Contribucion al estudio de la polemica gongorina:las Epistolas satisfactorias (Granada, 1635)de Martin de Angulo y Pulgar
Full text
Universidad de Sevilla. Facultad de Fi lología
Contribución al estudio
de la polém ica gongorina:
las Epístolas satisfactorias (Granada, 1635)
de Martín de A ngulo y Pulgar
T e sis doctoral presentada por Juan Manuel Daza Somoano
Dirigida por la Dra. Begoña López Bueno
Sevilla, 2015
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A la memoria de mi madre,
luz en la cañada oscura
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Intr oducción
A lo larg o del último siglo, la crítica ha cosechado importantes frutos en s us acerca mientos a
uno de los acontecimientos más apasionantes de la literatura española del Siglo de Oro: la
recepción crítica de la poesía mayor de Góngora, episodio que se viene etiquetando con el marbete
de polémica gongorina . La labor fundacional de em inentes gongoristas como Miguel A rtigas,
Alfonso Rey es, Dámaso A lonso o Emilio Orozco continúa siendo hoy un punto de partida
indiscutible para el estudio del liti gio generado tras la difusión del Polifemo y la s Soledades ; en
tiempos más recientes, el camino señalado por las grandes figuras históricas del gongorismo
internacional ha sido progresivamente desbrozado y allanado gracias a notables aportaciones
filológicas de distinto signo, como las de Eunice Joiner Gates, Melchora Romanos, Joaquín Roses
Lozano, José María Micó, Jesús Ponce Cárdenas, A ntonio Pérez Lasheras, A ntonio Carreira o al
insigne maestro Robert Jammes, entre otros muchos. Pero, a pesar de la relevancia de esta
tray ectoria de indagación, el corpus crítico s obre la polémica sigue adoleciendo fundamentalmente
de esa fa lta de ediciones rigurosas y estudios monográficos o de conjunto que ta ntas veces el
gongorismo contemporáneo ha sentido como un obstáculo añadido a las numerosas dificultades
que presenta su sistematización e interpretación.
En este sentido, resulta obligada la mención de las m etas marcadas y alcanzadas por una
sólida línea de investigación acerca de la polémica gongorina abanderada por el Grupo P A SO
(Universidades de Sevilla, Córdoba, Huelva y Complutense de Madrid), a través de la cual han
visto la luz varios trabaj os de José M anuel Rico García, María José Osuna Cabezas o Iván García
Jiménez, que se han erigido en importante refe rente para los especialistas: e stas contribuciones
hacen accesible y fiable la consulta y comprensión de textos inéditos o deficientemente editados en
su día, e intentan escla recer con certeza la cronología, trascendencia e implicaciones de varios
capítulos del debate, como ocurre con varias publicaciones capitales e luminosos sobre la
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controversia de Begoña López Bueno, ba jo cuy a dirección tomó cuerpo y se incluyó entre los
objetivos del citado equipo interuniversitario la vertiente investigadora en torno a la polémica.
Más recientemente, se ha sumado a toda esa tradición indagadora la ambiciosa aspiración del
Proy ecto Póle mos (Universidad de la Sorbona, París), encabezado por Mercedes Blanco, quie n
representa uno de los puntales del gongorismo actual; la iniciativa, centrada exclusivamente en l a
polémica gongorina, aglutina a un nutrido plantel de investigadores de diferentes nacionalidades, a
los que se ha encomendado la tarea de editar en formato digital un amplio repertorio de textos
sobresalientes de las discusiones en torno a Góngora.
La presente tesis doctoral se vincula con l as directri ces de esos proy ectos académicos y
comparte con ellos el deseo de paliar parte de los problemas que aún pers isten cuando intentamos
aproxima rnos al labe ríntico devenir de la polé mica gongorina. Para ello, ofrecemos la edic ión,
anotada y precedida de un estudio introductorio, de las Epístolas satisfactorias (Granada, 1635) de
Martín de A ngulo y Pulgar . Se trata de un texto de caráct er polemista y teórico que, aunque
conocido y citado por los gongoristas, no ha sido publicado íntegro ni acompañado de aparato
hermenéutico en época m oderna. S u autor, un literato y apologista de los círculos gongorinos
andaluces –granadino, para más señas–, no s alió demasiado bien parado del casi nonagena rio
artículo «Crédito atribuible al gongorista don Martín de A ngulo y Pulgar» de Dámaso A lonso
(publicado originalmente en la Revista de Filología Española en 1927, después recogido en sus
Estudios y ensay os gongorinos de 1955 –reeditados en 1982–, y que hoy podem os leer en su s
Obras completas , V , 1978); quizás ese hecho hay a fomentado –como aventuró Jammes– la
poster gaci ón a que se ha visto abocado este defensor de Góngora quien, s in llegar a la brillantez de
las grandes personalidades de la controversia, legó, no ob stante, un docum ento merecedor de ser
rescatado y valorado en sus justos términos.
Pero la cabal compre nsión de las Epístolas satisfactorias exigía su correcta
contextualización. El t exto de A ngulo nace inserto en una lar ga sucesión de documentos con los
que contrae una deuda evidente, de manera que era obligado historiar el desarrollo de la polémica
gongorina, especialmente desde el célebre Antídoto de Juan de Jáuregui hasta 1636, cometido que
cumple la parte I de la tesis. T a l itinerario se ha articulado mediante calas en los testimonios más
significativos del debate, cuyo análisis ha permitido ir delimitando el bagaj e arg umentativo y
doctrinal acum ulado tras más de veinte años de discusiones, que ay uda a comprender las líneas
maestras de la revolución poética de G óngora y que constituyó una fuente primordial para nuestro
autor .
El capítulo 1 hace de preám bulo a ese recorri do c on una síntesis actualizada de los años
iniciales de la polémica, que he denominado c ontr o ver sia temprana en un intento de hacer visibles
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sus caracteres distintivos. Esta fase inicial de la polémica fue analizada en su día por Osuna
Cabezas, pero resultaba inexcusable su repaso aquí para revisar y rectificar algunos de sus
presupuestos y para sentar las bases de etapas ulteriores de la polémica concernidas en esta tesis.
En este prim er capítulo me detengo en la s reacciones inmeditas al prime r estadio de difusión,
semipública, del Polifemo y las Soledades , algunas de ellas auspiciadas por petición del propio
Góngora (Pedro de V a lencia, abad de Rute), al tiempo que inte nto demostrar la precoz puesta en
marcha de una posible es trategia program ática y suprai ndividual de legitimación teórica de l a
poética may or gongorina, representada por textos como la Silv a de Ponce o las Advertencias de
Almansa. T a nto un conjunto como otro de testimonios, que conviven en el tiempo, apuntan además
una tensión polém ica que eclosionará definitivamen te en la contienda epistolar Lope- Góngora y ,
sobre todo, en el Antídoto de J áuregui, hitos fina les y m uy representativos de la controversia
tempra na, que también son estudiados en este apartado.
Seguidame nte, en el capítulo 2, se examina lo más granado del entramado de reflexión
teórica-literaria nacido de la polémica; un repaso estructurado en cuatro epígrafes, que agrupan
textos de características afines y que pretenden trazar además el dilatado mapa de interconexiones
y dependencias entre los textos polémicos y sus circunstancias, habiendo estudiado
individualmente y también puesto en diálogo para ello las respuestas explícitas al Antídoto , los
comentarios manuscritos, los discursos y t ratados teóricos y el aparato paratextual de algunas
ediciones programáticas. Este capítulo nace con la intención de erigirse en una de las médula s de la
tesis, pues lo mueve una ambiciosa vocación de exhaustividad que persigue establecer una
panorámica s istemática y detallada del período más agitado y productivo de la polémica. N o se
escatima en dedicación a cada texto, ni en lo referente a su interpretación y aparato bibliográfico,
ni en lo que concierne en su conexión c on el resto del corpus crít ico que mane jo: esta pauta
metodológica se adopta des de la certeza de ser necesaria y oportuna, por no existir una aportación
similar .
Al final de la parte I, en el capítulo 3, se evalúa la última vuelta de tuerca experimentada por
la controversia antes de que A ngulo comenzara s us empeños en favor de don Luis: la aparición de
los primeros comentarios impresos, síntoma del viraje sufrido por la recepción crítica de Góngora
una vez que el poeta ha desaparecido de la escena y que la polémica acumula y a más de dos
décadas de disputas literarias. El estudio de este grupo de testimonios se ha des gajado del capítulo
anterior por el convencimiento de que representan un ciclo distinto de la polémica, en tanto en
cuanto su objetivo, más que la defensa y sanción teórica de los fundamentos estéticos gongorinos,
es, por m edio de la marca prestigiadora del género escol iástico y de la imprenta, la oficialización
del estatuto canónico logrado por la poesía de Góngora.
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V a lorados los antecedentes de nuestro texto, acometo la parte II de la tesis, dividida en otros
tres capí tulos y consagrada al estudio concreto de A ngulo y s u aporta ción a la polémica, con una
atención preferente sobre las Epíst olas , como es natural. T r as la reseña bio-bibliográfica del autor ,
se lleva a cabo una importante recolección y urdimbre de datos, sabidos –pero dispersos– o
inéditos, que permiten dibuj ar un panorama ba stante integrador de los desvelos progongorinos de
Angulo y su conexión con la controversia (capítulo 4). Queda así bien enma rcado el análisis
específico de las Epístolas que emprendo en los dos últimos capítulos, el 5 y el 6. Puesto que la
obra bebe de la dinámica de réplicas y contrarréplicas que caracterizó a la pol émica desde su
origen, como punto de parti da se imponía profundizar en el cariz de la s doctrinas contra la nueva
poesía que espolearon a A ngulo: en la primera de las Epístolas , el lojeño declara abiertamente su
intención de rebatir los planteamientos antigongorinos y anticultistas que Francisco de Cascales
había vertido en sus Cartas filológicas (Murcia, 1634), cuy as misivas contra G óngora examino con
pormenor; la segunda responde a un anónimo oponente de Góngora, quien, al parecer , había
intercambiado con A ngulo correspondencia de índole teórico-literaria referente al Polifemo y las
Soledades , según he explicado en el epígrafe correspondiente.
La tensión dialéctica que informa el texto no im pide que nos hallemos ante un testimonio
estima ble de la recepción crítica de G óngora desde el punto de vista teórico y así he pretendido
mostrarlo en el apartado final del capítulo quinto, que planteo no sólo com o una enum eración
razonada y glosada de los arg umentos y conceptos teórico- literarios con que A ngulo procura
iluminar la poética m ay or gongorina, s ino como una constatación de que aquel, en cierta m anera,
se sentía inserto en una tendencia exegética más global y honda, motivo por el cual m e dec ido a
complem entar esa s ección de mi es tudio con una «Adenda» que rec oge a modo de prontuario las
fuentes polémicas y especulativas, declaradas o no, que A ngulo manejó sin lugar a dudas.
El estudio introductorio a las Epíst olas satisfactorias se remata con la explicación del aparato
hermenéutico que acompaña a la edición. En la trascripción gráfica del original se han seguido
unas pautas conservadoras por los motivos razonados que se explican en el lugar correspondiente,
siendo el m ás importante la tendencia sistem atizadora observable en sus com portamientos
gráficos, junto a la consideración de reflejar unos usos aceptados por A ngulo en un impreso que él
pudo controlar .
Dicha edición, que resultaba abs olutamente im prescindible en el caso de las Epístolas
satisfactorias , pers igue una comprensión lo m ás abarca dora posible del texto, de su contexto, de
sus condici onantes y del ideario que lo s ostiene. Si el estudio prelimi nar sienta las bases para
enfocar tal perspectiva, el conj unto de notas filológicas que acompaña al texto pretende redondear
esa panorámica con la identificación y tasación del corpus doctrinal de autoridades aducido o
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consultado por A ngulo, de los mecanismos de oposición a s us rivales y , sobre todo, de la presencia
en las Epístolas satisfactorias de m uchos loci crí ticos que constit uy en la verdadera médula de la
tradición exegética y apologética en torno a Góngora.
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Altos eran los empeños, como se ve, y no sé s i tan altos, los logros. Sea lo que sea, en esta
peregrinación gongorina muchos y pródigos han sido los hospedajes y el viajero echa la vista atrás
para dejar constancia de su agradecimiento a todas las personas que de alguna mane ra han sido
partícipes de las páginas que s iguen. A Juan Montero, Isabel Román, Pedro Ruiz, V a lentín Núñez y
el resto de miembros del G rupo P A SO , amigos y co mpañeros todos, por haber me acogido
afectuosamente desde el primer momento y hacerme sentir uno de los suyos. A m i buen amigo José
Manuel Rico, quien, con su cáli da cercaní a y di sposición, durante estos años ha sido para mí
mucho m ás que un solvente gongorista. A l profesor José Solís de los Santos, por su sapiencia,
entusiasmo y solicitud ante mis consultas. A l profesor Macario V a lpuesta Berm údez, que suplió
con am abilidad y eficacia mi torpeza traductora. A mi m ujer, mi hija, mi padre y mi hermana,
pacientes e indulgentes sufridores de tantas y tantas horas de ausencia , dedicadas al trabaj o, pero
robadas a la vida familiar, el disfrute y la convivencia. Y , sobre todo, a Begoña López Bueno,
maestra y am iga, que m e ha honrado con la direcc ión de esta tesis y a quien deseo expresar m i
may o r gratitud: por su cariño y su confianza, su talento, sus desvelos y su dedicación, sus palabras
de ánimo, su generosidad y comprensión, sus lúcidos consejos y fundamentalmente por
demostrarm e que «la sabiduría no enseña con palabras, sino con actos» (Lao-T s é).
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Parte I
La polémica gongorina entre 1613 y 1636:
contexto crítico de las Epístolas satisfactorias de Martín de A ngulo y Pulgar
(Granada, 1635).
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Lo sublime como categoría estética, concepto teórico articulado en la carta por medio de las
doctrinas (atípicas) longinianas, que podría s er resultar clave para entender la poética/retórica
gongorina e incl uso las apol ogías de algunos críticos gongorinos com o Díaz de Riva s o el propio
Pedro de V a lencia, cuy a valoraci ón del poema quizás deba verse como una mirada
conscientemente alternativa en la recepción incipiente de las Soledades 10 . Sea lo que sea, la postura
no del todo terminante de V a lenc ia ante las innovaciones gongorinas suscita incertidumbre
respecto al áni mo con que Góngora y s us incondicionales acogieron la misiva, tanto en el plano de
la adm onición estética c omo por sus posibles implicaciones en el devenir de la polémica. En
cuanto a lo primero, son reveladores los datos aportados por Dámaso A lonso en un artículo ya
clásico, que demuestra que Góngora atendió con humildad y solicit ud algunas recomendaciones de
Pedro de V a lencia y procedió a la corrección, supresión o reform ulación de ciertos versos que no
habían agradado a su consultor 11 ; hecho que viene a confir mar no sólo que el cordobés consideraba
valiosas las apreciaciones de su amigo, sino también que la «ce nsura rigurosa i crítica» que le
había reclamado respondía –sin descartar la búsqueda premeditada e interesada de adhesiones y
dictámenes favorables– a un deseo sincero de conocer el parecer de una autoridad reconoci da
como Pedro de V a lencia. Referente a lo segundo, creo que el bando gongori no pronto se sentiría
conmina do a expri mir los elogios de V a lencia y a obvia r sus reprimendas, cuando la s discusiones
comenzaron a tomar tintes más agrios: necesidad obliga. En este sentido, consta que dos
aficionados gongorinos, el abad de Rute –en 1617, aprox.– y A ngulo y Pulgar –en 1635–, incluyen
al humanista en las nóminas de partidarios de las Soledades con que trufan sus escritos. T a mbién
figura en una extensa lista de «Autores ilustres y célebres que an comentado, apoy ado, loado y
citado las poesías de don Luis de Góngor a », de autor desconocido y fechada después de 1642, que
fue publicada por R y an 12 .
Cierto es que estas últimas informaciones han de tomarse con cautela, si se pretende
vincularlas sólo con la primera carta de Pedro de V a lencia, y digo primera porque, en efecto, hubo
una segunda carta, como es s abido: un año más tarde, el 6 de m ay o de 1614, V a lencia dirige a
Góngora una nueva m isiva, ahora más des anudada y circunstancial, en la que defiende sin apenas
10 Blanco (2012b, 42-63).
1 1 A lonso (1982b). Sin embarg o, parece que Góngora hizo caso omiso a las sugerencias correctoras del abad de
Rute acerca del Polifemo , según se colige de este pasaje del Par e cer : « tengo, y no sin fundamento, por tan sospechosas
y m al ac reditadas para con vuestra merced mis advertencias como mi silencio. De éste hice prueba en la Canción al
Larache , donde se juzg ó por culpa ble e n mí lo que otros advirtieron del « si, no» demasiadamente fre cuentado. De
aquellas [advertencias] en lo que, por mandato de vuestra merced, advertí acerca del Polifemo , en que, diciendo (Dios
me es testig o) sinceramente mi sentimiento, con notar lo que pudiera a mi pare cer (por ventura mal fundado)
reformarse, vuestra merced, por algunas razones que debe tener , “dimisso ablegatoque consilio”, siguió su di ctamen»
[Elvira (2015)]; ¿discriminaba Góngora entre l as opiniones de sus amigos?, ¿acaso no todas le merecían la misma
consideración ni a todas les reconocía la misma autoridad?
12 Ry an (1953).
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reservas la oscuridad y otros «desengaños de valentía» del poema para oponerse así a las críticas,
que para entonc es serían y a abundantes 13 . Este doble y acaso contradictorio pos icionamiento, que
se repetirá en otros escritos de la polémica, co mo veremos y expli caremos, pudo, no obstante,
servir de resorte para que el nombre de Pedro de V a lencia fuera esgrimido como prestigioso
valedor de Góngora con fi nes persuasivos. Con todo, no sabemos a ciencia cierta si aquellos
partidarios de Góngora presumían del favor de Pedro de V a lencia evocando su primera o su
segunda carta. T a l vez, ninguna en concreto, sino que alguno de ellos se apoyara en ideas o noticias
que fueran aceptadas de manera acrítica y persistente en los círculos gongorinos. O mejor: tal vez
recordaran las dos , s i interpret o bien las palabra s con que se inicia la c arta de 1614, según la
versión transcrita por Díaz de Rivas: «algunos an venido a m í como a mancomunado con Vm. y
obligado al sanea mient o de esta obra, porque la he loado por escripto y de palabra y loo siempre»
(66). Es decir: el propio Pedro de V a lencia reconoce haber defendido («loado») las Soledades
formal e informalmente («por escripto y de palabra») antes de la carta de 1614 y este hecho había
determinado que él mismo fuera visto como correligionario («mancomunado») de G óngora y , por
ello, capaz de mediar para subsanar sus supuestos des atinos («saneamiento de esta obra»). Parece
confirma rse, insisto, que Pedro de V a lencia y a era vinculado con una corriente de opinión afín a
Góngora con anterioridad a su segunda misiva. De ser así, este hecho avalaría dos ideas que vengo
recalcando: que en su primera carta (j unio, 1613) Pedro de V a lencia estaba más cerca que lejos de
Góngora; y que los amigos de don Luis no utilizaron el nombre del hele nista capciosa mente. En
cualquier caso, esto no fue óbice para que algunos detractores, que –igual que los defensores– se
agarraban a un clavo ardi endo con tal de lle var el agua a su molino, no dudaran en acordarse de
Pedro de V a lencia para sacar provecho de sus amonestaciones a G óngora. T o do ello es sólo una
muestra m ás de la parcialidad endémica de la polé mica gongorina, que com plica su comprensión
cabal.
La búsqueda de salvoconductos para su nueva y peliaguda creación llevó a Góngora a
solicitar la aprobación de otros amigos, c omo F rancisco Fernández de Córdoba, abad de Rute,
reputado humanista del momento, que no fue ni mucho menos un confidente ocasional del poeta,
sino una de las figuras más destacadas de la polémica gongorina. El abad recibe en A ndújar de
manos de Francisco de Gálvez únicam ente la Soledad primera y algún fragm ento de la segunda,
pues y a había leído y enjuiciado con anterioridad el Polifemo y la Oda a la t oma de Larache 14 ; y
13 A l final de sus Discursos apol ogéticos Pedro Díaz de Rivas repr oduce el texto de la carta, en mi opi nión,
parcialmente, a tenor de su brevedad y a pesar de que el propio autor declare que « n o contiene más de lo dicho»
(¿ excusatio non petita, acusatio manifiesta ? , ¿pequeña maniobra de manipulación en el fragor de la defensa?). V i d . una
edición moderna de este documento en Gates (1960, 66); cito siempre por esta edición.
14 Com o dec lara el propio abad, fue el propio Góngor a quien le solicitó, suponemos que por escrito –sería lo
más lógico–, su opinión acerca de la fábula: « tengo, y no sin fundamento, por tan sospechosas y mal acreditadas para
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emite a instancias de Góngora una valoración, que en la única copia cons ervada se titula Par e cer
acer c a de las «Soledades» 15 . Orozco fecha este documento en el invierno de 1613-1614 16 , hipótesis
asumida tam bién por Jam mes 17 . E sa datación gana en solidez después del reajuste cronológico
propuesto por López Bueno –que suscribo y del que hablaré más adelante– para gran parte de la
secuencia textual de los cuatro primeros años de la controversia. Las características inherentes a
este testimonio invitan a situarlo en ese intervalo, llamemos, de antesala a la difusión «pública» –
no tan li mitada, quiero decir– de las Soledades y a la polémica propiamente dicha, que stricto
sensu sólo comenzará cuando desde Córdoba s e conteste a la carta mal diciente llegada desde
Madrid con otra, fe chada en septie mbre de 1615; precisa mente esa misiva cordobe sa contiene
indicios que hacen pensar que su autor conocía ya el Par e cer del abad de Rute y rentabiliza en
favor propio algunas de sus citas, en particular una, entresacada de los comentarios de s an
Jerónimo al Libr o de Nahúm 18 , lo cual viene a reforzar la datación cronológica que nos parece más
razonable para este texto: comienzos de 1614, si atendemos a los motivos que lo propiciaron y s i
aceptamos como premisa que la polémica epistolar Lope- Góngora empezó en 1615 y no en 1613.
Los planteamientos de Fernández de Córdoba son esencialmente los mismos que los de
Pedro de V a lencia –no en vano conocía el contenido de su prime ra carta a Góngora–, de manera
que dedica abundantes elogios al poeta y a las Soledades , pero critica con afable severidad ciertos
defectos consabidos. El abad de Rute s itúa en el punto de mira la inconveniencia de que el docer e
y el delectar e queden invalidados por la aspereza estilística, el prurito elitista, el abuso de
cultismos y neologi smos, la repetici ón de motivos o giros s intácticos, los hipérbatos e hipérboles
reiterados; cuestiones todas hilvanadas en torno a la médula del texto: la condena de la oscuridad,
para cuya reprobación el pri mer recurso utilizado es sintomáticamente el acarreo de varias citas de
autoridades clásicas y contemporáneas, en las que –cómo no– se afea l a obscuritas frente a la
perspicuitas …
V i niendo, pues, en particular a lo que juzgo de las Soledades , hállol es t anto bueno que no sé por
dónde comience a l oarlas, n i por dónde acabe […]. Juzgo, mi señor , que lo que a la herm osura de
con vuestra merced mis advertencias como mi silencio. De éste hice prueba en l a C anción al Larache , donde se juzgó
por culpable en m í l o que otros advirtieron del « si, no» demasiadamente frecuentado. De aquellas [ advertencias] en lo
que, por m andato de vuestra merced, advertí acerca del Polifemo , en que, diciendo (Dios me es testigo) sinceramente
mi sentimi ento, con notar lo que pudiera a m i parecer (por ventura mal fundado) reformarse, vuestra merced, por
algunas razones que debe tener, “dimisso ablegatoque consilio”, siguió su di ctamen» [Elvira (2015)]; ambos papeles,
la petición y la respuesta, están hasta el momento ilocalizados.
15 Este documento fue hallado por Em ilio Orozco, que lo editó y estudió ( 1969, 95-145). Cito siempre por la
edición, más rigur osa, de Elvira (2015).
16 Orozco (1969, 57 y 99).
17 V i d. Jammes (1994, 625-628).
18 Dichas concomitancias fueron detectadas en su día por Orozco (1969, 11 4 y 126-127) y V i lanova (1983, 667-
668); López Bueno (201 1 , 255-256) volvió sobre estas y otras analogías entre ambos textos para defender la prioridad
temporal de la carta de Fernández de Córdoba sobre la Respuesta salida del cenáculo gongorino.
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estas Soledades y vago lienzo de Flandes ofusca y hace sombra (ef ecto suy o proprio) es la oscuridad:
cuanto m ás afectada y puesta e n práctica, tanto más viciosa, pero seguida de vuestra merced; a quien
y o no quiero p ersuadir con au toridad mía (que no me atribuyo tanta ), sino con la d e los m ás graves
autores del m undo, que procuran desterrarla de los escritos bien form ados.
T a mbién resulta sugerente el tratamiento más o menos profundo de un asunto que s e
convertirá en uno de los principales baldones de Jáuregui y lugar común para otros atacantes: la
falta de decoro de las Soledades , es to es, la inadecuación entre la materia (humilde ) y el estilo
(sublime , heroico) del poema, que atentaba contra lo preconizado por una gran parte de la tradición
preceptista: «[el] poema grave, t rágico, heroic o u otro sem ejante; que, siendo de s u naturaleza
ilustres, piden esti lo y m odo de deci r fuera del vulgar […]. Pero un poema, cuando no lírico, de
mate ria humilde, bucólico en lo que descubre hasta ahora, no ha de correr parejas con lo heroico,
desdiciendo m ucho del decoro que s e debe a las personas». N o es, sin embarg o, la crí tica lo más
revelador de este fragm ento, s ino el intento de clasificación genérica de las Soledades , en cuy o
inciso el abad de Rute ens ay a de manera fugaz la atrevida teoría del poema lírico con que
respondió a una de las pullas del Antídoto , como veremos llegado el momento. N i menos
interesante es l a ac laración «en lo que descubre hasta ahora», pues, si el abad de Rut e rec ibió la
Soledad primera y parte de la segunda y demuestra aquí saber que aquellos textos sólo eran el
comie nzo de una creación más extensa, quizás estemos ante la primera referencia a las enigmáticas
cuatro Soledades que Góngora pudo concebir originalmente, aunque después desistiera de aquel
empeño por razones diversas. A unque es objetable que el autor podría estar refiriéndose
exclusivamente al carácter inconcluso de la Soledad segunda, cuy o desconocido desenlace dejaba
la puerta abierta a alguna novedad reseñable, ha y que tener pre sente que unos años m ás tarde, en
su Examen del «Antídot o» , leemos una m ención explícita al plan cuatripartito de las Soledades ,
adobada con varias apostillas que justifican la trama s eguida por el poema en s us dos primeras
entregas. Informaciones muy semejantes debió de manejar Pedro de V a lencia, lector del Pol ifemo y
únicamente de la Soledad primera, pero conocedor de que la intención de Góngora era continuar
aquella empresa literaria: «dé partos proprios i dignos de su ingeni o, qual me parece que va
nasciendo este de las Soledades. Pr o sígalo v . m. con esta presunción i no admita en él cosa indigna
de tal poema» (79; el subray ado es mío). So y consciente de que estos datos fragmentarios y
ambiguos no son por sí solos suficientes para estar ciertos de que las Soledades fueron en primera
instancia cuatro en la mente de Góngora, pero acollarados con otras referencias mucho más exactas
y fiables aportan verosimilitud a ese hipotético proy ecto inacabado del poeta cordobés que trajeron
a colación algunos de sus comentaristas. Lo iremos viendo y explicando a lo larg o de es tas
páginas.
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Al final del texto Fernández de Córdoba recomienda la rectificación de algunos fragmentos, a
su modo de ver , poco afortunados o inexactos. La ostentación erudita adensa esta parte del
Par e cer , que persigue el lucimiento del críti co y la dem ostración de que su lectura del poem a ha
sido minuciosa y el com entario, trabajado y ses udo. Sabemos por boca del abad que la propuesta
documentada de enmienda para ciertos pas ajes l o obli ga a emprender arduas pesquisas
bibliográficas auxiliado por Francisco de G álvez, lo cual no s habla desde la aparente simplicidad
de una anécdota del entusiasmo compartido que animó en la época tantas disquisiciones doctas
entre hom bres de letras, relacionadas con la polémica o no 19 . En muchas ocasiones estas tertulias
literarias in absentia , estos diálogos entre ausentes –como los denom inó Rico en relación con la
controversia gongorina–, cobran el cariz de reto pers onal que hace despertar un encendido afán por
conseguir la ilustración más deslumbrante, la cita más recóndita, la fuente más insospechada. Es un
anhelo muy sim ilar al que palpita en los comentos de Díaz de Rivas, el anónimo antequerano,
Salcedo Coronel o Pell icer , que procurarán en sus volum inosas anotaciones no sólo comentar lo
admira ble, sino admirar con el comentario.
Las Soledades y e l debate que ll evan aparej ado despertaron en mucho el a mor propio de
aquellos que se dejaron enredar en las discusiones, porque, además, existía entre ellos el
convencimiento de que más allá de los m alabarismos eruditos, s e ventilaban asuntos
trascendentales para la cultura nacional y la dignidad de la literatura española. En esa frontera que
funde el desafío es coliasta y el apasionam iento erudito se inscribe el col ofón del texto, donde
Fernández de Córdoba, altivo y confiado, s e postula para ser es cudero de Góngora en posibles
diatribas venideras, que él barruntaría más cercanas que lej anas. Pues, por más que el ofrecimiento
pueda sonar a protocolario, pare ce muy probable que el abad de Rute tenía constancia de que las
Soledades , en su todavía discreto ca minar , estaban levantando cierto revuelo. Más tarde , tendré
ocasión de mostrar que el propio Par e cer da pistas de que en el momento de ser redactado los
poemas may ores gongorinos ya habían generado un im portante surtido de opiniones no siempre
favorables, incluso posiblem ente fuera de los círcul os más próxim os a Góngora. En e se caso, los
dimes y diretes estarían escapando poco a poco del filtro controlado por G óngora y sus «obreros»,
así que el abad de Rute vislumbraría la inminente disputa y de ahí s u célebre compromiso de «salir
en defensa su y a a cualquiera estacada, arm ado de plumas y libros», aun sin que Góngora
renunciara a los modos estilísticos que él acababa de impugnar .
Señalé unas líneas atrás las concomitancias de este P ar e cer con la Carta de Pedro de
V a lencia, pero creo que aquel tra spasa el um bral e stablecido por ésta, en tanto que se observa
ahora un esfuerzo más cons iderable por ensanchar el caudal erudito en aras del sustento doctrinal
19 Para el caso particular del abad de Rute y sus métodos de indagación erudita, vid . Elvira (2014b).
20
de la argum entación. Este hecho nos aproxi ma al torrente teórico que se desbordará en el Antídoto
poco después y en la may oría de los textos posteriores. Y , de la misma forma, nos aleja de la carta
de Pedro de V a lencia, no sólo porque los recursos librescos tienen aquí cuantitativ amente más
presencia, sino porque las autoridades antiguas y modernas no aparecen en absoluto relegadas. El
abad de Rute acude con frecuencia a Minturno, Scalígero, F racastoro, Luisio o T a sso, «cuy a
autoridad equivale a la de todos los modernos», nombres que conviven con los A ristót eles,
Horacios, Quintilianos, V i rgilios y toda la pléy ade grecolat ina. Orozco llama la atención sobre la
predilección del abad por las autoridades modernas, circunstancia que, en s u opinión, es uno de los
rasgos definitorios del credo literario del abad, que trasluciría así la naciente puj anza de la estética
barroca 20 ; sin embarg o, dicha inclinación sólo puede ser interpretada en el Par ecer como el esbozo
de una tendencia que se hará mucho más palpable y vigorosa en su Examen del «Ant ídoto» , según
veremos. Estamos, en fin, ante un texto más extenso, más paus ado, con razonamientos más
desarrollados, conservador pero no intra nsigente, y dotado de un tono familiar y desenfadado –a
veces, jocoso– que no encontramos de manera tan clara en el interlocutor gongorino precedente.
Este Par e cer no es la única intervención de Fernández de Córdoba en la polémica, pues poco
después invertirá varios años en redactar su y a varias veces citado E xamen del «Antídoto» 21 , que
respondía punto por punto a los ataques de Jáuregui. La radicalidad defensiva de este texto y su
sorprendente subversión de parámetros teóricos canónicos entran en conflicto con la mesura y
tradicionalismo expresados en la carta a su amigo Góngora. A nte ello cabe preguntarse –y as í lo ha
hecho más de una vez la crítica gongorina–: ¿cómo casan esas dos actitudes? ¿dónde se vislumbra
la sinceridad? ¿son sospechosos de parcialidad desmedida los postulados del E xamen que
desmienten al Par e c er ? Sin duda, interrogantes difíciles de resolver , si se quiere alcanzar una
respuesta unívoca, que no tenga en cuenta la intersección e influencia mutua de diversos factores.
Existen indicios s uficientes de que el abad de Rute s entía verdadero respeto y aprecio por la
propuesta poética de las Soledades , con s us motivaciones y sus raíces artísticas, aunque la
intensificación de algunos recursos despertara inicialmente los escrúpulos del consultor de
Góngora:
Desde luego [dice Orozco sobre el Par e cer ] don Francisco no participa de la extremosidad de la
postura poética de don Luis m antenida en las So ledades , pero comprendía y conocía sus fundam entos.
Por esto, al fi nal – a pes ar d e sus reparos– se le of reció p ara salir en de fensa s uy a si alguien se
atreviera a at acarle [...]. La opinión, pues, de don Fr ancisco no es precisam ente de radical oposición a
la estética gongorina; es sólo una cuestión de grado 22 .
20 V i d . Orozco (1969, 58 y ss., 86 y ss.).
21 T a mbién escribió l a denominada Apología por una décima de Góng ora, texto imbricado i gualmente en la
controversia: de ambos testimonios nos ocupare mos por extenso más abajo.
22 Orozco (1969, 104 y 11 3).
21
Si bien puede servir como punto de partida, esta explicación peca de simplista, porque, entre
otras co sas, cierra en falso la compleja tesitura de valorar objetivamente al gunos sustanci osos
pasajes del Examen . El cambio de talante de uno a otro texto deja s obre la mesa una gran
muestrari o de incógnitas y hallazgos que intentaré desenmarañar en otro apartado de es te capítulo.
Por las misma s fechas que la respuesta de Pedro de V a lencia o, más bien, la de Francisco
Fernández de Córdoba pudo ser redactada la Carta de un amigo de D. Luis de Góngora en que se
da su par e c er azer ca de las Soledades que le havía r emetido para que las v iesse 23 , y a que las
circunstancias de que depende se antojan muy similares a las de a quellas, esto es, circulación
restringida de las Soledades , que propicia la forja paulatina de un estado de opinión entre lectores
allegados a Góngora, y petición expresa de veredictos por parte del poeta, según se deduce del
contenido y , más concreta mente, del arranque del propio texto: «para que entienda vuesa merced le
e servido passando los ojos como me mandó por esta Soledad con todo cuidado y aff ición, quise de
propósito (no proponerle, pues no son propriamente obj eciones) apuntar algunos escrúpulos que
[...] e reparado. [...] Primeramente, en la questión [que] acerca del nombre que es te poema merece
se comenzó a ventilar la otra mañana [...]» (241) 24 .
El entorno gongorino cordobés, en el que m uy posiblemente nació este testim onio, sería un
estupendo caldo de cultivo para las tertulias y debates apuntados en estas líneas, que vienen a
ratificar , en opinión de Jammes, que «Góngora solicitó l a opinión de varios amigos doctos, y que
hubo en Córdoba, con su participación, discusiones s obre el carácter , el género, el estilo, etc. de su
poema» 25 . Como bien señala Osuna 26 , la procedencia cordobesa del texto y su vínculo con un
ambie nte de familiaridad alrededor del maestro abrirían un amplio abanico de autores potenciales,
espigables entre la nutrida tropa erudita y poética que aglutinó la figura de Góngora: P edro de
Cárdenas y A ngulo, A ntonio de las Infantas y Mendoza, José P érez de Ribas, A ntonio de Paredes,
Enrique V a ca de A lfaro, Francisco Martínez de Portichuelo, Miguel Colodrero de V i ll alobos,
Francisco de Gálvez,... Quién sabe si alguno de ellos fue el responsable de este parecer 27 .
En el documento, que resulta mucho más lacónico, menos ágil y de menor calado que los
textos anteriormente reseñados, pueden distinguirse dos secciones: una primera, de corte más
especulativo y que pretende diluci dar el género de las Soledades con la dem ostración de que
incumplen las norm as establecidas por A ristóteles para la poesía épica y , por tanto, deben ser
23 Carreira fue el descubridor y primer editor de este texto (1998a); cito siempre por esa edición.
24 C astaldo (2014c), por su parte, cree conveniente adelantar la hechura de este texto a la del Pare cer del abad
de Rute.
25 Jammes (1994, 626).
26 V i d . Osuna Cabezas (2008a, 148).
27 V a rias y útiles aproximaciones a este círculo gongorino cordobés y su relación con la polémica las
encontramos en Cruz Casado (2000, 2008 y 2014).
22
consideradas poes ía bucólica por la razón que después se verá; y una segunda, en la que el autor
«desciende a lo parti cular» (243) para analizar la inconve niencia de algunos versos concret os, si
bien en mitad de es tos comentarios interpola un trío de pretericiones, que lo son porque a la pos tre
el autor termina por pronunciarse sobre los asuntos que engañosamente dice querer eludir y lo hace
con consideraciones te óricas m ás general es que las valoraciones que las enmarcan. La puntillosa
criba aristotélica atenaza el análisis de las Soledades desarrollado en el bloque inicial, que
fundamentalmente se apoy a a la letra, con una servidumbre casi grotesca a veces, en sentencias
concretísimas de la te oría poética estagirita y horaciana, y en el ca rácter modélico de dos poemas
de V i r gilio, la Eneida y las Bu cólicas ; el panorama doctrinal del texto como instrumento de
aproximación a las Soledades es, por tanto, ramplón e insulso en la arg um entación del arranque.
