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Cuerpo y comunicación: hacia una teoría del iconismo

Rodríguez-Cunill, Inmaculada

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Cuerpo y comunicación: hacia una teoría del Iconismo Director: Dr. Manuel Ángel Vázquez Medel Catedrático del Dpto. de Comunicaci ón Audiovisual, Publicidad y Literatura Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad de Sevilla Inmaculada Rodríguez Cunill ISBN: 84 - 611 - 1153 - 4 · Depósito Legal: A - 581 - 200 6  UNIVERSIDAD DE SEVILLA FACULTAD DE CIENCIAS DE LA INFORMACIÓN Departamento de Comunicación Audiov isual y Publicidad, Periodism o y Literatura Cuerpo y comunicación: hacia una teoría del iconismo ISBN: 84 - 611 - 1153 - 4 · Depósito Legal: A - 581 - 200 6 Inmaculada Rodríguez Cunill  1. LA HISTORIA DE UNA INVESTIGACIÓN 1.1. INTRODUCCIÓN 1.2. REFLEXIONES SOBRE UN TÍTU LO 1.3. HIPÓTESIS DE PART IDA: LA DESCRIPCIÓ N DEL OBJETIVO 1.4. ENFOQUES BIBLIOGRÁFICOS 1.5. METODOLOGÍA 2. BASES TEÓRICAS 2.1. CUERPO, CORPOREIDAD, CORPORALIDAD 2.1.1. Introducción 2.1.2. Definiciones preliminares 2.1.3. La clave de la extensión 2.1.4. Lo órganico en el cuerpo y la mente 2.1.5. Innovaciones del siglo XX respecto a la dualidad cuerpo-mente 2.1.6. La superación de la dualidad cuer po-mente a partir de la imagen  2.1.7. Una revisión fundamental de las nociones de cuerpo, corporeidad y corporalidad 2.1.8. Planteamientos surgidos a partir de los conceptos de c uerpo, corporeidad y corporalidad. Un índice que es una introducción y una conclu sión (provisional, claro) 2.2. TEORÍAS CIRCULARES SOBRE UN TÍTULO 2.2.1. Resumen de los planteamientos de Varela 2.2.2. Críticas a Varela 2.2.2.1. Los recursos del budism o 2.2.2.2. Un traslado a Occidente: García Se lgas y la enc arnac ión 2.2.2.3. Complem entos a Varela d esde la s nocion es de cuer po, cor poreida d y corpor alid ad 2.2.2.3.1. Cuerpo como ámb ito de la si gnificación: c uerpo-si gno, cuerp o-sentid o 2.2.2.3.2. Un estado emergente llamado gestalt 2.2.2.3.2. 1. Not as acerca d e la noción de gest alt 2.2.2.3.2. 2. Gestalt y cuerpo 2.2.2.3.2. 3. ¿Es la gest alt un estado eme rgente? 2.2.3. El cuerpo com o secreto, com o enigma, como mist erio 2.2.4. Comportam iento fractal d el cuerpo 2.2.4.1. ¿Qué es un fracta l? 2.2.4.2. Cuerpo fractal 2.2.4.3. ¿Revelan el cuer po, la corpo reidad y l a corpor alidad un c omport amiento fractal? 2.2.4.3.1. La metá fora del h omúnculo y la corporalidad 2.2.4.3.2. ¿Hay limitaci ones a la c orporei dad? Otro e jemplo d e fractalidad l imitad a: el homúnculo ext erior 2.2.4.4. Cuerpos fracta les e imág enes  2.3. EL LÍMITE DE MI CUERPO Y EL MUNDO DE LOS OBJETOS 2.3.1. El límite de mi cuerpo y el mundo de los objetos a través de la imagen 2.3.2. Cuerpo e iconografía 2.3.3. El poder de las imágenes sobre el cuerpo 2.3.4. La iconoclasia 2.3.5. Imagen como mediación del cuerpo. Cuerpo como mediación de la imagen 2.3.6. El vector indicial en la imagen 2.3.7. Espacios imaginarios del cuerpo 2.3.7.1. Imagen como f oco, c uerpo como foco 2.3.7.2. Dentro y afuer a 2.3.7.3. Espacios vivenciales, espa cios matemático s 2.3.7.4. Reduccion es del esp acio vive ncial 2.3.7.5. El mapa y el espejo: dos formas c omplem entari as de en tender las imáge nes y e l cuerpo 2.3.7.6. El marco y la in terfaz 2.3.8. El objeto como presentación social del cuerpo. Comunicación artifactual 2.3.9. Fronteras temporales del cuerpo 2.3.9.1. El tiempo subj etivo o el ám bito tem poral del cuer po 2.3.9.2. La memoria y la tra nsgresión del prese nte 2.3.9.3. La dirección del tiempo, l a dirección del c uerpo 2.3.9.4. La metáfora tempor al com o funda mento exper ienci al del cuer po 2.3.9.5. Umbrales temp orales de percepc ión 2.3.9.6. Lo temporal, l o corporal y lo visibl e 2.3.10. La mediología y la conformación del cuerpo, la corporeidad y la corporalidad  2.4. CONOCIMIENTOS Y DESEOS 2.4.1. Introducción 2.4.2. Cuerpo y deseo: un acercamiento general e iconografía 2.4.3. El cuerpo y la represión del deseo: el complejo de Edipo 2.4.4. El cuerpo conformado por la imagen: la fase del espejo 2.4.5. El cuerpo, sus tensiones y la importancia del significante 2.4.6. La figura encarnada o el misterio del cuerpo 2.4.7. Un código hecho carne (y paradoja) 2.4.8. Una ilusión operativa 2.4.9. Un acercamiento al conocimiento desde el deseo 2.4.10. La configuración del objeto 2.4.11. La noción de equilibrio en un cuerpo fractal 2.4.12. Aperturas y deseos: Piaget y Freud 2.4.13. La dimensión social en la naturaleza de los individuos: los signos 2.5. CAMPOS DE SIGNIFICACIONES EN EL CU ERPO 2.5.1. Introducción 2.5.2. Hacia el cuerpo desde la semiótica 2.5.3. El objeto como umbral de la semiótica 2.5.4. La semiotización del referente 2.5.5. Los signos traslativos: un caso de semiotización de referente 2.5.6. Signos intrínseco-causativos . La huella cultural del cuerpo 2.5.7. Semiotización del referente y modifica ción del código. Casos visuales y casos corporales 2.5.8. Polémica empirista-subjetivista: Eco y Maldonado  2.5.9. Signos intrínsecamente codificados 2.5.10. Signos ostensivos 2.5.11. Iconismo y ausencia de negación 2.5.12. Planteamientos generales acerca de la referencia y la semejanza 2.6. MÁS QUE REFERENCIA, AUTORREFERENCIA 2.6.1. Introducción 2.6.2. La autorreferencialidad y el concepto complejo de cuerpo 2.6.3. Exploraciones en un iconismo autorreferencial 2.6.3.1. El icono fundamen tado en la evolución 2.6.3.2. Autorrefere ncialidad c omo filt ro humano 2.6.3.3. Comunic abilid ad en la a utorrefer encia 2.6.3.4. Paralelismos bi ológicos 2.6.3.5. Icono autorrefe rencial: u na puerta a la creati vidad 2.6.3.6. Diferent es ca tegorizacion es 2.6.3.7. Una alteridad autorrefer encial. La par adoja hecha c arne 2.6.3.8. El icono y su conti nuida d con el c uerpo 2.6.3.9. Una verdad a utorreferen cial: la sensaci ón de verda d 2.6.3.10. I mportanc ia actual de un icon o autorreferen cial 2.6.4. Una nueva bifurcación 2.7. BASES NEURALES DE UN IC ONISMO AUTORREFERENCIAL 2.7.1. Introducción: configuración cerebral 2.7.2. Psicología del desarrollo y neurociencia  2.7.3. La visión lineal 2.7.3.1. El mundo de l a neurona 2.7.3.2. Transmisio nes neurales y comport amiento h umano 2.7.4. Sistema visual no lineal 2.7.4.1. Iconismo y per cepción. Int erferencias 2.7.4.2. Iconismo en las transmisio nes cerebr ales 2.7.4.2.1. Mapas en el sistema visual 2.7.4.2.2. Mapas en otras áreas cerebr ales 2.8. ESCALAS VALORATI VAS 2.8.1. Introducción 2.8.2. Reflexiones sobre un planteam iento de escala de iconicidad 2.8.3. Una escala valorativa para las imágenes icónicas 2.8.3.1. Un viejo e xperiment o desde una nu eva p erspectiva 2.8.3.2. La autono mía de lo s fragmentos 2.8.3.3. El rostro represent ado y s us implicac iones en la ima gen 2.8.3.4. Otros fragment os del cuer po 2.8.3.5. Expresión d e emociones 2.8.4. Otras jerarquías en la historia del cuerpo 2.8.5. Lo oculto y lo visible. Imagen y desnudez del cuerpo 2.9. PRINCIPIOS EMPÁTICOS. EL CÍRCULO SE CIERRA 2.9.1. Introducción 2.9.2. Vestigios empáticos: deseos y conocimientos 2.9.3. La teoría afectiva de la empatía 2.9.4. Una exploración de la empatía con las imágenes  2.9.5. El rostro y la empatía 2.9.6. Visiones intelectualizadas y reductoras de la empatía 2.9.7. Huellas empáticas en un iconismo autorreferencial 2.9.8. La personificación como efecto de una dinámica empática 2.9.9. Exploraciones en una etimología del signo icónico 2.9.9.1. La interfere ncia de la dimensi ón cult ural es el cu erpo mismo 2.9.9.2. Evolución de los signos y med ios de producción de imágenes 2.9.9.3. Tiempo sub jetivo y eti mología del s igno ic ónico 2.9.9.4. Evolución ic ónica: azar y cr eativida d 3. ANÁLISIS 3.1. INTRODUCCIÓN 3.2. EN EL PAÍS DEL CUERPO, EL R OSTRO ES EL REY 3.3. . ..Y TAMBIÉN ES EL REY DEL R EINO ELECTRÓNICO 3.3.1. Los emoticonos y la inclusión del cuerpo en la red 3.3.1.1. Gestualidad tr aslada da a los emotic onos 3.3.1.2. Modificacion es en la post ura del espectad or 3.3.1.3. El espacio en la repre sentaci ón 3.3.2. Las preferencias en el cuerpo 3.3.3. Más sobre el rostro 3.3.4. La conciencia no está en el bocadillo del botones Sacarino Inmaculada Rodríguez Cunill - 4 -  todo el mundo (siempre que se tenga pagado el peaje de cie rta formación). No es un camino lineal, sino recursivo. Al gunas vec es la carret era habr á de ser p isada en dos ocasi ones; otras v eces hago r eferenci a a un terreno empa ntanado de l que he huido, y qu e queda pend iente de visita, pero no en esta investig ación. Este camino no lineal se explica po r cuestion es que han provo cado la tardan za de esta investigaci ón. El probl ema de la hi perinf ormación no favor ecía en absol uto la nec esaria sedi mentació n de conocimient os. Era ya apremiante la nec esidad de est ablecer un p unto final par a presentar esta investigaci ón c omo una tes is doctor al y sin embar go el mism o proc eso de investig ación m e lleva ba a prolonga rlo indefinida mente, a fue rza de ser cada ve z más consciente de lo que todavía no sé. De ahí que haya con siderado ne cesario el iminar provisionalm ente ciertos aspect os que hub ieran amp liado enormem ente la re dacción definitiva. 1.2. REFLEXIONES SOBRE UN TÍTUL O Un título como el que se expone, Cuerpo y comu nicació n: hacia u na teoría de l icon ismo , est á estrechament e relaci onado c on mi form ación y aspir acion es. Mis estudi os en la Fac ultad de Be llas Artes implican un interés e n el univers o de la im agen desd e el pu nto de vist a creativo. P ero una cosa es la producción visual y otra el an álisis de las imáge nes resultan tes. Este cambio de perspec tiva obedece a principios que com parte tanto el creador como el intérpret e de im ágenes, y q ue en este volumen s e revel a como la bis ag ra que permit e que s ospec hemos q ue la relació n de nuestr o cu erpo con las imá genes actuales no es simp lemente la de una recep ción fría lo calizada s ólo en la mira da. Se ha de tener en cuenta tambié n que cuando este título señala comunica ción , se refiere explícitamente a la comun icación vis ual. En camb io, la palabr a cuer po no podrá ser concre tada aún en una acepci ón específic a, porque se trata no sólo de un c oncepto bioló gico sino cult ural. Ésta no es una tesis teórica porq ue se prop onga afrontar un probl ema abstract o que h aya podid o ser objeto de otras reflexiones. El acercamie nto al cuerpo es muy discutibl e, porque co nstituye ya e n sí un problem a epistemol ógico , el de la labor de un o bserva dor que s e hall a inclui do en e l sistem a inves tigad o (esta ve z por la prese ncia de su cuer po en to da comu nicación huma na). La segunda parte del título, hacia una te oría de l iconism o , reflej a ese camin o que aún no h a acabado. El t ercer térm ino clav e, el icono, e se sign o mixto qu e posee un carácter natura l y convenci onal, Inmaculada Rodríguez Cunill - 5 -  refleja en pr incipio l a misma dual idad qu e el mismo cuer po, como noc ión b iológic a y cultural. La indefini ción de ese hacia muestra que la prop uesta es av anzar hacia u na teoría del ico nismo no re gida únicame nte po r problem as comput acio nales qu e le h acen anidar en la a bstracción, s ino en la pres enc ia de un mo delo mater ial corp oreizad o que es nuestr a misma c onstrucció n del m undo. S erá fundam ent al contem plar el iconism o vis ual com o un fenó meno q ue at añe a to do el c uerpo e n la ex perienci a, y no s ólo a los mecanis mos cogniti vos que va n desd e nuestra ret ina al córtex . Pero aclaremos que la i ndefinic ión de es e hac ia es relativ a, porque es te volum en consti tuye un a segunda ver sión de l a tesis doct oral. Mient ras que en la p rimera, el ha cia cond ujo a la elabora ción de un capítulo final c on la corr oboraci ón de tres as pectos del cu erpo (que de nominamos c uerpo, c orporeid ad y corporali dad), en esta s egun da versi ón estas dimensi ones han const ituido el punto de partida que ha repasado lo afirma do por dif erentes teorías soci ales, psicológ icas, mediol ógicas, se mióticas, etc. Ojal á algún día e sta teo ría pueda es tar acabad a. De momen to, puede que las conclusiones ha lladas puedan formar parte de una teoría de l iconismo de carácte r plenamente human o que aglu tine, por tan to, las capacidades p erceptivas y cogn itivas del h ombre, su integr ación en un todo social, co n las implic acion es consiguie ntes del est udio de sus pr ejui cios, de la c oncienc ia del pr opio conce pto de sí e xpresado a tra vés de unas man ifestaciones cu lturales que visuali za y crea y por las cual es, en suma, se co munica. 1.3. HIPÓTESIS DE PARTIDA: LA DESCRIPCIÓN DEL OBJETIVO Como se af irmó con ant eriorida d, el cu erpo e s una noción n o sólo bi ológic a, sino ta mbién cultural. Cu ando se habla de cuerpo en la Edad Me dia, éste no posee la s mismas conno taciones que en la actualida d. Ni existía entonce s el proy ecto del ge noma human o, ni eran pos ibles los traspl antes d e médula, n i se reconoce ría el fe nómeno del body-buildi ng . La misma distinción de na turaleza y cultura puede ser des deña ble (des de el pu nto de vista d e que lo cult ural pue de ent ender se como u no de modo s naturales del ser del h ombre). Hemos her edado de la mo dernidad u n conc epto d e cuer po que a dquier e su sign ificado p or su oposici ón al al ma. Se plant ea en est a investig ación el r astreo s obre un concepto d e cuerp o que es tá cambiando, y que no adquier e sus con nota ciones p or esta opo sición a un etéreo mundo m ental, s ino p or su implic ación con el univ erso m ediológic o actual. Se v e afecta do no sól o por los nu evos art efactos proporcion ados por la tecnologí a, sino también por las im ágenes gen eradas mediant e éstos. De ahí que Inmaculada Rodríguez Cunill - 6 -  el soporte de l as nuevas im ágene s pueda estar forjand o tambié n esta noc ión de cue rpo qu e amplía la moderna. Este panoram a prop orciona una posi ble man ipulación del espect ador y a no sól o como ent e cognitivo, si no experie ncial. Es dec ir, se involucr a su mismo organismo, y no s ólo un sen tido (com o el de la vista). El hecho de que l a mani pulación sea, ya mis mo, cor poral, i mplica q ue nuestro organ ismo pos ea cada vez me nos indefi nición resp ecto a aquello qu e se enc uentr a fuera de s u piel. Nos incrustam os, pues, en un panorama, en el que la distin ción entr e sujeto y ob jeto no result a tan clar a com o plantea la modernid ad; un pa norama en e l que existe un trasieg o constante de significantes y sign ificados en nuestro cuerp o, en el q ue como es pectador es formamos p arte de la im agen visu alizad a, entrando e n un juego fractal qu e es el que debe remos rastrear en esta tes is. Queda así abiert a una puert a a la manipulac ión a través de la i magen que no por ser más s util y arrastrar al cu erpo exp erienci al (y no sól o cognitivam ente) es men os eficaz. Ha blamo s de un cuer po transi do de med iología, tal como la defin e Debray. La impor tancia de lo visual en nuestra cu ltura es un fenómeno que se ha puesto de relieve en innumerable s ocasione s. Sin embargo , el poder ma nipulador de las imágenes pue de radica r no sólo en los mecanismos cognitivos puestos en juegos, sino en la capacidad de involucra r a todo nuestro organismo (co mo ocurre con el efect o holístico qu e se revela en la real idad virtua l, pero que está presente en manifestaci ones anterio res). Estas apr eciacione s conducen a plantear alguno s objetivos parci ales: 1. Uno de lo s objetivos pri mordiales en la elabora ción del proy ecto de esta t esis fue el de diferen ciar cla ramente el iconismo de otros fenó menos. Pero al aho ndar en el concepto de cuerpo se pudo vislu mbrar qu e el objeti vo podía ser precisam ente el contr ario, es dec ir, el de poner de re lieve qu e no existen fro nteras pr ecisas entre ico nismo y otros fe nómenos. U na de l as grandes pr opuestas re specto al iconismo se había basado en su distinció n con re specto al símbo lo y al índice. Sin em bargo, cua ndo este icon ismo se intent aba c onectar c on el cuer po no s ólo se diluía la mism a noci ón de iconism o, sin o que se difumina ban los límites entre lo indexical y lo simbólico. Así pues, e l objetivo cambió pa ra intentar demostrar q ue el fenóm eno icón ico (y en g eneral to do proceso síg nico) adquier e su signific ación e n el cuerpo, como pura con strucción que tien e una herencia exper ienci al y que no deja de recurrir a nues tras vivencias. De ahí se de sprende q ue esta tesis, más que intentar def inir front eras, opta por pon er énfasis en el proc eso di námico d el percibir y c onstruir. Inmaculada Rodríguez Cunill - 7 -  2. Si el cuerp o es una con strucción cult ural, es pos ible que las im ágenes actuales esté n conforman do un nuev o conce pto de cuer po. La dem ostración d e esta hip ótesis hará q ue sea neces ario repasar dif erentes me dios qu e utilicen (1) el cuer po como un ref erent e, (2) que se val gan del c uerp o del espectador, o ( 3) que m anejen am bas pers pectivas simu ltáneament e. 3. De lo anterior se de duce otra posi ble hipót esis: la ide a de desmater ializ ación, pres ente en múltiples comen tario s acerca de la s nuevas imágen es creadas po r el hombre, tal vez no implique una descorpor eizac ión, sino un cambi o de estatuto en lo que co ncibamos c omo cuerpo. 4. La adhe sión a un mundo mate rial que genera nue vas imágenes co nduce a una preocu pación no sólo por los enun ciados ex puestos, sino por la en unciación pra cticada, qu e siempre invo lucra a nuestro cuerp o. En otras palabras, el cómo será tan o más im portante que el qué. Nuestro enfrentami ento co n los art efactos qu e nos p roporcio nan im ágen es podr án ll egar a c onstit uirse c omo par te de mi orga nismo, co mo extension es, tal como ha bían anunciado H all o Mclu han. Un objetiv o de esta tesi s parte de est a idea par a verificar q ue la con strucción d e una nuev a noción de cuerpo está transid a de nuestro enfr entamient o medi ológico con l os objetos, y que esto es s ólo el prim er pas o del c amino par a incluirnos e n espaci os imagin arios que ref lejan tam bién una exte nsión d e mi cuerpo en otros lugares y tiempos. 5. Consid erar el refer ente c omo un o bjeto de la re alida d que f orma parte d el sign o icónic o significa conceb ir la comunicación como una entidad estática. Al igual que el electrón puede ser una onda o una partícula d ependie ndo de si lo obse rvamos en su dinám ica o si m odificamos s u estado habitual, l a referencia supone una instantánea del movimiento de signo s; sólo una in stantán ea , y por tanto, su ref lejo del movimiento está bastante limitado. Es interés de esta tesis el demostra r que la referen cia no es más que un caso particular d e uno más gen eral, el d e la auto rreferencia. Tal ve z la refere ncialidad típica que se ha adjud icado al icono no sea m ás que un c aso estáti co del cont inu o trasiego de signos limitado por nuestra constit ución fis iológic a. Nos acer camos a postura s que apu estan por un r eferente com o modelo de la realid ad (un m odelo está siempr e constru ido), y no un o bjeto de la mi sma. La con strucción d el referente n os lleva, por fin, a la autorrefer enciali dad por medio d e una frase ta utológica , pero no por ell o menos coher ente: ‘sól o veo lo que e stoy capac itado par a ver’. El c uerpo fisio lógico es p ues, un límite p ara mi comunic ación y mi conoc imiento del mundo. Per o el cuerp o fisioló gico no es det ermina nte, puesto qu e su funcio namiento ha aprend ido de la experie ncia (con lo cual es también cultural y social). Inmaculada Rodríguez Cunill - 8 -  6. Si el cuerpo p uede ser conf ormad o culturalme nte, esto q uiere decir que ciertos a spectos materiales influyen en mi cuer po físico, hast a el punto d e trans gredir sus mismos límit es. De ahí que sea necesari o investigar los punt os de transici ón entre mi c uerpo físico y el universo d e imágen es que m e rodean, pa ra poder co nsiderar si existen frontera s fijas o no entre mi cuerpo y los objetos. El int erfaz o e l marco serán por ejem plo, dos de l os ejes que a yuden a dilucidar d ónde aca ba mi cuer po no sólo física sino -lo que es más importan te- culturalmente. Un cuerpo po drá fu ncionar co mo refe rente pa ra una fotografía, p ero tambi én pod rá ser el s oporte d e unos t atuajes. Unos m odelos estéticos ex presados en imágenes podr án llev ar al espect ador a reafirm ar su ‘yo ide al’ con una co nstitución más delgad a. La interacción con las imág enes se verifica rá en múltiple s vertiente s, por lo que será necesario un rastreo de los límites de l cuerpo para v erificar si el c oncept o de cuerpo moder no y si la n ueva ver sión de c uerpo e stá relaciona da con n uestros términ os de partida: c uerpo ( u organis mo), cor poreida d y corpor alidad. 7. Gracias a los últim os avanc es en l a investigac ión sobr e el c omportam iento ne ural, será necesari o repl antear la cuestió n dual cuer po-ment e. La formaci ón de cre encias, q ue tiene su corr elato en la emer gencia de ciert as relaci ones neu ronales en detri mento de otras, n o constitui rá un a limitac ión fisiológica. N uestras neuro nas tambi én aprende n de la experi encia. Esto im pone un o bjetivo, el de involucr ar el si stema visual ( que se había entendi do predo minant ement e lineal) en un t odo corp oral, y, po r tanto, en l a complej idad de c omportami ento n eural q ue afecta a parc elas muy d iferentes de nuestro ser. En otras pal abras, se tr ata de ver desd e un nuev o enfoqu e el f enómeno visu al como e xperienci a comunicaci onal int egral, y no sólo como r ecepción pa siva y lin eal desde nuestros oj os. 8. Por último, se seña lan algunos obje tivos que han planea do sob re esta tesis pero qu e no han sido solucio nados en la misma . Las consecuencia s éticas y legales que se deducen de la conformación de un nuevo concepto de c uerpo c onstituyen aú n un prob lema sin reso lver, pero qu e supondría la elaborac ión de otro trabajo. El enf oque est ético de es te nuev o cuerpo en la obr a artística cont aría con poderosís imos ej emplos, y t endrí a su ant ecedent e en t eorías estéticas que s e han ut ilizado parcialme nte, como la de la empatía. La ve rificación de distinta s categorizaci ones cor porales par a atribuirles c aractere s psicológic os y determ inados comportam ient os llevarí a a rep asar los antece dentes del prob lema de la discrimin ación por s exo, edad, raza, etc. , pero también conducirí a a poner de rel ieve un c uerpo poc o flexible y por tanto, mu y difere nte del que s e estudia a l o largo de esta inve stigación. Inmaculada Rodríguez Cunill - 9 -  1.4. ENFOQUES BIBLIOGRÁFICOS De la hipót esis se d espren de un pu nto de p artida bi bliográ fico múltipl e, por lo que dudo sament e habremos agot ado toda la bi bliografía necesari a para un t rabaj o de tal enver gadur a. Siempr e se podr á achacar que l os huecos bib liográfi cos vengan ju stificados por la ampli tud de los tér minos de parti da: cuerpo, com unicac ión e icon ismo. Sin e mbargo, en la époc a de la hi perinformaci ón lo es tudiable se hace cada vez men os preciso, y l as referenci as se amplí an hasta el punto d e no poder ser dominad as por el investigad or. Aunque sólo estudiara el arte de la papirofl exia en Inmacula da Rodrí guez Cunil l del 17 al 18 de agosto de 199 2, no podría enc ontrar todas las r eferenci as bibliográf icas acerc a de la papir oflexia en l a historia d el hombre ( lo cua l es una cre encia digna de agradec er, porqu e me deshac e de un bu en núm ero de problemas). Puestas así las cosas, resulta más coh erente justifica r por qué se ha accedido a de terminada bibliografía y qué util idad ha t enido en l a génesis d e la tesi s que tienen entre manos: 1. La distinción entre un cuerpo y un alma nos conduc ía a un terreno excesivamente amplio , que podía abar car toda la filoso fía. Pero las reflexi ones de Descartes podían r esultar i lustrativas en la formación de un es píritu moder no que d istingu iera entr e cuer po y alm a. Así pues, d ecidimos tomar el punto de parti da cartesi ano para com parar otras persp ectivas posteri ores. La razó n para ello fue q ue las reflexiones so bre la pu esta en duda de los dogmas de la modern idad remitía siempre a este au tor, a su distinción entre la res cogitans y la res extens a . Pero el abism o tempora l entre este aut or y las imáge nes contem poráne as que íb amos a an alizar no s hizo repensar la cuestión . Las dos dimensiones del cue rpo humano de fendidas por Merlea u-Ponty (como ámbito de exper iencias o como es pacio de meca nismos cognitivos) ya nos habí an indic ado en la investigaci ón anterior e l carácter inter activo del cuerpo con el universo c ósico e ima ginal. Por ell o se hizo necesari o un repaso, au nque fuera leve, por el mu ndo de l a fenomenolo gía. 2. Los plan teamientos fenome nológico s se hallaban infiltrado s también en cie rtas refle xiones que provenía n de la biol ogía y que se habí an rel aciona do con una nue va persp ectiva en las ciencias cognitivas . El mund o corpor eizado plantea do por V arela res ultó ser una biblio grafía es encia l en est e trabajo. El u niverso experien cial a dquiría tod a su fuerz a por una em ergenc ia biol ógica y cultur al que y a se hallaba en plante amientos de otros autore s (Matur ana, Luhm ann, W atzlawick, v on Foerster, Gla sers feld, la compleji dad de Morin etc.) . Al poner e n contacto lo bi ológico y lo cu ltural, se hacía nec esari o revisar Inmaculada Rodríguez Cunill - 10 -  otro ámbito bi bliogr áfico, el d edicad o a los últ imos cono cimi entos acerc a del func ionami ento cerebr al, que constituye el c apítulo séptimo. 3. Por otr a part e, la hipóte sis de la g eneraci ón de un nuevo c oncepto de cuer po por me dio de l as imágenes cr eadas por el hombre ponía e n duda el duali smo cartes iano bas ado en la d istinción en tre cuerpo y alma. Este dualismo constituía una de las clav es de la crítica a la moder nidad, por lo que en esta investiga ción ha n plane ado varia s lectura s que ponía n de relie ve su desgajam ient o de los gr andes discursos, asoc iados a la Razón pero basados, de nuevo, en dogmas. Ante la prepon derancia de l alma sobre el cuer po en la m oderni dad, el traba jo de lo mar ginal incl uiría una in vestigaci ón acerc a de este cuerpo, apart e de tod as las imág enes que ya no conf orman l as clasific aciones d e las Bel las Artes. Han sido esenci ales en est os plant eamie ntos el trabajo e n la margi nalidad de Derrida, las refl exiones de Lyotard, Vattim o, Octavio Paz, Lyon, la visió n compleja de Deleuz e, etc. 4. D e igual mo do, este trab ajo sobr e los má rgenes nos hace compr ender , al modo d e Humphr ey, que en cualq uier sensac ión hallam os la corpore ización de l a mente, que r espondem os integralm ente a l os estímulos, sea n estos visuales, au ditivos, etc. De ahí se de sprende nu estro interé s en nuevas interpre taciones ace rca de fenóme nos fisioló gicos, que centran la cuestión del abismo entre mente y cerebro, com o ocurre en l os trabaj os del a utor acabado de citar, de Gazzani ga, Zeki, Barl ow, Hinton, etc.; o la vivencia hecha metáfora defendida por Johnson y Lakoff. 5. Por otr a parte, la puest a en contacto de nuestro univers o cultura l con el nat ural hací a necesari o plant ear la p osibili dad de qu e nue stra atenci ón a los o bjetos c onstituyera un in centivo n ecesa rio para nuestro desarr ollo ont ogenétic o. El factor del co nocimie nto nos hizo abocar nos al d esarroll o explicado por Piaget y Vy gotski; el m otor del d eseo se ha rastr eado con diversos p lanteamie ntos freudianos, lyo tardianos, lacanian os, pero sigu e constituyend o aún para nos otros un enigma, el enig ma que configur a la intr ansferibili dad de nuestro cuerpo y de nuestr a experie ncia subj etiva. 6. Otro bloque bib liográfic o lo constitu ye una ampli a bibli ografía sobr e iconism o, con espec ial énfasis en las reflexi ones semiótic as que se dieron a fines de los sese nta y principios de los sete nta. Eco, Maldonado, Volli, F arassino, Sebeok, Veron etc. incidi er on en l os signos icónicos que demostraban cier ta intenció n inde xical. Por e llo con sideram os nec esari a su inc lusión en esta inv estiga ción, aun que sus reflexiones n o hubiera n conduci do a un a teoría del si gno icón ico as ociada al c uerpo, n i ninguna te oría del cuerpo as ociada al s igno icón ico. Inmaculada Rodríguez Cunill - 11 -  7. Han res ultado ese nciales los pl anteami entos de num erosos estudi osos de la imagen , aunque hayan defend ido dif erentes p osturas. Sería i mperd onable no tener en cue nta las reflexi ones de Gom brich, Arnheim, Goodma n, Aumont , Freedberg, o Sch apiro ac erca de la s imáge nes está ticas; u obvi ar la presencia de la ref lexió n sobre lo virtua l y la im agen e lectrónica (Virilio , Quéau, Baud rillard, G ubern o Debray). 8. Podemo s distinguir un aspecto esencia l no sola mente ligad o a las nuevas imágen es creadas por el hombr e y su inf luencia e n la confor mación de u n nuevo co ncepto d e cuerpo, sin o a los mism os artefactos mediol ógicos q ue la han posibil itado. De ahí que haya sido necesar io, a partir de la mediol ogía expresad a por De bray, retomar a lgunas c laves tecn ológicas ( McLuhan , Bettetini y C olombo, M anzini, Maldonado , etc.) 9. Por fi n, y de un modo m ás gener al, el prim er acerca miento al c uerpo s e procur ó con la s lecturas fund amental es de Laín Entralgo, Mauss, Tur ner, Le Breton, o García Selg as, a los que habría que añadir m uchos más (Gehle n, Galimberti, M agli, Johns on). Resulta i mpresc indible nombr ar la influenc ia greimasi ana en el anál isis manip ulativo gracias al secr eto expuest o en la enunciaci ón misma, o aludir a los o bjetos fract ales de Mande lbrot, o a l a visión integr ador a del i maginari o exp uesto por Dur and. Muchas d e las ideas de otros estarán l atentes en esta tesi s, sin que s eamos co nscientes d e ello. Cu atro años hac en olvid ar muchos datos de los l eídos per o confío en qu e pued an ser ahor a el sedim ento en mi forma de con struir el mu ndo, aun que apen as me dé cuenta de ello . 1.5. METODOLOGÍA Cu alquier mét odo pued e ser cuestion able. De hech o estas pá ginas son el res ultado de u n cuestionami ento sobre una pri mera vers ión de la t esis que ll amarem os ahora T 1. T 1 podía habe rse adec uado más a las ba ses de una tesi s doctoral, pero m e resultab a menos satisfactoria. En esta primera versión los términos expresados en el título es taban nítidament e separados. El estado de la cuestión sobr e el cuer po era u na cosa, y otra m uy distinta el de l a comunica ción visual o el del icon ismo. Sol amente u n capít ulo de T 1 ha bía puest o en contacto l os tres tér minos. E so const ituía el ‘hacia una teoría de l iconismo’ expresado en el título de la inve stigación, y se habí a planteado entonces la posibilid ad de verifi car tres as pectos en l a noción d e cuerpo qu e se aveci naba. Inmaculada Rodríguez Cunill - 12 -  Pe ro no estaba contenta con T 1 porque en conten idos (y también e n estructur a) parecía tener muy poco de cosecha p ersonal. Ést a se red ucía a un capít ulo al fin al. Ese “ hacia una teoría del iconismo ” contení a un hacia que mostr aba una met a muy lejana. De ahí que me propusi era acercar ese hacia , y el método que m e pareció m ás operati vo fue repasar las bases teór icas ya re dactadas a la luz de lo s nuevos tér minos que había n surgid o, los de cuerpo, corpor eidad y corporali dad. Esta nueva fa se metodológi ca ha supuest o un enriq uecimie nto de lo expuesto y una ma yor satisfacció n personal, au nque aún no po damos qu itar el hac ia del título y hablar, simplement e, de ‘una t eoría del iconismo’. Esta digresió n me par ece oportun a para explic ar la metod ologí a utili zada, y a que habr án d e distinguirse dos bloq ues de paso s, los que con dujero n a la elab oración d e T 1 y los que h an llev ado hast a estas páginas. En T 1 se trabajó simultáne amente e n la b úsqueda de documen tación fotográ fica y bib liográfica . Respecto a la s fotografías, una parte de l corpus iba a forjarse c on un a selección d e pictogr amas qu e habían sid o objeto d e análisis en el tr abajo de investig ación a nterior, Ic onismo e inter acción social . O tra explorac ión se orientó h acia el arte del tat uaje, h acia el m undo pub licitar io, y hacia el c ómic. Respect o a la docume ntación b ibliográfica , la búsqueda de te xtos iba d irigida a plantea r un estado de la cue stión sobre el ic onismo y la c omunicac ión visual, y sobre el cu erpo. Si n embar go, se pudo ve rificar ensegu ida en los texto s consulta dos que las teoría s de la imagen in cluían aspectos (co mo la virtualidad ) que atañían directame nte al cuerp o. Se optó ent onces por separar est as cu estiones, a fin d e clarific ar el cam po sob re el que trat ábamos, y solamente al fina l ponerl as en c ontac to, con la r edacción de un último capítulo y el análisis de los ejemp los hallados. Pero resultab a que las imáge nes estudia das eran ento nces insufic ientes par a la expos ición teórica. De he cho, el nive l experie ncial ha bía sido de ta l importanci a que resu ltaba nece sario amp liar el corpus a otros ámb itos de imáge nes estáticas y en movimient o. Hubo q ue reha cer el cor pus , y complicar lo. Parecí a entonce s que las im ágenes qu e se manifest aban en nuestro corpus eran facilitadas por la experienci a cotidi ana, si n siquiera tener que b uscarlas. La incursió n en Internet nos condujo al aprovisi onamiento d e una serie de imágenes que han constituid o una part e de la tesis final: los emoticon os y las figuras que aparecen e n el programa i nformático Comic-Chat . El dispositivo de dos oj os en la pantal la del or denad or por med io del programa My eyes ha bía apare cido en la tesis como po r arte de magia, par a corrobora r todos los as untos donde m e estaba n llevando la s cuestion es de cuerpo, corporei dad y cor poral idad. Lo s programas televisivos, como Esta noc he cruzam os el Mississi ppi , Inmaculada Rodríguez Cunill - 13 -  utilizaban mi c uerpo de espe ctadora par a man ipularm e. Todas estas c uestion es que ha bían apar ecid o en mi experien cia coti diana fuer on ad heriénd ose a l a tesis. Parecía que h abía lle gado a u n punto e n el que l a investigació n se e staba ha ciendo a sí misma. Yo so la mente tenía que est ar alerta y ele gir entre lo qu e mi vida habit ual me prop orcion aba por los m edios visual es que tení a a mi alcanc e. La difere ncia entre lo s soportes no se ría un ob stáculo, sin o, precisam ente, un medio par a evi denciar có mo mi cuer po se desple gaba ant e las imá genes d e muy dif erent e modo. E l único p unto de contact o entre las imág enes que han conf ormado el cor pus era la mani pula ción del cuerpo para int egra rlo en otro espac io difere nte al vivido mater ialment e. Así pues, no se pue de afirmar que h aya un límite metodo lógico exp lícito entre T 1 y la tesis final que ahora e stán leye ndo. La primer a versió n se adecua ba más a la form alizació n de tres mom entos en el proceso d e conoc imiento: ob servación, interpret ación de los hec hos y establec imiento de una teoría. En ella se optó po r escoge r un número de muestras de imágen es estáticas de mu y diverso s campos (cartelística publicitaria, tat uajes y variaciones sobre los mismos, chistes vis uales y pasati empos publicad os en revist as y perió dicos, etc.). Tod as ellas tendrí an en com ún el us o del cuer po, pero en ocasiones éste fu ncionaba como un refe rente más o menos realista y o tras veces como sopo rte. A medi da que la i nvestiga ción av anza ba, se po nía de man ifiesto q ue bue na parte d e las imágenes adq uirían preci samente su n otoriedad p or la transgresi ón de los límite s de la piel. Por ot ra parte, se amplia ba el número de casos en los que la prese ncia de un espe ctador influí a determina ntem ente en la c onfig uración de l a imagen, com o podía oc urrir e n los efectos m anipulad ores de un program a de televisió n, el uso de la cám ara subjeti va en Robocop o en los emoticonos y cómics que represent aba n al usuari o en Internet . Au nque algu nas imág enes el ectrónicas fuera n estáticas, supo ní an una inter acción con el usuar io que p odía llevar a l a ilus ión de su c uerpo en l a red a través d e la imagen . La inclusi ón en el cor pus de los casos señ alados, más el cont ento de haber esta blecido unos co nceptos propio s en el último ca pítulo, fue el impulso para repa sar T 1 con un nuevo enf oque. El análi sis reali zado a partir de estos s ignos y su c ontrast e con la bibliogr afía cond ujo a pla ntear los primer os pasos para la compr ensión de un cuerp o más com plejo que el expuesto desde la modernida d. Con los tres c onceptos d e cuerpo, cor poreida d y corporali dad, se expre saba un organismo cuya principal cara cterística comunicac ional revertí a en la transgresión de nu estra propia pi el. Pero al reto mar los cap ítulos anterio res nos dimos cuenta de que es tos tres aspectos pod ían aplicars e a cada uno d e los pu ntos trat ados en T 1 . Como en un pro ceso fractal aleat orio, la segun da Inmaculada Rodríguez Cunill - 20 -  autoprod ucirs e y aut oobserv ase recurs ivam ente. L os prob lemas r esultant es de esta p ostura no pued en ya resolv erse con la lógic a for mal de la inves tigaci ón empírica. Luhm ann ha i ntentado tr asladar, desde los presupuesto s descritos por Var ela en el ámbito de la biologí a, una teoría autopoi ética que se ha transformad o en una filos ofía de la a utorreferenc ia. Esta autorref erenc ia se asoc ia con la autodescr ipción, en la que la un idad de los sistemas autorref erent es no se esta blece por un observa dor externo, sino q ue se determina por el sistema mismo. Aq uí intentamos apor tar nues tro gran o de are na, pues esa supuesta teoría del ex aminad or no pue de ser etér ea, sino exp erienci al. Por e so urge un a teorí a del cuer po asociada al c onocimi ento mism o, o una expl icación r espect o a las relac ion es dinámic as que s e establecen entre d os términos que se implic an recípr ocament e: cuerp o y comunica ción. 2.1.2. Definiciones preliminar es Sigui endo la brech a abierta de l constructiv ismo radical, deberí amos pl antear nos la cuestió n: ¿cómo se ha logr ado crear el prob lema d e la dual idad c uerpo-me nte y so stenerlo?, ¿por qué disti nguir u n cuerpo de un alma? Obs ervar el cu erpo, en cuanto elemen to que se impo ne en nuestro comunicar, no es lo mismo que ana lizar un cúmu lo de materia org ánica, con un límite prefijado, con pos ibilid ades de actuación. Re sponder a esta pregunta implic a introduc irse de pl eno en qu é significa la palabr a cuerpo. Derivado del latín corpus , gi ran alred edor de este tér mino n umerosas acepcione s, de las que vamos a enume rar las que nos interesan co mo pun t o de partida. Es cuerpo: “lo que tiene extensión limitada, es i mpenetr able y p roduce im presión e n nuestros senti dos por cuali dades qu e le son pro pias”; “en el ho mbre y en los an imales, m ateria orgánic a que co nstituye s us difer entes partes”; “tronco d el cuerpo, a dife rencia d e los braz os, piern as y cabeza, qu e suele n llamars e extremid ades”; “talle y disposic ión per sonal, en cu yo sentido s e dice: Pa blo tie ne buen CUERPO”; “parte del vestido que cubre desde el c uello o los hombros hasta la c intur a” 1 , etc. Un segu ndo grup o de acepci ones del térmi no estudia do nos conduc e a concebir el cu erpo como un conj unto de partes o calid ades. Un cuer po ser á, entre otras c osas el “conju nto de l o que s e dice e n la obra escrit a o el l ibro, a diferenc ia de l os índic es o pr eliminar es”; ‘ hablan do de l eyes civ iles o ca nónica s, colección auté ntica de e llas”; “gr ueso de los tej idos d e lana, se da, alg odón, etc: a sí se dic e: ese pañ o tiene poc o CUERPO”; “grandor, mag nitud o tamaño”; “todo conj unto de objetos ”; “parte princ ipal de Inmaculada Rodríguez Cunill - 21 -  muchos objet os”; “cadáver ”; “agregado de person as que forman u n pueblo, re pública c omunid ad o asociación ”; “establec imiento o instituto ”, etc. 2 . Como pode mos deducir, el cuer po puede ser adj udicad o a un ente insufla do o no de vida. Otros aspectos r eclaman también n uestra atención: los c uerpo s consta n de una ext ensión, de cierta solidez ; se relaciona n con una f ocalizació n en un punto o ( parad ójicame nte) se confi guran como conju nto de elementos, jer arquiz ados o n o; por un lado, el cuer po es un a propu esta sobre l a que nos pronunc iamo s valorativame nte; por otro, remite a una idea d e posesión o a una esen cia int egrada. Estas difere ntes ace pciones ponen de relieve el sig nificado c ontradict orio qu e una defi nició n puede gu ardar respecto a otra. Será e l cont exto lo qu e dot e de senti do al uso del tér mino e n el disc urso oral o escrito. Pero los problemas no acaban aquí. E n numerosa bibl iografía actu al se habla, indistintamen te del cuerpo, la corp oreida d y la corpora lidad. Resu lta convenie nte trazar los contor nos entre esto s tres términos, que serán util izado s con frecuencia en est a investigaci ón. No se trata de apuntar un os límites convencio nalizados, sino de e stablecer las front eras de su uso en este estud io. La palabr a ‘cor poral idad’ proviene del latín corpor alitas (der ivado de corpor alis, cor poral). Un diccionari o no nos da la solu ción de los lím ites entre el c oncepto d e cuerpo y el de cor poral idad, pue sto que ésta es el “esta do y calidad de corporal ”, siendo corpor al lo “perten eciente o co ncernie nte al cuerp o”. Todas es tas acepciones no parecen aclarar el problema. Sig uiendo l a dinámic a que o bservamos entre l as diferent es ace pciones dedica das al cuer p o, también ap are ce com o sustantiv o el voc ablo ‘c orpor al’: “lienz o que s e e xtiende el s ace rdote s obre el altar encima d el ara, para poner en él la hostia y e l cáliz” 3 . Por corpor eida d se entiende la “calida d de lo corpór eo”, “lo qu e constitu ye un cuer po tal com o es”, defi nici ones q ue apare ntement e nos v ue lven a c onduci r a un c allejó n sin sa lida. “Cor póreo ”, d el latí n corporeus (derivado de corpus) nos remite a lo “que tiene cue rpo”, a “corpo r al”. Si la deno tación no nos ofrece claves sufic ientes par a soluciona r la cuestió n, debemos est ablecer una d istinción entr e estos tres términos a partir de sus connotac iones. Cor poralid ad y cor porei dad c oincide n en s u refere ncia a l a ‘cali dad’. Se trata de una i dea for jada a partir de lo materia l, pero dirigi da a una valora ción sobre ese material. Apar ece, por tanto, el sujeto, pues se rá él quien aporte la valoración. El término cuerpo, mien tras tanto, se halla ligado al mundo material, co mo si existi ese una c orres pondenc ia ex acta entr e un cuer po y el volum en que ocupa. Es Inmaculada Rodríguez Cunill - 22 -  decir, está ins ertado e n el mundo d e los objetos. Est a falacia n os retrotrae, de nuevo, a las a preciacio nes acerca de l constructiv ismo con las que inic iamos est e epígraf e: ¿por qué el tér mino cu erpo remite a ese mundo de lo mate rial, integrándose en la dualidad físico-psíquic o (con sus variantes cu erpo- mente, cuerpo-a lma cuer po-es píritu) qu e querem os poner en entr edicho ? El desarroll o de la filosofía da muchas claves ac erca del pro blema, pu es esta discip lina ha forjado la tradic ión de la dualida d. No es nuestro interés realizar un a dilatada expo sición ac erca de la oposici ón del c uerpo y d e la ment e, sino desgra nar las co nnotacio nes qu e se ded ucen de las definici ones examinad as más arriba. 