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La coerción sexual en las relaciones de los y las adolescentes y jóvenes: naturaleza del problema y estrategias de intervención

Fuertes Martín, Antonio; Ramos Vergeles, Maribel; Fernández Fuertes, Andrés A.

Abstract

La coerción sexual entre los adolescentes, se ha convertido en un importante problema en nuestra sociedad, tanto por su amplitud como por las consecuencias que a menudo de ella se derivan. Sin duda, como profesionales de la Psicología y la Educación hemos de intentar ofrecer respuestas eficaces a esta situación, y una de las prioritarias es el desarrollo de programas de prevención que reduzcan su incidencia. En este trabajo nos acercamos a la problemática de la coerción sexual en la adolescencia con el objeto de contribuir a su prevención. De este modo analizamos los factores de riesgo asociados, tanto a la perpetración de la coerción, como a la victimización, para posteriormente plantear, en función de ello, cuáles podrían ser los aspectos más relevantes a trabajar en un programa de prevención en el contexto educativo.

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Apuntes de Psicología, 2007, Vol. 25, número 3, págs. 341-356. 341 A. Fuertes y otros La coerción sexual en las relaciones de los y las adolescentes y jóvenes Dirección del primer autor: Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación. Avda de la Merced, 109-121. 37006 Salamanca. Correo electrónico: [email protected] Recibido: septiembre 2007. Aceptado: octubre 2007. Apuntes de Psicología Colegio Oficial de Psicología 2007, Vol. 25, número 3, págs. 341-356. de Andalucía Occidental y ISSN 0213-3334 Universidad de Sevilla La coerción sexual en las relaciones de los y las adolescentes y jóvenes: naturaleza del problema y estrategias de intervención Antonio FUERTES MARTÍN Maribel RAMOS VERGELES Andrés A. FERNÁNDEZ FUERTES Universidad de Salamanca Resumen La coerción sexual entre los adolescentes, se ha convertido en un importante problema en nuestra sociedad, tanto por su amplitud como por las consecuencias que a menudo de ella se derivan. Sin duda, como profesionales de la Psicología y la Educación hemos de intentar ofrecer respuestas eficaces a esta situación, y una de las prioritarias es el desarrollo de programas de prevención que reduzcan su incidencia. En este trabajo nos acercamos a la problemática de la coerción sexual en la adolescencia con el objeto de contribuir a su prevención. De este modo analizamos los factores de riesgo asociados, tanto a la perpetración de la coerción, como a la victimización, para posteriormente plantear, en función de ello, cuáles podrían ser los aspectos más relevantes a trabajar en un programa de prevención en el contexto educativo. Palabras clave: coerción sexual, adolescencia, factores de riesgo, prevención. Abstract Sexual coercion among adolescents has becoming an important problem in our society, because of its high prevalence, as well as the negative consequences that this phenomenon can cause; for this reason, psychologists and educators must try to offer effective responses to this situation. In this sense, one of the most important objectives in this field is to develop preventive programs to decrease its incidence. In this paper, we seek to approach to the understanding of sexual coercion among youths in order to contribute to its prevention. With this aim, in this work we analyze some risk factors associated to the perpetration of sexual coercion as well as episodes of sexual victimization, and before that we speak about key points that should be taken into account to design preventive programs for educational contexts. Key words: Sexual coercion, Adolescence, Risk factors, Prevention. 