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Actores sin sistema y sistemas sin actores: apuntes para una lectura de la epistemología social desde el pensamiento de la complejidad

Aguado Terrón, Juan Miguel

Abstract

El presente artículo aborda una revisión genealógica de las implicaciones epistemológicas del pensamiento sobre lo social, planteando su articulación a partir de la dicotomía entre actores y sistemas, por una parte, y entre intra-determinación y extra-det

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ISSN: 1696-2508 _ [85] Resumen El presente artículo aborda una revisión genealógica de las implicaciones epistemológicas del pensamiento sobre lo social, planteando su articulación a partir de la dicotomía entre actores y sistemas,por una parte,y entre intra-determinación y extra-determinación de los sujetos sociales,por otra. La inclusión de las capacidades cognitivas de los sujetos en la teoría social plantea, además de un debate teórico en torno a la complementariedad individuo/colectividad, un problema epistemológico vinculado a la recursividad observacional. Desde esta perspectiva, el pensamiento de la complejidad aporta una vía conceptual de solución para las paradojas epistemológicas del pensamiento sobre lo social en la forma de una teoría general de la organización compleja capaz de englobar coherentemente al observador,la acción observadora y los fenómenos observados. Abstract The present paper poses a genealogical approach to the epistemological debate on social theory, departing from its configuration upon a dichotomy between systems and actors, on one side,and between intra-determination and extra-determination of social subject, on the other side. The insertion of social subject’s cognitive capabilities into the theoretical reflection on social phenomena poses,beyond the conceptual debate on the complementarity between individual and collectivity,a deep epistemological problem related to observational recursiveness. From this point of view, the complexity paradigm offers a theoretical path that allows solving some of the epistemological paradoxes in the Social Sciences.It makes this possible by posing a general theory of organizational phenomena that coherently involves the observer,the action of observing and the observed phenomena. IC Revista Científica de Información y Comunicación Número 3, (2006), Sevilla SECCIÓN SELECTA Juan Miguel Aguado Terrón Universidad de Murcia Actores sin sistema y sistemas sin actores: Apuntes para una lectura de la epistemología social desde el pensamiento de la complejidad Palabras Claves: Pensamiento social / complejidad / teoría de la observación / organización / paradojas epistemológicas. Keywords: Social thinking / complexity / observation theory / organization / epistemological paradoxes 1. Introducción: Una aproximación genealógica a la pregunta por lo social En el mismo contexto histórico-social en que toman forma las ciencias experimentales de la mano de una incipiente epistemología científica, la sociología comienza a configurarse como disciplina bajo la forma de una economía política de resonancias naturalistas (1). A partir de este esquema heurístico de lo social no sólo se sientan las condiciones de posibilidad de la sociología como ciencia y se adelanta su inscripción disciplinar en la mitología positivista que conducirá a la epistemología al precipicio vitalista del siglo XIX, sino que se introduce en el corazón del pensamiento sociológico un problema que habrá de ser su motor de sentido: el dilema de la inconmensurabilidad entre individuo y colectividad (2). La pregunta por la condición de posibilidad de lo social se prefigura, pues,de forma simultánea a la cuestión del individuo moderno, requiere y cuestiona al sujeto social, abandonando así el territorio de la filosofía natural y convirtiéndose a la vez en una taxonomía de los procesos sociales y una permanente búsqueda del sujeto de esos procesos. Desde esa condición radicalmente moderna, el pensamiento sociológico se articula en su origen sobre el eje individuo/colectividad entre los márgenes de un individualismo metodológico de corte mecanicista y un holismo epistemológico de corte organicista. Tal y como advierten Elias (1987) y Dumont (1982), la pregunta acerca de cómo es posible la sociedad recibe desde la modernidad dos clases de respuesta: por un lado,aquellos que conciben el ser social como el resultado de una planificación racional de individuos o agrupaciones individuales y cuya explicación, consecuentemente,es reducible,en última instancia, a la fenomenología del individuo; y, por otro lado,aquellos que conciben lo social como un ámbito fenoménico supraindividual, esto es,que escapa a las voluntades individuales y sus