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Jacques Derrida y Michel Deguy. Escritura y alteridad

Fernández Agis, Domingo

Abstract

El poeta que Deguy siempre ha querido ser, por el que ha empeñado su escritura y su vida, es el que afronta la tarea imposible de explicar la lengua a sí misma, de hacer que la lengua reflexione sobre sí misma por medio de la expresión poética. Ésta indica los límites, pero al mismo tiempo, apunta las posibilidades de trascender las formas comunes de expresión y pensamiento. Por su parte, Derrida ha mostrado la conexión interna que, en este punto, existe entre filosofía y poesía. En el presente trabajo intento comentar en detalle las conexiones que existen entre Derrida y Deguy, valiéndome en gran medida de materiales que se encuentran en sus respectivos archivos, conservados en el IMEC (Caen, Francia).

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THÉMATA. Revista de Filosofía Nº 56, julio-diciembre (2017) pp.: 151-169. ISSN: 0212-8365 e-ISSN: 2253-900X doi: 10.12795/themata.2017.i56.7 JACQUES DERRIDA Y MICHEL DEGUY. ESCRITURA Y ALTERIDAD1 JACQUES DERRIDA AND MICHEL DEGUY. WRITING AND OTHERNESS Domingo Fernández Agis2 Universidad de La Laguna, Tenerife (España) Recibido: 24/09/2016 Aceptado: 27/10/2016 Resumen: El poeta que Deguy siempre ha querido ser, por el que ha empeñado su escritura y su vida, es el que afronta la tarea imposible de explicar la lengua a sí misma, de hacer que la lengua reflexione sobre sí misma por medio de la expresión poética. Ésta indica los límites, pero al mismo tiempo, apunta las posibilidades de trascender las formas comunes de expresión y pensamiento. Por su parte, Derrida ha mostrado la conexión interna que, en este punto, existe entre filosofía y poesía. En el presente trabajo intento comentar en detalle las conexiones que existen entre Derrida y Deguy, valiéndome en gran medida de materiales que se encuentran en sus respectivos archivos, conservados en el IMEC (Caen, Francia). 1. Quiero expresar mi agradecimiento a Michel Deguy y a Marguerite Derrida, por haberme concedido permiso para acceder a los respectivos archivos DEGUY y DERRIDA, conservados en el IMEC (Caen. Francia). Al mismo tiempo, pido disculpas a los lectores por no ofrecer una más amplia reproducción de los textos inéditos que en este trabajo se citan. Ello es debido a las normas del IMEC que regulan el uso de este tipo de doumentación. El presente trabajo se inscribe dentro de las actividades desarrolladas por el autor, en el proyecto de investigación, “JUSTICIA, CIUDADANIA Y VULNERABILIDAD. NARRATIVAS DE LA PRECARIEDAD Y ENFOQUES INTERSECCIONALES”. Referencia: FFI2015-63895-C2-1-R. CONVOCATORIA 2015 - PROYECTOS I+D+I - PROGRAMA ESTATAL DE INVESTIGACIÓN, DESARROLLO E INNOVACIÓN ORIENTADA A LOS RETOS DE LA SOCIEDAD. 2. ([email protected]) Domingo Fernández Agis es Licenciado en Filosofía por la Universidad de Granada, Doctor en Filosofía por la Universidad de La Laguna y posee el Diploma de Estudios Avanzados en CC. Políticas por la UNED. Es Profesor Titular en el Departamento de Filosofía e Historia de la Ciencia, la Educación y el lenguaje, de la Facultad de Humanidades, Sección de Filosofía, de la Universidad de La Laguna, impartiendo las asignaturas de de “Ética ecológica y bioética”, “Ciudadanía y Derechos Humanos”, “Problemas actuales de Ética y Filosofía Política” e “Introducción a los problemas filosóficos”. Últimas obras publicadas: Una ética en la estética, Madrid, Mercurio, 2014. En torno al amor, Santa Cruz de Tenerife, Ediciones Idea, 2015. Domingo Fernández Agis Thémata. Revista de Filosofía Nº56 (2017) pp.: 151-169. 152 Palabras clave: poder, lenguaje, alteridad, Derrida, Deguy. Abstract: The poet who has always loved be Deguy, for which he pledged his writing and his life, is facing the impossible task of explaining the language itself, to make the language to reflect on itself, through the expression poetics. This indicates the limits, but at the same time points beyond the possibilities of the common forms of expression and thought. For his part, Derrida has shown the internal connection at this point, between philosophy and poetry. In this work I attempt to comment in detail the connections between Derrida and Deguy, to borrow heavily on materials found in their archives, preserved at IMEC (Caen, France). Keywords: power, language, otherness, Derrida, Deguy. Ajedrez misterioso la poesía, cuyo tablero y cuyas piezas cambian como en un sueño y sobre el cual me inclinaré después de haber muerto3. 