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Los movimientos sociales ayer y hoy: una aproximación teórica.

Candón-Mena, José

Abstract

El estudio de los movimientos sociales ha ido dibujando un mapa conceptual complejo en el que las diversas perspectivas se integran de forma complementaria. La atención prestada a diversos movimientos, el énfasis en determinados factores e incluso las diferentes preguntas de partida a las que se pretende responder explican la pluralidad de las escuelas teóricas. Sin embargo, poco a poco la teoría ha evolucionado desde visiones un tanto simplistas hasta alcanzar un bagaje teórico complejo. Las perspectivas más recientes como la Teoría de Movilización de Recursos (TMR) y los Nuevos Movimientos Sociales (NMS) han aportado conceptos clave al estudio de los movimientos como las estructuras de organización, los repertorios de confrontación, las oportunidades políticas, los marcos culturales y las identidades colectivas. El acercamiento entre las TMR y los NMS a partir de los años ochenta y una revisión crítica de los planteamientos precedentes constituye un marco teórico para la comprensión de la protesta social y los movimientos sociales actuales.

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Los movimientos sociales ayer y hoy: Una aproximación teórica. José Candón Mena, Doctor en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Complutense de Madrid Resumen: El estudio de los movimientos sociales ha ido dibujando un mapa conceptual complejo en el que las diversas perspectivas se integran de forma complementaria. La atención prestada a diversos movimientos, el énfasis en determinados factores e incluso las diferentes preguntas de partida a las que se pretende responder explican la pluralidad de las escuelas teóricas. Sin embargo, poco a poco la teoría ha evolucionado desde visiones un tanto simplistas hasta alcanzar un bagaje teórico complejo. Las perspectivas más recientes como la Teoría de Movilización de Recursos (TMR) y los Nuevos Movimientos Sociales (NMS) han aportado conceptos clave al estudio de los movimientos como las estructuras de organización, los repertorios de confrontación, las oportunidades políticas, los marcos culturales y las identidades colectivas. El acercamiento entre las TMR y los NMS a partir de los años ochenta y una revisión crítica de los planteamientos precedentes constituye un marco teórico para la comprensión de la protesta social y los movimientos sociales actuales. Palabras clave: movimientos sociales, nuevos movimientos sociales, movilización de recursos. Las diferentes teorías que se han desarrollado en torno a los movimientos sociales se distinguen tanto por los elementos y factores en los que centran su atención como por adecuarse a distintos contextos sociales e históricos o dedicarse a estudiar determinados movimientos. Así, los primeros enfoques psicosociales destacan la irracionalidad y la violencia de la acción colectiva para explicar los movimientos propios del antiguo régimen o el comportamiento apasionado de las masas que responden al carisma del líder en el contexto de movimientos como el fascismo. El protagonismo del movimiento obrero centra la atención en los cambios estructurales de la urbanización, el capitalismo y el poder del Estado moderno y concibe a los movimientos como expresión de la lucha de clases por el poder y el control de la producción. A partir de los sesenta entran en escena la “teoría de la movilización de recursos” (TMR) y los “nuevos movimientos sociales” (NMS). Mientras la primera explica los movimientos más pragmáticos y las organizaciones más profesionalizadas en el contexto de los EE.UU., la segunda se centra en los aspectos culturales y en la influencia del Estado del bienestar propia del contexto europeo. Los antecedentes de la teoría de movimientos sociales se remontan a mediados del siglo XIX y principios del siglo XX con el marxismo clásico (Marx, 1848, 1864; Lenin, 1902) y con sociólogos como Durkheim (1893) y Weber (1914, 1923) que se refieren a estos sólo de forma indirecta. El marxismo clásico se caracteriza por un enfoque unidimensional y estructural de la acción colectiva. Su concepción es unidimensional ya que entiende la acción colectiva referida a un único sujeto, determinado por la clase social, y con un objetivo meramente económico o materialista. Los movimientos se reducen al movimiento obrero como expresión de la lucha de clases. Es estructural porque entiende la acción colectiva como producto