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Vírgenes onubenses (Notas apresuradas para una socioantropología del milagro)

Gómez Marín, José Antonio

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VÍRGENES ONUBENSES (Notas apresuradas para una socioantropología del milagro) PoR JOSÉ ANTONIO GÓMEZ MARÍN Hay en la vida religiosa, en el terreno de las devociones en particular, frecuentes simbiosis que permiten a antiguas creencias emigrar entre fuentes lejanas en el tiempo y en el espacio. El propio mitologema cristiano en su conjunto, procede, como es bien sabido, de cuerpos de creencias anteriores, conociéndose con especial detalle la relación existente entre los cultos cristianos y algunos que fueron propios del paganismo, o bien con otros que se extendieron por el mundo mediterráneo má s o menos al tiempo que la fe cristiana y, muy particularmente, con el mitraico. Por otra parte, sería difícil entender el Génesis, por ejemplo, sin relacionarlo con mitos sumerios o babilónicos y, en especial, con el prototipo -Jung diría, tal vez, con el arquetipode Gilgamesh, mucho más cercano que el Kakravartin indio y otras fi guras divinales y redentoras sacrificadas por la Humanidad qu e, ciertamente, prefiguran al Mesías cristiano. Y lo mismo ocurrirá en la América hispana, por ejemplo, donde los pueblos bautizados conservan con frecuencia sus mitologemas encubiertos entre los pliegues de la nueva doctrina, que viene a ser lo mismo que ya había ocurrido a las poblaciones celtas en su momento. A eso se le llama, como es sabido, sincretismo, y aunque Arguedas y otros estudiosos ya cerraron esa lección, diré que pocos espectáculos más interesantes que el que ofrece una sesión eclesial de la umbanda brasilera -una forma blanca de macumba en la que los santos católicos representan para los afroamericanos a las viejas divinidades de sus antepasadoscomo he tenido la ocasión y el privilegio de comprobar alguna vez. 126 JOSÉ ANTONIO GÓMEZ MARfN Viene este exordio a cuento para encuadrar cabalmente lo que seguidamente diré sobre algunos elementos de la devoción onubense de la Cinta, tan antigua como bien sabemos, pero en la que ha de resultar curioso, a mi parecer, comentar algunas circunstancias, y de modo muy especial, sus famosos milagros, de los que ya habla largamente en su Huelva Ilustrada el licenciado Juan Agustín de Mora y comenta el sabio padre Ortega en su obra colosal sobre La Rábida. Más adelante me ocuparé del tema y milagro que ilustra nuestro entrañable mosaico del zagal ileso y el toro postrado ante la Virgen aparecida, que responde también, por supuesto, a una antigua tradición, para ocuparme ahora, siquiera por encima, del gran prodigio que conmemoran las columnas -"raídas" por los devotos en busca de la reliquia de su piedra, como dice algún historiadorque aún hoy día dan mudo testimonio bajo el pórtico, a la en trada del Santuario, del fabuloso milagro que explica cumplidamente la tradición. Me refiero al prodigio de la salvación del cautivo cristiano al que su dueño sarraceno habría encerrado en un arca y depositado en el mar africano, con las dos columnas y él mismo encima, para mayor gravedad, pero que en lugar de perderse en el piélago acabaría arribando a Huelva, justo en el lugar donde se levanta el actual Humilladero, "que está como a un tiro de Arcabuz de la Hermita (sic), al pie de una larga y penosa cuesta", corno dice un historiador ilustre, y que tan bien describirá un forastero atento como Rodrigo Amador de los Ríos en su insuperada guía de Huelva. El milagro en cuestión se describía en cuatro lienzos que, según el licenciado Mora, aún estaban en La Cinta en su tiempo, el siglo XVIII, y en los que, con una ingenuidad que delata de lejos la mano piadosa pero inocente, se relataba cómo el moro encerró en un arca al mozo cristiano (hay que suponer que onubense, puesto que se había encomendado a la Virgen de la Cinta) en compañía de un gallo degollado a cuya improbable resurrección condicionaba su salvamento; cómo lastraría el cofre con las dos columnas de mármol y cómo, finalmente, él mismo habría de echarse encima de tan precario aparejo, para quedarse dormido hasta despertar en el Humilladero. Salto sobre los detalles, acaso conocidos, porque lo que me interesa ahora es explicar que esa leyenda cristianizada por mano tan ingenua no es nueva, sino que pertenece a una antiquísima tradición que responde a un complejo significado mitológico. Diversos