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Un ensayo de reconstrucción de la vestimenta de los aborígenes de las Islas Canarias

Rodríguez Rodríguez, Amelia

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Un ensayo de reconstrucción de la vestimenta de los aborígenes de las Islas Canarias Amelia del Carmen Rodríguez Rodríguez. Oto. de Ciencias Históricas. Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. En este trabajo se va a intentar exponer parte de la información con que contamos actualmente sobre un tema tan específico como la vestimenta de los antiguos habitantes de nuestro Archipiélago. Antes que nada, es necesario precisar claramente qué es lo que aquí se entiende como vestimenta. En este caso se la considera de una manera amplia, como los distintos aditamentos relacionados directamente con el cuerpo humano. Por lo tanto, no va a analizarse únicamente desde la óptica de su función utilitaria de protección del mismo frente al ambiente exterior, sino desde la perspectiva de que el conjunto de elementos que porta el individuo es, fundamentalmente, la forma más visible que posee para presentarse ante los dem ás. El atuendo forma parte de un código, explícito o implícito, que permite la identificación común de todos los miembros de un mismo grupo (familiar, ciánico, corporativo, étnico, etc.). Al mismo tiempo, sirve a cada individuo para distinguirse específicamente en el seno de ese grupo, introduciendo elementos originales que le son exclusivamente propios, pero que no contradicen ese código establecido. Tanto el individuo aislado, como el grupo , establecen su identidad mediante la oposición al "otro", o a l os "otros", de manera que las representaciones de uno mismo y las de los otros es tablecen una relación dialéctica con el objetivo de llegar a una definición más verosímil de lo que se es y de lo que no se es (González Marrero y Rodríguez Rodríguez, 1998; Ruiz, 199 5) . En este El conoci do ídolo de Zonzam as (según l. Dug, 1988 ). con su tocado en forma de rodete y una estr ec ha faja que ciñe sus caderas, nos recuerda !as alusiones a la desnudez de l os antiguos majo s. Pinolere - 99 contexto el vestido puede indicar dif erencias de edad, de género, de si tu ac ión persona l, de estatus econó mico o socia l, de especia lización laboral, de pertenencia a de terminado segmento de la so- -' ciedad, etc. Est as consider acio n es introd uc - to ri as implican que es muy difíc il reconstruir cómo era la vest im enta de l os abo rí ge n es ca narios, por que, si és ta era símbolo de todas las diferencias a las que he mo s al udido Los espectaculares colgantes y apliques de concha de la isla de Fuerteventura indican la importancia que se prestaba al adorno persona! (fotografía cedida po r El Museo Canario). anteriormente, es indudable que debieron existir mu ch os "modelos" y aún más variaciones individuales. Frente a esto, contrasta la parquedad de l as fuentes de información a las qu e es posible acceder en esta labor de anál isis, establecién dos e aquí nuevamente otra relación dialéctica cuyos resultados son !os que se expondrán a co nt inuación. En primer lugar, es necesario exponer la naturaleza y posibilidades inter pr etativas de ca da una de las fuentes de información que pueden aprovecharse. Dentro de las mismas se debe prestar especial atención a las arqueológicas, pues co nstituyen los úni cos vestigios directos qu e se po seen. En este sentido, !a re lativa cercanía cronológi ca del pasado aborigen, unida a las excepcionales condiciones de preservación de de terminados contextos arqueológico s, han posibi li tado la supe rvivencia de algunos elementos del atuendo personal, incluso de aquellos elaborados en materias perecederas. Así, en Gran Canaria se han conservado faldellines y ot ros fragmentos de tejido conf ecciona dos con fibras vegetales, mientr as qu e el cuero ha sido !a materia prima con la que se elaboraron pantalones y guantes, y del que se conservan igualmente otros fragmentos de morfología ir reconocible. En muchos casos las pieles han sido decoradas co n incisiones, teñidas o pintadas con div ers os motivos, y primorosamente cosidas. En Tenerife sucede otro tanto, aunque no se documenta co n claridad el uso de fib ras vegetales. En La Pa lma las e vi dencias son más pa rcas, co n escasos fragme nt os de cuero y unos curiosos recipientes de junco, que tradicionalmente se han interpretado como cestos, pero que en la descripción or iginal 93 del hallazgo, a fines del siglo pasado, fueron