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D. José Hernández Díaz en el recuerdo

Gutiérrez-Álviz y Armario, Faustino

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SESIÓN PÚBLICA EN RECUERDO DEL FALLECIDO ACADÉMICO PREEMINENTE EXCMO. SR. D. JOSÉ HERNÁNDEZ DÍAZ 5 DE MARZO DE 1999 , , , D. JOSE HERNANDEZ DIAZ EN EL RECUERDO Por FAUSTINO GUTIÉRREZ-ALVIZARMARIO Nació, vivió y murió en Sevilla; en su Sevilla a Ja que tanto amó y a la que en su parte hi stórico artística destruida, por la furia reformista y afanes especulativos, sintió como desgarros producidos en su alma de erudito historiador del arte. Motivos de orden cronológico me han traído a esta tribuna en esta sesión en la que nos ponemos a evocar el recuerdo del acadénúco recientemente desaparecido, cuando ocupaba, desde hacía varios años, el honroso rango de académico preeminente más antiguo: el número uno en nuestro escalafón. No tomo la palabra como especialista en las di sciplinas que por vocación y oficio cultivó nuestro colega. Sólo puedo hacerlo como un modesto compañero universitario y acadénúco que a lo largo de mas de cincuenta años coincidió con D. José en diversidad de actividades y supo de sus quehacere s centrados ilu sionadamente en esta Sevilla a la que dedicó sus afanes de modo casi exclusivo, pues sus escapadas a Madrid para servir una dirección general en el ministerio de Educación o su aceptación a una plaza de numerario en la Real Academia de San Femando, las contempló como un servicio más a su siempre presente Sevilla. Mirando hacia atrás podríamos sintetizar su vida afirmando que vivió una vida de sacrificio, pero callado y silencioso, de irse consumiendo en un esfuerzo continuado que se dedicaba preferentemente a la enseñanza universitaria, a la defensa del patrimonio artístico de la ciudad, a la investigación de sus obras e identifica- 78 FAUSTI NO GUTIÉRREZ-ALVIZ AMARIO ción de los más esclarecidos autores, a la divulgación ci en tífica, tras haber agotado su capacidad investigadora. Murió cuando había cumplido con creces su etapa de docencia oficial, cuando su magisterio del que no podía abdicar ven ía limitado por sus limitaciones físicas. Murió, pero, bien se podría mejor utilizar la expresión francesa, tan llena de espíritu de afirmar en lugar de "ha muerto" ha vivido; ha dejado de vivir, pero sobre todo ha vivido; porque no todos los que mueren han vivido. Alguien ha recordado, en una ocasión como la presente, aq uéllos versos de Machado cuando en 1915 con referencia a D. Fra ncisco Giner de lo s Río s, nos decí a: Vi v id, la vida sigue los muertos mueren y las sombras pasan lleva quien deja y vive el que ha vivido. Sí, vive, sigue viviendo el que ha dejado de vivir, si es que efectivamente vivi ó. Terminó su existencia física, pero sig ue y seguirá viviendo entre nosotros sus compañeros y entre los sevillanos s us paisanos porque nos dejó unas obras y unas con ducta s. Es mucho lo que nos dejó. Dejó de vivir, pero vivió: "lle va quien deja y vi ve el que ha viv id o". A la hora de valorar lo que hombres como D. José -así se le llamaba por quienes no pudieron alcanzar el cordial Pepeno s legó como universitario, docente e investigador y como hombre, como ejemplo de vida, surge en mi ánimo la tentación de añorarle a través de recuerdos de mi propia vida universitaria. No en vano mi más remoto recuerdo del académico de saparecido he de unirlo al momento de mi acceso como a lumno al viejo caserón de Laraña, presidido por la estatua del fundador Maese Rodrigo y concluye con de su última aparición en esta casa. Entre ambos polos podría abocetarle como jo ven profe so r, como Catedrático de la Escuela Superior de Bellas Artes y de la Facultad de Filosofía y Letras, como Decano, Rector, Académico, político a escala nacional y local, Alcalde de Se villa, Presidente de la Real Academia de Santa Isabel de Hungría, cofrade ejemplar de diversas Hermandades y especialmente de la de Los Estudiantes, la Esperanza Macarena, etc, et c. Al llegar a la Universidad, a través de su Facultad de Derecho, en octubre