estudiosos, VíRGENES ONUBENSES 127 alguno reciente como Raymond Bloch, han estudiado esa recurrente construcción mitográfica que se basa en la historia de un personaje sometido a la prueba de la exposición al agua, al ser lanzado al mar o depositado en un río peligroso, para terminar indefectiblemente salvado. No puedo extenderme aquí sobre el modelo, pero seguro que el lector se ha acordado ya del propio Moisés y la historia de la cesta embetunada, que cuenta el Gén esis , y en la que su afligida madre, para librarlo de la persecución de hebreos decretada por Faraón, lo deposita en el Nilo, para que lo encuentre nada menos que una princesa, franqueándole así a la leyenda la entrada del personaje en la Corte. Pero si nos volvemos a Roma de sde Egipto, nos sa le al paso la leyenda de Rómulo y Remo, igualmente depositados en el Tíber por la orden tiránica de un usurpador del trono, antes de ser hallados por la loba famosa -tras la que la exégesis moderna, por razones filológicas, ve a una prostitutaque los amamantaría con el concurso de una urraca, el pájaro consagrado a Marte, abriendo así el camino a la vasta mitología romana. Desde Livio a Plutarco, pasando por Justino, Plinio, Juvenal, Dionisio Halicamaso y, por descontado, Ovidio, Horacio y Virgilio, entre muchos autores más, los detalles de la historia se repiten con rara constancia testimoniando el modo en que se propagan en Ja Historia estos recursos simbólicos de la humanidad, tal como ha explicado Rudolph Wittkower en su preciosa obra Allegory and the Migration of Symbols. Pero el mito más congruente con la leyenda del moro salvado en el Humilladero quizá sea el de Perseo, el hijo que Zeus, convertido en lluvia de oro, engendró en Dánae -el símbolo, como metáfora de la seducción de la riqueza, no tiene precio- a pesar de que ésta yacía encerrada en una cámara subterránea de bronce por orden de otro tirano, su padre Acrisio (también enredado en disputas reales), a quien el oráculo délfico había anunciado (como a Layo, el padre de Edipo: véase la continuidad de los motivos mitológicos) que perecería a manos de un nieto. No me detendré tampoco aquí en lo que en los diversos repertorios de mitolo gía (Yves Bonnefoy, Pierre Grimal, Ruiz de Elvira, Chevalier y Gheerbrandt, J. Lamprieres o René Menard y demás) puede hallarse con facilidad, ni en los detalles y variantes que sobre el tema ofrece la literatura, desde Homero y Hesíodo a Ferécides, pasando por Pausanias, Apolodoro, Higinio o el delicioso Luciano, Ovidio o Píndaro. Ahora no puedo más que 128 JOSÉ ANTONIO GÓMEZ MARÍN señalar la absoluta coincidencia del fondo y hasta de las circunstancias de la 'historia fabulosa', como diría don Nicolás Antonio, que presenta la leyenda conservada entre lo s devotos onubenses de la Cinta y los remotísimos espíritus griegos que creían a su manera peculiar en el Panteón de aquellos dioses "demas iado humanos", para decirlo como Niestzsche. Las columnas de mármol de la Cinta son, pue s, un elemento aislado de un conjunto mítico (legendario, sería más adecuado decir en este caso), absolutamente integrado en la tradición cristiana onubense sin la menor sombra de sospecha de su antigüedad y solera mitográfica. Aunque, ciertamente, su representación, en los cuatro grandes lienzos que cubrían los muros de la capilla todavía en la época de Mora, remita más al imaginario inocente de la religión popular que a las altas formulaciones en que fueron establecidas las mitologías de la cultura mediterránea antigua. Los hombres conciben ideas, arman historias, que echan luego a rodar por los tiempos hasta acabar pulidas como cantos rodados en la orilla de algún río o mar lejano. Pero lo admirable es que resulta que esas creaciones no son infinitas, ni siquiera demasiado numerosas, como podría imaginarse, sino que se reducen a un repertorio relativamente discreto de motivos y fórmulas que pasan de mano en mano, se mezclan entre sí, se fecundan acaso en esos contactos dando lugar a híbridos irreconocibles, o simplemente se adoptan para ser reutilizados en un contexto diferente. Un cristiano onubense de lo antiguo o uno de hoy día, dará mayor, menor o ningún crédito a esa leyenda que conservaron nuestros mayores, creerá o rechazará como absurda la causa del mozo cautivo y el gallo degollado que, dentro del mítico cofre, viajarían ignorantes de estar representando una historia milenaria en la que héroes mayúsculos de culturas tan