descritos como sombreros (Martín Rodríguez, 1986). En el resto del Archipiélago no se han conservado este tipo de materiales perecederos, pero son comunes los elementos de adorno personal, que también son parte de la vestimenta. Así, se deben incluir las cuentas de collar y los colgantes fabricados en materias óseas, piedra, concha, madera y cerámica. También hay que referenciar piezas compuestas por varios de ellos, como puede ser una diadema de cuero, a la que se cosieron varios conus, que apareció ciñendo la cabeza de una mqmia del barranco de Guayadeque. Como vemos, la mayor parte de los componentes que cubrían o adornaban el cuerpo de los antiguos habitantes de las islas ha llegado hasta nosotros en un estado muy fragmentario, lo que impide relacionarlo directamente con prendas concretas. Cuando el material con el que fueron confeccionados permitió una mejor conservación, lo que falla son las circunstancias de su recuperación. Esto es así, porque en muchas ocasiones proviene de Ja vivienda del aborigen, donde fue perdido o abandonado, desligándose en ambos casos de su verdadero contexto de uso. Si los objetos se documentan en yacimientos funerarios es posible en algún caso, como el anteriormente mencionado de la momia de Guayadeque, que se pueda establecer alguna relación directa, dilucidándose si estaban cosidos sobre el cuero o los tejidos vegetales o se portaban directamente sobre el cuerpo. Sin embargo, de todos es sabido que la mayoría de los enterramientos han sufrido diversas alteraciones, cuando no saqueos, antes de que los arqueólogos hayan podido estudiarlos, por lo que estas relaciones directas son muy difíciles de detectar. Otros vestigios de valor inestimable para la re constru cc ión del vestido son las representaciones figurativas. Así a las figurillas antropomorfas de arcilla, madera y piedra, de indudable adscripción aborigen, debemos sumar las imágenes pintadas y grabadas, cuya identidad cultural es a veces m ás difícil de establece r. Los distintos iconos ofrecen una gran variedad de atuendos y tocados, y los motivos decorativos que exhiben pueden ser interpretados como aditamentos del atuendo o como pinturas o t at uajes corporales. En todo caso, es interesante observar cómo ciertos de esos motivos se repiten sobre los distintos soportes o artefactos: representacion es parietales, instrumentos, recipientes y figurillas. Así, los motivos decorativos realizados mediantes trazos de líneas paralelas, formando haces que pueden articular se a su vez en conjuntos con lín eas orientadas en la misma dirección o alternando con otros grupos de o ri entaci ón perpendicular, pueden ser observadas en las cerámicas, en ciertos grabados rupest re s y en algunas de las pieles decoradas de la isla de Tenerife. En Gran Canaria la variedad de motivos es aún mayor: triángulos, círculos, ajedrezados, etc. aparecen plasmados sobre diversas figuras an tr opomorfas, numerosos recipientes cerámicos y más excepcionalment e, en las representaciones parietales de la Cueva Pintada de Galdar, o en la decoración de uno de !os tehuetes conservados en el Museo Ca nario. Finalmente, no hay que desdeñar la información suministrada por otros artefactos arqueol óg icos que deben 94 relacionarse con la manufac tu ra de los diversos elemen· tos de la vestimenta. En es te caso, se t ra ta de reconstruir la forma de estos aditamentos por medio de los in strumentos que los crearo n. Así, el análisis funcional de obje .. tos confeccionados en piedra tallada, hueso y concha, ha revelado su participación en algún momento del proceso de transformación de la piel en cuero, del trab ajo de mantenimiento de este p ro duct o, de su costura, y de su orna. mentación, y lo mismo puede decir se de la elaboraci ón de otros elementos de adorno personal (Rodríguez Rodr íguez, 1997 y en prensa). Otro gran grupo de fuentes de in fo rmación está constituido por las referencias etnohistóricas. Desde los primeros contactos de los viajeros med ie va les con l as distintas poblaciones insular es, se generó una importante producción escrita en la que se re fl ejaban descripciones del aspecto y costumbres de las mismas. Estos datos no constituían en modo alguno el objetivo principal de las obras, y en su conjunto se puede observar distintos niveles de sensibilidad o curiosidad hac ia las sociedades aborígenes. Además, cuando una prehistoriadora como la que escr ibe estas líneas se aproxima al análisis de es to s escritos, se percata inmediatamente de la necesidad de efectuar una