Full text
La construcción mediática de la clonación humana como un problema de política científica Dr. Miguel Alcíbar Abstract En este artículo se analiza la cobertura informativa que el diario español El País dio, entre diciembre de 2002 y enero de 2003, del debate público que suscitó el anuncio de que la secta de los raëlianos habían logrado clonar una niña sana. Esta noticia reavivó la polémica sobre la clonación humana, cuyo origen más reciente hay que buscarlo en el caso Dolly. Si en el debate en torno a la clonación de la oveja Dolly los medios de comunicación rápidamente asociaron su creación con supuestos culturales dados, lo cual hizo derivar toda la discusión al hipotético -pero plausiblecampo de la clonación de humanos y a los problemas éticos que tal posibilidad planteaba, en el caso de los raëlianos El País construyó la controversia como un problema fundamentalmente de política científica. Su objetivo fue persuadir a los responsables políticos para que propugnaran legislaciones suaves que propiciaran y apoyaran con firmeza la investigación con células madre embrionarias para fines terapéuticos. Para alcanzar dicho objetivo el periódico utilizó fuentes científicas seleccionadas ad hoc y un variado repertorio de estrategias retóricas bien definidas. El origen del debate El 27 de diciembre de 2002, Brigitte Boisselier, directora de la empresa biotecnológica Clonaid, dependiente del Movimiento Raëliano Internacional (MRI), anunció en rueda de prensa que habían logrado clonar una niña sana a la que llamaron Eva. Las intenciones y afirmaciones de los portavoces del MRI no solo avivaron el debate ético en torno a la clonación humana, sino que provocaron también que la «comunidad científica» reaccionara reivindicando su papel como legítima depositaria del conocimiento y del desarrollo de la investigación con embriones humanos (v. tabla 1). En concreto, en el diario
español El País el debate se construyó en torno a la defensa del progreso científico genuino. Para ello, tanto la editorial del periódico como las fuentes científicas consultadas exigieron de los responsables políticos una justa y acertada definición del problema, con objeto de proteger la investigación seria de los perniciosos efectos que anuncios como el de los raëlianos pudieran generar en la dirección de las legislaciones destinadas a regular la experimentación con células madre embrionarias, para fines terapéuticos. Esta discusión, sin embargo, hay que entenderla en el contexto de un debate más amplio sobre los riesgos asociados a y las implicaciones sociales de la clonación humana, generado en febrero de 1997 cuando se anunció en la portada de todos los medios de comunicación mundiales que un equipo de investigadores adscritos al Instituto Roslin, cerca de Edimburgo, y patrocinados por la empresa biotecnológica PPL Therapeutics, habían logrado clonar a partir de una célula adulta una oveja que llamaron con buen criterio publicitario Dolly. A partir de la noticia del nacimiento de Dolly, la clonación humana se constituyó en motivo de acalorados debates en el foro público de los medios de comunicación y adquirió el estatuto de «hecho científico», bien establecido públicamente (Neresini, 2000). Los puntos álgidos de la polémica ética y legal se alcanzaron, primero, a comienzos de enero de 1998 con el médico norteamericano Richard Seed y sus polémicas declaraciones acerca de sus intenciones de clonar un ser humano; posteriormente, entre junio y julio de 2002, con el anuncio del ginecólogo italiano Severino Antinori de la inminente clonación humana y, por último, en diciembre de ese mismo año, con los polémicos mensajes sobre la clonación de varios bebés, realizados por la portavoz del MRI y directora de Clonaid, Brigitte Boisselier. Desde la perspectiva socio-comunicativa que adoptamos en este artículo, nuestra hipótesis postula que El País, como medio de comunicación que se debe a una imagen de seriedad y rigurosidad para seguir cumpliendo el contrato fiduciario con sus lectores, configuró la controversia sobre la clonación humana con la aquiescencia de los científicos. Los científicos involucrados en el debate (y seleccionados como fuentes de autoridad ad hoc), fueron los que condicionaron la agenda temática, el tratamiento, y el estilo que se le imprimió a la información. El País encauzó bipolarmente la polémica al establecer una retórica acorde con las tesis de los científicos partidarios de la investigación
con embriones clónicos para fines médicos, y, a su vez, una retórica que desacreditaba las pretensiones y afirmaciones de los miembros del MRI, grupo considerado sectario y mixtificador, cuya doctrina se basa en el culto extraterrestre (Agostinelli, 2003). El País conformó un «embudo informativo» o punto de paso obligadoi por el que canalizó el debate, empleando para ello dos estrategias retóricas que se complementan mutuamente: la retórica de la racionalidad científica (Coleman, 1995) y la retórica de la invasión (Lizcano, 1996). La retórica de la «racionalidad científica» se utilizó para establecer una nítida demarcación entre los «hechos objetivos» y las «creencias subjetivas», lo cual ayudó a socavar cualquier discurso no-basado-en-la-ciencia o basado en una ciencia considerada espuria. Se intentó así persuadir a los lectores y a los responsables políticos de la necesidad de apoyar la investigación científica rigurosa y los beneficios terapéuticos que ésta pudiera generar. Como se verá más adelante, la «comunidad científica» reprochó a los raëlianos, entre otras cosas, que no aportaran ninguna prueba científica ni sometieran sus pretendidos resultados a los estándares de evaluación con los que cuenta la ciencia para controlar la calidad de sus trabajos. Por su parte, la retórica de la «invasión» alerta del continuo asedio al que está sometida la racionalidad de la ciencia por parte de la ola de irracionalidad característica de nuestro tiempo. El énfasis que los científicos hacen de la retórica de la «invasión» parece contribuir a legitimar su status y a defenderlos del intrusismo de los invasores. Así, mientras la retórica de la «racionalidad científica», cuyo fundamento está en valores epistémicos como el progreso, la verdad y la objetividad, contribuyó a elaborar un discurso basado en la defensa de determinados postulados tecnocientíficos y en el descrédito científico del anuncio raëliano; la retórica de la «invasión», que apela a juicios cualitativos de carácter ético y moral y a valores de naturaleza sociopolítica, sirvió para construir un discurso basado en el descrédito social de los raëlianos. Con estos argumentos lo que se pretendió fue contrarrestar la imagen negativa enraizada en los seculares temores hacia la eugenesia que la clonación acarrea en la cultura popular, y que grupos como el de los raëlianos parecen agudizar, así como construir una imagen de la clonación humana si no bondadosa, al menos, no inquietante. Se intentaron delimitar fronteras precisas
entre los «científicos responsables» y los «granujas irresponsables», entre lo razonable y lo inmoral, lo permisible y deseable y lo aberrante y detestable, en definitiva, entre la «buena ciencia» y la «mala ciencia». Por tanto, El País «enmarca» el debate sobre la clonación humana construyendo un doble discurso desacreditador de los raëlianos. El concepto de «enmarcar» que se utiliza aquí proviene de la teoría del encuadre o enmarcado (framing). Esta teoría trata de poner de relieve que la presentación periodística de unos temas, hechos, controversias, actores, demandas y afirmaciones, es siempre selectiva. Al seleccionar algunos aspectos sobre otros y dar, por tanto, mayor relevancia en la elaboración de los mensajes periodísticos a esos aspectos, los medios de comunicación enmarcan los acontecimientos sociales, o lo que es lo mismo, los dotan de un marco cognitivo e interpretativo. A los aspectos seleccionados se les asigna una definición concreta, una interpretación causal, un juicio moral y/o una recomendación para su tratamiento (Entman, 1993). La teoría del enmarcado, pues, forma parte de esa compleja corriente socio-comunicativa que se caracteriza por concebir la realidad social de forma constructivista o contextualizada. Al encuadrar los acontecimientos de un modo predecible, los medios de comunicación construyen las noticias según determinadas pautas narrativas y de asignación de imágenes y estereotipos propios de la cultura popular. De esta manera los medios proporcionan activamente los marcos de referencia que la audiencia precisa para interpretar y discutir sobre los asuntos públicos (Scheufele, 1999; Semetko y Valkenburg, 2000). El análisis del «enmarcado» se inscribe dentro de los estudios acerca de la representación y el sentido (Goffman, 1974). Como bien apunta Susanna Hornig Priest (1994), es mediante este mecanismo de «enmarcado» que los medios de comunicación pueden ejercer sus efectos más poderosos, al considerar determinadas interpretaciones y no otras. Esto es, como veremos a continuación, lo que ha sucedido con el debate construido por El País en asociación con las expectativas de los científicos implicados en promover la investigación genética en el campo de la clonación humana.
