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Realidad y ficción en un medio especializado: El Ruedo y El Planeta de Díaz-Cañabate

Gil González, Juan Carlos

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Revista de Estudios Taurinos N.º 25, Sevilla, 2008, págs. 209-234 * Universidad de Sevilla. [email protected] REALIDAD Y FICCIÓN EN UN MEDIO ESPECIALIZADO: EL RUEDO Y EL PLANETA DE DÍAZ-CAÑABATE Juan Carlos Gil González* I.- DÍAZ-CAÑABATE Y EL NACIMIENTO DEL PLANETA DE LOS TOROS uando se escriba una historia rigurosa y detallada sobre las revistas especializadas en la España del siglo XX, el semanario taurino El Ruedo deberá ocupar un espacio preeminente por ser riguroso en sus juicios, por seguir atentísimo la actualidad taurina, por ofrecer una visión literaria y culta de la Fiesta de los toros y por impulsar en sus páginas la novedosa técnica de la información gráfica como sustento principal de la revista. Habría que achacarle pertenecer a la cadena de medios de comunicación pertenecientes al Movimiento, que al margen del juicio ideológico le obligó a tener un pésimo papel, de escaso gramaje, mal tintado y de imperfecta terminación. Esta pertenencia, además, es responsable directa del adelgazamiento de algunas de sus ediciones por el encarecimiento de la materia prima. Ahora bien, desde la perspectiva comunicativa, El Ruedo, en tanto que medio de comunicación especializado, resalta porque en sus páginas se ventilaron los problemas más acuciantes que cernían a la Fiesta. Ellas se convirtieron en la arena pública C Juan Carlos Gil González 210 en la que se alumbraron algunas de las propuestas más sobresalientes que pretendían acabar con las controversias del mundo de los toros: el conflicto con el convenio taurino mexicano, el sempiterno afeitado de los pitones, el mal endémico de las caídas de los toros, las proposiciones para elaborar un nuevo reglamento taurino que adaptase la Fiesta a las nuevas exigencias artísticas del público, el dilema sobre el aumento de las retribuciones de los banderilleros, las rayas de los picadores que venían a delimitar el espacio del montado y del toro, los nuevos pesos de los caballos de picar... De otro lado, la calidad de las páginas de un medio especializado también se barema en función de la altura moral e intelectual de las firmas que estén en su nómina de redactores y colaboradores. El Ruedo fue el punto de convergencia más importante de los escritores, pensadores y periodistas taurinos más acreditados de la época. Junto a una colaboración de José María de Cossío nos encontramos con la firma de Don Ventura; al lado de una crónica de Felipe Sassone aparece la aportación del Nóbel Jacinto Benavente; en una página se encuentra la columna de opinión de El Cachetero y en la siguiente, un texto de Natalio Rivas... Eran semanalmente asiduos en este medio de comunicación los nombres de Manuel Casanova, Juan León, el escultor Sebastián Miranda, el crítico de arte Mariano García de Palacios, los eruditos críticos literarios Francisco y José María de Cossío. En ese primoroso y acendrado ambiente intelectual nació el “Planeta de los Toros”, una de la secciones de más larga vida y polémica existencia dentro de la revista El Ruedo. Su alumbramiento obedece a la cascada imaginativa de una de las plumas costumbristas más preclaras del siglo XX, la del escritor madrileño Antonio Díaz-Cañabate. Aun siendo una sección fija, su responsable jugó con el lector y propuso distintas estrategias para que dicho “Planeta de los Toros” fuese un recurso literario Realidad y ficción en un medio especializado: El Ruedo..... para hablar de la Tauromaquia en cualquier circunstancia propicia. Fue una sección que abría la columna de Díaz-Cañabate, y además él la convirtió en un lugar imaginario en el que habitaban personajes de todo tipo. Un Planeta embrujado, ficticio aunque razonablemente sensato, preñado de hallazgos inverosímiles, con unos habitantes mitad reales mitad arquetipos, y tras el cual resplandece la sólida arquitectura conceptual de su autor. Como no le gustaba la realidad taurina inventó otra imaginaria para criticar a los toreros que le tocaba enjuiciar. Ese épico mundo no está visto bajo el fragor de la inmediatez, ni está oprimido por las disputas y encontronazos de ésta. Muy