crítica histórica de los mismos, que indague sobre la mentalidad y la naturaleza de las intenciones de los distintos autores. Es imprescindible igualmente conocer la terminología medieval referente a la vestimenta. To do ello me llevó en su momento a solicitar la colaboración de una medievalista para in t en tar solventar alguno de los probleLeonardo Torrianí (1978) rea li zó varias il ust r ac io ne s que recogen el aspecto de ros antiguos habitantes de l as islas. Es ta pareja de bimbaches luce prendas en las que pueden ap reciarse diferentes tratamientos de l as piel es: una co nse rv a el pe lo y la otra es un cuero finamente gamuzado. mas surgidos en el curso de mis inv es tigaciones, y esos intercambios han resultado enormemente fructíferos (Gonzá lez Marrero y Rodríguez Rodrígue z, 1998). En las ed iciones críticas que se han pub lic ado de las fuentes etnohistóricas se ha detectado en muchos casos cómo era práctica común e! recurrir a escritos más antiguos, que en algún caso hoy están perdidos, pa ra relatar los aspectos referidos a las distintas culturas aborigenes. Y es que, algunos relatores no fu eron testigos directos de los hechos que narran, y en ocasiones es noto ri o el lapso de tie mpo transcurrido ent re los sucesos y la publicación de Pi nolere - 99 EL PAJAR. Cuaderno de Etnografía Canaria los datos. En otros casos nuestros cronistas reflejan los recuerdos de «guanches viejos", y no debe desdeñarse la posibilidad de que unos y otros, consciente o insconscientemente, alteren algunos datos. Un tercer grupo de fuentes procede de los estudios etnográficos de las dos últimas centurias, así como de las aplicaciones etnoarqueológicas que venimos intentando establecer. Con respecto a los primeros, son muy conocidos los trabajos de extranjeros como Sabino Berthelot y René Verneau, interesados explícitamente por el pasado aborigen, aunque también hay que tener en cuenta las narraciones de otros viajeros que conocieron las islas y nos han dejado vívidos relatos de su mundo rural. Pero también hubo isleños, como Bethencourt Alfonso o Diego Cuscoy, que conocían íntimamente su tierra y realizaron intensas campañas de encuestas etnográficas, que les sirvieron para interpretar determinados aspectos del pasa· do aborigen (por ej emplo: Bethencourt Alfonso, 1991, 1994 y 1997; Diego Cuscoy, 1951, 1961, 1963, 1968, 1979, etc). Sin embargo, los estudios etnoarqueológicos exigen una rigurosa contrastación de los datos, pues hay que evitar los anacronismos y la falsa imagen de estancamiento que un excesivo reduccionismo interpretativo puede propiciar. El pastor isleño puede ser el heredero consciente o in· consciente de muchas tradiciones aborigenes, pero lo es igualmente de otras tantas de las más variadas procedenci as , y en ocasiones es muy difícil discriminar correctamente la filiación de unas y otra s. Estos tr abajos pioneros -que en much as ocasiones son la única recopilación e xi stente de una rica historia oraldeben aprovecharse, pero tamb ié n deb en somete rs e al mismo análisis cr ít ico que las fuentes et nohistó ri cas. En nuestra experiencia, la etnoarqueología es extremadamente útil en la recons.trucción de los procesos técnicos de transformac ió n de la pi el en cuero, así como en l as labores de costura, tint e, etc. pero los datos referentes a la morfología o la denominación de la vestimenta deben tomarse con más precauc ión. En otros trabajos anteriores he abordado la descripción del vestido y ado rn os de los aborígen es desde pe rs - pectiv as en las que se pr imaban los aspectos te cnológico s, o los de las mentalidades de aquellos que describieron los hechos. Ello con ll ev aba un cierto eje rcic io de generalización, de mane ra que en muchas ocasiones, y para evitar reiteraciones, no se citaban ex haustivamente todas las islas. En este cas o, y teniendo en cuenta las limitaciones que implica esta publicación, se va a in te ntar agluti· nar la información por islas, lo que tambi én puede servir para evaluar las diferencias que ex isten con r es pecto a la cantidad datos re fe rentes a cada una. El orden de exposición será el de su incorporación a la nueva s oc iedad colonial europea. Esta isla, junto a la vecina Fuerte ve ntura, fue la pr imera que mereció la elaboración de una «crónica»: Le Canarien. Esta ha sido objeto de va r ia s versiones que il u stran claramente los div er sos inter ese s que pueden in ducir la redacción de un documento del que en la actualidad podemos extraer i nf or mación paleoetnológica. Es