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Perfil de un torero excepcional

Martínez-Novillo, Álvaro

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Revista de Estudios Taurinos N.º 11, Sevilla, 2000, págs. 21-28 PERFIL DE UN TORERO EXCEPCIONAL Álvaro Martínez-Novillo1 Fundación de Estudios Taurinos a figura de Ignacio Sánchez Mejías constituye una excepción dentro de los matadores de su época pues no dejaba de ser una rareza que un torero procediera de la que se llamaba una buena familia y, además, tuviera estudios. Pero esto, que entonces era raro porque no correspondía al medio social al que tradicionalmente se adscribía el de un torero, hoy no causaría extrañeza a nadie pues, afortunadamente, ya resulta bastante habitual ver que los jóvenes lidiadores son hoy personas con estudios, a veces, incluso universitarios o cursados en el extranjero, y es bien evidente que si están en los ruedos es debido exclusivamente a su vocación y no impelidos por las necesidades materiales. Desde este punto de vista no cabe duda que Sánchez Mejías constituye un verdadero precedente de la generación actual de espadas, pero tampoco podemos perder de vista que, en su momento, no dejaba de ser una anomalía inexplicable para muchos, tanto aficionados como no, que el hijo de un médico reputado y perteneciente a una familia acomodada aspirase seriamente a convertirse en matador de toros y comenzará su carrera en los ruedos partiendo de los puestos subalternos de una cuadrilla. 1Es, además, director del Instituto del Patronato Histórico Español. Perfil de un torero excepcional 23 Lám. n.º 1.– Ignacio, adolescente, vestido de fiesta (archivo familiar). La sucesión de láminas hasta la n.º 30 constituyen la reproducción de las mostradas en la Exposición fotográfica sobre Ignacio Sánchez Mejías, que tuvo lugar, simultáneamente al Seminario, en la sala de conferencias de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla donde, se celebró el Curso. Esto, sin embargo, no significa que fuese incompatible la instrucción con el carácter de torero y que no hayan existido a lo largo de la historia de la tauromaquia matadores que, a pesar de sus orígenes modestos, estuvieron dotados de verdadera elegancia natural e, incluso, participasen de inquietudes sociales y culturales. Si nos remontamos a la época goyesca, cuando la moderna tauromaquia se acababa de configurar, nos encontramos con que una parte muy significativa de los partidarios de Costillares, Pedro Romero y Pepe-Hillo eran personas muy distinguidas entre quienes se encontraban no só1o aristócratas sino muchos artistas e intelectuales, y nos han llegado testimonios en que nos relatan cómo estos espadas, a pesar de su procedencia sencilla, hacían vida social con ellos sin desentonar. Más adelante podemos comprobar cómo el malogrado torero romántico Rafael Pérez de Guzmán pertenecía a una de las familias más linajudas de Andalucía y cómo Francisco Montes Paquiro era célebre no sólo por su arte en la arena sino también por su distinción, lo que hacía que, vestido de etiqueta, se desenvolviese como un verdadero señor en las reuniones sociales, aspecto éste en el que también sobresaldría, más tarde, Luis Mazzantini, que llegó a los toros procedente de la administración de los ferrocarriles y que, después de su retirada de los ruedos, como es de todos conocido, ocupó cargos políticos relevantes. Apesar de estos precedentes, a Ignacio Sánchez Mejías su procedencia social y, sobre todo, su carácter señorial representaron un verdadero obstáculo a lo largo de toda su carrera. No sólo sus dificultades procedían de un sector del público que nunca llegó a entender a un señorito metido en estas lides sino también del mundo de los empresarios y de cierto sector de la prensa taurina que parecían empeñados Álvaro Martínez-Novillo 22 Perfil de un torero excepcional 23 Lám. n.º 1.