En la última parte expone sus reparos acerca de algunos pasajes de la Soledad primera y la
segunda, bien por ser «más festivas y agudas de lo que pareçe conuenía a la magestuosa i graue de
esta obra» (244), bien por contener metáforas excesivament e audaces; ambos «escrúpulos» del
autor vuelven a colocar sobre el tapete, por cierto, temas que más tarde se convertirán en
recurrentes dentro de la polémica gongorina, al igual que sus juicios finales sobre la latinización
lingüística, la oscuridad o la legitimidad de las innovaciones, encajados entre el referido análisis de
esos cinco loci censurables, que abre este segundo bloque del texto, y la parca reticencia ant e el
verso «de el pie ligero vipartida seña»; esa apos tilla versal retoma y abrocha la secuencia de notas
textuales comenzada varios párrafos atrás, y enlaza de m anera algo abrupta con la despedida que
finiquita el texto, donde el autor pide indulgencia a Góngora en caso de que su parecer le resultara
«atreuido» y pone de manifiesto su contrastada devoción por la poesía gongorina.
Pero no s e agota aquí la lectura de esta Carta . La m ás que probable cercanía del texto con
Góngora y su gente confiere una gran fiabilidad a varias noticias de suma relevancia aportadas por
el autor . La pri mera demostración que se acomete es, como dijimos antes, la de qué género cuadra
mejor con la silva gongorina; sólo el motivo que propicia la aparición de este razonamiento, sea
cual sea su conclusión o la competencia crítica de quien delibera, es y a en sí mismo
interesantísimo, pues lo que mueve al comentarista es su desacuerdo con que se aplique el marbete
épico a las Soledades , como, s egún se deduce sin dificultad del texto, se había hecho en un
intercambio de im presiones o debate acerca del poema en el que él había estado presente: «en la
questión [que] acerca del nombre que este poema merece se comenzó a ventilar la otra mañana, no
quedé muy satisfecho; y para mi entender s erá menester suponer algunas condiciones, que el
Filósofo en s us poéticas enseña neccesarias a la épica y heroica» (241). El dato es vinculable con
los e sfuerzos desarrollados por algunos acreditados comentari stas (Díaz de Ri vas o el abad de
Rute, por ejemplo) para hacer visible como argum ento defensivo el sustrato heroico de las
23
Soledades : aquí, en cam bio, el em peño no es precisamente la salvaguarda de Góngora, por lo que
se difuminan las opciones de achacar arbitrariedad a estas informaciones, que, en con secuencia,
vendrían a confirmar que el poema fue considerado poesía épi ca sui generis en ciertos cenáculos
muy cercanos a Góngora, como e l que, al parecer , sirvió de plataforma para la carta que nos
ocupa 28 .
El arranque del texto aun da para más. E n s u afán de demostrar el nimio parentesco de las
Soledades con la épica, el autor parte de las cuatro condiciones que según A ristóte les debe cumplir
todo poema épico para mostrar cuáles sí y cuáles no podían reconocerse en las Soledades ;
terminada la apre surada com probación con apenas tres o cuat ro párrafos y un exiguo puñado de
citas, concluy e que el poema se identifica con la poesía bucólica 29 y no con la heroica, porque,
entre otras cos as, en ellas no encontramos la necesaria «imitación de personas graves» que impone
la épica (243). Y es preci samente al hi lo de esta c uestión cuando surge, de m anera puram ente
tangencial pero muy valiosa, lo significativo: el anónimo autor , obcecado en desvincular las
Soledades del género épico, declara saber que «en progresso de la obra se dará a conocer» que el
enigmático náufrago es en realidad «un noble y valeroso príncipe», aunque ell o no le parece
suficiente, puesto que, como el hábito no hace al monje, sólo con aludir más adelante a la alta
dignidad del personaj e no basta para considerarlo un héroe en la esfera litera ria, y a que el autor
tiene que procurar que la trama de la obra se construya en función de la narración de sus hazañas y
recamarlo de gracias, méritos y cualidades. Lo explica así:
Y sea la última cond ición en la qual se deua es encial y ne cesariam ente guardar en quanto a la
persona invitada; la qual […] ha de ser un varón o heroico príncipe digno por sus haz añas y virtudes
de ser imitado y querido. T a l describe Homero un valeroso A chiles; V i rg ilio, un p iadoso Eneas;
Lucano, un César invencible; de lo qual infiero no convenir a la Soledad nombre de heroica, por
hauer sido el intento principal de vues a merced describirnos la vida pastoral de suerte que el
peregrino y su viage es un c amino o medio que vuesa merced elige par a alcançar el princi pal fin, que
fue i m itar, en la Iª Sol edad , [ la] del ganadero, la del pescador en la 2ª, y assí l as dem ás. Bien entiendo
está la respuesta cerca diziendo que los rotos y mojados paños del peregrino joven visten un noble y
valeroso príncipe, que en pr ogresso de la obra se dará a conocer . A l o qual respondo que no bast a para
baptizarse con tal nombre, pues vemos que ta m bién la trágica imita héroes, assí que el énfasis no en
esto, mas en seguir por assunto principal las alabanzas, hechos y valor de un príncipe, y adornallo de
virtudes m orales para aff icionar los á nimos. Resta, pues, de m os no m bre a la Soledad , y a que l a
excluimos de la épica, y según a m i ver ninguno otro le cuadra com o el de bucólica, égloga o pastoral,
por la razón arriba dicha de lo im itado (242-243).
28 Para una mejor comprensión de la singular asimilación de l a tradición épica –creativa y teórica– por parte de
Góngora al concebir las Soledades , vid . Blanco (2012a).
29 En contrapunto con la opinión de Castaldo (2014c), me pregunto si esta coincidencia con el abad de Rute en
la definición genérica de las Soledades podría indicar más bien que el autor de este texto conocía y a su Pare ce r a
través de la red restring ida de contac tos y amista des entre liter atos y er uditos a travé s de la cual las Soledades
anduvieron sus primeros y celados pasos.
24
La referencia a las cuatro Soledades y al comienzo in media re s de la Soledad primera no se
usan aquí para justificar a Góngora ante un ataque externo, como en los textos de Díaz de Rivas, el
abad de Rute, Pellicer o A ngulo y Pulgar , sino para demostrar en un debate cerrado y entre iguales
(no entre adversarios) que las Soledades carecían del decoro que se le ha de exigir a la épica; desde
esa perspectiva, estas palabras me parecen un auténtico hallazgo, en tanto en cuanto están
despojadas de cualquier atisbo de parcialidad suasoria y ello las coloca en una posición bien
distinta respecto a aquellas otras alusiones al desarrollo de la tra ma del poema que fueron
apareciendo al hilo de la polémica en las dos décadas siguientes. A simismo, tras su tono deferente
y algo ingenuo, el autor sugiere varias afirmaciones (pusilánim es, pero reales) que no deben
pasarse por alto: se registran en la parte postrera del texto, momento en el cual afloran tímidos
(quizás por falta de pericia discursiva o erudita, y no por menguada convicción) elogios a Góngora,
en los que cabe ver tintes defensivos, pues las ideas y conceptos que los sustentan se aproximan a
algunos razonam ientos que fueron moneda común entre los valedores del poeta durante la
controversia:
Dexo el interpuesto orden de dezir en gri ego honomatopeia, introduzido por vuesa merced en
nuestro vulgar, i solo hasta aquí prometido al latino i griego, pues al fin su intent o de vuesa m erced a
sido preficionar nuestra habla, a quien como en otras muchas cosas deue estar agradezida, y rendir el
lauro de nueuo conquistador , pues passando el limitado tér m ino de e l dizir aquesto el plus ultra ,
m ucho m ás adelante que nuestros poetas hespañoles (244-245).
Constituy ó un arg umento recurrente durante l a polémica presentar a Góngora com o paladín
de una línea ascendente que se hace partir de Garcila so o, en ocasiones, de Juan de M ena, y
culmina en la poesía may or gongorina, reivindicada como la expresión más acabada y rotunda de
ese proceso de dignificación literaria e idiomática de carácter latini zante que provenía del siglo
anterior 30 . Parece atinado poner estos dictá menes en relación con el convencimiento de los
hombres de letras del XVII de que la poesía española había llegado entonces a adquirir la madurez
y perfección suficientes 31 ; partiendo de este y otros enfoques, Góngora es pre sentado como el
may o r responsable de ese logro en algunos text os de la controversia, que se expresan en términos
análogos a los del pasaje reproducido. Similares concomitancias pueden señalarse entre éste y
otros textos de la polémica en cuanto al tratamiento de algunos asuntos como el elitismo poético, el
uso de voces extranjeras o la consideración de que Góngora «puede como rey de el arte introduzir
nueuas leies» (245); aun así, la profundidad y habilidad con que nuestro anónimo autor se
30 L a voz del mismo Góngora (propia o prestada) se arroga tal m érito en la Respuesta de 1615: « de honroso, en
dos maneras considero me ha sido honrosa esta poesía: si entendida para los doctos, causarme [ ha] autoridad, y siendo
lance forzoso venerar que nuestra lengua, a costa de mi trabajo, hay a llega do a la perfec ción y alteza de la latina»
[Daza (201 1 , 285)].
31 Vi d . Rico (2005) y Ruiz Pérez (2010).
25
tardó en aparecer la contestación a Góngora y su gente 49 , quienes habían sido en sus textos muchos
más meticulosos y hondos que el primer remitente y retante, de ahí que desde las filas contrarias se
sintieran i mpelidos a articular una toma de posición de mayor alcance. T o do ello se tradujo en una
carta de extensión e industria notabl emente superiores a la inicial, de cuy a s implicaciones nos
ocuparemos con más detalle en el epígrafe siguiente.
Esta pugna epistolar entre los círculos gongorino y lopesco no termina aquí, pues es m uy
posible que a lo larg o de 1616 Mendoza difundiera en la corte una carta –¿firmada por Góngora?–,
respondiendo a la de enero del mismo año y en la que parece que el autor insinuaba la afinidad del
dramat urg o madrileño con corrientes religiosas heterodoxas y se quej aba del soneto burlesco
«Inés, tus bellos y a me matan ojos», que Lope había incluido en su com edia El capellán de la
V i rg en como contestación a la justa toledana en honor de la V i rgen del Sagrario, organizada bajo el
signo del gongorismo. No conservamos el texto de e sta m isiva, pero su existenci a y contenido se
infieren de la conocida como Carta que se escribió echadiza a don Luis de G óngora 50 (ca. ot oño
de 1616), documento que replica al anterior –perdido, como digo– y que se ha venido
considerando obra de Lope desde la atribución decimonónica de Ca y etano de la Barrera 51 . El autor ,
sea Lope o alguien de s u grupo, recrimina a Góngora su infundada hostilidad hacia el Fénix, a
pesar de que éste siempre «alaba y encarece» la poesía gongorina o le dedica verso s lauda torios
como el soneto «Canta, cisne andaluz, que el verde coro». Se cita insistentem ente a Mendoza, lo
cual vuelve a confirmar su intenso protagonismo en los comie nzos de la polémica, y se alude y a al
Antídoto y su recepción por parte de los círculos gongorinos.
1.2. Manu el Ponce y A ndrés de A lmansa y Me ndoza, primeros comentaristas de las
Soledades : en los albore s de una estrategia pr ogramática en torno a Góngora.
T e rminado este recorrido por dos de las vertientes más significativas de la controversia
tempra na (provisión de pareceres y primeros enfrentamientos por escrito), se hace necesario
detenerse en otro plano altamente sugestivo de la difusión y recepción crítica de las Soledades
durante los años 1613-1616: el nacimiento del comentarismo gongorino en los círculos más
cercanos al poeta. Y a aludí arriba a los dos obras que representan en este período las muestras de
esta tendencia exegética que, a mi j uicio, debe ser contem plada y valorada desde diferentes
49 Para las causas de esta tardanza, vid . López Bueno (2011 , 265-268).
50 Publicada por Orozco (1973, 263-266); todas las citas literales irán por esta edición.
51 De la Barrera (1973 [ 1890], 152, n. 1) no duda en asignar la carta a Lope y reproduce en un primer momento
sólo frag mentos del texto, que luego será transcrito íntegramente en el vol. II de su biografía lopesca (1974 [1890], 56-
57). Dieron por válida esta opinión e studiosos como Mill é y Orozco; J ammes cue stiona nueva mente esta atribución,
aunque acepta que Lope, si no fue autor material de la carta, debió de ser su inspirador (1994, 642-645); podemos
considerar , asimismo, como ar g umentos de autoridad los manejados por González de A m ezúa (1941).
32
perspectivas, distintas pero complementarias; me refiero a la Silva de Manuel Ponce y a las
Advertencias de A ndrés de A lmansa y Mendoza, textos cuy o análisis me ocupará a partir de ahora.
En cuanto al comentario de Ponce, todo parece indicar que se elaboró en varias fases, con la
intervención de un corrector que a su vez es puntualizado posteriormente por el autor , y que la
preparación del volumen no debió de extenderse más allá de 1616, pues el dedicatario, el conde de
Salinas, es citado co mo «Presidente del Consej o de Portugal», ca rg o que dejó de ejercer en e l
referido año . Estas precisiones redaccionales y temporales arro jan luz a la dudosa cronología del
texto, en cuya portada puede leerse una fecha, noviembre de 1613, que siempre había levant ado
razonables sospechas entre los gongoristas por ser excesivamente temprana y que ahora puede ser
considerada como la de gestación y comienzo del trabajo. Los nuevos datos aportados por A zaustre
sobre el proceso de elaboración de este comentario han disipado, por tanto, algunas dudas y
parecen s ituar al testimonio de Ponce en un lugar de absoluta prioridad dentro del m ovimiento
hermenéutico en torno a las Soledades 52 .
En cualquier caso, lo cierto es que esta Silva se revela como uno de los testimonios más
sugerentes de la polémica, dadas la enjundia de sus contenidos y la relevancia de su artífice; no en
vano, el nombre de Manuel Ponce aparece ligado a las altas es feras eruditas de principios del siglo
XVII, incluido el m undillo de las querellas literarias: fue autor , además de un comentario
virg iliano 53 y del gongorino que nos ocupa, de una carta al conde de V i llamediana en defensa del
léxico cultista 54 (ca. 1617, emparentada igualmente con las querellas sobre el cultismo) y participó
en las controversias en torno a Lope y su teatro a través de la Spongia , publicada por T o rres
Rámila en ese m ismo año. Su Silva constituye, pues, un ejemplo más de esas peculiares
inclinaciones letradas, aunque posiblemente se trata de su mejor contribución a la historia de la
teoría literaria áurea.
El conjunto de notas al texto de la Soledad primera responden a las convenciones habituales
del género, por cuanto no abundan en ellas las reflexiones teóricas, mientras que no se regatean
esfuerzos en el aporte de fuentes y autoridades, instrumentos exegéticos que desem bocan con
frecuencia en explicaciones muy dignas y resueltas de algunos lugares del poema. La talentosa
capacidad de especulación teórica es reservada para el D iscurso , que se erige en un bizarro alegato
de por qué «en los términos de la Poesía es necesaria la obscuridad y forzosa en las locuciones
della». Ponce escribe convencido de la esencia superior de la poesía, cuy a aspiración debe s er la
sublima ción de lo ordinario o vulgar , y defiende con arrojado ahínco que en la materialización de
52 V i d . A z austre (2015).
53 Es la Apología en defensa de V i r g ilio sobr e un lugar de la cuarta Geór g i ca . V i d. A zaustre y De C arlos (2010).
54 V i d . Quilis y Rozas (1961).
33
dicha actitud estética result a i neludible la oscuridad del ornatus , bandera distintiva del poeta, que
se separa así del orador y del prosista:
No pues será la obscuridad culpable en los poetas, i m itadores en ella de l a escriptura diuina y de
los Philósofos grabes. Y deu e considerarse que el oficio del poeta no es descubrir las cosas que de por
sí e stán cubiertas con algún velo, antes s i son claras y manifiest as, ci frarlas con quanta diligencia y
estudio pudiere, y encubrirlas a los ojos de la ignorancia porque l a demasiada familiaridad no las
deslustre, antes sean por su dificultad m ás dignas de mem oria y reberencia 55 .
Si los escolios de Ponce fueron los primeros, los «corolarios» de A lmansa y Mendoza
(salvando las distancias entre uno y otro texto, que son muchas) supondrían la segunda entrega de
aquel recién estrenado capítulo del comentarismo gongorino. La datación de este documento
plantea interrogantes, porque, entre otras cosas, la única copia con servada no ofrece infor maci ón
explícita al respect o. Orozco las ubica entre fina les de 1614 y principios de 1615, basándose, por
ejemplo, en una referencia «muy posible » a las Advertencias por parte de Lope en una cart a
dirigida al duque de Sessa (m ay o de 1615) 56 ; Jammes en cambio se inclina por una fecha no muy
lejana a la de la misiva de Pedro de V a lencia (segunda m itad de 1613) y arguy e , amén de varias
cuestiones más, que A l mansa manejó para la preparación de su opúsculo una versión primeriza de
las Soledades , muy semejante a la que le y ó el humanista pacense, según se deduci ría del análisis
de los versos explicados y comentados por Mendoza 57 . Claro que estas apreciaciones no pueden
desvincularse de las respectivas dataciones aceptadas por cada cual para otros documentos
tempra nos de la polém ica que son claramente dependientes de las A dvertencias : las cartas del
rifirrafe epistol ar entre Lope y Góngora –o sus círculos–, s ituadas cronológicam ente por Orozco
entre 1615 y 1616, y por Jammes (y Carreira), entre 1613 y 1614, como y a ha quedado dicho.
La revisión de dichas fechas a la que aludí arriba, junto a la cons ideración de otros datos y
factores, hace preferible situar la divulgación del texto de A lmansa a finales de 1614, datación
defendida por López Bueno, quien apoy a esta propuesta en la posibilidad –bien fundada– de que
Góngora se refiera a las Advertencias cuando declara haber tenido en su poder «una larg a carta de
mi amigo Mendoza» en una misiva dirigida a Juan de V i llegas el 4 de septiembre de 1614 58 . Junto
a esta precisión cronológica apoyada en el epistolario de Góngora y otras informaciones
ady acentes, López Bueno razona s u sospecha de que las Advertencias podrían deberse a m ás de
una mano, hipótesis que me parece plausible a tenor de los notorios desniveles lingüísticos,
estilísticos y de competencia hermenéutica que detecta en el texto y teniendo en cuenta, además,
que tal vez fueran impulsadas por un empeño colectivo, como defenderé más abajo.
55 A zaustre (2015).
56 Orozco (1969, 160, n. 13).
57 Jammes (1994, 610-61 1 ).
58 L ópez Bueno (2012a).
34
La personalidad de A lmansa no deja de ser controvertida y hasta enigmática, pues, a pesar de
que su ima gen más extendida es la de un simple correveidile artero y apicarado, estudios recientes
le asignan un papel deci sivo en la fundación del periodismo español durante el reinado de Felipe
IV 59 . En cualquier c aso, Góngora, si querí a asegurarse una difusión fluida y exhaustiva de las
Soledades , eligió bien: con A lmansa, «entremetido y enterado de todo», asiduo de corrales y
coches de s eñores, conocedor experto de los «estrados» cortesanos, se aseguraba habilidad y
eficacia en el peregrinar de sus poemas en Madrid. Su nombre aparec e con frecuencia en los
primeros testimonios de la polém ica, porque indudablemente se destacó en esa misión de agente
divulgador , circunstancia que le valió convertirse en objeto de burlas y críticas aceradas de parte de
los enem igos de Góngora. Otra cuesti ón distinta es su condición de autor , coautor o componedor
de las Advertencias , que no son precisamente un dechado de brillantez: éstas tienen la importancia
de ser uno de los primeros com entarios –modesto y muy breve– de las Soledades y testimonian,
como la Silva de Ponce, la primera ebullición de algunas cuestiones críticas que se convertirán
posteriorme nte en lugares comunes de la polém ica, como el uso de neol ogismos o el asunto del
género del poema may or gongorino (inteligentemente exa minados, por cierto); pero, por lo demás,
el texto carece en general de consistencia en sus razonamientos y muestra la impericia de
Mendoza, sobre todo cuando intenta descifrar el significado de algunos pasajes oscuros, en cuy a
interpretación comete errores garrafales que dej an claras las pocas luces del advenedizo anotador .
Pues bien, me parece crucial saber qué papel jugaron y cómo se insertaron estos dos textos en
el proceso de difusión inicial de las Soledades y en la secuencia crítica y polémica de la
controversia temprana. Intent aré plantear en los párra fos siguiente s algunas ideas e hipót esis que
permitan entender y calibrar cuáles fueron los condicionantes que alentaron estos comentarios y en
qué medida podrían responder a las inquietudes colectivas de Góngora y su círculo. Porque, si bien
es idea sabida y repetida que la polémica gongorina sólo tuvo una entidad notable y un aliento
doctrinal valioso tras el Antídoto de Jáuregui, cuya impronta teorizante e invectiva se proy ectó con
ahínco en el desarrollo posterior de la controversia, conviene no olvidar que ciertamente esa
intensidad dialéctica e staba ya prefigurada (a m enor escal a y con otro método) en el que pa sa por
ser el primer episodio polémico trascendente de la recepción crítica de las Soledades : el y a visto
cruce epistolar entre los círculos lopesco y gongorino, acaecido presumiblemente entre septiembre
de 1615 y enero de 1616, quizás bastante próxim o o incluso coincidente en el ti empo con los
comie nzos de la difusión del Antídoto o, al menos, con su conoci miento indirecto por parte de
59 V i d . Ettinghausen y Borrego (2001). Sobre este personaje y su relación con la controversia de las Soledades ,
puede consultarse asimismo Osuna Cabezas (2006a).
35
Góngora 60 . S umemos a esta realidad que, antes de que Lope y , sobre todo, Jáuregui enseñaran sus
ases a pecho descubierto, el debate en torno a las Soledades no debió de ser ni restringido ni tibio,
como tampoco s erían meramente co y unturales o casuales algunas maniobras y acontecimientos
que acompañaron su primerísima difusión. Es posible que esté por dimensionar aj ustadamente el
verdadero alcance y posible repercusión ulterior de ese bienio larg o de la polé mica gongorina, que
se dilata entre may o de 1613 y s eptiembre de 1615, un intervalo cronológico cuy o deslinde exacto
y profundo arrojaría muchas claves para la caracterizac ión y com prensión cabal de la urdimbre
erudita y literaria que sustentó los círculos gongorinos, abanderados de una poética que no sólo fue
un arma de lucha pragmática y tendenciosa cuando las circunstancias lo demandaron (algo que no
tardó en ocurrir), sino que desde muy pronto (antes incluso de que y a no hubiera más remedio que
hacerlo, y hacerlo con m ayor energ ía y acritud), se exhibió com o enseña program ática de una
colectividad letrada más o menos cohesionada en el ámbito ideológico-estético.
Existen m uchos indicios de que antes de s eptiembre de 1615, tiempo del que podría dat ar el
primer ataque formal conocido a las Soledades (la carta madrileña alentada por Lope, antes
referida), las voces críticas con el poema m ay or gongorino no escasearon y fueron forjando un
estado de opinión sostenido ma y oritariamente de form a oral y semi privada, según parece. Y a en
junio de 1614 el trasiego de reproches y opiniones encontradas habría llegado a ser lo bastante
incisivo com o para propiciar el vali miento en t raje de metáfora que Góngora requiere por carta a
T o m ás T a m ay o de V a rgas, tan sólo un año después de que (hasta donde sabem os) comenzaran a
difundirse muy limitadam ente las Soledades :
Pensaba antes que le debía a m i curiosidad el haber solicitado el servicio de vuesa merced, m as y a
con lo que vuesa m erced me ha escrito de lo que m e ha favorecido y patrocinado, se ha hec ho deuda
el afecto; reconoceréla siempre y muy firmada de mi nombre, suplicándole a vuesa merced me tenga
m uy en su gracia, me honre, m e ense ñe y , enseñado, m e defienda de tanto c rítico, de tanto pedante
como ha dejado la inundación gram ática en este Egipto moderno 61 .
Y es que esa primigenia difusión restringida y planificada por Góngora como un proceso
sigiloso, estratégico y gradual, aparejado a una serie de peticiones de opinión a amigos doctos (una
difusión consultada, digamos, de la que ofrecen testimonio éste y otros documentos y a vistos en el
epígrafe anterior), no fructificó tal com o fue concebida: por diversas circunstancias, aquel pla n se
frustró y las Soledades pronto empezaron a conocerse en ámbitos dispares. Es muy probable, por
60 V i d . López Bueno (2012b, 2013a y 2013b). Me ocupo con más detenimiento de estas cuestiones cronólogicas
referentes al Antídoto en el epígrafe siguiente.
61 V i d . Carr eira (2000, 5). En e sta misiva Góng ora agradece a T a m ayo «e l traba jo que vuesa merced tomó en
calificar mi ignoracia» , pues, al parecer , el poeta acababa de recibir del erudito una carta con plácemes sobre su poesía
may or; andaba aún por entonces don Luis en la tarea de granjearse favores y validaciones de parte de sus amigos, que
pudieran allanarle a las Soledades su acople y andadura en los cenáculos cortesanos.
36
tanto, que al m ismo tiempo que Góngora iba recibiendo con m ay or o menor com placencia los
pareceres de Pedro de V a lencia, el abad de Rute, T a may o o Medinilla , concurrieran las pri meras
reacciones desfavorables ajenas a su círculo, que irían naciendo a medida que el poema se filtraba
por canal es insospechados pero, de algún modo, inevitables. Para la fecha en que se redactaba el
Par e cer del abad de Rute (comienzos de 1614), por ejemplo, el runrún contrario a Góngora debió
de haber adqui rido ciert o eco expansivo y extensión geográfica, com o puede col egirse de esta
reconvención con la que Fernández de Córdoba intenta desengañar al poeta en su anhelo de seguir
por las sendas de la oscuridad desmedida:
Bien sé, m i señor , que a Vm. le han advertido de esto mism o ant es de a hora y avisádole que
sienten lo mismo en Córdoba, en Granada, en Sevi lla, en Madrid; […] Podrá ser que, multiplicatis
inter c essoribus , restituy a Vm . a su casa la claridad y venustidad antigua, con qu e han salido y sido
justamente celebradas por e l m u ndo sus obras. Crea Vm. que m uchos ven esto, aunque se l o digan
pocos, parte de los cuales lo d ejan por no confesarse menos agudos en el entender; parte, por no
atreverse; parte, por mostrarse eruditos defendiendo la oscuridad y otras c osillas (si las ha y ) en que se
pudiera reparar , anteponiendo con esto la adula ción y estimación de sus ingenios a la verdadera
am istad 62 .
Fueran pocos o muchos (sin entrar a valorar cuánto hay de verdad y cuánto, de exageración
suasoria en estas pal abras), lo cierto es que a buen seguro serían los suficientes como para que el
abad de Rute s intiera ya a esas alturas la necesidad de ofrecer auxili o a Góngora en disputas
venideras, que barruntaría cercanas por diferentes motivos, entre ellos, la presunta constatación de
que las Soledades venían generando desacuerdo:
Y [ quedaré] tan su am igo y servidor que, resolviéndose vuestra m er ced a pr oseguir ese poem a
con el e stilo hasta aquí, sin mudar de frasis ni modos, si hubiere (que no habrá) ta n atrevido
presuntuoso que l e im pugne, estando tan b ien defendido con sól o e l nom bre de su aut or [...], dende
luego me ofrezco (gustando vuestra merced) a ser su ca m peón y sal ir en defensa s uy a a cualquiera
estacada, arm ado de plumas y libros; y de mi gentil ánimo de servir a vuestra m erced.
Y parece tam bién indudable que la letanía de ataques o desaprobaciones llegaría a ser en esos
meses t an s ignificativa que obligó a Pedro de V a lencia a escribir , mo tu pr opri o o por petición
externa, una nueva carta sobre las Soledades (6 de may o de 1614), en la cual se observa un escalón
importante en comparación con su misiva de junio de 1613; la divergenci a es considerable no tanto
62 Elvira (2015). A las palabras reproducidas arriba (más en relación con nuestro propósito, pues están
vinculadas a las Sol edades ), hay que añadir otro enunciado relevante, que nos hace sospechar que la discusión en torno
a la silva gongorina caería en terreno abonado por debates o coloquios anteriores sobre el Polifemo y la Canción a la
toma de L arache , qui zás de escasa mag nitud y mi noritarias, pero aledañas cronológicamente a aquella: « ten go, y no
sin fundamento, por tan sospechosa s y mal acreditadas para con vuestra merced mis advertencias como mi silencio. De
éste hice prueba en la Canción al Larache , donde se juzgó por culpable en mí lo que ot ros advirtieron del « s i, no»
demasiadamente frecuentado. De aquellas [advertencias] en lo que, por mandato de vuestra m erced, advertí acerca del
Polifemo , en que, diciendo (Dios me es testigo) sincer amente mi se ntimiento, c on no tar l o que pudiera a mi parecer
(por ventura mal fundado) reformarse, vuestra merced, por algunas razones que debe tener , “dimisso ablegatoque
consilio”, sig uió su dictamen » [Elvira (2015)].
37
en el elogio a Góngora como en el tono del elogio, ahora m ucho más desenfadado y punzant e, y
menos especul ativo que en su pri mer texto. Un cambio de estrate gia forzado a todas luces por la
existencia de un creciente estado de opinión antigongorino, catalizado a través de animada s
discusiones entre hombres de letras, com o nos podrían estar confirmando algunos pasajes de la
carta:
Algunos han venido a m í como a mancomunado con Vm . y obligado al saneamiento de esta obr a,
porque la he loado por escrito y de palabra, y loo si empre. Y o salgo de buena gana a la demanda y me
m uestro parte; y después de haber res pondido a l o que oponen, digo que, aunque conce damos algunas
ligeras culpas de o scuridad, extrañeza o novedad, estas m i smas culpas (si lo s on en la Poesía) son
desengaños de valentía, de ingenio en todos los escri tores excelentes, no sólo en los poetas (66).
El escenario polémico que se intuy e tra s el condensado pero re velador haz de noticia s y
alusiones que vengo comentando, explica que los partidarios de Góngora pocas veces (ni siquiera
en l os momentos más prematuros y embrionarios del debate) pudiera n despojarse del matiz de la
confrontación, impue sto por las circunstancias desde m uy pronto. No obstant e, y sin perjuicio de
que la oposición precoz a Góngora precipitara o, mejor, confiriera más empuje y nuevos perfiles a
la legitimación teórica de las Soledades ideada y emprendida por los círculos gongorinos tal vez a
partir de 1613, tengo la impresión de que dicha labor no estuvo motivada ni única ni directamente
por las críticas, al menos durant e los años de la controversia te mprana (mediados de 1613-finales
de 1615); fundamentalmen te porque, en mi opinión, la exégesis y sanción es tético-doctrinal de las
Soledades posey ó en origen una dimensión más programát ica que polémica, una función más
descriptiva y preventiva que defensiva, aunque las segundas no sean inco mpatibles con la primeras
y , en el caso de los textos que nos ocupan ahora, constituye ran un factor relevante para entender su
aparición y finalidades. Pues, en efecto, la vocación de réplica está presente en dos testimonios
clave de ntro de ese lapso temporal: la Silva de P once y las Advertencias de A lmansa; am bos
autores manifiestan su pretensión de rebatir a unos innom inados adversari os, según ellos, dignos
de consideración, pero, aun siendo real, la combatividad que asumen y expresan no es equiparable
ni en su formul ación ni en su acritud ni en su objetivo con la mostrada años después por otros
comentaristas gongorinos, impelidos en su caso por los tintes que adoptó la polé mica después de la
irrupción del Antídoto .
Los afanes impugnadores de Ponce y A lm ansa responderían a una exigencia verdadera, pero
al mismo tiem po tienen mucho, creo, de pretext o. Es ilustrativo, en este sent ido, ver cóm o s e
refieren a sus contrincantes: «la ventolera de algunos con título de doctos, valientes y curiosos
ingenios», dice Mendoza, cu y a definición presenta una evidente similitud con el «torrente de los
doctos, agudos y curiosos» de que habla Ponce. Parece denotar este paralelismo cierta artificialidad
38
al mencionar a esas voces críticas contra las Soledades , que podrían aludir a referentes más
potenciales que reales, aunque estos últimos tam bién existieran y a a esas alturas y fueran tenidos
en cuenta por los dos apologetas gongorinos. Y ciertamente no se trata de un razonamiento
arbitrario ni lábil: la coincidencia señalada acaso no sería más que un plagio puntual de A lm ansa,
si no hubiera muchas más analogías entre ambos textos y entre estos y otros de la primera etapa de
la polé mica (asunto sobre el que volveremos luego), que nos obligan a descartar tajantemente la
opción de que estemos ante un simple remedo aislado, a la par que nos reafirman en esa s ensación
de poca espontaneidad y escasa mordiente polemista en las refutaciones. D ámaso A lonso ya señaló
que «las objeciones a que contestan Ponce y A lmansa son parecida s, algunas mucho» 63 ,
circunstancia ésta que no debe sorprendernos demasiado, teniendo en cuenta la lógica persistencia
con que estas cuestiones aparecen durante la polémica. El insigne gongorista apuntó sagazmente la
afinidad existente entre las críticas referidas por ambos textos, pero sin reparar en que también hay
mucha proximidad entre varias de las réplicas utilizadas y sin poner tampoco el acento en algo que
resulta, a mi entender , incluso m ás llamativo: la m arcada semejanza en la propia verbalización de
los ar gum entos aducidos, hechos t odos fácilm ente verificables con el cotejo de un puñado de
pasajes...
Y querría preguntarlos, si no le entienden bien, ¿por qué le enm iendan? y si le entienden, ¿ por
qué le culpan de oscuro? (Ponce, D edicatoria II).
Si lo entienden, no oscuros; si no lo entienden, no lo juzguen (Alm ansa, Advertencias , 200) 64 .
*
Y los cur iosos [...], desesperados d e descubrir su curiosidad, tratando de la deb ida noticia de ste
adm irable papel, se disculpan del mismo modo diciendo que no es cos a digna de que los ho m bres de
buen juicio se ocupen de ella, no mirando que por su m isma sentencia quedan obligados a estudiarle
(Ponce, Dedicatoria II) 65 .
Por no estudiarlos o y a por falta del en tendim iento o malicia de la voluntad, los condenan po r
m ayor y dan por no inteligibles, sin mirar que eso les obliga m ás a entenderlo (Al mansa,
Advertencias , 201).
63 Hace not ar seguidamente que además «se parecen los dos en los pasajes elegidos para comentar: casi todos
los de A lmansa y Mendoza se hal larán en Ponce» (1982i, 523). No ha sido Dámaso el único estudioso en captar
denominadores comunes entre textos de los cenáculos gongorinos, pueden consultarse al respecto: Re y es (1958a,
109, n. 29), Orozco (1969, 126-127), V i l anova (1983, 660, n. 3; 663-668) o Carreira (1998a, 263-264).
64 Un axioma parecido, antecedido de un reconocimiento de la oscuridad gongorina, encontramos en el Exame n
del «Antídoto» del abad de Rute: « procu remos la gloria para nuestra nación, hagamos bi en para nosotros mi smos ¿Qué
importa eso si es obscuro en muchas partes y poco int eligible este Poema, d irá Vm.? Pregunto y o, ¿ y qué importa lo
sea? Entiéndanle los doctos y su autor se contenta. P ero advierta Vm. de camino que, si nos vende por obscuro las
Soledades, le vende por grande y mag estuoso, y , si niega que lo es, le vende por intelig ible y claro; es cosa la que
mandare que, si lo primero, le dará lo que le toca de j usticia; y , si lo segundo, dexará de culparle de obscuro» [Artigas
(1925a, 431)].
65 T o mo este último frag mento de A zaustre (2015).
39
*
Poaetes , antiquísi m a voz griega que se l ee exquisita locución, porque los primeros de inflam ado
espíritu comenzaron a hablar diversamente del común en aquel siglo bárbaro, como ahora en el verso,
que al fin era una suerte de locución rara y no conocida (Ponce , Discurso ).
San Jerónimo en el prólogo de Job, dando la definición de poesía, dijo que venía de Poeses ,
nombre griego que qui ere decir l ocuciones exquisitas, y si alguna pers ona con justa causa puede
ampliar la lengua es el Sr . Don Luis, que es dueño de ella, porque l os valientes atrevimientos se
conceden a valientes ingenios (Alm ansa, Advertencias , 199) 66 .
*
En [Góngora] ha n concurrido tantas partes más sobrenaturales que humanas, de grave y superior
ingenio, lucida y fecundísi m a elocuencia, pensamientos sutiles, ornada elocución, frases admirables y
novedad de estilo, ignorado hasta hoy de nosotros, pues sólo en sus escritos h allam os realzado y
ennoblecido nuestro i dioma, s ublimándole su pr imor a la cum bre de la gravedad y núm ero latino
(Ponce, Dedicatoria II, 509-510).
Y ha subido nuestra l engua por el Sr . don Lu is a la alteza de la latina, que en razón de buenos
estudios nadi e niega ser l a princesa de l os idiomas, por l a gal antería de sus frasis, partición de la
oraciones, verdura de las elocuciones y abundancia de voces, supliendo en la nuestra un la y un que ,
como en ella y en imitación de la lengua santa (Alm ansa, Advertencias , 200) 67 .
*
Y dicen que en el Polifemo y en la Silva ha errado los estilos, porque en aquel que contenía una
acción lírica no escribió lírico, y en esta, que también lo es, ha escrito versos cuy o nervio es heroico
(Ponce, Dedicatoria II, 509) .
Dicen lo primero que ha usado en las Soledades y Polifemo desiguales modos en su composición
y que debía el Polifem o ser poesía lírica y las Soledades, heroica (Alm ansa, Advertencias , 199).
Y a un puede darse una vuelta de tuerca más a todo ello, por cuanto el parecido no sólo existe
en los conceptos que s e abordan y en su plasmación formal, sino también en su estructuración .
Bastaría para evidenciarlo una comparación entre la manera de clasificar las críticas y articular las
consecuentes rectificaciones de uno y otro autor , com o vamos a ver .
En la obra de Ponce, encontramos tres dedicatorias: la primera, concisa y justificativa,
antecede al texto de la Soledad pri mera con el título de «A los que no entiende n esta silva» y de
manera sumaria cifra en tres las causas de la oscuridad gongorina, origen primordial de las
incompre nsiones y oposiciones: des mesura en los tropos, i ntrincamiento de la gramática debido a
los neol ogismos y la sintaxi s violentada, y erudición arcana. T a l esquema tri partito se repi te en la
66 Con ex presión mu y pa recida, lo enc ontramos también en l a c élebre Respuesta de Góngora (1615): « Y bien
digo g riego, locución exquisita que viene de poese s, ver bo de aque lla leng ua, madre de las c iencias» [Daza (2011 ,
285)].