del sistema social enfatizando el contexto económico. Para el análisis marxista de la lucha de clases el origen de los movimientos se encuentra en la estructura económica del capitalismo como el ámbito en el que se generan las injusticias y por tanto las ideologías para la movilización. En la visión clásica del marxismo, de las contradicciones estructurales –las clases sociales– surge mecánicamente la movilización –en la forma de lucha de clases–. Así Marx (1848, 1864) considera la acción colectiva como resultado de un grupo social que comparte las mismas condiciones estructurales y por tanto los actores no necesitan construir los intereses o valores que motivan a la movilización ya que estos están determinados a priori. Antecederá a otras teorías estructuralistas como el comportamiento colectivo o la sociedad de masas. Lenin (1902) introdujo la necesidad de un factor externo para motivar la acción colectiva, la “vanguardia revolucionaria”, considerando por tanto insuficiente la condición de clase como determinante único de la movilización. Gramsci (1949) atendió a los factores ideológicos que constituían la “hegemonía” de clase haciendo necesario por tanto un trabajo ideológico y cultural para la construcción de la nueva hegemonía y el marxismo occidental continuó centrando su atención en los factores ideológicos. Thompson (1963) y Hobsbawn (1962), representantes del marxismo inglés, teorizan la movilización como fruto de las experiencias sociales compartidas por el colectivo, sus tradiciones, formas de sociabilidad, etc., abriendo el camino para las teorías de la identidad colectiva. Por tanto la evolución del marxismo cuestiona el mecanicismo de la relación directa entre causa y efecto, entre la situación estructural en la que se inscriben los individuos y la movilización. Los teóricos posmarxistas centrarán por tanto su atención en el paso de la “condición de clase” a la “conciencia de clase” y la movilización. Desde perspectivas liberales, Weber (1914, 1923) distingue entre “estructura burocrática”, donde las relaciones sociales se regulan por un sistema racional de normas, y “relaciones de carisma”, donde prevalece el impulso emocional, la ruptura de las reglas convencionales y la identificación afectiva. Los movimientos sociales se incluirían en el segundo concepto inaugurando una tradición que identifica a los movimientos con la irracionalidad emocional en un sentido peyorativo. Durkheim (1893) describe “estados de gran intensidad moral” o momentos de entusiasmo colectivo en los que el individuo se adhiere a ideales generales identificándose con la sociedad, de forma que, aunque con una visión más positiva, mantiene la visión irracional o emocional de la acción colectiva. Entre las primeras referencias directas a los movimientos sociales encontramos los enfoques de la psicología de masas o psicología de la multitud. De carácter psicosocial, destacan la irracionalidad del comportamiento colectivo que explican por la sugestión del líder, la atomización de los individuos o el contagio de las masas. Consideran que mientras el individuo aislado se comporta racionalmente, al integrarse en las masas se vuelve irracional y actúa motivado por pasiones e impulsos gregarios configurando una “unidad mental” de masa. Scipio Sighele (1892), Gustave Le Bon (1895) y Gabriel Tarde (1901), alarmados por la Comuna parisina de 1871, las huelgas y las manifestaciones obreras, serían los principales representantes de este enfoque. Más tarde, Sigmund Freud (1921) le da al mismo enfoque una interpretación psicológica profunda. Identifica la acción colectiva como una respuesta a necesidades primarias del inconsciente. En las masas se da un proceso regresivo de identificación del líder con el super-yo. Una teorización que es aplicada a movimientos como el fascismo. En la misma línea Ortega y Gasset (1930) se refiere a la irrupción histórica de las masas privadas de identidad, irresponsables y fácilmente manipulables en el contexto del surgimiento de los totalitarismos. Los autores de este enfoque, representantes del pensamiento conservador europeo, dirigen su análisis a las primeras manifestaciones del movimiento obrero como los acontecimientos de la Comuna de París o las revueltas de 1848 –“el año de las Revoluciones”– que amenazan el orden burgués al que pertenecen, lo cual puede dar cuenta de la visión negativa e irracional de la acción colectiva en un momento en el que la clase obrera aún no había obtenido su reconocimiento como sujeto