 1900, abogaba por que pasase el reinado de la caridad, que para élla ha bía durado ya demasiados siglos, en nuestra querida patria es, afortunadamente, imposible. Una madama Julia Daubier, que anatematizaba la castidad cristiana, llamándola «viejo espíritu de mutilación» y clamaba intrépidamente por el amor libre para que la mujer
294 P. GRACIANO MARTINEZ dejase, de una vez, de ir al matrimonio indisoluble y monógamo, «al través de un cordón sanitario de dueñas, de madres, de patrimonios y de dotes», en nuestra querida España, es imposible. Una madama Clemencia Royer, que no se contentaba con vilipendiar a las corporaciones religiosas, y pedía su exterminio en unos arranques de verdadera posesa de Satán, diciendo que el Estado que tiene el deber de imponer medidas profilácticas contra las pestes, tenía asimismo el deber de imponerlas contra la manía monástica, poniéndola por debajo del alcoho. lismo y de los venenos, en nuestra querida España, es imposible. Y más imposible aún, una madama María Deraismes, quizá. la más rabiosa feminista francesa, que, después de su recepción en una logia, brindando en el banquete que le dieron los masones, lamentábase de que la masonería se resistiese obstinadamente a la admisión de mujeres, diciendo, entre otras lindezas, que «la mujer masona transmitiría a los suyos lás impresiones recibidas en las logias» y que «dejar a la mujer como es, es prolongar el imperio de la Iglesia y la autoridad del sacerdote». Después de este pequeño desfile de feministas francesas, la verdad, no me extraña nada que la difunta presidenta de «El Sufragio de las Mujeres», madama Hubertina Auclert, que se siguió llamando Auclert. aun después de casada, contra la costumbre francesa, según la cual debía llamarse madama Lévrier —nadería inocente, al fin y al cabo— se lisonjee, en cierto librejo suyo por haber sido «deleguée par une société de libre-penseurs pour prendre la
LA MUJER ESPAÑOLA Y LOS DERECHOS POLÍTICOS 295 parole a un mariage civil) (1) —ivaya una honra para la familia!—, eso después de habernos dicho antes que la astucia religiosa se ha en tendido siempre con los poderes temporales para «asservir, exploiter, spolier les femmes». Nada me sorprende que madama Margarita Durand, toda una directora de un periódico parisiense —La Fronde— afirme que pone y pondrá siempre sus talentos y sus energías al servicio de doctrinas libres y francamente inmorales; y nada en fin, me maravilla que toda una doctora en medicina y presidenta nata de la «Solidarité des Femmes», como la Srta. Magdalena Pelletier, en el manifiesto remitido a diputados y senadores, reclamando con urgencia el voto político activo y pasivo de la mujer, emplease aquella fraseología demagógica que espanta: «Seule la femme ignorante reste attachée au prétre; la femme émancipée s'affranchira de la religion... En Finian de, les femmes viennent de voter; elles ont voté pour les socialistes»... ¿Qué podía esperarse de doc torzuelas como la señorita Pelletier que les aconsejaba a todas las feministas aquella serie de hombradas ridículas de las cuales puede uno juzgar por las que siguen? «Cuando un hombre quiera cecleros su asiento en un ómnibus, rehusad finamente.—Cuando un hombre os ofrezca el brazo en una (1) Le Vote des Fentmes.-1909, p. 59. La Asociación Feminista de París ha ido ya alguna vez —no sé si va anualmente— en manifestación a depositar flores sobre la tumba de Hubertina Auclert, por sus campañas briosas de reivindicaciones feministas y por haber sido -la primera mujer que dirigió a las Cámaras francesas una instancia pidiendo el voto femenino.
296 P. eruciArro namyrizizz velada, rehusad igualmente. Decid: mil gracias, caballera, pero eso es contrario a mis principios -(1). «,Qué extrañeza ni maravilla han de causar los exabruptos de todas esas vírgenes rojas, a lo Luisa Michel, que alardean de sentir correr por sus venas tanta sangre jacobina? ¿Maravilla? ¿Extrañeza? Ni por asomos. ¡Si hasta el futurismo, la secta literaria y moral de Marineti, ha conseguido positivos y ruidosos triunfos entre nuestras radicales vecinas de allende el Pirineo! ¡Quién no sabe que fué una francesa, Valentina de Saint-Point, quien se atrevió a escribir un manifies- to ensalzando la lujuria (2) como una maravillosa obra de arte y como una fuerza dignificadora, y que ya antes la había cantado en versos impúdicos y ardientes con todas las fiebres de la voluptuosidad desenfrenada: Mon corps ardent frissonne et tremble de déBir, s'arque vera l'inconnu, arde de toutes fiébres!... Pero dejemos ya este preludio, que yo no esperaba me saliese tan largo, del feminismo epiléptico de nuestras vecinas, y por el cual no he hecho más que correr como gato por ascuas. Juzgaba conveniente el asomarme a él, para bendecir con más efusión a las mujeres españolas, entre las cuales, gracias a Dios, no hay ninguna del jaez de las que han desfilado por los anteriores párrafos. No es de temer que ese feminismo, simple pedazo de percal (1) La Suftragiate, número de abril de 1908. (2) Manifeate futariste de /a luseure. (Enero, 1918.)
LA MUJER ESPAÑOLA Y LOS DERECHOS POLÍTICOS 297 rojo que lleva inscritas, a modo de lemas vitales, frases como éstas: «¡Muera el hogar!, ¡Viva el amor libre!», haya de arraigar jamás en el corazón nobilísimo de las mujeres españolas. Y no ya sólo porque saben muy bien que nada irían ganando, pues no harían otra cosa que ahuyentar a mil leguas a los hombres que tuvieran buenas intenciones de buscar una esposa y formar un nido y crear una familia, sino también por razón de estética, por exquisitez innata de sentimiento artístico, por natural instinto de resistencia a dejar rodar de su frente la regia corona de hermosura y de pudor con que toda mujer española se siente coronada. Y ya deshojado el humilde ramo de flores que ansiaba deshojar, antes de principiar a. escribir sobre los derechos políticos de la mujer española, pondré manos a mi estudio, yendo siempre a la de Dios, y con el decidido propósito de decir pura y llanamente lo que me dictare la conciencia, siquiera ello baya de herir a muchos espíritus tan timoratos como indoctos. • * Es muy triste decirlo, pero en España, a pesar del enérgico movimiento feminista contemporáneo, todavía son legión y legión los hombres que siguen pensando, respecto de la mujer, como pensaba el procurador general Chaumette, cuando, al penetrar en la asamblea de los Estados Generales °limpia de Gouges, al frente de varias compañeras de gorro frigio, pidiendo los derechos políticos de la mujer, exclamó, irritado: falseáis vuestro destino; pensad
293 P. ORACIANO MARTÍNEZ en los deberes de la maternidad y en los cuidados de la cocina.... ¡Oh la pléyade innúmera de Chaumettes rezagados entré nosotros! Estos tales no tienen más que una frase para refutar el feminismo que no han estudiado, y que, por tanto, desconocen en absoluto: «la mujer tiene su misión y su destino en el hogar», dicen . ¡Y se quedan tan satisfechos los muy indoctos! No saben que la mujer ha sido arrojada a la calle por las exigencias de la vida moderna. Ignoran que, como dice muy exactamente el italiano Dr. Bernareggi, «la vita della 4lonna moderna si svolge, per necessitá insuperabili, in molta parte fuori della famiglia, (1). Y no es lo peor que aliunden entre nosotros los Chaumettes varones: lo peor es que abundan también los Chaumettes hembras... Sin embargo, acaba de fundarse una institución feminista —lleva apenas un año de existencia— que, a juzgar por lo mucho que se mueve y por lo que trabaja y estudia, inspira muy lisonjeras esperanzas respecto del feminismo español. Me refiero a :Acción Católica de la Mujer, creada por el Emmo. Sr. Guisasola, a impulsos de los mismos santos móviles que indujeron al fervoroso Pío X y a su santísimo sucesor en el solio pontificio, a crear las diversas asociaciones de mujeres católicas italianas. También por acá teníamos y tenemos nuestras Lindas Malnati, si no socialistas, su tantico peligrosas, y algunas de positivo talento y de no escasa valía cultural. A sus influjos acaba- (1) 11 voto calle clonne, p., 20.
LA muna IltSPAÑOLA Y LOS DERECHOS POLÍTICOS 299 han de nacer algunas asociaciones femeninas que alistaban bajo su respectiva bandera a muchas sorprendidas mujeres hispanas, Y el Cardenal Primado, al ver en una de esas asociaciones feministas indecorosos radicalismos, impropísimos de la mujer española, y en otra cierto neutralismo religioso que suscitaba vivos recelos y hacía barruntar serios pe - ligros, ideó esa afortunada «Acción Católica de la Mujer», que, en pocos meses, echó profundo arraigo en Madrid, gracias al acierto de poner a su frente a dama de tan alta distinción como la Condesa de Gavia, que a su muy glorioso abolengo aristo crático une' prendas invaluables, como la de su virtud acendrada, y la de su atractiva sencillez ele. 'adora que tan exquisitamente se ingenia, no para descender, sino para elevar a sí.. Merced a ella, «Acción Católica de la Mujer» no tiene nada por qué envidiar a la Unión de las Mujeres Católicas- Italianas, al frente de la cual brilla dama de tan alto relieve y de tan sólida cultura, como la Marquesa Patrizi, que poco ha, en una instancia al Gobierno de su . nación, ponía como pun- to esencial del programa feminista católico lo siguiente: «Che alta donna siano concessi tutti i diritti amministrativi e politici, che le permettano di concorrere direttamente a difendere i propri interesse». La clarísima Condesa de Gavia sabe tan bien cómo la estrenua compatricia del Dante, el papel importantísimo que tiene que desempeñar, y desempeñándolo está a maravilla, habiendo ya obtenido muy valiosos triunfos para la mujer. Y como la Condesa de Gavia saben también su
306 P. GRACIANO MARTÍNEZ gibles para las altas funciones políticas, no luchen, hoy por hoy, por ejercerlas, ansiando verse cuanto antes diputadas y senadoras. Podría haber alguna honrosísima excepción en obsequio de alguna que otra mujer preclara que se impusiera clamorosamente por sus saberes y por sus virtudes; pero nada más que alguna que otra excepción. Lanzarse la mujer indistintamente, como el hombre, a la caza desaforada de un acta parlamentaria, ni ahora, ni nunca. Correríamos el riesgo de verla engolfada en campañas electorales, dispuesta a encaramarse en cualquier alto sitio público a disparar un discurso tempestuoso. ¡Y habría que ver a la mujer española en mítines electoreros, pronunciando furibundas arengas partidistas! Ha de haber saneado muy mucho el ejercicio del sufragio activo femenino ' nuestras cosas políticas, antes de que nuestras mujeres, en general, se decidan a entrar de lleno por el sufragio pasivo. Ni aun en la misma política quisiera yo que interviniesen de modo directo las mujeres hispanas hasta tanto que esa política no se hubiese adecentado lo suficiente, habiendo lle'4ado a set° muy otra de lo que es en la actualidad. Temo que no hicieran más que salpicarse con el polvo de tanta miseria como la pasión. política levanta entre nosotros. Así que, hoy por hoy, ¡nada de engolfarse directamente la mujer española en nuestra desprestigiada política, que, después que le han faltado colonias que perder, se ha puesto a hacer impune el crimen y a predicar en pleno Parlamento la sugestión al asesinato, y por cierto con predicación que ha
LA MUJER ESPAÑOLA Y LOS DERECHOS POLÍTICOS 307 ido resultando harto fecunda! Díganlo, si no, las pefialadas y los balazos a Maura y la muerte vil y traidora que puso fin a la vida de Canalejas. Hoy por hoy, desgraciadamente es forzoso seguir pensando como pensaba Concepción Arenal cuando escribía: «Hay ahora mucho, creemos que habrá siempre —este siempre es una exageración de la sesuda pensadora-- bastante en ella—en la política— de pa siones, de intereses, de intrigas, de luchas de mal género, de ruido desacorde, de aceptar medios no siempre honrados, e instrumentos y auxiliares ne siempre puros, para que queramos ver a la mujer en ese campo de confusión, de mentira, y muelas veces, de iniquidad» (1). Repito que no es que me declare hostil a la concesión del voto político pasivo de la mujer. Pienso que, desde el punto de vista meramente jurídico y político, la lógica exige que tal derecho se conceda. Me alegro de que el año pasado, 1918, haya sido de tanta justicia para las exigencias de la mujer, pueb en él se le concedió el pleno ejercicio del derecho político en muchos países, entre ellos, Inglaterra, Alemania, Austria y Hungría (2). Me he regocijado de leer en la prensa que, cuando se verificaron las elecciones para las Cortes Constituyentes en varios de los Estados alemanes, se vió a las mujeres católicaks (1) La Mujer del Porvenir, pág. 99. (2) Cuando se celebró el penúltimo Congreso feminista, en Budapest, hace ocho años, sólo habían dado el voto a la mujer tres de los paises que enviaron reiresentantes. Ahora ya se lo han dado la Gran Bretaña, Dinamarca, Canadá, Alemania, Austria, Rusia, Irlanda, Hungría, Polonia y Checo-Eslovaquia.