67 Y a dije arriba que se emplea la misma idea en la Respuesta gongorina de 1615: « Y siendo lance forzoso
venerar que nuestra lengua, a costa de mi trabajo, hay a llegado a la perfe cción y alteza de la latina» [Daza (201 1,
285)]. Fue asimismo ar g umento acostumbrado en los textos progong orinos de la controversia, como quedó dicho.
40
dedicatoria s iguiente («Al conde de Salinas...»), que prologa la anotación del poema; en ella Ponce
establece tre s órdenes de críticas a l as Soledades (inconveniencia de voces nuevas y traslaciones
remota s, falta de decoro, deficiente imitación de modelos) y cada uno es adjudicado por separado a
otras tantas tipologías –«especies», dice el autor– de censores (los doctos, los agudos y los
curiosos), hasta el extremo de sugerir tres causas específicas para explicar cada una de las actitudes
del triunvirato de enemigos: «j uzgué ser más posible que se engañasen los doctos por presunción,
los curiosos, por ignorancia, y los ingeniosos, por envidia» (509) ¿No es cierto que da la sensación
de que Ponce está pensando más en censores-tipo (probables, conj eturables) que en contrincantes
concretos y belicosos? Las Advertencias , por su parte, se inspiran con leves diferencias de
contenido en esa misma traza expositiva y fraccionan en tres apartados –«puntos», los denominará
Góngora en su Respuest a a Lope de 1615– la presentación y cont rarresto de las críticas a las
Soledades . A l mansa habla asimismo de tres objeciones, que intenta neutralizar con may or
premura: el «desigual modo» del poema y la subsiguiente porfía respecto a su indefinición
genérica, el uso de «vocablos nuevos» y la m araña causada por la «variedad de locuciones y
oraciones partidas». En la sección final del documento, Mendoza trae a colación, aunque sea para
eludir su tratamiento con engol ados parabienes hacia Góngora, otra de las materias encaradas por
Ponce en los paratextos que hemos reseñado: los dechados imitados y los lugares paralelos («...no
he querido, así de it alianos como de latinos y griegos, sacar las traducciones de donde el Sr . Don
Luis ha imitado todos los modos de esta obra...», 204).
Parece obvio, en fin, que toda esta cadena de ví nculos entre los dos textos (y entre ellos y
algunos otros de la mi sma órbita, recuérdese) no es fruto de la casualidad, ni siquiera de
emulaciones puntuales y eventuales (aunque pudieran producirse), sino de que los autores se
atienen a una fuente común y , por consiguiente, propiciadora de tal concurrencia de citas y
recursos probatorios, que indicaría a su vez, según Carreira, que «el arsenal de arg umentos era
limitado, y que cada cual, en un aprieto, echaba mano de lo que podía» 68 . López Bueno volvió
sobre este asunto para postular la pos ibilidad de que ese bagaje crítico se hubiera materializado en
un «comento [de las Soledades ] previo a la difusión» de las mismas, que, auspiciado por Góngora,
surtiera de arm as teóricas y eruditas a los prim eros valedores del poeta 69 , amén de ot ros fines
menos utilitaristas, añado y o. En cualquier caso, de haber existido ese hipotético texto o alguna
compilación de acarreo, exigua y circunstancial (como dejan entrever las palabras de Carreira), no
creo que el parentesco que enlaza a tantos testimonios progongorinos de la polémica, tempranos o
68 Carreira (1998a, 264).
69 L ópez Bueno (2012a, 24). Basa este planteamiento en unas palabras de L ope en su carta de contr arréplica a
Góngora y A ntoni o de las I nfantas de enero de 1616 (extensible, desde luego, al círculo gongorino cordobés); el
mismo fragmento será de nuestra incumbencia más adelante e invitaré a leerlo en un sentido distinto, pero
complementario.
41
poeses , no s ólo se alude a esos dos docum entos, sino tam bién más encubiertamente a la Silva de
Ponce: en enero de 1616 los únicos com entaristas de Góngora conocidos por sus rivales serían
(hasta donde sabemos, por los textos conservados) Ponce, A lm ansa y acaso Infantas, suponiendo
que como tal lo consideraran, por tanto, s i tenemos en cuenta que el arg umento ridiculi zado no
aparece en la carta de A ntonio de las Infantas, podría aceptarse que la identidad de esos
comentadores, en plural, casaría con las de Ponce y A lmansa, en cuy o escritos sí aparece el apunte
etimológico de marras, como vimos arriba.
En todo caso, sentirse conminado a s atirizar la convergenc ia de argum entos probativos en los
textos progongorinos com o lo hace esta ca rta lopesca no era un im pulso grat uito; las semejanzas
entre ellos eran evidentes y también seguirán siendo palpables en muchos documentos obsequiosos
con las Soledades difundidos después de las fechas de la primera contienda epistolar Lope-
Góngora. En aquella ocasión, los detractores, que no escatim aban en parc ialidad cuando trataban
de arañarle puntos débiles a la presa, fingen desenmascarar toda la carga de mecanicismo y
medioc ridad que pudiera tener dicho comportamiento, pero, como es natural, esa visión
simpli ficadora y proselitista, azuzada por el hosco tono de aquel inte rcambio de reprensiones, no
debe desfigurar la verdadera di mensión del asunto. Porque las coinci dencias entre los partidari os
de Góngora van mucho más allá de las que aquí hemos señalado en relación con algunos
testimonios de la controversia temprana y s on fácilmente detectables si rastrea mos el corpus crítico
de los defensores de las Soledades entre 1613 y ca. 1645, por cercar un periodo representativo de
la polémica, delimitado en este caso por su inicio y por la aparición de un texto que puede
considerarse meritorio colofón de la que quizás sea su etapa más fructífera y sugestiva: el soberbio
Discurso sobr e el estilo de G óngora y carácter legítimo de la Poética , de Martín Vázquez Siruela,
broche de un larg o itinerario alu mbrado por el extraordinario legado de los numerosos
comentaristas y teóricos que jalonaron esas tres décadas: Manuel Ponce, F rancisco de A maya,
Pedro Díaz de Rivas, el abad de Rute, ¿Francisco de Cabrera? , Diego de Colmenares, García de
Salcedo Coronel, José Pell icer , M artín de A ngulo y P ulgar , Cristóbal de S alazar Mardones, de
quienes nos ocuparemos en el presente trabajo,… Pero vayamos por partes.
Las reprimendas a G óngora durante la polémica se asientan may oritari amente en
presupuestos teóricos tradicionalistas derivados de la poética clasicista . Ese conglomerado
especulativo y normativo había de ser imperiosamente aceptado com o palestra com partida por
ambos bandos, pero algunos defensores de Góngora se at revieron a relativizarlo, a pesar de su
asumida irrebatibilidad. Naturalmente que los partidarios de Góngora no pueden (ni quieren, en
algunos momentos) s ustraerse de una tradición crítico-preceptiva de gran arraigo y crédito,
máxim e cuando m uchos de sus textos pueden encuadrarse dentro de unos esquem as genéricos o
48
pseudogenéricos y de unas convenciones procedimentales que son consustanciales a las obras
hermenéuticas y a las polémicas literarias de aquel tiempo; pero, aun sucumbiendo
comprensiblemente en muchas ocasiones al inexcusable yugo de dichas imposiciones, sus defensas
son a veces el espe jo, tímido o recio, de una modernidad que emerge de los textos em ulando la
intrepidez con que em er gió en las Soledades. Claro que cada comentarista, con sus mi serias y
carencias o con s u lucidez e inteligencia, sacó a ese disidente ideario compartido el provecho que
sus cualidades le permitieron, aunque los resultados fueron por lo general muy valiosos.
Así, del corpus evocado arriba s e pueden espigar algunos juicios críticos que, por alejarse de
lo previsible y constit uir valoraciones originales, permiten vislumbrar el avance o la im plantación
de concepciones m ás innovadoras que pretenden dar cobertura teórica a propens iones y gustos
estéticos nuevos . T a l es excepcionalidades asoman en los documentos con aire reivindicativo: el de
reclamar para las audacias literarias que se discutían, la validez que le negaba la tradición
preceptiva consagrada y canónica 75 . Los textos de superi or enverg adura trenzan un entramado
teórico novedoso que quiebra los arquetipos retóricos y clasicistas, y fundamenta el discurso
defensivo de los come ntaristas más cercanos a Góngora con la solidez que le confiere su
recurrencia. Esas coincidencias entre ellos revelarían, en mi opinión, la existencia de una defensa
colegiada de Góngora, ali mentada por el influjo de una corriente de opinión colectiva que la
impregna de m anera global, y graci as a la cual los pronunciamientos a favor de las Sole dades
emanados de los círculos gongorinos (engarzados en una terna geográfi ca, cultural y literaria:
Córdoba, A ntequera y Granada) funcionaron de manera articulada y con cierta sistematicidad
desde muy pronto.
Un madrugador flujo crítico que, por su brío y su entidad colectiva, despertaría los recelos de
los adve rsarios y activaría en ellos afanes disuasorios, como vendría a mostrar la carta lopesca de
enero de 1616. Esto y persuadido, en este s entido, de que la génesis de aquella contienda epistolar
entre los círculos gongorino y lopesco no fue únicamente una reacción dolida y oportunista ante las
insinuaciones, silencios e incitantes altanerías de las Advertencias de A lmansa, sino que constituyó
además toda una toma de posición grupal ante las calculadas maniobras de Góngora y su gente
durante el período 1613-1615. T a l empeño se haría para Lope má s necesario y apremiante tras la
Respuesta de Góngora y la Carta de A ntonio de la s Infantas (septiembre y octubre de 1615), que
respondían a la primera misiva de Lope (septiembre de 1615), por cuanto aquellas le sirvieron para
constatar que el bando gongorino no estaba dispuesto ni m ucho menos a callar y otor ga r si se les
atacaba a tum ba abierta 76 . La cart a de 1616 no tuvo más rem edio que contestar a la s dos m isivas
75 V i d . Daza (2010 y 2014a).
76 Sin descartar , asimismo, que además de las cartas progongorinas referidas y conservadas, hubiera varios
textos más en la misma direc ción que excitaran la combatividad de Lope, hipótesis plausible si damos credibilidad a
49
gongorinas con una profusión y detenimiento ausentes en la primera de la s erie, que fue un texto
breve, dominado por la ironía y quizás concebido, entre otras cosas, como un señuelo para medir el
vigor de los contrincantes: cuatro m eses (un tiempo más que considerable...) se tomó Lope para
diversificar y cuatriplicar las armas arrojadizas, porque había que contrarrestar el bagaj e teórico y
escasamente burlesco del que se valieron en sus epístolas Infantas y , sobre todo, Góngora para
hacer frente a la primera arrem etida pública, y porque se trataba también de minar las m añas del
poeta y «sus comentadores», que y a eran sentidos como una verdadera amenaza.
1.3. La irrupción del Antídot o de Jáure gui y sus consecuencias m ás inm ediatas en los cír culos
gongorinos.
Por las m ismas fechas en que Lope m ascaba y confeccionaba su carta a Góngora difundida
en enero de 1616, los círculos gongorinos pudieron tener conocimiento indirecto o incl uso acc eso
parcial al celebérrimo An tídoto contra la pestilente poesía de las «Soledades» , furibundo embate
contra el poeta cordobés disparado por el sevi llano Juan de Jáuregui, que vino a zarandea r de
manera decisiva el proceso de recepción crítica del poema may or gongorino, según veremos. V a ya
por delante que la discusión en torno a la fecha de divulgación del Antídoto es y a más que secular
y desde el sigl o XIX a nuestros días las propuestas han sido variopintas: J ordán de U rríes se
inclinó por la fecha de 1624, Orozco la situó a m ediados de 1616, J ammes data la difusión en el
verano de 1615 77 ; López Bueno, por su parte, defiende que durante el otoño de 1615 Góngora,
sabedor ya del agrio opúsculo, dirige, entre otros, a Jáuregui tres com posiciones satíricas que
reaccionan en parte a los ataques del sevillano 78 . Se trata de los sonetos «Pisó las calles de M adrid
el fiero» y «Con poca luz y menos disciplina», y de las déci mas «Por la estafeta he s abido», que
presumiblem ente fueron difundidas de m anera unit aria junto con el soneto «Restituy e a tu mudo
varias referencias en este sentido que aporta la carta lopesc a de 1616: « no he querido escusarme de decir a Vm. la
ausencia de mi amigo para que por su silencio V m. le juzgue de discortés ni falto de suficiencia para responder a tantos
papeles como salen cada día en su off ensa dél y a favor de las Soledades» , « perdóneme Vm. el no ser más breve, que
respondiendo a tantos papeles y lo que más es para satisfacer a Vm. no he hallado cómo, sin ser más larg o de lo que
quisiera» (318 y 319).
77 Jordán de Urríes (1899, 36), Orozco (1969, 41-44, 55-59 y 160) y Jammes (1994, 618-621).
78 L ópez Bueno (2012b y 2013a).
50
horror divino» y constituirían una suerte de ofensiva conjunta por parte de Góngora ante aquellos
primeros ataques de consideración, registrados en la carta lopesca de septiembre de 1615 y , sobre
todo, en el Antídoto , que anuncian y a el caudal especulativo que se avecinaba.
Estamos, en efecto, en la víspera inmediata de la guerra de los comentaristas y el empuje que
los valedores de las Soledades apuntan en el rifirrafe epistolar Lope-Góngora anticipa el arrojo y la
clarividencia de que harán gal a algunos adeptos a la nueva poesía durante los años s ubsiguientes.
Sin embarg o, las composiciones poéticas aludidas vendrían a mostrar que don Luis sintió cierta
preferencia por las armas s atíricas sobre las teóricas para campear en aquella efímera lid y que no
estaba por la labor de ser soldado de primera línea en las escaramuzas que s e barruntaban, aunque
a buen seguro muchos exéget as gongorinos deban parte de sus contribuciones al magisterio e
influjo ejercidos por Góngora desde la sombra.
Su e scasa presenci a explícita en la polémica pare ce ratificar ese poco apego a la teorización
que en varias ocasiones le recriminó subrepticiamente el propio Lope de V e ga 79 y , asimismo,
estaría trasluciendo de alguna manera la mella que pudieron hacer en su ánim o y en sus
aspiraciones literarias aquellas primeras y agrias incomprensiones, que tuvieron en el Antídoto una
cabeza visible de gran magnitud. En esa dirección ha de interpretarse el recóndito soneto t itulado
Alegoría de la primera de sus «Soledades» , fechado por Chacón en 1615, cronología confir mada,
al igual que para el resto de aquella singular tirada poética, por el M s. Gor , según expliqué arriba;
si son válidas –como creo– las relecturas de López Bueno 80 , estos versos nos hablan de un
Góngora en melancólica y aristocrática retirada, abrumado por los contratiempos, aunque altivo en
su atalaya de poeta distinto y maldito. Pero, al mismo tiempo y m uy a s u e stilo, no dejó pasar la
oportunidad de desenfundar en los otros sonetos y en las décimas su conceptismo más acerado para
herir a los contrincantes con estiletes que en realidad iban mucho más allá de lo puramente
burlesco. Simplemente, Góngora.
Bien distinta fue, en cambio, la actitud de los partidarios de las Soledades que estuvieron
activos en los círculos de influencia gongorina, pues la intervención de Jáuregui agilizó sus
defensas teórico-doctrinales del poeta u obligó a transfigurar los parámetros de éstas. V a rias son las
razones que lo explic an. Primeramente hay que partir de que los textos contrarios a Góngora
anteriores al Antídot o están sujetos a una circulación limitada impuesta por el intercambio epistolar
privado, aunque con mucho de ficticio o retórico, pues sabemos que la may oría de estos papeles y
cartas, a pesar de ser en apariencia documentos de comunicación sólo entre dos personas (emisor y
receptor), pas aban de mano en mano o eran conocidos por los amigos y partidarios del remitente o
79 V i d . el epíg rafe 2.3.1 del presente trabajo.
80 L ópez Bueno (2013b).
51
del destinatario; además, en muchos de ellos domina el tono humorístico o mordaz, que persigue la
ridiculización de Góngora, de su s propuestas poét icas y de sus seguidores e im itadores por la vía
sarcástica. Por el contrario, el Antídoto , aun sin abandonar esas sendas, im primió un cambio de
rumbo cua litativo al respecto: Jáuregui no rompe con el patrón de la carta, aunque su carácter de
invectiva auspiciaba una difusión mucho más generalizada, como así ocurrió; y ta mpoco abandona
la tendencia de los primeros participantes en la polémica a l a burla y el escarnio, cobijados por el
cauce de lo manuscrito, aunque el texto de Jáuregui va mucho más allá de lo puramente sardónico.
De hecho, las diferencias que mejor miden la distancia entre el Antídoto y sus antecedentes s on de
índole, digam os, táctica, ya que Jáuregui se propone de manera manifiesta que la may or fortaleza
de su censura sea una tupida red de referencias a la tradición literaria, bien creativa bien
tratadística, sin perder nunca el contacto directo con ambos poemas; precisamente esa vocación de
exhaustividad y rigor interpretativo –no s iempre conseguido, por cierto–, aderezada con un intenso
y rentable cuerpo a cuerpo con los textos que pretende censurar , lo aleja de los testimonios
formale s previos, que s e habían caracterizado salvo excepciones, por su brevedad y por una
relativa superficialidad en sus acercamientos críticos al Polifemo y las Soledades .
En el Antídoto , com o en la m ay oría de los ataques a Góngora, las reprim endas se asientan
fundamentalmente en presupuestos teóricos tradicionalistas derivados de la retórica y poética
clasicistas. A sí, Jáuregui prefigura todos los tópicos críticos de la polémica en este sentido:
oscuridad intolera ble por no estar ligada a un contenido elevado que l a justifi que (quiebra del
decorum clásico), indefinición genérica, dureza de algunas metáforas e hipérboles, acumulación de
tropos y figuras, uso de palabras extranjeras o dem asiado humi ldes, inconveniencia de las
alusiones burlescas, etc. Los vemos brotar , por ejem plo, en estos fragmentos:
Bien podría m os no habl ar de la oscuridad confusa y ciega destas Soledades , suponiéndola co mo
cosa t an creída y vista de todos y tan concedida del que más discu lpa a V . m . Per o caso di gno de
ponderación que apenas hay a periodo que nos descubra ent eramente el i ntento de su autor . A un si allí
se trataran pensam ientos exquisitos y sentencias profundas, se ría tolerable que de ellas re sultase la
oscuridad; pero que dic iendo pur as frioneras y hablando de gallos y galli nas, y de pan y m anzanas,
con otras s emejantes raterías, s ea t anta la dureza d el decir y la maraña, que las palabras solas de mi
lenguaje castellano materno me conf undan la inteligencia, ¡por Dios que es brava f uerza de
escabrosidad y bronco estilo! (17-18).
Y cuando, expri m ido m ás el poco jugo desta po esía, qu eramos siquiera gustar de algún m odo o
frasis elegante deste escrito, tampoco podemos, por que usa V . m. las fi guras y metáforas y las nuevas
form as de elocución tan a m ontones, y repite sin ca nsarse un término mismo tantas veces, con tal
porfía, que, cuanto m ás fresco y galán, tanto más ofende y empalaga (34).
Algunas exageraciones usa V . m . tan disformes y desproporcionadas que no se pueden com portar,
como lla m ar a la cecina de macho: purpúre os hilos es de grana fina . A l pavo negro, s iendo ave tan
grosera, le nombra V . m. esplendor del Occidente . Cual quier licor ha de ser néctar: or o trillado y
néctar exprimido ; sino en vidrio topacios carmesíes / y pálidos rubíes . Esto últi m o es el vino. En
52
todas las serranas encarece V . m. la belleza por un mismo nivel, ora sea la novia, ora la gallegota que
ordeñó l as vacas: de rústica, vaquera, / blanca, h ermosa mano, cuyas venas / la distinguiero n de la
leche apenas . De las tejuelas que una serrana tocaba dice V . m . lo que pudiera de un coro de serafines:
negras pizarras entr e b lancos dedos / ingeniosa h ier e otra, que dudo / que aun los peñascos la
escucharan quedos […] ¿Quién ha de sufrir tan descom pasadas y molestas hipérboles? (56-57) 81 .
Ese conglomera do teórico y normativo de evidente raigam bre clasicista fue blandido con
gran veheme ncia y acidez por parte de Jáuregui, que lo convi erte en la piedra angular de su
censura. La irrupción del Antídoto fue, por tanto, al tamente determinante para que las discusiones
adoptaran un marcado sesgo especulativo del que a partir de entonces rara vez pudieron
despojarse: el texto de Jáuregui marcaría así el inicio de una nueva tendencia o fase de la polémica
(o, más bien, intensificaría los rasgos de un tendencia exegética iniciada tiempo atrás, como y a he
defendido), por cuanto sus rasgos primordiales prefiguran con provocador ahínco las directrices
críticas que se convertirán indiscutiblemente en s anto y seña del debate a partir de ese momento, y
se proy ectan a modo de espoleta en la y a avivada combatividad de los defensores de Góngora, que
no pudieron ni quisieron morderse la lengua ante la ardorosa convicción del sevillano y la firmeza
de s us planteamientos. Mucha culpa (aunque no toda, creo) tiene el Ant ídoto en la multiplicación a
partir de 1615-1616 de comentarios de los poem as may ores gongorinos y de textos teóricos de
extensión e importancia desiguales, que se plantean la legitimación (o reprobación, por la
omnipresente dinámica de la réplica) de la l engua poética cultista desde presupuestos teóricos
sesuda y copiosam ente desarrollados, e inscritos en su may or parte dentro de unas coordenadas
preceptivas que y a estaban claramente perfiladas en el ác ido libelo de Jáuregui. Es por todo ello
que, sin caer en el error de concebir la polémica antes de 1615 como un debate tibio o restringido a
focos excesiva mente localizados, s í hay a que conceder que la batalla en torno Góngora sufrió una
importante sacudida con el primer ataque de entidad al m aestro. Darem os cuenta de esta y otras
realidades por menudo en el siguiente capítulo 82 .
81 Citaré siempre por la edición de Rico (2002).
82 V i d ., asimism o, Mcvay (1992), Rioseco (2007) y Rom anos (2012b). Son imprescindibles, además, l as
aportaciones de Rico (2001 y 2002).
53
2. La polémica como espacio de re flexión teórico-literaria:
hitos significativos (1616-1627)
54
2.1. Principales re spuestas ex plícitas al Antídoto .
2.1.1. La Apología por una décima del au tor de las « Sole dades » , de Francisco Fernández de
Córdoba, abad de Rute.
a. A utoría y cro nología.
Con el Antídoto recién terminado, aunque todavía sin rematar definitivam ente con los
párrafos preliminares y final, que se añadirían luego, Góngora pudo com poner una s décima s con
las que quiso contestar –muy a su estilo– a las primeras censuras generadas por la difusión pública
de la Soledad primera 83 . En dichas estrofas, el poeta cordobés util izó el verbo apologizar con el
sentido de 'criticar' y ello dio pie a que Jáuregui añadiera al Antídoto una breve apostilla en que
censuraba este uso, a su juicio, impropio. A su vez, e l abad de Rute, al conocer el apunte del
sevillano, se apre stó a refutarlo con su Apología por una décima del au tor de las «Soledades» 84 ,
83 Es la hipótesis de Jammes (1994, 633), quien se basa en palabras del propio abad en el texto que ahora nos
ocupa: « es, pues, el caso que, publi cada por algunos amigos del autor la primera parte de las Soledades , y sabiendo él
que de palabra y por escripto avía contra ellas avido varias censuras, tropeçando principalmente los que l as
inpugnaban en la obscuridad de la elocución, […] diziendo y haz iendo, echó manos a unas décimas de tan agudos filos
como suele, valiéndose dellas entonces qual de armas ofensibas y defensibas. A certó a ser en razón que el farmacopola
acababa de dar la última mano al Antídoto [...]». López Bueno (2013a y 2013b) ha ahondado con renovados
arg umentos en ese momento específic o de la controversia temprana.
84 La editó Gates (1960, 143-151), sig uiendo la versión del Ms. 3726 (BNE), en el que la Apología viene
acompañada de unas palabras introductorias y finales de ¿Juan de Salierne?. Las citas literales y referencias a páginas
las hacemos por esta edición.
55
respuesta parcial al opús culo de Jáuregui y referent e a un asunto que no incum bía directamente a
los poem as may ores gongorinos. Este texto presenta dos problemas que, com o venimos viendo,
aparecen a cada paso en el estudio de la polémica: la autoría y la datación cronológica. En cuanto a
lo prim ero, Roses da por seguro que el autor de esta apología es Fernández de Córdoba, y a que
considera deter minante el testimonio de un paisano coetá neo, su amigo Martínez de Portichue lo,
que la adscribe a la producción del abad en la parte final de su Apología en f avor de Góngora :
¿Don Luis d e Góngora no supo la significación del verbo apo logizar? […] T o dos responden
crucifigatur , y con razón, porque se ntencia tan justa no se ha pronunciado en la vi da contra reo. […]
Es, pues , de don Juan de J áuregui al fin de su Antídoto ; satisfizo a ella el señor A bad de Rute, don
Francisco Fernández de Córdoba, cuando respondió al Antídoto , donde probó tan docta como
evidentem ente que don Juan fue el que no entendió la significación de que don Luis de Góngora
usó 85 .
T a mpoco Jammes tiene dudas respecto a la autoría y la considera obra del abad de Rute 8 6 ; en
relación con la fecha de composición, debe tenerse presente que en la Apología s e alude a
Cervantes, al parecer, como aún vivo, lo cual implicaría que es anterior a abril de 1616. Si
admitimos –como ha quedado dicho– que el Antídoto comenzó a difundirse durante el otoño de
1615, es razonable pensar que el abad de Rute compuso la Apología en los últimos meses de dicho
año, como una respuesta rápida, puntual y breve a un asunto muy concreto del panfleto
antigongorino, antes de acom eter el análisis profundo y pormenorizado que encontra mos e n su
Examen del «Antídoto» , cuy a redacción debió de iniciarse, según Jammes, a fines de 1615 87 .
b. Contenido.
Francisco Fernández de Córdoba abre esta réplica a Jáuregui haciéndose eco de las primeras
reacciones favorables y contrarias a Góngora que aparecieron tras la divulgación de las Soledades .
Dejando a un lado el retórico tono despreocupado e indolente y el falso de seo de permanecer al
mar gen de l a contienda –téngase en cuenta que, por estas fechas, estaría gestando la redacción de
su aplastante Ex amen del «Antídot o» –, las palabras del abad, inocuas y meramente informativas en
apariencia, traslucen, a veces de soslay o y a veces con evidencia, su verdadera postura ante las
Soledades y ante la incipiente controversia generada a partir de su difusión:
La novedad del Poema i ntitulado Soledades a dado puerta a varios di scursos que acerca dél se an
publicado en Espa ña, encam inados unos a faborecer la obra y el autor, y otros a condenarlos
85 V i d . Roses (2007b, 238, n. 169).
86 Jammes (1994, 634).
87 I bíd.
56
igualmente, según el ingenio y afecto de sus dueños. Quáles déstos a y an atinado m ejor al blanco de la
Poética, no lo jusgaré y o, pues aunque m e hallare superior en ciencia a los que an t ratado m aterias
tales, tem iera y huy e ra con razón l a propina que ha n llevado algunos árbitros. […] Siendo e sto assí ,
necedad sería meterse a juez e ntre Sátrapas de la Poesía aun siendo l lamado, quanto m ás no siéndol o.
Cordura es escarmentar en cabeça ajena, aunque sea en la de Midas, que m etiéndose donde no le
llamaban, aderat nam f orte canenti (se gún Ovidio), y anteponiendo l a rusticidad d e Pan a la c ultura
de A polo, m ereció que de por vida le diesse él unas m uy grandes orejas de próximo (144).
Aun siendo al go equívoco, en el primer enunci ado de la cita Fernández de Córdoba parece
insinuar que los valedores de Góngora lo son por su «ingenio» y los im pugnadores, por ojeriza
(«afectos»); sin querer forzar inte rpretaciones, no creo des cabellado que , a l mismo tiempo que
afirma esto, incite al lector a colegir que los detractores de don Luis adolecen de falta de aptitudes
y malquerencia pers onal, y que sus partidarios no sólo lo defienden por afinidades amistosas, sino
porque han llegado a comprender los fundamentos de su propuesta estética. De otra parte, le y endo
entre líneas, podemos aventurar que el abad pretende hacer una fugaz valoración del desarrollo de
la polémica hasta el momento de redactar este texto: a fin de sustentar su fingido rechazo a
participar en las discusiones, el autor dice tomar ejemplo de aquellos que recibieron varapalos por
hacerlo, de manera que su escarnio le sirve para «escarmentar en ca beza ajena»; es razonable
sospechar que, al referirse a esos «árbitros» que fueron a por lana y salieron trasquilados en el
debate, el abad esté pensando en nombres concretos del bando enemigo. La fecha de co mposición
que presupongo para la Apología hace estrechar bas tante el cerco, pues, por lo que sabemos, hasta
ese m omento s ólo dos enemigos de Góngora s e habían ma nifestado por escrito en contra de los
poemas may ores gongorinos, Lope y Jáuregui, y ambos habían sido cumplidamente contestados: a
la cáustica misiva lopesca de septiembre de 1615 replicó por partida doble y sin escatimar artillería
el círculo cordobés del poeta, con especial protagonismo del propio Góngora, quien, por otra parte,
en cuanto conoció el Antídoto o tuvo noticia de él, s e ocupó de incluir subrepticiamente a Jáuregui
entre los destinatarios de varios poemas ácidos y adensados como pocos 88 .
No m e parece descabellado, por ta nto, que en este comienzo tan lleno de sutil ezas, que
posiblem ente es conda mucho más de lo que dice, Fernández de Córdoba cargue contra Lope y ,
sobre t odo, contra Jáuregui –por entonces relativamente joven y casi desconocido en el panorama
literario−, cuya irrupción en una disputa en la que nadie le había dado ni voz ni voto, se le antojaba
al abad des medida y extemporánea. Las quejas del autor en la parte final del texto sobre el airado
desplante y las innobles intenciones de Jáuregui hablarían a favor de que el abad estaba pensando
muy especialm ente en el sevillano, al hacer esa llamada a la sensatez y a la pertinencia de las
intervenciones en la polémica; en tal caso, la actitud de Jáuregui ante Góngora estaría aquí puesta
en relación con la del re y Midas, quien prefirió la música rústica de Pan a las cultivadas melodías
88 Para estas precoces vicisitudes de la polémica, vid . los epígrafes 1.1 y 1.3 del presente trabajo.
57
de una gran clarividencia y sensibilidad poética, que le permiten poner de manifiesto los
numerosos errores de interpretación en que incurrió Jáuregui.
Acusa al Antídot o de obstinarse en buscar las faltas gongorinas («Vm. ve faltas adonde todos,
sobras de bel leza, brava fuerza de pasión», 41 1 ) y de hacer lecturas excesivamente literales («en
calzas y en jubón», 402) de muchas expresiones de las Soledades , además de no haber entendido el
sentido de varios pasajes del poe ma. «Las ganas de reprehender –dic e– l e cierra los ojos» (406),
ojos para petados tras unos «ant[e]ojos de apasionado alinde» (431) 99 . Por un lado, Fernández de
Córdoba replica a Jáuregui abogando por la flexibilidad que conviene al lenguaje figurado de la
poesía, de manera que las im ágenes, metáforas y com paraciones gongorinas, si bien atrevidas o
heterodoxas en algunos casos, son licencias poéticas no censurables , pues «en los s ímiles o
aposiciones [...] no se requiere omním oda verdad o s emejança» (412). En otras ocasiones,
simplem ente le basta, como digo, con demostrarle a su oponente que ha errado en la comprensión
de tal o cual fragmento del poema.
Otro de los procedimientos forenses des tacados del abad es –ya lo expliqué– la tendencia
recurrente y m uy rentable hacia lo popular , que convive con natural idad y espontaneidad con lo
culto, un peculiar estilo literario y argum entativo que tiñe de singularidad el discurso del Ex amen ,
como ta mbién lo hace en el Pare c er y en la Apología por una décima 100 . Pero quizás hay a que
conceder que el abad más auténtico y expeditivo sea el manejador diestro de la cultura libresca: en
este sentido, uno de los may ores méri tos del Examen reside en el uso certero, es tratégico y
abrumador de autoridades clásica s y modernas de diversa índol e, lo cual im prime una notable
solidez a sus razona mientos, cuy os arg umentos y conclusiones dan la sensación de ser muy
categóricos; Elvira s eñala que una de las características más sobresalientes del método erudito de
indagación del abad de Rute fue su «ambición de exhaustividad en el dominio de la “bibliografía”
(válganos el anacronismo)», que fertiliza gratuitamente, s in ningún prurito ejemplarizante, al
conocimiento científico, la filología o la interpretación de la historia, aunque la gongorista francesa
nos a dvierte de que «en la pol émica se pierde esta gratuidad, porque la erudi ción se pone al
servicio de la defensa de un interés (m undano, humano) y eso expl ica cierta m anipulación en las
citas, o incluso una intencionada mala fe» 101 .
99 Coexiste junto a todas estas recriminaciones el propósit o de menospreciar a J áureg ui aludiendo a su
incapacidad como poeta y , en consecuencia, a la imposibilidad de alcanzar l ogros poéticos que se aproximen a los de
Góngora : «los grandes espíritus con obras de su tamaño obscurecen las ajenas, no con palabras: dig a la zorra mal de
las uvas, porque no puede alcanzarlas» (405). El arg umento no es desconocido para la polémica gongorina y aflorará
en otros textos.
100 V i d . varias interesantes aprec iaciones sobre este particular en Orozco (1969, 62-66).
101 Elvira (2014b).
64
El apunte es revelador y lo retomaré luego, por cuanto servirá para arroj ar luz sobre algunos
dilemas interpretativos que asedi an al Examen . En c ualquier caso, ese hábil, abarcador y s abio
manejo de los referentes instructivos y litera rios nos hablan de un humanista de vasta form ación
erudita y artística, que además no establece jerarquía entre las fuentes: en el Examen , a pesar de la
inevitable y predecible evocación de los preceptistas y autores antiguos (Aristóteles, Horacio,
Quintiliano, V i rgilio, Ovidio…), s orprende la frecuencia con que recurre a m odernos poet as y
teóricos italianos (Petrarca, Fracastoro, T a sso, A riosto, Guarini, Chiabrera, Marino, Scalígero…) y
españoles (Garcilaso, H errera), en un decidido «impulso de independencia y libertad», según
Orozco, frente a los inflexibles modelos retóricos heredados de la época grecolatina.
No sé si será po sible ver en ello algún indic io de modernidad, como quiere Orozco; sí es
cierto que el concepto de legiti midad de las novedades lit erarias aparec e oportuname nte en el
Examen , que en esto anda parejo con otros comentarios y textos teóricos de la polém ica que
sur gieron de los círculos gongorinos, donde se pueden leer varias defensas de la innovación frente
a la imitación, que parecen denotar el surg ir de una conciencia moderna que buscaba la escisión de
los cánone s de la imitatio y del modelo inalterable 102 . El abad de Rute, por su parte, arguy e con
gran vigor esta idea para ensalzar las primicias artísticas y aclarar que las nociones poéticas deben
ir en consonancia con los tiempos:
Es fuerça ver primero qué género de Poema es éste de las Soledades, de que resultará conocer si
es capaz de grandeza, veráse si la tiene y si es razón que la tenga […]. Es necesario confesar que es
Poema que los adm ite y abraza a todos [los gé neros]: quál se a este, es sin duda el Mélico o Lý ri co
[...]. Sólo podrá escrupulizar el ser más l arg o este Poe m a que l os que en género de lý rica dexaron los
antiguos y no ser de una sola actión, sino de m uchas […], pero antes queremos que sean muchas y
diversas: porque de la diversidad d e las actiones naçe s in duda el deleyte antes que de la unidad; l a
experiencia lo dize, m ostrólo en su obra el A r iosto y enséñalo en las suy as los que la defienden [...].
Según A ri stóteles, las artes, en quanto a su essencia y a su objeto, inm udables son y eternas, pero no
en quanto al modo de enseñarlas o aprenderlas, que éste adm ite variedad según los tiempos e
ingenios, con l os quales de ordi nario prevalece la novedad, como cosa que a plaze imitación en la
Poesía, y su fin es a y u dar deleitando: [...] ¿guardan oy , por ventura, la T r agedia y la Comedia el modo
m esmo que en tiem po de T hesp io o de Eupo lo? No, por cierto, informém onos de A ristóteles y
Horacio; pues ¿por qué? Porque se halló modo mejor para dele y tar del que ellos usaron, com o lo
tenemos ho y en nue stras comedias di verso del de los Griegos y Latinos (aunque no ignorado de
Aristóteles), y es cierto que nos dele y t a éste nuevo m ás que pudiera el antiguo, que cansara o y al
T e atro. [... ] Luego este m otivo bastante es para que se trabaje un Poema, qual el de las Soledades, m ás
larg o que le usaron l os antiguos lý ricos y texido de algunas actiones diversas ¡Oh, señor, que no le
conocieron los que dieron preceptos del arte!, ¿qué im porta, si le a hallado como m edio más eficaz
para deley tar la agudeza y gusto de los m odernos?, ¿quién reprehendió a Eurípides y Sóphocles?,
¿quién a Horacio y a V i r gilio?, ¿quién a Plauto y T e r encio, porque tomaron otra derrota de la que
avían seguido sus m azorrales predecesores en el arte? (424-426).
Las innovaciones de Góngora son equiparadas aquí con las colindantes del teatro de Lope, en
una operación análoga a la que se hace en otros documentos de la controversia cuando s e establece
102 V i d . V i tulli (2007).
65
un parangón entre la revolución poética gongorina y la renovación poética de Garcilaso y la
primera generación petrarquista, que, al igual que estaba ocurriendo con las Soledades , también
levantaron en su momento s uspicacias y enconos entre los s ectores más conservadores. Pero de
esta parrafada nos interesa en la m isma o may or medida que ese arroj o en pro de las novedades
derive de una peculiar clasificación genérica de l as Soledades , asunto éste del género del poem a
que también fue lugar com ún en las discusiones. El abad de Rute, diríamos, percibió que las
Soledades escapaban a cualqui er taxonomía según los patrone s genéricos teóricos al uso y así lo
asumió y defendió, aseverando que el género del poem a era lírico, aunque para ello tuviera que
desentenderse de encasillamientos y apostar por conceptualizaciones innovadoras más acordes con
las nuevas tendencias. Roses llama la atención sobre la im portancia de estas palabras por cuanto
suponen una «novedosa clave interpretativa» respecto a la tradición teórica- retórica de corte
clasicista inmediatamente anterior:
Fernández de Córdoba, consciente de que la perspectiva de enunciación de las Soledades es
claram ente m ixta (sólo apropiada a la é pica), las califica de líricas , con lo cual abre una nueva vía
herm enéutica que perm ita considerar al género lírico no desde presupuestos estructurales, sino desde
arg um entos estilísticos y pragmáticos 103 .