Estrategias argumentativas para distanciar la clonación terapéutica de la reproductiva Si se analizan discursivamente los textos que componen el corpus de estudio, puede observarse que el debate se sustenta en el establecimiento de argumentos que desacreditan científica y socialmente a los raëlianos. La acción sinérgica de ambos tipos de estrategias retóricas es la que ha posibilitado que El País construyera la controversia pública como un problema de política científica, y no tanto como un problema ético o moral. En nuestra opinión, los supuestos en los que se apoya El País para «enmarcar» el debate en el terreno de la política científica son: 1. La nula credibilidad científica del anuncio efectuado por los raëlianos, basándose en la bajísima tasa de éxitos (< 2%) que presenta la técnica de la transferencia nuclear (la misma que Ian Wilmut y su equipo emplearon para clonar a Dolly), así como en la falta de «pruebas científicas» que corroboraran sus afirmaciones. 2. La falta de autoridad y legitimidad moral de la secta de Raël, basándose en su reprobable historia anterior. Se denunció que los raëlianos con este anuncio perseguían promocionarse públicamente. 3. La autoridad moral y credibilidad científica que se otorgó a representantes tecnocientíficos de empresas biotecnológicas, basándose en la legitimidad y homogeneidad que se le presupone a una entidad abstracta como la «comunidad científica». 4. La inviabilidad y -derivada de éstala inaceptabilidad de la clonación reproductiva, basándose en argumentos éticos («por qué») y técnicos («para qué»). En el debate, los argumentos técnicos pesaron más que los éticos. Es decir, aunque la clonación reproductiva se consideró implícitamente una aberración moral, fue sobre todo censurada porque entrañaba muchos problemas para el desarrollo del supuesto clon (malformaciones genéticas, envejecimiento prematuro, etc.).
5. La necesidad de que los poderes políticos articulasen una legislación que supiera diferenciar con claridad la clonación reproductiva, absurda y peligrosa, de los beneficios sociales de la clonación terapéutica, basándose en la amplia consultación de fuentes científicas que apoyaban la investigación con embriones humanos para obtener células madre (stem cells). El proceso de «enmarcado» que realizó el periódico trasladó el debate de la clonación humana del terreno de la ética y la moralidad –debate que tiene su origen en el caso Dolly-, al ámbito de la política científica. Se emplearon estrategias retóricas tendentes a persuadir a la ciudadanía y, sobre todo, a los responsables políticos de la necesidad de regular las prácticas aberrantes (personalizadas en las declaraciones raëlianas), separándolas de la investigación científica seria (personalizada en las declaraciones de Robert Lanza, destacado tecnocientífico de la empresa biotecnológica norteamericana Advanced Cell Technology). La tabla 2 muestra los distintos argumentos esgrimidos por El País y la «comunidad científica» para distanciar retóricamente la clonación terapéutica de la reproductiva. Hemos detectado siete argumentos que se apoyan en los siguientes supuestos: (i) la clonación de un mamífero, como Dolly, es un «hecho científico» incontrovertible, (ii) la clonación reproductiva es indeseable, fundamentalmente por los problemas técnicos que entraña, (iii) la clonación terapéutica es un área de investigación ideal para que en un futuro inminente se generen espectaculares avances médicos, y (iv) los raëlianos pertenecen a una secta peligrosa y sin escrúpulos, que apuesta por la clonación reproductiva para obtener pingües beneficios económicos. Si se observa con detenimiento la tabla 2, se pueden extraer varias consecuencias de cómo el debate sobre los raëlianos y la clonación humana evolucionó a partir del anuncio. En una primera fase priman los textos en los que se explota discursivamente el argumento de la baja tasa de efectividad de la transferencia nuclear, para al final del debate centrarse en la falta de confirmación científica del anuncio, en la necesidad de que los responsables políticos asuman la distinción técnica entre la clonación terapéutica y reproductiva, así como en la «retórica de los beneficios futuros». Un patrón
discursivo que se repite durante todo el debate es la continua referencia a la falta de autoridad moral y científica de los raëlianos. Esto significa que en la primera fase del debate el objetivo era desacreditar el anuncio de los raëlianos con argumentos científico-técnicos, mientras que en una fase postrera de la controversia los esfuerzos se centraron en persuadir a los responsables políticos de la necesidad de regular una investigación que, sin duda, reportará a corto plazo beneficios médicos importantes para la sociedad. Desde el comienzo del debate hasta su conclusión no se dejaron de emplear argumentos tendentes a desacreditar ética y socialmente a los raëlianos. A continuación se analiza con más detalle cada uno de los puntos clave del debate, y los ilustraremos con ejemplos destacados extraídos de los propios textos. Escasa credibilidad científica del anuncio raëliano El anuncio efectuado por los raëlianos fue puesto en duda utilizando dos tipos de argumentos entrelazados. Ambos tienen su justificación en las normas positivas del buen comportamiento científico, conocidas como el ethos mertoniano (Merton, 1942/1980). El primero es un argumento de tipo técnico: dado que la literatura científica recoge que la efectividad de la técnica de la transferencia nuclear es menor del 2 por ciento, es más que improbable –no es creíbleque los raëlianos declaren que «su empresa ha logrado un 50% de eficacia en los procesos [...]