308 P. GaACIANO MARTfNEZ alemanas, y aun a grupos compactos de monjas, acudir con entusiamo a las urnas, habiendo sacado triunfantes en Wurtemberg a cuatro candidatas catóricas... Pero en nuestra patria, dado el actual ambiente político, yo estimo que hay suficientes razones de orden moral para que nuestras mujeres se detenten a sí mismas por algún tiempo el derecho a la elegibilidad. Están las costumbres parlamentarias entre los italianos un tantico más adelantadas que entre nosotros, y, no obstante, un feminista tan juicioso y sensato como el Dr. Adriano Bernareggi que, hace muy poco, publicó un folleto titulado 11 voto alle ionne, en que aboga resueltamente por que cuanto antes se conceda en su patria el voto político activo de la mujer, lo cual considera de estricta justicia, al tratar del voto político pasivo, titubea y se muestra tímido, y concluye por opinar que no se le debe conceder todavía, si bien creeque los motivos morales de su timidez y de su titubeamiento, hayan de desaparecer muy pronto. Yo no pensaré como él, cuando dice que, hablan, do generalmente, la mujer no posee «aquellas cuali Jades de facundia no palabrera, sino substanciosade energía y de rigidez, que se exigen en los legisladores y ea los administradores de la cosa pública» (1). ¡Como si, hablando generalmente, las Poseyese el hombre! ¡Y como si, al par que hijas del talento natural, no lo fuesen también del estudio, de la educación, del trabajo y de una debida prepara- (1) 11 voto allfe clo,e, pág. 25.
LA MUJER ESPAÑOLA Y LOS DERECHOS POLÍTICOS 309 ción política y social! Pero lo que él dice de su patria, al juzgar que, hoy por hoy, la vida parlamentaria italiana, tal como él la ha visto desenvolverse, no es nada apropiada al decoro mujeril, sí pienso yo que es, hoy por hoy, también, perfectamente aplicable a la mía. Y por eso quisiera que se concediera, sí, el sufragio pleno a la mujer española, porque .el pasivo es consecuencia lógica del activo, casi una misma cosa, como vino . a decir Maura en la conferencia pronunciada en la Real Academia Española, en. la primera asamblea de «Acción católica de la mujer»; pero quisiera que mis compatriotas no lo ejerciesen hasta tanto que no se verifique un gran mejoramiento de nuestras costumbres parlamentarias y no se consiga una alta formación política de la mujer. Me está zumbando en los oídos el murmullo de cien gritos airados... ¿A.ntifeminista? ¿Apóstata de mí mismo? ¿Negador de mis propios principios y (e, , mis propios sentimientos? Nada de eso: yo no abdico mis ideas. Los derechos políticos de la ciud5ulan,z. española son indudables. Pero, dejando ahora un lado el sufragio activo, que yo espero haya de ejercer muy pronto, y cuanto antes, mejor, ¿ha de hacer ya uso del sufragio pasivo, del derecho a la elegibilidad? ¿Se seguirá de ello un bien positivo a la patria y a la misma mujer española, o, por el contrario, se les seguirá algún mal? ¿Están ya nuestras mujeres debidamente preparadas para actuar desde la altura de los Gobiernos y de los Ministerios, en la. política española? Yo creo sinceramente que aún no. La mayor
310 P. GRACIANO MARTINEZ parte de los feministas que combaten la entrada de la mujer en la política, la combaten porque temen que en la legislación y en el Gobierno dominase, como móvil, la impresión en vez del raciocinio; pues la mujer es esencialmente impresionista. Y estos temores que rezan de un modo especial con la mujer española, tildada de obrar siempre más por impresiones que por cálculo, quedarán obviados cuando nuestras mujeres se hagan más reflexivas y más cu 1 tas. Y por eso, antes de entrar nuestras mujeres, a intervenir,desde la altura, en la política, han de demostrar que, si son impresionistas por exigencias sagradas de la sangre, son también reflexivas por hábitos de madurez y de meditación. Y espero que no vean en este retrasamiento, por mí anhelado, en el ejercicio del sufragio político pasivo, otra cosa que el deseo de que, cuando hayan de intervenir, lo hagan por el bien de sí mismas y por el bien de su religión y de su patria. Sería un baldón que, por actuar la mujer en la dirección de nuestras cosas públicas, pudiera suceder lo que sucedió en Líncoln, población del Estado de Nueva Jersey. Desde que en dicho Estado se les concedieron los derechos políticos, las mujeres se lanzaron al asalto de la administración, y cuando llegaron a ser mayoría, tal fiebre les entró de reformas y despilfarros, que los pocos hombres dimitieron, y el propio alcalde, un viejecillo venerable que había sido soldado en la Guerra de secesión, se volvió loco, llegando la ciudad misma a tal bancarrota, que tuvo que poneráp almoneda.
LA MUJER ESPAÑOLA Y LOS DERECHOS POLÍTICOS 311 Nada: que nuestras mujeres no tengan prisa ninguna por intervenir directamente en la política, en tanto no se sientan preparadas a conciencia para _ ello; pues sólo, después de haberse preparado adquiriendo una cultura maciza y varia, podrán imniscuirse con fruto en el berenjenal de nuestra cosa pública. Se objetará: tiéndase la vista por el hemiciclo de nuestro Congreso .y de nuestro Senado, y véase qué linaje de hombres ocupan aquellos escaños rojos, tan ambicionados por muchas posaderas. ¿Cuántos hay entre ellos que posean una concienzuda preparación intelectual y moral para, en las diversas votaciones parlamentarias dar o negar su voto por razones propias personales que radiquen en el entendimiento y en la conciencia, y no en enredijos y zancadillas de partido? ¡Oh, allí está Pérez, allí Domínguez, acullá Fernández, más allá López; a ese otro lado, donde se sienta y ;Irrellana la mayoría, toda una pléyade de bruñidos hijos o mandatarios de caciques, que jamás han necesitado estudiar un libro, para llegar al honroso puesto que ocupan, y que, jamás, por emitir su voto, según de la correspondiente jefatura se les ordene, y así sea en mengua y escarnio de la patria, habrán de sentir el más mínimo escrúpulo de conciencia! Y aquí de la certera. pupila de la citada Salazar, de Palacio Valdés: «Cuando voy a la tribuna del Congreso y echo una mirada a los escaños, no puedo menos de estremecerme. Yo estoy segura, absolutamente segura, de que el día en que nosotras nos encarguemos de la política, no elegiremos representantes a las necias,
312 P. GRACIANO MARTÍNEZ a las disipadas, a las tramposas, a las perdidas ' (1) . Exacto, exactísimo. Y por eso, así anda ello. Seché se ha atrevido a decir del Parlamento de su nación estas frases de fusta que le vienen al nuestro como pedrada en ojo de boticario: «Le parlamentarisme est une lépre visage de la nation. La France est desfigurée. Si certains de ses enfants l'aiment moins, le -parlamenta- risme en est la cause.» Y porque así ancla ello, deseo que no se mezcle en ello para nada la mujer española, y que mis deseos sean los suyos, y los abrigue y acaricie con todo su corazón, sin importarle nada que el feminismo exaltado la tilde de retrógrada y de inculta. Hay tildamientos que honran. La Fronda, un periódico feminista rabioso de París, puso el mote de «armiños» a las nobles damas francesas que no querían participar de las exaltaciones feministas anárquicas, y que sólo laboraban por el triunfo de las racionales exigencias del feminismo prudente. Y a las nobles mujeres españolas no debe importarles un ardite el que las exaltadas les apliquen el mote de «armiños». Mejor:entre los motes honrosos, ese sería uno de los más bellos Yo bien sé que en Nueva Zelanda, en Australia, en Finlandia y en, varios de los Estados Unidos, goza del sufrago político activo y pasivo la mujer, pudiendo sentarse corno diputada en el Parlamento; que en algunos de los Estados Unidos, como Dakota, Colorado y Wyoming, hasta han escalado el Ministerio de Instrucción pública y pueden aspirar a presiden- (i) 1%peles del Doctor A q gllico, pág. 386.)
LA MUJER ESPAÑOLA Y LOS DERECHOS POLÍTICOS 313 tas del Estado respectivo y no han de tardar en verse facultadas para aspirar a la misma presidencia de la gran República; que en Suecia y Noruega, donde, desde tiempo inmemorial, venía la mujer gozando del sufragio administrativo, interviniendo en los asuntos locales y municipales, se concedieron, hace años ya, los derechos políticos a la mujer, atribuyéndose a la acción política femenina la considerable disminución del alcoholismo que constituía una, verdadera plaga social que tenía arruinados y envilecidos a todos los pueblos escandinavos, pues es un hecho certísimo que allí donde se nota la influencia de la mujer en la dirección de la cosa pública, se van introduciendo costumbres y leyes envidiables, como por ejemplo, en Mato ; donde se le quita el voto a toda persona de notoria mala conducta; en Australia, donde carece de elegibilidad el hombre que haya abandonado a su mujer; en Wyoming y Colorado, donde no existe el juego... Pero no todos los derechas que se le han dado a la mujer en otros países los puede ejercer fulminantemente en el. nuestro . Hay que tener muy en cuenta la influencia del clima, el medio ambiente social y cultural, y aun la calidad de las mujeres y de los hombres La mujer finlandesa, por ejenáplo, que vive en el norte, en las regiones de las perpetuas nieves, no es la mujer española y meridional. Allá pueden darse aquellas «bañeras de hombres» y «profesoras de masaje», de que nos habla Ganivet. Pero en España eso sería un escándalo de que se avergonzaría la misma impasible naturaleza. En la octava de sus Cartas Finlandesas nos dice Ga-
314 P. GRACIANO litIARTINFZ nivet, hablando de las mujeres de aquellas regiones que «el corazón funciona como un cronómetro», y que «sólo un Hércules podría acometer el trabajo de trastornar la brújula de una mujer finlandesa». Está aquella región muy lejos de España. Allí las caídas de las mujeres no son pasionales, sino intelectuales, «de suerte que para engañarlas, dice el insigne pensador, no queda más camino que la propaganda científu'ia». En fin, está chalo todo con decir que se trata de unas mujeres que concluyen por cortarse el pelo. Y la verdad, ese heroísmo masculino de cortarse el pelo, yo lo juzgo hasta inverosímil en las mujeres españolas. Y en verdad que se trata de un heroísmo que sin desdoro ninguno se les puede negar. Además, hay que tener en cuenta que en los españoles de hoy sigue alentando fuerte el sentimentalismo pasional del Calixto de La Celestina quien como fuese pregni“ado una vez por la fe que profesaba, respondió instintivamente: «yo soy melibeano: adoro a Melibea, creo en Melibea y amo a Melibea»... Don Juan Tenorio existe todavía y existirá siempre, y siempre alardeando dé ser meridional y español. No se le busque en las regiones de las nieves: él sólo habita donde abundan los combustibles para los incendios, y las nieves no son combustibles. En cambio las llamaradas magnéticas de los ojos de las españolas, sean negros, castaños, azules, o verdes como esmeraldas, cual soñaba Don Quijote los de Dulcinea, producen, sin intentarlo las más de las veces, incendios terribles. Hoy por hoy, yo temo—y creo que con motivo fundado—, que, si en nuestra
LA MUJER ESPAÑOLA. Y LOS DERECHOS POLÍTICOS 315 patria no ejerciesen, muy prudentemente y como por excepción, el sufragio político pasivo, las mujeres, no tardarían en conchabarse muchos de nuestros electores para elegir unas cuantas senadores y enes, listas, bellas y graciosas, que volverían locos aun a nuestros rná.s viejos y sesudossenadores de barbas floridas... Afortunadamente no han dado muestras de desmedidas ambiciones políticas las mujeres españolas; y creo que la mayor parte de ellas deben de pensar -como pienso yo, no sintiendo prisa ni . nguna por ir al escaño rojo o azul del Parlamento. Y, así, creo que piensen también la mayoría de los españoles cultos y sensatos. Nosotros que no admitimos la Ley Sáli ca.; que, cuando la cuestión dinástica de Isabel II, la rechazamos con aquel vigor que reflejó tan galanamente Hartzenbusch en aquella su poesía de romance anticuado, que, si no me es infiel la memoria,, comienza así: Ley mar aguisad., traída de allende, vedaba a la Regna sobir al dosel. naSces e Spagna en tv . azos te prende e dice la Spagna: ¡que regn.e IFabell; en una palabra, nosotros que bendecimos a la mujer reina y confesamos que el mejor rey español vistió enaguas y se llamó Isabel la Católica, no tenemos prisa ninguna por ver á la mujer siendo diputada, senadora, ministra. ¡Donosa lógica! Y, no obstante, dado el tradicional ambiente . español, yo creo que es una especie de lógica divina que llevamos en la sangre. ¡La mujer española, hoy por hoy, diputada, sena-
