Territorio y energía. Orden mecánico versus orden orgánico
Abstract
El territorio ha sido objeto de grandes transformaciones en el proceso de configuración de la sociedad urbano-industrial. Estos profundos cambios han requerido un uso intensivo de energía, pero también ha sido preciso un cambio en la concepción del mundo y el paso de una visión orgánica del territorio a una visión mecánica. En este artículo se pone de manifiesto la vinculación entre la sociedad urbano-industrial actual, aplicación intensiva de energía y la mecanización y simplificación de los procesos territoriales. Al tiempo que se propone un nuevo principio de autosuficiencia conectada, se reflexiona sobre la conveniencia de recuperar un orden orgánico que se articule con el orden mecánico que domina de forma absoluta la realidad actual.
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{y } www.habitatysociedad.us.es Territorio y energía. Orden mecánico versus orden orgánico Juan Requejo Liberal Resumen El territorio ha sido objeto de grandes transformaciones en el proceso de configuración de la sociedad urbano-industrial. Estos profundos cambios han requerido un uso intensivo de energía, pero también ha sido preciso un cambio en la concepción del mundo y el paso de una visión orgánica del territorio a una visión mecánica. En este artículo se pone de manifiesto la vinculación entre la sociedad urbano-industrial actual, aplicación intensiva de energía y la mecanización y simplificación de los procesos territoriales. Al tiempo que se propone un nuevo principio de autosuficiencia conectada, se reflexiona sobre la conveniencia de recuperar un orden orgánico que se articule con el orden mecánico que domina de forma absoluta la realidad actual. Palabras clave Territorio, energía; Ordenación del territorio; Trasformaciones territoriales; Autosuficiencia conectada Abstract: Territory and energy. Mechanical order vs. organic order The territory has undergone major transformations in the development of an urban-industrial society. These profound changes have required intensive energy use as well as a change in the understanding of the world and a shift from an organic approach to the territory to a mechanical approach. The present paper shows the relationship between the current urban-industrial society, intensive energy use and mechanization and simplification of territorial processes. It also proposes a new principle of connected self-sufficiency and discusses whether it is appropriate to recover an organic order and articulate it with the mechanical order that completely dominates our current context. Key word Territory; Energy; Land planning; Territorial transformations; Connected self-sufficiency Recibido: 14/09/2011; aceptado definitivamente: 17/10/2011 Economista y geógrafo, consultor de planificación. Profesional en Asistencias Técnicas Clave s.l. y en Arenal Grupo Consultor s.l. email: [email protected]. El autor agradece los comentarios de los revisores que han contribuido a la mejor comprensión del texto
{ } Los usos del suelo, las funciones territoriales, y sus mutuas relaciones, están experimentando intensos procesos de transformación que comprimen el territorio. Procesos que han expandido a todo el planeta el área de aprovisionamiento, haciendo posible que millones de personas residan a muchos kilómetros de distancia del lugar donde trabajan diariamente, o que han sometido el conjunto del territorio rural al dominio despótico de la lógica urbana. Detrás de todo ello está la energía. La disponibilidad de grandes cantidades de energía, en formas de presentación y uso accesibles para distintos fines sociales, es la causa y la consecuencia de la gran transformación que estamos experimentando en el mundo desde hace más de doscientos años. Pero junto a esta profusión de energía ha sido preciso domesticar la realidad orgánica del territorio para convertirla en una suma creciente de mecanismos que se alimentan de esta energía. Este artículo avanza algunas consideraciones sobre este proceso y sus concreciones en España y Andalucía, planteando algunos principios de intervención para corregir sus efectos más desequilibrantes. Tecnología-energía, la razón de todos los grandes cambios territoriales El análisis del territorio, que hemos practicado en Europa en las últimas décadas, ha adolecido del mal insuflado por la propia modernidad occidental, que despliega medios insuficientes para comprender una realidad demasiado mecanizada (Morin, 1988). Un despliegue que ha sido protagonizado por el potente sistema de conocimiento generado en el ámbito urbano-industrial. Según tal método básico de análisis, la realidad es convertida por los analistas de fenómenos territoriales en un conjunto de elementos que fragmentan y simplifican hechos que, en su naturaleza, son complejos o muy complejos, y que presentan una evolución incierta y con interrelaciones no lineales (Capra, 2003). Tal proceso de adquisición de conocimiento conduce a la sustitución de la realidad por piezas que se articulan unas con otras mediante relaciones y reglas. El diseño de las piezas que realizan planificadores, proyectistas