al contrario, la actualidad se emplea como contexto que ensancha y barniza los retratos e historias de otros tiempos. El autor actualiza nombres del pasado que alimentaban las polémicas del momento. Y en esa sección tenían su hueco desde las personas encumbradas por sus hechos hasta las más humildes y desconocidas. Para darle verosimilitud a dicha estrategia, Antonio Díaz- Cañabate inventó un pasado para “El Planeta de los Toros”. Según su fantasiosa invención, “El Planeta de los Toros” vio la luz a fines del siglo XVIII y fue descubierto por una mujer de alta alcurnia: «el planeta de los toros lo descubre una duquesa. No puedo demostrarlo documentalmente. Tampoco es necesario. Basta saber la época más o menos» (1977: 3). Como todo buen amasijo de historias engarzadas por una hilazón común que les da vida, el Planeta de los Toros no sólo tuvo vida en un único medio de comunicación. Anidó en las páginas del diario ABC, en la obra de Carlos Orellana publicada bajo el título de Los toros en España, y también encontró acomodo en las maletas de su creador y protagonizó, gracias a las innumerables conferencias en que participó Antonio Díaz-Cañabate, varios tours por una España franquista y alicaída, que necesitaba de estas historias ilusorias para escapar simbólicamente de su carestía informativa. 211 Juan Carlos Gil González 212 Como cualquier funambulista de las palabras, Antonio Díaz-Cañabate fue construyendo un imaginario en el que cobraron vida seres fantasmagóricamente reales que vivían en una órbita hechizante. Como escribió en la obra de Carlos Orellana, «el Planeta de los Toros se caracteriza por su apartamiento, no de la tierra, puesto que se agita dentro de ella, sino de la vida y las costumbres de los terrícolas. ¡Los terrícolas! ¡Pobre gente! El torero se evade de su contacto. Emigra de la rutina y de la placidez. Anhela la prosperidad, pero no por los caminos del trabajo. Busca el atajo de lo fantástico» (1977: 6). No debe descuidarse que en estos primeros años de la vida del semanario taurino, éste aparecía como un suplemento del diario Marca. Luego, tras su incontestable éxito, se convirtió en una publicación autónoma, lo cual no significa que se escapase a los dictámenes de los medios bajo control de la potente Falange. El Ruedo puso en juego todas las argucias de la propaganda con la finalidad de propiciar una efervescencia taurina (la ficticia confrontación entre Manuel Rodríguez Manolete y el mexicano Carlos Arruza; la lidia del utrero en lugar del cuatreño; la firma de las primeras exclusivas entre los toreros y las empresas...) que hiciese olvidar los horrores y los errores del pasado. En el “Planeta de los Toros” podrían darse los sucesos más asombrosos, las anécdotas más desconocidas y las verdades menos conocidas y descarnadas. Debido a su débil sujeción con sus referentes de carne y hueso, lo imposible se transformaba en posible y tras esas audacias retóricas se ponían a la luz las trampas y triquiñuelas de los que manejaban los hilos del toreo. «”¿Posible? ¿Imposible?” La corrida verdaderamente extraordinaria que preconiza Sebastián Miranda es la siguiente: tres matadores, al frente de Realidad y ficción en un medio especializado: El Ruedo... 213 sus cuadrillas hacen el paseo. Bueno, ya se ha cambiado la seda por el percal –muy bonita frase ella, pero falsa; los capotes no son de percal–. El presidente saca el pañuelo; el portón del chiquero se abre, y el toro sale al ruedo. El matador se abre de capa y torea a su enemigo. En aquel mismo momento, si observa que su manera de embestir no le agrada, remata sus lances, se dirige a la Presidencia, destocándose de la montera, y el presidente, sin esperar más, saca el pañuelo verde y el toro se devuelve a los corrales. ¿Eh? ¿Qué tal? Si el maestro estima que la muleta no llegará en condiciones de poder hacerle faena, monterazo, y pañuelo verde. Pero no: el torero ve la posibilidad de lucimiento, y el toro es banderilleado. Tocan a matar. Y si en los muletazos iniciales, o en los centrales de la faena, el matador comprende, bien que se ha equivocado al juzgar al toro, bien que éste ha cambiado durante el segundo tercio, está en su derecho de suspender la faena y que el toro sea retirado».1 El costumbrismo y la ironía manejados por Antonio