curioso observar cómo los cape ll anes de Bethencourt, autores del relato, aunque exponen alguna obse rvación conju n ta para l as do s isl as , se cen tran en Fuerteventura cuando desc ri ben el aspecto y vestime nt a de sus habitantes. Po r lo tanto, se debe recurr ir a informaciones más tardí as, rea li zadas por autores que en la mayo r parte de los casos ni siquiera pisaron Lanzarote, por lo que, en el mejor de los casos, pudieron contar con i nformaciones orales. Los análisis c ríti cos de estas obr as suelen coincidir en señalar la posibilidad de que fuer an c op ia de un supuesto m an us cr ito coetáneo a la conquista de Gran Canaria, al que Álvarez Delgado (197 7) identifica con la Cró ni ca de Argüe /l o, elaborada hacia 1500 por un miembro de la expedición de Ju an Rejón. Tambi én en este caso es no to ria la distancia cronológica con la ocupación betancuriana, y no sabemos ha sta qué punto cambiaron los «gustos" o los «modelos,, de ve st imenta. En to do caso, la mayoría de las descripciones co in cide en señalar la escasez del vestuario: los ho mb re s desnudos con excepción de una cap a; l as m uj e re s con falda y el pecho desc ubierto ': « .. • se cu bre n con capas de pe ll ejos de cabras ca ídos p or la espalda hasta fas corbas, atadas por el pe zcuezo con correas es su forma es quadrada po r delante s in ab rigo ni empacho en cubrir sus pan es. " (Mar ín de C ub as , [1 986 ]: 14 9) Esta diadema de cuero con apliques cosidos de co nus apareció ciñe ndo la cabeza de una mom ia procedente del Barranco de Guayadeque (f otogra fía cedida por E! Museo Canario). P in ol ere - 99 95 "· .. las mujeres cubren el medio cuerpo de si ntura abajo con pieles hasta los pies». (Marín de Cubas, [1986):149). Sin embargo, esta aparente sencillez se ve contrarrestada por la vistosidad de los tocados. Esta es una de las pocas ocasiones en que se cita el empleo de plumas como adorno, mientras que la preferencia por el color rojo puede considerarse común a todos los antiguos canarios. Debemos recordar aquí, que una de las figurillas antropomorfas más emblemáticas de Canarias; el ídolo de Zonzamas, también ll eva un tocado, consistente en una especie de rodete situado en fo alto de la cabeza. la figura presenta asimismo una suerte de faja o tira que cubre lo que serían las nalgas y, posiblemente, el pubis (Dug, 1988). Otro elemento imprescindible es el calzado. Los célebres mahos parecen ser un necesario complemento para facilitar la marcha sobre la agreste geografía insular. En este sentido hay que destacar que , mientras en Tenerife o Gran Canaria son un aditamento propio de la clase social superior, en el resto del Archipiélago no parecen tener esta connotación. nas especies, corno !os conus, han sufrido unos pro ce - sos de transformación muy elaborados. Otra novedad es la cita de las med ias o borceguíes de Guadarfía, que son una especie de fundas de piel, sin plantill a, que se complementan luego con el calzad o. Como se ha comentado más arriba, los cronistas franceses sí que se detuvieron a describir la vestimenta de l os ha bitantes de Erbania, que se asemeja mucho a la de los habitantes de Lan - za rote: «Las gentes van completamente desnudas, sobre todo los hombres, que sólo llevan una piel con su pelo, atada sobre la espalda. las mujeres tienen una pieza igual, de Ja misma ma - nera, y dos p ie les más, una delante y otra detrás, ceñidas alrededor de la cintura y que les llega hasta las rodi- --: ' /las y van calzadas sin empeine» (Bontier y Leverrier, [1980]:68). .. · /: . « ... llamaban {. .. } al tocado, guapil [ ... ] Traían la barba en punta, el cabello largo, con un bonete de piel, con tre s plumas largas en la frontera; y fas mujeres lo mesmo, con una venda de cuero teñida de colorado, con las tres plumas en la frontera. Eran estas vendas de cuero de cabritos» . (Abreu Galindo, [1977):57) . _,./'" ·: ........ ~-- - .: Sin embargo, Abreu los «Cub re » con más ropa. Esta diferencia puede reflejar un cambio en los hábitos de las gentes de la isla debido a la influencia europea, ya fuera por un deseo de im itación o por imposiciones debidas a prejuicios morales. De todas fo r mas. debemos tener en cuenta que en la Ed ad Media se consideraba que un hombre iba «desnudo» aunque estuviera cubierto con calzas y jubón, atavíos insuficientes para poder mostrarse en público (Bernis, 1979), de forma que nuestros rel ator es pudieron t ambién percibir una escasa vestimenta «Los naturales destas dos is/as, Lanzarote y Fuerteventura, se llaman mahoreros, porque traían calzados de /os cueros de fas cabras, el pelo afuera, Representación de figuras antropomorfas de la isla de La Gomera (según J.F. Navarro, 1996). Aunque todavía no es posible as egurar la adscripción aborigen de este tipo de manifestaciones rupestres, tampoco debe descartarse su utilidad para conocer la vestimenta de los gomeros. Nótese el tocado de la figura pr in cipal, en el que puede distinguirse una pluma. unos como zapatos, a quien ellos llaman maho s» (Abreu Galindo, [1977):54) La posibilidad del uso «democrático» de los zapatos puede ser un signo más de la igualdad que imperaba en la sociedad aborigen de lanzarote. No obstante, existen también descripciones del jefe de la isla, donde la vestimenta sirve para distinguirlo como tal: « ... tenía el Rey Guarfía un bonete como mitra de dos puntas de cuero de cabrón, sembrado a trechos de conchas del mar, la capa de pieles hasta las rodillas, medias o borceguíes, sapatos de un pedazo de cuero envuelto a los pies ... » (Marín y Cubas, f 11986): 150). El tocado se erige nuevamente en la parte más vistosa de la vestimenta, destacando en este caso el empleo de conchas marinas para adornar el cuero. En las dos islas más oriental es del Archipiélago siempre ha destacado la calidad de las industrias malacológicas, pues algu96 como desnudez total. La ropilla era una prenda holgada, corta y con manga, que se usaba sobre el jubón (González Marrero y Rodríguez Rodríguez, 1998 ). « .. . las mujeres traían tamarcos de cueros de cabras, y encima pellicos o ropillas de cuero de camero.» (Abreu Galindo, [1977) :60). «El vestido y hábito de Jos de esta isla era de pieles de carnero como sa lvajes, ropillas con manga hasta el codo, calzón engasto hasta la rodilla, como los de los franceses, desnuda la rodilla, y de allí abajo cubierta la pierna con otra piel hasta el tubillo ." (Abreu Galindo: 60) Otra novedad es la descripción de tocados de piel que conserva el pelo: "Traen el cabello largo, y la cabeza cubierta con un bonete alto de la misma piel[. .. ] las mujeres[ ... ] los mismos bonetes pelosos del mesmo cuero.» (A breu Galindo, (1977] : 60-6i ). Pinolere · 99 EL PAJAR. Cuaderno de Etnografía Canaria Los normandos también pasaron a El Hierro, pero no nos dejaron descripciones de la vestimenta bimbache, teniéndonos que conformar con referencias muy posteriores a los primeros momentos de ocupación de la isla. Será de nuevo Abreu quien ofrezca una descripción más detallada, aludiendo a la existencia de capotes o capotillos, que en la Edad Media consistían en unos sobretodos compuestos por dos paños, que caían por delante y por detrás. En este caso también contamos con la ilustración de la pareja de bimbaches de Leonardo Torriani, donde se observa igualmente que era común consetvar el pelo en las pieles. Mientras, Marín de Cubas alude a la desnudez del torso femenino. «Vestían unos capotes de cuero de camero sin mangas, y encima unos como capotillos hechos de tres pieles de ovejas, la lana por dentro en invierno, y de verano afuera, plegados a la garganta, donde los amarran con /as correas. Las mujeres traían a manera de saya de los mesmos pellejos hasta media pierna, plegadas a las cinturas, y encima otro como capotillo; y estas vestiduras traían sin otra cosa debajo." (Abreu Galindof 1977]: 88). «Su vestido de pi eles a modo de capas ellos, y ena guas ellas, y lo demás desnudo." (Marín de Cubas, [1986]: 158) Para el caso de esta isla también contamos con dibujos de Torriani, donde representa a una pareja con el torso descubierto y con unos faldellines de cuero teñidos de rojo. En este caso Abreu describe un auténtico taparrabos que lucen los hombres, e introduce asimismo el término de ferreruelo, que consistía en una capa sin capucha. «Vestíanse unos tamarcos de cueros de cabra o de ove ja, hechos a manera de ferreruelo, atado al pescuezo y pintado, hasta media pierna [ ... ]y andaban en carnes, con sólo pañetes de cuero pintados [. .. ]y de dos faldas por la cintura y ingles los hombres [ ... ]y todo el cuerpo desnudo [. . .] y las mujeres vestían unas como faldetas de las mismas pieles pintadas, que llamaban tahuyan." (Abreu Galindo, [1977] :74-75) También se alude a distintos tipos de tocado: una especie de tocas o capillas y un simple zurrón. En los últimos años se ha dado a conocer un interesante cúmulo de representaciones parietales en La Gomera, que cuenta entre lo s motivos r ep resentados una serie de figuras humanas de ambos sexos. Muchas de estas figuras