2.1.3 . La clave de la extens ión La extensió n es una c aracterística v incula da a lo m aterial , por cuanto n os ofrece u na relació n directa con el mun do de los objet os. La corporei dad y la corpor alidad, como afirm amos ant eriorment e, se constituyen en un c laro mom ento de abstr acción. Este grado de abstrac ción r epresent ará el instante en que el cuer po, asociado al mundo de los o bjetos, puede desp renderse de sus límites ma teriales y ‘volcarse’ hacia o tros elementos fuer a de la fronter a de nuestra piel. Est a facultad se prese nta en te nsió n constante . El sistema din ámico generado será objeto de una investigación pormen orizada. Desde la defin ición de la pala bra ‘cuerp o’, se alud e directa mente al problema de la extensión en el espacio; as í se puede co mprobar en la acepción in icial que resc atamos, acer ca de “lo qu e tien e extensión l imitada, es impe netrable y prod uce impr esión en nuestros sentid os por cu alidad es que l e son propia s”. Se tra ta, por ta nto, de una en tidad mate rial con fronteras, impermeable s a los objetos que la rodean, co n la única excepción de la llega da al cuerpo de ‘sensa ciones’, de impre siones. En este punto, el cuerp o, que hast a ahora habíam os vincul ado al m undo m aterial, pot enci alment e pued e asocia rse a un terreno men os asocia do a la mater ia (en e l sentido d el mecan icismo o el espacio e ucli diano). A pesar de todo, perman ece en la defin ición del t érmino ‘c uerp o’ la conn otación de su i nserció n en un e spaci o euclidi ano, ant erior al cuerp o mismo, pr edado. Difere nciar un inter ior (el cu erpo) respecto a un exterior (el espaci o donde se ubica) es, si n embargo, result ado de u na si mplificación excesi va. Si la acatár amos, r enunciaríam os a c oncebir el cuer po en un esp acio multidim ension al, que ha si do analiz ado a lo largo de la i nvestigac ión física de este siglo . Por tanto, enumer aremos las causas por las que existe la tendencia a es ta simp lificación, pero nuestro Inmaculada Rodríguez Cunill - 23 -  estudio habr á de insertars e en un espac io más comp lejo que el puram ente eucli diano. En éste, n o sólo se verifican u nos límites (l os límites físicos de los cuer pos) sino qu e tambi én tienen c abida lo s ‘puntos’ o focos de atenci ón. Así, es pos ible realiz ar una ex posició n coherente c uando s e coloca un punt o centra l en un cuerp o, al identificar é ste con un a de sus partes: “tro nco del c uerpo, a difer encia d e los brazos, pier nas y cabeza, que suelen ll amarse extrem idades ”; “parte del vestido que cub re desde el cuell o o los hombros hasta la cintur a”. Examinando otras acepciones más me tafóricas, al relacionar el término ‘cuerpo’ con un co njunto (“conju nto de lo q ue se dic e en l a obra e scrita o el li bro, a d iferenci a de l os índice s o prel iminar es”; ‘hablando de leyes civiles o canónicas, cole cción autén tica de ellas” ; “todo conjunto de ob jetos”; “parte principal de much os objetos ”; “agreg ado de p ersonas que form an un pueb lo, repú blica c omunid ad o asociación ”; etc.) se su pone tamb ién una li mitación respe cto a otros gru pos de cos as. Por tanto, de un modo más lit eral o más me tafórico, las c onnotaci ones referi das a la exten sión en un espacio s on evidentes. Pero el c uerp o, concret ament e el c uerpo de un a nimal (y c oextensiv amen te, del ser h umano), s e caracteriza por su dina mismo. La lo calizaci ón de un pu nto central ( el tronco, com o veía mos hace poc o) resulta ser un intento d e estabil izar un ente dinámic o. Frente a l as extremid ades, que remiten c on más facilidad al m ovimient o, se i mpone la necesidad de focali zar, de limitar. Nos encontr amos, por tant o, en un círculo parad ójico surgi do a partir del análisis d e nuestras definici ones. Las extremida des, con su capacidad de moverse, de mo ver la totalidad del cuer po, o de transp ortar objetos, plan tean una tensión en lo que en princi pio ha bíamos consider ado un a limita ción de la extens ión. La ca beza, al ubic ar visiblem ente el sentido de la vista, el habl a, nuestra c apaci dad de oír, se pres enta, metaf óricament e, como una p arte del cuerpo q ue fom enta la extensión d e éste m ucho más allá de sus límites. L a limitac ión del princ ipio s e conviert e, de este m odo, e n una pen etrabilida d imagin aria. Es de este asp ecto del que surge la constr ucción de un c uerpo más allá de s u pura materiali dad. En el siglo XVII, Descartes había distinguido entre una res cogitans y una res extensa , asimilables a la dicotomía alma-cuerpo. Mu y importante resulta aquí e l problema de la exten sión, pues afirmaba el fil ósofo: “entie ndo por cuer po todo aquell o que pue de termin ar por alguna fig ura, estar colocado e n cierto l ugar y ll enar un espaci o de m odo qu e excluy a a cual quier otro c uer po; todo aqu ello que pueda se r sentido por el tacto o por la vista, o po r el oído, o po r el gusto, o po r el olfato; qu e puede Inmaculada Rodríguez Cunill - 24 -  moverse por v arias maneras, no ciertam ente p or sí mismo, pero sí p or alguna c osa extr aña que lo to que y le comuniq ue la impres ión” (Desc artes, 1937:1 00) 5 . En un context o difere nte al de nuestra act ualidad, es c omprensib le la adecuac ión de esta s ideas que plant ean l a dualidad cuerpo-ment e bajo el pr edom inio de esta ‘co sa pens ante’ qu e soy yo. Sin embargo, l a situació n tecnol ógica de e ste final de si glo ha d e plante ar un sent ido más comp lejo del cuerpo.¿Cómo acatar l a distinción establec ida por Descart es en un ámb ito donde nuestr o cuerpo podrá experimentar reali dades más all á de l os límites físicos, c omo ocurr e con l a realida d virtual? Hoy en día la extensión en el espacio s eñalada p or Descartes deja de ser un factor de compre nsión del cu erpo, ya e n continua int eracció n con la imagen y con el mun do de los objetos 6 . La virtualidad nos hace acceder a un cuerpo pen etrante y penetrado, a l a constru cción de r ealidad es más all á de la pur a física, re alidades que movilizan n uestro cuerp o con un grado anál ogo al d e, expre sándonos b urdamente, l a ‘rea lidad real’. ¿Cómo afecta este fenóme no a la d efinición d e la p alabra ‘cu erpo’? Los cam pos semánt icos más abstractos de la corpo reidad y corporalida d van pon iendo en duda esa pureza euclidiana , de la que habíamos partido para definir nu estro térm ino. Nos en contramos a hora inm ersos en un ámbito de tensiones e inv asiones e ntre el cuerpo y e l alm a moder nos. La res extensa deja de serlo para pose er res cogitans , facult ad para penetrar y ser p enetrada. Por ta nto, la barrera c reada entr e cuerpo y mente va desint egránd ose. La extensión d e Descartes se basaba e n la geom etría. No tenía en c uenta par a la defini ción del cuerpo la m oldeabil idad, ni el color, ni el peso d e los objetos, si no solamente s u extens ión. Con l a realidad virt ual nuestro m ismo cuer po será mol deable, variará s u consiste ncia, creer á volar, se ver á afecta do por la naturale za de la imagen, por el medio en q ue ésta cobra vida . En un mundo como el plantea do c on la virt ualida d, la esta bilidad de l a geom etría eucli dian a es p erfectam ente r echazab le. Se puede ar güir que n o será nu estro cuerpo, sino la ima gen del mis mo, la que se mold ea en la reali dad virtual. Este argum ento podrí a ser aceptable tomand o en cuenta sólo aq uellas tecnol ogías que cuentan con resortes d e visual ización. Sin emba rgo, el desarrol lo de est as inve nciones t ecnológ icas va e n la dirección de crear tamb ién procesos pro pioceptivo s en el cue rpo de quien pa rticipa en esa realidad virtual. No sól o estarem os incl uidos e n la image n, tambié n las prót esis tecno lógicas incitan esa dim ensió n propiocepti va del cuer po. Var ela, Thomp son y Rosch ( 1992: 169) señ alan cuá l es la razón p or la que i nsistimo s aún en asirnos a ese mundo heredad o de la matemática euclidiana: nos parece incue stionable la idea de un Inmaculada Rodríguez Cunill - 25 -  universo pred ado, por que con ella n os insertam os en un punt o esta ble (el c uerpo ) donde ubic ar el conocimient o. Así escapam os del caos y l a confusi ón. Desde nuestro punto de v ista, esta hui da nos ayu da a simplific ar, pero no a e ntender mej or la complejid ad del mundo en qu e nos hallamo s. Necesitam os saber dónde ubicar un fundam ento absol uto : ”Al tratar l a mente y el mun do como polos opu estos, subjet ivo y o bjetivo, la a ngustia cartesian a oscil a sin cesar entre los dos en bus ca de tierr a firme”(Varel a, Thompson y R osch, 1992:17 0). Por otra parte, las relaciones que se establecen entr e un mundo físico y otro espir itual o menta l ha sido un a pr eocupac ión filo sófica qu e ha l levad o a comb inar el d ualism o con po sicion es monista s. La tradición de es tablecer pa ralelism os entre los dos polos de nuestra dual idad da muestra s de que la férr ea delimitac ión entre amb as hacía aguas por muchos la dos. Tambié n el concepto de cuer po variar á enormem ente seg ún el cont exto cultur al en el q ue nos u biquem os: en unas é pocas pre domina u na vis ión del cuerpo c omo ente mec ánico; en otras, como un cúmul o de fluidos en i nteracció n (recordem os los ‘humores ’ de l a Edad Me dia). Por tanto, otr os factor es inc iden en cómo vayamos a conce bir el cuerpo, con lo cua l éste se ir á convi rtiendo en un fen ómeno de r aíz cultural, ( aprecia ción in usitada, c uando e l punto de parti da del an álisis del c uerpo lo incluy e en el mundo de la m ateria). La extensión preconi zada por Desc artes, qu e lleva ba in herent e una idea de est abilidad, se v e modificada por Leibniz. La innov ació n de este últi mo reside en que los c uerpos no sólo pose en propiedades geométric as, sino t ambién dinámic as. Los cuer pos tien en, por tanto, un poder acti vo (la fuerza, la mas a, con caracter ísticas orgánic as) y una resis tencia (l a materia pr imari a). La pura est aticida d de la extensió n se ve, así, modificada, y da muestras de cóm o la cuestión del cuerpo comi enza a complicarse. Otros aut ores, como Lock e, diferenciará n entre cuerpo y extensión, en el sentido de qu e mientras el cuerpo es só lido y extenso y sus part es son separ ables y movibl es en distintos modos, la extensión es sólo el esp acio que r eside entr e las extremi dades de esa s partes coherente s sólid as (Ferrater Mora, 1979: 693). Habíamos p artido de una noció n de cuerp o asocia da a lo físic o. Sin embar go, vam os comproban do que los límites del cuer po se van haciend o cada vez más etéreos, com o si cierto grado de abstracció n inher ente a l os térmi nos ‘cor poreidad’ y ‘cor poralida d’ est uviese inva diendo e l terreno de lo matérico que asoci ábamos al cuer po. Cuando Loc ke diferenci a entre cuerpo y extensión, también se ponen en duda los postulados de Descartes, pe ro en el fondo se perpetúa la dualidad cuerpo-me nt e. El cuerpo supo ne la cohesi ón de partes s ólidas, y tambié n separa bles, pero ést as pued en comunic ar, Inmaculada Rodríguez Cunill - 26 -  pueden m overse por impulsos . El espíritu s e caract erizará por “pens amient o y vol untad, o un poder de poner el cue rpo en movimie nto por el pen samiento y, lo que se sigue de ello, la libertad”(Ferrate r Mora, 1979:69 3). Precisamente la idea de extensió n como conf ormador a del cuerp o se ve modificad a por la adhesión d e otros factore s menos mat eriales, p ero sin duda ex istent es. Éstos influy en en la experimentac ión del cuerp o propio, de tal mo do que la corri ente fenom enológi ca del siglo X X comprende r á el cuerpo co mo un so porte en con t inua interacción , y no sólo como una materia delimitada por la extensión. El cuer po entend ido atend iendo a un mo delo perc eptivo r esponde m ás a u na estrategi a de relacion es, lo que r epres enta la supera ción de la idea matéri ca de extensi ón. Si admitimos l a nome nclatura de Varela y M aturana r especto a l os sistemas vivientes, p odríamos establec er un par alel ismo en tre (a) lo q ue ell os cons idera n ‘estructur a’ y la dim ensión del cu erpo como entidad mater ial y ex tensiona l y (b) su noció n de ‘organ izació n’ con la d imensió n dinámic a del cuer po. “Por ‘org aniza ción’ de be ente nderse e l esquema o modelo d e la inter acción circular entr e los componente s del sistema -de cu alquier nat uralez a que éstos pu edan ser - que garant iza la estabi lidad y l a identidad d el organismo bi ológico, com o un todo unitari o, autónomo y cerrado. La ‘estr uctura’, a la inversa, desi gna la s formas co ncretas, espacial y tempor almente determi nadas, q ue los sistem as vivientes as umen en cada oc asión en r elación a las propi edade s específi cas de sus co mponent es” (Zol o, 1995:21 3). Lo más import ante de estas observ aciones es que sólo la estructura, y no la o rganiz ación, exis te en un espaci o físico. Se desgran a así la posibi lidad de dist inguir un cuerpo físico, limita do en su piel, d e una corpor eidad q ue jueg a a trans gredir l as fronteras mate riales. Éste r esulta u n buen p unto de partid a para poner en contacto el cuer po con la comunica ción visual. El enf oque psico bioló gico, y no sólo fenomenoló gico, será a es te respecto esenci al. 2.1.4. Lo orgánico en el cuerpo y la mente Aunque las ac epcion es analizad as hasta ahor a nos hablen del us o del término ‘cu erpo’ tant o para seres a nimados como para inanim ados, no pode mos negar un uso habitua l por el que nos r eferimo s al organism o human o simplement e con el voc ablo ‘cuer po’. Un as acep ciones, por ta nto, se en cuentran más ‘ma rcadas’ que otras. Existe la posibilidad de un us o múltip le de la palabra ‘cuerpo’ , pero Inmaculada Rodríguez Cunill - 27 -  específicam ente, la utiliz amos dan do por sent ado que hablamos del cue rpo human o. Esto significa , en última instanc ia, una pr esen cia mayor d e las acepci ones qu e denotan lo orgán ico frente a las que se refieren a los c uerpo s inorgán icos o cosas. Des de los pri meros tiempos de la filos ofía se est ableció una distinci ón en torn o a los cuer pos inorgánic os o carentes de s oplo de v ida y los cuer pos or gánicos o in suflad os de vida. Los int eres es comunicaci onales de nuestro trabaj o imprim en la necesi dad de habl ar del cuerpo at ravesado por la comunicación , o sea, de los segundos. Siguiendo a Luhmann, es la co municación lo que de termina a sistemas vivi entes y soc iales , una comu nicación enten dida com o un mo do de org aniza ción auto poiéti ca. Por eso se no s hac e imposib le dist inguir h oy en dí a entre cuer pos orgá nicos e i norgán icos. Las b ases del paradigma han cam biado, de modo que podremos entrar a c onsider ar ciertos artef actos d e inteligenc i a artificial como entidad es pensantes. Su c omport amiento biológico i mplica q ue la di stinción or gánico- inorgánic o hoy en día n o sea tan fi able com o en el p asado. Result a curios o qu e la te oría de los cu erpos i norgán icos s e estab lecier a como medio de comprender la com posic ión y creac ión del mundo, y a fuera haciend o primar el agua sobre l os cuatro elemen tos (Tales), a verlo s como iguales bajo un fondo neutro y rector (Anaximandro) , o a posturas atomistas com o la de Demócr ito. La importa ncia de los cuerpos orgáni cos, concretament e el cuerpo humano, se irá entreviendo en el desarro llo de la fil osof ía, sobre to do porque se ir á exacer band o un dual ismo cuer po-al ma en determina dos autores. P ara los pitag óricos, el cuer po era “un a señal del alm a”. “Segú n Platón, se compor taba como una cárcel del espíritu. La unión de materia y fo rma en Aristótele s daba prueba de que el cuerpo orgánic o estaba tr azado por un pl an divi no. Para otros, como E scoto Erige na, el cu erpo era “el efecto del alma después del pe cado” 6 . En todas estas ver siones del cuerpo, el fund ament o experie ncial se echa de menos ( lo que se rá recuper ado, en nu estro sigl o, por la fenom enologí a). Un autor m uy post erior a los enumera dos -Hobb es- pondr ía en e l contexto fil osófico u na teoría del cuer po, pero e n un senti do amplísi mo, pues s eñala ría que el o bjeto princi pal de la filos ofía sería el estudio de l os cuerp os. Un cuer po artifici al sería, in cluso, el Estado. Par a Hobbes toda realid ad es corporal, y por tanto la filos ofía se debí a encargar d el estudi o de los cuer pos y de s us movimientos. Hobbes def ine el cuerp o co mo “lo que n o depend e de nu estro pen samient o y c oincide co n, o es coextensivo a, una parte de l espacio”(F errater Mor a,1979: 693). Al afirmar que el cu erpo no depend e del pensami ento, se perpet úa l a dualid ad c uerpo-me nte que intentam os po ner en e videnc ia, y se a nula l a Inmaculada Rodríguez Cunill - 28 -  capacidad cognitiva que nuestro cue rpo nos ofre ce. La diferen ciación expresada por Hobbes vu elve a mostrar una si mplificación del pr oblema, pu es el pe nsamie nto prese nta afini dades c on la no ción de sujeto etéreo, no vin culado a l a fisicalidad, mi entras que e l cuerpo, gr acias a su cos ificación , se conviert e en objeto. Est a perspe ctiva olv ida, por tanto, un f actor es encial: el cuer po como r ecipient e pr opioceptiv o. E s cierto qu e el cuer po hum ano no se pue de des pren der de su dimen sión orgá nica: s e ha e ntendido por cuerpo un conj unto de proc esos fi siológico s en g eneral. Pero en estos pr oces os fisiológ icos s e enc uentra también el fun cionamient o del cere bro (apunt emos, por ej emplo, cóm o la dua lidad cuer po-mente s e tambalea cu ando se re duce lo mental a ‘ estados c erebral es’). Ferrater Mora (1979:697- 698) resum e las sol uciones of ertadas al pro blema del c uerpo y d el alma en d os tende ncias: u na duali sta y otra m onista. La primer a afirma q ue los d os polos re spond en a distintos tipos d e realidad (entre las que, sin e mbargo, hay correspo ndencias, es decir, existen rela ciones entre los pr ocesos me ntales y corpora les). La i nmediat ez de estas c orrespo ndencia s da lugar a que resulte difícil seg uir mant eniendo que cuer po y alma so n radicalm ente difer entes. En efect o, aún no sabemos don de se encuentr a la frontera entr e los estados cere brales y la ment e. Lo orgánic o del cerebr o- que en princip io debería est ar asociado simpl ement e a lo físico- tiene correspo ndencias ps icológic as concretas comp robadas. Así ocurre por el uso de e l ectrodo s para la estimu lación de de terminadas zonas del cerebr o, hacien do que el paci ente sie nta efecti vamente s ed, ham bre, recuer de det erminadas c osas, etc. Este paraleli smo psicofís ico ha sido def endido por todas las doctr inas, una s habla ndo de cuer po y alma co mo dos aspectos de una misma realidad y no como dos en tidades completamen te diferen ciadas. Pero hablar de aspectos pr esupon e ya un dualism o. La solución m onista, a nuest ro entend er, resulta en el fondo n o ser una soluci ón, puest o que en realidad no se presupon e ninguna dualida d y, consiguien t emente, no existe un p r oblema concernie nte a la relación entre proc esos cor porales y proceso s psíquic os. Ciert as forma s de materi alismo s e centran en lo orgánico para recalca r que cualquier rea lidad es en último extremo una realida d física. Ese mismo fin tiene el hecho de reducir nuestro mu ndo a pr ocesos cer ebrales. Pes e a lo razo nado y razon able de est as cuestiones, e n estas corrie ntes a menu do (aunqu e no siempr e) sobrev ive la du alidad cu erpo-m ente, puesto que un polo s ubsiste a pa rtir de la ne gación del otro. Se trata de unos inte ntos de subv ertir l a relación, predo minantem ente racional, por ot ra física. P ero no por invertir los t érminos s e consig ue poner en evidenc ia lo parc ial d e esta du alidad hereda da del p asado. Inmaculada Rodríguez Cunill - 29 -  2.1.5. Innovaciones del siglo xx r esp ecto a la dualidad mente-cu erpo Numerosos fil ósofos de este si glo se h an impuesto l a tarea de c uestion ar la distinci ón entre cuerpo y ment e. No es nuest ro interés r ealizar u na enumeraci ón de la his toria de l a filosofía de este si glo, pero sí nuestr o deber el no mbrar aque llas dire ctrices que se refi eren a nue stro objeto de est udio. Especialme nte el volum en de Laín Entralg o El cuerpo humano. Teoría actu al real iza una expos ició n detalla da acerca de est os autor es que ahora repa saremos som eramen te. Otros científicos ab ordan el tema desde el punto de vista cognitivo, c omo Varela. Pero nos otros nos limitar emos a exponer las bas es de un nuev o senti mient o del cuer po que dará lug ar a la super ación d e la dual idad cu erpo-ment e. Un a novedos a reflexión so bre el cuerpo ap unta cuan do empieza a ser cuestionad a la labor de l a razón en el ent orno filos ófico, y prev alezca sobr e ésta un atenim iento a l a vida. El cuer po deja d e ser u n simple instrum ento d e la intelige ncia. Bergso n dirá en Mat eria y memoria que mi cuer po es la r ealidad, l a única, que me perm ite supera r la oposici ón entre el espírit u y la mater ia (Laí n Entralg o 1989: 1 16). Un a evidencia a nterior a todo act o mental suce de en el ‘yo existo’. La sentenc ia ‘cogito, erg o sum’ se ve modificada gracias a una pre sencia c ada ve z más notabl e de la entidad c orporal c omo s entida ‘ desde e l interior’. Por otra parte, se inic ia con Ber gson un a tendencia a fundament ar reflex iones fil osóficas poniénd olas en c orrespon dencia con r ecientes investig acione s respect o a nuestr a memoria y nues tro modo de conocer. La se paración de las disciplinas emp iez a a evidenciarse como a rti ficial. La filo sofía se servirá de los resultados de investigaciones cog nitivistas. De idén tico modo, n uestro es tudio no pod rá rechazar aque llos datos cient íficos que pue dan elaborar una teoría del iconi smo que tenga al cuerp o como fundamen to. La ref lexió n sobre el c uerp o en este sig lo se engl oba en u na corri ente desarr oll ada por fenomenólog os. Desde est a puesta en d uda de la duali dad cuerpo-m ente, se verif ica ya la import anci a de la imagen. Para Be rgson el mundo material se no s hace presente en fo rma de imágenes. El cu erpo propio, como mater ial, suf re un proc eso sim ilar. Sin emb argo, es te cuerpo po see una ‘situaci ón privileg iada’, p ues las imág enes que me rod ean reflej an la acción de mi c uerpo sobre ell as (Laín Entra lgo, 1989 : 247-248 ). Es en esta di mensión donde se ce ntrará una parte ese ncial de nues tro estudio : el dinamism o entr e nuestro c uerpo y las i mágenes podrá afe ctar a amb os. Inmaculada Rodríguez Cunill - 36 -  Nuestros nexos con los medios que nos circu ndan se están reforzando . Aumentan las inte rfaces cada vez más ergonómica s. La visión es, más que n unca, exp eriencia. P ara Merle au-Ponty, el cuer po es una reali dad que permite super ar “la irr educti ble oposi ción tra dicional entre la percepci ón y l a acción , entre el suj eto cognosc ente y el objet o conocid o, entre el a lma y el cuerpo, entr e el espí ritu y la materia, entre el ser- en-sí y el s er-para-sí ”(Laín Entral go 1989: 269). La superación de la dualid ad cuerpo-alma se realiza en e l mismo comportamien to de nuestra vida experien cial, en cada movimiento de la e xistencia. Por ello, para Merl eau-Po nty es imposi ble establec er una dua lidad de el ementos dif erenciados e ntre mi cuerpo y mi s ubjetivid ad. Varela, ha ciendo una crítica a Merleau -Ponty, incide en un hecho esen cial: las de s ventajas del estudio del c uerpo rec aen en que ha blamos de las experienc ias desp ués de que é stas se hayan sucedido, post factum : “Pero, preci samente por tratars e de una activ idad teór ica post factum no pudo capturar la r iqueza de la ex periencia: só lo pudo s er un disc urso sobr e dicha ex perienc ia. Merl eau-Ponty lo admitió a s u manera dic iendo qu e su tarea e ra infinita ”(Varel a, Thompso n y Rosch, 199 2:44). Se hace necesa rio ahora enumer ar qué a preciacion es merecen un d esarrollo más detenido para distinguir entre n uestros t érminos de partid a: cuerp o, corpo reidad y corpor alidad. En resumen, estos son los coment arios fund ament ales que p ueden deduc irse de l desarro llo fenom enológic o expuesto con anteriori dad: 1 . El cuerpo ha dejado de ser un objeto d e estudio par a convert irse en sujeto y o bjeto de estu dio. 2 . La labor del cuer po ad quier e releva ncia e n el mom ento en que empiez a a p onerse en dud a la ‘objetividad’ implícita en la construcción científica basada en la razón. 3 . Anterior al acto cart esiano que define al ho mbre en el ámbito de l conocimiento científico ( cogito, ergo sum) , se encu entra su ex perienci a como c uerpo. En est e senti do, el cuer po pued e no sól o pertenec er a la teoría de l conocim iento, sino precederl a (plant eamie nto plenam ente fen omenol ógico). 4 . La indefinición de límites en las disciplinas científi cas heredadas del pasa do hace posible que los resultados de otra s investigaciones (la f isiología, el comport amie nto biológico, los nu evos sistema s físicos, etc.) puedan c onstituir se como pu nto de partida para ana lizar el pa pel del cuer po. 5 . Como el m undo m aterial s e nos h ace present e a tra vés de imágen es, éstas podrán c onform ar al cuerp o y, a su vez, e l cuer po podr á conf ormarlas . Por tant o, habr á que inve stigar qu é otra dim ensi ón del cuerpo, difere nte a su ext ensión, se pone e n juego. Inmaculada Rodríguez Cunill - 37 -  6 . Esa ‘dimensión di ferente del cuerpo’, la que va más allá de sus límites esp aciales, puede tener precedentes en materia s como la psic ología (pen semos en la noción de empatía, la pro yección , la transferencia, etc.). Incluso al gunas int erpretacione s estéticas (aqu el movimi ento q ue definía e l arte aurático de Benjami n, o el concepto de ei nfüh lung que a menudo se ha traducido ta mbién como ‘empatía ’ a pesar de pe rtenecer a u n ámbito est ético) apunt an en esa direcc ión. 7 . No es sólo el es pacio (la extensi ón eucli diana de Descartes) la que se ve af ectada cuando aparecen otra s dimensio nes del cuer po. El co ncebir a un suj eto como una e ntidad e stable parece justificarse si partimo s de su ubicación en una line ali dad tempor al. En c ambio, l a disgr egació n del cu erpo parece más acorde co n la inst antanei dad impu esta por las innovaci ones tecnoló gicas. 8 . La ampliación d e la estructur a extens ional vie ne apoyad a por la tende ncia a hablar d e ‘prolonga cione s del cuerpo ’ más allá de la piel, idea plant eada por Marcel, pero desarroll ada en el ámbito comunicativo por autores como M. McLuhan o E. T. Hall. 9 . Frente a esta ampliac ión, que puede i ntroducirn os en una dime nsión din ámica del cuerpo, podemos hablar d e una reducción: hasta ahora, n o podemos vivir más cuerpo que el que tenemos. Esta certeza de o rigen fenomenológ ico nos permite hablar del cuerpo como misterio, co mo enigma , como secreto, en el sentid o de qu e nunc a sabrem os a ci encia ci erta cóm o experim enta s us vivenci as el cuer po del otro. Se podría co ncebir esta lim itación com o el límite de la com unicación. L a expres ión de l o inexpres able s ólo podrá pr oducirs e a través de una ter giver sación: ¿qué es, si no, l a capac idad simb ólica del ser hum ano? 10 . La consi deraci ón de nu estro cu erpo a tr avés de l a mirad a del otro e s, por tant o, el ini cio de nuestra dim ensión com unica cional, pues el cuerpo, e n sí, es un enigma. Es a comuni cación nos constituye, y cabe pr egunt arse si por tant o no podríamos constit uirnos a través de las imágenes producidas por el h ombre. 11 . El cuer po s agrado y enigmátic o del otr o ha si do, en ci erta medi da, pr ofanado por l as nuev as tecnologías. Pe ro sólo en cierta medida. La vive ncia del cuerpo de otro sigue siendo toda vía un enigma. Tengamos en cuenta qu e cuando hablam os del c uerpo in sertado en l a reali dad virtual es u n ser híbrido : mitad cuerpo , mitad imagen sintética. Po r eso no se puede hablar estricta mente de la profanación del cuerpo enigm ático descrito por Marcel. 