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Mauerbücher-Misstöne im Triumphgeheul [Reseña]

Gimber, Arno

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70 Magazin Rezensionen Reseñas nuevo escenario abierto por el proceso de reunificación, que propagaba cantos de sirena de un futuro de unidad política en armonía y bienestar. Un desenlace parecido en el contexto de la crisis actual, y de la crítica al modelo globalitario, resulta difícilmente predecible salvo en la utopía-ficción de la novela Una Alemania feliz, de Thorsten Becker –también presente en el diccionario– en la que la RDA es reeditada tras el fracaso del proceso reunificador. Todas estas reflexiones son posibles en El diccionario de autores y obras sobre la narrativa de la unificación alemana. Este no ofrece, sin embargo y como cabe esperar de la literatura, una respuesta concluyente. En su lugar plantea preguntas de libre itinerario entre las más de 132 propuestas de 77 autores que escriben sobre la unidad alemana desde 1990. Toma de este modo el relevo a la monografía de título similar publicada en 2006 en la que un grupo de germanistas de universidades españolas, entre los cuales me cuento, ya abordaron las consecuencias literarias del acontecimiento histórico partiendo de un esquema de aproximación temático. En esta ocasión se presenta una exhaustiva panoplia de semblanzas de autores y recensiones de obras desde 1990 hasta la literatura más reciente, en las que aparecen reunidas por el azar del orden alfabético los más diversos modos de comprender los efectos del cambio de paradigma cultural motivados por aquellos acontecimientos políticos. Cada entrada sigue un esquema de contenido sistemático en el que, además de la semblanza de cada autor y el comentario de sus obras, el lector encuentra un resumen argumental y un comentario crítico acompañados de una selección de fuentes y referencias bibliográficas relevantes que son útiles para una profundización ulterior. Así, entre sus posibles itinerarios, el diccionario permite reconstruir la arqueología de la descreencia en los dos sistemas, cuyo recorrido nace justamente en un escepticismo inicial. El poder anticipatorio de la literatura queda declarado en la misma obra de Christa Wolf, Lo que queda (Was bleibt, 1990) , o más tarde con Christoph Hein, quien advertía diez años después en Willenbrok del riesgo de entregar al voraz sistema capitalista los logros sociales y las marcas identitarias de cuarenta años de socialismo. Siguiendo el trazado, una vez pasados los primeros momentos de euforia, podríamos escoger revivir en lo literario el sentimiento de decepción por la constatación de las luces y sombras del modelo económico y social occidental implantado, capaz de ofrecer brillo y variedad, pero no necesariamente felicidad individual y social. A este respecto, Thomas Brussig, uno de los hijos de la república, excepcional botón de muestra generacional de quienes nacieron bajo el paradigma oriental, manifestaba recientemente en primicia para El País que a las pocas horas de atravesar el muro hacia el oeste, por vez primera en sus veinticuatro años de vida, un bote de comida para perros anunciado en un luminoso cartel publicitario le recordó el gulash y le despertó el apetito: «Ese fue el momento en el que el Oeste quedó desmitificado para mí. Cuando te despiertan el apetito con comida para perros, están yendo demasiado lejos». Es la forma de mirar transversal y desencantada que domina en otros relatos suyos – como Héroes como nosotros (Helden wie wir, 1995), La avenida del sol (Am kürzeren Ende der Sonnenallee, 1999)–, hiperbólicos y rayanos con el absurdo, que exploran desde la vivencia íntima la mirada perpleja y absorta del hombre normal a cuyo mundo se le mueve el suelo bajo sus pies de un