de 1932, los al umnos nos hallábamos ante un o de D. JO SÉ HERNÁNDEZ DÍAZ EN EL RECUERDO 79 ------ esos inexplicables esperpentos de nuestro ordenamiento docente: El pl an de estudio establecido a la sazón exig ía que los alumnos de Der ec ho cur sasen dos asignaturas del primer curso del plan vigente para Filosofía y Letras, la Facultad vecina. Tal exigenc ia derivaba de la estimación de que dichas asignaturas; -latín, hi storia de España e introducción a la Filosofía-, se habían considerado, con anterioridad, como preparatorias para los estudios jurídicos. Pero en aquél momento, por exigencias estudiantiles, resultados de huelgas y altercados, dejaron de tener tal carácter y pasaron a s er meramente complementarias y, ¡oh disparate!, podían cursarse no como previas o en el primer año, sino a lo largo de los cinco cursos de la licenciatura. Más de uno terminaba el cupo de las asignatur as jurídicas y se hallaba pendiente de l as dichosas complementarias para poder obtener el deseado título. De aquí que, como recuerdo, llegado a la Universidad tuviésemos interés en conocer el ambiente de competencia y de exigibilidad que las dichas asignaturas complementarias nos supondrían en el futuro, ya que habríamos de compatibilizarlas con las del plan de estudios jurídicos. Entre los jóvenes profesores de la Fa cultad del segundo patio, D. Jo sé Hernández Díaz de s tacaba por su se ntido de responsabilidad y cumplimiento docente. Era uno de aquéllos profe so res que veíamos refugiarse en unos apartamentos e instalaciones que denominaban curiosamente Laboratorio de Arte y que se turnaban en la función docente desempeñando las cátedras que se encontraban vacantes como consecuencia de los vaivenes políticos. Junto a Hemández Díaz, habría de record ar otros nombres: Callantes de Terán, Sancho Corbacho, Muro Orejón, Gonzál ez Nandín, etc. Todos ellos, andando el ti empo, habrían de ofrecer a la Universidad y a S ev illa el fruto de sus desvelos in vestigadores y de catalogación del tesoro artístico de la capital y provincia. Desde ese hito inicial, (con D. José h ub e de cu rsar en el año último de la li ce nciatura la introdu cc ión a la filosofía), la relación fue progresivamente en aumento pues ya yo Catedrático en Sevilla, su posterior retomo como Catedrático de la Escuela Superior de Bell as Artes y de la Facultad de Filosofía y Letras, nos se ntimos vinculados en una tarea común tan ilusionante cual la de la adaptación de la antigua fábrica de tabacos para sede de la Universidad hispalense y, más adelante, en las de ac omodación y traslado de l as Academias al palacio de los Pinelo. 80 FAUSTINO GUTIÉRREZ-AL VIZ AMARIO Quiero pensar que no sería un trabajo en vano acometer la tarea de historiar con todos los pormenores posibles cuanto representó la idea, primero, y su feliz realización, después. No valoramos hoy con justicia lo que corno conquista para Sevilla ha representado la modernización del antiguo caserón de tabaco s. El acierto en la constitución de un órgano eficiente para hacer realidad el empeño, la creación de la denominada Junta de Obras para la adaptación de la Real Fábrica de Tabacos para Universidad de Sevilla; la selección de los arquitecto s; la integración en la Junta a Catedráticos vinculados con la ciudad de modo permanente; las propias normas de actuación del organismo singular que escapaba de los anquilosados tradicionales de la pobre burocracia universitaria, serían todos ellos elementos a considerar. Hernández Díaz fue el piloto eficaz para llevar a buen puerto la nave reformadora. Como Vice-Rector y Rector presidió tan eficaz organismo. ¿Quién hoy recuerda el estado de la vieja fábrica al acometerse su reforma, el abandono e incuria del vetusto cuartel alojado en la parte que sería sede de la Facultad de Derecho, la propia estructura interior del inmueble y el exorno de sus fachadas enriquecidas por las escaleras y portadas de las tres facultades?. Si hoy Sevilla puede sentirse orgullosa del edificio de su Universidad, enclavado como una joya en el centro de su casco urbano, en