322 P. GRACIANO MARTINEZ y deberes para el hombre y para la mujer, como sí la desigualdad de sexos no implicara diferencia de facultades y de misiones, no ha hecho más que deslumbrar a la mujer poco ilustrada, pugnando por arrancarla al seno de la familia y de la religión. Y el feminismo cristiano debe enderezar sus esfuerzos a realizar el perfeccionamiento intelectual y moral de la mujer, para que se encariñe más y más cada día con el medio ambiente en que Dios, de ordinario, la destina a vivir; para que, lejos de divorciarse del hogar, de la familia y de la religión, como pretende el feminismo exaltado, cada vez se sienta más en su trono, practicando la doctrina de Jesucristo y siendo el alma de la familia y del hogar. El saber labrar la felicidad de su marido y formar el corazón de las vástagos de su amor para que sean, primero, buenos hijos, después, buenos esposos y buenos padres, y siempre, ciudadanos honrosos que contribuyan al esplendor de la patria y de la sociedad, he ahí la ciencia de las ciencias y la política de las políticas que a todo trance debe señorear la mujer española. No se olviden nunca las palabras de Su Santidad Benedicto XV, cuando, al hablar a una representación de la Unión Femenina Católica de Italia, de las «funciones y derechos» que las nuevas circunstancias sociales conferían a la mujer, y que no le habían sido conferidos en tiempos anteriores, añadía: «Pero ningún cambio en las ideas humanas ninguna novedad en las cosas del mundo, podrán jamás alejar a la mujer, consciente de sumisión, del centro natural de su actividad, que es la familia, La mujer es reina en el hogar doméstico, y aun cuando
LA MUJER ESPAÑOLA Y LOS DERECHOS POLÍTICOS 323 la de él se aleje, hada él debe dirigir, no tan sólo su afecto de madre, sino también su atención de directora, de igual modo que un soberano alejado del territorio que gobierna no olvida el bien de sus súbditos, antes lo antepone a su propio bien.» y Siga el feminismo hacia adelante. Los bienes conquistados no son ya pocos. Aparte la conquista de derechos sacratísimos que tiránicamente se les venían detentando a las mujeres, éstas se han ido robusteciendo en su sentido moral e intelectual, a medida que el movimiento feminista ha ido avanzando. Se van haciendo más reflexivas, más estudiosas, más conscientes. Todavía no 'se han despojado de • todos los melindres de las doncellitas mimosas, de todos los perendengues de las viuditas vanas: abundan aún las frívolas y superficiales que piensan que el ideal femenino es pasarse la vida engolfadas en el pavoneo de los bailes, de los trapos y de las plumas, que cada día se empeña en ridiculizar más y más la voluble moda; pero no se puede negar que ha aumentado considerablemente la estadística de las que piensan con seriedad en el porvenir de su sexo, y se preocupan por su educación moral, y aman entusiásticamente las letras, y estudian el modo de ser gobernadoras de su hogar y de ejercer una positiva influencia moralizadora lo mismo en el esposo que en los hijos, no resignándose a ser el precioso cero que generalmente venían siendo hasta ahora en la • sociedad. del En Alemania y en los Estados Unidos hay ligas tia femeninas—y algunas cuentan con centenares de 1,11
324 P. GRACIANO MARTÍNEZ miles de asociadas — que tienen por objeto campañas verdaderamente civilizadoras: el velar por la instrucción cristiana de las criadas de servir, procurándoles la libertad de poder cumplir con sus religiosos deberes y la posible holgura de trabajo doméstico para que no haya familias señoriles que las exploten y conviertan en verdaderas esclavas; el corregir en las fábricas los abusos de los patronos, velando por las condiciones higiénicas de los talleres donde laboren obreras y niños, impidiendo que se les impongan trabajos rudos, en desarmonía con sus fuerzas o con su sexo; el crear en todos los centros fabriles lo que dicen «casas-cunas» donde se cuide maternalmente a los miles de hijos de las madres obreras, dándoles a cada uno su desayuno, su comida a medio día y su merienda por la tarde, como hacen en Chicago donde, en el año de 1916, fueron así cuidados hasta 19.404 niños; el extinguir, o siquiera disminuir, la plaga social del alcoholismo, que no sólo apanda canallescamente los míseros salarios del obrero, sino que además le corrompe y le degenera, concluyendo por degenerar a toda la familia; el difundir en las almas ambiente de justicia y de paz con objeto de que todas las excisiones entre los pueblos se zanjen por un tribunal pacifista y pueda exclamar la sociedad entera con aquella exclamación ¡abajo las armas! que puso por título a una de sus no. velas que le valió el Premio Nóbel la Baronesa austriaca Berta von S uttner, a quien yo no escatimaría mi elogio, si no hubiese proclamado en sus libros el derecho a la voluptuosidad y salpicádolos de frases que, al ser escritas, debían de haber puesto al rojo
LA MUJER ESPAÑOLA Y LOS DERECHOS POLÍTICOS 325 S I ls vivo los puntos de la pluma (1); el concluir, con al trata de blancas, como se ha propuesto la Baronesa de Montenach, al fundar su Liga Internacional bautizada en un principio con el nombre de Unión Católica Internacional para la Protección de las Jóvenes, y cuyo centro principal está en Friburgo; y el raer, en fin, de las sociedades ese ignominioso comercio del amor, según sueña Josefina Buttler, secretaria general y alma de la Federación para abolir la prostitución oficial que hace mercado de los encantos de la mujer y pone un estigma de degradación en la frente de la humanidad, y sobre todo en la frente de los gobiernos que, al permitir y aun explotar la prostitución, no hacen más que celestinear legalmente, perpetrando un crimen de proxenitismo; que al vicio se le persigue y se le destruye, si se puede, pero no se le explota por el Poder público (2). (1) La Baronesa Berta von Suttner publicó en 1890 su célebre novela Die Waf fen nieder! , y a los pocos años estaba ya traducida a casi todos los idiomas. (2) — ¿Que siempre la prostitución será un hecho? ¡Qué se ha de hacer! Por eso hablé del sueño de Josefina Buttler. Pero el Estado, al menos, que la prohiba y la castigue, y, sobre todo, que no la explote... Ya se sabe que la prostitución subsistirá siempre, y aqui sí que viene de molde aquello de vitia donec hontines; pero disminuirla, ¿quién duda que se puede y se debe disminuir? Es un crimen- y los gobiernos han de tender siempre a la desaparición de los crímenes. Y tanto más es un crimen la prostitución, cuanto que busca sus víctimas principalisimamente en las jóvenes pobres e ignorantes, en las mujeres que sufren hambre y sed, y no tienen concepto del deber y del honor. Es claro que el Estado no tiene más remedio, admitida la legalidad. de la prostitución, que reglamentarla, para que no se desenfrene y lo inficione todo; pero que la reglamentación lleve en si todas las apariencias de castigo, confinando a las que a tal comercio se dedi-
32b P. GRACIAS° MARTÍNEZ ¡Digo yo si le sobran a la mujer dilatados campos donde emplear el redentor trabajo de sus providenciales dotes femeninas, persiguiendo siempre el ideal divino de mejorar a los hombres y a los pueblos y hacer que arraiguen y germinen y florezcan por doquiera las salvadoras doctrinas de la redención! ¡Y los campos que ella sabe descubrir cuando se deja llevar de la caridad cuasi infinita de su corazón llameante de amor divino! Piénsese en Paulina María Jaricot, en aquella mujer humilde y buena que inspiró y creó la obra semidivina de la Propaganda de la Fe, un hecho que vale por sí solo una epopeya, porque encierra la grandeza de cien cruzadas. ¡Qué extraño que Gregorio XVI y Pío IX la bendijesen y acogiesen siempre con alta estima y aun le profesasen profunda admiración! quen a sitios malolientes y retirados del movimiento de la sociedad; castigando duramente a las dueñas de burdeles que admitiesen a inocentes niñas; imponiendo las diarias visitas médicas, a conciencia rígidas y minuciosas, a esos focos de putrefacción moral, para que no lo sean también de putrefacción física .. Las allí encenagadas han de sentir continuamente el desprecio inmenso de la sociedad hacia ellas, en todas las manifestaciones de la vida, para que así vean claro su deshonor y lleguen a cobrar repugnancia a su misérrimo vicio. El feminismo sano debe ser el más interesado en concluir con la prostitución, si tanto fuere posible; porque el hombre tiende naturalmente a la mujer que es su complemento físico y moral, y la buscaría para darle la mano, para casarse con ella, vivir con ella y con ella crear una familia y hacer feliz un hogar. No encontraran los hombres lo que tan fácilmente encuentran, sin recibir 1a bendición de Dios ante los altares, y se casarían todos o casi todos • Vaya se casarían!...
XJ U Mor y los godos aliorrficiolles lemillislils. Una de las principales raíces del feminismo.—El ideal femenino, según distinguidas feministas.—Lo que es el alma de la mujer.— Egoísmo masculino.—Más que en los tiempos de Augusto.—La historia de todas las mujeres desgraciadas... —Tristes necesidades sociales.—El feminismo y el amor libre. —La verdad una y cien veces: no me lo explico.—La primera teoría sociológica del amor libre.—¡Tenia que ser francesa!—Impudencias de Jorge Sand y de Girardin.—La patria de los catecismos revolucionarios.— Como en la Roma de las Leyes Julias. —El eunuquismo femenino.— Los matrimonios de ensayo. —Justas increpaciones de Roosevelt.—iMisérrimos sociólogos!—Lindos ideales de oro y rosa.—El verdadero ideal del amor.-1-1.itnno al amor.—La sombra del divorcio.—Espantosa ciénaga de ignominia.—Por decencia ciudadana.—Delirios feministas. —La mujer y la indisolubilidad del matrimonio.—Bellas palabras del dominico francés P. Did ón.—No disolubilidad, sino más cristianismo.—Nesciencias archiestultas... En el anterior capítulo—y ya lo había hecho también en otros — menté dos cosas, el matrimonio y el amor libre, que es forzoso estudiar en una obra del linaje de la que estoy pergeñando. Corno que se esconde en ellas la causa más eficiente del feminismo, y que explica a maravilla la desencadenada lucha de la mujer por sus reivindicaciones naturales, civiles y políticas. Porque es indudable que la agitación feminista contemporánea, más que a la enorme sobreabundancia de mujeres con respecto a los hombres, se debe al enorme egoísmo de los hombres con
328 P. GRACIANO MARTÍNEZ respecto a las mujeres, egoísmo que es fruto natural del resfriamiento del espíritu cristiano en los pueblos y en las sociedades. ¿Quién duda que una de las más principales raíces de la cuestión feminista está en que los matrimonios se van haciendo cada vez más raros y más tardíos? Por eso, antes que todos los demás derechos, el feminismo debió reclamar, y a gritos clamorosos, con la «voz de muchas aguas», de que habla la Sagrada Escritura, el único derecho que puede resolver satisfactoriamente la magná cuestión feminista: el derecho al amor, a la constitución de una familia y de un hogar. Y cuenta que no es éste pensamien- to mío, sino de feministas simpáticas y agudas. Así, por lo menos, piensa Neera, una escritora italiana, que, además de varias novelas primorosas que le aquistaron reputación honrosísima en su país, escribió un libro precioso Las Ideas de una Mujer sobre el Feminismo, en que defiende un simpático fe: minismo de sexo y de talento, siquiera no sea tan avanzado corno el que defiendo yo, y así piensa, también, la distinguida feminista alemana Laura Marholm que con su obra El libro de las Mujeres consiguió uno de los éxitos de librería más ruidosos, pues en cinco años publicó cinco ediciones y se vió traducida a varios idiomas europeos. Para Laura no hay más ideal femenino que el amor. Lo mismo física que intelectualmente, cuanto cree la mujer, lo crea el amor, y para el amor y por el amor. Sin el amor la mujer es una desgraciada, así sea un genio, una sabia, una artista, una mujer brillante en el cielo de las letras. «El alma de la mujer es el
EL AMOR Y LAS GRANDES ABERRACIONES FEMINISTAS 329 amor», llega a decir (1). El mal grande de los tiempos que corren es la bancarrota del amor, que trae consigo la del matrimonio. Y así es, efectivamente. Hoy los hombres no tienen prisa ninguna por echarse encima la santa cruz matrimonial. De ahí que en. las sociedades modernas abunden los hombres no casados, más, mucho más, que en Roma, cuando Augusto juzgó necesario in treparlos duramente, diciéndoles que no era el vivir en soledad lo que los movía a mant,enerse en el celibato; pues cada uno de ellos tenía una compañera en la mesa y en el lecho, sino que buscaban el libertinaje pacífico y egoísta de sus desarreglos pasionales. Antes, cuando el sentimiento religioso era más (1) Das Prauenbuch, p. 52.—En este hermoso libro, dedicado a estudiar una media docena de mujeres célebres que Laura Marholm cree encarnaciones representativas del bello sexo, y entre las cuales sólo figura una latina, Eleonora Duse, la insigne autora no titubea en achacar al feminismo las bancarrotas del amor y del matrimonio. Piensa que las mujeres, y precisamente las de más talentos naturales, han perdido la conciencia de mujeres, des. oyendo la voz de sus instintos de madres, entregándose a un egoísmo mórbido que les predica el culto de si mismas, de sí solas: el cul- to de la esterilidad. Advierte que nunca fué tan pública y tan sonora la vida de la mujer como ahora, cuando por todas partes bulle en mítines, en academias, en universidades, ostentando distinciones académicas y borlas doctorales, y, sin embargo, juzga que nunca la mujer ha tenido más ínfima infl acucia social que en nuestros días añorando los de aquellas mujeres discretas y cultas que reunían semanal y aun diariamente en sus salones a todos los hombres, de más cultivada inteligencia, a todos los sabios de mayor renombre, a todos los literatos de más sólidos prestigios... Esas sí que influían en la sociedad haciendo que su discreción y su pensamiento colaborasen en la obra de aquellos grandes pensadores y poetas.