y juristas se apoya en una lógica regida por fenómenos observados, elaborando, a partir de una interpretación de la parte de la realidad observada, unas normas que se obliga a conocer a la población y a los gestores y que son controladas por los dirigentes y supervisores. La complejidad es así sustituida por modelos de complicación creciente, pero siempre controlados y manejables por un libro de instrucciones; un libro cada vez más grueso y más intrincado. Se trata de un proceso acelerado de simplificación, que se va complicando por acumulación. Gran parte de este poder de control de la realidad procede de una potentísima combinación energíatecnología. El proceso se apoya en esta combinación exitosa, en una relación de pareja que cuenta con miles de años de antigüedad, pero que encontró repentinamente en la revolución industrial una fórmula magistral, basada en la retroalimentación positiva, la cual ha proporcionado a la humanidad una gran capacidad de transformación de la realidad. Recordemos la dificultad y lentitud con la que se produjeron los cambios territoriales durante miles de años y la rapidez de los mismos desde hace décadas. En los momentos más vertiginosos de la revolución industrial, al invento de una máquina que necesita energía fósil le seguía un fuerte impulso de la demanda de esta materia prima y el crecimiento exponencial de búsqueda de yacimientos energéticos y de explotación de los mismos. La abundancia de energía provocaba un estímulo a la innovación tecnológica y así sucesivamente (Fernández, 2011). Desde los primeros momentos de la gran transformación (Polanyi, 2007) se estableció un pacto diabólico entre la energía y el conocimiento, retroalimentando mutuamente sus impulsos y logros.
Con todo ello la humanidad ha adquirido un extraordinario poder para producir territorio, para imaginar realidades que no existen y convertirlas en hechos en un tiempo cada vez más corto. Ciudades en el océano o en el desierto son hoy noticias que aparecen con frecuencia y que ya no asombran al mundo. A principios del siglo XX, Patrick Geddes (Geddes, 1960), primero, y su discípulo Lewis Munford (Munford, 1945) años más tarde, ya planteaban que “la energía es un asunto clave para comprender el funcionamiento de las sociedad y las relaciones que establece con su medio” (García-Germán, 2010, p.10). Sabemos que este poder para modelar el territorio se ha logrado con un desarrollo extraordinario de la tecnología, la cual lleva más de doscientos años amarrada a la energía, practicando entre las dos un juego expansivo, reforzándose ambas en sus logros y avances, lo que al final provoca un crecimiento exponencial del consumo de energía. Pero este tornado se está desinflando. A la tecnología todavía le queda marcha. Todavía quedan autores convencidos de que la innovación tecnológica será capaz de solucionar el nuevo reto planteado a la expansión del sistema. Sin embargo, las grandes fuentes de energía de origen fósil se están agotando y el “milagro nuclear” tiene los pies de barro. No hay energía suficiente en el mundo para mantener la expansión urbano-industrial al ritmo actual y es muy dudosa la viabilidad de lograr una incorporación plena de Asia, luego América y finalmente África, al aquelarre de crecimiento y consumo del que gozan hoy los países occidentales. Uno de los problemas de esta gran turbulencia histórica es que la maquinaria de destrucciónconstrucción no se puede detener y, como explica Marshal Berman (Berman, 1988), estamos atrapados en una maldición faústica que nos obliga a entregarnos a una obsesiva ceremonia de destruir lo existente para volver a construir. La gran cantidad de energía liberada en la revolución industrial es quién está detrás de todo este huracán trasformador. Como decíamos antes, en este contexto el territorio es analizado, intervenido y, finalmente, convertido, en un mecano con capacidad de generar flujos de personas, de mercancías y de información. Para ello ha sido preciso, previamente, diseñar un metabolismo sometido, domesticado, dotado de sistemas y redes de captación y transporte de materiales, agua y energía, que genera una gran cantidad de residuos en el proceso; residuos que unas veces son tratados de forma ordenada y otras no. Este metabolismo sometido tiene un funcionamiento mecánico, simplificado. No aprende, no se adapta a las condiciones cambiantes. Se expande y se renueva mediante innovaciones basadas en una sustitución progresiva de lógicas orgánicas por lógicas mecánicas. Sustituye, sin parar, trabajo humano, por trabajo de las máquinas. Es expresiva la frase de Ray Dalio 1 ”Todo funciona como una máquina. La naturaleza es una máquina. La familia es una máquina. El ciclo de la vida es como una máquina”. La principal obsesión de este mago de las finanzas ha sido conocer los mecanismos de esa máquina y aplicarlos a la inversión. 1 Ray Dalio, fundador y presidente del hedge fund Bridgewater, uno de los fondos de inversión especulativa más exitoso en estos momentos. The New Yorker le ha calificado como “el hombre que ha levantado el fondo de alto riesgo más rico y más raro del mundo”.