estrategias de decisión racional. Para los primeros,pensar la sociedad es,esencialmente,pensar el individuo y,consecuentemente,el pensamiento sociológico se circunscribe a una psicología inter-individual transfigurada en teoría de la acción y regida por los principios de racionalidad, voluntad y decisión. Para los segundos,pensar el individuo es Juan Miguel Aguado Terrón [86] _ Información y Comunicación pensar la sociedad, y el pensamiento de lo social demarca un ámbito fenoménico específico en el que adquieren especial protagonismo procesos ajenos a (pero relacionados con) las identidades individuales (los ‘procesos sin sujeto’ en los términos de Dupuy (1998)). El hecho de que una buena parte de las teorías macrosociológicas –esto es, aquellas que se interrogan en términos globales por la posibilidad y naturaleza de lo social– acabe en la encrucijada de una teoría de la acción social enfrentada al problema de la dinámica institucional es buena muestra de la paradoja que constituye el punto de partida del pensamiento sociológico (Giddens et alt., 1996). El problema se extiende hasta nuestros días –esencialmente en la forma en que la psicología y las ciencias cognitivas buscan su lugar en los modelos macrosociológicos–, y es precisamente el mismo que moviliza los recursos conceptuales de dos de los grandes paradigmas macrosociológicos de nuestro tiempo: la teoría crítica y la perspectiva sistémica. El problema, agudamente expresado por Ferguson, contemporáneo de Adam Smith, consiste esencialmente en explicar cómo la sociedad es producto de las acciones de los hombres,pero no de sus propósitos (cfr.Dupuy,1998:28), o, en otros términos,cómo se pasa de la dinámica interindividual (intersubjetiva, en términos habermasianos) a la dinámica social. Como es sabido,la opción preferida por las teorías de la acción social se encamina a la resolución de la inconmensurabilidad individuo/colectividad por la vía de la articulación entre lo psicológico –decisión, racionalidad, voluntad, actitud, motivación, deseo,lenguaje,cognición, etc.– y lo sociológico (en su acepción de dinámica institucional) –eficacia, efectividad, selección, disfunción, anomia, etc.–. Esta preferencia (Elias,1987) se encuentra íntimamente vinculada a la constitución de lo político y lo económico como esferas distintivas y dominantes de los procesos sociales.‘El individuo produce sociedad en su acción política y económica’ viene a ser el axioma rector de buena parte del pensamiento sociológico moderno.Sin embargo, la economía política en el ámbito de lo económico y las teorías del contrato social en el ámbito de lo político olvidan una contradicción de base en su desarrollo argumental, contradicción que remite directamente al problema fundacional del pensamiento sociológico y que denominaremos paradoja del individuo asocial: efectivamente, buena parte de las teorías más próximas al individualismo metodológico presuponen la fundación de lo social sobre la base de un concepto de individuo abiertamente asocial; un individuo idealmente racional, autofundado y autosuficiente cuya identidad se define en permanente conflicto con lo no-individual. De ahí al concepto de sociedad como negociación no hay más que un paso. Y de ahí también, la tradicional querencia por el concepto de norma como ámbi- ISSN: 1696-2508 _ [87] Actores sin sistemas y sistemas sin actores to posibilitador del negocio de lo social. El problema a que debe enfrentarse el pensamiento sociológico a partir de esta paradoja del individuo asocial es,tal y como anticipábamos,el del establecimiento de un requisito de determinación de los procesos sociales basado en cadenas causales cuyo origen es,por principio,el individuo.Este requisito obliga a asumir una suerte de racionalidad de los procesos sociales que relega a la categoría de epifenómenos todos aquellos procesos que no responden a la cadena causal con origen en la acción y planificación individuales.Más aún, este modelo de lo social como negociación de planificaciones,impone una marcada preferencia por el orden y la estabilidad en perjuicio del valor sociogenético del desorden, la espontaneidad y el cambio transformador. Cabe observar,además,una paradoja subsecuente que consiste en la inversión del proceso de racionalidad en la cadena causal individuo-sociedad: el resultado es la ‘individuación’de lo social (el Estado,el sistema, el sujeto colectivo, aparecen dotados de una ‘psicología individualista’ caracterizada por la voluntad y la racionalidad instrumental) y la anulación del individuo bajo el peso de la racionalidad determinante del sujeto colectivo de lo social. En semejante contexto el pensamiento de lo social pasa a ser una suerte de ingeniería social (3). Pero la paradoja del individuo asocial como