330 P. GRACIANO MARTÍNEZ vivo en los pueblos y en las almas, los hombres se casaban más jóvenes; y la Iglesia ha sido sapientísima al establecer en sus leyes canónicas que lo mismo el hombre que la mujer eran núbiles, desde el instante en que llegaban a la pubertad. Lo cual no quiere decir que la Iglesia anhele los matrimonios prematuros que tanto persiguen ciertas mamás para sus hijas, sin considerar que, a lo mejor, hacen de ellas unas desgraciadas; pues como decía, no con mucha exageración, Castro y Serrano: «la historia de todas las mujeres desgraciadas principia así: --Yo me casé sin saber lo que hacía» (1). Pero el hombre hoy se casa, por lo regular, de los treinta a los cuarenta años (2). ¿Cómo, sin ser profundamente católico, resistir los impulsos instintivos de la naturaleza? De ahí la prostitución. El hombre para sus desenfrenos pasionales tiene bastante con las prostituta: s, y éstas existen en demasía. ¡Corno que hasta las favorece, porque las explota, el Estado! Ya no se podía llegar a más que a hacer públicas funcionarias de esas pobres mujeres, que, no sabiendo de qué vivir honradamente, ponen aquí y allá sus bazares de libertinaje y de (1) Cartas Trascendentales, p, 344. (2) Véase lo que dijo el Dr. César Juarros en un artículo publicado en Et Día y titulado: Los Orígenes del gran Deber: «Las gentes se casan demasiado tarde, y en este retardo existe un grave perjuicio para el vigor de la raza y la felicidad de sus individuos. El casamiento tardío es una causa de esterilidad; los hijos que nacen son de ordinario débiles, enclenques, enfermizos. Muchos hombres consideran el matrimonio como un lazareto Llegan a él vencidos, agotados, minados por el alcohol, por una vida borrascosa» ...
sp s i el os ra le Oirhf EL AMOR Y LAS GRANDES ABERRACIONES FEMINISTAS 331 lujuria, y a eso llegó ya el Estado, y haciendo de ello pingüe explotación. ¿Y por qué no, si se explotan hasta los albañales y las alcantarillas? ¡Tristes necesidades sociales las que a semejantes ignominias impelen! Pero no es eso lo que pasma y asombra: lo que asombra y pasma es que, debiendo ser la prostitución —y cuanto a tal cosa olisque— una de las trincheras enemigas que el feminismo había de procurar, a todo trance, destruir, pues, de ese modo, los hombres se casarían más jóvenes y las mujeres no se verían forzadas a ganarse la vida trabajando rudamente fuera del hogar, natural taller de la acactividad mujeril, el feminismo exaltado, pisoteando toda sana lógica, se • ha declarado partidario entusiasta del amor libre, que es, como si dijéramos, de las mujeres tomadas por horas, como los simones. Y la verdad, yo no me lo explico. Yo que me explico la guerra despiada de las sufragistas inglesas, y que casi hallé justificación para sus motines anárquicos —¿por qué los ingleses consentían que hubiese en su país más de tres millones de solteronas, todo por obra y gracia del egoísmo masculino, que cada día huye más del matrimonio?—, la verdad no me explico que el feminismo inscriba el amor libre en el programa redentor de la mujer. Lo concedo muy de buen grado: es una pena el que haya tantas mujeres condenadas a ver blanquear sus cabellos, sin haber sentido en su seno los misteriosos estremecimientos de la maternidad, que han de ser los placeres más puros e intensos de la madre, advirtiendo que acaba de abrirse en sus en-
338 P. GRACIANO MARTÍNEZ diez o doce hijos a los franceses de algunos años antes de la monstruosa guerra!.. Había de ser en Francia donde se había de proclamar «el derecho del aborto», y donde, a fines del siglo pasado, se había de descubrir la «ovariotomía›, o sea, el eunuquismo femenino, descubrimiento de que la Francia actual ha de estar bien arrepentida, ya que, a falta de soldados franceses para nutrir sus filas de guerreros contra los combatientes alemanes, tuvo que ir a mendigarlos por todos los países de la tierra, Había de ser en Francia donde las mujeres habían de poner en práctica todos los medios habidos y por haber para aguijonear la lujuria, aun los más suicidas, como el opio, la morfina y la cocaína, de donde la muchedumbre de jóvenes fumadoras de opio, morfinómanas y cocainómanas. ¿Qué les importa que hayan de morir pronto? ¡El caso es crearse en este mundo paraísos artificiales do se deslicen en brazos de la voluptuosidad momentos deliciosos de la vida!... ¿Por qué no había de ser en Francia donde se sociologizase el amor libre, erigiéndolo en institución moral científica, mucho más en consonancia con el espíritu progresivo de los tiempos que el matrimonio canónico, institución moral cristiana? Todas las cosas de ese jaez nacen, como por derecho propio en Francia, y, si nacen en otra parte, a Francia se trasladan en seguida, y es allí donde adquieren consistencia y robustez. Y, si no, ejemplo al canto. No hace aún tres lustros, Mrs. Herbert Parsons, esposa, nada menos, de un diputado del Es-
15/' don de , o! tios la EL AMOR Y LAS GRANDES ABERRACIONES FEMINISTAS 339 tado de Nueva York, publicó un libro en que defendía el divorcio, cuando a cualquiera de los cónyuges le pareciese bien, y apuntaba una teoría originalísima y preconizadora de «matrimonios de ensayo». Un poquillo inverosímil parecía que esa rareza norteamericana pudiese hallar calor y abrigo en tierra europea; pero el hecho fué que, a los pocos meses de aparecer en molde el libro de la arriscada Mrs. Herbert, un autor galo, M. Léon Blum, publicó su librajo Du Mariage —1917—, en que pedía muy campantemente para sus paisanas el derecho de «ensayar a sus futuros maridos». La original Mrs. Herbert había formado escuela en Francia. ¡Dónde iba a ser! ¡Si es solamente allí donde son posibles asociaciones femeninas como la «Solidarité des Femmes», fundada por la doctora Pelletier, en París, y en cuyo salón de actos se reunían, no mucho ha, una pléyade de señoras y señoritas a pronunciar conferencias glorificando los encantos del amor libre y echándole sus responsos fúnebres al matrimonio canónico, que se daba por muerto y sepultado para siempre! ¡Si es solamente allí donde se conciben asociaciones como la «Ligue Néo-malthusienne», que funcionaba con la aquiescencia de los Gobiernos y hasta se atrevía a publicar un periódico difundidor de las doctrinas de la casa y rotulado La Régenération (!!). ¡Linda regeneración! Que se lo digan al presidente Roosevelt, que hablando en el Congreso nacional de Madres americanas, celebrado en Wáshington, el año 1905,. de lo aterradoramente que disminuían en los Estados Unidos los matrimonios y los nacimien-
340 P. GRAC I ANO MARTÍNEZ tos, se atrevió a llamar «cobardes desertores» a los que de intento se oponen a la concepción, y dijo de las mujeres que tal hacían, que eran las manifestaciones más antipáticas de -la vida moderna, y una maldición de los Estados Unidos. Y si eso se puede muy justamente decir de tales madres, yo no sé qué se pueda decir de esas mujeres que se esterilizan para gozar impunemente del placer. Son mil veces, millones de veces más odiosas que las infelices que, habiendo tenido la desgracia de caer en un momento de ofuscación, afrontan con valor las circunstancias y crían al hijo de su pe cado, sufriendo, a menudo heroicamente, la vergüenza y la pobreza que les ha echado sobre sus débiles hombros el deshonor. AQué digo, odiosas? Esas infelices no son odiosas de ningún modo: el odio, y si no el odio, porque nuestras doctrinas nos prohiben odiar, el asco es todo él poco para las que se imposibilitan para el matrimonio fecundo y vigorizador de la humanidad y de la naturaleza. ¡Uf! ¡Que jamás se conozcan miserias tales en nuestra patria! ¡Quédense sólo para los pueblos que las inventaron, para los pueblos envilecidos que diríase se empeñan en morir por la despoblación! Pero divagaciones a un lado, y al grano del asun- to. Decía que se había sociologizado el amor libre y que el socialismo lo había incorporado a su credo, como algo dogmáticamente salvador, y que otro tan- to había hecho el feminismo radical. Yo niego redondamente el calificativo de sociólogos a todos los que, dándose aires de pensadores reflexivos, juzgan que el amor libre sería una felicísi-
EL AMOR Y LAS GRANDES ABERRACIONES FEMINISTAS 341 ma substitución del matrimonio, que haría más próspera y más venturosa a la humanidad. ¡Misérrimos sociólogos, siquiera para la concepción de tan absurda teoría no se hayan dejado influir en lo más mínimo por el libertinaje de las pasiones, y sí, únicamente, por los cien o mil matrimonios desventurados que se complacen en dramatizar ciertos dramaturgos y ciertos novelistas! Están en ciencia sociológica, a la altura de los socialistas exaltados que les predican a las mujeres la cólica bienandanza que han de disfrutar en la República social de lo porvenir, en la cual las mujeres, sin renunciar a los embriagantes deleites del amor, no han de verse sujetas a los mil y un enojos molestísimos de la vida familiar, sencillamente porque se habrá concluído la vida de familia, o sólo habrá una inmensa familia dichosa y bienaventurada cuyo próvido papá será el Estado... ¡El amor libre constituyendo el sonriente paraíso de la humanidad! ¡El ideal de oro y rosa, sobre todo, que debe perseguir constantemente el sexo femenino! Pase que para un solterón adinerado y embrutecido en la lujuria, fuese el amor libre un ideal; mas para la mujer yo no sé que se pueda forjar cosa más triste y desesperante. Imaginémosla, después de haber pasado sus mocedades en pleno amor libre, allá en el otoño de la vida, idos ya todos sus juveniles encantos, apagados ya todos los generosos fuegos que con fines altísimos le había puesto la naturaleza en el corazón; falta del varón de su edad poco más o menos, que, por vivir en felicísima era de amor libre, irá a buscar calor femenino en mujeres
P. GRACIANO MARTÍNEZ jóvenes que se lo puedan brindar; falta de hijos que pudieran rodearla de cariños, y de respetos, a lo largo de su vida, y que, aun trasladada allende ésta, habían de seguirla amando, yendo a menudo a visitar su tumba y a deshojar sobre ella flores y rezos... ¿Verdad que sería tristísima cosa la vida de una mujer en esa edad, con ese presente y con ese porvenir? ¡Y que se cuenten por legiones las feministas alista - das entre los partidarios del amor libre! El amor libre, esto es, el gozar sin ideal generoso y bendito, y aun sin comprender el natural estragamiento de los instintos pasionales que habrían de concluir por agotarse sería un crimen monstruoso contra la familia y contra la sociedad, y una impudencia execrable, digna de todos los desprecios y todas las maldiciones: un crimen contra la sociedad y la familia, porque un tal amor es de suyo estéril e infecundo, ya que sólo, y por casualidad, podría engendrar, seres desgraciados, sin porvenir y sin nombre, que habrían de ensombrecer con la suya propia la vida de la madre, desatando sobre ella un nuba rrón de lobreguez que la forzaría a maldecir los efímeros deleites de infandos instantes de libertinaje y de orgía; y una execrable impudencia, merecedora de toda maldición, porque sería algo así como el devorar de aquellos menguados romanos que comían por comer, y vomitaban por volver a comer, cifrando la dicha en el inmundo placer del vientre, que diría un amigo mío, estando en eterno regosto, ansiando tener siempre el esófago ocupado con el paso del alimento, y envidiando el largo tragadero de la cigüeña, como aquel Apicio epulón de
EL AMOR Y LAS GRANDES ABERRACIONES FEMINISTAS 343 que habla la historia de la romana glotonería... El amor, para ser noble y santo, ha de tener un excelso ideal, y ese ideal no puede ser el solo regodeo voluptuoso del hombre y de la mujer. Sería ese un ideal muy ruin, muy egoísta y muy impudente: un bastardeamiento infame del propio sentido de la palabra ideal. El ideal del amor tiene que ser el de la formación de otros seres, y seres honrosos y nobles y sanos, para que la felicidad y la vida sigan su curso natural, marchando siempre hacia adelante, y para que la felicidad y la vida de hoy, aun aquí en la tierra., tengan un lazo de entronque, a un mismo tiempo, físico y espiritual, con la felicidad y la vida de mañana, con la felicidad y la vida de todos los siglos. ¡Oh qué hermoso ideal el detener siempre ardiendo luminosa y potente la antorcha de I a vida! Y no es otro el ideal vinculado por Dios en el amor, y, por eso, lo mismo el hombre que la mujer han sido hechos para el amor, no para el amor egoísta que muere en el goce momentáneo del individuo, sino para el amor santo y creador de hijos que marcha viviendo y engendrando indefinidamente seres en que se perpetúa la sangre de la familia, la sangre de la raza, la sangre de la humanidad. Sí, el amor es algo esencialmente creador, y por eso constituye, lo:mismo en el hombre que en la mujer, no ya sólo un deber natural, sino también como una necesidad fisiológica. La misma naturaleza, los mismos músculos, la misma sangre, tienden a la reproducción de la especie, a la fecundación y población del caro nido. Lo que vate tanto como decir que
344 P. GRACIANO MARTÍNEZ es el mismo Dios quien incendialos corazones inclinando unos a otros los instintos de la carne, a fin de que esta maravilla de la creación, obra suya estupenda, esté siempre llena de gorjeos y de cantos, de júbilos y de alegrías, constituyendo el torrente inagotable del vivir humano, que se convierta y se dilate en caudalosos ríos de fecundidad, formadores de un mar inmenso, cuyas olas vayan a perderse en el océano inmortal del otro vivir, del vivir del cielo, que ha de ser este mismo vivir de la tierra sobrenaturalizado y bea tífico. Así entendido, ¡qué noble, qué sublime, qué divino se ostenta el amor! ¡Una cantera de vida, proveedora del universo mundo y proveedora del universo cielo! Porque el amor es como rosaleda inmortal que se expande en una serie de creaciones encadenadas con eslabones de espíritus, que, al través del tiempo y del espacio, perpetúan la especie humana en el mundo y aumentan indefinidamente la especie humana en el cielo . En vano la muerte con su guadaña inexorable pasa por las mieses de la vida, tendiendo a un lado y a otro de su camino, haces de existencias preciosas: el amor marcha detrás, y delante, y a izquierda y derecha de la muerte, y abre nuevos surcos y derrama a granel nuevas semillas, y verdean los campos rebosantes de esperanza, y la especie humana, multiplicándose siempre, cada vez más risueña y más culta, hace un inmenso colmenar del mundo donde el eterno zumbido humano es como un brindis sublime a la especie, ofreciéndole los ricos panales de la vida, las mieles embriagadoras de la cultura y del progreso...