342 Apuntes de Psicología, 2007, Vol. 25, número 3, págs. 341-356. A. Fuertes y otros La coerción sexual en las relaciones de los y las adolescentes y jóvenes La adolescencia constituye la etapa del ciclo vital en la que la mayor parte de los chicos y chicas iniciarán sus relaciones sexuales y de pareja. Sin embargo, los referentes educativos con los que la adolescencia cuenta para enfrentarse de una forma saludable y positiva a estas tareas evolutivas son escasos. Por otra parte, las interacciones sexuales se hallan socialmente estructuradas por las normas, derechos y obligaciones culturalmente prescritas; normas, derechos y obligaciones que definen las expectativas sobre cómo habrán de comportarse el varón y la mujer y que establecen las reglas mediante las cuales ambos sexos se relacionan entre sí. Todas estas prescripciones sociales se convertirán en scripts o guiones que, a nivel individual, operan como modelos mentales sobre el comportamiento esperado en las interacciones sexuales. Entre otros aspectos de interés, normalmente dichos scripts no incluyen la necesidad de un consentimiento verbal explícito, por parte de ninguna de las dos personas implicadas en una relación sexual y, de hecho, tiende a incorporar la idea de que el proceso de negociación será, más o menos, implícito y la comunicación no verbal jugará un papel fundamental en ella. Esta negación del proceso de negociación de las relaciones sexuales tendrá evidentes consecuencias en las dinámicas interpersonales, de forma que se convierte en un factor de especial peso para que se produzcan situaciones sexualmente coercitivas en el contexto de las relaciones de noviazgo, de amistad o en las relaciones sexuales esporádicas (Byers, 1996) No obstante, uno de los problemas principales en la investigación de la coerción y victimización sexual es su definición y operacionalización (Adams-Curtis y Forbes, 2004; O’Sullivan, 2005). En la documentación sobre el tema, el rango de conceptos y definiciones utilizado varía ampliamente y el desarrollo de medidas idiosincrásicas es frecuente. Esta relativa ausencia de límites conceptuales provoca una gran dificultad para la comparación entre los estudios, así como la imposibilidad de realizar una estimación real de la prevalencia e incidencia de esta problemática. En cualquier caso, de forma general, todas las conceptualizaciones han girado en torno a dos criterios fundamentales: el tipo de estrategia coercitiva empleada y el tipo de práctica sexual llevada a cabo. En el primer caso, la mayor parte de los estudios han tenido en cuenta tres tipos de estrategias: la coerción verbal, entendiéndose por tal conductas como el chantaje emocional, la mentira y/o la presión; la incitación al consumo de alcohol y otras drogas; y la amenaza o el uso efectivo de fuerza física. En el caso del tipo de práctica sexual llevada a cabo, fundamentalmente se ha diferenciado entre las conductas coitales y las no coitales. En todo caso, consideramos que el término coerción sexual hace referencia a cualquier tipo de conducta que se ejerce para forzar la voluntad sexual de otra persona, independientemente de qué estrategia coercitiva se haya empleado, de si la conducta sexual buscada tiene finalmente lugar o no y de las características de la misma, en caso de que se produzca. Sin embargo, la definición del término de victimización sexual nos resulta un tanto más compleja. ¿Es necesario que se produzca la relación sexual no consensuada para que pueda hablarse de victimización sexual? o, por el contrario, ¿es suficiente encontrarse en una situación en la que se empleen estrategias coercitivas para mantener relaciones sexuales, independientemente de que éstas se produzcan o no, para poder hablar de victimización sexual? Apuntes de Psicología, 2007, Vol. 25, número 3, págs. 341-356. 343 A. Fuertes y otros La coerción sexual en las relaciones de los y las adolescentes y jóvenes Amplitud del problema A pesar de estas dificultades en la definición del problema, los estudios realizados en las últimas décadas fuera de nuestro país arrojan resultados alarmantes sobre la prevalencia de esta problemática (por ejemplo, O’Sullivan, 2005). En España, los escasos trabajos realizados no muestran una panorámica muy diferente. Sipsma, Carrobles, Montorio y Everaerd (2000) observaron que un 33,2% de una muestra de 223 mujeres universitarias afirmaba haberse visto implicada en algún episodio sexualmente coercitivo y un 24,3% de los 189 varones universitarios que componían la muestra habría empleado alguna estrategia coercitiva para mantener relaciones sexuales con una chica que no las deseaba. En