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La historiografía sobre la independencia de México: un nuevo consenso

Ávila, Alfredo

Abstract

Durante más de un siglo, la historiografía sobre la independencia mexicana había llegado a un consenso. Había, por supuesto, debates, pero el núcleo de las interpretaciones parecía ser el mismo: el pueblo mexicano, dominado por una potencia extranjera, peleó por su independencia, bajo la dirección de un grupo de criollos ilustrados, influidos por las ideas revolucionarias francesas y estadounidenses. Este consenso no se pudo sostener a la luz de las investigaciones sobre historia social del periodo colonial. La década de 1990 vio la aparición de una nueva historiografía que enmarcó el proceso de independencia en el de las revoluciones hispánicas, por un lado, y se acercó a los grupos sociales que participaron en aquella guerra civil. Aunque hay una pluralidad de temas e intereses historiográficos, en el siglo XXI se construyó un nuevo consenso que, quizá, debe romperse como sucedió con el anterior.

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Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 49. Primer cuatrimestre de 2022. Pp. 567-590. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i49.27 La historiografía sobre la independencia de México: un nuevo consenso Historiography on Mexican Independence: a new Consensus Alfredo Ávila1 Universidad Nacional Autónoma de México (México) ORCID: https://orcid.org/0000-0003-1146-1446 Recibido: 21-01-2022 Aceptado: 02-02-2022 Resumen Durante más de un siglo, la historiografía sobre la independencia mexicana había llegado a un consenso. Había, por supuesto, debates, pero el núcleo de las interpretaciones parecía ser el mismo: el pueblo mexicano, dominado por una potencia extranjera, peleó por su independencia, bajo la dirección de un grupo de criollos ilustrados, influidos por las ideas revolucionarias francesas y estadounidenses. Este consenso no se pudo sostener a la luz de las investigaciones sobre historia social del periodo colonial. La década de 1990 vio la aparición de una nueva historiografía que enmarcó el proceso de independencia en el de las revoluciones hispánicas, por un lado, y se acercó a los grupos sociales que participaron en aquella guerra civil. Aunque hay una pluralidad de temas e intereses historiográficos, en el siglo XXI se construyó un nuevo consenso que, quizá, debe romperse como sucedió con el anterior. Palabras-clave: Historiografía, independencia de México, nueva historia política, liberalismo hispánico, historia atlántica 1 ([email protected]). Investigador de tiempo completo en el Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México y profesor en su Facultad de Filosofía y Letras. Ha sido profesor invitado en las universidades de Georgetown, Buenos Aires, São Paulo y Cantabria. Especialista en la historia de la cultura política del primer tercio del siglo XIX, es autor, entre otros, de los libros En nombre de la nación. La formación del gobierno representativo en México (México: 2002); Para la libertad. Los republicanos en tiempos del imperio (México: 2004) y La república criolla (México: 2015). 568 Alfredo Ávila Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 49. Primer cuatrimestre de 2022. Pp. 567-590. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i49.27 Abstract For more than a century, the historiography of Mexican independence had reached a consensus. There were, of course, debates, but the core of the interpretations seemed to be the same: the Mexican people, dominated by a foreign power, fought for their independence under the leadership of a group of enlightened Creoles, influenced by French and American revolutionary ideas. This consensus could not be sustained in the light of research on the social history of the colonial period. The 1990s saw the emergence of a new historiography that framed the process of independence in that of the Hispanic revolutions and approached the social groups that participated in that civil war. Although there is a plurality of historiographical themes and interests, a new consensus was built in the twenty-first century that, perhaps, should be broken as happened with the previous one. Keywords: Historiography, Mexican Independence, New Political History, Spanish Liberalism, Atlantic History. Introducción: la academia y las conmemoraciones Al parecer, es inevitable vincular el proceso de disolución