– Ignacio, adolescente, vestido de fiesta (archivo familiar). La sucesión de láminas hasta la n.º 30 constituyen la reproducción de las mostradas en la Exposición fotográfica sobre Ignacio Sánchez Mejías, que tuvo lugar, simultáneamente al Seminario, en la sala de conferencias de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla donde, se celebró el Curso. Esto, sin embargo, no significa que fuese incompatible la instrucción con el carácter de torero y que no hayan existido a lo largo de la historia de la tauromaquia matadores que, a pesar de sus orígenes modestos, estuvieron dotados de verdadera elegancia natural e, incluso, participasen de inquietudes sociales y culturales. Si nos remontamos a la época goyesca, cuando la moderna tauromaquia se acababa de configurar, nos encontramos con que una parte muy significativa de los partidarios de Costillares, Pedro Romero y Pepe-Hillo eran personas muy distinguidas entre quienes se encontraban no só1o aristócratas sino muchos artistas e intelectuales, y nos han llegado testimonios en que nos relatan cómo estos espadas, a pesar de su procedencia sencilla, hacían vida social con ellos sin desentonar. Más adelante podemos comprobar cómo el malogrado torero romántico Rafael Pérez de Guzmán pertenecía a una de las familias más linajudas de Andalucía y cómo Francisco Montes Paquiro era célebre no sólo por su arte en la arena sino también por su distinción, lo que hacía que, vestido de etiqueta, se desenvolviese como un verdadero señor en las reuniones sociales, aspecto éste en el que también sobresaldría, más tarde, Luis Mazzantini, que llegó a los toros procedente de la administración de los ferrocarriles y que, después de su retirada de los ruedos, como es de todos conocido, ocupó cargos políticos relevantes. Apesar de estos precedentes, a Ignacio Sánchez Mejías su procedencia social y, sobre todo, su carácter señorial representaron un verdadero obstáculo a lo largo de toda su carrera. No sólo sus dificultades procedían de un sector del público que nunca llegó a entender a un señorito metido en estas lides sino también del mundo de los empresarios y de cierto sector de la prensa taurina que parecían empeñados Álvaro Martínez-Novillo 22 Perfil de un torero excepcional 25 Lám. n.º 2.– Ignacio Sánchez Mejías con sus hijos José Ignacio y María Teresa y su sobrino José delante de la Estación de Córdoba, camino de la Feria de Abril (archivo familiar). en regatearle méritos a sus faenas. Ello fue doblemente injusto en un torero que había renunciado desde el principio de su carrera en los ruedos a situaciones de privilegio y que, antes de llegar a matador, había sido banderillero y novillero durante un dilatado espacio de tiempo. Pero para Sánchez Mejías el orgullo, la voluntad y la necesidad de triunfo eran inseparables de su personalidad y, por ello, soportó la dureza de una trabajosa carrera hasta lograr su meta de convertirse en una figura del toreo. Para conseguir y conservar su puesto en el escalafón hizo en el ruedo verdaderos alardes de un temerario valor varonil aunque siempre detestase el histrionismo. Estas características suyas contrastaban con una cierta manera de actuar, más teatral y simpática al público, que cultivaban otros toreros contemporáneos quienes buscaban con los tendidos una atmósfera de complicidad. Así, para sus detractores, Ignacio era un torero estirado y autosuficiente que, además, arrastraba el pecado de haberse incrustado en la familia de los Gallos, resultando que lo que solían perdonar a Rafael o a José, nunca se lo pasaban por alto a él. En 1910, en México, adonde le había llevado su azarosa escapada juvenil acompañado por Enrique Ortega, Ignacio Sánchez Mejías comienza su carrera profesional en la que se demora nueve largos años antes de tomar la alternativa como matador de toros. Busca hacerse un lugar como un torero de exposición que se medía, de poder a poder, con los toros. Fue, el suyo, un estilo más de voluntad que de lucimiento y buscando siempre el peligro tanto en sus famosas faenas de banderillas como en su característico toreo en tablas con sus adornos de rodillas ante el astado. Él mismo reconocía sus problemas con la espada lo que le impedía muchas veces coronar grandes faenas en las plazas. Álvaro Martínez-Novillo 24 Perfil de un torero excepcional 25 Lám. n.