Díaz- Cañabate no eran un mero escapismo formalista. Tenía una justificación que iba más allá de lo estético y lo literario. Era un modo sutil de expresar lo indecible, de pensar lo impensable y de mantener viva la independencia del espíritu y el hambre de libertad en un mundo dominado por los celadores. Los textos que dieron vida a ese imaginario Planeta están a medio camino entre el análisis y la creación y se valen de la buena literatura para construir una obra que trasciende la vida de su propio creador. La pujanza y arraigo de dicho Planeta se aprecian en el hecho de que ha sobrevivido con sin igual viveza a la muerte de su descubridor. Aún permanece con renovados bríos y con múltiples personajes que le dan color, atractivo y poder sugestivo. Bien es verdad que hoy el Planeta de los Toros ya no es un mundo de 1El Ruedo (Madrid), 26 de diciembre de 1946, pág. 24. papel, de personajes literarios, sino la mejor metáfora para dar cuenta de lo que ocurre en el mundo de los toros. II.- ANTONIO DÍAZ-CAÑABATE: LOS RETAZOS DE UNA ESPAÑA DE POSTGUERRA Uno de los perfiles menos conocidos de la biografía de Antonio Díaz-Cañabate es su larga y fecunda colaboración con El Ruedo, que se prolongó durante más de quince años. Estas columnas, cuyo encabezamiento tuvo el nombre de “El Planeta de los Toros”, exteriorizan parte del material biográfico y bibliográfico que este escritor costumbrista generó antes de dedicarse a la crónica taurina. Si esparcidos por sus crónicas de ABC encontramos jirones de su vida, en sus columnas de El Ruedo está su diario íntimo, tal vez, más completo. En ellas es posible espigar sus leves modificaciones argumentativas, sus numerosas curiosidades, su acercamiento a otros mundos y tradiciones, sus viajes, y las tramas de algunas de sus primeras obras literarias. Estos textos se asemejan a unas memorias fragmentadas de un aficionado que en reiteradas ocasiones dejó escrito que empezó a acudir a las corridas de toros desde los cuatro años. Lógicamente, Díaz-Cañabate no relata todos los pormenores ni se detiene en minucias, puesto que es imposible construir una historia redactada al detalle. Sin embargo, en los artículos late un corazón anclado en otra época y que se ve obligado a vivir a contrapelo. Ese quebranto moral que le produce la realidad taurina que observa y analiza ocupará un alto porcentaje de sus disquisiciones argumentativas. Con lo cual, a través de estos textos podemos acercarnos no sólo a los primeros tanteos del futuro cronista de ABC, sino que también podemos descubrir las claves más significativas de una parte fundamental de la historia de la Tauromaquia. Juan Carlos Gil González 214 Realidad y ficción en un medio especializado: El Ruedo... 215 El columnismo practicado por Antonio Díaz-Cañabate en El Ruedo une con suma facilidad el memorialismo y el periodismo. El punto de vista de la Fiesta que le transmitió su abuelo paterno cuando lo llevaba, con apenas cuatro años, a la grada cuatro de la antigua plaza de toros de la Carretera de Aragón, las colinas del toreo erosionadas y achatadas por la ventisca mercantilista, sus obsesiones con el afeitado y la propaganda, sus nostalgias de las estocadas de Vicente Pastor... son el argumentario de parte de estas columnas. Estas enseñanzas pueden enten- Fig. n.º 12.- Portada de un ejemplar de El Ruedo de 1932. derse como un testimonio premonitorio de los parámetros críticos con los que enjuiciará las faenas de los toreros cuando le llegue el tiempo de ejercer de cronista. Ahora bien, el autor es consciente de los límites y las trampas del pacto autobiográfico y por ello, bajo la primera e incluso, a veces, la tercera persona, aparece como una suerte de memoriógrafo bien documentado de todo los matices que se han ido sucediendo a su alrededor. “El Planeta de los Toros” puede presentarse Juan Carlos Gil González 216 como un viaje iniciático de Antonio Díaz-Cañabate por todos esos lugares míticos y a veces pintorescos que componen el universo taurino. Con un tono susurrador e intimista, va ofreciendo pinceladas suaves de las ganaderías de bravo, de las refulgentes capeas de los pueblos de las que tan seguidor era, de los divertidos festivales invernales en los que se jugaba al toro porque éste no estaba presente, de los mesones escondidos por los