constante del pensamiento sociológico occidental oculta además una segunda paradoja de profundas consecuencias epistemológicas (Morin, 1995). Desde el mismo instante en que la sociología se piensa a sí misma como ciencia positiva comienza a ponerse en evidencia el problema epistemológico sin precedentes a que debe enfrentarse. Si en otros ámbitos del conocimiento científico el problema de la observación había sido soslayado por la separación radical del observador y lo observado –el objetivismo es,según von Foerster (1991), la ilusión de que pueden realizarse observaciones sin un observador–, en la sociología este problema se convierte en fuente capital de una recursividad epistemológica que denominaremos paradoja de la autoobservación como metaobservación. Efectivamente,en el ámbito de la sociología se pone de relieve la pertenencia del observador y del proceso de observación al ámbito fenoménico de lo observado,de modo que,en contra de los axiomas del paradigma objetivista, la autoobservación adquiere si no validez epistemológica, sí validez procedimental (Luhmann, 1996a; 1998). Así, en el modelo comprensivo de lo social como dinámica interindividual irrumpe un nuevo rasgo perturbador de aquella primera física política: el individuo como sujeto cognoscente.El pensamiento sociológico se encuentra entonces constituyéndose como observación de observadores y observación de observaciones, resultando,en suma, el hacer Juan Miguel Aguado Terrón [88] _ Información y Comunicación sociológico como una clase de autoobservación social (observación de lo social por lo social, observación del individuo por el individuo) devenida en metaobservación (observación de observadores,observación de observaciones) (Luhmann, 1996a). El problema no es ya sólo cómo describir el paso de la dinámica inter-individual a la dinámica social, sino,al mismo tiempo,cómo deslindar –y legitimar– los niveles de observación. La aparición del individuo moderno no sólo inaugura el pensamiento social, poniendo asimismo en tela de juicio su propia condición, sino que,por ello mismo,convierte el problema de lo social en un problema esencialmente epistemológico,esto es,(a) concerniente a los estatutos del observador,lo observado y el acto de observación, y (b) concerniente a la dinámica organizacional que permite el paso de lo local (inter-individual) a lo global (social). El problema epistemológico del pensamiento social, pues,se configura en torno a dos ejes paradójicos: por un lado la paradoja del individuo asocial, cuya vertiente epistemológica remite a la dinámica organizacional entre lo local y lo global; por otro lado,la paradoja de la autoobservación como metaobservación, que remite a la dilucidación epistemológica del observador de/en/desde lo social. La vinculación entre ambas problemáticas se establece,como señalábamos,a partir de la comprensión del individuo como sujeto cognoscente y, más ampliamente,de la irrupción del factor cognitivo en la dinámica de lo social. Desde nuestro punto de vista, este es el territorio común en el que realizan su desarrollo conceptual dos paradigmas,dos maneras de pensar lo social, si se quiere, singularmente característicos y que,de acuerdo con Macé (1994, 2000a) podemos delimitar a partir de la dicotomía entre ‘actores sin sistema’ y ‘sistemas sin actores’. El primero haría referencia a un conjunto de propuestas teóricas centradas en la intersubjetividad desde las teorías de la acción y/o la psicología cognitiva del lenguaje (que incluiría desde los presupuestos abiertamente individualistas del funcionalismo clásico de raigambre conductista hasta la intersubjetividad habermasiana fundada sobre una concepción racionalista de la interacción simbólica). El segundo,haría referencia al conjunto de propuestas teóricas articuladas sobre la estructura y los procesos (abarcando desde la perspectiva estructuralista hasta el enfoque sistémico como expresión de un funcionalismo de lo social que relega al sujeto a la periferia de los fenómenos sociales). Desde el punto de vista de la capacidad cognitiva del individuo (crucial, como hemos apuntado,en cuanto al alcance epistemológico de la reflexión sobre lo social), el dilema concierne a la determinación del sujeto social, concibiendo los primeros la dinámica social como un proceso de intra-deter- minación y los segundos,como un proceso de extra-determinación (Macé, ISSN: 1696-2508 _ [89] Actores sin sistemas y sistemas sin actores 1994). La cuestión, pues,pasa por hallar el punto de encuentro entre ambas perspectivas,lo que,en cualquier caso,implica no perder de vista que se trata de respuestas diferentes (y,en consecuencia, también de concepciones diferentes) a un problema epistemológico común. Si aceptamos considerar al individuo no