T o da esta disquisición de Fernández de Córdoba está inserta en una, más am plia y honda,
acerca de la oscuridad de las Soledades , el gran tópico crítico de la polémica y el meollo
arg umentativo del Examen . La cuestión está presente en el debate desde sus comienzos: el propio
abad de Rute, siguiendo la misma senda de las primeras críticas antigongorinas, había recriminado
a Góngora en su Par e cer lo siguiente:
Juzgo, mi señor , que lo que a la her m osura de estas Soledades y vago lienzo de Flandes ofusca y
hace som bra (e fecto suy o proprio) e s la oscuridad: cuanto más afectada y puesta en práctica, tanto
m ás viciosa, pero se guida de vuestra merced; a quie n y o no qui ero persuadir con autoridad mía (que
no me atribu y o tanta), sino con la de los más graves autores del m undo, que procuran desterrarla de
los escritos bien formados 104 .
103 Roses (2007c, 151); Orozco (1969, 80- 83) ya había señalado igualmente la excepcionalidad y « valentía» de
Fernánde z de Córdoba al caracterizar las Soledades como líricas. P ara Blanco (2012a, 72-75), por el contrario, se trata
de un recurso artificioso que le permite al abad imprimir una resba ladiza ductibilidad a su razonamiento, que, así,
enmarcado en los límites difusos del marbete mélico o lírico, era más difícilmente rebatible. No estará de más recodar
aquí que en otro lugar del Examen , fuer a de la especial parc ialidad posible en este razonamiento conc reto, el abad
muestra su convencimiento de que Góngora había elevado al géner o lírico a unas not as no alcanzadas hasta entonces:
« lo que le aseguro es que en materia de decir grande , si ubiera menester algo en este Poema, antes fuera cabeçón que
açicate, pues le da más subido punto del que otros an dado a lo lý rico» (410).
104 Elvira (2015). Hay tambi én en el Pare cer otros pasajes con duras palabras contra la oscuridad: « no por amor
de Dios, que a la verdad es t errible cosa que en mi l engua materna aya yo de anda r como en un Aristóteles o en un
Persio o en otro autor di fícil g riego o latino, juntando partes, constru y endo y adivinando qué quiso decir en aquello o
en esotro» (137).
66
No obstante, su opinión es muy distinta en el Examen , en cuy as pági nas hace una enérgi ca
defensa de la oscuridad como factor estético porque coadyuva a la «magnificencia de la elocución»
y porque está en íntima conexión con el deleite que debe causar todo texto poético:
Pero bolviendo a las principales causas del hablar grande, c ierto es que con obscurecerlo algún
tanto, le dan magestad [...] . Si de lo admirativo nac e lo risible, ta m bién nacerá lo deley table: y lo
adm irativo, cierto es, que no se produce de lo co mún y ordinario a nuestros ojos [...], sino de lo
extravagante, de lo raro, de lo nuevo, de lo no esperado o pensado [...] y por el consiguiente el Poet a,
cuy o fin (en la m anera que s e ha dicho) es de leytar , deue pro curar s iempre apartarse del carril
ordinario del decir [...]. De todo este artificio se vale nuestro Poeta en las Soledades, de lenguaje
extraordinario, de t ranslaciones, de epítetos, de sí m iles, de extensión, de períodos, cosas que Vm. no
puede negar [...] ¿Luego tiene grandeza? Y es bien que la tenga, si co m o Poeta, y t an gran Poet a, a de
levantarse sobre el com ún decir , a de adm irar y deley tar admirando (429-430) 105 .
¿Cómo descifrar es ta contradicción? ¿Cómo conjugar lo amonestado en el Par e cer con lo
defendido en el Examen ? Según J ammes, las diferencias existentes entre ambas obras no implican
«ningún cambio radical de postura», s ino que son más bien el reflejo de un debate int erior –
compartido con otros humanistas y lectores de las Soledades – entre las omnipresentes reglas
clasicistas, que determinaban el cariz de la críticas, y el innegable poder cautivador del poema
gongorino:
T a nto Pedro de V a l encia com o Francisco Ferná ndez de Córdoba –co mo otros m uchos– le y e ron
con gu sto, y hasta podem os decir con una admiración sin lím ites, las Sol edades , aunque no
correspondían en absoluto con los preceptos que ellos habían aprendido: a hí está l a diversidad
aparente de ac titudes, en l a contradicción íntima, que ca da uno llevaba en su fondo, entre las viejas
norm as a las que solían referirse (po rque no había otras), y la deslumbrante evidencia de la belleza del
poem a que estaban ley endo 106 .
Creo que estas palabras requieren algunas matizaciones. Convengo con J amme s en que entre
el Par e c er y el Examen la actitud de aprecio por las Soledades no ha experimentado ningún
cambi o sustancial –s í, desde luego, en el grado de entusiasmo en que aquella se enuncia–, pero no
tengo demasiado claro que ese sentir únic o sea, como da a ent ender el gongorista galo, el de un
humanista al uso, que mantiene un conflict o interior entre lo ortodoxo y lo heterodoxo, y que no
tiene más remedio que reconocer la altura poética de las Soledades , aunque no concordaran con su
concepto de li teratura . Fernández de Córdoba poseía una formación humanística de raigambre
clásica y ésta s e de ja notar continuamente en sus acercamientos al poema may o r gongorino, pero
105 Ley endo estas líneas, en las que el asunto de la oscuridad aparece en relación directa con el ornatus , el
elitismo o el deleite, me pregunto si Fernández de Córdoba t uvo acceso, tras redactar el Pare c er , al primer documento
de la polémica que contiene una defensa justificada de la oscuridad: el Discurso de Ponce, donde encontramos
razonamientos muy próximos a l os que el abad desplieg a en el Examen ; no en vano el nombre de Manuel Ponce
aparece citado en este documento como partidario de Góngora. Con todo, no podemos pasar por alto que estamos ante
parámetros de un ideario compartido o suby acente, que aflora repetidamente en otros testimonios progongorinos de la
polémica, que estudiaremos en distintos apartados del presente trabajo.
106 Jammes (1994, 647-648). Y o shi da (1994) se encarg ó de cotejar el Pare c er y el Examen para poner de relieve
sus desencuentros.
67
creo que no podemos admitir que confesara su admi ración hacia las Soledades y acometiera la
justificación y defe nsa de sus peculiaridades más subversivas, habiéndola s leído sólo y
exclusivamente desde presupuestos retóricos tradicionales, sin que hay a mediado una mínima
comunión de ideas poéticas entre G óngora y su partidario, así como una posible, y no sé hasta qué
punto convencida, voluntad de reinterpretar y reformular la teoría literaria desde premisas
alternativas, muy afines, por cierto, a los arg umentos que y a habían utilizado y continuarán usando
en sus apologías los defensores de las Soledades .
Orozco, infatigable buscador de las claves culturales y estéticas del Barroco 107 , dedicó
numerosas páginas a ilustrar que el pensamiento literario del abad de Rute, por lo que devela sobre
todo el Examen y otros escritos, supone en m uchos aspectos una form ulación paradig mática del
espíritu barroco, incluso en el Par e cer quiere ver el crítico granadino una «postura decidida de
escritor barroco». Por lo que respect a a la répl ica a Jáuregui, Orozco defi ende que sus postulados
más sobresalientes, esto es, identificación de poesía y pintura, avidez por lo sorprendente, aprecio
por la variedad ad mirable y monstruosa, apego a la amplificación de la corteza –por decirlo con un
célebre vocablo gongorino– aparentemente ornamental, nos hablan de la proximidad de Fernández
de Córdoba con l a em ergent e sensibilidad barroca y , por ende, con la poética gongorina, feliz
cristalización de numerosas vertientes de dicha cosmovisión artística 108 . Una de las
manisfestaciones de esa mentalidad «entre el M anierismo y el Barroco» del abad es, según Orozco
–y a lo dije arriba–, la desacralización de las autoridades antiguas, alimentada por la creencia en el
«libre impul so de la variedad y contraste que exigen la vida, la naturaleza y los cambios de gusto,
[…] esa íntima y profunda lucha de contrarios que constituye la esencia del es tilo barroco» 109 . H ay
en el Examen un fragmento capital para comprender cómo concebía el abad el uso de los
arg ument os eruditos de autoridad, al menos en un texto de esta naturaleza; sinto máticamente dicho
pasaje enlaza de forma automática con la disquisición s obre el género del poema citada arriba:
La razón se a de seguir e n todo aconteci m iento. [ cita de Quintiliano]. Horacio, tratando de los que
se c asaban d emasiado con l a antigüedad , los r eprehende con su acostum brada agudeza. [citas de
Horacio y Cicerón]. La razón debe vencer a qualquier autoridad por afianzada que esté con la
costum bre, cosa que aun en derecho se prueba por la le y consuetudinis. [...] Pero ahora cay go […] en
que podrá decir m e, m odo a is, modo negas: por t omarm e a quento echo por a ý la auto ridad y e l
exem plo, aviendo pri m ero subídoles de punt o m uy de propósito. No s oy tan flaco de memoria que se
m e olvide ni tan inconstante que me desdiga: la a utoridad y el exe m plo m ucha fuerça tienen o quando
la razón no se alcança o quando la queremos realçar con s u apoy o, mostrando que en varios tiempos
m ilitó y fue conoci da: así hize yo, valié ndome de la a utoridad de los doctos qu e aprueban el Poe m a
de las Soledades y del exemplo de los que usaron stilo no para el vulgo: y a procuro con la razón
probar en bizarría. La autoridad de qu ien hago poco pie para arg um ento en contrar io es la de quien
107 Orozco (1947, 1956, 1960 y 1965).
108 Orozco (1956, 18-29; 1969, 51-94).
109 Orozco (1969, 88-94).
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dize o dixere que no pued e el Poema l ý rico ser continuada m ente lar go y contener a ctiones diversas:
esto no lo dixo ni ngún antiguo y , quando lo hubi era dicho, para sus tiem pos pudo c orrer , y a corren
otros y otros gustos ¡Oh, señor , que no lo hicieron, luego no pudieron ni puede hacerse! A rgum ento es
ab aut oritate nega tivo, no tiene fu erza: h iciéranlo, si quisieran, pues no i m plica contradicción, an tes
por m edio de la variedad acrecienta herm osura el hacerlo y della naze el deley te (427).
Estas afirmaciones nos permite corroborar que Fernández de Córdoba era perfectamente
consciente de que, al defender el poder y la legitimidad de la innovación, no estaba incurriendo en
ninguna contradicción, pues, si bien su formación crítica y las convenciones de la época hacían del
todo imposible prescindir de las referencias a las venerables autoridades antiguas, el ardor de la
diatriba favorece la aparición de concepciones transgresoras y más acordes con la realidad palpable
en la cre ación, y m ás aun si ésta es tan ori ginal y rotunda como las Soledades . A s í, el aba d
reconoce que las propias obras pueden crear jurisprudencia, máxime si existe un vacío preceptivo
acerca de algunas cuestiones teórico-literarias: «por no aver autores griegos o latinos que nos ay an
dado en particular preceptos del Poema Lýrico, avremos de recurrir al exemplo de los que en él an
ganado crédito…» (427) 11 0 . La tra y ectoria vital del autor podría ofrecer pistas para deslindar cuál
pudo ser realmente y cómo evolucionó, si lo hizo, tal horizonte de inclinaciones estéticas y
expectativas críticas. Sabem os que el abad residió en Roma como m iembro del sé quito del V
duque de Sessa durante un perí odo i ndeterminado entre 1590 y 1604. A llí conoci ó de primera
mano la literatura italiana y las doctrinas y polémicas literarias de la Italia de la última década del
siglo XVI 1 1 1 , lo cual le permitió entrar en contacto con la incipiente tensión entre «firmes
principios teóricos y grandes obras modernas» que no se ajustaban a aquellos, y aproximarse a un
modelo de creación literaria que, en la encrucijada entre imitación e innovación, se decanta
paulatinamente hacia la segunda; así, para Fernández de Córdoba «la nueva poesía era –en
palabras de Marín López– la realización parcial de un ideal literario» forjado en tierras italianas:
11 0 Lo expuesto en las citas anteriores se complementa con ot ras aseveraciones en la m isma línea que
encontramos en el Examen : « en lo que toca a l a palabra “errante” […], bien hizo en usarla, pues resulta de semejantes
atrevimientos r iqueza en nuestro idio ma ¡Oh, que no se halla en Garcilaso! Si se hallara, ya no fuera nueva» (446);
« ¡Oh, que no le dieron aldabas otros poetas! Luego, más liberal y mejor arquitecto andubo el maestro. […] Y , aunque
no a faltado quien ay a di cho que no está obliga do a sujetarse, pues, como Prícipe que oy es de la Poe sía Española,
puede dar le y es sin sujetarse a recibirlas […], él por su modestia juzga que debe passar por ellas, ajustándose en esto
con la lei» (460). A simismo, conviene tener prese nte que ese espíritu contestatario y relativizador respecto a l a
tradición aflora tambi én en otro texto del abad, compuesto en fechas cercanas y circunstancias análogas a las del
Examen , la Apología por una décima , estudiada arriba: « que de la novedad nasca la admiración y désta l a
raciocinación o discurso, más cierto es de lo que admite probança: pues, aunque lo hubiera callado A ristót iles, nos lo
dixera cada día la esperiencia mesma» ; « crea V . m. que el autor de las Soledades tiene ganada ex ecutoria de Poeta en
possessión, propiedad y notoriedad, l itigada contra los fiscales de A polo, y ansí se cansará en valde quien, armado de
textos o testimonios de A ristótiles, Horacio, Quint iliano, V i da, Frascatorio, Minturno, Castelvetro, Pinciano y T a sso,
quisiere probarle que no lo es; pues quien le ve y le oy e lo tiene por t al, y se podrá decir dél lo que su conpatriota
L ucano dixo de sí mesmo por boca de Marcial: sunt quidam, qui me dicant non esse Poetam, / sed qui me vendit,
bibliopola putat » [Gates (1960, 144 y 150)].
11 1 V i d. A lonso (1982g, 209-211 ).
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Como en España poco después, en Italia y a se había planteado en el s iglo anterior [el XVI], más
allá de matizaciones y circunstancias menores, el conflicto fundam ental, violento a veces, entre
doctrinas más o m enos fieles a sus f uentes clásicas y una literatura moderna, disidente y libre por
voluntad con sciente o por necesidad h istórica [...]. La estancia en Italia le proporcionó [al abad]
razones para entender m ás tarde esta nueva poesía [...]; si la oscuridad y el amontonam ient o de
recursos l e parecieron siempre recusables, la gran novedad del género de las Soledades fue
comprendida perfecta m ente por quien había adm irado ya otras novedades no canón icas en las obr as
de Guarini y de T a sso 1 12 .
Es decir , que el abad de Rute aplicó a las Soledades una crítica intuitiva y penetrante,
asentada en principios teórico-literarios más actuales adquiridos en Italia. La convicción de que las
innovaciones eran legítimas fue fundamental, según M arín, para que Fernández de Córdoba llegara
a valorar sin prejuicios clasicistas la portentosa ori ginalidad de Góngora, sobre todo en lo toc ante
al género de su silva. Sin entrar a considerar la validez de estos planteamientos, lo cierto es que no
atañen al fondo de la cuestión sobre cómo resolver la oposición entre el Pare c er y el Ex amen , entre
los que ha y diferencias m uy llamativas. Para M arín, las contradicciones entre am bos docum entos
se deben a que corresponden a dos m omentos distintos de l a progresión intele ctual de Fernández
de Córdoba: «debido a su primera educación, toda vía en el Par ecer sobre la s Soledades expresa
reticencias muy claras, que se atenúan casi del todo en el Ex amen del “Antídoto” , te rcer y último
estadio de su evolución crítica» 11 3 .
En mi opinión, la proximidad cronológica entre ambos textos nos obliga a mirar con cautela
la posibilidad apuntada por M arín, quien, en cambio, sí creo que abre algunas vías de exploración
muy interesantes acerca de la mentalidad forjada por el abad durante su periplo italiano. A sim ismo
existen otras realidades cuy a ob servación resulta inexcusable para entender es ta peliaguda
situación. En primer lugar , se debe tener presente que el Par e cer y el Examen responden a dos
momentos muy diferentes de la polémica y no pudieron desprenderse de las circunstancias
específicas del contexto en el que s ur gen. El Pare c er , un texto muy tem prano, destinado a circular
con semiprivacidad y mayoritariamente entre amigos, responde a una modalidad textual que
incluso puede ser considerada un género o pseudogénero, habitual en s ituaciones de disputa
literaria, con toda la carg a de convencionalismo que ello comportaría. T o dos estos condicionantes
determinaron s u tono y e structura, al tiempo que habilitaron la aparición de parámetros teóricos y
estéticos más canónicos o arquetípicos, como ocurre también, aunque desde otros enfoques, en un
texto con una génesis y un sustrato prepolémico similares, la Carta de Pedro de V a lencia, que, no
en vano, y a era conocida por el abad de Rute cuando redactó su Par e cer y pudo ej ercer cierta
influencia en él .
11 2 Marín (1994, 66 y 73-74).
11 3 I bíd. (84).
70
El Examen nace en unas coordenadas muy distintas: el Antídoto de Jáuregui, que apareció
con posterioridad al Par e cer y con la polémica y a bastante agit ada en la palestra públi ca, s ería el
resorte definitivo para que el abad de Rute soltara «los lastres con que comenzó su apreciación del
poema» 11 4 con objeto de defender sin reservas a Góngora ante un duro ataque literario y personal,
quizás alentado, entre otras muchas cosas, por rencillas latentes desde algún tiempo atrás.
Comienzan a entrar en juego a partir de ahora factores que no intervinieron en la redacción del
Par e cer : la cuestión y a no sólo es emitir un dictamen riguroso y honorable para salir airoso (o
victorioso) de una diatriba sotto voce entre miembros de un mismo estrato letrado, sino que se
impone la necesidad, más mundana y , por ello, más s esgada y más imprevisible, de defender a un
amigo ante una ofensiva externa, dañina y premeditada. El mismo abad de Rute, s abedor
probablemente de las crí ticas que comenzaban a ll overle a don Luis e intuy endo las que estarían
por venir , se había postulado ardorosamente al final de su Par e cer para salir en salvaguarda de su
amigo cuando fuera oportuno, a pesar de que Góngora no estuviera dispues to a enmendar el
cami no poético tomado:
Y [ quedaré] tan su am igo y servidor que, resolviéndose vuestra m er ced a pr oseguir ese poem a
con el e stilo hasta aquí, sin mudar de frasis ni modos, si hubiere (que no habrá) ta n atrevido
presuntuoso que l e im pugne, estando tan b ien defendido con sól o e l nom bre de su aut or [...], dende
luego me ofrezco (gustando vuestra merced) a ser su ca m peón y sal ir en defensa s uy a a cualquiera
estacada, arm ado de plumas y libros; y de mi gentil ánimo de servir a vuestra m erced 11 5 .
La irrupción del Antídoto , de cuya escritura , según Rico, pudo ser desencadenante, curiosa y
paradójicamente, el Pare c er con las amonestaciones en él contenidas sobre las Soledades 11 6 , le
ofreció una ocasión pintiparada para cumplir tal ofrecimiento, más aun si, como trat ó de defender
Elvira, el abad se percató de que ciertamente su Par e cer espoleó a Jáuregui e incluso surtió al
sevillano de ideas y referencias para volverlas a disparar contra las Soledades ; tras repasar un
elenco de ecos y coincidencias (no todas igual de significativas, en mi opinión) entre el Par ecer y
el Antídoto , Elvira concluy e que:
Jáuregui encontró en el Pare cer no solamente el acicate pa ra lanzarse a la redacción del Antídoto ,
sino que extrajo de él num erosos arg um entos, citas y formulaciones g raciosas. Es fácil im aginar el
desconcierto del A bad de Rute cuando se dio cuenta de ello. […] A sí que la difusión del Ant ídoto y el
reconocim iento po r Fernández de Córdoba de s u contribución involuntaria a la génesis del t exto de
Jáuregui puso al A bad de Rute e n la obligación de cumplir su prom esa. [ …] ¿Cóm o podí a Fernández
de Córdoba reparar el invol untario traspié? Tr at ando de rebatir los a rg umentos que él mism o había
11 4 V i d . Roses (1994, 149).
11 5 Elvira (2015).
11 6 Dice R ico (2002, XX II ): « a nuestro juicio, Jáur egui decidió participar en la polémica de las Soledades
cuando conoció l a sentencia que sobre el poema había di ctado el A bad de R ute en su Par e cer . Entendemos que l os
dóciles reproches realizados por el A bad en su escrito representaron para Jáuregui el aval suficiente con el que poder
atacar las Soledades sin salir muy escaldado» .
71
contribuido a f orjar en su Pare cer y tomando sus distancias con la « crític a turba» que a partir de 1615
se ensañaba contra Góngora . [ …] En este contexto de encarnizamiento general cont ra Góngora, el
enem igo principal c on e l que Fernández de Córdoba se propuso lidiar fue Jáuregui, seguramente
porque era el que m á s lo h abía comprom etido ant e l os oj os de Góngora. A él tenía que c ontestar y ,
rem ontándose a la fuente de sus im properios, a los arg um entos que había lanzado en s u Par e cer .
Comparando la argum entación del Par e cer con la del Examen , quiero dejar claro que el Examen
reelabora todos los ataques lanzados en el Pare cer para desactivarlos y am inorar su carga po lémica 11 7 .
Ésa es, según Elvira, la explicación de la paradoja trazada por el abad de Rute en la polémica.
Para razonar esta visión del Examen , efectúa un paciente estudio comparativo de las fuentes
alegadas, que sin duda proporciona datos elocuentes en cuanto a la ma nipulación deliberada de
algunas citas que aparece n en am bos textos, aunque mutiladas aquí o allí , según convenga, para
que digan en cada momento «lo que el polemista quiere». La adulteración conyuntural e interesada
de los recursos arg um entativos disponibles sería, por tanto, la piedra angular de tan
desconcertantes incongruencias:
Lo que hizo el A bad de Rute, cuando se propuso reescribir su primera argum entación, fue vol ver
a c onsultar los m ismos libros que l e habían servido pa ra construir la argum entación del Par e ce r y , así
como había for zado un poco las citas que utilizaba en e l Par ecer en el sentido de una condena
inequívoca de l a oscuridad, cuando em prendió la redacción del Examen , tam bién torció y m anipuló
los m ismos textos para defender , al contrario, la licitud de la oscuridad.
Los pulcros análisis de Elvira abrieron nuevas puertas hacia la comprensión de estas
incógnitas, sin embarg o no creo que la constatación de la existencia inequívoca de tanta
parcialidad nos facilite la soluci ón defini tiva del problema, entre otras cosas porque esa conducta
no es exclusiva del aba d de Rute, sino que fue práctica común entre los polemistas de uno y otro
signo durante la controversia, como ha explicado A zaustre e n va rios t rabajos 1 1 8 . Y añado: s i el
hecho de haber manipulado a favor propio l as ci tas de autorida d en el Examen nos obli gara a
recelar de sus supuestos postulados innovadores, ¿qué impide que el mismo proceder manipulador
constatado en el Par e cer nos incite a mirar con reservas la condena de la oscuridad que hay en este
texto? Es cierto que un duelo cuerpo a cuerpo y de alto aliento como el que informa este
encontronazo partic ular de la polémica, catalizado en el molde de un «exam en» porme norizado e
invectivo que presupone y aun impone la dicacidad y los ardides probatorios, desemboca
irreme diablemente en grandes dosis de amaños y apasionamiento, como ocurre en el texto del abad
tal vez con más ve hemencia que en otros testimonios, pero –insisto– l imitar única y
exclusivamente el Ex amen del «Antídot o» a un sofístico ejercicio de argucias y cábalas podría s er
demasiado injusto para un texto como éste, que, con s us luces y sus s ombras, aporta nociones
interesantes.
11 7 Elvira (2014a).
11 8 A zaustre (2005a y 2005b).
72
Lo demostrado por El vira obliga indudablemente a replantearse los rotundos parabienes con
que buena parte de la críti ca gongorina –y me incluyo–, siguiendo la este la de Orozc o, había
obsequiado al Examen 11 9 , pero ello no implica, en mi opinión, que t engamos que desechar las
propuestas del abad en su conj unto y sin excepción, porque, además, no creo que esté reñida su
voluntad de corregir lo que él mismo habría propiciado con hacerlo en ciertas ocasiones amparado
en argum entos alternativos y , lo que es más importante, en sintonía con los arranques de
modernida d que arrojará la polémi ca en otros de sus lances. Una de las aportaciones que quizás
mecería una atención distinta –cosa que, de hecho, ha ocurrido, a tenor de la bibliografía existente
al respecto– es la analogía que el abad de Rute estableció entre las Soledades y la pintura
paisajística flamenca; percepción que tal vez pueda quedar un poco más al marg en de las
estratagemas sofísticas del Examen , pues apareció y a en el Par e cer , un texto supuestamente más
sincero o, al menos, no tan parcial. Decía el abad a Góngora en 1614 en aquella carta que
respondía a una solicitud del poeta: «juzgo, mi señor , que lo que a la hermosura de estas Soledades
y vago lienzo de Flandes ofusca y hace sombra (efecto suyo proprio) es la oscuridad» 120 . P oco
tiempo después, volverá a usar en el Examen la misma comparación pictoricista:
La Poesía en general es pintura que ha bla, y si alguna en particular lo es, lo es ésta: pues en ella
(no c omo en la Odyssea de Hom ero, a quien trae A r istóteles por exemplo de un m ixto de personas,
sino como en un l ienço de Flandes) se veen industriosa y hermosíssimamente pintados mil géneros de
exercicios rústicos, caser ías, chozas, m ontes, valles, prados, bosques, m ares, esteros, ríos, arroy os,
anim ales terrestres, aquáticos y aéreos; dixe en un lienço, digo en algunos, porque estas Sole dades
constan de m ás de una parte, pues se diuiden en quatro (406) 121 .
¿Qué qui so decir exactamente el abad de Rute cuando se refirió –hasta por dos veces y en
lugares distintos y dispares, no s e olvide– al opum m agnum gongorino como «lienzo de Flandes»,
definición tan subyugante como enigmática? El hecho de que esa identificación aparezca, como
ocurre en el Par e cer , inserta en un enunciado crítico con Góngora nos hace descartar que sea un
artificio defensivo y , de otro lado, las vincul aciones que pueden establecerse entre la enar g eia de
las Soledades 122 y las peculiaridades icónicas de algunos géneros pictóricos europeos en boga por
entonces no ha cen m ás que i ncitar a eluc ubraciones acerca de la posible influencia de aquell a
11 9 Roses (2008, 318) llega a afirmar que el Exam en del «Antídoto» es « el más importante texto teórico de
cuantos suscitó la di fusión de las Soledades » . Sobre la preponderancia reconocida a este documento, vid ., a modo de
recapitulación, Orozco (1984, 209-21 1 ).
120 Elvi ra (2015). El alcance se mántico del sintag ma « lienzos de Flandes» sería más que transparente par a los
lectores de la época, y a que su uso era corriente, como mostró Collard (1967, 83-84).
121 Unas también archicitadas palabras de V ic ente C arducho en sus Diálogo s de la p intura (Madrid, 1633) no
vienen sino a acrecent ar la tentadora avidez por tender puentes entre la poesía may or gongorina y el arte de la pintura:
« don Luis de Góngora , en cuy as obras está admirada la mayor ciencia, porque en su Polifemo y Soledades parece que
vence lo que pinta y que no es posible que ejecute otro pincel lo que dibuja su pluma» (libro IV). Sobre las relaciones
del conjunto de la poesía gongorina con lo pictórico en general, vid . Blanco (2004c), Behar (2009) y V i llamia (2012).
122 T o m ando como base ese concepto retórico, Blanco dedica el capítulo « “Hom ero español” y el arte de la
pintura» (2012a, 261-298) a rastrear la influencia de algunos procedimientos descriptivos homéricos en las Soledades .
73
servido de darle el vej amen al Sr . D. Luis, que des to a servido su Antídoto , con lo qual a quedado
más honrado, calificado y conocido por muy emi nente en su facultad» (395-396).
El Cont ra el «Antídoto» es, por tanto, la única contestación conocida al panfleto de Jáuregui
que se apoy a más en el es carnio y la descalificación personal que en pronunciamientos estéticos y
juicios teóricos. El texto está repleto de duras imputaciones, velados insultos (algunos no directos,
pero muy evidentes) y maliciosas insinuaciones: se acusa en varias ocasiones a Jáuregui de atacar a
Góngora por envidia y de no haber entendido las Soledade s , pero los reproches, a mi entender , má s
llamativos s on aquellos encaminados a poner de relieve la supuesta i nexperiencia del sevillano
como poeta, lo cual conlleva, según el «curioso», que sus opiniones y j uicios críticos tengan poca
credibilidad: es aquí cuando el texto se vuelve más ácido y se tiene la sensaci ón de que dichos
pasajes esconden mucho más de lo que muestran. La última recriminación le llega a J áuregui a
propósito de su Orfeo . El anónimo autor, como otros m uchos contemporáneos, cre y ó ver en el
Orfeo una contradicción entre las objeciones a la lengua poética cultista expuestas por Jáuregui en
el Ant ídoto y el Discurso , y el oscuro estilo (difícil, diría el sevillano) desplegado en sus silvas
sobre el mito órfico, imitación burda y torpe, según el autor , de las m aneras gongorinas:
Quiero rematar con decir que, para acabarse Vm. de re m atar , ta n en pregón anda con todo esto, y
echarse a perder de t odo, porque un y erro viene sol o, sacó a luz, c on poca luz y menos disciplina , una
obra que l e intituló Orpheo , en el cual no gua rda la doctr ina que reprehende e n el Sr . D Luis, quia
loqui facile, pr e star e d ificile , haze el oficio de papagay o que habla y no sabe lo que habla porque ni lo
entiende ni lo pone en ex ecución [...]. A nt es, co m o su d iscípulo del S r . D. Lu is se ap rovecha de sus
frases y locuci ones y modos de decir , aunque adulterados y mal ingertos y , al fin, usurpados, y ansí a
parecido a hombres doct os y de buen sentir , que es la más m ala poesía y composición que ha sali do a
vista de oficiales (398).
La crítica al Orfeo de Jáuregui enl aza aviesam ente con una alabanza al Or feo en lengua
castellana 141 , obra que se imprimió firmada por Juan Pérez de Montalbán, aunque algunos críticos
la hay an atribuido a Lope:
Y b ien se le ha echado de ver en el negro Orfeo . Un estudiante y no de mucho nombre, afrentado
y aun corrido de ver su Orfeo de Vm., hizo otro, y es tanto mejor que el de Vm . como de blanco a
prieto. Y pues en este lo an puesto a Vm . sus obras, no trate d e hacer más que no g rangea opinión
(399).
Y es que la publicación del O rfeo de Jáuregui no sólo hizo saltar los resortes del bando
gongorino, como veni mos viendo, sino que además desató las iras de las huestes anticulteranas. El
Orfeo de M ontalbán es un buen testimonio de ello, pero junto a él Jáuregui tuvo que s oportar
muchas más críticas vertidas en poemas satíricos y papeles que circulaban manuscritos 142 . El
141 V i d . una edición de la obra y sus preliminares en Cabañas (1948); cito por ella.
142 Publicó algunos Jordán de Urríes (1899).
80
espíritu polemista del sevillano no quedó indiferente ante tanto ataque y com puso la Carta del
Licenciado Clar o s de la Plaz a al Maestro Lisarte de la Llana , en la que censuraba el uso de
cultismos y neologismos en la Jerusalén de Lope 143 . En respuesta se difundió el Anti-Jáur e gui del
licenciado D. Luis de la Carr er a , seudónim o bajo el que podría esconderse el nom bre del propio
Lope o el de alguno de sus amigos 144 . A la luz de estos datos, dicho sea de paso, parece afianzarse
nuestra opinión de que el opúsculo Contra el «Antídoto» –aunque con diferente motivación que el
grupo de Lope, pues lo debemos a un partidario de Góngora – , está más en relación con esa oleada
de reacciones que provoca ron l as publicaciones casi simultáneas del D iscurso y el Orfeo , que con
el revuelo que levantó el Antídoto en los círculos gongorinos una década antes.
Pero volvamos al Orfeo de Montalbán. Los preliminares de la obra y la obra misma –por su
lengua poética– constituy eron una especie de m anifiesto de la estética de los llanos, inserto en la
campaña cont ra Jáuregui que orquestó Lope a raíz de la publica ción del Orfeo del sevillano, que
fue visto por el bando lopesco como una traición a sus principios anticultistas y antigongorinos.
Con todo, el alcance del volumen en su conjunto (preliminares + poema) va más allá de la guerra
particular contra Jáuregui. Los paratextos que abren la princeps vinculan a las claras la obra con la
polémica gongorina, que estuvo especialmente agitada en l as década de los años 20. Hay en ellos
insinuaciones y acusaciones manifiestamente relacionadas con la controversia y la creciente
implantación de la poesía cultista. Están repartidas desde la Censura firmada por fray Lucas de
Montoy a ha sta el breve Prólogo escrito por el propio Mont albán, pasando por la carta que Lope
dedica al joven poeta (13-18). Éste es, sin duda, el más interesante y enjundioso de los
preliminares.
Comienza Lope describiendo por oposición el apellido del poema: el de Montalbán es un
Orfeo que está «en lengua castellana» para dife renciarse de otros que no lo están, como el de
Jáuregui. Los dos bandos de la polémica están ya perfilados. Y ello le da pie a armar en las líneas
iniciales la primera andanada contra los cul tos, pero Lope, s iguiendo la tónica general de mucha s
sus apariciones en la controversia, une las alabanzas a Góngora –poco sinceras– con la crítica a sus
imitadores, que han corrom pido por repe tición mecánica o por poco talento artístico l os hallazgos
poéticos gongorinos, a los que el Fénix aparentemente no res ta méritos:
Antes que y o supiese el intento que llevaban [los cultos], me desagradaba sumam ente la imitación
de su pr imer i nventor , cu y o m ilagroso ingenio siem pre he respetado: porque pareciéndoles que le
parecían, han hecho tales m onstruos (13).
143 V i d . Jammes (1994, 668-671) y , sobre todo, Rico (2001, 222-234).
144 V i d . A rtigas (1925b) y Zarco Cuevas (1925, 273-290).
81
Como hemos leído, Lope finge con sarcasmo dar marcha atrás en su mala consideración del
cultismo, porque ha reconocido su verdadero intento: «después que entendí que pretendían que
tuviese cada provincia diferente lengua, me he sosegado, porque quieren que como Cataluña,
V a lenc ia, Galicia y V i zca y a tienen lengua diferente de la castellana, también la tenga el A ndalucía,
el reino de Granada, la Mancha y las Indias». Según dijimos arriba, la competencia entre A ndalucía
y Castilla por cuestiones literarias o lingüísticas fue lugar crítico de gran rendimiento en varias
polémicas letradas de aquellas calendas, incluida la gongorina, a través de la cual s e había
evidenciado en diversas ocasiones un fuerte antagonismo idiomático y estético entre dos partidos
territoriales y culturales: el castellano y el andaluz, focos de una polaridad asociada a supuestos
correlatos creativos. Pero estas palabras de Lope tienen aun más ca lado, pues , des brozada toda su
inflada ironía, identi fican a las claras la lengua poética cultista fundamentalmente con A ndalucí a.
Lope vendría a confir mar que desde el m ismo siglo XVII el cultismo (o el gongorism o) fue visto
como un fenómeno esencialmente andaluz 145 y , además, añade un matiz: su nacimiento y extensión
llevaría aparej ada una voluntad de distinción o separación de la normalidad, que Lope hace
entroncar burlona y exageradamente con la intención de crear una lengua diferente del castellano.
Góngora ha aparecido apenas comenzar el texto; las alusiones a Jáuregui no se hacen esperar .
Aunque sin mencionar explícitamente s u nombre, Lope le manda este recado:
Y o no pienso cansarme en tan monstruosos ejem plos, ni para m í es el m enor ver que todos los que
escriben estas tropelías reprehenden en otros lo que ellos mism os hacen, censurando por desatinos en
los libros ajenos l o que en los su y o s veneran po r orác ulo, pero no es m ucho que no se conozcan, si
andan a escuras: yo a lo menos en esta confusión hallo de una m isma suerte a los cu ltos que a los
teñidos, que habiéndolos conocido antes, ahora estudio en conocer los (15).
Quién te ha visto y quién te ve, dice Lope a Jáuregui. Porque lógicamente ese sujeto, según el
Fénix, contradictorio, que escribe con el mismo estilo que condena, no es otro que el poeta
sevillano, que acababa de dar casi al mismo tiempo a la es tampa el D iscurso poético y el Orfeo . La
breve epístola se remata con una canción en la que Lope hace referencia sin profundizar en ellas a
ciertas cuestiones recurrentes de la polémica gongorina como las virtudes elocutivas desde el punto
de vista retórico («lo culti vado es claro, que lo oculto / s i es áspero no es culto»), el prurito
contenidista («la escuridad es propia / de las cosas ocultas»), los elogios a Góngora frente a las
recriminaciones a sus emula dores (« y assí no más de un Góngora, un A polo, / los demás desvarían,
/ que en pensar que le imitan se confían») o la reivindicación de las figuras de Herrera y Garcilaso
como auténticos paradigmas de la tradición poética castellana en contraposición con los
145 Es revelador , en este sentido, que la i nmensa may oría de los apolog istas de Góng ora fueran andaluces. L a
idea que late en las invectivas de L ope es, precisamente, la que nutre la colum na vertebral de l a arg umentación en
L ópez Bueno (2000).
82
progongorinos, que veían en Góngora la máxima expresión de la poesía española («si del laurel
comienzas ambicioso / camina a los cristales del Parnaso / por donde van Herrera y Garcilaso») 146 .
T o da s estas es caramuzas entre Lope y Jáuregui, que inevita blemente salpican a Góngora y
tienen co mo sustrato la polémic a gongorina, son una muestra de la embrollada red de posiciones
encontradas, rencillas personales y pronunciami entos t eórico-estéticos que generó la discus ión en
torno a la lengua poética cultista.