pueblos de España con sus deliciosas viandas y el rico vino de Valdepeñas… En esos múltiples escenarios, el narrador se tropezó con diversos personajes, algunos conocidos por todos y otros pertenecientes al submundo del anonimato. A todos los describió con ciertos toques sentimentales, con algunos intercambió experiencias, con otros charló y disfrutó de sus enseñanzas... Nos presentó a sus amigos de siempre y también nos descubrió a los protagonistas del pasado con los que no volvió a tener trato, bien porque murieron tempranamente, bien porque se exiliaron de España porque la situación política no les era favorable: Ortega y Gasset, Miguel Hernández y Julio Camba, junto con Domingo Ortega, Antonio Sánchez y Vicente Pastor; Don Ventura, Gregorio Corrochano y K-Hito, junto a Sebastián Miranda, Ignacio Zuloaga y José María de Cossío. Como atinadamente afirmó Octavio Paz, «la sabiduría no está ni en la fijeza ni en el cambio, sino en la dialéctica entre ellos. Constante ir o venir: la sabiduría está en lo instantáneo. Es el tránsito» (1988: 157). Debido al don de la ubicuidad del narrador podemos conocer las características de los personajes que pululan por los variados rincones del Planeta de los Toros: el espíritu quejoso y la conversación amarga de algunos toreros por la comodidad de la profesión taurina, el valor recio y abrupto de los mozos de los festejos populares, las damas ataviadas con las mejores galas y joyas en la barrera de una feria de tronío, los bebedores de vino de Valdepeñas en las esparcidas tabernas que surcaban España... Realidad y ficción en un medio especializado: El Ruedo... 217 Escrutar con ojos indagadores los caminos de la Fiesta (1944-1962) trazados por Antonio Díaz-Cañabate es sumamente revelador, pues el lector hallará un fresco curioso y excitante de la vida de un grupo de personas irreales, mixturado con otros reales. Es la pequeña intrahistoria sin pretensiones de narrarla. Gracias a estos artículos, el lector actual puede filtrarse en aquel nigromántico Planeta para conocer, siquiera de refilón, los entresijos de un Madrid provinciano y ya extinto, pero que por obra del buen costumbrismo parece alcanzarse con las manos. Puede disfrutar de las jugosas tertulias de los cafés repletos de humo, de la vida periodística con su carestía informativa aderezada de ingeniosidades para soliviantar la moral de los censores, de los matadores de toros alternando con los intelectuales como forma de torear al largo invierno... En definitiva, un breve pero sabroso anecdotario de la vida callejera y social madrileña. La naturaleza de la reflexión es sencilla. El escritor de las columnas actúa de satírico, de antropólogo del toreo, pero sobre todo es lírico metido a prosista para el que el juego de palabras, la referencia intertextual, la remisión sistemática a la experiencia vital y cultural son tentaciones irremisibles. Por tanto, en estos textos se encuentra parte de su testamento intelectual. En El Ruedo, Antonio Díaz-Cañabate quiso dejar constancia impresa de un tiempo histórico y sus alrededores convulsos y poco propicios para alardes expresivos. Este columnismo tan sui generis es una jugada quebrada que encubre una elegía a las personas que marcaron su infancia, a la vez que un canto épico a todos aquellos que con su sangre han fraguado la egregia historia del toreo. “El Planeta de los Toros”, a pesar de ser ficticio, se tornó, en los últimos años de vida de su creador, en un paraíso oscurecido por las ideas de ambición y de progreso mercantil que se habían adueñado fatalmente de la Tauromaquia. En este contex- to nuevo, el Planeta se transformó radicalmente: los montículos ción directa con la materia o campo al que debe su prestigio (1987: 93-94). Por ello, la formación de la sociedad civil, los medios de comunicación y el intelectual conforman tres puntales indisociables de la vida de un país, si nos ubicamos en la atalaya de la erudición. Con este apelativo, pues, nos referimos a lo que la tradición ilustrada francesa ha denominado homme de lettres, o lo que en español se conoce como polígrafos, es decir, hombres de vastísima cultura que no se dedican únicamente a la literatura o a la filosofía, sino que tienen capacidades intelectivas suficientes para la reflexión seria y rigurosa en cualquier