como el producto de una racionalidad del sistema social ni como pura subjetividad, sino como el vínculo de tensión entre las lógicas de racionalización de los aparatos de gestión de lo social y del consumo y una lógica de la subjetivación fundada sobre la distancia respecto de los roles y las conductas estratégicas,entonces el individuo no resulta definible ya por su ‘extra-determinación’ni por su ‘intra-determinación’sino por lo que François Dubet define como la experiencia social de los individuos. (Macé, 1994:57) Desde nuestro punto de vista, el trasfondo epistemológico de la cuestión remite necesariamente al problema de la organización, y, más concretamente, el de la organización compleja (Aguado,2003). En definitiva, tanto uno como otro de los enfoques considerados remiten a una teoría de la organización social que,a la postre, resulta subsidiaria de una teoría general de la organización. Más aún, ambas perspectivas apelan (si bien de diferentes maneras) a una reforma epistemológica que permita dotar de especificidad la observación de los procesos sociales. Pero ninguno de ellos desarrolla la idea latente: la teoría de la organización como ámbito de articulación entre la epistemología y la ontología social. Este es,precisamente,el objeto del esfuerzo totalizador de Edgar Morin: dar cuenta de la unidad compleja de lo conocido (la sociedad, la naturaleza, las ideas), el conocedor (el sujeto individual y colectivo) y el proceso de conocimiento (la epistemología como el conocimiento del conocimien- to). 2. De la complejidad y la organización En la idea de complejidad convergen, no por casualidad, algunos de los problemas cruciales de la filosofía, la lógica, la matemática y la epistemología modernas: la decidibilidad, la recursividad, la axiomaticidad (o el problema de la verdad formal), los dilemas mente/materia, forma/significado, y, en suma, el concepto mismo de conocimiento,son todas cuestiones vinculadas con la idea de complejidad de forma más o menos explícita. Sin embargo, como la noción misma de conocimiento,la complejidad está lejos de ser un concepto asentado.Y ello aunque solo sea porque complejidad es un término autológico: se implica a sí mismo en su propia descripción; necesita de sí para explicarse. Juan Miguel Aguado Terrón [90] _ Información y Comunicación La idea de complejidad adquiere ya desde la tradición presocrática una doble faceta, que podríamos adscribir a una cierta oposición pitagórico-parmenidia- na. Se esboza así una complejidad epistemológica frente a una complejidad ontológica. La complejidad epistemológica, de raigambre pitagórica, es relativa a aquello que está más allá de los límites del conocimiento humano,bien por ‘contaminación ontológica’ del sujeto respecto del objeto (o el problema de la observación no privilegiada), bien por ‘contaminación ontológica’ del objeto respecto del sujeto (el problema de los límites materiales del conocimiento). En general esta complejidad epistemológica es entendida como un atributo del sujeto conocedor (complejidad subjetiva, Navarro, 1990)). Presenta, por ello,una naturaleza característicamente reflexiva: implica en cier- to sentido ese bucle epistemológico que Morin denomina (1994b) ‘conocer el conocer’. La complejidad epistemológica arrastra toda una tradición epifenoménica como límite del conocimiento científico y,en consecuencia, es habitualmente asociada a los conceptos de azar,imprevisibilidad, espontaneidad, etc. La complejidad ontológica, por el contrario,se presenta como un atributo del objeto esencialmente cognoscible en tanto que ontológicamente autosuficiente.Emerge experimentalmente (e incluso deductivamente ya en la tradición escolástica) como el resultado de la acumulación de lo simple (Locke) y se asienta como un atributo definible,pese a esconder en su interior la trampa de la referencia externamente ordenada (nada es complejo si no es en relación a algo). La complejidad como atributo del objeto (complejidad objetiva) es percibida como la manifestación de una intrincada red de codeterminaciones. Así, por ejemplo,podemos decir que un vertebrado es un organismo más complejo que una célula, o que la selva amazónica es un ecosistema más complejo que un bosque mediterráneo.En el fondo de esta concepción late una codeterminación estructura/función que presagia las líneas más problemáticas de la complejidad algorítmico-informacional (4). Esta complejidad ontológica se ha presentado,y se presenta muy especialmente en la actualidad, como la frontera de la ciencia, la línea a batir a fuerza de investigación y progreso tecnológico.Es,precisamente,en el contexto de súbita importancia de esta complejidad limítrofe donde emergen las ciencias de la complejidad: aquellas ciencias (en el sentido de ámbitos