gran parte ello se debe al trabajo desinteresado de quienes con D. José como guía laboraron incansablemente por el logro del propósito. Ojalá ahora sepan los responsables del momento dar destino adecuado al edificio que se adoptó para sede de las tres facultades tradicionales y de los servicios de gobierno y administración, respetando las líneas maestras que presidieron su adaptación reformadora. La intensa vida cultural del recordado académico no puede concretarse en una enumeración más o menos exhaustiva de su producción científico investigadora. Un frío sumario bibliográfico podría, a lo más, justificar lo extenso de su producción escrita. En ella destacarían sus estudios sobre Juan de Mesa, Martínez Montañés, Ocarnpo, Pérez Comendador, etc, amén del "Catálogo arqueológico y artístico de la provincia de Sevilla". Con ser tan trascendente y abundante la obra de D. José, no quiero referirme a ella, porque quienes tienen autoridad para ello la han venido haciendo en sesiones y trabajos necrológicos y recordatorios. Y o no puedo hacerlo por falta de autoridad y com- D. JOSÉ HERNÁNDEZ DÍAZ EN EL RECUERDO 81 petencia, pese a que esa producción científica le ha convertido en figura nacional en el ámbito de la especialidad, en el arte baIToco, en la imaginería hi spalense, en sus grandes figuras representativas. Para los que Je tratamos y fuimos sus amigos, su personalidad total llega a oscurecer su obra científica; cada una de sus facetas brilla tan fuertemente que deja casi en la sombra sus muc ho s aciertos investigadores. Como persona, fue hombre de ideas claras, de voluntad decidida y emprendedora, con una visión limpia perspicaz de los aspect os positivos de la vida. Mi circunstancial relación como alumno, de una de las mal impuestas asignaturas complementarias, como quedó dicho, no me autorizaría para valorar su verdadero magisterio como posterior Catedrático de Historia del Arte. Sí pude vislumbrar que en aquéllos años republicanos formaba parte de una escuela o equipo en torno a un maestro, el Profesor D. Francisco Murillo Herrera y en círculo investigador denominado Laboratorio de Arte. Cuando andando el tiempo nuestro recordado compañero ocupa la cátedra de un día su maestro, no só lo se habrá producido una alternativa fecunda, sino que la Escuela sevillana de Historia del Arte llevará el impacto que supo marcar D. José rodeándose de verdaderos di scípulos, pues un don innegable del magisterio es transformar a los alumnos en discípulos y conseguir que los que lo han sido de verdad continúen siéndolo después de terminar sus cursos oficiales. Hernández Díaz creó discípulos en su Facultad de Filosofía y Letras, en la Escuela Superior de Bellas Artes y en cuantos lugares ejerció función docente: ocasionalmente en institutos de segunda enseñanzas (durante los años de la Guerra Civil) y en el propio Seminario Metropolitano. Para D. José, la Historia del Arte, lo mismo que cualquier otro género de historia, tiene que ser una creación viva y orgánica. La ciencia es su punto de partida, pero el arte es su término, y sólo un espíritu magnánimo puede abarcar la amplitud de tal conjunto y hacer brillar de él la centella estética. Para conocer de verdad una cosa hay que amarla antes, hay que simpatizar con ella. Nuestro evocado compañero amaba el arte que historiaba. Quizás algunas notas muy simples pudieran alumbrar las grandes líneas de su magisterio. 82 FAUSTINO GUTIÉRREZ-ALVIZ AMARIO Para él la obra de arte, antes que colectiva es individual. La ciencia se transmite y disfunde siempre con más facilidad y rapidez que el arte, porque no está sujeta en el mismo grado que él a condiciones de raza, de religión y de lengua. Es cierto que el arte, en su manifestación histórica no se concibe aislado del medio social ni independiente de los demás órdenes de la vida. La complejidad de su saber docente tenía presente lo que en su día afirmó el magisterio de Menéndez y Pelayo: la dificultad de una tarea. Todo el mundo conviene en que es mucho más fácil juzgar una comedia o una novela que un cuadro o una