ámbito del conocimiento. Ytodas esas facetas (periodismo, tertulias) se desprenden de los textos de los que son autores. Jacinto Benavente, Natalio Rivas, Gregorio Corrochano, Eugenio D`Ors, Julio Camba, César González Ruano, José Bergamín, Gerardo Diego, José Ortega y Gasset, Juan Cristóbal, Sebastián Miranda... destacan por su punzante ironía, por su ingenioso sentido del humor y por su participación en un sinfín de fiestas taurinas (capeas, tentaderos, festivales...). Díaz-Cañabate también se puede considerar miembro de este grupo de intelectuales. Se reviste de múltiples ropajes y actúa como narrador, como personaje, como integrante del mundo de los toros, como periodista distanciado... Sus piedras argumentativas varían poco (la propaganda, los pitones afeitados, la monotonía, el mercantilismo rastrero de los apoderados, los fútiles adornos...), porque fue consciente de que emprendió una tarea regenerativa de las formas del toreo que no podía abandonar. La baraja que emplea en su juego es siempre la misma, pero, para no saturar a su rica audiencia, cada vez maneja estrategias distintas. Muestra las cartas y las esconde propiciando una vuelta de tuerca en su estilo, cada vez más solipsista y plagado de continuos guiños a su propio universo literario y taurino. Así que a estos hombres de letras, el narrador les asigna la responsabilidad de ilustrar taurinamente a sus lectores. Además, Juan Carlos Gil González 224 Realidad y ficción en un medio especializado: El Ruedo... 225 les impone la obligación de emitir una opinión sobre cualesquiera de las controversias taurinas cada vez que la creyesen fundada y pertinente en el tiempo. Al no estar en un estado democrático, estas funciones estaban estrechamente vigiladas y circunscritas a los severos límites de la censura. No había posibilidad para que en los escritos hubiese enfrentamientos entre toreros y toros; tampoco se podían publicar los pesos de los toros (al no haber cinqueños en las ganaderías se lidiaban con edad y pesos inferiores a los reglamentarios y dicha información estaba vedada) para que los matadores siguiesen contando con ese halo de héroes colectivos que se enfrentan a fieras de la naturaleza. Una de las causas de la aparición en el “Planeta de los Toros” de estos hombres de relevancia pública se explica porque, antes y durante la dictadura, los intelectuales tuvieron como lugar de encuentro las redacciones de los periódicos y revistas, los ateneos y agrupaciones culturales, el círculo de estudios y las asambleas... Durante el franquismo Escorial y posteriormente Cuadernos Hispanoamericanos (dirigidos por Laín Entralgo), Arbor (a cuyo frente se encontraba Calvo Serer) y, en la parcela taurina, El Ruedo fueron algunas de las revistas en las que se dieron cita las firmas de los intelectuales que encontraron acomodo en el régimen. Como ha defendido Santos Juliá, «los que emprenderán las duras batallas ideológicas y políticas en el decenio 1948-1957 (...) no serán intelectuales aislados. Cada cual buscará su espacio público, en el periódico, en la conferencia, a la manera del 98...; todos ellos no forman parte de una minoría selecta a la manera orteguiana» (2004: 366-367). El creador del “Planeta de los Toros”, que siempre mantuvo una postura al margen de convencionalismos ideológicos y que en muy rara ocasión hizo algún comentario político, ubicó a los intelectuales en el ambiente que les era propio dentro de los márgenes que ofrecía la Fiesta. La conversación taurina era el nudo gordiano que todo lo inundaba. La polémica de la palpitante actualidad taurina era la que motivaba los encuentros, la que propiciaba las reuniones y la que favorecía que las palabras fluyesen frescas y sustanciosas entre los intelectuales y el periodista. «“Don Jacinto Benavente habla de toros”. Al entrar don Jacinto Benavente, acompañado de Luis Calvo y de Luis Miguel y Pepe Dominguín, en el céntrico y lujosos restaurante, todos los comensales alzan las cabezas de los platos para contemplarles y se producen esos cuchicheos de ¡mira Benavente! ¡Mira Luis Miguel!, que ellos oyen con la indiferencia de lo cotidiano. Luis Miguel ha invitado a sus amigos don Jacinto Benavente y don Luis Calvo para celebrar la concesión de los Premios Cavia y Luca de Tena, otorgados al gran dramaturgo y al gran periodista. Don Jacinto, mientras bebe su caldo, mientras come su lenguado, habla de toros. – Ahora voy poco a los toros, y más en provincias que en Madrid, sobre todo en San Sebastián y en Barcelona. La plaza actual de Madrid no me gusta; es triste, el tendido está demasiado tendido y no hay colorido. Pero yo he sido siempre aficionado, y recuerdo desde Cayetano Sanz a todos los grandes toreros. A “Lagartijo” y a “Frascuelo” los vi mucho. A “Guerrita” más. – Y a “Joselito” ¿le conoció usted personalmente?