teóricos y líneas de investigación específicos) que hacen de la complejidad su objeto de estudio característico.Fundamentalmente se trata de la física (termodinámica del no equilibrio), la química, la biología y,en un sentido más exacto,las ciencias cognitivas.Sólo tardíamente encontramos algunas de las ciencias humanas (sociología, economía) entre las ciencias de la complejidad. Frente a ellas,con ellas y ISSN: 1696-2508 _ [91] Actores sin sistemas y sistemas sin actores a partir de ellas emerge un pensamiento que aborda lo complejo desde una concepción no instrumental, abiertamente holista y,en consecuencia, abarcadora en su concepto de organización de los factores epistémicos que la hacen posible,a la que Edgar Morin (1994a) ha designado como pensamiento de la complejidad. Frente a ellas porque,desde la necesaria inclusión de su acepción epistemológica y su enfrentamiento a la ontología autosuficiente del objeto,la complejidad no puede ya ser únicamente considerada una propiedad del objeto o del sujeto,sino un atributo característico del acto de conocer y,en consecuencia, obliga a la inclusión del conocedor en el bucle que genera el conocimiento. Con ellas porque,precisamente en virtud de lo anterior,un pensamiento complejo no puede tampoco renunciar a la complementariedad entre una complejidad subjetiva y una complejidad objetiva : como ha señalado Navarro (Op.Cit.), sólo un sujeto epistémicamente complejo es capaz de concebir la complejidad del objeto y,al mismo tiempo,sólo desde la hipótesis de una complejidad objetiva (en el sentido de una codeterminación generalizada, como la que caracteriza al cerebro) puede concebirse un sujeto epistémicamente complejo.Finalmente,a partir de ellas porque es precisamente en el seno de las ciencias de la complejidad, y muy en especial a partir de la emergencia de las epistemologías experimentales (Von Foerster,1981), donde se empieza a tomar conciencia de la complejidad como atributo definitorio de un ‘objeto’ particularmente problemático :el cerebro/mente.De ahí a la consideración del conocimiento del conocimiento como factor descriptivo de complejidad no hay más que un paso.A diferencia de las ciencias de la complejidad, en suma, el pensamiento complejo propugna la extensión epistemológica, filosófica y antropo-sociológica de la idea de complejidad más allá de su rango de atributo del objeto/sujeto. La complejidad se presenta así como el nudo de la doble contingencia entre conocimiento y epistemología. Consecuentemente,cualquier aproximación a la idea de complejidad ha de recurrir a un concepto capaz de operar coherentemente en esa tierra de nadie entre el sujeto y el objeto,en el territorio móvil e indefinido,esquivo por recursivo, del acto de conocer.Así, lo esencialmente característico del pensamiento de la complejidad es que éste se erige sobre la formulación implícita de un principio de indeterminación del conocimiento según el cual, la determinación del objeto supone la indeterminación del suje- to y la determinación del sujeto supone la indeterminación del objeto.La tarea pendiente,en consecuencia, es la de proponer un concepto de organización compleja cuya coherencia permita la complementariedad entre el conocimien- to de la organización –en nuestro caso,especialmente la organización de lo Juan Miguel Aguado Terrón [92] _ Información y Comunicación social– y la organización del conocimiento –de lo social– (Von Foerster,1991; Morin, 1994a; Maturana y Varela, 1996). 3. De la economía organizacional a la ecología organizacional Tanto la complejidad epistemológica como la ontológica hacen inevitablemente referencia a la idea de orden o,en un sentido más complejo,a la idea de organización. Y tanto el orden como la organización implican inexorablemente al sujeto y al objeto: el orden de las cosas no es una categoría ontológica, sino que remite al orden de la percepción. El de orden es siempre un concep- to relativo al conocedor en tanto selecciona relevancias y establece su régimen significativo y comparativo. Consecuentemente podemos aventurar idea general de conocimiento como producción de orden (Gutiérrez, Aguado y Beneyto,2002). De acuerdo con Morin (1993) la distinción entre orden y organización corresponde a una diferencia en el nivel de complejidad: las interacciones entre las partes (que constituyen el todo aislado como unidad compleja) engendran órdenes y desórdenes como aspectos complementarios de la organización que, precisamente,permite la distinción (producción) de la unidad organizacional. Orden y desorden son las ‘huellas visibles’ de la organización y,como tales, hacen posible la distinción, el trazado de una frontera identitaria. Es importante insistir aquí en que la idea de organización incluye necesariamente