2.1.4. Un apunte acerca de la dialéctica con Jáure gui en los comentarios manuscritos a las
Soledades .
El capítulo más interesante de las respuestas al Antídoto fue el protagonizado por los
comentaristas manuscritos, pero m e parece ineludible proponer algunas m atizaciones a la
particular dialéctica con Jáuregui que plante a esa deriva concreta de l a polémica. Los
comentaristas te mpranos posteriores al Antídoto entretejen sus impugnaciones a este opúsculo con
disquisiciones te óricas acerca de los fundament os estéticos de las Soledades y con esforzados
escolios al poema. Me ocuparé de desgranar t odo ello en el ca pítulo 2.2. Estos textos se erigieron
así en un útil parapeto ante el fuerte impacto que causó el Antídoto entre l os amigos de Góngora,
aunque, en mi opinión, el enfrentamiento con Jáuregui no es la vertiente con may or peso específico
de estos voluminosos comentarios, cuyo alcance va m ucho más allá de la répl ica circunstancial y
perentoria al libelo antigongorino, texto que marca una frontera psicológica y crítica en el
desarrollo de las discusiones, pero que, en realidad, serviría para dotar de más hondura y alcance a
un movimiento exegético que y a se gestaba en torno a Góngora desde que comenzaron a tener
importancia y eco las primeras opiniones desfavorables o incluso antes de ello.
Quizás se atisbe dicha posibilidad en el hecho de que los comentarios manuscritos que
responden explícitamente o i mplícitamente al Antídoto y otros comentarios también manuscritos,
pero más tempranos, que se escribieron antes de existir aquel, compartan el mismo diseño crítico:
y es que la combina ción de una disertación a modo de alegato teórico- defensivo unida a un
comentario propiamente dicho a alguno de los poemas may ores, aunque no exento de concisas
disquisiciones teóricas y andanadas polemizantes, fue un patrón repetido con ligeras variaciones en
todos los comentarios manuscritos salidos de los círculos gongorinos andaluces durante la primera
década de la controversia. A sí ocurre en la Silva de M anuel Ponce, volumen manuscrito
146 La may oría de estas ideas apa recen con may or enfásis y pronfundidad en la epístola anticultista de Lope
incluy ó en La Filomena . V i d. el epígrafe 2.3.1 del presente trabajo.
83
comenzado al parecer en 1613 y que contiene el primer comentario conocido a la s Soledades . La
Silva de Ponce está formada por la unión de tres bloques: e l text o de la Soledad prim era, el
comentario de la misma y un Discurso teórico a favor de la oscuridad y de otros rasgos estéticos de
la lengua poética gongorina. T a mbién de alguna mane ra en las Advertencias de A lm ansa y
Mendoza, donde se per geña un bosquejo precario y apresurado de ese método bifronte. A lm ansa
comie nza su texto con una primera parte de corte teórico donde justifica las innovaciones
gongorinas y seguidamente pasa a explicar y coment ar algunos lugares de la Soledad primera.
Aunque el texto no ha sido aún localizado, podemos afir mar con alto grado de certeza, según
veremos, que en el Anti-Antídoto de Francisco de Am ay a (ms., 1616) s e dio también al mismo
esquema, y a con el texto de Jáuregui clavado com o un pica en el mapa de la polé mica. Los
Discursos apologét icos, con anotaciones y defensas de Pedro Díaz de Rivas (ms., ca. 1617) quizás
representen el ejemplo más rematado de esta tendencia exegética que une lo polémico, lo doctrinal,
lo erudito y lo escoliasta. A lgunos años más tarde y nuevamente con el An tídoto de por medio, la
«Soledad» primera, ilustrada y defendida (ms., ca. 1620) reproduce las mismas trazas: el ignorado
autor enca beza su comentario del poema c on un extenso discurso teórico org anizado e n ocho
parágrafos que pretenden desmontar las «objeciones y dificultades» imputadas a Góngora por parte
de Jáuregui, a quien se menciona repetidamente, aunque esta apología gongorina tiene en su
núcleo duro un alcance mucho más general que la estricta réplica al sevillano, como veremos. T r as
este prefacio, comienzan las glosas a la silva; la mecánica exegética de estos escol ios recuerda
mucho a l as Anotaciones y de fensas de Díaz de Rivas, pues, insertos entre las aclaraciones de
significados oscuros, el acopio de fuentes o las cavilaciones teóricas, el comentarista copia
literalmente numerosos fragmentos del Antídoto como punto de partida de sus refutaciones y alude
a Jáuregui con mucha asiduidad.
Las equi valencias entre todos estos testim onios, gestados en un contexto crítico y polémico
muy similar, aunque algunos sean anteriores y otros, posteriores al Antídoto , aportan credibilidad a
esa idea de que pos iblemente el Antídoto se cruzó en el camino de una corriente progongorina que
venía funcionando y dando frutos desde años atrás y que adquirió una singular orie ntación (la
réplica a Jáuregui) tras la entrada en liza del ácido libelo del pintor sevillano. T o dos estos
comentarios m anuscritos, pioneros y precursores de otros testimonios más tardíos en el ámbito de
la polémica, parecen responder , en fin, a una suerte de consigna común, abrazada a grandes rasgos
por los adalides de may or actividad de los círculos más cercanos a Góngora, y serían, con sus
analogías, sus objetivos comunes y sus arg um entos recurrente s, una m anifestación más de esa
hipotética defensa colegiada de las Soledades , que quizás posey era un pujante enraizamiento con
anterioridad a lo que tradicionalmente se ha pensado. Convendría repensar , por tanto, cuál fue la
84
verdadera realidad de la polémica antes del Antídoto y , sobre todo, si éste actuó com o det onante
del comentarismo en torno a las Soledades o si, por el contrario, represent ó m ás bien un acicate
capital para que se hiciera m ás retador y extendido un movimiento de corte teórico- doctrinal y
misión programática que pudo concebirse y echarse a andar incluso antes de que los ataques a
Góngora fueran aluvión.
Las fecha s de 1613 y 1624 delimit an una década aproximada de la polém ica durante la que
tuvieron un marcado protagonismo estos comentarios manuscritos a las Soledades , como vehículos
sancionadores de una poética cuy a defensa alcanzó en el los uno de sus mom entos cenitales, antes
del Ant ídoto y también después de él. El año de 1624, fecha bajo la que aparecen reunidos los
Discursos apologéticos, con anotaciones y defensa s de Día z de Rivas en el Ms. 3726 (BNE),
podría tomarse com o confín simbólico de esta tendencia crítica, cuy o origen estaría ligado a los
comie nzos de la difusión de las Soledades y de los primeros encontronazos polé micos que de ella
derivaron. En 1624 la mue rte de Góngora está cercana y será precisamente este acontecimiento
uno de los que precipite la aparición de los comentarios impresos, que, si bien pueden ser
considerados los parientes más próximos de sus antecesores manuscritos, son un sínto ma de que la
polémica ha entrado en una fase diferente, con Góngora alzado en triunfo sobre sus adversarios y
laureado con la impresión de su poesía casi de m anera simultánea a su fallecimiento, muerte que,
por otra parte, abre definitivam ente el camino a la m itificación del personaje y el poeta, a la que
contribuy e, con sus peculiares rasgos y técnicas, la labor escoliasta y erudi ta de Salcedo Coronel,
Pellicer o Salazar Mardones; no en vano, estos comentarios impresos pers iguen objetivos distintos
a los manuscritos, hecho diferencial visible, por ejemplo, en el desapego que muestran, salvo
momentos exce pcionales, por la reflexión teórica como m ecanismo arg ument ativo, defensivo o
canonizador . Este patente antagonismo revela que la dime nsión progra mática y polémica de los
comentarios manuscritos no es en absoluto equiparable a la de los impresos, en los que desparecerá
(o se desleirá notablemente) el armazón doctrinal y combativo que fue la principal divisa de los
círculos gongorinos durante los primeros lustros del debate.
Por todas estas razones he preferido es tudiar los comentarios manuscritos post- Antídoto
agrupados y en un capítulo distinto al del resto de répli cas explí citas a Jáuregui, pues, si bien es
cierto que a él responden y que lo tienen como referente, forman un corpus específico y bastante
definido dentro del corpus general de l a polémica, lo cual perm ite e incluso reco mienda que sean
contem plados y analizados de forma unitaria y comparada, para res altar esas características
comunes que les otorgan gran sem ejanza entre sí y la singula ridad de trascender con creces lo
puramente invectivo –aun bebiendo de ello– para asumir el estimulante reto de lo programático.
***
85
2.2. Comentarios manuscritos
2.2.1. El Anti-Antídoto de Francisco de A maya (con unas notas acerc a de su rivalidad con
Lope de V e ga).
Sabemos que Francisco de A m aya 147 fue uno de los apologetas gongorinos que contestó a
Jáuregui y lo hizo con un texto, ho y perdido, cuy o título al parecer era Antiantídoto . Hay asimismo
varios indicios, según veremos, de que su reacción al Antídoto se materializó en realidad en un
comentario manuscrito a la Soledad primera que además contenía res puestas al libelo de Jáuregui.
De ser así, su estructura y espíritu debió de asemejarse bastante a los otros dos testimonios que
estudiaremos en este capítulo, por ello me he permitido incluir aquí algunas consideraciones acerca
de él, aun con toda la prudencia aconsejable al hablar de un texto que hasta la fecha no ha podido
localizarse.
Si estamos en lo cie rto, el texto de A m ay a sería acaso el primer e jemplo de uno de los
episodios más interesantes de la recepción del Antídoto : la dialéctica establecida con él por algunos
comentaristas manuscritos de las Soledades , sobre la que acabo de hacer algunas consideraciones,
que pueden hacer las veces de introducción al presente capítulo. Pero vayam os por partes.
Numerosas fuentes im presas y manuscritas del siglo XVII nos presentan a Francisco de A may a
como opositor a Jáuregui. El propio A may a en una carta a Pellicer , fechable entre junio y julio de
1630, declara que escribió una vindicación del mismo tenor de la que posteriormente redactó el
abad de Rute, esto es , el Examen del «Antídot o» : «fui el prim ero que tomó a su car g o la defensa
[de G óngora], después escribió don Francisco de Córdoba otra A pologí a» 148 ; dicha prelación
temporal queda avalada, por cierto, en un pasaje del Examen –que citaré abajo–, donde el abad
demuestra conocer y a la contribución de A maya en el momento de preparar su texto. Y a en la
década de los cuarenta, Salcedo Coronel menciona igualmente el denuedo polemista de A maya en
la primera parte del Segundo tomo de las obr as de don Luis de Góngora c omentadas (1644), al
147 Los escasos datos biog ráficos que conocemos se deben a Nicolás A ntonio (1999, I , 401-402), Rodríguez
Marín (1923a, 326) y Entrambasaguas (1947, I, 325, n. 58). Nació en A nt equera en 1585 y murió en V a lladolid hacia
1640; estudió e n Osuna y Salamanca, con cuy as universidades estuvo muy vi nculado, y a que fue rector en la
ursaonense, donde se doctoró en C ánones en 1612, y profesor en la salamantina desde 1628, tras su paso por el
Coleg io Ma y or de Cuenca. Posteriormente ocupó el carg o de fiscal en la Chancillería de Ganada y el de oidor en la de
V a lladolid. V i d . una recensión completa de las obras, conservadas o no, de A may a en A nes (2009, I V , 61- 62).
148 Ig lesias Feijoo (1983a, 181-182). En este artículo se aportan noticias de sum o interés acerca de A m ay a y su
implicación en la polémica, gracias al hallaz go de varias cartas remitidas por el jurisconsulto a su ami go José Pellicer
Salas y T o va r . En c uanto a esa afirmación de A may a de que fue « el primero » e n defender a Góngora del Antídoto y
comentar la Soledad primera, contamos con otro dato en la misma dirección expresado en la Égloga fúnebr e (1638) de
Martín de A ng ulo y Pulgar: «ge neralm ente de todos es loado, y le han comentado el doctor don Francisco de A may a
(que fue el primero) la primera Soledad» (fol. 20rº).
86
hilo de una de sus apostillas (poco afort unada, como verem os después) al sonet o «Restituye a tu
mudo horror divino»:
PRUDEN TE CÓNSUL, DE LAS SEL V A S DINO, / DE IMPEDIMENTO S BUSCA DESA T A DO
/ TU CLAUSTRO VERD E… A lude don Luis a la doct a defensa que hizo el Doctor don Francisco de
Am ay a contra las objeciones que se opusieron a esta Soledad (617).
Si bien, Salcedo ratifica de una manera mucho más palmaria el contrataque de A maya frente
a Jáuregui en s u comentario al soneto atri buido a Góngora «Es el Orfeo del señor don Juan». A llí
dice:
Don Luis, pues, poco obligado de don Juan [de Jáuregui] o, por mejor decir , ofendido de que
hubiese escrito contra sus Soledades a lgunas objeciones, que él llamó Antí doto , y a que satisfizo con
grande erudición e l Doctor don Francisco de A m ay a, c omo dijimos en el sone to antes de ste […]
(620).
Y aún existe n más testim onios: con anteri oridad a la redacción definitiva de su réplica a
Jáuregui –suponem os–, A may a había hecho algunas anotaciones mar gi nales al Antídoto , que se
conservan en una copia manuscrita del texto contenida en el Ms. 3965 de la BN E y en las que muy
probablemente ensayara o sintentizara los rasgos esenciales de sus refutaciones y su comentario de
la Soledad primera 149 . Pues bien, esa versión del Antídoto con notas de A may a viene acom pañada
de un «Proemio» anónimo –de mano del copista– que confirman de nuevo que el antequerano
escribió «en defensa de don Luis un Ant i-Antídoto ». Hacen lo propio las siguientes palabras, que
cierran la copia del panfl eto de Jáuregui incluida en el Ms. 2006 de la Biblioteca Universitaria de
Salama nca: «la Apología contra este Ant ídoto se trasladará luego que m e la traigan, que el Dotor
Amay a dicen está en A ntequera».
Pero el interrogante es: ¿cómo se materializó esa respuesta a Jáuregui? Poseemos suficientes
indicios como para conjeturar que el proceder de A maya no se diferenciaría mucho del de los
comentaristas manuscritos te mpranos, algunos de los cuales también hicieron frente al Antídot o .
En 1635, A ngulo y Pulgar reseña la militancia gongorina del jurisconsulto en una lista de
partidarios del poeta cordobés, que incluy e al final de la segunda de sus Epístolas satisfactorias
(1635), donde se mencionan taxativamente su comentario del poema y s u respuesta al Antídoto :
En Córdoua, Manue l Ponce, Luy s de Cabrera, don Franc isco de Córdoua, A bad de Rute, y
Licenciado Pedr o Díaz de Riu as, que l e com entó e l Polifemo y Soledades , com o la primera e l señor
don Francisco de A may a, Oy dor de V a lladolid, y todos t res respondieron doctos y eruditos al discurso
de cierto discurso [ sic ] contra ellas (fols. 54rº-54vº).
149 V i d. J ammes (1962). Desgraciadamente las notas de A may a están mezcladas con las de otro autor , Sebastián
de Herr era y R ojas, y resulta imposible di stinguirlas por la letra, y a que el manuscrito es copia de copia, aunque el
gong orista francés maneja una se rie de indicios que, a su parecer , permiten dirimir con un alto grado de certeza qué
mar g inalia se deben a la mano del jurisconsulto antequerano.
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Es m ás que razonable pens ar en un com entario a la Soledad primera al modo de Díaz de
Rivas y el anónimo antequerano; eso es lo que s e desprende, por ej emplo, del siguiente registro de
la lista publicada por R y a n: «1-El doctor D. Francisco de A m ay a escribió en apoy o y com entó la
primera Soledad» 150 . Estas palabras parecen ratificar que A m ay a verificó su contestación al
Antídoto en un discurso de corte teóri co que se posiciona ba a favor de Góngora, ensamblado con
un com entario propiame nte dicho de la Soledad primera. Pero no son éstas las únicas referencias
que nos lo desvelan ni las que lo hacen de form a más evident e. Gracias a una carta dirigida por
Francisco Fernández de Córdoba a Pedro Díaz de Rivas en 1620 a propósito de un rumor editorial
que luego re sultó ser un infundio, sabem os que el abad de Rute conocía las características del
escrito gongorino de A may a, que en la m isiva es definido con los rasgos que acabo de atri buirle:
«A v ísame [Juan de A guilar] de que le habían dicho que el Doctor A m aya, colegial mayor en
Salama nca, había hecho allí imprimir las Soledades de don Luis, con el comentario y defensa que
él les hizo» 151 .
Pocas dudas quedan, por tanto, de que A may a tomó partido en la pugna contra Jáuregui y
que al hilo de esas escaramuzas teorizó sobre la Soledad primera y fue comentarista de ella, a pesar
de que el texto en cuesti ón no ha y a s ubsistido. M ás problemática, en cam bio, ha sido la datación
de su escrit o: una información transmi tida por Salcedo Coronel en su com entario y a c itado al
soneto gongorino «Restitu y e a tu mudo horror divino» contempla a A m aya (el « Prudente cónsul»
evocado en el verso 5, según Salc edo, com o se dijo arriba) «li berado de los im pedim entos de su
profesión» (618) al redactar su respuesta a Jáuregui; apoyado en esta apreciaci ón del escoliasta
sevillano y teniendo en cuenta que el Ms. Chacón fecha el soneto en 1615, Jammes afirma que
Amay a compuso su Antiantídoto ese mismo año, durante s u retiro estival en A ntequera, a donde se
desplazaría desde la cercana Osuna para disfrutar de un descanso de sus ocupaciones
universitarias 152 . Pero la hipótesis de Jammes resulta bastante inverosímil, porque, entre otras
cosas, s on indefendibles las inte rpretaciones de Salcedo que le sirven de base, com o dem ostró
resueltamente López Bueno, para quien identificar al «Prudente cónsul» del segundo cuarteto del
poema con Francisco de A may a y no con la propia Soledad -poema, a la que se dirige la voz
poética en el primer cuarteto, supondría aceptar una incoherencia gramatical, semántica y poética,
150 Ry an (1953, 429). Me he permitido corregir la cita a la vista del original (BNE Ms. 3893, fol. 18rº) y
suprimir l a preposición « de» que Ry an introduce por error o descuido tras el verbo «c ome ntó» , desfigurando
notablemente el sentido del enunciado.
151 V i d . A lonso (1982h, 247-248). A ñádase a todas estas noticias, la de Nicolás A ntonio (1999, I, 402): « cuando
era joven había co mentado el Ibim de Oviedo, así como el p equeño poema de Luis de Góngora , poeta
principal en leng ua vernácula, comentario que el autor tituló: Primera So ledad » .
152 Jammes (1994, 634-641).
88
impropia en un soneto e im pensable en Góngora 153 ; amén de entrar en conflicto con la fecha que
nos parece, por el momento, la más acertada para situar el comienzo de la difusión del Antídoto o
la llegada de las primeras noticias acerca de él al entorno de Góngora: el otoño de 1615.
Pero disponemos de otros datos que permiten fij ar con bastante exactitud la hechura del texto
de A m aya. Por una parte, el abad de Rute utiliza en su Examen del «Antídoto» una de esas
socorridas enumeraciones de defensores de las Soledades , de las que la polémica nos ha dej ado
varias muestras 154 ; y dice:
Los doctos, los hombres de ingenio aprueban las Soledades, luego por su autoridad es Poema
digno de alabança y quedan, por el consi guiente, él y su aut or absueltos de la i nstancia, y a V . m. y su
Antídoto, puesto perpetuo silencio ¿Pero qué doc tos, dirá V . m., quáles ingeniosos? […] En Ossuna, el
Dotor D on Francisco d e A m ay a […]. T o dos est os y o tros m ás por ventura, cu ios no m bres se callan
por i gnorarse, an loado y apr obado por escrito y de pa labra el Poe m a de las Soledades, luego, por su
autoridad, V . m . no tiene razón de culparse.
Así que todavía perm anecía A m aya en O suna, según el abad, cuando ejerció la salvaguarda
de G óngora, por lo que ésta hubo de verificarse antes de su marcha al Col egio M ay or de Cuenca
(noviembre de 1617). Esta referencia t iene muchos visos de ser exacta, pues coincide con otra en
la misma dirección debida a A ngulo y Pulgar , que es incluso más m inucioso que Fernández de
Córdoba y aclara en su centón Égloga fúne br e a don Luis de Góngora de ver sos entr e sacados de
sus obr as (1638): «escribió a favor [de Góngora] el Doctor don Francisco de A may a (siendo
Colegial en Osuna), que hoy es oidor en V a lladolid» (fols. 18vº-19rº); s i damos credibilidad a la
puntualización de A ngulo, cuando A m aya contestó a Jáuregui seguía siendo colegial de la
universidad de O suna, es decir, aún no había sido nombrado rector de dicha institución: ello nos
obligaría a establecer como terminus ad quem de su texto progongorino el 19 de julio de 1616, ya
que a partir de esta fecha A maya c omienza a aparecer com o rector en las actas universitarias
ursaonenses 155 . Creo, desde luego, más lógica y creíble esa ubi cación t emporal que situar e ste
testimonio hasta un año antes, porque nos perm ite pres uponer un mapa polémico distint o, con la
controversia y a lanzada y amplificada, convirtiéndose así en un espacio idóneo y necesario para la
toma de partido de A may a, que estuvo enmarcada en unas coordenadas críticas difíciles de aceptar
a mediados de 1615.
Por otra parte, no podem os dejar de señalar otros perfiles interesantes sobre la personalidad
de Francisco de A m aya, cla ves para entender s u presencia y pape l en la controversia cultista. La
correspondencia entre A may a y Pellicer , descubierta, editada y finament e analizada por Iglesias
Feijoo, nos provee de varias pruebas de que el antequerano fue un humanista de espíritu inquieto,
153 L ópez Bueno (2013b).
154 V i d . Osuna Cabezas (2014a).
155 V i d . Rodríg uez Marín (1923a, 326).
89
para entender la poética de G óngora en sus creaciones may ores 175 , y un trío de comentarios acordes
con los arquetipos del género titulados Anotaciones y defensas al Polifemo , las Soledades y la Oda
a la toma de Larache . T o das estas obras quedaron manuscritas, aunque su im presión –la de los
escolios a los dos poemas mayores, al menos– estaba prevista en la segunda parte de las Obras en
verso del Homer o español , pro y ecto edi torial frustrado por la acción inquisitorial; el propio Juan
de V i cuña , cabecilla de esta m agna empresa gongorina, daba noticia de ese próximo paso por la
imprenta en el prólogo «Al lector» del prim er libro cuando anuncia los contenidos del futuro
segundo tom o: «Y aun se aum entará el volumen con los comentos del Polifemo y Soledades que
hizo el licenciado Díaz de Rivas, lucido ingenio cordobés».
Pero la iniciativa no cuajó y sólo han llegado hasta nosotros varios testimonios manuscritos
de estos documentos, que estudiaré m ás abajo, si bien ninguno aporta información concluy ente
acerca de su cronol ogía. T a n sólo uno de el los, el BNE Ms. 3726, agrupa los Discursos y las
Anotaciones ba jo la fecha de 1624, pero ciertam ente tal datación requiere ser matizada, teniendo
en cuenta que el contexto polémico específico que impulsa la redacción de es tos textos queda muy
lejano en el tiempo de ese hito cronológico. El referido año es interpretado por Romanos y Jammes
como el momento de conclusión de los comentarios, después de un largo proceso de escritura que
habría com enzado poco después de que Díaz de Rivas tuviera c onocimiento del Ant ídoto (ca.
finales de 1615), cuy as críticas son replicadas concienzudamente en estos escolios 176 . No es una
posibili dad inverosímil por la magnitud crítica y erudit a de las Anotaciones , pero hay otros dat os
que considerar para establecer la cronología de estos textos.
El BNE Ms . 3906 remata el texto de los Discursos apologétic os con tres poemas laudatorios:
se trata de un soneto del riojano Francisco López de Zárate 177 , otro soneto de A ntonio de
Paredes 178 , poeta extremeño afincado en Córdoba, y un epigrama en latín del antequerano J uan de
Aguilar . Los poemas de Paredes y A guil ar aparecen también en el Ms. 3726 asociados a los
Discursos , aunque en e sta ocasión anteceden al texto y le sirven de prelimina res; el Ms. 626 de
Oporto, por su parte, utiliza la pieza neolatina de Juan de A guilar como colofón a su versión de los
Discursos. La composición de Paredes lleva exac tamente el mi smo título en los dos ma nuscritos
(«De D. A ntonio de Paredes, a los D iscursos apologéticos de Díaz de Rivas») y , aunque los rótulos
de composiciones poéticas áurea s m anuscritas deben ser puestos mucha s veces en cuarentena, la
coincidencia de títulos entre ambos testimonios, unida a que uno de los poem as acompañantes, el
175 Contamos c on una edición moder na del texto en Ga tes (1960, 31-67); l as citas y re ferencias a páginas van
siempre por ella.
176 Romanos (1990, 414) y Jammes (1994, 650-651).
177 Para más datos sobre la relación de López de Z árate con la polémica gongorina, v id . González de Garay
(1992 y 2002).
178 V i d . Escuder o (2010).
96
de A guilar , también presenta el mismo encabe zamiento en la s tres muestras conservadas, borra
parte de los recelos que tales títulos puedan suscitarnos. H ay quien piensa que el íncipit del poema
de Paredes en s us versiones manuscritas es artificial, puesto que uno de sus vers os («Ilustrador te
admiro en lo que en señas») alude claramente a Díaz de Rivas en su condición de com entarista 179 ;
no creo que deba ser necesariamente así, al igual que tam poco me parece tan evidente que el
epígrafe que puntualiza el significado del poema («Al licenciado Pedro Díaz de Rivas, en la
defensa a las Soledades y Polifemo de D. Luis de Góngora») en las Rimas de Paredes, impreso
póstumo de 1623, con aprobación de Lope fechada en 1622, hay a de referirse indiscutiblemente a
las Anotaciones y no a los Discursos , como se ha llegado a afirmar 180 . De otro lado, parece que las
Anotaciones estuvieron en curso de preparaci ón, como mínimo, hasta 1620, pues de esta fecha es
el libro del padre Juan de Pineda, In Ecc lesiastem Commentariorum liber unus (París, A pud
Michaelem Sonnium, M.DC.XX), citado por Díaz de Rivas en las Anotaciones a la Soledad
primera (BNE, ms. 3906, fol. 212) 181 ; por tanto se antoja bastante improbable que el s oneto, que
hubo de ser escrito antes de 1618 (fecha de la muerte de Paredes, si es fiable la afirmación de
Cárdenas y A ngulo recogida por Ramírez de A rella no 182 ), se dedique a una obra en marcha, s in
terminar , aunque no sea una posibilida d totalmente descartable.
En conclusión: existe n indicios suficientes para no desechar la vi nculación del soneto de
Antonio de Paredes con los Discursos de Díaz de Ri vas, con todas las im plicaciones que ello
conlleva en el terreno de la ordenación cronológica de la polémica. En cualquier caso, tanto si el
poema está dedicado a los Discursos apologétic os com o s i lo está a las Anotaciones y defensas , la
fecha del fallecimiento de su autor (1618) nos proveería de un valioso terminus ad quem para una
u otra vertiente de la labor progongorina del anticuario cordobé s. Ese lí mite cronológi co, que m e
parece mucho más adecuado para los Discursos que para las Anotaciones , casaría completamente,
por otra parte, con la opinión de Jammes, para quien Díaz de Rivas debió de concluir sus
Discursos apologéticos antes de conocer las Rimas de Jáuregui (1618) 183 , y además aproximaría la
ejecución de aquellos al meollo polé mico del que, a mi juicio, son deudores: los pronunciamientos
críticos, interconectados y sesudos, de los círculos gongorinos andaluces durante el primer sexenio
179 V i d . Roses (1994, 45).
180 V i d . Jammes (1994, 656, n. 70). Un dato complementario: aunque en las Anotaciones al Polifemo hay cuatro
o cinco respuestas encubiertas y muy superficiales al Ant ídoto , éste no es citado e xplícitamente en ninguna ocasión,
por lo que no quedaría tan clara esa condición de « defensa del Polifemo » a que estaría aludiendo el t ítulo del poema en
el i mpreso; sin embarg o en los Discursos apologéticos el Pol ifemo sí queda defendido, al menos nominalmente, al
mismo nivel que las Soledades , como aclara el encabezamiento de la obra: « … por el estilo del “Polifemo” y
“Soledades” » .
181 V i d . Romanos (1990, 414; y 2014).
182 Ramírez de A rellano (1922, 141).
183 V i d . el razonamiento en que se apoy a esta suposición en Jammes (1994, 655).
97
larg o de la controversia, período durante el que m uestran una combatividad que fue avivada,
aunque no determinada unilateralmente, por el Antídoto de Jáuregui 184 .
Y es que la aparici ón del opúsculo de Jáuregui vuelve a ser en el caso de Díaz de Rivas un
factor decisivo para comprender la aparición de testimonios de la polém ica, pues en la dinámica
impuesta a sus aportaciones al debate, tanto en la dimensión estri ctamente polem ista com o en el
ámbito de las ideas estéticas, tercian los ataques de l pintor sevi llano. Dicha relación de causa-
efecto está clara en las Anotaciones y defensas al Polifemo y las Soledades , que se estructuran en
forma de comentarios canónicos, pero sin estar desprovistos de reflexiones teóricas, que casi
siempre pretenden refutar opiniones muy concretas del Antídot o , al que se alude frecuentemente y
varios de cuyos pasa jes se reproducen de forma literal. En cambio, tal causalidad no se presenta
tan notoria en los Discursos apologéticos , de hecho la crítica gongorina siempre ha discutido sobre
cuál fue el objetivo de D íaz de Rivas al componerlos: ¿reaccionan ante el Antídoto (1615) o ante el
Discurso poético (1624) de Jáuregui? Para mí no hay duda de que los Discursos apologét icos son
anteriores al Discurso poético , donde Jáuregui parece tener presentes algunas opiniones vertidas en
la obra de Díaz de Rivas para volverlas del revés, como y a en s u dí a advirtió perspicazmente
Gates 185 . Romanos y Roses no participan por diferentes motivos de la opinión de Gates y prefieren
apostar por una aparición tardía, en relación con el Discurso poético 186 . El último fallo en este
añejo debate lo debemos a Jammes, quien en el catálogo de testi monios de la polémica gongorina
que corona su imprescindible edi ción de las Soledades , ensarta un abanico de argume ntos (de
validez dispareja, creo) que vuelven a otorgarle la prioridad cronológica a los Discursos
apologéticos sobre el Discurso poético 187 .
Ahora bien, aun dando por válida esa prelación temporal, creo que el enfoque de esta
problemática cuestión debe ser otro, pues resulta más que discutible que la principal motivación de
184 No se me escapa que ta mbién las Anotaciones y defensas debieron de idearse y comenzarse en unas
coordenadas teóricas y polémicas prácticamente idénticas a las de los Discursos apologéticos , aunque l a finalización
de aquellas necesitara más re corrido por sus características y extensión; nót ese, en este sentido, que el comentar ismo
de las Soledades por vía manuscrita fue un fenómeno de temprana apa rición y que la labor escoliástica de Díaz de
Rivas se inscribe en una pequeña tradición de comentarios manuscritos progongorinos (Ponce-[Almansa]-Amay a- Díaz
de R ivas-¿Cabrera?) que se convirtieron en seña de identidad de la controversia durante el puñado de años
subsig uientes a la difusión de los poemas m ay ores y a l a aparición del Antídoto . J ammes (1994, 651-652, n. 63)
plantea incluso la hipótesis de que Díaz de Rivas redactó alg unos escolios de las Anotaciones antes de comenzar o
terminar los Discursos .
185 Gates (1960, 23-27). Por mi parte, agregué a la lista ofrecida por la gong orista americana una pareja más de
ejemplos, uno de cuy o s enunciados confirmaba a las claras lo que sólo se barruntaba en otros pasajes: esto es, que
algunos r azonamientos de Jáuregui quisieron contradecir específicamente a un crítico anterior (Díaz de Rivas, muy
probablemente en el caso señalado por mí, porque el a rg umento concreto desmentido había aparecido idéntico pero
usado a la inversa en los Discursos apologéticos ); hice esta aportación en una breve nota que hoy me parece ampliable
y m anifiestamente mejorable, aunque ello no me hag a modificar en lo esencial l a opinión que defendí e ntonces: vid .
Daza (2008b).
186 Romanos (1983, 440) y Roses (1994, 44-46).
187 Jammes (1994, 653-656).
98
los Discursos apologét icos fuera contestar al Antídoto : J áuregui, por supuesto, está en el horizonte
de Díaz de Rivas, quien, por ejemplo, le lanza subrepticiamente un pulla al poner como ej emplo de
prosaísmo un soneto suy o (aunque s in nombrar el autor), pero el sonado libelo antigongorino no es
citado de manera expresa por el comentarista cordobés en ningún momento ni la cadencia de Díaz
de Rivas es la de una c onfutatio 188 . La pretensión de los Discursos apologéticos es defender los
poemas may ores de G óngora en términos generales y sin que las valoraciones c ríticas queden
indisolublemente ligadas a la litera lidad del texto presuntamente refutado, de ahí que la
especulación teórica in totum le gane con claridad la partida al enfrentamiento directo y palmario,
al contrario de lo que ocurre en los textos que no esconden su intención de responder al Antídoto ,
en los que el tono defensivo es más ardoroso y el cuerpo a cuerpo con aquel, continuo y
descarnado.
Es evidente que los Discursos apologéticos poco tienen que ver con todo eso y , por tanto, no
pueden ser c onsiderados una respuesta a J áuregui del m ismo j aez que otros testimonios; o, al
menos, no es posible hacerlo si l os seguimos contemplando del mismo modo que se ha hecho
tradicionalm ente, es decir , crey éndolos un texto independiente. Y me refiero a esta opción sólo
como posibilidad porque no m e parece descabellado pensar que los Discursos apologéticos y la s
Anotaciones y defens as , en vez de ser dos obras distintas, constituy an en realidad dos partes bien
diferenciadas pero absolutamente complem entarias de una sola empresa crítica. V a rios indicios
mate riales/ecdóticos, además de otras cuestiones intrínsecas a la lógica de la polémica y a algunas
de sus invariantes, habilitan esta conjetura y permiten defenderla, como trataré de explicar a
continuación.
Conservamos cuatro testimonios manuscritos de los Discursos apologéticos , aunque no todos
traen copias completas:
1. Biblioteca Nacional de España (BNE), Ms. 3726. Cartapacio de presentación muy
cuidada y pulida caligrafía, está catalogado fundadamente como «como copia de época,
muy autorizada» 189 . A glutina junto a los Discursos de Díaz de Rivas, los poemas
may o res de Góngora y una importante serie de documentos críticos de la polémica como
el Antídoto de Jáuregui o la Apología y el Examen del abad de Rute, entre otros.
188 Es evidente que el texto presenta un claro objetivo de réplica –no en vano, se articula mediante epígrafes que
son « respuestas» a distintas « obj eçiones» – y que, como indica Jammes (1994, 655), los once puntos enumerados por el
autor al principio de la obra parecen resumir la doctrina general del Ant ídoto , pero no es m enos cierto que todas esas
censuras que Díaz de Rivas refuta habían aparecido ya de manera más atenuada o apresurada en los primeros textos de
la polémica y serían motivo de debate oral en los corrillos literarios desde muy pronto; Jáuregui es uno más –altamente
comprometedor , pero uno más– entre los enemig os a los que hace frente Díaz de Rivas.
189 Cf . Jauralde (1998, I , 604-607).
99
2. BNE, M s. 3906. V o lumen facticio reunido con materiales de diversas
procedencias por algún/os aficionado/s a Góngora, que parece/n estar bien informado/s.
Además de los Discursos , se incluyen documentos muy valiosos de la polémica como la
Carta autógrafa de Pedro de V a lencia, los únicos testi monios conocidos de los textos
críticos de A ndrés Cuesta sobre el Polifemo y contra las Lecciones de Pellicer , o la única
versión con servada de los D iálogos en que se contienen varias m aterias y se explican
algunas obras de D . Luis de Góngora , uno de los cuales aborda la justificación de la
oscuridad de las Soledades 190 .
3. Biblioteca Pública de Oporto, Ms. 626. V o lumen misceláneo cuyo primer conjunto de
document os constituy e un llamémosle «bloque gongorino», compuesto por la fábula
mit ológica O Ciclope namorado de A lão de Morales (imitación del Polifemo , 1650), el
Antídoto , los Discursos apologéticos , un parecer anónimo y dos cartas de la controversia
tempra na, y treintaidós poemas de Góngora (algunos atribuidos). Se cierra el manuscrito
con una colección de materiales poéticos diversos copiadas por una mano distinta 191 .
4. Biblioteca de la Real A cademia Española (Madrid), Ms. RM CAJA 31/3-Legado
Rodríguez Moñino y María Brey . Folleto independiente con una copia selectiva y tardía
(finales del XV II, al parecer) de los Discursos de Díaz de Rivas, que aparecen mutilados
textualmente en varias partes.
De otro lado, las Anotaciones y def ensas al Polifemo , las Soledades y la Oda a la toma de
Larache nos han llegado total o parcialmente en seis manuscritos:
1. BNE, Ms. 3726. V i d . supra . Contiene los comentarios al Polifemo , la Soledad prim era y
la Oda a la toma de Larache .
2. BNE, Ms. 3893. T a l vez perteneciera es te manuscrito a Vázquez Siruela, cuyo Di scurso
sobr e el estilo de Góngora inicia el volumen y se acompaña de comentarios
fragmentarios del mismo autor al Polifemo y las Soledades , además de otros varios
papeles. A unque no se indica su autoría, las Anotaciones al Polifemo de Díaz de Rivas
ocupan los fols. 25vº-49rº, intercaladas entre los escolios del canónigo granadino 192 .
3. BNE, M s. 3906. V i d . supra . T r ae los comentarios al Polifemo , a la Soledad primera y la
única versión conocida de los escolios a la Soledad segunda.
4. BNE, Ms. 5566. Se trata de un volume n muy extenso y heterogéneo, en el que
preponderan los textos poéticos. Entre las páginas 199 y 601 se reúne un conj unto
textual de índole gongorina, que parece tener como referenc ia clara mente el Ms. 3726,
190 Cf . Jauralde (1998, II , 1058-1065).
191 V i d . Carre ira (1998a, 240-241) y Daza (201 1 , 275-276).
192 Cf . Jauralde (1998, II , 1000-1006).
100
del que puede considerarse codex descriptus en lo tocante a este bloque específico de
document os; con respecto a las Anotaciones , sin embargo, sólo s e copian las de la
canción de Larache 193 .