de la monarquía española en el primer tercio del siglo XIX con los relatos de nación. La producción historiográfica sobre ese proceso aumenta cuando hay conmemoraciones. Los recursos económicos otorgados por instituciones estatales explican en parte este incremento, junto con el interés de instituciones académicas, editoriales, fundaciones y revistas para realizar encuentros de especialistas, conferencias y hacer publicaciones. El objetivo es conmemorar la «independencia nacional», una frase que para mucha gente es un hecho, algo que efectivamente sucedió, pero que en realidad es una categoría que tiene sentido en una interpretación construida a lo largo de los años. Por lo anterior, es paradójica la participación académica en esta clase de conmemoraciones. Como da cuenta este artículo —y el propio monográfico de la revista—, la historiografía sobre las primeras décadas del siglo XIX mexicano llegó a los bicentenarios con resultados muy alejados de los relatos de nación tradicionales. Es verdad que aún hay estudios que mantienen algunos tópicos patrióticos, pero cada vez son menos. Al finalizar el siglo XX, la historiografía sobre la disolución del imperio español trastocó los relatos nacionales sobre las independencias. En el caso mexicano, se adentró en procesos regionales, pero con un marco hispánico. Un mayor número de obras de carácter local con una perspectiva hispánica ha desdibujado a la nación como referente. 569 La historiografía sobre la independencia de México: un nuevo consenso Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 49. Primer cuatrimestre de 2022. Pp. 567-590. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i49.27 Seguimos elaborando trabajos que anuncian aspectos de las «revoluciones» y las «independencias», aunque en realidad los problemas estudiados tengan interés por otras razones, como si encuadrarlos en el relato de nación se deba solo a la pertinencia para incluirlos en libros colectivos o números monográficos de revistas. Relatos de nación Los relatos de nación empezaron a construirse antes de las revoluciones de los siglos XVIII y XIX. La fundación de academias y la búsqueda de los orígenes legendarios de las monarquías propiciaron la escritura de historias patrióticas, en las que el uso de la primera persona del plural identificaba al lector con los personajes de los relatos. En el siglo XIX mexicano, los relatos del pasado agregaron la pretensión de estar elaborados con un saber científico. Se suponía que México, como las demás naciones, debía pasar por una serie de etapas de desarrollo. Los pueblos olmecas, con los que empieza el México a través de los siglos, no eran mexicanos, pero sí el germen del cual saldría la nación. Estas metáforas naturalistas se hallan presentes también en los relatos que presentaban al país como un vástago que, habiendo crecido, se hallaba en disposición de emanciparse de la madre patria, tal como aseguraba Lucas Alamán en su Historia de Méjico. No obstante, la versión más recurrente fue la que imaginaba que la nación existía desde antes de la llegada de los europeos a este territorio, representada por el «imperio mexicano»2. La historiografía decimonónica sobre la fractura y caída del gobierno español en América del Norte se elaboró desde esta perspectiva, a la vez patriótica y científica. Servando Teresa de Mier no tuvo empacho en identificar a Nueva España con el precortesiano Anáhuac, como si se tratara de la misma realidad histórica. Carlos María de Bustamante hizo lo mismo, con el añadido de considerar que la guerra comenzada en 1810 formó parte de un proceso para que ese México original recuperara su libertad. Bustamante también fue responsable de incluir en sus obras numerosas anécdotas de corte patriótico. No solo inventó los principales episodios románticos de la guerra de independencia, como el Pípila o el Niño Artillero de Cuautla, sino también una nación que buscaba ser independiente. Él bien sabía que antes de la independencia, el gentilicio «mexicano» se aplicaba solo para los habitantes de la capital virreinal y para quienes hablaban náhuatl. Bustamante empezó a usarlo para designar a todos los habitantes de Nueva 2 El balance de la historiografía patriótica desde distintos ángulos puede verse en Ávila y Guedea 2007. 570 Alfredo Ávila Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 49. Primer cuatrimestre de 2022. Pp. 567-590. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i49.27 España, menos a los nacidos en España. Poco importaba que la mayoría de los defensores del orden colonial fueran americanos. Bustamante convirtió la guerra civil que estalló en 1810 en una guerra de independencia, en la que los mexicanos combatieron a los españoles para liberarse. Julio Zárate asentó la versión definitiva de la independencia, en su contribución al México a través de los siglos. Presentaba un recuento en el que se daba por sentado que el pueblo mexicano existía antes del siglo XIX, que fue dirigido por notables ilustrados para recuperar su libertad, y que ese proceso era inevitable, pues lo recorrían todas las naciones. En la primera mitad del siglo XX, incluso después de la caída del gobierno de Porfirio Díaz, este relato se afianzó en la historiografía. El nacionalismo que caracterizó a los gobiernos mexicanos desde 1917 explica, en buena medida, no solo el mantenimiento del relato de nación forjado en el siglo anterior, sino su potenciación. Numerosas publicaciones de historia mantuvieron la versión patriótica sobre la independencia, gracias al «interés y el apoyo material con que los gobiernos de la Revolución han propiciado ese tipo de estudios, sobre todo a partir de 1940» (Velázquez 1965, 238-235). Hubo algunos enfoques diferentes, ocasionados tanto por la ideología de quienes escribían obras de historia como por las preocupaciones propias de cada momento. No resulta extraño que en las décadas de 1930 y de 1970, marcadas por el reparto de tierras, la historiografía buscara el pensamiento agrarista de los líderes de la insurgencia que estalló en 1810 (Hernández Jaimes 2010, 70). No obstante, estas versiones coincidían en que la independencia no fue otra cosa sino el proceso mediante el cual el pueblo mexicano se liberó del yugo extranjero, gracias a la guía de un grupo de ilustrados y liberales, y pese a la oposición de la oligarquía española y conservadora3. Este consenso se rompió, como afirma José Antonio Serrano (Serrano Ortega 2013), no en los trabajos sobre la independencia sino gracias a aquellos que revisaron la revolución de 1910 y los que abordaron el reformismo borbónico. Estoy de acuerdo con esta propuesta, pero conviene matizarla. Los estudios sobre la revolución que puso fin al Porfiriato fueron muy importantes para la posterior revisión de la guerra que incendió Nueva España en la década de 1810. La aportación más importante fue el análisis de la pluralidad. En esos trabajos se hizo evidente que no hubo una revolución mexicana sino muchas, distintas en cada región; que no fue un conflicto del pueblo mexicano sino de sectores sociales diversos; que no fue una lucha de los oprimidos contra las oligarquías, pues hubo grupos de estas que se unieron a la rebelión, mientras que parte significativa de la gente común y corriente no participó, no fue revolucionaria sino revolucionada. Estas interpretaciones 3 Excepciones fueron la primera edición de Villoro 1953; Ávila y Garrido Asperó 2005, y Benson 1994. 571 La historiografía sobre la independencia de México: un nuevo consenso Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 49. Primer cuatrimestre de 2022. Pp. 567-590. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i49.27 impactaron en las que había sobre la guerra civil de cien años antes. Los trabajos de historia social y económica de Nueva España en la segunda mitad del siglo XVIII contribuyeron a ese impacto. Para José Antonio Serrano, la importancia de la historiografía sobre el reformismo borbónico en los estudios sobre la caída de la monarquía española y el surgimiento de México radica en que mostró la continuidad que hubo entre ambos procesos.4 Tiene razón, si nos referimos a procesos intelectuales y de la cultura política. No obstante, buena parte de la historiografía dedicada al reformismo borbónico no hizo sino reforzar el viejo relato patriótico. Desde la perspectiva de autores como David Brading y John Lynch, los ministros ilustrados de Carlos III llevaron a cabo una nueva conquista (Lynch 1994; Brading 1971; 1973). La opresión explica la independencia. El patriotismo criollo fue el germen del nacionalismo mexicano. La historiografía anglófona producida en las décadas de 1970 y 1980 sobre las condiciones sociales del último periodo virreinal tendría un impacto enorme en la fractura del consenso historiográfico. La guerra de 1810 fue abordada por Hugh Hamill, quien por vez primera planteó la posibilidad de que Miguel Hidalgo