EL AMOR Y LAS GRANDES ABERRACIONES FEMINISTAS 346 El amor es el propulsor de la vida que impulsa, unas tras otras, las generaciones, a lo largo del universo, formando con ellas a modo de inmenso río de aguas procreadoras que se deslizan balanceando cunas y arrullando infancias, tendiendo siempre, a henchir el mundo de nuevos vivientes que hagan que la humanidad se sobreviva a sí misma, en perpetua sucesión de primaveras, cada vez más ricas de esperanzas, cada vez más matizadas de flores. El amor es el mago explotador de la cantera inagotable del vivir: no sólo sabe sacar de ella vidas de carne, vidas materiales, producto de fuerzas químicas y físicas, sino también vidas espirituales, pues fuerza, en cierto modo, al mismo Dios a estar creando sin cesar nuevas almas inmórtales que cruzan por el mundo dejando en él su huella luminosa, y que, después de haber cumplido en la tierra sus providenciales destinos, remóntanse . a los cielos a hacer cada día más innúmeras las muchedumbres de los seres bienaventurados. Todo eso es el amor. Y por lo mismo que el amor es todo eso, ha de alentar siempre puro y casto en el humano corazón, cuya variedad de sentimientos viene a constituir como una enredadera misteriosa que sólo puede trepar hacia arriba, abrazándose a/ amor casto y puro. No hay para esa enredadera misteriosa otro sostén vivífico que la haga ascender a los cielos; y faltándole él, no hace más que extenderse, rastrera, por las plantas ratizas, consumiéndose ruinmente en contacto villano con el mísero, lodo. Y, por ende, ¡fuera de todo programa feminista
346 P. GRACIANO MARTÍNEZ juicioso y sensato, cuanto trascienda a sensualidad y amor libre! El amor se deshonra a sí mismo, fuera del matrimonio legítimo y santo, y con toda su dogmática indisolubilidad canónica; porque la sola perspectiva de la posibilidad del divorcio sería ya una carcoma terrible del verdadero amor. No llegarían nunca a fundirse para siempre, como deben fundirse, los corazones de los desposados, si, allá, en cercanía más o menos lejana, se columbrase abierto algún postigo para salirse de la vida conyugal. La sombra del divorcio, flotando siempre en el ambiente del hogar, haría que cualquier pequeño disgustillo, que de otro modo se hubiera sobrellevado con resignación y silencio, se convirtiera en un volcán horrible. La amenaza de ir a buscar un consorte mejor y más digno resonaría, perturbadora, trastornando la paz doméstica, y la puerta del amor quedaría de par en par abierta para el adulterio y para la corrupción con su séquito de amancebamientos y desamancebamientos continuos, matrimonios en abreviatura, según la frase gráfica chulesca, La paz y harmonía del hogar serían imposibles, sencillamente porque sería forzosa la continua inquietud, pues el divorcio podría sobrevenir cuando menos se pensase. La posibilidad del divorcio sería como una especie de dinamita que trajese incesantemente inquietos a los cónyuges, como la verdadera dinamita trae incesantemente inquietos a los moradores que tienen la imprudencia de vivir en el mismo local en que se expende. No hubiera tan poderosas razones en contra del
;111'1) 5 EL AMOR Y LAS GRANDES ABERRACIONES FEMINISTAS 347 divorcio, y por decencia, sólo por decencia ciudadana, no debía tener ni un solo partidario. Y para ello debía bastar el saber a qué ínfimo grado de abyección arrastró tras sí a la sociedad de Roma. Sabido es que, en un principio, la religión entre los romanos tendía hacia la indisolubilidad del rica trimonio. Por lo mismo que se celebraba con tanta pompa y solemnidad, era natural que no pudiese ser ligeramente disuelto. Y ello explica el hecho .de que, no obstante autorizar la Ley de las XII Tablas el divorcio, no se diese ni un solo caso en los cinco primeros siglos de Roma, y que el sólo intentarlo se considerase un crimen. Pero a partir del primer divorcio pedido por Carvilio Ruga, a partir del malhadado instante en que se hizo la primera brecha en las rígidas costumbres condenatorias del divorcio, éste llegó a causar verdaderos estragos en la sociedad romana, hasta sumirla en una ciénaga de ignominia, porque ciénaga de ig nominia se puede decir lo que llegó a ser el divorcio en Roma. Deshacíanse los matrimonios aun por la más insignificante bagatela, y a petición de cualquiera de los cónyuges, lo cual explica que hasta hombres muy notables manchasen su vida y su reputación con negruras de semejante índole. Paulo Emilio se divorció de su esposa, la madre del gran Escipión, sin motivo ninguno para ello. Sila se divorció de la suya porque se había puesto una vez enferma. Todo un Catón repudió a su esposa Atina, de quien había tenido dos hijos, por el capricho de casarse con Marcia, a quien luego cedió a su amigo Hortensio, que la miraba con ávidos ojos, tornando, al morir su ami-
354 p. GRACIANO MARTÍNEz victas la Cruz! Sufra y sufra como las grandes almas, sin exteriorizar nunca sus sufrimientos, para no hacer partícipes de su infortunio a los demás. Sobrelleve en profundo silencio su martirio para no ensombrecer la vida de nadie. Lo contrario de lo que observan cuando se trata de alegrías, que quisieran compartir con todos sus semejantes, es lo que deben hacer y hacen las grandes almas, cuando se trata de infortunios y de tristezas. ¿Que aun así, escalando, callada, lo alto del martirio, llegan las cosas a extremos tales, que el sufrir por más tiempo culmina en lo imposible, porque ya padece su honor, y aun es villanamente despreciada y pisoteada? Pues bien, la Iglesia, aun rechazando con toda su energía el divorcio, sabe abrir francamente la puerta matrimonial, autorizando y aun recomendando la separación de los cónyuges —el divorcio quoad lorum de los moralistas—, si es que, por falta de razones claras, no se puede acudir a invalidar el matrimonio in radice, declarando su nulidad (1). (1) De esas declaraciones de nulidad de matrimónio que se hacen en Roma, hay quienes dicen que no son más que el disfraz hipócrita del divorcio, que se reviste de aquel aparato litúrgico justiciero, porque rinde pingües ganancias a los tribunales eclesiásticos. ¡Infamia vil o ignorancia supina! Cuando hay razones fuertes y claras para esa declaración de nulidad de matrimonio, no solamente la consiguen los ricos, sino también los pobres, y ;in costarles un céntimo, con sólo acudir a su confesor, que a su vez sabe acudir a loa tribunales diocesanos y, por ellos, al pontificio. Que los ricos tengan que pagar el costo del expediente no tiene nada de injusto ní de extraño. ¡No parece sino que los tribunales eclesiásticos debían trabajar gratis! ¡Como si estuviesen opiosamente remunerados por• algún erario público! ¡Como si no costase caro, y aún carísimo el acudir en demanda de justicia a los tribunales civiles, así la justicia sea clarísima y evidente!...
EL AMOR Y LAS GRANDES ABERRACIONES FEMINISTAS 355 Claro que en muchos casos de separación la mujer tiene que vivir una vida de prolongado martirio, de continuo sufrimiento; pero es mal menor que seguir viviendo con una fiera. Y ese mal menor, siquiera sea un calvario terrible, es un generoso holocausto en loor del bien común; pues no, por un caso particular, se puede imponer la abolición de una ley que a la sociedad entera beneficia. ¿Que tal separación no satisface las exigencias de la misma naturaleza que seguiría reclamando la satisfacción de sus instintos? Muy cierto, y aquí viene de molde aquello de San Mateo, de que hay muchos qui seipsos castraverunt propter regnum ecelorum, no en el sentido material del grande Orígenes, sino en el sentido moral, abozalando los instintos de la carne y no permitiéndoles insurgir, a fuerza de penitencias, si preciso fuere; pero siempre tendremos que invocar el mal menor... ¡Fuera, pues, de todo sano programa feminista la proclamación estulta del divorcio! Y nada de dejarse contagiar por sus amantes y fautores, siquiera tengan el talento agudísimo del autor de La Garra y de Aires de Fuera..., a cuyo teatro, en general, consagro yo, en un minucioso estudio que tengo inédito, vivos y entusiastas elogios, Linares Rivas, al pretender, con algún que otro caso conmovedoramente dramático, hacer una brecha en la indisolubilidad dogmática del matrimonio, se pone a la. talla de aquel Francisco de Asís Pacheco, que, en un librejo donde defiende con calor a la mujer, pero dejando aquí y allá, entre los zarzales de su huera retórica, un despilfarro de jacobinismo extemporá-
356 P. ~IMANO IAARTÍNEZ neo y ridículo, pinta . uno de esos casos dramáticos, y dice orondamente: «Aun cuando sólo se presentara un caso como éste, bastaría para que proclamáramos la necesidad del divorcio» (1). ¡Buen majadero! Y dispénseme, el que leyere, ese adjetivo que jamás me ha gustado emplear y que acaba de escapárseme de los puntos de la pluma. Lo merece con toda justicia este Sr. Pacheco, que achaca a mi gran Padre San Agustín el dicho de que «la mujer es la carne y el hombre el espíritu», y cree a pie juntaras en la bobática disputa del Concilio de Macón (e), y se mete en teologías sin saber lo que háce, declarándose partidario entusiasta del matrimonio civil, tildando en redondo la vida monástica de «fecundo manantial de inmoralidades», y afirmando que es contraria a las leyes de la naturaleza (3). (1) La Misión de la Mujer en la Sociedad y en la Familia, por Francisco de Asís Pacheco, segunda edición, 1881, p. 295. (2) Ib., p. 63. (3) ¡Oh las tontunas jacobinas de que ha salpicado su libro el Sr. Pacheco! Véase lo que dice de las comunidades religiosas después de hacerlas culpables de la despoblación de nuestros campos, de la muerte de nuestra agricultura y del sombrío mutismo en que cayeron, pasado el siglo XVI, el espíritu político,la iniciativa y el vigor intelectual de los españoles: «Si nosotros algún día volviéramos a lanzar de nuestra tierra esas comunidades, si no dejáramos piedra sobre piedra de los solares de sus conventos, ¿habríamos causado a sus intereses un perjuicio tan irreparable como los daños que infirieron a la patria?» ;a). ¡Qué cosas se escriben por la ignorancia de las mismas cosas!... Permitaseme un último botoncito de muestra de la hondura en el pensar y sentir de este ingenuo jacobino: Nosotros amamos a Francia, porque Francia ha sido el ariete contra el despotismo, porque Francia es el corazon del mundo, porque Francia con su 89 puso término al antiguo régimen, y con su (a) Ib., ps. 24 'y 25.
