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El antiliberalismo como clave de la obra de Koselleck

Galindo Hervás, Alfonso

Abstract

En este artículo defiendo que la crítica del liberalismo puede considerarse una clave que permite unifi car el proyecto teórico de Koselleck. Su antiliberalismo tiene sus orígenes en la infl uencia del pensamiento de Schmitt, y se concreta en la tesis de

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El antiliberalismo como clave de la obra de Koselleck1∗ Alfonso Galindo Hervás (Universidad de Murcia, España) Resumen En este artículo defi endo que la crítica del liberalismo puede considerarse una clave que permite unifi car el proyecto teórico de Koselleck. Su antiliberalismo tiene sus orígenes en la infl uencia del pensamiento de Schmitt, y se concreta en la tesis de Crítica y crisis y en el objetivo de revitalizar el lema Historia magistra vitae. Palabras clave: Koselleck, Schmitt, liberalismo, progreso, historia de los conceptos. Abstract In this article I defend that the criticism about the liberalism can be considered a key in order to unify the Koselleck’s theoretical projet. His point of view anti-liberal has its origins in the infl uence of Schmitt’s thought, and it is stated explicitly in the thesis from Crítica y crisis and the revitalization of motto Historia magistra vitae. Keywords: Koselleck, Schmitt, liberalism, progress, history of concepts. 1. Una conclusión y una justificación para comenzar La relevancia intelectual de Reinhart Koselleck está fuera de duda actualmente. Ello no impide que en el ámbito académico español sea una fi gura poco conocida. No es preciso buscar otra causa de tal situación que la propia debilidad de la “academia” española, sus universidades, foros y editoriales. Pero si quisiéramos añadir un argumento, no parecería exagerado aludir al contexto fi lonazi en el que hunde sus raíces la obra del catedrático de Teoría de la Historia. Dicho contexto pasa, entre otros datos, por la infl uencia de Carl Schmitt, autor igualmente evitado hoy por su pasado nazi –pero que, a pesar de ello, 1 ∗ Los argumentos presentes en este artículo fueron debatidos en el Seminario de pensamiento económico y fi losofía política “Laureano Figuerola” de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Deseo agradecer a los participantes sus comentarios. Han sido también muy valiosas las sugerencias de José Luis Villacañas. Naturalmente, las defi ciencias del texto sólo son atribuibles a mí. Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, N° 21. Primer semestre de 2009. Págs. 44-62. Araucaria21-1-.indd 44Araucaria21-1-.indd 44 15/04/2009 12:21:0915/04/2009 12:21:09 45 El antiliberalismo como clave de la obra de Koselleck constituye el referente oculto de muchas de las teorías contemporáneas sobre lo político, incluidas varias ubicables en eso que llamamos “izquierda”2. Esta breve alusión es relevante en este artículo dado que en él se pretende mostrar y analizar los elementos antiliberales presentes en el pensamiento de Koselleck, y éstos tienen su fuente principal en las ideas del antiliberal Schmitt. Así, una comprensión cabal del antiliberalismo del catedrático de Bielefeld exige mostrar primeramente el correspondiente de Schmitt. Esto se refuerza al constatar que Koselleck no es un fi lósofo o teórico de lo político, como lo es Schmitt. Ello implica el que su obra, donde la refl exión sobre la historia o los conceptos se funde con la de lo político o el Estado, sea ampliamente deudora de las tesis schmittianas sobre el Estado, la soberanía, el dualismo públicoprivado, la enemistad, etc. Sintetizando mucho podría decirse que los elementos antiliberales que puedan hallarse en el pensamiento de Koselleck constituyen, entre otros muchos, un índice, a la par que un factor obvio, de la infl uencia de las tesis de Schmitt en su obra. Defenderé que la presencia de dicha infl uencia puede servir como criterio de la unidad del pensamiento de Koselleck. Por lo demás, el que a estas alturas, cuando parece consagrada en Occidente la fórmula mixta recogida bajo la expresión “democracia liberal”, visitemos los argumentos antiliberales de pensadores tan peligrosos como Schmitt y Koselleck, merece una breve justifi cación que trascienda el mero interés académico. La perspectiva política, realista y conservadora, del jurista y del historiador contribuye a la comprensión de distintos fenómenos sociales contemporáneos: tanto los relativos a la emergencia de nuevas identidades colectivas, como los que constituyen excepciones que cuestionan la plena realización (incluso realizabilidad) del modelo liberal-democrático, que al postularse como encarnación del derecho y la razón se hace impotente para aprehender el carácter confl ictual de lo político3. El punto de vista realista de estos pensadores puede contribuir a cuestionar el ingenuo cognitivismo que olvida