estuviera pensando más en la formación de un gobierno propio sin romper con la monarquía española, que en la independencia (Hamill 1966). Esta perspectiva fue recuperada por Doris Ladd en su trabajo sobre la aristocracia mexicana de comienzos del siglo XIX y por Timothy E. Anna en su estudio sobre la caída del gobierno español en la ciudad de México (Ladd 1976; Anna 1978). Estos autores ya empleaban el término «autonomía» para referirse, precisamente, a esa postura política. John Tutino y Brian Hamnett hicieron contribuciones sobre las condiciones sociales de quienes se insurreccionaron en las regiones. Lejos de encontrar un «pueblo mexicano» que peleó por su independencia, estos autores encontraron pueblos, jornaleros, rancheras y comunidades indígenas diversas, con distintos motivos para pelear (Tutino 1986; Hamnett 1986). 1992 En 1992, la aparición de varias publicaciones señaló el derrotero que la historiografía sobre las independencias seguiría en las décadas siguientes. En Argentina conviene señalar el trabajo de José Carlos Chiaramonte (Chiaramonte 1991), pero no tuvo impacto inmediato en México. En cambio, Modernidad e independencias de François-Xavier Guerra causó un enorme revuelo. No era para menos. Para empezar, no estaba interesado en el proceso de surgimiento de estados nacionales, sino en la irrupción de la modernidad política en el 4 Véase Hamnett 1971. 572 Alfredo Ávila Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 49. Primer cuatrimestre de 2022. Pp. 567-590. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i49.27 mundo hispánico. La modernidad era entendida en un sentido propio de la historiografía francesa: una mayor centralización y fortalecimiento del Estado, eliminación de los estamentos y de la organización corporativa de la sociedad y establecimiento de un orden legal único. Sin ser preciso, la modernidad de Guerra se puede traducir como el liberalismo en la tradición historiográfica mexicana: un orden político en el que hay igualdad ante la ley, sin distinción de castas, bajo un estado soberano. Guerra descartaba que la modernidad surgiera gracias a las revoluciones de la segunda década del siglo XIX. La modernidad había sido impulsada por el absolutismo. Los ministros españoles del siglo XVIII procuraron establecer un Estado bien administrado, con lo que se incrementaría el poder del soberano y se aumentarían sus rentas. Para conseguir este objetivo, había que poner límites a los cuerpos intermedios de la sociedad: nobleza y corporaciones. Otros procesos contribuyeron a la construcción de una cultura política moderna. La prensa favoreció la discusión pública y la construcción de espacios, como las tertulias, que dieron pie a un nuevo tipo de sociabilidad, más individualista. Hubo continuidad entre el proceso de modernización del orden absolutista español y el liberal. Sin embargo, una de sus hipótesis más perdurables fue la ponderación de otra continuidad, la de la tradición política. En su trabajo mostró cómo algunas prácticas políticas modernas podían esconder comportamientos corporativos, clientelismos y acuerdos pactistas, que él consideraba propios de una cultura política tradicionalista (Guerra 2000, 22). La interpretación de Guerra contradijo las versiones tradicionales sobre el tema tanto en España como en Hispanoamérica. En España se solía admitir que fueron las Cortes de Cádiz las que impulsaron la revolución, con la promulgación de la Constitución de 1812. Guerra mostró que la revolución sucedió en los dos «años cruciales», entre mediados de 1808 y el verano de 1810. En el primer año, la soberanía se consideraba exclusiva del monarca. En el segundo, se aseguró que la nación es la única soberana, compuesta por «españoles» (no por cuerpos). Esta propuesta chocaba, por supuesto, con la interpretación patriótica que había dominado las historiografías latinoamericanas. En México se asumía que nada proveniente de España podía ser visto como liberal. Guerra arguyó que, en los dominios españoles en América, la sociedad había sido más resistente al proceso de modernización absolutista, mientras que la escasez de periódicos hizo más difícil el surgimiento de espacios públicos modernos. Si la respuesta en la península española a la crisis de 1808 fue el rápido tránsito a la modernidad política, en América se afianzó una cultura política tradicional. El viejo pactismo recuperó vigencia, como puede apreciarse en el proceso electoral de 1809. 