- pregunta pepe Dominguín. – Poco: le traté poco, como a Belmonte. Amistad la tuve con Ricardo “Bombita” y con don Luis Mazzantini, y ahora con Domingo Ortega.»4 Como puede comprobarse, esta escritura diáfana y testimonial está abierta al sentimiento exacto, a la sonrisa necesaria, Juan Carlos Gil González 226 4El Ruedo (Madrid), 22 de abril de 1948, pág. 10. Realidad y ficción en un medio especializado: El Ruedo... 227 a la admiración complaciente y al elogio debidamente justificado. A la vez alberga una sutil inteligencia para componer las distintas radiografías humanas en muy breves palabras. Demuestra Antonio Díaz-Cañabate un sobrado manejo del lenguaje con el que es capaz de agavillar en un solo artículo los momentos más sabrosos de una charla y las aportaciones más agudas de estos intelectuales que rondaron el Planeta de los Toros. Para que nadie se lleve a engaño, estos artículos comparten una prosa sobria, por momentos notarial, aunque no exenta de cierto sentido táctil y auditivo, con el choteo, la tertulia, las historias, las vivencias personales, los toros y sus anécdotas... Con lo cual, en el fondo, es una perfecta fórmula para conocer la singular idiosincrasia de Antonio Díaz-Cañabate, ese especialista en retratarse literariamente a sí mismo al pie de sus colaboraciones periodísticas. «“Cómo mataba Frascuelo, contado por Mazzantini, a través de don Natalio Rivas” Don Natalio Rivas posa para una cabeza que le está haciendo Juan Cristóbal. Hemos llegado una de estas mañanas a su estudio Domingo Ortega y yo. Don Natalio quería conocer a Domingo. Pues él, que conoció desde Lagartijo y Frascuelo a todos los grandes toreros, no había tenido nunca ocasión de estrechar su mano. -Es usted –le diceel único torero clásico que nos queda. Es usted el gran torero de estos tiempos. Y don Natalio opina sobre el toreo actual: no le gusta. Lo mismo le ocurre a don José Ortega y Gasset. Son dos votos que restan mucho. Don Natalio, sentado, emplazado en una plataforma de madera giratoria, posa para Juan Cristóbal. Pero hablando que es su actitud habitual. Es el gran dilapidador de un caudal inestimable: el de los recuerdos de su vida, de una vida vívida, cosa muy difícil de lograr, como bien comprobamos en estos tiempos, en los que abundan las Memorias escritas por unos hombres a los que no les sucedió nada en su paso por el mundo. En el estudio de Juan Cristóbal se ha hecho el silencio. Ese silencio que, a veces, es la forma más expresiva de la admiración. Admiración por Frascuelo y por este don Natalio Rivas, generoso narrador de tantas vidas».5 Con esta breve muestra se puede afirmar que Antonio Díaz-Cañabate estaba capacitado para levantar la traza de la geografía humana e intelectual que transitó por ese Planeta de los Toros, omitida de los mapas mas de evidente reflejo en la realidad. En estas esquirlas sentimentales nos ofrece pequeñas reliquias (comidas, conversaciones, secretos, conferencias en los Ateneos, lecciones de Tauromaquia...) a modo de espejos velados a través de los cuales se puede apreciar una realidad en calma que no se corresponde con la historia. III.3.- LOS ESTRAFALARIOS DE LA TORERÍA El lector atento podrá predecir que este grupo es el más razonablemente extravagante y variopinto del conjunto de moradores del “Planeta de los Toros”. Los hay de varios tipos y características: están los que aventuraron su vida con la ilusión de alcanzar la gloria del toreo; los que derrocharon raudales de pasión para mandar en el toreo y se quedaron en la mediocridad; los que presumían de una mala fotografía color sepia en las verbenas populares... También puede encontrarse en este grupo a los que le echaron labia en el patio de caballos para conseguir contratos, a los que tuvieron facundia en el café para beber sin soltar ninguna peseta y a los que les sobró arte para vivir sin dar Juan Carlos Gil González 228 5El Ruedo (Madrid), 6 de junio de 1946, pág. 16. Realidad y ficción en un medio especializado: El Ruedo... 