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L O Q U E T E L L E V A S T E TR ABA JO DE FIN DE GR A DO PERIODISMO MARÍA LOBO DONCEL
[1] FACULTAD DE COMUNICACIÓN GRADO EN PERIODISMO TRABAJO DE FIN DE GRADO LO QUE TE LLEVASTE TESTIMONIOS EN TORNO AL DUELO Y MEMORIA DE CREACIÓN REALIZADO POR MARÍA LOBO DONCEL TUTORA CLARA MARÍAS MARTÍNEZ CURSO 2021/2022
[2] Para Adriana Doncel Bejarano, mi madre, mi verdadero hogar. Porque lo que te llevaste no es nada comparado con lo que me has dejado en vida.
[3] ÍNDICE 1. RESUMEN/ABSTRACT ........................................................................................... 4 2. LO QUE TE LLEVASTE TESTIMONIOS ............................................................... 5 2.1. TESTIMONIO 0, DUALIDAD: Sobre el precio de la vida ................................. 6 2.2. TESTIMONIO 1, NEGACIÓN: Sobre cuando tuvimos que crecer .................. 13 2.3. TESTIMONIO 2, IRA: Sobre el triste horror de quien pierde .......................... 20 2.4. TESTIMONIO 3, NEGOCIACIÓN: Sobre el consuelo eterno de tu voz ......... 27 2.5. TESTIMONIO 4, DEPRESIÓN: Sobre mi vida contigo ................................... 33 2.6. TESTIMONIO 5, ACEPTACIÓN: Sobre lo que te llevaste .............................. 40 3. MEMORIA CREATIVA: LO QUE TE LLEVASTE ............................................. 45 3.1. Introducción al género elegido. ........................................................................... 45 3.2. Justificación de la elección de género. ................................................................. 48 3.3. Ideas, fuentes e inspiración. ................................................................................. 50 3.4. Estructura. ............................................................................................................ 55 3.5. Explicación del narrador. ..................................................................................... 64 3.6. Personajes. ........................................................................................................... 65 3.7. Tiempo y espacio. ................................................................................................ 73 3.8. Temas. .................................................................................................................. 76 3.9. Intencionalidad. .................................................................................................... 77 4. BIBLIOGRAFÍA. ..................................................................................................... 79 5. AGRADECIMIENTOS……………………………………………………………81
[4] RESUMEN El Trabajo de Fin de Grado: Lo que te llevaste, es un conjunto de relatos testimoniales narrados por una familia ficticia, cuyo ser querido va a morir debido a un cáncer de colon. Cada testimonio es la voz de una persona cercana al proceso que vive Pilar, la protagonista de esta historia. Así mismo, cada uno de los testimonios, exceptuando el primero, que actúa como carta de presentación, representa una de las fases del duelo descritas en Sobre el duelo y el dolor (Kübler-Ross, 1969), en una versión del año 2006. Durante el desarrollo de la historia, los diferentes personajes relatan las experiencias y los sentimientos que les produce la inminente pérdida. Desde la primera fase, que sería la negación, hasta la última, que sería la aceptación, toda la familia se ve envuelta en un proceso que les cambiará la vida por completo, y que hará que afronten la muerte de maneras muy diversas, tal y como lo haría cualquier persona en su situación. Con la idea de que pareciese lo más verosímil posible, Lo que te llevaste pretende ser un fiel reflejo de lo que supone una enfermedad tan destructiva como el cáncer; ya no solo para la persona que lo padece, sino para todas aquellas que están a su alrededor. Palabras clave: duelo, muerte, cáncer, familia, proceso, modelo de Kübler-Ross, testimonio. ABSTRACT The final degree project "Lo que te llevaste" is a set of testimonial stories narrated by a fictitious family, whose loved one is going to die from colon cancer. Each testimony is the voice of a person close to the process that Pilar lives, the protagonist of this story. Thereby, all the testimonies, except the first one, which acts as a letter of introduction, represents one of the phases of mourning described in "Sobre el duelo y el dolor" (Kübler- Ross, 1969), in a version of the year 2006. During the development of the story, the different characters recount the experiences and feelings that the imminent loss produces in them. From the first phase, which would be denial, to the last, which would be acceptance, the whole family is involved in a process that will change their lives completely, and will make them face death in very different ways, as would anyone in this situation. With the idea that it seems as credible as possible, "Lo que te llevaste" aims to be a faithful reflection of what a disease as destructive as cancer means, not only for the person who suffers it, also for all those around them Keywords: grief, death, cancer, family, process, Kübler-Ross model, testimony.
[5] TESTIMONIOS
[6] TESTIMONIO 0, DUALIDAD SOBRE EL PRECIO DE LA VIDA JULIANA Cuando la trajeron a la habitación 120 C, tenía la cara totalmente demacrada. Los labios llenos de heridas; cortes ya casi cicatrizados, pero, igualmente, secos a la vista. Debajo de la mirada, cálida debido al color y a la vez tan fría, debido a la dura expresión, se marcaban coloridas ojeras, que prácticamente llegaban al final del tabique. Los poros estaban abiertos, las arrugas en pleno proceso de desarrollo, sin ningún tipo de contención sustentada por cremas o potingues similares (en aquel rostro, hacía mucho que no se posaba cuidado alguno), de esos que se suelen comprar cuando ya tienes una edad. Los pómulos, demasiado marcados. Y el pelo… mortificado, asomaba con delicadeza por algunas secciones del cuero cabelludo, como si quisiera primero pedir permiso a su dueña para poder volver a surgir. Era una cara nueva, pero la misma de siempre. Cambiaba la persona, pero no el rostro. Se repetía el proceso y la enfermedad comenzaba de nuevo su ciclo, recordándome la multitud de testimonios que he visto y oído, recordándome la multitud de personas que he visto entrar y salir por esa puerta. Y recordándome también la multitud de veces que he tenido que volver aquí, a la habitación 120 C, quinta planta del Hospital Perpetuo Socorro, sección Oncología. Ante mis ojos, otra paciente con cáncer. Creo que ella ni siquiera reparó en mí, al menos, no al principio, pues le llevó un par de minutos darse cuenta de que no estaba sola en aquella habitación con dos camas. Yo, al principio, me ofendí, obviamente. Era mayor que ella, veterana en esto, por decirlo de alguna manera, y tendríamos (seguramente) que pasar una temporada juntas. Qué menos que un poco de cordialidad. Sin embargo, esos dos minutos que pasé observándola mientras esperaba que me dijese lo más mínimo, me di cuenta de que realmente estaba demasiado absorta en sí misma, tanto como para que su mente suprimiera todo lo que se encontrase más allá de medio metro de ella. Así es como conocí a Pilar: esperando a que ella quisiera conocerme a mí. Pasados esos dos minutos de cortesía, o más bien de vuelta a la realidad, sus ojos se posaron sobre los míos, y una leve sonrisa asomó en su rostro, dotándolo de algo más de vida. Me dio las buenas tardes y me preguntó mi nombre. De nuevo, esa rutina. El intercambio de palabras que siguió a aquella leve presentación fue
[7] más un monólogo que una conversación en sí. Yo, curtida en estas batallas, jubilada, viuda y con un par de hijos que apenas osan dirigirme la palabra, le dije a mi nueva compañera de habitación las mismas palabras memorizadas que repetía cada vez que se ocupaba la cama de mi derecha, la vacía. Cuando una es prácticamente fija aquí, en un lugar como un hospital, en una sección como esta, tiene prioridades. No del tipo abusivo, por supuesto, pero sí del tipo premium. Algunas de ellas pasaban por un armario más grande, una estantería en el baño donde podía dejar algunos objetos personales de aseo (los jabones de los hospitales son horribles); una enfermera conocida, que todas las tardes me traía un paquete de galletas con chocolate que sobraba de la cafetería e, incluso, una diferencia de cinco centímetros de cercanía con el mando de la televisión que debía de estar en la mesilla común. No obstante, la diferencia más notable era la ubicación de la cama. Mi cama, la de la izquierda de la habitación, se encontraba al lado de la ventana. Eso significaba más aire, más ventilación, más sol y más libertad, aunque solo fuese imaginada. Mientras que desde mi cama se veían el cielo, los edificios y los viandantes, desde la otra se veían el cuarto de baño común y el pasillo del hospital, dejando muy poco a la imaginación de los huéspedes y recordándoles en cada mirada dónde se encontraban y por qué. Al menos, eso me parecía a mí el otro lado del cuarto: libertad y cárcel, vida y muerte. Todas de la mano. Después de un largo monólogo, sobre cómo había perdido a mi marido y sobre cómo había fracasado en los múltiples intentos de tener una buena relación con mis hijos, ya casados, tocaba hablar de la enfermedad. De mi cáncer. Realmente, este aspecto de mi vida la ocupa casi por completo, pues muchos de mis recuerdos van asociados a él. El primer tumor me lo detectaron hace trece años, cuando aún José podía acompañarme a mis resonancias. Nuestros hijos ya no estaban en casa, pero manteníamos algo de contacto con ellos; sobre todo, él. Sin embargo, apenas nos visitaban y ambos decidimos no informarles de la situación a no ser que fuese estrictamente necesario. Nunca lo fue, pues consiguieron extirpar aquella anomalía casi sin problemas. José tenía la esperanza de que ahí acabasen nuestras visitas a la sección de Oncología, pero yo sabía que no iba a ser la última vez que caminase por los pasillos del Perpetuo Socorro. No me equivocaba. Poco más de dos años después, comenzaron de nuevo las sesiones de radioterapia y quimioterapia. Eran interminables, dolorosas y vejantes, pero también necesarias, tanto como para mantenerme con vida hasta el día de hoy. No fueron mis únicos tumores, por supuesto. Después de los dos primeros, que fueron de pulmón, me tocaron dos más de
[8] mama. Por suerte (o desgracia) para mí, José ya no seguía a mi lado para ver cómo cruzaba tres veces más las puertas de la Sala Roja, como me gusta llamar a esa habitación donde tienes que tumbarte durante media hora para que colegiados y estudiantes en prácticas vean, mediante rayos, qué le sucede a tu cuerpo y si tiene solución o no. Al parecer, en todas las ocasiones la tuvo, pero obviando uno de mis pechos. Ahora, con sesenta y siete años y toda una vida recorrida, el no tener el pecho completo es lo que menos me preocupa. Hay situaciones peores, me ha tocado verlas y escucharlas: familias destruidas, personas abandonadas a su suerte, niños huérfanos y padres hundidos en la desgracia. Todo aquello pasaba en esta parte del hospital, una de las más oscuras, a mi parecer. Pilar escuchó toda la historia sin apenas interrumpirme, solo un par de veces para aclarar ciertos nombres y fechas, pero el resto del tiempo se limitó a prestarme constante atención. Hacía muecas de sorpresas, dolor y empatía. Sabía por lo que estaba pasando, al igual que yo sabía lo que estaba sufriendo ella. Y no solo ella, también su familia. Aún no me había desvelado nada sobre su vida, pero como ya he mencionado, los años que vives en la trinchera, en la primera línea, te dan algunos conocimientos sobre la batalla que viven los demás. Pese a que ella no se dio cuenta de mi presencia en primera instancia, yo sí que me percaté de la suya, y esos dos primeros minutos que me otorgó en la retaguardia fueron cruciales para que yo me llenase de detalles sobre su vida, antes de que ella pudiera contármelos. La trajeron a la habitación en silla de ruedas. No era un médico quien empujaba la silla, sino un hombre bien parecido. Vestía camisa azul celeste, pantalones vaqueros de un par de tonalidades más oscuras y zapatos de cordón marrones. Tenía el pelo echado hacia atrás, barba de tres días y ojeras. Quizá un par de años mayor que ella. Por sus movimientos delicados y sus gestos de cariño, era su marido. Una pareja joven, pensé nada más verlos. Una pareja con hijos, seguramente. Yo también los tenía, pero ellos no parecían ser de los padres que no mantienen el contacto con sus hijos, sino todo lo contrario. Su presencia se asemejaba más a la de un matrimonio cuya noticia inesperada les ha destrozado la vida y los planes de futuro. No me equivocaba del todo, o al menos, aún no lo sabía. Dejaron a Pilar conmigo sobre las seis y media de la tarde. A las ocho nos trajeron a ambas la cena. Preciso y puntual, el enfermero que estaba a nuestro cargo depositó las bandejas sobre nuestras camas. Mi comida, la de siempre: algo de carne con acompañamiento de verduras, puré, fruta y agua. La suya, algo peor, si es que eso era