que las realidades que consideramos con- 2 Una forma de atisbar la dimensión antiliberal de Schmitt consiste en reparar en cierto pensamiento que evidencia una deuda con él: el de los Cacciari, Agamben, Nancy, Zizek, Rancière, Mouffe, etc. No sería justo afi rmar que estos pensadores son “schmittianos” si por tal entendemos que asumen las propuestas políticas de Schmitt. Pero sí lo son en la medida en que ciertas tesis de éste resultan indispensables en el desarrollo de sus propias fi losofías sobre lo político. En este sentido, quizá nadie como Walter Benjamin ejemplifi que la simultaneidad tanto del rechazo más radical del pensamiento de Schmitt como de la insuperable deuda con él, hasta el punto de poder considerárselo el arcanum de su propia producción fi losófi ca. 3 Es la tesis de Mouffe en El retorno de lo político, trad. M. A. Galmarini, Paidós, Barcelona, 1999, p. 12. Un reciente ejemplo de la cándida apoliticidad de cierto liberalismo se halla en J. Mosterín, La cultura de la libertad, Espasa-Calpe, Madrid, 2008. El autor defi ende la utopía de un mundo sin política y sin Estados, gobernado por la neutralidad de la ciencia y de sus expertos, por los intercambios libres y racionales, en progreso imparable. Araucaria21-1-.indd 45Araucaria21-1-.indd 45 15/04/2009 12:21:0915/04/2009 12:21:09 46 Alfonso Galindo Hervás quistas, tales como la vida democrática, carecen de un fundamento racional si por tal hemos de entender exento de decisiones, apuestas y avatares históricos. Dicho de otro modo, el realismo político nos recuerda el fundamento político de la democracia, entendiendo por tal que su legitimidad no se alcanza sólo desde la teoría, sino que implica una praxis determinada que evidencie la voluntad de preservar sus valores propios4. En este contexto no está de más recordar que el estatalismo afín al realismo schmittiano, si bien es cierto que encarna la comprensión más totalitaria de la forma estatal, surge de una agudísima conciencia de que fue dicha forma de gobierno, y además en su versión radical –el Estado absoluto del siglo XVIII—, la que posibilitó el surgimiento, la estabilización y el triunfo de la sociedad liberal. Que ello no fuese fruto querido ni previsto (¡ni siquiera compatible!), no implica asumir las soluciones de Schmitt y de Koselleck, pero tampoco renunciar a su brillante diagnóstico en aras de un liberalismo reducido a mentirosa y tópica caricatura de antiestatalismo. Y ello porque el diagnóstico es tan persuasivo que no sólo permite propuestas políticas “schmittianas”, sino igualmente otras conscientes de que también el Estado es aún garantía de derechos individuales –y, en esta medida, de sociedad civil— allí donde las distintas formas de poderes de suyo no políticos (económicos, científi cos, mediáticos, religiosos, etc.) vehiculan y gestionan confl ictos que alcanzan una intensidad existencial, propiamente política, aplastando sin control alguno a los individuos. Cuando esta conciencia declina, la apoliticidad y el antiestatalismo liberales se transmutan en abierta impoliticidad, la de aquéllos que no han conseguido comprender lo político sino desde las categorías y teorías de Schmitt y que, por ello mismo, reducen toda alternativa frente a ellas a trascenderlas ab integro mediante fórmulas que implican todo lo totalmente opuesto a lo implicado en las mismas, a saber: misticismo antiteológico y antijurídico (anómico, mesiánico) revestido de apariencia ontológica, inacción e irrepresentabilidad absolutas5. En suma, el realismo político de Schmitt y de Koselleck puede enseñar a un pensamiento político defensor de la democracia que lo político constituye una esfera determinada por el confl icto, la necesidad de construir formas de unidad y la imposibilidad de sustraerse a la decisión. De ahí que el reto político de una sociedad plural pase por arbitrar mecanismos de regulación del disenso (más que de forja de consensos) que permitan el surgimiento de identidades plurales compatibles. Al no cuestionar el individualismo y priorizar la libertad personal frente a lo político-estatal, cierto liberalismo sólo puede establecer 4 La perspectiva del liberal Rorty, por ejemplo en La prioridad de la democracia sobre la fi losofía, sería compatible con este anticognitivismo. 5 Es el caso de Jean-Luc Nancy o Giorgio Agamben. También de determinadas propuestas y textos de Derrida, Negri y Hardt. Sobre este tema, me permito remitir a mi libro La soberanía. De la teología política al comunitarismo impolítico, Res Publica, Murcia, 2003. Araucaria21-1-.indd 46Araucaria21-1-.indd 46 15/04/2009 12:21:0915/04/2009 12:21:09 47 El antiliberalismo como clave de la obra de Koselleck límites al egoísmo desde la ética o la propia economía. Pero si sólo cabe esperar la emancipación de (de, por y en) las esferas de la moral y de la economía, la emancipación alcanzable será meramente moral y económica, corriéndose el riesgo de permanecer en una esclavitud política o, cuando menos, en la crisis política permanente. 