diversos trabajos realizados por Fuertes y Ramos (Fuertes, Ramos, Martínez, López y Tabernero, 2006; Ramos, 2004; Ramos y Fuertes, 2005; Ramos, Fuertes y De la Orden, 2006), la prevalencia de la victimización sexual en chicas adolescentes y jóvenes por parte de sus iguales varones oscila entre el 30 y 40% y, en el caso del empleo de estrategias sexualmente coercitivas por parte los chicos, un 15,3% de una muestra de 310 varones adolescentes y jóvenes, afirmó haber mantenido relaciones sexuales con una chica que no las deseaba, utilizando para ello algún grado de coerción (Fuertes, Ramos, De la Orden, Del Campo y Lázaro, 2005). Si bien es cierto que la tradición investigadora en el campo de la coerción sexual en las relaciones con los iguales se ha centrado en el estudio de los varones, como agentes de la conducta coercitiva, y de las mujeres, como receptoras de la misma, durante los últimos años distintos trabajos han puesto de manifiesto que no sólo las chicas experimentan situaciones de victimización y no sólo los chicos emplean estrategias coercitivas para mantener relaciones sexuales con otra persona que no las desea. Por ejemplo, Struckman-Johnson y Struckman-Johnson (1998) han realizado un estudio en el que un 43% de los varones de informa haber experimentado algún incidente coercitivo; por su parte, Russell y Oswald (2001) han observado que un 18% de una muestra de 285 mujeres afirmaba haber utilizado en alguna medida la coerción sexual. Los preocupantes datos en torno a la alta prevalencia del comportamiento sexual coercitivo entre los y las adolescentes y jóvenes han promovido la aparición de diversas investigaciones enfocadas hacia la identificación de posibles factores de riesgo asociados, tanto con el hecho de ser agente como con el hecho de ser víctima, de este tipo de comportamiento, si bien es cierto que la mayor parte de ellas se han centrado en el estudio de los factores de riesgo para poner en marcha este tipo de estrategias, en el caso de los varones, y los factores que incrementan las vulnerabilidad frente a la victimización sexual en el caso de las chicas. No obstante, los escasos estudios realizados parecen indicar que las variables implicadas en ambos casos no varían en exceso (Krahé, Waizenhöfer y Moller, 2003). El objetivo último de este tipo de estudios es poder elaborar y poner en marcha programas de prevención que permitan reducir la ocurrencia de estas conductas. Sin este tipo de conocimiento, el intentar eliminar esta problemática se convierte en un objetivo altamente complicado, si no imposible (Yeater y O’ Donohue, 1999). Factores de riesgo En el caso de los factores que se han vinculado con el hecho de que los varones pongan en marcha estrategias sexualmente 344 Apuntes de Psicología, 2007, Vol. 25, número 3, págs. 341-356. A. Fuertes y otros La coerción sexual en las relaciones de los y las adolescentes y jóvenes coercitivas, Malamuth y colaboradores (Malamuth, Sockloskie, Koss y Tanaka, 1991; Malamuth, Linz, Heavey, Barnes, y Acker, 1995) han desarrollado y contrastado el Modelo de Confluencia. De acuerdo con este modelo, la posibilidad de que un varón emplee estrategias sexualmente coercitivas se ve incrementada en la medida en que converjan en él ciertas actitudes de hostilidad y deseos de dominar y controlar a las mujeres (masculinidad hostil) y una mayor predisposición e interés hacia las relaciones sexuales en ausencia de compromiso o alguna forma de vinculación emocional (sexo impersonal). Múltiples estudios han respaldado, en mayor o menor medida, los planteamientos de este modelo (por ejemplo, Abbey, McAuslan, Zawacki, Clinton, y Buck, 2001; Rando, Rogers y Brittan Powell, 1998). Nosotros mismos (Fuertes et al., 2005) realizamos un estudio con una muestra de 196 varones universitarios con el objetivo de comprobar en qué medida el Modelo de Confluencia podía ajustarse también a los jóvenes españoles. Los resultados de este estudio confirmaron que las necesidades de control y dominio, junto con una mayor preocupación por el sexo, en general, y una mayor predisposición hacia el sexo impersonal, se relacionaban de forma positiva con el uso de estrategias sexualmente