1. Planteamientos preliminares La conexión entre Jacques Derrida y Michel Deguy, en lo que se refiere a la forma en que conciben la escritura, es esencial. Al adentrarnos en este terreno nos encontramos con la idea de Derrida de la inapropiabilidad de la lengua y su necesario contrapeso, que no es otro que la necesidad vital de apropiación de un idioma. Deguy se sitúa en un punto próximo a Derrida pero, habida cuenta de la peculiaridad que confiere al lenguaje poético su posibilidad primigenia, sabe asumir que el suyo es un proyecto de apropiación siempre fallido y continuamente reintentado. Sin embargo, el lenguaje poético conlleva a la vez un intento de dejar una huella inscrita en la lengua. Al poeta no le basta, al menos tal como Deguy entiende la poesía, con el modo de apropiación que se consuma en la utilización pragmática del idioma. El poeta que Deguy siempre ha querido ser, por el que ha empeñado su escritura y su vida, es el que afronta la tarea imposible de explicar la lengua a sí misma, de hacer que la lengua reflexione sobre sí misma por medio de la constante tensión poética con la alteridad. Ésta indica los límites, pero al mismo tiempo, apunta las posibilidades de trascender las formas comunes de expresión y pensamiento. En todo caso, ambos buscan lo esencial y saben que lo esencial es lo que queda cuando el pensador creía que lo había suprimido todo. Al leer los escritos de estos dos creadores, nos convencemos de que el filósofo se dedica a pensar en lo que nadie quiere pensar, advertimos 3. Borges, J. L.: El Otro, el Mismo. Buenos Aires: Emecé, 1966, p. 5. Thémata. Revista de Filosofía Nº56 (2017) pp.: 151-169. Jacques Derrida y Michel Deguy. Escritura y alteridad 153 que la filosofía no piensa la utopía, sino que es en sí misma una utopía. Podríamos afirmar que es, en cierta manera, la utopía, en su dimensión radical, fundadora de toda utopía imaginable. En efecto, en este sentido podemos entender los presupuestos clave de Derrida en Droit à la philsophie4. En todo caso, imaginamos a través de esas lecturas una vida fuera de la platónica caverna. ¿Qué mayor utopía podríamos concebir? “Exponiéndose uno a la alteridad del mundo y sus oportunidades, también se está expuesto a la oportunidad de ser conocido, visto y reconocido por el Otro. En el viaje y en la lectura deconstructiva, la muerte literal y metafórica coinciden y son denominadas simplemente, si deben ser denominadas de algún modo, el porvenir”5. Nos evocan estas palabras el eco de un fragmento del poema titulado “Insomnio”, en el que Jorge Luis Borges –poeta tan admirado por Deguy y Derridadice: “Creo esta noche en la terrible inmortalidad: ningún hombre ha muerto en el tiempo, ninguna mujer, ningún muerto/porque esta inevitable realidad de fierro y de barro tiene que atravesar la indiferencia de cuantos estén dormidos o muertos -aunque se oculten en la corrupción y en los siglos- y condenarlos a vigilia espantosa”6. Se describe así la inmortalidad como pesadilla, como un sueño que revela su verdadera naturaleza cuando quiere recordarlo el poeta, instantes después de su cotidiano despertar a otro sueño. No en vano, en su escrito titulado “Che cos’è la poesia?”7, nos dice Derrida que “no hay poema sin accidente, no hay poema que no se abra como una herida y que no sea, al mismo tiempo, hiriente”8. La propia lucidez que late bajo esas líneas se concibe como penoso accidente. Pero la poesía intenta asimismo dar nombre a lo absoluto y conferirle una dimensión absoluta al nombre. En relación a ello, escribe Jorge Luis Borges en un pasaje del poema titulado “El Golem”: “Y, hecho de consonantes y vocales/habrá un terrible Nombre/que la esencia cifre de Dios y que la Omnipotencia/guarde en letras y sílabas cabales”9. Ciertos ecos de este modo de reflexionar, desde la poesía, sobre el nombrar los encontramos en Deguy y Derrida. Ellos nos invitan a pensar cómo marca el nombre, a quien lo lleva sobre sí, a indagar acerca de cómo reporta un destino. Con frecuencia, el nombre es el del padre o la madre, el de un allegado muy querido o el de alguien especial por algún motivo para los padres que lo 4. Derrida, J.: Droit à la philosophie. Paris: Galilée, 1990, p. 53. Ver asimismo, Fernández Agis, D.: Mucho más que palabras. Zaragoza: Eclipsados, 2010, pp. 20 y ss. 5. Powel, J.: Jacques Derrida. Valencia: Universidad de Valencia, 2008, p. 124. 