diversas los habrían precedido jugando sus mismos papeles. Porque es evidente que el moro de Berbería de que hablaba el lienzo perdido de La Cinta es Acrisio, es Amulius o es Faraón, así como el mozo esclavizado que rezaba a nuestra Patrona es Moisés (eso significa Masah, probable origen del nombre: 'sacado de las aguas'), es Rómulo (y Remo en una pieza) y es también y ante todo el fabuloso Perseo, el que dio muerte a la Gorgona y se pa seó invisible por todo el mundo antiguo. Con menos literatura, ciertamente, con menos memoria culta y también sin la íntima consolación de que una madre le cantara, durante VÍRGENES ONUBENSES 129 la travesía, la maravilla de nana que Dánae le cantó a Perseo dentro del arca -larnax, en griego- y cuyo eco nos llega desde Simónides en un fragmento de Dionisia Halicamaso. El mundo de las creencias es un pañuelo, y en éste se recogen piadosamente la s ilusiones y los deseos que escapan a la naturaleza, todo aquello que el hombre necesita o anhelaría poseer pero que no alcanza con su razón, época tras época, civili zac ión tras civilización, cultura tras cultura. De es te modo un material psíquico que animó la intimidad gri ega o las liturgias de los templo s romanos, acaso uno que es pied ra miliar de la construcción bíblica, como el maravilloso mito mosaico, llegan hasta el Humilladero, como el mozo y el sarraceno, y suben esa cuesta por la que los onubenses antiguos iban en septiembre a honrar a su Patrona, y por la que subiría -"en camisa" por cierto, y digan lo que digan en Tortos ael Almirante don Cristóbal Colón, a quien tocó en suerte agradecer a la Virgen de la Cinta su protección en un mal paso de su travesía. Seguro que alguien hubo de contar al De scubridor la hi storia del mozo de Berbería y su amo convertido, de quienes las columnas del santuario darían fe ya por entonces, y hasta puede que c re yera en e lla a pie juntillas. Después de todo, si él había subido hasta allá arriba era para dar gracias por un milagro que, sin duda posible, él y sus co mpañeros de aventura tuvieron por cierto y cabal. La Cinta tiene también su milagro fundacional, naturalmente, relacionado con el hallazgo de la propia Vi rge n Chiquita. El mo saico del presbiterio, en el lado del Evangelio, muestra hoy la imagen entrañable del milagroso encuentro con Nue stra Señora de un mozo labriego que huyendo de un toro echó a bajo una tapia al tratar de saltar sobre ella, dejando al descubierto la venerada pintura ante la que el animal se habría arrodillado. A diferencia de las hierofanías mediterráneas clásicas, las apariciones pierden en el ámbito cristiano, en cierto modo, naturalidad para ganar eficacia prodigiosa, de modo que así como en la mitología griega los dio ses y diosas andaban por el mundo co mo si éste fu era el patio trasero del Olimpo -mezclados, por si fuera poc o, con semidioses, héroes, gorgonas, ninfas, gigantes y demás seres fabulosos-, los cr istianos parecen decididos a regir su imaginación por cánones más severos aunque sin renunciar del todo a la extravagancia. Lo real maravilloso llaman a esta realidad los estudiosos actuales, en especial los franceses, pero la verdad es 130 JOSÉ ANTONIO GÓMEZ MARÍN que con frecuencia hay que convenir en que este cambio de estética degrada un poco, a la vez que humaniza, las creaciones del imaginario cristiano. Esas hierofranías o pr esencias de lo divino son generales y frecuentes, en especial desde la Edad Media en adelante, y la Virgen María ocupa en ese memorial un capítulo decisivo, por razones que el profe sor Manuel González ha estudiado con tino y siempre ligadas a la tarea de la repoblación que acompañó a la Reconquist a. La que nos ocupa en La Cinta, por ejemplo, pertenece a un modelo bien reconocible, a saber, el del hallazgo de la imagen de la diosa blanca, como diría Robert Graves, o incluso, como veremos, del propio Cristo, por parte de un personaje modesto -un pastor , un labriego, un pescadoral que elige como heraldo de su culto futuro. Es incontable el número disponible de relaciones sobre vírgenes encontradas, imágenes normalmente ocultas para evitar su destrucción por el enemigo (que en nuestra tierra es el moro, por lo general), que un día permiten ser descubiertas para convertirse en patronas o protectoras del lugar. El tema está bien est udiado por varios autores, y aparece con detalle en el trabajo de González Gómez y Carrasco Terriza sobre la escultura mariana onubense, aparte