229 golpe y sin preocupaciones. En definitiva, todos aquellos que, tras asumir el fracaso de su proyecto personal, subsistieron, cuales lazarillos, de la picaresca taurina, burlando las tarascadas de la vida con pillería pero sin acritud. El lema de este grupo de artículos puede enunciarse sucintamente como el sueño que no fue. Sin embargo, no conviene precipitarse en la obtención de conclusiones, pues Antonio Díaz- Cañabate es un escritor que demuestra en estos textos que sabe contar con cariño historias de los esquinados del toreo para que el lector los aprecie. Son la cruz de la Fiesta, por los que nuestro autor sintió una simpatía infinita. Literariamente estas personas, que existieron como astillas del pasado, se pueden considerar como prototipos de personajes ligeros, entretenidos, sencillos y por eso admirables. La descripción sentimental que hace Díaz-Cañabate de ellos deja entrever la indisposición que tenía hacia las nuevas estrategias Fig. n.º 13.- Portada de un ejemplar de El Ruedo de 1932. y prácticas comerciales que con el paso del tiempo se iban consolidando en el toreo. Con una ironía suave y delicada, en la que se mezcla el afecto y la mordacidad, Díaz-Cañabate va componiendo ricos cuadros de costumbres en los que dibuja y analiza la personalidad torera y humana de estos golfillos. Indirectamente, son artículos que revelan al lector la visión de la vida y del toreo que tiene el narrador. «“El chalao” La palabra “chalao” pese a su desgarro es bonita. “Chalao” no es un loco propiamente dicho, pero tampoco es un hombre normal. “Chalaos” hay muchos por el mundo. En realidad todos estamos un poco “chalaos.” Las chalaúras de los “chalaos” son más bien inofensivas. En el Planeta de los Toros abundan los “chalaos.” Y se comprende, ¿quién nos aspira a ganar dinero rápidamente y en abundancia? La chalaúra taurina es contagiosa. Un chaval aspira a ser torero. La cosa no tiene nada de particular. El chaval podrá triunfar o no. ¡Depende ello de tantos factores! Pero inmediatamente surgen a su alrededor, bien entre sus familiares o entre sus amigos, los “chalaos,” los que provistos de unas cuantas fotografías del futuro astro, se dedican a cantar sus glorias».6 Pero estos personajes no son únicos. A su lado están los Chalaos puros, a los que lacónicamente Antonio Díaz-Cañabate define así: «“Los “Chalaos puros” Los chalaos puros son aquellos que, sin las mínimas condiciones necesarias para torear, se lanzan a la aventura taurina, movidos, unos por una engañosa afición, y otros, por una auténtica ambición de lucro ambulante y rápido. Los chalaos puros se Juan Carlos Gil González 230 6El Ruedo (Madrid), 26 de febrero de 1948, pág. 19. Realidad y ficción en un medio especializado: El Ruedo... 231 dividen en dos clases. Los que de verdad quieren ser toreros y torean donde pueden y como pueden, y los que quieren ser toreros sólo en el café, y a lo sumo, en los tentaderos. Estos últimos son los que más abundan. El chalao puro que se siente torero, sin ánimo para torear, es feliz. No pasa malos ratos en los ruedos, y en el café es el amo de la torería. A mí no hay quien me convenza de que el loco que se cree que él es Napoleón no lo pasa divinamente. Pues de la misma manera creo que esta clase de “chalaos” puros son seres dichosos».7 Desde una perspectiva un tanto esperpéntica y por esa candidez con la que son retratados dichos personajes, estos artículos quieren ser un homenaje intelectual a esos perdedores de la historia del toreo. En ellos se hace palmaria la dureza de una profesión que ha exigido a cualquiera que lo ha intentado el sacrificio más inverosímil: el derramamiento de la sangre en pro de un ideal artístico. Gracias a la acertada visión de Antonio Díaz- Cañabate, estos perdedores no han sido olvidados para el público lector del siglo XXI. Luego están los que habiendo llegado a encajarse las taleguillas en los pueblos y en las plazas de provincias tenían que ingeniárselas en los cafés y las tertulias para pasar el largo invierno. En ese singular recinto, estos toreros, sin la responsabilidad de tener que demostrar su valor, contaban historias verídicas impregnadas de toques fantasiosos. En no pocas ocasiones la finalidad era engatusar a una gachí, invitarla a una mariscada regada con el mejor albariño y que el dispendio corriese a cargo de una fortuna amiga. 