modo inopinado, violento y definitivo. Quizá sea éste, el de la experiencia personal, el de la reconstrucción ficcional de la dramática historia de la vida cotidiana de los damnificados por la voladura de la biosfera del socialismo real, el aspecto que resulte de mayor interés y atractivo en las obras propuestas por el diccionario, habida cuenta de que las promesas de un mundo de bienestar tampoco se cumplen varios lustros después del fin de la unificación política. En el diccionario podremos visitar las antesalas de las obras de autores que se ocupan de los distintos modos de reconstrucción de un mundo irremisiblemente extinto con todo el andamiaje identitario de una generación completa, la nacida tras la construcción del muro en 1961. Los problemas de una identidad alemana dividida planteados en obras literarias previas al proceso de unificación, como El saltamuros (Der Mauerspringer, 1982), de Peter Schneider, se torna aquí en el sentimiento de profundo desarraigo que nace de la consciencia de una identidad colectiva inexorablemente desaparecida. Los retratos sociológicos que el autor de Dresde Ingo Schulze, verbigracia, lega para la posteridad en sus Historias simples (Simple stories, 1998), recrean los espacios, los tipos sociales y la reacción a los cambios, los objetos y las relaciones en la antigua Alemania del Este, y resultan en este sentido de un valor etnográfico extraordinario para la protección de la memoria colectiva de la RDA – acaso lo único salvable– más allá de otras líneas de productos mercantiles, nacidas para dar satisfacción a cambio de beneficio a la demanda de una generación apátrida y errabunda necesitada de referentes. El diccionario debe colmar, en suma, el interés del especialista y también el del lector común por el conjunto de reflexiones literarias sobre la controvertida unificación política de Alemania de 1990. El formato del diccionario –a la postre un buscador impreso– permite trazar itinerarios abiertos en torno a temas y a problemáticas que el interés personal puede definir de modo libre, o bien complementar las propuestas temáticas planteadas en el monográfico La narrativa de la unificación alemana, publicado en 2006. VÍCTOR BORRERO ZAPATA I MauerbücherMisstöne im Triumphgeheul WIPPERMANN, WOLFGANG, Dämonisierung durch Vergleich: DDR und Drittes Reich. Berlin: Rotbuch, 2009, 160 Seiten. INGE STEPHAN / ALEXANDRA TACKE (EDS.), NachBilder der Wende. Köln / Weimar / Wien: Böhlau, 2008, 351 Seiten. Im Herbst 2009 feierte nicht nur in Deutschland, sondern ganz Europa die zwanzigjährige Wiederkehr des Mauerfalls und damit den Beginn einer Veränderung, die schon kurz danach in der deutsch-deutschen Wiedervereinigung gipfelte und für die Weltgemeinschaft das Ende des Kalten Kriegs bedeutete. Spektakuläre Aktionen wie etwa die Neuinszenierung des Mauereinrisses durch Esperanza Aguir- [ mayo 2010 71 re im Garten der deutschen Botschaft in Madrid zeigen meiner Ansicht nach augenscheinliche Genugtuung und zwanghaftes Bejubeln eines bestimmt als positiv zu bewertenden historischen Ereignisses, das jedoch auch seine negativen Seiten hatte, die man im Rahmen der Feierlichkeiten gerne vergaß. Aus der Flut an literarischen Essays und Dokumentationen, die zum Anlass des Jubiläums erschienen sind, habe ich deshalb zwei Werke ausgewählt, die nicht einfach in das Unisono in C-Dur einfallen, sondern aufzeigen, wo im Wiedervereinigungsprozess Fehler begangen wurden, die bis heute in einigen Bevölkerungsgruppen der Berliner Republik Unbehagen hervorrufen. Der Berliner Historiker Wolfgang Wippermann beispielsweise wehrt sich in seiner Studie Dämonisierung durch Vergleich: DDR und Drittes Reich vehement dagegen, das Nazi-Regime und die Regierungen der ehemaligen sozialistischen Länder Europas über eine Leiste