º 2.– Ignacio Sánchez Mejías con sus hijos José Ignacio y María Teresa y su sobrino José delante de la Estación de Córdoba, camino de la Feria de Abril (archivo familiar). en regatearle méritos a sus faenas. Ello fue doblemente injusto en un torero que había renunciado desde el principio de su carrera en los ruedos a situaciones de privilegio y que, antes de llegar a matador, había sido banderillero y novillero durante un dilatado espacio de tiempo. Pero para Sánchez Mejías el orgullo, la voluntad y la necesidad de triunfo eran inseparables de su personalidad y, por ello, soportó la dureza de una trabajosa carrera hasta lograr su meta de convertirse en una figura del toreo. Para conseguir y conservar su puesto en el escalafón hizo en el ruedo verdaderos alardes de un temerario valor varonil aunque siempre detestase el histrionismo. Estas características suyas contrastaban con una cierta manera de actuar, más teatral y simpática al público, que cultivaban otros toreros contemporáneos quienes buscaban con los tendidos una atmósfera de complicidad. Así, para sus detractores, Ignacio era un torero estirado y autosuficiente que, además, arrastraba el pecado de haberse incrustado en la familia de los Gallos, resultando que lo que solían perdonar a Rafael o a José, nunca se lo pasaban por alto a él. En 1910, en México, adonde le había llevado su azarosa escapada juvenil acompañado por Enrique Ortega, Ignacio Sánchez Mejías comienza su carrera profesional en la que se demora nueve largos años antes de tomar la alternativa como matador de toros. Busca hacerse un lugar como un torero de exposición que se medía, de poder a poder, con los toros. Fue, el suyo, un estilo más de voluntad que de lucimiento y buscando siempre el peligro tanto en sus famosas faenas de banderillas como en su característico toreo en tablas con sus adornos de rodillas ante el astado. Él mismo reconocía sus problemas con la espada lo que le impedía muchas veces coronar grandes faenas en las plazas. Álvaro Martínez-Novillo 24 el teatro. Manifiesta su carácter inquieto con una primera pieza teatral, Sinrazón, que nada tiene que ver con el mundo de los toros y en la que se adentra en los misterios de la mente humana demostrando un gran conocimiento no sólo de las gentes sino de la literatura moderna. Con otra obra posterior, Zaya, hará una interesante reflexión sobre un torero retirado y trasplantado voluntariamente a un mundo ajeno al taurino que, sin embargo, no le permite evitar la nostalgia. Apesar de la personalidad de su estilo, Ignacio comprueba que fuera de los ruedos tampoco le es fácil lograr el éxito de la crítica. Sin embargo, cuando vuelve a los toros en 1934, ya es una figura muy conocida en el mundo de las letras y los escritores le consideran uno de ellos. Mucho se ha discutido sobre sus motivos para este regreso, él mismo en sus últimas entrevistas periodísticas aduce una serie de razones entre las que dos destacan por su humanidad: el deseo de apartar a su hijo de la idea de hacerse matador y la necesidad de sentirse vivo, pues reconocía que, para él, Joselito estaba más vivo que Belmonte y él mismo en sus respectivos retiros. También se ha señalado el tirón que, para la vuelta de Belmonte y la suya, por aquellas fechas supuso la reaparición en los ruedos de Rafael El Gallo quien, recién rescatado de América, había triunfado en los ruedos españoles la temporada anterior. Esto debió ser un reclamo inexcusable para Juan y para Ignacio que se vuelven a vestir de luces. Ambos