. En concreto, afirmó [Brigitte Boisselier] que de diez intentos, cinco habían resultado satisfactorios.» (texto 1)ii. En otra información puede leerse lo siguiente: «En las mejores condiciones, y sólo en algunos mamíferos, se han conseguido tasas de éxito que como mucho han quedado por debajo del 2%. Es decir, ha habido que manipular cien óvulos para conseguir una gestación completa. El método es tan complicado que todavía ningún científico ha conseguido usarlo en monos, el modelo animal más cercano al hombre.» (texto 3). El segundo es un argumento de tipo evaluativo: no solo el anuncio carece de credibilidad por las dificultades técnicas inherentes al método empleado, sino que además los raëlianos no han aportado ninguna «prueba científica» que avale sus afirmaciones. La «comunidad científica» se acoge a
las normas mertonianas de universalismo y escepticismo organizado para descalificar sus declaraciones. Según el imperativo moral del universalismo, cualquier afirmación de que algo es verdad debe ajustarse y someterse a los criterios de evaluación preestablecidos por la propia institución científica. Además, según el escepticismo organizado, mientras no existan datos confirmatorios, la ciencia debe suspender su juicio hasta que se disponga de evidencias que puedan ser examinadas de forma crítica e independiente, aplicando para ello los métodos lógico-empíricos con los que cuentan los científicos. Por su parte, en un primer momento los raëlianos aseguraron que expertos independientes iban a realizar pruebas de ADN para confirmar la clonación de Eva, para más tarde eludir tal posibilidad amparándose en la más que plausible vulneración de los derechos de la patria potestad por las autoridades jurídicas. En el debate dirigido por El País este argumento evaluativo se manejó profusamente. Por lo general, fue esgrimido por las instituciones científicas o los expertos consultados (discurso referido) y casi siempre estaba acompañado de un juicio moral. Véase el ejemplo siguiente: «[...] la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS), la mayor organización científica del mundo, rogó a los legisladores y al público en general “tratar con escepticismo” los anuncios de tipo raeliano “hasta que se disponga de evidencias científicas confirmadas”. “Tales anuncios no verificados”, señaló la AAAS en un comunicado, “basados en el trabajo de laboratorios clandestinos y descontrolados, son totalmente contrarios a las normas de la buena práctica científica.» (texto 11). Falta de autoridad moral de la secta raëliana Para desacreditar el anuncio raëliano no solo se aplicaron argumentos que ponían de manifiesto las dificultades técnicas de la empresa y la falta de verificación de sus afirmaciones, también algunos textos se dedicaron casi íntegramente a «sacar a la luz» el origen extraterrestre del culto raëliano, los postulados de la doctrina -en la que la clonación es piedra angular y se entiende como una vía para alcanzar la inmortalidad-, las extravagantes declaraciones de su líder Claude Vorilhon, las asombrosas campañas de la secta o los problemas con la justicia. Tales argumentos de descrédito parece
que responden a la «retórica de la invasión» (Lizcano, 1996). En efecto, los raëlianos son representados como un grupo que, aunque organizado jerárquicamente, medra de forma difusa y se abastece de recursos secretos. Sus supuestas investigaciones las realizan en «laboratorios clandestinos y descontrolados» (texto 11), lo cual los convierte en un grupo oscuro y hermético, una amenaza indefinida. En uno de los textos puede leerse: «Ahora bien, como es habitual en esta secta, ni aporta identidades ni paradero ni métodos de trabajo» (texto 2). En otro texto se afirma que «Clonaid siempre ha sido una entidad secreta, tanto respecto a la situación de su laboratorio como a sus recursos humanos y financieros» (texto 7). Además, se explicita que se trata de un grupo que se mueve al margen de la ley: el subtítulo de uno de los textos asegura que La secta de los raelianos no solicitó la autorización legal para el supuesto experimento. Todos estos rasgos definitorios representan al MRI como una secta secreta y clandestina, integrada por individuos repartidos por el mundo de una forma incontrolada; un grupo liderado por Claude Vorilhon (Raël), un extravagante periodista que con sus declaraciones constituye una amenaza social más o menos indefinida, que carece de escrúpulos a la hora de desafiar las leyes, y que está presto a llevar a cabo sus irracionales proyectos. En resumen, los raëlianos son caracterizados como miembros de una secta -con la carga peyorativa que este concepto acarreaiii-, con vocación de estafadores y charlatanes, carentes del más mínimo rigor científico y, por lo tanto, sin credibilidad. Pese a esta imagen, la autenticidad de su anuncio no pudo ser científicamente ni confirmada ni refutada en el mismo momento de la rueda de prensa ni en los días posteriores. Raël y sus acólitos, junto con otros grupos indeterminados y otros individuos, como el médico italiano Severino Antinori, son calificados de «granujas» con posibilidades de llevar a cabo sus aviesas intenciones (textos 10 y 15). Estos personajes sin escrúpulos representan una amenaza difusa que pone en peligro la unidad, respetabilidad, status político y expectativas investigadoras de la «comunidad científica». En su editorial del 7 de enero de 2003, El País asevera que «[...] sería lamentable que los delirios de un grupo de iluminados acabaran yugulando la posible extensión de esa técnica al ser humano» (texto 14).