zu ziehen. Die These wurde während der Zeit des Kalten Krieges vom rechten Lager propagandistisch verbreitet und erlebte seltsamerweise nach der Wiedervereinigung ein Revival, wahrscheinlich als Gegenreaktion auf die Ostalgie-Bewegung. Aus gewichtigen Gründen ist diese Angleichung jedoch abzulehnen: zum einen kann die DDR weder für einen Weltkrieg noch einen Völkermord verantwortlich gemacht werden, zum anderen bedeutet die Gleichsetzung der Stasi-Gefängnisse mit Auschwitz eine Banalisierung des Holocausts und wäre demnach nach der gültigen Rechtsprechung in der BRD sogar strafbar. Wippermann spricht von einem neuen Historikerstreit. Aus rechten Positionen wird zwar nicht mehr der Versuch unternommen, die Grausamkeiten des Nazi-Regimes abzumildern (dieses Ziel ist längst erreicht), sondern es geht seit den neunziger Jahren darum, den ehemaligen DDR-Bürgern die letzten ihnen noch verbliebenen Identifikationsmöglichkeiten mit ihrer Vergangenheit zu nehmen und somit die Siegerpose des Westens noch deutlicher herauszustellen. Dies hat natürlich den Vorteil, dass die dunklen Seiten des Prozesses der Wiedervereinigung vergessen werden, die Ungerechtigkeiten, die einzelne erfahren mussten, u.a. auch wegen der veränderten wirtschaftlichen und sozialen Situation, mit der viele nicht umgehen konnten. Natürlich weiß das jeder. Wippermanns Buch muss als Einführung gelesen werden, es ist einfach geschrieben und wiederholt bis zur Sättigung den immer gleichen Grundgedanken. Klar ist, warum der Vergleich zwischen NS-Regime und DDR hinkt, klar auch die Frage, warum er immer wieder angestellt wird und bis heute nicht an Resonanz verloren hat. Die Bedeutung der Studie liegt allerdings darin, dass Wippermann die Renaissance der Totalitarismusdoktrin seit dem Ende der DDR und die damit verbundenen Gefahren klar benennt und sie kritisch in die Diskussion um die zwanzig Jahre Wiedervereinigung einbringt. Dabei blickt er differenziert über seine These hinaus, wo er sich etwa auch gegen die Ostalgie in Position setzt, denn diese beabsichtige u.a. auch das Gegenteil der Totalitarismusdoktrin: eine Verharmlosung diktatorischer Praktiken in der DDR, in der «der Terror grundsätzlich jeden und fast an jedem Ort» erfasste. Kritisch wendet er sich andererseits gegen Joachim Gauck und Hubertus Knabe, die er als zu fanatische Ankläger des Regimes bezeichnet. Wie diese gebe es auch Historiker, die die Geschichte der DDR nicht wissenschaftlich, sondern durch Anklage und Verurteilung aus ideologischen Lagern aufzuarbeiten versuchten. Man denke nur an einige Mitglieder und die Arbeit der Enquêtekommission des Deutschen Bundestags zur Aufarbeitung der DDR-Geschichte. Dass es auch anders geht, zeigen die Arbeiten von Karl Wilhelm Frikke (Akten-Einsicht. Rekonstruktion einer politischen Verfolgung), Jens Gieseke (Die DDRStaatssicherheit: Schild und Schwert der Partei) oder Hans Joachim Schädlich (Aktenkundig), die seriös und ohne Dämonisierungen über die Vergangenheit der DDR aufklären und wie Wippermann selbst ein ausgewogenes Bild der deutschdeutschen Einigung vermitteln. Ein zweites Buch, das auf kulturwissenschaftlichener Ebene Ähnliches bewerkstelligt, ist der von Inge Stefan und Alexandra Tacke herausgegebene Sammelband Nachbilder der Wende. Er ist der Abschlussband der Trilogie, die 2007 mit den NachBildern des Holocaust begonnen und ein Jahr später mit NachBilder der RAF fortgeführt wurde. Wie bei Wippermann wird hier nicht in das Horn der Diffamierung gestoßen, die Wende und der Prozess der Wiedervereinigung werden aus vielerlei Perspektive differenziert und tiefschürfend analysiert. Sehr aufschlussreich resultiert in diesem Zusammenhang schon der erste Beitrag, in dem Markus Joch die Weststrategie bei den Verunglimpfungen von Christa Wolf im