histórico. El enfoque del comportamiento colectivo surge a partir de los años veinte y treinta y tiene como punto de partida la Escuela de Sociología Urbana de Chicago con autores como Robert E. Park (1921, 1967), Ernest W. Burgess (1921) o Herbert Blumer (1969). El comportamiento colectivo y los movimientos sociales son considerados expresión de cambios profundos en la sociedad (urbanización, innovación tecnológica, medios de comunicación de masas, emigración...) y constituyen intentos no institucionalizados de reconstrucción del sistema. Se establece así una relación entre el comportamiento colectivo y el cambio social. La llamada segunda Escuela de Chicago asume el interaccionismo simbólico (Mead, 1934; Blumer, 1969), centrándose en la identidad colectiva y los efectos de la movilización desde el punto de vista del individuo. En esta versión interaccionista del enfoque del comportamiento colectivo se define a la movilización como un intento de desarrollar nuevos sistemas de significados y nuevas formas de relación social, en lugar de como la búsqueda del restablecimiento de un equilibrio alterado propia del funcionalismo. En contrapartida, el enfoque estructural-funcionalista de los años 50 y 60, representado por Parsons (1937, 1951), Smelser (1963) o Merton (1975), se centra en los factores sociales que explican la protesta, en el contexto macroestructural en el que surgen, así como en la función de los movimientos para restaurar el equilibrio del sistema social. La sociología estructural-funcionalista sostiene que las sociedades tienden hacia la autorregulación y el equilibrio y que sus diversos elementos están interconectados. Siguiendo esta idea, Smelser explica la aparición de formas de comportamiento colectivo como síntomas de tensiones en la estructura social ante la incapacidad de las instituciones de mantener la cohesión social. La sociedad reacciona ante la crisis desarrollando nuevas creencias compartidas para restablecer el orden. Este enfoque del comportamiento colectivo explica los movimientos como resultado de la desintegración social, como una disfuncionalidad, reduciéndolos a la marginalidad. Los autores asumen una visión de la sociedad como un sistema integrado en el que el orden social vigente es un hecho dado y por tanto incuestionable y, en consecuencia, la acción colectiva es reducida a una mera disfunción, a un desequilibrio. Una idea que descarta de antemano la posibilidad de reformular el orden social que es precisamente lo que pretenden muchos movimientos. El enfoque de la sociedad de masas, influenciado por la psicología de masas, surge en los años cincuenta y sesenta con autores como Hannah Arendt (1951, 1963) o William Kornhauser (1959), aunque tiene antecedentes en los años veinte con los trabajos de Ortega y Gasset. En contraste con el enfoque del comportamiento colectivo de la Escuela de Chicago o del estructural-funcionalismo, pone el énfasis en las características individuales de quienes participan en las protestas. Según este enfoque la sociedad de masas desarrolla organizaciones burocráticas que regulan la vida de gran cantidad de personas atomizadas. Amplios procesos de cambio como la urbanización, la industrialización, la revolución de los transportes o el comercio llevan a una pérdida de exclusividad por parte de las elites y un debilitamiento de los vínculos tradicionales y del tejido conectivo de la sociedad, la desconexión del individuo de sus vínculos tradicionales (familia, comunidad, iglesia...) configura una sociedad con una estructura atomizada que aísla y aliena a los individuos. Esto conduce al estallido de movimientos de protesta como respuesta a la falta de integración, solidaridad y el aislamiento de los individuos que se vuelven fácilmente manipulables por movimientos radicales y antidemocráticos. Esta visión trata de explicar los movimientos totalitarios surgidos en la primera mitad del siglo XX como el nazismo, el fascismo y el estalinismo. El enfoque de la privación relativa surge en los años sesenta, cuando nuevos movimientos con protagonismo de nuevos actores como los estudiantes y la evidente racionalidad estratégica de nuevas formas de protesta ponen de manifiesto los límites de las teorías anteriores. Algunos autores de esta tendencia son James C. Davies ( 1962), Susan y Norman Fainstein (1974) o Ted Gurr (1970). Centrándose en la motivación individual para participar en movilizaciones colectivas, considera a los movimientos como la manifestación de sentimientos de