del mencionado estudio de Manuel González. Pero el caso de La Cinta me parece especialmente atractivo, porque aunque se trate de una virgen blanca, pertenece al capítulo de esas vírgenes encontradas que, en muchos lugares de la cristiandad, sobre todo en España, celebran su fiesta el 8 de septiembre, y que probablemente son una reminiscencia del culto pagano de la diosa egipcia Isis o de la Astarté fenicia. Y he subrayado lo de virgen blanca porque hoy es sabido que aquellas vírgenes encontradas se confunden, con mayor o menor fundamento, con las famosas vírgenes negras que han hecho discurrir tanto a la fantasía de ciertos investigadores, incluyendo a los autores alquímicos, caracterizadas por ser imágenes halladas casualmente en un lugar que pasará desde el momento del hallazgo a reconocerse como centro dotado de poderosa energía celeste, y alrededor del cual o sobre el cual se construirá un santuario. Son legión en la tradición cristiana las vírgenes enterradas en el suelo y halladas por la milagrosa indicación de un animal, por ejemplo, vírgenes emparedadas, como en el caso de La Cinta o de la Antigua sevillana; sumidas en un pozo, en espera del momento propicio para volver a reclamar su culto; o simplemente VÍRGENES ONUBENSES 131 vírgenes aparecidas en el hueco de un tronco, tal vez en una cueva (o sobre un árbol, como ocurre todavía en Fátima o en Lourdes), y que en ocasiones se fugan de la iglesia acogedora para volver a su escondrijo como reclamando un santuario lo cal. Sin olvidarnos de la del Rocío, por supuesto, sugestivo complejo mitológico, al margen de lo mucho que ya damos por averiguado, y en el que no nos es posible entrar ahora sino para adelantar que, a nuestro juicio, su culto replica con desconcertante detalle nada menos que los misterios de Eleusis. La Cinta, sin embargo, participa de otra modalidad arquetípica -la del encuentro en el mar, que es la propia de una comarca marinera como Huelva, y ahora veremos hasta qué punto-, tal como anteriormente comentábamos al referirnos a la leyenda del cautivo del arca que apareció en el Humilladero, esto es, a leyenda de las columnas y el moro de Berbería. De ese modo, la Virgen del viejo territorio labriego y huertano se muestra también arreglada a su condición de Seí'íora del Mar, protectora de los marineros, como reza su Salve. Y no es la única en Huelva. Bien cerca de su santuario, en el eremitorio de La Rábida, la Virgen de los Milagros arrastra la añeja e ingenua leyenda de su hallazgo maravilloso, le yenda que procede de un curioso manuscrito de principios del siglo XVIII, debido a la pluma de fray Felipe de Santiago (editado hace años por el Ayuntamiento de Palos, en edición comentada de fray David Pérez y prologada por José María Segovia), texto que ya manejó el padre Coll y del que proceden los materiales sobre el tema recogidos por el padre Ortega, en su monumental obra sobre el convento palermo. Según esa leyenda, la Virgen habría sido traída "m uy a principios del siglo IV" por un marino llamado Constantino Daniel, natural de la ciudad de Libia y vecino de Jerusalén (nótese el doble disparate), el cual la habría recibido de su obispo -nada menos que san Macario de Jerusalén-, quien se la dio "con título de Remedios" pero con la condición de que en Palos "sería llamada de La Rábida". La descabellada imaginación de fray Felipe podr ía tener, sin embargo, su interés precisamente por esa fabulosa atribución a san Macario, que fue, en efecto, obispo de Jerusalén y uno de los redactores del Credo como padre de Nicea, además de gran adversario del arrianismo y constructor legendario de la iglesia del Santo Sepulcro, del que nos habla Eusebio en su Vida de Constantino, aunque bien que pudiera ocurrir que en nuestra leyenda se confunda a ese Padre 132 JO SÉ ANTONIO GÓMEZ MARíN con el otro san Macario (llamado politikós, o sea, el ciudadano), con quien tropiezo en las referencias de Paladio y Rufino, cuya obra ocupa casi un volumen en la Patrologia Graeca de Migne llamándole Macario de Egipto, y que no es otro que el gran eremita al que la Leyenda Áurea de J acobo de la Vorágine dedica un precioso cuento con diablos al fondo. Fray David Pérez, en nota al referido manuscrito de fray Felipe de Santiago, habla de pa sa da de otro santo homónimo , que habría sido gran "defensor de las imágenes " y desterrado por el emperador León Is áurico, pero ésa se ría ya una historia que no conviene a la nuestra