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Monedas : entre la guerra y la paz

Chaves Tristán, Francisca Asís

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LA GUERRE ET SES TRACES - AUSONIUS ÉDITIONS - — Mémoires 37 — LA GUERRE ET SES TRACES Conflits et sociétés en Hispanie à l’époque de la conquête romaine (IIIe-Ier s. a.C.) textes réunis par François Cadiou & Milagros Navarro Caballero — Bordeaux 2014 — Notice catalographique Cadiou, F. et M. Navarro Caballero (2014) : La guerre et ses traces. Conflits et sociétés en Hispanie à l’époque de la conquête romaine (IIIe-Ier s. a.C.) , Ausonius Mémoires 37, Bordeaux. Mots-clé : péninsule Ibérique ; provinces romaines ; époque républicaine ; guerre ; conquête romaine ; archéologie militaire ; camps romains ; numismatique ; armée romaine ; épigraphie. AUSONIUS Maison de l’Archéologie Université de Bordeaux - Montaigne F - 33607 Pessac Cedex http://ausoniuseditions.u-bordeaux-montaigne.fr Directeur des Publications : Olivier DEVILLERS Secrétaire des Publications : Nathalie PEXOTO Couverture : Stéphanie VINCENT PÉREZ © AUSONIUS 2014 ISSN : 1283-2995 ISBN : 978-2-35613-096-9 Achevé d’imprimer sur les presses de l’imprimerie Gráficas Calima, S.A. Avda Candina, s/n E - 39011 Santander - Cantabria - Espagne juin 2014 MONEDAS: ENTRE LA GUERRA Y LA PAZ Francisca Chaves Tristán* – La guerre et ses traces, p. 343 à 368 L a asociación entre las monedas acuñadas durante la Antigüedad y los acontecimientos bélicos se produce generalmente de una manera casi instintiva, ya que está suficientemente probada la importancia de las emisiones monetarias en el desarrollo y culminación de muchas guerras 1. Este convencimiento ha dado lugar a una bibliografía muy extensa, que afecta prácticamente a todos los países y pueblos, no sólo de la cuenca mediterránea sino de su entorno, desde la época en que nace la moneda en Occidente hasta el final del mundo antiguo. La comprobada veracidad de este aserto, con algunas excepciones de rigor, ha sido quizá la causa de dejar en un segundo plano la existencia de un numerario que tuvo una finalidad no siempre dirigida para intervenir directamente en el desarrollo de episodios bélicos más o menos inminentes. Nuestra idea consiste, por tanto, en reflexionar sobre la existencia de producciones monetarias que no consideramos acuñadas con la única y exclusiva idea de inclinar la balanza hacia algún bando en liza manteniendo así su potencial bélico. Tampoco puede olvidarse un hecho evidente: aun en los numerosos casos en que la puesta en marcha de una emisión se dirigiera a financiar los gastos de guerra, una vez en circulación, esas monedas podían saltar de las manos para las que en principio se emitieron, e integrarse en los usos más diversos sin que éstos tuvieran ninguna relación con el desarrollo de la contienda. Dichas emisiones no se pueden considerar “monedas para la paz”, aunque en periodos pacíficos o simplemente sin actividad bélica se siguieran usando. Sin embargo, hay que tener en cuenta que, si su número y presencia llegaban a resultar abundantes en una zona determinada, este hecho originaría y/o fomentaría el uso del numerario. Así, finalizados los enfrentamientos bélicos, el hábito de utilizar los numismas acababa normalmente haciéndolos precisos e impulsando por ello nuevas emisiones no relacionadas ya con los conflictos bélicos. Al hilo de lo arriba dicho nos parece interesante matizar las posibles funciones que llegaron a realizar las monedas concebidas expresamente con motivo de financiar empresas relacionadas con la guerra. La integración en la sociedad de estos ejemplares sería diversa, según la aplicación que los emisores asignasen a las series producidas. La amplitud del tema obliga a ceñirse a un cuadro concreto, por lo que nos detendremos sólo en las amonedaciones que se produjeron y/o circularon en la Península Ibérica durante la Antigüedad hasta el inicio del Imperio romano. Esbozaremos y sistematizaremos un panorama general que no pretende en modo alguno agotar las posibilidades de estudio, sino abrir unas líneas de discusión y trabajo al respecto. El punto de partida debe tener en cuenta no sólo las monedas mismas en cuanto al volumen de sus emisiones, metal empleado, patrones metrológicos, tipos y alteraciones posteriores de las piezas, sino muy en especial el itinerario de las mismas después de salir del centro productor. La dispersión de los ejemplares y/o la concentración de los mismos, junto al análisis de los tesoros y ocultaciones de diversa naturaleza, resultan claves para comprender hasta qué punto determinadas series constituyen “material” de guerra y cuál ha sido su repercusión en la trayectoria de amonedaciones futuras. Creemos asimismo conveniente establecer una escala que plantee la finalidad de la puesta en marcha de series monetales y su empleo en contextos bélicos o la desconexión de los mismos: * Trabajo adscrito a los Proyectos Sociedad y Paisaje. Economía rural y paisaje urbano en el sur de la península Ibérica (siglo VIII a.C.- III d.C.) (HAR 2008-05635) y La construcción y evolución de identidades étnicas en Andalucía en la Antigüedad siglo VII a.C.- II d.C.) (HUM-3482). 1. Incluso es bien conocida la propuesta del mismo origen de la moneda como producto de pagos a soldados (Cook 1958). 344 – FRANCISCA CHAVES TRISTÁN Éléments)sous)droit)d’auteur)1)©)Ausonius)Éditions)juillet)2014 – Monedas concebidas especialmente para su uso directo en episodios de guerra. Este es el caso de las emisiones que se crean con el fin específico de solventar los múltiples gastos de un ejército en funcionamiento, cuya sociedad intervenga en una contienda o mantenga activo un ejército. En los casos en que este ejército no sea permanente, pueden continuar las emisiones, transformarse si los enfrentamientos son sólo coyunturales e incluso desaparecer cuando éstos cesen. – Series que se crean sin estar dirigidas directamente a financiar gastos de guerra, pero se activan a causa de ciertas necesidades relacionadas con el desarrollo de la misma, pudiendo extinguirse tras ella o, más fácilmente, permanecer ampliando su funcionalidad. – Amonedaciones que nacen sin relación con ninguna contienda y se gestan con el fin de satisfacer una variada gama de posibles pagos, reservar riqueza o se incluyen en el proceso de organización de una determinada sociedad, sin olvidar el factor prestigio o la autoafirmación ciudadana. MONEDAS “PARA LA GUERRA” La Península Ibérica hasta 237 a.C. Al asociar el uso de la moneda a la guerra, se ha considerado que la función primaria de ésta es el pago de los soldados que intervienen en ella. Es, sin embargo, importante tener en cuenta que, con frecuencia, en la composición de las tropas entran en juego varios grupos. En la época en que nos movemos es casi habitual encontrar, junto a los cuerpos que podemos calificar como propios o “nacionales”, un sector de auxiliares foráneos, que pueden estar constituidos por mercenarios contratados y/o por grupos de infantes o de jinetes, proporcionados por pueblos aliados de grado o por fuerza. En Iberia, existió el traslado de personas tanto endógeno como exógeno. En ambos casos el desplazamiento de monedas adquiere un especial significado. Por una parte, sabemos que tuvo lugar la emigración de hombres procedentes de pueblos de la Península Ibérica, alistándose como mercenarios especialmente en Sicilia y sur de Italia; por otra, se valora la posible presencia de soldados foráneos cartagineses en el sur de la Península, aunque será a partir de la II Guerra Púnica cuando aparezcan los testimonios monetales más abundantes y se haga realidad la clara y copiosa circulación de emisiones producidas en función de los enfrentamientos bélicos. Los escasísimos hallazgos de monedas pertenecientes al mundo greco-helenístico en la Península Ibérica 2 han hecho reflexionar sobre la participación de grupos de habitantes de Iberia en guerras mantenidas en el exterior. De hecho, las fuentes literarias han dejado claros testimonios acerca del desplazamiento de hispanos a Italia y Sicilia en los siglos IV y III a.C. con el fin de participar como mercenarios en las luchas que allí tenían lugar y alistarse tanto con griegos como con cartagineses 3. La explicación clásica ha sido pensar que, al no utilizarse normalmente las monedas en sus países de origen, los mercenarios las fundían a la vuelta, aprovechando sólo su valor en metal precioso, o bien se utilizaban como objetos de prestigio y reserva de valor 4. F. Quesada 5 ha apuntado otra serie de motivos que van, entre otros, desde el mermado número de los mercenarios que regresaban con vida, a los gastos y despilfarros realizados durante las campañas o a la definitiva permanencia de los contratados en los mismos escenarios de la guerra en la que habían participado. Este último caso se confirma en ocasiones a través de las fuentes literarias, pero también las monedas con leyenda hispanorum emitidas por los mercenarios procedentes de la Península Ibérica quienes, tras pasarse de Cartago a Roma, consiguieron asentarse en la siciliana Morgantina 6. Es cierto que la “sed de tierras” y la huída del propio territorio por las pésimas condiciones de vida que éste les proporcionaba parecen una constante en la intención de buena parte del mercenariado 7, aunque no siempre esta posibilidad resultaba factible. Pero, visto que el mercenario “vocacional” tipo “condottiero” parece escasísimo en la Antigüedad 8, la exigencia de estos soldados contratados, cuya importancia y número se acrecentaría a partir 2. Chaves 1991; Arévalo 2002. 3. Fariselli 2002, 141 sq. 4. García & Bellido 1974, 203. 