privación ante expectativas frustradas, entendiendo esta privación no como una realidad objetiva sino relativa entre lo que los individuos tienen y lo que creen merecer. Las expectativas creadas por los individuos generarían frustración dando origen a la movilización. Expectativas que no se limitan a los aspectos materiales sino también a la participación política o el desarrollo personal. A partir de los años setenta se produce una renovación teórica en el campo de los movimientos sociales. Los nuevos fenómenos de movilización social, como las luchas por los derechos civiles, el ecologismo, el pacifismo o el feminismo, surgidos en los años sesenta en Europa y los EE.UU., pondrán en evidencia la distancia entre el marco teórico disponible y la nueva realidad empírica. Esta renovación dará lugar a dos tradiciones principales: la “teoría de la movilización de recursos” (TMR) y el enfoque de los “nuevos movimientos sociales” (NMS). La TMR se desarrolla en Estados Unidos como reacción a la teoría del comportamiento colectivo, basada en premisas psicológicas, y como crítica al funcionalismo que considera a los movimientos como formas de restablecer la integración, el equilibrio y la armonía. La TMR destaca la disponibilidad de recursos, las formas de organización y la aparición de oportunidades políticas como medios que posibilitan la movilización. El enfoque de los NMS tiene lugar en Europa como una respuesta al reduccionismo del marxismo ortodoxo que explica toda acción social a partir de la dicotomía estructura/superestructura y que considera a la clase obrera como único actor de los movimientos. Atiende a los cambios culturales y macroestructurales que dan lugar a nuevas identidades que emergen a través de los movimientos sociales. La Teoría de la Movilización de Recursos (TMR) surge como repuesta crítica a los enfoques clásicos y se ve influenciada por la teoría de la elección racional de Olson (1965) que, desde el campo económico, es recogida por Oberschall (1973) para aplicarla a los movimientos sociales. De esta forma considera la participación de los individuos en la acción colectiva como un acto racional basado en el cálculo de costes y beneficios. La TMR analiza la acción colectiva como creación, pérdida, intercambio o redistribución de recursos, entendidos estos como cualquier bien material o inmaterial reconocido como tal y que es movilizado por los actores para la consecución de sus objetivos. Se centra en la racionalidad, tanto del individuo como del grupo, que se Jürgen Gerhards (1992, 1993) describe los “procesos de enmarcamiento” como esfuerzos estratégicos y conscientes realizados por grupos de personas para construir interpretaciones compartidas del mundo y de sí mismos que legitiman y motivan la acción colectiva. Establece una diferenciación entre “dimensiones de enmarcamiento” y “estrategias de enmarcamiento”. Los movimientos dan a las demandas sociales formas más amplias a través del proceso de enmarcamiento. Klandermans (1988) introduce los conceptos de “formación” y “movilización del consenso” para referirse al intento deliberado de un actor social por crear consenso en un sector de la población y destacar también la convergencia imprevista de significados en las redes sociales. Describe además tres niveles de construcción de significados para potenciar la resonancia cultural del discurso y la movilización de consensos. En primer lugar, se refiere al nivel donde un problema o reivindicación social adquiere una dimensión pública para ganar visibilidad, se sitúa en la agenda pública y mediática, convirtiéndose en un incentivo para la acción colectiva y la participación ciudadana; El segundo nivel es el de la comunicación persuasiva de las organizaciones del movimiento y sus oponentes, que pugnan para tratar de movilizar el consenso, buscando apoyo a su situación en las creencias colectivas de distintos grupos sociales para que tomen partido; El tercer nivel se refiere a la concienciación durante los episodios de la acción colectiva, que tiene que ver con el impacto de la acción colectiva en la afirmación o cambio de las creencias colectivas de quienes participan directa o indirectamente. Las TMR aportan un sentido racional de la movilización que se aleja de los enfoques psicológicos anteriores. En sus diversas perspectivas aporta una serie de conceptos clave que componen un mapa teórico básico para analizar cualquier movimiento, como las estructuras organizativas, las oportunidades políticas, los repertorios de