coercitivas. De forma adicional, pudimos comprobar que la capacidad empática se asociaba de forma negativa con estas prácticas. Especialmente interesante, en nuestros resultados, fue comprobar el papel moderador que la empatía jugaba en la relación entre las variables predictoras y la implicación en comportamientos sexualmente coercitivos, de forma que el efecto de estas variables se veía atenuado entre aquellos chicos que presentaban una alta capacidad empática, aspecto al que han apuntado los resultados de otros estudios (Malamuth et al., 1991; Wheeler, George y Dahl, 2002). En el caso del estudio de los factores de riesgo asociados al incremento de la vulnerabilidad frente a la victimización sexual, existe un cierto grado de polémica, ya que desde determinados sectores se ha planteado que este tipo de investigación es una forma indirecta de culpabilizar a la mujer de su propia victimización. Sin embargo, es necesario hacer notar que estos estudios se dirigen a identificar los factores relacionados con el incremento del riesgo de victimización sexual, sin culpabilizar en absoluto a la víctima y partiendo de la premisa de que el único responsable del comportamiento sexual coercitivo es el individuo que emite este tipo de conducta. De hecho, alguno o todos los factores de riesgo, que se expondrán a continuación, podrían estar presentes en muchas mujeres, pero mientras que éstas no tengan contacto con varones que empleen o estén dispuestos a emplear estrategias coercitivas para mantener relaciones sexuales, es poco probable, si no imposible, que sean finalmente victimizadas. En el estudio de los factores de riesgo se han distinguido, fundamentalmente, tres tipos de orientaciones (Koss y Dinero 1989). La primera de ellas se centra en el análisis de la influencia que pueden tener ciertas experiencias traumáticas previas en relación con la posterior victimización sexual. En este sentido, múltiples estudios han puesto de relieve la relación existente entre la victimización previa, ya sea en forma de abusos sexuales durante la infancia, o en forma de coerción sexual durante la adolescencia tardía o los primeros años d juventud y la revictimización posterior (por ejemplo, Himelein, 1995;Koss y Dinero, 1989; Testa y Dermen, 1999; Wyatt, Guthrie y Notgrass, 1992). La segunda orientación se ha focalizado en los factores situacionales que podrían incrementar la vulnerabilidad de la mujer, Apuntes de Psicología, 2007, Vol. 25, número 3, págs. 341-356. 345 A. Fuertes y otros La coerción sexual en las relaciones de los y las adolescentes y jóvenes estudiándose, fundamentalmente, el consumo de alcohol u otras drogas. Al menos, un 50% de las situaciones de victimización sexual se asocian con el consumo de alcohol, tanto por parte de la mujer como por parte del varón, aunque los estudios realizados no permiten determinar la naturaleza de esta asociación (Abbey, 2002). Una de las explicaciones que se han ofrecido se basa en que existen diversas expectativas asociadas al consumo de alcohol que podrían jugar un papel relevante en la asociación entre éste y la victimización sexual (Nurius, 2000; Testa y Dermen, 1999). Esttas expectativas, normalmente, se refieren a las consecuencias que el consumo de alcohol tiene sobre distintas dimensiones sexuales y sociales (Leigh, 1989). En este sentido, en otro de nuestros trabajos (Fuertes et al., 2006) evaluamos, en un estudio longitudinal, el papel que las expectativas sobre las consecuencias, tanto positivas como negativas, del consumo de alcohol podían jugar en la vulnerabilidad ante la coerción sexual. Las chicas que no habían tenido experiencias de victimización sexual con sus iguales conocidos tendían a tener menos expectativas positivas en relación con el uso del alcohol, y a la vez, tendían a creer que los efectos negativos pueden ser mayores, tanto en el primer momento de medida como en el segundo. Adicionalmente, las expectativas sobre las consecuencias negativas del consumo de alcohol resultaban constituir una variable discriminatoria entre las chicas que se vieron sólo implicadas en una situación sexualmente coercitiva en la que finalmente no se mantuvieron las relaciones sexuales no