5. Quesada 1994, 218-224, seguido por Fariselli 2002, 209. 6. Liv. 26.21.17. 7. Ya en el siglo VII a. C. Psamético I concedió tierras en el Delta a los mercenarios jonios y carios que le habían ayudado a reunificar el país : Betalli, 1995, 54 sq., in: Quesada 1999, 13. 8. Quesada 1999, 19. – 345MONEDAS: ENTRE LA GUERRA Y LA PAZ Éléments)sous)droit)d’auteur)1)©)Ausonius)Éditions)juillet)2014 de Alejandro tanto en oriente como en occidente, y de los que en realidad dependían los cartagineses, se centraba en recibir un pago justo. De ahí que la moneda de plata con un valor intrínseco, es decir en metal precioso, se convirtiera en imprescindible para mantener la fidelidad de unos grupos que no tenían el menor reparo en cambiarse de bando si las condiciones no les eran favorables. En el peor de los casos cabía un más copioso reparto de botín para evitar saqueos incontrolados como el que sufrió Messina por los descontentos mamertinos 9, o sublevaciones sangrientas al modo que los mercenarios organizaron contra el gobierno de Cartago tras la I Guerra Púnica 10. Por eso, la emisión de moneda propia, que hacía básica la obtención de metales, representaría una necesidad casi obsesiva para los estados en liza y la Península Ibérica, como escenario de buena parte de la II Guerra Púnica y además sede de ricas minas, entraría así en la zona donde la moneda iba a encontrar una nueva área de expansión. Pero ¿respondían las piezas de cecas mediterráneas halladas en Iberia a estos movimientos de mercenarios y las emisiones iniciales, primero de Emporion y luego de Arse, estaban relacionadas con estos fines? Volveremos a estas ciudades más adelante pero queremos primero matizar algo que nos parece importante: las monedas de emisiones griegas y helenísticas anteriores a 237 a.C. halladas en la Península Ibérica son muy escasas 11 y normalmente se encuentran en zonas donde el contacto con el comercio mediterráneo está comprobado. A este respecto son interesantes las noticias, por desgracia fragmentadas, sobre tesoros con piezas cuyas emisiones no pasan del siglo IV a.C., como Morella y Montgó, centrados en la franja levantina, y algunos pocos hallazgos aislados 12. La composición que conocemos muestra, en palabras de P. P. Ripollés: “el circuito comercial con el que las tierras de la Contestania estaban en contacto”. En definitiva, se trata de piezas de Massalia, Emporion, ciudades griegas de Sicilia y Magna Grecia y alguna de Corinto, con escasa presencia cartaginesa 13. Sin embargo, no se puede dejar de tener en consideración que los datos arqueológicos puestos de relieve, en especial en publicaciones recientes, manifiestan unas claras relaciones de índole comercial entre la costa ibérica y el mundo púnico 14. Dentro del material del V-IV a.C., en el territorio saguntino revisten especial interés los cinco divisores de plata de Populonia, la moneda partida de Segesta y otra griega incierta además de un bronce de Messana, sin contar los más abundantes ejemplares de Massalia y Emporion. Es interesante contrastar estas emisiones griegas con la presencia aquí de monedas de zona cartaginesa, Sicilia y Cerdeña, cuyos ejemplares pertenecen a finales del IV y III a.C. pero fueron acuñadas en bronce 15. Esto no es óbice para pensar que los intermediarios púnicos, en especial ebusitanos 16, tuvieran un papel relevante en este movimiento, que no parece tener relación con problemas bélicos. En este sentido, es interesante el hallazgo de un tesoro con joyas oculto en la pared de una casa supuestamente de un personaje de cierto relieve, en el Puig de la Nao (Benicarló, Castellón) conteniendo también una moneda fraccionaria emporitana de fines del s. V a.C. 17. Es muy posible que la exclusiva consideración como valor-metal de esta y otras piezas semejantes sea la causa de que se absorbiesen y diluyeran pronto en el circulante al acceder a los pueblos iberos que las apreciaban por la plata en sí, constituyendo una reserva de bienes que podía fundirse y dividirse para así responder mejor a fracciones de pagos. También en la zona de Cataluña se han recogido algunos testimonios interesantes del siglo IV a.C.: además de las piezas de Cumas, Metaponto, Dirrachium y Atenas presentes en el tesoro de Pont des Molíns, existen algunos hallazgos aislados 9. Pol. 7.1. 10. Loreto 1995. 11. Chaves 1991; Arévalo 2002; Ripollés, 2008; Campo 2010, 190. 12. Ripollés 2010a, 215-217. 13. De esta época se han detectado un divisor de Cartago y dos tetradracmas sículo púnicos de Panormo Ripollés 2010 a, 216-217. 14. Así aparecen en el barrio portuario de Tossal de les Basses donde, junto a la cerámica ática, están presentes numerosas ánforas y cerámicas comunes púnicas, además de moldes para pebeteros y unos interesantes barcos votivos en terracota que reproducen sus naves. Todo ello induce a plantear una relación que sobrepasa lo superficial y está en la línea de la expansión del comercio púnico en el entorno del Mediterráneo occidental en especial desde el s. IV a.C., momento en el que Ebusus representó un importante papel. Cf. Salas 2010. 15. Ripollés & Gozalbes 2002, 518-520. 16. Aparte de la opinión de Fariselli 2002, 219, llamamos la atención sobre dos interesantes y recientes artículos: Ferrer Maestro 2010 y Ramón 2010. 17. Ripollés 2010a, 215. 346 – FRANCISCA CHAVES TRISTÁN Éléments)sous)droit)d’auteur)1)©)Ausonius)Éditions)juillet)2014 de zona cessetana, con ejemplares de Crotona, Populonia, Neápolis y Selinunte, sin contar con las monedas massaliotas y obviamente las emporitanas, más frecuentes 18. Las piezas foráneas procedentes de tesoros con una cronología de cierre a fin del siglo III o inicios del II a.C., aun cuando tales monedas tengan una fecha de emisión anterior a esos momentos, se ha supuesto que respondan a la entrada en la Península Ibérica de numerario “viejo”, aprovechado básicamente por los romanos durante la II Guerra Púnica 19. Varias de estas monedas forman parte de los tesoros recientemente publicados y parecen confirmar este hecho 20, ya que su ocultación corresponde al mencionado periodo. Pero no son las únicas monedas extra peninsulares presentes en Iberia y algunas podían pertenecer aún a un circulante residual procedente de ciertos ambientes hispanos, básicamente costeros, habiendo llegado antes allí por medios no bélicos. Fuera de las acuñaciones griegas, el hallazgo en varios lugares de Andalucía de algunos conjuntos de monedas foráneas procedentes de diversos ámbitos del mundo púnico 21 ha dado lugar a nuevas reflexiones. Se ha relacionado este numerario con la presencia cartaginesa en su vertiente más hostil hacia los pueblos del sur peninsular, señalando bien cuerpos del ejército púnico, bien centros para reclutar mercenarios, lo que las presentaría como las piezas más antiguas de un circulante bélico en Iberia. Sin duda tal hipótesis, que podría apoyar la actitud “imperialista” y dominadora de los cartagineses en Hispania desde el siglo IV a.C., es una interesante posibilidad a considerar. No obstante, en el actual estado de los conocimientos acerca de estos hallazgos, permanecen algunos problemas que invitan a reflexionar sobre posibles matices. Estas tesaurizaciones de moneda cartaginesa contienen sólo ejemplares de bronce, como ocurre en El Gandul (Sevilla) 22, que se pueden fechar desde 350 a.C. al siglo III a.C. 23, lo que plantea la importancia en esos momentos de las monedas en metal no noble, en especial en el ambiente cartaginés. De hecho, también se encuentran conjuntos con piezas similares en otros lugares del Mediterráneo central, como Sicilia (Cinisi y Monte Adranone en Palermo), Malta (Yale) 24, Cerdeña o el norte de África, además de su presencia en la costa del golfo del León e incluso el interior de la Galia. Es de esperar que el ejército se sirviera de estos valores, pero resulta difícil admitir que fueran mercenarios quienes se conformasen sólo con estas piezas menores. Pudieron utilizarse como adelantos de una paga en plata que se recibiría al finalizar la campaña y, si esto se admite, la propuesta de que los lugares donde se concentran los hallazgos correspondan a centros de reclutamiento de mercenarios parece razonable 25. Sin embargo, en los otros centros peninsulares que se han propuesto bien como zonas origen de mercenarios bien como centros de reclutamiento 26 situados también en diversas regiones de Iberia, las monedas cartaginesas pertenecientes al mismo periodo no son tan significativas 27, y eso a pesar de que el comercio con materiales púnicos si lo sea 28. Tampoco se conoce ninguna tesaurización de esta clase de ejemplares, como ocurre en el sur 29. De todos modos, la presencia en esta última zona de Iberia de tales piezas consideradas “menores” muestra que se trataba de monedas más apreciadas de lo que 18. Campo 2010, 191-192. 19. Crawford 1985, 88-89. 20. Van Alfen et al. 2008, 268, 279; Ripollés 2008; Ripollés, Cores & Gozalbes 2009. 21. Pliego 2003; 2005; Ferrer & Pliego 2010, 544 sq. 22. Pliego 2003 ; Id. 2005. 23. La serie mayoritaria es la SNGDan, n° 109-119, seguida de n° 148-151 y una de la n° 98 que sería la más antigua. También se encuentran piezas de la n° 126-127: Ferrer & Pliego 2010, 545, n. 140-143. Diferentes opiniones sobre la cronología de estas series en id. 548. 24. Ferrer & Pliego 2010, 546. 25. Pliego 2003 y 2005. 