confrontación y los marcos culturales. En Europa, a partir de las experiencias de los movimientos de los sesenta como el feminismo, el ecologismo, el pacifismo o el movimiento estudiantil, la atención se dirige hacia los factores macroestructurales, como el surgimiento del Estado del bienestar, y la construcción de nuevas identidades colectivas como explicación de las motivaciones individuales para participar en la protesta. Autores como Alain Touraine (1984, 1990), Jürgen Habermas (1981), Claus Offe (1985) y Alberto Melucci (1989, 1994, 1996 y 1999) son los principales representantes de la teoría de los Nuevos Movimientos Sociales (NMS). El enfoque destaca la novedad, enfrentándose a la concepción marxista de los movimientos sociales como manifestación de la lucha de clases. Los nuevos movimientos sociales ya no se articulan en base a la clase social y sus fines no son estrictamente económicos o políticos, en el sentido de la toma del poder del Estado. Ejemplos de los NMS serían el feminismo, el ecologismo, el pacifismo, la solidaridad internacional, la lucha contra la segregación racial, el movimiento estudiantil, el movimiento hippy, mayo del 68, etc. Estos son considerados como reacción a los cambios estructurales, en los ámbitos económico, político y cultural, de las sociedades occidentales. Respecto al cambio económico, la nueva economía global, caracterizada por el desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación, permite la integración de los mercados financieros globales en los que el capital se mueve en tiempo real. La productividad depende cada vez más de la capacidad para generar, procesar y aplicar la información. El sector industrial ha perdido peso en las economías capitalistas avanzadas frente al sector de los servicios. En al ámbito político, la crisis del Estado del bienestar implica una ruptura del consenso establecido tras la II Guerra Mundial. Los nuevos movimientos sociales ponen de manifiesto la crisis de legitimidad de los partidos políticos y las organizaciones tradicionales y la emergencia de nuevos actores sociales debido a los cambios culturales producidos. Por último, los nuevos movimientos ejemplifican el cambio cultural experimentado en las sociedades avanzadas. Este cambio se manifiesta en el paso de valores materialistas a valores postmaterialistas. Estos cambios económicos, políticos y culturales explican el surgimiento de los nuevos movimientos sociales. En ellos se producen diferentes transformaciones en cuanto a los actores protagonistas de la movilización, los valores y objetivos de los nuevos movimientos o las diferentes formas de organización y acción colectiva. Los NMS no están protagonizados por actores que se identifiquen en términos de ideología o clase social sino en función de otros parámetros como la edad, el sexo, la etnicidad o en base a reclamaciones interclasistas. La teoría de los NMS destaca la naturaleza plural de los actores localizada en tres sectores de la estructura social: la “nueva clase media” o “clase de capital humano”, es decir, los que trabajan en sectores tecnológicos basados en la información, los profesionales de servicios humanos y el sector público como la educación y la asistencia y personas con alto nivel educativo y relativa seguridad económica; los grupos periféricos que ocupan una posición marginal en el mercado de trabajo como estudiantes, jubilados, juventud desempleada o amas de casa de clase media; y elementos de la clase media tradicional. En cuanto a las formas de organización destaca su creciente autonomía en relación a los sistemas políticos institucionales, la independencia respecto a la política convencional, la relevancia de las actividades locales y la preferencia por la actividad de base, con organizaciones basadas en formas de democracia directa. Los movimientos como tal se mantienen como una red de pequeños grupos inmersos en la vida cotidiana donde los participantes experimentan la innovación cultural y se movilizan para fines específicos. Son redes que propician la asociación múltiple, la dedicación a tiempo parcial y el desarrollo personal y la solidaridad como condición para participar. Son por tanto “redes sumergidas” que se mantienen en estado latente y que adquieren visibilidad en la movilización. Esta forma de organización no es instrumental, sino un objetivo en sí mismo, la forma del movimiento es su mensaje y constituye un desafío simbólico a los patrones dominantes. La elección de los medios de lucha constituye una