La palabra exacta
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283 Respondo gustosamente a la solicitud de Jacobo Cortines para decir algunas palabras sobre Nombre entre nombres, el libro que presentamos esta noche en nuestra Academia de Buenas Letras1. “Buenas Letras” es una expresión que a muchos puede parecer algo arcaica y algo trasnochada, pero que cobra todo su sentido cuando en ella se presentan libros como éste, en los que el rigor estilístico, la búsqueda del lenguaje más cabal, que es el lenguaje poético, reflejan a la perfección la cara más noble de las antiguas litteras tal y como la formularon aquellos humanistas del Renacimiento que hicieron de la filología un saber angular y un gran instrumento de interpretación del mundo. “Mirar el mundo”, “vivir el mundo” sub specie litteraturae es, su esencia, la visión angular del poeta, porque la palabra descubre, recrea e ilumina el orden de las cosas. Y más si en ese libro –como es el caso– se integran pasión creativa y rigor verbal, talento poético y formación filológica, dos cualidades que se funden en la personalidad de Jacobo Cortines –y si además, se suma la elegancia tipográfica y el buen gusto de una editorial 1. Jacobo Cortines, Nombre entre nombres, Sevilla, Renacimiento, 2014 (colec. “Calle del Aire, 131). LA PALABRA EXACTA Por rogelio reyes cano Minervae Baeticae. Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 2ª época, 43, 2015, pp. 283–289.
284 como Renacimiento. Y aunque soy algo reticente a presentar libros de poesía (porque si ninguna expresión literaria puede, en rigor, “explicarse”, la poesía todavía mucho menos), tomen ustedes mis palabras no tanto como una explicación sino como una invitación a la lectura y un estímulo para su disfrute. Debo empezar aclarando que he tenido y sigo teniendo una relación muy particular con este poemario que –gracias a la confianza que me otorga su propio autor– empezó a serme un texto muy familiar bastante tiempo antes de su entrada en imprenta. Un libro sobre el que he cambiado impresiones con Jacobo en el curso mismo de su creación. Un libro leído y releído por mí con afecto de amigo, desde luego, pero también con la perspectiva de un amante de la buena poesía, procurando, como dice el cantar flamenco, que “la pasión no me quitase el conocimiento”. Cuando estudiábamos en la Facultad la poesía del 27 se nos hablaba mucho de los “poetas profesores”, un marbete que ahora se oye bastante menos, pero que encierra un hondo sentido. No ya Salinas, Guillén y Dámaso Alonso (que enseñaron literatura en la universidad), o Gerardo Diego, en su cátedra de instituto, sino el mismo Cernuda, y casi el mismo Lorca, que alguna vez tuvo la intención de hacer oposiciones a la docencia. Pues bien, Jacobo Cortines es un poeta–profesor en el mejor significado de esta expresión: un hombre que vive y escribe la poesía pero que a la vez está pertrechado de los resortes críticos –y sobre todo autocríticos– que le permiten mirar su propia obra con perspectiva histórica, tomar conciencia de un encaje en la tradición literaria. Hecho éste que si no garantiza, naturalmente, la excelencia, sí propicia una mayor dosis de autoexigencia y una alertada actitud autocensoria. Subrayo este hecho porque Nombre entre nombres sería imposible de comprender al margen de una contextualización literaria muy expresa y muy asimilada: la que aparece muy explícita en el título y en el poema esencial del libro. El texto plantea el viejo pero siempre nuevo problema de la expresión poética, de la acción creadora y recreadora de la palabra como cauce de conocimiento de la realidad. La cuestión angular de toda la escritura. Un problema –y un debate intelectual– (lenguaje y pensamiento, pensamiento y lenguaje) tan antiguo al menos como ROGELIO REYES CANO284
