José María Benjumea
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JOSE MARIA BENJUMEA (*) por FRANCISCO MORALES PADRON No tengo noción exacta de cuando comenzó mi conocimiento y trato de José María Benjumea. Creo que esto ocurrió en los días en que Florentino Pérez-Embid era Director General de Bellas Artes. El vínculo se estrechó a raíz de crearse FOCUS, fundación en la cual él y yo seríamos de signados Consejeros ( 1982). A partir de entonces quedó fijado como un ritual las visitas a su oficina de la calle Almirantazgo, y a su casa. Por allí desfilaban un sinnúmero de gente, y yo le comentaba jocosamente que su despacho era el gran confesionario de Sevilla. Los años que José María Benjumea me llevaba a mí no constituyeron obstáculo para un fácil entendimiento, obra de su espíritu joven, siempre lleno de proyectos, impropio de un hombre de su edad. Era José María Benjumea uno de esos sevillanos atípicos, a encajar dentro de los finos y fríos, que no vibraba barrocamente ante las manife staciones folklóricas y religiosas que han hecho famosa, entre otras razones, a la ciudad. José María Benjumea respondía, reaccionaba, más como sevillano, ante esas otras razone s: el patrimonio artístico de la ciudad, por ejemplo. Entonces era a pa sionado. La Catedral tuvo la suerte de que él, domiciliado frente por frente ante el templo metropolitano, pusiera todas sus atenciones en tal extraordinario edificio y en su contenido. Fruto de tal amor fueron la fundación de la Asociación «Amigos de la Catedral», la creación de un taller de restauraciones por el que pasaron múltiples obra s, y la edición del magno libro «La catedral de Sevilla». Con habilidad, teson y acierto, supo movilizar a amigos, artistas y canónigos para la recuperación de pre- (*) Di scurso leido en la Sesión Necrológica de D. José M' Benjumea. el 22 de Novi embre de 1991.
74 FRANCISCO MORALES PA DRON ciadas pieza s. Mas las monjas de clausura, algunas de las cuales lo tenían como valedor o representante en este mundo . Las de Santa Clara, sobre todo, recurrían de continuo a é l, así como la s Teresas del Barrio de Santa Cruz, cuya Asociación de Vecinos Jo distinguió un día en un acto al cual se uni eron las religiosas desde detrás de la reja, y autoras ellas de un ingenuo pergamino, que allí le fue entregado. Más de una lanza rompería en pro de la Casa-Museo de Murillo, como las había roto por San Telmo, por el legado de doña Isabel Diez Velázqu ez y su hermana al Museo de Arte y Costumbres Populares, o por el lienzo de Velázquez cedido por el carde nal Bueno Monreal al pueblo de Sevilla (cosa que él recalcaba) y no al Ayuntamiento. Esta permanente inquietud por la arquitectura, imaginería y pintura sevillanas pienso que databa de cuando había sido Delegado de Bellas Artes y Director del Museo de pintura local. Antes, su sensibilidad di sc urría más por los senderos de la mú sica, placer que disfrutaba con su esposa, tal vez la mentora, y que llevaba a la pareja a estar presente cada año en los festivales de Salzburgo. Allí, precisamente, me recordaba en cierta ocasión que los conoció el pintor Manuel López- Villaseñor, otro melómano que sinto ni zó fácilmente con la pareja al coincidir sus sensibilidades en el gusto por la pintura y la mú sica. Nuestra Real Academia, consciente de su amplia labor en beneficio de la historiografía, la arquitectura, la pintura y la imaginería sevillana decidió reconocer y premiar su labor eligiéndolo Académico de número. Aceptó a regañadientes tal elección. Por su ingente labor en las Bellas Artes, la designación correspondía a otra Academia; pero estaba su notable quehacer historiográfico, promoviendo la redacción y edición de libros como el ya citado «La Catedral de Sevilla», «Sevilla oculta», «Historia de la pintura sevillana» obra el Prof. Enrique Valdivieso , « Yald és Leal» d el mismo autor, «Martínez Montañez» por el Prof. Hemández Díaz, etc., etc. Su último proyec- to historiográfico giraba en torno a Itálica; quería que el Profesor Antonio Blanco redactase una gran obra sobre la «Sevilla la Vieja», pero la muerte del eximio arqueólogo truncó el proyecto. José María Benjumea reunía méritos más que suficientes para ingresar en Buenas Letras, como promotor y mescena. Una vez que ingresó, y en su calidad de electo, hizo sentir tales aspectos en la in st itución. Sin haber tomado posesión no dudó en responsabilizarse de un cargo siempre eno jo so porque siempre faltan los dineros que administrar: el de De - positario o Tesorero. Donó muebles, enseres y cuadros, y ordenó restaurar algunos lienzos. Le encantaba tal papel, propio de su innata