5. Biblioteca Universitaria de Salamanca, Ms. 2006. Recopilac ión de papeles de varias
temáticas, aunque predominan los relacionados con la polémica gongorina. Son
copiados, entre otros, el Antídoto , el Examen del «Antídoto» , las Anotaciones al
Polifemo y a la Soledad primera 194 .
6. Biblioteca T o más Navarro T o más (C SIC), A rchivo Francisco Rodríguez Marín, caja 78,
document o nº 20. Es una copia de escasa im portancia, y a que s ólo reproduce las
primera s notas de las Anotaciones y defensas a la Soledad primera.
La tradición textual disponible de los Discursos y las Anotaciones no aporta, en mi opinión,
datos sólidos ni conclu y entes para admitir que estamos ante dos obras independientes. Es más,
creo que, bien exami nada y evaluada, vendría a confirmar todo lo contrario, pues to que en los dos
manuscrit os que parecen ser los más fiables por com pletos, coherentes y cohesionados las dos
obras aparecen ma nifiestamente enlazadas y con algunas connotaciones dignas de ser tenidas en
cuenta, según veremos ahora. El Ms. 3906 ofrece una dispositio sumamente i nteresante de los
textos que nos ocupan: los D iscursos apologéticos abren la secuencia textual, que continúa con la
Fábula de Polifemo y Galatea , las Anotaciones y defensas a la misma, las Soledades y , finalmente,
las respectivas Anotaciones y defensas a cada una de las partes de la silva. Esta dispos ición logra
establecer entre los textos un diálogo fluido y oportuno, y posee, además, una gran congruencia
crítica, pues los Discursos , más es peculativos y generalistas, hacen l as veces de introducción que
sienta las bases teóri cas para enmarcar los poemas y facilitar su com prensión, as í com o para
complem entar a los comentarios, por cuanto am plifican razona mientos que después sólo están
esbozados en algunos escolios, los cuales, consecuentemente, quedan liberados de la obligación de
teorizar por extenso, algo que no sería pertinente en ellos 195 .
El resultado es un conjunto de gran arm onía y trabazón, aderezado asimismo con los tres
poemas encomiásticos citados arriba, que rematan el texto de los Discursos apologétic os y elogian
la labor de Díaz de Rivas; recuérdese que dos de estas tres com posiciones (Paredes y A guilar)
aparecen igualmente en el Ms. 3726, donde actúan como preámbulo de los Discursos , mientras que
el epigrama del poeta antequerano figura como colofón de los Discursos en el ms. portugués. Pues
193 Cf . Jauralde (1998, I V , 2144-2156).
194 Cf . Castillo y Lilao (2002, II , 340-341).
195 El propio Díaz de Rivas demuestra tener conciencia de la idoneidad de im poner dicha limitación a sus
comentarios cuando, después de una breve reflexión teórica para justificar un uso gongorino malmirado por Jáuregui,
dice en la nota 198 a la Soledad pr imera lo siguiente: «la brevedad que piden las anotaciones no m e deja exornar más
este punto, bien que muy necesario para entender la elegancia de nuestro poeta » (BNE, Ms. 3906, fol. 237vº).
101
bien, estas tres composiciones poéticas están contabilizadas en la famosa lista de «A utores ilustres
y célebres que han comentado, apoyado, loado y citado las poesías de D. Luis de Góngora» de la
siguiente manera: «61-Franci sco López de Zárate, en un soneto que anda con las notas de Pedro
Díaz. 62-Don A ntonio de Paredes, en otro soneto que anda con la s m ismas notas y no sé si está
impreso en sus Rimas . 63-el maestro Juan de A guilar , en un epigrama latino que anda al principio
de las notas de Pedro Díaz» 196 . A unque en estos asientos los poemas están puestos en relación con
las «notas» (i. e. las Anotaciones ) de Díaz de Rivas, realmente en los manuscritos que los recogen
se vinculan con los Discursos apologéticos y no con las Anotaciones , de manera que, a la espera de
que puedan aparecer nuevos testimonios que lo desdigan, habrá que conceder que el anóni mo
componedor de la nómina filogongorina utiliza la denominación «notas» porque es consciente de
que los Discursos forman parte de las Anotac iones . Es decir , no los considera dos textos distintos,
sino como apartados diferentes de un mismo texto o programa crítico, en el que poseen gran peso
específico los comentarios por su extensión, su prestigio como género erudito y su carisma
canonizador , de ahí que muestre preferencia por el apelativo «notas» para designar la totalidad del
conjunto.
Por otro lado, en el Ms. 3726 de la BNE los Discursos apologéticos e stán presentados
formando un todo con las Anotaciones , como parece indicar la portada-título que antecede y
fusiona a los dos textos, donde figura un con sumatorio bastante sintomático: Discursos
apologéticos por el estilo del «Polifemo» y «Soledades», obras poéticas del Homer o de España,
D. Luis de G óngora y Ar g ote. Por Pedr o D íaz de Rivas, natural de Córd oba. Con anotaciones y
defensas al «Pol ifemo» y «Soledades» y a la «Canción de Alarache», por el mismo Pedr o Díaz .
Inmediatamente antes se disponen la Fábula de Polifemo y Galatea , la Soledad primera y la
Soledad segunda, que quedan así interconec tados en lo material y en lo estructural con los textos
críticos que a continuación los ilustrarán 197 .
El hecho de que los Discursos y las Anotaciones se configuren de manera claramente unitaria
en dos colecciones de materiales de enorme relevancia dentro del corpus textual de la polémica (y
que además, quizás, quién sabe, uno de ellos estuviera preparado y ordenado para ser sometido a la
196 V i d . Ry an (1953, 432). Debe añadirse, para hacerse car g o de la verdadera fiabilidad de estos apuntes, que esta
nómina fue posi blemente manejada y completada por Martín Vázquez Siruela, ilustre defensor de Góngora que estuvo
al tanto de la polémica y participó en ella con un texto sobresaliente: el Discuso sobr e el estilo de Luis de Góngora .
197 Según se viene aceptando comúnmente, el Ms. 3726 i ba a constitutir la malograda segunda parte de las
Obras en verso del Homero español proyectada por V ic uña. Gates (1960, 28-30) fue la primera en aventurar esta
hipótesis, que ha sido puesta en cuestión con gran rigor por Rico (2014a), según dijimos en otro apartado del presente
estudio. En cualquier caso, aunque rechacemos la opción de que este ms. dependa de alguna manera de las
pretensiones editoriale s de V i cuña, su prese ntación y conformac ión, si no indicaran que se trara de un vo lumen
destinado a la imprenta, como ya hizo notar en su día Thomas (1909, 132, n. 4), sí permiten afir mar , cuanto menos,
que estamos ante un códice-libro de « auténtico homenaje a Góngora» [ Mariana (1987, 207)], muy cuidado y
autorizado.
102
perpetuidad de lo impreso) nos parece muy revelado r , m áxime si tenemos presente que am bas
agrupaciones de los textos son homólogas a las estrategias hermenéuticas y polémicas desplegadas
en otros testimonios que se m ueven en la misma órbita que éstos de Díaz de Rivas. Y es que la
combinación de una disertación a modo de alegato teórico-defensivo unida a un comentario
propiame nte dicho a alguno de los poemas may ores, aunque no exento de concisas disquisiciones
teóricas y andanadas polemizantes, fue, como se dijo, un patrón repetido con ligeras variaciones en
todos los com entarios manuscritos a las Soledades salidos de los círculos gongorinos andaluces
entre 1613 y 1620, aproximadamente: así trabajaron gr o sso modo Ponce, A lm ansa, A maya,
¿Cabrera? y tal vez también D íaz de Rivas. Las equivalencias entre todos estos testimonios,
gestados en un contexto crítico y polémico muy s imil ar al que propició los Discursos apologéticos
y las Anotaciones y defensas , refuerzan la posibilidad de que el erudito cordobés ideara de manera
indivisa sus textos, que, si s e consideran uni dos, forman un conjunto de gran s emejanza con los
testimonios referidos, analizados en éste y otros apartados del pres ente estudio.
b. Contenido.
Al precisar cuáles eran los destinatarios de sus Discursos apologéticos , D íaz de Rivas plantea
entre líneas que no tiene como propósito personalizar su respuesta a las críticas contra los poemas
may o res gongorinos, sino darle un alcance más general, contestando a todos los que s e han opuesto
al cultismo por ignorancia o por considerarse los auténticos continuadores de una supuesta
tradición castellana purista cifrada en el es tilo «llano»:
Unos por no estar versados en la leçión de los Poetas antiguos ni entender sus frassis t an llenas de
tropos y tan rem otas de el lenguaje vulga r, otros por ser muy affec tos a un esty lo llano, c ándido y
fácil, preçiándose de verdaderos y m ita dores de Garci Lasso, condena n a ojos cerrados la obra d e el
Polyphemo y Soledades (35).
Y , en efecto, el tenor del texto de principio a fin demuestra que tal declaración de intenciones
no era simplemente un subterfugio a la defensiva: los Discursos apologéticos no no s interesan
tanto porque palpite en su fondo un hipotético duelo con Jáuregui, sino como tratado teórico y
doctrinal inteligente, sosegado y bien argum entado, que persigue con una vocación más
generalizadora la descripc ión y legitimación de los caracteres y fundam entos de lo que Díaz de
Rivas denomina «est y lo nuebo». En el arranque del texto ca mpea precisamente el reconocimiento
loador de la novedad del Polifemo y las Soledades , aunque con una s util ambigüedad que dil uy e
103
algo la vindicación de las innovaciones gongorinas y la ponderación de su vis sublime que quieren
asomar en este enunciado:
Suele la novedad causar nuebos par eceres y contradiçiones. El e stilo del s eñor Don Luis de
Góngora en estas últi mas obra s (a unque es conforme al exenplo de los Poetas antiguos y sus reglas)
ha pareçido nuebo en nuestra hedad, no usada a la magnificençia y hero y ç idad que pide la poesía
(35).
T r as esta aclaración de partida, Díaz de Rivas traza el plan de la obra y enumera las once
«objeçiones» que se propone refutar en otras tantas «respuestas»: «las muchas voces peregrinas
que introduce», «los tropos frequentíssi mos», «las muc has transpossiçiones», «la obscuridad de
esty lo que resulta de todo ello» (sólo estas cuatro primeras críticas al uden a rasgos peculiares del
cultismo gongorino, según Díaz de Rivas, y en su tratamiento invierte más de tres cuartos de la
obra completa), «la dureça de algunas metáforas», «la desigualdad de el es ty lo en algunas partes»,
«el uso de palabras hum ildes entretexidas con las s ublimes», «l a repetiçión frequente de unas
mismas voces y frassis», «algunas hy pérboles y exageraciones grandes», «la longitud de algunos
períodos» y «la redundançi a o copia demasiada en el deçir» (35-36) . Planteado este guión crítico,
Díaz de Rivas despliega una suerte de preámbulo a las réplicas propiamente dichas en e l que
pretende «çanjar algunos principios» o cuestiones previas que delimiten el marco teórico necesario
para comprender de manera cabal sus postulados.
Se trata de unas páginas con un gran interés, por cuanto reflejan las bases de una concepción
estética que se as ienta en la defensa de la «alteça de el lenguaje» como rasgo específico del rango
superior que ostenta el poeta, condición que comparte con el deleite, que es para D íaz de Rivas el
fin no únic o pe ro sí distintivo de la poesía 198 . A ñade además el comentarista gongori no que el
deleite se origina tanto por la re s (contenido) co mo por las verba (expresión), de modo que –habría
que colegir– la magnificencia del es tilo gongorino está justificada porque coadyuva al goce
estético:
Algunos modernos di cen que, aunque pretenda del eitar la Poesía, su principa l fin es enseñar; a
quien no a ssiento, porque el fin de un arte, por qui en se distingue de las otras, no ha de ser común a
ellas: y la Rhet órica enseña, la Historia y la Philosophí a. Y si la enseñança es como género a muchas
artes, el fin espeçial de la Poesía será en señar deleitando y el de l a Rhetórica enseñar persuadiendo
[...]. Este deleite nace, y a de las cos as portentosas, admirables y esc ondidas, y a de las voces y frassis
198 No es la única ocasión en que Díaz de Rivas prioriza o encarece el deleite en l os Discursos apologéticos , vid .
otros casos en Gates (1960, 43, 46 o 57). En conexión con una conciencia estética que va ganando terreno en el ámbito
de la creación y de la teoría literarias durante el siglo XVII , la prevalencia del de lectar e sobre el docere como finalidad
de la poesía fue una premisa de la que partieron muchos defensores de Góngor a para justificar sus singular idades
estéticas. T o dos c ontaban con un antecedente tan importa nte como el mismísimo don L uis, quien en la célebre
Respuesta que se le atribu y e enaltece la oscuridad de las Soledades porque suponen un camino hacia el deleite, en la
medida en que descifrar « lo misterioso que encubren» conlleva un goce intelectual; en la misma senda de pensamiento
se inscr ibieron, además de Díaz de Rivas, autores como Ponce, el abad de Rute, el anónimo antequerano, A ngulo y
Pulga r o V ázquez Siruela. V i d . Roses (1994, 141-151).
104
sublimes y peregrinas. De a quí afirmó Pontano en el d iálogo Accio , que e l fin del poe ta es apposite
dicer e ad admiratione . Y A ntonio Minturno, l ib. 1 D e Poetica , afirma que no es Poeta el que no
adm ira […]. Y un moderno de gr ande ingenio [Carrillo y Sotom ay or] afirma que sólo se distingue de
los dem ás de la alteça de el lenguaje (36-37).
Bajo todas estas consideraciones subyace, como se ve, un concepto capital para comprender
las más resueltas defensas de Góngora durante la polémica: la creencia en la «nobleça y
sublimidad» de lo poético, esto es, el reconocimiento de la excepcionalidad y singularidad de la
poesía respecto a otras artes y por encima de ellas. Es una idea que inform a vigorosamente es tos
compases preliminares, en los que Díaz de Rivas utiliza para razonarla dos arg umentos recurrentes
entre los apologistas gongorinos, como son el furor y la separación entre la poesía y la oratoria. La
quiebra de la armonía en la dicotomía ars/ingenium y la noción de vena poética, que conoció en la
época una formulación t eórica de ta nta influencia como la del Cisne de Apolo de Luis A lfonso de
Carballo, tuvieron un gran calado en el debate s obre la nueva poesía 199 , pues las innovaciones
cultistas y la oscuridad docta se sancionaron frecuentemente presentá ndolas como resultado casi
inconsciente del poeta inspirado, que se mueve más en el terreno del ingenio que en el del arte. En
Díaz de Rivas estos asuntos aparecen vagamente ligados al elitismo literario, ya que echa mano de
enseñanzas platónicas del Fedr o o el Ion y establece una conexión entre los «inpul sos divinos» o
«inspiraçión superior» que guían el proceso creativo de los verdaderos poetas y el estilo «rem oto
de el dezir vulgar», que es propio de aquellos:
[Sólo se concede] escribir poéticamente a ingenios m uy grandes y por lo rem oto de el dezir
vulgar , com o par tíçipes de inpulsos divinos y de inspiración super ior , como notó doctam ente Pl atón
[...]. A ssí a l os Poetas, por la alteça y divinidad de e spíritu, los llamaron V a tes, l a qual voz significa lo
que el Griego llam a Pr ophetas y nosotros A divinos (37) 200 .
Díaz de Rivas hace desembocar directamente esta vindicación de la alta dignidad del
verdadero oficio poético en una reflexión muy perspicaz sobre la inconveniencia de som eter a la
poesía a las mismas normas que a la retórica, que, como artes divergent es, no pueden ser
enjuiciadas de la misma m anera. Sólo los más destacados defensores de las Soledades supieron
aprovechar convenientemente la renta bilidad de esta te sis, que deslindaba s in ambages el estatus
creativo del orador y del poeta 201 :
199 Como mostraré más adelante, la relación entre las creaciones ma y ores gongorinas y el furor poético volverá a
ser seña lada más pausada y enérg icamente en documentos pos teriores de l a controver sia, a sa ber , la Apología de
Martínez de Portichuelo o el Discurso de Vázquez Siruela. V i d. García Berrio (1980, II, 374- 405), Egido (1987, 83-87)
y Roses (1994, 11 1-121; 2007a y 2007b).
200 Se impone recalcar aquí la enorme analo gía existente entre estas palabras de Díaz de Rivas y algunos pasajes
francamente semejantes que pode mos leer en el Pare cer del aba d de R ute, la Respuesta de Góngora , l a Apología de
Portichuelo ( aquí no t an li terales, per o con el mismo senti do), las Epístolas satisfatorias de A ngulo o el Discurso de
Vázquez Siruela con la singularidad de su nervio metapoético.
201 V i d . A zaustre (2013). T a mbién fue arg umento usual entre los amigos de Góngora: aparece t al cual en Ponce,
el anónimo antequerano, Colmenares o V ázquez Siruela.
105
excellenter . At tametsi oratoris quoque est aliquando et magnifice et excellenter , t amen id non ubique,
neque se mper cum poetae hoc ips um ubique suum sit ac peculiare , etiam cum i n minu tissimis atque
humilibus versatur r e bus , siquidem necesse est et minutissimis et humilibus describendis re bus
appar e at etiam eius excel lentia (38-39) 216 .
Otra de las autoridades en los márg enes del canon que concurre en los Discursos
apologéticos es F racastoro con su Naugerius sive Poetic a dialogus (ca. 1540 / V e necia, 1555) 217 ,
obra que también se menciona con obj eto de marca r las distancias entre oratoria y poesía y que en
la nota 198 de las Anotaciones y defensas a la Soledad primera es argüida por Díaz de Rivas para
apuntalar juicios inscritos en una línea semejante a los pontanianos:
198. Or o trillado y néctar exprimido . Reprehende el Ant ídoto en nuestro poeta que siempre habl a
con exageraciones y así a cualquier t rigo lla m a oro y a cualquier vino, néctar y a la más hum ilde
serrana la finge h ermosa. Pero esta reprehensión nace de i gnorar un principio en l a poesía y es que,
como el poeta pretende deleitar, siempre procura adornar sus hi storias con objetos agradables, voces
sonoras y suaves y siempre pinta las cosas con la may or hermosura y gracia que puedan tener dentro
de su especie. Y quien más se adelante e n esto más ajustado anda a los princ ipios de su arte: en lo
cual es se m ejante nuestro poeta al excelente pintor , que procura darle m ay or belleza a lo que pin ta
que com únmente le da la naturaleza. De aquí nace el atribuirle los autores al ingenio poético una
participación de espíritu divino y de la her m osura y belleza del universo , y la opi nión de algunos,
como Fracastorio por todo el diálogo De poética , que d ijeron ser el fin de l os poetas representar la
belleza de l as cosas y a sí en sus pinturas parece descubren lo más bello, a fectuoso y excelent e en su
género. De aquí nacen las pinturas de los ríos, selvas, tempestades, et c. que vemos en los poetas, y de
aquí tam bién el desc ribir nues tro poeta con tanta ga la las cos as que trata, llam ando al v ino néctar y
fingiendo que cualquiera serrana es herm osa y bella, pues lo mism o hicieron los que com pusieron
églogas pastoriles. La brevedad que piden las anotaciones no me dej a exornar más este punto, bi en
que m uy necesario para en tender la elegancia de nuestro poeta (BNE, Ms. 3906, fols. 237rº-237vº).
Las teorías poéticas de Pontano, que tienen un marcado protagonismo en los Di scursos
apologéticos , y de Fracastoro presentan una gran afinidad con ciertos trazos del entramado teórico
menos ortodoxo manejado por Díaz de Rivas y algunos otros para defender a Góngora, que
216 Corrijo y traduzco la cita latina basándome en B lanco (2012a, 87-88). T r adu cción: para el or ador es
suficiente decir bien y a propósito, para el poeta es necesario decir también de modo excelente. E incluso, si t ambién
es cosa del orador de vez en cuando hablar en modo mag nífico y excelente, sin embargo esto no en t odas partes ni
siempre, mientras que al poeta esto mismo le pertenece como lo propio y lo peculiar su y o, incluso cuando se trata de
cosas m enudísimas y humil des, de modo que es necesario que t ambién al describir las cosas menudísimas y humildes
aparezca su excelencia.
217 V i d . Muñoz Martín (2004); este trabajo constitu y e un detallado y bi en documentado repaso a las l íneas
maestras de la teoría poética del humanis ta y médico ver onés Girolamo Fraca storo, que en síntesis dice: el poeta no
atiende a la mera apariencia de las cosas, sino a su belleza verdadera, a su ser ideal, la idea pura, que, así concebida, ha
de ser materializada con la ayuda inexcusable del lenguaje, puesto que la m ás bella idea requiere las m ay ores bellezas
de ex presión y sólo los poetas posee esa facultad de hablar absolutamente bien. T o do esto está enlazado directamente
con la que quiz ás sea la contribuc ión más atra ctiva de Fracastoro (e n sí misma y en su cotejo con el Góngora de l as
Soledades ), que vemos cifrada en la expresión simpliciter bene dicendi – simpliciter `gra tuidad de la expresión poética,
no subordinada a ningún fin´, según la traducción que propone Muñoz Marín (2004)–, por medio de la cual articula su
defensa de la supremacía del modus dicendi como lo propiamente poético: toda esta trasposición de la querencia
contenidista de la poesía conduce a l a erección de la e locutio como un puntal crucial del quehacer poético y como todo
un proceso muy alambicado, para cuy a delimitación Fracastoro supera la doctrina elocutiva ciceroniana y , al parecer ,
vuelve los ojos hacia la obra de Hermógenes.
1 1 2
entiendo que debe s er visto –al menos, en parte– como un reflej o de la poética de las Soledades , de
manera que el crítico cordobés bien pudo hallar en estos maestros italianos no sólo un eficiente
contrapunto de corte erudito a las crít icas que pretende neutralizar en situaciones puntuale s, sino
también un esti mable sostén, más global, para la mentalidad estética que él y su círculo
sancionaban como lícita. A unque la poética de Góngora en sus creaciones may ores naturalm ente
no precisó de manera imperiosa ninguna cobertura teórica a prior i (dejando a salvo que en algún
caso hubiera teorías que le sirvieran de sustrato o resorte), la aparición de autoridades
paracanónicas en los textos progongorinos sí podría responder a la vol untad, a veces ocasional en
su materialización, pero firme y elocuente en su motivación, de amparar las Soledades al abrigo de
poéticas afines, aunque remotas o poco encajadas en las convenciones reinantes, voluntad que, a su
vez, bebe de la certidumbre de estar patrocinando una concepción creativa intrépida, para cuy a
defensa teórica y erudita las autoridades acostumbradas se verían inservibles o insuficientes 218 .
El último argum ento a favor de la oscuridad digno de ser comentado es el estrecho correlato
establecido por D íaz de Rivas entre ésta y el elitismo poético, aspiración lícita y aun insoslay able
para el auténtico poeta, según el autor . A quí media sintomáticam ente la autoridad de Carrillo y
Sotomay o r , cuy o Libr o de la erudición poética es citado en varias ocasiones por Díaz de Rivas, lo
cual vendría a indicar que la obra sería muy apreci ada en el ámbito cordobés y que quizás fuera
vista com o una especie de avanzadilla para el cultismo gongorino 219 :
Dirá alguno: y o c onfiesso que nuestro Poeta alcançó con este modo de deçir un est y lo lebantado,
pero pudiera moderarse, no baxándose a dezir vulgarmente y j untam ente dándose a entender a todos;
el qual modo de dezir tuvieron muchos Poetas griegos, latinos y toscanos. A esto respondo que el
Poeta no tiene la obligación de regular la alteça de su ingenio con el juizio del vulgo, antes todos
huy eron de agradarle. De lo qual hizo un tractado Don Luis Carrillo (illustre ingenio cordobés), a
quien intit uló: Erudición poética . […] Luego, si nuestro Poeta no tiene obligación de contentar a
m uchos, bien podrá sól o conponer para los doctos con est y lo sumam ente sublim e, en el qual éstos
travaxen con mucho gusto. Porque según dice A ristóteles, libro 2 De c oelo , may o r deleite es t ener
pequeña noticia de cosas s uprem as que tenerla muy grande de materias inferiores […]. A ssí un varón
doctísimo de nuestra naçión [el padre Juan d e Mar iana] dixo que travajava con mucho gusto en
entender las Soledades , porque gustava de sacar oro y perlas aun a costa de m ucha fatiga (56-57).
El oro y las perlas del último enunciado nos remiten irremediablemente a las piedras
preciosas (poesía oscura) indignas de los cerdos (lectores no avezados) que leemos en la Respuest a
de Góngora, quien en dos enunciados conti guos de di cha carta hac e referencia, en térmi nos muy
parecidos a los de Díaz de Rivas, al elitismo de su poesía may o r y al disfrute cosechado a fuerza de
218 V i d . Blanc o (2012a, 71-105), Behar (2014b) y Daza (2014a).
219 L a im portancia de esta obra en la génesis del cultismo fue siempre ponderada por la crítica, que ha querido
ver en la poética aristocratizante del cuatralbo cordobés cierto carácter precursor de la poética gongorina. V i d . García
Soriano (1926), V i lanova (1968), Battaglia (1954), Costa (1983 y 1987), Navarro Dur án (1990 y 2005), Re y es C ano
(1991), Rodrígue z López-Vázquez (201 1 ) y T a n ganelli (2008).
1 1 3
bregar m entalmente con los contenidos velados por la oscuridad hasta su intelección 220 . T r a s esto
llega la recta final de la «Respuesta a la cuarta objeçión», que Díaz de Rivas finiquita con un breve
catálogo de poetas oscuros, que invoca la proverbi al oscuridad de autores como Persio, Cinna ,
Heráclito, Euforión o Li cofrón, y fundamentalmente con una acre andanada contra los poetas
investidos de «claridad y llaneça». En dichos pasajes Díaz de Rivas abandona por un m omento el
tono formal y sesudo dominante en los Dis cursos para des pachar un puñado de líneas que rezuman
una notable severidad burlesca; lo más incisivo de es tos pasajes es el desprecio al que somete a dos
fragment os poéticos escritos en un esti lo que al comentarista cordobés le parecen «vulgaridades»:
uno de ellos es de procedencia des conocida, está dedicado a Santa T e resa y comienza con el verso
«Durmióse Juan en la divina cena»; la otra muestra son dos cuartetos de un soneto presentado por
Jáuregui al certamen sevillano con motivo de la beatificación de san Ignacio celebrado en 1610 y ,
aunque Díaz de Rivas no explicita la paternidad de la pieza, resulta evidente que se trata de un
envenenado recado para el autor del Ant ídoto , quien por cierto salió victorioso de la referida justa
en detrimento de Góngora, participante también.
T r as equiparar a Góngora con Homero y V i r gil io por haber sido necesaria la labor de los
comentaristas antiguos para entender la obra poética de cada cual, Díaz de Rivas da por terminado
el cuarto apartado de los Discursos . Los s iete capítulos restantes son extremadamente breves y no
aportan nada notable 221 . T i enen un denominador común, pues en todos ellos se repite la premisa de
que los modos poéticos de Góngora ya habían aparecido en autores anteriores. A lgunos ejemplos:
«lo mismo pudiéramos señalar en V i rgilio y en Horacio y en los mejores poetas» (63); «lo qual
hizieron tanbién Cicerón, Horacio y V i rgilio, Petrarca y T a s so» (64); «ym itando en la fertilidad,
copia y pintura, los más valiente s Poetas y Oradores» (65); etc. Los Discursos apologético s se
abrochan con una coda ciertamente sugerente, cons tituida por dos larg as citas: de un lado, Díaz de
Rivas reproduce –parece ser que de m anera incom pleta– la segunda intervención de Pedro de
V a lencia en la cadena de reacciones asociada a la difusión de las Soledades (una carta que él
mismo fecha el 6 de may o de 1614); y por otra parte, un largo fragm ento de la epístola 26 de Plinio
el Joven, dirigida a Luperco 222 . Pues bien, se trata de un par de textos revestidos de mucho interés,
220 He aquí la cita: « demás que honra me ha causado hacerme oscuro a los ignorantes, que esa es la distinción:
hablar de manera que a ellos les parezca griego, pues no se han de dar las piedras preciosas a los animales de cerda
[…]. De deleitable tiene lo que en los dos puntos de atrás queda explicado, pues, si deleitar el entendimiento es darle
razones que le concluy an y l e m idan con su concepto, descubierto lo que está deba jo de esos tropos, por fuerza el
entendimiento ha de quedar convencido y , conve ncido, satisfecho. [ …] En tanto quedará más deleitado cua nto,
obligá ndole a la e speculación por la oscuridad de l a obra, fuere hallando debajo de las sombras de la o scuridad
asimilaciones a su concepto» [(Daza (201 1 , 285-286)].
221 A sa ber , los encomendados a solventar las siguientes cuestiones: « las metáforas duras», « la desigualdad en el
estilo» , « las voces hum ildes» , «e l repetir unas mi smas dicciones » , « las exageraciones viciosas» , « los periodos l arg os »
y « la redundancia y copia en el lenguaje» .
222 C ontamos con una traducción de dicho texto en Carlos Martín (2007, 539-544). Sobre la trayectoria de esta
cita pliniana en la polémica gongorina, vid . Núñez Cáceres (1985).
1 1 4
que combi nan la rentabilidad del argumento de autoridad desde una perspectiva coetánea y
polemista, el primero, y desde el enfoque de una erudición canónica y sancionadora, el segundo.
El texto de V a lencia testimonia cómo ya en 1614 la polémica había adquirido tintes distintos
a los que poseía un año antes, según dijimos. El am igo de Góngora se muestra ahora mucho m ás
espontáneo y partidista, quizás m ás ce rcano a la valoración cabal del confl icto li terario que se
dirimía, sin los encorsetamientos que pudieran ahogar en cierta manera las circunstancias de
redacción de su prime ra misiva (junio de 1613). La audaz defensa de la oscuridad por parte de
Pedro de V a lencia en los pasajes aducidos por Díaz de Rivas conecta ágilmente con los postulados
del subs iguiente texto de Plinio, que ahonda en un concepto manejado por el extremeño en sus
cartas de índole gongorina, especialmente en la primera: los errores por exceso, si lo fueran, han de
perdonarse, porque nacen de una sana y deseable osadía; son «desengaños de valentía, de ingenio»,
por decirlo con palabras de Pedro de V a lencia, o «despeñaderos que se hunden junto a las cimas y
cumbres más elevadas», si usamos la expresión metafórica ideada por el autor romano.
La aparición de la carta de Plinio como cierre de los D iscursos apologéticos , adem ás de
constituir un lírico y firme epílogo para l a defensa de la oscuridad desplegada en este tratado,
vuelve a poner de manifiesto la versatilidad, pertinencia y alcance con que Díaz de Rivas
seleccionaba las autoridades que cons olidaban sus razonamientos. V i rtudes críticas que volverán a
ser santo y s eña de su quehacer en las Anotaciones y def ensas a las Soledades , comentario
manuscrit o que centrará nuestra atención a a partir de este momento y que presenta una doble cara,
como delata y a el propio título. En pri mer lugar , nac en con la clara intención de desautorizar las
críticas antigongorinas del Antídoto de Jáuregui, usando para ello no sólo una gran cantidad de
arg ument os doctrinales y eruditos –recurso habitual en este tipo de textos–, sino ta mbién
pronunciamientos teóricos y estéticos de indudable interés por su carácter innovador . Por otro lado,
las Anotaciones son un monumental comentario de las Soledades , articulado medi ante notas
numeradas que glosan breves tiradas de versos , sintagmas o palabras 223 , modus operandi que
asimismo aparece a grandes rasgos en otros comentarios manuscritos, como el de Ponce o
Almansa, y en los impresos de Salcedo Coronel, Pellicer o Salazar Mardones. Estos escolios están
repletos de interpretaciones certeras de pasajes os curos y apabullantes repertorios de autoridades y
223 Los versos o fragmentos de versos que encabezan estas notas muy frecuentemente sólo tienen la función de
remitir al pasaje al que se refiere l a nota en cuestión para facilitar su localización, y a que, como podemos comprobar
en m uchos de los ejemplos que transcribimos, los comentarios de Díaz de Rivas no se limitan al texto reproducido por
él en la entrada de la not a, sino que afectan también al contexto en que aquel se encuadra. Esto nos estaría indicando
que las Anotaciones se conc ibieron, y sólo tendrían sentido así, como acompañantes del t exto completo de las
Soledades , de manera que éste apareciera transcrito justo antes –presumiblemente– de l as notas: eso es precisa mente lo
que ocurre en los BNE Mss. 3726 y 3906, que, según he explicado en el presente epígrafe, ofrecen una versión
conjunta –m ucho más idónea y real, a mi par ecer– de los Discursos y l as Anotaciones . Por otro lado, esa hipotética
estrateg ia crítica de Díaz de Rivas se puede re lacionar con la preocupación, dig amos, ecdótica que movió a algunos
comentaristas manuscritos, aspecto del que me ocupo en el siguiente epígrafe.
1 1 5
fuentes. T o do ello nos da idea de la profundidad y finura interpretati va de Díaz de Rivas, así como
de su sensibilidad poética y erudición.
Uno de los objetivos de las Anotaciones y defens as es, como decimos, contestar con
pormenor y solidez al Ant ídoto . E ncontramos en torno a 50 referencias, explícitas o im plícitas, al
opúsculo de J áuregui y nueve pasaj es de éste reproducidos literalmente. El contacto con el
Antídoto es, por tanto, fluido y los procedi mientos puestos en práctica para refutar a Jáuregui, muy
variados. Por un lado, Díaz de Rivas respalda repetidamente su respuesta demostrando que
Góngora ha imitado a los clásicos:
1 1 . Del océano pues antes sorbido / y luego v omitado . Est as voces no son humildes, como quiere
el Antídot o . A ntes las usó el poeta a i m itación de gravísimos autores. Repetiré algunos l ugares [(...) y
trae citas de Hom ero, V i rg ilio, Lucrecio, Silio Itálico, V a lerio Flacco, Ovidio y Séneca] (I, fol.
192vº) 224 .
67. Tú, ave pere gr ina . El Antídoto se maravilla porque le llama nuestro poeta esplendor del
occidente siendo ave negra. Y no advirtió que es galana frasi llamar esplendor lo que adorna,
ennoblece e ilustra, aunque sea negro o blanco. Y así, este modo de decir es fam iliar en nuestro poeta,
im itado de los latinos [ ...]. Luego, eruditam ente habló nuestro poeta [ (...) y aduce ejem plos de
Cicerón, V a rrón, Plinio y Macrobio] (I, fol. 207vº).
221. Cojea el pensamiento . Es la exageración de Claudiano en el lugar citado [...] (I, fo l. 247rº).
Muchas notas s e enc arg an de evi denciar los errores interpre tativos del sevillano, aportando
contra-interpretaciones –apoyadas casi siempre en autoridades y fuentes–, que intentar dejar sin
validez las censuras del oponente:
2. Media luna l as armas de su f r e nte / y el sol todos los rayos de su pel o . El Antídoto entendió
m al que el poeta dijo: y el sol todo en su pel o, porque el sol entraba en el signo del toro.
Elegantem ente pinta el poet a al toro, si gno del cielo, vistiéndolo de los ra y os de la luna y del sol [ ...]
(I, fol. 188rº).
29. Cuya ar e na besó ya tanto leño . Este lugar no entendió el Antí doto y así e s si n funda m ento
todo lo que opone. No llam a leños a los que acuden a la corte, sino a los que navegan en ella , l os
cuales, llegando a l a pla y a de este dulce m ar, son trofeos del du lce c anto de las sirenas [...] (I, fol.
198rº).
47. Armado a Pan o Semicapro a Marte . El Antídot o , porque no e ntiende est e lugar , lo calumnia.
Con increíble gracia, significa aquel pastor viejo que habí a sido soldado, porque Pan era Dios de los
pastores y Marte de las batallas [...] (I, fol. 201rº).
93. Lestrigones . Est as e ran unas gentes qu e se mantenían de carne humana y vivían en Sicilia,
según Estra bón [ ...] Pues a estos i ndios l lama el poeta figuradamente lestrigones, porque también
com ían carne humana [...] Si el Antí doto reparara en esta doctrina t an sabi da, no se espantara de que
trasladase el poeta los lestrigones de Italia a las Indias (I , fol. 214vº).
224 Citaré siempre por BNE, Ms. 3906, añadiendo ante el número de folio l a referencia I o II , para marcar que l a
nota reproducida se refiere a l a Soledad primera o a la seg unda, respectivamente. Modernizamos grafías y signos de
puntuación.
1 1 6
187. Y el apetito ignoran igua lmente . No atinando el Ant ídoto con el sentido de esta locución,
gasta pala bras vana m ente en reprehenderla. Y quiso decir que eran m anjares si mples, que no estaban
confeccionados para provocar e l apetito [...] (I, fol. 237vº) 225 .
Asimismo, Díaz de Rivas critica con frecuencia la insensibilidad de Jáuregui para apreciar la
altura poética de las deslumbrantes i mágenes gongorinas y le recri mina lecturas demasiado
literales del lenguaje figurado:
49. Si Auro ra no con r ayos, Sol con flor e s . Elegante pensamiento [...]. El Antídoto , no penetrando
la gala y f rasis de nuestro poeta, dice que el si y el no de que usa, se han de usa r cu ando queremos
significar repugnancia (I, fol. 201vº).
85. El sol que cada día / nace en sus ondas y en sus ondas muer e . Reprehende este lugar el
Antídoto , enseñando que no hay parte del m ar o de la tierra donde no llegue el sol, como si ignorara el
poeta cosa tan clara, y no advirtiendo que esta es valiente hipérbo le (I, fol. 212rº).
137. V o l antes no gal eras . Es agudo y bizarro pensamiento [...]. Y , si penetrara el Antídoto la gala,
bizarría y agudeza de estas vivas locuciones, no gastara papel en cal umniarlas ni t iempo en
reprehenderlas (fol. 224rº).
164. En los inciertos de su edad segunda / cre pú sculos . [...] Y no sé con que conciencia el
Antídoto reprehende esta locuc ión de cr epúsculo, s iendo un g alanísimo realce al modo con qu e las
edades y la vida hum ana se comparan a la luz, al sol y a sus cursos (I, fol. 230vº).