6. Borges, J. L.: Op. Cit., p. 6. 7. Derrida, J.: Points de suspension. Paris : Galilée, 1992, pp. 303:311. 8. Ibídem, p. 307. 9. Borges, J. L.: Op. Cit., p. 24. Domingo Fernández Agis Thémata. Revista de Filosofía Nº56 (2017) pp.: 151-169. 154 ponen, que inscriben el nombre, decidido tantas veces antes de ver el rostro del recién llegado, de quien acaba de nacer. A partir de esa asociación, comienza una inscripción, que no es la del Registro Civil, que es previa al trámite realizado en esa institución. Más que identificarnos, el nombre nos inscribe en el mundo humano, nos da la posibilidad de ser parte de él, de reconstruirlo y apropiárnoslo de alguna manera. El nombre llama a los otros antes que al sujeto que lo porta. Habla de ellos, de los otros, vivos o muertos, vivos y muertos. El nombre encierra asimismo una apuesta, que nadie puede completar, a la que ninguno puede responder, que no se puede colmar, que se pierde siempre y no se puede pagar. El nombre es por ello promesa, promesa siempre incumplida, imposible de cumplirse. Pero no es el tiempo, no es el mundo lo que impide su cumplimiento; es la naturaleza misma de lo prometido. El nombre promete una humanidad irrealizable, nunca realizada por quien antes lo llevó. Es una promesa imposible de cumplir para cualquiera que lo porte nuevamente. Cada vez se empieza de nuevo con el ciclo de la promesa y nunca se cierra por completo esa Kehre. Sin embargo, creemos que sí, que éste o aquel, que aquella o la otra, colmó, realizó, cerró el círculo. Más tarde nuestro propio fracaso nos indica que estamos frente a una realización imposible. Nada sucederá que altere eso, aunque puede que alguien crea que es posible, que se sienta realizado. Pero es tan ridícula esa convicción que, si dura algo en el tiempo, mejor no desmentirla, mejor no tomarse el trabajo de desmentirla, mejor esperar a que sea lo que acaece en el tiempo lo que acabe por desmentirla. La nada es, para el ser humano, una presencia ineludible y una constante amenaza. En un bello pasaje del poema titulado “El alquimista”, escribe Borges: “Y mientras cree tocar enardecido/El oro aquél que matará la Muerte./Dios, que sabe de alquimia, lo convierte/En polvo, en nadie, en nada y en olvido”10. ¿Tendríamos que hablar, en consecuencia de la soledad del ser humano? Pero, ¿cómo hablar de soledad cuando no hay nadie a quien llamar propiamente solitario? La soledad es ineludible, pero también imposible desde la inscripción del nombre. Al inscribir el nombre, al pronunciarlo tras haberlo inscrito, un soplo de aire aleja la soledad, la aventa tan lejos que nunca podremos alcanzarla, por fuerte que sea la voluntad que se ponga en ello, por dura que resulte la fatalidad que nos la imponga. Sin embargo, ¿quiere esto decir que estaremos acompañados a partir de entonces? Más bien habría que señalar que estaremos en compañía, aunque no por ello acompañados. El acompañamiento es algo excepcional, es raro que la orquesta aparezca cuando la solicita quien se autoproclama solista. A 10. Ibídem, p. 47. Thémata. Revista de Filosofía Nº56 (2017) pp.: 151-169. Jacques Derrida y Michel Deguy. Escritura y alteridad 155 diferencia de ello, si aparece, va tocando extrañas melodías, como las músicas de un pasacalles al que rara vez queremos unirnos. En unos versos del poema titulado “Límites”, dice Borges: “No volverá tu voz a lo que el persa/dijo en su lengua de aves y de rosas,/cuando al ocaso, ante la luz dispersa,/quieras decir inolvidables cosas”11. ¿Cómo, en efecto, ir detrás de esos músicos que nos han sacado de nuestro sopor? ¿Cómo saltar y fingir alegría, cuando tan sólo el halo del sueño que ellos han roto nos parecía protector? Decía hace un momento que un gesto sanciona la entrada en el mundo de cada nuevo ser humano. Tras verlo nacer, sus padres toman la decisión definitiva con respecto a cómo se va a llamar. Ese gesto de sus progenitores marcará su vida. ¿Obedece al azar? Lo más sencillo, diríamos, es admitir que se trata de algo azaroso. Aunque más simplificador aún sería evitar la pregunta, considerando que es una de esas cuestiones sin sentido, por las que mejor ni preguntar. Tal vez pensando en esto, en uno de los versos del poema titulado “Una brújula”, dice Borges: “Detrás del nombre hay lo que no se nombra”12. La filosofía está llena de cuestiones