12 . La nu eva dim ensión transgres ora de los límit es de la piel n o está r eñida c on la i dea de cuerpo c omo gestalt que des cribe Merl eau-Ponty. Esta gestalt s e niega a ser un c onto rno cuya fr ontera Inmaculada Rodríguez Cunill - 38 -  es la epid ermis. Nuestro es quem a corpor al no ha de coincid ir necesar iament e con nu estras limit acion es físicas, como se po nía en evidencia en el fenómeno de los miembros fan tasma. Por eso se puede consider ar ta mbién qu e es ta noció n ges táltica r esulta pl ename nte cont empor ánea y que ap orta l a solución de considerar nuestro organismo como un foco centra l cuyos contorno s se difumin an al prolonga rse en las nue vas tecnología s, nuestras extensio nes. 2.1.6. La superación de la dualidad cu erpo-mente a partir de la imagen En genera l, los filósof os han solido uti lizar el término ‘cuer po’ elab orando n uevas te orías basadas en las antiguas. To das ellas han si do de un o u otro m odo critic adas por su f alta “de f undam ent o práctico o exp eriment al” 7 . Cuand o se han populari zado, estas ideas han caí do en un a simpl ificació n excesiva de la na turaleza h umana. Este último factor ha dado lugar a que se pueda e stablecer una distinción dem asiado ge neral entre material ismo y es piritu alismo, entr e subjetivism o y objetivi smo, y por tanto a m eter en un mism o sac o a aut ores que, o bien estiman que la única re alidad existente e s, en último térmi no, el cuer po, o bien cr een qu e sólo hay enti dades incor póreas. Lo más com ún ha si do reduci r un tipo d e reali dad a otr a, bi en privi legiando l o ment al sobr e lo físico o bien real izando la opera ción inversa. Pero no todos los pen sadores han ad mitido la reducción. Un ejemplo de ello serían aquellas corrientes que mantienen un paralelismo psicofísico, pero hay que admitir que no existe en ellas un interés por establec er una teoría del cuerpo, sino por explic ar la relación entr e lo corporal y l o mental. Varela resulta ser un pe rsonaje clave a la hora de renova r y superar la dualid ad protago nista de este análisis. Par a él, esta oposi ción de térmi nos demuestra q ue el apego de unos autor es por u na postura su bjetiva u objetiva no refl eja otra cosa q ue la bús queda de un ce ntro esta ble, para eli min ar nuestra fru stración y angustia. Su pr opuesta se al eja de la tradición occidenta l y retoma con c eptos budistas qu e, por un lado admite n la complejidad, por otro, no prop onen est abilidad, sino dinam ismo, y por último, se integran d entro de l a dimens ión exper iencia l del cuerpo. No n os extrañ an los oríg enes ori entales d e la so lución pr opuesta por Vare la, y much o menos si nos integr amo s en la actu alidad d e imáge nes de dif erent e calida d, que no se ad aptan a la dif erencia establecid a por la tr adició n occidental respec to a mente y cuerpo. Va mos a elaborar aquí un cr uce ent re los propósito s de este inv estigador cogn itivista y un est udioso de la ima gen, Régis D ebray. Inmaculada Rodríguez Cunill - 39 -  De bray plant ea tres univers os de la imagen en Occide nte. Tres moment os de la mirada: l a mirada mágica (que da lugar al ídol o ), la estétic a (que nos proporci ona el arte) y la económica (q ue nos ofrece lo visua l). Un princi pio circular ri ge tanto p ara Varel a como par a Debray, aunque el pr imero se integre en una teoría de l cuerpo (V arela,T homps on y Rosch, 19 92:36) y el seg undo an alice la hist oria d e la mirada e n Occidente 8 . En el c aso de De bray, ha blamos de circul aridad porque a lgunos as pectos de la mirada mágic a guar dan corr espondenc ias con la eco nómica. Nues tro interés a hora reside en anali zar este punto de contacto me diante el estab lecimiento de un a teoría del cuerpo. En primer lug ar, Debray rel aciona el ídol o directame nte con el cuerpo. N o en vano las prim eras imágenes reali zadas por e l hombre so n muestr as de un arte fun erario. Mediant e una porme noriza da etimologí a, Debray id entifica el so porte ma térico d e este arte con el cuer po. Si ima go era la masca rilla de cera, una r eproducc ión del r ostro de l os difunt os, si ídolo significaba el f antasm a de lo s muertos (y s ólo después, retr ato), el térm ino ‘signo ’ provi ene de sema, piedra sepulcr al (Debra y, 1992:21- 22). Por tanto, el cuerpo, al menos el cadáver, es e l referente i mpres cindibl e para compre nder el nacimient o de la imagen. Desde nuestro punto de vist a, en el univer so primitiv o esta ref erenc ia se bas a en u n contacto material entre el objet o manipula do y el cadáv er: así lo d emuestran los sudari os, las momias c onvertid as en objet os de arte, l os primer os conserv adores (l os embal samadore s). El cadáv er resulta un obj eto sobre el que se ela bora la repres entac ión. Pero esta repr esent ación se hall a materialm ente un ida al cuer po, y éste no act úa solam ente de modelo. M ás que un estado sim bólico, s e reafirma un a férrea r elación indexic al. Y desde otra p erspectiv a, la histori a de la image n siempre h a insistido en q ue la im age n aparece por la necesidad hu mana de perp etuar (sea simbólic ament e, icónic amente o index icalment e) nuestra vida, l o que ya no s eremos, una v ez muert os. Por otra parte, examinem os las c onexione s de est e estad o primitivo del ídol o (donde no exist e una di ferencia categórica entre la rep resentació n y lo representado) con el universo visual de la actualidad. En pala bras de Debr ay, “repr esent ar es hacer pr esente lo a usent e” (1992: 34). La fuert e presencia del c uerpo en manif estaciones primitiv as provoc a la confus ión - fundada en la r elación index ical - entre represe ntaci ón y repres entad o. Por otra p arte, el uni verso d e la tec nologí a actua l presenta t ambi én una relaci ón indexi cal bas ada en la ima gen virtual: es tamos ll egando a t al intera cción que s e han realizado tra jes, guant es, gaf as, cascos, e inclus o entor nos es pecial es que s on los qu e permite n una Inmaculada Rodríguez Cunill - 40 -  relación estr echísim a entre n uestro cuer po y la imagen creada. Pero ést a no exist e ma téricamente, si no como cú mulo energético. La coin cidencia indexical en tre lo visual y lo p rimitivo es ev idente, pe ro el planteam iento mater ial de co nexion es varía. Existe u na circul aridad d esde el mome nto en que nues tro cuerpo ap orta los datos que hace n de la imag en sint ética un a entidad qu e se modif ica seg ún nuest ros movimient os. Las máscar illas de cera f unerarias no admite n esas vari aciones. Lo vi sual nos s umerge e n una estructur a espiral en la que, por ejemplo, la telev isión mod ifica nuest ra percepci ón espacio-t emporal ; se abolen las distanc ias; la ley de merc ado impon e un número v ertiginos o de imágenes; y la mo mia primitiva pi erde su v alor estátic o, a cambio de que las imáge nes actuales, p or prolif eración, se desvalor icen. Todo ello afect a al cuer po. En el mund o primitivo la fu erte relaci ón indexica l hacía iden tificar el ser a partir del cual se elaboraba una tela co n la tela misma. En el univ erso artístico, el c uerp o se coloca ante el objeto artístico (se separa entonce s la tela del mod elo, desde el punt o de vist a de la indexic alidad). Hay, p or tanto, un a diferenc ia de gra do. E n la era virtu al, el cuer po se ve pe netrado por l a represent ació n y penetra e n la imag en elect rónica. Así, la relación indexical ha dado un p aso más. Un paso que incluye en un mismo conjunto a los dos focos de los que habíam os partid o. El cuerpo se integr a en la comunicaci ón (inclus o más que en los objetos mis mos, pues ést os poseer án una te nue materi alidad, la d e la ele ctrónica). Com o explica Debray , “si nos cuesta proyect arnos en una im agen de te levisió n, más que en la ima gen de cin e o en una esc ena de teatro, es por la s imple raz ón de que ya estamos dentro ” (1992:23 6). La s uperac ión , por tant o, de la d ualid ad cuerp o-ment e se inte gra en la probl emática d e la comunicaci ón misma. Asu mir la comp lejida d pasa por re lativizar las fr onte ras impuest as entr e una part e y otra de nuestro ser. La c ircula ridad de Debray adm ite la relación d el cuerp o en diversa s fases dialé cticas. ÍDOLO ICONO LO VISUAL Ilustración 1 Inmaculada Rodríguez Cunill - 41 -  De ahí el gr áfico anterior, q ue resume l as difere ntes relaciones indexical es que afect an a la interacció n entre el c uerpo y la im agen. Las conexi ones qu e acabam os de poner de manif iesto entre el ídolo y lo visual adquiere n su sentido en gr an medid a por oponer se al sent ir icónico. La estrech ez de la frontera dib ujada e n el recuadr o dedica do al ídol o indica u na superfic ie de cont acto mater ial entre el objeto-so porte d e repres entaci ón y el referente-c uerpo. Est a ident ificación pierde en i ndexical idad y gan a en abstracc ión (y por ta nto la convención hace su aparición) en la segunda fase del gráfico , la icónica. Por último, lo visual se especializ a en hac er de la rel ación del cu erpo co n la imag en un mismo c úmulo i ndiferenc iable. En este moment o en que apar ece la facultad cognitiva y la imag en visual de la act ualida d, podemos rel acionar l as tesis circulares d e Varela c on las de Debr ay. En Var ela la super ación de la dualidad cu erpo-ment e se demue stra por una interac ción prof unda entre los esquem as propioc eptivos, los perceptivos, la propia experiencia e -incluso- el modo de co nocer del científico. El cuerpo se inflama de mente, y la ment e de cu erpo. No exi sten, al igua l que ocurre en el último a partado s ugerido a partir de Debray, dos entidades difere nciadas. En l as facultades pragmátic as, en la experie ncia corpora l, será donde se ma nifieste nuestr o modo de c onocer. 2.1.7. Una revisión fundamental de las nociones d e cuerpo, corporeidad y corporali dad Com o comentamos e n otro epígrafe, se suele n utilizar indi stintamente l os vocablos ‘c orporeid ad’ y ‘corporal idad’ . El primero alud e a la calid ad de lo co rpóreo ( corporeus, prov enient e de corpus), lo que tiene cuerpo y consist encia. ‘I ncorpóreo’, p or el contrar io, se refiere a una natur aleza es casa o nul amente visible, tenue, etér ea. La falt a de solidez q ue denota el térmi no alude al matiz qu e querem os pone r de relieve. Si l a solidez y la cons istencia es lo que defi ne la corpor eida d, puede esta r muy cercana al desarroll o que partió d e la cla ve de l a extens ión. Cu ando un objet o es sóli do, perci bimos sus límites en el espacio de un modo m ás claro q ue con los l íquidos y l os gases. El adj etivo corp óreo no parece a portar ninguna c lave diferente a las estudi adas en el prim er grupo d e acepc iones a l a palabr a ‘cuerp o’. Si n embargo, lo in corpóreo, a l ser lo invisi ble, lo etéreo, no s conduc e a una dimen sión asoc iada al s ujeto de un modo más claro. De lo sólid o (lo que perci bimos p or el sentid o del tacto y que ad emás no es penetrab le) se ha bus cado u n contr ario qu e remite a la ne gación de lo vis ible. No es avent urado, p or Inmaculada Rodríguez Cunill - 42 -  tanto , apuntar la posibilidad de que lo corpóreo y la corporeidad puedan extende rse más a llá de lo que nuestra visió n nos pueda proporcion ar: sus límites, sus co ntornos. La idea no es nu eva. Entender la co rporeidad como una especie de ‘concien cia del propio cuerpo’, no p one prec isamen te el acento en los límites, si no que r esulta de un a activid ad relaci onal que se inserta e n el mundo de l as ideas ( que no tien e porqué s er equivale nte al raci onalism o de la cien cia; de hecho, muc has capacid ades cognitiv as del hombre no han logr ado ser exp licadas c ompletam ente por la razón científica): Entenderemos, por tanto, p or corpore idad una c oncie ncia del pro pio cuerpo, un “cuerp o vivido desde dentr o: el intracuerp o de Ortega, el corps vécu de G. Marc el, el cuer po-para -mí de Sartre, e l cuerpo fe noménico de Merleau-Ponty” (Laín Entralgo, 1989:1 20). Pero l a corpor eidad no anula la solidez. E l cuer po vivid o, precisam ente por ser vivid o, nos r emite instant áneamente a una consistenci a. Nues tro cuerp o es u na entida d inmediata, vivida férr eament e. No se trata ya de la soli dez del o bjeto en el esp acio, sino de l a vivenci a de un cuer po por par te del sujet o. No caem os por ell o en una búsque da de fundam ento estable, com o podrí a argüir Varela , sino e n apreciar un matiz p or el cu al nuestr a exper iencia s e vive r adicalm ente. La corpor eidad busca un c entro e n nuestro cuer po, per o no se li mita a sus fr onteras física s. Y es e centro s igue si endo lo que deno minar emos cuerpo p orque la misma noció n de ‘aquí ’ que nos tra nsmite la e xperien cia de nu estro cuerpo nos remit e a la noción de e spacio. Nu estro ser corp óreos nos permite t ener la conci encia de n uestro ser cuer pos. L o que naci ó com o una c oncienc ia de sí ( que p odía afincarse en el m undo i nmateria l, psic ológico, espir itual, mental), se v uelve, de est e modo, e n el instrum ento par a reco nocernos a quí y ahor a com o pura experien cia. Recapitulemo s ahora las nocione s que hemos manejado : 1 . ‘Cuerpo ’ remite t anto a dimen s iones materiales (‘objetiva s’) co mo inmateria les (‘subj etivas’ o dependi entes del ojo del o bservad or). Por eso c abe la pos ibil idad de desgr anar entr e las ac epcio nes aquéllas q ue dan lu gar a la corp oreida d como a la corp oralid ad. 2 . Sin embargo, cu ando inte ntamos dist inguir entr e cuerpo, cor poreida d y corpora lidad, adjudicar emos al cuer po la di mensión m ás mater ial, para po der difere nciarl a de las otr as. 3 . La solidez y con sistenc ia de ‘c orpóreo’ r emite a una m últipl e considera ción: - por un la do, lo sólido se asocia a la ubicación de un objeto en un espacio homogéneo (y en este sentid o, no se difer encia de l a acepci ón que hem os acept ado para ‘c uerpo’); Inmaculada Rodríguez Cunill - 43 -  - en segundo lugar, la vivencia de l propio cuerp o puede traduc irse como un a exper iencia sólid a, férrea (hay y a aquí u na nuev a dimensi ón que aporta un a visión s ubjetiv a implic ando al cuerp o por ent ero, y no limitánd ose a las c apacidad es intelect uales del ser humano); - en tercer l ugar, lo inco rpóreo es lo n o visible; se trat a de otra dimen sión sub jetiva un ida a l a negación de l o corpór eo; n o hay q ue de sdeñar aquí la pos ibil idad de que l a ide ntificació n visión- conocimient o de nuestr a cultura a porte una dimensió n cognoscit iva a la viv encia de l mism o cuerpo; - por último, la viv encia de ese cuer po propio no nos limita físic ament e. Nuestra misma vestimenta e s una seg unda piel que cons ideram os nuestr a (al igua l que en e l idioma s olemos h ablar d e nuestro cuerp o, pos eyéndolo igu al que un o bjeto). 4 . Así que , aunque hayamo s partido de esa sensa ción de so lidez, que podría asociarse a lo objetivo, volvemos a una visión subjetiva , que transgred e límites (no ha de olvida r se que es impensable un objeto s in un sujeto). La c onsec uenc ia que se de sprende d e ello es l a posibil idad d e que conc ibamo s objetos físicos, imág enes o te cnologías exterior es a nuestra pi el como parte de n uestro ser. Por tanto, la idea de tod o sigue enf ocán dose en n uestro cu erpo. Pla nea la sos pecha de que l as extensi ones se configura n como parte de este co njunto ce ntrado e n nuestro or ganismo. Ilustración 2 El esquem a de la ilustr ación número 2 p uede ayudar a la rel ación circ ular que se h a establ ecido. Inmaculada Rodríguez Cunill - 44 -  En esta ex posició n se han intent ado m aneja r las div ersas dim ension es del c uerpo que se c oment aron e n autores estu diados co n anteriori dad. En mucho s de ellos se podrí a entrever una espe cie de ‘concie ncia de cuerpo’ basada en l a trans gresión del organ ismo como entidad li mitada físicam ente. Per o otras aportacion es semántic as puede n aparec er a partir de l as connot aciones del término ‘c orpor alidad ’. En princip io, parece qu e lo ‘corpor al’ se refiere al cu erpo de un m odo m ás indexica l. Es corpor al lo”perteneci ente o concern iente al cuerpo ”. Por tanto, es c orpor al una pa rte del cu erpo, mi m ano. En ese caso, mi c uerpo actúa como conjuntod el que l a mano form a part e. También as oma en esta defi nición otr a dimensió n menos física: podremos deducir que mi ma no es corporal porque posee lig amentos, tendones, músculos, etc. que reflej an una nat uralez a análoga a ot ras partes de mi cuerpo. Hay en est as dos posibles interpr etaciones. -Por un lado, la fuerte rel ación indexic al remite en princi pio a una particip ación física. Muchos índices tien en una r elación d e contacto físi co. Este co ntacto físico v uelve a re mitirnos a esa soli dez de l a que hablamos con ant eriorida d. El tacto, la hapton omía, aparec e de nuev o. -Por otra parte , también hay índices d onde el c ontact o no es inm ediato, donde s e indi ca una dirección. A partir del mom ento en que apar ece un abismo entre ese índice y el objeto en que a punta, l a comunicaci ón adquier e matic es diferente s, que se separan pro gresivam ente de l univer so material. Es ta incapacida d física se ve supe rada por p rocesos qu e se pueden interpre tar como más abstractos. Mi mano ya no sólo es parte de mí p orque est á en cont acto con mi antebraz o, sino porqu e posee un pare cido en cuando a su estructur a física; sus célul as se confi guran con un mismo A DN. Ap arece una relació n icónic a en la que el sujeto ha ejercitado su s capacidade s abstractas. -También, l a direcci ón en e l espaci o (alg o que aú n tiene connot aciones espacial es, aun que menos que l os índices comenta dos con ant eriorida d) nos sum erge en la posibil idad d e que ese espaci o físico pueda no existir. Nacen así las relac iones cau sales qu e no dep enden de la físic a, sino de nuestr a capacidad co gnitiva. (Es curioso que aparezca un deno m inador co mún: un sujeto co n poder relacional que estable ce qué es parte de q ué todo por una relació n index ical). -Esta capac idad in dexical que se c onviert e pro gresiv ament e en una c apacid ad abstr acta ha tenido su g ermen en el cuerp o. Si pod emos consi derar el ordena dor como u na exten sión del cerebr o, en cierto modo este artefacto ha pasa do a conf ormar nuestr a corpor eidad. L a relación ‘ parte de u n todo’ (que es nuestr o organism o) viene dada, ef ectiva mente, con la corpor eidad, p ero, ¿qué n uevas dimens iones del cuerpo pod emos encontr ar cuand o hablam os de corpora lidad? Gr acias a la s capacida des abstract as, un Inmaculada Rodríguez Cunill - 45 -  índice pued e conformars e a partir de una relación de c ausa- efecto, ¿y no revel a esto una d e las capacidade s cognitivas del hombre? 11 . -Podrem os, entonc es, averi guar si exist e la posibi lidad no sólo de qu e los objetos se c onform en como parte nuestra, sino tamb ién de que podamos co nsiderar que nuestro o rganismo depend a de una entidad m ás abstract a. La relació n indexica l que había c omenza do de nuestr a cons ideraci ón física d el organismo, posibilita que nuestro c uerpo finalmente pueda ser conceb ido como parte de algo. En estas considera ciones existe ya una con strucción de carácte r mental, pe ro que se transmite so cialmente y que viene corrobor ada por la cultura e n la que nos insertam os. Nos encontr amos ahora ante una dim ensió n social del cu erpo. El body- building , o las asoci aciones de disminui dos físicos surg en como fenóm enos sociales do nde la presencia del cu erpo resu lta fundamental. Incluso se ha concebido el cont exto social con la metáf ora del or ganism o. Por eso co nfirma Agu irre que “el c uerp o se constituy e como la m etáfora explicativ a más imp ortante de lo gru pal-soci al”, o que “el cuerp o es a lgo más qu e una r epres entació n anatóm ica, es l a persp ectiva d el mund o, es l a maner a de crearnos un mundo d e relación. I nclus o, cuan do proy ectamos u n grupo, esta mos r ecomponien do un cuerpo ‘fantást ico’ esci ndido y cuya reconstr ucción la (sic) rea lizamos ‘ proyectivam ente’. El cuerpo adqui ere, en la teoría analítica, un a dimensió n fundament al: como orga nizador de nuestro Yo, como forma de tener un mu ndo y como si gnifica nte de lo qu e acontec e en la vi da” (Aguirr e, 1988:2 06). -El que ha ya apar ecido u na dimensi ón social a p artir de nuestro s er cuerp os ocurre p or nuestra capacidad abstracta de consi derar nos part e de un todo. Pero ese to do, ese cont exto soci al, es el qu e permite, com o apunt a Aguirr e, que el c uerpo ap arezca c omo signif icant e. El soporte físico d el cuer po continúa s in desapar ecer, aunq ue nos hayam os internado en la sen da de nuestras cap acidad es cognitivas. Denominaremos es ta capacidad con structiva ‘corporalidad’. Un esquema puede ayudar a comprend erla: Inmaculada Rodríguez Cunill - 52 -  por Freud (y t odo esto s in olvi dar una dim ensió n social en nuestr a misma ont ogéne sis, como ex plic ó Vygotski). 9 . Los dos mo tores nomb rados subyacen a toda co municación. Cabe plante ar, enton ces, cómo se produc e esa comun icació n visual. En otr as palabr as, habrá q ue desentra ñar si la comunic ación vis ual puede f undar al c uerpo, a l a vez q ue es el mismo organismo el que permite que vea mos, oiga mos, etc. Una breve re visión de Peirce a la luz del cue r po puede o frecernos la posibilid ad de comp render la importancia de esta ciencia dentro del nuevo paradi gma científico que se avec ina. Hemos nombrado con frecuencia v ocablos com o ‘símbo lo’, ‘índice ’, o ‘ico no’, y fue Peirce el cr eador de la tríada for mada por estos vocabl os (que adem ás definen se gún Peirc e la relación entre el ob jeto y el referente en el signo, y que deben se r interp retados por un sujeto que tiene cuerpo: lo objetivo y lo subjetivo vuelven a unirse; no hay forma d e continuar c on esta d ualidad re ductora qu e ha funda do la civi lización occidental). 10 . Aunqu e partamos de la trí ada de Peirce de un mo do gener al, nos c ent raremosso lament e en aquellos sím bolos, índ ices o ic onos que util icemos por vía visual. Por es o será nece sario acudi r a estudiosos de la imagen que se hayan basado total o parcialmente en la percepci ón visual (Arnh eim, Gombrich), y busc aremos pist as acerc a del papel que el cue rpo juega e n sus teorías. 11 . Si vamos a estudi ar la percepc ión visual, es porqu e ésta es posibl e por un cuer po, pero u n cuerpo qu e tiene se nsacione s, (que es al cabo lo ún ico que podemos c onocer del ext erior, los efect os de los ‘objeto s’ de l mundo c ircunda nte en n uestro c uerpo). La cap acidad simboliz ador a del hom bre ha hech o posible a su v ez que es os ‘objet os’ sean i nterpretad os por un la do como ext ensione s (vestido co mo segunda pie l) pero que, por otro, teng an efectos s ociales (en otras pal abras, de l a corpor eidad h emos pasado a la co rporal idad). En este punt o int entare mos hab lar de es a c omunicaci ón artifactua l que preside nuestras expe rienci as. 12 . Pero no s ólo serán los objetos l os que se po ngan en r elación c on el cu erpo. Lakoff y Johns on propondrán q ue la co nstrucció n espacial d esde un foco, nuestro c uerpo, pr eside nuestr a forma de simbolizar. Int ent aremos av eriguar s i también nuestra co nstrucción te mporal (c on un anc la en n uestro cuerpo, el pr esente) p uede fun dar esa mis ma capaci dad. Dentro de est as dimensi ones tempora les se plantear á si m anten emos la creencia de qu e nuestro organism o se desarrolla en un ti empo li neal o no. Y, si la res puesta es sí, se intentará entrever algunas inter pretacion es acerca de un i nicio y un final del cuerpo: el n acimiento y la muerte y s u posibl e extensió n más allá por medio d e otras tecn ologías ( o la ficción de una pos ible extens ión en los albor es del siglo XX I). Inmaculada Rodríguez Cunill - 53 -  13 . Desde otra perspect iva, la capacidad simbólica del hombre posibilita que su cuerpo pueda ser objetual izado. Nos ref erimos al hech o de que nu estro cu erpo es la b ase sobre la que sur ge su capacidad de racioc inio, y que le sumerge en una sociedad qu e puede objetivarlo (es eso lo que ha pretendido la razón científica en mucho t iempo, y lo que ha posib ilitado los avances de muchos descubrim ientos). En re presentac iones ic ónicas c orporal es la hu ella del c uerpo es inter pretada e n razón del parecido . El cuerpo funciona en tonces como refe rente. Pe ro hemo s comprendido con anteriorid ad que el cuerpo es un objeto vivi do, una realida d subjetiva, que la objetividad es u n engaño reduct or de la modernida d. Deberemos compar ar esta cuest ión con otras sur gidas en el ámbit o de la semiót ica de finales de los s esenta y princi pios de los oc hent a: la se mi otizació n del refe rente, es dec ir, la relación físi ca posible entre u n icono y el obj eto que le s irve c omo ref erent e 16 . S e record arán las de nominac ione s de ciertos signos, surg idas a part ir de esta pos ible co nexión: s ignos traslativ os, signos i ntrínseco-caus ativos, signos intrínse camente co dificados, sig nos ostensivos. 14 . Las huellas de lo indexical han aparecido tan a menudo asociadas al cuerpo , que nuestra labor ser á aho ra com probar en qué se bas a el ico no, ese signo qu e con frec uenci a se ha f undad o en la noción de parecid o, analogía, isomorfis mo, etc. A trav és de u nos pla nteamientos general es acerca d e la referencia y l a semej anza intentar emos com probar si es c onvenie nte que apare zca la pala bra ‘iconism o’ en el título de este trabajo, y conc luiremos con la posibili dad de que se repita una estructura fractal fundada en nuestro mismo cuerpo . En efecto, ta l vez no sea la referencia sólo lo que haya que tener en cuenta a la h ora de enfr entarn os con los ico nos, sino también la a utorreferen cia. Esta forma de autoalim entar el icono j ustifi ca que n o es tan fácil desligar nuestro cuerpo de la comu nicaci ón, precisame nte porque es im posible di stinguir el pu nto preciso en qu e un icono deja de serl o para convertirse en índi ce y viceversa. 15 . La hipotét ica autorr eferenci alidad del icon o, basa da en su relació n con el c uerpo , podría hacernos intuir a éste en un movimi ento infinito y multi dimens ional. Sea pos ible eso o no, este tip o de cuestiones p uede conduc irnos a la l ocura. Adem ás, el c uerpo es o perativ o en nuestr a vida, no s e ve colapsado por con ocer. Su fracta lidad, p or tanto, se li mita, y con e llo se posi bilita l a comun icación (y dejarem os a un la do el car ácter mila groso qu e a ésta se le adjudi có con ant eriorid ad para hacer qu e nuestra invest igac ión pued a llegar a ser operati va). El qu e la fractali dad se limit e, el que de ella emerj a cierto orden, vuelve a conducirnos a con ceptos como el de la gestalt (no ol videmos que tanto image n como cuerpo p ueden ser des critos según e ste concepto). De un modo u otro, a part ir de una co nclusi ón Inmaculada Rodríguez Cunill - 54 -  provisiona l sobre lo s concept os de cuerpo, corp oreida d y corpor alidad, h emos realiza do una i ntroducció n sobre el tra bajo q ue vamos a empr ender d e ahora e n adel ante. Esa es la razó n de que aparezc a est a ilustración en fo rma de índice entre las siguientes pá ginas: CAPÍTULO 2: OTRA TEORÍA CIRCULAR 1. Resumen de los planteamientos de V arela 2. Críticas a Varela 2.1. Los rec ursos del budismo 2.2. Un traslado a Occidente : García Selgas y la en carnación. 2.3. Comple mentos a Varel a desde las nociones de cuerpo, corporeidad y co rporalidad. 2.3.1. El cuerpo como ámbit o de signific ación: cuerpo-signo, cuerpo-sentido . 2.3.2. Un estado emergente llamado gestalt . -Notas acerca de l a noción de gestalt. - Gestalt y cuerpo: en enfoque de Gibson . - ¿ E s l a gestalt un estado emergente? 3. El cu erpo como secret o, como enigma, como misterio 4. Comportami ento fra ctal del cue rpo 4.1. ¿Qué es un fractal? 4.2. Cuerpo fractal 4.3. ¿Revelan el cuerpo, la corporeidad y la corporalidad un comp ortamient o fractal? 4.3.1. La metáfora del homúnculo y la corporalidad. 4.3.2. ¿Hay l ím ites a la c orporeidad? Otro ej emplo de fractali dad limitada: el homúnculo ext erior. 4.4. Cuerpos fractales e imágenes. CAPÍTULO 3. EL LÍMITE DE MI CU ERPO Y EL MUNDO DE LOS OBJETOS 1. El límit e de mi cuerpo y el mundo de los objetos a tr avés de la imagen 2. Cuerpo e iconografía. 3. El poder de las imágenes sobre el cuerpo. 4. La iconoclas ia. 5. Imagen como medi ación del cuerpo. Cuerpo como medi ación de la imagen. 6. El vector i ndicial en la imagen 7. Espacio s imaginario s del cue rpo 7.1. Imagen co mo foco, cuerpo como f oco. 7.2. Dentro y afuera. 7.3. Espacios vivenci ale s, espacios matemáticos. 7.4. Reducc iones del espac io vivenc ial. 7.5. El mapa y el espejo: dos f ormas comp lementarias de entende r imágenes y cue rpo. 7.6. El marco y la interfaz. 8. El objeto com o presentac ión social d el cuerpo. comunicac ión artifactua l. 9. Fronteras tem porales del c uerpo. 9.1. El t iempo subjeti vo o el ámbito t emporal del cuerpo. 9.2. La memoria y la transgresión del presente. 9.3. La dirección del tiempo, la di rección del cuerpo. 9.4. La metáfora temporal como fundamento expe riencial del cuerp o. 9.5. Los umbrales temporales de perc epción. 9.6. Lo temporal, lo corporal y lo vi sible. 10. La mediología y la conformac ión del cuerp o, la corporeidad y la corporalid ad. CAPÍTULO 4: CONOCIMIENTOS Y DESEOS. 1. Introducción . 2. Cuerpo y deseo: un ac ercamiento general. 3. El cuerpo y la represión del deseo: el complejo de Edi po. 4. El cuerpo conformado por l a imagen: la fase del espejo. 5. El cuerpo, s us tensio nes y la im portancia de l significa nte. 6. La figura encarnada o el misterio del cuerpo. Inmaculada Rodríguez Cunill - 55 -  7. Un có digo hecho ca rne (y paradoja) 8. Una ilusión operativa. 9. Un a cerca mient o al conoci mient o desde el dese o. 10. La configuración del ob jeto. 11. La noción de equilibrio en un cuerpo fractal. 12: Aperturas y deseos : Piaget y Freud. 13. La dimensi ón social en la na turaleza de los individuo s: los signo s. CAPÍTULO 5: CAMPOS DE SIGNIFICACIONES EN EL CUERPO. 1. Introducción . 2. Hacia el cuerpo desde la semiótica. 3. El objeto c omo umbral de la semiótic a . 4. La se miotización del referente. 5. Los signos tra slativ os: un caso de semiotiza ción del referen te. 6. Los signo s intr ínseco-ca usati vos. La hue lla cultu ral del cuerpo . 7. Semiotiz ación del referente y modi ficación del c ódigo. Casos vis uales y casos c orporales. 8. Polémica empiris ta -subjetiv ista: Eco y Mald onado. 9. Signos in trínse camente cod ifica dos. 10. Signos osten sivos. 11. Iconismo y aus encia de negación. 12. Planteamientos generales acerca de la referencia y la semeja nza. CAPÍTULO 6: MÁS QUE REFERENCIA, AUTORREF ERENCIA. 1. Introducción . 2. La autorreferencia lidad y el concepto complejo d e cuerpo. 3. Exploraciones en un ic onism o autorreferencial. 3.1. El i cono fundament ado en l a evoluc ión. 3.2. Autorreferencialid ad como filtro humano 3.3. Comunic abilidad en la autorreferenci a. 3.4. Paralelismos b iológicos. 3.5. El icono autorreferencial : una puerta a la creati vidad. 3.6. Diferentes categorizaciones. 3.7. Una alteri da d autorreferencial. La paradoj a hecha carne. 3.8. El ico no y su con tinuidad con el cuerpo . 3.9. Una verdad autorreferen cial: la sensación de verdad. 3.10. Importancia actua l de un icono autorreferencial. 4. Una nueva bifurcació n. Ilustración 6 Inmaculada Rodríguez Cunill - 56 -  2.2. TEORÍAS CIRCULARES 2.2.1. Resumen de los plantea mientos de Varela Una vez expuestas las bases de una teoría circula r acerca del cu erpo, es necesa rio compararla con otras tesis que sugier en una c ircularid ad análog a, como es la de Franc isco Varel a. El prob lema de la c ognició n es fund ament al para est e autor, quie n se que ja de que “ n o hay un enfoque direct o y pragm ático de l a experi encia con el cua l compl ementar la ci encia” (1 992:20) 17 . Ese vacío dentro de la i nvestiga ción oc cident al preten de ser rel lenado p or Varela (s u teoría p odría cons ider arse un aporte funda ment al a la teorí a del des criptor qu e Von F oerster ech aba en falta). Si n embarg o, hay qu e tener en cue nta que este e nfoque directo d e la exp erienc ia (que u na cor riente empír ica podría acog er sin objecio nes) no olvid a una base sub jetiva: el cuerpo del investi gador es el funda mento s obre el que un os datos son inter pretados. E n otras p alabras, exist e una c onstrucció n de un m undo apart e de los objeto s, que, por sí mismos, son incogno scibles. Las ap reciaci ones de Varela se ali nean co n el constructivi smo radical, que, c omo expl ica Watzlawick, h a demolid o la noción de mu ndo objetiv able: ”El co nstructivismo es, pues , radical p orque rom pe con las co nvencio nes y des arrolla una teorí a del conocimi ent o en la cual éste ya n o se refiere a una re alidad ont ológic a, ‘obj etiva’, sino q ue se refiere exclusiva ment e al or denami ento y organ ización de u n mundo constituido de nue stras experiencias. El constructivist a radical a bjuró de una vez po r todas del ‘re alismo met afísico’ y s e encuentra enterame nte de acuer do c on Piag et quien dic e: 'La intel igenci a organ iza el mu ndo orga nizánd ose a sí mism a'”( Watzlawick, 19 81:25). El chilen o parte d e una circu larida d fundament al: la int erdepend encia en tre estados cer ebrales y nuestra con ducta y experi encia (V arela, 1992: 34). Est a interde pendenc ia estab a ya expr esada de diversas m aneras d entro del pensami ento occid ental: rec ordemos nuestros c omentario s a Husserl, o los de Heis enberg (1955: 22) sob re la impo sibili dad de obs ervar l a natural eza como ob jeto de estudi o (con l o que se planteab a que el fin de la ciencia fuera nuestro prop io conoci miento sobr e la nat uraleza, sin concebir a ésta como un ám bito diferente al suj eto). Inmaculada Rodríguez Cunill - 57 -  En una obra anterior, Conocer, Varela indagaba en un panorama revolucion ario a partir de las ciencias cog nitivas. Est e panorama p asa a engro sar las bases teór icas de De cuer po prese nte a través de tres pasos. 1 . Después de u n breve re paso a l as bases del introspec cionism o y el c onductismo, el cognitiv ismo clásico n os cond uce a la hi pótesis de que la co gn ición manipula los símb olos de igual modo que los ordenador es. La bas e de repr esentaci ón mental es firme: l a ment e opera con símbolos que repr esent an rasgos del mun do (con lo que, de alguna manera, se cuenta con un interior y un exterior, y se p r esupone la existencia de un mundo objetivo ). La noción de símbolo dentro del cognitivismo primige nio tenía connotacio nes de estatici dad. 2 . El conexion ismo result a de una críti ca a este c ognitivis mo inicial q ue se ha bía aleja do tanto de l as inspiracion es biológicas. Las labores biológicas se re alizan más rápidamente y más en global (con autoor ganizac ión, con compleji dad, con emerg encia) q ue lo que lo hacía la inteli gencia artificial del cognitivismo (lig ado férrea mente a la noción de sí mbolo y de represen t ación). Los modelos conexionistas -por ejem plo, l os usad os para l a creaci ón de un a inteli gencia artif icial- logran un a mayo r integr ación c on l a vida. La asunció n de la complejidad ayuda a que sean generale s, y que se lo s pueda aplicar con escasas modificacio nes a divers os domin ios, como l a visión o el reconocimiento del leng uaje. Ya los símbolos no están lo calizados en en tidades pa rticulares. Más bien operan según el estado glob al del sistema. 3 . De estos es tados gl obales res ultan un os estados emer gentes, más dens os que el mismo sím bolo (y según veremos más adelante, relacionados con el cuerpo , lo mate rial y lo ex periencia l). Por es to “alguno s investigad ores se refiere n al conexi onismo como el ‘par adigma s ubsimbó lico”(Var ela, 199 2:127). Los conexio nistas “arg ument an que lo s principios form ales de la cogni ción resid en en es te dominio subsimbó lico, un domi nio qu e está por encima de lo bioló gico, pero t ambién más cerc a de lo biol ógicoq ue el nivel sim ból ico del co gnitivism o. En el nivel subs imbó lico, las d escripcione s cogniti vas se basan e n componen tes que en un n i vel superior llama ríamos sí mbolos discretos. El sign ificado, sin embargo, no reside en estos componentes per se, sino en co mplejos modelos de actividad que emerge n de las interaccion es de dichos c omponent es”(Var ela, 1992:127). La em ergenc ia que parti ó del conexi onismo ocurre en nu merosos cam pos, y afecta ta nto en el funcionami ento del cerebr o como e n nuestra vid a diaria: “En 1949 Do nald Hebb sugirió que el ap rendizaje se podía b asar en camb ios cerebrales que surgen del gr ado de a ctividad correlativa entre las neuro nas: si d os neurona s tienden a activars e juntas , Inmaculada Rodríguez Cunill - 58 -  la conexion entre ambas se fo rtalece; de lo con trario disminuye. Por ende, la conectividad del sistema se vuelve ins eparab le de su hist oria de transf ormació n y se relaciona co n la clase de tar ea def inida para el sistema. Como la verdadera acción se presen ta en el n ivel de la s conexiones, se ha propuesto el nombre conexionismo (a menudo llamado neoconexionismo ) para esta orientación” (Va r ela, 1992 : 113). Por otra parte, la emerg encia sug iere un a variabili dad se gún las interacc iones exi stentes, per o una emer genc ia que c onsigue u na coher encia gl obal, de modo qu e se podrí a consid erar que los estado s emergent es so n asim ilables a aqu ello qu e en l a era c iber nética s e llam a autoor gani zaci ón, a la dinami ca de red, sistem as comple jos, etc. (Varel a, 1992:115). En líneas generales, la cognición e s la puesta en obra de u na mente y u n mundo por varied ad de acci ones. A esto l e llam a Varela enfoq ue enactivo (Varela, 199 2:176). 4 . El enfoq ue enactiv o conduce al autor a elabor ar una teoría en la que se proc ura integr ar el ni vel experienci al (record emos que e n el esque ma circular del inic io del text o ya apar ecía és te). El resultado es una tesis com pleja, y e n algun os moment os, de difíc il lect ura, porq ue Varel a acude a la tradici ón budi sta para integr ar una nueva v ivencia del cuerp o en la civi lizació n occidenta l (lo qu e puede constituir u n freno a la oper atividad d e sus ideas) . 2.2.2. Críticas a Varela 2.2.2.1. Los recurs os del bu dismo Ha sido el enfoque enact ivo lo que le h a conducido a Va rela a la tradición budista . Entiende que las apuestas de la fenom enologí a se han realiza do de un modo teórico y post fact um, e insiste en qu e la razón ha hecho olvi dar que en el pens amient o griego se encontraba u na misma tradici ón indoe urope a que habí a dado lu gar al budi smo. Apar tándose d e la noción de meditac ión como estado alte rado de concie ncia, se acerca a la id ea práctica de ‘presenc ia pl ena/con cienc ia abi erta’, en la qu e la mente es tá prese nte en la exp erie ncia corpórea c otidiana (u n punto de partid a muy difer ente a l a puesta en duda del d ualismo cuerpo/mente). Podemos en trever, no obstante, q u e subyace a esta subver sión de la tradición mo derna una idea que ya ex pres amos con anteriori dad: la re ligión está esp ecializa da en sol ucionar paradoj as (pues su Inmaculada Rodríguez Cunill - 59 -  método no corresponde al de la razón científica). Por tanto, resulta muy difícil valorar esta parte de la investigación de Vare la desde los presupuestos de una investigación en el ento rno de la razón científica que hemo s heredado del pasa do. En c ierto se ntido, se puede i nterpretar l a prop uesta d e Varela c omo un a soluci ón mixta entr e las tres seña ladas por Lyon (1994: 131 y ss.) con respecto al camb io de paradigma que esta mos viviendo. Entre ‘aceptar el caos’, ‘ persi stir en la mod ernidad’ , o “revivir la pre-mo dernida d’, la sol ución d e Varel a supone u n revi virla prem oder nidad (l a vue lta a u na rel igión así lo indi ca; una r eligi ón perte nece al ámbit o premoder no), per o tam bién un aceptar el cao s. No obst ante, a ceptar el caos es dej arse llev ar por la capacidad de éste para reorganiz arse: es decir, un or den nacid o del caos muy simi lar a la propue sta emergent e del chi leno. La co mprensi ón de la dim ensión b udista del texto d e Varel a resulta difícil si el lector parte de los planteamientos moder nos de la investigación científi ca. Su interés en otra civi lización abre la puert a a un conocimient o cuyo fi ltro no es la ra zón, sino l a experie ncia. Var ela accede a diferente s escuela s budistas. Espe cialmen te una de e llas muestr a que desd e el inicio de nuestro se r en el m undo nos encontramos con l a unific ación del objeto y el suje to, que el entor no físico sensorial y el cue rpo se encuentra n ligados, lo que crea un principio dinámico desde el que comprender la experienci a. En efecto, describ e el primero de los cinco agrega dos desde en pri ncipio bastant e fenomenol ógico: la s formas se constituye n como la un ión del oj o y los objet os visible s, el oído y los sonidos, e inclus o la mente y los p ensam ientos (Var ela, 1992: 89). ¿Cuál es la consec uencia de tal planteamiento ? La concienci a no es una entidad unificada. N i siquiera nue stro organismo lo es: así lo de m uestra, por eje mplo, nuestra con tinua regeneración de células. Es el mismo Varela el que ofre ce pistas de investigacio nes occidentales en las q u e se puede entrever, des de Nietzsche, una ten dencia a es a pérdida del sujeto c omo entida d monolític a. Incluso acude a l a física ca ótica par a calific ar como fra ctal a l a estructur a prese nte en la “Rueda d e la Vida ’ o ‘Rueda del K arma’. En este edifi cio de la causalid ad circul ar y de eleme ntos inter dependi entes que constituye l a vida hu mana co mo búsqu eda de un yo fijo, como una entida d esta ble impos ible de hallar, “los mism os model os se repit en au nque modifi quem os la esc ala de obs ervación en varios órdenes de magnitud” (V arel a, 1992: 139). Por tanto, en nuestra opinió n la incor por ación de la para doja c ircular, autoorga nizativ a, no se ha lla fuer a del ám bito de occ idente, pu es la ciencia actua l la ha incorp orado, Inmaculada Rodríguez Cunill - 60 -  tambaleando los cimiento s de la razón ci entífica que hasta ahora ha predominado en nuestras creaciones. Lo mismo oc urre con esas unidades irr educt ibles de exper iencia c omo real idades últimas, enfre ntadas a l enfoque ontológico que ha buscado la tradición analítica: las realidades con vencionales. Los momento s de e xperienci a son l as últim as unida des con que cuenta n ciert as escuela s budistas, frente a las ‘realidades o bjetuales’ (una casa, una pe rsona). Pero no d ebemos olvidar (n i el mismo Vare la lo hace) que estos planteamie ntos se encuen tran muy cerca de los de lo s fenomenólogos. A pesa r de haber critica do a éstos po r su enfoque te órico, la fenomenologí a es un p unto de parti da aprove chable y, sobr e todo, más compr ensibl e por la socie dad occident al. Tal vez la corri ente fenomenol ógica no consi guió ll egar hasta las últ imas consec uencias, pe ro eso no disminu ye su validez. Por tanto, si a Husse rl se le puede acha car que aún pien s e en los objeto s como realidades ontológ icas, tambi én una visi ón superfi cial de c iertas teor ías budista s tienen pl anteam ientos an álogos: ¿no se podría afirm ar que la rel ación entr e los sentidos y sus obj etos, el “acoplam iento sens ible entr e un sentido y un obje to del campo sensoria l’(Varela, 1992:147) supon e una estabiliza ción de uno s términos especialmente problem áticos, so bre todo al t ener en cuenta unos “se ntidos, un obj eto material o menta l y la concien cia basada en a mbos”? El hecho de que no exista un yo, si no ex perienc ias, nos a boca a l a difere ncia entre or ganiz ación y estructura. Tant o Varela como Matura na creen que sólo la estructura exist e en un espaci o físico, pero no la organ ización q ue carac teriza a l os sistemas v iviente s (Zolo, 1995:21 3). Entender el cuer po como una orga nizació n supon e trascender al orga nismo, e introduc irlo en las tres noci ones de c uerpo, corporei dad y cor poral idad. Exact ament e igual que un sistem a autoo rganiz ativo y circul ar. Autoorganiz ativo y, e n cierto modo, cerrad o, pues en rea lidad co noce por med io de rep resentaci ones, no sabe nada acerca de la realidad ontológica de los objetos qu e le rodean. Esos obje tos, como el cuerpo mismo, también so n misteriosos. Esta fa lta de funda ment o no es alg o negativo o preocup ante. Es la esencia dinámica del cuer po mism o. Por tant o, el neg ar la existe ncia de un yo y enfatizar el c arácter dinámic o y exp eriencia l de nu estra vida si gnif ica recalc ar la lab or autoor ganizat iva de u n nuevo c once pto de cuerpo que no es m edido com o entid ad estruct ural (la estructura siempre es algo sólid o, con volu men, con entid ad) sino c omo orga nizació n, la que cara cteriza a lo s sistemas vivi entes. Inmaculada Rodríguez Cunill - 61 -  2.2 . 