llevan gorros, a ve ces con plumas, así como vestiduras talares, faldas, etc. El problema es que no ha pod ido fijarse la época de ej ec ución de los mismos por medio de dataciones direct as, mientras que un anális is de las técnicas de ejecución, dond e predomina la incisión y el rayado, no permite asignarle por el momento una po sición P in olere - 99 relativa en la secuencia de este tipo de manifestaciones rupestres en la isla (Navarro Mederos, 1996) aLas muge res [. . .] la cabeza cubren con zurrones do cabrito." Marín de Cubas, l 1986] :155) "··.las muje res [. . .] cubiertas las cabezas con capillas l1asta los hombr os, de pieles de cabr itos ." (Abreu Galindo. [1977]:75). Uno de los «ídolos,, más hermosos de Gran Canaria es és te, procedente del poblado de Ta ra en Te lde. Los motivos geométric os pintados que lo cubren evocan la posible existencia de decoraciones corporales y ta mb i én corroboran que muchas pieles eran decoradas con pintura. (f otografía cedida por E! Museo Canario). Esta isla es qu izá la que cuenta con un mayo r cúmulo de datos, repa1tidos además por un mayor lapso temporal. Así, las primeras noticias pro vienen de la expedición portuguesa, comandada por Angiolino del Teggia, que hacia 1341 visitó algunas islas y parece que desemba rcó en Canaria. En el relato de l piloto de la nave, Nicolosso da Recco, se adv ierte que algunos datos son producto más probablemente de la especulación que del conocimiento preciso, pero otros sí que responden a la observación dir ecta. No olv i demos que tomaro n varios prisioneros que se ll evaron consigo a Portugal. "· .. Algunos que parecían de co nd ición más elevada, se cubrían con pieles de cabras pintadas de rojo y aman·- llo, que cuando la vista podía alcanzar eran suaves y delicadas y cos idas artificiosamente con tr ipa[ ... ] Sus mujeres se casan y después de casadas us.an el tonelete como l os hombres; pero mientras son doncellas andan completamente desnudas, sin que por eso demuestren vergüenza a/guna»(Millares Torres, 1974: 158-159 ). 97 Existen luego numerosas descripciones del mamen· to de la conquista de la isla, así como de la poster i or cen -· turia. En ellas se recoge una mayor variedad de atuendos. En unos contextos, como el que se muestra en la primera cita se refieren a las distintas clases sociales que había en la isla. En otr os , como en la segunda, al estat us pa rticular de los individuos, referi do aquí a las harimaguadas, y aún hay otros momentos donde se observa un intento premeditado de imitar la «moda,, castellana, como en la tercera cita. " ··. las pieles adobaban a modo de gamuc;as de que hací an su vestido. El primero i más pulido era una tuniceta con medias mangas cerradas hasta la sangradera i por uajo de la cintura, era en hombres i mujeres pr i nc ipales. En la s mujeres ponían ensima como naguas de fa /de/Ión otro atado a la sintura i después otra ropa que las cubría todas como casacón o sobretodo. En los hombres eran tres, el primero de el modo que diximos a modo de justa cor[. .. roto] la rodilla el último de pieles más gruesas i l argo hasta /os pies. Tenían cal9ado a modo de sandalias i medias de vorceguíes. Los pleueios andaban descal9os de pie i pierna i trasquilados barba i cauello i con un zamarrón de pi el es sin costura por los hombros, los br aqos de fuera i algunas veces con media manguilla i en lo inte· rior tenían por Ja cintura cubierta sus pa1tes ." (Cedeño, [1978):370). "·· .díterencíábanse de las demás muj eres en qu e traían las pieles largas que le arras tra ban, y eran blanca s» (Abreu Galindo, (1977):156). "· ·. y la señora Arminda [ .. . ] traia vesti do un ro pon de gamusa con medias mangas hasta la sangradera, y largo hasta los pies, y sapatos de lo mismo pespuntado s, y ves· tida una tunicela davajo de la ropa con cue rpo de jubón a mod o de justillo de más delgada bad ana, era el cabe ll o largo y ruvio, aderesado con a1te, y en el puestas algunas cosas de tocado, que le havian dado a uso de Esp a 11 a; y el faldellín pintado a colores ... " (Marín de Cubas, (1986):216). Nuevamente se documenta la atención que se prestaba al tocado, que es donde precisamente se co locan Los te jid os de fibras vegetales fueron m uy usa dos en Gran Canaria. En la imagen aparece uno de los faldellines de junco que se han r ec uperado en esta isla. (fotografía cedi da por El Mu seo Ca nario) 98 Esta terracota recuperada recientemente en el Pa r qu e Arqueológico de La Cueva Pinta da ele Gá ld ar lleva una pr en da parecida a un faldellín