de este tipo, a las que muchos no se aproximarán, por considerar que tienen algo mejor que hacer antes que perder el tiempo enredándose en ellas. Aun así, para Jacques Derrida y Michel Deguy no hay mejor forma de hacer filosofía que perder el tiempo abordando este tipo de cuestiones. Max Loreau señala que “si hay una noción clave en la poética de Deguy, ésta es la de figura”13. Y añade, precisando las características de ese desplazamiento que caracteriza la poesía de Michel Deguy: “…cuando pretende deslizarse desde el tono teórico hacia la poesía, la escritura que busca procede insertando en el seno del logos teórico metáforas tomadas del mundo –por tanto, extraídas de lo que en principio está fuera de la teoría. Más exactamente: remplazando ciertas palabras teóricas por un equivalente extraído del mundo sensible”14. La dicotomía que aquí se presupone, de obvia raíz platónica, no se sostiene por sí sola. En realidad, se trataría más bien de un desplazamiento al que correspondería un reemplazamiento, dos operaciones que se repiten continuamente. La posición teórica buscada se hace asequible a partir del lenguaje vinculado a las experiencias cotidianas. Lo extraordinario sólo puede emerger entre lo trivial. Esto cuadra muy bien con las dos direcciones que, a juicio de Deguy, puede tener el lenguaje poético. En 11. Ibídem, p. 21. 12. Ibídem, p. 6. 13. Loreau, M.: Michel Deguy, La poursuite de la poésie tout entière. Paris: Gallimard, 1980, p. 15. 14. Ibídem, p. 25. Domingo Fernández Agis Thémata. Revista de Filosofía Nº56 (2017) pp.: 151-169. 156 primer lugar, “la poesía como lenguaje de las esencias” y, en segundo término, “la poesía como lenguaje del lenguaje”15. Estas dos direcciones no son excluyentes, sino complementarias, en la poesía de Deguy. La principal vía de conciliación está en la aceptación de “la poesía como lenguaje de las esencias del lenguaje”16. Derrida supo ver en ello la íntima conexión que existe entre la poesía, radicalmente concebida, y la filosofía. En todo caso, el elemento reflexivo que, de forma necesaria, está presente en la poesía, tiene un gran peso en la obra de Deguy. Hay en ella, en primer lugar, una figuración o representación de la realidad. También una vinculación con la “sintaxis de lo visible”; pero, en última instancia, hay una teoría en la propia poesía, pues ésta es fruto de una reflexión continua sobre el lenguaje y en el lenguaje. En Fragments du cadastre, escribe: “el poeta yerra a la búsca de los lugares de la esencia. Quiere escuchar el precipicio, la pendiente, la tormenta, la colina, heraldos del ser, y quien le anuncie de qué manera está en el mundo”17. Los ecos heideggerianos y derridianos son perceptibles en esta toma de posición de Deguy18. Por otra parte, dicho posicionamiento coincide en buena medida con lo expresado por Jorge Luis Borges, en el Prólogo de su obra El Otro, el Mismo. En concreto cuando nos dice que Peter escribió que todas las artes propenden a la condición de la música, acaso porque en ella el fondo es la forma, ya que no podemos referir una melodía como podemos referir las líneas generales de un cuento. La poesía, admitido ese dictamen, sería un arte híbrido: la sujeción de un sistema abstracto de símbolos, el lenguaje, a fines musicales. Los diccionarios tienen la culpa de ese concepto erróneo. Suele olvidarse que son repertorios artificiosos, muy posteriores a las lenguas que ordenan. La raíz del lenguaje es irracional y de carácter mágico. El danés que articulaba el nombre de Thor o el sajón que articulaba el nombre de Thunor no sabía si esas palabras significaban el dios del trueno o el estrépito que sucede al relámpago. La poesía quiere volver a esa antigua magia19. La escritura de Deguy supone un constante merodear en torno a esas ideas que Borges expresaba a propósito de la poesía, conectando el lenguaje y el mundo a partir de la experiencia, gozosa o sufriente, de la corporeidad. “El cuerpo bastante profundo, bastante comprometido, bas- 15. Ibídem, p. 27. 16. Ibídem. 17. Deguy, M.: Fragments du cadastre. Paris : Gallimard, 1960 p. 10. 18. Derrida, J.: « Comment nommer » , en Charnet, Y. (Dir.): Le poète que je cherche à être (Cahier Michel Deguy). Paris : La Table Ronde/Belin, 1996, pp. 204 - 5. 