tienen claro la responsabilidad de este paso, saben que no pueden volver para hacer el ridículo, empañar su propia historia y están llenos de amor propio. Sánchez Mejías hace un extraordinario esfuerzo de voluntad para lograr unas buenas condiciones físicas. En sus declaraciones no tiene el menor empacho en recordar sus pasos por la enfermería y habla con orgullo de sus diecisiete cogidas que llenan su cuerpo de cicatrices, Perfil de un torero excepcional 27 Cuando ocurre la desgracia de Talavera, en 1920, Ignacio ya había logrado su sitio en el mundo de los toros por sus propios méritos, pero entonces, al igual que le ocurría a Belmonte, sufre en sus propias carnes el despego del público que trata de rehacer su afición olvidándose de Joselito y de sus compañeros y busca nuevos toreros más alegres, como lo eran Chicuelo y el El Niño de la Palma. Es una dura experiencia y tanto Belmonte como Sánchez Mejías, cansados, se retiran de los ruedos acusando la incomprensión del público y de la prensa. Ignacio permanece retirado desde 1922 a 1924 y, después, desde 1927 hasta 1934. Sánchez Mejías en sus períodos de retiro manifiesta también su natural señorío y su talento. Al haber logrado una situación económica desahogada se puede dedicar a cultivar sus múltiples aficiones, entre las que destacan la literatura y Álvaro Martínez-Novillo 26 Fig. n.º 1.– Cartel taurino de la corrida celebrada en Sanlúcar de Barrameda el domingo 30 de agos- to de 1925, formado por Ignacio Sánchez Mejías, José Sánchez Hipólito y Antonio Posada con toros de Natera. el teatro. Manifiesta su carácter inquieto con una primera pieza teatral, Sinrazón, que nada tiene que ver con el mundo de los toros y en la que se adentra en los misterios de la mente humana demostrando un gran conocimiento no sólo de las gentes sino de la literatura moderna. Con otra obra posterior, Zaya, hará una interesante reflexión sobre un torero retirado y trasplantado voluntariamente a un mundo ajeno al taurino que, sin embargo, no le permite evitar la nostalgia. Apesar de la personalidad de su estilo, Ignacio comprueba que fuera de los ruedos tampoco le es fácil lograr el éxito de la crítica. Sin embargo, cuando vuelve a los toros en 1934, ya es una figura muy conocida en el mundo de las letras y los escritores le consideran uno de ellos. Mucho se ha discutido sobre sus motivos para este regreso, él mismo en sus últimas entrevistas periodísticas aduce una serie de razones entre las que dos destacan por su humanidad: el deseo de apartar a su hijo de la idea de hacerse matador y la necesidad de sentirse vivo, pues reconocía que, para él, Joselito estaba más vivo que Belmonte y él mismo en sus respectivos retiros. También se ha señalado el tirón que, para la vuelta de Belmonte y la suya, por aquellas fechas supuso la reaparición en los ruedos de Rafael El Gallo quien, recién rescatado de América, había triunfado en los ruedos españoles la temporada anterior. Esto debió ser un reclamo inexcusable para Juan y para Ignacio que se vuelven a vestir de luces. Ambos tienen claro la responsabilidad de este paso, saben que no pueden volver para hacer el ridículo, empañar su propia historia y están llenos de amor propio. Sánchez Mejías hace un extraordinario esfuerzo de voluntad para lograr unas buenas condiciones físicas. En sus declaraciones no tiene el menor empacho en recordar sus pasos por la enfermería y habla con orgullo de sus diecisiete cogidas que llenan su cuerpo de cicatrices, Perfil de un torero excepcional 27 Cuando ocurre la desgracia de Talavera, en 1920, Ignacio ya había logrado su sitio en el mundo de los toros por sus propios méritos, pero entonces, al igual que le ocurría a Belmonte, sufre en sus propias carnes el despego del público que trata de rehacer su afición olvidándose de Joselito y de sus compañeros y busca nuevos toreros más alegres, como lo eran Chicuelo y el El Niño de la Palma. Es una dura experiencia y tanto Belmonte como Sánchez Mejías, cansados, se retiran de los ruedos acusando la incomprensión del público y de la prensa. Ignacio permanece retirado desde 1922 a 1924 y, después, desde 1927 hasta 1934. Sánchez Mejías en sus períodos de retiro manifiesta también su natural señorío y su talento. Al haber logrado una situación económica desahogada se puede dedicar a cultivar sus múltiples aficiones, entre las que destacan la literatura y Álvaro Martínez-Novillo 26 Fig. n.