2. El arcanum antiliberal de Koselleck El antiliberalismo de Koselleck tiene como antecedente inmediato su conciencia, netamente schmittiana, de que no existe (histórica y estructuralmente) el liberalismo (y lo que implica: eso que es habitual denominar “sociedad civil”) sin el Estado y que, una vez constituida la sociedad civil burguesa a instancia de dicho Estado, ésta se alza como el agente corrosivo par excellence de su soberanía, destinándonos a una situación de crisis permanente y acelerada. Bastará por ahora con una signifi cativa frase: “La utopía burguesa es el ‘hijo natural’ de la soberanía política absolutista. Con ello el Estado sucumbe a sus propias condiciones”6. Los argumentos antiliberales del autor de Futuro pasado son consecuencia directa de una concepción de lo político que remite su especifi cidad al antagonismo existencial y, en esta medida, justifi ca el Estado a partir de la evitación de la guerra civil, haciéndolo preferible a su ausencia. Una concepción de lo político que margina la cuestión de la legitimidad del poder, remitiéndola a la efi cacia en la conducción de la lucha existencial de un pueblo7. Si Carl Schmitt fue quien teorizó, con un alto grado de abstracción, dicha visión antiliberal del Estado y de lo político, la obra de Koselleck puede comprenderse como un desarrollo de la misma concretada en el estudio de los procesos históricos concretos que supusieron la emergencia de la sociedad civil, su inconsciencia política y, en esta medida, su larvada tarea antiestatal, cuyo desenlace fue la revolución. Así, mientras que el concepto de lo político de Carl Schmitt implica la denuncia de la moralización liberal del Estado como el índice (y el factor) más claro de la disolución de su soberanía (con las nefastas consecuencias que se seguirían de ello), el antiliberalismo de Koselleck se deja comprender como una denuncia de la moralización liberal de la Historia (esto es, de la creación de la Filosofía de la Historia) por constituir el índice y el factor más claros del olvido de lo político y de la crítica antiestatal conducentes a la crisis política permanente. 6 R. Koselleck, Crítica y crisis del mundo burgués (en adelante, CC), trad. R. de la Vega, Rialp, Madrid, 1965, p. 336. 7 Sobre este punto, cf. J. L. Villacañas, “Histórica, historia social e historia de los conceptos políticos”, Res Publica, 11-12, 2003, pp. 69-94. Araucaria21-1-.indd 47Araucaria21-1-.indd 47 15/04/2009 12:21:0915/04/2009 12:21:09 48 Alfonso Galindo Hervás La aportación de Koselleck en lo referente a la crítica del liberalismo se remite, pues, a una explicación de la revolución o crisis política, elevada a estructura interna de la Modernidad y del tiempo presente, que atiende a los procesos históricos que estarían en su base. La obra de referencia sobre este punto es Crítica y crisis, de 1959. Pero el antiliberalismo de Koselleck no se limita a la presentación de la, a su juicio, patogénesis del mundo moderno. Junto a ello, existe otro núcleo argumentativo que se deja explicar a partir de dicho antiliberalismo, permitiendo establecer una continuidad en su obra por cuanto da cuenta del magno programa histórico-conceptual. Se trata de sus alusiones, comprensibles como un intento de revitalización, al lema ciceroniano historia magistra vitae. Con tal lema quedaría nombrada la crítica de Koselleck a un mundo, el moderno bajo cuya infl uencia aún vivimos, que destina al hombre a la necesidad de novedad permanente y, en esta medida, a la insatisfacción y a la crisis permanente. A su juicio, la modernidad se construye a partir de la emergencia de un abismo entre las experiencias acumuladas y las expectativas por venir. Dicho abismo ha consagrado la imposibilidad de aprender de la historia, instalándonos en un mundo acelerado y fagocitador de novedades, un mundo que ignora las estructuras duraderas que permiten el surgimiento de algo verdaderamente nuevo, hurtando al hombre los recursos para el sosiego, la seguridad y el orden. 3. Los argumentos antiliberales de Carl Schmitt Las refl exiones de Schmitt sobre el liberalismo no constituyen ningún texto autónomo, sino que aparecen diseminadas en múltiples escritos. Como veremos, algo análogo puede afi rmarse respecto de Koselleck. Junto a argumentos puntuales que cuestionan algún rasgo del pensamiento liberal, lo habitual es que los elementos antiliberales presentes en la obra de Schmitt y de Koselleck deban ser inferidos de sus concepciones sobre lo político, el Estado o la historia, por citar sólo algunos conceptos nucleares de sus fi losofías. En el caso de Schmitt, es su concepción general de lo político la que se deja comprender como una concepción esencial o estructuralmente antiliberal. A esta circunstancia se añade la propia ausencia de una