19. Borges, J. L.: Op. Cit., p. 5. Thémata. Revista de Filosofía Nº56 (2017) pp.: 151-169. Jacques Derrida y Michel Deguy. Escritura y alteridad 157 tante atrapado en el ser para que el corazón esté oprimido en él, para que en él nazcan las lágrimas. El hombre señal de alarma. Abandona el rebaño dispersado del ser. Asiste al terror del rebaño”20. Por su parte, Derrida relaciona corporeidad y escritura en los planos más diversos imaginables. En el texto que lleva por título “Une folie doit veiller sur la pensée”, epígrafe bajo el que se recoge una entrevista realizada por François Ewald en 199521, plantea algunas cuestiones que ahora vienen al caso. En concreto, en un momento de la misma, el entrevistador le pregunta: “¿Quiere usted decir que usted no quiere tener identidad?” Derrida responde: “Sí, como todo el mundo. Pero girando alrededor de una cosa imposible y a la cual sin duda me resisto también. El yo constituye la forma misma de la resistencia. Cada vez que esta identidad se anuncia, cada vez que una pertenencia me circunscribe, por decirlo así, alguien o algo dentro de mí grita: atención, trampa, estás atrapado. Suelta, suéltate. Tu compromiso está lejos de ahí”22. En esas mismas páginas, Derrida recuerda la importancia de la lectura de la obra de André Gide en su despertar literario-filosófico. En particular se refiere a Nourritures terrestres, texto que reconoce le influyó mucho. Como también lo hizo su aproximación juvenil a Nietzsche y a Rousseau. Un libro de este último tenía para él una resonancia particular. Se trata de las Rêveries. En ese mismo contexto habría que situar su lectura de Albert Camus. Algo más tarde, según su propia confesión, trabaría contacto con el pensamiento de Bergson y el de Sartre23, autores igualmente influyentes en su aproximación inicial a la filosofía caracterizada por el deslumbramiento ante las posibilidades expresivas del lenguaje y su asombro ante la magnitud de los terriorios a explorar por el pensamiento. En todo caso, es curioso que, tanto en la explicación del punto de partida de la filosofía como en la del origen de la poesía, sea recurso común la apelación a un estado psicológico que se ha definido como asombro. Éste sería además el punto de partida de una entrega a la contemplación que daría otro sentido y dimensión a la vida. Habría que preguntarse, en el caso particular de la filosofía, por qué hemos de considerar que nació del asombro ante el mundo y no de la desazón frente a él. Esto último, a saber, que el origen de la filosofía está en la frustración que la realidad nos produce y no en el obnubilado admirarse frente a la magnificencia de la 20. Deguy, M.: Poèmes de la presqu’île. Paris : Hemann, 1961, p. 49. 21. Derrida, J.: “Une folie doit veiller sur la pensée », en Derrida, J.: Points de suspension. Edic. Cit. 22. Ibídem, p. 350. 23. Ibídem, p. 352. Domingo Fernández Agis Thémata. Revista de Filosofía Nº56 (2017) pp.: 151-169. 158 misma, es lo que plantea Simón Critchley en su libro La demanda infinita. No puedo sino estar de acuerdo con él24. En cuanto a la poesía, si la entendemos tal como la interpretan Deguy y Derrida, está claro que hay una analogía entre el despertar filosófico y el poético. En los dos casos se comparte una suerte de emoción del descubrimiento, que es tan incontenible como el desbordamiento de la pasión amorosa. Pero, al mismo tiempo, hay en su origen una desazón, una herida. Sea como fuere, admitiendo el peso que en ella puedan tener el azar y la emoción, nada debería ser para nosotros más razonable que la búsqueda de una explicación de tales factores, por más que esa búsqueda pueda aproximarnos a la sinrazón. Desde esta perspectiva, pocas actitudes parecerían más atinadas que cierta forma peculiar de locura que, desde la poesía y la filosofía, vigila la razón establecida. Pues en ambas se trata de hacer sin haber perfilado mentalmente los límites del hacer. Si bien, contra todo pronóstico, ese hacer no lleva de manera necesaria al error. Incluso podría suceder que nos encontráramos con la sorpresa de un nivel de acierto similar al resultante de los más afinados cálculos. Ante ello, inevitablemente el poeta y el filósofo habrán de preguntarse si es tan grande el peso de la intuición en el conocimiento. También habrán de indagar sobre el precio a pagar, si se dejan llevar por ella, en la moneda del orgullo. 