[15] quedase en su casa por lo menos una semana. Eso significa que no tendré que volver a casa hasta dentro de unos cuantos días, lo cual me emociona un montón. Termino de recogerlo todo, mientras papá hace la cama; desayuno en la cocina con la abuela y me subo al coche. Papá nunca me deja montarme delante con él, algo de lo que siempre suelo quejarme, pero hoy no pienso decirle nada, estoy demasiado contento como para enfadarle y que decida no llevarme a ver a los primos. Tras unos minutos de camino, Estrella se sienta justo a mi lado y me toca un par de veces el brazo para llamar mi atención. Al principio, decido ignorarla, ya sabe que odio hablar con ella delante de mi familia, y más aún delante de mi padre. Ya le expliqué que ellos no son capaces de verla, e incluso le insistí en que intentase con más fuerza que la vieran, pero ella dice que no es capaz. Al cabo de un rato, sus toquecitos en el brazo me resultan tan incómodos que termino por preguntarle qué quiere. Ella, sonriéndome desde el asiento de al lado, me pregunta que a dónde vamos. Mi padre, que seguramente me haya oído antes, mira por el retrovisor hacia donde yo estoy, por lo que decido esperar un poco antes de contestar a mi amiga. Cuando creo que ya no me está mirando, rebusco en la mochila que tengo a mis pies y saco de ella una pequeña pizarra magnética que uso para jugar con los primos a diferentes juegos y que siempre me piden que lleve. Una vez está en mis manos, borró lo que había escrito antes (el resultado de un partido de fútbol) y le escribo a Estrella lo siguiente: “Vamos a casa de mi tía. Estaré allí unos días, así que tendremos que comunicarnos por aquí. No me hables si no tengo cerca la pizarra para poder contestarte”. Después, le enseño el mensaje a mi compañera de viaje y ella asiente enérgicamente con la cabeza. Mi padre no vuelve a mirarme por el retrovisor, lo que significa que ha dejado de reparar en mí y en lo que hago. Últimamente, casi siempre es así. El resto del camino me lo he pasado hablando con Estrella por medio de la pizarra. Le he contado cómo son Pablo y José, a qué nos gusta jugar, e incluso lo de la última novia de Pablo, el mayor. Era guapa, pero muy pesada. Además, se lo he ilustrado todo con dibujos, para que le sea más fácil imaginárselo. El viaje no ha sido tan largo como recordaba. Siempre se me suele hacer eterno, pero Estrella ha conseguido que apenas repare en nada salvo en nuestra conversación secreta. Me alegro mucho de tenerla como amiga, aunque a veces me cueste ponerme de acuerdo con ella. Al fin y al cabo, es la única con la que he podido hablar sin discutir o enfadarme últimamente, y también es la única a la que le importa lo que tengo que decir. Ha sido una suerte haberla encontrado. En cuanto mi padre aparca enfrente de la casa de la tita, me desabrocho los cinturones de
[16] seguridad de la silla de viaje y también los del coche (no me resulta muy difícil, aunque sí algo pesado), y me bajo a toda velocidad. Acto seguido, cojo la mochila y miro hacia el lado para comprobar que mi padre está terminando de coger el resto de cosas que necesito para quedarme. Estrella se queda a mi lado, sin dejar de sonreír. Parece que a ella también le emociona la idea de vivir unos días aquí. Una vez están todas mis cosas fuera del coche, me acerco corriendo a mi tía y la abrazo con fuerza, haciendo que la botella de agua que llevaba en uno de los costados de la mochila caiga al suelo. Mi tía me acaricia el pelo y se agacha a recogerla. Me gusta mucho mi tía, porque siempre me trata muy bien. Me trae gominolas, helados y comidas que me gustan, no como la abuela. Es más joven que mamá, supongo que por eso no es tan estricta ni tan mandona. Una vez leí en una revista que había en la consulta del dentista de mamá que hay una edad en la que sufres cambios de humor y calor. Supongo que se debe a eso su mal humor últimamente, y también el de Marcos, no lo sé. El caso es que la tita María todavía no ha llegado a esa edad, porque siempre está feliz y es amable conmigo. Cuando coge la botella, al estar tan cerca de mí, pienso que va a levantarme y a darme una vuelta en el aire como suele hacer cuando nos vemos, pero no puedo estar más equivocado. La tita me mira y sonríe, pero su cara no parece nada alegre. Tiene los ojos rojos como cuando has llorado y los labios muy secos. Lo primero que se me pasa por la cabeza es que está enferma. Miro a Estrella y esta me responde encogiéndose de hombros, como si tampoco esperase aquella reacción. Además, apenas me habla, ni siquiera cuando me devuelve la botella. Al llegar papá, ambos se ponen a hablar de cosas sin sentido como probabilidades, medicamentos y estadísticas. ¿Qué más da eso? Por lo menos, con él sí habla. Seguro que papá le ha dicho que tenían que hablar, y por eso ha esperado. Sus asuntos siempre son lo primero. Por si fuera poco, este tema se repite una y otra vez. En casa, parece como si no existiese nada más de qué hablar. La abuela y papá mantienen conversaciones entre ellos todo el rato, que si hospitales, que si tratamientos, que si pruebas. Estoy harto. ¿Es que no pueden parar ni por un segundo? A ver, entiendo que, si les gusta, hablen de ello, yo también hablo con mis amigos de los temas que me gustan, pero, en mi caso, yo sí dejo que ellos también hablen de sus temas. La abuela y papá solo se cuentan cosas entre ellos, como si lo demás no tuviese importancia. Pensaba que eso solo pasaba en casa, aunque ya veo que me equivocaba. Espero un rato al lado de Estrella hasta que terminan de hablar y se despiden besándose las mejillas. Entonces, mi tía se pasa las manos por la cara, me sonríe, esta vez de verdad, y me pone la mano en el hombro, invitándome a entrar en la casa. Yo, ahora más emocionado que antes, le pregunto por mis primos, mientras cruzamos el
[17] recibidor, y ella me contesta que están arriba. Subiré a verlos ahora mismo. Unos segundos antes de que la tita cierre la puerta a mis espaldas, vuelvo a mirar a la calle. Estrella no ha entrado, pero a juzgar por su cara, tampoco quiere hacerlo. Se la ve feliz o, tal vez, nunca esté de otra manera. Si soy sincero, nunca la he visto de otro modo. Entonces, justo antes de que la puerta se cierre, tal y como hace bastante a menudo, levanta su mano derecha y la agita enérgicamente a modo de despedida. Yo no la correspondo con la mano, pues podría verme la tita, pero sí que le sonrío desde dentro de la casa. Pese a todo, parece que pasaré unos buenos días aquí. Las casi dos semanas que pasé en casa de la tía fueron, con diferencia, las más extrañas de mi vida. Parecía como si todos estuvieran actuando en algún tipo de teatro. Casi nunca había risas, juegos o, incluso, palabras. Estuve con mis primos, claro, pero ellos casi siempre estaban en el colegio o en sus habitaciones. Según me dijo la tía, ahora iban a clases extraescolares por las tardes, y a mí nadie me avisó de eso antes de ir. Por si fuera poco, tuve que seguir yendo al colegio, así que los veía solo a ratos, cuando nos dejaban en los centros y cuando teníamos que comer juntos. Entonces, pensé que sería una buena opción hacer planes con la tía, pero eso fue incluso peor. Cuando no estaba trabajando con su ordenador, estaba hablando por teléfono con mi padre, pero siempre que me veía acercarme, se apresuraba a ponerle cualquier excusa para colgar. No entendía esa actitud suya. A veces, pensaba que le molestaba, incluso una vez llegué a decírselo, pero ella me dijo que no y se puso muy triste. Igual es que no quería que estuviese allí y no sabía cómo decírmelo… Entendía que estuviese ocupada, pero con papá y la abuela sí que pasaba horas y horas hablando. Entonces, ¿es que solo estaba ocupada para mí? ¿O es que ahora se divierte más con ellos? No lo sé. De hecho, no lo esperaba, pues pocas veces la he visto contactar tanto con papá como estas semanas. Supongo que papá le insistiría para que me quedase y por eso no me había echado antes, o algo así. Por si fuera poco, creo que mamá también está enfadada conmigo. Durante las dos últimas semanas, intenté hablar con ella muchas veces, pero solo lo conseguí un día y durante muy poco tiempo. Además, mamá suele ser muy cariñosa conmigo y aquel día… Parecía que le costase contestarme, como si estuviera aburrida de mí. Puede que sea por mis notas, o tal vez no dejé todo bien recogido en casa… No lo sé. El caso es que cuando papá vino a recogerme el sábado por la tarde, yo ya hacía mucho rato que le esperaba, ansioso, en la puerta. Él tampoco parecía muy contento, así que, durante todo el viaje, intenté sacarle más de mil veces un buen tema de conversación, pero ninguno le interesaba. Al final, me rendí. Si mi familia no me
[18] quería, no podía hacer nada, y tampoco pensaba llorar delante de mi padre. En aquellos momentos, deseé que Estrella estuviera conmigo, pero no apareció. Estaría ocupada, como todos. O habría dejado de quererme, como todos. En casa, desde que volví de casa de la tía, la situación tampoco mejora. No sé qué ha pasado, pero papá nunca está, Marcos pasa todo el día metido en su cuarto (no pensé que la echaría de menos, pero, por desgracia, sí hago), y mamá pasa horas y horas dormida. Es una barbaridad, ni siquiera yo duermo tanto. Me toca pasar los días enteros con la abuela, que no hace más que correr de un lado para otro y rezar en susurros con el rosario en la mano. Piensa que no se lo veo porque lo esconde debajo de la manga de su rebeca, pero a mí no se me pasa una. ¿Ahora de repente es super católica? ¡Bah! Como si Dios existiese. Y si de verdad existe, no está siendo nada justo conmigo. Todos los días, un poco antes de la hora de la cena, entro en la habitación de mamá para darle las buenas noches. Ella ahora duerme temprano, debido a que tiene que levantarse para trabajar. Supongo que por eso está siempre tan cansada. Antes no lo entendía, pero razoné que debía de ser eso, porque cuando la veo antes de ir al colegio y le pregunto tanto a ella como a papá que adónde van, me dicen que a hacer algo importante. Papá trabaja a esa hora, así que debe de ser lo mismo con mamá. Sí que tiene que ser importante para que apenas pueda verlos. De todas formas, no les importa mucho lo que yo piense, lo sé porque a mamá, que era la que más me preguntaba por mis cosas (aunque yo se las contaba a papá), ahora no se molesta en hacerlo. Solo estoy con ella unos diez minutos antes de que la abuela me llame a mí para cenar y ella se despida dándome un beso, y así, noche tras noche. Además, me miente, porque ya no duerme con papá, pero dice que no están enfadados. Yo creo que sí, pero no voy a decírselo. No quiero que se enfaden más, porque entonces sí que dejarían de quererme del todo. A los pocos días de volver a casa, una mañana, papá me despierta apresurado y me dice que tiene que llevarme, de nuevo, a casa de la tía. Yo me quejo por la situación y, cuando me pregunta, le digo que nadie me hace caso. Al escucharme, me sonríe, me acaricia el pelo y, acto seguido, me promete que esta vez será diferente. Creo que ya no está tan enfadado, así que le hago caso, no quiero que su comportamiento conmigo vuelva a ser como era antes. Con todo listo y metido en el coche, entro de nuevo en la casa para despedirme de mamá, pero su habitación está vacía. Vuelvo para buscar a la abuela y preguntarle, pero algo no ha debido de sentarle bien, pues la encuentro de rodillas junto al váter, con la cara hinchada y los ojos muy rojos. Cuando me ve, se limpia con rapidez
[19] las comisuras de los labios y se seca las lágrimas con la manga de su usual rebeca marrón. Después de tirar de la cadena, me mira y sonríe, con una expresión muy parecida a la de papá. Las cosas deben de estar mejorando conmigo, porque todos vuelven a sonreír. Le devuelvo la sonrisa y le pregunto por mamá, a lo que ella me responde, agitando enérgicamente la mano: “Trabaja hoy hasta tarde, cariño”. Su voz parece algo tomada pero, a juzgar por su atuendo y, teniendo en cuenta el calor que hace, me parece de lo más normal. Regreso al coche un poco abatido, pues no he podido despedirme de mi mamá, aunque no creo que tarde mucho en verla. Lleva meses trabajando. En algún momento tienen que darle vacaciones, ¿no? Al abrocharme el cinturón, ya con la puerta cerrada, echo un rápido vistazo a mi habitación y, tras recorrer toda la casa con la mirada, termino centrándome en la puerta principal. Para mi sorpresa, Estrella se encuentra de pie justo en el centro del umbral de entrada. Emocionado con la inesperada aparición de mi amiga, le hago gestos con la mano para que se acerque al coche y pueda montarse antes de que nos vayamos. No sabía lo preciada que era su compañía hasta que me quedé sin ella. Sin embargo, ella parece no verme, y simplemente se queda contemplando el vehículo como quien contempla un vaso de leche por las mañanas, con gesto de aburrimiento. Quiero gritarle, pero papá me escucharía, y ya sabemos que no puede verla. Entonces, con un leve ruido, el coche arranca y nos ponemos en marcha. Estoy bastante enfadado con el comportamiento de la estúpida Estrella. ¿Es que no me ha visto? Imposible. Miro hacia atrás con la esperanza de que haya desaparecido, pues eso significaría que, posiblemente, me esperase en casa de la tía. No obstante, sigue de pie en la puerta de mi casa, siguiéndonos con la mirada. ¿En qué está pensando? Ella no… suele ser así. No sé cómo explicarlo, pero creo que debe de ocurrirle algo. Parece la misma, salvo por el detalle de su gesto. Estrella siempre estaba sonriendo, pero aquel día no lo hizo.