26. Barceló 1987, 8; Fariselli 2002, 206 sq. 27. En la zona catalana las monedas del siglo III a. C. anteriores al conflicto de la II Guerra Púnica presentan una cierta variedad: se encuentran piezas griegas del Mediterráneo central e incluso Ptolemaicas, destacando las de Ebusus entre las púnicas con algunas cartaginesas de Sicilia o Cartago, aunque nunca en número tan significativo como en los mencionados conjuntos del sur hispano. La presencia más notable de los ejemplares púnicos se aprecia en Emporion: Alfaro 2002, 26-27. Los mapas de Alfaro de las figuras 1-3, aunque habría que actualizarlos con nuevos hallazgos, siguen siendo muy significativos. La circulación de estas monedas de bronce, no de plata, se han justificado debido a la actividad comercial de los puertos costeros: Campo 2010, 193-194. 28. Fariselli 2002, 215, opina que el hecho de actuar como centros de reclutamiento o expedición de mercenarios no presupone en ellos ninguna implicación u compromiso político determinado. Pero no puede negarse que las relaciones comerciales de la zona costera ibérica y el mundo púnico eran claras, con especial incidencia desde el siglo IV a.C., o mediados el V a.C., como los hallazgos cerámicos están mostrando insistentemente: Asensio 2010, 728-729. En este sentido el papel de Ebusus resulta fundamental, con lo que las esferas comerciales y políticas púnicas no tendrían necesariamente que confundirse. 29. Se han propuesto diversos sistemas de compensación para retribuir a los pueblos o ciudades que trataran de canalizar la contratación de mercenarios sin necesidad de recurrir a monedas propiamente dichas: Fariselli 2002, 214 sq. – 347MONEDAS: ENTRE LA GUERRA Y LA PAZ Éléments)sous)droit)d’auteur)1)©)Ausonius)Éditions)juillet)2014 podría imaginarse, en especial a determinados niveles. De ahí que cualquier actividad no necesariamente bélica, desarrollada supuestamente por los cartagineses en los lugares en cuestión, podía facilitarse y agilizarse con el uso de dicho numerario. A este respecto, es interesante la reflexión de Ferrer y Pliego 30 acerca del esparto y el valor que revestía esta planta, abundante en ciertas zonas de Iberia, para la marina cartaginesa. Un elemento más a añadir al evidente atractivo de las varias minas y los diversos metales a extraer, que sin duda requerirían un esfuerzo en ciertas infraestructuras, transportes y, sin duda, se intentaría acrecentar la producción o recolección de cualquier materia prima útil en momentos delicados en que los mercados occidentales amenazaban con fallar. Las ubicaciones de los hallazgos con monedas cartaginesas prebárcidas 31 están ligadas a puntos no sólo con una importancia estratégica sino privilegiada, en aras a la explotación de recursos, en nudos de comunicaciones o cercanos a emplazamientos de especial riqueza y, en casi todos los casos, herederos de una tradición próxima a ambientes de vieja raíz oriental 32. La valoración de los mencionados tesoros púnicos en bronce hallados en el sur de Iberia, de los que en buena parte y salvo pocas aunque notables excepciones 33 existen sólo una serie de noticias orales sin que por desgracia hayan podido llegar los ejemplares a manos del investigador, resulta compleja en lo que a la función que desempeñaron se refiere. Ciertamente, durante el último cuarto del siglo IV e inicios del III a.C., supuesta llegada a Iberia de las monedas de bronce en cuestión, en Sicilia y Cerdeña, además de en el área norteafricana de Cartago, estaban circulando y/o emitiéndose abundantes series de piezas de bronce 34 entre las cuales se encuentran las llegadas a la Península Ibérica. Pero en esos ambientes, donde la moneda “para la guerra” realizaba una función evidente, el bronce iba acompañado de una importante producción de piezas de plata e incluso de oro y electrón 35, a las que servían como valores fraccionarios a la hora de pagos menores. Esas monedas en metales preciosos tenían para Cartago la expresa finalidad de mantener activos sus frentes militares y las zonas ocupadas, básicamente en Sicilia y Cerdeña. En cambio, por lo que sabemos hasta hoy, apenas algún raro ejemplar argénteo cartaginés ha llegado a la Península Ibérica 36 donde, de haberse utilizado como soldada, debería haber quedado al menos alguna huella aunque fuera en mucha menor cantidad que el numerario en bronce. Conociendo la fuerte presencia del mercenariado que resultaba pieza clave en los ejércitos púnicos 37 como ocurría en Sicilia, Cerdeña etc., debemos considerar que estos soldados de fortuna, al terminar cada campaña, sólo admitían pagos en metales preciosos garantizados por la amonedación de Cartago o similar. Así, durante la revuelta de los mercenarios, al acabar la I Guerra Púnica, ellos mismos, acostumbrados al manejo de la plata, emitieron en este mismo metal 38. Por ello echamos en falta, si los cartagineses se adentraron con tropas en Iberia en esa época con ánimo de conquista, que no llevasen consigo para tales pagos las monedas que les acompañaron en otros lugares 39. Obviamente, el argumento ex nihilo no es determinante, dada la posible circunstancia de que existan ocultaciones ignoradas por la investigación. Por otra parte, también podemos esgrimir las mismas razones expuestas líneas arriba para justificar que las monedas cobradas por los mercenarios que luchaban fuera no regresaran a la Península Ibérica. Sin embargo, en el caso que tratamos ahora tenemos numerario de bronce, tanto en tesoros como en hallazgos esporádicos. A su vez, no olvidemos que estos tesoros prebárcidas que han sido publicados 30. Ferrer & Pliego 2010, 552-553. 31. Id. 544-546. 32. Es el caso de uno de los lugares donde se tienen noticias de varios tesoros con centenares, o quizá mil, monedas de bronce de estos tipos: la zona próxima a Fuentes de Andalucía, conocida como Cerro de San Pedro y Arenal. Lamentamos que únicamente escasas piezas hayan llegado a manos del investigador. 33. Sin duda los datos de El Gandul son los más claros, no solo por su número, sino porque las piezas se han podido estudiar directamente aunque sin contexto. De ahí proceden dos ocultamientos y hallazgos aislados que forman un total de 274 monedas: Ferrer y Pliego 2010, 545. 34. Visoná 1985, 1990; Tusa Cutroni 1995; Manfredi 2000. 35. Jenkins y Lewis, 1963. 36. Aparte de la pequeña pieza con Tanit y prótomo equino que forma parte mínima del tesoro de Motgó en Alicante, se halló una tetradracma sículo púnica procedente de una sepultura en la necrópolis de La Torrecica del Llano de la Consolación y otra en el Barranco del Arc, cerca de Alicante. En ambos casos su cronología oscila hacia mediados del siglo IV a.C. s Alfaro 1994, 25-26 y Quesada 1994, 215. Véase n. 13. 37. Barceló 1987; Fariselli 2002. 38. Loreto 1995. 39. Recordamos el texto de Diodoro 13.80.2-3, interesante aunque referido al final del siglo V a.C. y a la guerra en Sicilia. Señala que los cartagineses enviaron a Iberia y Baleares aristoi con grandes sumas de dinero para reclutar mercenarios. No obstante, esas “grandes sumas”, que debían servir de gancho, no es lógico que fuesen de bronce sino de plata. Como hemos planteado, las supuestas monedas, bien no vuelven tras la marcha del mercenario o se funden por su valor metal, pero ni su volumen pudo tener nada que ver con el circulante de la II Guerra Púnica ni su permanencia en suelo ibérico. Lo único que nos interesa de este pasaje es detectar el aparente hábito de atraer con dinero de alto valor a los mercenarios en su propia tierra. 354 – FRANCISCA CHAVES TRISTÁN Éléments)sous)droit)d’auteur)1)©)Ausonius)Éditions)juillet)2014 Por último y con respecto a este periodo, no sólo los hallazgos sino los cálculos basados en el estudio de cuños muestran una mayor proporción en el volumen del circulante hispano-cartaginés respecto al resto 100, tanto en plata como en bronce. El tema mantiene unas interesantes lecturas en las que no podemos detenernos ahora, pero sí conviene resaltar de nuevo que muy raramente la plata producida por los cartagineses en Hispania sale de la Península Ibérica a pesar de los frentes externos, y tampoco entra apenas en Iberia la emitida fuera de ella. El periodo de la conquista de Hispania hasta el inicio del Imperio Finalizada la contienda púnico-romana en suelo de la Península Ibérica, las emisiones cartaginesas serían teóricamente desmonetizadas y, los ejemplares “flotantes” retirados de la circulación y enviados a ser fundidos como mera plata, formando también parte de los botines y del argentum oscense, cajón de sastre en que los autores posteriores incluyen la moneda no romana. La regla no se cumplió a rajatabla, como indica la presencia de algunas piezas púnicas en niveles más tardíos y en tesoros posteriores, pero sí en buena parte porque de la enorme masa monetal producida en suelo hispano, salvo en los tesoros coetáneos o muy inmediatos, apenas quedaron trazas. Pero al continuar durante dos siglos la lenta conquista de los pueblos hispanos, las “monedas de guerra” ejercerían una función primordial: por una parte los denarios procedentes de la ceca de Roma, por otra la plata ibérica que también conocemos como denarios ibéricos. No es momento de detenernos en las diversas opiniones acerca del inicio de éste último ni de su función, sobre lo que la bibliografía es muy abundante 101. Sin embargo, parece razonable proponer la relación de estas monedas con el desarrollo de los episodios bélicos 102, lo que no impide plantear una serie de posibles matices, evitando ni generalizar ni simplificar un tema cuya complejidad se advierte ante la serie de variables que presentan las series emitidas. A la plata se añaden las emisiones de monedas de bronce de muchas cecas, sin que haya una relación clara entre la producción de unas y de otras 103. Los años de la contienda púnico-romana en suelo de Iberia habían posibilitado varias tomas de postura de los habitantes de la Península Ibérica