2. Complicidad intelectual Conviene traer aquí a colación que el problema socrático central no era tanto encontrar las definiciones ideales de lo esencial, sino conseguir que los ciudadanos de Atenas se embarcaran, con todas las consecuencias, en la búsqueda de las mismas. Esto es lo que importa también ahora, por encima de cualquier otra consideración: explotar la energía producida por la insatisfacción, por la desazón frente al mundo, haciendo de ella el medio para cuestionarlo y embarcarse en el intento de construir un sentido para la acción. También ahora ese proceso ha de iniciarse caso a caso, uno a uno, desde lo individual a lo colectivo. Al leer la correspondencia entre Michel Deguy y Jacques Derrida vemos que las numerosas cartas que cruzaron a lo largo de sus vidas dan testimonio constante de una gran amistad pero, sobre todo, de una instigación compartida al socrático despertar. En ellas se aprecia, ante todo, el apoyo mutuo y el calor humano, aunque también pueden rastrearse las 24. Critchley, S.: Infinitely Demanding: Ethics of Commitment, Politics of Resistence. London: New York: Verso, 2007, pp. 1-2. Thémata. Revista de Filosofía Nº56 (2017) pp.: 151-169. Jacques Derrida y Michel Deguy. Escritura y alteridad 159 huellas de un permanente intercambio de ideas y un flujo de emociones compartidas, ante la tarea filosófica y la labor constituyente de la escritura. Derrida va mostrándose, a través de sus cartas, como un intelectual cada vez más seguro de sí mismo. Sin embargo, esto no le conduce a ninguna actitud prepotente. Por el contrario, lo vemos siempre cercano y sencillo en el trato con su viejo amigo, al que precisamente suele llamar “mon vieux Michel”25. También hay un reconocimiento constante de la deuda intelectual que él mismo tiene con Deguy. Derrida demuestra tener un carácter muy cálido. Es siempre correcto y educado, pero jamás frío o distante. Podríamos decir que su actitud hace honor al canon del perfecto caballero. Admite la confrontación intelectual con otros como una especie de inevitable mal menor que va unido a la profesión, pero aprecia sobre todo la lectura intensa de los textos importantes, el diálogo con los grandes pensadores y la cómplice amistad con algunos compañeros de viaje, como siempre lo fue Michel Deguy. Así pues, en el caso particular de las cartas de Derrida a Deguy, la impresión que transmite su lectura es la de una amistad duradera, con un fuerte componente de conexión intelectual. Se hace evidente que Derrida sentía una gran admiración por la poesía de Michel Deguy, así como un gran respeto por sus opiniones y juicios filosóficos, aunque en ocasiones discrepe de estos últimos. Se entiende que el respeto era mutuo y que, de igual manera, Deguy admiraba en Derrida al intelectual tanto como a la persona, si es que ambas cosas pueden separarse en este caso. Queda asimismo claro que Deguy valoraba mucho la lealtad de su amigo Jacques, máxime cuando sabemos que le hicieron sufrir mucho algunas traiciones que padeció, por parte de quienes él consideraba personas de absoluta confianza. Si alguna reticencia de Deguy puede apreciarse, se produce tan sólo por la amistad o relación que Derrida mantuvo con ciertos personajes del mundillo cultural que él consideraba hostiles o, sencillamente, detestaba. Pero, en estas ocasiones, se trata más bien de respuestas emocionales, que sólo se pueden entender en un contexto determinado: el de la escena cultural parisina, en la que hay que dar muchos empujones y codazos unos a otros, con objeto de asegurarse un hueco y no quedar fuera de la foto de familia. Una cuestión central es la expresión del pensamiento, aunque ésta no puede desvincularse de otras dos, como son el instrumental lingüístico 25. Para un desarrollo complementario y ampliado de lo tratado en este apartado, ver: Fernández Agis, D.: “Derrida, Deguy y viceversa”. Boletín Millares Carlo 31, 2015, pp. 68 – 77. Domingo Fernández Agis Thémata. Revista de Filosofía Nº56 (2017) pp.: 151-169. 