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Desafío en la arena

Delgado Linacero, Cristina

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Revista de Estudios Taurinos N.º 6, Sevilla, 1997, págs. 13-20 DESAFÍO EN LA ARENA Cristina Delgado Linacero Laboratorio de Arqueozoología (U.A.M.) rrumpiendo en la arena de la plaza, ebrio de la bravura de su casta ancestral, surge el noble morlaco del toril, desafiante ante un gentío que contempla expectante su azabache y hermosa figura. Sus bruscos y ágiles movimientos denotan la sorpresa de un ámbito extraño y la nostalgia de la vida en libertad por los frescos pastos de su tranquila dehesa. Capotes rosados revolotean ante sus ojos en un intento de frenar su poder, como aquellos otros exhibidos por los primitivos cazadores hispánicos, cuyo valor y arrojo pregonan pinturas aún visibles en los abrigos rupestres del Mesolítico levantino (Fig. n.º 1). Como durante siglos, el enfrentamiento entre el hombre y el toro sigue siendo un ejercicio de valor y de temple viril. En la agresividad del bóvido, se adivina la de su bravo antepasado, el uro, y en el trasfondo de esa lid se perciben remotas prácticas lúdicas y religiosas, previas a su captura y a su muerte. Herederos de los antiguos cazadores, acróbatas y hierofantes, los toreros sortean en el presente, con bizarría y donaire, los afilados pitones de la res. Como un moderno Gilgamés1en su lucha con el Toro del Cielo, el diestro desafía a su adversario de ébano con el mismo coraje y osadía con que lo haría el héroe sumerio. Ambos resurgen, todavía, de las tinieblas del pasado para volver a medir sus fuerzas en los ruedos peninsulares (Fig. n.º 2). La bella y desdeñada diosa Inanna2, causante y primera espectadora de tan singular combate, renace en las miradas femeninas, que siguen con atención las evoluciones de la centelleante figura varonil y las furiosas embestidas de su oponente. Como las elegantes damas cretenses, testigos entusiastas de las sorprendentes y arriesgadas acrobacias de los alados saltadores taurinos de la Isla, las mujeres ibéricas continúan haciendo gala de su constante admiración por un arte, que encumbra a quien lo practica por encima de los demás mortales. En lo más hondo de la evocación toro-torero-mujer, aún más patente en las chocantes y jubilosas manifestaciones femeninas de las corridas donde interviene algún espada peculiar, late la primitiva concepción de ese animal como fuente de fertilidad y su poder de transmitirla a la pareja humana. En el mundo antiguo, la posesión de tan preciado don, unido a la resolución y valentía en el combate, condicionaba la supremacía de un monarca en su país, de un dios en sus dominios celestiales y de un toro en su manada. Sugestivos sobrenombres como uro de cielos y tierra, toro de Israel, toro de cuernos irresistibles o uro que acornea al enemigo, que ensalzaban al Cristina Delgado Linacero 14 1Gilgamés: Mítico rey de Uruk (Sumer), protagonista de la epopeya que lleva su nombre. Ayudado por Enkidu, dio muerte al terrible Toro del Cielo, enviado por Anu (padre de los dioses) como castigo por haber desairado a su hija Inanna. 2Inanna: Señora del Cielo. Divinidad sumeria del amor y de la guerra. Desafío en la Arena 15 Fig. n.º 1.– Pintura rupestre. Mesolítico. Ares de Maestre (Castellón). Fig. n.º 2.– Caja musical de un arpa. 3000 - 2340 a. de C. Ur (Mesopotamia). Museo de Filadelfia. luminoso dios Marduk3, al iracundo Yahvé o a los valientes soberanos de Egipto y de Babilonia, expresaban esa fusión de conceptos. Tan excelsa condición se afianzaba cada año al despertar la primavera. Ritos de renovación, protagonizados por el soberano y su reina, remedaban, de forma real o ficticia, la unión amorosa del Dios del Cielo con la Diosa de la Tierra. Revestidos de la magia taurina o purificados por el sacrificio del toro, los monarcas sellaban, bajo las cúpulas sagradas de templos y santuarios, el divino enlace, símbolo de la explosión de la Naturaleza y de la Vida. Curiosamente, las corridas nupciales españolas, vigentes al menos desde el s. XIII al XIX, guardan lejana memoria de ese contacto revitalizador del varón y su consorte con la res. Todavía hoy, en el fulgor de nuestras plazas, multitud de féminas apasionadas incitan al torero a arrimarse más y más a su adversario como una nueva forma de comunión entre ambos. Gritos alusivos salen de sus gargantas cantarinas cual insistentes rogativas de vital transcendencia. Cuando empieza la danza al provocador compás de la capa bicolor, verónicas y gaoneras tratan de seducir la voluntad de lucha del animal. Es el tiempo inicial del coqueteo, de la sugestión que embelesa y revela la bravura de su casta. Tras el duro castigo de la suerte de varas, parejas de banderillas multicolores le aguijonean como dardos de caza, impulsando su acometida (Fig. n.