deseadas, de aquellas otras que sí mantuvieron dichas relaciones. Todo ello nos lleva a pensar que es posible, tanto que este tipo de expectativas reduzca el consumo de alcohol, como que el efecto del consumo pueda ser diferente. Si se espera que el consumo favorezca la espontaneidad y una mayor desinhibición, es más probable que, si eso es lo que se quiere, se consuma y también que los efectos esperados se vean favorecidos o potenciados. Si, por el contrario, se piensa que el consumo puede hacer perder el control e incrementar la vulnerabilidad y no es eso lo que se quiere, es más probable que no se consuma o que si se hace sea con mayor prevención (Fuertes et al., 2006; Testa y Dermen, 1999). Por último, la tercera orientación se centra en factores psicosociales, analizando el papel que juegan determinadas variables de carácter cognitivo-conductual, como son el locus de control, la susceptibilidad percibida, la asertividad y la autoeficacia, y la adherencia a un tipo concreto de creencias y actitudes en la victimización sexual. Respecto a las variables de carácter cognitivo-conductual, en nuestro estudio observamos que el locus de control con respecto a la vulnerabilidad ante la coerción sexual y la autoeficacia frente al manejo de situaciones sexualmente coercitivas, se asociaban de forma significativa con las experiencias de victimización sexual. Con respecto al locus de control, las chicas que no informaban de experiencias de victimización sexual mostraban unos niveles significativamente menores de locus de control externo que las chicas victimizadas. En relación con ello, este resultado, unido a la ausencia de relaciones entre la victimización y el control interno, podría hacer pensar que el hecho de no atribuir toda la causalidad de la victimización a elementos ajenos a lo que se pueda hacer personalmente, pero sin tener a la vez una ilusión excesiva de control sobre algo que puede escapar a él, puede ser un elemento importante en relación con la protección frente a la coerción sexual. En el caso de la autoeficacia frente al manejo de situaciones sexualmente coercitivas, es 346 Apuntes de Psicología, 2007, Vol. 25, número 3, págs. 341-356. A. Fuertes y otros La coerción sexual en las relaciones de los y las adolescentes y jóvenes posible pensar que las chicas que se sienten más eficaces para manejar las situaciones de coerción, pongan en marcha diferentes mecanismos que les permitan, en alguna medida, evitar la posibilidad de implicarse en situaciones de coerción sexual y también de resistirse más eficazmente en el caso el que éstas lleguen a producirse. Respecto al papel de las actitudes y creencias, desde los planteamientos de la denominada Teoría del Control Social, se sugiere que las mujeres que suscriben determinadas actitudes y creencias tradicionales en torno a los roles de género, las relaciones heterosexuales y las situaciones de victimización sexual, presentan una vulnerabilidad mayor ante la coerción sexual. En este sentido, se ha planteado que el sistema de creencias y actitudes que mantienen estas mujeres influye en diversas dimensiones que, o bien impide una percepción realista del riesgo de victimización (Nurius, Norris, Young, Graham y Gauylord, 2000), o bien influye en el comportamiento, de forma que en virtud de estas creencias, la mujer adopte un rol más pasivo ante los varones. Krahé (2000) sostiene que el comportamiento heterosexual es uno de los comportamientos sociales que, en mayor medida, está influido por los roles asignados al varón y a la mujer. De hecho, diversos autores y autoras han planteado que las prácticas de socialización con respecto a los roles tradicionales de género y las actitudes culturales asociadas a los mismos constituyen el origen de la coerción sexual (por ejemplo, Brownmiller, 1975; Burt, 1980; Clark y Lewis, 1977). A pesar de que desde un nivel teórico la relación entre las creencias en torno a los roles de género y la victimización sexual parece bastante clara, los estudios realizados muestran resultados muy inconsistentes. En nuestro país, los resultados obtenidos en nuestros trabajos (Fuertes et al., 2006; Ramos y Fuertes, 2005 y Ramos et al., 2006) señalan