afirmaciones sobre el «estado del mundo», así como también en el tratamiento de la controversia, destacando los aspectos del problema que contribuyen a definirlo de una forma y no de otra. Ya se han estudiado las diversas estrategias argumentativas puestas en juego para defender la legitimidad de la investigación con embriones humanos clónicos o, lo que es lo mismo, para distanciar retóricamente la clonación terapéutica de la reproductiva, en favor de la primera. Ahora intentaremos dilucidar de qué manera los actores involucrados en el debate negocian y son «forzados» a consolidar determinados intereses, argumentos, alineamientos sociales, diversas fuentes de evidencia empírica, valores culturales, etc., en la red de relaciones que El País conforma con el beneplácito de los científicos. En definitiva, trataremos de mostrar cómo los actores principales (medio de comunicación + fuentes científicas seleccionadas) precisan construir y mantener una red de aliados lo más amplia y heterogénea posible para lograr implantar con éxito sus ideas, aunque sea de manera temporal. Este propósito se sustenta en la elaboración de una retórica específica sobre la clonación humana, encaminada a forzar a otros actores, en principio no comprometidos, para que desplacen su posición y acepten los postulados de los actores principales. Partimos pues de la base de que el actor que aglutina, selecciona, promueve, enmarca y dirige el establecimiento de esa red en la que se regulan recíprocamente entidades sociales y naturales, es la propia arena pública que representa el diario El País, como entidad que elabora, construye y difunde, a amplios sectores de la sociedad, una determinada interpretación de la realidad. En esta construcción de la realidad social, la distinción entre la clonación terapéutica y la reproductiva aparece como un paso obligado, como una respuesta inevitable. Para definir las relaciones que se establecen entre los actores involucrados, El País usa textos como intermediarios. Tales textos constituyen la «forma y sustancia» de las interacciones. Los textos son inscripciones que posibilitan extender la traducción a larga distancia (Law, 1998). Del análisis de las diversas estrategias que se emplean para desacreditar el anuncio de los raëlianos, se infiere que El País, en asociación con los científicos interesados en promover la investigación de las técnicas para clonar embriones humanos, intenta consolidar una opinión robusta (en el
sentido de Rip, 1986) de las ventajas de la clonación no reproductiva. Un punto de vista robusto es por tanto una postura articulada y consolidada -aunque en una especie de equilibrio inestable, como muestra la ANT- en la red sociocognitiva de los actores (López Cerezo y Luján, 1997). Por tanto, El País construye el debate sobre la clonación humana como un problema fundamentalmente de política científica, y no tanto como un problema ético. Esta reformulación del mapa de interesesv se torna necesaria para ejecutar la acción persuasiva sobre el público y los responsables políticos. Seleccionar unos actores y no otros, así como definirlos de una determinada forma y no de otra, depende notoriamente de los términos en los que se «encuadre» el debate, esto es, de la problematización que lleven a cabo los actores principales. El País bipolariza la controversia; esto se manifiesta en la simplificación que conduce a considerar que la «comunidad científica» es un ente homogéneo y dotado de los imperativos morales concebidos por Merton, y que los raëlianos son una amenaza difusa y poco controlable. La imagen pública de los raëlianos se construye sobre un pilar básico: la falta de autoridad moral y científica que se les asigna, que induce a pensar a los científicos y al propio diario que el anuncio sobre la clonación de Eva responde con toda probabilidad a una campaña orquestada exclusivamente para obtener publicidad y notoriedad en los medios de comunicación. Por su parte, los científicos son vistos como integrantes de una elite intelectual, seria y legítima. Robert Lanza, vicepresidente científico de Advanced Cell Technology (ACT), es el tecnocientífico que tiene mayor visibilidad, erigiéndose como «portavoz» de esa comunidad: se presenta como alguien comprometido con la investigación rigurosa, adalid de la honestidad y del sentido benefactor de la ciencia. Con esta imagen se olvida con ligereza que este tecnocientífico está al servicio de una empresa biotecnológica que aplica a sus investigaciones criterios fundamentalmente comercialesvi. Resulta curioso comprobar que, a pesar de que varios expertos de prestigio arremetieron contra la provisionalidad y la relevancia científica de los experimentos de ACT, y contra la excesiva publicidad que la compañía dio a sus paupérrimos resultados, el periodista de El País Javier Sampedro no hiciera la menor referencia en la entrevista que realizó a Lanza de las controversias estrictamente tecnocientíficas que generaron los experimentos de
ACT (texto 10). No hay que olvidar, como nos recuerda Nelkin (1994), que los científicos están más interesados en controlar la información y promocionar su trabajo con objeto de mantener la financiación pública de sus proyectos (modelando para ello una imagen positiva de éste), que en difundir sus datos de forma altruista por canales no formales de comunicación. Al ser definidos los investigadores serios como integrantes de la «comunidad científica», sin haberse establecido distinciones acerca de sus credenciales y pertenencias investigadoras -tales como empresas biotecnológicas con intereses comerciales muy definidos o instituciones que se financian con dinero público-, los medios están construyendo una imagen homogénea de la «comunidad científica» que, implícita y/o explícitamente, porta un conjunto de virtudes (ethos de la ciencia), realzando así la primacía de la ciencia. Esta representación produce un efecto de disociación de todos aquellos actores que pudieran matizar y diluir tal imagen de solidez. Aunque Robert Lanza queda definido mediante sus propias declaraciones como un destacado miembro de la «comunidad científica», y como un investigador puntero en el campo de la biomedicina, no puede obviarse, en un debate que aspire a ser ecuánime y equilibrado, que es un ejecutivo de una compañía biotecnológica norteamericana con claros objetivos comerciales. Así, por ejemplo, dice Lanza: «Nos han ocasionado un tremendo perjuicio a la comunidad científica. Podría afectar a la investigación médica empeñada en encontrar caminos de curación para millones de personas y sería trágico que ese anuncio [el de los raëlianos] desembocara en la prohibición de todas las maneras de clonación. Es el anuncio que la derecha religiosa y los grupos antiaborto rezaban por vivir» (texto 8). En la citada entrevista de Sampedro (texto 10), Lanza habla de la importancia del trabajo de ACT: «Ya fuimos los primeros en obtener un embrión humano clónico. Lo publicamos en la revista científica revisada por pares Journal of Regenerative Medicine el 26 de noviembre de 2001, para que los datos pudieran ser examinados por la comunidad científica». Parece deducirse de estas declaraciones, que Lanza se atribuye, como portavoz de ACT y de la propia «comunidad científica» en su conjunto, algunos de los imperativos morales que describiera Merton (1942/1980), para el correcto funcionamiento de la ciencia como institución social, a saber: (1) comunalismo: pertenencia a la «comunidad científica» y