[20] TESTIMONIO 2, IRA SOBRE EL TRISTE HORROR DE QUIEN PIERDE MARCOS Otra vez están discutiendo. Otra vez mi padre se comporta como un auténtico capullo. No son ni las ocho y media de la mañana y ya está gritando. Seguramente haya despertado a más de un vecino, pero eso le da igual. Lo más importante es llegar a tiempo a su estúpido trabajo de oficinista. Como cada mañana, mis padres salen de casa antes de las nueve menos cuarto para poder llegar al hospital a las nueve. Bueno, esa es la intención de mi padre, claro. La de mi madre es muy distinta, y por eso discuten. No es que ella quiera llevarle la contraria, sino que, tal y como ella le espeta cada mañana, no puede correr tanto como él quisiera. Normal, ¿no? Joder, acaba de pasar por una operación. ¿Cómo cojones pretende que lo haga todo tan rápido como él? Y, aunque así fuese, ¿en qué cambia eso? Ni siquiera tienen que estar a las nueve en el hospital, sino a las diez y media. No obstante, él necesita llegar puntual e impoluto a la oficina, aunque eso signifique dejar a mi madre sola en el hospital durante hora y media, permitir que pase la radioterapia sola, y recogerla cuando le dan el descanso para desayunar, media hora después de que ella haya terminado. Eso se traduce, en los mejores casos, en que mi madre tiene que estar media hora sentada en una de las butacas de plástico verdes de la sala de espera, hasta que a mi padre le da por aparecer, sufriendo los malestares de la medicación intravenosa e intentando no empeorar. Así todos los días, desde hace ya un mes. Yo, antes, intentaba entender a mi padre, darle un respiro, supongo, colaborar en lo que pudiese y no hacer demasiadas preguntas. Sin embargo, cada día estoy más convencido de que su actitud es incomprensible para cualquiera. Hasta mi amigo Ángel se queda de piedra cada vez que le relato estas cosas, y eso que es bastante duro. No me extraña en absoluto, la verdad, y menos me extraña cuando oigo los mismos gritos cada día. Uno se queja porque va a llegar tarde al trabajo, y la otra le explica que hace lo que puede, pero que no es capaz de ir más rápido. Al principio, hablaban en susurros, supongo que para no despertar a mi hermano pequeño, pero desde que lo llevaron a casa de mi tía, ninguno de los dos se corta ni un pelo a la hora de gritar. Estoy acostumbrado, mi cuerpo sabe lo que le espera todas las mañanas, así que ya ni siquiera lucha por seguir descansando a estas horas, aunque sea muy
[21] temprano. Además, las voces coinciden prácticamente con la hora de mi alarma; por lo que, directamente, no me molesto en activarla. Siempre me ha costado mucho despertarme y ahora lo hago del tirón. Algo positivo, supongo, que he sacado de esta experiencia. Cuando por fin se han ido, decido levantarme. Me hago el desayuno y como solo en el salón de casa. Me quedan pocos minutos de tranquilidad hasta que llegue mi abuela y lo alborote todo. Por suerte, yo ya me habré ido para entonces. Reconozco que me esfumo antes de que ella llegue a propósito. La verdad es que me apetece muy poco escuchar sus sermones sobre los cuidados de mi madre, la escasa limpieza de la casa y lo que debería ayudar a mi padre, teniendo en cuenta que soy su único apoyo aquí, además de sus múltiples quejas. No, yo ya tengo demasiado con lo mío, pese a que a nadie parezca advertirlo. Recojo la mesa, friego mis platos y me voy a la parada 237 a esperar al bus. Llegaré media hora antes al instituto, pero lo compensaré con un cigarrillo antes de entrar. Mejor eso que escucharla a ella. Asistiré una o dos horas a clase, como mucho, y me iré en el primer descanso al hospital. Seguro que mi madre sigue allí para entonces, pues mi padre llegará tarde a recogerla. Como siempre. Ella me echará la bronca, pero no me importa en absoluto. Me niego a que se quede sola mucho tiempo después de que acabe la radioterapia. Puede encontrarse mal y vomitar, o marearse, o incluso perder el conocimiento. Lo mejor es que esté con ella, diga lo que diga. Volveré al instituto antes de que llegue mi padre, o le mentiré y le diré que tenía algunas horas libres, si llega antes de lo esperado. Total, tendrá tanta prisa por llevar a mi madre a casa y volver al trabajo que ni siquiera se cuestionará si lo que digo es cierto o no, ya ha pasado otras veces. Mi madre sabe que miento, por eso me regaña cada vez que me ve aparecer por la planta; sin embargo, sé que en el fondo se alegra de tenerme allí, y yo me quedo mucho más tranquilo si no está sola. Me preocupo por ella. Al menos, yo sí. Crucé las puertas del hospital a las once y media de la mañana. Me dirigí al ascensor y subí hasta la cuarta planta, la de revisiones. Aquella planta tenía una sala de espera enorme en la que, dependiendo de las pruebas que te hayan hecho, debes permanecer en un sitio u otro. De todas formas, la mayoría de personas que siempre frecuentaba la sala, esperaba en el mismo sitio. Dos grandes puertas daban la “bienvenida” a la habitación. Hace algunos años, seguramente, fuesen blancas; ahora el paso del tiempo había sustituido ese color por un beige desgastado más triste aún si cabe que el anterior. Ante las puertas, había un guardia de unos treinta y pico de años, en cuya chapa se podía leer Cipriano.
[22] Vaya nombre para una persona tan joven. Cipriano casi siempre estaba allí por las mañanas, lo sé porque lo había visto en más de una ocasión. Ya me conocía de otras veces, por lo que me deja pasar sin problemas. Es un buen tío, me daba pena mentirle, pero la situación era la que era. Cuando entré, vi una imagen repetida. Una imagen que el primer día impacta pero que al segundo te acostumbras: multitud de personas de diferentes edades esperando resultados, multitud de personas en diferentes fases del proceso, multitud de personas con cáncer, como mi madre. Algo que nunca admitiré es que esa visión me reconforta, pues pensaba que no éramos la única familia que estaba pasando por una enfermedad así. También, aunque esto suene peor, pensaba que había gente con menos posibilidades de cura que mi madre, y eso me calmaba. Pelear contra algo así es muy jodido, se puede ver en todas y cada una de las caras que rondan la sala de espera, pero saber que quizá mañana dejes de ver alguna de esas caras es más jodido todavía. Sobre todo, si imaginas que la que no ves es la de tu familiar, la de tu propia madre. Por eso, sigo viniendo aquí a estar con ella, a esperar con ella. Ojalá nunca tenga que dejar de venir. Estuve poco tiempo en el hospital con mi madre, pero mereció la pena. Pude verla, asegurarme de que estaba bien y hacerle compañía. Al principio, no la quiso y casi termina por echarme, pero después cedió, como siempre. Mi padre llegó tan solo media hora después que yo, así que regresé al instituto a tiempo para dar las dos últimas clases y para contarle a Ángel cómo seguía mi madre. Ángel es un buen amigo, de los mejores que tengo. Desde que le conté lo de la enfermedad de mi madre, no se ha despegado de mí. Todos los días, si no en persona, por teléfono, me pregunta cómo estoy y si quiero salir de mi casa a despejarme. Él sabe la situación que hay en mi casa, yo no me he callado nada. Sabe lo que pienso del capullo de mi padre, lo que me asquea el hecho de que mi abuela intente adoptar conmigo el papel de madre, y todo lo que me frustra, en general. Creo que, a veces, se preocupa demasiado por mí, pero supongo que es natural si tenemos en cuenta que lleva conmigo prácticamente toda la vida y que, un dato importante, es mayor que yo. Pese a ello, no siempre me da la razón, y yo tampoco lo pretendo; pero me comprende y me apoya, que ya es suficiente. Cuando salí del instituto, iba a irme derecho a casa, pero él me detuvo. No podía irme sin que me pasase revista, claro. Le dije que todo iba bien, que mi padre había llegado casi puntual al hospital y que hoy mi abuela no comía en casa: pequeños detalles que marcan la diferencia entre un día de mierda y un día sin más. Los días sin más son mis favoritos. Parece que mis respuestas le dejaron
[23] satisfecho, pues me dejó ir enseguida, pero no sin antes recordarme que solo vivía a tres calles y que la línea de teléfono de mi casa es gratuita, por si “no lo recordaba”. Por supuesto que lo sabía. “Te llamo si me cansan demasiado”, le contesté yo, a lo que él correspondió con un leve gesto de cabeza; de nuevo, satisfecho. Después de aquello, saqué el paquete de Camel del bolsillo trasero de la mochila y me llevé un cigarrillo a los labios, que no tardé demasiado en encender. Le di la primera calada y me encaminé hacia la parada de la línea de autobuses que me dejaría en mi casa. Hoy solo estaríamos mi madre y yo. Hoy va a ser un buen día. Llegué a casa sobre las tres menos cuarto de la tarde. Mi madre estaba en la cocina, así que la saludé con un beso en la mejilla, antes de subir a mi habitación a dejar la mochila y las demás cosas. Acto seguido, le dije que debería estar descansando en lugar de cocinar; sin embargo, ella me repitió lo mismo que me decía cada vez que la encontraba en la cocina: “Todavía no soy manca, hijo”. Aquello me mataba, pues no sabía qué contestarle. Era verdad que podía cocinar perfectamente; de hecho, lo hacía muy bien, pero yo no quería que pasase mucho tiempo de pie, porque después era peor. Después, le dolía. La abuela no dejaba que mamá cocinase, y la verdad es que a veces podía ponerse demasiado pesada, así que ella aprovechaba para hacerlo en los días en los que solo estábamos los dos. En aquel momento, agarrada a la paleta de madera mientras removía la comida de la olla, era mi madre. El cáncer quedaba relegado a otro nivel, a un segundo plano, como si no existiese; y todo parecía normal. La vuelta a la normalidad es lo que más te reconforta en este tipo de situaciones, pues te da la esperanza necesaria para no caer en el abismo de la pena y la autocompasión, en el cual mi padre ya había caído hacía mucho. Sin embargo, lo peor de mantener una esperanza férrea es que a veces puedes pecar de ingenuo; y, entonces, cuando la enfermedad vuelve a manifestarse, porque en realidad nunca se ha ido, la hostia es el doble de fuerte. Terminamos de comer una hora después de que yo hubiera llegado a casa. Me levanté de la mesa el primero, y me puse a recoger los platos, con la intención de que mi madre se quedase sentada viendo la televisión. Al volver, ella no tenía color en el rostro. La llamé un par de veces, pero su mirada se había perdido en algún punto de la habitación imposible de descifrar; además, no me contestaba. Me acerqué a donde estaba, primero dando pasos cortos y después casi corriendo. Cuando llegué, la agarré de los hombros y busqué su mirada: seguía perdida. Entonces, comencé a zarandearla un poco, mientras intentaba que me mirase, que respondiese o que hiciese el más mínimo amago de consciencia, pero no lo conseguí. Los nervios se apoderaron de