2.2. Un trasla do a Occid ente: García Sel gas y la enc arnaci ón Era posible acha carle a Varela cierto abandono po r nuestro entorno más inmedia t o, puesto que había recurri do a cult uras muy lej anas a la oc cidental para formu lar su nu evo enfoqu e. Muy aprov ech able es, en est e sentid o, el in tento de G arcía Sel gas de introducir esa dimensi ón de acción corp oreizada en nu estro mismo ámbit o cultural, l o que facilita la comprens ión de este conc epto al lector no f amiliariz ado con la filosofía bud ista. La acción cor poreiz ada de Var ela signific aba partir de unos pre supuestos q ue en nada se parecían a los her edados por la m odernida d, esa m odernida d que estab lecía un a diverge ncia radi cal entre concien cia, o mente, o espíritu, y cu erpo, tal com o se había cons agrad o a partir de la res cogitans y la res ext ensa cartesianas. Nuestras definiciones de partid a ponían de relieve que nos encontrábamos e n un terreno resbaladiz o, en el que aparece en el cuerpo mismo la pos ibilid ad de tener una c oncie ncia del pr opio cuerpo, e xtendiénd ose mediante difere ntes útiles o tecn ologías (corporeidad), o au toemplazándo se imaginaria mente en entidade s abstractas (c orporali dad). La cons ecuenci a de ello er a evid ente: result ab a imposible im poner una barr era infran queabl e entre lo m ental y lo cor poral. Como se comprobó anterior mente, to do int ento de entrelaz ar lo mat erial con lo es piritu al impli ca su tratamiento como enti dades diferenciadas. Tant o Varela como Johnson, Lakoff, etc. part en de un presupue sto común: la crítica a ese du alismo y un punto de partida un i ficado en la acción misma del cuerpo. Por s u parte, Ga rcía Selgas c oncibe el cuerpo como ‘base del sentid o de la acción’. Para mostrar esa superació n del dualismo, el foco centra l de su reflexión se basa en un os términos en los que subyace una dimensión mixta, en la que se presentan simultán ea e indiferenciadamente lo espi ritual y lo orgánico. García Selgas se de bate entre l a propuesta de tre s posibles v ocablos: inc orporació n, encarnam ient o y encar nación . Finalmente, s e decide p or el últim o término. Para este aut or, un cuerpo y a no posee sólo un a dimensi ón biológ ica puesto que los es quemas corpor ales pre sentan un corre lato con el funcionami ento cerebral (c omo ocurrí a también en Var ela). Es cons truido soc ialmente, se e ncuentra encarna do por el context o 18 . A través d e esta e ncarnació n se de ducen l os marcos s ociales del senti do. Esta interrel ación ha ce posib le que la encar nación s e pres ente e n la conduct a, en la a cción mism a, en nuestra forma de est ablecer taxo nomías pr ácticas, en el port e o el estilo de los agent es, etc. (García Selgas, 1994: 59). Inmaculada Rodríguez Cunill - 68 -  el cuerp o se vea acom pañad o de sus tre s dimen siones: c omo orga nism o extenso, c omo c orporei dad y como corp oralidad. Por tant o, no es q ue el cuer po confi gure a los signo s, es que ést os so n impens ables si n aqué l. El signo, a l fin y al cabo, refleja una capac idad co gnitiva del ser human o, la cu al corre sponde a l cuerp o entendi do como ám bito de lo s mecani smos de cogn ición qu e describió M erleau- Ponty. El universo de lo visu al y su u nificac ión con nuestra d imensió n corpor al nos ponen en evid enci a que nuestra f orma de v er es part e impr escindi ble para n uestro con ocimie nto del mu ndo. La tradi cional identifica ción entr e visió n y conoc imiento vuelv e a surgir (aunque otras vías de conocimien t o estén presentes tam bién en el ser huma no). La unific ació n del cuer po con el signo ( en u na acepc ión m ucho más actual) ha s ido, por ejemplo , el punto de partida de Sebeok. También en el constructivismo está pres ente, aunqu e de otro mod o mucho más radica l, pues la i ntervención del cuer po del ob servador en el mis mo sign o se pued e interpretar c omo un viaje fract al al que v enimos alu diendo en est e estudio. Estos plant eamie ntos hac en que se a necesar ia una revisión s obre cóm o se c onfigura e l significado a trav és del cuerpo. Más tarde comentare mos algun os de los po stulados de Piage t, pero por el momento aludi remos a v arias cuestiones urge ntes. En ef ecto, si es la experie ncia la que hac e entrar al niño en el terr eno sim bólico, si esta ex perienci a es u na exper iencia del cuerp o, ¿podrí an surg ir los significado s como un est ado emerg ente d e nuestra ex peri encia coti diana? El hombre s e desarr olla c on los objet os a partir d e la acción. V arela ap unta, a trav és de u n ejemplo, qu e el des arroll o visual im plic a la int egració n del pr opio cuer po: “E n un estudi o clásico, H eld y Hei n criaron gatitos en l a oscuridad y l os expus ieron a l a luz en condicion es controladas. Se permitió a un primer gru po de anim ales que se desp lazara norm alme nte, pero se l os sujetó a un se ncillo c arruaje con un cesto que cont enía al se gundo grupo de a nimales. Los dos grupos c ompartían la misma ex perienci a visual, p ero el segu ndo grup o era total mente pas ivo. Cuando se liberó a los animale s al cabo de algunas se manas, el prime r grupo de ga tos se comportaba normalme nte, pero l os del se gundo actuaban como ciegos : tropezab an con los objetos y se c aían de los bordes. Este hermo so estudi o respalda l a perspectiva enactiva de que l os objet os no son vistos m ediant e la extracción visu al de rasgos, sino mediante la guía visual de la ac ción” (Varela , 1992: 204-205). Inmaculada Rodríguez Cunill - 69 -  La exper iencia por la que l os animales c omentad os por Varela adquirier on más o menos conocimien t o está directamen te relacionad a con el desarrollo de sus se r cuerpos. El cuerpo nos proporcion a la faculta d de movernos. P ensar e n la mirada como al go estable resulta ser una simplificac ión del mis mo cal ibre qu e la de la s uponer que todos los f enóm enos físic os son explica bles mediante la geo m etría euclid iana. Ver es ve r en el di namismo de la acc ión. Per o conc ebimos esa experienci a organiz adame nte: Solemos co nfigur arnos n uestra v ida com o trazo, más o m enos q uebra do per o que tie ne un p unto inicial en nues tro nacimient o y otr o final en l a muert e. De una exper iencia múltiple y caótica s omos capaces de elabora r una ab stracción, la de la líne a del tiempo. N os encontr amos siempre viajan do hac ia delante. Esta metáfor a con la que no s conceb imos n os hace c entrarnos y ubic arnos e n esta represen t ación mental como un punto que va va riando de lugar. Sin embargo , por las ciencias sabemos de la posi bilidad de otros espacios m ultidimen sionales. ¿No podría pensars e, entonces, q ue nuestr a vivencia de l a experi encia s urge como un estado em ergent e ? Si así f uera, la em erge ncia denot a un movimient o contin uo y aleato rio desde el q ue podem os entrever un a espec ie de gestalt , una form a que comprend emos y que, en último t érmino, jusfic aría la acepció n simple de un cuerpo com o organis mo, como punto ubicado, comp leto autónomo. Y en la transgresión de esta gestalt -cuerpo está ya el germen de otras entidades di námica s, la corporeid ad y la corporalid ad. (Por otra parte, la posibi lidad de l a metáfora del punt o viajand o por u n trazo, d e nuestro emplaza mient o en ese punto, es muestra de aque llo que def inimos en la cor pora lidad, de esa cap acidad d e insert arnos como cu erpo en u na entida d más abstracta. La ‘i ndexicali dad abstracta’ es, en este c aso, evidente). Des de la met áfora del p unto la cogn ición c omo acció n corporiz ada que a punt a Varela (1 992:202- 203) se pued e entender c omo una emergen cia que elim ina la d ualidad c uerpo-m ente: “Al hablar de ‘corp orizada’, deseam os subr ayar dos element os: pri mero, que la cogni ción depende de las exp erienci as origin adas en la posesi ón de u n cuerpo c on divers as apt itudes sens orio- motrices; segund o, que estas aptitu des sensorio- motrices están enc astrad as en un contexto bi ológi co, psicológico y cultur al más amplio(...). Al usar el termino ‘acción’, deseamos enfatizar nuev amente que los proceso s motores y sen soriales, la percepción y la acción, so n fundamen t almente inseparables en la cognición vivida . En verdad, no están só lo eslabon adas en los ind ividuos, sino que han evoluciona do juntas”. Inmaculada Rodríguez Cunill - 70 -  La emergencia en nuestra experiencia involucra, por tan to, a las imágenes en las que el hombre se repres enta a sí mismo, ta nto en s us repres entacione s mentales, como en las el aboraci ones s obre unos sop ortes mater iales: fot ografía, pintura , etc. Tant o las configur amos, como somos conf igurados por ellas. Y ello oc urre prec isamente porq ue el perc eptor no es alg o pasivo en u n mundo pre dado, sino que puede gui ar sus accion es en su situació n local: vivim os la exper iencia c omo algo medi aname nte organiz ado porque de l caos surgen un os estado s emergentes (que, desde otra pe rspectiva, pue de asociarse a un a gestal t ). Estos estad os protag onizan tanto nuestra ex perienci a diaria c omo el funcionami ento del cerebr o. Lo contex tual entra así e n escena, p ero su med io de entr ada ha sido nuestr a vivencia c orporal. “...el punto de referenc ia para comprender la percepción ya no es un mundo pre-dado e independien t e del perceptor, sino la estructura se nsorio-motriz del perceptor (el modo en el que el sistema nervio so eslabo na superfic ies sensori ales y motrices). Est a estructur a -el modo e n que est á corporizad o el percepto r, no un mundo pre -dado- dete rmina cómo el pe rceptor puede actuar y ser modulado por ac ontecimientos ambientale s. El enfoq ue enactivo de la percepción no proc ura determinar cómo se rec obra u n mundo in dependi ente de l percept or, sin o determinar los pr incipios c omunes de ligamiento l egal entr e los sistema s sensori ales y motore s que exp lican cómo l a acción pue de ser guiada perceptiv amente en un mun do dep endient e del per ceptor ” (Var ela, 1992:20 3). La importanci a contextua l se demuestr a así en una a preciación de la c omunicaci ón en u n modelo no l ineal, sino trem endame nte intrinc ado. Tener presente l a importa ncia del cu erpo en l a comunica ción sig nifica que s e podr á habl ar de una comuni cación or questal a l estil o de la prop uesta por l a Escuela de Palo Alto. Nuestra visión depen de de la ori entaci ón del cuerpo m ismo. Condicio nant es biológic os, soci ales y culturale s se integr an en él. Insertar el cu erpo en la dim ensión c omunica cional sup one la superac ión d e la entidad tra dicional q ue ubic aba al c uerpo bien c omo suj eto o bie n como objeto. La comun icación de l cuerpo, por tanto, no est á focaliza da en el organismo mism o y proyectada al exterior. T ambién un movimient o de nuestr o entor no, de las im ágene s que nos rodean, afectan al cuerpo ( patrones estét icos, modas, el body-building , la cirugía estética, etc.). La cor poralida d, como vim os, es u n juego q ue sobrepas a los límites de la epidermis. El c onocimi ento prá cticohabit ual se hac e eje de la config uració n Inmaculada Rodríguez Cunill - 71 -  material y sim bólic a de las acciones, sin limit arnos a una cl ave sub jetivista ni objetivi sta. En e ste dinamism o, el cuerp o se convierte en el ám bito de l a comunicac ión. Estas i deas son t otalmente contr arias a la conce pción porme norizada y diferenci ada de l os elementos d e la comu nicació n. Estos el ement os son el s íntom a de una simplif icación exc esiva qu e, si bien no s sirve para comprende r los facto res que in tervienen en los procesos comuni cativos, no pueden ser restrictivos. Al volverse di námic o el signo, al ser dinámico el comportami ento d el cuerpo, al inte grarse l a imagen en un universo telemático vibr ante, se esta blecen demasiadas coincide ncias como para negar la hipótesis de una relaci ón estrech a entre cu erpo y comuni cación. El punt o de parti da no pue de ser ya el signo en el s entido estricto. El cuerpo no se qued a en su s límites, com o un recipi ente, sin o que sobr epas a su pura fisica lidad g racias a la comun icación. E s el mismo fenómeno contextual que d a lugar y que constituye el sentido. Estas reflex iones nos conducen a la sospecha de que también el sentido resulta de una emergenc ia , de u na tenden cia glob al de actuaci ón de tod os los fenómen os que nos rode an y nos constituyen. Por eso e l cuerpo objetivado, modelab l e, el cue r po como in strumento , es asimilable a una noción estátic a del s igno. La i ncorporac ión del ‘ ojo del obs ervador’ amplí a esta visión y la dinamiza. El cuerpo- sentido r efleja c on más f acilidad e sta compleji dad qu e una estrech a noci ón de cuer po- signo. Pe ro esto no implica que el signo concebido más complejamente n o pueda entre verse en nuestro vivir cotidi ano. Mientras, la intr oducció n del sent ido, noció n que s obrepas a al sign o en su d imensió n más estrecha y antigu a, hace que se ponga en el centro de nuestro est udio la import ancia d e la pragmát ica. Otras impresiones dejan su hue lla a partir d e comprender el sentido como un estado emergente del cuerpo. L a posibil idad din ámica que c onstituy e esa emergen cia deja l as puertas abi ertas al poder de la imag inación, a la cr eación de n uevos sig nos, a s u transmuta ción. Y ello h a ocurri do por n uestro ‘ ser cuerpos’. No e s sólo el mundo simb ólico y prof undame nte abstracto el que concurre e n este ámbito de significados que n os procura el cuerpo. El cuerpo nos sumerge en una e specie de nivel su bsimbólico que se incrusta en el discurso. Nos hemos alejado ya bastant e de la pos tura cog nitivista y d e su empl eo estático y linea l de los símbolos. La s interfaces h an puest o de reliev e la importa ncia index ical del c uerpo con respec to a los nuevos artefa ctos creados po r el hombre. Es de espe rar una nueva teoría del iconismo que otorg ue su lug ar al cuerp o, pero el i ngredi ente ind exical em erge de c ada refle xión. Inmaculada Rodríguez Cunill - 72 -  Dentro de las ciencias cogn itivas, Vare la nos dice que nos falta n muestras conc retas de cómo se relacio nan la emergencia subsimb ólica y la compu tación simbólica, y cita como ejemp lo de combinac ión el contem plar la s primeras fa ses d e la visi ón en térmi nos con exionist as y en el nivel d e la corteza in ferote mporal como p rogramas simbólicos (Varela, 1 992:128). Trat aremos el tema cua ndo interpretem os ciert as formas de fu nciona miento d e la visi ón. Por ahor a, nos adherimo s a la prop uest a conexionist a al utili zar el cuer po com o punto de p artida de la comu nicació n: “Sin embargo, en el enfo que conex ionista, e l sentido no e stá localiz ado en símbo los part iculares, sino que opera e n función del estado global del si stema y está eslabonado con el desempeño general en un área deter minada, c omo el r econoci miento o e l apr endizaj e. Como e ste estado globa l emerge de un a red de unidade s que son más densas que los símb olos, algunos investigado r es se re fieren al conexionis mo como el ‘paradigma s ubsim bólico” (V arela, 19 92:12 7). En este nivel subsim bólico el sig nificad o no aparec e en los símbolo s discretos, si no en la emergenc ia su rgida de l os model os de ac tividad, pr oduc ida por l a int eracción d e eso s compon entes. La emergenc ia, tambi én en nu estro cuerp o experienc ial, da como res ultad o cierta orden ación del c aos. Co ncebir el cuerp o como el ámbit o del que emerg e el sentido im plica int egrar nuestr o organis mo en la misma semióti ca. Se le puede ac hacar al estudio de l iconismo qu e se ha llevado a cab o hasta ahor a un olvid o genera l del cuerpo , aunque en o c asione s se haya a tendido a una ‘semio tización del re ferente’ en el que el cont exto juega un pa pel funda mental. De un a forma o de otra, se ha hecho pre valecer u na postura su bjetiva (to da repr esent ación es r eprese ntación en el s ujeto) fre nte a una ob jetiva y a en desu so que dota a l os soportes material es cualid ades s emióticas (como oc urre en la es cala de i conicid ad d e Moles, por ejemp lo). Un mod o de a bordar el problema d el iconis mo des de una visión dif erente pu ede ser a quella q ue toma al cuer po como punto de partida. U n cuer po que se nieg a a ser cal ificado, desde un a postura teórica, com o sujeto o como objeto. Un c uerpo qu e dota de s entid o al acto de ver, qu e es el ni do de significacio nes qu e se deduc en de un a postura pragmátic a. Como ver emos, esta d otación de s entido no es inhe r ente solo al fenómeno del iconismo. Ja kobson (1971), por ejemplo , atribuía una d imensión icónica a los gestos motores par a el ‘sí’ y el ‘no’. Por otra parte, la numerac ión decim al, que se integra en el terreno de lo abstracto, debe de haber nacid o gracias al hecho de que tengam os precis ament e diez Inmaculada Rodríguez Cunill - 73 -  dedos en las man os. Gombric h ponía en evide ncia qu e un bast ón se p odía c onvertir en un ca ballo gracias a que ambos objetos com partían un a funció n similar entre las pi ernas de un niñ o, es decir, se tr ata de u na fórmula de sustituci ón (Gomb rich, 1963:11). Las hi pótesi s del nac imie nto del leng uaje s e suelen fu ndar en una conv ersac ión con son idos gutural es que el hombr e realiz aba par a sí mismo. L o cierto es que el iconismo se asoci a a lo c orporal, pero s e añade a esto una dim ensión simbólic a. Así, medi ante e l cuer po, dotamos de sent ido a los si gnos co nvenc ional es. Nuestro c uerpo , nuestr a corpor eida d, nue stra corporali dad, const ituyen el m arco de s entido origi nario 22 . Como comentamo s con anteriori dad, n o podem os viv ir en lo s cuerpos de los otros. Esto, q ue es un límite par a la comu nicació n, es también l o que nos f uerza a c omunicar nos. El nuevo panora ma tecnológico, sin embargo, pone de relieve la posib ilidad de vivir las experienci as de otros a trav és de la r eprese ntación, co mo ocurre en la re alidad virtual, o e n las represent acio nes del i nterior del cuer po por m edio d e comple ja tec nologí a médica. Tal vez por es o estemos entrand o en una int romisión en el enigm a mismo del cuer po, pe ro sin que éste se nos desv ele. La esfera pú blica ya no s ólo ha e ntrado en la pr ivada, sin o que se ha instalado en la intimi dad má s intransferible, l a de nuestro c uerpo. Estas técnic as pueden con siderars e, pues, una ame naza de dim ension es éticas. Lo audi ovisual, que nos abr e las puert as a la comu nicación, también i nterfiere en nuestra más a bsoluta intimi dad y pu ede llegar a expone rla públicamente. Nos en contramos en una fase cuyas consecuencias son di fíciles de adivinar. Como en una estructur a fractal, lo audi ovisual se puede intr oducir en nue stras células, y las imágenes resu ltantes podrán ser e mitidas por sat élite a to do el pl aneta. Lo audiov isual es un a apertu ra, pero esto no indica q ue ésta sea positiva o negat iva. Sería nec esario añ adir una ética en las rel acion es cuerpo-imag en. En esta situ ación, una r eflexión ac erca del cuer po com o marco de sent ido pue de resultar útil. Esta investig ación pret ende resaltar l a importanc ia del cuerpo en los procesos co municativos, en los que se pone en evi dencia, gr acias al e je de lo c orporal, l a intervenc ión de l o que se den omina ‘ic onismo’. P or eso quer emos com pletar las tres conclus iones que G arcía Se lgas (199 4: 53-54) esta blece a l a hora de consider ar el cuer po com o base d el sent ido de l a acción: 1 . En primer lu gar, dice e l autor (19 94:53) que “la com pre nsión de u na acción v iene, en mayor o men or medida, dete rminada por la cap tación de su sentido”. Desde n u estra postu ra, el iconismo su pone ‘estabili zar’ ciertas pr opieda des pertine ntes por las cua les ‘recon ocemos’ un a cosa como si se tra t ase de Inmaculada Rodríguez Cunill - 74 -  otra. Que sean u nas prop iedades y n o otras las que nos llev an a ca ptar el sent ido es frut o de u na situación, de un aquí y ahora (pu es un mismo s oporte material nos puede llevar e n contextos difer entes a significado s contrapuesto s). Ese ‘aquí y ahor a’ se compene tra con la exist encia de nuestro cuerp o en esa y no otra situació n determin ada. El enfoq ue pragmático a l a hora de co nocer no pu ede deslig arse de las dimensi ones ‘cuer po’`, ‘corp oreidad’ y ‘ corpor alidad’. 2 . En segundo lu gar García Sel gas afirma que “para captar el senti do de un a acción h ay que ten er un mínimo c onocimie nto de las con dicione s qu e posibil itan la conf iguraci ón de ese s entid o. Son cond iciones que los y las agente s suelen d ar por establecid as y que c onstituy en lo que hemos denomin ado el trasfondo pr áctico- discursiv o en q ue se asienta el sent ido de l a acci ón. Es d ecir, para c aptar el sentid o de la acción h ay que acceder a un a reconstrucción del trasfondo de sen tido. Y ello implic a elaborar una visión sinóp tica de la tota lidad que subyace a la acción, a l agente, al c ontexto práctico y al se ntido m ismo”(19 94:53-54 ). Esta visión sinóptica n o sería posi ble si el cuer po no se extendier a más all á de los límites del organismo, es decir, si no nos const ituyéram os como corpore idad. A su v ez, toda visión sinóptica impo ne un ‘ojo del obs ervador’, un e nfoque para la medición de esa estructura frac tal que es la comunicación misma. El cue rpo, como hemos visto, tamb ién es u na estructu ra caótica. Pero nuestra mirada sí supone un punto m ás estable (n o obstant e, dinámi co y em erge nte) que el mundo circund ante. Esta mirada se ubica en un c uerpo q ue es, al fin y al c abo el que dota de s entido a l a visión. Aparece un nexo e ntre nuestra forma de conocer y nuestro ser cuer pos. Aunq ue supongamos, a través de la semióti ca de Peirce, que cuando habl amo s, ut ilizamos sím bolos, subyace alguna huella de lo corporal en nuestras creaciones más abstr actas (recor demos el ejem plo de los dedos como gene rador es del sistem a decima l). Toda forma d e comunic ación si mbólica guarda ciertos vestigio s de algo ma terial, nuestro pro pio cu erpo. Esta apr eciac ión no es una nov edad. L a compar ación entre un nive l imagi nario y un nivel sim bólic o en Lac an, o la acent uac ión de ciert as dimen siones s ubsim bólicas a puntan en est a dirección. 3 . Finalmente, García Selg as concluye que Inmaculada Rodríguez Cunill - 75 -  “la e laboración de esa visión [sinóptica de la totalidad que subyace a la acción] o de a quella reconstrucci ón se hac e, a su v ez, sobre un trasfon do o total idad y, en la m edida en qu e éstos sea n coincident es o no co n aquell os, el conoci miento pr oduc ido estará co ndicio nado de una u otra ma nera. Esto es, que para dotarn os de unas bases metodológicas sólidas sobre las que rea lizar la atribución de sentido y la consigu iente com prensión d e las acc iones, ha bría que situ arse en el movi miento perp etuo de la reflexivi dad”( García Selg as, 1994: 5 3-54). No hay mucho más que come ntar si hemos pues to de manifiesto que la reflexividad de Ga rcía Selgas invoc a un sentid o de la complejid ad: circular idad de Varel a, estructuras fra ctales, buc les, etc. Y ya hemos com probado cómo tant o la cor poreid ad, la comuni caci ón, o el ic onismo m ismo, se constr uyen en este movimie nto di námic o sin fin. Así que hay una m anifiest a dic otomía e ntre lo instintivo, lo pres imbó lico, lo natural y lo so cial, lo cultural, lo simbó l ico. La labor de esta in vestigación se cen tra en la revalorar izació n de la parte materia l de la dualid ad denos tada por un pens amiento oc cident al cada vez más imbuid o en lo teóric o. Ambos p olos, lo mater ial y lo mental, aparec en entrel azado s en la acci ón de l cuerpo y tam bién en l a noción de icono. 2.2.2.3.2. Un estado em ergente lla mado gestalt 2.2.2.3.2.1. Notas acerc a de la noci ón de gest alt En general, l a psicol ogía de la p ercepción h a tenido pres ente el proc eso i nferencia l tanto com o la teoría de la forma o gestalt. El proc eso infer encial supone que se efectú a un co ntraste entr e las sensaciones percib idas y las e xperiencias pasadas del sujeto, sus intereses, exp ectativas, etc. Por tanto, la experie ncia visu al viene determi nada del m undo ex terior sól o parci alment e. Esta ten dencia int enta combinar un a actitud o bjetivista co n otra subjetivi sta. La teorí a de la forma, elabora da princip almente por Werth eimer, Köhl er y Koffka, imp ulsa la i dea de que la c aptación del todo no es una si mple suma d e todas sus p artes, sin o que tie ne una fuer za (pregnancia ) inherent e a la misma forma. Así, se describ en sus rasgos estru cturales, las cualidades globales de cosa s o suc esos nat urales en los que el carácter y la fun ción de cada parte vie nen determina dos por la s ituació n total. El conc epto de pr egnanci a resulta aquí ese ncial y, en c ierto mod o Inmaculada Rodríguez Cunill - 76 -  está pres ente en otras ley es de la te oría de la forma: ley del c ontraste, ley de cierr e, ley de c ompleción, principio d e enmascara miento, pri ncipio d e proximid ad, etc. El hecho de que la gestalt se mani fieste en la visión misma da lugar a pensar en ella como una organizaci ón constr uida por alguien que pos ee determi nados ór ganos sensi bles. El oj o deja de s er un fiel reflejo del mundo que observa . Por ello, la gestalt puede considerar se un primigenio filtro del sujeto . En la misma perif eria de nu estra visió n existe ci erta int eligenci a, con lo q ue la t eoría de l a forma se e nfrenta a otras teorí as tradici onales en las que las percepcio nes se veí an des provistas del car ácter casi s agrado que suponí a el sant uario i nterior de l a mente. Co mo explic a Arnheim, s e produce un pensami ento vis ua l de carácter inmed iato (o a l menos más in mediato que e l pensamie nto oral). El pensami ento v isual se organiza a partir de p erceptos. Y éstos cons iguen la suficie nte fuerza pr egnant e como para que los inte rpretemos como formas. Varias características general es definen a l a gest alt. Moles apunta, por ejemp lo, que no se trata de un ensambl aje al azar, sino de un grupo de eleme ntos percibid os global y simultá neament e; que cierto número d e reglas i ntencio nales se c onforman para q ue una gestalt s e nos manif ieste com o tal (en e ste sentido, l a forma o gestalt “es un a predict ibilida d parcia l”); que la p regna ncia es una fu erza que c onst riñe y que se efe ctúa en la percepción (en Groupe µ, 1992: 33). La existenc ia de l as gestalten no es obje to de debate o de inte rpretación en sentido es tricto: únicamente s e percib en. Por tanto el papel de l receptor r esult a esenci al. En resum en, la gestalt se nos muestra como una entidad aislable , cerrada, destacable , y como resu ltado de una jera rquía valorativa en nuestra perce pción. La ca lidad total pr edom ina sobr e las parci ales (Zunzun egui, 1989: 39). De las cara cterísticas expuestas surge la cuestión fundamental de qué con cepto de cuerpo ha manejado la teoría de la gestal t : ¿se ha tratado al cuerpo como orga nismo en el q ue habit a el apar ato perceptiv o humano, o de alg o más compl ejo? Vam os a revisar esta cues tión. Si la percepci ón se efec túa de ma nera inmedi ata, la gestalt puede po seer un componen te indicial impo rtante, en la medida de que las sens acione s lo son de obje tos del mundo circundante. Po r otra pa rte, es el sujeto el que percibe y di scrimina (de un modo inmed iato, no razon ado). Su mundo es el que le pr oporci ona l a gestalt . La noció n de p regnanc ia im plic a una valorac ión qu e fun dament a la p ercepci ón de u n indiv iduo; en la mism a perce pción, encu entra unas entidad es más releva ntes que otr as; para rec onocer un cuadrado, u n fragmento de s u superficie s erá menos definit orio qu e sus vértices 23 . Pero cuando nos Inmaculada Rodríguez Cunill - 77 -  referimos a e sta capaci dad perce ptiva y discr iminatori a no he mos entrado aún en el terreno de la significación (aunque atribuyamos sig nificados simu ltáneame nt e al recono cimiento de formas). Se tra ta de ‘ver’, no de ‘ver como’, tal como afirmab a Wittgenstei n. Y tampoco import a, en este sent ido, el obj eto circundante: g r acias a nuestra capacidad ge stáltica, percibimos tanto una me sa como u n dibujo de una mesa. El pens amiento e n función de los objetos s e vuelve sec undari o. Lo que i mporta son l as forma s básicas de reconocimie nto, que pueden funciona r, en palabras de Bateso n (1966: 27), como un ‘código primigenio ’. Gracias a este c ódigo podr emos est ar constr uyendo gest alten en nuestras mente s, per o tendrán un a base fisiológica fu ndamental. 2.2.2.3.2.2. Gestalt y cuerpo Si bie n la ps icologí a de la forma ti ene e n cuent a qu e los fe nóme nos perc eptivos se dan en unos órganos d eterminad os (se refuerz a la corr espond encia entre camp os cere brales y estímul os organizad os), no par ece ha ber tenid o otra preo cupació n por el cuer po que c omo ámbito de los mecanismos perceptivos (lo que seguidame nte nos conduce a pa sar de la perce pción a la cog nición). En ese sentido, h a hecho pervivir el d ualismo m ente-cuerp o que hemos crit icado en p áginas anterior es. Per o la postura de Arnheim y, sobre tod o, la de Gibson pue den parecer un a excepc ión a la regla . Gibson i nsiste en que gestalt implica a un obs ervador viv o. Esto significa que la gestalt es un acto sin interrupción y que se abo ca a la exp erienci a misma de ha bitar y ser un cuer po. En este se ntido tamb ién se expresa Arnhe im, quien calificaba la visión como una especie de travelling . Es el movi mient o relativo de nuestro cue rpo el que ayuda a establ ecer qué enten deremos po r figura o p or fondo. Cuand o se opera un movimie nto dentro del campo, la figur a se ma ntiene esta ble, mi entras que el cam po se a nula parcialm ente por un lad o y se acr ecienta por otr o (en Arn heim, 1954 :260). Res pecto a est e nuev o fundamen to -apo rtado po r Gibson- Gomb rich pone de relieve la importancia de nuestro ca rtografiar el mundo medi ante la lect ura de aspecto s cambiant es. La ge ometría del c ono visu al result a por ello “men os relevante p ara la p ercepci ón que los as pectos cambia ntes de f ormas en movimi ento ” (Gombri ch, 1982:18 5) 24 . Según Gibson , se puede afirmar que la gestalt es const ante en el senti do de que se trata de escoger o prestar at ención a las inv arianci as de l a percepci ón visua l. Esta afirm ación e s un arma d e dobl e filo. Por un lad o, intenta a int egrar a un cu erpo qu e actúa en el cam po de la perc epció n visual, per o por Inmaculada Rodríguez Cunill - 84 -  del estímulo, o sea , una repr esentación en el n ivel de la sensación de ‘lo qu e realmente me está p asando a mí’”. El pape l de las gestalt en en nu estra exper iencia d iaria e s fundame ntal. Las gestal ten crean la ilusión de alg o ajeno a nuest ro cuer po, de unos objet os más allá de nuestra pi el, aunqu e se produz can gracias a nuestro apar ato percept ivo. Por ello, nos ubica mos en un aquí. Somos y habitamos un cue rpo. Las condici ones de r ecepció n son, por tanto, determi nantes. Por otr a parte, las gestalten dejan d e manifestars e como tal es cuando la imag en repres enta de 1/4 a 1/3 del camp o visual central (Mol es, 1981: 44). La distin ción fondo-fi gura res ulta mucho m ás dificultos a en estos c asos, au nque pue den encontr arse en ormes vari aciones se gún los individuos examina dos. Apart e de es o, la necesi dad de u na dist ancia p ara que s e elabore una re lación i ndica u na separació n de mi cuerpo con respe cto al entorno. La transgresión de nuestro cuerpo es posible porque existen limit aciones que hemos de superar. Cuand o sobrepas amos un u mbral de perce pción, la gestalt no es tal porque no carece de la posibilidad de emerger. Es nues tro cuerpo, al fin y al cabo, el que impone un punto de vista, u n ojo de l observa dor, un ac uerdo (como e l acuer do neces ario p ara medir los fractales). El que tanto nu estro cue rpo como l a gest alt se an exper iencias inme diatas hac e qu e relacionem os estos do s ámbitos d e nuestra inv estigació n. Las gestalt en se confi guran com o una especi e de patrones de car ácter gener al, por lo s cual es nos es posibl e percibir. L as gestalten actúan d e lo ge neral a lo particu lar; sus formas son simples. Esto tiene co nsecuencia s en las creaciones hu m anas, pues posibil ita que poda mos represe ntar cualq uier objet o, por muy complic ado que s ea, por medio de la sintetizaci ón de sus r asgos. Es un a capacida d relacio nal la que s e pone de r elieve. La gestal t no es algo est ático, sino un mo delo vari able, que d epende de l a emerge ncia. Cad a gestalt es modificada por med i o de la experiencia. Aunque su pun to de pa rtida es gene ral, trabaja hasta lo particular. S egún Arn heim, “l as formas de los objetos so n elabor acione s de otras prim eras más sim ples y más general es. Ante u na situación estimular p articulam ente com pleja, el sujeto e labora, a p artir de otras, forma s más o menos simples en función de lo que necesite de esa situación” (e n Pérez Carreño, 1988:17 1). Y esto l o hace por me dio de s u órga no perc eptivo. La emerge ncia de la gestalt revela ya una capacidad discrimi natori a. Ciertos ór ganos terminal es no son estimu lados, y esto s upone ya u n Inmaculada Rodríguez Cunill - 85 -  “dato par a logr ar un a compre nsión má s cabal de los imp ulsos qu e pr ovienen de los órganos t erminal es que sí son estimulados. (...) Esta capacidad del cerebr o humano para util izar la ausencia de ciertos impulsos afer entes en la i nterpretaci ón de los impul sos que sí llegan, p arece s er una con dició n fundamenta l del fenómeno figu ra-fondo. La capa cidad para distinguir entre la ilumin ación general y una pequeña f uent e de luz p uede co nsiderar se com o una form a eleme ntal de la percep ción g estáltica" (Bateson, 1966: 2 8). Solament e podr emos consi derar el c uerp o como gest alt cuando a a mbas organ izaciones se les atribuya una c ualidad din ámica. Mer leau-Ponty lo hizo. E s más, lo hiz o tomando dos puntos de part ida contem poráne os: los de la t eorí a de la gestalt y l os de la co ncepci ón neuro bioló gica de l organ ismo d e Goldstein (Laí n Entral go,19 89:263). Per o la teoría de la gestalt se ha c omplic ado con el apor t e experien cial de Gibson, y los adelantos en estud ios neurobiológicos han a f ectado a a las ciencias cognitivas y a la misma epistemolo gía (rec ordemos l a form ación de V arela y Mat urana en n eurobiolo gía). Si el mismo Merl eau-Ponty c oncibe e l cuerpo c omo form a, es porque s e trata de “un a realida d compleja, un itaria y dinám ica, genér icame nte caracteriz ada por e l hecho d e que sus pro piedades no pueden se r reducidas a una suma o una co mbinación de las propiedades de su s partes. En tanto que forma, el todo del cuerpo human o es más que una a gregación de ór ganos” (Laín E ntralg o, 1989:263). Sin embargo, com plementa este cuerpo- gestalt con una est ructura común entr e las formas de cam po perceptiv o y las formas del mun do real. Esto l e conduc e a huir de un plant eamie nto enactua do , como concibe Varela, y di stingue formas físicas en el mundo . Lo interesante aquí es que , aun habiendo partido de una realidad ontológica del cosmo s, plantea qu e en el cosmo s que vivimo s “exis ten conj untos que sólo mediante la noci ón de form a pueden s er rectame nte ente ndidos” (Laí n Entralg o, 1989:265). El que el org anism o se conc iba com o gestalt aporta la posibili dad de s ignifica ción o de sentid o. Sin embargo, ¿es tambié n dinámic o este senti do en Merlea u-Ponty? La acción de las formas vivi entes puede ser alterad a por p atologí as, pero te nderá a ser “entre las posi bles, la m ás senci lla y ada ptada” (Laín Entralgo, 1989:266). Se incid e más en esa meta estática (se ncilla, adapt ada) que en el mis mo tender a . Pero a nu estro ent ender, el c ampo de la signif icació n es dinámic o (lo qu e nos cond ucirá al establecimi ento d e las base s de una p osible et imol ogía del signoicónico). Hay que partir -y hemos partido - de una visión dinámica del cu erpo del que surge la posibilidad de un reconocimiento po r medio de las gestal ten . Pero éstas s e aproxima n a la dimensi ón tempor al del c uerpo en la perc epción, tal c omo intuía Gibson. Inmaculada Rodríguez Cunill - 86 -  Otras caracter ísticas igu alan nuestra s tres n ociones de cuerp o, corporei dad y c orporalid ad con la gestalt . Conceb irme com o cuer po a pes ar de q ue care zca de una m ano, indica que nos emplaz amos en nosotro s mismos, que hemo s sido capaces de amplia r los límites de nuestra piel sin que exista una extensión q ue nos lo permita. Aquí e stá ya manifest ada la corporali dad. En 1872 Silas Weir Mitchell realiz ó un informe sobre miembros imagin arios, a partir del cual no se pudo se guir con sider ando qu e las amput aciones c onstit uyeran u na fronter a limpia en nuestro cu erpo. Incluso la s prótesis ca da vez más perfec cionadas iban a ser una necesidad cultural, ante el desfase en tre lo evide nciado (la pérdida d el miembro) y lo senti do en nu estro interi or (todavía pic a o duele el pi e perdido; el muñó n se extiend e más allá de la piel). “El c uerpo s e empeña ba en prolongar sus lí neas de fu erza hac ia las ext remida des per didas, y los pacient es exp erimentab an a men udo como a lgo norma l ciertos movimient os en los mi embros inexistent es qu e exigí an un e sfuerzo de liberad o. Es muy p osible q ue, jun to con el hecho d e que m ucha s de las person as a las que se acabab a de realizar u na amp utación fues en jóvenes, la im agen cultur al del miembro i nexis tente ciment ase u n reovad o interés por l a fabricaci ón de pr ótesis cap aces de proporci onar una mayor vari edad y flui dez de movi mient os” (Sch warzt, 1992:97) 31 . Las reflex iones de Merleau-Ponty ac erca de los miembr os fantasmas y otras patol ogías implic an que existe en este autor un conce pto dinám ico del cuerpo. Un c uerpo en comun icación y e n autocomunica ción. Una entidad compleja , y posibilitada de fractalida d, aunque ésta se limite y s e organic e por medio de la noción de ge stalt . El surgimi ento d e la gestalt resulta de un a emer genci a y aparece, so bre todo, com o un conc epto oper ativo, porq ue induc e a un orde n necesari o para que el hombre p ueda com unicarse. Un segu ndo punt o común e ntre nuestr os conce ptos y la noci ón de gestalt consiste en que todos posibilita n la comuni cación. Más allá de l as diferenci as cultural es, los seres viv ientes establ ecemos una jerarquía en nuestr as sensacio nes. Es un a jerarquí a que p osibilita la comunicac ión, don de algo se consider a más p ertinente que otra c osa para establec er una forma. Una imagen efectiv a comunicaci onalmente te ndrá en sí misma una poder osa f uerza pr egnante. Si n ella es imp ensabl e la comunicación. La tercera c aracterística en la r elación c uerpo-cor porei dad-corp oralidad c on la gestalt será analizad a ensegu ida. El com portam iento de nu estro or ganismo im plica ya una jer arquí a en la perc epció n de ciertos e stímulos. Aun que puedan existir com portamient os anál ogos en nu estra mism a esp ecie, la Inmaculada Rodríguez Cunill - 87 -  gestalt es, todavía, intransferible , como el mismo cuerpo : no podemo s ver por lo s ojos de los otros. Tan to el cuerpo c omo la ge stalt pos een una dimen sión mist eriosa . 