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Los movimientos sociales en la crisis global actual

Talego Vázquez, Félix

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1 REVISTA ANDALUZA DE ANTROPOLOGÍA. NÚMERO 6: LOS MOVIMIENTOS SOCIALES Y LA CONSTESTACIÓN AL ORDEN GLOBAL. MARZO DE 2014 ISSN 2174-6796 [pp. 1-10] LOS MOVIMIENTOS SOCIALES EN LA CRISIS GLOBAL ACTUAL Félix Talego Vázquez Grupo de Investigación GEISA El número 6 de la Revista propone un acercamiento a los movimientos sociales, a sus tipos, sus derivas, al papel que desempeñan en la arena política, a su significación, en definitiva. Ello es coherente con la línea editorial que nos planteamos, abierta a temas diversos, pero actuales y centrados en especial en sociedades y sectores subalternos, desde la mirada de las “Antropologías del Sur”. Y los movimientos sociales son a la vez expresión y rechazo de subalternidad, denuncia y propuesta transformadora, lo que converge con la perspectiva geopolítica impugnadora de las miradas “desde el Sur”. Como queda reflejado en los textos que incluimos, tanto en el Mediterráneo Norte como en el Mediterráneo Sur y otras regiones europeas e indolatinoamericanas, estamos asistiendo en los últimos años a un nuevo ciclo de movilizaciones. Son en parte reactivación de motivos y tendencias anteriores y en parte emergencia de nuevas demandas y visiones. Parece pertinente pues ofrecer en este número ocasión para el análisis y la reflexión sobre el tema, con el rigor y profundidad a que invitan los artículos. La presencia de movimientos sociales en nuestras sociedades, así como la relevancia que alcanzan en cada período, expresan simultáneamente dos hechos que parecerían contradictorios: testimonian vitalidad y compromiso político de las sociedades que los engendran y alimentan, singularmente de todos aquellos sectores sociales que se movilizan, se expresan y organizan por cualesquiera propósitos, exigiendo coparticipar en la cosa pública, que conciben como inter–nos. Pero reflejan al tiempo déficit de 22 representatividad y democracia, pues sus demandas y el ejemplo que portan tiene que expresarse por cauces, aunque admitidos y legales (manifestaciones, huelgas…), distintos a los cauces formales que traducen directamente intereses y objetivos en leyes y decretos (la vía de los partidos y parlamentaria); expresan demandas mal atendidas o directamente excluidas de la agenda política que, en tal medida, se encuentra de algún modo y en algún grado copada por grupos con intereses parciales. Por tanto, la mera existencia de movimientos y movilizaciones sociales, más allá de las demandas expresas, está manifestando insuficiencia e insatisfacción con los cauces convencionales de participación que proveen las democracias “de baja intensidad” en las que ocurren: el voto y el encuadramiento en partidos. Es también paradójica la relación que mantienen los movimientos sociales con los medios de comunicación: al tiempo que se dirigen a ellos y conciben incluso sus acciones con el fin prioritario de atraerlos, los denuncian; los necesitan, si no para existir, cuando menos para subsistir, crecer, llegar y arraigar en aquellos sectores de la ciudadanía a los que interpelan; pero esa demanda es a la vez denuncia, porque no encuentran recogidas en ellos sus posiciones o demandas, o las encuentran tergiversadas, banalizadas. En la amplia extensión y diversidad de los movimientos sociales –como se deduce de la lectura de varios de los textos– se comparte el aserto de que los medios están controlados por otros intereses distintos, ajenos, incluso contrarios a la gente que da vida en el espacio público a la sociedad civil, a menudo esforzadamente y con alto coste personal. Los activistas comprueban cotidianamente el contraste enorme entre sus esfuerzos cara a los medios y la escasa o nula repercusión lograda, al tiempo que constatan impotentes cómo cualquier declaración banal de los jefes de la partitocracia instalada es amplificada y reiterada machaconamente por los mismos medios para el gran público, las mayorías mantenidas en condición de ciudadanía disminuida. Las llamadas “redes sociales” que ha hecho posible internet han abierto nuevas posibilidades a las organizaciones alternativas de todo signo, tanto las emancipatorias como las reaccionarias, pero presentan limitaciones para conformar mayorías, y esto, probablemente, no solo porque sectores importantes de la ciudadanía no acceden a ellas, sino por su propia condición reticular, que propicia la proliferación de muchos foros y entidades, pero de conexión múltiple, no masiva, como sí lo favorecen