[24] mí, y comencé a llorar, impotente. Mi madre no contestaba, no hablaba, no se movía, y su rostro cada vez perdía más color. Me entró el pánico y le grité, pero todavía tardó un interminable minuto en reaccionar. Me devolvió, por fin, la mirada, aunque más bien parecía que me estaba pidiendo auxilio, y no tardé en saber por qué. Agarró con fuerza mi chaqueta y se incorporó rápidamente hacia delante, casi cayéndose de la silla. Pude sujetarla, mientras comenzaba a temblar y a contraerse; pero, al final, ambos terminamos sentados en el suelo, pues yo no tenía la fuerza suficiente para sostenerla. Después de aquello, vomitó toda la comida. Seguí sujetándola, para que no se golpease debido al esfuerzo, hasta que dejó de moverse; entonces, la levanté, pese a que apenas podía moverme. Ella me miró con culpabilidad y vergüenza, lo que a mí solo me dio más pena. Ya en el cuarto de baño, la ayudé a cambiarse y a lavarse para poder llevarla a la cama. Tras darle sus medicinas y pasar un rato con ella, se quedó dormida. Le dolía, lo sabía por cómo se había colocado y por la expresión de su cara. Joder. Quise volver a gritar, pero me mantuve sereno hasta que me fui de la habitación. No podía hacer nada más. Apreté los puños y me fui al baño a cambiarme yo también. ¿Dónde estaba mi padre? Se supone que tenía que venir por la tarde. Le llamé cabreado, pero él se limitó a decirme que no podía hablar en ese momento, que iba a reunirse. Y una mierda. Y una mierda, Rafael. Le colgué de golpe. Él sabía que al día siguiente tenía un examen, lo sabía de sobra, y aún así todo se reducía a su puto trabajo, como siempre. Y, como siempre, me ocuparía yo solo de todo. No le necesitaba. El resto de la tarde lo pasé cuidando a mi madre. Mi abuela no podía venir debido a unos asuntos médicos y mi padre no apareció hasta las once de la noche. ¡Manda huevos! Luego dirá que se preocupa por ella y que el mayor peso lo lleva él. No me jodas, si parece que es él el que está enfermo. Siempre quejándose y lamentándose por una situación que ni siquiera está viviendo en sus propias carnes, como si nadie supiera por el dolor tan grande por el que está pasando, como si solo estuviera pasando él por ese dolor. Me cabrea muchísimo. Mamá no mejoró por la tarde. Le tomé la temperatura varias veces, lo que me confirmó que no había bajado de los 37 grados ni aunque le diese la medicación. Volvió a vomitar, sufrió náuseas y dolores, no comió nada y apenas consiguió dormir un par de horas. Yo no me separé en ningún momento de ella, pero poco pude hacer. Ojalá pudiera quitarle todo el dolor, pasármelo a mí, o algo así. Pero no puedo, y eso me hace sentir tanta impotencia y tanta rabia… A veces, cuando quedo con Ángel y decidimos salir a tomar algo o a pasear en vez de quedarnos en casa, maldigo a cada persona que me
[31] esos atroces dolores, no, sino que mejoró en cuerpo y alma. Estaba despierta, comía, hablaba con nosotros e incluso jugábamos a las cartas y veíamos programas en la televisión del salón. Estaba viva de nuevo. Mi hija estaba viva. Había rezado cada noche y cada mañana por ella, y parece que Dios había escuchado mis súplicas. Podía ver de nuevo el color en su rostro, esa alegría que siempre ha tenido y que siempre tendrá. También esa bondad y esa fuerza que como madre me colmaban de gozo. La había recuperado por fin. Aquel dos de mayo, acudí al párroco de nuestra iglesia para agradecerle el habernos llevado en sus oraciones, pues él nunca desconfió de la buena voluntad de los santos. Pilar solía acudir conmigo a estas reuniones en la iglesia. A ella no le entusiasmaban demasiado, pero yo sabía que tarde o temprano nos compensarían. Cuando ya no pudo levantarse de la cama fue cuando me tocó desempeñar aquella tarea sola, pero estaba convencida de que pronto podríamos volver allí juntas, como lo habíamos hecho siempre. Esa misma tarde, pasada ya la hora de la siesta, fui al dormitorio de mi hija para incorporarla un poco y llevarle su café reglamentario. Me recibió sonriente, llena de luz, y sin el más mínimo ápice de dolor en el rostro. No obstante, le pregunté, de forma automática, lo mismo que le repetía a diario, a casi todas horas, cada vez que la encontraba despierta: “¿Te duele?” A lo que ella respondió que no, que llevaba mucho tiempo sin encontrarse tan bien, tan libre de dolores. Escucharla me quitó hasta el último pesar. Pude sentarme a su lado, cogerle la mano y respirar tranquila después de tres largos días de amargura y pesadumbre. Le devolví la sonrisa a mi hija y estiré la mano un breve instante para acariciar su sien derecha. Después de eso, le conté con pelos y señales cómo había ido el día: Marcos seguía estresado con sus exámenes, a los cuales, cito textualmente, “no les veía fin”; Rafael trabajando, como siempre, pero bien dentro de lo que cabía, seguro que ahora que ella estaba mejor dejaría de ir por ahí con esa cara de acelga, Javier mañana vendría a visitarla con su hermana, y yo… Y yo, no cabía en mí de gozo. La quería con todas mis fuerzas y deseaba que estuviera bien, que le diesen otra oportunidad. Claro que esto último no se lo dije, pero pensaba decírselo a Rafael. No podíamos aceptar que el último diagnóstico fuese tan nefasto. Simplemente, no podíamos. Solo había que mirarla para saber que era imposible que no fuese a mejorar. Yo no pensaba rendirme. Dejé a Pilar acostada, después de que terminase de cenar en la habitación, le di las buenas noches a Marcos y me tumbé en la cama. Acto seguido, agarré el rosario que guardaba en el segundo cajón de la mesilla de noche, y comencé a contar mis oraciones.
[32] Para cuando Rafael llegase del trabajo (si es que no pasaba por el bar) yo ya estaría dormida, y Pilar también. Sin embargo, como soy la más madrugadora de la casa, podría hablar con él en el desayuno. Entonces, se lo diría. No hoy, sino mañana, cuando hayamos descansado. “No te preocupes, hija mía, tu madre vela por ti”.
[33] TESTIMONIO 4, DEPRESIÓN SOBRE MI VIDA CONTIGO RAFAEL No puedo soportarlo más. La escucho sufrir desde que me levanto hasta que me acuesto. Vomita, llora, pierde la consciencia… e incluso hay noches en las que grita desconsoladamente. Ya no dormimos juntos, pero siempre que la escucho de madrugada, bajo a consolarla. Para cuando llego, su madre ya está con ella, y pese a que me encantaría poder quedarme con las dos hasta que vuelva a dormirse, no puedo hacerlo. Siempre regreso a nuestra habitación, pero yo tampoco duermo, soy incapaz. Desde que empezó a sufrir dolores de nuevo, esta historia se repite a diario. Antes de volver a la cama, paso por la habitación de mi hijo Marcos. Como cada noche, la luz está encendida, se puede ver una delgada línea por debajo de su puerta. Sin embargo, nunca baja a consolar a su madre. Quizá podría… entrar en la habitación. Sé que él tampoco pega ojo por las noches, y también sé que me necesita (es mi hijo, al fin y al cabo), pero siempre paso de largo y regreso al dormitorio. Creo que es mejor así. Al fin y al cabo, me odia, soy perfectamente consciente de ello. Y supongo que yo tengo la culpa. Desde que comenzó nuestro infierno, no ha habido ni un solo día de descanso. Pilar se muere, lleva muriéndose meses, a veces más rápido y otras más despacio, pero siempre de forma constante. El maldito cáncer la está matando. No obstante, nadie parece querer asumirlo del todo, y eso es lo peor. No culpo a mis hijos. Marcos apenas está comenzando a hacerse adulto, y Javi aún es demasiado pequeño como para ser consciente de la situación que se nos viene encima. No, ellos no pueden asimilar esta enfermedad con la misma crudeza con que la asimilamos su madre y yo, no pueden ver lo que nosotros vemos, o más bien lo que sabemos desde el principio, que no tendría cura. Sin embargo, Carmen… Mi suegra es un caso excepcional. No consigo comprenderla, y de verdad que lo llevo intentando meses. Cuando parece que es capaz de entender la situación en su totalidad, incluido el desenlace, sale con cualquier historia nueva: que no todo está perdido, que debemos creer en la recuperación, que debe de ser un error… ¿Y todo, para qué? ¿Para llenar de esperanzas vacías a Marcos y para intentar salvarse ella del duro proceso de perder a una hija, aunque con ello nos arrastre a todos a su locura? Hace unos días, sin ir más lejos, me asaltó a mí en la cocina, mientras me tomaba un café, justo antes
[34] de marcharme al trabajo. En los diez minutos en los que tuve que escucharla, solo me profirió argumentos enfermizos sobre curaciones místicas, segundas opiniones y rabia contenida hacia los médicos que dictaron la sentencia de Pilar. Yo no daba crédito a lo que estaba escuchando. Carmen pretendía que sacásemos a su hija enferma de la cama y la llevásemos a un hospital privado a doscientos kilómetros o quizá más de nuestra casa para que nos diesen un segundo diagnóstico; pues, en su opinión, la sanidad pública debía de estar equivocada al desahuciarla. ¿Por qué? Pues porque en aquellos días estaba algo mejor, es decir, no estaba siempre dormida. Menuda gilipollez. Por suerte, conseguí disuadirla de la mejor manera en que pude, y el tiempo me ha dado la razón. Pilar mejoró en aquellos días, tal y como predijo su madre, pero no fue más que el resultado a corto plazo de los nuevos medicamentos que le habían recetado los médicos de paliativos. Claro que estuvo mejor, no le dolía nada; precisamente para eso servían los fármacos, para mitigar casi por completo el dolor, pero solo en los últimos días, cuando todo lo que se puede hacer por una persona es lograr que sufra lo menos posible. Carmen ya tenía una edad, una vida vivida. Sabía de sobra que aquel pequeño bienestar era solo temporal; y, sin embargo, se empeñaba en ponerlo todo mucho más difícil con sus fantasías. En vez de ser un apoyo emocional, más bien es una carga. Y yo creo que no nos merecemos esto. Ya es suficiente saber que va a dejarnos, no es necesario avivar un fuego que está ya casi apagado. Además, tampoco es la primera vez que lo hace. Cuando fuimos conscientes de que la situación de Pilar iba a empeorar, mi mujer y yo debatimos sobre qué debíamos hacer con Javier, y Carmen se metió de por medio, apoyando a su hija y tachándome a mí de mal padre por querer contarle la verdad a Javier. Esa discusión, para mi pesar, terminó antes con Pilar que con Carmen, la cual me recriminaba casi a diario mi punto de vista. Al final, como siempre, tuve que ceder. Mi mayor refugio es el trabajo. Paso allí todo el tiempo que puedo y más, aunque no todos lo vean con buenos ojos; y, con todos, no solo me refiero a mi familia, sino también a mis compañeros. Me suelen poner buena cara cuando están delante, pero yo sé lo que piensan. Piensan que qué hago allí cuando debería estar en casa con mi mujer, y se preguntan por qué no he pedido ya la baja. Me da igual. Seguramente, no tengan que volver a verme, una vez que todo esto termine. De todas formas, mi trabajo es muy automático; así que, cuando estoy en la oficina, no me da tiempo a pensar en el resto de mi vida. Supongo que es mi forma de evadirme. Sin embargo, lo peor siempre me aguarda cuando llego a casa y, por desgracia, siempre tengo que volver. Mi gran agonía se resume