caracterización acabada o cerrada de qué sea eso del pensamiento liberal. Ello se agudiza con el hecho de tener que limitarnos a un examen de los elementos antiliberales de Schmitt y de Koselleck tomando como referencia su conceptualización del liberalismo, que, además de ofrecérsenos de modo asistemático, es igualmente parcial, respondiendo propiamente a una de entre las múltiples tipologías de liberalismo que cabe recrear. Todo esto hace inexcusable determinar sintéticamente algunos rasgos mínimos atribuibles genéricamente al liberalismo. Pero subrayando tanto su abstracción y revisabilidad, como el hecho de que la selección de los mismos Araucaria21-1-.indd 48Araucaria21-1-.indd 48 15/04/2009 12:21:1015/04/2009 12:21:10 49 El antiliberalismo como clave de la obra de Koselleck no puede evitar ser informada por la crítica al liberalismo de Schmitt y de Koselleck. Dicho de otro modo: recrearé algunos tópicos liberales y su crítica guiándome para su propuesta tanto de las caracterizaciones habituales (y menos cuestionables a priori) del liberalismo, como de los mismos argumentos críticos de nuestros pensadores de referencia. Esta circularidad no constituye un problema que invalide el desarrollo de la exposición en la medida en que, como podrá comprobarse, la comprensión schmittiana y koselleckiana del liberalismo se atiene a los tópicos usuales. En general, resultaría aceptable remitir el liberalismo a la voluntad de racionalizar los dispositivos disciplinarios del gobierno usando como criterio los límites procedentes de los derechos y libertades individuales y, como instrumento, la regulación jurídica de su acción mediante el parlamentarismo y el constitucionalismo. Todo ello presidido por la neutralidad del Estado, factor e índice de pluralismo. Desde esta caracterización, los conceptos que habitualmente se usan para aprehender la especifi cidad del liberalismo son, entre otros: libertad, racionalidad, individuo/individualidad, pluralismo, parlamentarismo, neutralidad estatal, consenso, etc. Como señalé, es la concepción schmittiana de lo político la que se deja comprender como una concepción esencial o estructuralmente antiliberal. Dicha concepción tiene su clave de bóveda en la comprensión de la soberanía a partir de dos elementos: la representación del orden concreto (nacional) y el monopolio sobre el caso excepcional, que implica tanto la decisión que inaugura un estado de excepción, como la decisión de guerra e identifi cadora de un enemigo (que no son sino la determinación material del criterio formal de soberanía a partir de la decisión sobre lo excepcional). A partir de esta síntesis del concepto schmittiano de lo político, su antiliberalismo se puede aprehender a partir de dos núcleos conceptuales: uno relativo a la comprensión de lo político y del Estado, que es contrario a la pretendida neutralidad estatal propugnada por el liberalismo, y otro relativo a la libertad y lo que ella implica (individualismo, pluralismo y escisión entre lo público y lo privado). Como la posición de Schmitt respecto de ambos núcleos es coherente con su concepción de lo político, conviene exponer ésta brevemente. 3.1. Lo político y el Estado Schmitt estudia la esencia de lo político con el fi n de iluminar el origen y la esencia del Estado. Ello implica que el alcance de la soberanía estatal constituya la consecuencia inevitable de su comprensión de lo político8. En su objetivo de 8 “De lo que se trata fundamentalmente es de la relación y correlación de los conceptos de lo estatal y de lo político por una parte, y de los de guerra y enemigo por la otra”. Prólogo, en C. Schmitt, El concepto de lo político, trad. R. Agapito, Alianza, Madrid, 2002. Araucaria21-1-.indd 49Araucaria21-1-.indd 49 15/04/2009 12:21:1015/04/2009 12:21:10 50 Alfonso Galindo Hervás hallar la especifi cidad de esta esfera de acción, desarrolla en El concepto de lo político una concepción antropológica pesimista. Frente a la cándida confi anza ilustrada (liberal) en la educación de las capacidades humanas, claramente visible en las obras de los ilustrados escoceses, defi ende un esencial défi cit ontológico en el ser humano que explica su tendencia al mal, desencadenante a su vez de la secuencia lógica que conduce a la postulación de la necesidad de la autoridad decisoria absoluta. Sólo si se defi ende la esencial confl ictividad humana se puede explicar la emergencia del ámbito de lo político, así como su fi gura por excelencia, el Estado. Al contrario, cuando aumenta la fe en la bondad natural humana, crece la crítica anárquica, y las leyes son sustituidas por los lazos éticos y afectivos9. Lo político es posible porque hay enemigos y la guerra es posible, tornándola efectiva en el presente10. La razón es que la guerra es el auténtico caso de excepción (urgido de decisión) desvelador de la politicidad y de la normalidad de las cosas. De ahí que si