difusión pública de los resultados de la investigación a través de revistas reconocidas, (2) desinterés: ausencia de cualquier interés que no sea el de la búsqueda de conocimiento genuino y el del bien común que éste reporta a la sociedad en su conjunto: la cura de millones de personas. Las referencias a la derecha religiosa y los grupos antiabortistas, pone más de relieve, si cabe, la autonomía ideológica y el desinterés que Lanza y su empresa se apropian para sí como partes integrantes de la «comunidad científica», y (3) universalismo: adscripción a los mismos estándares técnicos de evaluación. En cuanto a la cuarta norma mertoniana, el escepticismo organizado (suspensión de divulgar públicamente datos imprecisos o mal contrastados), no parece afectar a Lanza, pese a que -como ya se ha señaladolos resultados experimentales que obtuvo ACT con «embriones clónicos» fueron duramente criticados como poco relevantes por destacados científicos, amén de que la actitud de la compañía fue tildada de operación espectacular de mercadotecnia (Gil, 2001). Es importante observar que no solo Robert Lanza fue el actor más representativo de la «comunidad científica», puesto que fue el más citado durante el debate, sino que fue, curiosamente, el único que otorgó a los raëlianos la posibilidad real de que su anuncio fuera cierto: «[...] existe una posibilidad muy real de que alguien como los raëlianos, [...] clone un bebé en un futuro cercano, especialmente si tienen recursos y acceso a los suficientes óvulos humanos. Por tanto, no es aconsejable desestimar esos anuncios, sobre todo si se tiene en cuenta que nosotros obtuvimos embriones de esa fase [se refiere a la fase de 6 células] después de sólo tres o cuatro intentos, y con un suministro muy escaso de óvulos.» (texto 10). Aunque el discurso previo y posterior de Lanza parece orientado a delimitar y distanciar sus «valiosos experimentos», de los experimentos raëlianos, claramente inmorales y contrarios a la ética científica, se atisba que su intención retórica es marcadamente promocional. Para dar publicidad a su compañía, el vicepresidente científico de ACT no duda en decir que «los embriones entre 4 y 8 células, como los que clonamos nosotros en 2001, podrían muy bien dar lugar a un niño clónico si se implantaran en el útero de una mujer» (texto 10). Manifestaciones que entran en palmaria contradicción con algunas de las estrategias esgrimidas por la tan cacareada «comunidad científica» para
desacreditar el anuncio de los raëlianos: a todos los efectos, el argumento de la baja tasa de efectividad de la transferencia nuclear, y el de las anomalías en el embrión, feto o animal clónicos. No deja de ser llamativo que en el texto 11 (relacionado espacialmente con la entrevista, y en el que también se cita a Lanza), el propio Javier Sampedro haga la siguiente afirmación: «Las técnicas de clonación son aún imperfectas en animales de experimentación, y ningún científico serio está en condiciones de garantizar que el desarrollo del embrión proceda con normalidad.» (texto 10, la cursiva es nuestra). La ambivalencia o la ambigüedad surgen de la tensión entre los intereses contrapuestos: la estrategia promocional de ACT prima sobre la cautela que requieren ciertas afirmaciones con un tono desmedidamente optimista. En no pocas ocasiones, cuando los científicos comparecen en los foros públicos se expresan en un lenguaje que sobreestima los beneficios de su trabajo, lo cual refleja la fuerte tendencia promocional de sus intervenciones (Nelkin, 1994). Para la ANT, los científicos no se pueden considerar simplemente como científicos, sino que hay que entenderlos como empresarios multifacéticos que, empleando estrategias y recursos retóricos, se dedican a actividades políticas, sociológicas y económicas, además de a aquellas prácticas tradicionalmente consideradas como «científicas». Así, los científicos mediante estas estrategias extienden su influencia más allá del laboratorio, para lo cual deben enrolar a otros actores. La ANT ha desarrollado todo un aparato conceptual para dar cuenta de este complejo proceso (Singleton y Michael, 1998). De acuerdo con los científicos seleccionados como fuentes de autoridad El País hace una interpretación de sus intereses y de los intereses de los demás actores que quiere enrolar. ¿Cómo lo logra? Según Callon (1995), pueden distinguirse cuatro momentos de la traducción que representan fases yuxtapuestas en un proceso continuo de negociación y de imputación de intereses. Estudiamos a continuación estos cuatro momentos que se solapan: 1er momento. La problematización. Durante el debate público sobre la clonación humana, El País no se limitó a plantear las cuestiones relevantes del problema tecnocientífico, sino que seleccionó una serie de actores y definió sus identidades de tal forma que el medio de comunicación se constituyó como el foro público donde dirimir la controversia, esto es, se posicionó como un punto
de paso obligado de la red heterogénea de relaciones que se estaba conformando. La problematización fue el movimiento bidireccional que convirtió al periódico en indispensable para plantear el debate de una manera específica y dirigida. El País definió a los actores con distinto grado de precisión, pero esta definición fue lo suficientemente clara para determinar de qué manera estaban relacionados con las cuestiones tecnocientíficas planteadas. Los actores que definió son: los raëlianos, la «comunidad científica», los responsables políticos, los receptores de la información periodística, los «embriones clónicos», los periodistas, y el propio diario El País. El País no se limitó, por tanto, a identificar unos cuantos actores, sino que, a muchos de ellos, los definió en función de los beneficios que obtendrían si aceptaban la distinción técnica y moral entre la clonación terapéutica y la clonación reproductiva, esto es, les fueron imputados determinados intereses a determinados actores. Tal imputación de intereses se resolvió mediante la utilización de estrategias persuasivas que coadyuvaron a establecer la distinción socio-técnica entre clonación reproductiva y terapéutica como una cuestión problemática. La problematización se instituyó entonces como un punto de paso obligado para los diversos actores convocados. El periódico se constituyó, por tanto, como un actor-red, es decir, como una red de entidades simplificadas que son, a su vez, otras redes (Callon, 1998). De esta manera, la problematización define la red de alianzas e intereses que los diferentes actores desarrollan y mantienen, y por medio de la cual construyen sus propias identidades. El País mostró que el interés del debate recaía en que se diferenciara sin ambages ambos tipos de clonación (reproductiva versus terapéutica), para regular jurídicamente de forma adecuada la investigación en esta prometedora área biomédica. De la red heterogénea elaborada por El País, la clonación terapéutica y la investigación con embriones clónicos para obtener células madre (stem cells) emergieron como posibilidades legítimas, sin trabas morales, y con evidentes beneficios para la sociedad. 2º momento. Las estrategias de «interesamiento». Como acabamos de ver, mediante la definición del punto de paso obligado se establecieron las identidades y los objetivos de los diferentes actores que participaron en la controversia pública de la clonación humana. El «interesamiento» es el