la tendencia de que, efectivamente, aquellas chicas que muestran unas creencias y actitudes más tradicionales y estereotipadas presentan un mayor riesgo de encontrarse implicadas en situaciones sexualmente coercitivas. Posibilidades de intervención educativa A la vista de la amplitud de los comportamientos sexualmente coercitivos en las relaciones de los y las adolescentes y jóvenes, desde muy diversos foros, se ha venido considerando la necesidad de desarrollar estrategias eficaces para la prevención de la coerción sexual en esta etapa del desarrollo. Entre las diferentes posibilidades existentes a la hora de prevenir estos comportamientos en los y las adolescentes, los programas educativos en el contexto escolar, han sido y son, sin duda, los que se han implementado con mayor frecuencia, focalizándose fundamentalmente en la coerción sexual ejercida entre conocidos e iguales (Anderson y Whiston, 2005; Greytak, 2003). En principio, hemos de decir que los objetivos que se han planteado en ellos, son muy diferentes y, así, se ha tratado de promover el cambio de actitudes y creencias negativas acerca de las relaciones interpersonales, en general, y acerca de la coerción sexual, de forma más concreta; de enseñar estrategias para reducir el riesgo, tanto de ser víctima, como de ser agresor o agresora; de desarrollar estrategias para empatizar, ayudar y apoyar de forma más eficaz a las posibles víctimas; o de animar a los chicos y chicas a revelar y hablar de las situaciones coercitivas en las que se hayan podido ver implicados como víctimas. Del mismo modo, como es obvio, han sido diversas las metodologías utilizadas Apuntes de Psicología, 2007, Vol. 25, número 3, págs. 341-356. 347 A. Fuertes y otros La coerción sexual en las relaciones de los y las adolescentes y jóvenes a la hora de poner en marcha este tipo de programas. De este modo, se ha utilizado la exposición de contenidos relacionados con la coerción sexual; el análisis y discusión de mitos y falsas creencias; el análisis y discusión de escenarios en los que se plantean diferentes secuencias de interacción; las representaciones y los juegos de roles; la presentación de videos educativos; etc. Uno de los grandes problemas con el que nos encontramos es que son escasos los programas que realmente han sido sometidos a alguna forma de evaluación mínimamente rigurosa, que nos permita conocer la posible eficacia de éstos y los factores o variables que puedan moderarla. Cuando se ha llevado a cabo dicha evaluación, y en relación con la su posible eficacia, un primer elemento que nos encontramos es la disparidad existente en el tipo de objetivos que se pretenden conseguir (Anderson y Whiston, 2005; Schewe y O´Donohue, 1993; Yeater y O´Donohue, 1999). Por ejemplo, en buena parte de los trabajos se han tenido en cuenta únicamente los posibles cambios actitudinales, aunque, ciertamente, en otros se ha evaluado el posible cambio en los conocimientos, en diferentes comportamientos asociados de uno u otro modo a la coerción sexual o, más específicamente, en la incidencia de los comportamientos sexualmente coercitivos, tanto del lado de la perpetración, como de la victimización. Algunos autores (Schewe y O´Donohue, 1993;Yeater y O´Donohue, 1999) consideran que este último debería ser el criterio a tener en cuenta, si pretendemos conocer la verdadera eficacia de los programas desarrollados. En este sentido, son muchos los estudios que en este campo de trabajo, como en otros en los que se desarrollan programas preventivos, ponen en cuestión el hecho de que el cambio en las actitudes y conocimientos provoque por sí mismo una reducción real en la incidencia de los comportamientos que se pretenden erradicar (Greytak, 2003). Por otra parte, y continuando con la dificultad de valorar la posible eficacia, hemos de considerar que aún no disponemos de estudios y datos suficientes como para saber qué tipo de elementos o componentes de los programas pueden ser verdaderamente relevantes y de cuáles podríamos prescindir. Como hemos dicho anteriormente, la mayor parte de los programas educativos incorporan diferentes aspectos o constructos de los que se supone van a poder provocar cambios