{ } Figura 1: Evolución de magnitudes significativas desde 1800. Fuente: Andalucía renovable, 2011, p. 67. Hasta aquí nos gustaría dejar subrayado que la energía y la tecnología, actuando conjuntamente, han permitido que los recursos procedan de lugares tan lejanos como sea preciso, que la capacidad de producción de bienes y servicios crezca de forma continua y exponencial, que los residuos se escondan, o se lancen lejos, dónde no causen toxicidad visible y que el territorio parezca un escenario moldeable sometido a la ingeniaría mecánica. Sin embargo, la situación no es así de satisfac-
toria: hay pocas dudas de que el sistema ha alcanzado su límite y de que el territorio, los ecosistemas con él, no acepta con tanta facilidad una asignación de funciones tan simple. La sociedad urbano-industrial se desacopla del territorio La inmediata consecuencia de la contradicción anunciada en el párrafo anterior es que la combinación exitosa de energía y tecnología ha desacoplado el hecho urbano de su base territorial. El territorio, gracias a la suma de todos estos avances, ha mutado en un espacio básicamente urbano, mecanizado, seguro, controlado. Las sociedades contemporáneas son capaces de crear tejido urbano en cualquier lugar sin entender, ni interpretar previamente sus características y su funcionamiento. La ciudad ya no necesita entenderse con el territorio. Con todo este afán de transformación del medio se logra contener, quebrar el funcionamiento biofísico del territorio, sometiendo a éste a una lógica distinta a la orgánica, controlando todos los fenómenos dinámicos y complejos. La sociedad actual tiene poderío suficiente para desmontar el relieve y modelarlo a su gusto, para entubar ríos y barrancos, para traer agua de embalses y fuentes lejanas. Para ello se movilizan grandes cantidades de energía que alimentan eficaces máquinas que desmontan el terreno, desvían cauces, rellenan, canalizan, etc… y se ponen en marcha procesos constructivos y productivos orientados a la configuración de mecanismos que responden a lógicas lineales y simples, aseguradas, controladas. La red de ciudades logra alimentarse diariamente de viandas trasportadas de cualquier parte del mundo, de deshacerse (momentáneamente) gracias a la eficacia de su potente maquinaría logística. La ciudad, el espacio central de la sociedad contemporánea, se ha desacoplado del territorio; dispone de energía y tecnología para crear realidades mecanizadas (Requejo, 2010). Para lograr que esta organización del territorio funcione es preciso tener controlada la aportación de sus inputs, especialmente agua y energía. Esta profunda alteración del funcionamiento natural exige un gran esfuerzo energético. La principal fuente energética que ha logrado este gran resultado y que alimenta todo este mecanismo es de origen fósil. El carbón, primero, recurso energético al que se han sumado después el petróleo y el gas, han permitido “liberar” al territorio de sus obligaciones de ejercer de soporte vital de la sociedad que lo ocupa. La comarca ya no tiene que proveer de alimentos, de fibras y pieles para el vestido, o de materiales para el cobijo a sus habitantes. No es necesario pedirle al territorio estas prestaciones porque en distintas partes del planeta se logran extraordinarios rendimientos de la actividad agraria, aplicando tecnología y energía, y se transportan sus productos por todo el mundo gracias a grandes ingenios de transporte que se mueven con energía a costes asequibles. Lo mismo sucede con los productos farmacéuticos, con todas las formas de vestimenta y atuendo, o con los materiales para construir, para equipar los edificios, para gestionar información o para entretener a la población. Los ecosistemas locales son liberados de su función territorial de