frente a ejércitos foráneos (supra). Las formas de relación o las posibles integraciones en sus filas eran variadas. A lo largo de los casi dos siglos de conquista debieron evolucionar, en especial en las zonas antes conquistadas, sobre todo entre los pueblos que viesen una ventaja en colaborar con Roma. Últimamente se viene valorando colocar en un primer plano la labor de los contingentes hispanos actuando como auxilia junto a las legiones romanas 104. Si ello es así y participaron con Roma voluntariamente en calidad de aliados, su soldada debía hacerse mediante la gestión de las autoridades locales, de ahí la propuesta que supone la moneda de plata ibérica y celtibérica acuñada como pago para dichos grupos 105. A este respecto, habría que determinar cuándo se comienza a hacer 106, cómo se canalizaban esos salarios y dónde se invertían, a la vez que considerar cuál era el papel de las emisiones en bronce y su relación con las argénteas. En el periodo inicial es también posible que el mantenimiento de un grupo de soldados pudiera actuar en sustitución de indemnizaciones o multas impuestas por Roma, más que de tributos fijos que muchos autores no aceptan 107. Pagar y alimentar a determinados contingentes locales suponía para sus comunidades un gasto seguramente menos gravoso o complejo que suministrar dinero o provisiones a los generales romanos. De nuevo, los hallazgos esporádicos, su mayor o menor concentración y el estudio de los ejemplares contenidos en tesaurizaciones poseen las claves más interesantes para aproximarnos a la función de las monedas circulantes en este periodo. 100. Villaronga 1995, 7-14, calcula que la plata hispano-cartaginesa más la de Gadir y Ebusus emitida en su favor, alcanzaría anualmente la cantidad de 3.108 kg. 101. Arévalo 2003; Gozalbes 2009, 91. 102. Beltrán 1998. 103. Se ha trabajado en diversas posibles asociaciones planteando interpretaciones varias, por ejemplo Burillo 1995. 104. López Sánchez 2010c. 105. Id. 2007. 106. Uno de los temas más controvertidos respecto a las monedas locales hispanas es la cronología del llamado “denario ibérico” (Bibliografía y estado de la cuestión: Arévalo 2003; Gozalbes 2009, 91 sq.), casi siempre encabalgándolo con la función que cada autor le atribuye. Si se consideran estas monedas como sucesoras en finalidad de las dracmas de imitación emporitana, su cronología no tendría que estar muy alejada del cese de éstas propuesto por Villaronga 1998, 108, es decir, serían factibles ya en el primer cuarto del siglo II a.C. Pero el tema no es tan simple y argumentos en pro y en contra se esgrimen para mantener o bajar su cronología, desde quienes le suponen unos motivos financieros que otros niegan, a la no presencia en tesoros a los que pueda atribuirse una fecha alta –salvo al parecer el de Francolí respecto a Kese: Villaronga 2002b-a la reciente interpretación de asociar estas monedas a pagos de auxilia pero limitadas a unos pocos años en torno al cambio del siglo II-I a.C.: López Sánchez 2010c. 107. Aguilar & Ñaco 1995. – 355MONEDAS: ENTRE LA GUERRA Y LA PAZ Éléments)sous)droit)d’auteur)1)©)Ausonius)Éditions)juillet)2014 Además de las series de plata emitidas en las cecas peninsulares, contamos con la presencia de otras “monedas de guerra” producidas por Roma pero acuñadas en suelo de la Península Ibérica. Son los casos de las realizadas por los senatoriales en las luchas contra Sertorio (RRC, 366, 374, 393), la emisión de Domicio Calvino (RRC, 532), las series pertenecientes a ambos bandos durante las guerras civiles (RRC, 566, 393, 446-447, 468-471, 477-479) o, finalmente, las producidas en el gobierno de Octavio-Augusto, primero coincidiendo con las guerras cántabras y luego un conjunto de emisiones acuñadas en metales nobles y atribuidas a cecas locales pero acuñadas por orden imperial 108. Bien estudiadas todas ellas, nos interesa recalcar su finalidad estrictamente bélica aunque, como en tantos casos, deberían acabar insertas en el uso para la vida cotidiana y formando parte del circulante hispano. LA MONEDA Y LOS OTROS GASTOS DE GUERRA: SUS CONSECUENCIAS A pesar de que la inversión en sueldos destinados a los ejércitos propios era cuantiosa y aún más si había que contratar a mercenarios, los gastos producidos por cualquier guerra resultaban superiores a las cantidades invertidas en soldadas de los ejércitos regulares 109. El alto coste de mantener tropas se acrecentaba si las operaciones se desarrollaban en lugares alejados de sus bases. Este hecho fue frecuentísimo durante la conquista de la Península Ibérica, como fehacientemente ha mostrado Erdkamp 110. Un ejemplo de los serios problemas que podían ocasionar estas carencias de suministro se advierte cuando Apiano 111 refiere cómo Cneo, invernando en Urso, envió soldados a su hermano Publio, invernando en Castulo, para que se aprovisionaran de trigo y en esos días tuvo lugar la derrota y muerte de los hermanos. Centrándonos así en el periodo que comprende del desembarco en Emporion de Escipión hasta el total sometimiento de Iberia a Roma, las irregularidades del suministro procedente de Italia son patentes en las fuentes literarias. Urgentes llamadas de socorro al Senado para evitar un desastre en el aprovisionamiento de las tropas se conocen desde Cn. Escipión padre a Pompeyo, mientras que los testimonios de autosuficiencia son puntuales 112. A los últimos, en nuestra opinión, hay que entenderlos desde la óptica de unos generales victoriosos que acaban de culminar una campaña altamente positiva y engrandecen con ello a su propia persona revalorizando así su posición frente a Roma. Pero éstos son “momentos” de triunfo, no situaciones cotidianas.La cotidianeidad pasa por auténticos y a menudo complejos problemas de abastecimiento, como la más simple lógica puede indicar. Ya hemos aludido a la problemática del mantenimiento de un ejército en la Península Ibérica, recalcada por Erdkamp 113 quien insiste en la orografía, el clima, etc. como graves problemas, todos ellos evidentes. Nos resulta de más interés su insistencia en la lejanía de los frentes de guerra de puertos a los que pudiera arribar la flota que portaba los suministros de parte de Roma y el gravísimo handicap de un transporte eficaz y rápido por tierra. El mero hecho de considerar el número de componentes de una legión y recordar que en ocasiones no era una sola legión ni dos las que intervenían en las luchas peninsulares ya avisa de las gravosas necesidades que suponía tal empresa. No era el problema exclusivamente el suministro alimentario del alto número de personas y animales, sino la necesidad de pertrechos bélicos y vestimenta, todo ello sin considerar que, al establecer un campamento o sitiar una ciudad, hecho reiterado en el caso de Hispania, maderas, pieles, material para elevar máquinas de guerra, metales con que renovar o reparar armas etc. resultaban imprescindibles, tanto como sustituir los caballos heridos o muertos. Recordemos al respecto la petición que, según Livio 114, le hace Escipión a los ilergetes en 205 a.C., cuando, además de un stipendium duplex les solicita frumentum para seis meses y togae; Apiano 115 cita la cifra de 10 000 saga y cabezas de ganado. Aún Pompeyo, durante la guerra numantina, se jacta de haber podido reunir 9000 saga, 3000 pieles de buey y 800 caballos 116. Y estas son sólo unas muestras de peticiones similares a las que las fuentes literarias aluden a lo largo de la conquista. Mientras las campañas eran victoriosas y se obtenía un rico botín o se requería indemnización de territorios vencidos, el abastecimiento podía funcionar en el caso en que Roma no consiguiera enviar el suministro suficiente. Pero las invernadas 108. Véase la bibliografía al respecto en Ripollés 2010b, 14. 109. Quesada 1999, 27. 110. Erdkamp 210. 111. App., Ib., 16. 112. Liv. 34.9.12 ; 40.35.4. 113. Erdkamp 210. 114. Liv. 29.3.5. 115. App., Ib., 53-54 116. Diod. 33.16; App., Ib., 79. 356 – FRANCISCA CHAVES TRISTÁN Éléments)sous)droit)d’auteur)1)©)Ausonius)Éditions)juillet)2014 resultaban muy largas y no siempre era factible contar con bienes en los lugares en los que el ejército recalaba. La tarea de los cuestores debió consistir no sólo en una correcta administración de bienes confiscados, botines y material monetario o no, enviado por el Senado, sino en una labor de previsión, en tanto en cuanto las circunstancias fueran adversas. Con la documentación de que disponemos en la actualidad, tanto de los textos como de la Arqueología, es muy difícil calibrar este aspecto. Pero, si reflexionamos acerca de las amonedaciones peninsulares, es posible atisbar una relación con tal problema. El reiterado descenso de las tropas romanas hacia el Sur, y muy en especial centrados en la Alta Andalucía, lejos de posibles puntos de abastecimiento, implica que debieron prever alguna solución aunque fuera de compromiso. Erdkamp 117 ha puesto de manifiesto, siguiendo las mismas noticias de las fuentes, no sólo la dificultad de conseguir un abastecimiento adecuado, sino de transportar a larga distancia el suministro que Roma enviaba. Las fuentes refieren con frecuencia desplazamientos de las legiones recorriendo varios cientos de kilómetros, y en este camino, lejos además de puntos de llegada de suministro de Roma, era muy difícil portar consigo los avituallamientos precisos y, si atravesaban una zona pobre que contara con pocos recursos, el problema se acrecentaba. A esto hay que añadir que los movimientos rápidos de un ejército impedían acarrear todo lo necesario en poco tiempo. Además, al menos en la primera época de la conquista, tampoco está muy claro quienes se