573 La historiografía sobre la independencia de México: un nuevo consenso Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 49. Primer cuatrimestre de 2022. Pp. 567-590. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i49.27 La modernidad y el liberalismo en España, la tradición —¿conservadurismo? — en América. Al menos para México, eso ponía de cabeza la versión tradicionalmente aceptada del proceso de independencia. La revolución no empezaba en 1810, sino en 1808; no había sido ocasionada por las injusticias del colonialismo, sino por la crisis causada por la intervención napoleónica en la corona española; los españoles no eran conservadores, sino que muchos eran revolucionarios, y Miguel Hidalgo no era el ilustrado que introdujo el liberalismo, sino un clérigo inspirado en la neoescolástica que levantó a los pueblos en defensa de la religión y las tradiciones (Guerra 2000, 121). Para comienzos de la década de 1990 había una profunda insatisfacción en México con la versión patriótica de la revolución de 1810. Numerosos trabajos habían empezado a cuestionar algunos de los postulados tradicionales, aunque no hubiera ninguna revisión general. La obra de François-Xavier Guerra llenó ese lugar. Se trataba de un trabajo provocador, con una mirada amplia y comprensiva. No era una monografía ni tenía una investigación documental honda sino un gran ensayo (o varios, integrados), lo que ayudó a que se convirtiera en marco referencial para otras investigaciones. Modernidad e independencias abrió nuevos campos para un viejo tema, al poner en primer lugar el análisis de la cultura política, de los espacios públicos, las elecciones, las transformaciones en la concepción de la sociedad y lo político. Dejaba, asimismo, numerosas preguntas que solo los estudios monográficos podían responder. El libro era, pues, una invitación. También en 1992, Antonio Annino publicó en español «Prácticas criollas» (Annino 1992; 1988) que tradicionalmente se consideran originarios de las zonas rurales. La naturaleza indirecta del voto, requisitos y candidaturas, unieron entre sí ámbitos territoriales, sociales y étnicos con fuerte autonomía corporativa subordinándolos a una jerarquía política que devino en homologación de ciertos estamentos sociales. El encuentro entre la tradición esta mental criolla y la liberal modificó el espacio de la ciudad de México. Prácticas criollas y liberalismo en la crisis del espacio urbano colonial. El 29 de noviembre de 1812 en la ciudad de México The author of this essay questions the idea of the centrality of the hacienda in the basic political framework of 19th-century Latin America. Through a close examination of the polling which took place in Mexico City on November 29th, 1812, for the election of a new constitutional town council, the author shows that the electoral process of liberal model developed within an urban space with an existing tradition of established hierarchies (and only later did it reach the country sobre las elecciones de noviembre de 18125. Ese proceso electoral fue impugnado, lo que generó abundante documentación que permitió 5 Solo había un estudio anterior, pero que confundió las elecciones municipales con las de diputados: Benson 1946. 574 Alfredo Ávila Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 49. Primer cuatrimestre de 2022. Pp. 567-590. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i49.27 a Annino analizar el impacto de una legislación electoral moderna en un orden tradicional jerárquico. Descubrió la persistencia de la sociedad corporativa, en la que los pueblos de indios, por ejemplo, eligieron a sus compromisarios, como solían nombrar a los cargos de las parcialidades. La participación eclesiástica y de corporaciones como el Colegio de Abogados permitió a los patricios criollos apropiarse del espacio urbano bajo un nuevo principio de legitimidad. Annino concluía su estudio con un adelanto de su trabajo dedicado a la revolución municipal de los pueblos. La proliferación de ayuntamientos constitucionales, gracias a la vigencia de la Constitución de Cádiz, fortalecería el poder local de los notables y patricios de cientos de comunidades, con lo que se fracturarían las jerarquías territoriales, algo que tiempo después pudo demostrar José Antonio Serrano para el caso de Guanajuato. Virginia Guedea publicó el mismo año En busca de un gobierno alterno, una monografía sobre un grupo de conspiradores que apoyó a los insurgentes, pero