en el comportamiento sexualmente coercitivo y, de este modo, es difícil, o mejor imposible, valorar cuáles de ellos son los que realmente se asocian con el cambio observado (Yeater y O´Donohue, 1999). Los resultados del metaanálisis de Anderson y Whiston (2005), sin embargo, apuntan hacia la importancia de algunos contenidos específicos en el cambio de actitudes hacia la coerción y otras actitudes asociadas a ella. Concretamente, estas autoras llegan a la conclusión de que los programas en los que se trabajan aspectos relacionados con la socialización de los roles de género, que ofrecen información general sobre la coerción sexual, que analizan mitos y falsas creencias sobre la coerción y que trabajan estrategias de reducción del riesgo, tienen mejores resultados que los programas que se centran fundamentalmente en la empatía o en los que no se especifican claramente los contenidos. En relación con el posible interés de los programas que trabajan la empatía, Anderson y Whiston (2005) reconocen que, aunque no aparezcan como especialmente eficaces en relación con el cambio actitudinal, quizás puedan serlo en relación con otros criterios. Por ejemplo, los trabajos de Foubert y colaboradores (véase Foubert, 2000; Foubert y 348 Apuntes de Psicología, 2007, Vol. 25, número 3, págs. 341-356. A. Fuertes y otros La coerción sexual en las relaciones de los y las adolescentes y jóvenes Newberry, 2006), han puesto de manifiesto los efectos positivos de una intervención en la que el trabajo con la empatía hacia la víctima es un elemento esencial. Más concretamente, estos autores, en el último trabajo citado, pudieron observar cambios positivos en la capacidad de empatía hacia la víctima, en los mitos hacia la violación y en la intención de cometer algún acto de coerción o agresión sexual. Una de las consideraciones prácticas más interesantes que realizan es que en los programas preventivos que trabajan la empatía no se debe adoptar un tono acusador hacia los varones y considerarlos, simplemente, como potenciales perpetradores, algo habitual en estos programas, sino que es más útil favorecer el hecho de que puedan identificar formas de desempeñar un papel más activo y positivo hacia la víctima. Respecto a los posibles factores moderadores, de la revisión de las investigaciones existentes al respecto, podemos extraer algunas consideraciones que nos permiten continuar en el intento de desarrollar estrategias más útiles y adecuadas a los diferentes contextos en los que podamos trabajar. Uno de los aspectos más interesantes tiene que ver con el sexo de las personas participantes. La discusión en este caso se centra en si los programas deben dirigirse a grupos mixtos o a grupos de chicos y chicas por separado. Así, algunos autores consideran necesario el trabajo con grupos mixtos, aduciendo que de ese modo se evita culpabilizar a uno de los sexos o etiquetar a unos como perpetradores y a otras como victimas, que tanto chicos como chicas tienen actitudes que pueden favorecer la coerción sexual y que estando juntos es más fácil aprender a comprenderse y a comunicarse mutuamente (Pacifi, Stoolmiller y Nelson, 2001). Otros, por el contrario, consideran que chicos y chicas afrontan diferentes problemas en relación con la prevención de la coerción sexual, que podrían ser mejor resueltos trabajando con grupos sólo de chicos o sólo de chicas (Berkowitz, 1992; Schewe y O´Donohue, 1993). En cualquier caso, las investigaciones realizadas en relación con este tema, no dejan las cosas totalmente claras. En algunas revisiones (véase Schewe, 2002) y en el meta-análisis realizado por Brecklin y Forde (2001) se llega a la conclusión de que los programas de sólo chicos o sólo chicas son más eficaces que los programas con grupos mixtos; sin embargo, en el más reciente meta-análisis realizado por Anderson y Whiston (2005), no se encuentran los mismos resultados e incluso, para algunas medidas, estos son más favorables en los grupos mixtos. Tal como concluyen estas últimas autoras, el tema merece aún más atención empírica, si de verdad queremos conocer hasta qué punto un formato u otro puede ser más efectivo. La duración de los programas o el número