285 la Biblia (el “Dios dijo” del Génesis) pero nunca resuelto del todo, siempre polémico y sigue renovado: ¿Será acaso la poesía, como quería Machado, tan existencialista, nueva “palabra en el tiempo” –es decir, historia– cargada con las virtudes pero también con las lacras del sucederse de los siglos? ¿O tal vez –como insistía Juan Ramón Jiménez– “palabra esencial”, palabra dotada de la virginidad creadora del momento auroral del del Paraíso? Centrándome ahora en el extenso poema que da razón y título a todo el libro –Nombre entre nombres– (un poema magistral que me recuerda la andadura de aquella Carta de junio del mismo Cortines), es evidente que en él se condensan y se hacen visibles las perplejidades de un poeta ante el lenguaje, la búsqueda ansiosa de aquella palabra que sólo se podrá nombrar cuando su esencia se haya asimilado radicalmente, o sea, hasta la misma raíz. Cuando la palabra sea –como pedía Juan Ramón en Eternidades– “la cosa misma creada por mi alma nuevamente”, la palabra exacta. Lo que dijo Goethe en el Fausto: “el verbo y la acción”. Eso explica la paradoja de este texto de Jacobo Cortines: y es que, siendo un poema de andadura serena, sosegada (mezcla de endecasílabos y heptasílabos) que tanto recuerda a Petrarca, que tanto recuerda el ritmo interior de los poetas sevillanos del Siglo de Oro y del mismo Cernuda, el poema, tras ese sosiego rítmico, encubre una lucha interior del poeta con las palabras. Es el resultado de una búsqueda, de una pugna con el lenguaje que al fin se resuelve en un hallazgo gozoso. Pugna embridada al fin, resuelta en un ritmo elegante, propio de la honda reflexión moral que en él subyace. Una andadura clásica, elegante, contenida, impecable, sólo posible cuando el poeta, hecha de nuevo suya esa palabra antes impronunciable, puede distanciarse de la pasión y, al igual que Bécquer, desplegar verbalmente “la memoria viva de lo que ha sentido”. Porque el protagonista de tan extenso poema no será – como podría pensarse– el “yo lírico” que en él aparentemente se enuncia. El protagonista es el lenguaje, la palabra, el nombre, la razón de ser de la creación literaria. Sobre el nombre bascula –y a él se supedita– toda la detallada peripecia vital (a veces tan explícita, tan visible para sus NOMBRE ENTRE NOMBRES, DE JACOBO CORTINES 285
286 amigos), autobiográfica del “yo lírico” que valientemente se desnuda frente al mundo. Un topónimo –un mero topónimo que a otros nada dice: (“El Labrador”)– es curiosamente el que da sentido a todo el poema porque es el que justifica el poema mismo. El texto, de más de quinientos versos, se revela así (o así es como yo lo veo) como la expresión de un itinerario de la conciencia, un itinerario anímico lleno de altibajos a la búsqueda de la aprehensión vital, esencial de ese nombre, desde las perplejidades primeras (que no le permiten apropiárselo) hasta la plenitud final en la que por fin esa apropiación ha sido posible. Por ello, y a pesar de su densidad lírica, estamos ante un verdadero poema narrativo, extenso, demorado, cadencioso… que va reflejando en su curso los avatares de esa búsqueda. Nada puede, pues, extrañarnos que Jacobo Cortines se apoye en la famosa apelación de Juan Ramón en Eternidades a la inteligencia poética: Intelijencia, dame el nombre exacto de las cosas. Y en otro poema del mismo libro: “No sé con qué decirlo /porque aún no está hecha/ mi palabra”, y que reproduzca conscientemente ese mismo recorrido interior cargado de dramatismo y de desosiego. En el Diario de un poeta reciencasado Juan Ramón, ansioso en las calles neoyorquinas por descubrir el cielo, dirá en el poema “Sky”: Como tu nombre es otro, cielo, y su sentimiento no es mío aún, aún no eres cielo. Sin cielo, ¡oh cielo! estoy, pues estoy aprendiendo tu nombre todavía. Y en Poemas impersonales, con el expresivo título de “A un poeta, para un libro no escrito”: Creemos los nombres. Derivarán los hombres. Luego, derivarán las cosas. ROGELIO REYES CANO286