º 1.– Cartel taurino de la corrida celebrada en Sanlúcar de Barrameda el domingo 30 de agos- to de 1925, formado por Ignacio Sánchez Mejías, José Sánchez Hipólito y Antonio Posada con toros de Natera. Revista de Estudios Taurinos N.º 11, Sevilla, 2000, págs. 29-46 UN TORERO EN NUEVA YORK. SOBRE LA CONFERENCIA DE IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS EN LA UNIVERSIDAD DE COLUMBIA1 Pedro Romero de Solís2 Fundación de Estudios Taurinos l año 1927 fue un año crucial tanto para Ignacio Sánchez Mejías como para las letras españolas. En dicha fecha el matador decide, por segunda vez, retirarse de los ruedos. La primera lo había hecho en 1922 y, como él mismo confesó a su amigo, periodista y biógrafo, Federico Alcázar, se marchaba en el mejor momen- to de su vida de torero y añadía textualmente: «no puedo, no quiero continuar esta lucha en la que el enemigo menos peligroso es el toro» (Alcázar, 1999: 159). Naturalmente se refería al público que había cambiado de actitud y mostraba hacia él una animosidad tan injusta como creciente3. A Sánchez Mejías, el mismo público que había adorado a Joselito, que 1Este artículo es una versión retocada de una anterior que publiqué, como introducción a la primera edición de la «Tauromaquia de Sánchez Mejías», en la revista Quites (Valencia, Diputación Provincial, 1987, n.º 6, págs.13- 20 y 23-35, respectivamente). 2Profesor titular de Sociología de la Universidad de Sevilla y director de esta Revista. 3 Este es un fenómeno social que se repite igual a sí mismo a lo largo del tiempo que ha afectado a grandes toreros antes y después de Sánchez Mejías: por ejemplo, fueron sus víctimas, Guerrita y Manolete. recordando con humor que «quien no quiera el peligro que se meta a obispo». Sus familiares y amigos no ocultan su preocupación, pero pronto las actuaciones de Ignacio en los ruedos de Cádiz, San Sebastián y Santander dan la razón al optimismo del torero. La prensa recoge el entusiasmo del público ante las faenas del veterano matador y de su destreza con la espada. Sin embargo, le sigue persiguiendo la enemiga de ciertos gacetilleros que siguen sin perdonarle su segura altivez. En este contexto, la imprevista corrida de Manzanares con sus azarosos antecedentes –percances en el ruedo, accidentes en los tendidos, averías de automóvil, ausencia de la propia cuadrilla, vacilaciones del propio matador vencidas sólo por el pundonor de sustituir a un amigo– constituye una verdadera secuencia trágica que culmina en lo más temido por Sánchez Mejías desde que fuera testigo de la desgracia de su cuñado José, una grave cogida en una plaza de pueblo que presumiblemente no dispusiera de los debidos adelantos clínicos. A Ignacio nunca le pudieron quitar de la cabeza que Joselito no fue debidamente atendido tras su fatal cogida y él siempre había insistido en que no quería que le intervinieran fuera de su ciudad. En su caso esto le resultó fatal pues la inexplicable demora en su traslado a Madrid hizo que su estado se convirtiera en irreversible. Sin embargo, cuando su vida acababa de manera tan dolorosa y terrible, a pesar de su propia importancia, nadie podría suponer que la figura de un matador de toros se habría de convertir en uno referentes de la cultura universal del siglo XX y que, todavía hoy, sea una verdadera leyenda. Y por ello permanece vivo, quizá como él quería. Álvaro Martínez-Novillo 28