[35] en una suegra a la que intento no cruzarme por los pasillos, un hijo mayor que no me dirige la más mínima palabra y una mujer a la que casi no puedo mirar a los ojos, por muy duro que parezca. La peor parte es, sin duda, la última. Pilar sabe que estoy hundido. Sabe que todo esto me está superando de la peor manera posible, sabe el peso que soporto sobre mis hombros, sabe lo perdido que estoy sin ella… Y, por todo ello, me consuela. O, al menos, antes lo hacía, cuando aún podíamos pasar horas y horas hablando, cuando aún quedaba algo de esperanza. Soy completamente patético. Mi mujer se muere y no soy capaz de decir o hacer nada que pueda ayudarla o aliviarle el sufrimiento. Al contrario, me desmorono en su presencia y es ella quien tiene que hacer el esfuerzo de decirme que todo va a estar bien, como si yo fuese un niño y ella una madre que debiera protegerme. Y tiene razón, porque no puedo protegerme solo, ni siquiera a mi edad. Nunca he podido, y sigo sin poder, por eso llevo huyendo desde que supe que iba a dejarme, y por eso mi hijo se avergüenza de mí y me odia, porque su padre es un hombre patético, cobarde y débil. “La peor parte es, sin duda, la última”. La madrugada del trece de mayo, cuatro días después de que Carmen intentase convencerme de pedir una segunda opinión médica, me despertaron los gritos de Pilar. Sin ser consciente todavía de la situación, ni de qué era realmente lo que estaba sucediendo, bajé rápidamente a la primera planta, no sin tropezar en el proceso con un par de escalones. En el camino, me topé con Marcos, que me preguntó qué sucedía con la cara descompuesta. Sin embargo, el desconcierto y la prisa me hicieron dejarle atrás, como si nuestro encuentro no hubiera sido más que una ilusión, una exhalación perpetuada por la parte inconsciente que aún se apoderaba de mí, debido al sobresalto de los clamores de mi mujer. Cuando llegué a su habitación, la imagen me resultó aterradora. Frente a mí, en el camastro medicalizado, Pilar se retorcía de dolor. Carmen, que habría llegado unos segundos antes que yo, intentaba sujetarla para que en una de sus múltiples convulsiones no se cayera de la cama. Las sábanas estaban tiradas por el suelo y el vaso con agua que siempre solía ocupar la mesita de noche se encontraba ahora hecho añicos a un lado de la cama, y su líquido, derramado sobre las baldosas. Tardé un par de segundos en terminar de recobrar la consciencia y en apresurarme hasta donde se encontraban ambas. Carmen encendió una de las luces del cuarto, y entonces pude ver con totalidad la cruda escena que se presentaba ante mis ojos. Pilar seguía revolviéndose en la cama, cubierta de sudor debido al esfuerzo y con la cara y los brazos completamente rojos. No paraba de gimotear y de frotarse contra la única sábana que quedaba ya en el catre, la
[36] bajera, como si intentase con todas sus fuerzas apaciguar el dolor que la consumía. Sin embargo, todo esto lo hacía de manera inconsciente, como por instinto. De hecho, ni siquiera creí que estuviese despierta del todo, pues Carmen no conseguía que su hija parase de moverse, ni que le prestase la más mínima atención. Sus ojos estaban cerrados, pero, aún paralizado, atisbé en ellos un par de lágrimas contenidas. Como siempre, no fui más que un mero espectador de quien se había apoderado el terror ante la inminente pérdida, porque Pilar se estaba muriendo. Ya se estaba muriendo. Mi suegra debió de notar aquello en mí, pues, aunque al principio me rogó que la ayudase, desistió a los pocos segundos. Ambos éramos conscientes de que no sería capaz de mover ni un solo músculo. Patético, cobarde y débil, pero no por mucho tiempo. Cuando pensé que la situación iba a superarme del todo y que yo mismo perdería la consciencia (de mis actos), apareció mi hijo Marcos. Lo sé, porque lo primero que hizo al entrar en la habitación fue gritarme con furia. Al principio no lo vi, pero él, al contrario que su abuela, no pensaba desistir. Corrió hacia mí y, tras agarrarme de los hombros, me agitó con todas sus fuerzas, mientras profería una serie de insultos que no logré distinguir del todo. Estaba cabreado, descompuesto… Y no le culpo por ello, al fin y al cabo, continuaba sin moverme. Tras un par de minutos sacudiéndome, me empujó con rabia y caí al suelo. El golpe me despertó de mi letargo. “¡Llama a los putos médicos, papá!” “¿Qué coño te crees que estás haciendo?” “¡Haz algo, capullo!”. Entonces, por fin, le miré, y pude ver en sus ojos que, tras toda esa rabia y desprecio, se encontraba un niño asustado en busca de un culpable o de un salvador; se encontraba mi hijo, perdido y aterrado. Sentado, aún en el suelo, volví a sentir electricidad en las piernas y en la cabeza, como si todo lo anterior hubiese sido también parte del sueño del que me habían despertado hacía escasos diez minutos. Titubeé por unos segundos, miré de nuevo a mi mujer, y me levanté como pude. Una vez de pie, quise decir algo, pedir perdón a mi familia, pero ya ninguno de ellos podía prestarme atención, pues Pilar requería su comprensión y cariño mucho más que yo. Quizá en otro momento. Después de eso y, con toda la velocidad que me permitieron mis entumecidos músculos, me apresuré al salón y cogí el teléfono fijo de la casa. Marqué casi sin mirar las teclas. ¿En qué momento me había aprendido aquél número? Tras unos cuatro pitidos, una voz calmada que ya conocía me respondió al otro lado de la línea. “Diego…”, musité, “tenéis que venir enseguida”. Dos horas después de mi llamada a los médicos de paliativos, Pilar descansaba apaciblemente en su cama. Diego y Marta acudieron a casa unos quince minutos después
[37] de mi llamada, supongo que debieron de notarme bastante alterado. Al describirle la situación al primero de ellos, me aseguró que tardarían en llegar a nuestra vivienda lo menos posible, y que, durante ese tiempo, intentásemos que mi mujer no se golpease la cabeza contra los barrotes metálicos de la cama ni que se arañase el cuerpo en alguno de sus múltiples forcejeos. Al parecer, tal y cómo nos explicaron más tarde, era muy común que un paciente (aún dormido) que estaba pasando por dolores tan extremos, tendiese a autolesionarse de manera inconsciente; como si intentase arrancarse, literalmente, el pesar. Por suerte (y descanso) para nosotros, Pilar no trataba de arañarse, pero Carmen y yo tomamos la precaución de colocar almohadones junto a los barrotes para que no pudiera golpearse. El cuarto de hora que se demoraron los médicos se me hizo eterno. No porque me pareciese un tiempo excesivo, sino porque la imagen me resultaba devastadora. Mi mujer ya no gritaba, pero se encogía y arrugaba las facciones, sudaba y trataba de llorar sin conseguirlo, haciendo que su rostro se tiñiese de rojo debido a la acumulación de sangre. Durante unos segundos, se me vino a la cabeza el recuerdo del parto de Marcos. Pilar lucía de una manera similar a la de ahora, empapada en sudor, toda roja y con gesto de dolor. Desde que ingresamos en el hospital hasta que dio a luz a nuestro primer hijo, pasaron cinco horas, y de esas cinco, cuatro fueron de parto. El primero siempre dura más, o eso dicen. Ver a Pilar sufrir las cuatro horas de alumbramiento me partió el alma; sin embargo, eso no impidió que, de alguna manera, ambos disfrutáramos aquél momento por todo lo que supondría después. Ella sufría, y yo, a mi manera, sufría con ella. Ahora sería capaz de repetir aquellas horas en bucle durante toda mi vida. Revivir el noviazgo, el embarazo, el parto… Todo con ella, como querría que fuese toda la vida. La misma vida que me la regaló, hoy me la está quitando. Marcos, nuestro niño, no dejó de aferrarse a su madre ni un solo segundo desde que yo llamé al hospital. Le agarraba la mano derecha con tal delicadeza que parecía que en cualquier momento traspasaría una por debajo de la otra. En todo el proceso, desde que le detectaron el primer tumor a Pilar, apenas había mantenido conversaciones fluidas con él. Sé que no quiere ni verme. De hecho, sé que preferiría que fuese yo quien ocupase esa cama y no su madre. Y no lo culpo, yo también lo prefería. De hecho, yo daría mi propia vida por la de cualquiera de ellos, pues todos valen más que yo. Cuando Pilar no esté, todo se romperá. La familia, el afecto de mis hijos, las ganas de continuar, el ritmo y la vida. Dos niños se quedarán sin su madre, y uno de ellos prescindirá también de su padre.
[38] Pensándolo bien, tampoco tendría mucho que ofrecerle; al fin y al cabo, no puedo compararme en lo más mínimo a Pilar. Ojalá pudiese continuar, pero a veces sé que no puedo. No sin ella. Tantos planes, tantos recuerdos y tanto cariño… Tanta vida invertida. Y tan corto el tiempo. ¿Qué se supone que debo hacer sin ella? Los médicos de paliativos administraron sedantes más potentes a Pilar, mucho más que los que ella se tomaba por vía oral, no sin antes advertirnos de que aquello la mantendría totalmente dormida. Para siempre. No me hizo falta mirar a Marcos para saber que se había quedado totalmente paralizado. Carmen, más expresiva que su nieto y muchísimo más consciente de lo que nos esperaba, rompió a llorar inconsolablemente. Ya nada de lo que dijeran los médicos podía calmarla. Ellos también lo sabían, por lo que se limitaron a guardar silencio por unos segundos, a modo de disculpa, o pésame. Yo, aunque intenté mantenerme sereno en todo momento, no pude evitar derramar algunas lágrimas. De repente, el aire de aquella habitación se me antojó muy pesado, como si cayera de golpe sobre mis hombros y fuese yo quien tuviese que sujetar todas y cada una de las paredes. Marta pareció notarlo, pues se aproximó a mí y me invitó muy gentilmente a sentarme, temiendo que pudiera perder el conocimiento en cualquier momento. Yo también pensé que lo perdería, y el sudor frío aglomerándose en mi nuca durante un breve periodo de tiempo no hizo otra cosa que confirmármelo. Sin embargo, aquél no era el momento de desfallecer. Todos sabíamos los pasos a seguir a continuación y, aunque temíamos escucharlos de boca de los sanitarios, estos debían informarnos de aquello a lo que nos estábamos enfrentando. Con delicadeza, pero sin medias tintas. Pilar se moría En realidad, llevaba días, meses muriéndose, pero el proceso parecía haberse acelerado en las últimas horas. Desde el mismo día en que cruzamos por primera vez las puertas de Oncología temí y acepté aquel desenlace. Lo acepté de tal manera que no dejaba de repetirme día tras día, hora tras hora, que se podía morir en cualquier momento. Me alejé de ella porque era incapaz de verla morir, porque para mí ya estaba sentenciada. Nunca tuve la esperanza de que saliese viva de aquello y se curase; pues, tal y como dicen, no hay peor ciego que el que no quiere ver. Quizá yo abrí los ojos demasiado rápido. O quizá la vida me haya pillado demasiado lento. En aquel momento, frente a mi familia, debía tomar una decisión. La última decisión que, aunque no cambiaría el desenlace, sí nos daría cierta tranquilidad anímica y sentimental. Cuando Diego y Marta me preguntaron si deseábamos ingresar a Pilar en el Hospital Perpetuo Socorro, mi respuesta fue negativa. Esperaba que Carmen se opusiese, pero no lo hizo. Por primera vez, estuvimos de acuerdo
[39] respecto a qué era lo mejor para Pilar, y eso me tranquilizó sobremanera. Mi mujer pasaría sus últimos días de vida en casa, con su familia. Ella ya no podía oír nuestra conversación, pero sé que también hubiera estado de acuerdo. Me acerqué a Pilar mientras Carmen despedía a los médicos y le besé la frente. Entonces, me arrodillé a su lado, le cogí la mano y volví a ceder al llanto. Marcos y su abuela se habían ido. Ya estaba solo en aquella habitación.