2.2.3. El cuerpo como s ecreto, como enigma, como mi sterio Para el cristianism o un mist erio no es s olamente una cosa secret a. El mist erio nos conduce a una verd ad que no puede c ompren derse. Si en l a modern idad el ámbito de l o misterios o corres pondí a a la religión y no a la razón, en su crisis está sien do analizado desde planteamientos científicos. Dos dimensi ones apuntan en la noción de misterio: por u n lado, el secreto, por otro lado, lo incomprensi ble. Si es p osible cal ificar al cu erpo de m isterios o, ¿en qué se ntido? Una vi sión pr elimin ar pone en duda el uso de est e adjetivo. En princ ipio, no nos atrev emos a calificar como misteriosas t odas las actu aciones de nuestr a vida cotid iana. Pero el misteri o no se refiere a los conteni dos de nuestras accio nes, sino al principi o cor poral de las misma s, que es el objet o de est e epígraf e. En efecto, dos cue stiones con tradictorias aso man desd e nuestro ser cu erpos: 1. Nuestro or ganismo es i ntransferib le, y desde este punto de v ista la com unicación es imposi ble. 2. Desde nuestro cu erpo, te nemos la sens ación de c omunic arnos con l os otros. Repit amos: no son los c onten idos de la acci ón lo que nos interes a aquí, sino la dim ensi ón misteriosa de l cuerpo en sus procesos de comu nicació n: no qué c omunica, sino cómo es po sible que tengamos la s ensaci ón de co municarnos. S ólo así será po sible estudi ar esta parado ja. Dice Luhman n: “Existe parad oja cu ando l as cond iciones de p osibili dad d e una operaci ón son también las condicion es de impos ibilidad de dic ha operació n. Ya que to dos los si stemas aut orref erentes,que dispon en de la po s ibilidad de la ne gación, producen pa radojas que bloque an sus operacion es (por ej emplo, poder determina rse a sí mism o sólo con respecto a lo q ue no se e s, incluso si este n o ser está en uno mism o, y no al exteri or de sí), debe n prever po sibilid ades de des paradoj ización y al mism o tiempo hacer invisibles las operaci ones nec esarias p ara ello” ( en Muñoz D ardé, 199 5:19). Aca bamos de comprobar q ue la gestalt entendida como estado emergente invita a una dimensi ón comun icativa ese ncial qu e nos pue de hacer co nvivir co n la paradoja. En ese sent ido, nu estra Inmaculada Rodríguez Cunill - 88 -  visión no es re ductora. Sin em bargo, la histor ia de Occidente ha mostrado que la razón ha inte ntado reducir el misterio y la paradoja del cuerpo, obje tivizándolo o subjetivizándo lo. El objetivism o pl antea q ue la ima ginación de los agent es, sus int encion es, etc. no afectan a lo s símbolos o a las realid ades objetivas. Existe, por tant o, una ‘razón universal’ al margen de las cree ncias, de los sistem as de val ores de los pu eblos. ¿Cómo afe cta esto al cu erpo? Si endo ob jetivado. El cuer po s e convierte en un objeto de aná lisis. Este hech o hace que el cuerpo s e vea rele gado a s u papel d e ‘cosa’ y por lo tanto dif ícilment e se in tegrará en el proceso c omuni cativo como a gente. Es un c uerpo-si gno en el sentido má s estricto y reduc tor posi ble. Pero un a de las consec uenc ias de ello es que se olv ida la dimensión s ocial del c uerpo, y no s e ve afectad o por la diná mica del conte xto. Una postura s ubjetivist a cae, en último extr emo, en la pr oyección de lo inter no. Sin e mbarg o, nuestra hist oria social y corp oral conform a un dinam ismo entre nu estra ment e y el mund o El punto d e encuentr o es precis amente el cu erpo. Es en ese din amism o, en la acci ón corpor izada , donde toma partido nuestr o cuerpo c omo ent e comu nicacio nal. El cu erpo part icip a simultá neamente del en foque ob jetivis ta, puest o que pu ede conv ertirse en nuestro obj eto de est udio, y d el enfoq ue subj etivista, y a que la percepc ión del pr opio c uerpo es algo ú nico e inherent e a cada s er human o. Aquí s urge la prim era a mbigüed ad, y -desd e los ojos de la ra zón científica- la primera paradoja. La moder nidad ha vivid o con esta parado ja desli gando el cuer po del alma, es d ecir, asu miend o desde el pr incipio la si mplificaci ón de la cu estión, y la hist oria de la fil osofía ha mostr ado muchas v eces esa lucha entr e cuerpo y al ma. Desde el pu nto de vista de la psicol ogía clási ca se afirmab a que la ambigüeda d de la experien cia de nue stro propio cu erpo como se r tocante y tocado no afectaba a los contenid os de la c onsci encia. “Estos cont eni dos son co nstant es, afectiv os y curios ame nte aparea dos en ‘sensacion es dobl es’, per o, salvo eso, l a repres entaci ón del c uerpo e s una repr esentac ión como las demás, y c orrelativ amente, el cuerpo es un objeto co mo los d emás” (Merl eau-Ponty 1 975: 112) Esta visión es incompat ible co n aquellas repre sent aciones d e cuerpos con la s que habrem os de sentirno s en cierta medid a involucra dos (lo que c onstitui rá buena parte de nuestra tr abajo). El err or de la perspecti va de la psic ología clá sica, com o apunta Merl eau-Po nty (1975:113) r eside e n considerar q ue la perc epción sólo se eng loba en e l terreno de los hech os, que l a unión d e cuerpo y alma se d aba de hec ho, y que, por tanto, no había d e establecerse un princi pio que d elimitara cómo s e relaci ona nues tro cuerpo co n el Inmaculada Rodríguez Cunill - 89 -  mundo. El psi cólogo p odría, des de este p unto de vist a, contem plar su cuer po con l os ojos d el otro; el papel del su jeto se desvirtuaba en fu nción de un a objetualiza ción de nuestro propio cuerpo. Pero llevar esta simplificación al terren o de la comunicación implica obviar una se rie de engranajes en los que el cuerpo mism o actú a. Los presupuestos científi cos necesitan un objet o, separado del investi gador. Pero en el caso d el cuer po nos encontr amos co n un o bjeto mister ioso p or su ambigüedad. No es cu estión de neg ar los avances cient íficos que ha n surgido a par tir del estudio de l cuerpo co mo objeto, p ero he mos lleg ado a un punto e n que la r educció n de la c uestión n o sirve, por qu e se plant ean pr oblem as de c arácter éti co. P or ejemp lo, ¿c ómo cons ider ar un c uerp o como objeto c uando éste puede ser despe dazado para el uso de sus órga nos en trasp lantes?, ¿tiene entid ad human a un ser clónico cre ado con una fu nción deter mina da?. La tende ncia a ‘ob jetua lizar’ el cuer po nace por un talant e científico, pero su umbral acaba en los planteamientos éticos. La encar nació n de Gar cía Selgas y la enactuació n de Francisc o Varela so n dos modos de co ntemplar la a mbival encia de l cuerpo sup erando l a mera objetiviza ción. Fue Merl eau-Ponty quien c omenzó a pla ntearse es a encarn ación, comp arand o el antigu o término ‘ele mento’ co n el cuerp o mism o. Los eleme ntos eran p rincipi os encar nados c on dim ensione s espacio-t emporal es. Que la c arne comparta la natural eza de los element os prov oca q ue el cuer po sea un cuerpo en acci ón, en un mundo por el qu e adquier e su sentido. La cone xión con el enf oque enact ivo de Varela o c on la prem isa de qu e el cuerp o está en la m ente (Joh nson) es e vident e. Nuestra propuesta s e asoci a a la noción de repres entació n. El cuer po es mi punto de referenci a sobre el mundo , pero mi cuerpo , o el de cualqu iera de mis congé neres, puede pasar por el filtro de la represent ación , es dec ir, se obj etualiza. No s prese ntamos ( aquí y ahor a, en, por y a tr avés d e mi c uerpo ), pero ta mbién nos repre sentamos. Por esa dife renciación entre los dos po los soy capaz de en tender algo exterior a mi c uerpo com o objetos. Y a l a vez ese ‘entende r’ supon e un vivir en mi c uerpo, pues éste me posibil ita el enten dimiento. L a repres entaci ón del cuerpo hum ano sup one una ciert a objetu alizació n de algo que, consig uienteme nte, no e s puram ente u n sujeto. Mi cuerp o es mi s er mismo, supone u n punt o fijo sobr e el continuum, no s hace p osib le ent ender e l pres ente c omo present e, pues la p ercepció n sólo puede ser pre sent e; inclus o la memor ia se c onviert e en un mom ento d e presente a través de l a vivenc ia corporal, un re- presentar. An te este punto de partida , ¿podemos hablar de una cienc ia cuyo s lími tes se encuentran precisame nte en los lím ites del ser humano ? ¿Cómo po demos hac er un objeto d e ciencia de a lgo que se Inmaculada Rodríguez Cunill - 90 -  muestra inc luido d entro de l a subjetiv idad? Es más, p ara la ex ploració n del s er humano, ¿ neces itamos, que éste sea consi derado o bjeto, como una herram ienta, una mesa, una pl anta, o, por el contrar io, la percepción de la propia corp oreida d y la propi a corpora lidad pue de ser conform ante del objeto d el estudi o que nos pr oponem os? Se impo ne el enigma. El cu erpo es a su vez sujet o y objeto. Centrarn os en el cuerpo com o objeto es repr esentarlo, lo q ue nos aleja en ciert a med ida de la noc ión d el cuerp o exper iencial y no s acerca al terr eno de lo s imbólic o. Pero esta situ ación será el d enominad or común de t oda nuestr a investigaci ón, por que no podemo s insertarn os en un punto fijo cal ificado com o objet o, sino en la di námica misma del c uerpo en l a comunic ación. Esto ocurr e porqu e “no podemos salir del mundo det erminado por nuestro cuerpo y nuestro sistema nervioso. (...)Nos encontram os dentro de u n dominio c ognosci tivo del cual n o podemos sa lir, o decidir dónde comi enza o cómo se crea. (...)No podemos retrotraer una experiencia dada de una manera únic a e irrepetible a sus orígenes. Cada vez que inte ntamos rastrea r los orígenes de u na percepción o de una idea chocamos contra un fractal que permanentemente retrocede ante nosotros. (...)Estamos incluidos a través de nuestros cuerpos en el peculiar proceso circ ular de nuestr os compo rtamient os” (Vare la, 1992: 26 1). Gracias a la falta de fund amento d e nuestras ex periencia s, a su dinamismo in herente, el cu erpo interactúa en la com unicaci ón. En el m oment o en que o bjetivizam os el cuer po, surge el sujeto. En el momento en que nos fija mos en nuestras sensac iones pr opioc eptivas , nos ll aman la aten ción los cuerpo s ajenos, nuestr a mano hec ha objeto, las re presentac iones icón icas de caráct er corpor al, etc. En est e sentido, el c uerpo es compar able a un fract al. El caráct er par adójico y am bigu o del cu erpo ap arece grac ias a qu e la viv encia d el propi o cuerpo es íntimame nte secret a. El s ecreto se co ncibe co mo algo invisibl e, no au dible, pero q ue existe . Es, como el espejo, un umbra l que n o traspasamos, la pu erta a lo mar avilloso. Sin embar go, en l as denomin aciones de cuerp o como sig no o com o sentido, s ubyace l a posibilid ad de codificació n, de claves r evela das pú blicame nte. La dim ensi ón social incluy e al cu erpo en su fase comunica tiva. ¿Cómo p odemos enton ces estar ha blando de un cuerp o como co municación y a la vez de un cuer po como eni gma, como lo i ndescifra ble? Inmaculada Rodríguez Cunill - 91 -  Gabrie l Marcel apo yó una visió n del cuerpo como misterio que vien e al caso. Todo l o existent e aparece com o prolo ngando mi cuerpo en una dire cción cua lquier a. A su vez, entie ndo mi cu erpo com o algo mío, radicalm ente mío. Y si el mundo existe es p orque ma ntengo relaci ones con él, por que est oy encarna do. Por tanto, p odemos concl uir que el c uerpo pr opio es la b ase de la co municació n. Se trata de algo distint o a ‘un cuerp o ligado a otros cuer pos’. Esta natura leza sing ular del cue rpo da lugar asu calificativo de ‘misterios a’: “De hecho, la relación e ntre el al ma y el c uerpo (o m ás exacta mente, la rel ación entr e yo y m i cuerpo) no es un probl ema, sino un mi sterio. El cu erpo puede s er, ciertam ente, ‘o bjetivad o’, converti do en objeto de conocimient o científico. Pe ro entonces no es ya propiament e ‘mi cuerpo’ (no es el cuerpo de ‘nadie’). Es una simp le mues tra. Pues lo q ue se m e da pri mariament e no es t anto el cuerpo com o mi cuerpo, y es o constituy e una rea lidad ‘mister iosa” (en Ferrate r Mora, 1979:6 94-695). Es en l a dimensió n dinámi ca que est amos entrev iendo do nde se p uede sobr evivi r con l a ambivalenc ia del c uerpo. Pu es es éste (y no el pen samiento ‘racio nal’) el que única m ente puede vivir con la paradoja . Pero el dinamismo puede ser sosp echa do, nunca ana lizado completa mente. Ocurre lo mismo que con la comu nicació n: el cuerpo-s entido no s da la posibi lidad de com prender nos, pero nu nca podremos h acerlo co mpleta mente, por u n hecho fu ndament al: nunca podrem os vivir e n el cuer po del otro. Así que el cuerpo nos da la posib ilidad de la comuni cación, y nos hace percibir los de los otro s como un secreto, pues la experienci a es intransferib le. No podem os desentra ñar el secret o porque dejaría de serlo. Ese intento de desentra ñarlo es l a comunica ción misma. E n este senti do, com o la comun icación nu nca es completa , constituye una diná mica misteriosa. Como los cue rpos son incomunicables , establecemo s mediaciones comunicativas en l as que est án las hu ellas de n uestro cuer po (en la medi da en que nuestro cerebro es el s oporte físico d e la com unicació n), nuestra c orporei dad y nuestr a cor poralid ad (pue s éstas transgred en las limitacio nes de nuestro mismo sop orte físico). Es difícil, o mejor, imposible, defi nir qué es el cuerp o, precisam ente porque na die pued e vivir en el nuestro. La dimens ión exper iencial, pr opia, nu nca podrá s er abarc ada. No po dremos est able cer los ‘contenido s’ del cuer po. Sin embar go, sí nos es posibl e hablar de s us proces os, de sus esta dos. ¿Significa est o que viv imos un ament ira?¿O por el contrari o, que l a única ver dad s e nos hace aprehensi ble a través de la vivenc ia de nues tro cuerpo? Inmaculada Rodríguez Cunill - 92 -  Rec ordemos q ue el sec reto, en l as modalid ades grei masi anas, corresp onde a a quello que es y no parece lo que es. La mentira, aquello que parece pero no es. La ve rdad, aque llo que parece y es . La falsedad, aq uello q ue ni parec e ni es (Greim as y Court és, 1979:98). Per o hablar de l cuerpo como secreto, como misterio, no si gnifica q ue la ment ira se inst ale en el cuerpo. El cu erpo como base de s entid o de la acció n nos invoc a a no poder esta blecer y a lo verd adero o lo falso e n un pu nto. El c uerpo pr opio, m ás que el se ntido de la verd ad, nos a boca al sentim iento d e la verdad , pero también a la posi bilidad de act uar en la m entira. El cuerp o pres ente, vivid o, revela una v erdad íntim a al sujeto qu e vive ese cuerpo. La sensación de ver dad , más que l a verda d misma, es l a que se inst ala en el cuer po. Por otra pa rte, el cuerp o re- presentado s e aboc a a la co municación, e intenta r evelar a otr os un secr eto imposibl e de desv elar. Surg e aquí una dim ensión y a apunta da, desde otros postul a dos, por Greim as: el contr ato fiduciario e n la comunica ción, el c arácter c onfidenc ial que aport a la supue sta revelaci ón de un secreto, provoc a que el discurso g ane “en v eracidad al expres ar sus c onten idos de f orma sobr eentendid a y velada ” (Greimas, 1983:15 1). No se trat a ya de encontrar l a verdad, sino la verosimilit ud en la com unicación. Si no podem os vivir en el cuer po del otro, se nos p uede hacer ver osímil esa ex perienc ia por medi o de la comunic ación , creándose así un ‘efecto de sentid o’ de verdad. S i el cuerp o como experi encia pr opia e s incom unicabl e, no puede existi r un lengua je de la ver dad. Todo discurso a dquirirá su s estrategi as para c onvencer d e una verdad que no es desvelab le. “El rizo que da así riza do: no sól o no exi sten discurs os verda deros, sin o que ni siquier a pued e existir un disc urso cap az de estatuir sobre la falsedad de los disc ursos pr etendidam ente verd aderos. L os dados están trucados: puesto que no hay un lenguaje de la verdad, no puede haber lenguaje de la ficción; ya no hay discurso literar io, puesto q ue todo es literat ura.”( Greimas, 1983 :127). Y si no existe un l enguaje de la ver dad, es porqu e el cuer po no p uede in sertars e en l a comunicaci ón. Sólo ex istirá su huel la. No es pos ible revel ar a otra perso na y de un mo do complet o una verdad abs oluta y s ecreta co mo es la de la exp eriencia del cu erpo propi o. Sin em bargo, la c orpor alidad y la corpo reidad son los mot ores por los qu e ese c uer po dej a su h uella en la comu nicació n: si l a corporali dad nos p ermite em plazarn os en la comu nicació n, la corpor eidad extiende nuestros mi embros en Inmaculada Rodríguez Cunill - 93 -  una ilusió n hacia los objetos que no s rodean, ésos que pueden ut ilizarse como sign os de nosotro s mismos. Ya enc ontramos a quí el cam po de lo v erosí mil: la exp eriencia d e mi cuer po es secret a, per o la comunicaci ón me posibil ita entender la exp eriencia de otro cuerpo, au nque no totalm ente, graci as a que mi cuerp o no se constr iñe en sus límites. L a corporei dad me perm ite fundi rme en el m undo obj etual, co mo una prol ongación d e mis miembros . La corpor alidad m e permite, e n esta visión d inámica, inc orporarm e imaginar iamen te en la ex peri encia del otro. Ya que no podem os co nocer su íntima verdad , al menos lo parece, y no s resulta v erosímil en el otro lo que en nuestra vivencia ínt ima nos resu lta verdade ro. El discurso científico que no intr oduce la labor del cuer po se ve afectado por una búsqueda de la verdad que se ha fundado en pres upuestos equí vocos. El papel del inve stigador desaparece, se enmascar a, utiliz a construc ciones imper sonales o fals as primer as pers onas (Grei mas, 1 983:128-1 29). Es hora de te ner en cue nta el papel del obser vador en e ste disc urso cient ífico asum iendo q ue la verd ad irrevelable, la de la propia exper iencia, es incomunica ble, pero sí pod emos hacerla vero símil por la vía de la comunic ación. En este punt o, el papel del observad or se ayuda de nu estras nocio nes de cuerp o, corporei dad y corpor alidad. En este sentido, Fabbri (1995 :20) ha ampliado el concepto de verd ad. Ya no sólo es verdad aquello q ue parece y es al mismo tie mpo. El secret o posee una dimensi ón verda dera incog noscibl e y tal vez más eficaz que la ver dad misma. Desde nu estra pers pectiv a, ¿por qué n o ha de ser ver dad ero alg o que se nos plant ea como un enigma, es de cir, las exper iencias pro piocepti vas del otro? Toda comunica ción, en lo que afecta al cuerpo, supone un‘ponerse en el lugar del otro’; estab l ec emos hipótes is, firmamos u n contrato fid uciario (Greimas), sup onemos la exis tencia de un sistema de inter comprensi ón (com o diría Pr ieto). Acced emos a códigos que damos por supuesto que el recept or conoc e. Pero prec isam ente por que existe es e ‘poner se en el lugar de’, porq ue se plante a ese movimie nto imagin ario del indivi duo a los otros, hay una dista ncia insalvabl e, enigmát ica. El ‘poners e en el l ugar de’ nace de l intento de vivir con el enig ma, con l a paradoj a de querer com unicar y a la v ez ser imposi ble una c ompleta e inte gral comunic ación. Por es o tiene Fa bbr i “la impr esión de que l a aparic ión de una c osa en form a de enigm a pued e ser una de las formas de dars e la verdad” (F abbri 19 95: 20). La dimensi ón enigm ática del cuerpo en la comu nicac ión nos vuelve a intr oducir en el ámbit o de lo complejo. L a comunic ación es el int ento de s alvar esee nigma, de con vivir con la p aradoja, y su me dio Inmaculada Rodríguez Cunill - 100 -  observe) y el caráct er teragónic o (lo que qui ere decir que consta de una forma po ligonal hip ercompl eja, con un númer o altísim o de lados). Sin embargo, el car ácter gradual del fra ctal debe ser m atizado: cuand o se repite su estructur a a medida que nos vamos acercando a él, se t rata de u n fractal aut oseme jante. Pero tam bién hay fr actales que no s on autos emejant es. Mie ntras que en nuestro s istema cir culat orio se refl eja un cr ecimi ento repetitivo de tr es ramificaci ones, nuestr o pulmón lleva inc orpor ada la var iedad de estructuras fra ctales: a la iteració n vigésim oprimer a, las bifurcac iones muestr an una esca la más peq ueña, per o con un may or diámetro de trá quea. La disti nción entre fract al autosem ejante o no autosemej ante ser á fundamenta l para el exame n de nuestro cu erpo desde la pers pectiva de la fractali dad. 2.2.4.2. Cuer po fractal Acabamos de comp robar qu e ya en nuestro organ ismo surgen organ izacione s fractales que pueden intu irse ojea ndo un trata do de anat omía. Inclus o cuando no es la evid encia d e la vista el arma que utili cemos, nuestro or ganismo s igue suc umbien do a un comportami ento fract al. Por ejem plo, e l hecho de que c ada u na de mis células c onteng a toda l a informa ción ge nética de m i cuer po en e l ADN mue stra cómo una part e genera un a totalida d, y la totalidad u na part e. Por un lado, las connota ciones de lo fractal em piezan en el organ ismo, en lo que h emos consider ado ‘cuer po’, para difere nciarlo de l as nocion es de corporeid ad y corporal idad. Sin embargo, el mismo cuerp o conce bido co mo totalida d cons erva la inf ormación de la totali dad en cada una de sus partes. Y la comunic ación qu e se establez ca entr e esas partes de penderá de l a inform ación aport ada en el ADN. En este sentido, el compor tamiento frac tal del cuerpo como organismo depend e de su capacidad comunicativa, aunqu e ésta se manifi este en su sustr ato bio lógico. También nues tra cogni ción es int erdepe ndient e de esa fractali dad que s e encu entra ya e n nuestro sustr ato biológic o. Podem os descri bir objet o s, pero tambié n autodescri birnos. L a circular idad de Varela se impone, pues “no hay ef ecto de l sistema nervio so (capacidad de mo vimiento, se creciones internas) qu e no t enga un ef ecto dir ecto sobre una superf icie sens orial” (en W atzlaw ick, 1981: 25 8). Por eso los efe ctos motores tienen co nsecuencias sensoriales y los efec tos sensoria les tienen consecuencia s motoras. Inmaculada Rodríguez Cunill - 101 -  El mismo com portami ento biológico del cer ebro posee u n carácter fr actal. Von F oerster l o ha descrito median te la forma co mpleja de un toro, con doble cie rre de círcu lo. Se tra ta de una descrip ción en un espac io multidi mension al (en Watzla wick, 1981: 53). Pero si tenem os en cue nta la inter depend encia q ue hemos puesto de re lieve entr e cuerp o, corporei dad y corpor alidad, surg e una rel ación const ante e ntre nuestras e structuras bio lógicas y nu estras conductas y experie ncias. D esde este punto de v ista, result a nec esario sup erar la v isión estr echa de cuerpo com o orga nismo y su mergirnos en las noci ones de corporeid ad y corpor alidad. Como hemos visto, la mis ma corp oreida d implic a una prolongac ión imag inaria, m ás allá d el límite de nuestra piel. Este carácter dinámico se puede interp retar co mo un in stante no comple tado de fractalidad, de un crec imiento de nuestros límites. Por otr a parte, la cor poral idad atañ e también a es e dinamism o: nos p odemos imag inar com o parte de una en tidad m ás abstracta, per o es a entid ad abstract a es la qu e yo, como cuerpo , he podido generar. La comu nicación ya se ha probado en nuestro org anismo. Nuestra s células se com unican e ntre sí. Pero en cua nto apar ece otro aspect o, en c uanto c oncebi mos nuestro cu erpo como totali dad y lo consider amos des de el p unto d e vista de la comuni cació n, se gener a de nuevo un movimi ento: la corporei dad y la cor poralida d. 2.2.4.3. ¿Revel an el cuer po, la corporei dad y la c orporalidad un com portamiento fra ctal? La fractalid ad del cuerp o human o se int egra e n un aspe cto comu nicacio nal, pero no sólo c uand o nos refe rimos a la s comunicacione s de nuestra s células. Dice Calabres e (1987:141 ) que” cualqu ier fenómeno co municativo (e s decir, cualquier fenó meno cultural) que te nga o una g eometrí a irregular o u na turbulenc ia en su prop io fluj o es un fenóm eno ca ótico ; por tanto, no sólo los objetos, sino también su proceso d e producci ón y el de rece pción”. La inmersi ón del cuer po en la c omunicac ión impl ica la géne sis de unas tur bulenc ias, en las que los si gnos no son ya un constr ucto estáti co, sino qu e se ven im plic ados y determina dos por los act ores. Los sig nos se forjan en u n continuo d eveni r en el que el cuer po actúa. Este cuerpo pue de modificar c ontinuam ente el s entido d e un mismo o bjeto. Ahí n acía la magnit ud enig mática de un cuer po que no s e deja determina r completam ente. Las investigac iones so bre fenóme nos caótic os pret enden ex aminar las causas, fu ncionamie ntos y previsibilidad de las turbulen cias. Se trata de línea s de tenden cias hacia el caos, pero esto no quiere Inmaculada Rodríguez Cunill - 102 -  decir qu e su fin se a ese ca os. El cuerpo no só lo p uede producir alte raciones en la comunicación, sino que también prop orciona s entid os. Por ello, se nos vu elve a pres entar como u n enigma, en cuy o centr o inhabita do se encuentran tambié n las nociones de corpo reidad y corporalidad . A través de varios ejempl os, vamos a intent ar compro bar si es facti ble el adjetiv o de fractal e n las nocio nes de corpo reidad y corporali dad. Com enzar emos con l a metáf ora del hom únculo. 2.2.4.3.1. La metáfora d el homúncu lo y la corpor alidad Los cimient os cogn oscitivos de l hombre ya contiene n, según el ps iquiatr a Montagn e Ullman, una estructura fract al a travé s de los sue ños, en la medi da en q ue estos su eños cont ienen l as preocup aciones del soñante ( Briggs y Peat, 1 994: 110). Estas aprec iacio nes revel an un a adapt ación e n el terre no de la psiqui atría d e lo qu e se ha dado en llamar la metáfora del homúnculo . Esta metáfora se ref iere a l a idea de que en n uestro cer ebro existiría un hombre cillo sent ado ante una s pantallas informativas (un análogo a nuestr o sistema cer ebral) , ante las cu ales tomarí a decision es, daría órden es, establecerí a proy ectos de fut uro, etc. En suma, experimentarí a las activi dades de l sujeto q ue lo ha co ncebido. La acepta ción de es ta metáfora como solució n al proble ma de cómo actuam os con y en nue stro cuerpo es imposi ble. El homúnc ulo no exp lica nad a, puesto que éste necesitaría tener otro hombr ecillo e n la cabeza que dict ara las decisio nes ante las panta llas del ant erior, y así sucesivam ente . Se trata de una explicac ión de carácter fract al y autorrefer encial, per o no por el lo compre ndemos me jor cómo func iona n nuestro cuerp o y nuestra m ente uni dos. Se ha vue lto a caer en e l dualism o. Como ex plica M arina (1993:22 4), “el atl eta no tien e un hombr ecillo m ental que dirig e un sistema m uscular. Es un organ ismo musculado que se dirige a sí mismo”. Consider emos, pue s, la metáfora de l hombrecillo como una ficción que no responde a la s expectativ as que teníamos sobr e ella inic ialmente. Si n embargo, rev ela una estr uctura fractal. N os interesa por qué el hom bre puede llegar a creer o/y crear esta ficc ión. Se nos r evela en ella un a concepció n del cerebr o al esti lo de u na centralit a telefón ica donde existen cables, p aneles de control, et c. Pero la pers istenc ia en la d ualid ad cuer po-m ente vu elve a po ner de reli eve la ne cesida d de que e xista ‘u n alguien me ntal’ que co ntrole la centra lita. Inmaculada Rodríguez Cunill - 103 -  El movimi ento fractal que sugiere la me táfora no s conduciría a un mundo de in estabilidades, a no ser que nos saquem os de la manga al gún homúnc ulo esp ecial, como el ‘Signific ador Centra l’ que Dennet calific a como ‘uno de los peor es homúnc ulos ’: “El Sign ificador Central es el que d a sentid o a lo qu e se d ice. Supon gamos q ue le pi do al autor de este libro que r epita alto y claro l a sigui ente fras e: ‘La vi da no ti ene senti do y estoy pensand o en suic idarme’. Yo nunca pe nsaría que lo decía de v eras, porque -com o dirían a lgunos-, aun que su cuer po adm itiese la s palabras, el Si gnificador Ce ntral no le estarí a diciend o por dentro ‘esto es una declaraci ón de intencio nes auténtica ” (en Brockma n, 1995: 173). El personaj e del Signific ador Ce ntral cae po r su propio peso. Es mi c uerpo el que adm ite que eso no es una de claració n de intenci ones. Desde e l punto de vista de l a computac ión, tambi én ha sid o desecha da la t eoría del h omúnc ulo. Basán dose e n la formul ación d e la teoría de l a computac ión de von Neumann y Tu ring, Dennet c omenta: “La únic a id ea que de form a demostr able e limina el inter mediar io es la d e los or denado res. Los homúnculo s ya no son un pr oblema, porque sabemos trat arlos. P odemos cog er un homú nculo y div idirlo en homú nculos cad a vez más pe queño s, hasta lleg ar a un homúncu lo que p odemos r eempl azar fácilmente por un a máquina. Hemos abierto un en orme especio de diseñ os -no sólo los diseños anticuados i nspirad os en von Neum ann, sino los d e la vida art ificial, masiv amente p aralelos ”(en Brockman, 19 95: 173) . Mins ky cons idera ab surda la metáfora por que n o explic a nada, y es eso lo que la hace ta n popular. Graci as a esta m etáfora, uno dej a de pregunt arse e l porqué de s u conduct a y delega e n el homúnculo fractal. Esta activida d tiene, no obstante , sus bases en la misma con formación humana: “Uno simpl ement e dice ‘yo decido’ y tr ansfiere to da la respo nsabili dad a su im aginari o eg o interno. Presu miblem ente, cada person a adquier e esta idea en la inf ancia, a partir de la maravi llos a percep ción de que un o mismo es otra persona, muy seme jante a las que ve alrededo r”(en Brockmann, 1995: 147). Inmaculada Rodríguez Cunill - 104 -  Así pues, ¿qué ap ortaciones el abora la met áfora del hom únculo? -En primer lug ar, que, aun practican do la duali dad cuerpo-m ente, pr oporcio na una visión di námic a y fractal acerca de nuestro comport amie nto. -Que quedarí a así expl icada la gen eración del lengua je como co nversaci ón con un o mismo 35 . Pero est os aspectos positivos bas ados en un comportam iento fractal pueden a bocarnos a otras cuestiones que no pare cen tan aceptables. En efec to, la imagen de un homúnculo dentro de otro, que contiene a su vez otro m ás, puede p rolongarse hasta el infin ito. Pensar en uno mis mo, o p ensar en el pensar d e uno mismo, o p ensar en el pens ar de l pens ar de un o mismo n os aboc a a u na situac ión límite ( o a la locura). N uestras v ivencias c otidianas pueden ref lejar esta dinámic a, per o hemos de admitir q ue no es lo más habit ual, porque, si mplement e, no seríam os operativ os. No somos conscientes de la fractalida d de nuestr o cuerpo. Pero exist e la posib ilidad de la locura, es decir, la posibilidad de una autorrefe r encia sin fin 36 . Como vimos hace poco, nuestras mismas células reflejan un crecimie nto fractal. También est as célula s podrían e star mutánd ose y def ormar nues tros órganos. Est a sería, se supone, la frac talidad ll evada a un gr ado m áximo. Si n em bargo, a pesar de las diferenc ias fisi ológicas en nuestro organismo, a ún nos es posible e videncia r que, sa lvando las dife rencias, los bro nquios de una persona s on análo gos a los bro nquios de otra, que n o se han transfor mado e n otra cosa dimetr alme nte opuesta. Por t anto, re specto a l a fisiol ogía, exist e un a limitación de la fractalidad, una limitación que viene asociad a a una gestalt que ha surgid o como un est ado emer gente. C uriosame nte, existe un par ecid o entre todos lo s cerebros h umanos, a pesar de q ue en el m omento de n acer aún no esté confi gurado completam ente. Este parecid o indica l a llegad a a una form a o mod elo estabili zado par a lo que l legam os a denominar ‘ cerebr o’, a pesar de que todos los cere bros hu manos sean d iferentes. Existe una limitació n a la fractalidad inherent e a nuestro org anismo. Una limitación que provie ne de nuestro ser cuerpos, d e tener la pos ibilid ad de aut oobservar nos, de p oseer un ojo d el observ ador, aquí y ahora. Esta lim itació n tambi én pued e aplicarse a la m etáfora d el homúnc ulo (li mitación que l a destruy e en sus últim os términos, pues el homú nculo n o puede lle gar a tener otro homúnc ulo aloj ado en s u cerebro, y éste a su vez otro, y ot ro...). En lo que se ref iere a mis pe nsamientos, afirmar ‘tengo ganas de tener gana s de tener gana s de tener ganas de dive rtirme’ resulta un juego muy alejado de lo que soy yo como cuerpo qu e teclea est as líneas. Soy cap az de comunic arme cuan do digo ‘t engo ga nas de ten er Inmaculada Rodríguez Cunill - 105 -  ganas de div ertirme’, p ero la cuesti ón se com plica exc esivament e si mi cap acidad de ubicaci ón (mi corporali dad) jue ga al peligros o juego de la fractali dad. El juego de mi fractalid ad se auto alimenta, pero ello no signific a que lo l levemos al i nfinito. La retroalimentaci ón, en estas conce pciones, l lega por otras vías. S e trata d e una retroal imentac ión neg ativa, como la del te rmostato. Y la retroalimen tación llega en e l momento en que habito mi cuerpo sin alucina ciones quelo destr uyan. Afortuna damente 37 la fractalidad (esta corporalidad mal en t endida porque fluye al infinit o y no a nuestro c uerpo) tien e un a limitación en este cuerpo qu e habito. El cu erpo proporcion a la fractal idad, ha ciendo qu e nos exte ndamos en prolon gaciones de los obj etos que perc ibo, que toco, (y este c oncepto n o es otro que el de la cor por eidad). E l cuer po es fra ctal, es una fu ente de caos, pero ta mbién un gener ador de orden a partir de la ten dencia al caos. Genera mos al primer hom úncul o por el simplement e hecho de constru ir un ‘yo’, por afirmar ‘yo pienso’ , ‘yo soy’, etc. So mos capace s de gene r ar otros homú nculos, pensar en no s otros mismos como si de otro se trata ra. Nos ejercit amos con l as tareas de la cor poralida d continuam ente. Pero nos ejercitamos gracias a q ue estamos ej ercitándon os, es decir, a que somos un cuer po y nos r ealimentamos de él. Sin embargo, esto no significa que no exista el camb io, que todo nue stro vivir sea irremedi ablement e cíclico. N uestra dim ensión t empor al ta mbién limita e sa fractalidad. La inm edi atez de mis percepcio nes, mi inme diatez exte nsional (re cordemos la res extens a de Descart es) no es la única que me habit a. También se man ifiesta la inmediate z del prese nte, que me permitirí a vivir en los infini tos homúncu los y per der mi pr opi o cuerpo por em barcarm e en u na falsa corpor alida d. La inm ediat ez del presente se da de nuevo en este cue r po que soy. El pa s ado sólo se refleja rá en una actividad pr esente de mi cerebro : los estados cere brales qu e generan el recuerdo. No s coloc amos contin uamente e n situaciones qu e se diferencia n algo de las anteri ores. Y, a pesar de eso, seguim os habitand o un cuerpo (aunque en estaoc asión pu eden haber muerto mil lones de célul as y se habrán creado otras tantas). Las dimensi ones temporal es de n uestro cuer po tie nen mucho que de cir acerc a de esto, p ero ahond aremos e n ello en un epíg rafe posterior. Alguien po dría pensar qu e la fractali dad del cu erpo, tal como se vi ene exp oniend o, afecta solament e a un ser autónomo, si n relació n con los otr os. Es decir, s e podrí a sospech ar la ausenc ia de comunicación en la estructu ra señalad a. Nada más lejos d e esto. Nuestras cél ulas se construy en dialógica mente; nuestr a corporei dad y corpor alidad, tam bién. Se trata, sig uiendo a Vyg otski, de entidade s sociales y com unicativas. Mar ina expre sa esta mism a idea en el sig uiente párraf o: Inmaculada Rodríguez Cunill - 106 -  “El niño a prend e a co ntrolarse obedec iend o órde nes de su madr e. Al crecer conserva la estructu ra dual de con trol (emisor de órdenes-re ceptor de órdenes), pero la mantiene dentro de sí mismo. No es la únic a activida d dual que e l niño a prende e i nternaliz a. La preg unta es otr a técnica d ialógic a. El niño preg unta y el adulto resp onde. Pues bie n, ese método va a inter naliza rse y lo usaremos co n nosotr os mismos, lo que no deja de s er sorprende nte. ¿No es oci oso dirig irme a mí mismo una pregunta ? Yo soy quien pre gunta, quien sabe la respuesta y quien responde. ¿A qué viene ese juego de dup licidades? Daniel D ennet, un divertido e int eligent e filó sofo, se ha he cho esta mis ma pregunt a y la ha respon dido suponien do que a lo largo d e la evolución el hombre se aco stumbró a pe dir ayu da e informac ión a su prójimo, ‘ hasta que una vez la criat ura perci bió que s e había produci do un ‘inesper ado’ co rtocircuito en esta re lación social: ’pid ió’ ayuda en una circunstan cia inadecuad a, cuando no había oyentes que pudieran escuchar y r espon der a su req uerimiento ¡s alv o él mismo! C uando el h ombre oy ó su prop ia súplica, la esti mulación provocó l a clase de respu esta ‘útil’ q ue hubi era prov ocado la súplic a de otr o, ¡y para su delici a, la criat ura com probó que h abía i nducid o la res puesta a su pr opia pregunta ”. H abía descubierto l a utilid ad de la autoestimul ación cognitiv a” (Marina, 1 993: 36 7-368). Evidentemente, la metá fora de Dennet no es pe rfecta; cualquie ra podría pr eguntarse cómo surgió ent onces el lenguaj e, y no qued aría nada c laro. Pero no nos vam os a interesar ah ora por eso. La capacidad de autoestimulació n cognitiva ha sido repr esentada e n el te xto anteri or como una dime nsión social y comu nicativa, del hombre con otro hombre. Aun que la corpora lidad pued a tener unas connotacio nes abstr actas, el cuer po nos p resenta aquí y ahora, comun icándonos. E n este senti do, el cuerpo pr oporcio na una frac talida d que se desl iza en el tiempo y que nos da la op ortunida d de ser levemen t e difere ntes en cada mo mento. La realimen t ación n o excluye la renovació n. Desde est a perspectiv a, no ll egaremos a t ener nunca una fractalid ad aut osemejante. Ni siquier a nuestro org anismo, que está sie mpre c ambiand o, nos l o permite. M ucho menos, p ues, la frac talidad. L a pandilla de hom únculos a utosemej antes qu e he crea do los ima gino difer entes a mí, pero no l o son. Si fuéramos a utosemejant es, nunca c ambiaría nue stro sistema d e valores, seg uiríamos unas re glas dogmátic as sin capaci dad de revisión. La a utodeter minació n es siempr e parcial. Por est as razones, si y a pensar en un a conci encia es un a cuestión real mente com plicada, má s lo es creer en un yo i nmutabl e, porque n o hay cuerpo inmutabl e. Los hom únculos al i nfinito son el síndrome d e un plant eamient o del cu erpo fracta l equivoc ado. A unque en princip io sugi eran movim ient o, Inmaculada Rodríguez Cunill - 107 -  no son más que la iterac ión impa sible de un yo unif icado. Por eso, si el c uerpo es un fractal, ha d e ser un fractal no autosemej ante, un fractal en el que la creativida d y la evolució n están permiti das, en el que e l cuerpo fu nciona como punto de vista pa ra la obser vación de sí mismo (y reco rdemos la necesidad - señalada por Mandel brot- de adopt ar ese punt o de vist a para la medici ón y evaluaci ón de un fractal). 