como el qL 1e ap arece en la otra imagen (f ot ogra fía ce di da po r el equipo cl el Parque Arqueológico de la Cu eva Pintad a) . los atavíos importa do s. La ca beza es la z: ona más visible del cuerpo, y por tanto el lugar ideal para situar a que llos elementos q ue se quiera destacar. En la il ustración que Torriani hizo de una pareja de canarios destaca el "som - brero» del varón, que coi nc id e con la narrada po r A br eu : "Y en las ca bezas, to ca do s ele pell ejos de cabrit os , que desollaban enteros, y las gar ras caían por las orejas, amarradas al pe scuezo; y al gu nos traían unos como sombr eros con pl ur nas en ellos.» (Abreu Ga!indo, (1 977] :157) Ya se ha h echo men ción de la i mpo rtancia que ti enen los vestigios arqueol ógicos en esta isla con relación al terna que nos o cup a. Muchas fi gur illas antr op om orfas de arcilla portan prendas co rno taparrabos o fa lde ll i ne s, en cuya d ec oración po dr ía obs ervarse un intento de imitar los tejid os vegetales. En ocasiones se realizan dibujos con motivos en zi g -- zag u ondas, que pueden ser un trasunto de la cabellera o de alguna capa decorada, y lo mismo podría decirse de otros diseños pintados, incis os o i mp reso s. Las represe nt ac io nes del barranco de Balas muestran indivi duos que parecen estar desnudos. La penúltima isla en incorporarse «de fact o» a la Co - rona de Castilla fue la antigua Benahoare. Sin embargo, la cerca ní a t em poral al mom ento en que se re dacta la Pinolere - 99 EL PAJAR. Cuaderno de Etnografía Canaria mayor cantidad de documentos escritos no siNió para que nos quedaran descripciones precisas de la vestimenta de los palmeros. En este caso, se ha de recurrir preferentemente a las fuentes arqueológicas para reconstruir este aspecto. Es curioso que, pese a la riqueza de motivos de los grabados rupestres palmeros, no se den las representaciones figurativas de clara adscripción prehistórica. Esta deficiencia queda compensada en cierta manera por la aparición de un «arte mueble» en el que comienzan a repertoriarse figurillas antropomorfas. Un ejemplo, confeccionado en cerámica y relacionado con la última fase de ocupación preeuropea de la isla, tiene una decoración que recuerda un vestido de piel con su pelo. Ya se ha aludido a la existencia de fragmentos de cuero, procedentes en su mayoría de la necrópolis de El Espigón en Puntallana, y al enigma de los «sombreros" o «cestos,, de otro yacimiento sepulcral, esta vez en La Mondina, Barlovento. No obstante, lo que destaca sobremanera en el caso palmero es la abundancia de elementos de adorno personal recuperados en toda clase de sitios arqueológicos. Loa auaritas En La Palma son escasas las terracotas antr opomorf as, pues sólo se re alizaron en la última fase de la ocupación prehistórica de la isl a. La riqueza decorativa que muestran muchos elementos de la cultura material auarita también queda plasmada en la que aquí se presenta (fotografía cedida po r E. Martín). amaban adornarse con sartas de cuentas fabricadas con conchas marinas (columbellas, littorinas , • cypreas, patellas, etc.) o de huesos de ovicaprinos o de aves, así como con colgantes de la misma naturalez a, o confeccionados con madera, piedra, cerámica, dientes de mamíferos marinos, etc. No se trat a de un caso exc lusivo de la isla, pero sí contrast a la multiplicidad de soportes y form as, quizá relacionada con ese gusto, a veces barroco, por la variedad decorativa de cerámic as y manif estaciones rup estres. En es ta isla vuelv en a abundar l as fu e ntes etnohistór ic as que dedi ca n su at e nci ón al vest ido de sus habitantes. En esta o ca sión se ofrece la narración del padre E sp ino sa, que conoció a muchos guanches viejos que pudieron relatarle de primera mano las prendas que se usaban en su niñez : « Su traje era [ . .. ] un vestido hecho de pi el es de corderos o de ovejas gamuzadas, a manera de camisón s in pliegues, ni coll ar, ni mangas, cosido co n co rreas del mi smo cuero, con mucha sutil eza[. .. ] Este vestido era abrochado por delante o por el lado, para poder sacar los braPi nolere -99 zas, con correas de los mism os. Este género de ve stidura llamaron ta.ma rco y era común a hombres y mujeres: sa lvo que las mujeres, por honestidad, traían debajo de l tamarco una como sa yas de cuero gamuzado que fes cu bría los pies, de que tenían mucho cu idado porque era cosa deshonesta a las mujeres descubrir pechos y pies. Este sólo era su traje de grandes y menores y este l es servía de cobertura para la