sogenannten deutschdeutschen Literaturstreit aufdeckt. Er zeigt überzeugend, wie wenig Sensibilität für die Verhältnisse in der DDR in der BRD (bis heute) vorhanden ist und wieviel Eigennutz der Westen (hier der Profilierungszwang Frank Schirrmachers als Nachfolger von Marcel Reich-Ranikki im Feuilleton der FAZ) beim Zusammenwachsen der beiden deutsche Staaten an den Tag legt. Diese fehlende Sensibilität wird auch nach der Lektüre von Kristin Schulz‘ Artikel über «Heiner Müllers Dunkelzone der Erinnerung im Kontext seiner ,Vater‘-Texte» deutlich. Aus der Sicht Heiner Müllers kann die Autorin überzeugend erklären, warum Intellektuelle von Anfang an und und über Jahrzehnte hinweg zur DDR standen. Für sie bedeutete die Gründung der DDR die unmittelbare und einzig akzeptable Konsequenz nach den Erfahrungen des Nationalsozialismus, bedeutete Hoffnung auf ein anderesDeutschland. Auch wenn diese Hoffnung zunehmend getrübt und gar zerstört wurde, so zeigten die politischen und kulturellen Auseinandersetzung mit West-Deutschland doch, dass die BRD in intellektuellen Kreisen der DDR nie als Alternative gelten konnte. Besonders gelungen ist die inderdisziplinäre Ausrichtung des Bandes. Neben Literatur, Film und Malerei dient auch die Photographie dazu, die NachBilder der Wende kulturell zu verorten und zu verdichten. Hervorzuheben wäre etwa die überzeugende Analyse der künstlerischen Auseinandersetzung mit 72 Magazin Rezensionen Reseñas dem Mauerfall in Svea Bräunerts Artikel über Monika Maron und Sophie Calle, wo die fotografischen Erinnerungsräume in Arbeiten von Sophie Calle mit Texten von Monika Maron verglichen werden. Gemeinsam ist beiden Künstlerinnen die fotografische Perspektive, die Spuren der Anwesenheit der DDR in einer immer deutlicher werdenden Abwesenheit in der neudeutschen Wirklichkeit freilegen. Interessant ist auch, wie Blickwinkel von außen in den deutschdeutschen Diskurs eingreifen. Andrea Geier zeigt zum Beispiel, wie der Wiedervereinigungsprozess von kritischen Autoren der neuen Wendeliteratur immer wieder in Metaphern des Kolonialismus gefasst und damit eindeutig als ungerecht bewertet wird. Sonja E. Klocke erläutert, auf welche Weise die türkisch-deutsche Schriftstellerin Emine Sevgi Özdamar in ihrem Roman Seltsame Sterne starren zur Erde die Ost/West-Dichotomie aus einer türkischen Vorstellungswelt heraus zu unterwandern vermag und wie es ihr gelingt, durch eine Orientalisierung der DDR an der Utopie des sozialistischen Staates festzuhalten. Auch in diesem Band wird die Ostalgie als suspektes Phänomen verhandelt, wie sie etwa in TV-Shows und diversen Wendefilmen zum Ausdruck kommt. Als Gegenentwurf zur Wiedervereinigungseuphorie versteht dann Alke Vierck Florian Henckel von Donnermarcks Das Leben der Anderen. Alexandra Tack wickelt in «Mauerbau und Mauerfall im kollektiven Gedächtnis» die Geschichte der Mauer anhand von Kulturzeugnissen noch einmal auf: bei Maren Ullrich (Geteilte Ansichten. Erinnerungslandschaft deutsch-deutscher Grenzen) oder bei Jürgen Böttchers (Die Mauer) als Demontage, die gleichzeitig ihre Vorgeschichte über die erste Hälfte des 20. Jahrhunderts hinweg miterzählt. Zuletzt stellt sich die Autorin mit Joseph Beuys die Frage, ob und wie jeder einzelne am Mauerbau Verantwortung trägt und wie interessiert jeder einzelne am Verschwinden der Mauer ist. Bis heute. Nicht alle neunzehn Beiträge aus Nachbilder der Wende konnten in dieser kurzen Besprechung erwähnt werden, aber die Zusammenfassung vermag doch zu zeigen, dass der Blick auf die deutsch-deutsche Geschichte und Kultur (intermedial verstanden), gekoppelt mit einer unvoreingenommen, kritischen Analyse eben genau das gewährleistet, was viele, wie anfangs gesagt, bei den Feierlichkeiten anlässlich des Mauerfalls vor nunmehr zwanzig Jahren