encargaban del abastecimiento de las legiones o cómo lo canalizaban 118. Es evidente que este largo periodo sirvió para aprender a hacer frente a los problemas que un simple quaestor no podía solucionar. La experiencia tuvo como resultado la reorganización que sólo el Imperio pondría en marcha adecuadamente 119. En otro momento, y vista tanto la riqueza agrícola de la zona obulconense como la dispersión de su moneda 120, hemos propuesto que la ciudad debió desempeñar alguna función de interés en el abastecimiento de las tropas contendientes 121. La presencia del topónimo en alfabeto latino sobre las monedas que hoy se vienen considerando la emisión inicial de la ceca 122 alertan con su nombre en latín sobre la expresa intención de que fueran “leídas” o al menos “reconocidas” por los romanos. La presencia de este alfabeto no puede ser caprichosa y representa alguna clase de nexo entre la comunidad local y los generales de Roma cuya naturaleza, en el estado actual de la investigación, ignoramos. De hecho, la ciudad sigue emitiendo en series bilingües 123 y lo hace introduciendo también el alfabeto local. Estos bronces, que comienzan con pesos que se ha interpretado ligados a metrología púnica, pasarán pronto a relacionarse con los patrones romanos sin abandonar, y no del todo, hasta casi fin del siglo II a. C. el alfabeto ibérico del Sur o turdetano. Quizá en Obulco la elección del tipo de reverso sea indicativa de la finalidad de las monedas si es que, como suponemos, ellas se relacionaban con un aumento de la actividad en torno a la explotación de los recursos naturales para agilizar una solicitud de suministro por parte de Roma. La presencia de la divinidad femenina en los anversos, así como la pronta inclusión de la leyenda también en alfabeto local, manifiestan una insistencia en que la moneda es autónoma por completo y está decidida por las autoridades locales, y esto aunque su finalidad inicial haya podido tener una relación con necesidades del ejército romano y sea una respuesta a la agilización de ciertos servicios que probablemente continúen en el tiempo. Conocemos casos en que la distancia hacía que los generales romanos almacenasen vituallas e incluso dinero en lugares próximos a los escenarios de la contienda 124, como el de Ocilis 125 en Hispania, durante las guerras celtibéricas. Más interesante aún resulta un pasaje anterior de Livio 126, donde refiere que los Escipiones tenían durante la IIa Guerra Púnica almacenes de grano en una plaza fortificada cuyo emplazamiento no conocemos: Castrum Album. Independientemente de la ubicación de este lugar, lo que nos interesa es la necesidad de recabar y guardar suministros sin depender de envíos exteriores. Y es cierto que la situación de Obulco resultaba un punto estratégico en la zona norte del Betis para las campañas 117. Erdkamp 2010, 139 sq. 118. Erdkamp 2010, 138; Ñaco 2006, 156 sq. 119. Ñaco 2007. 120. Arévalo 2000. 121. Chaves 2000a, 15-21. 122. Arévalo 1999, 235-36. 123. Id. 1999, 237. 124. Por ejemplo, en Italia se utilizó para ello Morgantina: Caccamo Caltabiano 2000, 202. Interesante nos resulta también la mención de Polibio 1.18, cuando aludiendo a la Ia Guerra Púnica, afirma que las comunidades cercanas suministraban armas en el almacén que los romanos tenían en Herbessos durante el sitio de Agrigento, y un hecho similar respecto a Tholon en 203 a.C., nos lo recuerda App., Pun., 18. 125. App., Ib., 47. 126. Liv. 24.41.3-4. – 357MONEDAS: ENTRE LA GUERRA Y LA PAZ Éléments)sous)droit)d’auteur)1)©)Ausonius)Éditions)juillet)2014 que tuvieran por escenario el acceso al territorio andaluz desde el Noreste, tanto a las ricas vegas del valle del río como a las zonas que albergaban las minas béticas. Por otra parte, sabemos que no siempre la violencia conseguía cubrir las necesidades de los ejércitos. Por recordar un caso, Aníbal debió recurrir a la compra de madera para construir barcos con que atravesar el río Ródano en su camino hacia Italia 127. Las monedas de Obulco pueden ser la punta del iceberg que nos muestre unas emisiones locales que no se ponen en práctica para solucionar directamente problemas bélicos de ningún bando, pero surgen al calor de las necesidades que implica la guerra. En efecto, la adquisición de avituallamiento y recursos similares pudo tener como consecuencia, debido además a que en buena parte de Iberia ya circulaba la moneda de los bandos contendientes, que se activaran una serie de mecanismos de tráfico, servicios y organización interna, que hiciesen conveniente la puesta en marcha de cecas locales. El hecho de que estas monedas no sean de plata podría hacernos pensar que su utilidad era muy reducida. Sin embargo ya hemos aludido primero a las fuertes cantidades de bronce circulantes durante la II Guerra Púnica y después a las numerosas ciudades tanto en el Norte como en el levante y en el Sur que emiten este metal. Varias lo hacen no sólo durante un largo tiempo y en cantidades a veces notables, sino que van cambiando y adaptándose a los tiempos y circunstancias con tipos y metrología en evolución, lo que avala su utilidad. Es también sintomático que otra ciudad importante y muy rica desde el punto de vista agrícola como Carmo, en pleno valle del Guadalquivir, se activase en momentos difíciles posiblemente para agilizar la tarea que le suponía el aprovisionamiento de los ejércitos romanos en víveres u otros elementos, quizá durante las guerras lusitanas y/o celtibéricas 128. En todo caso, la reiterada presencia de las legiones romanas en el Sur para invernar a las que reiteradamente aluden la fuentes pudo contar con un acceso más fácil a variados suministros por parte de las ricas ciudades béticas. Es cierto que el albergar a las tropas es presentado por las fuentas como una gravosa obligación para las ciudades receptoras 129, pero no está tan claro que siempre fuera así y, de todos modos, era preciso que la producción de recursos fuese superior a las estrictas necesidades de la comunidad local con lo que habría que agilizarla y la moneda podría haber tenido en este proceso un cierto papel. Casos similares pudieron repetirse no sólo en el Sur sino en la zona norte, donde talleres que se dedicaron sólo al bronce pudieron estar implicados en las labores que giraban en torno a una colaboración con Roma, no ceñida al plano estrictamente bélico aunque en definitiva redundaran en él. Deberíamos, por tanto, considerar la puesta en marcha de ciertas cecas locales hispanas, no directamente movidas para que su producción se utilizase con una finalidad bélica, pero sí nacidas unas a causa de las necesidades que surgían en torno a la economía de guerra, otras como consecuencia de la irrupción de circulante bélico foráneo en sus sociedades que las mueve a valorar la utilización de numerario propio. De todos modos, incluso en el caso de las ciudades que reaccionan emitiendo moneda con uso indirecto relacionado con la guerra, no podemos olvidar que, al menos en el Sur, el factor prestigio tuvo también en ello un papel importante como lo muestran las tipologías seleccionadas por sus emisores y la clara inclusión del topónimo ciudadano en la inmensa mayoría 130. MONEDAS “PARA LA PAZ” La obvia aplicación de las monedas a la guerra y a todos los gastos que la misma conlleva no debe ocultar la existencia de emisiones que, o bien se producían como un hecho colateral, caso de las aludidas supra, o simplemente su razón de ser era la respuesta a motivos diferentes. Es difícil asignar una función bélica a las amonedaciones más antiguas que se emitieron en suelo de la Península Ibérica. Las monedas emporitanas iniciales, así como las massaliotas, se integran en un fenómeno de intercambio a través de metales garantizados que pone en evidencia el conocido documento coetáneo hallado en Pech Maho así como otros varios 131. La interesante lectura de esta inscripción, que quizá no de un modo casual aprovecha un plomo ya escrito en etrusco por la parte contraria, pone de manifiesto un minucioso entramado de índole comercial. En él, griegos que utilizan el alfabeto jonio, actuando en el territorio vecino al oppidum ibérico de Pech Maho 127. Pol. 3.42. 128. Chaves 2000b. 129. Ñaco 2001. 130. Chaves 2008. 131. Ampolo & Caruso 1990-1991; Santiago Álvarez 1994; de Hoz 1994. 