también aprovechó la crisis de la monarquía española y el orden constitucional para negociar sus demandas (particularmente las de autogobierno) sin romper con la metrópoli (Guedea 1992). El libro de Guedea es una monografía con una sólida investigación documental acerca de un grupo de personas que difícilmente podían calificarse como defensores del dominio español o partidarios de la independencia. Algunos de ellos eran «equilibristas» es decir, quedaban bien con el gobierno virreinal y, si era preciso, con los principales dirigentes insurgentes. Esto no quiere decir que fueran simplemente veletas de la política. Guedea observó el compromiso con el gobierno constitucional, las elecciones y la libertad de prensa. Guedea enmarcó su investigación en algunas de las propuestas de Timothy E. Anna y de Doris Ladd acerca del comportamiento de las élites de la Ciudad de México; pero, sobre todo, el reciente trabajo de Jaime E. Rodríguez O. sobre los autonomistas. Para cerrar el balance de obras sobre el tema aparecidas en 1992, me referiré a El proceso de la independencia de México, publicado por el Instituto Mora (Rodríguez O. 1992). Esta pequeña obra es el primer resumen de Jaime E. Rodríguez O. sobre la independencia. Como se trató de una visión de conjunto en pocas páginas, deja ver con claridad sus interpretaciones. Para el autor, los agravios coloniales no fueron la causa de la insurrección, como se solía afirmar en la historiografía patriótica. Los grupos poderosos locales buscaban arreglos con las autoridades españolas, no la ruptura. La crisis de la monarquía en 1808 fue la que desató el proceso que condujo a la independencia y no fue ni simple ni inevitable. Por el contrario, la mayor parte de las elites virreinales aprovecharon la crisis para renegociar su posición política dentro del conjunto de la monarquía: buscaron la autonomía desde 1808, con argumentos muy 575 La historiografía sobre la independencia de México: un nuevo consenso Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 49. Primer cuatrimestre de 2022. Pp. 567-590. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i49.27 tradicionales, y aprovecharon el constitucionalismo de 1812 para impulsar sus demandas. De hecho, la Constitución de Cádiz fue también producto de las aspiraciones de los hispanoamericanos. La independencia ocurriría en 1821 cuando las autoridades españolas se negaron tozudamente a las propuestas de autogobierno elaboradas por los autonomistas, encaminadas a formar una especie de commonwealth hispánico. Quizá lo más rompedor del libro de Rodríguez O. en aquellos años fue el tratamiento que dio a la insurgencia. Los capítulos dedicados a las insurrecciones de Hidalgo y de Morelos fueron analizados en un marco hispánico amplio y no como procesos inspirados por ideales ilustrados y revolucionarios. En el caso del capítulo dedicado a la revuelta de Hidalgo, la mayor parte está dedicada a estudiar las condiciones sociales que la hicieron posible. Hasta entonces, ninguna historia general de la independencia mexicana había puesto tanta atención a los vaivenes imperiales para explicar la insurrección del Bajío. En el caso de la revuelta de Morelos, el autor se centró en el papel de las élites novohispanas que aprovecharon la insurrección como una carta más en su proceso de renegociación política frente a la metrópoli. En 1992, en una obra general, la hipótesis de que las revueltas populares no tuvieron el papel protagónico en la independencia era muy rupturista. Autonomía y constitucionalismo En 1994, Virginia Guedea inició, en el Instituto Mora, el seminario «La independencia y la formación de las autonomías territoriales mexicanas 1808-1824». Entre quienes colaboraron, algunas ya tenían un reconocimiento importante, como el mismo Rodríguez O. y Anne Staples. Mercedes de Vega, Xiomara Avendaño, Manuel Chust y Juan Ortiz eran más jóvenes. Las investigaciones que se desarrollaron en aquel grupo iban desde la participación de las comunidades indígenas en el nacimiento de México hasta la junta insurgente de Texas, de 1813. No obstante, todos los trabajos estuvieron cruzados por el marco del autonomismo, en el contexto de la revolución hispánica (Guedea 2001). Quienes más contribuciones hicieron para vincular los procesos autonomistas americanos con el constitucionalismo de 1812 fueron Jaime Rodríguez y Manuel Chust. Aunque sus trabajos no atañen de modo exclusivo a la independencia mexicana, me referiré brevemente a ellos, toda vez que consolidaron el marco interpretativo de un nuevo consenso historiográfico. En 1993, Rodríguez O. publicó un artículo en el que proponía su reinterpretación de la independencia de la América española (Rodríguez O. 1993a). Recuperaba varios de sus trabajos anteriores, mostrando que 582 Alfredo Ávila Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 49. Primer cuatrimestre de 2022. Pp. 567-590. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i49.27 en la dirigencia insurgente, que en gran medida favorecía la monarquía y la defensa de valores hispánicos. • Quienes se levantaron en armas en contra del gobierno virreinal no eran muy diferentes de quienes lo defendieron. Aquello fue más una guerra civil que una de independencia. • En Nueva España había un grupo que buscaba el autogobierno y encontró en la crisis de 1808 una primera oportunidad para negociarlo frente a la metrópoli. Luego lo intentó bajo los regímenes constitucionales de 1812-14 y 1820-21. Cuando sus empeños no tuvieron éxito, optaron por la independencia. • Lo que desató el proceso de independencia fue la invasión francesa de la península ibérica en 1808. La crisis monárquica, la guerra contra los franceses y la formación de órganos de gobierno como la Junta Central, la Regencia y las Cortes Constituyentes formaron parte de un proceso hispánico revolucionario. • Las bases de las instituciones mexicanas independientes son las que se construyeron en esa revolución hispánica: desde el federalismo hasta el gobierno representativo, aunque pudieran observarse algunas continuidades del orden corporativo previo. Los libros que aparecieron con motivo de la conmemoración de la insurrección de 1810 seguían, matices más o menos, estos puntos (Ávila, Ortiz Escamilla, y Serrano Ortega 2010). El ejemplo más claro, pero también el más criticado, es el libro de Jaime E. Rodríguez O., We Are Now the True Spaniards, que apenas dedica una pequeña parte al relato de los insurgentes (Rodríguez O. 2012).11 Los estudios de corte regional partieron de esa base, con las adecuaciones pertinentes a cada caso: desde Yucatán hasta Zacatecas y de Nueva Galicia a Puebla. Hubo algunas reacciones a este consenso, como la de Luis Fernando Granados, pero son excepcionales (Granados 2016). Para este autor, la historiografía del bicentenario se había olvidado de los grupos populares, de la gente común y corriente que se levantó en armas. Se trata de una crítica un tanto injusta, como puede apreciarse por algunos de los trabajos que he citado hasta ahora. También ha sido criticado, en el campo del pensamiento político, reducir todo al influjo del liberalismo español (Andrews 2016). 11 Véanse las resenciones críticas de Andrews 2018; Breña 2015; Fowler 2014. 583 La historiografía sobre la independencia de México: un nuevo consenso Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 49. Primer cuatrimestre de 2022. Pp. 567-590. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i49.27 Relatos plurales ¿Qué está pasando en la historiografía más reciente? Hay varias tendencias, pero resaltaré apenas unas pocas. Empezaré por referirme a las biografías. En la última década hemos visto la aparición de algunos libros fundamentales para conocer la vida de diversos protagonistas del proceso de independencia. Carlos Herrejón, contra corriente, describió a un Miguel Hidalgo que sin dudar pretendía la independencia del reino y que no peleaba a favor de Fernando VII. Poco después, el mismo autor publicó una extensa biografía sobre José María Morelos. Ambos libros están muy bien documentados, pero no dialogan mucho con la historiografía reciente. Quizá por eso se escapan del consenso descrito en las líneas anteriores (Herrejón Peredo 2014; 2015). Más recientemente, las biografías dedicadas a Leona Vicario y María Ignacia, la güera, Rodríguez, dan cuenta del papel que estas mujeres acaudaladas desempeñaron en el proceso de independencia. El caso de la güera es destacable, pues la versión que ofrece Silvia Arrom difiere mucho de la versión tradicional, que la imagina más comprometida con la independencia, pero también del nuevo consenso, que la ubica como una autonomista (Arrom 2020; Staples 2020). Las biografías de estas mujeres las describen preocupadas por mantener el estatus social y la riqueza, en condiciones adversas, algo parecido a lo que hizo Eric Van Young en su libro sobre Lucas Alamán, uno de los más destacados