los medios de comunicación convencionales (la televisión en especial), por ello propiamente llamados “de masas”. Por tanto, los movimientos sociales tienen en internet su canal de conexión fundamental, de manera que su conformación y deriva en el presente son inexplicables si no se atiende a este hecho. Si bien, no tienen resuelto el desfase notorio entre esa vida reticular, plural y extensiva y la construcción de otro fenómeno distinto, la mayoría, que se conforma básicamente fuera de internet y que es justamente el producto político 3 cardinal de los mass media. Como sabemos, la mayoría , en términos electorales, es la proporción minoritaria de ciudadan@s que vota al partido ganador de entre la mayoría total de los que no votan y quienes lo hacen por otros partidos. Y no es la trama reticular de internet, sino esa mayoría la instancia que legitima –siendo a la vez el producto– la alta concentración de poder de los gobiernos en los estados contemporáneos, entregados en el último período –así lo evidencian algunos de nuestros textos– a los dictados del neoliberalismo globalizador, que los hace rehenes de las finanzas internacionales, la banca y los rentistas del sistema bursátil. Los diferentes movimientos sociales, más allá de sus diversas tendencias y modos de presentación pública, expresan todos en sus acciones simbólicas en el espacio público que el cauce institucional de los votos, el encuadramiento en partidos con vocación electoral y el sesgo de los medios de comunicación coarta, restringe e incluso aborta el alumbramiento de propuestas y tendencias en la sociedad civil, reeducada así permanentemente en la despolitización. Son diferentes, plurales, incluso expresan a menudo demandas difícilmente articulables, pero constituyen un actor en cierto modo común en la arena política de la democracia vigente: aquel que de diversas formas se reconoce excluido –o incluido deficitariamente– en los procesos de legitimación y toma de decisiones, pero que denuncia esa exclusión y no sólo demanda ser considerado, sino cambios de fondo en los arreglos institucionales que regulan la participación política efectiva. Por eso, con propiedad, hablamos en común de “los movimientos sociales” y hemos querido tratarlos in extenso en este número de la Revista. Ecologistas, pacifistas (o ecopacifistas), feministas (o ecofeministas), altermundistas, defensores de los derechos de los y las trabajadoras, defensores de los derechos individuales de la persona (en tanto que tal y no sólo como ciudadana o como trabajadora), de los derechos colectivos de las minorías étnicas y nacionales, del derecho de las víctimas a la verdad, la justicia y la reparación. Tod@s ell@s indignad@s por creer que ciertas barreras institucionales e intereses creados para preservar privilegios siguen cercenando la posibilidad de emerger otros mundos posibles en los que sea más verdad la dignidad inherente a toda persona y el derecho a ser de todos los pueblos sobre la base del respeto a la diversidad y excluyendo toda forma de imposición (“romper los límites de lo posible”). Es este el fondo común que comprenden los seis textos aquí reunidos, sobre el que después se van sucediendo temas más específicos y que singularizan los perfiles y las derivas últimas de cada movimiento: los límites del crecimiento y la denuncia como crecentistas de las ideologías dominantes en los dos últimos siglos; las hibridaciones entre ecologismo, feminismo y pacifismo; la potencialidad y el desarrollo de la condición de los sujetos como trabajadores y trabajadoras, pero también la reducción implícita en la 4 condición del sujeto como trabajador, soslayando su dimensión no patriarcal, cuidadora y afectiva; el reto de profundizar y ampliar los derechos ciudadanos convencionales, en pro de una igualdad compleja y en la dirección del pluralismo y la transculturalidad; los ejemplos concretos de las luchas por rescatar del olvido y el oprobio a las víctimas, la misma afirmación de la categoría de víctima en el derecho internacional, y de los crímenes imprescriptibles de lesa humanidad; las geopolíticas de la indignación y el altermundialismo; la diversidad compleja a que han llegado los feminismos en movimiento, fragmentadora pero enriquecedora a un tiempo (donde caben desde ministras embarazadas pasando revista a tropas militares hasta mujeres que se rasgan las vestiduras y muestran sus tetas denunciando un patriarcado que no cesa), y, en fin, la dialéctica, amalgama y a veces desencuentro de los distintos sujetos que invocan los diferentes movimientos: obreros, ciudadanos, personas, pueblos, naciones, mujeres…