proveedores de servicios ambientales porque se dispone de otros, en algún lugar del mundo, que proveen estos servicios aunque sea a costa de empobrecimientos de su capital territorial y desequilibrios estructurales. La escala global de nuestro sistema permite que territorios muy distantes aprovisionen otros gracias a una mejora constante de su productividad, del incremento de rendimientos y su repercusión en la competitividad, incorporando máquinas que hacen mejor y más rápido cada vez más trabajos que antes hacían hombres y mujeres y acelerando los procesos de producción y consumo. El sistema descrito consume y descompone capi-
{ } tal territorial. Especialmente graves son los efectos sobre la pérdida de las valiosísimas vegas de los ríos, espacios para la producción agroalimentaria que están siendo sistemáticamente esterilizados por coberturas de superficies rígidas e inertes (hormigones y asfaltos). Esto es en lo que se refiere a los espacios ocupados por usos urbanos e infraestructuras; pero el conjunto del espacio productivo primario se empobrece como consecuencia del incremento constante de rendimientos productivos. Los asombrosos resultados de producción actuales se logran a costa de desproveer al medio agrario de su propia capacidad reproductiva y de romper sus ciclos de renovación con aportación exógena de nutrientes, fitosanitarios y energía. Como dice Oscar Carpintero (2005) la “estrategia productivista característica de la evolución de la agricultura, la ganadería y la gestión forestal se ha asentado sobre la desconexión entre la vocación productiva de los territorios –según sus características ecológicas– y los aprovechamientos a que han sido destinados”. Puede argumentarse en contra de estas afirmaciones que los desajustes ambientales se han producido siempre desde que el hombre domestica su medio y lo somete a sus propias necesidades, en la época neolítica. Pero en otras civilizaciones, en otros modelos de sociedad, hay un ritmo de ruptura y reposición que equilibra, en ciclos largos, las lógicas territoriales y naturales con los ritmos de explotación y contaminación humanos. Pero detrás de los éxitos del modelo contemporáneo se vislumbran grandes sacrificios. El problema de nuestra exitosa sociedad urbano-industrial es que está prescindiendo del territorio y de sus procesos locales gracias a la integración mundial de los mercados y a la universalización de técnicas de producción y patrones de consumo. En este cambio de escala desaparece la renovabilidad y se desequilibran todos los ecosistemas y procesos territoriales. Parece que conseguimos la multiplicación de los panes y los peces sin grandes costes, sin los sacrificios históricos; pero no es cierto, en el modelo actual escamoteamos los costes sociales y ambientales para que se demoren en el tiempo. No somos plenamente conscientes de que, en caja, ya se está preparando la cuenta del banquete del que hemos estado disfrutando durante estas décadas de prosperidad milagrosa. Concreciones en España En España los análisis realizados por Oscar Carpintero sobre los grandes cambios experimentados por el metabolismo de la economía ponen de manifiesto el paso de la economía de la producción a la economía de la adquisición, registrado en nuestro país entre 1955 y la actualidad (Figura 2). Este cambio es expresivo, también, del mismo desequilibrio estructural al que se está refiriendo este artículo.
Figura 2: Requerimientos de energía y materiales que de forma directa pasan por nuestra economía desde1995. Fuente: Carpintero (2005), INE (2010). Nota: solo se representan los inputs directos Figura 3. Evolución del consumo de energía primaría en España. Fuente: Ministerio de Industria, Turismo y Comercio, Instituto para la Diversificación y Ahorro de energía.