358 – FRANCISCA CHAVES TRISTÁN Éléments)sous)droit)d’auteur)1)©)Ausonius)Éditions)juillet)2014 (Aude), realizan la compra de una nave o su carga en Emporion, teniendo como testigos a cuatro personajes locales ibéricos, todo ello a través de unas monedas cuya identidad y valor desconocemos por el momento. El documento corresponde a un tipo de asociación comercial conocida entre los comerciantes jonios del Mediterráneo occidental al menos desde el siglo V a.C. 132. Nos interesa que, a pesar de que no hay acuerdo entre los diferentes autores que han estudiado el tema en la cantidad y moneda a la que corresponden las menciones de ektania y oktania, sí lo hay en cuanto a que dichos términos se refieren a monedas contantes 133. La inscripcióon ha sido fechada en el siglo V a.C. 134, recalcando que en la zona se conocía bien la moneda massaliota y emporitana, circulante ya en occidente desde el siglo VI a.C., como muestra el tesoro de Auriol. Pero la existencia en Pech Maho de unos valores con una equivalencia no clara con los griegos conocidos lleva a suponer algún posible sistema local 135 organizado de modo que fuera intercambiable con patrones monetales helenos. Este numerario parece tener una finalidad comercial, aunque sabemos que en las fuentes se alude a los Elysici, pueblo al que pertenecían los iberos habitantes del oppidum de Pech Maho, y que proporcionaron hacia 480 a.C. mercenarios para los cartagineses en su expedición a Sicilia 136. Sin que pretendamos que los valores citados en la mencionada inscripción correspondan a monedas locales relacionadas con dicha intervención bélica, sí nos sugiere, respecto a quienes participaron en ella, una mayor familiaridad con el numerario conocido -y tal vez cobrado- a través del uso que de él hacían sus vecinos griegos. Recientemente, varios autores han insistido en la dimensión no bélica de cecas mediterráneas como Massalia, Emporion y Arse. La primera nos interesa por su relación con la zona del noreste hispano, ya que en el célebre tesoro de Auriol se encontraron también algunas piezas de la ceca catalana. Bath 137 propone para la moneda inicial de Massalia una finalidad relacionada básicamente con su comercio mediterráneo, ya que las penetraciones de la misma hacia los pueblos del interior las interpreta como mero afán de acumular riqueza con el fin de redistribución social. La figura de los intermediarios griegos y también indígenas, probada en los varios documentos hallados, manifiesta un sofisticado sistema comercial, en el que la moneda jugaba sin duda un papel de cierto realce. Más adelante, la aparición de las dracmas, pesadas primero y ligeras después, que el mencionado autor fecha a partir de la mitad del siglo III a.C. 138, le llevan a preguntarse sobre una posible reacción ante el empuje bélico de Cartago como amenaza a su aprovisionamiento de plata 139 pero no plantea ninguna conexión directa con necesidades bélicas. Sea como fuere, sí es cierto que algunas dracmas 140 y un número mayor aunque no elevado de óbolos massaliotas estuvieron presentes en el circulante de la II Guerra Púnica, lo que no es de extrañar, si admitimos la opinión tradicional de que la ciudad tomaba políticamente partido por Roma 141. Estas monedas pudieron financiar mercenarios que interviniesen en el conflicto. El acrecentamiento del volumen de producción massaliota y la emisión de un valor superior a los óbolos podría relacionarse con una reactivación general de las transacciones en el Mediterráneo. Los continuos desplazamientos de los ejércitos, tanto cartagineses como romanos, implicaban a su vez unas necesidades no sólo de mayor envergadura, sino más urgentes. La improvisación debió ser frecuente y la búsqueda de abastecedores en momentos difíciles también. De ahí que los centros con una tradición comercial consolidada pudieran obtener beneficio de estas situaciones y, en la reorganización consiguiente, la moneda jugase un papel de interés. Volviendo a las monedas iniciales emitidas en suelo de Iberia, no conocemos ningún acontecimiento bélico que agitase el territorio emporitano moviéndole a producir moneda con una finalidad relacionada con gastos de guerra en el siglo V a.C. Se ha sugerido que los de Emporion hubiesen desempeñado un papel interesante como intermediarios en la contratación de mercenarios hispanos ante las solicitudes bien de griegos, bien de cartagineses, para participar en la guerra que ambos 132. Ampolo & Caruso 1990-1991, 35. 133. Ibid. 36, 41-43. 134. Ibid. 48. 135. Ibid. 42-43. 136. Hdt. 7.175, cit. en Ampolo & Caruso 1990-1991, 51, n. 3. 137. Bath 2010, 102 sq. 138. Se basa en datos estratigráficos proporcionados por los estudios de Py. La cronología que le atribuyen a las dracmas pesadas Brenot & Scheers 1996, es de 220-218 a.C. 139. Ibid. 106. 140. Piezas de la serie ligera, las pertenecientes a la pesada apenas salen de los alrededores de Massalia: Bath 2010, 106. 141. Tendencia que rebate López Sánchez 2010c, 607. – 359MONEDAS: ENTRE LA GUERRA Y LA PAZ Éléments)sous)droit)d’auteur)1)©)Ausonius)Éditions)juillet)2014 mantenían en Sicilia 142. No queda de todas maneras resuelto que su posible mediación necesitase de moneda propia, moneda que, según los hallazgos conocidos, muestra a estas series compuestas básicamente por pequeños divisores que, a diferencia de las dracmas, nunca se mueven en los escenarios de las guerras mencionadas sino en áreas próximas con las que las relaciones comerciales están bien probadas, como muestran el plomo de Pech Maho según otros datos arqueológicos. Emporion no estaba alejada de los mercados mediterráneos en los siglos IV y III a.C., ni su próspero comercio con Massalia, Ebusus y varios centros púnicos que la Arqueología constata la aislaba de otros contactos y aunque la importancia de su papel en el desarrollo del comercio mediterráneo se matiza actualmente 143, no por ello hay que dejar de reconocer su función frente al entorno indígena. Es notorio que paulatinamente, tras las conquistas de Alejandro y el establecimiento de los reinos helenísticos, a lo largo del siglo III a. C., el metal fluye con más intensidad en la cuenca mediterránea, lo que obliga a poner en circulación monedas de mayor valor, estuviesen estas dedicadas a una cosa u otra. La moneda emporitana, conocida y aceptada como los hallazgos demuestran en una amplia zona del golfo del León y más al sur hacia Levante, debió adaptarse a las nuevas tendencias ampliando los valores de su amonedación hasta entonces básicamente divisionarios, y emitiendo, por fin, las dracmas con el caballo parado, para así poder continuar con las relaciones tradicionales e incluso abrir el abanico de otras nuevas que bien podían englobarse en contactos comerciales con la ascendente potencia de Cartago y su intermediario ebusitano, sin que ello implicara ningún lazo de índole política 144. Esta independencia de redes comerciales y política ha sido puesta de manifiesto cuando se ha observado que, en la zona emporitana, tras la presencia de Roma, no se interrumpe la llegada de productos en ánforas púnicas centro mediterráneas y ebusitanas, aunque sí aumentan las greco-itálicas y las campanienses A 145. Por otra parte, la presencia en poblados ibéricos no sólo de materiales emporitanos sino tímidamente de sus monedas 146 sugiere que la ciudad griega podía canalizar productos útiles para aprovisionar a quienes lo solicitasen. En el fondo las relaciones comerciales habían sido siempre su tarea básica y el motor de su desarrollo desde la fundación de la colonia. Es cierto que la proliferación de conflictos políticos y el continuo movimiento de los ejércitos en el Mediterráneo occidental hacen que el mercenariado atravesara en estos siglos, V-III a.C., una época dorada pero a su vez, las reiteradas y largas guerras, que con frecuencia se desarrollaban en lugares alejados de las bases de los contendientes, necesitaban, como ya hemos comentado supra, un aprovisionamiento superior al preciso para batallas próximas y rápidas. Se debió requerir por tanto un incremento de la producción y de los movimientos comerciales en los lugares que estaban capacitados para ello, lo que multiplicaría las necesidades de numerario, también con valores más altos, en lugares donde ya se servían de la moneda como ocurría en el caso emporitano y seguramente también en otros. Por otra parte la continuación de las dracmas en esta ceca con su patrón local tras la presencia romana y la ayuda temporal a su causa durante la II Guerra Púnica, como indicábamos más arriba, sugiere que estas monedas le seguían sirviendo a Emporion, tanto para continuar unas relaciones previamente establecidas, como para atender necesidades de la ciudad, según los hallazgos en territorios cercanos prueban 147. Es imprescindible considerar que el metal, básicamente plata al peso, estaba ya desempeñando una función de dinero pre-monetal incluso en lugares del interior de Iberia mucho tiempo antes que las primeras monedas llegaran a ponerse en circulación en el Mediterráneo 148. En la actualidad, el tema de la “plata al peso”, circulando en trozos a los que nos referimos como Hacksilber, ha podido constatarse en la Península Ibérica al menos en el siglo III a.C. 149, lo que no resta interés e importancia al uso del metal en momentos anteriores y en contextos no necesariamente bélicos. Se trata de una medida de valor y, en especial muestra de riqueza y elemento de prestigio que acabaría pasando de la esfera del “don” al elemento de cambio. 142. Algunos autores suponen que ayudaban con ello a los cartagineses pero no nos parece convincente que lo hicieran y menos con moneda para pagar a mercenarios, sino en todo caso, facilitando bienes o flexibilizando las mismas relaciones comerciales. 143. Asensio 2010, 727-730. 144. Fariselli 2002, 219. No son raros los casos en que comercio y política no van al compás. Un ejemplo puede ser la continuidad de las importaciones de ámbito púnico no sólo en el entorno de Gadir sino en la zona del estrecho y en el área onubense, donde se ha visto recientemente cómo se mantienen aún tras la derrota cartaginesa y la presencia romana, a lo largo del siglo II a.C.: Ferrer 2004; García Vargas & García Fernández 2009, 160. 145. Campo 2010, 195. 146. Ibid. 147. Ibid. 148. García-Bellido 2010b. 149. Campo 2004, 2010; Ripollés 2004, 2010; Van Alfen et al. 2008. 