166 admiración que le inspira el pensador alemán, quizá porque considera que su filosofía es expresión de algo más profundo y siniestro, que trasciende a la persona del autor y condena –a él y a sus lectores- a entrar en un proceso de autodestrucción. Derrida, como es bien sabido, no oculta –más bien todo lo contrariola presencia de esos puntos oscuros, pero durante mucho tiempo se empeña en transmitir a su amigo que es necesario sobreponerse al rechazo que suscitan para adentrarse apasionadamente en su legado filosófico. En una carta de Deguy a Derrida, con fecha 10 de julio, pero en la que no consta el año, pregunta a su amigo sobre la relación entre denken y dichten, en Heidegger, así como sobre la forma en que Derrida entiende que el pensador alemán enfoca la cuestión de la metáfora y, en general, el papel del poeta (Dichter)37. Es de gran relevancia que Deguy vea que estas cuestiones ocupan un lugar muy especial en los escritos de Derrida. Son problemas esenciales y no meras referencias efectuadas al hilo de otras reflexiones más de calado. Son auténticas cuestiones de fondo, asuntos cruciales, para ambos. Como así también lo fueron para Heidegger, un pensador por el que, pese esas discrepancias de interpretación ya comentadas, ambos sienten gran admiración. En este sentido, en una carta de Deguy a Derrida, datada tan sólo con el día de su envío, el 31, dice, continuando a todas luces un diálogo precedente con éste: “En efecto, me había sentido mal ante los ataques de Lévinas a Heidegger; me parecía que había en ellos caricaturización y mala fe, en la polémica a propósito del lugar o del recubrimiento (couche); en cuanto al perpetuo regreso de Lévinas al ‘rostro desnudo del hombre’, no lo comprendo bien”38. Respecto al mundo editorial, el hecho más llamativo es que, a través del estudio de la correspondencia entre Deguy y Derrida, puede colegirse que este último realizó diversos intentos fallidos de publicar en la prestigiosa editorial Gallimard. En ese objetivo le ayudó, o al menos intentó ayudarle, Michel Deguy, quien durante años formó parte del comité de lectura de esa importante editorial y ha publicado en ella la mayor parte de sus obras. El fracaso en tal proyecto es un indicio interesante, pues nos permite poner de relieve las reticencias que Derrida suscitaba en su propio país, aun siendo el filósofo francés con mayor proyección internacional, al lado de Michel Foucault o incluso por delante de éste en algunos momentos. 37. IMEC – Archives, Fonds Derrida, DRR 32.7. 38. Ibídem. Ver también, Quesne, P.: Les recherches philosophiques du jeune Heidegger. Dordrecht: Kluwer, 2003, p. 191. Asimismo, Dastur, F.: Heidegger: la question du logos. Paris: Vrin, 2007, p. 103. Thémata. Revista de Filosofía Nº56 (2017) pp.: 151-169. Jacques Derrida y Michel Deguy. Escritura y alteridad 167 Esa situación no se ha corregido del todo. En efecto, tras su fallecimiento, Derrida ha seguido siendo objeto de controversia y la ambivalencia con la que es valorado en su país no ha sido superada. En este sentido, justo es señalar la dificultad de hacer crecer una obra, caracterizada por un acento tan marcado y personal. Comparada con la obra de Foucault, quien ofrece a través de sus trabajos detallados programas de investigación que invitan a sus seguidores a avanzar en las direcciones por él abiertas; la obra de Derrida parece condenada a un rechazo dictado por la incomprensión o a una exégesis exaltada, que reproduce su lenguaje y evalúa una y otra vez sus temas, pero que apenas añade nada a lo que él nos dejó. Es muy difícil aumentar el radio del círculo inicial y conseguir que abrace y abarque más de lo abarcado por el propio Jacques Derrida. 4. Conclusiones La impresión inicial que pueden transmitir los libros de Derrida, o al menos muchos de ellos, es muy engañosa. En efecto, pueden hacer pensar a un lector poco advertido que se trata de trabajos circunstanciales, surgidos a partir de determinadas urgencias profesionales, pero que no son fruto de planteamientos profundos y de un trabajo sosegado de largo alcance. Nada más lejos de la realidad, pues sus obras son producto de sus preocupaciones profundas, permanentes a lo largo de toda su vida, aunque el acicate para hacer un libro haya sido la preparación de un curso o ciclo de conferencias y su posterior ampliación. Envueltos a veces en un horizonte brumoso, adoleciendo en otras ocasiones de lo que él mismo ha llamado ‘mal de archivo’, aparecen en ellos elementos que se diría emergen en medio de un acontecer sin coherencia aparente, en medio de una acumulación de sucesos de dimensión muy heterogénea. Notas, cartas, ideas asomando entre las hojas de un libro en realidad nunca escrito. Una vida, unas vidas, que asoman entre borrones de tinta y símbolos que esperan un intérprete. Alguien, un autor que pese a todo cuestiona su propia impronta, hizo la labor de ofrecernos esos materiales; ahora ha de emprenderse la tarea de resignificar. Esa es nuestra tarea. Para ello, disponemos ya de cierta distancia, de determinada perspectiva. La perspectiva nos invita a fijar un punto en el espacio, a situar un punto imaginario detrás de lo que queremos ver. En ese sentido, cabría preguntarse, a modo de ejemplos, si ha cambiado la pintura nuestra forma de ver o si nos ha enseñado la fotografía ciertas astucias para no pensar en el mirar, para no tener que pensar en la mirada. Son cuestiones que el Domingo Fernández Agis Thémata. Revista de Filosofía Nº56 (2017) pp.: 151-169. 