JOSE MARIA BENJUMEA 75 generosidad. Lo que le desagradaba -y lo comprendoera el discurso de ingreso. Temía incurrir en el ridículo. Inicialmente pensó ofrecer co mo tema sus recuerdos al lado de Flo rentino Pérez-Embid. Los amigos le alentábamos, seguros de que su testimonio escrito so bre aquella época constituiría una fuente inapreciabl e. Hubo ra to s de entu sias mo , pero al final ganaba el desaliento o re chazo del tema, mas por la ceremonia de toma de posesión que por la redacción y contenido del discurso. Pareció entusiasmarse con otro tema: Italica, has ta que se vino abajo, por culpa de la imagen que se hacía de su persona de chaqué rodeado de mentes críticas. Ac abó re nunciando, y todos los sentimos porque había sido un Académico electo ejemplar. Quisimos recuperarlo convirtiéndolo en Acad é mi co de Honor, pero la muerte frustró el intento. Tendremos que acordarnos de él cada vez que contemplemos el espléndido li enzo con la Adora ci ón de lo s Reyes que pr esi de la Sala de Juntas de la Academia, o esos grabados del Monumento y de la Custodia catedralicias cuyas planch as rescató, así como otras mu chas cosas que evito mencionar para no dar la sensación de un inventario. Decíamos que Itálica le obsesionaba. Soñó hacerla objeto de su di scurso de ingreso. El sueño lo hizo par cialme nt e realidad cuando redactó el comienzo del tan esperado di scurs o. Con su permiso, escuchemos ese principio, prueba de una voluntad que deseaba corresponder a los votos que un día le otorgamos: «ÜS agradezco profundamente Señores Académicos la designación que me habéis hecho para ocupar un pu es to en esta Real Academia de Buenas Letras de Sevilla, más bien por vuestra amabilidad que por otros motivos, por lo que os quedo reconocido. Quiero hablaros sobre Itálica, la ciudad romana que dió al mundo dos grandes Emperadores romanos, Trajano y Adriano, pero debo decir algo también sobre Florentino Pérez Embid que en su tiempo de Director General de Bellas Artes, se ocupó de poner en marcha el plan de renovación y adquisición de terrenos arqueológicos, excavaciones, etc., co mo hasta aquella fecha no se había reali za d o. Un ejemplo de interés que todo lo relacionado co n las Academias y Sevilla tenía, lo prueba esta Casa de los Pinelos, que cedida por el Ayuntamiento a la Dirección de Bellas Artes por 50 años, fue restaurada por dicha Dirección General de Bellas Artes, invirtiendo en ella má s de 180.000.000 de pe se tas para que fuera sede de l as Academias de Bellas Artes, Buenas Letras y Comisión de Monumentos Histórico-Artísticos y no contento con ello, adquirió el solar contiguo
76 FRANCISCO MORALES PADRON a ellos, donde el arquitecto Rafael Manzano, que ha sido el admirable restaurador de esta Ca sa de los Pinelos, consiguió ensamblar otro edificio, lo que es actualmente la Real Academia de Medicina. Con ello demostró el interés, no sólo de salvar el edificio del siglo XVI, sino también el que tenía por las Academias y el mantenimiento de las mismas en lugar importante. A nuestra Acad emia y debido a las gestiones que hizo el entonces Director Faustino Gutiérrez Alviz, la elevó de rango y de ser Academia Local obtuvo el de Academia Nacional con los correspondientes honores que ésto supone. Pasemos al tema de Itálica, de gran abolengo en esta Academia porque fue ella por encargo del Gobierno Político en el año 1838 que se hizo cargo de la dirección de las excavaciones y conservación de las ruinas de Italica y fue la creadora y fundadora del Mu se o Ar - queológico de Sevilla, según tran sc ripción literal del Libro de Acta<; de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, Tomo Ill, págs. 1, 2 y 3, donde di ce: Por admisión en la Academia del oficio del Gobierno político a quien este tenía encomendada las excavaciones de Italica dio noticia a aquella de sus trabajos, la