167. Tórridas l a Noruega con dos soles / y bl anca la Etiopía con dos manos . El Antídoto d ijo:
que abrasasen la fría Noruega los rayos de sus ojos, pa se, pero que las manos hagan blanca la
Etiopía, eso no; antes la harían más negra, por q ue opposita iuxta r e pposita ¡Linda objeción, por
cierto! No consideró que e s i m aginación poética el considerar que las manos blancas presten blancura
[...] (I, fol. 231rº) 226 .
Incluso a veces no tiene más remedio que tom ar como desvaríos las palabras de Jáuregui,
ante la fragrante puerilidad de algunas observaciones del Antídoto :
64. No de oro / ciñe sino de púrpura turbante . Este lugar no entendió con toda su agudeza el
Antídoto y así d ice: mir e n cuando el gallo tiene la cre sta dorada, o si es ord i nario en los t urbantes
ser de or o . A lucinaciones son estas dignas de risa (I, fol. 207rº) .
Finalmente, las réplicas a Jáuregui que más nos interesan son aquellas en las que Díaz de
Rivas echa mano de reflexiones teórico-literarias para legitimar el ideal estético de Góngora o
defender sus innovaciones:
225 V éanse, además de los ejemplos citados, ot ros casos muy similares en las notas 22, 33, 49, 50, 75, 94, 95, 97,
100, 1 1 1, 123, 154, 193 o 206 a la Soledad primera.
226 Véa nse, además de los ejemplos citados, otros casos muy similares en las notas 16, 67, 77, 96, 148 o 200 a la
Soledad primera. Con t odo, debe mos hacer notar que las licencias poéticas, tan celebradas por Díaz de R ivas, casi
nunca le sirve n por sí mismas como g arante suficiente para contra rrestar los reparos del Antídoto , de manera que el
comentarista cordobés suele acompañar sus alabanzas a las fra sis de Góngora con listas de modelos y fuentes, para
poner los giros e imágenes gongorinos al amparo de l a imitatio . Sobre este particular volveremos unas líneas más
abajo.
1 1 7
6. Lagrimosas de amor dul ces quer e llas / da al mar . Reprehende e l Antídoto a el poeta porque
usa a menudo esta voz dar con extrañeza [...]. Huélgome que hay a apuntado objeción que otros han
puesto, dando ocasión de investigar la r aíz y f undamento de los m odos de hablar de nues tro poeta.
Digo, pues, que la gala de la poesía es habl ar con pr opiedad [«novedad», leen otros manuscritos], y lo
ilustre y grande que tiene el poe ma, des hace quien quiere que la voz dar se usurpe sólo en el vulgar
significado. A sí usó V i r gilio de ella infinitas veces y siempre con extrañeza [(...) si guen a
continuación 28 eje m plos de versos virgilianos]. Otras muchas veces en peregrino significado, usa
V i r gilio esta voz. Y que algunas veces nuestro poeta se aprovecha de ella, traduciendo el frasi latino,
es m uy conforme a razón y se l e de ben dar muchas gracias, por que va descubriendo las ocultas m inas
y linderos de nuestra lengua, que, como hij a de la latina, es capaz de adm itir a nchuras y licencias de
esta. [...] A sí, ejercitando nuestra lengua, ingenios cultos la ilustrarán de vocablos pere grinos, de
nuevas locuciones, que después, introduciéndolas el uso común las hará vul gares. Y , porque sie m pre a
propósito de es te objeción me acuerdo de unas pala bras de un hombre judicioso en esta materia,
Hernando de Herrera, las pondré aquí: y no supiero n i nventar nue str o s pre deceso r e s todos l os modos
y observaciones de la habla, ni los que ahora pi ensan haber cons eguido t odos sus misteri os, y
pr e sumen poseer toda su notic ia, v iero n todos los se cre tos y toda la naturaleza de ella [...]. Y ,
verdaderam ente, parece que nuestro poeta ha abierto (a p esar de la emulación) lo dificultoso que
im pedía l os am enos y e spaciosos campos de nuestra lengua, aprovechándose de la belleza y tesoros
de las frasis lat inas y atribuy éndole toda su nativa fuer za, copia y e legancia, con tanta osadía, que
parece le ha dado toda la alteza a que podía llegar (I , fols. 189vº-191rº).
Esta nota se inscribe en una corriente de justificación de los principios lingüísticos
latinizantes no abiertamente innovadora –pues provenía de los siglos anteriores–, aunque dicha en
este contexto de polémica en torno al cultismo y con la intención de defender a Góngora adquiere
una dim ensión distinta y , al igual que otra s afirmaciones semejantes de otros comentaristas, debe
ser interpretada como un intento de subray ar la preemi nencia de la poética gongorina
reivindicándola como la culminación, como la versión más feliz y acabada, de una vieja tendencia .
Leam os otras dos notas muy reveladoras:
50. Ingeniosa hier e otra . Dice e l Antídoto : también son crueles al oído casi todos lo s v ersos en
que el poeta divide la sinalefa c ontra la costumbr e d e Hispania [(...) expone seguidam ente algunas
precisiones sobre la diéresis –a la que Jáuregui llam a erróneamente sinalefa– y trae num erosísimos
ejemplos de Petrarca, T a sso, Garcilaso, Herrera y Mena]. La escue la de e ste poe ta [Fernando de
Herrera] hace lo m ismo. Por donde me maravillo por qué razón los críticos de Sevilla niegan que es
lícito en nuestra lengua d ilatar la dicción r esolviendo la sinéresis. Fuera de e sto, dado caso que
ninguno o hubiera usado en nues tra lengua, ¿qué im pide hacerlo a nu estro poeta? ¿Es digno de
vituperio o de loa traducir a nuestra lengua lo que adorna y agracia e n o tras? Luego, Garc i Lasso,
porque usó en nuestra lengua primero que otro las liras, octavas, tercetos, canciones, es digno de
reprehensión [...] (I, fols. 202rº-204vº).
215. Las duras manos impedido . Dice el Antídoto : bueno es el modo «las manos impedido», pero
extravagante; una sola vez lo usó Garc i laso [ ...]. Es m uy de reír el argum ento: Garcilaso no usó
m uchas veces este m odo, luego no se ha de usar así [. ..]. Digo, pue s, que bien puede haber gracia,
grandeza y cultura en una locución y no haber sido usada de ot ros valientes poetas. Porque ni V i rg ilio,
ni Horacio, ni el T a sso, ni los mejores poe tas usa ron t odo l o bello y e xcelente que pueda exornar la
poesía [...]. Digo, pues, que esta locución es elegante, peregrina y bizarra. Por esto (aunque propia de
los griegos), los l atinos la usurparon frecuentemente, como V i rg ilio, V a lerio Fla cco, Claudiano, Sili o
Itálico, Lucano, etc. V i rg ilio usó d e ella cas i setenta veces. A sí, bien pod rá hacer l o mism o nuestro
poeta a su imitación, como también a l os italianos no les fue i mpedim ento e l uso frecuente de esta
1 1 8
frasi el ser peregrina, propia de los griegos [(...) dispone una l arg ísim a lista de ejemplos de Petrarca,
T a sso , Marino y Chiabera] (I, fols. 244rº-246rº).
Lo más sugerente de estas dos notas es la postura de Díaz de Rivas ante la posibilidad de
innovar en poesía: el cordobés apuesta por ella sin reservas. «El fin del poeta –dice nuestro
comentarista– sea admirar y deleitar con la novedad» (II, nota 83, fol. 264rº). Sin e mbar go, esta
afirmación de la validez de las innovaciones se encuentra en parte coartada por el ineludible
imperativo de demostrar que Góngora ha imitado a los clásicos. Como bien apunta Romanos, esta
oscilación entre innovación e imitación es el reflejo de «la crisis de la tradic ión renacentista y el
sur gir de una conciencia moderna que buscaba una escisión de los cánones de la imitación y del
modelo inalterable». Y conc luy e la gongorista argent ina:
El derecho a la i nnovación es siempre defendido por el com entarist a de Góngora, pero nunca se
adm ite como únic a y excluy ente posibilidad interpretativa de las audacias de éste; siempre es
necesario afianzar sus puntos de vista con un i m portante conj unto de autores que convaliden y
consagren la novedad. El fenómeno es comprensible en la m edida en que la ruptura total resultaba
im posible frente a una tradición profundam ente afianzada 227 .
Con sus Anotaciones y defensas , Díaz de Rivas pretendía, am én de contradeci r a Jáuregui,
honrar a Góngora y dar a entender su poesía más inextri cable, circunstancia ésta que, unida a la
amplia difusión que al parecer tuvieron estos escolios, explica que posteriormente fueran
referencia obligada para otros com entaristas com o Salcedo Coronel , quien en varias ocasiones
alude a su deuda int electual con el crít ico cordobés. No en vano, l as Anotaciones a la s Soledades
suman un total de 399 notas: 13 para l a D edicatoria al duque de Béjar , 225 para la «fábula» de la
Soledad primera y 161 para la Soledad segunda. Cifras más que considerables, teniendo en cuenta
además que Díaz de Rivas fue uno de los iniciadores del movim iento exegético de los poem as
may o res gongorinos y , por ende, contaba con pocos antecedentes y modelos.
Las técnicas desplegadas son las acostumbradas en este tipo de escritos. A bunda el rastreo de
fuentes y modelos –condición sine qua non de cualquier comentario canónico de poesía–, práctica
para la que Díaz de Riva s demuestra tener amplios conocimientos literarios y un buen manejo de
los textos antiguos y modernos. Recurre a un elevado número de autores: Homero, Platón,
Herodoto, A polonio, M áximo T i ri o, Ovidio, Horacio, Persio, Juvenal, T e rencio, Catulo, Claudiano,
Marcial, Séne ca, Plini o, Plutarco, Petronio, L ucano, Salustio, Quintiliano, Esta cio, Nem esiano,
V a lerio Flaco, A usonio, Boecio, D ante, Petrarca, Era smo, Sannazaro, A lciato, G arcilaso, Herrera,
T a sso, Chiabrera, Camoẽs,.... V i r gi lio es el autor más citado; en este sentido, Romanos deja
constancia de la deuda de Díaz de Rivas con los índices de versos virgil ianos que cerraban las
227 Romanos (1983, 443-447).
1 1 9
ediciones comentadas de las Bucólicas y las Geór gicas , preparadas por el jesuita Juan Luis de la
Cerda en 1608 y 1619, y deja la puerta abierta a la indagación acerca de los instrumenta –
repertorios, polianteas, ediciones y traducciones humanistas de clásicos grecolatinos– que pudieron
auxiliar a los escoliastas gongorinos 228 . La ingente cantidad de influencias e im itaciones alegadas
nos revela que el esclarecimiento de las vinculaciones de los textos gongorinos con aquellos en los
que se inspiran era considerada por D íaz de Riva s componente esencia l de su empresa crít ica, tal
como imponían el uso y la t radición. A pesar de ello, recuérdese que, cuando las notas tienen un
carácter eminentemente defensivo, es decir , cuando responden a Jáuregui, Díaz de Rivas –
esporádica, aunque sint omáticamente– no duda en añadir a las razones sustentada s en la imitatio
otras asentadas en la salvaguarda de la innovación.
He aquí algunos ej emplos de notas concebidas como muestrarios de fuentes y modelos: «31.
No pues de aquella sierr a engendradora / más de f ier e z as que de c ortesía . Parece que im ita a
Garcilaso en la elegía a Boscán: en la ar e nosa Libia engendradora / de toda cosa ponzoñosa y
fiera » (I, fol. 198vº ); «87. Dejó primer o de su espuma cano . Las espumas volvían el mar cano, lo
cual dijeron antes elegantes poetas [reproduce ejemplos de Catulo, V i rgilio, Lucrecio y T a sso] » (I,
fol. 213rº ); «196. Aplausos las r e spuestas / de nuestras granjerías . Imita a los latinos, que suelen
usurpar el verbo re sponder por no engañar o s uceder conforme al deseo [reproduce ejem plos de
Ovidio, Horaci o y V i r gi lio]» (I, fol. 237rº ); «99. Consultada ya laguna . Elegantes poetas dijeron
consultar o pedir consejo a l as aguas donde se miran [ reproduce ejemplos de T a sso, Guarini y
Marcial]» (II, fol. 267rº). En relación con estas notas, porque se apoy an en el principio de
autoridad, están aquellas en las que Díaz de Rivas certifica lo dicho por Góngora acudiendo a
distintas autoridades teóricas antiguas o modernas. Se sit úan a m edio cami no entre la ostentación
erudita, que se hará m oneda común en los comentarios gongorinos de la polémica, la volunt ad de
aportar datos que puedan facilitar una comprensión integral del poema y un nuevo esfuerzo por dar
legitimidad a las Soledades en el contexto de la controversia:
68. En idi omas c antan difere ntes . A l ude a l a opinión de algunos filósofos que l es concedían a l as
aves su propio l enguaje, el cual nosotros no entendemos, como ta mbién no conoce m os los idiomas de
los bárbaros [cita a Plinio, Melampo, Demócrito, Pico della Mirando lla, T i res ias, T a les, A polonio,
T i aneo y Porfirio] (II, fol. 260vº).
136. O la alta basa que el océano muer d e / de la egipcia columna . El m onte Cal pe o las columnas
de Hércules, erigidas en Cádiz, llam adas egipcias porque las levantó Hércules el egipcio, no el griego,
a quien la fa m a co m ún las atribu y e [cita a Filóstrato, A poloni o, Pomponio y Juan Bautista Suárez] (II,
fol. 276vº).
228 Romanos (1986a).
120
Algo m uy sim ilar se da en las notas que Díaz de Rivas cumplimenta en forma de digresión
docta, más o menos extensa, s obre un asunto histórico, geográfico, literario, seudo-científico,
mit ológico, etc. Cual quier referencia contenida en el poema –antropónimos, topóni mos, animales,
creencias, l ey endas, acontecimientos históri cos...– es excusa para elaborar un discurso erudit o,
jalonado de las omnipresentes autoridades. De nuevo fluctuamos entre las ínfulas y los imperativos
del comentarismo y la efectividad de este recurso como elemento clarificador y legitimador:
139. Sidón . T i ro y Sidón, an tiguamente ciudades cé lebres e n la m arina de Fenicia. [...] El poeta
sigue la opinión vulgar que llam a sedas y alfom bras las que se labran en las r egiones com arcanas a
estas ci udades, por l a fama que se tienen de la riqueza y mercadería antigua de ellas, de quien se trata
en el capítulo 27 de Ezequiel (I, fol. 225 rº ).
80. Láquesis nueva mi gallard a hija . T r es s on las parcas: Láquesis, Cloto y Átropos. A la pri m era
fingen que va hilando, porque saca a luz la vida de los hombres. La segunda devanando porque teje y
prosigue la vida. La tercera corta el h ilo porque la acaba. Exp lica bien la mitología de es tas parcas
T e odoreto [...] (I , fol. 263rº).
1 1 0. Goza pues ahora . Este pensam iento, con que l os poetas significan como l a edad se marchita
y que se debe gozar en juventud, es el más común y con m a y or gala tratado de casi todos l os poetas
en todas las lenguas [(...) cita a Garcilaso, H errera, Camoẽs. T o rcuato T a sso y Marino] (II, fol. 269rº).
Son fundamentales, por su inteligencia y sensatez, las numerosas notas en las que se
explican, int erpretan o para frasean pasajes, oscuros o no, de l as Soledades . En la difícil tarea de
comprender –a veces des entrañar– y hacer comprender a Góngora, Díaz de Rivas trasluce por lo
general un gran oficio, una marcada intuición crítica y una fina sensibilidad ante el lenguaje
poético gongorino, aunque en contadas ocasiones, todo ha y que decirlo, incurra en errores o
inexactitudes. Las luces, pese a todo, s on más que las sombras y las Anotaciones dejan a cada paso
apreciaciones sagaces, atinadas exégesis, útiles aclaraciones y elogios a los hallazgos líricos de
Góngora. T r as la perspicacia de algunas observaciones, parecen incluso adivinarse las indicaciones
del propio Góngora, que bien pudo compartir con su amigo Díaz de Rivas informa ción privilegiada
acerca de sus poemas may ores:
19. Que sobre el ferro está . Es vocablo m arinero por que el navío se dice estar sobre el ferro, que
está sobre áncoras e n la pla y a. A sí, aquella cabaña, en el gol fo de so m bras de la si erra pendía i nnoble
y com o ancorada (I, fol. 195rº) .
41. Si mucho poco mapa les despliega . Dice que, si el poco sitio de tierra que le parecía desde el
risco mostraba m u cho m apa (qui ere decir m u cha belleza y he rmosura de países, que en varias y
distantes tierras suelen estar esparcidos), mucho m ás mapa o mucha más belleza de países les niegan
las nieblas (I, fol. 200rº bis).
155. Y en la som bra no más de la azucena . Com o quien dice: só lo porque la novi a, en lo m ixt o
del clavel y azucena de sus mejillas, parecía a su dama en esta sombra no más o por ocasión sólo de
121
acomodarse en la medida de lo posible a las circunstancias, probable mente, en mi opinión, por
sentirse parte integrante o agente crítico muy próximo a una corriente apologética cohesionada en
base a parámetros críticos comunes, estrategia s textuales compartidas e influencia más o m enos
directa de la figura de G óngora 244 ; corriente que impelía al uso de unos moldes hermenéuticos que
eran reconocidos grupalmente como idóneos para patrocinar las Soledades y la poética que las
alentaba.
El análisis y la refutación algo m ás concienzudos comienzan en el tercer aparta do,
«Dificultades que se imputan de esta obra de las Soledades », donde encontram os, junto a una
reseña única mente enumera tiva de algunos defectos que el Antídoto achaca a l a sil va gongorina,
que cierra el capítulo («opónese demás la novedad en el lenguaje, epítetos y figuras, las
inversiones de las sentencias, comúnmente llenísimas de purísimos hipérbatos, las translaciones,
metá foras, aposiciones, demasiadamente afectadas, crudas, licenciosas [...], las alusiones rigurosas
y ásperas de nadie intentadas ni seguidas», 74), la primera reflexión relevante s obre el fenóme no
poético de la oscuridad y sobre la actitud de Jáuregui ante él:
Lo primero que hallan en las Sol edades los más lectores es l a grande obscuridad que tienen,
juzgándola por t inieblas may o res que las cim erias [...] . [Siguen a continuación l a paráfrasis de un
fragm ento de l Antídot o y un razona m iento extenso en torno a tres citas de autoridades en las que se
condena la oscuridad: Luciano, Quintiliano y Marcial]. Es tos lugares y otros que he de jado son los
que pudiera haber traído el Ant ídoto para apoy ar su pensa m iento acerca de la oscuridad que
reprehende en esta obra, porque, aunque trae uno de C icerón y o tro de Quin tiliano, he querido
dejárselos en encomienda porque van hablando en oradores y no en poetas, entre quienes hay
diferencia grande (71-74).
Es decir, le recrimina a Jáuregui no haber estado demasiado afortunado en la elección de
determinadas citas de aut oridad para censurar la o scuridad gongorina, a la par que le proporci ona
un breve, aunque ampliable –según el anónimo–, muestrario de opiniones peritas que sí le habrían
servido para fundam entar con más credi bilidad la reprobación de la oscuridad en poesía. A demás
de adelantar fugazmente un arg umento que fue muy rentable en los mejores textos progongorinos
de la polémica y que volverá a aparecer con may or enjundia en el siguiente parágrafo de la
Intr o ducción (oratoria vs . poesía), en estos pasajes el autor viene a reconocer s in empacho que en
la tradición teórica y preceptiva pueden encontrarse c ondenas de la o scuridad apli cables a las
Soledades , si bien el propio hecho de admitir abiertamente esa realidad nos indica que al autor bien
poco le preocupa ni lo coarta a la hora de ensalzar la oscuridad gongorina, que no sólo no le parece
244 En el caso de este testimonio, di cha influencia se verificó, al parecer , a través del trato directo –no sabemos
hasta qué punto prolongado u ocasional– con el poeta, a quien el autor dice deber algunas informaciones manejadas en
el comentario: « y así m e di jo el m ismo don Luis que era éste su pensamiento» (367). No es un ejemplo aislado dentro
del plantel de valedores de las Soledades , pues de lo mismo se jactaron polemi stas como Díaz de Rivas, Colmenares o
Pellicer .
128
censurable sino que unos folios más adelante s erá ensalzada s in complejos por result arle «loable»
y aun deseable, como declara en esta recapitulación conclusiva que remata la primera parte del § 4:
De todo qu anto habe m os dicho in fiero cuán loable es la os curidad en la poesía (hablo de la que
siendo obscura está hecha con juicio y decoro), porque así echamos de ver que está rica de a derezos y
arreos, vistosa, galana, compuesta, con lo qua l no m erece reprehensión por hac erse con industria, c on
m editado estudio; y así, no culparemos al poeta, porque de dos maneras pue de librarse de la calumnia
de ser obscuro: o por hacerlo con industria o po r ser la m ateria en sí intrincada, conform e sentencia de
Cicerón [...] (91).
Porque, en efecto, lo tratado en el capítulo tres no es más que un breve anticipo de la
sugerente ponderación de la obscuritas que leemos en el cuatro, titulado «Respóndese a las
objeciones y dificultades propuestas», pero que, a pesar del plural del rótulo, se consagra
exclusivamente a rebatir sólo una de esas impugnaciones antigongorinas: la oscuridad. Estamos sin
duda ante la piedra angular en el edificio crítico de este testimonio, por su extensión –el § 4 supone
más de un tercio del conjunto de la Intr o ducción –, por su parti cular proyección polémica y por la
hondura de los planteamientos teóricos en que se asienta, s egún veremos. Com o punto de partida el
comentarista anticariense declara que «refre nar quisiera la c ensura de algunos», en pl ural y en
general, con lo que confiere a este apartado del discurso un al cance mucho m ás ambicioso que la
sola respuesta a un adversario concreto como Jáuregui; dicho propósito queda refrendado por el
escaso protagonismo concedido en el § 4 al cuerpo a cuerpo con el Antídoto que, en contra de lo
que ocurre en el trí o de capítul os precedentes y en la m ay oría de los siguientes, apena s es citado
tres o cuatro veces y casi siempre de manera escueta y s uperficial 245 .
Aparte de ello, no es menos seductora y relevante la idea s obre la que pivota gran part e del
epígrafe y que y a había sido santo y seña de los mejores comentarios manuscritos que precedieron
a éste. El anónimo antequerano defiende, como hi cieron Ponce o Díaz de Rivas, que l a oscuridad
es cons ustancial a la poesía, porque constitu y e el fruto inexorable del arrebato sublimador y
245 Me pregunto si el capítulo cuatro –también ocurre algo parecido con el c inco– no es en realidad una
interpolación exportada de otro texto, ho y perdido, o se debe a otra mano distinta a la responsable del resto del
testimonio. L as di ferencias redaccionales, estilísticas, procedimentale s y de capacidad crítica que existen entre l os
capítulos cinco y , sobre todo, cuatro y los demás capítulos de la Intro ducc ión nos hacen sospechar que parte de ésta sea
apócrifa o plagiada; es preciso recordar al respecto una afirmación ya citada del anónimo autor en la que manifiesta su
deuda intelectual con Francisco de A m aya, « a cuy a diligencia y mucha erudición» debía, según él, «la mayor parte» de
su t rabajo: ¿ sería el Antiantídoto una importante fuente de inspiración para este documento? He podido constatar , en
este sentido, una enorme semejanza entre los arg umentos contra el Antídoto esgrimidos presumiblemente por A may a
en unas mar g inalia del BNE Ms. 3965 [ v id . Jammes (1962)] y los razonamientos del anónimo antequera no cua ndo
replica en su discurso preliminar o en sus escolios a las mismas críticas de Jáureg ui que están apostilladas por A may a
en dicho códice: las analogías son tan abundantes y notorias que no resultaría descabellado plantear que el autor de la
«Soledad» primera, ilustrada y defendida hubi era manejado esa copia del Antídoto anotada en los már g enes por
Amay a o bien que hubiera accedido a esos argumentos, concisamente planteados en las susodichas réplicas
marg i nales, a través del Antiantídoto , que ofrecería –dicho sea con to tal prudencia– una ver sión más acabada y
desarrollada de aquellos mismos conceptos. Desgraciadamente la indagación más esmerada, sin duda interesantísima,
de todas estas cuestiones excede los límites del presente trabajo, quede para otra ocasión.
129
hermetizante que m ueve al poeta inspirado («furor y espíritu divino», el emento recurre nte en las
apologías gongorinas) y el fruto también del consecuente cultivo del estilo sublime, enseña
distintiva del oficio poético y que llega a extraer a éste de la esfera de lo humano:
Cierto y asentado es que el hacer versos es un sobrenatural i m pulso donde parece que asiste Dios ,
a cuy a agitación el ent usiasmo o endiosa m iento arroba y arreba ta los sentidos de los poe tas, que se
inflam an con aquel furor y espíritu divino […]. Deste minero y m anantial nacen los di vinos efectos
de la poesía, su elocución y frasis diferenciada de la habla co m ún, e i nvestida de grandeza,
m agnifi cencia y gravedad; la alteza del estilo junta con la belleza del lenguaje abundante de
generosas sentencias; la oración, i lustre, espléndida, con exornaciones y colores graves, majestuosos,
con decoro, ornamento y cultura; los v ersos, ricos de pensa m ientos, conceptuosos, llenos, galanes,
numerosos, pomposos, con aparato de sonoras voces y palabras. Con esto comienzan los poetas a
apartarse del común lenguaje, tanto que parecen hablan en otro diferente. […] No ha de tener la
poesía nada de lo vulg ar , todo ha de ser levantado y grave, sin abatirse en e stilo hu milde; y así, la
composición poética llev a de su c osecha la oscuridad, que no descubra su alteza m isteriosa a que la
penetre luego el ignorante, ni la trasiegue el vulgo, porque esto fuera hacerse hum ana. C on este
m ismo lenguaje lo escribió Petronio hablando con un Poeta: r ogo, inquam, quid tibi vis cum i sto
morbo? Minus quam duabis horis mecum com moratis et saepius poeticae quam humanae loquutus es ,
donde opuso lo poético a lo humano, evidencia clara de l a diferencia clara que ha y entre uno y otro.
Esta es la oscuridad que se halla en l a poesía, cosa necesaria precisam ente. La razón es fácil: porque
como se adorna de tantas metáforas, hipérbatos, alusiones, translaciones, e pítetos y otras figuras, la
grandilocuencia (digámoslo así con Luciano) del estilo sublim e, l as palabras peregrinas no pueden
m enos de hacer oscuridad, con que alcanza toda su perf ección (77-79).
Esta concepción de la poesía, ente ndida co mo un ej ercicio de ennobl ecimiento y velado del
mensaje que lleva aparejada la sofisticación de la elocutio («alzando siempre el vuelo en la
locución», 81) para alej arla del «común lenguaje», enlaza y se apuntala as imismo con la aspiración
aristocrática de aleja miento del vulgo que el autor adjudica a todo verdadero poeta. La vindicación
del cultismo tuvo asiduamente como telón de fondo ese arg ument o de corte elitista, que los adeptos
al gongorism o hicieron suyo y usaron como bandera, contribuy e ndo así de forma significat iva a
asentar una forma de entender la creación poética que, si bien no se vio libre de oposición,
cristalizó como seña de identidad de la época. En los años in mediatamente previos a la
controversia se imprime un texto capital s obre este asunto, el Libr o de la erudición poética
(Madrid, 1611 ) de Luis Carrillo y Sotomay or , que aparece citado sintomáticamente e n algunas
arg umentaciones donde la salvaguarda de Góngora va de la mano del rechazo de la trivialidad e
ignorancia de los indoctos, como muestra de la influencia que debió de ej ercer el tratado del
cuatralbo cordobés entre la militancia gongorina. Los postulados del anónimo antequerano a este
respecto no difieren muc ho de los expuestos por el propio G óngora 246 , Ponce, el abad de Rute o
246 Especialmente bella me parece l a comparación metafórica usada por este comentarista al hilo de una de sus
ponderaciones del opaco extrañamiento del lenguaje poético para aludir, consciente o inconscientemente, a una célebre
idea expresada en la Respuesta de Góngora, aquella de « quit ar la corteza y descubrir lo misterioso que encubren» : « es
como los huevos de las Hespérides, llenos de manz anas de oro, pero el dragón, que es la di ficultad, sacr o s conseruat
in arbori fructus ; no llegan a ellas sino la valentía de doctos Hércules» (80). La proximidad semántica de ambas
imágenes es palpable, pero, si Góngora usó aquella figura para realzar el placer final t ras una fatigosa intelección, el
anónimo antequerano hace virar la suya hacia el encomio de la cultivada y minoritaria capacitación de ciertos lectores
130
Díaz de Rivas, quien, por ejemplo, cit ó ca lurosamente a su paisano Sotomay or en los Discursos
apologéticos 247 ; en la «Soledad» primera, ilustrada y defendida , es argüida , con gran detenimiento
y pormenor de autoridades y anécdotas eruditas, la obligación que tiene el poeta de apartarse de la
iletrada generalidad, como vemos en estos pasajes, que forman parte de un larg o razona miento que
se extiende a lo larg o de seis páginas:
No por eso niego que no hay ot ros excelentes ingenios que han compuesto y com ponen más
claro, y se dieron a en tender al común con más perspicuidad. Habré de con fesarlo, con que t ambién
m e conced an ser mucho más ilustre el poem a que de scolló más para llegarse a la esfera de aquella
divinidad que halla m os en l os poetas, que es cuando ca m pean más aque llas tres cosas que hac en
herm osa la composición, por sentencia de Quintili ano: […] se m ejanza, alegoría y m etáfora, porque lo
dem ás es poner la poesía sin cu idado ni arte […]. A sí pues, en el poeta español , que tiene lenguaje
m ás grave y más espiritoso con la vehe m encia natural y agudeza, ay udado de la vecindad de la lengua
latina, podrá levantarse más, y cuanto may or fuere el ornamento del arte y d iligente industria en la
colocación de las flores con que las viste, en el hacer , f orm ar , inve ntar , juntar pal abras, forzosamente
ha de ser grande el vuelo, dejándose de conceptos y afectos com unes de que se agr ada la r udeza
popular , porque esto es lo que m ás se ha de huir [ …]. Y así lo hicieron l os poet as a quien la edad
antigua y p resente veneró po r de pri m era clase, los cuales procu raron siempre no ser com unes a la
m ultitud ni manoseados de muchos […]. Es, al fin, el vulgo torpísimo juez sin saber de l o que ha de
hacer ap recio o ha d e reprobar , echa ndo m a no siem pre de lo peor , y a veces por un leve ant ojo [ …]
T o do esto que habemos dicho tiene su lugar y corre en los poetas, en qui en se esti m a no ser co m unes
al pueblo (hablo de los graves, no de los cómicos, en quien corre la razón de T e r encio: populo ut
placer e nt quas fecisset fabu las ). Pero… (80-87).
El últi mo enunciado que aca bo de cita r enlaza inmediatamente por m edio de ese m arcador
discursivo adversativo («Pero en los oradores…», 87; vid . infra ) con el siguiente bloque
arg umentativo del capítulo cuatro, el dedicado a marcar distancias entre la oratoria y la poesía, que
a su vez da paso, para abrochar el plan suasorio de este fragmento de la Int r o ducción , a un catálogo
de poetas oscuros y a una réplica contra Jáuregui referente a su opinión acerca de la aptitud de
juristas y predicadores co mo censores de poesía. A l igual que hizo en el § 3, aunque ahora con más
pausa, el i gnoto autor refri ega a Jáuregui el –en su opinión– fal lido intento de de sprestigiar la
oscuridad acudiendo a la autoridad de Cicerón y Q uintiliano: mal camino, dirá el comentarista,
querer equipa rar al orador con el poeta, pues persiguen fines distintos y se rigen por norm as
dispares. El método seguido aquí es muy semejante al practicado por Ponce en su Discurso cuando
escogidos.
247 La presencia e influjo del Libro de la erudición poética en l a controversia gongorina debieron de tener más
intensidad de l a que podrían revelar algunas citas expresas más o menos esporádicas en documentos polémicos. Cabe
recordar , en este sentido, la enorme, aunque poco explicitada, deuda que tienen con el tratado de Carrillo los Discursos
apologéticos de Díaz de Rivas, como puso de relieve Navarro Durán (1990, 86); al i gual que los plagios no declarados
del tratado que según Thomas (1909, 149) pueden constatarse en la Ilustración y defensa de la «Fábula de Píramo y
T i sbe» de Salazar Mardones. A parte de por el ideario estético promulgado, el Libro de la erudición poética bien pudo
ser apreciado en los círculos gongorinos por su modelo de discurso, más demostrativo que preceptivo y , debido a ello,
más acomodado a la re alidad de su tiempo, por cua nto « en estos discursos demostrativos que describen el estado de
cosas de l a poesía (y no en las obras preceptivas) es donde se formulan ideas literarias que tendrán una influencia
directa en la constitución del canon literario» [Rico (2010, 95-107)], proceso –añado– para el que los textos
progongorinos buscaron reiteradamente visiones modernas y autoridades alternativas.
afrontó el mismo asunto y las conclusiones alcanzadas, las mismas que sostuvieron Díaz de Rivas,
Colmena res o Vázquez Siruela; todos ellos se revelan como finos intérpretes de las «constantes
excepciones que los gramáticos y los rétores hacían con los poetas a la hora de reconocer com o
licencias poéticas los vicios gramaticales que censuraban, y de recom endar moderación en l os
diferentes recursos del ornatus » 248 . A sí lo explica el anóni mo antequerano:
Pero en los oradores es diferente, por s er ellos quienes han de buscar el a plauso popular y parecer
bien al vulgo, com o m uestra el padre de los oradores: [citas de Ci cerón]. La oración, pues, en el
orador ha de ser c lara, lim pia y aseada , corriente, no afectada ni peregrina, que e s lo que llama
Cicerón hablar . […] La poesía, al contrario, con pocos tiene harto. No tiene necesidad que el pueblo
la aplauda y bien puede ser insigne sin que el puebl o, el predicador o el jurista la entiendan (como el
Antídoto malam ente i m agina), porque no luego se sigue que si uno es grande of icial de un púlpito o
cátedra o famoso abogado, tiene en razón des to vinculado entender y juzgar la poesía […]. Resta
ahora responder a los lugares que, por l os contrarios, traji m os y el de Quintilia no hace contradicción,
porque bien hablando de un per fecto orador, en quien corre diferente ra zón que en el poeta, en aquel
se pide la elegancia y pureza de sentencias y palabras; [citas de Celio, Quintil iano y Cicerón]. T o do lo
cual, si lo hubiera visto el autor del Antídoto , no t rajera l ugares ni preceptos de la o ratoria para
reprehender poesía que él no entendió, aunque diga que sí, ni fueron solos Cicerón y Quintiliano l os
que notasen esta diferencia, pues Luciano, tratando del historiador, lo dijo también elegante m ente:
[…] praetera et r e liqua oratoriae facultatis grauitate non ita valde i nstructat, et acuminatibus
scripturam exor d iatur , sed s edatior paulo et tranquilior sit ac sententiem quidem i nter se coniunctem
ac sociat em s int et densem. Dictio autem plana et ciuilis vt plane indices et quam lucidissi me re m
ipsam declar e t , verbis neque obscuris et communem vitam positi s neque etiam v ulgaribus istis et
tabernariis, sed i ta vt […] intelligantur et ab eruditis laudent ur . at sententia quidem ipsa cum poetica
communi, eiusque partem aliquam contingat […] quantum grandi loqua e t in sublime elata etiam i lla
est. At di ctio t antum hum i incedat cum pu lchritudine quidem ac magnitudine. Eorum quae dicuntur
simul e lata, e t eisdem quam max ime l icet ass imilata. Caet erum n eque pe r e grinate praese fer e ns,
neque intenpestiue exultans quasi quodam fur o re conuitata (87-88, 95-97) 249 .
Como indica A zaustre, «los arg umentos sobre el estilo de Góngora encuentran en la retórica
una autoridad erudita, sí, pero engañosa si se aleja de su esencia, finalidad y límites» 250 , por eso
estas observaciones del anónimo antequerano, al igual que otras tantas, debidas a diversos
comentaristas o polem istas que se apoy an en concepciones novedosas, tiñen su defensa de l as
Soledades de esa voluntad algo transgresora, de irreverencia ante la sacra lidad de la erudición
canónica, que t antas veces aviva el fuego crí tico de las apologías de Góngora m ás contestatarias.
248 A zaustre (2015)
249 Tr adu cción parcial: […] su tono debe ser m ás bien calmado y su pensamiento coherente y tranquilo. El
lenguaje debe ser diáfano y ecuánime, como es evidente que resulta mejor para conse guir claridad y ex actitud, y no
con palabras oscuras ni con términos vulgares o t abernarios […]. Que su mente participe t ambién algo de la poesía y
tenga alg o de sus recursos, pero que su di cción mantenga los pies en el suelo, levantándolos hac ia la grandeza y la
belleza, en la medida en que se adecúe al contenido, pero sin hacerse hinchado ni más extravagante de lo que exi ge la
ocasión […]. T a mpoco fue ajena la polémica gongorina al contraste entre historia y poesía: l os Discursos apologéticos
[ vid . Gates (1960, 36)] delimitaron fronteras entre ambas disciplinas, durante la diatriba entre Lope y Colmenares se
volverá con ma y or énfasis a esta cuestión, que fue asimismo obj eto de discusión por parte de Portichuelo y Navarrete,
según atestigua la Apología del primer o, como veremos; uno de los objetivos era –y se aprecia en el pasaje de
L uciano–, marcar la superioridad creativa y elocutiva de la poesía frente a otras artes o disciplinas que también t enían
la palabra como única o principal materia prima.
250 A zaustre (2013, 149).
132
Esa óptica tam bién se aplica en este testimonio a otras cuestiones, com o e stamos viendo, y lo
hacen entroncar con toda una corriente teórico-estética de perfil más moderno que permea los
mejores intentos de legitimación de las obras mayores gongorinas en el ámbito de la controversia.