7El Ruedo (Madrid), 11 de marzo de 1948, pág. 18. «“El Sinvi” El “sinvi” en el lenguaje del Planeta de los Toros es el que está sin vista, es decir, borracho. El Planeta de los Toros es un mundo alegre y despreocupado. La única preocupación es el toro. Y hay quien se la quita bebiendo vino. El estar “sinvi” es achaque invernal. Los toreros, como cada quisqui, tienen que matar el tiempo. Y para matarlo en corto y por derecho, nada como unas copitas de vino».8 «“El “Sinta” “Sinta” en el lenguaje del Planeta de los Toros, quiere decir sin tabaco. Y el que está sin tabaco es que no tiene un duro. ¡Con qué acento se dice, entre los taurinos: Fulano está sin tabaco! Los toreros son seres de un optimismo desbordante. Estarán sin tabaco, pero no pierden la esperanza de poseerlo en abundancia. El “sinta” cuida su ropa como a las niñas de sus ojos. Si quitamos el Nuevo Club y el Golf de la Puerta de Hierro, en ninguna parte de Madrid se ven tantos hombres tan bien vestidos como en la acera de la calle Alcalá. (...). El “sinta,” hombre sin hiel, lleno de miel, alegre y confiado, es un tipo único, excepcional, que no se da, ni puede darse, más que en el Planeta de los Toros, mundo lunático de un pintoresquismo adorable, poblado por seres que luchan con la vida y muy duramente, sin tabaco o con tabaco, pero con optimismo, con euforia, que es lo principal».9 Como a estos personajes Antonio Díaz-Cañabate se siente unido, siquiera simbólicamente, emplea un tono elegiaco, pero elegante, doliente pero sin caer en lo plañidero. Esta muestra de sincera consideración debe interpretarse como la otra cara del costumbrismo, es decir, aquella que pretende ir más allá de la simple pincelada sobre los protagonistas y ambientes. En conse- Juan Carlos Gil González 232 8 El Ruedo (Madrid), 15 de enero de 1948, pág. 19. 9El Ruedo (Madrid), 25 de diciembre de 1947, pág. 5. Realidad y ficción en un medio especializado: El Ruedo... 233 cuencia, por esa alianza entre narrador y personaje descrito, el tono pretendidamente conmovedor está plenamente justificado. Y lo que atrae vigorosamente la atención radica en que las semblanzas no se centran exclusivamente en los protagonistas de relumbrón, en las figuras preeminentes, sino que también nos encontramos con personajes como El Niño del Museo, El Buñolero, El Barbero, El Capita, El Morenillo... Estos hombres de buena fe y mejor corazón representan también una forma de estar en el mundo en general y en el Planeta de los Toros en particular, aunque sólo sean conocidos por aquellos que han dedicado vigilias a la investigación taurina y, en cambio, sean completamente ignorados por la amplia mayoría de los aficionados. La escritura de estos artículos no es especialmente innovadora ni arriesgada; antes al contrario: sigue el esquema de este tipo de relatos sencillos, de imágenes fáciles de recordar e incluso previsibles. Tienen más valor sugestivo que informativo, como puede comprobarse en las descripciones de los caracteres y detalles de estos habitantes del Planeta de los Toros. Además son narraciones cargadas de sentido común, tono muy valorado por el público al que iban dirigidos. Junto con estas historias comunes se encuentra en la misma ración el humor, nada hiriente, sino complaciente, simpático, y a veces, irónico. Díaz- Cañabate se encarga de dar una capa de barniz de comedia a estos artículos para hacerlos originales y atrayentes. Pocos escritores como Antonio Díaz-Cañabate se han prodigado con tanta devoción en la divulgación de unas curiosidades y fábulas tan elementales. Su aparente ligereza no es mera superficialidad, porque el fondo de los artículos encierra materia y meollo suficiente para enjuiciar y comprender la personalidad de la amplísima gama de personajes que adornan la Fiesta. En estos textos, pues, descubrimos una pequeña literatura taurina impregnada de ciertos tópicos pero nada chabacana, engrandecida por una copiosa y auténtica documentación, adobada con un estilo directo, sencillo, claro y juguetón.