no existe como posibilidad, se llegue a una despolitización11. Sólo porque hay enemigos y posibilidad efectiva de guerra, surge lo político y el Estado como su forma. Dicho Estado halla legitimidad en su capacidad de decidir quién es enemigo, combatirlo e instaurar la paz y la normalidad12. Pero no sólo: también representa una realidad trascendente, la unidad nacional13. Ambos extremos explican su carácter teológico-político. Al igual que la Iglesia católica, se enfrenta a la ineliminable confl ictividad humana produciendo derecho y representando una verdad trascendente14. En la convulsa época weimariana, Schmitt reclamó un Estado situado por encima del parlamento, un Estado capaz de combatir al enemigo y garantizar la protección. A sus ojos, el Estado alemán adolecía de la enfermedad normativista, cuyos síntomas son tanto la ausencia de referencia al orden trascendente como la incapacidad de decisión. Se trataba, a su juicio, de un Estado dominado por el objetivo de la neutralidad, que es el dogma de una época presidida por el crecimiento de la técnica, y que ingenuamente pretende disolver los confl ictos sin tomar decisiones15. Schmitt, al contrario, considera ingenuo sostener la 9 Ibid., pp. 89s. 10 Ibid., pp. 58, 62, 64ss. Sobre las difi cultades de la dialéctica entre posibilidad y efectividad en el concepto schmittiano de lo político, cf. J. Derrida, Políticas de la amistad seguido de El oído de Heidegger, trad. P. Peñalver y F. Vidarte, Trotta, Madrid, 1998, pp. 106, 147, 155. 11 Ibid. pp. 65s. 12 Ibid., pp. 74ss.; C. Schmitt, Teología política, en Estudios Políticos, trad. F. J. Conde, Cultura española, 1941, pp. 44s. 13 C. Schmitt, Teoría de la Constitución, trad. F. Ayala, Editora Nacional, México, 1952, pp. 24ss., 50, 88, 95, 237ss., etc.; Sobre los tres modos de pensar la ciencia jurídica, trad. M. Herrero, Tecnos, Madrid, 1996, pp. 14-16. 14 C. Schmitt, Catolicismo y forma política, trad. C. Ruiz Miguel, Tecnos, Madrid, 2000, pp. 17, 20, 23, 26; Teoría de la Constitución, op. cit., p. 245. 15 C. Schmitt, La época de la neutralidad, en Estudios Políticos, op. cit., pp. 15, 23s. Araucaria21-1-.indd 50Araucaria21-1-.indd 50 15/04/2009 12:21:1015/04/2009 12:21:10 51 El antiliberalismo como clave de la obra de Koselleck viabilidad de un funcionamiento meramente neutral y automático del Estado y su ordenamiento jurídico, como se pretende en el modelo liberal de Estado, ya que la presunta supremacía de la impersonal ley no puede ocultar que tras el funcionamiento de las mismas se oculta la voluntad soberana de los hombres16. La teología política de Schmitt se halla aquí: en que, frente a la neutralización despolitizante, e instalado en una clara consciencia del origen irracional de todo orden, afi rma lo político y la forma estatal, así como la existencia de un orden concreto representado por el soberano. 3. 2. Lo apolítico y la sociedad liberal Si todas las teorías políticas propiamente dichas presuponen que el hombre es “malo”, el optimismo antropológico liberal, que según Schmitt pretende poner el Estado al servicio de la sociedad, constituiría un índice y un factor más de ausencia de sentido político. En la medida en que dicho sentido halla en la forma estatal su índice y su factor ejemplares, la consecuencia es que el liberalismo carece de una teoría positiva o una reforma propia del Estado. En lugar de ello, niega el Estado (aunque nunca radicalmente) y, en esta medida, lo político, que remite a la ética y a la economía, pretendiendo –ingenuamente— soslayarlo. Aunque históricamente haya determinado prácticas políticas, el liberalismo carece de una idea específi camente política. Existen políticas liberales concretas en tanto que crítica de las limitaciones a la libertad individual, “pero lo que no hay es una política liberal de carácter general, sino siempre únicamente una crítica liberal a la política”17. A juicio de Schmitt, la razón de la apoliticidad liberal es la negación de lo político que implica todo individualismo18. La desconfi anza frente al Estado y a la política se explican a partir de los principios de un sistema para el cual el individuo es y debe seguir siendo tanto terminus a quo como terminus ad quem. Toda constricción o amenaza a la libertad individual, por principio ilimitada, o a la propiedad privada o a la libre competencia, es “violencia” y por lo tanto mala. Para el publicista, lo que este liberalismo deja en pie del Estado y de la política es únicamente el cometido de garantizar las condiciones de la libertad y de apartar cuanto pueda estorbarla19. Ello explica la imposibilidad de que una sociedad liberal pueda pedir en caso extremo el sacrifi cio de la propia vida –como debe poder hacerlo toda unidad política—, 16 Esta visión del Estado de Derecho se evidencia en su crítica a Kelsen. Cf. Sobre los tres modos..., op. cit., pp. 9-26; Teología política, op. cit., pp. 53s., 66-69. 