Por esa misma senda camina el capítulo cinco, «Conclúy ese con las demás dudas», que se faj a en
salvaguardar la licitud de la «novedad de palabras y figuras» y que com ienza con un alegato en
favor de l a capacidad de los poetas pa ra innovar , aunque con un tono más laxo, generali sta y
conciliador que en arg umentaciones anteriores, a pesar de recurrir a la autoridad de Scalígero,
Herrera o V i rgilio y a una m ediana digresión de cosecha propia sobre la evolución natural de las
artes desde sus rudos comienzos hasta estadios más com plejos y pulidos. Para ejemplificar esto
último se vale el autor del caso, para él paradigmático, de l a poesía latina, que fue al zada por
V i r gili o, Horacio, Propercio o Lucrecio del «estiércol, s implicidad y ve jeces» de sus antepasados;
pero el recurso persuasivo más luminoso que aporta a este respecto es una sugesti va imagen de
inspiración emblemática con la hiedra como protagonista:
T o dos [los autores rom anos c itados supra ], al fin, se alaban de habe r i ntroducido noveda des, de
haber hecho aum entos en su arte, adelantándose a des cubrir nuevos t esoros nunca vistos de la edad
pasada. Hermoséase con esto la poesía. Estas son las jo y a s que más l a hacen l ucir y campear y esto es
(a mi ent ender) lo que quis o significar l a a ntigüedad dándoles coronas de y edras, mostrando la arte e
industria que es necesaria. A l principio la y edra es flaca, hu m ilde, a rrastra por el suelo; después, con
extraño conato, se l evanta y , abrazándose al tronco o al muro, sobrepuja su cu m bre y altura, que es lo
que notan m uchos (102).
Las implicaciones de vincular la hiedra con la poesía van mucho más allá de la plasticidad y
sesgo al eccionador de la metáfora vegetal, tan del gusto del i maginario áureo, para sim bolizar las
etapas de perfeccionamiento que han de experimentar las manifestaciones artísticas de cada
civilización o periodo histórico. En la cultura literaria y visual del Siglo de Oro, la hiedra se asocia
frecuentemente a la poesía arrebatada, al entusiasmo y al furor , mientras que la corona de ella
confeccionada, a la que alude de manera explícita el anónimo antequerano, se erige en enseña de la
poesía lírica , frente al laurel de la poesía heroica y el mirto de la poesía erótica 251 ; y es
precisamente en esa conexión de la hiedra con lo lírico donde puede intuirse el mensaje más
llamativo aplicable a Góngora: al contrario de lo que ocurre con la épica, que posee de manera
inmane nte la dignidad, emanada de su materia poética, la lírica debe forj arse –como la hiedra– su
propia dignidad, transformando las realidades viles o poco refinadas de las que parte en lo más
sublime y exquisito gracias al i ngenio e inspirac ión 252 . Parece inevitable, por tanto, pensar en las
251 Dichas conceptualizaciones se encuentran, por cierto, en l as Anotaciones de Herrera, autoridad mu y
apreciada y ut ilizada por este comentarista, quien cita numerosos pasajes de sus comentarios a Garcilaso. Para las
reflexiones de Herrera acerca de la hiedra, vid . Pepe y Rey es (2001, 697-698).
252 T o da esta serie de sig nificados figurativos, alimentados por las tensiones teórico-literarias de la época sobre
el estatuto estético de la lírica, se e ncuentran analizados en: Santos (1973), Egido (1982), Mañero (1990, 374-379),
133
Soledades al encontrar en este comentario la des cripción de una alegórica hiedra que trepa hasta
una cúspide esplendorosa («la may or hermosura y gracia que puedan tener las cosas», en expresión
de Díaz de Rivas, refiriéndose a la cosmovisión poética gongorina) desde lo más mundano e
insignificante (las «frioneras y raterías», como las llam ó Jáuregui).
A partir de este momento, el hilo de l a exposición se va incl inando vagam ente hacia la
defensa de las verba per e grina , pero sin abandonar el t enor genérico que domina la mayor parte
del § 5. De hecho la incipie nte vindi cación de a lgunos usos lingüísticos gongorinos com o los
neologismos o los cultismos semánticos pronto desemboca en consideraciones, menos específicas,
sobre la necesidad de escrutar nuevas vías de expresión y sobre el lugar preponderante de Góngora
en el progreso de las letras de su tiempo. Para el anónimo antequerano el advenimiento de una obra
poética categórica, may or de edad, como la del vate cordobés, no es un eslabón suelto, sino el fruto
natural de la paulatina maduración del propio idioma, que repercute en sus manifestaciones
literarias; pero, en ese escenari o, Góngora no representa un mero instrumento: su poesía may o r
constituy e la clave definitiva y más rotunda del ascenso de la poesía española a cotas
insospechadas hasta entonces, comparables e incluso superiores a la excelencia de la poesía
grecolatina, como se encarga ron de pregonar insistentemente los mejores panegiristas de las
Soledades :
Ni debe movernos lo que se opone del atrevido uso de palabras poco admitidas en la lengua, tan
peregrinas y ajenas de la común, españolizándose los verbos meram ente latinos, porque ese
arg um ento es de poca i mportancia para el que ha conocido la variedad y mudanza que suele el tiempo
causar en los lenguajes, pues con él (como advirtió advertidam ente A lderete) se envejece, m uda y
trueca, de m anera que en pocos años re cibe notables alteraciones […] . Experiencia desto se puede
hacer en nuestro idioma que, en poco más de cien años (no quiero ha blar del tie m po de las Partidas ),
ha recibido t antas voces nuevas y tal mudanza que y a el estilo es otro, la habla diferente, y parece que
juntamente la poesía española ha participado el m ismo incremento, adel antándose tanto que deja atrás
la ital iana, y está de m edir con la mejor griega y latina, con lo s fer tilísimos cam pos que le ha
descubierto don Luis de Góngora, enriqueciéndola con nue vas indias, minas poéticas, nunca
m anifest adas s ino a su erud ición [...]. Débele España todo el ornamento y he rmosura de su poesía,
pues él sólo la ha puesto en su úl tima perfección y en la más alta cumbre que jamás se ha visto,
echando el contrapunto a los mejores poetas nuestros. Garcilaso (com o advierte Herrera) «no halló en
su tiempo tanto conoci m iento de artificio poético, y con su inge nio lo alzó y levantó a m a y or
grandeza y espíritu de lo que en aquel la sazón se podía esperar» . Si bueno fue entonces, loable y
digno de alabanza, ¿por qué lo que entonces mereció G arcilaso no lo ha de alcanzar ho y don Luis?
(102-104).
Respecto a las innovaciones poéticas y la primacía de Góngora sobre Garcilaso, nótese la
enorme similitud entre las conclusiones de Díaz de Rivas y las del anónimo antequerano, quien
llega a usar expresiones idénticas a las planteadas por el crítico cordobés en las Anotaciones ;
V i lanova (1992, II , 317-320) y Orobitg (2001).
134
también el abad de Rute condenó en su Examen el exclusivismo de la poesía garcilasiana y
defendió la posibilidad de innovar en térmi nos muy parecidos. El calado y repercusión de la
novedad gongorina son equiparados –legitim ándolos, consecuentemente– a las innovaciones
italianizantes que Garcilaso y l a primera ge neración de poetas petrarquistas introdujeron en la
poesía española durant e el segundo terci o del siglo XVI. A Garcilaso se le reconoce el m érito de
haber iniciado el proceso de dignificación de la poesía española en lengua romance, pero la
culminación de dicho proceso le ha correspondido a G óngora, cuy o talento poético ha s ido capaz
de ensombrecer la labor del toledano:
Dám osle a Garcilaso mil gracias, levanta ndo su nombre has ta donde pode m os, con loores
inm ortales, por haber sacado la poesía española de los paños m enores con que la cubrieron Mingo
Rebulgo, Boscán y otros del tercio viejo, pues ¿por qué se la hemos de ne gar a don Luis? Es porque
se levantó más. Bien podemos comparar a Garcilaso al antiguo Ennio, pues cada uno en su edad hizo
un m ismo honor y aumento a su l engua. Sucediólo V i rgilio: oscureciólo no de otra suerte que don
Luis a Garcilaso le ha oscurecido y sepultado. Ni es para referir l o que e l Antídoto allega contra
nuestro poeta: que no se pueden sufrir escritos, por no haber dicho ni hallarse lo m ismo en Garcilaso
¡Gracioso descuido, por m i vida! T a n de reír como la de los discípulos de Pitágoras [...] (105) 2 53 .
El mismo asunto es retomado en una de las primeras notas del comentario, a propósito de la
crítica de Jáuregui a la voz «errante» por ser nueva y no hallarse nunca en Garcilaso:
Poco i mporta que Garcilasso no la usase, s i ella es buena y acomodada para s ignificar la m ente
del poeta [...]. Herrera dice así: «podemos usar voc ablos nuevos en nuestra lengua, que vive y florece
[...]. Osó Garcilaso entremeter en su le ngua y plática e spañola muchas voces latinas, ital ianas y
nuevas, y sucedióle bien esta osadía; y ¿ temerem os nosotros traer al uso y ministerios de ella otras
voces extrañas y nu evas, siendo l impias y propias , significantes y que s in ellas no se declara el
sentido con una sola palabra? [...]. Mas, porque un autor excelente no use n i se valga de algunas
dicciones, no se deben j uzgar por no buenas y huida s de é l para nunca usa rlas, porque otros pueden
valerse de ellas y darles estimación en sus e scriptos [...]» . Parece que Herrera nos ha quitado de
cuidado de responder al Antídoto (142-143).
La defensa de la innovación va unida en es tos pasajes al cuestionamiento de la poesía de
Garcilaso como «rasero crítico» para determinar lo admisible y lo que no lo era. Jáuregui usó una y
otra vez este arg umento con conservadora y arbitraria intransigencia para atacar la poesía de
Góngora. Sus oponentes se encarg aron de ironizar sobre esta actitud y evidenciar su
inconveniencia, como hace aquí el anónimo antequerano recurriendo a la autoridad de las
253 El comentarista presenta aquí a Góngora como un nuevo V i rg ilio, quien i rrumpió en l a historia de la poesía
latina c on audacias semántica s y hallazg os retóricos que causaron desc oncierto entre sus contemporáneos, « de ahí la
importancia de V i rg ilio, cuy os críticos y comentaristas antiguos, a veces con intento de censura , habían puesto de
relieve que se apartaba de la norma latina, morfológica y sintáctica; y , en toda la elección y disposición de las palabras,
de la manera común y esperada de decir las cosas. El máximo de los poetas no era, pues, más obediente a las reglas y
usos de su propia lengua, ni menos temerario, ni menos constantemente majestuoso, extraño y admirable, ni por
supuesto menos oscuro que Góngor a» . Sobre este particular resulta ilustrativa la lectura de l epígrafe «Góngora con
V i rg ilio» incluido en Blanco ( 2013), a cuya página 31 pertenece la cita literal que reproduzco en esta not a; vid .
asimismo Romanos (1986a) y Blecua (2008) acerca de la presencia de V ir g ilio en la polémica gongorina.
135
Anotaciones de Herrera, texto crítico que posee una gran presencia no s ólo en estas labores
arg umentativa s del quinto capítulo, según venim os viendo, sino en m uchos más pasa jes de la
«Soledad» primera, ilustrada y de fendida . Durante la controversia, tanto los detractores como los
defensores de don Luis encontraron apo y o en las ideas poéticas presentes en las Anotaciones a
Gar c ilaso , que oscilan entre la fidelidad a la poética clasicista ( imi tatio , decoro) y la pos ibilidad –o
necesidad– de explorar nuevos caminos, pues no en vano fueron redactadas en un decisivo
momento de transición desde la estética renacentista a la barroca 254 . A sí, la vertiente más
conservadora de l as Anotaciones herrerianas fue es grimida por los abanderados de la tradición
clasicista, mientras que los impulsos hacia la innovación que brotan en ellas y su particular
concepto de elocutio , precursores de la poética cultista que se corona con Góngora, no pasaron
inadvertidos para aquellos que com ulgaban con la nueva estét ica. Este uso sesgado y tende ncioso
de las autoridades es una constante en la polémica gongorina.
Los parágrafos seis y siete, «Pondéranse otras dificultades» y «El repetir algunas palabras no
es vicio ni fealdad», son sensiblemente más escuetos y superficiales, ta mbién algo deslavazados y
con poco vigor argum entativo, por lo que a estas alturas de la Intr o ducción se observa de nuevo un
claro desnivel en el denuedo crítico del polemista, que vuelve a mostrarse más propenso a la pulla
que a la especulación. El sexto apartado se liquida con unas pocas páginas dedicadas
fundamentalmente a demostrar que las diéresis usadas por Góngora y ridiculizadas por Jáuregui no
daban ningún m otivo para el escándal o, pues eran m oneda común en los poeta s, además de estar
tipificadas en la preceptiva métrica; el séptimo, por su parte, es puramente enu merativo: el
comentarista aporta hasta tres decenas de ejemplos con vocablos recurrentes en la poesía virgili ana
para subray ar que no sólo Góngora había repetido con insistencia voces predilectas.
Así se llega al final del discurso prelim inar , que conclu y e con el capítulo ocho, «Muéstrase
con ejempl os que los m odos de decir desta obra son obras, digo, imitación de poetas heroicos»,
cuy a intención es demostrar que la intrepidez retórica de Góngora no es un caprichoso o
pretencioso desvarío del poeta, sino una pauta com positiva abs olutamente inexcusable para
alcanzar la poesía con may úsculas. Para probarlo se aportan varias decenas de ejemplos poéticos
grecolatinos con figuras retóricas de la misma naturaleza que algunas de las más usadas por
Góngora, como la i magen, el oxímoron o la s inestesia. No se pret ende, pues, una enumeración de
lugares paralelos entre Góngora y sus supues tas fuentes, s ino marcar la pertinencia y necesidad de
254 V i d . L ópez Bueno (2000, 13-20 y 2006, 122-127) y Pepe y Rey es (2001, 17-85). La crítica coincide en
señalar que las Anotaciones de Herrera, más que un comentario a la obra de Garcilaso, son un ensayo de teoría sobre el
lenguaje poético; la aparición de Herrera en l a polémica gongorina como autoridad teórica nuevamente lo conf irma.
Para el estudio de las Anotaciones , resulta fundamental el volumen colectivo: L ópez Bueno (1997). V i d . más da tos
acerca de la presencia y uso de Herrera en la controversia en t orno a las Soledades en Smith (1962a) y en el epígrafe
2.4.1 del presente trabajo.
136
que la poesía, como ocurre en las Soledades , aspire a la excelencia en la elocución, pues en ello se
cifra «toda la elegancia y bizarría de la poesía; ese es el fundamento de su ornato. Con [estas]
figuras se viste de hermosura y majestad, siendo nuestro poeta el primero a quien se debe tanta
gloria de acción, tanta, y desde ho y , puede España con tal ejem plo tender las alas a seguir más alto
y heroico vuelo» (134). De esta manera se remata la Intro ducc ión y se da pa so al comentario
propiame nte dicho, titulado «Soledad» primera del pr íncipe de los poe tas españoles, don Luis de
Góngora, ilustrada y defendida .
La discusión teórica continúa en esa segunda parte del documento, pero de manera
esporádica y m ás fugaz, pues a lo largo de los escolios las respuestas a Jáuregui se vuelven m ás
concretas, teniendo en cuenta que, en l os momentos en que el anóni mo autor tiene presente al
sevillano, que no son todos, lo que pretende es «satisfacer particularmente a lo que a cada verso el
Antídoto opone» (137). Los procedimientos para llevar a cabo esta empresa son bastante similares
a los que hemos anal izado en ot ros text os y no vamos a insistir en s u caracterización: señalar
fuentes y modelos i mitados, probar los fallos de comprensión de Jáuregui, demostrar que Góngora
ha observado las indicaciones de los preceptistas,... Merecen, con todo, un análisis det enido y
comparado estas palabras del autor en los párrafos introductorios a las notas, donde afloran dos
cuestiones angulares de la polémica, el diseño arg ument al y narrativo de las Soledades y la
consecuente diatriba sobre su género:
El intento de don Luis fue narrar las peregrinaciones y varios sucesos de un peregrino, cuy os
errores, accidentes y peregrinación eligió po r as unto para d ivertirse a otras cosas, a im itación de
Hom ero en la Odissea , en persona de Vl isses. Y , aunque es poema anónimo, pues en esta pri m era
Soledad ni le ha dado nombre ni señalado patria, es fácil responder al curioso que l as So ledades , que
intenta proseguir , no las ha acabado y en cualquiera de las que restan puede darle oportunam ente,
como lo hizo e n la Historia de Ety opía Heli odoro. Qué gé nero de poe ma sea éste no e s fácil de
averiguar por no ser épico, ni dramático, ni bucólico, pienso es mélico o lírico, conform e a la
naturaleza que le dan Scalígero y M inturno, en el libro 5, tomándolo de Horacio en s u Arte , sin
embar go de que e s m ás larg o de lo qu e sufre lo lírico antiguo, porque, com o se ha dicho, e l po eta
im itando así al go de nuevo; y como l as comedias se han alterado y m udado y re cibido otra f orm a, así
lo lírico (137-138) 255 .
Es bien sabido que el Antídoto había recriminado a Góngora la «traza» de las Soledades y su
comie nzo ex abrupto , sin ofrecer siquiera los datos básicos del protagonista. A cabo de reproduci r
la oportuna réplica del anónimo antequerano, quien aclara a Jáuregui que las Soledades eran un
proy ecto inconcluso que todavía escondía mucha informac ión y que el comi enzo in m edia r es
estaba justificado por precedentes ilustres como Heliodoro. Claro que jugaba con ventaja, porque,
al igual que otros defensores , parece estar al tanto de cómo concibió el poeta las Soledades , datos
255 L a segunda mitad del razonamiento, referida al género del poema gongorino, es en realidad una m uy breve
síntesis parafrástica de lo defendido por el abad de Rute respecto al mismo asunto en su Examen del «Antídoto» [ vid .
Artigas (1925a, 424-427)]. Sobre el enigmático náufrago, vid . un estudio clásico: V i l anova (1952).
137
se conozcan cuáles s on las hoj as de uno y cuáles son las de otro. Frisa con este pensam iento el de
Alçiato, que en la Emblema 24 pinta la vid abrazada a un olivo (322, 342 y 351).
Esta resuelta explicación de la famosa hipálage de los versos 829-830 de la Soledad prim era
nos pone sobre la pista de una de las inclinaciones más destacadas de este comentarista: la
caracterización y encomio de las figuras retóricas, labor, por otra parte, absoluta mente oport una y
eficaz si se e stá a vueltas con la lengua poética gongorina. Especial mente relevantes, en este
sentido, me parecen dos escolios, dedicados a la metáfora y la prosopopey a, respectivamente. En el
primero, una celebrada m etáfora gongorina le sirve la ocasión de ponderar la im portancia de este
tropo en el ornatus y de señalar la comunión estética entre Góngora y V i r gi lio, artífice máxim o
cuy as audacias poéticas son argüidas con frecuencia durante la polémica para la salvaguarda de las
Soledades , en tanto en cuanto ambos autores participaron, según algunos adeptos al poeta
cordobés, del mismo rapto de subversión, inventiva y sublimidad 268 :
Ni la que en salvas [ gasta impertinentes / la pól vora del t iempo más pr eciso ]: poquí simo se
agradó el Antí doto desta figura pues le l lama « juguete vil ». Q ué causa tenga no la veo y así le
habrem os de dejar como a falso calumniador . Esta metáfora, como las dem ás que injiere aquí el poeta,
es excelente y dulce. De todos los ornam entos poéticos y a sabemos que el m ás principal es la
m etáfora o translación, que es cuando la palabra se pasa del propio si gnificado que antes e ra simple a
otro no propio, si bi en cercano por la semejanza, con que la oración se hace herm osa y elegante, llena
de majestad y orna to, co m o dice A r istóteles. Esta figura no es corta de térm inos, antes extendida y
llena, porque no hay vocablo cierto de cosa que no se pueda, con raz ón y juicio, trasladar a lugar
ajeno, en lo cual t uvieron siempre los poet as libertad sin l imitación, así en la tr anslación de una
palabra sola, pero de toda una oración […]. A sí pues, don Luis, tomando la metáfora de las salvas que
hacen los navíos con artillería y m ucha pólvora, queriendo condenar lo que ha introducido la lisonja,
dio la pólvora, que es el i ntrum ento con que los navíos hacen la suya, o la ceremonia de los señores
idolatrados de sus d ientes, que, en s emejantes van idades y salvas, gastan su v ida y lo mejor del
tiempo. Suele nuestro poeta siempre la metáfora que comienza llevarla continuada hasta el fi n, como
se dice de V i rg ilio (207-208).
La otra es la nota tres a la tirada que comprende los verso s 15 a 33 de la Soledad primera,
que se extiende a lo largo de cinco páginas (fols. 38rº-40rº) para describir y justificar con varias
decenas de ejemplos antiguos y modernos una personificación usada por Góngora:
Piadoso miembro ro to : el Antídoto ríe es te verso y dice con ironía que es «lindo modillo». Si él
hubiese vi sto y leído grandes escritores, supiera que a cosas inani m adas, como son árboles, edificios,
ley es, navíos y otras cosas semejantes, les a tribuy en lo que es propi o de los vivientes, como edad ,
vejez, juv entud, pies, manos, cabeza, p artos, tene r madres, padres, h ijos, y otras m uchas que vemos
en l os ho m bres. De todo daremos ejem plos. […] De aquí podem os echar de ver cuán bien nuestro
poeta dijo a la tabla que se desgajó del r oto navío «miembro piadoso», por haber sido la causa de
268 A sí lo vio Díaz de Rivas en sus Discursos apologéticos : «también a nosotros el parecernos claro V i rg ilio y el
no advertir sus m odos de dezi r tan distintos de los vulgares, sus palabras nuebas y antiguas, sus transposiciones, causa
el avernos criado con su lección, el aver oí do sus interpre taciones: que y o entiendo que en sus tiempos aun l os doctos
latinos no le entendían y casi desconocían el l enguaje vulgar materno […] Por esta causa V i rgilio desde sus tiempos a
los nuestros ha tenido muchos intérpretes» [Gates (1960, 62)].
144
escaparse de la torm enta, que parece le di o la mano para que no se ahogase, o, como otro delfín de
Arión, lo sacó libre (173 y 178).
Como es natural, el ras treo de fuentes y el acarreo de autoridades son l os recursos más
usados en este comentario 269 . Quizás el ejemplo más significativo de esta técnica sea la larg uísima
exposición erudita sobre el motivo del lamento ante las ruinas con que sazona la apostilla a los
versos 212 a 221 de la Soledad primera, casi ocho páginas (fols. 60vº-64rº) cuajadas de citas y
encendidas aclamaciones a un Góngora que ha sobrepujado la antiquísima tradición de este tópico:
[…] Y a cen ahora, y sus desnudas piedras / visten piadosas yedras, / que a rüinas y estragos /
sabe el tiempo hacer verd es halagos . Hace bravo estrago el Antídoto e n la reprehensión destos versos,
acusando con i ncreíble ardor todo cuanto abraza es te elogio. […] Pasósele por alto al Antídoto todo el
rigor y cultura que gua rdó aquí el poeta, la majestad desta oración pomposa, grande, nueva, porque
m irando el cabrero cosa que él había visto floreciente, ya destruida, si endo quizás su patria, no pudo
contar el suceso m e nos que con lágrimas y t ernezas de sentimientos, s alva ordinaria de sem ejantes
m emorias. […] Lo dem ás que pone don Luis de su casa es de los más valientes rasgos que tiene toda
la poesía española. [ …] Ni a Sanazaro n i a T o rquat o le debem os cosa nueva, que realm ente, en la
sustancia, no la d icen. Por el con trario, don Luis va com o otro Colón descubriendo nuevo m undo,
porque ¿qué m ás linda sentencia y antítesis que aquesta: yacen ahora, y sus desnudas piedras / visten
piadosas y edras ? Ll am ando piadosas a las y edras, por que, en su m odo piadosas, vis ten la desnudez
de las piedras; desnudas del vestido edificio. […] A sí parece que a las ru inas, que la guerra hizo en las
m urallas y t orres, el tiempo, si no los repara, los cubre con hiedra , que esto es ver d es halagos ,
llevando la metáfora dulcemente hasta el fin, c omo se dice por admirable de V i rgilio que: cui
metaphorae adhaere ba t semel eidem c ontinuo insistebat . Esta sí es fraxis poética, que no la del T a sso
(229-234).
***
Aunque sin llegar al empaque de los textos teóricos y escolios de algunos de s us
predecesores, como Ponce o Díaz de Rivas, la «Soledad» primera, ilustrada y defendida supone un
jalón más que estimable dentro de esa especial tradición de com entarios manuscritos a las
Soledades , que fueron seña de ident idad inequívoca de los círculos gongorinos andaluces activos
desde el mismísimo arranque de la polémica. Los ras gos ideológicos, críticos y hermenéuticos que
hemos podido constatar en este texto lo hacen entroncar a las claras con una corriente polemista y
estética de amplio espectro y mentalidad renovadora, lo cual viene a reforzar su importancia como
269 Junto a los dechados habitualmente evocados en este tipo de escritos y en los documentos de la polémica
(V ir g ilio, Horacio, Ovidio, Lucrecio, Catulo, T e rencio, Marcial, Persio, J uvenal, Propercio, Estacio, Claudiano,
Séneca, Lucano, Cicerón, A ristóteles, Quint iliano, Escalígero, Garcilaso, T a sso...) y otros no tan recurrentes (Manilio,
Amiano, Brisonio, Calpurnio, Sidonio A poli nar , Gir aldi…), apar ecen aquí con cierta frecuencia citas de autore s
cristianos, como San A gustín, San Jerónimo, San A mbrosio, el Padre de la C erda o el Padre Mariana; y de libros
bíblicos, como Job, el Evangelio de San J uan o el de San Marcos. Las referencias a obra s re ligiosas y las palabras
laudatorias dedicadas a San A gustín (« ingenio de ing enios» , « el gra nde A ugustín, luz de la i glesia» ), así como el
conocimiento que de las Sagradas Escrituras demuestra tener el anónimo antequerano, podrían t omarse, según Osuna
Cabezas, como aval de la autoría de Francisco de Cabrera, qui en pertenecía a la orden agustina, congregación monacal
que se rige por la Regla del Santo Padre de Hipona.
145
testimonio de tal e stado de opinión y del protagonismo en estas lides de una plaza fuerte de la
poética culta como fue A ntequera.
***
2.3.- Discursos y tratados teóricos.
2.3.1.- Epístola de Lope en La Filomena y sus consecuencias.
a. A utoría y cro nología.
Es indudable que Lope de V e ga fue una figura de s ingularísima importancia para la polémica
gongorina. Su militancia anticultista fue sobradamente conocida en todos los círculos literarios, lo
cual le valió las invectivas de algunos adeptos a G óngora como T o rres Rámila, A may a o P ellicer . Y
sus abundantes apariciones en el marco de la controversia constituy en un amplio y significativo
muestrari o de la pluralidad de la discusión en torno al Polifemo y las Soledades : cartas satíricas,
discursos teóricos, paratextos reivindicativos, poemas burle scos, papeles e invectivas por
malque rencias personales con algunos interventores en el debate.... Su defensa de un ideal estético
basado funda mentalmente en una apuesta por la claridad poética como blasón de la más genuina y
pura tradición lingüística y literaria castellana, frente a la corrupción y deformación que habría
supuesto el cultismo , nos ofrece además las aristas más ideológicas de la polé mica, teñida a ratos
de cuestiones nacionalistas emparentadas con la dignidad del idioma y el prestigio europeo de la
literatura española. En sus rei terados ataques a la nueva poesía y , por extensión, a Góngora, a
quien con mal disimul ada hipocresía procuró dejar persistentemente a salvo de las críticas,
orientadas a los m alos imitadores, se conjugan una concepción de la poesía distinta a la de don
Su nombre aparece asociado a la controversia, con más o m enos evidencia, ya desde sus
inicios, pues, al parecer , su participación en el debate comienza con la guerra epistolar que
mantuvieron los cenáculos gongorino y lopesco entre 1615 y 1616, como vimos. La autoría de las
cartas anónimas contra las Soledades que ci rcularon en esta contienda, tradicionalmente
146
puede asegurar que el Fénix sea el autor material de los textos, es muy posible que éstos emanaran
de s u cí rculo y que él m ismo alentar a y supervisara su redacción 271 . T ra s estos tempranos lances
con protagonism o más que probable de Lope, el m adrileño prefiere m antener durante un tiem po
una actitud distanciada de los pronunciamientos polémicos expresos, quizás por la creciente
aceptación del gongorismo y la solidez de algunas adhesiones a las Soledades . Sil encio, pero no
pasividad, pues , amén de que estuvo –lo confirman su epistolario y otros datos– muy atento al
curso de la controversia, quién sabe si Lope, en plena ebullición de la mi sma (1616-1617-1620,
vid . infra ), comenzó a redactar la Respuesta anticultista que posteriormente incluy ó en La
Filomena y que precipitó el episodio polémico que ahora nos ocupa.
No es ésa, como veremos, una pos ibilidad descartable, máxime si considera mos que en may o
de 1620 (fecha que actúa como frontispicio de un período de especia l combatividad lopesca contra
el cultismo) ti ene lugar un acontecimiento que, según Orozco, pudo c ontribuir a intensificar la
militancia antigongorina de Lope: las justas madrileñas a la beatificación de San Isidro. Lope actuó
de corifeo en estas celebraciones, que s e desarrollaron bajo la divisa de los poetas llanos, y
aprovechó cualquier resquicio (intervenciones ante el auditorio, publicación de las actas) para su
lucimiento personal y para multiplicar las andanadas contra los cultos 272 . Lope respondió así al
contubernio cultista del y a referido certamen toledano de 1616 y salió muy reforzado en su
posición después de aquel triunfo público a ojos de la corte. No rechazo la posibilidad de que todo
ello influy era en que Lope hiciera visible desde entonces y hasta su muerte una sostenida e
implacable cruzada antigongorina, pero, desde luego, no puede vers e en el éxito de aquella
escenificación pública del rechaz o a la nueva poesía la causa exclusiva o fundam ental –sino, más
bien, una consecuencia más– del cambio de proceder de Lope, aguijado en su cruzada anticultista
por multitud de factores apremiantes…
En 1617 Góngora llega de nuevo a Madrid, donde goza del favor y fervor de la inmensa
may o ría del estamento aristocrático, «ávido de cosas exquisitas e insólitas». Su poesía may or se ha
convertido para entonces en un selecto reclamo para la nobleza 273 , ámbito sociológico en el que
271 V i d . Jammes (1994, 612-614, 624-625 y 642-645).
272 V i d . Orozco (1973, 315-326): « la apariencia, por lo menos, de los hechos lleva a pensar que la circunstancia
que hizo se desencadenara de nuevo la abierta l ucha entre Lope y Góng ora fue esa lucida justa poética […], pues la
ocasión la aprovechó el popular poeta madrileño no sólo para destacar en él en forma espectacular , sino para, al mismo
tiempo, desprestigiar a Góngora y a sus seguidores» (320). Cobos (201 1 ) sacó a la luz numerosos datos desconocidos
de gran importancia para conocer el desarrollo y resultado de este certamen: dichos datos ponen aun más a las claras
cómo L ope manipuló pro domo sua la puesta en escena de aquella reunión poética, así como la publi cación de su
crónica y resultados; asimismo, merecen ser tenidas en cuenta las observaciones al respecto de Entrambasaguas
(1969).
273 V i d . el apartado « Es tilo para deidades: el alejandrinismo, poé tica para la aristocracia» en Ponce Cárdenas
(2009a, 134-143), además de: A lonso (1982k), Carreira (1998b), Bouza (2003), Ponce Cárdenas (2008), Lawrence
(201 1 ) o Daza (2013, 234-240), entre otros. Es más que elocuente, en este sentido, que los repertorios de defensores o
partidarios de Góngora usados como arg umento por algunos polemistas incluyan casi siempre, j unto a l os hombres de
letras, los nombres de aquellos que, como dijo el abad de Rute refiriéndose a los nobles proclives a don Luis, « no sólo
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Lope no había conseguido el grado de predicamento del que gozaba G óngora, cuy as Soledades
irrumpen en el panorama literario de la época lanzando de manera no declarada una acusación de
futilidad s obre la poesía del momento, la lopesca incluida. Lo peliagudo de aquella tesitura se
agrava y degenera en ve rdadera e insos lay able rivalidad debido a las aspiraciones de Lope de
convertirse en cronista real o poeta oficial de la corte: es a parti r de entonces y por todo ello
cuando Góngora se convierte definitivame nte en un adversario molesto y cu y a posición literaria e
influencia es necesario diluir o aminorar .
El retorcimiento del propio ardid ideado por Lope para deslizar a través de La Filomena su
primera gran arremetida a cara descubierta contra Góngora y la nueva poesía nos da idea de la
importancia que tuvo para el madrileño intentar esparcir la sombra de la duda y de la censura entre
los adeptos al gongorism o má s distinguidos socialmente. El fingido marco epistolar en que se
encuadra la Respuesta a un «señor de estos reinos» permitía a Lope entablar correspondencia con
un ari stócrata que había sido seducido por l os poemas may ores gongorinos y que, tras leer cierto
«Discurso contra ellos», reconocía haber «quedado dudoso», de ahí que solicitara ay uda y parecer
al madrileño para poder adoptar una opinión bien formada al respecto. T u bau defiende con sólidos
y lúcidos ar gum entos que el tal «señor» debió de se r un invento de Lope, aunque éste «trató de
reforzar la verosimilitud de las piezas introduciendo detalles biográficos que remitían a la biografía
del duque [de Se sa] y perm itían atribuir le la autoría de las cartas» 274 ; dicha artimaña obedecía al
interés de Lope por insertar su epístola en un ficticio intercambio epistolar con un prócer para
«relativizar a ojos del público lector su interés en pronunciarse sobre el asunto» y , sobre todo,
porque
el pre stigio de un poeta se valoraba, en gran medida, por el grado de aceptación que obtuviera su
poesía en el ám bito cortesano. A sí, resulta significativo que el corresponsal de Lope no sea un
escritor , un hombre culto, un profesor de universida d, sino un noble. Poner en boca de un miembro de
la nobleza y de l a corte com o el duque de Sesa una opinión e scéptica sobre la poesía de Góngor a
prim ero, y una petición a Lope de V e ga para que exponga su opinión al respecto y d ictamine si la
nueva poesía es conveniente o no para la lengua castellana, representaba una calculada estrategia para
cuestionar la poesía de Góngora en el en torno s ocial donde precisamente c ausaba más ad m iración y
tenía m ás seguidores y , si m ultánea m ente, proponerse a sí m ismo co m o árbitro del gusto y el buen
hacer literarios, es decir , como auténtico m odelo para los nobles y escritores de la corte 275 .
En medio de esta renovada efervescencia polé mica, Lope, siempre pródigo creador , avistaba
numerosas publicaciones en ciernes que le permitirían canalizar y divulgar sus intereses y a partir
por la calidad de su sangre generosa, sino por la de sus ingenios» eran ilustre g arante para las Soledades ; vid . Osuna
Cabezas (2014a).
274 El mismo T u bau (2007, 41, n. 19) recuerda que la bibliog rafía lopista, desde finales del siglo XI X hasta
últimos del XX, ha defendido ininterrumpidamente que ese « señor de estos reinos » fue el duque de Sesa y que hubo
también una voz de época, la de P edro Espi nosa, que lo identifica con el duque de Feria en su extravagante novela El
perr o y la calentura .
275 T ubau (2007, 77-79).
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de 1620 no perderá ocasión de atacar al cultismo por medio de s us obras de creación y de los
paratextos de obras propi as y ajenas. Se consumó así un periodo (1620-1635) durante el cual las
vicisitudes propias de una controversia tan alambicada como la gongorina penetraron en la
inmensa may o ría de los proy ectos editoriales emprendidos por Lope y además fueron, en palabras
de Blanco, un auténtico «fermento creativo» para los frutos literarios cosechados por el madrileño
desde principios de la década los años veinte hasta su mue rte 276 . Lo tenemos testimoniado en la
Relación de las fiestas a la canonización de San Isidr o (Madrid, 1622), las dedicatorias de algunas
comedias incluidas en las Partes decim octava y decimonovena (Madrid, 1622 y 1624) o los
preliminares de: los T r iunf os divinos, con otras rimas sacras (Madrid, 1625); la primera edición de
las Obras de F rancisco de Figueroa (Li sboa, 1625); las Rimas de B ur g uill os (Madrid, 1634); y la
edición de las Rimas de los A r gensola (Madrid, 1634). Y a hablé del Orfeo en lengua castellana
(Madrid, 1624), testimonio –atribuido– de su diatriba con J áuregui y pretendido paradigm a de la
lengua poética preconizada por Lope; añado ahora sus s átiras anticultistas insertas en comedias
como El desdén vengado (1617), El capellán de la vir g en (1623), La Dor o tea (1632), Las
bizarrí as de Belisa (1634) o El castigo sin venganza (1635), y la gran cantidad de poem as de
diversa índole con implicaciones en la controversia repartidos por textos como la Cor ona trágica
(Madrid, 1627), el Laur e l de A polo (Madrid, 1629-30) o las Rimas de Bur g uillos (1634) 277 .
En 1621 Lope publica La Filomena, con otras diversas rimas, pr o sa s y versos 278 , obra que,
por tanto, se inscribe en ese intervalo de marcada beligerancia anticultista que venimos
caracterizando. Las composiciones emuladoras para rivalizar con Góngora y aquellas que se
presentan como modelos de llaneza y claridad, los numerosos pasajes en que Lope aporta
valoraciones despectivas de la nueva poesía y los ataques velados a don Luis nos per miten as ignar
a es ta m iscelánea un cierto carácter m ilitante contra del cultismo. En este sentido, Orozco afirma
que «el volumen todo de l a Filomena responde a una mantenida actitud de hostilidad frente a los
cultos y frente al propio Góngora» 279 . Buena prueba de ello es la inclusión en el libro de la y a
citada Respuesta de Lope de V e ga Carpio. Discurso de la nueva poesía , que contesta a un
Papel...en razón de la nueva poesía , obra de un «s eñor de estos reinos» para cuya identificación la
crítica ha sugerido varias opciones, como y a dije, aunque parece evidente que tras él está también
la mano de Lope. La Respuesta supone el primer intento s erio de reflexión y teorización al hilo de
276 V i d . Blanc o (2008).
277 V i d. Jammes (1994, 665-667, 688-692, 695- 696), Rodríguez Garrido (2002), López Bueno (2005b), Periñán
(2006 y 2008), V e ga García-Luengos (2009), González-Barrera (2010) , Rom anos (2011 ) y L y (2014b); t ambién
algunas de las informaciones expuestas en los epígrafes 2.4.1 y 3.2.2 del presente trabajo.
278 V i d . Carre ño (2003).
279 V i d . Orozco (1973, 329 y ss.). Mere ce una mención especial en este sentido la Epístola al doctor Gr e gorio de
Angulo , que Lope tiñe con un cariz anticultista: vid . Millé y Giménez (1935).
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