de sesiones ha sido otra de las variables moderadoras que ha sido considerada a la hora de evaluar la eficacia. Ciertamente han sido numerosos los programas de prevención de la coerción sexual que se han realizado en una única sesión y, frente a ellos, parece evidente que los programas de mayor duración tienden a tener una mayor eficacia, al menos en lo que se refiere al cambio de actitudes (Anderson y Whinston, 2005). Del mismo modo, Schewe (2002) recomienda, tras su revisión sobre el tema, que en estos programas, aún cuando se hayan demostrado algunos efectos positivos iniciales, se hagan intentos por incrementar la calidad y, también, el número de sesiones a desarrollar, como forma de favorecer que los cambios perduren en mayor medida en el tiempo. Otro aspecto de interés, que estimamos digno de consideración, es la posible im- Apuntes de Psicología, 2007, Vol. 25, número 3, págs. 341-356. 349 A. Fuertes y otros La coerción sexual en las relaciones de los y las adolescentes y jóvenes portancia de las personas que presentan o trabajan directamente el programa con los chicos y chicas. En este sentido, y a pesar de la popularidad que tiene en el campo de la prevención la utilización de los iguales como agentes de cambio, las conclusiones de las revisiones que hemos realizado, no parecen avalar de forma clara esta posición y, más bien, son los programas que han desarrollado personas expertas en el tema y/o profesionales, los que parecen generar mayores cambios positivos, frente a los realizados por estudiantes o iguales (Anderson y Whiston, 2005; Schewe, 2002 ). Por nuestra parte, y una vez analizados brevemente algunos de las aspectos más discutidos en relación con los programas de prevención de la coerción sexual, creemos especialmente importante que este tipo de programas, a ser posible, formen parte de un proyecto educativo más amplio en el que prime la transmisión de unos valores positivos acerca de la sexualidad y las relaciones interpersonales. Si no puede ser así, al menos, consideramos imprescindible trasladar a la audiencia, en algún modo, los múltiples aspectos positivos que conllevan las relaciones sexuales y afectivas caracterizadas por el respeto y la comprensión de los deseos, preferencias e intereses de las personas implicadas en ellas. Una propuesta de programa para la prevención de la coerción sexual en la adolescencia Desde nuestro punto de vista, cualquier propuesta de intervención en este tema no puede sino considerar que tanto los chicos como las chicas pueden ser víctimas y agresores/as, y que han de ser los factores de riesgo más claramente identificados en la documentación sobre el tema, tanto en relación con la mayor posibilidad de implicarse en actos coercitivos, como con la de ser víctima de ellos, los que deben cobrar una mayor relevancia. De este modo, dadas las lagunas que aún existen en el estudio de la coerción sexual, la siguiente propuesta de intervención ha de ser considerada más bien como una posible guía acerca de los aspectos que se nos muestran como más importantes a la hora de intentar prevenir la coerción sexual en la adolescencia. Interacciones sexuales consensuadas versus relaciones sexuales no consensuadas Se trata fundamentalmente de que los y las adolescentes tomen conciencia y valoren la necesidad del consentimiento mutuo en las interacciones sexuales, a la vez que lleguen a entender que cualquier avance sexual que la otra persona haya rechazado por cualquier medio, se convierte en un acto de coerción sexual. Algunos objetivos más específicos serían que: - Reconozcan y diferencien lo que son relaciones o contactos sexuales en los que existe un consentimiento voluntario por parte de los participantes, de los que implican forzar en algún modo la voluntad de alguno de ellos. - Consideren que el hecho de forzar la voluntad sexual de otro supone un atentado y una violación de sus derechos como persona. - Comprendan que existen muy diferentes modos de forzar la voluntad sexual de otro; la coerción sexual se puede ejercer a través de la presión, el engaño, el chantaje, aprovechando algún grado de intoxicación o disminución del juicio o la conciencia del otro, así como amena-