por caer allá por el siglo VIII y no por el IV, aparte de que yo no sé bien a quién se refiere fray Pérez. ¿Sería esta leyenda de la Virgen de la Rá bida un eco de las viejas pugnas iconoclastas? Me lo hace pensar el hecho de que nuestro manuscrito recurra a un santo tan lejano y rebuscado y, sobre todo, que fray Felipe sostenga en su manuscrito sobre La Rábida que la imagen regalada por el santo al monasterio onubense fuera "hechura de san Lucas" nada menos. Quién sa be : puede que en la fantasía del fraile o en su fabulosa información resonara todavía el fragor de aquella histórica pelea y el ruido de las imágenes rotas. Esa posibilidad me parece, en cualquier caso, menos extravagante que una atribución casual o gratuita del prodigio a un obispo tan remoto. La leyenda se complicará más si cabe, en esta ocasión, con el elemento clásico de la ocultación de la imagen por parte de dos sacerdotes que, ante la amenaza sarracena, la habrían echado al mar para salvarla en el año 712 (¡no se puede negar que la fecha está bien elegida!), permaneciendo sumergida y a salvo hasta que en 1572, "al día siguiente de la Concepción", unos pescadores "c alando el primer lance sacaron la imagen de la soberana Reina con medio cuerpo del Niño, y al segundo lance, la otra mitad, que tomando el padre, la aplicó y, sin otra diligencia, quedó unido". Como era de esperar, el padre Ortega censura con aspereza estas devotas imaginaciones que rechaza en tono crítico punto por punto, estableciendo -de acuerdo con el gran Rodrigo Amador de los Ríos o L. Velázquezque esa imagen no es anterior al siglo XIV y que su modelo es, con bastante probabilidad, la sevillana de la Hiniesta, con otras dos imágenes bien renombradas que en la Catedral hispalense se veneran y que también ha estudiado cumplidamente el profesor González. No faltan en la leyenda, por supuesto, más o menos imaginarios pleitos entre los VÍRGENES ONUBENSES 133 marineros de Huelva, que serían los pescadores, y sus colegas palermos, que alegaban su mejor título por haber ocurrido el milagro en su término, pleito al que, finalmente, puso fin un prudente arbitraje frailuno quedando "la señora morena y chiquita" (ya tienen ahí al entrañable adjetivo huelvano) en el monasterio franciscano. Sin salirnos del tema, conviene que consignemos, en todo caso, que la tradición maravillosa onubense no se agota en estos hallazgos hierofánicos. Nos hemos referido ya, en efecto, a las vírgenes encontradas de manera milagrosa, pero hay que añadir que en Huelva, en especial entre los siglos XIV y XV, se rán descubiertas, entre otras, imágenes tan se ñeras como la moguereña Virgen de Montemayor, la Virgen de Coronada calañesa (tantos años disputada por los valverdeños, en cuyo olvidado folclore quedan coplas alusivas al pleito), la Estrella de Chucena o la Virgen del Prado de Higuera de la Sierra -todas ellas documentadas en la obra de González y Terriza ya citada-, así como la Virgen de Luna que se venera en Escacena y que fue hallada milagrosamente en las cercanías de un convento carmelita, hacia 1426, en el desde entonces conocido como Prado de Luna, según un manuscrito debido al párroco local don Juan José Pardo y que alcanzó a ver el historiador local Silverio Escobar y Salazar, autor de una interesante Noticias Hi stóricas de la villa y de la desaparecida ciudad de Tejada. Los historiadores sevillanos han estudiado con detalle el encuentro de Nuestra Señora de la Antigua que se venera en la Catedral; los de las Señoras onubenses aguardan todavía a que se les preste una atención definitiva. Pero aquí hay algo interesante aún, pues ocurre que esa virgen encontrada en La Rábida parece se r que era negra -"morena" según los testigos de esta leyenda - y que "si ahora es blanca, débese a los pintores que la han coloreado varias veces", según asegura un manuscrito firmado por varios de los frailes del convento y el alcalde de Palos, hacia 1593. Y el asunto es llamativo porque las vírgenes negras pertenecen de pleno derecho a la leyenda templaria y la presencia de los templarios en La Rábida, aunque discutida, es otra vieja tradición erudita que, a mi parecer, resulta insostenible, como repite, con razón, fray Pérez, el editor del manuscrito. En tiempos de Bonifacio VIII, que es quien emite la bula autorizando la comunidad primitiva en La Rábida, ya estaba la imagen, en cualquier caso, recibiendo culto hacía mucho tiempo, lo que quiere decir que lo demás