vermisst haben: nichts weiter als eine gerechtfertigte Problematisierung des Wiedervereinigungsprozesses. ARNO GIMBER I La oscuridad de la cinta blanca GITTA SERENY: DDeessddee aaqquueellllaa oossccuurriiddaadd.. CCoonnvveerrssaacciioonneess ccoonn eell vveerrdduuggoo FFrraannzz SSttaannggll,, ccoommaann-- ddaannttee ddee TTrreebblliinnkkaa. Barcelona: Edhasa, 2009. Traducción de Miquel Izquierdo. A nadie dejó indiferente el film de Haneke. Éramos siete los que casualmente nos encontramos en la puerta del cine al término de la proyección. Quien menos, se sentía ofendido, molesto, violentado. Quienes más, impactados, rebosantes de interpretaciones – de interrogantes, más bien, o silenciado alguno por la secuela del shock. A quien La cinta blanca le evocaba el mejor Bergman, quien argüía exageración u optaba por la evasión de lo no creíble… A mí personalmente me espoleó un tropel de lugares comunes, familiares, provenientes de la literatura, abundante en el tema, de mis lecturas recientes. El primero en acudir a mi memoria fue el austríaco Joseph Winkler, de la mano de su Cementerio de las naranjas amargas (2008), comentado ya en estas páginas del Magazín, otro testimonio escalofriante del exterminio de la capacidad de ser uno mismo, segada en la infancia por la intransigencia moral y el oscurantismo de raíz seudorreligiosa, en ese ejercicio estilístico –sólo desde ese plano podía hacerse– que hermana en iniquidad geografías tan distantes y distintas como Carintia y Sicilia. Y desde esta oscuridad atrapada en el film de Haneke pude entender mejor a mi admirada Gitta Sereny, de quien se ha traducido al castellano Desde aquella oscuridad, obra publicada por primera vez en 1977. El libro tiene como eje central una larga entrevista mantenida en la prisión de Düsseldorf con Franz Stangl, comandante de Treblinka, el más significado de los centros de exterminio masivo nazi, a lo largo del año 1971, tras su condena a prisión perpetua por el exterminio de 900.000 personas, hasta su muerte, acaecida de forma natural 19 horas después de finalizar su conversación catártica con la autora del libro. Ambos autores, Haneke y Sereny, coinciden en el objeto intrínseco de sus respectivas obras: llegar a la raíz misma del mal, despersonalizándolo, colocándolo –se diría– al alcance de todos. Como realmente se encuentra instalado en nuestras egocéntricas sociedades judeocristianas, en sus fundamentos morales, bíblicos (no hay libro más sanguinario y xenófobo en la historia de las religiones que la Biblia, y quien no esté convencido de mi afirmación, que lo lea o lo relea desapasionadamente) y en un enjambre de costumbres atávicas, desprovistas, si lo tuvieron, de su sentido originario, indudablemente violento, aunque claramente encaminadas todas ellas a la perpetuación del dominio, sin límites, del hombre sobre el hombre, y más en concreto del varón –de tales o cuales aristoi-, sobre el resto. Como Haneke, Sereny, en su primer cara a cara con Stangl, no duda de hacia dónde deben encaminarse sus primeros buceos en un lago tan negro como aquél que tenía ante sus ojos: el territorio de la infancia, aquella parcela de su vida que había pasado inadvertida a la multitud de periodistas, escritores o juristas que la habían precedido en el empeño de saber algo más que la escalofriante y fría enumeración de los horrores que, bajo su supervisión, sucedieron en la mayor fábrica de muerte concebida hasta el momento (luego han surgido otras más, incluso más efectivas). «Hábleme de su infancia». Esas cuatro palabras pronunciadas en el primer momento de su serie de entrevistas fueron el ábrete sésamo, la grieta por donde su olfato de visceral investigadora de las profundidades humanas se coló hasta lo más recóndito de ese ser, ciertamente humano, derrotado y [