conjunto de acciones mediante las cuales un actor (en nuestro caso, El País) intenta imponer y estabilizar la identidad de los otros actores que define a través de su problematización. Para ejecutar estas acciones se utilizan diferentes estrategias de muy diversa índole. En general, El País utilizó estrategias persuasivas centradas en la «retórica de los beneficios futuros» en conjunción con una retórica que desacreditaba a los raëlianos y a la clonación con fines para producir niños, tanto científica como socialmente. Durante la problematización el periódico unió sus fuerzas al resto de los actores (principalmente las fuentes científicas seleccionadas) con la clara intención de establecer como un «hecho objetivo» la distinción entre la clonación reproductiva y la terapéutica, y convencer así a los responsables políticos de la necesidad de una óptima regulación de ambos tipos de clonación. Al hacerlo, El País definió la identidad, los objetivos y las tendencias de sus aliados. Los raëlianos, representados por Boisselier y Vorilhon, contribuyeron al establecimiento de la distinción como algo esencial en la naturaleza de la clonación humana, y fueron la coartada perfecta para arremeter contra los perjuicios que pudiera acarrear la clonación reproductiva y, por contraste, para ensalzar las ventajas sociales de la clonación terapéutica. Como resultado de este proceso muchos intereses dispersos fueron identificados, atraídos y traducidos de tal forma que otros actores (a todos los efectos, ciudadanos y clase política) valorasen y se adhiriesen a la problematización planteada. Así, el objetivo fue alinear a todos estos actores al enrolarlos provisionalmente en el esquema de los actores principales. Sin embargo, los aliados pueden estar también implicados en las problematizaciones de otros actores. Sus identidades, por tanto, se definen de modo competitivo. Así, interesar a otros actores consiste en construir mecanismos persuasivos que los atraigan y los alineen de determinada manera en detrimento de otros que quieran definir sus identidades de otras formas diferentes. Estas estrategias, en definitiva, crean vínculos sociales entre esos actores. El proceso de «interesamiento» es dinámico y flexible, puesto que durante su desarrollo la identidad y la «geometría» de los actores interesados cambian. Solo si El País consiguió con éxito desconectar otras asociaciones pre-existentes que los ciudadanos o los políticos pudieran tener con otros
agentes, puede decirse que tuvo lugar el enrolamiento, aunque solo fuera temporalmente (Singleton y Michael, 1998). 3er momento. El enrolamiento o cómo coordinar los roles. Las estrategias de «interesamiento» no siempre derivan en la formación de alianzas, es decir, no necesariamente se logra el enrolamiento de determinados actores. En su análisis de los intereses, Callon y Law (1998) hablan de «enrolamiento» o «formación de redes» para designar el proceso mediante el cual determinados actores emplean sus intereses como estrategias para conseguir la adhesión a sus propios proyectos de otros actores. Como apuntan Doménech y Tirado (1998): «La atribución, manipulación y el intento de transformación de los intereses es una de las estrategias por las que se propone y se genera un orden provisional, un orden social, una realidad más o menos estable». Para enrolar, por ejemplo, a los responsables políticos encargados de regular las prácticas tecnocientíficas que involucran a embriones humanos, éstos primero tienen que saber distinguir entre clonación terapéutica y reproductiva, los beneficios de la primera y los perjuicios de la segunda. Hay, no obstante, muchas fuerzas que pueden jugar en contra de este objetivo. Las afirmaciones raëlianas parecen evidentes, de ahí los esfuerzos del periódico por elaborar un discurso propio, coherente con el discurso referido de los científicos, que socavara no solo el anuncio en sí mismo, sino a la secta como institución. El enrolamiento es un proceso de alianzas, fuerzas adversas, negociaciones y consensos. 4º momento. La movilización de los aliados. El problema de la representatividad. Aunque la retórica de la racionalidad de la ciencia induzca a creer que la «comunidad científica» es una entidad uniforme, sólida, y regida por los imperativos morales imaginados por la escuela mertoniana, lo cierto es que esta comunidad es heterogénea e incluso dispar en cuanto a intereses y objetivos. La reacción de los científicos ante la posibilidad inminente de clonar seres humanos no fue ni mucho menos unánime (Fernández Buey, 2000). Sin embargo, El País movilizó determinados aliados para defender la necesidad de la distinción entre la clonación terapéutica y la reproductiva, y su regulación
jurídica. El periódico negoció el «interesamiento» de los responsables políticos y de la opinión pública mediante la selección de unos pocos científicos afines a sus argumentos, y de un discurso que debilitaba las tesis de los raëlianos. Por lo tanto, hablando con propiedad El País no entabló relación con entidades abstractas o virtuales, sino con individuos que podían ser o no portavoces representativos de esas entidades. No es la «comunidad científica» en su conjunto la que estaba convencida de la distinción y de la necesidad de regular la clonación humana a favor de la terapéutica, sino solo unos pocos científicos consultados. No es toda la opinión pública, sino aquellas personas o colectivos (como, por ejemplo, la Federación de Diabéticos Españoles) que por diversas razones les apremia que se regule la investigación con embriones humanos y se autorice la utilización de tecnologías reprogenéticas. No son todos los políticos, sino aquellos para los que no supone un impedimento moral este tipo de investigación, o tienen intereses políticos y económicos en que determinadas empresas biotecnológicas se desarrollen, o, aun teniendo trabas morales, son capaces de considerar el bien común para la sociedad. No son los embriones clónicos como unidad conceptual, sino solo aquellos que se desarrollan hasta una fase muy temprana (blastocisto) de la embriogénesis, y que, por tanto, según determinados criterios, carecen del estatuto ontológico de ser humano. En todos los casos «se ha interesado a unos pocos individuos en nombre de las masas que representan (o que dicen representar)» (Callon, 1995). Centremos ahora el interés en los embriones clónicos, quizás los agentes que por su naturaleza no humana (o consciente) pueden resultar equívocos. La única referencia a los embriones clónicos proviene de la empresa ACT que anunció en noviembre de 2001 que había logrado clonar un «embrión humano». Sin embargo, este supuesto embrión no había pasado del estado de 6 células. Este «logro», publicado en la revista especializada Journal of Regenerative Medicine, fue muy controvertido y recibió innumerables críticas, puesto que una masa celular tan exigua, alejada del estadio de blastocisto (100-200 células), no parece ser la más idónea para utilizarse como fuente de células madre embrionarias. Para los investigadores de ACT, en principio, las 6 células ya representaban un «embrión humano»,