º 3). Después, la roja muleta, enseña del futuro sacrificio, desgrana en el aire naturales y manoletinas, molinetes y pases en redondo, acariciando el brillante pelaje de la víctima y convirtiéndose en sagrado instrumento de un hierofante cubierto con su reluciente traje Cristina Delgado Linacero 16 3Marduk: Dios nacional de Babilonia, denominado novillo del sol. ceremonial. Los contraluces de la tarde dificultan, a veces, vislumbrar la silueta de ambos. Sus figuras se entrelazan y engarzan, emulando, como antaño, la mítica e inefable imagen del hombre-toro, símbolo de elevación de lo terrestre a lo divino, transformado después por la mitología egea en Minotauro guardián de una sabiduría superior, accesible sólo a aquellos que, como el heroico Teseo4, lograban vencerle. Sin embargo, el encanto pronto se desvanece. Toro y torero prosiguen sus mortales devaneos ante un público sobrecogido. Modernas Ariadnas5, llenas de gracia y donosu- Desafío en la Arena 17 4Teseo: Héroe griego de la región del Atica, vencedor del Minotauro que habitaba en el Laberinto de Creta y al que se ofrendaban cada nueve años 14 jóvenes atenienses de ambos sexos. 5Ariadna: Hija de los monarcas cretenses Minos y Pasifae. Enamorada de Teseo, le ayudó a salir del Laberinto donde habitaba el Minotauro, dándole un ovillo de hilo que devanó por el camino. Después, se casó con él. Fig. n.º 3.– Torito de bronce. Período romano. Anatolia. Museo de Ankara. ra, incitan al segundo a rematar la faena. Sudoroso y cansado por el continuo acoso, con el pelo enrojecido por la sangre que brota de llagas infligidas por acólitos a pie y a caballo, el toro se prepara para la suerte suprema. Cual venator6en el anfiteatro romano, el lidiador engaña a su enemigo con el trapo, aguantando con firmeza los embates de la res. Sueños de gloria guían su empeño. En un silencio religioso se suceden los últimos lances. Gallardos desplantes y miradas esquivas parecen detener por escasos instantes el fatal desenlace. Un brillante destello plateado se clava, de pronto, en la humillada cerviz. El animal cae pesadamente sobre la cálida arena, exhalando en un gemido su postrer aliento de vida. Divinidad materna y milenaria, la Tierra acoge ese manantial de encendido carmesí que, como sangrienta libación, empapa y fecunda su sagrado seno desde el altar del albero (Fig. n.º 4). El triunfador de la tarde se vuelve hacia la multitud que le aclama, mostrando con orgullo los trofeos de su hazaña. Su luminoso atavío, engalanado con la sangre sacrificial, memora el de aquellos antiguos pontífices, consagrados en las ceremonias del dios frigio Atis7por el bautismo en la sangre de un toro sacrificado. Los tintes dorados del atardecer envuelven la escena. Tal vez la luna, que empieza a dibujarse sobre el cielo, recoja y purifique la simiente de la víctima inerte, uniéndola a aquella otra de su divino camarada, inmolado bajo la daga mortal del Cristina Delgado Linacero 18 6Venator: Denominación del cazador romano y de aquel que actuaba en el anfiteatro en espectáculos cinegéticos. 7Atis: Dios frigio, compañero de Cibeles, madre de los dioses. Tanto sus sacerdotes como sus devotos se purificaban empapando su cuerpo en la sangre de un toro sacrificado. Mitra8indoario. Cuenta la leyenda que de su muerte fecunda brotaron todas y cada una de las especies vivientes. Cruce de influjos milenarios, la Península Ibérica sigue siendo crisol de toda referencia a este hermoso y emblemático animal. Su efigie, otrora garantía de divinas bendiciones de riqueza y abundancia, se alarga, como un bastión del pasado, por montes y llanuras; su carne, antaño prenda de supervivencia y salvación, constituye hoy nutritivo manjar y alimento de vida; su piel, vestidura de eternidad en otros tiempos e imagen de esta tierra nuestra, recubre y ornamenta suntuosos enseres. Hoy como ayer, en las recónditas profundidades del alma ibérica sigue resonando el clarín taurino de antiguas leyendas y celebraciones. Desde hace centurias, toda villa que se precie, real- Desafío en la Arena 19 8Mitra: Deidad masculina de origen iranio. Tema central de su trayectoria vital fue el sacrificio de un toro enviado por Ormuz (el sol), origen prodigioso de la vida. Fig. n.º 4.– Portalámparas. S. IX a. de C. Chipre. Col. Hadjiprodromou (Famagusta). za sus festividades patronales entre el bullicio, a la vez serio y jubiloso, de tauromaquias llenas de esplendor y colorido. Sombras atávicas planean todavía sobre el devenir de la fiesta y sobre el subconsciente colectivo de sus gentes. Reflejan ecos de aquel mundo ya lejano, donde el toro simbolizaba una parte esencial de las manifestaciones vitales del hombre de aquel tiempo. Mesopotámicos y anatolios, egipcios y chipriotas, cretenses, griegos y romanos, subyugados tanto por su nobleza y bella estampa como por su potencia y su bravura, mitificaron su figura, erigiéndola como símbolo común en torno al cual giraron muchas de sus concepciones socio-eco- nómicas y lúdico-religiosas. Al amparo de su imagen, se tejieron en interminable letanía ideologías y formas de vida, tradiciones y costumbres, creencias y planteamientos religiosos, cuya pervivencia se adivina bajo el velo protector de esa contienda singular, desarrollada hoy en el dorado albero de nuestros cosos. Allí, cada atardecer, desde el despuntar de la estación florida hasta avanzado el otoño, los habitantes de la antigua Iberia pueden contemplar a un esplendente varón, portador del imperio y del arrojo de sus antepasados, que desafía, como antaño, al heráldico embajador de algunos de los valores más genuinos del mundo mediterráneo. ¡Semblanza de un soñar nostálgico! ¡Ventanal de la Historia! La lidia es el atisbo de una esencia de siglos, misteriosa y profunda, donde el toro, guarnecido de rojo y azabache, y el torero, de brillos y de grana, debaten la eterna lucha por la supervivencia y por la fama. Cristina Delgado Linacero 20