287 Y sólo quedará el mundo de los nombres, letra del amor de los hombres. Del amor y las cosas no ha de quedar sino los nombres. ¡Creemos los nombres! El resultado de esa búsqueda se explicitará en aquel bello poema de Animal de fondo titulado precisamente “El nombre conseguido de los nombres”: Si yo, por ti, he creado un mundo para ti, dios, tú tenías seguro que venir a él, y tú has venido a él, a mí seguro, porque mi mundo todo era mi esperanza. Yo he acumulado mi esperanza en lengua, en nombre hablado, en nombre escrito; a todo yo le tenía puesto nombre y tú has tomado el puesto de toda esta nombradía. Ahora puedo yo detener ya mi movimiento, como la llama se detiene en ascua roja con resplandor de aire inflamando azul, en el ascua de mi perpetuo estar y ser; ahora yo soy ya mi mar paralizado, el mar que yo decía, mas no duro, paralizado en horas de conciencia en luz y vivas hacia arriba todas, hacia arriba. Todos los nombres que yo puse al universo que por ti me recreaba yo, se me están convirtiendo en uno y en un dios. El dios que es siempre y al fin, el dios creado y recreado y recreado por gracia y sin esfuerzo. El Dios. El nombre conseguido de los nombres. Si me he detenido tanto en Juan Ramón es porque ese extenso poema de Jacobo Cortines reconstruye –con un lenguaje nuevo, con una andadura rítmica nueva y naturalmente, con una nueva actitud personal– ese mismo proceso de “nombradía” con ese gusto del moguereño por los neologismos. NOMBRE ENTRE NOMBRES, DE JACOBO CORTINES 287
288 En los primeros compases del poema ese nombre tan buscado es un enigma envuelto en niebla, falto de sustantividad, ajeno al sentir del poeta: Un nombre entre otros nombres escondido, un nombre apenas de leyenda vaga, un nombre tan lejano y tan sin eco, que llega a ser olvido, como si nunca nadie sus acentos y sílabas hubiera pronunciado. Alguna vez lo oíste, en los labios de algunos, no en los tuyos. Pero nada ese nombre te decía, porque ignorabas cuánto ese nombre encerraba. Unos cerros y llanos semejantes a otros llanos y cerros. Una casa, ajena para ti, como los rostros de quienes la habitaban vistos siempre de lejos. Para culminar en el reencuentro gozoso con ese mismo nombre con la simple enunciación que lo explica todo. Reencontrarse con la palabra exacta es reencontrarse con la cosa misma, con la anhelada plenitud vital: la identificación del poeta con el Dios Nominador que nombrando crea. La palabra poética en toda su virtualidad: Próximo está el otoño que inaugure una campaña nueva con sus incertidumbres y esperanzas. Vendrá el invierno frío con las íntimas tardes junto al fuego. Vendrá otra primavera con explosión de rosas y fragancias. Llegará otro verano, y tal vez otros. Sea como fuere, abierta está la puerta para aquellos que quieran traspasarla. ROGELIO REYES CANO288
289 A nadie considero mi enemigo, y la amistad y la palabra ofrezco. Así me afirmo y mis raíces hundo en este nombre que es memoria y vida. Hora es ya, pues, de que revele el nombre hasta aquí dilatado. Todo lo he dicho de él. Sólo me queda dejarlo por escrito y pronunciarlo, con el mayor amor, exactamente: “El Labrador”, mi nombre entre otros nombres. Te felicito, querido Jacobo, por haber escrito un poema tan sosegado, tan equilibrado, tan elegante, y que sin embargo encierra una lucha interior atemperada por una sabiduría técnica de la que ya has dado probadas muestras. Sé que te gusta aplicar a toda tu obra lírica un enunciado que comparto absolutamente: pasión y paisaje. Claro: el sentir poético puede que sea una pasión y hasta una locura: el “furor” poético de los románticos, el poeta vidente de Rimbaud, la “gracia infusa del señor Dios” de Juan Alfonso de Baena… Pasión, sin embargo, embridada, convertida en ordenado paisaje, en paisaje legible por la poderosa mano de un poeta culto. NOMBRE ENTRE NOMBRES, DE JACOBO CORTINES 289