360 – FRANCISCA CHAVES TRISTÁN Éléments)sous)droit)d’auteur)1)©)Ausonius)Éditions)juillet)2014 Paralelamente a Emporion, aunque los testimonios con que contamos son posteriores en el tiempo, la ciudad levantina de Arse inició sus series monetales en el siglo IV a.C. emitiendo valores de pequeño tamaño 150. Como en el caso anterior, nada nos indica que los arsetanos estuviesen involucrados en ningún episodio bélico. Por el contrario, los testimonios arqueológicos nos hablan de una economía abierta al Mediterráneo, con especial incidencia en las relaciones con Massalia y Emporion e incluso con el área etrusca, zonas de las que han aparecido ejemplares monetarios en el territorio de Arse 151. También son claras las relaciones con las colonias griegas del Sur de Italia y Sicilia, circunstancia que la iconografía e incluso la factura de algunos tipos escogidos para sus monedas ponen de manifiesto 152. Siempre cabe la posibilidad de asignar al puerto de Arse un papel interesante como punto de embarque de los hispanos que pasaban supuestamente en calidad de mercenarios hacia los ejércitos contendientes en Sicilia 153 pero, de nuevo, observamos que sus monedas tienen un radio de dispersión estrictamente local, lo que unido a sus denominaciones, en opinión de Ripollés 154 descarta para el numerario arsetano anterior a la II Guerra Púnica, cualquier financiamiento militar. Es asimismo interesante recordar que se conocen numerosos recortes de plata sin acuñar que han sido recogidos y pesados por Ripollés observando en ellos “una tendencia a ajustarse al sistema metrológico que seguirán las primeras monedas de plata de Arse, moduladas sobre una dracma de ca.2,9-3g. 155. El mismo autor reconoce que el uso de esta plata al peso se inicia en una fase anterior al inicio de las monedas y continúa durante un tiempo en paralelo con ellas, con el propósito de pagar bienes y servicios no sólo de carácter privado sino institucional. Tampoco debe olvidarse que los arsetanos mantuvieron en las monedas salidas de su ceca, desde el inicio y hasta avanzado el siglo I a. C., el alfabeto ibérico y el nombre de la ciudad como testimonio de su autonomía y garantía del valor y calidad de las piezas ante los usuarios foráneos. La continuidad y el volumen de las sucesivas y continuas emisiones de Arse no indica que se limitaran a ser algo meramente simbólico, sino que su función debió estar dedicada a usos y pagos determinados por el gobierno de la ciudad a los que no debió ser ajena su vertiente portuaria ni sus relaciones de intermediaria entre las sociedades locales vecinas y el ambiente comercial mediterráneo. La reciente localización y sistematización de numerosas emisiones de divisores ha puesto de manifiesto su uso básicamente local, siendo un elemento necesario para la economía urbana, acompañado por el valor de dracmas 156. Pero la posición estratégica y la rica economía de Arse harán que, con su destrucción y saqueo, salte la chispa de la II Guerra Púnica al ser tomada por los cartagineses. No es momento para entrar en la polémica sobre si la ciudad emitió ciertas piezas para púnicos o para romanos 157, aunque la segunda opción es la más aceptable en el estado actual de la investigación. De hecho, diversas piezas de Arse se encuentran en contextos pertenecientes a la II Guerra Púnica habiendo saltado con toda probabilidad de un bando a otro. Lo que si debe admitirse es que, en algun momento de la contienda, la producción de un taller con cierta tradición y bien consolidado como el arsetano, debió volver a ser encauzada para los gastos de la misma ciudad. Una vez expulsados los cartagineses de la Península Ibérica, las emisiones arsetanas en plata iban a continuar con su carácter y finalidad urbanos hasta que las pautas ponderales y tipológicas de Roma se impusieran en sus emisiones de bronce. Todo apunta a que la producción de la ceca se destinaba a los mismos usos que tuviera antes de los enfrentamientos entre cartagineses y romanos, excluyéndose una finalidad primordialmente bélica 158. Por otra parte, si admitimos la idea de que la plata ibérica se destinaba al pago del mercenariado o de los auxilia locales caracterizándose por el tipo del jinete, en el caso saguntino, sólo hay una emisión con estas características pero es de bronce. Ripollés la ha interpretado como producto de las relaciones de Arse con otras ciudades ibéricas. La tercera ciudad peninsular que emitió moneda con anterioridad a la II Guerra Púnica, y la única que lo hizo en el Sur, fue Gadir 159. Las series iniciales gadeiritas, cuyas fechas se centran hacia el primer tercio del siglo III a.C., se componen 150. Ripollés & Lloréns 2002. 151. Ibid., 225-227; 322-323. 152. Ibid., 326-327. 153. Fariselli 2002. 154. Ripollés & Lloréns 2002, 222-223, 155. Ibid. 219-221, 156. Ibid. 325-329. 157. Para García-Bellido 1990, es Cartago quién se aprovecha de la ceca saguntina mientras que Ripollés opina lo contrario, 2002, 330. 158. Ripollés & Lloréns 2002, 331 sq. 159. Alfaro 1988, 137. – 361MONEDAS: ENTRE LA GUERRA Y LA PAZ Éléments)sous)droit)d’auteur)1)©)Ausonius)Éditions)juillet)2014 de varios valores en bronce. Todos ellos son divisores menudos, poco aptos para inversiones bélicas. Es cierto que en el Estrecho y las zonas interiores colindantes ya se respiraba un ambiente de inseguridad probablemente a finales del siglo IV y a inicios del III a.C. debido a las apetencias de expansión económica –que no territorial– de Cartago. También lo es que, como recientes hallazgos han puesto de manifiesto, los bronces púnicos habían penetrado en el sur peninsular con fracciones pequeñas, aunque no tanto como las gadeiritas (véase supra). El uso de las primeras monedas de Gadir se ha llegado a asociar con actividades relacionadas con su célebre templo 160, incluso ligando su inicio a las ofrendas 161. Pero lo más sintomático son los contextos en los que aparecen las piezas, conectados casi siempre con actividades pesqueras – salazones, hornos de cerámica 162– en torno a las cuales giraba buena parte de la economía ciudadana, tras el que también pasan a acompañar al difunto en la tumba 163. La emisión inicial con varios valores indica un uso ágil que no limitaba la emisión al prestigio que supone colocar la divinidad políada, Melkart, y el símbolo base de su economía, el atún, como tipos principales, mientras que la escasa dispersión de sus monedas fuera del ambiente próximo 164, habla de una utilización estrictamente local de las mismas, limitada a necesidades que podían proceder de una reorganización interna de los hábitos tradicionales gadeiritas de producción ante la competencia de otros mercados. No es esperable por tanto una implicación de estos bronces iniciales en el desarrollo de ningún problema bélico sino que, por el contrario, se involucraron en determinados usos urbanos 165. Ya hemos señalado la conexión de la plata gadeirita con la actividad de la II Guerra Púnica, pero no debió ser la plata amonedada una necesidad primordial para los de Gadir, ya que al acabar la contienda cesaron sus emisiones. Si bien esto pudo deberse a una imposición romana, la entrega voluntaria de la ciudad y la concesión del foedus, unido al escaso interés que aun en esos primeros momentos tenía Roma sobre la Península Ibérica, hacen pensar que para sus ciudadanos lo útil eran unas emisiones de bronce que representaban su papel en el engranaje productivo, comercial y social del viejo establecimiento fenicio. Los grandes negocios urbanos se regirían por otros patrones tradicionales en el mundo fenicio diferentes del uso de piezas acuñadas. Señalan una finalidad ajena a cualquier conflicto bélico no sólo la producción de estas monedas de bronce, emitidas en varios valores, con un volumen no despreciable y durante un largo tiempo, sino la amplia dispersión de las series producidas en los siglos II y I a.C., que rebasan la Península Ibérica alcanzando además el mayor número de ejemplares foráneos hallados en el norte de África durante la República 166. La ciudad se involucra finalmente en la producción de numerario dirigido a usos y ambientes sin duda determinados, al compás del desarrollo de sus productos cerámicos y alimentarios que se siguen expandiendo por la zona del Guadalquivir 167, el Algarve 168 y otros emplazamientos más lejanos como hemos señalado antes. El proceso que tuvo lugar en Ibiza sería en parte similar al gaditano, aunque su inicio podría ser anterior, aun durante el siglo IV a.C. 169. Ebusus 170 había comenzado con pequeños bronces que apenas salen de su territorio y que tienen un uso en función de las actividades de su movimiento comercial 171, aunque se limitan a circular por la misma isla, lo que no impide que su volumen sea el más notable de la producción de la ceca 172, y ya vimos que durante la contienda romanocartaginesa, su plata debió ser utilizada por el bando púnico como era previsible. Pero, acabada la guerra, las emisiones de la ciudad a pesar de ver disminuido su volumen, a partir de entonces aparecen extendidas por un área mediterránea mucho más amplia 173, llegando no sólo a encontrarse en una ciudad romana de claro ambiente comercial como Pompeya, sino a ser imitadas con insistencia como monedas de uso frecuente y bien conocidas 174. Todo ello implica que las relaciones de 160. Chaves & García Vargas 1991, 158 sq. 161. Arévalo 2004, 516-518. 162. Id. 2004. 163. Id. 2010. 164. Relación de hallazgos en Alfaro: 1988, 97-98, seguido de Arévalo: 2010 19 sq, en ésta también las tumbas. 165. No sólo los lugares de aparición de las series iniciales sino la emisión de valores diversos y el relativamente alto número que se produjeron, avala un uso económico para los ciudadanos: Chaves 2009, 329 sq. 166. Gozalbes Cravioto 2002. 167. Ferrer et al. 2010. 168. Sousa & Arruda 2010. 169. Campo 2006, 49, 64; Ripollés et al. 2009, 108-110. 170. Campo 1993. 171. Ead. 1987, 121-122. 172. Ripollés et al. 2009, 110. 173. Campo 1983. 174. Stannard 2005. 