17 El concepto de lo político, op. cit., p. 98. 18 Ibid., pp. 73s. Schmitt detectó el germen del individualismo moderno ya en Hobbes, en concreto, en la distinción entre el fuero interno y externo, lo privado y lo público. C. Schmitt, El Leviathan, trad. F. J. Conde, Rivadeneyra, Madrid, pp. 51, 86-89, 93ss., 109ss., 120, 130. 19 El concepto de lo político, op. cit., pp. 98s. Araucaria21-1-.indd 51Araucaria21-1-.indd 51 15/04/2009 12:21:1015/04/2009 12:21:10 52 Alfonso Galindo Hervás pues tal decisión pertenece, como todo lo esencial en una sociedad liberal individualista, a la privacidad20. La ignorancia de lo político y del Estado que señala esta desmilitarización afín al liberalismo, u otras como la tipifi cada en las declaraciones antibelicistas, “equivale a” o “determina el” recurrir a categorías y principios de otras dos esferas: ética y economía. Así, por ejemplo, la lucha política se transforma en competencia económica o discusión moral, la regulación del confl icto en búsqueda apolítica del consenso. Según Schmitt, el objetivo es someter el Estado y la política a una moral individualista (iusprivatista) y a categorías económicas21. Por ello declara que este individualismo liberal es incompatible con la democracia, ya que ésta es homogeneidad y equivalencia (tratar igual sólo a los iguales y excluir a los heterogéneos), mientras que el liberalismo implica pluralismo, a la par que viene exigido por su defensa. Dicho pluralismo no sólo requiere mantener la escisión entre ámbito público y privado, sino que exige (a la par que posibilita) la neutralidad institucional, defi nitivamente liquidadora de lo político. Schmitt no tiene duda de que el liberalismo es afín a un Estado neutral, meramente técnico, excluyente de lo político, que es decisión de la excepción, es decir, que posee un fundamento no-racional, no mediable, no deducible. El liberal pretendería excluir de la política y del Estado los contenidos normativos, potencialmente confl ictivos, mostrando el anhelo de una política reducida a actividad instrumental neutra. A tal fi n sirve la escisión público-privado, que posibilita relegar al ámbito de la privacidad toda dimensión normativa22. Pese a todo, Schmitt concluye que el liberalismo no lograría erradicar ni el Estado ni la política, pues lo político puede alcanzarse a partir de cualquier ámbito. Surge entonces un imperialismo económico capaz de disponer de medios bélicos sin control alguno, pues al pretender soslayar la enemistad determinante de lo político, desconocerá sus criterios y límites, tornándose absoluto (aunque disfrazado)23. 4. El triunfo histórico de la apoliticidad liberal Para Schmitt, lo político es ámbito de confl icto y de búsqueda de formas de unidad, de ahí que la clave de su crítica al liberalismo radique en que éste niega la política o, mejor, la encubre bajo lo jurídico y la transmuta en competencia 20 Ibid., p. 77. 21 Ibid., p. 100. 22 Esta crítica del individualismo subyacente a las distintas actitudes defensoras de los derechos del fuero interno, esconde una concepción de la moral y de su relación con el Estado que implica reducirla a una suerte de hegeliana eticidad estatal según el modelo de comunidad nacional. Cf. M. Kaufmann, ¿Derecho sin reglas? Los principios fi losófi cos de la teoría del Estado y del Derecho de Carl Schmitt, trad. J. M. Seña, Alfa, Barcelona, 1989, pp. 48-56. 23 El concepto de lo político, op. cit., pp. 80ss., 106. Araucaria21-1-.indd 52Araucaria21-1-.indd 52 15/04/2009 12:21:1015/04/2009 12:21:10 59 El antiliberalismo como clave de la obra de Koselleck Desde esta premisa, es posible contemplar la historia de los conceptos como un antídoto frente a la idealización implícita en la fe en el progreso y a favor de un anclaje en el saber histórico que permita remitir todo avance y toda proyección futura a la experiencia acumulada y, de esta manera, sortear los peligros de crisis política, avanzar sobre suelo fi rme y superar el prometeísmo implícito en una concepción de la Historia que la contempla como absolutamente disponible45. Esta óptica de comprensión de lo implicado en la historia de los conceptos políticos exige focalizar de su teoría elementos tales como las estructuras, que constituyen las condiciones limitantes-posibilitantes de todo cambio y, en esta medida, de todo futuro. Pero que, en la misma medida, legitiman y permiten recuperar el lema de la historia magistra vita. Dicho de otro modo: frente al determinismo y tiranía de la creatividad absoluta, Koselleck recuerda la existencia de estructuras objetivas de larga duración que limitan las posibilidades. Estructuras sin las que serían imposibles los acontecimientos, que se inscriben en distintas profundidades temporales (estratos) y acerca de las cuales los historiadores pueden ilustrarnos, “porque la historia se repite estructuralmente”46. Y como la característica fundamental