EL AMOR Y LAS GRANDES ABERRACIONES FEMINISTAS 357 Voy aconcluir este capítulo y lo voy a concluir con un ruego ardiente a las feministas españolas: el de que no se dejen sorprender por el feminismo exaltado de allende el Pirineo que incorporó, como cosa' consubstancial a sus doctrinas, el divorcio. Haya mucha sensatez y mucho juicio si se quiere que el sano feminismo triunfe. Y conste que recalco estas palabras, porque ya se -han dejado sorprender algunas compatriotas. Cierto que deben de ser unas pedantuelas. De lo contrario no escribieran como escriben - . Siento en el alma tener que señalar, pero debo hacerlo así, para que no se crea que estoy inventando. En la revista Redención que publica en Valencia el grupo feminista llamado de Concepción Arenal, ya se han deslizado más de una vez reclamaciones de divorcio con posibilidad y todo de contraer nuevas nupcias. Véase el número 50 de esa revista, perteneciente a diciembre del año pasado, y se comprobará, desgraciadamente, todo lo que vengo diciendo. ¡Con decir cpe hasta escribe en ella esa petulante Beatriz Galindo a quien mesaría de buena gana, la gran Latina, si surgiese de la tumba! Da pena el ver que la revistuela esa es órgano de un grupo feminista que lleva el -nombre de Concepción Arenal, y más pena aún el imaginarse (pie por ventura pertenecen a ese grupo jóvenes ingenuas Y. actual prudentísima Repúblieá: - contribuirá de una manera decisiva al triunfo de las so l uciones democráticas en el Occidente de Europa» (b). ¿Verdad elle no debo estar pesaroso de que se me haya escapado de la puma el adjetivo .majadero?»... (b) lb., p. 108.
358 P. GRACIANO MARTÍNEZ que acaso se tienen por fervorosas cristianas. Y sin querer, se me viene a la memoria aquella Lucrecia Floriani, heroína de Jorge Sand, que, de hija de un pescador y tejedora de redes, llega a diva de teatro y a princesa, y que, en suntuosa villa, sobre las orillas del lago en que su padre tiende aún las redes, se instala con cuatro hijos nacidos de tres padres diferentes, a pesar de lo cual tiene el valor de considerarse devant Dicu una mujer honrada, más aú-n, une femme vertueuse!
XIII El fintifeminismo de la iglesia. Feministas superficiales y antifeministas católicos.—El antifeminismo en el Antiguo Testamento; en los Santos Padres; en los místicos y en los ascetas.—Hermenéutica sabia de un A gustino insigne.—Involuntario incienso en loor de la mujer.—El antifeminismo de Sara Pablo.—Pastorisas y predicadoras en los Estados Unidos.—Primer Congreso de ¿eclesiásticas».—Aspiraciones sacerdotales en las feministas inglesas. — Altos pareceres de la iglesia anglicana.—La cuestión del sacerdocio femenino en nuestra patria.—Las «matriarcas» de Luis Veuillot.—Un bello consejo de Santa Teresa de Jesús.—Vindicando a San Jerónimo.—En el Palacio de los Marcelo g .—Pléyade de excelsas amigas.— ¡Cómo se escribe la Historia de la Pedagogía!—Fervoroso panegírico jeronimiano de una mujer.—Dos objeciones tontas, para concluir. Como el movimiento feminista contemporáneo ha partido del campo hostil a la religión, y eso ha he. cho que figurasen entre sus adversarios algunos católicos que, naturalmente, se pusieron en guardia, y aun llegaron a ir un poco más allá de lo que la prudencia requería, es muy frecuente entre los feministas superficiales el tildar de antifeminista a la Iglesia. Es la lógica de siempre, entre los enemigos de la Religión: porque unos cuantos católicos han atacado —y algunos aun atacan— al feminismo con temporáneo, luego la Iglesia es antifeminista. No voy a defender a esos católicos: hubieran sido perspicaces y hubiesen visto que el feminismo, en cuanto a su substancia, es un movimiento en favor del cual ha estado siempre la Iglesia, que lleva ya
360 P. GRACIANO MARTÍNEZ veinte siglos trabajando por levantar a la mujer a más alto nivel intelectual y por abatir el despotismo del hombre, siempre anheloso de someterla a sus pasiones_ y a sus egoísmos. Pero sí voy a poner de manifiesto la absoluta sinrazón de atacar, por antifeminista, a la Iglesia, pues no ha hecho más que seguir el ejemplo de los Apóstoles que sentaron los cimientos de la rehabilitación de la mujer en todos los órdenes, y que se esforzaron en instruirlas creando un verdadero apostolado femenino, porque sabían muy bien lo que podían esperar de semejante apostolado. El primer argumento en que se fundan los feministas superficiales para acusar de antifeminismo a la Iglesia es el que parece surgir de ciertos textos bíblicos en los que, a primera vista, se hace muy poco favor a la mujer. Yo no me atrevo a negar que en los libros del Antiguo Testamento haya su acre remusguillo de antifeminismo, cosa muynatural, si se tiene en cuenta que en todas partes se inculpaba a la mujer, y nada más que a la mujer, de la entrada del pecado, en el mundo, con su terrible séquito de desdichas. Pero sí diré que, cuando se habla contra la mujer en la Sagrada Escritura, no se habla propiamente contra la mujer... Me explicaré tomando margen de estas palabras antifeministas del Eclesiastés. «Yo he reconocido que la mujer es más amarga que la muerte..., que su corazón es una red cazadora y que sus manos son cadenas. Quien sea agradable a Dios se librará de ella, pero el pecador se encontrará en lla cauti vo.» Como éste, se podrán entresacar mu-
EL ANTIFEMINISMO DE LA IGLESIA 361 chos pasajes de los Libros Santos; pero en todos esos pasajes se habla de la mujer, no como de la compañera del hombre, ni como de la-madre del género humano, sino como de un símbolo —el símbolo de la voluptuosidad y de la licencia, lazo de que se sirve Satán para cazar a los hombres—, o, a lo sumo, de la mujer mala, perversa y corruptora. Si los feministas superficiales supiesen un poco de hermenéutica, no se irritarían contra esas y otras parecidas frases de los Libros Santos, sino que las bendecirían, porque verían muy claramente que no se habla en ellas contra la mujer, sino contra el vicio predominante en el corazón del hombre. —¿Por qué se simboliza la liviandad en la mujer? Como se simboliza la borrachera en el vino, como se simboliza la avaricia en el oro, como se simboliza en un niño alado al amor. ¿Quién puede poner puertas al campo de la retórica?... Y en ese mismo sentido hablaban los Santos Padres, cuando estampaban alguna frase de fusta contra la mujer, como aquélla, creo que del Damasceno, en que la llama: «espantosa tenia que tiene su morada en el corazón del hombre», o aquélla en que dice San Gregorio Magno: «élla no tiene el sentido del bien», o aquélla en que afirma San Jerónimo que todas son peores e inspiradas por el diablo, «pejores omnes et diabolo afflettae», u otras y otras en que se las llama «escorpión pronto a picar», «puerta del infierno», «origen del mal»... La mujer sólo cuerpo y pasiones y concupiscencias, he ahí la mujer a que se refieren los Libros Santos lo mkino que los Santos Padres.
362 P. GRACIANO MARTÍNEZ —Y esa hermenéutica, seguida en la interpretación de los textos bíblicos y patrísticos que aparecen hostiles a la mujer, es la que debemos seguir, al tropezar con frases antifeministas en místicos y en ascetas. Yo reconozco que los místicos y los ascetas han tendido siempre a exagerar la maldad de la mujer; pero que en todas esas exageraciones se refieren a la mujer mala, siquiera muchas veces no lo adviertan, es indudable. Y nos persuade de ello el que, siempre que tratan de mujeres buenas, de alguna santa, de alguna reina bondadosa, de alguna dama caritativa, les prodigan los más entusiastas elogios. Lo que todos esos piadosos autores quieren decir con sus invectivas contra la mujer, es que el hombre casto se guarde del trato con las mujeres malas, pues estar a su lado y no quemarse, no caer en tentaciones, no pecar, es algo casi tan milagroso como el no quemarse en medio del horno de fuego los tres niños israelitas... Los mismos monjes medioevales que tanto parecían complacerse en escribir versos satíricos contra las mujeres, ponderando el peligro que hacían correr a la virtud, se cuidaban algunas veces de advertir que no se referían a todas las mujeres en general, sino solamente a las malas. Así Roger de Caen, monje de los claustros de Bec, en su Carmen de Contemptu mundi, después de haber llamado «dulce mal a la mujer, que, insidiosa, quebranta la mente y la robustez viril con sus halagos: Fémina dulce 7nalum, menten roburque virile frangit bianditiis insidiosa sois,
EL ANTIFEMINISMO DE LA IGLESIA 363 procura advertir que no se refiere a todas las mujeres, por más que en su tiempo sea rarísima la que se mantenga casta: Nec nos in tottsm jactamus crimina sexum; tempore sed nostro rara pudica manet (1). Y véase cuán lejos está de ser caprichosa la interpretación que hacernos de las frases de sabor antifeminista, en los ascetas y los místicos, por las siguientes palabras de mi insigne hermano de hábito el P. Fonseca, quien, disponiéndose a decir unas cuantas frescas a la mujer, hace esta hermosa protestación: «cualquier disfavor que se dijere, se ha de entender de mujeres aviesas..., que de las buenas no hay ponderación ni encarecimiento de alabanza que no se deba a su virtud y valor. El sol luce poco, las estrellas son oscuras, los tesoros de la tierra son carbón, comparados con el tesoro de honestidad, de piedad, de regalo, de dulzura, de verdad, de amor, de gozo, de paz, que encierra en su pecho una mujer buena» (2). Y más adelante, haciendo muy sabia exégesis de los dicterios terribles hacinados por Salomón contra las mujeres, tales corno aquéllos: «de los varones hallé entre mil uno bueno, mas de todas la g mujeres no hallé una buena que lo fuese», dice muy de perlas el insigne agustino: «lo cual se debe entender de aquéllas con quien Salomón había tratado, que, en fin, fueron muchas, y hablaba aquí corno bien acuchillado.. ¡Hasta templos llegó a levantar por ellas a los ídolos! Y más adelante aún, interpreta el P. Fonseca aquello del Eclesiástico, «mejor (1) Citado por el P. Rüssler, p, 303. (2) Tratado ael Amor de Dios, c. XLV, p, 389-390.
370 P. OR.ACIANO MARTÍNEZ nuestros días viviese, no se opondría de ningún modo a la predicación femenina en los púlpitos; considerando no precepto, sino simple consejo el asendereado texto paulino y agregando en tono dogmático: «Estamos autorizados para creer que San Pablo no enunciaba en todos sus consejos juicios irreformables en todas las circunstancias» (1). Pero entre el alto clero anglicano que entonces se confesó partidario de los derechos sacerdotales de la mujer, quizá ninguno tan ardiente y sutil como el Reverendo T. H. Lacey. Para este agudo señor lo de callarse las mujeres en las iglesias no era más que una regla de disciplina apostólica, pero no inmutable; pues también San Pablo prohibía a las mujeres orar en público sin llevar un velo a la cabeza, y hoy vemos que ha caído ya en desuso esta regla de disciplina, por lo menos, en muchos países. Además —arguye— en tiempos del propio San Pablo predicaban las mujeres en los templos, y aunque a él no le pluguiera, tenía que aguantarse y contemporizar. La profecía, én la primitiva iglesia cristiana, siempre se tomó por la actuación pública en las asambleas de creyentes, y aun se colige de las mismas palabras del Apóstol: «toda mujer que ore o profetice.» El propio San Pablo se hospedó en Cesarea en casa de un Felipe que tenía cuatro hijas vírgenes y profetisas. Además, la Iglesia católica ha ungido y consagrado reinas y ha beatificado a Juana de Arco, y los Papas se dejaban aleccionar por Santa Catalina de Sena, y en el rezo de Santa Teresa (1) • The Times, 18 de agosto de 1916 articulo •Bishop Wakefieid's Views».