[40] TESTIMONIO 5, ACEPTACIÓN SOBRE LO QUE TE LLEVASTE PILAR Se oyen voces de fondo. Muy lejanas, como si estuviesen sumergidas bajo el agua. Cuando intento alcanzarlas, se alejan, y cuanto más me vence el sueño, más se escuchan en mi interior. Intento abrir los ojos hasta casi conseguirlo, pero tan solo veo borrones y haces de luces que se difuminan al instante, volviendo a dejarme completamente a oscuras. Guiándome por otros sentidos menos sencillos, consigo distinguir las voces de Rafael y Marcos. Creo que hablan entre ellos, sobre algún tema que soy incapaz de adivinar, pues mi atención se dispersa debido a la medicación. Debe de hacer una media hora que la tengo puesta, lo sé porque ya casi no duele. He dejado de temblar, de sudar y de sentir gran parte del dolor. Ojalá eso fuese lo único que hiciesen los fármacos, pero, por desgracia, otro de sus efectos más inmediatos en la somnolencia, como si preparasen al cuerpo para dejar de sentirlo todo. Sin duda, preferiría sentir dolor siempre, si eso me permitiese mantener los ojos abiertos un poquito más, solo un rato, y verlos. Ya no escucho a Rafael ni a mi hijo, pero sé que siguen ahí, observándome desde algún rincón del cuarto. De nuevo, me invade la necesidad de verlos, de poder levantarme de la cama, caminar hacia ellos y tomar sus manos para decirles que todo está bien, que yo estoy bien. Pero, ¿a quién quiero engañar? Ni tengo fuerzas para levantarme, ni ellos me permitirían hacerlo. Es una suerte que aún no haya perdido del todo la consciencia, así que eso es lo único que me queda ahora, sus voces lejanas y su recuerdo, lleno de sombras y vaivenes. Tendré que esperar a que vuelva a crecer el dolor, pues solo así consigo mantenerme despierta. No sé qué hora es cuando vuelvo a despertarme. Mi noción del tiempo me resulta muy poco confiable estos días. Todavía me pesan los párpados, pero las crecientes punzadas en la parte baja de mi intestino consiguen mantenerme en vela. Consigo abrir los ojos tras un par de largos parpadeos. La luz de la habitación ya no es natural, sino artificial. La ventana que cae a la izquierda de mi cama se encuentra abierta y las cortinas descorridas, pero el fondo se tiñe de tonos anaranjados. Debe de ser la media tarde, sobre las ocho o así, teniendo en cuenta la lejanía del sol. Lentamente, giro la cabeza hacia el otro lado de la cama y, allí, tal y como imaginaba, encuentro a mi marido, quien, sumido en sus propios
[47] Debido a que no he encontrado repositorios que contengan estudios concretos sobre esta forma literaria, procederé a describir brevemente de qué se trata este y cuáles serían sus características. La literatura de trauma engloba a un conjunto de autores cuya expresión por escrito de la situación traumática que han vivido les ha ayudado, tanto en la aceptación de la misma, como en su posterior superación. Estos autores no tienen por qué ser autores consagrados, sino cualquier tipo de autor: una niña que escribe sobre el bullying que sufre en el colegio, un adulto que sufre un episodio de violencia en la calle, una persona que haya sido violada… etc. En el ámbito de la literatura, la obra literaria desarrollada a partir de la pérdida, la cual sería el verdadero trauma, actúa como una especie de sustitutivo, para quien escribe, de la persona que ha fallecido (Nuckols, 2020). El autor Peter Sacks propone una visión del proceso creativo de cualquier obra y su producto final como un ejercicio terapéutico que consigue consolar al creador. De alguna manera, se escribe para superar la pérdida original (Nuckols, 2020). En mi caso, mis testimonios ayudan a una joven que ha perdido a su madre, por lo que, siguiendo las ideas expuestas por Anthony Nuckols en su tesis Narrativas postraumáticas de duelo persistente en la España del siglo XXI, puede concluirse que se trata, más específicamente, de literatura sobre el duelo. La propuesta de literatura como consolación o ayuda en la superación del trauma (que deriva del duelo) de Clewell, entiende la literatura como salvación para aquellos que no pueden aferrarse a otras formas simbólicas de consolación, sobre todo a aquellas basadas en la filosofía, la cultura y la religión (Nuckols, 2020). Dicha afirmación viene a decir que, en ocasiones, plasmar las ideas por escrito, contribuye a una mejor aceptación de las mismas. La corriente literaria en la que se incluyen los relatos del duelo viene a representar justo eso. Como características generales podríamos destacar las siguientes: los textos son autobiográficos, describen el proceso traumático que supone la pérdida de una persona querida, su carácter es autodidáctico, y tienen algo de libro de autoayuda. En resumen, Lo que te llevaste oscila entre autoficción, literatura sobre trauma y, más concretamente, literatura sobre duelo. Estos tres conceptos ayudan a definir la obra y, a su vez, a no encasillarla en ninguno de ellos. Se trata de autoficción porque los hechos son verosímiles, también de trauma porque nace de uno y, por último, de duelo debido a su doble sentido: el duelo de los personajes y mi duelo personal.
[48] 2. Justificación de la elección de género. Como ya hemos visto en el apartado anterior, el conjunto de relatos que componen la obra se clasificaría, a grandes rasgos, dentro del género autoficcional. La razón principal por la que he elegido la autoficción y no la autobiografía para la realización del mismo, es simple: no encerrarme en mi propio trauma. Por otra parte, si hubiese elegido la autobiografía, en lugar de la autoficción, daría, solamente, mi propia visión de los hechos, un aspecto que fue descartado desde el primer minuto. La autobiografía es propia, expone el trauma personal, pero siempre a través de la experiencia del autor. Entonces, si hubiera elegido este género, no hubiese efectuado ningún ejercicio de empatía, y la intencionalidad de la obra perdería todo su sentido. Se trata de un trabajo autoficcional porque la situación (cáncer terminal, duelo familiar…) es biográfica. Sin embargo, no llega a pertenecer al género autobiográfico, pues se han cambiado elementos y se han sustituido por otros ficcionales, desde el tipo de cáncer hasta la personalidad de los personajes; también sus nombres, sus edades, el desarrollo de la historia… etc. Los protagonistas de los testimonios representan diferentes partes de un todo: las fases del duelo. Dichas fases, (negación, ira, negociación, depresión y aceptación) fueron desarrolladas en Sobre el duelo y el dolor (Kübler-Ross, Kessler, 2016). Cuando se está viviendo un proceso de duelo, en ocasiones, olvidamos que el resto de personas que conviven con nosotros también están viviendo su propio proceso personal de adaptación a la circunstancia. Quizá nosotros nos encontremos en una de las primeras fases y otros se encuentren en una de las finales. Cada persona vive el duelo de una manera distinta, lo que a la larga puede acarrear discusiones, incomprensión y falta de empatía hacia los demás, cuando debería ser justo lo contrario. Lo vemos, por ejemplo, en los diferentes pensamientos que tienen cada uno de los personajes con respecto a los demás, y en sus diferentes maneras de vivir la misma enfermedad. La realidad es una sola, que un ser querido está muriendo, pero, cada testimonio trata la misma muerte desde puntos de vista totalmente contrarios. Algunos ven cosas que otros no ven, y viceversa. Me pareció que la autoficción sería una buena forma de mostrar todo esto. ¿Autobiografía? Por supuesto, porque yo misma he tenido que vivir la situación de todos los personajes, desde el más pequeño hasta el más mayor, pero, siendo sinceros, ¿quién no ha tenido que hacerlo? ¿Quién de nosotros no ha vivido alguna vez algo parecido, a mayor o menor escala? Creo que las probabilidades de no hacerlo son ínfimas, por lo que no quería narrar algo sobre mí, sino algo sobre todos, con lo que todo el mundo, tarde o temprano, pudiera sentirse
[49] identificado. “Era una cara nueva, pero la misma de siempre”, que decía Juliana en el Testimonio 0, Dualidad. Aunque no deje de ser una experiencia propia, mi voz se proyecta en los diferentes personajes, con la intención de demostrar cómo se afronta un duelo y cómo, pese a que las fases sean diferentes, el recorrido a seguir hasta la sanación es el mismo; y atraviesa todos y cada uno de los relatos individuales. Además, haciendo hincapié en algo que ya he enunciado antes, quería hacer un ejercicio de empatía. Cuando un ser querido va a morir, resulta muy fácil quedarse estancado dentro de una de las fases. A veces, vives el duelo con pena, otras veces, con incredulidad, e incluso, en ocasiones, con mucha ira. Este último fue mi caso personal cuando tuve que vivir el duelo de mi madre. La ira, en ciertas ocasiones, ayuda a sobrellevar la inminente pérdida, pues se está tan decepcionado y furioso con el mundo, que no da tiempo (o, más bien, no se permite el tiempo) de pensar en nada más que no sea el propio enfado. Sin embargo, a la larga, puede resultar bastante peligroso. Moverse durante demasiado tiempo entre los parámetros tan sutilmente marcados de la ira puede conllevar dos consecuencias nefastas para la persona que se empeña en quedarse anclada ahí: que la ira termine por arrastrarle hasta otra de las fases más perjudiciales para la mente: la negación; o que dicha furia no le permita comprender al resto de personas que están a su alrededor y, que también, están sufriendo el mismo duelo; que llegue a rechazarlos y que, incluso, llegue a odiarles, aunque se traten de víctimas, al igual que él. Por ello, meses después de mi pérdida, una vez asentado parte del dolor, y suprimida (casi en su totalidad) la rabia, quise comprender al resto de víctimas; de caídos en mi misma batalla. Ese fue mi principal propósito. Podría considerarse un ejercicio de autosalud, si queremos verlo de esa manera, pues elegí homenajear, mediante la autoficción, este episodio de la vida de mi madre porque, además de ser el último, fue el más traumático para mí. Si me hubiese centrado en otra parte de su vida, la recordaría sin sus últimos días conmigo, que fueron justo lo que me llevaron a comprender todo lo que se llevó con su partida, y eso no podía permitírmelo. Por último, aunque este proyecto se centra en el homenaje a mi madre, no solo va dirigido a ella y a mi familia, sino a todas aquellas familias que están viviendo, o han vivido algo similar. También, a todas las personas que han sido diagnosticadas recientemente con la enfermedad, a las que llevan años luchando contra ella, y a las que, por desgracia, no hemos podido salvar.
[50] 3. Ideas, fuentes e inspiración. Cuando comencé este proyecto, lo hice con la única idea de honrar la memoria de mi madre. Mi propósito inicial era contar su historia, aunque los testimonios estén separados del desarrollo de mi propia experiencia personal. Como ya he explicado en otro de los apartados, no quería que el caso de mi madre fuese una experiencia aislada, sino que cualquier persona que lo leyese pudiera sentirse más o menos identificada con los pensamientos y acciones de los personajes que protagonizan la obra. No obstante, a lo largo de mi búsqueda de inspiración, he encontrado, visualizado, escuchado y analizado obras de diferentes géneros que me han ayudado a dar voz y veracidad a los relatos que componen el escrito en su totalidad. Para poder exponer todo esto con mayor eficacia, he decidido dividir mis fuentes de inspiración en diferentes apartados según el género artístico: ❖ Fuentes cinematográficas Carátula 1. El niño con el pijama de rayas, de Mark Herman (2008) Carátula 2. Un monstruo viene a verme, de Juan Antonio Bayona (2006) La primera de las películas, en cuanto a la trama, es la que menos se parece a la historia que se expone en los relatos. No obstante, sí que guarda cierta similitud en lo que respecta al desarrollo psicológico de los personajes, en concreto, el del protagonista, Bruno. Bruno
[51] es un niño alemán que, debido a la época (Segunda Guerra Mundial), la política y al propio trabajo de su padre, tiene que presenciar escenas muy duras desde su infancia. A pesar de ello, no se trata de un personaje que sufra, ni que sea consciente de la realidad en toda su complejidad: para él, la propia historia es otra, y es precisamente su concepto diferente de la misma, lo que hace que pueda aflorar su relación con el otro protagonista, Shmuel. Si además de ver la película, se lee el libro en el que está basada, como es mi caso, uno se puede dar cuenta de que los conceptos difieren muchísimo más. Lo que Bruno presencia no se asemeja en nada con el contexto histórico ni con las atrocidades que están sucediendo en entornos tan cercanos como su propia casa. Bruno me sirvió como fuente de inspiración para crear a uno de mis personajes, Javier. Sin embargo, más tarde veremos que la composición de los personajes protagonistas de los testimonios, es mucho más compleja que una simple inspiración. La segunda de las películas ha sido clave a la hora de aclarar cómo quería que fuese mi obra. En este caso, la historia sí que se corresponde, en cuanto a desarrollo, con la trama de los testimonios. Se trata de un niño que sabe que va a perder a su madre y de cómo consigue gestionar esta situación a una edad tan temprana. Para Conor, el protagonista de la película, la muerte de su madre es tan inminente que no lo expresa hasta el final del largometraje. De hecho, parece que tal pérdida supusiese el menor de sus problemas. Sin embargo, esto no es así. Todo lo que Conor hace, dice o piensa tiene que ver con su madre, de una manera u otra. Es un niño asustado y enfadado con la vida, que piensa que todos están en su contra y que, si no mira hacia el problema, este podría desaparecer. Al final, necesita la ayuda de alguien externo (que no es más que su propio subconsciente) para darse cuenta de que la enfermedad de su madre no va a solucionarse por el simple hecho de que él no quiera mirarla. Conor ha inspirado el personaje de Marcos, quien vive enfadado con el cáncer de Pilar, su madre. No obstante, no proyecta su enfado hacia ella, sino hacia el resto de su familia, distorsionando la realidad hasta tal punto que piensa que todos están en su contra. Interioriza la situación y se ve a sí mismo como la segunda víctima. El análisis de Conor no solo ha resultado de utilidad para la composición de Marcos, sino también del resto de los personajes. No obstante y, como ya he mencionado, ese punto se explicará más tarde. ❖ Fuentes literarias.