2.2.4.3.2. ¿Hay limitaci ones a l a corpor eid a d? Otro ej emplo de fractalidad limitada: el homúnculo ext erior El ejempl o de los h omúncu los infi nitos no s ha dado pista s acerca de cómo s omos ca paces d e autoubic ar nuestro cuer po en nos otros mismos. Si r epres entáram os esta capaci dad visualm ente, quedaría a lgo par ecid o a un re plegam ient o imagin ario de un sistem a sobre un mismo punto. Al go parecid o a las repr esent aciones de atractor es extraños, en las que se ejerce un a atracci ón magnét ica sobre un sistema y parece ar rastrar el sistema hacia sí. Intentemos a hora vis ualizar una ‘s alida al exterior ’ de nuestro c uerpo, una transgres ión de sus límites. La transg resión de límite s físicos suponía l a existencia de algo más que el mero or ganis m o material, una concienc ia de cuer po más al lá de sus front eras: la c orporei dad. Ahor a bien, ¿utiliza esta corporei dad el recur so de l a fractali dad? En la medida en que ya hemos deducido ciertas conclusion es acerca de las relaciones en tre corporali dad y fractali dad, también hemos teni do en cuenta e l factor de la corpore idad, pues, com o expusimos e n el capítulo anterior, n o hay cor poralid ad sin corpor eidad. S in emba rgo, un ej emplo específico nos resultar á útil. Al exami nar la corpor eidad, in sistimos a m enudo en la tr ansgresió n de límites físico s que supo ne este concepto. La rea lidad virtual más adel antada p uede con siderars e un ejem plo de ello. Esta re alida d acentúa un fenómeno co tidiano: po r ejemplo, la idea de po sesión no es má s que una entelequia sobre una exte nsión de mí que va más allá de mi piel; a unque no ten ga ahor a cerca mi osito d e peluc he, es parte de mí . H ay otras ext ensiones, má s o men os adela ntadas t ecnológi cament e, desde e l hach a hasta los ambientes virtu ales (y ya no sól o las interfaces den ominadas data suit s o data g loves) . No es lo mismo asir la taza que hay en mi escritor io que la sensa ción de taza que me of rece un traje repleto de sens ores. Sin e mbargo, r especto a la sensi bilida d de mi pie l, puedo se ntir que ambas están calientes , que ambas son d e porcela na, que pesan, etc.. Las prolongaci ones de mi piel no tienen Inmaculada Rodríguez Cunill - 108 -  porqué ser s olamente pro longacio nes físicas, ‘cos as’. También e ntra aquí el terreno de l a imagen y de l o que yo e ntienda por radi calment e mío. S egún se van d esarroll ando las tecnolo gías, todaví a es im posibl e hacer qu e una per sona cre a que al asir un a taza v irtual está t omando en sus ma nos un recipie nte de porcela na; qui en exper iment a esa r eali dad virtu al siempr e sab e que es algo d iferent e a su re alida d cotidiana. H asta cierto p unto, las m anipulaci ones del f uturo son im predec ibles. Ya hemos intr oduci do un elem ento qu e nos puede ay udar a la concepción d e corporei dad qu e estamo s analizando. Pero supongamos que ‘rizamo s el rizo’. Ima ginem os que en una real idad virt ual, vestidos con n uestros casc os, cubiert os por sensores, se nos expo ne en las pantall as de crista l líquido que se adhie r en a nuestros ojos una imagen muy co ncre ta: el monito r de mi ordenador, el te clado, el ratón, tal com o aparece n en mi escrit orio. ¿Qué utilida d tendrían estas repres entacio nes?, ¿par a qué necesito qu e los sensores de l os data glov es me m anifieste n la presi ón con que las yemas de mis ded os oprimen l as te clas ‘ñ’ o ‘+’?, ¿para qué utiliz ar una r ealidad virtual operativ a si, fi nalment e, exist e una complicac ión mayor e n las interfaces uti lizadas ? Nos enco ntramos con un ejemplo pa ralelo a l de la metá fora del homúnculo . La diferen cia ra dica en una ‘exp ansión’ y no un ‘replegamiento ’ (que desde el pun to de la fractalidad, como hemos visto, puede extenderse al infinito). Nuestras extensiones tie nen también un límite. Resulta absur do que la corpo r eidad se extienda mucho m ás allá. N o se trata de dist ancia s medible s cuant itativament e, sino cu alitativam ente. El punto del observad or, la limit ación d e la fractali dad, sigue s iendo de nuev o el vivir mi c uerpo a quí y ahora, y est á ligada a la expe riencia. La prox émica ha dad o buena cuen ta de que la medición cualitativa del es pacio resulta franc amente d ifícil. Si un ingl és rehúy e el contacto físic o más qu e un esp añol, en cam bio un español no s e adapt a a la ide a de que u n ser que no c onozca p ueda com partir su mes a en un rest aurante y ve invadido cierto es pacio priv ado; lo q ue, en cambio el inglés acepta. Volvie ndo al ejem plo d e la creación de un orde nador p or realida d virtual, la r eprese ntación del t eclado c arecería de sentido. U na ‘realidad virtual’ creada para que y o utilic e mi propio ordenador, exactamente con l as mismas prestaciones, por medio d e otras interfaces, r esulta no sól o absurdo, si no una ped antería virtua l. Así que v uelve a sur gir la pa labra ‘ operativi dad’. La posibi lidad d e que una r ealida d virtua l nos integre en otra, con la que po damos experi mentar otra pasaj era, y así sucesi vamente, ti ene sol ament e su espacio en la ficció n. Como c uerpo present e, aq uí y ahor a, pue do exper iment ar todo a quell o a lo que me induce n los se nsores de un data su it . La realidad virtual se experim enta en el tiempo. Sin e m bargo, Inmaculada Rodríguez Cunill - 109 -  podemos c onceb ir el homún culo a través de una li nealid ad hacia e l infinit o, pero l a metáfora funci ona solament e en la inme diatez d el yo prese nte, aquí. Nos encontr amos de pr onto con el peligro y/o la grandeza de la realidad virtua l: los factores temporales de una ficció n se han insert ado en n uestra pi el, y nosotros e n la imagen. L a corpor eidad, esa conciencia de l cuerpo propio basada en la transgresión de los límites, nos ha conducido a la corporalidad , esa capac idad de aut oempl azamient o en otra re alidad i maginari a que no pier de de vista a nuestr o organismo como sopo rte físico y comu nicativo. Este ju ego autorreferente aú n sigue teniendo una limitació n en la vivencia del c uerpo, p ero no de este cuer po que experim enta l a realid ad virtua l, sino d e aquél que s abe de est a virtualid ad porqu e habit ualmente no vive en un espa cio de ficción ta n acentua do. La cosa sería bastant e más pe ligrosa s i, nada m ás nace r, se nos im plant aran un os traj es co n sensores, u n casco y unos guant es de datos. Si n entrar en otras prof ecías, diga mos que s eríamos diferentes. Estas refle x iones sobre unas pro longaciones eviden tes de mi cuerpo sigu en teniendo un freno gracias a qu e soy un cuer po (en este c aso, nos sal va la memor ia de r ealidade s cotidian as no virtua les, a diferenci a de la metáfor a del h omúncul o, donde la s connotac iones esp aciales eran evide ntes). Imaginariam ente, en la m etáfora del h omún culo, un or denador est aba im plantad o en nuestro c erebro, y podíamos acceder a él u bicándon os como oper ador. P erceptivament e, en la re alidad virtu al con mi ordenad or, nos implan tamos en la ficción tridimension al que nos ofrec en las pantal las de cristal lí quido . Por ahora, por la dimensió n temporal d el recuer do, porque conocemo s una reali dad diferente a la virtua l gracias a nue stras experi encias coti dianas (mi org anismo tie ne tambi én su ám bito tempor al), aún podemos sa ber que se tr ata de una ficc ión. La fractal idad, propic iada por el cuer po, tien e su limitaci ón en la retr oaliment ación de ese mism o cuerpo. Y ese freno emergente posibilita nuestra operatividad en el mundo. Esta investigación no tra ta de profundiz ar en un a estructur a fractal del cuerp o que s e desarr olla al i nfinito. Esta co ncepció n del fr actal nos llevarí a finalm ente a una nu eva imag en del cu erpo c omo enti dad mis teriosa por inalcan zable. Per o no seguirem os el sendero de lo misterios o. Estamos ya prepara dos para establ ecer la sig uiente co nclus ión provi sional: un a tendenci a al caos nos confi gura com o cuerpos pero tambi én nos con forma una tende ncia al orde n. Si la progre sión infinita q ue muestra un fractal nos lleva a ese es pacio i ncógnito de l o real (ese atractor extra ño en e l que confluye e l caos), las zonas ordenadas que emer gen del caos nos cond ucen a conc ebir el cuer po co mo Inmaculada Rodríguez Cunill - 116 -  En este caso, aquellas herra mientas que el hombre ha concebi do como tale s, desde el hacha prehistóric a hasta la r ealidad virtu al, son las que impone n la auté ntica vida c omunicat iva al ho mbre (4). Aunque el uso de estos materiales pos ea su dimensió n interpretativ a, son los que me hacen viv ir la experienci a de mi cuerp o de un m odo muy det erminad o. Por es o, mi cuerpo y mis viven cias con m is extensiones s on las que g eneran una cultura (5), cultur a por la cual i nterpret o estos objetos de un a manera m uy concreta (6): no es l o mism o contemplar una joy a fenicia a l os ojos del sigl o XX que comerciar con ella en el siglo XII a. C. Resulta im pos ible, por t anto, entreg arnos a la int erpret ación d e las imág enes qu e ha c reado e l hombre si n darnos c uenta de la auténti ca im portanc ia qu e tienen é stas par a conformar lo, no s ólo intelectual, sino física mente. Así, el cuerpo del hombre y las imágenes son dos polos que nunca terminarán uniéndose , pero que están , material e intelectualmente ligados. La relación paradójica vuelve a surgir. Aun que el resu ltado parezc a parad ójico, ha surg ido una du alidad q ue se acerca por fin al ám bit o del signo. El si gno como enti dad de dos pl anos, la ex presión y e l contenido, est á config urado por nuestro cuerpo y co nfigura n uestro cuer po. El mu ndo de l os obje tos nos ha da do la pos ibilid ad de ge nerar e l universo d e lo simbólic o, pero sin despr endernos d e nuest ra dime nsión mater ial. El signo h a surgid o de las relaciones paradójicas y fractale s de nuestro cuerpo, co mo un es tado emerge nte. Y como e stado emergent e, es variable. No hay u n signo inmutabl e como no hay una gest alt inmutable . Ambos son entidades d inámicas. Por ahora nos int eresa rec alcar qu e nuestro ca mpo se rá el de l a investi gación de aque llos signos que además uti licen c omo referente el cuer po human o. Para nue stra labor resu lta im prescind ible insistir en una cue stión que hemos puesto de relieve cuando a firmábamos que no era lo mismo contem plar una joya fenici a actualme nte que tratar co n ella en la époc a en que se elaboró: el oj o del observador n o sólo im porta en esta investig ación sino e n todo enfrentam ient o con las imág enes cre adas por el hombre. Y este ojo d el observa dor es en re alidad u n cuerpo pr esent e, aquí y ahor a, en el qu e no sólo interviene una razón científi ca, sino que está present e toda nuestra afectividad. Nunca podremos olvidar e l relati vismo que subyac e a quie n no só lo ela bora, sino ‘co nstruye’ la i nvestigac ión o el icon o a partir de un supuesto objeto de la re alidad. Si, aun manejando los mismo s datos que resultan de un experimento, dos investigador es pueden elaborar t eorías co ntrapuest as, teniend o ambas un a argument ación aceptable, tamb ién un mism o objeto pue de llev arnos a int erpret aciones muy Inmaculada Rodríguez Cunill - 117 -  distant es 39 . El hecho de que nos constituyamo s como seres diferentes, de qu e habitemos y seamos distintos cuer pos, afecta a la inv estigación misma, ¿y no podría est o afectar t ambién a n uestra relac ión con las re presenta ciones icó nicas d e carácter corpora l, y, en ge neral, con muc hos tip os d e represent acio nes que r ebasa n lo que s e entien de habit ualment e por ‘i cónico’ ? Ha llegado la ho ra de rastrear si nu estro e nfrentamien to con las imágene s realizadas por el hombre poseen la huella del cuerpo, la corporeidad y la corporalidad. Para ello, inten taremos hallar vestigios de apreci aciones acerca de la r epresentaci ón icónic a que pued an poner en co nexión a ést a y al hombre c omo ser c orpóreo. De ahí nuestra ruta por los planteamientos de Panofsky, Freedberg, Goodman, y ot ros. 2.3.2. Cuerpo e iconografía En El significado en las artes visual es, Panofsky (1955: 17-18) inicia su r eflexión con un coment ario acerca de lo que significa l a pala bra huma nitas , ta nto por compar ación del hombr e con un ‘univers o inferior’ c omo con respecto a una‘dim ensión divina’ que supera y tr ascien de al ser hum ano (dimensi ón que, adem ás, podría a sociars e al mundo de lo inte lectual, d e lo intangib le). Pero estas a preci aciones s e integra n en una dinám ica que s epara p erfectam ente a l hombr e como cuerpo del hombre c omo ser pensante, por lo que, si en un princi pio Panofsky plantea su metodología insistiendo en que un análisi s de la i magen es un análi sis desd e el hombre, m ás tarde el olvido del cu erpo s upondrá una l imitaci ón esenci al. Estas aportac iones s e dirigen s obre todo al ámbit o de los significados. Así, en tenderá la iconografía como “la rama de la histor ia del arte que se ocupa del asunto o significación de las obras de arte, en contraposic ión a su forma” (Panofsky, 1955:45). Desde esta pr imera defi nición de la ico nografía, se v erifica, p or tanto, una redu cción b asada en un dual ismo suby acent e. Y esta r educció n se ve p lasma da en un c oncept o de c uerpo h umano que s e anula, par a exagerar las capacida des mentales de l hombre. Como a puntarem os enseguid a, solame nte en el primer nivel de anál isis de las imágenes se pone en jueg o nuestra dimensi ón física. No nos importa que su ámbit o de estu dio se haya i nsertado en la histor ia del arte. Al n ombrar la p alabra ‘si gnific ado’ en e l mismo título de su obra, pone en juego una dimensión co municativa desde nuest ro mismo cuerpo. En este sen tido, Panofsky promete mucho más en esta fase pre -iconográ fica de lo que lueg o ofrece en el campo de l a iconogr afía. Inmaculada Rodríguez Cunill - 118 -  En líneas generales, Panofs ky establ ece tres niveles de an álisis en la repr esent ación icónica, que han sido de gran utilida d para el des arrollo de la metodolo gía analítica de la o bra visual, pero que también con ducen a una r educció n del probl ema de nuestr o enfrentam iento co n las imág enes. La primera fa se, deno minada pre-iconogr áfica , supone una ubic ación de nuestro cuer po ant e la materia que fu nciona como s oporte en la image n analiz ada. Por tanto, este e nfrentamie nto implica a un hombre c omo enti dad cor por al y física, y por otro lad o, a la presenc ia de un a serie de sustanci as que son las que configu ran la obra. Panofsky (1955 :45) afirma que se trata del mismo enfre ntamiento que podemos t ener con otros objetos, s ean artísticos o no (de ahí qu e esta fase sea denomi nada pr e- iconográfic a y que dé luga r a un ‘signifi cado natur al o intrínseco’). Por tanto, la s reacciones de l observador se internan e n el terreno de l o no raciona lizado, y esas reacciones est arán determ inadas p or las cualid ades de l objet o y su pres entación e n un co ntexto. Por est a regla, podremo s determin ar lo s matices diferen tes de un saludo , pues “según el modo en que este co nocido mío realice su acció n , advertiré si es tá de buen humor o no, si sus sentimi entos hacia mí son indifer entes, amist osos u hostiles”(Panof sky, 1955, 45). El c ontexto invade, por tant o, la relación unívoca del s ujeto y el objet o, lo que aport a significac iones d e carácter ex presivo, y nos intr oduce e n el terren o de la pr agmática. Pero esta pragmátic a no es muy fiable, al me nos en el ámbit o en que Panofsky la ha utilizado. Su discurso científico no admite dudas. Es innegable que él, como entidad física, ha t enido que enfrentars e a esas obras artísticas. Si n embargo, su papel de ‘ojo del observad or’ no aparece. Re sulta un discurso dem asiado perfecto, cua ndo los si gnificad os a los qu e nos conduz can las im ágenes p ueden se r infinitos. Por otra parte, la dimensió n fáctica de es ta fase nos pr oporcio na el reco nocimiento de los objetos representados, lo que tiene mucho que ver con nuestro vivi r aquí y ahora, pues identificam os las represent acion es icónic as como ta les debi do a nuestro estrecho e nfrentamiento diario con l as cosas. Ambas dimens iones, la expr esiva y la fáctica, po seen aún una h uella corpor al nítida. El ape lativo de ‘natural es’ y ‘primar ias’ a las signific acione s produc idas por este enfrentamie nto inic ial res ulta, des de nuestro punto de vista, bastante e locuent e: se prod ucen sign ificaciones a nivel prag mático (no pod emos hablar t anto de si gnificado como d e signif icacio nes), que no poseen un carácter icono gráfico (y m ucho menos iconológ ico), pero que, no obstante , exi sten . Y existen de un modo rad ical, hasta el punto de que no tiene senti do el sign ificado ic onográf ico si no se tiene e n cuenta nu estra prese ncia física ant e el hipotétic o soporte mat érico qu e nos conduc e a la imag en. Inmaculada Rodríguez Cunill - 119 -  A medida que va ingr esan do en etapas ‘más prof undas’ d el análi sis icon ográfic o, el olvid o de l cuerpo resu lta más evidente. En la se gunda fase, denominada ya iconográfica , la dimensión corp oral del espectad or carece de un reconocimie nto explícito. Sin embargo , Pa nofsky pon e en juego lo que hemos denominado corporei dad, pero la limita a una inter pretació n respecto a las figuras r econoci das en la obra que h a de estudiar. Nos referimos a los atributo s, aquella s repres entacio nes (pi ntadas, esculp idas, etc) de objetos, animales, etc. que s e ubican cerca de una fi gura y que ayudan a determi nar qu é personaj e es e l retratado. Se h a puesto en ju ego una es pecie d e comunic ación art ifactu al, pero está repr esent ada, y no vivida por un cuer po en este espacio. Nuest ra relaci ón con los ob jetos a quí es s olament e repr esent ada, no vivida. L a consec uencia: un int ernamient o cada vez mayor en e l ámbito de lo intelectu al, y un abandono pr ogres ivo de nuestro e nfrenta miento cuer po a cuerpo c on la im agen. Esto dará c omo resultado que la fase final de la metodolog ía panofskiana se resuelva con la palab ra ‘iconología’, que nos remite a los pr incipios suby acent es a l a obra y que está n relac ionados con el u niverso político, social , económico , etc, de la época en que se gesta la representación objeto de análisis. Por tanto, la dinámica de la corporeidad y la co r poralidad sólo apar ece en Panofsky en u na versión muy in telectualiza da. Las exte nsiones q ue nos co ndujeron a l a noció n de corp oreidad s on sólo una represen tación, unos atributos de un personaje. Si se posibilita la ubicación de nuestro cuerpo en un espacio ima ginari o, ocurre desde una pers pectiva basta nte racio nal, como cua ndo los tramp antojos nos invitan a perc ibir un espacio más ampliad o y equívoco, per o que só lo es percibi do visualme nte, y n o realmente vi vido. El m ovimient o del c uerpo y l os obj etos es, en la perspecti va panofs kiana, una represent ación más que un hecho qu e nos involucra c omo espect adores . La tercera fase esta blecida por Panofs ky en sus anális is, la iconológ ica, puede interpret arse desde un a dimens ión soc ial. Centrado sobre to do en l os discur sos que confluy en en un a obra, sale n a la luz sus valore s simbólicos ( incluso ignor ados por el autor) y su persistenc ia en un ti empo y es pacio determina dos. Si la icono grafía tomaba en c uenta el conteni do intrínseco de la obra vi sual, y por tanto , se remitía a un obj eto, la icono logí a (derivad a de logos) sup one la int erpretaci ón de la ico nografía. La vocación interdisciplinar, el r epaso de textos paral elos, dan raz ón del int erés de Panof sky en int egrar se en lo hum ano, y de s u visión de la r epres entaci ón como e lement o dond e confluy en inf inidad de varia bles; pero esto ha su puesto también da rpreeminen c ia a la labor intele ctual, en detrimento de la s relaciones d e nuestro cuer po con las imáge nes. El cuerpo es en su propu esta un elemento tran sitorio, como si, des pués Inmaculada Rodríguez Cunill - 120 -  de haber apun tado el imprescindible enfren tamiento del hombre con los objetos qu e le circunda n, hubiera olvidado que ese enfren tamiento sigue existiendo, in cluso en la s fases más‘inte lectivas’ de su metodología. Tal vez si el en frentamiento h ubiera seguido hasta el fin a l, se podría hab er evitado cierta degeneración de una iconografía que se limita a utiliz ar una especie de tabla de equivalencias para el reconocimiento de personajes y tema s en las artes, aunque, claro está, no es éste el caso de Panofsky. Incluso en esta última eta pa se echa de menos el acento en la dim ensión c omunicativ a del cuerpo. Si s abemos que mo dificamos nuestro c uerpo, que nos influye la ima gen que creemos q ue los demás tien en de él, si los av ances técni cos afectan n uestra intera cción soci al, ¿cómo podem os abarc a r todos los sign ificados propuestos p or una obr a, si carecemo s la viv encia cont empor ánea a ést a? La propuesta de Panofsky necesit a ser completada para compr ender todas las dimensiones de la represent ació n icónica. En nuestra s mismas sens acione s se encuentra una ca pacidad de di scernimie nto de nuestro organismo . Enton ces, ¿po r qué no ha de entende rse que aquí existe ya conocimiento y co municación? Desde esta perspectiv a, la visión de Panof sky result a de una reducción en la que el cont enido de las imágenes (lo mental, l o intelectu al, en sum a, el alma) ni ega la importan cia del si gnificant e (lo matéri co, lo carnal, en sum a, el cuerp o). Al igual que el espectado r normal, que por vivi r en una co rporeida d feno menoló gica es capaz de comprende r las represen taciones icón icas (por compara c ión a su unive rso cotidian o), el in vestigador también se ve afectado por ello. No queremos, como Panofsky, aprovec har transitoriament e esta relación de la ima gen y el cuerpo, sino que la hemos conve rtido en e l centro de nuestro análisis, p ara comp robar cómo también en las fases m ás ‘intelectivas’ de Panofsky el cuerpo propone una interpretac ión más allá de toda lógica, y más cerc ana a n uestro vivir c otidiano. L a imagen sólo pue de cobr ar todo su sentido si combinam os a esa prof undiza ción intelect ual un a presenc ia perm anente d el hombre c omo ser corp oral. 2.3.3. El poder de las imágenes sobre el cuerpo El análisis de Panofsky se ancla, como el de Freedberg, en el ámbito de la historia del arte. Pero existe una diferenc ia fundamental entre los plante amientos de am bos: mientras P anofsky opta por un estudio en prof undidad del co ntenido d e cier tas obras, Freed berg pr etende superar la postura general de Inmaculada Rodríguez Cunill - 121 -  los historia dores del arte, es decir, la lect ura ic onográf ica inte lectualiza da que dej a de la do el aná lisis d e la repuest a del observ ador. Su teoría de la resp uesta se bas a en una crítica a la lóg ica utiliz ada para d escifrar l os significados de las imágenes, y hereda da del espíritu racionalizante de la modernidad . Un análisis tota l de la respu esta pone d e reliev e qu e se ha l levado a cabo u na repr esión de sent imient os que l as imá genes pueden sus citar todavía (Free dberg, 1989: 36). El des arrollo d e nuestra cult ura es el respons able de es ta actitud. A l igual que la civili zació n occident al ha despr eciado la lab or del cuerp o en la dua lidad cuer pomente, también el enfrenta miento c on las imágenes re fleja un predominio de lo intelectual: “Com o nos ha n educad o para ha blar y pensar s obre l as imáge nes evit ando pr ecisament e la confrontaci ón con esta cl ase de efe ctos, el único m odo en que podemos ser fran cos es atend iendo a las respuestas y a las palabr as de a quellos a quiene s consi deramos simp les, burdos o provi ncianos; o, de hecho, ocupá ndonos de los pueblos de África , Asia y América a los que, con nuestro agrade cimiento, lo s antropólog os han dej ado de llamar primit ivos. El términ o ‘primitivo ’, sin embar go, pue de ser aún de utilidad s i lo empl eamos en r elación c on los sentim iento s y emoc iones q ue prece den a la capa r epresi va con que nos dota la edu cación e n las cultura s civiliz adas”(F reedb erg 1989: 62-63 ). Más que una teoría, la aport ación d e Freedberg es una en umeració n que pon e de relieve la represió n citada, y qu e el pod er de la s imágenes va muc ho más del ámbito intel ectual. Ahora bien, ¿supone esta postura el a barcar a l observa dor como cuer po, y no como una entele quia? Evi dentement e, sí. El enfrentamiento con las imágenes desde la pura racionalidad (l a mente) i mplica reprimir nuestr a conformaci ón corpor al. Toda r acionaliz ación i mplica una represi ón: “Durante m uch o tiempo los informes s obre i mágenes vivientes y las respuest as ant e ellas fuer o n realmente dra máticos, pero ahora los hemos despoj ado de s u fuerza y los tachamos de altis onante s y vulgares. Op inamos que nuestra form a de habl ar de las imág enes es más compleja; tendem os a un formalismo q ue niega l a eficaci a de las im ágenes y to do aque llo impor tante so bre lo qu e signific an; o admitimos, c on ciert a ironía, que nuestras re spuestas p oseen c ierto gra do de vul garida d. No sería baldí o pensar y hablar m ás abiert amente ac erca d e la vida de la im age n y, a vec es inclus o, cons iderar la posibil idad de reiv indicar l a import ancia de l cuer po ”(Freed berg, 1989: 357)[La c ursiva es mía]. Inmaculada Rodríguez Cunill - 122 -  En Panofsky, la estrat egia de la corporeidad y la corporalidad no aparecían como tales; eran sólo una estra tegia de la representación del cue rpo del personaje que ha cía de modelo, pero no afectaba al especta d or. La au tonomía de la image n con respecto al espectador ponía de relie ve que la intelectuali zaci ón era la pr otagonist a del an álisis, que no existía un enfrent amiento cu erpo a cuer po. Si n embargo, algunas ideas de Free dber g apunt an hacia un co ncepto muc ho más din ámico. En pr imer lug ar, buena part e de los ejempl os anali zados por Freedberg est án extra ídos de l entorno de las im ágenes r eligios as, ámbito que prom ete u na relac ión m ucho más visceral c on las imágenes. Su refle xión es en algu nas ocas iones de rango antropol ógico: no s e centr a tanto en la histor ia del arte com o en la histor ia de la s imágen es popular es. En segundo luga r, las respuesta s menos intelectualizada s son aún compartibles, pu esto que n o sólo tiene en cuenta el contexto de la producción, circulación y recepción de las imágene s, sino también la dimensi ón bi ológica, psic ológ ica y n eurológ ica del s er hu mano. C omo m iembro s de un a mism a especie, pod emos exper imentar res puesta s análogas re specto a una ima gen (1989: 41). A pesar de centrarse en u na respuesta c orporal, ést a es comunicabl e y comparti da. Por otra part e, su esp eculaci ón sobr e la ic onoclas ia a lo largo de dive rsas épo cas pone de relieve que destruir una imagen es sinón imo de destruir un pod er no deseado , tanto si se asocia a una persona c oncreta como si s e acerca a un á mbito más esp iritual, más pur o, más divino. Este es el aspect o sobre el que v amos a ref lexionar seg uidam ente. 2.3.4. La iconoclasia De entre los ejem plos destac ados por Freedberg, nos interes an ahora aqué llos que p onen en relación directa la imagen con el cu erpo del referent e (imágenes que se ut ilizan para causar un daño o un castigo a las personas r epres entadas, o como med io de sed ucción). C ostumbr es como las de dec orar la s habitaci ones íntim as con o bjetos bell os, o con c uadr os de des nudos, denot an q ue la ima gen que visualiz amos af ecta a nuestr o cuerpo: en est os casos, se p ensaba que el ni ño nace c on las huellas de lo que sus padr es viero n o imagin aron en el momento de la conc epc ión. Freedb erg apu nta mucho s ejemplos en es ta direcció n (1989:19 y ss). Los casos r evisados por este autor p onen d e relieve un animism o de la imagen, que p osee un soplo de vida inherente a una visión panteísta del mundo . Inmaculada Rodríguez Cunill - 123 -  Por muc ho que vivam os en una moder nidad qu e imprime un a huella raci onal a nu estro enfrentami ento con las imág enes, sigue n existie ndo en nuestra cu ltura vestigio s de esa identifica ción entre el icono y su refe rente: por ejemplo, la Iglesia ha pe rpetuado el rito de besar la rodilla de una policromía de l niño Jes ús en ciertas fies tas religiosas. El acto de bes ar es un acto es encialm ente humano; sin e mbarg o, se besa una t alla, como si s e tratara realm ente d el cuerpo de Je sús. A la capacidad huma na de mostrar el amor (el be sar) se unen otras de muy difere nte tendencia, por ejemplo, l a de destruir. El acto iconocl asta supon e la destrucci ón o modif icación de la materi a que sirve de soport e a la repr esen tación. Tamb ién aquí s ubyac e un anim ismo de l a image n: “cua ndo un o está irritado o exasper ado a veces resulta más fácil estarlo con al guien que con algo (...). Pero aun así, el signo se ha c onvertid o en la encar nació n viva de lo q ue sign ifica”(Freedb erg 1989: 46). El vudú muest ra una li gazón íntima entre l a represe ntación y el cuer po del repr esentad o, y en este sent ido se p uede habl ar de encar na ción en la i mag en. Pero es ta encar nació n también p uede verificarse cuan do identificamos la imagen con una entida d divina. El problema reside en un cambio de categoría es encial. Mientras que en el primer caso ident ifica mos un c uerpo ajeno por me dio de la imagen, en el seg undo ap arece la dimens ión divi na, que e n una d ualidad c uerp o-ment e se e ncuentra e n el ámbit o de lo me ntal, l o espirit ual, el alm a. Prec isamente uno de los ar gumentos es grimido s por las tende ncia s anicónicas de l pasado re flejaba que cuanto más es piritual era una relig ión, menos necesitaba la presencia d e imágenes, y t ambién menos forma antropomórfic a tenían sus dioses (Freedb erg, 1989: 85- 88). Aunque tratemos imágenes de la sociedad occidental, un espíritu má gico se integra en las imágenes ic ónicas. Com o afirma Gub ern, la “ e sencia de l icono pintado, construido o fo tografiad o radic a en su mágica c ondició n sustitutori a de lo au sente”( 1987:64 ) 40 . De una u otr a manera, l a image n ha estado presente en la confor mación es piritual del hom bre. Este es, precisam ente, su po der. La vertient e icon oclasta, más que despreciar l as imágene s, las aprecia ba en su ju sto valor, el de l legar a s ustituir al di os mismo que repr esent aba n (Baudril lard, 19 78:1 5- 16). Este pode r de las imágenes pare ce ser una constante en el unive rso de lo humano. Incluso una cultura tra dicionalme nte anic ónica, como la i slámica, c uenta c on num erosos d ocument os de c arácter icónico. Necesita mos de un o bjeto que sirva co mo soporte d e nuestra relación con la divinid ad, necesitam os media dores, por que precis amente so mos cuerpos, y n o vivimos en una d imensión e spirit ual, etérea, fuer a del ámbito d e las sensac iones: Inmaculada Rodríguez Cunill - 124 -  “Los adorador es pued en por consiguiente venerar a l objet o y confu ndirlo co n lo que r epres enta. El resultad o es una c ondens ación de lo divin o en el o bjeto mater ial -justam ente lo que todo el mun do quiere ev itar. Cuand o ese objeto a dopta forma humana sup one una a menaza to davía mayor, p orque lo incognoscib le se torna familia r y cognoscible, y lo familiarme nte conocido no puede in vestirse con poderes qu e son propi os de la esfer a de la trascend encia. Si lo invisti éramos c on ellos, sería mos incapace s de distinguir entre lo d ivino y lo hu mano, en tre el plano del intelecto y el plano de los sentidos; y nos hundiríamo s en un esta do de bruta sensualida d o vagaríamos llenos de perpe t uo temor” (Freedberg 1989: 88). Y ¿quienes están más capacitados para sentir la seducción de la imagen ? Precisamente aquellos se res cuyas c apacid ades no h ayan sido desarrol ladas p or la pura rac ionali dad, aqu ellos qu e se pueden pr estar a la ic onoc lasia (q ue no es ot ra cosa q ue el efect o del reco nocimi ento temeros o del po der de la imagen). Estos seres pueden conside rarse uno s margin ados desde e l paradigma de la modernida d. Su experien cia con l as imágenes, a partad a de toda raci onalidad, ha si do el efect o y el motiv o de esa marginació n. El hombr e occid ental pi ensa que s on las p ersonas m enos culta s, las mujer es, los niños, l os locos, las que se pr estan a l a iconoclasi a, pues percib en el poder de la s imágene s con más inte nsidad que el investi gador de las m ismas, pues so n suscepti bles a sus enc antos viles y fáciles, a su seduc ción. Este tipo de resp uestas mu estra también la conf usión e ntre repres entaci ón y repres entad o, una de la s armas de ese po der. Mientras , desde una post ura int elect ualizad a, nace el Art e (así, con mayúsc ulas), introducimos las obras de art e en los museos y las apartamos de nuestro universo más inmedia t o. Esta exposici ón no s obliga a pensar en l as imáge nes rec luidas en un museo com o el osa rio de l as represent acio nes que no d eben intera ccionar con el cuerpo. Pued en ofrecer nos multitud d e significa dos, pero éstos están intelectu alizad os y medi atizados por la f unción s imbó lica de l museo. El arte eleva la mente, no se acerca al cu erpo. La im agen que prov oca nuestro s sentidos no tien e cabida en un muse o; es -en el sentido d e Baudrill ard- pornogr afía. La impl icación d el cuerp o del espect ador es en e l fondo el motivo del act o iconoclast a,que en c asos de exa ltados, nos hace atri buir a pert urbados l a confusi ón entre imagen y referent e. El poder de l a imagen, tant o como el i ntento de destr uir ese poder ( definici ón del act o iconoclasta) está asoci ado indefecti blement e al cuer po. Desde u na per spectiv a plen ament e contem porán ea, el poder d e las im áge nes se r econoc e hoy en una ic onocraci a en la que el parec er triunfa sobre el ser. Nos gobi erna más la im agen del polític o en el Inmaculada Rodríguez Cunill - 125 -  televisor que ese individuo que nunc a hemos visto en un enfrentami ento en carn e y hueso. Est a iconocracia, icon osfera o (en palabra s de Debr ay) vide osfera su pone un contexto comunicat ivo don de el miedo a que la imagen engullera a Dios (perspe ctiva iconoclasta) es ya una realidad . La espectacular izaci ón, los simulacr os, constit uyen nuestr a vivenc ia cotidi ana. 2.3.5. Imagen como mediaci ón del cuerpo. Cuerpo co mo mediación de la imagen Las aporta ciones de Freedberg han puesto de relieve que imagen y cue rpo se hallan íntimamente li gados, y qu e una perspectiva estrictament e racio nal y red uctora sól o solucion a parcialment e la inter acción e ntre am bas entidad es. Al afirmar que l a image n es un a mediació n del cu erpo, ponemos en jueg o el cará cter intersubj etivo y comunic ativo de ést a. Decir que el cuerp o es el mediador de la imagen implic a enfatiz ar que ésta adqu iere todo su po der en la percepc ión de un s ujeto corpor eizado, y no una gé lida mirad a sin afectos. Al prod ucir signif icado a partir de un sopo rte visual, mi cuerpo se muestra, en su intransferi bilidad, clar ament e aut orreferenc ial. Los ejem plos de Freed berg nos han lleva do a especific ar dos líneas inter cone ctadas entr e cuerpo e imagen que van más a llá de la pura inte lectualid ad y que resultan de un a traducción de una experienci a corporal pres ente y comunicativa : 1. Como observa dores, las imágenes icón icas pose en un refer ente cor poral. Esto sig nifica qu e identificamo s un retrato de alguien como un re trato de alguien , aunque éste no tenga una existen cia física (una escultur a de Z eus utili zada en un temp lo grie go remit e al hele no a un a divini dad qu e se ha antropomorfiz ado). 