{ } Figura 4. Evolución del consumo del consumo final de energía por sectores en España. Fuente: Ministerio de Industria, Turismo y Comercio, Instituto para la Diversificación y Ahorro de energía. La prevalencia del medio urbano sobre el rural impone a este último la implantación de los procesos reglados, la producción seriada. Esta imposición se hace a costa de los procesos orgánicos ligados al medio natural. El medio rural tradicional pierde su capacidad de dialogar con los fenómenos del territorio y aprende a aplicar, en su medio, relaciones regularizadas que son propias de la producción industrial. Sabemos que los procesos orgánicos del territorio están sometidos a variaciones imprevisibles que reflejan las perturbaciones e irregularidades climáticas. Sabemos, igualmente, que el medio está sometido a la anisotropía de sus flujos, que tiene una composición muy variable en sus suelos, etc… (González Bernáldez, 1981). Y, sin embargo, la lucha entre la lógica compleja, impredecible, del medio y el territorio, por un lado, y los mecanismos urbano-territoriales contemporáneos, por otro, es constante, no se abandona. Las inundaciones, las saturaciones de las redes de infraestructuras, el deterioro profundo e irreversible del atractivo del litoral para su función en un proceso suicida, el agotamiento de recursos naturales, agua especialmente, la contención de la erosión, los efectos costeros de los temporales, el sellado de vegas y la pérdida de suelo orgánico productivo, son todas manifestaciones de esta lucha de la implantación de la estructura territorial con el carácter orgánico y complejo del medio, de la matriz territorial. Durante el período de expansión de la sociedad urbano-industrial los factores de localización de nuevas actividades han estado muy influidos por la posición relativa respecto a los centros de producción y consumo. Las vegas de los ríos, los puntos mejor comunicados, han atraído mucha más actividad. Poco a poco los asentamientos urbanos y las redes territoriales se han impuesto sobre el territorio y han intensificado sus relaciones horizontales. Hay ya muchos espacios dónde del territorio solo queda una huella de la topografía original; una huella de la cual se han eliminado previamente sus “accidentes”, escarpes, arroyos, montículos, etc… La construcción del orden territorial mecánico tiende hacía la isotropía. En su desempeño reconoce que existen “accidentes” naturales tales como montañas o ríos y su reacción es desarrollar grandes capacidades para soslayarlos. Las visiones de los grandes espacios urbanizados siguiendo patrones regulares que contienen productos inmobiliarios seriados, sugieren al observador una
fuerte sensación de “orden”. Un orden racional, mecánico. En la producción de estos espacios ha prevalecido el criterio de economías de escala, de procesos productivos uniformes que obtienen grandes series de componentes estandarizados, que son aplicados a edificaciones y otros componentes urbanos igualmente estandarizados. Para ello se requiere una gran cantidad de energía y tecnología muy evolucionada en esa dirección. También se requiere una gran capacidad de prescindir de las singularidades del territorio. Los planificadores, los constructores, han debido previamente identificar y analizar las singularidades climáticas, los estorbos bióticos, los problemas geotécnicos, las respuestas plásticas del suelo a los esfuerzos a los que va a ser sometido y habrán tomado medidas para explanar, homogeneizar y preparar al suelo para la función portante que se le pide. El resto de las capacidades del territorio, tales como la de proveer agua dulce, climatizar el hábitat humano, permitir el cultivo de alimentos, proporcionar energía para usos diversos, metabolizar residuos orgánicos humanos, etc… no interesan porque no son estandarizables. Estados Unidos ha sido el país dónde esta lógica ha tenido un mayor auge y dónde ha alcanzado mayor desarrollo. Para lograr un nivel de bienestar no muy superior al nuestro, en Estados Unidos se necesita aplicar mucha más energía. Su territorio está mucho más mecanizado, también se suele decir que “funciona mejor”, es más fiable, más seguro. Es un país con un elevado nivel de desarrollo, sin duda, pero es muy dependiente de la energía, tanto en sus procesos productivos industriales, como, muy especialmente, en su orden mecánico territorial. Será preciso convalidar la robustez de su modelo en un contexto de escasez energética mundial. El orden mecánico tropieza con el agotamiento de los recursos energéticos Ante un doble temor de los gobiernos: el agotamiento de los recursos y su encarecimiento, la dependencia energética del exterior se convierte en un asunto de la máxima importancia estratégica. En la situación actual los países desarrollados están revisando el modelo energético y adaptando el modelo tecnológico de generación de energía, para reducir la tasa de dependencia de los combustibles fósiles y sus pésimos efectos sobre las balanzas de pagos de los países desarrollados y para reducir la emisión de gases con efecto invernadero. Tal parece que en el baile entre energía y tecnología le toca el turno histórico a esta última y que le toca intervenir para ofrecer una solución de salvamento. Muchas personas tienen la convicción de que se va a producir una hipotética innovación tecnológica que proporcionará energía barata capaz de resolver no solo las necesidades de aprovisionamiento energético, sino las demandas del resto de los procesos metabólicos: obtención de agua dulce a partir de agua de mar, reciclaje de residuos, obtención de todos los materiales que se requirieran... Si se cumple este destino histórico del “progreso imparable” el territorio podrá continuar con su proceso de modernización, con su conversión en un gran mecanismo con gran capacidad productiva. Sin embargo, hay razones para pensar que tal evento no es posible. La tecnología no inventa energía, encuentra la forma de aprovechar nuevos recursos energéticos. La energía nuclear ha conseguido poner al servicio de los intereses de la humanidad las fuerzas de cohesión subatómicas. Para lograrlo es preciso movilizar una gran cantidad de energía destinada a obtener el combustible nuclear, a la construcción