a suje- to y objeto en su diferenciación. Consecuentemente,la alusión a orden y desorden como ‘huellas’ de la organización no ha de ser entendida como la alusión a propiedades intrínsecas del objeto (o del sujeto), sino abarcadoras de ambos.De ahí la noción de conocimiento como producción de orden, en el sentido de implicación directa del sujeto en el objeto y a la inversa. En su propuesta epistemológica, Morin acude a las claves de la revolución sistémica para abordar la organización social ante todo y en primer lugar como organización. Ello le obliga a prestar especial atención a los fenómenos de complementariedad. El segundo principio de la termodinámica postula las condiciones generales que atañen al universo como corriente de desorganización. La única solución para sustraerse a la fuerza de la corriente universal de la entropía creciente es la del gasto de energía, la de la reorganización; y, para ello,no queda otra salida que la interrelación. La concepción entrópica del mundo obliga a una inexorable solidaridad de las cosas.Ese redescubrimiento de la solidaridad de las cosas (Morin, 1993) constituirá la base de la revolución epistemológica del siglo XX: la sustitución del objeto por el sistema (5). La irrupción del sistema en el hacer científico no sólo cambia la concepción de la naturaleza –y abre las puertas al problema de la complejidad– sustitu- ISSN: 1696-2508 _ [93] Actores sin sistemas y sistemas sin actores GIDDENS,A. (1995): Modernidad e identidad del yo. El yo y la sociedad en la época contemporánea.Barcelona, Península. - (1999): Consecuencias de la modernidad,Madrid, Alianza. GIDDENS,A., BAUMAN,Z., LUHMANN, N., y BECK, U. (1996): Las consecuencias perversas de la modernidad. Barcelona, Anthropos. GUTIÉRREZ, J. y AGUADO, J. M. (2001): «Tecnociencia y sociedad: hacia una epistemología de la producción» en Sphera Publica. Nº 1. Murcia, UCAM, pp.217-220. GUTIÉRREZ, J., AGUADO, J. M. y BENEYTO, R. (2002): «Systems Approach: A Technology for Theory Production» en Encyclopedia of Living Support Systems.EOLSS, Johanesburg. GUTIÉRREZ, J. y DELGADO, J.M. (1994): Métodos y técnicas cualitativos de investigación en ciencias sociales,Madrid, Síntesis. HABERMAS, J. 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Dupuy (1998:30) subraya, en este sentido,que la génesis del individuo moderno supone la condición de posibilidad para el pensamiento sociológico y, simultáneamente,económico. 2 Si bien no sorprende hallar las huellas de esta trayectoria en los planteamientos más funcionalistas de la sociología moderna, llama la atención encontrar las bases de este planteamiento tanto en el origen como en el resultado de buena parte del pensamiento social emancipatorio: así, por ejemplo,el desarrollo marxista de la primera escuela de Frankfurt y,consecuentemente,los primeros pasos de la teoría crítica, parten del rechazo de la presión del sistema sobre el individuo para concluir en un cambio ‘liberador’ de la forma de presión del sistema sobre el individuo.No extraña, entonces,que Habermas incidiera con especial interés en la consideración del significado y el mundo de la vida como esferas distintivas de la dinámica individual que permitieran separar al individuo del armazón racional-instrumental de los metasujetos sociales. 3 Efectivamente,el problema de la referencia se hace especialmente patente en el territorio de las ciencias de la computación, donde la complejidad juega un papel clave. Sobre la base de la teoría matemática de la información se ha definido la complejidad en función de la longitud del algoritmo necesario para computar (representar) un sistema de relaciones dado.La complejidad, pues, puede afirmarse de un objeto en función de la longitud de la descripción operativa de dicho objeto.En idéntico sentido,suele presentarse el juego de palabras entre complejidad y no compresibilidad :algo es complejo cuando su Juan Miguel Aguado Terrón [102] _ Información y Comunicación descripción es informacionalmente equivalente a su representación (computación); esto es,cuando la única manera de re-presentarlo es ‘presentarlo’. 4 Efectivamente,más allá de los antecedentes filosóficos (de Aristóteles a Nicolás de Cusa, de Ramón Llull a Whitehead) y científico-técnicos (los sistemas cosmológicos,los autómatas renacentistas,las ingenierías decimonónicas) es en pleno siglo XX cuando,en la forma de una ciencia general de los sistemas,puede afirmarse que la idea de sistema –un todo organizado compuesto de elementos interrelacionados y sometido a una convivencia transformadora con el entorno– toma el lugar del objeto –entidad indivisible,estática y epistémicamente cerrada– como destino de la mirada científica. gh ISSN: 1696-2508 _ [103] Actores sin sistemas y sistemas sin actores