hizo partícipe de su dirección, y habiendo mediado algunas cuestiones sobre el par ticular, llegó a ser la Academia encargada por el Gobierno de la dirección, administración y conservación de los monumentos extraídos de las excavaciones de Jtali ca con los que y otros objetos proyectó fundar un museo arqueológico reuniendo diversos de aquellos que por haberlos modernamente colocado en las salas contiguas, a la en que celebra sus sesiones en el Real Alcázar. Tomada a su cargo la Dirección de las excavaciones y conservación de las ruinas de Italica, la Academia nombró de su seno un Director, un Interventor y una comisión consultiva de cinco académicos a quienes confió aquellos cargos, habiendo el Gobierno acordado que además la Diputación Provincial nombrase uno de sus Vocales que en representación suya fuese también individuo de aq uella Comisión dir ect iva. A sí continuó Itálica bajo la Dirección de la Academia hasta 1842 en que erigida en cada provincia una Comisión de monumentos históricos dependiente de la nombrada por S.M. en Madrid a cuya responsabilidad se sometían aquellos que se mandaba depositar en los museos provinciales, cesó la Academia de entender en aquel importante asunto no sólo habiendo quedado conocedora de l as cuentas dadas por su Comisión Directiva, sino consignando en su extenso informe toda la historia de su cometido sus trabajos y fomento que había dado a aquellas obras».
JOSE MARIA BENJUMEA 77 Cual presentimi en to de su próximo fallecer, un día se dedicó a ordenar papeles y devolv er lo que no era su yo. A mi me entregó un facsimil de una carta de Colón traspapeleado por él y que yo Je había cedido meses o años (n o muchos) antes para demostrarle a la Real Maestranza de Caballería que era falsa la ca rta colombina que alguien les proponía en venta; también me dió -y es por lo que recuerdo este extraño comportamiento en vísperas de ir seuna fotografía tomada en Itálica en la que figuramos él , Pérez-Embid, Calderón Quijano, López Lo za no, yo mismo y otros. La foto re sponde a esos años en que, comprometido por Pérez-Embid en la políti ca artísti ca de Ja ciudad, José María se vinculó a ella y ya no la dejó haci én dola una de sus perennes preocupaciones. Ultimamente le desvelaban dos proyectos, aparte del libro sobre Itálica: sustituir el mod erno Corazón de Jesús de la catedral por el Cristo de los Cálice s, y restaurar el sepulcro de don Gonzalo de Mena, fundador de La Cartuja, en la capilla catedralicia de Santiago. Sus gestiones con altas autoridades de la Exposición Univer sa l no habían dado lo s resultados que él espe raba, y eso le entristecía. Ahora, en esta tarde en que lo es tamo s evocando, su figura merece una estampa digna de Femán Pérez de Guzmán o de Fernando del Pulgar. Nosotros, tomándolo de aquí y de allá en lo s ca pítulos de «Generaciones y semblanzas », hemos dad o vida al r et rato espiritual que sigue: «Era hombre muy llano y tratable c on todo s, de ánimo noble y claras entraña s. José María Benjumea fue hombre de verdad, discre- to y de gran corazón. Tenía el habla igual, ni presurosa ni muy espaciosa. Era m agná nimo y ésta su m ag nanimidad era ornamento y compostura de todas las otras virtudes, Cortés, honrado y honrador de todos los que a él venían, tenía una tal piedad que cua lquier necesitado que a él llegase encontraba ayuda, defensa y co nsolación. Procuró sie mpr e, o mu chas veces, la conservación del patrimonio artístico de Sevilla. Fue hombre que se deleitaba con la música y no dudó nunca en mejorar la riquez a ar t ís tica sev illan a. Jo sé M aría Benjumea era hombr e de buen seso, de pocas p ala bras, y de gran ejecución en las cosas que emprendía. Fue perseverante en la opinión que tomaba ... Era fr anco y allende (además) de dádivas que de su voluntad con gran liberalidad hacía, siempre daba a cualquiera que le demandaba, porque no sufría que ninguno se partiera de él descontento. Dio ejemplo a otros para usar de virtud. Era hombre esencial, aborrecedor de apariencias y de ceremonias infladas.
78 FRANCISCO MORALES PADRON Dando doctrina de honrado vivir, y ejemplo de bien morir, feneció inesperadamente, conociendo a Dios, y con gran honra, en aque ll a ciudad que tanto había amado».