[52] Portada 1. La peor parte: Memorias de Amor, de Fernando Savater (2019) La peor parte; Memorias de Amor de Fernando Savater, es una obra autobiográfica en la que el autor narra cómo fue el proceso de pérdida de su mujer, Sara. En ella, Savater va mezclando pasajes de su vida pasada en pareja con comentarios y anotaciones propias sobre cómo está viviendo el duelo personal. Este libro me lo recomendó mi tutora, Clara Marías, y no puedo estarle más agradecida. Me resultó de una dureza y de una realidad tan firmes, que no me ha quedado más remedio que inspirarme en su historia para darle conciencia a la mía. Durante toda la lectura, me he identificado con la gran mayoría de sensaciones y de reflexiones del autor, como si fuese yo misma quien las contase. Es cierto que ninguno de mis personajes ha estado inspirado por la persona de Sara, pero su historia sí que me ha servido como referencia para elaborar mis textos. Portada 2. Portafolio de Escritura Creativa, María Lobo Doncel (2022) Otra de las fuentes de inspiración para este TFG fueron los textos elaborados hace unos meses. Realicé este portafolio para la asignatura Escritura Creativa, una optativa que cursé el primer cuatrimestre de 4º de Periodismo. La redacción del portafolio me sirvió para aclarar mis ideas sobre qué quería escribir más adelante y sobre cómo debía hacerlo. Me sumergí en diferentes géneros literarios y le di un sentido al conjunto de textos con una sola idea: tratar mi propia pérdida. No obstante, tampoco personalicé mi experiencia en el conjunto, sino que elaboré composiciones individuales que se guiaran por el mismo eje, la superación del duelo. De algún modo, estos textos preliminares han sido el proceso de creación que me ha llevado a la escritura de este libro de relatos. Los testimonios son, sin ninguna duda, todo lo que me quedó por
[53] mejorar en el portafolio y todo el ejercicio de comprensión y empatía que no realicé en mi obra prematura. CITAS Cita “Pero el duelo hay que llevarlo a cabo, es preciso tomárselo en serio, porque si no nunca volvemos al business, nunca lograremos ‘rehacer’ nuestra vida. Y si no la rehacemos, también los demás, los que mantienen relaciones sociales o amistosas con nosotros, resultarán perjudicados. Seremos culpables del duelo interruptus. Nos quedaremos atrapados en la ausencia y esa posición no es nada popular: puede que al poeta le gustase su amada cuando calla ‘porque está como ausente’, pero a la gente prosaica le gustan tan poco los que se ausentan como los que no cesan de quejarse y suspirar… aunque pasen las semanas y hasta los años”. (Savater, 2019) Cita “Ahora sé exactamente lo que significa ‘caer en desgracia’, no como otro incidente palaciego reversible más en el vaivén de la existencia, sino como una metamorfosis irrevocable, una mutilación de la propia condición sin remedio posible, la pérdida que desequilibra mi ser y rompe dentro de mí el resorte de lo que antes chispeaba y burbujeaba a pesar de todos los pesares. Este pesar no es como los demás; ha llegado el pesar invencible”. (Savater, 2019)
[54] ❖ Fuentes musicales. No quería dejar pasar la oportunidad de mostrar todas las composiciones líricas que me han acompañado a lo largo del proceso de elaboración de los testimonios. Soy de las personas que defienden a capa y espada que las canciones son narrativa y verso en estado puro: obras poéticas, al fin y al cabo. Cuentan historias y, algunas (las mejores), ayudan a superar otras. Todas las historias que se cuentan en estas canciones, han servido de inspiración en la composición de Lo que te llevaste. FONOTECA Pero a tu lado, Los Secretos (1995) Have you ever seen the rain?, Creedence Clearwater Revival (1970) Cita “Por ello, quería ocupar este espacio para recordarles que vivan. Que vivan y que aprecien. Que vivan y que sientan. Que vivan y que acompañen. Que vivan y que mueran. Pero no que mueran porque todos hemos de morir, sino que mueran porque ya han dado todo lo que tenían que dar a cada persona. Porque han sido acompañados, pero también acompañantes. Porque han estado para otros y para ustedes mismos. Y, sobre todo, porque han sabido valorar la vida propia y la vida ajena en su plenitud, y se han dado cuenta de quiénes han compartido su mismo camino”. (Lobo, 2022)
[55] Titanium, David Guetta ft. Sia (2011) Cadillac Solitario, Loquillo y los Trogloditas (1983) Stop the Clocks, L.A (2009) Payphone, Maroon 5 (2012) 4. Estructura. A continuación, se muestra el esquema técnico general que he elaborado para plasmar la diferenciación entre historia y trama, y que he seguido para componer los relatos en su conjunto. En dicho esquema, tanto historia como trama se muestran de manera lineal, es decir, en orden cronológico, desde que a Pilar le detectan la enfermedad, hasta que fallece. He decidido hacerlo de este modo porque, al ser una historia, considero oportuno que se cuente de una manera cronológica para entender mejor todos los elementos que la componen y poder seguir un hilo conductor. Por otra parte, a la hora de presentar los testimonios, se produce una prolepsis. De todas formas, todo esto se explicará mejor en el apartado tiempo y espacio, por lo que, esta tabla, solo pretende ser un pequeño esbozo ilustrativo de lo que se desarrollará con profundidad más adelante.
[56] HISTORIA TRAMA La paciente se desmaya en el trabajo. Sus compañeros llaman a su marido y a una ambulancia para que la lleve al hospital. En el hospital, tras realizarle varias pruebas, confirman que se trata de un tumor. A la paciente le diagnostican cáncer de colon. TESTIMONIO 1, NEGACIÓN Javier (seis años) Los médicos operan a la paciente tres días después de su ingreso en el hospital. Su marido pasa con ella todos estos días. El hermano mayor se queda solo en casa, salvo por alguna visita de su abuela materna. El pequeño se queda en casa de la hermana de su madre, con sus primos. Poco más de una semana después de la operación, a la paciente le dan el alta. El tumor ha sido extirpado y pueden irse a casa. La paciente necesitará reposo absoluto y comidas líquidas. Debido a la medicación para mitigar el dolor, casi siempre está adormilada. Tras recuperarse de la operación, a la paciente comienzan a administrarle radioterapia y quimioterapia. Su marido tiene que llevarla varias veces al hospital para seguir este tratamiento. TESTIMONIO 2, IRA Marcos (diecisiete años) Cada vez que regresan del hospital, la paciente se encuentra en peor estado. Sufre náuseas, vómitos, dolores y pérdida de apetito. A causa de la quimio, la paciente comienza a perder pelo. La paciente decide raparse la cabeza. Esto lo hace su hijo mayor. Tras un par de meses en mejor estado, la paciente sufre un dolor muy fuerte en el
[63] El tercer ejemplo, lo encontramos en Negociación. Carmen le prepara a Marcos su plato favorito, pollo al limón, explicando que antes solo preparaba comidas a las que no tuviese que prestarles mucha atención, es decir, que se hiciesen solas: “asados, legumbres, sopas…”. Javier, en Negación, se queja de la comida de su abuela: “La abuela Carmen prepara ahora la comida. Vaya ascazo. Siempre lentejas, garbanzos, pescado y sopa, hace muchísimo tiempo que no comemos otra cosa”. También, en el testimonio de Carmen, encontramos tres ejemplos más de cohesión. “Me llamó desde el hospital para darme la atroz noticia de que habían visto de nuevo un tumor en la última resonancia de mi hija, y que este, a diferencia del anterior, se encontraba en una zona que no iban a poder operar”. Juliana presenció aquella llamada: “Vi a aquel hombre descompuesto y sin poder dejar de temblar… Rafael abandonó unos diez minutos la habitación para hacer una llamada y otros 10 minutos para bajar a la cafetería a por algo de cenar”. Otro de los ejemplos es la referencia a María: “Ya casi hacía un mes que todos vivían conmigo, exceptuando al pequeño Javier, el cual vive temporalmente con mi otra hija”. Javier, en Negación, expresa con emoción el hecho de que vayan a trasladarlo a casa de su tía: “A mi compañera de juegos no se lo había contado, pero al día siguiente me mudaría con mis primos, Pablo y José, a la casa de mi tía María”. Por último, Carmen cuenta cómo acaricia la sien derecha de su hija. En Aceptación, Pilar hace referencia a este particular gesto de su madre: “Cuando era más pequeña, odiaba esta forma tan suya de consuelo”. Aparte de los ejemplos ya mostrados, en Depresión podemos observar algunos más, que aluden a comportamientos de Rafael con el resto de su familia. Carmen decide pedirle a Rafael que busquen un segundo diagnóstico tras la visita de los médicos de paliativos: “Sin embargo, como soy la más madrugadora de la casa, podría hablar con él en el desayuno. Entonces, se lo diría. No hoy, sino mañana, cuando hayamos descansado”. Rafael narra esa escena en su testimonio: “En los diez minutos en los que tuve que escucharla, solo me profirió argumentos enfermizos sobre curaciones místicas, segundas opiniones y rabia contenida hacia los médicos que dictaron la sentencia de Pilar”. El último ejemplo y, sin duda, el más global, lo encontramos en Aceptación. En Dualidad, Juliana, una vez que Pilar se ha marchado del hospital, reflexiona en torno a una pregunta que nunca llegó a hacerle a su compañera de habitación: “¿Y tú, Pilar? ¿Cuánto habrías estado dispuesta a pagar?” A lo que Pilar, en su propio testimonio, responde: “Seguramente lo daría todo”.
[64] 5. Explicación del narrador. A la hora de detallar cómo está construida la narración de la obra, considero que debe destacarse un aspecto muy importante: dentro de la misma, encontramos dos tipos de narradores. Durante la mayoría de la historia, prevalece la narración intra-homo-diegética. En cada relato se recoge la visión de un personaje, y cada visión es diferente a las demás. Son los propios “protagonistas” de los testimonios, los que narran su experiencia personal en la vivencia de la enfermedad, cada cuál en diferentes fases del duelo, pero todos en primera persona. Entonces, nos encontramos ante cinco personajes, Javier, Marcos, Carmen, Rafael y Juliana, que van contando todo lo que sienten y ven con respecto a Pilar. En teoría, cada narrador es protagonista de su testimonio, no obstante, la auténtica protagonista es Pilar. Este hecho toma peso, sobre todo, en un testimonio en particular: el de Juliana. Juliana cuenta su experiencia con Pilar desde la primera persona, pero es una mera observadora. Al contrario que en el resto de testimonios, la narradora del Testimonio 0, Dualidad, no pertenece a la familia de la paciente, por lo que sus sentimientos hacia ella son puramente duales. Aquí podríamos estar hablando de un narrador testigo. De igual manera, al tratarse de testimonios, todos los narradores individuales hablan desde la primera persona, desde su propia realidad. Es por ello que, en ocasiones, tergiversan ciertas situaciones o no alcanzan a entender los comportamientos de los demás. Sin embargo, ahí es donde reside el interés del multiperspectivismo. En cuanto al otro tipo de narrador, este sería intra-auto-diegético, y solo se daría en el testimonio de Pilar. Pilar no solo observa, sino que vive en sus propias carnes la enfermedad, lo que la convierte en la protagonista global de la obra pese a que solo conozcamos sus pensamientos al final de la misma. Escogí la narración en primera persona porque, más que contar una historia, quería profundizar en los sentimientos de cada uno de los personajes con respecto al inminente fallecimiento de su ser querido. Pilar, como madre, esposa e hija, les va a dejar a todos un vacío, y lo emocionante de los testimonios es ver, a raíz de las narraciones, cómo va a afectar eso a cada miembro de la familia en particular y a su relación con los demás integrantes de la misma.
[65] 6. Personajes. La obra, en su totalidad, cuenta con la aparición de diecisiete personajes, que he decidido dividir entre principales y secundarios. Los personajes principales, que son los únicos que dan testimonio sobre la historia de Pilar, se construyen a través del discurso inmediato o monólogo interior. Como ya se ha explicado en la estructura, cada miembro de la familia relata su batalla personal contra el cáncer de la protagonista mediante la exposición de sus sentimientos y pensamientos. ❖ Personajes principales. Coinciden con los narradores de los testimonios.
[66] PILAR Se trata de la protagonista global de la metahistoria. Pilar es una mujer de cuarenta y cinco años, de mediana estatura, con el pelo corto y rubio. Su tez es bastante clara, y su cuerpo muy delgado, sin apenas curvas. En cuanto a su rostro, es redondo y pequeño, sus labios finos, su nariz algo prominente y sus ojos grandes y claros. Para cualquier persona que no la conociese, Pilar se asemejaría más a una adolescente que a una adulta en sí, debido a sus facciones y a su poca altura. Por otro lado, su personalidad es cálida, amigable y cariñosa. Puede parecer una mujer débil, pero su fortaleza de espíritu la convierte en una persona muy perseverante y capaz de afrontar cualquier circunstancia. Viva definición de “no todo es lo que parece”. Cuando comienza el tratamiento contra su cáncer de colon, su aspecto cambia radicalmente, como si hubiese envejecido muchísimos años. Además, pierde el cabello.