vida y de mortaja para la muerte." (Espinosa, [1980] :37) La pala bra tamarco parece haber sido común a todas las islas, consis t iendo fund amen tal men te en una ves - tidura de forma talar pero que pod ía mos tr ar va riantes en su confecció n. En el Museo Ar queológico del Cabi ldo de Tenerife se cus todian numerosos fragmentos de pieles, que en su día fueron estudiados p or Diego Cuscoy (1961). El identificó la existencia de apliques para fijar co mo adorno sobre otras pieles, que complementar ía la pro pia decoración de las mismas que se ha descrito al principio de estas páginas. Asimismo en Tenerife son m uy co munes las cuentas de collar de cerámica, hueso o co nc ha, destacando la acumulación qu e apareció en el interior de una gran patelfa, a manera de «joyero", que se conseNa en el Museo de El Puerto de la Cruz. Bethencourt Alfonso (1994) narra el hallazgo, en 1885, de varias momias que llevaban sartas de cuentas de barro en el cuello y también alre de - dor de la cintura en un yac imiento del pue b lo de l gueste . También es necesario reseñar qu e en Tenerife se vuel ve a recoger la existencia de dos cl ases sociales , y que el vestido era uno de los elemen tos que seNía para rec o nocer a los pert enec ientes a una u otra. «Avía en es te tr age diferencias de villanos, a nobles hij os dalgo, que los más principales se vest í an el tamarco con mangas , y en las pie rnas hyrmas, que como me di as sin pl ant illas trayan, y un ca l c;;ad o como aba r cas justo en los pies, que llam ab an xer cos ; mas la gente común baxa y pl e beya siempre andaban descaigas y sin manga s. " (Viana, (1968] :33-34 ). . :· } :if~Í~ ; ~J~' v : < La selección de ejempl os que se ha presentado aquí muestra a los an ti guos habitantes de l as islas atavia dos de muy diversas maneras. La variación abarca desde la casi comp le ta desnudez al em p leo de una superposici ón de prendas qu e, más qu e obecede r a la necesidad de protegerse de las inc lem en cias de l tiempo, debí a responder al deseo de mo st rar el estat us de determina dos individuos. Esta imagen se aleja de la « tr adici ona l» de rom erías y fiestas populares donde los «guanc he s» son ataviados con zaleas rígidas de oveja o cab ra, qu e apenas han sufrido a lgún tipo de e labo ración. La cultura abor igen fue mucho más sofist ic ada de lo que la mayoría de la gente im ag ina, y ya es hora de desterrar esas i mág enes estáticas y ar ca iza nt es, do nd e se a lud e f rec ue nt emente al pa - sado «n eo lít ic o» de las islas. Las po bl ac iones prehistóricas del A rc hipiél ago ten í an r asgos cu lt ur ales y una es - 99 Las pieles no sólo se decoraban con pintura. sino también con incisiones y gra Mdos como los que se observan en esta pernera do pantalón (fotogra fía cedicla por el Mu· seo Canario) o en este fragmento procedente de la momia que se custodia en el Instituto Cabrera Pinto de La Laguna. tructura social más avanzados de lo que se considera tradicionalmente como neolítico, y de ello es buena muestra su rica cultura material, de la que la vestimenta es solo un peq ueño «botón de muestra». Agradecimientos: Quiero expresar mi gratitud a M~ del Cristo González y A l eja~- . dro Larraz por sus interesantes aportaciones para comp render la mentalidad de los europeos ba jomedievales y renacentistas que arrivaron a tas Islas. Asimismo a Ernesto Martín por .cede( el ensayo de reconstrucción de una de las figuras antropomorfas de La Palma y a Jorge Onrubia por permitirme mostrar otra representación antropomorfa aún inédita. Bibliografía citada: · . ABREU GALINDO, J. de (1977): Historia de la conquista de las siete islas de Canaria». Ed. Goya, S/C de Tenerife. ÁLVAREZ DELGADO, J. (1977): Leyenda erudita sobre la población de Canarias con africanos de lenguas cortadas. Anuario de Estudios Atlánticos 23, pp.51-81. ARIAS MARIN DE CUBAS, T. (1986): Historia de las siete islas de Canaria» Rea l Sociedad de Amigos del Pa ís. Las Palmas de Gran Canaria. BERNIS MADRAZO. C. (1979): Trajes y modas en la España de los Reyes Católicos. Tomo 11: Los hombres . ed . Instituto Diego de Velázquez, Madrid. BETHENCOURT A LF ONSO, J. (1991, 1994 y 1997): Historia del pueblo guanche. Tres Tomos. Ed. Francisco Lemus, La Laguna. BONTIER, P Y LE VERRIER, J. (1980): «Le Canarien. 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Es preciso aclarar que sólo se van a consignar algunas citas textuales extraídas de los distintos escritos, aunque existe uri:a . casuística inás amplia · - · ·. · Pi no l ere -89