potencialmente explotable como fuente de células madre, y susceptible de desarrollarse en ser humano si fuese implantado en el útero de una mujer. Para otros expertos ese resultado era preliminar y más bien limitado, y su comunicación por canales expertos y populares obedecía más a criterios comerciales que a científicos (Gil, 2001). Fuera un «pobre experimento» o un «avance espectacular» en la investigación terapéutica con embriones humanos, el caso es que ACT, gracias a su anuncio, se ha erigido -advierte Lee Silvercomo la empresa que tiene más posibilidades de «clonar un embrión humano útil para la medicina» (texto 10). En el debate ACT se presentó como una empresa solvente, cuyo esfuerzo está orientado a salvar a millones de afectados por enfermedades hoy por hoy incurables. Durante el debate, no se hace la menor alusión a los posibles intereses publicitarios del anuncio que realizaron en noviembre de 2001. Sus «embriones» son legítimos. Los que supuestamente crearon los raëlianos, no. A pesar de que en la polémica pública no existieron referencias acerca del controvertido estatuto humano del embrión, el periódico implícitamente otorgó valor a unos embriones sobre otros. El País no exhibió a los embriones clónicos, pero sí aportó porcentajes de viabilidad, estados celulares moral y científicamente aceptables e inaceptables, técnicas reprogenéticas consensuadas, experimentos plausibles, etc., para así mostrar la legitimidad de unos embriones (los de ACT) y la ilegitimidad de otros (los de Clonaid). Se ha producido un desplazamiento de los embriones. Ha habido un proceso de traducción. El País, como agente promotor del debate en torno a la clonación humana como un problema de política científica, representó implícita y explícitamente a los distintos actores involucrados en el debate. Sin embargo, no todos los actores estuvieron representados, ni los que lo estuvieron recibieron el mismo tratamiento de representatividad. Los científicos e instituciones científicas consultados fue el grupo con mayor representatividad, tanto en diversidad (14 actores diferentes) como en cómputo total de citas directas (22 en total), desplegando el discurso de la racionalidad de la ciencia. Las citas directas es una señal inequívoca de que al colectivo de los científicos se le otorgó en el debate la mayor credibilidad. A continuación les siguen los portavoces raëlianos (Claude Vorilhon y Brigitte Boisselier), que a pesar de ser
Movimiento Raëliano Comunidad Científica Impostores (aviesos) Honestos (ethos mertoniano) Investigación con fines lucrativos Investigación con fines altruistas Defensores de la clonación reproductiva Defensores de la clonación terapéutica Charlatanes y mixtificadores Depositarios de la verdad y legitimados por su credibilidad profesional Integrado por sectarios iluminados Integrada por científicos cautos y responsables Investigaciones clandestinas, sin aportar pruebas científicas, fraudulentas Investigaciones basadas en la aplicación de los estándares científicos Laboratorios secretos Laboratorios autorizados Objetivo último de la clonación: alcanzar la vida eterna y crear un ser vivo totalmente artificial Objetivo último de la clonación: curar a millones de personas aquejadas de diversas enfermedades Tabla 3. Caracterización de los rasgos antagónicos de los que se vale El País para construir las imágenes de los raëlianos y de la «comunidad científica». Notas i En la terminología de Callon (1995) se describe este «embudo» como un «punto de paso obligado». Se trata de la capacidad de persuasión que un determinado actor tiene de forzar a otros a dirigirse a lo largo de canales particulares y obstruirles así el acceso a otras posibilidades. Si tal actor logra imponer a los otros su perspectiva, que consiste básicamente en plantear que los problemas de aquéllos solo pueden resolverse si pasan a través de ese punto de paso obligado, su estrategia habrá tenido éxito, por lo menos transitoriamente. ii Remitimos a la «Bibliografía periodística analizada» para que el lector pueda saber la procedencia de un texto determinado. iii En el lenguaje religioso tradicional la palabra secta tiene una clara resonancia despectiva. «Por oposición a Iglesia, secta designa un pequeño grupo secesionista que reúne a los discípulos de un maestro herético. [...] En cambio, en sociología, la palabra pierde su carga de normatividad y de desprecio para designar un grupo contractual de voluntarios que comparten una misma creencia.» (Woodrow, 1986: 12). Parece evidente que es su acepción religiosa tradicional, y no la sociológica, la que se impone en los textos de nuestro corpus de análisis. iv Para eliminar el posible sesgo humano que imprime la palabra «actor», algunos autores utilizan la noción semiótica de actante. Nosotros utilizaremos el término «actor» siempre que hablemos genéricamente y cuando nos refiramos específicamente a agentes humanos, mientras actante lo emplearemos solo cuando se trate de no humanos.
v Los mapas de intereses son formas ubicuas por medio de las cuales los actores hacen simplificaciones reduccionistas de un mundo social complejo. «Atribuyen intereses relativamente estables a otros actores al tiempo que ignoran complejidades interminables en sus motivos, pretensiones y acciones como si prácticamente no tuvieran importancia. Éstos son, pues, mapas de trabajo, y no (como si tal cosa fuera posible) representaciones totales de la realidad.» (Callon y Law, 1998). vi El propio Ian Wilmut fue una de las voces más críticas al afirmar que: «En términos de avance sobre la clonación humana, es bastante irrelevante y el anuncio parece indicar que necesitan publicidad para refinanciarse.» (Gil, 2001). Según la opinión de distintos expertos, el experimento de ACT no era técnicamente complejo, y su amplia difusión pública fue más una estrategia de marketing encaminada a poner en boca de todos el nombre de la compañía que a dar a conocer un logro científico excepcional. Referencias • AGOSTINELLI, Alejandro (2003): «Clonando noticias: El show raëliano ¿debe continuar?», El escéptico, Invierno 2002 y Primavera 2003, pp. 24-29. • CALLON, Michel (1986/1995): «Algunos elementos para una sociología de la traducción: la domesticación de las vieiras y los pescadores de la bahía de St. Brieuc», en IRANZO, Juan Manuel et al (comp..): Sociología de la Ciencia y la Tecnología, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, pp. 259-282. • CALLON, Michel (1998): «El proceso de construcción de la sociedad. El estudio de la tecnología como herramienta para el análisis sociológico», en DOMÉNECH y TIRADO (comps.): Sociología simétrica. Ensayos sobre ciencia, tecnología y sociedad, Barcelona, Gedisa. • CALLON, Michel y John LAW (1998): «De los intereses y su transformación. Enrolamiento y contraenrolamiento», en DOMÉNECH y TIRADO (comps.): Sociología simétrica. Ensayos sobre ciencia, tecnología y sociedad, Barcelona, Gedisa. La referencia original es: CALLON, Michel y John LAW (1982): «On interests and their transformation: enrolment and counterenrolment», Social Studies of Science, 12: 615-625. • COLEMAN, Cynthia-Lou (1995): «Science, technology and risk coverage of a community conflict», Media, Culture & Society, Vol. 17: 65-79.LATOUR,