[67] MARCOS Marcos. Hijo mayor de Pilar. Marcos es un adolescente de diecisiete años, bastante alto y delgado. Seguramente ronde el 1,75. Tiene el pelo castaño, largo y rizado. Su piel es más oscura que la de su madre, casi aceitunada, y sus ojos son castaños; sus labios algo más gruesos, sus cejas bien marcadas y su nariz pequeña. Destaca por su buena forma física, la cual le haría parecer mayor si tuviese barba. En cuanto a su personalidad, es inteligente, comprensivo, algo irascible e introvertido. Además, sufre los cambios de humor y las preocupaciones propias de la edad, lo que, sumado a la enfermedad de su madre, lo convierten en una persona impulsiva. Adora a su familia, sobre todo a la figura materna y al hermano menor, solo que no lo expresa muy a menudo.
[68] RAFAEL Marido de Pilar y padre de familia. Físicamente, Rafael es un hombre alto y corpulento, con la melena larga, negra y canosa por algunas zonas, peinada hacia atrás. Tiene cuarenta y nueve años. Utiliza gafas de pasta de color rojo, que resaltan bastante en su rostro debido al moreno de su piel y a su prominente barba. Ojos azabaches y achinados nariz de tamaño medio y la boca pequeña. Además, casi siempre viste camisas y pantalones de pinza debido a su trabajo. Personalmente, destaca por su buen humor, su facilidad para la cara al público y por su alto nivel de estrés. Casi cualquier problema le supone un mundo, aunque intente hacer ver que no. Para más inri, es algo depresivo, le asustan especialmente las enfermedades y tiene una faceta un tanto victimista, por lo que, si él mismo sufre una enfermedad, la que sea, siempre se pone en lo peor.
[69] CARMEN Madre de Pilar y abuela de Javier y Marcos. Carmen es una señora de setenta y dos años, baja, un tanto ancha de caderas y menuda de hombros. Su pelo, ya completamente cano, es corto y siempre luce peinado hacia atrás con laca. Utiliza gafas pequeñas de metal porque no ve bien de cerca y siempre viste una rebeca marrón, sea la época del año que sea. Su rostro es pequeño, sus ojos grandes y claros, su tez pálida y su nariz pequeña. Su dentadura no es suya, es artificial. Se trata de una mujer con un fuerte carácter, mandona, decidida, seria y cariñosa. No cede ante los demás con facilidad, ni siquiera ante su propia familia. Podría decirse que está resabiada, debido a los años. Quiere mucho a toda su familia, incluido a su yerno, con quien discute a menudo; siempre a voces, pues padece de un oído.
[70] JAVIER Javier. Hijo menor de Pilar. El niño de seis años es de corta estatura. Tiene la tez blanca, el pelo rubio y corto, y los ojos grandes y castaños. Lo que más destaca de su rostro son sus pestañas largas. Javier es un niño muy imaginativo. La creatividad es la mayor de sus virtudes, además de su agilidad mental, sobresaliente para su corta edad. Entre sus pasatiempos favoritos, se encuentra la pintura.
[71] JULIANA Compañera de habitación de Pilar durante su estancia en el Hospital Perpetuo Socorro. Es una señora de setenta y tres años, muy menuda y con el pelo muy corto debido a su tratamiento contra el cáncer. Aún así, no tiene canas, pese a su edad. La expresión de su rostro es dura, y parece estar siempre cansada. Esto se debe a sus párpados caídos. Tiene la tez morena, ojos castaños no muy grandes y labios pequeños, siempre pintados, incluso en el hospital. En cuanto a su personalidad, se parece mucho a la de Carmen. Juliana es una mujer curtida en batalla, por lo que no le asusta nada que se le ponga por delante, y mucho menos conocer gente nueva. Además, en ocasiones, peca de egocéntrica, lo que le ha acarreado más de un problema. Pese a ello, le coge mucho cariño a Pilar en el tiempo que pasa con ella, y se convierte prácticamente en otra madre para ella durante su corta estancia en el hospital. Vive el drama de la mujer como si fuese el suyo propio.
[72] ❖ Personajes secundarios. No coinciden con los narradores de los testimonios, pero aparecen, de una manera u otra, en la historia. María. Es la hermana menor de Pilar. Tiene treinta y seis años. Físicamente, se trata de una mujer alta, delgada y de pelo lacio y corto. En cuanto a personalidad, destaca por ser bastante abierta, algo escandalosa y muy afectiva, sobre todo con su sobrino menor, Javier. Estrella. Se trata de un personaje inventado por Javier. Desde su perspectiva, Estrella es una niña de edad similar a la suya, menuda y de pelo corto y negro, por encima de los hombros. Viste una falda vaquera, medias a rayas violetas y rosas, camiseta de manga corta también violeta y botas blancas con cordones. Su personalidad es muy risueña. Diego y Marta. Son los médicos de paliativos del Hospital Perpetuo Socorro. Diego es alto, de espalda ancha, con barba ligeramente recortada y calvicie prominente, pese a su edad. Marta es de mediana estatura (aproximadamente 1,60 metros), pelo rizado y oscuro y caderas anchas. Ambos rondan los 40 años. Ambos son personas muy amables y afectuosas. Pablo y José. Hijos de María y, por consiguiente, primos de Javier y Marcos. Pablo, el mayor, tiene diez años. Su pelo castaño, liso y algo largo, sus ojos muy redondos y no tiene demasiada altura. Su hermano, José, tiene ocho años, pero mide lo mismo que Pablo. Su pelo es más oscuro y sus ojos más achinados, pero ambos comparten gran parecido. Ángel. Íntimo amigo de Marcos. Chico de aproximadamente 1,70 metros, delgado y de espalda ancha. Su pelo es rizado y corto, y sus ojos grandes, con las pestañas también rizadas. En cuanto a personalidad, destaca por su seriedad, compromiso y lealtad a su amigo Marcos. Cipriano. Vigilante de seguridad del Hospital Perpetuo Socorro. Ronda los cuarenta años. Julio y Juan. Amigos del colegio de Javier. Antonio. Marido de Juliana.
[79] BIBLIOGRAFÍA. Agustí, A. (2006). Autobiografía y Autoficción. Garoza: Revista de la Sociedad Española de Estudios Literarios de Cultura Popular, Nº 6. Recuperado el 20 de marzo de 2022 de https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2377596 Álamo Felices, F. (2013) El narrador: tipologías y representación textual. Epos: Revista de filología, Nº 29, págs. 359-376. Recuperado el 20 de marzo de 2022 de http://e-spacio.uned.es/fez/eserv/bibliuned:Epos-2013-29-5105/Narrador_tipolo- gias.pdf Canovas, E. M. (2021). Las 5 fases (o etapas) del duelo: la teoría de Kübler-Ross. Recuperado el 11 de mayo de 2022 de https://centrodepsicologiaintegral.com/las-5- fases-o-etapas-del-duelo-la-teoria-de-kubler- Fabry, G. (2008). Las formas del vacío. Brill. Jaén, S. O. (2020). La literatura y el trauma. Recuperado el 22 de mayo de 2022 de https://www.heraldo.es/noticias/opinion/2020/11/02/la-literatura-y-el-trauma- 1402708.html Kübler-Ross, K. E. (2016). Sobre el duelo y el dolor. Luciérnaga CAS. Lobo, M. (2022). Portafolio escritura creativa. No publicado. Mainlander, P. (2018). Die Philosophie Der Erlösung. Forgotten Books. Lejeune, P. (1974). Le Pacte Autobiographique. Págs. 10-43. Recuperado el 15 de mayo de 2022 de https://edisciplinas.usp.br/pluginfile.php/1896026/mod_re- source/content/1/lejeune_pacte_autobiographique_pacte_1.pdf Martínez, E. (2001). Intervención psicológica con el paciente en situación terminal. Revista de psicología de la salud, Vol 13, Nº 2, págs. 117-131. Recuperado el 4 de abril de 2022 de https://revistas.innovacionumh.es/index.php/psicologiasalud/article/view/773
[80] Miaja Ávila, M., & Moral de la Rubia, J. (2013). El significado psicológico de las cinco fases del duelo propuestas por Kübler-Ross mediante las redes semánticas naturales. Psicooncología, Vol 10, Nº 1, págs. 109-130. Recuperado el 11 de mayo de 2022 de https://doi.org/10.5209/rev_PSIC.2013.v10.41951 Nuckols, A. (2020). Narrativas postraumáticas de duelo persistente en la España del siglo XXI. Tesis doctoral inédita. Recuperado el 20 de febrero de 2022 de https://dialnet.unirioja.es/servlet/tesis?codigo=271720 Ochoa, J. C. (2016). Las tareas del duelo. Psicoterapia de duelo desde un modelo integrativo-relacional. Erebea: Revista de Humanidades y Ciencias Sociales, Nº 6, págs. 317-319. Recuperado el 20 de febrero de 2022 de https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5876090 Martín Jiménez, A. (2016). Mundos imposibles: autoficción. ACTIO NOVA: Revista de teoría de la literatura y literatura comparada, Nº 0, págs. 161–195. Recuperado el 20 de abril de 2022 de https://revistas.uam.es/actionova/article/view/6979 Savater, F. (2022). La peor parte: memorias de amor. Ariel. Tabuenca, E. (2020). Tiempo narrativo: definición, tipos y ejemplos. Recuperado el 15 de abril de 2022 de https://www.unprofesor.com/lengua-es panola/tiempo-narra- tivo-definicion-tipos-y-ejemplos-4349.html Yvancos, J. M. P. (2022). Autofiguraciones: De la ficción al pacto de no ficción. Signa: Revista de la Asociación Española de Semiótica, Nº 31, págs. 673-696. Recuperado el 20 de abril de 2022 de https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=8249289
[81] AGRADECIMIENTOS Sinceramente, no sé muy bien cómo empezar a escribir esto. Nunca he hecho algo tan importante, ni tan extenso, como para tener que plantearme unos agradecimientos. He escrito otros relatos, sí, y también otras formas de prosa y lírica, pero todas esas formas me parecen carentes de sentido si las comparamos con lo que acabáis de leer. Supongo que, por ese mismo motivo, me decidí a incluir en mi Trabajo de Fin de Grado una página que reflejase todo el cariño y gratitud que siento hacia las personas que nombraré a continuación. Me veo en la obligación, pues, de dejar los formalismos a un lado y de comunicarme con toda esa gente de una forma más allegada, que es lo que realmente son: personas cercanas a la que quiero con todo mi ser. Chicos, chicas, espero y deseo no olvidarme de ninguno de vosotros en esta página. Allá vamos. A mi madre, a quien espero habérselo dicho todo. Me escuche o no, todo lo que he construido ha sido por y para ella. Que no os quepa la menor duda. A mi familia, referencia e inspiración de esta obra. Vosotros sabéis todo lo que hemos pasado y seguimos pasando en casa, pero también sabéis que nos seguimos manteniendo fuertes y creciendo; siempre en vertical, sin perder de vista el cielo. Gracias por cuidarme y ayudarme a seguir batiendo las alas. A Andrea Taborda, alguien a quien habría metido de lleno en el párrafo anterior, pero a quien prefería darle un sitio más especial. Tú sabes lo que hubo. Gracias por no dejarme caer. A Laura, mi prima. Una de las mentes más brillantes que conozco, y una de las personas más puras de corazón que seguramente conoceré. Por nuestras charlas interminables y tu paciencia conmigo. Que nadie te apague nunca. A Noemí, mi psicóloga. Sin ti, no habría obra. A Clara, mi tutora. No sé cómo describir lo que tu apoyo absoluto ha significado para mí. Gracias por escucharme, preocuparte, y dedicarme tu tiempo y cariño. De ti me llevo una amiga, estoy segura de ello. A todas las personas, familiares, amigos y compañeros que me han acogido entre sus brazos cuando la situación me superaba por completo, algo que ha pasado más de una vez. Sabéis quiénes sois, por lo que sobran las palabras. Os quiero a todos, de corazón. Y, principalmente, a Ángel Onrubia, a quien se lo agradecería todo, todos los días de mi vida. Esta obra perdería su sentido si no tuviese a mi lado a alguien como tú para compartirla. Te lo debo todo y más. Por tu amor incondicional, tu paciencia infinita y por saber leerme desde el principio, incluso sin mis textos por delante. Esto también es para ti. Te quiero.