de un concepto es su capacidad de trascender su contexto originario y proyectarse en el tiempo, la historia de los conceptos libera los conceptos de su contexto y coordina sus signifi cados a través del curso del tiempo, proporcionando claves para reconstruir procesos de largo plazo47. La búsqueda de condiciones formales a priori que, a la par que posibilitan, limitan todo cambio y toda acción, encuentra en las categorías “experiencia” y “expectativa” su paradigma. En su objetivo de clarifi car qué es eso del tiempo histórico, Koselleck sostiene que para concebirlo es preciso atender a la diferencia entre el pasado y el futuro o, dicho antropológicamente, a la diferencia entre experiencia (el pasado presente) y expectativa (el futuro presente)48. Ambas categorías no remiten a una realidad histórica, sino que son formales, permitiendo establecer las condiciones de toda historia posible por cuanto remiten a un dato antropológico sin el que la historia no es ni posible ni concebible49. 45 Se subraya esta perspectiva en F. Oncina, “Experiencia y política en la historia conceptual”, Res publica, 1, 1998, p. 112. 46 R. Koselleck, “Sobre la antropología de las experiencias del tiempo histórico”, en Los estratos del tiempo: estudios sobre la historia, trad. D. Innerarity, Paidós, Barcelona, 2001, pp. 131, 36ss. 47 FP, pp. 113, 151ss. 48 FP, p. 15. 49 FP, pp. 335ss. El resto de categorías constitutivas de la antropología trascendental (Histórica) evidencia el pesimismo antropológico schmittiano. Así, sostiene la insuperabilidad de la fórmula amigo-enemigo como condición de la política en pp. 244, 250. Igualmente, cf. R. Koselleck, “Historia y hermenéutica”, en R. Koselleck y H.-G. Gadamer, Historia y hermenéutica, trad. F. Oncina, Paidós, Barcelona, 1997, pp. 71-85. Araucaria21-1-.indd 59Araucaria21-1-.indd 59 15/04/2009 12:21:1215/04/2009 12:21:12 60 Alfonso Galindo Hervás La tesis de Koselleck es que las expectativas no son totalmente deducibles de la experiencia previa, puesto que en la historia sucede siempre algo más o algo menos de lo contenido en los datos previos, pero que, igualmente, quien no basa su expectativa en su experiencia se equivoca50. A su juicio, en la época moderna las expectativas se fueron alejando de las experiencias, pudiéndose concebir la historia como proceso de perfeccionamiento continuo planifi cado y ejecutado por los hombres, convirtiéndose las planifi caciones en legitimaciones de la política51. El progreso apuntaba a este mundo y no al más allá, y las expectativas se separaban de lo ofrecido por las experiencias precedentes. De hecho, el de “progreso” fue el concepto que permitió conceptualizar esta experiencia del tiempo como ruptura, como transición en la que reiteradamente aparecen cosas inesperadas. Se trataba de una experiencia cotidiana desde la Revolución Francesa y el desarrollo científi co-técnico: que se vive en un tiempo fugaz, de paso, acelerado52. La experiencia de aceleración era el índice de que la diferencia entre experiencia y expectativa sólo se mantiene modifi cándose continuamente, es decir, cuando los avances político-sociales y científi co-técnicos modifi can los ritmos del mundo de la vida haciéndoles adquirir una cualidad genuinamente histórica distinta del tiempo natural. Tal experiencia constituye el faktum desde el que Koselleck explica la perentoria necesidad de un concepto de tiempo histórico como realidad diferenciada. A su juicio, dicha experiencia parece haber acabado con la acción de retardamiento ejercida por la Iglesia y el Estado. Ahora es éste, que Schmitt concebía como katechon, quien lidera la aceleración53. La deuda de Koselleck con Schmitt se explicita cuando sostiene que, a diferencia del acortamiento apocalíptico del tiempo, que representaba el tránsito a la salvación, la aceleración moderna implica la posibilidad de que el hombre mismo aniquile las condiciones tradicionales de su existencia. De ahí que defi enda la necesidad de recurrir a los factores de estabilización y a los condicionamientos naturales de nuestra existencia terrestre –lo que, en términos políticos, signifi ca saber “quién acelera o retarda a quién o qué, dónde y cuándo”54. Sólo desde una fi losofía de la historia resultaba posible domeñar un presente acelerado, y ello en la medida en que tal fi losofía progresista incorporaba una nueva conciencia del tiempo que determinó la orientación de la modernidad a un futuro no remisible a la experiencia pasada55. Ello eliminó de la Historia su carácter de magistra vitae: si las experiencias nos abocan a un futuro con- 50 FP, pp. 266, 341. 51 FP, pp. 342ss. 52 FP, pp. 321, 350s. 53 FP, pp. 64, 37 ; CC, p. 22. 54 R. Koselleck, Aceleración, prognosis y secularización, , trad. F. Oncina, Pre-Textos, Valencia, 2003, p. 71. 