EL ANTIFEMINISMO DE LA IGLESIA 371 se lee: ut coelesti ejus doctrinas pábulo nufriamur., „ Y puesto ya a enristrar argumentos tan comprobativos de sus ideas, no sé cómo no añadió el Reverendo Lacey que todos los oradores católicos invocan, para inspiración de sus oraciones sagradas, a María, y que los retablos de los templos católicos están poblados de santas, y que Bossuet lo mismo pronunciaba oraciones fúnebres en loor de los hombres que en loor de las mujeres, y aun siendo en las glorificaciones femeninas más elocuente, más caluroso, más efusivo... Como se ve, el Reverendo Pastor Lacey discurre que se las pela, abogando por la predicación femenina, como abogaba también el canónigo Carlyle, que, hablando de Santa Hilda, en un sermón, decía de ella que, como el laico Orígenes, daba conferencias de teología en la iglesia en presencia de los eclesiásticos (1), y como, entonces, abogaron muchos hombres y mujeres que no se cansaban de aducir raciocinios y más raciocinios en defensa de la predicación femenina en los templos. No quieren resignarse a que una frase del Apóstol, a propósito de unas cuantas mujeres turbulentas de Corinto, sea una regla de disciplina inmutable en la iglesia cristiana. Entre nosotros esta cuestión no se ha agitado nunca, ni creo que se haya de agitar. Y eso que estoy bien seguro de que muchos hombres casados habrían de emitir voto favorable a la predicación de (1) He tomado todos estos datos de Le Renouveau religieux (lana l'Eglise An glicane.—Éitdes, número de 5 de septiembre che 1916.
372 P. GRAO FANO MARTINEZ las mujeres en la iglesia. Porque lo que ellos se dirían: de ese modo no les dará por estar predicando siempre en casa... He dicho que, entre nosotros, no se había agitado, ni quizá se agitase jamás tal cuestión. Bien sé que un Sr. Romera Navarro, que muchos años viva, ha dado a la estampa una obrejá en que aboga por el bello sexo hasta el punto de llamar ingrato al cristianismo, poniéndole al nivel de las religiones budista, mahometana y confuciana, tan terriblemente hostiles a la mujer, y en que piensa que a la mujer, y no al hombre, debía estar confiado el sacerdocio. Pe.ro este buen señor, un feminista tan ardoroso como cándido, de los que creen que con madrigalear a chorro continuo en loanza de la mujer, es como se estudia el intrincado problema feminista, cuando así ni siquiera se aporta un reflejo de vidrio azogada a su esclarecimiento, ha salpicado su libro de tan inverosímiles ligerezas y de tan crasos errores, que no merece ser habido en cuenta. ¡Oh, sobre todo el capítulo aquel que titula El Feminismo yla Religión, es una, cosa que asombra por la supina ignorancia que brilla en el autor, creyente fervoroso de la tontería atribuida al Concilio de Macón, en el siglo VI, de que dogmatizó que la mujer no tenía alma! ¡Las ligerezas que se escriben por no tomarse el trabajo de estudiar! Repito que no merece ser tenido en cuenta (1). (1) Ensayo d,?. una Filosofia feminista.—Refutación a Moevius. Permitaseme exhibir en esta nota un parrafito del agudo criterio de este autor: (El cristianismo viene at mundo en medio de una sociedad corrompida que era idólatra de la carne, y para purificarla cae en el extre.mo contrario, en el ascetismo místico que desprecia el caer-
EL ANTIFEMINISMO DE LA IGLESIA 373 El o o o Ni lomo en cuenta tampoco lo que nos dice la misma Concepción Arenal que, de ordinario, con tanta hondura piensa y tan a plomo discurre, cuando deja escapársele la idea de que la mujer haría un gran papel en el sacerdocio y especialmente en el sacerdocio católico. Plenamente convengo con ella en que «Instruir a los niños, enseñar a los ignorantes cosas buenas, sencillas y precisas; acompañar a los enfermos; auxiliar a los moribundos; compadecer a los desdichados; consolar a los tristes; hablar a todos de Dios en quien cree con tanta fe, son cosas muy propias del sexo compasivo y piadoso» (1). ¡Pero hay tanta distancia aún de ahí a la. mujersacerdote! Persisto en creer que entre nosotros ni se ha agitado ni se agitará jamás esa cuestión. A nosotros, los españoles, nos parece de perlas que la Iglesia católica niegue 1^ mismo el sacerdocio que la predicación, desde los púlpitos, a las mujeres, juzgándola por ello acreedora a las más calurosas alabanzas. Y no hay en ello desconsideración ninguna a la mujer, sino todo lo contrario: muy afectuosa estima hacia ella y hacia la sociedad, Medítese bien: obligar a la mujer a sentarse en un confesonario sería impone' le terribles sacrificios, a parte el estudio minucioso de cosas y de tratados que herirían cruelmente su exquisito corazón, y a parte también las mil razones. po y lo tortura y lo degrada, fundando con ello esa perversión mística cine glorifica la esterilidad» (págs 181 y 182). No me detengo a. refutar el parrafito éste. Basta para ello leer la conferencia de mi libro La Objeción contemporánea contra la Cruz, que lleva por titulo:. ' El Catolicismo y la Alegría del vivir.» (1) La Mujer del Porvenir, págs. 92 y 98, e idf
371 P. GRACIANO MARTÍNBZ de índole muy delicada que reconoce la misma mujer, porque no puede menos de sentirlas muy vivas. ¡Lo que abusarían los hombres del confesonario, si las mujeres fuesen confesoras! Eso de sacerdotisas estaría muy bien para los pueblos paganos como Roma, que tenían cultos especiales femeninos a los cuales estaba prohibido asistir a los hombres: tales eran las fiestas que anualmente se celebraban en loor de la Buena diosa —Bona Dea—, o las muy poéticas, por cierto, en loor de la Diana Nemorosa .Nemorensis—, cuyo templo se levantaba sobre la falda del Monte Albano, a orillas de un lago pintoresco que se decía «el espejo de Diana»., y en cuyo alrededor dilatábase un bosque sagrado que, en las anuales fiestas, se engalanaba con sedas vistosas, en las cuales, entre primorosos dibujos, hacíanse constar los favores recibidos de la diosa munífica. Cuando uná mujer creía haber recibido algún favor de la diosa, era costumbre visitarla en su bosque sagrado y adorarla en su templo, llevando la. agraciada mujer una antorcha encendida en la mano y una corona radiante en la frente... En esos pueblos y con esos cultos diría muy bien que las mujeres obtuviesen los honores sacerdotales y que abundasen las sacerdotisas de Juno, de Ceres, de Diana; y de todas las deificadas emperatrices; pues sabido es que cuando se deificaba a las esposas de los Césares, eran las mujeres las natas sacerdotisas. Pero en los pueblos cristianos y con nuestros cultos redentores, las sacerdotisas huelgan. Y por lo que toca a las predicadoras, también nos parece muy de perlas la negativa de la Iglesia. No
EL ANTIFEMINISMC DE LA IGLESIA 375 es que con ella se quiera restringir la cultura femenina, que ha de . ser lo más integral posible, abarcando desde arte culinaria, economía e higiene hasta literatura, filosofía y teología; que ni siquiera a la mujer teóloga rechaza la Iglesia, antes al contrario, la ensalza y . -la bendice. Pero que la instrucción teológica de las mujeres no las lleve jamás hasta el infatuamiento de pretender asaltar los púlpitos, ni presumir de doctoras y maestras en sagrada teología, con ansias, y todo, de dogmatizar. Aquellas mujeres que, durante el . Concilio Vaticano, hacían campañas periodísticas a fin de impedir que la infalibilidad pontificia se definiese dogma, no sólo merecían el despectivo mote de «matriarcas» con que las flageló el gran Veuillot: merecían bastante más por presuntuosas y marisabidillas. Ansiaban, sin duda, asemejarse a aquellas famosas monjas de Port-Royal que se oponían a la condenación pontificia del Augustinus de Jansenio, y que, no contentándose ya sólo con jansenizar, hasta conspiraban contra la Iglesia y el Estado, viéndose obligadas las autoridades civiles a exclaustrarlas y destruirles su guarida de sedición política y . religiosa. Ni aun a Madamas de Sevigné se les puede tolerar que sean de ese modo teólogas, pretendiendo meterse a definir y a dogmatizar en cosas tan altas. Para eso está la Iglesia y nada más que la Iglesia. A la culta y simpática Sevigné no la honró nada su labor apologética en favor de Jansenio. Por muy su entusiasta que sea, no sé qué siente uno cuando lee aquella carta 817 a su hija, en que dice muy oronda que halla a San Agustín «buen jansenista, lo mismo que
376 P. GRACIANO MARTÍNEZ a San Pablo». ¡Verdad que en el malaventurado jansenismo se había despeñado también la preclara inteligencia de todo un Pascal!... ¡A qué bendita distancia de esas pretensiones se han sabido mantener siempre las mujeres hispanas. Jamás han querido otra predicación que la de sus buenas obras, como si todas ellas sintiesen instintivamente aquel bello consejo de Santa Teresa a sus hijas: «Todas hemos de procurar ser predicadoras de obras, pues el Apóstol, y nuestra inhabilidad, nos quita lo seamos de palabras» ¡Qué bien! Predicadoras, pero de obras. Y tan fácil como vindicar de su supuesto antifeminismo a San Pablo, lo es vindicar a San Jerónimo, pese a la frase citada y a muchas otras, como ella, que le han hecho pasar por el más antifeminis-- ta de todos los Santos Padres Se zambulle la mente unas miajas en su historia, y se le ve siempre brillando como un sol y formando como un magnífico sistema planetario feminista, del cual eran los primeros astros lucientes aquella pléyade de hijas de familias senatoriales, todas ellas doctísimas y todas ellas santas. Fué por San Jerónimo por quien Santa Marcela, la descendiente de cien cónsules y prefectos del pretorio, convirtió su palacio del Aventino —el Palacio de los Marcelos— en un monasterio de mujeres, cuya abadesa fué ella hasta el fin de su vida. Apenas quedó viuda, y a pesar de los altos pretendientes que acudieron en seguida a galantearla, cautivados por su extraordinaria belleza y por los prestigios de su pura sangre sabina, se dió de lleno a
PJL ANTIFEMINISMO DE LA IGLESIA 377 Dios y al estudio de las Santas Escrituras, siendo, 1 entre las altas damas patricias, la primera en romper la marcha hacia el monjío, pues, según nos dice el solitario de Belén, era entonces entre ellas el es- 111, tado monástico tenido por «vil e ignominioso» (1). Su palacio del Aventino quedó así transformado en el primer monasterio romano. Y allí no tardaron asas' en juntársele muchas viudas piadosas y algunas jóloras yenes vírgenes, entre éstas, su hermanita Asela, ,nos como ella de muy rara hermosura, y que ya, a los ado« diez años incumplidos, se consagró a la virginidad, y, a los doce, vendía secretamente su collar de oro para comprarse el hábito monástico que su familia le rehusaba, y Eustoquia, la hija de Paula, de Paula, que tan bien conocía la ruta del Aventino por menu- 1011 dear las visitas a su amiga Marcela, a quien bien migis pronto había de imitar, convirtiendo su propio pala- EO en monasterio. Marcela que hablaba frecuentemente con San Jerónimo acerca de puntos escriturarios, y de quien 0 1' dice el santo que no asentía a su parecer, mientras 11 5 de su verdad no se hubiese convencido, pues la p,..us- 11 taba pesar y contrapesar las cosas, hasta el punto que él la tuviese más bien por jueza que por cliscípu- .,11 la (2), convino con el santo en que éste diese una 15111. serie de conferencias en el Palacio , del A ventino, aquel devorador de libros las dió, siempre con su pergamino bíblico en la mano, y haciendo un frutoextraordinario de vocaciones virginales que se abrían, como flores, al calor de sus conferencias.. 11 (1) Epist. CXXV1I, 5. (2) Com. in Ep. ad Galat., pro).