168 propio Derrida se planteó y que ahora nos toca a nosotros replantearnos en relación a su obra. Pero no olvidemos que el mirar es indagatorio, pregunta a las cosas, quiere hacer descubrimientos. El mirar es intento de desvelar, de quitar el velo, de descubrir una verdad en la que no se había reparado. El mirar es preludio del pensar, cuando el mirar lo es de verdad. Decir que lo es de verdad es querer decir que lo es fuera de la verdad establecida, decir que quiere descubrir la verdad. Pensar sin mirar es pensar en dificultad, desde la abstracción prepotente o a partir de la carencia insalvable y lastimosa. Apena la invidencia, pero causa una pena aún mayor la ceguera del que, por prepotencia, no se detiene a mirar lo que acaece a su alrededor. Puede la mirada anteceder al tocar, pero no hay una sola forma de tocar39. Podemos tocar sin haber mirado y mirar sin tocar, podemos mirar de otra manera por haber tocado de otra manera. La ceguera es una invitación permanente a ver a través del tocar, por eso cerrar los ojos aumenta la intensidad del tocar y abrirlos después de haber tocado es como un despertar40. El pensamiento social y político ha ido explicitándose de forma cada vez más contundente en Derrida. Como es bien sabido, desde unos inicios en los que su pensar se ocupaba principalmente de cuestiones fenomenológicas, en la línea de la filosofía de Husserl, Derrida pasa a ocuparse de problemas vinculados con la lingüística y la filosofía del lenguaje, con un enfoque característico y original, para acceder más tarde a asuntos relacionados con la expresión y la crítica literarias. Sin embargo, ni siquiera en esos momentos la filosofía social y política están ausentes, ya que, detrás de problemas aparentemente ajenos al ámbito político, está siempre presente una preocupación por la comprensión y la transformación social. Más tarde, tales cuestiones se imponen al lector desde el propio planteamiento que éstas tienen en las obras de Derrida. El caso de Michel Deguy tiene muchos paralelismos con el de Derrida, también en ese sentido. Pese a ello, Deguy se ha mantenido a cierta distancia de la primera línea de la discusion social y política. Ha intervenido desde la creación literaria y filosófica y a través de ellas. No ha llegado a ocupar la primera línea del debate en esos terrenos. No significa esto que sus intereses estén al margen de dichas preocupaciones. Es importante leer su poesía teniendo en mente el trasfondo 39. Derrida, J.: Le Toucher, Jean:Luc Nancy. Paris: Galilée, 2000, pp. 60 y ss. Ver asimismo, Van Rooden, A., “Poésie haptique. Sur l’(ir)réalité du toucher poétique chez Jean:Luc Nancy”. Révue Philosophique de Louvain, 107 (1), 2009, p. 129. 40. Derrida, J. : Marges de la philosophie. Paris: Éditions de Minuit, 1972, p. 274 y ss. Thémata. Revista de Filosofía Nº56 (2017) pp.: 151-169. Jacques Derrida y Michel Deguy. Escritura y alteridad 169 de pensamiento social que hay detrás de muchos de sus escritos. El suyo no es un compromiso con la poesía, concebida como forma sublime y sublimadora de expresión. Vemos, por el contrario, que Deguy, a través de su geo-poética, expresa su compromiso social. Lo dice de una forma específica, diferente, pero intensa y profunda. El poeta no puede describir el mundo sin denunciar lo que chirría o no marcha en él. El filósofo no se ha limitado jamás a interpretar el mundo, en contra de lo que Marx dejó escrito en su momento y tantos otros vienen repitiendo desde entonces. Por el contrario, el filosofo ayuda a transformar el mundo cada vez que acierta a ofrecer una interpretación correcta de algo que acaece en él. Algo análogo le sucede al poeta, como he intentado mostrar en estas páginas. Como bien nos ha enseñado H. G. Gadamer, “la realidad no acontece ‘a espaldas del lenguaje’, sino a espaldas de aquellos que pretenden comprender perfectamente el mundo”41. 41. Gadamer, H. G.: Verdad y método, vol. II, Salamanca, Sígueme, 1992, p. 237.