2. Somos nos otros qui enes o bservam os la imag en y qu ienes esta blecem os su rela ción con ese hi potét ico cuerpo refe rencial. Por tant o, existe gracias a la i magen un encuentro intersu bjetivo e ntre el c uerpo d el obs ervador y el cuerp o referenc ial. No s e trata de un a afirmaci ón gratuit a. Sobr e todo en l a situaci ón actua l, el hipotétic o encu entro inter subjetiv o a través d e la ima gen (y foca lizado en mi c uerpo) v a toman do cada vez más importancia , aunque por dife rentes vías y con di stinta s interpretaciones. Po r ejemplo, el que creamos que existe una pers ona real que pres enta un os informativ os, el qu e cream os que el cu erpo mutil ado en la pantalla es el de Irene Vill a, el que nos sumerj amos en la ficció n de una película, etc. res ponde a una fe Inmaculada Rodríguez Cunill - 132 -  ventana a través de la cual miram os al m undo imagin ario cread o por el artista par a nosotros. En teor ía, al menos, la pintur a se conci be entonce s en términos de proye cción geom étrica ” (Gombrich, 1 963:21). Aunq ue Gombr ich se centre e n un análisi s de obj etos artísticos, sus conc lusion es son ap licable s también a otras manifestac iones vis uales. La representa ción posee un a esencia para dójica: por un lado, remite a un r eferente, a un univer so d e los obj etos y sin em bargo, ca da uno de los el ement os de la represent ación , por el hech o de ser una r epr esentación, p osee un estatut o diferente a su referente. Otra postura francam ente i nteresante ac erca de esto s espacios i maginarios en los q ue intervien en tanto nuestro c uerpo v ivido como el univer so de las imáge nes es defend ida por Gilb ert Durand. Du rand acentúa la entidad d inámica de la imagen y la pone en relación con nuestra historia corporal desde el momento en que articula los g randes símbolo s de la imag inación se gún claves cosmológ icas y astrales y di vide estos ar quetip os según vivencias desde nuestr o cuer po. Por ejem plo, Durand lig a las contra diccio nes natur ales o ele mentos i nconcili ables en este s istema de imág enes; l a distinción e ntre un régim en diurno y u n régimen noct urno en la imag en así lo indic a.Es precisam ente en esta contrad icción, e n este mundo p aradójic o que nos recu erda el d el cuerpo, donde las imá gene s adquiere n su may or potenc ia (1960: 35). Tod o ese di namismo pr otagoni za el ámb ito de las i mágenes que conforman l a historia a ntropológica, d e modo que “la repre sentaci ón del obj eto se deja a similar y m odelar por los imp erativos pulsion ales el su jeto, y e n la cual, r ecíproc amente, como ha mostrado Pi aget, las represent acio nes sub jetivas s e explic an ‘p or las ac omodac iones anterior es del s ujeto’ al medio o bjetivo” (Durand, 196 0:38). La import ancia de los pr inci pios inc onscie ntes que c onfigur an símbol os que defin en nuestr a civilizaci ón (y otras a tr avés de los ti empos) m uestran un ámbit o de lo imagin ario com o zona d e tensiones. To mando los pri ncipios de animus y a n i m a (masculino y femeni no) de l as teorías de Jung (1964:17 9-193 ), la cat egoriz ación d e imág enes se gún D urand m uestra la exist encia de uno s símb olos reprobad os, ligados a la carne y al principio feme ni no que existe en to do humano (y que va mucho más allá de su distin ción sexual). Y precisamente ésto s so n rechazad os en el ‘régimen diu rno de la imagen’ en nombre de u n deseo de eter nidad, par a lue go redimirs e en las imágen es noctur nas, menos liga das a la conscienci a pero co n un evident e poder se ductor que d espués r etomarí a Baudrillar d. Este ám bito din ámico podrí a estar reñid o con la expre sión ‘es pacio imagi nario’. La misma constancia de los arque tipos ha sido en tendida por numerosos psicólogo s no como un punto en un espacio, sin o como una direc ción (Duran d, 1960:46). Desde nu estro pun to de vist a, aún será im portant e Inmaculada Rodríguez Cunill - 133 -  en esta v isión de l imaginar io com o un es pacio nuestr a ínti ma vivenc ia corpor al, y la te nsión s e verificar á precisame nte por la c onstan cia de n uestro cuer po. De hech o, un a priori es pacial s igue fu nciona ndo: Durand ret oma la idea de P iaget de que l a hor izontalida d y la vertica lidad son pe rcibidas e n los niños d e un modo privileg iado (1960:4 7). Más que una asunción matem ática abst racta, no podemos de jar de liga r esta verticalida d al hecho de estar erguidos en nuestro mun do. El análogo kinésico seg uirá estando presente e n las im ágenes percibid as tan i nmediat ament e como n uestro mism o cuer po. Sería im pens able, por ejem plo, el símbo lo de la ascensió n sin t ener en c uenta la f uerza de grave dad qu e atrapa a n uestro ser. Esta superació n de la carn e viene valida da precisamente por la existe ncia de un o rganismo mate rial regido por leyes físicas. El espac io imag inario está transido de cuerpo, y los juegos de la corporalida d y de la corpore idad se podrán ver ificar en las im ágenes crea das por el hom bre -por ejemplo, c on la s numerosa s culturas qu e han corp oreizad o el sol com o ‘ojo d e Dios’ (Dur and, 196 0:171). La u nión de l ámbit o de la imag en y del cue rpo se verif ica de un mo do espec ial cuan do el cuer po pueda muti lars e y cambiar así su di mensió n carnal p or otra d e carácter más mági co. Las h istorias de ablacio nes de ojos co nfirman un pas o en el espaci o imag inario de la v isión a la viden cia (Dur and, 1960:17 2), la adhesi ón a máscaras c onfir ma una transf ormación m ágica del c hamán. En suma, un conjunto de acces orios sobr e nuestro m ismo cu erpo har án que el esp acio ima ginar io pueda ca si palpa rse y se haga m ás dens o en la misma sup erficie de nuestra piel. Los i ntentos de purificac ión estar án lig ados al cuerpo (c omo la to nsura de los monj es, como la a bla ción de clítoris, co mo la circuncisión, que permite distinguir más claram ente al hombr e de la carnal idad de lo femeni no). Au nque la tra nscende ncia sup ong a una superac ión de la carne, de nuestro s er animal, d e nuestro cuerpo, n ecesita d e él. En s uma, Dur and pr etende una desc ripción fenomen ológic a de l os conte nidos d e la im aginac ión, teniendo en cuenta el trayecto antropológ ico y da ndo g ran importancia a lo s imperativos biológico s y psíquicos. Los principi os mascul inos y femen inos, consci entes e inconscie ntes, se manifiesta n en los símbolos pr opuest os; del result ado d e la lucha p odrá de cirse si nos hallam os en el régimen diurno o noctu rno de la imagen. Pero asoci ar el esp acio ima ginario al cuerp o debe ser ent endido e n su ju sto valor. La psicolo gía que estudió ti pologí as del car ácter no pu ede ser trasla dada a este ámbito. Más q ue estas clasific acione s, lo imaginar io se ve Inmaculada Rodríguez Cunill - 134 -  “influido por fa ctores situac ionales, histórico s y social es, que desde el exterior llama n a tal o c ual encadenami ento de arq uetipos, suscita ndo una co nstelació n u otra. Por otra p arte, el comporta mient o caracterial d e la per sonalida d no coi ncide f orzosame nte con el conten ido de l as represent acio nes” (Dur and, 1960: 441). Tampoc o son pos ibles otras corre sponden cias. Ni el pri nccipio fem enino ni el masc ulino cuentan en la imagen c on una distinc ión de sexos, n i con unas connotaci ones positiva s o negativas (el anima es tanto la vírgen o la madre, c omo la br uja o e l demonio). Así como el hombre pos ee un an ima feminiza nte, la mujer posee un animus imaginario (Durand, 19 60:443). El indeterm inismo sex ual nos incluye e n un lugar imagina rio lleno de tensiones, lo que facilita un ‘ponern os en el lugar de’, una ubicac ión de nuestro cuerpo en el espa cio descrito por la imagen. Hoy en día, esta misma ubic ación ya no es sólo cuest ión d e nuestras facu ltades im aginales. S e está a dhiriendo a nuestro m ismo cuer po, está siendo ámbito de nuestra ex perienc ia coti diana , como ocurre con es e fenómen o llamad o virtual idad. 2.3.7.1. Imagen como foc o, cuerpo c omo foco Sigue en pie aún una ev idencia que podí a conduc ir al m áximo rel ativismo: el carácter intransferibl e -y, por tanto, misteri oso- del cuerpo. Este cuerp o implica l a sensa ción d e vivir en un c entro más o menos estable des de el qu e entender la experienc ia 42 . Nuestra dimensión comunicativa pued e traducir a imág enes esa idea miste riosa de centro que impera en el h ombre. Así lo indica la aparic ión const ante en la hi storia d e la human idad de docum entos que se refiera n a espac ios centrados, c omo muestra n numerosos arquetipos. Mircea E liade había puest o de r elieve que tras num erosos sím bolos religi osos, no i mporta l a procedenci a de éstos, se escon de una ide a de centro. Es te arquet ipo, plasm ado tanto visu almente co mo en la literat ura, refleja que “e l hombre no p uede viv ir más que en un es pacio sa grado, en el ‘Centro’” (Eliade, 19 55:58) . Las dife rentes tradiciones que ob servan esta tend encia se pueden reunir en dos grupos. En el primero se a testigua el deseo de l hombre de hallarse en el ‘Centro de l Mundo’ sin que tenga que hacer esfu erzos para el lo. El segundo se c aracteriz a e “insiste so bre la dific ultad y, por consiguiente , el mérito que tie ne el po der penetr ar en él” (E liade, 195 5:58). Inmaculada Rodríguez Cunill - 135 -  Baj o esta clasi ficación su byace u na idea c ontradict oria que b asa nuestr as nocio nes de cuer po, corporeid ad y corporal idad. La supu esta estabilidad es algoda do (como nos ha enseñado la corrien te de pensami ento occid ental, que ha cr eído en la pr esencia d e una conc iencia e stable), o es una meta en realidad inalca nzable (ide a más afín a las fu entes or ientales de V arela). De una maner a o de otra, la pl asmación v isua l de una id ea de centr o se reanim a graci as a sus relaciones co n una experi encia pers onal . Así ocurre por ejempl o en su análisis d el mandal a, que significa ‘círculo ’(1955:5 6-57). La polivale ncia de este símbolo tiene, finalmente, una justificación corporal, lo que admite El iade dic iendo q ue “t odo ser hum ano, incl uso inc onscient ement e, tiende hacia el Centro y hacia su propio Ce ntro, el cual le confiere re alidad integ r al, ‘sa cralidad’” (1955:57). La s facultades misterio sas de una im agen s imbólica están relac ionad as direct ament e con un as pecto sa grado. Lo mismo, como observam os en el capítul o anterior, ocu rría con el c uerpo. Preocupado por la historia de las relig iones y los símbolos perennes en el hombre , Eliade no profundiz a en la l abor del cuerp o. Sus com entarios s obre la contrad icción entr e un símbo lo central qu e por un lad o es accesi ble y por otro entra ña la dific ultad de s er penetr ado, no se ll evan a s us últimas consecu encia s. Existe u na coinci dencia entre el enigma del cuerp o, su polivalen cia, su c arácter mis terioso, paradój ico, y las c ontradictor ias puest as en práct ica del sí mbolo d el centro. Eli ade id entifica u n centro en el hombre, per o no incide en que ese centro (sea un a ficción o no) se bas a en la vivenc ia corporal e intransferib le. Precisamente las cualidades d e esos arquetipos cen trales que el homb re ha creado demuestran un parale lismo con el universo del cuerp o que aqu í se ha reflejado . Los centros de Eliade participan d e varios mun dos, del divi no y el hum ano y del infier no (por ej empl o, en forma de árb ol místico). Estos mun dos son inter pretabl es desd e el universo c orpor al que h emos descrito. L o divino, asociado a lo inmat erial, lo espiritu al y lo m ental, al ude a l a capacid ad si mbólica del hombre; lo hum ano, por contrapo sición, s e integra e n el mu ndo de l a materia, en la q ue figura e l punto d e partida d e cue rpo como organ ismo. Por fi n, el centr o como c onfluenc ia del cami no al infi erno refl eja un a distinc ión entr e lo bueno y lo ma lo que se pr esenta tam bién e n los vaiv enes morale s del hombre. Resulta aprovechab le en la postura de Eliade que los símbolos no apa rezcan sólo como una construcción i ntelectual del hom bre. Se trata de símb olos vividos ( y, por consiguiente, pueden adaptarse a nuestra ex perienc ia del cuerp o). Así, se desli ga de un paradig ma teórico de raíz r aciona lista o, más bien, lo amplí a. El arquetipo proce de “de una geografía sagrada y mítica, la única ef ectivament e real , y no Inmaculada Rodríguez Cunill - 136 -  una geo grafía profana, ‘obje tiva’, e n cierto mo do abstr acta y n o esencial, c onstrucci ón teórica de un espacio y de un m undo que no s e habit a y q ue, por t anto, no s e conoc e”(Eliad e, 1955: 43). Como símbolo vivido, no depend e de la comp rensión racional del hombre. Mucho s otros p arámetros de raíz afec tiva, (como los que vimos en la obra Freedber g) confl uyen en él. Incluso el sím bolo, aq uel sign o que c arecía d e relac iones ref erencia les o ind exicales, está asociado a nuestro mismo cuerpo . Por muy a bstrac to que parezca un signo, siempr e poseerá una referencia a nuestras di mension es corpor ales, lo qu e afect a tanto a la produc ción c omo a la rec epción de los mismos. Los dos punt os de partida de este epígrafe, el c uerpo y la image n, se manifi estan com o un foco, en el sentido d e que (1) nos lle gan sens aciones a part ir de los hi potéticos objetos de la realida d que s e concentran como est ados em ergentes ges tálticos y (2) so y yo, desde mi cuer po, y no otra p ersona, la qu e experimenta esas sens acion es (es decir, están a glutinad as en mi mism o ser físico). Estos dos as pectos s e hall an íntimam ente r elaciona dos. S i por un lado, en la mis ma per cepció n de las im ágenes q ue ha cr eado el h ombre se da ese poder c entraliz ador q ue la co nvierte en e nunciad o sobre la realidad, por otro, el mismo c uerpo posee esque mas imag inales al enfrentar se c on la real idad, esquemas im aginales en los que e l cuerpo func iona com o foco radic almente mío. Johns on ha a punt ado q ue el se ntir el c uerpo como u n centr o frente a una per iferia (1987: 201) constituye o tro de los esquemas de imágenes 43 que afect an a nu estra vida y que se re laciona n con la identifica ción ver-co mprender . Nuestr o cuerpo no sólo ac apara l os objetos circun dantes -el hec ho de ver-, sino que se irradia hasta el e xterior -con la mirada -, estable ciendo así un e spacio percep tivo que define una esfera de ob jetos que se encuentran a nuestro alrededor a distintas distanc ias. La posici ón centr al se revela com o ventaj osa en l a dinám ica ex istent e entre nue stro cuerpo y los obj etos. El espac io perce ptivo del esq uema c entro-perif eria es e n reali dad una tras posic ión de nu estra exper ienc ia com o cuerpos, en los que se ev idenc ia un es pacio empírico y valorativ o, puesto que un os obj etos qu e se enc uentren a nuestro alrededor a dquieren m ás imp ortancia que otros, que se hal lan más cerc anos a los límites de la periferia. Se trata, insist imos, de un esquem a metaf órico qu e puede ten er un reflejo a nivel físico. L a noció n de territorio, de espaci o personal, de reserv as del yo, nos habl an de un mismo fenóme no, aun habie ndo partido de disci plinas difer entes. Las metáfor as ‘centro-perifer ia’, ‘interior- exterior’, ‘más es arriba’ etc. descritas por J ohnson y Lakoff no se integr an en el univers o de la abstracció n. Poseen un refere nte impr escindi ble en la actuaci ón Inmaculada Rodríguez Cunill - 137 -  de nuestr o cuerpo en la vid a cotidi ana, pero también s erán aplic ables a las imág enes (dis tinguiendo, por ejemplo, e ntre un marc o y un mun do exter no a la e nunciació n de la imagen conc reta). La mism a férr ea distinción entre sujeto y objeto que ha presid ido la re fle xión occidental ha sido aceptada por la evidencia de nuestro habitar u n cuerpo, una ent idad central (aun que en bastant es ocasio nes esta acept ación ha supuesto un anquil osamient o más qu e una di námic a comple ja). Johnso n (1987:2 03) atribuy e a la dualidad int erior-exter ior “la impo sición de un a orienta ción SUJETO-OBJETO, en l a cual nuestr a subjetivi dad se defi ne en funció n de lo que es más interior o central para nuestro ser consciente.(...) Esta dimensión ‘más interior’ origina, a su vez, la distinción YO-OT RO, a la q ue se pued e imponer la valorac ión MÍO-TUYO”. Las propuesta s de John son ayud an a ent ender nuestr a forma de clasific ar. Entre l as muy variadas vivencia s, asoman unos e squemas que nos sirve n para d ilucidar que nuestro mo do de pensar tiene un relación imprescindible con nuestro centra mient o, aquí y ahor a, en es te cuer po. Las imágenes que forjem os, tendrán una r eferenc ia explí cita en él. La mism a idea d el cuerpo c omo un r eceptác ulo dispuest o a conten er las se nsacion es proven ientes de l exterior apunta a un es quema m etafórico que luego trasla damos a otros c ampos: nuestr a maner a de categor izar supo ne un r ecipient e en el que s e incluyen una serie de acontecimien tos, obje tos, estados, propiedades, et c. Todo lo que te nga la capacidad de agluti narlos ba jo un denom inador comú n puede con siderarse un recipi ente. Por e llo, la búsqued a de los límites del cuerpo y de los obje tos responde a un esquema que proviene de nuestro modo de acon tecer en el mundo. Y, como afirma Johnson, “ la comprensión es el mo do en que ‘tene mos un mundo’, el mod o en que experime ntamos nu estro mundo como una rea lidad com prensib le. Por tanto, dicha compr ensió n supone l a totalidad de nuestro ser (... ). En síntesi s, nuestra compr ensión es nuestro modo de ‘e star en el mundo’” (Johnson , 1987:174 ). Hablar del cuer po y de l a imagen como do s focos no im plica una ne cesaria s eparaci ón entr e éstos, sino qu e incide más en el as pecto comu nicacion al de los ‘centr os’ de los q ue habí amos partid o. Como cu erpo focal, v oy proy ectando mi luz ha cia la s imágenes que me rodean. Este organismo viviente nunca d eja de ex plorar, jamás ces a de com parars e con su medio. L a imagen es com o el ob jeto 44 que me seduce, y por ello manif iesta tambié n una dinámi ca focal. Y car ecemos de otra forma de conoc er. Distinguir en un espacio unos focos dond e nos ubicamos por el mism o hech o de ser, resulta ser un Inmaculada Rodríguez Cunill - 138 -  constructo im prescin dible e in herent e al ser hum ano. Com o “no nos es p osible p ercibir, ni compr ender, ni actuar, sin desgranar zonas limitadas en la continuidad del mundo” (Arnheim 1982 :53), esta blecemos focos, y al perc ibir, valor amos, establ ecemos u na atenció n más en un as partes q ue otras d e la imagen. Por añadidur a, según el contexto en que veam os la imagen, nu estra atenció n será variable. Pero es e contexto está encarn ado en nosotros. Insistamos, no obstan te, que pensar en el cuerpo como fo co supone inte grarnos en una ámbito metafórico por el q ue constr uimos nuestr o mund o, y no estabiliz ar nuestro organi smo com o mat eria. Aranguren había insistido en que no sólo nuestro yo era una construcci ón, sin o también n uestro cuer po: “Si (...) el yo es una construcción , una ficción, su cuerpo no lo es menos. Nos (¿quié n?, ¿quiénes?) ponemos o qu itamos un cue rpo, lo cambi amos por otro, com o nos ponemo s o quitamos un yo, p ara reemplaz arlo por otra p ersona-másca ra o person aje teatral, y como n os ponemos o qui tamos un vesti do. El cuerpo es, de este modo, u vestido, una masc ara, un disf raz Pero, ¿de qué?, ¿de quien?(...) Sueño o vestid o de nadie, de nada. Jue go de prestid igitac ión del yo, del alm a, del cuer po, de la perso na, del ser humano. Diso lución total. Pero pregu ntémonos otra vez: ¿e n que? En un tejido, en una red de represent acion es, de relaci ones, de fu nciones. La desubst anciaci ón desemb ocaría así e n la insubstanci alidad. El i dealismo, el s olipsis mo, dejab an todavía i ntacto el solus ipse, es decir, cuando menos, un yo, el mí o. Mas co n esta co ncepción é ste desa parece t ambién, roto en m il pedaz os, e inc luido, por supuesto, el cuerpo ” (Arang uren, 1981: 27). Esta per spectiva no es contr adictoria con l a del c uerpo c omo foco o c omo c entro, pue s se trata de la misma co nstrucción por la que con ocemos el mundo. Nos resulta verdadera mente ne c esaria si no queremos com unicar. Por otra parte, nace d e una ex perienc ia única e i ntransf erible, l a de nuestro mi smo cuerpo. Las bases par a comunicarnos s on posibl es a través de esta construcción. Así que si bien nos integramos en e l terreno de lo comp lejo, de él han emergid o las constru cciones de estos ce ntros que somos cada uno y que hemos traslad ado al mundo de la s imágenes. De un sistema cambiante construimos una id entidad y nu estra refer encia es s iempr e la de un c uerpo, au nque é ste haya lle gado a ser el disfraz mismo, la repr esentaci ón misma. Como di jo Arangur en, la desnu dez no exist e; así que la identidad c on el pr opio cuer po es tambié n una cons trucción. Nuestr o cuerpo nos intr oduce en u n tejido d e represent acion es, en plena c ircul ación com unicaci onal. Inmaculada Rodríguez Cunill - 139 -  2.3.7.2. Dentr o y afuer a De l a atenci ón del c uerpo com o foco se deduce otr a idea esencia l que pr eside nuestr as vivencias: la distinci ón entre un interior y un exterior que Jo hnson y Lakoff ya e xpres aron en s u lib ro Metáforas de l a vida cotidi ana . De las aport aciones d e ambos se de duce q ue en la dist inción de un dentr o y un afuer a el cuer po funciona c omo eje fund amental. Más adela nte, Johns on, esta vez en solit ario, ins iste en la pr esencia de l cuerpo en la m ente, afirm ando que l os fenómenos c ognitiv os no puede n separ arse de nuestr a dimens ión corporal. P ero, ¿cómo es es a dimens ión c orporal ? Por un l ado, “nos exp erimentam os a nos otros mismos como entidades separa das del resto del mu ndo, com o recipientes con una parte ext erior y otra interior.(...) Experiment amos muchas cosas a través de la vista y el tacto com o si poseyer an ineq uívocas fro nteras, y, cuando las cosa s no tienen límites claros, a me nudo proyectamo s límites sobre el las, conce ptualizán dolas com o entidade s y a menudo c omo recipient es (po r ejemplo, bos ques, claros, nu bes, etc.)” (Lakoff y John son, 1980:98). Por tanto, nos constituy en en nuestro pens amiento tr es cuestion es vividas : por un lado, el cuer po posee un os lí mites; en se gundo lugar, l os objet os tambié n los tien en; fi nalmente, exp eriment amos l o s objetos que nos rodean . Esta última obse rvación puede parecer una contradicción respecto a las dos entida des que han sid o delimitadas en primer lugar, el cue r po y los objetos. Pero se trata de abarcar precisame nte cuestio nes vividas. Nu estro uni verso físico co ndiciona d e tal maner a que nuestro c uerpo se experimenta de difere nte modo qu e el resto de cosas que nos circ undan. Johnson y Lakoff e stablecen unos esquemas de imágenes en nuestra cog n ición que deriva n directa mente de la cue stión vivencia l. Si en nuestras re laciones cotidianas utilizamo s continuamente una escala valorativa que nos permite distinguir un dentro de un afuera, n o es por nuestras facultade s cognitivas ‘en abstracto’, sino po r vivir un cuerpo . Johnson propon e que el sign ificado lo llega a ser precisam ente porq ue estamos de t erminados po r nuestro pro pio cuerpo 45 . Las limit acione s que Lakoff y Joh nson prop onen en e l cuer po y los objet os no conform an par te de su teorí a; son más bien u na constat ación de una metáf ora que vivimos e n la socied ad occide ntal. Su s apreciac iones no son po stulados, sin o confirmaci ones acerc a de cómo ent endemos nuestro prop io cuerpo. Inmaculada Rodríguez Cunill - 140 -  Asignar u na frontera al c uerpo prop io en nu estra vida cot idiana si gnifica, a nuestro enten der, que podemos p r oyectar es ta noción de fron tera a entidades distintas a no s otros. Esto hace que no s separemos d e ellas, pero ta mbién, para dójicam ente, prod uce la comu nicació n y el conoc imiento. C asi una visión panteísta su byace a esta teorí a, puesto que sól o podr emos conocer lo que corporal ment e conocem os. Toda r elación d e ‘ponerse en lugar de’ es una adm isión de mis límit es y un d eseo de abocarnos m ás allá de ell os, a través de l a comunicac ión. Johnson (1 987:76) ex pone disti ntas consec uencias de los es quem as de im ágenes de la orientaci ón dentro-f uera que se c onform an a través de nu estra concep ción del cu erpo como un a entida d con límites. Aunq ue parta de ejemplos de la len gua, la importancia de esta s diferencia ciones es imprescin dible a l a hora de compren der im ágenes, o mejor, de reconocerlas. El mismo hecho de que nos podamos com unicar mediant e un simpl e diagr ama, de q ue acud amos a esquem as como l os que pu ede poner un pr ofesor de metafísi ca en una pizarra p ara expli car determi nados conc eptos abstr actos a s us alumnos a y uda a comprender la importancia de la existencia de un dentro y un afuera. También reconocer u na figura r especto a un fondo, problem a esencia l de la ps icologí a de la fo rma, es delimit ar. Los esqu emas corporeiz ados ponen así en con exión u na vivenc ia de la intransfer ibilid ad del cuerpo c on el mundo de la image n. Pero habíamos afirm ado que lo que nos p ermite pon er límites en nuestr o cuerpo tam bién nos posibilita a de struir las ba rreras. De es te modo, si podemos recono cer objetos apartánd olos de un fondo indefinid o, tambi én podemos distin guir entr e la parte y el todo. D e nuevo, la estr uctura fractal de l conocer asoma a e sta investiga ción. Nuestro cuerpo limita co n el entorno, pero también dife renciamos en nuestro cuerpo un br azo res pecto al tronc o, y el ant ebraz o respecto al brazo, y la mano ante el antebr azo, y los dedos frent e a la ma no, y las falan ges ant e la mano, y así indef inidam ente. Esta s delimitac iones, bastant e comp lejas, se fun dan en un esque ma simple de fronteras que, rep etido hasta la sacieda d, se convierte en el motor de nue stras distincion es. En este sentido, el dentr o y el af uera con r efere ncia al cuerpo su pone un sist ema operati vo de enfr entarn os al mundo, per o no resp onde a otra cosa que a un a búsqueda de elem entos míni mos en la p ercepción mi sma. La estabilidad inhe rente al esquema den tro-fu era se c onfigur a en u n motor, en una fu erza dinámic a en la que entra en juego la creativid ad. Así, imagen y cuerpo han de ser observ adas desde una perspectiv a de la acción, tal como acont ecía en Varela. No se trata ya de un planteam ient o exclusivam ente i ntelectual, s ino de actividades en evol ución. C omprender no es c omprend er en u n marc o Inmaculada Rodríguez Cunill - 141 -  teórico, sin o en un dinam ismo d e la acció n, porque nu estra ex perienc ia va c onforman do nues tra corporei dad y corpor alidad, y éstas son el poso so bre el cu al las exp eriencias se v an conform ando. La distinción entre d entro y afuer a no sól o diferenci a entre dos entid ades sep aradas, sino qu e subyace a e llo un pos icion amient o en el q ue algo e stá dentr o y no afuer a 46 . Es en esta visi ón superficia l y obvia don de quer emos i nsistir, pue s, como dic e Johnson, “nuestros esquemas de or ient ación esp acial y tempora l son tan penetra ntes y tan constitutiv os de nuestra exper ienc ia corrie nte que los dam os por s upuestos (y, por tant o, los pas amos por a lto) en las explicac iones imper antes del signifi cado y la compr ensión. Así se nos escap a una parte cons iderab le de los medios a t ravés d e los cuales algo pu ede ser si gnificativ o para nos otros (se trate de un o bjeto, u n acontecimie nto, una pala bra, una or ación o u na narrativ a). En cons ecuenci a, debemos pr estar m ás atención al mo do en que dichos esq uemas oper an en nuest ra compren sión ”(Johnson, 19 87:88). De este m odo, la orient ación dentro-fuer a tie ne su explicac ión últim a en l a viven cia cor poral, s ea para ad mitir nu estro cuerpo como c osa cont enida en un r ecipiente, com o par a conce birlo c omo reci piente de otras c osas. En ambas c uestion es los sign ificados surgen c omo efe cto de l a interacció n. El cue rpo mira hacia las cosas, sale fuera de sí y se constituye como ent e cogn itiv o. Pero las c osas también nos miran, nos seduce n, penetran en n osotros, nos mod ifican y nos hac en conocer. En est a ambigü edad el único sentid o posibl e surge, a fin de cuentas, del cuerpo vi vido. Johnson ha ce aparecer la me táfora de la orient ación como esquema diná mico, e insiste en qu e resulta impo sible esta blecer un a orient ación sin q ue se incluya en ella una p erspectiva desde la cual s e establece. Dist ingu ir entre el cuer po propio (como algo i nterior) frent e a los o bjetos circunda ntes (hec hos exteriores) s upon e establecer no sól o una limita ción, sin o una d iferenci ación desd e la orie ntación del propio cuer po como foc o. Los esquema s de las imág enes pro puestos po r Johnson y r eferentes a nue stra forma de val orar la dic otomía fuera- dentro d esde la ex perienc ia, adqu ieren gra n validez par a reflexi onar acerca de c ómo podem os incluir nos met afóricamente en algun o de los dos p olos. Estos es quemas ayudan a ma nten er una co herenc ia en la c omprens ión d e nuestro ent or no. El establecimient o de un dentro y u n afuera en nu estra vida di aria, entre nu estro cuer po y los objetos, en nue stros valores, etc., adquie re, según Johnson , su plena vigencia como ‘estru cturas de nuestra compr ensión c orpore izada’(1 987:17 5). Johnson po ne de relieve q ue no es que ado pte una actitud Inmaculada Rodríguez Cunill - 244 -  2.5.3. El objeto como umbral de la semiótica Cuando la ima gen pier de su condi ción de r epres entaci ón y gana e ntidad como objeto; cua ndo reconocemos un rostro en fo rmas fractales, como una nub e; cuando imagi nariam ente insuflam os de vida la repres entaci ón, parec e qu e ha interv enido e n el proc eso se miótico u na real idad ext erna. T odo obje to es una ent idad extras emiótica, pero parece quer er inmiscu irse en l a semiosis. La dinámica conti núa. Desde el inicio de n uestro trabajo hem os insistido en utilizar unas categor ías que nunc a han de ser ce rradas (nuestra posición interdisciplina r es síntoma de el lo). Ahora, al aborda r el proble ma de la se miotización del refe rente nos encontramo s con un caso análogo , pues supone in definir las fronter as entre lo que pued e entenderse o n o como labor de la semiótic a. Una p ostura de índ ole subjeti vista supo ne que el obj eto está ahí af uera de n osotros, per o insist e en que se trata, des de el p unto de v ista de la semi ótica, de un a suposic ión. En estas pe rspectivas subyace ci erto idealism o: todo senti do es produc ido por el h ombre. La polémica su rgida entre Tomás Mald onado y Umberto Eco a p rincipios de los 70 se b asaba precisa mente en la oposición de uno s postulado s empiri stas y o tros subjetivi stas. En 1972, Ugo Vo lli afirmaba que nuestro estar en el mundo h ace incluir los objetos e n la semiótic a. En otras pal abras: que nuestra mism a perc epción es semiotiz ante, y qu e una co ntinua eli psis pr otagon iza nuest ro ac ercamie nto a los objet os; esto im plica que en n uestra vida c otidian a hablem os de objet os, que lo s incluyamos en nuestro trasi ego constante de signos, aunque el objeto est é aparta do de la semi ótica. Revistas como Co mmunicati ons , o como Versus , publ icaro n en esos años estudio s acerca de la semiótic a visual q ue han m arcado las i nvestigaci ones po steriores. Elis eo Veron est abl ecía un lúc ido eje para disti nguir l o analóg ico de lo digit al y de lo cont ig uo; subrepti ciamente, ya aparecía la la bor del cuerpo en los signos. Tampoc o se puede olvi dar ni a Ekman ni a Friesen, o a investig adores como Bateson o Watzlawick, cuyas a portacion es ayudar on en gr an medi da a la cla sificac ión de Vero n. Este panor ama da id ea de la e merg encia de l as reflex iones acerc a de la imagen que ib an sobrevin iendo en el c ontexto de los est udios se mióticos. S i hub o un ab ordaje en la tem ática cor poral, fue precisame nte por el est udio de l a comunic ación no v erbal. Los a vanc es en la pro xémica y la ci nésica as í lo indicaba n. Pero la puesta definitiva en contact o entre l a im agen y el cuerpo queda aún po r venir. Tal ve z no se haya consegui do todavía porque nos hallamos en un ámbi to científico en el que han primado unos Inmaculada Rodríguez Cunill - 245 -  significados inte lectualizados c on la imagen, de m odo que fen ómenos como el de la pr oyección, la empatía o el de la transferencia han sido investigados puntualment e dentro del terren o de la psicología , o en el ámbito de la estét ica gracias a la n oción en Einfühlung . Nue stra implicación con las imágenes ha sufrido una amputación en el di scurso científico de Occidente. Si las imágenes, en su mismo reconocimie nto, nos invoc an a un emplazam iento, a u n ‘ponern os en el l ugar de’, que n os hace i dentificar el dib ujo de u na mesa con la mesa en la que comemos diariamen te, o con una entidad grupal d el que mi mesa es sólo un espécime n, éste emplazamiento ha sido observado por el di scurso científi co como un ingredient e de la razó n, elimin ando otras i nterpretacion es demasi ado ‘introspe ccionistas’ para el discu rso racionalista predomi nante. P or eso e l nuev o parad igma que parece sur gir con la crisi s de la moderni dad quizás necesit e tomar presta da la postura dinámic a del cuerpo co n los objetos. La objetualiz ación del cuerpo supone la utiliz ación de éste com o un signo, imaginariam ente extern o al mismo sujeto que le procura cuidad os. Ese intérprete , cuyo sopo rte físico es un dete rminado organismo, util iza su cuerpo como si se tratara de algo extern o a él que le proporci ona una serie de benefici os. El cult o al cuerpo de la socied ad post indu strial es u n síntoma de este fe nómeno ( con desviaci ones, como la anorexia o la bulimia ). De este tipo de co mportamientos h an de dar exp licació n la psicología o la sociolog ía. Se trata, en líneas generales, de conducir al exterior una pa rte del sujeto para integrarlo en la comunicación visual. La otra cara de la m oneda la representa l a cuestión d e la semiotiz ación de l referente, pu es est o supone la i ntroducc ión en la se miosis de un elemento ajeno a ella. Tanto este fenóm eno com o la objetualiz ación del cu erpo compart en un a vocaci ón comun icativa que incluye n nuestro estar en el m undo, siendo cuer pos, rodeados de objet os, en la pragm ática de l a comunic ación. Nuestra si guiente r eflexión tr atará de sintetizar l as aport aciones acerca d e la semiotizac ión del referente desde l as pers pectivas enumer adas c on ant eriorid ad y otras m ás reci entes. La c onstante se rá, ahora, la introd ucción del cuer po en la misma dinámica c omunicativa v isual. 