Bruno (1987): Science in Action, Cambridge (Mass.): Harvard University Press. Traducción española: Ciencia en acción, Barcelona: Labor. • DOMÈNECH, Miquel y Francisco Javier TIRADO (1998): «Claves para la lectura de textos simétricos», en DOMÉNECH y TIRADO (comps.): Sociología simétrica. Ensayos sobre ciencia, tecnología y sociedad, Barcelona, Gedisa. • ENTMAN, R. (1993): «Framing: toward a clarification of a factured paradigm», Journal of Communication, 43: 51-58. • FAIRCLOUGH, Norman (1995): Media Discourse, London: Edward Arnold. • FERNÁNDEZ BUEY, Francisco (2000): «Sobre tecnociencia y bioética: los árboles del paraíso – parte II», Bioética, Vol. 8, No. 2: 187-204. • GIL, Carlos (2001): «Clonación humana: más marketing que ciencia...y poca ética», Diario Médico, 28 de noviembre de 2001. Disponible en: http://diariomedicovd.recoletos.es/edicion/noticia/0,2458,81022,00.html • GOFFMAN, Erving (1974): Frame Analysis: An Essay on the Organization of Experience, London: Harper and Row. • HABERMAS, Jürgen (1970): Toward a rational society: Student protest, science and politics, Boston: Beacon Press. • HOPKINS, Patrick D. (1998): «Bad copies: How popular media represent cloning as an ethical problem», Hastings Center Report, 28(2): 6-13. • HORNIG PRIEST, Susanna (1994): «Structuring public debate on biotechnology», Science Communication 16 (2): 166–179. • HORNIG PRIEST, Susana (2001a): «Cloning: a study in news production», Public Understanding of Science, 10: 59-69. • HORNIG PRIEST, Susanna (2001b): «The Cloning Story», en A Grain of Truth. The Media, The Public, And Biotechnology, Rowman & Littlefield Publishers. • LATOUR, Bruno (1987): Science in Action, Cambridge (Mass.): Harvard University Press. Traducción española: Ciencia en acción, Barcelona: Labor. • LATOUR, Bruno (1995): «Dádme un laboratorio y moveré el mundo», en Juan Manuel IRANZO et al (comps.): Sociología de la ciencia y la tecnología, Madrid: CSIC: 237-257. La referencia original es Bruno LATOUR (1983):
«Give me a Laboratory and I will Raise the World», en KNORR-CETINA, K. y Michael MULKAY (eds.): Science Observed, London: Sage. • LIZCANO, Emmánuel (1996): «La construcción retórica de la imagen pública de la tecnociencia: impactos, invasiones y otras metáforas», Política y Sociedad, 23: 137-146. • LÓPEZ CEREZO, José A. y José Luis LUJÁN (1997): «Ciencia y tecnología en contexto social: Un viaje a través de la controversia», en RODRÍGUEZ ALCÁZAR, F. Javier et al (eds.): Ciencia, tecnología y sociedad: Contribuciones para una cultura de la paz, Granada: Instituto de la Paz y los Conflictos. Universidad de Granada. • MERTON, Robert K. (1980): «Los imperativos institucionales de la ciencia», en Barry BARNES (comp.): Estudios sobre sociología de la ciencia, Madrid: Alianza. La referencia original es Robert K. MERTON (1942): «Science and technology in the democratic order», Journal of Legal and Political Sociology, vol. 1. • NELKIN, Dorothy (1989): «Communicating Technological Risk: The Social Construction of Risk Perception», Annual Review of Public Health, 10: 95- 113. • NELKIN, Dorothy (1994): «Promotional metaphors and their popular appeal», Public Understanding of Science, 3: 25-31. • NERESINI, Federico (2000): «And man descended from the sheep: the public debate on cloning in the Italian press», Public Understanding of Science, 9: 359-382. • PETERSEN, Alan (2001): “Biofantasies: Genetics and Medicine in the Print News Media”, Social Science & Medicine, 52: 1255-1268. • PETERSEN, Alan (2002): «Replicating Our Bodies, Losing Our Selves: News Media Portrayals of Human Cloning in the Wake of Dolly», Body & Society, 8(4): 71-90. • RIP, Arie (1986): «Controversies as Informal Technology Assessment», Knowledge: Creation, Diffusion, Utilization, 8/2: 349-371. • SCHEUFELE, D. (1999): «Framing as a theory of media effects», Journal of Communication, 49: 103-122.
• SEMETKO, H. y P. VALKENBURG (2000): «Framing european politics: a content analysis of press and television news», Journal of Communication, 2: 93- 109. • SINGLETON, Vicky y Mike MICHAEL (1998): «Actores-red y ambivalencia. Los médicos de familia en el programa británico de citología de cribaje», en DOMÉNECH y TIRADO (comps.): Sociología simétrica. Ensayos sobre ciencia, tecnología y sociedad, Barcelona, Gedisa. • SMART, Andrew (2003): «Reporting the dawn of the post-genomic era: who wants to live forever?, Sociology of Health & Illness, Vol. 25, No. 1: 24-49. • WOODROW, Alain (1986): Las Nuevas Sectas, México: Fondo de Cultura Económica. Bibliografía periodística analizada • TEXTO 1: TOWNSEND, Rosa y Emilio DE BENITO (2002): «La comunidad científica pone en duda que la secta de los raelianos haya clonado un bebé», El País, 28 de diciembre de 2002. • TEXTO 2: TOWNSEND, Rosa (2002): «Abducido por Elohim», El País, 28 de diciembre de 2002. • TEXTO 3: DE BENITO, Emilio (2002): «Una técnica arriesgada y con un bajo índice de éxitos», El País, 28 de diciembre de 2002. • TEXTO 4: TOWNSEND, Rosa (2002): «EE UU investigará la clonación del primer bebé», El País, 29 de diciembre de 2002. • TEXTO 5: R. M. (2002): «Terapéutica, sí; reproductiva, no», El País, 29 de diciembre de 2002. • TEXTO 6: MARTÍ, Octavi (2002): «Racismo, ciencia y una buena cuenta corriente», El País, 29 de diciembre de 2002. • TEXTO 7: DUMAY, Jean-Michel (2002): «La clonación es una etapa hacia la vida eterna, dice Rael», El País, 29 de diciembre de 2002 (traducción del artículo publicado en Le Monde). • TEXTO 8: New York Times (2002): «Expertos en células madre acusan a los raelianos de “irresponsables”», El País, 30 de diciembre de 2002.
• TEXTO 9: TOWNSEND, Rosa (2002): «El periodista encargado de verificar la clonación es un defensor del ocultismo», El País, 31 de diciembre de 2002. • TEXTO 10: SAMPEDRO, Javier (2003): «”Hay una posibilidad muy real de que algún grupo de granujas clone un bebé”», El País, 4 de enero de 2003. • TEXTO 11: SAMPEDRO, Javier (2003): «Dos riesgos y un temor», El País, 4 de enero de 2003. • TEXTO 12: TOWNSEND, Rosa (2003): «Los raelianos se echan atrás y no le hacen pruebas de ADN al supuesto bebé clonado», El País, 4 de enero de 2003. • TEXTO 13: FERRER, Isabel (2003): «Clonaid dice que ha nacido un segundo bebé clonado», El País, 5 de enero de 2003. • TEXTO 14: EDITORIAL (2003): «Falsos nefastos clones», El País, 7 de enero de 2003. • TEXTO 15: SAMPEDRO, Javier (2003): «La llegada de los clones», Suplemento dominical «Domingo» de El País, 12 de enero de 2003. • TEXTO 16: AGENCIAS (2003): «Un juez de Florida pide a los raelianos que identifiquen a su supuesto clon», El País, 13 de enero de 2003. Autor Miguel Alcíbar es licenciado en Ciencias Biológicas y doctor en Comunicación. Pertenece al Grupo de Investigación en “Comunicación y Cultura”, adscrito al Departamento de Periodismo I de la Facultad de Comunicación, Universidad de Sevilla (España). Sus intereses se centran en la representación social que los medios realizan de las controversias tecnocientíficas, en especial de aquellas relacionadas con la investigación biomédica.