55 FP, pp. 36s., 59. Araucaria21-1-.indd 60Araucaria21-1-.indd 60 15/04/2009 12:21:1215/04/2009 12:21:12 61 El antiliberalismo como clave de la obra de Koselleck cebido como tarea (el Estado revolucionario se autocomprende como carente de pasado y creador absoluto) y sostenido en su propia naturaleza ignota y sorpresiva (indeducible, como la Revolución), entonces el pasado parece impotente como fuente de conocimiento56. La Historia deja de ser contemplada como destino y pasa a ser vista como proceso de autorrealización humana y, en esta medida, como disponible y planifi cable. Y es justamente el deber moral lo que impone proyectar el futuro, reduciendo la historia a la ejecución temporalizada de la moral57. 6. Conclusión Hemos comprobado que, según Koselleck, las fi losofías de la historia permiten comprender la modernidad como época en la que pierde todo sentido el lema historia magistra vitae, inviable desde la nueva experiencia del tiempo. Durante dicha época se democratizan e ideologizan los conceptos políticos, se legitima la crítica y se temporaliza la experiencia. La tesis de la historia conceptual es que tales transformaciones, registradas por los cambios de los signifi cados de los conceptos, defi nen la modernidad como umbral genético de nuestras propias concepciones de lo social y de lo político, tornando plenamente actuales sus patologías. Junto a tesis reduccionistas sobre la opinión pública58 o en la propia caracterización de la Ilustración59, o problemáticas aplicaciones del teorema de la secularización a la categoría de aceleración60, por no hablar de los inasumibles presupuestos “comunitaristas-estatalistas” schmittianos, el pensamiento de Koselleck contiene argumentos persuasivos en orden a detectar las causas y los efectos del estilo de vida acelerada que nuestra época ha heredado de aquel “tiempo moderno”. Tal aceleración no debe reducirse a la experiencia personal de que vamos a la zaga de las innovaciones de todo tipo –con ser ello importante—, sino que es preciso contemplarla desde un punto de vista más 56 FP, pp. 62, 89, 348s. Para E. J. Palti, la defensa de una quiebra tajante entre las fi losofías modernas de la historia y el antiguo lema ciceroniano supondría proyectar sobre el siglo XVIII categorías del historicismo organicista del siglo XIX. Cf. “Koselleck y la idea de Sattelzeit. Un debate sobre modernidad y temporalidad”, Ayer, 53, 2004, pp. 73s. 57 R. Koselleck, historia/Historia, trad. A. Gómez Ramos, Trotta, Madrid, 2004, pp. 106, 146. 58 Habermas criticó la demonización koselleckiana de la opinión pública, que la considera germen de guerra civil, sosteniendo que es principio de racionalización de la política mediante el diálogo, y no mera moralización. J. Habermas, Perfi les fi losófi co-políticos¸ trad. M. Jiménez Redondo, Taurus, Madrid, 1986, pp. 383ss. 59 Cf. F. Oncina, “El arcano: entre la postrevolución y la contrarrevolución”, en R. R. Aramayo, J. Muguerza y A. Valdecantos (comps.), El individuo y la historia, Paidós, Barcelona, 1995, pp. 215-249. 60 Cf. J. L. Villacañas, “Acerca del uso del tiempo apocalíptico en la Edad Media”, Isegoría, 37, 2007, pp. 81-96. Araucaria21-1-.indd 61Araucaria21-1-.indd 61 15/04/2009 12:21:1215/04/2009 12:21:12 62 Alfonso Galindo Hervás abstracto (propiamente histórico-conceptual) para aprehender el alcance (claramente schmittiano) del envite de Koselleck. Porque lo que está en cuestión es la capacidad (y la legitimidad) del Estado (y, más en general, de la política) para ejercer el rol de katechon que para él reivindicara Schmitt. Nadie como el jurista de Plettenberg ha captado la profundidad de los versículos paulinos sobre el acortamiento apocalíptico del tiempo (1 Cor 7, 29-32), sus efectos (mesiánicos, anómicos, revolucionarios) presentes y el katechon que procura retardarlos61. Koselleck ya evidencia una conciencia poco esperanzada en la capacidad de lo político-estatal para frenar la aceleración moderna, herencia secularizada y transmutada de la cristiana. Él es sabedor (antes lo fue Schmitt) de que el Estado neutral y tecnicista, esclavo de la economía y revestido de moralismo (hacia dentro y hacia fuera), favorece la planifi cación y la aceleración, no las retarda. Frente a la vida acelerada contemporánea instalada en un permanente Aufhebung sin objetivo, determinada casi en exclusiva por la prevalencia de la lógica tecnocientífi ca afín al capitalismo –tenuemente edulcorada por vagos y cambiantes principios morales—, ignorante de la estabilidad de las estructuras y de ciertas condiciones antropológicas, la sugerencia de Koselleck pasará fi nalmente por recuperar la conciencia de éstas, la des-idealización del lenguaje político que motivan, el sentido vital que vehiculan y el ejercicio de responsabilidad y de memoria que posibilitan. 61 C. Schmitt, El nomos de la tierra, trad. D. Schilling, Comares, Granada, 2002, pp. 22-26, 54. La referencia es a 2 Tes. Araucaria21-1-.indd 62Araucaria21-1-.indd 62 15/04/2009 12:21:1215/04/2009 12:21:12