finalidad política en sí misma. Los canales de participación cuestionan la democracia representativa buscando intervenir en la vida política por otras vías, como el recurso a los tribunales. Se tiene preferencia por formas de acción colectiva no convencionales como la desobediencia civil. La acción colectiva se dirige cada vez más a concienciar a la opinión pública a través de los medios de comunicación. Por último, la globalización facilita una mayor cooperación y relación entre grupos diversos que establecen alianzas estratégicas para enfrentarse a un enemigo común y construyen identidades comunes a nivel global. Melucci (1989, 1994, 1996 y 1999) parte en su análisis de los NMS de que estos reflejan cambios entre la sociedad industrial y la sociedad de la información en la que decae la producción material sustituida por la producción de información y códigos culturales. La “novedad” de los NMS responde a la configuración de un nuevo tipo de sociedad diferenciada de la sociedad moderna o industrial que Melucci define con el concepto de sociedades complejas. Las sociedades complejas se caracterizan por una transformación en la forma de producción dentro de las sociedades capitalistas avanzadas con una creciente mediación de sistemas de información y de símbolos en la producción y distribución de objetos materiales. La necesidad de utilizar cada vez más las capacidades cognitivas hace que el recurso social más importante de estas sociedades sea la información; recursos como la educación, el conocimiento y la información, de tipo cognoscitivo, relacional y comunicativo. De ahí surge el núcleo antagónico de las sociedades complejas, en las que el conflicto surge de requisitos sistémicos contradictorios: Por una parte, que los actores sociales tengan cierta capacidad autónoma, ya que deben ser capaces de hacer frente a las tareas de producción mediadas ahora por sistemas simbólicos y recursos de información, por lo que estas sociedades fomentan la individualización y la diferencia; Por otra, es indispensable coordinar esa complejidad y mantener el orden social, por lo que al mismo tiempo las sociadades complejas presionan hacia la uniformidad en los valores y la conformidad con las normas establecidas. Autonomía y control son requisitos del sistema de producción en evidente contradicción y los nuevos movimientos se articulan en torno a este antagonismo que se produce en la esfera simbólica y cultural. El poder no sólo se basa en la posesión de bienes materiales sino en el control sobre la producción y circulación de la información. La desigualdad no puede por tanto limitarse a la distribución desigual de recursos económicos sino también al poder desigual para controlar los códigos maestros que dominan una sociedad, es decir, los poderosos recursos simbólicos que enmarcan la información. El control sobre estos códigos maestros caracteriza las nuevas formas de poder que imponen el discurso dominante. Los excluidos están privados tanto de recursos materiales como de recursos simbólicos, de su capacidad de ser sujetos. Para mantener el control, el sistema debe intervenir en las precondiciones de la acción, en la estructura motivacional, cognoscitiva y emotiva que permite que los individuos actúen. Controlando este nivel el sistema capitalista trata de garantizar la integración de los actores autónomos en un sistema complejo. Pero este poder es ambivalente ya que es susceptible de ser utilizado tanto para la dominación como para la resistencia. La identidad colectiva es el proceso por el cual los actores producen estructuras cognoscitivas comunes que son fruto del reconocimiento emocional y que les impulsan a la acción, un nivel intermedio en el que los individuos evalúan y reconocen lo que tienen en común y deciden actuar de forma conjunta. La construcción cultural de esa identidad colectiva es el punto de partida mientras que la acción colectiva es sólo la manifestación o la consecuencia de la construcción de una identidad colectiva previa. Distingue así dos niveles de existencia en los movimientos sociales, el “nivel de latencia” y el “nivel de visibilidad”. El nivel de latencia es para Melucci la mayor fuerza de los nuevos movimientos. Destaca la importancia de esta fase donde se elabora el potencial para la protesta, en contraste con la fase de visibilidad y las demostraciones públicas de la acción colectiva, que ha sido el centro de atención de las teorías anteriores. Critica de esta forma “la miopía de lo visible”, es decir, el