estatua, y lo confirma el hecho de haber existido tantos y tan excelentes críticos literarios desde la antigüedad más remota y ser, por el contrario tan pocos los que han juzgado las producciones de las demás artes. Nuestro D. José, entre no so tros fue un maestro en la crítica que historiaba. Su bibliografía nos ofrece un claro ejemplo de lo que podríamos denominar crítica positiva, del empleo de un método histórico comparativo, lento y minucioso. Para el profano ¿puede haber cosa má s interesante que seguir paso a paso la elaboración de una obra de arte en la mente de su autor; asistir si es posible a la creación de su figuras y a conjugar todos los elementos que contribuyeron a la plasrnación de la obra artística? Pensemos que es un grave error creer que los contemporáneos pueden ser los mejores jueces de un autor o de una obra, para así desmerecer Ja labor de los posteriores investigadores. Por el contrario, por lo mismo que los coetáneos sienten más la impresión inmediata respecto del autor de la obra, son los menos abonados para formular el juicio definitivo. Frente a la percepción inmediata, muy condicionada, de la posteridad vendrá la verdadera crítica histórica, menos subjetiva y más jus ta al poder valorar múltiples circunstancias de todo tipo. Así también ahora, tras el fallecimiento del Profesor Hernández Díaz comenzaremos a estar en condiciones de apreciar y valorar adecuadamente su obra en lo que incidirán quienes nos sucedan. Superados los años estudiantiles y lograda la coincidencia vocacional dentro del claustro universitario, sí pude vislumbrar la trascendencia en su labor universitaria y docente de su oratoria. Su exposición oral estuvo en todo momento presidida por la nota de la claridad. D. JOSÉ HERNÁNDEZ DÍAZ EN EL RECUERDO 83 La oratoria de D. José me llevaría a afirmar que en él predominaba más que el orador el expositor, el maestro que imparte la enseñanza en la Universidad. Académicamente, su exposición era metódica, ajustada. En todo momento su verbo se caracterizaba por la sobriedad, que no quiere decir solamente brevedad, "c uando el pensamiento es ágil y rápido, el lenguaje brota por sí mismo". Como expositor universitario, como conferenciante y aún como orador político, siempre ofreció el mismo tipo de oratoria. Caracterizada por la sobriedad; decir todo lo necesario y nada más. Decirlo con las palabras necesarias y ninguna más; hablando con naturalidad y con decoro; compenetrándose con el auditorio; llegar a su espíritu. Estas fueron sin duda característica de la exposición oral de Hemández Díaz, como lo fueron también las de su exposición escrita, en sus facetas científicas y divulgadoras en las que no he querido entrar. Pero, aún mas, su gran energía la puso al servicio de la enseñanza, de Ja investigación y podríamos verla completada en el laboratorio de Arte. Un discípulo suyo ha podido escrito: "D. Jo sé ha estado obsesionado porque la espléndida creación que saliera de las manos taumatúrgicas de su maestro D. Francisco Murillo mantuviera su papel de proel en la documentación e investigación de nuestro deslumbrador pasado artístico". Su acierto estuvo también en haber hallado, para cumplir la tarea, una buena falange de colaboradores con los que acometer y finalizar concienzudos "estudios de temas y períodos claves del ayer hispalense". D. José, pues, supo ser discípulo y al propio tiempo crear escuela. Alentó multitud de trabajos ajenos, que a la hora de completar su bibliografía deberían computarse en su haber. Me he referido casi incidentalmente a su quehacer político. Política no es sólo la actividad pública en pro del bien común de la generalidad de los ciudadanos. También, como tal, puede ser considerada la actividad de gestión y de gobierno que Hernández Díaz ejerció en los distintos organismos docentes en los que se encontró encardinado. Su actividad como Director de la Escuela Superior de Bellas Artes, desde su inicial instalación has ta su completo funcionamiento como facultad universitaria, su gestión en la Facultad de Filosofía y Letras, su Rectorado