2.5.4. La semiotización del r eferente El problema d e la ‘semiotiz ación del ref erente’ es el punt o de partid a de Volli, pa ra quien reconocer qu e el signo icó nico existe es reconocer qu e posee una p articul ar relació n con los obj etos , incluso más allá de la reflexi ón semiótica (19 72:14). Sus apreciac iones sugi eren, por tanto, u na Inmaculada Rodríguez Cunill - 246 -  transgresi ón re specto a lo que se ent endía que er a el ámbito de la cie ncia de los sig nos. Pero e se ‘m ás allá’ de la pu ra reflexió n semiótic a constituy e en sí un probl ema, la raíz del pro blema mism o de nue stra relación co n los objet os, como ha demostra do la fenome nologí a. Un tem a recurrent e en la obr a de Eco ha s ido, pr ecisam ente, difer enciar el campo d e acción d e la semiótic a. Ello reflej a una preocupaci ón enc omiabl e, y pone en evide ncia que la indefinici ón de límites no puede s er precis a. En L a estructura ausente, Eco co loca un nuevo límite de la semiótica en la fenomenolo gía: ”La fenomen ología p arece pr oponers e fundamentar d e nuevo de sde su ori gen aquella s condici ones de l a formación de unid ades cultu rales que la semió tica ac epta como ya establecid as, porque la comunica ción funciona gra cias a ell as. En este c aso, la epoch é fenome nológic a llev aría la pe rcepció n a un ámbito de interrogac ión de l os referent es, no como mensajes descodific ables, sin o como mens ajes altam ent e ambiguos, afines a l os mensajes estéti cos”(Eco, 1968:93). Dos tensiones pugnan aquí: por un lado, la inclusión del objeto en la semiótica nos indica una transgresi ón de los umbral es descr itos por Eco; por otr o, resulta necesaria la estabil ización d e unos conceptos para profundizar en el ámbito científico en el que actúa la semiótica. Los umbrales des critos por Eco son, precisam ent e, umbral es, y no puertas s elladas, pues la semiótica s e sirve de inv estigaci ones en otr os campos ( por ej empl o, la teoría de la Gestal t ) para avanza r en la ciencia d e los signos. Nuestra inte nción será, ahora , investig ar la trans gresión misma por la q ue el objeto s e introdu ce en el pr oceso semiótico. Est a trans gresi ón nos par ece o b je to de la s emiótica, p uesto que si bien es ciert o que necesit amos una estabil izació n del objeto (r ecord emos a Pi aget y a Fre ud) para qu e éste se convierta en si gno, también l o es que este ob jeto pued e significar nos mú ltiples cosa s. Un código cerr ado es menos real qu e un c ódigo a bierto, e n el qu e el cu erpo se i nserta, defi nitivame nte, com o factor fundame ntal. Un códi go cer rado invoc a a esa esta biliza ción, a una d enotació n expresa en un signo, mientras que un có digo abi erto nos i ntroduce en u na realid ad que s e autog enera p or nuestr a acció n misma. Es en esta segunda perspec tiva en la que no s sumergimos ahora. Establecer u na distinción clara entr e los sig nos, clasific ar, categori zar, había s ido una la bor sumamente fructífera desde Peirce. Sin embargo, par ecía que la aportación de Volli ponía en entredic ho Inmaculada Rodríguez Cunill - 247 -  el establecimien to de límites firmes entre los concepto s desglosados por los investig adores. Más que reducir l os signos, habí a que c omprend erlos. Pero, ¿cómo abordar la relació n de un s igno co n s u referent e? Lo expuest o hasta el momento inc luye e n la problem ática de la sem iotizac ión del refere nte la cuestión de la reali dad, pues es un obj eto real el que se in cluye en la semios is. Esta prob lemática pu ede llegar a con ducirnos por ca minos muy a l ejados del q u e nos p roponemos. Todo s los deba tes filosó ficos están imbui dos por lo q ue el filós ofo entie nde por r ealidad. P ero pr etendemos esquivar el problem a a partir de un send ero que n os parec e fundam ental. Tal vez esta investiga ción no ten ga tanto qu e ver con lo qu e sea la verdad acerc a de la imagen y del cuer po, per o sí con la ‘s ensació n de ver dad’. El mis mo hec ho de qu e habl emos de objetos, y n o de ‘lo que ent endemos por obj etos’, es decir, la e lipsis c onstante co n la que actuamos, acent úa esa ‘s ensaci ón de verdad’, ha ciéndol a protagonist a de la verdad misma. Si esto es una mentira, no importa, pues es un a mentira oper ativa que se añ ade al mismo e nigma del cuer po. Por eso nuestro int erés radica en cómo se construye es a hipot ética me ntira, q ue provoc ando la ‘sens ación d e verdad ’, da lug ar a la exp eriencia d e la sensación, es decir, lo único que n os es apr ehensibl e. Por es o, la intr oducció n del o bjeto en e l ámbito semiótic o supone r espon der a una diná mica del cuerpo y los objetos q ue nos es cotid iana. Un a dimen sión dif erente de l problem a será aquéll a que acentúa cómo es posible acceder ci entíficamente a la explic ación de la ubicaci ón del objeto en la semiosis. Pero la post ura de V olli no acce de directam ente a est a dimen sión. M ás bien intenta plant ear qu e el conc epto de icon ismo se c onsig ue intuitiv amente p or la semejanz a o el parec ido y por la c onfigurac ión . Huyendo d e reducir e l problema a la lógic a (oposici ón, exc lusión, ide ntidad, etc), añad e la nec esidad d e usar instrum entos matemát icos (1972: 15). La poca concreció n -“cier to punto de vista alg o abstracto”- que demue stra Volli (1972 :19) cuando ha de compar ar las variaci ones de i ntensidad el éctrica o las m odulacio nes electrom agnét icas con la imagen produc ida por l a televisión nos reafir ma en el hec ho de que muc hos otros fa ctores, más a llá de la lógica y de la g eometría, ha n de func ionar en la r elación de l objeto se miotizad o y el signo . No extrañ a que V olli parta del sig no icónic o, pues é ste, res pecto a otros sign os, está al c omienz o de un lar go pr oceso de a bstracció n del refe rente, ca si como si estuviera adhiriéndo se todavía a él. Este proceso n o es sólo i ndividu al (record emos de n uevo a Pi aget y su i dea de que para q ue nazc a el sig no, Inmaculada Rodríguez Cunill - 248 -  ha sido necesari o que un obj eto se haya estabi lizado co mo tal): porque es indiv idual , es social. Una sociedad no p uede form ular sig nos icón icos para o bjetos qu e no exist en en su e ntorno, per o, además, se hace neces ario que, a ntes de repres entar icón icamente e sos objetos, lo s haya est ablecido co mo signos. La circularidad vu el ve a manifestarse: “está adem ás la bie n conoc ida tesis de Rol and Bart hes se gún la cu al toda funci ón en un cultur a tiende a convertirse en sign o y así adq uiere sign ificados d enotativos y co nnot ativos. Ahor a estará c laro q ue no todo es un obj eto, ni, por tan to, una func ión par a una cult ura (au nque todo pueda ll egar a ser lo) y, por tanto no ten drá el car ácter de un signo, no será sus ceptible de s ignificac ión icón ica” (Volli , 1972: 16). Para V olli, los sig nos icón icos no s e pueden r eferir a nada, si no a obj etos esta blecido s socialmente c omo sign os 64 . Esta es la clav e que le perm ite hablar de semiot ización d el referente, pu esto que esos objetos e stablecid os social mente c omo sig nos, son ya signos o, por de nominar los de otra manera, objetos semi otizados. Evidenteme nte, nos vo lvemos a e ncontrar c on la p resupos ición, n unca de mostrable, de que ha y objetos al lá fuera de nues tro cuerpo, per o que sólo s abemos de el los por su sem iotizaci ón. El enig ma sigue lat ente, pero no será objeto d e la semiót ica. La estrategia de Volli para intr oduc ir el referente en la sem iótica pasa, por tanto, por convertir el objeto e n sign o y establecer qué rela ciones son n ecesaria s para qu e la conv ersió n sea pos ible. A plica ndo la estructura com pleja del sig no diseñad a por Hjelmsl ev (forma y sustancia d e expresi ón, forma y sustancia d el conten ido), dif erencia entre el ob jeto ori g inal, el ref erente semioti zado y, finalm ente, el sig no icónico. Así q ue los ne xos en tre referente y signo ven ahor a su pla smació n no en u n concepto etéreo de la analogí a o del p arecido entre uno y otro, sino e n la compar ación e ntre dos cla ses de signos: la de “l a dimensión significativa de los obje tos y la de los signos icónicos”(Vo lli, 1972: 17). El problema s urge c uando est e autor ins iste en la descripci ón de estas rel aciones desde la lógica y la geom etría. Si el ic onismo se basa en un ‘pare cido’ r egido por est os dos ám bitos, se constr iñe la noción de icon ismo a una dimen sión racio nal. Esta dimensión r acional tal v ez pueda servir a nuestr o discurso ci entífico oc cidental , pero no serí a generaliz able a otras cult uras. El ico nismo quedarí a, a nuestro enten der, restringido. Inmaculada Rodríguez Cunill - 249 -  Volli c onsider a que e l signo está motiva do por el o bjeto y, usan do la nom enclat ura de H jelmsle v, “desde el pun to de vista de cierta adquisición de la pertinencia cu ltural, objeto e imag en tienen la misma forma de e xpresión”(Volli, 1 972:18-19). Esto signific a que pa ra Volli e xisten unas re laciones geométricas y lógicas comune s. Pero subyace a esta s apreciacio ne s la idea de un a configuración e stable de los objetos. Es cierto que, llegada u na etapa de nuestr o desarrollo, se es tabiliz an (es dec ir, los entendemos como objet os difere ntes a otros), pero, la analogía q ue prese nta entre la forma d e expr esión del sig no y del referente semiotizado no puede reducirse a la geometría. Como puso en evidencia Panofsky, la perspectiv a es ya un sistema simbólic o y cultural por el que acce demos a los obj etos. Entendem os com o líneas rectas las qu e se presenta n a nuestra percepci ón como curv as. Es decir, efectuamos u na corrección e n nuestra mism a mirada. S i hemos de poner en r elació n la repres entaci ón geom étrica c on nuestra perc epción, ést a responde más a un a perspect iva curvi línea com o la expu esta por Barre y F locon (1968). El mismo ca mpo neutro rectangula r que enma r ca nuestra s producc iones icón icas (marco s, pantallas, etc.) es u n product o cultural: nuestr a visión, si tiene lím ites, son elípticos. Estas objeciones al traba jo de Volli pueden se r ahora revisadas: desde cierto punto de vista, tanto el re ferente semiotizado como el signo icónic o pod rían tene r una misma fo rma de expresión, ya que en ambos efec tuamos un a correcció n (lo que constit uye una prue ba de que el r eferent e ha entrado en el ámbito cult ural), pero m uchos otros fact ores que n o responde n a la lógica o a la geomet ría puede n servir como ejes p ara plante ar afini dades entre un signo y s u refer ente semi otizado. Est a ha sido la lab or del Grupo µ (1 992), que en gran med ida ha part ido de las refl exione s de Volli. Se puede interp retar, a pesar de lo expue sto, que las analogía s lógicas y matemática s no son más que dos casos de an alogías cu lturales. E n este sent ido, el iconism o adqu iere una v aloraci ón satisfactoria a los ojo s de Volli porque su carácter ‘natural’ se ve disminuido con analogías que pueden plantears e lóg ica y mat emáticam ente (l a huel la del c uerpo s e ve ‘r acionaliz ada’), y porque h ace sobreval orar l a dime nsión si mbólica del ico nismo. La m isma r acion aliza ción de esta ana logía es y a una muestra cultural (esa dict adura del discurso científico a la que aludim os con ant erioridad). De cualquier forma, se vue lve a plante ar un pro blema con respect o al c uerpo. L a expresi ón ‘s emiotizaci ón del referente’ p arecía intro ducir una verti ente empíri ca en la semi ótica, per o se ha vue lto finalm ente subjetivista. Sin emba rgo, ninguno de los dos po los nos conven ce, porque, a nu estro entender, nohay polos, sino diná mica. El iconismo favore cerá la pue sta en contacto del objeto (re ferente) con el signo y con el cuerpo del espectado r (que interviene en su capacidad interpre tante). Bajo las palabras de Volli se Inmaculada Rodríguez Cunill - 250 -  manifiesta un a atención al icono en su dimensió n simbólica, y la ‘natural’ queda simbolizad a por la actuación d el investigador (l as transform aciones lógic as y matemáticas). Como el obj eto sólo s erá cognosc ible gr acias a s u semiot ización, l a tesis su bjetivista vuelve a quedar justif icada, p ero a costa de adoptar so lamente su d imensió n intelectu alizada. El c uerpo del espectador es olvidado. 2.5.5. Los signos traslativo s: un ca so de semiotización de referente El problema d e la semiotizac ión del refer ente se complic a si partimos de la tríada establ ecida por Peirce y la interpreta mos con límites estrictos. La comparac ión entre un a bandera pintada (el sig no icónico) frent e a una bander a como objet o de la realid ad (el refere nte) pone de reli eve la futilidad de tal actuación. Alberto Faras sino pro pone la de nominac ión de tras lativos par a estos si gnos, des critos por Eco. Desde nuestro pu nto de v ista, el c aso de la bander a como referent e justif icaría es e refer ente sem iotiza do. Pero hay q ue profundizar en e sta cuestión, pues si comp aramos un cuadro en que se obse rve una bander a y otro en el q ue encontr emos una silla pint ada, p arece surg ir una difer encia d e grado. Mi entras que la ba ndera -referent e es ya, de p or sí, un símbolo de un país (l a relac ión ‘band era roja y amarill a’ con ‘España’ está fuertement e co dificada), la silla-ref erente n o constituy e un símbolo fuertement e codific ad o (sólo unas circ unstanc ias muy per sonale s nos conduc irán a entender l a silla co mo un si gno de mi abuela, que se sienta en ella) 65 . En nuestra opi nión, y más all á de la tríada de Peirc e, los signos tras lativos de l os que ha blan Ec o y Farassino n o son uno s signos específic os, sino los r esult ados de una din ámica in herente a nue stro estar en el mun do. En el caso de la ba ndera, he mos prod ucido un signo icónic o a partir de un sign o simbólico do nde un os rasgos pertin entes (el rojo y el amarillo) son definitorio s para volv er a la significac ión de part ida (rojo y amar illo es igual a Es paña). Aquí, la espec ificidad crom ática de l significante funci ona como s ema de recon ocimiento, co mo sema dist intivo. El tono del rojo no i mport a tanto, pues “la semi ótica debe ocupars e sólo de com prend er por qué la pres encia d e aquel color es suficiente par a denot ar un sig nificado deter minado” (Faras sino, 197 2: 52). Reflexi onemos un poco más a partir del e jemplo de la ban dera. Esta b andera objeto es ya el soporte de un signo d e caráct er simbólic o. La co nvenció n nos ha hecho identif icar el r ojo y el am arillo Inmaculada Rodríguez Cunill - 251 -  como la repr esent ación crom ática de Es paña. Pero una ve z que este obj eto es tomado como ref erente , se consigue ot ro signo qu e, de alguna m anera, agluti na al anter ior. Si observ amos el lienzo La L ibertad guiando al pueblo, de Delacroix, o La fiesta del 30 de junio d e Monet, las bander as frances as so n plasmadas icó nicam ente; en ellas un refere nte ha motivad o el signo icónico; per o esto no elimi na el uso simbólico de la band era: la bandera roja, azul y blan ca nos sigue conduciendo a la idea de la nacionalidad francesa. L a bander a franc esa (no y a esta bander a objeto sino un tipo que es l a bandera fr ances a) no s conduce a un significa do muy e specífico. El referente es prec isamente s emiotizad o gracias a esa peculiar idad de co nducir nos a un s ignificad o. Y por ello, y a no importa t anto su pres encia física, s ino su anudam iento con un tipo general cuyo significad o es la na cionalidad francesa. Estas tr ansgr esiones p ueden ll evarnos m ucho más a llá, par a mostr arnos que s e trata de un problema co mplej o que, sin emb argo, actú a continuam ente en nuestro entendim iento de l mundo. La s banderas d e Estados U nidos pint adas p or Jaspers J ohns, haci endo coi ncidir sus límit es físicos con los límites del ma rco, nos devuelve n una objetual idad que esta ba a punto de perderse, identifican referente con signific ante. L a semiotizaci ón vuelv e a pres entars e. En estos ca sos exist e una repres entació n icónica, simil ar a la ex puest a por Delac roix o Mo net, pero las coinc idencias d e los enm arcados c on los límites de una ba ndera-o bjeto n os devuelv en a la i dea de qu e nos enco ntramos ante un refer ente- significante. Si bien este tipo de pr oblem as acerc a de la repres entaci ón son un a constante e n la evolu ción artística, otros casos q ue nos circ undan se muestran t ambién co mo sig nos traslat ivos. Pe nsemos, p or ejemplo, en la distinc ión entre un r ecuadro cel este y ot ro rosa para disti nguir un urin ario para el uso de l hombre y otro destina do a l a mujer. En e stos casos, qu e ya desglos amos en otra ocasi ón (Rodríg uez Cunill, 1993:9 8-99), perm anece en u nos signos l a herencia d e una conv ención proven iente d e otro contexto: el que defi ne la dife rencia d e sexos e n la rop a de los b ebés. Ta n fuerte es la refer encia a estas ropas, que el códi go de lo s urinarios no puede entenders e si no nos traslad amos a un cont exto precedente, e n el que la c onvenc ión cultur al es deci siva. Así pues, hablar de signo s traslativos supone la existencia d e signos no traslativos. Nuestra opinión es contraria a ello, pues e ntonces estarí amos tra tando co n códigos c errados, que car ecen de interferenc ias. Todo si gno es resultado d e una trasla ción, o mejor, d e una transgr esión d e límites. Y s i contam os con el he cho de que la s emiotiz ación del ref erente c onduc e a un sign o que es el si gno- referente, hemos ll egado a través de la transgr esión al signo primigeni o, aquél en el qu e habita la p ura Inmaculada Rodríguez Cunill - 252 -  materialida d (donde se encue ntra, indef ectiblemente, nuestro cu erpo). Por otra part e, es ciert o que no s e puede transgr edir aquell o que no es est able, que s e integra e n la pura d inámica. Por es o nos encontram os en esta investi gación en la constante te nsión entr e unos ef ectos diná micos (de un os signos pasamos a otros) y unos efe ctos estab ilizadores ( entendem os cada signo com o un sign o). Lo que nos int eresa, por tanto, de estos signos traslativos, es que muestr an una dinámi ca en la que las r elacio nes entr e refer ente y si gnifica nte van más allá de las propu estas de Vo lli. Ni la lógic a, ni l a geometría demuestran que un sign o icónico pueda esta r motivado por su refe rente. El re ferente semiotizado m ismo e s ya un signo, y s e incluye en un es pacio cu ltural, no solo geométrico o lógico. A quí mismo hay y a, pues, un a conve nción q ue nos ale ja de un mundo hipotétic o guiad o por las ley es euclidi anas, qu e parece n presidir los anál isis de V olli. La concl usión de Far assino, después de haber te nido pr esent e el refer ente, es p arecida a la d e Volli, pero d eja la puert a abierta a mecanismos de otras culturas: s on las un idades cultur ales y no los elementos r eales los que se configur an como tr azos pert inentes de la simboliz ación (F arassino, 19 72: 52): ¿Y no es acaso e sto lo que termi na demostra ndo Vol li acerca de l a semiotizac ión del refer ente? En nuestra opinión, e l punto más positivo de la ap ortación de Farassino (1972:53) se basa en esa apertura a la hetero geneida d, a la mult iplici dad pluri codific ada y complejid ad del sig no icónic o, a su n egativa a reducir la cuestión. 2.5.6. Signos intrínseco-cau sativos . La huella cultural del cuerpo Al hablar de se miotizacio n del referent e, Volli está incluye ndo el obj eto en la se miosis a c osta de transfo rmarlo (luego deja de ser una en tidad-ahí para convertirse en un construc to que fin almente entra en la comp etencia de l sujeto) . Por tanto, el objet o será incogno scible s i no es gr acias a su semiotiz ación. La tesis subjet ivista vuelv e a quedar justific ada, per o a costa de recon ocer en el suj eto solamente un as facultades qu e no incluye n su dime nsión corp oral. Y si, extrapola ndo las pal abras de Vol li, podem os encontrar en él al guna huel la del cuerpo, éste se definiría por la ext ensió n: la imagen será descrit a topológicame nte, y par a justif icar la prese ncia corpora l, Volli inventa l a denomi nación de l os signos intrínsecos-cau sativos. Estos signo s remiten siempre a una realidad. Pe ro esta exp licación resulta poco aclaratori a respect o al enfoq ue semiótic o en que nos encontr amos. Volli conside ra que la relación de estos signos con el iconismo pu ro resulta dudo sa: Inmaculada Rodríguez Cunill - 253 -  ”Si sólo ace ptamos la hipótesis pre semiótica de que desde un punto de vista una figura que tiene una form a tiende a hacern os pasar la mir ada haci a su v értice ap untado, a hí resulta que lo que he mos llamado movimien to causativo de lo s ojos y cabeza puede se r interp retado co mo un signo intrín seco de movimient o análog o al cuerp o entero en la dirección d eterminad a por la flech a que ni es por tanto un signo icónico ni indexical, sino in trínseco-causa tivo”(Volli, 1972 21). Desde nu estro punto de vista, y conclu yendo con nuestra ex posició n anteri or, estos sign os tendrán una fuerte h uella cor poral, realz an lo nat ural, lo matéri co del signo q ue luch a por adherirs e a su referente. Ilustración 14 Tal como ha ido des arroll ándose e l argument o de Vol li, hemos dec idido bu scar un ej emplo en que se p onga en evi denc ia la inter acción q ue se pr oduce entre nuestr o cuer po y la im agen. Par a ello, acudamos al ya célebr e exper imento de Yarbus q ue muestr an la ilustración 5 y la 14. Una de l as características de l a respuesta d e nuestra m irada a las im ágenes estática s puede deducirse de la ‘h uella’ que Yar bus colocó sobre el cuad ro de I. E. R epin La visita inesperada . Se trata de una le ctura que efectúan nue stros ojos, con una dur ación de terminada (tr es min utos) ante una imag en. Inmaculada Rodríguez Cunill - 260 -  completam ente ar bitrarios, como los gesto s motores aco mpañad os por el ‘sí’ o el ‘no’. Eco, reto mando a Ekman y Friesen, ha ce interve nir el ejemplo del niño apun tando con la mano en forma de pistola, pa ra diferenci ar entre un signo ic ónico y un sign o intrínseca mente codifi cado: cua ndo el niño acc iona e l percutor de la hipot ética pist ola, su gesto sig nifica la ma no mism a, y no el arma. Est a adhesió n a l a materia corp oral no s aleja del iconi smo puro y deja entrever huellas de in dexical idad; una part e del referente (e l mismo cuer po) está uti lizado c omo sign ificant e (1968: 90). Esto nos recuerda un ejemplo de Vygotski apo r tado con ante rioridad: el niñ o que es incapa z de usar en u n juego s u ded o con la fi nalida d de que est e miembr o adq uiera e l pape l de un s er que s e las maneja por sí mism o. Los ejemplo s de la pistol a y del dedo parec en ubicars e en diferent es etapas de desarroll o. La ic onicid ad no puede apar ecer en un a pr i mera etap a: el hec ho de que u na mano su stituya a una pist ola ind ica (1) u n avan ce en el poder simb ólic o del niñ o (y por tanto, un a lleg ada a la icon icidad) y (2) una comp licación d el concept o de c uerpo. Ya n o es só lo algo intransf erible. Al asumir l a posibi lidad a través del juego d e que nuestros miembros puedan sustituir objetos (presionando un percuto r imaginado), nos encontra mos en germ en con los juegos de la corpor alidad y l a corpor eidad. Al igual que re sulta difícil distinguir entre es tos tipos de signos, tamb ién la frontera entr e corporei dad y cor poral idad es impreci sa: nu estra e xtensión e n un ob jeto, la p istol a, nos co nduce finalment e a la sustitució n de ésta por mi m ano. Pero en ambos cas os un ingredi ente de la ima ginaci ón se ha puesto en marcha: la pistola, re almente, no se en cuentra en mi puño. Por otra parte, Farassi no coment a otra cuestión en el mismo e jemplo q ue aporta: esto s presuntos si gnos intrín secos n o son otr a cosa qu e sign os fundad os sobre la perti nentizac ión de los semas más fu ncionales, en un lenguaje cinésico , de la com unicació n. Así, incluye una dim ensió n arbitraria en es tos gestos motores, y afirma que no se trata entonc es de una par cialidad meto nímica, sino del funcionami ento de es a pertinenci a, que hace que no estem os hablando ya de l referente, sino de un producto codificado por cierta co nvención cultural (1972 : 51). El ejemplo de la pist ola demu estra cómo unos objet os puede n convertirs e en signific antes. Pero la adhes ión re ferente-sig nific ante se rea liza, pr ecis amente, so bre un s oporte c orpora l, que es el que plantea la com plicación d e la tríada í ndice-i cono símbolo con res pecto al triáng ulo ref erente-si gnifican te- intérprete. U n miembr o del cuer po se ha semiotiz ado, se ha s umerg ido en l a situació n hipotétic a qu e exige el ju ego, y así, paradój icamente, se desliza p or cada un o de los polos, de estos triá ngulos, si n instalarse def initivame nte en ninguno. Inmaculada Rodríguez Cunill - 261 -  Una de las soluciones ‘ra cional es’ a la cuestión pas a por entender el cu erpo como un o bjeto, es decir, objetu alizar el cuerp o, hablar de él c omo si de u na entida d diferent e a quien escribe se tratar a. Pero esto no hace más que simp lificar una cuestió n comp leja. Desde otro pun to de vista, nos d a mos cuen ta por fin de que l a objet ualizaci ón del cuer po y la semi otizació n del r eferent e son l as dos caras de la mism a moneda, y res ponde n a una di námic a similar. En e l moment o en el que el c uerpo part icip a activame nte (y no pasivamen te como en la lectu r a de un cuadro), un miembro propio puede con templarse co mo algo ajeno, como objeto . Está inmerso en la dinámica, cuyo aspecto es, sobre todo, desde nuestra perspectiv a, bastante fracta l. La objetualiza ción de l cuerp o, así, sólo es posibl e una vez qu e hemos desarroll ado un conc ept o complejo d el mismo a trav és de nu estras no ciones de cor poreid ad y corp oralidad. El fen ómeno del body- buildi ng no responde a una etapa infantil de nuestro de sarrollo. Somo s los más afectados por la construcción de nuestro prop io cuerpo: e n ese abismo en tre nuestro organism o y las cosas mater iales, hemos o ptado por q ue el su jeto se c onvierta en objeto. L os polos e stán indefi nidos, y u na super posici ón que raya e n lo enfermiz o ha con ducido a l peligr oso abism o fractal p or medio de un a extrap olación de l os juegos de l a corporei dad y la corp oralid ad. 2.5.7. Semiotización del refer ente y modificación del c ódigo. Casos visuales y casos corpor ales Eco ha retomado la pr opuest a de Volli ac erca de la sem iotizació n del refere nte. Pero el int erés por el códig o resulta fundam ental e n sus prop uestas. ¿Se podría, e ntonces ente nder la semi otizació n del referen t e como el proceso necesa rio para un cruce de códigos? Volli había dejado bien claro que hablar de la sem iotizaci ón del r eferent e signific aba i ntroducir e l objet o como si gno e n l a s e m i o s i s m i s m a . A l consider ar al objeto c omo sig no, podría darse el c aso de que é ste se y uxtapusiera a otros sig nos par a generar unos hi poicon os. La cuestión, por tanto, se compl ica. Para Eco se hace nec esario interv enir con la noción de c ódigo, per o tambi én, des pués d e expu lsar al r eferente d e la s emiótica, l o reincorp ora por medio de la circunsta ncia. Tanto el códig o como la circuns tancia se interrel acionan, d e forma qu e graci as a ellos enc ontramo s el senti do de ntro de la compleji dad q ue ofrec e un códi go abi erto. Por eso es posibl e la comun icación. Este código no se par ece en n ada a un a tabla de e quivalenc ias. Se tr atará de un asu nto complejo, en el que las oposicion es binarias s on sólo l as más senci llas; en el qu e se complic an las Inmaculada Rodríguez Cunill - 262 -  oposicion es saussuri anas. Más bie n este códig o estará defin ido por vibr antes ca mpos de atr acción y de repulsión 68 . Eco ( 1968, 135 y ss.;1976:19 8 y ss) retoma u n gráfico ex puesto por Quilli am que d a idea de esta complejid ad y la introd uce en el terr eno de l os significa dos. Las atrac cione s y repulsione s que se p onen el juego en nuest ra bús queda del se ntido en la comu nicació n, nos remiten a un a idea de código inm erso en el aquí y ah ora, en la pr esencia d el refere nte, de la circunsta ncia, y de nu estro cuerp o mismo. C omo en elgráfico d e Quilli am, la s elección de recorrid os del sentido s e da por el co ntexto. Numer osas circunstancias son tratadas como códigos exte rnos que pueden modi ficar aquél del que se pa rte. Eco concluye qu e existe n condicio nes extrase mióticas q ue per miten orie ntar la decodif icació n en un sentid o u otro, y que el men saje está dirigido a c ierta ap ertura, a una innovaci ón en la inform ación. “Desde el punt o de vista f ilos ófico,la circ unstanc ia intro duce bru scamente e n el cu adro de la sem iótica aquel refer ente q ue había mos expu lsado de el la. Aunq ue se a dmita que l os signos no deno tan directamente l os objetos real es, la circunstancia se presenta como el conjunto de la realidad que condiciona la selección de có digo s y subc ódigos li gando la de scodifica ción con su pr opia pr esenci a . de esta manera, el proc eso de la com unicació n, aunque no indiq ue referen tes, parece desarro llarse en el referente . La circunstan cia es el complejo de condic ionamientos ma teriales, ec onómicos , biológi cos, físicos, en el cuadro de los cuales com unicamos” (1968:149, 1 971: 55). Las circunsta ncias accede n a la comu nicació n, se semiotiza n, y sólo así lle gan a actuar c omo bisagra en el c ódigo, para facilitar la apertura de éste. Pensemos e n el fenómen o de la hipóstasi s del signo, conc epto ap ortado por Jakobso n. En ella, el plano del s ignific ado pier de su tendenc ia den otativa y, adh iriéndose al significa nte mismo, adquiere unos signif icados m ás cerca nos a la connotac ión. Por pon er un ej emplo, l os cuadr os abstract os o lo s ready-mades realizan este tipo de o perac iones. En u n cuadro ab stracto no pu ede ha blarse de una relación icó nica, puesto que no ex iste un pareci do entre la re alidad y la o bra (puede ex istir, pero subjetivam ente, no de un m odo compartid o por la comun idad). En el readymad e , la relació n entr e significante y signific ado se unifica. S i era n ecesario que un ic ono, par a que f uera ta l, se difere nciara d el referente q ue hac e posib le su creaci ón, esto d esaparece en un port abot ellas cuy o refe rente es él m ismo. En ningu no de los do s caso s pro puestos po demos habl ar de u na rela ción di námica entre r eferente y Inmaculada Rodríguez Cunill - 263 -  signo com o ocurre con el icono. Si n embar go, esto no si gnifica qu e los sig nificados no existan a partir d e estas obras. S on signifi cados más li bres q ue vienen además ap oyados por l a materiali dad mism a del objeto pre sentad o, sea el cuadr o o sea el ready-made . ¿No nos encont ramos, entonc es, de frente con l a objetuali dad, y sin e mbargo, con posib ilida des de sig nific ación? Tanto un cuadr o abstracto c omo un ready-made ponen en evidencia que hay much o de la presencia objetual en nuestra relación con el exterior. Nuestro ser cu erpos sugier e ese enfrentam iento con l os objetos. Y esto nos con duce a un os significado s más o me nos explícitos. Un mensa je que me m antie ne en vil o entre l a informac ión y la redundan cia, me incita a fijarme en el objeto, e n el mensaje sig n ificante, en el sopo rte objetual, lo que abre la ví a de la percepc ión estét ica y de la cre atividad del intér prete. Los signific antes adquier en as í significados por inte racción conte xtual. Pero, no son sólo los ejem plos saca dos de las a rtes los que no s pueden c onduci r a estas conclusion es. Nuestro mism o enfrent amiento cotidi ano con las imá genes tel evisivas de un inf ormativ o demuestra qu e atribuimos el valor de re alidad a e stas imágen es, confiamo s aún en su po der. Una com plejid ad análog a a la expres ada por Eco s e puede entre ver en Meyer Sc hapiro, qu ien no sólo puso e l acento en l a convenci onali dad inher ente e n nuestro enfr entami ento cu erpo a cuer po c on las imágenes (por ej emplo, el m ismo hecho de d ar a un niño un folio en blanc o para que dibu je condiciona su dibujo), sino también en las connotacio nes que surgen de las imá genes mismas que pueden tom ar como ref erent e al cuer po. Schapir o (196 9: 229) afirm a que usar l a palabr a ‘neutr al’ par a describir u na superfic ie no tratad a aún no es adecuad o. No es lo mis mo imag inar un a figura dib ujada en el estrecho es pacio de una pie dra que la confin a entre bordes, c erca del cuer po del es pectador, qu e en un espacio más amplio, au nque todav ía en una superficie irregula r. Aunque la co nvencionalida d en la pintura d e la fi gura es eviden te, much os sig nificados se asoci an a n uestra pr esenci a real en el mun do. E l espacio de alr ededor ya no será s ólo un f ondo en el s entid o de la psi cologí a de l a gestalt , sino, casi acercánd ose a prop uestas fenom enoló gicas, se rela cionar á con es e cuerpo pint ado, c on su pot encia l actividad: “La participación del vacío de alrededo r en la im agen-signo del cuer po es todavía más e vidente donde algunas fig uras son presentad as. Entonces los interv alos e ntre ellos pro duce un ritmo de cuerpo y v acío y determina efectos de inti midad, inv asión, y aislamient o, como l os intervalo s de espac io en un g rupo humano r eal” ( Schapiro, 1969:22 9). Inmaculada Rodríguez Cunill - 264 -  La tens ión qu e existe entr e el plante amiento del discur so semiótic o dentro de unos límites ‘racionalistas’ y la afectividad inheren te a la imagen y a nuestra dinámica con los objetos, re sponde además a una dualida d que se prese nta en el mism o cerebr o del hombre, c omo, entre otros, ha bía puesto de manifiesto McL uhan. La circunstancia biológica resulta aquí esencia l. El discurso científico se relaciona c on la c apacidad del hemisf erio iz quierdo de nue stro cerebro. Pasar a hacer un d iscurso so bre la imagen, que relaciona a las capa cidades inte gradas en el cerebro derecho pro voca por tanto problemas, q ue también h an sido contado s por Humphr ey (1992 ). Esta tensión puede e xplicar en parte la situación poco clara de lo s estudios sob re la imagen, sobre todo en lo que re specta a la enor me variedad de la nomencl atura ut ilizada. También el Grupo µ (1992: 26) ha intenta do introducir estas tend encias contrapu estas en sus análisis sobre el sign o visu al, aun que no j uegue t anto c on el ementos i nherent es al mism o func ionami ento biológico , como a evoca r una interacció n entre orden y desorde n, entre tendencias ap olíneas y dionisiac as, etc. Por re gla ge neral, el estudi o del ic onismo ha impl icado el estudio de fac tores mat eriales , aunque éstos se h ayan semi otizado. Es ne cesari o contar con un r eferent e y con un cu erpo que perc ibe, que exp erimen ta sensac iones . Aglutina r el factor cultu r al y el natural en nuestra comprensión de las imágenes es una tarea que se ha abor dado a menudo. Desde l a escu ela de T artu-M oscú, s e abogó por el esta blecimie nto de u nos sistemas de modeliz ación prim arios de carácter ver bal, frente a los sistemas de modeliz aci ón secundar ios, que incl uían todos los s ignos de carácter n o verbal. Más recienteme nte, Sebeok ( 1994) entiende estos mode los a l a invers a, y consider a pri maria (y también impresc indible) e sa vertie nte ‘natural’ que incorp ora nu estro org anismo a la semióti ca. Es más, ya el hombr e no se define re specto a los animales por la utiliz ación de si gnos verbal es (elem entos cultur ale s anidados e n la modeliz ación primaria, s egún la escuela d e Tartu-M oscú), sino por la c ombinac ión de un repertori o verbal y no ver bal. Lo peculiar y radicalmen te importan te de esta no - verbalidad en un sistema de modelización , es que proporcio na la construcción de nuestro mundo, pa s ado po r el filtro de nuestro cuerpo, y no diferenc iando en el hombr e una facet a mental níti damente distinguid a de una fac eta cor poral. Inmaculada Rodríguez Cunill - 265 -  2.5.8. Polémica empirista-su bjetivista: Eco y Maldonado El debate entre Maldo nado y Eco en t orno a al gunas pr ecision es sobre e l iconism o se pu ede consider ar ya clás ico. Los argum entos esg rimid os se sum aron a u na eferve scencia de ideas concerni entes a nuestro enfre ntamiento con las im ágenes. C omo hem os visto, el n úcleo de las aporta ciones de Ekman y Friesen respecto a aquellos signos ge stuales (que sin embargo tenían alguna particular idad vagam ente ic ónica y basta nte indexic al), planteaba el problem a de la intro ducción d el cuerpo en l a célebr e tríada de P eirce. Deb emos recon ocer, sin em bargo, que los frutos de l debat e tendieron a la teori zació n. Las críticas de Maldona do a Eco se centraba n en enfoques generales de s u teoría, y no tanto en casos concretos. Por suerte para nos otros, entr e estos plant eamiento s se encontraban e l de los límites de la semiótic a: ¿debí a consider ar ésta la re alidad c ircundante y objetu al? En 1992 Mal donado ha v uelto a publ icar su artículo “Ap untes sobr e la icon icidad ” en un nuevo v olume n titul ado Lo real y lo virtua l, per o est a vez (d espués de muc has r eflexiones, y sobre todo reconocien do cómo la obra de Eco ha ido de sarrollánd ose) ha elim inado la parte de su texto que a ludía al semiótico it aliano. Est o es ba stante si gnificat ivo. No se trata de una batalla ganada o perdida, sin o del reconocimie nto de que s us aport aciones han serv ido para que Eco r eformule l os plan teamientos qu e había expu esto en La estructura ausente. Sin embargo, ofrec emos ciertas nota s referent es a aquellas críticas formuladas por Mal donado, pues pued en aportar al gunas lu ces a lo que h a sido el des arrollo de l a reflexión s obre la im agen ic ónica. En s u prim era versión d e “Apuntes sob re la iconicidad”, Maldo n ado insiste e n que el icono no es una enuncia ción (1974: 238). Así surg e el problema del sig nificado, pero ta mbién el de la refe rencia, sobre tod o cuando no se ti ene cl ara la dif erencia Sinn- Bedeutung de Freg e. El desg lose filosó fico de Maldonado co n respect o a las imáge nes en Russell y Witt genstein demu estra un interé s en ubicar en u n panoram a muy específic o qué va a enten der por ico nicida d. Por fin, si puede e mitir algu na hipótes is acerca de qué e s el icono , lo caracteriza como una con figuración sin óptica,es decir, como “un sistema cuyos elementos se c omportan c onstitutivamente y no aditivame nte, es de cir, un sistema c uyos elemen tos se manifie stan en una relación recíproca de tota l dependencia forma l, estru ctural u funcional“ (1974: 239-240). Pero si esto es lo que entiend e Mal d onado, ¿cóm o acerc arnos a la cu estión del referent e? Si estructur alment e el referen te forma parte del si gno (nos remitimos a los inn umerabl es triángulos semi óticos), ¿cómo se manifiest a esta depe ndencia r ecíproca c on el sig nificant e? 69 [Document text truncated for crawler view.]