protagonismo dado a la movilización en sí antes que a las causas profundas de la misma que estarían en el sistema de referencia creado de antemano. Es en el nivel de latencia, en las “redes sumergidas” que actúan como “laboratorios culturales” donde se experimentan modelos culturales e identidades colectivas. Para Melucci, incluso las propias formas de organización de los nuevos movimientos son autorreferenciales ya que constituyen un fin en sí mismo y no sólo un medio para alcanzar los objetivos del movimiento. Las prácticas o las formas de organización experimentadas por los movimientos son el germen de la propuesta general de un nuevo orden social. Los nuevos movimientos se caracterizan por utilizar formas de organización horizontales y participativas que expresan simbólicamente un modelo de organización social alternativo. También las formas de acción colectiva, al no estar guiadas por criterios de eficacia, cambian la lógica de la racionalidad técnica e instrumental del orden social dominante y por lo tanto cuestionan las bases del poder. Al no pretender la toma del poder, los nuevos movimientos cuestionan la propia idea de poder. El conflicto se manifiesta cuando se cuestiona el código cultural dominante y se visibiliza como instrumento de manipulación. Cuando el feminismo declaró las diferencias de género como una diferencia de poder el conflicto se volvió explícito, público y por tanto se hizo negociable. Puso de manifiesto el código masculino dominante. La identidad colectiva es por tanto el concepto fundamental de la teoría de Melucci en dos sentidos: En primer lugar explica el proceso de formación de los movimientos como actores colectivos y su mantenimiento. Muestra el proceso de construcción de definiciones de la situación compartidas que permite a los individuos evaluar su situación y participar en la acción colectiva; En segundo lugar expresa la novedad de los movimientos y su diferencia con los movimientos anteriores. En las sociedades complejas el conflicto esencial se da en torno a los códigos simbólicos y de información, trasladándose por tanto al ámbito cultural. El poder impone su dominio mediante el control de los códigos maestros que definen un orden social fundado en el racionalismo, el materialismo, el productivismo, el militarismo, el patriarcado, etc. Frente a este dominio los nuevos movimientos son creadores de códigos culturales alternativos que son un desafío simbólico a los códigos dominantes. La teoría de los NMS tiene el valor de enfatizar la importancia de los factores ideológicos e identitarios minimizados por las primeras versiones de la TMR basadas en el mero cálculo de costes y beneficios. La construcción social de esa identidad colectiva pasa a ser el elemento central de los NMS como forma de percibir las oportunidades (EOP), las condiciones estructurales (marxismo, comportamiento colectivo, sociedad de masas) o los agravios (privación relativa). A mediados de los ochenta se produce un acercamiento entre las TMR y los NMS que pretende responder a la conexión entre la estructura y la acción como un vacío intermedio entre ambos enfoques, centrámdose en el nivel intermedio en el que desde la estructura política y social emerge el potencial para la movilización y surgen las motivaciones compartidas que mueven a los individuos a participar en la acción colectiva. El acercamiento de la TMR y los NMS se ejemplifica en los conceptos de “formación del consenso” y “movilización del consenso”. El primero define la fase previa a la movilización en la que se crean las interpretaciones comunes, marcos de referencia y construcción de nuevos significados compartidos que definen la identidad colectiva, recuperandose factores culturales y subjetivos, los sistemas de creencias y el componente ideológico que el excesivo racionalismo de la TMR había desechado. La movilización del consenso incluiría muchas de las aportaciones de la TMR como el papel protagonista de las organizaciones del movimiento (OMS), la movilización de recursos o el aprovechamiento de las oportunidades políticas. Bibliografía: –ARENDT, Hannah. (1951, 2002). Los orígenes del totalitarismo. Madrid, Alianza Editorial. –(1963, 1998). Sobre la revolución. Madrid, Alianza Editorial. [http://taller-tics-y-accion-politica.espacioblog.com/post/2006/04/15/estadopolitica-e-internet-pablo-baumann]. –CALLE, Ángel. (2005). Los nuevos movimientos globales. Madrid, Popular. –DURKHEIM, Emilio. (1893, 1985). 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