362 – FRANCISCA CHAVES TRISTÁN Éléments)sous)droit)d’auteur)1)©)Ausonius)Éditions)juillet)2014 los ebusitanos con la Campania o de los pompeyanos con Ebusus, principales pero no únicos portadores de las monedas, pasaban por un buen momento y nada tenían que ver con acontecimientos bélicos. La aceptación general de la moneda ibérica y celtibérica, en especial la plata, en relación con las conveniencias y/o exigencias de Roma y en concreto con su aplicación a los gastos ocasionados por las guerras, no excluye que en ocasiones parte de su producción pudiera dirigirse hacia otros fines. Como dijimos más arriba, todo parece indicar que el motor inicial de estas acuñaciones está directamente relacionado con los acontecimientos bélicos aunque no siempre se limite a la paga de los soldados. Pero, una vez iniciadas las emisiones y ya en uso la moneda, sus necesidades, en especial para facilitar los cambios menores y fraccionar la plata, debieron hacer precisas otras emisiones complementarias. Es posible que ciertos erarios de ciudades hispanas mantuvieran un remanente de metal precioso para las ocasiones en que se necesitaran pagos a tropas o bien para otros gastos imprevistos. Recientemente, se ha planteado la posibilidad de que una ciudad como Kese, en plena expansión urbana y comercial, dedicase algo de su plata amonedada a las actividades edilicias 175. En realidad, la tradición de usar este metal en los pagos no era nueva, como lo muestran los testimonios de utilizar plata al peso que se vienen estudiando. Por su parte, Otero 176 recalca la importancia de las instituciones cívicas más o menos incipientes pero que iban tomando cuerpo también en muchas ciudades del interior peninsular como supone debió ocurrir en Arekorata. Al hilo de ello recuerda la autora que en su organización ya en el siglo I a.C. entraban a formar parte las monedas, como lo muestra la inscripción en un bronce de Botorrita donde se habla de una multa de cien denarios 177. La proyección de ejemplares en bronce alejados de la ubicación de la propia ciudad-ceca es muy escasa según se observa en diversos estudios monográficos sobre varios talleres 178. Normalmente, el radio de dispersión se limita a zonas limítrofes, en especial a las que otros elementos arqueológicos han señalado como áreas de contacto frecuentes 179 o zonas de paso 180. Su uso por el ejército, sean cual fuesen sus componentes, es incuestionable, como lo muestran los hallazgos campamentales pero, al menos desde mediados del siglo II a.C., no es factible que procediesen del cobro del salario. Su presencia proviene de los cambios de las soldadas para gastos menores, cambios que pasaban a enriquecer a quienes se aprovechaban de ellos en torno a las tropas, entregando bronces de emisión local a cambio de plata romana o ibérica, según de qué cuerpo del ejército proviniese. Se ha apuntado también que la presencia de negociantes itálicos pudo potenciar la puesta en marcha de emisiones de bronce en algunas ciudades, concretamente de Laietania, para cubrir sus necesidades de numerario 181, observándose también que las cecas costeras catalanas, con una mayor actividad comercial, emiten un número más elevado de fracciones de bronce que las del interior 182. Sin duda estos valores no argénteos tuvieron un aprecio importante en determinados sectores que pudieron impulsar la puesta en marcha de emisiones con las que la ciudad-ceca facilitase pagos a sus propios servicios y de ahí pasasen al resto de la población. A este respecto es interesante la presencia de moneda de bronce procedente de la Citerior en zonas mineras andaluzas, una concentración que habla, por una parte, del desplazamiento de personas, por otra, de unas relaciones determinadas que para su adecuado desarrollo pudieron necesitar pequeñas monedas tanto en un extremo como en el otro. Al recordar los hallazgos del poblado minero de La Loba donde se observa un mayor contacto con cecas de la Celtiberia, sobre todo Sekaisa y Arekorata, mientras que otros lugares también dedicados a la minería como Diógenes y El Centenillo, marcan una fuerte relación con Kese 183. No contamos con datos claros para explicar estas aparentes conexiones, pero nos resulta interesante la propuesta de García-Bellido 184 sobre la posible organización de una sociedad económica que ligase 175. Teixell 2009, 49. 176. Otero 2009, 68-69. 177. Ibid. 70 178. Así ocurre en cecas que han recibido un estudio monográfico amplio como Arse: Ripollés & Lloréns 2002; Saitabi: Ripollés 2007; Turiaso: Gozalbes 2009; o Sekaisa; Gomis 2001, además de otros talleres menores. Sin embargo este tema requiere una atención mayor ya que habría que contar con factores muy diversos, desde sopesar el volumen de las emisiones a las que pertenecen las monedas dispersas a conocer piezas obtenidas dentro de una clara estratigrafía que matizasen el problema de su perduración en la masa circulante. 179. Otero 2009, 70 sq. 180. Ibid; Giral 2009, 51. 181. Martí 2009, 37. 182. Giral 2009, 56. 183. Chaves & Otero 2002, 191 sq. 184. García-Bellido 1986. – 363MONEDAS: ENTRE LA GUERRA Y LA PAZ Éléments)sous)droit)d’auteur)1)©)Ausonius)Éditions)juillet)2014 Kese con la zona minera castulonense. Una compañía con sede en la primera ciudad justificaría la presencia en la alta Andalucía de monedas kesetanas marcadas con las iniciales de la societas castulonense. Asímismo, unos plomos con las imágenes de las piezas monetales de Castulo serían los supuestos sellos que cerraran las sacas que, con la moneda de la ciudad ibérica, bajaban a las explotaciones del sur. Hemos mencionado más arriba el caso de las primeras monedas obulconenses y su posible relación con el engranaje del abastecimiento de los ejércitos romanos peninsulares. Pero las cecas que emitieron en el sur fueron muchas. Sería difícil atribuir el móvil de su producción monetal siempre a una misma causa y menos a que ésta se enlazase con acontecimientos bélicos. Sería imposible detenernos en este foro sobre las posibles razones que impulsaron a cada ciudad a amonedar, aunque tanto las expuestas para Obulco como para Gadir se repitieron sin duda en otros lugares. Pero cabe reflexionar en torno a la realidad de que las emisiones de ambas cecas son abundantes, largas en el tiempo y tienen una expansión relativamente amplia. Son circunstancias que llevan a mostrar estas emisiones como una necesidad ciudadana para resolver asuntos económicos variados cuya relación con agricultura y minería parece fundamental. El caso de Castulo se ha tratado en diversas ocasiones como amonedación conectada con el funcionamiento de las minas 185 y los hallazgos de sus piezas confirman este aserto. En concreto, al estudiar los procedentes del poblado minero de La Loba, se planteó que desde la misma ciudad de Castulo se debía de organizar el contrato de trabajadores para diversas minas y pagarles así con la moneda acuñada al efecto 186. Carteia 187 e Ilipa 188 serían dos interesantes muestras de amonedación ciudadana sin aparente conexión con gastos de guerra. La primera se enmarca en una producción característica, como lo fue Gadir, de un taller ubicado en la zona del estrecho, con un tráfico comercial de servicios y actividades artesanas y productivas que requieren un numerario en bronce. La continuidad de sus emisiones durante una parte del siglo II y el I a.C. hasta época de Tiberio así como la dispersión de las monedas carteienses hacia las costas norte africanas 189, indica unos contactos evidentes entre entidades comerciales y/o desplazamientos de individuos con intereses en ambas orillas. En efecto, hace suponer que un no pequeño número de personas, con negocios o trabajando en torno a producción e intercambios mutuos, debían desplazarse con relativa fluidez entre ambas orillas. No obstante, creemos que, aun no siendo la finalidad bélica su motor, en los tipos y magistrados de las monedas de Carteia se detecta una clara intencionalidad política, desde la insistente plasmación de la teórica proximidad privilegiada a Roma –municipium latinum libertinorum- a la tendencia de muchos de sus miembros influyentes hacia el partido de Pompeyo en el siglo I a.C. 190. En el caso de Ilipa, la dispersión de sus ejemplares nos induce a sospechar una relación con las explotaciones de metales, su transformación y transporte, dirigidos especialmente hacia la zona que, desde la serranía al norte de la ciudad, conducía al área extremeña y se canalizaba hacia el mar por el Betis a cuyas orillas se encontraba el núcleo urbano 191. En este y otros casos, la presencia de una gran letra A sobre las monedas de varias cecas del Sur nos ha llevado a plantear un posible lazo entre ellas en el desarrollo y la organización de sus actividades de explotacion economica 192. Si el caso de Ilipa puede ser sintomático, no olvidemos el trasiego que tuvieron que desarrollar desde el punto de vista de las relaciones económicas y comerciales las ciudades del Bajo Betis y las que se levantaban en la zona que conducía a las explotaciones mineras del occidente del Cinturón de Piritas hispano. Una simple ojeada a un mapa de localización de cecas 193 presenta un núcleo tupido en las áreas que de alguna manera estaban involucradas en alguna fase relativa al metal, aunque fuese su simple transporte, o en el proporcionar el imprescindible material de combustión como muy acertadamente ha propuesto García Vargas 194. 185. García-Bellido 1982; Arévalo 2000. 186. Chaves & Otero 2002, 208. 187. Chaves 1978. 188. Ead. 2007. 189. Gozalbes Cravioto 1994. 190. Chaves 1979, 98 sq.; Rodríguez Casanova 2006, 101-102. 191. Arévalo 1994; Chaves 2008; García Vargas et al. 2008, 255 sq. 192. Chaves 1993a. 193. Ead. 2009 b, 60. 194. Así, bellota de Ostur, palmito de Laelia o piña de Olontigi sugieren la explotación maderera tan precisa para el funcionamiento de minas a las que podían servir como inmediatos suministradores. García Vargas et al. 2010, 252 sq.