378 P. GRACIANO MARTÍNEZ ¡Oh, que sería de ver a San Jerónimo ante aquel distinguido auditorio femenino! Allí, muy cerca del conferenciante. Marcela y su herrnana Asela y la madre de ambas, Albina, y Santa Paula con sus hijas Blesila, Paulina y Eustoquia, y la Virgen Claudia, que, de guardadora del fuego sagrado de Vesta, pasaba a ser virgen de Cristo, y luego algunos senadores y algunos sacerdotes; y luego, aún, muchas jóvenes del patriciado ostentando su oro y su seda y su hermosura y sus graciosos nudos de bucles, exquisitamente rizados por jóvenes esclavas! ¡Lo muy a su placer que peroraría ante tan distinguido auditorio aquel monje ardiente y santo y doctísimo de quien, según nos dice él mismo con bella ingenuidad en una de sus cartas, se murmuraba por entonces que no podría tener más digno sucesor el Papa San Dámaso: dicebar sanctus; dicebar húmilis et disertus; omnium pene judicio dignus sumiso Sacerdotio decernebar (1). Y fué por San Jerónimo por quien Santa Paula, la descendiente de los Escipiones y de los Gracos y de los Paulo-Emilios, siguió luego la conducta de Santa Marcela, su íntima amiga, trocando su palacio en monasterio. Verdad que ya antes que conociese a aquel monje de fascinadores talentos que le hicieron el exégeta más docto de su siglo, y uno de los hombres más influyentes en la alta sociedad romana, practicaba Paula la vida (religiosa: la había practicado siempre, y había sido de casada modelo de esposas perfectas. (1) Ep. XLV,
EL ANTIFEMINISMO DE LA IGLESIA 379 Pero fué por San Jerónimo por quien vistió el hábito monacal y por quien lo vistieron varias de sus hijas y varias otras viudas, y vírgenes, todas las que formaban aquella su «iglesia doméstica», según la escribía el santo, mandándole que las saludase una a una (1). Y fué por San Jerónimo por quien, al fin, se trasladó a Jerusalén, a ser un oráculo de su tiempo—el santo nos asegura que ella sabía la Biblia de memoria— y a contar por millares las discípulas de los monasterios que fundaba, donde las monjas se dedicaban con empeño al cultivo de la inteligencia femenina. Y fué por San Jerónimo por quien las hijas de Santa Paula, Eustoquia y Blesila, llegaron a ser hetenistas consumadas que hablaban el griego lo mismo que el latín, la lengua maternal, y el hebreo lo mismo que el griego, y a tener tan hondos conocimientos bíblicos que, no solamente laicos, sino también sacerdotes acudían a tan sabias mujeres en demanda de luces, principalmente a Eustoquia, a quien su propio maestro no dudó consultar a veces en su gigantesca traducción de la Biblia, y a quien varios de los libros traducidos aparecen dedicados. Mientras sus amigas y compañeras de alto abolengo senatorial lucían en sociedad sus pomposos trajes de seda bordada de oro, sus diminutos zapatos ornados de brillantes, su áureo cinturón salpicado de preciosa pedrería, y sus collares y sus brazaletes, valederos de inmensos tesoros, ¡qué hermoso es ver a las hijas de Paula, Eustoquia y Blesila, vestirse (1) Ep. XXX.
386 P. GRACIANO MARTÍNEZ saban continuamente; y ya no daban cabida a las muchedumbres ni los pórticos ni las plazas públicas, ni las terrazas de las casas, porque Roma entera quería asociarse al homenaje de admiración y de amor hacia aquella sublime mujer. Y de ahí también aquellas encomiásticas palabras con que ponderaba su triunfo San Jerónimo cuando decía en un arranque efusivo: «No, Camilo no triunfó tan gloriosamente de los galos, ni Escipión. de los númidas, ni Pompeyo de-los pueblos del Ponto» (1). ¡Antifeminista quien a tales arrebatos líricos llegaba loando a la mujer! —Pero la Iglesia —exclaman los feministas exaltados— merece los más duros denuestos de parte del feminismo, por no haber hecho cuanto le fué posible en pro de la mujer, allá en los tiempos medioevales, cuando casi era todo poderosa. Y no se piensa en lo mucho que por ella hizo, ni en que los hondos acontecimientos sociales se realizan todos progresiva pero lentamente; pues son como los árboles que crecen sin vérselos crecer, o como los niños que llegan, sin darse cuenta de ello, a hombres... Querer que la Iglesia hubiera hecho milagros, anticipándose al ambiente social y constituyendo en el disfrute de todos sus derechos a la mujer, es pedirle imposibles. ;Si todavía no está. hoy en el disfrute de esos derechos, a pesar de tanto progreso social! La Iglesia ha anhelado siempre elevar la valía in - telectual y moral de la mujer. Bien sabido es que, (1) Epist. LXX VII, De M'oree Faviolae.
EL ANTIPEMINISMO DE LA IGLESIA 387 en esos tan desdeñados tiempos medioevales, eran las mujeres mucho más instruidas que los hombres, en general, excepción hecha del sacerdocio. Y bien sabido es también que cuando el Renacimiento quiso reducir el sexo femenino al gineceo, negándole hasta el derecho a instruirse, fué la Iglesia quien salió a defender la cultura de la mujer, consiguiendo que tuviese cátedras en las Universidades de Padua, de Bolonia, de Milán, de Alcalá y de Salaman ca. Y bien sabido es que fué un Papa, y tan grande como Benedicto XIV, quien autorizó a Angélica María Agnesi para desempeñar la cátedra de ciencias matemáticas que había tenido su padre en la Universidad de Bolonia, cátedra que desempeñó con universal aplauso y con mucho aprovechamiento. Y bien sabido es que, cuando Lucrecia Corner, que ya a los siete años dominaba el latín y estudiaba el griego y el hebreo, defendió su tesis doctoral en la Universidad de Padua, con tanto lucimiento y sabiduría que le dieron por unanimidad el grado de doctora, fué otro Papa quien le escribió de su puño y letra una carta dándole la mas calurosa felicitación. —Otro argumento suelen aducir las feministas exaltadas para ver de atacar a la Iglesia, culpándola de la inferioridad de la mujer en el seno de las sociedades. Y es el que se deriva de la jerarquía especial doméstica, según la cual aparece el hombre covisagrado por la Iglesia como jefe de la familia. El hecho es indudable. San Pablo, en su Epístola a los de Efeso, escribió esta frase poco grata al fem i nismo exaltado: «como la Iglesiá está sometida a Cristo,
388 P. GRACIANO MARTINEZ las mujeres deben estarlo también a sus maridos en todas las cosas.» León XIII, en su Encíclica.Arcartunt divinae sapientiae, llamó al marido «príncipe de la familia y cabeza de la mujer, princeps familiae et caput mulieris». Y mi gran Padre San Agustín enseña que la mujer, aun antes del pecado original, estaba. hecha de modo que estuviese sometida jerárquicamente al varón, pues había entrado en los planes de Dios el crearla como adjutoriurn, como ayuda del hombre (1). Pero de esa natura "' sumisión de la mujer al hombre, corno cabeza de la familia, ¿se sigue la inferioridad ni espiritual, ni siquiera 'física, de la mujer? El marido, no por ser gobernante de la casa, tiene más talento que su esposa, como el abad, por' ser abad, no tiene más talento que sus súbditos; ya que muy de ordinario suele tener algunos que le aventajan muy mucho en cuanto a mentalidad se refiere, como suelen aventajar los estadistas al rey y los subsecretarios a los ministros. Lo que hay es que la jerarquía natural exige que el hombre sea el jefe nato de la familia, si bien no un jefe autocrático que pueda hacer mangas y capirotes en su reinado doméstico. Lo ha querido así Dios, y para eso le ha hecho mas fuerte, muscularmente considerado; pero sin que esa superior fuerza de musculatura implique, con relación a su esposa, superioridad ninguna espiritual. Además la Iglesia le ha reconocido siempre a la mujer cierta autonomía aun en el mismo gobierno (1) De Genesi ad litteram, 1. II, e. 87.
i850 nu _ EL ANTIFEMINISMO . DE Lit IGLESIA 389 he la del hogar, a cuyos solos intereses, y a lo que con ellos se relacione, se refieren las frases del Apóstol, lo mismo que las de León XIII y San Agustín. Y taba eso cuando lo que ordene el marido sea perfectamente racional, pues, en lo que no lo sea, la mujer las tiene el deber de obrar conforme a razón. u l ) En realidad en el hogar, cuando alienta recia y sanamente el amor, ni es el marido el que manda, ni es quien manda la mujer: manda siempre aquél ele los 101, io dos que aporta más fuerza de razón convincente al otro, pues ni dellado de la cara barbuda, ni del lado ju? de la cara lampiña debe haber real imperio, sino del lado de la mayor inteligencia de las cosas, que hl de juzgar con imparcialidad absoluta el mutuo amor. En unas cosas entenderá mejor la mujer y en otras entenderá mejor el hombre, y hablando y comunicándoselas mutuamente. se entenderán e irán siempre de acuerdo, y entonces no manda nadie en el hogar, digo, sí manda quien debe mandar:. el mutuo amor. —Sertillanges piensa muy discretamente cuando dice,.sintetizando su_teoría acerca del gobierno doméstico: «igualdad en principio, división de atribuciones. Gobierno del marido en cuanto concierne al exterior, pero ron la colaboración de la esposa. Gobierno de la esposa en cuanto concierne al interior del hogar, pero con la colaboración del marido» (1). Es claro que para esto se ha menester de mucho ambiente cristiano en el hogar. Habiendo cristianismo en los hogares, jamás la mujer se verá tiraniza- (1) Féminisme, etc., pág. 276.
390 P. GRACIANO MARTÍNEZ da por el marido. ¡Cuántas esposas españolas serán más felices bajo la autoridad absoluta de sus esposos, que las más exaltadas sufragistas inglesas bajo la restringida autoridad de sus maridos! Y es que las leyes valen mucho menos que las costumbres. Según las leyes, eran Fernando e Isabel verdaderos reyes absolutos, verdaderos autócratas. Y, sin embargo, como el cristianismo alentaba muy fuerte en el trono, la autocracia no existía. No, no es hostil al feminismo la Religión católica, y los católicos que le sean hostiles, no lo son por católicos, sino por ignorantes y por desagradecidos. Y o de mí sé decir que siento algo que se me subleva en el alma, cuando oigo ciertas desdeñosas invectivas contra la mujer en general. No puedo prescindir de pensar entonces en mi madre —¡mil veces bendita mujer en cuyo seno nací a la vida, de cuyos pechos me nutrí, en cuyas rodillas tuve mi primer escuela!— Y me parece que van contra ella disparados aquellas invecti vas y aquellos desdenes. Además, estoy perfectamente persuadido de que una nación es noble y honrosa, en tanto que en ella es la mujer honrada y estimada. Desde el instante en que un pueblo deja de honrar altamente a la mujer, deja de ser honrado el mismo pueblo. Y aquí doy cabo de estos mis ya largos estudios feministas, que Dios quiera hagan en mis nobilísimas compatriotas todo el bien por mí soñado al principiar a hacerlos y a escribirlos.
ÍNDICE Págs. POR TIA DE PRÓLOGO . VII I.—Un poco de historia feminista.—Cuatro especies de erudición barata.—Raigambre feminista española.—Viejas batallas entre feministas y misóginos hispanos.—Primeras feministas radicales francesas.—Una insigne feminista gala. En loor de las mujeres de Roma.—Un alto hecho de las druidesas.—E1 feminismo en el Edén.—El feminismo y la Revolución fran r. esa.—Olimpia de Gouges y Rosa Lacombe.—Las calceteras de París.—Alboreos de la actual revolución feminista.—Inmensa valía social de la mujer en los Estados Unidos. —Principales causas del movimiento feminista contemporáneo—Una idea del Dr. Juarros y un pensamiento de Sertillanges.—La causa más eficiente del movimiento feminista. —Critica justipreciadora de la obra de Stuart Mill.—Befa frase de Concepción Arenal 1 II.—Las exageraciones antifeministas.—La Mujer y las sociedades primitivas.— Galanterías femeninas de Platón y de Aristóteles.— Aun los deja tamailicos Séneca.—Cómo pensaban de la mujer e! pseudo Renacimiento y la pseudo Reforma.—Lutero enfrente de Vives.—Lindezas de Schopenhauer al bello sexo.—La mejor refutación del antifeminismo schopenhaueriano. - - Matemáticas de Proudhón.— Ridicule , es materialistas.— Una afirmación gratuita de nuestro Huarte.—Gall y los sombrereros parisienses.—Unico ideal de la mujer en la vida, según Rousseau.—Gimnasia corporal y gimnasia in telectual.—U•delirio proudhoniano. ¡Oh los sabios embriólogos! —La clave misteriosa del sexo. Los sexos y la moral social.— Estadísticas contundentes. Rápida refutación de la obra antifeminista de Moevius.— ¿Son iguales el hombre y la mujer?.—Sabia frase de Sertil'auges. —Tenía razón la reina Cristina de Suecia 29 III.—En plena revolución 'feminista.—Relampagueos de tempestad.—El socialismo pirata.—Cálculo nada equivocado.— Ciegos que no quleren ver la luz.—Sabia frase de Gambetta. Bébel sabia muy bien adónde iba.— Hay que ser feminista, no por moda, sino por persuasión. —Las calzas azules.— Una afirmación de Sertillanges.—Ideología utópica.—Buena definición del feminismo dada por un jesuita.—Las que se casan y las que no se casan.—homo las moscas.—Egoismo refinado. —Doctrinas gérmenes.—Lo que es en substancia el feminismo. - Por el triunfo de la justicia.—No se tira a matar, sino a vivir.—Luc ha, pero pacífica.—Un refrán que hay que borrar del diccionario.—Proporcionalidad, no igualdad, de derechos v deberes.—Justo recelo de los hombres de la Iglesia. Una legión de demagogas alemanas. ¡Lindo ideal de la rnujer!—Nada de alianzas socialistas. El siglo de la mujer.... 59
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