políticos del siglo XIX mexicano, quien también participó políticamente durante el movimiento de independencia y que, además, lo relató (Van Young 2021). En los años recientes también se ha ponderado más el proceso de militarización en Nueva España en los años de la guerra civil, trabajo que había empezado Christon Archer, pero que ya no continiuó. John Tutino ha puesto atención al momento de la crisis de 1808, con una interpretación que pone en primer término la disputa por la plata de Nueva España. A diferencia de otros autores, Tutino da cuenta de que el golpe dado al virrey en septiembre de aquel año no fue orquestado por las grandes fortunas del virreinato, sino por un grupo de empresarios con menos riqueza (aunque eran muy ricos), apoyados por oidores, eclesiásticos y por milicias. Para este autor, fue la gente de armas la que ganó en la crisis de 1808. A partir de ese momento, los encargados de los gobiernos provinciales serían los oficiales (Tutino 2018). La guerra en 1810 aceleró ese proceso. Como ya había visto Juan Ortiz, hubo un proceso de militarización en las regiones, de la mano de Félix María Calleja, el comandante que salió con las milicias de San Luis Potosí a combatir a Miguel Hidalgo. Calleja no solo derrotó a los insurgentes al comenzar 1811 sino que organizó un plan para que cada comunidad armara sus cuerpos de patriotas, con lo que contribuyó a la militarización (Ortiz Escamilla 2014; Benavides Martínez 2014; 2016). El mismo Ortiz dedicó un libro a la biografía 584 Alfredo Ávila Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 49. Primer cuatrimestre de 2022. Pp. 567-590. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i49.27 de ese poderoso comandante. Al igual que hicieron Staples, Arrom y Alamán en sus casos, el libro sobre Calleja pone atención a la carrera militar y política, pero también a aspectos más privados, como la formación de un patrimonio, a través del botín de guerra y de las relaciones que el virrey tendió en Nueva España (Ortiz Escamilla 2017). Juan Ortiz ha hecho más contribuciones al proceso de militarización en la segunda década del siglo XIX y en los comienzos de la tercera, particularmente en Veracruz. No obstante, es Rodrigo Moreno quien más ha hecho por el análisis de las fuerzas armadas en el periodo final de la guerra, entre 1820 y 1821. Contra lo dicho por buena parte de la historiografía tradicional, y también por la del nuevo consenso, Moreno Gutiérrez demuestra que los meses de febrero a septiembre de 1821 no se explican sin dar seguimiento a los ejércitos que proliferaban en Nueva España. Aquella también fue una guerra y dejó una herencia sobre el México independiente.12 Es verdad que la mayoría de estos trabajos se ajustan en general al nuevo consenso, en particular porque no pasan por alto la revolución hispánica, el constitucionalismo gaditano y la regionalización de la política, pero están abriendo nuevos campos de estudio que me parece importante resaltar. 12 Véanse (Moreno Gutiérrez 2016; 2021; Ortiz Escamilla 2008). 585 La historiografía sobre la independencia de México: un nuevo consenso Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 49. Primer cuatrimestre de 2022. Pp. 567-590. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i49.27 Bibliografía Excluyo varias obras colectivas y artículos que se han publicado en años recientes sobre el tema, debido a que muchas veces son avance o resumen de una obra mayor. Hay también un número importante de balances historiográficos, pero decidí no abordarlos para no hacer de este un balance metahistoriográfico. Andrews, Catherine. 2016. «Alternatives to the constitution of Cádiz in New Spain: republicanism and the insurgent constitutional decree of Apatzingán (1814)». Journal of Iberian and Latin American Studies 22 (3): 163-80. https://doi.org/10.1080/14701847.2016.1234248. ———. 2018. «Jaime E. Rodríguez O., “We are now the true Spaniards”: sovereignty, revolution, independence, and the emergence of the Federal Republic of Mexico, 1808-1824». Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, n.o 48 (julio): 211-18. http://dx.doi.org/10.1016/ S0185-2620(14)71435-5. Anna, Timothy E. 1978. The fall of the royal government in Mexico City. Lincoln: University of Nebraska Press. Annino, Antonio. 1988. «Pratiche creole e liberalismo nella crisi dello spazio urbano coloniale. Il 29 novembre 1812 a città del Messico». 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